LA
SUPRACONSCIENCIA EXISTE (2025)
Manuel Sans
Segarra
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IGUA
POR KOS D’ASTUIRES (2026)
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Índice
Prefacios – Prólogo - 1. Cambio de perspectiva - 2. Introducción a la Supraconciencia - 3. Actividad neuronal y conciencia - 4. Fenómenos que son enigmas - 5. Interrogantes sin respuesta - 6. Abrir la mente a la física cuántica - 7. Se muere como se vive - 8. Propiedades de la Supraconciencia - 9. Biología cuántica - 10. Conciencia cuántica universal - 11. Repercusiones psicológicas de las ECM - 12. Cómo contactar con la Supraconciencia - 13. Estudios científicos acerca de las ECM - 14. ¿Cómo descubrí al doctor Manuel Sans Segarra? - 15. Tessa Romero, una ECM fascinante - 16. La ECM de Jesús Alonso Gallo, emprendedor e inversor en serie - 17. La ECM del médico José Morales – Conclusiones – Bibliografía – Sobre el autor
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Prefacio. Dr. Manuel Sans Segarra
En el contenido del libro existe una parte autobiográfica que, soy consciente de ello, precisa su justificación. A lo largo de mi vida profesional como cirujano he tratado a varios pacientes diagnosticados de muerte clínica por distintas causas, con paro cardiaco y respiratorio, arreflexia (es decir, sin respuesta refleja a cualquier estímulo) y, como demostraba el electroencefalograma plano tras quince segundos, sin actividad mental. Algunos de esos pacientes lograron recuperarse y, tras hacerlo, explicaron una serie de vivencias durante la muerte clínica que se han denominado «experiencias cercanas a la muerte» (ECM). Durante el seguimiento de estos pacientes, observé el profundo impacto psicológico que les provocaron las ECM, especialmente en su concepción existencial.
Desde el primer momento en
que conocí estos fenómenos — llamados near-death studies (NDS) en inglés—, se
despertó en mí un profundo interés por conocer su etiopatogenia (sus causas y
mecanismos) y su fisiopatología (las alteraciones que ocasionan en el cuerpo).
Consulté la extensa bibliografía existente y diversas disciplinas relacionadas:
neurología, psiquiatría, psicología, física teórica, filosofía, metafísica y
religión. No cabe duda de que el profundo conocimiento antropológico del ser
humano que he adquirido ha influido en mi concepción existencial.
He podido descubrir la
realidad de la vida humana en su tridimensionalidad. La auténtica finalidad es
descubrir y vivir de acuerdo a la Supraconciencia, nuestra realidad
existencial, que nos hace únicos e irrepetibles y nos permite ser felices y
libres.
He aprendido a gestionar
mejor mis emociones y estructurar mi vida de acuerdo con los arquetipos.
Como médico especialista en
cirugía general y del aparato digestivo, valoro a mis pacientes de manera
integral (cuerpo, mente y espíritu) intentando la curación o, si esta no es
posible, la mejor paliación. Además, siempre busco consolar al enfermo y a sus
familiares.
He comprobado que es posible
llegar a contactar con la Supraconciencia y poder así controlar el ego, nuestra
falsa identidad, que me gusta denominar el «no yo», inhibiendo sus cuatro
potentes armas: la ignorancia, la afección por lo material, el egoísmo y el
miedo. Todo miedo es, en el fondo, miedo a la muerte.
Soy consciente de que ayudar
a despertar conciencias es muy importante. El mínimo número requerido para
«poner en marcha» un cambio en la conciencia general es la raíz cuadrada del 1
% de la población. Por tanto, hay que conseguir una masa crítica de personas
conscientes de su realidad existencial para poder cambiar la dinámica actual de
nuestra civilización, dominada por la egomanía imperante, que nos lleva a una
profunda afectación y alteración de la atmósfera, hidrosfera, geosfera y
biosfera, poniendo en peligro nuestra civilización y nuestro planeta.
Prefacio. Juan Carlos Cebrián Barrientos
Hasta abril de 2023 no había profundizado en mi ser. Hasta ese mes, había basado mi vida en el hacer y en el tener. Por supuesto que existía mi ser. Solo que no había profundizado en él.
Tengo cuarenta y seis años en
el momento de escribir estas líneas (enero de 2024), soy periodista de
formación y emprendedor de vocación, y he tenido una vida llena de bondades,
momentos de alegría y quizá diría que hasta fácil, si la comparamos, sobre
todo, con las de mis padres o mis abuelos.
Por tanto, profundizar en mi
ser no ha hecho que mi vida sea sencilla.
Ya lo era.
Sin embargo, gracias a este
libro y al contexto en el que surge, que descubriréis más adelante, estoy
comprendiendo mucho más que la vida no va de ganar más dinero, de estar en un
despacho quince horas focalizado en un proyecto empresarial o de triunfar y ser
reconocido, en el sentido occidental de lo que eso significa.
Esto no quiere decir que
rechace el dinero, que no vaya a dedicar mi vida a mis emprendimientos o que de
pronto ya no me importe ser reconocido.
Solo que lo estoy situando en
el lugar que toca. Y tanto el dinero como el reconocimiento deben entenderse
como una consecuencia.
No son un fin.
Hay algo que me está ayudando
sobremanera. Y que quiero compartir con vosotros.
Al contrario de lo que creía,
lo que nos sucede depende mucho menos de nuestras acciones de lo que pensamos.
Lo que nos sucede deriva de nuestro ser y no tanto de nuestro hacer.
De hecho, nuestro hacer
debería basarse en cómo actuamos con aquello que la vida nos va poniendo
delante una y otra vez, en cómo afrontamos lo que la vida nos da y lo que ella
misma nos quita. Ahí están nuestras acciones.
Lo que nos pasa en la vida,
en cambio, está determinado por algo más profundo. Por lo que sentimos. Por lo
que realmente somos. Por cómo estamos conectados con el universo. Por cómo nos
relacionamos con la Supraconciencia.
Al acabar la lectura de este
libro entenderás el sentido de esta frase. No tengo dudas.
He confiado muchísimo en mí
durante toda mi vida, por la educación que me dieron mis abuelos y mis padres,
y ni siquiera me había planteado qué significaba confiar en la vida.
Y en este prefacio quiero
decirte una cosa. Que confíes en ti, por supuesto. Pero, sobre todo, que el
gran salto está en confiar en la vida. Ahí reside el salto cuántico que, si
profundizas en él, va a hacer que empiecen a ocurrirte cosas extraordinarias.
Por favor, no entiendas «extraordinarias» como muestras de éxito. No va por
ahí.
El éxito es solo una
consecuencia. No es el fin de tu ser, y tampoco debería serlo de tu hacer. Si
eso está alineado, vivirás en paz y experimentarás la sensación de felicidad
que tanto buscamos de manera continua.
Si el éxito llega, estará
bien. Si no lo alcanzas, también. De hecho, deberíamos reflexionar acerca de lo
que entendemos como éxito. ¿Es un éxito que este libro llegue a millones de
lectores? ¿O simplemente que, al leerlo, una sola persona del mundo despierte
su conciencia?
En el año 2023 pasaron cosas
extraordinarias en mi vida. La mayoría de ellas fueron buenas, aunque algunas
me provocaron dolor. Con el tiempo, he entendido que todo forma parte de la
vida.
Para acabar, voy a explicar
una que me ha traído paz y serenidad: haber tenido el enorme PRIVILEGIO de
conocer al doctor Manuel Sans Segarra. Y lo escribo en mayúsculas, aunque con
ello pueda infringir alguna norma, porque así lo siento.
Escucharlo por primera vez
hablar sobre la Supraconciencia y la vida después de la vida fue para mí un antes
y un después. Aunque ya conocía la existencia de las ECM, la importancia de la
espiritualidad e incluso la física y la mecánica cuánticas, mi ser necesitaba
encontrar al doctor Sans Segarra para que se despertara mi conciencia. Y, por
ello, doy gracias a la vida.
De hecho, cuando leas el
capítulo donde explico cómo lo conocí, comprenderás que poco tuvieron que ver
mis acciones para que coincidiéramos y, en cambio, sí, y mucho, una serie de
sucesos causales que detallo. Y por eso estoy plenamente convencido de que:
No existen las casualidades,
sino las causalidades.
Una frase que, una vez tras
otra y desde personas de ecosistemas sin ninguna relación, me ha llegado en
infinidad de ocasiones durante estos últimos meses.
Prólogo. Dr. Mario Alonso Puig
Conocí al doctor Manuel Sans Segarra en un congreso al que nos invitaron para impartir una conferencia. Lo que compartió y la manera en que lo hizo me impactaron profundamente. A lo largo de mi carrera como cirujano general y digestivo en Estados Unidos y en España, ya había tenido la fortuna de conocer a personas que vivieron experiencias cercanas a la muerte (ECM) y había leído algún libro al respecto. Sin embargo, nunca hasta entonces había escuchado a nadie hablar, con la solidez académica y científica del doctor Sans Segarra, sobre esas experiencias, un tema que a menudo se percibe como tabú o fruto de un exceso de imaginación.
El doctor Sans Segarra y Juan
Carlos Cebrián Barrientos conectan esta obra, escrita con profundo rigor, tanto
con la filosofía sapiencial como con los hallazgos de la física cuántica.
Además, más allá de cualquier creencia que se tenga, ofrecen abundantes
ejemplos de personas que han tenido ECM y de la manera en que dichas
experiencias han transformado sus vidas.
Hoy necesitamos superar la
visión tan dualista y materialista que tenemos acerca de las cosas. A menudo,
miramos con enorme sospecha todo aquello que no se puede etiquetar, pesar o
medir y, sin embargo, cada vez vemos con mayor asombro, sobrecogimiento y
gratitud cómo la investigación empieza a mostrar un mayor interés por el mundo
de lo sutil. Esto es importante, porque solo aquellos que llegan a ver lo
invisible pueden alcanzar lo imposible.
Esta obra es, ante todo, un
ejercicio de valentía, porque hace falta tenerla para tratar temas que son tan
escurridizos. Por eso, es de celebrar que el doctor Manuel Sans Segarra y Juan
Carlos Cebrián Barrientos hayan escrito un libro tan interesante, ameno y
riguroso sobre las ECM.
Albert Einstein, uno de los
padres de la física cuántica, sostenía que la separación que vemos entre los
mundos interior y exterior es una pura ilusión de la mente. Ha llegado para mí
la hora de que nos abramos con humildad, interés y curiosidad a explorar hasta
qué punto la materia y la energía no son elementos opuestos, sino
complementarios. Este magnífico libro nos puede ayudar en dicha exploración.
1. Cambio de perspectiva
Ellos no sabían que era imposible, así que lo hicieron. MARK TWAIN
Soy un médico especializado
en cirugía general y digestiva, con un enfoque particular en la cirugía
oncológica. En este relato, quiero compartir mi evolución personal y cómo
llegué a cambiar mi perspectiva sobre la vida y la conciencia.
Mi camino hacia la cirugía.
En mi familia no había ningún
médico, así que fui el primero en tomar ese camino. Mi interés por la medicina
se despertó a consecuencia de los relatos sobre la guerra civil española de mi
madre, enfermera de quirófano, y de mi padre, que también trabajaba en el
ámbito de la salud. Desde pequeño mostré un interés innato por la biología y la
anatomía, hasta el punto de que llegué a disecar un pájaro muerto por la
curiosidad de ver su interior.
Mi inclinación hacia la
biología se afianzó durante mis estudios de bachillerato y, cuando llegó el
momento de decidir mi carrera universitaria, no tuve dudas: quería estudiar
Medicina. Mis padres me apoyaron en esta elección y, gracias a mis buenas
notas, obtuve una beca. Pero lo que comenzó como una mera elección de carrera
se convirtió en una pasión que me llevó a explorar las profundidades de la vida
humana y más allá.
Durante mi formación médica
me di cuenta de que mi verdadera pasión estaba en la cirugía. Descubrí dos
aspectos importantes en esta disciplina: la parte práctica, que involucra
disección y procedimientos manuales, y la parte científica, que justifica
nuestras acciones quirúrgicas desde una perspectiva teórica.
Desde el tercer o cuarto año
de carrera comencé a trabajar en el servicio de urgencias de cirugía del
Hospital Clínico de Barcelona, donde hacía guardias y ganaba experiencia en el
campo. Después de obtener mi licenciatura en Medicina y Cirugía con excelentes
calificaciones, me especialicé en cirugía general digestiva en la cátedra del
doctor Pedro Piulachs, de la Facultad de Medicina de la Universidad de
Barcelona, durante cuatro años. Posteriormente, amplié mis conocimientos
teóricos y prácticos en el extranjero antes de dedicarme plenamente a mi
carrera profesional en el Hospital Universitario de Bellvitge (Barcelona).
La cirugía me permitió
combinar mi amor por la biología con un deseo profundo de ayudar a los demás.
Cada operación era un desafío único que requería precisión, habilidad y un
profundo conocimiento de la anatomía humana. Pero, más allá de la técnica quirúrgica,
también aprendí sobre la importancia del cuidado compasivo y la comunicación
afectiva con los pacientes. El médico tiene que curar y, si no es posible,
paliar, pero siempre debe consolar al enfermo y sus familiares.
Mi tiempo en el extranjero
fue una experiencia valiosísima que amplió mi perspectiva y profundizó mi
comprensión de la medicina.
Trabajé con algunos de los
mejores cirujanos del mundo especializados en cirugía del esófago y el páncreas
y tuve la oportunidad de aprender sobre las últimas técnicas y avances en
cirugía digestiva.
Como cirujano, en el Hospital
Universitario de Bellvitge tuve el privilegio de utilizar mis habilidades y
conocimientos para mejorar la vida de mis pacientes. Cada día me recuerda por
qué elegí este camino y me motiva a seguir aprendiendo y creciendo como médico.
Enfoque científico
A lo largo de mi formación y
carrera me he guiado estrictamente por el método científico cartesiano y
newtoniano. Esto significa que consideraba las leyes naturales como la base de
nuestra comprensión de la medicina y veía la materia como el elemento
fundamental de la naturaleza.
El método científico
cartesiano y newtoniano ha sido fundamental en mi enfoque hacia la medicina.
Este enfoque se basa en la idea de que todo fenómeno natural puede ser
explicado por leyes físicas y matemáticas. Como tal, he dedicado mi carrera a
la búsqueda de estas leyes en el campo de la medicina, utilizando el método
científico para probar hipótesis y avanzar en nuestro conocimiento.
En mi papel como cirujano, he
aplicado este enfoque científico a mi práctica clínica. He utilizado las
últimas investigaciones para determinar mis decisiones quirúrgicas y para
proporcionar a mis pacientes el mejor cuidado posible.
Como profesor universitario,
he tenido la oportunidad de supervisar tesis doctorales de residentes. Este
trabajo me ha permitido guiar a la próxima generación de médicos e
investigadores, inculcándoles la importancia del pensamiento crítico y de
seguir una metodología científica rigurosa.
En resumen, mi carrera ha
estado guiada por un compromiso con el método científico y una creencia en el
poder de la ciencia para mejorar la medicina. Aunque este enfoque puede ser
desafiante, creo firmemente que es esencial para avanzar en nuestro
entendimiento de la salud humana.
Un encuentro transformó mi perspectiva
Un día, durante una guardia
en el servicio de urgencias de cirugía, mi vida dio un giro inesperado. Tuve la
experiencia de reanimar a un paciente que había sufrido una muerte clínica a
consecuencia de un grave accidente de circulación. Después de operarlo y de que
evolucionara correctamente, el paciente compartió conmigo la experiencia que
había vivido durante ese período crítico.
Sus explicaciones me llevaron
a investigar más a fondo las experiencias cercanas a la muerte y a aprender
sobre ellas. Estudié la obra de expertos en el campo como Elisabeth
Kübler-Ross, Raymond Moody, Eben Alexander y Melvin L. Morse, entre otros, y me
reuní con profesionales de diversas disciplinas —neurólogos, psiquiatras y psicólogos—
para comprender mejor estos fenómenos.
Este encuentro cambió mi
perspectiva sobre la vida y la muerte.
Me hizo cuestionar mis
creencias previas y me llevó a explorar áreas de la medicina y la conciencia
que antes no había considerado.
Comencé a ver que había más
en nuestra existencia de lo que se puede explicar a través del método
científico cartesiano y newtoniano.
La experiencia cercana a la
muerte de mi paciente me mostró que hay aspectos de nuestra conciencia que
trascienden nuestra existencia física. Esto me llevó a explorar conceptos como
la Supraconciencia o conciencia no local.
A medida que profundizaba en
mi investigación, me daba cuenta de que estas experiencias no eran tan raras
como pensaba. Muchas personas han informado de vivencias similares. Son miles
los casos publicados y hay una creciente base de investigación científica que
respalda la validez de estos testimonios.
Este viaje ha sido un
desafío, pero también ha sido increíblemente gratificante. Me ha permitido
expandir mi comprensión de lo que significa ser humano y ha enriquecido mi
práctica médica de formas que nunca hubiera imaginado.
Más allá del método científico
A pesar de mi formación
científica, llegué a la conclusión de que el método científico tradicional no
podía explicar completamente las ECM. Busqué respuestas en la física teórica,
que me permitió entender mejor algunos de los fenómenos reportados por personas
que habían vivido estas experiencias.
La física teórica,
especialmente la física cuántica, ofrece una visión del universo que va más
allá de lo que podemos abarcar con nuestros sentidos. Esta disciplina sugiere
que la realidad es mucho más compleja y misteriosa de lo que normalmente
percibimos. A través de mi estudio de la física teórica comencé a apreciar que
fenómenos como la superposición de estados y el entrelazamiento cuánticos (que
describo más adelante) podrían proporcionar una explicación para algunas de las
experiencias reportadas en las ECM.
La realidad de la conciencia
Aunque nunca he tenido una
ECM personalmente, mi investigación me llevó a la firme convicción de que la
conciencia trasciende la materia y puede ser demostrada objetivamente a través
de métodos científicos. A través de prácticas como la meditación y la
exploración de la conciencia no local, llegué a experimentar esta realidad de
manera profunda.
La meditación, en particular,
me permitió acceder a estados de conciencia más allá de mi experiencia
cotidiana. A través de estas prácticas, pude experimentar directamente la
naturaleza trascendental de la conciencia y su conexión con el universo en
general.
Estas experiencias me
llevaron a comprender que nuestra conciencia no está limitada a nuestro cuerpo
físico o a nuestra experiencia sensorial inmediata. En cambio, puede conectarse
con un campo más amplio: la Supraconciencia o conciencia no local.
En resumen, mi viaje desde un
enfoque puramente científico hacia una comprensión más profunda y holística de
la conciencia ha sido fascinante y transformador. Ha cambiado mi forma de ver
el mundo y ha enriquecido mi práctica médica de formas inesperadas.
Una nueva visión existencial
Este proceso transformó
radicalmente mi perspectiva sobre la existencia. Antes veía la muerte como el
fin absoluto, siguiendo la lógica materialista y la segunda ley de la
termodinámica. Sin embargo, ahora entiendo que nuestra realidad existencial es
eterna y va más allá de nuestro cuerpo y nuestra mente.
Me siento afortunado por haber tenido esta experiencia que cambió mi vida y mi comprensión del mundo. Mi deseo es compartir este conocimiento y ayudar a las personas a despertar a una comprensión más profunda de la realidad. Por eso, comparto mi perspectiva a través de conferencias y grabaciones.
Fomentar la investigación personal
Quiero enfatizar que mis
palabras no se deben aceptar de manera dogmática. La creencia ciega requiere dogmas
y líderes, mientras que la duda y la investigación personal conducen al
descubrimiento de la verdad. Animo a las personas que lean este libro a ser
críticas, a pensar, razonar y estudiar por sí mismas. Llegar a sus propias
conclusiones es lo que realmente dará valor a su comprensión de la vida y la
conciencia.
En palabras del filósofo José
Ortega y Gasset, «el buen docente no es aquel que proporciona caudal conceptual
al auditorio, sino aquel que, junto al caudal conceptual, despierta el espíritu
crítico».
Mi objetivo es hacerles
pensar y cuestionar, para que puedan encontrar sus propias respuestas en su
búsqueda de la verdad.
2. Introducción a la Supraconciencia
Una mente humana es una parte del todo, llamado por nosotros «universo», una parte limitada en el tiempo y en el espacio. Se experimenta a sí misma, a sus pensamientos y sentimientos, como algo separado del resto, pero es una especie de ilusión óptica de la conciencia. ALBERT EINSTEIN
La Supraconciencia,
conciencia no local o espíritu es un tema fascinante que ha capturado la
atención de muchos investigadores y curiosos. En este libro exploramos la idea
de que la conciencia no es simplemente el resultado de la actividad neuronal en
el cerebro, sino que reside en un nivel más profundo y fundamental de la
realidad.
Lo más importante, vamos a
buscar fundamentos científicos que apoyen la certeza de que la Supraconciencia
existe, y aquí las referencias a la mecánica cuántica son fundamentales.
Si algo queremos conseguir
con este libro es despertar conciencias y hacer más feliz la vida de cada una
de las personas que lo lean. Tenemos claro que, en la mayoría de las ocasiones,
nuestros lectores no serán científicos expertos en la teoría cuántica, que se
ocupa de fenómenos relacionados con las partículas más pequeñas conocidas, las
partículas subatómicas. Por tanto, recurrimos a un lenguaje lo más cercano
posible y, en general, tras cada explicación técnica añadimos una metáfora que
ayuda a comprenderla.
La idea de que la conciencia
es algo más que la actividad neuronal en el cerebro no es nueva. Desde la
Antigüedad, filósofos y pensadores han debatido sobre la naturaleza de la
conciencia y su relación con el mundo que nos rodea. Sin embargo, en las
últimas décadas, la investigación científica ha comenzado a arrojar luz sobre
este tema y ha surgido una nueva comprensión de la conciencia que va más allá
de la interpretación convencional.
La relación entre la
conciencia y la física cuántica es un tema de investigación en curso que genera
intensos debates. Algunos científicos, como el físico matemático Roger Penrose
y el anestesiólogo y psicólogo Stuart Hameroff, por ejemplo, han propuesto que
la conciencia se genera por procesos cuánticos.
Según ellos, el sistema
neuronal del cerebro forma una intrincada red y la conciencia que produce
debería obedecer a las reglas de la mecánica cuántica, la rama de la física que
determina cómo se mueven partículas diminutas como los electrones. Esta teoría sugiere,
en definitiva, que la conciencia podría ser el resultado de procesos cuánticos
que ocurren dentro de las células cerebrales.
Además, proponen que los
microtúbulos —el microesqueleto de las neuronas, las células eucariotas (es
decir, las que tienen una membrana que separa el núcleo, con su carga genética
en el ADN del citoplasma) que forman el sistema nervioso— están estructurados
en un patrón fractal que permitiría que se produjeran procesos cuánticos. Los
fractales son estructuras que no son ni bidimensionales ni tridimensionales,
sino que tienen algún valor fraccionario intermedio.
Sin embargo, esta conjetura
ha sido muy controvertida. A pesar de esto, diversos investigadores están
realizando experimentos para
poner a prueba algunos de los
principios que sustentan la teoría cuántica de la conciencia. Si bien aún no
hay una respuesta definitiva, estos estudios podrían acercarnos un paso más a
comprender la compleja relación entre la conciencia y la mecánica cuántica.
Como un gran océano
Imagina que la conciencia es
como un gran océano. Las olas en su superficie representan la actividad
neuronal en nuestro cerebro.
Cada ola es única y efímera,
al igual que cada pensamiento o sensación que experimentamos. Sin embargo,
aunque las olas son lo que vemos y experimentamos, no son todo lo que hay en
ese inmenso mar.
En las profundidades de ese
océano existen corrientes y movimientos que no podemos ver, pero que son
fundamentales para la formación de las olas en la superficie. Estas corrientes
representan los procesos cuánticos, como los propuestos por Penrose y Hameroff,
que podrían estar sucediendo dentro de nuestras células cerebrales.
Además, al igual que los
patrones fractales encontrados en los microtúbulos dentro de nuestras neuronas,
el océano también exhibe patrones fractales. Por ejemplo, las corrientes
marinas pueden fluir en patrones que no son completamente bidimensionales ni
tridimensionales, sino algo intermedio.
Sin embargo, al igual que el
misterioso mundo bajo la superficie del océano nos sigue deparando nuevos
descubrimientos, todavía no tenemos todas las respuestas sobre la relación
entre la conciencia y la mecánica cuántica. Si bien cada nueva ola de
investigación nos lleva un paso más cerca de comprender el infinito océano de
la conciencia.
Conocemos casos de pacientes
que tienen conciencia a pesar de que su actividad neuronal es mínima o nula.
Este hecho desafía la comprensión convencional de la relación entre la
actividad neuronal y la conciencia, y sugiere que hay algo más en juego.
Existe una conciencia local
originada por la actividad bioquímica de las neuronas. Una prueba de ello es
que, al inhibir la actividad de estas células, se suspende la llamada
«conciencia neuronal». Es lo que ocurre durante el sueño, por ejemplo, o al administrar
un anestésico general por vía endovenosa o inhalatoria, cuando la sustancia
detiene de manera reversible la actividad neuronal y produce la pérdida de
conciencia, para permitir así una actuación diagnóstica o terapéutica agresiva.
La conciencia nos proporciona
conocimiento de nuestra existencia, de nuestras reflexiones y de nuestros
actos. En cada momento permite saber quién soy, qué pienso, qué hago y en qué
entorno me muevo. Como consecuencia, se acompaña de autoconciencia o reflexión
sobre uno mismo, que puede compararse con ver en un espejo si nuestras
decisiones y actos son o no éticos.
La conciencia se origina en
el cerebro, pero también en el entorno social, como conciencia colectiva.
Una propiedad fundamental
La conciencia es un estado
cuántico coherente donde todas las partes actúan al unísono. En los estados
elevados de conciencia se establece un puente trascendente entre lo material y
lo espiritual, un puente que genera una gran sensación de expansión, de
liberación, que conduce a la paz, la armonía y una profunda unión con la
naturaleza y con la energía cuántica universal, la energía primera. En estos
estados, se controla el ego y desaparece el egoísmo.
La Supraconciencia es la idea
de que la conciencia no es simplemente el resultado de la actividad neuronal en
el cerebro, sino que existe en un nivel más profundo y fundamental de la
realidad.
Según esta idea, la
conciencia es una propiedad fundamental del universo, presente en todas las
cosas vivas y no vivas.
Como fuente de la conciencia
individual, la Supraconciencia nos conecta con el mundo que nos rodea. Aunque
pueda parecer un concepto difícil de definir, ya que va más allá de nuestra
comprensión convencional de la realidad, pensemos en la Supraconciencia como
una especie de campo de energía que permea todo el universo. Esta energía es la
fuente de la conciencia individual y es lo que nos permite experimentar todo lo
que hay en nosotros y, sobre todo, a nuestro alrededor.
A lo largo de este libro,
exploramos la idea de que la Supraconciencia existe no solo en la vida, sino
también después de la muerte y antes del nacimiento. Esta concepción sugiere
que la conciencia es eterna, algo que trasciende la vida individual y está
presente en todo el universo. El mensaje es muy claro y, sin duda, no puede ser
más alentador: la muerte no es el final de la conciencia, sino simplemente un
cambio en su forma de manifestarse.
Más allá de la conciencia y de la muerte
La intuición de que la
conciencia sobrevive a la muerte ha sido explorada por muchas culturas y
religiones a lo largo de la historia.
En algunas de ellas se cree
que esta se reencarna en una nueva forma de vida después de la muerte, mientras
que en otras se considera que la conciencia individual se une a una conciencia
universal o divina.
La Supraconciencia también
nos lleva a reflexionar sobre la naturaleza de la realidad. Según esta
concepción, lo real y efectivo no es simplemente lo que percibimos a través de
nuestros sentidos, sino que hay mucho más. Existe una realidad más profunda y
fundamental que subyace a todo lo que percibimos, y esta realidad es la fuente
real de la conciencia. Así, la Supraconciencia también nos lleva a reflexionar
sobre la naturaleza de nuestra mente y de nuestro propio cuerpo.
La mente y el cuerpo no son
entidades separadas, sino que están interconectadas y forman parte de un todo
mucho más grande. La Supraconciencia sugiere que la mente y el cuerpo son parte
de un sistema más amplio que incluye todo el universo y que la conciencia es la
fuerza que los une. En definitiva, todos y cada uno de nosotros somos
naturaleza, somos polvo de estrellas, somos energía cuántica universal.
En los siguientes capítulos
profundizaremos en las experiencias cercanas a la muerte, la biología cuántica
y la relación entre los sistemas corporales y la mente, entre otros temas.
Pero, antes de adentrarnos en ellos, resulta importante tener una comprensión
sólida de lo que es la Supraconciencia y por qué conviene explorarla.
La Supraconciencia va más
allá de la conciencia ordinaria o normal: es un estado en el que percibes tu
conexión con todo el universo y experimentas una sensación de unidad y
totalidad. No se puede abarcar tan solo a través del pensamiento o la
reflexión, no es algo que se logre entender por completo a través de la lógica
o la razón.
En cambio, se experimenta
directamente a través de un profundo sentido de conexión e interrelación con
todo lo que existe.
Aunque muchos aseguran que la
Supraconciencia está reservada para unos pocos elegidos o para aquellos que han
dedicado su vida a la meditación y la práctica espiritual, no es así. La
Supraconciencia no se puede alcanzar o lograr en un sentido convencional, no es
una mercancía que se pueda obtener o poseer. Se revela a sí misma cuando nos
abrimos a ella y nos permitimos experimentarla y vivenciarla. La
Supraconciencia está disponible para todos nosotros, basta con que estemos
dispuestos a explorarla y reconocerla.
Las palabras no alcanzan a
describir adecuadamente qué es la Supraconciencia, porque va más allá de ellas
y todas las descripciones son insuficientes e incompletas. Sin embargo, a
menudo aquellas personas que han experimentado la Supraconciencia hablan de
ella en términos de una profunda sensación de paz, armonía, quietud, amor y
alegría.
A lo largo de la historia
Diferentes culturas y
civilizaciones han desarrollado sus propias teorías y creencias sobre la
naturaleza de la conciencia y su relación con el mundo físico. De hecho, la
historia del estudio tanto de la conciencia como de la Supraconciencia es tan
antigua como la humanidad misma y desde los primeros filósofos hasta los
científicos modernos ha sido un fascinante tema de debate en numerosas
disciplinas del conocimiento.
En las antiguas
civilizaciones de Mesopotamia y Egipto, hace entre cinco mil y seis mil años,
se creía que la conciencia residía en el corazón. Los egipcios creían que el
corazón era el centro de la vida y
la conciencia y que era allí
donde residían las emociones, el pensamiento y el carácter de una persona. Este
órgano era tan importante para ellos que, durante el proceso de momificación,
se dejaba intacto en el cuerpo, mientras que otros órganos se extraían.
La antigua India (7000-600 a.
de C.) fue un caldo de cultivo para el desarrollo de sofisticadas teorías sobre
la naturaleza de la conciencia. Los filósofos y pensadores de la época la
exploraron profundamente, dejando un valioso legado que aún hoy influye en
nuestra comprensión de este concepto.
