LA
CIENCIA DEL ÚLTIMO UMBRAL (2025)
DR. ÁLEX GÓMEZ-MARÍN
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IGUA ARS-GRATIA POR KOS D’ASTURIES (2026)
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CONTENIDO
DEDICATORIA - PRÓLOGO - PREFACIO - 1. MI
EXPERIENCIA CERCANA A LA MUERTE - 2. EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE (ECM)
- 3. EVIDENCIAS Y POSIBLES EXPLICACIONES
- 4. IMPLICACIONES - 5. LAS CUATRO ESTACIONES... DE LA SUPERVIVENCIA DE LA
CONSCIENCIA - 6. CUENTOS CUÁNTICOS - 7. ¡PSEUDOCIENCIA! 8. LA HERIDA
FUNDACIONAL DE LA CIENCIA - 9. EL NACIMIENTO DE LA CIENCIA DE LA CONSCIENCIA -
10. LA MENTE EXTENDIDA - 11. INTELIGENCIA ARTIFICIAL - 12. EL CEREBRO PERMISIVO
- 13. UNA CIENCIA DE LO IMPOSIBLE - 14. QUE LA CIENCIA NO SE CONVIERTA EN LA
NUEVA RELIGIÓN - 15. ESTO ES SOLO EL PRINCIPIO - EPÍLOGO - Apéndice. CASI TODO
LO QUE SIEMPRE QUISISTE SABER SOBRE LA MUERTE... (Y NUNCA TE ATREVISTE A
PREGUNTAR) - AGRADECIMIENTOS - REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS – NOTAS - SOBRE EL AUTOR - OPINIONES
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Para
Laura, mi compañera de Vida.
La formación de la licenciatura en Medicina y Cirugía se
fundamenta en el método científico cartesiano–newtoniano.
El método científico se estructura con
estos principios: ontología materialista, dualismo, localidad, temporalidad y
determinismo, valorando al ser humano como cuerpo, materia y mente. Todas las
actividades mentales anímicas se definen como un epifenómeno del cerebro. El
cerebro se considera productivo de la actividad mental.
Con esta visión materialista, la muerte
física supone el fin de la existencia.
Sin embargo, la descripción de
experiencias cercanas a la muerte de pacientes diagnosticados de muerte clínica
por distintas causas y recuperados con medidas de reanimación
cardiorrespiratorias y otros fenómenos trascendentes, como la telepatía,
clarividencia, precognición, vivencias místicas, psicoquinesia, lucidez
terminal y vivencias de los moribundos, entra en colisión con los principios
del método científico.
El estudio en profundidad de las
experiencias cercanas a la muerte evidencia fenómenos objetivos valorables y
con base científica, junto a otros trascendentes que sugieren la existencia de
una consciencia con continuidad fuera del cerebro y que definimos como
consciencia no local, espíritu o supraconsciencia, que persiste después de la
muerte física.
¿Será necesaria una nueva concepción del
ser humano con estas características?
a. El
cerebro no solo es productivo, sino también permisivo de información que recibe
de la supraconsciencia, como refiere la teoría de la reducción objetiva
orquestada de Penrose-Hameroff, a través de los microtúbulos del
microesqueleto de las neuronas, que actuarían como canales de transferencia de
información cuántica.
b. El
ser humano es un ser espiritual; su auténtica identidad —durante un tiempo
finito— se sitúa en un cuerpo físico en la dimensión humana. La muerte física
no es el fin de la existencia.
Científicos de la talla de Álex
Gómez-Marín, físico teórico y neurocientífico, y de Eben Alexander,
neurocirujano, han vivenciado una experiencia cercana a la muerte, y no solo la
definen como «hiperreal», sino que defienden públicamente su realidad, cuando
antes de vivenciar esta experiencia las valoraban con escepticismo o las
consideraban una alucinación.
Los pacientes que yo he tratado y
recuperado de una muerte clínica y que han presentado una experiencia cercana a
la muerte también refieren todos que es una vivencia real.
Como médico, he controlado estos pacientes
durante años y he podido comprobar el profundo impacto psicológico que les ha
causado la experiencia cercana a la muerte, con una nueva concepción
existencial y un cambio importante en su dinámica vital, en su rol vital.
Este planteamiento establece un nuevo
paradigma que ha provocado una oposición frontal de los científicos
materialistas, físicos cuánticos, filósofos occidentales y teólogos cristianos,
que lo califican de pseudociencia, con el propósito de descalificar los
razonamientos que nos conducen a valorar la supraconsciencia, por no cumplir
con los estándares de la ciencia.
Uno se pregunta si alguno de los
opositores está sumergido en un cientifismo dogmático, al considerar la ciencia
como el único medio para alcanzar el conocimiento. No hay que olvidar que hay
aspectos que no se pueden justificar con la ciencia y que la consciencia es la
gran paradoja de la ciencia.
Quiero recordar que hay teorías
científicas originadas a partir de vivencias subjetivas.
Las experiencias cercanas a la muerte presentan
fenómenos objetivables, pero también otros trascendentes no objetivables.
¿Puede la física cuántica aproximarnos a su comprensión y, por ende, entender
la consciencia?
La física cuántica es la rama de la
física que estudia el comportamiento de la materia y la energía a escalas muy
pequeñas, los átomos y las partículas subatómicas.
El término átomo
fue introducido por Demócrito, filósofo presocrático, al considerar la materia
formada por unas partículas muy pequeñas indivisibles, y las denominó de esa
manera.
Las partículas subatómicas actúan en el
nivel más básico y fundamental del universo y son responsables de las
propiedades y comportamiento de la materia.
La física cuántica es esencial para
conocer el funcionamiento del mundo, pero parece que nadie sabe qué significa.
Tenemos un conocimiento epistemológico, pero no ontológico.
Los principios de la física cuántica, el
entrelazamiento cuántico, el colapso de energía a materia al mesurar o con la
intervención de la consciencia, la superposición de estados, la coherencia
cuántica, el principio de indeterminación y el efecto túnel, presentan cierta
analogía, cierto paralelismo con fenómenos de la biología y la consciencia.
La biología cuántica se desarrolló a lo
largo del siglo XX
de forma interdisciplinaria entre la física cuántica y la biología molecular.
Pascual Jordan, en 1943, introduce el término biología
cuántica y, en 1944, la publicación de What’s
life?, de Erwin Schrödinger, da inicio a la biología molecular.
Un gran número de procesos biológicos
son cuánticos: la fotosíntesis, la ferritina, el olfato, la transmisión
nerviosa a nivel de las sinapsis neuronales, las mutaciones genéticas y el
movimiento migratorio de las aves.
El neurocientífico Karl H. Pribram
demuestra que no es posible localizar la memoria y llega a la conclusión del
cerebro holográfico.
Yong-Cong Chen descubre que la vaina de
mielina de los cilindroejes neuronales emite fotones entrelazados, permitiendo
difundir información a millones de neuronas en el mismo momento.
Los nuevos descubrimientos nos aproximan
a la teoría de Penrose-Hameroff sobre la transferencia cuántica de información
en la consciencia, duramente criticada en un principio.
Es evidente que nos falta mucho por
conocer, pero, como define Álex Gómez-Marín después de una amplia exposición,
si bien la física cuántica no explica de forma absoluta la consciencia, tampoco
puede negar que pueda hacerlo.
Descartes, uno de los padres del método
científico, estableció una separación, un abismo, entre ciencia y mente, y
consideraba que la mente debía ser estudiada por la filosofía, la religión y la
metafísica. Sin embargo, la física cuántica consigue que ciencia y mente se
complementen, materia y espíritu tienen su símil en la onda-partícula.
Quiero hacer constar que estoy observando
una aproximación entre ciencia y consciencia. Me han invitado a universidades,
academias científicas y colegios profesionales, donde he podido comprobar un
interés por la relación entre mente y consciencia. Ya no se interpreta como un
tabú.
He realizado entrevistas a eminentes
físicos cuánticos, filósofos occidentales y teólogos cristianos, que me han
confirmado una aproximación de criterios.
Máximas autoridades religiosas con las
que he mantenido reuniones, su santidad el papa Francisco y su santidad el
dalái lama, me han exhortado a continuar con mi investigación y mensaje sobre
las experiencias cercanas a la muerte.
Quiero expresar mi agradecimiento a Álex
Gómez-Marín por el contenido de su libro. Con un profundo conocimiento,
honestidad y gran valentía, afronta la relación mente-consciencia, con la
particularidad de haber vivenciado una experiencia cercana a la muerte. Estoy
convencido de que impactará a los investigadores materialistas y ayudará a
muchas personas a poner en tela de juicio el gran egocentrismo que impera en
nuestra sociedad.
¡Mi más sincera felicitación!
Doctor
MANUEL SANS SEGARRA
Cirujano
Barcelona, 2025
PREFACIO
Soy un científico que casi muere. Alguien que regresó del
umbral y decidió contar lo que vio.
Aquello me hizo replantearme lo que creía que sabía y me
abrió a un mundo desconocido y fascinante. Esta es mi historia y mi intención
es contarla para que cuente —darle voz a la ciencia de estas experiencias—.
Para que dejen de ser mudas. Para que veamos más allá.
En marzo de 2021 tuve un sangrado en el estómago y, tras
días en el hospital, vi la luz al final del túnel. En realidad era un pozo. Yo
miraba hacia arriba. Tres figuras me esperaban en el otro lado. Intuía sus
lindos rostros a contraluz, una luz dorada, casi divina. Sabía a quiénes
pertenecían esas figuras y para qué estaban allí. Estaba en paz. Tenía una
consciencia clara de lo que sucedía. Venían a recibirme y también a ayudarme a
cruzar. Yo tenía la certeza de que si aceptaba su ayuda saldría del pozo y
moriría. Decidí volver. Fueron los siete segundos (si es que el tiempo tiene
sentido en ese umbral) más transformadores de mi vida.
Esa visión —que algunos prefieren llamar sueño,
o incluso alucinación— no fue real; fue hiperreal. Los que hemos estado al
final del túnel, entre la vida y la muerte, lo sabemos.
Los que (aún) no han estado allí pueden tomar prestada
nuestra palabra. Se la regalamos para que hagan con ella lo que consideren.
Deberán incluso cuestionarla. Algunos irán más allá y la negarán (o, peor, la
ridiculizarán). No pasa nada, pues tarde o temprano tendrán la oportunidad de
comprobarlo por ellos mismos. Todos moriremos algún día, aunque nos esforcemos
en olvidar esta certeza.
Tardé meses en recuperarme física, vital y emocionalmente.
Salí del hospital transfigurado. Había perdido trece quilos en quince días. Se
me transfundieron varios litros de sangre. Durante semanas, incluso meses, no
me reconocía en el espejo.
No sé muy bien por qué, ni recuerdo exactamente cuándo,
pero empecé a contar mi experiencia cercana a la muerte a mis familiares y
amigos más cercanos. Supongo que para poder asimilar lo que me había pasado.
Decidí también tratar de integrar esa experiencia en mi vida profesional, no
solo en lo personal. Me hice dos preguntas claves: ¿qué dice la física sobre lo
que viví en el pozo?, ¿qué dice la neurociencia de mi experiencia?
Acudí a estas disciplinas por dos razones. En primer lugar,
por su incomparable potencia a la hora de estudiar los secretos de la materia y
de la mente. En segundo lugar, porque son los campos de conocimiento en los que
me he formado como científico y en los que he trabajado intensa e
ininterrumpidamente durante años —tengo un doctorado en Física Teórica y soy
también neurocientífico—. Sorprendentemente, dos de las «disciplinas reinas» de
la ciencia actual apenas tenían algo que añadir a lo que me pasó en el umbral.
¡¿Cómo es eso posible?! La física tiene muy poco que decir (más tarde
entenderemos por qué). La neurociencia, a su vez, dice que no hay nada que
ver (veremos qué es lo que calla). La ciencia que conocía parecía ciega, sorda
y muda ante la gran pregunta: ¿sobrevive algo de mí y de ti a la muerte
del cuerpo físico?
Seguí adelante. Aquello lo cambió todo. Me vi ante un mundo
por descubrir…, un mundo que me transformó. Subí esa experiencia transformadora
a mi cabeza (la de la ciencia) y la bajé a mi corazón (el de la vida). Esas
preguntas dejaron de ser simples curiosidades o temas «muy interesantes» para
convertirse en algo sumamente importante, incluso urgente. Algo de verdad,
transformador. Empecé así un viaje fascinante que me ha llevado por tierras
insospechadas a través de «los márgenes de la consciencia» hacia una «ciencia
de lo imposible», y que ahora quiero compartir contigo. Insisto: quiero
contarlo para que cuente; darle voz para que tengamos voto. Lo pasaremos bien,
aprenderemos cosas y, si tenemos suerte, algo bonito sucederá dentro de
nosotros.
Esta es mi historia. Soy un hombre que ha pisado el «más
allá» y ahora lo investiga desde el «más acá», sin miedo, con fascinación, con
agradecimiento. Soy un científico que ha puesto su credibilidad al servicio de
lo desconocido. Alguien cuya ofrenda es rendir su intuición, intelecto e
imaginación en el altar de la consciencia. Para que la ciencia esté al servicio
de lo humano. Para poder navegar estos tiempos convulsos de conflicto material
y espiritual.
No traigo una ciencia de certezas absolutas (más bien lo
contrario). En vez de eso, te ofrezco ignorancia de mejor calidad. Tampoco
vengo con un cesto de esperanzas, pues no creo que la ciencia deba convertirse
en la nueva religión.
Te invito a acompañarme en este viaje a lo desconocido.
Barcelona,
julio de 2025
1. MI EXPERIENCIA CERCANA A LA MUERTE
Era un domingo cualquiera. O quizás no. 21 de marzo de
2021, inicio de la primavera. Me sentí débil durante todo el día, como si mi
corazón hiciera grandes esfuerzos para irrigar la sangre por mi cuerpo. El día
anterior había vomitado tras una comida fuera de casa. No le di mayor
importancia. Pensé que el vino me había sentado mal. Fue un error confundirlo
con mi propia sangre.
Al caer la tarde del domingo estaba
claro que algo iba muy mal. Fui al baño varias veces. Entendí que aquello no
era vino. Mi mujer no dudó en llamar a una ambulancia. Yo proteste con timidez,
con ese tópico estúpido «no hace falta, estoy bien».
La ambulancia se demoró. Y además
se perdió. Entonces vivíamos en medio del campo y no era fácil saber
exactamente nuestra dirección (la casa no tenía calle ni número). Junto con mis
dos hijas, mi mujer me llevó en coche a una rotonda desangelada donde la
ambulancia me esperaba. Me despedí de las tres de una forma imprecisa, como
alguien que dice adiós sospechando que se va por largo tiempo, pero sin
maletas.
Qué atardecer tan sombrío viví en el
largo trayecto hasta llegar al hospital. En seguida me pasaron a una sala
aparte. Tras unas breves pruebas innecesariamente invasivas, decidieron
concederme la pulsera del «todo incluido». Pasé allí la noche, expectante, sin
saber todavía el qué (ni el cómo, ni el porqué), compartiendo habitación con un
hombre mayor que roncaba como un tren de mercancías.
Al día siguiente, lunes por la mañana,
vino la doctora especialista en digestivo. Después de comprobar que seguía
haciendo «melenas» (un tipo de deposición compuesta de sangre digerida o, dicho
en plata, mierda asquerosamente pestilente proveniente del infierno), estaba
claro que había una fuga de sangre en algún lugar de mi tubo digestivo. No
sabíamos más. Casi todo era una incógnita y algo de misterio.
Es normal sangrar hacia afuera,
ocasionalmente, cuando uno se hace una herida. Pero, al parecer, mi cuerpo lo
estaba haciendo hacia adentro y sin cesar. Estaba dejando escapar la vida.
¿Acaso también simbólicamente? Sigo meditando sobre el significado oculto de la
sangre (derramarla puede ser un crimen, pero también un acto de culto o
sacrificio; el «sagrado oficio»). No sabría cómo explicarlo, pero intuyo que
algo en mí había decidido poner en marcha este terrible proceso para mi propio
beneficio…
Empezamos con la procesión alopática de
pruebas a ciegas que, en última instancia, me salvaría la vida. Si la medicina
es una ciencia, no es del todo exacta. Gastroscopia el lunes. Todos queríamos
pensar que, con suerte, sería una úlcera y que, simplemente, la cauterizarían
(quemando el vaso sangrante para cerrarlo) y se solventaría el asunto.
Pastillitas digestivas recetadas de por vida y todos contentos (las
farmacéuticas y yo). Pero nada, no encontraron nada sospechoso en mi estómago.
Al volver de la prueba era la hora de
comer. Me trajeron pollo. Lo comí con ansia, pues no había cenado nada la noche
anterior. Esa misma tarde, creo recordar, fui al baño, excreté melenas en
estallido y, acto seguido, me desmayé. Las enfermeras ya me habían advertido de
no cerrar la puerta con pestillo. Suelo ser obediente en lo aparentemente
irrelevante. Me desperté de una bofetada allí mismo sentado en el váter. Sentí
que regresé de algún lugar… Experimenté que despertaba, pero al revés, como
quien se queda dormido en un sueño. Mi consciencia se trasladó de repente de
vuelta al hospital desde un espacio mental remoto pero familiar. Me sorprendí
al encontrarme allí, en el baño, de nuevo. Era como si en el fondo yo
perteneciera también a ese otro mundo, en lugar de solo a este.
Con cierto alboroto me llevaron en
brazos a la cama entre varias personas. Para mitigar el desmayo, me pusieron
las piernas en alto. «¡No me quiero morir, tengo dos hijas pequeñas!», dije
llorando, cogiendo de la mano a una de las enfermeras, mientras ella me miraba
fijamente a los ojos por encima de la mascarilla y por debajo del pañuelo que
le cubría el pelo. Recuerdo que tenía acento extranjero. Ya no me dejarían
levantarme más de la cama (ni para hacer mis necesidades). Me pasaría casi dos
semanas tumbado. Es increíble como uno se olvida incluso de andar cuando no se
practica.
Ella (olvidé su nombre) y otras
enfermeras maravillosas me acompañaron atendiéndome discreta y amorosamente
durante varios días en el hospital. También recuerdo con agradecimiento e
inusual admiración la labor de aquellas que me limpiaban el culo mañana, tarde
y noche (mientras a los políticos se les llena la boca, también mañana, tarde y
noche). Ellos salen en los telediarios a bolsillos llenos, mientras ellas
sostienen en sus espaldas y en sus corazones el edificio quebrado de la sanidad
pública.
Este incidente fue el primero de una
serie de experiencias en «los márgenes de la consciencia» que viviría en el
hospital, un lugar extraño que se convirtió en inesperado laboratorio personal
de lo intangible, hibridando de forma poco glamurosa pero sumamente noble lo
inmanente con lo transcendente.
Mi mujer había conseguido visitarme (con
mi hija de diecinueve meses) ese mismo día por la mañana. Toda una hazaña que
solamente ella, valiente, hábil y determinada, podía conseguir. Las reglas de
la pospandemia prohibían la entrada a familiares. Por «seguridad» los pacientes
debían afrontar lo desconocido de su infirmitas
en soledad. Me cuesta entender esa suerte de cruel indiferencia —en el mejor de
los casos, pues en ocasiones intuyo que es francamente malévola— del sistema
respecto a lo que un paciente en realidad necesita, además de suero, gasas y un
televisor a monedas.
De todos modos mi mujer consiguió, no sé
muy bien cómo, estar conmigo en la habitación, día tras día y noche tras noche.
También tuve suerte de que las salas de pruebas, los quirófanos, y la
unidad de cuidados intensivos (que días después visitaría) estuvieran
reabiertos tras su cierre durante otra ola de la famosa plaga pocas semanas
antes.
Al día siguiente, martes, creo que
probamos con isótopos, una prueba atípica para determinar si el problema estaba
en mi intestino delgado en vez de en mi estómago. Es un procedimiento de
diagnóstico en el que, tras beber bario, se utiliza una máquina de rayos X para
tomar imágenes del intestino a medida que el contraste lo atraviesa. Yo
empezaba ya a estar frágil. La prueba se me hizo larga y tediosa. Tampoco
encontraron nada.
Por suerte, el dolor no fue mi compañero
de habitación. Sí lo fue la incertidumbre creciente ante un incidente que,
a menudo que pasaban los días, se hacía más preocupante al ir descartando
tímidamente opciones a medida que me seguía desangrando por dentro. Iba
contando las bolsitas de transfusión según me las iban trayendo. Ese oro líquido
de la vida está a la par con los enigmas alquímicos de transmutación más
fascinantes. Resulta que soy donante universal (mi sangre es la más preciada y
la más escasa). En pocos días corría por mis venas más sangre de otros que mía.
No sé qué pensar al respecto.
El miércoles, si mal no recuerdo, me
mandaron a una gastroscopia de nuevo. No encontraron nada. Eso sí, esta vez
presté especial atención a la breve pero reveladora caída al inconsciente que
produce el Propofol, un anestésico de acción y recuperación rápida muy
utilizado en los hospitales. De vuelta, la sensación de reinicio mental al
despertar es maravillosa.
Cuando abrí los ojos algo me molestaba
en la nariz. Me levanté con una sonda nasogástrica que me habían colocado
durante la exploración. La anestesista me comunicó que la doctora había
decidido que la llevara hasta la noche (fue una estrategia inteligente decirme
eso para que no me la arrancara allí mismo). Llegó la noche, pero la doctora no
llegó. Así que tuve que aguantarme y dormir tragando o escupiendo mis propias
babas como pude. Ese humilde tubo me salvaría la vida unos días más tarde. Pero
antes contribuyó destacadamente a mi humillación. Postrado en la cama, medio
desmayado, sudado y sucio, defecando esa pasta fétida del inframundo y, ahora,
además, regurgitando babas sin parar y sin poder respirar, hablar ni descansar
bien.
Ese mismo día, antes de mi segunda
gastroscopia, me pidieron que me tragara una cápsula que llevaba una cámara
para sacar fotos a lo largo de mi tracto digestivo y así poder obtener alguna
evidencia nueva. No se vio nada destacable, excepto un pequeño pólipo en el
intestino delgado. Esa pequeña e inofensiva protuberancia en forma de coral
endógeno en mis paredes internas podía esperar.
De hecho, unos meses más tarde, cuando
toda esta historia pasó, los médicos me recomendaron otra intervención para
extirparlo. Dudé, pues el vicio de la medicina moderna es exactamente «cortar
por lo (in)sano». Pero al final acepté, pues el miedo a enfermar de nuevo llamó
a la puerta (aunque, cuando uno abre, a menudo no hay nadie).
Lo sorprendente de este otro capítulo en
toda esta historia (hemos viajado ahora de repente y brevemente a septiembre
del mismo año) es que, cuando me desperté de la anestesia de esa otra
intervención, el médico estaba sorprendido y enojado. No había rastro alguno
del pólipo, solo la foto inequívoca del mismo, seis meses antes. Es curioso, el
domingo anterior a la intervención, el 19 de septiembre, había hecho una
«constelación familiar». Si buscáis en Wikipedia os dirá que es una
pseudoterapia que ordena estructuras inconscientes en las relaciones familiares
liberando patrones limitantes y proporcionando soluciones integrales a toda la
familia al honrar a los ancestros y darles el lugar que merecen dentro de una red
sana de vínculos familiares (creo que las guerrillas de escépticos de la
Wikipedia tienen razón en todo excepto en el prefijo pseudo).
Quería ver si podía desenredar algunas redes mal tejidas por mis ancestros que,
aunque ya no estén, siguen de alguna forma aquí entre nosotros. Lo orgánico y
lo transpersonal dialogan.
Cuento esto porque tras la constelación
del domingo, el miércoles siguiente, el pólipo había desaparecido. ¿Casualidad
o causalidad? Prefiero pensar en una tercera opción: el principio de orden no
causal del psiquiatra austriaco Carl Jung, dentro de su teoría de las
sincronicidades, que vincula lo que sucede en la mente y en la materia mediante
un orden más profundo que se expresa en coincidencias significativas.
Por cierto, el volcán de la Palma hizo
erupción ese domingo. Vi la sangre de la tierra correr en forma de lava por la
superficie arrasando con todo aquello que se cruzaba en su camino. Pensé de
nuevo en el significado oculto de mi propia sangre.
Regresamos ahora al hospital, de nuevo,
seis meses antes.
El jueves había programada una
colonoscopia. Decidieron suspenderla. Me cambiaron de planta a un ala del
edificio silenciosa y prácticamente vacía, en una habitación sin compañero. No
había mucho movimiento en el hospital ese día. Se aproximaba el comienzo de la
Semana Santa (y la luna llena). Oscureció pronto. De todas formas, apenas
entraba luz por las ventanas del hospital durante el día. Esa tarde todo
parecía un poco más lúgubre que las anteriores. Mi mujer iba y venía como una loca
cada día de casa al hospital y luego de vuelta. Esa tarde, sin embargo, estaba
con las peques. Me quedé solo.
Al atardecer, empecé a quedarme dormido
y a despertarme sobresaltado, pues sentía que se apagaba mi consciencia al
cruzar el velo de la vigilia. Me sucedió varias veces seguidas. Ese parpadeo de
la consciencia me asustó muchísimo. Me caía de sueño, pero temía morirme si me
dormía. Sospechaba que mi mente se apagaría y no despertaría jamás.
Apreté el botón «del pánico» para avisar
a las enfermeras. Vinieron un par de veces y me aseguraron que todo estaba
bien. Pero ¿qué sabrán mis constantes vitales de mis perspectivas mortales? Por
un momento me cruzó por la cabeza la idea de que quizás me iba a morir.
Entonces me dije a mí mismo «mañana tu mujer cumple cuarenta años; no le hagas
esa putada de regalo; ¡no te mueras!, no te mueras hoy y, a poder ser,
tampoco mañana».
Quiero destacar que ni tenía fiebre ni
estaba tomando medicamentos que pudieran producirme efectos secundarios,
alucinaciones u otros delirios. Estaba transitando más bien en una suerte de
Ramadán involuntario, sin comer ni beber nada durante varios días, y con
suero fisiológico de gotero.
Entonces sucedió… Empezó a suceder… En
dos actos. Primero la visión del «fuego que no quema en mi cabeza» y, acto
seguido, «la luz al final del túnel».
Después de esos parpadeos de la
consciencia, finalmente me quedé dormido. Tuve un sueño. ¡Un gran sueño! Esa
tarde tuve una visión espectacular.
Cruzaba la calle mientras un gentío
abarrotaba las esquinas. Vi un camión de bomberos. Era como si estuvieran
preparados para algún tipo de espectáculo pirotécnico, desfile, carnaval
o fiesta mayor. Y, de repente, la gente desapareció y me encontré en un
pueblito pequeño con suelo y paredes de piedra. Poco a poco, empezaron a
aparecer animales mitológicos, criaturas híbridas gigantescas, como un oso
polar con cabeza de jirafa o un cocodrilo con cuerpo de león. ¡Qué bellos y qué
impresionantes! Cada uno de esos seres majestuosos medía como diez metros de
alto. En sus cabezas ardía un fuego fantástico que no se consumía. Uno a uno,
fueron andando por encima de mí en procesión, inclinando sus cabezas y
colocando ese fuego que no quemaba ni se consumía encima de la mía. Luego
siguieron su paso hasta la periferia del pueblo, donde se convirtieron en
alfombras voladoras de mil colores y se perdieron tras las montañas y las nubes
a lo lejos durante un atardecer precioso. Entonces desperté.
No tenía ni idea de lo que había sido
aquello. Años más tarde aprendí que hay criaturas muy parecidas en distintas
culturas, como los alebrijes mexicanos, fascinantes seres mitológicos con
cuerpo y cabeza de animales distintos, y cuya presencia simboliza buena
suerte y protección en el contexto del Día de los Muertos. Se les considera
guías espirituales, una suerte de protectores, que además nos relacionan con la
creatividad y la imaginación, y con las fuerzas de la naturaleza.
Maravillado, me encontré de vuelta en mi
habitación, vacua y monocromática. Estaba más relajado. Me dormí de nuevo y
entré en otro estado de consciencia. El siguiente sueño tampoco fue un sueño
(ni una visión). Yo diría que fue algo más. Un encuentro, quizás. Algo simple y
más real que lo real, yo le llamo «el abrazo dorado»:
Estaba en un pozo (un pozo muy parecido
a uno que conozco bien). Miré hacia arriba. Vi a tres figuras que me esperaban
amorosamente en la luz, esta era amarilla (parecida a la de los animales
mitológicos del encuentro anterior). El contorno del rostro y cabello de cada
una de esas figuras se delineaba a la perfección a contraluz. Sus cabezas
configuraban un triángulo perfecto en el círculo de la apertura. Sabía quién
era cada uno de ellos; no eran familiares difuntos, sino guías espirituales. No
sentí miedo. Me ofrecían una especie de cañas para salir del pozo.
Tuve la certeza de que si aceptaba su
ayuda no habría vuelta atrás. La comunicación era sutil, sin palabras. Diría
que casi sin pensamiento. Allí uno piensa y habla poco o nada. Allí simplemente
uno sabe. De manera sosegada les transmití que declinaba su invitación de salir
del pozo. Decidí regresar. Y, sin más, me desperté de nuevo en la
habitación. Todo el episodio podría haber durado un segundo o una hora. No
importa, pues, en ese espacio, el tiempo tiene un sabor
distinto.
No recuerdo si al despertar supe lo que
acababa de suceder, lo que esa experiencia significaba. Tampoco recuerdo si
antes de mi ingreso en el hospital había leído sobre experiencias cercanas a la
muerte. Quizás pude haber oído hablar de ello en algún programa de televisión,
pero no era un tema que me interesara en especial ni mucho menos que hubiera
investigado. Al rato llegó mi mujer. Le conté la visión de los animales de
fuego, pero no la del pozo No hablaría de ella en público hasta al cabo de un
año (no sé si por miedo al juicio o porque suficiente trabajo tuve en
recuperarme física y vitalmente). Me encontraba de verdad débil. No me apetecía
ni que me cogiera la mano. Llegó la noche. El aire de la habitación empezaba a
condensar gotas de impaciencia, incluso de desesperación.
Al día siguiente celebramos el
cumpleaños de mi mujer (si eso se puede llamar celebración). Al menos dimos
gracias por seguir respirando juntos. Ese día no hubo pruebas. Ese día no hubo
nada. Solo espera. Por eso se nos llama «pacientes» a los pacientes de
hospital... Pasaron viernes, sábado y domingo sin novedades de los médicos, más
allá del protocolario saludo de quienes estaban de guardia haciendo la ronda
habitación tras habitación. La sonda nasogástrica me torturaba. Y las
melenas continuaban, a pesar de llevar días sin probar bocado,
alimentándome de suero. Solo quedaba resistir y esperar ansiosamente algún tipo
de novedad (ya no digo milagro) al reanudarse la semana.
El lunes por la mañana por fin pasó la
doctora de nuevo. Le rogué que me sacara la sonda. Ella insistió en que
aguantara. De hecho, parecía sorprendida de que no me la hubiera quitado yo
mismo durante el fin de semana. Sus visitas eran breves, dulces y eficaces. Esa
mañana creo que no tenía ningún gran plan para mí. Sin embargo, justo cuando ya
se despedía, me miró con sorpresa y excitación, sonrió, sacó rápidamente su
teléfono del bolsillo de su bata blanca y llamó al equipo de gastroscopias. Les
dijo que se prepararan, pues me mandaban para abajo de inmediato. ¿Qué había
sucedido? Algo simple pero crucial: la doctora vio subir algo de sangre fresca
por el tubo transparente de la sonda justo entonces, evidencia de que el
sangrado venía del estómago y de que, en ese momento, estaba activo. Era ahora
o quizás nunca.
Me bajaron rápido a hacerme otra
gastroscopia. Dicen que a la tercera va la vencida. Abajo no solo estaba el
personal de los otros días (a quienes ya empezaba a conocer y quienes me
conocían como «el chico joven del sangrado misterioso»), sino que había más
gente, algunos incluso sin bata. Eso me desconcertó. Parecía que habían llamado
a otros médicos sénior y a personal de administración para observar la
intervención y valorar el caso. Los veía de reojo al fondo de la sala mientras
el Propofol obraba de nuevo el milagro del sueño inconsciente. Creí que allí
mismo acabaría todo para empezar de nuevo.
Al despertar les pregunté cómo había
ido. Me dijeron que no habían conseguido cauterizar la herida, pues había
demasiada sangre coagulada, o algo así. No lo recuerdo bien. Yo me
encontraba fatal. Mi vista se empezó a nublar, como si me pusieran un filtro en
el cristalino. ¿Sería otra visión? ¿Una premonición con correlatos
fisiológicos?
Me durmieron de nuevo para intentarlo
una vez más. No pudieron. Ya no desperté allí, sino en una camilla tomando
curvas suavemente, pero con determinación, de camino a algún lugar del
hospital. Hay un hilo en mi memoria muy fino de todo aquello, como quien apenas
despierta tras una borrachera o como cuando mi padre me llevaba del coche a la
cama tras un largo viaje. Creo que iba con Paco, el camillero (con quien meses
más tarde saldría a hacer ciclismo de carretera), con mi mujer y con
algunos doctores. Los oía hablar, pero no entendía qué decían. Le pidieron
autorización a mi mujer para operarme a vida o muerte. Ella firmó.
Me llevaron directamente a quirófano. Me
operaron de urgencia el lunes 29 a primera hora de la tarde. Si allí tuve otra
ECM (experiencia cercana a la muerte), no lo recuerdo (dos y media en menos de
una semana habría sido pedir demasiado). Pasé la noche en la unidad de cuidados
intensivos. Es como dormir en el cielo. La cama parecía una nube. Bien sedado y
recién cosido estuve varias horas en un limbo. La tarde y la mañana son lo
mismo allí. Salí pronto del paraíso medicalizado. Me mandaron de nuevo a
planta.
Ya estaba. Ya pasó todo. Me habían
abierto el estómago como un monedero y neutralizado la hemorragia (encontraron
dos puntos de sangrado en una lesión llamada Dieulafoy en honor al cirujano
francés que la describió por primera vez). El resto de la historia es la de una
recuperación típica, relativamente lenta y un tanto dolorosa. Sentarme en
posición vertical me mareaba. Andar parecía imposible. Cuando me dieron el
alta, me habían crecido la barba y el pelo. Perdí trece kilos en el hospital.
No solo estaba hecho un cristo, sino que parecía tal cual Cristo resucitado.
De vuelta a casa, mi hija pequeña no me
reconoció. Yo tampoco me reconocía a mí mismo. Pasaron meses hasta que no me
extrañaba al verme reflejado en el espejo. La mayor se me aproximó con dulzura,
incluso compasión, y me acarició. Cada noche durante la cena me cogía de
la mano. Me llevé del hospital mucho, incluido un tatuaje
de recuerdo: una cicatriz de un palmo del ombligo al esternón. Recordatorio de
lo frágiles (y afortunados) que somos. Me la veo cada día en el espejo.
Dos mujeres se hicieron cargo: la
cirujana que me operó y la doctora de digestivo que llevó mi caso. Mi mujer
estuvo allí conmigo en cuerpo y alma. Mi madre y mi suegra vinieron de Madrid a
ayudar con el cuidado de nuestras hijas. También mujeres, las dulces enfermeras
y las estoicas de la limpieza del hospital. Gracias a todas… De verdad.
Sostenéis el mundo con vuestras manos, cabeza y corazón.
Pasaron días, semanas y meses hasta que
fui recuperando mi energía física y vital. No me puse a reflexionar sobre mis
experiencias de inmediato. Trabajo tenía con dormir sin que me doliera todo o
tan solo andar. Parecía un anciano de casi cuarenta años. Mi energía mental
estaba por los suelos. Siempre leo, pero durante mi convalecencia no fui capaz
ni de coger un libro. El único que conseguí abrir fue, curiosamente, La creación de la experiencia, de Jacobo Grinberg.
Tengo como una especie de amnesia de ese
periodo de recuperación en casa. Como si todo fuera muy despacio y rodeado de
niebla. No noté cambios en mí, pero algo se había transformado. Quizás donde
más empecé a notar mi transformación fue en la cotidianidad. En casa soy el
encargado de la cocina y, por aquel entonces, no teníamos lavaplatos. Antes de mi
viaje al hospital maldecía tener que fregarlos cada noche. Después de mi viaje,
daba gracias cada noche por estar vivo, haciendo esa tarea tan tediosa pero
maravillosa. Sonreía mientras aclaraba el jabón.
Si tuviera que resumir en una frase lo
que me sucedió en el umbral, diría que fui espolvoreado con una lluvia de oro
fino. Quizás podríamos llamarlo «el abrazo dorado…». Lo que vas a leer a
continuación es resultado de lo que allí se plantó, gracias a la intervención
de esos animales maravillosos y los tres seres de luz al final del pozo. Una
maldición puede convertirse en una bendición en el momento menos pensado.
2. EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE (ECM)
Antecedentes
La gente se ha muerto toda la vida. Algunos de ellos (muy
pocos) pudieron, por suerte, volver. Los que regresaron quizás vieron cosas en
el umbral entre la vida y la muerte. De ellos, un grupo aún más reducido se
atrevería a contarlo. ¿Les creerían?
Visiones así se han plasmado en el arte. Tenemos por
ejemplo la maravillosa obra del pintor flamenco El Bosco titulada Ascensión al Empíreo, que es la cuarta tabla de una
obra mayor titulada Visión del más allá, pintada
con óleo sobre tabla alrededor de 1490. Las otras tres se titulan Caída de los condenados, Infierno
y Paraíso terrenal.
La Ascensión al Empíreo es
preciosa. Por favor, búscala en internet y contémplala. Se ven almas desnudas,
acompañadas por ángeles que avanzan en parejas por un túnel con una luz
brillante al fondo que parece atraerlos y suspenderlos en el aire. Una figura
les espera al final. No tengo duda de que se trata de una ECM. Estas
experiencias no forman parte de una moda contemporánea, pues ya sucedían tal
cual por lo menos hace quinientos años.
También es digno de mencionar el relato del psicólogo Carl
Jung, quien describió una experiencia casi mística tras sufrir un paro cardíaco
en 1944. Aunque las ECM no se habían bautizado como tales entonces (habría que
esperar hasta 1975), la de Jung podría haber sido una. Leamos su descripción:
Al
principio de 1944 me rompí un pie, y a este infortunio le siguió un ataque
al corazón. En un estado de inconsciencia experimenté delirios y visiones, las
cuales deben haber empezado cuando estaba colgado al borde de la muerte (…).
Las imágenes eran tan tremendas que yo mismo concluí que estaba cerca de la
muerte. Mi enfermera me dijo luego «fue como si tu estuvieras rodeado de un
resplandor brillante». Ella añadió que había observado este fenómeno algunas
veces en el proceso de morir. Yo había llegado a mi límite máximo, y no
sabía si estaba en un sueño o en un éxtasis.
A continuación Jung describe su visión, viéndose
suspendido en el espacio, flotando mientras observa el globo terráqueo,
y «bañado en una gloriosa luz azul». Prosigue y remarca que:
«(...) esta experiencia me dio una sensación de extrema
proeza, pero a la vez de una gran plenitud. Ya no había nada que quisiera o
deseara. Yo existía en una forma objetiva; yo era lo que había sido y vivido.
Al principio, una sensación de aniquilación predominaba, de haber sido
despojado o saqueado; pero pronto eso dejó de tener importancia (…). Tenía todo
lo que era, y era todo.»
Estos testimonios los
encontramos repartidos por toda la historia de la humanidad. Son ciertamente
fascinantes a nivel histórico y psicológico, pero podrían parecer anecdóticos e
incluso irrelevantes desde un punto de vista científico. ¿De dónde viene pues
este interés relativamente reciente por las ECM? ¿Cómo se produjo el trasvase
de este tema del ámbito de la religión y el arte al de la ciencia y la
medicina? Veamos qué pasó para que las ECM se empezaran a investigar
sistemáticamente.
Dos orejas
y una boca
Hace medio siglo se dio una conjunción interesante. Por un
lado, el desarrollo de técnicas más complejas y efectivas de reanimación
cardiopulmonar permitió resucitar de manera más eficiente a pacientes
clínicamente muertos en los hospitales. Muchos más volvían del «más allá». El
otro avance no fue técnico, sino humano: los médicos descubrieron que tenían
dos orejas y una boca. Empezaron a prestar atención a lo que sus pacientes les
contaban en vez de hacer oídos sordos. Un número cada vez mayor escuchaba en el
«más acá» lo que contaban quienes habían estado en el «más allá».
Hay que ponerse en la piel del paciente cuando osaba
decirle al cirujano: «Doctor, cuando usted me estaba reanimando en el
quirófano, yo salí de mi cuerpo y me vi desde arriba. También le vi a usted y a
su equipo. Hizo gestos extraños con sus codos antes de empezar a suturarme.
A continuación a su ayudante se le cayó un bisturí al suelo y usted le hizo
una broma. Sentí una gran paz allí arriba. Vi a mi abuela difunta y a otros
seres de luz. De repente, volví a mi cuerpo, y me desperté en la
habitación del hospital». ¿Qué paciente tiene el valor de contarle esto al
cirujano, paradigma de autoridad, superioridad e incredulidad? ¿Y qué cirujano
tiene el valor de tomárselo en serio o, por lo menos, no tomárselo a broma?
La normal en este tipo de interacciones sería más bien
esta: o el paciente no le contaba nunca a nadie lo que había vivido o, si lo
hizo, la conversación sería más bien así: «Doctor, es que a mí me pasó esto…»,
a lo que el doctor respondería «¡Es imposible! Será una alucinación.
Siguiente paciente, por favor». El paciente saldría de la consulta un tanto
avergonzado y confundido. La palabra imposible
dice más de quien la pronuncia que de quien la recibe. El doctor no sabe en qué
marco conceptual poner esa fotografía de la realidad. ¿De quién es el problema,
de la foto o del marco?
Entre el personal sanitario, las enfermeras siempre han
estado más abiertas a la riqueza de la experiencia humana. Sin embargo, poco a
poco, algunos médicos se permitieron suspender su incredulidad e incluso
comenzaron a compartir con sus colegas de profesión las historias increíbles
que les contaban sus pacientes.
Fueron, pacientes y doctores, muy valientes.
No fueron muchos. Lo suficiente para que una pequeña masa
crítica empezara a interesarse seriamente por el asunto. Los pequeños cambios
son poderosos: unos pocos pacientes lo cuentan; unos pocos médicos lo escuchan;
luego lo empiezan a contar ellos; al oírlo, sus colegas de profesión están más
receptivos a escuchar a sus pacientes; ellos, a su vez, tienen más
facilidad para contarlo; se empiezan a escribir libros sobre ello; esto saca el
tema del armario; el estigma se rebaja y más pacientes se atreven a contarlo;
el enigma se eleva y más médicos deciden investigarlo. El bucle positivo se va
retroalimentando.
Y de este modo, lo contaron y acabó contando. El resto, es
historia. Una historia preciosa que estamos viviendo hoy a tiempo real.
Hay
investigadores al otro lado del túnel
Como veremos en otro capítulo, hay que desactivar algunas
minas conceptuales y de lenguaje que nos dificultan mucho la tarea de
investigar las ECM (o, siquiera, poder hablar de ellas). Otro error habitual es
creer que no hay nadie investigando seriamente estos temas al otro lado. Pero
eso no es cierto.
Cuando decidí integrar mi propia ECM profesionalmente, me
encontré con una bonita sorpresa: descubrí que hay toda una comunidad de
investigadores que llevan décadas estudiando con rigor científico y médico los
fenómenos de la muerte y el morir. Aunque obviamente no es un campo de
investigación mainstream, hay publicaciones
científicas en revistas revisadas por pares, se celebran conferencias internacionales,
y estudiantes y profesores universitarios se dedican a ello
profesionalmente. Lo que cabría esperar de una activad científica normal.
De hecho, en Estados Unidos llevan ya varias décadas en
marcha. Retrocedamos hasta 1975, cuando se dio el pistoletazo de salida al
estudio científico de las experiencias cercanas a la muerte. Lo inauguró
oficialmente el psiquiatra americano Raymond Moody, con la publicación de su
libro Vida después de la vida. Este año se
cumplen exactamente cincuenta años. Estamos de aniversario. Moody acuñó el
término «experiencia cercana a la muerte» y catalizó el interés social por
estos fenómenos. Su libro se convirtió en un clásico que espoleó a más médicos
a seguir por ese camino. Los pioneros llevan medio siglo en las trincheras.
Entre ellos, nos encontramos a muchos colegas séniores que
aún viven. Yo he tenido la suerte de conocer a unos cuantos de ellos
personalmente. A continuación me gustaría mencionar su trabajo brevemente.
En primer lugar, hay que reconocer a la psiquiatra
suiza-americana Elisabeth Kübler-Ross, cuyo trabajo pionero sobre la muerte y
el morir había empezado años antes de que Moody hiciera tan popular el tema.
Kübler-Ross ha publicado muchos libros, y entre ellos La muerte: un amanecer es un clásico.
Quiero destacar al doctor en medicina y profesor de
psiquiatría americano Bruce Greyson, también pionero en el estudio de las ECM.
Hay una escala para medirlas que lleva su nombre. Se basa en un cuestionario
que desarrolló para evaluar la intensidad de una ECM a partir de los elementos
característicos de las mismas. Aunque se ha ido depurando con el tiempo para
mejorar la escala, quedándose con lo más significativo, estos elementos
incluyen la percepción de una luz brillante, verse dentro de un túnel, el encuentro
con seres queridos fallecidos u otras entidades, la revisión de la vida a
partir de recuerdos que pasan rápida y vívidamente, la sensación de salirse
fuera del cuerpo, la sensación de regresar a él, el aumento de la percepción,
las alteraciones del tiempo, las visitas a lugares extraordinarios o
sobrenaturales, y las emociones intensas de gozo y paz. Su libro Después de la muerte: Un médico explora lo que las
experiencias cercanas a la muerte revelan sobre la vida y el más allá,
es muy recomendable.
