LA CIENCIA DEL ÚLTIMO UMBRAL (2025) por Álex Gómez-Marín

 



LA CIENCIA DEL ÚLTIMO UMBRAL (2025)

DR. ÁLEX GÓMEZ-MARÍN

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IGUA ARS-GRATIA POR KOS D’ASTURIES (2026)

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CONTENIDO

DEDICATORIA - PRÓLOGO - PREFACIO - 1. MI EXPERIENCIA CERCANA A LA MUERTE - 2. EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE (ECM) -  3. EVIDENCIAS Y POSIBLES EXPLICACIONES - 4. IMPLICACIONES - 5. LAS CUATRO ESTACIONES... DE LA SUPERVIVENCIA DE LA CONSCIENCIA - 6. CUENTOS CUÁNTICOS - 7. ¡PSEUDOCIENCIA! 8. LA HERIDA FUNDACIONAL DE LA CIENCIA - 9. EL NACIMIENTO DE LA CIENCIA DE LA CONSCIENCIA - 10. LA MENTE EXTENDIDA - 11. INTELIGENCIA ARTIFICIAL - 12. EL CEREBRO PERMISIVO - 13. UNA CIENCIA DE LO IMPOSIBLE - 14. QUE LA CIENCIA NO SE CONVIERTA EN LA NUEVA RELIGIÓN - 15. ESTO ES SOLO EL PRINCIPIO - EPÍLOGO - Apéndice. CASI TODO LO QUE SIEMPRE QUISISTE SABER SOBRE LA MUERTE... (Y NUNCA TE ATREVISTE A PREGUNTAR) - AGRADECIMIENTOS -  REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS – NOTAS - SOBRE EL AUTOR - OPINIONES

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 DEDICATORIA

Para Laura, mi compañera de Vida.

 

 PRÓLOGO

La formación de la licenciatura en Medicina y Cirugía se fundamenta en el método científico cartesiano–newtoniano.

El método científico se estructura con estos principios: ontología materialista, dualismo, localidad, temporalidad y determinismo, valorando al ser humano como cuerpo, materia y mente. Todas las actividades mentales anímicas se definen como un epifenómeno del cerebro. El cerebro se considera productivo de la actividad mental.

Con esta visión materialista, la muerte física supone el fin de la existencia.

Sin embargo, la descripción de experiencias cercanas a la muerte de pacientes diagnosticados de muerte clínica por distintas causas y recuperados con medidas de reanimación cardiorrespiratorias y otros fenómenos trascendentes, como la telepatía, clarividencia, precognición, vivencias místicas, psicoquinesia, lucidez terminal y vivencias de los moribundos, entra en colisión con los principios del método científico.

El estudio en profundidad de las experiencias cercanas a la muerte evidencia fenómenos objetivos valorables y con base científica, junto a otros trascendentes que sugieren la existencia de una consciencia con continuidad fuera del cerebro y que definimos como consciencia no local, espíritu o supraconsciencia, que persiste después de la muerte física.

¿Será necesaria una nueva concepción del ser humano con estas características?

a.       El cerebro no solo es productivo, sino también permisivo de información que recibe de la supraconsciencia, como refiere la teoría de la reducción objetiva orquestada de Penrose-Hameroff, a través de los microtúbulos del microesqueleto de las neuronas, que actuarían como canales de transferencia de información cuántica.

b.      El ser humano es un ser espiritual; su auténtica identidad —durante un tiempo finito— se sitúa en un cuerpo físico en la dimensión humana. La muerte física no es el fin de la existencia.

Científicos de la talla de Álex Gómez-Marín, físico teórico y neurocientífico, y de Eben Alexander, neurocirujano, han vivenciado una experiencia cercana a la muerte, y no solo la definen como «hiperreal», sino que defienden públicamente su realidad, cuando antes de vivenciar esta experiencia las valoraban con escepticismo o las consideraban una alucinación.

Los pacientes que yo he tratado y recuperado de una muerte clínica y que han presentado una experiencia cercana a la muerte también refieren todos que es una vivencia real.

Como médico, he controlado estos pacientes durante años y he podido comprobar el profundo impacto psicológico que les ha causado la experiencia cercana a la muerte, con una nueva concepción existencial y un cambio importante en su dinámica vital, en su rol vital.

Este planteamiento establece un nuevo paradigma que ha provocado una oposición frontal de los científicos materialistas, físicos cuánticos, filósofos occidentales y teólogos cristianos, que lo califican de pseudociencia, con el propósito de descalificar los razonamientos que nos conducen a valorar la supraconsciencia, por no cumplir con los estándares de la ciencia.

Uno se pregunta si alguno de los opositores está sumergido en un cientifismo dogmático, al considerar la ciencia como el único medio para alcanzar el conocimiento. No hay que olvidar que hay aspectos que no se pueden justificar con la ciencia y que la consciencia es la gran paradoja de la ciencia.

Quiero recordar que hay teorías científicas originadas a partir de vivencias subjetivas.

Las experiencias cercanas a la muerte presentan fenómenos objetivables, pero también otros trascendentes no objetivables. ¿Puede la física cuántica aproximarnos a su comprensión y, por ende, entender la consciencia?

La física cuántica es la rama de la física que estudia el comportamiento de la materia y la energía a escalas muy pequeñas, los átomos y las partículas subatómicas.

El término átomo fue introducido por Demócrito, filósofo presocrático, al considerar la materia formada por unas partículas muy pequeñas indivisibles, y las denominó de esa manera.

Las partículas subatómicas actúan en el nivel más básico y fundamental del universo y son responsables de las propiedades y comportamiento de la materia.

La física cuántica es esencial para conocer el funcionamiento del mundo, pero parece que nadie sabe qué significa. Tenemos un conocimiento epistemológico, pero no ontológico.

Los principios de la física cuántica, el entrelazamiento cuántico, el colapso de energía a materia al mesurar o con la intervención de la consciencia, la superposición de estados, la coherencia cuántica, el principio de indeterminación y el efecto túnel, presentan cierta analogía, cierto paralelismo con fenómenos de la biología y la consciencia.

La biología cuántica se desarrolló a lo largo del siglo XX de forma interdisciplinaria entre la física cuántica y la biología molecular. Pascual Jordan, en 1943, introduce el término biología cuántica y, en 1944, la publicación de What’s life?, de Erwin Schrödinger, da inicio a la biología molecular.

Un gran número de procesos biológicos son cuánticos: la fotosíntesis, la ferritina, el olfato, la transmisión nerviosa a nivel de las sinapsis neuronales, las mutaciones genéticas y el movimiento migratorio de las aves.

El neurocientífico Karl H. Pribram demuestra que no es posible localizar la memoria y llega a la conclusión del cerebro holográfico.

Yong-Cong Chen descubre que la vaina de mielina de los cilindroejes neuronales emite fotones entrelazados, permitiendo difundir información a millones de neuronas en el mismo momento.

Los nuevos descubrimientos nos aproximan a la teoría de Penrose-Hameroff sobre la transferencia cuántica de información en la consciencia, duramente criticada en un principio.

Es evidente que nos falta mucho por conocer, pero, como define Álex Gómez-Marín después de una amplia exposición, si bien la física cuántica no explica de forma absoluta la consciencia, tampoco puede negar que pueda hacerlo.

Descartes, uno de los padres del método científico, estableció una separación, un abismo, entre ciencia y mente, y consideraba que la mente debía ser estudiada por la filosofía, la religión y la metafísica. Sin embargo, la física cuántica consigue que ciencia y mente se complementen, materia y espíritu tienen su símil en la onda-partícula.

Quiero hacer constar que estoy observando una aproximación entre ciencia y consciencia. Me han invitado a universidades, academias científicas y colegios profesionales, donde he podido comprobar un interés por la relación entre mente y consciencia. Ya no se interpreta como un tabú.

He realizado entrevistas a eminentes físicos cuánticos, filósofos occidentales y teólogos cristianos, que me han confirmado una aproximación de criterios.

Máximas autoridades religiosas con las que he mantenido reuniones, su santidad el papa Francisco y su santidad el dalái lama, me han exhortado a continuar con mi investigación y mensaje sobre las experiencias cercanas a la muerte.

Quiero expresar mi agradecimiento a Álex Gómez-Marín por el contenido de su libro. Con un profundo conocimiento, honestidad y gran valentía, afronta la relación mente-consciencia, con la particularidad de haber vivenciado una experiencia cercana a la muerte. Estoy convencido de que impactará a los investigadores materialistas y ayudará a muchas personas a poner en tela de juicio el gran egocentrismo que impera en nuestra sociedad.

¡Mi más sincera felicitación!

Doctor MANUEL SANS SEGARRA
Cirujano
Barcelona, 2025

PREFACIO

Soy un científico que casi muere. Alguien que regresó del umbral y decidió contar lo que vio.

Aquello me hizo replantearme lo que creía que sabía y me abrió a un mundo desconocido y fascinante. Esta es mi historia y mi intención es contarla para que cuente —darle voz a la ciencia de estas experiencias—. Para que dejen de ser mudas. Para que veamos más allá.

En marzo de 2021 tuve un sangrado en el estómago y, tras días en el hospital, vi la luz al final del túnel. En realidad era un pozo. Yo miraba hacia arriba. Tres figuras me esperaban en el otro lado. Intuía sus lindos rostros a contraluz, una luz dorada, casi divina. Sabía a quiénes pertenecían esas figuras y para qué estaban allí. Estaba en paz. Tenía una consciencia clara de lo que sucedía. Venían a recibirme y también a ayudarme a cruzar. Yo tenía la certeza de que si aceptaba su ayuda saldría del pozo y moriría. Decidí volver. Fueron los siete segundos (si es que el tiempo tiene sentido en ese umbral) más transformadores de mi vida.

Esa visión —que algunos prefieren llamar sueño, o incluso alucinación— no fue real; fue hiperreal. Los que hemos estado al final del túnel, entre la vida y la muerte, lo sabemos.

Los que (aún) no han estado allí pueden tomar prestada nuestra palabra. Se la regalamos para que hagan con ella lo que consideren. Deberán incluso cuestionarla. Algunos irán más allá y la negarán (o, peor, la ridiculizarán). No pasa nada, pues tarde o temprano tendrán la oportunidad de comprobarlo por ellos mismos. Todos moriremos algún día, aunque nos esforcemos en olvidar esta certeza.

Tardé meses en recuperarme física, vital y emocionalmente. Salí del hospital transfigurado. Había perdido trece quilos en quince días. Se me transfundieron varios litros de sangre. Durante semanas, incluso meses, no me reconocía en el espejo.

No sé muy bien por qué, ni recuerdo exactamente cuándo, pero empecé a contar mi experiencia cercana a la muerte a mis familiares y amigos más cercanos. Supongo que para poder asimilar lo que me había pasado. Decidí también tratar de integrar esa experiencia en mi vida profesional, no solo en lo personal. Me hice dos preguntas claves: ¿qué dice la física sobre lo que viví en el pozo?, ¿qué dice la neurociencia de mi experiencia?

Acudí a estas disciplinas por dos razones. En primer lugar, por su incomparable potencia a la hora de estudiar los secretos de la materia y de la mente. En segundo lugar, porque son los campos de conocimiento en los que me he formado como científico y en los que he trabajado intensa e ininterrumpidamente durante años —tengo un doctorado en Física Teórica y soy también neurocientífico—. Sorprendentemente, dos de las «disciplinas reinas» de la ciencia actual apenas tenían algo que añadir a lo que me pasó en el umbral. ¡¿Cómo es eso posible?! La física tiene muy poco que decir (más tarde entenderemos por qué). La neurociencia, a su vez, dice que no hay nada que ver (veremos qué es lo que calla). La ciencia que conocía parecía ciega, sorda y muda ante la gran pregunta: ¿sobrevive algo de mí y de ti a la muerte del cuerpo físico?

Seguí adelante. Aquello lo cambió todo. Me vi ante un mundo por descubrir…, un mundo que me transformó. Subí esa experiencia transformadora a mi cabeza (la de la ciencia) y la bajé a mi corazón (el de la vida). Esas preguntas dejaron de ser simples curiosidades o temas «muy interesantes» para convertirse en algo sumamente importante, incluso urgente. Algo de verdad, transformador. Empecé así un viaje fascinante que me ha llevado por tierras insospechadas a través de «los márgenes de la consciencia» hacia una «ciencia de lo imposible», y que ahora quiero compartir contigo. Insisto: quiero contarlo para que cuente; darle voz para que tengamos voto. Lo pasaremos bien, aprenderemos cosas y, si tenemos suerte, algo bonito sucederá dentro de nosotros.

Esta es mi historia. Soy un hombre que ha pisado el «más allá» y ahora lo investiga desde el «más acá», sin miedo, con fascinación, con agradecimiento. Soy un científico que ha puesto su credibilidad al servicio de lo desconocido. Alguien cuya ofrenda es rendir su intuición, intelecto e imaginación en el altar de la consciencia. Para que la ciencia esté al servicio de lo humano. Para poder navegar estos tiempos convulsos de conflicto material y espiritual.

No traigo una ciencia de certezas absolutas (más bien lo contrario). En vez de eso, te ofrezco ignorancia de mejor calidad. Tampoco vengo con un cesto de esperanzas, pues no creo que la ciencia deba convertirse en la nueva religión.

Te invito a acompañarme en este viaje a lo desconocido.

Barcelona, julio de 2025



1. MI EXPERIENCIA CERCANA A LA MUERTE

Era un domingo cualquiera. O quizás no. 21 de marzo de 2021, inicio de la primavera. Me sentí débil durante todo el día, como si mi corazón hiciera grandes esfuerzos para irrigar la sangre por mi cuerpo. El día anterior había vomitado tras una comida fuera de casa. No le di mayor importancia. Pensé que el vino me había sentado mal. Fue un error confundirlo con mi propia sangre.

Al caer la tarde del domingo estaba claro que algo iba muy mal. Fui al baño varias veces. Entendí que aquello no era vino. Mi mujer no dudó en llamar a una ambulancia. Yo proteste con timidez, con ese tópico estúpido «no hace falta, estoy bien».

La ambulancia se demoró. Y además se perdió. Entonces vivíamos en medio del campo y no era fácil saber exactamente nuestra dirección (la casa no tenía calle ni número). Junto con mis dos hijas, mi mujer me llevó en coche a una rotonda desangelada donde la ambulancia me esperaba. Me despedí de las tres de una forma imprecisa, como alguien que dice adiós sospechando que se va por largo tiempo, pero sin maletas.

Qué atardecer tan sombrío viví en el largo trayecto hasta llegar al hospital. En seguida me pasaron a una sala aparte. Tras unas breves pruebas innecesariamente invasivas, decidieron concederme la pulsera del «todo incluido». Pasé allí la noche, expectante, sin saber todavía el qué (ni el cómo, ni el porqué), compartiendo habitación con un hombre mayor que roncaba como un tren de mercancías.

Al día siguiente, lunes por la mañana, vino la doctora especialista en digestivo. Después de comprobar que seguía haciendo «melenas» (un tipo de deposición compuesta de sangre digerida o, dicho en plata, mierda asquerosamente pestilente proveniente del infierno), estaba claro que había una fuga de sangre en algún lugar de mi tubo digestivo. No sabíamos más. Casi todo era una incógnita y algo de misterio.

Es normal sangrar hacia afuera, ocasionalmente, cuando uno se hace una herida. Pero, al parecer, mi cuerpo lo estaba haciendo hacia adentro y sin cesar. Estaba dejando escapar la vida. ¿Acaso también simbólicamente? Sigo meditando sobre el significado oculto de la sangre (derramarla puede ser un crimen, pero también un acto de culto o sacrificio; el «sagrado oficio»). No sabría cómo explicarlo, pero intuyo que algo en mí había decidido poner en marcha este terrible proceso para mi propio beneficio…

Empezamos con la procesión alopática de pruebas a ciegas que, en última instancia, me salvaría la vida. Si la medicina es una ciencia, no es del todo exacta. Gastroscopia el lunes. Todos queríamos pensar que, con suerte, sería una úlcera y que, simplemente, la cauterizarían (quemando el vaso sangrante para cerrarlo) y se solventaría el asunto. Pastillitas digestivas recetadas de por vida y todos contentos (las farmacéuticas y yo). Pero nada, no encontraron nada sospechoso en mi estómago.

Al volver de la prueba era la hora de comer. Me trajeron pollo. Lo comí con ansia, pues no había cenado nada la noche anterior. Esa misma tarde, creo recordar, fui al baño, excreté melenas en estallido y, acto seguido, me desmayé. Las enfermeras ya me habían advertido de no cerrar la puerta con pestillo. Suelo ser obediente en lo aparentemente irrelevante. Me desperté de una bofetada allí mismo sentado en el váter. Sentí que regresé de algún lugar… Experimenté que despertaba, pero al revés, como quien se queda dormido en un sueño. Mi consciencia se trasladó de repente de vuelta al hospital desde un espacio mental remoto pero familiar. Me sorprendí al encontrarme allí, en el baño, de nuevo. Era como si en el fondo yo perteneciera también a ese otro mundo, en lugar de solo a este.

Con cierto alboroto me llevaron en brazos a la cama entre varias personas. Para mitigar el desmayo, me pusieron las piernas en alto. «¡No me quiero morir, tengo dos hijas pequeñas!», dije llorando, cogiendo de la mano a una de las enfermeras, mientras ella me miraba fijamente a los ojos por encima de la mascarilla y por debajo del pañuelo que le cubría el pelo. Recuerdo que tenía acento extranjero. Ya no me dejarían levantarme más de la cama (ni para hacer mis necesidades). Me pasaría casi dos semanas tumbado. Es increíble como uno se olvida incluso de andar cuando no se practica.

Ella (olvidé su nombre) y otras enfermeras maravillosas me acompañaron atendiéndome discreta y amorosamente durante varios días en el hospital. También recuerdo con agradecimiento e inusual admiración la labor de aquellas que me limpiaban el culo mañana, tarde y noche (mientras a los políticos se les llena la boca, también mañana, tarde y noche). Ellos salen en los telediarios a bolsillos llenos, mientras ellas sostienen en sus espaldas y en sus corazones el edificio quebrado de la sanidad pública.

Este incidente fue el primero de una serie de experiencias en «los márgenes de la consciencia» que viviría en el hospital, un lugar extraño que se convirtió en inesperado laboratorio personal de lo intangible, hibridando de forma poco glamurosa pero sumamente noble lo inmanente con lo transcendente.

Mi mujer había conseguido visitarme (con mi hija de diecinueve meses) ese mismo día por la mañana. Toda una hazaña que solamente ella, valiente, hábil y determinada, podía conseguir. Las reglas de la pospandemia prohibían la entrada a familiares. Por «seguridad» los pacientes debían afrontar lo desconocido de su infirmitas en soledad. Me cuesta entender esa suerte de cruel indiferencia —en el mejor de los casos, pues en ocasiones intuyo que es francamente malévola— del sistema respecto a lo que un paciente en realidad necesita, además de suero, gasas y un televisor a monedas.

De todos modos mi mujer consiguió, no sé muy bien cómo, estar conmigo en la habitación, día tras día y noche tras noche. También tuve suerte de que las salas de pruebas, los quirófanos, y la unidad de cuidados intensivos (que días después visitaría) estuvieran reabiertos tras su cierre durante otra ola de la famosa plaga pocas semanas antes.

Al día siguiente, martes, creo que probamos con isótopos, una prueba atípica para determinar si el problema estaba en mi intestino delgado en vez de en mi estómago. Es un procedimiento de diagnóstico en el que, tras beber bario, se utiliza una máquina de rayos X para tomar imágenes del intestino a medida que el contraste lo atraviesa. Yo empezaba ya a estar frágil. La prueba se me hizo larga y tediosa. Tampoco encontraron nada.

Por suerte, el dolor no fue mi compañero de habitación. Sí lo fue la incertidumbre creciente ante un incidente que, a menudo que pasaban los días, se hacía más preocupante al ir descartando tímidamente opciones a medida que me seguía desangrando por dentro. Iba contando las bolsitas de transfusión según me las iban trayendo. Ese oro líquido de la vida está a la par con los enigmas alquímicos de transmutación más fascinantes. Resulta que soy donante universal (mi sangre es la más preciada y la más escasa). En pocos días corría por mis venas más sangre de otros que mía. No sé qué pensar al respecto.

El miércoles, si mal no recuerdo, me mandaron a una gastroscopia de nuevo. No encontraron nada. Eso sí, esta vez presté especial atención a la breve pero reveladora caída al inconsciente que produce el Propofol, un anestésico de acción y recuperación rápida muy utilizado en los hospitales. De vuelta, la sensación de reinicio mental al despertar es maravillosa.

Cuando abrí los ojos algo me molestaba en la nariz. Me levanté con una sonda nasogástrica que me habían colocado durante la exploración. La anestesista me comunicó que la doctora había decidido que la llevara hasta la noche (fue una estrategia inteligente decirme eso para que no me la arrancara allí mismo). Llegó la noche, pero la doctora no llegó. Así que tuve que aguantarme y dormir tragando o escupiendo mis propias babas como pude. Ese humilde tubo me salvaría la vida unos días más tarde. Pero antes contribuyó destacadamente a mi humillación. Postrado en la cama, medio desmayado, sudado y sucio, defecando esa pasta fétida del inframundo y, ahora, además, regurgitando babas sin parar y sin poder respirar, hablar ni descansar bien.

Ese mismo día, antes de mi segunda gastroscopia, me pidieron que me tragara una cápsula que llevaba una cámara para sacar fotos a lo largo de mi tracto digestivo y así poder obtener alguna evidencia nueva. No se vio nada destacable, excepto un pequeño pólipo en el intestino delgado. Esa pequeña e inofensiva protuberancia en forma de coral endógeno en mis paredes internas podía esperar.

De hecho, unos meses más tarde, cuando toda esta historia pasó, los médicos me recomendaron otra intervención para extirparlo. Dudé, pues el vicio de la medicina moderna es exactamente «cortar por lo (in)sano». Pero al final acepté, pues el miedo a enfermar de nuevo llamó a la puerta (aunque, cuando uno abre, a menudo no hay nadie).

Lo sorprendente de este otro capítulo en toda esta historia (hemos viajado ahora de repente y brevemente a septiembre del mismo año) es que, cuando me desperté de la anestesia de esa otra intervención, el médico estaba sorprendido y enojado. No había rastro alguno del pólipo, solo la foto inequívoca del mismo, seis meses antes. Es curioso, el domingo anterior a la intervención, el 19 de septiembre, había hecho una «constelación familiar». Si buscáis en Wikipedia os dirá que es una pseudoterapia que ordena estructuras inconscientes en las relaciones familiares liberando patrones limitantes y proporcionando soluciones integrales a toda la familia al honrar a los ancestros y darles el lugar que merecen dentro de una red sana de vínculos familiares (creo que las guerrillas de escépticos de la Wikipedia tienen razón en todo excepto en el prefijo pseudo). Quería ver si podía desenredar algunas redes mal tejidas por mis ancestros que, aunque ya no estén, siguen de alguna forma aquí entre nosotros. Lo orgánico y lo transpersonal dialogan.

Cuento esto porque tras la constelación del domingo, el miércoles siguiente, el pólipo había desaparecido. ¿Casualidad o causalidad? Prefiero pensar en una tercera opción: el principio de orden no causal del psiquiatra austriaco Carl Jung, dentro de su teoría de las sincronicidades, que vincula lo que sucede en la mente y en la materia mediante un orden más profundo que se expresa en coincidencias significativas.

Por cierto, el volcán de la Palma hizo erupción ese domingo. Vi la sangre de la tierra correr en forma de lava por la superficie arrasando con todo aquello que se cruzaba en su camino. Pensé de nuevo en el significado oculto de mi propia sangre.

Regresamos ahora al hospital, de nuevo, seis meses antes.

El jueves había programada una colonoscopia. Decidieron suspenderla. Me cambiaron de planta a un ala del edificio silenciosa y prácticamente vacía, en una habitación sin compañero. No había mucho movimiento en el hospital ese día. Se aproximaba el comienzo de la Semana Santa (y la luna llena). Oscureció pronto. De todas formas, apenas entraba luz por las ventanas del hospital durante el día. Esa tarde todo parecía un poco más lúgubre que las anteriores. Mi mujer iba y venía como una loca cada día de casa al hospital y luego de vuelta. Esa tarde, sin embargo, estaba con las peques. Me quedé solo.

Al atardecer, empecé a quedarme dormido y a despertarme sobresaltado, pues sentía que se apagaba mi consciencia al cruzar el velo de la vigilia. Me sucedió varias veces seguidas. Ese parpadeo de la consciencia me asustó muchísimo. Me caía de sueño, pero temía morirme si me dormía. Sospechaba que mi mente se apagaría y no despertaría jamás.

Apreté el botón «del pánico» para avisar a las enfermeras. Vinieron un par de veces y me aseguraron que todo estaba bien. Pero ¿qué sabrán mis constantes vitales de mis perspectivas mortales? Por un momento me cruzó por la cabeza la idea de que quizás me iba a morir. Entonces me dije a mí mismo «mañana tu mujer cumple cuarenta años; no le hagas esa putada de regalo; ¡no te mueras!, no te mueras hoy y, a poder ser, tampoco mañana».

Quiero destacar que ni tenía fiebre ni estaba tomando medicamentos que pudieran producirme efectos secundarios, alucinaciones u otros delirios. Estaba transitando más bien en una suerte de Ramadán involuntario, sin comer ni beber nada durante varios días, y con suero fisiológico de gotero.

Entonces sucedió… Empezó a suceder… En dos actos. Primero la visión del «fuego que no quema en mi cabeza» y, acto seguido, «la luz al final del túnel».

Después de esos parpadeos de la consciencia, finalmente me quedé dormido. Tuve un sueño. ¡Un gran sueño! Esa tarde tuve una visión espectacular.

Cruzaba la calle mientras un gentío abarrotaba las esquinas. Vi un camión de bomberos. Era como si estuvieran preparados para algún tipo de espectáculo pirotécnico, desfile, carnaval o fiesta mayor. Y, de repente, la gente desapareció y me encontré en un pueblito pequeño con suelo y paredes de piedra. Poco a poco, empezaron a aparecer animales mitológicos, criaturas híbridas gigantescas, como un oso polar con cabeza de jirafa o un cocodrilo con cuerpo de león. ¡Qué bellos y qué impresionantes! Cada uno de esos seres majestuosos medía como diez metros de alto. En sus cabezas ardía un fuego fantástico que no se consumía. Uno a uno, fueron andando por encima de mí en procesión, inclinando sus cabezas y colocando ese fuego que no quemaba ni se consumía encima de la mía. Luego siguieron su paso hasta la periferia del pueblo, donde se convirtieron en alfombras voladoras de mil colores y se perdieron tras las montañas y las nubes a lo lejos durante un atardecer precioso. Entonces desperté.

No tenía ni idea de lo que había sido aquello. Años más tarde aprendí que hay criaturas muy parecidas en distintas culturas, como los alebrijes mexicanos, fascinantes seres mitológicos con cuerpo y cabeza de animales distintos, y cuya presencia simboliza buena suerte y protección en el contexto del Día de los Muertos. Se les considera guías espirituales, una suerte de protectores, que además nos relacionan con la creatividad y la imaginación, y con las fuerzas de la naturaleza.

Maravillado, me encontré de vuelta en mi habitación, vacua y monocromática. Estaba más relajado. Me dormí de nuevo y entré en otro estado de consciencia. El siguiente sueño tampoco fue un sueño (ni una visión). Yo diría que fue algo más. Un encuentro, quizás. Algo simple y más real que lo real, yo le llamo «el abrazo dorado»:

Estaba en un pozo (un pozo muy parecido a uno que conozco bien). Miré hacia arriba. Vi a tres figuras que me esperaban amorosamente en la luz, esta era amarilla (parecida a la de los animales mitológicos del encuentro anterior). El contorno del rostro y cabello de cada una de esas figuras se delineaba a la perfección a contraluz. Sus cabezas configuraban un triángulo perfecto en el círculo de la apertura. Sabía quién era cada uno de ellos; no eran familiares difuntos, sino guías espirituales. No sentí miedo. Me ofrecían una especie de cañas para salir del pozo.

Tuve la certeza de que si aceptaba su ayuda no habría vuelta atrás. La comunicación era sutil, sin palabras. Diría que casi sin pensamiento. Allí uno piensa y habla poco o nada. Allí simplemente uno sabe. De manera sosegada les transmití que declinaba su invitación de salir del pozo. Decidí regresar. Y, sin más, me desperté de nuevo en la habitación. Todo el episodio podría haber durado un segundo o una hora. No importa, pues, en ese espacio, el tiempo tiene un sabor distinto.

No recuerdo si al despertar supe lo que acababa de suceder, lo que esa experiencia significaba. Tampoco recuerdo si antes de mi ingreso en el hospital había leído sobre experiencias cercanas a la muerte. Quizás pude haber oído hablar de ello en algún programa de televisión, pero no era un tema que me interesara en especial ni mucho menos que hubiera investigado. Al rato llegó mi mujer. Le conté la visión de los animales de fuego, pero no la del pozo No hablaría de ella en público hasta al cabo de un año (no sé si por miedo al juicio o porque suficiente trabajo tuve en recuperarme física y vitalmente). Me encontraba de verdad débil. No me apetecía ni que me cogiera la mano. Llegó la noche. El aire de la habitación empezaba a condensar gotas de impaciencia, incluso de desesperación.

Al día siguiente celebramos el cumpleaños de mi mujer (si eso se puede llamar celebración). Al menos dimos gracias por seguir respirando juntos. Ese día no hubo pruebas. Ese día no hubo nada. Solo espera. Por eso se nos llama «pacientes» a los pacientes de hospital... Pasaron viernes, sábado y domingo sin novedades de los médicos, más allá del protocolario saludo de quienes estaban de guardia haciendo la ronda habitación tras habitación. La sonda nasogástrica me torturaba. Y las melenas continuaban, a pesar de llevar días sin probar bocado, alimentándome de suero. Solo quedaba resistir y esperar ansiosamente algún tipo de novedad (ya no digo milagro) al reanudarse la semana.

El lunes por la mañana por fin pasó la doctora de nuevo. Le rogué que me sacara la sonda. Ella insistió en que aguantara. De hecho, parecía sorprendida de que no me la hubiera quitado yo mismo durante el fin de semana. Sus visitas eran breves, dulces y eficaces. Esa mañana creo que no tenía ningún gran plan para mí. Sin embargo, justo cuando ya se despedía, me miró con sorpresa y excitación, sonrió, sacó rápidamente su teléfono del bolsillo de su bata blanca y llamó al equipo de gastroscopias. Les dijo que se prepararan, pues me mandaban para abajo de inmediato. ¿Qué había sucedido? Algo simple pero crucial: la doctora vio subir algo de sangre fresca por el tubo transparente de la sonda justo entonces, evidencia de que el sangrado venía del estómago y de que, en ese momento, estaba activo. Era ahora o quizás nunca.

Me bajaron rápido a hacerme otra gastroscopia. Dicen que a la tercera va la vencida. Abajo no solo estaba el personal de los otros días (a quienes ya empezaba a conocer y quienes me conocían como «el chico joven del sangrado misterioso»), sino que había más gente, algunos incluso sin bata. Eso me desconcertó. Parecía que habían llamado a otros médicos sénior y a personal de administración para observar la intervención y valorar el caso. Los veía de reojo al fondo de la sala mientras el Propofol obraba de nuevo el milagro del sueño inconsciente. Creí que allí mismo acabaría todo para empezar de nuevo.

Al despertar les pregunté cómo había ido. Me dijeron que no habían conseguido cauterizar la herida, pues había demasiada sangre coagulada, o algo así. No lo recuerdo bien. Yo me encontraba fatal. Mi vista se empezó a nublar, como si me pusieran un filtro en el cristalino. ¿Sería otra visión? ¿Una premonición con correlatos fisiológicos?

Me durmieron de nuevo para intentarlo una vez más. No pudieron. Ya no desperté allí, sino en una camilla tomando curvas suavemente, pero con determinación, de camino a algún lugar del hospital. Hay un hilo en mi memoria muy fino de todo aquello, como quien apenas despierta tras una borrachera o como cuando mi padre me llevaba del coche a la cama tras un largo viaje. Creo que iba con Paco, el camillero (con quien meses más tarde saldría a hacer ciclismo de carretera), con mi mujer y con algunos doctores. Los oía hablar, pero no entendía qué decían. Le pidieron autorización a mi mujer para operarme a vida o muerte. Ella firmó.

Me llevaron directamente a quirófano. Me operaron de urgencia el lunes 29 a primera hora de la tarde. Si allí tuve otra ECM (experiencia cercana a la muerte), no lo recuerdo (dos y media en menos de una semana habría sido pedir demasiado). Pasé la noche en la unidad de cuidados intensivos. Es como dormir en el cielo. La cama parecía una nube. Bien sedado y recién cosido estuve varias horas en un limbo. La tarde y la mañana son lo mismo allí. Salí pronto del paraíso medicalizado. Me mandaron de nuevo a planta.

Ya estaba. Ya pasó todo. Me habían abierto el estómago como un monedero y neutralizado la hemorragia (encontraron dos puntos de sangrado en una lesión llamada Dieulafoy en honor al cirujano francés que la describió por primera vez). El resto de la historia es la de una recuperación típica, relativamente lenta y un tanto dolorosa. Sentarme en posición vertical me mareaba. Andar parecía imposible. Cuando me dieron el alta, me habían crecido la barba y el pelo. Perdí trece kilos en el hospital. No solo estaba hecho un cristo, sino que parecía tal cual Cristo resucitado.

De vuelta a casa, mi hija pequeña no me reconoció. Yo tampoco me reconocía a mí mismo. Pasaron meses hasta que no me extrañaba al verme reflejado en el espejo. La mayor se me aproximó con dulzura, incluso compasión, y me acarició. Cada noche durante la cena me cogía de la mano. Me llevé del hospital mucho, incluido un tatuaje de recuerdo: una cicatriz de un palmo del ombligo al esternón. Recordatorio de lo frágiles (y afortunados) que somos. Me la veo cada día en el espejo.

Dos mujeres se hicieron cargo: la cirujana que me operó y la doctora de digestivo que llevó mi caso. Mi mujer estuvo allí conmigo en cuerpo y alma. Mi madre y mi suegra vinieron de Madrid a ayudar con el cuidado de nuestras hijas. También mujeres, las dulces enfermeras y las estoicas de la limpieza del hospital. Gracias a todas… De verdad. Sostenéis el mundo con vuestras manos, cabeza y corazón.

Pasaron días, semanas y meses hasta que fui recuperando mi energía física y vital. No me puse a reflexionar sobre mis experiencias de inmediato. Trabajo tenía con dormir sin que me doliera todo o tan solo andar. Parecía un anciano de casi cuarenta años. Mi energía mental estaba por los suelos. Siempre leo, pero durante mi convalecencia no fui capaz ni de coger un libro. El único que conseguí abrir fue, curiosamente, La creación de la experiencia, de Jacobo Grinberg.

Tengo como una especie de amnesia de ese periodo de recuperación en casa. Como si todo fuera muy despacio y rodeado de niebla. No noté cambios en mí, pero algo se había transformado. Quizás donde más empecé a notar mi transformación fue en la cotidianidad. En casa soy el encargado de la cocina y, por aquel entonces, no teníamos lavaplatos. Antes de mi viaje al hospital maldecía tener que fregarlos cada noche. Después de mi viaje, daba gracias cada noche por estar vivo, haciendo esa tarea tan tediosa pero maravillosa. Sonreía mientras aclaraba el jabón.

Si tuviera que resumir en una frase lo que me sucedió en el umbral, diría que fui espolvoreado con una lluvia de oro fino. Quizás podríamos llamarlo «el abrazo dorado…». Lo que vas a leer a continuación es resultado de lo que allí se plantó, gracias a la intervención de esos animales maravillosos y los tres seres de luz al final del pozo. Una maldición puede convertirse en una bendición en el momento menos pensado.



2. EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE (ECM)

Antecedentes

La gente se ha muerto toda la vida. Algunos de ellos (muy pocos) pudieron, por suerte, volver. Los que regresaron quizás vieron cosas en el umbral entre la vida y la muerte. De ellos, un grupo aún más reducido se atrevería a contarlo. ¿Les creerían?

Visiones así se han plasmado en el arte. Tenemos por ejemplo la maravillosa obra del pintor flamenco El Bosco titulada Ascensión al Empíreo, que es la cuarta tabla de una obra mayor titulada Visión del más allá, pintada con óleo sobre tabla alrededor de 1490. Las otras tres se titulan Caída de los condenados, Infierno y Paraíso terrenal.

La Ascensión al Empíreo es preciosa. Por favor, búscala en internet y contémplala. Se ven almas desnudas, acompañadas por ángeles que avanzan en parejas por un túnel con una luz brillante al fondo que parece atraerlos y suspenderlos en el aire. Una figura les espera al final. No tengo duda de que se trata de una ECM. Estas experiencias no forman parte de una moda contemporánea, pues ya sucedían tal cual por lo menos hace quinientos años.

También es digno de mencionar el relato del psicólogo Carl Jung, quien describió una experiencia casi mística tras sufrir un paro cardíaco en 1944. Aunque las ECM no se habían bautizado como tales entonces (habría que esperar hasta 1975), la de Jung podría haber sido una. Leamos su descripción:

Al principio de 1944 me rompí un pie, y a este infortunio le siguió un ataque al corazón. En un estado de inconsciencia experimenté delirios y visiones, las cuales deben haber empezado cuando estaba colgado al borde de la muerte (…). Las imágenes eran tan tremendas que yo mismo concluí que estaba cerca de la muerte. Mi enfermera me dijo luego «fue como si tu estuvieras rodeado de un resplandor brillante». Ella añadió que había observado este fenómeno algunas veces en el proceso de morir. Yo había llegado a mi límite máximo, y no sabía si estaba en un sueño o en un éxtasis.

A continuación Jung describe su visión, viéndose suspendido en el espacio, flotando mientras observa el globo terráqueo, y «bañado en una gloriosa luz azul». Prosigue y remarca que:

«(...) esta experiencia me dio una sensación de extrema proeza, pero a la vez de una gran plenitud. Ya no había nada que quisiera o deseara. Yo existía en una forma objetiva; yo era lo que había sido y vivido. Al principio, una sensación de aniquilación predominaba, de haber sido despojado o saqueado; pero pronto eso dejó de tener importancia (…). Tenía todo lo que era, y era todo.»

Estos testimonios los encontramos repartidos por toda la historia de la humanidad. Son ciertamente fascinantes a nivel histórico y psicológico, pero podrían parecer anecdóticos e incluso irrelevantes desde un punto de vista científico. ¿De dónde viene pues este interés relativamente reciente por las ECM? ¿Cómo se produjo el trasvase de este tema del ámbito de la religión y el arte al de la ciencia y la medicina? Veamos qué pasó para que las ECM se empezaran a investigar sistemáticamente.

Dos orejas y una boca

Hace medio siglo se dio una conjunción interesante. Por un lado, el desarrollo de técnicas más complejas y efectivas de reanimación cardiopulmonar permitió resucitar de manera más eficiente a pacientes clínicamente muertos en los hospitales. Muchos más volvían del «más allá». El otro avance no fue técnico, sino humano: los médicos descubrieron que tenían dos orejas y una boca. Empezaron a prestar atención a lo que sus pacientes les contaban en vez de hacer oídos sordos. Un número cada vez mayor escuchaba en el «más acá» lo que contaban quienes habían estado en el «más allá».

Hay que ponerse en la piel del paciente cuando osaba decirle al cirujano: «Doctor, cuando usted me estaba reanimando en el quirófano, yo salí de mi cuerpo y me vi desde arriba. También le vi a usted y a su equipo. Hizo gestos extraños con sus codos antes de empezar a suturarme. A continuación a su ayudante se le cayó un bisturí al suelo y usted le hizo una broma. Sentí una gran paz allí arriba. Vi a mi abuela difunta y a otros seres de luz. De repente, volví a mi cuerpo, y me desperté en la habitación del hospital». ¿Qué paciente tiene el valor de contarle esto al cirujano, paradigma de autoridad, superioridad e incredulidad? ¿Y qué cirujano tiene el valor de tomárselo en serio o, por lo menos, no tomárselo a broma?

La normal en este tipo de interacciones sería más bien esta: o el paciente no le contaba nunca a nadie lo que había vivido o, si lo hizo, la conversación sería más bien así: «Doctor, es que a mí me pasó esto…», a lo que el doctor respondería «¡Es imposible! Será una alucinación. Siguiente paciente, por favor». El paciente saldría de la consulta un tanto avergonzado y confundido. La palabra imposible dice más de quien la pronuncia que de quien la recibe. El doctor no sabe en qué marco conceptual poner esa fotografía de la realidad. ¿De quién es el problema, de la foto o del marco?

Entre el personal sanitario, las enfermeras siempre han estado más abiertas a la riqueza de la experiencia humana. Sin embargo, poco a poco, algunos médicos se permitieron suspender su incredulidad e incluso comenzaron a compartir con sus colegas de profesión las historias increíbles que les contaban sus pacientes.

Fueron, pacientes y doctores, muy valientes.

No fueron muchos. Lo suficiente para que una pequeña masa crítica empezara a interesarse seriamente por el asunto. Los pequeños cambios son poderosos: unos pocos pacientes lo cuentan; unos pocos médicos lo escuchan; luego lo empiezan a contar ellos; al oírlo, sus colegas de profesión están más receptivos a escuchar a sus pacientes; ellos, a su vez, tienen más facilidad para contarlo; se empiezan a escribir libros sobre ello; esto saca el tema del armario; el estigma se rebaja y más pacientes se atreven a contarlo; el enigma se eleva y más médicos deciden investigarlo. El bucle positivo se va retroalimentando.

Y de este modo, lo contaron y acabó contando. El resto, es historia. Una historia preciosa que estamos viviendo hoy a tiempo real.

Hay investigadores al otro lado del túnel

Como veremos en otro capítulo, hay que desactivar algunas minas conceptuales y de lenguaje que nos dificultan mucho la tarea de investigar las ECM (o, siquiera, poder hablar de ellas). Otro error habitual es creer que no hay nadie investigando seriamente estos temas al otro lado. Pero eso no es cierto.

Cuando decidí integrar mi propia ECM profesionalmente, me encontré con una bonita sorpresa: descubrí que hay toda una comunidad de investigadores que llevan décadas estudiando con rigor científico y médico los fenómenos de la muerte y el morir. Aunque obviamente no es un campo de investigación mainstream, hay publicaciones científicas en revistas revisadas por pares, se celebran conferencias internacionales, y estudiantes y profesores universitarios se dedican a ello profesionalmente. Lo que cabría esperar de una activad científica normal.

De hecho, en Estados Unidos llevan ya varias décadas en marcha. Retrocedamos hasta 1975, cuando se dio el pistoletazo de salida al estudio científico de las experiencias cercanas a la muerte. Lo inauguró oficialmente el psiquiatra americano Raymond Moody, con la publicación de su libro Vida después de la vida. Este año se cumplen exactamente cincuenta años. Estamos de aniversario. Moody acuñó el término «experiencia cercana a la muerte» y catalizó el interés social por estos fenómenos. Su libro se convirtió en un clásico que espoleó a más médicos a seguir por ese camino. Los pioneros llevan medio siglo en las trincheras.

Entre ellos, nos encontramos a muchos colegas séniores que aún viven. Yo he tenido la suerte de conocer a unos cuantos de ellos personalmente. A continuación me gustaría mencionar su trabajo brevemente.

En primer lugar, hay que reconocer a la psiquiatra suiza-americana Elisabeth Kübler-Ross, cuyo trabajo pionero sobre la muerte y el morir había empezado años antes de que Moody hiciera tan popular el tema. Kübler-Ross ha publicado muchos libros, y entre ellos La muerte: un amanecer es un clásico.

Quiero destacar al doctor en medicina y profesor de psiquiatría americano Bruce Greyson, también pionero en el estudio de las ECM. Hay una escala para medirlas que lleva su nombre. Se basa en un cuestionario que desarrolló para evaluar la intensidad de una ECM a partir de los elementos característicos de las mismas. Aunque se ha ido depurando con el tiempo para mejorar la escala, quedándose con lo más significativo, estos elementos incluyen la percepción de una luz brillante, verse dentro de un túnel, el encuentro con seres queridos fallecidos u otras entidades, la revisión de la vida a partir de recuerdos que pasan rápida y vívidamente, la sensación de salirse fuera del cuerpo, la sensación de regresar a él, el aumento de la percepción, las alteraciones del tiempo, las visitas a lugares extraordinarios o sobrenaturales, y las emociones intensas de gozo y paz. Su libro Después de la muerte: Un médico explora lo que las experiencias cercanas a la muerte revelan sobre la vida y el más allá, es muy recomendable.