Los Upanishads describen un
estado de conciencia pura conocido como Brahman, el alma universal. Según estos
textos sagrados hindúes, escritos alrededor del 800 a. de C., Brahman es la
realidad última, la fuente de todo lo que existe. Este concepto se refiere a
una realidad trascendental que es, a la vez, inmanente y trascendente. Es decir,
Brahman está presente en todo el universo y, al mismo tiempo, está más allá de
él.
En las antiguas tradiciones y
filosofías hindúes se exploraron conceptos fundamentales como el Atman o «yo»
eterno. El Atman se consideraba la esencia inmutable de un individuo más allá
de cualquier cambio en el cuerpo físico y la mente, es decir, nuestro verdadero
y constante «yo».
Una idea central en los
Upanishads es que Atman y Brahman son uno y lo mismo. Esta identificación del
yo individual con la realidad última es una característica distintiva del
pensamiento hindú. Se cree que, cuando nos damos cuenta de esta unidad,
alcanzamos la liberación (iluminación, budeidad) del ciclo de nacimiento y
muerte (samsara).
La antigua Grecia fue cuna de
algunos de los filósofos más influyentes de la historia, cuyas reflexiones
sobre la naturaleza de la conciencia han dejado una huella indeleble en el
pensamiento occidental. Entre ellos, Platón y Aristóteles (siglos V-IV a. de
C.) ofrecieron visiones contrastadas pero igualmente profundas sobre este tema.
Platón, alumno de Sócrates y
maestro de Aristóteles, creía en la existencia de un mundo de «formas»
perfectas e inmutables que existían más allá del mundo físico. Según su teoría,
nuestra conciencia tiene acceso a este mundo a través del razonamiento.
Este mundo de formas, también
conocido como el mundo de las ideas, es el lugar de las verdades eternas e
inmutables, que son la realidad última.
Aristóteles, por otro lado,
veía la conciencia como algo intrínsecamente ligado al mundo físico. A
diferencia de su maestro Platón, no creía en un mundo separado de formas
perfectas. En cambio, sostenía que nuestra conciencia y nuestro entendimiento
emergen de nuestra interacción con el mundo físico. Para Aristóteles, todo
conocimiento comienza con la experiencia sensorial.
Durante la Edad Media, la
interpretación de la conciencia se vio fuertemente influenciada por la teología
cristiana. Este período, que abarcó desde el siglo V hasta el XV, fue una época
de profunda reflexión y debate sobre cuestiones de fe, moralidad y la
naturaleza del ser humano.
San Agustín de Hipona
(354-430), uno de los filósofos y teólogos más influyentes de esta época, jugó
un papel crucial en la formación de la comprensión medieval de la conciencia.
Agustín consideraba que la mente humana era una imagen de la Divinidad y que
nuestra capacidad para pensar y entender era una forma de participar en la
razón divina. En otras palabras, nuestra conciencia es un reflejo del
conocimiento y la sabiduría divinos. Agustín creía que, a través de nuestra
capacidad para razonar y comprender, podemos acercarnos a Dios y entender su
voluntad. Esta visión colocó la conciencia en el centro del camino hacia la
salvación y la vida eterna.
Además, Agustín vinculó
estrechamente la conciencia con el concepto del pecado original, relacionado
—según el relato bíblico del libro del Génesis— con la desobediencia de Adán y
Eva al comer el fruto del árbol prohibido en el Jardín del Edén, que llevó a
toda la humanidad a perder la santidad y la justicia que Dios le había
concedido. Según la interpretación de Agustín, a través de nuestra conciencia
somos conscientes de nuestra naturaleza pecaminosa y nuestra necesidad de
redención. Esta idea tuvo una influencia duradera en las enseñanzas cristianas
y continúa siendo un tema central en muchas denominaciones cristianas hoy en
día.
Con el advenimiento de la
ciencia moderna en los siglos XVII y XVIII, el estudio de la conciencia comenzó
a tomar un enfoque más empírico. Este período vio el surgimiento de grandes
pensadores que cambiaron nuestra comprensión de la conciencia, entre los que
sobresalió Descartes.
El filósofo y matemático
francés René Descartes (1596-1650), uno de los fundadores de la filosofía
moderna, es famoso por esta declaración: «Pienso, luego existo» («Cogito, ergo
sum», en latín).
Esta frase, una de las más
conocidas en la historia del pensamiento filosófico, es un principio
fundamental en el sistema cartesiano y pone la conciencia en el centro de
nuestra existencia. Descartes argumentaba que la única cosa de la que podía
estar seguro era de su propia existencia como ser pensante. Aunque todo lo
demás podría ser dudoso o engañoso, el hecho de que estaba pensando era una
certeza indudable.
Además, Descartes es conocido
por su teoría del dualismo cartesiano, que sostiene que la mente y el cuerpo
son dos sustancias distintas. Según su teoría, la mente (o alma) es una
sustancia pensante no física, mientras que el cuerpo es una sustancia extensa
física. Esta visión ha tenido una influencia duradera en nuestra comprensión de
la conciencia y sigue siendo un eje central en los debates filosóficos y
científicos sobre la mente y el cuerpo.
Descartes —valorado como el
padre del método científico, junto con el físico, matemático, teólogo, inventor
y alquimista Isaac Newton (1643-1727), que introdujo el cálculo matemático—
consideraba que la materia, el elemento estructural básico del universo, se
regía por las leyes de la naturaleza.
El concepto de objetividad,
ya introducido por Aristóteles, condiciona una separación entre observador y
objeto, un claro dualismo. Estos principios no se podían atribuir a la
actividad anímica mental, que era valorada como un epifenómeno del cerebro,
como algo que lo acompañaba, pero que no tenía influencia sobre él. En
consecuencia, Descartes consideró que la mente debía ser estudiada por otras
disciplinas, como la metafísica, la filosofía y la religión.
El siglo XIX marcó un hito
importante en el estudio de la conciencia con el aterrizaje de la psicología
como disciplina científica.
Durante este período, el
estudio de la conciencia se centró aún más en el empirismo, un enfoque que se
basa en la observación y la experiencia directa.
William James (1842-1910), a
menudo considerado el fundador de la psicología estadounidense, fue una figura
clave en este cambio. James describió la conciencia como una circulación
constante de pensamientos y sensaciones, una idea que se denomina «flujo de
conciencia». Según este filósofo y psicólogo, nuestra conciencia no es estática
ni fragmentada, sino que se asemeja a un torrente continuo y cambiante de
pensamientos, imágenes, sensaciones y emociones.
James también es conocido por
su enfoque funcionalista de la psicología. En lugar de centrarse simplemente en
los contenidos de la conciencia (como los pensamientos o las sensaciones),
estaba interesado en entender las funciones que estos contenidos desempeñan.
Por ejemplo, ¿por qué experimentamos ciertos pensamientos o emociones?, ¿cómo
nos ayudan a adaptarnos a nuestro entorno?
Los últimos cien años, un cambio de paradigma
El siglo XX fue testigo de
avances significativos en nuestra comprensión de la conciencia, con el
surgimiento de nuevas disciplinas como la neurociencia y el psicoanálisis.
Aunque muchas de ellas ya contaban con una larga historia detrás, la
consolidación del método científico y los progresos tecnológicos permitieron
importantes avances en diversos campos que multiplicaron nuestros conocimientos
sobre la mente humana y la Supraconciencia.
Las neurociencias, que buscan
entender los mecanismos que nuestro cerebro emplea para producir fenómenos como
la conciencia, emergieron de manera imparable en el siglo XIX. Aunque todavía
estamos lejos de tener una comprensión completa de cómo funciona exactamente
nuestra conciencia, los avances en neurociencia han proporcionado algunas
pistas importantes. Por ejemplo, se ha descubierto que ciertas áreas del
cerebro están asociadas con diferentes aspectos de la conciencia, como la
percepción, la atención y la memoria.
A principios del siglo XX, el
neurólogo Sigmund Freud (1856-1939) revolucionó nuestra comprensión de la mente
con su introducción del concepto del inconsciente. Según Freud, nuestras
acciones y experiencias conscientes están profundamente influenciadas por
deseos y miedos inconscientes. Esta idea desafió la noción prevaleciente de que
somos completamente conscientes de nuestras motivaciones y comportamientos.
Freud propuso que la mente
humana está estructurada en tres partes: el ello (que contiene nuestros
impulsos primitivos), el yo (que se enfrenta a la realidad) y el superyó (que
actúa como un crítico moral). Según su teoría, estos tres componentes
interactúan constantemente e influyen así en nuestras decisiones y
comportamientos.
El físico teórico Albert
Einstein (1879-1955), conocido por su teoría de la relatividad, también
reflexionó sobre el concepto de conciencia. Aunque no realizó investigaciones
formales en este campo, sus pensamientos y citas proporcionan una visión
valiosa de su perspectiva, sugiriendo que la mecánica cuántica podría
intervenir en la biología celular.
Einstein creía que la
conciencia trasciende la realidad y que la mente está sobre la materia.
Considerado uno de los científicos más importantes y conocidos del siglo XX, en
una ocasión dijo:
«Preocúpate por tu conciencia
más que por tu reputación. Tu conciencia es lo que eres. Tu reputación es lo
que otros piensan de ti. Y lo que piensan de ti no es tu problema».
Einstein consideraba que el
ser humano es parte del universo y que se experimenta a sí mismo como algo
separado del resto. Esta idea sugiere una visión unificada de la conciencia y
el universo en la que la conciencia no es solo un producto del cerebro humano,
sino una parte integral del cosmos.
El célebre Stephen Hawking
(1942-2018), famoso por su trabajo en física teórica y cosmología, también
mostró interés en el estudio de la conciencia. A diferencia de Einstein,
participó en investigaciones formales sobre este tema. Hawking fue uno de los
científicos presentes en la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia en
2012. Este manifiesto, basándose en evidencias neuroanatómicas, neuroquímicas y
neurofisiológicas, afirmaba que los animales no humanos tienen conciencia. Esta
perspectiva amplía el concepto de conciencia más allá de los humanos a otros
seres vivos.
Además, Hawking creía que la
conciencia trascendía la realidad física. Según él, «la mente está sobre la
materia». Esta idea refleja una visión similar a la de Einstein, sugiriendo que
la conciencia es más que un mero producto del cerebro físico.
En las últimas décadas, el
campo de la neurociencia ha proporcionado nuevas formas de explorar la
conciencia. Los avances en tecnología han permitido a los científicos observar
el cerebro en acción y comenzar a desentrañar cómo sus innumerables neuronas
trabajan juntas para producir nuestra experiencia consciente.
Roger Penrose y Stuart
Hameroff han propuesto una teoría que vincula la conciencia con la física
cuántica. Según su modelo, llamado «orquídea OR», las estructuras microtubulares
(formadas por la proteína tubulina dentro de las células cerebrales) pueden
soportar procesos cuánticos que contribuirían a la formación de la conciencia.
A pesar de estos avances y
nuevas opiniones, el estudio de la conciencia sigue siendo un desafío
formidable. La conciencia es subjetiva por naturaleza, lo que significa que
cada persona tiene su propia experiencia única e intransferible. Esto hace que
sea difícil estudiarla de manera objetiva y cuantitativa.
Además, aunque sabemos que
ciertas áreas del cerebro están asociadas con aspectos específicos de nuestra
experiencia consciente, todavía no entendemos completamente cómo surge la
conciencia de estos procesos cerebrales. Esta dificultad se conoce como «el
difícil problema de la conciencia» («hard problem of consciousness», en
inglés).
A pesar de estos desafíos,
los científicos están haciendo progresos constantes en nuestra comprensión de
la conciencia. Con cada nuevo descubrimiento nos acercamos a responder algunas
de las preguntas más profundas sobre quiénes somos y cuál es nuestro lugar en
el universo.
Prepárate para sumergirte en
una lectura que va a cambiar tu percepción de la vida.
3. Actividad neuronal y conciencia
La conciencia es fundamental. No podemos alejarnos de ella. Todo lo que hablamos, todo lo que consideramos como existente postula la conciencia. MAX PLANCK
Desde la fisiología, se
podría definir la conciencia como un estado del sistema nervioso que permite la
aparición de conductas, complejas y conscientes, en función de las operaciones
neuronales temporales que predominan en ciertas regiones cerebrales. Estas
conductas complejas, que pueden ser pensamientos o bien acciones que implican
algún tipo de movimiento, únicamente se podían medir a través de la observación
directa del comportamiento. Pero, hoy en día, gracias a los avances
tecnológicos, es posible «fotografiar» la actividad cerebral relacionada con
cada tarea gracias a los dispositivos que permiten captar neuroimágenes
funcionales.
El enfoque científico con las
leyes de la física La conciencia posee dos cualidades importantes que nos
permiten describir su funcionamiento: el nivel de alerta y la experiencia de
conciencia.
El nivel de alerta se
corresponde con el grado de activación corporal y psicológica que poseemos en
un momento en particular, es decir, con la cantidad de energía que empleamos
para estar atentos a las necesidades puntuales de nuestro organismo. Cuando
estamos dormidos, vencidos por el sueño o sometidos a una anestesia, nuestro
nivel de alerta es tan bajo que nuestra conciencia se «desconecta». En este
caso, nuestro cerebro y nuestro cuerpo necesitan una activación fisiológica
adecuada para poder procesar la información que llega a través de nuestros
sentidos.
Para entenderlo mejor,
podemos comparar la conciencia con un faro. Cuando el faro está encendido
(nivel de alerta alto), ilumina el entorno que lo rodea y nos permite percibir
y responder a los estímulos. Sin embargo, cuando el faro está apagado (nivel de
alerta bajo), nuestra capacidad para percibir y responder a los estímulos se
reduce o desaparece.
En cuanto a la actividad
neuronal, se ha sugerido que surge esencialmente en la red formada por neuronas
situadas en las regiones mediales frontales y el cíngulo posterior del cerebro.
Esta red, que constituye la base neural de la actividad consciente, sería como
una orquesta: cada neurona es un músico que toca su instrumento (los
microtúbulos dentro de las neuronas) para producir la sinfonía de nuestra
conciencia.
En resumen, aunque según las
leyes de la física y el método científico tradicional todavía hay mucho que
aprender sobre la conciencia y cómo se relaciona con la actividad neuronal, las
investigaciones actuales sugieren que nuestra conciencia es el resultado de
complejas interacciones entre diferentes regiones del cerebro.
La vida desde una perspectiva
científica tradicional En el gran universo de la ciencia, el método científico
cartesiano y newtoniano se erige como un faro de luz, guiando a los
investigadores a través de las sombras de lo desconocido. Este enfoque, que ha
sido la piedra angular de la investigación científica durante siglos, se aplica
tanto a los problemas físicos como a los emocionales y abarca desde los
misterios más profundos del universo hasta los desafíos más íntimos de la vida
humana.
La vida, bajo este prisma
científico, se percibe como un fenómeno finito. Esta visión es una consecuencia
directa de los principios fundamentales del método científico. Para ilustrar
esto, podríamos considerar la vida como un libro. Cada libro tiene un principio
y un final, y aunque las páginas intermedias pueden estar llenas de giros
inesperados, siempre hay una última página que marca el final de la historia.
El célebre físico teórico
Richard Feynman (1918-1988) afirmó: «La ciencia es la creencia en la ignorancia
de los expertos». Esta cita refleja la esencia del método científico: siempre
hay más por aprender, siempre hay más por descubrir.
En resumen, el método
científico cartesiano y newtoniano nos proporciona una lente a través de la
cual podemos examinar y entender el mundo que nos rodea. Nos permite abordar
problemas tanto físicos como emocionales con un enfoque sistemático y riguroso.
Aunque este método puede llevarnos a ver la vida como algo finito, también nos
recuerda que hay mucho que no sabemos sobre ella y que tenemos infinitas
posibilidades por conocer.
El método científico cartesiano y newtoniano
Articulado por René Descartes
e Isaac Newton en los siglos XVII y XVIII, el método científico ha demostrado
ser una herramienta poderosa para descubrir las leyes de la naturaleza. Este
enfoque busca reproducir con precisión los fenómenos naturales en un entorno
controlado de laboratorio.
Los principios fundamentales
del método científico incluyen la dualidad u objetividad, un concepto
introducido por Aristóteles, y el monismo material, que sostiene que la materia
es el componente estructural básico de la naturaleza. Este método también se
basa en el principio de localidad, el cual establece que siempre existe una
relación causa-efecto con la realidad de los objetos, que se pueden definir con
parámetros objetivos.
Este proceso puede
visualizarse como el trabajo de un relojero que desmonta un reloj para entender
cómo funciona. Cada pieza del reloj, cada engranaje y cada resorte, tiene su
lugar y función específicos. Al igual que el relojero, los científicos
descomponen los fenómenos naturales en sus componentes más básicos (las
partículas de materia) con el fin de entender cómo funcionan juntas para crear
el universo tal como lo conocemos. Es el reduccionismo material, un concepto
introducido por Demócrito (siglo IV a. de C.), el filósofo griego que fundó el
atomismo: el universo está compuesto por unas partículas indivisibles, los
átomos, que se mueven en el vacío.
El método científico
cartesiano y newtoniano también sostiene que todo movimiento tiene una
continuidad, un principio y un fin.
Estos principios del método
científico condicionan un claro determinismo: el ser humano está en el universo
como un simple observador. Puesto que todo depende de las leyes naturales, no
podemos influir sobre ellas.
Albert Einstein dijo: «La
ciencia sin religión está coja, la religión sin ciencia está ciega». Esta cita
refleja la interdependencia entre la ciencia y otras formas de conocimiento.
Aunque el método científico puede proporcionar una comprensión profunda de cómo
funciona el universo, también reconoce sus propias limitaciones. La ciencia
puede describir cómo funcionan las cosas, pero no necesariamente por qué
existen en primer lugar.
Así, el método científico
estudia el universo macroscópico, fundamentándose en el materialismo. Esto
determina una separación, un abismo entre ciencia y metafísica, entre materia y
espíritu. El propio Descartes condicionó el método científico al estudio de las
leyes naturales y la materia, dejando los fenómenos trascendentes a otras
disciplinas como la metafísica, la filosofía y la religión.
El método científico es
materialista y realista. Actúa a través de la observación y la experimentación
para buscar y conocer las leyes naturales y así poder reproducirlas en el
laboratorio.
La física teórica se
complementa con el método científico. El antagonismo entre materia y espíritu
no es real, tiene su símil en las partículas y las ondas del campo cuántico. El
método científico aborda el universo macroscópico, mientras que el cuántico se
centra en el microscópico.
En resumen, el método
científico cartesiano y newtoniano proporciona una forma sistemática y rigurosa
de explorar y entender el mundo natural. Aunque este enfoque puede parecer
limitante para algunos, también abre infinitas posibilidades para el
descubrimiento y la comprensión, como se ha dicho más arriba.
El ser humano desde la perspectiva científica
Con sus principios
fundamentales de objetividad y monismo material, el método científico nos
proporciona una lente a través de la cual podemos examinar y entender la
naturaleza humana. Según este enfoque, el ser humano se compone de cuerpo y
mente. El cuerpo es materia, tangible y observable. La mente, por otro lado, es
una entidad más etérea, compuesta por sentimientos, emociones, recuerdos,
conciencia, memoria y aprendizaje.
Estos fenómenos mentales o
anímicos, aunque no tienen un sustrato material desde el punto de vista del
método científico, son considerados como un epifenómeno. Es decir, se considera
que son una consecuencia de la actividad metabólica neuronal de nuestro
cerebro.
Podemos imaginar este proceso
como un río. El agua del río (la materia) se puede ver y medir. Pero las
corrientes que fluyen bajo la superficie (los fenómenos mentales) son menos
visibles y más difíciles de calibrar. Sin embargo, estas corrientes son una
parte integral del río y tienen un impacto significativo en su comportamiento y
dirección.
El neurocientífico Eric R.
Kandel, ganador del Premio Nobel de Fisiología en 2000, ha dedicado gran parte
de su carrera a estudiar estos fenómenos. Kandel explora cómo nuestras
experiencias moldean nuestras neuronas y cómo estas neuronas moldean, a su vez,
nuestras mentes. Al afirmar que «la mente es lo que el cerebro hace», pone de
manifiesto la relación entre la compleja actividad cerebral y la experiencia
mental, así como la necesidad de seguir profundizando en el estudio de cómo
medir y cuantificar los procesos, recuerdos, sentimientos y aprendizajes que
habitan en nuestra mente.
Relación entre la muerte
física y la existencia La conocida frase «Pienso, luego existo» de René
Descartes, uno de los filósofos más influyentes de la historia, nos lleva a
reflexionar sobre la naturaleza de nuestra existencia. Según esta perspectiva,
nuestra capacidad para pensar y razonar es lo que nos define como seres
humanos.
Podemos imaginar nuestra existencia como un río que fluye.
Nuestros pensamientos y
experiencias son como las corrientes que dan forma al río. Cuando estas
corrientes se detienen (es decir, cuando dejamos de pensar), el río deja de
fluir. En este sentido, la muerte física, que supone el cese de la actividad
neuronal, marca el fin de nuestra existencia.
António Damásio ha explorado esta
idea en su obra El error de Descartes. Este neurocientífico portugués sostiene
que nuestros sentimientos y emociones son fundamentales para nuestro sentido
del yo, por lo que Descartes erró al separar el cuerpo de la mente.
Aunque estos fenómenos pueden
ser difíciles de medir y cuantificar, son una parte integral de lo que nos hace
humanos; por lo tanto, según Damásio, «somos, luego pensamos».
Las «maravillas» de la mente
son inseparables de la estructura y del funcionamiento del organismo, porque el
cerebro y el resto del cuerpo constituyen un conjunto de circuitos reguladores
bioquímicos y neurales que interaccionan con el ambiente como un todo. Y
precisamente, concluye Damásio, la actividad mental surge de esta relación.
La muerte, desde esta perspectiva,
puede verse como el final de un viaje. Al igual que un viaje en coche llega a
su fin cuando el motor se apaga, nuestra existencia llega a su fin cuando
nuestra actividad cerebral se detiene. Pero, aunque este final puede parecer
definitivo, también puede verse como una parte natural del ciclo de la vida.
Richard Feynman, ganador del
Premio Nobel de Física en 1965, reflexiona sobre esta idea en su libro ¿Está
usted de broma, Sr.
Feynman?, que recoge diversas
conversaciones de este físico teórico. En una de ellas argumentaba que, aunque
la muerte es inevitable, no deberíamos temerla. En lugar de eso, deberíamos
celebrar la vida y todo lo que nos ofrece.
La muerte también plantea
preguntas sobre el significado y el propósito de la vida. ¿Por qué estamos
aquí? ¿Cuál es nuestro propósito? Estas son preguntas que han intrigado a los
filósofos y científicos durante siglos. El biólogo, etólogo y zoólogo Richard
Dawkins aborda estas cuestiones en El relojero ciego. Dawkins argumenta que,
aunque pueda parecer que la vida tiene un propósito, este es en realidad el
resultado de procesos naturales sin dirección ni diseño, por lo que es
imposible que la evolución de la vida dependa de la voluntad o la actuación de
un creador.
El proceso de la muerte tiene dos fases:
1. La desconexión del
neocórtex, que origina desorientación y confusión. En esta etapa interviene
el cerebro medio o sistema límbico, donde está almacenada toda nuestra
historia. Se producen momentos placenteros y de sufrimiento que excitan a la
persona moribunda al vivenciarlos.
2. El cerebro basal o
reptiliano, que controla de manera autónoma la vida vegetativa, se ve
afectado y aparecen trastornos del ritmo cardiaco y apneas respiratorias.
La muerte no es enemiga de la
vida, sino que forma parte de ella. Al nacer, empezamos a morir. Hemos de
interpretar la vida como una preparación a la muerte. La muerte nos permite
volver a nuestro origen.
La respuesta consciente ante
la muerte consta de cinco fases, que pueden presentarse de manera aislada y claramente
definida o bien de forma conjunta:
1. Al conocer la existencia
de una enfermedad que pone en compromiso nuestra situación vital, la primera
respuesta es de sorpresa, negación y aislamiento.
2. Le sigue una fase de negación
activa, con ira, rabia y resentimiento. No aceptamos lo que nos ocurre y lo
consideramos una injusticia por parte del destino.
3. Ante la evidente realidad,
hacemos un pacto que no implica la aceptación, pues lo utilizamos para
intentar postergar lo inevitable.
4. Esta etapa es la más
conflictiva y triste para la persona enferma o moribunda, que se sume en una depresión
y siente una gran sensación de pérdida. En ocasiones, la desesperación llega a
tal punto que, al no encontrar solución, puede abocar al suicidio.
En mi experiencia profesional
como médico, tristemente he visto casos de pacientes diagnosticados de cáncer
que, al conocer su grave afección, han decidido acabar con su vida. En el caso
de personas enfermas, los profesionales sanitarios deben ser conscientes de la
peligrosidad de esta etapa para poder comprender y ayudar al paciente.
5. Al final, los pacientes aceptan
su situación y luchan de manera activa y positiva con la esperanza de una
posible curación.
A pesar de estas reflexiones,
la muerte sigue siendo un misterio para muchos de nosotros. Aunque el método
científico puede proporcionarnos algunas respuestas, también nos recuerda
cuánto no sabemos.
¿Qué dice la teoría cuántica?
La teoría cuántica, que se
ocupa de los fenómenos a escala atómica y subatómica de las partículas
subatómicas (como veremos en el capítulo 6), ha proporcionado una nueva
perspectiva para entender la conciencia. Algunos científicos creen que la
conciencia se genera por procesos cuánticos. Esta idea, aunque controvertida,
ha abierto nuevas vías de investigación y debate en el campo de la neurociencia
cognitiva.
Además de los ya comentados
Roger Penrose y Stuart Hameroff, otros investigadores continúan explorando la
posible conexión entre la conciencia y la física cuántica. En su afán por poner
a prueba esta relación, Xian-Min Jin —profesor en la Universidad Jiao Tong de
Shanghái— y su equipo han investigado cómo las partículas cuánticas podrían
moverse en una estructura compleja como el cerebro, pero en un entorno de
laboratorio. Si sus hallazgos pueden compararse algún día con la actividad
medida en el cerebro, podríamos estar un paso más cerca de validar o descartar
la teoría de Penrose y Hameroff.
En las últimas décadas se ha
incrementado el interés por comprender y demostrar la relación que existe entre
la conciencia y la actividad neuronal subyacente. Fruto de ello, se han
realizado numerosos estudios y experimentos a partir de animales y pacientes
con daño cerebral. Mediante la combinación de métodos genéticos y ópticos,
aprovechando la enorme precisión de la luz láser para «enfocar» grupos
específicos de neuronas, se dispone de sistemas de neuroimagen que permiten
observar qué ocurre en las estructuras y redes cerebrales relacionadas, a nivel
profundo, con la conciencia.
Conciencia y mecánica cuántica
La mecánica cuántica es una
rama de la física que se ocupa del comportamiento de partículas a escalas muy
pequeñas, como átomos y partículas subatómicas. Este concepto fue introducido
por el físico y matemático alemán Max Planck (1858-1947), quien recibió el
Premio Nobel de Física en 1918 al demostrar que la energía depende de la
frecuencia de la onda electromagnética y de la constante universal (h) que
lleva su apellido. Dicho de manera sencilla: a mayor frecuencia, mayor energía.
Planck también demostró que las ondas electromagnéticas van en paquetes, que
denominó «cuantos» (del latín quantum, «cantidad»), de donde deriva el nombre
de mecánica cuántica.
A esta escala, las partículas
pueden exhibir comportamientos extraños e inesperados, como estar en múltiples
lugares al mismo tiempo (superposición) o afectarse mutua e instantáneamente
sin importar la distancia que las separe (entrelazamiento).
Para entenderlo mejor,
podemos pensar en la superposición cuántica como un músico que toca varios
instrumentos al mismo tiempo. En el mundo macroscópico, esto sería imposible.
Pero en el mundo cuántico, una partícula (el músico) puede existir en múltiples
estados (tocar varios instrumentos) a la vez.
El entrelazamiento cuántico,
por otro lado, podría compararse con dos bailarines perfectamente
sincronizados. No importa cuán lejos estén el uno del otro: si uno varía su
movimiento, el otro responderá instantáneamente y también lo cambiará.
Las partículas subatómicas no
son visibles, pero podemos detectar sus efectos y sus interacciones. El
lenguaje de la mecánica cuántica es la matemática —es decir, podemos expresarla
con fórmulas matemáticas—, lo que constituye un nuevo paradigma para su
interpretación.
Impacto de la explicación cuántica
La idea de que los procesos
cuánticos pueden jugar un papel en la conciencia se conoce como «conciencia
cuántica». Según esta explicación, propuesta por primera vez por Penrose y
Hameroff, los fenómenos cuánticos como la superposición y el entrelazamiento
podrían ocurrir dentro del cerebro y contribuir a la formación de la
conciencia. Conviene recordar que los microtúbulos existentes dentro de las
neuronas del cerebro podrían actuar, de acuerdo con esta teoría, como
estructuras cuánticas, y permitir así que se produzcan procesos cuánticos.
Al darla por válida y
adentrarnos en ella, esta explicación cuántica cambiará completamente lo que
creemos saber sobre la conciencia, sobre la vida y la muerte, sobre el propio
universo. El fascinante impacto de la explicación cuántica se puede concretar,
a grandes rasgos, en cuatro consecuencias:
1. Comprensión de la
conciencia. Podríamos obtener una mejor comprensión de qué es la conciencia
y cómo funciona.
Esto podría llevar a avances
tanto en neurociencia como en psicología.
2. Avances en medicina. Si
podemos entender cómo la conciencia está vinculada a los procesos cuánticos en
el cerebro, podríamos desarrollar nuevos tratamientos para trastornos de la
conciencia, como el coma o la enfermedad de Alzheimer.
3. Revisión de nuestras
nociones sobre la vida y la muerte.
Si nuestra conciencia es un
proceso cuántico que puede existir independientemente de nuestro cuerpo físico,
esto haría cambiar nuestra visión acerca de la vida y la muerte, así como la
relación entre ellas y el paso de una a la otra. La explicación cuántica podría
proporcionar una base científica para las ECM y las experiencias fuera del
cuerpo.
4. Implicaciones
filosóficas y éticas. Si nuestra conciencia puede existir
independientemente de nuestro cuerpo físico, esto plantea preguntas profundas
sobre nuestra identidad, nuestro propósito y nuestro lugar en el universo.
4. Fenómenos que son enigmas
La ciencia es la creencia en la ignorancia de los expertos. RICHARD FEYNMAN
Las ECM se presentan en
pacientes diagnosticados de muerte clínica, que puede sobrevenir por diversas
causas. La muerte clínica se define como una situación en la que el paciente
presenta un paro cardiaco, con un electrocardiograma plano con línea
isoeléctrica — que indica la ausencia de latido—, un paro respiratorio, una
arreflexia (falta de reflejos tendinosos) y la falta de actividad mental, con
un electroencefalograma plano a partir de los quince o veinte segundos.