Me limitaré ahora a nombrar a otros grandes de este campo y
sus obras divulgativas más destacables, por si quieres profundizar en la
lectura de alguna de ellas: el cardiólogo Pim van Lommel y su libro Consciousness Beyond Life: The Science of Near-Death Experiences
(2007); el neurocirujano Eben Alexander y su Proof of
Heaven: A Neurosurgeon’s Journey Into the Afterlife (2012); el
científico cognitivo Alexander Batthyány, y su reciente Threshold: Terminal Lucidity and the Border Between Life and
Death (2023); y el médico intensivista Sam Parnia, autor del reciente
libro Lucid Dying: The New Science Revolutionizing How
We Understand Life and Death (2024).
Si retrocedemos un poco en el tiempo, debemos destacar al
cardiólogo Michael Sabom, con sus Recollections of
Death: A Medical Investigation (1982); el neuropsicólogo Peter
Fenwick y su mujer Elizabeth Fenwick, autores de The
Truth in the Light: An Investigation of Over 300 Near-Death Experiences
(1997); el psicólogo Kenneth Ring y la psicóloga Sharon Cooper, que juntos
publicaron Mindsight: Near-Death and Out-of-Body
Experiences in the Blind (1999), y el autor e investigador Chris Carter
y su reciente libro The Case for the Afterlife: Evidence
of Life After Death (2025). La lista es mucho más larga, pero debemos
continuar.
Para acabar, quiero mencionar cinco de mis libros favoritos
sobre la muerte que van más allá del dominio de la ciencia y de la medicina. El
primero es del historiador de las religiones Gregory Shushan y se titula Near-Death Experiences in Indigenous Religions (2018).
El segundo es histórico y político, The immortalization
comission (2011) del escritor John Gray. El tercero es una breve joya
del filósofo David Ray Griffin, James and Whitehead on
Life after Death (2022). El cuarto es un libro antropológico
inclasificable, Die Wise: A manifesto for Sanity
and Soul (2015) de Stephen Jenkinson. El último es un clásico, La muerte de Iván Illich (1886) del escritor ruso León
Tolstoi. Te invito a la lectura de cualquiera de estas obras, puede cambiarte la
vida.
ECM made in Spain
A continuación, siento el deber (y tengo el honor) de
agradecer a aquellos verdaderos pioneros quienes hablaron de muerte en nuestro
país en una época en la que era muy difícil hacerlo. Estaba casi todo por
hacer. Ellos araron y sembraron el árido campo que hoy está empezando a dar
suculentos frutos. Estaban francamente solos y seguro que los tomaron por
locos. Yo soy un recién llegado. Ellos llevan décadas. Cuando echo la vista
atrás, sé que nuestro trabajo actual se está construyendo a hombros de esos
humildes gigantes. Os doy las gracias.
El doctor Enrique Vila López fue uno de los primeros
médicos españoles que documentó, a nivel testimonial, casos de ECM tras
reanimaciones. Su libro, obra póstuma (publicado por su mujer en 2009 tras su
muerte en 2007), se titula Yo vi la luz: experiencias
cercanas a la muerte en España. Inspirado por Moody, Vila recopiló casos
durante tres décadas recorriendo toda España. No lo publicó en vida. Su cargo
peligraría en el hospital donde trabajaba. Es revelador y trágicamente irónico
que tuviera que morirse para que su obra viera la luz como se merece. Su
minucioso pero conciso estudio de más de medio centenar de casos a partir de
entrevistas que él mismo realizó es una referencia histórica en nuestro país.
Me apetece compartir con vosotros varios pasajes de su
prefacio:
Ante
lo insólito de estos hechos, no dudé en consultar a compañeros psiquiatras y
psicólogos clínicos absolutamente escépticos al respecto. (…) sin que ningún de
los profesionales de la Medicina que teníamos conocimiento de ello lográsemos
encontrar una explicación lógica a estos sucesos. Llegados a este punto, fue
cuando decidí abandonar temporalmente la senda de la ciencia oficial, por la
que había quedado patente que no llegaría a ninguna conclusión satisfactoria,
tomando otros caminos no aceptados por el sistema, pues que estos últimos eran
la única solución disponible.
A continuación, Vila
destaca algo importante:
Evidentemente,
el fenómeno existía, aunque nadie fuese capaz de comprenderlo, y menos aún
de explicarlo.
De hecho, sus investigaciones
vinieron catalizadas por la capacidad de su mujer de controlar «experiencias
extracorpóreas» a voluntad. «Inmerso en estas investigaciones, llega a mis
manos Vida después de la vida, la primera de las
obras de Raymond Moody publicada en España». Entonces Vila añade:
Comprendí
la necesidad de llevar a cabo dos actividades esenciales para la toma de
consciencia respecto a una fenomenología que, pese a ser profundamente
desconocida, no por eso era menos real e importante. La primera de estas
acciones consistía en continuar la labor prospectiva iniciada, e intensificar
los contactos con personas que hubieran sido o fuesen actores en experiencia de
este tipo, y además con otros investigadores interesados en estas
cuestiones. La segunda era dar a conocer al gran público la existencia de estos
fenómenos.
Los retos de entonces son, en
cierta medida, parecidos a los de hoy:
Uno
de los principales obstáculos con los que me he topado en mis largos años de
pesquisas ha sido la renuencia de la gente cuando se trata de hablar de
cuestiones «mal vistas» socialmente. El temor a que la familia y los amigos los
tachen de desequilibrados ha hecho que sean silenciados muchos casos que, no
por ser ocultados, han sido menos reales y verídicos.
Su libro vio la luz cuando él
ya había cruzado el túnel. Estaba claramente dirigido tanto para los que creen
(en Dios, en la ciencia, o en ambas) como para los que no.
Vila nos ofreció valiosas descripciones de ECM, pero haría
falta un contexto científico en el cual poder empezar a enmarcarlas. A los
pocos años, el doctor José Miguel Gaona, referente desde la psiquiatría y
también en los medios de comunicación, publicó Al otro
lado del túnel: un camino hacia la luz en el umbral de la muerte (2012),
un libro extenso, riguroso y profundo que contribuiría decisivamente a difundir
el abordaje científico de estos fenómenos. Honrando la experiencia de que algo
extraño ha pasado aquí, Gaona introdujo otra pregunta: ¿qué puede haber pasado
aquí? En un libro posterior, El límite: una profunda
investigación sobre la consciencia, el cerebro y las experiencias cercanas a la
muerte (2015), analizó de nuevo casos reales, esta vez expandiendo el
foco de la muerte a la consciencia. Gracias a su trabajo también pionero en
España (y fuera de ella), captaría la atención de la comunidad más escéptica
que, poco a poco, cambiaría la vergüenza ajena por una curiosidad creciente que
eventualmente se transformaría en interés profesional genuino.
Otro referente en este país lo tenemos en la doctora Luján
Comas, especialista en anestesiología y reanimación y presidenta de la
Fundación Icloby. Junto con Anji Carmelo publicó ¿Existe
la muerte? Ciencia, vida y trascendencia (2014). Comas aportó la visión
científica y técnica desde la medicina y Carmelo la complementó con la parte
más trascendente. Este libro fue la culminación de más de una década de clases
y conferencias que la doctora Comas llevaba impartiendo desde el año 2000, unos
años aquellos de trabajo en total soledad y en los que parecía que la muerte no
tenía lugar en nuestra sociedad. Recientemente Comas ha coeditado junto con
Xavier Melo (fundador y CEO de la Fundación Icloby) el libro Vida más allá de la vida: transformaciones espirituales
derivadas de las experiencias cercanas a la muerte (2025), con
contribuciones de Raymond Moody, Pim van Lommel, Bruce Greyson, Emilio Carrillo
y Manuel Sans Segarra, entre otras figuras destacables del panorama nacional e
internacional.
Al contexto experiencial, médico y científico, se suma
también el periodístico. El escritor y periodista Juan José Benítez recogió
cientos de testimonios postmortem, incluidas ECM,
y los publicó en Estoy bien: el más allá nunca estuvo
tan cerca (2014). Su influencia en el imaginario popular español es más
que notable. Asimismo, destaca el trabajo del doctor Miguel Ángel Pertierra,
quien se sumó a divulgar ampliamente sobre estos temas en radio y congresos, y
escribió La última puerta: experiencias cercanas a la
muerte (2014), donde recoge testimonios y análisis desde la medicina
hospitalaria.
Hay, por supuesto, más personas que han hecho un trabajo
importante, ya sea de investigación o de divulgación sobre ECM en España en los
últimos años, como los doctores Vicente Arráez, Mariano Betés y José
Alonso. Os pido disculpas, pues no puedo mencionarlos a todos aquí. También en
el tema del duelo y el acompañamiento consciente de personas en procesos de
final de vida, encontramos a profesionales como la psicopedagoga Pilar de la
Torre y el oncólogo y referente en cuidados paliativos Enric Benito,
especialista en experiencias de trascendencia al final de la vida.
No quiero olvidarme de dos de mis obras favoritas: el
maravilloso libro Eres inmortal: experiencias cercanas a
la muerte y un mapa del más allá (2024) del filósofo Vicente Merlo, y la
monumental obra El yo no muere: fenómenos paranormales
verificados durante experiencias cercanas a la muerte (2016), de Titus
Rivas, Anny Dirven y Rudolf Smit. Publicado originalmente en neerlandés,
lo ha traducido al español en 2024 un sabio discreto de las ECM en España,
Alejandro Agudo, junto con Eduardo Fulco.
Y para acabar, cómo no, resaltar al archiconocido doctor
Manuel Sans Segarra y su reciente libro La
supraconsciencia existe: vida después de la vida (2024), que ha abierto
el boquete definitivo en la trinchera para que otros podamos ahora cruzar el
alambre de espino sin apenas rasguños.
Se trata del libro de no ficción más vendido en España en
2025. En menos de un año de su publicación, va por la edición número veinte.
Además, se ha publicado en Uruguay, Colombia, Perú, Chile, México, Ecuador y
Argentina. Con más de cuatrocientos mil lectores en todo el mundo, se ha
traducido al italiano, al portugués, al polaco, al chino, al francés, al ruso y
al inglés. El impacto no es solo nacional —esta vez parece que el tsunami ha
empezado de puertas para afuera, de España al resto del mundo—. Creo que el
fenómeno editorial del doctor Sans Segarra es simultáneamente causa y
consecuencia de un fenómeno social. La gente tiene sed de trascendencia, pero
arraigada en la medicina y la ciencia. El tapón ha salido de la botella. Ya no
hay vuelta atrás.
Gracias a
todos
Es gracias a los pacientes que las contaron, a los
médicos que las escucharon y estudiaron, a los autores que las publicaron,
y a ti que te has interesado por ello, que la consciencia social por las
experiencias cercanas a la muerte ha ido creciendo exponencialmente en los
últimos años.
No hace tanto, cuando ibas a la librería, podrías encontrar
algunos de estos libros en la sección de esoterismo o, en el mejor de los
casos, en la de autoayuda. Ya no es el caso. Son buenas noticias. No es que
piense que lo esotérico no exista o que la gente no necesite (auto)ayudarse.
Pero por fin hoy también podemos encontrar estos temas en otras partes de la
librería, reflejando que la sociedad está más receptiva y preparada para
tomarse la muerte y sus misterios en serio.
3. EVIDENCIAS Y POSIBLES EXPLICACIONES
¿Sobrevive algo de nosotros cuando morimos? ¿Qué quedará de
ti cuando tus pulmones se detengan, tu corazón deje de latir y, finalmente, en
tu cerebro cesen las tormentas eléctricas ? ¿Es la muerte el final de nuestra
existencia? ¿Qué dice la ciencia? Nos metemos ya de lleno en el tema.
Las experiencias cercanas a la muerte (ECM) son un fenómeno
privilegiado para investigar la relación entre cuerpo y alma (o entre cerebro y
mente, si te suena mejor).
En ese umbral entre la vida y la muerte se abre una brecha
interesantísima para estudiar científicamente hasta qué punto es posible estar
consciente —tener una experiencia subjetiva— durante la muerte clínica,
y más allá.
Que la consciencia puede independizarse primero parcial y
luego totalmente del cerebro es una condición necesaria para que pueda haber
vida después de la vida. En el otro sentido, las ECM sugieren que la mente
puede funcionar aparte del cerebro. Que la consciencia va más allá de la
materia.
Estudios
retrospectivos
Como hemos visto en el capítulo anterior, la curiosidad de
algunos cirujanos y psiquiatras comenzó a agrietar la pared de lo aprendido en
su extensa formación médica y científica. Empezaron a prestar más atención a
estas experiencias y recogieron progresivamente más casos de pacientes que, al
haber sido reanimados con éxito tras una parada cardiorrespiratoria, contaban
percepciones y recuerdos que habrían sucedido durante la misma, es decir,
estando clínicamente muertos. Estas anécdotas se recogieron, se ordenaron,
y se analizaron con rigor y se convirtieron en datos. La evidencia
fenomenológica comenzó a convertirse en ciencia. Cada vez había más interés.
Distintas universidades y hospitales se pusieron manos a la obra, incluida la
IANDS (acrónimo en inglés), la Asociación Internacional para Estudios Cercanos
a la Muerte, oficialmente fundada con ese nombre en 1981 (¡el año que yo nací!)
por John Audette, Bruce Greyson, Raymond Moody, Ken Ring y Michael Sabom.
Estudios
prospectivos
Los primeros estudios fueron «retrospectivos», es decir,
los datos recogidos eran de pacientes que habían tenido una ECM «antes» de que
la investigación hubiera comenzado. Estos datos son totalmente válidos, pero
los investigadores decidieron subir el listón y empezaron a hacer estudios
«prospectivos». En esta segunda oleada, se estudiarían los pacientes que
tuvieran una ECM «después» de que la investigación se pusiera en marcha.
Esto es importante por varias razones: permitía entrevistar
a los pacientes poco después de su experiencia (en vez de años más tarde), se
disponía de su diagnóstico médico y de información detallada de su medicación
durante la ECM, además de información sobre sus antecedentes tanto médicos como
socioculturales. Además, se podría hacer un seguimiento detallado a lo largo
del tiempo, viendo la evolución de la vida de estas personas años más tarde.
Algo muy importante de estos estudios prospectivos es que
permitían hacer una estimación de la prevalencia de las ECM, es decir, no solo
saber quién las tiene, sino quién no. Se minimizarían de esta forma también los
sesgos de selección. Dicho de otro modo, en un estudio «retrospectivo»
compartirían su ECM aquellos que la tuvieron, pero obviamente no aquellos que
no (no porque no regresaran, sino porque regresaron, pero no la habían
experimentado). Pero en esta segunda fase de estudios se pudo saber qué porcentaje
de personas que habían estado técnicamente en muerte clínica contaban o
recordaban una ECM tras su reanimación.
Entre los años 1988 y 2023 se han llevado casi una docena
de estudios prospectivos hospitalarios sobre ECM en distintos países del mundo:
Países Bajos (liderado por Pim van Lommel), Reino Unido (por Sam Parnia, Peter
Fenwick, Penny Sartori), Estados Unidos (Bruce Greyson, Janet Schwaninger),
Francia (Marion Mauduit). Desde la Fundación Icloby (con la que tengo el gusto
de colaborar) se está llevando a cabo el Proyecto Luz, la primera investigación
prospectiva internacional multicentro en lengua española de ECM.
El estudio
en The Lancet
Quizás el estudio más conocido es el liderado por Pim van
Lommel, en colaboración con Ruud van Wees y Vincent Meyers, y publicado en
la prestigiosa revista The Lancet en 2001. Fue un
bombazo médico y mediático.
Los pacientes estudiados fueron supervivientes de paro
cardíaco. La primera fase del estudio tuvo lugar de 1988 a 1992 (duró cuatro
años, pero luego se extendió en dos fases más hasta un total de doce años).
Colaboraron diez hospitales. Se evaluaron 344 pacientes (tras 509 reanimaciones
consecutivas satisfactorias). Recordemos aquí que por muerte clínica se
entiende que no hay respiración espontánea y que el corazón no late. Estar
clínicamente muerto es estar en parada cardiorrespiratoria.
El resultado principal del estudio fue el siguiente: la
incidencia de recuerdos durante la parada cardiorrespiratoria fue del 18 % (62
de los 344 pacientes; casi una persona de cada cinco) y la incidencia de las
ECM (según una escala que evalúa la profundidad de la experiencia) fue del 12
%. Es interesante comparar la incidencia de ECM con otros estudios
prospectivos, oscilando entre el 6,3 % en un estudio hecho en el Reino Unido y
publicado en 2001, hasta el 23 % en otro realizado en Estados Unidos y
publicado en 2002. La incidencia fluctúa, pues hay muchas variables en juego,
pero nos da una idea fiable del rango de variabilidad del fenómeno.
El segundo resultado importante del estudio en The Lancet fue que no se encontraron causas médicas,
farmacológicas o psicológicas que explicaran por qué algunos pacientes tenían
esas experiencias y otros no. La medicación no importaba. Su preferencia
religiosa, tampoco. Ni su miedo inicial a la muerte. El estudio también dio
claves de en qué pacientes eran más frecuentes las ECM (por ejemplo, los de
menor edad, o con una ECM previa) y en qué pacientes eran más intensas (en
mujeres).
Otro descubrimiento destacable del estudio fue la existencia
de cambios psicológicos positivos y significativos a largo plazo (de entre dos
y ocho años) en pacientes con ECM, en comparación con un grupo control de
pacientes que tuvieron parada y fueron reanimados, pero que no tuvieron una
ECM.
Por si
quieres saber más
Información detallada de este tipo sobre más estudios
prospectivos, así como artículos científicos recientes sobre ECM claramente
resumidos y comentados, libros principales publicados, enlaces a canales
relevantes de divulgación en YouTube, y hasta un glosario (con
definiciones claras de distintos tipos de experiencias trascendentes y las
diferentes escalas que existen en la literatura científica para medirlas), todo
ello lo puedes encontrar en Recursos ECM España (ecms.es), una web en español
para personas interesadas en profundizar en el fenómeno de las ECM.
Te invito a que navegues por la web, creada y liderada por
Alejandro Agudo, en colaboración con Eduardo Fulco, Titus Rivas, Oscar Llorenç
y un servidor. Creemos que existe una amplia investigación en las últimas
décadas, realizada casi siempre en inglés, que no es muy conocida en el mundo
de habla hispana. Nuestra intención es acercar ese conocimiento y hacerlo
asequible a todos vosotros, de manera accesible y entendible.
Una ECM
cada 40 minutos en España…
Con mi tocayo, Alejandro Agudo, hemos tratado de estimar el
número de ECM que suceden cada año en España. Es un ejercicio especulativo, un
juego (serio) de números, para tener una idea aproximada que nos ayude a
entender mejor de qué estamos hablando. No se trata de obtener la cifra exacta,
sino de ganar algo de intuición sobre cómo de frecuente es el fenómeno. Algo
que tenga sentido para nosotros. No hace falta que me acompañes en el cálculo,
pero el resultado te interesará. Recuerda, esto son solo números aproximados.
Tomando los datos de paradas cardíacas de la Sociedad
Española de Cardiología (unas 52 300 paradas totales por año, 22 300 de ellas
intrahospitalarias, más 30 000 extrahospitalarias) y el porcentaje de
supervivencia o éxito de reanimación (un 30 % para las infrahospitalarias y un
7 % para las extrahospitalarias), se obtienen 6 690 y 2 100 supervivientes
respectivamente, un total de 8 790 supervivientes en España cada año. Tomando
ahora 12 % de incidencia de ECM por parada recuperada (basándonos en los
resultados de los estudios prospectivos hospitalarios y siendo
conservadores), obtenemos un total de 1 055 ECM/año en España, solo por paradas
cardíacas.
Ahora tenemos que dar un salto mortal, pues es dificilísimo
averiguar las ECM que suceden por otras razones, como por ejemplo durante
operaciones, partos, accidentes que no llegan a parada cardíaca, infartos,
comas, etc. Pongamos que estas otras situaciones multiplican la cifra que
acabamos de obtener por cinco (lo sé, es un tanto arbitrario, pero no importa,
puedes multiplicarla por otro factor si así lo prefieres). De todos modos, los
números nos hablan de las ECM que se conocen. Las que se callan podrían ser un
número parecido o mayor. Tendríamos entonces unas 5 000 ECM/año en España en
total.
¿Es eso mucho o poco? Depende. Comparado con la población
general española de casi cincuenta millones, es muy poco. Pero comparado con
los casos reportados (las ECM que cuenta la gente y de las que tenemos
constancia escrita), es mucho. Nos queda todavía mucho por contar… Pero no se
trata de darle más o menos importancia al fenómeno a base de matemáticas. Solo
queremos entender mejor de qué estamos hablando. En cualquier caso, la cifra no
es despreciable en absoluto. Es lo que es.
Fíjate que, según cómo lo mires, se ve de otra forma: si
dividimos las 5 000 ECM al año entre 365 días, obtenemos que tienen lugar unas
17 ECM cada día en España. ¿No te parece fantástico pensar que cada día tenemos
17 oportunidades de comprobar si hay vida después de la muerte? Además, ¡esto
es equivalente a una ECM cada 42 minutos!
Otra manera divertida de verlo que nos da otra perspectiva
es la siguiente. Asumiendo que todos los porcentajes que hemos utilizado se
mantienen constantes a lo largo de los años, si acumulamos las 5 000 ECM año
tras año, tardaríamos casi 17 años en llenar el Santiago Bernabéu de personas
que hayan tenido una ECM.
Es decir, nuestro juego de números nos dice que desde 2008
han tenido una ECM unas 84 000 personas en España. Otro dato: en cada temporada
de fútbol de Primera División se marcan unos mil goles; el número de ECM es
cinco veces mayor.
Para finalizar esta divertida excursión, veámoslo desde
otra perspectiva y hagámonos la siguiente pregunta, ¿qué otros fenómenos
relativamente raros suceden en ese orden de magnitud? Pues resulta que se ha
estimado que unos 17 000 meteoritos entran a la atmósfera de la Tierra cada
año. De estos, solo una fracción son suficientemente grandes para llegar a la
superficie terrestre: unos 6 100. Si los datos son correctos, impactarían en la
tierra (o en el mar) unos 17 meteoritos por día. Es bonito pensar que, cada
día, hay tantos sucesos de esos como ECM en España. ¿Será casualidad?
Discúlpame por entretenerme; no lo he podido evitar.
Sigamos con el estudio de Van Lommel en The Lancet.
¿Cuanto
peor, mejor?
Lo verdaderamente paradójico es que los resultados nos
hablan de una «consciencia lúcida» durante la muerte clínica. Es decir, cuando
el cerebro funciona peor (un estrés fisiológico brutal, es decir, muriéndose) o
no funciona, la experiencia es estructurada, intensa, lúcida, memorable
y transformadora. ¿Cómo puede darse una mente ampliada cuando la actividad
del cuerpo está gravemente comprometida? No hablamos de cualquier tipo de
experiencia sin ton ni son.
Sí, las ECM vienen decoradas con elementos particulares del
individuo (la escena, los caracteres, los elementos de creencia personal), pero
luego hay elementos esenciales que son compartidos. Estudios médicos
independientes muestran que la frecuencia aproximada con la que se reportan los
varios componentes (o etapas) de las ECM es la siguiente: sentir paz o alegría
(70 %), experiencia extracorpórea (55 %), encontrarse con una luz (45 %),
encontrarse con fallecidos u otros seres (40 %), entrar en un túnel (30 %),
estar en un lugar que no parece de este mundo (30 %), revisión de vida (10 %).
¿Alucinas?
Cuando hablamos de ECM, siempre hay una luz al final del
túnel: es un escéptico materialista que viene en sentido contrario con su
linterna a decirte que es una alucinación.
Sin embargo, las características de las alucinaciones no
coinciden con las de las ECM. Las alucinaciones son mayormente negativas. En
las ECM no. La gente que tiene alucinaciones suele acumular un historial
psiquiátrico. Quien tiene una ECM no. En las ECM hay elementos que se repiten,
y que tienen una lógica. En las alucinaciones no. Las ECM persisten en la
memoria durante años. Las alucinaciones no. Las ECM son transformadoras. Las
alucinaciones no.
Además, la palabra alucinación
sugiere irrealidad —lo que se percibe no corresponde con lo que entendemos por
realidad, o por lo menos con el mundo físico verificable—. Pero como
veremos al final de este capítulo, estas correspondencias en ocasiones sí se
dan, y de manera concreta, no trivial, y verificadas por una tercera
persona (normalmente un profesional).
Junto con la alucinación, se suelen sugerir otras
explicaciones psicológicas, como miedo a la muerte, el falso recuerdo
o incluso la mentira (sería como fingir tu boda para que te saquen fotos),
que son todavía más débiles. Teniendo en cuenta todos los datos, son hipótesis
muy débiles.
¿Falta de
oxígeno en el cerebro?
Otra posible explicación, esta vez fisiológica, es la de
que la falta de oxígeno (o exceso de dióxido de carbono) en el cerebro habría
causado la ECM. El problema es que no se especifica cómo sucedería eso, ni por
qué esa deficiencia daría lugar a la estructura tan rica y conservada de
experiencias anteriormente mencionada. Además, si se trata de una cuestión
estrictamente fisiológica, ¿por qué el resto de los pacientes no tuvo una
experiencia similar o, simplemente, experiencia alguna? ¿Qué pasa con el 80 %
de personas recuperadas que no reportaron ninguna ECM? Ellos también sufrirían
una grave falta de oxígeno. Es difícil de creer que todos y cada uno de ellos
tuvieran un ECM y no la contaran por miedo o porque no la recordaron.
Recordemos que no hay que estar técnicamente muerto para
vivir una experiencia cercana a la muerte. En la literatura médica encontramos
constelaciones de fenómenos similares. El abanico es amplio: shock posparto, accidentes de tráfico (sin parada
cardiorrespiratoria), asfixias, intentos de suicidio, electrocuciones,
situaciones de muerte inminente, y mi propia ECM en el hospital (sin
parada cardiorrespiratoria). Quizás sea ahora momento para dar una definición
más precisa de qué se entiende por una ECM: experiencia subjetiva, consciente,
intensa, profunda, nítida e indeleble que ocurre en períodos de inconsciencia
durante crisis fisiológicas graves (incluyendo paros cardíacos), en estados
críticos de salud, o ante un peligro físico intenso o en situaciones de
angustia extrema.
¿Simulación?
El tema se pone cada vez más interesante, pues cada
interpretación e intento de explicación abre una nueva pregunta. Resulta que es
posible, estimulando una zona del cerebro de manera artificial (Blanke, 2004),
provocar una experiencia fuera del cuerpo en la que una persona se vea flotando
en el techo de su habitación (estas experiencias extracorpóreas también
suceden, por cierto, de manera natural, y no necesariamente durante una
ECM). Algunos investigadores proponen entonces que las ECM las produciría
precisamente esa zona del cerebro. Pero, que uno pueda inducir un estado
artificialmente no significa que cuando se dé de forma natural tenga que
producirse de la misma manera. La falacia lógica vendría a ser esta: que yo
pueda simular el amor no significa que el amor de verdad no exista. Al parecer,
algunos creen que el cerebro moribundo es también un cerebro ilusionista.
De hecho, todas estas hipótesis (falta de oxígeno,
alucinación, simulación, etc.) deberían contrastarse encontrando a alguien que
haya vivido ambas experiencias —la supuestamente real y la ficticia— y
simplemente preguntarle si es lo mismo. Es ilustrativo el caso de un piloto que
sufrió hipoxia (falta de oxígeno) en vuelo a consecuencia de someterse a
grandes fuerzas de aceleración, y años después tuvo una ECM. La una no
tuvo nada que ver con la otra:
Me
encontré flotando en un túnel oscuro, en paz y en calma, pero completamente
despierto y consciente. Sé que la experiencia del túnel se ha atribuido al
cerebro privado de oxígeno, pero como expiloto que ha experimentado la falta de
oxígeno en altitud, puedo afirmar que para mí no hubo similitud alguna. Al
contrario, toda la experiencia [la ECM] desde el principio hasta el final fue
absolutamente clara, y ha permanecido así durante los últimos quince
años.» (Fenwick y Fenwick, 1997)
¿No estaba
muerto, estaba de parranda?
No hay duda de que un gran número de ECM suceden durante la
muerte clínica, pero ¿suceden cuando la actividad del cerebro está también
plana? La penúltima cuestión es si el cerebro estaba realmente apagado en toda
esta historia.
Hemos explorado formas de medir qué pasa en la mente cuando
el cerebro se muere. También hay formas de ver qué pasa en el cerebro cuando la
mente quizás aún no ha muerto. Vayamos al cerebro. ¿Qué pasa en la cabeza
cuando el corazón está parado?
Se sabe que, en una parada cardíaca, las personas pierden
la consciencia en cuestión de segundos. Se quedan también muy pronto sin
reflejos cerebrales y, por supuesto, dejan de respirar. Su electroencefalograma
(EEG) —que mide la actividad eléctrica del cerebro colocando electrodos en el
cuero cabelludo— se queda también plano en unos diez o veinte segundos.
A ningún paciente se le resucita en menos de medio minuto —típicamente se
tardan unos tres o cuatro minutos—. Por lo tanto, la hipótesis más plausible es
que en los casos hospitalarios que hemos estado discutiendo, todos tenían un
EEG plano, a la vez que tenían su consciencia mejorada y su percepción
expandida.
Podemos rizar más el rizo y preguntarnos si aún podría
haber actividad neuronal en áreas más profundas del cerebro, pues un EEG es una
técnica no invasiva superficial (en el sentido de que es como si estuviéramos
escuchando la actividad del cerebro detrás de una pared, en este caso, el
cráneo). Hay cerca de 80 mil millones de neuronas solo en nuestra cabeza. Aun
moribundas ellas también, ¿serían capaces de producir estos maravillosos fuegos
artificiales en nuestra cabeza? Hay gente que se agarra a un clavo ardiendo;
otros, a una neurona muriendo.
La situación, de nuevo ideal, consistiría en poder bajar el
volumen del cerebro exactamente a cero mientras todavía hay música en la mente.
¿Será ciencia ficción?
Tener un electroencefalograma plano (sin señal, con el
marcador a cero todo el rato) no es lo mismo que sufrir una «muerte
encefálica», esto es, la pérdida permanente e irreversible de actividad
cerebral. Las neuronas no solo estarían apagadas, es decir, sin actividad ni
función, sino que empezarían a morirse y ya no se podrían recuperar. No se
conoce, hasta donde yo sé, ningún caso de ECM tras un diagnóstico de muerte
encefálica. Eso no quita que sea posible vivir una ECM en esa situación, pero
aquellos que la vivan probablemente nunca podrán regresar para contarlo porque
su cerebro sería irrecuperable. La diferencia entre «muerte encefálica» y
«muerte clínica» es importante, pues durante la muerte clínica sí sabemos que
puede haber una ECM (incluso cuando el cerebro está inactivo), pero durante la
encefálica, el cerebro no solo está inactivo, sino que no se podrá volver a
activar. Durante la muerte clínica, pasados unos 30 segundos del paro cardíaco,
cuando el EEG se aplana, podemos pensar en un cerebro como en un ordenador
cuando está desenchufado, fuera de funcionamiento. Se puede volver a enchufar y
volver a funcionar más tarde (al contrario de la muerte encefálica), pero en
ese momento está apagado y sin función. Las ECM siguen siendo ahí inexplicables
fisiológicamente.
Hay muchas formas de morir y, por lo tanto, también
distintas maneras de estudiar qué pasa en el cerebro en situaciones críticas
más allá de los casos típicos de parada cardiorrespiratoria que venimos
comentando. Recientemente se ha podido medir, en muy pocos pacientes, un
aumento súbito de la actividad en ciertas áreas del cerebro mediante técnicas
de EEG. Es el caso de dos pacientes en coma (eran cuatro en total, pero solo se
encontró actividad en dos de ellos) a quienes se decidió desconectarles el
soporte vital (Xu et al., 2023) —años antes se
hicieron estudios parecidos en ratas (Borjigin et al.,
2013), provocándoles un paro cardíaco en el laboratorio— o el de un paciente
que murió tras un paro cardíaco mientras tenía un EEG puesto (Vicente et al., 2022).
Estos estudios son interesantísimos y además tienden a
llamar mucho la atención de los medios de comunicación, pues parece que se ha
pillado in fraganti la huella de una ECM en el
cerebro. Sin embargo, a pesar de haberse registrado actividad eléctrica
terminal, la señal casi nunca va más allá de esos 30 segundos tan relevantes
después del paro cardíaco. Es decir, en estos estudios, la mayor parte de la
actividad cerebral que se muestra sucede antes de que el corazón se pare o como
mucho durante el primer minuto del paro cardíaco. No está claro que esa
actividad terminal del cerebro sea también cognitiva (si esos breves y
repentinos picos fisiológicos tienen relevancia psicológica), o incluso
que sean tan solo artefactos. Dicho de otra manera, aunque haya actividad (con
el corazón todavía en marcha o justo tras detenerse), no parece realmente el
tipo de actividad que daría lugar a estados cognitivos o conscientes, por mucho
que a veces se fuercen las interpretaciones de los datos hacia una entendible
visión neurobiológica reduccionista (Marital et al.,
2025). Es muy difícil llevar a cabo este tipo de estudios y se necesitan muchos
más casos para poder afinar las conclusiones.
¿Por dónde
seguimos? ¿Qué nos queda?
Nuestra búsqueda empedernida de explicaciones es una gran
virtud, pero se puede convertir en obstáculo cuando nos obsesionamos con ellas
—acabamos proponiendo justificaciones, en vez de explicaciones—. A estas
alturas, ya no cuenta el argumento de que el paciente no estaba realmente
muerto porque se lo pudo revivir. Tampoco servirá decir que hay que tomarse
estas experiencias «seriamente, pero no literalmente».
La experiencia humana es la materia prima de trabajo de la ciencia de la
consciencia.
A pesar de los múltiples intentos de correlacionar la
fenomenología y la psicología (lo que pasa en la mente, la experiencia
subjetiva) con la neurofisiología (lo que pasa en el cerebro) y con otras
condiciones objetivables y controlables (como la medicación, los antecedentes,
etc.) seguimos sin explicación científico-médica de por qué y cómo la gente
tiene una ECM. A medida que las explicaciones tanto psicológicas como
biológicas reduccionistas se van quedando cortas, ¿qué pétalos nos quedan en
esta maltrecha margarita? Nos vamos quedando sin explicaciones biológicas y
psicológicas, sobre todo aquellas que rezan que la mente «no es nada más que»
actividad neuronal. Seguimos profundizando en el enigma de la relación entre
cerebro y consciencia, esa «extraña pareja» que nos trae de cráneo.
¿Viendo el
«más acá» desde el «más allá»?
Regresemos a lo que sucede en una ECM. Estas experiencias
pueden tener un doble componente: uno que podríamos llamar «espiritual» (a
falta de un nombre mejor) y otro que podríamos llamar «físico». Dicho de otro
modo, la persona que tiene una ECM puede estar viendo seres de luz en las nubes
o el personal sanitario en la sala de reanimación. El primer caso es difícil de
verificar: ¿cómo cotejar esa otra realidad científicamente? El segundo caso es intrigante.
Este tipo de percepciones suceden desde una perspectiva que está fuera del
cuerpo de la persona que las experimenta, una experiencia extracorpórea. Hay
que tener en cuenta además que no solamente el paciente estaría inconsciente
según la medicina al uso, sino que es muy probable que los cinco sentidos del
paciente estén fuera de juego. Por muy inverosímil que parezca, lo interesante
aquí es que uno puede comprobar si lo que cuenta el paciente sucedió en el
mundo físico. Sería como tener un pie fuera de este mundo y un ojo dentro.
Deberíamos pues buscar casos en los que se dé una ECM, con
un componente EEC, con una percepción verificable, y finalmente
corroborarla. Estaríamos entonces en situación de acercarnos mucho a una
respuesta casi definitiva sobre la realidad de una mente que pueda operar fuera
del cerebro, incluso sin él…
¿Tabletas en el techo?
Se nos acaba la tinta, pero intentémoslo una vez más. El
equipo de Sam Parnia intentó el experimento que justo acabamos de describir. Lo
hizo poniendo unas tabletas mirando hacia el techo de la sala de operaciones,
no visibles por nadie del equipo, y con imágenes que cambiaban
aleatoriamente.
Esta era la jugada de una dificultad extrema: alguien se
muere, le practican la reanimación, le pueden colocar un EEG, consiguen que
vuelva, recuerda la experiencia, quiere contarla, resulta que es una ECM, que
tiene además un componente de experiencia extracorpórea, y con
percepciones verificables, cuyo momento coincide con el del EEG plano,
y se comprueba que la percepción de la imagen de la tableta fue la
correcta. Se consiguieron todos los pasos menos el último. Como el trapecista
que en su número final se cae al suelo.
Si lo hubieran conseguido, quizás se habrían llevado un
Premio Nobel. A pesar del fracaso de no encontrar lo que buscaban, su gran
éxito fue ratificar que no hay nada que ver utilizando esa metodología. Aparte
de algunos problemas técnicos que no vamos a mencionar ahora, me pregunto por
qué una persona muerta se interesaría por un objeto que el experimentador ha
escondido. Es encomiable el valor por innovar en un campo a menudo un tanto
«viejoven». Pero no parece que sea este el experimento crucial que nos saque de
la duda y del atolladero. Habrá que buscar en otro lugar. Quizás más allá de la
cabeza.
¿La prueba
del cielo?
Dadas las evidencias hasta la fecha, ¿crees que apuntan a
favor o en contra de la supervivencia de la consciencia tras la muerte? Visto
lo visto, ¿tú qué opinas?
Si la paciencia es la madre de la ciencia, la evidencia es
su padre. Por favor, no olvidemos que en el terreno de la ciencia una
«evidencia» no significa ni que algo sea «evidente», ni que lo que se muestre
sea una «prueba irrefutable». Todas estas investigaciones siguen en marcha. Más
datos y mejores interpretaciones irán decantando la balanza. No hay nada
demostrado todavía. No, la ciencia no ha demostrado (todavía) que el alma
existe y sobrevive a la muerte. Tampoco ha demostrado lo contrario. Tanto los
«escépticos» que creen firmemente que no, como los «creyentes» que están
seguros de que sí, deben tener paciencia.
La ciencia empírica no funciona como un teorema matemático.
Una demostración matemática, si es correcta (y aceptas sus premisas), te obliga
a aceptar el resultado. La razón va encadenada por todo el trayecto, como si
fuera una vía ferrata que asciende por una montaña: no te puedes caer, pero
tampoco puedes salir del recorrido. O sigues adelante y lo completas,
o das marcha atrás y abortas la misión. El camino es difícil, pero seguro.
No hay libertad, hay certeza.
Pero, insisto, las evidencias en ciencia (no solo respecto
a la causa de las ECM, sino en cualquier otro ámbito) son más bien como las
pruebas que un abogado presenta ante un juez, un fiscal y un jurado.
Pensemos en ellas como indicios más que como certezas. Es decir, las evidencias
son como pruebas, pero por sí solas no prueban nada definitivamente. La
diferencia es sutil pero importante.
Se trata de trascender la mentalidad binaria y absolutista
(«seguro que sí» o «seguro que no») basada en la «prueba irrefutable» y
centrarse en algo más sofisticado: «la carga de la prueba», más allá de la
«duda razonable». En vez de un emoticono con el pulgar arriba o abajo, hay que
imaginarse una balanza sobre la que se van colocando evidencias para ver hacia
dónde se inclina, hacia una hipótesis o hacia otra. Pronto pondremos en uno de
los platos de esa balanza una gran alternativa a la noción habitual de cerebro
(el cerebro como órgano permisivo, en vez de productivo). Quizás eso nos aporte
perspectiva y claridad respecto a lo que puede estar pasando. Mientras tanto,
sigamos trabajando.
Seis casos
«imposibles»
Te he guardado lo mejor para el final. Es una sorpresa.
Quiero acabar este largo capítulo con seis casos verdaderamente
extraordinarios. Van a poner a prueba tanta credulidad (y también tu
incredulidad). Abróchate el cinturón. Despegamos.
El primer caso lo podríamos titular «Sullivan y el extraño
aleteo del cirujano». A Sullivan se le sometió a una cirugía de emergencia, un
cuádruple bypass, en el hospital Hartford de
Connecticut. Después de la anestesia, tuvo una ECM. Cuando recuperó la
consciencia, le dijo al cardiólogo, el Dr. Anthony LaSala, que había visto la
sala de operaciones desde arriba, mientras el cirujano cardíaco, el Dr. Takata,
batía sus codos como si estuviera tratando de volar. El Dr. Takata confirmó que
lo que Sullivan llamó «aletear» era una práctica habitual suya para dar
instrucciones a su asistente, señalando con los codos, ya que no quería que sus
manos tocaran nada. Una práctica que, por otro lado, el Dr. LaSala declara que
no ha visto hacer a ningún otro cirujano. Sullivan también vio a los médicos
trabajando en su pierna cuando el problema estaba en su corazón. Más tarde se
enteró de que le estaban extrayendo una vena de la pierna para crear un bypass coronario. El Dr. Greyson investigó el caso y
confirmó que su cerebro estaba completamente anestesiado y que sus ojos estaban
pegados con cinta (algo que a menudo se hace para evitar que se resequen).
(Greyson, 2021)
El segundo caso podría llamarse «En busca de la dentadura
perdida». Un hombre de cuarenta y cuatro años llegó en estado de coma al
Hospital Rijnstate en Holanda. Cuando la enfermera intentó reanimarlo,
descubrió que el paciente usaba dentadura postiza, la retiró y la colocó en el
carrito del paciente. Una semana después, cuando el hombre recuperó la
consciencia, esa misma enfermera fue a su habitación. Entonces él exclamó: «Tú
sabes dónde está mi dentadura (…) estabas allí cuando me trajeron al hospital,
y tú sacaste la dentadura de mi boca y la pusiste en ese carrito. Tenía
todas esas botellas encima, y había un cajón deslizante debajo,
y allí pusiste mis dientes». (Van Lommel et al.,
2011)
El tercer caso lo llamaremos «Pam Reynolds y una canción
imposible de escuchar». La cantante y compositora Pam Reynolds se sometió en
1991 a una cirugía para extirpar un aneurisma en la base de su cerebro mediante
un procedimiento conocido como «paro cardíaco hipotérmico», que consiste en
enfriar su cuerpo a unos 16 grados centígrados, detener su corazón y luego
drenar la sangre de la cabeza. Sus ojos fueron lubricados y sellados con cinta
adhesiva. En sus oídos se colocaron pequeños audífonos que emitían clics
continuos a 100 decibelios con el fin de detectar cualquier señal eléctrica en
el tronco encefálico, asegurándose de que el cerebro estuviera completamente
inactivo durante la operación. Después de la cirugía, Reynolds afirmó que, una
vez que el cirujano comenzó a cortar su cráneo, sintió que «salía» de su cuerpo
y flotaba por encima, observando cómo los médicos trabajaban. Fue capaz de
relatar varios detalles sobre lo que había sucedido. Describió las herramientas
que se utilizaron, así como una conversación entre los médicos: «prueba el otro
lado», «tenemos un problema, sus arterias son demasiado pequeñas». También dijo
haber escuchado la canción Hotel California. Un
año después, compartió su experiencia con el Dr. Spetzler, quien no verificó
los detalles. Pero el Dr. Michael Sabom sí lo hizo, y pudo corroborar con
Pam Reynolds que todo aquello había ocurrido como ella lo describió. (Sabom,
1981)
El cuarto va sobre «Vicki Umipeg, la mujer ciega de
nacimiento que se sorprendió al verse a sí misma desde el techo». Vicki Umipeg
nació de forma prematura, con un peso de solo 1,3 kilos. Nació ciega debido a
un exceso de oxígeno en la incubadora, lo que destruyó su nervio óptico. Una
noche, cuando tenía veintidós años, sufrió un accidente de coche con lesiones
graves, incluida una fractura de cráneo. Después de llevarla a una sala del
Hospital Harborview, ella sintió que salía de su cuerpo y flotaba hacia el
techo. Escuchó a un médico hablando sobre la posibilidad de que el daño en su
tímpano pudiera dejarla sorda también. Después miró hacia abajo y vio un
cuerpo, sin darse cuenta al principio de que era el suyo (ya que nunca lo había
visto antes). Después se dio cuenta de que era ella porque reconoció su anillo
de bodas. A continuación se enfadó al ver que le habían rapado el pelo.
También vio que su cabeza estaba abierta y que había mucha sangre (aunque no
pudo identificar el color rojo, ya que no sabía lo que es un color). Después
«salió por el techo» y tuvo una experiencia cercana a la muerte trascendental y
maravillosa. (Ring y Cooper, 2008)
Seguimos con la sexta, «Holly y la mancha de tomate en la
corbata». El Dr. Greyson se manchó la corbata con salsa de tomate justo antes
de entrevistar a Susan, la compañera de habitación de una estudiante llamada
Holly. Holly estaba inconsciente en una habitación del hospital tras haber
intentado suicidarse con una sobredosis de sustancias. La entrevista con Susan
tuvo lugar lejos de la habitación de Holly. Al día siguiente, durante la
entrevista con Holly, ella le dijo «Llevabas una corbata a rayas con una mancha
roja». Greyson afirma que no había manera de que Holly pudiera haberlos visto o
escuchado hablar al final del pasillo. Además, subraya algo del incidente que
le pareció todavía más increíble. Resulta que Holly repitió luego la
conversación que el Dr. Greyson había tenido con Susan, «todas mis preguntas y las
de Susan…, sin cometer ningún error», remarca Greyson. (Greyson, 2021)
Acabamos con un relato no menos inconcebible, el de «María
y la zapatilla en el tejado». María sufrió un ataque al corazón mientras
visitaba a unos amigos en Seattle en 1977, y fue trasladada de urgencia al
Hospital Harborview, donde fue ingresada en la unidad de cuidados coronarios.
Poco después, tuvo un paro cardíaco y fue reanimada rápidamente. Al día
siguiente, fue visitada por la trabajadora social de cuidados intensivos
Kimberly Clark, profesora en la Facultad de Medicina de la Universidad de
Washington. María le contó que, durante su paro cardíaco, pudo verse desde el
techo, observando al equipo médico trabajando en su cuerpo. Dijo que luego se
encontró fuera del hospital, donde vio una zapatilla deportiva azul en el borde
de la cornisa del tercer piso, en el lado norte. Uno de los cordones estaba
atrapado debajo del talón y la zona del dedo pequeño estaba desgastada. Clark
subió al tercer piso y comenzó a buscarla. Las ventanas eran muy estrechas,
y tuvo que presionar su cara contra el vidrio para poder ver la cornisa.
