VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE
(2020)
Por Esteban Cruz Niño
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CONTENIDO
Dedicatoria - Epígrafe - Prólogo - Antes de empezar - 1. J. J. Benítez: Señales y aparecidos - 2. Javier Vanegas Montoya: Levántate y anda - 3. Ernesto Samper: Visitantes del más allá - 4. La niña de la carta y otros espíritus de luz y oscuridad - 5. Antonio Navarro Wolff: Luz al final del túnel - 6. Mado Martínez: En búsqueda de la prueba - 7. Juan Manuel Correal “Papuchis”: Voces del más allá - 8. Fabiola Posada Pinedo: De la mano de los ángeles - 9. Visiones inexplicables: Recuerdos de otra realidad - Epílogo - Sobre el autor
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Dedicatoria
Para Esteban Cruz
Sanabria, Benicia Navas, Josefa Pérez, Alexis Cruz, Wilson Cruz, Carlos
Betancourt y Gabriel Pardo García-Peña, a quienes espero volver a ver algún día
Cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue;
pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo.
Platón
Al final, sólo
tres cosas importarán en tu vida: cuánto amaste, cuán gentil fuiste, y qué tan
agraciadamente dejaste ir las cosas que no eran para ti.
El Buda
Yo soy la
resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo
aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.
Jesús de Nazaret
Hombres semidesnudos susurraban sortilegios sobre el cuerpo del difunto en la parte más sagrada del templo. Un habitáculo oscuro donde la única luz provenía de lámparas de aceite. Ya habían pasado setenta días desde su fallecimiento. Su cuerpo había sido embalsamado con sales de natrium y otros ungüentos, cuya receta solo conocían los sumos sacerdotes. Los familiares y amigos esperaban afuera del recinto, ya que a la parte más sagrada solo podían entrar los hombres puros para estar en contacto con el espíritu de antiguos y poderosos dioses. Después de una ceremonia que duraba días se recitaban por fin las últimas palabras: “Que su oído escuche, que su nariz respire, que su lengua hable y su boca pronuncie hermosas palabras en la morada del cielo inferior”. Tras este último rezo, el que aparentemente estaba muerto ya estaba preparado para seguir con su vida en el más allá, en tierras ignotas para los vivos. Una travesía hacia lo desconocido que todos, un día, emprenderemos.
No podemos entender la
civilización egipcia sin su obsesión por el paso al más allá. Por la creencia
firme de que la muerte no es más que el principio de algo que desconocemos; un
viaje hacia otra existencia que puede ser más plena y reconfortante que la que
hemos tenido en esta vida. Los rezos para ese tránsito se escribieron hace
miles de años en el famoso Libro de los muertos, para que el poder de
estas palabras quedara para la eternidad. Sin embargo, esta creencia, esta
convicción, no solo es propia de los antiguos habitantes de las orillas del río
Nilo: todas las culturas del mundo, todas las religiones, por muy diferentes
que sean, nos presentan ese paso a un más allá. El viaje no suele ser fácil, ya
que en esa dimensión desconocida podemos encontrar desde demonios hasta todo
tipo de seres oscuros que pueden confundirnos y hacer que nuestro intento sea
en vano. En este mismo sentido, dentro del budismo tibetano encontramos el Bardo
Thodol, su particular libro de los muertos, donde se señala que el alma del
difunto permanecerá cuarenta y nueve días en un limbo repleto de peligros.
Pruebas que tendremos que sortear antes de que comience para nosotros una nueva
vida.
En todas las religiones
se nos habla de un más allá palpable; sin embargo, el camino hacia este es muy
diferente, según la parte del mundo en que nos encontremos.
Hoy en día, cuando la
ciencia se ha impuesto como la nueva religión de la racionalidad, hablar sobre
este tipo de creencias o hechos puede ser incluso mal visto por los que ahora
se autoproclaman valedores de la verdad. Pero por mucho que esta censura
científica se empeñe en moldear lo que deberían ser nuestras nuevas
convicciones, jamás conseguirá que los seres humanos dejemos de hacernos
preguntas. Cuestionarnos qué hay más allá de la vida, indagar sobre ello a
través de la misma ciencia, de nuestra fe, del conocimiento y de las antiguas
creencias, es intrínseco al ser humano. Es por esto que cada vez más
científicos son capaces de adentrarse en estas aguas, todavía turbias, aunque
sean criticados por muchos de sus colegas.
Este es, por ejemplo,
el caso del bioquímico y médico Ian Stevenson, profesor de Psiquiatría de la
Universidad de Virginia y director de la división de estudios de la percepción
de la misma institución. En su trabajo como psiquiatra estudió varios casos de
niños que le hablaban de vidas anteriores, pero no de una forma vaga, sino
dando todo tipo de detalles. El investigador empezó entonces a viajar por el
mundo, comprobando que los recuerdos de otras vidas en muchos de sus pacientes
eran reales. Dedicó décadas a esta tarea y publicó varios libros con los casos
más contundentes. Ser heterodoxo tiene sus castigos, y sus obras fueron muy
criticadas, pero aun así falleció en 2007 cuando continuaba con su labor
docente en la universidad. La verdad, los hechos, la investigación y la lógica
a veces pesan más que la censura de una parte de la ciencia.
Aunque la ciencia haya
entrado en nuestras vidas, tal y como demuestra la obra del doctor Stevenson,
la discusión sobre qué pasa después de que dejamos este mundo será tan eterna
como lo viene siendo desde que fuimos un mono desnudo que comenzó a pensar.
Desde mi punto de
vista, la muerte no es un castigo, es una bendición. Para empezar, es el acto
más democrático que Dios creó, pues da igual tu riqueza, tus actos, tu físico,
tu fe… hagas lo que hagas en la vida, al final morirás. Y la muerte deja paso a
lo nuevo: el universo está en un continuo cambio que se produce gracias a que
todo tiene un comienzo y un final. Es lógico que nos intrigue, y que nos
hagamos continuamente preguntas sobre ese alfa y omega que es parte inherente
del mundo en que vivimos.
Quiero decirles en
estas líneas que yo no creo en la muerte, porque investigué la magia egipcia,
caminé por los templos más antiguos que se conocen en Göbekli Tepe (Turquía),
visité el monte Moriah en Jerusalén, y allí mismo, el Santo Sepulcro… Así como
otros lugares que nos dejan el mismo mensaje: esta vida no es más que un
tránsito hacia algo que no conocemos todavía. Y creo que tanta sabiduría, tanto
conocimiento, no son obra de estúpidos ni una cuestión de superchería.
Antes de comenzar a leer
este libro, escudriñen su alma, hablen en silencio con sus sentimientos, con
ese saber atávico que todos llevamos dentro. Y si su intuición les dice lo
mismo que a mí, arranquen a leer sin miedo. Porque obras como esta no solo nos
muestran otras realidades que están ahí, y que son palpables. Nos devuelven a
lo que somos, a ese hombre desnudo que conquistó el mundo y que no temía a
hacerse preguntas sobre todo lo que lo rodea; cuestionarse sin límites, indagar
sobre lo que nos inquieta sin miedo a lo desconocido. Porque también sobre lo
desconocido podemos arrojar una luz que le dé sentido a nuestra existencia.
Mi buen amigo Esteban
Cruz es de esas personas de formación científica que, como otros que cambiaron
la historia, no les tienen miedo a las críticas. Lo admiro porque se sigue
emocionando como un niño cuando descubre cómo lo imposible se puede convertir
en real. Les mostrará en las siguientes páginas una serie de hechos, relatos y
entrevistas que les harán plantearse cuál es nuestro verdadero final. Testimonios,
datos de expertos de fama mundial y de otras personas que un día simplemente se
toparon con una certeza que cambió sus vidas para siempre. Un libro que
despertará sus conciencias, una visión distinta del mundo en que vivimos, que
ya compartieron nuestros antepasados hace miles de años. No hay que temerle a
otra visión de la realidad, es mucho mejor que seguir caminando ciegos en un
mundo sin sentido. - JUAN JESÚS
VALLEJO
ANTES DE EMPEZAR
Antes de tomar el
sendero debo decirte que las siguientes páginas no contienen la verdad, ni
pretenden contarla; no son el resultado de ningún estudio científico, ni un
intento de ensayo filosófico o religioso: son testimonios y crónicas de
personas que aseguran haber estado en las fronteras de la vida y la muerte, y
que han regresado con recuerdos enigmáticos, esperanzadores, luminosos y, a
veces, incomprensibles.
Estos testimonios los
examiné gracias a las técnicas que adquirí durante mis estudios de Antropología
e Historia, con el mayor rigor posible, si tenemos en cuenta las extrañas
circunstancias en las que sucedieron los hechos que se describirán más
adelante.
En las últimas páginas
del libro incluí una descripción de cada uno de los capítulos con la intención
de sintetizar los conceptos y fenómenos descritos, para que puedas elaborar tus
propias conclusiones.
Seguramente estas conclusiones brotarán al tiempo que naveguemos sobre océanos de acontecimientos perdidos en el tiempo, entre los que se disuelve la esencia de nuestros amores, amigos y familiares fallecidos, cuya voz tal vez surja cuando pases a la siguiente página.
1. J. J.
Benítez: Señales y aparecidos -
Aparecidos y
apariciones - Aparecidos modernos - Un mundo sin fantasmas - Los aparecidos de
J. J. Benítez – Bibliografía
Guardé mis marcadores y
encendí el teléfono, que empezó a mostrar una lista de llamadas perdidas que
llegó a preocuparme.
Bajé la escalera del
edificio mientras revisaba el menú de WhatsApp, en donde apareció una gran
cantidad de mensajes del profesor Manuel González, de la Universidad Javeriana,
que solicitaba que lo llamara con urgencia.
Salí de la Facultad y
caminé con afán. Un sol anaranjado coloreaba las casas de la avenida Caracas,
cuyos garajes estaban ocupados por ferreterías, restaurantes y almacenes de
comida para perros.
Oprimí la pantalla y
llamé a González:
—¡Hola! ¡Te tengo una
sorpresa impresionante! —afirmó con la voz entrecortada.
—Cuénteme, profesor —le
respondí con rapidez.
—¿A que no te imaginas
quién está en Bogotá?
—No tengo ni idea
—contesté.
—Estoy en el hotel
Terra 100 con Juan José Benítez, que llegó ayer para investigar unos casos
ocurridos en Colombia. ¿Te gustaría conocerlo?
No supe qué
contestarle; atravesaba la avenida Chile, y una serie de recuerdos me
transportaron a los años ochenta, cuando estudiaba en el Colegio Alberto Merani
y algún profesor dejó un libro abandonado sobre una de las sillas de la ruta
escolar.
Se trataba de un tomo
grueso y compacto que me deslumbró con su portada, que mostraba a un astronauta
en medio del cosmos rodeado por Jesús de Nazaret y sus doce apóstoles: era el
primer tomo de Caballo de Troya.
Me llevé el libro y lo
devoré en cuestión de días. Luego vinieron Los astronautas de Yavé, La
quinta columna, Existió otra humanidad y Terror en la Luna,
todos de J. J Benítez, que llegaron a mi casa después de que mis padres los
consiguieran con los libreros del centro. Fue así como repasé docenas de
volúmenes que considero clásicos y que todavía gozan de gran popularidad en
Hispanoamérica.
—Claro que sí. ¿Cuándo?
—le dije a González.
—Vente para el hotel,
estamos en la recepción.
Paré el primer taxi que
encontré, que tomó la autopista norte en medio de un trancón monumental.
Bicicletas y motos nos rebasaban y al mismo tiempo un puñado de hombres nos
ofrecían manos libres y parlantes Bluetooth mientras se deslizaban entre
furgones y camionetas.
Al alcanzar la calle
100, el automóvil dio un giro al oriente, en donde se alzaban los cerros, que
parecían murallas verdes y resplandecientes. Al llegar al hotel, le entregué un
par de billetes al conductor y me dirigí a la entrada, que tenía un aspecto
ligeramente elegante.
—¿Le puedo servir en
algo? —me preguntó el recepcionista envuelto en un uniforme oscuro y lúgubre.
—Vengo a encontrarme
con el señor J. J. Benítez —le respondí.
—Lo siento, pero no
tenemos ningún huésped registrado con ese nombre —contestó con tono
indiferente.
Tomé el celular y le
escribí al profesor González, que apareció por una puerta y me llevó hasta el lobby,
en donde un pequeño grupo de entusiastas se congregaba alrededor de Benítez,
que llevaba puestos unos jeans y un chaleco de explorador.
Esperé a que terminaran
de hablar y me presenté, entregándole una copia de Expedientes X Colombia,
el libro que acababa de publicar. Benítez me comentó que conocía algunos de los
casos que ahí abordo, lo que me dejó gratamente sorprendido. Le pedí una
entrevista para Más Allá, el programa que dirigía en Redmas Televisión,
a lo que accedió de inmediato.
Le conté a Yohana
Arenas, la productora del programa, quien rápidamente consiguió que nos
asignaran una camioneta y un camarógrafo, que intentó armar un set improvisado
en el comedor del hotel, plagado de ruidos y chirridos provenientes de la
cocina.
En medio del bullicio,
intenté concentrarme en las preguntas que quería hacerle; repasé mentalmente la
saga de Caballo de Troya y sus libros sobre objetos voladores no
identificados.
Un aroma a pollo en
salsa bechamel envolvió las banquetas que recostamos sobre las paredes, que
exhibían murales acrílicos donde se dibujaba Bogotá, cuyas texturas me
recordaron a Banksy.
—¿Estamos listos?
—preguntó Benítez.
Observé el grueso
tapete que nos rodeaba, cuyos hilos bosquejaban hojarascas, que me recordaron
el suelo y el olor a humedad de los cementerios del norte de la ciudad, a donde
había asistido a los funerales de antiguos compañeros de colegio, en los que me
había enterado de que algunos de nuestros profesores también habían muerto.
Respiré profundo y
recordé los buses de la funeraria, el prado resplandeciente, los lagos
habitados por cisnes, y pensé en la posibilidad de que los arquitectos y
paisajistas de los camposantos intentaran emular nuestra idea del paraíso
alrededor de lápidas y tumbas coronadas por flores y guirnaldas.
Revisé la libreta en la
que llevaba las preguntas que quería hacerle a Benítez: ¿cuál fue el
caso de ovni que más lo impresionó? ¿Cuál es el final de la saga de Caballo
de Troya? ¿Por qué sus libros no han sido llevados al cine?, pero los
rostros de mis amigos muertos se mezclaban con los renglones y las
interrogaciones tomaron la forma de recuerdos melancólicos, que me llevaron a
dejar mis apuntes a un lado y a enfocarme en el rostro de J. J., que parecía
estar sumergido entre un océano de reflexiones:
—Me gustaría que
habláramos de la vida después de la muerte —le dije.
Benítez se enderezó. El
camarógrafo encendió su aparato y un ruido blanco se coló por los micrófonos;
afuera tronaba y las calles se llenaban de granizo.
J. J. BENÍTEZ
¿Quién es J. J. Benítez?
Un hombre contradictorio, lleno de dudas, que
investiga o que trata de investigar y que lleva más de cuarenta años tras el
misterio, el fenómeno ovni, la vida después de la muerte, y que cada vez sabe
menos.
¿Cómo comenzó a investigar casos de
misterio?
Fue en el año de 1968, antes de que empezara con
el tema ovni. Por ese tiempo era periodista profesional en España y me encontré
con un compañero en una rueda de prensa que me contó una historia que me dejó
sorprendido.
¿Qué le contó?
Él había luchado en Rusia, en la Segunda Guerra
Mundial, con la División Azul1, y le tocó llevar unos explosivos de un lugar a
otro. Mientras caminaba por un bosque, lo arrolló una ventisca y los rusos le
lanzaron una granada que lo dejó medio ciego y aturdido. Entonces surgió otro
soldado que le preguntó si estaba bien. El hombre le respondió que no, que
estaba herido, y el militar lo cargó hasta un hospital de campaña.
¿Qué sucedió después?
Lo recibieron los cirujanos, se despidieron y el
desconocido se marchó. Cuando se curó, les contó a sus compañeros lo que le
había sucedido. Los médicos quedaron estupefactos: “¡Eso es imposible!”, le
dijeron. “¿Por qué?”, preguntó. “¡Porque a ese muchacho que describes lo mató
un mortero hace setenta días!”, le respondieron.
A mí esa historia, contada por un periodista
reconocido y serio, me impactó tanto que empecé a investigar casos de vida
después de la muerte, y he llegado a reunir miles de ellos.
Muchos dicen que la mayoría de experiencias
con el más allá son producto del estrés o de trastornos mentales.
Siempre hay personas que te dicen “a lo mejor son
alucinaciones o es imaginación de la gente”. Está bien, pero yo pienso que
muchos casos no son alucinaciones ni imaginaciones, son experiencias reales.
Los casos que usted investigó no son
experiencias cercanas a la muerte, sino algo mucho más complejo.
Efectivamente. No se trata de casos de gente que
haya estado muerta y regresado, sino de presencias que se mueven, tienen
volumen, son transparentes, pueden atravesar cosas o interactúan llegando a
provocar quemaduras en las paredes o en los tapetes de una casa.
Se dice que las personas que ven este tipo
de apariciones tienen algo especial.
Hay de todo, esto le puede pasar a todo el mundo.
He entrevistado a científicos, profesores, campesinos, amas de casa; es una
experiencia muy común, que está en muchas partes y en muchos países.
Con todas estas experiencias usted escribió un
libro sobre la vida después de la vida.
Sí, Estoy bien.
Las reseñas dicen que el libro contiene más
de ciento treinta casos de encuentros con personas fallecidas.
Sí. Estoy bien es un libro en el que cuento
muchas investigaciones de personas que han visto o han hablado con amigos o
familiares que están muertos en todo el mundo, y es verdaderamente
espectacular. Después de reunir toda esta información no me queda la menor duda
de que la vida continúa.
¿Por qué?
Porque es imposible que se pongan de acuerdo un
señor que vive en Pittsburgh, en Estados Unidos, y una niña en Pakistán para
contar lo mismo, para decir que han visto y han hablado con una persona que
está muerta.
¿Qué pasó en Pittsburgh?
El caso de Pittsburgh es una cosa completamente
absurda. Un profesor universitario estaba buscando un libro de poemas escrito
por un amigo que, de repente, se presenta en la madrugada y le dice: “El libro
que estás buscando está sobre tu mesón”. El profesor se levanta, va hasta su
escritorio, lo encuentra, y enseguida suena el teléfono. Contesta y le informan
que el funeral del autor del libro sería esa misma tarde.
Todas estas historias suceden todo el tiempo, en
todo el mundo, lo que me lleva a pensar que luego del dulce sueño de la muerte,
vives en otro lugar y en otro cuerpo: un cuerpo físico, nada de espíritu.
De los casos que investigó, ¿cuál llegó a
impactarlo?
Uno aquí en América, en República Dominicana.
Entrevisté a una señora que se había separado de su marido, que murió en
España. Un día estaba cosiendo en un salón cuando apareció una nube muy densa,
desde una esquina, que se fue definiendo hasta tomar la forma de un hombre, su
exmarido, que le dijo: “No te asustes, estoy bien. Vengo a decirte que en un
banco hay una cuenta con un dinero del que no sabéis nada, díselo a nuestros
hijos”.
La mujer tomó una libreta, anotó los dígitos y
sintió mucho miedo, porque pensaba que la iban a tomar por loca. Aun así les
contó a los hijos, que fueron al banco en donde había una cuenta con
trescientos mil dólares, en el año de 1982.
Aquí es cuando no me encaja lo de las
alucinaciones: había trescientos mil dólares. Eso significa, sencillamente, que
después de la vida hay otra vida de la que no sabemos mucho, pero que parece
ser mucho mejor, infinitamente mejor que esta.
En el caso que usted menciona, la intención
del aparecido es entregar un mensaje. ¿Son todos así?
En este caso existe un mensaje; en otros casos
salvan la vida de las personas, y en otros no hay ninguna intervención,
simplemente aparecen de forma absurda. Aunque creo que en todos los casos
tienen la intención de mostrarnos que siguen vivos y están bien.
¿Puede relatarnos algún caso absurdo?
Recuerdo mucho el de una cristalería en la que
entra un joven y el dependiente habla con él por más de cinco minutos, en los
que toma nota de unas medidas para instalar una cortina. Tiempo después envían
un técnico a la dirección acordada y lo recibe una mujer, que le dice que no ha
pedido ningún servicio y que allí no vive ningún joven.
La mujer, guiada por su intuición, va a la
cristalería y le muestra al dependiente tres fotografías, en las que aparecen
sus tres hijos, y le pide que le señale si fue alguno de ellos quien le pidió
instalar la cortina. Sin dudarlo, el hombre señala al del medio. “¿Este,
seguro?”, pregunta la mujer. “Completamente”, le dice el hombre con total
seguridad.
Pues resulta que el joven que había ido a la
cristalería era idéntico a su hijo, que había muerto tres años atrás en un
accidente de tránsito. ¿Qué es eso?, ¿para que aparecen? Realmente no le
encuentro más sentido que mostrarnos que la muerte no es el final, sino el
principio de algo que no comprendemos.
Usted también ha investigado otro tipo de
apariciones. En su libro La quinta columna describe unas presencias que surgían
en una región de España.
Sí. Las Hurdes es una región española próxima a
Portugal. Ahora está bien, pero hace unos años estaba muy abandonada; eran
caseríos dispersos y muy atrasados. Empezaron a surgir unos seres que llamaron
la atención. Yo me fui a investigar y me contaba la gente del pueblo, muy
sencilla y humilde, que veían brotar del suelo a unas criaturas vestidas de
negro que los atemorizaban, llegaron incluso a tirarles piedras.
En muchas culturas este tipo de apariciones
se asocian con malas muertes, como el suicidio.
Todo el mundo piensa que el suicida va directo al
infierno o a lugares parecidos: pues no. Según lo que he investigado, vamos
todos a un lugar en donde no existe esa clase de juicios.
Hemos hablado de casos de apariciones de
difuntos, de sus investigaciones. Me gustaría entonces preguntarle: ¿ha tenido
usted una experiencia cercana a la muerte?
Sí, tuve una experiencia, pero no vi el túnel; no
vi nada. Simplemente tuve un problema en el corazón y me hicieron un
cateterismo, con la mala fortuna de que el catéter me seccionó la aorta y
estuve a cinco minutos de pasar al otro lado. Lo que sí puedo decir es que esa
experiencia cercana a la muerte fue como un sueño extraordinariamente dulce: yo
era consciente de que me estaba yendo, durmiendo, porque la muerte es dormir.
Luego me llevaron a un quirófano en donde me retornaron a la vida. Es la única
vez, que yo sepa, que he estado con un pie en el más allá.
Si existe un hilo conductor en las grandes
religiones, es la vida después de la muerte.
Sí; lo que pasa es que las religiones, desde mi
punto de vista, no han sabido transmitir lo que seguramente es la verdad, que
no es una cuestión de ser bueno o malo, o comportarse bien en la vida o no para
ir al cielo o al infierno. Todos los seres humanos, todos, sean buenos o malos,
sean creyentes o no, todos van al mismo lugar, siguen vivos y nadie les juzga.
El ser bueno o ser malo es un juego dentro de esta
existencia que no podemos entender bien porque nuestra capacidad es muy
pequeña, y lo que hay al otro lado es enorme. Entonces, lo que hacen las
religiones es despistar a las personas. Por eso yo siempre le recomiendo a la
gente que huya, que piense por sí misma.
Aparte de las religiones y de todas sus
investigaciones, ¿qué piensa J. J. Benítez de la vida después de la muerte?
Estoy seguro al ciento cincuenta por ciento de que
después de la muerte hay vida y que es mucho más interesante, mucho más física
que esta.
Para terminar, ¿qué es la muerte?
Es volver a casa.
APARECIDOS Y APARICIONES
Aunque las apariciones de personas fallecidas como
las investigadas por J. J. Benítez pueden parecer anecdóticas, los registros de
casos similares han sido frecuentes a través de los tiempos.
Estos encuentros se han almacenado en crónicas y
testimonios que representan temores y creencias de épocas distantes, en las que
acadios, sumerios y asirios construyeron templos monumentales en medio de las
dunas de Mesopotamia, en donde levantaron las primeras ciudades, desarrollaron
la escritura, la astronomía y las matemáticas.
Fueron sociedades complejas que se establecieron
hace cinco mil años en las riberas del Tigris y el Éufrates. Creían en la
existencia de deidades sobrenaturales, que los griegos denominaban daimones
y los cristianos transformaron en “demonios”: Marduk de Babilonia, Enlil de
Sumer, Pazuzu, el señor de los vientos de Asiria. Eran seres provenientes de
esferas cósmicas que podían ser benevolentes o malvados, de acuerdo con las
circunstancias.
Eran tiempos agrestes en los que se pensaba que el
alma del fallecido viajaba a un lugar polvoriento y melancólico llamado
Irkalla, en donde permanecía en total tranquilidad si sus familiares cumplían
con los ritos funerarios, que consistían en ofrecer comida y objetos en su
tumba2. Eran ajuares funerarios en los que los deudos
les mostraban su amor a los difuntos, a quienes en ocasiones les dejaban piezas
de oro, símbolos y textos mágicos para que pudiesen negociar con las deidades
del inframundo. Si no lo hacían, los espíritus sufrían penurias y podían
retornar para vengarse, bajo la forma de espectros llamados etemmu.
Los etemmu o gidim surgían en
el momento de la muerte y se hacían visibles en sus antiguas casas o lugares de
trabajo, como sombras o silbidos que provocaban malestares y enfermedades
mentales. Sabemos de estas agresiones gracias a escritos y poemas que narran
las apariciones de estos espíritus en caminos y campos, como los publicados por
la historiadora Érica Couto, quien ha investigado las creencias mesopotámicas.
Estos son algunos fragmentos de un poema redactado sobre una tablilla de
arcilla, que describe cómo un difunto se manifiesta en una aldea, mediante
lamentos y gemidos:
El joven que en la calle aparece
vive continuamente solo.
El joven que, por la mano (a causa) de su destino
Derrama (lágrimas) amargamente.
[…]
El joven a quien el lamento
su persona quemó3.
En este sentido, los aparecidos de la
antigua Mesopotamia son diferentes a los descritos por J. J. Benítez, pues,
además de ser vengativos, ostentaban la capacidad de poseer a sus víctimas, que
eran sometidas a liberaciones y exorcismos por parte de médicos sacerdotes que
invocaban antiguas deidades como Shamash, el dios que representaba al
sol y juzgaba a los muertos en el inframundo.
Sin embargo, la creencia en aparecidos no
era única de Mesopotamia. En culturas ancestrales como la del Antiguo Egipto
también se registran manifestaciones similares.
Fue allí, en los márgenes del Nilo, bajo soles
incandescentes que alumbraban los tocados de los faraones de las arenas, en
donde surgieron complejas religiones que concebían a los seres humanos como la
unión de tres fuerzas: el ka, la fuerza vital; el akh, la luz
interior, y el ba, la personalidad4.
Estas fuerzas se fragmentaban en el momento de la
muerte y exigían la conservación del cadáver mediante la momificación y la
entrega de objetos y alimentos que aseguraban su bienestar en la otra vida. Es
por esto que los sacerdotes dejaban un ejemplar del Libro de los muertos5 junto a los sarcófagos, para que los difuntos
pudieran utilizar sus hechizos en su viaje al inframundo, en donde serían
juzgados por el dios Osiris.
No obstante, algunos papiros sugieren que el ka
de las personas fallecidas podía regresar y poseer a una momia o una estatua
para manifestarse, lo que derivó en la creación de personajes de películas y
novelas de terror. Algunos de estos filmes deforman los credos ancestrales que
concebían que los fallecidos podían convivir e interactuar con los vivos, como
lo sugiere el Papyrus Leiden AMS 64, un documento que contiene los
reclamos de un hombre a una entidad fantasmal: “Al excelente espíritu de
Ankhiry: ¿Qué crimen cometí contra ti para haber llegado a esta miserable
situación en la que me encuentro? ¿Qué es lo que te he hecho?”6. Este pergamino fue publicado en el texto
“Aparecidos en el Antiguo Egipto” del egiptólogo español Ignacio Ares, quien ha
dedicado su vida a analizar este tipo de registros.
Estos registros también los encontramos
entre sabios y filósofos de una de las culturas más importantes de todos los
tiempos: la Antigua Grecia.
Para los griegos, los aparecidos se presentaban
cuando alguien sufría una muerte violenta o por la ausencia o mala práctica de
los ritos funerarios. Eran almas ambivalentes que podían ayudar a los vivos a
cambio de buenas acciones, como narra el filósofo Cicerón en su obra De
divinatione (On Divination). Allí explica cómo el poeta griego Simónides
encontró el cuerpo de un hombre abandonado, abrió una fosa, celebró los ritos y
lo enterró. Días después, el hombre se le apareció entre sueños y le advirtió
que se alejara del mar. Simónides, que tenía un viaje planeado, se quedó en
tierra, mientras que el barco que planeaba tomar se hundió con todos sus
ocupantes a bordo.
La función de esta aparición fue retribuir a
Simónides y advertirle del peligro. Esto contrasta con las manifestaciones
conocidas como Vrykolakas, que eran espíritus que succionaban la energía
de los vivos y podían aparecer físicamente, solicitando objetos o comida. Se
creía que estas apariciones podían entrar a las casas de forma invisible y
manipular objetos, lanzándolos por el suelo o quemándolos, como también sugiere
J. J. Benítez en algunos de los casos expuestos en su libro Estoy bien.
Por otro lado, los antiguos griegos también creían
que los Vrykolakas podían atacar a sus víctimas sentándoseles en el
pecho mientras estaban dormidas, con el fin de robarles la energía.
Para muchos historiadores modernos, la creencia en
los Vrykolakas o Brucolacos sería el inicio de las leyendas de
aparecidos modernos, quienes no están vivos ni muertos, y entran en contacto
con los vivos.
APARECIDOS MODERNOS
Aunque la llegada del pensamiento científico y el
racionalismo disolvió las creencias en aparecidos, existen casos recientes que
nos llevan a pensar que continúan vigentes en muchas regiones del planeta.
Por ejemplo, encontramos el caso de Peter
Plogojowitz, quien murió en septiembre de 1725, en la aldea de Kisiljevo
(Serbia). Según sus vecinos, regresó tres días después a su casa para hablar
con su viuda, a quien le pidió un par de zapatos y algo de comida, después de
lo cual se perdió entre la noche.
Durante los siguiente días, se desató una extraña
enfermedad en el pueblo; diez personas fallecieron en medio de fiebres, nueve
de las cuales afirmaron haberse encontrado con Plogojowitz antes de ser
contagiadas, lo que causó pánico entre la población.
Con el fin de controlar la situación, el Imperio
austrohúngaro —que invadía el país— envió un destacamento que incluía oficiales
médicos, que encontraron a la aldea sumergida en una especie de histeria.
Uno de los comandantes del grupo, de apellido
Frombald, registró los acontecimientos en un informe enviado a sus superiores
en la ciudad de Viena, que fue descubierto en 1993 por el investigador de La
Sorbona Antoine Faivre, en los archivos del Estado austriaco:
Tras la muerte de un sujeto de nombre Peter
Plogojowitz, diez semanas antes y después de haber sido enterrado conforme a
las costumbres de las gentes […] Y ya que muestra signos reconocibles de que su
cuerpo no se descompone […] resolvieron de modo unánime abrir su tumba […]. Con
este objeto acudieron a mí para solicitar mi presencia y la del sacerdote
local. Y a pesar de que en un principio expresé mi desaprobación me respondieron
que yo podría hacer lo que quisiera, […] el cuerpo de Peter Plogojowitz que
estaba recién desenterrado, no expedía el hedor que es característico de los
muertos y estaba perfectamente fresco. El cabello y la barba le habían crecido
de nuevo, la piel se había desprendido y una nueva había surgido. La cara, las
manos y los pies estaban bien conservados7.
Aunque el documento parece sorprendente,
existen muchas explicaciones sobre lo sucedido. Una de ellas es la creencia en vampirs:
cadáveres que volvían a animarse cuando las almas no encontraban orificios por
los que escapar del cuerpo; rompían su sepultura y volvían a sus casas en medio
de la noche para saciar sus deseos de comida y sexo. Se dice que son presencias
capaces de dejar huellas físicas que son detectadas por niños y perros, y que
pueden entablar charlas y lanzar profecías, aunque dejan una estela de muerte y
enfermedad debido a su carácter antinatural, por lo que deben ser destruidos.
Son criaturas que para muchos influenciaron la
concepción de los vampiros modernos, que inundan el cine y la televisión con su
sed de sangre y sus poderes sobrenaturales, que son, en el fondo, rezagos de
antiguos humanos que se transformaron en criaturas de la noche.
Aparte de esta explicación, podríamos aventurarnos
a afirmar que lo sucedido con Peter Plogojowitz puede ser producto de los
cambios físicos y químicos que sufre un cadáver después de la muerte, pues la
piel tiende a retraerse al mismo tiempo que se deshidrata, lo que hace parecer
que las uñas y el pelo crecen.
El caso anterior es muy diferente al
sucedido en el 2004, cuando los vigilantes de un antiguo edificio ubicado en el
centro de Bogotá manifestaron observar la silueta de una mujer que recorría los
despachos durante las madrugadas.
Esta historia se transformó en una leyenda urbana
hasta que en el 2006 Miguel Ortiz, un guarda de seguridad que apagaba las luces
de las oficinas, se encontró con una mujer rubia, bien maquillada, de unos cuarenta
años, que le pidió que dejara las de la cuarta planta encendidas. El hombre
quedó impresionado por el resplandor de sus labios, le hizo caso y siguió con
su labor.
Al finalizar se encontró con su supervisor, quien
le preguntó: “¿Por qué continúan las luces encendidas?”, a lo que Ortiz
respondió: “Por hacerle caso a la mona”. Los hombres se dirigieron al ascensor
y caminaron hasta el cuarto piso, sin encontrar señales de vida. Regresaron a
la portería y revisaron las grabaciones de las cámaras, en donde hallaron algo
sorprendente: una mujer de cabello rubio y traje largo aparecía siguiéndolos
durante todo el recorrido.
Asustados, los guardas volvieron a inspeccionar
las oficinas, el ascensor y los cerrojos, pero no encontraron nada extraño.
Enseguida reprodujeron las imágenes de las puertas de acceso, que no mostraron
ninguna anomalía. Al día siguiente informaron la situación a sus superiores,
quienes les ordenaron guardar silencio. Sin embargo, los videos fueron vistos
por miles de espectadores luego de que se publicaran en un noticiero de
televisión.
Para explicar esta aparición, los escépticos
afirman que “la mona” era en realidad la amante de uno de los testigos, quien
lo niega con el argumento de que fueron ellos quienes denunciaron su presencia.
Debido a la popularidad de la aparición, algunos
periodistas se dieron a la tarea de investigar en los archivos históricos. Uno
de ellos fue Lucevin Gómez, del periódico El Tiempo, quien, en 2004,
logró entrevistar a Libardo Bravo, un antiguo vigilante que se había enfrentado
a un ser similar a “la mona”, en 1984, en los pasillos de edificio Liévano de
la Alcaldía Mayor de Bogotá:
Era un día de Semana Santa, como hacia las 11 de
la noche. No me había tomado ni un tinto. Estaba dándole vuelta al edificio y cuando
iba por el segundo piso, al fondo, donde hoy están las oficinas de la
Secretaría General, vi como algo que se movía. Me fui acercando y encontré que
era un bulto blanco, como de 1,60 metros de altura, que se movía por encima del
piso. No se le veían pies ni cabeza. De pronto, ese bulto se metió rápidamente
por esas oficinas y oí que se puso a escribir en una máquina. La verdad, me dio
mucho miedo. Me bajé corriendo al primer piso8.
Observamos entonces que se trata de un caso
similar a los descritos por Benítez y que concuerda con los extraños hechos
publicados por la socióloga japonesa Yuka Kudo, quien en 2016 entrevistó a más
de doscientas personas que afirmaban haber visto aparecidos en las costas de
Japón, después del tsunami del 2011.
Los testigos relataron que observaron seres de
carne y hueso que se comportaban de una forma particular y que fueron
identificados como víctimas de la tragedia gracias a registros fotográficos.
“Un taxista que trabajaba de noche encontró a una niña de aspecto extraño que
se hallaba sola. Tras preguntarle dónde estaban sus padres, le ofreció llevarla
a su casa, ella agradeció con una sonrisa y luego, según su relato, se
desvaneció al frente de él. El consternado taxista aseguró haber tocado la mano
a la pequeña”, afirmó Kudo para la BBC9.
También existen testimonios protagonizados por
personas que caminaban por parques o playas y entablaron charlas con desconocidos
que, tiempo después, fueron identificados como fallecidos en las inundaciones.
Asimismo, Kudo aclara que sus investigaciones no están dirigidas a comprobar la
existencia de fantasmas, sino a estudiarlos como un fenómeno sociológico
relacionado con el desastre.
En este sentido, manifestaciones parecidas han
sido explicadas por psiquiatras y psicólogos como parte del duelo colectivo de
comunidades afectadas por catástrofes. Son investigaciones que buscan darles
una respuesta científica a estos fenómenos.
UN MUNDO SIN FANTASMAS
A pesar de que muchos científicos se niegan a
comentar este tipo de apariciones, algunos las han analizado, con conclusiones
sorprendentes. Es el caso de Vic Tandy, profesor de la Universidad Coventry,
quien se interesó por este tipo fenómenos a principios de los ochenta, cuando
sus compañeros de laboratorio se quejaron de ser asediados por seres
invisibles, y el personal de limpieza aseguró percibir la silueta de una
persona durante las noches.
Al no encontrar explicación alguna, los miembros
del equipo de investigación empezaron a sugerir la existencia de algún tipo de
actividad paranormal, que el mismo Tandy consideró real después de sentir que
“algo” lo acompañaba.
Intrigado, analizó cada rincón de las
instalaciones hasta descubrir un ventilador que generaba una frecuencia de 18.9
Hz, imperceptible para el oído humano, que provocaba vibraciones y afectaba la
percepción de los trabajadores.