Me limitaré ahora a nombrar a otros grandes de este campo y sus obras divulgativas más destacables, por si quieres profundizar en la lectura de alguna de ellas: el cardiólogo Pim van Lommel y su libro Consciousness Beyond Life: The Science of Near-Death Experiences (2007); el neurocirujano Eben Alexander y su Proof of Heaven: A Neurosurgeon’s Journey Into the Afterlife (2012); el científico cognitivo Alexander Batthyány, y su reciente Threshold: Terminal Lucidity and the Border Between Life and Death (2023); y el médico intensivista Sam Parnia, autor del reciente libro Lucid Dying: The New Science Revolutionizing How We Understand Life and Death (2024).

Si retrocedemos un poco en el tiempo, debemos destacar al cardiólogo Michael Sabom, con sus Recollections of Death: A Medical Investigation (1982); el neuropsicólogo Peter Fenwick y su mujer Elizabeth Fenwick, autores de The Truth in the Light: An Investigation of Over 300 Near-Death Experiences (1997); el psicólogo Kenneth Ring y la psicóloga Sharon Cooper, que juntos publicaron Mindsight: Near-Death and Out-of-Body Experiences in the Blind (1999), y el autor e investigador Chris Carter y su reciente libro The Case for the Afterlife: Evidence of Life After Death (2025). La lista es mucho más larga, pero debemos continuar.

Para acabar, quiero mencionar cinco de mis libros favoritos sobre la muerte que van más allá del dominio de la ciencia y de la medicina. El primero es del historiador de las religiones Gregory Shushan y se titula Near-Death Experiences in Indigenous Religions (2018). El segundo es histórico y político, The immortalization comission (2011) del escritor John Gray. El tercero es una breve joya del filósofo David Ray Griffin, James and Whitehead on Life after Death (2022). El cuarto es un libro antropológico inclasificable, Die Wise: A manifesto for Sanity and Soul (2015) de Stephen Jenkinson. El último es un clásico, La muerte de Iván Illich (1886) del escritor ruso León Tolstoi. Te invito a la lectura de cualquiera de estas obras, puede cambiarte la vida.

ECM made in Spain

A continuación, siento el deber (y tengo el honor) de agradecer a aquellos verdaderos pioneros quienes hablaron de muerte en nuestro país en una época en la que era muy difícil hacerlo. Estaba casi todo por hacer. Ellos araron y sembraron el árido campo que hoy está empezando a dar suculentos frutos. Estaban francamente solos y seguro que los tomaron por locos. Yo soy un recién llegado. Ellos llevan décadas. Cuando echo la vista atrás, sé que nuestro trabajo actual se está construyendo a hombros de esos humildes gigantes. Os doy las gracias.

El doctor Enrique Vila López fue uno de los primeros médicos españoles que documentó, a nivel testimonial, casos de ECM tras reanimaciones. Su libro, obra póstuma (publicado por su mujer en 2009 tras su muerte en 2007), se titula Yo vi la luz: experiencias cercanas a la muerte en España. Inspirado por Moody, Vila recopiló casos durante tres décadas recorriendo toda España. No lo publicó en vida. Su cargo peligraría en el hospital donde trabajaba. Es revelador y trágicamente irónico que tuviera que morirse para que su obra viera la luz como se merece. Su minucioso pero conciso estudio de más de medio centenar de casos a partir de entrevistas que él mismo realizó es una referencia histórica en nuestro país.

Me apetece compartir con vosotros varios pasajes de su prefacio:

Ante lo insólito de estos hechos, no dudé en consultar a compañeros psiquiatras y psicólogos clínicos absolutamente escépticos al respecto. (…) sin que ningún de los profesionales de la Medicina que teníamos conocimiento de ello lográsemos encontrar una explicación lógica a estos sucesos. Llegados a este punto, fue cuando decidí abandonar temporalmente la senda de la ciencia oficial, por la que había quedado patente que no llegaría a ninguna conclusión satisfactoria, tomando otros caminos no aceptados por el sistema, pues que estos últimos eran la única solución disponible.

A continuación, Vila destaca algo importante:

Evidentemente, el fenómeno existía, aunque nadie fuese capaz de comprenderlo, y menos aún de explicarlo.

De hecho, sus investigaciones vinieron catalizadas por la capacidad de su mujer de controlar «experiencias extracorpóreas» a voluntad. «Inmerso en estas investigaciones, llega a mis manos Vida después de la vida, la primera de las obras de Raymond Moody publicada en España». Entonces Vila añade:

Comprendí la necesidad de llevar a cabo dos actividades esenciales para la toma de consciencia respecto a una fenomenología que, pese a ser profundamente desconocida, no por eso era menos real e importante. La primera de estas acciones consistía en continuar la labor prospectiva iniciada, e intensificar los contactos con personas que hubieran sido o fuesen actores en experiencia de este tipo, y además con otros investigadores interesados en estas cuestiones. La segunda era dar a conocer al gran público la existencia de estos fenómenos.

Los retos de entonces son, en cierta medida, parecidos a los de hoy:

Uno de los principales obstáculos con los que me he topado en mis largos años de pesquisas ha sido la renuencia de la gente cuando se trata de hablar de cuestiones «mal vistas» socialmente. El temor a que la familia y los amigos los tachen de desequilibrados ha hecho que sean silenciados muchos casos que, no por ser ocultados, han sido menos reales y verídicos.

Su libro vio la luz cuando él ya había cruzado el túnel. Estaba claramente dirigido tanto para los que creen (en Dios, en la ciencia, o en ambas) como para los que no.

Vila nos ofreció valiosas descripciones de ECM, pero haría falta un contexto científico en el cual poder empezar a enmarcarlas. A los pocos años, el doctor José Miguel Gaona, referente desde la psiquiatría y también en los medios de comunicación, publicó Al otro lado del túnel: un camino hacia la luz en el umbral de la muerte (2012), un libro extenso, riguroso y profundo que contribuiría decisivamente a difundir el abordaje científico de estos fenómenos. Honrando la experiencia de que algo extraño ha pasado aquí, Gaona introdujo otra pregunta: ¿qué puede haber pasado aquí? En un libro posterior, El límite: una profunda investigación sobre la consciencia, el cerebro y las experiencias cercanas a la muerte (2015), analizó de nuevo casos reales, esta vez expandiendo el foco de la muerte a la consciencia. Gracias a su trabajo también pionero en España (y fuera de ella), captaría la atención de la comunidad más escéptica que, poco a poco, cambiaría la vergüenza ajena por una curiosidad creciente que eventualmente se transformaría en interés profesional genuino.

Otro referente en este país lo tenemos en la doctora Luján Comas, especialista en anestesiología y reanimación y presidenta de la Fundación Icloby. Junto con Anji Carmelo publicó ¿Existe la muerte? Ciencia, vida y trascendencia (2014). Comas aportó la visión científica y técnica desde la medicina y Carmelo la complementó con la parte más trascendente. Este libro fue la culminación de más de una década de clases y conferencias que la doctora Comas llevaba impartiendo desde el año 2000, unos años aquellos de trabajo en total soledad y en los que parecía que la muerte no tenía lugar en nuestra sociedad. Recientemente Comas ha coeditado junto con Xavier Melo (fundador y CEO de la Fundación Icloby) el libro Vida más allá de la vida: transformaciones espirituales derivadas de las experiencias cercanas a la muerte (2025), con contribuciones de Raymond Moody, Pim van Lommel, Bruce Greyson, Emilio Carrillo y Manuel Sans Segarra, entre otras figuras destacables del panorama nacional e internacional.

Al contexto experiencial, médico y científico, se suma también el periodístico. El escritor y periodista Juan José Benítez recogió cientos de testimonios postmortem, incluidas ECM, y los publicó en Estoy bien: el más allá nunca estuvo tan cerca (2014). Su influencia en el imaginario popular español es más que notable. Asimismo, destaca el trabajo del doctor Miguel Ángel Pertierra, quien se sumó a divulgar ampliamente sobre estos temas en radio y congresos, y escribió La última puerta: experiencias cercanas a la muerte (2014), donde recoge testimonios y análisis desde la medicina hospitalaria.

Hay, por supuesto, más personas que han hecho un trabajo importante, ya sea de investigación o de divulgación sobre ECM en España en los últimos años, como los doctores Vicente Arráez, Mariano Betés y José Alonso. Os pido disculpas, pues no puedo mencionarlos a todos aquí. También en el tema del duelo y el acompañamiento consciente de personas en procesos de final de vida, encontramos a profesionales como la psicopedagoga Pilar de la Torre y el oncólogo y referente en cuidados paliativos Enric Benito, especialista en experiencias de trascendencia al final de la vida.

No quiero olvidarme de dos de mis obras favoritas: el maravilloso libro Eres inmortal: experiencias cercanas a la muerte y un mapa del más allá (2024) del filósofo Vicente Merlo, y la monumental obra El yo no muere: fenómenos paranormales verificados durante experiencias cercanas a la muerte (2016), de Titus Rivas, Anny Dirven y Rudolf Smit. Publicado originalmente en neerlandés, lo ha traducido al español en 2024 un sabio discreto de las ECM en España, Alejandro Agudo, junto con Eduardo Fulco.

Y para acabar, cómo no, resaltar al archiconocido doctor Manuel Sans Segarra y su reciente libro La supraconsciencia existe: vida después de la vida (2024), que ha abierto el boquete definitivo en la trinchera para que otros podamos ahora cruzar el alambre de espino sin apenas rasguños.

Se trata del libro de no ficción más vendido en España en 2025. En menos de un año de su publicación, va por la edición número veinte. Además, se ha publicado en Uruguay, Colombia, Perú, Chile, México, Ecuador y Argentina. Con más de cuatrocientos mil lectores en todo el mundo, se ha traducido al italiano, al portugués, al polaco, al chino, al francés, al ruso y al inglés. El impacto no es solo nacional —esta vez parece que el tsunami ha empezado de puertas para afuera, de España al resto del mundo—. Creo que el fenómeno editorial del doctor Sans Segarra es simultáneamente causa y consecuencia de un fenómeno social. La gente tiene sed de trascendencia, pero arraigada en la medicina y la ciencia. El tapón ha salido de la botella. Ya no hay vuelta atrás.

Gracias a todos

Es gracias a los pacientes que las contaron, a los médicos que las escucharon y estudiaron, a los autores que las publicaron, y a ti que te has interesado por ello, que la consciencia social por las experiencias cercanas a la muerte ha ido creciendo exponencialmente en los últimos años.

No hace tanto, cuando ibas a la librería, podrías encontrar algunos de estos libros en la sección de esoterismo o, en el mejor de los casos, en la de autoayuda. Ya no es el caso. Son buenas noticias. No es que piense que lo esotérico no exista o que la gente no necesite (auto)ayudarse. Pero por fin hoy también podemos encontrar estos temas en otras partes de la librería, reflejando que la sociedad está más receptiva y preparada para tomarse la muerte y sus misterios en serio.



3. EVIDENCIAS Y POSIBLES EXPLICACIONES

¿Sobrevive algo de nosotros cuando morimos? ¿Qué quedará de ti cuando tus pulmones se detengan, tu corazón deje de latir y, finalmente, en tu cerebro cesen las tormentas eléctricas ? ¿Es la muerte el final de nuestra existencia? ¿Qué dice la ciencia? Nos metemos ya de lleno en el tema.

Las experiencias cercanas a la muerte (ECM) son un fenómeno privilegiado para investigar la relación entre cuerpo y alma (o entre cerebro y mente, si te suena mejor).

En ese umbral entre la vida y la muerte se abre una brecha interesantísima para estudiar científicamente hasta qué punto es posible estar consciente —tener una experiencia subjetiva— durante la muerte clínica, y más allá.

Que la consciencia puede independizarse primero parcial y luego totalmente del cerebro es una condición necesaria para que pueda haber vida después de la vida. En el otro sentido, las ECM sugieren que la mente puede funcionar aparte del cerebro. Que la consciencia va más allá de la materia.

Estudios retrospectivos

Como hemos visto en el capítulo anterior, la curiosidad de algunos cirujanos y psiquiatras comenzó a agrietar la pared de lo aprendido en su extensa formación médica y científica. Empezaron a prestar más atención a estas experiencias y recogieron progresivamente más casos de pacientes que, al haber sido reanimados con éxito tras una parada cardiorrespiratoria, contaban percepciones y recuerdos que habrían sucedido durante la misma, es decir, estando clínicamente muertos. Estas anécdotas se recogieron, se ordenaron, y se analizaron con rigor y se convirtieron en datos. La evidencia fenomenológica comenzó a convertirse en ciencia. Cada vez había más interés. Distintas universidades y hospitales se pusieron manos a la obra, incluida la IANDS (acrónimo en inglés), la Asociación Internacional para Estudios Cercanos a la Muerte, oficialmente fundada con ese nombre en 1981 (¡el año que yo nací!) por John Audette, Bruce Greyson, Raymond Moody, Ken Ring y Michael Sabom.

Estudios prospectivos

Los primeros estudios fueron «retrospectivos», es decir, los datos recogidos eran de pacientes que habían tenido una ECM «antes» de que la investigación hubiera comenzado. Estos datos son totalmente válidos, pero los investigadores decidieron subir el listón y empezaron a hacer estudios «prospectivos». En esta segunda oleada, se estudiarían los pacientes que tuvieran una ECM «después» de que la investigación se pusiera en marcha.

Esto es importante por varias razones: permitía entrevistar a los pacientes poco después de su experiencia (en vez de años más tarde), se disponía de su diagnóstico médico y de información detallada de su medicación durante la ECM, además de información sobre sus antecedentes tanto médicos como socioculturales. Además, se podría hacer un seguimiento detallado a lo largo del tiempo, viendo la evolución de la vida de estas personas años más tarde.

Algo muy importante de estos estudios prospectivos es que permitían hacer una estimación de la prevalencia de las ECM, es decir, no solo saber quién las tiene, sino quién no. Se minimizarían de esta forma también los sesgos de selección. Dicho de otro modo, en un estudio «retrospectivo» compartirían su ECM aquellos que la tuvieron, pero obviamente no aquellos que no (no porque no regresaran, sino porque regresaron, pero no la habían experimentado). Pero en esta segunda fase de estudios se pudo saber qué porcentaje de personas que habían estado técnicamente en muerte clínica contaban o recordaban una ECM tras su reanimación.

Entre los años 1988 y 2023 se han llevado casi una docena de estudios prospectivos hospitalarios sobre ECM en distintos países del mundo: Países Bajos (liderado por Pim van Lommel), Reino Unido (por Sam Parnia, Peter Fenwick, Penny Sartori), Estados Unidos (Bruce Greyson, Janet Schwaninger), Francia (Marion Mauduit). Desde la Fundación Icloby (con la que tengo el gusto de colaborar) se está llevando a cabo el Proyecto Luz, la primera investigación prospectiva internacional multicentro en lengua española de ECM.

El estudio en The Lancet

Quizás el estudio más conocido es el liderado por Pim van Lommel, en colaboración con Ruud van Wees y Vincent Meyers, y publicado en la prestigiosa revista The Lancet en 2001. Fue un bombazo médico y mediático.

Los pacientes estudiados fueron supervivientes de paro cardíaco. La primera fase del estudio tuvo lugar de 1988 a 1992 (duró cuatro años, pero luego se extendió en dos fases más hasta un total de doce años). Colaboraron diez hospitales. Se evaluaron 344 pacientes (tras 509 reanimaciones consecutivas satisfactorias). Recordemos aquí que por muerte clínica se entiende que no hay respiración espontánea y que el corazón no late. Estar clínicamente muerto es estar en parada cardiorrespiratoria.

El resultado principal del estudio fue el siguiente: la incidencia de recuerdos durante la parada cardiorrespiratoria fue del 18 % (62 de los 344 pacientes; casi una persona de cada cinco) y la incidencia de las ECM (según una escala que evalúa la profundidad de la experiencia) fue del 12 %. Es interesante comparar la incidencia de ECM con otros estudios prospectivos, oscilando entre el 6,3 % en un estudio hecho en el Reino Unido y publicado en 2001, hasta el 23 % en otro realizado en Estados Unidos y publicado en 2002. La incidencia fluctúa, pues hay muchas variables en juego, pero nos da una idea fiable del rango de variabilidad del fenómeno.

El segundo resultado importante del estudio en The Lancet fue que no se encontraron causas médicas, farmacológicas o psicológicas que explicaran por qué algunos pacientes tenían esas experiencias y otros no. La medicación no importaba. Su preferencia religiosa, tampoco. Ni su miedo inicial a la muerte. El estudio también dio claves de en qué pacientes eran más frecuentes las ECM (por ejemplo, los de menor edad, o con una ECM previa) y en qué pacientes eran más intensas (en mujeres).

Otro descubrimiento destacable del estudio fue la existencia de cambios psicológicos positivos y significativos a largo plazo (de entre dos y ocho años) en pacientes con ECM, en comparación con un grupo control de pacientes que tuvieron parada y fueron reanimados, pero que no tuvieron una ECM.

Por si quieres saber más

Información detallada de este tipo sobre más estudios prospectivos, así como artículos científicos recientes sobre ECM claramente resumidos y comentados, libros principales publicados, enlaces a canales relevantes de divulgación en YouTube, y hasta un glosario (con definiciones claras de distintos tipos de experiencias trascendentes y las diferentes escalas que existen en la literatura científica para medirlas), todo ello lo puedes encontrar en Recursos ECM España (ecms.es), una web en español para personas interesadas en profundizar en el fenómeno de las ECM.

Te invito a que navegues por la web, creada y liderada por Alejandro Agudo, en colaboración con Eduardo Fulco, Titus Rivas, Oscar Llorenç y un servidor. Creemos que existe una amplia investigación en las últimas décadas, realizada casi siempre en inglés, que no es muy conocida en el mundo de habla hispana. Nuestra intención es acercar ese conocimiento y hacerlo asequible a todos vosotros, de manera accesible y entendible.

Una ECM cada 40 minutos en España…

Con mi tocayo, Alejandro Agudo, hemos tratado de estimar el número de ECM que suceden cada año en España. Es un ejercicio especulativo, un juego (serio) de números, para tener una idea aproximada que nos ayude a entender mejor de qué estamos hablando. No se trata de obtener la cifra exacta, sino de ganar algo de intuición sobre cómo de frecuente es el fenómeno. Algo que tenga sentido para nosotros. No hace falta que me acompañes en el cálculo, pero el resultado te interesará. Recuerda, esto son solo números aproximados.

Tomando los datos de paradas cardíacas de la Sociedad Española de Cardiología (unas 52 300 paradas totales por año, 22 300 de ellas intrahospitalarias, más 30 000 extrahospitalarias) y el porcentaje de supervivencia o éxito de reanimación (un 30 % para las infrahospitalarias y un 7 % para las extrahospitalarias), se obtienen 6 690 y 2 100 supervivientes respectivamente, un total de 8 790 supervivientes en España cada año. Tomando ahora 12 % de incidencia de ECM por parada recuperada (basándonos en los resultados de los estudios prospectivos hospitalarios y siendo conservadores), obtenemos un total de 1 055 ECM/año en España, solo por paradas cardíacas.

Ahora tenemos que dar un salto mortal, pues es dificilísimo averiguar las ECM que suceden por otras razones, como por ejemplo durante operaciones, partos, accidentes que no llegan a parada cardíaca, infartos, comas, etc. Pongamos que estas otras situaciones multiplican la cifra que acabamos de obtener por cinco (lo sé, es un tanto arbitrario, pero no importa, puedes multiplicarla por otro factor si así lo prefieres). De todos modos, los números nos hablan de las ECM que se conocen. Las que se callan podrían ser un número parecido o mayor. Tendríamos entonces unas 5 000 ECM/año en España en total.

¿Es eso mucho o poco? Depende. Comparado con la población general española de casi cincuenta millones, es muy poco. Pero comparado con los casos reportados (las ECM que cuenta la gente y de las que tenemos constancia escrita), es mucho. Nos queda todavía mucho por contar… Pero no se trata de darle más o menos importancia al fenómeno a base de matemáticas. Solo queremos entender mejor de qué estamos hablando. En cualquier caso, la cifra no es despreciable en absoluto. Es lo que es.

Fíjate que, según cómo lo mires, se ve de otra forma: si dividimos las 5 000 ECM al año entre 365 días, obtenemos que tienen lugar unas 17 ECM cada día en España. ¿No te parece fantástico pensar que cada día tenemos 17 oportunidades de comprobar si hay vida después de la muerte? Además, ¡esto es equivalente a una ECM cada 42 minutos!

Otra manera divertida de verlo que nos da otra perspectiva es la siguiente. Asumiendo que todos los porcentajes que hemos utilizado se mantienen constantes a lo largo de los años, si acumulamos las 5 000 ECM año tras año, tardaríamos casi 17 años en llenar el Santiago Bernabéu de personas que hayan tenido una ECM.

Es decir, nuestro juego de números nos dice que desde 2008 han tenido una ECM unas 84 000 personas en España. Otro dato: en cada temporada de fútbol de Primera División se marcan unos mil goles; el número de ECM es cinco veces mayor.

Para finalizar esta divertida excursión, veámoslo desde otra perspectiva y hagámonos la siguiente pregunta, ¿qué otros fenómenos relativamente raros suceden en ese orden de magnitud? Pues resulta que se ha estimado que unos 17 000 meteoritos entran a la atmósfera de la Tierra cada año. De estos, solo una fracción son suficientemente grandes para llegar a la superficie terrestre: unos 6 100. Si los datos son correctos, impactarían en la tierra (o en el mar) unos 17 meteoritos por día. Es bonito pensar que, cada día, hay tantos sucesos de esos como ECM en España. ¿Será casualidad?

Discúlpame por entretenerme; no lo he podido evitar. Sigamos con el estudio de Van Lommel en The Lancet.

¿Cuanto peor, mejor?

Lo verdaderamente paradójico es que los resultados nos hablan de una «consciencia lúcida» durante la muerte clínica. Es decir, cuando el cerebro funciona peor (un estrés fisiológico brutal, es decir, muriéndose) o no funciona, la experiencia es estructurada, intensa, lúcida, memorable y transformadora. ¿Cómo puede darse una mente ampliada cuando la actividad del cuerpo está gravemente comprometida? No hablamos de cualquier tipo de experiencia sin ton ni son.

Sí, las ECM vienen decoradas con elementos particulares del individuo (la escena, los caracteres, los elementos de creencia personal), pero luego hay elementos esenciales que son compartidos. Estudios médicos independientes muestran que la frecuencia aproximada con la que se reportan los varios componentes (o etapas) de las ECM es la siguiente: sentir paz o alegría (70 %), experiencia extracorpórea (55 %), encontrarse con una luz (45 %), encontrarse con fallecidos u otros seres (40 %), entrar en un túnel (30 %), estar en un lugar que no parece de este mundo (30 %), revisión de vida (10 %).

¿Alucinas?

Cuando hablamos de ECM, siempre hay una luz al final del túnel: es un escéptico materialista que viene en sentido contrario con su linterna a decirte que es una alucinación.

Sin embargo, las características de las alucinaciones no coinciden con las de las ECM. Las alucinaciones son mayormente negativas. En las ECM no. La gente que tiene alucinaciones suele acumular un historial psiquiátrico. Quien tiene una ECM no. En las ECM hay elementos que se repiten, y que tienen una lógica. En las alucinaciones no. Las ECM persisten en la memoria durante años. Las alucinaciones no. Las ECM son transformadoras. Las alucinaciones no.

Además, la palabra alucinación sugiere irrealidad —lo que se percibe no corresponde con lo que entendemos por realidad, o por lo menos con el mundo físico verificable—. Pero como veremos al final de este capítulo, estas correspondencias en ocasiones sí se dan, y de manera concreta, no trivial, y verificadas por una tercera persona (normalmente un profesional).

Junto con la alucinación, se suelen sugerir otras explicaciones psicológicas, como miedo a la muerte, el falso recuerdo o incluso la mentira (sería como fingir tu boda para que te saquen fotos), que son todavía más débiles. Teniendo en cuenta todos los datos, son hipótesis muy débiles.

¿Falta de oxígeno en el cerebro?

Otra posible explicación, esta vez fisiológica, es la de que la falta de oxígeno (o exceso de dióxido de carbono) en el cerebro habría causado la ECM. El problema es que no se especifica cómo sucedería eso, ni por qué esa deficiencia daría lugar a la estructura tan rica y conservada de experiencias anteriormente mencionada. Además, si se trata de una cuestión estrictamente fisiológica, ¿por qué el resto de los pacientes no tuvo una experiencia similar o, simplemente, experiencia alguna? ¿Qué pasa con el 80 % de personas recuperadas que no reportaron ninguna ECM? Ellos también sufrirían una grave falta de oxígeno. Es difícil de creer que todos y cada uno de ellos tuvieran un ECM y no la contaran por miedo o porque no la recordaron.

Recordemos que no hay que estar técnicamente muerto para vivir una experiencia cercana a la muerte. En la literatura médica encontramos constelaciones de fenómenos similares. El abanico es amplio: shock posparto, accidentes de tráfico (sin parada cardiorrespiratoria), asfixias, intentos de suicidio, electrocuciones, situaciones de muerte inminente, y mi propia ECM en el hospital (sin parada cardiorrespiratoria). Quizás sea ahora momento para dar una definición más precisa de qué se entiende por una ECM: experiencia subjetiva, consciente, intensa, profunda, nítida e indeleble que ocurre en períodos de inconsciencia durante crisis fisiológicas graves (incluyendo paros cardíacos), en estados críticos de salud, o ante un peligro físico intenso o en situaciones de angustia extrema.

¿Simulación?

El tema se pone cada vez más interesante, pues cada interpretación e intento de explicación abre una nueva pregunta. Resulta que es posible, estimulando una zona del cerebro de manera artificial (Blanke, 2004), provocar una experiencia fuera del cuerpo en la que una persona se vea flotando en el techo de su habitación (estas experiencias extracorpóreas también suceden, por cierto, de manera natural, y no necesariamente durante una ECM). Algunos investigadores proponen entonces que las ECM las produciría precisamente esa zona del cerebro. Pero, que uno pueda inducir un estado artificialmente no significa que cuando se dé de forma natural tenga que producirse de la misma manera. La falacia lógica vendría a ser esta: que yo pueda simular el amor no significa que el amor de verdad no exista. Al parecer, algunos creen que el cerebro moribundo es también un cerebro ilusionista.

De hecho, todas estas hipótesis (falta de oxígeno, alucinación, simulación, etc.) deberían contrastarse encontrando a alguien que haya vivido ambas experiencias —la supuestamente real y la ficticia— y simplemente preguntarle si es lo mismo. Es ilustrativo el caso de un piloto que sufrió hipoxia (falta de oxígeno) en vuelo a consecuencia de someterse a grandes fuerzas de aceleración, y años después tuvo una ECM. La una no tuvo nada que ver con la otra:

Me encontré flotando en un túnel oscuro, en paz y en calma, pero completamente despierto y consciente. Sé que la experiencia del túnel se ha atribuido al cerebro privado de oxígeno, pero como expiloto que ha experimentado la falta de oxígeno en altitud, puedo afirmar que para mí no hubo similitud alguna. Al contrario, toda la experiencia [la ECM] desde el principio hasta el final fue absolutamente clara, y ha permanecido así durante los últimos quince años.» (Fenwick y Fenwick, 1997)

¿No estaba muerto, estaba de parranda?

No hay duda de que un gran número de ECM suceden durante la muerte clínica, pero ¿suceden cuando la actividad del cerebro está también plana? La penúltima cuestión es si el cerebro estaba realmente apagado en toda esta historia.

Hemos explorado formas de medir qué pasa en la mente cuando el cerebro se muere. También hay formas de ver qué pasa en el cerebro cuando la mente quizás aún no ha muerto. Vayamos al cerebro. ¿Qué pasa en la cabeza cuando el corazón está parado?

Se sabe que, en una parada cardíaca, las personas pierden la consciencia en cuestión de segundos. Se quedan también muy pronto sin reflejos cerebrales y, por supuesto, dejan de respirar. Su electroencefalograma (EEG) —que mide la actividad eléctrica del cerebro colocando electrodos en el cuero cabelludo— se queda también plano en unos diez o veinte segundos. A ningún paciente se le resucita en menos de medio minuto —típicamente se tardan unos tres o cuatro minutos—. Por lo tanto, la hipótesis más plausible es que en los casos hospitalarios que hemos estado discutiendo, todos tenían un EEG plano, a la vez que tenían su consciencia mejorada y su percepción expandida.

Podemos rizar más el rizo y preguntarnos si aún podría haber actividad neuronal en áreas más profundas del cerebro, pues un EEG es una técnica no invasiva superficial (en el sentido de que es como si estuviéramos escuchando la actividad del cerebro detrás de una pared, en este caso, el cráneo). Hay cerca de 80 mil millones de neuronas solo en nuestra cabeza. Aun moribundas ellas también, ¿serían capaces de producir estos maravillosos fuegos artificiales en nuestra cabeza? Hay gente que se agarra a un clavo ardiendo; otros, a una neurona muriendo.

La situación, de nuevo ideal, consistiría en poder bajar el volumen del cerebro exactamente a cero mientras todavía hay música en la mente. ¿Será ciencia ficción?

Tener un electroencefalograma plano (sin señal, con el marcador a cero todo el rato) no es lo mismo que sufrir una «muerte encefálica», esto es, la pérdida permanente e irreversible de actividad cerebral. Las neuronas no solo estarían apagadas, es decir, sin actividad ni función, sino que empezarían a morirse y ya no se podrían recuperar. No se conoce, hasta donde yo sé, ningún caso de ECM tras un diagnóstico de muerte encefálica. Eso no quita que sea posible vivir una ECM en esa situación, pero aquellos que la vivan probablemente nunca podrán regresar para contarlo porque su cerebro sería irrecuperable. La diferencia entre «muerte encefálica» y «muerte clínica» es importante, pues durante la muerte clínica sí sabemos que puede haber una ECM (incluso cuando el cerebro está inactivo), pero durante la encefálica, el cerebro no solo está inactivo, sino que no se podrá volver a activar. Durante la muerte clínica, pasados unos 30 segundos del paro cardíaco, cuando el EEG se aplana, podemos pensar en un cerebro como en un ordenador cuando está desenchufado, fuera de funcionamiento. Se puede volver a enchufar y volver a funcionar más tarde (al contrario de la muerte encefálica), pero en ese momento está apagado y sin función. Las ECM siguen siendo ahí inexplicables fisiológicamente.

Hay muchas formas de morir y, por lo tanto, también distintas maneras de estudiar qué pasa en el cerebro en situaciones críticas más allá de los casos típicos de parada cardiorrespiratoria que venimos comentando. Recientemente se ha podido medir, en muy pocos pacientes, un aumento súbito de la actividad en ciertas áreas del cerebro mediante técnicas de EEG. Es el caso de dos pacientes en coma (eran cuatro en total, pero solo se encontró actividad en dos de ellos) a quienes se decidió desconectarles el soporte vital (Xu et al., 2023) —años antes se hicieron estudios parecidos en ratas (Borjigin et al., 2013), provocándoles un paro cardíaco en el laboratorio— o el de un paciente que murió tras un paro cardíaco mientras tenía un EEG puesto (Vicente et al., 2022).

Estos estudios son interesantísimos y además tienden a llamar mucho la atención de los medios de comunicación, pues parece que se ha pillado in fraganti la huella de una ECM en el cerebro. Sin embargo, a pesar de haberse registrado actividad eléctrica terminal, la señal casi nunca va más allá de esos 30 segundos tan relevantes después del paro cardíaco. Es decir, en estos estudios, la mayor parte de la actividad cerebral que se muestra sucede antes de que el corazón se pare o como mucho durante el primer minuto del paro cardíaco. No está claro que esa actividad terminal del cerebro sea también cognitiva (si esos breves y repentinos picos fisiológicos tienen relevancia psicológica), o incluso que sean tan solo artefactos. Dicho de otra manera, aunque haya actividad (con el corazón todavía en marcha o justo tras detenerse), no parece realmente el tipo de actividad que daría lugar a estados cognitivos o conscientes, por mucho que a veces se fuercen las interpretaciones de los datos hacia una entendible visión neurobiológica reduccionista (Marital et al., 2025). Es muy difícil llevar a cabo este tipo de estudios y se necesitan muchos más casos para poder afinar las conclusiones.

¿Por dónde seguimos? ¿Qué nos queda?

Nuestra búsqueda empedernida de explicaciones es una gran virtud, pero se puede convertir en obstáculo cuando nos obsesionamos con ellas —acabamos proponiendo justificaciones, en vez de explicaciones—. A estas alturas, ya no cuenta el argumento de que el paciente no estaba realmente muerto porque se lo pudo revivir. Tampoco servirá decir que hay que tomarse estas experiencias «seriamente, pero no literalmente». La experiencia humana es la materia prima de trabajo de la ciencia de la consciencia.

A pesar de los múltiples intentos de correlacionar la fenomenología y la psicología (lo que pasa en la mente, la experiencia subjetiva) con la neurofisiología (lo que pasa en el cerebro) y con otras condiciones objetivables y controlables (como la medicación, los antecedentes, etc.) seguimos sin explicación científico-médica de por qué y cómo la gente tiene una ECM. A medida que las explicaciones tanto psicológicas como biológicas reduccionistas se van quedando cortas, ¿qué pétalos nos quedan en esta maltrecha margarita? Nos vamos quedando sin explicaciones biológicas y psicológicas, sobre todo aquellas que rezan que la mente «no es nada más que» actividad neuronal. Seguimos profundizando en el enigma de la relación entre cerebro y consciencia, esa «extraña pareja» que nos trae de cráneo.

¿Viendo el «más acá» desde el «más allá»?

Regresemos a lo que sucede en una ECM. Estas experiencias pueden tener un doble componente: uno que podríamos llamar «espiritual» (a falta de un nombre mejor) y otro que podríamos llamar «físico». Dicho de otro modo, la persona que tiene una ECM puede estar viendo seres de luz en las nubes o el personal sanitario en la sala de reanimación. El primer caso es difícil de verificar: ¿cómo cotejar esa otra realidad científicamente? El segundo caso es intrigante. Este tipo de percepciones suceden desde una perspectiva que está fuera del cuerpo de la persona que las experimenta, una experiencia extracorpórea. Hay que tener en cuenta además que no solamente el paciente estaría inconsciente según la medicina al uso, sino que es muy probable que los cinco sentidos del paciente estén fuera de juego. Por muy inverosímil que parezca, lo interesante aquí es que uno puede comprobar si lo que cuenta el paciente sucedió en el mundo físico. Sería como tener un pie fuera de este mundo y un ojo dentro.

Deberíamos pues buscar casos en los que se dé una ECM, con un componente EEC, con una percepción verificable, y finalmente corroborarla. Estaríamos entonces en situación de acercarnos mucho a una respuesta casi definitiva sobre la realidad de una mente que pueda operar fuera del cerebro, incluso sin él…

¿Tabletas en el techo?

Se nos acaba la tinta, pero intentémoslo una vez más. El equipo de Sam Parnia intentó el experimento que justo acabamos de describir. Lo hizo poniendo unas tabletas mirando hacia el techo de la sala de operaciones, no visibles por nadie del equipo, y con imágenes que cambiaban aleatoriamente.

Esta era la jugada de una dificultad extrema: alguien se muere, le practican la reanimación, le pueden colocar un EEG, consiguen que vuelva, recuerda la experiencia, quiere contarla, resulta que es una ECM, que tiene además un componente de experiencia extracorpórea, y con percepciones verificables, cuyo momento coincide con el del EEG plano, y se comprueba que la percepción de la imagen de la tableta fue la correcta. Se consiguieron todos los pasos menos el último. Como el trapecista que en su número final se cae al suelo.

Si lo hubieran conseguido, quizás se habrían llevado un Premio Nobel. A pesar del fracaso de no encontrar lo que buscaban, su gran éxito fue ratificar que no hay nada que ver utilizando esa metodología. Aparte de algunos problemas técnicos que no vamos a mencionar ahora, me pregunto por qué una persona muerta se interesaría por un objeto que el experimentador ha escondido. Es encomiable el valor por innovar en un campo a menudo un tanto «viejoven». Pero no parece que sea este el experimento crucial que nos saque de la duda y del atolladero. Habrá que buscar en otro lugar. Quizás más allá de la cabeza.

¿La prueba del cielo?

Dadas las evidencias hasta la fecha, ¿crees que apuntan a favor o en contra de la supervivencia de la consciencia tras la muerte? Visto lo visto, ¿tú qué opinas?

Si la paciencia es la madre de la ciencia, la evidencia es su padre. Por favor, no olvidemos que en el terreno de la ciencia una «evidencia» no significa ni que algo sea «evidente», ni que lo que se muestre sea una «prueba irrefutable». Todas estas investigaciones siguen en marcha. Más datos y mejores interpretaciones irán decantando la balanza. No hay nada demostrado todavía. No, la ciencia no ha demostrado (todavía) que el alma existe y sobrevive a la muerte. Tampoco ha demostrado lo contrario. Tanto los «escépticos» que creen firmemente que no, como los «creyentes» que están seguros de que sí, deben tener paciencia.

La ciencia empírica no funciona como un teorema matemático. Una demostración matemática, si es correcta (y aceptas sus premisas), te obliga a aceptar el resultado. La razón va encadenada por todo el trayecto, como si fuera una vía ferrata que asciende por una montaña: no te puedes caer, pero tampoco puedes salir del recorrido. O sigues adelante y lo completas, o das marcha atrás y abortas la misión. El camino es difícil, pero seguro. No hay libertad, hay certeza.

Pero, insisto, las evidencias en ciencia (no solo respecto a la causa de las ECM, sino en cualquier otro ámbito) son más bien como las pruebas que un abogado presenta ante un juez, un fiscal y un jurado. Pensemos en ellas como indicios más que como certezas. Es decir, las evidencias son como pruebas, pero por sí solas no prueban nada definitivamente. La diferencia es sutil pero importante.

Se trata de trascender la mentalidad binaria y absolutista («seguro que sí» o «seguro que no») basada en la «prueba irrefutable» y centrarse en algo más sofisticado: «la carga de la prueba», más allá de la «duda razonable». En vez de un emoticono con el pulgar arriba o abajo, hay que imaginarse una balanza sobre la que se van colocando evidencias para ver hacia dónde se inclina, hacia una hipótesis o hacia otra. Pronto pondremos en uno de los platos de esa balanza una gran alternativa a la noción habitual de cerebro (el cerebro como órgano permisivo, en vez de productivo). Quizás eso nos aporte perspectiva y claridad respecto a lo que puede estar pasando. Mientras tanto, sigamos trabajando.

Seis casos «imposibles»

Te he guardado lo mejor para el final. Es una sorpresa. Quiero acabar este largo capítulo con seis casos verdaderamente extraordinarios. Van a poner a prueba tanta credulidad (y también tu incredulidad). Abróchate el cinturón. Despegamos.

El primer caso lo podríamos titular «Sullivan y el extraño aleteo del cirujano». A Sullivan se le sometió a una cirugía de emergencia, un cuádruple bypass, en el hospital Hartford de Connecticut. Después de la anestesia, tuvo una ECM. Cuando recuperó la consciencia, le dijo al cardiólogo, el Dr. Anthony LaSala, que había visto la sala de operaciones desde arriba, mientras el cirujano cardíaco, el Dr. Takata, batía sus codos como si estuviera tratando de volar. El Dr. Takata confirmó que lo que Sullivan llamó «aletear» era una práctica habitual suya para dar instrucciones a su asistente, señalando con los codos, ya que no quería que sus manos tocaran nada. Una práctica que, por otro lado, el Dr. LaSala declara que no ha visto hacer a ningún otro cirujano. Sullivan también vio a los médicos trabajando en su pierna cuando el problema estaba en su corazón. Más tarde se enteró de que le estaban extrayendo una vena de la pierna para crear un bypass coronario. El Dr. Greyson investigó el caso y confirmó que su cerebro estaba completamente anestesiado y que sus ojos estaban pegados con cinta (algo que a menudo se hace para evitar que se resequen). (Greyson, 2021)

El segundo caso podría llamarse «En busca de la dentadura perdida». Un hombre de cuarenta y cuatro años llegó en estado de coma al Hospital Rijnstate en Holanda. Cuando la enfermera intentó reanimarlo, descubrió que el paciente usaba dentadura postiza, la retiró y la colocó en el carrito del paciente. Una semana después, cuando el hombre recuperó la consciencia, esa misma enfermera fue a su habitación. Entonces él exclamó: «Tú sabes dónde está mi dentadura (…) estabas allí cuando me trajeron al hospital, y tú sacaste la dentadura de mi boca y la pusiste en ese carrito. Tenía todas esas botellas encima, y había un cajón deslizante debajo, y allí pusiste mis dientes». (Van Lommel et al., 2011)

El tercer caso lo llamaremos «Pam Reynolds y una canción imposible de escuchar». La cantante y compositora Pam Reynolds se sometió en 1991 a una cirugía para extirpar un aneurisma en la base de su cerebro mediante un procedimiento conocido como «paro cardíaco hipotérmico», que consiste en enfriar su cuerpo a unos 16 grados centígrados, detener su corazón y luego drenar la sangre de la cabeza. Sus ojos fueron lubricados y sellados con cinta adhesiva. En sus oídos se colocaron pequeños audífonos que emitían clics continuos a 100 decibelios con el fin de detectar cualquier señal eléctrica en el tronco encefálico, asegurándose de que el cerebro estuviera completamente inactivo durante la operación. Después de la cirugía, Reynolds afirmó que, una vez que el cirujano comenzó a cortar su cráneo, sintió que «salía» de su cuerpo y flotaba por encima, observando cómo los médicos trabajaban. Fue capaz de relatar varios detalles sobre lo que había sucedido. Describió las herramientas que se utilizaron, así como una conversación entre los médicos: «prueba el otro lado», «tenemos un problema, sus arterias son demasiado pequeñas». También dijo haber escuchado la canción Hotel California. Un año después, compartió su experiencia con el Dr. Spetzler, quien no verificó los detalles. Pero el Dr. Michael Sabom sí lo hizo, y pudo corroborar con Pam Reynolds que todo aquello había ocurrido como ella lo describió. (Sabom, 1981)

El cuarto va sobre «Vicki Umipeg, la mujer ciega de nacimiento que se sorprendió al verse a sí misma desde el techo». Vicki Umipeg nació de forma prematura, con un peso de solo 1,3 kilos. Nació ciega debido a un exceso de oxígeno en la incubadora, lo que destruyó su nervio óptico. Una noche, cuando tenía veintidós años, sufrió un accidente de coche con lesiones graves, incluida una fractura de cráneo. Después de llevarla a una sala del Hospital Harborview, ella sintió que salía de su cuerpo y flotaba hacia el techo. Escuchó a un médico hablando sobre la posibilidad de que el daño en su tímpano pudiera dejarla sorda también. Después miró hacia abajo y vio un cuerpo, sin darse cuenta al principio de que era el suyo (ya que nunca lo había visto antes). Después se dio cuenta de que era ella porque reconoció su anillo de bodas. A continuación se enfadó al ver que le habían rapado el pelo. También vio que su cabeza estaba abierta y que había mucha sangre (aunque no pudo identificar el color rojo, ya que no sabía lo que es un color). Después «salió por el techo» y tuvo una experiencia cercana a la muerte trascendental y maravillosa. (Ring y Cooper, 2008)

Seguimos con la sexta, «Holly y la mancha de tomate en la corbata». El Dr. Greyson se manchó la corbata con salsa de tomate justo antes de entrevistar a Susan, la compañera de habitación de una estudiante llamada Holly. Holly estaba inconsciente en una habitación del hospital tras haber intentado suicidarse con una sobredosis de sustancias. La entrevista con Susan tuvo lugar lejos de la habitación de Holly. Al día siguiente, durante la entrevista con Holly, ella le dijo «Llevabas una corbata a rayas con una mancha roja». Greyson afirma que no había manera de que Holly pudiera haberlos visto o escuchado hablar al final del pasillo. Además, subraya algo del incidente que le pareció todavía más increíble. Resulta que Holly repitió luego la conversación que el Dr. Greyson había tenido con Susan, «todas mis preguntas y las de Susan…, sin cometer ningún error», remarca Greyson. (Greyson, 2021)

Acabamos con un relato no menos inconcebible, el de «María y la zapatilla en el tejado». María sufrió un ataque al corazón mientras visitaba a unos amigos en Seattle en 1977, y fue trasladada de urgencia al Hospital Harborview, donde fue ingresada en la unidad de cuidados coronarios. Poco después, tuvo un paro cardíaco y fue reanimada rápidamente. Al día siguiente, fue visitada por la trabajadora social de cuidados intensivos Kimberly Clark, profesora en la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington. María le contó que, durante su paro cardíaco, pudo verse desde el techo, observando al equipo médico trabajando en su cuerpo. Dijo que luego se encontró fuera del hospital, donde vio una zapatilla deportiva azul en el borde de la cornisa del tercer piso, en el lado norte. Uno de los cordones estaba atrapado debajo del talón y la zona del dedo pequeño estaba desgastada. Clark subió al tercer piso y comenzó a buscarla. Las ventanas eran muy estrechas, y tuvo que presionar su cara contra el vidrio para poder ver la cornisa. Finalmente, encontró una habitación desde la cual, al mirar hacia abajo, pudo ver la zapatilla. (Clark, 1995)

Creo que con esto es suficiente. Como dijo Sir William Crookes: «No dije que fuera posible; simplemente dije que ocurrió». Que cada cual saque sus conclusiones.