Las causas más frecuentes de
muerte clínica, en mi experiencia como cirujano, son los traumatismos, los
intentos de suicidio, la ingesta de tóxicos, la administración de fármacos o
anestésicos, y las hemorragias y graves complicaciones en intervenciones
quirúrgicas. Sin embargo, no cabe duda de que la mayor incidencia de muertes
clínicas que se presentan en los servicios médicos se debe a accidentes
vasculares cardiacos y cerebrales.
Podemos comparar la muerte
clínica con un ordenador que se ha apagado. Al igual que un ordenador sin
energía no puede realizar ninguna función, un cuerpo humano en estado de muerte
clínica no muestra signos vitales.
Sin embargo, al igual que un
ordenador puede ser reiniciado, algunos pacientes pueden ser traídos nuevamente
a la vida a través de la reanimación cardiorrespiratoria. Esta técnica es similar
a pulsar el botón de encendido de un ordenador para reiniciarlo: si se hace
rápidamente, puede devolver el sistema a la vida. A consecuencia del progreso
científico actual, si se aplican medidas de reanimación cardiorrespiratoria en
el primer minuto después del paro cardiaco, hasta un 33 % de los pacientes
pueden ser recuperados. Sin embargo, este porcentaje disminuye a
aproximadamente el 14 % después del primer minuto.
Estas cifras subrayan la
importancia de actuar rápidamente en situaciones de emergencia médica. Cada
segundo cuenta cuando se trata de salvar una vida.
El neurocientífico Sam
Parnia, profesor asistente de cuidados críticos en la Universidad Estatal de
Nueva York, es uno de los muchos investigadores que están trabajando para
desentrañar estos misterios. En su libro sobre lo que denomina «el efecto
Lázaro» —así llamado en referencia al relato bíblico que explica cómo
Jesucristo resucitó a su amigo Lázaro, tras cuatro días muerto, con las
palabras
«Levántate y anda»—, Parnia
explora las ECM y lo que estas nos pueden enseñar sobre la vida y la muerte.
Parnia comienza con una
introducción a las ECM, explicando cómo estas experiencias, a menudo descritas
como encuentros con una luz brillante o sensaciones de paz y amor inmenso, han
sido reportadas por personas que han estado a punto de fallecer. A través de su
investigación, Parnia busca entender qué sucede en el cerebro durante tales
experiencias y cómo pueden cambiar no solo nuestra comprensión de la vida y la
muerte, sino también la definición tradicional de ambas.
En la citada obra, Parnia
también explora los avances científicos que han permitido a los médicos revivir
a personas que han estado clínicamente muertas durante períodos prolongados de
hasta siete horas. Por ejemplo, presenta el caso de una mujer que sufrió un
paro cardiaco mientras estaba en el hospital. Los médicos lograron revivirla
después de 45 minutos de reanimación cardiopulmonar.
Aunque la mujer había estado
clínicamente muerta durante ese tiempo, describió luego una ECM en la que se
encontró en un lugar lleno de luz y paz, con unos patrones determinados que
describiré en los capítulos siguientes.
Este caso, y muchos otros
similares, plantean preguntas sobre lo que significa realmente estar vivo o
muerto. ¿Cómo es posible que alguien pueda tener una experiencia consciente
mientras está clínicamente muerto? ¿Qué nos dice esto sobre la naturaleza de la
conciencia y su relación con el cuerpo físico?
A lo largo del libro, Parnia
utiliza estos casos para explorar estas preguntas desde una perspectiva
científica. Argumenta que las ECM y los avances en reanimación están desafiando
nuestras nociones tradicionales de vida y muerte y sugiere que necesitamos
nuevas formas de entender estos conceptos.
El trabajo pionero de Parnia
sobre el efecto Lázaro es un viaje fascinante a través del misterio de las ECM
y de lo que pueden revelar sobre la naturaleza última de nuestra existencia.
Así, los lectores son invitados a explorar estos fenómenos desde una
perspectiva científica y a considerar las implicaciones profundas que tienen
para nuestra comprensión de la vida y la muerte.
Las ECM pueden ser tan
variadas como las personas que las experimentan. Algunas informan de
sensaciones de paz y amor incondicional, mientras que otras explican que se han
reencontrado con seres queridos ya fallecidos. Y también las hay que incluso
describen experiencias en las que salían de su propio cuerpo y observaban los
esfuerzos por salvar sus vidas desde una perspectiva externa.
Independientemente de cómo rememoran tales ECM, en todos los casos se establece
una estructura muy similar.
Estas experiencias son un misterio para la ciencia moderna.
Aunque sabemos que ocurren,
no entendemos completamente por qué o qué significan. Tras profundizar en su
estudio, he llegado a la conclusión de que debemos acudir a la física cuántica
si queremos encontrar explicaciones a los fenómenos de las ECM.
A pesar de la incertidumbre,
estas ECM tienen un impacto profundo en aquellas personas que las experimentan.
De hecho, muchas informan de cambios duraderos en sus actitudes y creencias
después de ellas. Y algunas incluso describen que su miedo a la muerte ha
disminuido o desaparecido y que sienten un mayor aprecio por la vida.
Características de las ECM
Aunque pueda sorprender, las
ECM son muy comunes. Este fenómeno está ampliamente documentado, con miles de
casos descritos en la bibliografía científica mundial. Estas experiencias
tienen una estructura lógica en la que se repiten los ítems, pues las
diferencias son más de matiz que conceptuales.
Los pacientes que han vivido
una ECM están firmemente convencidos de que es una realidad completamente
distinta a los sueños. Recuerdan durante el resto de su vida y con toda clase
de detalles la ECM que han experimentado y esta suele tener un impacto
psicológico profundo en su concepción existencial, cambiando su dinámica vital,
su rol durante el resto de su «nueva» vida.
Hay referencias de ECM a lo
largo de la historia de la humanidad.
Platón describe el caso del
soldado armenio Er, herido gravemente en un combate. Lo consideraron muerto;
sin embargo, se recuperó y describió una ECM.
No hay diferencias en cuanto
a su incidencia por motivos de sexo, edad, raza, estrato sociocultural y
creencias religiosas. Sin embargo, el nivel cultural y las creencias religiosas
sí influyen en la descripción de la ECM, pues los pacientes refieren a menudo
la falta de términos lingüísticos precisos para describir la variedad e
intensidad de estas vivencias. No se presentan ECM en todos los pacientes recuperados
de una muerte clínica. La incidencia en las diversas estadísticas se sitúa
entre el 18 y el 25 %. Es posible, no obstante, que la incidencia real sea
mayor, puesto que los pacientes que han tenido estas experiencias no siempre
las comparten abiertamente por su miedo a la incomprensión del entorno,
quedando así silenciadas.
Se han descrito ECM de
contenido aterrador. Son poco frecuentes y su incidencia se sitúa por debajo
del 5 %. Los pacientes se sienten arrastrados a las tinieblas, con visiones
terroríficas y sentimientos de culpabilidad. Estos casos suponen un trauma
emocional intenso y prolongado que puede requerir apoyo psicológico. También se
las conoce como ECM infernales. No se ha podido determinar su causa, si bien,
en ocasiones, los pacientes que las sufren han tenido vidas tormentosas.
El psiquiatra Bruce
Greyson, profesor de psiquiatría en la Universidad de Virginia, define las ECM
como experiencias subjetivas profundas que tienen un componente trascendente o
místico, en personas en situación próxima a la muerte, con la sensación de
abandonar el cuerpo, de salida del cuerpo físico, y que trascienden el ego, el
espacio y el tiempo.
Por su parte, Raymond Moody
alcanzó fama mundial a principios de la década de 1970 por su investigación sobre
personas «resucitadas». Doctor en filosofía, psiquiatra y profesor emérito de
psicología, Moody define las ECM como experiencias conscientes que se producen
en situaciones graves en que se puede perder la vida.
Los principales patrones que
se repiten en las ECM, tal como los pacientes las describen, son los
siguientes:
1. Percepción de una
experiencia hiperreal. A menudo, los individuos describen la ECM como más
«real» que la realidad cotidiana.
2. Experiencia fuera del
cuerpo. Los individuos sienten que han salido de su cuerpo físico y pueden
observar su propio cuerpo y los acontecimientos que ocurren a su alrededor
desde una perspectiva externa.
3. Percepciones
extraordinarias. Algunas personas informan de percepciones inusuales, como
escuchar los pensamientos de otros. Hay casos clínicos en los que el paciente
llega a explicar hechos que están sucediendo en ese momento en otros lugares o
que van a suceder.
4. Movimiento a través de
un túnel o vacío. Tras una ECM, quienes la han experimentado a veces
describen un viaje a través de un túnel oscuro hacia una luz brillante.
5. Entrada a otra
dimensión. Los individuos pueden sentir que han entrado en una dimensión
diferente, a menudo descrita como un lugar de gran belleza y paz.
6. Encuentro con otras personas.
Algunos pacientes informan de encuentros con otros seres, que pueden
incluir personas queridas ya fallecidas, u otras a las que en ocasiones se
refieren como «guías».
Caso 1
Una paciente diagnosticada de
muerte clínica a consecuencia de un traumatismo grave describe su propia
ECM al doctor Segarra
Mi primera impresión fue la
salida del cuerpo, situándome en una posición elevada y con una sensación de
gran sorpresa al no comprender qué me estaba sucediendo. Mi sorpresa aumentó
cuando vi mi cuerpo sobre una camilla, con un grupo de sanitarios realizando
maniobras de reanimación.
Quise ponerme en contacto con
los sanitarios, pero me fue imposible hacerlo por los medios habituales.
Intenté entonces tocarlo a usted, y mi sorpresa fue enorme al comprobar que lo
atravesaba. Más tarde, también pasé a través de la pared y pude observar todo
lo que estaba sucediendo en las distintas dependencias del Servicio de
Urgencias.
Progresivamente fui
experimentando una sensación de gozo y paz.
Contacté con unos seres que
defino como «seres de luz», y que me ayudaron y tranquilizaron. Mi gran alegría
fue cuando contacté con mi madre, ya fallecida. También escuché una música
suave, muy agradable.
Después de atravesar una zona
oscura, percibí una luz fuerte que me atraía intensamente. Al contactar con
ella, la sensación de paz, gozo, felicidad y especialmente amor fueron de una
potencia jamás conocida en la dimensión humana. No hay palabras para expresar
lo que experimenté.
Como si fuera una pantalla,
observé imágenes de mi vida.
En un estado de total gozo y
felicidad, los seres de luz me indicaron que no había terminado mi ciclo en la
dimensión humana y que debía regresar a mi cuerpo. Yo me negué, puesto que no
quería perder la vivencia de tanta felicidad, pero me obligaron a hacerlo.
La entrada a mi cuerpo fue
algo violenta.
Caso 2
ECM con características
singulares en un paciente en tratamiento por cáncer de esófago
En aquella época, toda la cirugía
era abierta, así que se programó una esofaguectomía con gastroplastia
intratorácica (operación de Lewis) para tratar un carcinoma escamoso del
esófago torácico medio. Durante la intervención, se produjo una hemorragia
importante a nivel del cayado aórtico y, como consecuencia, el paciente sufrió
una parada cardiaca. Se controló la hemorragia y se le aplicó reanimación
cardiorrespiratoria directa sobre el corazón hasta que, finalmente, se
consiguió recuperar su pulso.
En el posoperatorio, el
paciente me hizo el siguiente comentario:
«En un momento determinado,
fui consciente de mi salida del cuerpo y, desde una posición elevada, pude
observar cómo usted hacía el masaje cardiaco directo y aplicaba el
desfibrilador. El personal de quirófano se movía rápido. Experimenté una
sensación de paz y armonía. Finalmente, entré en mi cuerpo».
La descripción de las ECM por
los pacientes tiene estas características:
La comunicación con otros
seres solo es posible mediante el pensamiento.
Únicamente experimentan el
momento presente. No existe pasado ni futuro.
Pueden desplazarse sin las
constricciones del espacio y el tiempo con solo pensarlo.
Hay otros muchos fenómenos
trascendentes que también desafían nuestra comprensión actual. Estos incluyen
la telepatía, la clarividencia, la precognición (capacidad de ver o percibir acontecimientos
futuros), las vivencias místicas, la psicoquinesis (capacidad de influir en
objetos, incluso desplazándolos, a través de la concentración mental), la
reencarnación y las vivencias de los moribundos. Aunque son menos comunes que
las ECM, estos fenómenos también plantean preguntas intrigantes, y existen
casos clínicos documentados.
La hipnosis como herramienta terapéutica
Antes de hablar sobre la
hipnosis, quiero puntualizar que, hasta ahora, he hablado desde mi conocimiento
personal. En este caso ya no es así, pues carezco de cualquier tipo de
experiencia vivida con esta herramienta. No obstante, he querido incluirla para
acercarla al lector y presentar a los autores más destacados que han
investigado sobre ella.
La hipnosis como medio para lograr
la regresión temporal es una técnica que se utiliza en terapia para explorar
los traumas y problemas emocionales y psicológicos que puedan tener su origen
en experiencias pasadas. Durante la regresión, el terapeuta guía al individuo a
un estado de relajación y concentración, lo que permite al paciente acceder a
su subconsciente y explorar recuerdos que pueden remontarse a vidas anteriores.
Uno de los principales
estudiosos en este campo es el médico y psiquiatra estadounidense Brian Weiss,
quien ha desarrollado una serie de investigaciones y tesis que se centran en la
reencarnación, la regresión a vidas pasadas y la supervivencia del alma después
de la muerte. Weiss ha realizado la experiencia de regresión en más de cuatro
mil pacientes en su consultorio en Miami (Florida, Estados Unidos).
Como resultado de su trabajo,
Weiss sostiene que la existencia de vidas pasadas puede ser validada por casos
que muestran, entre otras características, las siguientes: xenoglosia (hablar
lenguas extranjeras que nunca se aprendieron ni se escucharon), encontrar en
esta vida a los hijos que tuvieron en una vida anterior (los cuales confirman
las experiencias narradas) y la mención, durante la regresión, de datos
específicos o detalles (lugares, fechas, nombres) que desconocían y que luego
pueden ser confirmados.
La terapia regresiva es un
tratamiento que, mediante distintas herramientas, como la hipnosis, la
relajación y la visualización, ayuda al paciente a rastrear en su inconsciente
el origen de sus problemas y su manera de resolverlos. Muchas veces, esa raíz
se encuentra en existencias anteriores cuyos avatares coinciden con los
síntomas que presentan en sus vidas actuales.
Weiss también ha escrito
sobre mensajes recibidos de los «maestros», o «almas no físicas muy
evolucionadas», que estos comunicaron a través de sus sujetos. Según su
interpretación, estos mensajes proporcionan valiosos conocimientos e ideas que
pueden ser útiles para abordar los problemas actuales del individuo.
Uno de los casos más famosos
en el trabajo de Brian Weiss es el de Catherine, una paciente que llegó a su
consulta buscando ayuda para paliar sus recurrentes pesadillas y ataques de
ansiedad.
Durante las sesiones de
terapia, Weiss utilizó la hipnosis para llevar a la joven a un estado de
relajación profunda. En este estado, Catherine comenzó a recordar detalles de
lo que parecían ser vidas pasadas. Estos recuerdos eran tan nítidos y
detallados que el propio terapeuta quedó impactado. Y lo más sorprendente fue
que Catherine incluso reveló detalles sobre la vida de Weiss que ella no podía
haber conocido.
Aunque las tesis de Weiss han
generado polémica en la comunidad científica, sus investigaciones han tenido un
impacto significativo en el campo de la psiquiatría y han abierto nuevas vías para
la exploración de la conciencia humana y la comprensión de la vida y la muerte.
La regresión a vidas pasadas sigue siendo una técnica controvertida, pero
muchos pacientes han informado de beneficios significativos después de
someterse a ella.
5. Interrogantes sin respuesta
Lo más
incomprensible del universo es que es comprensible. ALBERT EINSTEIN
Enfrentado con el método
científico convencional, me encontré en un callejón sin salida, incapaz de
encontrar respuestas o explicaciones a los aspectos cruciales de las ECM. Y no
solo eso, sino que también me quedé perplejo ante cualquier experiencia
trascendental.
Hablo de ECM, pero hay un
vasto universo de experiencias trascendentales que parecen desafiar cualquier
base material y que el método científico convencional simplemente no puede
explicar.
Todo esto permanecía como un
enigma insondable para mí, inexplicable a través del método científico. Cada
uno de estos fenómenos parecía ser un hilo suelto en el tejido de nuestra
comprensión del universo, desafiando las normas y convenciones de la ciencia
tal como la conocemos.
Con mis fundamentos
científicos como cirujano, siempre me moví en el mundo de la anatomía y la
fisiología, pero el método científico no me aportaba conclusiones. Ante
cualquier fenómeno orgánico o anímico, el médico intenta conocer dos aspectos
fundamentales: la causa (etiopatogenia) y el mecanismo íntimo de producción
(fisiopatología).
Busqué ayuda y me reuní con
expertos en otras disciplinas que conocían mejor el fisiologismo y la actividad
anímica cerebral, como neurólogos, psiquiatras y psicólogos. Les comenté las
ECM de mis pacientes indicándoles que no tenía una explicación científica de
las mismas.
Ellos enseguida me
respondieron de forma unánime: «Eso son alucinaciones». Las alucinaciones,
dijeron, son una serie de manifestaciones anímicas producidas como consecuencia
del trastorno metabólico profundo que presentan las neuronas por la falta de
irrigación cerebral.
El valor de la sangre oxigenada
Aunque el cerebro corresponde
al 2 % del peso corporal, consume el 20 % de la energía total. La fuente de
energía cerebral es la glucosa, con la particularidad de que el cerebro no
acumula reservas de esta, como sí ocurre en los músculos, donde se almacena en
forma de glucógeno. Las neuronas son muy sensibles a la falta de oxígeno
(anoxia) o de glucosa en la sangre, pero también al aumento de dióxido de
carbono (hipercapnia), de potasio (hiperpotasemia) o de los niveles de ácidos
en el cuerpo (acidosis metabólica). Todas estas situaciones, que se producen en
circunstancias como el paro cardiaco, pueden acabar provocando la muerte
clínica del paciente.
Las neuronas son muy
sensibles a la falta de irrigación cerebral. Si pasan entre cinco y diez
minutos sin recibir sangre, y, por tanto, oxígeno, las lesiones que se producen
son irreversibles. Por eso hay que practicar las medidas de reanimación
cardiorrespiratoria lo antes posible.
Las partes más sensibles del
cerebro a la falta de oxígeno son el córtex cerebral, el hipocampo, el tálamo y
los ganglios basales. Por su parte, el tronco cerebral, que controla las
funciones involuntarias vitales, como la frecuencia cardiaca y la respiración,
es más resistente a la falta de oxígeno.
La falta de irrigación
provoca la destrucción de las sinapsis neuronales —el espacio que enlaza el
extremo de una neurona con la siguiente o con otra célula— y de la membrana
celular, auténtico cerebro de las células, así como la transmineralización
—alteración en los niveles y flujos de minerales—, la formación de radicales
libres —unas sustancias presentes en nuestro organismo de manera natural que,
al multiplicarse, pueden causar daños irreversibles— y la destrucción de las
proteínas.
Causas de las ECM según el método científico
Se han propuesto una serie de
hipótesis para explicar las ECM, contempladas como alucinaciones, fundamentadas
en el método científico:
El responsable es el tronco
cerebral, que
genera las ECM
con la finalidad de evitar el
dolor terminal, como una estrategia de muerte fingida que utilizan los animales
inferiores. Rebatir esta hipótesis es fácil ante las vivencias tan
«sofisticadas» que se dan en estas experiencias, ocurridas cuando el neocórtex
no es funcional.
Se trata de una visión
psicodélica
generada por algún fármaco administrado. Tampoco es aceptable, puesto que los
fármacos interactúan con receptores del neocórtex, que no está funcionando, y
en muchos casos no hay antecedentes farmacológicos.
Son una intrusión en la fase
rem del sueño, la más profunda y en la que el tronco cerebral bloquea las
neuronas motrices. No resulta convincente, porque los neurotransmisores como la
serotonina —que regula el apetito, las emociones y el estado de ánimo—
interactúan con receptores del neocórtex, que no está activo. Podríamos
imaginar los neurotransmisores como «mensajeros» químicos que envían señales
para que las neuronas generen o no un impulso eléctrico.
Se ha responsabilizado a la
DMT (N,N-dimetiltriptamina),
un compuesto químico segregado por la glándula pineal en las situaciones de
estrés cerebral. La DMT, similar a la serotonina (5-hidroxitriptamina), puede
provocar alucinaciones sumamente intensas. Tampoco es aceptable, pues los
alucinógenos afectan al neocórtex y este no se halla operativo durante la ECM.
Otra hipótesis es el
«fenómeno de reinicio», que propone que estas vivencias ya están previamente en las
regiones profundas del sistema límbico, a nivel de la amígdala lateral, y se
activan cuando el neocórtex se desconecta, como el reinicio de un ordenador.
Las provoca la acción del neurotransmisor
glutamato,
que tiene un efecto similar a la ketamina, un anestésico alucinatorio, pero las
alucinaciones que provoca son desagradables y caóticas.
Son fruto de la preservación
de alguna parte del neocórtex que sí funciona, pero la mala perfusión —el
escaso o nulo aporte de sangre y oxígeno— es generalizada en todo el cerebro.
Se han atribuido a brotes
psicóticos, especialmente
esquizofrénicos, o a drogadicción. Sin embargo, no existen antecedentes.
Los psicólogos atribuyen las
ECM a un mecanismo de defensa sofisticado ante la situación catastrófica
que supone la muerte clínica.
También se ha atribuido a las
endorfinas y encefalinas, unos neurotransmisores opioides que se liberan durante el estrés
experimentado en momentos próximos a la muerte, provocando una sensación de
tranquilidad y felicidad.
Se ha considerado que la
anoxia cerebral provocaría una desinhibición neuronal, de manera que se altera el
equilibrio neurológico y las neuronas «enloquecen» y generan una actividad
frenética similar a la que produce las convulsiones.
Una reducción del GABA (ácido
gamma-aminobutírico), un neurotransmisor que tiene un efecto inhibidor sobre las
neuronas. Al disminuir, se produciría una gran excitabilidad neuronal.
Las ECM son diferentes
Si comparamos las
alucinaciones con las manifestaciones de las ECM que muestran los enfermos
diagnosticados de muerte clínica, se observa que estas últimas presentan unas
claras diferencias clínicas:
1. Las ECM tienen una
estructuración lógica, mientras que las alucinaciones son absurdas y
carecen de sentido. Además, poseen unos ítems que se repiten en numerosos
casos, en los que las diferencias son más de matiz que conceptuales. En cambio,
las alucinaciones son totalmente distintas entre unos pacientes y otros, de modo
que no tienen nada en común.
2. Los pacientes recuerdan
hasta el último detalle de su ECM, incluso después de años. Las
alucinaciones, sin embargo, son rápidamente olvidadas por las personas que las
han sufrido e incluso sienten vergüenza de contarlas.
3. Las ECM tienen un
impacto psicológico muy profundo en los pacientes, especialmente en
su concepción existencial, determinando un cambio en su dinámica vital, en su
postura ante la vida, un efecto «transformador» que no se produce en las
alucinaciones.
Resulta evidente que existe
una gran diferencia clínica entre las alucinaciones y las ECM, un aspecto sobre
el que se ha llegado a un claro acuerdo en la comunidad científica.
El método científico tampoco
explica que una serie de reacciones bioquímicas entre moléculas —que son
partículas, es decir, materia—en las neuronas condicionen una respuesta
anímica, un pensamiento o la conciencia, elementos sin una base material.
Las ECM presentan fenómenos
que no tienen ninguna explicación científica, como la posibilidad de atravesar
estructuras sólidas con toda facilidad. Otro fenómeno sorprendente es la
capacidad de describir, con toda clase de detalles, situaciones que se están
produciendo en ese mismo momento a distancia, incluso en las antípodas. Hay una
transferencia de información independiente del espacio y del tiempo solo
justificable —al menos con nuestro conocimiento actual— si se produce, de
alguna manera, un acto presencial.
Se ha practicado una
resonancia magnética funcional (RMF) cerebral a pacientes mientras comentaban
con toda clase de detalles su ECM. El uso de esta herramienta avanzada, que
mide los minúsculos cambios en el flujo sanguíneo del cerebro, así como los
cambios en el metabolismo y la actividad neuronal, ha permitido observar estos resultados:
Se activa el área prefrontal,
la zona
donde se localizan las funciones más elevadas del ser humano, como son la
actividad intelectiva y racional y el libre albedrío. Es una prueba evidente de
que las ECM tienen una estructuración lógica.
Al describir situaciones que
condicionaron una gran carga afectiva, se refleja en la activación de los
lóbulos temporales.
Cuando comentan imágenes que
vieron y motivaron su interés, se activa la zona occipital. La
visualización de objetos que motivan nuestro interés favorece el recuerdo de
estos por la intervención de las neuronas espejo. La activación, al
describirlos el paciente durante la resonancia magnética funcional, indica que
se produce una interferencia con la memoria en las neuronas espejo. El paciente
realmente vio el objeto en cuestión, es decir, no miente.
El método científico no nos
proporciona una justificación de la etiopatogenia y fisiopatología de las ECM.
Todos los intentos son hipótesis que no se han podido demostrar. Es evidente
que detrás de nuestra conciencia local o neuronal existe algún fenómeno que
desconocemos y que escapa al control científico.
Hemos comentado una serie de
datos que justifican totalmente la autenticidad de las ECM, descartando las
alucinaciones, sueños o invenciones por parte de los enfermos.
6. Abrir la mente a la física cuántica
Si la mecánica cuántica no te
ha impactado profundamente, entonces no la has entendido. NIELS BOHR
La muerte física, ese último
suspiro que nos arranca del abrazo terrenal, marca el fin de nuestro cuerpo y,
por ende, de nuestra conciencia cerebral. Sin embargo, como un eco persistente
en el silencio, existe otro tipo de vida que se mantiene firme tras la muerte
física. Esta vida es capaz de arrojar luz sobre los fenómenos objetivos,
demostrados con exploraciones objetivas, que sugieren la existencia de una vida
más allá de la muerte física. Hasta hace poco, nos encontrábamos en un
laberinto sin salida y sin entender el por qué.
Entonces, como quien busca
una brújula en medio de la oscuridad, me adentré en el fascinante mundo de la
física cuántica.
Había leído trabajos que
sugerían que esta rama de la ciencia podría tener la clave para desentrañar el
misterio. Así que decidí buscar a los guardianes de este conocimiento, los
físicos cuánticos, y les presenté mi dilema. Les dije: «Estamos ante un enigma
que no podemos resolver con nuestro método científico. ¿Podríamos abordarlo
desde una perspectiva cuántica?».
Los físicos cuánticos me
miraron con sorpresa y admitieron su desconocimiento sobre las ECM. Sin
embargo, estaban dispuestos a ayudarme a entender los principios básicos de la
física cuántica.
Como dijo Isaac Newton: «Lo
que sabemos es una gota, lo que ignoramos es un océano». Así que me embarqué en
esta nueva aventura con la esperanza de que estos principios pudieran arrojar
alguna luz sobre este fenómeno inexplicado por el método científico.
Los físicos cuánticos me
advirtieron que, para comprender su campo, debía cambiar mi enfoque. Como quien
cambia de lentes para ver con claridad, debía abandonar la ontología
materialista del método científico para poder entender la física cuántica.
Richard Feynman sentenció en una ocasión: «Si alguien les dice que entiende la
física cuántica, les está mintiendo». Esta cita siempre me recuerda una
anécdota histórica que me gusta compartir.
En una reunión en la que
coincidieron Albert Einstein y Charles Chaplin, el científico le dijo al famoso
actor, una de las mayores estrellas del cine mudo: «Usted es extraordinario».
Cuando este le preguntó por qué, Einstein respondió: «Porque usted pasa una
hora haciendo cosas sin decir una palabra y todo el mundo lo entiende»,
refiriéndose a las películas sin sonido de la época. Chaplin rio y replicó: «Es
cierto. Pero usted es aún más extraordinario que yo».
Cuando Einstein quiso saber
la razón, el intérprete contestó:
«Porque usted pasa una hora
hablando de física cuántica y nadie entiende nada».
Así que, con esa advertencia
en mente, me dispuse a cambiar mi chip mental para adentrarme en los principios
fundamentales de la física cuántica. Como un navegante variando el rumbo de su
barco, sabía que debía abandonar la ontología materialista y el método
científico si quería entender algo de este nuevo territorio. El mensaje estaba
claro: tenía que cambiar de paradigma.
El universo de las partículas
elementales En el mundo cuántico, si tomas las partículas subatómicas y las
aceleras en un acelerador de partículas, estas chocan entre sí a velocidades
vertiginosas cercanas a la de la luz. Al final, llegamos a las partículas
elementales: electrones, quarks, gluones, bosones y gravitones. Pero ¿qué hay
más allá del quark? El fotón. Y el fotón es luz, es energía. Así que, en última
instancia, todo se reduce a la energía.
Aunque todas las partículas
mencionadas son fundamentales, cada una tiene propiedades y roles diferentes en
el universo: Electrones. Son partículas subatómicas con carga eléctrica
negativa que orbitan alrededor del núcleo de un átomo. Los electrones son
responsables de la mayoría de las propiedades químicas de los elementos,
incluidas su reactividad y la formación de enlaces con otros átomos.
Quarks. Estas partículas elementales
componen los protones y neutrones dentro del núcleo de un átomo. Los quarks
tienen seis «sabores» (up, down, charm, strange, top, bottom) y tienen una
propiedad única llamada «carga de color», que es fundamental para la fuerza
nuclear fuerte.
Gluones. Median la fuerza nuclear
fuerte, que mantiene unidos a los quarks dentro de los protones y neutrones, y
también llevan una «carga de color». A diferencia de las restantes partículas
mediadoras de la fuerza, pueden interactuar entre sí.
Bosones. Son las partículas mediadoras
de las fuerzas fundamentales del universo. Los bosones incluyen a los fotones
(que median la fuerza electromagnética), los gluones (que median la fuerza
nuclear fuerte) y los bosones W y Z (que median la fuerza nuclear débil). A
diferencia de los fermiones, como los electrones y los quarks, varios bosones
pueden ocupar el mismo estado cuántico. Estas partículas, que condicionaron la
formación de masa en el universo, fueron descritas en 2010 por el físico
británico Peter W. Higgs (1929-2024) en el laboratorio del Consejo Europeo para
la Investigación Nuclear (CERN, por sus siglas en francés), y le valieron el
Premio Nobel de Física en 2012 por su descubrimiento. Por su origen, a los
bosones se los ha llamado «las partículas de Dios».
Gravitones. Son partículas hipotéticas
que se cree que median la fuerza de gravedad. Aunque aún no se han detectado,
se predice que los gravitones serían bosones con espín. La detección de
gravitones confirma que la gravedad puede ser descrita por la teoría cuántica.
Es importante destacar que
estas partículas operan en el nivel más fundamental del universo y son
responsables de las propiedades y comportamientos de toda la materia.
Las leyes fundamentales de la
física cuántica son: El elemento estructural del universo no es la materia, es
la energía. Todo es energía.
