REGALOS FINALES (1992)
Comprender la conciencia especial, necesidades y las
comunicaciones de los moribundos
Maggie Callanan y Patricia Kelley
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Traducción Ars-Gratia de Kos d’Astuires (2026)
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CONTENIDO
INTRODUCCIÓN
EXPRESIONES
DE GRATITUD
UNO:
“ES HORA DE PONERSE EN LA FILA”.
I. CONCIENCIA DE LA
MUERTE CERCANA: INTRODUCCIÓN Y ANTECEDENTES
DOS:
CONCIENCIA SOBRE LA MUERTE CERCANA: UNA INTRODUCCIÓN
TRES:
COMIENZOS
CUATRO:
REACCIONES ANTE LA MUERTE
II. CONCIENCIA DE LA
MUERTE CERCANA: LO QUE ESTOY EXPERIMENTANDO
CINCO:
“¿DÓNDE ESTÁ EL MAPA?”
SEIS:
PREPARÁNDOSE PARA EL VIAJE O EL CAMBIO: “ME ESTOY PREPARANDO PARA SALIR”.
SIETE:
ESTAR EN PRESENCIA DE ALGUIEN QUE NO ESTÁ VIVO: “NO ESTOY SOLO”.
OCHO:
VER UN LUGAR: “VEO A DÓNDE VOY”.
NUEVE:
SABER CUÁNDO OCURRIRÁ LA MUERTE: “SERÁ CUANDO. . .”
III. CONCIENCIA SOBRE LA
MUERTE CERCANA: LO QUE NECESITO PARA UNA MUERTE EN PAZ
DIEZ:
“TENEMOS QUE IR AL PARQUE.”
ONCE:
NECESITO RECONCILIACIÓN: “NECESITO HACER LAS PACES CON..””
DOCE:
SER RETENIDO: “ESTOY ATASCADO ENTRE..”
TRECE:
COMUNICACIONES NO VERBALES: “MIS ACCIONES HABLAN POR MÍ”.
CATORCE:
SUEÑOS SIMBÓLICOS: “SOÑÉ CON...”
QUINCE:
ELEGIR EL MOMENTO: “EL MOMENTO ES ADECUADO”.
DIECISÉIS:
CONCIENCIA SOBRE LA MUERTE CERCANA: USOS PRÁCTICOS
LECTURA RECOMENDADA
SOBRE LOS AUTORES
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INTRODUCCIÓN
EN
ESTE LIBRO CONMOVEDOR Y COMPASIVO, las enfermeras de cuidados paliativos Maggie
Callanan y Patricia Kelley comparten sus experiencias íntimas con pacientes al
final de la vida, extraídas de más de veinte años de experiencia atendiendo a
enfermos terminales.
A
través de sus historias llegamos a apreciar las formas, casi milagrosas, en que
los moribundos comunican sus necesidades, revelan sus sentimientos e incluso
coreografían sus momentos finales También descubrimos los dones (de sabiduría,
fe y amor) que los moribundos dejan para que los vivos los compartan.
Lleno
de consejos prácticos sobre cómo responder a las peticiones de los moribundos y
ayudarlos a prepararse emocional y espiritualmente para la muerte, REGALOS FINALES muestra cómo podemos ayudar al moribundo a
vivir plenamente hasta el final.
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“Bellamente escrito, esclarecedor y reconfortante... Regalos
Finales es un verdadero regalo para todos nosotros”. —Julia Tatelbaum,
autora de El coraje de llorar.
“Estas historias ricamente narradas nos permiten responder
a los moribundos de maneras nuevas y auténticas”. —Ira R. Byock, MD, autor de
Morir bien: la perspectiva de crecimiento al final de la vida.
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EXPRESIONES DE GRATITUD
Durante la escritura de este libro hemos tenido la
fortuna de recibir ayuda y guía de muchas personas talentosas. Sin el amable
apoyo y la ayuda de nuestra primera editora, Mary Boyken, este viaje nunca
habría comenzado, ni Conciencia de la Muerte Cercana habría recibido ese
nombre.
La
revista profesional Nursing contribuyó
decisivamente a este trabajo al publicar nuestro primer artículo sobre este
tema, y la Organización Nacional de Centros de Cuidados Paliativos y Enfermos
Terminales nos animó a compartir esta información a través de sus publicaciones
y convenciones. Nuestro agradecimiento a ambas.
