24 Minutos en el otro lado (2018)
Tessa Romero
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DEDICATORIA
A ti, papá mi rosa de los vientos.
Gracias
a mis hijas, mi madre, Sete, Rafael Eugenio, Juan Pablo, Laura, Mauricio,
William, Pedro, Joseph, Conchi y Juan, por iluminarme en los momentos de
oscuridad y creer en mí. Nací con una parte vuestra sin saberlo. Sigamos
caminando juntos en este lado del paraíso.
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INTRODUCCIÓN
PARTE I
El lamento de los narcisos - Cánticos de la tierra lejana - La edad del cielo - El instante - Quédate junto a mí - Através
del universo - La danza del tiempo –
PARTE II
Un cielo lleno de estrellas - Aunque no te pueda ver – Bonito - Km 0 - Las costuras
del Alma
PARTE III
Volverte a ver - Time Lapse - Sin miedo - Tristeza
de amor - Este lado del paraíso - Escalera al cielo - Gracias a la vida
EPÍLOGO - TÍTULOS CANCIONES DE LOS CAPÍTULOS
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INTRODUCCIÓN
¿Sabías
que antes que tú han vivido aproximadamente 100 000 millones de seres humanos?
Ya no están en este plano físico, pero sí en uno de luz. Somos
seres eternos en cuerpos temporales. El alma, o la conciencia espiritual,
sobrevive después de la muerte.
El hecho de que estés leyendo este libro no es una casualidad. Él
te ha elegido para mostrarte que la muerte nos enseña a vivir. Por
tanto, no podemos vivir huyendo de ella.
Hemos
de aceptar la muerte. De todas formas, todos los días morimos de alguna manera
y también renacemos con cada amanecer.
La
naturaleza de la muerte es el mayor enigma de la humanidad. A través de este
libro viajaremos al más allá para descubrir que la muerte es un tránsito a otra
existencia.
Se puede vivir sin miedo a la muerte. Es posible morir en paz, con
dignidad y rodeado del amor de los tuyos. Este libro te mostrará cómo tratar a
nuestros enfermos terminales para que ellos sufran menos, y nosotros también.
Así, ellos cruzarán hacia el otro lado en paz y tú podrás sobrellevar el duelo de una forma más
consciente y menos penosa.
La
experiencia de la muerte es casi idéntica a la del nacimiento. Es el inicio de
otra existencia, el paso a un nuevo estado de consciencia,
el principio de una vida nueva. Creo que uno muere cuando es olvidado. Para mí,
esa es la verdadera muerte.
Este
libro te ayudará a no arrepentirte de no haber vivido cuando llegue tu hora. El
periodista y escritor Norman Cousins dijo «La muerte no es la pérdida más
grande en la vida, sino lo que muere dentro de nosotros mientras vivimos».
No se
trata de cambiarte a ti mismo, sino de convertirte en ti mismo. Los peores
momentos de la vida no deben limitarte. Todo sufrimiento tiene un propósito y
ha de servir como motor para el cambio y la transformación humanos.
Vivimos
en un mundo fabuloso, pero muchas personas no se dan cuenta.
24
Minutos en el otro lado te animará a descubrir los misterios de nuestro
planeta y del cosmos que lo cobija. Para que puedas viajar hacia los océanos de
tus profundidades y escribir la historia más bella la tuya.
Este
libro está dirigido a quienes sufren al haber sido diagnosticados de una
enfermedad mortal, así como para sus familiares y amigos. También ayudará a
personas sanas que temen a la muerte y a las enfermedades.
Quienes hayan vivido un ECM (Experiencia Cercana a la Muerte) se
sentirán comprendidos y verán que no están solos. Miles de personas al año en
el mundo experimentan una muerte clínica a la que sobreviven. Aunque muchos
sectores de la sociedad no nos crean, lo cierto es que la ciencia presta cada
vez más atención a este fenómeno. He conocido a personas que vivieron una
situación similar a la mía. También contactaron con seres muy parecidos a
aquellos con los que estuve en el otro lado, pero no quieren contarlo en público por
temor a ser criticados.
Asimismo,
este libro aportará información interesante a las personas atraídas por esta
temática.
También
va destinado a aquellos dispuestos a creer en lo desconocido y considerado como
imposible. No hay mayor fe que creer en lo que no se ve.
Quienes
necesiten sanación física y emocional, hallarán en estas páginas el aliento
necesario para no llegar al estado extremo que yo sufrí. No se trata de aliviar
su dolor, sino de que este los promueva para evitar una tragedia sin vuelta
atrás.
Casi todas las personas viven su existencia en una silenciosa
desesperación. Mi deseo es ayudarlas a percibir la magia de la vida.
Yo era
una persona escéptica respecto a la existencia de algo más allá de la vida. No
creía en aquello que no pudiese ver. Hasta que tuvo lugar un suceso que lo
cambiaría todo en el año 2007. Fui diagnosticada de una enfermedad rara y
mortal. Desahuciada por los médicos, ya que no existía cura para mí, me rendí.
Sin embargo, mi espíritu estaba muerto mucho antes de que mi
corazón dejase de latir. De alguna manera, ya estaba muerta cuando morí.
Me perdí en los lugares más tenebrosos y oscuros. Cuando nuestras vidas pierden
sentido, perdemos la vida.
Vivía
atrapada en una prisión espiritual, emocional y física construida por mí. Tuve
que enfrentarme a la persona que más temía mi verdadero yo.
No
aceptaba mi condición humana. No aceptaba cómo era la vida.
Experimenté
una muerte clínica durante veinticuatro minutos, pero renací. Elegí regresar
para salvar la vida de una persona. Me concedieron de nuevo el don de la vida.
A partir de ese momento, dejé de aparentar ser diferente a
quien era. Dejé de actuar como los demás pretendían que hiciese. ¡Volví a ser
yo!
Desde entonces, a través de las horas vividas con enfermos
mortales en estos años, comprendí que es posible vivir sin miedo a la muerte.
Mi deseo es ayudar a las personas a no temer esta experiencia, al saber que la
muerte es el despertar a una vida nueva.
Me
comprometí a transmitir confianza a los desesperados. Compartiré
contigo las vivencias de algunas de estas personas y de sus familiares. ¿Qué
veían en los días previos o momentos antes de su muerte? ¿Cuáles eran sus
sentimientos y emociones en el lecho de muerte? ¿De qué se arrepentían? ¿Qué
podemos aprender de ellos?
El
enfermo, por lo general, acaba aceptando la realidad. No suele ser así en el
caso de los familiares y amigos. No podemos evitar lo inevitable, pero podemos
elegir cómo vamos a sobrellevar la pesada carga emocional.
Estos
años de crecimiento personal y mis experiencias vitales me han enseñado que
hacer realidad nuestros sueños es un deber y una responsabilidad moral. Es nuestra obligación ayudar a los demás a través de nuestro
propósito en la vida, sea cual sea. Cada uno conoce su misión en el fondo de su
corazón. Hemos de ayudar a nuestros semejantes para que progresen y evolucionen
como seres humanos. Creo que, si nosotros sanamos, la Tierra sanará.
Mi gran
viaje me enseñó que todos estamos conectados física y espiritualmente
a la Tierra y a cada rincón del universo. Todo nos une, todos somos el
universo, todos somos UNO. La tierra nos fue dada. Tenemos
derecho a disfrutarla, pero también tenemos nuestros deberes con ella. Y esa
responsabilidad debe ser asumida por los seres humanos de forma igualitaria.
Pienso
que debemos compartir el conocimiento. Tenía miedo de contar mi historia
públicamente, pero mi cometido es ayudar a las personas, enfermas y sanas, a
que no teman a la muerte para poder vivir y morir en paz, con dignidad,
sabiendo que la muerte es el tránsito hacia una existencia nueva en otro plano.
Esta es
mi historia y te revelaré lo que he aprendido en este camino desde mi muerte
clínica, para que vivas con la esperanza de que cada día hay
un propósito para ti y que cuando llegue tu hora, no te arrepientas de
no haber vivido.
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PARTE
I
Nos enseñaron
desde niños cómo se forma un cuerpo, sus órganos, sus huesos, sus funciones,
sus sitios, pero nunca supimos de qué estaba hecha el alma. - Mario
Benedetti
EL
LAMENTO DE LOS
NARCISOS
Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y han encontrado su forma de salir de las profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una comprensión de la vida que los llena de compasión, humildad y una profunda inquietud amorosa. La gente bella no surge de la nada. - Elisabeth Kübler-Ross
―¿Quién cuidará de mis narcisos y orquídeas a partir de mañana?
―preguntó la anciana a las paredes de la habitación vacía.
―Carmen, estoy aquí ―dije mientras entraba―. Encontraré a alguien
que se ocupe de cuidar sus flores. ―Me senté en la cama junto a ella.
―Gracias por venir. ¿Puedo cogerte la mano?
―¡Claro! ―respondí tomando sus manos entre las mías―. Pero
prométeme que cenarás. Hoy no has comido nada. Me lo ha dicho la enfermera.
―¿Comer para qué? ¡Tiene gracia! ―dijo divertida.
¡Ay,
qué sensación tan agradable la calidez de sus manos! La mujer me miraba
sonriendo mientras esperaba tranquila el momento de decir adiós a la vida.
Aquel corazón de 92 años dejaría de latir aquella noche. Las dos lo sabíamos.
Su marido se lo dijo el día anterior.
―Porque él me lo dijo «Mañana por la noche vendré a recogerte,
Carmen. No te asustes». Esas fueron sus palabras.
«¿Quién
cuidará de sus narcisos?», me pregunté apenada. Los imaginé marchitar,
lamentando la pérdida de su amada. Al no tener parientes, la casa pasaría a ser
propiedad del Estado. Sus flores, sin su cariño y cuidados, morirían en aquel
jardín centenario donde resonaban el eco de las risas y llantos de varias
generaciones.
―Por fin estaremos juntos para siempre. Fue un hombre tan bueno...
―susurró emocionada pensando en su marido―. Y también me reuniré con mi hija y
mis nietos. No los veo desde 1972, cuando murieron en el accidente de tráfico.
No sientas pena cuando deje este mundo. Sabes que estaré bien ―dijo con
complicidad guiñándome un ojo.
La
mujer me miró con intensidad durante un instante que pareció contener la
eternidad del tiempo. Durante mis visitas al hospital, me narró los
extraordinarios episodios de su vida. Me quedaba absorta escuchando sus
relatos.
Su
familia era de origen muy humilde. Siendo niña, cruzó el Atlántico con sus
padres y hermanos para vivir en España donde tenían parientes acomodados. Era
una mujer apasionada. Vivió con intensidad tanto las amarguras como las
alegrías. Aprendió a dar significado al dolor convirtiéndolo en amor. Encontró
el sentido de su vida. ¿Cuántos seres humanos viven sin hallar la razón de su
existencia?
Carmen
desprendía magia a su alrededor. Era de ese tipo de personas que te tocan el
alma y tu vida se vuelve sagrada. Su espíritu era como sus orquídeas capaz de
florecer en los rincones más inhóspitos para regalar su belleza al mundo y
hacer de este un lugar mejor.
Durante
los dos últimos meses la visité para acompañarla. Estaba sola, no le quedaba
nadie en el mundo. Había empeorado de una neumonía. Su cuerpo languidecía.
Había decidido dejar de vivir. Me lo dijo en nuestra primera charla. Medio año
atrás perdió a su último familiar. Se sentía sola y cansada.
El día que le conté mi gran viaje en el otro lado, prestó más atención que nunca. Sus ojos relucieron
de forma especial. De vez en cuando los cerraba, como si imaginase cómo sería
aquel lugar del que regresé dos años atrás.
De
repente, los quejidos de los enfermos del hospital cesaron. El tiempo pareció
contener el aliento. El silencio era sobrecogedor. Escuchamos el eco de unos
pasos recorriendo lentamente el pasillo hacia la habitación en la que nos
encontrábamos.
―Es la Muerte ―suspiró aliviada―. Al fin viene para llevarme con
ella.
Eran
las dos de la madrugada. Una paz infinita iluminaba su rostro. Abrió un cajón
de la mesita de noche. Cogió una fotografía desgastada y la estrechó con fuerza
contra su pecho.
―¿Puedo verla?
Me dio
la foto.
―¿Son su hija y sus nietos? ―pregunté atónita.
Asintió
con expresión orgullosa.
―Los conozco. Su hija me llevó a la clínica para que me atendiesen
cuando estaba a punto de morir. Es la mujer y los niños de los que le hablé.
¡Fue hace dos años!
¿Has
visto centellear un relámpago misterioso en la mirada de las personas más
bellas antes de morir? En las lágrimas de Carmen brillaron los secretos del
universo y de la inmortalidad antes de cerrar los ojos para siempre.
CÁNTICOS DE LA TIERRA LEJANA
Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo
también mira dentro de ti. – Nietzsche
Agonizaba de sufrimiento. Suplicaba con alaridos que me dejasen en paz. No quería que prolongasen mi tormento. Gritaba como jamás lo había hecho. Nunca había percibido mi espíritu hasta ese momento. Atrapado en un cuerpo enfermo y sin apenas aliento de vida, anhelaba liberarse con desesperación. Agarré las manos de una de las enfermeras y le pregunté con profunda tristeza
―¿Por qué no puedo ser feliz como tú?
―¡No! ―gritó angustiada―. No te marches, sigue aquí. Te prometo
que todo irá bien.
Los
ojos de la joven me miraban aterrados mientras la luz de los míos se apagaba.
Su rostro consternado fue lo último que vi antes de sumergirme en la oscuridad
de la muerte. Desde que me diagnosticaron la enfermedad mortal, observaba el
abismo con desconsuelo infinito. Hasta que él miró dentro de mí y me arrastró
consigo.
Comencé
a levitar y, desde arriba, observé el ir y venir del personal sanitario. Era
una clínica muy pequeña. En ella solo trabajaban una recepcionista, dos
enfermeras, dos doctores de medicina general y una pediatra. Vi también a mis
hijas en la sala de espera jugando con unos niños.
Al
principio, sentí inquietud y desconcierto. Aún quedaba un hilo de vida que me
permitía estar en las dos dimensiones al mismo tiempo. Me desdoblé como si
hubiese otro yo a pocos metros de mí.
No
comprendía qué estaba sucediendo. Era como volar en un trance hipnótico. Sin
embargo, mi sangre estaba limpia de cualquier sustancia tóxica. No pudieron
administrarme ninguna medicación. Minutos antes trataron de inyectarme algo con
una jeringuilla en la yema de los dedos. Pero lo impedí apartándolos de mí con
rabia y una fuerza inusitada.
Discutían
acerca de cómo proceder con urgencia ante la situación. «¡No servirá de nada!»,
exclamó desesperado uno de ellos. ¿Cómo podía estar viva y mirar todo desde
arriba al mismo tiempo?
Alguien yacía inerte sobre una
camilla. La expresión de su cara me conmovió. ¡Era yo! No había tristeza ni
dolor en las facciones. Flotando, pude acercarme hasta el cuerpo. La contemplé
de cerca. Al principio, aquello me desconcertó, pero sabía que mi ser ya no habitaba en aquel cuerpo que
trataban de revivir con una reanimación cardiorrespiratoria básica. Sin embargo,
no tenía conciencia de estar muerta. Solo sabía que ya no estaba dentro de esa
persona.
De
repente, estaba junto a ellos. Yo les gritaba que dejasen de intentar
despertarme. Estaba muy enfadada. Ya no me dolía nada. Me encontraba muy bien.
¿Por qué no me dejaban en paz? ¡No me escuchaban! Era frustrante. No podía
hacer nada.
Uno de
los médicos caminaba de un lado para otro. Se quitó el reloj de muñeca y
jugueteaba nervioso con él entre las manos. «No puede ser, no puede ser, no
puede ser», repetía angustiado.
El sufrimiento desapareció. Ya no
ardía en las llamas del infierno. Me dejé envolver por la belleza del momento
con todo mi ser. Podía sentirme a mí misma como nunca. Era yo en toda mi grandeza.
―¡Hola,
guapa! ―le dije a mi hermana tocándole el hombro. Iba sola conduciendo el
coche. Cantaba muy alegre una balada country que sonaba en la
radio.
―¿Me escuchas? ¿Puedes oírme? ―le pregunté en voz alta.
No hubo
respuesta. Ella continuó conduciendo y cantando como si yo no estuviera allí.
―¿Ya no me quieres? ―pregunté apenada.
De
repente, un aroma familiar me llamó la atención. Me encontraba en la cocina de
mi madre. Estaba almorzando. Me acerqué a ella y la abracé.
―¿Rafael? ―preguntó levantando la cabeza del plato mirando a su
alrededor.
Se
refería a mi padre. Hacía más de diez años que había fallecido.
La visión era más difusa según me elevaba con rapidez. De
repente, una poderosa fuerza invisible tiró de mí, y me alejó de aquel
escenario a una velocidad vertiginosa.
Vi un
punto resplandeciente con una imagen en el interior. Me sorprendí al verla. ¡La
había echado tanto de menos! Iba vestida con la bata verde que tenía puesta el
día de su muerte en el hospital. Tras ella, brillaba con luz cegadora una
imponente pared blanca.
―¿Qué haces aquí? ―me preguntó alarmada.
―No lo sé... ―contesté desorientada.
―Estoy esperando a mi madre. ¡Debes volver! ―exclamó apremiante.
¡Estaba tan aturdida! Guiada por el
instinto, comencé a dirigirme hacia la pared resplandeciente. Entonces, advertí
una fuerte presencia detrás de mí. Comprobé que tenía visión de 360 grados.
Podía percibir todo cuanto ocurría a mi alrededor literalmente. De la niebla
empezaron a surgir figuras. Ahí estaban ellos. Sentí que me envolvía la Fuerza
Universal del Amor. Creí escuchar una música misteriosa que provenía de la
lejana Tierra. Entonces comenzó mi gran viaje.
LA EDAD DEL CIELO
A todos nos llega el final; sé que no hay excepciones. Sin embargo, Dios mío, a veces el pasillo de la muerte parece tan largo... - Stephen King. La milla verde (1996).
¿Te han
diagnosticado alguna vez una enfermedad mortal? ¿A alguien de tu familia o
entorno? ¿Fue en el pasado? ¿Es ahora? Si la respuesta es afirmativa ¿cómo te
sentiste o qué sientes?
Es
devastador. Sobre todo, cuando se trata de un ser querido. Puedo comprender
todas las emociones que sentiste entonces o en estos momentos. Odio
indiscriminado hacia el mundo. Ira destructiva capaz de lanzarte al borde del
abismo más sobrecogedor.
Cuando
eres tú la persona que padece una enfermedad incurable, puedes experimentar un
sufrimiento insoportable. Está constatado que cada ser humano posee un umbral
del dolor físico. ¿Pero existe el límite del dolor emocional? Sí. Yo traspasé
esa frontera. Era preferible sufrir daño físico en vez de aquella tortura
psicológica.
Con el tiempo aprendí que jamás hay
que rendirse. ¡Vivir es una aventura fascinante! Pero tuve que morir para entenderlo. No quiero que te ocurra lo mismo.
El
dictamen fue tajante estaba sentenciada a muerte. No existía tratamiento para
mi enfermedad. Se hallaba entre las denominadas como raras. Las ER (Enfermedad
Rara) afecta a una proporción pequeña de personas. Yo era una de ellas. Según
la Organización Mundial de la Salud (OMS), existen cerca de 7000 enfermedades
raras que afectan al 7 % de la población mundial. ¡Qué ironía! Las enfermedades
raras parecen ser rarísimas.
Casi siempre son ignoradas por las políticas estatales y por los
laboratorios farmacéuticos. Ambos no suelen mostrar interés en financiar
la costosa investigación de unos medicamentos dirigidos a un segmento muy
estrecho de la sociedad y cuya comercialización nunca o casi nunca compensará
sus gastos de producción.
Cuando
el médico me dio la trágica noticia, todo se desvaneció a mi alrededor. De
repente, aparecí en un páramo de color naranja intenso. Las hierbas secas
crujían al ritmo de la brisa cálida. Olía a tierra yerma y árida. No había
ningún ser vivo a miles de kilómetros. Me hallaba en el vasto desierto de la
desolación. La soledad era aquello. La voz del médico dando explicaciones
parecía provenir de algún lugar recóndito del universo. No podía escuchar con
claridad sus palabras. Yo estaba en la Nada. Yo era Nada.
De la
ira pasé con rapidez a la tristeza. A veces cerraba los ojos y me imaginaba
cómo el planeta se detendría en seco y dejaría de rotar cuando mi corazón
dejase de latir.
Me
creía la persona más desgraciada del mundo. Por un momento comprendí cómo debía
ser la angustia de los presos del corredor de la muerte al vivir sin saber qué
día sería el último. Aquello me hizo pensar que, de alguna manera, cada minuto
de mi vida era una especie de indulto. Hasta que algún día me llevasen la
última cena antes de la ejecución.
No
hacía más que preguntarme con rabia una y otra vez por qué yo. Si hubiese
existido una cura, habría tenido alguna esperanza donde aferrarme. Vivimos
cuando tenemos motivos. Pero cuando nuestra propia existencia está cercana a su
fin, ¿podemos tener motivos para vivir cuando vamos a morir? No hay ilusión,
una promesa, un sueño... Te rodea la nada más absoluta y amarga.
Años
después, conocí a personas afectadas de enfermedades mortales que jamás
perdieron la fe en la vida, en sí mismas o en algo superior a ellos en lo que
creer. Fui testigo de su posterior curación y de cómo aquel prodigio los
transformó en seres especiales. Dedicaron el resto de sus días a devolver el
don del amor que la vida les había regalado.
Sin
embargo, en aquel momento no encontré en ningún rincón de mi ser un atisbo de
confianza en el porvenir. No tenía fe en ningún Dios. ¡Estaba sola con dos
hijas pequeñas y me quedaba tanto por hacer! La cuenta atrás había comenzado...
No le dije nada a nadie. ¿Cómo
serían las vidas de mis seres queridos sin mí? ¿Cómo les afectaría? ¿Qué
continuaría igual? ¿Qué cambiaría? Aquello me mortificaba. Mi situación parecía
menos penosa si me causaba daño intencionadamente y sintiéndome víctima. Pero era algo ilusorio. En
realidad, así era todo aún más penoso.
Los
médicos me informaron de algunas alternativas, pero ninguna de ellas me ofrecía
la más remota posibilidad de salvación. Decidí proseguir adelante hasta que el
tiempo se agotase. Me sentía impotente, frustrada. Lamentaba a todas horas mi
destino despiadado. Nunca alcanzaría a comprender el porqué de aquella
enfermedad. Ya ni siquiera sentía rencor hacia el mundo, pero la tristeza había
anidado en mi corazón. Iba a morir y me quedaban tantos sueños por lograr,
asuntos por resolver con seres queridos, lugares y personas por conocer...
Aún
estaba viva y ya añoraba a las personas amadas. Me esforcé mucho por darles
todo mi amor, pero era una lucha titánica. Nunca sabré por qué decidí no decir
nada a nadie. A veces pienso que lo hice para que no sufrieran mis seres
queridos. Otras, creo que fue por vergüenza. Quien haya experimentado una
situación como la mía sabe bien a qué me refiero. ¿Qué habrías hecho tú?
En
todas las civilizaciones han existido los «apestados» de índole política,
religiosa, sexual o por cuestiones de salud. Me sentía como una nota disonante.
Ya no había un lugar para mí en el mundo. Todo cuanto fui se acercaba a su fin.
Nunca llegaría a ser quien vine a ser. Pero, aunque no fuera consciente de
ello, en realidad era yo quien me autoexcluía de la sociedad.
Quizá
fue temor. No sé a qué. Tenía miedo de todo. El miedo paraliza. Con la
perspectiva del tiempo, observo que no supe gestionar mis emociones. Por muy
duro que sea saber que tienes los días contados, siempre se puede hacer algo
bueno. Dar lo mejor de ti a los tuyos. Vivir con dignidad tus últimos días y morir
en paz.
Yo no
creía en la existencia del espíritu ni del alma. El ser humano, como todo ser
vivo, era energía. Y como tal, no se destruía, se transformaba en algo en lo
que nunca me había interesado. Hasta ese momento. ¿Y si teníamos espíritu?
¿Después de la muerte nos aguardaba otra forma de existencia?
Era la
primera vez que me hacía estas preguntas con tanta necesidad. Supongo que en
algún rincón profundo de mi ser la esperanza luchaba por salir a mi encuentro y
en sus brazos acoger mis temores. La esperanza nos abre la puerta por la que
salimos de la aflicción. Pero aún no lo sabía.
Hoy comprendo que el temor fue un
espejismo creado por mí. El miedo es una enfermedad del alma. Desconocía
también entonces que el valor es la disposición a hacer lo correcto a pesar del
pavor.
Lo contrario al amor no es el odio.
Es el miedo. Esta fue una de las grandes lecciones que aprendí con el tiempo.
Mirando hacia atrás, compruebo
que en las etapas de mi vida en las que yo no me amaba a mí misma, sentía temor
y en mi vida gobernaba la tristeza. Tener miedo es temer a la alegría de estar
vivo.
Pocas
semanas después de la noticia, comencé a sentirme cada día más débil y falta de
energía. La mayor parte del tiempo me sentía aturdida, mareada y con náuseas.
También sufría repentinos episodios de «sudor frío». Comencé a ser consciente
de los síntomas inequívocos de un infarto. El dolor punzante en el pecho y el
brazo izquierdo me alertaron. El malestar se expandía por el cuello, los
hombros, la espalda y la parte alta del estómago. Me quemaba el aire.
Cada
vez que sentía los pinchazos en el corazón y en el brazo, sentía terror. Dudaba
de si ir a Urgencias o no para evitar la muerte. Sin embargo, eran tan hondas
mi tristeza y mi impotencia que siempre decidía que era mejor que todo
terminase cuanto antes.
Jean-Jacques Rousseau dijo «El silencio absoluto conduce a la tristeza. Es la
imagen de la muerte». Sé
perfectamente a qué se refería. En mi interior solo habitaba un silencio
sobrecogedor.
Escribí
una carta a mano para cada una de mis hijas, otra a mi madre y una para mis
tres hermanos. Conservo un recuerdo borroso de aquellas lúgubres horas en las
que me dirigía a ellos pidiéndoles perdón por no haber sido perfecta.
La
imperfección es lo que nos hace perfectos. El deseo de trabajar los defectos de
nuestra naturaleza nos impulsa a evolucionar como seres humanos. Era otra
lección que no había aprendido.
Días
antes de que mi corazón dejase de palpitar, me derroté. Estaba desahuciada.
Sentía lástima de mí misma. No quería luchar. ¿Para qué? ¡No tenía sentido
pelear! Con el tiempo descubriría que debemos prestar atención a nuestro
cuerpo. A veces enferma para que sanemos el alma.
La fe es el soporte espiritual del
ser humano. Sin ella estaba condenada. La vida ya no tenía nada que ofrecerme. Años después
supe que, por mucho que estemos sufriendo, la vida siempre espera algo de
nosotros.
Debí
haber luchado para no perder mi dignidad. Deseé haber sido capaz de sufrir con
orgullo y no de aquella forma tan humillante.
Pero me
rendí y la muerte vino a por mí.
Aún no
lo sabía, pero ya estaba muerta. Para volver a vivir, debía morir. ¿Existiría
un cielo? Y de ser así, ¿qué edad tendría?