La energía no se crea ni se
destruye, únicamente se transforma.
La energía se propaga en
ondas electromagnéticas de frecuencia e intensidad variables.
Principios cuánticos básicos
El físico teórico francés
Louis-Victor-Pierre-Raymond de Broglie, séptimo duque de Broglie (1892-1987),
hizo una observación sorprendente al estudiar las partículas subatómicas:
descubrió que podían estar en varios lugares al mismo tiempo y que podían
manifestarse como onda (energía) o bien como partícula (materia).
Llegó así a la conclusión de
que ambas eran los dos extremos de un mismo elemento: la energía.
En su tesis doctoral,
publicada en 1924, Louis de Broglie postuló la naturaleza ondulatoria de los
electrones y sugirió que toda la materia tiene propiedades ondulatorias. Este
concepto, llamado «la hipótesis de De Broglie», es un ejemplo de dualidad
onda-partícula y forma uno de los pilares centrales de la teoría de la mecánica
cuántica. Es la superposición de estados.
Estas ideas fueron tan
revolucionarias que incluso algunos físicos las rechazaron en un primer
momento. Sin embargo, Albert Einstein apoyó de manera entusiasta las
conclusiones del físico francés. De Broglie fue el primer científico de alto
nivel que pidió la creación de un laboratorio multinacional, una propuesta que
llevó a la creación del CERN.
La hipótesis de De Broglie
fue finalmente confirmada por el experimento de difracción de electrones
realizado por los físicos estadounidenses Clinton J. Davisson y Lester H.
Germer en 1927.
Este experimento demostró que
los electrones pueden comportarse como ondas, confirmando así la dualidad
onda-partícula que había formulado De Broglie.
Por su contribución a la
física cuántica, Louis de Broglie fue galardonado con el Premio Nobel de Física
en 1929. La aportación de De Broglie a la física cuántica no se limita a su
hipótesis. Su trabajo fue ampliado en una mecánica de ondas completa por el
físico y matemático Erwin Schrödinger (1887-1961), quien contribuyó a la
creación de la mecánica cuántica y definió la ecuación de onda de probabilidad.
El físico danés Niels Bohr,
premio Nobel de Física en 1922, profundizó en lo que había apuntado De Broglie.
Basándose en el famoso experimento de doble rendija de Thomas Young (1773-
1829), Bohr observó algo
fascinante. Pasando un flujo de electrones a través de la doble rendija, estos
se manifestaban en la pantalla como ondas con interferencias. Cuando una
conciencia inteligente observaba el flujo de electrones que pasaban por las
rendijas, estos se transformaban en partículas. Llegó a la conclusión de que
una conciencia inteligente tiene la capacidad de transformar la onda de energía
en partícula de materia. A este fenómeno se le llama «colapso de la energía».
Por su parte, el físico
Eugene Wigner (1902-1995) y el matemático John von Neumann (1903-1957)
afirmaron que, en mecánica cuántica, hay que considerar siempre la presencia de
la conciencia inteligente.
Esto nos lleva a una idea
revolucionaria: el ser humano tiene la capacidad de colapsar la energía. Ya no
somos meros espectadores del universo, sino que somos cocreadores de nuestra realidad.
Como dijo Max Planck, padre de la teoría cuántica: «Cuando cambias la forma en
que ves las cosas, las cosas que ves cambian». Y eso es precisamente lo que
estamos haciendo al estudiar las ECM.
Los seres vivos no nos
limitamos a observar sin más el universo que nos rodea, también contribuimos a
crear nuestra realidad. El determinismo del método científico no es cierto.
Todo lo material que observamos es una ilusión, es energía colapsada en
materia. Las filosofías orientales, como el hinduismo y el budismo, llegaron a
la misma conclusión siglos antes de Cristo con la meditación y la
espiritualidad. Todo es una ilusión que estos sistemas de creencias definieron
con el término «maya».
Durante una famosa reunión en
1927, se planteó la discusión sobre si la mecánica cuántica se fundamentaba en
la causalidad o en la probabilidad. Einstein defendió la primera con su famosa
frase «Dios no juega a los dados». Sin embargo, Bohr, Schrödinger y Heisenberg
apostaron por la dinámica de la probabilidad… y ganaron.
Werner Heisenberg
(1901-1976), discípulo de Bohr, obtuvo el Premio Nobel de Física en 1932. Con
Schrödinger y Paul Dirac, describió el principio de incertidumbre. Heisenberg
postuló que ciertas propiedades atómicas, como la posición y la velocidad del
electrón, nunca podrían conocerse con exactitud, porque es imposible medirlas
simultáneamente.
Einstein, Bohr y Bell —todos
ellos premiados con el Nobel—, junto a Nathan Rosen y Boris Podolski,
describieron el principio de entrelazamiento cuántico, que consiste en la
transmisión de información independiente del espacio y del tiempo. Para ello,
realizaron un interesante experimento. Dividieron un grupo de fotones o
electrones relacionados en dos grupos. Un grupo se mantuvo en el laboratorio,
mientras que colocaron el otro a una distancia aleatoria. Se cambió una
propiedad cuántica en los electrones del laboratorio (por ejemplo, el espín o
eje de rotación de las partículas). Así, comprobaron que en el mismo momento
aparecía el cambio en los electrones situados a distancia, es decir, se
producía una transferencia de información independiente del espacio y tiempo.
Hubo autores que se opusieron a este principio, puesto que iba en contra del
principio de relatividad de Albert Einstein, al superar la velocidad máxima de
300 000 km/s. El principio es cierto en una situación bidimensional, pues la
relatividad se cumple en el espacio tridimensional.
Hay parámetros del método
científico que cambian en mecánica cuántica. El tiempo es lineal en el método
científico, con pasado, presente y futuro. En mecánica cuántica, como
demostraron Einstein y Stephen Hawking, es circular. Únicamente existe el
presente, el momento actual, el ahora. La eternidad en mecánica cuántica es la
ausencia de pasado y futuro.
El ser humano según los principios cuánticos
Los físicos teóricos a los
que recurrí comentaron que el entrelazamiento cuántico justificaba la
transferencia de información que referían los pacientes en las ECM, y les
permitía conocer en el mismo momento lo que ocurría a cualquier distancia. Al
preguntarles a los pacientes cómo creían que era posible este fenómeno,
respondían que únicamente pensando que querían estar en un lugar determinado ya
se encontraban en él.
El entrelazamiento cuántico
supone la existencia de una energía sutil de alta frecuencia no local, es
decir, que tiene continuidad fuera del cerebro. Toda energía es información.
Recordemos que el cuerpo del paciente está clínicamente muerto, sin conciencia
local o neuronal, mientras le estamos aplicando las maniobras de reanimación
cardiorrespiratorias. A esta conciencia no local, que tiene continuidad fuera
del cerebro y persiste a pesar de la muerte clínica, la denominamos
«Supraconciencia».
Si aplicamos con una visión
antropológica los principios cuánticos básicos al ser humano, igual que se hizo
anteriormente con los principios del método científico, la colaboración de los
físicos teóricos lleva a tres grandes conclusiones:
1. Cuerpo. Es energía
de baja frecuencia tridimensional. Todo objeto material está formado por átomos
y, en realidad, está vacío. Si imaginamos un átomo de nuestro cuerpo cuyo
núcleo tuviera el tamaño de una pelota de golf y lo situáramos en el centro de
un campo de fútbol, los electrones estarían girando en la última fila de la
grada y aún más lejos. Existen enormes espacios entre las partículas
subatómicas que permiten, con toda facilidad, el paso de ondas
electromagnéticas sutiles entre ellas. Esto se denomina «efecto túnel». Un
físico teórico comentó que el efecto túnel justificaba el comentario de los
pacientes sobre la facilidad que tenían durante la ECM para atravesar
estructuras sólidas. Ya he contado unas páginas atrás que una paciente me
comentó que, al intentar tocarme, pasó fácilmente a través de mi cuerpo. El
efecto túnel es otra prueba más con base científica que justifica las vivencias
de los pacientes durante la ECM.
2. Mente con todos sus
actos anímicos. La justificación cuántica es muy evidente. Emociones,
sentimientos, pensamientos, recuerdos, memoria y conciencia local son energía
de alta frecuencia electromagnética. Por la superposición de estados, la
energía puede presentarse como materia o como onda.
3. Supraconciencia. Hemos
de aceptar, ante la evidencia, la existencia de la Supraconciencia, una energía
sutil de alta frecuencia que persiste a pesar de la muerte clínica y tiene
continuidad fuera del cerebro. Esta energía sutil, una conciencia no local,
justifica las vivencias que nos cuentan los pacientes tras la ECM.
7. Se muere como se vive
Una vida que no
se examina no vale la pena vivirla. SÓCRATES
Nuestro cuerpo físico es una
manifestación de energía de baja frecuencia. Tras la muerte física, este cuerpo
deja de hallarse en la forma que conocemos, pero esto no significa el fin de
nuestra existencia real.
Nuestra realidad existencial,
que es la conciencia no local, perdura más allá de la muerte física. Esta
conciencia no local, nuestra verdadera esencia, no está limitada por las
restricciones del tiempo y el espacio que conocemos en nuestra realidad física,
sino que esta forma de existencia trasciende las limitaciones de nuestro cuerpo
físico.
Después de la muerte
corporal, nuestra conciencia no local continúa su viaje más allá del plano
físico. Aunque nuestro cuerpo físico haya dejado de funcionar, la energía que
lo compone no desaparece. Según el principio de conservación de la energía,
esta se transforma y sigue existiendo en otras formas.
Por tanto, insisto: aunque la
muerte signifique el fin de nuestro cuerpo físico tal y como lo conocemos, no
es el fin de nuestra existencia.
La estructura de la materia
Nuestro cuerpo físico está
compuesto de materia. Demócrito, un filósofo griego que vivió entre los años
470 y 360 a. de C., propuso que toda la materia estaba compuesta de átomos,
unas partículas pequeñas e indivisibles. Durante muchos siglos, este principio
de Demócrito fue ampliamente aceptado. Se consideraba el átomo como una entidad
inamovible, es decir, se creía que no podía existir una partícula más pequeña.
Sin embargo, con los avances
en la mecánica cuántica y la física cuántica, ahora sabemos que esta visión es
incompleta. Aunque el átomo sigue siendo una parte fundamental de la estructura
de la materia, hemos descubierto que está compuesto por partículas aún más
pequeñas, conocidas como partículas subatómicas.
Estas partículas subatómicas
incluyen protones, neutrones y electrones. Además, los protones y los neutrones
están compuestos, como hemos visto, por partículas aún más pequeñas, llamadas
quarks. Así, la visión de Demócrito del átomo como una entidad indivisible ha
sido reemplazada por un modelo más complejo y matizado de la estructura de la
materia.
Todo el universo tiende hacia la entropía
Nuestro cuerpo físico sigue
las leyes de la termodinámica tras la muerte. En particular, se rige por la
segunda ley de la termodinámica, que establece que todo en el universo tiende
hacia la entropía.
La entropía es un concepto
que se refiere a la tendencia natural al desorden o el caos. En ausencia de
leyes o fuerzas que mantengan el orden, todo sistema tiende a moverse hacia un
estado de mayor desorden. Esto es lo que sucede con nuestro cuerpo tras la
muerte: sin las funciones vitales que mantienen el orden físico, se descompone
y vuelve a formar parte del ciclo natural de la vida. En otras palabras, como
nuestro cuerpo es polvo de estrellas prestado, al descomponerse vuelve al
universo.
Sin embargo, mientras que
nuestro cuerpo físico está sujeto a estas leyes termodinámicas, nuestra
conciencia no local no lo está.
La Supraconciencia, como
hemos avanzado, es una forma de existencia que trasciende las limitaciones
físicas de nuestro cuerpo.
Aunque nuestro cuerpo físico
pueda descomponerse y volver al caos, nuestra conciencia no local perdura.
En este sentido, la física
cuántica ofrece una nueva perspectiva sobre la naturaleza de la conciencia y su
relación con la muerte física.
Cómo se mantiene el orden en nuestra
vida
Durante nuestra existencia
física, hay leyes que rigen el orden en nuestro organismo y la perfecta
biología de nuestro cuerpo. ¿Quién mantiene estas leyes que permiten que
nuestro organismo evolucione de manera ordenada durante toda nuestra vida? La
respuesta es nuestra auténtica esencia, la presencia de la energía primordial
en cada uno de nosotros, nuestra energía vital: la conciencia no local.
La conciencia no local actúa
sobre la conciencia local, influyendo en la forma en que percibimos y
experimentamos el mundo. Aunque estamos arraigados en nuestros cuerpos físicos,
nuestra conciencia no local nos permite trascender estas limitaciones físicas y
conectarnos con un campo de conciencia más amplio.
Esta interacción entre la
conciencia no local y la local puede ser vista como una danza dinámica. La
primera, con su perspectiva más amplia y su conexión con el todo, guía a la
segunda, ayudándola a navegar por el mundo físico. Al mismo tiempo, nuestras
experiencias locales informan a nuestra conciencia no local, permitiéndonos
crecer y evolucionar como seres conscientes.
Los microtúbulos y la
transferencia de información Penrose y Hameroff, mientras investigaban acerca
de los efectos de la anestesia, por separado y sin conocimiento del trabajo del
otro, llegaron a la misma conclusión en un fenómeno conocido como sincronía.
Ambos descubrieron que la relación entre la conciencia no local y la local se produce
en unas estructuras llamadas microtúbulos.
En la década de 1990, treinta
años antes de que Penrose ganara el Premio Nobel de Física por su predicción de
los agujeros negros, estos dos investigadores se asociaron para proponer una
ambiciosa teoría sobre la conciencia. Según su planteamiento, el sistema
neuronal del cerebro forma una intrincada red y la conciencia que produce
debería obedecer a las reglas de la mecánica cuántica.
Esta teoría sugiere que la
conciencia se deriva de las vibraciones cuánticas en los microtúbulos, unas
estructuras proteicas que forman parte del citoesqueleto de las células
neuronales. Estas estructuras juegan un papel crucial en diversas funciones
celulares, como la división celular y el transporte intracelular. En el contexto
de la conciencia, se ha propuesto que los microtúbulos podrían actuar como
canales para la transferencia de información entre la conciencia no local y la
local.
Imagina que una célula es una
ciudad bulliciosa. Los microtúbulos serían el sistema de metro de esta gran
urbe. Al igual que los trenes del metro transportan personas de un lugar a
otro, los microtúbulos transportan moléculas y vesículas —microcomponentes que
almacenan o digieren productos y residuos celulares— a diferentes partes de la
célula.
Y al igual que un sistema de
metro bien diseñado contribuye a mantener una ciudad organizada y sin
problemas, los microtúbulos ayudan a conservar la estructura de la célula y
facilitan su funcionamiento eficiente. Además, al igual que los túneles del metro
permiten viajar por debajo del bullicio de la superficie, los microtúbulos
podrían permitir a nuestra conciencia viajar más allá de las limitaciones
físicas de nuestro cuerpo.
La transformación del cuerpo
Sin las funciones vitales que
mantienen el orden, nuestro cuerpo físico comienza a descomponerse después de
la muerte, un proceso que hemos observado en el estudio de la anatomía humana.
Este proceso de
descomposición, sin embargo, no significa que se pierda algo. Aunque nuestro
cuerpo físico se transforma y se descompone, no se pierde ni un átomo ni la más
mínima cantidad de energía. En lugar de eso, se transforma en otras formas de
energía y materia.
Podemos pensar en este
proceso como una metamorfosis, similar a la manera en que una oruga se transforma
en mariposa. Aunque la forma física cambia drásticamente, la esencia subyacente
(en este caso, los átomos y la energía) permanece y simplemente se transforma
en algo nuevo.
En definitiva, aunque la
muerte física signifique el fin de nuestro cuerpo tal como lo conocemos, no es
el fin de nuestra existencia.
Nuestros átomos y nuestra
energía continúan existiendo en nuevas formas, perpetuando el ciclo infinito de
la vida y la muerte.
Sin miedo a la muerte
Nuestra auténtica esencia,
nuestra conciencia no local, se libera en el momento de la muerte y se traslada
a otra dimensión, a otro nivel, a otra situación energética.
Esta transición puede ser
vista como un viaje hacia una nueva fase de existencia, más allá de las
limitaciones físicas de nuestro cuerpo. Aunque este pueda descomponerse y
volver al caos, nuestra conciencia no local perdura.
Por tanto, podemos concluir
que no hay que temer a la muerte.
La muerte no es el fin, sino
una transformación, un paso hacia una nueva forma de existencia. En lugar de
temerla, podemos verla como una parte natural e inevitable de nuestra
existencia, un paso más en nuestro viaje como seres conscientes.
Podemos abrazar la muerte
como una parte integral de la vida, un paso necesario en nuestro viaje eterno
como seres conscientes. No es un final, sino una transformación y un nuevo
comienzo.
Y entonces, ¿por qué la
tememos?
Es comprensible que muchas
personas teman a la muerte por varias razones. Una de ellas es que el paso de
la vida a la muerte y todo lo que precede a este momento puede ser traumático,
doloroso y desagradable. Este proceso puede venir acompañado de una gran
soledad y angustia.
Uno de los factores que más
contribuyen al miedo a la muerte es algo que entenderás y con lo que te
sentirás identificado: nuestro instinto de conservación, de supervivencia, de
querer seguir vivos.
Este instinto es
extremadamente poderoso y nos impulsa a aferrarnos a la vida. De hecho, no es
más que una herramienta biológica para favorecer la propia supervivencia física
del organismo ante los peligros y los riesgos.
La muerte supone un paso a lo
desconocido que provoca miedo, inseguridad y angustia. Finalmente, la muerte
supone dejar todo lo conseguido durante la vida —familia, amigos, bienes
materiales, etcétera— y por lo que tanto hemos luchado. Aquí me gustaría decir
que, a menudo, malgastamos nuestro tiempo finito en acumular cosas que no
podremos llevarnos cuando muramos, en lugar de disfrutar de la vida. Venimos
sin nada y nos vamos sin nada.
Es importante recordar, sin
embargo, que aunque este paso pueda ser difícil, no es el final de nuestra
existencia. Como he dicho anteriormente, nuestra conciencia no local, nuestra
verdadera esencia, continúa más allá de la muerte física.
¿Cómo vivimos cuando entendemos la realidad existencial?
Si comprendiéramos plenamente
la realidad existencial, es probable que actuásemos de manera diferente. Sin
embargo, vivimos en una sociedad donde a menudo se promueven la ignorancia, la
pobreza, la enfermedad y el miedo.
Estos factores pueden ser
perpetrados por entidades poderosas y muy diversas, entre las que se incluyen
la civilización en general, la política y los medios de comunicación. A menudo,
a estas entidades les interesa mantener a la población en un estado de
ignorancia y miedo, ya que esto puede facilitar el control y la manipulación de
los sometidos.
Sin embargo, es importante
recordar que cada uno de nosotros tiene el poder de buscar la verdad y de
cuestionar las narrativas que se nos presentan. Al comprender nuestra verdadera
naturaleza como seres conscientes y reconocer nuestra capacidad para trascender
las limitaciones físicas de nuestro cuerpo, podemos empezar a liberarnos del
miedo y a vivir de una manera más auténtica y empoderada.
Sabemos que, tras la muerte,
nuestro cuerpo físico —que no es más que un traje o una envoltura— se
descompone. Los átomos que lo componen regresan al universo y pueden formar
parte de otras materias. Aunque estos átomos nos fueron prestados por un
tiempo, eventualmente deben ser devueltos.
Como dice el refrán, se muere
como se vive. Así que, en lugar de temer a la muerte, podemos enfocarnos en
vivir nuestras vidas de la manera más plena y auténtica posible.
Vivir en armonía
Aquellos que viven con
conocimiento de su realidad existencial tienden a morir en paz, en armonía y
con gozo. No se asustan ante la muerte, ya que comprenden que la realidad es un
ciclo de nacimiento, amor y muerte. Estos son los tres principios básicos de
nuestra vida.
Al comprender y aceptar estos
principios, podemos disfrutar nuestras vidas de una manera más plena y
significativa. No hay necesidad de temer a la muerte, ya que es simplemente una
parte del ciclo natural de la vida. En lugar de temerla, podemos abrazarla como
una transición hacia una nueva fase de nuestra existencia.
Así que, en lugar de vivir
con miedo a la muerte, podemos elegir vivir en armonía con nuestra realidad
existencial. Podemos celebrar la vida, amar profundamente y enfrentar la muerte
con serenidad y aceptación. Esta es la clave para experimentar una vida plena y
significativa.
8. Propiedades de la Supraconciencia
Quien mira hacia fuera sueña;
quien mira hacia dentro despierta. CARL JUNG
El
tiempo no es en absoluto lo que parece. No fluye solamente en una dirección, y
el futuro existe simultáneamente con el pasado. ALBERT EINSTEIN
La Supraconciencia, como energía
sutil de alta frecuencia no local, presenta las siguientes propiedades:
Eternidad. De acuerdo con los principios
de la mecánica cuántica, solo existe el momento presente, el ahora. Por tanto,
en términos cuánticos, la eternidad es la ausencia de pasado y futuro.
Es holística respecto a la
conciencia cuántica universal.
El término filosófico
«holístico» considera un determinado campo o reflexión como un todo, de manera
que las propiedades del todo no son aquellas de las partes, sino que las partes
tienen las propiedades del todo. Las partes son similares, pero pueden
presentar diferente escala. Se relaciona con el concepto matemático del
fractal, definido por algoritmos y estudiado por el matemático Benoît
Mandelbrot (1924-2020), profesor en la Universidad de Yale. Un fractal es un
objeto geométrico en el que la misma parte o fracción se repite, con diferentes
escalas y orientación, una y otra vez.
El láser produce una luz pura
e intensa y proporciona el holograma de un objeto tridimensional, una imagen
sin profundidad real. La conciencia cuántica universal es un holograma formado
por las Supraconciencias, de manera que cada una tiene las propiedades del
todo. Las propiedades de la conciencia cuántica universal son la omnipresencia,
la eternidad, la omnisciencia (recordemos la intuición que siempre expresa la
verdad) y la omnipotencia.
El científico e inventor
Itzhak Bentov (1923-1979) lo resumió con estas palabras: «Henos aquí, todos
formamos parte de este grandioso holograma llamado Creación, que es el yo
interior, la Supraconciencia de todos los demás. Es todo un juego cósmico.
¡Y no hay nada más que tú!».
Forma parte del todo, está
unida amorosamente a todo el universo. Somos universo, somos naturaleza. Desaparece
totalmente el concepto de dualismo o separación entre observador y objeto que
caracteriza al método científico.
El holograma de la
Supraconciencia conectada universalmente nos permite que, en el preciso
instante en que creamos nuestros buenos deseos y oraciones, estos ya sean
recibidos en su destino.
A través del holograma de la
Supraconciencia, un cambio en nuestra vida se refleja en todas y cada una de
las partes que forman nuestro mundo. Esto explica la sincronicidad existente a
pesar de la separación física.
La Supraconciencia es nuestra
auténtica identidad, la que nos hace únicos e irrepetibles. Tiene la capacidad
de colapsar la energía en materia y es holística respecto a la energía cuántica
universal. En otras palabras, la Supraconciencia es la presencia de la energía
primera en cada uno de nosotros.
Son muchos los testimonios
que glosan nuestra relación con la energía cuántica universal. El escritor
francés Victor Hugo (1802-1885) consideraba que se trata de la presencia de
Dios en cada uno de nosotros. Paramahansa Yogananda (1893-1952), un gurú hindú
muy evolucionado, la describió en su obra Autobiografía de un yogui como la
manifestación finita del Infinito en cada ser. Y cuántas veces Jesucristo
repitió que los seres humanos, hijos de Dios, estamos hechos a imagen y
semejanza de Abba, el Padre.
La Supraconciencia no puede
manifestarse tridimensionalmente, al ser una energía de alta frecuencia, pero
se expresa de diferentes maneras que avalan su existencia:
La introspección y la
meditación profunda. Nos permiten percibir que nuestra individualidad no es ni el
cuerpo ni la mente. Detrás está nuestra auténtica identidad, la
Supraconciencia, que nos hace únicos e irrepetibles.
La intuición. Es la expresión de la
omnisciencia de nuestra Supraconciencia. Ante un problema, buscamos las
posibles soluciones racionalmente, a través de la actividad de la zona
prefrontal de los lóbulos frontales del cerebro, sin llegar a una clara
conclusión sobre la decisión que debemos tomar. Sin embargo, nuestra intuición,
de manera espontánea y sin razonar, nos proporciona la solución correcta. Nunca
nos engaña. Cuanto más espiritualizada está la persona, más intuitiva es.
La intuición es una forma de
conocimiento que va más allá de la lógica y la racionalidad. Es una percepción
inmediata o el conocimiento de algo sin la intervención del razonamiento. A
menudo se describe como un «sentimiento en el estómago» o un «sexto sentido»
que nos hace llegar información o las respuestas que esperamos. La intuición
puede surgir en forma de una corazonada, un presentimiento o una sensación
visceral.
En el contexto de la
Supraconciencia, la intuición puede ser vista como una manifestación de esta
energía sutil y de alta frecuencia. Según el filósofo y escritor francés Henri
Bergson (1859-1941), conocido por sus contribuciones a la filosofía de la
mente, la intuición es una tendencia que se desarrolla a partir de la
Supraconciencia. A través de la intuición, uno puede percibir las oposiciones
metafísicas como el espacio y la duración, la materia y la vida, la necesidad y
la libertad, y la inteligencia y la intuición, como inversiones de la
Supraconciencia.
La creatividad. La obra de arte es la
expresión en un momento dado de la conciencia no local a través de un lenguaje
artístico como la pintura, la música, la escultura o cualquier otro.
La creatividad es una
manifestación de la Supraconciencia que nos permite crear algo nuevo a partir
de «nada». Esta capacidad de crear no se limita a la producción de objetos
físicos, sino que también incluye la generación de ideas, soluciones a
problemas, métodos, interpretaciones y formas artísticas. La creatividad es la
forma más libre de autoexpresión y puede reflejar y nutrir la salud emocional
de un individuo.
Esta es la razón por la cual
la obra de arte es irrepetible.
Cuando le preguntaban al
pintor posimpresionista Paul Gauguin (1848-1903) cómo concebía sus obras
pictóricas, él respondía:
«Cierro los ojos y veo la
imagen en mi mente».
Las máquinas nunca crearán.
En realidad, gestionan datos a una velocidad que nunca podrá alcanzar una
persona, gracias a unos algoritmos y softwares instalados en ellas por la mente
humana.
Las vivencias trascendentes. Todas ellas, incluidas las
ECM, tienen su origen en la conciencia no local, en la Supraconciencia:
telepatía, clarividencia, precognición, vivencias místicas, psicoquinesia,
reencarnación, vivencias de los moribundos, etcétera.
Los arquetipos. Citados por Platón y
especialmente por el psiquiatra y psicólogo Carl Gustav Jung (1875-1961), son
unos principios universales que rigen el pensamiento de toda la humanidad y que
indican si nuestros actos son éticos. Son expresión de nuestra Supraconciencia
y condicionan una dinámica vital positiva en la que imperan el altruismo, la
empatía, la bondad, la justicia y especialmente el amor (que, como expresaba
Einstein, es la energía más potente del universo). Immanuel Kant, filósofo
alemán del siglo XVIII y uno de los pensadores más influyentes de su época,
consideraba que existen dos realidades importantes: una externa, al mirar la
grandeza y perfección del universo, haciendo referencia a la energía cuántica
primera, y una segunda, interna, que nos indica si nuestras acciones son éticas
y morales o no, manifestándose en una sensación interior de paz y armonía o de
inconformidad. Son la expresión de nuestra conciencia no local, holística con
la conciencia cuántica primera.
La felicidad. Nunca alcanzaremos la
felicidad si no actuamos de acuerdo con nuestra Supraconciencia. Nuestra
identidad fundamentada en el materialismo tiene un origen externo y es
insegura, cambiante y temerosa. Es nuestro ego, que defino como el «no yo».
Depende en gran medida de la opinión de los demás. Sus objetivos son
materiales: reconocimiento, éxito, fama, riqueza, poder y dominio. Para
conseguir estos objetivos, con frecuencia el ego adopta dinámicas vitales
negativas en las que impera la competitividad excesiva, el recelo, los celos,
el odio, la agresividad y la violencia, que el político y pensador Mahatma
Gandhi (1869-1948) definía como el límite de la incompetencia. La pérdida de
valores, la agresividad y la violencia de nuestra sociedad occidental son
consecuencia de la gran egomanía imperante.
El ego actúa en el pasado,
que condiciona sentimientos de culpabilidad, y en el futuro, con angustia por
la incertidumbre.
Es enemigo del presente,
nuestra auténtica realidad existencial.
Se mueve entre opuestos,
existiendo siempre una lucha en la frontera: vida-muerte, salud-enfermedad,
felicidad-sufrimiento, luz-oscuridad y un largo etcétera. El ego lucha para
eliminar al opuesto que no le interesa, pero nunca es posible, pues uno genera
al otro, como muy bien se expresa en el Tao Te Ching del filósofo chino Lao-Tse
(siglo VI a. de C.). Si trazamos una línea curva, en un lado es cóncava y en el
otro es convexa, no puede existir uno sin el otro. Los opuestos son una ilusión
del ego.
El placer, provocado por el
ego, es una respuesta emocional intensa ante un estímulo externo. A la larga,
este condiciona un hábito, que requiere cada vez mayores estímulos. Con
frecuencia, al placer le sigue el sufrimiento. Esta consecuencia se debe a la
acción de la dopamina, un neurotransmisor estimulante de la actividad neuronal.
El ego separa, aísla,
provocando un claro dualismo entre el observador y el objeto. La soledad
angustia y aboca con facilidad a la depresión. Los antidepresivos están entre
los fármacos más prescritos en la actualidad.
La auténtica felicidad se
origina en la Supraconciencia, en nuestro interior, y provoca paz, armonía,
gozo, quietud y silencio. Es una respuesta a un neurotransmisor, la serotonina,
que inhibe y frena la actividad neuronal.
El libre albedrío. La auténtica libertad es una
propiedad de la Supraconciencia. Nunca seremos auténticamente libres bajo el
control del ego. Nuestra dinámica vital viene condicionada por nuestro
carácter, que podríamos definir como la manera de ser, pensar y actuar. El
carácter condiciona el pensamiento y este, los sentimientos.
Aristóteles, cuyas palabras
siguen totalmente vigentes en la actualidad, expresó de manera magistral cómo
se estructura el carácter:
El pensamiento condiciona la
acción.
La acción determina el
comportamiento.
El comportamiento repetido
crea hábitos.
Los hábitos estructuran el
carácter.
El carácter marca el destino.
Definimos el hábito como la
respuesta automática de nuestra mente después de un periodo de aprendizaje.
Este mecanismo tiene la gran ventaja de ahorrarnos una gran cantidad de energía
mental en nuestra vida diaria. A partir de los treinta y cinco o cuarenta años
de edad, por ejemplo, más del 90 % de nuestros actos son hábitos.
¿Cuándo se adquieren los hábitos que estructuran el carácter?