También
agradecemos a Wanda Wigfall-Williams por sus consejos y por presentarnos a
nuestra agente, Gail Ross. Sin excepción, Gail ha sido nuestra ancla, nuestra
guía, nuestra defensora y nuestra amiga.
Agradecemos
a nuestra editora, Ann Patty, y a su personal, especialmente a Fonda Duvanel,
por su entusiasmo y ayuda; y agradecemos a Miguel Dolan por su valiosa
contribución como editor de este libro.
Maggie
desea reconocer el talento, la ayuda, la visión de claridad y el humor de Todd
Pizer, sin quien el proceso final de edición habría sido mucho más difícil.
Este
libro refleja no solo nuestro trabajo, sino también el de muchos de nuestros
colegas de hospicio a lo largo de los años. Su dedicación, entusiasmo,Su
notable capacidad de cuidado los hace únicos para quienes reciben su atención.
Su apoyo y sus contribuciones a esta labor han sido invaluables para nosotros,
y como amigos, han enriquecido nuestras vidas.
Lo
más importante, porque este libro no podría haberse escrito sin ellos, es que
estamos agradecidos a las muchas moribundos que fueron nuestros mejores
maestros y, como tales, nos dieron tantos regalos extraordinarios.
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CAPÍTULO UNO. “ES HORA DE PONERSE EN LA FILA”.
LAURA.
Jose
. (Nota: léase “jóse” y no josé) caminaba ansiosamente de un lado a otro a los
pies de la cama de Laura. Había un silencio extraño en la habitación. Rodeó a
la auxiliar de enfermería y la esquina de la cómoda para sentarse junto a su
esposa en la cama. Profundamente preocupado, le tomó la mano y comenzó a
frotársela.
“Laura,
¿estás bien? ¡Háblame!”
Ella
sonrió soñadoramente y asintió, pero no dijo nada. Esto molestó a Jose.
“Laura,
soy yo. ¡Di algo! ¡Estoy preocupado por ti!”
“Jose,
estoy bien”, susurró
Jose
miró a la asistente de enfermería, quien respondió con una mirada de
incertidumbre.
“Cariño,
¿te duele algo? ¿Necesitas algo? ¿Te pasa algo? Dime qué te pasa, por favor”.
Laura
volvió a sonreír, cerró los ojos y negó con la cabeza. Jose indicó a la
ayudante que lo acompañara al pasillo.
“¿Qué
le pasa? Estaba bien esta mañana. Un poco débil, quizá, pero bien. Tomamos una
taza de té juntos”.
La
asistente le dio una palmadita en el hombro a Jose. "Simplemente se puso
así. No sé qué le pasa. Ha tomado sus medicamentos a tiempo y desayunó un poco.
¿Le parece un poco confundida?
“Es
difícil saberlo”, dijo Jose. “No habla mucho. Parece muy extraña. Mejor
llamemos a la enfermera. ¡Sé que algo anda mal!”. Jose, nervioso, cogió el
teléfono.
Alguien a quien quieres podría estar muy enfermo, quizás
moribundo. Hay muchísimo que hacer: pruebas, hospitalizaciones, visitas al
médico. A veces hay que atender a dos o tres médicos: un cirujano, un oncólogo,
un radiólogo y otros especialistas.
El
botiquín está repleto de medicamentos a medio usar —algunos frascos casi
llenos, otros casi vacíos—, mientras se prueban nuevos y diferentes. El equipo
médico parece ocupar cada rincón de la casa. Todos los muebles han sido
reorganizados, ya sea para permitir el paso de una silla de ruedas o para ir rápidamente
al baño.
Lidiar
con una enfermedad terminal es más que un trabajo duro: es una experiencia
absorbente que invade cada rincón de tu vida. Hay tanta gente con la que
hablar, tantas preguntas que hacer, tanto que hacer. Las esperanzas y los
triunfos de tratamientos nuevos o diferentes pueden transformarse rápidamente
en miedos y fracasos. Es una montaña rusa emocional agotadora. Es como tener a
un extraño indeseado e incómodo ante ti que parece ocupar cada vez más espacio.
Una
enfermedad terminal no solo afecta a quien la padece; afecta a familiares,
amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Al igual que un estanque en calma
perturbado por la caída de una piedra, una muerte inminente repercute en todas
las relaciones del moribundo. Cada persona involucrada tiene sus propios
problemas, miedos y preguntas.