Finalmente, encontró una habitación desde la cual, al mirar hacia abajo, pudo
ver la zapatilla. (Clark, 1995)
Creo que con esto es suficiente. Como dijo Sir William
Crookes: «No dije que fuera posible; simplemente dije que ocurrió». Que cada
cual saque sus conclusiones.
4. IMPLICACIONES
Ya hemos visto qué son las ECM y cómo se estudian
científicamente. Vamos ahora con algo más pragmático: ¿qué significado tienen
en nuestra vida?, ¿de qué nos sirve todo esto en lo individual y en lo
colectivo? Es decir, pasamos de las evidencias y sus posibles explicaciones a
sus implicaciones.
Las consecuencias de las ECM se hacen notar en varios
aspectos: transformaciones personales y familiares, cambios de perspectivas
sociales sobre la muerte y el morir, y redefiniciones técnicas de
conceptos fundamentales tales como qué es la vida y cuándo acaba realmente, qué
es el cerebro, o dónde está la consciencia. Hayas tenido tú una ECM o no,
esto te interesa.
Me decía en una entrevista Pim van Lommel, cardiólogo y
autor de Consciencia más allá de la vida (2007),
que lo importante para él ahora no es tanto hacer más investigaciones —que
también, obviamente, pues la ciencia debe continuar—, sino compartir este
conocimiento con la sociedad. Hay que dedicar energía a comunicar la ciencia
más allá de la ciencia y hacer llegar las ECM al público general. Nos habla Van
Lommel de las ECM en el contexto del futuro de nuestro mundo. Las lee en clave
de amor incondicional. No se trata de repartir falsas esperanzas, sino de
compartir un mensaje esperanzador. Algo que sea bueno, bello y verdadero.
Las ECM
cambian tu vida
Empecemos por lo personal. Siete minutos en el otro lado
pueden cambiar tu vida para siempre. Lo más importante que hay que destacar es
que las ECM transforman la vida de quienes las experimentan. Sea cual sea el
mecanismo cerebral, su realidad es innegable. Son intangibles, pero su efecto
es bien palpable.
Estudios científicos en pacientes que tuvieron (y contaron)
una ECM tras ser reanimados en el hospital muestran que su miedo a la muerte se
mitiga tras la experiencia, además de crecer en empatía hacia ellos mismos, los
demás y la naturaleza. Estos cambios psicológicos son positivos, profundos
y persistentes. Incluyen mayor expresión de emociones, aceptación de los demás,
interés por lo espiritual y valorización de lo cotidiano. Esto no sucede en
aquellos que sufrieron una reanimación cardiopulmonar, pero sin tener una ECM.
Quien ha pasado por una ECM se siente más conectado a todos y a todo. El otro
lado del túnel parece rociar a quien regresa del amor incondicional.
Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. En lo personal,
las ECM pueden convertirse en equipaje de mano pesado. Son muy difíciles de
compartir porque no sabemos bien cómo expresar eso que va más allá de las
palabras. Además, nuestros familiares y amigos van a tener dificultades en
entenderlas, si es que se las creen. Pueden pasar muchos años hasta que uno
empieza a aceptarlas y luego a integrarlas en su vida. Yo he conocido casos de
personas que lo han guardado en secreto durante décadas. Ese tiempo de soledad
e incomprensión, ante algo tan dramático como desconcertante, pero a la vez
maravilloso e inefable, puede propiciar separaciones de pareja e incluso llevar
a la depresión.
Más allá de las luces y las sombras del fenómeno, de lo que
no hay duda es de que estas experiencias son indelebles. No se borrarán nunca
de nuestra memoria. Es más, me atrevería a decir que para todos los que hemos
estado en el umbral, esa experiencia es una de las más importantes y
significativas de nuestra vida, a la par del nacimiento de un hijo o haber
encontrado el amor verdadero.
Me atrevo a aventurar la siguiente conjetura. A pesar
de la enorme dificultad para hablar de ello, hay algo en las ECM que parece que
impela a quien la ha vivido a contarla. En algunas ocasiones las personas
reciben un mandato concreto en el túnel: vuelve y haz que la gente lo sepa.
Otros no reciben el mensaje o se lo guardan. Lo cierto es que, ya sea de forma
explícita y deliberada o con una implícita pero irrefrenable sensación, hay un
ímpetu extraordinario para que la visión del umbral hacia otra vida se sepa en
esta. A veces incluso da la sensación de que viene promovido desde el otro
lado.
Más allá
de lo personal
El doble aspecto, maravilloso y terrible, de una ECM se
propaga como ondas sísmicas durante un terremoto hasta los familiares y amigos
de la persona que la ha experimentado. Ellos también pueden beneficiarse de la
experiencia, aunque no la hayan vivido en primera persona. En primer lugar,
escucharán en el mero hablar de la muerte un recordatorio presente de su propia
mortalidad. Es increíble, pero nos olvidamos durante casi toda la vida de que
algún día moriremos. La ECM servirá a su vez como reflejo anticipado de un
morir que no sea pura angustia o, simplemente, la nada absoluta. Uno se puede
plantear, quizás por primera vez, que morir en el fondo puede no ser tan
terrible.
Ampliando el horizonte, las implicaciones que estamos
sugiriendo aquí a propósito de una ECM se extienden y amplifican cuando además
tenemos en cuenta una constelación mayor de fenómenos alrededor de la muerte y
el morir. Hablaremos de ellas en el próximo capítulo. Se trata de diversos fenómenos
que experimentan los moribundos y quienes les rodean, ya sea a causa de un
accidente y durante una reanimación tras parada cardiorrespiratoria, en
quirófano anestesiado durante una intervención complicada, en coma en la unidad
de cuidados intensivos, en una larga enfermedad terminal en una unidad de
cuidados paliativos, o en un lento apagarse sufriendo demencia en una
residencia de ancianos. Hay muchas formas de morir.
Son todas experiencias «cercanas a la muerte», cada una a
su manera. Los fenómenos que suceden allí desafían nuestra comprensión de los
límites de la vida, la muerte y la consciencia. Pero volviendo a las
implicaciones más prácticas, entender mejor (aunque nunca del todo) lo que está
sucediendo en cada una de estas situaciones nos permite acompañar al moribundo
con mayor coherencia, sin violentar el curso natural y sano del proceso,
extraer un aprendizaje para nuestra vida y vivirlo como un regalo, a pesar
de ser desgarrador.
Por ejemplo, cuando un anciano con demencia avanzada
experimenta un episodio de «lucidez terminal» pocas horas antes de morir (se
trata de un pico de claridad mental en el que capacidades cognitivas muy
deterioradas pueden, de manera súbita y breve, mejorar inexplicablemente)
podemos, si sabemos lo que está sucediendo, aprovechar ese momento para darle
nuestro último adiós de manera consecuente. No es infrecuente que un abuelo que
llevaba meses o incluso años sin apenas hablar ni recordar nada, de repente
reconozca a sus familiares y se ponga a conversar con ellos, estando
francamente animado, incluso feliz. Y, tras ese pico de lucidez, muera en
un par de días. Es como una estrella fugaz. Hay que estar mirando al cielo para
verla pasar.
En resumen, el mejor regalo que le puede hacer un moribundo
a sus familiares es ser ejemplo y testimonio, si las circunstancias lo
permiten, de una muerte consciente. El regalo de sus familiares y cuidadores,
el de acompañarle en una muerte digna. Ya sé que no te quieres morir. Yo
tampoco. Pero tienes que pensar cómo te quieres morir, porque morir, morirás.
Más allá
de lo familiar
No hay que detenerse en el ámbito familiar. La muerte es
también social. De hecho, la muerte y el morir son una especie de tabú
cultural: las hospitalizamos, las medicalizamos, las maquillamos y, finalmente,
las ocultamos (como el cementerio de Montjuïc durante los Juegos Olímpicos de
Barcelona 1992). Entender mejor qué hay detrás de estos procesos es de vital
importancia, especialmente en el ámbito de la sanidad. Las ECM tienen derivadas
técnicas y filosóficas, pero también éticas y políticas.
La medicina es un gran éxito, pero la muerte es su gran
fracaso —su elefante en la habitación: una gran verdad que todos ven, pero de
la que nadie quiere hablar—. Creo que en la Facultad de Medicina apenas se
enseña. Es como si los operarios de una central nuclear supieran de todo menos
qué hacer cuando se funde el núcleo del reactor. Las ECM nos hacen
replantearnos cómo se gestiona la muerte hoy en día en los centros
hospitalarios.
La primera implicación es la propia definición de muerte:
¿y si la muerte no es lo que parece? La definición de muerte clínica es esta:
cese irreversible de las funciones cardiorrespiratorias (se paran el corazón y
los pulmones). Aunque sabemos que, si nos damos prisa, esa situación se puede
revertir mediante técnicas de reanimación. Si las células de nuestro cerebro no
han sufrido daños irreversibles, podremos volver a la vida. Pero ahora sabemos
que esa definición (incluso añadiendo la de muerte encefálica) podría no
estarnos diciendo toda la verdad sobre la «muerte mental»: los órganos se
apagan pero la experiencia sigue, no hay pérdida absoluta de consciencia cuando
el cuerpo físico ha perdido absolutamente todas sus funciones.
De hecho, tradiciones como la budista ofrecen minuciosas
descripciones de lo que sucede no solo cerca de la muerte, sino durante, e
incluso después. Como el bardo, estado intermedio entre muerte y reencarnación.
Solo hay que hojear El libro
tibetano de los muertos para darse cuenta de la exquisita investigación
que se puede hacer de la muerte desde la propia mente. Los neurocientíficos
occidentales deberíamos tomar nota.
Otra implicación es no correr tanto tras la muerte clínica
de alguien, ya sea para llevárselo a la morgue o para retirarle quirúrgicamente
sus órganos para un trasplante. Si morir no es como apagar un interruptor, sino
más bien como dejar que un terrón de azúcar se diluya en una infusión, no
deberíamos apresurarnos tanto, respetando un proceso probablemente dilatado,
valioso y sutil.
Otro tema muy delicado es cómo tratar a los pacientes en
coma: ¿hay mente ahí dentro aunque el cuerpo apenas lo refleje? ¿Qué
información científica (empírica pero también referente a las teorías de la
consciencia) tenemos para tomar decisiones más éticas, por ejemplo, cuando se decide
desconectarle el soporte vital a alguien?
Finalmente, cuando la muerte es inevitable, hay que seguir
poniendo al enfermo en el centro, en vez de a la enfermedad. Los cuidados
paliativos no son una lucha contra la muerte (ni a favor de acelerarla,
o de prolongar innecesariamente la vida), sino de aliviar el sufrimiento
y, me atrevería a decir, mejorar la «calidad de muerte». Esto requiere un
abordaje a muchas bandas, entre paciente, familia, médicos, enfermeros,
burócratas y administradores. Una coordinación basada en la evidencia, pero
también en la experiencia, que alinee funciones, facilite la claridad en la
comunicación, la coherencia de información, promueva marcos para la aceptación,
garantice la seguridad y, sobre todo, esté al servicio del cuidado de los más
vulnerables.
Como se expresa maravillosamente en la pintura de Picasso Ciencia y caridad, podemos (y debemos) tratar de
implementar una ciencia de la muerte que rescate y valide el «ojo clínico» del
personal sanitario, la experiencia de los médicos, sus intuiciones —aquello que
saben pero que no saben cómo lo saben—.
Más allá
del hospital
Cambiar de opinión está en peligro de extinción. También
entre científicos, aunque no debería ser así. El arte de la ciencia consiste,
como dijo el premio nobel de física Richard Feynman, en «buscar más
diligentemente, y con el mayor de los esfuerzos, en precisamente aquellos
lugares en los que parece más probable que podamos demostrar (…) que estamos
equivocados tan rápido como sea posible, porque solamente de esta forma
progresaremos».
Me ocupa y me preocupa entender qué hace que un experto
cambie realmente de opinión. Sin embargo, dedicamos grandes esfuerzos en
mostrar que estamos en lo cierto. Esta es una cuestión metacientífica, pues
está por encima de nuestro trabajo en los despachos, consultas,
y laboratorios. Y tiene un alcance social clave, pues, si los
profesionales de la ciencia y de la salud cambian sus esquemas más profundos,
sus instituciones se verán también transformadas profundamente. El cambio puede
apretar desde fuera, por clamor popular, pero las verdaderas revoluciones
suceden desde dentro.
Habría mucho que contar sobre revoluciones científicas,
cambios de paradigma y el progreso de la mentalidad de la ciencia, que,
como dijo el también premio nobel de física, Max Planck, «avanza de funeral en
funeral». Es decir, solo cuando se muere una generación, la siguiente tiene
espacio para plantar, regar y que florezcan nuevas ideas. Sin entrar en
filosofía de la ciencia (un terreno tan fascinante como necesario), os diré la
verdad: los expertos (casi) nunca cambian de opinión.
Saben mucho y quizás siempre sigan descubriendo nuevos
detalles y aprendiendo nuevas técnicas, pero el núcleo de sus creencias (lo
fundamental) está cada vez más al fondo, intacto, casi como las profundidades
de la tierra a medida que nuevas capas de sedimentos se depositan sobre su
corteza. Quizás esa sea la diferencia entre un experto y un sabio. Necesitamos
pues, de vez en cuando, un terremoto que desgarre la tierra y revele el magma
que fluye por debajo.
¿Cómo podemos facilitar esos cambios profundos? No hay nada
como la muerte para cambiar de opinión. A veces lo más efectivo es que se
te rompa el suelo que pisas, en vez de las ideas que llevas en la cabeza, para
así poder explorar verdaderamente nuevas alternativas y aprender. Por cierto,
cuando uno cambia su visión del mundo, también cambia sus investigaciones. Las
premisas son otras y, por lo tanto, las preguntas también. Para muestra, un
botón. La experiencia nos lleva a las fronteras de lo desconocido, donde se
hace la ciencia más alucinante.
Ateos
moribundos y materialistas alucinando
Un caso ilustrativo lo tenemos en el gran filósofo ateo A.
J. Ayer, quien tras sufrir una ECM reflexionó profundamente sobre las
implicaciones respecto a sus creencias filosóficas y personales. En un artículo
que causó cierto revuelo en The Sunday Telegraph
concluía «Mis experiencias recientes han debilitado ligeramente mi convicción
de que mi verdadera muerte, que ocurrirá dentro de poco, será mi fin, aunque
sigo esperando que así sea. No han debilitado mi convicción de que no existe
ningún dios. Confío en que el hecho de que siga siendo ateo tranquilizará las
inquietudes de mis compañeros simpatizantes». En el artículo también remarcaba
que, en caso de que la consciencia sobreviviera a la muerte del cuerpo físico,
eso no sería equivalente de que Dios exista. Como diría la cantante María
Isabel, antes muerto que sencillo.
Por cierto, hay estudios que demuestran que el uso de
sustancias enteógenas (plantas u hongos que producen estados alterados de
consciencia), en particular la psilocibina, cambia tus creencias metafísicas:
la gente se vuelve menos materialista y su concepción de la realidad se
desplaza hacia un mundo donde la materia ya no es lo único y fundamental
(Timmermann et al., 2021). Algo muy parecido pasa
con las ECM, con la diferencia de que los cambios son mucho más duraderos. Para
los exploradores psicodélicos, los investigadores demostraron que el cambio de
cosmovisión se mantuvo por lo menos seis meses, mientras que los efectos de una
ECM duran como mínimo hasta que uno se muere de nuevo.
Reflexiones
finales
Acabo este capítulo con una breve meditación lingüística.
El lenguaje revela verdades escondidas a plena luz del día. Es curiosa la forma
que tenemos de expresarnos. Quizás digamos que «hemos perdido» a un ser querido
para dejar abierta la esperanza a poderlo encontrar de nuevo en un futuro no
muy lejano —como quien pierde las llaves de casa o un documento de
extraordinario valor—. También decimos, casi sin pensarlo, «que descanse en
paz», deseándoles a nuestros fallecidos reposo eterno tras el trasiego de la
vida —la vida es dura y, desgraciadamente, muchas veces la gente muere cansada
de vivir—. Además, la palabra duelo también tiene
secretos curiosos escondidos a plena luz del día. Significa dolor, lástima,
aflicción, melancolía. Pero comparte espacio semántico con la idea de combate y
desafío.
Debemos afrontar la muerte, más que confrontarnos con ella.
Creo que le tenemos más miedo al morir que a la muerte. Para acabar, me viene a
la memoria la famosa expresión de votos matrimoniales «hasta que la muerte os
separe». Seguro que hay muchas personas que, tras haberla profesado hace muchos
años, desearían añadir una enmienda que dijera «y hasta que la muerte os una de
nuevo». ¿Nos reencontraremos?
Quizás lo más urgente ahora mismo no sea explicar la
muerte, sino dejar que nos transforme individualmente y como sociedad para así
poderla entender mejor a ella y a nosotros mismos. En nuestra sociedad
tanatofóbica se hace cada vez más necesaria una suerte de sabiduría huérfana
que permita mirar la muerte a los ojos y amar lo que (quizás) no va a durar
para siempre. Como dice el escritor y activista Stephen Jenkinson, cuando a uno
se le rompe el corazón la solución no es «menos corazón».
Elige tu
propia aventura
Hasta ahora, estimado lector, te he llevado de la mano por
un camino premeditado: mi caso, las experiencias cercanas a la muerte, su
historia, las evidencias, posibles explicaciones e implicaciones. Nos queda
todavía mucho por recorrer en esta maravillosa aventura. Tengo varias sorpresas
guardadas para ti. Ya lo verás.
Ahora, emulando aquella maravillosa serie de libros
juveniles donde podías elegir a qué página ir y construir así tu propia
aventura, te ofrezco varias posibilidades a modo de libro-juego. Cada una de
ellas te llevará a entender mejor cómo podemos redefinir conceptos
fundamentales, como por ejemplo qué es un cerebro, qué es la ciencia,
o qué es eso que llamamos consciencia y si va más allá de nuestro cuerpo.
Si quieres que te presente una definición de cerebro que lo
cambia todo, pasa al capítulo 11.
Avanza hasta el capítulo 8 si te interesa saber por qué la
consciencia es la gran desconocida en la historia de la ciencia. Puedes seguir
por el capítulo 9 para revivir el nacimiento de la ciencia de la consciencia
hace muy poquitos años y hacerte una idea de dónde estamos ahora y hacia dónde
nos dirigimos.
Si, en vez de ello, prefieres profundizar en la diferencia
entre ciencia y pseudociencia de manera distendida pero contundente, ve al
capítulo 7. Más adelante, en el capítulo 14, hablaremos de la religiosidad de
la ciencia y del futuro de la espiritualidad.
En el capítulo 13 te presentaré una ciencia de lo
imposible.
O, si lo prefieres, también puedes simplemente seguir al
siguiente capítulo. Es brutal. No te dejará indiferente.
5. LAS CUATRO ESTACIONES... DE LA SUPERVIVENCIA DE LA
CONSCIENCIA
Está claro que nacemos y morimos. Tenemos (por lo menos)
una vida, un cuerpo y una mente. El umbral es doble: hay una puerta de salida y
otra de entrada. ¿Qué dice la ciencia sobre cómo cruzamos esos portales? ¿Hay
algo después? ¿Y antes?
Regresemos a las ECM. Pero no seamos miopes. Vayamos más
allá de ellas. Las ECM son como el arma en la escena del crimen. Una gran
pista, pero no la única. Hay una colilla que aún humea, un pañuelo manchado de
sangre de un grupo sanguíneo distinto al de la víctima, y las huellas de
unas botas del número 44. Lo realmente importante no es si tres neuronas moribundas,
en las profundidades del cerebro (o en el dedo gordo del pie), producen
innumerables experiencias cercanas a la muerte. Lo que está en juego es si la
consciencia continúa; si algo de nosotros sobrevive a la muerte; si hay algo de
ti que es inmortal. ¿Puede la ciencia decir algo más contundente al respecto?
Tres
líneas principales de evidencia: antes, durante y después
La respuesta, creo, es un sí. La evidencia científica que
tenemos de la supervivencia de la consciencia a la muerte del cuerpo físico se
puede dividir, hoy, en tres categorías.
Pero antes de continuar, hagamos dos precisiones. Primero,
permíteme recordar que «evidencia» significa datos, indicios, no demostraciones
inapelables ni pruebas irrefutables (lo vimos en detalle al final del capítulo
3). Segundo, algunos investigadores prefieren hablar de la «continuidad» de la
consciencia (como Pim van Lommel), en vez de su «supervivencia» (como Bruce
Greyson), pues entienden que la supervivencia tiene que ver con la vida,
principio biológico arraigado a lo físico. En cualquier caso, estamos hablando
de lo mismo: de lo que no muere cuando nos morimos.
La primera categoría tiene que ver con lo que sucede
DURANTE la vida, en especial cuando nos acercamos a la muerte —se trata de «la
mente más allá del cerebro»—. Aquí exploramos evidencias de que «la mente puede
funcionar de manera independiente del cerebro» (esto no significa, obviamente,
que el cerebro deba funcionar de manera independiente todo el tiempo, sino que,
en ocasiones, puede hacerlo). Este tipo de evidencia no garantiza la
supervivencia (no es condición suficiente), pero sí es condición necesaria para
que la mente pueda sobrevivir, pues no hay duda de que el cuerpo muere,
incluido obviamente el cerebro, y que se descompone y desintegra. Para que
la mente continúe, esta debe poder despegarse, de algún modo, del cuerpo y del
cerebro. Pensemos en la metáfora del velcro. Un buen ejemplo son las
experiencias cercanas a la muerte.
La segunda categoría tiene que ver con lo que sucede ANTES
de nacer y de la concepción —se trata de «vivos que ya vivieron»—. Aquí
exploramos evidencias que parecen sugerir que «hay personas que viven hoy que
han vivido antes». El ejemplo paradigmático son los casos de niños que
recuerdan vidas anteriores, llamados técnicamente en la literatura «casos del
tipo reencarnación». La mayoría fueron recogidos por investigadores de la
Facultad de Psiquiatría de la Universidad de Virginia, con el trabajo
monumental de Iain Stevenson y de Jim Tucker en sus libros Children Who Remember Previous Lives: A question of
Reincarnation y Before: Children’s Mmoeries of
Previous Lives.
La tercera categoría tiene que ver con lo que sucede
DESPUÉS de la muerte, se trata de «muertos que aún viven». Aquí exploramos
evidencias de que «aquellos que ya murieron aún existen de alguna manera». Los
datos aquí vienen principalmente de los estudios científicos de mediumnidad. Se
han llevado a cabo durante más de un siglo, en especial por la Sociedad para el
Estudio de los Fenómenos Psíquicos de Inglaterra y de Estados Unidos. El
trabajo recogido en Science of Life After Death
por Moreira-Almeida y colaboradores es un destacable punto de referencia. Es
también apasionante la lectura del clásico de Frederic Myers Human personality and its survival of bodily death.
Las cuatro
estaciones
Imagínate ahora toda tu vida, en un sentido amplio, como el
ciclo de la vida de la naturaleza durante el año. En vez de una línea recta que
empieza en un punto y acaba en otro, piensa en sus cuatro estaciones: el OTOÑO
es el morir, y el INVIERNO el estar muerto, la PRIMAVERA es la llegada a
este mundo y el VERANO es la vida que todos conocemos. Cada una de estas
cuatro estaciones nos ofrece evidencias científicas a favor de la continuidad
de la consciencia después de la muerte del cuerpo físico. Hay mucha tela que
cortar. Daría para varios libros. Veámoslo, aunque sea resumidamente.
Otoño
Podemos ahora localizar mejor las ECM con una mayor
perspectiva, pues serían un caso particular dentro de la primera categoría. Se
trata del «durante» la vida, en su fase de «otoño», hacia el final. Recordamos
aquí que hay ECM en las que se añade un fuerte componente de «experiencia
extracorpórea», que en ocasiones puede tener elementos verídicos (comprobables
físicamente) y que en algunos casos se pueden dar estas percepciones visuales
incluso en ciegos de nacimiento durante una ECM.
La «lucidez terminal» es otra bonita estrella de esta
constelación de fenómenos. Pacientes, enfermos o moribundos en el lecho de
muerte recuperan, en ocasiones casi completamente, sus funciones cognitivas de
forma repentina y espectacular horas o días antes de su muerte. Estas personas
con demencia avanzada, cerebros con daño irreversible o muy dañados, o en
cuidados paliativos, de repente recuerdan, conversan, e incluso recuperan su
vigor físico. Lo estamos estudiando en colaboración con Bruce Greyson. La
mayoría de la gente que está al cuidado de estos pacientes asegura que la
medicación o el tratamiento no puede ser el responsable de semejante mejoría.
El personal sanitario y los científicos no sabemos por qué ocurre, ni cómo,
pero ocurre. A las abuelas de los pueblos no les sorprenderá; le han
llamado toda la vida «la mejoría de la muerte».
Hay otros fenómenos que suceden también en las proximidades
de la muerte. No son propiamente ECM, pero están relacionadas con visiones del
«más allá» cuando uno aún está en el «más acá». A veces se engloban dentro
de lo que se llama «experiencias al final de la vida». Algunas de ellas tienen
que ver con «visiones en el lecho de muerte», en particular, encuentros con
personas que ya fallecieron. Obviamente, uno puede soñar con sus seres queridos
fallecidos cualquier noche, estando sano o en el umbral de la muerte. Pero
estas visiones del moribundo presentan correlaciones temporales interesantes.
Por ejemplo, una persona cercana a fallecer (pero no necesariamente en
situación crítica; por ejemplo, pacientes en cuidados paliativos) dice que ha
recibido la vista de su abuela y que le ha dicho que el jueves vendrá a
buscarla. Las enfermeras saben que es muy probable que el jueves efectivamente
fallezca.
Otro tipo son las «experiencias de muerte compartida» en
las que un testigo sano y que no está en peligro de muerte (un familiar o
alguien cercano) participa también de la ECM del moribundo, compartiendo por
ejemplo la visión de la luz al final del túnel, una paz que todo lo invade
o la sensación de salirse fuera del cuerpo. Estos testigos, obviamente, no
tienen el electroencefalograma plano durante la experiencia. Yo conozco, de
hecho, a un par de personas que acompañan a menudo a otras a cruzar al
otro lado. Finalmente, se dan también «coincidencias de muerte» en las que
alguien siente de repente que algo grave le ha sucedido a alguien, o se le
aparece la persona, confirmándose después que había muerto en esa franja
temporal, a veces sin que nadie lo supiera todavía.
Para acabar esta sección, no debemos olvidarnos de las
experiencias en el umbral de los niños que están muy enfermos. Su «lucidez
terminal» es distinta; más luminosa. Sus historias son tan demoledoras como
magníficas. Me atrevería a decir que son pequeños santos y grandes maestros.
Invierno
Esta estación es quizás la que más incredulidad suscita,
pues estamos hablando explícitamente de evidencias científicas del «más allá» (recordemos
que evidencia no significa prueba irrefutable). Es decir, de comunicación con
alguien cuyo cerebro no solo está parado, sino que ya no existe. La realidad a
veces supera la ficción. Las evidencias de que los muertos, de alguna manera,
aún viven nos vienen a través de sus apariciones a personas que están vivas.
Esto puede suceder por dos vías: de manera espontánea y de manera provocada.
El primer caso puede suceder durante una ECM, pero no
necesariamente. Es cierto que, en algunas ocasiones, la gente puede sentir que,
de repente y en el lugar más inverosímil, su madre difunta estaba allí con
ellos. Casi la pueden sentir físicamente. Tiene la certeza absoluta de que era
ella. Esto es muy difícil de estudiar de forma científica. Pero hay otras maneras
de tratar de objetivarlo. La veracidad de estas evidencias viene por el hecho
de que se comunica información —diríamos, de quien está en el «más allá» a
quien está en el «más acá»— que es concreta, precisa, que nadie (vivo) sabía,
y que se puede corroborar. Por ejemplo, la localización de un objeto
escondido, como el documento de una herencia. También están los casos en los
que los vivos se encuentran con personas que nadie sabía que habían muerto,
pero que se aparecen a familiares o amigos, recién fallecidos. En ambos casos
hay una comunicación y su verificación.
El segundo caso viene a través de médiums, donde el
contacto es buscado deliberadamente (luego hace falta que el espíritu se
presente, o no). Aparte de los farsantes, hay varios tipos de mediumnidad
—la basada en el trance, otra más analítica, etc.— según si el énfasis se pone
en el mensaje o en la evidencia. No vamos a entrar aquí en ello. Tampoco vamos
a caer en la polémica de la bruja Lola. Hay lampistas, médicos y cocineros que
son buenos, malos y regulares. Lo mismo pasa con los médiums.
Quizás me permita compartir una anécdota antes de
proseguir. Me llamaron para ir de invitado a un programa de una televisión
pública a hablar de mi experiencia cercana a la muerte y mis investigaciones
sobre la consciencia. En una conversación telefónica previa a mi visita a
plató, comentamos posibles temas y abordajes. Todo fue cordial y profesional.
Hablando de muerte, le mencioné a la periodista por teléfono que, aparte de las
ECM, hay una constelación de fenómenos que apuntan hacia la supervivencia de la
consciencia a la muerte del cuerpo físico. Entre ellos, le expliqué, está la
lucidez terminal y las experiencias de muerte compartidas, pero también las
apariciones en sueños de familiares que justo acaban de morir, las
comunicaciones post mortem mediante dispositivos
electrónicos, o el contacto de espíritus desencarnados con médiums,
y los casos de niños que recuerdan vidas anteriores.
La periodista me interrumpió de inmediato y me dijo, un
tanto sobresaltada «médiums no». Yo también quedé sorprendido y le pregunté por
qué no. Su respuesta fue directa (creo que se le escapó): «por contrato, no
podemos tener a ninguna médium en el plató». Me quedé estupefacto. Entiendo que
no les parezca adecuado traer a alguien a cobrar siete euros el minuto por
decirte cómo te va a ir el trabajo, la salud, el dinero y el amor por ser
Géminis, llamarte Encarni y vivir en Sevilla. Pero excluir, a priori, a ciertas voces relevantes en la
conversación dice más de quien las excluye que de quien queda excluido. Antes
de colgar se me ocurrió preguntarle si, «por contrato», estaba también
prohibido traer a alguien que hablara de médiums (yo no hubiera tenido
problema). No supo darme una respuesta. Me consuela pensar que en los platós de
televisión del «más allá» esté prohibido hablar del «más acá». Quién sabe, sin
médiums no hay paraíso.
Regresemos a la ciencia. De nuevo, tenemos casos de
comunicación en los que la información que se obtiene es verídica, verificable
y que nadie podía saber. Están también las llamadas «correspondencias
cruzadas» (bien definidas, recogidas y explicadas por David Ray Griffin), en
las que varios médiums independientes obtienen información sobre un mismo tema
y se compara si su intersubjetividad tiene visos de objetividad. Esta es
ciencia muy difícil y por ello debe ser muy bien hecha: con protocolos de doble
ciego (para que no haya goteo de información por parte de los experimentadores)
y estadística apropiada (para poder concluir más allá del azar).
Por último, estas comunicaciones, especialmente las
espontáneas, se pueden dar también mediante otros medios que no sean personas.
Es lo que se llama en la jerga científica «transcomunicación instrumental», la
aparente comunicación con entidades desencarnadas mediante el uso de
dispositivos electrónicos u otras tecnologías. El fenómeno más estudiado es el
de grabaciones de voces y contactos telefónicos anómalos, aunque también se
puede dar en imágenes, tras descartar explicaciones convencionales como la
pareidolia (percibir patrones familiares donde no los hay, como cuando vemos
caras o animales en las nubes). Por ejemplo, el despertador que, tras años sin
pilas, suena el día del aniversario de la muerte del abuelo justo a la hora en
que falleció. Repito, son indicios, no pruebas irrefutables del «más allá». Son
situaciones tremendamente difíciles de estudiar con mirada científica. Lo cuenta con rigor y detalle Imants
Baruss en Death As an Altered State of Consciousness.
Primavera
Pasamos ahora a la categoría de evidencias a favor de la
continuidad de la consciencia que tienen recuerdos de vidas anteriores. No me
voy a meter aquí con el tema de las regresiones en adultos. Me centraré en los
casos de testimonios de niños que dicen recordar vidas pasadas.
Estos estudios se han llevado a cabo minuciosamente durante
más de medio siglo en la Universidad de Virginia (sobre todo por Iain
Stevenson, seguido por Jim Tucker), estudiando a más de 2500 niños en edad
preescolar, esto es, no expuestos a información que los adultos solemos
barajar. Además, gran parte de estos estudios tuvieron lugar en la era
preinternet y en poblados rurales, en los que era inverosímil que los niños o
sus padres hubieran tenido acceso a la información sobre otras personas en
lugares lejanos (incluso algunas décadas atrás) que más tarde se cotejaría.
La evidencia de esos recuerdos viene en distintos sabores.
Primero, recuerdos a nivel cognitivo, pues muchos de estos niños recuerdan su
(anterior) nombre, dónde vivían, con quién estaban casados, a qué se
dedicaban, que tipo de zapatos llevaban, etc. Segundo, tienen rasgos de
personalidad, esto es, gustos, preferencias y animadversiones que no tienen
sentido en esta vida, pero sí en su supuesta vida anterior. Tercero,
a veces tienen habilidades que no han podido aprender a su temprana edad,
como la capacidad de hablar con fluidez un idioma que no hablaban ni les han
podido enseñar sus familias, o talentos musicales excepcionales. Esto nos
recuerda el caso de los llamados «savants»,
o «niños sabios», que poseen habilidades excepcionales desde muy temprana
edad. Finalmente, en cuarto lugar, el recuerdo de la vida anterior se da en un
aspecto todavía más sorprendente: el físico. Algunos de estos niños tienen
marcas o defectos de nacimiento que se pueden atribuir a heridas, a menudo
relacionadas con cómo murió la persona, normalmente de forma violenta, en su
supuesta vida anterior. ¡Qué fuerte!
Quiero enfatizar que todo esto no es el «Salsa rosa» de
«los frikis» de la consciencia. No va de anécdotas exageradas o rumores
sensacionalistas. Estoy hablando de investigaciones científicas de campo, muy
difíciles de realizar, y de muchísima valía en cuanto a sus hallazgos. La
curiosidad puede dar lugar al morbo, a la incredulidad o al asombro.
Podéis consultar, por ejemplo, el caso del niño libanés
Imad Elevar. Stevenson lo estudió en 1964 cuando Imad tenía cinco años y medio,
anotando hasta 57 detalles verificables de los recuerdos del niño, antes de
contactar con la familia de un chico de veinticinco años, Ibrahim, cuya vida
Imad supuestamente recordaba y de la que comenzó a contar detalles tan pronto
como empezó a hablar a los dos años de edad. Ibrahim había muerto en 1949 en un
poblado a unos cuarenta kilómetros. Al final de la investigación de Stevenson,
51 de las 57 afirmaciones de Imad habían sido confirmadas, incluyendo el nombre
de la mujer de Ibrahim, el de su amante, y algunos detalles no triviales
más de ella. Imad sabía que a Ibrahim le gustaba cazar y que tenía un rifle
ilegal escondido y en qué armario estaba. También sabía cuáles fueron las
últimas palabras de Ibrahim antes de morir.
El caso de James Leininger no es menos espectacular. Me
permito resumir su historia, pues es asombrosa. James empezó a tener pesadillas
recurrentes a los dos años (varias por semana), en las que gritaba «¡pequeño
hombre no puede salir!», «¡accidente de avión!», «¡avión en llamas!». Al
preguntarle quién era el «pequeño hombre» dijo que era él. Al preguntarle por
qué se estrelló el avión, dijo que «lo dispararon». Al preguntarle quién, dijo
que «los japoneses». En otras sesiones, el niño añadió que el avión era «un
Corsair», un avión de combate activo mayormente durante la Segunda Guerra
Mundial, y que había despegado de «un barco». Al preguntarle por el nombre
del barco, respondió «Natoma».
Resulta que el USS Natoma Bay fue un portaviones americano
que luchó en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando le
preguntaron cómo se llamaba el «pequeño hombre», dijo que era «James». Al
recordarle que James era su nombre, el niño respondió que también era el del
«pequeño hombre». Entonces le preguntaron si recordaba algún otro nombre. El
niño respondió «Jack Larsen». Después de algunas averiguaciones, se descubrió
que no hubo Corsair en el Natoma Bay. Parecía que la historia se desmontaba.
Encontraron al tal Jack Larsen (que aún vivía) y, en un
giro inesperado, supieron que hubo otro piloto llamado James Huston Jr., que
fue el único que murió en la batalla de Iwo Jima, una isla cuya foto el niño
había previamente reconocido, afirmando que fue allí donde derribaron el avión.
Lo comprobaron y el Natoma Bay sí había estado en Iwo Jima. Finalmente,
consiguieron una fotografía de James Huston Jr. Ahí estaba, al lado de un
Corsair. La historia tiene más detalles, pero lo dejaremos aquí. Puede que sea
todo un montaje, un fraude, o puede que no. ¿Y si no? Entonces, ¿qué? Esto
es solo la punta del iceberg de lo que estamos preparados para contemplar.
Los
ensayos Bigelow
Hay mucha bibliografía disponible para sumergirse en cada
uno de estos temas. ¡A cuál más increíble! Quiero sin embargo destacar aquí los
cinco volúmenes del Instituto Bigelow para los Estudios de la Consciencia (BICS
en inglés). Se trata de una serie de 28 artículos publicados por un total de
más de 40 autores reconocidos en este campo. Esta obra vino motivada por el
premio que el propio magnate estadounidense Robert Bigelow ofreció en 2023 para
aquellos ensayos que aportaran la mejor evidencia acumulada disponible
(científica y médica; teórica, experimental y experiencial) que demostrara,
«más allá de la duda razonable», la supervivencia de la consciencia humana
después de la muerte permanente del cuerpo físico. Tras un total de 1300
aplicaciones iniciales, se invitó a 264 de ellas a enviar su contribución y, de
esas, se seleccionaron 29 ensayos (3 ganadores, 11 subcampeones, y 15
menciones honoríficas) que se premiaron con un total de 1,8 millones de
dólares. Son más de dos mil doscientas páginas en total para quien quiera
meterse de lleno en el tema. Yo dispongo de la obra completa en papel. Creo que
los ensayos están disponibles gratis en línea, aunque en inglés.
Verano
Regresamos ahora, en esta rueda de la vida, a la
primera categoría. Nos desplazamos al «durante», pero a evidencias que no
necesariamente tienen lugar en las proximidades de la muerte. Estas múltiples
líneas de evidencias que se incluyen en esta categoría son más bien comunes y,
aunque permanezcan «in-explicadas» (o inexplicables) por la medicina y la
neurociencia, no deberían verse como polémicas ni controvertidas.
Por ejemplo, personas con funciones mentales normales, pero
con cerebros no desarrollados. Como es el caso de la hidrocefalia, en los que
casi toda la cavidad del cráneo está llena de líquido cerebroespinal. La
ciencia médica sigue sin explicarse cómo algunas personas pueden tener vidas
normales con «cerebros de agua» y muy delgados grosores, como describió John
Lorber (Lewin, 1980).
Otra línea de evidencia son las experiencias psicodélicas,
en las que una disminución de la actividad cerebral viene acompañada con
experiencias profundas y elaboradas en condiciones con psilocibina controlada
con un grupo placebo (Carthart-Harris, 2012). Esto también se ha encontrado en
los cerebros tanto de médiums como de meditadores, en los que la actividad de
su «red neuronal por defecto» (la que domina la actividad cerebral cuando no
estamos focalizados en una tarea concreta) se reduce durante meditaciones
profundas (Brewer, 2011).
Es como si el cerebro fuera una «válvula reductora», como
sugirió Aldous Huxley —cuanto mayor el silencio neuronal, más rica e intensa la
experiencia mental—. El cerebro sería un filtro que permite, y limita,
estados de consciencia ampliada. Lo veremos en el capítulo 12 cuando hablemos
del cerebro permisivo.
¿Y ahora
qué? ¿Cuál es la conclusión?
Con todas estas líneas convergentes de evidencia, ¿cómo de
convencido estoy yo? Como científicos, deberíamos ir con extrema precaución a
la hora de decir que algo está «demostrado». Pero se puede ser prudente y a la
hora firme (me mojo sin ahogarme): toda esta constelación de evidencias se
explica mucho mejor si la mente va más allá del cerebro y algo de nosotros
sobrevive a la muerte física, que con la otra hipótesis en la que la mente no
es nada más que la actividad del cerebro y todo acaba cuando nos morimos (y
empieza cuando nacemos). Es lo que hay. Todo apunta a lo mismo. Hay
convergencia de evidencia desde múltiples frentes.
El caso, sin embargo, no está cerrado. Eso son buenas
noticias: ¡está abierto! La ciencia es así; nunca se concluye nada de forma
irreversible y definitiva. Las evidencias nunca son perfectas, suelen tener
defectos (si no, no son científicas). Además, tienen que interpretarse (los
datos no hablan solos, como los ventrílocuos). En particular, en este tema hay
también evidencias que podrían ser contradictorias. Por ejemplo, lo que cuentan
los niños versus los médiums: ¿cómo puede alguien reencarnado en el «más acá»
comunicarse al mismo tiempo desde el «más allá»?
Otra gran limitación es que a menudo nos cuesta muchísimo
expresar con fidelidad lo que pasó durante una ECM. Estamos tratando de decir
lo inefable. Cuando volvemos nuestro cerebro trata de interpretar lo que pasó,
y es obvio que tenemos que usar metáforas e ideas que vienen de nuestro
contexto cultural, ya sea religioso o científico. No hay que tomarse al pie de
la letra lo que se cuenta. Pero sí muy en serio.
Obviamente, necesitamos seguir investigando. Necesitamos
más y mejores datos, tanto sobre los mismos fenómenos como, a poder ser,
también en nuevas parcelas de la realidad. La ciencia del futuro, si es ciencia
de verdad, no se puede predecir. Ya lo veremos. Quizás haya experimentos con
«inteligencias artificiales» funcionando como interfaces del «más allá», u
ordenadores cuánticos que puedan detectar cuando alguien fallece en el «más
acá». Cosas más raras se han visto.
Es una noticia esperanzadora que las nuevas generaciones
estén más que interesadas en estos temas y que, sin pudor, apliquen su dominio
de técnicas y nuevas disciplinas que el campo científico de la «supervivencia»
no solía tener, pues ha estado fundado por médicos, curiosamente psiquiatras,
pero ahora llegan al rescate las neurociencias, la antropología o la
física teórica.
Puedo añadir que el futuro de este maravilloso campo viene
por tres vías distintas y complementarias. Primero, habrá que seguir intentando
persuadir a las élites científicas con más y mejor ciencia a pesar de las
ideologías. Segundo, a través de los medios de comunicación, en un sentido
amplio, debemos tratar de seguir llegando al gran público, pues tiene sed;
todos queremos saber sobre los misterios de nuestra existencia y tenemos gran
curiosidad por aquello que la ciencia puede decir de ello. Las películas, los
documentales y las conversaciones de largo formato en pódcast son herramientas
ideales para ello. En tercer lugar, hay una vía poco explorada en nuestro país:
«por encargo». Debe haber filántropos que quieren saber en profundidad de estos
temas y se han dado cuenta de que si tenemos que esperar a que el statu quo le dé el visto bueno, podemos morir todos en
el intento.
Entonces,
¿qué es lo que sobrevive?
No me atrevería a pronunciarme de manera definitiva. El
cerebro y el resto del organismo, sin duda, se mueren. El ego seguramente
también. Pero algo de nuestra esencia continuaría. Es muy probable que alguna
forma de consciencia. Más que un yo residual que se disipa en el
espacio-tiempo. Algunos le llamarán mente; otros, personalidad; yo, espíritu
o alma. Prácticamente todas las culturas vienen hablando de ello desde los
albores de la humanidad. Quizás debamos restablecer nuestro diálogo con ellas,
integrando ciencia y filosofía con el resto de las humanidades, tradiciones
milenarias de este planeta, e incluso religiones.
Se me ocurren más preguntas. ¿Se vuelve siempre?,
¿regresamos todos?, ¿o quizás unos vuelven y otros no?, ¿hay un cupo de almas?,
¿cuántas veces se puede repetir?, ¿cuánto tiempo se espera uno entre vidas?,
¿qué hay de la resurrección versus la reencarnación?
Quizás podamos intuir algo, incluso brevemente degustar, pero
apenas articular con palabras, o incluso imaginar. Quizás haya que
preguntarles a los místicos o a los artistas, en vez de a los científicos o a
los sacerdotes. O bien conformarse con no saberlo (hasta que sea el
momento, si es que llega). No diré más. Pero tampoco menos. Estas preguntas, de
momento, rebasan los límites de la ciencia o, por lo menos, de la ciencia de lo
material. Pero podemos seguir practicando su esencia: investigar con una mente
rigurosa y abierta.
Los jóvenes ciertamente están interesados en todos estos
temas. ¡Son temas de hoy! Y los no tan jóvenes saben que se les acerca la
hora y empiezan a buscar respuestas a estas preguntas que tal vez han guardado
en un cajón durante décadas. Morir puede ser maravilloso, pero también muy
desagradable. Hay que prepararse en vida para ese momento. Quizás podamos
empezar a transmutar nuestro miedo a la muerte mediante la curiosidad.
Decían que
sabían que no cuando en realidad no sabían
Quiero acabar con una breve reflexión. En nombre de la
ciencia materialista, reduccionista, escéptica y atea nos vienen asegurando
durante décadas que «sabemos que no», que no hay nada, que la ciencia demuestra
que todo empieza cuando nacemos y todo acaba cuando morimos, y que
cualquiera que lo cuestione es un ignorante creyente en cuentos de hadas. Pero,
mis queridos amigos, ¿y si decíais que sabíais que no cuando en realidad no
sabíais? El orden de los factores altera el producto.
6. CUENTOS CUÁNTICOS
Empecé escribiendo este capítulo pensando que sería corto.
No pensé que sería fácil, pero sí breve. La cuántica es difícil de pensar
incluso para los pocos que realmente la entienden. No digamos pues los que la
cuentan sin entenderla. A medida que el número de páginas iba creciendo,
me di cuenta de que sería muy difícil domar a la bestia que crecía sin piedad
en mi pantalla.