Este proceso empieza ya en el
claustro materno y se prolonga durante los primeros siete a nueve años de vida.
A pesar de que esta etapa de la vida es tremendamente importante, los padres
suelen tener un escaso conocimiento de ella. Los hábitos se adquieren sobre
todo en el entorno familiar y, después, en el social.
Nuestras decisiones y reflexiones
dependen totalmente de nuestro carácter y, por tanto, del libre albedrío. Para
ser libres, debe ser nuestra auténtica identidad —la Supraconciencia— la que
tome las decisiones.
No es fácil ser realmente
libre, ser auténtico, como expresaba Tales de Mileto (624-548 a. de C.), uno de
los sabios presocráticos: Lo más difícil del ser humano es conocerse a sí
mismo, y lo más fácil es hablar mal de los demás.
¿Podemos cambiar nuestros
hábitos y, por tanto, estructurar de manera adecuada nuestro carácter si no es
auténtico? La respuesta es, sin lugar a dudas, que sí.
El científico Santiago Ramón
y Cajal, premio Nobel de Medicina en 1906, introdujo el concepto de plasticidad
del cerebro, que resumió en esta frase: «El hombre es el escultor de su cerebro».
Este concepto de plasticidad no se entendió ni se aceptó en su época.
Décadas después, con el
progreso de las neurociencias, se introdujeron los conceptos de
neuroplasticidad y neurogénesis que otorgaban la razón a Ramón y Cajal. Así,
Eric Kandel recibió el Premio Nobel de Medicina en 2000 por sus aportaciones
sobre la neuroplasticidad.
La neuroplasticidad es la
capacidad del sistema nervioso central de formar nuevas conexiones neuronales,
potenciada por la neurogénesis —el proceso que genera nuevas neuronas a partir
de las células madres de la glía—, si estimulamos adecuadamente el sistema
nervioso. Este efecto es tan importante que los neurofisiólogos afirman que
podemos mantener el cerebro joven durante toda la vida. La neuroplasticidad y
la neurogénesis se activan con tres herramientas básicas:
1. Vida sana. Incluye
una alimentación equilibrada, tanto cualitativa como cuantitativamente, y la
práctica de ejercicio físico.
2. Actividad intelectiva. Tiene
diferentes formas y niveles, como leer, estudiar, tocar un instrumento, viajar,
juegos de memoria, etcétera.
3. Relación social. La
interacción con los demás y con el entorno ocasiona un intercambio energético
que condiciona y favorece la actividad cerebral.
En 2005 un grupo de
científicos solicitó al actual Dalái Lama, cabeza espiritual del budismo
tibetano, la posibilidad de valorar bajo control electroencefalográfico a
monjes tibetanos evolucionados espiritualmente. Para ello, estos monjes
alcanzaban estados de meditación profunda con posibilidad de desdoblamiento, en
este caso, voluntario. El Dalái Lama accedió, ya que es un defensor de los
conceptos cuánticos. Los lamas evolucionados espiritualmente presentaron un
electroencefalograma normal en condiciones basales: ondas delta (0,1-4 Hz) en
el sueño profundo, ondas zeta (4-8 Hz) en la etapa crepuscular al despertar,
ondas alfa (8-12 Hz) en actividades imaginativas y ondas beta (12-30 Hz) en la
fase de vigilia. Todos estos tipos de ondas, que se clasifican en función de su
amplitud, son de baja, media y alta frecuencia. Cuando los lamas entraron en
meditación profunda, en el campo de la conciencia no local presentaron unas
ondas gamma (30-100 Hz) de altísima frecuencia. Las ECM establecen un paradigma
diferente que cuestiona el materialismo y escepticismo del método científico
con un nuevo planteamiento de la continuidad de la vida después de la muerte en
otra dimensión.
9. Biología cuántica
La vida parece ser materia
ordenada que evita la rápida decadencia hacia el equilibrio termodinámico de la
muerte. ERWIN SCHRÖDINGER
La realidad existencial del
ser humano es su conciencia no local, que da vida al cuerpo y a la mente. Así,
nos preguntamos sobre la relación del cerebro y la mente con la conciencia no
local. El cerebro actúa como un interfaz entre ellas, como una conexión entre
dos sistemas independientes. Se ha comparado a un aparato de televisión que
recibe información en forma de ondas electromagnéticas desde un estudio y las
transforma en imágenes y sonido.
La biología cuántica estudia
los procesos que tienen lugar en los seres vivos y que se fundamentan en
efectos característicos de la mecánica cuántica. En esta rama científica hay
una unión entre la física, la química y la biología. Los principios básicos
cuánticos que justifican la biología cuántica son:
La coherencia cuántica
El entrelazamiento cuántico
La superposición de estados
El fenómeno del túnel
Einstein ya apuntaba la
posibilidad de que se dieran procesos cuánticos en el campo de la biología.
Bohr sugirió, en la década de 1930, que los principios de la física cuántica
podrían ser relevantes en ese ámbito. Sin embargo, durante mucho tiempo, estas
ideas fueron en gran medida ignoradas por la comunidad científica.
Schrödinger, en su libro ¿Qué
es la vida?, publicado originalmente en 1944, afirmaba que la biología podía
fundamentarse en la mecánica cuántica. Poco antes, en 1943, el matemático y
físico alemán Pascual Jordan (1902-1980) había introducido el concepto de
biología cuántica.
En la década de 1990, Penrose
y Hameroff descubrieron —por separado, como ya he comentado— que la
transferencia de información entre la conciencia local y la no local se produce
en los microtúbulos, que actúan como canales. Estas estructuras forman parte
del microesqueleto de las células eucariotas neuronales, formados por una
proteína, la tubulina, compuesta de un monómero alfa y beta en disposición
helicoidal. Según su teoría, el sistema neuronal del cerebro forma una
intrincada red y la conciencia obedece las reglas de la mecánica cuántica. Sin
embargo, diversos autores se opusieron a esta teoría, puesto que, para que
fuese cierta, era preciso que existiese coherencia cuántica en un entorno con
una temperatura del cero absoluto (–273 °C), donde no es posible la vida.
Diversos estudios científicos
han demostrado que en la fotosíntesis se producen fenómenos cuánticos a
temperatura ambiental. La fotosíntesis es un proceso químico que convierte la
materia inorgánica en orgánica a partir de la luz solar y dióxido de carbono
(CO2) y en el que se libera oxígeno (O2). Este proceso es fundamental para la
vida en nuestro planeta. En el medio acuático, lo realizan las algas, las
cianobacterias y diversas bacterias (rojas, púrpuras, verdes de azufre,
etcétera); en el medio terrestre, los vegetales verdes. Por ejemplo, en la
captación de la energía solar por la clorofila, una proteína vegetal,
interviene la coherencia cuántica. Los complejos proteínicos actúan como
antenas fotosintéticas que captan la energía solar y la transportan hasta los
centros de reacción químicos. Gracias a la coherencia cuántica, la energía de
la luz elige el camino más rápido y eficiente para llegar hasta ellos, lo que
permite que el 95 % de dicha energía se transforme en menos de la
milmillonésima parte de un segundo.
La ferritina, una proteína
presente en casi todos los organismos vivos y que interviene en el transporte y
almacenamiento del hierro, también se relaciona con fenómenos cuánticos. En
2021 un grupo de investigadores del Instituto de Tecnología e Ingeniería de
Materiales de Ningbo (China) descubrió que la ferritina, muy abundante en
diferentes regiones del cerebro humano, es capaz de transportar electrones a
una distancia de 80 micrones mediante el efecto túnel.
Este descubrimiento podría
aprovecharse para tratar, por ejemplo, la enfermedad de Alzheimer.
En el olfato, en las
mutaciones del ADN, a nivel de la sinapsis neuronal, también hay procesos
cuánticos. Y se ha comprobado que los movimientos migratorios de las aves
también se orientan por fenómenos cuánticos. Un equipo de científicos de la
Universidad de Lund, en Suecia, reveló en 2021 que algunos pájaros poseen una
brújula cuántica en sus ojos. Este «dispositivo», mucho más preciso que
cualquier GPS, funciona gracias a la sensibilidad de una proteína a los
procesos físicos del comportamiento de átomos y electrones.
No cabe duda de que la
biología cuántica es un campo de investigación novedoso y apasionante, pero se
encuentra aún en una fase incipiente, por lo que conviene ser cuidadosos y
críticos con las nuevas teorías.
10. Conciencia cuántica universal
El orden implicado es una
totalidad, en el sentido de que cualquier parte determinada de él contiene
información relevante sobre el todo. DAVID BOHM
A lo largo de estas páginas
he citado la conciencia cuántica universal con nombres diferentes: conciencia
cuántica primera, inteligencia primera, energía cuántica universal, diseñador
inteligente, etcétera. Me refiero así a la causalidad descendente, al origen de
todo. Considero que conviene reflexionar al respecto, pues el único principio
está presente en todas las religiones, que le dan nombre según su
idiosincrasia: Dios, Jehová, Alá, Brahman, Tao, akasha...
La Iglesia católica controló
la cultura durante muchos siglos. Hizo una gran labor de preservación y
difusión de la cultura, fundamentándose en su ideología religiosa teológica.
Ante las situaciones conflictivas, lo atribuía a la voluntad divina.
El desarrollo científico
A partir del Renacimiento, se
inició el intento de buscar explicaciones racionales a los fenómenos de la
naturaleza. La Iglesia intentó mantener su hegemonía en el control cultural por
todos los medios, hasta llegar a la violencia, con la Inquisición. El fraile,
astrónomo y filósofo Giordano Bruno (1548-1600) —quien propuso que el Sol era
simplemente una estrella y que en el universo existían infinitos mundos
habitados por animales y seres inteligentes— murió en la hoguera acusado de
herejía. Galileo Galilei (1564-1642), inventor del telescopio y defensor de la
teoría heliocéntrica del matemático y astrónomo Nicolás Copérnico (1473-1543),
demostró que la Tierra gira alrededor del Sol y no al contrario, como se
pensaba, pero tuvo que retractarse para evitar morir quemado por hereje.
A partir de los siglos XVII y
XVIII, René Descartes e Isaac Newton, que introdujo el cálculo matemático,
establecieron las bases del método científico. A su vez, el matemático y
astrónomo francés Pierre-Simon Laplace (1749-1827) escribió un tratado sobre el
universo que impresionó incluso a Napoleón. Este mandó llamarlo para
preguntarle cómo era posible que hubiese escrito tal obra sin haber citado ni
una sola vez a Dios. Laplace le contestó: «No es necesario citar a Dios, con la
razón es suficiente».
El progresivo desarrollo
científico ha ido alejando a la humanidad de la divinidad. El materialismo, el
intelectualismo dominante en los últimos siglos, ha proporcionado una gran
riqueza material, pero también una pobreza espiritual por la destrucción de los
valores tradicionales.
Las respuestas de la ciencia
Los científicos siempre han
intentado encontrar la respuesta a dos preguntas fundamentales: el origen del
universo y el origen de la vida en nuestro planeta.
A partir del siglo XIX, y
especialmente en el XX, la física cuántica y el progreso de la astronomía han
permitido valorar en profundidad el universo. El estudio de las partículas
subatómicas en los aceleradores, como el construido por el CERN cerca de
Ginebra (Suiza), permite que nos aproximemos mucho al origen del universo.
Hoy no se concibe la
cosmología —la parte de la astronomía que trata del origen y evolución del
universo— sin la visión cuántica.
Apoyándose en la física
cuántica, la cosmología actual ha pasado de un materialismo científico
vinculado con el evolucionismo a un idealismo trascendente.
Así, hoy en día existen dos
teorías para conocer el origen del universo: la materialista y la creacionista.
La teoría materialista
considera que el universo, estático y eterno, es una singularidad. Por tanto,
no acepta la existencia del Big Bang, que supone un origen. Para los
materialistas, todo ocurre por azar y casualidad. Si el universo es solo
material, no puede tener un origen ni un fin. De la nada absoluta no se puede
originar nada, como afirmaba ya el filósofo griego Parménides en el siglo VI a.
de C., puesto que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma.
Sin embargo, son muchos los
científicos que han demostrado la existencia de un origen del universo:
En 1929, mediante el
telescopio más potente del mundo en aquel momento, instalado en el observatorio
del monte Wilson (California), el astrónomo estadounidense Edwin P. Hubble
(1889-1953) demostró la expansión del universo al observar que las galaxias se
alejaban a mayor velocidad cuanto más lejos estaban de la Tierra. Al rebobinar
los resultados, comprobó que todo coincidía en un punto: el momento del Big
Bang, la gran explosión que dio origen al universo. La fotografía de la
radiación cósmica de fondo recoge la primera luz del universo, por lo que se ha
definido como «la cara de Dios». La inflación y la expansión del universo son
la confirmación de que tuvo un origen.
La teoría de la relatividad
de Einstein vincula el tiempo, el espacio y la materia, implicando la
necesidad de un origen del universo.
El universo tiene un final,
que llegará con la muerte térmica. Por la segunda ley de la termodinámica
se tiende a la entropía, al desorden. Al consumirse el combustible de las
estrellas (hidrógeno, helio, deuterio y litio), estas se contraen y forman una
gigante roja, después una enana blanca y, finalmente, se apagan y mueren. La
existencia de un final presupone un origen.
La existencia de constantes
universales muy exactas mantiene el funcionamiento perfecto del universo.
Una pequeña variación, por ejemplo, en la fuerza de la gravedad, provocaría un
cataclismo cósmico. Pensar que estas constantes se pueden producir y mantener
por azar es una utopía. Se ha calculado matemáticamente la probabilidad y
resulta un valor inasumible.
La aparición de la vida en la
Tierra requiere que se cumpla el principio antrópico con unas
circunstancias propicias. En cosmología, el principio antrópico establece que
cualquier teoría válida sobre el universo requiere la existencia del ser
humano.
Todo está ajustado con enorme
precisión, nada está dejado al azar. El primer ser vivo en la Tierra, del que
surgieron todos los demás —conocido como LUCA, por las siglas en inglés de
«último ancestro común universal» (last universal common ancestor)—, fue un
microorganismo unicelular procariota vegetal. LUCA podría estar emparentado de
manera directa con las cianobacterias, extremadamente resistentes a entornos
muy agresivos. La continuidad de la vida requiere, además de otras funciones
biológicas, la capacidad de autorreplicarse. Para lograrla se precisa el ácido
desoxirribonucleico (ADN), que alberga el código genético, así como el ácido
ribonucleico (ARN), que transporta la información del ADN a los ribosomas,
donde se sintetizan las proteínas, y a la compleja membrana celular, auténtico
cerebro de la célula, puesto que controla la entrada y la salida de sustancias.
Todas estas moléculas y estructuras son tan complejas que es inaceptable su
aparición por azar.
Los campos morfogenéticos son
grupos celulares del embrión que determinan la formación de un órgano en
particular.
Contienen instrucciones
precisas sobre la forma y funcionamiento de los órganos correspondientes.
Median la relación entre el genotipo (el conjunto de los genes que conforman a
un individuo y se transmiten de una generación a otra) y el fenotipo (cómo se
manifiesta la información genética en cada individuo). Es la célula y no el
genoma la que actúa como unidad de estructura y función orgánica. El concepto
de campo morfogenético fue desarrollado por el biólogo Scott F. Gilbert
en 1996. Por su exactitud, los campos morfogenéticos, al igual que el resto de
las constantes cósmicas, son una manifestación de la conciencia primera, del
diseñador inteligente.
El físico teórico Amit
Goswami, en su estudio filogenético de las especies, descubrió una falta de
evolución en los fósiles conocidos. Hay saltos inexplicables en la evolución
que llevó a la aparición de los homínidos, pues existen lagunas en el
conocimiento del proceso que llevó de los reptiles a las aves: peces → anfibios
→ reptiles → ... → aves → mamíferos →primates → homínidos
Dado que la teoría de la
evolución planteada por el naturalista Charles Darwin (1809-1882) está
incompleta, puede pensarse en la intervención del diseñador inteligente, de la
conciencia pura, sin la materia, como fuerza primordial del universo.
El universo tiene una
finalidad, un objetivo con una intención lógica, inteligente en evolución. Ese
orden inteligente sigue unas leyes, y solo puede colapsar la energía una
conciencia inteligente.
Son numerosas las pruebas de
la intervención externa de un diseñador inteligente que hizo surgir el universo
de la nada. La teoría de la creación, citada en textos sagrados como el
Génesis, es la más aceptada en la actualidad para explicar el origen del
universo y de la vida en la Tierra. Gracias a la física cuántica, las
matemáticas y la informática, todos los principios expuestos, que niegan el
materialismo, están científicamente demostrados.
El estudio del origen del
universo y de la vida en nuestro planeta vuelve a acercarnos a la divinidad, a
aceptar la existencia de una conciencia cuántica primera.
Einstein afirmaba que existía
una sincronización perfecta en el universo porque seguía unas leyes. Siempre
que hay leyes, las ha establecido una inteligencia superior, en este caso, el
diseñador inteligente, la energía cuántica primera.
El filósofo Ken Wilber, en su
libro Cuestiones cuánticas, analiza la visión del origen del universo en los
padres de la física cuántica, desde Max Planck a Wolfgang Pauli. Es muy
significativo el comentario de este último: buscamos la fórmula magistral del
origen del universo, pero siempre llegamos a un punto oscuro que nos obliga a
aceptar la existencia de una inteligencia superior.
En realidad, los físicos
teóricos son unos grandes místicos. El místico busca la energía primera a
través de la espiritualidad, a través de la ciencia, pero todos llegan a la
misma conclusión: toda la materia se origina y existe solamente en virtud de
una fuerza.
Debemos asumir que, tras esa
fuerza, existe una mente consciente e inteligente. Y esta mente, como ya
señalaba Planck, es la matriz de toda la materia.
Michio Kaku, físico teórico
en la Universidad de Nueva York, ha demostrado científicamente la existencia de
Dios. Al acelerar taquiones a velocidades próximas a la de la luz, momento en
que no podían ser influenciados por ninguna fuerza externa, estas partículas
subatómicas presentaban un enorme desorden, al no estar controladas por las
leyes cósmicas establecidas por una inteligencia superior.
Tenemos pruebas científicas
de la existencia de una energía cuántica universal que creó el universo y la
vida. Nuestro cuerpo es energía colapsada en materia, es polvo de estrellas
originadas en el Big Bang por Dios, tan bondadoso y amoroso que se manifiesta
en cada uno de nosotros en la conciencia no local. Es el Dios comprensivo y
dado al perdón que defendía el filósofo Baruch Spinoza (1632-1677), muy
distinto del Dios personal del teísmo clásico, visto como un juez estricto. El
Dios de Spinoza —una realidad eterna, infinita y perfecta— es el de la unidad,
la armonía y el amor. Todo lo que nos rodea es divino, puesto por Dios para que
lo disfrutemos. La casa de Dios no está solo en los templos, sino en toda la
naturaleza que nos rodea. Todo es obra de Dios.
Jesús, en el cristianismo, lo
expresó de manera contundente:
«Dios está entre vosotros,
pero no sois capaces de verlo». Todo el universo está conectado por una fuerza,
por una conciencia inteligente. Es la causación descendente, la energía
primera.
11. Repercusiones psicológicas de las ECM
Lo que no afrontamos en
nosotros mismos lo encontraremos como destino. CARL JUNG
Después de la ECM, los
pacientes precisan apoyo y comprensión por parte del personal sanitario, del
núcleo familiar y del entorno social.
El proceso de integración
puede ser largo, incluso de años, y en ocasiones difícil y angustioso. No
siempre son comprendidos ni aceptados. Por temor a la incomprensión, a menudo
no comparten la ECM. La incomprensión puede ser tan elevada que incluso pueden
llegar a ser tachados de psicópatas, lo que ha hecho que algunos de ellos hayan
llegado a recibir tratamiento psiquiátrico. Por estos motivos se piensa que la
incidencia de las ECM es más elevada de lo que parece, pues muchos casos quedan
en el anonimato.
Las ECM ocasionan en los
pacientes un impacto psicológico profundo que perdura durante toda su vida.
Afecta a su concepción existencial, valores, creencias religiosas y
comportamiento. Así lo he comprobado directamente, pues, por la patología
desencadenante de la ECM grave y por mi interés en el posible impacto
psicológico en su evolución, controlo de forma periódica en consultas externas
a los pacientes que las han experimentado.
De acuerdo con las
explicaciones de las personas que las han vivido y con mis observaciones, entre
los cambios tras una ECM destacan los siguientes:
Aumenta el valor de la
conciencia y, a la vez, se da un deterioro del amor por el ego.
Aumenta el interés en
aspectos relacionados con la filosofía, la psicología y la teología.
En la relación personal se
vuelven más comprensivos y tolerantes y menos críticos. Aumenta la empatía, la
capacidad de identificarse con los demás y compartir sus sentimientos.
Se observa un profundo cambio
en su concepción existencial y en el valor y la finalidad de la vida. Valoran
los pequeños detalles y viven intensamente el momento presente.
Sienten un gran respeto por
la naturaleza.
Es muy evidente la pérdida
del miedo a la muerte. Son muy conscientes de que es totalmente diferente a lo
que se habían imaginado. Tienen una total certeza de la existencia de una vida
más allá de la muerte.
El ser humano, como ya hemos
comentado, tiene miedo a la muerte por varios factores:
El paso de la vida a la
muerte suele ser doloroso, molesto, angustiante y de gran soledad.
La muerte supone un paso a lo
desconocido.
Condiciona la pérdida de
todos los valores materiales conseguidos durante la vida: familiares, amigos,
bienes materiales, éxito, fama y riqueza. Venimos sin nada y nos vamos sin
nada.
Tenemos un potente instinto
de conservación que nos fija a la vida. Al preguntarles sobre el ciclo vital,
las personas que han experimentado una ECM conciben que nacer es introducirse
en un cuerpo —como si fuera un traje— que, con el tiempo, se va deteriorando,
hasta que llega el momento de abandonarlo. De hecho, la pérdida del miedo a la
muerte se hace más evidente con el paso de los años.
Aunque se despierta en ellas
la espiritualidad, estas personas suelen perder interés por la filiación
religiosa. Están convencidas de haber establecido contacto con la conciencia
cuántica universal durante su ECM. La espiritualidad es una necesidad imperiosa
de comunicarse con la energía primera, una relación íntima independiente de los
dogmas religiosos.
Se vuelven más intuitivas. La
intuición, como se ha dicho ya, es esa manifestación de la energía sutil y de
alta frecuencia que llamamos Supraconciencia.
Los que vieron su vida
durante la ECM recuerdan con pesar aquellas acciones conscientes negativas que
hicieron a personas, a animales o al planeta. Se vuelven empáticos y
bondadosos.
Pero al retornar a su antiguo
rol vital tras su ECM, todos estos cambios existenciales y psicológicos también
pueden provocarles dificultades, especialmente a la hora de mantener relaciones
personales. Diversos estudios científicos han observado que la ECM
cambia la relación de pareja
y, en consecuencia, se produce un aumento significativo de los divorcios, cuyo
porcentaje llega a alcanzar el 65 % de los casos.
12. Cómo contactar con la Supraconciencia
La verdad es una tierra sin
caminos. El hombre no puede llegar a ella a través de ninguna organización, a
través de ningún credo, a través de ningún dogma, sacerdote o ritual, ni a
través de conocimientos filosóficos o técnicas psicológicas. Debe encontrarla a
través del espejo de las relaciones, a través de la comprensión de los
contenidos de su propia mente, a través de la observación, y no a través del
análisis intelectual o la introspección introspectiva. JIDDU KRISHNAMURTI
La identidad de la conciencia
local neuronal tiene un origen material externo y se define como ego. El ego es
inseguro, incompleto y cambiante, pues su estabilidad depende de la opinión de
los demás.
Actúa en el pasado y en el
futuro, pero es enemigo del presente, el tiempo propio de la Supraconciencia.
El ego se mueve en los
instintos básicos: supervivencia, procreación y superación. Los instintos son
los motores de nuestra existencia material. Su objetivo es el placer. Los
instintos no pueden eliminarse, pero sí somos capaces de controlarlos y
orientarlos, todo depende del libre albedrío.
El ego es enemigo de la
Supraconciencia y hace todo lo posible para evitar que esta se manifieste. Así,
tiene poderosas armas para camuflar nuestra auténtica identidad, la que nos
hace únicos e irrepetibles y tiene la capacidad de colapsar la energía: La
ignorancia. El desconocimiento de nuestra realidad estructural está
tristemente muy generalizado. Los poderes fácticos y políticos, así como los
medios de comunicación, procuran mantener a la población en la ignorancia. Les
resulta mucho más fácil manipular a una sociedad que se mueve en el desconocimiento.
El egoísmo. El dualismo, la separación
entre observador y objeto, es un arma muy fuerte. La objetividad, ya descrita
por Aristóteles, condiciona el egoísmo. Procura —de manera excesiva o
exclusiva— el propio beneficio, placer o bienestar para uno mismo,
independientemente de los demás. El egoísmo es lo opuesto al altruismo o a la
generosidad.
La afección por lo material. Consiste en la inclinación o
necesidad imperiosa de almacenar objetos materiales. Este apego inagotable a
los bienes materiales está relacionado con el egoísmo, con el vacío interior.
El miedo. Todo miedo es, en el fondo,
temor a la muerte. El ego se estructura y depende totalmente del cuerpo, de la
materia, y sabe que es finito, que presenta un proceso de involución progresivo
que lo conduce a la muerte y comportará su desaparición.
La finalidad de la vida es el
desarrollo del ser, que consiste precisamente en descubrir y vivenciar nuestra
Supraconciencia. Será preciso vencer y controlar el ego, que podríamos definir
como el «no yo». No será tarea fácil, puesto que las armas del ego son potentes
y luchará con todas sus fuerzas para imponerse a nuestro verdadero yo. El
filósofo presocrático Tales de Mileto dijo al respecto que lo más difícil para
el ser humano es conocerse a sí mismo, y lo más fácil es hablar mal de los
demás.
¿Cuáles son las herramientas
disponibles para conseguir que aflore la Supraconciencia?
Un interesante punto de vista
es el del jesuita, paleontólogo y filósofo francés Pierre Teilhard de Chardin
(1881-1955), que estuvo a punto de ser excomulgado por sus ideas científicas,
contrarias al dogma religioso. En su controvertida visión sobre la evolución
humana —que hizo que la Iglesia prohibiera la publicación de sus obras, las
cuales no vieron la luz hasta después de su muerte—, Teilhard de Chardin
expresaba que, empezando en el punto alfa con impurezas, el ser humano debe
evolucionar hasta el punto omega, libre de ellas y que corresponde a la
santidad, la iluminación (o budeidad), el dominio de la Supraconciencia y el
control del ego.
Cuando la conciencia está
libre de impurezas, ya es un avatar, energía pura.
Podemos alcanzar la
Supraconciencia por dos medios: 1. De manera inconsciente. Ocurre así en
los pacientes que han vivenciado una ECM.
2. Mediante la meditación.
Esta técnica pretende eliminar de nuestra mente toda la «tormenta»
originada desde el exterior, dejándola en blanco para que pueda aflorar la
Supraconciencia.
El camino es el control de la
relajación, la respiración y la concentración, apoyado en la meditación.
La meditación, una herramienta
liberadora
Recibimos una media de 60 000
estímulos diarios, de los que el 80 % llega a través de la visión. Nuestro
cerebro es el responsable de gestionar este alud de información. Tal sobrecarga
cognitiva nos obliga a buscar herramientas para sobrevivir a esa saturación. La
meditación, que nos obliga a mirar a nuestro propio interior, es una de las
armas más poderosas que nuestra conciencia, nuestro verdadero yo, tiene a su
alcance para equilibrar nuestra existencia.
La Supraconciencia nos
muestra que conviene situarse en el presente, nuestra auténtica realidad, donde
no hay pensamientos ni sentimientos. Hay que eliminar el sentimiento de
culpabilidad que condiciona el pasado y la angustia del futuro. De esta manera
controlamos el ego, que siempre intentará aflorar gracias a sus potentes armas.
Cuando se consigue contactar
con la Supraconciencia aparecen vivencias de paz, equilibrio, gozo y,
finalmente, una sensación de expansión, de apertura, que nos hace sentir que
formamos parte de todo, que estamos unidos amorosamente a todo el universo.
Este camino hacia la espiritualidad es independiente de la filiación religiosa.
Cierto es que la oración sincera y profunda dirigida a Dios tiene, para muchas
personas, el mismo efecto.
El equilibrio interno
conseguido con la meditación tiene un gran impacto sobre la salud y la
felicidad. Elimina las situaciones de estrés, angustia y tensión al evitar la
liberación de las hormonas relacionadas con ellas, como el cortisol y las
catecolaminas. Permite superar la ilusión por todo lo material que nos rodea y
descubrir la verdadera realidad.
La meditación mejora la salud
física en muchos niveles. Por ejemplo, tiene un efecto positivo sobre la
tensión arterial y el ritmo cardiaco, mejora la digestión, regula el
metabolismo de la glucosa en el diabético, potencia el sistema inmunológico y
mejora estados en enfermedades como la de Alzheimer.
Además, la práctica de la
meditación frena el envejecimiento gracias a su efecto benéfico sobre los
telómeros, que se hallan en los extremos de los cromosomas y los protegen. Con
cada división celular, los telómeros pierden una pequeña cantidad de ADN y se
van acortando. Las biólogas Elizabeth Blackburn y Carolyn Widney, galardonadas
con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 2009, demostraron que los
hábitos incorrectos, como una mala dieta, y el estrés alteran la producción de
telomerasa, la enzima que ralentiza el acortamiento de los telómeros. La
meditación es muy eficaz para combatir el estrés, lo que favorece el buen
estado de los telómeros y ayuda así a reducir el riesgo de sufrir enfermedades
relacionadas con la edad.
A nivel mental, la meditación
favorece la neuroplasticidad y la neurogénesis, además de mejorar la
autoestima, la capacidad de concentración, la toma de decisiones, la vitalidad,
la intuición, la claridad de ideas, el optimismo, la gestión correcta de las
emociones, la memoria y el descanso.
En conjunto, provoca una
mejoría tanto física como anímica y condiciona cambios morfológicos cerebrales
que se pueden visualizar mediante la resonancia magnética funcional. Hay
cambios en el volumen del hipocampo, en la unión temporo-parietal y en la
amígdala. Además, aumentan los niveles de serotonina y dopamina, dos de las llamadas
«hormonas de la felicidad».
A nivel neurológico se
detecta un aumento de la actividad en el sistema nervioso simpático y de la
irrigación cerebral, una disminución de la hipertensión y bradipnea
(respiración lenta). Estos cambios derivados de la meditación mejoran la
función del sistema nervioso autónomo y benefician los sistemas cardiovascular
y respiratorio.
El electroencefalograma
evidencia una activación de las ondas alfa (de baja frecuencia) en el lóbulo
frontal, con una reducción de las ondas beta (de mayor frecuencia). También
aumenta el sincronismo entre los dos lóbulos cerebrales. Así, al predominar las
ondas alfa, se alcanza el equilibrio de la conciencia, la paz y la calma.