Meses después, Tandy publicó el artículo “The
Ghost in the Machine” en el Journal of the Society of Psychical Research,
en el que establece que cierto tipo de frecuencias pueden generar alucinaciones
auditivas y visuales que podrían confundirse con fantasmas.
Con el fin de probar su teoría, se dio a la tarea
de visitar lugares en donde eran comunes las apariciones, como el Castillo de
Edimburgo o la Catedral de Coventry. Allí registró la presencia de frecuencias
de onda similares, lo que lo llevó a concluir que muchos de estos sitios
podrían estar vinculados a vibraciones que podrían inducir alucinaciones a sus
visitantes.
Asimismo, Tapani Riekki, Marjaana Lindeman y
Tuukka T. Raij, investigadores de la Universidad de Helsinki, reunieron a un
grupo de creyentes y escépticos y los sometieron a una serie de exámenes, como
tomografías cerebrales, que revelaron que quienes creían en temas paranormales
tenían mayor capacidad para anular pensamientos no deseados ante extrañas
coincidencias; esto los induce a aceptar con mayor facilidad la existencia de
explicaciones sobrenaturales, mientras que los escépticos tienden a juzgar los
sucesos ilógicos como hechos fortuitos.
Igualmente, Brian Cox, físico de la Universidad de
Manchester e investigador en el Gran Colisionador de Hadrones, afirmó en el
2017 que los espíritus no podrían existir en nuestro universo:
Si es que existe algún tipo de sustancia que
maneja nuestros cuerpos, que hace que nuestros brazos y piernas se muevan,
entonces tiene que interactuar con las partículas que componen nuestros cuerpos
[…] Viendo que hemos realizado mediciones con una alta precisión sobre la forma
en que las partículas interactúan, entonces mi afirmación es que no existe algo
así como una fuente de energía que maneje nuestros cuerpos10.
Así pues, la ciencia estaría en desacuerdo
con la existencia de aparecidos a partir de la evidencia encontrada en diversos
estudios realizados al respecto. Estos argumentos proponen una idea
materialista de la vida y son predominantes en la actualidad.
LOS APARECIDOS DE J. J. BENÍTEZ
Lejos de la historia y los estudios científicos,
las teorías de J. J. Benítez acerca de la vida después de la muerte se
sustentan en las investigaciones recopiladas en el libro Estoy bien, en
el que presenta más de ciento treinta casos de apariciones de personas
fallecidas, que se describen como presencias físicas que pueden intervenir y
alterar la realidad.
Es una idea similar a la que encontramos en la
novela Más allá de los sueños, de Richard Matheson, en la que el cielo
es un lugar físico en donde los sentimientos pueden modificar al universo. Este
texto fue llevado al cine en 1998 por Vincent Ward, y protagonizado por Robin
Williams.
Se trata de una teoría distinta a las
tradicionales, sobre la que empecé a meditar mientras ayudaba a introducir los
equipos en el baúl de la camioneta. Un aroma a esmog y humedad se levantaba
sobre Bogotá; había dejado de llover y el granizo se derretía sobre extensos
charcos que se desvanecían entre brumas invisibles.
BIBLIOGRAFÍA
Artículos
Arries, Javier, “Peter Plogojowitz”, portal web de
Javier Arries, 2008. Disponible en: www.arries.es
Couto, Érica, “Los espectros furiosos como causa
de enfermedad en Mesopotamia”. Historiae, n.° 2, 1, 2005, pp. 27-53.
Disponible en: www.raco.cat.
Ewerthon, Tobace, “Los relatos de fantasmas en la
zona devastada por el tsunami de 2011 que aterran a Japón”, BBC, 28 de febrero
de 2016. Disponible en: www.bbc.com
García, María Fernanda, “Mitos y leyendas sobre
apariciones de mujeres en Bogotá”, revista Aló, 29 de octubre de 2012. Disponible
en: alo.co
Gómez, Lucevin, “El fantasma de la alcaldía
mayor”, El Tiempo, 25 de julio de 2004. Disponible en:
eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1503278
Redacción El Tiempo, “El lugar que habitan
los fantasmas”, El Tiempo, 31 de octubre de 2004. Disponible en: www.eltiempo.com
Redacción Emol.com, “¿Existen los
fantasmas? Físico británico explica por qué no es posible”, Emol.com,
2017. Disponible en: www.emol.com
Riekki, Tapani; Lindeman, Marjaana y Raij, Tuukka T., “Supernatural
believers attribute more intentions to random movement than skeptics: An fMRI
study”, Social Neuroscience, 9, 4, 2014, pp. 400-411.
Tandy, Vic y Lawrence, Tony R., “The Ghost in the Machine”, Journal
of the Society for Psychical Research, Vol. 62, n.° 851, abril de 1998. Disponible en: www.researchgate.net
Libros
Aguirre Castro, Mercedes; Delgado Linacero,
Cristina y González-Rivas, Ana (eds.), Fantasmas, aparecidos y muertos sin
descanso, Madrid: Abada Editores, 2014.
Anónimo, El libro de los muertos, Madrid:
Edimat, 2016.
Ares, Ignacio, “Aparecidos en el Antiguo Egipto”,
en Fantasmas, aparecidos y muertos sin descanso, Madrid: Abada Editores,
2014, pp. 13-24. Disponible en: nachoares.com
Benítez, Juan José, La quinta columna,
Barcelona: Editorial Planeta, 1991.
---, Caballo de Troya 1: Jerusalén,
Barcelona: Editorial Planeta, 2011.
---, Estoy bien, Barcelona: Editorial
Planeta, 2014.
Cicerón, On Divination. Book 1. Traducción,
introducción y comentario histórico de David Wardle, Nueva York: Oxford
University Press, 2006.
Faivre, Antoine, Ésotérisme, gnoses & imaginaire symbolique:
Mélanges offerts à, Lovaina-París: Peeters, 2001.
Matheson, Richard, Más allá de los sueños,
Madrid: La Factoría de Ideas, 2007.
Películas
Ward, Vincent, Más allá de los sueños
[película], Estados Unidos: Interscope Communications-Buena Vista
Internacional, 1998.
Registro sonoro
Entrevista a J. J. Benítez, “¿Hay vida después de
la muerte? J. J. Benítez lo afirma en entrevista exclusiva”, Más Allá,
Canal RedMas, 2019. Fragmentos disponibles en: www.youtube.com
1 La División Azul, o Blaue Division en
alemán, fue un destacamento de voluntarios españoles que apoyó al ejército alemán
durante la Segunda Guerra Mundial.
2 Los ritos funerarios mesopotámicos variaron de
acuerdo con la cultura y el momento histórico en el que se desarrollaron.
Solían ser bastante elaborados.
3 Couto (2005, p. 40).
4 En realidad el ka, el akh y el ba
son conceptos mucho más complejos, que algunos egiptólogos consideran difíciles
de traducir y a los que tendríamos que dedicar tomos enteros para lograr
explicarlos a cabalidad.
5 El Libro de los muertos es uno de los
documentos históricos más importantes del Antiguo Egipto. Se trata de una
colección de jeroglíficos dibujados sobre rollos de papiro, que se encuentran
en tumbas y sepulcros de personas pertenecientes a todas las clases sociales,
que contiene fórmulas mágicas para combatir a criaturas oscuras y encontrar el
camino correcto en el país de los muertos. Los ejemplares más antiguos
provienen del III milenio antes de Cristo, y se produjeron en tal magnitud que
es común que aparezcan en excavaciones arqueológicas modernas.
6 Ares (2014).
7 Arries (2008).
8 Gómez (25 de julio de 2004).
9 BBC (28 de febrero de 2016).
10 Redacción Emol (2017).
2. Javier Vanegas Montoya: Levántate y anda
Lázaro habla: Javier
Vanegas Montoya - Doctor Miguel Ramírez - Volver de los muertos -
Resurrecciones modernas - Resurrecciones
colombianas - La ciencia de la resurrección - Del cielo al infierno -
Bibliografía
El olor a marihuana y pegante invadía cada
esquina de la calle del “cartuchito”, ubicada a escasas cuadras de la puerta
seis de Corabastos. Allí, las montañas de basura y comida putrefacta se
acumulaban en los rincones en donde se apostaban malandros y prostitutas que
ofrecían sus servicios entre ollas y sopladeros de bazuco.
Hasta allá llegaron Javier Vanegas y su esposa
Isolina Cortez para vender las cosas que encontraban entre las bolsas de basura
del norte de la ciudad, y las empezaron a acomodar sobre una lona descolorida.
La calle estaba llena de carretas, policías y hombres con collares de oro, que
no reparaban en los patines rotos, las porcelanas quebradas y las revistas
viejas que la pareja limpiaba con una bayetilla.
Solamente los miraba “Sandra”, la “Chicholina”, la
“Chata”, que se contoneaba con los pulmones repletos de bóxer y los ojos
vidriosos.
—Psss… pss… pss… —empezó a llamar a Isolina desde
la acera de enfrente.
—¿Qué es lo que quiere? —le respondió la mujer.
—Primeramente, quiero decirle que yo a usted la
respeto pero su esposo es un traidor, una porquería, una rata falsaria.
—Hágame el favor y me explica por qué me está
diciendo eso.
—Porque cuando usted se va, su marido se larga a
donde las viejas que tiene por la otra cuadra —aseguró la “Chicholina”.
Isolina guardó silencio, sintió rabia y se
devolvió hasta donde estaba su esposo:
—¡Ya estoy cansada de todo, Javier! Me están
diciendo que otra vez tiene moza y así no se puede, ¡con usted no se puede! —le
gritó adolorida.
Vanegas se llenó de motivos y se dirigió hacia
donde estaba la “Chicholina”, quien instintivamente se llevó la mano al
bolsillo, en donde tenía un cuchillo de pelar papas con mango de madera, y
antes de que él pudiera reaccionar, se le abalanzó encima y le clavó la punta
del arma debajo del brazo. Él trastabilló y sintió una especie de espasmo
mientras la mujer se escapaba entre un grupo de vendedores de hortalizas.
—¿Le pasó algo? —preguntó Isolina.
—Nada, mami, estoy bien —contestó el hombre con la
voz apagada.
La mujer no confió en sus palabras; le levantó la
chaqueta y sintió un líquido viscoso: tenía la camisa empapada de sangre y una
herida debajo de la axila que se abría como si fuese una regadera.
Vanegas intentó caminar y se sintió ahogado.
—¡Auxilio, que me lo mataron! ¡Me lo mataron!
—empezó a gritar Isolina, mientras los recicladores corrían de lado a lado en
busca de ayuda.
Entre varios lo tomaron de los brazos y lo
cargaron hasta el Centro de Atención Médica Inmediata de Patio Bonito, en donde
lo remitieron al hospital de Kennedy. La pareja se subió entonces a un taxi,
que estuvo a punto de estrellarse contra un furgón que transportaba carnes
frías.
—Cuídeme a los hijos, cuídemelos bien —alcanzó a
decir Javier antes de perder la conciencia.
—No se me muera, por favor, no se me vaya a morir.
¡No se me muera! —gritaba Isolina.
El taxista aceleró hasta llegar a la avenida
Primero de Mayo, por la que giró frente a un edificio que parecía una caja de
zapatos, en donde funcionaba el hospital de Kennedy. Se parqueó frente a la
central de urgencias, abrió la puerta y ayudó a sacar al herido, al que
acostaron sobre una camilla que llevaron enseguida al quirófano.
Domingo 20 de octubre de 2013, 10:03 de la mañana
Hospital de Kennedy, Bogotá, Colombia
Las puertas se abrieron con premura mientras los
enfermeros cortaban las ropas de Vanegas y las dejaban a un lado. “¡Código
azul, código azul!”, gritaban, mientras empujaban la camilla por un pasillo que
estaba atestado de enfermos, quienes observaron al doctor Miguel Ramírez de camino
al quirófano.
Habían pasado siete minutos desde que Javier entró
a la sala de cirugía y su condición era crítica.
—Doctor, el paciente esta in extremis
—mencionó la enfermera.
—No tiene tensión, no hay pulso ni respiración, y
carece de reflejos —puntualizó el técnico quirúrgico.
—¡Preparémonos para una toracotomía de
resucitación de emergencia! —ordenó el doctor Ramírez.
El anestesiólogo instaló una mascarilla sobre el
rostro de Javier, que parecía una estatua. Los gases comenzaron a fluir
mientras el cirujano pidió un bisturí y le realizó una incisión en el pecho que
le dejó expuesto el corazón, sobre el que era visible una herida de tres
milímetros en la aurícula izquierda, que Ramírez suturó con rapidez.
—Doctor, el paciente se encuentra en paro cardiorrespiratorio
—mencionó el anestesiólogo.
—Los signos son escasos e inestables —aseveró el
enfermero asistente.
Concentrado en el cuerpo de Vanegas, el cirujano
observó el órgano dentro de la caja torácica, lo tomó con ambas manos y empezó
a masajearlo; era un procedimiento riesgoso y la única posibilidad de salvarle
la vida.
Habían pasado dieciocho minutos, y una sensación
lúgubre se extendía por la sala, que contrastaba con el resplandor de las
lámparas de cirugía, que brillaban como mil soles sobre los trajes del equipo
quirúrgico.
A pesar del esfuerzo de los especialistas, el
cuerpo de Javier no respondía; sus ojos se pusieron blancos, los monitores no
encontraban signos vitales y su piel comenzó a adquirir el mismo tono de los
cadáveres.
Sobre el minuto treinta y uno el anestesiólogo se
alejó de la camilla, respiró profundo y se quitó los guantes:
—El paciente está muerto, no perdamos más el
tiempo —afirmó, mientras Ramírez solicitaba que le inyectaran otra dosis de
adrenalina y continuaba oprimiéndole el pecho.
Habían pasado cuarenta y siete, cuarenta y ocho
minutos, cuando la mayoría se dio por vencida. No era la primera muerte que
enfrentaban, pero toda muerte es una derrota para un médico, y a nadie le gusta
ser derrotado por su peor enemigo.
A los cincuenta y dos minutos el doctor Ramírez le
ordenó a uno de sus estudiantes que lo remplazara mientras el resto se
preparaba para llevarlo a la morgue; pero a los cincuenta y tres sucedió algo
increíble: el corazón de Javier empezó a latir luego de estar muerto durante
casi una hora. La sangre oxigenó las arterias, su rostro se contrajo y comenzó
a respirar. El equipo quirúrgico estaba frente a uno de los casos de
resucitación más sorprendentes de la historia de la medicina.
Los monitores se activaron, el doctor Ramírez
suturó las heridas y ordenó que trasladaran al paciente a la Unidad de Cuidados
Intensivos, en donde temía que sucediera lo peor, pues el cerebro podría haber
sufrido daños irreparables durante el tiempo en que había estado sin oxígeno.
Sin embargo, nada de esto sucedió, y Javier
despertó ante el asombro del personal médico. “Vi gente muerta”, le dijo a su
esposa tan pronto pudo musitar palabra, y la noticia se regó como pólvora.
A la mañana siguiente el hospital se llenó de
cámaras y micrófonos que querían entrevistar al “Lázaro de Corabastos”, como
empezaron a llamarlo. Al principio las directivas del hospital intentaron
evitar a los medios de comunicación, pero sucumbieron ante la presión y
permitieron que los periodistas entraran como si fuesen visitantes.
“No hay nada más que decir. Esto es un milagro”,
afirmó en televisión el doctor Juan Ernesto Oviedo, gerente del hospital.
LÁZARO HABLA: JAVIER VANEGAS MONTOYA
La fama del resucitado siguió aumentando y, luego
de veintiocho días, visitó las instalaciones de La Cariñosa de RCN Radio, en
donde contó los pormenores de su viaje al más allá:
Cuando entré a cirugía el corazón dejó de latirme;
entonces entré en una película en la que llegó un mesías12, un hombre que tenía una bata larga color crema,
la cabeza tapada y unas sandalias de cuero hermosas, bellísimas, y que
brillaban mucho.
Ese mesías me tomó de la mano y me llevó a una
montaña con forma de caracol, que empezamos a subir hasta que alcanzamos la
cresta, en donde me mostró un lugar grande, ancho y muy bonito, que era el
paraíso.
En ese paraíso estaba la mamá de mi suegra, alma
bendita que era cristiana, la hermana Ligia, la hermana Ana y muchas otras
hermanas orándole al Señor, sentadas en círculo sobre unos pastales grandes y
verdes, muy verdes, sin manchas de hielo ni de nada; era algo impresionante,
algo hermoso. En medio de los pastales se veían unos árboles grandes y hermosos
y tres burros. Unos burros negros, preciosos, con el pelo suave, como de
peluche, que comían pasto.
Entonces el mesías me hizo subir y darle tres
vueltas a la montaña hasta que llegamos a un punto en el que se podía ver un
hueco en el que estaba el infierno. En ese momento todo se volvió muy doloroso,
todo estaba muy oscuro y negro; se veía gente mala, muy mala, como la banda de
los Alirios Canos, Mauricio el “Roedor”, alias el “Nene”, uno de los peores
matones de Patio Bonito y otra gente perversa que ya estaba muerta.
También había unos amigos míos de la calle, malas
amistades, torcidos que estaban metidos en un pozo de candela del que sacaban
la cabeza y gritaban: “Auxilio, auxilio, ayúdenme”; en ese momento el mesías me
agarró más fuerte y me apartó del barranco.
Era un lugar horrible, que olía muy mal, como a
cal y azufre, y se escuchan muchos llantos y muchos gemidos; es algo muy
difícil de describir porque todo pasó muy rápido, tan rápido que no pude ver
gente famosa, ni a políticos, ni a Michael Jackson.
Entonces el mesías me jaló y empezamos a
descender; yo me volteé y le dije que quería quedarme en el paraíso, pero él no
quiso dejarme por alguna razón y me hizo descender más rápido, mucho más
rápido.
Bajamos, bajamos y bajamos, y yo sentía que estaba
sobre la tierra, que todo lo que había visto se quedaba atrás, muy atrás; que
todo se perdía lejos, muy lejos.
Cuando ya llegamos a la Tierra, el mesías me soltó
la mano, y cuando me soltó la mano se desapareció; sentí un golpe y abrí los
ojos, y me di cuenta de que estaba lleno de mangueras en los brazos y tubos en
la boca, y me sentí desesperado.
Entonces vi a unos médicos a los lados y empecé a
decirles que me soltaran para moverme, pero no podía porque me tenían amarrado;
volteé la cabeza y vi a mi mujer con mi sobrina, me sentí mal y empecé a
llorar.
Al verme como estaba, mi esposa se puso a llorar
también y el médico le pidió que se fuera, que se fueran de la habitación
mientras se tranquilizaban, y las sacaron.
Vino una gente y me preguntó si había visto un
túnel, pero no era ningún túnel, era una montaña alta, muy alta, por la que uno
sube por un camino con forma de caracol, sin piedras ni escaleras ni nada, que
está hecho de tierra pisada y firme.
Yo solo digo gracias a Dios por darme esta segunda
oportunidad de vivir de nuevo, para recuperar el tiempo perdido, para recuperar
a mi familia y a todo lo que me ha quitado el trago y el vicio13.
DOCTOR MIGUEL RAMÍREZ
“Mi nombre es Miguel Ramírez. Soy cirujano
general, vascular periférico y de trauma; trabajé durante veintisiete años en
el hospital de Kennedy, desde sus inicios e inauguración, operando pacientes
con trauma y lesiones vasculares; nunca habíamos tenido un caso similar. El de
Javier Vanegas impactó a todas las sociedades médicas y científicas, de
cirugía, de cuidado crítico, porque nunca pudimos encontrarle una explicación
científica.
”En ese momento era el jefe del departamento
quirúrgico del hospital de Kennedy, adonde asisten los estudiantes de Medicina
a rotar en cirugía de trauma, por lo que era profesor de seis universidades.
Adentro del quirófano éramos doce personas, y para mí era un reto muy grande
sacar adelante este caso; era una herida muy grande que logramos arreglar, pero
el paciente venía en shock desde Patio Bonito, por lo que decidí romper
el protocolo y hacerle un masaje cardiaco directo.
”El corazón estaba dilatado, cadavérico, sin
futuro; yo seguí trabajándole y a los cincuenta y cuatro minutos volvió a latir
sin ninguna explicación, por lo que pienso que sucedieron factores extraacadémicos,
extracientíficos, y para mí es un milagro.
”Yo entiendo que hay mucho escepticismo en el
mundo con el tema de los milagros, de lo que no entendemos, pero hasta el día
de hoy no hay otra explicación.
”Otros cirujanos, después del caso de Javier,
intentaron reproducir el mismo procedimiento, con reanimaciones prolongadas por
encima de los veinte minutos, que es el límite que tiene establecido la OMS, y
ningún paciente ha sobrevivido, por lo que yo creo que lo que sucedió ese día
fue diferente, muy diferente a cualquier cosa de la que se tenga registro.
”Ese caso me cambió la vida, porque nos dedicamos
a estudiar el caso, a ampliar nuestros conocimientos sobre las reanimaciones
cardiacas, y me enseñó a no rendirme, a continuar hasta el final por los
pacientes, pero también afianzó mi fe en Dios. Repito: aquí hubo factores que
no tienen explicación”.
VOLVER DE LOS MUERTOS
Las palabras de Javier Vanegas llamaron
enormemente la atención del público, que empezó a llamarlo el “Lázaro
bogotano”, haciendo alusión a uno de los fenómenos más llamativos de todos los
tiempos: la resurrección, un concepto ancestral que presupone la posibilidad de
que algunos individuos puedan retornar a la vida luego de haber estado muertos.
Aunque al principio nos parezca un concepto banal,
la resurrección ha sido fundamental para el desarrollo de las principales
religiones del mundo, como propone el antropólogo James Frazer en su libro La
rama dorada. Allí Frazer asegura que el núcleo de las grandes creencias es
la muerte de los dioses y su renacimiento, como sucede con Osiris, del Antiguo
Egipto, quien posee la piel del color de un cadáver como muestra de que regresó
del mundo de los muertos, o Tammuz, dios de los pastores de Mesopotamia, que
fue asesinado por Inanna, la diosa del amor, quien, arrepentida, utilizó sus
poderes para revivirlo. En este sentido, la resurrección parece ser una
alegoría del renacimiento y un testimonio de la existencia del mundo
espiritual.
Este mundo se pone de manifiesto en uno de los
libros más antiguos del mundo: la Torá judía, el Pentateuco o Antiguo
Testamento, en donde se describen sucesos sobrenaturales que desafían la lógica
moderna.
Uno de estos es el descrito en el libro de los
Reyes, en el que se cuenta que “Cada año, bandas de guerrilleros moabitas
invadían el país. En cierta ocasión, unos israelitas iban a enterrar a un
muerto, pero de pronto vieron a esas bandas y echaron el cadáver en la tumba de
Eliseo. Cuando el cadáver tocó los huesos de Eliseo, ¡el hombre recobró la vida
y se puso de pie!” (13:20-21). Esta es una historia milenaria, con diversos
trasfondos, que pretende mostrar la legitimidad de los profetas que representan
la voz de Dios, que puede castigar, curar y transformar al mundo mediante el
verbo y la palabra sagrada.
También encontramos historias similares en el
Nuevo Testamento, en el que Jesús y sus apóstoles reviven a los muertos frente
docenas de personas que se transforman en testigos de su advenimiento.
Tal vez la historia más conocida es la de Lázaro
de Betania, que le dio a Javier Vanegas su apodo. El cuerpo de Lázaro llevaba
cuatro días en su tumba cuando Jesús de Nazaret les pidió a sus familiares que
corrieran la piedra que cerraba su sepulcro. Después de esto, gritó: “¡Lázaro,
levántate y anda!”14, y el muerto salió con la cabeza enrollada en un
lienzo y los brazos en vendas entre el alboroto de sus familiares.
Asimismo, Marcos narra en su evangelio cómo Cristo
se hizo presente en el funeral de una niña de doce años: “Jesús entró a la
sinagoga y vio alboroto y gente que lloraba y se lamentaba mucho, y les
preguntó: ‘¿por qué lloran? Su niña no está muerta, se encuentra dormida’, y se
burlaron de sus palabras. Entonces los echó afuera, menos al padre, a la madre
y a los más cercanos a la pequeña, a quienes llevó hasta donde estaba el
cuerpo, que tocó con una mano mientras decía: ‘Talita cumi’, que
traducido es: ‘Niña, a ti te digo, levántate’. Y la niña se levantó y caminó,
luego de lo cual pidió comida”15.
No obstante, Cristo no fue el único con la
capacidad de traer a la vida a los muertos; también los apóstoles poseían el
poder de obrar esta clase de milagros. Uno de estos sucesos se describe en el
libro Hechos de los Apóstoles, en el que se narra la historia de una
mujer que sería revivida por san Pedro:
Había en Jope una mujer creyente llamada Tabita,
cuyo nombre significa “Gacela”, que se dedicaba a hacer buenas obras y a
socorrer a los necesitados. Pero un día cayó enferma y murió. Lavaron su
cadáver y lo depositaron en una habitación. Los discípulos de Jope, ciudad
próxima a Lida, se enteraron de que Pedro estaba cerca y enviaron a dos hombres
con este ruego: “Ven a nuestra ciudad sin pérdida de tiempo”.
Pedro partió con ellos enseguida. Al llegar a Jope
le hicieron subir a la habitación donde estaba la difunta. Allí se vio rodeado
de viudas y dolientes. Pedro hizo salir a todos y, arrodillándose, se puso a
orar. Se acercó después al cadáver y dijo: “¡Tabita, levántate!”.
Entonces, ella abrió los ojos y, al ver a Pedro,
se incorporó en el lecho. Él la tomó de la mano y la ayudó a ponerse en pie;
llamó a las viudas y a los fieles, y se las presentó con vida. La noticia
corrió por toda Jope, y fueron muchos los que creyeron en el Señor. Pedro se
quedó una temporada en Jope, en casa de un tal Simón, que era curtidor16.
Esta sorprendente historia tendría la finalidad de
manifestar el poder de Dios y de Cristo en la tierra, como testimonio de fe
para los creyentes, que se amplifica de manera exponencial si tenemos en cuenta
que la resurrección de Cristo y la creencia en la resurrección de los muertos
en el fin de los tiempos son algunos de los ejes principales del cristianismo.
El teólogo alemán Hans Küng, asesor del Vaticano
durante décadas, escribió el libro ¿Vida eterna?, en el que analiza las
experiencias cercanas a la muerte de pacientes y moribundos. En la página 179
sostiene que la resurrección es un misterio que fortalece la fe de los
creyentes: “El verdadero milagro de la resucitación consiste en que Dios tiene
la última palabra allí donde desde el punto de vista humano se ha acabado
todo”.
Lejos de los registros religiosos, existen otros
casos de personas que resucitaron debido a milagros médicos, sucesos
inexplicables o poco estudiados, y que llegan a nosotros para demostrarnos la
vigencia del fenómeno.
RESURRECCIONES MODERNAS
Aunque parece mentira, los casos de resucitación
ocurren permanentemente alrededor del mundo, como si quisieran recordarnos la
capacidad de resistencia y adaptabilidad del cuerpo humano.
Se han presentado casos sorprendentes, como el
sucedido en Guangxi (China) en 2012, cuando Li Xiufeng, una mujer de noventa y
cinco años de edad, sufrió un golpe en la cabeza que le causó una gran
conmoción y la dejó inconsciente sobre su cama.
Según el Daily Mail17, algunos días después uno de sus vecinos, Chen
Qingwang, entró a su casa, extrañado por su ausencia, y halló el cuerpo
estirado e inerte: “Por mucho que la empujé y la llamé por su nombre, no
reaccionaba”, afirmó Chen. “Traté de sentir su respiración y comprobé que ella
se había ido, aunque su cuerpo aún no estaba frío”, puntualizó.
Así pues, los vecinos se comunicaron con la
familia de la mujer y se iniciaron los preparativos para los ritos funerarios,
cuya principal costumbre es la de mantener el ataúd dentro de la casa durante
varios días para que los familiares puedan estar cerca del cuerpo.
Según registros oficiales, el cadáver fue
introducido en el féretro el 19 de febrero de 2012 y colocado en medio de la
sala. Pero una semana después, Chen encontró el cajón vacío: “Estaba tan
horrorizado, así que les pedí ayuda a los vecinos para buscar el cuerpo”.
Los habitantes de la aldea subieron a las montañas
y revisaron los lugares aledaños a sus casas, pues estaban seguros de que
alguien se había robado el cadáver de la anciana. Después la encontraron
sentada en un butaco frente a la estufa de su cocina.
Asustados, los testigos le preguntaron cómo se
sentía: “He dormido durante mucho tiempo, tengo mucha hambre y quería cocinar
algo para comer”, respondió Li Xiufeng.
Según el diario inglés, un médico de la región
aseguró que la mujer se había salvado de morir enterrada o cremada “gracias a
la tradición local de dejar el ataúd en la casa durante varios días”, y que
desconocía las razones por las que había caído en estado comatoso.
Esta es una historia anecdótica que dista mucho de
la de Javier Vanegas, pero nos lleva a pensar que este tipo de situaciones son
comunes en todas las culturas y religiones, que plantean diferentes
explicaciones para este tipo de fenómenos.
Otro caso es el de Zack Dunlap, un joven
norteamericano de veintiún años que fue noticia en 2007, cuando sufrió un grave
accidente en una cuatrimoto que, según los médicos, lo había dejado con muerte
cerebral. Fue trasladado a una sala de operaciones con el fin de extirparle los
órganos para dárselos a otros pacientes.
El cirujano encargado de la disección revisó los
signos vitales: “El paciente está muerto”, afirmó sosteniendo un bisturí en la
mano. “Iniciemos el procedimiento”, ordenó. Sin embargo, Dunlap asegura que se
encontraba consciente, a pesar de que los monitores no mostraban actividad en
su cerebro: “Lo escuché desde algún lugar y me volví loco por dentro”, comentó
al canal NBC, que lo entrevistó en marzo de 200818.
Mientras el equipo médico se preparaba para la
intervención, entró al quirófano Dan Coffin, un primo de Zack que era
enfermero, sacó una navaja de su maletín y se la pasó a Zack por las manos,
provocando que este se sacudiera y se cruzara de brazos.
Ante la contundencia del reflejo, los galenos lo
trasladaron con urgencia a una unidad de cuidados intensivos, en donde le
instalaron un respirador y le aplicaron diversas medicinas que le salvaron la
vida.
Dos días después, Zack recobró la conciencia:
“Observó al rededor y me dijo: ‘Te amo’”, afirmó Pamela Dunlap, madre del
joven. “Creo que Dios tiene un gran plan para Zack”, aseguró después la mujer.
Igualmente, Naomi Blackford, la abuela del resucitado, aseveró: “Es un milagro.
Era demasiado joven para que Dios se lo llevara. No era su momento”.
La de Zack es una historia sorprendente que nos
permite especular que malos diagnósticos o errores médicos pueden generar este
tipo de situaciones, aunque los doctores que atendieron a Dunlap aseguraron en
varias oportunidades que habían cumplido todos los protocolos.
Sin embargo, estos casos no son una anomalía, sino
una constante que se repite cada año, y también han sucedido en Colombia, en
donde la fe se mezcla con la magia y los anhelos de inmortalidad nos llevan a
situaciones insospechadas que nos abren las puertas del misterio.
RESURRECCIONES COLOMBIANAS
A pesar de no ser tan espectaculares como la
resurrección de Javier Vanegas, existen otras sucedidas en Colombia que han
llamado la atención del público. Se trata de casos sorprendentes que se
deslizan entre el pensamiento mágico y la idiosincrasia de nuestros pueblos;
sucesos que son materia de debate y orgullo para los habitantes de municipios
olvidados, en los que se narran leyendas bajo los contornos de selvas y
cordilleras.
Una de estas historias es la de Jorge Eliécer
Julio Ramírez, quien habría resucitado en la población de Pelaya (Cesar) en el
2015. Este hecho llamó la atención de las fuerzas de seguridad del Estado y de
los principales medios de comunicación, que enviaron a sus corresponsales a la
zona. Entre estos periodistas estaba Daniel Rivera, de la revista SoHo,
quien atravesó el país para desentrañar la madeja de los hechos acaecidos en
una fabulosa crónica, de la que presentamos algunos fragmentos para reconstruir
la historia19.
Rivera cuenta que Jorge Eliécer Julio murió el 22
de septiembre en la Clínica Estríos, de Cartagena, a los 52 años. Tenía el
pecho inflado y amoratado. Según el dictamen médico, había sido un infarto.
Durante la velación, la hermana del fallecido, Riquilia Julio, “sintió un
arrebato en el corazón y quiso leerle la Biblia, exactamente el capítulo seis
de los Salmos, el mismo que le había revelado el Señor a Jorge Eliécer en la
cárcel […]. Algunos familiares guardan en sus celulares videos en los que se ve
a Riquilia arrimándose a la cara de su hermano, aún en el ataúd, mientras le
habla como si estuviera vivo. Alrededor, se escuchan oraciones”.
De repente, todos los presentes coincidieron en lo
que vieron:
Jorge Eliécer abrió los ojos por unos segundos y
los volvió a cerrar. Para unos fue un momento de júbilo; para otros, de
espanto. No faltaron los que salieron corriendo, pero la mayoría aplaudió.
Sacaron a Jorge Eliécer del cajón y lo sentaron en una mecedora. “Inmediatamente
le empezó un abrigo. Ya no estaba frío y se puso como aguado, ya no estaba
tieso. Eso fue una cosa grande y poderosa la que hizo Dios, porque él
verdaderamente resucitó”, recuerda Riquilia, quien hace unos minutos estaba
furiosa porque, según ella, los pocos medios que cubrieron la noticia hicieron
de tal proeza un chiste, solo se rieron del milagro.
Álvaro Javier Sánchez trabaja en una panadería de
Pelaya y le relató a Rivera: “Yo fui hasta Cartagena con mi tío Nulfarid, que
es cuñado de Jorge Eliécer, para traerlo. Todo estaba normal, él venía en el
carro fúnebre y aquí llegó como muerto, pero dicen que resucitó: abrió los
ojos, lloró y respiró. La lógica es que era un milagro de Dios, pero de todas
maneras lo enterraron así. Yo no sé si creer o no”.
El periodista también habló con John Léider
Moreira, el médico que revisó el cuerpo de Jorge Eliécer, que reiteró que no
había milagro alguno, que estaba muerto: “Yo, la verdad, no vi nada. El hombre
tenía todos los fenómenos de varios días de muerto. Cuando yo llegué ahí
estaban orando y como que no les gustó mucho. Les di el concepto médico. Ya
tenía rigidez, estaba hinchado. Todos los fenómenos cadavéricos. Eso sí, fétido
no estaba y para tener dos días no estaba tan rígido, pero todo depende de cómo
esté preparado”.
Pero pasaron dos días y Jorge Eliécer no
reaccionaba del todo, aunque tenía un pulso leve y estaba respirando. Sus
familiares, cansados de esperar, pidieron una señal divina. Su hermana Inés le
dijo a Rivera: “Vimos aquí una lucecita como azul. Estábamos ahí paraditos y
nos cubrió una luz hermosa, preciosa. De repente miramos al cielo y vimos tres
soles, ahí supimos que mi hermano se iba a morir ahora sí, que esa era la
gloria de Dios, que se lo llevaba”. Su hermano Juan de Dios relató que,
mientras sostenía sus manos, sintió un apretón y supo que era su despedida, que
había muerto.
Esta es la conclusión de Rivera sobre este
misterioso caso:
En la familia de Jorge Eliécer se preguntan por
qué no terminó de resucitar, por qué no acumuló fuerzas y se paró. Les echan la
culpa a los cinco potes de formol, o cuatro, nadie sabe bien cuántos terminaron
en el cuerpo. Y por las calles de Pelaya hay quienes juran que Jorge Eliécer
está por ahí, haciéndose su fiesta, fugado de la justicia. Pero la tumba —en
medio de ese cementerio arrasado al que solo le faltan animales carroñeros—
dice que ese hombre amoratado no venció la tercera muerte.
Sin duda es una historia sorprendente que conjuga las creencias locales con extraños acontecimientos como la aparición de tres soles, que resultan inquietantes y que demuestran la vigencia del concepto de la resurrección.
LA CIENCIA DE LA RESURRECCIÓN
Tal vez los mismos anhelos de los habitantes de
Pelaya residen en la mente de científicos como Samuel Tisherman, de la
Universidad de Maryland, College Park, quien ha gastado gran parte de su tiempo
en crear técnicas de “animación suspendida”, con las que espera salvar a
pacientes aquejados por traumas complejos.
Su método consiste en drenar toda la sangre de los
pacientes y congelarlos a 20 °C menos que la temperatura normal corporal, para
operar los órganos y reconstruir los cuerpos con mayor tranquilidad y después
“revivirlos”.
Esta técnica ya ha sido puesta a prueba en
animales, que no sufrieron mayores efectos secundarios al despertar. “Por un
rato están un poco confundidos, pero vuelven a la normalidad al cabo de un
día”, comentó Tisherman a la BBC en 2014.
Sin duda es una técnica de resucitación que, de
funcionar entre humanos, representaría un gran avance para la medicina, pues
nos daría la posibilidad de salvar a muchas personas en la actualidad.
Este método basado en el frío nos recuerda el caso
de Audrey Mash, una montañista británica que sufrió un paro cardiorrespiratorio
entre la nieve en los Pirineos en 2019. Fue rescatada y conducida al hospital
Valle de Hebrón de Barcelona, en donde reanimaron su corazón luego de seis
horas. Se piensa que el frío habría ayudado a que Mash se recuperara: “fue una
condición que estuvo a punto de causarle la muerte, pero a la vez también la
salvó, porque su organismo, sobre todo su cerebro, no se deterioró”, le explicó
el doctor Eduard Argudo al diario El Mundo20.
La de Mash fue una situación extrema, si tenemos en
cuenta que la hipotermia severa es diagnosticada cuando el cuerpo se encuentra
por debajo de los treinta grados, y la temperatura de ella estaba en dieciocho
grados. “Esto significa el grado extremo de hipotermia: estaba inconsciente, no
respiraba y no tenía pulso, lo que conocemos como muerte aparente”, señaló Chus
Cabañas, director médico de la zona.
Al final, los médicos lograron reanimarla y darla
de alta luego treinta y dos días, sin que sufriera ningún daño cerebral. Fue lo
que muchos consideran un milagro médico, similar al del “Lázaro de Corabastos”,
aunque en este caso no se dieron visiones ni experiencias espirituales.