EL INSTANTE
Donde hay ruina, hay esperanza para un tesoro. Yalal ad-Din
Muhammad Rumi
Lo que
ocurrió durante el breve tiempo que estuve ingresada en el hospital lo recuerdo
envuelto en una extraña nebulosa. Lo primero que acude a mi memoria es ese olor
tan característico de los centros sanitarios y el sonido monótono de las
pisadas de médicos, ATS (Asistente Técnico Sanitario) y celadores. También
escuchaba a personas sufriendo. Era inquietante.
Me
sentí muy frustrada porque no podía ayudar a la persona por la que decidí
regresar. ¿Quién era? ¿En qué parte del mundo estaría? Al menos, sentía alivio
al saber que desistió de su intento por acabar con su vida. Y de alguna manera
misteriosa, percibía su espíritu triste, confundido y errante. Tenía que acudir
a su encuentro cuanto antes.
Miré a
mi alrededor y vi que éramos varios pacientes separados por una cortina. Una
doctora me explicó que estaba en la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos). Según
dijo, serían necesarias diversas pruebas para descartar trastornos
neurológicos.
El personal sanitario se esforzó
por transmitirme calma. No lo necesitaba. No temía nada. Podía sentir mi nueva
piel y a cada una de mis células impregnadas de sosiego y armonía. Mi nuevo ser provenía de una Fuente Universal que me había otorgado
una segunda oportunidad. Era un estado de conexión con algo indestructible e
inconmensurable, más allá de nombres y formas. Era algo superior a mí. Pero ese
algo también era
yo en esencia.
Mi cuerpo sufría de nuevo los
dolores de la enfermedad, pero mi espíritu había dejado de padecer. ¡Tenía alma
y espíritu! Aquel fabuloso descubrimiento me impulsó a sentir dicha por estar
viva sabiendo que nuestros cuerpos son mortales. Sin embargo, noté una
fragilidad extrema. En el otro lado yo era invulnerable. En un instante de revelación,
comprendí que vivir es lo difícil. Pasé los últimos meses temiendo a la muerte
y ahora me asustaba vivir.
Los
doctores debían comprobar si aquella experiencia me había dejado secuelas.
Ansiaba acabar con todo aquello para volver a casa. Necesitaba pensar en lo que
me había ocurrido y actuar al respecto. Tenía que luchar durante el tiempo que
me quedase de vida. Esta vez no iba a rendirme. Moriría en paz y con dignidad.
Me hallaba en un estado de armonía
muy similar al que sentí en el otro lado. Reflexioné sobre lo sucedido en las últimas horas.
Era asombroso. Muchos lo considerarían un milagro. Renacer tras 24 minutos no
es algo corriente. Los médicos no se ponían de acuerdo sobre qué tipo de
experiencia clínica había sufrido. Los oía hablar entre ellos sobre ECM
(Experiencia Cercana a la Muerte), infarto agudo de miocardio, muerte clínica,
catalepsia o síndrome de la muerte aparente, síndrome de Lázaro, muerte súbita
cardíaca... No llegaron a un consenso.
Nunca
sabremos qué me ocurrió realmente. En aquella pequeña clínica donde sucedió
todo, no disponían del instrumental médico necesario para afrontar una
situación así y hacer un diagnóstico fiable. Cuando 24 minutos después llegó la
ambulancia, no tenía pulso. Según el personal de la clínica estuve todo ese
tiempo sin latido ni respiración. Es improbable, pero no imposible. Tiempo después, conocí personalmente a hombres, mujeres y niños
que habían vivido un trance muy similar al mío. Supe de más casos a través de
los medios de comunicación. Como el de Zack Clements, un adolescente de Texas.
En 2015, mientras corría en su clase de Educación Física, se desmayó. Uno de
sus compañeros intentó reanimarlo sin éxito. Zack fue trasladado urgentemente
al Centro Médico de Niños en Fort Worth, Texas.
Cuando
los padres de Zack llegaron al hospital, los médicos les dieron la mala noticia
su hijo llevaba ya 20 minutos muerto.
Sin
embargo, el corazón de Zack comenzó a latir por sí mismo de nuevo.
Esto es lo que él cuenta sobre lo que vio cuando su corazón dejó
de latir. «Vi a un hombre que tenía cabello largo y rizado, y una especie de
barba espesa; y no me tomó mucho tiempo para darme cuenta de que ese era Jesús
―explica el joven―. Me acerqué a Él y puso su mano en mi hombro y me dijo “Todo
estará bien, no te preocupes” ―continuó diciendo Zack».
Su
padre, Billy Clements, reconoció que la historia de su hijo era muy difícil de
aceptar para algunas personas, pero que para él y su familia era lo único que
tenía sentido.
Respecto
a su encuentro con Jesús, opino que el factor cultural y religioso de las
personas influye en las experiencias cercanas a la muerte. Sin embargo, hay
algo en común en los casos que he conocido, incluido el mío. La frase
tranquilizadora «Todo estará bien, no te preocupes»
se repite una y otra vez.
Otro caso muy llamativo es el de
Fabrice Ndala Muamba, exfutbolista
congoleño, centrocampista del Bolton Wanderers. El 17 de marzo de 2012, en un
partido contra el Tottenham, cayó desplomado al sufrir un paro cardíaco. Estuvo
78 minutos clínicamente muerto. Logró recuperarse y pudo volver a su vida
normal.
En cualquier caso, pienso que nadie
que haya estado realmente muerto ha regresado del más allá. Creo que quienes
hemos vivido una experiencia así estuvimos en la antesala de la muerte el lugar de tránsito entre ambos
mundos.
Según
me explicó uno de los doctores que me atendió, la probabilidad de sobrevivir a
una parada cardiorrespiratoria se reduce a la mitad tras el minuto seis. En
este minuto, podría estar la línea entre la vida y la muerte. Por la falta de
oxigenación, los pacientes que sobreviven a un paro cardiaco tienen un mayor
riesgo de presentar secuelas que van desde ligeros hasta grados muy severos de
daño cerebral como, por ejemplo, el estado vegetativo o el coma persistente.
Al
parecer, las maniobras de reanimación que me aplicaron durante los primeros
minutos en aquella pequeña clínica fueron decisivas. Aun así, las
probabilidades de sobrevivir eran escasas. Nunca creí en los milagros. Pero si
existían, yo era uno de ellos.
¿Me habría quedado alguna secuela
grave? Sentí miedo. En el otro lado todo era más fácil, el dolor no existía. De repente, recordé mi
enfermedad mortal y sentí mi alma aprisionada en un cuerpo enfermo. Había
regresado a la vida, pero la realidad era la misma de antes. Sin embargo, yo no
era la misma. Podía sentirlo en las profundidades de mi ser.
Los sucesos y las sensaciones de lo
ocurrido durante mi muerte con aquellos seres de luz me envolvían en un calor
acogedor en aquel lugar tan frío. También recordé a la mujer que me llevó a la
clínica. Su recuerdo me acompañará hasta mi último momento en esta vida. Cuidó
de mí con tanto amor... A veces, cuando veo niños felices jugando, recuerdo a
sus hijos. La alegría de aquellos dos pequeños parecía contener la fuerza del
universo. ¡Qué sensación tan tierna recordarlos...!
No
tenía tiempo de indagar en los tipos de muertes clínicas o averiguar qué me
sucedió exactamente. La vida me había concedido más tiempo y tenía que hacerme
merecedora de ella. Comprendí que nada sucede por casualidad y que mi regreso
tenía un porqué. O más bien un para qué. Las vidas humanas suceden para algo.
Cuando nos ocurre algo que no podemos aceptar, no debemos preguntarnos por qué,
sino para qué nos está pasando eso. Ahí encontramos el significado de nuestra
existencia.
Según
despertaba a una nueva vida lentamente, reflexionaba sobre todo lo acontecido.
Las emociones golpeaban con fuerza mi pecho. Quería llorar. Quería reír.
¡Estaba viva! Mientras me quedara un aliento de vida, lucharía por ser feliz el
tiempo que me quedase.
Nadie sabía nada de lo ocurrido
excepto mi familiar que cuidó de mis hijas esos días. No quise avisar a nadie
más. No podía asimilar todo lo vivido en el otro lado. Necesitaba tiempo.
Lo que más me perturbaba era la posible existencia de un Dios.
Hacía años que dejé de creer en ninguna divinidad. Estudié en un colegio
católico. Conservo recuerdos muy gratos de las monjas. Eran de mentalidad
abierta y siempre fueron muy cariñosas conmigo a pesar de mi rebeldía. Les
hacía gracia mi empeño por demostrar la no existencia de Dios. Ellas solían
decirme que el hecho de que yo no lo hubiera visto no quería decir que no
existiese.
Por
aquel entonces estaba muy lejos de comprender qué era la fe. No en el sentido
religioso sino en el humano. Desconocía la fe en el ser humano y en mí misma.
Tendrían que pasar muchos años para darme cuenta de que todos necesitamos creer
en algo. No importa en qué, siempre y cuando a cada persona le sirva para
evolucionar, amar y ser feliz.
Desde
pequeña, al Dios al que pretendían que creyese, lo culpaba del sufrimiento
humano, las injusticias sociales, las guerras, el hambre. En el hospital, mi
mente se abrió a una idea nueva. ¿Y si fue Él quien nos dio uno de los tesoros
más valiosos del ser humano la libertad? Los desastres de la naturaleza no eran
tales. Eran humanos. Nosotros causábamos los males del planeta.
Los
terremotos, las inundaciones o los huracanes eran fuerzas naturales que
trabajaban para mantener a la Tierra en perfecta armonía. Comprendí que la
especie humana era quien provocaba las calamidades al permitir construir
ciudades vulnerables que podían ser fácilmente arrasadas por cualquier elemento
de la naturaleza.
No. Dios o ese Poder Universal que
conocí en el
otro lado no
era el responsable. Lo éramos nosotros. Y ese pensamiento me hizo más fuerte.
En mis manos y en las de todos estaba el poder de elegir bien o mal. Era
nuestra elección.
¡Qué
sensación tan placentera! ¿Cuándo fue la última vez que me sentí tan libre?
¿Acaso alguna vez lo fui? Miré hacia el pasado y tomé conciencia de algo
estremecedor. Yo construí las prisiones en las que había vivido a lo largo de
mi vida.
En
aquel momento, recostada en la camilla, me confié a la Fuerza Universal a la
que todos estamos conectados. Yo era un ser limitado, pero sabía que esa fuerza
tenía el poder de hacer de mí quien había venido a ser. Nunca existiría otra
persona exactamente igual que yo. Solo necesitaba el tiempo suficiente para
aprender las lecciones pendientes.
Observando a mi alrededor, recordé
que en mi gran
viaje la
percepción del tiempo no era lineal. Persistía igual. ¿Por qué? ¿Continuaba
atrapada entre dos mundos? La concepción del tiempo era diferente, más largo.
Todo parecía durar más tiempo. Los objetos me daban la impresión de ser
anticuados, incluso aquellos que sabía que eran nuevos. Después de haber estado
en un plano desconocido, aquel en el que me hallaba parecía pequeño. Era como
ver la pintura de un cuadro plana, sin relieve. Me resultaba difícil moverme de
nuevo en ese espacio tridimensional. En cambio, la visión periférica había
desaparecido. No sería fácil adaptarme de nuevo a mi cuerpo.
Fue
entonces cuando tuve plena conciencia de que el tiempo es una creación humana.
Más allá de la Tierra, el concepto de «tiempo» no existe. Es algo infinito e
inconmensurable. No se puede medir. El tiempo es un lugar.
Pedí un
espejo. Necesitaba verme. Días antes de que mi corazón dejase de latir, era
incapaz de mirarme a los ojos. En el fondo de ellos había demonios y oscuridad.
Era terrorífico.
El
pequeño espejo temblaba entre mis manos. La enfermera me observaba expectante ante
una posible reacción imprevisible. Físicamente me veía diferente, con las
facciones dulcificadas. El dolor del alma, al desaparecer, se había llevado
consigo el rostro del sufrimiento.
Miré dentro de mí, en lo más hondo.
Fue conmovedor. Pude ver mi esencia, mi grandeza y una chispa de divinidad que
seguramente habían estado ahí desde siempre. Reconocí en ese chispazo la misma
naturaleza de la Energía Superior del otro lado, como si yo proviniese de ella, como si fuera su hija.
Acepté, en ese momento, que mi vida no estaba en mis manos, sino en esa Fuerza
del Universo, el mayor poder creador de todos los tiempos.
Un
inmenso sentimiento de paz interior recorrió mi interior. Con la firme
convicción de que poseía espíritu, me sentí en una nueva y desconocida
dimensión humana. Era el despertar a un nuevo estado de conciencia que me
llevaría a un nivel jamás imaginado. La vida era un auténtico misterio.
Me abracé con ternura y, antes de quedar dormida, entendí que
todos los días hay que volver a creer. Nadie podría arrebatarme toda la
magia de ese instante. Había un millón de motivos para dar gracias por estar
tan viva...
Dormí tranquila durante un par de
horas hasta que un sueño hizo que me despertase sobresaltada. Regresar a mi
cuerpo desde el
otro lado fue
angustioso. Recordarlo fue aún más.
QUÉDATE JUNTO A MÍ
No se puede encontrar la paz evitando la vida.- Virginia
Woolf
Ellos me condujeron hacia un
pasillo estrecho e invisible. Lo percibía con ese sentido extraordinario,
superior al de la mente humana, con el que estaba viviendo mi experiencia
sobrenatural. Al final del pasadizo se abría una pequeña rampa elevada a unos
dos metros sobre el suelo de la dimensión terrenal. Tras las siluetas se
hallaba el otro lado y su mundo deslumbrante.
Al
final del desnivel me esperaba el plano físico cubierto por un halo sombrío. Me
paré un instante. En ese inconmensurable fragmento de tiempo sentí palpitar la
eternidad en mi espíritu. Una dulce atmósfera etérea y brillante envolvió mi
esencia.
Me
despedí con tristeza de mis compañeros de viaje. El guía, mi fiel y noble
compañero de viaje, se detuvo de repente y me indicó el camino. Pero yo sabía
muy bien por dónde debía regresar por instinto.
―Todo
estará bien, no te preocupes. No estarás sola. Nunca lo has estado ―fue lo
último que me dijo.
Me
miró con infinito amor. En sus ojos brilló la promesa del reencuentro y
nuestros espíritus se enlazaron en un abrazo inmortal.
No
tenía energía suficiente para regresar a la dimensión terrenal. Debía volver
con urgencia a mi plano físico. Pero ¿de dónde sacar fuerzas? Me deslicé por la
pendiente y caí en el suelo. Alcé la vista y me vi sobre una camilla, rodeada
de personas que pronto comprendí que eran sanitarios. Intenté con todas mis
fuerzas reunirme con mi cuerpo, pero no podía elevarme. Mi espíritu estaba
demasiado fatigado.
Con
un esfuerzo tremendo, me desplacé por el suelo reptando. Cuando llegué a la
camilla, creí desfallecer. Con el último aliento de mi espíritu, me alcé y
retorné a mi cuerpo inerte. Había mucho barullo. Vislumbraba las figuras
difusas de las personas que me rodeaban y escuchaba sus voces lejanas
ininteligibles.
Tuve la sensación de haber estado
fuera de mi cuerpo durante muchos años. Vagamente comencé a percibir lo que
sucedía en torno a mí. Una luz muy potente lastimaba mis ojos. No podía
respirar. Las voces de aquellas personas sonaban poco a poco con más nitidez
hasta que pude oír exclamar a alguien «¡Está muerta! No podemos hacer nada
más». Una mujer sollozaba en silencio. Sentí la necesidad de consolarla,
pero no sabía de dónde provenía su llanto.
Recordé
a la persona que quiso quitarse la vida. Estuvimos juntas en el más allá y
había vuelto por ella. Era el motivo de mi regreso. Traté de incorporarme. No
pude. Volví a intentarlo, pero era imposible.
―¡Estoy
viva! ―gritaba una y otra vez.
Nadie
me escuchó.
Algo
estalló bruscamente en mi pecho. Lo sentí arder. ¡Respiraba! Percibí el latido
de mi corazón en las venas y en los oídos. Quería llorar como los recién
nacidos.
Una
mujer acercó su cara a la mía y me dijo, sollozando feliz «Bienvenida, amor.
Quédate junto a mí, quédate junto a mí...». Me cogió con ternura las manos.
Pude abrir los ojos solo durante un instante. Vislumbré a aquella joven
enfermera que estuvo conmigo justo antes de partir. ¡Era la misma, pero parecía
que hubieran pasado varios años! Su tez morena ya no era tan brillante. Su
hermoso pelo negro estaba apagado. En general, tenía un aspecto más envejecido.
―Tus hijas han llamado a un familiar. Viene hacia aquí para cuidar
de ellas ―me dijo en tono tranquilizador.
¿Cuánto
tiempo había transcurrido?
Me
encontraba muy débil, colgando en la delgada línea existente entre la vida y la
muerte. Apenas podía responder a los estímulos externos. Sin embargo, sentía el
poder de mi alma. Poseía la fuerza de quienes no creen en lo imposible porque
no existen límites.
Entonces
me hundí en un sueño del que despertaría días después en el hospital.
En cuanto a la mujer y sus hijos,
le pregunté a mis hijas por ellos cuando me dieron el alta. ¿Qué fue de la
desconocida que me acompañó a la clínica para que me socorrieran? ¿Y sus hijos?
Quería agradecerle todo cuanto ella y sus pequeños hicieron por mí y mis hijas.
Pero, sobre todo, deseaba contarle mi experiencia en el otro lado. ¡Existía vida más allá de esta!
Las
niñas me explicaron que se divirtieron mucho jugando con los pequeños. Su madre
les dijo que no se preocupasen por mí, que estaba bien.
Pese a
ello, días después, cuando fui a la clínica para saludar al personal, pregunté
por ellos. Me explicaron que allí no estuvo ninguna mujer con niños aquel día.
Por más
que insistí, me decían que fue una ilusión creada por mí. Yo sabía que no era
así. Me negaba a aceptarlo. No comprendía por qué me dijeron
que llegué sola. Mis hijas jugaron con los hijos de aquella mujer. Ella me
sujetó para entrar. Sola no podía. Me caía. No tenía fuerzas para mantenerme en
pie. Me alentó en todo momento para que no dejase de luchar por vivir.
Entré en la clínica gracias a ella. Además, dijo a los niños que jugasen con
mis hijas mientras me atendían.
Era una
mujer de unos treinta años. Menuda, estatura media, morena y con el pelo corto.
Sus dos hijos eran algo más pequeños que las mías. Estuvo en la consulta donde
todo ocurrió durante los primeros momentos. No logro recordar en qué momento
desapareció.
Mi hija
mayor dijo que la mujer le dejó un mensaje para mí «Dile a
tu madre que no nos olvide».
A TRAVÉS DEL UNIVERSO
No somos seres humanos en un viaje espiritual. Somos
seres espirituales en un viaje humano.- Stephen Richards
Covey
Por más
que se esforzaba, ella no conseguía que la sangre dejase de brotar. Estábamos
calladas. El silencio era elocuente y ambas fuimos conscientes de que aquello
era diferente a las otras veces. Su mirada trataba de ser tranquilizadora, pero
podía captar el pánico en todo su ser. Quería calmarla, pero no sabía cómo.
Tenía tanto miedo como ella.
No
recuerdo cómo llegamos al hospital tan aprisa. En pocos minutos, yo estaba
sentada en una camilla y un médico me atendía. Su lenguaje corporal hablaba por
sí solo, expresaba inquietud. Desde que salimos de casa estaba muy asustada,
pero fue entonces cuando entendí que mi vida estaba en peligro. Una enfermera
entró corriendo para ayudarle a introducirme las gasas por las fosas nasales
mientras la sangre no cesaba de manar en abundancia.
Una
imagen se grabó en mi mente para siempre la de mi madre intentando aparentar
serenidad. Dicen que los hijos no podemos engañar a nuestros padres, pero ellos
tampoco pueden hacerlo con nosotros. Ella estaba aterrada y eso me preocupaba
más que la hemorragia.
De
repente, mi visión se volvió borrosa y no tenía fuerzas para mantener aquella postura
tan incómoda. Caí somnolienta sobre la camilla. El médico y la enfermera
trataron de incorporarme y me sumergí en un sueño profundo en el que podía
percibir lo que sucedía a mi alrededor. Escuchaba sus voces diciendo mi nombre
mientras yo me sentía tranquila en aquel letargo maravilloso. Me molestaban. Yo
quería seguir adormecida en ese estado que no había experimentado nunca.
Poco a
poco, sus voces se fueron apagando y comencé a flotar hacia arriba. Era una
sensación fantástica. Me recordó a un sueño recurrente que tenía cuando era
pequeña en el que yo cruzaba el universo volando con un globo rojo. El globo
era pequeño, del tamaño de los que usan la mayoría de los niños para jugar. Yo
volaba sujeta a una cuerda que tenía atada a su extremo y de esta manera
viajaba de un lado para otro, fascinada por las estrellas y los planetas.
Pero
ahora era distinto. No había globo alguno ni iba sujeta a ninguna cuerda. Quise
alejarme más, seguir subiendo y continuar disfrutando de aquella fascinante
emoción de volar, pero algo hizo que detuviera súbitamente mi ascenso. Vi en
una camilla a una persona que tenía el cabello como el mío. ¿Era yo? Me costó
darme cuenta, pero sí, se trataba de mí. Estaba muy desconcertada, no
comprendía nada de lo que estaba sucediendo.
―Cuento con tu ayuda. Confío en tu poder. Me entrego a tu
voluntad. Estoy seguro de tu misericordia, Madre de Dios ―rezaba el médico
mientras luchaba por contener la hemorragia agachado sobre mi cuerpo inerte.
Mi
madre no lloraba, pero podía percibir con gran nitidez su dolor y nerviosismo.
Quería consolarla, me dolía su sufrimiento, era tangible. Podía captarlo con
sentidos que iban más allá de los cinco que conocía. Fue mi primer contacto
consciente con el dolor humano. Nunca había visto nada tan triste hasta ese
momento. «El dolor humano es algo tan extraño...», pensé durante los días
siguientes.
Entonces,
fui descendiendo hacia ella para abrazarla y darle un beso tranquilizador. A
medida que bajaba con suavidad hacia mi madre, comencé a escuchar de nuevo sus
voces y notaba como si fuese despertando de un dulce sueño. Cuando quise
besarla, noté que estaba otra vez en la camilla. Abrí los ojos poco a poco.
Tenía el cuerpo entumecido y tenía frío. La sonrisa de mi madre irradiaba luz.
Ella estaba contenta y yo también. Había sido un vuelo fabuloso.
―¿Le rezabas a ella? ―le pregunté al médico tocando una medalla de
oro que llevaba colgada al cuello con la imagen de una Virgen.
―¿Por qué dices eso? ¿Cómo sabes que he rezado? ―preguntó
sorprendido.
―Te he escuchado mientras estaba ahí arriba ―respondí señalando
hacia el techo.
Me
acarició la mejilla sonriendo y sus ojos brillaron como si estuviese a punto de
romper a llorar.
―No podías oírme. Hablaba con ella en silencio ―replicó con
cariño.
Repetí
la oración, palabra por palabra, y derramó una lágrima mientras asía con fuerza
la medalla contra su pecho. Le devolví la sonrisa y me imaginé cruzando el
universo con un globo rojo.
Cuando
mi madre y yo salimos del hospital, tenía once metros de gasa entre las fosas
nasales y los senos del cerebro.
De
madrugada, me despertó el olor a sangre. La almohada estaba empapada. No sentí
miedo. «¿Y si vuelvo a flotar otra vez?», pensé dichosa ante la expectativa.
Volvimos a Urgencias. La hemorragia se detuvo antes de que me atendieran los
médicos. Cambiaron las gasas y no volví a sufrir jamás una hemorragia nasal.
Mi madre y yo no volvimos a hablar
sobre lo sucedido. Cuando crecí pensé que se habría tratado de una somnolencia
producida por la pérdida de sangre. Años después, al regresar de mi gran viaje en el otro lado, tuve claro que en aquel primer incidente del
desprendimiento de mi ser físico había experimentado una Experiencia Cercana a
la Muerte (ECM). Pero entonces era una niña y necesité más tiempo y una
travesía de mayor impacto para descubrir que después de esta vida hay más vida,
y que todo ser humano posee un espíritu la esencia energética cuya morada
temporal es el cuerpo, que se separa y se libera de él en el momento de morir.
El
espíritu es el soplo de la vida. Es eterno. Somos eternos.
LA DANZA DEL TIEMPO
No hay nada como volver a un
lugar que no ha cambiado para darte cuenta cuánto has cambiado tú. -
Nelson Mandela
Salí del hospital de la mano de un familiar. Temblaba de la cabeza a los pies. No me atrevía a caminar. Sentí como si mi cuerpo fuese de cristal. Temía romperme en mil pedazos. Muy despacio y ayudada por él, conseguí llegar al final de las escaleras. Me detuve extasiada. Mi corazón se agitó dichoso ante la visión de aquel atardecer. ¡Era el más hermoso que había visto! Su resplandor violeta era cegador e imaginé que los bebés tendrían una sensación muy parecida al nacer. Saludé al sol y este me dio la bienvenida a la vida. La luz de la Tierra iluminaba mi caminar.
Mientras nos dirigíamos hacia el
coche observé todo con atención, como si viese el mundo por primera vez. Mi
pariente me preguntó con los ojos brillantes y voz misteriosa qué veía
diferente. Lo hizo como si se tratara de un acertijo y él ya supiese la
respuesta. ¡No podía creerlo! Eran las mismas personas de siempre. Pertenecían
al mundo donde vivía antes de mi gran viaje, pero ahora eran diferentes.
Le dije que la mayoría de aquellas
personas que paseaban o estaban en las terrazas de los bares con sus maridos,
esposas, hijos y familiares no eran felices. Fue un sentimiento muy fuerte.
Tenía la certeza. Él me miró sonriendo y dijo «Hoy es el primer día del resto
de tu vida». No comprendí muy bien el significado que encerraban sus palabras,
pero sonó mágico. Unas lágrimas cayeron por mis mejillas. Vivir era
emocionante. Miré atrás. Una parte de mi viejo yo quedaría en aquel hospital para siempre.
Comprobé
cuánto había cambiado mi percepción de los humanos en solo unos días. Antes
sentía envidia de quienes sonreían, de las parejas de enamorados, de los niños
mientras jugaban felices... Sentía rabia hacia todo aquel que mostrase una
pizca de felicidad.
Ahora
notaba con claridad cómo la mayoría de aquellas personas, en realidad, estaban
fingiendo una vida dichosa. O mucho peor quizá incluso lo creyesen. No eran
conscientes de sus existencias grises y vacías. Preferían vivir instalados en
su zona de confort, aunque de confortable no tuviese nada, antes que atreverse
a ser felices en plenitud.
Muchas
de aquellas parejas a las que había envidiado con anterioridad no se amaban
como yo creía. Me resultó fácil darme cuenta de ello al observarlos. Estaban
juntos por apego. Eran relaciones interesadas en las que no existía el
verdadero amor incondicional. La necesidad de no estar solos, el miedo a hacer
daño a la otra persona si la dejara y los hijos podían ser algunos de los
motivos por los que continuaban juntos.
Tras mi experiencia, comprendí el
significado de la palabra «apego», pues ya no temía qué sucedería en mi
porvenir. Los seres del otro lado me dieron la oportunidad de regresar para cumplir con
un cometido. No importaba el resultado ni cuánto tiempo me quedaba por vivir.