4. IMPLICACIONES

Ya hemos visto qué son las ECM y cómo se estudian científicamente. Vamos ahora con algo más pragmático: ¿qué significado tienen en nuestra vida?, ¿de qué nos sirve todo esto en lo individual y en lo colectivo? Es decir, pasamos de las evidencias y sus posibles explicaciones a sus implicaciones.

Las consecuencias de las ECM se hacen notar en varios aspectos: transformaciones personales y familiares, cambios de perspectivas sociales sobre la muerte y el morir, y redefiniciones técnicas de conceptos fundamentales tales como qué es la vida y cuándo acaba realmente, qué es el cerebro, o dónde está la consciencia. Hayas tenido tú una ECM o no, esto te interesa.

Me decía en una entrevista Pim van Lommel, cardiólogo y autor de Consciencia más allá de la vida (2007), que lo importante para él ahora no es tanto hacer más investigaciones —que también, obviamente, pues la ciencia debe continuar—, sino compartir este conocimiento con la sociedad. Hay que dedicar energía a comunicar la ciencia más allá de la ciencia y hacer llegar las ECM al público general. Nos habla Van Lommel de las ECM en el contexto del futuro de nuestro mundo. Las lee en clave de amor incondicional. No se trata de repartir falsas esperanzas, sino de compartir un mensaje esperanzador. Algo que sea bueno, bello y verdadero.

Las ECM cambian tu vida

Empecemos por lo personal. Siete minutos en el otro lado pueden cambiar tu vida para siempre. Lo más importante que hay que destacar es que las ECM transforman la vida de quienes las experimentan. Sea cual sea el mecanismo cerebral, su realidad es innegable. Son intangibles, pero su efecto es bien palpable.

Estudios científicos en pacientes que tuvieron (y contaron) una ECM tras ser reanimados en el hospital muestran que su miedo a la muerte se mitiga tras la experiencia, además de crecer en empatía hacia ellos mismos, los demás y la naturaleza. Estos cambios psicológicos son positivos, profundos y persistentes. Incluyen mayor expresión de emociones, aceptación de los demás, interés por lo espiritual y valorización de lo cotidiano. Esto no sucede en aquellos que sufrieron una reanimación cardiopulmonar, pero sin tener una ECM. Quien ha pasado por una ECM se siente más conectado a todos y a todo. El otro lado del túnel parece rociar a quien regresa del amor incondicional.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. En lo personal, las ECM pueden convertirse en equipaje de mano pesado. Son muy difíciles de compartir porque no sabemos bien cómo expresar eso que va más allá de las palabras. Además, nuestros familiares y amigos van a tener dificultades en entenderlas, si es que se las creen. Pueden pasar muchos años hasta que uno empieza a aceptarlas y luego a integrarlas en su vida. Yo he conocido casos de personas que lo han guardado en secreto durante décadas. Ese tiempo de soledad e incomprensión, ante algo tan dramático como desconcertante, pero a la vez maravilloso e inefable, puede propiciar separaciones de pareja e incluso llevar a la depresión.

Más allá de las luces y las sombras del fenómeno, de lo que no hay duda es de que estas experiencias son indelebles. No se borrarán nunca de nuestra memoria. Es más, me atrevería a decir que para todos los que hemos estado en el umbral, esa experiencia es una de las más importantes y significativas de nuestra vida, a la par del nacimiento de un hijo o haber encontrado el amor verdadero.

Me atrevo a aventurar la siguiente conjetura. A pesar de la enorme dificultad para hablar de ello, hay algo en las ECM que parece que impela a quien la ha vivido a contarla. En algunas ocasiones las personas reciben un mandato concreto en el túnel: vuelve y haz que la gente lo sepa. Otros no reciben el mensaje o se lo guardan. Lo cierto es que, ya sea de forma explícita y deliberada o con una implícita pero irrefrenable sensación, hay un ímpetu extraordinario para que la visión del umbral hacia otra vida se sepa en esta. A veces incluso da la sensación de que viene promovido desde el otro lado.

Más allá de lo personal

El doble aspecto, maravilloso y terrible, de una ECM se propaga como ondas sísmicas durante un terremoto hasta los familiares y amigos de la persona que la ha experimentado. Ellos también pueden beneficiarse de la experiencia, aunque no la hayan vivido en primera persona. En primer lugar, escucharán en el mero hablar de la muerte un recordatorio presente de su propia mortalidad. Es increíble, pero nos olvidamos durante casi toda la vida de que algún día moriremos. La ECM servirá a su vez como reflejo anticipado de un morir que no sea pura angustia o, simplemente, la nada absoluta. Uno se puede plantear, quizás por primera vez, que morir en el fondo puede no ser tan terrible.

Ampliando el horizonte, las implicaciones que estamos sugiriendo aquí a propósito de una ECM se extienden y amplifican cuando además tenemos en cuenta una constelación mayor de fenómenos alrededor de la muerte y el morir. Hablaremos de ellas en el próximo capítulo. Se trata de diversos fenómenos que experimentan los moribundos y quienes les rodean, ya sea a causa de un accidente y durante una reanimación tras parada cardiorrespiratoria, en quirófano anestesiado durante una intervención complicada, en coma en la unidad de cuidados intensivos, en una larga enfermedad terminal en una unidad de cuidados paliativos, o en un lento apagarse sufriendo demencia en una residencia de ancianos. Hay muchas formas de morir.

Son todas experiencias «cercanas a la muerte», cada una a su manera. Los fenómenos que suceden allí desafían nuestra comprensión de los límites de la vida, la muerte y la consciencia. Pero volviendo a las implicaciones más prácticas, entender mejor (aunque nunca del todo) lo que está sucediendo en cada una de estas situaciones nos permite acompañar al moribundo con mayor coherencia, sin violentar el curso natural y sano del proceso, extraer un aprendizaje para nuestra vida y vivirlo como un regalo, a pesar de ser desgarrador.

Por ejemplo, cuando un anciano con demencia avanzada experimenta un episodio de «lucidez terminal» pocas horas antes de morir (se trata de un pico de claridad mental en el que capacidades cognitivas muy deterioradas pueden, de manera súbita y breve, mejorar inexplicablemente) podemos, si sabemos lo que está sucediendo, aprovechar ese momento para darle nuestro último adiós de manera consecuente. No es infrecuente que un abuelo que llevaba meses o incluso años sin apenas hablar ni recordar nada, de repente reconozca a sus familiares y se ponga a conversar con ellos, estando francamente animado, incluso feliz. Y, tras ese pico de lucidez, muera en un par de días. Es como una estrella fugaz. Hay que estar mirando al cielo para verla pasar.

En resumen, el mejor regalo que le puede hacer un moribundo a sus familiares es ser ejemplo y testimonio, si las circunstancias lo permiten, de una muerte consciente. El regalo de sus familiares y cuidadores, el de acompañarle en una muerte digna. Ya sé que no te quieres morir. Yo tampoco. Pero tienes que pensar cómo te quieres morir, porque morir, morirás.

Más allá de lo familiar

No hay que detenerse en el ámbito familiar. La muerte es también social. De hecho, la muerte y el morir son una especie de tabú cultural: las hospitalizamos, las medicalizamos, las maquillamos y, finalmente, las ocultamos (como el cementerio de Montjuïc durante los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992). Entender mejor qué hay detrás de estos procesos es de vital importancia, especialmente en el ámbito de la sanidad. Las ECM tienen derivadas técnicas y filosóficas, pero también éticas y políticas.

La medicina es un gran éxito, pero la muerte es su gran fracaso —su elefante en la habitación: una gran verdad que todos ven, pero de la que nadie quiere hablar—. Creo que en la Facultad de Medicina apenas se enseña. Es como si los operarios de una central nuclear supieran de todo menos qué hacer cuando se funde el núcleo del reactor. Las ECM nos hacen replantearnos cómo se gestiona la muerte hoy en día en los centros hospitalarios.

La primera implicación es la propia definición de muerte: ¿y si la muerte no es lo que parece? La definición de muerte clínica es esta: cese irreversible de las funciones cardiorrespiratorias (se paran el corazón y los pulmones). Aunque sabemos que, si nos damos prisa, esa situación se puede revertir mediante técnicas de reanimación. Si las células de nuestro cerebro no han sufrido daños irreversibles, podremos volver a la vida. Pero ahora sabemos que esa definición (incluso añadiendo la de muerte encefálica) podría no estarnos diciendo toda la verdad sobre la «muerte mental»: los órganos se apagan pero la experiencia sigue, no hay pérdida absoluta de consciencia cuando el cuerpo físico ha perdido absolutamente todas sus funciones.

De hecho, tradiciones como la budista ofrecen minuciosas descripciones de lo que sucede no solo cerca de la muerte, sino durante, e incluso después. Como el bardo, estado intermedio entre muerte y reencarnación.

Solo hay que hojear El libro tibetano de los muertos para darse cuenta de la exquisita investigación que se puede hacer de la muerte desde la propia mente. Los neurocientíficos occidentales deberíamos tomar nota.

Otra implicación es no correr tanto tras la muerte clínica de alguien, ya sea para llevárselo a la morgue o para retirarle quirúrgicamente sus órganos para un trasplante. Si morir no es como apagar un interruptor, sino más bien como dejar que un terrón de azúcar se diluya en una infusión, no deberíamos apresurarnos tanto, respetando un proceso probablemente dilatado, valioso y sutil.

Otro tema muy delicado es cómo tratar a los pacientes en coma: ¿hay mente ahí dentro aunque el cuerpo apenas lo refleje? ¿Qué información científica (empírica pero también referente a las teorías de la consciencia) tenemos para tomar decisiones más éticas, por ejemplo, cuando se decide desconectarle el soporte vital a alguien?

Finalmente, cuando la muerte es inevitable, hay que seguir poniendo al enfermo en el centro, en vez de a la enfermedad. Los cuidados paliativos no son una lucha contra la muerte (ni a favor de acelerarla, o de prolongar innecesariamente la vida), sino de aliviar el sufrimiento y, me atrevería a decir, mejorar la «calidad de muerte». Esto requiere un abordaje a muchas bandas, entre paciente, familia, médicos, enfermeros, burócratas y administradores. Una coordinación basada en la evidencia, pero también en la experiencia, que alinee funciones, facilite la claridad en la comunicación, la coherencia de información, promueva marcos para la aceptación, garantice la seguridad y, sobre todo, esté al servicio del cuidado de los más vulnerables.

Como se expresa maravillosamente en la pintura de Picasso Ciencia y caridad, podemos (y debemos) tratar de implementar una ciencia de la muerte que rescate y valide el «ojo clínico» del personal sanitario, la experiencia de los médicos, sus intuiciones —aquello que saben pero que no saben cómo lo saben—.

Más allá del hospital

Cambiar de opinión está en peligro de extinción. También entre científicos, aunque no debería ser así. El arte de la ciencia consiste, como dijo el premio nobel de física Richard Feynman, en «buscar más diligentemente, y con el mayor de los esfuerzos, en precisamente aquellos lugares en los que parece más probable que podamos demostrar (…) que estamos equivocados tan rápido como sea posible, porque solamente de esta forma progresaremos».

Me ocupa y me preocupa entender qué hace que un experto cambie realmente de opinión. Sin embargo, dedicamos grandes esfuerzos en mostrar que estamos en lo cierto. Esta es una cuestión metacientífica, pues está por encima de nuestro trabajo en los despachos, consultas, y laboratorios. Y tiene un alcance social clave, pues, si los profesionales de la ciencia y de la salud cambian sus esquemas más profundos, sus instituciones se verán también transformadas profundamente. El cambio puede apretar desde fuera, por clamor popular, pero las verdaderas revoluciones suceden desde dentro.

Habría mucho que contar sobre revoluciones científicas, cambios de paradigma y el progreso de la mentalidad de la ciencia, que, como dijo el también premio nobel de física, Max Planck, «avanza de funeral en funeral». Es decir, solo cuando se muere una generación, la siguiente tiene espacio para plantar, regar y que florezcan nuevas ideas. Sin entrar en filosofía de la ciencia (un terreno tan fascinante como necesario), os diré la verdad: los expertos (casi) nunca cambian de opinión.

Saben mucho y quizás siempre sigan descubriendo nuevos detalles y aprendiendo nuevas técnicas, pero el núcleo de sus creencias (lo fundamental) está cada vez más al fondo, intacto, casi como las profundidades de la tierra a medida que nuevas capas de sedimentos se depositan sobre su corteza. Quizás esa sea la diferencia entre un experto y un sabio. Necesitamos pues, de vez en cuando, un terremoto que desgarre la tierra y revele el magma que fluye por debajo.

¿Cómo podemos facilitar esos cambios profundos? No hay nada como la muerte para cambiar de opinión. A veces lo más efectivo es que se te rompa el suelo que pisas, en vez de las ideas que llevas en la cabeza, para así poder explorar verdaderamente nuevas alternativas y aprender. Por cierto, cuando uno cambia su visión del mundo, también cambia sus investigaciones. Las premisas son otras y, por lo tanto, las preguntas también. Para muestra, un botón. La experiencia nos lleva a las fronteras de lo desconocido, donde se hace la ciencia más alucinante.

Ateos moribundos y materialistas alucinando

Un caso ilustrativo lo tenemos en el gran filósofo ateo A. J. Ayer, quien tras sufrir una ECM reflexionó profundamente sobre las implicaciones respecto a sus creencias filosóficas y personales. En un artículo que causó cierto revuelo en The Sunday Telegraph concluía «Mis experiencias recientes han debilitado ligeramente mi convicción de que mi verdadera muerte, que ocurrirá dentro de poco, será mi fin, aunque sigo esperando que así sea. No han debilitado mi convicción de que no existe ningún dios. Confío en que el hecho de que siga siendo ateo tranquilizará las inquietudes de mis compañeros simpatizantes». En el artículo también remarcaba que, en caso de que la consciencia sobreviviera a la muerte del cuerpo físico, eso no sería equivalente de que Dios exista. Como diría la cantante María Isabel, antes muerto que sencillo.

Por cierto, hay estudios que demuestran que el uso de sustancias enteógenas (plantas u hongos que producen estados alterados de consciencia), en particular la psilocibina, cambia tus creencias metafísicas: la gente se vuelve menos materialista y su concepción de la realidad se desplaza hacia un mundo donde la materia ya no es lo único y fundamental (Timmermann et al., 2021). Algo muy parecido pasa con las ECM, con la diferencia de que los cambios son mucho más duraderos. Para los exploradores psicodélicos, los investigadores demostraron que el cambio de cosmovisión se mantuvo por lo menos seis meses, mientras que los efectos de una ECM duran como mínimo hasta que uno se muere de nuevo.

Reflexiones finales

Acabo este capítulo con una breve meditación lingüística. El lenguaje revela verdades escondidas a plena luz del día. Es curiosa la forma que tenemos de expresarnos. Quizás digamos que «hemos perdido» a un ser querido para dejar abierta la esperanza a poderlo encontrar de nuevo en un futuro no muy lejano —como quien pierde las llaves de casa o un documento de extraordinario valor—. También decimos, casi sin pensarlo, «que descanse en paz», deseándoles a nuestros fallecidos reposo eterno tras el trasiego de la vida —la vida es dura y, desgraciadamente, muchas veces la gente muere cansada de vivir—. Además, la palabra duelo también tiene secretos curiosos escondidos a plena luz del día. Significa dolor, lástima, aflicción, melancolía. Pero comparte espacio semántico con la idea de combate y desafío.

Debemos afrontar la muerte, más que confrontarnos con ella. Creo que le tenemos más miedo al morir que a la muerte. Para acabar, me viene a la memoria la famosa expresión de votos matrimoniales «hasta que la muerte os separe». Seguro que hay muchas personas que, tras haberla profesado hace muchos años, desearían añadir una enmienda que dijera «y hasta que la muerte os una de nuevo». ¿Nos reencontraremos?

Quizás lo más urgente ahora mismo no sea explicar la muerte, sino dejar que nos transforme individualmente y como sociedad para así poderla entender mejor a ella y a nosotros mismos. En nuestra sociedad tanatofóbica se hace cada vez más necesaria una suerte de sabiduría huérfana que permita mirar la muerte a los ojos y amar lo que (quizás) no va a durar para siempre. Como dice el escritor y activista Stephen Jenkinson, cuando a uno se le rompe el corazón la solución no es «menos corazón».

Elige tu propia aventura

Hasta ahora, estimado lector, te he llevado de la mano por un camino premeditado: mi caso, las experiencias cercanas a la muerte, su historia, las evidencias, posibles explicaciones e implicaciones. Nos queda todavía mucho por recorrer en esta maravillosa aventura. Tengo varias sorpresas guardadas para ti. Ya lo verás.

Ahora, emulando aquella maravillosa serie de libros juveniles donde podías elegir a qué página ir y construir así tu propia aventura, te ofrezco varias posibilidades a modo de libro-juego. Cada una de ellas te llevará a entender mejor cómo podemos redefinir conceptos fundamentales, como por ejemplo qué es un cerebro, qué es la ciencia, o qué es eso que llamamos consciencia y si va más allá de nuestro cuerpo.

Si quieres que te presente una definición de cerebro que lo cambia todo, pasa al capítulo 11.

Avanza hasta el capítulo 8 si te interesa saber por qué la consciencia es la gran desconocida en la historia de la ciencia. Puedes seguir por el capítulo 9 para revivir el nacimiento de la ciencia de la consciencia hace muy poquitos años y hacerte una idea de dónde estamos ahora y hacia dónde nos dirigimos.

Si, en vez de ello, prefieres profundizar en la diferencia entre ciencia y pseudociencia de manera distendida pero contundente, ve al capítulo 7. Más adelante, en el capítulo 14, hablaremos de la religiosidad de la ciencia y del futuro de la espiritualidad.

En el capítulo 13 te presentaré una ciencia de lo imposible.

O, si lo prefieres, también puedes simplemente seguir al siguiente capítulo. Es brutal. No te dejará indiferente.



5. LAS CUATRO ESTACIONES... DE LA SUPERVIVENCIA DE LA CONSCIENCIA

Está claro que nacemos y morimos. Tenemos (por lo menos) una vida, un cuerpo y una mente. El umbral es doble: hay una puerta de salida y otra de entrada. ¿Qué dice la ciencia sobre cómo cruzamos esos portales? ¿Hay algo después? ¿Y antes?

Regresemos a las ECM. Pero no seamos miopes. Vayamos más allá de ellas. Las ECM son como el arma en la escena del crimen. Una gran pista, pero no la única. Hay una colilla que aún humea, un pañuelo manchado de sangre de un grupo sanguíneo distinto al de la víctima, y las huellas de unas botas del número 44. Lo realmente importante no es si tres neuronas moribundas, en las profundidades del cerebro (o en el dedo gordo del pie), producen innumerables experiencias cercanas a la muerte. Lo que está en juego es si la consciencia continúa; si algo de nosotros sobrevive a la muerte; si hay algo de ti que es inmortal. ¿Puede la ciencia decir algo más contundente al respecto?

Tres líneas principales de evidencia: antes, durante y después

La respuesta, creo, es un sí. La evidencia científica que tenemos de la supervivencia de la consciencia a la muerte del cuerpo físico se puede dividir, hoy, en tres categorías.

Pero antes de continuar, hagamos dos precisiones. Primero, permíteme recordar que «evidencia» significa datos, indicios, no demostraciones inapelables ni pruebas irrefutables (lo vimos en detalle al final del capítulo 3). Segundo, algunos investigadores prefieren hablar de la «continuidad» de la consciencia (como Pim van Lommel), en vez de su «supervivencia» (como Bruce Greyson), pues entienden que la supervivencia tiene que ver con la vida, principio biológico arraigado a lo físico. En cualquier caso, estamos hablando de lo mismo: de lo que no muere cuando nos morimos.

La primera categoría tiene que ver con lo que sucede DURANTE la vida, en especial cuando nos acercamos a la muerte —se trata de «la mente más allá del cerebro»—. Aquí exploramos evidencias de que «la mente puede funcionar de manera independiente del cerebro» (esto no significa, obviamente, que el cerebro deba funcionar de manera independiente todo el tiempo, sino que, en ocasiones, puede hacerlo). Este tipo de evidencia no garantiza la supervivencia (no es condición suficiente), pero sí es condición necesaria para que la mente pueda sobrevivir, pues no hay duda de que el cuerpo muere, incluido obviamente el cerebro, y que se descompone y desintegra. Para que la mente continúe, esta debe poder despegarse, de algún modo, del cuerpo y del cerebro. Pensemos en la metáfora del velcro. Un buen ejemplo son las experiencias cercanas a la muerte.

La segunda categoría tiene que ver con lo que sucede ANTES de nacer y de la concepción —se trata de «vivos que ya vivieron»—. Aquí exploramos evidencias que parecen sugerir que «hay personas que viven hoy que han vivido antes». El ejemplo paradigmático son los casos de niños que recuerdan vidas anteriores, llamados técnicamente en la literatura «casos del tipo reencarnación». La mayoría fueron recogidos por investigadores de la Facultad de Psiquiatría de la Universidad de Virginia, con el trabajo monumental de Iain Stevenson y de Jim Tucker en sus libros Children Who Remember Previous Lives: A question of Reincarnation y Before: Children’s Mmoeries of Previous Lives.

La tercera categoría tiene que ver con lo que sucede DESPUÉS de la muerte, se trata de «muertos que aún viven». Aquí exploramos evidencias de que «aquellos que ya murieron aún existen de alguna manera». Los datos aquí vienen principalmente de los estudios científicos de mediumnidad. Se han llevado a cabo durante más de un siglo, en especial por la Sociedad para el Estudio de los Fenómenos Psíquicos de Inglaterra y de Estados Unidos. El trabajo recogido en Science of Life After Death por Moreira-Almeida y colaboradores es un destacable punto de referencia. Es también apasionante la lectura del clásico de Frederic Myers Human personality and its survival of bodily death.

Las cuatro estaciones

Imagínate ahora toda tu vida, en un sentido amplio, como el ciclo de la vida de la naturaleza durante el año. En vez de una línea recta que empieza en un punto y acaba en otro, piensa en sus cuatro estaciones: el OTOÑO es el morir, y el INVIERNO el estar muerto, la PRIMAVERA es la llegada a este mundo y el VERANO es la vida que todos conocemos. Cada una de estas cuatro estaciones nos ofrece evidencias científicas a favor de la continuidad de la consciencia después de la muerte del cuerpo físico. Hay mucha tela que cortar. Daría para varios libros. Veámoslo, aunque sea resumidamente.

Otoño

Podemos ahora localizar mejor las ECM con una mayor perspectiva, pues serían un caso particular dentro de la primera categoría. Se trata del «durante» la vida, en su fase de «otoño», hacia el final. Recordamos aquí que hay ECM en las que se añade un fuerte componente de «experiencia extracorpórea», que en ocasiones puede tener elementos verídicos (comprobables físicamente) y que en algunos casos se pueden dar estas percepciones visuales incluso en ciegos de nacimiento durante una ECM.

La «lucidez terminal» es otra bonita estrella de esta constelación de fenómenos. Pacientes, enfermos o moribundos en el lecho de muerte recuperan, en ocasiones casi completamente, sus funciones cognitivas de forma repentina y espectacular horas o días antes de su muerte. Estas personas con demencia avanzada, cerebros con daño irreversible o muy dañados, o en cuidados paliativos, de repente recuerdan, conversan, e incluso recuperan su vigor físico. Lo estamos estudiando en colaboración con Bruce Greyson. La mayoría de la gente que está al cuidado de estos pacientes asegura que la medicación o el tratamiento no puede ser el responsable de semejante mejoría. El personal sanitario y los científicos no sabemos por qué ocurre, ni cómo, pero ocurre. A las abuelas de los pueblos no les sorprenderá; le han llamado toda la vida «la mejoría de la muerte».

Hay otros fenómenos que suceden también en las proximidades de la muerte. No son propiamente ECM, pero están relacionadas con visiones del «más allá» cuando uno aún está en el «más acá». A veces se engloban dentro de lo que se llama «experiencias al final de la vida». Algunas de ellas tienen que ver con «visiones en el lecho de muerte», en particular, encuentros con personas que ya fallecieron. Obviamente, uno puede soñar con sus seres queridos fallecidos cualquier noche, estando sano o en el umbral de la muerte. Pero estas visiones del moribundo presentan correlaciones temporales interesantes. Por ejemplo, una persona cercana a fallecer (pero no necesariamente en situación crítica; por ejemplo, pacientes en cuidados paliativos) dice que ha recibido la vista de su abuela y que le ha dicho que el jueves vendrá a buscarla. Las enfermeras saben que es muy probable que el jueves efectivamente fallezca.

Otro tipo son las «experiencias de muerte compartida» en las que un testigo sano y que no está en peligro de muerte (un familiar o alguien cercano) participa también de la ECM del moribundo, compartiendo por ejemplo la visión de la luz al final del túnel, una paz que todo lo invade o la sensación de salirse fuera del cuerpo. Estos testigos, obviamente, no tienen el electroencefalograma plano durante la experiencia. Yo conozco, de hecho, a un par de personas que acompañan a menudo a otras a cruzar al otro lado. Finalmente, se dan también «coincidencias de muerte» en las que alguien siente de repente que algo grave le ha sucedido a alguien, o se le aparece la persona, confirmándose después que había muerto en esa franja temporal, a veces sin que nadie lo supiera todavía.

Para acabar esta sección, no debemos olvidarnos de las experiencias en el umbral de los niños que están muy enfermos. Su «lucidez terminal» es distinta; más luminosa. Sus historias son tan demoledoras como magníficas. Me atrevería a decir que son pequeños santos y grandes maestros.

Invierno

Esta estación es quizás la que más incredulidad suscita, pues estamos hablando explícitamente de evidencias científicas del «más allá» (recordemos que evidencia no significa prueba irrefutable). Es decir, de comunicación con alguien cuyo cerebro no solo está parado, sino que ya no existe. La realidad a veces supera la ficción. Las evidencias de que los muertos, de alguna manera, aún viven nos vienen a través de sus apariciones a personas que están vivas. Esto puede suceder por dos vías: de manera espontánea y de manera provocada.

El primer caso puede suceder durante una ECM, pero no necesariamente. Es cierto que, en algunas ocasiones, la gente puede sentir que, de repente y en el lugar más inverosímil, su madre difunta estaba allí con ellos. Casi la pueden sentir físicamente. Tiene la certeza absoluta de que era ella. Esto es muy difícil de estudiar de forma científica. Pero hay otras maneras de tratar de objetivarlo. La veracidad de estas evidencias viene por el hecho de que se comunica información —diríamos, de quien está en el «más allá» a quien está en el «más acá»— que es concreta, precisa, que nadie (vivo) sabía, y que se puede corroborar. Por ejemplo, la localización de un objeto escondido, como el documento de una herencia. También están los casos en los que los vivos se encuentran con personas que nadie sabía que habían muerto, pero que se aparecen a familiares o amigos, recién fallecidos. En ambos casos hay una comunicación y su verificación.

El segundo caso viene a través de médiums, donde el contacto es buscado deliberadamente (luego hace falta que el espíritu se presente, o no). Aparte de los farsantes, hay varios tipos de mediumnidad —la basada en el trance, otra más analítica, etc.— según si el énfasis se pone en el mensaje o en la evidencia. No vamos a entrar aquí en ello. Tampoco vamos a caer en la polémica de la bruja Lola. Hay lampistas, médicos y cocineros que son buenos, malos y regulares. Lo mismo pasa con los médiums.

Quizás me permita compartir una anécdota antes de proseguir. Me llamaron para ir de invitado a un programa de una televisión pública a hablar de mi experiencia cercana a la muerte y mis investigaciones sobre la consciencia. En una conversación telefónica previa a mi visita a plató, comentamos posibles temas y abordajes. Todo fue cordial y profesional. Hablando de muerte, le mencioné a la periodista por teléfono que, aparte de las ECM, hay una constelación de fenómenos que apuntan hacia la supervivencia de la consciencia a la muerte del cuerpo físico. Entre ellos, le expliqué, está la lucidez terminal y las experiencias de muerte compartidas, pero también las apariciones en sueños de familiares que justo acaban de morir, las comunicaciones post mortem mediante dispositivos electrónicos, o el contacto de espíritus desencarnados con médiums, y los casos de niños que recuerdan vidas anteriores.

La periodista me interrumpió de inmediato y me dijo, un tanto sobresaltada «médiums no». Yo también quedé sorprendido y le pregunté por qué no. Su respuesta fue directa (creo que se le escapó): «por contrato, no podemos tener a ninguna médium en el plató». Me quedé estupefacto. Entiendo que no les parezca adecuado traer a alguien a cobrar siete euros el minuto por decirte cómo te va a ir el trabajo, la salud, el dinero y el amor por ser Géminis, llamarte Encarni y vivir en Sevilla. Pero excluir, a priori, a ciertas voces relevantes en la conversación dice más de quien las excluye que de quien queda excluido. Antes de colgar se me ocurrió preguntarle si, «por contrato», estaba también prohibido traer a alguien que hablara de médiums (yo no hubiera tenido problema). No supo darme una respuesta. Me consuela pensar que en los platós de televisión del «más allá» esté prohibido hablar del «más acá». Quién sabe, sin médiums no hay paraíso.

Regresemos a la ciencia. De nuevo, tenemos casos de comunicación en los que la información que se obtiene es verídica, verificable y que nadie podía saber. Están también las llamadas «correspondencias cruzadas» (bien definidas, recogidas y explicadas por David Ray Griffin), en las que varios médiums independientes obtienen información sobre un mismo tema y se compara si su intersubjetividad tiene visos de objetividad. Esta es ciencia muy difícil y por ello debe ser muy bien hecha: con protocolos de doble ciego (para que no haya goteo de información por parte de los experimentadores) y estadística apropiada (para poder concluir más allá del azar).

Por último, estas comunicaciones, especialmente las espontáneas, se pueden dar también mediante otros medios que no sean personas. Es lo que se llama en la jerga científica «transcomunicación instrumental», la aparente comunicación con entidades desencarnadas mediante el uso de dispositivos electrónicos u otras tecnologías. El fenómeno más estudiado es el de grabaciones de voces y contactos telefónicos anómalos, aunque también se puede dar en imágenes, tras descartar explicaciones convencionales como la pareidolia (percibir patrones familiares donde no los hay, como cuando vemos caras o animales en las nubes). Por ejemplo, el despertador que, tras años sin pilas, suena el día del aniversario de la muerte del abuelo justo a la hora en que falleció. Repito, son indicios, no pruebas irrefutables del «más allá». Son situaciones tremendamente difíciles de estudiar con mirada científica. Lo cuenta con rigor y detalle Imants Baruss en Death As an Altered State of Consciousness.

Primavera

Pasamos ahora a la categoría de evidencias a favor de la continuidad de la consciencia que tienen recuerdos de vidas anteriores. No me voy a meter aquí con el tema de las regresiones en adultos. Me centraré en los casos de testimonios de niños que dicen recordar vidas pasadas.

Estos estudios se han llevado a cabo minuciosamente durante más de medio siglo en la Universidad de Virginia (sobre todo por Iain Stevenson, seguido por Jim Tucker), estudiando a más de 2500 niños en edad preescolar, esto es, no expuestos a información que los adultos solemos barajar. Además, gran parte de estos estudios tuvieron lugar en la era preinternet y en poblados rurales, en los que era inverosímil que los niños o sus padres hubieran tenido acceso a la información sobre otras personas en lugares lejanos (incluso algunas décadas atrás) que más tarde se cotejaría.

La evidencia de esos recuerdos viene en distintos sabores. Primero, recuerdos a nivel cognitivo, pues muchos de estos niños recuerdan su (anterior) nombre, dónde vivían, con quién estaban casados, a qué se dedicaban, que tipo de zapatos llevaban, etc. Segundo, tienen rasgos de personalidad, esto es, gustos, preferencias y animadversiones que no tienen sentido en esta vida, pero sí en su supuesta vida anterior. Tercero, a veces tienen habilidades que no han podido aprender a su temprana edad, como la capacidad de hablar con fluidez un idioma que no hablaban ni les han podido enseñar sus familias, o talentos musicales excepcionales. Esto nos recuerda el caso de los llamados «savants», o «niños sabios», que poseen habilidades excepcionales desde muy temprana edad. Finalmente, en cuarto lugar, el recuerdo de la vida anterior se da en un aspecto todavía más sorprendente: el físico. Algunos de estos niños tienen marcas o defectos de nacimiento que se pueden atribuir a heridas, a menudo relacionadas con cómo murió la persona, normalmente de forma violenta, en su supuesta vida anterior. ¡Qué fuerte!

Quiero enfatizar que todo esto no es el «Salsa rosa» de «los frikis» de la consciencia. No va de anécdotas exageradas o rumores sensacionalistas. Estoy hablando de investigaciones científicas de campo, muy difíciles de realizar, y de muchísima valía en cuanto a sus hallazgos. La curiosidad puede dar lugar al morbo, a la incredulidad o al asombro.

Podéis consultar, por ejemplo, el caso del niño libanés Imad Elevar. Stevenson lo estudió en 1964 cuando Imad tenía cinco años y medio, anotando hasta 57 detalles verificables de los recuerdos del niño, antes de contactar con la familia de un chico de veinticinco años, Ibrahim, cuya vida Imad supuestamente recordaba y de la que comenzó a contar detalles tan pronto como empezó a hablar a los dos años de edad. Ibrahim había muerto en 1949 en un poblado a unos cuarenta kilómetros. Al final de la investigación de Stevenson, 51 de las 57 afirmaciones de Imad habían sido confirmadas, incluyendo el nombre de la mujer de Ibrahim, el de su amante, y algunos detalles no triviales más de ella. Imad sabía que a Ibrahim le gustaba cazar y que tenía un rifle ilegal escondido y en qué armario estaba. También sabía cuáles fueron las últimas palabras de Ibrahim antes de morir.

El caso de James Leininger no es menos espectacular. Me permito resumir su historia, pues es asombrosa. James empezó a tener pesadillas recurrentes a los dos años (varias por semana), en las que gritaba «¡pequeño hombre no puede salir!», «¡accidente de avión!», «¡avión en llamas!». Al preguntarle quién era el «pequeño hombre» dijo que era él. Al preguntarle por qué se estrelló el avión, dijo que «lo dispararon». Al preguntarle quién, dijo que «los japoneses». En otras sesiones, el niño añadió que el avión era «un Corsair», un avión de combate activo mayormente durante la Segunda Guerra Mundial, y que había despegado de «un barco». Al preguntarle por el nombre del barco, respondió «Natoma».

Resulta que el USS Natoma Bay fue un portaviones americano que luchó en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando le preguntaron cómo se llamaba el «pequeño hombre», dijo que era «James». Al recordarle que James era su nombre, el niño respondió que también era el del «pequeño hombre». Entonces le preguntaron si recordaba algún otro nombre. El niño respondió «Jack Larsen». Después de algunas averiguaciones, se descubrió que no hubo Corsair en el Natoma Bay. Parecía que la historia se desmontaba.

Encontraron al tal Jack Larsen (que aún vivía) y, en un giro inesperado, supieron que hubo otro piloto llamado James Huston Jr., que fue el único que murió en la batalla de Iwo Jima, una isla cuya foto el niño había previamente reconocido, afirmando que fue allí donde derribaron el avión. Lo comprobaron y el Natoma Bay sí había estado en Iwo Jima. Finalmente, consiguieron una fotografía de James Huston Jr. Ahí estaba, al lado de un Corsair. La historia tiene más detalles, pero lo dejaremos aquí. Puede que sea todo un montaje, un fraude, o puede que no. ¿Y si no? Entonces, ¿qué? Esto es solo la punta del iceberg de lo que estamos preparados para contemplar.

Los ensayos Bigelow

Hay mucha bibliografía disponible para sumergirse en cada uno de estos temas. ¡A cuál más increíble! Quiero sin embargo destacar aquí los cinco volúmenes del Instituto Bigelow para los Estudios de la Consciencia (BICS en inglés). Se trata de una serie de 28 artículos publicados por un total de más de 40 autores reconocidos en este campo. Esta obra vino motivada por el premio que el propio magnate estadounidense Robert Bigelow ofreció en 2023 para aquellos ensayos que aportaran la mejor evidencia acumulada disponible (científica y médica; teórica, experimental y experiencial) que demostrara, «más allá de la duda razonable», la supervivencia de la consciencia humana después de la muerte permanente del cuerpo físico. Tras un total de 1300 aplicaciones iniciales, se invitó a 264 de ellas a enviar su contribución y, de esas, se seleccionaron 29 ensayos (3 ganadores, 11 subcampeones, y 15 menciones honoríficas) que se premiaron con un total de 1,8 millones de dólares. Son más de dos mil doscientas páginas en total para quien quiera meterse de lleno en el tema. Yo dispongo de la obra completa en papel. Creo que los ensayos están disponibles gratis en línea, aunque en inglés.

Verano

Regresamos ahora, en esta rueda de la vida, a la primera categoría. Nos desplazamos al «durante», pero a evidencias que no necesariamente tienen lugar en las proximidades de la muerte. Estas múltiples líneas de evidencias que se incluyen en esta categoría son más bien comunes y, aunque permanezcan «in-explicadas» (o inexplicables) por la medicina y la neurociencia, no deberían verse como polémicas ni controvertidas.

Por ejemplo, personas con funciones mentales normales, pero con cerebros no desarrollados. Como es el caso de la hidrocefalia, en los que casi toda la cavidad del cráneo está llena de líquido cerebroespinal. La ciencia médica sigue sin explicarse cómo algunas personas pueden tener vidas normales con «cerebros de agua» y muy delgados grosores, como describió John Lorber (Lewin, 1980).

Otra línea de evidencia son las experiencias psicodélicas, en las que una disminución de la actividad cerebral viene acompañada con experiencias profundas y elaboradas en condiciones con psilocibina controlada con un grupo placebo (Carthart-Harris, 2012). Esto también se ha encontrado en los cerebros tanto de médiums como de meditadores, en los que la actividad de su «red neuronal por defecto» (la que domina la actividad cerebral cuando no estamos focalizados en una tarea concreta) se reduce durante meditaciones profundas (Brewer, 2011).

Es como si el cerebro fuera una «válvula reductora», como sugirió Aldous Huxley —cuanto mayor el silencio neuronal, más rica e intensa la experiencia mental—. El cerebro sería un filtro que permite, y limita, estados de consciencia ampliada. Lo veremos en el capítulo 12 cuando hablemos del cerebro permisivo.

¿Y ahora qué? ¿Cuál es la conclusión?

Con todas estas líneas convergentes de evidencia, ¿cómo de convencido estoy yo? Como científicos, deberíamos ir con extrema precaución a la hora de decir que algo está «demostrado». Pero se puede ser prudente y a la hora firme (me mojo sin ahogarme): toda esta constelación de evidencias se explica mucho mejor si la mente va más allá del cerebro y algo de nosotros sobrevive a la muerte física, que con la otra hipótesis en la que la mente no es nada más que la actividad del cerebro y todo acaba cuando nos morimos (y empieza cuando nacemos). Es lo que hay. Todo apunta a lo mismo. Hay convergencia de evidencia desde múltiples frentes.

El caso, sin embargo, no está cerrado. Eso son buenas noticias: ¡está abierto! La ciencia es así; nunca se concluye nada de forma irreversible y definitiva. Las evidencias nunca son perfectas, suelen tener defectos (si no, no son científicas). Además, tienen que interpretarse (los datos no hablan solos, como los ventrílocuos). En particular, en este tema hay también evidencias que podrían ser contradictorias. Por ejemplo, lo que cuentan los niños versus los médiums: ¿cómo puede alguien reencarnado en el «más acá» comunicarse al mismo tiempo desde el «más allá»?

Otra gran limitación es que a menudo nos cuesta muchísimo expresar con fidelidad lo que pasó durante una ECM. Estamos tratando de decir lo inefable. Cuando volvemos nuestro cerebro trata de interpretar lo que pasó, y es obvio que tenemos que usar metáforas e ideas que vienen de nuestro contexto cultural, ya sea religioso o científico. No hay que tomarse al pie de la letra lo que se cuenta. Pero sí muy en serio.

Obviamente, necesitamos seguir investigando. Necesitamos más y mejores datos, tanto sobre los mismos fenómenos como, a poder ser, también en nuevas parcelas de la realidad. La ciencia del futuro, si es ciencia de verdad, no se puede predecir. Ya lo veremos. Quizás haya experimentos con «inteligencias artificiales» funcionando como interfaces del «más allá», u ordenadores cuánticos que puedan detectar cuando alguien fallece en el «más acá». Cosas más raras se han visto.

Es una noticia esperanzadora que las nuevas generaciones estén más que interesadas en estos temas y que, sin pudor, apliquen su dominio de técnicas y nuevas disciplinas que el campo científico de la «supervivencia» no solía tener, pues ha estado fundado por médicos, curiosamente psiquiatras, pero ahora llegan al rescate las neurociencias, la antropología o la física teórica.

Puedo añadir que el futuro de este maravilloso campo viene por tres vías distintas y complementarias. Primero, habrá que seguir intentando persuadir a las élites científicas con más y mejor ciencia a pesar de las ideologías. Segundo, a través de los medios de comunicación, en un sentido amplio, debemos tratar de seguir llegando al gran público, pues tiene sed; todos queremos saber sobre los misterios de nuestra existencia y tenemos gran curiosidad por aquello que la ciencia puede decir de ello. Las películas, los documentales y las conversaciones de largo formato en pódcast son herramientas ideales para ello. En tercer lugar, hay una vía poco explorada en nuestro país: «por encargo». Debe haber filántropos que quieren saber en profundidad de estos temas y se han dado cuenta de que si tenemos que esperar a que el statu quo le dé el visto bueno, podemos morir todos en el intento.

Entonces, ¿qué es lo que sobrevive?

No me atrevería a pronunciarme de manera definitiva. El cerebro y el resto del organismo, sin duda, se mueren. El ego seguramente también. Pero algo de nuestra esencia continuaría. Es muy probable que alguna forma de consciencia. Más que un yo residual que se disipa en el espacio-tiempo. Algunos le llamarán mente; otros, personalidad; yo, espíritu o alma. Prácticamente todas las culturas vienen hablando de ello desde los albores de la humanidad. Quizás debamos restablecer nuestro diálogo con ellas, integrando ciencia y filosofía con el resto de las humanidades, tradiciones milenarias de este planeta, e incluso religiones.

Se me ocurren más preguntas. ¿Se vuelve siempre?, ¿regresamos todos?, ¿o quizás unos vuelven y otros no?, ¿hay un cupo de almas?, ¿cuántas veces se puede repetir?, ¿cuánto tiempo se espera uno entre vidas?, ¿qué hay de la resurrección versus la reencarnación?

Quizás podamos intuir algo, incluso brevemente degustar, pero apenas articular con palabras, o incluso imaginar. Quizás haya que preguntarles a los místicos o a los artistas, en vez de a los científicos o a los sacerdotes. O bien conformarse con no saberlo (hasta que sea el momento, si es que llega). No diré más. Pero tampoco menos. Estas preguntas, de momento, rebasan los límites de la ciencia o, por lo menos, de la ciencia de lo material. Pero podemos seguir practicando su esencia: investigar con una mente rigurosa y abierta.

Los jóvenes ciertamente están interesados en todos estos temas. ¡Son temas de hoy! Y los no tan jóvenes saben que se les acerca la hora y empiezan a buscar respuestas a estas preguntas que tal vez han guardado en un cajón durante décadas. Morir puede ser maravilloso, pero también muy desagradable. Hay que prepararse en vida para ese momento. Quizás podamos empezar a transmutar nuestro miedo a la muerte mediante la curiosidad.

Decían que sabían que no cuando en realidad no sabían

Quiero acabar con una breve reflexión. En nombre de la ciencia materialista, reduccionista, escéptica y atea nos vienen asegurando durante décadas que «sabemos que no», que no hay nada, que la ciencia demuestra que todo empieza cuando nacemos y todo acaba cuando morimos, y que cualquiera que lo cuestione es un ignorante creyente en cuentos de hadas. Pero, mis queridos amigos, ¿y si decíais que sabíais que no cuando en realidad no sabíais? El orden de los factores altera el producto.



6. CUENTOS CUÁNTICOS

Empecé escribiendo este capítulo pensando que sería corto. No pensé que sería fácil, pero sí breve. La cuántica es difícil de pensar incluso para los pocos que realmente la entienden. No digamos pues los que la cuentan sin entenderla. A medida que el número de páginas iba creciendo, me di cuenta de que sería muy difícil domar a la bestia que crecía sin piedad en mi pantalla.

Cuando mandé el primer borrador a mis editores, me confesaron que, a pesar de mis dedicados y pedagógicos esfuerzos por explicar la cuántica, no entendían nada. No les culpo. Más bien les doy las gracias. Tienen razón. Así que tomé una decisión radical, hablaría de cuántica sin apenas contar lo que es. Para ello necesitaría escribir un libro entero, y aun así probablemente fracasaría en el intento. Nadie lo va a entender de todas formas… Y menos aún sin saber matemáticas. Lo siento. Es la verdad.