La meditación requiere un
aprendizaje, así como los consejos y la guía de un experto. Nos proporciona el
camino para contactar con la Supraconciencia, la conciencia pura.
La meditación no es una
terapia, sino un método para aumentar el estado de conciencia. Se produce una
singularidad con ruptura del espacio-tiempo y una expansión hacia el infinito,
la conciencia pura.
No hay que concentrarse en
una idea ni forzar, puesto que entonces se genera energía. Hay que dejar fluir.
Después de la meditación, la
mente es clara, dinámica, creativa y activa. Mejora la toma de decisiones y el
control de las emociones, se siente más libre y está unida a todo el universo.
En definitiva, mejora la potencia mental, la salud y la relación social.
Una sociedad que medita es
más justa, equilibrada, sostenible y respetuosa con el entorno. La meditación
nos conduce a la Supraconciencia y, por ende, mejora nuestra existencia, nos
permite acceder a nuestras enormes potencialidades y extrae lo mejor de
nosotros mismos.
En momentos de crisis
existencial profunda, cuando las bases de nuestra psique se tambalean, a menudo
producto del autoengaño, el despertar de la Supraconciencia puede ofrecer un
faro de esperanza en la oscuridad. Para aquellos que carecen de apoyo
psicológico, estos momentos tan duros pueden derivar en pensamientos suicidas
(o autolisis). La meditación se presenta como una herramienta consciente para
despertar la conciencia no local o Supraconciencia, una gracia o don divino que
puede transformar la crisis en una oportunidad de crecimiento.
Como bien dijo Einstein, para
superar una nueva situación se requiere más energía que para mantener la
anterior.
La crisis, por lo tanto, nos
impulsa a reestructurarnos psicológicamente, abriendo paso a una versión más
fuerte y resiliente de nosotros mismos.
Otra forma consciente de
contactar con la Supraconciencia es adoptar la dinámica vital propia de esta,
los arquetipos, con empatía, altruismo, bondad, justicia y, sobre todo, amor.
Recomiendo seguir el consejo de un ser muy evolucionado, la madre Teresa de
Calcuta (1910-1997), galardonada con el Premio Nobel de la Paz y declarada
santa por la Iglesia: «El que no vive para servir, no sirve para vivir».
Hay que acompañar esta
actitud con la decisión de eliminar la ignorancia, buscando información en la
extensa bibliografía existente.
13. Estudios científicos acerca de las ECM
Lo que después de todo ha
sobrevivido a la muerte es la psique; porque la psique, en contraposición a la
vida, no puede ser definida en términos biológicos. CARL JUNG
Las ECM han sido objeto de
estudio por parte de diversos científicos y profesionales de la salud. La
investigación se ha hecho principalmente desde disciplinas como la medicina, la
psicología, la neurociencia y la psiquiatría, que han aprovechado los progresos
tecnológicos y científicos más punteros para aproximarse a este fenómeno.
Por ejemplo, un estudio
realizado en la Facultad de Medicina Grossman de la Universidad de Nueva York
(NYU) hizo un seguimiento de 567 hombres y mujeres que experimentaron un paro
cardiaco durante sus estancias hospitalarias en los Estados Unidos y el Reino
Unido. Se descubrió que el 20 % de las personas que sobreviven a la reanimación
cardiopulmonar describen experiencias lúcidas de muerte. Las experiencias
ocurrieron mientras los pacientes estaban aparentemente inconscientes y al
borde del fallecimiento.
Este estudio, llamado AWARE
II (AWAreness during REsuscitation, ‘Conciencia durante la Reanimación’), se
llevó a cabo entre mayo de 2017 y marzo de 2020. Lo lideró un médico de
cuidados intensivos, el doctor Sam Parnia, profesor asociado en el Departamento
de
Medicina de la NYU Langone
Health, así como director de investigación de cuidados intensivos y reanimación
de la organización.
Actividad gamma durante las ECM
Otros estudios han encontrado
actividad gamma y picos eléctricos en aquellos que han tenido encuentros
cercanos con la muerte, lo que es un signo de estados elevados de conciencia.
La actividad gamma se refiere
a las oscilaciones neuronales en el rango de 30 a 100 Hz y se asocia con
estados de alerta, atención y percepción sensorial.
Los picos eléctricos, por
otro lado, son ráfagas cortas de actividad eléctrica que pueden indicar una
mayor actividad cerebral.
En un estudio publicado en la
revista Proceedings of the National Academy of Science (PNAS) en 2023, investigadores
de la Universidad de Michigan encontraron indicios de repuntes en la actividad
cerebral, que incluían la activación de las llamadas ondas gamma, delta, zeta,
alfa y beta, hasta una hora después de la reanimación cardiopulmonar.
Cinco mil casos analizados
El reconocido oncólogo
radioterapeuta Jeffrey Long ha estudiado, desde un hospital de Kentucky
(Estados Unidos), las ECM durante cuatro décadas, con más de cinco mil casos
analizados. Según sus investigaciones, el 45 % de las personas que han tenido
una ECM describen una experiencia extracorpórea.
Estas experiencias ocurren,
de acuerdo con las observaciones de Long, cuando las personas están en coma o
clínicamente muertas, sin signos vitales, pero tienen vivencias lúcidas en las
que ven, oyen, sienten emociones y se comunican con otros seres.
Un caso clínico detallado que
el doctor Long estudió fue el de una mujer que, como consecuencia de una grave
alergia mientras le administraban anestesia general para una operación, sufrió
un paro cardiaco. Una vez recuperada, la paciente compartió con él su
extraordinaria y detallada ECM.
Otro caso notable es el de
una mujer que estuvo clínicamente muerta durante treinta minutos después de
ahogarse. A pesar de estar clínicamente muerta durante ese tiempo, pudo
recordar detalles nítidos de su experiencia, incluyendo la sensación de ser
arrastrada por una corriente, encontrarse con seres luminosos y experimentar
una sensación abrumadora de paz y amor.
El primero que habló de las ECM
El nombre de Raymond Moody
resuena con fuerza en el campo de las ECM desde hace años. Este psiquiatra
estadounidense se hizo famoso en la década de 1970 por su trabajo pionero en el
estudio de estas experiencias.
Moody comenzó su carrera como
doctor en Filosofía y Psicología.
Sin embargo, su interés por
las ECM lo llevó a cambiar de rumbo para dedicarse a la investigación de este
fenómeno. En 1975 recopiló en su primera obra, titulada Vida después de la
vida, las vivencias de numerosas personas que habían tenido ECM.
Este libro, que fue
revolucionario en su momento y catapultó a Moody a la fama, dio a conocer al
público general el concepto de las ECM. A través de relatos detallados, su
autor presentó una visión fascinante de lo que algunas personas experimentan
durante momentos cercanos a la muerte.
Moody identificó patrones
comunes en las ECM y los dividió en cinco fases:
1. Experiencia
extracorporal. Después de certificar la muerte clínica, la persona siente
cómo se eleva hacia «un plano superior», pudiendo incluso ver su propio cuerpo
tendido sobre la camilla del hospital.
2. Encuentro con seres de
luz o entidades espirituales.
Algunas personas describen
encuentros con seres queridos que han fallecido, mientras que otras hablan de
encontrarse con entidades espirituales o seres de luz.
3. Revisión de la vida. Durante
esta fase, las personas a menudo experimentan una revisión rápida y detallada
de su vida, viendo tanto los buenos como los malos momentos.
4. Regreso. En esta
fase, las personas a menudo describen una sensación de ser arrastradas de
vuelta a su cuerpo, a veces de manera abrupta.
5. Renacimiento. En
esta fase, las personas a menudo describen una sensación de renovación, un
nuevo aprecio por la vida y un sentido de propósito o misión.
A pesar de sus significativas
contribuciones al estudio de las ECM, Moody ha reconocido que sus
investigaciones no aportan ninguna prueba irrefutable de que haya otra forma de
existencia. Sin embargo, sus trabajos han abierto el camino para futuras
investigaciones en este campo.
Hoy en día, Raymond Moody
sigue siendo una figura influyente en el estudio de las ECM. Su trabajo ha
inspirado a otros investigadores a explorar este fenómeno y ha ayudado a
arrojar luz sobre uno de los misterios más grandes de la vida: ¿qué sucede
después de la muerte?
Un viaje desde la medicina
materialista a las ECM
Bruce Greyson es un destacado
médico y profesor de Psiquiatría de la Universidad de Virginia. Durante casi
medio siglo, Greyson ha investigado la interfaz entre la vida y la muerte.
Aunque se formó como médico
materialista, se sintió intrigado por las ECM y comenzó a investigarlas,
pensando que pronto encontraría una explicación física simple. Su trabajo,
expuesto en diversas publicaciones, ha explorado esta fascinante cuestión y lo
que puede enseñarnos sobre la continuación de la conciencia.
Greyson es considerado el
padre de la investigación sobre las ECM, junto con el psicólogo Kenneth Ring,
el cardiólogo Michael Sabom y otros, aunque previamente ya destacaban los
trabajos de Moody y de los psiquiatras Russell Noyes Jr. (1934-2023) y
Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004).
Para medir los aspectos y
características de las ECM, Greyson formuló una herramienta que ha sido
ampliamente utilizada. Ideó una escala de diecinueve ítems que evaluaban la intensidad
y la distribución de la experiencia de la kundalini, la energía vital. Dicha
experiencia se refiere a un conjunto de síntomas y transformaciones que las
personas experimentan con el despertar de la energía kundalini, un concepto de
la tradición espiritual india.
Los ítems de la escala de
fisio-kundalini abarcan una variedad de experiencias que incluyen cambios en la
percepción, las emociones, el pensamiento, el sentido del yo, las relaciones
sociales, los patrones de sueño y la alimentación, entre otros síntomas físicos
y psicológicos.
Cada ítem se califica en una
escala de 0 a 3, donde 0 significa «no experimentado» y 3 significa
«experimentado con gran intensidad». La puntuación total puede variar de 0 a
57, de manera que las puntuaciones más altas indican una mayor intensidad y
distribución de la experiencia de la kundalini.
Es importante destacar que la
escala de fisio-kundalini no está diseñada para diagnosticar ninguna condición
médica o psicológica.
En cambio, se utiliza como
una herramienta de investigación para entender mejor las experiencias de la
energía kundalini y cómo estas experiencias pueden influir en el bienestar
físico y mental.
Un puente entre la ciencia y la
conciencia
El reconocido cardiólogo y
científico holandés Pim van Lommel ha dedicado gran parte de su carrera a la
investigación de las ECM. Tras estudiar Medicina en la Universidad de Utrecht
hasta 1971, se especializó en cardiología y trabajó en el hospital docente
Rijnstate, con ochocientas camas, desde 1977 hasta 2003.
En 1986 Van Lommel comenzó su
estudio sobre las ECM. Su interés en este campo lo llevó a cofundar dos años
más tarde la Fundación Merkabah, IANDS Países Bajos.
Van Lommel ha recibido
numerosos premios por su trabajo, a la vez que sus publicaciones divulgativas
han tenido un enorme éxito.
Su libro Endless
Consciousness, editado primero en holandés en noviembre de 2007, se convirtió
en un superventas. Ha sido traducido a varios idiomas, como al español bajo el
título Consciencia más allá de la vida, y se han vendido miles de copias en
todo el mundo.
Hoy en día, Pim van Lommel
continúa su trabajo como investigador, publicista y conferenciante sobre la
relación entre la conciencia y el cerebro.
La investigación más
relevante de Pim van Lommel y sus colaboradores sobre las ECM se publicó en la
revista médica The Lancet en 2001. Este estudio prospectivo se llevó a cabo en
diez hospitales holandeses e incluyó a 344 supervivientes de paros cardiacos.
El estudio de Van Lommel se
centró en los pacientes que habían sobrevivido a un paro cardiaco y habían
experimentado una ECM.
Los resultados del estudio
mostraron que las ECM son experiencias auténticas que no pueden reducirse
simplemente a fruto de la imaginación, al miedo a la muerte, a las
alucinaciones, la psicosis, el uso de drogas o la falta de oxígeno.
Van Lommel concluyó que la
visión materialista actual de la relación entre la conciencia y el cerebro, que
es mantenida por la mayoría de los médicos, filósofos y psicólogos, es
demasiado restrictiva para una comprensión adecuada del fenómeno de las ECM.
Propuso que nuestra conciencia no siempre coincide con el funcionamiento de
nuestro cerebro: en ocasiones, la conciencia mejorada o no local puede
experimentarse separadamente del cuerpo. Así, para Van Lommel, que reconoce la
coherencia de estos fenómenos con los postulados de la física cuántica, la
muerte podría
compararse a un cambio de
estado de conciencia, ya que pasaría a formar parte de una Supraconciencia
donde el espacio-tiempo no existe.
Este estudio ha sido
fundamental para el campo de las ECM y ha abierto nuevas vías para entender la
conciencia humana. Aunque no se centra en un caso clínico específico,
proporciona una visión valiosa sobre las ECM en general.
14. ¿Cómo descubrí al doctor Segarra?
El verdadero viaje de
descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos
ojos. MARCEL PROUST
Nunca he sido una persona
especialmente espiritual ni me habían llamado la atención las teorías acerca de
qué hay después de la vida… hasta abril de 2023. Sin más pretensión que la de
explicar cómo conocí al doctor Manuel Sans Segarra y cómo me empecé a interesar
por estos temas, escribo este capítulo. Y, a partir de aquí, que cada lector
saque sus propias conclusiones.
Fui un niño con una fuerte
conexión con mis abuelos maternos, Isabel y Francisco. El hermano mellizo de mi
madre, Andrés, falleció en un accidente de trabajo una semana después de que yo
naciera, en mayo de 1977, y eso hizo que, durante mi infancia y mi adolescencia,
pasara mucho tiempo con mis abuelos. En apenas siete días, se fue un hijo y
llegó un nieto.
Yo dormía en casa de mis
padres, Pepe y Paqui, pero, durante el día y los fines de semana, pasaba el
tiempo casi al completo en casa de mis abuelos. Explico esto porque hay una
conexión entre el momento en que conozco al doctor Sans Segarra y esta relación
con mis abuelos, quienes ahora siento más que nunca que están conmigo de algún
modo y me guían. Es algo difícil de explicar.
Estudié Periodismo y posteriormente
he llevado a cabo varios proyectos de emprendimiento, ninguno de ellos
relacionado con el mundo de la espiritualidad o la vida después de la vida. De
hecho, cuando alguien me hablaba sobre algún asunto relacionado con esos temas,
no le daba mucha importancia, pues no veía un razonamiento lógico en aquello
que me explicaban.
Mi abuela falleció en 2008 y
mi abuelo en 2012. En los últimos meses de vida de mi abuela, buscamos una
persona que la cuidara, y la encontramos por casualidad a partir de un anuncio
en internet.
Llegó Manana, una mujer
georgiana muy culta que entonces tenía casi cincuenta años. Había sido
profesora de música en la universidad, pero, al llegar a España, tuvo que
dedicarse a cuidar a personas mayores.
Como habíamos establecido una
gran relación con Manana, se quedó en nuestra familia cuando murió mi abuela y
nos ayudó también con las tareas de mi abuelo en sus últimos años de vida.
La familia de Manana seguía
en Georgia y fui a visitarla en dos ocasiones. Ya la primera ocasión en que
viajé al país me llamó especialmente la atención su madre, Eliko, que había
sido ingeniera textil. Aunque no dominaba ni el español ni el inglés, Eliko se
hacía entender e irradiaba bondad y amor por todos sus poros. La vi dos veces
en mi vida.
Recuerdo que nuestro primer encuentro tuvo lugar pocos meses después de que falleciera mi abuela Isabel, y se despertó en mí en aquel momento un sentimiento de ternura y amor hacia Eliko muy relevante. Era extraño, porque no la había visto nunca antes y apenas compartí con ella unas horas de conversación, a pesar de que no teníamos un idioma común.
Eliko se disponía a cumplir
cien años en septiembre de 2023. Iba a ser un gran acontecimiento y, por
supuesto, Manana iba a estar presente en la celebración. Sin embargo, el
domingo 23 de abril de 2023, día de Sant Jordi, Eliko falleció en su casa de
Tiflis (Georgia) rodeada de sus nietos y sus amigos. Esa fecha es para mí una
de mis preferidas del año, y también una jornada extraordinaria para visitar Barcelona,
pues es el Día del Libro.
Durante esa semana quise
saber más de Eliko y di con una publicación escrita en georgiano en una red
social. El georgiano es un alfabeto abyad, que nada tiene que ver con el
alfabeto latino.
Para que se comprenda la
importancia de esto, voy a escribir el nombre completo de Eliko, tanto en
alfabeto latino como en georgiano, y luego explicaré lo que sucedió.
En alfabeto latino, su nombre
era Elene Sefiashvili.
En alfabeto georgiano: .
No sé más allá de tres
palabras en georgiano y ni remotamente sé leer su alfabeto. Sin embargo,
aquella publicación en una red social me llamó la atención, porque sabía que
hablaba de Eliko por lo cercano de su fallecimiento, así que copié en Google
este texto de aquí arriba, y no otro que también aparecía en la página, para
saber más acerca de Eliko.
Y entonces, en la pantalla
apareció este artículo:
< http://silkmuseumblog.ge/2020/11/20/-1950-90-/>. -1950-90-/>.
Por suerte, en la misma
página web encontré la versión en inglés:
< http://silkmuseumblog.ge/en/2020/11/19/georgian-silk-in-1950-90s/>
En la imagen, Elene Sefiashvili es la mujer situada a la izquierda. De nuevo me encontraba con un artículo en alfabeto georgiano. Puesto que no sabía qué decía, recurrí a un traductor automático en internet y esto fue lo que apareció: Elene Sefiashvili Ingeniera-tecnóloga de la fábrica de tejidos de seda de Tiflis
Nació el 1 de septiembre de
1923 en el pueblo de Arboshik, distrito de Tsilitskaro. Después de graduarse en
la escuela secundaria, estudió en Tiflis, en la Escuela Pedagógica de Georgia I
Gogebashvili. Durante 1941-42 asistió a la Facultad de Física y Matemáticas de
la Universidad Estatal de Tiflis, que llevaba el nombre de Stalin, donde no se
graduó. En 1946 se trasladó al tercer curso de la Facultad Tecnológica en
Tiflis del Instituto Textil de Moscú, donde se graduó en 1949. Ese mismo año,
defendió su tesis de diplomatura en la ciudad de Ivanovo y recibió el título de
ingeniero-tecnólogo especializado en tejido. Desde 1947, Elene Sefiashvili
trabajó paralelamente en la fábrica de tejidos de seda de Tiflis como
tejedora-controladora, más tarde como jefa del taller preparatorio y luego como
jefa de tejido y producción preparatoria.
Interesada en cómo se
procesaban las nuevas telas, Elene Sefiashvili fue nombrada jefa del grupo de
procesadores (diseñadores) del surtido de telas, cuyo creador fue Vasili Perov.
A pesar de los años de
guerra, las autoridades supervisoras no perdieron el interés por producir el
mayor número posible de tejidos bonitos. El taller también producía hilos para
urdimbre y trama, que se entregaban al departamento de tejido. La fábrica de
tejidos de seda de Tiflis se fue desarrollando gradualmente. El grupo conjunto,
encabezado por Elene Sefiashvili, puso en producción nuevas máquinas y también
se asignaron telares experimentales en los que se fabricaba el surtido.
Los tejidos elaborados por
Elene Sefiashvili se vendían en fábricas de Tiflis y Kutaisi, así como en
Moldavia. Los productos se lanzaron en Georgia y, cuando había interés, los
datos técnicos se enviaban a otros países. En el Consejo de la Unión, que se
celebraba anualmente en Moscú, Elene Sefiashvili solía presentar con éxito
nuevos surtidos. Una tela de seda natural creada por ella, llamada Luciérnaga,
recibió una medalla de plata en la exposición de la Unión en Moscú, y su tela
Vardzia tuvo una gran demanda en el mercado.
Elene Sefiashvili avanzó con
éxito en su carrera y, en este contexto, fue premiada con la Orden del
Ingeniero de Honor de la República. Se sintió inspirada para ser una ingeniera
exitosa y representar así a su país. En el proceso de reducción de la
producción, el sindicato de producción de seda cerró. Sin embargo, Elene
Sefiashvili comenzó a dirigir una pequeña empresa de tejidos en el Instituto
Politécnico de Tiflis, donde trabajó durante varios años y creó diferentes
muestras de telas de consumo.
Compartí este artículo con
toda mi familia y también con Manana, quien desconocía que se había escrito
esto sobre su madre. Yo sabía que Eliko, así la llamaban, había sido ingeniera
textil, pero no que hubiese estudiado Física y Matemáticas. El lector debe
imaginar lo que significaba esto en la década de 1940 en una sociedad como la
de la antigua Rusia soviética.
A partir de aquí empiezan a
suceder cosas cuya interpretación, como hechos casuales o causales, dejo a
criterio del lector.
Y estoy totalmente seguro de
que no hubieran sucedido si Jordi Juez, mi cuñado y una persona buena en el
sentido más profundo de la palabra, no me hubiera animado a volver a jugar al
pádel a finales de 2022.
Allí conocí a Juan Antonio
Fernández, ahora amigo, una persona muy evolucionada espiritualmente y con una
gran intuición.
Y este último me presentó a
Antonio, también amigo y con una gran sensibilidad, quien me habló del doctor
Andreu Gabarrós.
Así, un cúmulo de
circunstancias desencadenaron lo que voy a explicar. Con estas personas tengo
una conexión y son partícipes de este libro, aunque formamos parte de
ecosistemas totalmente distintos.
El día que escuché al doctor Sans
Segarra por primera vez
El domingo 30 de abril de
2023, una semana después de la muerte de Eliko, me desperté con la intención de
buscar en YouTube un vídeo del doctor Andreu Gabarrós, jefe del servicio de
Neurocirugía del Hospital Universitario de Bellvitge. Este especialista en el
ámbito de la cirugía cerebral, reconocido a escala nacional e internacional,
atesora más de veinticinco años de trayectoria profesional en el ámbito de la
asistencia y la investigación.
El objetivo de esta búsqueda
era encontrar un vídeo acerca del proyecto «Sinfonía de los Héroes», que ha
desarrollado el propio Andreu. Este proyecto es un reconocimiento al esfuerzo
de superación de los pacientes intervenidos de un tumor cerebral. Para ello,
Andreu ha elegido a nueve pacientes que eran músicos, les ha compuesto una
canción y ha adaptado cada una de ellas al instrumento que tocaba el paciente.
Con todas ellas, ha grabado un disco.
Pues bien, en lugar de
mostrarme este vídeo, YouTube me mostró uno del doctor Manuel Sans Segarra, de
quien no había oído hablar hasta entonces. En condiciones normales habría
seguido buscando lo que quería, pero aquel día me paré en ese vídeo y lo vi
completo.
Lloré y me emocioné. Jamás me
habían interesado las ECM, pero aquel vídeo despertó mi conciencia. Tenía claro
que quería conocer al doctor, y uno de mis propósitos de aquella semana fue
ese.
Aquí tengo que agradecer su
ayuda a Magaly, la esposa del doctor, que posee una gran intuición y que,
aunque no me conocía previamente, fue parte clave en que pudiera encontrarme
con Manuel Sans Segarra, en que se haya escrito este libro y se hayan
desencadenado una serie de consecuencias que, a mi entender, están despertando
conciencias en todo el mundo.
Ella insistió al doctor tras
mi primera llamada y conseguí hablar con él. Mientras escribo estas líneas, sé
que ese era el único momento en el que aquello habría sido posible. Antes de
aquel día, yo no estaba preparado ni tenía el tiempo necesario para ayudar al
doctor, y sé que, después, también habría sido materialmente imposible
conocerlo, por los miles de mensajes que recibe ya cada día.
Y aquí os voy a explicar algo
cuya interpretación, como decía, queda a criterio del lector. En ese preciso
momento sentí que era la forma que Eliko había encontrado para agradecerme que
hubiera compartido su historia con mi familia. Ella, física, matemática e
ingeniera textil, que perdió el estatus adquirido durante tantos años con la
desmembración de la URSS a finales de la década de 1980, y a la que solo había
visto dos veces en mi vida, se dirigía a mí.
Aquella mañana me sentí
totalmente conectado con Eliko, como lo había estado con mis abuelos durante mi
infancia y adolescencia.
De hecho, miro ahora la foto
de Eliko en la fábrica textil que encontré en el artículo de internet y su
mirada me recuerda a la de mi abuela Isabel. De nuevo, como ya expliqué
anteriormente, es algo muy extraño. Difícil de explicar. Estoy escribiendo
estas palabras y me estoy dejando llevar por los pensamientos que me llegan a
la mente. Después de leer este libro, empiezo a entender que esto tiene que ver
con determinados momentos de conexión. No siempre es así en mi día a día.
Eliko y mi abuela Isabel
coincidieron en el tiempo. Eliko nació el 1 de septiembre de 1923 y mi abuela
Isabel lo hizo el 18 de marzo o de mayo de 1918. Voy a explicar esto último,
porque también es bastante curioso. Yo nací el 18 de mayo de 1977 y ella decía
que también había nacido ese día de 1918, pero escribieron «marzo» en su
partida de nacimiento.
En cualquier caso, mi abuela
nunca volvió a celebrar su cumpleaños desde la muerte de su hijo Andrés. Y, en
realidad, el 18 de mayo solo celebrábamos mi cumpleaños en su casa, tanto en mi
infancia como durante la adolescencia.
Eliko y mi abuela Isabel
coincidieron temporalmente durante muchos años, aunque estuvieran a miles de
kilómetros de distancia.
La probabilidad de que sus
vidas se cruzaran era, según las leyes de la física, remota. De hecho, nunca
llegaron a conocerse. Pero, sin embargo, al escribir esto siento que todo está conectado.
Cómo llegué a las dos ECM que
explico
Al cabo de unos meses, cuando
ya había conocido al doctor Sans Segarra, primero mediante una llamada
telefónica y luego visitándolo en su despacho del Colegio de Médicos de
Barcelona, también tuve la oportunidad de conocer y entrevistar en persona a
Andreu Gabarrós. Ambos habían trabajado en el mismo hospital y llegaron a
coincidir. No le expliqué a Andreu toda esta historia, aunque sí hablamos de la
vida y la muerte, y de todo el trabajo y las iniciativas relacionados con la
música que está realizando con sus pacientes. De nuevo, de algún modo, era como
si todo estuviera conectado.
A su vez, los dos
protagonistas de las ECM que describo en este libro, Jesús Alonso Gallo y Tessa
Romero, llegaron a mi vida también por causalidades asombrosas. Estoy inscrito
en la newsletter de Jesús, empresario e inversor y al que en principio yo
consideraba totalmente alejado de temas más trascendentales. Hasta que un día
leí una noticia suya en la que hablaba sobre biología cuántica, sin él saber
que estaba tratando de eso, pues su boletín habla de vida y emprendimiento. Yo
estaba leyendo acerca de ese tema en otros ámbitos, así que le contesté. Y me
respondió.
Quedamos para hablar y me
explicó que él había vivido en 2008 una ECM que detallo más adelante. Con
Jesús, además, han sucedido, desde que lo conocí, una serie de hechos
encadenados que tienen un hilo conductor muy relevante. Si reviso una a una las
personas que me han llevado hasta él y lo que ha sucedido desde entonces, todas
ellas tienen una sensibilidad muy especial y han logrado, de un modo u otro,
llegar a un estado de conciencia superior en algún momento de su vida.
El caso de Tessa también es
muy especial. Voy en el coche escuchando Spotify. Concretamente, música y
pódcast relacionados con el emprendimiento, que es lo que suelo escuchar cuando
conduzco. Acaba un pódcast que habla sobre negocios y empresa… y aparece Tessa.
De repente, explica que ha estado 24 minutos clínicamente muerta. Y, como por
entonces mi conciencia ya estaba despertándose, escuché la entrevista completa,
de más de dos horas. Y me alucinó. Al cabo de unos meses la contacté, y aquí
está su capítulo.
Se puede pensar que todo esto
son simplemente casualidades. Y quizá lo sean. Pero, como dice el doctor Sans
Segarra, esperamos del lector que sea inquieto, que tenga ganas de saber más y
que, por supuesto, ponga en duda todo lo que lea. De esa duda nacen grandes
reflexiones y se produce también un gran crecimiento.
15. Tessa Romero, una ECM fascinante
La escritora y conferenciante
Tessa Romero no suele conceder entrevistas. Para escribir este capítulo, y ya
que se pueden encontrar algunos pódcast y entrevistas suyos muy interesantes en
internet, hemos querido seguir un proceso inverso. Primero, hemos escrito el
capítulo gracias a ese material que ya se encuentra en la red y luego hemos
tenido la oportunidad de charlar con ella para complementarlo y darle las
pinceladas finales.
Tessa ha publicado tres
libros, uno de los cuales es un superventas titulado 24 minutos en el otro
lado. Este libro, editado en 2018 y que ha sido leído por millones de personas,
trata sobre su ECM y cómo aprendió a vivir sin miedo a la muerte. Además de
escritora, Tessa es socióloga y periodista. Ha viajado por todo el mundo
trabajando con organizaciones no gubernamentales y realizando labores
humanitarias.
Tessa explica por qué no
concede entrevistas habitualmente: «A mí lo que me gusta es escribir para poder
ayudar a las personas».
Prefiere pasar su tiempo
respondiendo correos y hablando con la gente a través de las redes sociales.
Tessa es andaluza, pero tiene
un vínculo especial con Latinoamérica. Sus hijas nacieron en Costa Rica y ella
ha estado varias veces en la región realizando labores humanitarias desde que
tenía veinte años. Aprecia la calidez y la cercanía de la gente que vive en
esos países del continente americano.
Tessa compartió la
experiencia que vivió como consecuencia de una enfermedad rara e incurable. Los
médicos le dijeron que no había tratamiento y que su cuerpo estaba colapsando.
Le dieron una semana de vida, tal vez diez días como máximo.
En ese momento, Tessa se
aterrorizó. Decidió no decirle a su familia que iba a morir. No podía soportar
la idea de causarles más dolor, especialmente a su madre, que ya había sufrido
varias pérdidas. En cambio, escribió una carta destinada a cada uno de sus
seres queridos, despidiéndose para cuando llegara el momento.
También arregló la custodia
de sus hijas y dejó todo por escrito en un notario.
Durante esos días, Tessa
vivió en silencio con su diagnóstico. A pesar de que su cuerpo comenzaba a
mostrar signos de su enfermedad, ella insistía en que estaba bien. Incluso
asistió a una boda familiar, donde la gente comentaba lo delgada y enferma que
parecía.
Unos días después, mientras
recogía a sus hijas del colegio, Tessa comenzó a sentir los síntomas de un
infarto. Sabía que estaba llegando a su fin, pero decidió no ir al médico. En
su lugar, decidió dejar que sucediese lo que tuviera que suceder.
24 minutos en el otro lado
Mientras esperaba a sus hijas
fuera del coche, comenzó a sentir que el infarto se acercaba. En ese momento,
una mujer con dos niños pequeños la ayudó. La llevó a una pequeña clínica que
estaba justo enfrente. Aunque Tessa no puede contar toda la historia por
respeto a las personas que están leyendo su libro, agradeció a esa mujer por
salvarla.