Estas circunstancias caracterizan el caso de
Javier Vanegas, quien, a diferencia de los otros que hemos revisado, asegura
haber conocido el paraíso y el infierno, visto a personas fallecidas y entrado
en contacto con una entidad divina que lo guiaba por este espacio, un “mesías”
que lo habría alejado de la muerte, retornándolo a la sala de cirugía y a la
vida; una vida lejana del gozo eterno, que estaba marcada por la droga, la
enfermedad y la violencia.
DEL CIELO AL INFIERNO
Cuando Javier salió del hospital fue el centro de
atracción de noticieros y periódicos, que con el tiempo se olvidaron de él;
surgieron nuevos titulares, nuevas historias, y el resucitado regresó a las
calles, al anonimato y al bazuco.
En agosto de 2020 decidí seguir su rastro hasta la
puerta seis de Corabastos y al barrio María Paz, que lucía arrasado por la
pandemia del COVID-19.
Los recicladores y los habitantes de calle se
movían sigilosos entre las ollas que se ubicaban cerca de las bodegas de
reciclaje, en cuyo interior podían verse grandes fardos repletos de metal y
plásticos, mientras algunos funcionarios de la Secretaría de Salud caminaban de
lado a lado con formularios y carpetas en las manos.
Les pregunté a dos o tres personas por “Lázaro”,
pero ninguno parecía conocerlo ni querían responder a mis preguntas; pasé
frente al lugar en donde recibió la puñalada y me dispuse a tomar un taxi.
—¿Usted es el que está preguntando por Vanegas?
—me dijo un hombre gordo con el rostro cubierto por un tapabocas.
—Sí, señor. Es para un asunto periodístico —le
contesté.
El hombre frunció el ceño, me miró a los ojos, y
me dijo:
—Hace rato que no se le ve por acá. Unos dicen que
se rehabilitó y está juicioso; otros, que lo mataron, y otros, que volvió a la
calle y se la pasa por el centro. ¡Ojalá esté juicioso! Porque si volvió a la
calle debe estar fregado, pues la calle es el verdadero infierno.
BIBLIOGRAFÍA
Artículos
Mixoy, Antoni, “Una mujer ‘resucita’ tras
permanecer más de seis horas en parada cardíaca”, El Mundo de España, 5
de diciembre de 2019. Disponible en: www.elmundo.es
Morales, Natalie, “‘Dead’ man recovering after ATV
accident”, NBC News, Transcript, 23 de marzo de 2008. Disponible en: www.nbcnews.com
Parsons, Chris, “Chinese woman, 95, comes back to life by climbing
out her coffin six days after she ‘died’”, Daily Mail, 3 de marzo de
2012. Disponible en: www.dailymail.co.uk
Redacción HSB Noticias, “Hombre revivió
como Lázaro en tiempos bíblicos”, 24 de octubre de 2013. Disponible en: hsbnoticias.com
Redacción Semana, “Este el hombre que
resucitó en el hospital de Kennedy”, revista Semana, 25 de octubre de
2013. Disponible en: www.semana.com
Rivera, Daniel, “La historia del muerto que
resucitó en la costa”, revista SoHo, 2015. Disponible en: www.soho.co
Robson David, “Cómo traer los muertos a la vida”, BBC
Mundo, 11 de julio de 2014. Disponible en: www.bbc.com
Audio
Nota importante: el testimonio de Javier Vanegas
es una transcripción y adaptación de la entrevista que concedió el 19 noviembre
de 2013 a la emisora La Cariñosa de RCN Radio, titulada “El Lázaro de
Corabastos”, en la cual habló de su experiencia en el más allá. La entrevista
estuvo a cargo de Francisco Romero “Pacho Alerta”, director del noticiero Alerta
Bogotá. Para el equipo de la emisora todos los créditos. Disponible en: www.alertabogota.com
Entrevista
Entrevista al doctor Miguel Ramírez, septiembre de
2020.
Libros
Biblia de Jerusalén, 5ª edición, Bilbao: Desclee de Brouwer, 2018.
Biblia Reina Valera Contemporánea, 2009-2011, Sociedades Bíblicas Unidas.
Disponible en: www.biblegateway.com
Küng, Hans, ¿Vida eterna?, Madrid:
Editorial Trotta, España, 2011.
Frazer, James George, La rama dorada: magia y
religión, nueva edición a partir de la versión original en 12 vols.,
México: Fondo de Cultura Económica, 2011.
Material audiovisual
Reportaje programa Cuatro caminos, “Segunda
oportunidad”, octubre de 2017. Disponible en: noticias.canalrcn.com
11 La reconstrucción de los hechos aquí mencionados
fue realizada a partir de entrevistas a algunos de sus protagonistas, y
ajustada con el contenido de los reportajes que se apuntan en la bibliografía.
12 En el audio original, Vanegas nombra a la entidad
como “mesías” o “mesié”, que aquí interpretamos como un mesías, debido al
contexto de su narración.
13 Transcripción y adaptación de “El Lázaro de
Corabastos” (19 de noviembre de 2013).
14 El milagro de Lázaro es uno de los más
importantes y aparece en tres de los cuatro evangelios: Mateo (9:5), Marcos
(2:9) y Lucas (5:23).
15 Texto adaptado libremente del evangelio de Marcos
(5:21-43), Biblia Reina Valera Contemporánea, 2009-2011, Sociedades
Bíblicas Unidas.
16 Biblia Reina Valera Contemporánea, 1960, Hechos de los Apóstoles 9.
17 Daily Mail (3 de marzo de 2012).
18 Morales (23 de marzo de 2008).
19 Rivera (2015).
20 Mixoy (5 de diciembre de 2019).
3. Ernesto Samper: Visitantes del más allá
Miércoles 6 de diciembre de 1989, Bogotá, Colombia
El resplandor azuloso de la madrugada atravesaba
las cortinas de la cocina, mientras la voz de Juan Gossaín emergía del radio
que descansaba sobre la nevera, desde donde comentaba los problemas de
indisciplina de Albeiro “el Palomo” Usuriaga, quien anotó el gol con el que
Colombia venció a Israel para clasificar al Mundial de Italia 90.
Me remangué la piyama frente a la mesa del
comedor, sobre la que había un pocillo con aguapanela; en su interior flotaba
una avispa, que parecía una criatura extraterrestre. Empecé a pensar en cómo
sacarla, cuando sentí un garrotazo en la espalda que me hizo soltar la taza,
que se estrelló contra el suelo, mientras las ventanas retumbaban como si les
estuvieran arrojando piedras.
—¿Qué fue eso? —preguntó mi mamá.
—¡Una bomba! Seguro que fue una bomba —respondió
mi papá.
Nos quedamos en silencio hasta que Gossaín anunció
que habían puesto un carro bomba en el sector de Paloquemao, frente al edificio
en el que funcionaba la dirección del Departamento Administrativo de Seguridad
(DAS).
—Seguro fueron los extraditables —dijo mi padre.
—En este país nunca se sabe —contestó mi madre.
Recogí la avispa con los dedos y la dejé sobre un
plato. “Julio Enrique Castro Socha, Mery Edith Monroy Benítez, Beatriz Aminia
Cuervo Álvarez, Germán Narváez Urbano”, recitaba una voz con desespero en el
radio. “Julio Enrique Castro Socha… Mery Edith Monroy Benítez…; creemos que hay
más víctimas, la totalidad del edificio quedó destruido”, concluyó.
Al día siguiente, mi papá compró una cinta
plástica y la extendió en forma de equis sobre los vidrios, por si volvían a poner
una bomba. Esta táctica nos ahorró arañazos y cortaduras un mes después, cuando
un petardo estalló a media cuadra de nuestra casa, donde vivía un juez que fue
rescatado por una ambulancia que tuvo que atravesar un tapete de esquirlas y
cristales rotos.
Un par de minutos después de la explosión, un tío
entró a la casa, con la mirada perdida y el rostro desencajado: “Estaba por la
avenida cuando reventó esa cosa y una vitrina se me cayó encima”, afirmó con la
voz entrecortada.
Me quedé observándolo y un sentimiento desconocido
se extendió por mi cuerpo, causándome escalofríos. Se trataba de un vértigo
intenso, como si me internara en un pozo sin fondo.
Febrero de 1998, Usme, Bogotá, Colombia
Hacía frío, el viento arreciaba y un aroma a
chamuscado envolvía la ciudad mientras subía al platón de una camioneta de la
Policía Nacional, en donde estaban amontonados los demás muchachos que
prestaban servicio militar. Me senté en un rincón, me ajusté la riata y me
amarré las botas.
El conductor encendió el motor, haciendo vibrar el
suelo de metal sobre el que caminaba un teniente que nos dijo que nos
preparáramos porque había un incendio de grandes proporciones en las montañas
de Usme.
El vehículo tomó la avenida Caracas, que terminaba
en una carretera angosta y repleta de baches desde donde se alcanzaba a ver la
cárcel La Picota, de cuyos techos escurrían centenares de cobijas grises y
harapientas.
Al llegar a la base del cerro, nos entregaron unos
pañuelos mojados y algunos machetes; la idea era que fuéramos retirando los
arbustos secos para crear un cortafuegos mientras los bomberos enfrentaban las
llamas unos metros más arriba.
Remonté la colina, abriéndome camino entre la
maleza, y empecé a trozar los arbustos. De repente sentí una especie de
desgarre: el mango del machete se había caído y me había cortado la mano. Como
debía continuar con mi labor, tomé un pañuelo, me lo envolví alrededor de los
dedos y continué desbastando el monte, hasta que algo extraño sucedió.
El viento cambio de posición y una densa humareda
se nos vino encima; el bosque quedó sumergido en una profunda oscuridad. Los
ojos empezaron a arderme. Me agaché para poder respirar cuando una masa deforme
rasgó las cenizas y me golpeó en la mejilla, lanzándome al piso, en donde me di
cuenta de que se trataba de una roca que se había desprendido por la acción de
las llamas.
Bajé la colina con la mano ensangrentada hasta que
encontré la piedra, que era de gran tamaño. “Un par de milímetros más y estaría
muerto”, pensé, y experimenté el mismo sentimiento que había tenido al observar
el rostro de mi tío nueve años atrás. Fue entonces cuando me di cuenta de que
aquel pozo sin fondo era el abismo de la muerte.
Septiembre de 2019, Bogotá, Colombia
Sentí que algo raro iba a suceder cuando entré a
la tienda de la esquina y me encontré con José Antequera, el hijo del senador
de la Unión Patriótica que fue asesinado en 1989 mientras saludaba a Ernesto
Samper en el aeropuerto El Dorado de Bogotá. Cruzamos un par de palabras, pues
poseíamos amistades en común, y me llegó un mensaje del productor de Redmas
Televisión al celular, en el que me confirmaba que entrevistaríamos al
expresidente una semana después.
El día de la entrevista salí de mi casa y me puse
en marcha. Descendí las escaleras del parque de la Independencia hasta llegar a
la carrera Séptima. A la altura del edificio Tequendama me encontré con Yoana
Arenas, la realizadora del programa, que estaba acompañada de un camarógrafo.
Entramos, nos acreditamos en la recepción y subimos en el ascensor hasta el piso
treinta y cuatro, en donde nos esperaba una mujer de aspecto maternal que nos
llevó hasta una sala tapizada con listones de madera, en donde instalamos
nuestros equipos.
—Acomódense, que ya viene el presidente —nos dijo
sonriente.
Sobre las paredes sobresalían algunos retablos con
fotografías que mostraban a Samper acompañado de políticos y artistas, que
parecían observarnos desde un pasado perdido y distante.
El expresidente entró en la habitación y se sentó
en un sillón que estaba de espaldas a la ciudad, que se extendía como una
maqueta poblada de seres diminutos que se movían como si fuesen hormigas. El
camarógrafo instaló los micrófonos y encendió las luces, que alumbraron
nuestros rostros.
—¿Puedo preguntarle sobre el atentado del
aeropuerto El Dorado? —le consulté.
—Pregúnteme lo que quiera, señor periodista
—respondió.
Fue entonces cuando volví a experimentar aquella
sensación que me persigue desde las explosiones y los incendios. Cerré los
ojos, observé aquel pozo sin fondo y lancé la primera pregunta.
ERNESTO SAMPER PIZANO
¿Cómo comenzó su experiencia cercana a la muerte?
Eso fue a raíz del atentado que me hicieron el 3
de marzo de 1989 en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, cuando estaba a punto de
abordar un vuelo con destino a la ciudad de Cúcuta, en donde el senador Jorge
Cristo Sahium me había concertado varias citas con miras a mi candidatura
presidencial de 1990.
¿Qué fue lo que sucedió?
Estando en la zona del counter me encontré
con José Antequera, quien era el líder de las juventudes comunistas;
intercambiamos algunas palabras y sonaron unas explosiones.
¿El atentado era para usted?
No, el atentado era para él.
¿Qué pasó después?
Me desperté boca abajo, apareció un escolta con un
arma de fuego y mató al sicario. Me di vuelta y observé que Antequera estaba
boca arriba y tenía los labios manchados de sangre. Sentí las manos de mi
esposa, que me agarraban y me jalaban, mientras yo empujaba el suelo con las
piernas para ayudarle.
Me imagino que fueron momentos de gran
confusión. ¿Cómo lograron salir del aeropuerto?
Entre mi esposa y un escolta me llevaron a las
salas de equipaje y me montaron a una banda transportadora, por la que salimos
hasta donde se parquean los aviones. Allí había una camioneta de Satena que
tomamos prestada. A los pocos segundos, descubrimos que alguien había dejado un
campero del Correo Aéreo a la salida de la pista, por lo que tuvimos que
detenernos.
Una situación anormal en un momento crítico.
¿Qué hicieron?
Nos quedamos parqueados unos segundos, y entonces
Jacquin y los escoltas se bajaron para empujarlo, pero tenía el freno puesto.
Cuando empezó a moverse apareció el conductor, lo encendió y nos dio paso.
¿Una vez en la camioneta a dónde fueron?
Salimos por una de las puertas de acceso lateral
del aeropuerto y tomamos la calle 26 hasta la clínica de la Caja Nacional de
Previsión, a la que llegamos en menos de veinte minutos. Apenas entramos nos
recibió un médico muy joven. “No me deje morir”, le dije. Me revisaron y
descubrieron que me habían metido trece tiros, la mayoría en la zona abdominal,
de los cuales todavía me quedan cuatro dentro del cuerpo.
¿Qué pasó en la clínica?
Me llevaron al quirófano, en donde me operaron
durante nueve horas. A partir de entonces empecé a vivir unos días muy
difíciles, porque no encontraban los antibióticos para tratarme y me dio una
septicemia, o sea una infección generalizada, que empezó a comprometer los
órganos vitales, produjo una falla multisistémica, y comencé a vivir
sensaciones extrañas.
¿Qué tipo de sensaciones?
Comencé a morirme y a percibir mi cuerpo desde una
esquina de la habitación mediante una especie de desdoblamiento. Notaba cómo
las enfermeras y los médicos de cuidados intensivos intentaban salvarme la
vida.
Muchas personas que han vivido este tipo de
experiencias afirman transportarse a otro lugar, como si viajaran a otra
realidad.
Todo se veía verde, como si hubiese una marquesina
arriba de mí. Todo estaba lleno de aire puro. Escuchaba música clásica, música
de Mozart, y luego me vi envuelto en una especie de rayo de luz desde el que
observaba cada instante de mi vida.
¿Era un túnel?
No. Era un haz de luz desde el que podía ver los
momentos más significativos de mi vida: mi primera comunión, la muerte de mi
abuelo, a quien quise mucho, el nacimiento de mis hijos. Era como una película
que pasaba rápidamente.
Luego del desdoblamiento y de observar su
vida, ¿experimentó otro tipo de sensaciones?
Luego de cierto tiempo comencé a tener cierto tipo
de visiones. Una noche vi a mi abuelo y a mi papá en una colina y le escribí en
un papel a mi mujer, porque estaba entubado, que me estaban llamando los
muertos. Entonces, ella me dijo: “Espérate, Ernesto, no te puedes ir con ellos,
tienes muchas cosas por hacer aquí”.
¿Esa visión tiene relación con alguna experiencia
del pasado?
Años atrás, cuando mi papá estaba vivo, me había
contado que la noche anterior a que se muriera mi abuelo lo había visto en la
cima de un monte, al pie de un valle profundo, llamándolo, que era lo mismo que
yo estaba experimentando.
Muchas personas que han estado cerca de
morir afirman que un mensaje, o una persona, los hace retornar a la vida. ¿A
usted le pasó algo similar?
Por esos días llegó mi hijo mayor que estaba fuera
del país, se me acercó a la cama, me tomó la mano muy fuerte, con mucha fuerza,
y me dijo: “Tranquilo, papá, que de esta vamos a salir”. En seguida sentí como
si hubiera tirado un ancla y regresé.
¿Qué otra cosa extraña recuerda?
Cuando estaba en ese estado, sentía que sonaban
campanitas. Entonces pensé: “estoy en el cielo”, pero me di cuenta de que las
enfermeras de la clínica me habían puesto medallitas del Divino Niño amarradas
a la cama para que me recuperara pronto.
Algunas personas aseguran haber sentido
sensaciones desagradables al estar cerca de la muerte.
No, en realidad era una sensación plácida, de
liberación, desprendimiento y reconciliación con uno mismo.
¿Qué pensaba su familia de todas estas
situaciones?
Durante los primeros días tuvieron que tomar
decisiones muy difíciles, como la de dejarme internado en la Caja Nacional de
Previsión, cuando tenían la opción de llevarme a Estados Unidos, o trasladarme
a una prestigiosa clínica del norte de Bogotá; pero tomaron la decisión de no
moverme, que fue la mejor decisión posible.
Después de lo sucedido, ¿ha vivido otras
experiencias cercanas a la muerte?
Algunos meses después de que me dieran de alta,
tuve que regresar a Bogotá desde Bucaramanga a bordo de una pequeña avioneta.
Mi hermano menor, José Gabriel, había sufrido un accidente que lo había dejado
inconsciente. Lo hospitalizaron en la clínica de la Caja Nacional de Previsión,
en el mismo cuarto y en la misma cama en donde yo me había salvado.
Cuando llegué me le acerqué y le hablé por horas.
Yo pienso que me escuchó y se marchó tranquilo, de la misma manera en que yo
estuve a punto de marcharme de esta tierra.
Muchas personas consideran que superar estas
experiencias les ha servido para tomar mejores decisiones.
Cuando uno ha estado en un estado tan fuerte, los
episodios de la vida que uno considera dramáticos los ve en otra dimensión; eso
me ayudó a manejar situaciones de crisis durante la presidencia con mayor
tranquilidad. Uno empieza a valorar la vida por encima de todas las cosas.
¿Le tiene miedo a la muerte?
A lo que le tengo miedo es a un envejecimiento
doloroso o alejado de la familia, pero no a la muerte. La muerte es un cambio
de estado: hoy estoy vivo y mañana no. Entender eso le puede ayudar a las
personas a perderle el miedo a la muerte.
VISITANTES DEL MÁS ALLÁ
Aunque nos parezcan extraños, los acontecimientos
relatados por Ernesto Samper son una constante en la historia de la humanidad,
en la que se registran miles de testimonios de personas que aseguran haber
dialogado con amigos o familiares fallecidos.
Estos registros aparecen retratados en antiguos
mitos y leyendas de la época clásica, como los que describe Marco Tulio
Cicerón, filósofo y político romano, en su obra De divinatione (On
Divination), en la que narra cómo una persona moribunda se comunica con
otra a través de sueños:
Una vez, dos jóvenes de Arcadia que eran amigos
inseparables viajaron a la ciudad de Mégara; al llegar, uno se dirigió a una
posada, y el otro, a la casa de un conocido. Luego de la cena, el que se
alojaba en una casa observó a su amigo entre sueños pidiéndole que lo ayudara
“porque el posadero quería matarlo”. El hombre se levantó aterrado y volvió a
acostarse. Entonces le pareció, mientras dormía, que la misma persona le rogaba
que no dejara su muerte impune; pues el posadero lo había matado y había arrojado
su cuerpo sobre una carreta, echándole tierra encima, por lo que le pedía que
no dejara que la carreta saliera de la ciudad. Fuertemente conmovido por el
sueño, el hombre fue hasta el lugar y encontró a un carretero que, al verlo,
huyó y abandonó el cadáver. Una vez revelado el asunto, se castigó al posadero21.
Esta historia nos muestra un aspecto
interesante de las creencias ancestrales sobre el más allá, que les confiere a
los moribundos la posibilidad de comunicarse con los vivos cuando se encuentran
en la frontera entre la vida y la muerte.
Relatos similares atraviesan la Edad Media hasta
el siglo XIX, y se convierten en objeto de estudio de docenas de investigadores
como sir William Barrett, un profesor de Física del Colegio Real de Ciencia de
Dublín, quien, en 1926, publicó un libro titulado Visiones en el momento de
la muerte, que recoge una veintena de casos sorprendentes.
En su investigación, el profesor Barrett buscó
testimonios de personas que se mostraban escépticas con respecto a la vida
después de la muerte, con la finalidad de estudiar con mayor objetividad el
fenómeno. Asimismo, pudo establecer que muchas de estas visiones sucedían
durante los momentos más críticos de los pacientes, quienes aseguraron que
entablaron diálogos con seres que identificaron como difuntos y que resultaban
invisibles para las personas que se encontraban a su alrededor, como se
evidencia en este caso publicado a finales del siglo XIX en Inglaterra:
En el verano de 1883, un joven llamado Giles, de
Nottingham, tuvo la desgracia de perder a varios hijos, tras largos y penosos
períodos de enfermedad. Hacía algunas semanas que los dos mayores, Fred y
Annie, de siete y ocho años de edad, respectivamente, habían fallecido y sido
enterrados, cuando su hijo menor mostró síntomas de aproximarse a la muerte. El
padre y la madre permanecieron constantemente a su lado, como se comprenderá
fácilmente, para mitigar en lo posible los sufrimientos del pequeño.
La noche que murió, el padre se acercó a su
cabecera con la medicina acostumbrada, cuando el niño, sentándose rígidamente
en la cama, exclamó: “Ahí están Fred y Annie”. “¿Dónde, hijo mío?”, preguntó el
padre. “¿No los ve usted ahí... ahí?”, dijo el niño señalando a la pared.
“Están aguardando a que me vaya con ellos”, y un minuto después el pequeño
paciente se desplomó muerto en la almohada. Debe hacerse constar que el padre
no vio en absoluto la aparición que señalaba su hijo moribundo22.
Estas visiones resultan similares a las
descritas por Samper, quien asegura haber tenido contacto con su abuelo y su
padre, quienes lo llamaban desde lo alto de una colina separada por un abismo.
De igual forma, se dice que estos seres a veces se
presentan para entregar mensajes anticipatorios ligados a la muerte, como
sucedió en este caso, en el que una joven madre perdió a varios de sus hijos:
Si alguna vez hubiera yo dudado de que hay otra
vida, mi duda hubiera sido desvanecida por esto que yo llamo una visión. En
1883 era yo madre de dos niños fuertes y sanos. El mayor era un niño brillante
de dos años y siete meses de edad. El otro era un infante de ocho meses. El 6
de agosto de 1883 murió el pequeño. Ray, mi otro hijito, se encontraba entonces
en perfecto estado de salud. Todos los días que siguieron a la muerte del
pequeño (y no me equivocaría si dijera que a todas horas), Ray solía decirme:
“Mamá, el bebé llama a Ray”. A menudo abandonaba sus juegos y corría hacia mí
diciendo: “Mamá, el bebé no hace más que llamar a Ray”. Todas las noches solía
interrumpir mi sueño diciendo: “Mamá, el bebé no hace más que llamar a Ray.
Quiere que Ray vaya adonde está él. No debes llorar cuando Ray se vaya, mamá.
No debes llorar, pues el bebé necesita a Ray”.
Un día estaba yo barriendo el suelo de la sala y
él vino corriendo a través del comedor, en donde se encontraba la mesa y la
silla del pequeño fallecido (que ahora era utilizada por Ray). Se aferró a mi
vestido y tiró de mí hacia la puerta del comedor, la cual abrió diciendo:
“Mamá, mamá, ven pronto. El bebé está sentado en su silla”. En cuanto abrió la
puerta y miró a la silla, dijo: “¡Oh, mamá! ¿Por qué no te has dado prisa?
Ahora se ha ido”. Cuando Ray pasó junto a la silla se echó a reír. ¡Oh, cómo se
rio! “Ray va a irse con el bebé, pero no tienes que llorar, mamá”.
Ray se puso pronto muy enfermo. De nada sirvieron
cuidados y medicinas. Murió el 13 de octubre de 1883, dos meses y siete días
después de mi otro hijo. Era un niño de gran inteligencia y mucho más
desarrollado de lo que correspondía a sus años. Que sea o no posible que
vuelvan los muertos, y que mi bebé volviera y fuese visto por su hermanito, es
cosa que dejo al juicio de los demás23.
Esta es una historia con un toque de terror
que confirma las especulaciones que dicen que los niños tienen la capacidad de
entrar en contacto con espíritus y fantasmas con mayor facilidad que los
adultos. Barrett estaba de acuerdo con estas posturas, pues era practicante y
defensor del espiritismo, que estuvo de moda a finales del siglo XIX en la
mayoría de países del hemisferio occidental.
El espiritismo fue una corriente de pensamiento
originada en Francia a mediados del siglo XIX, bajo la influencia del filósofo
francés Allan Kardec, quien creía en la existencia del alma. Así pues, sostenía
que los espíritus de los fallecidos podrían ser contactados mediante diversos
procedimientos, como la ejecución de sesiones en compañía de médiums, que eran
capaces de canalizar a los espíritus, que podrían entregar información secreta
sobre personas, confabulaciones o hechos próximos a suceder.
No obstante, el espiritismo fue cuestionado
durante el siglo XX por científicos y personas ligadas al ilusionismo como
Harry Houdini o James Randi, quienes denunciaron fraudes y engaños por parte de
algunos de sus practicantes, lo que afectó su imagen y favoreció el
establecimiento de una visión materialista de la realidad, fundamentada en
hechos y realidades tangibles, a lo largo del mundo occidental.
INVITADOS DE OTRA REALIDAD
Aunque las creencias espiritistas del siglo XIX se
han desvanecido con el tiempo, los testimonios de encuentros de fallecidos con
moribundos siguen produciéndose. Científicos norteamericanos como Angela M.
Ethier los han denominado “Death-Related Sensory Experience” (DRSE,
experiencias sensoriales relacionadas con la muerte), por lo que algunos
investigadores creen que hacen parte de un fenómeno más complejo, que no
implica necesariamente la existencia de la vida después de la muerte, y que
constituye un misterio.
Este misterio ha sido encarado por Kerry Egan,
graduada de la Escuela de Teología de la Universidad de Harvard, que trabaja
como capellán en un hogar de ancianos, en donde ha experimentado la muerte de
varios de sus internos.
Muchas de estas muertes estuvieron marcadas por
extrañas manifestaciones, recogidas en su libro On Living, en el que
relata cómo sus pacientes agonizantes suelen recibir la visita de personas que
resultan invisibles para los ojos de los médicos. Son encuentros que distan de
ser aterradores; al contrario, son percibidos como sanadores y reconfortantes,
y suelen estar acompañados de mensajes en los que les solicitan a los
moribundos alejarse del mundo material y del sufrimiento.
“Cualquier persona que trabaje en un asilo de
ancianos, cualquiera, te dirá que es muy habitual que la gente que muere vea a
sus madres. No es un paso necesario, no todo el mundo lo experimenta, pero
ocurre muy a menudo… Llegan a sus habitaciones, les saludan, a veces les
hablan, y es algo que realmente les conforta”, comentó Egan en una entrevista
con el portal NPR en 2016.
Igualmente, la investigadora asegura que las
visiones aumentan cuando las personas entran en estado crítico, en el que manifiestan
sostener largas conversaciones con varios tipos de presencias. “¿Es real? ¿No
es real? He llegado a un punto en el que no lo sé y me parece bien. Creo que
hay muchas cosas en la vida que puedes experimentar y que no, que podemos
entender qué significan y qué no, y que en algún momento debes sentirte bien
diciendo ‘no sé lo que significa, pero es parte de mi experiencia y tengo que
aceptarlo’”, puntualizó Egan en la entrevista.
Lejos de las habitaciones y los pasillos de los
hogares geriátricos, el fenómeno también ha sido experimentado por médicos y
académicos. Es el caso del doctor Rajiv Parti, quien trabajaba como jefe de
anestesiología del Hospital Bakersfield Heart de California, donde gozaba de un
gran prestigio hasta que vivió una experiencia cercana a la muerte que
transformó su carrera.
En el 2008 Parti fue diagnosticado con cáncer de
próstata y tuvo que someterse a largos tratamientos y cirugías que lo volvieron
adicto a los analgésicos. Esto le causó una gran depresión que afectó su
sistema inmunológico, que no pudo defenderlo de una fuerte infección que lo
atacó en 2010 y lo llevó a estar clínicamente muerto por algunos minutos.
Inmerso en ese estado, Rajiv asegura haberse visto
rodeado por un mundo luminoso en el que entró en contacto con sus antepasados,
según anota el periodista Héctor Fuentes, de la Guioteca: “Entonces
apareció mi padre, que ya había fallecido, y me condujo a una especie de túnel.
Al cruzar el túnel, brillaba luz de mil soles que no lastimaban los ojos.
Entendí que era una luz buena, divina, que era puro amor, y que se me estaba
dando una segunda oportunidad para regresar y cambiar mi vida completamente”.
Luego de recuperarse escribió un libro titulado Dying
to Wake up (Muriendo para despertar), en el que cuenta cómo cambió su vida:
A partir de entonces todo se transformó. Cuando un
amigo cirujano plástico vino a visitarme y me felicitó por mi casa, se la vendí
y compré su casa, que era más humilde y pequeña. Cambié mi Mercedes y mi Hummer
por un Toyota Camry. También, lo más importante, cambió mi propia naturaleza.
Me convertí en una mejor persona, un marido más atento, un padre más devoto y
un mejor médico24.
No obstante, esta historia no es única; parece
repetirse en cada país y continente debido al avance de la medicina y las
tecnologías de soporte vital, que facilitan la recuperación de personas que
décadas atrás habrían estado condenadas a muerte.
Una de estas personas habría sido el escritor y
economista español Emilio Carrillo, quien vivió una experiencia cercana a la
muerte el 29 de noviembre de 2010 que lo llevó a escribir el libro El
tránsito, en el que cuenta sus encuentros con familiares fallecidos.
Carrillo le relató estos encuentros al diario El
Español de Madrid, y observamos que resultan similares a los narrados por
Ernesto Samper durante los momentos más críticos de su convalecencia en la Caja
Nacional de Previsión Social:
Tenía en ese momento 52 años. Una caída bajando un
monte me provocó una fractura de peroné; esta, a su vez, una trombosis, y esta,
por fin, un infarto pulmonar. Y a ello se sumó un erróneo diagnóstico inicial
del infarto como simple neumonía. A las 24 horas ingresé en la UCI en situación
límite.
Lo que sentí de manera clara y diáfana duró casi
dos horas de nuestro tiempo. Sería muy extenso compartir en palabras la
vivencia, pero puede sintetizarse así: para empezar me vi fuera de mi cuerpo,
tendido en la cama boca arriba, mientras que yo “flotaba” sobre él y observaba
todo lo que ocurría a mí alrededor. De inmediato, vi con todo lujo de detalles
la vida entera que dejaba atrás. Todos y cada uno de los hechos y
circunstancias vividos durante mis 52 años, sin excepción y no de manera
parcial o resumida, sino ordenada y pormenorizada. No como una película o
sucesión de fotogramas que se proyectaran ante mí, sino íntegramente y de forma
simultánea.
Esta visión instantánea de la vida que ha
terminado, para mí, era la constatación de que todo tuvo su porqué y todo
encaja de manera armónica. No hay ninguna pieza suelta o fuera de lugar en el
puzle de la vida.
Seguidamente, pude ver y sentir que estaba
acompañado de seres de luz. Pronto tomaron un aspecto reconocible como mi
padre, mi madre y varios hermanos de esta, todos fallecidos años atrás. Fue mi
madre la que tomó la iniciativa de comunicarse conmigo, preguntándome si me
encontraba tranquilo y en paz. No fue una comunicación verbal, pero sí percibí
su mensaje y también yo pude comunicarme con ellos. Como cosa curiosa, entre
los seres de luz estaba una hermana de mi madre que no había fallecido, o al
menos eso creí en ese momento. Posteriormente me informaron de que esa persona
había muerto estando yo ingresado en la UCI.
Por fin, tras verme tan bien acompañado, advertí a
escasos metros un soberbio túnel de luz resplandeciente en posición horizontal,
sin pendiente alguna. Era refulgente y casi deslumbrante. Supe que era la
entrada hacia el “más allá”. Casi al final del túnel tuve un contacto con una
forma energética que sólo desprendía armonía y un amor inmenso. Y esa forma
tomó el cuerpo de Jesucristo. Me tendió sus manos de luz y las entrelazó con
las mías, generando en mi ser una experiencia de gozo inenarrable25.
Sin duda este testimonio se asemeja a los
demás narrados en este libro y al del expresidente Samper; mantiene un mismo
orden y sentido, y parece confirmar la existencia del fenómeno, aunque su
explicación podría estar más cerca del mundo material que del espiritual.
BUSCANDO EN EL CEREBRO
Contrario a las creencias y afirmaciones de
quienes aseguran haber estado en los límites de la vida, algunos científicos se
han dado a la tarea de investigar este tipo de experiencias, con el fin de
aclarar su origen y significado.
Científicos como Christopher Kerr, un neurólogo
del Hospital de Cuidados Paliativos de Búfalo (California), publicó en el 2014
un artículo en The Journal of Palliative Medicine titulado “End-of-Life
Dreams and Visions: A Longitudinal Study of Hospice Patients’ Experiences”26, en el que analizó las experiencias de cincuenta
y nueve pacientes terminales que informaron haber tenido encuentros con seres
fallecidos.
El estudio concluye que casi la mitad de los
encuentros sucedieron mientras dormían, y que la mayoría de estas visiones eran
protagonizadas por amigos, parientes fallecidos, mascotas e incluso familiares
vivos, con quienes interactuaron mediante charlas, mensajes o diálogos.
De acuerdo con el doctor Kerr y su equipo, la
mayoría de las experiencias resultaron ser plácidas y se hicieron más agudas a
medida que los pacientes se agotaban, su estado de salud se agravaba o se
encontraban más cerca de la muerte.
Sobre el contenido de las visiones, el estudio
concluyó que la mayoría de los pacientes manifestaron verse a sí mismos
mientras preparaban sus maletas para irse de viaje o intentaban solucionar
conflictos emocionales mediante mensajes a personas vivas.
Luego de hacerse conocido el informe, Kerr le
aseguró a la agencia de noticias RT en 2019 que no podía proporcionar ninguna
conclusión sobre la naturaleza de estas visiones, pues únicamente se ha
dedicado a documentarlas.
Algo diferente le afirmó el doctor Tore Nielsen,
director del Dream and Nightmare Laboratory de la Universidad de Montreal, al
diario El Confidencial de España:
Es complicado aventurar por qué estos sueños, al
margen de su contenido, son vividos casi como si fueran experiencias reales. La
explicación aparentemente es que muchos enfermos sufren delirios, que pueden
afectar hasta el 85% de las personas hospitalizadas en los últimos días de
vida.
En un estado de delirio —provocado por la fiebre,
las metástasis cerebrales o los cambios en la química corporal propios de los
pacientes terminales—, los ritmos circadianos están muy desordenados, por lo
que el paciente no sabe si está despierto o soñando. Su cognición está
alterada. En opinión de investigadores como Ronald K. Siegel, los episodios
descritos por los enfermos son, de hecho, muy parecidos a las alucinaciones que
provocan las drogas psicotrópicas27.
En este sentido, los encuentros entre
moribundos y espíritus no serían más que el resultado de los cambios y las
trasformaciones que experimenta el cerebro al presentar fallas que afectan su
química y su estructura.
Asimismo, el doctor japonés Tatsuya Morita y su
equipo publicaron el estudio “Terminal Delirium: Recommendations from Bereaved
Families’ Experiences”, en el que realizaron una serie de encuestas a
quinientos sesenta familiares de pacientes que habían fallecido de cáncer.
Llegaron a la conclusión de que el 72% había experimentado delirios durante las
dos últimas semanas de su vida, lo que sugiere que este tipo de manifestaciones
son una condición del proceso de muerte por enfermedad, alejándose de las
explicaciones sobrenaturales.
Se trata de reacciones fisiológicas a patologías
en estado terminal, como el cáncer, que causan deterioro cognitivo y cerebral
acelerado, y generan cambios de personalidad, depresión, somnolencia y
alucinaciones, entre otros. Así pues, investigadores como los que componen el
equipo dirigido por Morita han considerado que algunos medicamentos
analgésicos, la quimioterapia y la falta de oxígeno en la sangre pueden inducir
este tipo de alteraciones en los pacientes.
Estas alteraciones parecen ser diferentes a las
vividas por Samper cuando se encontraba inconsciente, pues las suyas no poseen
las mismas características de las analizadas por Nielsen o Morita, en el
sentido de que son más coherentes, largas y concretas. Las visiones de Samper
resultan más similares a las experiencias cercanas a la muerte (ECM) clásicas,
que siguen siendo un misterio para muchos investigadores.
EL FIN DE LA VISITA
Al final de la entrevista con Ernesto Samper, me
quedé unos minutos en silencio mientras él se cruzaba de brazos y observaba las
montañas y al mismo tiempo le quitaban los micrófonos.
En el exterior la tarde se extinguía, las luces se
encendían para combatir la oscuridad y un grupo de palomas cortaba el
horizonte. Recordé entonces un libro que había comprado en el último piso de la
Casa del Libro de Madrid, desde cuyos palcos se observaba la Gran Vía,
atiborrada de turistas, estudiantes y trabajadores. Se trataba de un volumen
delgado que descansaba sobre un pequeño pedestal, tenía la portada azul y se
llamaba Los cinco mandamientos para tener una vida plena, de Bronnie
Ware. Para escribirlo, Ware le preguntó a un grupo de pacientes en estado
terminal de qué se arrepentían antes de morir; la mayoría contestó cosas como
estas: “Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que quería hacer”; “Ojalá no
hubiera trabajado tanto”; “Poder expresar mis sentimientos”; “Más contacto con
los amigos”, “Haber sido más feliz”.