Pensé que debería de ocurrir lo mismo con aquellas parejas. Cuando amas, debes
aceptar que pasará lo que deba pasar, sin temor a lo que suceda en el futuro.
El amor nos hace sentir que no hay nada imposible junto al ser amado. El amor
libera. El apego controla. El amor, la fuerza más poderosa del universo, es
eterna. El apego muere.
¡Y
pensar que pasé tanto tiempo sufriendo envidiándolos! Vi perpleja cómo algunas
madres gritaban a sus hijos pequeños que obedecían asustados. Los camareros
trabajaban con sufrimiento mientras atendían con cortesía a los clientes.
Muchos de aquellos ancianos a los que tantas veces miré enojada porque ellos
tuvieron una larga vida que yo no tendría, en realidad se sentían muy solos y
tristes.
Podía captar las emociones de las
personas que fingían ser quienes no eran, ocultando sus verdaderos
sentimientos. No creo que trajese conmigo ningún don especial del otro lado. Más bien pienso que, como cualquier
recién nacido, no estaba contaminada. Podía ver el mundo tras un cristal limpio
y puro.
Si
contemplamos el mundo y a las personas cercanas a nosotros a través de los ojos
de la cólera, ante nosotros se materializará un panorama que reflejará nuestra perspectiva
un mundo en el que solo habrá desconsuelo y miedo. Estaremos continuamente en
guerras dolorosas e innecesarias con aquellas personas que no digan lo que
queremos escuchar.
Es
elemental aceptar que nuestro pasado es como un baúl repleto de riquezas. Todas
nuestras experiencias, incluso las que valoramos como negativas, engrandecen
nuestra alma. Si miramos el ayer con agradecimiento y permitimos que nuestros
espíritus sean los ojos de nuestras mentes, en nuestro viaje terrenal todo nos
conducirá a la felicidad.
Cuando yo era pequeña tenía sueños.
Tú también los tenías. Es muy habitual que los adultos pregunten a los niños
«¿Qué quieres ser de mayor?». Pero nadie nos preguntó «¿Quieres morirte cuando seas mayor?».
Cuando
padecemos una enfermedad o sufrimos un accidente y los médicos no pueden
asegurarnos si viviremos, no debemos culparnos a nosotros mismos o a las
circunstancias. Tenemos que abrirnos a la posibilidad de la recuperación con fe
y acción. Aunque solo exista una única posibilidad entre millones de que
podemos sanar, es nuestra responsabilidad intentarlo. La mayoría de las veces
no elegimos esa enfermedad o accidente para nosotros o algún ser querido, pero
podemos elegir creer. Los niños y jóvenes son felices porque no ponen límites a
su imaginación. Ellos saben que todo es posible.
Las personas brillan cuando hay
luz, pero su auténtica divinidad se muestra cuando llega la oscuridad. Busca el
bien en tu mundo, enciende la llama de tu interior y ten fe en algo, aunque sea
en ti mismo. Puede parecer demasiado simple,
pero cuando creemos nunca estamos solos.
Al
regresar a casa de nuevo, sola con mis hijas, me sentía alegre. Era una especie
de regocijo infantil como cuando era pequeña e iba de excursión con el colegio
sabía dónde iría y, aunque ignoraba cómo sería aquel lugar, estaba segura de
que disfrutaría mucho.
No
había dudas ni preocupaciones al respecto. Lo pasaría de maravilla con mis
compañeras. No podía ser de otra manera. ¿Qué podría ocurrir que fastidiase
aquel gran día? Era algo impensable. En nuestras mentes infantiles no había
cabida para lo inalcanzable. Éramos niñas, pero éramos sabias.
Ese don
de la certeza de que todo irá bien lo vamos perdiendo a medida que crecemos
como adultos. Entonces, dejamos de ser genios y nos convertimos en ignorantes
que viven en la oscuridad, resignados en la creencia de que la vida es como es
y no podemos hacer nada por cambiarla.
Y lo
peor de todo es que proseguimos con nuestras existencias sombrías, y llegamos a
creer incluso que es una buena vida cuando en realidad estamos en «modo
supervivencia». Nos pasamos la mayor parte del tiempo esperando a que llegue el
fin de semana, la pareja ideal, las vacaciones, alguna celebración importante,
un ascenso en el trabajo, una lotería... Esperando, siempre esperando. Y,
mientras tanto, la vida está ocurriendo y se nos escapa de entre los dedos de
las manos como si fuera arena.
Antes de mi gran viaje tenía la convicción de que la vida
no te da la misma oportunidad dos veces. Pero a partir de esa experiencia
comprendí lo que nunca me estuvo negado, sino que rechacé creer la vida te da
infinitas oportunidades cada día. Puedes empezar el día cuantas veces quieras.
¡Eres libre para elegir!
¿Tiene
que ocurrir una tragedia para que te des cuenta?
Decidí compartir mi experiencia en el otro lado y todo cuanto aprendí de ella para
ayudarte a transformar tu vida sin tener que esperar a que algo terrible te
suceda. Deja ya de esperar lo que deseas y haz que llegue. Pero para ello, eres
tú quien debe cambiar. Las circunstancias externas no son determinantes, sino
lo que crees y sientes sobre ellas.
Albert
Ellis, psicoterapeuta cognitivo estadounidense, dijo «Los mejores años de tu
vida son en los que decides que tus problemas son tuyos. No culpas por ellos a
tu madre, a la ecología o al presidente. Te das cuenta de que tú controlas tu
propio destino».
Una de
las grandes lecciones que aprendí entonces es que cada adversidad esconde
dentro de ella una gran oportunidad. Si la afrontas con una actitud ilusionada,
con el tiempo darás las gracias a la vida porque aquello que te hizo sentir tan
desdichado, en el fondo era un regalo.
Cuanto
más te hundas, más fe has de tener acerca de que posees el poder de convertir
el problema en oportunidad. Mantén el foco en las soluciones y aleja de ti los
pensamientos negativos uno de los peores enemigos del ser humano. Todo comienza
en la mente. La emoción de tus pensamientos y aquello en lo que mantienes tu
atención influye en los resultados y en tu bienestar.
Tras mi
experiencia disfrazada de tragedia, descubrí la posibilidad de ser mejor
persona en un planeta rebosante de ricos tesoros y de magia.
Es cierto que una Fuerza Superior a
mí me dio el poder de elegir en el otro lado. Pero todos tenemos ese privilegio con cada amanecer.
El psicólogo y escritor Phil McGraw dijo «A veces tomas la decisión correcta. A
veces haces que la decisión sea correcta». Además, ¿cómo puedes saber si es la
elección adecuada si nunca la tomas?
Allí
seguía yo, de pie en el umbral de casa sin atreverme a entrar. Aunque notaba
con toda mi alma aquella íntima alegría que no había vuelto a experimentar
desde la infancia, también sentía al mismo tiempo fragilidad. ¿Cómo podía ser
yo fuerza y debilidad a un mismo tiempo?
Eché
una rápida ojeada desde la puerta. Todo permanecía intacto, exactamente igual
que la última vez que estuve allí. Entonces, ¿por qué me parecía diferente?
¿Por qué la luz era cálida y no fría como siempre? La casa era la misma, pero
yo no.
La mujer que había salido de allí
para morir era otra persona. Me estremecí ante
el descubrimiento. Y como una niña feliz ante un hallazgo fantástico, sonreí.
Me dolió la mandíbula al hacerlo. Desconcertada, me llevé las manos al rostro
preguntándome cuándo fue la última vez que sonreí desde lo más profundo de mi
corazón.
―¡Te envuelve una luz blanca, mamá! ―exclamó asombrada mi hija
menor, mientras la otra le daba la razón con la misma expresión de sorpresa en
su carita.
Me sentía arropada por algo cálido
que me acogía en su ser. Mi guía del otro lado tenía razón. No estaba sola. Nunca lo había estado y
jamás volvería a estarlo. ¡Qué sensación tan maravillosa! El mundo era dulzura
y amor. La felicidad era eso.
Pese a
que aún estaba delicada físicamente, sentí cómo una energía poderosa surgía de
mi interior. Fue como cuando te enamoras con toda tu alma y crees que ese amor
tiene el poder de cambiar el rumbo de los planetas, el movimiento de las mareas
de los océanos y de los vientos.
Di un paso. Otro paso. Otro. ¿Era así como se sentían las personas
inválidas que recuperaban la capacidad de caminar? ¡Qué dicha tan inmensa!
Mi mirada había cambiado y a su vez
todo cuanto veía. Sabía que esa nueva yo se convertiría en una persona mucho mejor de lo que
hubiera sido sin morir. Cuando cambiamos la forma de ver la vida, esta cambia
de forma.
La
expectativa de una vida nueva, por corta que fuese, era emocionante. Deseaba
transitar ese camino y descubrir qué aventuras me esperaban. «¿Y si pudiese
sanar mi cuerpo, mente y espíritu?», me pregunté esperanzada ante tal posibilidad.
No había viajado hasta los confines de la muerte para vivir una existencia
gris. Quería volver a soñar en colores como cuando era niña, llorar de emoción
bajo un arcoíris y amar las arrugas de mi rostro dibujadas por el transcurrir
de los años.
Debía
darme prisa. Tenía una enfermedad mortal. No sabía de cuánto tiempo disponía.
¿Quién era y dónde estaba la persona por quien volví a la vida?
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PARTE
II
Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables
de sus vidas fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces
como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que
niegas, te somete. Lo que aceptas, te transforma. Carl Gustav Jung
UN CIELO LLENO DE ESTRELLAS
La soledad
no es estar solo, es estar vacío. - Séneca
Había perdido por completo el contacto y la realidad física con mi cuerpo. Sin embargo, era como si tuviera otro. No como el de los humanos. No tenía peso. Era una forma inmaterial, pero tenía pensamientos como cuando estaba en mi cuerpo físico. No percibía ninguna sensación corporal. Todo lo captaba a través de la mente. No tenía sentido del tiempo.
Aquellos seres, compañeros en mi gran viaje, me condujeron hacia algo parecido
a un ascensor. Sabía que le habían dado la forma de un objeto familiar para no
asustarme. Ese elevador no existía materialmente hablando.
Mi guía me hizo entrar con
suavidad. Él y los demás permanecieron fuera. Las puertas se cerraron. Cuando
el ascensor se movió, lo hizo acelerando de forma vertiginosa hacia arriba. Esa
velocidad no se podía experimentar en la Tierra. Creí estar viajando por el cosmos. De forma inesperada, el
ascensor desapareció. Me vi viajando dentro de algo parecido a un tubo luminoso
gigantesco. Creí estar cruzando el firmamento repleto de estrellas mientras
continuaba ascendiendo. De repente, todo se volvió negro.
El
ascensor recobró su forma inicial. Comenzó a frenar despacio hasta parar. ¡Qué
experiencia tan fascinante! Mi espíritu podía sentir cada latido de la
eternidad del cosmos. Las puertas se abrieron. Allí estaban ellos para
recibirme.
―¿Damos un paseo? ―preguntó mi guía mirándome con sus bellos ojos
verdes―. Tienes que ver algo importante.
Estábamos
en medio de un paisaje maravilloso. No era en color. Parecía en blanco y negro,
como un cuadro dibujado con miles de millones de puntitos grises. Sin embargo,
su belleza era aún más indescriptible que la del rincón más hermoso de la
Tierra.
Estábamos
en algún lugar de nuestro planeta. No necesité que me lo dijeran. Lo sabía,
aunque no tenía ni idea de dónde nos encontrábamos. Había montañas. Percibía
con total claridad a la fauna, aunque se hallase escondida en el bosque. Sentí
latir el alma de los animales y de la vegetación. Era la vida en estado puro.
¿Por qué en el plano físico los humanos no podemos percibir la naturaleza así,
en su estado genuino? Es nuestro espíritu quien posee la capacidad de ver lo
que el ojo del hombre no ve.
Sobrevolamos
un lago. ¡Qué paisaje tan bello! La paz era inmensa. El sonido de las aves y de
los animales era diferente a como lo escuchamos en la Tierra. Podía comprender
su lenguaje. Si tuviese que describir aquel paraje y las emociones que
provocaba en mí, lo diría con solo una palabra armonía.
Lamenté no haber sabido escuchado
la voz de la Madre Tierra mientras tuve la oportunidad de hacerlo. Sentí
nostalgia por primera vez durante mi gran viaje por no haber disfrutado al máximo de las maravillas
de nuestro mundo. Traté de recordar los países y personas que visité y conocí
durante mi vida. Yo creía haber sabido aprovechar cada experiencia con
intensidad. Ahora me daba cuenta de cuántas cosas hermosas y aprendizajes se
quedaron a mitad del camino.
Pensé
en cómo había sido mi vida antes del diagnóstico fatal. Siempre creí que ese
fue el punto de partida de mi posterior debilitación emocional. Estaba
equivocada. Mucho antes de aquel día en el que el médico me dio la noticia
fatal, solo había experimentado momentos sueltos de felicidad verdadera.
Evoqué
los momentos felices de mi infancia. Fui muy afortunada de tener a los padres
que tuve, mis hermanos y demás familiares. Yo era una niña feliz. Para mí no
existía lo imposible. Creía en mí y tenía la certeza de que todo cuanto me
atreviera a soñar se cumpliría. No había dudas de ningún tipo. Lo sueños podían
convertirse en realidad. La magia existía. El mundo era un lugar fabuloso.
Creía en todo, incluso en lo invisible. Especialmente en lo invisible. Pero
sobre todo creía en mi poder creador. Poseía una fe inquebrantable en mí.
Según
crecía y me convertía en una persona adulta, fui dejando de creer en mi poder y
en la magia. Sobre todo, al morir mi padre cuando yo tenía veinticuatro años. A
partir de ese momento, me peleé con la vida y con el mundo. A veces, deseaba
creer con todas mis fuerzas en la existencia de una vida más allá de esta. Su
muerte no era justa. Lo echaba tanto de menos...
Desde
entonces, no volví a tener fe en nada. Volvía a emprender mi eterna lucha para
salvar el mundo. Y he de aceptar con humildad que, todas aquellas cosas que
hice en nombre del amor las hice porque en realidad buscaba la aprobación de la
gente y mi gloria personal. Me había perdido a mí misma. En realidad, no me
apreciaba, pero esperaba que los demás me quisieran.
Desde
pequeña, todo el mundo decía de mí que la alegría era mi mayor cualidad. Mi
padre siempre lo repetía. Creía que mi simpatía era la mejor medicina para el
alma de las personas enfermas de tristeza.
Su muerte fue imprevista. Aunque,
¿acaso habría cambiado algo si hubiese sido esperada? Desde ese momento, mi
vida cambió, pero no fui consciente de ello hasta ese momento, en el otro lado. Aparentemente, disfrutaba de una
existencia normal y acomodada. Tenía una buena vida. Conseguía los trabajos que
deseaba, tenía los mejores amigos, recorría el mundo a mi antojo. No paraba de
buscar algo. Comprendí que en realidad me buscaba a mí misma. Daba igual el
lugar donde fuese porque yo estaba perdida.
Con esto
quiero decirte que hemos de superar las muertes de nuestros seres queridos. No
debemos permitirnos que un hecho así nos aniquile. Nuestro espíritu enferma y
después el cuerpo. Llegamos a estar muertos en vida. Más adelante compartiré
contigo cómo aprender a vivir con la pérdida de nuestros seres amados basándome
en mi experiencia como acompañante de enfermos mortales y moribundos. De su
dolor, así como del mío, aprendí las cosas más hermosas de la vida.
En el otro lado, aquellos seres me observan con cariño
infinito. Sabía que podían escuchar mis pensamientos y percibir mis
sentimientos. Habían oído y visto con atención el recorrido a través de mi
infancia y de la muerte de mi padre.
De
repente, mi guía me indicó un punto en la lejanía. Era una persona. En aquel
plano solo percibía su dimensión inmaterial. ¡Iba a lanzarse al vacío! Su mente
le decía que lo hiciera para acabar con el dolor de su alma, pero su corazón lo
frenaba. En una fracción de segundo eterno, pude tocar su espíritu. Percibí el
profundo dolor que sentía, la angustia, sus deseos de morir, la vida sin
sentido. En su mente solo había una manera de acabar con el sufrimiento morir.
Mis
compañeros de viaje me indicaron que me acercase. «Volando» me aproximé a esa
persona tan afligida. Nuestros espíritus se fundieron en un abrazo y brillamos
con la poderosa luz del AMOR. No supe si sintió mi presencia, pero al fin
retrocedió. Sentí su rabia hacia la vida y un gran rencor hacia aquello que le
hacía tanto daño.
¡Qué
alivio!
―No es el final ―explicó mi guía―. Ahora ha de aprender a vivir y
encontrar el camino de la felicidad. Tiene que sanar. Puedes volver para
ayudarle o quedarte si así lo deseas. Elige.
Una
parte de mí se resistía, pues había empezado a acostumbrarse a la otra vida y
no quería volver.
Sentí
dentro de mí el poder inmenso de una fuerza desconocida hasta entonces. Decidí
regresar. Aunque ya no la podía ver, oía llorar sin consuelo a esa persona.
¡Tenía que darme prisa!
AUNQUE NO TE PUEDA VER
Paulo Coelho. El peregrino de
Compostela (1987)
La conexión entre mi espíritu y el de la persona con quien estuve en el otro lado y por quien regresé era perceptible. ¡Vivía! De alguna manera, yo estaba dentro de su mente. Una parte de mi espíritu permanecía a su lado para cuidarla. No tenía ni idea de en qué parte del mundo vivía. No sabía si era hombre o mujer ni qué edad tendría. Pero ese detalle no era significativo. Nuestros espíritus habían estado juntos en algún lugar del tiempo y del espacio. Eso nos mantenía enlazados a través del Universo.
Solía
hablarle en voz alta, sobre todo por la mañana, al despertar. Las primeras
semanas no tenía ganas de levantarse. Desde la cama, aún adormilada, le
recordaba su decisión de vivir. Podía sentir entonces cómo se incorporaba con
esfuerzo para ir a trabajar.
Sabía
que tenía ocupación porque me llegaban imágenes suyas en las que realizaba
tareas o pensaba cómo resolverlas. No podía identificar qué empleo era. Solo
veía algunos detalles indescifrables. Tampoco me importaba demasiado este
aspecto. Me preocupaba su tristeza sin fin. Procuraba enviarle alegría a su
corazón a través del mío. Estos estaban enlazados por un hilo invisible,
misterioso. Regresé por su alma. Era yo quien debía cuidarla.
Según transcurría el tiempo, notaba
cómo mejoraba su ánimo. Un día percibí sorprendida una sonrisa suya por primera
vez desde nuestro encuentro en el otro lado. Fue como un destello luminoso cruzando el espacio.
Reí entusiasmada.
Cada
día me sentía más conectada a esa persona. Era una relación muy enigmática. No
podía contárselo a nadie. ¿Qué pensarían de mí? Su espíritu y el mío transitaban
juntos por el camino nuevo de nuestro destino feliz.
Un año
después, formaba parte de mi vida. Podía sentir su presencia a mi lado allá
donde fuese. Todo mi ser era amor. Cuanto más le ayudaba, más me ayudaba a mí
misma. Había encontrado un trozo de mi alma que no sabía que estaba perdida.
Durante
aquel año, me esforcé por resurgir de mis propias cenizas. La vida me ofreció
diversas opciones. Primero elegí la alegría. Cuando sonreía, todo lo que me
rodeaba se convertía en mágico. Cada vez que la dicha agitaba mi corazón, me
encontraba con lo sagrado de la belleza.
Estaba
aprendiendo a amarme la aventura más fascinante de todo ser humano.
Hacer
ejercicio físico, comer sano, no fumar ni beber alcohol me ayudaron, entre
otros hábitos, a sentirme bien. Viva. Enérgica. Risueña.
La
meditación fue un gran apoyo en el proceso de renacimiento. Desde muy pequeña,
las monjas de mi colegio me enseñaron a practicarla. Por ese motivo no me
resultó difícil retomarla. No importa si no estás familiarizado con este método.
No requiere esfuerzo, solo el deseo de tratar de estar mejor y constancia. Con
el tiempo, formará parte de ti como algo natural.
Si
estás pasando por una etapa de tu vida en la que sufres, te sientes solo,
confuso, ansioso, triste, o en cualquier situación que te esté produciendo una
desconexión con tu ser interior, meditar será una influencia muy positiva para
ti. Te liberará de los sentimientos de culpa del pasado y de la angustia sobre
el futuro. Podrás elevarte por encima del pensamiento y salir al encuentro de
tu verdadera naturaleza espiritual.
Esta
técnica está repleta de bondades. Te ayudará a fomentar la consciencia de
unidad con el Todo. La mente se relaja soltando las preocupaciones diarias. La
ansiedad y el estrés disminuyen o desaparecen, y alcanzas un estado de
bienestar y alta vibración de energía. Se afrontan las adversidades con más
coraje cuanto mayor es nuestro nivel energético. También activa las zonas del
cerebro asignadas a la felicidad. Estimula el sistema inmunológico, la defensa
natural del cuerpo, y los mecanismos de autocuración. Aumenta la memoria y la
concentración. Además, potencia la capacidad intelectual y limpia la mente para
hacerla más creativa, entre otros beneficios.
Esta práctica está hoy al alcance
de todos cursos online o presenciales, meditaciones
guiadas en aplicaciones para móviles e Internet, etc.
Para
muchos, se trata de algo que simplemente está de moda. Pero la meditación tiene
una larga y profunda historia ligada a la India, el lugar donde surgió. Existen
grabados encontrados en este país remontados al 3000 a. C.
Creo
que las personas reaccionan según las situaciones de su sociedad. Desde hace
algunos años, la crisis económica que afecta a países ricos del mundo conlleva
a su vez a una crisis material de las personas. Estas necesitan llenar su vacío
existencial y la espiritualidad lo llena.
Tanto a gran escala como en lo
personal, toda vicisitud es una bendición. Es la gran oportunidad para dejar de
fingir y tener el valor de ser nosotros mismos. Auténticos. Únicos.
Irrepetibles. ¿Podrías ser feliz siendo una fotocopia de ti? No. En absoluto.
Hay un Hamlet dentro de cada uno. Eres libre de
elegir ser quien has venido a ser. O permanecer en la oscuridad de la mentira y
el autoengaño. Puedes encontrarte a través del amor, la compasión, la
generosidad y el perdón.
El
camino hacia nuestro destino siempre está en construcción. Disfrutando sin
prisa de cada paso, podrás deleitarte en las maravillas de tu ser. No te
juzgues ni te culpes por el pasado. No puedes cambiarlo. Permítete ser tu mejor
tú, sin culpas. No te reproches por las decisiones desacertadas. No cometiste
errores. Aprendiste a caer y levantarte como el niño que comienza a andar.
Sacúdete la culpa. El ayer es un milagro que te ha traído hasta este mismo instante.
Tu pasado es un tesoro. Renegar de él sería hacerlo de ti mismo.
Aunque
tengas el corazón herido, tu alma está preparada para recibir el dolor y dar
sentido a tu existencia. Concédele el poder de transformarte. Lo que no tiene
sentido, lo tendrá. El tiempo es tu mejor amigo. No luches más allá de tus
limitaciones humanas o te romperás. Tienes derecho a sufrir. No te evadas de
los sentimientos tristes. ¡Vívelos! Te encontrarás contigo, lo más preciado del
mundo. No puedes permanecer siempre fuerte. En ocasiones, necesitas estar a
solas y dejar salir las lágrimas. Perdona. Perdónate. Pide perdón. Vuelve a
empezar. Solo así tendrás paz, serás amor. Si estás en el invierno de tu vida,
confía crecerás en primavera.
Evitar
a las personas dañinas o que no me aportaban nada me ayudó mucho a volver a
vivir. Cuanto más te ames a ti mismo, más fácil te resultará. Admito que en el
caso de los familiares no es tan sencillo. Pero no es excusa para no actuar al
respecto. Si aquellos quienes envenenan tu alma no cambian, no puedes ponerles
límites, pero sí ponértelos tú. Rodéate de personas positivas y serás una
persona positiva. Que tu estilo de vida sea tu medicina.
Poco a
poco, comencé a atraer hacia mí personas afines que me abrieron puertas de oro
a una vida que jamás habría podido imaginar. Fueron mis maestros, pero también
mis alumnos. Ten la valentía suficiente para apartar de ti a aquellos que te
hacen daño. La vida te regalará personas maravillosas.
Fue un
año fabuloso. Mi corazón se hizo más grande. El espíritu se elevó. La
conciencia subió de nivel. Todo me emocionaba, hasta lo más insignificante,
porque todo tenía sentido. El mundo dejó de ser un lugar tenebroso. Ya no
sentía ira al ver felices a los demás. Al contrario, me conmovía cualquier
pequeño detalle que demostrase amor. Un año después de mi regreso, vivía en
paz. Me había reconciliado con mi persona. Era más humana.
Gran
parte de mi evolución emocional se lo debía a la persona por la que regresé.
Estaba aprendiendo a ser feliz, a quererme. Mi alma y mi mente bebían de la
misma fuente porque eran UNA. ¡Estaba viva! Y por fin comenzaba a comprender en
qué consistía la felicidad.
Hasta
que un día ocurrió algo terrible.
Una
mañana, al despertar, no advertí su presencia. Fue impactante. Extraño. Demoledor.
No estaba. «¿Le habrá ocurrido algo malo?», me preguntaba inquieta. ¿Qué podía
hacer? Había desaparecido de mi vida de forma repentina. Me sentía aturdida,
desolada.
Su
ausencia fue devastadora. Esa persona y yo estuvimos unidas desde mi regreso.
Día y noche. Cada minuto. Cada segundo. La vida no nos reunió por casualidad.
Ahora sé que caminamos hacia lugares y personas que nos esperaban desde
siempre.
Fue un
día muy extraño, lleno de vacíos y de aflicción. No tenía consuelo. Me sentía
como un fantasma vagando a través de un inmenso agujero negro. La idea de la
soledad era estremecedora. No quería volver a encontrarme cara a cara con ella.
Nunca más.
No podía conciliar el sueño. Me
sentía como si fuese polvo en el viento. Pasé la noche en el jardín sobre la
hamaca observando el firmamento. ¿Esa persona habría experimentado también mi
existencia en todo ese tiempo? ¿Sintió alguna vez caminando por la calle una
presencia extraña? ¿Su corazón llegó a percibir el calor de otro invisible?
Evoqué momentos vividos junto a su espíritu. Qué razón tenía Lamartine, escritor, poeta y político francés, al decir que «A veces, cuando una persona falta, el mundo entero
parece despoblado».
¿Volverían
a reunirse nuestras almas? ¿Tendríamos la oportunidad de conocernos personalmente?
¿Nos reconoceríamos?
Me
hundí en un sueño donde era niña y volaba prendida de un globo rojo, sujeta a
una fina cuerda atada a su extremo. La Tierra, a miles de millones de
kilómetros, era un deslumbrante punto de luz blanca y brillante. La Luna,
compañera fiel, viajaba a su lado por el camino de las estrellas.
Abrí
los ojos a los primeros rayos de sol de un día nuevo. Si esa persona ya no
estaba en mi vida sería por alguna razón. Quizá un día sabría cuál. O tal vez
no. Pero eso no importaba. Yo cuidé su alma recién nacida. Ahora podía volar
sin mí. Me dolía su partida. Nadie nos enseña cómo dejar de extrañar a alguien.