Cuando mandé el primer borrador a mis editores, me
confesaron que, a pesar de mis dedicados y pedagógicos esfuerzos por
explicar la cuántica, no entendían nada. No les culpo. Más bien les doy las gracias.
Tienen razón. Así que tomé una decisión radical, hablaría de cuántica sin
apenas contar lo que es. Para ello necesitaría escribir un libro entero,
y aun así probablemente fracasaría en el intento. Nadie lo va a entender
de todas formas… Y menos aún sin saber matemáticas. Lo siento. Es la
verdad.
Sin embargo, en este dulce esfuerzo por contaros los
misterios de la mente y la materia, no podía dejar de mencionar algunos
«cuentos cuánticos». Escribo, pues, este capítulo casi por obligación. Lo hago
por responsabilidad ante la insistencia de tanta gente que me pregunta, como
físico teórico (aunque no cuántico), si la cuántica explicaría la consciencia y
su continuidad después de la muerte.
Me lo preguntan por curiosidad genuina y a veces también
por morbo. El debate que generan estas dos «ce» (consciencia y cuántica) es
tremendo. Son como fuego y gasolina. Si a eso le sumamos que hay mucho pirómano
suelto en busca de likes, el incendio está
servido. Mucho ruido y pocas nueces.
La mayoría de los que se aventuran son valientes y bien
intencionados, pero las opiniones se polarizan fácilmente y perdemos el norte y
la razón. Los del «sí» se excitan muchísimo, hasta el punto de sufrir orgasmos
a lo New Age cuando creen entender que la cuántica debe explicar la consciencia,
es la «Nueva Era». Los del «no» se ponen muy nerviosos, incluso enfadados,
y convulsionan a lo Old Rage cuando creen entender que la cuántica no
puede explicar la consciencia, es la «Vieja Ira». Para que el tema no se
convierta en un cóctel Molotov, hay que servirlo como lo quería James Bond:
«agitado, no mezclado». ¿O era al revés?
He tenido conversaciones con bellas personas que parecen
estar en las antípodas. A ambos les entiendo. Y me encantaría
ayudarles a construir un puente entre sus islas. Creo que formarían un
maravilloso archipiélago. Mi visión respecto a la controversia la resumo así:
los unos probablemente se equivoquen aun esgrimiendo razones correctas,
mientras que los otros seguramente estén en lo correcto pero con razones
equivocadas (incluso innecesarias). Es como si alguien dijera que el mar es
azul porque viven allí los pitufos, y viniera otro a rebatirle diciendo
que no es cierto, que el mar no es azul porque allí no hay pitufos. ¿Quién
tendría la razón? Ambos y ninguno. Además, el mar puede ser rojo (y los pitufos
existen). Lo veremos en detalle más abajo.
Respondo pues provisionalmente a si la cuántica explica la
consciencia: no se puede asegurar que sí, pero tampoco asegurar que no. Sería
prematuro, y poco prudente, en ambos casos. Hay mucho trabajo por hacer.
No colapsemos la función de onda todavía.
Me meto aquí en un berenjenal, lo sé. Pero por lo menos no
tendré que explicaros qué es una berenjena cuántica. Ando en la cuerda floja,
entre fuego amigo, haciendo malabares. Así que, ¡por el amor de Planck!, tened
paciencia y piedad. Solo os voy a dar tres brevísimas pinceladas de cuántica a
mi manera, y luego nos metemos directamente en la cuestión sobre
«consciencia cuántica», ¿de acuerdo?
La clave
está en la «no-localidad»
Si tuviera que destacar, de entre los múltiples misterios
de la física cuántica, aquel que parece abrirnos las puertas a una mente que
vaya más allá del tiempo y el espacio —y que por lo tanto pudiera trascender la
muerte de nuestro cuerpo— sería precisamente la noción de «no-localidad»,
inherente a la cuántica. Este aspecto maravilloso y fascinante es conocido,
técnica y popularmente, a través de la noción de «entrelazamiento».
Como os he prometido unos párrafos arriba, no me voy a
aventurar a tratar de explicaros aquí qué es el entrelazamiento, pues sé lo que
va a suceder: tendría que contaros qué es el colapso de la función de onda, el
principio de incertidumbre, el de superposición, la ecuación de Schrödinger,
etc. Y acabaríamos cautivados pero perdidos. Solo diré que el
entrelazamiento no es ciencia ficción. De hecho es ciencia superior, pues en
2022 se dio el premio nobel de física a Alain Aspect, John Clauser y Anton
Zeilinger «por sus innovadores experimentos sobre el entrelazamiento de los
estados cuánticos, según los cuales dos partículas se comportan como una sola
unidad incluso cuando están separadas».
Si el entrelazamiento es cierto en lo material, por qué no
podría ser cierto también en lo mental. Creo que la clave absoluta de todo este
asunto está en cómo pensar teóricamente una «consciencia no-local» (la noción
de «cerebro permisivo» que veremos en el capítulo 12 lo facilita) y cómo
testarla empíricamente (las ECM y otros fenómenos en «los márgenes» de la
consciencia lo sugieren). Ahí está la madre del cordero. ¡Consciencia no-local!
El show de Truman
Lo segundo que os diré sobre la cuántica viene inspirado
por una película. Os acordáis de ese momento crucial en el que Jim Carrey
sospecha que hay algo que no cuadra y se lanza al mar, en un pequeño barco,
arriesgando su vida, a buscar los límites del mundo artificial en el que
lleva viviendo desde que nació. Luego, tras casi ahogarse, la tormenta se calma
y llega a los límites del decorado. Las nubes del cielo están pintadas en la
pared. Allí termina la realidad tal y como la conocía. El «más acá» acaba allí,
el «más allá» empieza justo aquí. Descubre anonadado lo que ya sospechaba: hay
otro mundo, totalmente por descubrir. Lo mismo les pasó a los físicos hace
ciento veinticinco años. Aún nos estamos recuperando del shock. Muchos ni se han enterado o, como en «la chica
yeyé», no se quieren enterar que la cuántica es nueva y de verdad.
Creo firmemente que en el estudio de la relación
mente-cerebro de hoy en día estamos en una situación parecida a la de los
físicos hace cien años. Este es quizás el primer paralelismo entre cuántica y
consciencia, a un nivel histórico-científico. Ciertos fenómenos en los
márgenes de la consciencia parecen tan imposibles como lo parecían en lo
material los fenómenos cuánticos a principios del siglo pasado. Si somos
suficientemente audaces y humildes, nuestras investigaciones nos llevarán a
mundos nuevos por descubrir.
¿Jugamos
el juego de la cuántica?
Lo tercero viene inspirado por mis hijas. A mi hija
mayor le gusta jugar al ajedrez conmigo. A la pequeña, a las damas.
A veces se cansan tras varias partidas y me piden jugar «a lo loco».
Entonces nos inventamos reglas nuevas y nos lo pasamos genial. Por ejemplo, una
dama puede comerse a otras damas, incluidas las de su color, y las lleva
encima como una reina híbrida que tiene superpoderes. En ocasiones incluso
acordamos que una de ellas pueda salir del tablero y entrar por otro lado. En
el caso del ajedrez, permitimos que el peón pueda cabalgar a lomos del caballo
o que, si se encuentra una torre, se suba encima y esté a salvo pase lo que
pase. Es divertido e interesante, pues se te ocurren situaciones que nunca
antes habías contemplado.
Algo parecido pasa con las reglas de juego del tablero de
lo real cuando pasamos de lo clásico a lo cuántico. La forma técnica de decirlo
es que la física cuántica tiene nuevos «postulados». Los físicos tuvieron que
reescribir las reglas básicas de juego, ¡desde el principio! No solo cómo se
mueven las piezas en el tablero, sino también tuvieron que adoptar un nuevo
tablero con casillas muy extrañas e incluso preguntarse si realmente hay piezas
o no. Estoy tentado, pero no diré más (por ahora).
¿Explica
la cuántica la consciencia?
Depende. ¿De qué depende? De según cómo se cuente todo
depende. Hay varias maneras de trazar el puente entre ambas «ces»: hacerlo
bien, hacerlo mal y no hacerlo. Y dentro de hacerlo bien, se puede
hacer metafórica, matemática o físicamente.
Empecemos por lo peor. Es el verdadero cuento cuántico.
A esa indisciplina la podríamos llamar «física cuéntica». Se trata de no
entender nada de la cuántica (y esforzarse poco por hacerlo), pero invocarla
cada vez que queramos importar un milagro sin pagar aranceles. La cuántica se
convierte en el comodín de la llamada. Es una tentación total para algunos, lo
sé. Decía Enric Duró que no hay nada peor que un tonto motivado. El adviento
del nuevo paradigma está lleno de buenas intenciones (como el infierno).
Y, sin embargo, cuando el río suena… Veamos qué agua lleva.
Sigamos por lo que llamo «cuántica metafórica». La cuántica
nos da licencia para soñar. Muchos van a buscar en la cuántica una especie de
permiso para pensar lo imposible. Hay «milagros» en la materia que son reales;
la ciencia lo contempla. Son reales, medibles y están en la base de tecnologías
que usamos a diario. No es ciencia ficción, sino ciencia de vanguardia. ¿Tendrá
pues la mente algo que ver con este comportamiento fantástico de la materia? La
física cuántica nos hace un servicio a modo de analogía: el semáforo se pone de
rojo a ámbar para concebir lo «imposible» en el mundo. Es una inspiración
física y metafísica. También se pueden buscar paralelismos entre física y
misticismo, como hizo más que decentemente bien el gran Fritjof Capra hace
ahora justo cincuenta años con su libro El tao de la
física.
La siguiente, quizás la menos conocida, es la «cuántica
matemática». Se utiliza parte de la tecnología matemática cuántica (sus
espacios de Hilbert, su lógica no-Booleana, etc.) para modelar, a veces
con un éxito sorprendente, procesos cognitivos como la atención o la toma de
decisión. La cuántica aquí es una herramienta, pero funciona y da que pensar
sobre la naturaleza de esos procesos cognitivos a priori
«clásicos».
Luego tenemos lo que se llama «biología cuántica». Es un abordaje
literal, pues se postula que los organismos vivos (sistemas macroscópicos,
a escalas de energía muy superiores a las habituales de la cuántica)
utilizan procesos cuánticos para su conducta y cognición, como es el caso de la
navegación en los pájaros. Hay evidencias que no son controvertidas que
muestran que eso es así: que lo cuántico puede sobrevivir en organismos vivos y
aprovecharse para funciones biológicas.
Finalmente, damos un paso más con la «cuántica literal de
la consciencia» que propone qué procesos cuánticos tienen lugar y sobreviven en
nuestro cerebro y que, además, contribuyen a la consciencia. El más conocido es
el abordaje de Roger Penrose y Stuart Hameroff.
En resumen, no hay que correr, pero tampoco hay que ir
despacio. Hay varias posibilidades científicas y todas son interesantísimas y
dignas de respeto intelectual.
Hay varias teorías cuánticas más. Son abordajes que tratan
de unir la cuántica y la consciencia saliéndose de lo estrictamente empírico y
para concentrarse en lo teórico. Lo podríamos llamar «teorías cuánticas de la
consciencia». Veamos algunos ejemplos concretos a continuación. Quiero remarcar
aquí que no hablamos de «teorías» o «filosofías» en sentido despectivo de
elucubraciones ensimismadas estériles: la ciencia tiene siempre un pie en lo
empírico y otro en lo teórico. Nombra a los dos o tres científicos más
conocidos de la historia de la humanidad y verás inmediatamente lo que quiero
decir. ¿Eran teóricos o experimentales?
Algunas
teorías cuánticas de la consciencia
Voy a ofrecerle a los incrédulos cuánticos de la
consciencia un menú degustación de alta cocina. Si nos ponemos serios, nos
ponemos serios. Permíteme que me vaya a la megawiki de la consciencia, el
Landscape of Consciousness Website, de Robert Lawrence Kuhn, «un centro global
para teorías de la consciencia, autenticado por los propios teóricos, diseñado
para comunidades profesionales de la consciencia y abierto a todos» (de la que,
por cierto, soy editor ejecutivo).
Voy simplemente a describir con brevedad más de una docena
de teorías académicamente respetables que se toman en serio la idea de que la
mecánica cuántica desempeña un papel necesario, si no suficiente, en la
consciencia de ciertas entidades (como cerebros), más allá de la aplicación de
la física cuántica en todas las entidades físicas. No tienes que saber cómo se
cocinan esos platos. Es muy técnico y complicado. Nombro estas teorías para que
no venga un hostelero de Pesadilla en la cocina a
decir que no hay restaurantes cuánticos en la guía Michelin del estudio de la
consciencia. Insisto, no tratemos de entenderlas. Solo hay que saber que están
ahí.
«La reducción objetiva orquestada» del premio nobel de
física en 2020 Roger Penrose y el anestesiólogo Stuart Hameroff. La teoría
propone que la consciencia emerge en la brecha fundamental entre los mundos
clásicos y cuánticos.
«El colapso de la función de onda a partir de hacer
preguntas» del físico Henry Stapp, quien argumenta a favor de la naturaleza
cuántica de la consciencia basándose en la interpretación tradicional de la
mecánica cuántica, donde las funciones de onda cuánticas colapsan solo cuando
se dan interacciones con la consciencia en el acto de medida.
«El orden implicado-explicado» de david bohm. El físico
cuántico, colega de Einstein, introduce la idea de «orden implicado» y «orden
explicado» como implicaciones ontológicas de su teoría cuántica para explicar
las dos perspectivas radicalmente opuestas de concebir la realidad de la física
cuántica y la clásica, pues ambas parecen sin duda correctas en sus respectivos
dominios.
«El colapso cuántico» de David Chalmers y Kelvin McQueen.
Ambos filósofos establecen paralelismos entre nuestro entendimiento de la
mecánica cuántica y la consciencia.
«La consciencia en el ruliad» del físico e informático
Stephen Wolfram, quien pretende formalizar las cuestiones de la consciencia en
términos de cuestiones lógicas, matemáticas, y computacionales. Wolfram
inserta la consciencia en lo que él llama el «ruliad», que define como «el
límite entrelazado de todo lo computacionalmente posible», algo así como la
posibilidad de posibilidades, que seguiría todas las reglas computacionales
posibles, de todas las maneras posibles.
«El panpsiquismo basado en información cuántica» del físico
e inventor del primer microprocesador comercial Federico Faggin. Faggin dice
que la consciencia no es un producto emergente de la materia, sino que es una
propiedad irreductible de la naturaleza. A partir de propiedades cuánticas
como el entrelazamiento, la incertidumbre o la superposición, muestra que la
realidad tiene una experiencia «interior» que incluye la consciencia y el libre
albedrío.
«La mente mediando entre posibles y actuales» del biólogo
teórico Stuart Kauffman propone que la medida cuántica convierte las
posibilidades en actuales, siendo ambos reales. Añade que el cerebro y la
consciencia no pueden ser puramente clásicos porque no hay sistema clásico
alguno que pueda ser una computadora analógica cuyo comportamiento dinámico
corresponda a usos potenciales. Por lo tanto, Kauffman concluye que la
consciencia y el cerebro deben ser en parte cuánticos.
«La teoría causal de las vistas» del físico Lee Smolin
busca situar en el mundo físico las cualidades subjetivas de la experiencia
consciente en el contexto de su teoría relacional cuántica.
«La energía potencial cuántica y su información activa» del
filósofo Paavo Pylkkänen propone un marco en el que la física clásica y la
neurociencia se complementan con un abordaje fundamental holístico basado en la
teoría cuántica.
«El campo de punto cero» del físico Joachim Keppler dice
que la consciencia es una característica intrínseca del universo embebido en un
vacío cuántico, específicamente el campo de punto cero de la teoría cuántica de
campos. Propone además que el cerebro funciona como una interfaz resonante y
dinámica que modula y orquesta modos específicos del campo, permitiendo el
acceso a ciertos estados conscientes.
«El proceso cuántico en la sinapsis» del físico Friedrich
Beck y el premio nobel de fisiología y medicina en 1963 sir John Eccles, cuyas
contribuciones a una teoría de la consciencia cuántica y neurobiológica fueron
pioneras.
«La cognición cuántica» del físico de la materia condensada
Matthew Fisher propone que el procesamiento cuántico de espines nucleares puede
estar operativo en el cerebro y ser una clave de su funcionamiento. Fisher
identifica el fósforo como el único elemento biológico con un espín nuclear que
puede servir como un qubit (bit cuántico, unidad básica de información en la
computación cuántica) neuronal.
«La dinámica cerebral del termo-campo cuántico» del
psiquiatra y filósofo Gordon Globus, quien une dos ámbitos aparentemente
independientes: la aplicación de la teoría cuántica de campos al funcionamiento
del cerebro con la tradición posfenomenológica continental.
«La física relacional» del físico Carlo Rovelli se centra
en el profundo aspecto relacional de la física, manifestado en la relatividad
general, pero especialmente también en la mecánica cuántica.
Hay todavía más teorías. Algunas de ellas no son cuánticas per se en el sentido que la mecánica cuántica no está
en la esencia de la consciencia o su generación, pero que reflejan cómo la
cuántica podría facilitar o interaccionar con otras teorías de la consciencia.
Son teorías muy especulativas. No es necesario mencionarlas aquí. Espero que
quede claro que sí se puede tratar de conectar consciencia y cuántica de manera
rigurosamente académica, pero aún no tenemos la certeza de que sea así.
No tienes
por qué hacerlo si no quieres
No nos olvidemos de la última opción. A muchos se les
olvida: se puede hablar de consciencia sin necesidad de invocar a la cuántica
como marco explicativo. Así como hay cerveza sin alcohol, cola cero y café
descafeinado, también hay consciencia sin cuántica (y cuántica sin consciencia).
Si no quieres, no hace falta que te metas. Pero si te metes, hazlo bien (tanto
para afirmar como para negar).
Añado dos ideas más en este punto. Primero, imagínate que
hubiéramos empezado a estudiar la consciencia antes de 1900. No tendríamos
cuántica. Segundo, por qué ir necesariamente a la física cuántica, en vez de a
otras ramas como la relatividad o la termodinámica, para tratar de pensar la
consciencia. O, ¿por qué no ir a la biología? Quizás el secreto de la
consciencia no esté en la materia, sino en la vida.
Espero haber esbozado las varias vías legítimas que existen
para trazar puentes ente estos dos grandes interrogantes: la cuántica y la
consciencia.
¿Quién
tiene la última palabra?
Quiero ir cerrando este capítulo con algunos comentarios
generales sobre la ciencia que a veces se nos escapan. La cuántica es un muy
buen lugar para ilustrarlos.
Nos podemos ensimismar todo lo que queramos con ella, pero
hay que recordar que no es la «teoría final». Es incompatible con la
relatividad. Así que en un futuro, si tenemos suerte, se va a poder encontrar
una teoría que las unifique a las dos. Dicho de otro modo, la cuántica no es la
última pantalla del videojuego de la física. Si la utilizamos para tratar de
explicar la consciencia, tengamos en mente que no es la definitiva. No os
tatuéis la cuántica en la frente.
De hecho, en ciencia no hay teorías finales, pues la
ciencia siempre está en movimiento y revisión, tanto empírica como
teóricamente. Sus verdades son sólidas pero siempre móviles. En ciencia nadie
tiene la última palabra. Llega un modelo, o una teoría, o incluso
todo un paradigma, y supera al anterior. En ciencia todo es
permanentemente provisional.
Sin embargo, las viejas teorías todavía nos sirven. Es
importante recordar también que cuando Einstein llegó, las manzanas de Newton
siguieron cayendo. Es decir, aunque haya cambios de paradigma, el anterior
viejo paradigma no se tira a la basura. Sigue siendo «cierto» en su área de
aplicabilidad, que pasa a ser una zona más restringida, pues el nuevo paradigma
ampliará el marco. No hay que asustarse. La clásica sigue funcionando bien allí
donde ya funcionaba.
Otros aspectos que a veces se nos pasan por alto es que en
física, «cada maestrillo tiene su librillo». Hay teorías para distintas
jurisdicciones: para cuerpos muy masivos, la relatividad general; para muchas
partículas en interacción débil, termodinámica; para cuerpos muy rápidos, la
relatividad especial. La cuántica no tiene por qué ser la emperatriz de la
república independiente de la física. Al César lo que es del César.
El dominio de aplicación de la cuántica son las energías a
escalas muy pequeñas. La teoría rara de verdad es la cuántica —pero la
relatividad también lo es—. Por qué hablamos de ello. Pasan cosas raras en cada
provincia de la física («estados unidos de la física»): desde la paradoja del
gato a la de los gemelos. La física es como el Señor de los Anillos: están los
elfos, los hobbits, los orcos, los magos… Según el fenómeno que quiera estudiar
y su escala, me iré a una zona u a otra, donde hay unas leyes, unas costumbres,
unos paisajes y unos habitantes distintos.
No nos olvidemos que la cuántica sigue siendo muy
enigmática hoy. Un siglo y pico después de su construcción, no sabemos todavía
cuál es la interpretación más adecuada. Y hay muchas: la de Copenhague
(que es la oficial), la de David Bohm, la de universos paralelos, las de
información, la estadística, la transaccional, la relacional, la modal, el
«QBismo», etc. Como en aquellos míticos libros juveniles de hiperficción explorativa:
escoge tu propia aventura.
Entonces,
¿la supraconsciencia existe? ¿Y es cuántica?
¿Cuál es mi posición (o mi velocidad)? Tengo pocas dudas de
que la supraconsciencia exista, lo confieso. Yo mismo creo haberla
experimentado en contadas ocasiones. Y además hay argumentos teóricos y
evidencias empíricas que señalan en esa dirección. Creo, sin embargo, que la
cuántica no «explica» la consciencia. Pero tampoco se puede negar que pueda
hacerlo. Hay gente seria trabajando en ello. Démosles el tiempo que se merecen.
En cualquier caso, siempre llega un momento (¡siempre!) en el que tenemos que
decir: «no lo sé». Ya veremos. Sigamos investigando.
En resumen, cuando hablamos de consciencia y pensamos en la
cuántica se junta el hambre con las ganas de comer. Quizás algún día, en un
futuro no muy lejano, descubriremos que el mar es azul y que viven en él los
Pitufos. No hay que hacer tanto caso a los gritos de Gargamel.
Acabo este capítulo con dos breves historias.
Hace no mucho tuve el honor de recibir un correo electrónico
de Christof Koch, padre cofundador del nacimiento de la neurociencia de la
consciencia en los años noventa justo con Francis Crick (quien fue premio nobel
por el descubrimiento, junto con James Watson, de la estructura de doble hélice
del ADN). Koch me felicitó por un artículo que escribí en el que mencionaba
hacia el final lo difícil que es cambiar de opinión, especialmente para los
científicos. Me confesó que se puso un tanto colorado al leer mi alabanza hacia
su persona, cuando le mencionaba como uno de los pocos grandes científicos que
han osado cambiar radicalmente de opinión. Aproveché para intercambiar
impresiones con él respecto a varios temas. Me confesó que Crick, su mentor,
fue un gran modelo para él, pues siempre estaba increíblemente abierto a nuevos
puntos de vista («incluida la posibilidad de que la mecánica cuántica
desempeñara un papel en la consciencia») y que de manera constante cuestionaba
su propio abordaje al estudio de la consciencia, regresando a menudo a revisar
sus propias premisas. ¡Guau! Si Crick estaba seriamente abierto a lo cuántico,
el problema lo tienen los que están seriamente cerrados a ello.
Cuando visité la India con mi mujer hace ya más de diez
años, tuvimos la oportunidad de entrar en la habitación del yogui, filósofo y
poeta Sri Aurobindo. No he pisado nunca un espacio-tiempo tan densamente
luminoso. Se palpaba en el aire de la sala el peso sutil de la consciencia.
Aurobindo se encerró allí durante años a manifestarla y a escribir sobre ello.
Le llamó la «consciencia supramental», una consciencia superior a la mente
humana, en la que el espíritu tiene un poder directo sobre la materia,
aportando mayor autoconsciencia, creatividad, equilibrio emocional y una
perspectiva más amplia de la vida. Sabía como nadie de lo que hablaba. No
necesito que me creas, ni que le creas a él. Los que hemos estado en esa
habitación casi divina lo hemos experimentado. Ojalá tú también puedas
experimentarlo alguna vez.
7. ¡PSEUDOCIENCIA!
Casi como si fuera Elsa de Frozen
y su poder de hielo, el encantamiento de la palabra nos deja congelados: el
profano se siente tonto y calla. A su vez, el profesional teme que su
reputación caiga en picado por el estigma de la «palabra P» y quizás ya no se
atreva ni a tocar el tema. Los científicos no somos siempre tan valientes como
se pueda pensar.
Técnicamente la pseudociencia engloba aquellas afirmaciones
que se presentan como científicas cuando en realidad no lo son, pues no cumplen
los estándares de la ciencia. Las pseudociencias son como las meigas: haberlas,
haylas. Desgraciadamente, otro uso habitual del calificativo tiene el propósito
de descalificar. Se empuña para amedrentar a los tibios y hacer callar a los
indecisos. Algunos disfrutan tomando el nombre de la ciencia en vano para
cancelar personas o ideas. Pero con nosotros no va a funcionar.
A la ciencia no debería importarle tanto «qué» estudiamos,
sino «cómo» lo hacemos. Es decir, lo relevante es el método, no el objeto de
estudio. La ciencia es buena o mala según se haga bien o mal. El tema que se
investiga no debería, a priori, convertir la
investigación en pseudocientífica. Luego veremos adónde llegamos, cuáles son
los límites. Pero la ciencia puede, en principio, estudiar lo que quiera,
siempre que lo haga siguiendo las reglas del juego. Lo hemos visto en capítulos
anteriores y lo veremos también más adelante.
Por lo tanto, decir que «un tema» es pseudocientífico es
como decir que una mesa es mala porque me he tropezado con ella. O que las
patatas fritas son pseudocomida porque un día, con el ansia de comer, no las
mastiqué bien y me atraganté.
Además, tras varias décadas de trabajo sesudo, el llamado
«problema de la demarcación» (determinar los límites exactos que demarcan lo
que es ciencia y lo que no) todavía no ha sido resuelto por los filósofos. No
se ponen de acuerdo. No es tan fácil establecer la frontera precisa de dónde
acaba la ciencia y dónde empieza lo pseudo. De hecho, no es fácil hacerlo ni en
la práctica ni en teoría. Quizás el problema no tenga solución y debamos acostumbrarnos
a un gradiente de grises, en vez de exigir una línea roja que separe blancos y
negros.
Claro que hay fraude, pero también lo hay en las grandes
corporaciones (gobiernos, farmacéuticas, medios de comunicación). ¿Quién le
pone el cascabel al gato? ¿Y al león? Tan valientes para criticar a los
pequeños y tan cobardes para todo lo demás.
Los intentos de cancelación son bien reales. A mí
también me han llamado pseudocientífico en alguna ocasión, pero suelen ser
«minions», «trolls» o «bots». Aunque no siempre. Hasta aquí puedo leer…
Desdramaticemos. Cuando alguien te diga que algo es
pseudociencia, sonríe y responde: «Dime, querido, ¿qué entiendes tú por
ciencia? ¿Y cómo se diferencia de la pseudociencia?». A menudo tu
interlocutor tartamudeará y, tras una pausa (sigue sonriendo), balbuceará.
Entonces tendrás que explicárselo amablemente. Da pereza, lo sé, pero es por el
bien de todos. Te mirará como las vacas al tren. De repente, el justiciero
sabelotodo de turno parecerá haber suspendido primero de Barrio Sésamo de
filosofía de la ciencia. Aunque tus oídos no den crédito (ni débito), sigue
sonriendo. La conversación se volverá surrealista, pero tremendamente
interesante, pues te confirmará lo duro que suena el statu
quo por fuera y lo hueco que está en realidad por dentro. Dale las
gracias por dejarte en paz, y sigue así.
Los cuatro
prefijos del Apocalipsis
La pseudociencia comparte el salón de la mala fama con
otras palabras. Vamos a ver si las adivinas. ¿Jugamos? Autocompleta la palabra:
para… Otra: extra…
Una más: sobre… En efecto, los cuatro jinetes del
Apocalipsis de la razón son la pseudociencia, lo paranormal, lo extraordinario,
y lo sobrenatural.
Su uso indiscriminado e irreflexivo tiene el mismo fin:
multiplicar por cero cualquier evidencia que se aporte y cualquier razonamiento
que se presente. Prefijan la conversación. La paralizan. Son un arma sutil de
destrucción masiva, tanto de la libertad de pensamiento como del avance del
conocimiento. Es un movimiento francamente anticientífico.
Una vez hemos entendido esto, es todo mucho más fácil.
Sugiero que pongamos estos prefijos en «pausa» y veamos a cámara lenta la
repetición de la jugada. Si estas «palabras feas» se utilizan con «intenciones
limpias», hablemos. Pero si es para descalificar al contrario y zanjar la
discusión antes de que empiece, no hay nada más que discutir.
Para no extendernos más aquí, simplemente quiero resaltar
que una parte significativa de la mal llamada pseudociencia es ciencia de hecho
y por derecho. Y que lo que se llama paranormal le ocurre de hecho de
forma bastante habitual a la gente normal. Lo extraordinario es también más
común y ordinario de lo que se cree. Finalmente, lo sobrenatural, es probable,
acabe siendo algo supernatural.
Abramos nuestra mente, pero que no se nos caiga el cerebro
al suelo. Arriesguemos nuestra credibilidad para investigar lo verdaderamente
desconocido. Ayudemos a que los demás puedan confiar en lo que en el fondo ya
saben. Andemos con elegancia y determinación la cuerda floja de la duda y la
creencia.
Cien y cía
Hay que estar alerta también al primo hermano de la
pseudociencia: el cientificismo. Es su imagen especular. El cientificismo es la
creencia dogmática de que la ciencia no es solo el mejor, sino el único medio
válido para obtener conocimiento. Pero hay cosas en este mundo que quedan fuera
de la jurisdicción de la ciencia, ¿no te parece? Me atrevería incluso a afirmar
que deberían quedar fuera. Simplemente, no se prestan a su método. Pero no por
pseudociencia (el sello científico no tiene validez), sino por no ser ciencia
(el sello científico no tiene competencia). ¿Qué problema hay en aceptar que
hay porciones de lo real sobre las que la ciencia no tiene nada que decir? Se
ruega silencio.
En este sentido, la pseudociencia y el cientificismo son
dos formas de extralimitarse: por defecto y por exceso. Criticar la primera
desde el segundo es como tratar de limpiar un cristal con un paño sucio: ya le
puedes dar fuerte, que al final te da un calambre y lo dejas todo peor que como
estaba. Lo diré más claramente: no hay pseudociencia más peligrosa que el
cientificismo que sale de nuestros laboratorios. Es el pecado capital de la
ciencia.
Sobre el
poder de la palabra
El lenguaje es a la vez una herramienta tanto para revelar
como para ocultar. Es la primera arma de aquellos que no quieren que hablemos
de consciencia, de vida y de muerte (¿quizás porque se les acaba el
chiringuito?). Tenemos que aprender a ser guerreros de la palabra,
a esgrimirla con justicia como una espada, y también a defendernos de
sus ataques.
Como creo que ha quedado patente, el uso de los prefijos no
es casual ni inocuo. De hecho, yendo del extremo de la vergüenza al del
orgullo, parece que cuando añades el prefijo neuro
a cualquier palabra, su valor se multiplica como mínimo por diez. Por ejemplo,
una neuroheladería tiene que ser más rica que las demás (y, por lo tanto, sus
cucuruchos más caros), mientras que una pseudogalleta sería difícil de vender e
incluso de masticar. Bromas aparte, es increíble como cuando se hace una afirmación
puramente psicológica y se la barniza de actividad neuronal, la gente cree que
el mensaje es más importante o incluso verdadero. Algo parecido pasa con los
adjetivos, como el famoso (pero a veces infame) calificativo cuántico.
Quiero mencionar otra arma de confusión masiva: los
adverbios. Prestemos atención solamente a este adverbio crucial: científicamente. Es legítimo preguntarse cómo la
ciencia valida una experiencia, pero hay que ir con cuidado y no creerse que la
ciencia ostenta el poder de hacerla «válida», como si antes no lo fuera, como
si la realidad no fuera real hasta que no recibe el sello que la acredita como
«científicamente» comprobado. La ciencia no tiene el monopolio de lo real ni de
lo verdadero (recordemos la tentación del cientificismo). De hecho, algo puede
ser cierto científicamente, pero otras cosas lo serán históricamente (los
atentados del 11M), jurídicamente (una herencia) o personalmente (me gusta
tomar café). Hay muchas formas de usar este mágico sufijo (-mente). Utilicémoslo adecuada-mente.
Acabemos hablando del uso un tanto tramposo, esta vez, de
los verbos. En biología —una ciencia eminentemente reduccionista— es muy
habitual formular los hallazgos científicos mediante frases que pretenden hacer
ver que un mecanismo ha «explicado» un fenómeno, que se ha descubierto «el
papel que tiene» el gen X en la enfermedad Y, o el de la neurona
A en el comportamiento B. Muchos de estos resultados, tras examinarlos
detenidamente, suelen ser respuestas sin preguntas. El truco está en el uso de
verbos «de relleno», que proyectan una falsa sensación de comprensión y
explicación. Entre los más utilizados encontramos: modula,
altera, regula, refleja, media, determina, genera, produce, codifica, subyace,
induce, permite, asegura, apoya, promueve, suprime, inhibe, previene,
interrumpe y controla. Casi como si
fuera una sopa de letras, te invito a partir de ahora a cazarlos en los
titulares de investigaciones científicas. Ciertamente, mi taza de café «tiene
un papel crucial» en la redacción de este texto, tanto como la fuerza en la
huida del ratón a las garras del gato.
En resumen, hay que ir con mucho cuidado con los prefijos
cabrones, los adjetivos pegatina, los adverbios comarcales, y los verbos
de relleno. Solo así evitaremos que nos den gato por libre.
Hay
grandes herejes trabajando dentro del armario
Jugando con la expresión popular, hay gente que, por el
contrario, nos da liebre por gato. Tuve una videoconferencia con un
investigador estadounidense muy conocido y a quien admiro profundamente por su
trabajo innovador. Tras meses esperando a que me respondiera un correo, su
secretaria nos agendó media hora de reunión. Era la primera vez que hablaba con
él. Tenía tantas cosas que decirle…
Decidí jugármelo todo a una carta. Había una cosa que
realmente quería saber. Me presenté y le dije lo mucho que admiro sus varias
líneas de investigación. Luego, esbocé algunas de las mías, las más
transgresoras, haciéndome un tanto vulnerable al ridículo. Al acabar mi pequeña
introducción, me tomé la libertad de sugerirle que su investigación me parecía
rompedora, heterodoxa, iconoclasta. De inmediato añadí, sin tapujos pero con
prudencia, que en ocasiones su trabajo me olía a «herejía científica». Tras una
breve pausa (que se me hizo muy larga), me dijo: «Alex, tienes un buen sentido
del olfato».
Me quedé anonadado. De repente, nos reconocimos fuera del
armario. A continuación, compartió conmigo algunas de sus ideas
verdaderamente imposibles. Hablamos sin tapujos de tú a tú de una ciencia de lo
imposible. Fue fascinante. El tiempo de reunión se acababa. Las últimas
palabras fueron para confesarme que él todavía no quería sacar sus hallazgos a
la luz. Cada uno tiene su propia estrategia y temperamento. ¿Moraleja? Hay
grandes herejes trabajando dentro del armario. Ese día lo supe de primera mano.
Anomalía,
¿cuándo serás mía?
Dicen que quien canta, su mal espanta. «Anomalía, ¿cuándo
serás mía? Si te entendiera, todo cambiaría». Parafraseo la letra de la famosa
canción de David Bisbal para expresar lo tremendamente importante que son las
anomalías en la ciencia, sobre todo en el estudio de la consciencia.
Las anomalías son un acelerador de innovación. Son el
portal al nuevo paradigma. Son el puente a lo desconocido. Son el motor del
verdadero progreso. Las anomalías son grietas en la pared de nuestro
entendimiento.
Pero, como quizás diría el maestro Miyagi, ante la anomalía
tienes dos opciones: con cera o sin cera. La palabra sincera
significa literalmente «sin cera». Expresa la virtud de no cubrir con cera la
superficie. Se trata de atreverse a dejar que la realidad se muestre tal y como
es, con sus perfectas imperfecciones. Es lo opuesto al maquillaje —tu cara es
más bella cuando eres sincera—.
Sin embargo, ocultar una grieta en la pared puede parecer
una buena idea, sobre todo si estás tratando de alquilar o vender tu piso. Es
parecido a meter los juguetes debajo de la alfombra para no tener que
recogerlos, u ocultar tus creencias dentro del armario para que no te juzguen.
Lo entiendo. Yo también lo he hecho.
Pero ¿y si hay un daño estructural en la pared que pone en
peligro la estabilidad del edificio? Es mejor no hacer la vista gorda.
O, dicho en positivo, ¿y si rascas y la grieta se hace más grande,
y acabas por descubrir que detrás de la pared hay otra habitación cuya
existencia desconocías? ¿Y si hay todo un mundo al otro lado? Hay que tener
valor y humildad para decidir no tapar las grietas de la verdad. Para mirar por
el telescopio de lo que no encaja; de lo que no cabe dentro de la caja de
nuestras creencias limitantes.
La realidad es así, como una mansión maravillosa.
A menudo pasamos nuestra vida en dos o tres estancias, sin saber de las
muchas otras habitaciones colindantes, incluso plantas enteras, en el edificio
de la realidad. Lo mismo les pasó a los físicos cuánticos: siguieron al conejo
blanco (de la radiación del cuerpo negro) por la madriguera y se toparon con un
gran sótano que transformó la visión de la vivienda clásica donde habían creído
vivir hasta entonces.
La anomalía es la canción que canta lo verdaderamente
nuevo, la voz que susurra lo desconocido en tu oído. Recuerda la película Minority Report. Cuando algo no cuadra quizás nos esté
hablando de un cuadro más grande. Sí, también puede ser una falsa alarma. Pero
¿y si no lo es? Modificando el refrán popular, ¿vale más bueno conocido que
mejor por conocer?
La anomalía es un impulso vital que nos hace avanzar.
Mantiene nuestro pensamiento en forma. Da sentido a nuestra duda. Evita que se
enquisten nuestras creencias. Espolea nuestro espíritu. La anomalía es el
bonito truco que utiliza la curiosidad para llevarnos ante el misterio.
¿Misterio,
Miss Terio o Míster Río?
A lo largo de esta aventura nos hemos ido encontrando con
distintos personajes por el camino: Míster Enigma, Miss Terio, el Doctor
Solución, la Señora Anomalía, y Pepe el de los Problemas. Ahora que
estamos llegando al final, os pregunto ¿es el universo un gran sudoku?, ¿un
problema difícil, pero con solución?, ¿un entretenimiento dominical de la razón
cósmica? ¿O algo más?
Un problema es un engorro para el día a día. Pero para un
filósofo, un científico o un ingeniero (cada uno a su manera) es una buena
noticia, pues nos da qué pensar (y de comer). Un problema parece que pida a
gritos su solución y que, una vez la encuentre, se fundirá con ella y
desaparecerá para siempre. Pero yo intuyo que es la forma que tiene la
naturaleza de animarnos a andar hacia lo desconocido y traer, casi como en un
viaje del héroe, unas gotas de verdadero nuevo conocimiento y aprendizaje.
Nos encontramos de golpe sorprendidos, delante del
misterio. No digo enigma, digo misterio. El enigma puede ser conquistado; el
misterio te conquista a ti. Como dijo el maestro Jorge Luis Borges, la solución
del misterio es siempre inferior al misterio. El misterio está ahí para postrarse
ante él y salir transformado. Creo que la consciencia es eso. Creo que la
ciencia es un camino hacia eso. La idea de conocimiento como sacramento es
bella y desconcertante…
Por eso propongo cambiar el orden de las palabras: hagamos
una ciencia de la consciencia como una maravillosa excusa para elevar la
consciencia de la ciencia. Dicho de otro modo, mi lema es este: no preguntes
qué puede hacer la ciencia por la consciencia; pregúntate mejor qué puede hacer
la consciencia por la ciencia.
8. LA HERIDA FUNDACIONAL DE LA CIENCIA
La
consciencia es la gran anomalía de la ciencia
He aquí la gran paradoja de una ciencia que trate de
estudiar la consciencia. Dicho brevemente: no sabemos cómo se hace. Incluso me
atrevería a decir que no sabemos ni siquiera si se puede hacer. La ciencia ha
triunfado a la hora de medir, matematizar y manipular la materia (prueba de
ello es la bomba atómica), pero esas tres emes no se aplican tan fácilmente en
el mundo inmaterial.
Por eso tenemos que sobrevolar la historia de la ciencia
empezando desde sus inicios, hace cuatrocientos años, hasta hoy, para entender
cómo y por qué empezamos esta fascinante empresa estudiando el mundo material y
dejamos la mente para más tarde (y nos olvidamos). Y cuando quisimos, ya
no supimos (ni quisimos).
¿Qué hacer con la experiencia humana? Metimos «el tema»
debajo de la alfombra y quienes trataron de investigar lo hicieron medio
escondidos dentro del armario. Fue un largo camino en la sombra hasta hace muy
poco. Hoy ya se puede. La consciencia ya no es tabú científico (sí, la ciencia
también tiene dogmas, herejes y tabúes). Y el estudio de las
fronteras de la mente se está empezando a aceptar dentro de la ortodoxia
científica. El enigma suele convivir con el estigma al principio. Pero los
tiempos están cambiando. Vamos a por ello.
Las tres
perlas de Galileo
Vamos a retroceder cuatro siglos, concretamente hasta 1623.
Espero que no os perdáis y, si os perdéis, os rescataré por el camino. Venid
conmigo. Haremos una suerte de constelación familiar. Revisitaremos a Galileo
Galilei. Le podríamos considerar nuestro tatarabuelo, no de sangre, sino
cultural, dada su enorme influencia en nuestro pensamiento moderno. Él fue uno
de los padres fundadores de la ciencia cuando empezaba a emanciparse de la
filosofía.
Una de sus grandes contribuciones fue el libro El ensayador. Publicado en 1623, es, de hecho, una
carta de 252 páginas dirigida al papa Urbano Octavo (hoy en día los científicos
se la escribimos a los editores de las grandes revistas). Por cierto, harto de
los académicos, Galileo escribe en italiano para que por lo menos el pueblo le
lea.
En El ensayador Galileo se
confronta con Sarsi, pseudónimo de un jesuita que se oponía a la tesis de
Galileo respecto al origen de tres luces que se vieron en el cielo de Europa en
1618. Casi como los objetos voladores no identificados de hoy en día, discuten
qué son esos objetos. De hecho, discuten si son objetos o no: ¿serán rocas
incandescentes viajando en el cielo a gran velocidad, o meras apariencias?
Entonces no se sabía si eran cometas o ilusiones visuales. Los sabios del
momento discutían sobre su naturaleza.
Sarsi decía que eran objetos celestes, mientras que Galileo
(a pesar de no expresarlo con demasiada claridad a lo largo del libro) se
inclinaba hacia la idea de que eran ilusiones de la percepción. Al final Sarsi
tuvo razón. La ciencia está llena de grandes genios y sus errores. No se puede
tener razón en todo.
Galileo estaba muy enfadado con Sarsi por haber criticado a
un estudiante suyo, tergiversando las palabras y los pensamientos de ambos. Si
el italiano hubiera tenido acceso a las redes sociales de hoy en día, la
controversia estaría servida. Si os tomáis el tiempo de leer algunas páginas de
El ensayador podréis ver a un Galileo elegante
pero realmente cabreado.
Y así, lo que en un principio era una suerte de misiva en
la que Galileo defendía su tesis y su honor ante tan acalorado debate, acabó
siendo una obra maestra de la ciencia. Galileo engarza en El ensayador tres grandes perlas en una posición privilegiada
de la corona científica. Las dos primeras son fundacionales. La tercera es la
que más nos interesa para el estudio de la consciencia. Veámoslo:
Primero Galileo nos dice que la naturaleza es un libro
escrito en el lenguaje de las matemáticas:
La
filosofía [ciencia] está escrita en este grandísimo libro [libro de la
naturaleza, el universo] que está continuamente abierto ante nuestros ojos,
pero el libro no se puede entender si antes uno no aprende a comprender el
lenguaje y a leer las letras en las que está escrito. Está escrito en el
lenguaje de las matemáticas, y sus personajes son los triángulos, círculos
y otras figuras geométricas, sin las cuales es humanamente imposible entender
palabra alguna; sin ellos uno deambula en vano por un oscuro laberinto.
Esto es sumamente importante.
Significa que la naturaleza guarda secretos y que para descifrarlos hay que
hablar su lenguaje. El apunte de Galileo nos recuerda a la famosa inscripción
en la entrada de la Academia de Platón: «Que no entre nadie que no sepa
matemáticas/geometría». Por eso las matemáticas son para el físico lo que el
solfeo es para un músico profesional. Si te quieres dedicar a ello, tienes que
dominar el idioma. El primer mandamiento es, pues, este: matematizarás a la
naturaleza para desvelar sus secretos.
Sin embargo, permíteme añadir que la naturaleza es
realmente políglota, esto es, responde a cualquier lengua con la que nos
aproximemos a ella, incluso al tono. Cabe recordar que Francis Bacon,
contemporáneo de Galileo, nos animó a interrogar a la naturaleza hasta que
escupiera sus secretos. Esta es, de hecho, la lógica de los laboratorios: son
salas de interrogación. Es una genial idea, pero también un tanto aterradora,
debo confesarlo. Ella podría haber sido una amable doncella —así la trataban
los grandes científicos románticos alemanes—, pero, en vez de seducción y
susurros, aplicamos el método de tortura e interrogación. Otra idea
poderosísima en los cimientos de eso que llamamos ciencia. Pero volvamos a
Galileo.
En segundo lugar, Galileo contrapone la mera opinión a la
evidencia razonada:
Creo,
Señor Sarsi, que los buenos filósofos [científicos] vuelan, y lo hacen
solos como el águila, no en bandadas de estorninos. Es cierto que como las
águilas son aves raras, poco comunes, se ven poco y se oyen menos, mientras que
los pájaros que vuelan como los estorninos llenan el cielo con gritos y
llantos, y allí donde se paran ensucian la tierra que hay debajo. Pero si
los verdaderos filósofos son como águilas, no son únicos como el Fénix. La multitud
de necios que no sabe nada, Sarsi, es infinita. Aquellos que saben muy poco de
filosofía son muchos. Pocos son de hecho los que realmente saben algo de ello,
y solo Dios lo sabe todo.