Me quedé pensando en sus respuestas y en la
fragilidad de nuestros cuerpos, cuando me levanté para despedirme de Samper:
—Al final nos queda la esperanza del más allá —le
dije.
—En lugar de pensar en el más allá, tenemos que
preocuparnos por vivir el presente —me respondió.
BIBLIOGRAFÍA
Artículos
Ayuso, Miguel, “El mensaje que ocultan los sueños
de las personas que están a punto de morir”, El Confidencial, 5 de
febrero de 2016. Disponible en: www.elconfidencial.com
Ethier, A. M. “Death-Related Sensory Experiences”. Journal of
Pediatric Oncology Nursing 2005, 22 (2), pp. 104-111.
Fuentes, Héctor, “El increíble caso del doctor
Rajiv Parti: Tras ser declarado muerto, volvió y aseguró haber visitado el
infierno”, Guioteca, 14 de octubre de 2019. Disponible
en: www.guioteca.com
Kerr, C. W.; Donnelly, J. P.; Wright, S. T., et al,
“End-of-Life Dreams and Visions: A Longitudinal Study of Hospice Patients’
Experiences”, Journal of Palliative Medicine, 17 (3), 2014, pp. 296-303.
Disponible en: www.researchgate.net
Morita, T.; Akechi, T.; Ikenaga, M., et al, “Terminal
Delirium: Recommendations from Bereaved Families’ Experiences”, Journal of
Pain and Symptom Management, 34 (6), 2007, pp. 579-589.
Nosek, C. L.; Kerr, C. W.; Woodworth, J., et al, “End-of-Life
Dreams and Visions: A Qualitative Perspective from Hospice Patients”, The
American Journal of Hospice and Palliative Care, 32 (3), 2015, pp. 269-274.
Disponible en: www.researchgate.net
Redacción NPR, “Hospice Chaplain Reflects on Life, Death and
the ‘Strength of the Human Soul’”, NPR, 31 de octubre de 2016. Disponible en: www.npr.org
Redacción RT, “¿Qué soñamos antes de morir?
Publican los resultados de un estudio de 10 años”, RT, 6 de marzo de
2019. Disponible en: actualidad.rt.com
Samper Pizano, Ernesto, “El día que casi me
matan”, El Tiempo, 21 de marzo de 1993. Disponible en: www.eltiempo.com
Zamora, Malú y Jorge, Javier, “10 experiencias
cercanas a la muerte”, El Español, 30 de octubre de 2016. Disponible en:
www.elespanol.com
Libros
Barrett, William, Visiones en el momento de la
muerte, traducción de Manuel Pumerega, Madrid: Ser y Actuar, 1926.
Carrillo, Emilio, El tránsito, Málaga:
Editorial Sirio, 2015.
Cicerón, On Divination. Book 1, Traducción,
introducción y comentario histórico de David Wardle, Nueva York: Oxford University
Press, 2006.
Egan, Kerry, On Living: Lessons in Living from the Dying,
Nueva York: Penguin Books, 2017.
Parti, Rajiv, Dying to Wake Up: A Doctor’s Voyage into the
Afterlife and the Wisdom He Brought Back, Nueva York: Atria Books, 2017.
Ware, Bronnie, Los cinco mandamientos para
tener una vida plena, Madrid: Debolsillo, 2013.
Registro sonoro
Entrevista a Ernesto Samper, “Experiencias
cercanas a la muerte, por red+”, Más Allá, Canal RedMas, 2019.
Fragmentos disponibles en: www.youtube.com
21 Texto adaptado por el autor a partir de la
traducción de David Wardle (2006, 1, 27).
22 Barrett (1926, pp. 18-19).
23 Adaptación del autor de algunas palabras y varios
modismos del español antiguo. Barrett (1926, pp. 21-22).
24 Fuentes (14 de octubre de 2019).
25 Zamora y Jorge (30 de octubre de 2016).
26 El artículo del doctor Kerr menciona a su equipo
de investigación, conformado por los doctores James P. Donnelly, Scott T.
Wright, Sarah M. Kuszczak, Anne Banas, Pei C. Grant y Debra L. Luczkiewicz.
27 Ayuso (5 de febrero de 2016).
4. La niña de la carta y otros espíritus de luz y oscuridad
Todas las civilizaciones imaginaron mundos después
de la muerte; paraísos, infiernos y dimensiones intermedias a los que viajaban
las almas una vez finalizaban sus vidas en la tierra. Asimismo, algunas
doctrinas aseguran que si las personas fallecen de forma prematura o violenta,
sus espíritus quedan atrapados en nuestro plano, transformándose en seres
ambivalentes, que actúan de forma protectora o vengativa, de acuerdo con las
circunstancias.
Estas entidades sobrenaturales, condenadas a vagar
por el tiempo y el espacio bajo la forma de animal o monstruo mientras protegen
bosques, lagos o montañas, me obsesionaron mientras estudiaba Antropología en
la Universidad Nacional, cuando leí La rama dorada de James George
Frazer y Mitológicas de Lévi Strauss, cuyas letras me llevaron a los
límites de la realidad y la leyenda.
Sin embargo, los personajes mitológicos
colombianos no me interesaron hasta mediados de 2003, cuando fui invitado por
el profesor Reynaldo Barbosa Estepa a un congreso de organizaciones campesinas
en Silvia (Cauca). Allí nos recibieron los indígenas nasa, quienes nos hablaron
de los espíritus de los cerros y las lagunas sagradas, en donde sobrevivían
infinidades de frailejones, venados, cóndores y osos de anteojos.
Al finalizar el evento, regresamos a Bogotá por la
carretera que va de Popayán a Neiva, que está rodeada por cañones y abismos
gigantescos, en cuyas faldas se alojan poblaciones como Ricaurte, El Pedregal y
La Plata, que sobrepasamos hasta llegar al Guamo, entrada la medianoche.
Contra todo pronóstico, el profesor Barbosa logró
despertar al alcalde y lo convenció de entregarnos las llaves de un antiguo
club social que se encontraba en ruinas y estaba repleto de murciélagos, que
sobrevolaban una piscina mohosa y un edificio de dos plantas, cuyas
habitaciones estaban ocupadas por cucarachas, lagartijas y colchones vetustos
de los que surgían pequeñas plantas.
Molestos por el bochorno y el olor a lluvia que
envolvía a las habitaciones, decidimos comprarnos una canasta de cerveza y
compartirla con los vigilantes, que empezaron a contarnos que escuchaban las
carcajadas de una bruja que les aplastaba el pecho y les chupaba el cuello
mientras dormían.
Enseguida el vigilante más joven empezó a narrar
cómo una muchacha se había ahogado en un río cercano, luego de que un anciano
que fumaba tabaco y se sentaba en una piedra se apoderara de su voluntad,
atacándola con sus poderes telepáticos.
Al final, cuando la cerveza se agotaba y los
pájaros empezaban a cantar, les pedí que me contaran la historia más espantosa
de su vida. Los hombres se miraron entre sí y patearon el piso.
—Cuéntele de la niña —dijo el más joven.
—No, de la niña no —contestó el viejo, que lucía
un bigote al estilo del Binomio de Oro.
—¿De qué niña estaban hablando? —pregunté
confundido.
Los hombres recogieron las botellas y se quedaron
en silencio. El calor enrarecía el ambiente y las estrellas se refractaban
sobre la alberca, en donde descansaban cientos de hojarascas.
—¿De qué niña hablan? —insistí.
—De la niña de la carta —respondió el joven.
—De esa niña no se habla —lo reprendió el viejo,
mientras se despedía enojado.
Regresamos a Bogotá. Los días se transformaron en
meses y los meses en años. Me gradué, no volví a pensar en ese viaje, pero
nunca olvidé la cara de espanto de aquellos hombres cuando les pregunté sobre
la niña de la carta.
Esta sensación retornó durante la Feria del Libro
de Bogotá de 2015, cuando encontré un libro que tenía un esqueleto en la
portada: era Mitos, leyendas y relatos colombianos del profesor Javier
Ocampo López. Lo tomé del estante, revisé su contenido y encontré un apartado
dedicado a la niña de la carta.
Esa misma semana conté su historia en el Cartel de
la Mega de Daniel Trespalacios, y una infinidad de testimonios bombardearon mi
Twitter. Se trataba de personas que aseguraban haberla visto o escuchado de su
existencia. Estos relatos estaban acompañados con imágenes e ilustraciones,
sacadas de libros o páginas de internet que desconocía hasta ese momento.
A partir de entonces, decidí recopilar la mayor
cantidad de testimonios posibles para redactar su historia al estilo de los
hermanos Grimm o Charles Perrault, quienes compilaron las leyendas de los
campesinos europeos y las transformaron en cuentos de hadas.
En este sentido, las situaciones que se describen
a continuación son producto de una serie de testimonios de personas que
aseguran haber entrado en contacto con un espíritu que representa una de las
visiones más oscuras de la vida después de la muerte: un espejo en el que se reflejan
nuestros temores y tormentos.
LA NIÑA DE LA CARTA
Joaquín se vistió con premura y salió por un
camino lleno de mariposas que resplandecían como si fuesen de escarcha. Entró
por una calle del pueblo, cruzó el parque y se internó en una cantina, en donde
unos hombres jugaban a las cartas.
Se frotó las manos, pidió un par de naipes y
empezó a apostar. Las horas se esfumaron entre carcajadas y risas; el local se
desocupó y un malestar le oprimió el pecho, por lo que tomó aguardiente hasta
que se emborrachó y regresó a su casa.
El pueblo lucía desolado; los tejados se extendían
bajo una luna gigante que irradiaba su luz en los empedrados que marcaban el
fin de sus cuadras, hasta donde llegaban las melodías de la cantina: “Yo
adivino el parpadeo… De las luces que a lo lejos… Van marcando mi retorno”.
Las siluetas de los árboles se veían enormes y el
aire era tan limpio que podía distinguirse cada detalle del paisaje: los Andes
se erguían negros y monumentales sobre una llanura azulosa. Parecía que podía
tocarlos con solo estirar sus dedos.
“Volver, con la frente marchita… las nieves del
tiempo… plat… on m… sien…”. La voz de Gardel se perdió mientras Joaquín se
alejaba de la aldea hasta que esta tomó la forma de un pesebre. Empezó a llover
y el sendero se transformó en una pista de fango, sobre la que se deslizó hasta
que los pies se le llenaron de hojarascas.
Irritado, remontó una colina y observó las
parcelas repletas de yuca y plátano, y volvió a sentir una punzada en el
corazón que se transformó en rabia; la misma rabia que apagaba cada semana
desenfundando su machete y golpeando a su esposa y a sus hijos, hasta que
quedaba agotado y sin fuerzas.
Se limpió la frente con el puño de la camisa y
atravesó un puente metálico, rodeado por un bosque de yarumos que ululaban,
como si lloraran de sufrimiento.
El dolor del pecho empezó a llegarle a la espalda.
Respiró profundamente y siguió adelante hasta llegar a una curva, en donde
observó una luz pálida y ovalada que se introdujo en un árbol; de allí
surgieron un brazo, una pierna y una cabeza que delinearon una silueta.
Era una figura humana que fue aclarándose hasta
formar el cuerpo de una niña, que llevaba una guirnalda de lirios y un vestido
blanco, cuyos velos se agitaban entre las ramas de los árboles. Un frío intenso
invadió el ambiente, las chicharras se silenciaron y un aroma a rosas descendió
de las estrellas.
—Señor, estoy perdida. ¿Me puede ayudar? —dijo la
pequeña, mientras le entregaba una carta.
Joaquín tomó el sobre, del que emanaba una especie
de brillo que se intensificaba en la zona del remitente, en donde se dibujaban
unas palomas y un rosario. Lo abrió y extrajo una tarjeta sobre la que podía
verse un grupo de símbolos que parecían escritos con tinta china, que se
aplastaban y alargaban como si fuesen polillas repugnantes.
Asustado, lanzó el papel al suelo y observó cómo
la niña alcanzaba el tamaño de un árbol mientras su cuerpo se deformaba, como
si los huesos se le alargaran debajo de la piel, por lo que su mandíbula y sus
dientes se proyectaban adelante de su rostro, y sus hombros se arqueaban como
si fuesen aletas membranosas.
Una luz intensa envolvió al universo. Joaquín cayó
de rodillas, recordó el llanto de sus hijos, los sermones del cura, los golpes
y la cara hinchada de su esposa, la bandera tricolor y la oscuridad, una
oscuridad tan profunda que lo encerró entre las lagunas del olvido.
Un par de días después, encontraron a
Joaquín inconsciente en medio de un potrero. Lo llevaron a un médico, que le
diagnosticó un colapso nervioso y le ordenó que descansara en su casa.
Con el pasar del tiempo Joaquín empezó a
recuperarse. Al comienzo solo abría los ojos, luego movía la cabeza para
responder a las preguntas de su esposa, quien le mojaba el pan en aguapanela
para que pudiera tragárselo. Unas semanas después volvió a hablar y se dio
cuenta de que les tenía miedo a la oscuridad y a las linternas; comenzó a
recordar a la niña, y los símbolos de la carta se le presentaron en sueños.
En ese momento fue a visitarlo uno de sus
compadres más queridos, que le llevó comida y le preguntó por el origen de su
enfermedad.
—Fue una… niña que… tenía una carta —respondió
Joaquín, trabajosamente.
—¡No puede ser! —dijo el visitante, sorprendido.
—¿Es que no me cree? —respondió el enfermo.
—No, no es por eso, compadre.
—¿Entonces qué fue?
—Lo que pasa es que en un terreno cerca de donde a
usted lo espantaron vivía una familia que se dedicaba a cultivar café; tenían
un trapiche grande y una recua de mulas que dejaban pastando por los lados de
la quebrada. Era una familia que no participaba en guerras ni en rencillas, no
le hacía campaña a ningún político, no hablaban mal de nadie, iban a misa y no
tenían deudas.
”Fue entonces cuando comenzó la violencia: los
godos empezaron a boletear a los liberales para que les vendieran las tierras
por migajas; a los que no quisieron, los mataron y les quemaron las casas.
”Luego llegaron los bandoleros, emboscaron al
ejército y mataron a los curas. Fueron tiempos muy duros para todos; usted
todavía no había llegado a este pueblo, y como nadie habla de eso, de seguro no
sabía”.
—¿Saber qué? —preguntó Joaquín con la mirada
vidriosa.
—Que esa familia vivió una tragedia terrible por
no tener bando en esa guerra, por no tener ningún amigo poderoso. Yo los
recuerdo mucho porque eran unas personas muy correctas, tan correctas que
mandaron a pintar la fachada y la entrada de la finca de verde para que no
dijeran que eran godos o liberales, a los que trataban por igual a la hora de
los negocios. Pero esto empezó a molestar a la gente del pueblo.
”Para la primera comunión de la niña más pequeña
organizaron una fiesta a la que solo invitaron a sus familiares para ahorrarse
problemas; mandaron a hacer una torta grande, compraron un marrano, llenaron de
festones y serpentinas los techos, trajeron gaseosa para los pequeños y
aguardiente para los grandes, hasta que empezaron a escuchar ruidos en los
cafetales.
”Las mujeres salieron a llamar a los niños, cuando
llegó un grupo de hombres armados que llevaban las caras tapadas con pañolones
y sombreros; algunos gritaban ‘¡Viva Cristo Rey y el Partido Conservador!’ y
otros se mantenían alejados, con sus machetes adornados con cintas rojas y
colgandejos de cuero.
”Los bandidos desenfundaron sus revólveres,
hicieron que los invitados se sentaran en el piso, los amarraron y les
apuñalaron las piernas para que no se movieran. Adultos y niños lloraban sobre
los trozos de confeti, mientras los desalmados le subían el volumen a la
música.
”Los bellacos se sentaron a la mesa y empezaron a
comerse el marrano asado, la yuca y el pastel, que tenía dibujada una paloma
blanca. Cuando terminaron, el jefe de la cuadrilla se levantó y buscó a la
niña, que llevaba puesto su vestido de primera comunión; la arrastró hasta el
cafetal, la violó y la degolló. Luego los mataron a todos y quemaron la casa”.
—¿Y nadie dijo nada? —preguntó el campesino desde
su lecho.
—En ese tiempo nadie decía nada: era la ley del
silencio.
—¿Eso qué tiene que ver conmigo?
—Pues que se dice que el espíritu de la niña quedó
vagando por ahí y se les aparece a las personas para escarmentarlas.
—Pero, ¿por qué me iría a escarmentar a mí?
—inquirió Joaquín.
—No lo sé, pero se dice que castiga a quienes
maltratan a las mujeres y a los niños.
ALMAS EN PENA
Aunque parezca extraña, la historia de la niña de
la carta es similar a muchas narraciones registradas alrededor de mundo, en las
que miles de personas aseguran haber entrado en contacto con este tipo de
manifestaciones. Estos encuentros, según la pseudociencia de la parapsicología,
tendrían su origen en catástrofes o muertes que dejan marcas fantasmales,
denominadas ecos astrales, que se manifiestan bajo la forma de
apariciones espectrales que repiten las mismas acciones de forma automática,
como si fuesen bucles o grabaciones condenadas a reproducir dolor y espanto por
el resto de la eternidad.
Estas manifestaciones, según el filósofo francés
Allan Kardec, reconocido por sistematizar de la doctrina del espiritismo en el
siglo XIX, son el producto de “espíritus [que] ejercen en el mundo moral y
hasta en el físico una acción incesante; obran sobre la materia y el
pensamiento, y constituyen uno de los poderes de la naturaleza, causa eficiente
de una multitud de fenómenos inexplicados o mal explicados hasta ahora”28.
Lejos de este tipo de explicaciones, existen
registros de seres similares en las mitologías de antiguas civilizaciones;
historias que conjugan los mismos elementos de los relatos de las montañas
colombianas.
Una de estas es la de Yuki-onna, un espanto del
antiguo Japón que se manifestaba como una mujer de cabellos largos, cuya piel
anémica se confunde con su kimono blanco, que se originó cuando una chica
embarazada murió luego de ser abandonada por su esposo, al borde de un camino,
durante una nevada. Desde entonces, su alma se presenta entre los bosques, por
los que flota sin dejar huella sobre el suelo.
Es una criatura muy popular, pues docenas de
viajeros de diferentes épocas atestiguan haberse encontrado con ella luego de
quedar atrapados por tormentas de nieve, en las que el espíritu se presentó y
los incitó a seguirlo hasta profundos desfiladeros para que fallecieran
congelados.
De igual forma, antiguas escrituras afirman que se
presenta sosteniendo a un niño de brazos, que utiliza como señuelo para atraer
a sus víctimas. Esto nos permite especular que se trata de una representación
de la violencia contra las mujeres y su poder creador, común en la historia de
la humanidad debido a la violencia de género desplegada por milenios.
El investigador argentino Jonathan Muñoz tradujo
algunos apartes de Kwaidan: Stories and Studies of Strange Things, el
libro de Lafcadio Hearn, publicado en 1904, en el que narra un ataque de esta
criatura:
Al cabo de un rato el hombre despertó y vio un
destello de nieve en su rostro. La puerta de la cabaña se abrió a la fuerza por
la luz de la nieve y vio una mujer en la habitación, una mujer completamente
blanca. […] luego se acercó a él y descendió su rostro cada vez más hasta casi
tocarlo. Pudo ver que era hermosa aunque su mirada le daba miedo. Por un buen
tiempo ella lo miro y le sonrió mientras le dijo: “quería tratarte igual que a
un hombre mayor, pero no puedo evitar sentir lástima por ti, eres muy joven y
demasiado bello así que no te mataré” —sin embargo continuó diciendo—, “si
llegas a decirle lo que viste esta noche, incluso a tu madre, yo me voy a
enterar y voy a venir a matarte29.
La representación de Yuki-onna posee
elementos en común con la niña de la carta, que resultan sorprendentes si
tenemos en cuenta la distancia cultural entre ambas historias. No obstante,
estas similitudes también son frecuentes en antiguas leyendas de la Edad Media.
Una de estas es la historia de la emperatriz
Matilde de Inglaterra, quien vivió durante el siglo XII. Matilde era hija de
Enrique I y nieta de Guillermo el Conquistador, y fue obligada a marcharse a
Alemania cuando tenía seis años para casarse con Enrique V, del Sacro Imperio
Romano, y convertirse en emperatriz.
Con el pasar del tiempo, Matilde se transformó en
una hábil estratega. Cuando su esposo falleció, ella empezó a exhibir una vida
sexual liberal. Esto encolerizó a su padre, quien la envió a la abadía de
Mortemer, en Francia, donde fue encerrada por más de cinco años. Después de
esto, la obligaron a casarse con Godofredo de Plantagenet, en 1127, con quien
tuvo un hijo que fue coronado como Enrique II de Inglaterra.
Según las escritoras Jacqueline Simpson y Jennifer
Westwood, la vida de Matilde terminó el 10 de septiembre de 1167, luego de
haber soportado los ataques y las conspiraciones de sus enemigos, y su espíritu
empezó a ser visto por los pasillos de Mortemer, ataviada con un vestido
blanco. Este hecho podría estar relacionado con las mortajas con las que se
enterraban los cadáveres, que eran hechas con sábanas o lienzos blancos, en la
mayoría de los casos.
En la actualidad, gran parte del edificio de la
abadía se encuentra en ruinas; los árboles han crecido sobre los muros, y
centenares de lápidas medievales están desperdigadas sobre un prado brillante,
que atrae miles de visitantes cada año en busca del espíritu.
Este es un espectro con tintes aristocráticos que
mezcla las creencias sobre la vida después de la muerte con los infortunios
durante la existencia, al retratar a una emperatriz que tuvo una vida llena de
sufrimiento, pues su destino y sus amores fueron decididos por otros;
desgracias que la mantendrían penando entre los muros de su antigua prisión por
el resto de los días.
Todas estas narraciones develan las injusticias a
las que han sido sometidas las mujeres históricamente, sin importar su
procedencia o posición, y que se siguen repitiendo en nuestros tiempos, en los
que los automóviles han remplazado a los caballos, y el asfalto, a las piedras.
LA CHICA DE LA CURVA
La chica de la curva es una de las leyendas más
extendidas del mundo y una de las más estudiadas. Se trata de espíritus
femeninos vestidos de blanco que se encuentran al borde de caminos o autopistas
en tramos peligrosos, que son recogidos por personas que les permiten abordar
sus vehículos. Allí se mantienen inmóviles, hasta que desaparecen de forma
misteriosa.
También existen versiones más oscuras de la
historia, en las que los espíritus entablan una larga conversación con el
conductor que termina cuando afirman: “¿Ve esa curva? En esa curva me maté yo”,
y luego se desvanecen dejando un olor a putrefacción en la cojinería del
vehículo.
Historias semejantes se repiten en los cinco
continentes, como la sucedida en 1985, en Arica (Chile). El diario La Cuarta
publicó la historia de Luis Rivera, Juan Carlos González y Paul Hernández,
quienes observaron una extraña aparición en un lote en donde se llevaba a cabo
una construcción30:
“Era una mujer muy alta, tenía un vestido blanco
como túnica y su rostro era muy pálido. Sobre la cabeza tenía una especie de
sombrero con una visera que le tapaba los ojos y parte de la cara”, aseguró
Juan Carlos González.
“La vimos salir de la zanja, se lo juro”,
complementó Luis Rivera ante los periodistas. “Después caminaba en dirección a
los cerros”, afirmó.
Al sentirse asustados, los jóvenes se armaron con
algunas piedras y se las lanzaron a la cabeza, por lo que la criatura se dio
vuelta y empezó a perseguirlos, hasta que desapareció de manera inexplicable.
Luego de algunas semanas, los pobladores asociaron
al espectro con un accidente de tráfico en el que habría muerto una joven que
debía contraer matrimonio en un lugar llamado Las Peñas. “Incluso allí hay una
vieja cruz que conmemora este hecho”, dijo un agricultor de la zona.
Algo similar sucedió en Filipinas, en la carretera
Balete, cerca de la ciudad de Quezón, que es considerado uno de los lugares más
embrujados de ese país. Allí aparece una mujer vestida de blanco, cuyo espíritu
vive en el interior de los árboles —según la tradición local, los espíritus
pueden vivir dentro de las plantas—. Es una criatura tan popular que se han
realizado películas y libros infantiles sobre esta, como los de Dianne de Las
Casas y Zarah C. Gagatiga, que han logrado gran popularidad al rededor del
mundo.
Igualmente, se cree que esta criatura posee una
compañera aterradora, apodada la “Dama negra”, que tiene una cabellera larga y
oscura que utiliza para confundir a los conductores de los automóviles, a
quienes se les arroja para crear accidentes.
En El Salvador también son innumerables los
avistamientos de una criatura similar llamada “la Descarnada”, que aparece en
la carretera que lleva del municipio de Santa Ana a Chalchuapa.
La Descarnada es un espanto que posee el aspecto
de una mujer, vestida con un traje blanco, que camina sobre las bermas de las
carreteras y levanta la mano a los camiones para que la lleven; cuando alguno
se detiene y le pregunta a dónde va, ella les menciona algún punto cercano y
les lanza una sonrisa.
Dentro del vehículo, la mujer empieza a levantarse
la falda o la blusa para mostrar sus piernas y sus pechos a los conductores,
que en ocasiones intentan acariciarla o besarla. Es entonces cuando su piel se
desprende sobre las manos de su víctima, que quedan llenas de sangre y
músculos, hasta que les hace perder el conocimiento.
Los vecinos de la carretera explican esta
aterradora aparición como el producto de la violación y el asesinato de una
joven, cuyo cuerpo se encuentra perdido en algún lugar de la vía. Asimismo, se
cuenta que su origen podría estar relacionado con la muerte de una mujer que se
dedicaba a la adivinación y la brujería, que fue arrollada por un vehículo que
se habría dado a la fuga sin auxiliarla.
Luego de repasar estas historias, pareciera que
nos enfrentamos a entidades aterradoras y agresivas; sin embargo, las historias
de criaturas similares, pero de carácter protector, son muy comunes y nos
llevan a reflexionar sobre los límites de la vida y la muerte, como las que se
presentan a continuación.
LAS DAMAS DE BLANCO PROTECTORAS
Además de los espectros y fantasmas, también
existen casos e historias acerca de encuentros con entidades similares a la
niña de la carta que protegieron y cuidaron niños o personas desvalidas, que se
encontraban en situaciones críticas entre los fríos bosques del invierno
europeo, en tiempos relativamente recientes.
Uno de estos casos es el de Antonia Tamayo Beteta,
que se perdió en un bosque helado de Albacete el 29 de diciembre de 1979,
cuando tenía cuatro años. Esta historia fue investigada por la filologa y
antropóloga Mado Martínez en el 2015, quien reveló una serie de hechos
asombrosos.
Poco después de la desaparición de la pequeña, sus
familiares alertaron a la policía y a sus vecinos, quienes subieron a las
montañas y revisaron cada río, quebrada y despeñadero, pero no encontraron
ningún rastro de Antonia. Entonces el grupo cayó en la desesperación, pues la
niña llevaba poca ropa y las temperaturas de la noche hacían imposible que
sobreviviera.
El tiempo avanzó; se completaron dos, tres días, y
el dolor de su familia se agrandaba como una sombra negra, que los envolvía
cada vez que alguien les insinuaba que su hija ya debía estar muerta, devorada
por algún animal o asesinada por un criminal sangriento.
Consternados, los efectivos de la policía se
prepararon para abandonar la búsqueda y declararla desaparecida, cuando algo
sorprendente ocurrió sobre el mediodía del 1 de enero de 1980: un grupo de
hombres se internó en el bosque para buscar leña y escuchó unos quejidos a
pocos metros de distancia, en donde encontraron a la pequeña, que estaba de pie
y en perfecto estado de salud.
La niña fue llevada inmediatamente a un hospital
en Albacete, en donde los doctores afirmaron que había sucedido un milagro,
pues no podían explicar cómo había pasado tanto tiempo sin alimentos, en medio
de una montaña helada.
Esta situación se volvió más sorprendente aun
cuando Antonia les contó que una mujer con un vestido blanco, rodeada de un
halo de luz muy brillante, le había dado de comer y beber y la había abrazado
durante la noche para que no tuviera miedo.
El de Antonia sin duda es un caso
extraordinario que llamó la atención de los medios y que se conecta con otros,
como el de Trinidad Collado Pastor, sucedido el 31 de diciembre de 1943. La
pequeña salió de su casa, para comprar el pan para la cena de Año Nuevo y una
luz blanquecina la cegó, por lo que entró a una cabaña abandonada, que se
encontraba al lado del camino, en donde pasó la noche.
Al rato de haberse acostado entró una mujer alta
con un vestido azul y blanco que le dio calor. Al día siguiente, 1 de enero de
1944, Trinidad sintió una voz en su cabeza que le dijo: “Sal al sol”, así que
se levantó, abrió la puerta y se encontró con Ángel Preño, un campesino que la
condujo al pueblo en donde la esperaba su familia. Sus parientes la llevaron
inmediatamente a la iglesia, en donde le preguntaron si alguna de las imágenes
que se levantaban sobre sus nichos correspondía a la señora que había visto por
la noche. Trinidad no lo dudó y señaló a la Virgen del Rosario.
Este es un caso asombroso que nos habla de
espíritus protectores, que parecen provenir de un lugar o espacio que bordea
los límites de la realidad, y que fue narrado por la misma Trinidad a Jesús
Callejo y a Javier Sierra, ganadores del Premio Planeta, quienes lo publicaron
en su libro La España extraña de 1997.
CAMINO AL MÁS ALLÁ
Aunque muchos no las consideran importantes, este
tipo de leyendas y manifestaciones han sido estudiadas por antropólogos,
psicólogos y sociólogos, quienes han desarrollado diferentes hipótesis sobre su
origen y significado a través del tiempo.
Los profesores Alberto Martos García y Aitana
Martos García, de la Universidad de Extremadura, proponen que este tipo de
apariciones son “imágenes funerarias, máscaras expresionistas […] que nos
avisa[n] o alarma[n] no solo de lo obvio, del río crecido en la noche sino de
otros muchos valores, el descuido, la negligencia, la falta de cuidados que
lleva al desastre, al desequilibrio, a la manifestación del lado terrible […]
son ‘diosas oscuras’”31.
En este sentido, podríamos afirmar que la niña de
la carta es una especie de anuncio de las desgracias que pueden sucedernos en
los caminos y un recordatorio de la inmanencia de la muerte, que nos acecha a
todo instante.
Por otro lado, el filólogo José Manuel
Pedrosa, de la Universidad de Alcalá de Henares, quien estudió este fenómeno en
su libro La autoestopista fantasma y otras leyendas urbanas españolas,
considera que estos espectros son una especie de “psicopompos”: entidades
sobrenaturales que guían a las personas y les advierten de los peligros de los
caminos.
Esta definición concuerda con los demás casos que
hemos analizado, que nos permiten establecer que este tipo de entidades
aparecen en lugares en donde han ocurrido tragedias, como si fuesen avisos de
precaución; estelas de antiguas desgracias que se extienden ante nuestros ojos
para evitar nuevas catástrofes; arquetipos y sombras que no tendrían origen en
el mundo sobrenatural, sino en el de la memoria colectiva.
Son criaturas que, según Pedrosa, han sido
registradas desde la época medieval, en la que existen docenas de narraciones
en las que viajeros temerarios que se adentraban por caminos peligrosos se
encontraban con una mujer de traje blanco que les pedía acompañarlos. Al
comienzo el viaje transcurre de forma tranquila, pero cuando los viajeros se
acercan al final, la muchacha desaparece. En varias ocasiones llegaban a la
conclusión de que era la Virgen María, quien había bajado de los cielos para
cuidarlos en su travesía.
Estos relatos, según el profesor Pedrosa, son los
antepasados de la chica de la curva y los espectros femeninos de carretera, que
representarían las almas de personas muertas que vendrían al mundo para
proteger y corregir a los vivos.
El investigador Fernando Cid Lucas publicó un
análisis de este fenómeno bajo el título “Damas blancas, damas de agua”, en el
que sostiene que estas entidades están relacionadas con seres benéficos y
protectores de las antiguas mitologías, como las ninfas griegas, que fueron
transformadas en monstruos y espantos por el cristianismo.
Ninfas y damas del agua que, para los antiguos
celtas, también podían ser “espíritus irascibles, capaces de atacar a los
viajeros que se adentran en la noche o a quienes despistan su camino. También
podía suceder que si dicho viajero resultaba ser un joven apuesto lo hechizaban
y lo llevaban con ellas a vivir al fondo del lago o del río”32.
Podemos ver entonces que estos comportamientos son
similares a los de la desencarnada y demás entidades, que parecen haber
cambiado los estanques por las carreteras y las autopistas.
Al final, cabe reflexionar sobre las
conexiones de la niña de la carta con la realidad colombiana, con la violencia,
la muerte y la desigualdad que han soportado sus pobladores desde sus inicios,
con las masacres que todavía nos aquejan y los sufrimientos de las mujeres que
son oprimidas por una sociedad machista que las maltrata.
En este sentido, podemos aventurarnos a concluir
que la imagen de la niña representa inocencia; el color blanco de su vestido,
pureza, y la carta, un mensaje. Un mensaje que llega a los vivos en medio de la
oscuridad de la noche, para recordarnos la violación y el asesinato que se
cometieron contra ella, y que siguen impunes a pesar del paso del tiempo.
BIBLIOGRAFÍA
Artículos
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la versión salvadoreña de la leyenda de ‘La Descarnada’”, Noticias de El
Salvador - elsalvador.com, 30 de julio de 2019. Disponible en: www.elsalvador.com
Lucas, Fernando Cid, “Damas blancas, damas de
agua: lo femenino y el líquido elemento en el corpus de mitos y leyendas de
occidente y de Japón (apenas una aproximación)”, Releyendo: Estudios de
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Manuel José de Lara Ródenas (ed. lit.), José María Pérez Collados (ed. lit.),
pp. 309-316, 2015. Disponible en: revistas.udea.edu.co
Martínez, Mado, “La Dama blanca de Arroyo Sujayar”
revista Año/Cero, n.° 301, 15 de julio de 2015. Disponible en: www.espaciomisterio.com
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Humanidades-Universidad Nacional de Mar del Plata, Disponible en:
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crudo y lo cocido, México: Fondo de Cultura Económica, 1968.
Ocampo López, Javier, Mitos, leyendas y relatos
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Pedrosa, José Manuel, La autoestopista fantasma
y otras leyendas urbanas españolas, Madrid: Editorial Páginas de Espuma,
2004.
28 Kardec (1967, p. 20).
29 Muñoz (2017, p. 3).
30 Los testimonios a continuación fueron tomados del
artículo de La entrada secreta (13 de diciembre de 2015), en el que se
cita el artículo original de La Cuarta.
31 Antonio Martos García y Aitana Martos García
(2015).
32 Lucas (2015, p. 76).
5. Antonio Navarro Wolff: Luz al final del túnel
El túnel de la muerte - El túnel y las
experiencias cercanas a la muerte - La ciencia entra al túnel - En los confines
de la oscuridad – Bibliografía
Yo conocí salones cenicientos,
túneles habitados por la luna,
hangares crueles que se despedían,
preguntas que insistían en la arena. - Pablo Neruda
Me dirigí hacia las máquinas expendedoras de
comida, compré una Coca-Cola Zero y unas galletas Saltinas, que comí mientras
caminaba hasta un ascensor que me llevó al sexto piso. Avancé dos pasos,
revolví mi billetera y puse mi carnet sobre un lector de seguridad. La puerta
de cristal se desbloqueó y se abrió de par en par. Adentro, media docena de
periodistas redactaban informes bajo un techo de metal atravesado por cables y
lámparas blanquecinas.
Dejé mi morral entre un cajón del escritorio que
compartía con Simón Hernández, me crucé con Jorge Alfredo Vargas y observé a
mis compañeros dentro de la cabina. Saludé al operador del máster y me puse los
audífonos. Sonaba Are You Gonna Go My Way, de
Lenny Kravitz. Mauricio Quintero, el director del programa, me
entregó una hoja con el orden del día y me señaló una silla en donde descansaba
Antonio Navarro Wolff, que tenía puesto un saco verde y una camisa blanca.
Una luz indicó que estábamos al aire. Navarro
apagó su teléfono. Quintero lo presentó como precandidato a la Alcaldía de
Bogotá y le preguntó sobre sus propuestas contra la inseguridad y la
corrupción. Parecía una entrevista de rutina hasta que Tata Solarte le mostró
en su celular un video en el que él aparecía bailando salsa con la prótesis de
su pierna izquierda.
Navarro levantó los brazos, miró al techo y
respondió con entusiasmo: “Lo que pasa es que yo sobreviví a un atentado que me
destrozó el lado izquierdo del cuerpo: ¡yo conocí el túnel de la muerte!”. Me
quedé atónito. “¡El túnel es real!”, remató con vehemencia.
Al terminar la grabación, me le acerqué y le pedí
una entrevista para Más Allá, el show de televisión que dirigía en
Redmas, de periodismo de misterio. Me entregó sus números de contacto y se los
di a Yoana Arenas, quien me consiguió una cita para la semana siguiente.
El día de la cita, terminé la clase que
dictaba en la Universidad del Rosario y entré a la estación Santafé de
Transmilenio. El bus estaba repleto, por lo que tuve que hacerme al costado de
un hombre que imitaba a José Luis Perales y al mismo tiempo arrastraba un
parlante con ruedas. Empecé a sentirme sordo, las vibraciones de su voz
martillaban mis tímpanos mientras las sombras de los edificios del norte de la
ciudad se estiraban sobre las ventanas.
Observé el reloj y me di cuenta de que, de nuevo,
iba tarde. El bus tomó la carrera 30 y se sumergió en un deprimido. El sol
desapareció y fue remplazado por una oscuridad espesa. Las luces se encendieron
entre la penumbra.