Había transcurrido ya un año desde
mi gran viaje. Ahora debía continuar sola. Era
el momento de avanzar hacia algún lugar. Estaba en el Kilómetro Cero de mi vida
nueva. Tenía que dar el primer paso. Pero ¿hacia dónde?
Llegó la hora de emprender otro
viaje fascinante la búsqueda espiritual de mi Yo Inmortal. Descubrirme a mí misma. Tenía sed de autenticidad.
La aventura de viajar hacia lo desconocido era emocionante. Iría en busca de lo
extraordinario para transitar el sendero del conocimiento. Pero, para ello, era
necesario dar el primer paso. Y después, continuar caminando, siempre
caminando.
Aquella
mañana, un familiar me envió al móvil un mensaje de texto para darme los buenos
días. Me impresionó. Sentí que el universo me enviaba un mensaje. Decía «Hazte
un favor Sé feliz. No con nadie, sino contigo. Valora tu compañía. Un día
entenderás que la ausencia de uno mismo es terrible».
La magia de la sincronicidad. Llegó
en el momento exacto. Sabía bien a qué se refería. Había padecido antes de
morir la experiencia más amarga mi propia ausencia. Fue espantoso sentir a mi
alma moribunda atrapada en un cuerpo enfermo. Aunque, en realidad, ya estaba
muerta antes de partir hacia el otro lado. Daba igual estar rodeada de miles de personas en un
concierto. O en un autobús atestado de gente. Fuera donde fuese, me había
sentido horriblemente sola. La soledad mata. Estoy convencida. Es una asesina
cruel, invisible y silenciosa.
Levanté
la cabeza instintivamente hacia el cielo añil de otoño. No solo me había
recuperado físicamente y mis emociones estaban sanando. Me tenía a mí misma y
un Poder Infinito cuidaba de mí.
Al fin
me permití ser yo misma. Tuve el valor de mirar dentro de mí y amar mis
defectos. Ellos daban sentido a mi vida, y me impulsaban a ser mejor persona
cada día. Aprendí a escuchar el silencio. Ya no me aterrorizaba. Podía llegar a
ser tan hermoso como la palabra más bella. La única persona que podía darme
todo lo que necesitaba en una relación era yo misma. Dentro de mí, en mi nuevo
laboratorio de alquimia, encontré todas las herramientas físicas, mentales,
emocionales y espirituales para vivir en paz y armonía.
En tu
interior también hallarás los recursos para ser feliz. Vive con consciencia,
con presencia cada instante de tu existencia. No cierres las ventanas. No bajes
las persianas. La oscuridad podría arrastrarte consigo. En cambio, la luz
arranca la tristeza del alma. No cedas tu poder a las tinieblas.
Ten la
voluntad de vivir hasta la última gota de aliento. Elige enamorarte de la vida.
No ocultes tu dolor ni tu fracaso. El mundo es feliz cuando tú lo eres. Cuida
tus pensamientos y emociones como si fueran un niño. Enfócate en tus sueños y
solo así dejarás de preocuparte por lo que no quieres. Y crece. Duele, pero
¡hazlo!
Seas
quien seas, vales por el solo hecho de existir. Para vivir hay que ser
valiente. La felicidad no se logra mediante la inexistencia de problemas, sino
enfrentándolos. No hay peor flaqueza que no ser feliz. ¡Vive!
Quizá
te preguntes si sobreviví a mi enfermedad mortal. ¿Quieres saber qué ocurrió?
BONITO
Las fuerzas naturales que se encuentran dentro de
nosotros son las que verdaderamente curan nuestras enfermedades. Hipócrates
Los médicos me dijeron que, aunque no encontraron una explicación satisfactoria a mi resurrección, estuviese preparada para morir. Una vez más, ofrecieron opciones. Ninguna me interesaba. ¿Para qué someterme a un tratamiento que no sanaría mi enfermedad? Solo alargaría un poco más mi vida y me privaría de un tiempo muy valioso para vivir con dignidad mis últimos días.
¡Qué
emociones tan diferentes se agitaban en mí comparadas con aquel día cuando me
informaron por primera vez! Las horas del resto de mi vida estarían llenas de
vida y de colores. Apuraría cada fracción de segundo, deleitándome en las
pequeñas cosas que dan la felicidad.
La vida
me había dado una segunda oportunidad para morir en paz y no humillada en un
tortuoso suplicio mendigando caridad. Esta vez afrontaría la muerte cara a
cara. La vería acercarse lentamente hacia mí. Frente a frente, nos miraríamos
con fijeza. No ofrecería resistencia. Me entregaría a ella sin objeción.
De
nuevo me encontré ante el mismo dilema. No sabía si contarlo o no a mis seres
queridos. Por algún motivo que entonces no alcancé a comprender, volví a
guardar silencio. Quería disfrutar del tiempo que me quedase sola con mis
hijas. Contarlo supondría hacer sufrir mucho a las personas que amaba. De todas
formas, padecerían mi muerte. ¿Para qué hacerles daño con antelación? ¿Acaso
decirlo los prepararía? Si alguna vez has perdido a un ser amado que estaba
enfermo y te habían advertido de su inminente muerte, ¿saberlo te lo hizo más
fácil?
Tendría
que transcurrir algún tiempo para que yo comprendiese que es posible prepararse
para recibir a la muerte, sin miedo y con amor. No somos quiénes para privar a
nuestros familiares y amigos del derecho a despedirse de nosotros. Imagina por
un momento que alguno de ellos tiene un asunto pendiente contigo. ¿Cómo viviría
esa persona el resto de su vida sin haber tenido la oportunidad de resolverlo?
No contarlo fue una cuestión de ego el mayor enemigo del ser humano.
Cuando me diagnosticaron la
enfermedad, mi vida comenzó a girar en torno a mi ser. Estaba consumida por la
lástima hacia mí misma. Esta es una de las formas en las que se manifiesta el
ego la máscara que creamos para aparentar lo que no somos y ocultar al yo real. La mente egocéntrica es incapaz
de aceptar la existencia de algo más grande o más importante que ella misma. Se
cree autosuficiente. De ahí la verdadera raíz de mi obstinación por no querer
contar nada.
Hoy sé
que el orgullo no me sirve para ser feliz. Debemos ser humildes para permitir
que nos ayuden cuando lo necesitamos. Creer que podemos solucionar todos
nuestros problemas solos es una muestra de soberbia y una de las caras del
egocentrismo.
Los
días transcurrían con dulzura, serenamente. Trabajaba con el entusiasmo que
siempre me caracterizó. Compartí con mis hijas los días más alegres que
habíamos vivido hasta entonces. Ellas no se explicaban qué me ocurría. Yo reía
por todo y ellas reían conmigo. Todo me parecía bonito.
Sí,
estaba feliz. Era una privilegiada. ¡Podía despedirme de la vida en paz!
Observaba el mundo como lo hace un niño. Mi curiosidad era inagotable. Me
cuestionaba el porqué de todo.
Una
noche, tumbada en la hamaca del jardín, me pregunté observando el firmamento
estrellado por qué la luna brillaba. Es triste pensar que cuando dejamos de ser
niños nos acostumbramos a verlo todo como si siempre hubiese estado ahí.
Olvidamos que hubo una primera vez en que vimos algo que nos atrajo y nos
preguntamos qué era y para qué servía.
Recuerdo
cuando mi hija pequeña quiso saber a los dieciocho meses para qué brillaba la
luna señalándola fascinada. No preguntaba por qué. «Para ti. Con su luz no
tendrás miedo por las noches», le respondí.
¡Cuántos
miles de noches vi la luna resplandecer y había olvidado el porqué! ¿Cuándo
dejó de ser un misterio para mí? ¿En qué momento la vida dejó de ser un enigma?
Cuando
nos convertimos en adultos, olvidamos los verdaderos porqués de la vida. En
ellos reside la magia de la existencia humana.
Los
síntomas de mi enfermedad y los dolores habían ido remitiendo. Pensé que quizá
esta vez sí hacían efecto los calmantes. Cada mañana, al despertar, me sentía
con más fuerza física y energía mental.
Había
escuchado algunos casos de personas que padecían una enfermedad mortal y que
poco antes de morir experimentaban una mejoría repentina. Tal vez me hallaba en
la misma circunstancia.
Llegó
el día de conocer los primeros resultados de las analíticas tras mi vuelta a la
vida. Mientras me dirigía a la consulta del médico, advertí que no sentía
temor. Conducía tranquila. Sonreía a los transeúntes y me regocijaba viendo a
los niños corretear. El cielo, el sol, los árboles. Todo me parecía bonito. Los
colores del otoño desfilaban tras los cristales.
Faltaban
pocos días para la llegada del invierno. Quizá ya no estaría allí para recibir
a la nueva estación. Me dejé embriagar por la belleza del otoño y sus hojas
muertas. Mi último otoño... Era triste observar a tantas personas caminando con
sus cruces imaginarias a cuesta. ¡Sentí deseos de gritarles que la vida era
maravillosa! Viéndolas me sentí afortunada. Era una moribunda, pero era feliz.
Nunca es tarde para comprender la belleza de la vida. En un segundo tu destino
puede cambiar. Seguro que te ha ocurrido alguna vez. Una tragedia. O una dicha.
No
puedo explicar por qué, pero estaba muy tranquila cuando me senté frente al
médico. Algo me cosquilleaba en el pecho. Era una especie de alegría infantil.
Mentiría
si digo que jamás había imaginado lo que el doctor dijo. Me hablaba mientras
sostenía entre sus manos varias hojas con los resultados de las pruebas
médicas. Miraba aquellos papeles una y otra vez, hoja por hoja. Solo recuerdo
esto y su expresión de asombro al comunicarme que estaba sana. Ni rastro de la
enfermedad.
―¿La
enfermedad ha desaparecido? ―pregunté casi en estado de shock.
―Sí.
Pero de
alguna manera, en el fondo lo sabía.
Nunca había escuchado nada sobre la
autocuración. A lo largo de los últimos años, he asistido en los hospitales a
casos muy similares. En cuanto a mí, creo que mi sanación fue gracias a ese Dios
o Poder Infinito.
Pienso también
que mi espíritu comenzó a curarse cuando le di las mejores medicinas que he
conocido amor y alegría.
Fue
entonces cuando comencé a hacerme preguntas. ¿Es posible controlar el sistema
inmunitario con la mente? ¿La autocuración existe? Oí hablar de algunos médicos
que explicaban cómo comprender los mensajes que la mente envía al cuerpo y de
qué manera los pensamientos influyen sobre el cuerpo. En muchos casos, debíamos
considerar la enfermedad como un aviso de que algo en nuestro ser interior no
funciona bien. Las personas podían encontrar en sí mismas el poder para
gobernar su nivel de salud.
En mi
caso lo tenía claro. Mi espíritu enfermó. Eso fue lo que produjo mi enfermedad.
Hoy puedo afirmar que el poder de los pensamientos positivos puede convertir lo
imposible en una realidad.
En los
últimos años he visto casos de todo tipo. Algunos parecidos al mío,
considerados como milagrosos. Otros, irreversibles incluso en personas con una
energía mental impresionante y con una vitalidad avasalladora. Entendían que
todo ocurre por algo y que lo que tiene que pasar, pasa. Agradecían por todo lo
bueno y hermoso de sus vidas, incluso sabiendo que estaban en sus últimas
horas. El estar cerca de la muerte te hace comprender que hay más cosas buenas
que malas en el mundo.
Al salir de la consulta, sentí como si el sol brillase solo para
mí. Nunca había visto un cielo tan azul. No tenía ni idea de cómo sería el
futuro, qué buscaba en él ni qué esperaba él de mí. Pero sí sabía que era un lugar
en el que sentía que debía y deseaba estar. El planeta era un lugar hermoso
donde habitar. Esta terrícola tenía mucho camino aún por recorrer. ¡Qué
bonito era vivir!
Bonita
la paz, bonita la vida. Bonito volver a nacer cada día. Bonito, todo me parecía
bonito.
Km 0
Del sufrimiento emergieron las almas más fuertes, los
caracteres sólidos tienen cicatrices. Khalil Gibran
Hay personas que dejan una huella imborrable en el camino de nuestras vidas. ¿Alguna vez has necesitado algo y ha aparecido alguien como por arte de magia ofreciéndote esa ayuda? Quizá ya hayas vivido o sufrido lo suficiente para saber que nadie llega a nuestras vidas por azar. Todas vienen para enseñarnos alguna lección. Unas se quedan. Otras se van.
Cada
persona con la que te encuentras tiene una misión en tu vida. Algunas te ponen
a prueba, unas te aman y sacan lo mejor de ti mismo, otras te dañan... Pero
todas te enseñan y te recuerdan que vale la pena vivir en este mundo. Hoy
comprendo que todas las personas que han estado o están presentes en cada
momento de mi vida son los maestros que más he necesitado o necesito. Cada
individuo que estuvo o está en nuestras vidas tiene un porqué.
En mi
caso, algunas de las personas que más admiro y quiero incondicionalmente
aparecieron como traídas por un designio misterioso en el momento más
inesperado y oportuno. Son un soplo de aire fresco que reconfortan mi mente y
espíritu. Me transmiten paz y emociones poderosas con su presencia y sus
palabras. En la adversidad encuentro en ellas la esperanza de que lo mejor está
por llegar.
Unas llegaron para quedarse en mi
vida para siempre. Otras partieron cuando ambos cumplimos con nuestro cometido.
Todos, tanto quienes ya no están como quienes permanecen en mi vida, me
impulsan con sus enseñanzas a ser mi mejor yo cada día. Son mis referentes y mi inspiración. En
ocasiones, somos maestros los unos de los otros; otras, aprendices. Juntos
aprendemos a vivir. Cuando encendemos una luz para alguien, también estamos
iluminando nuestro camino.
Una de
estas personas es mi amiga Laura. Cuando pienso en ella, a mi mente acuden
estas palabras alquimia, magia y sincronicidad. Ella logró que me reconciliase
conmigo y con el mundo. La sociedad me enseñó a creer que ser sensible era un
defecto. Hoy sé, gracias a ella, que el peor defecto es la insensibilidad.
«Solo cuando eres extremadamente flexible y suave puedes ser extremadamente
duro y fuerte». Cuando me dijo este proverbio zen no lo entendí. Yo creía que
ser fuerte como un roble era la única manera de sobrevivir. Pero no era así.
Ser tan resistente hizo que me partiera cuando llegó la tempestad de la
enfermedad a mi vida.
Laura
me enseñó a ser yo mi mejor amiga. Cuando logré amarme, pude amar a los demás.
Si no sabemos cómo cuidarnos y amarnos, seremos incapaces de ocuparnos de
quienes queremos. Amarse a uno mismo es la base para amar a otra persona. Esta
fue la primera gran lección que aprendí de ella. Después de mí, debía amar a
los demás y, en tercer lugar, a la Tierra. Este era el orden. Si yo no me
quería, ¿cómo podría querer a otras personas? No se puede dar lo que no se
tiene y nadie merece más tu amor que tú mismo.
Mi visión de mí misma y de mi
potencial era muy limitada. Hasta que recibí su ayuda. Había transcurrido un
año y un mes desde mi gran viaje.
Era un momento crucial en mi vida. No sabía qué dirección tomar. Ella me mostró
el camino hacia mi nueva vida. Yo estaba atrapada en un interminable compás de
espera. Tenía que recomenzar, pero temía caminar. El miedo paraliza. ¿Ir hacia
dónde? Si me adelantaba un poco, solo veía niebla.
Estaba en el Kilómetro Cero de mi
nuevo camino y Laura fue mi apoyo para dar el primer paso. Estaba aterrorizada.
¡Qué miedo me daba vivir! En el otro lado todo era fácil. No existían el dolor ni el temor.
Dediqué el año anterior a fortalecer mi espíritu, mente y cuerpo. Había llegado
la hora de mi renacimiento. Era el momento de salir de mi burbuja protectora y
atreverme a vivir.
Al otro
lado del miedo estaba la lección que ella vino a enseñarme el amor a mí misma.
Cuando
caía, me ayudaba a levantarme. Paso a paso, llegué a verme de una manera nueva
y enérgica. Fui recobrando mi esencia original y mi poder de creación. Mis
horizontes volvían a ser ilimitados como cuando era una niña. Los temores se
convirtieron en retos y desafíos. Mi responsabilidad era amarme y ser feliz
para hacer felices a los demás. Y si tenía miedo, debía hacerlo a pesar del
miedo.
Mi
amiga hizo que recuperase la fe. Crecí. Y me dolió. Crecer duele. Sus valores
humanos me ayudaron a convertirme en la persona que soy. Ella me recordó mi
lugar en la Tierra y cuál era mi propósito de vida.
Laura
conocía bien el dolor, pero un día decidimos no lamentarnos más. Comprendimos
que el sufrimiento era nuestro mejor maestro y debíamos aprender de él. Dejamos
de preocuparnos del porqué de nuestros infortunios y comenzamos a preguntarnos
para qué sucedían aquellas adversidades. La respuesta se nos reveló un día con
gran claridad para aprender y evolucionar como personas debíamos ser la mejor
versión de nosotras mismas, diferentes al rebaño, y dejar un mundo mejor a las
generaciones venideras.
Ella me
enseñó cómo interpretar las emociones y usarlas para mi propio bien y el de los
demás. Dejé de creer en un destino hostil. Recuperé la fe en el ser humano. Es
muy posible que quienes nos hagan daño sean víctimas a su vez de otras personas
o circunstancias. Perdoné a quienes me dañaron. Me reconcilié conmigo misma y
descubrí lo que era la paz interior.
Nunca
podré olvidar un día que me marcó para siempre. Hablando con ella comprendí que
puedo permitirme ser vulnerable. Reconocí y acepté que no era perfecta. Me
sentí libre por primera en mucho tiempo. O quizá por primera vez en toda mi
vida.
Laura
me ayudó a recuperar mi corazón cuando yo lo había convertido en piedra. «Me
gusta reblandecer mi corazón de vez en cuando y sentirme humana y vulnerable.
Es importante ser fuerte, pero también es importante ser sensible», suele
decir.
Cada
una de nosotras tenía la misión de recordar a la otra quién era. Lucharíamos
para no perder nuestra autenticidad en ninguna circunstancia. Al recuperar la
fe en mi poder creador, mi energía interior comenzó a brotar con más fuerza que
nunca. Sentía la magia dentro de mí y podía ver cómo esta contagiaba a quienes
me rodeaban.
Ella
abrió una puerta desconocida donde explorar las infinitas posibilidades de mi
mente para descubrir mi gran potencial como ser humano.
Al poco tiempo de regresar del otro lado ya lo quería todo. Deseaba poseer
toda la sabiduría del mundo y llevar a cabo mi propósito de vida. Mi amiga me
enseñó a entrenar la paciencia. Solo existe una forma de aprender a caminar
despacio. La prisa no era buena aliada. Debía permitir fluir a la vida. El
camino se abriría ante mí y aprendería a interpretar las señales. Yo solo tenía
que caminar lentamente. Cada caída sería un nuevo aprendizaje.
Al fin
comenzaba a verme como un ser humano con todo su significado. Hasta entonces,
creía que sentirme humana era sinónimo de debilidad. Laura me hizo ver que
todos tenemos el derecho a sentirnos como tal. Ser sensible no significa ser
frágil. Ella me enseñó a abrazar mis emociones, a aceptarlas y amarlas.
De ella
aprendí uno de los grandes motivos de la existencia humana aprender. Un día me
dijo «Siempre que no encuentres motivos para vivir, recuerda que aprender
siempre es un buen motivo. El orden de los factores no altera el producto. Da
igual la secuencia en la que sucedan las cosas. Si el objetivo es aprender,
sumar, no importa en qué momento nos venga una experiencia u otra. Tarde o
temprano, aprenderemos».
Existe
un concepto del infinito que le fascina. Le gusta recordar las preguntas que
nos hacían en el colegio
¿A qué
distancia se encontrarán dos líneas paralelas si las empezamos a trazar en este
punto?
¿Qué
radio debe tener un arco para convertirse en una recta?
¿En qué
lugar se une una función asíntota con el eje?
Para
Laura existe un lugar donde todo es posible, las paralelas se juntan y los
arcos se convierten en rectas en el infinito.
Si
vivimos una función que tiende al infinito, ¿qué importa el orden de
los factores? Tarde o temprano pasaremos por todos ellos, saltaremos los
obstáculos, superaremos todas las dificultades. Y un día llegaremos a ese lugar
donde lo imposible no existe.
¿Lo
crees tú también? ¡Yo, sí!
Tener
una amistad sincera como la mía con Laura no es fácil en un mundo donde tantas
personas dan esperando recibir algo a cambio. Son relaciones interesadas, de
conveniencia. Si no tienes a alguien así en tu vida, no te preocupes. Los
amigos, como los maestros, aparecen cuando el discípulo está preparado.
Estas
amistades te ayudan a llegar a un estado de felicidad superior y constante. Sí,
constante, porque las personas piensan que la felicidad consiste en pequeños
momentos dichosos. No creen que pueda existir la felicidad permanente, incluso
en las épocas más difíciles. Tienes que creer que se puede lograr. Es solo
cuestión de hacer caso a tu alma y pensar con la cabeza en el camino que hemos
de seguir para darle a nuestro corazón todo el cuidado y cariño que necesita.
Mi
amiga hizo que volviera a sentirme una persona maravillosamente imperfecta. Me regala su tiempo y paciencia para
continuar en mi crecimiento personal. Por ello, le estaré agradecida en
esta vida y la que me aguarda más allá de esta.
Gracias,
Laura. Mi maestra, mi discípula.
LAS COSTURAS DEL ALMA
La fe es el pájaro que canta cuando el amanecer
todavía es oscuro. - Rabindranath Tagore
La muerte es lo que menos debería preocuparte. No hay nada más importante que vivir y ser feliz, libre de temores. No pierdas el tiempo pensando en cuándo ni cómo llegará el momento de abandonar este mundo.
Si
estás sufriendo por enfermedad o la pérdida de un ser querido, debes saber que
hay formas de hacerlo más fácil. Aceptarlo es el primer paso. Por muy difícil
que resulte. Solo así podrás gestionar tus emociones y hallar paz. De otra
manera, la ira y el rencor te cegarán y te ocurrirá como a mí. Vivirás una
tragedia que se puede evitar.
Más
adelante te explicaré en qué consiste el duelo. Sin la aceptación no podrás
avanzar. Mi propia experiencia con la muerte y con enfermos durante años así lo
demuestran. A pesar de que la persona afectada tarde o temprano acaba asumiendo
la situación, ¿para qué esperar sufriendo cuando puedes recibir a la muerte con
serenidad?
Quiero que sepas que, a raíz de mi
experiencia en el
otro lado, no
volví a temer a la muerte. Es cierto que a todos nos atemoriza la forma de
morir. Nadie quiere sufrir una muerte dolorosa. En cualquier caso, ¿para qué
imaginar situaciones negativas que quizá nunca lleguen?
Cuando
tú le dices a un niño que vas a llevarlo a un parque de atracciones, este no
piensa si lloverá, hará frío o la visita le decepcionará. Para él la diversión
está asegurada porque así lo cree. De la misma manera, debemos confiar en que
todo en nuestras vidas irá bien. Si ocurre algo que nos disgusta o nos hace
sufrir tiene un propósito. Nuestra misión es descubrir la enseñanza que
encierra esa situación dolorosa para crecer como personas.
Basándome en mi experiencia con
enfermos y moribundos, he comprobado que para vivir sin miedo a la muerte es
también preciso creer que el ser humano es la unidad del cuerpo, la mente, el espíritu y el alma.
Si
estás leyendo este libro, puede que hayas vivido una experiencia cercana a la
muerte como yo, te hayan diagnosticado a ti o a algún ser querido una
enfermedad mortal o sepas lo que es perder a alguien que amabas. O puede que
ninguno de estos sea tu caso, pero te atraiga el tema. ¿A quién no le interesa
la muerte? A todos nos importa. Es el mayor misterio de la humanidad.
Un
amigo me dijo una vez que el tema de la muerte va en nuestro ADN. Creo que
tiene razón. Pienso que el proceso de nacer y morir es la cara de una misma
moneda. Empezamos a morir desde el momento en que nacemos. Estoy segura de que
el instante más traumático de nuestras vidas fue el del nacimiento. Salir del
confortable útero materno, de aquel acogedor universo, tuvo que ser espantoso,
pero no lo recordamos. Cuando nacimos no podíamos saber qué nos aguardaba al
otro lado del refugio materno. ¿Por qué entonces preocuparnos de qué habrá más
allá de esta existencia? Ya hemos pasado por eso antes y nos encontramos más
vida. Otra vida.
Otro
motivo por el que escribí este libro es para ayudarte a tener fe en una
Inteligencia Infinita (Dios, o llámalo como quieras) que siempre te acompaña.
También puedes creer en tu poder creador y tu divinidad interior. Nada es
imposible. ¡Sal de tu mente! Todos los miedos están encerrados en ella.
La
humanidad lleva siglos preguntándose ¿Y si Dios no existe? ¿Y si después de la
muerte no hay nada? Los «Y si...» en negativo no conducen a nada. Estamos muy
condicionados por las creencias de nuestra sociedad que nos llevan por lo
general a pensar en lo peor. Hazte las mismas preguntas negativas en positivo.
¿Y si Dios existe? ¿Y si después de la muerte hay otra vida? Como se suele
decir, dale la vuelta a la tortilla.
Ya te
habrás dado cuenta de que la mayoría de las personas se hacen las preguntas en
negativo. ¿Y si no vuelvo a enamorarme? ¿Y si no consigo el sueño de mi vida? Haz
las preguntas a la inversa. ¿Y si vuelvo a enamorarme? ¿Y si consigo el sueño
de mi vida? Cuida de ti de forma constructiva. Este mundo es dual. Todo tiene
dos caras. Tú eliges cuál prefieres ver.
Cuando
renací, tuve que romper con todas y cada de mis viejas creencias esas que nos
inyectan desde que nacemos en el subconsciente nuestros padres, profesores,
familiares y la sociedad con sus normas, la religión, etc. Nuestros padres y
educadores lo hicieron lo mejor que pudieron. Nos amaban y nos prepararon para
afrontar el futuro según las mismas creencias que habían recibido a su vez de
sus padres y la sociedad de entonces.
Puedes
cambiar tu manera de pensar. Haciéndolo, puedes cambiarte a ti mismo. Tus
pensamientos son los encargados de crear tu futuro. Lo que pienses hoy
determinará lo que serás mañana.
Como he
dicho, tras mi regreso comprendí que debía romper con mis antiguas creencias.
Creo que el subconsciente es colectivo. La mayoría de los pensamientos que nos
inculcaron no sirven hoy por hoy. Son limitantes.
Me
gusta ser consciente de que estamos asistiendo al despertar de una nueva Era
donde el nivel de conciencia es superior. Pero con tanta «infoxicación» solo
vemos el lado malo de las cosas. No se trata solo de la cantidad inmensa de
información que recibimos al día, casi imposible de procesar en su totalidad,
sino de que la gran parte de esa información es negativa. Debemos aprender a
ver la parte buena de la vida. Las cosas bellas, la gente bella y las acciones
bellas están al otro lado de las noticias tóxicas.
Como
periodista, conozco bien el tratamiento de la información. En la mayoría de los
medios de comunicación nos cuentan desgracias. Ya te habrás dado cuenta. Parece
que vivimos en un mundo cruel y hostil donde el hombre es un ser espantoso. Cuando hoy te vayas a dormir, 19 000
niños habrán muerto por causas evitables.