Galileo nos recuerda que da
igual lo que muchas personas opinen, o incluso lo que digan unos pocos en
posiciones de poder. Lo que realmente importa es lo que nos responde la
naturaleza al preguntarle. La ciencia no va de autoridad ni de opinión, sino de
evidencia y experimento. Mil estorninos cuentan menos que un águila. Esto no va
de likes, visualizaciones, o lo que diga la
mayoría. Aunque todos opináramos lo mismo, si tú, querido lector, hicieras el
experimento adecuado que nos contradice a todos, tendrías más razón que nadie.
La ciencia no es democracia. Este es otro superpoder de la ciencia, que también
se puede tergiversar (en el fondo, la ciencia es más complicada, pues también
funciona por «consenso de expertos»; hay mucho en el backstage
todavía por contar). El segundo mandamiento es pues este: medirás a la naturaleza
y evitarás la mera opinión.
Estas dos primeras emes, las matemáticas y la medida, se
nos graban a fuego cuando estudiamos las «ciencias duras». Son los dos pilares
sobre los que se construirá todo el edificio de lo que hoy llamamos ciencia.
¡Qué ideas tan buenas! Parémonos a contemplarlas. Apreciemos su potencia (y
empecemos a intuir sus limitaciones).
La herida
fundacional de la ciencia
La tercera idea de Galileo es la más importante para el
propósito que nos ocupa aquí. Hacia el final del libro, enfrascado en la
controversia sobre la naturaleza de las tres luces en el cielo, Galileo hace un
comentario casi de pasada, pero que marcará el curso de los siguientes cuatro
siglos en lo que respecta el estudio científico de la consciencia. Este es el
momento crucial: en la realidad hay dos tipos de cosas, lo objetivo y lo
subjetivo, siendo lo primero más real pues lo segundo desaparece cuando
nosotros desaparecemos (¡ay, la muerte, siempre presente!). Leámoslo de su
propia tinta:
Ahora
me queda decirle a Su Excelencia, como prometí, algunos pensamientos míos sobre
la proposición «el movimiento es la causa del calor», y mostrarle en qué
sentido esto puede que sea verdad. Pero primero debo considerar qué es eso que
llamamos calor, pues sospecho que la gente en general puede tener un concepto
de esto que está muy alejado de la verdad. Pues ellos creen que el calor es un
fenómeno real o una propiedad, o cualidad, que de hecho reside en el
material por el que nosotros nos calentamos. Ahora digo que cuando concibo cualquier
material o sustancia corporal, inmediatamente siento la necesidad de pensarlo
como (…) si estuviera encerrado o limitado, como si tuviera esta o esa forma;
como siendo grande o pequeño en relación a otras cosas, y en un lugar
específico en un tiempo dado; como estando en movimiento o en reposo; como
tocando o no algún otro cuerpo; y como siendo uno en número, o pocos,
o muchos.
Seguid conmigo, que ahora
viene lo bueno. Galileo continúa:
De
estas condiciones no puedo separar tal substancia por ningún esfuerzo de mi
imaginación. Pero que deba ser blanco o rojo, amargo o dulce, ruidoso o
silencioso, y de un olor dulce o rancio, mi mente no se siente obligada a
incluir todo ello como acompañamientos necesarios. Sin los sentidos como
nuestra guía, la razón o la imaginación sin ayuda probablemente nunca podrían
llegar a cualidades como estas. Por lo tanto pienso que los sabores, olores,
colores, etcétera no son más que meros nombres (en cuanto al objeto en los que
los colocamos se refiere), y que ellos tienen residencia solo en el
«cuerpo sensitivo» [viven solo en la consciencia]. Por lo tanto, si eliminara
al animal [sujeto sintiente], todas estas cualidades serían aniquiladas.
Hagamos la repetición de las
mejores jugadas, a cámara lenta: los sabores, olores y colores no son
más que meros nombres que viven solo en la consciencia —cuando morimos, todas
esas cualidades son aniquiladas—. Eso nos está diciendo Galileo.
Yo parafraseo este momento tan importante de la historia de
la ciencia así: hay cosas que viajan en primera clase y otras en segunda;
primero está lo verdaderamente real (los cuerpos y su solidez, extensión y
movimiento), y luego lo aparentemente real (las sensaciones).
Esto se puede interpretar en dos sentidos. El primero es
más «ontológico» (qué son las cosas): Galileo estaría hablando de cómo es la
realidad en realidad. El segundo es más «epistemológico» (cómo podemos
conocerlas): Galileo nos estaría hablando de cómo conocer la realidad, aunque
no consigamos saber qué es en realidad.
En cualquier caso, el plan es el siguiente: vamos a
proceder a estudiar científicamente el mundo en dos fases. Comenzaremos primero
con lo que se presta a la medida y las matemáticas: los «fenómenos primarios
del movimiento y el tacto». Y dejemos para después lo que se resiste a
ello: Galileo cree que los sabores, olores, colores y demás residen solo en la
consciencia o mente perceptiva.
Galileo hace una separación crucial. Yo le llamo la herida
fundacional de la ciencia. Otra forma de verlo es como un divorcio forzoso-amistoso:
para la Iglesia el alma humana, para los científicos el mundo material. De
hecho, este es un movimiento estratégico genial, casi imprescindible para
conquistar la naturaleza de lo físico: la ciencia estudiará lo objetivo, no lo
subjetivo.
Y así, la ciencia empezó por aquella porción de la
naturaleza que se presta más fácilmente a ser medida y matematizada. Dejaría
para más tarde lo que más nos importa: el sabor, el dolor, el amor. Y dado
el éxito de su empresa, fueron aplicando su estrategia a más y más porciones de
lo real —el biombo de Galileo se fue empujando de la física a la química a la
biología a la psicología—. Fueron posponiendo el estudio de la consciencia
hasta que se les olvidó. Y cuando quisieron hacerlo, ya no supieron o no pudieron.
La ciencia es una manera extremadamente exitosa de conocer
la realidad a partir de medirla y manipularla. Podemos pensar en ella como una
«idea de negocio» genial que deja «el mercado» de lo subjetivo para más tarde
centrarse en el de lo objetivo. A partir de ahí, se separaron las aguas de
lo objetivo y lo subjetivo y, por eso, ahora tenemos que ver cómo hacemos
ciencia objetiva de la subjetividad misma: una nueva ciencia de la consciencia.
¿Veis lo bonito que es esto? ¿Veis lo que va a pasar? El
gran órdago de Galileo es en el fondo una jugada maestra y, a la vez,
dejará en el congelador de la mentalidad científica occidental el táper de lo
que más nos importa: la vida, la muerte y la consciencia.
La ciencia
despega
Así, atendiendo única y exclusivamente a lo que se deja
medir y matematizar, la ciencia empezó su exitosa andadura, describiendo y
prediciendo (¡y unificando!) el movimiento de los cuerpos terrestres y
celestes. La mecánica y la astronomía se convirtieron en las dos piernas que
echaron a andar esta invención maravillosa de la mente humana que llamamos
«ciencia». El resto es historia.
Menudo exitazo. La ciencia fue conquistando progresivamente
casi todo el mundo físico a su paso. Por eso los físicos tendemos a ser
arrogantes. Sabemos lo que han conseguido nuestros predecesores. ¡Es
espectacular! Sin embargo, todavía siendo terriblemente difícil, es importante
remarcar que la ciencia empezó por lo más fácil, pues las manzanas de Newton y
los planetas de Kepler se prestan mucho más fácilmente a la lógica de Galileo
que el amor y el dolor de Romeo y Julieta. Sí, la física es dificilísima, pero
es «lo más fácil»…
Durante los siguientes cuatrocientos años, la ciencia se
entretuvo cocinando platos magníficos con ingredientes del mundo material, pero
fuimos prácticamente incapaces de servir aperitivo desde la cocina de nuestros
laboratorios que apelara a nuestra propia experiencia, eso que hoy llamamos
consciencia.
Es por tanto un poco irónico, y también tragicómico,
cuando mis colegas físicos hablan de una «teoría del todo» (técnicamente una
teoría que unifique y transcienda las profundas y aparentemente
irreconciliables incompatibilidades entre la relatividad y la cuántica). Una
teoría del todo, ¡menos de todo lo que importa! El sabor a chocolate, la pereza,
el sexo, las guerras, la muerte y el amor de madre… ¿Qué ecuaciones nos
desvelan sus secretos?
Y eso sin mencionar que sabemos mucho sobre el mundo
material pero desconocemos qué es el 95 % de la masa y energía total del
cosmos, a las que llamamos masa y energía «oscuras». Imaginaos qué falsa
humildad la de quienes dicen que la física explica casi todo lo conocido y
explicará todo lo que está por conocer.
En cualquier caso, lo que sigue a Galileo es la historia de
un éxito (y de una muerte) anunciados.
La exclusión de la experiencia misma del ámbito de la
ciencia se convierte en una estrategia tremendamente exitosa. Este sagaz
movimiento «programático» (es el business plan de la ciencia) da lugar a la física, y ese
tronco robusto pronto se bifurca en varias ramas largas y fuertes. El árbol nos
ha dado grandes frutos, pero pocas flores. Estudiar la materia es, sin duda,
difícil. Pero hay algo acerca de la vida y la mente que desafía particularmente
lo que llamamos el método científico.
Tal y como recomendó Francis Bacon, la ciencia persigue a
la naturaleza por todos sus rincones, hasta que escupe sus secretos. Hay otros
modos de relacionarse con ella, como el diálogo o la seducción, pero el método
de interrogación dotó de aún más potencia a la empresa galileana. Sin embargo,
cautiva y bajo tortura, no creo que ella nos susurrara un poema ni nos
entregara su corazón…
Entramos en el siglo XVIII y «el biombo» de Galileo se va
desplazando. No tenemos tiempo de pararnos aquí. La física sigue y, después de
la mecánica y la astronomía, llega la física de fluidos, la termodinámica y el
electromagnetismo. Estamos ya a principios del siglo XIX. Vamos
conquistando el mundo parcela tras parcela (y a buen conquistador, pocas
excusas le faltan).
Todas las disciplinas siguen el ejemplo de la física,
primogénita e hija predilecta de la ciencia. A la química también le va
muy bien, transformando la ciencia del contacto (la física) en la del enlace.
La biología coge buen ritmo, aunque «el secreto de la vida» se le resiste todavía
hoy.
La empresa de la ciencia empezó sirviendo cafés, después
refrescos y rápidamente amplió su oferta a bollería y bocadillos, incluso el
vermut de media mañana. Acabó así convirtiéndose en la gran cadena de
restaurantes de lo real…
Y, casi sin darnos cuenta, llegamos a finales del
siglo XIX.
Es la hora de la psicología.
Llega (de
nuevo) la hora de la verdad
La materia la tenemos. La vida casi también. Vamos a por la
mente.
Así como la palabra biología
significa estudio («logos») de la vida («bios»), la palabra psicología nombra y
bautiza una posible ciencia del alma («psyche»).
Podemos, de momento, pensar en el alma como sinónimo de mente o de consciencia
(aunque no lo sean). Lo relevante aquí es que la ciencia se enfrentó de nuevo
con lo intangible. Llegó la hora de enfrentarse al estudio de la mente. Llegó,
de nuevo, la hora de la verdad.
Pero ¿cuánto pesa el alma? ¿Qué ecuación matemática
describe el espíritu? ¿Cómo construir una máquina que mida la consciencia? ¿Se
puede objetivar lo subjetivo sin que deje de serlo? ¿A qué huelen las nubes?
Nos encontramos de nuevo con la herida fundacional de
Galileo (o, quizás, con su cicatriz, mal curada). ¿Qué harían los científicos
esta vez? ¿Meterían a la consciencia de nuevo debajo de la alfombra de la
ciencia? ¿Qué hacemos? ¿Qué creéis que hicieron vuestros ancestros? ¿Qué
hubiérais hecho vosotros?
Aunque la psicología empezó bien, haciendo introspección
(estudiando la mente desde la mente, «desde dentro», casi como llevan milenios
haciendo en Oriente), lamento deciros que la profecía se autoincumpliría de
nuevo. Dicho en plata: los psicólogos se acojonaron. ¡No sabemos medir el alma!
No sabemos ni siquiera si es posible hacerlo.
¿Qué hicieron entonces? Llamaron al primo de Zumosol. ¿Y
quién es? El físico. ¿Y qué dice el tatarabuelo de la física que hay que hacer?
Buscar esa porción de la naturaleza del alma que se deje medir y matematizar
más fácilmente. ¿Cuál es? La conducta, el comportamiento, lo que hacemos los
animales «por fuera». Y así, la psicología se volvió rápidamente
«conductista», es decir, prestó atención solamente a la conducta, pues se puede
observar y medir.
Pero eso no fue todo. No tuvieron suficiente con posponer
de nuevo una oportunidad de oro para estudiar científicamente lo que más nos
importa como humanos (quién somos realmente, en vez de cómo caen las manzanas).
Además de desplazar y olvidar la realidad del alma, decidieron negarla. Como no
sabemos estudiarla, diremos que no podemos, luego que no se puede y acabaremos
por concluir que no existe. Muerto el perro, se acabó la rabia. Y a
aquellos que digan lo contrario, les ladraremos y morderemos.
Este «cientificismo» —la idea de que la ciencia no es solo
el mejor, sino el único método de conocimiento válido— es una actitud que,
desafortunadamente, irá calando a lo largo del siglo XX en la ciencia y
en la sociedad, como una suerte de parásito mental. Como harían los
conquistadores más salvajes: la realidad, o se somete y se convierte a lo
«científicamente probado», o la expulsamos y la eliminamos. Es ahí donde
la ciencia, no reconociendo sus límites, se extralimita.
Es interesante notar, aunque sea de pasada, que a
principios del siglo xx se dio un incidente que marcó el divorcio forzoso
entre ciencia y filosofía. Un evento tan fascinante como devastador (lo cuenta
maravillosamente la historiadora de la ciencia Jimena Canales en su libro El físico y el filósofo: Einstein, Bergson y el debate que
cambió nuestra comprensión del tiempo). Albert Einstein se encontró con
Henri Bergson en París, el 6 de abril de 1922. El científico y el filósofo del
tiempo por excelencia debatieron sobre su naturaleza. El alemán le dijo al
francés: el tiempo de los filósofos no existe. Si la historia la escriben los
ganadores, Bergson perdió. Desde entonces, la ciencia decidió desprenderse de
la filosofía, y eso promovió no solo el cientificismo, sino el desvarío
tecnocientífico que ha dado lugar a grandes capítulos negros de la historia de
la humanidad. Sí, gracias a la ciencia tenemos aviones y neveras, pero también
gracias a ella hemos destruido ciudades y vidas enteras. Las bombas y los virus
son la cara oculta de la luna. Hay que integrar la sombra del progreso
científico (pero este es otro tema). Antes de volver a la psicología, veamos
qué sucedía con la física.
Arranca el
siglo xx
A finales del siglo XIX, los físicos creían que ya lo tenían
todo casi resuelto. Aún quedaban un par de anomalías que, como grietas en la
pared, se pensaba que con un poco de masilla quedarían solventadas y el
edificio de la física completo. Una de esas anomalías fue la radiación del
cuerpo negro (no es necesario saber ahora de qué se trata). Lo importante es
que, cuando rascaron en la pared, se hizo un boquete enorme que se convertiría
en el portal a la física cuántica. Fue increíble. Los físicos pensaban que ya
conocían todas las habitaciones de su casa, pero resulta que aún no habían
pisado el desván ni el sótano. En el momento más inesperado, la visión clásica
del cosmos se puso patas arriba.
Los físicos seguían tratando de entender qué es eso de la
cuántica y, por si eso no fuera suficiente, llegó también la relatividad.
Nuestras nociones de espacio y tiempo quedaron también tocadas para siempre: el
espacio se curva en presencia de grandes masas, el tiempo va más lento cuando
yo voy más rápido, la materia se convierte en energía.
Mientras los físicos se enfrentaban desconcertados a todo
tipo de paradojas conceptuales y empíricas (tanto por parte de la física
cuántica como por parte de la relatividad), los biólogos y los psicólogos
seguían aferrados a la física del siglo XIX, a una visión del mundo en la
que todo está hecho de materia como pequeñas bolitas de billar chocando al azar
en la mesa de billar de un espacio vacío e inerte. No les culpo, pues los
físicos tardaron décadas en recuperarse del shock.
Sin embargo, más de un siglo después, la gran mayoría de biólogos y psicólogos
parece que aún viven en el paradigma mental «chato» del siglo XIX, eso sí, con
tecnología «punta» del siglo XXI.
En fin, se podría hacer una serie de Netflix con todo lo
que estaba sucediendo, en paralelo, a principios del siglo XX. Los
científicos son como tribus, y las disciplinas científicas distintas
subculturas dentro de un territorio amplísimo. No existe tal cosa como «la
ciencia»; la ciencia son muchas ciencias.
Breve
historia de las tres Ces
Regresemos a la psicología. En vez de estudiar la
consciencia, los psicólogos empiezan por otra ce: la conducta. Como dijo el
filósofo George Santayana (menos conocido como Jorge Agustín Nicolás Ruiz de
Santayana y Borrás), aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a
repetirlo. De nuevo, ante la encrucijada galileana, los científicos decidieron
cortar por lo insano. A modo de verso improvisado: «Virgencita,
Virgencita, que me quede como estoy; para luego la consciencia y la conducta
para hoy». Ya se sabe que más vale malo conocido que bueno por conocer.
Después de décadas estudiando la conducta, los científicos
no solo aprendieron a medirla, sino también a manipularla. El alma seguía
siendo tabú, pero las capacidades de la mente no: la percepción, la memoria, la
atención, la intención, el razonamiento, la emoción, la imaginación, etc. La
primera ce dio lugar a la segunda: la cognición. Los psicólogos evolucionaron y
se volvieron cognitivistas. Empezaron a estudiar los procesos «mentales»
internos, no solo sus manifestaciones externas.
Esta deriva parecía seguir el «espíritu de los tiempos».
Pronto llegaron las guerras mundiales. De nuevo, hubo mucho dinero para echarle
de comer a la ciencia, alimentando un negocio oscuro que no pretende conocer
por conocer (sirviendo así a la humanidad), sino conocer para matar y ganar
(sirviendo así a unos pocos).
Emergió un profundo interés por otra gran ce: la
computación. Había que descifrar los mensajes encriptados del enemigo. Nace la
teoría de la información. El mundo ya no parece estar hecho solo de materia ni
de energía, sino también de información. Y la mente parece hacer
precisamente eso: procesarla. El comportamiento se transfigura entonces en
cognición mediante la computación. Y las primeras computadoras se empiezan
a diseñar a imagen y semejanza de los cerebros. Por cierto, luego se dirá que
los cerebros son máquinas, con el mito del cerebro como ordenador. ¡La copia se
convierte en el original! Como lo que nos está pasando ahora con la
«inteligencia artificial».
El siglo avanza. La biología molecular arrasa con la
genética. La física se atasca en la teoría de cuerdas. Es todo fascinante, pero
no podemos detenernos a contarlo ahora. Quedémonos con esta versión, comprimida
en unas pocas páginas, de la historia de la ciencia de los últimos
cuatrocientos años. Es lo esencial que necesitamos saber para entender mejor de
dónde venimos y poder decidir adónde vamos. Veamos ahora qué ha pasado
recientemente, en los últimos treinta años.
9. EL NACIMIENTO DE LA CIENCIA DE LA CONSCIENCIA
La
bendición de Francis Crick
El estudio de la consciencia podría haber seguido encerrado
a cal y canto en el armario de la ciencia durante algunos siglos más (¡¿quién
sabe hasta cuándo?!), pero algo inesperado sucedió a principios de los años
noventa del siglo pasado. Esto fue lo que pasó.
Francis Crick, premio nobel de fisiología y medicina
—galardonado en 1962, junto con James Watson, por el descubrimiento de la
estructura en doble hélice de la molécula de ADN—, empezó a preguntarse por la
consciencia. Después de mudarse a California en los años setenta, Crick decidió
abordar el secreto más profundo de la mente humana. El interés por el estudio
de la consciencia le vino hacia el final de su carrera, después de alcanzar la
fama por su papel en el descubrimiento de la estructura del ADN. Tras su gran
contribución al «secreto de la vida», su siguiente gran proeza sería resolver
el «problema de la consciencia».
Crick consideraba la consciencia un problema fundamental no
resuelto en la biología, uno de los grandes retos científicos, comparable al
del origen de la vida. El desafío de entender la consciencia era demasiado
atractivo para dejarlo pasar. Además, Crick estaba fascinado por el cerebro y
la posibilidad de estudiarlo en los laboratorios del Salk Institute en
California, donde se trasladó.
Aparte de sus contribuciones estudiando el fenómeno de la
consciencia mediante investigaciones que se centraban en el procesamiento
visual, quizás la mayor aportación científica de Crick en esta nueva fase de su
carrera fue sociopolítica: puso la consciencia en el mapa de sus colegas de
profesión. A principio de los noventa hizo algo que solo un premio nobel
puede hacer: le dio la «bendición papal» al estudio científico de la
consciencia. Gracias a ello se empezaron así a superar de forma lenta, pero
definitiva e irreversible, los muchos prejuicios académicos que habían
sepultado, hasta la fecha, esta área crucial de investigación científica.
A partir de entonces, estudiar la experiencia subjetiva en
los laboratorios dejó de ser tabú. En efecto, en ciencia hay también tabúes,
dogmas, ritos, templos, santos, obispos y herejes. El biombo de Galileo se
precipitó definitiva e irreversiblemente hacia una ciencia de lo intangible.
Hay que precisar que la consciencia ya se venía estudiando
desde décadas antes, aunque fuera de forma underground,
casi a escondidas, por pioneros cuyos nombres están resurgiendo ahora (como mi
querido neurocientífico mexicano Jacobo Grinberg), pero que la historia de la
ciencia no ha tratado todavía como se merecen.
La diferencia después de la intervención de Crick fue que
la ortodoxia neurocientífica empezó a aceptar la posibilidad de estudiar la
consciencia científicamente. Es decir, el estigma comenzó a dar paso al enigma.
El tema se empezó a hacer mainstream. Hasta
entonces algunos científicos llamaban eufemísticamente a la consciencia «la
palabra C» (de manera similar a como un niño que quiere referirse a la gran
palabrota hablaría de «la palabra P» para que sus padres no le regañen). El
primer paso para poder hablar de algo es poder nombrarlo.
Así, la era científica de la consciencia tiene su origen en
ese momento, en los años noventa. Se podría pues fechar la ciencia de la
consciencia con las siglas a. C. y d. C.: antes de Crick y después de Crick (o,
para quien prefiera referencias musicales, como la famosa banda de rock AC/DC). Han pasado solo treinta años. Eso en
ciencia es casi nada. Pero han sucedido muchas cosas. Los tiempos se aceleran.
La singularidad está cerca.
¿Y
entonces qué?
Se empieza a estudiar la consciencia en los más
prestigiosos centros de investigación americanos, aunque no se sabe muy bien
cómo. No olvidemos que la ciencia sigue siendo galileana. Yo le llamo «Ciencia
1.0». Sabemos medir muy bien la materia y hacer castillos de arena con ella en
la playa y en los laboratorios, pero la mente aún se nos escapa como agua de
mar entre las manos.
¿Conocéis el viejo chiste del borracho que está buscando
sus llaves debajo de una farola, a sabiendas de que muy probablemente las
haya perdido calle arriba? Al preguntarle por qué no las está buscando allí, él
responde: «porque aquí por lo menos hay luz». De manera similar, lo primero que
hicieron los investigadores fue, obviamente, ver qué pasa dentro de la cabeza.
Por ejemplo, así se empezó a estudiar el problema: si
alguien (un humano o animal, típicamente un primate) tiene consciencia de un
cambio en una percepción visual (por ejemplo cuando se proyectan dos imágenes
diferentes, una en cada ojo, y el cerebro tiene que decidir cuál es la que
vemos en cada instante) y, al mismo tiempo, medimos la actividad cerebral del
sujeto que experimenta esa «rivalidad binocular», quizás podamos encontrar
áreas cerebrales cuya actividad esté correlacionada con esos cambios en la
percepción subjetiva. Estamos hablando de los «correlatos neuronales de la
consciencia».
Así es como Crick y su gran colaborador neurocientífico
Christof Koch comenzaron a escudriñar qué sucede en la cabeza cuando cambia la
consciencia. Su misión era descubrir cómo el vino de la experiencia subjetiva
brotaba del agua de la actividad neuronal. Eso fue, en parte, lo que convenció
a algunos científicos de que la pregunta sobre la consciencia había abandonado
la lista de preguntas imposibles tales como el sexo de los ángeles. La ciencia
empezaba a creerse que podría hincarle el diente al problema.
Había que lanzar un buen trozo de carne fresca a la jaula
de leones para se pusieran en marcha: los científicos de corte más experimental
se pusieron a buscar mecanismos biológicos de la consciencia en el cerebro. Eso
sí lo saben hacer los neurobiólogos. En efecto, un abordaje mecanicista y
reduccionista sin complejos. Con un programa extremadamente pragmático (y
quizás un tanto ingenuo filosóficamente), Crick y Koch apostaron de nuevo por
el «materialismo promisorio»: hoy no se fía, pero mañana sí. Es decir, el
misterio se vuelve enigma, cuya solución es cuestión de tiempo, mejor
tecnología, y más dinero.
Se empezó a labrar, abonar, plantar y regar un nuevo
«campo»; un ecosistema de estudiantes, becas, departamentos, revistas
científicas, conferencias y financiación científica específica para que
esta tardía pero esperada rama del árbol de la ciencia pudiera crecer (un árbol
que me recuerda al baniano, caracterizado por sus «raíces aéreas» que
descienden desde las ramas hasta el suelo, convirtiéndose en nuevos troncos de
una ciencia extendida). La ciencia de la consciencia había finalmente nacido.
Fijaos que no solo de datos y teorías vive el científico.
Como veremos más adelante, la pata sociopolítica del «taburete de la ciencia»
es esencial para que la empresa se sostenga y avance.
El
«problema difícil» de la consciencia
Mientras se empezaba a correr el velo de «la palabra C» por
la vía científica con el trabajo de Crick y compañía, algo similar pasaba por
la vía filosófica.
Hay que decir que el problema mente-cuerpo es más viejo que
el tebeo. No se lo inventaron los filósofos de la mente de finales del
siglo XX.
Simplemente le cambiaron el nombre. Le hicieron un rebranding
y un unboxing muy astuto.
La cuestión sigue siendo cómo el alma encuentra asidero en
la carne o, en términos más modernos y aceptables: ¿cuál es la relación entre
cerebro y consciencia? Dicho de otro modo, si mi dolor de espalda es realmente
real y el peso de mi mochila también lo es, ¿cuál es el puente entre esta
brecha aparentemente insalvable (¡un abismo!) entre el mundo de lo subjetivo y
de lo objetivo? ¡Ay, si Galileo levantara la cabeza de nuevo…!
Así como hay un antes y un después en la ciencia de la
consciencia gracias a Crick, también hay un antes y un después gracias al
filósofo australiano David Chalmers —dado su look
de estrella de rock, podríamos llamar a este
segundo momento crucial de la década de los noventa como el AC/DC de la
consciencia.
Fue él quien rebautizó la vieja cuestión en un nuevo
problema que cautivó a las mentes académicas del momento. Chalmers llamó a esta
pregunta perenne de la filosofía «el problema difícil de la consciencia»: si la
materia es todo lo que le negamos a la mente y, aun así, (parece que) la
produce. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo convertir el agua del cerebro en el vino
de la consciencia?
El movimiento de Chalmers fue como un Red Bull para los
materialistas de la consciencia: les dio alas para creerse que podían responder
a una pregunta tan fundamental como mal planteada (lo cual, viniendo de un
filósofo, es un pecado capital, aunque también habitual). Moraleja: no hagas
una pregunta cuya respuesta ya sabes, ni des una respuesta a una pregunta mal
formulada. Pero él sabía lo que hacía. Su sutil movimiento echó toneladas de
leña al fuego de la locomotora académica. Todo el mundo empezó a creerse que
esa cuestión, por irresoluble que pareciera, debía y podía ser resuelta.
El milagro estaba servido y los comensales de la mesa de la
ortodoxia afilaban sus cuchillos ante el banquete de lo imposible pero
accesible. Se pusieron a trabajar intensamente en ello en el ámbito conceptual.
Chalmers transformó un callejón sin salida en una avenida llena de
posibilidades para sus colegas.
Pasar de
nada a algo es mucho
Pienso que preguntarse cómo la materia da lugar a la mente
no es tanto un «problema difícil» sino una «pregunta absurda». Es como si un
periodista capcioso o un abogado osado te preguntaran «¿cuál fue el arma del
crimen con la que acabaste con la víctima?». Si tratas de responder a la
pregunta, estás muerto. En vez de ello, debes tratar de reformularla, dejando
al descubierto las premisas falsas sobre las que descansa. En la ciencia, como
en la vida, a veces es mejor no responder a la pregunta sino cuestionarla.
Pero si uno se deja encandilar por el aura de la gran
cuestión, siente que de repente tiene mucho trabajo por hacer. Esto les vino de
perlas a los materialistas, reduccionistas y mecanicistas —la santísima
trinidad de la ciencia ortodoxa—, quienes rápidamente reconocieron cómo la
mayor amenaza para su ideología se convertiría en su coartada perfecta:
transformaron el fenómeno de la consciencia (que ellos mismos habían negado
antes por ser incompatible con su ideología) en el problema de la consciencia
(que ellos mismos estaban ahora dispuestos a resolver).
Otros, como los neurofenomenólogos, prefirieron disolver,
en vez de resolver, el problema «difícil» de la consciencia. Pero el gran circo
de la consciencia lo lideran los leones materialistas, y Chalmers y Crick
les proporcionaron la carne fresca que necesitaban tanto en lo experimental
como en lo teórico. Si todo está hecho de materia, la consciencia parece
realmente inexplicable. Pero, como venía haciéndose antes desde la doctrina
materialista, se prometió una vez más que cualquier problema que se resista al
método científico será explicado en un futuro por esa misma doctrina. El show del «materialismo promisorio» pudo así continuar.
Sin embargo, hay que estarle agradecido a Chalmers y a
Crick, pues fueron las comadronas de la Ciencia de la Consciencia 1.0 a finales
del siglo pasado. Cada uno a su manera —Crick en lo neurobiológico y Chalmers
en lo filosófico—, le dieron una nueva vida al «zombi materialista», quien,
a la luz de la consciencia, debería haberse desintegrado progresiva pero
ineludiblemente como la oscuridad al alba. No hay mal que por bien no venga.
Pasamos de no tener nada que hacer (¡ni poder hacer nada!) a ponernos manos a
la obra. Pasamos de cero a uno, y eso no es poco.
Tomemos perspectiva de nuevo. Tras décadas (o siglos) de
hambruna científica, no es mala noticia que los nuevos investigadores de la
consciencia empezaran a hacer como Peter Pan y los niños del País de Nunca
Jamás: imaginarse que la mesa estaba llena de suculentos problemas que pronto
iban a poder nutrir sus investigaciones, agrandar sus carreras y engordar sus
egos como panzas llenas. Nunca tiempos pasados fueron mejores.
Cuando los
árboles sí nos dejan ver el bosque
Hay veces que los árboles no nos dejan ver el bosque —nos
enfocamos tanto en los detalles que perdemos de vista el contexto general—.
Vamos a tratar ahora de que nos pase lo contrario.
En los últimos cuatrocientos años hemos pasado de nada a
algo: del tabú de la consciencia al monocultivo del materialismo.
Recientemente, en los últimos treinta, de algo a mucho más: ya no tenemos una
única opción, ni dos, ni tres, sino una docena de grandes abordajes y cientos
de teorías de la consciencia.
De todo lo sucedido en los últimos treinta años, quiero
resaltar principalmente lo siguiente: el estudio científico de la consciencia
ha nacido, ha crecido y se encuentra ahora mismo en su adolescencia. La palabra
adolescencia viene de la palabra adolecer, que significa que algo nos duele
profundamente; se trata de ese estadio de nuestro crecimiento en el que crecer,
efectivamente, duele. Se busca desidentificarse de los progenitores y aparecen
mil tribus distintas con las que el adolescente se irá identificando a medida
que transita hacia su madurez.
Estamos justo ahí en el estudio de la consciencia. El
comportamiento y la cognición tienen ya sus bases asentadas y su actividad es business as usual, pero en lo que se refiere a la
consciencia, se trata del «viejo oeste» de la ciencia y la filosofía, repleta
de tribus urbanas: los pijos, los punkis, los rastas, los emos, los hípsters,
los frikis, las chonis, etc., una explosión de abordajes, intereses y
sensibilidades diferentes. Treinta años después de que el estudio científico de
la consciencia fuera aceptado por el mainstream,
el campo se ha convertido en un entorno vibrante de enfoques, bendecido y
cargado a la vez por supuestos ocultos, resultados contradictorios e
implicaciones conflictivas.
En un artículo reciente titulado «Un panorama de las
teorías de la consciencia: hacia una taxonomía de explicaciones e
implicaciones», mi amigo y colaborador Robert Lawrence Kuhn (el creador y
presentador de la serie de televisión y web Closer to
Truth) ha identificado, ordenado y descrito las más de doscientas
teorías de la consciencia que existen en la actualidad.
Una de las motivaciones principales de este trabajo es
evitar que los árboles no nos dejen ver el bosque. Kuhn es uno de los pocos
pioneros que intentan aportar un orden integral a tan complejo asunto. En vez
de abrazarse a su árbol favorito, intenta cuidar del bosque. Gracias a él hemos
podido comenzar a rescatar esa última frontera del conocimiento humano de las
estériles disputas provincianas, los delirios egocéntricos de grandeza y las
miradas miopes que aquejan el campo de la investigación sobre la consciencia.
La revisión de Kuhn es un ejemplo paradigmático de tal
reconocimiento individual y colectivo. No es un trabajo normal. Es una criatura
bella y también una bestia —una contribución científica y filosófica única en
contenido y estilo—. Es un artículo de acceso abierto de 142 páginas a doble
columna. El texto tiene 175 mil palabras, incluyendo casi mil referencias. En
él, Kuhn articula una taxonomía de unas 225 teorías de la consciencia.
Reuniendo bajo un mismo techo a la mayoría de los más
grandes pensadores contemporáneos sobre una de las preguntas más grandes que
uno pueda intentar responder, el paisaje de Kuhn representa el arte casi
extinguido de la verdadera erudición. Muy pocos académicos pueden ver más allá
de sus propios ombligos teóricos, ni dedicarían el tiempo y esfuerzo necesarios
para reunir tal miríada de puntos de vista con su exquisita humildad
intelectual y rigor. Las actuales celebrities de
la consciencia (demasiado a menudo enemigos acérrimos) seguirán en desacuerdo,
pero al menos ahora pueden ver el bosque y no solo los árboles.
El paisaje comprende diez categorías principales y está
organizado en un gradiente de «ismos», desde posiciones materialistas acérrimas
hasta proposiciones de solo mente. El materialismo recibe mucho espacio y
atención con cerca de cien autores distribuidos en diez subcategorías. Es lo
esperable. Pero es obvio, y quizás también sorprendente, que ya no sea la
única opción disponible. El panorama también presenta a las posiciones
dualistas como respetables. La (falsa) elección forzada entre materialismo
(«promisorio») y el dualismo («ridiculizado») también ha terminado.
Los enfoques cuánticos de la consciencia tienen a su vez su
lugar merecido. Luego encontramos todo tipo de fascinantes variedades de
panpsiquismos, monismos e idealismos. La teoría de la información integrada
tiene su propia categoría, y es el único enfoque científico que filosóficamente
no es clasificable en el paisaje.
Es también muy notable que Kuhn dedique una sección entera
a «estados anómalos y alterados», describiendo investigaciones científicas
serias de décadas sobre temas tabú como la percepción extrasensorial y la
supervivencia de la consciencia tras la muerte corporal. Yo los llamo «los
márgenes de la consciencia» porque son verdaderas fronteras del conocimiento y
también están marginados (estigmatizados y/o ignorados) por escépticos
dogmáticos. La categoría final reúne «teorías desafío» que apuntan a la
intratabilidad del problema mente-cuerpo.
Aparte de la presencia imperativa de los padres fundadores
del campo como Koch y Chalmers (junto a otros filósofos notables y «neurocelebrities»), es un placer encontrar una serie de
autores no tan populares pero absolutamente esenciales como David Bentley Hart,
Michel Bitbol, David Bohm, Jacobo Grinberg, Rupert Sheldrake, Rufold Steiner o
Iain Stevenson. ¿Cuándo fue la última vez que leíste un texto que invitara
cordialmente a la filosofía, la neurociencia, la física cuántica, la
investigación psíquica, la teología y la religión a la misma mesa?
El trabajo de Kuhn describe en vez de criticar o evaluar
las posibles explicaciones de la consciencia. Finalmente, termina subrayando
las implicaciones de todas estas explicaciones de la consciencia para el
significado último, la inteligencia artificial y la inmortalidad humana.
Recientemente hemos lanzado una especie de megawikipedia de
la consciencia, con todas esas teorías (y más) validadas por sus arquitectos;
no exagero si digo que esta web es la fuente más completa y rigurosa del
panorama actual de teorías de la consciencia. Está exactamente todo ahí.
El
problema de los cepillos de dientes
Es irónico y fascinante notar que el problema difícil de la
consciencia ha amplificado el «problema del cepillo de dientes»: los
investigadores tratan sus explicaciones como cepillos de dientes; cada uno
tiene el suyo, pero nadie quiere usar el de otro.
El mapa no es el territorio (ni el terreno). Todos los
modelos son en última instancia erróneos, pero algunos son más útiles que
otros. Con demasiada frecuencia confundimos modelos (matemáticos o no) con
metáforas cautivadoras o mecanismos caricaturescos que encubren metafísicas
ocultas (es el problema de las 5 M). Probablemente todos tengan razón en algo,
aunque no estén en lo cierto del todo. Además, la mayoría de las teorías de la
consciencia no son comprobables de forma empírica, es decir, directamente
falsables con un experimento.
Sin embargo, es hora de disfrutar del verdadero sabor del
pluralismo epistémico y metafísico. Por supuesto, los cerebros desempeñan un
papel clave en la consciencia. Pero la verdadera pregunta, como William James
vio hace más de un siglo, es que la función del cerebro es productiva o
permisiva. Muy parecido a la imagen de la Tierra que el astronauta William
Anders tomó desde la Luna durante la misión Apolo 8, el paisaje de Kuhn ofrece
simultáneamente una experiencia orientadora y desorientadora. Necesitamos miras
más amplias desde donde contemplar lo que sabemos, lo que no sabemos, y lo
que creemos saber pero en realidad ignoramos.
Además, es fascinante darse cuenta de que, en el estudio de
la consciencia «menos es más» y «más es menos»: cuanto más sabemos sobre la
consciencia a nivel científico y filosófico, más crecen, se diferencian
y divergen las propuestas explicativas; y también más crece la escala de
aplicación e implementación del fenómeno: desde los microtúbulos en las
neuronas de tu cerebro, pasando por el córtex, toda tu cabeza, el cuerpo
(incluido el dedo meñique del pie), hasta la consciencia del planeta, el sol,
las galaxias y el universo entero.
A fin de cuentas, más allá del dulce estímulo dopaminérgico
de ver tu nombre en el salón de la fama, el bosque de Kuhn puede revelar a cada
ferviente defensor de un árbol que todos están perdiendo el punto, pero,
además, que todos tienen un punto. ¿No te parece un tanto irónico que cientos
de personas extremadamente inteligentes crean haber resuelto el problema de la
consciencia, convencidas de que todos los demás están equivocados?
La fiel descripción que Kuhn hace de cada posición merece
solo elogios y gratitud. Esta habilidad poco común es un antídoto urgente
contra el vicio académico de solo escuchar la propia voz mientras se grita al
otro. De hecho, si hay algo más interesante que la consciencia misma, es la
sociología de sus investigadores. Dejemos atrás los «juegos del hambre» y
démonos cuenta de que hay un lugar para todos en la mesa. En lugar de dividir y
conquistar, unámonos y maravillémonos.
Todo y
nada
Al problema de los cepillos de dientes de las «teorías de
la consciencia» se le suma el de las «teorías del todo» de la física. La
colisión entre estas dos galaxias es necesaria e inminente, pero también
problemática.
Prueba de ello es que últimamente están proliferando todo
tipo de teorías del todo. Muchos de mis colegas y yo recibimos cada vez más
correos (y cada vez más largos) con archivos adjuntos que prometen ser, como
decían los Monty Python, la solución a la vida, el universo y todo lo
demás.
En efecto, hoy casi todo el mundo parece tener su teoría
particular del todo. Más aún ahora que puedes pedirle a un asistente de
inteligencia artificial que genere cantidades ingentes de tinta digital.
A veces pienso si uno no debería pedirle a los «autores» que, en vez de
molestarse en molestar a otros humanos, usen esa misma tecnología para leer su
propia obra, tragándose la máquina de nuevo lo que antes ella misma había
regurgitado. Si decides que el algoritmo piense por ti, ¿por qué luego le pides
a alguien que te diga qué piensa de ello?
Pero ¿y si realmente está allí el secreto del universo,
envuelto en una cáscara de nuez? ¿Y si el secreto de la consciencia estuviera
en la estructura geométrica del brócoli? Lamento no tener el tiempo de estudiar
todas esas teorías como, a priori,
merecerían. Por suerte y por desgracia, cuando se trata de teorías de la
consciencia, hemos pasado de la nada del todo al todo de nada.
Creo que todos, tanto los académicos con sus cepillos de
dientes, como los amateurs con sus teorías
coautorizadas por ChatGPT, tienen algo de razón. Pero, a la vez, nadie la
tiene del todo. Como escribió Leibniz en una carta a Nicolas Remond en 1714:
«He encontrado que la mayoría de las sectas tienen razón en buena parte de lo
que proponen, pero no tanto en lo que niegan». ¿Debemos entonces apresurarnos a
podar el paisaje? Aún no. Todavía es pronto. Esperemos a que pase la
adolescencia de la ciencia de la consciencia. Naveguemos el conflicto y
confusión de esta etapa tan bonita.
El punto
ciego de la ciencia
La consciencia es la gran anomalía de la ciencia. Pero la
razón fundamental está en otro titular: la consciencia es el punto ciego de la
ciencia. El punto ciego es aquello que nos permite ver, pero que,
paradójicamente, no podemos ver. Lo que el ojo (no) ve. Meditemos sobre ello.
La metáfora se puede bajar a lo literal. En cada ojo
tenemos un punto ciego, justo donde se sitúa nuestro nervio óptico, las fibras
nerviosas que transmite la información visual al cerebro. Justo ahí, donde se
sitúa ese nervio, no vemos. Y no vemos dos cosas más: tampoco vemos que no
vemos, ni vemos que es justo eso lo que nos permite ver. Tres en uno.
De hecho, hay un ejercicio simple e ilustrativo que puedes
hacer ahora mismo: coge una hoja de papel y dibuja una cruz pequeñita y al lado
derecho, a unos pocos centímetros, un punto. Ahora tápate el ojo izquierdo
y con el ojo derecho mira fijamente a la cruz, mientras te acercas el papel
lentamente a la cara. No dejes de mirar la cruz, pero presta atención a la
periferia de tu campo de visión, donde notarás claramente la presencia del
punto, como si lo miraras con visión panorámica, o disimuladamente con el
rabillo del ojo (si miras el punto directamente, nunca desaparecerá, y el
ejercicio no funcionará). Sigue acercándote el papel a la cara hasta que,
cuando tengas el papel aproximadamente a un palmo de la nariz, el punto
desaparezca de repente. ¡Desapareció! Como diría el gran Juan Tamariz: «¡Chan,
tatachán!». Si sigues acercándote el papel, el punto aparecerá de nuevo. Magia
Potagia, hecha por ti, para ti, en ti. Felicidades: acabas de descubrir tu
punto C.
La misteriosa desaparición del punto en el papel se debe
simplemente a la configuración anatómica de nuestro ojo: en algún sitio de la
retina había que poner el «cable» que llevará la información visual al cerebro.
El cerebro, a su vez, compensa esa falsa información para que «tú» no lo
notes. Es solo cuando la imagen del punto cae justo encima de donde está el
nervio óptico en tu ojo, es justo entonces que te das cuenta de que el nervio
óptico está ahí, permitiéndote ver, aunque tú no lo veas. Lo mismo hace la
consciencia, en tu día a día y en la ciencia.
Por lo tanto, decir que la consciencia no existe, que la
crea el cerebro (y que la explica el neurocientífico) sería como decir que el
nervio óptico existe gracias al punto y la cruz. ¡Es al revés! El punto ciego
nos permite descubrir lo que el ojo (no) ve. La desaparición de un punto (el
del papel) hace aparecer al otro (el del ojo). Dicho de otro modo, sin
experiencia no hay ciencia. Jaque mate.
Repitámoslo, pues es muy importante: En el mismo corazón de
la ciencia hay algo invisible que la hace posible, del mismo modo que el punto
ciego ocupa el centro de nuestro campo visual y permite la visión. En el punto
ciego de la vista está el nervio óptico; en el punto ciego de la ciencia, la
experiencia directa.
Aun así, la ciencia pretende explicar la consciencia,
cuando esta es la condición de posibilidad de la ciencia. Algunos científicos y
filósofos se atreven incluso decir que la consciencia no existe en realidad,
sino que lo verdaderamente real es todo lo demás, «lo otro», lo abstracto (lo
que construimos precisamente a partir del material en crudo de nuestras
experiencias). Sería como hacer una paella para demostrar que el arroz no
existe. Otros, un poco menos osados, insisten en que la consciencia sí existe,
pero emerge de la materia. En este caso, sería como decir que el tomate emerge
del gazpacho.
¿Una
visión desde ninguna parte?