Sin embargo, en este dulce esfuerzo por contaros los misterios de la mente y la materia, no podía dejar de mencionar algunos «cuentos cuánticos». Escribo, pues, este capítulo casi por obligación. Lo hago por responsabilidad ante la insistencia de tanta gente que me pregunta, como físico teórico (aunque no cuántico), si la cuántica explicaría la consciencia y su continuidad después de la muerte.

Me lo preguntan por curiosidad genuina y a veces también por morbo. El debate que generan estas dos «ce» (consciencia y cuántica) es tremendo. Son como fuego y gasolina. Si a eso le sumamos que hay mucho pirómano suelto en busca de likes, el incendio está servido. Mucho ruido y pocas nueces.

La mayoría de los que se aventuran son valientes y bien intencionados, pero las opiniones se polarizan fácilmente y perdemos el norte y la razón. Los del «sí» se excitan muchísimo, hasta el punto de sufrir orgasmos a lo New Age cuando creen entender que la cuántica debe explicar la consciencia, es la «Nueva Era». Los del «no» se ponen muy nerviosos, incluso enfadados, y convulsionan a lo Old Rage cuando creen entender que la cuántica no puede explicar la consciencia, es la «Vieja Ira». Para que el tema no se convierta en un cóctel Molotov, hay que servirlo como lo quería James Bond: «agitado, no mezclado». ¿O era al revés?

He tenido conversaciones con bellas personas que parecen estar en las antípodas. A ambos les entiendo. Y me encantaría ayudarles a construir un puente entre sus islas. Creo que formarían un maravilloso archipiélago. Mi visión respecto a la controversia la resumo así: los unos probablemente se equivoquen aun esgrimiendo razones correctas, mientras que los otros seguramente estén en lo correcto pero con razones equivocadas (incluso innecesarias). Es como si alguien dijera que el mar es azul porque viven allí los pitufos, y viniera otro a rebatirle diciendo que no es cierto, que el mar no es azul porque allí no hay pitufos. ¿Quién tendría la razón? Ambos y ninguno. Además, el mar puede ser rojo (y los pitufos existen). Lo veremos en detalle más abajo.

Respondo pues provisionalmente a si la cuántica explica la consciencia: no se puede asegurar que sí, pero tampoco asegurar que no. Sería prematuro, y poco prudente, en ambos casos. Hay mucho trabajo por hacer. No colapsemos la función de onda todavía.

Me meto aquí en un berenjenal, lo sé. Pero por lo menos no tendré que explicaros qué es una berenjena cuántica. Ando en la cuerda floja, entre fuego amigo, haciendo malabares. Así que, ¡por el amor de Planck!, tened paciencia y piedad. Solo os voy a dar tres brevísimas pinceladas de cuántica a mi manera, y luego nos metemos directamente en la cuestión sobre «consciencia cuántica», ¿de acuerdo?

La clave está en la «no-localidad»

Si tuviera que destacar, de entre los múltiples misterios de la física cuántica, aquel que parece abrirnos las puertas a una mente que vaya más allá del tiempo y el espacio —y que por lo tanto pudiera trascender la muerte de nuestro cuerpo— sería precisamente la noción de «no-localidad», inherente a la cuántica. Este aspecto maravilloso y fascinante es conocido, técnica y popularmente, a través de la noción de «entrelazamiento».

Como os he prometido unos párrafos arriba, no me voy a aventurar a tratar de explicaros aquí qué es el entrelazamiento, pues sé lo que va a suceder: tendría que contaros qué es el colapso de la función de onda, el principio de incertidumbre, el de superposición, la ecuación de Schrödinger, etc. Y acabaríamos cautivados pero perdidos. Solo diré que el entrelazamiento no es ciencia ficción. De hecho es ciencia superior, pues en 2022 se dio el premio nobel de física a Alain Aspect, John Clauser y Anton Zeilinger «por sus innovadores experimentos sobre el entrelazamiento de los estados cuánticos, según los cuales dos partículas se comportan como una sola unidad incluso cuando están separadas».

Si el entrelazamiento es cierto en lo material, por qué no podría ser cierto también en lo mental. Creo que la clave absoluta de todo este asunto está en cómo pensar teóricamente una «consciencia no-local» (la noción de «cerebro permisivo» que veremos en el capítulo 12 lo facilita) y cómo testarla empíricamente (las ECM y otros fenómenos en «los márgenes» de la consciencia lo sugieren). Ahí está la madre del cordero. ¡Consciencia no-local!

El show de Truman

Lo segundo que os diré sobre la cuántica viene inspirado por una película. Os acordáis de ese momento crucial en el que Jim Carrey sospecha que hay algo que no cuadra y se lanza al mar, en un pequeño barco, arriesgando su vida, a buscar los límites del mundo artificial en el que lleva viviendo desde que nació. Luego, tras casi ahogarse, la tormenta se calma y llega a los límites del decorado. Las nubes del cielo están pintadas en la pared. Allí termina la realidad tal y como la conocía. El «más acá» acaba allí, el «más allá» empieza justo aquí. Descubre anonadado lo que ya sospechaba: hay otro mundo, totalmente por descubrir. Lo mismo les pasó a los físicos hace ciento veinticinco años. Aún nos estamos recuperando del shock. Muchos ni se han enterado o, como en «la chica yeyé», no se quieren enterar que la cuántica es nueva y de verdad.

Creo firmemente que en el estudio de la relación mente-cerebro de hoy en día estamos en una situación parecida a la de los físicos hace cien años. Este es quizás el primer paralelismo entre cuántica y consciencia, a un nivel histórico-científico. Ciertos fenómenos en los márgenes de la consciencia parecen tan imposibles como lo parecían en lo material los fenómenos cuánticos a principios del siglo pasado. Si somos suficientemente audaces y humildes, nuestras investigaciones nos llevarán a mundos nuevos por descubrir.

¿Jugamos el juego de la cuántica?

Lo tercero viene inspirado por mis hijas. A mi hija mayor le gusta jugar al ajedrez conmigo. A la pequeña, a las damas. A veces se cansan tras varias partidas y me piden jugar «a lo loco». Entonces nos inventamos reglas nuevas y nos lo pasamos genial. Por ejemplo, una dama puede comerse a otras damas, incluidas las de su color, y las lleva encima como una reina híbrida que tiene superpoderes. En ocasiones incluso acordamos que una de ellas pueda salir del tablero y entrar por otro lado. En el caso del ajedrez, permitimos que el peón pueda cabalgar a lomos del caballo o que, si se encuentra una torre, se suba encima y esté a salvo pase lo que pase. Es divertido e interesante, pues se te ocurren situaciones que nunca antes habías contemplado.

Algo parecido pasa con las reglas de juego del tablero de lo real cuando pasamos de lo clásico a lo cuántico. La forma técnica de decirlo es que la física cuántica tiene nuevos «postulados». Los físicos tuvieron que reescribir las reglas básicas de juego, ¡desde el principio! No solo cómo se mueven las piezas en el tablero, sino también tuvieron que adoptar un nuevo tablero con casillas muy extrañas e incluso preguntarse si realmente hay piezas o no. Estoy tentado, pero no diré más (por ahora).

¿Explica la cuántica la consciencia?

Depende. ¿De qué depende? De según cómo se cuente todo depende. Hay varias maneras de trazar el puente entre ambas «ces»: hacerlo bien, hacerlo mal y no hacerlo. Y dentro de hacerlo bien, se puede hacer metafórica, matemática o físicamente.

Empecemos por lo peor. Es el verdadero cuento cuántico. A esa indisciplina la podríamos llamar «física cuéntica». Se trata de no entender nada de la cuántica (y esforzarse poco por hacerlo), pero invocarla cada vez que queramos importar un milagro sin pagar aranceles. La cuántica se convierte en el comodín de la llamada. Es una tentación total para algunos, lo sé. Decía Enric Duró que no hay nada peor que un tonto motivado. El adviento del nuevo paradigma está lleno de buenas intenciones (como el infierno). Y, sin embargo, cuando el río suena… Veamos qué agua lleva.

Sigamos por lo que llamo «cuántica metafórica». La cuántica nos da licencia para soñar. Muchos van a buscar en la cuántica una especie de permiso para pensar lo imposible. Hay «milagros» en la materia que son reales; la ciencia lo contempla. Son reales, medibles y están en la base de tecnologías que usamos a diario. No es ciencia ficción, sino ciencia de vanguardia. ¿Tendrá pues la mente algo que ver con este comportamiento fantástico de la materia? La física cuántica nos hace un servicio a modo de analogía: el semáforo se pone de rojo a ámbar para concebir lo «imposible» en el mundo. Es una inspiración física y metafísica. También se pueden buscar paralelismos entre física y misticismo, como hizo más que decentemente bien el gran Fritjof Capra hace ahora justo cincuenta años con su libro El tao de la física.

La siguiente, quizás la menos conocida, es la «cuántica matemática». Se utiliza parte de la tecnología matemática cuántica (sus espacios de Hilbert, su lógica no-Booleana, etc.) para modelar, a veces con un éxito sorprendente, procesos cognitivos como la atención o la toma de decisión. La cuántica aquí es una herramienta, pero funciona y da que pensar sobre la naturaleza de esos procesos cognitivos a priori «clásicos».

Luego tenemos lo que se llama «biología cuántica». Es un abordaje literal, pues se postula que los organismos vivos (sistemas macroscópicos, a escalas de energía muy superiores a las habituales de la cuántica) utilizan procesos cuánticos para su conducta y cognición, como es el caso de la navegación en los pájaros. Hay evidencias que no son controvertidas que muestran que eso es así: que lo cuántico puede sobrevivir en organismos vivos y aprovecharse para funciones biológicas.

Finalmente, damos un paso más con la «cuántica literal de la consciencia» que propone qué procesos cuánticos tienen lugar y sobreviven en nuestro cerebro y que, además, contribuyen a la consciencia. El más conocido es el abordaje de Roger Penrose y Stuart Hameroff.

En resumen, no hay que correr, pero tampoco hay que ir despacio. Hay varias posibilidades científicas y todas son interesantísimas y dignas de respeto intelectual.

Hay varias teorías cuánticas más. Son abordajes que tratan de unir la cuántica y la consciencia saliéndose de lo estrictamente empírico y para concentrarse en lo teórico. Lo podríamos llamar «teorías cuánticas de la consciencia». Veamos algunos ejemplos concretos a continuación. Quiero remarcar aquí que no hablamos de «teorías» o «filosofías» en sentido despectivo de elucubraciones ensimismadas estériles: la ciencia tiene siempre un pie en lo empírico y otro en lo teórico. Nombra a los dos o tres científicos más conocidos de la historia de la humanidad y verás inmediatamente lo que quiero decir. ¿Eran teóricos o experimentales?

Algunas teorías cuánticas de la consciencia

Voy a ofrecerle a los incrédulos cuánticos de la consciencia un menú degustación de alta cocina. Si nos ponemos serios, nos ponemos serios. Permíteme que me vaya a la megawiki de la consciencia, el Landscape of Consciousness Website, de Robert Lawrence Kuhn, «un centro global para teorías de la consciencia, autenticado por los propios teóricos, diseñado para comunidades profesionales de la consciencia y abierto a todos» (de la que, por cierto, soy editor ejecutivo).

Voy simplemente a describir con brevedad más de una docena de teorías académicamente respetables que se toman en serio la idea de que la mecánica cuántica desempeña un papel necesario, si no suficiente, en la consciencia de ciertas entidades (como cerebros), más allá de la aplicación de la física cuántica en todas las entidades físicas. No tienes que saber cómo se cocinan esos platos. Es muy técnico y complicado. Nombro estas teorías para que no venga un hostelero de Pesadilla en la cocina a decir que no hay restaurantes cuánticos en la guía Michelin del estudio de la consciencia. Insisto, no tratemos de entenderlas. Solo hay que saber que están ahí.

«La reducción objetiva orquestada» del premio nobel de física en 2020 Roger Penrose y el anestesiólogo Stuart Hameroff. La teoría propone que la consciencia emerge en la brecha fundamental entre los mundos clásicos y cuánticos.

«El colapso de la función de onda a partir de hacer preguntas» del físico Henry Stapp, quien argumenta a favor de la naturaleza cuántica de la consciencia basándose en la interpretación tradicional de la mecánica cuántica, donde las funciones de onda cuánticas colapsan solo cuando se dan interacciones con la consciencia en el acto de medida.

«El orden implicado-explicado» de david bohm. El físico cuántico, colega de Einstein, introduce la idea de «orden implicado» y «orden explicado» como implicaciones ontológicas de su teoría cuántica para explicar las dos perspectivas radicalmente opuestas de concebir la realidad de la física cuántica y la clásica, pues ambas parecen sin duda correctas en sus respectivos dominios.

«El colapso cuántico» de David Chalmers y Kelvin McQueen. Ambos filósofos establecen paralelismos entre nuestro entendimiento de la mecánica cuántica y la consciencia.

«La consciencia en el ruliad» del físico e informático Stephen Wolfram, quien pretende formalizar las cuestiones de la consciencia en términos de cuestiones lógicas, matemáticas, y computacionales. Wolfram inserta la consciencia en lo que él llama el «ruliad», que define como «el límite entrelazado de todo lo computacionalmente posible», algo así como la posibilidad de posibilidades, que seguiría todas las reglas computacionales posibles, de todas las maneras posibles.

«El panpsiquismo basado en información cuántica» del físico e inventor del primer microprocesador comercial Federico Faggin. Faggin dice que la consciencia no es un producto emergente de la materia, sino que es una propiedad irreductible de la naturaleza. A partir de propiedades cuánticas como el entrelazamiento, la incertidumbre o la superposición, muestra que la realidad tiene una experiencia «interior» que incluye la consciencia y el libre albedrío.

«La mente mediando entre posibles y actuales» del biólogo teórico Stuart Kauffman propone que la medida cuántica convierte las posibilidades en actuales, siendo ambos reales. Añade que el cerebro y la consciencia no pueden ser puramente clásicos porque no hay sistema clásico alguno que pueda ser una computadora analógica cuyo comportamiento dinámico corresponda a usos potenciales. Por lo tanto, Kauffman concluye que la consciencia y el cerebro deben ser en parte cuánticos.

«La teoría causal de las vistas» del físico Lee Smolin busca situar en el mundo físico las cualidades subjetivas de la experiencia consciente en el contexto de su teoría relacional cuántica.

«La energía potencial cuántica y su información activa» del filósofo Paavo Pylkkänen propone un marco en el que la física clásica y la neurociencia se complementan con un abordaje fundamental holístico basado en la teoría cuántica.

«El campo de punto cero» del físico Joachim Keppler dice que la consciencia es una característica intrínseca del universo embebido en un vacío cuántico, específicamente el campo de punto cero de la teoría cuántica de campos. Propone además que el cerebro funciona como una interfaz resonante y dinámica que modula y orquesta modos específicos del campo, permitiendo el acceso a ciertos estados conscientes.

«El proceso cuántico en la sinapsis» del físico Friedrich Beck y el premio nobel de fisiología y medicina en 1963 sir John Eccles, cuyas contribuciones a una teoría de la consciencia cuántica y neurobiológica fueron pioneras.

«La cognición cuántica» del físico de la materia condensada Matthew Fisher propone que el procesamiento cuántico de espines nucleares puede estar operativo en el cerebro y ser una clave de su funcionamiento. Fisher identifica el fósforo como el único elemento biológico con un espín nuclear que puede servir como un qubit (bit cuántico, unidad básica de información en la computación cuántica) neuronal.

«La dinámica cerebral del termo-campo cuántico» del psiquiatra y filósofo Gordon Globus, quien une dos ámbitos aparentemente independientes: la aplicación de la teoría cuántica de campos al funcionamiento del cerebro con la tradición posfenomenológica continental.

«La física relacional» del físico Carlo Rovelli se centra en el profundo aspecto relacional de la física, manifestado en la relatividad general, pero especialmente también en la mecánica cuántica.

Hay todavía más teorías. Algunas de ellas no son cuánticas per se en el sentido que la mecánica cuántica no está en la esencia de la consciencia o su generación, pero que reflejan cómo la cuántica podría facilitar o interaccionar con otras teorías de la consciencia. Son teorías muy especulativas. No es necesario mencionarlas aquí. Espero que quede claro que sí se puede tratar de conectar consciencia y cuántica de manera rigurosamente académica, pero aún no tenemos la certeza de que sea así.

No tienes por qué hacerlo si no quieres

No nos olvidemos de la última opción. A muchos se les olvida: se puede hablar de consciencia sin necesidad de invocar a la cuántica como marco explicativo. Así como hay cerveza sin alcohol, cola cero y café descafeinado, también hay consciencia sin cuántica (y cuántica sin consciencia). Si no quieres, no hace falta que te metas. Pero si te metes, hazlo bien (tanto para afirmar como para negar).

Añado dos ideas más en este punto. Primero, imagínate que hubiéramos empezado a estudiar la consciencia antes de 1900. No tendríamos cuántica. Segundo, por qué ir necesariamente a la física cuántica, en vez de a otras ramas como la relatividad o la termodinámica, para tratar de pensar la consciencia. O, ¿por qué no ir a la biología? Quizás el secreto de la consciencia no esté en la materia, sino en la vida.

Espero haber esbozado las varias vías legítimas que existen para trazar puentes ente estos dos grandes interrogantes: la cuántica y la consciencia.

¿Quién tiene la última palabra?

Quiero ir cerrando este capítulo con algunos comentarios generales sobre la ciencia que a veces se nos escapan. La cuántica es un muy buen lugar para ilustrarlos.

Nos podemos ensimismar todo lo que queramos con ella, pero hay que recordar que no es la «teoría final». Es incompatible con la relatividad. Así que en un futuro, si tenemos suerte, se va a poder encontrar una teoría que las unifique a las dos. Dicho de otro modo, la cuántica no es la última pantalla del videojuego de la física. Si la utilizamos para tratar de explicar la consciencia, tengamos en mente que no es la definitiva. No os tatuéis la cuántica en la frente.

De hecho, en ciencia no hay teorías finales, pues la ciencia siempre está en movimiento y revisión, tanto empírica como teóricamente. Sus verdades son sólidas pero siempre móviles. En ciencia nadie tiene la última palabra. Llega un modelo, o una teoría, o incluso todo un paradigma, y supera al anterior. En ciencia todo es permanentemente provisional.

Sin embargo, las viejas teorías todavía nos sirven. Es importante recordar también que cuando Einstein llegó, las manzanas de Newton siguieron cayendo. Es decir, aunque haya cambios de paradigma, el anterior viejo paradigma no se tira a la basura. Sigue siendo «cierto» en su área de aplicabilidad, que pasa a ser una zona más restringida, pues el nuevo paradigma ampliará el marco. No hay que asustarse. La clásica sigue funcionando bien allí donde ya funcionaba.

Otros aspectos que a veces se nos pasan por alto es que en física, «cada maestrillo tiene su librillo». Hay teorías para distintas jurisdicciones: para cuerpos muy masivos, la relatividad general; para muchas partículas en interacción débil, termodinámica; para cuerpos muy rápidos, la relatividad especial. La cuántica no tiene por qué ser la emperatriz de la república independiente de la física. Al César lo que es del César.

El dominio de aplicación de la cuántica son las energías a escalas muy pequeñas. La teoría rara de verdad es la cuántica —pero la relatividad también lo es—. Por qué hablamos de ello. Pasan cosas raras en cada provincia de la física («estados unidos de la física»): desde la paradoja del gato a la de los gemelos. La física es como el Señor de los Anillos: están los elfos, los hobbits, los orcos, los magos… Según el fenómeno que quiera estudiar y su escala, me iré a una zona u a otra, donde hay unas leyes, unas costumbres, unos paisajes y unos habitantes distintos.

No nos olvidemos que la cuántica sigue siendo muy enigmática hoy. Un siglo y pico después de su construcción, no sabemos todavía cuál es la interpretación más adecuada. Y hay muchas: la de Copenhague (que es la oficial), la de David Bohm, la de universos paralelos, las de información, la estadística, la transaccional, la relacional, la modal, el «QBismo», etc. Como en aquellos míticos libros juveniles de hiperficción explorativa: escoge tu propia aventura.

Entonces, ¿la supraconsciencia existe? ¿Y es cuántica?

¿Cuál es mi posición (o mi velocidad)? Tengo pocas dudas de que la supraconsciencia exista, lo confieso. Yo mismo creo haberla experimentado en contadas ocasiones. Y además hay argumentos teóricos y evidencias empíricas que señalan en esa dirección. Creo, sin embargo, que la cuántica no «explica» la consciencia. Pero tampoco se puede negar que pueda hacerlo. Hay gente seria trabajando en ello. Démosles el tiempo que se merecen. En cualquier caso, siempre llega un momento (¡siempre!) en el que tenemos que decir: «no lo sé». Ya veremos. Sigamos investigando.

En resumen, cuando hablamos de consciencia y pensamos en la cuántica se junta el hambre con las ganas de comer. Quizás algún día, en un futuro no muy lejano, descubriremos que el mar es azul y que viven en él los Pitufos. No hay que hacer tanto caso a los gritos de Gargamel.

Acabo este capítulo con dos breves historias.

Hace no mucho tuve el honor de recibir un correo electrónico de Christof Koch, padre cofundador del nacimiento de la neurociencia de la consciencia en los años noventa justo con Francis Crick (quien fue premio nobel por el descubrimiento, junto con James Watson, de la estructura de doble hélice del ADN). Koch me felicitó por un artículo que escribí en el que mencionaba hacia el final lo difícil que es cambiar de opinión, especialmente para los científicos. Me confesó que se puso un tanto colorado al leer mi alabanza hacia su persona, cuando le mencionaba como uno de los pocos grandes científicos que han osado cambiar radicalmente de opinión. Aproveché para intercambiar impresiones con él respecto a varios temas. Me confesó que Crick, su mentor, fue un gran modelo para él, pues siempre estaba increíblemente abierto a nuevos puntos de vista («incluida la posibilidad de que la mecánica cuántica desempeñara un papel en la consciencia») y que de manera constante cuestionaba su propio abordaje al estudio de la consciencia, regresando a menudo a revisar sus propias premisas. ¡Guau! Si Crick estaba seriamente abierto a lo cuántico, el problema lo tienen los que están seriamente cerrados a ello.

Cuando visité la India con mi mujer hace ya más de diez años, tuvimos la oportunidad de entrar en la habitación del yogui, filósofo y poeta Sri Aurobindo. No he pisado nunca un espacio-tiempo tan densamente luminoso. Se palpaba en el aire de la sala el peso sutil de la consciencia. Aurobindo se encerró allí durante años a manifestarla y a escribir sobre ello. Le llamó la «consciencia supramental», una consciencia superior a la mente humana, en la que el espíritu tiene un poder directo sobre la materia, aportando mayor autoconsciencia, creatividad, equilibrio emocional y una perspectiva más amplia de la vida. Sabía como nadie de lo que hablaba. No necesito que me creas, ni que le creas a él. Los que hemos estado en esa habitación casi divina lo hemos experimentado. Ojalá tú también puedas experimentarlo alguna vez.



7. ¡PSEUDOCIENCIA!

Casi como si fuera Elsa de Frozen y su poder de hielo, el encantamiento de la palabra nos deja congelados: el profano se siente tonto y calla. A su vez, el profesional teme que su reputación caiga en picado por el estigma de la «palabra P» y quizás ya no se atreva ni a tocar el tema. Los científicos no somos siempre tan valientes como se pueda pensar.

Técnicamente la pseudociencia engloba aquellas afirmaciones que se presentan como científicas cuando en realidad no lo son, pues no cumplen los estándares de la ciencia. Las pseudociencias son como las meigas: haberlas, haylas. Desgraciadamente, otro uso habitual del calificativo tiene el propósito de descalificar. Se empuña para amedrentar a los tibios y hacer callar a los indecisos. Algunos disfrutan tomando el nombre de la ciencia en vano para cancelar personas o ideas. Pero con nosotros no va a funcionar.

A la ciencia no debería importarle tanto «qué» estudiamos, sino «cómo» lo hacemos. Es decir, lo relevante es el método, no el objeto de estudio. La ciencia es buena o mala según se haga bien o mal. El tema que se investiga no debería, a priori, convertir la investigación en pseudocientífica. Luego veremos adónde llegamos, cuáles son los límites. Pero la ciencia puede, en principio, estudiar lo que quiera, siempre que lo haga siguiendo las reglas del juego. Lo hemos visto en capítulos anteriores y lo veremos también más adelante.

Por lo tanto, decir que «un tema» es pseudocientífico es como decir que una mesa es mala porque me he tropezado con ella. O que las patatas fritas son pseudocomida porque un día, con el ansia de comer, no las mastiqué bien y me atraganté.

Además, tras varias décadas de trabajo sesudo, el llamado «problema de la demarcación» (determinar los límites exactos que demarcan lo que es ciencia y lo que no) todavía no ha sido resuelto por los filósofos. No se ponen de acuerdo. No es tan fácil establecer la frontera precisa de dónde acaba la ciencia y dónde empieza lo pseudo. De hecho, no es fácil hacerlo ni en la práctica ni en teoría. Quizás el problema no tenga solución y debamos acostumbrarnos a un gradiente de grises, en vez de exigir una línea roja que separe blancos y negros.

Claro que hay fraude, pero también lo hay en las grandes corporaciones (gobiernos, farmacéuticas, medios de comunicación). ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Y al león? Tan valientes para criticar a los pequeños y tan cobardes para todo lo demás.

Los intentos de cancelación son bien reales. A mí también me han llamado pseudocientífico en alguna ocasión, pero suelen ser «minions», «trolls» o «bots». Aunque no siempre. Hasta aquí puedo leer…

Desdramaticemos. Cuando alguien te diga que algo es pseudociencia, sonríe y responde: «Dime, querido, ¿qué entiendes tú por ciencia? ¿Y cómo se diferencia de la pseudociencia?». A menudo tu interlocutor tartamudeará y, tras una pausa (sigue sonriendo), balbuceará. Entonces tendrás que explicárselo amablemente. Da pereza, lo sé, pero es por el bien de todos. Te mirará como las vacas al tren. De repente, el justiciero sabelotodo de turno parecerá haber suspendido primero de Barrio Sésamo de filosofía de la ciencia. Aunque tus oídos no den crédito (ni débito), sigue sonriendo. La conversación se volverá surrealista, pero tremendamente interesante, pues te confirmará lo duro que suena el statu quo por fuera y lo hueco que está en realidad por dentro. Dale las gracias por dejarte en paz, y sigue así.

Los cuatro prefijos del Apocalipsis

La pseudociencia comparte el salón de la mala fama con otras palabras. Vamos a ver si las adivinas. ¿Jugamos? Autocompleta la palabra: para… Otra: extra… Una más: sobre… En efecto, los cuatro jinetes del Apocalipsis de la razón son la pseudociencia, lo paranormal, lo extraordinario, y lo sobrenatural.

Su uso indiscriminado e irreflexivo tiene el mismo fin: multiplicar por cero cualquier evidencia que se aporte y cualquier razonamiento que se presente. Prefijan la conversación. La paralizan. Son un arma sutil de destrucción masiva, tanto de la libertad de pensamiento como del avance del conocimiento. Es un movimiento francamente anticientífico.

Una vez hemos entendido esto, es todo mucho más fácil. Sugiero que pongamos estos prefijos en «pausa» y veamos a cámara lenta la repetición de la jugada. Si estas «palabras feas» se utilizan con «intenciones limpias», hablemos. Pero si es para descalificar al contrario y zanjar la discusión antes de que empiece, no hay nada más que discutir.

Para no extendernos más aquí, simplemente quiero resaltar que una parte significativa de la mal llamada pseudociencia es ciencia de hecho y por derecho. Y que lo que se llama paranormal le ocurre de hecho de forma bastante habitual a la gente normal. Lo extraordinario es también más común y ordinario de lo que se cree. Finalmente, lo sobrenatural, es probable, acabe siendo algo supernatural.

Abramos nuestra mente, pero que no se nos caiga el cerebro al suelo. Arriesguemos nuestra credibilidad para investigar lo verdaderamente desconocido. Ayudemos a que los demás puedan confiar en lo que en el fondo ya saben. Andemos con elegancia y determinación la cuerda floja de la duda y la creencia.

Cien y cía

Hay que estar alerta también al primo hermano de la pseudociencia: el cientificismo. Es su imagen especular. El cientificismo es la creencia dogmática de que la ciencia no es solo el mejor, sino el único medio válido para obtener conocimiento. Pero hay cosas en este mundo que quedan fuera de la jurisdicción de la ciencia, ¿no te parece? Me atrevería incluso a afirmar que deberían quedar fuera. Simplemente, no se prestan a su método. Pero no por pseudociencia (el sello científico no tiene validez), sino por no ser ciencia (el sello científico no tiene competencia). ¿Qué problema hay en aceptar que hay porciones de lo real sobre las que la ciencia no tiene nada que decir? Se ruega silencio.

En este sentido, la pseudociencia y el cientificismo son dos formas de extralimitarse: por defecto y por exceso. Criticar la primera desde el segundo es como tratar de limpiar un cristal con un paño sucio: ya le puedes dar fuerte, que al final te da un calambre y lo dejas todo peor que como estaba. Lo diré más claramente: no hay pseudociencia más peligrosa que el cientificismo que sale de nuestros laboratorios. Es el pecado capital de la ciencia.

Sobre el poder de la palabra

El lenguaje es a la vez una herramienta tanto para revelar como para ocultar. Es la primera arma de aquellos que no quieren que hablemos de consciencia, de vida y de muerte (¿quizás porque se les acaba el chiringuito?). Tenemos que aprender a ser guerreros de la palabra, a esgrimirla con justicia como una espada, y también a defendernos de sus ataques.

Como creo que ha quedado patente, el uso de los prefijos no es casual ni inocuo. De hecho, yendo del extremo de la vergüenza al del orgullo, parece que cuando añades el prefijo neuro a cualquier palabra, su valor se multiplica como mínimo por diez. Por ejemplo, una neuroheladería tiene que ser más rica que las demás (y, por lo tanto, sus cucuruchos más caros), mientras que una pseudogalleta sería difícil de vender e incluso de masticar. Bromas aparte, es increíble como cuando se hace una afirmación puramente psicológica y se la barniza de actividad neuronal, la gente cree que el mensaje es más importante o incluso verdadero. Algo parecido pasa con los adjetivos, como el famoso (pero a veces infame) calificativo cuántico.

Quiero mencionar otra arma de confusión masiva: los adverbios. Prestemos atención solamente a este adverbio crucial: científicamente. Es legítimo preguntarse cómo la ciencia valida una experiencia, pero hay que ir con cuidado y no creerse que la ciencia ostenta el poder de hacerla «válida», como si antes no lo fuera, como si la realidad no fuera real hasta que no recibe el sello que la acredita como «científicamente» comprobado. La ciencia no tiene el monopolio de lo real ni de lo verdadero (recordemos la tentación del cientificismo). De hecho, algo puede ser cierto científicamente, pero otras cosas lo serán históricamente (los atentados del 11M), jurídicamente (una herencia) o personalmente (me gusta tomar café). Hay muchas formas de usar este mágico sufijo (-mente). Utilicémoslo adecuada-mente.

Acabemos hablando del uso un tanto tramposo, esta vez, de los verbos. En biología —una ciencia eminentemente reduccionista— es muy habitual formular los hallazgos científicos mediante frases que pretenden hacer ver que un mecanismo ha «explicado» un fenómeno, que se ha descubierto «el papel que tiene» el gen X en la enfermedad Y, o el de la neurona A en el comportamiento B. Muchos de estos resultados, tras examinarlos detenidamente, suelen ser respuestas sin preguntas. El truco está en el uso de verbos «de relleno», que proyectan una falsa sensación de comprensión y explicación. Entre los más utilizados encontramos: modula, altera, regula, refleja, media, determina, genera, produce, codifica, subyace, induce, permite, asegura, apoya, promueve, suprime, inhibe, previene, interrumpecontrola. Casi como si fuera una sopa de letras, te invito a partir de ahora a cazarlos en los titulares de investigaciones científicas. Ciertamente, mi taza de café «tiene un papel crucial» en la redacción de este texto, tanto como la fuerza en la huida del ratón a las garras del gato.

En resumen, hay que ir con mucho cuidado con los prefijos cabrones, los adjetivos pegatina, los adverbios comarcales, y los verbos de relleno. Solo así evitaremos que nos den gato por libre.

Hay grandes herejes trabajando dentro del armario

Jugando con la expresión popular, hay gente que, por el contrario, nos da liebre por gato. Tuve una videoconferencia con un investigador estadounidense muy conocido y a quien admiro profundamente por su trabajo innovador. Tras meses esperando a que me respondiera un correo, su secretaria nos agendó media hora de reunión. Era la primera vez que hablaba con él. Tenía tantas cosas que decirle…

Decidí jugármelo todo a una carta. Había una cosa que realmente quería saber. Me presenté y le dije lo mucho que admiro sus varias líneas de investigación. Luego, esbocé algunas de las mías, las más transgresoras, haciéndome un tanto vulnerable al ridículo. Al acabar mi pequeña introducción, me tomé la libertad de sugerirle que su investigación me parecía rompedora, heterodoxa, iconoclasta. De inmediato añadí, sin tapujos pero con prudencia, que en ocasiones su trabajo me olía a «herejía científica». Tras una breve pausa (que se me hizo muy larga), me dijo: «Alex, tienes un buen sentido del olfato».

Me quedé anonadado. De repente, nos reconocimos fuera del armario. A continuación, compartió conmigo algunas de sus ideas verdaderamente imposibles. Hablamos sin tapujos de tú a tú de una ciencia de lo imposible. Fue fascinante. El tiempo de reunión se acababa. Las últimas palabras fueron para confesarme que él todavía no quería sacar sus hallazgos a la luz. Cada uno tiene su propia estrategia y temperamento. ¿Moraleja? Hay grandes herejes trabajando dentro del armario. Ese día lo supe de primera mano.

Anomalía, ¿cuándo serás mía?

Dicen que quien canta, su mal espanta. «Anomalía, ¿cuándo serás mía? Si te entendiera, todo cambiaría». Parafraseo la letra de la famosa canción de David Bisbal para expresar lo tremendamente importante que son las anomalías en la ciencia, sobre todo en el estudio de la consciencia.

Las anomalías son un acelerador de innovación. Son el portal al nuevo paradigma. Son el puente a lo desconocido. Son el motor del verdadero progreso. Las anomalías son grietas en la pared de nuestro entendimiento.

Pero, como quizás diría el maestro Miyagi, ante la anomalía tienes dos opciones: con cera o sin cera. La palabra sincera significa literalmente «sin cera». Expresa la virtud de no cubrir con cera la superficie. Se trata de atreverse a dejar que la realidad se muestre tal y como es, con sus perfectas imperfecciones. Es lo opuesto al maquillaje —tu cara es más bella cuando eres sincera—.

Sin embargo, ocultar una grieta en la pared puede parecer una buena idea, sobre todo si estás tratando de alquilar o vender tu piso. Es parecido a meter los juguetes debajo de la alfombra para no tener que recogerlos, u ocultar tus creencias dentro del armario para que no te juzguen. Lo entiendo. Yo también lo he hecho.

Pero ¿y si hay un daño estructural en la pared que pone en peligro la estabilidad del edificio? Es mejor no hacer la vista gorda. O, dicho en positivo, ¿y si rascas y la grieta se hace más grande, y acabas por descubrir que detrás de la pared hay otra habitación cuya existencia desconocías? ¿Y si hay todo un mundo al otro lado? Hay que tener valor y humildad para decidir no tapar las grietas de la verdad. Para mirar por el telescopio de lo que no encaja; de lo que no cabe dentro de la caja de nuestras creencias limitantes.

La realidad es así, como una mansión maravillosa. A menudo pasamos nuestra vida en dos o tres estancias, sin saber de las muchas otras habitaciones colindantes, incluso plantas enteras, en el edificio de la realidad. Lo mismo les pasó a los físicos cuánticos: siguieron al conejo blanco (de la radiación del cuerpo negro) por la madriguera y se toparon con un gran sótano que transformó la visión de la vivienda clásica donde habían creído vivir hasta entonces.

La anomalía es la canción que canta lo verdaderamente nuevo, la voz que susurra lo desconocido en tu oído. Recuerda la película Minority Report. Cuando algo no cuadra quizás nos esté hablando de un cuadro más grande. Sí, también puede ser una falsa alarma. Pero ¿y si no lo es? Modificando el refrán popular, ¿vale más bueno conocido que mejor por conocer?

La anomalía es un impulso vital que nos hace avanzar. Mantiene nuestro pensamiento en forma. Da sentido a nuestra duda. Evita que se enquisten nuestras creencias. Espolea nuestro espíritu. La anomalía es el bonito truco que utiliza la curiosidad para llevarnos ante el misterio.

¿Misterio, Miss Terio o Míster Río?

A lo largo de esta aventura nos hemos ido encontrando con distintos personajes por el camino: Míster Enigma, Miss Terio, el Doctor Solución, la Señora Anomalía, y Pepe el de los Problemas. Ahora que estamos llegando al final, os pregunto ¿es el universo un gran sudoku?, ¿un problema difícil, pero con solución?, ¿un entretenimiento dominical de la razón cósmica? ¿O algo más?

Un problema es un engorro para el día a día. Pero para un filósofo, un científico o un ingeniero (cada uno a su manera) es una buena noticia, pues nos da qué pensar (y de comer). Un problema parece que pida a gritos su solución y que, una vez la encuentre, se fundirá con ella y desaparecerá para siempre. Pero yo intuyo que es la forma que tiene la naturaleza de animarnos a andar hacia lo desconocido y traer, casi como en un viaje del héroe, unas gotas de verdadero nuevo conocimiento y aprendizaje.

Nos encontramos de golpe sorprendidos, delante del misterio. No digo enigma, digo misterio. El enigma puede ser conquistado; el misterio te conquista a ti. Como dijo el maestro Jorge Luis Borges, la solución del misterio es siempre inferior al misterio. El misterio está ahí para postrarse ante él y salir transformado. Creo que la consciencia es eso. Creo que la ciencia es un camino hacia eso. La idea de conocimiento como sacramento es bella y desconcertante…

Por eso propongo cambiar el orden de las palabras: hagamos una ciencia de la consciencia como una maravillosa excusa para elevar la consciencia de la ciencia. Dicho de otro modo, mi lema es este: no preguntes qué puede hacer la ciencia por la consciencia; pregúntate mejor qué puede hacer la consciencia por la ciencia.



8. LA HERIDA FUNDACIONAL DE LA CIENCIA

La consciencia es la gran anomalía de la ciencia

He aquí la gran paradoja de una ciencia que trate de estudiar la consciencia. Dicho brevemente: no sabemos cómo se hace. Incluso me atrevería a decir que no sabemos ni siquiera si se puede hacer. La ciencia ha triunfado a la hora de medir, matematizar y manipular la materia (prueba de ello es la bomba atómica), pero esas tres emes no se aplican tan fácilmente en el mundo inmaterial.

Por eso tenemos que sobrevolar la historia de la ciencia empezando desde sus inicios, hace cuatrocientos años, hasta hoy, para entender cómo y por qué empezamos esta fascinante empresa estudiando el mundo material y dejamos la mente para más tarde (y nos olvidamos). Y cuando quisimos, ya no supimos (ni quisimos).

¿Qué hacer con la experiencia humana? Metimos «el tema» debajo de la alfombra y quienes trataron de investigar lo hicieron medio escondidos dentro del armario. Fue un largo camino en la sombra hasta hace muy poco. Hoy ya se puede. La consciencia ya no es tabú científico (sí, la ciencia también tiene dogmas, herejes y tabúes). Y el estudio de las fronteras de la mente se está empezando a aceptar dentro de la ortodoxia científica. El enigma suele convivir con el estigma al principio. Pero los tiempos están cambiando. Vamos a por ello.

Las tres perlas de Galileo

Vamos a retroceder cuatro siglos, concretamente hasta 1623. Espero que no os perdáis y, si os perdéis, os rescataré por el camino. Venid conmigo. Haremos una suerte de constelación familiar. Revisitaremos a Galileo Galilei. Le podríamos considerar nuestro tatarabuelo, no de sangre, sino cultural, dada su enorme influencia en nuestro pensamiento moderno. Él fue uno de los padres fundadores de la ciencia cuando empezaba a emanciparse de la filosofía.

Una de sus grandes contribuciones fue el libro El ensayador. Publicado en 1623, es, de hecho, una carta de 252 páginas dirigida al papa Urbano Octavo (hoy en día los científicos se la escribimos a los editores de las grandes revistas). Por cierto, harto de los académicos, Galileo escribe en italiano para que por lo menos el pueblo le lea.

En El ensayador Galileo se confronta con Sarsi, pseudónimo de un jesuita que se oponía a la tesis de Galileo respecto al origen de tres luces que se vieron en el cielo de Europa en 1618. Casi como los objetos voladores no identificados de hoy en día, discuten qué son esos objetos. De hecho, discuten si son objetos o no: ¿serán rocas incandescentes viajando en el cielo a gran velocidad, o meras apariencias? Entonces no se sabía si eran cometas o ilusiones visuales. Los sabios del momento discutían sobre su naturaleza.

Sarsi decía que eran objetos celestes, mientras que Galileo (a pesar de no expresarlo con demasiada claridad a lo largo del libro) se inclinaba hacia la idea de que eran ilusiones de la percepción. Al final Sarsi tuvo razón. La ciencia está llena de grandes genios y sus errores. No se puede tener razón en todo.

Galileo estaba muy enfadado con Sarsi por haber criticado a un estudiante suyo, tergiversando las palabras y los pensamientos de ambos. Si el italiano hubiera tenido acceso a las redes sociales de hoy en día, la controversia estaría servida. Si os tomáis el tiempo de leer algunas páginas de El ensayador podréis ver a un Galileo elegante pero realmente cabreado.

Y así, lo que en un principio era una suerte de misiva en la que Galileo defendía su tesis y su honor ante tan acalorado debate, acabó siendo una obra maestra de la ciencia. Galileo engarza en El ensayador tres grandes perlas en una posición privilegiada de la corona científica. Las dos primeras son fundacionales. La tercera es la que más nos interesa para el estudio de la consciencia. Veámoslo:

Primero Galileo nos dice que la naturaleza es un libro escrito en el lenguaje de las matemáticas:

La filosofía [ciencia] está escrita en este grandísimo libro [libro de la naturaleza, el universo] que está continuamente abierto ante nuestros ojos, pero el libro no se puede entender si antes uno no aprende a comprender el lenguaje y a leer las letras en las que está escrito. Está escrito en el lenguaje de las matemáticas, y sus personajes son los triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es humanamente imposible entender palabra alguna; sin ellos uno deambula en vano por un oscuro laberinto.

Esto es sumamente importante. Significa que la naturaleza guarda secretos y que para descifrarlos hay que hablar su lenguaje. El apunte de Galileo nos recuerda a la famosa inscripción en la entrada de la Academia de Platón: «Que no entre nadie que no sepa matemáticas/geometría». Por eso las matemáticas son para el físico lo que el solfeo es para un músico profesional. Si te quieres dedicar a ello, tienes que dominar el idioma. El primer mandamiento es, pues, este: matematizarás a la naturaleza para desvelar sus secretos.

Sin embargo, permíteme añadir que la naturaleza es realmente políglota, esto es, responde a cualquier lengua con la que nos aproximemos a ella, incluso al tono. Cabe recordar que Francis Bacon, contemporáneo de Galileo, nos animó a interrogar a la naturaleza hasta que escupiera sus secretos. Esta es, de hecho, la lógica de los laboratorios: son salas de interrogación. Es una genial idea, pero también un tanto aterradora, debo confesarlo. Ella podría haber sido una amable doncella —así la trataban los grandes científicos románticos alemanes—, pero, en vez de seducción y susurros, aplicamos el método de tortura e interrogación. Otra idea poderosísima en los cimientos de eso que llamamos ciencia. Pero volvamos a Galileo.

En segundo lugar, Galileo contrapone la mera opinión a la evidencia razonada:

Creo, Señor Sarsi, que los buenos filósofos [científicos] vuelan, y lo hacen solos como el águila, no en bandadas de estorninos. Es cierto que como las águilas son aves raras, poco comunes, se ven poco y se oyen menos, mientras que los pájaros que vuelan como los estorninos llenan el cielo con gritos y llantos, y allí donde se paran ensucian la tierra que hay debajo. Pero si los verdaderos filósofos son como águilas, no son únicos como el Fénix. La multitud de necios que no sabe nada, Sarsi, es infinita. Aquellos que saben muy poco de filosofía son muchos. Pocos son de hecho los que realmente saben algo de ello, y solo Dios lo sabe todo.