Sin
embargo, no podemos cuantificar otros hechos maravillosos que están sucediendo
en este mismo momento en la Tierra mientras lees esto. ¿Cuántos niños están
felices en brazos de su madre? ¿Cuántas parejas de ancianos están besándose con
pasión?¿Cuántas personas están sintiéndose realizadas con su trabajo? ¿Cuántos
jóvenes están estudiando una disciplina que hará de este mundo un lugar mejor
para tus descendientes? ¿Cuántos discapacitados mentales y físicos se sienten
útiles y felices ayudando a la sociedad, mientras otros que vienen completos de
fábrica se quejan de todo? ¿Cuántos médicos están comunicando ahora mismo a sus
pacientes preocupados tras una biopsia que están sanos? ¿Cuántos animales
abandonados van ahora de camino hacia su nuevo hogar adoptivo?
Nuestras
almas y espíritus poseen el don de ver el lado hermoso de la vida y de los
humanos. Busca ese don dentro de ti.
Sin
embargo, debes atreverte a mirar tu lado oscuro para curar tu mente y tu
espíritu cuando estén enfermos. Has de adentrarte en el temor para encontrar la
libertad y en las tinieblas para encontrar la luz.
Tras
renacer, sentí el deber de llevar un mensaje de esperanza al que sufría por una
enfermedad mortal o la cercanía de la muerte. Debía explicarles a ellos y a
quienes habían sufrido la pérdida de un ser amado que existía otra vida más
allá de esta. Cuando dijesen adiós a la vida, les aguardaría otra mejor,
liberados al fin del cuerpo enfermo en el que estaban aprisionados.
Decidí
ayudar a personas que habían transitado el mismo camino que yo enfermos
mortales, moribundos... Visité sus casas, los grupos de apoyo a los que
asistían y los hospitales.
Debía
transmitirles que no importaba lo oscuro que estuviese el presente. Algo
maravilloso siempre vendría, en esta vida o en la otra.
Para
ello era indispensable que creyeran en que poseían espíritu y en la existencia
de un Creador o Ser Infinito superior a ellos mismos.
Como te
habrás dado cuenta, a lo largo del libro me refiero a los términos «alma» y
«espíritu» de manera indistinta, como si significaran lo mismo. Algunas
personas opinan que se trata de dos aspectos distintos. Solo soy una persona
corriente que vivió una experiencia extraordinaria en el más allá. Tras mi
regreso, apenas investigué al respecto. No entraré en controversia para ver
cuál es la diferencia entre ambos conceptos, si es que existe.
Solo sé que mi espíritu o
conciencia no terrenal no necesitó de mi cuerpo para vivir en el otro lado. Despojada de mi cuerpo, era yo en
esencia, en estado puro. No sé si era mi alma, mi espíritu o qué. Pero, sin
duda, era yo liberada de la prisión de mi cuerpo enfermo.
No
diferencio entre alma y espíritu. A esa parte de mí la denomino ser espiritual.
Creo que tenemos una dimensión espiritual capaz de contactar con la esencia de
la vida y la del resto de seres humanos. Todos estamos unidos por ese cuerpo
espiritual que puede permanecer después de la muerte.
Sin
embargo, mantengo una mente abierta respecto a este tema y a cualquier otro que
tenga relación con la existencia humana. No sé si conoces esta noticia «Según
estudios científicos del físico británico Roger Penrose, el alma no muere
cuando la vida se acaba». Este doctor encontró que las células humanas
contienen información sobre el alma. Su equipo de investigación, tras meses de
trabajo, encontró pruebas de que, dentro de las proteínas que los seres humanos
almacenamos en los microtúbulos (conductos que trasladan materia celular),
existe alojada la información denominada alma. Esta podría mantenerse en el
universo después de que el cuerpo muera.
La
noticia será polémica para algunos, un alivio para otros... ¿Y si fuera cierto?
Creo
que nunca debemos dar nada por descartado porque no tengamos pruebas de su
existencia.
En
cualquier caso, según mi propia experiencia, todos poseemos
una parte espiritual e inmaterial, capaz de trascender esta vida y manifestarse de diferentes maneras. De hecho, fue la muerte de
mi cuerpo espiritual la que me llevó a la muerte del cuerpo físico.
Durante mi estancia en el otro lado, volví a creer en la existencia de
un Espíritu Universal. ¡Había vuelto a creer! Dicen que recuperar la fe es más
difícil que no haber creído nunca. Tienen razón. En general, le damos nombre a
Dios en muchos idiomas. Yo lo llamo de diversas maneras como has podido
comprobar.
Al regresar y volver a creer en la
Fuente Creadora, su presencia en mi vida me quita el temor y me da paz.
Si
quieres disfrutar de una vida plena, creer en esa Fuerza es vital. En los
momentos adversos o de soledad, te ayudará mucho saber que no estás solo. Ese
Poder siempre te acompaña, aunque no lo veas. El amor tampoco es visible, pero
puedes sentirlo. De igual manera, si tienes una mente abierta y permites que tu
sensibilidad fluya, también podrás percibir su presencia en tu interior y en
todo cuanto ves.
Ese Poder Universal vivía en todo
cuanto vi en el
otro lado. No
traje ninguna prueba que así lo demuestre. Pero estaba allí, lo impregnaba todo
y continúa dentro de mí.
La palabra
«milagro» tiene muchas connotaciones religiosas. No profeso ninguna doctrina
religiosa, pero puedo afirmar que yo soy un milagro.
Según la RAE (Real Academia
Española), la definición de milagro es Suceso extraordinario y maravilloso que no puede explicarse
por las leyes regulares de la naturaleza y que se atribuye a la intervención de
Dios o de un ser sobrenatural. Suceso extraordinario que provoca admiración o
sorpresa.
Por lo
tanto, yo soy un milagro. Y si tú despertaste esta mañana a un nuevo día, también
eres un milagro.
Las
demostraciones milagrosas de ese Dios en las vidas humanas son sucesos tan
antiguos como el mismo hombre. Hay evidencias de milagros en todos los lugares
de la Tierra.
La fe
en ese Ser Infinito se ha convertido para mí en algo tan natural como respirar,
dormir, reír o comer. El amor incondicional de algunas personas y el amor a mí
misma fueron decisivos para renacer a una vida feliz, libre de temores. Sin
embargo, la creencia en la Fuente de la Vida de la que te hablo fue decisiva
para resurgir de mis cenizas.
Esta fe
es válida tanto si profesas una religión como si no. No importa cómo se llame
tu Dios. Lo fundamental es que creas en él. Al hacerlo, te liberas de los
temores humanos que nos hacen vivir entre barrotes creados por nosotros mismos.
Nacimos libres. Es nuestro derecho por nacimiento. Somos nosotros quienes nos
convertimos en nuestros prisioneros. Nos da miedo volar. Nos da miedo todo.
¿Sabes?
Durante muchos años viví creyendo que era libre. Tuve muchos éxitos a nivel profesional
y personal. Era, lo que suele decirse, una mujer triunfadora. Tuve que morir
para darme cuenta de que todo cuanto yo creía que era y tenía era en realidad
un espejismo efímero. Nada era real. Nadie tuvo la culpa. Ni siquiera yo.
Es
cierto que antes de vivir la experiencia culpé a muchas personas y
circunstancias de mis desgracias. En verdad, la única responsable fui yo. Era
una gran arquitecta construyendo prisiones para mí.
Como
ves, no uso la palabra «culpa». No fui culpable de nada. Tú tampoco lo fuiste
nunca. Fuimos y somos responsables de nuestras acciones. Sin embargo, tomamos
las decisiones basándonos en un conjunto de pensamientos que nos conducen a
unas determinadas emociones. Estas, a su vez, nos llevan a actuar de una forma
u otra.
¿Cuántas
veces te has cuestionado si volverías a actuar de la misma manera si se diera
de nuevo una situación? ¿Te han preguntado alguna vez si te arrepientes de
haber hecho algo?
Tú y yo
hemos actuado bajo un conjunto de variables que dieron como resultado que
actuásemos de aquella manera. Hoy, en otras circunstancias y con un modelo de
pensamiento diferente, consecuencia de la experiencia y la madurez, actuaríamos
de otra forma. Ese es el motivo por el cual no debemos culparnos. No sirve de
nada castigarnos. Todo cuanto has vivido te ha preparado para vivir este
momento.
Nunca
es tarde para abrir la puerta de la jaula. Creer en ese Ser Infinito te dará el
impulso necesario para volar. ¿O prefieres hacerlo momentos antes de tu muerte?
¡La vida te está esperando! Incluso en el caso de que estés diagnosticado de
una enfermedad grave o mortal o estés esperando un órgano para un trasplante
que parece no llegar nunca... Siempre, siempre, hay un motivo para vivir.
Aunque solo nos quede un minuto, vivámoslo en paz, con dignidad y amor. También
morir en paz es nuestro derecho por nacimiento.
Elige
tu propia idea de Dios. Solo se trata de intentar creer en una fuerza mayor a
ti mismo. Nunca te dará algo tan difícil que no puedas manejar. No importa
cuántos obstáculos tenga el camino si el propósito de tu vida está claro. Esa
fuerza te guiará y acompañará para que puedas emprender el viaje del espíritu.
Para mí fue fácil creer que
poseemos un alma o espíritu que trasciende esta vida. Pude sentirlo en mi gran viaje.
Un año después,
sucedió algo inesperado y sorprendente. La mujer que me
llevó a la clínica para impedir mi muerte y sus hijos aparecieron de nuevo.
PARTE
III
Fui a
los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos
esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar.
Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida... para no
darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido.
Henry
David Thoreau. La vida en los bosques (1854)
VOLVERTE A VER
Creo en una vida después de la muerte, simplemente
porque la energía no puede morir; ella circula, se transforma y no se detiene
nunca. - Albert Einstein
Estaba confusa sobre la mujer desconocida que me ayudó antes de morir. En la clínica dijeron que entré sola. Según me explicaron, no hubo ninguna mujer ni niños y mis hijas estuvieron jugando solas todo el tiempo, aunque parecían hablar con amigos imaginarios.
Tras mi
experiencia creía en lo extraordinario. Pero ¿y si todo había sido fruto de mi
imaginación? Estuve a las puertas de la muerte y quizá mi mente lo ideó todo
para que entrase en aquel pequeño centro médico donde tendría alguna
posibilidad de vivir. De no haberlo hecho, estaría muerta con toda seguridad.
Tal vez mis hijas se dejaron llevar por la sugestión al oírme hablar de ellos.
¡Pero
fue todo tan real!
Esto es
lo que ocurrió el día que nos conocimos. Estaba a punto de entrar en el coche
con mis hijas. Los síntomas del infarto se agudizaron. Tenía la certeza
absoluta de que era el final. Estaba muy asustada. Mis hijas no paraban de
preguntarme preocupadas qué me ocurría. Yo trataba de mantener la compostura y
sonreír. Les dije que tenía un fuerte dolor de cabeza mientras abría las
puertas para que ellas entrasen. Sin embargo, decidieron quedarse fuera al
verme en tal estado.
No
sabía qué hacer. Fue desesperante. ¿Montaba a las niñas en el coche y me iba a
casa para morir allí? ¿Y si se paraba mi corazón durante el trayecto y teníamos
un accidente que pondría en peligro la vida de mis hijas? ¿Llamaba a una
ambulancia? No tenía capacidad de ver ninguna opción con claridad.
Me
preocupaba mucho que las pequeñas presenciaran mi muerte. Iba a desplomarme de
un momento a otro. Trataba de pensar cómo alejarlas de allí para que no viesen
nada y evitarles ese trauma. Intenté decirles que se fueran a jugar a un parque
que había cerca y que luego las recogería. Pero apenas podía articular palabra.
Comencé
a doblarme sobre mí misma. Veía borroso. Nunca había sentido un dolor igual.
Era aterrador. De repente, el dolor físico cesó. Fue aún peor lo que a
continuación sucedió. Comencé a sentir otro tipo de dolor. Estaba
experimentando el sufrimiento en su máxima expresión. No sabía de dónde
procedía aquella angustia tan inmensa.
¡Qué
tortura tan insoportable! Más tarde comprendí que en las situaciones extremas
de dolor es cuando aparece uno aún mayor que el físico el del alma. Si tú lo
has padecido alguna vez, sabes bien a qué me refiero. Es un estado que va mucho
más allá de la mente o las emociones. No sabes dónde está, pero está por todas
partes.
Escuché
un fuerte frenazo a mi lado. Vi bajar de un Renault 4 blanco a dos niños.
Tendrían cuatro y siete años. De la parte del conductor salió corriendo hacia
mí una mujer de unos treinta años. Se agachó a mi lado y me ayudó para que
pudiese incorporarme.
―Ven conmigo ―dijo tirando de mí con suavidad.
―¿Dónde me llevas? ―pregunté tratando de desasirme.
―A esa clínica. Tienen que atenderte ya.
Nunca
había estado en ese centro médico. Era privado y solo lo conocía de vista. Era
muy pequeño, pero tenía buena apariencia. Quise resistirme y volver a mi coche.
Ella lo impidió.
Mis
hijas entablaron rápida amistad con los de la mujer. Ella me alentaba con
palabras de ánimo y esperanza. Nunca olvidaré aquella voz tan dulce... Yo
quería dar fin a todo aquello cuanto antes. Ya no podía vivir ni un segundo
más, pero la mujer no dejó de perseverar en ningún momento. «No puedes morir,
no puedes morir, no puedes morir...», repetía como si fuera un mantra. Le
imploré que me dejase marchar a mi casa. No podía luchar con ella, apenas tenía
fuerzas. Me llevó casi a rastras a la clínica. Cuando entramos, nos atendió una
recepcionista. Alarmada, gritó al personal médico para que acudiesen en mi
ayuda.
―No te preocupes por las niñas. Estarán bien con mis hijos ―dijo
la desconocida en tono tranquilizador.
Me
mantenía en pie gracias a ella que me sujetaba con fuerza. A pesar de las
circunstancias, su mirada transmitía serenidad. Su rostro quedó grabado a fuego
en mis recuerdos.
Es
curioso cómo funciona la mente humana. A veces te despides de alguien como
siempre, haciendo las mismas cosas de todos los días. Ese mismo día sucede
alguna desgracia relacionada con esa persona y entonces lo rememoras todo de
una forma vívida. Recuerdas incluso detalles que, de no haber ocurrido nada
importante, habrías olvidado para siempre. En cambio, recordarás cada detalle
de ese día durante toda tu vida.
Eso mismo me sucedió con aquella mujer. Nunca podría olvidar en
el futuro sus ojos negros, cara ovalada, facciones suaves, tez morena y pelo
negro cortado a media melena. Era menuda y delgada. Vestía unos pantalones
vaqueros desgastados y una camisa blanca muy sencilla.
Me
acompañó hasta la consulta donde todo ocurrió. No recuerdo en qué momento
desapareció.
Un año
después ocurrió algo inesperado cuando fui a recoger a mi hija pequeña al
colegio. Íbamos caminando por una avenida y, de repente, se paró en seco. Miró
hacia la izquierda muy contenta y saludó con la mano. «¡Sí, está muy bien!»,
dijo en voz alta para que se la oyera bien porque había tráfico. Me fijé en el
punto hacia donde hablaba. Solo vi algunos automóviles circulando. Se despidió
y continuó caminando como si tal cosa.
―¿Con quién conversabas? ―pregunté preocupada, pues no vi a nadie
en la dirección hacia donde habló.
―Con la mujer.
―¿Qué mujer? ―volví a preguntar.
―La mamá de los niños con los que jugamos ahí ―dijo señalando
hacia la clínica.
―¿Qué habéis hablado?
―¿No la has escuchado, mamá? ―replicó sin comprender.
―No, y tampoco la he visto.
―¡Estaba ahí! ―dijo señalando un punto concreto de la avenida―. Ha
parado
el coche un momento. Bajó la ventanilla y preguntó cómo estás. Le he dicho que
muy bien.
―¿Era el coche blanco de la otra vez?
―Sí, claro. Es un poco viejo, ¿verdad? Los niños estaban muy
contentos de verme ―dijo alegre.
¿Por qué
yo no los había visto? ¡Me habría gustado tanto darles las gracias a todos...!
Siete
meses después, fue mi hija mayor quien la vio. Todo sucedió en un parque
situado junto al colegio. Ella paseaba con una amiga cuando, de repente, vieron
a una mujer con vaqueros viejos y una camisa blanca. Se detuvo frente a ellas
durante un instante. Las chicas se pararon pensado que la mujer les iba a
preguntar algo.
Entonces,
mi hija la recordó y se alegró mucho de verla. La desconocida no dijo nada. La
miró sonriendo y se dio la vuelta. Caminó aprisa, ocultándose detrás de un
árbol enorme como si estuviese jugando al escondite. Ellas fueron corriendo
hacia el árbol y miraron detrás para verla, pero lo que vieron fue una especie
de niebla blanca luminosa. No había nadie. ¡Era imposible que hubiera
desparecido!
Una
mujer que estaba en la terraza del quiosco-bar y la dueña de este se acercaron
deprisa.
―¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha pasado? ―preguntó una de ellas
desconcertada.
―Era una mujer. La vi perfectamente. Después se convirtió en una
luz blanca y despareció ―dijo otra.
Estaban
atónitas. No comprendían qué había sucedido. Sin embargo, mi hija estaba muy
tranquila. «Es mágica», pensó. Me contó que cuando la conoció le pareció una
especie de maga buena.
Esa
persona era real, de este mundo o de otro, pero existía.
Dos
años después de nuestro encuentro conocí a su madre en un hospital Carmen. En
nuestras charlas, a veces me hablaba de su hija y de sus nietos. Murieron en un
accidente de tráfico en 1972. Ella conducía un Renault 4. Tenía treinta años.
Los niños, cuatro y siete.
TIME LAPSE
La
juventud es un error, la madurez es una lucha, y la vejez un arrepentimiento.- Benjamin
Disraeli
Me concedieron de nuevo el don de la vida. En lo más profundo de mí sentía el deber de ayudar con mi experiencia a personas que estuvieran sufriendo a causa de enfermedades mortales o muy graves y pérdidas de seres queridos.
Tengo
muy claro que morir es como nacer. De la misma manera que hay personas que nos
reciben al llegar a esta vida terrenal, hay otras que lo hacen cuando llegamos
al otro lado de esta vida física.
De
dónde venimos y adónde vamos son las dos cuestiones que más han interesado a
los hombres desde los albores de la historia humana. Pero quizá, la pregunta
que encierra mayor misterio es si después de esta vida física vamos a otro
lugar. Es lógico. Vengamos de donde vengamos, estamos aquí vivos. No nos preocupa
tanto nuestro origen como nuestro destino.
Compartiré
contigo las vivencias de algunas de estas personas y de sus familiares. ¿Qué
veían en los días previos o momentos antes de su muerte? ¿Cuáles eran sus
sentimientos y emociones en el lecho de muerte? Todos estos testimonios tienen
muchas vivencias en común y las experimentan tanto personas analfabetas como
otras con una elevada formación intelectual.
Muchos
de ellos tuvieron visiones de parientes difuntos avisándoles de su muerte para
que estuviesen tranquilos. Tanto los familiares como el personal médico fueron
testigos de esto la mayoría de las veces.
Según pude comprobar, estas
visiones suceden en un plano intermedio entre la vida y la muerte. La persona
aún no ha pasado al otro lado. Se encuentra en lo que yo denomino el umbral o la antesala el lugar donde estuve. No creo que nadie que
la haya traspasado regresara.
La muerte es un viaje entre este
plano terrenal hacia uno inmaterial. Al menos, considerando el término materia como la utilizamos en la Tierra.
Puede que sí exista materia en el otro lado, pero aún no podemos demostrar su existencia ni
establecer una definición.
La antesala está habitada por seres espirituales cuya misión es
ayudar a quien llega. Enfermos con los que he tratado que estaban muriendo me
contaron qué hay en esa especie de lugar de paso o de tránsito.
Algunos de estos enfermos
conocieron en el umbral a unos seres muy parecidos a aquellos con quienes
estuve durante mi gran
viaje. Incluso
coincidían con la apariencia física y las vestimentas. Vivieron junto a ellos
experiencias similares a la mía. En todos estos casos, siempre había uno de
ellos que se comportaba como si fuera su guía.
Dependiendo
de su religión o modelo de pensamiento, unos los denominaban ángeles, criaturas
celestiales, seres de luz...
Uno de
los hechos más significativos que he observado que tienen en común estos casos
es que, quienes se hallan en la antesala, entran y salen de este lugar con
facilidad. A mí me sucedió igual. Podía estar en varios lugares a la vez.
Mientras me reanimaban estaba junto a los sanitarios y, al mismo tiempo, con mi
madre y mi hermana, a cien kilómetros la una de la otra.
Si has
vivido una situación igual o algún ser querido tuyo, sabes bien a qué me
refiero. Para quienes no lo hayan experimentado, es importante que crean que
este lugar existe. Cuando el enfermo les diga que está con otras personas o que
ha hablado con parientes fallecidos, no crean que ha perdido la cordura.
Nuestro ser querido no está ni en la Tierra ni en la otra vida. Se encuentra en
la antesala. He comprobado cómo las personas que aceptan esto son los
familiares que menos sufren con el enfermo y sobrellevan el duelo mucho mejor.
También es bueno que lo sepas tú,
ya que algún día inexorablemente cruzarás al otro lado. Si sabes y aceptas que no es el final y que no te
irás solo, te será de gran ayuda para vivir tus últimos momentos en calma y sin
miedo. Tú estarás algún día en esa zona de paso y cuanto más sepas de ella,
menos temerás abandonar este mundo y tendrás un tránsito mucho mejor.
Muchos
de los enfermos terminales con los que he tratado han experimentado estar en
ese umbral. En algunos casos, los médicos y familiares pensaban que el paciente
no estaba en sus cabales. Otros, en cambio, los creían por la seguridad y
claridad con la que explicaban los acontecimientos.
Cuando
alguien está próximo a encontrarse con la muerte, ya sea de forma esperada o
inesperada como es el caso de sufrir cualquier tipo de accidente, puede vivir
fenómenos extraordinarios en los meses, semanas, días u horas antes del
desenlace. A veces, la persona puede tener sueños premonitorios mucho tiempo
antes de que suceda su fallecimiento. ¿Conoces algún caso?
Una
enfermera que acababa de perder a su padre me contó que él le dijo meses atrás
que iba a morir de forma inesperada y dramática. Le preguntó cómo. Respondió
que no sabía exactamente cómo. Se veía a sí mismo atrapado entre amasijos de
hierro tratando de escapar. Después sentía como si le echaran un velo negro por
la cabeza y tuvo conciencia de estar muerto. Sabía que sucedería en dos o tres
meses porque era verano, el paisaje de las visiones era otoñal y sabía que
tenía la misma edad.
Ella
pensó que eran tonterías. Él era un hombre muy mayor. Estaba tan convencido de
la proximidad de su muerte que le pidió ayuda en el papeleo con el testamento y
demás gestiones para que todo estuviese en orden cuando llegase el momento.
Ella le ayudó para que se callara de una vez. Estaba segura de que su padre no
iba a morir. Creyó que se trataba de algún síntoma de demencia senil.
Al
principio, él estaba triste y confuso. No sabía muy bien cómo despedirse de sus
familiares y amigos porque no quería que supieran nada. Solo se lo había
contado a su hija. Poco a poco fue aceptando su destino. Un día le dijo a su
hija que saber que iba a morir era una de las cosas mejores que le había
sucedido. Lo veía como una oportunidad para valorar todo cuanto tenía. Cuando
llegase el momento, partiría con la conciencia tranquila, en paz.
Él le
iba dando a su hija detalles de la antesala que visitaba de vez en cuando. Ahí
contactaba con seres muy bondadosos que le tranquilizaban para cuando llegase
el momento del adiós.
Día
tras día, fue despidiéndose de la vida compartiendo con más intensidad que
nunca los momentos junto a sus nietos, familiares y amigos. Pidió perdón a
quien hizo daño, buscó a sus amistades de la juventud y llegó a reencontrarse
con algunas para disfrutar recordando los viejos tiempos.
Ni un
solo día se quejó. Todo lo contrario. Sonreía continuamente a todo el mundo,
conocidos y desconocidos. Incluso se apuntó a un taller de cocina porque le
prometió a su mujer el día de su boda que aprendería a cocinar. Ella había
fallecido años atrás y él se sentía mal por no haber cumplido su promesa.
Aprendió tan rápido y tenía tan buena mano, que todos los domingos la familia
se reunía en su casa para disfrutar de una paella hecha por él.
Ese
otoño, un 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, iba en el coche de uno de
sus hijos para ir al cementerio y llevar flores a la tumba de su amada esposa.
Se vieron involucrados en un accidente múltiple. El coche resultó siniestro
total. El padre falleció. El hijo sobrevivió sin lesiones importantes. Para
entonces su hija, en el fondo de su corazón, había llegado a aceptar que su
padre estaba en lo cierto. Lo conocía bien y, al ser enfermera, sabía que no se
trataban de síntomas de ninguna enfermedad. De alguna manera, según me contó,
estaba más preparada que sus hermanos para aceptar lo ocurrido.
Los
ejemplos de este tipo abundan. Son casos en los que quien va a morir ve su
propia muerte a través de premoniciones. Por lo general, estas personas dejan
solucionados todos sus asuntos pendientes, tanto en el aspecto legal como
personal.
Pero,
por lo general, la mayoría de las personas no disponen de tanto tiempo para
arreglar los temas terrenales.
No termines nunca tu día sin haber perdonado a quienes te
hicieron daño, incluido a ti mismo. En caso de que seas tú quien ha causado
dolor a alguien, trata de compensar el daño. No lo digo pensando en la muerte
por si esta fuera tu última noche, sino porque son acciones que has de llevar a
cabo día a día si quieres crecer como persona y ser feliz.
Hablemos
ahora de las personas que están en fase terminal. Ellas saben que van a morir.
Entiendo que, cuando se trata de alguien a quien amamos, nos esforcemos por
darle ánimos. Podemos acompañarlos, darles nuestro amor y hacer todo lo posible
para que se sientan arropados.
Sin
embargo, he visto cómo en muchas ocasiones los familiares se empeñan en dar
falsas esperanzas al enfermo. No sirve de nada. El enfermo terminal sabe cuál
será el desenlace. Mentir hará que se sienta peor. Tras ese esfuerzo de los
demás por hacerle creer que todo saldrá bien, se esconde el dolor y el miedo a
la pérdida. Ante una situación así, el enfermo podría llegar a sentirse
culpable por morir. ¡No es justo para él!
En estas situaciones, el moribundo lo que desea es sentirse
querido y vivir en paz lo que le quede de vida. Si la familia acepta lo que va
a ocurrir, para él será mucho más fácil abandonar este mundo. Sé que es muy
difícil soportar que la vida de alguien a quien amamos está próxima a su fin,
pero es la única manera de que el enfermo dé el paso hacia la otra vida de la
manera más plena. Esto no quiere decir que no debamos mostrar nuestro dolor,
pero el amor es el sentimiento prioritario y ha de estar por encima de todos
los demás. Quien está en el lecho de muerte, recibirá este amor como la mejor
medicina.
¿Has
oído hablar alguna vez de los encuentros que tienen los enfermos o personas
sanas con parientes difuntos que les avisan de su muerte? ¿Ha ocurrido algo así
en tu familia o entorno?
Estas
visiones en las que las personas son advertidas por sus allegados o algún
familiar cercano suelen seguir un mismo patrón con diferentes detalles. Destaca
que es un hecho que se da en todas las culturas desde que tenemos constancia de
estos sucesos.