Un ventarrón de aire fresco se coló por la cabina
y el conductor aumentó la velocidad mientras los stop de los automóviles
se perdían en la distancia, como si fuesen rescoldos encendidos. La carrera 30
parecía un río de motos y personas solitarias.
Una voz electrónica anunció que habíamos llegado a
la estación de la calle 26. Me abrí espacio hasta la salida y escalé el puente
peatonal. Un cielo plomizo cubría Bogotá; observé mi celular y me di cuenta de
que tenía una gran cantidad de llamadas perdidas. Busqué la dirección y me
dirigí rápidamente al lugar de la cita.
Encontré la camioneta de Redmas frente a una
antigua casa de ladrillo del barrio La Soledad. Yoana estaba en la puerta junto
al camarógrafo, que lucía angustiado. Fuimos hasta la recepción y nos indicaron
que subiéramos hasta el segundo piso, en donde una mujer nos llevó hasta una
oficina.
—Este es el espacio que tenemos para la entrevista
—dijo en tono blando—. El candidato está ocupado, pero viene en segundos
—puntualizó.
Subimos los equipos y empezamos a cambiar todo de
lugar; bajamos un gran lienzo con representaciones abstractas que estaba en el
corredor y lo colocamos detrás de un sofá de cuerina, que arrinconamos contra
una pared. La mujer nos miraba nerviosamente.
Navarro asomó la cabeza: “Si no están listos, no
podemos comenzar”, dijo, antes de volver a desaparecer por la puerta.
El camarógrafo instaló las luces. Les puso un
filtro sintético que irradió el espacio con un tono azulado, como el que se ve
en las radiografías. Navarro regresó, nos miró presuroso y tomó asiento. Le
pusieron un micrófono de solapa mientras se acomodaba y concentraba su mirada
en el lente de la cámara.
—Doctor, esta entrevista es para hablar sobre su
experiencia cercana a la muerte —le informé con tono respetuoso.
La tensión se disolvió, su cuerpo se relajó y sus
ojos se volvieron más azules y profundos.
—Empecemos —dijo, y los reflectores se encendieron
sobre nosotros como cuando una luz atraviesa una caverna.
ANTONIO NAVARRO WOLFF
¿Quién es Antonio Navarro?
Yo nací en la ciudad de San Juan de Pasto en 1948,
en un hogar lleno de hijos. Fui el primogénito de cuatro hombres y tres
mujeres. Así eran las familias de ese tiempo; mi mamá fue una mártir, que
estuvo embarazada durante nueve años de su vida.
¿Qué recuerdo tiene de sus primeros años?
Todavía recuerdo cuando todo se llenaba de ceniza:
los árboles, las aceras, los jardines. Del volcán Galeras bajaban nubes de
ceniza.
¿Tiene algún recuerdo especial del colegio?
Cuando estaba en primero me nombraron batutero de
la banda de guerra; marchaba adelante y marcaba el paso. La batuta era de las
hermanas franciscanas y recuerdo que era grande, pesada y maciza. Era un
colegio para niñas que tenía kínder y primaria para niños.
¿A qué se dedicaba su familia?
Mi papá era un hombre de negocios que tenía una
agencia de telas Coltejer, pero le dio por sembrar cebada. Invirtió un montón
de plata, consiguió unas tierras alquiladas y las sembró de arriba a abajo,
hasta que llegó una plaga que se llamaba tornutillo del centeno que dañó toda
la cosecha y nos tocó irnos a vivir a Cali.
Cuando uno se muda de ciudad, muchas cosas
cambian. ¿Qué fue lo más complicado para usted?
Al comienzo me matricularon en el colegio San Luis
Gonzaga, pero a mi papa no le gustó y me trasladó al Santa Librada, que
llamaban “Santa Pedrada” por los problemas y las peleas que se armaban a la
salida.
Muchas personas dicen que por esa época
usted se destacó por ser buen estudiante. ¿Es verdad?
En ese tiempo era un nerd total; nunca
presenté un remedial ni una habilitación. En el Santa Librada estudié todo el
bachillerato y me dieron la medalla general Santander, por ser el mejor
estudiante de mi promoción.
Muchas personas toman elecciones que cambian
su vida al terminar el colegio; ¿qué decisión tomó usted?
Decidí estudiar Ingeniería Civil porque me
gustaban las matemáticas y la física, pero no había facultades en Cali. Me puse
a buscar y descubrí que había Ingeniería Sanitaria en la Universidad del Valle.
Me inscribí, pasé el examen y me ded
¿Solo a estudiar?
Sí, hasta que llegó el 19 de abril de 1970, cuando
se presentó un fraude electoral en contra del general Gustavo Rojas Pinilla,
que iba ganando las elecciones, cuando declararon toque de queda y proclamaron
a Misael Pastrana presidente. Después de ver esa trampa me interesé por luchar
contra la injusticia, pero no existía ningún movimiento que me cautivara: las
Farc eran línea Moscú, eso no me gustaba. El EPL era marxista-leninista, línea
Pekín… ¡menos! El ELN, guevaristas, línea La Habana. Entonces me alejé de eso,
me llamaron de la fundación Rockefeller de Nueva York, me dijeron que trabajara
para ellos y acepté.
¿Qué hizo luego de trabajar con los
Rockefeller?
Entré a trabajar como docente en la Universidad
del Valle. Habían traído un computador gigantesco, un IBM 1130 que se
programaba con tarjetas perforadas, operado por un profesor que venía de
intercambio del Instituto Tecnológico de Massachusetts, quien armó un grupo de nerds
en el que me metí. El profesor nos enseñó lenguajes de programación como COBOL
y FORTRAN IV, que casi nadie dominaba, por lo que me nombraron profesor.
Le estaba yendo bien.
Me estaba yendo muy bien en todos los aspectos;
tan bien que me dieron una beca y me fui a estudiar a Inglaterra en 1976, a un
pueblito del Midlands en donde había un colegio de ingenieros de Loughborough
University. Un par de años después volví y me nombraron decano. Luego el
International Development Research Center de Canadá me escogió como asesor, y
viajé a Guyana y Honduras para ayudar a mejorar las condiciones de vida de las
comunidades más pobres. Me estaba yendo muy bien, cuando aparecieron unos
señores en los periódicos y las noticias, con un mensaje nacionalista. Era el
M-19.
¿Y usted los buscó o ellos lo buscaron?
Yo empecé a buscarlos y a contactarlos.
¿Entonces qué pasó?
Entonces terminé dejando todo: la plata, el carro,
la casa, la beca. Fue una decisión por convicción. Mi familia se enteró cuando
ya hacía parte del movimiento y estaba en la clandestinidad; ahora pienso que
esa decisión no me salió barata.
Una de las experiencias más duras que sufrió
fue cuando lo torturaron. ¿Cómo fueron esas semanas?
En 1980 me capturaron en Flandes y me llevaron al
Cantón Norte en Bogotá; allí pasé veintiún días, los veintiún días más duros de
mi vida. Sufrí golpes, hambre, no me dejaban dormir. Se escuchaban gritos, quejidos.
Entonces me dije a mí mismo: “Soy una persona, tengo dignidad y saldré de aquí
con dignidad”. Unos meses después me llevaron a La Picota, en donde duré dos
años. Las torturas fueron tan intensas que cuando llegué a la celda sentí que
era un lugar hermoso, precioso, radiante, cuando en realidad era una olla.
¿Cuántos años permaneció en el M-19?
Duré doce años en el M-19. No me arrepiento, pero
nos dimos cuenta de que era una equivocación y tomamos la decisión de firmar un
acuerdo de paz desde inicios de los años ochenta.
En esa época usted ya hacía parte de la
dirección nacional. ¿Qué rol tuvo en las negociaciones?
Durante el gobierno de Belisario Betancur yo era
negociador principal.
El presidente Betancur fue un entusiasta de
la paz. Se dibujaron palomas blancas por todo el país y se iniciaron
conversaciones con todas las guerrillas. Aun así, fue una época de guerra sucia
en la que usted sufrió un atentado. ¿Qué pasó?
En 1985, en Cali, cuando estábamos haciendo una
negociación de paz con el Gobierno, me tiraron una granada mientras estaba en
una cafetería desayunando. La granada me estalló a un costado de la pierna
izquierda; me entraron ciento treinta y seis esquirlas, que me destrozaron el
pie, me perforaron los brazos y me atravesaron el cuello, dañándome el habla.
Me dejaron muy mal. Los compañeros me cargaron y me llevaron al hospital
Universitario del Valle, en donde me internaron en cuidados intensivos hasta
que nos dijeron que venían a rematarme.
¿Y ahí qué hicieron?
Entonces consiguieron un avión, me transportaron
al aeropuerto y me llevaron a México.
¿Qué pasó en México?
Llegué a Ciudad de México, al hospital Ángeles
Mocel, en la zona de Chapultepec. Allí me internaron, examinaron mis heridas,
me amputaron los dedos, el pie y al final la pierna izquierda. Fue un momento
muy duro, muy duro y doloroso, pero me fui recuperando, hasta que me aplicaron
dipirona intravenosa y sufrí un shock de resistencia al medicamento que
me dejó, literalmente, en el túnel de la muerte.
¿Estaba muriendo?
Sí, pero estaba consciente.
Cuando uno lee y escucha los testimonios
acerca del túnel, los testigos narran que flotan, que ven una luz y que no
sienten calor ni frío.
Al principio se siente angustia, luego todo se va
alejando y uno va quedando tranquilo; todo se va quedando quieto y uno va
entrando en una especie de túnel que envuelve todo. La luz se va alejando, muy
despacio, hasta convertirse en un punto.
Muchas personas que dicen haber estado en el
túnel recuerdan haber experimentado una profunda sensación de paz y
tranquilidad. ¿Usted qué sintió?
Cuando se habla del túnel de la muerte eso es,
literal, una experiencia plácida, súper placida. Me sentía muy bien y me sentía
muy contento de avanzar, de flotar dentro de él.
¿Cómo regresó?
Estaba conmigo un médico, primo mío, que se había
ido conmigo a México, que se dio cuenta de que estaba experimentando una
alergia extrema al medicamento y empezó a hablarme para que no me fuera; me
decía: “Antonio, Antonio”. Yo tenía puesta una bolsa intravenosa de suero
fisiológico y sentía cómo la presionaba para que me entraran chorros por las
venas. “No te vayas, abre los ojos, Antonio”, decía, y así me fue sacando.
Algunas personas afirman haber visto a un
familiar difunto o un ser luminoso al otro lado del túnel. Varios incluso han
llegado a entablar conversaciones con esas entidades. ¿Usted pudo ver algo
similar?
Como en ese momento salí de ese lugar, no puedo
decir qué hay al otro lado del túnel, porque no pude verlo ni llegar allí;
nunca vi qué había al final.
Muchas personas cambian luego de vivir una
experiencia como la suya. ¿Qué cambio en usted?
Yo creo que desde ese momento le perdí un poco el
miedo a la muerte, porque no es una experiencia dolorosa, fea o que provoque
malestar.
¿Cómo es la muerte?
Cuando uno pasa el umbral inicial se empieza a
sentir bien.
Aun así, la muerte es un hecho intenso. ¿Le
sigue doliendo la muerte?
El día más triste de mi vida fue la muerte de mi
hijo. También fue dolorosa la muerte de Carlos Pizarro en 1990, a quien asesinaron
cuarenta y cinco días después de firmar el acuerdo de paz. Era nuestro
candidato presidencial, iba en un vuelo de Bogotá a Barranquilla cuando un
sicario le disparó en la cabina. Yo era su suplente; me tocó ir al hospital y
vivir la tragedia. Fue un momento muy difícil porque estábamos en pleno proceso
de paz y había mucha incertidumbre, pero al final comprendimos que los asesinos
eran personas diferentes al Gobierno y seguimos adelante. Cumplimos la palabra
y mantuvimos el acuerdo.
Fueron momentos duros…
Yo heredé la candidatura de Pizarro y me empezaron
a llegar sufragios que decían: “Tan buena persona que era Navarro, lástima que
ya esté muerto”. Entonces me encerré en una casa durante treinta y cinco días y
no pude volver a salir hasta que pasaron las elecciones. Enseguida me nombraron
ministro de Salud y luego surgió la Asamblea Nacional Constituyente de 1991.
Después de todos estos años, ¿qué queda?
Yo primero pido perdón por cualquier daño que
pudiera haber hecho, pido perdón por todo. Una tarde llegó a mi oficina del
Senado un señor que se presentó como sargento retirado con una lista en la que
estaban los nombres de los que planearon mi atentado. Estaba enojado porque lo
habían echado del Ejército y quería vengarse. Entonces yo le dije: “No, la
guerra ya terminó para mí”. Cuatro meses después entró a una sucursal del fondo
de pensiones del Ministerio de Defensa y amenazó con matar a todos los que
esperaban turno. La guerra no trae nada bueno.
Se puede perdonar, pero las cosas no quedan
igual. ¿Se puede dialogar con quienes nos han hecho daño?
Cuando yo era gobernador de Nariño, llegó a
trabajar un señor que después identifiqué como uno de los que me hicieron el
atentado que me llevó al túnel, y trabajamos sin problema, lo que demuestra que
sí se puede perdonar. El perdón es gratis; se puede trabajar juntos.
¿Piensa que va a volver a encontrarse con
todos sus amigos y familiares que ya no están con nosotros?
No creo que vaya a encontrarme con ellos, pero el
túnel de la muerte es una realidad. Existe y todos vamos a tener que pasar por
él.
EL TÚNEL DE LA MUERTE
Lejos de ser una anomalía, la experiencia relatada
por Antonio Navarro Wolff es una situación que se repite en casi todas las
culturas que creen en la trascendencia y la vida después de la muerte.
Durante milenios los encargados de la medicina y
la religión, los antiguos chamanes, inducían el estado de trance en sus cuerpos
mediante plantas, toxinas o técnicas de meditación que les permitían
experimentar la otra realidad: el mundo de los espíritus.
Es un mundo lejano a nuestra realidad que aparece
plasmado en una de las primera muestras artísticas de la humanidad, los
fabulosos dibujos de la cueva Leang Bulu Sipong de la isla de Sulawesi
(Indonesia). Estas imágenes fueron analizadas por un equipo de arqueólogos de
la Universidad Griffith (Australia) en 2014, quienes descubrieron una serie de
pinturas, entre las que se destacan ocho figuras humanoides, de aspecto
desproporcionado, que tendrían cuarenta mil años de antigüedad.
Estas figuras parecen representar personajes
sobrenaturales que, según el profesor Adam Brumm, quien dirigió el estudio,
“pueden ser la prueba más antigua de nuestra capacidad de concebir cosas que no
existen en el mundo natural, un concepto básico sobre el que se apoya la
religión moderna”33. Se trata de un descubrimiento que nos lleva a
pensar que el pensamiento mágico y religioso que encierra el concepto de la
vida después de la muerte ya estaba presente en las creencias de las primeras
sociedades humanas.
Es de suponer que este tipo de creencias también
moldearon los sistemas religiosos de las grandes civilizaciones del mundo
antiguo, donde las representaciones de “la otra realidad” se funden con
epopeyas y leyendas mitológicas.
Uno de estos mitos es el inframundo griego, al que
viajaban las almas luego de su Ekphora o entierro, y que fue mencionado
por filósofos como Platón. En las últimas páginas de la República, narra
la historia de un soldado llamado Er, quien retornó a la vida durante su
velación y les contó a sus familiares lo que había visto en el reino de la
muerte. Según Er, apenas uno muere se despierta en una extensa llanura que
desemboca en dos caminos, a los que son enviadas las almas luego de que un
grupo de jueces examinan sus acciones en vida. Uno conduce al cielo y el otro
desciende hasta el Tártaro, en donde los malvados son atormentados por toda la
eternidad.
En la Odisea, Homero describe al Tártaro
como un lugar donde el tiempo posee la consistencia de un sueño. En la Eneida,
el poeta Virgilio relata que los espíritus estaban obligados a cruzar el río
Estigia sobre la barca de un anciano llamado Caronte, que les cobraba una
moneda que les sacaba de la boca o debajo de los párpados, en donde se las
dejaban sus familiares durante los ritos fúnebres. Al llegar al otro lado, se
deslizaban entre las puertas del inframundo, que estaban resguardadas por una
criatura de tres cabezas, cola de serpiente y cuerpo de perro llamada Cerbero,
que evitaba que los muertos escaparan al reino de los vivos.
Es precisamente alrededor del mito del inframundo
que encontramos una de las primeras referencias al túnel de la muerte, en la
historia de Orfeo. Según la leyenda, Orfeo era un cantante y músico
excepcional, capaz de hacer llorar a los hombres y apaciguar a las bestias, que
se enamoró por completo de una ninfa llamada Eurídice, con quien iba a casarse.
Eurídice fue atacada por un sátiro, que intentó violarla mientras paseaba por
un bosque, y la hizo caer en un pozo, en donde la mordió una serpiente que le
provocó la muerte.
Desesperado, Orfeo viajó al mundo de los muertos y
conmovió a Hades con las notas de su lira: el dios del inframundo le entregó el
alma de Eurídice con la condición de que no mirara atrás hasta que llegaran a
la superficie. El músico aceptó y se internó por una gruta nebulosa, en la que
flotaban miles de espíritus que se deslizaban entre las sombras sin producir
ningún ruido.
Luego de varios días, Orfeo vio la luz al final
del túnel; sintió el aire tibio de la superficie y el graznido de las aves
rebotando contra las paredes, pero no escuchó a su amada, pues las almas no
pesan ni respiran. “Los dioses son traicioneros”, pensó, y volteó la cabeza
para ver cómo Eurídice se desvanecía entre las grietas, como si fuese
succionada por un torbellino invisible, perdiéndose para siempre. La historia
de Orfeo y Eurídice nos habla de la imposibilidad humana de vencer la muerte, y
al mismo tiempo nos proporciona una representación primigenia del túnel de la muerte.
Dicho túnel era para muchos una realidad tangible
que atraía a cientos de peregrinos hasta la antigua ciudad de Hierápolis,
ubicada en Frigia (Turquía), en donde se creía que estaba ubicada la “puerta
del infierno”: un pasadizo que se menciona en antiguas escrituras, por el cual
se podía descender hasta el reino del dios Hades, en el corazón de la Tierra.
Lejos de la leyenda, los arqueólogos lograron
establecer que la verdadera “puerta del infierno” fue un templo construido a la
entrada de una cueva hace más de dos mil años, del que surgían vapores que
inhalaban antiguos sacerdotes que, según el historiador griego Estrabón,
sufrían profundos trances y experiencias cercanas a la muerte. Él además
aseguró que “el túnel estaba lleno de un vapor tan brumoso y denso que apenas
dejaba ver el suelo. Cualquier animal que entraba moría de forma instantánea”34.
Este lugar fue considerado metafórico por algunos
historiadores, hasta que fue descubierto por arqueólogos de la Universidad de
Salento, en el 2011. Durante los estudios, el biólogo alemán Hardy Pfanz y su
equipo, de la Universidad de Duisburg-Essen, encontraron un sistema de fisuras
en las paredes del túnel que destilaban dióxido de carbono a un nivel tan alto
que podrían causar la muerte a pequeños animales, confirmando así las
afirmaciones de Estrabón sobre los trances de los sacerdotes.
Asimismo, se encontraron manchas de hollín sobre
las rocas, que permitieron establecer que grupos de personas se introdujeron
entre las emanaciones tóxicas con antorchas y objetos rituales en búsqueda de
experiencias sobrenaturales.
Estas búsquedas se ven representadas en el arte
del Renacimiento europeo, en el que antiguos maestros plasmaron sus visiones
espirituales en obras que proyectaban el tránsito a la vida eterna mediante
túneles o cavernas poblados de ángeles y demonios. Son obras que exploraban la
creencia en el paraíso, el cielo, el purgatorio, el limbo y otras esferas
cósmicas a donde habitarían las almas de quienes fenecían, según los dogmas
católicos.
La Ascensión al Empíreo de El Bosco, elaborada entre 1500 y 1504, es un
ejemplo de estas representaciones, pues muestra a un grupo de difuntos
acompañados de seres angelicales que flotan entre un túnel cilíndrico, en cuyo
final puede verse una silueta humanoide, envuelta en un halo de luz que irradia
amor y paz. Esta es una visión sobrecogedora de la vida después de la muerte,
que retrata al túnel con la misma intensidad que lo describen miles de personas
que, como Antonio Navarro Wolff, aseguran haberlo recorrido.
Otro ejemplo son los misteriosos grabados de
Gustave Doré, quien, en el siglo XIX, realizó una serie de ilustraciones en
1861 para una edición especial de la Divina comedia, la obra de Dante
Alighieri que narra el viaje de Dante al infierno y el purgatorio, de la mano
del poeta Virgilio. En sus trazos, Doré nos presenta un mundo sobrenatural
repleto de entidades diabólicas que termina en una asombrosa lámina en la que
innumerables arcángeles giran creando un túnel, iluminado por una energía
divina que se proyecta desde un punto elevado y distante35.
Al margen de las leyendas y las representaciones
del mundo antiguo, el túnel de la muerte es un fenómeno surgido en la
modernidad, gracias a los avances de la medicina y las técnicas de
resucitación, que han salvado la vida de miles de personas que estuvieron al
borde de la muerte y retornaron para contar su experiencia.
EL TÚNEL Y LAS EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE
El túnel es uno de los elementos más repetidos en
las experiencias cercanas a la muerte, que han sido definidas como los
recuerdos de personas que aseguran haber vivido acontecimientos sobrenaturales
mientras estaban agonizantes o clínicamente muertas, sucesos que desafían las
leyes de la ciencia moderna.
Son experiencias que, durante siglos, fueron
registradas como anécdotas, mitos o leyendas, hasta la llegada de las actuales
técnicas de resucitación cardiopulmonar, que se hicieron comunes a partir de la
segunda mitad del siglo XX. Por aquella época, algunos médicos quedaron
desconcertados cuando los moribundos se despertaban relatando historias
fantásticas que creyeron que eran producto de la anestesia o de una interacción
entre medicamentos.
Estas historias llegaron a interesar a
investigadores como Raymond Moody, un psiquiatra y licenciado en Filosofía de
la Universidad de Virginia, quien publicó en 1975 el libro La vida después
de la vida, que recopila una serie de testimonios de personas que aseguran
haber estado en los límites de la otra existencia.
Para Moody, lo primero que se percibe al fallecer
es una deformación del espacio y el tiempo y una “memoria panorámica”: una
especie de película en la que se visualizan los momentos más importantes de la
vida que provocan sentimientos desbordantes. Enseguida los testigos afirman
verse envueltos en un túnel de oscuridad que transmite una profunda paz,
mientras flotan hacia un punto de luz, en donde son recibidos por amigos o
familiares fallecidos.
Según el psiquiatra, algunas de las personas se
sintieron deprimidas al regresar, pues extrañaban el bienestar que habían
experimentado dentro del túnel. Aun así, la mayoría perdió el miedo a la muerte
y el interés en la religión, pues sus creencias personales se vieron afectadas
por las visiones que experimentaron mientras se encontraban a punto de
fallecer.
Estas descripciones resultan enigmáticamente
similares a las de muchas personas que no tuvieron contacto con los libros o la
obra de Moody. Es el caso del escritor y dramaturgo español Antonio Gala, quien
en sus memorias, publicadas bajo el título Ahora hablaré de mí, cuenta
cómo el 21 de mayo de 1973 sufrió una perforación en el duodeno que lo sumió en
un estado comatoso que lo llevó a otra dimensión, en donde pudo sentir “una
tiniebla que se adelgazaba hasta convertirse en un túnel. En donde al final
había una luz tamizada, como el oriente de una perla, no deslumbrante, no
cegadora. Y, en medio de esa luz, una sonrisa”. Identificó que esta sonrisa
pertenecía a su padre, que surgía entre el aire mientras experimentaba una
“memoria panorámica”, que lo llevó a los primeros años de su vida. “Lo que yo
vi no tenía nada de grandioso ni de importante ni de significativo según el
sentido habitual. Nada de lo que yo hubiese considerado digno de recuerdo en mi
vida estaba allí: lo que había eran gestos corrientes… Mi padre enseñándome a
cerrar los ojos para buscar el sueño, a sonarme la nariz”36, escribió el dramaturgo.
Sin duda fue una experiencia similar a la relatada
por Navarro Wolff y a la que vivió la actriz norteamericana Sharon Stone, quien
sufrió un accidente cerebro-vascular en el 2001 que desatendió en un principio:
“Tenía un dolor de cabeza realmente fuerte, pero no fui al hospital. Fui solo
hasta el tercer o cuarto día de mi derrame. La mayor parte de la gente muere.
Tenía un 1% de posibilidades de sobrevivir cuando me operaron, y durante un mes
no supieron si viviría” dijo a la revista Variety en el 201937. En una entrevista al Daily Express, la
actriz reveló que vivió una experiencia cercana a la muerte: “Fue como si me
dispararan en la cabeza. Creían que tenía un vaso sanguíneo roto y que me había
desangrado. Pasaron nueve días y no mejoraba. En la siguiente operación,
encontraron una arteria que estaba bombeándome sangre al cerebro. Utilizaron
platino para cortarlo. Estuve muy cerca de morir durante un momento y vi la luz
blanca. Vi a personas que sabía muertas y parecía que estaban vivas”38.
Este caso describe hechos similares a los narrados
en 1992 por Elizabeth Taylor durante el programa de Oprah Winfrey, cuando
aseguró que había vivido una experiencia cercana a la muerte después de ser
sometida a una cirugía de espalda en 1962, en la que sufrió una serie de
complicaciones que la llevaron a un paro cardiorrespiratorio.
La actriz afirmó que despertó de la anestesia
mientras se desprendía de su cuerpo, observando el quirófano y a los doctores
que trataban de revivirla. Enseguida, el mundo se fue alejando y el universo
tomó la forma de un cono alargado y gris, en cuya punta había una fuente de luz
en la que pudo reconocer el rostro de Mike Todd, su tercer esposo, quien había
muerto en un accidente aeronáutico en 1958 y quien le pidió que se alejara de
la luz: “Tienes que volver”, le dijo, “tienes mucho por hacer, Elizabeth, y
tienes que luchar”, remató Todd. Enseguida el cuerpo de Taylor se llenó de
dolor y despertó ante los ojos de los médicos, que la habían declarado muerta.
Estas historias concuerdan con las fases
propuestas por el doctor Raymond Moody, y nos llevan a reflexionar sobre las
extrañas coincidencias que esconden los testimonios de aquellos que han estado
en las fronteras de la existencia, que han llevado a muchos a especular que el
túnel es un lugar de tránsito o un puente a otra realidad que se encuentra por
fuera del espacio y el tiempo. Son misterios que han llegado a interesar a
filósofos y científicos que han intentado desentrañar los secretos de este
extraño fenómeno que se repite en toda cultura, religión o continente.
LA CIENCIA ENTRA AL TÚNEL
Desde la publicación de los libros de Raymond
Moody, el túnel de la muerte ha despertado posiciones encontradas entre la
comunidad científica. Docenas de equipos afiliados a universidades e institutos
han realizado cientos de investigaciones que han llegado a diferentes
conclusiones.
En 1993, la doctora Susan Blackmore publicó su
libro Dying to Live: Near-Death Experiences, en el que sostiene que el
“túnel” es producto de la privación de oxígeno que sufre el cerebro en el
momento de la muerte, que causa síntomas como euforia desmesurada,
alucinaciones auditivas y visiones similares a las experimentadas por pilotos
de aviones de combate cuando se encuentran sometidos a altas velocidades.
Este tipo de patología se denomina “hipoxia
hipóxica” y causa que los brazos y las piernas se pongan azules y sufran
espasmos musculares, y al mismo tiempo se produce una disminución del campo
visual que ocasiona una visión gris o de túnel, parecida a la descrita por
quienes han tenido experiencias cercanas a la muerte.
Según Blackmore, estas visiones surgirían debido a
que las células de la retina responden ante la carencia de sangre generando
fosfenos, similares a las manchas luminosas que observamos cuando nos
presionamos los ojos, que darían paso a un círculo luminoso que iría cerrándose
a medida que pierden oxígeno; esto podría darnos la impresión de que nos
desplazamos en el aire, pues el cerebro interpreta de esa manera las señales
que recibe.
Este postulado, que niega la existencia del
espíritu y la trascendencia, ha sido denominado “hipótesis del cerebro
agonizante” (dying brain hypothesis) por la doctora Blackmore y ha sido
acogido por gran parte de la comunidad científica en la actualidad.
En 2017, un grupo de investigación de la
Universidad de Lieja entrevistó a 154 personas que habían pasado por una
experiencia cercana a la muerte. Encontraron que el 80% de los participantes
afirmaba haber experimentado un estado de profunda paz, el 69% observó una luz
sobrenatural, el 64% se encontró con espíritus de familiares o amigos que
habían fallecido, el 5% afirmó que pensaba más rápido y un 4% aseguró haber
recibido mensajes proféticos. Estas son estadísticas cuyas temáticas resultan
similares a las fases propuestas por el doctor Moody y que demuestran la
diversidad del fenómeno.
Charlotte Martial, directora del estudio, afirmó a
la prensa: “Nuestros hallazgos dan a entender que las experiencias cercanas a
la muerte pueden no incluir todos estos elementos, y los elementos tampoco
aparecen en un orden fijo”39.
Estas fases podrían tener una experiencia
biológica, según Jimo Borjigin, profesora de Neurología de la Universidad de
Michigan, quien dirigió un estudio en el 2013 en el que pudo establecer que el
cerebro podría funcionar un tiempo después de la muerte. Los científicos
llegaron a esta conclusión luego de someter a nueve ratas de laboratorio a un
paro cardiaco inducido, cuyos cerebros mostraron un aumento de la actividad
cerebral treinta segundos después de su muerte. “Nos sorprendimos por los altos
niveles de actividad. De hecho, al borde de la muerte, muchos marcadores
eléctricos conocidos exceden los niveles encontrados en el estado de vigilia”40, afirmó George Mashour, profesor de
Anestesiología y Neurocirugía en la Universidad de Michigan. Esto podría
significar que las visiones de los moribundos podrían ser producto de la
actividad cerebral que se desata durante la agonía y la muerte.
Por otro lado, los neurocientíficos Olaf Blanke y
Sebastian Dieguez, de la Universidad Metropolitana de Manchester, publicaron en
el 2015 un estudio en el que afirman que existen dos tipos de experiencias
cercanas a la muerte, que estarían relacionadas con la estructura cerebral de
cada persona. El primero está relacionado con el hemisferio izquierdo del
cerebro, que, al quedar sin oxígeno, produciría la sensación de flotar; el
segundo se relaciona con el hemisferio derecho del cerebro, que produciría
alucinaciones auditivas que incluirían voces, silbidos o música.
De acuerdo con la propuesta de Blanke y Dieguez,
la interacción entre las zonas del cerebro y el lóbulo temporal en el momento
de la muerte crea las sensaciones descritas por los testigos. Aun así, el
estudio sostiene que al menos un tercio de la gente que ha enfrentado una
situación cercana a la muerte ha reportado experiencias como la luz al final de
un largo túnel, lo que sigue constituyendo un misterio.
EN LOS CONFINES DE LA OSCURIDAD
Al final, luego de recorrer explicaciones místicas
y científicas, de repasar testimonios y opiniones, solo nos queda la duda. La
misma duda que alimenta las esperanzas de miles de personas que se enfrentan a
la muerte y esperan encontrarse con sus seres queridos. Hombres, mujeres y
niños perdidos entre el río del tiempo, cuyas sombras nos acompañan y guían.
Estas sombras se extienden a los versos de Antonio
Machado, quien dejó plasmadas sus creencias al escribir que “La muerte es algo
que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la
muerte es, nosotros no somos”41. En este sentido, la pregunta adecuada no sería
cuestionarnos si estas experiencias son reales, pues son una realidad tangible
que puede ser documentada y clasificada. Las preguntas pertinentes deberían
ser: ¿qué son?, ¿por qué están allí? y ¿por qué personas de diferentes
religiones, culturas y creencias encuentran el mismo túnel, la misma luz, la
misma sensación de flotar?
Son preguntas que yo mismo me formulaba en
silencio, mientras Navarro se quitaba el micrófono y se levantaba de la silla.
Alguien desconectó los reflectores, y la ventana que se encontraba sobre mis
hombros dejó pasar un hilo de luz que alumbró mi abrigo. Tomé valor, miré al
político y le lancé una última pregunta:
—Doctor, ¿lo que usted dice es cierto?
—Es real, el túnel de la muerte existe y todos
vamos a tener que atravesarlo —dijo, antes de salir de la habitación.
BIBLIOGRAFÍA
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Rivera León, Lorena, “Mito de Orfeo”, Dilema:
revista de Filosofía, vol. 4, n.° 1, 2000, pp. 103-133.
Libros
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ilustrada por Miquel Barceló, traducción y notas de Ángel Crespo. Barcelona:
Círculo de Lectores, 2003.
---, Divina Comedia, París: Libraire de L.
Hachette, 1868, citado en Barriga, Martha, Ilustración gráfica y literatura:
El Quijote de Gustave Doré, Leituras Transdisciplinares de Telas e Textos,
2006. Disponible en: www.researchgate.net
Callejo, Jesús, Grandes misterios de la
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Gala Antonio, Ahora hablaré de mí, Madrid:
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García Gual, Carlos y Hernández de La Fuente,
David, El mito de Orfeo. S.L.: Fondo de Cultura Económica de España,
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Homero, Odisea. Barcelona: Gredos, 2019.
Moody, Raymond y Perry, Paul, Reuniones:
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Obras de arte
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Florencia: Palazzo Vecchio.
Programas de televisión
Elizabeth Taylor en The Oprah Winfrey Show, marzo de 1992.
Registro sonoro
Entrevista a Antonio Navarro Wolff, 2019,
“Experiencias cercanas a la muerte, por Redmas”, Más Allá, Canal RedMas,
2019. Fragmentos disponibles en: www.youtube.com
Nota: algunas de las preguntas de la
entrevista fueron hechas por Mauricio Quintero, director del programa Blablablú
de BluRadio. A él, todos los créditos y agradecimientos.
33 Brumm (2019, p. 443). La traducción es del autor.
34 Callejo (2017, p. 224).
35 Alighieri (1868) en Barriga (2006).
36 Gala (2001, p. 214).
37 Herman (julio de 2019).
38 Pearce (9 de julio de 2012).
39 Redacción Sputniknews (27 de julio de
2017).
40 Arbor (12 de agosto de 2013).
41 Redacción La Provincia (22 de febrero de 2016).
6. Mado Martínez: En búsqueda de la prueba
Algunos dicen que la muerte es un sueño dulce en
donde el sufrimiento se diluye y se desvanece entre océanos de luz, mientras
que otros aseguran que es el inicio de un sendero que conduce a otra realidad,
en donde los sentimientos y las cosas poseen formas imposibles y desconocidas
para nuestro intelecto. Lugares adimensionales cuyos límites ha investigado la
antropóloga y filóloga española María Dolores Martínez Muñoz (más conocida como
Mado), quien ha viajado por todo el mundo en búsqueda de testimonios de
personas que aseguran haber recorrido el sendero que lleva al más allá.
Sin embargo, Mado no solo es reconocida por sus
investigaciones acerca de la vida después de la muerte; también lo es por
artículos en revistas como Muy Interesante, Más Allá, Año Cero, Nexus, y
por su participación en diferentes programas de televisión y radio, como La
rosa de los vientos de Onda Cero, de España.
Son programas en los que participa para analizar
sucesos y casos históricos que han llamado la atención del público, como lo han
hecho sus novelas de narrativa fantástica, con las que ha ganado varios
certámenes literarios.
Mado también ha estado vinculada a América, la
cual ha recorrido como si fuera su casa, en busca de historias sorprendentes
que la llevaron a publicar Colombia sobrenatural, un volumen en el que
analiza los sucesos más extraños ocurridos en el país, que tuvo gran éxito
entre los lectores.
No obstante, es en su libro La prueba, de
2016, en donde profundiza sobre la vida después de la muerte. Allí compila una
serie de testimonios de personas que han vivido experiencias cercanas a la
muerte (ECM), a las que tuvo acceso luego de cientos de e-mails y llamadas
internacionales.
Es por esta razón, y por muchas otras, que decidí
contactarla para solicitarle una entrevista que nos ayudara a complementar los
testimonios reunidos en este libro, con el fin de contrastar sus conexiones y
puntos en común; conexiones que se hicieron más evidentes con cada respuesta y
cada pregunta que surgió de nuestra charla y que nos permiten ampliar el
panorama para atravesar las puertas del misterio.
MADO MARTÍNEZ
Generalmente uno es lo
que fue. En la actualidad usted es una reconocida periodista y antropóloga;
¿cómo fueron su juventud e infancia?
Crecí en un pueblo
rural español llamado Monforte del Cid, en Valencia. De niña tenía un grupo de
amigos, que todavía conservo, con los que salía a conquistar el mundo a lomos
de nuestros caballos de hojalata, nuestras bicis. Éramos muy aventureros, nos
gustaba entrar a casas abandonadas y elucubrar con la historia de esos lugares.
Me encantaba leer los libros de Los Cinco, de Enid Blyton, y Pakto Secreto,
de Stefan Wolf. En la escuela era la rara, la que con catorce años ya se había
leído Niebla de Miguel de Unamuno y Memorias de una joven formal
de Simone de Beauvoir; también la que había devorado La muerte: un nuevo
amanecer, de Elisabeth Kübler-Ross. Sentía una enorme curiosidad por saber
qué había detrás de la puerta. Tenía una gran sed de conocimiento. En el
colegio Virgen del Remedio teníamos una asignatura de Antropología que me llevó
a estudiar Filología Hispánica y Antropología, mis dos grandes pasiones.
¿Hubo algún hecho
ligado a la muerte que la haya impactado durante su infancia o adolescencia?
La muerte que más me
impactó fue la de mi abuelo Juan. Fue el primer ser querido que perdí. Yo tenía
nueve años. Cuando me comunicaron la noticia salí corriendo; no sé adónde fui,
no lo recuerdo. Solo sé que corrí a esconderme en solitario, seguramente para
llorar mi pena. Creo que todo lo que nos sucede durante la infancia o
adolescencia deja una huella indeleble. A veces creo que la vida es como una
sucesión de pequeñas pérdidas. A eso lo llaman madurar, y casi siempre a base
de palos.