Tessa, enfrentándose a la
muerte a una edad temprana, se encontró luchando con un dolor emocional
inmenso. Ansiaba que todo terminara lo más pronto posible. En medio de su
angustia, se encontró en una camilla, desconectada de su cuerpo pero aún
vinculada con él. Ya no sentía dolor, ni físico ni emocional, y se sentía
increíblemente cómoda.
Hubo un momento en el que se
dio cuenta de que el cuerpo que había en la camilla era el suyo. Mientras
intentaban reanimarla, hubo momentos en los que parecía que tiraban de ella
hacia abajo. En uno de esos momentos, se vio a sí misma y se dio cuenta de que
era ella. Aunque no era consciente de que estaba muriendo, suplicaba que no la
despertaran, que la dejaran dormir, porque ya no sentía ningún dolor.
En ese momento, algo tiró de
ella, y se encontró con una persona que la recibió. Vio una luz cegadora y,
aunque seguía sin ser consciente de que iba a morir, se sintió atraída por el
resplandor.
Desde su experiencia en 2007,
Tessa ha estado investigando el tema y recabando testimonios. Según su
investigación, todos experimentan lo mismo cuando ven la luz blanca: se sienten
atraídos por ella, como si estuvieran volviendo a casa después de un largo
viaje.
Tessa cree que nuestra alma
sabe cómo nacer y cómo morir.
Según ella, ningún espíritu
queda atrapado en ningún lugar, llorando o sufriendo. Todas las almas van al
mismo lugar, todas se reúnen al final en el mismo paraje.
Durante su experiencia, Tessa
se encontró con seres de luz y con quien considera su guía espiritual. Aunque
nunca había oído hablar de estas ideas antes, se sintió emocionada y casi
lloró, porque todo lo que decía le resultaba familiar. Creía que todo el
proceso era para volver a casa, aunque no podía explicarlo, solo lo sentía.
Tessa, enfrentándose a la
muerte, no mencionó haber visto un túnel, una imagen comúnmente asociada con
las ECM. En cambio, describió una luz blanca deslumbrante, pero no en forma de
túnel.
En ocasiones, comentó, la luz
puede ser circular, puede envolver todo o puede aparecer como una enorme puerta
horizontal.
Cuando vio la luz, sintió una
sensación de bienestar y de estar en casa. Aunque no era consciente de que
estaba muriendo, sabía que había gente esperándola.
En medio del resplandor,
Tessa vio a una persona que conocía, alguien que había fallecido muchos años
antes. Esta persona, que no esperaba verla allí, le impidió cruzar hacia la
luz. Tessa se enfadó con su padre, que había muerto cuando ella tenía
veinticuatro años, por no estar allí para recibirla. Sin embargo, más tarde
comprendió que, si hubiera visto a su padre, se habría ido con él, y eso no era
lo que debía suceder.
Esa figura, que estaba en
medio de la luz, le decía: «No, no, todavía no». Tessa no entendía a qué se
refería, pero sabía que quería ir hacia la luz. Sentía que la luz era su hogar,
el hogar de su alma.
En ese momento, vio a unos
seres detrás de ella, seres de luz.
Estos seres pueden tomar
diferentes formas para cada persona, dependiendo de lo que les resulte más
reconfortante. Para Tessa, todos los seres de luz eran iguales, excepto su guía
espiritual, que tenía rasgos un poco diferentes.
En varios lugares al mismo tiempo:
algo difícil de explicar
Estos seres de luz la
llevaron a dar un paseo por el universo. Aunque le resulta difícil describirlo,
Tessa recuerda ver la luna y el sol y viajar a una velocidad más rápida que la
luz. En un momento dado, vio dos luces muy bonitas y los seres de luz le indicaron
que se fijara en ellas. Años después, vio una foto en internet que le recordó a
lo que había visto durante su ECM.
Tessa se dio cuenta de que
estaba muerta cuando los seres de luz la llevaron de vuelta a la Tierra. Pero
la Tierra que vio era diferente.
Se encontró en un valle
verde, con un hermoso lago abajo, rodeada de naturaleza en su estado más puro.
Podía ver a los animales y sentir el latido de los corazones de los seres
vivos, incluso del aire.
En ese momento, se dio cuenta
de que estaba en la Tierra, pero de una forma diferente a como ella la conocía.
Durante su experiencia, Tessa
estuvo en varios lugares a la vez.
Estuvo en la cocina con su
madre, quien sintió su presencia y pensó que era el espíritu de su padre
fallecido. También estuvo en el coche con su hermana, intentando hablar con
ella, pero su hermana no podía oírla.
En el lago, vio a una persona
que estaba a punto de suicidarse.
Su guía espiritual le dijo
que, si quería, podía evitarlo. Sin entender completamente lo que eso significaba,
Tessa corrió hacia la persona e intentó abrazarla para evitar que se lanzara al
vacío. Aunque la persona seguía llorando, Tessa sintió una gran tristeza por
primera vez durante su experiencia.
Los seres de luz le dijeron
que podía evitar la muerte de la persona, pero que tenía muy poco tiempo.
Después de despedirse de ellos, Tessa tuvo que hacer un gran esfuerzo para
regresar a su cuerpo. Y, aunque le costó mucho, finalmente logró hacerlo.
Cuando Tessa abrió los ojos,
los médicos y todos los presentes quedaron asombrados. No podían creer que
siguiera viva, ya que clínicamente había estado muerta. Fue justo cuando llegó
la ambulancia que Tessa despertó. Los médicos no podían dar crédito a lo que
estaba sucediendo.
Tessa les contó todo lo que
había experimentado durante su ECM, incluidas las conversaciones que había
escuchado y lo que habían hecho los médicos. Les describió hasta el más mínimo
detalle con tal precisión que quedaron asombrados. No podían entender cómo era
posible que ella supiera todo eso si había estado clínicamente muerta.
La primera frase que dijo
Tessa cuando abrió los ojos en la unidad de cuidados intensivos fue: «Todos
somos uno y todo es uno». En ese momento, se sentía conectada con todas las
personas que estaban allí, con los médicos, los celadores, las enfermeras, los
pacientes. Sentía que todos somos uno, que ella formaba parte de todos.
Por qué vivimos y por qué morimos
Tessa reflexionó sobre cómo
los seres humanos han pasado miles de años preguntándose por qué estamos aquí.
Después de todo lo que había experimentado, llegó a la conclusión de que la
vida es muy sencilla. Aprendió que hemos venido para servir a los demás, amar,
vivir y ser felices. Comprendió que la mayoría de los miedos que tenemos están
en nuestra mente y que la sociedad se beneficia de que vivamos atemorizados.
También habló sobre cómo
nuestra cultura ha visto en la muerte algo espantoso. Sin embargo, después de
su experiencia, llegó a la conclusión de que morir no es un proceso del que
debamos tener miedo. Su historia es un testimonio de la resiliencia humana y
una inspiración para aquellos que enfrentan desafíos similares. Su experiencia
nos recuerda que, aunque la muerte puede ser un momento de tristeza y
desolación para los seres queridos a los que dejamos, también puede ser una
experiencia de regreso a casa, de regreso al lugar de donde salieron nuestras
almas antes de venir a la Tierra.
Después de su ECM, ve ahora
la muerte como un ser amoroso que te da la mano para que no te vayas solo al
otro lado. Para ella, la muerte es ese puente maravilloso, ese ser de amor que
viene a decirte que no estás solo, que te lleva a casa otra vez.
Tessa se dio cuenta de que
todos somos uno y todos formamos parte de algo muy grande, muy superior a
nosotros mismos. Aunque no creía en Dios antes de su experiencia, ahora cree en
algo que es mucho más grande que nosotros. Llama «Dios» o «Universo» a este ser
superior, pero lo importante es que existe y que todos formamos parte de él.
Aprendió que cuando un ser
querido ha decidido que quiere marchar, debemos dejar que muera en paz. En
lugar de llorar y montar una tragedia, debemos mostrarle nuestro amor y decirle
que puede irse en paz.
Tessa también habló sobre
cómo muchas personas que están al borde de la muerte pueden dar lecciones de
vida y enfrentar su tránsito con dignidad. A través de su trabajo cuidando y
acompañando a enfermos terminales y moribundos, aprendió mucho de ellos.
Según Tessa, nuestros seres
queridos que han fallecido están con nosotros. Aunque no seamos capaces de
verlos, podemos sentir su presencia y recibir señales de ellos. Tessa cree que,
si estamos abiertos a ello, podemos percibir estas señales y saber que nuestros
seres queridos nos acompañan.
Qué ocurre con los suicidios
Tessa Romero trabaja desde
2007 con personas que han intentado acabar con su propia vida. A través de las
experiencias acumuladas, ha llegado a la conclusión de que las personas que se
suicidan no han encontrado su camino en la vida. Sin embargo, eso no significa
que su muerte sea una tragedia o una vergüenza. Al contrario, Tessa cree que
cada vida, incluida la de aquellos que han decidido terminar con la suya, tiene
un propósito y un significado.
Tessa también habla sobre
cómo la sociedad y algunas religiones tratan el suicidio como un tabú. Según
ella, esto solo sirve para estigmatizar a las personas que se han suicidado y a
sus familias. En lugar de avergonzarnos, Tessa cree que deberíamos hablar
abiertamente sobre el suicidio y ofrecer apoyo a aquellos que están lidiando
con pensamientos suicidas.
En cuanto a su futuro, Tessa
ha encontrado un nuevo propósito en la vida después de su ECM: continuar
ayudando a las personas a través de su trabajo y sus escritos. Sus libros, como
el ya mencionado 24 minutos en el otro lado y Espíritus en la hoguera, detallan
su experiencia y ofrecen consuelo y orientación a aquellos que están lidiando
con la pérdida de un ser querido o que están luchando con pensamientos
suicidas. En 2023 se sumó a ellos Los animales también van al cielo, donde trata
un tema pocas veces afrontado: qué ocurre con los animales, algunos de ellos
mascotas de diferentes personas durante su vida, al morir. Y planea seguir
escribiendo libros que no solo hablen sobre el duelo y la esperanza, sino
también sobre el lazo mágico que une a las personas y el misterio de la vida.
Según Tessa, el amor es
indestructible y también lo más grande que existe en el universo. Aunque un ser
querido pueda haber fallecido, su amor sigue existiendo y, con el tiempo, ese
amor se integra en nuestras vidas y llena el vacío que dejó su ausencia.
16. La ECM de Jesús Alonso Gallo, emprendedor e inversor en serie
Jesús Alonso Gallo ha dejado
una profunda huella en el mundo empresarial durante las últimas tres décadas y
media. Su trayectoria es un testimonio de versatilidad y tenacidad, habiendo
ocupado roles de liderazgo en marketing y ventas en diversas empresas y fundado
cuatro empresas por su cuenta. Tres de estas empresas encontraron nuevos
hogares con compradores prominentes: por ejemplo, Dro Soft fue adquirida por la
multinacional estadounidense Electronic Arts, mientras que Restaurantes.com
pasó a manos del Grupo Michelin.
Hoy en día, Jesús no solo es
un inversor en serie, sino también un educador y mentor que comparte su
experiencia y sus conocimientos con la próxima generación de emprendedores.
Colabora con varias
instituciones, tanto públicas como privadas, entre las que destacan la
Universidad Complutense, la Escuela de Organización Industrial, la escuela de
negocios EAE y el Máster de Emprendedores del Instituto de Pensamiento
Positivo.
Desde su juventud, Jesús
tenía dos metas claras: poseer un BMW rojo de dos puertas y convertirse en
millonario antes de cumplir los treinta años. Con el fin de alcanzar estos
objetivos, comenzó a trabajar a la temprana edad de dieciocho años como
vendedor de seguros para financiar sus estudios. Siempre se consideró a sí
mismo un estudiante en cada puesto que ocupaba, absorbiendo conocimientos y
aportando valor a las empresas para las que trabajaba.
Su carrera dio un giro cuando
se enteró de que unos amigos estaban planeando lanzar una start-up de
videojuegos. Con apenas veintitrés años, se unió al proyecto como director
comercial. La empresa, Dinamic Software, se convirtió en un éxito en la llamada
«edad de oro del software español». Jesús continuó ascendiendo en su carrera,
ocupando puestos de liderazgo en Dinamic Multimedia, Dro Soft y FX Interactive,
todas ellas empresas de videojuegos.
Dinamic fue reconocida con el
Premio a la Mejor Empresa de 1987, lo que llevó a Jesús y a su equipo a la
portada de El País Semanal bajo el título «Genios del ordenador».
Después de vender su
participación en FX Interactive, Jesús decidió abandonar el sector de los
videojuegos. Con dinero en el bolsillo, se embarcó en su cuarto emprendimiento,
esta vez en el sector de la gastronomía y la restauración, una de sus grandes
pasiones. Creó una plataforma gratuita de reservas online, Restaurantes.com,
que se convirtió en líder nacional en ese ámbito.
En este camino, el Grupo
Michelin anunció la adquisición de la compañía, cumpliendo así la predicción
que Jesús había escrito en un post-it pegado en la puerta de su frigorífico. Y
esto segundo pasó después de una ECM que, sin duda, emocionará a quien la lea.
Un error en una operación que cambió
su vida
Vamos a situarnos en los días
previos a la ECM de Jesús. Habituado a someterse a intervenciones por
granulomas en las cuerdas vocales, afrontó una de estas nuevas citas, a finales
de octubre de 2008, con la familiaridad de quien se dirige a un procedimiento
rutinario, específicamente a un quirófano.
En el hospital le asignaron
la habitación número 13, un detalle que tanto a él como a su esposa, Esther,
les generó cierta incomodidad. No obstante, se percibió un cambio en el ambiente.
La actitud cariñosa de Esther marcó una diferencia notoria, creando un vínculo
más allá de las frías instalaciones hospitalarias.
La noticia de una demora en
la operación les brindó tiempo adicional. Como respuesta, Jesús y Esther
decidieron aprovecharlo, sellando la espera con un encuentro apasionado en el
baño que desafiaba la solemnidad del entorno. Un acto de conexión emocional que
transcurrió entre la ansiedad preoperatoria y la promesa de la mejora tras la
intervención.
En el quirófano, Jesús desplegó
su conocida faceta emprendedora al hablar con el personal médico sobre el
emprendimiento en que por entonces centraba su energía (Restaurantes.com). Sin
embargo, su atención se desvió hacia un bisturí láser, extraído de su envoltura
como si fuera un paquete común. Una investigación posterior reveló que aquello
constituía una mala praxis médica.
El punto culminante ocurrió
cuando el bisturí láser, mal calibrado, cerró la glotis de Jesús. Las maniobras
desesperadas para revertir la situación quedaron grabadas en su memoria antes
de caer en un sueño inducido.
El despertar en la UCI
representó una desconexión abrupta con la realidad. Atado y con dificultades
para comunicarse, Jesús experimentó una escena caótica de sangre y agujas. La
entrada de Esther, ataviada como un astronauta para acceder al área, añadió un
toque surrealista a la situación, reflejando el terror en su rostro ante la
gravedad de lo que estaba viendo.
Cada día en la UCI se
convirtió en una prueba de resistencia: un pulmón perforado, un edema
subcutáneo que lo inflaba como un muñeco Michelin y la pérdida momentánea de la
visión en un ojo.
Cada palabra expresada por
Jesús, plasmada con papel y bolígrafo, reveló una lucha contra la adversidad.
Aquellos trece días y sus noches en la UCI no fueron simplemente una batalla
física, sino una inmersión en la complejidad de la experiencia humana frente a
la proximidad de la muerte. Cada latido representó una resistencia, cada
suspiro una victoria en su camino hacia la recuperación.
El momento en el que Jesús sale de
su cuerpo
Jesús, sumido en la narración
de sus vivencias, revive aquel momento crítico en el hospital. Mientras su
brazo se veía inundado de sangre, un cardiólogo, que casualmente estaba
visitando a uno de sus pacientes, irrumpió en la escena. Gritó a las
enfermeras, exigiendo con urgencia el medicamento necesario para detener la
hemorragia.
La enfermera, con diligencia,
preparó las dos unidades del medicamento, cuyo nombre Jesús apenas alcanza a
recordar. Sintió que el líquido recorría su torrente sanguíneo, percibiendo su
temperatura. Fue en ese instante, sin discernir si era el corazón o el cerebro,
cuando todo se volvió borroso y se desvaneció. Jesús se vio fuera de su cuerpo,
desde una posición alzada, sin tocar el suelo.
El experto cardiólogo comenzó
a suturar el agujero por donde manaba la sangre. Al despertar, Jesús se
sorprendió al constatar que aún estaba vivo. Este episodio se repetiría varias
veces, cada una de ellas llevándolo a la experiencia de estar fuera de su
propio cuerpo, observando desde la periferia mientras perdía la conciencia.
Ingresó en el hospital a
finales de octubre de 2008, permaneciendo casi dos semanas en la UCI. Tras unos
días más en planta, finalmente recibió el alta. Este período crítico marcó la
transición hacia el lanzamiento de Restaurantes.com en mayo del año siguiente.
Sin embargo, la travesía de Jesús no se detuvo aquí.
La lucha bajo los efectos de
la anestesia general se volvía instintiva, llevando a que le ataran las piernas
y los brazos para garantizar la eficacia del tratamiento. En medio de estas
experiencias límite, Jesús reflexionaba sobre la aceptación de la muerte: «En
esos momentos, las preocupaciones familiares desaparecen, dejando una sensación
de calma y aceptación». Flotando fuera de su cuerpo, observaba los esfuerzos
médicos desde una perspectiva única, como si estuviera en una sala de espera
para el siguiente capítulo de su existencia.
Mientras comparte sus
experiencias en un tono reflexivo, Jesús aborda las fases de las ECM. Como se
ha mencionado, estas fases se deducen de los más de 10 000 casos clínicos bien
documentados.
Jesús vivió la primera fase,
que implica la percepción de una experiencia hiperreal. Es el momento en que
los individuos describen la vivencia como más real que la vida cotidiana.
Recuerda haber pensado únicamente en sí mismo durante este periodo, sumergido
en una introspección profunda.
También vivió la segunda, la
experiencia fuera del cuerpo, en la que los individuos pueden sentir que han
salido de su cuerpo físico y observar su propio cuerpo y los acontecimientos
que ocurren a su alrededor desde una perspectiva externa.
Al relatar su propia
experiencia, Jesús explica que estaba flotando, observando a los nerviosos
médicos desde una posición elevada, lejos de la sensación física de encontrarse
de pie en el suelo.
No vivió, sin embargo, una
tercera fase, donde hay pacientes que llegan a escuchar pensamientos de otros o
explican acontecimientos que están sucediendo en otros lugares. Reconoce que no
llegó hasta ahí ni experimentó percepciones inusuales, aunque hubiera deseado
vivirlas.
Jesús compartió su
experiencia de paz profunda durante este momento, marcando su perspectiva
transformada hacia la vida. «No llego a recordar si tuve encuentros con otras
personas o a distinguir si se trataba de conversaciones con mi abuelo Gabriel,
un hombre emprendedor que marcó mi infancia y con el que tuve una gran
conexión.»
Quedarse sin habla, una posibilidad
real
Tras su recuperación, Jesús
aceptó la posibilidad de no volver a hablar, como ya le habían anticipado los
médicos. Se sumergió en un proceso de aceptación, acompañado por un equipo de
psicólogos y psiquiatras, enfrentándose al desafío de construir una nueva vida
tras las secuelas de aquella experiencia.
«Cuando los médicos me
dijeron que podría quedarme sin habla el resto de mi vida, yo solía escribir en
un cuaderno y les decía que me ganaba la vida hablando. Me explicaban que la
tecnología había avanzado y que podía hablar a través de un sintetizador de voz
con el ordenador. Me aseguraban que sería feliz, aunque la situación cambiara
al no poder hablar. Gracias a ese trabajo, logré salir del hospital aceptando
que mi vida iba a ser diferente. El milagro es que lo que hago ahora está
conectado con esa experiencia. Escribo cada día, algo que empecé a hacer en la
UCI cuando no podía hablar, aunque ahora sí pueda hacerlo. Esto me permite
realizar mi misión, que es ayudar a otros a emprender, invertir, ser felices y
comprender que la vida es un privilegio», explica el propio Jesús.
Y añade: «Respecto a la
recuperación de mi voz, después de la intervención inicial cambié de equipo
médico. Acudí al director de otorrinolaringología del Hospital de La Paz, en
Madrid. Me sometí a otra intervención y resolvieron el problema. Con la ayuda
de una foniatra, logré recuperar mi voz de manera sorprendente».
«Sobre situaciones
inexplicables en mi vida, hay cosas que van más allá de las casualidades. Mi
encuentro y posterior matrimonio con Esther —la niña de la que me enamoré
siendo crío— después de divorciarme es un ejemplo. Cada experiencia
aparentemente negativa, como el divorcio, resultó ser una bendición de Dios,
aun siendo yo ateo hasta mi ECM. Además, en medio de todas estas situaciones
causales, mi hermano superó un cáncer incurable y tuvo hijos, desafiando todas
las expectativas médicas, pues lo habían diagnosticado como 100 % no fértil»,
continúa.
La lección está muy clara
para Jesús: «La conclusión a la que llego es que soy un privilegiado, y cada
cosa que me ha sucedido tenía una razón de ser. Desde ser ateo, luego
agnóstico, hasta tener la certeza de la existencia de Dios, siento su presencia
cada día. En la Ilíada de mi vida, Dios estaba presente en mi muerte y
resurrección. Mi experiencia y la de mi hermano parecen ir más allá de
explicaciones científicas, lo que refuerza mi convicción en la existencia de lo
divino».
Una vida llena de casualidades
A los cuarenta años de edad,
Jesús se casó por segunda vez, en esta ocasión con Esther, la mujer de la que
se enamoró cuando era un niño. Pero antes de ese reencuentro, apareció el
cáncer a priori terminal de su hermano.
Jesús recuerda cómo acudía
con su propio hijo a visitar a su hermano, debilitado por la enfermedad.
Mientras su esposa y él trabajaban, el enfermo, en su milagroso proceso de
curación, cuidaba al bebé.
Fue un momento significativo
para el hermano de Jesús, que sacaba fuerzas para cuidar y alimentar a su
sobrino. Su madre, muy religiosa, consideraba que era un milagro de Dios,
resultado de las oraciones de mucha gente. Los oncólogos no podían explicar
científicamente su recuperación después de una cirugía extensa para tratar un
cáncer de huesos que habían diagnosticado como terminal.
En cuanto a su convicción
sobre la existencia de Dios, Jesús se basa en lo que siente. No manifiesta su
preferencia por ninguna religión, pero experimenta la presencia de Dios en
aspectos cotidianos. Esto se refleja en la tranquilidad que siente al reconocer
su presencia en la música, en la mirada de los niños, en los animales y en manifestaciones
naturales.
A Jesús no paran de sucederle
causalidades llenas de vida. Es una mente brillante con una conversación
magnífica. Desde principios de 2023 y tras sufrir un infarto en enero de ese
año, escribe cada día un correo electrónico sobre la vida, el emprendimiento y
las inversiones. Si quieres recibirlo gratis, solo tienes que apuntarte en su
web jesusalonsogallo.com. Tanto si eres empresario y emprendedor como si no,
tendrás la ocasión de leer a una de las personas más interesantes que he conocido
en mi vida.
17. La ECM del médico José Morales
Debemos decir que este último
capítulo, en el que se narra un caso real de ECM, se nos ha resistido. Acabamos
de escribir el resto del libro meses antes, a falta solo de completarlo con el
testimonio de una persona que hubiera experimentado una ECM y cuya credibilidad
estuviera fuera de dudas para el lector.
Encontramos algunas personas
que tenían este tipo de experiencias y que, según nuestro parecer, también
disponían de la esperada credibilidad. Pero, por diferentes circunstancias,
finalmente decidieron no contar su historia. La vida dirá si, en un futuro, se
la quieren explicar al mundo.
No es sencillo compartir una
ECM y tener la incertidumbre de cómo reaccionará tu entorno personal y
profesional.
Tras conocer algunos casos de
ECM que, por el momento, no pueden ser difundidos, había comentado en algunas
ocasiones con el doctor Sans Segarra y el equipo de la editorial que el tiempo
determinaría si el libro ya estaba acabado o si, antes de publicarlo,
encontraríamos el testimonio que lo completara.
De hecho, el día que encontré
al protagonista de este capítulo, el doctor José Morales, por la mañana había
estado con Manuel Sans Segarra preparando la grabación de vídeos para su recién
estrenado canal de YouTube.
En los tres meses que
transcurrieron entre la escritura del capítulo anterior y la de este último han
sucedido muchas cosas. Cada vez más personas parecen estar interesadas en
conocer mejor la Supraconciencia y lo que la ciencia dice acerca de la vida
después de la vida. Al menos así lo atestiguan las crecientes visualizaciones
en los canales y redes sociales del doctor Sans Segarra.
¿Por qué un profesional de la salud? ¿Por qué un médico?
Para nosotros, acabar este
libro con una ECM contada por un médico era relevante. El doctor Sans Segarra
ha explicado a lo largo de estas páginas sus experiencias en primera persona
con sus pacientes. Uno de los casos narrados, por ejemplo, corresponde a una
profesional de la salud, compañera de hospital, que sufrió un accidente de
tráfico.
Los ejemplos de ECM
experimentados por médicos de reconocido prestigio no son escasos. Entre ellos,
uno de los más conocidos y valorados es el del neurocirujano estadounidense
Eben Alexander, profesor de la Escuela de Medicina de Harvard y autor del libro
superventas La prueba del cielo. En 2008, Alexander experimentó una ECM
mientras estaba en coma por una meningitis.
Durante su ECM, Alexander
afirmó haber viajado a un reino celestial lleno de belleza y paz. Describió
haber visto una luz brillante, seres angelicales y un campo de flores
multicolores.
También experimentó una
profunda conexión con el amor y la sabiduría universales.
Al despertar del coma,
Alexander se sintió completamente transformado. Su experiencia lo llevó a
cambiar su visión del mundo y lo convenció de la existencia de una vida después
de la muerte.
Hasta ese momento, Alexander
era contrario a concebir las ECM como un fenómeno argumentable científicamente,
y las consideraba alucinaciones e incluso tonterías sin relevancia. «Como
doctor en Medicina, con una larga trayectoria profesional en prestigiosas
instituciones como Duke y Harvard, yo era el perfecto escéptico. Un tipo al
que, si usted le contara su ECM o la visita que recibió por parte de su tía
muerta para comunicarle que todo iba bien, lo hubiera mirado y le hubiese
dicho, con compasión, pero tajantemente, que era una fantasía», son palabras
del propio Eben Alexander.
Cómo llegamos al doctor Morales
La mañana del miércoles 20 de
marzo de 2024 estuve preparando los primeros vídeos del canal de YouTube del
doctor Sans Segarra junto con el equipo de producción.
Tuve la oportunidad de
compartir con el doctor mi inquietud porque, para el último capítulo, no
acababa de encontrar a la persona que explicara su caso. En las últimas semanas
me había llegado el mensaje de una médica de familia en activo, pero finalmente
descartó compartir su experiencia. Lo entendía, por supuesto, y a la vez quería
encontrar el testimonio idóneo para completar un libro cuya misión principal es
ayudar a las personas.
Con esta ECM de José Morales,
siento que nuestra intención se cumple.
La noche de ese miércoles
volví a abrir YouTube. Descubrí la historia de cuatro médicos españoles que
explican su ECM en internet, con más o menos detalles. Escribí en ese momento a
tres de los cuatro protagonistas. Uno de ellos, José Morales del Río, no solo
me respondió, sino que lo hizo a los pocos minutos de haberle escrito.
Días después, me contestó
también otra médica, aunque por el momento no hemos avanzado en su capítulo.
Quizá deberá esperar a otro libro.
Hablé con José por teléfono
durante casi una hora aquella misma noche. De nuevo aparecen aquí casualidades
cuya interpretación queda a criterio del lector.
El doctor Morales fue el
invitado que precedió a Manuel Sans Segarra en el canal de YouTube en el que vi
a este por primera vez, aquel domingo 30 de abril de 2023. De hecho, José me
comentó que ya conocía y había visto al doctor Sans Segarra, y que había
compartido este dato con la periodista que lo entrevistó, Maria Martí, del
canal Mientras Viva.
Durante la redacción de este
capítulo, tuve la oportunidad de hablar con Maria, quien me relató que también
conocía ya previamente al doctor Sans Segarra, incluso antes de la charla, tras
haberlo visto en una conferencia en la localidad catalana de Calella.
Dedicado a la medicina familiar
La infancia de nuestro
protagonista, leridano nacido en 1960, transcurrió en un barrio obrero. A pesar
de la modesta condición social de su familia, la niñez de José estuvo marcada
por la felicidad.
De carácter dócil,
introvertido y sedentario, desarrolló una profunda pasión por la lectura y la
música, aficiones que cultivó con fervor dentro de las posibilidades de la
época.
Cuando, al final de la
secundaria, tuvo que elegir carrera, en un principio se inclinó por estudiar
Psicología en la Universidad de Barcelona, fascinado por la complejidad del
comportamiento humano. Sin embargo, las circunstancias lo llevaron a tomar un
camino diferente. En 1977 se inauguró la primera promoción de Medicina en la
ciudad de Lleida, una oportunidad que le permitía costear los estudios viviendo
en casa, frente al importante gasto que suponía el trasladarse a Barcelona.
Aunque no había sido su
opción inicial, la posibilidad de estudiar cerca de casa y aliviar la carga
económica familiar lo llevó a decantarse por esta carrera. Desplazarse a la
capital catalana habría supuesto un desembolso muy importante, teniendo en
cuenta que José habría necesitado encontrar un piso o un colegio mayor donde
residir.
Una vez inmerso en el mundo
de la medicina, su interés se dirigió hacia la neurología y la psiquiatría,
disciplinas que exploraban los misterios del funcionamiento cerebral y la mente
humana. Sin embargo, el destino lo condujo finalmente hacia la medicina
familiar, una especialidad que le brindaría la oportunidad de dar atención
integral a sus pacientes y acompañarlos en las diferentes etapas de su vida.
En este camino de
descubrimiento personal y profesional, la pasión por la lectura y la música
continuó siendo un faro que iluminaba su existencia. A través de los libros y
las melodías, nuestro protagonista encontraba refugio, inspiración y una
ventana a otros mundos, una constante que sin duda siguió nutriendo su espíritu
a lo largo de su trayectoria como médico.
Reencuentro con un amigo
A principios de 2022, el
doctor José Morales se encontraba convaleciente de una arritmia cardiaca. A la
espera de una intervención quirúrgica, controlaba su afección con medicamentos.
Un día, tras incorporarse de
la siesta, se vistió en la penumbra de la habitación. Lo que sucedió después es
algo que no recuerda exactamente: de alguna forma, perdió el conocimiento y se
desplomó al suelo.