Un caso
muy frecuente es el de la persona enferma que dice estar viendo a su padre,
madre u otro familiar y explica que han venido a recogerla. Miran hacia un
punto fijo y hablan con ellos con toda naturalidad. Según cuentan, sus seres
queridos fallecidos les avisan para que estén preparados cuando llegue el
momento de partir.
En
otros casos, se comunican con esos parientes que los avisan de su muerte
cercana a través de los sueños. Es algo que he visto con mucha asiduidad a lo
largo de los últimos once años con los enfermos. Pero puede incluso ocurrir con
personas sanas que están en su casa.
Un
amigo me contó que su madre, joven y sana, se levantó una mañana y dijo haber
tenido un sueño muy extraño en el que su padre y su hermano fallecidos
aparecieron con una maleta. Le dijeron que se fuera preparando para el viaje.
El sueño fue tan real, que la mujer estuvo preocupada todo el día. Antes de que
llegara la noche, sufrió un derrame cerebral. Su muerte fue fulminante.
Lo que
más llamó la atención de mi amigo fue que su madre era agnóstica y escéptica en
todo lo relacionado con lo sobrenatural. Para ella, tras la muerte, el ser humano
dejaba de existir en todos los sentidos.
El
testimonio de los parientes que aparecen con una maleta para avisar a quienes
van a morir se repite con frecuencia.
Te
contaré la experiencia de una anciana que estaba ingresada. Servirá como
ejemplo a esta situación tan habitual de contactar con familiares que ya no
están en este plano físico. Una noche, yo estaba cuidando de un familiar que
estaba recuperándose, y escuché susurros que provenían de la habitación de al
lado. Era de madrugada y en la habitación solo estaba la mujer sin ningún
acompañante. Pensé que estaría hablando con alguna enfermera.
Intrigada,
fui y vi a la mujer sentada en la cama hablando en voz baja hacia la pared. Yo
llevaba dos años tratando con enfermos terminales y había visto suficientes
casos como para saber que estaría charlando con parientes difuntos. Pero esta
vez ocurrió algo diferente.
¡Podía
escuchar cómo murmuraban los otros!
No
llegué a entender qué decían ellos pues hablaban muy bajo, pero a ella sí la
escuché decir «Sí, ya quiero irme, mamá. Estoy tan cansada de ver cómo se van
todos, tan cansada...».
Fui
corriendo hacia la sala de las enfermeras. Estaban asustadas. ¡Ellas también
podían escuchar esas voces! Me contaron que era algo que venía ocurriendo desde
que fue ingresada, dos días antes. Además, era insólito que pudiese
incorporarse ya que por su enfermedad en los huesos era imposible.
Me
senté con ellas un rato. Tomamos un café mientras hablábamos tratando de no
escuchar los susurros. Era inquietante. He de reconocer que me puse nerviosa y
sentí miedo. ¡Yo, que había estado muerta!
A la
mañana siguiente, la anciana murió. En su rostro había una sonrisa y una dulce
expresión cuando la encontraron.
En otra ocasión, un paciente le
hablaba a su mujer, que había muerto hacía trece años, al tiempo que hablaba
con sus hijos presentes y conmigo. «¿Veis a mamá? Está sentada a mi lado en la
cama. Viene a veme todos los días y hablamos mucho. No quiero que os
preocupéis. Vuestra madre estará conmigo cuando me vaya. No quiero que tengáis
miedo ni sufráis. Estaré bien. Estaremos bien.», dijo para tranquilizar a sus hijos.
Este
patrón, como vemos, se repite con asiduidad. Los parientes del más allá vienen
a avisar a la persona que va a morir para que esté preparada. Esto es de gran
ayuda no solo para quien está sufriendo a causa de su enfermedad, sino para los
familiares que creen que su ser querido no se irá solo.
Esto
proporciona mucha tranquilidad y paz a todos y puede ejercer
un maravilloso efecto reconfortante y curativo a quienes se van y a los
que se quedan. Aceptando que estos sucesos tienen lugar, el
duelo es más llevadero para los familiares que pierden al ser querido porque se
han dado cuenta de que existe una vida después de esta en otro plano.
Otro
aspecto interesante es el de las premoniciones o visiones que tienen muchas
personas acerca de la muerte de algún ser querido que no saben que ha
fallecido. He vivido diversas situaciones en las que el enfermo, cuando le
queda poco tiempo para abandonar este mundo, comenta haber visto y haber
hablado con alguna persona amada que ha muerto. Para evitar su sufrimiento, sus
familiares y el personal médico optaron por ocultarle la información. Entonces,
¿cómo podían saberlo? Solo queda una respuesta posible porque era verdad lo que
decían.
Uno de
los hechos que más me impactó fue el de una adolescente con síndrome de Down
que estaba con su familia en un hospital para visitar a un pariente que estaba
ingresado. De repente, comenzó a mirar hacia un punto concreto de la habitación
donde no había nadie y comenzó a reír alegre y a hablar «Ay, siempre haciendo
tonterías. Qué gracia me haces. ¿Por qué estás tan contento? ¿De qué te ríes
tanto? Ah, vale. No te preocupes. ¡Qué payaso eres!».
La
familia le preguntó con quién hablaba. «Con el primo Manuel», dijo con
naturalidad. Todos quedaron atónitos. «Dice que está muerto. Está haciendo
bromas. Hay que ver las cosas que tiene...».
El
primo Manuel había muerto horas antes, pero no se lo dijeron para evitarle la
pena. Tomaron todas las precauciones, de tal manera que no era posible que ella
pudiera saberlo.
Fue
algo que me impresionó mucho.
También he visto casos, aunque bastante menos frecuentes, de pacientes o personas que sufrieron algún tipo de
accidente, cuya vivencia no fue de paz sino de angustia. Hablando con ellos,
muchos tenían en común que estaban viviendo situaciones complejas, tenían una
vida emocional muy inestable, sufrían por recibir daño de alguien o por
infligirlo, y tenían asuntos que resolver en diversos ámbitos.
Esto me
llevó a pensar que nadie cruza la antesala con sentimientos negativos. Yo
estuve ahí y pude sentir que es un lugar donde, de alguna manera, sanamos
nuestro espíritu antes de que este emprenda el viaje definitivo. No creo que
nadie trascienda al plano de luz sin haber curado antes sus sentimientos
negativos en la zona de paso.
Otro
aspecto que quiero destacar es el de dejar morir en paz a quienes así lo
manifiestan expresamente. He visto sufrir a los enfermos que saben que van a
morir cuando sus seres queridos les ruegan que permanezca con ellos, que luche
y no se vaya. En muchos de estos casos, el paciente aprovecha para morir cuando
se queda solo un momento o durante la noche cuando el familiar que lo cuida se
queda dormido. ¿Te suena? ¿Te ha ocurrido alguna vez? ¿Sabes de alguien a quien
le haya pasado? ¿Por qué crees que tantos enfermos mueren al amanecer cuando
nadie está pendiente de ellos? Pueden viajar tranquilos.
Es muy importante no obligar a
luchar a un ser querido enfermo que va a morir. Lo que esa persona desea es
sentirse amada y arropada, poder morir en paz. No la atemos con una cadena a
este plano terrenal del que necesita despegarse para continuar su camino hacia
la luz. Nuestro ser querido sufrirá menos en el momento del adiós si ve en
nosotros disposición para aceptar lo que va a ocurrir. Si en verdad lo amamos,
nuestra responsabilidad es ayudarlo a desprenderse de su yo físico.
Por
otra parte, están los casos de enfermos terminales que no mueren hasta que
llega esa persona a la que están esperando que vive lejos. Al poco de llegar,
el enfermo muere. Por fin ha podido despedirse. ¿Te suena también? ¿Has oído
hablar de algún caso como este?
¿Crees
que las dos situaciones mencionadas suceden por casualidad?
Creo
que estos hechos nos enseñan que el enfermo tiene derecho a decidir cuándo ha
llegado el momento exacto de abandonarse a la muerte inminente. Por lo tanto,
permitamos que nuestros seres queridos en fase terminal decidan cómo quieren
vivir los últimos momentos de su vida. Es su vida, no la nuestra, por muy
unidos que estemos con esa persona. Cuando llegue tu hora, también querrás ser
tú quien decida cómo hacerlo.
Por último, hablemos de lo que se arrepienten las personas
antes de morir. Según un estudio de la enfermera australiana Bronnie Ware, experta
en cuidados paliativos y enfermos terminales, son cinco los arrepentimientos
más comunes antes de morir. Basándome en mi experiencia, puedo confirmar la
veracidad de esta investigación.
En
primer lugar, se arrepienten de no haber logrado sus sueños y de haber hecho lo
que los demás esperaban de él. Al final, eran conscientes de no haber tenido
una vida propia, sino una según las expectativas de otros.
En
segundo lugar, desearían no haber trabajado tan duro. Esto les hacía sentir muy
culpables porque pasaron menos tiempo con sus seres queridos. Perdieron muchos
momentos bellos que podrían haber compartido con los suyos.
Por
otra parte, les habría gustado tener el valor de expresar sus verdaderos
sentimientos. No lo hicieron por mantener la armonía con los demás. Con el
tiempo, fueron acumulando ira y amargura. Esto les hizo infelices y les afectó
incluso a la salud física y mental. Si volvieran a vivir, expresarían siempre
lo que sintieran.
El
cuarto arrepentimiento consiste en no haber mantenido el contacto con las
amistades. Extrañaban a sus viejos amigos y se culpaban por no haber mantenido
el contacto.
Por
último, creían que deberían haberse permitido ser felices y no caer en las
trampas de la vida. Si volviesen a vivir, aprenderían a relajarse y apreciarían
las cosas buenas de la vida. Según ellos, ahí reside el secreto de la
felicidad.
Añadiré
otro remordimiento que me han confiado en diversas ocasiones no haber sido
agradecidos cada día por estar vivos y sanos.
Como
ves, todas las pesadumbres antes de morir tienen que ver con el amor y las
relaciones.
Pues
bien, ¿qué te dicen los arrepentimientos?
¿A qué
esperas para hacer todo lo que deseas?
Empieza
hoy. Porque hoy es el mejor día de tu vida. Baila mientras puedas porque no
sabes qué ocurrirá mañana.
Un
domingo estaba bailando feliz con mi amiga María y, al día siguiente, le
dijeron que podría morir. Y murió. Solo tenía quince años.
SIN MIEDO
Incluso
la muerte no debe ser temida por alguien que ha vivido sabiamente.- Buda
Hay una enseñanza budista muy ilustrativa para comenzar este capítulo
Parábola de la taza de té
vacía Un monje
tenía siempre una taza de té al lado de su cama. Por la noche, antes de
acostarse, la ponía boca abajo y, por la mañana, le daba la vuelta. Cuando un
novicio le preguntó perplejo acerca de esa costumbre, el monje explicó que cada
noche vaciaba simbólicamente la taza de la vida como signo de aceptación de su
propia mortalidad. El ritual le recordaba que aquel día había hecho cuanto
debía y que, por tanto, estaba preparado en el caso de que le sorprendiera la
muerte. Y cada mañana ponía la taza boca arriba para aceptar el obsequio de un
nuevo día.
El monje vivía la vida
día a día, reconociendo cada amanecer que constituía un regalo maravilloso,
pero también estaba preparado para abandonar este mundo al final de cada
jornada.
La
muerte de mi amiga María fue muy dura para mí. Yo apenas era una adolescente.
Un día, de repente, nos dijo a los de la pandilla que tenía leucemia. Éramos
tan jóvenes que ni siquiera sabíamos en qué consistía esa enfermedad. No nos lo
podíamos creer. Ella era pura vida. Sensible, cariñosa, guapa, generosa y,
sobre todo, muy divertida. ¡Le encantaba bailar!
Fue
terrible ver cómo se marchitaba día a día. Estábamos todos destrozados.
Con la
enfermedad, se aisló. Se sumió en una profunda tristeza. Sentía lástima de sí
misma y nosotros de ella.
Tras
sufrir durante mucho tiempo, murió. Cuando estaba en la última fase de su
enfermedad, fuimos a visitarla al hospital una tarde. Aquella fue su última
noche. Nos quedamos consternados. Para todos fue nuestro primer contacto con la
muerte. No era algo que solo ocurría a las personas mayores como habíamos
creído hasta entonces. Podía pasarle a cualquiera.
Nunca
volvimos a hablar de ella porque nos dolía demasiado hacerlo. Intentamos
proseguir juntos como si no hubiera pasado nada. Sin embargo, ella se llevó
consigo una parte nuestra. Nada volvió a ser como antes de que ella enfermase.
Tomamos caminos diferentes y nunca volvimos a vernos.
Siempre me pregunto por qué en vez
de mi padre fue ella quien salió a recibirme cuando llegué al otro lado. No conozco la respuesta, pero si
puedes escucharme, María, siempre te daré las gracias por haber impedido que
cruzase el umbral. Algún día volveremos a bailar. Estoy segura.
Me acuerdo
mucho de ella. ¿Seguirá sentada en el mismo lugar o se habrá reunido ya con su
madre? De ser así, sin duda estará bailando en algún lugar precioso del
Universo.
Recuerdo,
detrás de mi amiga, a aquella pared o puerta inmensa y brillante, deslumbrante
de luz blanca cegadora. Sabía por instinto que tras ella estaba «la otra vida».
En
algunas culturas no existe el miedo a la muerte. Durante milenios, las
civilizaciones han rendido culto a uno de los grandes misterios de la
humanidad. Algunas sociedades creían con firmeza en la existencia de una vida
más allá de esta. Tenemos uno de los ejemplos más universales en los egipcios.
Los faraones eran enterrados con objetos de la vida cotidiana.
En
nuestra sociedad occidental, la muerte siempre se ha tratado desde el temor. Ya
sea por cuestiones religiosas o de otro tipo, desde que somos pequeños nos
infunden el miedo a morir. Al final, la muerte se convierte en un tabú. He
conocido a personas que han llegado a avergonzarse de que un familiar suyo
falleciese de cáncer, llegando a ocultar el verdadero motivo de su muerte a los
demás. ¿Qué tiene de vergonzoso morir, sea por la causa que sea?
En los
suicidios es mucho peor. La sociedad occidental y otras culturas nos han
inculcado que no tenemos derecho sobre nuestras vidas. Incluso las compañías de
seguro no pagan en caso de que el cliente se haya quitado la vida o no pueden
recibir un entierro normal dependiendo de su religión.
He
conocido a dos personas que se suicidaron. Los dos eran amigos míos, pero se
trata de dos casos diferentes. En realidad, ninguno de ellos deseaba morir,
pero no tenían motivos para vivir y transformaron el dolor en un sufrimiento
espantoso. Por supuesto que tenían razones de sobra para vivir por muy mal que
les fuera todo, pero hay personas que nunca encuentran su lugar en la Tierra.
¿Vamos a tratarlos como desperdicios humanos por ello? ¿Acaso yo soy mejor que
ellos porque encontré mi propósito en la vida?
Todas
estas creencias están muy arraigadas en el subconsciente colectivo. No es fácil
erradicar una idea enraizada desde hace siglos en la mente global. La buena
noticia es que, por naturaleza, el ser humano tiene la opción de evolucionar
hacia un nivel superior de conciencia.
El
miedo a la muerte y a las enfermedades es consustancial a nuestro instinto de
supervivencia. Ese temor nos protege para conservar nuestras vidas y que la
raza humana no se extinga. Sin embargo, una cosa es el miedo natural a lo
desconocido y otra bien distinta el profundo temor con el que muchos viven
pensando en la muerte. En estos casos hablamos de tanatofobia el miedo a la
muerte llevado al límite.
Nos
guste o no, lo único seguro que tiene la vida es la muerte. Es difícil aceptar
este hecho. Solemos evitar pensar en ella creyendo que aún nos quedan años por
delante.
No podemos vivir continuamente pensando que hoy será nuestro
último día de vida. Conozco personas que sienten auténtico pavor ante la idea.
Y mientras tanto, pasa la vida...
Tampoco podemos vivir acobardados
sabiendo que algún día llegará. Pese a ello, podemos tomar consciencia de que
nosotros moriremos, al igual que las personas a las que queremos. Porque si no,
el miedo a ese día hará que vivas un infierno. ¿No sería mucho mejor aprovechar
todo lo que tienes hoy, ya sea más o menos? Si aceptas la vida como algo
natural, también admitirás la muerte como parte de tu existencia.
Como sabes, el mundo es dual. La luz no existiría si no existiera
la oscuridad. Y lo mismo sucede con la alegría y la tristeza, la compañía y la
soledad, la serenidad y la ira... La muerte es la otra cara de la vida, y
viceversa. No puede existir la una sin la otra.
Quizá
hayas escuchado más de una vez que hay personas que no temen morir, sino la
forma. El miedo a sufrir. Nadie quiere morir sufriendo. Fue lo que a mí me
ocurrió y es terrible. El dolor nos espanta. Es natural.
Existen
diversas estrategias para vencer el temor a la muerte. La primera, como hemos
visto, es la aceptación. A continuación, la más simple de todas esforzarse en
vivir. Obvio, pensarás. Exacto. Es indudable. ¿Por qué entonces la mayoría de
las personas no lo practican? Quizá por pereza o la ilusoria falta de tiempo.
Excusas. Para vivir no valen los pretextos. Es más fácil quejarse de todo que
afrontar aquello que no nos gusta de nuestras vidas. O quieres vivir bien en
todos los sentidos de la palabra, o no.
Y para
ello tendrás que poner de tu parte por estar sano. Habrá enfermedades y
accidentes que podrás evitar. Otros no. Cuanto más sano estés, mayor será tu
energía vital y vibrarás en la frecuencia opuesta a la del miedo, apartando así
de ti el temor a morir porque te sentirás VIVO.
No he
conocido aún a ninguna persona enérgica y emocionalmente fuerte que piense en
la muerte desde el miedo. Están centradas en su presente. Cuanto más te ocupes
en tu «ahora» de estar bien en todos los ámbitos, esta realidad se manifestará
en el futuro. El día que estás viviendo hoy es una suma de todas las decisiones
y acciones que tomaste en el pasado. Todo aquello que hagas hoy y en lo que
estés enfocado se materializará en tu futuro.
Si eres
de quienes sienten auténtico miedo a la muerte, trata de averiguar qué provoca
en ti esa emoción tan fuerte. Tal vez tu miedo a morir tiene su origen en algún
suceso trágico que derivó en un trauma emocional. Intenta descubrir ese hecho
la muerte de un ser querido o de una mascota... O puede que en tu pasado
ocurriese un acontecimiento ajeno a ti y a los tuyos, pero que te conmocionó.
Si descubres el origen, te será más fácil racionalizar el episodio vivido.
Cada
día cobran más importancia las investigaciones acerca de la naturaleza
emocional de las enfermedades. La mayoría de médicos y enfermeros con los que
he tratado me han asegurado que han comprobado cómo muchas de las enfermedades
con las que se enfrentan a diario tienen su origen con algún sentimiento
soledad, ira, rencor, desdicha...
Por lo
tanto, si controlamos nuestra mente podríamos evitar algunas enfermedades. Los
pensamientos son los responsables de provocarnos determinadas emociones y estas
nos hacen actuar de una manera u otra. Así, según cuidemos nuestros
pensamientos, obtendremos unos resultados u otros (enfermedad o no enfermedad),
ya que estos derivan de las acciones que hayamos tomado.
En
estos últimos once años he podido constatar un hecho del que seguro habrás oído
hablar. ¿Cuántas veces ha llegado un enfermo leve a un hospital, ha ingresado y
ha muerto en poco tiempo? Por el contrario, ¿en cuántas ocasiones, personas que
padecían enfermedades mortales se curaron sin explicación aparente?
En el
primer caso, los enfermos están solos. No tienen a nadie. Para ellos, la vida
carece de significado. Nada les motiva. Los otros, por el contrario, están
rodeados de sus familiares y amigos. Tienen una causa para vivir y
responsabilidades. Esto les impulsa a poner de su parte para mejorar. Se
esfuerzan en recuperarse porque la vida tiene sentido para ellos.
Seguramente
habrás conocido algún caso como este que he visto con frecuencia el de las
personas que viven solas y tienen alguna mascota que depende solo de ellas.
Cuando los dueños ingresan en un hospital, en la mayoría de los casos mejoran
con mayor rapidez que otras personas que están peor que ellos. En ocasiones,
llegan incluso a superar enfermedades diagnosticadas como mortales.
No
quiero decir con todo lo expuesto hasta ahora que podamos esquivar a la muerte.
Pero míralo de esta manera sí podemos vivir más y mejor. Podemos aceptar que el
origen de muchas enfermedades radica en su naturaleza emocional.
Tras mi muerte clínica, indagué
sobre la relación entre la salud y las emociones. Louis L. Hay, pionera de los
libros de autoayuda y crecimiento personal, señala en su libro Usted puede Sanar su vida que «el cuerpo, como todo en la vida, es un espejo de
nuestras ideas y creencias. El cuerpo está siempre hablándonos; solo falta que
nos molestemos en escucharlo».
En Obedece a tu Cuerpo. Ámate, la escritora canadiense Lise
Bourbeau explica que «las
causas más comunes de la enfermedad son las actitudes y emociones negativas, la culpabilidad, la búsqueda de atención y la
utilización de la enfermedad para evitar una situación desagradable».
Descubrí
que eso fue lo que me ocurrió. Mi cuerpo estaba enfermo porque mi mente creó un
ambiente interior enfermo. La negatividad fue expandiéndose por todo mi ser. A
través de la enfermedad, mi cuerpo me envió una señal de alarma. Debía cambiar
mis pensamientos, afrontar la vida y mis emociones.
Es
cierto que todos queremos estar sanos, pero a veces permitimos que nuestros
pensamientos creen la situación idónea para el desarrollo de la enfermedad.
Nuestro
cuerpo es un espejo de nuestra mente. Todo cuanto esta piensa, se refleja en él
y, como consecuencia, lo que sentimos. Cada célula de nuestro ser responde a
cada uno de nuestros pensamientos y produce en nuestra salud un efecto positivo
o negativo.
Cada
enfermedad encierra una lección que hemos de aprender. No son momentos de
queja, victimismo ni de sentir culpa. Yo lo hice y enfermé aún más, hasta el
último aliento.
¿Conoces
el dicho «El cuerpo grita lo que la boca calla»? Para eliminar las causas que
originaron en nosotros alguna enfermedad o bien para evitarlas, debemos entrar
en la habitación oscura de nuestro interior donde comenzó el proceso. Una vez
ahí, comprobarás que lo único a lo que te enfrentas es a un pensamiento. Cambia
el pensamiento y desaparecerá la emoción que te llevó a perder tu salud.
Los
sentimientos negativos matan. Lo he visto. El rencor, el resentimiento, el
odio, la tristeza, la falta de amor a uno mismo, la culpa, el victimismo...
Estas emociones causan graves daños a nuestra salud. A mí me mataron. Primero
enferma tu espíritu. Después, tu cuerpo.
Para
evitar que esto ocurra, necesitamos tres acciones cambiar nuestra forma de
pensar, perdonar y aprender a amarnos y aceptarnos. Para combatir la raíz
emocional de las enfermedades, debemos trabajar con el amor en todas sus formas
de expresión el perdón, la tolerancia, el respeto y la comprensión hacia uno
mismo y hacia los demás.
Sustituye
tus creencias negativas que provocan la manifestación de enfermedades por
sentimientos positivos que fortalecen tu salud. No basta con pensar que mereces
ser feliz y vivir bien. ¿Sabías que solo somos conscientes
del 5 % de la información que nos llega del exterior? El otro 95 % queda
almacenado en el subconsciente. Repite cada día todas las bondades que
te mereces hasta que tu subconsciente lo acepte como válido.
Cuando regresé de mi gran viaje, comencé a cambiar mis
pensamientos. Consolé y mimé a la niña herida que habitaba en mi interior. Hoy
puedo afirmar sin miedo a equivocarme que el amor a mí misma, el perdón, el
amor y la fe en mi propio poder creador y en la existencia de un Espíritu
Universal me curaron. Soy una privilegiada. Lo sé. Hay niños que mueren y otras
personas no tuvieron ni tendrán una segunda oportunidad como yo la tuve. Pero
también sé que todo tiene un porqué, aunque no hayamos alcanzado aún el nivel
suficiente de evolución para comprenderlo. Puede que algún día tengamos todas
las respuestas. O puede que no. Quizá no conocer nunca la solución de todas las
cuestiones forme parte del misterio de la vida.
En mi
experiencia en los hospitales como acompañante, en los grupos de apoyo y
asociaciones de enfermos, he conocido a cientos de personas con todo tipo de
dolencias. En muchos casos me parecía injusto y cruel el sufrimiento que
padecían. ¿Por qué tanto dolor? No tengo la respuesta. Pero puedo afirmar con
rotundidad que aquellos enfermos que afrontan su situación de manera positiva y
con aceptación se recuperan con mayor facilidad. Y si no logran sanar, se
despiden de la vida en paz. Para la mayoría de médicos que he conocido es un
hecho constatado.
Los milagros ocurren cada día. El
poder de que sucedan reside en nuestro interior y en los pensamientos. Llena tu
vida de significado. Crea experiencias que perduren para siempre y que formen
parte de tu historia e identidad. Atesora los momentos felices en tu memoria
para volver a emocionarte siempre que los recuerdes. Recordar es volver a
vivir.
El reloj continúa avanzando con su
tictac acompasado hacia un final
inevitable. Por eso es tan importante aprovechar los momentos que pasan y nunca
regresarán. Así, cuando el tictac deje de sonar, podremos sentirnos felices por
haber vivido de forma plena.
TRISTEZA DE AMOR
La
muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme,
siempre estaré contigo. -Isabel Allende
¿Conoces
este hermoso poema escocés para despedir a un ser querido?
Puedes
llorar porque se ha ido
o
puedes sonreír porque ha vivido;
puedes
cerrar los ojos y rezar para que vuelva
o
puedes abrirlos y ver todo lo que ha dejado;
tu
corazón puede estar vacío porque no lo puedes ver
o
puede estar lleno del amor que compartes;
puedes
llorar, cerrar tu mente, sentir el vacío,
dar la
espalda o puedes hacer
lo que
le gustaría
sonreír,
abrir los ojos, amar y seguir.
Si hay
un miedo igual o mayor a nuestra muerte es la de nuestros seres queridos.
Cuando
perdemos a alguien a quien amamos, en el fondo lo que duele es la ausencia. Es
un acto egoísta, pero natural. Sentir dolor nos humaniza. Nunca más volveremos
a escuchar la risa de la persona querida, oler su piel, sentir el tacto de sus
manos, el calor de su abrazo, escuchar su voz... Es devastador. Puedes sentir
como si tu corazón se partiese literalmente en miles de fragmentos. El latir de
tu vida se detiene de golpe mientras la Tierra sigue girando.
Incluso
para quienes tenemos la certeza de que esa persona prosigue su vida en otro
plano y que su espíritu ya no está en ese cuerpo, la pérdida es aniquiladora.
El vacío, insondable. La desolación parece no tener fin. No hay palabras que
puedan explicar el dolor que experimentamos cuando perdemos a un ser querido.
No
podemos evitar lo inevitable, pero podemos elegir cómo vamos a sobrellevar la
pesada carga emocional.
Si has
vivido esta experiencia, seguramente alguien te dijo para consolarte que a la
persona que perdiste no le gustaría ver cómo sufres. Pero no sentiste alivio.