¿Cómo fue su
encuentro con el misterio? ¿Por qué empezó a interesarle?
Tuve la suerte de tener
un contacto estrecho con mis abuelos. Eran grandes contadores de historias, y
todas me parecían fascinantes y enigmáticas. El primer género literario por el
que mostré interés también fue el del misterio. Tenía una mente fantasiosa, tal
vez demasiado. Me gustaba inventar historias, escribir cuentos, vivir en esas palabras
que yo creaba. Mi madre pensó que me iba a volver loca, como el Quijote, y me
escondió todos los libros. Es decir, me prohibió leer durante una temporada, en
especial la serie Los amigos de Corín Tellado. Eso de que yo fuera por ahí en
bici con las trenzas al viento, con una pandilla de chicos, le debía parecer
algo muy peligroso. De algún modo creyó que la mala influencia estaba en esas
lecturas. Fue algo muy anecdótico.
Luego tuve un profesor
en el colegio, Adolfo Lafuente, que me enseñó a meditar. Entablamos una gran
amistad. Fue él quien me regaló mi primer libro de Elisabeth Kübler-Ross.
Solíamos hablar de toda clase de temas filosóficos y antropológicos mientras
nos tomábamos un té y escuchábamos música de Enya a la luz de unas velas. Con
los años me fui haciendo las preguntas que todo el mundo se hace en algún
momento, solo que, para mí, en un momento dado, se convirtieron en una
auténtica obsesión: ¿por qué estamos aquí? ¿De dónde venimos? ¿Cuál es el
sentido de la vida? Si lo piensas un poco, no hay mayor misterio que la
creación del universo. Si miras las estrellas, y piensas en los confines del
cosmos, las galaxias, los planetas, la vida en la Tierra, etc., ya estás
interesándote por el misterio.
Ya como
periodista, antropóloga y PhD, usted publicó una investigación sobre la vida
después de la muerte titulada La prueba. ¿Por qué se interesó en un tema tan
polémico?
Siempre he sentido
fascinación por el fenómeno de las experiencias cercanas a la muerte. Me había
pasado más de una década entrevistando a expertos, recogiendo testimonios y
estudiando el fenómeno desde diferentes ámbitos disciplinares. Todo eso derivó
en que mi trabajo de final de grado de Antropología en la universidad versara
sobre las experiencias cercanas a la muerte desde el punto de vista cultural. La
prueba es fruto de muchos años de investigación, y tal vez por eso, uno de
los pocos libros sobre el tema que no se postula ni a favor ni en contra. De
hecho, no aporta respuestas a la pregunta de si hay un más allá o vida después
de la vida, sino información e interrogantes con los que seguir alimentando el
debate. Pensé que debía compartir mis investigaciones con otras personas que,
como yo, se sintieran sanamente obsesionadas por el fenómeno de las
experiencias cercanas a la muerte. Por eso decidí publicar La prueba.
En algunos de los
casos que publicó, se narra que algunas personas que vivieron experiencias
cercanas a la muerte regresaron con mensajes proféticos.
Una de las cosas que
más te llama la atención cuando te adentras en el fenómeno de las ECM es que
muchos de los testimonios nos hablan de profecías. Es decir, no es raro
encontrar relatos de personas que aseguran que, durante su experiencia,
recibieron información precisa sobre eventos futuros, la mayoría de ellos relacionados
con su propia vida. He entrevistado a personas que, durante ese lapso de
tiempo, conocieron a la que posteriormente sería su media naranja, cómo moriría
su marido, o a qué edad moriría un hijo. En este sentido, me llamó bastante la
atención el caso de Mary C. Neal, una cirujana estadounidense que tuvo una
experiencia cercana a la muerte a raíz de un accidente de kayak, a la que
entrevisté. Mary me contó cómo durante su ECM, debatiéndose entre la vida y la
muerte, tuvo un encuentro con ciertos seres que le comunicaron que todavía no
había llegado su hora de morir y era preciso que siguiera viviendo, pues habría
de ser un gran apoyo para su marido y sus hijos cuando uno de ellos, su hijo
Willy, falleciera, a la edad de dieciocho años. Sus hijos eran pequeños por
aquel entonces. De modo que Mary C. Neal sobrevivió al accidente de kayak y
regresó a la vida sabiendo que su hijo, un niño perfectamente sano y lleno de
vida, moriría a los dieciocho años. Murió a los diecinueve en un accidente de
esquí. Aquí cada uno, evidentemente, puede pensar lo que quiera, hacerse las
preguntas que desee y sacar sus propias conclusiones.
¿Ese tipo de
profecías son exclusivas del mundo contemporáneo, o se han dado en la historia
y en otras culturas?
Las profecías relativas
a eventos futuros no son exclusivas de las experiencias cercanas a la muerte
contemporáneas occidentales. También se dan en otras culturas y, por supuesto,
también se daban en la Antigüedad. Por ejemplo, de acuerdo con los Diálogos
de Aristóteles hallados en un fragmento de Al-Kindi, hubo un rey que murió y
regresó a la vida prediciendo con absoluta precisión hechos del futuro.
En su investigación,
usted relata que algunas personas que vivieron una ECM afirman haber regresado
con dones o capacidades extrasensoriales. ¿Es eso cierto?
Yo no soy quién para
certificar si alguien posee poderes psíquicos o extrasensoriales, ni creo que
haya nadie en el planeta con la autoridad para hacerlo. Hasta la fecha, nadie
ha podido probar la existencia de ningún poder extrasensorial, pese a los
esfuerzos llevados a cabo a la hora de trasladar al laboratorio la mediumnidad,
la telepatía, etc. Podemos observar el cosmos y decir que los periodos de
máxima actividad solar coinciden con un aumento de las temperaturas en el planeta
Tierra, pero no podemos experimentar con ellos, ni aseverar a ciencia cierta
una causa-efecto directa entre ambos fenómenos, sencillamente, porque hasta la
fecha no hemos sido capaces de describir y averiguar cómo sucede eso, ni
demostrar esta hipótesis. Yo podría darles la píldora anticonceptiva a los
varones y decir que no se quedan embarazados porque les estoy administrando la
píldora anticonceptiva. Es decir, el método científico de la observación está
muy bien, nos permite recopilar datos y teorizar, pero tiene sus límites.
Teniendo esto en cuenta, lo único que puedo certificar es que existen personas
que aseguran que, a raíz de una experiencia cercana a la muerte, han
“regresado” a la vida con poderes extrasensoriales de toda índole, tales como
el de la clarividencia o la mediumnidad espontánea con encargo de recado (en
personas que nunca hasta entonces habían experimentado ningún episodio parecido
a la mediumnidad). He entrevistado a muchas de estas personas. En su mayoría
era gente corriente, sin ningún trastorno psiquiátrico diagnosticado, y en la
gran mayoría de los casos, sin motivo aparente o razón oculta para mentirme.
¿Estas
manifestaciones que aseguran experimentar algunas de las personas que han
vivido una ECM son una un rareza?
No, no es algo raro;
son miles los casos. Las experiencias cercanas a la muerte son vívidas,
intensas, lúcidas. Dejan un gran impacto emocional en los individuos, hasta el
punto de marcar un antes y un después en sus vidas. Algunos psiquiatras han
observado que las personas que han tenido una ECM han experimentado un cambio
radical en sus vidas en un abrir y cerrar de ojos: transformaciones vitales que
la terapia psicológica tarda más o menos un año en conseguir en sus pacientes.
Lo malo es que tampoco existen protocolos de atención psicológica especiales
para las personas que han protagonizado una ECM, así que tampoco tenemos muchos
estudios al respecto. Ahora bien, contamos con las investigaciones de Moody,
Ring y Van Lommel, entre otros, que mencionan agradables efectos secundarios,
tales como pérdida del miedo a la muerte, autoconfianza, sentido de propósito,
desarrollo espiritual, aprecio por la vida, compasión por los demás y escaso
interés por las cosas materiales. Hay otras personas que no solo regresan cambiadas
psicológicamente, sino también físicamente, pues experimentan una remisión
espontánea de una enfermedad en fase terminal, y achacan su curación a la ECM.
Durante su
investigación usted viajó por todo el mundo. ¿Encontró algún elemento en común
en todas las experiencias?
Los elementos más
comunes en una ECM son la inefabilidad, es decir, una manifiesta dificultad
para traducir en palabras la vivencia; la visión de un túnel; revisión
panorámica de la vida; el encuentro con otros seres, a veces familiares
fallecidos; otros, percibidos como seres guía, y en ocasiones personas vivas
conocidas o por conocer; la vuelta a la vida impuesta, forzada, negociada o
voluntaria; la sinestesia; la intensidad; la visión de una puerta; la música
percibida como celestial o algo extraterrenal; la experiencia fuera del cuerpo;
la ausencia de restricciones físicas o psicológicas; terror o malestar;
tristeza y dolor; amor y paz; desapego; sentido del destino; visiones de
futuro. No se dan todos. Pueden darse algunos y otros no. Y, desde luego, las
experiencias cercanas a la muerte pueden ser positivas, agradables, pacíficas y
placenteras, o profundamente negativas, infernales y terroríficas. No sabemos
por qué unas personas tienen ECM positivas y otras ECM negativas, de la misma
manera que no podemos predecir si un individuo que consume LSD, ayahuasca o
algo similar, tendrá un buen o un mal viaje, o una mezcla de ambos. Intuyo que
la clave es puramente arbitraria y sugestiva. Me da la impresión de que uno
“vive la muerte” del mismo modo que vive la vida al tener este tipo de
experiencias.
¿La cultura, el
género o la edad hacen que los testimonios y las experiencias sean diferentes?
El género y la edad no
modifican la experiencia per se. Lo que las hace diferentes es la cultura.
Hay muchos científicos a los que respeto y aprecio, con mucha experiencia en el
campo de estudio de las ECM, que aseguran que las ECM son iguales en todas
partes, tanto en adultos como niños, allá donde vayas, mires la época histórica
que mires o la cultura de la que procedan. Curiosamente, ninguno de ellos es
antropólogo, así que me escandalizo bastante cuando afirman tan soberbia y
temerariamente que las ECM no obedecen a ningún patrón cultural ni tienen que
ver con ningún condicionamiento preexistente. Estoy de acuerdo únicamente con
que las ECM, como fenómeno, reúnen una serie de patrones y características
universales, tal y como acabo de mencionar anteriormente en cuanto a lo de la
visión del túnel, el encuentro con otros seres, etc. Ahora bien, la narrativa,
es decir, el relato de la experiencia, ya sea narrado por niños o por adultos,
sí es cultural. Es lo único cultural del fenómeno, pero tiene una importancia
brutal y cambia radicalmente nuestra forma de entenderlo. Por ejemplo, en la
Antigüedad grecolatina, la narrativa de los que tenían una ECM aludía al
inframundo y a los dioses de la época. Las experiencias cercanas a la muerte
descritas por los maya cho’orti contienen todos los elementos arquetípicos
propios básicos y primordiales de su cultura; lo mismo podemos decir de las ECM
mapuches.
Un niño, por muy niño
que sea, es socializado en una cultura desde que nace, ve la tele, está
expuesto a contenidos socializantes de todo tipo, oye conversaciones, va a la
guardería, al colegio, a misa en brazos o de la mano de sus padres los
domingos, etcétera. Así te explicas el relato de Colton Burpo, un niño de
cuatro años que a raíz de una experiencia cercana a la muerte aseguró haber
tenido una visión del apocalipsis, en la que los hombres luchaban mientras las
mujeres y los niños observaban. En ese apocalipsis perecerían los que no
estuvieran con Jesucristo. Este niño, de forma inconsciente, estaba
estableciendo como única y verdadera la religión cristiana. Actualmente sigue
divulgando mensajes con cierto delirio mesiánico. Eso se llama proselitismo
religioso. ¿A nadie le llama la atención que su descripción del más allá esté
preñada de elementos bíblicos, y que “el otro lado” sea un lugar donde prima la
división de género, siendo los hombres quienes luchan mientras las mujeres y
los niños observan? A mí me parece que ese más allá es muy parecido al más acá,
especialmente al descrito en la Biblia. Si ahondas un poco, descubres que
Colton era hijo de un ministro de la iglesia. Como podrás imaginar, llevaba
mamando iglesia desde que era un bebé en la pila bautismal, se había criado
rodeado de motivos e imágenes eclesiales, había oído hablar del apocalipsis, y
tampoco sería raro que le hubieran contado cuentos bíblicos para dormir. De ese
modo, entiendes que su ECM, por muy pequeño que fuera cuando la tuvo, reuniera
todos esos elementos culturales cristianos en su narrativa.
En las ECM también hay
narrativas de juicio final, en las que los individuos son severamente juzgados
por su mala vida, y regresan con propósito de redención. En Estados Unidos eran
muy habituales en décadas anteriores, en los años ochenta y noventa, aunque
también había narrativas hippies, gente que se había impregnado del
espíritu de los sesenta y setenta. En la actualidad, abundan narrativas en
sintonía con la Nueva Era, en las que puedes ser el mismísimo Hitler en vida;
ya que en el supuesto más allá eres igualmente amado, nadie te juzga. Más
recientemente, he recogido narrativas de ECM extraterrestres.
Todas las narrativas de
ECM que existen en el mundo obedecen a patrones y condicionamientos
preexistentes de los sujetos, creyeran en ellos o no. Por ejemplo, puedes ser
ateo, o cristiano, y vivir una ECM en la que te encuentres con Mahoma, y a raíz
de ello convertirte al islam porque la experiencia te ha marcado muchísimo,
pero porque previamente habías oído hablar del islam. Todas las narrativas de
las ECM obedecen a patrones y condicionamientos culturales, comulgues o no con
ellos. Por lo tanto, estos relatos no nos sirven para pintar un cuadro sobre
cómo es el más allá, porque solo refleja cómo es el más acá de una persona (con
su propio bagaje psicológico) en un momento alterado de conciencia. Es un error
hacer proselitismo religioso con estas narrativas, o tomarlas como un retrato fidedigno
del más allá o confirmación de una creencia religiosa, porque estos testimonios
lo único que nos dicen es que el más allá es el más allá de cada cual, un más
allá bastante confuso y contradictorio, y muy heterogéneo culturalmente
hablando.
Las experiencias
cercanas a la muerte no son el origen de los relatos religiosos, sino al
contrario. Son los relatos religiosos de todos los tiempos (orientales,
judeocristianos, indígenas, extraterrestres, Nueva Era, etcétera), creamos en
ellos o no, los que determinan el contenido de la narrativa de las ECM. El
estudio de estos factores culturales puede ser de gran ayuda a la hora de
seguir ahondando en el conocimiento exhaustivo del fenómeno, y lo que hace
falta son más antropólogos estudiando la materia. No culpo a los que afirman
que las ECM están exentas de patrones y condicionamientos culturales, pues
quiero creer que se refieren a los elementos comunes de la forma. Solo los que
poseen las herramientas antropológicas adecuadas, y tras estudiar el contenido
del discurso, son capaces de desvelar el componente cultural. A muchos se les
escapa, porque no poseen el conocimiento antropológico necesario para captar
este matiz, del mismo modo que yo carezco de los conocimientos y herramientas
analíticas de las ciencias médicas, psicológicas, biológicas, neurológicas,
etcétera. Por eso creo que es importante reconocer los límites y abrirse a la
colaboración interdisciplinar en la investigación del fenómeno.
En conclusión, las ECM
se dan en todo el mundo, y en ese sentido son universales, pero la narrativa de
la experiencia está impregnada de patrones y condicionamientos preexistentes, y
en ese sentido son culturales y muy personales, psicológicamente hablando.
Significan mucho, culturalmente hablando, porque son un reflejo cultural de la
humanidad, pero también significan mucho para el individuo, a nivel
psicológico.
Recordemos que la
muerte es un fenómeno común a todos los seres humanos, pero no para todo el
mundo es igual, ni significa lo mismo en todas las culturas ni en todas las
épocas.
¿Cuál fue el
testimonio que más la impactó y por qué?
Lo que más me impacta
de las experiencias cercanas a la muerte son las secuelas que dejan en las
personas. Me impresiona la radicalidad de su transformación vital. Valoro
enormemente la valentía de las personas que han compartido su experiencia
conmigo, porque ese testimonio, ese relato, ese viaje, esa narrativa, es lo
único que tenemos a la hora de decir que las experiencias cercanas a la muerte
son un fenómeno real, para el que tal vez todavía no tengamos una explicación
satisfactoria, pero de innegable veracidad. Hay personas que han estado a punto
de morir, han salido de su cuerpo durante ese trance, han tenido una
experiencia lúcida, y han podido recuperarse para contarlo. Han visto cuando
tenían los ojos vendados, han descrito acertadamente cómo era la habitación,
qué ropa llevaban los médicos. ¿No es fascinante? ¿Cómo es posible?
¿Cuál es el caso
que considera más enigmático o inexplicable?
Me impactan
profundamente las experiencias cercanas a la muerte compartidas, así como las
visiones en el lecho de muerte compartidas. Es decir, aquellas vividas no
únicamente por el sujeto agonizante, sino también por la persona que en ese
momento se encontraba a su lado, ya fuera familiar o un miembro del personal
sanitario, de las que hablo en detalle en mi libro La prueba.
Me intrigan enormemente
los relatos de personas que regresan a la vida con una narrativa que incluye
haber tenido acceso a información privilegiada (tal como haber sabido de la
existencia de un familiar fallecido desconocido hasta el momento, o conocer de
antemano hechos del futuro). También me llaman poderosamente la atención los
casos de personas que, tras una ECM, aseguran tener poderes extrasensoriales
que antes no tenían, como la clarividencia y la mediumnidad. Me choca hablar
con Penny Sartori, otra gran investigadora de las ECM, y que me diga que
algunos supervivientes no pueden usar relojes tras una ECM, porque se les
paran. Y, desde luego, me siembran muchos interrogantes los testimonios de
enfermos terminales o crónicos que experimentan una remisión espontánea tras
una ECM y aseguran que ha sido, precisamente, gracias a esa experiencia.
Algunos me han llegado a describir, incluso, cómo los seres con los que se encontraban
los operaban y curaban.
Creo que todos estos
aspectos, todavía sin explicar satisfactoriamente y a los que apenas nos
estamos asomando a mirar, son los que siguen haciendo del fenómeno de las ECM
uno de los mayores misterios de la ciencia, pero estoy convencida de que si los
investigadores procedentes de diferentes ámbitos académicos nos damos la mano,
intercambiamos información y enriquecemos el debate, podremos seguir avanzando.
¿Entrevistó a
algún científico o médico al investigar la vida después de la muerte?
A lo largo de mi
carrera he entrevistado, he conversado y he intercambiado información con
diferentes científicos y médicos, tales como Jeffrey Long, Penny Sartori, Jimo
Borjigin, Lisa Randall, Sergio Felipe de Oliveira, Julie Beischel, etcétera. Me
queda una espinita clavada, y es la de no haber podido entrevistar en vida a
Elisabeth Kübler-Ross, la autora del primer libro que leí sobre experiencias
cercanas a la muerte y, en gran medida, la gran culpable de que yo me
interesara por el fenómeno desde mi más tierna juventud.
¿Hay vida después
de la muerte?
El subtítulo de mi
libro es “Una investigación que demuestra la existencia del más allá”, pero lo
que en realidad demuestra La prueba es que lo único que existe es la
experiencia personal, y que ese supuesto más allá, es el más allá de cada cual,
una vivencia biopsicosociocultural en la que se ven los patrones y
condicionamientos del individuo, tanto desde el punto de vista psicológico como
cultural. Marca profundamente a los sujetos, de la misma manera que otras
experiencias similares de corte místico, inducidas por las drogas, la
estimulación electromagnética, la meditación, etcétera. Lo que verdaderamente
me interesa del fenómeno no es saber si hay vida después de la muerte, sino lo
que las experiencias cercanas a la muerte nos dicen de nosotros, tanto a nivel
de humanidad, antropológicamente hablando, como a nivel personal, desde el
punto de vista psicológico. No me interesa saber qué pasa después de morir, me
interesa saber qué es una experiencia cercana a la muerte, entrevistar a las
personas que han tenido una, y acercarme al estudio de estas haciendo que la
antropología camine de la mano de otras disciplinas científicas en el camino de
describirlas.
Estudios más recientes
han contribuido al debate aportando evidencias de que sigue habiendo actividad
cerebral después de la muerte clínica. Es muy probable que las ECM sean un
producto cerebral. ¿Y qué? Eso no hace su estudio menos interesante. Recién
estamos empezando a saber más sobre ese órgano que tenemos dentro del cráneo.
Por otro lado, la teoría del biocentrismo del científico Robert Lanza asegura
que la muerte solo existe en nuestra mente, pues es un mero producto de nuestra
conciencia. Aun así, es posible que llegue un momento en el que nos falten
herramientas para entender por qué tras una ECM hay personas que parecen
desarrollar ciertas capacidades psíquicas, mientras que otras muestran un
sentido híper desarrollado de la intuición, hasta el punto de predecir a
ciencia cierta qué hechos van a acontecer. Eso tampoco significa que exista
otra vida después de la muerte (ese más allá descrito por médiums como Chico
Xavier, por ejemplo). Simplemente significa que, en la actualidad, debemos
reconocer nuestros límites, porque todavía no hemos desarrollado las
herramientas que nos permitan experimentar con las ECM y describir el
funcionamiento de ciertos mecanismos y aspectos derivados de estas.
¿Qué cambió en
Mado Martínez después de escribir La prueba?
Todo el mundo me
pregunta qué es lo que yo pienso después de haber investigado las ECM durante
tantos años. ¿Existe un más allá? Siempre he sido honesta al respecto. Tengo
muchas dudas y reservas. ¿Por qué? Sencillamente porque cuando llevas tantos
años estudiando un fenómeno, acabas con más preguntas que respuestas. Sucede
del siguiente modo. Empiezas con una pregunta y le buscas respuesta, pero con
cada respuesta te surgen mil nuevos interrogantes. Al margen de divulgar temas
de misterio, también divulgo temas de ciencia, y esa bipolaridad me hace
situarme siempre en el medio de las cosas. Intento no caerme de ningún lado de
la balanza, huyo tanto del mito del subjetivismo como del mito del objetivismo.
Prefiero abordar las cosas desde un punto de vista experiencialista, tal y como
lo entendían Lakoff y Johnson en Metáforas de la vida cotidiana. Por eso
recibo bofetadas en ambos cachetes. Los escépticos me acusan de crédula, y los
crédulos me acusan de escéptica. La verdad es que no me interesa saber si hay
vida después de la muerte, si la consciencia pervive tras el deceso o si las
ECM son un producto cerebral. Lo que me interesa es entender el mecanismo,
hallar una explicación al fenómeno, poder describirlo en todos sus niveles. Sin
embargo, creo que, para acercarnos al estudio de las ECM, no podemos hacerlo
desde un solo ámbito académico. Si queremos tener una perspectiva más global,
necesitamos estudiarlas en todos sus niveles: psicológico, sociológico,
neurocientífico, físico, médico, filosófico, antropológico.
Si hay algo que he aprendido
escribiendo La prueba es que hay vida antes de la muerte y creo que
merece la pena vivirla, siendo conscientes de que en cualquier momento podemos
morir. Hasta donde sabemos, y mientras no se demuestre lo contrario, solo
tenemos una vida, y no hay ensayo, como en el teatro, así que haz lo que tengas
que hacer: enamórate, viaja, comparte con tus allegados, disfruta del momento,
aquí y ahora, y date cuenta de que el verdadero misterio es la VIDA.
BIBLIOGRAFÍA
Libros
Martínez, Mado, Colombia sobrenatural,
Bogotá: Ediciones B, 2015.
---, La prueba: una investigación que demuestra
la existencia del más allá, Madrid: Planeta, 2016.
Entrevista
Entrevista a Mado Martínez, septiembre de 2020.
7. Juan Manuel Correal “Papuchis”: Voces del más allá
Voces del más allá - Cambio, voces y experiencias
cercanas a la muerte - Voces orgánicas – Bibliografía
La enfermedad y la muerte suelen verse como un
boquete, un agujero negro que se traga todo y lo transforma en vacío; pero todo
agujero tiene bordes, límites de los que regresan algunos afortunados,
modificados en sus prioridades y en sus creencias. Una de esas historias de
transformación y cambio es la de Juan Manuel Correal.
Su nombre nos remite a los años noventa, cuando
los equipos de sonido reproducían las canciones de Barranco, Diomedes Díaz,
Guayacán Orquesta, Soda Stereo y Rikarena; los barrios gritaban los goles de la
Selección Colombia, Pablo Escobar era acribillado sobre el techo de una casa,
las guerrillas destrozaban pueblos, agentes del Estado exterminaban a la Unión
Patriótica y la televisión no paraba de transmitir novelas a las ocho de la
noche.
Era un mundo convulso, en el que las noticias
poseían la entonación de Yamid Amat, Juan Guillermo Ríos y Juan Gossaín,
quienes narraban los escándalos de corrupción, los resultados de las
elecciones, las proezas de los ciclistas y los atentados que ocurrían en cada
esquina, cada pueblo y cada rincón del país.
Fue entonces cuando aparecieron nuevas voces con
timbre hilarante, que cambiaban las letras de las canciones, hacían bromas
telefónicas, sorteaban entradas a conciertos y se burlaban de políticos,
deportistas y artistas.
Se trataba de un grupo de jóvenes sin mayor
experiencia que ocuparon la programación de emisoras como Veracruz Estéreo,
88.9, Radioactiva, Todelar Estéreo, o La Mega, en programas como Despiértese
con Veracruz, El Zoológico de la Mañana, La Locomotora o El
Mañanero. Estos programas transformaron a sus conductores en personajes
mediáticos: Alejandro Villalobos, Martín de Francisco, Gabriel de las Casas,
Santiago Moure, Memo Orozco, Tito López, Mauricio Quintero y Andrés Nieto se
convirtieron en figuras del periodismo, directores de medios, presentadores de
televisión, ejecutivos, creativos y publicistas.
Entre estas estrellas de la radio se encontraba
Juan Manuel Correal, quien logró posicionarse entre el público como “Papuchis”,
un personaje que tenía el aspecto de un joven inocentón, que interrumpía la
programación con el grito de: “Yo quiero participar”, con el que se coló en
videos musicales, conciertos y programas de televisión.
Durante la primera década del siglo XXI, la vida
de Papuchis transcurrió de forma ascendente, hasta que una serie de males lo
dejó al borde de la muerte, en cuyos límites escuchó una voz que parecía
provenir de otra realidad, cuyos secretos conoceremos a continuación.
JUAN MANUEL CORREAL
“Mi infancia fue una infancia maravillosa, muy
feliz y divertida, en una ciudad llena de colores al lado de la frontera con
Venezuela, que es la ciudad de Cúcuta, donde la gente es muy espontánea, muy
dada a las bromas, a los chistes y a la ‘mamadera de gallo’.
”Yo crecí en una casa
llena de música, de comidas, de fiestas, de diversión; siempre fui un muchacho
incomprendido porque nunca entendí por qué mi matrícula era diferente a la de
los otros, y no porque fuera becado, sino porque mi matrícula siempre fue
condicional, pues era indisciplinado, muy indisciplinado, aunque yo creo que
había algo de mí que les agradaba a los profesores, porque me mantuvieron en el
colegio hasta que me gradué.
”Así transcurrieron mis
primeros veinte años de infancia, y pienso que fueron veinte años porque
considero que la vida tiene etapas, y la primera etapa de mi vida fueron esos
primeros veinte años. Así mis amigos empezaran a vestirse como señores, tener
negocios y barba, yo siempre quise conservar mi alma de niño.
”Pero todo cambió
cuando dejé mi casa para estudiar Bacteriología en la Universidad de los Andes
de Bogotá, la misma carrera de la que se graduaron mis papás, que asimilé con
juicio hasta que ocurrió algo misterioso y empecé a cambiar los microscopios y
las placas de vidrio por los micrófonos.
”Por aquel tiempo, yo
me había ido a vivir a la casa de unos tíos y empecé a pasármela con un primo
que se llama Alejandro Villalobos, que tenía una miniteca, hasta que un
empresario lo escuchó, se lo llevó a trabajar a una emisora y toda nuestra vida
cambió.
”Como las oficinas de
la estación quedaban cerca de la universidad, empecé a esperarlo a la entrada
para salir a la casa: fue allí donde me escucharon hablar, me contrataron y
comenzó una nueva época para mí, llena de parafernalia, alfombras rojas,
aplausos y popularidad.
”Llegó el
reconocimiento público, dejé la bacteriología y me gradué como publicista, pero
la vida me formó como comunicador y periodista, y con ello [obtuve] todo lo que
se considera que es la felicidad: el dinero, las viejas, los contratos, las
modelos, el poder, las reinas, la fama, las actrices. Fue una época en la que
me divertí, una experiencia maravillosa, cuyo legado es el nombre de Papuchis.
”Por ese tiempo pasaron
cosas sorprendentes: llegaban a la cabina de la emisora artistas como Paulina
Rubio, Miguel Bosé y Alejandro Sanz; íbamos a los conciertos, entrábamos a los
camerinos y nos emparrandábamos con ellos.
”También recuerdo mucho
cuando viajaba a cubrir premios internacionales como reportero, lo que me llevó
a conocer grandes personajes de la música. En uno de esos viajes tuve la
oportunidad de entrevistar a Liza Minnelli, que era una de las cantantes
preferidas de mi papá.
”Recuerdo que cuando la
vi me puse muy nervioso, estábamos en los Grammys, en el Madison Square Garden
de Nueva York, y yo me le acerqué para entrevistarla, pero estaba demasiado
nervioso y el aparato de grabación que llevaba se me salió de las manos y se
cayó dentro de su cartera, entonces la gente de seguridad empezó a cercarme en
actitud agresiva, a mirarme mal, y yo comencé a sudar.
”Liza se dio cuenta de lo
que pasaba, les dijo que se quedaran tranquilos y me hizo acompañarla a un
rincón, en donde me entregó la grabadora, y empezamos a hablar de la vida. Fue
una experiencia muy bonita, que me enseñó mucho: me enseñó de humildad, porque
esa señora terminó sentada en una escalera hablando con alguien que no conocía,
a pesar de ser una estrella de Hollywood.
”Fueron buenos años en
los que no le hice daño a nadie, pero todo empezó a cambiar; había formado un
hogar y la mamá de mis hijos comenzó a cansarse de todo ese show permanente, y
un día se acercó y me dijo que no podía más, que nuestro hogar se terminaba, y
eso me produjo una herida muy honda que me llevó a cuestionarme muchas cosas.
”Creo que cuando uno
busca respuestas en la vida, muchas veces se equivoca y busca respuestas
afuera; en el amigo, en la rumba, y yo busqué muchas respuestas afuera hasta
que me refugié en el silencio y me fui al monasterio de Santo Ecce Homo, en el
desierto de la Candelaria, en Villa de Leyva.
”Luego llegaron más
contratos, más dinero, más éxito. Empecé a estar en la mesa de noticias de una
cadena muy importante y a trabajar como creativo para televisión; era socio de
bares, de restaurantes, formé mi propia empresa y me creía superior a los
demás.
”Fue entonces cuando
todo se vino abajo. Para el 2009, tenía una sobrecarga de trabajo y emocional
muy fuerte: mi padre se enfermó de cáncer, le dieron poco tiempo de vida y
comencé a viajar todos los fines de semana a Cúcuta para acompañarlo.
”Al mismo tiempo,
estaba sobrecargado por ese impulso de tener más, hacer más y mostrar más, y
todo eso empezó a manifestarse como gastritis, dolor de cabeza, insomnio; ya no
tenía la sonrisa que me caracterizaba, porque estaba ocupado en reuniones y en
todo de lo que se jactan las personas que se creen más importantes por estar
ocupadas.
”Todas esas cosas se
fueron acumulando hasta que sufrí un accidente cerebrovascular mientras
visitaba a mi papa; sentí un fuerte dolor de cabeza y me llevaron a la Clínica
Norte de Cúcuta. De esos momentos recuerdo algunas imágenes de los médicos
desesperados: algunos se llevaban las manos a la cabeza, como si dijeran:
‘¡Está muy mal!, ¡está muy mal! ¡No puede estar pasando esto! ¡Se va a morir!’.
”También recuerdo que
mi familia llegó a la habitación e intentamos rezar un padrenuestro, pero yo
había perdido la condición del habla, pues el coágulo que afectaba mi cerebro
me había dejado sin palabras, y no pude orar con ellos, por lo que nos pusimos
a llorar; fue un momento muy duro, muy fuerte.
”Luego mis padres se levantaron
y se fueron a un cubículo que había al lado, en donde trataron de pasar
inadvertidos, pero yo sabía que estaban allí; los escuchaba moverse, los
escuchaba llorar.
”Como los médicos no
sabían muy bien qué procedimiento aplicarme, decidieron someterme a un coma
inducido. En medio de esa situación decidí sumergirme en la oración, en la
meditación que me habían enseñado Jaime Jaramillo, el padre Saúl Montenegro y
mi maestra Albita Rodríguez.
”Fue entonces cuando
inicié un viaje celestial que me llevó a la transformación de mi vida; no vi el
túnel, ni a mis tatarabuelos haciéndome señas para que me quedara, pero sentí
mucha paz, un gozo muy profundo, tranquilidad; mucha luz, una luz grande y muy
potente.
”Parecía como si no
importara nada, era una sensación placentera y difícil de describir; como un
infinito del que surgió un sonido, una voz que llegaba desde lo profundo y
repetía: ‘Todo está bien, todo está bien, todo está bien, todo está bien’, que
no puedo definir como masculina o femenina, aguda o grave, solo sé que decía:
‘Todo está bien, todo está bien, todo está bien’.
”Enseguida sentí que
alguien me pasaba la mano sobre la cabeza y había mucha luz, y la voz empezó a
traerme de vuelta, a retornarme y a mezclarse con otras voces, que eran las de
los médicos y las enfermeras que decían: ‘¿Será que se muere mañana? ¿Llegaron
los hijos? Esta mañana hablaron de él en la radio’. Yo escuchaba eso y repetía
en mi cabeza lo mismo que me había dictado la voz: ‘Todo está bien, todo está
bien, todo está bien’.
”Poco después desperté,
abrí los ojos e intente decir ‘gracias, Dios’. Fue entonces cuando descubrí que
no podía hablar, porque cuando quise decir ‘gracias’ no salieron las palabras.
Entonces pensé: ‘si no puedo hablar, puedo sonreír’, y de esa manera les dije a
todos que estaba bien, con una sonrisa gigante.
”La recuperación fue
larga, como deben ser los milagros; pasaron los días, las semanas, y me
diagnosticaron un daño cerebral irreversible. Papuchis nunca volverá a hablar,
decían.
”Meses después descubrieron
que el daño era parcial, pero no podía hablar bien: truncaba las vocales, se me
confundían las palabras, tartamudeaba, lo que pensaba no podía decirlo, pero yo
tenía la certeza de que podía lograrlo, de que podía lograr hablar como antes.
”Un día, después de una
terapia de lenguaje que resultó desastrosa, en la que la terapeuta me dijo que
debía trabajar en la aceptación, entender que mi padre estaba enfermo de un
cáncer terminal, mi hogar se había terminado y yo nunca iba a ser como antes,
sentí mucho dolor y salí directamente a mi carro, manejé sin rumbo fijo hacia
las afueras de Bogotá y empecé a hablar con esa voz.
”Mientras manejaba por
la autopista, lloraba. ‘Por favor devuélveme las palabras’, le decía, y sentí
algo divino, algo espiritual. Entonces le dije: ‘Si me devuelves las palabras,
dejo el mundo de la radio y la televisión y me dedico a dar el mensaje por toda
Colombia, a decir que la felicidad no depende de las cosas o del dinero, sino
de lo que está adentro, de la alegría, la gratitud, la oración y la conexión’.
”Fue en ese momento en
el que volví a escuchar la voz que había escuchado cuando me estaba muriendo:
‘Todo está bien, todo está bien, todo está bien’, y le dije: ‘Sé que no es
fácil, los médicos me explicaron que las neuronas se fundieron y no se pueden
restaurar’, y entonces vuelvo a escuchar esa voz que dice: ‘Todo está bien’.
”Como estaba
emocionado, aceleré el carro y bajé las ventanas para secarme las lágrimas;
entonces le pedí que me diera una señal, porque pensaba que todo podría ser una
fantasía o producto de mi imaginación, y kilómetros más adelante tuve que
frenar detrás de un bus que llevaba dibujada una imagen religiosa, de
Jesucristo, que parecía decirme ‘todo está bien’.
”Yo sé que para muchos
puede ser una casualidad, algo fortuito, pero para mí era la señal que estaba
esperando. A la semana siguiente los resultados de la terapia de lenguaje
fueron increíbles, y al poco tiempo pude unir las palabras y decirles ‘te amo’
a mis hijos. Meses después murió mi papá, pero no de cáncer; su diagnóstico le
pronosticaba tres meses de vida y vivió cinco años, y los vivió bien.
”Después de haber
vivido todo eso, puedo decir que hay una trascendencia, que nuestra alma no
termina el viaje, que nuestro cuerpo existe para conducir los sentimientos, que
nuestra llama nunca se apaga, que el dolor es un maestro y que trae
experiencia, una oportunidad para crecer desde el amor”.
VOCES DEL MÁS ALLÁ
Aunque parezcan un poco extraños, los testimonios
de personas que han escuchado voces en momentos cercanos a la muerte o durante
experiencias religiosas no son una rareza en la historia de la humanidad, en la
que miles de personas han asegurado recibir mensajes o instrucciones que
transformaron su destino.
Muchos de estos mensajes han sido relacionados con
la divinidad por parte de exegetas y teólogos, quienes las denominan teofanías:
manifestaciones de entidades superiores que intervienen la realidad mediante
apariciones, visiones y sonidos.
Estos sonidos aparecen en varios de los libros de
la Biblia, en los que se narra cómo algunos de sus protagonistas reciben
mensajes celestiales. Uno de ellos fue Pablo de Tarso, quien, según el libro Hechos
de los Apóstoles, era un perseguidor de cristianos, a quienes capturaba,
humillaba y ejecutaba de forma cruel y despiadada.