Galileo nos recuerda que da igual lo que muchas personas opinen, o incluso lo que digan unos pocos en posiciones de poder. Lo que realmente importa es lo que nos responde la naturaleza al preguntarle. La ciencia no va de autoridad ni de opinión, sino de evidencia y experimento. Mil estorninos cuentan menos que un águila. Esto no va de likes, visualizaciones, o lo que diga la mayoría. Aunque todos opináramos lo mismo, si tú, querido lector, hicieras el experimento adecuado que nos contradice a todos, tendrías más razón que nadie. La ciencia no es democracia. Este es otro superpoder de la ciencia, que también se puede tergiversar (en el fondo, la ciencia es más complicada, pues también funciona por «consenso de expertos»; hay mucho en el backstage todavía por contar). El segundo mandamiento es pues este: medirás a la naturaleza y evitarás la mera opinión.

Estas dos primeras emes, las matemáticas y la medida, se nos graban a fuego cuando estudiamos las «ciencias duras». Son los dos pilares sobre los que se construirá todo el edificio de lo que hoy llamamos ciencia. ¡Qué ideas tan buenas! Parémonos a contemplarlas. Apreciemos su potencia (y empecemos a intuir sus limitaciones).

La herida fundacional de la ciencia

La tercera idea de Galileo es la más importante para el propósito que nos ocupa aquí. Hacia el final del libro, enfrascado en la controversia sobre la naturaleza de las tres luces en el cielo, Galileo hace un comentario casi de pasada, pero que marcará el curso de los siguientes cuatro siglos en lo que respecta el estudio científico de la consciencia. Este es el momento crucial: en la realidad hay dos tipos de cosas, lo objetivo y lo subjetivo, siendo lo primero más real pues lo segundo desaparece cuando nosotros desaparecemos (¡ay, la muerte, siempre presente!). Leámoslo de su propia tinta:

Ahora me queda decirle a Su Excelencia, como prometí, algunos pensamientos míos sobre la proposición «el movimiento es la causa del calor», y mostrarle en qué sentido esto puede que sea verdad. Pero primero debo considerar qué es eso que llamamos calor, pues sospecho que la gente en general puede tener un concepto de esto que está muy alejado de la verdad. Pues ellos creen que el calor es un fenómeno real o una propiedad, o cualidad, que de hecho reside en el material por el que nosotros nos calentamos. Ahora digo que cuando concibo cualquier material o sustancia corporal, inmediatamente siento la necesidad de pensarlo como (…) si estuviera encerrado o limitado, como si tuviera esta o esa forma; como siendo grande o pequeño en relación a otras cosas, y en un lugar específico en un tiempo dado; como estando en movimiento o en reposo; como tocando o no algún otro cuerpo; y como siendo uno en número, o pocos, o muchos.

Seguid conmigo, que ahora viene lo bueno. Galileo continúa:

De estas condiciones no puedo separar tal substancia por ningún esfuerzo de mi imaginación. Pero que deba ser blanco o rojo, amargo o dulce, ruidoso o silencioso, y de un olor dulce o rancio, mi mente no se siente obligada a incluir todo ello como acompañamientos necesarios. Sin los sentidos como nuestra guía, la razón o la imaginación sin ayuda probablemente nunca podrían llegar a cualidades como estas. Por lo tanto pienso que los sabores, olores, colores, etcétera no son más que meros nombres (en cuanto al objeto en los que los colocamos se refiere), y que ellos tienen residencia solo en el «cuerpo sensitivo» [viven solo en la consciencia]. Por lo tanto, si eliminara al animal [sujeto sintiente], todas estas cualidades serían aniquiladas.

Hagamos la repetición de las mejores jugadas, a cámara lenta: los sabores, olores y colores no son más que meros nombres que viven solo en la consciencia —cuando morimos, todas esas cualidades son aniquiladas—. Eso nos está diciendo Galileo.

Yo parafraseo este momento tan importante de la historia de la ciencia así: hay cosas que viajan en primera clase y otras en segunda; primero está lo verdaderamente real (los cuerpos y su solidez, extensión y movimiento), y luego lo aparentemente real (las sensaciones).

Esto se puede interpretar en dos sentidos. El primero es más «ontológico» (qué son las cosas): Galileo estaría hablando de cómo es la realidad en realidad. El segundo es más «epistemológico» (cómo podemos conocerlas): Galileo nos estaría hablando de cómo conocer la realidad, aunque no consigamos saber qué es en realidad.

En cualquier caso, el plan es el siguiente: vamos a proceder a estudiar científicamente el mundo en dos fases. Comenzaremos primero con lo que se presta a la medida y las matemáticas: los «fenómenos primarios del movimiento y el tacto». Y dejemos para después lo que se resiste a ello: Galileo cree que los sabores, olores, colores y demás residen solo en la consciencia o mente perceptiva.

Galileo hace una separación crucial. Yo le llamo la herida fundacional de la ciencia. Otra forma de verlo es como un divorcio forzoso-amistoso: para la Iglesia el alma humana, para los científicos el mundo material. De hecho, este es un movimiento estratégico genial, casi imprescindible para conquistar la naturaleza de lo físico: la ciencia estudiará lo objetivo, no lo subjetivo.

Y así, la ciencia empezó por aquella porción de la naturaleza que se presta más fácilmente a ser medida y matematizada. Dejaría para más tarde lo que más nos importa: el sabor, el dolor, el amor. Y dado el éxito de su empresa, fueron aplicando su estrategia a más y más porciones de lo real —el biombo de Galileo se fue empujando de la física a la química a la biología a la psicología—. Fueron posponiendo el estudio de la consciencia hasta que se les olvidó. Y cuando quisieron hacerlo, ya no supieron o no pudieron.

La ciencia es una manera extremadamente exitosa de conocer la realidad a partir de medirla y manipularla. Podemos pensar en ella como una «idea de negocio» genial que deja «el mercado» de lo subjetivo para más tarde centrarse en el de lo objetivo. A partir de ahí, se separaron las aguas de lo objetivo y lo subjetivo y, por eso, ahora tenemos que ver cómo hacemos ciencia objetiva de la subjetividad misma: una nueva ciencia de la consciencia.

¿Veis lo bonito que es esto? ¿Veis lo que va a pasar? El gran órdago de Galileo es en el fondo una jugada maestra y, a la vez, dejará en el congelador de la mentalidad científica occidental el táper de lo que más nos importa: la vida, la muerte y la consciencia.

La ciencia despega

Así, atendiendo única y exclusivamente a lo que se deja medir y matematizar, la ciencia empezó su exitosa andadura, describiendo y prediciendo (¡y unificando!) el movimiento de los cuerpos terrestres y celestes. La mecánica y la astronomía se convirtieron en las dos piernas que echaron a andar esta invención maravillosa de la mente humana que llamamos «ciencia». El resto es historia.

Menudo exitazo. La ciencia fue conquistando progresivamente casi todo el mundo físico a su paso. Por eso los físicos tendemos a ser arrogantes. Sabemos lo que han conseguido nuestros predecesores. ¡Es espectacular! Sin embargo, todavía siendo terriblemente difícil, es importante remarcar que la ciencia empezó por lo más fácil, pues las manzanas de Newton y los planetas de Kepler se prestan mucho más fácilmente a la lógica de Galileo que el amor y el dolor de Romeo y Julieta. Sí, la física es dificilísima, pero es «lo más fácil»…

Durante los siguientes cuatrocientos años, la ciencia se entretuvo cocinando platos magníficos con ingredientes del mundo material, pero fuimos prácticamente incapaces de servir aperitivo desde la cocina de nuestros laboratorios que apelara a nuestra propia experiencia, eso que hoy llamamos consciencia.

Es por tanto un poco irónico, y también tragicómico, cuando mis colegas físicos hablan de una «teoría del todo» (técnicamente una teoría que unifique y transcienda las profundas y aparentemente irreconciliables incompatibilidades entre la relatividad y la cuántica). Una teoría del todo, ¡menos de todo lo que importa! El sabor a chocolate, la pereza, el sexo, las guerras, la muerte y el amor de madre… ¿Qué ecuaciones nos desvelan sus secretos?

Y eso sin mencionar que sabemos mucho sobre el mundo material pero desconocemos qué es el 95 % de la masa y energía total del cosmos, a las que llamamos masa y energía «oscuras». Imaginaos qué falsa humildad la de quienes dicen que la física explica casi todo lo conocido y explicará todo lo que está por conocer.

En cualquier caso, lo que sigue a Galileo es la historia de un éxito (y de una muerte) anunciados.

La exclusión de la experiencia misma del ámbito de la ciencia se convierte en una estrategia tremendamente exitosa. Este sagaz movimiento «programático» (es el business plan de la ciencia) da lugar a la física, y ese tronco robusto pronto se bifurca en varias ramas largas y fuertes. El árbol nos ha dado grandes frutos, pero pocas flores. Estudiar la materia es, sin duda, difícil. Pero hay algo acerca de la vida y la mente que desafía particularmente lo que llamamos el método científico.

Tal y como recomendó Francis Bacon, la ciencia persigue a la naturaleza por todos sus rincones, hasta que escupe sus secretos. Hay otros modos de relacionarse con ella, como el diálogo o la seducción, pero el método de interrogación dotó de aún más potencia a la empresa galileana. Sin embargo, cautiva y bajo tortura, no creo que ella nos susurrara un poema ni nos entregara su corazón…

Entramos en el siglo XVIII y «el biombo» de Galileo se va desplazando. No tenemos tiempo de pararnos aquí. La física sigue y, después de la mecánica y la astronomía, llega la física de fluidos, la termodinámica y el electromagnetismo. Estamos ya a principios del siglo XIX. Vamos conquistando el mundo parcela tras parcela (y a buen conquistador, pocas excusas le faltan).

Todas las disciplinas siguen el ejemplo de la física, primogénita e hija predilecta de la ciencia. A la química también le va muy bien, transformando la ciencia del contacto (la física) en la del enlace. La biología coge buen ritmo, aunque «el secreto de la vida» se le resiste todavía hoy.

La empresa de la ciencia empezó sirviendo cafés, después refrescos y rápidamente amplió su oferta a bollería y bocadillos, incluso el vermut de media mañana. Acabó así convirtiéndose en la gran cadena de restaurantes de lo real…

Y, casi sin darnos cuenta, llegamos a finales del siglo XIX. Es la hora de la psicología.

Llega (de nuevo) la hora de la verdad

La materia la tenemos. La vida casi también. Vamos a por la mente.

Así como la palabra biología significa estudio («logos») de la vida («bios»), la palabra psicología nombra y bautiza una posible ciencia del alma («psyche»). Podemos, de momento, pensar en el alma como sinónimo de mente o de consciencia (aunque no lo sean). Lo relevante aquí es que la ciencia se enfrentó de nuevo con lo intangible. Llegó la hora de enfrentarse al estudio de la mente. Llegó, de nuevo, la hora de la verdad.

Pero ¿cuánto pesa el alma? ¿Qué ecuación matemática describe el espíritu? ¿Cómo construir una máquina que mida la consciencia? ¿Se puede objetivar lo subjetivo sin que deje de serlo? ¿A qué huelen las nubes?

Nos encontramos de nuevo con la herida fundacional de Galileo (o, quizás, con su cicatriz, mal curada). ¿Qué harían los científicos esta vez? ¿Meterían a la consciencia de nuevo debajo de la alfombra de la ciencia? ¿Qué hacemos? ¿Qué creéis que hicieron vuestros ancestros? ¿Qué hubiérais hecho vosotros?

Aunque la psicología empezó bien, haciendo introspección (estudiando la mente desde la mente, «desde dentro», casi como llevan milenios haciendo en Oriente), lamento deciros que la profecía se autoincumpliría de nuevo. Dicho en plata: los psicólogos se acojonaron. ¡No sabemos medir el alma! No sabemos ni siquiera si es posible hacerlo.

¿Qué hicieron entonces? Llamaron al primo de Zumosol. ¿Y quién es? El físico. ¿Y qué dice el tatarabuelo de la física que hay que hacer? Buscar esa porción de la naturaleza del alma que se deje medir y matematizar más fácilmente. ¿Cuál es? La conducta, el comportamiento, lo que hacemos los animales «por fuera». Y así, la psicología se volvió rápidamente «conductista», es decir, prestó atención solamente a la conducta, pues se puede observar y medir.

Pero eso no fue todo. No tuvieron suficiente con posponer de nuevo una oportunidad de oro para estudiar científicamente lo que más nos importa como humanos (quién somos realmente, en vez de cómo caen las manzanas). Además de desplazar y olvidar la realidad del alma, decidieron negarla. Como no sabemos estudiarla, diremos que no podemos, luego que no se puede y acabaremos por concluir que no existe. Muerto el perro, se acabó la rabia. Y a aquellos que digan lo contrario, les ladraremos y morderemos.

Este «cientificismo» —la idea de que la ciencia no es solo el mejor, sino el único método de conocimiento válido— es una actitud que, desafortunadamente, irá calando a lo largo del siglo XX en la ciencia y en la sociedad, como una suerte de parásito mental. Como harían los conquistadores más salvajes: la realidad, o se somete y se convierte a lo «científicamente probado», o la expulsamos y la eliminamos. Es ahí donde la ciencia, no reconociendo sus límites, se extralimita.

Es interesante notar, aunque sea de pasada, que a principios del siglo xx se dio un incidente que marcó el divorcio forzoso entre ciencia y filosofía. Un evento tan fascinante como devastador (lo cuenta maravillosamente la historiadora de la ciencia Jimena Canales en su libro El físico y el filósofo: Einstein, Bergson y el debate que cambió nuestra comprensión del tiempo). Albert Einstein se encontró con Henri Bergson en París, el 6 de abril de 1922. El científico y el filósofo del tiempo por excelencia debatieron sobre su naturaleza. El alemán le dijo al francés: el tiempo de los filósofos no existe. Si la historia la escriben los ganadores, Bergson perdió. Desde entonces, la ciencia decidió desprenderse de la filosofía, y eso promovió no solo el cientificismo, sino el desvarío tecnocientífico que ha dado lugar a grandes capítulos negros de la historia de la humanidad. Sí, gracias a la ciencia tenemos aviones y neveras, pero también gracias a ella hemos destruido ciudades y vidas enteras. Las bombas y los virus son la cara oculta de la luna. Hay que integrar la sombra del progreso científico (pero este es otro tema). Antes de volver a la psicología, veamos qué sucedía con la física.

Arranca el siglo xx

A finales del siglo XIX, los físicos creían que ya lo tenían todo casi resuelto. Aún quedaban un par de anomalías que, como grietas en la pared, se pensaba que con un poco de masilla quedarían solventadas y el edificio de la física completo. Una de esas anomalías fue la radiación del cuerpo negro (no es necesario saber ahora de qué se trata). Lo importante es que, cuando rascaron en la pared, se hizo un boquete enorme que se convertiría en el portal a la física cuántica. Fue increíble. Los físicos pensaban que ya conocían todas las habitaciones de su casa, pero resulta que aún no habían pisado el desván ni el sótano. En el momento más inesperado, la visión clásica del cosmos se puso patas arriba.

Los físicos seguían tratando de entender qué es eso de la cuántica y, por si eso no fuera suficiente, llegó también la relatividad. Nuestras nociones de espacio y tiempo quedaron también tocadas para siempre: el espacio se curva en presencia de grandes masas, el tiempo va más lento cuando yo voy más rápido, la materia se convierte en energía.

Mientras los físicos se enfrentaban desconcertados a todo tipo de paradojas conceptuales y empíricas (tanto por parte de la física cuántica como por parte de la relatividad), los biólogos y los psicólogos seguían aferrados a la física del siglo XIX, a una visión del mundo en la que todo está hecho de materia como pequeñas bolitas de billar chocando al azar en la mesa de billar de un espacio vacío e inerte. No les culpo, pues los físicos tardaron décadas en recuperarse del shock. Sin embargo, más de un siglo después, la gran mayoría de biólogos y psicólogos parece que aún viven en el paradigma mental «chato» del siglo XIX, eso sí, con tecnología «punta» del siglo XXI.

En fin, se podría hacer una serie de Netflix con todo lo que estaba sucediendo, en paralelo, a principios del siglo XX. Los científicos son como tribus, y las disciplinas científicas distintas subculturas dentro de un territorio amplísimo. No existe tal cosa como «la ciencia»; la ciencia son muchas ciencias.

Breve historia de las tres Ces

Regresemos a la psicología. En vez de estudiar la consciencia, los psicólogos empiezan por otra ce: la conducta. Como dijo el filósofo George Santayana (menos conocido como Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás), aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo. De nuevo, ante la encrucijada galileana, los científicos decidieron cortar por lo insano. A modo de verso improvisado: «Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy; para luego la consciencia y la conducta para hoy». Ya se sabe que más vale malo conocido que bueno por conocer.

Después de décadas estudiando la conducta, los científicos no solo aprendieron a medirla, sino también a manipularla. El alma seguía siendo tabú, pero las capacidades de la mente no: la percepción, la memoria, la atención, la intención, el razonamiento, la emoción, la imaginación, etc. La primera ce dio lugar a la segunda: la cognición. Los psicólogos evolucionaron y se volvieron cognitivistas. Empezaron a estudiar los procesos «mentales» internos, no solo sus manifestaciones externas.

Esta deriva parecía seguir el «espíritu de los tiempos». Pronto llegaron las guerras mundiales. De nuevo, hubo mucho dinero para echarle de comer a la ciencia, alimentando un negocio oscuro que no pretende conocer por conocer (sirviendo así a la humanidad), sino conocer para matar y ganar (sirviendo así a unos pocos).

Emergió un profundo interés por otra gran ce: la computación. Había que descifrar los mensajes encriptados del enemigo. Nace la teoría de la información. El mundo ya no parece estar hecho solo de materia ni de energía, sino también de información. Y la mente parece hacer precisamente eso: procesarla. El comportamiento se transfigura entonces en cognición mediante la computación. Y las primeras computadoras se empiezan a diseñar a imagen y semejanza de los cerebros. Por cierto, luego se dirá que los cerebros son máquinas, con el mito del cerebro como ordenador. ¡La copia se convierte en el original! Como lo que nos está pasando ahora con la «inteligencia artificial».

El siglo avanza. La biología molecular arrasa con la genética. La física se atasca en la teoría de cuerdas. Es todo fascinante, pero no podemos detenernos a contarlo ahora. Quedémonos con esta versión, comprimida en unas pocas páginas, de la historia de la ciencia de los últimos cuatrocientos años. Es lo esencial que necesitamos saber para entender mejor de dónde venimos y poder decidir adónde vamos. Veamos ahora qué ha pasado recientemente, en los últimos treinta años.



9. EL NACIMIENTO DE LA CIENCIA DE LA CONSCIENCIA

La bendición de Francis Crick

El estudio de la consciencia podría haber seguido encerrado a cal y canto en el armario de la ciencia durante algunos siglos más (¡¿quién sabe hasta cuándo?!), pero algo inesperado sucedió a principios de los años noventa del siglo pasado. Esto fue lo que pasó.

Francis Crick, premio nobel de fisiología y medicina —galardonado en 1962, junto con James Watson, por el descubrimiento de la estructura en doble hélice de la molécula de ADN—, empezó a preguntarse por la consciencia. Después de mudarse a California en los años setenta, Crick decidió abordar el secreto más profundo de la mente humana. El interés por el estudio de la consciencia le vino hacia el final de su carrera, después de alcanzar la fama por su papel en el descubrimiento de la estructura del ADN. Tras su gran contribución al «secreto de la vida», su siguiente gran proeza sería resolver el «problema de la consciencia».

Crick consideraba la consciencia un problema fundamental no resuelto en la biología, uno de los grandes retos científicos, comparable al del origen de la vida. El desafío de entender la consciencia era demasiado atractivo para dejarlo pasar. Además, Crick estaba fascinado por el cerebro y la posibilidad de estudiarlo en los laboratorios del Salk Institute en California, donde se trasladó.

Aparte de sus contribuciones estudiando el fenómeno de la consciencia mediante investigaciones que se centraban en el procesamiento visual, quizás la mayor aportación científica de Crick en esta nueva fase de su carrera fue sociopolítica: puso la consciencia en el mapa de sus colegas de profesión. A principio de los noventa hizo algo que solo un premio nobel puede hacer: le dio la «bendición papal» al estudio científico de la consciencia. Gracias a ello se empezaron así a superar de forma lenta, pero definitiva e irreversible, los muchos prejuicios académicos que habían sepultado, hasta la fecha, esta área crucial de investigación científica.

A partir de entonces, estudiar la experiencia subjetiva en los laboratorios dejó de ser tabú. En efecto, en ciencia hay también tabúes, dogmas, ritos, templos, santos, obispos y herejes. El biombo de Galileo se precipitó definitiva e irreversiblemente hacia una ciencia de lo intangible.

Hay que precisar que la consciencia ya se venía estudiando desde décadas antes, aunque fuera de forma underground, casi a escondidas, por pioneros cuyos nombres están resurgiendo ahora (como mi querido neurocientífico mexicano Jacobo Grinberg), pero que la historia de la ciencia no ha tratado todavía como se merecen.

La diferencia después de la intervención de Crick fue que la ortodoxia neurocientífica empezó a aceptar la posibilidad de estudiar la consciencia científicamente. Es decir, el estigma comenzó a dar paso al enigma. El tema se empezó a hacer mainstream. Hasta entonces algunos científicos llamaban eufemísticamente a la consciencia «la palabra C» (de manera similar a como un niño que quiere referirse a la gran palabrota hablaría de «la palabra P» para que sus padres no le regañen). El primer paso para poder hablar de algo es poder nombrarlo.

Así, la era científica de la consciencia tiene su origen en ese momento, en los años noventa. Se podría pues fechar la ciencia de la consciencia con las siglas a. C. y d. C.: antes de Crick y después de Crick (o, para quien prefiera referencias musicales, como la famosa banda de rock AC/DC). Han pasado solo treinta años. Eso en ciencia es casi nada. Pero han sucedido muchas cosas. Los tiempos se aceleran. La singularidad está cerca.

¿Y entonces qué?

Se empieza a estudiar la consciencia en los más prestigiosos centros de investigación americanos, aunque no se sabe muy bien cómo. No olvidemos que la ciencia sigue siendo galileana. Yo le llamo «Ciencia 1.0». Sabemos medir muy bien la materia y hacer castillos de arena con ella en la playa y en los laboratorios, pero la mente aún se nos escapa como agua de mar entre las manos.

¿Conocéis el viejo chiste del borracho que está buscando sus llaves debajo de una farola, a sabiendas de que muy probablemente las haya perdido calle arriba? Al preguntarle por qué no las está buscando allí, él responde: «porque aquí por lo menos hay luz». De manera similar, lo primero que hicieron los investigadores fue, obviamente, ver qué pasa dentro de la cabeza.

Por ejemplo, así se empezó a estudiar el problema: si alguien (un humano o animal, típicamente un primate) tiene consciencia de un cambio en una percepción visual (por ejemplo cuando se proyectan dos imágenes diferentes, una en cada ojo, y el cerebro tiene que decidir cuál es la que vemos en cada instante) y, al mismo tiempo, medimos la actividad cerebral del sujeto que experimenta esa «rivalidad binocular», quizás podamos encontrar áreas cerebrales cuya actividad esté correlacionada con esos cambios en la percepción subjetiva. Estamos hablando de los «correlatos neuronales de la consciencia».

Así es como Crick y su gran colaborador neurocientífico Christof Koch comenzaron a escudriñar qué sucede en la cabeza cuando cambia la consciencia. Su misión era descubrir cómo el vino de la experiencia subjetiva brotaba del agua de la actividad neuronal. Eso fue, en parte, lo que convenció a algunos científicos de que la pregunta sobre la consciencia había abandonado la lista de preguntas imposibles tales como el sexo de los ángeles. La ciencia empezaba a creerse que podría hincarle el diente al problema.

Había que lanzar un buen trozo de carne fresca a la jaula de leones para se pusieran en marcha: los científicos de corte más experimental se pusieron a buscar mecanismos biológicos de la consciencia en el cerebro. Eso sí lo saben hacer los neurobiólogos. En efecto, un abordaje mecanicista y reduccionista sin complejos. Con un programa extremadamente pragmático (y quizás un tanto ingenuo filosóficamente), Crick y Koch apostaron de nuevo por el «materialismo promisorio»: hoy no se fía, pero mañana sí. Es decir, el misterio se vuelve enigma, cuya solución es cuestión de tiempo, mejor tecnología, y más dinero.

Se empezó a labrar, abonar, plantar y regar un nuevo «campo»; un ecosistema de estudiantes, becas, departamentos, revistas científicas, conferencias y financiación científica específica para que esta tardía pero esperada rama del árbol de la ciencia pudiera crecer (un árbol que me recuerda al baniano, caracterizado por sus «raíces aéreas» que descienden desde las ramas hasta el suelo, convirtiéndose en nuevos troncos de una ciencia extendida). La ciencia de la consciencia había finalmente nacido.

Fijaos que no solo de datos y teorías vive el científico. Como veremos más adelante, la pata sociopolítica del «taburete de la ciencia» es esencial para que la empresa se sostenga y avance.

El «problema difícil» de la consciencia

Mientras se empezaba a correr el velo de «la palabra C» por la vía científica con el trabajo de Crick y compañía, algo similar pasaba por la vía filosófica.

Hay que decir que el problema mente-cuerpo es más viejo que el tebeo. No se lo inventaron los filósofos de la mente de finales del siglo XX. Simplemente le cambiaron el nombre. Le hicieron un rebranding y un unboxing muy astuto.

La cuestión sigue siendo cómo el alma encuentra asidero en la carne o, en términos más modernos y aceptables: ¿cuál es la relación entre cerebro y consciencia? Dicho de otro modo, si mi dolor de espalda es realmente real y el peso de mi mochila también lo es, ¿cuál es el puente entre esta brecha aparentemente insalvable (¡un abismo!) entre el mundo de lo subjetivo y de lo objetivo? ¡Ay, si Galileo levantara la cabeza de nuevo…!

Así como hay un antes y un después en la ciencia de la consciencia gracias a Crick, también hay un antes y un después gracias al filósofo australiano David Chalmers —dado su look de estrella de rock, podríamos llamar a este segundo momento crucial de la década de los noventa como el AC/DC de la consciencia.

Fue él quien rebautizó la vieja cuestión en un nuevo problema que cautivó a las mentes académicas del momento. Chalmers llamó a esta pregunta perenne de la filosofía «el problema difícil de la consciencia»: si la materia es todo lo que le negamos a la mente y, aun así, (parece que) la produce. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo convertir el agua del cerebro en el vino de la consciencia?

El movimiento de Chalmers fue como un Red Bull para los materialistas de la consciencia: les dio alas para creerse que podían responder a una pregunta tan fundamental como mal planteada (lo cual, viniendo de un filósofo, es un pecado capital, aunque también habitual). Moraleja: no hagas una pregunta cuya respuesta ya sabes, ni des una respuesta a una pregunta mal formulada. Pero él sabía lo que hacía. Su sutil movimiento echó toneladas de leña al fuego de la locomotora académica. Todo el mundo empezó a creerse que esa cuestión, por irresoluble que pareciera, debía y podía ser resuelta.

El milagro estaba servido y los comensales de la mesa de la ortodoxia afilaban sus cuchillos ante el banquete de lo imposible pero accesible. Se pusieron a trabajar intensamente en ello en el ámbito conceptual. Chalmers transformó un callejón sin salida en una avenida llena de posibilidades para sus colegas.

Pasar de nada a algo es mucho

Pienso que preguntarse cómo la materia da lugar a la mente no es tanto un «problema difícil» sino una «pregunta absurda». Es como si un periodista capcioso o un abogado osado te preguntaran «¿cuál fue el arma del crimen con la que acabaste con la víctima?». Si tratas de responder a la pregunta, estás muerto. En vez de ello, debes tratar de reformularla, dejando al descubierto las premisas falsas sobre las que descansa. En la ciencia, como en la vida, a veces es mejor no responder a la pregunta sino cuestionarla.

Pero si uno se deja encandilar por el aura de la gran cuestión, siente que de repente tiene mucho trabajo por hacer. Esto les vino de perlas a los materialistas, reduccionistas y mecanicistas —la santísima trinidad de la ciencia ortodoxa—, quienes rápidamente reconocieron cómo la mayor amenaza para su ideología se convertiría en su coartada perfecta: transformaron el fenómeno de la consciencia (que ellos mismos habían negado antes por ser incompatible con su ideología) en el problema de la consciencia (que ellos mismos estaban ahora dispuestos a resolver).

Otros, como los neurofenomenólogos, prefirieron disolver, en vez de resolver, el problema «difícil» de la consciencia. Pero el gran circo de la consciencia lo lideran los leones materialistas, y Chalmers y Crick les proporcionaron la carne fresca que necesitaban tanto en lo experimental como en lo teórico. Si todo está hecho de materia, la consciencia parece realmente inexplicable. Pero, como venía haciéndose antes desde la doctrina materialista, se prometió una vez más que cualquier problema que se resista al método científico será explicado en un futuro por esa misma doctrina. El show del «materialismo promisorio» pudo así continuar.

Sin embargo, hay que estarle agradecido a Chalmers y a Crick, pues fueron las comadronas de la Ciencia de la Consciencia 1.0 a finales del siglo pasado. Cada uno a su manera —Crick en lo neurobiológico y Chalmers en lo filosófico—, le dieron una nueva vida al «zombi materialista», quien, a la luz de la consciencia, debería haberse desintegrado progresiva pero ineludiblemente como la oscuridad al alba. No hay mal que por bien no venga. Pasamos de no tener nada que hacer (¡ni poder hacer nada!) a ponernos manos a la obra. Pasamos de cero a uno, y eso no es poco.

Tomemos perspectiva de nuevo. Tras décadas (o siglos) de hambruna científica, no es mala noticia que los nuevos investigadores de la consciencia empezaran a hacer como Peter Pan y los niños del País de Nunca Jamás: imaginarse que la mesa estaba llena de suculentos problemas que pronto iban a poder nutrir sus investigaciones, agrandar sus carreras y engordar sus egos como panzas llenas. Nunca tiempos pasados fueron mejores.

Cuando los árboles sí nos dejan ver el bosque

Hay veces que los árboles no nos dejan ver el bosque —nos enfocamos tanto en los detalles que perdemos de vista el contexto general—. Vamos a tratar ahora de que nos pase lo contrario.

En los últimos cuatrocientos años hemos pasado de nada a algo: del tabú de la consciencia al monocultivo del materialismo. Recientemente, en los últimos treinta, de algo a mucho más: ya no tenemos una única opción, ni dos, ni tres, sino una docena de grandes abordajes y cientos de teorías de la consciencia.

De todo lo sucedido en los últimos treinta años, quiero resaltar principalmente lo siguiente: el estudio científico de la consciencia ha nacido, ha crecido y se encuentra ahora mismo en su adolescencia. La palabra adolescencia viene de la palabra adolecer, que significa que algo nos duele profundamente; se trata de ese estadio de nuestro crecimiento en el que crecer, efectivamente, duele. Se busca desidentificarse de los progenitores y aparecen mil tribus distintas con las que el adolescente se irá identificando a medida que transita hacia su madurez.

Estamos justo ahí en el estudio de la consciencia. El comportamiento y la cognición tienen ya sus bases asentadas y su actividad es business as usual, pero en lo que se refiere a la consciencia, se trata del «viejo oeste» de la ciencia y la filosofía, repleta de tribus urbanas: los pijos, los punkis, los rastas, los emos, los hípsters, los frikis, las chonis, etc., una explosión de abordajes, intereses y sensibilidades diferentes. Treinta años después de que el estudio científico de la consciencia fuera aceptado por el mainstream, el campo se ha convertido en un entorno vibrante de enfoques, bendecido y cargado a la vez por supuestos ocultos, resultados contradictorios e implicaciones conflictivas.

En un artículo reciente titulado «Un panorama de las teorías de la consciencia: hacia una taxonomía de explicaciones e implicaciones», mi amigo y colaborador Robert Lawrence Kuhn (el creador y presentador de la serie de televisión y web Closer to Truth) ha identificado, ordenado y descrito las más de doscientas teorías de la consciencia que existen en la actualidad.

Una de las motivaciones principales de este trabajo es evitar que los árboles no nos dejen ver el bosque. Kuhn es uno de los pocos pioneros que intentan aportar un orden integral a tan complejo asunto. En vez de abrazarse a su árbol favorito, intenta cuidar del bosque. Gracias a él hemos podido comenzar a rescatar esa última frontera del conocimiento humano de las estériles disputas provincianas, los delirios egocéntricos de grandeza y las miradas miopes que aquejan el campo de la investigación sobre la consciencia.

La revisión de Kuhn es un ejemplo paradigmático de tal reconocimiento individual y colectivo. No es un trabajo normal. Es una criatura bella y también una bestia —una contribución científica y filosófica única en contenido y estilo—. Es un artículo de acceso abierto de 142 páginas a doble columna. El texto tiene 175 mil palabras, incluyendo casi mil referencias. En él, Kuhn articula una taxonomía de unas 225 teorías de la consciencia.

Reuniendo bajo un mismo techo a la mayoría de los más grandes pensadores contemporáneos sobre una de las preguntas más grandes que uno pueda intentar responder, el paisaje de Kuhn representa el arte casi extinguido de la verdadera erudición. Muy pocos académicos pueden ver más allá de sus propios ombligos teóricos, ni dedicarían el tiempo y esfuerzo necesarios para reunir tal miríada de puntos de vista con su exquisita humildad intelectual y rigor. Las actuales celebrities de la consciencia (demasiado a menudo enemigos acérrimos) seguirán en desacuerdo, pero al menos ahora pueden ver el bosque y no solo los árboles.

El paisaje comprende diez categorías principales y está organizado en un gradiente de «ismos», desde posiciones materialistas acérrimas hasta proposiciones de solo mente. El materialismo recibe mucho espacio y atención con cerca de cien autores distribuidos en diez subcategorías. Es lo esperable. Pero es obvio, y quizás también sorprendente, que ya no sea la única opción disponible. El panorama también presenta a las posiciones dualistas como respetables. La (falsa) elección forzada entre materialismo («promisorio») y el dualismo («ridiculizado») también ha terminado.

Los enfoques cuánticos de la consciencia tienen a su vez su lugar merecido. Luego encontramos todo tipo de fascinantes variedades de panpsiquismos, monismos e idealismos. La teoría de la información integrada tiene su propia categoría, y es el único enfoque científico que filosóficamente no es clasificable en el paisaje.

Es también muy notable que Kuhn dedique una sección entera a «estados anómalos y alterados», describiendo investigaciones científicas serias de décadas sobre temas tabú como la percepción extrasensorial y la supervivencia de la consciencia tras la muerte corporal. Yo los llamo «los márgenes de la consciencia» porque son verdaderas fronteras del conocimiento y también están marginados (estigmatizados y/o ignorados) por escépticos dogmáticos. La categoría final reúne «teorías desafío» que apuntan a la intratabilidad del problema mente-cuerpo.

Aparte de la presencia imperativa de los padres fundadores del campo como Koch y Chalmers (junto a otros filósofos notables y «neurocelebrities»), es un placer encontrar una serie de autores no tan populares pero absolutamente esenciales como David Bentley Hart, Michel Bitbol, David Bohm, Jacobo Grinberg, Rupert Sheldrake, Rufold Steiner o Iain Stevenson. ¿Cuándo fue la última vez que leíste un texto que invitara cordialmente a la filosofía, la neurociencia, la física cuántica, la investigación psíquica, la teología y la religión a la misma mesa?

El trabajo de Kuhn describe en vez de criticar o evaluar las posibles explicaciones de la consciencia. Finalmente, termina subrayando las implicaciones de todas estas explicaciones de la consciencia para el significado último, la inteligencia artificial y la inmortalidad humana.

Recientemente hemos lanzado una especie de megawikipedia de la consciencia, con todas esas teorías (y más) validadas por sus arquitectos; no exagero si digo que esta web es la fuente más completa y rigurosa del panorama actual de teorías de la consciencia. Está exactamente todo ahí.

El problema de los cepillos de dientes

Es irónico y fascinante notar que el problema difícil de la consciencia ha amplificado el «problema del cepillo de dientes»: los investigadores tratan sus explicaciones como cepillos de dientes; cada uno tiene el suyo, pero nadie quiere usar el de otro.

El mapa no es el territorio (ni el terreno). Todos los modelos son en última instancia erróneos, pero algunos son más útiles que otros. Con demasiada frecuencia confundimos modelos (matemáticos o no) con metáforas cautivadoras o mecanismos caricaturescos que encubren metafísicas ocultas (es el problema de las 5 M). Probablemente todos tengan razón en algo, aunque no estén en lo cierto del todo. Además, la mayoría de las teorías de la consciencia no son comprobables de forma empírica, es decir, directamente falsables con un experimento.

Sin embargo, es hora de disfrutar del verdadero sabor del pluralismo epistémico y metafísico. Por supuesto, los cerebros desempeñan un papel clave en la consciencia. Pero la verdadera pregunta, como William James vio hace más de un siglo, es que la función del cerebro es productiva o permisiva. Muy parecido a la imagen de la Tierra que el astronauta William Anders tomó desde la Luna durante la misión Apolo 8, el paisaje de Kuhn ofrece simultáneamente una experiencia orientadora y desorientadora. Necesitamos miras más amplias desde donde contemplar lo que sabemos, lo que no sabemos, y lo que creemos saber pero en realidad ignoramos.

Además, es fascinante darse cuenta de que, en el estudio de la consciencia «menos es más» y «más es menos»: cuanto más sabemos sobre la consciencia a nivel científico y filosófico, más crecen, se diferencian y divergen las propuestas explicativas; y también más crece la escala de aplicación e implementación del fenómeno: desde los microtúbulos en las neuronas de tu cerebro, pasando por el córtex, toda tu cabeza, el cuerpo (incluido el dedo meñique del pie), hasta la consciencia del planeta, el sol, las galaxias y el universo entero.

A fin de cuentas, más allá del dulce estímulo dopaminérgico de ver tu nombre en el salón de la fama, el bosque de Kuhn puede revelar a cada ferviente defensor de un árbol que todos están perdiendo el punto, pero, además, que todos tienen un punto. ¿No te parece un tanto irónico que cientos de personas extremadamente inteligentes crean haber resuelto el problema de la consciencia, convencidas de que todos los demás están equivocados?

La fiel descripción que Kuhn hace de cada posición merece solo elogios y gratitud. Esta habilidad poco común es un antídoto urgente contra el vicio académico de solo escuchar la propia voz mientras se grita al otro. De hecho, si hay algo más interesante que la consciencia misma, es la sociología de sus investigadores. Dejemos atrás los «juegos del hambre» y démonos cuenta de que hay un lugar para todos en la mesa. En lugar de dividir y conquistar, unámonos y maravillémonos.

Todo y nada

Al problema de los cepillos de dientes de las «teorías de la consciencia» se le suma el de las «teorías del todo» de la física. La colisión entre estas dos galaxias es necesaria e inminente, pero también problemática.

Prueba de ello es que últimamente están proliferando todo tipo de teorías del todo. Muchos de mis colegas y yo recibimos cada vez más correos (y cada vez más largos) con archivos adjuntos que prometen ser, como decían los Monty Python, la solución a la vida, el universo y todo lo demás.

En efecto, hoy casi todo el mundo parece tener su teoría particular del todo. Más aún ahora que puedes pedirle a un asistente de inteligencia artificial que genere cantidades ingentes de tinta digital. A veces pienso si uno no debería pedirle a los «autores» que, en vez de molestarse en molestar a otros humanos, usen esa misma tecnología para leer su propia obra, tragándose la máquina de nuevo lo que antes ella misma había regurgitado. Si decides que el algoritmo piense por ti, ¿por qué luego le pides a alguien que te diga qué piensa de ello?

Pero ¿y si realmente está allí el secreto del universo, envuelto en una cáscara de nuez? ¿Y si el secreto de la consciencia estuviera en la estructura geométrica del brócoli? Lamento no tener el tiempo de estudiar todas esas teorías como, a priori, merecerían. Por suerte y por desgracia, cuando se trata de teorías de la consciencia, hemos pasado de la nada del todo al todo de nada.

Creo que todos, tanto los académicos con sus cepillos de dientes, como los amateurs con sus teorías coautorizadas por ChatGPT, tienen algo de razón. Pero, a la vez, nadie la tiene del todo. Como escribió Leibniz en una carta a Nicolas Remond en 1714: «He encontrado que la mayoría de las sectas tienen razón en buena parte de lo que proponen, pero no tanto en lo que niegan». ¿Debemos entonces apresurarnos a podar el paisaje? Aún no. Todavía es pronto. Esperemos a que pase la adolescencia de la ciencia de la consciencia. Naveguemos el conflicto y confusión de esta etapa tan bonita.

El punto ciego de la ciencia

La consciencia es la gran anomalía de la ciencia. Pero la razón fundamental está en otro titular: la consciencia es el punto ciego de la ciencia. El punto ciego es aquello que nos permite ver, pero que, paradójicamente, no podemos ver. Lo que el ojo (no) ve. Meditemos sobre ello.

La metáfora se puede bajar a lo literal. En cada ojo tenemos un punto ciego, justo donde se sitúa nuestro nervio óptico, las fibras nerviosas que transmite la información visual al cerebro. Justo ahí, donde se sitúa ese nervio, no vemos. Y no vemos dos cosas más: tampoco vemos que no vemos, ni vemos que es justo eso lo que nos permite ver. Tres en uno.

De hecho, hay un ejercicio simple e ilustrativo que puedes hacer ahora mismo: coge una hoja de papel y dibuja una cruz pequeñita y al lado derecho, a unos pocos centímetros, un punto. Ahora tápate el ojo izquierdo y con el ojo derecho mira fijamente a la cruz, mientras te acercas el papel lentamente a la cara. No dejes de mirar la cruz, pero presta atención a la periferia de tu campo de visión, donde notarás claramente la presencia del punto, como si lo miraras con visión panorámica, o disimuladamente con el rabillo del ojo (si miras el punto directamente, nunca desaparecerá, y el ejercicio no funcionará). Sigue acercándote el papel a la cara hasta que, cuando tengas el papel aproximadamente a un palmo de la nariz, el punto desaparezca de repente. ¡Desapareció! Como diría el gran Juan Tamariz: «¡Chan, tatachán!». Si sigues acercándote el papel, el punto aparecerá de nuevo. Magia Potagia, hecha por ti, para ti, en ti. Felicidades: acabas de descubrir tu punto C.

La misteriosa desaparición del punto en el papel se debe simplemente a la configuración anatómica de nuestro ojo: en algún sitio de la retina había que poner el «cable» que llevará la información visual al cerebro. El cerebro, a su vez, compensa esa falsa información para que «tú» no lo notes. Es solo cuando la imagen del punto cae justo encima de donde está el nervio óptico en tu ojo, es justo entonces que te das cuenta de que el nervio óptico está ahí, permitiéndote ver, aunque tú no lo veas. Lo mismo hace la consciencia, en tu día a día y en la ciencia.

Por lo tanto, decir que la consciencia no existe, que la crea el cerebro (y que la explica el neurocientífico) sería como decir que el nervio óptico existe gracias al punto y la cruz. ¡Es al revés! El punto ciego nos permite descubrir lo que el ojo (no) ve. La desaparición de un punto (el del papel) hace aparecer al otro (el del ojo). Dicho de otro modo, sin experiencia no hay ciencia. Jaque mate.

Repitámoslo, pues es muy importante: En el mismo corazón de la ciencia hay algo invisible que la hace posible, del mismo modo que el punto ciego ocupa el centro de nuestro campo visual y permite la visión. En el punto ciego de la vista está el nervio óptico; en el punto ciego de la ciencia, la experiencia directa.

Aun así, la ciencia pretende explicar la consciencia, cuando esta es la condición de posibilidad de la ciencia. Algunos científicos y filósofos se atreven incluso decir que la consciencia no existe en realidad, sino que lo verdaderamente real es todo lo demás, «lo otro», lo abstracto (lo que construimos precisamente a partir del material en crudo de nuestras experiencias). Sería como hacer una paella para demostrar que el arroz no existe. Otros, un poco menos osados, insisten en que la consciencia sí existe, pero emerge de la materia. En este caso, sería como decir que el tomate emerge del gazpacho.

¿Una visión desde ninguna parte?

Ya hemos visto cómo la ciencia occidental se fundó sobre la premisa de divorciar los aspectos objetivos y subjetivos de la naturaleza; un enfoque para entender el mundo que ha demostrado ser muy exitoso. Ahora empezamos a vislumbrar las grandes limitaciones de esta estrategia. La naturaleza y el origen de la deficiencia del punto ciego en el núcleo de la ciencia. ¿Cómo recuperar el lugar central de la experiencia humana en la empresa científica?

Lo primero, detectarlo más a menudo. El punto ciego está oculto en plena luz del día en todas partes. Lo encontramos en la física, en la biología, en la neurociencia, en la psicología. Está en todas las disciplinas que abordan los mayores misterios científicos: el tiempo, la materia, la vida, la cognición, la consciencia. Es la llamada «visión desde ninguna parte».

En cuanto al tiempo y la relatividad de Einstein, hay que recuperar la intuición del filósofo francés Henri Bergson de que la experiencia del paso del tiempo es ajena a los relojes. Hay que recuperar también la de Hans Jonas, cuando dijo que «solo la vida puede conocer la vida», anticipando el regreso de la primacía del organismo actualmente en marcha en la biología, donde agencia, propósito y libertad vuelven a considerarse tras un largo paréntesis. En las ciencias cognitivas, el punto ciego computacional se ejemplifica en los peligros inminentes de sistemas de inteligencia artificial desprovistos de sabiduría humana.