En los momentos de pérdida, no hallamos consuelo en las frases de aliento de
los demás. Sin embargo, ayuda el hecho de que otras personas se preocupen por
ti y estén a tu lado en momentos tan transcendentales.
La raza
humana necesita compartir. Es en los peores momentos de nuestra existencia
cuando se manifiesta el poder del amor genuino, sin aditivos. ¿Cuántas veces la
muerte de un ser querido ha servido para darnos cuenta de a quiénes les
importamos de verdad? Compartir el dolor reduce el peso del cargamento
afectivo.
Este
hecho no solo se da entre los humanos. Impresiona ver cómo viven el duelo
algunos mamíferos como las ballenas, elefantes, delfines e incluso algunas
aves. El psiquiatra Sigmund Freud afirmaba que el hombre es el único animal
sobre la faz de la Tierra consciente de la muerte. Por el contrario, las
últimas investigaciones con algunos mamíferos y aves desacreditan la hipótesis
del ilustre doctor.
Mientras
viví en Costa Rica y durante algunos de mis viajes a este país, he presenciado
varios casos de muerte en la selva de diversos tipos de animales. Los más
interesantes son los relacionados con primates. Es conmovedor ver cómo sufren y
expresan su dolor con llanto y dándose muestras de consuelo entre ellos.
El caso
que más me impactó tiene que ver con el llamado mono aullador, también conocido
como congo. Había oído hablar de sus ritos fúnebres. Hasta que un día lo vi.
Una manada de diecinueve miembros se reunió en torno al difunto. Entre lamentos
y sollozos, entonaron un cántico fúnebre. Un sobrecogedor ritual funerario.
Cuando mi padre murió, muchas
personas trataron de consolarme con las frases típicas. Sé que lo hacían con
todo el cariño del mundo, pero ninguna me aliviaba. Hasta que alguien dijo algo
que me hizo sentir algo diferente «Siéntete orgullosa de haber sido la hija de alguien
tan especial. Eres muy afortunada. Yo nunca conocí a mi padre. ¡Qué suerte la
tuya!».
Yo era
afortunada... Mi padre acababa de morir y era una privilegiada. En medio de
aquel sufrimiento atroz, sentí paz por primera vez. No conocía a aquella
persona de nada, pero fue como un bálsamo para mi alma dolorida.
Mi
duelo no fue natural. La primera fase duró demasiado tiempo. Yo tenía
veinticuatro años recién cumplidos. «Las lágrimas son adictivas», suele decir
Laura. El sufrimiento también es dolor no gestionado. Cuando tenemos miedo a
enfrentar la vida, nos encogemos como niños asustados. No nos atrevemos a
permitirnos ser como somos. Eso me ocurrió a mí. No pude o no quise afrontar
mis emociones. Lo fácil era culpar de la muerte de mi padre al mundo y a Dios,
si es que existía.
Una vez leí una frase del médico y
psicoterapeuta Alfred Adler que me encantó «No sufrimos por nuestros traumas, sino que los
aprovechamos para nuestros fines». Con el tiempo comprendí que era
cierto. En los momentos duros, lo más sencillo es quejarse y vivir como una
víctima. Lo complicado es desafiar cara a cara la realidad, por difícil que
esta sea. No es cuestión de ir de «duros» por la vida, más allá de nuestros
límites, ya sean físicos, mentales o emocionales. Es peligroso traspasar
nuestras limitaciones. Podríamos rompernos en pedazos. Eso fue lo que me
ocurrió.
Me
esforcé en sufrir. Podría haberlo hecho en vivir. Creo que el coste de energía
habría sido el mismo, pero no lo hice. Y, por ello, el camino que transité fue
muy largo y penoso. La no aceptación de la muerte de mi padre impidió que
avanzara como persona. Me recluí en un mundo interior lleno de demonios, miedos
y soledad. El infierno existía. Estaba dentro de mí.
Con el
tiempo, aprendí a recordarlo con amor y no desde el rencor hacia el mundo
cruel. Sentirnos dichosos por haber sido amados por esa persona que ya no está
aquí es un privilegio.
No
quiero que vivas un duelo como el mío. Hemos de llorar la muerte de quienes
amamos. Pero nunca olvides que tú eres la persona a la que más has de amar. Es
totalmente cierto que el amor empieza por uno mismo. No es una frase hecha. No
es un cliché. No es un tópico. No puedes dar lo que no tienes. Si no te amas,
¿cómo vas a dar amor a nadie?
No pude
o no quise superar la muerte de mi padre. Tuvieron que pasar muchos años hasta
que lo acepté. Hoy vivo feliz con su recuerdo. Me siento muy orgullosa de ser
su hija. Tengo mucha suerte por haberlo tenido como padre. Era pura bondad. El
hombre más humilde y honesto que he conocido. Muchas personas no pueden decir
lo mismo de su padre. Sí, soy una privilegiada.
¿Cómo
superar la muerte de un ser querido?
En 1969 se describieron por primera
vez las cinco etapas de duelo, que fueron propuestas por la psiquiatra
Elisabeth Kübler-Ross en su
libro Sobre la
muerte y los moribundos. Según ella, el recorrido que se transita para sanar la pérdida de un
ser querido pasa por las fases de la negación, ira, negociación, depresión y
aceptación.
Se
trata de un proceso de aprendizaje donde finalmente asumiremos que es posible
convivir con esta pérdida y continuar en una realidad en la que este familiar
ya no estará.
He
comprobado que estas etapas no suceden en el orden mencionado, sino que vamos y
venimos de ellas hasta finalmente aceptar la muerte como un hecho inevitable de
la vida. Son muy diferentes las reacciones y los tiempos de cada persona
durante el duelo. Cada uno procesa la información negativa de una forma
específica.
Cuando
alguien se entera de la enfermedad terminal o muerte de un ser querido, su
primera reacción es negar la verdad de esta noticia desoladora. En esta etapa
se rechaza la realidad de la situación. En realidad, es un mecanismo de defensa
cuyo objeto es buscar mitigar la conmoción producida por la nueva realidad.
Así, solo permite entrar en nosotros el dolor que estamos preparados para
soportar. En esta fase se dicen frases como «Esto no me puede estar pasando a
mí».
La
negación sirve para calmar el peso total del golpe. En este primer momento, nos
sentimos incapaces de continuar adelante. No podemos creer que no veremos nunca
más a la persona que amamos, pero poco a poco, con el tiempo, el doliente
comienza a darse cuenta de lo sucedido.
Si la
persona que ha sufrido la pérdida permanece durante largo tiempo en ella, puede
llegar a perjudicar su salud física y mental gravemente. Al no soportar lo
ocurrido, no es capaz de enfrentarse a la pérdida y avanzar. Tal fue mi caso
como he explicado antes.
La etapa de la ira aparece cuando ya no es posible negar
esta muerte y se manifiesta la realidad de la pérdida. Dirigimos esa
rabia hacia aquellos que creemos que son los causantes de la pérdida, de forma
directa o indirecta. A veces, canalizamos la rabia hacia nosotros mismos en
forma de culpabilidad por no haber estado el tiempo suficiente con quien ya no
está. Podemos llegar a odiarnos si creemos que no hicimos lo suficiente por ese
ser querido mientras vivió o si estábamos peleados cuando murió.
Castigarte
por lo que no hiciste bien o por lo que hiciste mal respecto a esa persona,
solo te perjudica a ti, en el plano físico y emocional. Guarda el látigo y deja
de fustigarte. No puedes cambiar el pasado, pero puedes aprender de él para ser
mejor persona y evitar sentirte igual de mal contigo mismo en las pérdidas que
puedas sufrir en el futuro.
La
tercera etapa del proceso del duelo es el regateo. Llega cuando vamos
afrontando la realidad en la que estamos. Somos conscientes de que el tiempo
pasa y la ausencia continúa presente. En este periodo comenzamos a imaginar
nuestra vida sin la persona que ya no está junto a nosotros. Barajamos
diferentes alternativas para sobrellevar la pena. La mente busca los caminos
posibles para encontrar la armonía.
La
tristeza o depresión es un estado que en ocasiones se vive a lo largo de todo
el proceso o bien se manifiesta transcurrido un tiempo. Al principio del duelo,
los familiares y amigos te acompañan por un espacio de tiempo. Quienes viven
lejos, te llaman a diario para animarte. El dolor se lleva mejor con las
muestras de cariño de estas personas que se ocupan de que estés lo mejor
posible.
Al cabo
de los días, cada uno vuelve a su vida. Las llamadas o mensajes disminuyen. Es
cuando puede caer sobre ti el peso de la soledad y sufrir una crisis de
tristeza o incluso depresión. Tienes derecho a llorar y sentirte impotente.
Tienes derecho a sentir dolor y expresarlo. Permítete ser vulnerable, pero recuerda
que, si las lágrimas son adictivas, la tristeza también lo es.
Es un
estado natural del proceso, pero del grado en que lo experimentes dependerá tu
estancamiento o el avance hacia el momento de admitir la pérdida.
La
etapa de la aceptación llega cuando la ausencia se ha convertido en cicatriz,
pero no duele. Esa marca siempre te acompañará a lo largo de tu vida. Sin
embargo, el recuerdo no te impedirá ser feliz.
No
percibas nunca la muerte como un castigo, sino como parte de la vida.
En la
vida hemos de experimentar procesos que requieren de dolor, pero no podemos
quedarnos eternamente ahí. Nuestra responsabilidad es levantarnos cuando caemos
y proseguir adelante. La lluvia cesa, la tormenta se aleja, la oruga se
transforma, y tú debes entender que eso que sucede solo es un proceso que de la
noche te llevará al amanecer. Las muertes de mis seres queridos y enfermos a
los que acompañé encierran lecciones muy valiosas que me han ayudado a crecer
para convertirme en una persona con más humanidad.
Si
estás sufriendo una pérdida, ten presente que lo mejor siempre está por llegar.
Respira y confía. Todo pasará. La paz interior llevará la paz a tu vida
exterior.
Gracias a mi amiga Laura conocí un
relato que me ayudó mucho a trabajar mi paciencia en todos los ámbitos de mi
vida. Puede que ya conozcas el cuento La isla de los sentimientos de Jorge Bucay. Si no lo has
leído, espero que te ayude tanto como me ayudó a mí. Y si lo conoces, nunca
está de más recordar qué sentimiento es nuestro mejor amigo en los peores
momentos.
La
isla de los sentimientos
Érase
una vez una isla donde habitaban todos los sentimientos la ALEGRÍA, LA
TRISTEZA, y muchos más, incluyendo el AMOR. Un día, se les fue avisado a los
moradores de la isla que esta se iba a hundir.
Todos
los sentimientos se apresuraron a salir de la isla, se metieron en sus barcos y
se prepararon para partir, pero el AMOR se quedó porque quería estar un rato
más en la isla a la que tanto amaba antes de que se hundiese.
Cuando
por fin estaba ya casi ahogado, el AMOR comenzó a pedir ayuda.
En eso
venía la RIQUEZA, y el AMOR le dijo
—RIQUEZA, ¡ay, ay, llévame contigo!
—No puedo. Hay mucho oro y plata en mi barco, no tengo espacio para ti.
Él le
pidió ayuda a la VANIDAD, que también venía pasando
—¡Ay, VANIDAD! ¡Por favor, ayúdame!
—No te puedo ayudar, AMOR. Tú estás todo mojado y vas a arruinar mi barco
nuevo.
Entonces, el AMOR le pidió ayuda a la TRISTEZA
―TRISTEZA, ¿me dejas ir contigo?
―¡Ay, AMOR! Estoy tan triste que prefiero ir solita...
También
pasó la ALEGRÍA, pero ella estaba tan alegre que ni oyó al AMOR llamar.
Desesperado,
el AMOR comenzó a llorar, ahí fue cuando una voz le llamó
―Ven, AMOR. ¡Yo te llevo!
Era un
viejito, pero El AMOR subió al bote y empezaron a remar para alejarse. No pasó
mucho tiempo antes de poder ver como el último centímetro de la isla se hundía
y desaparecía para siempre. AMOR olvidó preguntarle su nombre. Al llegar a
tierra firme, preguntó a la SABIDURÍA
―¿Quién era el viejito que me trajo aquí?
Entonces
la SABIDURÍA lo miró largamente a los ojos y respondió
―Es el único capaz de conseguir que el amor sobreviva cuando el
dolor de una pérdida le hace creer que es imposible seguir. Es el único capaz
de darle una nueva oportunidad al amor cuando parece extinguirse. El que te
salvó, AMOR, es el TIEMPO...
ESTE LADO DEL PARAÍSO
A los
que creen ciegamente en la ciencia les diría que nunca subestimen la ciencia
del futuro, la que nos descubrirá que lo sobrehumano y el más allá serán
también ciencia, aunque ahora mismo no lo puedan ver. La ciencia no es
inamovible ni absoluta. Está creada por humanos y, por lo tanto, no es
perfecta. Los científicos actuales deberían abrir su mente sin esperar a que
algo sobrenatural llegue a sus vidas.
Comencemos
este capítulo ilustrándolo con la siguiente metáfora.
Parábola de los dos gemelos
En el vientre de una mujer embarazada se encontraban
dos bebés. Uno pregunta al otro
―¿Tú crees en la vida después del
parto?
―Claro que sí. Algo debe existir después del parto. Tal vez estemos aquí porque
necesitamos prepararnos para lo que seremos más tarde.
―¡Tonterías! No hay vida después
del parto. ¿Cómo sería esa vida?
―No lo sé, pero seguramente habrá
más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros propios pies y nos alimentemos
por la boca.
―¡Eso es absurdo! Caminar es
imposible. ¿Y comer por la boca? ¡Eso es ridículo! El cordón umbilical es por
donde nos alimentamos. Yo te digo una cosa la vida después del parto está
excluida. El cordón umbilical es demasiado corto.
―Pues yo creo que debe haber
algo. Y tal vez sea solo un poco distinto a lo que estamos acostumbrados a
tener aquí.
―Pero nadie ha vuelto nunca del
más allá, después del parto. El parto es el final de la vida. Y, a fin de
cuentas, la vida no es más que una angustiosa existencia en la oscuridad que no
lleva a nada.
―Bueno, yo no sé exactamente cómo
será después del parto, pero seguro que veremos a mamá y ella nos cuidará.
―¿Mamá? ¿Tú crees en mamá? ¿Y
dónde crees tú que está ella?
―¿Dónde? ¡En todo nuestro
alrededor! En ella y a través de ella es como vivimos. Sin ella, todo este
mundo no existiría.
―¡Pues yo no me lo creo! Nunca he
visto a mamá, por lo tanto, es lógico que no exista
―Bueno, pero, a veces, cuando
estamos en silencio, tú puedes oírla cantando o sentir cómo acaricia nuestro
mundo. ¿Sabes? Yo pienso que hay una vida real que nos espera y que ahora
solamente estamos preparándonos para ella...
Pero
¿existe la muerte realmente? ¿Qué opina la ciencia al respecto?
Los testimonios de quienes han
regresado de una muerte clínica son atribuidos por muchos médicos a la
medicación. Sin embargo, están datados casos en los que las personas no estaban
medicadas, como yo. En otros casos argumentan que la hipoxia, estado de deficiencia de oxígeno en la sangre, crea la
ilusión del túnel de luz, encuentro con familiares fallecidos, seres
luminosos... Entonces, ¿por qué son similares los relatos de los adultos y de
los niños, incluso menores de cuatro años, que han regresado de una muerte
técnica?
Por
otra parte, pienso que la ciencia nos ha permitido avanzar en prolongar la
vida, pero aún sabe muy poco sobre cómo prepararnos para morir mejor. La
ciencia actual aún tiene mucho que aprender y replantearse, incluyendo el
concepto de humildad.
La muerte fue y continúa siendo uno
de los grandes tabúes de nuestra cultura. Creo que no debemos descartar lo que no vemos. A lo largo de la historia se han dado miles de casos
de «resucitación» inexplicable de la que han sido testigos médicos de todo el
mundo.
Veamos
un par de ejemplos asombrosos de personas declaradas técnicamente muertas y que
revivieron. Uno de los casos más sorprendentes y sin explicación para los
médicos es el de Lorna Baillie. En el año 2012, cuando tenía 49 años, volvió a
la vida tras casi una hora clínicamente muerta después de que sufriera un
infarto masivo. Trataron de reanimarla sin éxito durante tres horas.
A los 45 minutos de retirarle el
soporte vital, su marido, John Baillie, de 58 años, se acercó a ella y le dijo
«Lorna, vuelve. Te amo». Entonces, la mujer comenzó a parpadear y ocurrió lo imposible.
Las dos
hijas de Lorna estaban presentes, junto a su cama, preparadas para la
despedida. La enfermera que los acompañaba no quiso dar falsas esperanzas a la
familia y les dijo que era una reacción normal después del esfuerzo de
reanimación prolongado. Según dijo, se trataba de movimientos involuntarios.
La
señora Baillie continuó recuperándose. Pese a ello, los médicos advirtieron a
su marido de que no podía tener suficiente actividad cerebral para llevar una
vida normal. En cambio, todas las pruebas médicas revelaron que no presentaba
daños cerebrales.
El
personal sanitario que la asistió continúa sin hallar una explicación.
El
director del hospital donde sucedió explicó que era poco probable que la mujer
sobreviviera, porque sus funciones vitales se habían deteriorado seriamente y,
sin embargo, lo había hecho. Este tipo de recuperaciones es extremadamente
rara.
Otro
caso sorprendente es el de Dylan Askin en Derby, Inglaterra, ocurrido en abril
de 2016. A este niño de dos años los médicos le diagnosticaron una rara
enfermedad por la que tenía los pulmones cubiertos de cáncer. El pequeño
empeoró hasta que finalmente quedó en coma. Los médicos creyeron que no
sobreviviría, ya que sus analíticas así lo indicaban. Los padres, ante la
terrible noticia, decidieron desconectar al pequeño del soporte vital.
Entonces, Dylan empezó a moverse y despertó.
El niño superó su enfermedad y se encuentra en perfecto estado.
Estos
son solo una minúscula muestra de todos los casos que se dan con más frecuencia
de la que muchos creen.
Como ya
dije, tras mi experiencia me enfoqué más en ayudar a enfermos mortales y
terminales. No sentía gran interés por indagar acerca de este tipo de sucesos
extraordinarios. Sin embargo, la vida atrajo y continúa atrayendo hacia mí a
personas con vivencias muy parecidas a la mía. Es curioso. Nuestros espíritus
se reconocen entre ellos al haber estado en el mismo lugar. Al cabo de un rato
de charla, o incluso sin contarnos nada, descubrimos que ambos hemos
experimentado un viaje semejante.
En general, sus seres queridos
aceptan como auténtico lo que les narran sobre lo vivido en el otro lado. A ellos no les importa el cómo,
sino que su familiar o amigo ha regresado de entre los muertos. Sin embargo,
los afectados suelen sentirse incomprendidos cada vez que cuentan lo que les
ocurrió a alguien que está fuera de su entorno. Muchos les objetan que se trata
de alucinaciones e incluso los llaman locos. Como consecuencia, sienten
vergüenza y guardan silencio sobre lo ocurrido, ocultando un secreto que
debería ser compartido para transmitir un mensaje de esperanza al ser humano.
Por
fortuna, cada vez son más las personas que ya no tienen miedo de dar el paso y
declarar que han vivido una Experiencia Cercana a la Muerte en cualquiera de
sus variantes para compartirlo con la humanidad.
Respecto
a los casos que he conocido personalmente, algunos son testimonio de una
experiencia vivida en el proceso de un coma o de muerte clínica. Otros, duraron
solo unos instantes durante un accidente de tráfico u otro tipo de incidente.
Todos
ellos hablan de la liberación del alma y de cómo dejan de sentir dolor al
abandonar su cuerpo. Los que llegaron más lejos, hasta la antesala, siempre
fueron recibidos por algún familiar o ser querido. Muchos de quienes estuvieron
menos tiempo, tal y como lo concebimos en la Tierra, vieron desfilar su pasado
ante sí. Exceptuando algunos casos de personas que sintieron mucha angustia y
desasosiego, la mayoría describe haber experimentado un estado de bienestar y
paz nunca conocidos hasta ese momento.
No solo
para mí sino también para muchos profesionales de la ciencia y de la medicina
existen evidencias de que la vida no acaba con la muerte, aunque la ciencia no
lo pueda demostrar. Algunas personas necesitan ver para creer. ¿Esperarán a que
la ciencia lo demuestre? ¿No has visto morir un alma, solo cuerpos? ¿Acaso
significa eso que el alma no existe? ¿La vida es el comienzo y la muerte es el
final?
Quienes
hemos tenido una cita con la muerte consideramos ambos como nacimientos. Al fin
y al cabo, todos los días mueren millones y millones de nuestras células.
Biológicamente, todos los días morimos un poco y renacemos.
El
doctor Juan José López Martínez cree que los ECM (Experiencias Cercanas a la
Muerte) son etiquetados de alucinaciones de forma gratuita. Este cirujano,
especializado en medicina de emergencias y catástrofes, trabajó durante 25 años
en el servicio de Urgencias del Hospital español Santa María del Rosell de
Cartagena (Murcia). Fue el primer médico español al que una administración
sanitaria permitió ejercer la terapia regresiva con sus pacientes para tratar
fobias y diversas dolencias con notable éxito.
Fue así
cómo conoció a muchos pacientes que habían vivido experiencias de muerte
clínica. Esto es lo que contesta el doctor Juan José López Martínez al
preguntarle sobre el asunto «Lo impresionante es que todos ellos, el cien por
cien, relatan lo mismo. De pronto, comienzan a hablar de su carcasa física como
algo externo a ellos. Dicen “Mi cuerpo está muerto, no respira” o “Todavía
respira, pero le queda ya muy poco”. Entonces les pregunto dónde se encuentran,
y responden que están a cierta altura sobre su cuerpo o bien a un lado del
mismo. Acto seguido, simplemente les digo que avancen en su relato y cuentan
que están viendo una luz maravillosa al fondo o a una serie de seres que emiten
una luminosidad de indescriptible belleza. Repito que esto les ocurre a todos
los individuos, independientemente de su religión o cultura de procedencia.
Incluso los que no creen en nada o desconocen absolutamente todo sobre este
tipo de cuestiones hablan de lo mismo que están viendo su cuerpo y una luz al
fondo, o a unos seres luminosos que vienen a recibirlos».
Respeto
profundamente a la ciencia, pero pienso que el método científico no debe estar
reñido con la espiritualidad. La misma creencia que rechaza estas experiencias
fue la misma que no pudo dar explicación científica a mi recuperación
asombrosa.
Para
muchos científicos no hay conciencia sin cerebro. Si el cerebro no funciona, el
ser humano tampoco. Sin mente es imposible la vida. Estoy de acuerdo en que no
puede darse, tal y como la vivimos en este plano terrenal. Sin embargo, no
comprendo cómo se puede negar la existencia de algo por el mero hecho de que no
hay pruebas. No podemos descartar sin más lo que no vemos. Creo que la labor de
la ciencia en este campo es de gran importancia. Aunque no pueda hoy demostrar la
existencia de un cuerpo inmaterial que sobrevive al físico, no quiere decir que
no exista. Tener una mente abierta a la posibilidad sería un gran paso para la
humanidad.
La
historia de la ciencia está repleta de hombres y mujeres a los que la sociedad
de entonces señaló como locos. Algunos de ellos murieron sin ser reconocidos;
otros, amargados o en manicomios. Galileo Galilei es todo un símbolo su defensa
de que la Tierra giraba alrededor del Sol, lo que contradecía la creencia de
que la Tierra era el centro del Universo, le llevó a ser acusado de herejía por
la Iglesia.
Por último, quiero hacer referencia
al primer estudio a gran escala sobre Experiencias Cercanas a la Muerte la
investigación AWARE. Iniciada en 2008 por un equipo de
científicos de la Universidad de Southampton, en el Reino Unido, analizó a 2060 pacientes en muerte clínica por paro
cardíaco. Biológicamente, tenían todos los síntomas de la muerte y
sobrevivieron. La investigación se llevó a cabo en quince hospitales del Reino
Unido, de Norteamérica y de Europa. El estudio AWARE usó una sofisticada
tecnología de análisis del cerebro y la conciencia humanos durante las paradas
cardiorrespiratorias.
En la
actualidad, las técnicas de reanimación cardíaca han ayudado a que el número de
testimonios de este tipo aumente. La investigación indica que la conciencia se
da durante tres minutos tras la pérdida de latido, a pesar de que se considera
que el cerebro deja de funcionar tras veinte o treinta segundos después de
producirse la parada cardíaca.
Entre
sus hallazgos, los científicos destacaron los siguientes en un comunicado de la
Universidad de Southampton. En primer lugar, que los temas relacionados a la
experiencia de la muerte parecen ser mucho más amplios de lo que hasta entonces
se había contemplado, pues van más allá de las Experiencias Cercanas a la
Muerte.
Por
otra parte, se constató que, en algunos casos de paro cardíaco, los recuerdos
de conciencia visual compatibles con las llamadas experiencias extracorporales
o extracorpóreas (sensación de estar flotando proyectado fuera del cuerpo)
pueden corresponderse con hechos o situaciones reales.
Los
científicos subrayan que esta circunstancia podría darse en un porcentaje más
alto de pacientes del registrado, ya que muchos de estos no recuerdan nada tras
la resucitación por el efecto sobre los circuitos de la memoria, de lesiones
cerebrales o de la sedación.
Asimismo,
los investigadores afirman que los términos científicos usados para describir
las «experiencias cercanas a la muerte» o «experiencias extracorpóreas» podrían
no ser suficientes para describir la verdadera experiencia de morir y su
diversidad.
Concluyen
que los resultados obtenidos confirman que «la muerte no es un momento
específico, sino un proceso potencialmente reversible que ocurre después de
cualquier enfermedad o accidente grave, y hace que el corazón, los pulmones y
el cerebro dejen de funcionar», explica el doctor Sam Parnia, autor principal
de la investigación.
Parnia es profesor asistente de
medicina de cuidados críticos en la Universidad Estatal de Nueva York, donde
dirige el proyecto de investigación «Resurrección» (Resuscitation Research) y es miembro de la unidad de
medicina pulmonar y cuidados críticos de la Universidad de Cornell en Nueva
York. Es conocido por ser un relevante experto en la investigación de las
Experiencias Cercanas a la Muerte.
«Ahora
sabemos que existen personas que han vuelto a la vida tres, cuatro, cinco horas
después de que murieron, y pudieron llevar una buena calidad de vida», explicó
Parnia. Agrega que la mayoría de personas consideran que el ataque cardiaco es
un sinónimo de muerte. Pero no es necesariamente el último umbral.
En
general, las sensaciones relatadas por pacientes que han superado la muerte
clínica (como abandonar el cuerpo, levitar, miedo extremo, serenidad total,
seguridad, calidez, absoluta disolución o la visión de una gran luz al final
del túnel o de seres que, según las creencias de cada individuo, suelen
identificarse con Dios, los ángeles, familiares fallecidos, etc.) han hecho que
se le dé al proceso de morir una perspectiva espiritual e incluso paranormal.
El estudio AWARE ha tratado de aportar una respuesta científica a este
respecto.
El
hecho de que hoy por hoy no comprendamos estas experiencias sobrenaturales
relacionadas con la muerte no quiere decir que no existan. El ser humano tendrá
algún día más respuestas. Será una mezcla de ciencia y espiritualidad. Somos
materia, pero también tenemos un cuerpo espiritual. Creo que ambos factores son
los que la ciencia, tarde o temprano, deberá contemplar. De hecho, cada vez son
más los médicos y científicos que aceptan que existe una vida más allá de esta.