Sin embargo, estas crueldades se detuvieron luego
de que le sucediera algo extraño mientras transitaba por un camino que llevaba
a la ciudad de Damasco, cuando “lo rodeó un resplandor que bajó del cielo y
escuchó una voz que le decía: —Pablo, Pablo, ¿por qué me persigues?, y él le
preguntó: ¿Quién eres?, y la voz le respondió: —Yo soy Jesús, a quien tú
persigues”42. A partir de entonces, Pablo se convirtió al
cristianismo, defendió a sus fieles y creó una de las escuelas teológicas más
influyentes de todos los tiempos: las iglesias Paulinas.
Este hecho se transformó en la “metáfora del
camino de Damasco”, que utilizan sacerdotes y pastores para ejemplificar la
conversión, y, aunque parece alejada del testimonio de Juan Manuel Correal,
debido a que Pablo no estaba al borde de la muerte, mantiene algunas
semejanzas, como la capacidad transformadora del mensaje.
Mensajes así también llegaron a uno de los
teólogos más importantes de todos los tiempos, san Agustín de Hipona, quien
nació en la ciudad de Tagaste en el año 354 d. C., en un ambiente liberal en el
que abrazó el maniqueísmo, una doctrina que creía en la reencarnación y la
existencia de un reino de luz que luchaba en contra de las tinieblas.
De joven, san Agustín se entregó a los placeres
del mundo: la comida, el sueño y la lujuria, que disfrutó con varias concubinas
que lo dejaron, causándole profundos dolores. Fue entonces cuando decidió
viajar a la ciudad de Milán, en donde sufrió una experiencia sobrenatural, que
describió en su libro Confesiones:
Lloraba con muy dolorosa contrición de mi
corazón. Cuando escuché desde una casa vecina una voz, como de niño o niña, que
cantaba y repetía muchas veces: “Toma y lee, toma y lee, toma y lee, toma y
lee” (tolle lege, tolle lege).
De repente, me puse a pensar si existía alguna
especie de juego en que los niños cantaran algo parecido, pero no recordaba
haber oído cosa semejante; y así, reprimiendo el ímpetu de las lágrimas, me
levanté, interpreté esto como una orden divina, tomé el primer papiro que hallé
sobre la mesa y era un Evangelio, que me había llegado por casualidad, y en el
que se leía: “Vete, vende todas las cosas que tienes, dalas a los pobres y
tendrás un tesoro en los cielos, y después ven y sígueme”43.
Sin duda es una historia de conversión que
tiene elementos en común con muchas narraciones contemporáneas, en las que este
tipo de voces surgen en instantes de angustia, y coincide con lo expuesto por
Correal, quien también afirma haber vuelto a escucharla cuando se encontraba en
momentos de ansiedad y estrés.
Asimismo, el testimonio de san Agustín menciona
que la voz era difícil de definir, no poseía tonalidades masculinas o femeninas
y provenía de un punto cercano, lo que coincide con las afirmaciones de otras
personas.
Una de ellas fue Hildegard von Bingen, una monja
nacida en 1098 en Bermersheim (Alemania), durante el Sacro Imperio Romano
Germánico. Durante su infancia padeció extrañas enfermedades que la llevaron al
borde de la muerte, por lo que fue recluida en su habitación, en donde vivió
una experiencia sobrenatural a los tres años, cuando una luz cegadora la
envolvió, provocándole una profunda desazón; “mi alma temblaba”, afirmó años
después en sus diarios44.
Manifestaciones similares continuaron después de
su admisión en el convento, en donde experimentó profundos trances, en los que
aseguraba observar una luz gigantesca de la que surgían figuras geométricas y
tonalidades, que iban acompañadas de una voz que la guiaba, le daba consejos y
en ocasiones cantaba.
Esta voz celestial la llevó a fundar una red de
conventos y a redactar docenas de libros místicos, cuyo contenido era
considerado divino por sus seguidores, quienes estaban convencidos de que
poseía dones sobrenaturales.
Al final, Hildegard murió en su convento a los
ochenta y un años, el 17 de septiembre de 1179; se dice que en ese momento se
formaron dos arcos de luz que se trasladaron sobre el cielo hasta formar una
cruz sobre su cuerpo. Una historia sorprendente, si tenemos en cuenta que,
además, Hildegard fue declara santa y nombrada doctora de la Iglesia por el
papa Juan Pablo II, quien afirmó en una carta: “Enriquecida con dones
sobrenaturales desde su tierna edad, Santa Hildegarda profundizó en los
secretos de la teología, medicina, música y otras artes, y escribió
abundantemente sobre ellas, poniendo de manifiesto la unión entre la redención
y el hombre”45.
CAMBIO, VOCES Y EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE
Al margen de las historias de santos, místicos y
exegetas, existen registros contemporáneos de personas que escucharon voces
dentro de su cabeza mientras se encontraban clínicamente muertas; testimonios
que residen en la fe y que nos permiten conocer detalles insospechados del
fenómeno.
Una de estas historias es la de Arturo Gómez
Andújar, de Valencia (España), quien asegura haber escuchado una extraña voz
luego de sufrir un accidente de tránsito, como publicó el Correo de
Andalucía:
Con 17 años, un día de verano, mi novia y yo
decidimos ir a la playa en moto a hacer unas fotografías. De camino, al cruzar
un puente, la rueda patinó y caímos al suelo. La moto y mi novia tuvieron
suerte. La peor parte me tocó a mí. Salí despedido y paré con la cabeza de un
golpe, sin casco, contra la valla del lateral.
Perdí literalmente el cuerpo y comencé a flotar,
viéndome a mí mismo tendido inerte en el suelo con mi novia llorando agachada
sobre mí.
[…]
De pronto, mi ascenso flotando boca abajo se
detuvo por alguien que me asió por la espalda. Quienquiera que fuera, con una
voz amigable y serena, me preguntó: “¿Dónde vas?”, y sin dar opción a
responder, continuó: “Éste no es tu momento. Tienes aún muchas cosas por
hacer”.
Recuerdo que me volví para ver a aquel ser. Vestía
una túnica blanca, tenía un pelo rubio algo largo y una cara que no se veía
bien, pero infundía confianza y tranquilidad. Meditando aún las palabras de mi
inesperado interlocutor, de pronto me sentía como si fuera viajando cómodo y
feliz en un vehículo grande y lujoso, con mucho espacio y un gran motor. Pero
en seguida esa sensación desapareció y empecé a notar sangre.
[…]
Ya en un quirófano, el médico que me atendió
no daba crédito. Tenía múltiples fracturas craneoencefálicas. Precisaba suturas
por las cejas, por la sien, por la barbilla, de hasta cincuenta puntos. Estaba
vivo de milagro. Pero lo más increíble de todo es que yo me encontraba bien, no
sentía dolor, ni siquiera me hacían daño al pasarme la aguja y el hilo. Estaba
charlando y bromeando con las enfermeras como si nada grave hubiera pasado.
[…]
Lo que me pasó me lleva a pensar que todos
tenemos a alguien que está ahí, junto a nosotros, protegiéndonos, aunque no lo
veamos46.
Este testimonio tiene algunos elementos en
común con el de Correal, como el hecho de escuchar una voz amigable y sentir
que una entidad sobrenatural los acompaña y los protege; coincidencias que han
sido analizadas por varios investigadores, quienes han encontrado que no se
trata de situaciones extrañas en ese tipo de contextos.
Uno de ellos es Elisabeth Kübler-Ross,
psiquiatra y escritora suizo-estadounidense, considerada una de las mayores
expertas mundiales en cuidados paliativos, quien escribió, entre otros títulos,
La muerte: un amanecer, un libro en el que narra cómo se sometió a un
experimento para visualizar los límites de la muerte.
A finales de los años setenta, Kübler-Ross escuchó
del trabajo de Robert Allan Monroe, un empresario que promocionaba la
posibilidad de alterar los sentidos para crear experiencias extracorpóreas o
“desdoblamientos”. Emocionada, viajó hasta sus instalaciones en Virginia, en
donde se sometió a una serie de procedimientos que le indujeron un estado
similar a la muerte.
Monroe introdujo a la psiquiatra en un tanque de
agua con aislamiento acústico, al que agregaba vibraciones que denominó señales
Hemi-Sync, una especie de ondas que “facilitaban” la inducción de estados
alterados de conciencia. Asimismo, los técnicos le instalaron electrodos y
otros sensores, con el fin de medir la respuesta galvánica y el voltaje
potencial de su piel. Con el pasar de los minutos, la mujer comenzó a percibir
una serie de sensaciones similares a las alucinaciones que la dejaron
extenuada; salió de la cápsula y se alojó en una cabaña solitaria en medio de
las Blue Ridge Mountains.
Fue allí, en medio de los árboles, en donde
experimentaría un extraño trance que le produjo fuertes dolores: “Viví en mí
misma las miles de muertes por las que habían pasado mis enfermos”47; enseguida el dolor se hizo tan profundo que le
rogó al universo que parara. Entonces surgió una “voz” que le respondió: “No te
será concedido”48.
Atormentada, la mujer comprendió que para que el
dolor se fuera debía dejar de luchar. Lo hizo; el malestar se esfumó y sintió
una pulsación en su vientre que se extendió a todo su cuerpo, y pudo ver todo
lo que estaba a su alrededor: el techo, la pared, el suelo, los árboles, el
cielo, los muebles, la cama, la ventana y el planeta Tierra.
Al despertar de esta experiencia, se sintió
tranquila y renovada; sus visiones resultaban similares a las de sus pacientes
moribundos y dejó de entender a la muerte como el final de un camino.
Este es un caso que contrasta con la
investigación del doctor Raymond Moody, en el sentido de que los mensajes que
escuchó Kübler-Ross no eran tan positivos como los que menciona el doctor en su
libro Vida después de la vida, en el que explica que algunos testigos
afirmaron haber escuchado voces que identificaron como seres celestiales o
ángeles protectores:
A un hombre, el espíritu le dijo: “Te he ayudado
en este estadio de la existencia, ahora te haré pasar a otros”. Una mujer me
dijo que, mientras estaba abandonando el cuerpo, detectó la presencia de dos
seres que se identificaron como “ayudantes espirituales”. En dos casos muy
similares me hablaron de haber escuchado una voz que les decía que no estaban
muertos y debían regresar. Uno de ellos lo cuenta así: “Oí una voz. No era una
voz de hombre, sino algo que está más allá de los sentidos. Me dijo lo que
debía hacer —‘regresar’— y que no debía sentir miedo por volver a mi cuerpo
físico”49.
Al margen de estas investigaciones, existen
otros médicos que afirman que este tipo de voces provienen de un lugar
complejo, misterioso y terrenal: nuestro propio cerebro.
VOCES ORGÁNICAS
Aunque muchos consideran que estas voces son una
prueba del más allá, algunos científicos piensan que son el producto de
enfermedades y trastornos, como se deduce de los estudios realizados por la
doctora Jimena Rodríguez, de la Universidad Andrés Bello de Chile. Rodríguez
escribió un artículo titulado “Delirium perioperatorio”, en el que afirma que
algunas personas que son sometidas a cirugías desarrollan cuadros clínicos que
pueden incluir alteraciones en la memoria, irritabilidad, agitación y
alucinaciones auditivas.
Según la doctora Rodríguez, este tipo de
desórdenes puede presentarse en el 20% de las personas que han sido operadas y
aumenta en un 60% cuando se trata de personas mayores, aunque solo un tercio de
estos pacientes son diagnosticados y tratados.
Esta teoría podría explicar algunas de las
experiencias ligadas a voces o ruidos enigmáticos, que serían el resultado de
patologías mentales inducidas por los procedimientos médicos, aunque también
existen otras investigaciones que apuntan a diferentes factores físicos.
Una de estas la llevó a cabo la doctora Elizabeth
Blundon, quien lideró a un grupo de científicos de la Universidad de British
Columbia que monitoreó a un conjunto de pacientes a través de
electroencefalogramas, con el fin de medir su actividad cerebral mientras se
encontraban en un estado similar al de la muerte clínica.
Durante el experimento, se les hizo escuchar
diferentes tipos de sonidos, lo que permitió descubrir que la respuesta
cerebral fue casi idéntica a la que tenían cuando estaban conscientes; esto
comprobaría la teoría de que el oído es el último sentido que se pierde.
Así pues, es posible que muchas de las personas
que aseguran haber escuchado sonidos sobrenaturales hayan oído los aparatos
médicos, las voces de los doctores o el ruido de la calle. Murmullos que su
cerebro podría haber interpretado como voces, cantos de ángeles o música
celestial, lo que explicaría experiencias como las de Juan Manuel Correal.
Estas situaciones me recuerdan las voces de amigos
que ya no están, como la del filósofo Carlos Betancourt, quien alguna vez me
dijo que para encontrar respuestas sencillas a problemas difíciles, convenía
escucharse a uno mismo. Tal vez tenía razón y no estaría mal tomarse un respiro
de vez en cuando, cerrar los ojos y esperar a que surjan las respuestas.
BIBLIOGRAFÍA
Artículos
Blundon, Elizabeth; Gallagher, Romayne y Ward, Lawrence,
“Electrophysiological Evidence of Preserved Hearing at the End of Life”, Scientific
Reports, 10: 10336, 2020. Disponible en: www.researchgate.net
García Bautista, José Manuel, “¿Qué nos espera
tras la muerte”, El Correo de Andalucía, 5 de noviembre de 2017. Disponible en: elcorreoweb.es
Lerman, Kristina, “The Life and Works of Hildegard von Bingen
(1098-1179)”, Sourcebooks Project de la Universidad Fordham de Nueva York, 24
de julio de 1995. Disponible en: translate.google.com
Redacción Significados.com, “Teofanía”, Significados.com.
Disponible en: www.significados.com. Consultado el 9 de septiembre de 2020.
Rodríguez, Jimena, “Delirium perioperatorio”, Revista
Médica Clínica Las Condes, 28, 2017, pp. 776-784. Disponible en; www.researchgate.net
Cartas y epístolas
Juan Pablo II, “Carta de Juan Pablo II al cardenal
Hermann Volk, obispo de Maguncia, con ocasión del 800 aniversario de la muerte
de Santa Hildegarda”, 1979. Disponible en: www.vatican.va. Consultado el 13 de septiembre de 2019.
Libros
Biblia Reina Valera Contemporánea, 2009-2011, Sociedades Bíblicas Unidas.
Disponible en: www.biblegateway.com
Chiaia, María, El dulce canto del corazón.
Mujeres místicas, desde Hildegarda a Simone Weil. Madrid: Narcea ediciones,
2006. Disponible en: books.google.es
Cirlot, Victoria, Vida y visiones de Hildegard
von Bingen. Nueva edición revisada, Madrid: Siruela, 1997 (2009).
Disponible en: books.google.es
Kübler-Ross, Elisabeth, La muerte: un amanecer,
Madrid: Editorial Diana, 2013.
Moody, Raymond, Vida después de la vida,
Buenos Aires: EDAF, 2017.
San Agustín, Confesiones, Biblioteca
Virtual Miguel de Cervantes. Disponible en: www.cervantesvirtual.com
Entrevista a Juan Manuel Correal
Entrevista realizada el 31 de agosto de 2020, en
el marco del programa Más Allá, de Redmas Televisión.
42 Biblia Reina Valera Contemporánea, 1960, Hechos de los Apóstoles (9: 3-6).
43 San Agustín (VIII, 12, 28-30).
44 Cirlot (2009, p. 15).
45 Juan Pablo II (1979).
46 Correo de Andalucía (5 de noviembre de 2017).
47
Kübler-Ross (2013, p. 32).
48
Kübler-Ross (2013, p. 22).
49 Moody (2017, pp. 21-22).
8. Fabiola Posada Pinedo: De la mano de los ángeles
Visiones del infierno - Los ángeles y el más allá
- Con los pies en la tierra – Bibliografía
Corrían los últimos días de 1990 cuando me
enviaron a pasar las vacaciones a Santiago, un pueblo de Norte de Santander, en
donde quedaba la antigua casa de mi abuela. Allí, en el patio, había una
alberca que reflejaba las ramas de un naranjo en donde vivían centenares de
abejas verdes que se extinguieron con la llegada de los pesticidas.
Eran días azules y brillantes en los que observaba
lagartijas que reptaban sobre las paredes como si fuesen pequeños dinosaurios.
Una noche, después de comer, la electricidad se
cortó y nos mandaron a dormir. Entonces sonó un estruendo y unos gritos que
decían: “¡Ríndanse, hijueputas!, ¡apúntele al de arriba!, ¡traigan la
dinamita!”; enseguida reventó otra explosión, seguida de una ráfaga, y unos
silbidos atravesaron el aire, como un coro macabro.
—Se metió la guerrilla —dijo una prima desde la
habitación de al lado.
—¡Se quedan quieticos y tranquilos! —ordenó un
tío.
A pesar de las advertencias, me levanté y caminé
hasta la puerta que daba a la calle, que estaba ajustada con una tranca de
madera, y observé al exterior por un hueco: había humo, gritos, quejidos y un
muchacho con una escopeta, botas de caucho y el rostro manchado de hollín que lucía
aterrado. Luego apareció un helicóptero y los guerrilleros se retiraron por los
caminos que conducían a la selva.
Al otro día, observé los estragos y las hileras de
sangre que ocupaban las aceras; la alcaldía y la estación de policía estaban
destruidas, los restos de sus fachadas se esparcían por el suelo; los niños
recogían esquirlas mientras las mujeres barrían. Parecía una escena de una
película sobre la guerra de Vietnam.
Durante las siguientes noches el pueblo se mantuvo
en silencio, invadido por la tristeza que se reflejaba en el rostro de quienes
caminaban por el parque, cuyas bancas habían quedado destrozadas; en ocasiones
se escuchaban llantos y los billares se mantenían cerrados.
—¡Miren, estamos en televisión! —gritó una vecina
desde su puerta.
Mi tío se apresuró a encender el aparato, en cuya
pantalla aparecieron los presentadores del Noticiero Criptón, que
relataron cómo un frente del Ejército de Liberación Nacional había hostigado a
una pequeña población cerca de la frontera con Venezuela.
Tan pronto terminaron las noticias, comenzó el
especial de Año Nuevo de Sábados Felices, en el que Alfonso Lizarazo
presentó a una joven comediante llamada la “Gorda” Fabiola, quien empezó a
contar chistes sobre borrachos, y todos nos carcajeamos en medio de paredes
cubiertas por tiros de fusil.
Esta imagen se me vino a la mente años después,
cuando trabajaba para Blu Radio y la vi sentada con un vaso de agua frente a un
estudio de grabación. En ese momento pensé en acercarme y saludarla, pero iba
tarde y me olvidé del asunto hasta unas semanas después, cuando entró un
locutor a la cabina y nos informó que la “Gorda” Fabiola estaba en coma y su
pronóstico era reservado.
Los días pasaron, renuncié a la emisora y me
dediqué a dictar clases en universidades y a participar en el Cartel de la
Mega, cuando leí un titular en mi celular que anunciaba que Fabiola se había
recuperado y había conocido el cielo y el infierno.
Tiempo después logré contactarla para que me
relatara su historia, que narró con el mismo júbilo con el que aparecía en
televisión treinta años atrás, cuando alegró a un pueblo devastado por la
guerra, sin que ella misma se diera cuenta.
FABIOLA POSADA PINEDO
“Nací en Santa Marta, en donde viví una niñez muy
linda, al borde de la playa y de las olas, con un papá muy conservador y muy
serio, y una mamá extremadamente liberal, tanto que todavía no sé cómo se la
llevaban tan bien siendo tan diferentes; eso solo lo explica el amor.
”Llegué a Bogotá en 1980 para estudiar
Comunicación Social y Periodismo. Todo iba normal hasta 1986, cuando pasé
frente a los estudios en donde se grababa Sábados Felices, que quedaban
por la avenida 19 con 5ª; me conocieron y terminé haciendo parte del programa.
Yo creo que se fijaron en mí porque siempre fui gordita, desde pequeñita, y
nací con unos dientes grandes, muy grandes, para hacer reír.
”Empecé a hacer parte oficial del elenco, contaba
chistes y pasaban cosas muy locas. Un día Hugo Patiño cogió una muñeca de
ambientación que pesaba más de quince kilos y me dijo: ‘Venga, Gordita, hágame
el favor y me cuida esta muñeca que me la acaban de regalar’. Yo le dije que
claro, y se fue y me dejó sola con esa muñeca tan pesada; esas eran las bromas
que se hacían en aquel tiempo.
”Unos años más adelante, cuando ya era reconocida,
una concuñada me pidió el favor de que contara unos chistes en una
manifestación política. Me subí a la tarima, la gente estaba a reventar; cuando
terminé todos se fueron y los políticos se quedaron abandonados.
”A la semana siguiente me volvieron a invitar,
pero me pusieron al final; era tanta la gente que me esperaba que me hicieron
la propuesta de que me presentara a las elecciones. Me metí en política y salí
elegida edilesa de Suba en 1997; fue algo muy bonito porque pude ayudar a la
gente, legalizar barrios y conseguir cosas para la comunidad.
”Luego llegaron las elecciones del 2000 y me
eligieron concejal de Bogotá, y eso era otra cosa, vinieron muchas lágrimas.
Estudié Políticas Públicas en la Universidad Nacional. En esa época me
marchité, porque las cosas en esos espacios son muy serias y a mí me gusta
hacer reír, hacer pasar un buen rato a la gente, y el Concejo era una cosa muy
diferente; pero me quedó la satisfacción de haber dejado varios acuerdos para
la ciudad.
”Tan pronto terminé mi periodo en el Concejo me
alejé de la política. Volví a la televisión y empecé a darme cuenta de que
había heredado todas las comorbilidades de papá y mamá: diabetes, hipertensión.
Sufrí cuatro infartos, uno en plena grabación de una película en Estados
Unidos.
”En el 2014 me llevaron a la clínica y me hicieron
una cirugía de corazón abierto. La noche después de la operación tuve una
experiencia sobrenatural. Estaba bastante delicada porque tenía cuatro arterias
comprometidas; me abrieron el esternón y me hicieron unos puentes, unos bypass,
y entonces empecé a escuchar la voz de mi madre que me decía ‘mamita’ y empecé
a pensar que estaba muy grave, porque mi mamá llevaba varios años muerta.
‘Mamita, mijita’, me decía. Entonces alargué el cuello para ver dónde estaba y
empecé a llamarla: ‘Mami, mami, ¿dónde estás, mami?’, y apareció una luz
hermosa, que pasó por el techo de la habitación de cuidados intensivos, y luego
vinieron más, muchas más, y se juntaron sobre mí, era algo hermoso.
”Como me habían dejado un timbre en la mano, yo lo
oprimí fuerte, muy fuerte, hasta que llegó una enfermera y le pregunté: ‘¿De
dónde vienen tantas luces?’, y la enfermera me respondió: ‘Doña Fabiola, aquí
no hay luces’. Entonces volví a preguntarle: ‘¿Seguro no las ve?, yo veo un
ballet hermoso de luces que danzan por toda la habitación’.
”Como yo soy curiosa, empecé a buscar si había una
ventana o algún lugar por el que entraran esas luces tan bonitas, y la
enfermera me dijo: ‘Duérmase, doña Fabiola’, y volví a preguntarle por las
luces hasta que llegó un médico que me inyectó algo y me durmió.
”Al día siguiente me desperté como a las cinco de
la mañana, porque dormir en una clínica es muy difícil, los doctores salen y
entran. Entonces llegó una enfermera y me dijo que afuera había una ancianita
que había venido de un pueblo para hablar conmigo.
”Les dije a los médicos que por favor la dejaran
pasar, y entró vestida con un traje quirúrgico de la cabeza a los pies, solo se
le podían ver los ojitos y estaba toda tapadita. Me dijo que tenía comunicación
con los ángeles y que ellos le habían anunciado que había quedado muy bien
operada, pero que les dijera a los médicos que me revisaran las vías
digestivas. La señora me hizo prometerle que les iba entregar su mensaje a los
doctores, hizo una oración, se fue y nunca más la volví a ver.
”Me pasaron a una habitación y cuatro días después
le dije a la enfermera que estaba incómoda porque no podía ir al baño. La
muchacha se puso un guante para revisarme, cuando empezó a salirme un río de
sangre que manchó las paredes como en una película de terror.
”Me hicieron exámenes y me llevaron enseguida al
quirófano, en donde se dieron cuenta de que tenía una úlcera que se me reventó
y me causó una hemorragia horrible, que me llevó a estar nuevamente en cuidados
intensivos, como me había dicho la señora que había ido a visitarme. Fue
entonces cuando me di cuenta de que me habían enviado un mensaje que no tenía
explicación.
”Con el tiempo me repuse, hasta que pude volver a
trabajar y me contrataron para un show en Bucaramanga. Como a mí no me gusta
comer por fuera, le dije a una de las personas que me habían recibido que me
llevara a almorzar a su casa. La muchacha me dijo que le daba pena porque solo
tenía arroz, carne y tajadas, entonces yo le dije que eso era lo que más me
gustaba.
”Cuando entré a la casa noté que estaba llena de
cascabeles por todas partes y había un gato. Le dije que me parecía muy bonito
que le tuviera cascabeles al gatico, y ella me respondió que mirara para el
techo: me di cuenta de que había muchos más cascabeles.
”Me puse a pensar en la función de esas
campanillas, y ella me dijo que servían para saber si llegaban los ángeles y me
regaló una pulsera. Yo quedé muy asombrada porque acababa de vivir una
experiencia en la clínica y me parecía sorprendente que una persona desconocida
me volviera a hablar del asunto.
”Desde ese día empecé a leer y conocer del tema,
hasta que comencé a sentirme mal otra vez y tuve que someterme a una cirugía
bariátrica para combatir la diabetes, con la que logré bajar sesenta kilos en
pocas semanas.
”Fueron buenos días, estaba muy contenta. Los
médicos me dijeron que debía comer mucha proteína, porque me habían cortado el
estómago y lo habían sustituido por partes del intestino grueso que no estaban
preparadas para asimilar los nutrientes de la misma forma.
”Al comienzo todo estuvo bien: comía mucha carne,
pollo, huevos; tantos, que empecé a aborrecerlos. No volví a consumirlos y mi
organismo empezó a digerir mis músculos para compensar la proteína que no podía
asimilar.
”Luego empecé a engordarme, pero no de gordura,
sino del agua que retenía mi cuerpo para proteger mis órganos. Vinieron
entonces los problemas: comencé a desconectarme de la realidad, me desmayé tres
veces en plena grabación de Sábados Felices. Me llevaron a una clínica,
en donde el médico dijo que estaba en estado agónico y que iba tratar de
mantenerme con signos vitales hasta que llegaran los especialistas bariátricos.
”Me internaron y me conectaron a un montón de
aparatos para que pudiera sobrevivir, porque yo en ese momento estaba muerta;
el corazón no latía solo, los pulmones no reaccionaban y los riñones no
funcionaban. Me conectaron a una máquina de diálisis y me pusieron en coma por
veintitrés días, en los que viví experiencias increíbles.
”Fue entonces cuando llegué a un espacio oscuro y
atemporal, porque no se cuánto tiempo estuve en medio de ese sitio, en el que
había lamentos, angustia, maldad, gritos y rostros horribles que no quiero
volver a ver nunca más.
”Entonces me pusieron una película, como si
hubieran instalado un videobeam al frente mío, en donde me mostraron
todas las cosas malas que había hecho en mi vida. Empecé a ver cuando una
señora se me acercó en un semáforo a pedirme dinero y yo le dije que no, y supe
que era la primera vez que pedía; vi su casa y a sus hijos y comencé a llorar,
fue algo muy fuerte y muy angustiante.
”Apareció un rostro horrible que tenía unos ojos
negros, sin nada de blanco, que se burlaba de mí y me torturaba. Se me ponía al
frente y me decía: ‘¿Quieres a tu nieta Emilia?’, y yo le respondía que sí, que
la amaba con toda mi alma. Entonces gritaba con una voz muy horrible: ‘¡Maten a
Emilia!’. Yo sufría y escuchaba: ‘¡Ahhhhhhhhh, nooo, ahhhhh!’. Eran los gritos
de mi nieta.
”Luego volvía ese rostro y me decía: ‘Dame cinco
millones de pesos’, y yo le decía: ‘Te doy lo que quieras pero no la toques’.
Entonces volvía y me decía: ‘Tu dinero no sirve aquí para nada, trabajaste
mucho en tu vida, pero aquí no sirve de nada’.
”Luego me vi encerrada en una jaula, como en las
que se presentan los motociclistas en los circos, y empezó a girar. Desde las
rendijas me golpeteaban con una especie de látigos, la piel se me comenzó a
levantar y yo sangraba; ya no quería estar allí, prefería no existir.
”No sé cuánto duró todo, pero salí de allí y
empecé a caminar por una especie de gruta muy lúgubre, cuyas paredes estaban
tapizadas de unas piedras muy feas, hasta que llegué a un abismo, en cuyo
interior había muchas personas que lloraban y extendían los brazos mientras se
lamentaban y me decían: ‘Ayúdanos, Fabiola, ayúdanos’. Yo les decía: ‘No me
toquen’, y me agarraban de los tobillos. Era una cosa muy desagradable, la cosa
más desagradable que he vivido en mi vida.
”En ese momento le pregunté a Dios: ‘¿Tan mal me
he portado para soportar esto?’, y entonces sucedió algo afuera. Los médicos se
reunieron con mi esposo y le dijeron que ya no había nada que hacer, que lo
mejor era desconectarme.
”Polilla firmó para que tuviera una muerte digna y
empezaron a quitarme los respiradores. En ese momento sentí que me sacaban del
inframundo y me decían: ‘Fabiola, levante la mano’, y seguían: ‘Mueva los
labios’, ‘abra los ojos’. Yo no los podía enfocar bien, pero era un grupo de
personas en semicírculo. ‘Por favor, mueva la cabeza’, decían, cuando me di
cuenta de que había algo extraño detrás de ellos, una luz azul, como un cristal
puro y brillante, en donde estaba un ser alado gigante que no poseía cara de
hombre o de mujer.
”Entonces intenté enfocarme en su rostro, para
verlo bien. Meneó su cabeza y me dijo: ‘Todo va a estar bien, todo va a estar
bien, todo va a estar bien’. Era bellísimo y sentí una brisa refrescante a mi
lado; volteé a mirar y había otro ser junto a mi cama.
”‘Vas a recuperarte, todo va a estar bien, todo va
a estar bien’, me dijeron. Se esfumaron y les pregunté a los médicos si los
habían visto, porque estaban detrás de ellos, y no me respondieron. Luego me
dijeron que para ellos era un delirio, pero para mí era real.
”Al rato entró Polilla y me encontró sin los
tubos, sentada sobre la cama, y les preguntó a los médicos con el rostro
juagado en lágrimas: ‘¿Qué paso? ¿No estaba agonizando?’, y los médicos le
respondieron que no sabían, que no tenían explicación.
”Me quedé viendo a Polilla y le dije: ‘Hola,
papi’, y lloramos; lloramos de felicidad porque era un milagro. Yo estaba
muerta y volví a la vida, y sigo viva porque pienso que tengo muchas cosas
todavía por hacer.
”Después de eso me porto mejor que nunca, porque
no quiero volver a ese lugar de sufrimiento en el que estuve; vivo intensamente
cada día y trato siempre de sonreír.
”A mí me gusta compartir mi experiencia sin el
ánimo de polemizar con nadie. Si me creen o no me creen está bien; sé lo que
viví y para mí es suficiente, porque para mí la muerte es cambiar de una dimensión
a otra, quedarme dormida y decir adiós hasta siempre”.
VISIONES DEL INFIERNO
Las experiencias cercanas a la muerte como las
descritas por Fabiola son escasas, si tenemos en cuenta que la mayoría de los
testimonios narran sensaciones placenteras; testimonios como los recolectados
por el doctor William J. Serdahely, quien determinó que solo el 33% de las
personas que investigó afirmó haber sentido emociones negativas50.
De la misma manera, el doctor Hubert Knoblauch
dirigió en el 2001 una investigación que fue publicada con el título “Different
Kinds of Near-Death Experience”, en la que afirma que las ECM estudiadas en
Alemania occidental tuvieron un 60% de emociones positivas, contra un 29% de emociones
negativas, mientras que en Alemania oriental el 40% manifestó emociones
positivas y el 60% negativas. Esto indicaría que la cultura y el entorno social
podrían influir en las sensaciones que se experimentan al borde de la muerte.
Así pues, las condiciones sociales y culturales
podrían explicar que la mayoría de las visiones negativas en nuestro continente
estén acompañadas de abismos de fuego, demonios y almas en pena, similares a
las representaciones del infierno, que hacen parte de la educación y formación
de los países occidentales.
Un ejemplo de estas visiones es la que asegura
haber vivido el estadounidense Matthew Botsford, quien en marzo de 1992 sufrió
el impacto de una bala perdida que le perforó la nuca, por lo que lo llevaron
de emergencia a un hospital de Atlanta. Allí lo sometieron a un coma inducido y
lo declararon en muerte clínica.
A pesar de ello, Botsford asegura haber sentido
sus heridas mientras se encontraba inconsciente: “Fue como ser punzado por algo
parecido a una aguja, que me pinchaba la parte posterior de mi cabeza”. Estos
dolores fueron sustituidos por la sensación de flotar hacia un lugar sin
tiempo, en donde experimentó una profunda angustia: “una oscuridad densa me
envolvió, como si hubieran puesto tinta negra sobre los ojos”51, describió junto con su esposa Nancy en el libro A
Day in Hell, en el que cuenta su viaje al inframundo, que estaba poblado
por extrañas criaturas de ojos repugnantes que lo acechaban.
Era un lugar turbulento, envuelto en llamas y
olores putrefactos, del que escapó gracias a un ser luminoso que se aferró a su
cintura mientras le decía: “Vamos, aún no es tu tiempo”52. Luego despertó en una unidad de cuidados
intensivos, en donde los médicos le informaron que llevaba más de veintisiete
días en coma profundo y no se explicaban cómo había logrado sobrevivir, lo que
llamó la atención de la prensa.
La de Botsford es una historia con tintes
similares a la de Howard Storm, un profesor de Arte estadounidense que nació en
1946 en Newton (Massachusetts), quien asegura haber visitado el infierno.
Según él, fue un viaje que comenzó en 1985,
mientras se encontraba en París junto con sus estudiantes, y un dolor en el
abdomen lo hizo caer al piso. Lo llevaron de inmediato a un hospital, en donde
descubrieron que tenía una perforación en el estómago y le programaron una
cirugía para el día siguiente, pues no había ningún médico disponible en el
momento. Atormentado, el profesor sentía cómo el ácido gástrico se filtraba por
sus tejidos, quemándolo desde adentro, mientras se estremecía a causa de
fuertes espasmos que lo hacían revolcarse de dolor, a pesar de los sedantes.
A la mañana siguiente intentó moverse, pero se dio
cuenta de que estaba paralizado; en ese instante dejó de respirar y se sumergió
en una masa oscura y hedionda, de la que se descolgó hasta quedar “tumbado y
destrozado sobre una extraña superficie”. Luego aparecieron unas figuras
horribles y unas voces que lo insultaban. “La agonía que yo había sufrido
durante el día no era nada en comparación con la que sentía ahora. Yo supe
entonces que este era el final absoluto de mi existencia, y era más horrible
que cualquier cosa que me podría haber imaginado”53.
A continuación se extendió una gruesa cortina ante
él y se vio transportado a una especie de escenario nauseabundo, en donde fue
torturado por criaturas demoniacas: “Ellos jugaban conmigo tal y como un gato
juega con un ratón. Cada nuevo asalto trajo aullidos de cacofonía. Entonces, en
un momento dado, comenzaron a arrancarme pedazos de carne. Para mi horror, me
di cuenta de que estaba siendo despedazado y comido vivo, lentamente”54.
Los olores a putrefacción y las sensaciones
desagradables rodearon su cuerpo maltrecho. No podía dormir ni descansar, ni
percibir el transcurrir del tiempo: su tortura parecía eterna. Entonces comenzó
a orar y las voces y entidades que lo acosaban se alejaron: “Yo grité con todas
mis fuerzas: ‘Jesús, por favor, sálvame’”55. Después de esto aparecieron unos seres de luz
que iluminaron el espacio y lo rescataron: una especie de ángeles que le
mostraron una película en la que se reproducía su vida. Una voz le dijo: “Tu
tiempo no ha terminado”; de inmediato abrió los ojos y las enfermeras le
indicaron que había sido sometido a una complicada cirugía.
Una vez recuperado, plasmó su historia en docenas
de lienzos que reproducen sus visiones y en un libro titulado My Descent
into Death, prologado por la escritora norteamericana Anne Rice.
Su testimonio tiene puntos en común con el de
Fabiola Posada, pues narra una visita al infierno que termina en un encuentro
con seres luminosos: entidades divinas que parecen ser similares a los ángeles.
LOS ÁNGELES Y EL MÁS ALLÁ
Los ángeles son seres míticos que aparecen en las
principales doctrinas del mundo occidental, y aunque muchos consideren que se
trata de fantasías e ilusiones, teólogos cristianos, judíos y musulmanes
consideran que existen, y dedican gran parte de su tiempo a analizar sus
características y propiedades.
Para judíos y cristianos, las principales
características de los ángeles están descritas en los primeros libros de la
Biblia, en los que tienen el papel de ser los mensajeros de Dios. Asimismo, se
piensa que pueden intervenir, alertar o cuidar a las personas, por lo que no
resulta extraño que aparezcan en las ECM, en las que toman el papel de
custodios, protectores o guías, que poseen la facultad de devolver el alma de
los moribundos a sus cuerpos.
Estas funciones aparecen recopiladas en el libro Evidence
of the Afterlife del antropólogo Jeffrey Long, que transcribió la historia
de una mujer llamada Geralyn, quien habría entrado en contacto con entidades
angelicales durante una delicada cirugía:
La enfermedad había destrozado mi cuerpo; el bazo,
el hígado y los intestinos estaban llenos de tumores. En mi hospitalización se
descubrió que tenía un gran tumor bloqueando la luz intestinal, y fui
inmediatamente llevada a cirugía, durante la cual floté en el aire sobre los
doctores. Observé cuando extraían mis intestinos y los colocaban cuidadosamente
al lado de mi cuerpo, y luego comenzaron a moverse rápidamente, en un intento
de revivirme. Durante esos instantes comencé a elevarme, y de pronto me parecía
que sabía todo lo que era necesario saber. Parecía que todos los misterios del
mundo me eran revelados. Entendía las ciencias, las matemáticas y la vida.