Todas las disciplinas científicas miran a través del mismo punto ciego, pero la mayor (y quizás la última) oportunidad para detectar el punto ciego fundacional de la ciencia es en el estudio de la consciencia.

De hecho, la llamada fenomenología (como disciplina filosófica) consiste justamente en repetir el ejercicio del papel y el punto, pero a otro nivel. El fenomenólogo pone entre paréntesis la suposición cotidiana de que el mundo existe independientemente de la experiencia consciente, para poder examinarlo tal como se manifiesta directamente en ella. Se trata casi de una práctica ascética de la mente sobre ella misma.

La primacía de la consciencia se coloca así en primer plano. No podemos salir de la consciencia, y esta no es simplemente otro objeto de conocimiento, «sino también, y más fundamentalmente, aquello por lo que cualquier objeto es conocible». La conclusión es tajante: el problema difícil [de la consciencia] es un artefacto del punto ciego. El problema de la consciencia no se resuelve (ni se absuelve): ¡se disuelve!

De nuevo, preguntarse «cómo» el cerebro da lugar a la experiencia es hacerse trampas al solitario. Antes hay que cuestionarse «si» realmente lo hace. ¿Cómo le da la vuelta la fenomenología al calcetín de la consciencia? El verdadero problema de la consciencia es «cómo el cerebro como objeto perceptual dentro de la consciencia se relaciona con el cerebro como parte de las condiciones corporizadas para la consciencia».

El punto ciego no solo es endémico en la ciencia, sino que ha permeado la educación, el periodismo, la cultura y la sociedad en general. Quizás donde más peligroso sea es en la economía política y en nuestra relación con la Madre Tierra. Es un desafío formidable, pues el punto ciego da lugar a una amalgama de perspectivas que incluye el materialismo, el reduccionismo, el objetivismo, el instrumentalismo y el epifenomenalismo. Demasiado pan para tan poco jamón. Todos estos «ismos» traicionan lo que el filósofo británico Alfred North Whitehead denominó «la falacia de la concreción fuera de lugar», es decir, tratar conceptos abstractos como si fueran cosas reales concretas.

La ciencia es, de hecho, un extraño ciclo; una forma altamente refinada de experiencia cuyo valor reside, en parte, en su capacidad para destilar objetos de conocimiento público a partir de la experiencia, en ciclos ascendentes de abstracción. Pero, como una cometa, no puede volar si pierde su anclaje. Ser conscientes del punto ciego es un paso necesario para reinscribir la experiencia humana de nuevo en el núcleo de la ciencia.

La consciencia no encaja porque ella misma es la caja

Por eso la consciencia es tan elusiva para la ciencia. Por eso resulta tan incómoda y, a la vez, tan fascinante. Es como si un retrato quisiera pintar a su autor. La objetividad es hacer ver que el científico desaparece de la ecuación, que se pone la bata blanca y no está allí. Pero la consciencia no te permite hacer eso. Es como querer dar un paso cuando te has pisado un pie con el otro.

Hemos conseguido hazañas impensables. Conocemos los oscuros secretos de las galaxias más recónditas. Hemos hecho cosas muy difíciles. Construido cohetes. Sabemos más cosas de la galaxia vecina que de nuestra propia mente. Nuestra experiencia es lo más cotidiano, lo más íntimo, y aun así parece lo más inaccesible.

Soy físico. Tengo tatuado a fuego el sueño de Galileo: ¡conquistaremos la naturaleza con la matemática en una mano y la medida en la otra! Pero ahora que quiero estudiar científicamente la consciencia, me viene a la mente aquel verso escolar que dice: «con un seis y un cuatro, aquí tienes tu retrato». Para lo objetivo, todo bien. Pero para lo que se resiste a ser objetivado, el retrato es una caricatura.

La consciencia parece ser totalmente lo opuesto: es subjetivo, es privado. No es un objeto; es la subjetividad misma. La consciencia es la gota de aceite que colmó el vaso de agua de la ciencia. ¿Qué es más real, un electrón o un dolor de muelas? La extensión de los cuerpos y la materia son abstracciones que hacemos a partir de nuestras percepciones.

Nos ha ido muy bien durante mucho tiempo gracias a Galileo, pero ahora queremos estudiar la consciencia y no podemos descargarnos ninguna aplicación nueva si seguimos usando Windows 95; el sistema operativo siempre nos da el mismo error: «el programa se cerró automáticamente».

De cuatrocientos años, a cien, a treinta, hasta ahora… Es mucho tiempo y a la vez un suspiro en la mente occidental. Los tiempos se aceleran. La singularidad está cerca. Necesitamos nada menos que un nuevo tipo de visión científica. En vez de meros observadores pasivos, debemos reconocer nuestro rol como participantes activos en la ciencia, en la vida y en el universo.



10. LA MENTE EXTENDIDA

La realidad partida en dos

Somos beneficiarios de la visión del mundo del filósofo francés René Descartes. Para Descartes la realidad está hecha de dos tipos de cosas, dos sustancias. La definición filosófica de sustancia es interesante: aquello que existe por sí mismo, sin necesidad de otra cosa para existir. Descartes llamó a esas dos sustancias res cogitans y res extensa.

Para entender mejor nuestra herencia cultural aquí en Occidente, debemos aprender el significado de estas tres palabras en latín. La primera la acabamos de ver, res, significa cosa, sustancia. Las otras dos son adjetivos, nos hablan de sus cualidades: cogitans significa pensante, mientras que extensa significa extendida.

En el mundo, nos dice Descartes, hay «cosas pensantes» y «cosas extendidas». Pienso, luego existo. Pero también existen cosas que no piensan, que simplemente están ahí fuera, ocupando un espacio, es decir, extendidas. La sustancia pensante es la mente, el alma, la consciencia (tomémoslas, de momento, como sinónimos). La sustancia extendida es el mundo físico, el cuerpo, la materia.

Descartes no trata de reducir la mente a la actividad de la materia, ni viceversa. No pretende hacer salir la consciencia de la chistera del cerebro. Su posición es dualista: hay mente y hay cuerpo. Dos en vez de una, o una y media. Ambas son sustancias fundamentales; no hay nada por debajo de ellas, no son derivados de ninguna otra sustancia (como el queso de la leche). Y, además, entre las dos constituyen la realidad, pues todo está hecho de una o de la otra. He ahí el dualismo: existen dos entidades fundamentales que son distintas, incluso opuestas, e independientes.

Pero cuando le suceden cosas a mi cuerpo, mi mente se entera: me pincho un dedo y rabio de dolor. Y lo mismo al revés: pienso en mi amor y me sonrojo. Si cuerpo y mente son dos «cosas» totalmente autosuficientes e independientes, ¿cómo saben la una de la otra? El problema del dualismo no es explicar la existencia de lo material, ni de lo inmaterial. Ambos mundos son bien reales, pero tan distintos en su naturaleza que no sabemos muy bien cómo se comunican el uno con el otro. Los materialistas tienen el problema de la existencia de la consciencia. Los dualistas, la interacción con el cerebro.

¿Recordáis el movimiento genial de Galileo? Ya vimos cómo el italiano separó la realidad en dos, aunque de forma menos explícita que el francés. Descartes hace una jugada parecida. Galileo nació una generación antes que Descartes. Nunca se encontraron. Como diría la canción de Alejandro Sanz: ¿Quién llenará de primaveras este cuerpo, y bajara la mente para que juguemos? Dime si tú te vas, dime, Descartes mío, ¿quién nos va a curar el corazón partido? Hemos partido el mundo en dos y ahora tenemos que volverlo a coser.

La mente extendida

Para empezar a suturar la herida fundacional de la ciencia (y del mundo occidental) tenemos que utilizar trucos lingüísticos para ir, con el lenguaje, más allá de él (nuestra forma de hablar es cartesiana hasta la médula). Estos andamios del lenguaje son maneras de decir lo que las palabras casi por definición no nos permiten, maneras de hablar provisionales como cuando uno rehabilita un edificio y coloca un armazón para trabajar pero que sabe que en algún momento va a tener que desmontar.

Digámoslo metafóricamente: debemos extender la mente como la mantequilla sobre el pan de la materia. Debemos hacer que la res cogitans sea también extensa. Por eso hablamos de «la mente extendida». Es una idea crucial para la nueva ciencia de la consciencia. Parece una contradicción (y lo es), pues la gracia de la res cogitans es que no ocupa lugar. Sería como decir que vimos una luz oscura o escuchamos un silencio atronador. Tratamos de trascender los contrarios haciéndolos complementarios. El lenguaje nos lo permite. Fijaos cómo convertimos un adjetivo (cogitans, pensante) en sustantivo (mente) y luego lo emparejamos con el otro adjetivo (extensa). El resultado: mente extendida.

La idea de «la mente extendida» es necesaria y tremendamente fértil. Circula con los papeles en regla por las ciencias cognitivas y por la filosofía de la mente. Quizás no sea ortodoxia, pero tampoco es herejía. Es una visión heterodoxa de la relación del cerebro con la mente que enfatiza el rol de la corporalidad en nuestra experiencia. De hecho, hay un campo de estudio que se llama la «cognición 4E» (las cuatro E) que enfatiza que la mente no vive confinada dentro del cerebro, sino que está también «encarnada», «extendida» más allá del cuerpo, «embebida» en el mundo, y es también «enactiva», que quiere decir que la cognición nace de la interacción dinámica entre el organismo y su ambiente. Dicho brevemente, cuando hablamos de vida, condición y consciencia, el contexto es constitutivo. La copa de vino no es menos importante que el vino en la copa.

No tengo tiempo de entrar en este campo. Solo mencionar que por fin la neurociencia ha descubierto que para respirar hay que tomar aire y volverlo a soltar. Todos los órganos, no solo el cerebro, tienen un papel muy importante en el teatro de la mente. Quizás no sean el rey león de la jungla (es el cerebro), pero su rol es también capital. El corazón está en comunión con el cerebro, quien a su vez intima con el intestino y los pulmones. La medicina china lleva milenios diciéndonoslo. Aquí en Occidente llevamos un poco de retraso.

La mente realmente «extendida» tiene mucho que ver con el cerebro «permisivo», fijaos de nuevo cómo estos dos adjetivos tratan, cada uno a su manera, de ir más allá de las nociones heredadas de mente y cerebro para construir un puente entre ambos. Entraremos en detalle en el capítulo 12.

¿Y si (casi) todo está lleno de mente?

Permitidme que os cuente de otra manera cómo hemos ido extendiendo la mente. Es realmente increíble. Os cuento la historia muy brevemente, desde la separación de Descartes hasta la actualidad.

La mente empezó fuera de la materia. Es la separación cartesiana que acabamos de describir. Luego Descartes pensó que la glándula pineal sería el mejor lugar para darle un sitio a la mente. La consideró como el asidero del alma, el punto de conexión con el cuerpo. La colocó en el trono del rey, el mejor lugar del palacio del cuerpo: centrada y cómoda en medio del cerebro. Luego, mucho más tarde, con la neurociencia moderna, se extendería al córtex cerebral (aunque todavía hoy hay fuertes controversias respecto a si la consciencia se sitúa en la parte frontal o posterior del córtex cerebral). Cuando llegó la visión 4E, anteriormente mencionada, del córtex la extendimos a todo el cerebro y más allá.

Una expansión espectacular sucedió también no solo en nuestro cuerpo, sino en nuestra sociedad. Primero la mente solo estaba en la pineal del hombre europeo adulto. Solo ellos la tenían (o eso decían ellos). Luego se extendió a las demás culturas y razas y también, por fin, a las mujeres. Los bebés humanos no tuvieron esa fortuna hasta finales del siglo XIX, pues hasta entonces se les operaba sin anestesia creyendo (los expertos) que sus gritos eran simples reflejos, como los de los perros. Perros a los que Claude Bernard les hacía vivisecciones para investigar y divulgar acerca de su medicina experimental, y que le costó el divorcio de su mujer.

Por cierto, habría que preguntarse también cómo viven y entienden la muerte los animales, como describe Susana Monzó en su libro La zarigüella de Schrödinger. A veces somos demasiado antropocéntricos. Hay vida (y mente (y muerte)) más allá del Homo sapiens.

Seguimos extendiendo la mente a otros animales, empezando por nuestros primos más cercanos: los primates no humanos. Hoy en día casi no se experimenta con ellos en los laboratorios. No le rebanarías los sesos a tu primo, ni experimentarías con él en una jaula de laboratorio, ¿verdad? Más recientemente, el umbral teórico que separa qué animales son conscientes y cuáles no se ha ido moviendo y difuminando. Respecto a los perros y los gatos, sus «dueños» no tienen duda. Mientras tanto se siguen sacrificando ratas y ratones en los laboratorios (antes se usaban gatos). Las cobayas son también famosas para investigación. Argumentan los científicos (no los animales) que es un mal menor para nuestro bien. Sin embargo, la propia comunidad científica ha hecho declaraciones formales (como la Declaración de Cambridge de Consciencia Animal de 2012, o la de Nueva York el año pasado) reconociendo la capacidad de muchos animales a la hora de experimentar y sentir de manera similar a la nuestra. Aún nos queda camino ético por recorrer.

Muchos estarían de acuerdo en que los mosquitos no tienen consciencia. Hay humanos que no comen pulpo por ser un animal tan inteligente como delicioso. En resumen, la res cogitans se va haciendo extensa no solo dentro de nuestros cerebros y nuestros cuerpos, sino progresivamente por el reino animal.

También podemos hablar de mentes extendidas al nivel de un superorganismo: es la idea de «mente líquida», como la de una colonia de hormigas (o incluso la de un colectivo social humano), cuyo comportamiento, cognición e incluso consciencia estarían distribuidas entre sus miembros.

Pero no paramos aquí todavía. Hay investigadores que estudian la inteligencia, sensibilidad, e incluso consciencia de las plantas, como explica Paco Calvo en su obra Planta Sapiens. Mi abuela eso ya lo sabía, por eso les cantaba y les decía cosas bonitas. Es el campo científico de la cognición vegetal (algunos lo han bautizado como neurobiología vegetal, lo que ha provocado polémica, pues las plantas no tienen neuronas). No solo hemos sido antropocéntricos, colocando al hombre como centro exclusivo de la naturaleza. Hemos sido también cerebrocéntricos, subestimando la vida y la mente de las criaturas que no tienen cerebro. El reino vegetal es prueba de ello. La consciencia verde nos seguirá sorprendiendo. La biología siempre supera la ficción. La naturaleza es misterio y maravilla.

Además del reino animal y del vegetal, está el de los hongos. Se les consideró como plantas hasta 1969, cuando se independizaron a su propio reino según la taxonomía científica. Son seres verdaderamente increíbles. Hay un libro maravilloso que nos lo cuenta titulado La red oculta de la vida, de Merlin Sheldrake.

¿Hasta dónde estamos dispuestos a extender la mente? Un artículo publicado en Science en febrero de 2007 se preguntaba qué tipo de cosas tienen mente. Los investigadores hicieron más de dos mil encuestas para ver cómo los humanos atribuimos mente a distintas entidades. Dividieron las respuestas en dos dimensiones: por un lado cuánta «agencia» —esto es, capacidad de acción— y, por otro, cuánta «experiencia» —es decir, capacidad de sentir— les asignamos a un gato, una persona en coma, una freidora, las nubes, o incluso a Dios. Es decir, estudiaron cuál es nuestra percepción, para todas esas cosas, sobre lo que creemos que pueden hacer y padecer. Los resultados fueron fascinantes. Por ejemplo, en promedio la gente le concedió a una mujer muerta más experiencia que un robot, pero menos agencia. A un bebé y a un perro mucha más experiencia que a un muerto y un robot, pero aproximadamente la misma agencia que un muerto. Los humanos nos colocamos a nosotros mismos como las entidades que tienen más experiencia y percepción. Curiosamente, a Dios le dieron mucha agencia pero poca experiencia.

Tras este viaje acelerado y comprimido, ¿qué me decís de otros reinos de la mente que quizás aún no hayamos descubierto o creado? Nuestra mente lleva confinada en arresto domiciliario durante mucho tiempo. Es hora de expandirla. ¿Qué misterios nos quedan aún por descubrir?



11. INTELIGENCIA ARTIFICIAL

La IA ha llegado de golpe, como un tsunami silencioso a bombo y platillo. Ya está aquí. La tenemos encima.

Una mañana mientras preparaba el desayuno recibí un wasap de mi padre en el que me compartía un link y me preguntaba si ahora me dedicaba a promocionar un remedio para las articulaciones. Añadió desconcertado: «No te veo hablando de esta manera. No pareces tú». Menuda sorpresa cuando al clicar me vi (¡a mí mismo!) hablando (¡con mi voz!) de tales remedios milagrosos en compañía del doctor Sans Segarra. Fue mi primera vez… mi primer deepfake: un vídeo generado por inteligencia artificial suplantando nuestras identidades. Me quedé verdaderamente perplejo. Lo sentí como un bautismo involuntario en las aguas turbias de la posverdad que están inundando lo real.

Al considerar varios tipos de mente más allá de la humana, no podemos obviar la encrucijada de la «inteligencia artificial» (IA). Hay muchas opiniones al respecto de si las máquinas pronto tomarán consciencia, acabarán con nosotros, o las dos cosas. Pero, para poder decidir si un algoritmo puede o no tener experiencia subjetiva, habría que regresar al panorama de teorías de la consciencia actuales e ir, una por una, examinando sus implicaciones respecto a la posibilidad de la llamada «inmortalidad digital». Algunos multimillonarios ya han apostado por ese futuro. La idea es localizar, aislar y transferir «la consciencia» y conseguir así la inmortalidad. Es el sueño de los transhumanistas, que va cautivando las mentes y los bolsillos de gente muy poderosa.

Este no es el lugar para discutir sobre la IA en cuanto avance técnico. El tema es, sin duda, fascinante. No voy a entrar aquí en las diferencias entre la «inteligencia artificial» e «inteligencia artificial general» (cuando las capacidades específicas de la IA se generalizan a cualquier tarea que un humano pueda realizar), ni tampoco voy a dar mi opinión respecto a cuánto tiempo nos queda hasta que esta última aterrice en el mundo, si es que no lo ha hecho ya.

Tampoco voy a analizar el interesantísimo problema de cómo pasar de una «inteligencia artificial» a una «consciencia artificial», si es que eso es posible. Créeme cuando te digo que es de todo esto de lo que realmente me gustaría hablaros, de si la consciencia se puede encarnar en placas de silicio en vez de en organismos de carbono. Pero no puedo. Y no puedo porque debo hablar de otra cosa.

Tenemos que hablar de esto

Me parece más apropiado dedicar estas páginas a algo mucho más urgente: las ideologías que están detrás de esta carrera por desarrollar salvajemente la IA. Es un tema de actualidad total. Pero de ello se habla poco explícitamente. Hay que leer muy fino entre líneas —quizás porque se trata del lado más oscuro de esta apasionante aventura de la consciencia—. Tenemos que coger el toro por los cuernos cuanto antes.

Así que, en vez de preguntarnos por la «inteligencia artificial», os propongo reflexionar sobre la «inteligencia moral» y también sobre la «inteligencia psicopática». Como veremos a continuación, hay un manojo de ideas muy potentes que alimentan esta fiebre algorítmica. Van poseyendo y, me atrevería a decir, pervirtiendo cada vez más mentes humanas. El futuro de nuestra especie está en riesgo. Quizás estemos viviendo una experiencia cercana a la muerte a nivel colectivo. Lo siento por las malas noticias.

Estas fuerzas (o lo que sea que son) están también impulsando un desconcertante movimiento, una suerte de «religión artificial» disfrazada de progreso tecnocientífico. Podríamos incluso hablar de «trascendencia artificial», como proponen algunos de sus profetas. Como veis, la cosa se ha puesto seria. Parece que estamos inmersos en una guerra que no se libra ni en lo físico ni en lo psicológico, sino en lo espiritual. No creo que haya habido tiempos más increíbles para estar vivo.

El animal más peligroso del mundo

En 1963 se llevó a cabo una exposición en el Zoológico del Bronx, en la ciudad de Nueva York. Se titulaba El animal más peligroso del mundo. Junto a una ventana con barrotes, se podía leer el siguiente texto: «Estás mirando al animal más peligroso del mundo. Solo él, de todos los animales que han existido, puede exterminar (y lo ha hecho) especies enteras de animales. Ahora tiene el poder de aniquilar toda la vida en la Tierra». Detrás de los barrotes y junto a tales palabras de advertencia, había un espejo donde los humanos podían ver su propio reflejo… En efecto, somos la especie más peligrosa que conocemos.

No ha cambiado mucho desde entonces, excepto que la IA es nuestro actual dark mirror, un espejo oscuro, un verdadero laberinto y juego macabro de espejos. Algunos dirán que la IA es una herramienta. Claro que lo es. Pero ¿es simplemente una herramienta más? Veamos qué hay detrás.

Copiar la vida y eliminar la muerte

Es muy urgente conocer mejor qué hay detrás del transhumanismo, el movimiento que aboga primero por la posibilidad filosófica, luego por la viabilidad técnica, después por la inevitabilidad tecnológica y finalmente por el imperativo moral de modificar la condición humana para mejorar, dicen ellos, nuestra especie, tanto biológica como cognitivamente. Su lema es «podemos, queremos, debemos y lo haremos».

Pero ¿qué se entiende realmente por mejorar? ¿Se trata de una extensión cuantitativa de nuestras capacidades o de una elevación cualitativa? ¿O quizás una disminución de las mismas o su erradicación? No estamos hablando aquí de lentes progresivas o sartenes antiadherentes de última generación. Los transhumanistas quieren copiar la vida, editar la humanidad y eliminar la muerte. Y quieren algo más: convertirse en algo más que humanos.

Prometen triunfantes nuestra inminente trascendencia a través de las máquinas, a la vez que parecen celebrar la obsolescencia programada de la humanidad. Parece que quieran extinguir deliberadamente la llama de nuestra especie animal en la oscuridad de la máquina. ¿De dónde viene todo esto?

Orígenes

La palabra transhumanista tiene una historia interesante. Proviene del neologismo italiano trasumanar, es decir, convertirse en más que humano». Fue introducido en el siglo XIV por el poeta Dante Alighieri en la tercera y última parte de su Divina Comedia (Paraíso: Canto 1, Línea 70). Dante no era un transhumanista en el sentido actual del término. Tampoco lo era Pierre Teilhard de Chardin, el paleontólogo jesuita que veía la evolución como una creación inconclusa (la gran cadena del ser está en proceso de devenir) y quien introdujo el llamado «Punto Omega», el evento final de convergencia del universo.

Junto con el bioquímico Vladimir Vernadsky y el matemático Édouard Le Roy, Teilhard desarrolló el término «noosfera» hace un siglo: un nuevo y superior estado de desarrollo de la biosfera mundial, una esfera de la mente, hecha de nuestros pensamientos como colectivo. Me pregunto si los asistentes de IA, cada vez más sofisticados, son como una suerte de egrégores, entidades o formas de pensamiento colectivo que surgen de los pensamientos y emociones de un grupo de individuos, cada vez más sofisticados, que habitan, reflejan o incluso contaminan la noosfera.

Más tarde vino Julian Huxley, el biólogo evolutivo británico, quien popularizó el término «transhumanismo» en 1951. Huxley pensaba que la humanidad supervisa su propio destino y que, en línea con los movimientos humanistas seculares de la época, tal mejora debe lograrse solo por medios tecnológicos. Décadas más tarde llegaron nuestros «amiguetes» de Silicon Valley, y el resto es una historia bien conocida que estamos viviendo a tiempo real…

Una nueva religión

Estamos presenciando el alzamiento de una nueva religión. Disfrazado como programa tecnológico, el transhumanismo ofrece una serie de «ventajas» que son típicamente propias de las religiones: un evangelio, una serie de mesías, una profecía (apocalipsis incluida) y la posibilidad de redención, salvación e incluso liberación de la carne, logrando finalmente la inmortalidad.

Como dice la ensayista estadounidense Meghan O’Gieblyn «Lo que hace que el movimiento transhumanista sea tan seductor es que promete restaurar, a través de la ciencia, las esperanzas trascendentes que la propia ciencia ha aniquilado». En efecto, los transhumanistas quieren estar en su misa cientificista secular y repicando las campanas de su pseudoreligión tecnocientífica.

Friedrich Nietzsche dijo ya hace mucho tiempo que «Dios ha muerto». En Silicon Valley están construyendo uno digital. Lo sabrá todo, lo podrá todo y estará presente en todas partes. Se trata de un culto al totalitarismo digital. No se trata solo de robarle el fuego a los dioses, sino de reemplazarlos.

Si suena como un pato y anda como un pato…

Este «copiar y pegar» de lo divino también lo aplican a todo lo demás, incluido lo humano. Se basa en el truco de hacer ver que «aparentar» es lo mismo que «ser», es decir, que la simulación de una cosa equivale a su creación. Si hago que suene como un pato y se mueva como un pato, diré que es un pato. La falsificación y la imitación son la nueva autenticidad.

Se confunde computación con inteligencia e inteligencia con consciencia. El futurista imagina una tecnología capaz de reemplazar cada parte de tu cerebro con una copia digital. Sospecho que no contempla la física cuántica porque un enfoque no computacional derribaría su paradigma y su agenda. También predice que muy pronto hordas de nanorrobots se sumergirán en nuestros cerebros para copiar todos nuestros recuerdos y personalidades. Pero ¿seguirías siendo tú esa réplica completamente computarizada?

Ya nos han ido vendiendo la idea de que si un asistente de IA actúa exactamente como alguien, puede acabar siendo ese alguien. La copia reemplaza al original. ¿Estás de acuerdo? Yo creo que la realidad no es un simulacro ni una simulación. Tampoco pienso que la consciencia sea una función corriendo en un ordenador. Pero ellos insisten. Y no se detienen en «la nube». Los bits de información por sí solos no pueden redimir el mundo físico: la IA debe asociarse con la nanotecnología. El bombo se duplica y se eleva al cuadrado. En el fondo, creen que el alma es digital y el cuerpo mecánico.

Follarte a tus difuntos seres queridos

La postura hacia la muerte del famoso transhumanista Ray Kurzweil es muy reveladora para entender todo esto. Kurzweil anhela desesperadamente resucitar a su padre Fredric. Cree que eso es posible. Su plan es el siguiente.

Para preservar la identidad de una persona, primero planea recopilar todo lo que se haya escrito o dicho en enormes registros digitales. El siguiente paso es instalar nuestras réplicas virtuales en cuerpos físicos, pudiendo elegir entre varios avatares robóticos según nuestro gusto. Dice Kurzweil que se podrán cultivar estos cuerpos a partir de ADN de la persona original, para así «continuar una relación con esa persona, incluso física, incluido el sexo». Al parecer, el coito con tus amantes fallecidos falsificados será pronto una posibilidad.

Esto es menos anecdótico de lo que parece, ya que Kurzweil aspira a una especie de cópula transmutada entre la humanidad y la tecnología (el subtítulo de su último libro es «Cuando nos fusionemos con la IA»). O, como dijo el gran Marshall McLuhan, quizás nos estemos convirtiendo en «los órganos sexuales del mundo de las máquinas».

Hay un pasaje muy revelador en el libro de Kurzweil. Allí se siente a flor de piel su vulnerabilidad y también su férrea voluntad. Se siente también en él una sensación de decepción, desconfianza e incluso repulsión hacia la madre naturaleza y sus límites. Lamenta que su cerebro haya evolucionado para predisponerlo a hábitos que preferiría no tener. Se queja de su cuerpo envejecido, «programado biológicamente para destruir eventualmente el patrón de información que es Ray Kurzweil». Pero, con aire victorioso, cree que «la singularidad» nos liberará a todos. Muy pronto, nos anuncia, nuestras vidas ya no estarán manchadas por nuestras fragilidades biológicas.

No pretendo psicoanalizar a nadie, pero hay algo curioso y un poco macabro en todo esto, una especie de cóctel transhumanista de Eros y Tánatos, las pulsaciones de vida y de muerte. Los transhumanistas anhelan una interacción transmutada entre humanos y máquinas; fusionar fielmente sus cuerpos con la nanotecnología y sus mentes con las tecnologías de la información. Pero, en lugar de aspirar a ser uno con su creador (si es que hay uno), sueñan con fusionarse con sus propias creaciones. Es, a la vez, una especie de culto a la muerte, promoviendo un futuro para nuestra especie en el que lo mejor para nosotros es desaparecer en beneficio de una raza posthumana mejor equipada, más feliz y que vivirá para siempre aquí en el planeta Tierra y pronto partirá más allá de las estrellas.

Arreglar el mundo (mientras acabamos con él)

Muchos creen que el mundo está roto y que ellos pueden arreglarlo. La jugada entera es en sí una tragicomedia: quienes causan los problemas son los mismos que nos venden sus soluciones. El plan de negocios está trillado, pero funciona: crear la enfermedad junto con las herramientas para tratar los síntomas, pero nunca la causa.

Dicen que todo camino hacia la utopía se encuentra a medio camino con la distopía. Fijaos en las principales tecnologías que amenazan hoy a la humanidad, como la IA o la biotecnología. Se argumenta que quien crea los problemas se encargará también de resolverlos. Se sugiere, por ejemplo, que se utilizará la propia IA para mejorar nuestra capacidad de «alinearnos» con ella, y evitar que decida destruirnos. ¿Es eso creíble? Bajo el hechizo de la tecnolatría (la adoración al poder de la tecnología), se ignora toda objeción a la sistemática aplicación de soluciones tecnológicas para todo. ¿Deberíamos abrazar ciegamente el cambio tecnológico primero y redactar el nuevo contrato social después (cuando ya sea demasiado tarde)?

¿Estás dormido o estás durmiendo?

Decía Camilo José Cela que «no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, de la misma manera que no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo». Asimismo, no es lo mismo que la IA sea inevitable a que no se quiera evitar. Observa cómo a menudo se nos da gato por liebre aquí también.

Dicen que el genio ha salido de la lámpara y que si no desarrollamos la IA nosotros primero, otros lo harán. Es una carrera. Tonto el último. No hay otra opción. Sin embargo, hay ejemplos en nuestra historia reciente —como la clonación humana, las bombas atómicas y las armas biológicas— en los que hemos dicho colectivamente que no, en vez de seguir adelante y luego ver qué pasa.

También es bastante deshonesto que estas invenciones estén diseñadas para ser engañosas, codiciosas y disruptivas, mientras sus propios creadores aparentan estar un tanto sorprendidos de no sorprenderse demasiado de ello. Mientras un monopolio global sin precedentes está aplastando nuestras democracias, nosotros parecemos dispuestos a entregar nuestra privacidad, dignidad y libertad con un emoji sonriente.

Juegan además con el dilema de la utopía versus distopía como un truco de distracción. Escoger entre optimismo y pesimismo es pensar en una sola dimensión. No hay que escoger entre todo o nada, entre sobredosis de Silicon Valley o regresar a las cavernas. Tampoco me apunto a escoger entre evasión, esperanza o resignación. Debemos encontrar ese medio virtuoso que es sistemáticamente excluido.

Una carta de amor a nuestras futuras nietas

La humanidad está en la encrucijada. La IA es el límite del materialismo cuando la patología de esa ideología tiende al infinito. Es el parásito ideológico de la modernidad, en su estado de muerte terminal. Una pseudorreligión disfrazada de tecnociencia. Te están prometiendo trascendencia a costa de extinción.

Tanto el papa Francisco como Nikola Tesla tienen razón. El inventor nos avisa que «La ciencia no es más que una perversión de sí misma a menos que tenga como objetivo final el mejoramiento de la humanidad». El pontífice nos recuerda el gran valor de las cosas pequeñas: «En esta era de inteligencia artificial, no podemos olvidar que la poesía y el amor son necesarios para salvar nuestra humanidad. (…) Todas esas pequeñas cosas, ordinarias en sí mismas pero extraordinarias para nosotros, jamás podrán ser capturadas por algoritmos. El tenedor, el chiste, la ventana, la pelota, la caja de zapatos, el libro, el pájaro, la flor: todas ellas viven como recuerdos preciosos “guardados”en lo profundo de nuestro corazón».

No hagamos oídos sordos de esta llamada urgente para desinflar el poder estos tecnócratas que pretenden hacer el mundo a su imagen y semejanza. Te dejo con esta pregunta: ¿Qué le dirás a tus nietas cuando te pregunten qué hiciste tú cuando todavía había algo que hacer?



12. EL CEREBRO PERMISIVO

¿Qué es un cerebro?

A veces las preguntas más sencillas son las más difíciles de responder. Definir cualquier cosa, también en ciencia, es francamente complicado.

Por ejemplo, la definición de tiempo, espacio y materia ha ido cambiando a lo largo de los años, según la física ha ido avanzando en sus descubrimientos teóricos y experimentales. El tiempo ya no es ese tictac absoluto y constante de un reloj newtoniano, sino que transcurre más rápido o más lento según a la velocidad a la que vayamos respecto a otros sistemas de referencia (así lo dicta la teoría de la relatividad especial). Asimismo, el espacio ha dejado de ser ese receptáculo vacío e impasible y ahora resulta que se deforma en presencia de objetos masivos, incluso de energía (así lo dice la teoría general de la relatividad). Es más, espacio y masa pasan ahora a estar intrínsecamente relacionados; ya no son solo amigos, son pareja. Y, ¿qué decir de la materia? Sabemos desde no hace tanto que puede convertirse en energía y viceversa según la famosa ecuación de Einstein que todos probablemente habréis visto alguna vez estampada en una camiseta.

Algo parecido sucede cuando le preguntamos a un biólogo qué es la vida, o a un matemático por la noción de número. Parece que deberían darnos una respuesta breve, clara y precisa que casi diera el asunto por zanjado, pero no es así —a medida que se va desplegando la idea nos damos cuenta de que sus profundidades son abismales y de que, rápidamente, una cosa nos lleva a la otra, y todo parece que tiene que ver con todo.

La psicología y las ciencias cognitivas no son inmunes a este reto maravilloso del lenguaje tratando de atrapar la realidad en sus redes. Por ejemplo, la definición de inteligencia tiene muchas caras (lingüística, lógica, corporal, social) y medirla es arduo e incluso polémico. Lo mismo en medicina, como ha quedado patente respecto a la definición de muerte. Todos tenemos una idea aproximada de lo que es (sabríamos distinguir entre un gato dormido y uno muerto), pero ahora sabemos que cuando hablamos de muerte hay toda una función detrás del telón, mucho más de lo que quizás imaginábamos al empezar esta aventura. La propia muerte ha cobrado vida transformándose ante nuestros ojos.

Y qué decir con respecto a otras cuestiones, como por ejemplo en el amor. Para esas lo mejor es no tratar de dar definición alguna —intenta explicarle a alguien por qué le quieres y lo verás—. De hecho, cuando alguien insiste demasiado en que definamos una palabra, pasados los veinte minutos, yo le pido que defina la palabra definir. Le digo: «por favor, define define». Ahí nos damos cuenta de que nuestros pensamientos y palabras dependen las unas de las otras como el reflejo de mil millones de luciérnagas en una sala llena de espejos. El lenguaje es un complejo entramado donde cada parte apunta, tarde o temprano, a todas las demás.

Algo parecido nos ha pasado cuando hemos hablado de consciencia. Algunos incluso se preguntarán por qué no la hemos escrito sin la letra ese, es decir, conciencia. Aunque en español se pueden utilizar las dos, conciencia (sin ese) tiene que ver con la facultad de la mente para juzgar nuestros propios actos. Es decir, a veces tiene una implicación moral. Yo he preferido utilizar consciencia (con ese) para referirme «simplemente» a nuestra experiencia subjetiva. Es algo tan íntimo y familiar, y a la vez quizás el misterio más grande de la existencia. De nuevo, «simplemente», pero no es tan simple… Vimos también, aunque pasando de puntillas, que no es lo mismo decir mente que decir espíritu, alma, identidad, personalidad, temperamento o «el yo». No me quise meter en ese fregado. Suficiente tenemos con la vida, la muerte, la consciencia y todo lo demás. Hicimos un trato no tácito, aceptamos pulpo como animal de compañía, y seguimos adelante.

Antes de seguir, quizás debamos dedicar unos párrafos más a la noción de consciencia, pues es clave para este libro. La palabra consciencia es francamente difícil de definir, a la vez que algo por completo obvio, íntimo y natural para cada uno de nosotros, mis queridos seres conscientes. Por «consciencia» quiero decir experiencia, tu experiencia subjetiva, irreducible a hechos objetivos. Es la manera con la que experimentamos el mundo (tanto el interior, como el exterior), la forma en la que lo sentimos de manera subjetiva. Pero no se trata solo de sus contenidos (el rojo de la rosa y la rosa misma, el olor a café y la taza, el tacto de la hoja del libro y su peso), sino del propio hecho de estar ahí, de existir y de saberlo. Fíjate que esos contenidos aparecen en tu consciencia.

Una definición más pragmática y directa de la consciencia es esta: la consciencia es aquello que desaparece por la noche cuando entras en sueño profundo y lo que aparece de nuevo, cada mañana, cuando suena el despertador (y no estabas soñando). Refiriéndose a la experiencia subjetiva del otro, el filósofo americano Thomas Nagel la definió de una forma astuta (aunque difícil de traducir al español) que les encanta a mis colegas investigadores anglosajones: un ser es consciente si «hay algo que se siente al ser ese ser» o esa criatura («there is something it is like to be that being»). Dicho poéticamente, la consciencia vendría a ser «el sentimiento de estar vivo» o, lo que se siente al «ser tú» —si hay algo que se siente al ser tú (o un perro, un pulpo o un pino), entonces eres consciente—. De un ser consciente podemos decir que «hay alguien ahí dentro».

La palabra consciencia (como la palabra ciencia) viene del latín y significa «saber con» o «conocer juntos». Se trata, pues, tanto de un conocimiento compartido de la realidad como de un conocimiento reflexivo de uno mismo. Pero no hace falta ponerse a reflexionar de manera filosófica sobre la propia existencia para ser consciente. Tampoco nos referimos aquí a la capacidad que tenemos de discernir entre el bien y el mal, normalmente referida como «conciencia» (sin ese). La consciencia vendría a ser la capacidad de saber de uno mismo (de tus pensamientos, sentimientos, etc.) y del entorno. Es decir, la percepción que tienes del mundo y de ti mismo mediante un conocimiento interno, privado e inmediato (en el sentido de próximo, no en el sentido de rapidez). Pero más allá de un pensamiento concreto o de un aspecto del entorno, insisto en que la consciencia es algo más: es la existencia de la experiencia, a la vez que la experiencia de la existencia. ¡Sentimos que somos, que estamos ahí!

El filósofo Rupert Spira, maestro de la «no-dualidad» (concepto clave en las tradiciones que remarcan la ausencia de una dualidad fundamental o separación en la existencia), nos ofrece una definición de consciencia mucho más potente: «aquello en lo que toda experiencia aparece, con lo que toda experiencia es conocida, y de donde toda experiencia se hace» («that in which all experience appears, with which all experience is known, and out of which all experience is made»). La consciencia no es solo el contenido de la experiencia, sino también su continente. No es solo la capacidad de conocer cualquier cosa, sino también el medio por el que podemos tener experiencia alguna.

Si nos ponemos un poco filosóficos, la consciencia tampoco es una «cosa», una sustancia que se pueda localizar, sino más bien «la base del ser», de donde proceden todas las cosas. Va más allá de cualquier objeto de percepción o pensamiento, incluso del experimentador mismo. Para esta escuela de pensamiento, la consciencia es la realidad fundamental, el «Yo», en donde los pensamientos, sensaciones, emociones y percepciones son conocidos. Es la presencia que subyace a toda experiencia. La consciencia es más un verbo que un sustantivo. No es algo que tenemos o que hacemos, es lo que somos. La verdadera esencia de nuestro ser y la fuente de toda experiencia.

Tras este preludio lingüístico, regresemos pues a la pregunta inicial: ¿qué es un cerebro?

Obviamente todos tenemos una idea de lo que es, aunque sea muy rústica. No hace falta entrar en ello. Me atreveré a responder de otra manera, diciendo principalmente dos cosas. Creo que con eso bastará. Son dos cosas muy pero que muy importantes.

La primera, como creo que habrá quedado patente a lo largo de este libro, es que «mente no es igual a cerebro». A veces definir empieza por aclararse respecto a lo que una cosa no es (por ejemplo, a veces me cuesta saber quién soy yo pero sé seguro que yo no soy tú). Por favor, os pido que no promováis en el tema que nos ocupa eso de «no me llames Dolores, llámame Lola», confundiendo la prodigiosa actividad de ese kilo y pico de materia que tenemos dentro de la cabeza con la riqueza inefable de nuestro mundo interior. Ayudadme, por favor, a no difundir ese bulo.

La segunda (y no exagero), es mi idea favorita de este libro. Y se la debo al gran psicólogo y filósofo americano William James. Vamos a dedicar el resto de este capítulo a desarrollarla.

La idea clave de William James

En 1898 William James publicó un ensayo titulado La inmortalidad humana. Se trata de un tema que, a priori, debería interesarle a todo mortal (y a los inmortales también). Además de ser un gran pensador, James era un buen escritor. Da gusto leerle. En este breve ensayo explora la posibilidad de que haya vida después de la muerte y analiza el rol del cerebro en la consciencia humana. Esta segunda parte es la que más nos interesa ahora.

James empieza recordándonos lo que ya sabemos, pero que a veces olvidamos (y, otras veces, como veremos enseguida, exageramos): que los pensamientos son una función del cerebro. De hecho, allí donde James dice pensamiento, nosotros podríamos añadir percepción, memoria, intención, atención e incluso consciencia. Sí, todo ello «depende» de la función cerebral.

La cuestión realmente importante, dice James, es otra. La pregunta clave es si la función del cerebro es «productiva» o «permisiva», es decir, si el cerebro produce todas esas facultades o si, por el contrario, las permite. Lo fundamental es averiguar la naturaleza de esa función. Ojalá sea esta la idea más bonita y relevante que leas hoy.

Por ejemplo, un «cerebro productivo» produciría la consciencia como el hígado secreta la bilis, mientras que un «cerebro permisivo» la permitiría como la radio al recibir y convertir la señal de las ondas electromagnéticas. Pongamos más metáforas. En el primer caso (cerebro productivo) tenemos que el cerebro sería una especie de máquina de vapor de la consciencia, mientras que en el segundo (cerebro permisivo) sería un prisma en el que la luz de la consciencia se refleja y se refracta en mil colores. Insisto una vez más: James nos recuerda que no tenemos que dar por hecho que la función del cerebro respecto a la consciencia es productiva (como el humo que sale de una chimenea) y nos invita a poner encima de la mesa una función permisiva (como las voces que salen de nuestro teléfono).

Esta es la clave de todo. La diferencia es sutil pero enorme. Vamos a expandir la idea.

Depende, ¿de qué depende?

Que quede claro que no estamos cuestionando que el cerebro tenga un rol principal en esta historia. Tiene sin duda un papel central en nuestra vida física y mental. El cerebro es el «rey león» del comportamiento, la cognición y la consciencia. La cuestión es, de nuevo, cuál es la cualidad de ese papel.

¿Qué dicen los datos? Si me doy un golpe muy fuerte en la cabeza, pierdo la consciencia. Si bebo demasiado alcohol, merma mi capacidad de razonar, incluso de andar. Todo eso lo sabemos. Podríamos poner infinitos ejemplos. ¿Demuestran que el cerebro produce la consciencia? No.

Os voy a ahorrar tiempo con otro ejemplo. Pensemos en el teléfono: si se me cae al suelo, se da un buen golpe y deja de funcionar, ¿prueba eso que internet ha muerto? A veces las cosas son más sencillas de lo que parecen.

La neurociencia ha avanzado mucho en el último siglo, pero ya sabían los egipcios que el órgano que vive dentro de nuestro cráneo es muy importante. Hay un papiro que describe cómo a un hombre se le atravesó una barra en la cabeza y luego tenía problemas para andar. Buena observación. Quizás sea el primer paper (publicación) en la historia de la neurociencia.

También sospechaban los científicos más modernos que hay una correlación estrecha entre mente y cerebro. El caso de Phineas Gage es fascinante: le atravesó el cráneo una barra de hierro en 1848 mientras trabajaba en la construcción de un ferrocarril. Su lóbulo frontal izquierdo quedó dañado y su personalidad cambió, volviéndose un hombre impulsivo e irresponsable. Hay gente con excusas peores.

Podemos invocar todo tipo de relaciones y correlaciones y a menudo veremos que lo que le pasa al cerebro se refleja también en lo que le pasa a la mente. Lo hemos visto con todo lujo de detalles durante más de cien años de estudios que nos han revelado minuciosos mecanismos cerebrales. Hemos aprendido mucho. Pero de una correlación no se puede concluir causalidad. Que salga el sol cuando yo salgo por la puerta de casa no quiere decir que yo cause el amanecer.