Ya hemos visto cómo la ciencia occidental se fundó sobre la
premisa de divorciar los aspectos objetivos y subjetivos de la naturaleza; un
enfoque para entender el mundo que ha demostrado ser muy exitoso. Ahora
empezamos a vislumbrar las grandes limitaciones de esta estrategia. La naturaleza
y el origen de la deficiencia del punto ciego en el núcleo de la ciencia. ¿Cómo
recuperar el lugar central de la experiencia humana en la empresa científica?
Lo primero, detectarlo más a menudo. El punto ciego está
oculto en plena luz del día en todas partes. Lo encontramos en la física, en la
biología, en la neurociencia, en la psicología. Está en todas las disciplinas
que abordan los mayores misterios científicos: el tiempo, la materia, la vida,
la cognición, la consciencia. Es la llamada «visión desde ninguna parte».
En cuanto al tiempo y la relatividad de Einstein, hay que
recuperar la intuición del filósofo francés Henri Bergson de que la experiencia
del paso del tiempo es ajena a los relojes. Hay que recuperar también la de
Hans Jonas, cuando dijo que «solo la vida puede conocer la vida», anticipando
el regreso de la primacía del organismo actualmente en marcha en la biología,
donde agencia, propósito y libertad vuelven a considerarse tras un largo
paréntesis. En las ciencias cognitivas, el punto ciego computacional se
ejemplifica en los peligros inminentes de sistemas de inteligencia artificial
desprovistos de sabiduría humana.
Todas las disciplinas científicas miran a través del mismo
punto ciego, pero la mayor (y quizás la última) oportunidad para detectar el
punto ciego fundacional de la ciencia es en el estudio de la consciencia.
De hecho, la llamada fenomenología (como disciplina
filosófica) consiste justamente en repetir el ejercicio del papel y el punto,
pero a otro nivel. El fenomenólogo pone entre paréntesis la suposición
cotidiana de que el mundo existe independientemente de la experiencia
consciente, para poder examinarlo tal como se manifiesta directamente en ella.
Se trata casi de una práctica ascética de la mente sobre ella misma.
La primacía de la consciencia se coloca así en primer
plano. No podemos salir de la consciencia, y esta no es simplemente otro
objeto de conocimiento, «sino también, y más fundamentalmente, aquello por
lo que cualquier objeto es conocible». La conclusión es tajante: el problema
difícil [de la consciencia] es un artefacto del punto ciego. El problema de la
consciencia no se resuelve (ni se absuelve): ¡se disuelve!
De nuevo, preguntarse «cómo» el cerebro da lugar a la
experiencia es hacerse trampas al solitario. Antes hay que cuestionarse «si»
realmente lo hace. ¿Cómo le da la vuelta la fenomenología al calcetín de la
consciencia? El verdadero problema de la consciencia es «cómo el cerebro como
objeto perceptual dentro de la consciencia se relaciona con el cerebro como
parte de las condiciones corporizadas para la consciencia».
El punto ciego no solo es endémico en la ciencia, sino que
ha permeado la educación, el periodismo, la cultura y la sociedad en general.
Quizás donde más peligroso sea es en la economía política y en nuestra relación
con la Madre Tierra. Es un desafío formidable, pues el punto ciego da lugar a
una amalgama de perspectivas que incluye el materialismo, el reduccionismo, el
objetivismo, el instrumentalismo y el epifenomenalismo. Demasiado pan para tan
poco jamón. Todos estos «ismos» traicionan lo que el filósofo británico Alfred
North Whitehead denominó «la falacia de la concreción fuera de lugar», es
decir, tratar conceptos abstractos como si fueran cosas reales concretas.
La ciencia es, de hecho, un extraño ciclo; una forma
altamente refinada de experiencia cuyo valor reside, en parte, en su capacidad
para destilar objetos de conocimiento público a partir de la experiencia, en
ciclos ascendentes de abstracción. Pero, como una cometa, no puede volar si
pierde su anclaje. Ser conscientes del punto ciego es un paso necesario para
reinscribir la experiencia humana de nuevo en el núcleo de la ciencia.
La
consciencia no encaja porque ella misma es la caja
Por eso la consciencia es tan elusiva para la ciencia. Por
eso resulta tan incómoda y, a la vez, tan fascinante. Es como si un
retrato quisiera pintar a su autor. La objetividad es hacer ver que el
científico desaparece de la ecuación, que se pone la bata blanca y no está
allí. Pero la consciencia no te permite hacer eso. Es como querer dar un paso
cuando te has pisado un pie con el otro.
Hemos conseguido hazañas impensables. Conocemos los oscuros
secretos de las galaxias más recónditas. Hemos hecho cosas muy difíciles.
Construido cohetes. Sabemos más cosas de la galaxia vecina que de nuestra
propia mente. Nuestra experiencia es lo más cotidiano, lo más íntimo,
y aun así parece lo más inaccesible.
Soy físico. Tengo tatuado a fuego el sueño de Galileo:
¡conquistaremos la naturaleza con la matemática en una mano y la medida en la
otra! Pero ahora que quiero estudiar científicamente la consciencia, me viene a
la mente aquel verso escolar que dice: «con un seis y un cuatro, aquí tienes tu
retrato». Para lo objetivo, todo bien. Pero para lo que se resiste a ser
objetivado, el retrato es una caricatura.
La consciencia parece ser totalmente lo opuesto: es
subjetivo, es privado. No es un objeto; es la subjetividad misma. La
consciencia es la gota de aceite que colmó el vaso de agua de la ciencia. ¿Qué
es más real, un electrón o un dolor de muelas? La extensión de los cuerpos y la
materia son abstracciones que hacemos a partir de nuestras percepciones.
Nos ha ido muy bien durante mucho tiempo gracias a Galileo,
pero ahora queremos estudiar la consciencia y no podemos descargarnos ninguna
aplicación nueva si seguimos usando Windows 95; el sistema operativo siempre
nos da el mismo error: «el programa se cerró automáticamente».
De cuatrocientos años, a cien, a treinta, hasta
ahora… Es mucho tiempo y a la vez un suspiro en la mente occidental. Los
tiempos se aceleran. La singularidad está cerca. Necesitamos nada menos que un
nuevo tipo de visión científica. En vez de meros observadores pasivos, debemos
reconocer nuestro rol como participantes activos en la ciencia, en la vida y en
el universo.
10. LA MENTE EXTENDIDA
La
realidad partida en dos
Somos beneficiarios de la visión del mundo del filósofo
francés René Descartes. Para Descartes la realidad está hecha de dos tipos de
cosas, dos sustancias. La definición filosófica de sustancia es interesante:
aquello que existe por sí mismo, sin necesidad de otra cosa para existir.
Descartes llamó a esas dos sustancias res cogitans
y res extensa.
Para entender mejor nuestra herencia cultural aquí en
Occidente, debemos aprender el significado de estas tres palabras en latín. La
primera la acabamos de ver, res, significa cosa,
sustancia. Las otras dos son adjetivos, nos hablan de sus cualidades: cogitans significa pensante, mientras que extensa significa extendida.
En el mundo, nos dice Descartes, hay «cosas pensantes» y
«cosas extendidas». Pienso, luego existo. Pero también existen cosas que no
piensan, que simplemente están ahí fuera, ocupando un espacio, es decir,
extendidas. La sustancia pensante es la mente, el alma, la consciencia
(tomémoslas, de momento, como sinónimos). La sustancia extendida es el mundo
físico, el cuerpo, la materia.
Descartes no trata de reducir la mente a la actividad de la
materia, ni viceversa. No pretende hacer salir la consciencia de la chistera
del cerebro. Su posición es dualista: hay mente y hay cuerpo. Dos en vez de
una, o una y media. Ambas son sustancias fundamentales; no hay nada por
debajo de ellas, no son derivados de ninguna otra sustancia (como el queso de
la leche). Y, además, entre las dos constituyen la realidad, pues todo
está hecho de una o de la otra. He ahí el dualismo: existen dos entidades
fundamentales que son distintas, incluso opuestas, e independientes.
Pero cuando le suceden cosas a mi cuerpo, mi mente se
entera: me pincho un dedo y rabio de dolor. Y lo mismo al revés: pienso en
mi amor y me sonrojo. Si cuerpo y mente son dos «cosas» totalmente
autosuficientes e independientes, ¿cómo saben la una de la otra? El problema
del dualismo no es explicar la existencia de lo material, ni de lo inmaterial.
Ambos mundos son bien reales, pero tan distintos en su naturaleza que no
sabemos muy bien cómo se comunican el uno con el otro. Los materialistas tienen
el problema de la existencia de la consciencia. Los dualistas, la interacción
con el cerebro.
¿Recordáis el movimiento genial de Galileo? Ya vimos cómo
el italiano separó la realidad en dos, aunque de forma menos explícita que el
francés. Descartes hace una jugada parecida. Galileo nació una generación antes
que Descartes. Nunca se encontraron. Como diría la canción de Alejandro Sanz:
¿Quién llenará de primaveras este cuerpo, y bajara la mente para que
juguemos? Dime si tú te vas, dime, Descartes mío, ¿quién nos va a curar el
corazón partido? Hemos partido el mundo en dos y ahora tenemos que volverlo a
coser.
La mente
extendida
Para empezar a suturar la herida fundacional de la ciencia
(y del mundo occidental) tenemos que utilizar trucos lingüísticos para ir, con
el lenguaje, más allá de él (nuestra forma de hablar es cartesiana hasta la médula).
Estos andamios del lenguaje son maneras de decir lo que las palabras casi por
definición no nos permiten, maneras de hablar provisionales como cuando uno
rehabilita un edificio y coloca un armazón para trabajar pero que sabe que en
algún momento va a tener que desmontar.
Digámoslo metafóricamente: debemos extender la mente como
la mantequilla sobre el pan de la materia. Debemos hacer que la res cogitans sea también extensa.
Por eso hablamos de «la mente extendida». Es una idea crucial para la nueva ciencia
de la consciencia. Parece una contradicción (y lo es), pues la gracia de la res cogitans es que no ocupa lugar. Sería como decir
que vimos una luz oscura o escuchamos un silencio atronador. Tratamos de
trascender los contrarios haciéndolos complementarios. El lenguaje nos lo
permite. Fijaos cómo convertimos un adjetivo (cogitans,
pensante) en sustantivo (mente) y luego lo emparejamos con el otro adjetivo (extensa). El resultado: mente extendida.
La idea de «la mente extendida» es necesaria y tremendamente
fértil. Circula con los papeles en regla por las ciencias cognitivas y por la
filosofía de la mente. Quizás no sea ortodoxia, pero tampoco es herejía. Es una
visión heterodoxa de la relación del cerebro con la mente que enfatiza el rol
de la corporalidad en nuestra experiencia. De hecho, hay un campo de estudio
que se llama la «cognición 4E» (las cuatro E) que enfatiza que la mente no vive
confinada dentro del cerebro, sino que está también «encarnada», «extendida»
más allá del cuerpo, «embebida» en el mundo, y es también «enactiva», que
quiere decir que la cognición nace de la interacción dinámica entre el
organismo y su ambiente. Dicho brevemente, cuando hablamos de vida, condición y
consciencia, el contexto es constitutivo. La copa de vino no es menos
importante que el vino en la copa.
No tengo tiempo de entrar en este campo. Solo mencionar que
por fin la neurociencia ha descubierto que para respirar hay que tomar aire y
volverlo a soltar. Todos los órganos, no solo el cerebro, tienen un papel muy
importante en el teatro de la mente. Quizás no sean el rey león de la jungla
(es el cerebro), pero su rol es también capital. El corazón está en comunión
con el cerebro, quien a su vez intima con el intestino y los pulmones. La
medicina china lleva milenios diciéndonoslo. Aquí en Occidente llevamos un poco
de retraso.
La mente realmente «extendida» tiene mucho que ver con el
cerebro «permisivo», fijaos de nuevo cómo estos dos adjetivos tratan, cada uno
a su manera, de ir más allá de las nociones heredadas de mente y cerebro para
construir un puente entre ambos. Entraremos en detalle en el capítulo 12.
¿Y si
(casi) todo está lleno de mente?
Permitidme que os cuente de otra manera cómo hemos ido
extendiendo la mente. Es realmente increíble. Os cuento la historia muy
brevemente, desde la separación de Descartes hasta la actualidad.
La mente empezó fuera de la materia. Es la separación
cartesiana que acabamos de describir. Luego Descartes pensó que la glándula
pineal sería el mejor lugar para darle un sitio a la mente. La consideró como
el asidero del alma, el punto de conexión con el cuerpo. La colocó en el trono
del rey, el mejor lugar del palacio del cuerpo: centrada y cómoda en medio del
cerebro. Luego, mucho más tarde, con la neurociencia moderna, se extendería al
córtex cerebral (aunque todavía hoy hay fuertes controversias respecto a si la
consciencia se sitúa en la parte frontal o posterior del córtex cerebral).
Cuando llegó la visión 4E, anteriormente mencionada, del córtex la extendimos a
todo el cerebro y más allá.
Una expansión espectacular sucedió también no solo en
nuestro cuerpo, sino en nuestra sociedad. Primero la mente solo estaba en la
pineal del hombre europeo adulto. Solo ellos la tenían (o eso decían ellos).
Luego se extendió a las demás culturas y razas y también, por fin, a las
mujeres. Los bebés humanos no tuvieron esa fortuna hasta finales del
siglo XIX,
pues hasta entonces se les operaba sin anestesia creyendo (los expertos) que
sus gritos eran simples reflejos, como los de los perros. Perros a los que
Claude Bernard les hacía vivisecciones para investigar y divulgar acerca de su
medicina experimental, y que le costó el divorcio de su mujer.
Por cierto, habría que preguntarse también cómo viven y
entienden la muerte los animales, como describe Susana Monzó en su libro La zarigüella de Schrödinger. A veces somos
demasiado antropocéntricos. Hay vida (y mente (y muerte)) más allá del Homo sapiens.
Seguimos extendiendo la mente a otros animales, empezando
por nuestros primos más cercanos: los primates no humanos. Hoy en día casi no
se experimenta con ellos en los laboratorios. No le rebanarías los sesos a tu
primo, ni experimentarías con él en una jaula de laboratorio, ¿verdad? Más
recientemente, el umbral teórico que separa qué animales son conscientes y
cuáles no se ha ido moviendo y difuminando. Respecto a los perros y los gatos,
sus «dueños» no tienen duda. Mientras tanto se siguen sacrificando ratas y
ratones en los laboratorios (antes se usaban gatos). Las cobayas son también
famosas para investigación. Argumentan los científicos (no los animales) que es
un mal menor para nuestro bien. Sin embargo, la propia comunidad científica ha
hecho declaraciones formales (como la Declaración de Cambridge de Consciencia
Animal de 2012, o la de Nueva York el año pasado) reconociendo la
capacidad de muchos animales a la hora de experimentar y sentir de manera
similar a la nuestra. Aún nos queda camino ético por recorrer.
Muchos estarían de acuerdo en que los mosquitos no tienen
consciencia. Hay humanos que no comen pulpo por ser un animal tan inteligente
como delicioso. En resumen, la res cogitans se va
haciendo extensa no solo dentro de nuestros
cerebros y nuestros cuerpos, sino progresivamente por el reino animal.
También podemos hablar de mentes extendidas al nivel de un
superorganismo: es la idea de «mente líquida», como la de una colonia de
hormigas (o incluso la de un colectivo social humano), cuyo comportamiento,
cognición e incluso consciencia estarían distribuidas entre sus miembros.
Pero no paramos aquí todavía. Hay investigadores que
estudian la inteligencia, sensibilidad, e incluso consciencia de las plantas,
como explica Paco Calvo en su obra Planta Sapiens.
Mi abuela eso ya lo sabía, por eso les cantaba y les decía cosas bonitas. Es el
campo científico de la cognición vegetal (algunos lo han bautizado como
neurobiología vegetal, lo que ha provocado polémica, pues las plantas no tienen
neuronas). No solo hemos sido antropocéntricos, colocando al hombre como centro
exclusivo de la naturaleza. Hemos sido también cerebrocéntricos, subestimando
la vida y la mente de las criaturas que no tienen cerebro. El reino vegetal es
prueba de ello. La consciencia verde nos seguirá sorprendiendo. La biología
siempre supera la ficción. La naturaleza es misterio y maravilla.
Además del reino animal y del vegetal, está el de los
hongos. Se les consideró como plantas hasta 1969, cuando se independizaron a su
propio reino según la taxonomía científica. Son seres verdaderamente
increíbles. Hay un libro maravilloso que nos lo cuenta titulado La red oculta de la vida, de Merlin Sheldrake.
¿Hasta dónde estamos dispuestos a extender la mente? Un
artículo publicado en Science en febrero de 2007
se preguntaba qué tipo de cosas tienen mente. Los investigadores hicieron más
de dos mil encuestas para ver cómo los humanos atribuimos mente a distintas
entidades. Dividieron las respuestas en dos dimensiones: por un lado cuánta
«agencia» —esto es, capacidad de acción— y, por otro, cuánta «experiencia» —es
decir, capacidad de sentir— les asignamos a un gato, una persona en coma, una
freidora, las nubes, o incluso a Dios. Es decir, estudiaron cuál es
nuestra percepción, para todas esas cosas, sobre lo que creemos que pueden
hacer y padecer. Los resultados fueron fascinantes. Por ejemplo, en promedio la
gente le concedió a una mujer muerta más experiencia que un robot, pero menos
agencia. A un bebé y a un perro mucha más experiencia que a un muerto y un
robot, pero aproximadamente la misma agencia que un muerto. Los humanos nos
colocamos a nosotros mismos como las entidades que tienen más experiencia y
percepción. Curiosamente, a Dios le dieron mucha agencia pero poca
experiencia.
Tras este viaje acelerado y comprimido, ¿qué me decís de
otros reinos de la mente que quizás aún no hayamos descubierto o creado?
Nuestra mente lleva confinada en arresto domiciliario durante mucho tiempo. Es
hora de expandirla. ¿Qué misterios nos quedan aún por descubrir?
11. INTELIGENCIA ARTIFICIAL
La IA ha llegado de golpe, como un tsunami silencioso a
bombo y platillo. Ya está aquí. La tenemos encima.
Una mañana mientras preparaba el desayuno recibí un wasap
de mi padre en el que me compartía un link y me
preguntaba si ahora me dedicaba a promocionar un remedio para las
articulaciones. Añadió desconcertado: «No te veo hablando de esta manera. No
pareces tú». Menuda sorpresa cuando al clicar me vi (¡a mí mismo!) hablando
(¡con mi voz!) de tales remedios milagrosos en compañía del doctor Sans
Segarra. Fue mi primera vez… mi primer deepfake:
un vídeo generado por inteligencia artificial suplantando nuestras identidades.
Me quedé verdaderamente perplejo. Lo sentí como un bautismo involuntario en las
aguas turbias de la posverdad que están inundando lo real.
Al considerar varios tipos de mente más allá de la humana,
no podemos obviar la encrucijada de la «inteligencia artificial» (IA). Hay
muchas opiniones al respecto de si las máquinas pronto tomarán consciencia,
acabarán con nosotros, o las dos cosas. Pero, para poder decidir si un
algoritmo puede o no tener experiencia subjetiva, habría que regresar al
panorama de teorías de la consciencia actuales e ir, una por una, examinando
sus implicaciones respecto a la posibilidad de la llamada «inmortalidad
digital». Algunos multimillonarios ya han apostado por ese futuro. La idea es
localizar, aislar y transferir «la consciencia» y conseguir así la
inmortalidad. Es el sueño de los transhumanistas, que va cautivando las mentes
y los bolsillos de gente muy poderosa.
Este no es el lugar para discutir sobre la IA en cuanto
avance técnico. El tema es, sin duda, fascinante. No voy a entrar aquí en las
diferencias entre la «inteligencia artificial» e «inteligencia artificial
general» (cuando las capacidades específicas de la IA se generalizan a
cualquier tarea que un humano pueda realizar), ni tampoco voy a dar mi opinión
respecto a cuánto tiempo nos queda hasta que esta última aterrice en el mundo,
si es que no lo ha hecho ya.
Tampoco voy a analizar el interesantísimo problema de cómo
pasar de una «inteligencia artificial» a una «consciencia artificial», si es
que eso es posible. Créeme cuando te digo que es de todo esto de lo que
realmente me gustaría hablaros, de si la consciencia se puede encarnar en
placas de silicio en vez de en organismos de carbono. Pero no puedo. Y no
puedo porque debo hablar de otra cosa.
Tenemos
que hablar de esto
Me parece más apropiado dedicar estas páginas a algo mucho
más urgente: las ideologías que están detrás de esta carrera por desarrollar
salvajemente la IA. Es un tema de actualidad total. Pero de ello se habla poco
explícitamente. Hay que leer muy fino entre líneas —quizás porque se trata del
lado más oscuro de esta apasionante aventura de la consciencia—. Tenemos que
coger el toro por los cuernos cuanto antes.
Así que, en vez de preguntarnos por la «inteligencia
artificial», os propongo reflexionar sobre la «inteligencia moral» y también
sobre la «inteligencia psicopática». Como veremos a continuación, hay un manojo
de ideas muy potentes que alimentan esta fiebre algorítmica. Van poseyendo y,
me atrevería a decir, pervirtiendo cada vez más mentes humanas. El futuro de
nuestra especie está en riesgo. Quizás estemos viviendo una experiencia cercana
a la muerte a nivel colectivo. Lo siento por las malas noticias.
Estas fuerzas (o lo que sea que son) están también
impulsando un desconcertante movimiento, una suerte de «religión artificial»
disfrazada de progreso tecnocientífico. Podríamos incluso hablar de
«trascendencia artificial», como proponen algunos de sus profetas. Como veis,
la cosa se ha puesto seria. Parece que estamos inmersos en una guerra que no se
libra ni en lo físico ni en lo psicológico, sino en lo espiritual. No creo que
haya habido tiempos más increíbles para estar vivo.
El animal
más peligroso del mundo
En 1963 se llevó a cabo una exposición en el Zoológico del
Bronx, en la ciudad de Nueva York. Se titulaba El animal
más peligroso del mundo. Junto a una ventana con barrotes, se podía leer
el siguiente texto: «Estás mirando al animal más peligroso del mundo. Solo él,
de todos los animales que han existido, puede exterminar (y lo ha hecho)
especies enteras de animales. Ahora tiene el poder de aniquilar toda la vida en
la Tierra». Detrás de los barrotes y junto a tales palabras de advertencia,
había un espejo donde los humanos podían ver su propio reflejo… En efecto,
somos la especie más peligrosa que conocemos.
No ha cambiado mucho desde entonces, excepto que la IA es
nuestro actual dark mirror, un espejo oscuro, un
verdadero laberinto y juego macabro de espejos. Algunos dirán que la IA es una
herramienta. Claro que lo es. Pero ¿es simplemente una herramienta más? Veamos
qué hay detrás.
Copiar la
vida y eliminar la muerte
Es muy urgente conocer mejor qué hay detrás del
transhumanismo, el movimiento que aboga primero por la posibilidad filosófica,
luego por la viabilidad técnica, después por la inevitabilidad tecnológica y
finalmente por el imperativo moral de modificar la condición humana para
mejorar, dicen ellos, nuestra especie, tanto biológica como cognitivamente. Su
lema es «podemos, queremos, debemos y lo haremos».
Pero ¿qué se entiende realmente por mejorar? ¿Se trata de
una extensión cuantitativa de nuestras capacidades o de una elevación
cualitativa? ¿O quizás una disminución de las mismas o su erradicación? No
estamos hablando aquí de lentes progresivas o sartenes antiadherentes de última
generación. Los transhumanistas quieren copiar la vida, editar la humanidad y
eliminar la muerte. Y quieren algo más: convertirse en algo más que
humanos.
Prometen triunfantes nuestra inminente trascendencia a
través de las máquinas, a la vez que parecen celebrar la obsolescencia
programada de la humanidad. Parece que quieran extinguir deliberadamente la
llama de nuestra especie animal en la oscuridad de la máquina. ¿De dónde viene
todo esto?
Orígenes
La palabra transhumanista
tiene una historia interesante. Proviene del neologismo italiano trasumanar, es decir, convertirse en más que humano».
Fue introducido en el siglo XIV por el poeta Dante Alighieri en la tercera y última
parte de su Divina Comedia (Paraíso: Canto 1,
Línea 70). Dante no era un transhumanista en el sentido actual del término.
Tampoco lo era Pierre Teilhard de Chardin, el paleontólogo jesuita que veía la
evolución como una creación inconclusa (la gran cadena del ser está en proceso
de devenir) y quien introdujo el llamado «Punto Omega», el evento final de
convergencia del universo.
Junto con el bioquímico Vladimir Vernadsky y el matemático
Édouard Le Roy, Teilhard desarrolló el término «noosfera» hace un siglo: un
nuevo y superior estado de desarrollo de la biosfera mundial, una esfera de la
mente, hecha de nuestros pensamientos como colectivo. Me pregunto si los
asistentes de IA, cada vez más sofisticados, son como una suerte de egrégores,
entidades o formas de pensamiento colectivo que surgen de los pensamientos y
emociones de un grupo de individuos, cada vez más sofisticados, que habitan,
reflejan o incluso contaminan la noosfera.
Más tarde vino Julian Huxley, el biólogo evolutivo
británico, quien popularizó el término «transhumanismo» en 1951. Huxley pensaba
que la humanidad supervisa su propio destino y que, en línea con los
movimientos humanistas seculares de la época, tal mejora debe lograrse solo por
medios tecnológicos. Décadas más tarde llegaron nuestros «amiguetes» de Silicon
Valley, y el resto es una historia bien conocida que estamos viviendo a
tiempo real…
Una nueva
religión
Estamos presenciando el alzamiento de una nueva religión.
Disfrazado como programa tecnológico, el transhumanismo ofrece una serie de
«ventajas» que son típicamente propias de las religiones: un evangelio, una
serie de mesías, una profecía (apocalipsis incluida) y la posibilidad de
redención, salvación e incluso liberación de la carne, logrando finalmente la
inmortalidad.
Como dice la ensayista estadounidense Meghan O’Gieblyn «Lo
que hace que el movimiento transhumanista sea tan seductor es que promete
restaurar, a través de la ciencia, las esperanzas trascendentes que la
propia ciencia ha aniquilado». En efecto, los transhumanistas quieren estar en
su misa cientificista secular y repicando las campanas de su pseudoreligión
tecnocientífica.
Friedrich Nietzsche dijo ya hace mucho tiempo que «Dios ha
muerto». En Silicon Valley están construyendo uno digital. Lo sabrá todo, lo
podrá todo y estará presente en todas partes. Se trata de un culto al
totalitarismo digital. No se trata solo de robarle el fuego a los dioses, sino
de reemplazarlos.
Si suena
como un pato y anda como un pato…
Este «copiar y pegar» de lo divino también lo aplican a
todo lo demás, incluido lo humano. Se basa en el truco de hacer ver que
«aparentar» es lo mismo que «ser», es decir, que la simulación de una cosa
equivale a su creación. Si hago que suene como un pato y se mueva como un pato,
diré que es un pato. La falsificación y la imitación son la nueva autenticidad.
Se confunde computación con inteligencia e inteligencia con
consciencia. El futurista imagina una tecnología capaz de reemplazar cada parte
de tu cerebro con una copia digital. Sospecho que no contempla la física
cuántica porque un enfoque no computacional derribaría su paradigma y su
agenda. También predice que muy pronto hordas de nanorrobots se sumergirán en
nuestros cerebros para copiar todos nuestros recuerdos y personalidades. Pero
¿seguirías siendo tú esa réplica completamente computarizada?
Ya nos han ido vendiendo la idea de que si un asistente de
IA actúa exactamente como alguien, puede acabar siendo ese alguien. La copia
reemplaza al original. ¿Estás de acuerdo? Yo creo que la realidad no es un
simulacro ni una simulación. Tampoco pienso que la consciencia sea una función
corriendo en un ordenador. Pero ellos insisten. Y no se detienen en «la
nube». Los bits de información por sí solos no pueden redimir el mundo físico:
la IA debe asociarse con la nanotecnología. El bombo se duplica y se eleva al
cuadrado. En el fondo, creen que el alma es digital y el cuerpo mecánico.
Follarte a
tus difuntos seres queridos
La postura hacia la muerte del famoso transhumanista Ray
Kurzweil es muy reveladora para entender todo esto. Kurzweil anhela desesperadamente
resucitar a su padre Fredric. Cree que eso es posible. Su plan es el siguiente.
Para preservar la identidad de una persona, primero planea
recopilar todo lo que se haya escrito o dicho en enormes registros digitales.
El siguiente paso es instalar nuestras réplicas virtuales en cuerpos físicos,
pudiendo elegir entre varios avatares robóticos según nuestro gusto. Dice
Kurzweil que se podrán cultivar estos cuerpos a partir de ADN de la persona
original, para así «continuar una relación con esa persona, incluso física,
incluido el sexo». Al parecer, el coito con tus amantes fallecidos falsificados
será pronto una posibilidad.
Esto es menos anecdótico de lo que parece, ya que Kurzweil
aspira a una especie de cópula transmutada entre la humanidad y la tecnología
(el subtítulo de su último libro es «Cuando nos fusionemos con la IA»).
O, como dijo el gran Marshall McLuhan, quizás nos estemos convirtiendo en
«los órganos sexuales del mundo de las máquinas».
Hay un pasaje muy revelador en el libro de Kurzweil. Allí
se siente a flor de piel su vulnerabilidad y también su férrea voluntad. Se
siente también en él una sensación de decepción, desconfianza e incluso
repulsión hacia la madre naturaleza y sus límites. Lamenta que su cerebro haya
evolucionado para predisponerlo a hábitos que preferiría no tener. Se queja de
su cuerpo envejecido, «programado biológicamente para destruir eventualmente el
patrón de información que es Ray Kurzweil». Pero, con aire victorioso, cree que
«la singularidad» nos liberará a todos. Muy pronto, nos anuncia, nuestras vidas
ya no estarán manchadas por nuestras fragilidades biológicas.
No pretendo psicoanalizar a nadie, pero hay algo curioso y
un poco macabro en todo esto, una especie de cóctel transhumanista de Eros y
Tánatos, las pulsaciones de vida y de muerte. Los transhumanistas anhelan una
interacción transmutada entre humanos y máquinas; fusionar fielmente sus
cuerpos con la nanotecnología y sus mentes con las tecnologías de la
información. Pero, en lugar de aspirar a ser uno con su creador (si es que hay
uno), sueñan con fusionarse con sus propias creaciones. Es, a la vez, una
especie de culto a la muerte, promoviendo un futuro para nuestra especie en el
que lo mejor para nosotros es desaparecer en beneficio de una raza posthumana
mejor equipada, más feliz y que vivirá para siempre aquí en el planeta Tierra y
pronto partirá más allá de las estrellas.
Arreglar
el mundo (mientras acabamos con él)
Muchos creen que el mundo está roto y que ellos pueden
arreglarlo. La jugada entera es en sí una tragicomedia: quienes causan los
problemas son los mismos que nos venden sus soluciones. El plan de negocios
está trillado, pero funciona: crear la enfermedad junto con las herramientas
para tratar los síntomas, pero nunca la causa.
Dicen que todo camino hacia la utopía se encuentra a medio
camino con la distopía. Fijaos en las principales tecnologías que amenazan hoy
a la humanidad, como la IA o la biotecnología. Se argumenta que quien crea los
problemas se encargará también de resolverlos. Se sugiere, por ejemplo, que se
utilizará la propia IA para mejorar nuestra capacidad de «alinearnos» con ella,
y evitar que decida destruirnos. ¿Es eso creíble? Bajo el hechizo de la
tecnolatría (la adoración al poder de la tecnología), se ignora toda objeción a
la sistemática aplicación de soluciones tecnológicas para todo. ¿Deberíamos
abrazar ciegamente el cambio tecnológico primero y redactar el nuevo contrato
social después (cuando ya sea demasiado tarde)?
¿Estás
dormido o estás durmiendo?
Decía Camilo José Cela que «no es lo mismo estar dormido
que estar durmiendo, de la misma manera que no es lo mismo estar jodido que
estar jodiendo». Asimismo, no es lo mismo que la IA sea inevitable a que no se
quiera evitar. Observa cómo a menudo se nos da gato por liebre aquí también.
Dicen que el genio ha salido de la lámpara y que si no
desarrollamos la IA nosotros primero, otros lo harán. Es una carrera. Tonto el
último. No hay otra opción. Sin embargo, hay ejemplos en nuestra historia
reciente —como la clonación humana, las bombas atómicas y las armas biológicas—
en los que hemos dicho colectivamente que no, en vez de seguir adelante y luego
ver qué pasa.
También es bastante deshonesto que estas invenciones estén
diseñadas para ser engañosas, codiciosas y disruptivas, mientras sus propios
creadores aparentan estar un tanto sorprendidos de no sorprenderse demasiado de
ello. Mientras un monopolio global sin precedentes está aplastando nuestras
democracias, nosotros parecemos dispuestos a entregar nuestra privacidad,
dignidad y libertad con un emoji sonriente.
Juegan además con el dilema de la utopía versus distopía
como un truco de distracción. Escoger entre optimismo y pesimismo es pensar en
una sola dimensión. No hay que escoger entre todo o nada, entre sobredosis de
Silicon Valley o regresar a las cavernas. Tampoco me apunto a escoger entre
evasión, esperanza o resignación. Debemos encontrar ese medio virtuoso que es
sistemáticamente excluido.
Una carta
de amor a nuestras futuras nietas
La humanidad está en la encrucijada. La IA es el límite del
materialismo cuando la patología de esa ideología tiende al infinito. Es el
parásito ideológico de la modernidad, en su estado de muerte terminal. Una
pseudorreligión disfrazada de tecnociencia. Te están prometiendo trascendencia
a costa de extinción.
Tanto el papa Francisco como Nikola Tesla tienen razón. El
inventor nos avisa que «La ciencia no es más que una perversión de sí misma a
menos que tenga como objetivo final el mejoramiento de la humanidad». El
pontífice nos recuerda el gran valor de las cosas pequeñas: «En esta era de
inteligencia artificial, no podemos olvidar que la poesía y el amor son
necesarios para salvar nuestra humanidad. (…) Todas esas pequeñas cosas,
ordinarias en sí mismas pero extraordinarias para nosotros, jamás podrán ser
capturadas por algoritmos. El tenedor, el chiste, la ventana, la pelota, la
caja de zapatos, el libro, el pájaro, la flor: todas ellas viven como recuerdos
preciosos “guardados”en lo profundo de nuestro corazón».
No hagamos oídos sordos de esta llamada urgente para
desinflar el poder estos tecnócratas que pretenden hacer el mundo a su imagen y
semejanza. Te dejo con esta pregunta: ¿Qué le dirás a tus nietas cuando te
pregunten qué hiciste tú cuando todavía había algo que hacer?
12. EL CEREBRO PERMISIVO
¿Qué es un
cerebro?
A veces las preguntas más sencillas son las más difíciles
de responder. Definir cualquier cosa, también en ciencia, es francamente
complicado.
Por ejemplo, la definición de tiempo, espacio y materia ha
ido cambiando a lo largo de los años, según la física ha ido avanzando en sus
descubrimientos teóricos y experimentales. El tiempo ya no es ese tictac
absoluto y constante de un reloj newtoniano, sino que transcurre más rápido o
más lento según a la velocidad a la que vayamos respecto a otros sistemas de
referencia (así lo dicta la teoría de la relatividad especial). Asimismo, el
espacio ha dejado de ser ese receptáculo vacío e impasible y ahora resulta que
se deforma en presencia de objetos masivos, incluso de energía (así lo dice la
teoría general de la relatividad). Es más, espacio y masa pasan ahora a estar
intrínsecamente relacionados; ya no son solo amigos, son pareja. Y, ¿qué
decir de la materia? Sabemos desde no hace tanto que puede convertirse en
energía y viceversa según la famosa ecuación de Einstein que todos
probablemente habréis visto alguna vez estampada en una camiseta.
Algo parecido sucede cuando le preguntamos a un biólogo qué
es la vida, o a un matemático por la noción de número. Parece que deberían
darnos una respuesta breve, clara y precisa que casi diera el asunto por
zanjado, pero no es así —a medida que se va desplegando la idea nos damos
cuenta de que sus profundidades son abismales y de que, rápidamente, una cosa
nos lleva a la otra, y todo parece que tiene que ver con todo.
La psicología y las ciencias cognitivas no son inmunes a
este reto maravilloso del lenguaje tratando de atrapar la realidad en sus
redes. Por ejemplo, la definición de inteligencia tiene muchas caras
(lingüística, lógica, corporal, social) y medirla es arduo e incluso polémico.
Lo mismo en medicina, como ha quedado patente respecto a la definición de
muerte. Todos tenemos una idea aproximada de lo que es (sabríamos distinguir
entre un gato dormido y uno muerto), pero ahora sabemos que cuando hablamos de
muerte hay toda una función detrás del telón, mucho más de lo que quizás
imaginábamos al empezar esta aventura. La propia muerte ha cobrado vida
transformándose ante nuestros ojos.
Y qué decir con respecto a otras cuestiones, como por
ejemplo en el amor. Para esas lo mejor es no tratar de dar definición alguna
—intenta explicarle a alguien por qué le quieres y lo verás—. De hecho, cuando
alguien insiste demasiado en que definamos una palabra, pasados los veinte
minutos, yo le pido que defina la palabra definir.
Le digo: «por favor, define define». Ahí nos
damos cuenta de que nuestros pensamientos y palabras dependen las unas de las
otras como el reflejo de mil millones de luciérnagas en una sala llena de
espejos. El lenguaje es un complejo entramado donde cada parte apunta, tarde o
temprano, a todas las demás.
Algo parecido nos ha pasado cuando hemos hablado de
consciencia. Algunos incluso se preguntarán por qué no la hemos escrito sin la
letra ese, es decir, conciencia. Aunque en español se pueden utilizar las dos,
conciencia (sin ese) tiene que ver con la facultad de la mente para juzgar
nuestros propios actos. Es decir, a veces tiene una implicación moral. Yo
he preferido utilizar consciencia (con ese) para referirme «simplemente» a
nuestra experiencia subjetiva. Es algo tan íntimo y familiar, y a la vez
quizás el misterio más grande de la existencia. De nuevo, «simplemente», pero
no es tan simple… Vimos también, aunque pasando de puntillas, que no es lo
mismo decir mente que decir espíritu, alma, identidad, personalidad,
temperamento o «el yo». No me quise meter en ese fregado. Suficiente
tenemos con la vida, la muerte, la consciencia y todo lo demás. Hicimos un
trato no tácito, aceptamos pulpo como animal de compañía, y seguimos adelante.
Antes de seguir, quizás debamos dedicar unos párrafos más a
la noción de consciencia, pues es clave para este libro. La palabra consciencia es francamente difícil de definir,
a la vez que algo por completo obvio, íntimo y natural para cada uno de nosotros,
mis queridos seres conscientes. Por «consciencia» quiero decir experiencia, tu
experiencia subjetiva, irreducible a hechos objetivos. Es la manera con la que
experimentamos el mundo (tanto el interior, como el exterior), la forma en la
que lo sentimos de manera subjetiva. Pero no se trata solo de sus contenidos
(el rojo de la rosa y la rosa misma, el olor a café y la taza, el tacto de la
hoja del libro y su peso), sino del propio hecho de estar ahí, de existir y de
saberlo. Fíjate que esos contenidos aparecen en tu consciencia.
Una definición más pragmática y directa de la consciencia
es esta: la consciencia es aquello que desaparece por la noche cuando entras en
sueño profundo y lo que aparece de nuevo, cada mañana, cuando suena el
despertador (y no estabas soñando). Refiriéndose a la experiencia subjetiva del
otro, el filósofo americano Thomas Nagel la definió de una forma astuta (aunque
difícil de traducir al español) que les encanta a mis colegas investigadores
anglosajones: un ser es consciente si «hay algo que se siente al ser ese ser» o
esa criatura («there is something it is like to be that
being»). Dicho poéticamente, la consciencia vendría a ser «el
sentimiento de estar vivo» o, lo que se siente al «ser tú» —si hay algo que se
siente al ser tú (o un perro, un pulpo o un pino), entonces eres consciente—.
De un ser consciente podemos decir que «hay alguien ahí dentro».
La palabra consciencia (como
la palabra ciencia) viene del latín y significa
«saber con» o «conocer juntos». Se trata, pues, tanto de un conocimiento
compartido de la realidad como de un conocimiento reflexivo de uno mismo. Pero
no hace falta ponerse a reflexionar de manera filosófica sobre la propia
existencia para ser consciente. Tampoco nos referimos aquí a la capacidad que tenemos
de discernir entre el bien y el mal, normalmente referida como «conciencia»
(sin ese). La consciencia vendría a ser la capacidad de saber de uno mismo (de
tus pensamientos, sentimientos, etc.) y del entorno. Es decir, la percepción
que tienes del mundo y de ti mismo mediante un conocimiento interno, privado e
inmediato (en el sentido de próximo, no en el sentido de rapidez). Pero más
allá de un pensamiento concreto o de un aspecto del entorno, insisto en que la
consciencia es algo más: es la existencia de la experiencia, a la vez que
la experiencia de la existencia. ¡Sentimos que somos, que estamos ahí!
El filósofo Rupert Spira, maestro de la «no-dualidad»
(concepto clave en las tradiciones que remarcan la ausencia de una dualidad
fundamental o separación en la existencia), nos ofrece una definición de
consciencia mucho más potente: «aquello en lo que toda experiencia aparece, con
lo que toda experiencia es conocida, y de donde toda experiencia se hace»
(«that in which all experience appears, with which all
experience is known, and out of which all experience is made»). La
consciencia no es solo el contenido de la experiencia, sino también su
continente. No es solo la capacidad de conocer cualquier cosa, sino también el
medio por el que podemos tener experiencia alguna.
Si nos ponemos un poco filosóficos, la consciencia tampoco
es una «cosa», una sustancia que se pueda localizar, sino más bien «la base del
ser», de donde proceden todas las cosas. Va más allá de cualquier objeto de
percepción o pensamiento, incluso del experimentador mismo. Para esta escuela
de pensamiento, la consciencia es la realidad fundamental, el «Yo», en donde
los pensamientos, sensaciones, emociones y percepciones son conocidos. Es la
presencia que subyace a toda experiencia. La consciencia es más un verbo que un
sustantivo. No es algo que tenemos o que hacemos, es lo que somos. La verdadera
esencia de nuestro ser y la fuente de toda experiencia.
Tras este preludio lingüístico, regresemos pues a la
pregunta inicial: ¿qué es un cerebro?
Obviamente todos tenemos una idea de lo que es, aunque sea
muy rústica. No hace falta entrar en ello. Me atreveré a responder de otra
manera, diciendo principalmente dos cosas. Creo que con eso bastará. Son dos
cosas muy pero que muy importantes.
La primera, como creo que habrá quedado patente a lo largo
de este libro, es que «mente no es igual a cerebro». A veces definir
empieza por aclararse respecto a lo que una cosa no es (por ejemplo,
a veces me cuesta saber quién soy yo pero sé seguro que yo no soy tú). Por
favor, os pido que no promováis en el tema que nos ocupa eso de «no me llames
Dolores, llámame Lola», confundiendo la prodigiosa actividad de ese kilo y pico
de materia que tenemos dentro de la cabeza con la riqueza inefable de nuestro
mundo interior. Ayudadme, por favor, a no difundir ese bulo.
La segunda (y no exagero), es mi idea favorita de este
libro. Y se la debo al gran psicólogo y filósofo americano William James.
Vamos a dedicar el resto de este capítulo a desarrollarla.
La idea
clave de William James
En 1898 William James publicó un ensayo titulado La inmortalidad humana. Se trata de un tema que, a priori, debería interesarle a todo mortal (y a
los inmortales también). Además de ser un gran pensador, James era un buen
escritor. Da gusto leerle. En este breve ensayo explora la posibilidad de que
haya vida después de la muerte y analiza el rol del cerebro en la consciencia
humana. Esta segunda parte es la que más nos interesa ahora.
James empieza recordándonos lo que ya sabemos, pero que a veces
olvidamos (y, otras veces, como veremos enseguida, exageramos): que los
pensamientos son una función del cerebro. De hecho, allí donde James dice
pensamiento, nosotros podríamos añadir percepción, memoria, intención, atención
e incluso consciencia. Sí, todo ello «depende» de la función cerebral.
La cuestión realmente importante, dice James, es otra. La
pregunta clave es si la función del cerebro es «productiva» o «permisiva», es
decir, si el cerebro produce todas esas facultades o si, por el contrario, las
permite. Lo fundamental es averiguar la naturaleza de esa función. Ojalá sea
esta la idea más bonita y relevante que leas hoy.
Por ejemplo, un «cerebro productivo» produciría la
consciencia como el hígado secreta la bilis, mientras que un «cerebro permisivo»
la permitiría como la radio al recibir y convertir la señal de las ondas
electromagnéticas. Pongamos más metáforas. En el primer caso (cerebro
productivo) tenemos que el cerebro sería una especie de máquina de vapor de la
consciencia, mientras que en el segundo (cerebro permisivo) sería un prisma en
el que la luz de la consciencia se refleja y se refracta en mil colores.
Insisto una vez más: James nos recuerda que no tenemos que dar por hecho que la
función del cerebro respecto a la consciencia es productiva (como el humo que
sale de una chimenea) y nos invita a poner encima de la mesa una función
permisiva (como las voces que salen de nuestro teléfono).
Esta es la clave de todo. La diferencia es sutil pero
enorme. Vamos a expandir la idea.
Depende, ¿de
qué depende?
Que quede claro que no estamos cuestionando que el cerebro
tenga un rol principal en esta historia. Tiene sin duda un papel central en
nuestra vida física y mental. El cerebro es el «rey león» del comportamiento,
la cognición y la consciencia. La cuestión es, de nuevo, cuál es la cualidad de
ese papel.
¿Qué dicen los datos? Si me doy un golpe muy fuerte en la
cabeza, pierdo la consciencia. Si bebo demasiado alcohol, merma mi capacidad de
razonar, incluso de andar. Todo eso lo sabemos. Podríamos poner infinitos
ejemplos. ¿Demuestran que el cerebro produce la consciencia? No.
Os voy a ahorrar tiempo con otro ejemplo. Pensemos en el
teléfono: si se me cae al suelo, se da un buen golpe y deja de funcionar,
¿prueba eso que internet ha muerto? A veces las cosas son más sencillas de
lo que parecen.