Simultáneamente pude ver a la gente que estaba en otras habitaciones. Vi a mi
abuela y a mi tía abuela llorando fuera de la sala operatoria. Vi a otros
pacientes que estaban siendo operados en otras salas. Vi a la gente que estaba
fuera del hospital. Mientras me elevaba, instantáneamente me encontré en un
sitio semejante a una nube. Sabía que estaba en un lugar muy seguro y cálido.
Vi lo que podrían haber sido tres ángeles llenos de paz y como formando parte
de la nube. No me dijeron nada; sin embargo, sentí su grandeza y gozo. De
pronto, una gran mano vino hacia mí; brillaba con una luz poderosa. Luego oí
una voz que me dijo: “Mi niña, regresa porque tienes mucho trabajo pendiente
que hacer”. Instantáneamente regresé a mi cuerpo. Cuando desperté, le referí a
mis doctores esta experiencia y se impresionaron por mi descripción precisa de
su trabajo. Sin embargo, no me creyeron mi historia. Sabía que estaba curada.
Los doctores estaban asombrados al encontrar que después de una sola
quimioterapia, todos los tumores desaparecieron. Y treinta y siete años después
aún estoy aquí56.
Sin duda, es una historia sorprendente, que
resulta semejante a la contada por Fabiola, debido a la aparición de seres
luminosos que se manifiestan en medio de procedimientos quirúrgicos, seguidos
de una curación milagrosa.
Estas descripciones parecen ser similares a las de
Colton Burpo, quien protagonizó uno de los casos de vida después de la muerte
más famosos de la historia, cuando fue operado en 2003 de una apendicitis que
le causó graves complicaciones.
Burpo desarrolló una peritonitis cuando tenía tres
años y tuvo una recuperación dolorosa. Luego, cuando pudo hablar, les contó a
sus papas que había visto a los médicos mientras lo operaban y había conocido a
su hermanita, lo que los dejó sorprendidos, pues su madre había sufrido un
aborto algunos años atrás.
Asombrado, su padre transcribió las conversaciones
y las recopiló en un libro titulado Heaven Is for Real, que llegó a ser
el número uno en ventas del New York Times y fue adaptado al cine en el
2014.
La película muestra a Colton contándoles a sus
padres las charlas que tuvo con uno de sus bisabuelos, quien había muerto
treinta años antes de que él naciera, y reconstruye sus visiones del cielo como
un lugar lleno de colores en donde nadie sufre y miles de ángeles flotan y
suplican ante Dios.
Aunque pareciese que este tipo de narrativas
es exclusivo de estadounidenses protestantes, existen casos sorprendentes en
otros lugares del mundo, como el de Nicole Canivenq, quien sufrió un accidente
de tránsito en mayo de 2003 que la transportó a un lugar cubierto por una
hierba muy verde, en donde había unos “Seres muy blancos que tenían forma y
apariencia humana, pero al mismo tiempo no tenían cara, ni brazos, ni piernas”.
Afirmó que eran entidades que irradiaban “Un amor extraordinario, una vibración
de amor” y que estaban “muy alegres, con unas risas llenaban todo el espacio,
era como un reencuentro”57.
Luego de recuperarse, Canivenq publicó sus
experiencias en el libro L’arbre du choix: Mon rendez-vous avec les êtres de
lumière, en el que narra el cambio espiritual que sufrió después del
encuentro.
Antes de continuar debemos aclarar que, aunque
muchas personas que han experimentado una ECM han ayudado a su entorno mediante
reflexiones y mensajes esperanzadores, existen casos como el de Alex Malarkey,
en el que se utilizó la atracción que sentimos por estas narrativas para robar
y engañar.
Malarkey es un joven que, a los seis años, sufrió
un terrible accidente automovilístico mientras viajaba por las carreteras de
Ohio, en noviembre de 2004. Lo llevaron de emergencia a un hospital, en donde
descubrieron que tenía partida la columna vertebral y había quedado
cuadripléjico.
Algunos meses después, en medio de operaciones y
cirugías, circuló la noticia de que Alex había visitado el cielo, que describía
como una pradera gigantesca en donde estaban Jesús y los ángeles.
Al poco tiempo, la editorial norteamericana
Tyndale House compró los derechos de la historia y la publicó bajo el nombre The
Boy Who Came Back from Heaven, que vendió millones de copias por todo el
mundo.
Sin embargo, algo extraño sucedió luego de que
Kevin, el padre del niño, falleciera en 2009, y su viuda intentara cobrar las
regalías a la editorial, que no quiso pagar ni llegar a ninguna clase de
acuerdo. Se desató entonces un infierno de demandas y exigencias que dio un
giro en 2018, cuando Alex publicó una declaración en la que reveló el fraude:
“No morí. No fui al cielo. Lo dije porque creí que con ello llamaría la
atención”58, y agregó que fue su padre quien fabricó y vendió
la historia mientras él se encontraba en el hospital.
CON LOS PIES EN LA TIERRA
Después de entrevistar a Fabiola Posada y a otras
personas que han vivido una ECM, solo puedo afirmar que cada experiencia es
única y de nada sirve controvertirlas, pues son experiencias de vida que surgen
del alma de las personas y reconfortan sus días cuando la adversidad las
acecha, llenándolas de paz y esperanza.
Esta misma esperanza la vi en cada rostro, cada
gesto y cada palabra, que me hicieron ver la vida de una forma diferente. Una
visión reparadora y clara, como los ojos de Fabiola, que me recordaron al poeta
romano Horacio, cuyas frases tapizaban las paredes del viejo edificio de Artes
de la Universidad Nacional de Colombia: “Piensa que cada día es el último y
recibirás agradecido la hora que se te da y no esperabas”, decía sobre los
ladrillos que fueron derrumbados por retroexcavadoras.
BIBLIOGRAFÍA
Artículos
Bonilla, Ernesto, “Experiencias cercanas a la
muerte”, Investigación clínica, vol. 52, n.° 1, 2011, pp. 69-99.
Disponible en:
http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S053551332011000100008&lng=es
Botsford, Matthew y Botsford, Nancy, “My Time in Hell”, AssistNews.net,
consultado el 19 de septiembre de 2020. Disponible en: afterthewarning.com
Branson, Tim, “Matthew Botsford: To Hell and Back”, CBN,
consultado el 19 de septiembre de 2020. Disponible
en: www1.cbn.com
Caillard, Aurélie, “Testimonios de personas que
regresaron… de la muerte…”, INREES-Institut de Recherche sur les Expériences
Extraordinaires, 26 de septiembre de 2014. Disponible
en: www.pressenza.com
Knoblauch, H., Schmied, I. y Schnettler, B., “Different Kinds of
Near-Death Experience: A Report on a Survey of Near-Death Experiences in
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Redacción NDERF, “La ECM de Howard Storm”, Near-Death
Experience Research Foundation, consultado el 16 de septiembre de 2020. Disponible en: www.nderf.org
Serdahely, W. J. y Walker, B. A., “The Near-Death Experiences of a
Nonverbal Person with Congenital Quadriplegia”, Journal of Near-Death
Studies, 9, 1990, pp. 91-96.
Serdahely, W. J., “Pediatric Near-Death Experiences”, Journal of
Near-Death Studies, 9, 1990, pp. 33-39.
Swenson, Kyle, “‘The Boy Who Came Back from Heaven’ Now Wants His
Day in Court”, The Washington Post, 13 de abril de 2018. Disponible en: www.washingtonpost.com
Libros
Botsford, Nancy, A Day in Hell: Death to Life to Hope,
Mustang: Tate Publishing Enterprises, 2010.
Burpo, Todd y Lynn, Vincent, El cielo es real:
La asombrosa historia de un niño pequeño de su viaje al cielo de ida y vuelta,
Nashville: Grupo Nelson, 2011.
Canivenq, Nicole, L’arbre du choix: Mon
rendez-vous avec les êtres de lumière, Temps Present, e-pub, 2019.
Long, Jeffrey, Evidence of the Afterlife. The Science of Near-Death
Experiences, Nueva York: Harper-Collins Publishers, 2010.
Storm, Howard, “My Descent into Death: A Second Chance at Life”,
Nueva York: Harmony Books, 2005.
Películas
Randall Wallace, Heaven Is for Real (El
cielo sí existe) [película], Estados Unidos: TriStar Pictures, 2014.
Entrevista a Fabiola Posada
Entrevista a Fabiola Posada, Bogotá, 9 de
septiembre de 2020.
50
Bonilla (2011).
51
Botsford y Botsford.
52
Branson.
53 Redacción NDERF.
54 Redacción NDERF.
55 Redacción NDERF.
56 Citado y traducido por Bonilla (2011, pp. 69-99).
57 Caillard (2014).
58 Swenson (13 de abril de 2018).
9. Visiones inexplicables: Recuerdos de otra realidad
Solo existe un Dios: Experiencias musulmanas - ECM
de personas no creyentes - Sueños premonitorios - Visiones agónicas -
Bibliografía
Solo el fuego y el mar pueden mirarse
sin fin. Ni aún el cielo con sus nubes.
Solo tu rostro, solo el mar y el fuego.
Las llamas, y las olas, y tus ojos.
Serás de fuego y mar, ojos oscuros.
De ola y llama serás, negros cabellos.
Sabrás el desenlace de la hoguera.
Y sabrás el secreto de la espuma.
Coronada de azul como la ola.
Aguda y sideral como la llama.
Solo tu rostro interminablemente.
Como el fuego y el mar. Como la muerte.
“Tema de fuego y mar”, Eduardo Carranza
Decidí dedicar las pocas páginas que nos
quedan a analizar un puñado de casos que podrían responder algunas de las
preguntas que se han hecho investigadores y periodistas alrededor del tema de
las ECM: ¿Qué experimentan las personas que profesan otras religiones? ¿Las
visiones del cielo o seres luminosos son comunes en todo el mundo? ¿Qué
perciben las personas ateas?
Por ejemplo, el psiquiatra español José Miguel
Gaona, en su libro Al otro lado del túnel, afirma que las visiones y los
recuerdos de las ECM pueden variar de acuerdo con la religión o las creencias
de los pacientes; es así como musulmanes y asiáticos tienden a describir
encuentros con profetas, símbolos o figuras geométricas propias de sus
culturas.
La mayoría de ECM mantienen puntos en común, como
la visión del túnel, la sensación de flotar, la aparición de familiares
muertos, la pérdida de noción del tiempo y la manifestación de voces que reconfortan
o entregan advertencias, entre otras características que surgen también en
testimonios de culturas lejanas, que expondremos a continuación, y que nos
llevarán a conocer otras versiones del más allá; narraciones complejas en donde
la realidad parece deformarse.
SOLO EXISTE UN DIOS: EXPERIENCIAS MUSULMANAS
El islam es una de las religiones de mayor
crecimiento y expansión de la historia. La profesan más de 1.800 millones de
personas, cuya fe se afianza entre los muros de mezquitas y madrazas que se
extienden sobre las principales capitales del mundo; es una compleja doctrina
en la que también ocurren hechos extraordinarios, como las experiencias
cercanas a la muerte.
Una de estas experiencias es la de Gülden, una
mujer turca que sufrió graves problemas de salud que la llevaron a conocer otra
realidad:
En junio del 2000 fui llevada al hospital de
la Universidad de Izmir Ege en Bornova (Turquía), luego de sufrir una
hemorragia en el lóbulo temporal del cerebro, por lo que fui operada por un
equipo de neurocirujanos.
Tres semanas después empecé a experimentar
sensaciones extrañas; me vi a mí misma sobre la cama, el mundo se volvió oscuro
y empecé a flotar hacia una luz blanca muy brillante en donde estaba un tío que
había muerto, y me dijo: “Todavía no”, y me llené de paz, tranquilidad y calma.
Enseguida apareció una señora que me llevó a un lugar maravilloso con montañas
y me dijo: “Este es tu lugar”; era un sitio hermoso y con mucha luz, pero le
dije que no creía que fuera mi lugar.
Seguimos viajando y llegamos a un mar en donde
había un pequeño pueblo, y volvió a decirme que ese era mi lugar, pero yo no
conocía ese pueblo y le dije que ese tampoco era mi lugar.
Continuamos por otros sitios hermosísimos, llenos
de paz y brillo, pero me dijo que no estaba preparada para permanecer en
ninguno de ellos; luego me pidió que contara el recuerdo más importante de mi
vida. La imagen de mi mamá se formó en mi mente y empecé a caer a una velocidad
muy alta. Entré a mi cuerpo, desperté y vi a mi madre sentada junto a mi cama.
Ella me saludó, le pregunté el nombre de mi novio, para saber si era real, y
rompimos en llanto59.
Luego de leer detenidamente el testimonio
anterior, podemos darnos cuenta de las similitudes que existen entre esta ECM y
otras analizadas en este libro, pese a las diferencias culturales de quienes
las vivieron. A pesar de que Gülden creció bajo la shahāda —uno de los pilares
del islam que condensa gran parte de su doctrina y se sintetiza en la oración
“No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta”—, la mujer afirma haber
entrado en contacto con una especie de guía espiritual con el que viajó por un
mundo alternativo, en donde también se encontró con un familiar fallecido que
le envió un mensaje de forma telepática.
Los fragmentos del relato anterior podrían
encajar fácilmente en cualquiera de los testimonios que hemos repasado en este
libro, y las coincidencias que existen entre estas experiencias se vuelven más
extrañas aún al analizar los acontecimientos narrados por Caan, un joven
musulmán que se enfrentó a lo imposible:
La tarde del 17 de mayo del 2001, mientras subía
una escalera de dos metros, perdí el equilibrio y me resbalé. Di un giro de
noventa grados en el aire y me estrellé contra una placa de cemento. Fue un
golpe muy fuerte, los huesos de mi cuello se comprimieron y empecé a sentir que
me elevaba, el dolor desapareció y todo se volvió hermoso.
Aunque no puedo describir los colores y las
formas, hay una serie en el canal Sci-Fi, titulada Sliders, en la que
los personajes pasan por el interior de un túnel de luz y viajan de un mundo a
otro. Los efectos visuales usados para crear ese túnel se parecen mucho a lo
que experimenté, salvo que en mi caso el túnel era blanco y negro y parecía
viajar a alta velocidad. Tuve la impresión de que todos somos parte de una
pintura gigantesca, que Alá nos tiene reservada, pues uno de los primeros
versículos del primer capítulo del Corán afirma que Alá es el Señor de todos
los mundos.
Durante mi viaje no me sentí solo ni asustado, ni
me preocupaba el accidente. Recuerdo observar a ambos lados, de izquierda a
derecha, y hacia delante, arriba y abajo. Cuanto más rápido me movía mejor me
sentía, nunca pensé que llegaría al final de un viaje, sino que conocería lo
que Alá nos tiene preparado.
Afuera decían que mi cuerpo había rebotado contra
el suelo, como una pelota de baloncesto. Uno de mis compañeros se me acercó y
empezó a reanimarme y comencé a verlo y oírlo. Me molestaba que intentara
regresarme, pero al final me recuperé totalmente60.
La de Caan es una historia que presenta una
de las visiones más repetidas en las ECM: el túnel de la muerte, que según el
joven musulmán se transforma en un pasillo infinito en donde vuela a alta
velocidad; esta experiencia es semejante a lo mencionado por Antonio Navarro
Wolff algunas páginas atrás, donde aseguró haberse visto entre una oscuridad
insondable sobre la que flotaba, como si pudiera elevarse entre océanos de
tiempo.
Tal vez la única diferencia entre las narraciones
occidentales y la del joven musulmán estaría relacionada con la interpretación
de lo que existe al final del túnel, un lugar al que ningún testigo afirma
haber llegado y que representa, para él, un encuentro con Alá, que nos lleva a
mencionar una de las hermosas suras del Corán: “A quienes hayan creído y hecho
el bien, hemos de alojarles en el Jardín, eternamente” (29, 58).
ECM DE PERSONAS NO CREYENTES
Una de las preguntas que surgen cuando nos
enfrentamos a las experiencias cercanas a la muerte es qué sucede con las
personas no creyentes. Pim van Lommel, un prestigioso cardiólogo holandés, que
ha publicado varios libros y artículos, respondió esta pregunta al diario La
Vanguardia de España en 2012: “Los ateos hablan de ‘una energía’ y los
creyentes, de Dios. Todos se refieren a lo mismo y que en ello se sienten
integrados”61. Esta energía, informe y abstracta, es similar a
la que vio Xue-Mei, una mujer china que en 1995 experimentó una serie de
visiones a causa de una enfermedad respiratoria:
Crecí bajo la influencia de mi padre, que
era estricto y autoritario desde mi niñez, por lo que mis creencias siempre
estuvieron basadas en la teoría marxista. Fui parte del Partido Comunista en la
universidad. Por lo tanto, no tenía ningún apego a ninguna religión o
superstición. Sin embargo, me sucedieron cosas increíbles.
Mi enfermedad se incubó durante años, entre las
bajas temperaturas que sufre mi región durante el invierno. En 1995, sufrí un
ataque de tos que me llevó a ser internada en una clínica, en donde recibí un
tratamiento antibiótico intravenoso.
Al poco tiempo, perdí el conocimiento y sentí que
me desprendía de mi cuerpo. Flotaba en un universo hecho de partículas que se
acumulaban hasta crear miles de representaciones colectivas, que formaban
imágenes específicas. Para explicarme mejor, puedo decir que un árbol que está
frente a una casa es un árbol, pero para mí era un montón de moléculas con
forma de árbol que se renovaban y vibraban por toda la eternidad.
Vi montones de moléculas, fluir y componer al
mundo, mientras mi cuerpo físico yacía en la cama conectado a una bolsa de
suero. “¿Soy una partícula también?”, pregunté. “Sí”, me respondió una voz, “el
cuerpo humano está construido con innumerables partículas que circulan,
metabolizan, intercambian; eres parte de moléculas que están reciclándose entre
ellas. Por lo tanto, las partículas se agrupan, se desplazan, se reciclan, fluyen
hacia algún lugar y luego se ensamblan con otro físico. Así que este fenómeno
continúa recurriendo, no hay vida o muerte. Es infinito y es la esencia del
cosmos”.
Luego abrí los ojos, me senté y vomité sin parar.
Vomité un líquido oscuro y sentí mis órganos vacíos. El doctor se sorprendió:
“¿Cómo es que tu pequeño estómago tenía tantas cosas?”. Había hecho todos los
esfuerzos para salvarme. Cuando le conté lo que había pasado en las últimas
cuatro horas, se quedó en silencio y me escuchó antes de que su rostro se
pusiera pálido. Pensé que estaba muy aterrado después de escuchar mi
experiencia. Se quedó en mi habitación para acompañarme durante toda la noche.
No tengo intención de culpar a mi médico en absoluto. Tuve la oportunidad de
experimentar una ECM, así que tuve una percepción de la Tierra y del otro
reino. Mi miedo a la muerte disminuyó, y mi percepción de la vida y la ética
del mundo cambió para siempre.
Esta historia enigmática, repleta de
imágenes, luces y diseños geométricos, nos proporciona una versión diferente de
las ECM, en la que las deidades y los dioses han sido remplazados por moléculas
y átomos; elementos cientificistas extendidos a un más allá que resulta mágico.
Las imágenes que vio Xue-Mei parecen emular los libros de física y química,
entre las que surgió una extraña voz que la guio y le reveló los secretos de la
existencia; una voz común en la mayoría de los relatos, que pocos logran
identificar.
El análisis de los testimonios de Gülden,
Caan y Xue-Mei nos lleva a concluir que el fenómeno de las ECM parece
alimentarse de las creencias y experiencias vitales de los individuos;
elementos que podrían ser una expresión de nuestro cerebro, que funciona igual
en la mayoría de los seres humanos. Aunque también cabe la posibilidad de que
haya algo más, algo a lo que nos enfrentaremos en cualquier momento.
SUEÑOS PREMONITORIOS
Si existe una historia extraña alrededor de la
muerte, es sin duda la del escritor francés Catulle Mendès, quien nació el 21
de mayo de 1841 en Burdeos, y fue reconocido durante el siglo XIX por sus
novelas, cuentos y poemas.
Sus escritos eran de corte fantástico,
protagonizados por monstruos y criaturas mitológicos como sirenas, demonios y
hadas, que se fundieron con la realidad en los primeros meses de 1899, cuando Mendès
vivió una extraña experiencia que narró a un grupo de amigos y fue reseñada por
el investigador Jean Prieur en varias oportunidades.
Según Prieur, Mendès se despertó sobresaltado
durante una madrugada fría, luego de haber vivido una pesadilla en la que se
había visto sobre el suelo de un túnel oscuro, en el que se encontraba herido y
abandonado. Asustado, el escritor intentó pedir auxilio, pero nadie vino a
buscarlo. Enseguida se pasó las manos sobre el cuerpo y sintió sus ropas
cubiertas de sangre; su respiración se fue aminorando, el mundo se trastocó y
escuchó una voz que le decía “Esto es el fin”62.
Esta historia no habría pasado de ser una anécdota
si no hubiera sido por los insólitos sucesos que se desencadenaron diez años
más tarde, el 7 de febrero de 1909, cuando un grupo de trabajadores encontraron
el cuerpo de Mendès en el túnel del ferrocarril de Saint-Germain-en-Laye, a las
afueras de la capital francesa.
La autopsia reveló que había sufrido un fuerte
trauma en la parte posterior del cráneo, tenía el brazo partido y uno de los
hombros dislocado. Se especuló que pudo haberse desangrado durante horas. La
muerte del escritor escandalizó a sus amigos, que hicieron pública su
pesadilla, pues la consideraron una anticipación, una revelación onírica en la
que fuerzas externas le habrían presentado su propia muerte.
Algunas semanas más tarde, la fiscalía de
Versalles recibió un sobre sin marcar con un mensaje anónimo que afirmaba que
Mendès había sido asesinado. Aunque nunca se pudo comprobar dicha teoría,
algunos consideran que las coincidencias entre la pesadilla y la muerte,
narradas por sus compañeros, resultaban sospechosas.
También se barajó la hipótesis de que se había
suicidado, pero investigaciones posteriores llegaron a la conclusión de que su
muerte habría sido producto de un accidente, pues algunos testigos afirmaron
haberlo visto en el interior del tren, por lo que se afirmó que el escritor
creyó haber llegado a su destino, abrió la puerta antes de tiempo y se resbaló,
golpeándose la cabeza contra el suelo.
Al margen de las condiciones que marcaron su
final, el caso de Catulle Mendès nos muestra un ejemplo de anticipación o
predicción, que se considera una prueba de la existencia del mundo espiritual
para gran parte de religiones que creen en elegidos o profetas que tienen la
capacidad de vaticinar su propio final.
Algo parecido también les habría ocurrido a
otros personajes de la historia, como Abraham Lincoln, de quien se dice sufrió
una pesadilla algunos días antes del 14 de abril de 1865, fecha en la que fue
asesinado por John Wilkes Booth. Así le relató el sueño a su gabinete:
En el sueño, desperté por un gemido que venía de
algún lugar cercano. Me levanté, y comencé a buscarlo hasta que me di cuenta
que venía de la sala este, en donde hombres y mujeres estaban vestidos con
fardos funerarios. Había un ataúd sobre un estrado, y soldados en cada extremo.
Un capitán estaba de pie cerca, y me dirigí a él: “¿Quién está muerto en la Casa
Blanca?”. “El Presidente’’, respondió, “fue asesinado”. En el ataúd había un
cadáver, pero el rostro estaba oscurecido63.
Los testimonios expuestos desafían toda
lógica y abren todo tipo de posibilidades: ¿se trata de mitos, embustes,
coincidencias, o de pruebas de la supervivencia del alma y el espíritu? Al
final es usted, querido lector, quien decide en qué creer.
VISIONES AGÓNICAS
Uno de los fenómenos más antiguos registrados son
las visiones en el lecho de muerte, que suponen la idea de que los moribundos
pueden observar el más allá durante sus últimos momentos en la Tierra.
Son una serie de manifestaciones que han ido
desapareciendo con la llegada de las técnicas modernas de medicina paliativa,
pues en la actualidad muchas personas fallecen en estado de coma, sedadas o en
unidades de cuidados intensivos. Contrario a esto, los enfermos del pasado
agonizaban en sus casas, acompañados de seres queridos con quienes charlaban y
compartían su experiencia, como narra Norbert Elias en su libro La soledad
de los moribundos.
Durante aquellos trances, era común que los
desahuciados manifestaran ver espíritus de personas fallecidas o visiones del
cielo y criaturas celestiales. Espectros que, para algunos espiritistas del
siglo XIX, eran la prueba de la inmortalidad del ser humano.
William Barrett fue uno de estos espiritistas, y a
comienzos del siglo XX publicó un libro titulado Visiones en el momento de
la muerte, que recoge una gran cantidad de testimonios de mujeres, niños y
ancianos que manifestaron ver luces o figuras durante su agonía.
Sin embargo, las personas que se han dedicado a
estudiar estas manifestaciones las consideran alucinaciones y delirios. Uno de
estos investigadores es el doctor Alejandro Parra, de la Universidad de
Santander, quien realizó una serie de entrevistas a enfermeras que aseguran
haber tenido sensaciones “paranormales” mientras atendían o estaban cerca de
moribundos. En el estudio de Parra se registraron:
Visiones del lecho de muerte y otros fenómenos
anómalos, a veces relatadas por los pacientes y otras veces por enfermeras en
el entorno hospitalario. Por ejemplo, hay visiones de la aparición de parientes
ya fallecidos que vienen a ayudar a los pacientes terminales, que proporciona
consuelo. A ellos mismos y a sus familiares. Otros describen ver luces
asociadas a sentimientos de amor y compasión y amor, cambios en la temperatura
ambiente, relojes que se detienen en la casa en sincronía con la muerte de un
pariente hospitalizado, relatos de nubes, vapores, y formas alrededor del
cuerpo del paciente terminal, aves, moscas o animales que aparecen y luego
desaparecen64.
En la investigación de Parra participaron
trescientas cuarenta y cuatro enfermeras de treinta y seis hospitales y centros
de salud de Buenos Aires (Argentina), y el 12-28% de las encuestadas afirmó
haber vivido al menos una experiencia anómala en hospitales, siendo las más
comunes las relacionadas con la vida después de la muerte, como presencias,
apariciones, voces, diálogos, llantos y quejidos.
El investigador concluye que estas manifestaciones
podrían ser originadas por factores ligados a la personalidad y el nivel de
estrés al que se encuentra sometido el personal médico; situaciones que,
sumadas a la patología de algunos pacientes, pueden llegar a crear leyendas
“paranormales” en los hospitales.
Estos fenómenos también hacen parte de la
historia de nuestro país; tal es el caso del general Rafael Uribe Uribe, que
fue atacado por dos hombres cerca del Congreso de Colombia, el 15 de octubre de
1914, quienes lo golpearon con dos hachuelas hasta fracturarle el cráneo.
Un grupo de ciudadanos, alarmado, recogió su
cuerpo, lo llevó hasta su casa y lo depositó sobre su cama. Al poco rato
llegaron los médicos José Tomás Henao y Luis Zea Uribe, quienes lo encontraron
anémico, hinchado y deforme; le aplicaron una gran cantidad de tratamientos
para salvarle la vida, y anotaron minuciosamente los remedios y procedimientos
que le practicaron.
Zea publicó ese mismo año un artículo titulado
“Los últimos momentos del general Uribe Uribe”, por el que sabemos que le
inyectaron suero isotónico, cafeína, estricnina, pituitrina y agua con brandy,
y que el general empezó a delirar, según registró el médico:
Estaba poco tranquilo; se agitaba de cuando en
cuando para llevarse la mano a la cabeza, se quejaba ruidosamente con la sílaba
“¡uh…uuuh!” … y hablaba: “Informes del Estado Mayor…”, “Por el orden de los
acontecimientos… se deduce… seguido…”, “Yo creo, señor Presidente…”, etc. (…)
Cerca de las dos de la mañana, y cuando aquella situación de angustia
inenarrable parecía sostenerse todavía, se agitó un instante y gritó tan recio
que pudieron oír desde apartadas alcobas: “¡Lo último! ¡Lo último!… ¡Lo
último!”. Sobrevino una regurgitación y luego un estertor traqueal; poco
después expiró65.
Las palabras “¡Lo último! ¡Lo último!… ¡Lo
último!” podrían indicar una epifanía, una revelación, o simplemente una
coincidencia o alucinación producto de la gravedad de sus heridas. Sin duda
alguna, es uno de los misterios más interesantes de la historia de Colombia.
De igual forma, los últimos minutos de vida de
Steve Jobs, uno de los empresarios informáticos más importantes de todos los
tiempos, también estuvieron rodeados por un gran misterio.
Jobs fue diagnosticado de cáncer en el páncreas en
el 2004, enfermedad que acabó con su vida en el 2011. Pocos meses después de su
fallecimiento, Mona Simpson, su hermana biológica, escribió un revelador
artículo en The New York Times, en el que contó los últimos momentos del
empresario, que estuvieron llenos de epifanías.
Según su escrito, Simpson entró a la habitación de
Jobs, a quien encontró pálido, delgado y débil: “Vocalizó varios monosílabos
repetidos”, miró hacia arriba y repitió maravillado: “OH WOW. OH WOW. OH WOW”.
Mucho se especuló sobre el significado de estas
palabras: ¿qué estaba viendo Jobs? ¿Era una alucinación provocada por los
sedantes y los analgésicos? ¿Algo que nunca podremos comprender? Parece que el
enigma de las visiones de los moribundos sigue vigente durante el siglo XXI, a
pesar de la tecnología que nos rodea.
***
Al final de este camino, luego de conocer lo
vivido por políticos, artistas, musulmanes, ateos, recicladores, investigadores
y médicos, solo me queda confiar en sus palabras; en lo que cuentan y narran,
en los lugares a donde fueron, las voces, los túneles oscuros en donde la luz
se extiende como un sol blanco y puro, las figuras que levitan. Creo en todas
estas imágenes, aunque no sé de dónde vienen y tampoco por qué existen; tal vez
sean los destellos agónicos de millones de neuronas, la desconexión de las
pupilas o el colapso de nuestros nervios: no lo sé, solo puedo decir que
respeto todos los testimonios que aparecen en este libro, y, a ti, querido
lector, solo te digo ¡gracias!
BIBLIOGRAFÍA
Artículos
Amiguet, Lluís, “Cuando mueres sólo cambias de
conciencia”, La Vanguardia, 5 de junio de 2012. Disponible en: www.lavanguardia.com
Parra, Alejandro, “Factores de personalidad,
perceptuales y cognitivas asociadas con las experiencias anómalo/paranormales
en personal de enfermería”, Revista Cuidarte, vol. 8, n.° 3, 2017, pp.
1733-1748. Disponible en: revistacuidarte.udes.edu.co
Simpson, Mona, “A Sister’s Eulogy for Steve Jobs”,
The New York Times, 30 de octubre de 2011. Disponible en: www.nytimes.com
Zea Uribe, Luis, “Los últimos momentos del general
Uribe Uribe”, El liberal ilustrado, tomo III, n.° 1, 1914. Disponible
en: www.banrepcultural.org
Libros
Barrett, William, Visiones en el momento de la
muerte, Madrid: Alcántara Ediciones, 1999.
Callejo Cabo, Jesús, Secretos y misterios en la
historia de la literatura, Madrid: Ediciones Corona Borealis, 2004.
Sagrado Corán, versión castellana de Julio Cortés, San
Salvador: Biblioteca Islámica “Fátimah Az-Zahra”, 2005.
Elias, Norbert, La soledad de los moribundos,
México: Fondo de Cultura Económica, 2009.
Gaona, José Miguel, Al otro lado del túnel,
Madrid: La Esfera de los Libros, 2014.
Lamon, Ward Hill, Recollections of Abraham Lincoln, 1847-1865.
Editado por Dorothy Lamon Teillard, Lincoln-Londres: University of
Nebraska Press, 1994, pp. 113-116. Disponible
en: books.google.com.co
Testimonios
Nota importante: los tres testimonios de ECM que
hacen parte de este capítulo fueron extraídos y adaptados de la página de
internet de la Fundación para la Investigación de las ECM, NDERF por su sigla
en inglés. Cabe anotar que los cambios que se hicieron tuvieron la intención de
facilitar la lectura de los textos sin alterar su esencia. A continuación se
trascriben los enlaces de referencia:
Redacción NDERF, “ECM de Caan S”, Near-Death
Experience Research Foundation, consultado el 19 de septiembre de 2020.
Disponible en: www.nderf.org
Redacción NDERF, “ECM de Gülden”, Near-Death
Experience Research Foundation, consultado el 19 de septiembre de 2020.
Disponible en: www.nderf.org
Redacción NDERF, “Xue-Mei C ECM”, Near-Death
Experience Research Foundation, consultado el19 de septiembre de 2020.
Disponible en: www.nderf.org
59 Redacción NDERF, “ECM de Gülden”.
60 Redacción NDERF, “ECM de Caan S”.
61 Amiguet (2012).
62 Callejo (2004, pp. 53-60).
63 Lamon (1994, pp. 113-116).
64
Parra (2017, pp. 1745).
65 Zea
(1914).
EPÍLOGO
Tal parece que hemos llegado al final, y no podía
dejar este libro sin cumplir la promesa que hice en las primeras páginas de
darte a conocer los secretos de cada uno de los capítulos.
El primer capítulo está dedicado a las apariciones
de fallecidos, un fenómeno milenario que estudia J. J. Benítez en sus textos y
que me recuerda las leyendas de los campos de América Latina, en donde los
espantos y las criaturas de la noche se deslizan entre morichales y sombras.
El segundo capítulo se enfoca en una de las
creencias más importantes de la humanidad: la resurrección, la idea de que los
muertos pueden retornar en carne y hueso, una pieza fundamental del
cristianismo. Este tema contrasta con el capítulo tercero, en donde se analizan
las visiones de familiares muertos; visiones que se mezclan con la realidad en
el cuarto capítulo, en donde están la niña de la carta y otros espectros que
aparecen entre los caminos de todo el mundo.
Un capítulo realmente difícil de escribir fue el
quinto, el de Antonio Navarro Wolff, pues yo sabía que el túnel de la muerte es
bastante conocido, por lo que debía explicarlo con más detalle; esto me costó
mucha más dedicación y tiempo.
El capítulo seis se me vino a la cabeza luego de
leer varios de los artículos de la antropóloga Mado Martínez, quien recorrió el
mundo en búsqueda de una prueba de la vida después de la muerte, así que le
escribí y logramos ensamblar algo distinto.
El capítulo siete habla de voces que surgen en
medio de las ECM, sollozos que transformaron la vida de Juan Manuel Correal,
cuyo testimonio emotivo me hizo estremecer el corazón mientras transcribía sus
palabras. Algo similar me ocurrió con Fabiola Posada, cuya voz me alegraba
durante las madrugadas en las que investigaba los testimonios de personas que
aseguraban haber estado en el infierno o haberse encontrado con ángeles o seres
de luz, que son el tema principal del capítulo ocho.
En el capítulo nueve, que seguro acabas de leer,
traté de dar respuesta a las principales preguntas que surgen sobre estos
temas, como ¿qué ven los ateos?, ¿qué ven los moribundos?, ¿pueden las personas
predecir su propia muerte?, ¿cómo es una ECM, para personas de otras religiones?
Traté de examinar estos interrogantes mediante breves ejemplos.
Antes de terminar, debo decir que para
llegar a este punto pasé mucho tiempo sentado frente a la fría pantalla de un
computador; muchas madrugadas en las que YouTube se obstinó en reproducir
canciones de Pimpinela en contra de mi voluntad, las cuales terminé queriendo,
por lo que también dedico este libro a Lucía Galán y Joaquín Galán, vocalistas
del grupo musical, y su éxito Dímelo delante de ella.
También debo agradecer a Natalia Jerez Q., mi
estimada editora, quien logró eliminar dos o tres párrafos que hubieran podido
desatar líos apocalípticos; a la hija ilustre de La Tebaida (Quindío), Yohana
Arenas, quien me ayudó a concretar algunas de las entrevistas, como también lo
hizo Camilo Caballero, productor de Redmas Televisión; al equipo de Penguin
Random House: a Patricia Martínez, jefe de Arte, quien diseñó nuestra hermosa
cubierta y las páginas interiores del libro; a la diagramadora Nohora
Betancourt y al corrector Guillermo Díez, a quien espero no haber hecho sufrir
mucho.
A mi madre, Dora Alba Niño, quien me ayudó a
precisar muchos de los episodios de mi vida que aparecen retratados en las
introducciones de los capítulos, como la bomba del DAS, el hostigamiento
guerrillero en Norte de Santander y el susto que se pegó mi tío Alfonso Niño
durante la época de Pablo Escobar.
También debo agradecer a Tania Velázquez por su
paciencia al leer las innumerables versiones de algunos párrafos que revisaba a
cualquier hora, durante los largos días del confinamiento del COVID- 19.
Solo me queda decir que todo final siempre es un
comienzo, que la vida dura poco y debemos rodear de amor, mucho amor, a las
personas que queremos; abrazarlas y expresarles nuestros sentimientos, pues no
sabemos si seguiremos vivos después de la muerte. Solo espero que, dentro de
ochocientos años, me busques en donde estemos y charlemos un rato sobre tus
opiniones al respecto.
SOBRE EL AUTOR
ESTEBAN CRUZ NIÑO
(1979) Antropólogo, magíster en Historia, y
estudiante de doctorado en Historia del Arte de la Universidad de Salamanca. Ha
sido docente de la Pontificia Universidad Javeriana y la Universidad del
Rosario. También se ha desempeñado como asesor de la Secretaría de Cultura de
Bogotá y como director y participante de programas de misterio en radio y
televisión. Ha publicado Los monstruos en Colombia sí existen (2013), Vampiros,
caníbales y payasos asesinos (2016) y el best seller Expedientes X
Colombia (2018).
Tiene un canal en YT interesante: https://www.youtube.com/@HISTORIASPARANORMALEstebanCruz