Además, como acabamos de ver, incluso cuando uno va más allá de las correlaciones (aporreo un teléfono o la cabeza de alguien y los dejo KO), no se debería afirmar más de lo que los datos realmente muestran, puedo producir un efecto sobre un sistema que cause el cese (o el reanudar) de su función (apreto el botón del móvil y me conecto a internet), pero la función del sistema puede seguir siendo tanto productiva como permisiva. Con el siguiente ejemplo se entiende mejor. Como ilustró el filósofo francés Henri Bergson, otro gran genio de la consciencia, la forma de tu chaqueta depende del colgador de donde pende, e incluso caerá al suelo hecha un gurruño si la descolgamos o si se rompe el colgador. ¿Pero significa eso que el colgador «produce» la chaqueta? Piénsalo.

Lo que podemos decir, basándonos en observaciones, es que hay «solidaridad» entre estados cerebrales y mentales, pero no «identidad». Dicho de otro modo, la mente y el cerebro a menudo danzan juntos, pero no son lo mismo. Dice él que ella no baila sola. Pero hay veces que ella sí lo hace…

Cuanto peor mejor

Como hemos visto en capítulos anteriores, hay toda una serie de datos, en condiciones y situaciones de toda índole, que contradicen la hipótesis productiva, mientras que apoyan la hipótesis permisiva del cerebro.

No hace falta repetirlos todos aquí (pacientes con el cerebro plano que ven lo que sucede en la habitación de al lado, sujetos con vidas normales pero con el cráneo lleno principalmente de fluido cerebroespinal, cerebros divididos, cerebros rotos, cerebros dementes, e incluso inexistentes). Lo importante es recordar que todos estos casos tienen en común una doble y bonita paradoja: «menos es más» y, como decía un político de cuyo nombre no logro acordarme, «cuanto peor mejor».

Es decir, son situaciones en las que la consciencia más lúcida tiene lugar cuando la actividad cerebral es menor y peor; situaciones en las que el cerebro está francamente escacharrado (o incluso del todo apagado), pero la experiencia es más fuerte, clara, y plena que nunca. Deja que lo ilustre de una forma más mundana: cuando tu coche tiene una avería, no es cuando ofrece sus máximas prestaciones, ¿verdad? Pues nuestro cerebro, a veces sí. Es real pero desconcertante.

El modelo permisivo puede explicar este paso «de menos a más» (porque parte «de más a menos»; esa es la función de un filtro); el productivo tiene que hacer muchos malabares, acaba metiendo el residuo radiactivo de los datos que no puede explicar bajo la alfombra de la duda, y se escabulle como un pulpo en su nube de tinta.

¿Cómo está tu filtro?

Si pensamos en el cerebro como un filtro, su trabajo será obviamente filtrar la mente. Imaginemos, pues, que hay mucha mente, una gran Mente en mayúsculas «ahí afuera», y que nuestro cerebro necesita reducirla para poder recibirla «aquí adentro». Filtrar lo del «más allá» en el «más acá», ni más ni menos. No es esoterismo.

Para ampliar nuestra mente, podríamos entonces trabajar duro para ir limando nuestro filtro. Quizás es eso lo que se conoce en muchas tradiciones como sadhana, cuya traducción del sánscrito significa disciplina, una actividad consciente y sistemática con el propósito de crecer interiormente y conectarse con la verdadera esencia. Esta sería la primera forma de hacerlo, de abrir el filtro. Es la más difícil, pero también la más segura.

Pero, como me decía mi abuela, o por las buenas o por las malas. La segunda forma de abrir el filtro es mucho más rápida, aunque también más peligrosa y traumática: en vez de erosionar el filtro poco a poco, se nos fractura de golpe, en el momento menos inesperado, y un torrente salvaje de consciencia entra en nosotros y quedamos maravillosamente desbordados. Es como si se tratara de un «accidente espiritual». ¿Os suena la experiencia? Hemos estado hablando de ellas durante todo el libro.

No me quiero olvidar de dos cosas. Primero, debemos tratar de interpretar el cerebro permisivo también en un sentido evolutivo. Tenemos muchas capacidades latentes en nuestro cerebro, pero no sería buena idea tener el filtro abierto todo el día, pues recibiríamos una sobredosis de información cósmica, pero se nos quemaría la cena. Segundo, quiero destacar el papel del cuerpo en esta función. Si el cerebro es un filtro, tu cuerpo entero también lo es. Cada órgano, cada fascia. Es el misterio de la encarnación. Me atrevería a decir que todo el cuerpo es sagrado, no solo el cerebro. Por eso tenemos que cuidarlo. Aunque aún me quedan muchas dudas: si somos seres espirituales encarnados, ¿qué hacemos aquí? El misterio es triple: el de la materia, el de la consciencia y el de su alianza en nuestras propias carnes.

La clave de todo la tiene el PP

Sé que no es prudente hablar de política, fútbol o religión. Pero habría que hablar más a menudo del PP. De hecho, junto con la separación de las aguas de Galileo (¿hay cosas que viajan en primera clase y otras en segunda en la naturaleza?), el dilema del PP es una de las ideas más lindas y urgentes a valorar: ¿es el cerebro un órgano Productivo o Permisivo?

Cuando conocí esta idea, todo cambió. Cuando leí por primera vez la propuesta de James, todo empezó a encajar. Al menos como posibilidad de algo que hasta entonces no sabía ni cómo pensar. Él le puso precisión y poesía a una opción conceptual que nadie me había enseñado dentro de las neurociencias. Parece increíble que quienes nos dedicamos al cerebro no sepamos lo que es —el modelo de James no se enseña en las universidades—.

Mi propia ECM y todos esos márgenes de la consciencia tenían, de repente, un hogar conceptual —una casa que los aceptaba tal y como eran; una especie de refugio teórico para los animales abandonados de la ciencia y un albergue de excursionistas de la consciencia—. Todo encajó. El modelo permisivo fue la piedra angular que me permitió empezar a reconstruir el edificio de mis ideas neurocientíficas, cuyas paredes habían quedado afectadas tras la grieta de las ECM y las cuatro estaciones de la supervivencia de la consciencia.

En contraste con muchos de mis colegas de profesión, mi punto de partida es que el cerebro no produce la consciencia, sino que la permite. Su punto de partida es el opuesto. Todo está bien, mientras no confundamos la salida con la llegada, la hipótesis con la conclusión. Muy probablemente sea por eso que casi todos ellos vean tan absurdo preguntarse si puede haber actividad mental cuando ya no hay actividad cerebral. La visión materialista es la accionista mayoritaria de la idea de cerebro productivo: asegura que no hay nada que sobreviva a la muerte del cuerpo físico porque no «puede» haberlo.

Si su función es producirlo todo, cuando el cerebro muere, todo muere. Si damos por hecho que «mente = cerebro», entonces cuando él muere, ella tiene que morir con él. Pero ¿y si ella sobrevive, como Kate Winslet en Titanic, mientras que él, nuestro querido Leonardo di Caprio, desgraciadamente no sobrevive? Como dicen las parejas cuya relación es sana: «juntos pero no revueltos».

Tampoco pretendo extirpar la idea del cerebro productivo de la mente de mis colegas; simplemente quiero hacer un poco de espacio para poder plantar su contrario complementario, el cerebro permisivo. Incluso puede ser cierto que el cerebro sea ambas cosas, productivo y permisivo, según le convenga. Creo que solo si un 3 % de los neurocientíficos se pusiera a investigar la segunda P, haríamos más progreso en un año que en un siglo.

A veces es solo cuestión de tiempo

Los misterios de la mente necesitan de ideas, conceptos y nociones nuevas que nos permitan pensarlos. Lograr imaginar lo imposible lo vuelve de golpe un poco más posible, aunque solo sea en nuestra mente. Y eso ya es mucho. Eso es un mundo, sobre todo cuando se trata de empezar a conocer lo desconocido. Hacer que algo sea concebible es darle la oportunidad a ese algo de que pueda ser concebido, como un nuevo ser que se encarna en este mundo.

A veces es solo cuestión de tiempo. Llevamos solo treinta años de estudio científico de la consciencia, cincuenta años de estudio de las ECM, cien años de física cuántica y cuatrocientos años de ciencia. Y ahora regresamos del futuro, en el DeLorean con William James al volante, para darnos cuenta de que hemos tenido esta preciosa idea del «cerebro permisivo» todo el tiempo delante de nuestras narices. Pero no sabíamos cómo nombrarlo.

Hay veces que la ciencia no puede ver (lo hemos visto al hablar del «punto ciego» al final del capítulo 9). Pero en otras ocasiones, sí que ve, pero no sabe cómo decirlo, como un bebé que balbucea mientras señala con el dedo, maravillado ante la iridiscencia de un arco iris después de la tormenta.

Regresemos a la pregunta inicial que nos lanzó a esta aventura: ¿qué dice la ciencia de lo que me ha pasado, de mi experiencia cercana a la muerte?

La física tiene mucho que decir de todo menos de eso. Tras un viaje a los orígenes de la ciencia, vimos por qué. Durante cuatro siglos muy pocos científicos se han atrevido a afrontar el problema de la consciencia de frente. La psicología tuvo una oportunidad de oro para rescatar el problema hace más de un siglo, pero lo metió de nuevo en el congelador. Hicimos una incursión en la física cuántica para ver si allí, en la comunidad autónoma más extraña de la física, encontrábamos más pistas. Más tarde le preguntamos a la neurociencia, cuando por fin se decidió a desestigmatizar e inaugurar una ciencia de la consciencia. Ampliamos todavía más nuestras miras respecto a cómo la mente se extiende a lo largo y ancho del mundo material. Pero hemos tenido que irnos a 1898 a rescatar las ideas de otro gran genio de la historia de la ciencia.

Nos vemos en el otro lado

Hemos retrocedido más de un siglo para rescatar esta idea crucial para la mente. También lo hicimos con la cuántica para entender un poco mejor los secretos de la materia. Ambas disciplinas trabajan en presencia, cada una, de un misterio. ¿Será el mismo? La neurociencia ya no puede eludir el problema de la consciencia, y la física lleva demasiado tiempo atascada tratando de reconciliar la cuántica con la relatividad. ¿Estaremos hablando de las dos caras de una misma moneda?

De hecho, no es descabellado pensar que, a la física, la ciencia reina de la materia, le falta precisamente el ingrediente de la consciencia. Quizás a la neurociencia le convenga, a su vez, arrimarse a la sombra del buen árbol de la física teórica, para iluminar desde lo material lo mental.

A veces me imagino que los físicos son navegantes que van hacia Oriente en busca del Santo Grial de la ciencia, mientras que los neurocientíficos van en dirección opuesta, cruzando vastos océanos hacia Occidente. Y sueño que un día ambos se encuentran, al otro lado de la tierra, sorprendidos de haber llegado al mismo sitio por caminos distintos, aportando cada uno la solución de lo que al otro justo le faltaba. Allí nos veremos, en el fin del mundo.

Si el cerebro es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?

Recapitulemos. Si la mente es algo más que el producto del cerebro, si va más allá de la materia (aunque no sepamos aún cómo), entonces se abre la puerta a que la vida pueda continuar después de la muerte. Se abre la posibilidad, además, de que la consciencia sea una realidad más profunda, no limitada a nuestro cuerpo (aunque decida instalarse en él durante nuestra vida).

Aparte de lo que nos tratan de decir los datos, necesitamos formas de «pensar» la idea de que la consciencia no dependa exclusivamente del cerebro. El «cerebro permisivo» es un primer gran paso en esa dirección: ¿y si el cerebro no fuera el generador de la consciencia, sino una especie de filtro que la colorea mientras la deja pasar? ¿Y si el cerebro no «crea» la consciencia, sino que la «destila» o la «permite»? Es decir, la consciencia ya existiría, y el trabajo del cerebro no consistiría en producirla, sino en modularla.

Esta es mi idea favorita de todo el libro. El gran regalo que nos hace la historia secreta de la neurociencia. Es el concepto que más me ha ayudado en mi trabajo. Por eso no he parado de divulgarlo desde que lo descubrí. A todo el mundo. Neurociencias de vanguardia para todos los públicos. Me alegra ver que cada vez más gente habla del cerebro permisivo. Me haría muy feliz que tú también lo hicieras.

Sé que probablemente te hayas quedado flipado con los niños que recuerdan vidas anteriores del capítulo 5 o con los casos de ECM extracorporales verídicas del capítulo 3. Es difícil competir con eso. Dice un amigo mío, bromeando acerca de mi pasión por la teoría, que la pizarra todo lo aguanta; que lo que cuenta son los experimentos. Sin embargo, el cerebro permisivo nos permite fundar teóricamente una Neurociencia 2.0. Necesitamos cimientos fuertes para sostener el gran edificio en construcción de la Ciencia de lo Imposible.

Para acabar, deja que te pida algo: si alguna vez te encuentras con Aladino en una de esas mil y una noches, hazle la siguiente pregunta: ¿y si fue la lámpara la que salió del genio?



13. UNA CIENCIA DE LO IMPOSIBLE

Me gustaría ir acabando este libro y que nos explote la cabeza (y se nos abra el corazón) del todo. Creo que tras este largo recorrido ya estamos preparados para subir un par de marchas más. Pero antes, hagamos un ejercicio de calentamiento.

No hay marco para esta foto

Coge una hoja de papel. Del tamaño que sea, pero a poder ser, rectangular y plana. Imagina que la hoja son tus datos (tus experiencias o incluso los resultados de un experimento). Asegúrate de que tu hoja esté impoluta. Es perfecta, ¿verdad?

Ahora imagina que la pones dentro de un marco. Es la teoría (tu teoría, o la de otros, la que tengas; da igual). Los datos cuadran en ese cuadro, ¿sí? Todo va bien. En tercer lugar, coges un clavo y cuelgas el marco con la foto en la pared. Así todos la pueden ver. El clavo y la pared son los medios de comunicación, tanto los científicos (las revistas) como populares (las noticias, programas de divulgación, pódcast, etc.).

Ahora imagínate otra hoja. O mejor, coge la hoja de antes y rómpela en dos o tres pedazos sin pensar demasiado. Coge uno de ellos y espachúrralo bien para quede hecha un gurruño. Digamos que eso son tus nuevos datos (quizás una de esas experiencias que no le contarías a nadie, o el resultado verdaderamente sorprendente de otro experimento). Pongamos que el experimento está igual de bien hecho que el anterior, con las mismas garantías científicas.

Mira el papel de nuevo. Contémplalo. Es precioso, ¿no crees? ¡Qué interesante!, arrugado y con tantos detalles, pliegues, y formas imprevisibles. Es casi una obra de arte abstracto. Felicidades, tienes en tus manos una «anomalía». Y ahora dime, ¿qué vamos a hacer con ella?

¿En qué cuadro la metemos? Resulta que no hay marcos para esta foto. Entonces, ¿qué? Podríamos intentar pegarla de nuevo y plancharla para que, aún maltrecha, quepa en los marcos de pensamiento habituales. Pero no sé si es buena idea. ¿Qué culpa tiene la foto de que no haya marcos para ella?

¿Deberíamos desistir? No es más que un triste papel arrugado. Un «dato feo», al fin y al cabo. ¿Y si ha sido un error, o una casualidad? Tras pensarlo mucho, nos atrevemos a hablarle a alguien sobre nuestra foto. Tras mirarla, nos dice «¿y a eso lo llamas dato?». Avergonzados, lo tiramos a la papelera de inmediato.

Al día siguiente, no podemos dejar de pensar en aquel pequeño ser chuchurrío. Nos armamos de valor y repetimos el experimento. Y nos sale un gurruño precioso de nuevo. ¡Aaah! ¡Qué engorro!

Nos sabe mal deshacernos de él otra vez, y tampoco sirve de mucho guardarlo en un cajón. Podríamos quizás tratar de encontrarle un marco que cuadre o, incluso, construir un nuevo marco a medida. Pero, según la foto, eso nos daría mucho trabajo. Y, además, para otra nueva foto, tendríamos que empezar de nuevo. ¡Qué difícil es la ciencia en los límites de la consciencia!

Imagina ahora que, por arte de magia (o en un sueño), aparece un marco que le va perfecto a esta foto tan especial. Un marco, digamos, en volumen (casi como si lo hubiéramos sacado de una impresora 3D). Todo parece ir bien, pero, de nuevo, tenemos otro problema: ¿nos dejarían colgarla en la pared? En definitiva, ¿quién va a querer mostrar semejante esperpento en público?

Y aunque tuviéramos suerte y alguien nos prestara un clavo y su pared, quizás no podríamos clavar ese marco tridimensional en una superficie plana como las de las habitaciones normales y corrientes. ¡Tampoco hay marco, ni clavo, ni pared para esta foto!

Ya estamos acabando. Finalmente, imagínate otra hoja rota y arrugada, como las anteriores. Y otra. Y otra más. Así hasta que visualices una montaña de papeles, huérfanos de un marco teórico que nos ayude a explicar qué está sucediendo. Al principio piensas que son únicos y te desesperas, pues no se puede hacer ciencia de lo que no se repite. Pero luego, a medida que te vas acostumbrando a contemplarlos, les empiezas a ver similitudes, patrones, reglas. Vas intimando con esa montaña de papel y ya no te parecen ni tan feos ni tan diferentes. Los vas conociendo (y ellos a ti).

Te animas y te pones a trabajar, no solo generando más y mejores datos (ahora vas con más cuidado, pues cada pliegue puede ser muy importante —su textura te parece algo exquisito—), sino que te pones también manos a la obra para crear marcos y clavos de tantas dimensiones como sea necesario, haciendo justicia a lo que la naturaleza de lo real trata de decirte. Aunque fracases una y otra vez al principio, poco a poco empiezas a entender la música. Y la verdad es que suena bien. Es la sintonía de la ciencia de lo imposible.

Cuando el velcro de la mente se despega de la materia

Nuestra forma de hablar es en verdad dualista. Nos expresamos todo el tiempo en términos de «mente» y de «materia». Incluso hablan así aquellos que no creen en la existencia de la una o de la otra. Es como si el mundo estuviera hecho de dos tipos de cosas (lo vimos con más detalle en el capítulo 10). Como si la realidad tuviera el corazón partido.

Aquello que llamamos «imposible» quizás tenga su origen en nuestro vivir inmersos, como pez en el mar, en una cultura francamente esquizofrénica en el sentido etimológico de la palabra: vivimos divididos casi todo el tiempo. Nuestro entendimiento está escindido, de manera similar a cuando hacemos una partición en el disco duro de un ordenador para poder tratarlo como dos unidades distintas y separadas, cada una con sus archivos e incluso con un sistema operativo diferente. No es solo el mundo; nuestra cabeza también está partida en dos. La tensión se siente dentro. En el lado izquierdo tenemos instalado el Android de lo material y en el derecho el Apple de lo mental. ¿No os ha pasado alguna vez que sentís que sois medio máquina y medio fantasma?

Pero ahora imagínate la mente como un velcro, bien sujeta a la materia. Imagínate que somos un sistema formado por un par de tiras de tejidos diferentes que se enganchan para poder llevar a cabo eso que llamamos vivir (lo vimos también en el capítulo anterior, cuando hablábamos del cerebro permisivo).

Si algo de nosotros sobrevive a la muerte del cuerpo físico, significa que de alguna manera la mente se despega del cerebro en el momento de morir, incluso horas o días antes. Nos preguntamos entonces, ¿por qué no se puede despegar un poquito la mente de la materia durante nuestra vida cotidiana?

No hace falta morirse para vivir lo imposible

Tengo buenas noticias. Si no has tenido una ECM, no te preocupes. No hace falta morirse para experimentar lo imposible. Si no recuerdas vidas anteriores y nunca te has comunicado con espíritus, tampoco pasa nada. Hay una ciencia de lo imposible también para ti.

Todo es mucho más democrático y accesible de lo que pensábamos. Muchas de las experiencias que llamamos «extraordinarias» son bastante comunes. Nos pueden pasar a la mayoría. De hecho, creo que le suceden a mucha gente en su vida cotidiana. Las tenemos a plena luz del día, ahí, al alcance de todo el mundo. Pero no nos damos cuenta (o hacemos que no cuenten). No les damos la importancia que se merecen. Las dejamos pasar. Son esos momentos en los que el velcro de la mente se nos despega un poquito del cerebro.

Las ECM nos han hecho un doble servicio. El primero es empujarnos a cuestionar el «más allá». Lo hemos visto en detalle a lo largo de este libro. El segundo es repensar el «más acá». Las ECM nos sirven como portal para hablar de otros márgenes de la consciencia, quizás no tan populares pero me temo que bien conocidos por muchos de nosotros. A mí me gusta llamarlos los misterios de la vida cotidiana.

Reales pero inexplicables

Vamos ahora a entrar a saco, como quien se lanza a una piscina de bomba, en vez de tirarse media tarde mojándose el cuerpo de los pies a la cabeza a un centímetro por hora.

La ciencia de lo imposible estudia las ECM, la reencarnación y la mediumnidad; también la telepatía y la clarividencia; la precognición, las corazonadas y los sueños premonitorios; la psicoquinesia y los poltergeists; las sincronicidades, la visión remota y la visión extraocular; los sueños lúcidos, las experiencias extracorpóreas, las místicas y las psicodélicas; las posesiones y las canalizaciones; las levitaciones, teleportaciones, materializaciones y otros milagros; el efecto placebo, las curaciones espontáneas, los estigmas, el tukdam y las cirugías psíquicas; también los encuentros que tiene la gente con familiares difuntos, espíritus ancestrales, almas perdidas, fantasmas, arcángeles, ángeles de la guarda, daimones, alienígenas, hadas, yetis, elfos, platillos voladores, mantis mecánicas, hombrecillos verdes, hombres de negro, grises y demonios; sin olvidarnos de los místicos, los santos, las brujas, los abducidos, las curanderas y los chamanes. Eso es todo. Levanta la mano si nunca te has cruzado con ninguno de ellos.

¿Qué hacemos con todo esto? ¿Qué hacemos cuando lo imposible sucede? ¿Cómo tendría que ser la realidad para que estas cosas fuesen «de verdad»? Hay que construir una especie de arca de Noé de la consciencia. Un lugar seguro donde alojar a todas estas criaturas (hasta que se demuestre lo contrario).

El orfanato

De la misma manera que no diríamos que un hijo no existe porque no podemos encontrar a sus padres, no vamos a negar la existencia de estos fenómenos por no haberles encontrado explicación alguna. Tampoco es buena idea decirle al hijo que miente, que no tiene padres, que se ha confundido o se lo ha inventado. Mejor le acompañamos en lo que podamos, pues ya es lo bastante duro ser huérfano para que te llamen mentiroso.

En este país hay un término tremendamente despectivo para referirse a quien cree en algunos de estos fenómenos: «magufos» (una combinación entre «mago» y «ufólogo»). Pero, para entender de verdad estos temas, hay que meterse en ellos (en vez de con ellos). A veces parece que tengamos más miedo al ridículo que a la muerte. Quizás porque el ego siente que se ríen de él (de hecho, la palabra ridículo viene de la palabra risa). Al ego no le hace gracia que piensen de él como un tonto; se siente poca cosa. No lo puede soportar.

La ciencia de lo imposible que está por venir será como la organización de las Naciones Unidas de la Consciencia: un foro de cooperación y respeto entre todos los pueblos, desde psiquiatras y exorcistas hasta biólogos moleculares y físicos teóricos. El universo esté probablemente lleno de mentes anómalas, alteradas, ampliadas, ancestrales, ajenas, alienígenas y artificiales. Son los «márgenes» de la consciencia: «marginados» popularmente, pero a la vez «frontera» de conocimiento. Alguien dijo una vez que el mundo no es solo más extraño de lo que nos imaginamos, es más extraño de lo que nos podemos imaginar.

Ni ocurrió, ni no ocurrió…

En la introducción del libro Abduction: Human Encounters with Aliens, John Mack —quien fue director del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Harvard de 1977 a 2004— menciona el reto con el que se enfrentaba en su profundo y pionero análisis de casos de personas que decían haber sido secuestradas por extraterrestres:

En resumen, estaba tratando con un fenómeno que sentía que no podía explicarse desde la psiquiatría, pero que, al mismo tiempo, no era posible dentro del marco de la cosmovisión científica occidental. (…) Con este dilema en mente, me acerqué a Thomas Kuhn, autor del clásico de 1962 La estructura de las revoluciones científicas, que analiza cómo cambian los paradigmas científicos, para pedirle consejo sobre mis investigaciones. Conocía a Tom Kuhn desde la infancia, ya que sus padres y los míos eran amigos en Nueva York. (…) Lo que encontré más útil fue la observación de Kuhn de que el paradigma científico occidental había llegado a asumir la rigidez de una teología, y que este sistema de creencias se sostenía mediante estructuras, categorías y polaridades del lenguaje, tales como real/irreal, existe/no existe, objetivo/subjetivo, intrapsíquico/mundo externo, y ocurrió/no ocurrió. Él sugirió que, al continuar con mis investigaciones, suspendiera en la medida en que me fuera posible todas estas formas lingüísticas y simplemente recopilara información en bruto, dejando de lado si lo que estaba aprendiendo encajaba o no con alguna cosmovisión en particular.»

Para acabar os voy a invitar a hacer otro ejercicio. Volver al principio del capítulo y releerlo (os podéis saltar el primer ejercicio, el del papel arrugado). Si no os apetece leer palabra por palabra de nuevo, no pasa nada. Bastará con que escojáis un par o tres de fenómenos que os hayan llamado la atención, cuanto más increíbles mejor. Así, el ejercicio será más potente.

Ahora, al transitar de nuevo por ellos, intentad poneros en el mismo estado que le sugiere Kuhn a Mack. Sé que os estoy pidiendo algo muy difícil. De hecho, os estoy pidiendo que hagáis algo «imposible» para así poder empezar a practicar el arte de pensar «lo imposible»: interrumpir (suspender, posponer, aplazar) en vuestro pensamiento cualquier impulso de poner cada una de las cosas mencionadas más arriba en la columna de «ocurrió» versus «no ocurrió».

No importa si pensáis que existe o no existe. De hecho, no penséis ni una cosa ni la otra. Silenciar la pregunta (que sin duda os asaltará más de una vez) de si aquello fue real o no. Disolver la disyuntiva de si todo eso está en el mundo o solo en vuestra cabeza. Adelante, disfrutad de esta pequeña meditación. Pero dejadme que os diga solo una cosa más antes de empezar.

Os recuerdo, por si no lo sabéis, que Kuhn fue quien acuñó y popularizó la expresión «cambio de paradigma». A su vez, su amigo Mack hizo lo mismo con la idea de «shock ontológico» para indicar la desorientación, incluso la ansiedad, que vive la gente cuando descubre que los cimientos de su existencia no son lo que habían creído toda la vida. A ver si al releer esta breve introducción a una ciencia de lo imposible, ahora os da menos vértigo sentir, no tanto que se nos ha roto el mundo bajo vuestros pies, sino que ahora podemos volar mucho más alto, hasta las estrellas y más allá.

La sinapsis de lo real

Supongo que acabas de regresar de tu meditación. Espero que haya sido reveladora. Te voy a ofrecer ahora la mejor metáfora que he encontrado hasta la fecha para expresar lo que creo que está pasando con toda esta realidad a la que no le encontramos asidero. Lo llamo la «sinapsis» de lo real. Voy a ser breve.

La sinapsis es el lugar donde se conecta una neurona con otra. Es un sitio muy especial, pues las neuronas no se tocan directamente. Hay un pequeño espacio entre ellas y es allí, en la sinapsis, donde se produce la magia bioquímica y eléctrica que permite que todo funcione en nuestro cerebro a nivel microscópico. La palabra sinapsis proviene del griego y significa enlace. La sinapsis es, etimológicamente, donde las neuronas se dan un «abrazo». Es también un pequeño salto al vacío. La sinapsis es maravillosa y misteriosa, pues une a la vez que separa. Podríamos decir que une separando y separa uniendo.

Ahora cojamos las categorías de las que nos hablaban Kuhn y Mack. Por un lado están los hechos, y por otro, las ficciones. Pero ¿y si hay un tercer espacio, «la sinapsis de lo real», en donde ambos confluyen? ¿Cuál sería ese mundo? Creo que es el de la imaginación.

Pero insisto, no como ficción o invención, sino como el lugar donde nuestras categorías occidentales conviven e, incluso, de donde provienen. Si queréis profundizar en esto, leeros un libro espectacular de Patrick Harpur titulado Realidad daimónica. No os vais a arrepentir.

Se me ocurre un verbo que podríamos inventar a partir de las palabras explicar e inexplicable: sería el verbo inexplicar (el término no existe en nuestra lengua). Inexplicar sería investigar lo imposible a sabiendas de que lo que tenemos delante no es solo «inexplicado» (no tiene explicación), sino, muy probablemente, también es «inexplicable» (no la puede tener). Creo que es lo que Mack y muchos otros pioneros de la ciencia de lo imposible trataron de hacer: dedicarse a inexplicar lo imposible… Yo también estoy en ello. Quizás otro día te lo cuente en detalle en otro libro.

No estás loco, no eres tonto, no estás solo

Acabo, si te parece, con otra historia (esta va sobre las historias que me cuenta la gente a mí). Contar mi propia ECM y abrirme al abanico de los márgenes de la consciencia para empezar a construir una ciencia de lo imposible me ha dado muy gratas sorpresas. Se ha convertido en costumbre —incluso en ritual— que tras mis conferencias (ya sean para el público en general, pero también entre científicos) se me acerque la gente del público y comparta experiencias increíbles conmigo.

Recuerdo perfectamente una ocasión en la que vino un hombre mayor y me contó que él también había tenido una ECM. Hasta aquí todo extraordinario pero relativamente normal. Le escuché con respeto y atención, mientras describía con detalle cómo, tras ahogarse en la piscina de niño, se vio a sí mismo fuera de su cuerpo mientras todos corrían a socorrerle. Pero lo que de verdad me sorprendió fue cuando me dijo, susurrándome al oído «de eso hace cuarenta y dos años y no se lo había contado a nadie hasta ahora». Me quedé anonadado. Y añadió «al verte contar la tuya, y siendo científico, me has dado fuerza y confianza para compartirlo. Gracias». Ese día entendí que me había convertido en un activista intelectual a favor de una ciencia al servicio de la experiencia humana. No había aplicado a este cargo honorífico, se me había asignado por causalidad y por necesidad.

También hay gente anónima que me escribe contándome sus experiencias. Yo no lo pido, pero me llueven los correos. Necesitan sacarlo y que alguien los escuche. Es conmovedor (y también un tanto desconcertante) que se atrevan a hacerlo ante un extraño simplemente porque sea un científico que esté dispuesto a escucharlos sin juzgarles. Estos mensajes me dejan perplejo y un tanto emocionado. Muchas veces no sé cómo responder. ¿Qué decir ante una experiencia terriblemente dolorosa o un relato verdaderamente «imposible»? Tengo muy claro cuál es mi rol. Soy un científico y un divulgador, no un terapeuta o un sacerdote. Soy también un ser humano y agradezco profundamente estas interacciones, pues evidencian que estamos todos interconectados por el sufrimiento y por el amor.

Algo muy interesante que está empezando a suceder es la formación de pequeños círculos de colectivos de todo tipo —desde las finanzas y la educación, pasando por la agricultura y el derecho— en los que, a la que alguien pone encima de la mesa con naturalidad una de estas experiencias «imposibles», todo el mundo acaba contando la suya. Es un momento de verdadera comunión, donde todos se escuchan y hablan desde la cabeza y el corazón. Es un hermoso espectáculo ver cómo la mesa se convierte de manera improvisada en una sartén caliente con aceite de oliva y cada uno, a su ritmo, acaba saltando como palomitas de maíz rompiendo la cáscara amarilla que protegía la frágil verdad de su experiencia expresándola, súbitamente, en una deliciosa dádiva con forma de nube blanca.

Al parecer todos salimos del armario cuando sentimos que la habitación es un lugar seguro. Pensábamos que no había nadie en el ropero, el guardarropa o el aparador de la consciencia. Pero estábamos todos, ahí dentro, metidos y en silencio. Qué tontería y cuánto sufrimiento innecesario.

Desde entonces hago mi trabajo de forma más consciente. Y he conocido a otras personas que están haciendo lo mismo con mucha efectividad, ayudando a muchas otras. Pero hay días que me pregunto, aparte de una red distribuida de individuos con ganas, formación y buenas intenciones, ¿qué institución está hoy en día capacitada y dispuesta a acompañar ese imparable movimiento personal y social? Quizás encontremos algunas respuestas en el próximo capítulo.

Mientras tanto, quiero que sepas que este capítulo lo he escrito especialmente para ti. Para que te lo creas de una vez por todas: no estás loco, no eres tonto, no estás solo. Repítelo, por favor. En voz alta: «No estoy loc@, no soy tont@, no estoy sol@.» ¡Basta ya! Sonríe.



14. QUE LA CIENCIA NO SE CONVIERTA EN LA NUEVA RELIGIÓN

Iglesias vacías y teatros llenos

Analicemos el fenomenal caso del doctor Manuel Sans Segarra. Hace poco tuve la oportunidad de conocerle personalmente. Es un ser maravilloso, un hombre serio y cercano. Una persona valiente y humilde. Alguien que, sin buscarlo (y después de la jubilación), se ha convertido en un referente para millones de personas de la noche a la mañana.

La historia del doctor es extraordinaria y paradigmática a la vez. Me cuenta cómo un primer caso de ECM llamó su atención, abriéndole el apetito a la curiosidad. Cayeron en sus manos entonces algunos libros publicados en Estados Unidos sobre la materia. Pero, a pesar de algunas experiencias personales valiosas y de las habituales interpretaciones religiosas, no encontró visiones científicas en las que poder ubicar sus observaciones.

Al comentar estas experiencias sorprendentes con otros profesionales, psiquiatras y neurólogos colegas suyos, se encontró con una oposición frontal. Le avisaron seriamente de que meterse en este tema iba a perjudicarle a él y a su equipo (entonces era jefe de servicio de Cirugía General y Digestiva en el Hospital Universitario de Bellvitge). «Déjalo correr», le decían, «no es buena idea seguir por ahí; te vas a meter en problemas».

Él siguió, aunque solo y a escondidas. Fue recopilando y estudiando casos por libre durante años. Esperó hasta ser lo suficientemente sénior para sacarlo a la luz, décadas después. Hay veces que es mejor esperar a la jubilación para no ir al paro (no le mandemos el mismo mensaje a nuestros jóvenes; que no esperen hasta entonces, entre otras cosas, porque no creo que vayan a tener pensión de todas formas).

A muchos otros pioneros de nuestro país —al doctor Enrique Vila, a la doctora Luján Comas, al doctor José Miguel Gaona— les pasó algo parecido; hicieron gran parte del camino en la sombra del silencio. La historia se repite: décadas de travesía en el desierto hasta llegar, milagrosamente y cuando uno lo daba casi todo por perdido, a tierras tremendamente fértiles.

En capítulos anteriores hemos tenido varios flashbacks de la consciencia, reviviendo episodios pasados y haciendo una especie de cuenta atrás, año tras año, hasta la actualidad: cuatrocientos (Galileo), cien (James), cincuenta (Moody) y treinta (Crick). ¿Qué ha pasado en España en las últimas décadas? En lo que respecta al interés popular generalizado por las ECM en nuestro país, hace treinta, veinte, diez e incluso cinco años, no había casi nada. Imagínate andar por un barrio repleto gente, comercios y viviendas de nueva obra y que alguien te muestre una fotografía de cuando la zona era básicamente un gran descampado con un par de humildes bloques de pisos en medio de la nada. No hace tanto de ello.

Era una España difícil, en la que era complicado hablar de consciencia y de muerte, sobre todo porque aquello que sonara a espiritualidad se confundía con la religión y provocaba un fuerte rechazo (tanto de un bando como en el otro). Hubo que buscar una manera de hablar de lo intangible con un vocabulario científico, pero tampoco eso fue tarea fácil. No había apenas ciencia made in Spain, escaseaban los libros, y había pocos (pero legendarios) programas de televisión que promovieran un abordaje valiente y riguroso de lo imposible. No había ni grupos para simplemente compartir sentimientos y pensamientos. Fueron tiempos de trabajo en absoluta soledad.

Pero como decía Bob Dylan, los tiempos están cambiando. Y lo están haciendo muy rápido. Se ha abierto la caja de Pandora. El doctor ya tiene casi medio millón de lectores de La supraconsciencia existe en solo un año, cifra que se irá ampliando gracias a la publicación de su nueva obra Ego y supraconsciencia. También llena sistemáticamente auditorios y salas de teatro, un hombre solo, sentado en una butaca en el centro de un gran escenario, y miles de almas en silencio deseosas de escucharle.

A sus ochenta y dos años, Sans Segarra está también triunfando en el mundo virtual. Tiene más de cuatro millones de seguidores en sus redes sociales y sus entrevistas suman más de cien millones de visualizaciones. Y todo ello en el último año. Algo está pasando. Son tiempos de iglesias vacías y teatros (y pódcast) llenos.

Sed de espíritu en tiempos de ciencia

¿Por qué ha pasado todo esto? ¿Para qué? No hay duda de que el mensaje ha llegado en el momento preciso, en el lugar exacto. Ha calado en la sociedad. Cuando las costuras de una maleta revientan, ya no es posible cerrarla de nuevo a la fuerza. No hay vuelta atrás.

Quizás durante la pandemia le vimos todos muy de cerca las orejas al lobo. Además, creo que llevamos demasiado tiempo denostando lo sagrado. Jung lo llamó el regreso de lo reprimido: todo lo que reprimimos no desaparece, sino que reaparece más tarde, con más fuerza, y donde menos te lo esperas.

Hasta hace muy poco la dimensión trascendental era como «la gripe de los autónomos»: una dolencia que se manifestaba solo durante la noche en casa y que desaparecía por arte de magia a la mañana siguiente para irse a trabajar. Pero no se puede vivir así por mucho tiempo, sin creer en nada o creyéndose cualquier cosa. Las ECM nos han abierto el gusanillo de un hambre tan voraz como frustrada. Y ahora que hemos empezado, no podemos parar.

No creo que se trate de sensacionalismo. Ni de que la gente se interese simplemente por curiosidad. La trascendencia (el más allá) y la inmanencia (el más acá) son dos caras de la misma moneda: si la muerte tiene sentido, la vida la tiene también. Hay mucha sed de espíritu en tiempos de materia. Y hay hambre de ciencia en tiempos espirituales.

Tanto clamor popular parece que está incluso despertando el estupor académico. El cambio en nuestra sociedad se está produciendo, por primera vez, en varios niveles a la vez. No es solo el policía y el hostelero quienes se interesan, también los médicos y los catedráticos de universidad. Es una muy buena noticia.

Cariño, tenemos que hablar

Es hora de que ciencia y religión se reconcilien. Llevan demasiado tiempo sin reconocerse la una a la otra, desfigurándose, volviéndose caricaturas de sí mismos. Seguro que tienen muchas cosas que decirse, aparte de los mismos viejos reproches de siempre. No se trata de ser políticamente correcto. Ambas instituciones deben encontrar cuanto antes un terreno neutral, pero fértil y genuino, para poder atender a lo que nuestra sociedad pide a gritos.

Quizás ese encuentro se pueda dar con garantías en la «zona franca» de la espiritualidad. No estoy totalmente convencido. Habrá que trabajar duro, pues la «nueva era» se ha acostumbrado a ser demasiado blanda e indulgente, mientras que la «vieja ira» no sabe ser otra cosa que dura e implacable.

Como una extraña pareja tras sus respectivos divorcios, mucho me temo que ciencia y religión tendrán que compartir piso de nuevo. Habrá que dialogar y adaptarse a la nueva situación. Cada una tendrá que integrar su sombra, es decir, reconocer y aceptar lo que se ha reprimido o negado. Y me temo que ambas sombras son enormes…

Ha habido tantas cosas que la ciencia no ha sabido, o no ha podido, o no ha querido entender. Lo mismo para la religión. Ambas instituciones han generado anticuerpos que nos impiden apreciar las valiosas y necesarias enseñanzas que cada una ha venido a traerle a la humanidad. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Pediros perdón y avancemos.

Daos prisa, por favor, porque la gente necesita urgentemente espacios para colocar sus delicadas experiencias y deseos más profundos; un lugar donde buscarle el sentido a la vida, encontrarlo y tener la posibilidad de volverlo a perder si es necesario.

No se trata de dar falsas esperanzas, sino de tener expectativas que inviten a vivir, a vivir mejor. Si hay que abrirle una puerta a la esperanza, pues se la abre —sobre todo cuando nos las hemos ido encontrando todas tapiadas—. Sí, hay que ir con cuidado y no decirle a la gente tan solo lo que quiere oír. Pero tampoco se trata de dar falsas «desesperanzas». Mientras haya humanos, habrá afán de infinito y anhelo de eternidad. Somos animales espirituales. Es una necesidad universal, como comer o dormir.

Las iglesias del saber

Ante este panorama vibrante, debemos evitar que la ciencia se convierta en la nueva religión. Hoy es el científico quien valida la realidad. Antes era el rey (de ahí lo de «real») y durante mucho tiempo lo fue el sacerdote (siempre en nombre de Dios). Ya lo decían los cómics de Marvel: «un gran poder conlleva una gran responsabilidad».

La buena obsesión de la ciencia por encontrarle una explicación a todo puede llevarnos, en temas tan delicados como el de la muerte, a un imprudente mesianismo (de la palabra mesías, no de Messi): el anuncio de la llegada de un líder redentor que nos trae la salvación espiritual o la solución a todos nuestros problemas materiales. Adoctrinar en nombre de la ciencia es una daga en el corazón de la sociedad. Ningún científico que se precie debe aspirar a convertirse en «gurú del mes».

No vayáis a buscar al experto para que os diga verdades absolutas (os lo digo como experto), con que os diga la verdad, vamos bien. No hay que fiarse de quien reparte certezas como caramelos, ni como limosna. La ciencia no es eso. La verdad científica es como una app, vamos a tener que irla actualizando periódicamente. No se trata ni de un absolutismo (esta es «la verdad»), ni de un relativismo (cada cual tiene la suya), sino de aspirar a verdades móviles. Ahí está el verdadero placer de descubrir. El trabajo de la ciencia es producir ignorancia de mejor calidad.

Dijo el premio nobel de física Richard Feynman que «la ciencia es la creencia en la ignorancia de los expertos».

La afirmación de Feynman no pretende en absoluto desestimar el valor del especialista, sino subrayar que la duda y la humildad son pilares fundamentales del pensamiento científico. El progreso en la ciencia surge del cuestionamiento de lo establecido y de la búsqueda de nuevas evidencias, incluso (especialmente) cuando estas desafían las verdades aceptadas. No seáis devotos del «sí» ni del «no». No nos creamos nada al 100 % (es mejor estar al 99 %), así tenemos margen de maniobra para cambiar de opinión, pues la realidad a menudo supera la ficción.

El taburete de la ciencia

Dicen que la ciencia se construye a hombros de gigantes. Estoy de acuerdo. Pero creo que no se sostiene sin lo que llamo «el taburete» de la ciencia. Tiene tres patas. La primera son los datos. La segunda, las teorías. Con esas dos patas, la ciencia puede andar. Pero nos falta otra: la pata sociopolítica. La ciencia también es una actividad humana. No hay que olvidarlo, ni hacer ver que no lo recordábamos. Pretender que esta actividad tan noble no está sujeta a las pasiones, las presiones y los mecanismos de control y selección que rigen el mundo sería ingenuo. ¿Recordáis el ejercicio que hicimos en el capítulo anterior (fotos, marcos y clavos en la pared)?

Vayamos sin prisa pero sin pausa. No sé si hay vida más allá de la muerte (creo que sí), pero de lo que estoy convencido es de que hay ciencia más allá del materialismo (la idea de que el mundo está hecho de materia y solo de materia; de que no hay otra realidad que la material). Si la consciencia sobrevive, el materialismo muere. Jaque mate. Esto es relevante porque el materialismo, como ideología, lleva mucho tiempo parasitando a la ciencia desde dentro, obligándola a confesarse atea (no tengo nada en contra del ateísmo, siempre y cuando no sea una obligación), y haciéndole creer a la sociedad que el mundo es un lugar frío y desalmado porque «la ciencia así lo demuestra». Si estás durmiendo con tu enemigo, despierta.

Estos materialistas tan listos —yo les llamo «materialistos»— son, de hecho, los mismos que llevan toda la vida diciéndonos que «sabemos que no» hay nada después de la muerte. Quizás dentro de poco se vean obligados a cambiar de opción o, por lo menos, a reconocer que «no sabíamos». Les necesitamos también a ellos para reconstruir una ciencia osada y humilde, una ciencia fuerte y flexible como el bambú.

Ciencia 2.0

Galileo inauguró la ciencia con la física, pero puso la consciencia entre paréntesis. Es nuestro turno. Como un bebé que gatea e intenta levantarse, estamos tratando de practicar una «Ciencia 2.0». Una ciencia que se tome en serio la subjetividad y los márgenes de la consciencia. No sabemos aún cómo se hace, pero para probar un fenómeno hay que estar dispuestos a probarlo. En la nueva ciencia de la consciencia no se puede nadar y guardar la ropa. Hay que mojarse.