La neurociencia ha avanzado mucho en el último siglo, pero
ya sabían los egipcios que el órgano que vive dentro de nuestro cráneo es muy
importante. Hay un papiro que describe cómo a un hombre se le atravesó una
barra en la cabeza y luego tenía problemas para andar. Buena observación.
Quizás sea el primer paper (publicación) en la
historia de la neurociencia.
También sospechaban los científicos más modernos que hay
una correlación estrecha entre mente y cerebro. El caso de Phineas Gage es
fascinante: le atravesó el cráneo una barra de hierro en 1848 mientras
trabajaba en la construcción de un ferrocarril. Su lóbulo frontal izquierdo
quedó dañado y su personalidad cambió, volviéndose un hombre impulsivo e irresponsable.
Hay gente con excusas peores.
Podemos invocar todo tipo de relaciones y correlaciones y a
menudo veremos que lo que le pasa al cerebro se refleja también en lo que le
pasa a la mente. Lo hemos visto con todo lujo de detalles durante más de cien
años de estudios que nos han revelado minuciosos mecanismos cerebrales. Hemos
aprendido mucho. Pero de una correlación no se puede concluir causalidad. Que
salga el sol cuando yo salgo por la puerta de casa no quiere decir que yo cause
el amanecer.
Además, como acabamos de ver, incluso cuando uno va más
allá de las correlaciones (aporreo un teléfono o la cabeza de alguien y los
dejo KO), no se debería afirmar más de lo que los
datos realmente muestran, puedo producir un efecto sobre un sistema que cause el
cese (o el reanudar) de su función (apreto el botón del móvil y me conecto a
internet), pero la función del sistema puede seguir siendo tanto productiva
como permisiva. Con el siguiente ejemplo se entiende mejor. Como ilustró el
filósofo francés Henri Bergson, otro gran genio de la consciencia, la forma de
tu chaqueta depende del colgador de donde pende, e incluso caerá al suelo hecha
un gurruño si la descolgamos o si se rompe el colgador. ¿Pero significa eso que
el colgador «produce» la chaqueta? Piénsalo.
Lo que podemos decir, basándonos en observaciones, es que
hay «solidaridad» entre estados cerebrales y mentales, pero no «identidad».
Dicho de otro modo, la mente y el cerebro a menudo danzan juntos, pero no son
lo mismo. Dice él que ella no baila sola. Pero hay veces que ella sí lo hace…
Cuanto
peor mejor
Como hemos visto en capítulos anteriores, hay toda una
serie de datos, en condiciones y situaciones de toda índole, que contradicen la
hipótesis productiva, mientras que apoyan la hipótesis permisiva del cerebro.
No hace falta repetirlos todos aquí (pacientes con el
cerebro plano que ven lo que sucede en la habitación de al lado, sujetos con
vidas normales pero con el cráneo lleno principalmente de fluido
cerebroespinal, cerebros divididos, cerebros rotos, cerebros dementes, e
incluso inexistentes). Lo importante es recordar que todos estos casos tienen
en común una doble y bonita paradoja: «menos es más» y, como decía un político
de cuyo nombre no logro acordarme, «cuanto peor mejor».
Es decir, son situaciones en las que la consciencia más
lúcida tiene lugar cuando la actividad cerebral es menor y peor; situaciones en
las que el cerebro está francamente escacharrado (o incluso del todo apagado),
pero la experiencia es más fuerte, clara, y plena que nunca. Deja que lo
ilustre de una forma más mundana: cuando tu coche tiene una avería, no es
cuando ofrece sus máximas prestaciones, ¿verdad? Pues nuestro cerebro,
a veces sí. Es real pero desconcertante.
El modelo permisivo puede explicar este paso «de menos a
más» (porque parte «de más a menos»; esa es la función de un filtro); el
productivo tiene que hacer muchos malabares, acaba metiendo el residuo
radiactivo de los datos que no puede explicar bajo la alfombra de la duda,
y se escabulle como un pulpo en su nube de tinta.
¿Cómo está
tu filtro?
Si pensamos en el cerebro como un filtro, su trabajo será
obviamente filtrar la mente. Imaginemos, pues, que hay mucha mente, una gran
Mente en mayúsculas «ahí afuera», y que nuestro cerebro necesita reducirla
para poder recibirla «aquí adentro». Filtrar lo del «más allá» en el «más acá»,
ni más ni menos. No es esoterismo.
Para ampliar nuestra mente, podríamos entonces trabajar
duro para ir limando nuestro filtro. Quizás es eso lo que se conoce en muchas
tradiciones como sadhana, cuya traducción del
sánscrito significa disciplina, una actividad consciente y sistemática con el
propósito de crecer interiormente y conectarse con la verdadera esencia. Esta
sería la primera forma de hacerlo, de abrir el filtro. Es la más difícil, pero
también la más segura.
Pero, como me decía mi abuela, o por las buenas o por
las malas. La segunda forma de abrir el filtro es mucho más rápida, aunque
también más peligrosa y traumática: en vez de erosionar el filtro poco a poco,
se nos fractura de golpe, en el momento menos inesperado, y un torrente
salvaje de consciencia entra en nosotros y quedamos maravillosamente
desbordados. Es como si se tratara de un «accidente espiritual». ¿Os suena la
experiencia? Hemos estado hablando de ellas durante todo el libro.
No me quiero olvidar de dos cosas. Primero, debemos tratar
de interpretar el cerebro permisivo también en un sentido evolutivo. Tenemos
muchas capacidades latentes en nuestro cerebro, pero no sería buena idea tener
el filtro abierto todo el día, pues recibiríamos una sobredosis de información
cósmica, pero se nos quemaría la cena. Segundo, quiero destacar el papel del
cuerpo en esta función. Si el cerebro es un filtro, tu cuerpo entero también lo
es. Cada órgano, cada fascia. Es el misterio de la encarnación. Me atrevería a
decir que todo el cuerpo es sagrado, no solo el cerebro. Por eso tenemos que
cuidarlo. Aunque aún me quedan muchas dudas: si somos seres espirituales
encarnados, ¿qué hacemos aquí? El misterio es triple: el de la materia, el de
la consciencia y el de su alianza en nuestras propias carnes.
La clave
de todo la tiene el PP
Sé que no es prudente hablar de política, fútbol o
religión. Pero habría que hablar más a menudo del PP. De hecho, junto con la
separación de las aguas de Galileo (¿hay cosas que viajan en primera clase y
otras en segunda en la naturaleza?), el dilema del PP es una de las ideas más
lindas y urgentes a valorar: ¿es el cerebro un órgano Productivo o Permisivo?
Cuando conocí esta idea, todo cambió. Cuando leí por primera
vez la propuesta de James, todo empezó a encajar. Al menos como posibilidad de
algo que hasta entonces no sabía ni cómo pensar. Él le puso precisión y poesía
a una opción conceptual que nadie me había enseñado dentro de las
neurociencias. Parece increíble que quienes nos dedicamos al cerebro no sepamos
lo que es —el modelo de James no se enseña en las universidades—.
Mi propia ECM y todos esos márgenes de la consciencia
tenían, de repente, un hogar conceptual —una casa que los aceptaba tal y como
eran; una especie de refugio teórico para los animales abandonados de la
ciencia y un albergue de excursionistas de la consciencia—. Todo encajó. El
modelo permisivo fue la piedra angular que me permitió empezar a reconstruir el
edificio de mis ideas neurocientíficas, cuyas paredes habían quedado afectadas
tras la grieta de las ECM y las cuatro estaciones de la supervivencia de la
consciencia.
En contraste con muchos de mis colegas de profesión, mi
punto de partida es que el cerebro no produce la consciencia, sino que la
permite. Su punto de partida es el opuesto. Todo está bien, mientras no
confundamos la salida con la llegada, la hipótesis con la conclusión. Muy
probablemente sea por eso que casi todos ellos vean tan absurdo preguntarse si
puede haber actividad mental cuando ya no hay actividad cerebral. La visión
materialista es la accionista mayoritaria de la idea de cerebro productivo:
asegura que no hay nada que sobreviva a la muerte del cuerpo físico porque no
«puede» haberlo.
Si su función es producirlo todo, cuando el cerebro muere,
todo muere. Si damos por hecho que «mente = cerebro», entonces cuando él muere,
ella tiene que morir con él. Pero ¿y si ella sobrevive, como Kate Winslet en Titanic, mientras que él, nuestro querido Leonardo di
Caprio, desgraciadamente no sobrevive? Como dicen las parejas cuya relación es
sana: «juntos pero no revueltos».
Tampoco pretendo extirpar la idea del cerebro productivo de
la mente de mis colegas; simplemente quiero hacer un poco de espacio para poder
plantar su contrario complementario, el cerebro permisivo. Incluso puede ser
cierto que el cerebro sea ambas cosas, productivo y permisivo, según le
convenga. Creo que solo si un 3 % de los neurocientíficos se pusiera a
investigar la segunda P, haríamos más progreso en un año que en un siglo.
A veces es
solo cuestión de tiempo
Los misterios de la mente necesitan de ideas, conceptos
y nociones nuevas que nos permitan pensarlos. Lograr imaginar lo imposible
lo vuelve de golpe un poco más posible, aunque solo sea en nuestra mente.
Y eso ya es mucho. Eso es un mundo, sobre todo cuando se trata de empezar
a conocer lo desconocido. Hacer que algo sea concebible es darle la oportunidad
a ese algo de que pueda ser concebido, como un nuevo ser que se encarna en este
mundo.
A veces es solo cuestión de tiempo. Llevamos solo treinta
años de estudio científico de la consciencia, cincuenta años de estudio de las
ECM, cien años de física cuántica y cuatrocientos años de ciencia.
Y ahora regresamos del futuro, en el DeLorean con William James al
volante, para darnos cuenta de que hemos tenido esta preciosa idea del «cerebro
permisivo» todo el tiempo delante de nuestras narices. Pero no sabíamos cómo
nombrarlo.
Hay veces que la ciencia no puede ver (lo hemos visto al
hablar del «punto ciego» al final del capítulo 9). Pero en otras ocasiones, sí
que ve, pero no sabe cómo decirlo, como un bebé que balbucea mientras señala
con el dedo, maravillado ante la iridiscencia de un arco iris después de la
tormenta.
Regresemos a la pregunta inicial que nos lanzó a esta
aventura: ¿qué dice la ciencia de lo que me ha pasado, de mi experiencia
cercana a la muerte?
La física tiene mucho que decir de todo menos de eso. Tras
un viaje a los orígenes de la ciencia, vimos por qué. Durante cuatro siglos muy
pocos científicos se han atrevido a afrontar el problema de la consciencia de
frente. La psicología tuvo una oportunidad de oro para rescatar el problema
hace más de un siglo, pero lo metió de nuevo en el congelador. Hicimos una
incursión en la física cuántica para ver si allí, en la comunidad autónoma más
extraña de la física, encontrábamos más pistas. Más tarde le preguntamos a la
neurociencia, cuando por fin se decidió a desestigmatizar e inaugurar una
ciencia de la consciencia. Ampliamos todavía más nuestras miras respecto a cómo
la mente se extiende a lo largo y ancho del mundo material. Pero hemos tenido
que irnos a 1898 a rescatar las ideas de otro gran genio de la historia de la
ciencia.
Nos vemos
en el otro lado
Hemos retrocedido más de un siglo para rescatar esta idea
crucial para la mente. También lo hicimos con la cuántica para entender un poco
mejor los secretos de la materia. Ambas disciplinas trabajan en presencia, cada
una, de un misterio. ¿Será el mismo? La neurociencia ya no puede eludir el
problema de la consciencia, y la física lleva demasiado tiempo atascada
tratando de reconciliar la cuántica con la relatividad. ¿Estaremos hablando de
las dos caras de una misma moneda?
De hecho, no es descabellado pensar que, a la física,
la ciencia reina de la materia, le falta precisamente el ingrediente de la
consciencia. Quizás a la neurociencia le convenga, a su vez, arrimarse a
la sombra del buen árbol de la física teórica, para iluminar desde lo material
lo mental.
A veces me imagino que los físicos son navegantes que van
hacia Oriente en busca del Santo Grial de la ciencia, mientras que los
neurocientíficos van en dirección opuesta, cruzando vastos océanos hacia
Occidente. Y sueño que un día ambos se encuentran, al otro lado de la
tierra, sorprendidos de haber llegado al mismo sitio por caminos distintos,
aportando cada uno la solución de lo que al otro justo le faltaba. Allí nos
veremos, en el fin del mundo.
Si el
cerebro es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?
Recapitulemos. Si la mente es algo más que el producto del
cerebro, si va más allá de la materia (aunque no sepamos aún cómo), entonces se
abre la puerta a que la vida pueda continuar después de la muerte. Se abre la
posibilidad, además, de que la consciencia sea una realidad más profunda, no
limitada a nuestro cuerpo (aunque decida instalarse en él durante nuestra
vida).
Aparte de lo que nos tratan de decir los datos, necesitamos
formas de «pensar» la idea de que la consciencia no dependa exclusivamente del
cerebro. El «cerebro permisivo» es un primer gran paso en esa dirección: ¿y si
el cerebro no fuera el generador de la consciencia, sino una especie de filtro
que la colorea mientras la deja pasar? ¿Y si el cerebro no «crea» la
consciencia, sino que la «destila» o la «permite»? Es decir, la consciencia ya
existiría, y el trabajo del cerebro no consistiría en producirla, sino en
modularla.
Esta es mi idea favorita de todo el libro. El gran regalo
que nos hace la historia secreta de la neurociencia. Es el concepto que más me
ha ayudado en mi trabajo. Por eso no he parado de divulgarlo desde que lo
descubrí. A todo el mundo. Neurociencias de vanguardia para todos los
públicos. Me alegra ver que cada vez más gente habla del cerebro permisivo. Me
haría muy feliz que tú también lo hicieras.
Sé que probablemente te hayas quedado flipado con los niños
que recuerdan vidas anteriores del capítulo 5 o con los casos de ECM
extracorporales verídicas del capítulo 3. Es difícil competir con eso. Dice un
amigo mío, bromeando acerca de mi pasión por la teoría, que la pizarra todo lo
aguanta; que lo que cuenta son los experimentos. Sin embargo, el cerebro
permisivo nos permite fundar teóricamente una Neurociencia 2.0. Necesitamos
cimientos fuertes para sostener el gran edificio en construcción de la Ciencia
de lo Imposible.
Para acabar, deja que te pida algo: si alguna vez te
encuentras con Aladino en una de esas mil y una noches, hazle la siguiente
pregunta: ¿y si fue la lámpara la que salió del genio?
13. UNA CIENCIA DE LO IMPOSIBLE
Me gustaría ir acabando este libro y que nos explote la
cabeza (y se nos abra el corazón) del todo. Creo que tras este largo recorrido
ya estamos preparados para subir un par de marchas más. Pero antes, hagamos un
ejercicio de calentamiento.
No hay
marco para esta foto
Coge una hoja de papel. Del tamaño que sea, pero a poder
ser, rectangular y plana. Imagina que la hoja son tus datos (tus experiencias o
incluso los resultados de un experimento). Asegúrate de que tu hoja esté
impoluta. Es perfecta, ¿verdad?
Ahora imagina que la pones dentro de un marco. Es la teoría
(tu teoría, o la de otros, la que tengas; da igual). Los datos cuadran en
ese cuadro, ¿sí? Todo va bien. En tercer lugar, coges un clavo y cuelgas el
marco con la foto en la pared. Así todos la pueden ver. El clavo y la pared son
los medios de comunicación, tanto los científicos (las revistas) como populares
(las noticias, programas de divulgación, pódcast, etc.).
Ahora imagínate otra hoja. O mejor, coge la hoja de
antes y rómpela en dos o tres pedazos sin pensar demasiado. Coge uno de ellos y
espachúrralo bien para quede hecha un gurruño. Digamos que eso son tus nuevos
datos (quizás una de esas experiencias que no le contarías a nadie, o el
resultado verdaderamente sorprendente de otro experimento). Pongamos que el
experimento está igual de bien hecho que el anterior, con las mismas garantías
científicas.
Mira el papel de nuevo. Contémplalo. Es precioso, ¿no
crees? ¡Qué interesante!, arrugado y con tantos detalles, pliegues,
y formas imprevisibles. Es casi una obra de arte abstracto. Felicidades,
tienes en tus manos una «anomalía». Y ahora dime, ¿qué vamos a hacer con
ella?
¿En qué cuadro la metemos? Resulta que no hay marcos para
esta foto. Entonces, ¿qué? Podríamos intentar pegarla de nuevo y plancharla
para que, aún maltrecha, quepa en los marcos de pensamiento habituales. Pero no
sé si es buena idea. ¿Qué culpa tiene la foto de que no haya marcos para ella?
¿Deberíamos desistir? No es más que un triste papel
arrugado. Un «dato feo», al fin y al cabo. ¿Y si ha sido un error, o una
casualidad? Tras pensarlo mucho, nos atrevemos a hablarle a alguien sobre
nuestra foto. Tras mirarla, nos dice «¿y a eso lo llamas dato?». Avergonzados,
lo tiramos a la papelera de inmediato.
Al día siguiente, no podemos dejar de pensar en aquel
pequeño ser chuchurrío. Nos armamos de valor y repetimos el experimento.
Y nos sale un gurruño precioso de nuevo. ¡Aaah! ¡Qué engorro!
Nos sabe mal deshacernos de él otra vez, y tampoco
sirve de mucho guardarlo en un cajón. Podríamos quizás tratar de encontrarle un
marco que cuadre o, incluso, construir un nuevo marco a medida. Pero, según la
foto, eso nos daría mucho trabajo. Y, además, para otra nueva foto,
tendríamos que empezar de nuevo. ¡Qué difícil es la ciencia en los límites de
la consciencia!
Imagina ahora que, por arte de magia (o en un sueño),
aparece un marco que le va perfecto a esta foto tan especial. Un marco,
digamos, en volumen (casi como si lo hubiéramos sacado de una impresora 3D).
Todo parece ir bien, pero, de nuevo, tenemos otro problema: ¿nos dejarían
colgarla en la pared? En definitiva, ¿quién va a querer mostrar semejante
esperpento en público?
Y aunque tuviéramos suerte y alguien nos prestara un clavo
y su pared, quizás no podríamos clavar ese marco tridimensional en una
superficie plana como las de las habitaciones normales y corrientes. ¡Tampoco
hay marco, ni clavo, ni pared para esta foto!
Ya estamos acabando. Finalmente, imagínate otra hoja rota y
arrugada, como las anteriores. Y otra. Y otra más. Así hasta que
visualices una montaña de papeles, huérfanos de un marco teórico que nos ayude
a explicar qué está sucediendo. Al principio piensas que son únicos y te
desesperas, pues no se puede hacer ciencia de lo que no se repite. Pero luego,
a medida que te vas acostumbrando a contemplarlos, les empiezas a ver
similitudes, patrones, reglas. Vas intimando con esa montaña de papel y ya no
te parecen ni tan feos ni tan diferentes. Los vas conociendo (y ellos a ti).
Te animas y te pones a trabajar, no solo generando más y
mejores datos (ahora vas con más cuidado, pues cada pliegue puede ser muy
importante —su textura te parece algo exquisito—), sino que te pones también
manos a la obra para crear marcos y clavos de tantas dimensiones como sea
necesario, haciendo justicia a lo que la naturaleza de lo real trata de
decirte. Aunque fracases una y otra vez al principio, poco a poco empiezas a
entender la música. Y la verdad es que suena bien. Es la sintonía de la
ciencia de lo imposible.
Cuando el
velcro de la mente se despega de la materia
Nuestra forma de hablar es en verdad dualista. Nos
expresamos todo el tiempo en términos de «mente» y de «materia». Incluso hablan
así aquellos que no creen en la existencia de la una o de la otra. Es como si
el mundo estuviera hecho de dos tipos de cosas (lo vimos con más detalle en el
capítulo 10). Como si la realidad tuviera el corazón partido.
Aquello que llamamos «imposible» quizás tenga su origen en
nuestro vivir inmersos, como pez en el mar, en una cultura francamente
esquizofrénica en el sentido etimológico de la palabra: vivimos divididos casi
todo el tiempo. Nuestro entendimiento está escindido, de manera similar a
cuando hacemos una partición en el disco duro de un ordenador para poder
tratarlo como dos unidades distintas y separadas, cada una con sus archivos e
incluso con un sistema operativo diferente. No es solo el mundo; nuestra cabeza
también está partida en dos. La tensión se siente dentro. En el lado izquierdo
tenemos instalado el Android de lo material y en el derecho el Apple de lo
mental. ¿No os ha pasado alguna vez que sentís que sois medio máquina y medio
fantasma?
Pero ahora imagínate la mente como un velcro, bien sujeta a
la materia. Imagínate que somos un sistema formado por un par de tiras de
tejidos diferentes que se enganchan para poder llevar a cabo eso que llamamos
vivir (lo vimos también en el capítulo anterior, cuando hablábamos del cerebro
permisivo).
Si algo de nosotros sobrevive a la muerte del cuerpo
físico, significa que de alguna manera la mente se despega del cerebro en el
momento de morir, incluso horas o días antes. Nos preguntamos entonces, ¿por
qué no se puede despegar un poquito la mente de la materia durante nuestra vida
cotidiana?
No hace
falta morirse para vivir lo imposible
Tengo buenas noticias. Si no has tenido una ECM, no te preocupes.
No hace falta morirse para experimentar lo imposible. Si no recuerdas vidas
anteriores y nunca te has comunicado con espíritus, tampoco pasa nada. Hay una
ciencia de lo imposible también para ti.
Todo es mucho más democrático
y accesible de lo que pensábamos. Muchas de las experiencias que llamamos
«extraordinarias» son bastante comunes. Nos pueden pasar a la mayoría. De
hecho, creo que le suceden a mucha gente en su vida cotidiana. Las tenemos a
plena luz del día, ahí, al alcance de todo el mundo. Pero no nos damos cuenta
(o hacemos que no cuenten). No les damos la importancia que se merecen. Las
dejamos pasar. Son esos momentos en los que el velcro de la mente se nos
despega un poquito del cerebro.
Las ECM nos han hecho un doble servicio. El primero es
empujarnos a cuestionar el «más allá». Lo hemos visto en detalle a lo largo de
este libro. El segundo es repensar el «más acá». Las ECM nos sirven como portal
para hablar de otros márgenes de la consciencia, quizás no tan populares pero
me temo que bien conocidos por muchos de nosotros. A mí me gusta llamarlos
los misterios de la vida cotidiana.
Reales
pero inexplicables
Vamos ahora a entrar a saco, como quien se lanza a una
piscina de bomba, en vez de tirarse media tarde mojándose el cuerpo de los pies
a la cabeza a un centímetro por hora.
La ciencia de lo imposible estudia las ECM, la
reencarnación y la mediumnidad; también la telepatía y la clarividencia;
la precognición, las corazonadas y los sueños premonitorios; la
psicoquinesia y los poltergeists; las
sincronicidades, la visión remota y la visión extraocular; los sueños lúcidos,
las experiencias extracorpóreas, las místicas y las psicodélicas; las
posesiones y las canalizaciones; las levitaciones, teleportaciones,
materializaciones y otros milagros; el efecto placebo, las curaciones
espontáneas, los estigmas, el tukdam y las
cirugías psíquicas; también los encuentros que tiene la gente con familiares
difuntos, espíritus ancestrales, almas perdidas, fantasmas, arcángeles, ángeles
de la guarda, daimones, alienígenas, hadas,
yetis, elfos, platillos voladores, mantis mecánicas, hombrecillos verdes,
hombres de negro, grises y demonios; sin olvidarnos de los místicos, los
santos, las brujas, los abducidos, las curanderas y los chamanes. Eso es
todo. Levanta la mano si nunca te has cruzado con ninguno de ellos.
¿Qué hacemos con todo esto? ¿Qué hacemos cuando lo
imposible sucede? ¿Cómo tendría que ser la realidad para que estas cosas fuesen
«de verdad»? Hay que construir una especie de arca de Noé de la consciencia. Un
lugar seguro donde alojar a todas estas criaturas (hasta que se demuestre lo
contrario).
El
orfanato
De la misma manera que no diríamos que un hijo no existe
porque no podemos encontrar a sus padres, no vamos a negar la existencia de
estos fenómenos por no haberles encontrado explicación alguna. Tampoco es buena
idea decirle al hijo que miente, que no tiene padres, que se ha confundido o se
lo ha inventado. Mejor le acompañamos en lo que podamos, pues ya es lo bastante
duro ser huérfano para que te llamen mentiroso.
En este país hay un término tremendamente despectivo para
referirse a quien cree en algunos de estos fenómenos: «magufos» (una
combinación entre «mago» y «ufólogo»). Pero, para entender de verdad estos
temas, hay que meterse en ellos (en vez de con ellos). A veces parece que
tengamos más miedo al ridículo que a la muerte. Quizás porque el ego siente que
se ríen de él (de hecho, la palabra ridículo
viene de la palabra risa). Al ego no le hace
gracia que piensen de él como un tonto; se siente poca cosa. No lo puede
soportar.
La ciencia de lo imposible que está por venir será como la
organización de las Naciones Unidas de la Consciencia: un foro de cooperación y
respeto entre todos los pueblos, desde psiquiatras y exorcistas hasta biólogos moleculares
y físicos teóricos. El universo esté probablemente lleno de mentes anómalas,
alteradas, ampliadas, ancestrales, ajenas, alienígenas y artificiales. Son
los «márgenes» de la consciencia: «marginados» popularmente, pero a la vez
«frontera» de conocimiento. Alguien dijo una vez que el mundo no es solo más
extraño de lo que nos imaginamos, es más extraño de lo que nos podemos
imaginar.
Ni
ocurrió, ni no ocurrió…
En la introducción del libro Abduction:
Human Encounters with Aliens, John Mack —quien fue director del
Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Harvard de 1977 a 2004—
menciona el reto con el que se enfrentaba en su profundo y pionero análisis de
casos de personas que decían haber sido secuestradas por extraterrestres:
En
resumen, estaba tratando con un fenómeno que sentía que no podía explicarse
desde la psiquiatría, pero que, al mismo tiempo, no era posible dentro del
marco de la cosmovisión científica occidental. (…) Con este dilema en mente, me
acerqué a Thomas Kuhn, autor del clásico de 1962 La
estructura de las revoluciones científicas, que analiza cómo cambian los
paradigmas científicos, para pedirle consejo sobre mis investigaciones. Conocía
a Tom Kuhn desde la infancia, ya que sus padres y los míos eran amigos en Nueva
York. (…) Lo que encontré más útil fue la observación de Kuhn de que el
paradigma científico occidental había llegado a asumir la rigidez de una
teología, y que este sistema de creencias se sostenía mediante
estructuras, categorías y polaridades del lenguaje, tales como real/irreal,
existe/no existe, objetivo/subjetivo, intrapsíquico/mundo externo,
y ocurrió/no ocurrió. Él sugirió que, al continuar con mis
investigaciones, suspendiera en la medida en que me fuera posible todas estas
formas lingüísticas y simplemente recopilara información en bruto, dejando de
lado si lo que estaba aprendiendo encajaba o no con alguna cosmovisión en
particular.»
Para acabar os voy a invitar
a hacer otro ejercicio. Volver al principio del capítulo y releerlo (os podéis
saltar el primer ejercicio, el del papel arrugado). Si no os apetece leer
palabra por palabra de nuevo, no pasa nada. Bastará con que escojáis un par o
tres de fenómenos que os hayan llamado la atención, cuanto más increíbles
mejor. Así, el ejercicio será más potente.
Ahora, al transitar de nuevo por ellos, intentad poneros en
el mismo estado que le sugiere Kuhn a Mack. Sé que os estoy pidiendo algo muy
difícil. De hecho, os estoy pidiendo que hagáis algo «imposible» para así poder
empezar a practicar el arte de pensar «lo imposible»: interrumpir (suspender,
posponer, aplazar) en vuestro pensamiento cualquier impulso de poner cada una
de las cosas mencionadas más arriba en la columna de «ocurrió» versus «no
ocurrió».
No importa si pensáis que existe o no existe. De hecho, no
penséis ni una cosa ni la otra. Silenciar la pregunta (que sin duda os asaltará
más de una vez) de si aquello fue real o no. Disolver la disyuntiva de si todo
eso está en el mundo o solo en vuestra cabeza. Adelante, disfrutad de esta
pequeña meditación. Pero dejadme que os diga solo una cosa más antes de
empezar.
Os recuerdo, por si no lo sabéis, que Kuhn fue quien acuñó
y popularizó la expresión «cambio de paradigma». A su vez, su amigo Mack
hizo lo mismo con la idea de «shock ontológico»
para indicar la desorientación, incluso la ansiedad, que vive la gente cuando
descubre que los cimientos de su existencia no son lo que habían creído toda la
vida. A ver si al releer esta breve introducción a una ciencia de lo
imposible, ahora os da menos vértigo sentir, no tanto que se nos ha roto el
mundo bajo vuestros pies, sino que ahora podemos volar mucho más alto, hasta
las estrellas y más allá.
La
sinapsis de lo real
Supongo que acabas de regresar de tu meditación. Espero que
haya sido reveladora. Te voy a ofrecer ahora la mejor metáfora que he
encontrado hasta la fecha para expresar lo que creo que está pasando con toda
esta realidad a la que no le encontramos asidero. Lo llamo la «sinapsis» de lo
real. Voy a ser breve.
La sinapsis es el lugar donde se conecta una neurona con
otra. Es un sitio muy especial, pues las neuronas no se tocan directamente. Hay
un pequeño espacio entre ellas y es allí, en la sinapsis, donde se produce la
magia bioquímica y eléctrica que permite que todo funcione en nuestro cerebro a
nivel microscópico. La palabra sinapsis proviene
del griego y significa enlace. La sinapsis es, etimológicamente, donde las
neuronas se dan un «abrazo». Es también un pequeño salto al vacío. La sinapsis
es maravillosa y misteriosa, pues une a la vez que separa. Podríamos decir que
une separando y separa uniendo.
Ahora cojamos las categorías de las que nos hablaban Kuhn y
Mack. Por un lado están los hechos, y por otro, las ficciones. Pero ¿y si
hay un tercer espacio, «la sinapsis de lo real», en donde ambos confluyen?
¿Cuál sería ese mundo? Creo que es el de la imaginación.
Pero insisto, no como ficción o invención, sino como el
lugar donde nuestras categorías occidentales conviven e, incluso, de donde
provienen. Si queréis profundizar en esto, leeros un libro espectacular de
Patrick Harpur titulado Realidad daimónica. No os
vais a arrepentir.
Se me ocurre un verbo que podríamos inventar a partir de
las palabras explicar e inexplicable:
sería el verbo inexplicar (el término no existe
en nuestra lengua). Inexplicar sería investigar
lo imposible a sabiendas de que lo que tenemos delante no es solo «inexplicado»
(no tiene explicación), sino, muy probablemente, también es «inexplicable» (no
la puede tener). Creo que es lo que Mack y muchos otros pioneros de la ciencia
de lo imposible trataron de hacer: dedicarse a inexplicar lo imposible… Yo
también estoy en ello. Quizás otro día te lo cuente en detalle en otro libro.
No estás
loco, no eres tonto, no estás solo
Acabo, si te parece, con otra historia (esta va sobre las historias
que me cuenta la gente a mí). Contar mi propia ECM y abrirme al abanico de los
márgenes de la consciencia para empezar a construir una ciencia de lo imposible
me ha dado muy gratas sorpresas. Se ha convertido en costumbre —incluso en
ritual— que tras mis conferencias (ya sean para el público en general, pero
también entre científicos) se me acerque la gente del público y comparta
experiencias increíbles conmigo.
Recuerdo perfectamente una ocasión en la que vino un hombre
mayor y me contó que él también había tenido una ECM. Hasta aquí todo
extraordinario pero relativamente normal. Le escuché con respeto y atención,
mientras describía con detalle cómo, tras ahogarse en la piscina de niño, se
vio a sí mismo fuera de su cuerpo mientras todos corrían a socorrerle. Pero lo
que de verdad me sorprendió fue cuando me dijo, susurrándome al oído «de eso
hace cuarenta y dos años y no se lo había contado a nadie hasta ahora». Me
quedé anonadado. Y añadió «al verte contar la tuya, y siendo
científico, me has dado fuerza y confianza para compartirlo. Gracias». Ese día
entendí que me había convertido en un activista intelectual a favor de una
ciencia al servicio de la experiencia humana. No había aplicado a este cargo
honorífico, se me había asignado por causalidad y por necesidad.
También hay gente anónima que me escribe contándome sus
experiencias. Yo no lo pido, pero me llueven los correos. Necesitan sacarlo y
que alguien los escuche. Es conmovedor (y también un tanto desconcertante) que
se atrevan a hacerlo ante un extraño simplemente porque sea un científico que
esté dispuesto a escucharlos sin juzgarles. Estos mensajes me dejan perplejo y
un tanto emocionado. Muchas veces no sé cómo responder. ¿Qué decir ante una
experiencia terriblemente dolorosa o un relato verdaderamente «imposible»?
Tengo muy claro cuál es mi rol. Soy un científico y un divulgador, no un
terapeuta o un sacerdote. Soy también un ser humano y agradezco profundamente
estas interacciones, pues evidencian que estamos todos interconectados por el sufrimiento
y por el amor.
Algo muy interesante que está empezando a suceder es la
formación de pequeños círculos de colectivos de todo tipo —desde las finanzas y
la educación, pasando por la agricultura y el derecho— en los que, a la
que alguien pone encima de la mesa con naturalidad una de estas experiencias
«imposibles», todo el mundo acaba contando la suya. Es un momento de verdadera
comunión, donde todos se escuchan y hablan desde la cabeza y el corazón. Es un
hermoso espectáculo ver cómo la mesa se convierte de manera improvisada en una
sartén caliente con aceite de oliva y cada uno, a su ritmo, acaba saltando
como palomitas de maíz rompiendo la cáscara amarilla que protegía la frágil
verdad de su experiencia expresándola, súbitamente, en una deliciosa dádiva con
forma de nube blanca.
Al parecer todos salimos del armario cuando sentimos que la
habitación es un lugar seguro. Pensábamos que no había nadie en el ropero, el
guardarropa o el aparador de la consciencia. Pero estábamos todos, ahí
dentro, metidos y en silencio. Qué tontería y cuánto sufrimiento innecesario.
Desde entonces hago mi trabajo de forma más consciente.
Y he conocido a otras personas que están haciendo lo mismo con mucha
efectividad, ayudando a muchas otras. Pero hay días que me pregunto, aparte de
una red distribuida de individuos con ganas, formación y buenas intenciones,
¿qué institución está hoy en día capacitada y dispuesta a acompañar ese
imparable movimiento personal y social? Quizás encontremos algunas respuestas
en el próximo capítulo.
Mientras tanto, quiero que sepas que este capítulo lo he
escrito especialmente para ti. Para que te lo creas de una vez por todas: no
estás loco, no eres tonto, no estás solo. Repítelo, por favor. En voz alta: «No
estoy loc@, no soy tont@, no estoy sol@.» ¡Basta ya! Sonríe.
14. QUE LA CIENCIA NO SE CONVIERTA EN LA
NUEVA RELIGIÓN
Iglesias
vacías y teatros llenos
Analicemos el fenomenal caso del doctor Manuel Sans
Segarra. Hace poco tuve la oportunidad de conocerle personalmente. Es un ser
maravilloso, un hombre serio y cercano. Una persona valiente y humilde. Alguien
que, sin buscarlo (y después de la jubilación), se ha convertido en un
referente para millones de personas de la noche a la mañana.
La historia del doctor es extraordinaria y paradigmática a
la vez. Me cuenta cómo un primer caso de ECM llamó su atención, abriéndole el
apetito a la curiosidad. Cayeron en sus manos entonces algunos libros
publicados en Estados Unidos sobre la materia. Pero, a pesar de algunas
experiencias personales valiosas y de las habituales interpretaciones
religiosas, no encontró visiones científicas en las que poder ubicar sus
observaciones.
Al comentar estas experiencias sorprendentes con otros
profesionales, psiquiatras y neurólogos colegas suyos, se encontró con una
oposición frontal. Le avisaron seriamente de que meterse en este tema iba a
perjudicarle a él y a su equipo (entonces era jefe de servicio de Cirugía
General y Digestiva en el Hospital Universitario de Bellvitge). «Déjalo
correr», le decían, «no es buena idea seguir por ahí; te vas a meter en
problemas».
Él siguió, aunque solo y a escondidas. Fue recopilando y
estudiando casos por libre durante años. Esperó hasta ser lo suficientemente
sénior para sacarlo a la luz, décadas después. Hay veces que es mejor esperar a
la jubilación para no ir al paro (no le mandemos el mismo mensaje a nuestros
jóvenes; que no esperen hasta entonces, entre otras cosas, porque no creo que
vayan a tener pensión de todas formas).
A muchos otros pioneros de nuestro país —al doctor Enrique
Vila, a la doctora Luján Comas, al doctor José Miguel Gaona— les pasó algo
parecido; hicieron gran parte del camino en la sombra del silencio. La historia
se repite: décadas de travesía en el desierto hasta llegar, milagrosamente y
cuando uno lo daba casi todo por perdido, a tierras tremendamente
fértiles.
En capítulos anteriores hemos tenido varios flashbacks de la consciencia, reviviendo episodios
pasados y haciendo una especie de cuenta atrás, año tras año, hasta la
actualidad: cuatrocientos (Galileo), cien (James), cincuenta (Moody) y treinta
(Crick). ¿Qué ha pasado en España en las últimas décadas? En lo que respecta al
interés popular generalizado por las ECM en nuestro país, hace treinta, veinte,
diez e incluso cinco años, no había casi nada. Imagínate andar por un barrio
repleto gente, comercios y viviendas de nueva obra y que alguien te muestre una
fotografía de cuando la zona era básicamente un gran descampado con un par de
humildes bloques de pisos en medio de la nada. No hace tanto de ello.
Era una España difícil, en la que era complicado hablar de
consciencia y de muerte, sobre todo porque aquello que sonara a espiritualidad
se confundía con la religión y provocaba un fuerte rechazo (tanto de un bando
como en el otro). Hubo que buscar una manera de hablar de lo intangible con un
vocabulario científico, pero tampoco eso fue tarea fácil. No había apenas
ciencia made in Spain, escaseaban los libros,
y había pocos (pero legendarios) programas de televisión que promovieran
un abordaje valiente y riguroso de lo imposible. No había ni grupos para
simplemente compartir sentimientos y pensamientos. Fueron tiempos de trabajo en
absoluta soledad.
Pero como decía Bob Dylan, los tiempos están cambiando.
Y lo están haciendo muy rápido. Se ha abierto la caja de Pandora. El
doctor ya tiene casi medio millón de lectores de La
supraconsciencia existe en solo un año, cifra que se irá ampliando
gracias a la publicación de su nueva obra Ego y
supraconsciencia. También llena sistemáticamente auditorios y salas de teatro,
un hombre solo, sentado en una butaca en el centro de un gran escenario,
y miles de almas en silencio deseosas de escucharle.
A sus ochenta y dos años, Sans Segarra está también
triunfando en el mundo virtual. Tiene más de cuatro millones de seguidores en
sus redes sociales y sus entrevistas suman más de cien millones de
visualizaciones. Y todo ello en el último año. Algo está pasando. Son
tiempos de iglesias vacías y teatros (y pódcast) llenos.
Sed de
espíritu en tiempos de ciencia
¿Por qué ha pasado todo esto? ¿Para qué? No hay duda de que
el mensaje ha llegado en el momento preciso, en el lugar exacto. Ha calado en
la sociedad. Cuando las costuras de una maleta revientan, ya no es posible
cerrarla de nuevo a la fuerza. No hay vuelta atrás.
Quizás durante la pandemia le vimos todos muy de cerca las
orejas al lobo. Además, creo que llevamos demasiado tiempo denostando lo
sagrado. Jung lo llamó el regreso de lo reprimido: todo lo que reprimimos no
desaparece, sino que reaparece más tarde, con más fuerza, y donde menos te
lo esperas.
Hasta hace muy poco la dimensión trascendental era como «la
gripe de los autónomos»: una dolencia que se manifestaba solo durante la noche
en casa y que desaparecía por arte de magia a la mañana siguiente para irse a
trabajar. Pero no se puede vivir así por mucho tiempo, sin creer en nada o
creyéndose cualquier cosa. Las ECM nos han abierto el gusanillo de un hambre
tan voraz como frustrada. Y ahora que hemos empezado, no podemos parar.
No creo que se trate de sensacionalismo. Ni de que la gente
se interese simplemente por curiosidad. La trascendencia (el más allá) y la
inmanencia (el más acá) son dos caras de la misma moneda: si la muerte tiene
sentido, la vida la tiene también. Hay mucha sed de espíritu en tiempos de
materia. Y hay hambre de ciencia en tiempos espirituales.
Tanto clamor popular parece que está incluso despertando el
estupor académico. El cambio en nuestra sociedad se está produciendo, por
primera vez, en varios niveles a la vez. No es solo el policía y el hostelero
quienes se interesan, también los médicos y los catedráticos de universidad. Es
una muy buena noticia.
Cariño,
tenemos que hablar
Es hora de que ciencia y religión se reconcilien. Llevan
demasiado tiempo sin reconocerse la una a la otra, desfigurándose, volviéndose
caricaturas de sí mismos. Seguro que tienen muchas cosas que decirse, aparte de
los mismos viejos reproches de siempre. No se trata de ser políticamente
correcto. Ambas instituciones deben encontrar cuanto antes un terreno neutral,
pero fértil y genuino, para poder atender a lo que nuestra sociedad pide a
gritos.
Quizás ese encuentro se pueda dar con garantías en la «zona
franca» de la espiritualidad. No estoy totalmente convencido. Habrá que
trabajar duro, pues la «nueva era» se ha acostumbrado a ser demasiado blanda e
indulgente, mientras que la «vieja ira» no sabe ser otra cosa que dura e
implacable.
Como una extraña pareja tras sus respectivos divorcios,
mucho me temo que ciencia y religión tendrán que compartir piso de nuevo. Habrá
que dialogar y adaptarse a la nueva situación. Cada una tendrá que integrar su
sombra, es decir, reconocer y aceptar lo que se ha reprimido o negado.
Y me temo que ambas sombras son enormes…
Ha habido tantas cosas que la ciencia no ha sabido,
o no ha podido, o no ha querido entender. Lo mismo para la religión.
Ambas instituciones han generado anticuerpos que nos impiden apreciar las
valiosas y necesarias enseñanzas que cada una ha venido a traerle a la
humanidad. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Pediros
perdón y avancemos.
Daos prisa, por favor, porque la gente necesita
urgentemente espacios para colocar sus delicadas experiencias y deseos más
profundos; un lugar donde buscarle el sentido a la vida, encontrarlo
y tener la posibilidad de volverlo a perder si es necesario.
No se trata de dar falsas esperanzas, sino de tener
expectativas que inviten a vivir, a vivir mejor. Si hay que abrirle una
puerta a la esperanza, pues se la abre —sobre todo cuando nos las hemos ido
encontrando todas tapiadas—. Sí, hay que ir con cuidado y no decirle a la gente
tan solo lo que quiere oír. Pero tampoco se trata de dar falsas
«desesperanzas». Mientras haya humanos, habrá afán de infinito y anhelo de
eternidad. Somos animales espirituales. Es una necesidad universal, como comer
o dormir.
Las
iglesias del saber
Ante este panorama vibrante, debemos evitar que la ciencia
se convierta en la nueva religión. Hoy es el científico quien valida la
realidad. Antes era el rey (de ahí lo de «real») y durante mucho tiempo lo fue
el sacerdote (siempre en nombre de Dios). Ya lo decían los cómics de Marvel:
«un gran poder conlleva una gran responsabilidad».
La buena obsesión de la ciencia por encontrarle una
explicación a todo puede llevarnos, en temas tan delicados como el de la
muerte, a un imprudente mesianismo (de la palabra mesías,
no de Messi): el anuncio de la llegada de un líder redentor que nos trae la
salvación espiritual o la solución a todos nuestros problemas materiales.
Adoctrinar en nombre de la ciencia es una daga en el corazón de la sociedad.
Ningún científico que se precie debe aspirar a convertirse en «gurú del mes».
No vayáis a buscar al experto para que os diga verdades
absolutas (os lo digo como experto), con que os diga la verdad, vamos bien. No
hay que fiarse de quien reparte certezas como caramelos, ni como limosna. La
ciencia no es eso. La verdad científica es como una app, vamos a tener que irla
actualizando periódicamente. No se trata ni de un absolutismo (esta es «la
verdad»), ni de un relativismo (cada cual tiene la suya), sino de aspirar a
verdades móviles. Ahí está el verdadero placer de descubrir. El trabajo de la
ciencia es producir ignorancia de mejor calidad.
Dijo el premio nobel de física Richard Feynman que «la
ciencia es la creencia en la ignorancia de los expertos».
La afirmación de Feynman no pretende en absoluto desestimar
el valor del especialista, sino subrayar que la duda y la humildad son pilares
fundamentales del pensamiento científico. El progreso en la ciencia surge del
cuestionamiento de lo establecido y de la búsqueda de nuevas evidencias,
incluso (especialmente) cuando estas desafían las verdades aceptadas. No seáis
devotos del «sí» ni del «no». No nos creamos nada al 100 % (es mejor estar al
99 %), así tenemos margen de maniobra para cambiar de opinión, pues la realidad
a menudo supera la ficción.
El
taburete de la ciencia
Dicen que la ciencia se construye a hombros de gigantes.
Estoy de acuerdo. Pero creo que no se sostiene sin lo que llamo «el taburete»
de la ciencia. Tiene tres patas. La primera son los datos. La segunda, las
teorías. Con esas dos patas, la ciencia puede andar. Pero nos falta otra: la
pata sociopolítica. La ciencia también es una actividad humana. No hay que
olvidarlo, ni hacer ver que no lo recordábamos. Pretender que esta actividad
tan noble no está sujeta a las pasiones, las presiones y los mecanismos de
control y selección que rigen el mundo sería ingenuo. ¿Recordáis el ejercicio
que hicimos en el capítulo anterior (fotos, marcos y clavos en la pared)?