José no tiene la certeza de
cuánto tiempo estuvo inconsciente, aunque probablemente fue menos de un minuto,
en el que se desencadenó todo lo que se recoge en las siguientes páginas. Tuvo
que ser un lapso de tiempo breve, porque, si el paro cardiaco hubiera durado
más de un minuto, es posible que le hubieran quedado secuelas neurológicas más
o menos evidentes, y no fue el caso. Por su experiencia médica y por lo que
vivió, está convencido de que sufrió un paro cardiaco, aunque, al no estar
monitorizado mediante un electrocardiograma y haberle sucedido en su casa, a
nivel médico fue registrado técnicamente como un síncope con pérdida de
consciencia.
Obviamente, en nuestra
dimensión temporal, menos de un minuto no sería tiempo suficiente para vivir
todo lo que José explica. Debe entenderse que el espacio-tiempo en lo que
sucede durante las ECM no es el habitual para nosotros, sino que pertenece a
otra dimensión. La mecánica cuántica, como hemos visto en este libro, lo
explica con hechos objetivables y fundamentados.
Tras caer, el siguiente
recuerdo del doctor Morales es verse a sí mismo desde una perspectiva extraña.
Se encontraba de pie, observando su cuerpo semirreclinado e inerte en un
rincón, encajado entre un mueble y la pared. A pesar de la escasa luz que
entraba por la persiana bajada, la escena era nítida. Su yo erguido se sentía
perfectamente, sin ningún tipo de dolor ni incomodidad.
De repente, un remolino azul
turquesa lo envolvió todo. Cuando se recuperó, se encontraba en un espacio
oscuro y sin límites, con una luz blanca y brillante en el cenit. Un zumbido
grave y oscilante llenaba el ambiente, creando una atmósfera extraña pero no
desagradable.
A gran velocidad, fue
transportado hacia la luz. En un tiempo que no le pareció largo, se encontró en
un espacio inmenso y luminoso, como si saliera de una oscura cueva a la cima de
una cumbre en un día soleado. Su mente estaba completamente clara y sus
sentidos se habían agudizado, aunque no los necesitaba en un entorno tan puro y
sereno.
Una paz inmensa lo invadió,
llenándolo de bienestar interno y externo. A su alrededor se extendía un
paisaje rural de montaña, bello como una postal alpina en primavera. La
temperatura era perfecta; la luz, radiante, y el silencio solo lo rompía una
música celestial que le recordaba las composiciones de Vangelis o de la New
Age.
Ese espacio se fue tornando
cada vez más blanco y neutro, hasta convertirse en una inmensidad luminosa que
no molestaba la vista.
Al sentir una presencia a su
espalda, se giró hacia la izquierda y vio a Tomás José, un amigo entrañable que
había fallecido en 1983 debido a un tumor cerebral.
Tomás José vestía un traje
oscuro y formal. Aunque su aspecto era elegante, no tenía la cicatriz y
deformidad en el cráneo que le dejó la operación del tumor. Lo más sorprendente
era que, a pesar de haber sido invidente desde la intervención, ahora parecía tener
vista. Sin embargo, no lo miraba a los ojos ni abría los brazos para recibirlo.
Su mirada transmitía tristeza y un mensaje claro: «No vengas, continúa el
proceso». No lo dijo. El doctor Morales simplemente lo supo al verlo.
Conociendo el gran cariño que
su amigo le tenía, el protagonista de este relato comprendió que algo
importante estaba sucediendo. A pesar del intenso deseo de abrazarlo, se
contuvo, entendiendo que su amigo, desde el amor que le profesaba, le
transmitía sin palabras que debía seguir adelante.
La empatía elevada a la enésima potencia
Al apartar su atención de su
amigo, José Morales reparó en la presencia de un ser blanco y luminoso a su
derecha. Era hermoso, bondadoso y de gran tamaño, pero no intimidante en
absoluto. De él emanaba una inmensa comprensión, empatía y aceptación.
En un instante, toda su vida
pasó por su mente. No solo los momentos más relevantes, sino también otros
aparentemente intrascendentes. No era como ver una sucesión de fotogramas, sino
que se asemejaba a contemplar simultáneamente un mosaico de imágenes en una
pared, conocidas hasta el más mínimo detalle y ahora apreciables en su conjunto
desde una perspectiva distante.
Lo que más le impactó fue la
capacidad de sentir las sensaciones y emociones de las personas involucradas en
cada recuerdo. No solo revivía lo que había hecho, sino que también se hacía
consciente del perjuicio que había causado en los demás. Esta experiencia lo
dejó perplejo y lleno de remordimientos por el daño que había infligido en el
pasado debido a su ignorancia.
Sin embargo, el ser luminoso
le transmitía bondad y comprensión de forma no verbal. No era un razonamiento,
sino un estado de ánimo que le decía: «No te preocupes, fue tu ignorancia, no
pasa nada, la vida es así para todos. Cada uno hace lo que puede desde su
estado».
A continuación, se dio cuenta
de que tenía ante sí un umbral indefinido. Se le invitaba a pasar de forma
amorosa y desde el bienestar. Se encontraba tan bien que no le hubiese
importado traspasarlo, pero un sentimiento de culpa por el dolor que había
generado lo invadió. Un grito interno resonó en su ser: «¡No puedo dejarlo así,
quiero repararlo, he de volver!». Era como si sintiera la necesidad de limpiar
su karma, y para ello necesitaba más tiempo.
Entonces comprendió el
mensaje de Tomás José: si lo abrazaba, ya no habría retorno, y él no deseaba
eso para su amigo. Incluso hoy en día, al recordar este acto de extrema
generosidad, las lágrimas brotan de sus ojos.
Miró al ser de luz, que
comprendió su deseo de volver. Sin palabras, pero con amor, le dijo: «Haz lo
que necesites, así también está bien».
Una sensación de caída hacia
atrás y vértigo lo envolvió, similar a la que se tiene en una montaña rusa. Su
siguiente percepción fue la de encontrarse de nuevo en el suelo, dentro de su
cuerpo, tal como se había visto al principio de la experiencia extracorpórea.
Sentía dolor y falta de fuerzas, y se incorporó con dificultad para volver a
tenderse en la cama. En los minutos siguientes, con torpeza y cierta confusión,
luchó por ordenar sus ideas y dar sentido a lo que había vivido.
Su regreso a la vida
ordinaria fue gradual. Tardó varios meses en poder compartir la experiencia con
alguien. Una noche de verano, durante una sobremesa con amigos y sin que
viniera a cuento, José relató su historia —quizá sin tantos detalles— por
primera vez.
¿Quién fue Tomás José?
El hoy doctor Morales conoció
a Tomás José en la parroquia del barrio, donde se le pidió que le hiciera
compañía, a finales de la década de 1970. El joven había sido intervenido, a
los dieciocho años, de un tumor cerebral que le causó graves secuelas
neurológicas, incluidas la ceguera y una notable torpeza en el lado derecho de
su cuerpo. A pesar de las dificultades, Tomás José mantuvo una fe sólida y una
actitud positiva ante la vida.
A lo largo de los años,
forjaron una gran amistad y cariño mutuos.
De hecho, ambos llegaron a
compartir sus respectivos amigos, lo que contribuyó a que los dos vivieran una
época muy feliz.
Tomás José mejoró mucho
físicamente en ese tiempo, por lo que se entiende que la llegada a su vida de
José Morales fue algo muy bueno para él. Así, su potencial interior se pudo
manifestar. Sin embargo, cuatro años después, el tumor dio signos de
reincidencia y, tras muchos meses de progresivo deterioro, el joven falleció.
A pesar de su infortunio,
Tomás José siempre dio testimonio de una fe profunda, lo que le permitió vivir
con aceptación y dignidad todo el sufrimiento aparejado a su enfermedad.
Incluso en sus últimos momentos, se mantuvo fuerte y positivo. El último día
que compartió una conversación larga con su amigo, le dijo: «José Antonio, rezo
por ti». Estas palabras conmovieron profundamente al doctor Morales, quien aún
hoy, cuarenta años después, recuerda a Tomás José con cariño y admiración.
Los días previos a la ECM
Cuando experimentó su ECM,
José Morales se encontraba en una de las etapas más felices de su vida. Había
logrado trasladarse al ambulatorio de La Rápita (Tarragona), en el delta del
Ebro, un lugar que consideraba un paraíso, donde disfrutaba de su trabajo y de
la vida deseada junto a su familia. La cordialidad de sus compañeros y la
sensación de haber cumplido un sueño lo llenaban de ilusión.
Su única preocupación era su
corazón. Una arritmia que había empeorado en el último año limitaba su
actividad física, por lo que había iniciado los trámites para una intervención
quirúrgica. Nunca antes había experimentado un síncope o una parada cardiaca,
por lo que el incidente que desencadenó la ECM lo tomó completamente
desprevenido.
La ECM del doctor Morales
tuvo dos momentos claves.
El primero fue un reencuentro
personal con Tomás José, quien, aunque inicialmente evitó abrazarlo, le
transmitió una comprensión que nuestro protagonista asimiló más tarde.
El segundo momento fue la revisión
vital empática, donde José Morales revivió de forma casi instantánea numerosos
momentos de su vida, tanto trascendentes como triviales. La mayoría de estos
recuerdos se centraban en desaciertos o momentos egoístas que no lo
enorgullecían. El rasgo particular de esta revisión era que el doctor
experimentaba las sensaciones físicas y emocionales (nudo en el estómago, falta
de aire, decepción, tristeza, rabia) de las personas afectadas por sus
acciones. José se preguntó más tarde por qué no recordó también sus acciones
bondadosas, pero no ha sabido encontrar una respuesta. El resultado de esta
revisión fue un malestar infinito, tanto físico (a pesar de no tener cuerpo)
como emocional. Ante la invitación a cruzar un umbral que él percibía como
punto de no retorno, el sentimiento de culpa y la necesidad de reparar sus
errores pesaron más, por lo que se le indicó que podía regresar a su vida
anterior si así lo deseaba.
Un cambio radical en la vida
A los pocos días de conocer a
José Morales, con el que únicamente había mantenido conversaciones telefónicas
o intercambiado mensajes de WhatsApp, podía percibir que es un ser bondadoso.
Lo notaba en sus palabras, en cómo dice las cosas. Por eso quise preguntarle
cómo es posible que, siendo una persona que desprende tal bondad, en su ECM
precisamente recordara los momentos en los que tuvo actos que infligieron dolor
emocional en otras personas y no aquellos en que las ayudó, a pesar de que
estos últimos, estoy convencido, fueron muchísimos más. Y hablamos sobre el cambio
que supuso la ECM en su día a día.
El cambio no llegó de forma
abrupta, como una iluminación repentina. Le tomó varios meses asimilar la
experiencia, que le generaba un profundo malestar interior, en lo que él mismo
denominó como su «noche oscura del alma». Incluso con su vida recuperada, la
ilusión se había esfumado, aunque no lo expresaba externamente. Poco a poco,
fue constatando que reparar y ayudar a otros le hacía sentir mucho mejor.
Un día, llegó a su consulta
una mujer mayor con una problemática médico-social similar a la que había
angustiado a la madre del propio José. En su momento, él no había atendido
adecuadamente a su madre, por lo que ese error había quedado grabado en su
lista de «egoísmos». Esta vez, se tomó un interés personal y se implicó en
resolver la situación de la paciente como debería haber hecho antes. Cuando
todo se resolvió, sintió que su madre «le sonreía desde el otro lado».
En otra ocasión, contactó con
alguien a quien había decepcionado en su juventud para disculparse. La persona
restó importancia al asunto y ambos quedaron como buenos amigos. Poco después,
esta persona se vio envuelta en una complicada situación de salud mental en el
seno familiar, por lo que acudió a él buscando consejo experto. José se implicó
de nuevo y le fue de gran utilidad en su resolución. Aunque no lo sabían, estas
personas lo habían ayudado mucho más de lo que él las ayudó a ellas.
¿Por qué decidió explicarlo?
Durante una cena, seis meses
después de su ECM, el doctor Morales decidió explicar su vivencia. Lo
acompañaban su esposa, su hija y otro matrimonio de amigos íntimos con su hija,
también adulta. Eran personas de total confianza, habían cenado bien y se
encontraban en un relajado ambiente de noche de verano. Se sentía en un
«entorno seguro», así que, entre bromas y risas, dijo: «Os voy a contar algo
que os va a sorprender, pero es verdad». Cuando comenzó, lo interpretaron como
uno de esos relatos de Halloween con final de chiste, una broma más. Sin
embargo, a medida que avanzaba en su relato, se quedaron serios y sorprendidos.
En el silencio posterior, su esposa dijo disgustada: «Recuerdo cuando viniste
con un chichón. ¿Cómo has podido ocultármelo todo este tiempo?». «No pude
compartirlo», respondió él. A pesar de todo, este fue el inicio para que José
se encontrara mejor y marcó un punto de inflexión en su proceso.
Su experiencia lo transformó
en un médico más empático e intuitivo. Algunos pacientes lo notaron y se lo
mencionaron, a lo que él restaba importancia diciendo: «Solo hago mi trabajo».
Un día, después de haber
hecho pública su experiencia con su círculo íntimo, una mujer que se sentía
devastada por la pérdida de un hijo adolescente acudió a su consulta. Hablaron
de la muerte, la posibilidad del más allá y la certeza personal que él tenía
ahora a partir de su experiencia. La posibilidad de reencontrarse realmente con
su hijo iluminó el rostro de la mujer y le brindó un consuelo que antes no
tenía. En ese momento, el doctor Morales comprendió que darle visibilidad al
fenómeno formaba parte de su misión de vida después de su regreso.
Aunque al principio tenía
reservas por si esto afectaba a su credibilidad profesional, notó que no fue
así. De forma natural, sin ninguna proactividad de su parte, se produjeron
diversas entrevistas y charlas que dieron a conocer su experiencia. En
ocasiones se ha cuestionado la realidad espiritual de su ECM, pero nunca su
sinceridad como persona.
Fenómenos sin explicación tras la ECM
En los primeros meses después
de su ECM, el doctor Morales experimentó algunos fenómenos de interferencias
eléctricas —como pantallas de ordenador y bombillas de filamento que
parpadeaban— y caídas inexplicables de objetos, que siempre relacionaba con una
intensidad emocional al pensar en Tomás José. Cuando comprendió que eran
pruebas de vida por parte de su amigo, estas señales cesaron. Ya no eran
necesarias. Esa es su interpretación.
En la bibliografía científica
se encuentran reflejados una gran cantidad de fenómenos paranormales
inexplicables durante las ECM, algunos de ellos verificados de forma externa.
Esto le resulta fascinante a José, dado que no tienen una explicación
materialista plausible más sencilla.
De adolescente, el futuro
doctor había leído el libro de Raymond Moody Vida después de la vida y, unos
años antes de su ECM, llegó a sus manos Al otro lado del túnel, del conocido
psiquiatra José Miguel Gaona, que fue un éxito de ventas y le encantó. Aclara
que es un gran devorador de libros de no ficción y que lee sobre muchos temas
diferentes por curiosidad intelectual.
Sin embargo, después de la
ECM, José Morales desarrolló una verdadera obsesión por comprender lo que le
había pasado. Buscó bibliografía y vio todos los testimonios que encontró en
YouTube.
Esto le aportó conocimiento,
pero no paz interior. Lo que lo sanó fue compartir su experiencia y recibir
respuestas de gratitud por alimentar la esperanza en una continuidad de la
conciencia, más allá de la muerte física y el reencuentro con los seres
queridos. Aunque nunca había tenido un miedo especial a la muerte, ahora no la
teme en absoluto. En el ámbito laboral, dado que disfrutaba de su profesión
como médico de familia, pensaba alargar su ejercicio profesional superada la
edad de jubilación si se encontraba físicamente bien. La medicina es muy
gratificante y José le debe muchísimo de lo bueno que ha ocurrido en su vida.
Tras vivir su ECM, todo
cambió. José se desmotivó para mantener la continua actualización y entrega que
requiere la profesión, y anhelaba tener tiempo para ahondar en la
espiritualidad, la ayuda solidaria, y compartir momentos en su círculo íntimo.
Por ello, se jubiló anticipadamente a los sesenta y tres años.
En la actualidad, el doctor
José Morales dedica su tiempo a satisfacer su gran curiosidad por ahondar más
en la espiritualidad, los textos sapienciales, las experiencias místicas y
paranormales y las prácticas meditativas como el zen y el mindfulness. Una vez
asimilada la ECM y comprendido el sentido profundo de la responsabilidad que
una segunda oportunidad vital supone, ha reorientado su actividad hacia
acciones solidarias desinteresadas.
Para ello, ha creado la web doctormorales.es, donde las personas interesadas pueden ahondar en esta experiencia cercana a la muerte y ver algunas de las muchas entrevistas que le han hecho en diferentes canales de YouTube
Conclusiones
La ciencia no puede resolver
el último misterio de la naturaleza. Y eso es porque, en última instancia,
nosotros mismos somos parte del misterio que estamos tratando de resolver. A
PARTIR DE UNA CITA DE MAX PLANCK
En la metodología de todo trabajo,
las conclusiones constituyen un capítulo importante y sumamente práctico. El
estudio y valoración de las ECM —un fenómeno trascendente muy frecuente—,
primero con el método científico y luego desde el punto de vista cuántico, nos
permite valorar antropológicamente al ser humano y obtener importantes
conclusiones sobre su concepción existencial.
La formación del médico
cirujano se estructura a partir del método científico cartesiano y newtoniano,
racional y fundamentado en la observación y la experimentación. Los objetivos
son intentar la curación o, si esta no es posible, la paliación, y siempre
consolar al paciente y a sus familiares.
Ante cualquier fenómeno, ya
sea orgánico o anímico, pretendemos responder a dos preguntas: cuál es la causa
(la etiopatogenia) y cuál es el mecanismo íntimo de producción (la
fisiopatología).
El método científico,
racionalista, materialista, determinista y con gran escepticismo científico,
considera la materia como el elemento estructural básico del universo. Su campo
de acción es el macroscópico.
La interpretación científica
del ser humano considera que está formado por materia. El cuerpo y la mente,
con todas sus funciones anímicas, son un epifenómeno de la materia, del
cerebro. La muerte física, como expresó René Descartes en su famosa frase
«Pienso, luego existo», supondría así el fin de nuestra existencia. Por la
segunda ley de la termodinámica, todo tiende a la entropía, al desorden, y la
muerte condiciona una total desestructuración del organismo, con el cese de sus
funciones. Al dejar de pensar, se deja de existir. Desaparece la conciencia
local o neuronal de vigilia.
Los pacientes diagnosticados
de muerte clínica por diversas causas presentan paro cardiaco, paro
respiratorio, arreflexia y pérdida de la conciencia, a la vez que su
electroencefalograma es plano, con una línea isoeléctrica a partir de los
quince segundos.
Practicando las medidas de
reanimación cardiorrespiratorias, podemos conseguir reanimar a los pacientes en
muerte clínica y recuperarlos. Algunos pacientes presentan, durante los minutos
en que permanecen en ese estado, unas vivencias que definimos como experiencias
cercanas a la muerte. Su valoración y estudio constituye la base de este libro.
El diagnóstico científico de
las ECM las considera alucinaciones provocadas por la falta de irrigación, a la
que el cerebro es sumamente sensible. La escasez o ausencia de sangre y oxígeno
provoca en el cerebro, como hemos visto, anoxia, hipercapnia, hiperpotasemia,
acidosis metabólica, afectación de las sinapsis neuronales, alteración
proteica, destrucción de la membrana celular con transmineralización y muerte
neuronal en pocos minutos.
Pero el estudio y valoración
de las ECM, comparadas con las alucinaciones, evidencia claras diferencias.
La valoración clínica de las
ECM demuestra que poseen una estructuración lógica, que los ítems se repiten
entre los enfermos —las diferencias son más de matiz que causales—, que los
pacientes las recuerdan toda su vida y que estas vivencias provocan un profundo
impacto psicológico, un impacto que condiciona un cambio de la concepción
existencial, del rol vital, en el paciente. La clínica de las alucinaciones es
totalmente diferente, contraria a los aspectos comentados de las ECM.
Las ECM presentan otras
características, ausentes en las alucinaciones e inexplicables por el método
científico: la transferencia de información independiente del espacio y del
tiempo y, además, la capacidad de atravesar estructuras sólidas.
La práctica de una resonancia
magnética funcional al paciente, mientras comenta su ECM, nos permite observar
las zonas cerebrales que se activan. Uno de los aspectos que más llama la
atención es la activación de zonas occipitales cuando comenta las imágenes de
objetos que observó durante la ECM y le motivaron un impacto afectivo. Este
hecho pone de manifiesto la existencia de una memoria relacionada con las
neuronas espejo y nos permite deducir que el paciente no miente, sino que
realmente vio las imágenes que se encontraban a distancia de su cuerpo inerte
mientras se realizaban las maniobras de reanimación cardiorrespiratorias.
Las diferencias entre
alucinaciones y ECM son lo suficientemente evidentes como para poder pensar que
en estas últimas intervienen otros fenómenos que desconocemos con el método
científico.
El desarrollo a partir de los
siglos XIX y XX de una nueva disciplina, la física cuántica, proporciona un
nuevo enfoque conceptual de la conciencia. La física cuántica estudia y valora
el mundo microscópico. La interpretación de sus leyes y principios constituye
un nuevo paradigma y requiere una nueva forma de interpretación.
Aplicando la mecánica
cuántica en una interpretación antropológica del ser humano, esta rama
científica nos proporciona nuevas posibilidades de comprensión que justifican
los fenómenos trascendentes, especialmente las ECM.
El cuerpo, en cuanto materia,
es energía de baja frecuencia. La interpretación cuántica de la materia
confirma que esta tiene una estructura vacía, con grandes espacios entre las
partículas subatómicas. Se explica así la facilidad que comentan los pacientes
para atravesar estructuras sólidas durante la ECM.
Las actividades mentales
tienen una clara interpretación cuántica como energía, concretamente como ondas
electromagnéticas de frecuencia elevada.
Finalmente, hemos de aceptar
la existencia de una conciencia no local o Supraconciencia —una energía de alta
frecuencia no perceptible por nuestros órganos sensitivos y sensoriales—, que
constituye nuestra auténtica identidad, nos hace únicos e irrepetibles, tiene
la capacidad de colapsar la energía en materia y es holística con la energía
primera universal y sus propiedades: omnipresencia, omnisciencia y
omnipotencia.
Esta nueva visión existencial
del ser humano plantea profundas reflexiones sobre nuestras vivencias básicas:
¿qué es la vida?, ¿qué es la muerte?
Hay cuatro conceptos que
cambian profundamente en las personas que han experimentado una ECM:
1. La vida. El ser vivo
es capaz de autorreplicarse y desarrollar una serie de funciones biológicas con
intercambio de materia y energía. Para el paciente con ECM, la vida es
maravillosa y hay que aprovecharla al máximo. Es una gran oportunidad en
nuestra evolución. Nacer supone introducirse en un cuerpo —somos polvo de
estrellas— durante un tiempo finito. Cada experiencia es una enseñanza que
ayuda a evolucionar. Si valoramos la vida con nuestra identidad materialista,
el no yo, el ego, solo descubriremos limitaciones y miedos. El ego hace que nos
centremos en el pasado, que despierta sentimientos de culpabilidad, y en el
futuro, con sentimientos de incertidumbre y ansiedad por conseguir los
objetivos materiales programados.
Valorar la vida con la
Supraconciencia es centrarse en el presente, la única realidad existencial,
donde desaparece el dualismo, la separación entre observador y objeto, y la
localidad, gozando la esencia de la naturaleza, que es sencilla y bella. Como
dijo Jung, «en la belleza y sencillez está la verdad».
2. La felicidad. El
paciente que ha experimentado una ECM es plenamente consciente de que la
auténtica felicidad solo se vive con la Supraconciencia. Experimenta una
sensación de paz, equilibrio, gozo, quietud y silencio. Es presencia y
vivencia. Con la identidad materialista, con el ego, se vive entre opuestos. No
es posible eliminar el opuesto no deseado, puesto que uno crea el otro. Los
opuestos son una ilusión del ego. En la frontera de los opuestos, siempre
existe una lucha con tensión y angustia.
En realidad, el ego no
proporciona felicidad, sino placer. El ego fundamenta su identidad en el cuerpo
material y, puesto que sabe que es finito, que morirá, provoca tensión,
angustia e infelicidad.
3. Todo fenómeno anímico
tiene un sustrato bioquímico neuronal en los neurotransmisores. El placer del
ego evoluciona con dopamina, excitante de la actividad neuronal. La auténtica
felicidad es la Supraconciencia, con serotonina, que inhibe la actividad
neuronal.
4. La libertad. La
auténtica libertad únicamente se consigue con la Supraconciencia. Mientras
nuestra dinámica mental esté controlada por el ego, las decisiones que tomamos
dependen de la estructuración del carácter y de los hábitos adquiridos, que
condicionan los pensamientos y los sentimientos.
5. La muerte. Nuestra
sociedad teme a la muerte, considerada un tabú. Hemos de cambiar totalmente
nuestra concepción: la muerte no es enemiga de la vida, sino que forma parte de
ella.
Al nacer, comenzamos a morir.
La vida es una preparación a la muerte. El miedo a la muerte nos aleja de la
realidad de nuestra existencia, la eternidad. Con la muerte volvemos a nuestro
origen.
6. Mientras la consideremos
como el fin de nuestra existencia, nunca viviremos en paz y armonía, sino
atemorizados. Todo miedo es, en el fondo, miedo a la muerte.
La muerte no es lo opuesto a
la vida, sino que forma parte de nuestra existencia.
Al controlar el ego,
descubrimos nuestra Supraconciencia, nuestra realidad existencial eterna.
Desaparecerá entonces la dualidad primera y más profunda, la contraposición
vida-muerte, y secundariamente lo harán todas las demás.
No se puede disfrutar, amar
la vida y ser feliz si vemos la muerte como una enemiga. El tener consciencia
de la brevedad de la vida se debe al miedo a la muerte. Cuando se acepta la
muerte como parte de nuestro camino, se pierde el miedo al tiempo y se puede
disfrutar del presente.
Si amamos la vida, desaparece
el miedo a la muerte. Hemos de ver nuestra existencia como una polaridad con
dos extremos: vida y muerte.
Con la muerte se vuelve al
reposo. Todo se mueve en círculo.
La muerte supone el fin del
ego y de la conciencia local.
Se muere como se vive. Al
descubrir la existencia de la Supraconciencia, perdemos el miedo a la muerte,
porque tenemos la seguridad de que nuestra existencia real es eterna.
El ego condiciona una
afección al cuerpo tan intensa que preferimos continuar con este, aunque se
encuentre enfermo e imposibilitado. No es más que miedo a lo desconocido. La
muerte nos libera de las cargas de la vida, los dolores, las enfermedades y las
dificultades, a la vez que nos proporciona paz y armonía.
Podemos comparar el miedo a
la muerte con el miedo a la oscuridad.
A menudo, el dolor y el miedo
a la muerte se deben básicamente al factor psicológico de la afección egoísta
al cuerpo, no a un sufrimiento fisiológico.
Al nacer, la Supraconciencia
se introduce en un cuerpo, se identifica con él y se olvida de su realidad, que
es holística con la energía primera. Quien descubre y es consciente de su
realidad existencial considera el cuerpo como una cárcel forzosa, aunque
necesaria para evolucionar.
Para perder el miedo a la
muerte hay que vivir en el mundo sin pertenecer a él. Hay que actuar en el
escenario del mundo sin que nos afecte el papel que nos ha tocado interpretar.
La meditación nos prepara
para desprendernos del cuerpo. Nos permite salir de la ignorancia y comprender
nuestra realidad existencial.
El estudio de las ECM también
nos permite comprender nuestra realidad existencial: somos espíritu eterno que,
durante un tiempo muy finito, está revestido de un cuerpo, polvo de estrellas
que devolvemos al universo con la muerte.
Los pacientes con ECM conocen
la otra dimensión y no desean volver a la dimensión humana tridimensional. El
gozo, la paz, la felicidad y el amor que disfrutan en la otra dimensión
justifican que no quieran volver. Estas personas refieren que la vida en la
dimensión humana es un viaje lleno de obstáculos y aventuras. La enseñanza es
evidente: el sufrimiento se halla en esta dimensión.
La mecánica cuántica nos
demuestra científicamente que somos energía, y nuestra realidad existencial es
la Supraconciencia.
Cuando nacemos, todos sonríen
de alegría y nosotros lloramos.
Con la muerte, todos lloran y
el moribundo se encuentra en paz y gozo al contactar con la Supraconciencia.
La muerte no existe, no es un
proceso biológico, sino espiritual.
Las principales conclusiones después
del estudio y valoración de las ECM, fundamentadas en principios científicos,
nos ayudarán a entender la muerte y la vida más allá de esta: En la concepción
antropológica del ser humano podemos distinguir tres componentes: cuerpo,
conciencia local (o neuronal) y conciencia no local (o Supraconciencia).
La Supraconciencia es una
energía sutil bidimensional, no dual ni local.
Existe una energía cuántica
primera o universal, el diseñador inteligente del universo y principio de todas
las religiones.
La Supraconciencia es
holística respecto a la energía cuántica universal y tiene sus propiedades:
omnipresencia, omnisciencia y omnipotencia.
La muerte física obliga a
desprenderse de la envoltura corporal, pero nuestra realidad existencial, la
Supraconciencia, perdura eternamente
No hay que temer la muerte.
Es un proceso que permite pasar a una mejor dimensión.
La mecánica cuántica, junto
con la biología cuántica, nos permiten demostrar y justificar científicamente
los fenómenos de las ECM.
Existen suficientes
argumentos para poder afirmar que las ECM son una realidad. Los pacientes no
mienten en su descripción.
Las ECM nos permiten
comprender cuál es nuestra auténtica realidad existencial.
La vida es un juego que nos
pone en una situación tridimensional para que vayamos eliminando impurezas y
volvamos nuevamente al espíritu, a la energía primera. En el momento en que comprendamos
que nuestra realidad existencial es nuestra Supraconciencia, y no el ego que
nos domina, este ya no podrá llevarnos a la injusticia, a las guerras, a la
enfermedad y al dolor. Las personas que han tenido una ECM, que podría
compararse a una segunda oportunidad que nos da el universo para conectar con
esa energía primera, alcanzan una vida placentera de hermandad, armonía, amor
—al planeta, a los animales, a la naturaleza, a nuestros semejantes—, paz y
salud.
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Sobre el autor
El Doctor Manuel Sans Segarra, médico
y cirujano, ha dedicado los últimos años de su carrera a investigar la
existencia de la Supraconciencia y las experiencias cercanas a la muerte (ECM).
La Supraconciencia es un concepto que se refiere a la conciencia que existe más
allá de la mente y el cuerpo físico. Es un tema que ha fascinado a la humanidad
durante siglos, ya que plantea preguntas fundamentales sobre la naturaleza de
la realidad y el destino de la humanidad.
Fue pionero en el uso de la laparoscopia en Cirugía General, y es miembro de Sociedades de Cirugía de Catalunya, España, Francia, Inglaterra y Japón. Además, es Fundador y Presidente de la Asociación de Médicos Sénior del Hospital Universitario de Bellvitge. La carrera del Doctor Manuel Sans Segarra ha estado guiada por un compromiso con el método científico y una creencia en el poder de la ciencia para mejorar la medicina.