Yo creo, yo pienso, yo dudo, yo siento, yo sé, yo ignoro, yo soy… En este proyecto cabe la naturaleza humana entera, también los portales del intelecto, la imaginación y la intuición. Solo con la razón, uno pronto se vuelve poco razonable, incluso irracional. Que no se nos seque el alma. Que no se nos ablande el intelecto. Hagamos una ciencia con corazón.

Esta nueva ciencia necesitará también de una «divulgación 2.0». A vosotros, grandes comunicadores de la ciencia de este país, os pido que hablemos un poco más del backstage de la ciencia. No es oro todo lo que reluce, ni plomo todo lo que no brilla. Podemos celebrar lo que sucede en el teatro de las ideas mientras somos honestos sobre lo que ocurre entre bastidores. La gente quiere saber cómo funciona la ciencia de verdad. Vivimos momentos dorados. Haber pasado del telediario a los pódcast (de una intervención enlatada de doce segundos a tres trepidantes horas de conversación de tú a tú y sin filtros) es maravilloso. No echemos a perder esta gran oportunidad. El bosón de Higgs es muy interesante, pero a la gente le interesa mucho más saber qué hacer con ese sueño premonitorio en el que sintieron la presencia de su abuelo. ¿Por qué no hablamos de lo que a la gente más le interesa?

No te quedes mirando el dedo que señala la luna

Hemos hablado bastante de lo que pasa en el túnel. Pero el túnel es un medio, no el fin. Que el resplandor no nuble tu mirada. Sigue, para un lado o para el otro, pero no te quedes a mitad de camino.

Acaricia siempre que puedas lo imposible. Siente cómo te devuelve ese gesto suave y amoroso. Pon la oreja pegada en su pecho. A ver si consigues descifrar los suspiros de lo inefable. Busca la grieta en la falla y síguela hasta el fondo. Es posible que te lleva a las profundidades de la tierra, donde nadie ha estado nunca antes. Vive feliz en el País de las Maravillas, pero no te quedes de okupa en la misma habitación para siempre. Sigue persiguiendo al conejo blanco. Ahí está la gracia. Ahí está el secreto.

Dicen que hay múltiples universos paralelos. Abre bien los ojos, puede que estén justo en frente de ti. Dicen también que el nuevo paradigma ya está aquí. Ojalá. Aunque a menudo me suena a una de esas cosas que siempre está a punto de llegar, pero que nunca acaba de llegar del todo… como el mañana, la felicidad, o la paz en el mundo. Somos seres humanos, pero a veces cuesta serlo.

Disculpad si he abusado de vuestra generosa atención con este alegato final. En el fondo, solo estoy tratando de deciros que es mejor practicar y compartir una ciencia que humanice, que nos ayuda a ser más humanos. A veces pienso que es un lujo casi obsceno especular científicamente sobre si sobreviviremos a la muerte cuando tanta gente apenas logra sobrevivir a su día a día. Este no es un libro de autoayuda; es más bien de autoconsciencia. Como tal, no puede tener una conclusión. Solo asombro y gratitud.

Hemos construido aceleradores de partículas, verdaderas catedrales científicas que nos han permitido intimar con la materia, conociendo sus secretos mejor guardados. Queridos amigos, ha llegado la hora de construir juntos aceleradores de la consciencia humana.



15. ESTO ES SOLO EL PRINCIPIO

Si has llegado hasta aquí, te doy las gracias de corazón. Después de hablar de tantos «milagros científicos», no nos podemos olvidar de los editoriales. Que en la era de Instagram y Netflix hayas decidido escoger mi libro y encontrar ratos para ir leyéndolo es, sin duda, maravilloso. No sé si has tenido (o tendrás) una ECM, pero créeme que yo he tratado de tener una ECL, una «experiencia cercana al lector», mientras escribía estas páginas.

He tratado de explicarte lo que sé de la mejor manera y ojalá te llegue a ti y al máximo número de gente. Lo que te he contado lo he vivido, lo he pensado, lo he sentido, a veces intuido, lo he dudado, me lo he creído, lo estoy investigando, y quiero saber más. Te confieso que en ocasiones me parece como si te hubiera explicado cosas que aún no sé del todo, pero que asoman la cabeza de puntillas y me piden paso para ser contadas, para poder ser manifestadas, vistas y entendidas.

Soy consciente de que te he ofrecido más preguntas que respuestas. Esa era mi intención. Espero que te haya servido a ti para descubrir cosas que no sabías; incluso cosas que no sabías que no sabías. O quizás lo que sí sabías, pero no sabías explicar (o pensabas que no podía tener explicación alguna). O cosas que simplemente no te atrevías a compartir aunque ahora quizás ya sí. Si es así, he hecho mi trabajo.

¿Y ahora qué?

Durante casi cuatro siglos no se ha podido hablar de consciencia dentro de la ciencia. Ha sido también difícil hablar de muerte dentro y fuera de los laboratorios. Pero tras esta larga peregrinación por el desierto, parece que vislumbramos un oasis. Mis queridos predecesores han abierto un gran boquete en el alambre de espino y ahora se puede pasar de manera más segura. El portal está abierto, pero no sabemos por cuánto tiempo.

Creo que podemos transformar este callejón sin salida de la materia en la gran encrucijada de la consciencia. Es hora de humanizar la duda y de ablandar la creencia. Es tiempo de celebrar el error como forma privilegiada de avanzar. Conversar en vez de discutir. Dejar de consumir pornografía intelectual, dogma caduco y debate estéril.

Trabajar para que la ciencia y la consciencia coagulen; una ciencia que trascienda la división entre lo objetivo y lo subjetivo. Una ciencia de la experiencia que, a pesar de su punto ciego, trate de hacer lo que debe, aunque quizás no pueda. Una ciencia que se atreva a estudiar lo que a ti te pasa (sobre todo aquello que no te atreves a contárselo a nadie). La ciencia que todos vosotros queréis, pero que todavía muy pocas agencias financian. Una ciencia de lo que importa. Una ciencia que no te mire por encima del hombro ni por debajo de la puerta. Una ciencia que no te llame imbécil a la cara ni a la espalda. Una ciencia de expertos dispuestos a aprender y a cambiar de opinión. Una ciencia que busque los límites pero sin extralimitarse. Una ciencia de lo liminal en lo liminal. ¡Una ciencia de lo imposible! Vislumbrar una Ciencia 2.0 en la que lo sagrado tenga cabida. Que esté al servicio de lo humano y de su evolución.

La ciencia tiene esta oportunidad de transformase a sí misma estudiando la consciencia. Es por eso que yo investigo, para mi propio crecimiento y transformación. No es tanto para aprender de este tema o este otro, es para conocerme un poquito mejor a mí mismo. Saber quién soy… Entiendo que vosotros estáis en el mismo camino.

Somos gente normal en el mundo real y nos pasan cosas extraordinarias a diario. No tienen fácil encaje, lo sé. No pasa nada. Mi ECM es una gran evidencia en mi campo de vivencia. Hay gente que dice que me la he inventado y que la cuento para hacerme famoso. La estupidez, barnizada de mala fe, no tiene límites. He visto la luz al final del túnel y he quedado medio deslumbrado y medio iluminado. Otros la verán, espero, al final del armario. Salid, amigos míos, os esperamos con la mente y los brazos bien abiertos. Yo le doy voz para que vosotros tengáis voto. Y lo hago con amor (para espantar al mal) y con humor (para hacer liviano lo profundo).

No se trata de ir a la contra. No soy rebelde sin causa. Pero me he convertido, por causalidad y por necesidad, en una especie de activista intelectual, divulgador de lo imposible, y bufón en la corte de la real ortodoxia. No hablo solo de cosas «muy interesantes». Esto es importante. Es urgente. La ciencia se convierte en un acto moral.

Os confieso que he dicho la verdad y nada más que la verdad, pero no toda la verdad. No os lo he contado todo. Hasta aquí puedo leer. Hay cosas que todavía no sé cómo hacerlo y otras que sé que no debo decir. Aún no es el momento. Como dijo Michael J. Fox interpretando a Marty McFly en Regreso al futuro después de tocar Johnny B Goode: no sé si estamos preparados para lo que viene, pero a nuestros hijos probablemente les fascinará…

Breve manifiesto

Este libro trata sobre la muerte, pero no os he hablado del duelo. No soy terapeuta, ni médico, ni coach. Tampoco os he dado certezas sobre el «más allá». No soy médium, ni futurólogo, ni materialista. La gente me pide consejo de todas formas. Quizás os pueda asegurar tres cosas. Primero, vivimos en una sociedad tanatofóbica (fobia a la muerte, como a las arañas), es decir, tenemos una angustia casi incontrolable a todo lo que tiene que ver con la muerte y el morir. Lo ocultamos, lo maquillamos. Segundo, no, no nos estamos muriendo todo el tiempo —dile eso a un recién nacido—. Tercero, por muchos libros de estos que leas, cuando sea tu hora, vas a tener que vértelas tú con la muerte. Será tu muerte. Algo muy especial.

Últimamente los «jóvenes» también me piden consejo. Será que me estoy haciendo mayor. Muchos de vosotros habéis despertado ya. Y, aunque lo tengáis difícil, no os la van a dar con queso. No lo voy a negar: es complicado dedicarse a estos temas. Estáis a tiempo de dejarlo antes de empezar. Pero os prometo que, si seguís adelante, si estudiáis lo que os dicta el corazón y lo alineáis con lo que os dice cabeza, este camino se convertirá en la aventura de vuestra vida. Salid de lo familiar, id hacia lo desconocido. Volad como una cometa, bien amarrados al suelo, pero con estructura ligera para elevaros bien alto. Dicen que es mejor morir con recuerdos que con sueños.

No os creáis los más listos de la clase. Tampoco los más tontos. Currároslo, porque uno no puede acabar una maratón o aprender a tocar la guitarra si no le echa horas. Y otro movimiento aparte de vuestra voluntad es la gracia, esa que viene desde arriba, como un regalo, sin merecerla (por eso es Gracia). Allí en el pozo, me echaron un polvo dorado. Como en el Mario Kart cuando pillas una estrellita de esas. Hay que pedirla, estar dispuesto a recibirla. Esperar. Rendirse. Con Voluntad y Gracia, somos imparables.

Disculpad por este breve manifiesto. No lo puedo ni lo quiero evitar. Decidí que no esperaría a jubilarme para hablar de esto en público, ni para investigarlo en lo profesional. Si vives tu profesión como una vocación, que no te importe tanto tu reputación. «Tenías un futuro brillante», me dicen. «Eras una joven promesa», se lamentan. ¡Qué sabrán ellos del futuro, del brillo, de la juventud y de la promesa!

Despierta

Despierta. Despierta tu mente y despierta tu corazón. También tu cuerpo. Abre los ojos. Levántate. Y anda. Si no tomas por la fuerza tu libertad de pensamiento, de expresión y de acción, nadie lo hará por ti. Un tal Jesús de Nazaret dijo de los tibios que los vomitará de su boca. No es broma.

Quizás sea necesario que se te rompa el mundo por lo menos un par de veces en la vida para empezar la verdadera metamorfosis (a mí se me separaron los padres, salí de una secta religiosa a los veinte años, cambié las pizarras de la física por los laboratorios de neurobiología y, además, casi muero, ¿será suficiente?).

Normalmente cambiamos cuando nos pasa algo. La palabra crisis significa decisión.

Como humanos, estamos bien hechos pero mal acabados. Somos como la crisálida de Schrödinger, medio oruga y medio mariposa. Las personas no cambian a base de argumentos. Dicen que nadie convence a nadie de nada. Así que tampoco he pretendido convencerte con datos, ni vencerte con razones. Tampoco demostrarte «la verdad». Quizás mostrarte evidencias y seducirte con ideas y posibilidades. Pero no soy un mercader. No hago compraventa, ni pretendo que alguien puje por ellas en una subasta. Más que científico, me considero un artista de la ciencia. En mis mejores días soy un artesano de lo humano.

Siento una responsabilidad de tratar de hacer y de comunicar una ciencia distinta. Ya basta «la ciencia dice…» como herramienta política de dominación. La ciencia es un viaje a lo desconocido. Hay que inclinarse ante el misterio. La ciencia al servicio de lo humano, no del control. En vez de cerrar puertas, abramos todas las ventanas que podamos.

Hoy la consciencia ya se puede estudiar. Ya no es tabú. Estamos trabajando para que también se pueda estudiar su continuidad, su supervivencia a la muerte del cuerpo físico. ¡Y todos sus márgenes! Todas las tradiciones se han hecho preguntas muy similares desde siempre. Es ahora el turno de la ciencia.

El viaje de retorno

Acabo con otra breve historia. Hace varios años mi mujer y yo hicimos el Camino de Santiago por el norte. A lo lejos vimos a una pareja que andaba hacia nosotros. A medida que se acercaban pensábamos cómo les íbamos a decir que iban en dirección contraria. Cuando les tuvimos cerca, les saludamos amablemente y con prudencia les preguntamos cómo iba la peregrinación. No pudimos resistirnos a mencionar que, para Santiago, se va en esa dirección… Ellos nos sonrieron y nos dijeron «ya lo sabemos, venimos de allí. Estamos haciendo el camino de regreso a casa». Menuda lección de vida en un instante. ¿Y si venimos a este mundo, a este planeta tan especial, a experimentar la materia en un viaje de retorno a la unidad?

Mentiría si te dijera que no le tengo ningún miedo a la muerte. No me quiero morir todavía. ¡Quiero vivir! Quiero disfrutar de los regalos de la vida. Tampoco me he vuelto del todo invencible, aunque a menudo recuerdo el verso del poema Invictus de William Ernest Henley que Nelson Mandela adoptó como mantra personal durante su encarcelamiento: «Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma».

Aunque haya encontrado, soy alguien que sigue buscando. El «más allá» está probablemente «más acá» de lo que pensamos. He tenido experiencia directa de que la realidad es muchísimo más luminosa de lo que nos podemos imaginar. Estoy inmerso en plena aventura de la consciencia. ¿Somos inmortales? Cuando sea el momento de cruzar el umbral ya lo veremos. Yo he estado allí, y tiene buena pinta. Mientras tanto, recuerda: hay vida antes de la muerte. Y no olvides irte preparando para cuando llegue tu momento. La muerte es un misterio y la vida, un milagro.


EPÍLOGO

Termino este libro con una sensación extraña, como asomarme a un precipicio oculto. El Dr. Gómez-Marín nos lleva con tacto por un camino que la ciencia tradicional evita, pero que es parte del ser humano. Después de leerlo, ciertas preguntas te persiguen, ¡te hacen pensar… te hacen pensar! Algo que en la época actual, plagada de fórmulas inquisitoriales, se agradece por su inmensa frescura.

Es muy valiente que un científico cuente una experiencia cercana a la muerte y se atreva a relatar lo «imposible». No solo arriesga su carrera, sino que se atreve a expresar cómo cambió su visión del mundo, aunque no pueda explicarlo con números. Gómez-Marín lo cuenta de manera directa, sin rodeos. Con una honestidad que llega hondo, al menos es así como lo vivió en primera persona.

Al leer sus primeras páginas me impactó cómo describe esa experiencia hiperreal. Siete segundos que cambiaron su vida más que años estudiando. Es curioso cómo lo que de verdad nos transforma ocurre cuando menos lo esperamos, cuando las cosas se salen de control y algo más se revela, caen, según Aldous Huxley, las cortinas de las limitaciones de nuestra mente y entonces se abren las ventanas infinitas de la percepción.

Su análisis del biombo de Galileo es sencillamente genial. Separar lo objetivo de lo subjetivo nos dio una ciencia increíble para entender lo físico, pero nos dejó sin herramientas para lo humano.

Como dice el autor, la consciencia no encaja en la ciencia porque es la base. Es como el ojo que ve todo, menos a sí mismo. Una paradoja que nos da una pista.

La idea del cerebro permisivo me resonó mucho. ¿Y si el cerebro no crea la consciencia, sino que la permite? Como si fuera una antena que capta algo que ya existe. Algunos autores, Persinger entre ellos, dejaban entrever esta posibilidad; otros fueron más audaces, como Niko Zinovii, que la incorporó a su libro de ciencia ficción La antena de Dios. Décadas antes, Carl Jung hablaba de esa «consciencia colectiva» que, para no engañarnos, ¿podría explicar tantas y tantas cuestiones que nos sumergen a los humanos —no solo a los monos de la isla de Koshima— en cataratas de dudas?1

Así, las experiencias cercanas a la muerte, la lucidez antes de morir o los niños que recuerdan otras vidas no suenan tan descabelladas. No son errores, sino señales de que tal vez vemos las cosas mal.

El libro revela que lo paranormal es más común de lo que creemos. Intuiciones, casualidades, sueños premonitorios… le pasa a mucha gente. Pero como no hay espacio para hablar de estas cosas sin sonar raro, nos callamos. Y eso duele.

Podríamos decir que Gómez-Marín no crea falsas ilusiones ni destruye esperanzas, sino que dice «esperanza con precaución». No asegura que haya vida después de la muerte, pero tampoco lo niega. Dice: «Creo que sí… pero no lo sé, y seguiré buscando».

Esa es la actitud: ser científico y humilde ante lo trascendente. Ni negar todo, ni creer sin pruebas. Buscar con cuidado lo que parece imposible.

Necesitamos una Ciencia 2.0 más humana. No eliminar el método científico, sino ampliarlo. Investigar sin ignorar la consciencia. Después de todo, ¿acaso las cosas más importantes de nuestra vida son verdaderamente tangibles? ¿Cómo medimos el amor a nuestros hijos? Porque no podamos medirlo ¿es inexistente? ¿No existen cuestiones que se producen de forma puntual y prácticamente irrepetibles que desafían a la reproducibilidad?

Se necesita valor para aceptar que esto también es real, aunque no sepamos cómo estudiarlo. En efecto, no sabemos cómo abordarlo y damos palos de ciego de forma constante.

La dificultad en su estudio y reproducibilidad es de la que se aprovechan aquellos que fingen dichas cualidades e imitan esas capacidades inusuales por medio de triquiñuelas, lo que no quiere decir, obviamente, que alguno —nos basta uno entre un millón, buscamos un unicornio2— sea capaz de romper las barreras conocidas de la física o de la consciencia conocidas hasta el día de hoy.

Todo ello me hizo pensar con una mirada más «hacia dentro», reflexionar acerca de cuántas experiencias hemos ignorado por no encajar con lo que se supone que es «real». Esa conexión con algo más grande, esas casualidades… ¿y si no fueran errores, sino pistas?

¿Y si esto es solo el comienzo de un cambio del paradigma? Si logramos probar que la consciencia no está solo en el cerebro, si algo sobrevive a la muerte, cambia todo. Cambia cómo educamos, cuidamos, amamos. Cambia el sentido de la vida, el miedo a morir. ¿Es un vulgar deseo acariciado por muchas generaciones o una realidad extendida en este mundo mágico?

Este libro es una invitación a asombrarnos. A mirar el mundo con ojos nuevos, sin creer que lo sabemos todo. A pensar que la muerte no es el final, sino quizás un regreso.

El Dr. Gómez-Marín no te pide que creas, solo que escuches. Que no cierres la puerta antes de mirar. Que sepas que no estás solo por hacerte preguntas grandes. Que tampoco eres un náufrago en un mar de escépticos solo por haber vivido aquella experiencia que nunca has contado, ni siquiera a los más cercanos. Eso ya es un acto humano.

Estamos seguros de que la ciencia del futuro será más consciente, más cercana, más valiente y que libros como este nos ayudan a cruzar un puente, a ver lo que no entendemos. A recordar que todos estamos de camino… de vuelta a casa.

Y que tal vez la muerte sea recordar de dónde venimos.

DR. JOSÉ MIGUEL GAONA
Psiquiatra forense
Nueva York, verano 2025

 

 APÉNDICE. CASI TODO LO QUE SIEMPRE QUISISTE SABER SOBRE LA MUERTE... (Y NUNCA TE ATREVISTE A PREGUNTAR)

¿Hay vida después de la muerte?

Me inclino hacia el sí. La verdad es que no tengo una respuesta definitiva, pero puedo decirte que he estado en el umbral y tiene buena pinta. Pienso que sí, que hay algo de nosotros que sobrevive cuando nos morimos.

¿Me lo puedes demostrar?

Tendrías que venirte conmigo al otro lado… Mejor esperamos, ¿verdad?

¿Y qué dice la ciencia?

Algunos científicos llevan mucho tiempo asegurando que no, que no hay nada después de la muerte y que, por lo tanto, hacer la pregunta es una estupidez e investigarlo, una pérdida de tiempo. Pero esos mismos que decían que «sabían que no» resulta ahora que en el fondo «no sabían». Hasta hace poco parecía imposible, pero ahora me atrevería a decir que es posible, incluso probable, que la mente sobreviva a la muerte del cerebro.

¿Entonces, se puede estudiar la existencia de «más allá» científicamente? ¿Cómo se hace?

Sí. Es fascinante. Te lo explico en profundidad en el capítulo 3, donde hablo de las «experiencias cercanas a la muerte» (ECM). También en el capítulo 5, donde describo lo que yo llamo «las cuatro estaciones de la supervivencia de la consciencia». No te lo vas a creer.

¿Desde cuándo se estudian las experiencias cercanas a la muerte?

Siempre ha habido gente que se ha muerto y, por suerte, ha regresado. Pero el estudio científico de las ECM empezó hace justo cincuenta años en Estados Unidos cuando algunos doctores tuvieron el valor y la humildad de escuchar las experiencias insólitas que les contaban pacientes suyos, tras haber estado clínicamente muertos y haber sido reanimados. Si tienes curiosidad por saber cómo empezó todo, ve al capítulo 2.

¿Puede explicar la física cuántica el origen de la consciencia y su supervivencia tras la muerte?

No creo que la cuántica, hoy, explique la consciencia. Pero hay investigadores trabajando en ello seriamente. En cualquier caso, creerse que una teoría (la que sea) va a desvelar los secretos de la consciencia es un error, pues creo que la consciencia es un misterio que va más allá de la física, incluso de la ciencia. Es un tema muy complicado. Encontrarás más detalles en el capítulo 6.

¿Dónde podemos encontrar la respuesta a si nuestra consciencia continúa después de la muerte?

Creo que la clave no está en la cuántica, sino si el cerebro es un órgano permisivo, en vez de productivo. Quizás nuestro cerebro tenga capacidades que no conocemos todavía, pero que hemos tenido delante de nuestras narices toda la vida. El cerebro «permisivo» es mi idea favorita. Lo puede cambiar todo. ¡No te pierdas el capítulo 12!, allí te lo explico en detalle.

¿Cómo es esa vida en el otro lado? ¿Se sabe qué pasa allí?

Yo solo llegué hasta la puerta de entrada, hasta el famoso túnel (en mi caso era un pozo). No vi lo que había más allá. Pero en el túnel hay seres queridos, una luz dorada maravillosa, un estado de certeza y se está en paz. Parece un buen sitio para mudarse después de esta vida. Si quieres conocer mi historia, te la narro en el capítulo 1.

¿Todas las ECM son tan maravillosas?

Es verdad. Tienes razón. Hay algunas que son terribles: todo oscuro, la nada más absoluta, una experiencia terrible. Sin embargo son la inmensa minoría. Suceden muy, muy poco. La mayoría son muy positivas.

¿Y si tengo una ECM y no quiero volver?

De hecho muchas veces sucede. Hay gente que, una vez en el túnel, no quiere volver porque allí se encuentra de fábula. Un conocido me contó que avanzó hasta el final del túnel, hasta la luz, y allí se encontró con su abuela (ya difunta) que le dijo con el dedo que no, que tenía que regresar a la vida. A veces no está en tus manos ni es tu momento. Tienes que volver porque seguramente tienes todavía cosas importantes que hacer en este lado.

¿Una ECM, se puede simular?

Soy escéptico al respecto. La simulación es siempre inferior a lo simulado. Fíjate, una simulación perfecta de una tormenta en un ordenador no mojaría la pantalla ni tu teclado, ¿verdad? Sin embargo, hay elementos que suceden en una ECM que se dan también en otros estados ampliados consciencia.

¿Se puede compartir?

Sí, aparte de contarla y dibujarla para que otras personas puedan imaginarla, hay personas que acompañan a moribundos a cruzar el túnel y tienen experiencias muy parecidas a las características de una ECM. Se llaman «experiencias de muerte compartida». Hay otras experiencias parecidas y sorprendentes en las cercanías de la muerte. Te lo cuento en el capítulo 5.

¿Podría yo vivir una ECM sin necesidad de estar en muerte clínica?

Sí. Hay situaciones en que el corazón late y los pulmones funcionan y, sin embargo, se tiene una ECM. Son situaciones graves de peligro o de muerte inminente. Por ejemplo, durante operaciones, infartos, comas, partos y accidentes que no llegan a parada cardíaca. Hay montañeros que al caer ven toda su vida pasar, rehenes secuestrados que creen que van a morir y tienen una experiencia extracorpórea en la que ven lo que sucede desde el techo, o mujeres dando a luz con complicaciones que ven la luz al final del túnel. Yo mismo no estaba clínicamente muerto cuando tuve mi ECM en el hospital.

¿Y mi perro, crees que tendrá una ECM cuando se muera?

La palabra animal viene de la palabra alma. Si nosotros tenemos, ¿por qué ellos no? Desconozco si hay parques para perros en el más allá, pero se sabe que muchos animales saben cuándo van a morir y se despiden de sus seres queridos. También experimentan, como nosotros, el enzimático fenómeno de la «lucidez terminal». Lo descubrirás también en el capítulo 5.

En los casos de ECM en los que se ve a uno mismo desde fuera de su cuerpo, ¿cómo puede ser sin tener ojos?

Vemos a través de los ojos, no con ellos. Es la mente la que ve. La mente está extendida. Además, no hace falta casi morirse para vivir lo imposible. Hay muchos «márgenes de la consciencia» accesibles en tu vida cotidiana. Si quieres que te explote la cabeza, ves al capítulo 13.

¿Qué son los márgenes de la consciencia?

Son fenómenos fascinantes de la consciencia que son «frontera» de conocimiento científico a la vez que están un tanto «marginados» socialmente, de ahí lo de «márgenes». Nos hablan de experiencias producidas por mentes anómalas, alteradas y ampliadas, ajenas e incluso artificiales.

¿Crees que es posible conseguir la inmortalidad gracias a nuevas tecnologías como la inteligencia artificial?

Ese es el sueño de algunos millonarios transhumanistas. El transhumanismo es una pseudoreligión disfrazada de progreso tecnocientífico. Las fuerzas que dirigen esta ideología son muy peligrosas. Te doy mi opinión en el capítulo 11.

¿Por qué es tan difícil estudiar la consciencia científicamente?

Porque Galileo fundó la ciencia hace cuatro siglos dejando para más tarde lo que no se deja medir y matematizar, es decir, nuestras experiencias. La ciencia tuvo tanto éxito desvelando los secretos del mundo material que se nos olvidó la consciencia. No te pierdas el capítulo 8 para entender lo que yo llamo «la herida fundacional de la ciencia». Tuvimos que esperar hasta los años noventa del siglo pasado para que la ciencia de la consciencia empezara su andadura. Las cosas han cambiado mucho recientemente. Te lo detallo en el capítulo 9.

¿Por qué es importante estudiar las ECM?

Por muchas razones. Primero, porque todos nos moriremos algún día. Segundo, para entender mejor el proceso de morir y así poder acompañar mejor a los moribundos y a sus familiares. Tercero, para seguir mejorando nuestra definición de muerte, que va más allá de un encendido-apagado. Cuarto, para aproximarnos a ella con menos miedo. Y en último lugar porque si descubrimos que la historia no se acaba cuando morimos, nuestra concepción del mundo va a transformarse muy positivamente. Lo verás en el capítulo 4.

¿Crees que quienes habéis tenido una ECM teméis menos a la muerte?

Sí, porque nos resulta un poquito más familiar. Además, tenemos más curiosidad y, por lo tanto, menos miedo.

¿Por qué nos da miedo morir?

Nos dan miedo tantas cosas, sobre todo lo desconocido. Y no nos gusta perder el control. Tampoco nos gustan las despedidas, y menos aún la nuestra. El ego sabe que se le acaba el chollo (y nuestra sociedad está montada sobre él). Creo también que hay un miedo añadido que no es tanto a la muerte sino a morir (el dolor físico, las despedidas, etc.). El miedo a la muerte es también cultural, pues en otras culturas aprenden a mirar a la muerte de cara.

¿Pero por qué le tenemos tanto miedo a la muerte si es lo único seguro en la vida?

Porque es la gran certeza incierta.

¿Cuál es el mayor problema de la muerte?

Que no queremos ni nombrarla. Hacemos ver que no está ahí. Eso da más miedo todavía.

¿Qué es lo más importante que olvidamos sobre ella, que sea el final de nuestra existencia o no?

Que es parte de la vida, una parte muy importante. No hay que dejarla fuera.

¿Y sobre la vida?

¡Hay vida antes de la muerte!

¿Y qué pasa antes de la vida?

Es una buena pregunta. Si hay vida después de la muerte, por qué no puede haberla antes del nacimiento (y de la concepción). La posible existencia de vidas anteriores, es decir, indicios de la reencarnación, se ha estudiado científicamente mediante los numerosos casos de niños que recuerdan vidas anteriores. Para conocer más detalles, ve al capítulo 5.

¿Por qué suena tan oscuro hablar del «más allá», del «otro lado»?

Porque no sabemos muy bien lo que nos espera. Un bebé antes de nacer también le llamaría «el otro lado» a lo que hay más allá del umbral del cuerpo de su madre.

¿Por qué la muerte está más viva que nunca?

Sí, parece que las ECM están de moda. Hay sed de trascendencia después de décadas de ayuno espiritual. Cuando profesionales con autoridad han salido a hablar de ella sin tapujos han conseguido una masa crítica que parece ya imparable.

¿Nos reencontraremos con nuestros seres queridos?

Espero que sí. Esperaré… Se dice «hasta que la muerte nos separe», pero quizás deberíamos añadir «y hasta que nos reúna de nuevo». Creo que sí que nos reuniremos con ellos, pero seguramente no como nos imaginamos.

¿No crees que eso es darle falsas esperanzas a la gente?

Tampoco hay que darle falsas «desesperanzas». La gente tiene ansia y necesidad de una respuesta que dé sentido a su vida. Quizás tengamos la responsabilidad de responder tentativamente, pero con claridad, y que eso también dé sentido… Nuestra obligación no es dar certezas absolutas, sino seguir investigando con valentía, rigor y honestidad. Hay que evitar que la ciencia se convierta en la nueva religión. Lo abordo sin tapujos en el capítulo 14.

¿Qué aprendizaje sacas de tu ECM, teniendo en cuenta que sabes que te vas a morir?

Que no hay que obsesionarse, pero sí irse preparando para ello. No te preocupes, ocúpate.

¿Cómo le explico todo esto a mi hija?

Mejor pregúntaselo tú a ella, en vez de tratar de explicárselo. Es muy probable que te sorprenda con su respuesta. Los niños son mucho más sabios de lo que les dejamos ser. Tienen menos condicionantes que nosotros.

¿Qué le dirías a los que dicen que hay que aceptar que te mueres y punto?

Les preguntaría cómo pueden estar tan seguros. Si lo saben porque lo creen o lo creen porque lo saben. Igual si estudian las evidencias científicas cambien de opinión. Si no, pues tendrán otra oportunidad de hacerlo en el otro lado. Nos veremos allí y nos reiremos de lo ignorantes que éramos todos.

¿Es la ciencia el mejor sitio para buscar respuestas a estas preguntas?

La ciencia es un lugar privilegiado para ello, pero hay que ir con cuidado con no quedarse corto o pasarse de largo. Es un tema polémico. Se trata del doble peligro de la pseudociencia y del cientificismo. Si quieres saber más, te lo desvelo en el capítulo 7.

¿Por qué consideras que lo que viviste es un hecho real? ¿Cómo sabes que no fue simplemente un sueño?

No fue real, fue hiperreal. Más real que cualquier sueño y experiencia de vigilia que haya tenido. ¿Cómo sabes que tú no estás simplemente soñando ahora?

¿Existe entonces la muerte o no?

Sí, es el fin de nuestra existencia (tal y como la conocemos) y, quizás también una antesala, un tránsito, un continuará…

¿Por qué te tengo que creer?

Porque soy un experto y porque «lo dice la ciencia». Perdona, lo digo en broma…

Ahora en serio…

Cree lo que te dicte tu corazón, una vez alineado con tu cabeza. Y ponte manos a la obra.

Para acabar, dime un concepto que te parezca clave para ampliar nuestra perspectiva.

En primer lugar el de cerebro «permisivo» que mencionaba arriba (échale un vistazo el capítulo 12). Otro concepto crucial es el de mente «extendida». Lo abordo en el capítulo 10. Ambos adjetivos transforman las posibilidades de los sustantivos que acompañan (cerebro y mente). Hay que extender la mente. ¡Llevamos demasiado tiempo viviendo confinados en nuestras cabezas!

Parece que hemos estado dormidos mucho tiempo…

Sí. ¡Hay que despertar! Te invito a ello en el último capítulo. Esto es solo el principio, nos queda mucho por hacer.

 

AGRADECIMIENTOS

Este libro ha sido hecho artesanalmente, sin utilizar inteligencia artificial ni para el texto ni para las imágenes. No sé si esto denota estupidez por mi parte, sensatez, o ambas. De lo que no tengo duda es de que este proyecto no habría llegado a existir sin el apoyo e inspiración de varios seres humanos a quienes me gustaría dedicar ahora unas breves líneas de agradecimiento.

En primer lugar, este libro no habría sido posible palabra por palabra sin el apoyo de mi mujer y de mi editor. Ha habido momentos en los que, regresando de las profundidades de este océano de palabras, miraba hacia arriba y, aun pudiendo vislumbrar la superficie, no estaba del todo seguro de si iba a llegar al final sin desmayarme. Gracias, Laura, y gracias, Sergi por haber sido mis buceadores de seguridad en esta inmersión tan ardua como hermosa. Vuestra firme presencia ha sido tremendamente alentadora. Sabía que, si desfallecía en mi ascenso, me recogeríais y me llevaríais hasta la superficie. Sin vosotros no lo hubiera conseguido. De verdad.

Gracias a mis hijas, Anaís y Lea. Cada vez que os miro veo el futuro de la humanidad brillar en vuestros ojos. Sois mis amores, mis tesoros, mis «niñas maravilla» y mi mayor bendición —lo que más quiero en este mundo, junto con vuestra madre—. Laura, eres el amor de mi vida, mi dulce compañera y una auténtica exploradora de la consciencia. Te amo.

No me olvido del resto de mi equipo editorial. Gracias, Andrea por ser una pieza fundamental en esta aventura. Y también a ti, Narcís, por tu trabajo discreto y competente. Junto con Sergi habéis logrado crear una magia creativa única que a menudo no se ve (pero se siente) en el galopante mercado editorial. Dar a luz a este libro ha sido una danza y una lucha. Habéis sido mis comadronas de lujo en este primer parto.

Llevaré siempre en mi corazón a tres personas muy concretas que, cada uno a su manera, me salvaron la vida en el hospital: gracias, Paco, por ser mi caballo volador; gracias, Neftalí, por estar tan oportunamente atenta a la sonda aquel lunes por la mañana y gracias, María Pilar, por coserme la vida de urgencias. Gracias también a todo el personal sanitario del Hospital de San Juan de Alicante por atenderme con tanto cariño y profesionalidad.

A los doctores Bruce Greyson, Pim van Lommel, José Miguel Gaona, Luján Comas y a muchos otros pioneros, mi más sincero agradecimiento por aplanar el camino para que ahora podamos transitarlo con mayor velocidad y seguridad los que venimos detrás. Le estoy especialmente agradecido al doctor Manuel Sans Segarra por abrir un boquete gigante en la consciencia colectiva de nuestra sociedad, y a Juan Carlos Cebrián por recordarme constantemente con su ejemplo que es mucho más importante ayudar a las personas que buscar el éxito, y que este, si llega, debe ser siempre una consecuencia, no un fin en sí mismo.

Le estoy también agradecido a Alejandro Agudo —mi consejero particular en las cuestiones más técnicas respecto a las ECM— y al doctor Vicente Arráez, por invitarme a aquellas jornadas de la muerte y el morir organizadas por la Fundación Metta Hospice que fueron semilla de todo lo que ha florecido después. De nuevo mis bendiciones a la doctora Luján Comas y a Xavier Melo por su infatigable trabajo desde la fundación Icloby. Gracias a todos por contribuir decisivamente al cambio de consciencia individual y colectiva de este país.

En esta aventura me he cruzado con amables viajeros que, de una manera u otra, han hecho mi camino no solo más llevadero, sino también más valioso y significativo. A Juan Arnau, por mostrarme otra manera de hacer filosofía desde la ciencia. A Ana y Agustín Pániker, por confiar en mí cuando aún no era mi momento. A Jenny y Paco, por iniciarme en el trepidante mundo de las redes sociales. A Pilar Quijada, Lluís Amiguet y Emilio Martínez, por ser portales para que mi historia y mensaje llegaran a muchas personas a través de los medios de comunicación tradicionales. A Iker Jiménez, por defender la libertad y haber dado cobijo ininterrumpidamente a lo imposible. A los anfitriones de tantos pódcast que están cambiando la forma de contar la ciencia para que cuente de verdad. A Javier Santaolalla y a Enric Gel, por ser dos luces iluminando en el firmamento de la comunicación científica y filosófica. A Alejandro Guerra, por haber creado una plataforma para ayudarnos a todos a despertar y a la gente extraordinaria que he conocido allí, en encuentros mágicos donde hemos hablado durante horas de lo imposible.

A Katarina Bolanča, por plasmar con su lápiz lo inefable en una serie de ilustraciones que espero que hayas disfrutado a lo largo de estas páginas. A James y Anya, por dejarnos volver a casa. A Vicente Gómez, por enseñarme que es más importante mostrar que demostrar y por regalarme varios milagros científicos. A Jordi y Tània, por trabajar para que ver sin los ojos sea posible. A «las partículas», por ser un círculo de verdadera humanidad. Al «nucli», por explorar juntos el futuro de la prosperidad. A Ana Myriam, por introducirme en el mundo de la muerte con tanta naturalidad y profesionalidad. A Koncha Pinós, por ser abanderada de la paz allí donde va. A Alejandro Huizzi, por su inmenso corazón. A David Chartrand, por enseñarme aquello que a menudo tanto nos falta a los académicos. A Stephen Jenkinson, por su incomparable capacidad de traducir a los dioses. A Rupert Sheldrake, por ser leyenda y camarada. A José Antonio Pascuas, maestro y amigo pase lo que pase. A Jacobo Grinberg, te echo de menos y te siento cerca (aunque nunca te conocí). Y a David Peat, por construir algo tan grande en un lugar tan pequeño. Si me he olvidado de alguien, creedme que se debe más a un lapsus causado por la emoción que a mi falta de gratitud hacia vuestra persona. Gracias a todos, ¡peregrinos de lo desconocido!

Quiero hacer una mención especial para ti, mi querido Xecu. Espero que este libro te haga la espera hasta reencontrarte con ella algo más liviana (no te olvides de vivir, amigo mío).

Mi agradecimiento perenne e indeleble a mis padres, Enrique y Paquita, por darme la vida y mucho más. Aunque no hablemos muy a menudo, os llevo siempre en mi corazón. Y a mi hermano Enric, mi gran amigo y ejemplo de voluntad de acero y capacidad de superación. A Elena, por su generosidad y por estar siempre dispuesta cuando la necesitamos.

A mis «amigos difuntos» que viven todo el tiempo en mi biblioteca. A Sincro, guardián de lo invisible, por aparecer aquella mañana y protegernos cada día. Y muy particularmente a Jesús, Mirra y Aurobindo, por estar al otro lado, esperándome…

Gracias a los que os habéis levantado tan pronto como yo para servirme un café calentito antes de que salga el sol. Gracias también a aquellos valientes anónimos que me habéis escrito para compartir vuestras experiencias. Y a los que seguís esperando el momento propicio para salir del armario (os esperamos). Gracias a todos vosotros por confiar en vuestra voz interior. Gracias también a mis opositores, pues no se puede avanzar en este mundo sin algo de fricción. Gracias a la vida, a la muerte, a la ciencia, a la consciencia, a lo desconocido y a lo imposible.

Quiero acabar este viaje mío —tan personal, pero también científico y filosófico, y en ocasiones político, histórico y espiritual— con dos agradecimientos muy especiales.

El primero es a nuestra querida y preciosa lengua. He publicado más de cien artículos en revistas científicas en inglés, pero este es mi primer libro en español. Escribiéndolo he tenido la vívida experiencia y la extraña certeza de que hay cosas que no habría podido decir de otra manera. No sabemos la suerte que tenemos los hispanohablantes.

El segundo y definitivo es para ti, querido lector, pues sin ti no hay autor, ni libro, ni historia. Gracias de corazón por estar ahí, al otro lado, y por vivir esta aventura conmigo. Ha sido un honor compartir este ratito de vida juntos. Hasta siempre.


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A landscape of consciousness website— https://loc.closertotruth.com/

Recursos ECM España — https://ecms.es/

The Psi Encyclopedia — https://psi-encyclopedia.spr.ac.uk/

Enlaces a noticias relacionadas con la ECM del autor:

ABC (3 de abril de 2022). ¿Qué pasa con el mente cuando el cerebro muere? https://www.abc.es/ciencia/abci-pasa-mente-cuando-cerebro-muere-202204030133_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F

El Español de Alicante (1 de mayo de 2023) ¿Qué pasa cuando morimos?https://www.elespanol.com/alicante/vivir/salud/20230501/morimos-alex-gomez-marin-cientifico-csic-creo-retorno/759924005_0.html

La Contra de la Vanguardia (23 de septiembre de 2024) Tuve una experiencia cercana a la muerte: la ciencia debe investigarhttps://www.lavanguardia.com/lacontra/20240923/9959665/alex-gomez-marin-tuve-experiencia-cercana-muerte-ciencia-debe-investigar.html


NOTAS

1. Observaciones en Japón en los años cincuenta, cuando un grupo de investigadores notó que los macacos japoneses (Macaca fuscata) en la isla de Koshima aprendieron a lavar batatas en el mar. Según el relato, cuando aproximadamente el «mono número 100» adquirió la habilidad, otros grupos de macacos en islas lejanas y sin contacto físico directo empezaron a mostrar la misma conducta, como si el aprendizaje se hubiera transmitido «telepáticamente» o a través de un campo colectivo. Después, la versión más conocida fue difundida por Lyall Watson en 1979, y luego fue retomada por Rupert Sheldrake para ilustrar su teoría de la «resonancia mórfica».

2. … o una manada de ellos.



SOBRE EL AUTOR


Dr. Álex Gómez-Marín

Físico teórico y neurocientífico. Licenciado en Física, máster en Biofísica y doctor en Física Teórica por la Universidad de Barcelona. Actualmente es Científico Titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y director del Pari Center en la Toscana italiana. En 2021 estuvo ingresado de gravedad en el hospital y tuvo una experiencia cercana a la muerte. Entonces decidió dedicar su trabajo de investigación al estudio científico de los límites de la consciencia. En 2023 recibió el primer Premio de Investigación en Ciencias Noéticas Linda G. O’Bryant. En 2024 fue seleccionado como una de las personas más inspiradoras ...

 

OPINIONES


«En este libro importante y fascinante, el Dr. Gómez-Marín no solo relata su experiencia cercana a la muerte, sino que también describe cómo sus ideas científicas han cambiado de forma fundamental. Ahora piensa que la consciencia puede no ser producida por nuestro cerebro. Muy recomendable.» 

Dr. Pim van Lommel, autor de Consciencia más allá de la vida

 «La gente tiene ansia y necesidad de una respuesta que dé sentido a su vida. El libro del Dr. Álex Gómez-Marín ayudará a abrir consciencias a mucha gente.»  Del prólogo del Dr. Manuel Sans Sagarra, autor de La supraconciencia existe

 «El Dr. Gómez-Marín no te pide que creas, solo que escuches. Que no cierres la puerta antes de mirar. Que sepas que no estás solo por hacerte preguntas grandes. Esa es la actitud: ser científico y humilde ante lo trascendente. Ni negar todo, ni creer sin pruebas. Buscar con cuidado lo que parece imposible.»  Del epílogo del Dr. Gaona, autor de Al otro lado del túnel y El límite

 «El Dr. Álex Gómez-Marín nos aporta la propia experiencia de su ECM (sentir) y su mente brillante, racional y científica que duda (pensar) y lo hace desde un lenguaje amable, ágil, irónico, con sentido del humor que hace fácil su lectura.» Dra. Luján Comas, autora de ¿Existe la muerte?

 «El Dr. Álex Gómez-Marín ha luchado por integrar su propia ECM en un nuevo modelo de cómo hacemos investigación científica. Un viaje fascinante para explorar los misterios de la vida y la muerte, que abre nuevos caminos en nuestra compresión de los límites de la consciencia.» Dr. Bruce Greyson, autor de Después de la muerte

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