Vayamos sin prisa pero sin pausa. No sé si hay vida más
allá de la muerte (creo que sí), pero de lo que estoy convencido es de que hay
ciencia más allá del materialismo (la idea de que el mundo está hecho de
materia y solo de materia; de que no hay otra realidad que la material). Si la
consciencia sobrevive, el materialismo muere. Jaque mate. Esto es relevante
porque el materialismo, como ideología, lleva mucho tiempo parasitando a la
ciencia desde dentro, obligándola a confesarse atea (no tengo nada en contra del
ateísmo, siempre y cuando no sea una obligación), y haciéndole creer a la
sociedad que el mundo es un lugar frío y desalmado porque «la ciencia así lo
demuestra». Si estás durmiendo con tu enemigo, despierta.
Estos materialistas tan listos —yo les llamo «materialistos»—
son, de hecho, los mismos que llevan toda la vida diciéndonos que «sabemos que
no» hay nada después de la muerte. Quizás dentro de poco se vean obligados a
cambiar de opción o, por lo menos, a reconocer que «no sabíamos». Les
necesitamos también a ellos para reconstruir una ciencia osada y humilde, una
ciencia fuerte y flexible como el bambú.
Ciencia
2.0
Galileo inauguró la ciencia con la física, pero puso la
consciencia entre paréntesis. Es nuestro turno. Como un bebé que gatea e
intenta levantarse, estamos tratando de practicar una «Ciencia 2.0». Una
ciencia que se tome en serio la subjetividad y los márgenes de la consciencia.
No sabemos aún cómo se hace, pero para probar un fenómeno hay que estar
dispuestos a probarlo. En la nueva ciencia de la consciencia no se puede nadar
y guardar la ropa. Hay que mojarse.
Yo creo, yo pienso, yo dudo, yo siento, yo sé, yo ignoro,
yo soy… En este proyecto cabe la naturaleza humana entera, también los portales
del intelecto, la imaginación y la intuición. Solo con la razón, uno
pronto se vuelve poco razonable, incluso irracional. Que no se nos seque el
alma. Que no se nos ablande el intelecto. Hagamos una ciencia con corazón.
Esta nueva ciencia necesitará también de una «divulgación
2.0». A vosotros, grandes comunicadores de la ciencia de este país, os
pido que hablemos un poco más del backstage de la
ciencia. No es oro todo lo que reluce, ni plomo todo lo que no brilla. Podemos
celebrar lo que sucede en el teatro de las ideas mientras somos honestos sobre
lo que ocurre entre bastidores. La gente quiere saber cómo funciona la ciencia
de verdad. Vivimos momentos dorados. Haber pasado del telediario a los pódcast
(de una intervención enlatada de doce segundos a tres trepidantes horas de
conversación de tú a tú y sin filtros) es maravilloso. No echemos a perder esta
gran oportunidad. El bosón de Higgs es muy interesante, pero a la gente le
interesa mucho más saber qué hacer con ese sueño premonitorio en el que
sintieron la presencia de su abuelo. ¿Por qué no hablamos de lo que a la gente
más le interesa?
No te
quedes mirando el dedo que señala la luna
Hemos hablado bastante de lo que pasa en el túnel. Pero el
túnel es un medio, no el fin. Que el resplandor no nuble tu mirada. Sigue, para
un lado o para el otro, pero no te quedes a mitad de camino.
Acaricia siempre que puedas lo imposible. Siente cómo te
devuelve ese gesto suave y amoroso. Pon la oreja pegada en su pecho. A ver
si consigues descifrar los suspiros de lo inefable. Busca la grieta en la falla
y síguela hasta el fondo. Es posible que te lleva a las profundidades de la
tierra, donde nadie ha estado nunca antes. Vive feliz en el País de las
Maravillas, pero no te quedes de okupa en la misma habitación para siempre.
Sigue persiguiendo al conejo blanco. Ahí está la gracia. Ahí está el secreto.
Dicen que hay múltiples universos paralelos. Abre bien los
ojos, puede que estén justo en frente de ti. Dicen también que el nuevo
paradigma ya está aquí. Ojalá. Aunque a menudo me suena a una de esas cosas que
siempre está a punto de llegar, pero que nunca acaba de llegar del todo… como
el mañana, la felicidad, o la paz en el mundo. Somos seres humanos, pero a
veces cuesta serlo.
Disculpad si he abusado de vuestra generosa atención con
este alegato final. En el fondo, solo estoy tratando de deciros que es mejor
practicar y compartir una ciencia que humanice, que nos ayuda a ser más
humanos. A veces pienso que es un lujo casi obsceno especular
científicamente sobre si sobreviviremos a la muerte cuando tanta gente apenas logra
sobrevivir a su día a día. Este no es un libro de autoayuda; es más bien de
autoconsciencia. Como tal, no puede tener una conclusión. Solo asombro y
gratitud.
Hemos construido aceleradores de partículas, verdaderas
catedrales científicas que nos han permitido intimar con la materia, conociendo
sus secretos mejor guardados. Queridos amigos, ha llegado la hora de construir
juntos aceleradores de la consciencia humana.
15. ESTO ES SOLO EL PRINCIPIO
Si has llegado hasta aquí, te doy las gracias de corazón.
Después de hablar de tantos «milagros científicos», no nos podemos olvidar de
los editoriales. Que en la era de Instagram y Netflix hayas decidido escoger mi
libro y encontrar ratos para ir leyéndolo es, sin duda, maravilloso. No sé si
has tenido (o tendrás) una ECM, pero créeme que yo he tratado de tener una ECL,
una «experiencia cercana al lector», mientras escribía estas páginas.
He tratado de explicarte lo que sé de la mejor manera y
ojalá te llegue a ti y al máximo número de gente. Lo que te he contado lo he
vivido, lo he pensado, lo he sentido, a veces intuido, lo he dudado, me lo
he creído, lo estoy investigando, y quiero saber más. Te confieso que en
ocasiones me parece como si te hubiera explicado cosas que aún no sé del todo,
pero que asoman la cabeza de puntillas y me piden paso para ser contadas, para
poder ser manifestadas, vistas y entendidas.
Soy consciente de que te he ofrecido más preguntas que
respuestas. Esa era mi intención. Espero que te haya servido a ti para
descubrir cosas que no sabías; incluso cosas que no sabías que no sabías.
O quizás lo que sí sabías, pero no sabías explicar (o pensabas que no
podía tener explicación alguna). O cosas que simplemente no te atrevías a
compartir aunque ahora quizás ya sí. Si es así, he hecho mi trabajo.
¿Y ahora
qué?
Durante casi cuatro siglos no se ha podido hablar de
consciencia dentro de la ciencia. Ha sido también difícil hablar de muerte
dentro y fuera de los laboratorios. Pero tras esta larga peregrinación por el
desierto, parece que vislumbramos un oasis. Mis queridos predecesores han
abierto un gran boquete en el alambre de espino y ahora se puede pasar de
manera más segura. El portal está abierto, pero no sabemos por cuánto tiempo.
Creo que podemos transformar este callejón sin salida de la
materia en la gran encrucijada de la consciencia. Es hora de humanizar la duda
y de ablandar la creencia. Es tiempo de celebrar el error como forma
privilegiada de avanzar. Conversar en vez de discutir. Dejar de consumir
pornografía intelectual, dogma caduco y debate estéril.
Trabajar para que la ciencia y la consciencia coagulen; una
ciencia que trascienda la división entre lo objetivo y lo subjetivo. Una
ciencia de la experiencia que, a pesar de su punto ciego, trate de hacer
lo que debe, aunque quizás no pueda. Una ciencia que se atreva a estudiar lo
que a ti te pasa (sobre todo aquello que no te atreves a contárselo a nadie).
La ciencia que todos vosotros queréis, pero que todavía muy pocas agencias
financian. Una ciencia de lo que importa. Una ciencia que no te mire por encima
del hombro ni por debajo de la puerta. Una ciencia que no te llame imbécil a la
cara ni a la espalda. Una ciencia de expertos dispuestos a aprender y a cambiar
de opinión. Una ciencia que busque los límites pero sin extralimitarse. Una
ciencia de lo liminal en lo liminal. ¡Una ciencia de lo imposible! Vislumbrar
una Ciencia 2.0 en la que lo sagrado tenga cabida. Que esté al servicio de lo
humano y de su evolución.
La ciencia tiene esta oportunidad de transformase a sí
misma estudiando la consciencia. Es por eso que yo investigo, para mi propio
crecimiento y transformación. No es tanto para aprender de este tema o este
otro, es para conocerme un poquito mejor a mí mismo. Saber quién soy… Entiendo
que vosotros estáis en el mismo camino.
Somos gente normal en el mundo real y nos pasan cosas
extraordinarias a diario. No tienen fácil encaje, lo sé. No pasa nada. Mi ECM
es una gran evidencia en mi campo de vivencia. Hay gente que dice que me la he
inventado y que la cuento para hacerme famoso. La estupidez, barnizada de mala
fe, no tiene límites. He visto la luz al final del túnel y he quedado medio
deslumbrado y medio iluminado. Otros la verán, espero, al final del armario.
Salid, amigos míos, os esperamos con la mente y los brazos bien abiertos. Yo le
doy voz para que vosotros tengáis voto. Y lo hago con amor (para espantar
al mal) y con humor (para hacer liviano lo profundo).
No se trata de ir a la contra. No soy rebelde sin causa.
Pero me he convertido, por causalidad y por necesidad, en una especie de
activista intelectual, divulgador de lo imposible, y bufón en la corte de
la real ortodoxia. No hablo solo de cosas «muy interesantes». Esto es
importante. Es urgente. La ciencia se convierte en un acto moral.
Os confieso que he dicho la verdad y nada más que la
verdad, pero no toda la verdad. No os lo he contado todo. Hasta aquí puedo
leer. Hay cosas que todavía no sé cómo hacerlo y otras que sé que no debo
decir. Aún no es el momento. Como dijo Michael J. Fox interpretando a Marty
McFly en Regreso al futuro después de tocar Johnny B Goode: no sé si estamos preparados para lo que
viene, pero a nuestros hijos probablemente les fascinará…
Breve
manifiesto
Este libro trata sobre la muerte, pero no os he hablado del
duelo. No soy terapeuta, ni médico, ni coach.
Tampoco os he dado certezas sobre el «más allá». No soy médium, ni futurólogo,
ni materialista. La gente me pide consejo de todas formas. Quizás os pueda
asegurar tres cosas. Primero, vivimos en una sociedad tanatofóbica (fobia a la
muerte, como a las arañas), es decir, tenemos una angustia casi incontrolable a
todo lo que tiene que ver con la muerte y el morir. Lo ocultamos, lo
maquillamos. Segundo, no, no nos estamos muriendo todo el tiempo —dile eso a un
recién nacido—. Tercero, por muchos libros de estos que leas, cuando sea tu
hora, vas a tener que vértelas tú con la muerte. Será tu muerte. Algo muy
especial.
Últimamente los «jóvenes» también me piden consejo. Será
que me estoy haciendo mayor. Muchos de vosotros habéis despertado ya. Y, aunque
lo tengáis difícil, no os la van a dar con queso. No lo voy a negar: es
complicado dedicarse a estos temas. Estáis a tiempo de dejarlo antes de
empezar. Pero os prometo que, si seguís adelante, si estudiáis lo que os dicta
el corazón y lo alineáis con lo que os dice cabeza, este camino se convertirá
en la aventura de vuestra vida. Salid de lo familiar, id hacia lo desconocido.
Volad como una cometa, bien amarrados al suelo, pero con estructura ligera para
elevaros bien alto. Dicen que es mejor morir con recuerdos que con sueños.
No os creáis los más listos de la clase. Tampoco los más
tontos. Currároslo, porque uno no puede acabar una maratón o aprender a tocar
la guitarra si no le echa horas. Y otro movimiento aparte de vuestra
voluntad es la gracia, esa que viene desde arriba, como un regalo, sin
merecerla (por eso es Gracia). Allí en el pozo, me echaron un polvo dorado.
Como en el Mario Kart cuando pillas una
estrellita de esas. Hay que pedirla, estar dispuesto a recibirla. Esperar.
Rendirse. Con Voluntad y Gracia, somos imparables.
Disculpad por este breve manifiesto. No lo puedo ni lo
quiero evitar. Decidí que no esperaría a jubilarme para hablar de esto en
público, ni para investigarlo en lo profesional. Si vives tu profesión como una
vocación, que no te importe tanto tu reputación. «Tenías un futuro brillante»,
me dicen. «Eras una joven promesa», se lamentan. ¡Qué sabrán ellos del futuro,
del brillo, de la juventud y de la promesa!
Despierta
Despierta. Despierta tu mente y despierta tu corazón. También
tu cuerpo. Abre los ojos. Levántate. Y anda. Si no tomas por la fuerza tu
libertad de pensamiento, de expresión y de acción, nadie lo hará por ti. Un tal
Jesús de Nazaret dijo de los tibios que los vomitará de su boca. No es broma.
Quizás sea necesario que se te rompa el mundo por lo menos
un par de veces en la vida para empezar la verdadera metamorfosis (a mí se me
separaron los padres, salí de una secta religiosa a los veinte años, cambié las
pizarras de la física por los laboratorios de neurobiología y, además, casi
muero, ¿será suficiente?).
Normalmente cambiamos cuando nos pasa algo. La palabra
crisis significa decisión.
Como humanos, estamos bien hechos pero mal acabados. Somos
como la crisálida de Schrödinger, medio oruga y medio mariposa. Las personas no
cambian a base de argumentos. Dicen que nadie convence a nadie de nada. Así que
tampoco he pretendido convencerte con datos, ni vencerte con razones. Tampoco
demostrarte «la verdad». Quizás mostrarte evidencias y seducirte con ideas y
posibilidades. Pero no soy un mercader. No hago compraventa, ni pretendo que
alguien puje por ellas en una subasta. Más que científico, me considero un
artista de la ciencia. En mis mejores días soy un artesano de lo humano.
Siento una responsabilidad de tratar de hacer y de
comunicar una ciencia distinta. Ya basta «la ciencia dice…» como herramienta
política de dominación. La ciencia es un viaje a lo desconocido. Hay que
inclinarse ante el misterio. La ciencia al servicio de lo humano, no del
control. En vez de cerrar puertas, abramos todas las ventanas que podamos.
Hoy la consciencia ya se puede estudiar. Ya no es tabú.
Estamos trabajando para que también se pueda estudiar su continuidad, su
supervivencia a la muerte del cuerpo físico. ¡Y todos sus márgenes! Todas las tradiciones
se han hecho preguntas muy similares desde siempre. Es ahora el turno de la
ciencia.
El viaje
de retorno
Acabo con otra breve historia. Hace varios años mi mujer y
yo hicimos el Camino de Santiago por el norte. A lo lejos vimos a una
pareja que andaba hacia nosotros. A medida que se acercaban pensábamos
cómo les íbamos a decir que iban en dirección contraria. Cuando les tuvimos
cerca, les saludamos amablemente y con prudencia les preguntamos cómo iba la
peregrinación. No pudimos resistirnos a mencionar que, para Santiago, se va en
esa dirección… Ellos nos sonrieron y nos dijeron «ya lo sabemos, venimos de
allí. Estamos haciendo el camino de regreso a casa». Menuda lección de vida en
un instante. ¿Y si venimos a este mundo, a este planeta tan especial,
a experimentar la materia en un viaje de retorno a la unidad?
Mentiría si te dijera que no le tengo ningún miedo a la
muerte. No me quiero morir todavía. ¡Quiero vivir! Quiero disfrutar de los
regalos de la vida. Tampoco me he vuelto del todo invencible, aunque a menudo
recuerdo el verso del poema Invictus de William
Ernest Henley que Nelson Mandela adoptó como mantra personal durante su
encarcelamiento: «Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma».
Aunque haya encontrado, soy alguien que sigue buscando. El
«más allá» está probablemente «más acá» de lo que pensamos. He tenido
experiencia directa de que la realidad es muchísimo más luminosa de lo que nos
podemos imaginar. Estoy inmerso en plena aventura de la consciencia. ¿Somos
inmortales? Cuando sea el momento de cruzar el umbral ya lo veremos. Yo he
estado allí, y tiene buena pinta. Mientras tanto, recuerda: hay vida antes
de la muerte. Y no olvides irte preparando para cuando llegue tu momento.
La muerte es un misterio y la vida, un milagro.
EPÍLOGO
Termino este libro con una sensación extraña, como asomarme
a un precipicio oculto. El Dr. Gómez-Marín nos lleva con tacto por un camino
que la ciencia tradicional evita, pero que es parte del ser humano. Después de
leerlo, ciertas preguntas te persiguen, ¡te hacen pensar… te hacen pensar! Algo
que en la época actual, plagada de fórmulas inquisitoriales, se agradece por su
inmensa frescura.
Es muy valiente que un científico cuente
una experiencia cercana a la muerte y se atreva a relatar lo «imposible». No
solo arriesga su carrera, sino que se atreve a expresar cómo cambió su visión
del mundo, aunque no pueda explicarlo con números.
Gómez-Marín lo cuenta de manera directa, sin rodeos. Con una honestidad que
llega hondo, al menos es así como lo vivió en primera persona.
Al leer sus primeras páginas me impactó
cómo describe esa experiencia hiperreal. Siete segundos que cambiaron su vida
más que años estudiando. Es curioso cómo lo que de verdad nos transforma ocurre
cuando menos lo esperamos, cuando las cosas se salen de control y algo más se
revela, caen, según Aldous Huxley, las cortinas de las limitaciones de nuestra
mente y entonces se abren las ventanas infinitas de la percepción.
Su análisis del biombo de Galileo es
sencillamente genial. Separar lo objetivo de lo subjetivo nos dio una ciencia
increíble para entender lo físico, pero nos dejó sin herramientas para lo
humano.
Como dice el autor, la consciencia no
encaja en la ciencia porque es la base. Es como el ojo que ve todo, menos a sí
mismo. Una paradoja que nos da una pista.
La idea del cerebro permisivo me resonó
mucho. ¿Y si el cerebro no crea la consciencia, sino que la permite? Como si
fuera una antena que capta algo que ya existe. Algunos autores, Persinger entre
ellos, dejaban entrever esta posibilidad; otros fueron más audaces, como Niko
Zinovii, que la incorporó a su libro de ciencia ficción La
antena de Dios. Décadas antes, Carl Jung hablaba de esa «consciencia
colectiva» que, para no engañarnos, ¿podría explicar tantas y tantas cuestiones
que nos sumergen a los humanos —no solo a los monos de la isla de Koshima— en
cataratas de dudas?1
Así, las experiencias cercanas a la
muerte, la lucidez antes de morir o los niños que recuerdan otras vidas no
suenan tan descabelladas. No son errores, sino señales de que tal vez vemos las
cosas mal.
El libro revela que lo paranormal es más
común de lo que creemos. Intuiciones, casualidades, sueños premonitorios… le
pasa a mucha gente. Pero como no hay espacio para hablar de estas cosas sin
sonar raro, nos callamos. Y eso duele.
Podríamos decir que Gómez-Marín no crea
falsas ilusiones ni destruye esperanzas, sino que dice «esperanza con
precaución». No asegura que haya vida después de la muerte, pero tampoco lo
niega. Dice: «Creo que sí… pero no lo sé, y seguiré buscando».
Esa es la actitud: ser científico y
humilde ante lo trascendente. Ni negar todo, ni creer sin pruebas. Buscar con
cuidado lo que parece imposible.
Necesitamos una Ciencia 2.0 más humana.
No eliminar el método científico, sino ampliarlo. Investigar sin ignorar la
consciencia. Después de todo, ¿acaso las cosas más importantes de nuestra vida
son verdaderamente tangibles? ¿Cómo medimos el amor a nuestros hijos? Porque no
podamos medirlo ¿es inexistente? ¿No existen cuestiones que se producen de
forma puntual y prácticamente irrepetibles que desafían a la reproducibilidad?
Se necesita valor para aceptar que esto
también es real, aunque no sepamos cómo estudiarlo. En efecto, no sabemos cómo
abordarlo y damos palos de ciego de forma constante.
La dificultad en su estudio y
reproducibilidad es de la que se aprovechan aquellos que fingen dichas
cualidades e imitan esas capacidades inusuales por medio de triquiñuelas, lo
que no quiere decir, obviamente, que alguno —nos basta uno entre un millón,
buscamos un unicornio2— sea capaz de romper las barreras conocidas de la
física o de la consciencia conocidas hasta el día de hoy.
Todo ello me hizo pensar con una mirada
más «hacia dentro», reflexionar acerca de cuántas experiencias hemos ignorado
por no encajar con lo que se supone que es «real». Esa conexión con algo más
grande, esas casualidades… ¿y si no fueran errores, sino pistas?
¿Y si esto es solo el comienzo de un
cambio del paradigma? Si logramos probar que la consciencia no está solo en el
cerebro, si algo sobrevive a la muerte, cambia todo. Cambia cómo educamos,
cuidamos, amamos. Cambia el sentido de la vida, el miedo a morir. ¿Es un vulgar
deseo acariciado por muchas generaciones o una realidad extendida en este mundo
mágico?
Este libro es una invitación a
asombrarnos. A mirar el mundo con ojos nuevos, sin creer que lo sabemos todo. A
pensar que la muerte no es el final, sino quizás un regreso.
El Dr. Gómez-Marín no te pide que creas,
solo que escuches. Que no cierres la puerta antes de mirar. Que sepas que no
estás solo por hacerte preguntas grandes. Que tampoco eres un náufrago en un
mar de escépticos solo por haber vivido aquella experiencia que nunca has
contado, ni siquiera a los más cercanos. Eso ya es un acto humano.
Estamos seguros de que la ciencia del
futuro será más consciente, más cercana, más valiente y que libros como este
nos ayudan a cruzar un puente, a ver lo que no entendemos. A recordar que todos
estamos de camino… de vuelta a casa.
Y que tal vez la muerte sea recordar de
dónde venimos.
DR. JOSÉ MIGUEL GAONA
Psiquiatra forense
Nueva York, verano 2025
¿Hay vida después de la
muerte?
Me inclino hacia el sí. La verdad es que no tengo una
respuesta definitiva, pero puedo decirte que he estado en el umbral y tiene
buena pinta. Pienso que sí, que hay algo de nosotros que sobrevive cuando nos
morimos.
¿Me lo puedes demostrar?
Tendrías que venirte conmigo al otro lado… Mejor esperamos,
¿verdad?
¿Y qué dice la ciencia?
Algunos científicos llevan mucho tiempo asegurando que no,
que no hay nada después de la muerte y que, por lo tanto, hacer la pregunta es
una estupidez e investigarlo, una pérdida de tiempo. Pero esos mismos que
decían que «sabían que no» resulta ahora que en el fondo «no sabían». Hasta
hace poco parecía imposible, pero ahora me atrevería a decir que es posible,
incluso probable, que la mente sobreviva a la muerte del cerebro.
¿Entonces, se puede estudiar
la existencia de «más allá» científicamente? ¿Cómo se hace?
Sí. Es fascinante. Te lo explico en profundidad en el
capítulo 3, donde hablo de las «experiencias cercanas a la muerte» (ECM).
También en el capítulo 5, donde describo lo que yo llamo «las cuatro estaciones
de la supervivencia de la consciencia». No te lo vas a creer.
¿Desde cuándo se estudian las
experiencias cercanas a la muerte?
Siempre ha habido gente que se ha muerto y, por suerte, ha
regresado. Pero el estudio científico de las ECM empezó hace justo cincuenta
años en Estados Unidos cuando algunos doctores tuvieron el valor y la humildad
de escuchar las experiencias insólitas que les contaban pacientes suyos, tras
haber estado clínicamente muertos y haber sido reanimados. Si tienes curiosidad
por saber cómo empezó todo, ve al capítulo 2.
¿Puede explicar la física
cuántica el origen de la consciencia y su supervivencia tras la muerte?
No creo que la cuántica, hoy, explique la consciencia. Pero
hay investigadores trabajando en ello seriamente. En cualquier caso, creerse
que una teoría (la que sea) va a desvelar los secretos de la consciencia es un
error, pues creo que la consciencia es un misterio que va más allá de la
física, incluso de la ciencia. Es un tema muy complicado. Encontrarás más
detalles en el capítulo 6.
¿Dónde podemos encontrar la
respuesta a si nuestra consciencia continúa después de la muerte?
Creo que la clave no está en la cuántica, sino si el
cerebro es un órgano permisivo, en vez de productivo. Quizás nuestro cerebro
tenga capacidades que no conocemos todavía, pero que hemos tenido delante de
nuestras narices toda la vida. El cerebro «permisivo» es mi idea favorita. Lo
puede cambiar todo. ¡No te pierdas el capítulo 12!, allí te lo explico en
detalle.
¿Cómo es esa vida en el otro
lado? ¿Se sabe qué pasa allí?
Yo solo llegué hasta la puerta de entrada, hasta el famoso
túnel (en mi caso era un pozo). No vi lo que había más allá. Pero en el túnel
hay seres queridos, una luz dorada maravillosa, un estado de certeza y se
está en paz. Parece un buen sitio para mudarse después de esta vida. Si quieres
conocer mi historia, te la narro en el capítulo 1.
¿Todas las ECM son tan
maravillosas?
Es verdad. Tienes razón. Hay algunas que son terribles:
todo oscuro, la nada más absoluta, una experiencia terrible. Sin embargo son la
inmensa minoría. Suceden muy, muy poco. La mayoría son muy positivas.
¿Y si tengo una ECM y no
quiero volver?
De hecho muchas veces sucede. Hay gente que, una vez en el
túnel, no quiere volver porque allí se encuentra de fábula. Un conocido me
contó que avanzó hasta el final del túnel, hasta la luz, y allí se
encontró con su abuela (ya difunta) que le dijo con el dedo que no, que tenía
que regresar a la vida. A veces no está en tus manos ni es tu momento.
Tienes que volver porque seguramente tienes todavía cosas importantes que hacer
en este lado.
¿Una ECM, se puede simular?
Soy escéptico al respecto. La simulación es siempre
inferior a lo simulado. Fíjate, una simulación perfecta de una tormenta en un
ordenador no mojaría la pantalla ni tu teclado, ¿verdad? Sin embargo, hay
elementos que suceden en una ECM que se dan también en otros estados ampliados
consciencia.
¿Se puede compartir?
Sí, aparte de contarla y dibujarla para que otras personas
puedan imaginarla, hay personas que acompañan a moribundos a cruzar el túnel y
tienen experiencias muy parecidas a las características de una ECM. Se llaman
«experiencias de muerte compartida». Hay otras experiencias parecidas y sorprendentes
en las cercanías de la muerte. Te lo cuento en el capítulo 5.
¿Podría yo vivir una ECM sin
necesidad de estar en muerte clínica?
Sí. Hay situaciones en que el corazón late y los pulmones
funcionan y, sin embargo, se tiene una ECM. Son situaciones graves de peligro o
de muerte inminente. Por ejemplo, durante operaciones, infartos, comas, partos
y accidentes que no llegan a parada cardíaca. Hay montañeros que al caer
ven toda su vida pasar, rehenes secuestrados que creen que van a morir y tienen
una experiencia extracorpórea en la que ven lo que sucede desde el techo,
o mujeres dando a luz con complicaciones que ven la luz al final del
túnel. Yo mismo no estaba clínicamente muerto cuando tuve mi ECM en el
hospital.
¿Y mi perro, crees que tendrá
una ECM cuando se muera?
La palabra animal viene de la
palabra alma. Si nosotros tenemos, ¿por qué ellos
no? Desconozco si hay parques para perros en el más allá, pero se sabe que
muchos animales saben cuándo van a morir y se despiden de sus seres queridos.
También experimentan, como nosotros, el enzimático fenómeno de la «lucidez
terminal». Lo descubrirás también en el capítulo 5.
En los casos de ECM en los
que se ve a uno mismo desde fuera de su cuerpo, ¿cómo puede ser sin tener ojos?
Vemos a través de los ojos, no con ellos. Es la mente la
que ve. La mente está extendida. Además, no hace falta casi morirse para vivir
lo imposible. Hay muchos «márgenes de la consciencia» accesibles en tu vida
cotidiana. Si quieres que te explote la cabeza, ves al capítulo 13.
¿Qué son los márgenes de la
consciencia?
Son fenómenos fascinantes de la consciencia que son
«frontera» de conocimiento científico a la vez que están un tanto «marginados»
socialmente, de ahí lo de «márgenes». Nos hablan de experiencias producidas por
mentes anómalas, alteradas y ampliadas, ajenas e incluso artificiales.
¿Crees que es posible
conseguir la inmortalidad gracias a nuevas tecnologías como la inteligencia
artificial?
Ese es el sueño de algunos millonarios transhumanistas. El
transhumanismo es una pseudoreligión disfrazada de progreso tecnocientífico.
Las fuerzas que dirigen esta ideología son muy peligrosas. Te doy mi opinión en
el capítulo 11.
¿Por qué es tan difícil
estudiar la consciencia científicamente?
Porque Galileo fundó la ciencia hace cuatro siglos dejando
para más tarde lo que no se deja medir y matematizar, es decir, nuestras
experiencias. La ciencia tuvo tanto éxito desvelando los secretos del mundo
material que se nos olvidó la consciencia. No te pierdas el capítulo 8 para
entender lo que yo llamo «la herida fundacional de la ciencia». Tuvimos que
esperar hasta los años noventa del siglo pasado para que la ciencia de la
consciencia empezara su andadura. Las cosas han cambiado mucho recientemente.
Te lo detallo en el capítulo 9.
¿Por qué es importante
estudiar las ECM?
Por muchas razones. Primero, porque todos nos moriremos
algún día. Segundo, para entender mejor el proceso de morir y así poder
acompañar mejor a los moribundos y a sus familiares. Tercero, para seguir
mejorando nuestra definición de muerte, que va más allá de un
encendido-apagado. Cuarto, para aproximarnos a ella con menos miedo. Y en
último lugar porque si descubrimos que la historia no se acaba cuando morimos,
nuestra concepción del mundo va a transformarse muy positivamente. Lo verás en
el capítulo 4.
¿Crees que quienes habéis
tenido una ECM teméis menos a la muerte?
Sí, porque nos resulta un poquito más familiar. Además,
tenemos más curiosidad y, por lo tanto, menos miedo.
¿Por qué nos da miedo morir?
Nos dan miedo tantas cosas, sobre todo lo desconocido.
Y no nos gusta perder el control. Tampoco nos gustan las despedidas,
y menos aún la nuestra. El ego sabe que se le acaba el chollo (y nuestra
sociedad está montada sobre él). Creo también que hay un miedo añadido que no
es tanto a la muerte sino a morir (el dolor físico, las despedidas, etc.). El
miedo a la muerte es también cultural, pues en otras culturas aprenden a mirar
a la muerte de cara.
¿Pero por qué le tenemos
tanto miedo a la muerte si es lo único seguro en la vida?
Porque es la gran certeza incierta.
¿Cuál es el mayor problema de
la muerte?
Que no queremos ni nombrarla. Hacemos ver que no está ahí.
Eso da más miedo todavía.
¿Qué es lo más importante que
olvidamos sobre ella, que sea el final de nuestra existencia o no?
Que es parte de la vida, una parte muy importante. No hay
que dejarla fuera.
¿Y sobre la vida?
¡Hay vida antes de la muerte!
¿Y qué pasa antes de la vida?
Es una buena pregunta. Si hay vida después de la muerte,
por qué no puede haberla antes del nacimiento (y de la concepción). La posible
existencia de vidas anteriores, es decir, indicios de la reencarnación, se ha
estudiado científicamente mediante los numerosos casos de niños que recuerdan
vidas anteriores. Para conocer más detalles, ve al capítulo 5.
¿Por qué suena tan oscuro
hablar del «más allá», del «otro lado»?
Porque no sabemos muy bien lo que nos espera. Un bebé antes
de nacer también le llamaría «el otro lado» a lo que hay más allá del umbral
del cuerpo de su madre.
¿Por qué la muerte está más
viva que nunca?
Sí, parece que las ECM están de moda. Hay sed de
trascendencia después de décadas de ayuno espiritual. Cuando profesionales con
autoridad han salido a hablar de ella sin tapujos han conseguido una masa
crítica que parece ya imparable.
¿Nos reencontraremos con
nuestros seres queridos?
Espero que sí. Esperaré… Se dice «hasta que la muerte nos
separe», pero quizás deberíamos añadir «y hasta que nos reúna de nuevo». Creo
que sí que nos reuniremos con ellos, pero seguramente no como nos imaginamos.
¿No crees que eso es darle
falsas esperanzas a la gente?
Tampoco hay que darle falsas «desesperanzas». La gente
tiene ansia y necesidad de una respuesta que dé sentido a su vida. Quizás
tengamos la responsabilidad de responder tentativamente, pero con claridad,
y que eso también dé sentido… Nuestra obligación no es dar certezas
absolutas, sino seguir investigando con valentía, rigor y honestidad. Hay que
evitar que la ciencia se convierta en la nueva religión. Lo abordo sin tapujos
en el capítulo 14.
¿Qué aprendizaje sacas de tu
ECM, teniendo en cuenta que sabes que te vas a morir?
Que no hay que obsesionarse, pero sí irse preparando para
ello. No te preocupes, ocúpate.
¿Cómo le explico todo esto a
mi hija?
Mejor pregúntaselo tú a ella, en vez de tratar de
explicárselo. Es muy probable que te sorprenda con su respuesta. Los niños son
mucho más sabios de lo que les dejamos ser. Tienen menos condicionantes que
nosotros.
¿Qué le dirías a los que
dicen que hay que aceptar que te mueres y punto?
Les preguntaría cómo pueden estar tan seguros. Si lo saben
porque lo creen o lo creen porque lo saben. Igual si estudian las evidencias
científicas cambien de opinión. Si no, pues tendrán otra oportunidad de hacerlo
en el otro lado. Nos veremos allí y nos reiremos de lo ignorantes que éramos
todos.
¿Es la ciencia el mejor sitio
para buscar respuestas a estas preguntas?
La ciencia es un lugar privilegiado para ello, pero hay que
ir con cuidado con no quedarse corto o pasarse de largo. Es un tema polémico.
Se trata del doble peligro de la pseudociencia y del cientificismo. Si quieres
saber más, te lo desvelo en el capítulo 7.
¿Por qué consideras que lo
que viviste es un hecho real? ¿Cómo sabes que no fue simplemente un sueño?
No fue real, fue hiperreal. Más real que cualquier sueño y
experiencia de vigilia que haya tenido. ¿Cómo sabes que tú no estás simplemente
soñando ahora?
¿Existe entonces la muerte o
no?
Sí, es el fin de nuestra existencia (tal y como la
conocemos) y, quizás también una antesala, un tránsito, un continuará…
¿Por qué te tengo que creer?
Porque soy un experto y porque «lo dice la ciencia».
Perdona, lo digo en broma…
Ahora en serio…
Cree lo que te dicte tu corazón, una vez alineado con tu
cabeza. Y ponte manos a la obra.
Para acabar, dime un concepto
que te parezca clave para ampliar nuestra perspectiva.
En primer lugar el de cerebro «permisivo» que mencionaba
arriba (échale un vistazo el capítulo 12). Otro concepto crucial es el de mente
«extendida». Lo abordo en el capítulo 10. Ambos adjetivos transforman las
posibilidades de los sustantivos que acompañan (cerebro y mente). Hay que
extender la mente. ¡Llevamos demasiado tiempo viviendo confinados en nuestras
cabezas!
Parece que hemos estado
dormidos mucho tiempo…
Sí. ¡Hay que despertar! Te invito a ello en el último
capítulo. Esto es solo el principio, nos queda mucho por hacer.
AGRADECIMIENTOS
Este libro ha sido hecho artesanalmente, sin utilizar
inteligencia artificial ni para el texto ni para las imágenes. No sé si esto
denota estupidez por mi parte, sensatez, o ambas. De lo que no tengo duda
es de que este proyecto no habría llegado a existir sin el apoyo e inspiración
de varios seres humanos a quienes me gustaría dedicar ahora unas breves líneas
de agradecimiento.
En primer lugar, este libro no habría sido
posible palabra por palabra sin el apoyo de mi mujer y de mi editor. Ha habido
momentos en los que, regresando de las profundidades de este océano de
palabras, miraba hacia arriba y, aun pudiendo vislumbrar la superficie, no
estaba del todo seguro de si iba a llegar al final sin desmayarme. Gracias,
Laura, y gracias, Sergi por haber sido mis buceadores de seguridad en esta
inmersión tan ardua como hermosa. Vuestra firme presencia ha sido tremendamente
alentadora. Sabía que, si desfallecía en mi ascenso, me recogeríais y me
llevaríais hasta la superficie. Sin vosotros no lo hubiera conseguido. De
verdad.
Gracias a mis hijas, Anaís y Lea. Cada
vez que os miro veo el futuro de la humanidad brillar en vuestros ojos. Sois
mis amores, mis tesoros, mis «niñas maravilla» y mi mayor bendición —lo que más
quiero en este mundo, junto con vuestra madre—. Laura, eres el amor de mi vida,
mi dulce compañera y una auténtica exploradora de la consciencia. Te amo.
No me olvido del resto de mi equipo
editorial. Gracias, Andrea por ser una pieza fundamental en esta aventura.
Y también a ti, Narcís, por tu trabajo discreto y competente. Junto con
Sergi habéis logrado crear una magia creativa única que a menudo no se ve (pero
se siente) en el galopante mercado editorial. Dar a luz a este libro ha sido
una danza y una lucha. Habéis sido mis comadronas de lujo en este primer parto.
Llevaré siempre en mi corazón a tres
personas muy concretas que, cada uno a su manera, me salvaron la vida en el
hospital: gracias, Paco, por ser mi caballo volador; gracias, Neftalí, por
estar tan oportunamente atenta a la sonda aquel lunes por la mañana y gracias,
María Pilar, por coserme la vida de urgencias. Gracias también a todo el
personal sanitario del Hospital de San Juan de Alicante por atenderme con tanto
cariño y profesionalidad.
A los doctores Bruce Greyson, Pim van
Lommel, José Miguel Gaona, Luján Comas y a muchos otros pioneros, mi más
sincero agradecimiento por aplanar el camino para que ahora podamos transitarlo
con mayor velocidad y seguridad los que venimos detrás. Le estoy especialmente
agradecido al doctor Manuel Sans Segarra por abrir un boquete gigante en la
consciencia colectiva de nuestra sociedad, y a Juan Carlos Cebrián por
recordarme constantemente con su ejemplo que es mucho más importante ayudar a
las personas que buscar el éxito, y que este, si llega, debe ser siempre una
consecuencia, no un fin en sí mismo.
Le estoy también agradecido a Alejandro
Agudo —mi consejero particular en las cuestiones más técnicas respecto a las ECM—
y al doctor Vicente Arráez, por invitarme a aquellas jornadas de la muerte y el
morir organizadas por la Fundación Metta Hospice que fueron semilla de todo lo
que ha florecido después. De nuevo mis bendiciones a la doctora Luján Comas y a
Xavier Melo por su infatigable trabajo desde la fundación Icloby. Gracias a
todos por contribuir decisivamente al cambio de consciencia individual y
colectiva de este país.
En esta aventura me he cruzado con
amables viajeros que, de una manera u otra, han hecho mi camino no solo más
llevadero, sino también más valioso y significativo. A Juan Arnau, por
mostrarme otra manera de hacer filosofía desde la ciencia. A Ana y Agustín
Pániker, por confiar en mí cuando aún no era mi momento. A Jenny y Paco,
por iniciarme en el trepidante mundo de las redes sociales. A Pilar
Quijada, Lluís Amiguet y Emilio Martínez, por ser portales para que mi historia
y mensaje llegaran a muchas personas a través de los medios de comunicación
tradicionales. A Iker Jiménez, por defender la libertad y haber dado
cobijo ininterrumpidamente a lo imposible. A los anfitriones de tantos
pódcast que están cambiando la forma de contar la ciencia para que cuente de
verdad. A Javier Santaolalla y a Enric Gel, por ser dos luces iluminando
en el firmamento de la comunicación científica y filosófica. A Alejandro
Guerra, por haber creado una plataforma para ayudarnos a todos a despertar y a
la gente extraordinaria que he conocido allí, en encuentros mágicos donde hemos
hablado durante horas de lo imposible.
A Katarina Bolanča, por plasmar con su
lápiz lo inefable en una serie de ilustraciones que espero que hayas disfrutado
a lo largo de estas páginas. A James y Anya, por dejarnos volver a casa.
A Vicente Gómez, por enseñarme que es más importante mostrar que demostrar
y por regalarme varios milagros científicos. A Jordi y Tània, por trabajar
para que ver sin los ojos sea posible. A «las partículas», por ser un
círculo de verdadera humanidad. Al «nucli», por explorar juntos el futuro de la
prosperidad. A Ana Myriam, por introducirme en el mundo de la muerte con
tanta naturalidad y profesionalidad. A Koncha Pinós, por ser abanderada de
la paz allí donde va. A Alejandro Huizzi, por su inmenso corazón.
A David Chartrand, por enseñarme aquello que a menudo tanto nos falta a
los académicos. A Stephen Jenkinson, por su incomparable capacidad de
traducir a los dioses. A Rupert Sheldrake, por ser leyenda y camarada.
A José Antonio Pascuas, maestro y amigo pase lo que pase. A Jacobo
Grinberg, te echo de menos y te siento cerca (aunque nunca te conocí). Y a
David Peat, por construir algo tan grande en un lugar tan pequeño. Si me he
olvidado de alguien, creedme que se debe más a un lapsus causado por la emoción
que a mi falta de gratitud hacia vuestra persona. Gracias a todos, ¡peregrinos
de lo desconocido!
Quiero hacer una mención especial para
ti, mi querido Xecu. Espero que este libro te haga la espera hasta
reencontrarte con ella algo más liviana (no te olvides de vivir, amigo mío).
Mi agradecimiento perenne e indeleble a
mis padres, Enrique y Paquita, por darme la vida y mucho más. Aunque no
hablemos muy a menudo, os llevo siempre en mi corazón. Y a mi hermano
Enric, mi gran amigo y ejemplo de voluntad de acero y capacidad de superación.
A Elena, por su generosidad y por estar siempre dispuesta cuando la
necesitamos.
A mis «amigos difuntos» que viven todo
el tiempo en mi biblioteca. A Sincro, guardián de lo invisible, por
aparecer aquella mañana y protegernos cada día. Y muy particularmente a
Jesús, Mirra y Aurobindo, por estar al otro lado, esperándome…
Gracias a los que os habéis levantado
tan pronto como yo para servirme un café calentito antes de que salga el sol.
Gracias también a aquellos valientes anónimos que me habéis escrito para
compartir vuestras experiencias. Y a los que seguís esperando el momento
propicio para salir del armario (os esperamos). Gracias a todos vosotros por
confiar en vuestra voz interior. Gracias también a mis opositores, pues no se
puede avanzar en este mundo sin algo de fricción. Gracias a la vida, a la
muerte, a la ciencia, a la consciencia, a lo desconocido y a lo
imposible.
Quiero acabar este viaje mío —tan
personal, pero también científico y filosófico, y en ocasiones político,
histórico y espiritual— con dos agradecimientos muy especiales.
El primero es a nuestra querida y
preciosa lengua. He publicado más de cien artículos en revistas científicas en
inglés, pero este es mi primer libro en español. Escribiéndolo he tenido la
vívida experiencia y la extraña certeza de que hay cosas que no habría podido
decir de otra manera. No sabemos la suerte que tenemos los hispanohablantes.
El segundo y definitivo es para ti,
querido lector, pues sin ti no hay autor, ni libro, ni historia. Gracias de
corazón por estar ahí, al otro lado, y por vivir esta aventura conmigo. Ha
sido un honor compartir este ratito de vida juntos. Hasta siempre.
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A landscape of consciousness website— https://loc.closertotruth.com/
Recursos ECM España — https://ecms.es/
The Psi Encyclopedia — https://psi-encyclopedia.spr.ac.uk/
Enlaces a
noticias relacionadas con la ECM del autor:
ABC (3 de abril de 2022). ¿Qué pasa con el mente cuando el cerebro muere? — https://www.abc.es/ciencia/abci-pasa-mente-cuando-cerebro-muere-202204030133_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F
El Español de Alicante (1 de mayo de
2023) ¿Qué pasa cuando morimos? — https://www.elespanol.com/alicante/vivir/salud/20230501/morimos-alex-gomez-marin-cientifico-csic-creo-retorno/759924005_0.html
La Contra de la Vanguardia (23 de
septiembre de 2024) Tuve una experiencia cercana a la
muerte: la ciencia debe investigar — https://www.lavanguardia.com/lacontra/20240923/9959665/alex-gomez-marin-tuve-experiencia-cercana-muerte-ciencia-debe-investigar.html
NOTAS
1. Observaciones en Japón en los años cincuenta,
cuando un grupo de investigadores notó que los macacos japoneses (Macaca fuscata) en la isla de Koshima aprendieron a
lavar batatas en el mar. Según el relato, cuando aproximadamente el «mono
número 100» adquirió la habilidad, otros grupos de macacos en islas lejanas y
sin contacto físico directo empezaron a mostrar la misma conducta, como si el
aprendizaje se hubiera transmitido «telepáticamente» o a través de un campo
colectivo. Después, la versión más conocida fue difundida por Lyall Watson en
1979, y luego fue retomada por Rupert Sheldrake para ilustrar su teoría de la
«resonancia mórfica».
2. … o una manada de ellos.
SOBRE EL AUTOR
Físico teórico y neurocientífico. Licenciado en Física, máster en Biofísica y doctor en Física Teórica por la Universidad de Barcelona. Actualmente es Científico Titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y director del Pari Center en la Toscana italiana. En 2021 estuvo ingresado de gravedad en el hospital y tuvo una experiencia cercana a la muerte. Entonces decidió dedicar su trabajo de investigación al estudio científico de los límites de la consciencia. En 2023 recibió el primer Premio de Investigación en Ciencias Noéticas Linda G. O’Bryant. En 2024 fue seleccionado como una de las personas más inspiradoras ...
OPINIONES
«En este libro importante y fascinante, el Dr.
Gómez-Marín no solo relata su experiencia cercana a la muerte, sino que también
describe cómo sus ideas científicas han cambiado de forma fundamental. Ahora
piensa que la consciencia puede no ser producida por nuestro cerebro. Muy
recomendable.»
Dr. Pim van Lommel,
autor de Consciencia
más allá de la vida
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