O al menos que la muerte no existe como tal. Es solo el final biológico de
nuestro cuerpo físico en este lado del paraíso.
ESCALERA AL CIELO
El
verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible. - Oscar Wilde
Carmen escuchó con mucha atención mi relato del otro lado. De vez en cuando me sonreía maravillada. Otras, cerraba los ojos tratando de imaginar cada detalle de cuanto le contaba.
No pudo
evitar mostrar una honda tristeza cuando le expliqué en qué estado llegué a la
clínica. «Elegí sufrir. Fue mi elección. Afrontar el dolor es de valientes.
Sufrir es regodearte en tu propia miseria. Tomé el camino más fácil», le dije con pesar.
―Dios cogió tu sufrimiento y lo transformó en algo hermoso.
Siempre supo lo que hacía contigo ―susurró―. Me alegro tanto...
Le expliqué que, durante mi
estancia en el
otro lado, los
conceptos del tiempo y el espacio, tal y como lo entendemos los humanos,
desaparecieron. Continué con el encuentro inesperado con mi amiga María y cómo,
cuando estaba a punto de cruzar aquella pared de luz blanca deslumbrante,
aparecieron de repente aquellos seres que irradiaban AMOR en estado puro.
Al
instante, sentí una fuerte conexión con ellos, como si fueran familiares o los
conociera desde siempre. Pero no se trataba de ninguno de estos casos. Aún me
sentía aturdida por todo lo que estaba aconteciendo, pero no tenía miedo. Me
sentía a salvo con ellos. ¿Quiénes eran?
Eran
ocho y tenían el aspecto de seres humanos. Guardaban mucho parecido entre sí.
Calculo que medían alrededor de 1.80 metros. Su tez era blanca, los ojos verdes
y el cabello rubio liso. Vestían todos iguales un traje de dos piezas blanco,
sin ningún tipo de añadidos como botones u otros. La expresión de sus rostros
transmitían confianza y tranquilidad.
El que
se hallaba en el centro, se acercó a mí hasta que estuvimos frente a frente. Me
di cuenta entonces de que era de menor estatura que los demás (unos 10
centímetros menos) y tenía el cabello ondulado.
―¿Vienes? ―preguntó con voz amigable y serena, sin abrir la boca.
No fue
una comunicación verbal. Escuché su voz en mi pensamiento.
―¿Dónde estoy? ―pregunté confusa.
Yo
también podía conversar con ellos de la misma manera.
Hablábamos
a través de una forma de pensamiento telepático. Así fue como se estableció la
comunicación entre todos a partir de ese momento. Se trataba de algún tipo de
pensamiento o conciencia no material, pero era muy parecida a la forma de
entendimiento que poseemos en la dimensión terrenal.
Me
invitó a seguirlos. Él y yo íbamos en primer lugar y el resto se movía detrás
de nosotros. Es muy difícil describir cómo nos desplazábamos. Por un lado,
sentía que me movía flotando, pero por otra parte notaba como si tuviera un
cuerpo con cabeza, piernas y brazos, pero los sentía de manera diferente a
cuando estás en un cuerpo físico en la Tierra. Sentía que tenía un cuerpo con
forma humana pero que no era material.
Me
acompañaron hasta un ascensor. Mi guía me invitó a entrar. Ellos se quedaron
fuera. La emoción que sentí al viajar a aquella velocidad tan vertiginosa era
como la de ir en una montaña rusa a la velocidad de la luz. Tras el cristal del
techo observaba cómo atravesaba un camino de luces refulgentes. En ningún
momento sentí miedo. ¿Estaba atravesando el cosmos? A aquella velocidad era
difícil saber si lo que veía eran estrellas y planetas, pero tenía la sensación
de viajar a través del universo.
El
ascensor frenó. Ellos me esperaban cuando se abrieron las puertas.
Nos
encontrábamos en las escaleras que llevaban a la primera planta de la casa
donde vivía entonces. Era extraño estar en mi casa con otros muebles y las
paredes pintadas de un color diferente. Una mujer, su marido y su hijo pequeño
jugaban con un cachorro de perro.
De
repente, el salón y la familia se desvanecieron. Abajo había muchas personas
llorando. Era un funeral. Reconocí a los asistentes. ¡Eran de mi familia! Volé
deprisa hacia ellos. No comprendía qué estaba ocurriendo. Vi a mis hermanos y a
más familiares llorando sin consuelo alrededor de un ataúd. ¿Dónde estaba mi
madre? Miré por todas partes, pero no la vi. Tuve una impresión horrible.
Presté atención para poder escucharlos. ¡Se trataba de mi madre! ¡Yo había
muerto dos días antes!
Fue
cuando tomé plena conciencia de estar muerta. No lo había pensado en ningún
momento.
Entonces
mi guía se acercó a mí. Fue como contactar con una fuerza energética muy
poderosa que solo desprendía armonía y un amor inmenso. Me tendió sus manos y
las entrelazó con las mías. ¡Qué reconfortante!
El
viaje no se detenía ahí. En la próxima parada contactaría con la persona que
estaba a punto de quitarse la vida.
He
conocido a más personas que han tenido una experiencia muy parecida a la mía.
También tuvieron un encuentro con seres muy parecidos físicamente a los que yo
vi. Todos me hablan de que tenían, al igual que yo, un guía.
Algunos
de ellos consideran que eran ángeles sin alas. Otros, seres espirituales o
celestiales. No tengo la respuesta a esta cuestión.
Nunca
hasta entonces había oído hablar de estos seres, pues no me habían interesado
las experiencias relacionadas con la muerte. No creía en ningún tipo de Dios ni
Inteligencia Superior en ninguna de sus manifestaciones. Era muy escéptica en
todo lo relacionado con este tema.
Cambiamos de casa y, un año
después, la mujer que vivía en ella y yo nos conocimos por casualidad. Me
invitó a merendar a su casa. Me presentó a su marido y a su hijo. Eran los
mismos que vi estando en el otro lado. El perro ya no era un cachorro. Todo estaba
exactamente igual a como lo vi durante mi gran viaje. Los muebles, la decoración...
Era una
mujer muy especial. Irradiaba una vibración muy alta, alegría y serenidad.
―Era como si esta casa me hubiera estado esperando desde siempre.
¿Sabes a qué me refiero? ―me preguntó con la cara iluminada por la felicidad.
Claro
que lo sabía.
Cada
vez que miro atrás veo mi vida en una secuencia donde los momentos encajan a la
perfección.
A veces
sueño cómo hace miles de millones de años un gigantesco meteorito cayó en la
zona donde tanto tiempo después se levantó la pequeña clínica donde morí. El
fuerte impacto originó un enorme hueco en la tierra que quedó vacío esperando y
esperando a que llegasen un día unos hombres y construyesen el edificio. La erosión a causa de los elementos de la naturaleza y el Universo
confabularon para que el terreno fuera el idóneo para levantar ese centro
médico. Todo se desarrolló de tal manera para que el momento exacto de mi
muerte se diera allí, aquel día en aquella hora. Es como si aquel meteorito,
hace miles de millones de años, cayese aquel día del calendario cósmico para
que hoy sea quien soy.
Creo que en nuestro pasado todo
tuvo su porqué y encaja de manera armónica. No hay ninguna pieza suelta o fuera
de lugar en el puzzle de la vida.
GRACIAS A LA VIDA
Te diré
algo de lo que sí hay constancia absoluta hay vida antes de la muerte. Sin
embargo, estar vivo no es lo mismo que vivir. La vida no vivida es una
enfermedad de la que podemos morir.
¿Sabes
cuál es el gran secreto para no tener miedo de la muerte? No temer a la vida.
Vivir
es una aventura fascinante. La clave de llevar a cabo
nuestras posibilidades radica en creer que el tiempo no es una amenaza, sino un
regalo. Lástima que tantas personas malvivan como ovejas en un redil
supuestamente confortable. Yo prefiero salirme del camino que recorre la
mayoría y explorar los senderos ocultos. Quiero subir hasta la cima de una
montaña y que el cielo me regale un paisaje fascinante. Siempre quise ser
astronauta y, de alguna manera, lo soy. Puedo ver el mundo desde arriba, con
mis ojos nuevos.
Mi vida
siempre ha consistido en la búsqueda incesante de la seguridad, la paz interior
y la felicidad, así como el deseo de tenerme a mí misma para ayudar a los
demás. Apenas era una adolescente y ya anhelaba entonces con todas mis fuerzas
algo que sentía muy lejos de poseer. ¿Fue una premonición? ¿Era mi destino?
Al fin
puedo disfrutar de los regalos de cada día y enfrentarme a las adversidades
porque ya encontré el camino que me conduce a lo que íntimamente busqué por
océanos y lugares remotos de este planeta desde que era pequeña. Ha sido un
camino largo, muy largo. Pero ha merecido la pena.
¡Me
alegro tanto de haber nacido y vuelto a nacer!
Hasta
hace unos años mi mente era muy estrecha. Aparte de mis valores e ideales, yo
solo creía en todo aquello que fuese demostrable. Rechazaba sin titubear
cualquier cosa de la que no existiesen pruebas.
Tuve que estar en el otro lado para comprender lo equivocada que
estaba. ¿Si algo no se puede comprobar significa que no existe? La respuesta es
no. Esta nueva actitud me sirve para entender muchas cosas que antes eran para
mí inadmisibles. ¡Incluso yo era inadmisible para mí!
Hoy
acepto que soy como soy. Creo que esa es la llave mágica para que mi mente se
abra cada día más a los misterios que el Universo nos regaló para ser
descubiertos. Sí, la vida es como una especie de acertijo. Y a mí me encantan
los pasatiempos.
A
veces, me gustaría parar a alguien por la calle y preguntarle ¿Cuándo estuviste
contigo a solas por última vez? ¿Cuándo disfrutaste de verdad de ser tú mismo?
¿Cuándo fue la última vez que tuviste consciencia de estar vivo? ¿Experimentas
el «ahora»?
Adoro las nuevas tecnologías. Creo
que son una gran herramienta para avanzar en todas las dimensiones del ser
humano. Sin embargo, cuando observo a las personas que están todo el día
pegadas a sus smartphones, incluso estando solos con su pareja en un bar, pienso
que en realidad están ausentes. No viven el momento presente. No disfrutan del
amor.
Procuro
dedicar todo el tiempo que puedo a poner mi atención a las cosas hermosas de la
vida y a las personas que me rodean. Me gusta disfrutar de momentos de plena
conciencia sonreír por la calle a personas que no conozco, mirar al cielo
mientras paseo y suspirar con alegría, pensar en algo bonito mientras espero en
la cola del supermercado...
Trato
de evitar las informaciones tóxicas. Como su nombre bien indica, envenenan. Mi
salud mental está mejor cuanto menos pendiente estoy del bombardeo diario de
noticias negativas o superfluas. Eso no quiere decir que no esté informada. Es
cuestión de encontrar el equilibrio, como en todo.
En definitiva,
¡disfruto de estar viva!
¿Te has
preguntado alguna vez por qué estamos en este planeta?
Estamos
aquí para amar.
¿Y para
qué sirve el amor?
Para
ser feliz.
Es lo que aprendí de mi experiencia
en el otro lado y de los seres humanos antes de morir.
Había
estado en los lugares más oscuros y tenebrosos. Antes de morir, experimenté el
sufrimiento en su máxima expresión. Al regresar, comprendí el sentido de la
vida. Vinimos aquí para amar y conectarnos con otras personas. Para ser felices
dando y recibiendo amor. Para descubrir los misterios de nuestro planeta y del
cosmos que lo cobija. Para viajar hacia los océanos de nuestras profundidades y
escribir la más bella historia.
Viktor
Frankl, neuropsiquiatra y fundador de la logoterapia, sobrevivió a la tortura
de los campos de concentración. Él explicó que una experiencia traumática
siempre es negativa; sin embargo, lo que suceda a partir de ella depende de
cada persona. En nosotros reside el poder de levantarnos de nuevo cuando
caemos, renacer a partir de nuestras cenizas o, por el contrario, rendirnos.
El psiquiatra y psicólogo Carl Gustav Jung establece la similitud del ser humano con el ave Fénix porque esta
criatura fantástica muere. Él crea las condiciones necesarias para fallecer
porque sabe que de sus propios restos surgirá una versión de sí misma mucho más
poderosa.
Recuerda
hay vida antes de la muerte.
Para
ser feliz, los pretéritos pluscuamperfectos no sirven de nada. ¿Qué hubiera o
hubiese pasado si...? Lo que pasó, pasó. No vivas atado a tu pasado. Quizá
fuiste derrotado y tienes miedo serlo de nuevo; conseguiste algo y temes volver
a perderlo.
Vive el
ahora. Tu presente es una materialización de tus pensamientos y acciones del
pasado. ¿Deseas un futuro feliz? Si hoy tomas las decisiones adecuadas, haces
todo lo mejor que puedes, cuidas tus emociones y eres feliz, todo cuanto vives
hoy se materializará en el futuro. Tendrás entonces una vida plena, resultante
de tu vida actual.
¿Cómo
no tener miedo de la muerte? ¿Cómo no temer a la vida?
Camina
con entusiasmo hacia tu destino tantas veces soñado.
Necesitamos
entusiasmo a la hora de crear nuestra realidad para resolver y afrontar las
situaciones diarias. Somos creadores. Somos creativos. Creamos nuestra
realidad.
La rutina te impide a veces desvelar los secretos de la vida.
Atrévete a descubrir qué hay detrás de lo que miras todos los días por
costumbre. El mundo está rodeándote. ¿Cuántas veces al día le prestas atención?
El entusiasmo, junto con todo
aquello que te hace feliz y te aleja del miedo, están en el laboratorio de
alquimia que se halla en tu yo interior.
Ten una
cita contigo y disfruta de tu compañía como lo harías con la persona amada.
Mira al firmamento y eleva tu corazón hasta él. Déjate querer y, cuando menos
te los esperes, las musas acudirán a ti disfrazadas de todas las maneras
imaginables la pregunta de un niño a su madre cuando pasan por tu lado; la
canción que suena en un bar y te hace vibrar; una pareja de ancianos que se
miran enamorados con las manos entrelazadas; el propio resonar de tus pisadas
asemejándose a alegres pasos de baile; sentir los cálidos colores de la tarde
en tu rostro...
No
caigas en la espiral de las excusas para no hacerlo. ¿Te has dado cuenta de que
las personas menos activas física y mentalmente son las que más se quejan de
sentir cansancio? En cambio, las más dinámicas parecen no desfallecer nunca,
precisamente porque están en movimiento y la energía genera a su vez más
energía.
Las
condiciones climáticas, la falta de tiempo, molestias físicas... Todo ello son
pretextos a los que se agarra tu mente para mantenerte en el ámbito de lo
conocido. Lo cómodo es vivir por inercia y no enfrentarse a los miedos y tal
vez la infelicidad. Tu mente, para protegerte, siempre elegirá que continúes
viviendo de forma desdichada antes que enfrentarse a una vida nueva
desconocida. Tu entendimiento actúa en modo supervivencia, aunque ello
signifique sacrificar tu felicidad. ¿De veras estás dispuesto a tal
sufrimiento?
Si
sientes que eres una persona desgraciada, has de saber que es mucho más difícil
ser una persona desdichada que afortunada. La vida es más sencilla de lo que
pensamos. Es nuestra mente quien lo complica todo. Yo tuve que morir para darme
cuenta. Tú estás a tiempo de no tener que llegar hasta tal extremo. No importa
la edad que tengas ni cuáles sean tus circunstancias. No hay excusas. No te
autoengañes sé la persona que eres y no la que quieren los demás que seas.
Todas
las semanas, al menos un día, ¡queda contigo! O un rato todos los días.
Reforzará tu autoestima porque te demostrarás a ti mismo que no necesitas de
nadie para disfrutar de una cita en la mejor compañía la tuya. ¡Sal ahí fuera!
Disfruta de la bondad de una sonrisa, del sol o de las estrellas. Sé feliz
viendo a tus semejantes contentos, goza de las maravillas de la vida y aléjate
de todo aquello que afecte a tu bienestar.
No
sentir entusiasmo por vivir es estar muerto en esta vida.
Al poco de regresar del otro lado, sentí la necesidad imperante de
transmitir mi experiencia de la forma que más deseaba escribiendo. Miedos
irracionales me impedían hacerlo. Pero ahora comprendo que la vida tenía un
plan para mí. Debían transcurrir algunos años de aprendizaje para compartir mi
historia y poder entregar mi mensaje al mundo y así poder ayudar a quienes
temen morir. Pero primero debía aprender la lección del amor a uno mismo. No se
puede dar lo que no se tiene.
Intento
tener una cita conmigo todos los días. Sube mi vibración, eleva mi espíritu y
hace que me sienta mucho más positiva y con más energía para afrontar las
tareas del día y las adversidades inesperadas.
De
igual manera, tú puedes hacerlo si de verdad quieres tener una vida mejor y
solucionar temas pendientes y tomar decisiones acertadas. También sirve si
quieres planear proyectos o necesitas nuevas perspectivas para tu negocio o
temas familiares, de pareja... Tú estarás mejor y quienes te rodean, tus
familiares y compañeros de vida, también lo estarán. Y la espiral negativa se
romperá.
Tenemos
el poder de romper el círculo vicioso de nuestras vidas. Muchas personas no dan
un paso al frente por pereza y prefieren quedarse en casa haciendo lo mismo de
siempre en sus ratos libres, aunque no les satisfaga. ¿En serio quieres una
vida así?
La
persona más importante en tu vida eres... ¡Tú! Por lo tanto, disfruta de cada
momento contigo.
Pero
¿cómo actuar en los malos momentos?
Bajas de golpe de un nivel a otro y
de pronto echas de menos aquel estado de euforia. Puede que pienses que jamás
volverás a sentir lo mismo y puede que sea verdad. Pero la cuestión es ¿podré
ser feliz a pesar de todo? ¿Podré llegar a bajar el nivel de exigencia que tengo
en cuanto a la felicidad y vivir con menos? ¿Podré ser ecologista en cuanto a
las emociones?
Son
grandes preguntas que creo hay que afrontar siempre con optimismo y valor. Eso
es clave.
En la gran película Cadena Perpetua hay un momento en el que los actores Morgan Freeman y
el Tim Robbins hablan sobre las ventajas e inconvenientes de la esperanza en un
lugar rodeado de muros.
El
personaje de Morgan Freeman dice que la esperanza allí dentro es muy peligrosa,
que puede acabar con un hombre. El preso, interpretado por Robbins, lo niega y
replica que precisamente es lo que le mantiene vivo y añade «En la vida tienes
dos opciones esforzarte en vivir o esforzarte en morir».
Desde
nuestro punto de vista parece evidente que nos esforzamos en vivir, pero hay
muchas personas en el mundo que no son felices. No saben si esforzarse en vivir
o en morir.
Nuestro
ánimo no es constante y no es conveniente tomar decisiones en un mal momento.
Es mejor esperar y valorar esas determinaciones con calma y sabiduría.
Imagínate tratando a tu yo interior
de forma más condescendiente, sin esa necesidad
de ser perfecto en
todo momento. A
veces, el perfeccionismo puede ser una cárcel para uno mismo. Nadie espera de ti que seas perfecto. Al menos, no la
gente que te quiere de verdad.
Tal vez los jefes de tu trabajo sí
que lo esperan, pero ellos quizá no te quieren de forma afectiva. Para ellos
solo eres un número que produce más números. No
te valores según sus tablas. Mejor dicho no intentes valorarte según las tablas ajenas.
La única tabla que
vale es la
tuya. No caigas en la trampa de los «objetivos por incentivos» u «objetivos por permanencia».
El límite tiene que ser tu
bienestar. Haz todo lo que esté a tu alcance en el trabajo, haz bien tu labor, pero solo
tanto como te sea
posible dentro
de tu bienestar. Si para hacer bien un trabajo has de perturbar tu calma, es que has llegado demasiado
lejos.
Hay días en los que yo también
tengo que repasar las lecciones sobre los límites. Por eso, el sufrimiento en
sí mismo nunca es malo, porque al final llegas a un límite que te hace parar en
el camino y reflexionar. Lo mismo pasa con el placer. Por ejemplo, en mi caso
fue con el tabaco si llegas al límite te das cuenta de lo dañino que es llegar al
límite en cualquier cosa.
El límite me hizo dejar el tabaco. Alcanzar el límite es, muchas veces, lo mejor que nos puede pasar.
Recuerda siempre a los que te quieren de verdad no les importa que tropieces.
Solo quieren saber que los necesitas para que te puedan ayudar. Les da igual que no seas
perfecto. Les importa que seas feliz.
La
incomodidad de hoy será tu comodidad mañana. Lo que uno puede ser, debe ser.
¿Recuerdas
los arrepentimientos de quienes van a morir? ¿Te gustaría ser uno de ellos?
Seguro que no. El poder que está dentro de ti es muy superior a cualquier temor
que se te presente. Ten el valor y el coraje de hacerle caso a tu corazón. Sé
generoso contigo mismo y cumple tus sueños.
No
olvides que en el viaje de la vida, tal y como nos enseñan quienes van a morir,
no hay paisaje más hermoso que el de las personas que amamos.
Por
último, recuerda que las enseñanzas de la vida nunca se acaban. Cada día es un
día nuevo para aprender. Tú y yo somos nuevos cada día.
Sigue
mirando al cielo porque lo que estás buscando en el Universo también te está
buscando a ti.
EPÍLOGO
Cada
año, celebro con algunas personas muy queridas el día que regresé a la vida.
Festejo que renací del dolor. El sufrimiento me creó. Todos los días siento
como si fuera la superviviente de un naufragio.
La vida
puede llegar a ser aterradora, pero ahora sé que podemos salvarnos aferrándonos
a nuestros sueños. Cualquier día puede ser el último. Hago que cada minuto
valga la pena. Me reconcilié con el mundo, pero sobre todo conmigo misma.
Durante años busqué con desesperación mi lugar en el mundo. Mi experiencia
mortal me enseñó que yo era mi lugar en el mundo. Yo soy mi hogar.
Ahora
sé que el verdadero misterio es vivir. Somos creaciones divinas, seres de luz.
La muerte es una compañera de viaje que te lleva a un lugar mejor.
La gran
mayoría de mis familiares desconoce esta historia. Lo sabrán todo por este
libro. A mi madre se lo conté poco antes de escribirlo. Yo no morí y, en consecuencia,
ella tampoco.
Al fin
entendí que las personas a las que amamos tienen derecho a saber de nuestras
amarguras. No podemos privarles de la oportunidad de despedirse de nosotros si
se acerca nuestra hora final.
Tras el
suceso iba con mucha frecuencia a la pequeña clínica donde ocurrió todo. Me
encantaba visitarlos y compartir con ellos mis progresos y crecimiento
personal. Les gustaba que les contara hasta el último detalle de todo lo que vi
que hicieron ellos mientras trataban de reanimarme. Establecí una relación muy
especial con la enfermera con la que estuve en el último instante antes de
morir y que me dio la bienvenida al renacer.
Mi
corazón estaba perfecto. No había sufrido lesiones de ningún tipo y, al cabo de
un tiempo, los médicos suspendieron los seguimientos de su estado. Sin embargo,
a ella le divertía mucho hacerme un electrocardiograma cada vez que nos
veíamos. Cuando me entregaba el papel con los resultados siempre me decía entre
risas «Mira, dice que estás enamorada de la vida».
A raíz
de lo que me sucedió, la clínica renovó sus instalaciones y adquirió más
maquinaria médica, como un electrocardiógrafo. Un día me contó la enfermera que
gracias a él evitaron el infarto de una mujer viuda que era mayor. Esta perdió
a su yerno que no tenía hermanos y después a su hija, también única. Ambos
murieron a causa de un cáncer. Tenían cuatro niños pequeños y ella, la abuela,
era quien los estaba criando.
Los
caminos de la existencia humana son misteriosos...
Me
trasladé de lugar de residencia y pasé cinco años sin verlos. Un día volví a la
ciudad para ir al centro médico. Quería verlos de nuevo a todos, sobre todo a
la enfermera. La clínica ya no estaba. En su lugar, un jardín de infancia. Era
la hora del recreo. Los pequeños jugaban felices. Por un momento, pude escuchar
mis gritos de sufrimiento en aquel lugar tiempo atrás, pero los niños los
apagaron con sus risas. ¡Al fin era libre del dolor del recuerdo de aquel día!
¿Recuerdas
las cartas que escribí para mis seres queridos? Las quemé una noche en la
playa. A veces, antes de quedarme dormida, escucho el crepitar de las llamas y
veo con los ojos cerrados cómo el papel arde hasta quedar reducido a cenizas.
Con esta última imagen, mi ser descansa para prepararse al nacimiento de un día
más.
Una vez
viajé hasta el país de origen de Carmen. Fui al cementerio donde está enterrada
junto con su marido, su hija y sus nietos. Estoy segura de que ella siempre
supo por los detalles de mi relato que la mujer misteriosa y sus hijos eran en
realidad su hija y sus nietos. Nunca me dijo nada. Ahora comprendo el porqué de
aquella chispa de divinidad en sus ojos antes de morir.
Todos
los días pienso en su hija Rebeca y en los niños. No la olvido, tal y como ella
me pidió. Nunca serán olvidados. No morirán mientras yo viva y alguien piense
en ellos mientras lea este libro.
¿Quieres
saber si llegué a conocer a la persona por quien regresé? ¿Acaso crees que el
Universo no me daría esa oportunidad? ¡Recuerda, la vida es mágica!
Esa
persona creyó que le salvé la vida. Pero no es así. Ella salvó la mía.
TÍTULOS
CANCIONES DE LOS CAPÍTULOS
El
lamento de los narcisos (Daffodil lament), de The Cranberries.
Cánticos
de la tierra lejana (Songs of Distant Earth), de Mike Oldfield.
La
edad del cielo, de Jorge Drexler.
El instante,
de La sonrisa de Julia.
Quédate
junto a mí (Stand by me), de Ben. E. King.
A
través del universo (Across the universe), de The Beatles
La
danza del tiempo, de Chambao.
Un
cielo lleno de estrellas (A sky full of stars), de Coldplay.
Aunque
no te pueda ver, de Álex Ubago.
Bonito,
de Jarabe de Palo.
Km
0, de Ismael Serrano.
Las
costuras del alma, de El Barrio.
Volverte
a ver, de Juanes.
Time Lapse, de Michael Nyman.
Sin
miedo, de Rosana.
Tristeza
de amor, de Hilario Camacho.
Este
lado del paraíso (This Side Of Paradise), de Bryan Adams.
Escalera
al cielo (Stair to heaven), de Led Zeppelin.
Gracias a la vida, de Violeta Parra.
MUCHAS
GRACIAS POR LEER ESTE LIBRO
Muchas gracias por el tiempo que le
has dedicado a leer 24 Minutos en el otro lado. Espero que mi Experiencia Cercana a la Muerte y las
lecciones que aprendí al renacer te sirvan para no temer al más allá y disfrutar de la vida que mereces.
Espero de corazón haberlo conseguido.
Si quieres compartir conmigo tu experiencia, hacerme alguna sugerencia
o consultarme alguna duda, envíame un mail a info@tessaromero.com
y te contestaré encantada.
También puedes visitar mi web http//tessaromero.com/
Aprecio tus comentarios y me
gustaría conocer tu opinión sobre este libro.
¡Muchas
gracias y vive la vida de tus sueños!
Tessa
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