Más
allá de aceptar la pérdida de un ser querido nos encontramos con una maraña de
emociones contradictorias que se desatan al enfrentarnos a las limitaciones
humanas y la mortalidad: ¿Cómo puede estar pasando esto? Me siento impotente,
¿qué puedo hacer para ayudar? No quiero enfrentar esto, ¿cómo es morir? ¿Hay
algo después de la muerte? ¿Por qué la gente a mi alrededor se comporta así? Me
siento perdido e indefenso. ¿Qué hago? ¿Qué digo?
¿Es
posible encontrar algo positivo en esta devastadora historia?¿Se puede
aprovechar este tiempo restante para compartir momentos preciados de la vida,
mientras se afrontan las numerosas pérdidas que conlleva la muerte? En lugar de
morir en un continuo, ¿se puede ayudar a esta persona a vivir hasta su muerte?
¿Puede ser este un momento de crecimiento personal para todos los involucrados?
Sí.
Laura había dedicado toda su vida a la docencia, pero al
jubilarse y fallecer su primer marido, decidió volver a estudiar. Esta vez su
universidad era el mundo, y sació su sed de conocimiento y nuevas experiencias
viajando, buscando nuevas caras y nuevos lugares.
En la
India conoció a Jose, compañero de viaje de su grupo. Viudo y entusiasta de
setenta y nueve años, tenía una mirada encantadora y compartía el estilo de
Laura: ambos vivían con mochila, como los vagabundos mucho más jóvenes que se
cruzaron en el camino. Se sintieron inmediatamente atraídos el uno por el otro,
se enamoraron, regresaron a casa y, para sorpresa de sus hijos, anunciaron su
compromiso.
La
boda fue pequeña y encantadora, a la que asistieron sus hijos y nietos. Laura
lució un sari que había comprado en la India y que le había regalado uno de sus
nietos. Había elegido a Robbie para oficiar los honores porque esta quería
conectar con su madre Susana, hija de Laura, quien había fallecido de cáncer de
mama el año anterior a los cuarenta y cinco años.
El
padrino de Jose fue su hijo. Después de la ceremonia todos disfrutaron de
comida india servida en la antigua y preciada porcelana rusa de Laura.
Laura
vendió su casa y regaló gran parte de sus muebles; Jose se mudó del apartamento
que ocupaba desde la muerte de su primera esposa. Alquilaron un apartamento de
una habitación en un complejo residencial para jubilados que estaba abarrotado
de las pertenencias que antes llenaban sus dos grandes casas. Les costaba
cruzarse en el estrecho pasillo, abarrotado de armarios, espejos, estanterías y
relojes de la colección de Jose. Pero eran felices, y Laura pudo dedicarse a su
pasión por la jardinería trabajando en los jardines del edificio.
Una
vez instalados Jose y Laura volvieron a viajar, ahora en pareja. Los aspectos
antes tediosos de la vida turística —filas para el equipaje, para los billetes,
para la aduana, para los aviones, autobuses y trenes— ahora eran ocasiones para
disfrutar de la compañía mutua.
Jose
era bastante olvidadizo por lo que dependía en gran medida de Laura como
organizadora y gerente, papeles que a ella le encantaban.
Tuvieron
que acortar un viaje a México para celebrar el ochenta y tres cumpleaños de
Laura ya que esta contrajo disentería. Esa situación persistía y tuvo que ser
hospitalizada por deshidratación. Pero las radiografías mostraron un tumor en
el colon que resultó ser maligno tras extirparlo. El cáncer ya se había
extendido al hígado y, considerando su edad, no se recomendaba un tratamiento
agresivo; los médicos dijeron que le quedaban unos seis meses de vida.
Jose
se tomó la noticia mal y pareció estar más confundido que de costumbre. Laura
decidió pasar el tiempo que le quedaba en casa con Jose, quien estaba dispuesto
a ayudar en todo lo posible. Decidieron llamar al centro de cuidados paliativos
para pedir ayuda y apoyo.
Los
siguientes cuatro meses transcurrieron sin incidentes. Las molestias de Laura
eran mínimas y se controlaban fácilmente con medicación. Sus familias la
visitaban con frecuencia llevándole comida o simplemente pasando tiempo con
ella. Ella y Jose se sentaban durante horas hojeando álbumes de fotos de sus
viajes y de su juventud. No siempre eran momentos felices: las fotos de Susana,
cuando era una joven sana, siempre hacían llorar a Laura. "Se supone que
las madres no sobreviven a sus hijos", decía. "La extraño muchísimo.
Debería haber sido yo, no ella".
Sin
embargo Laura se mantuvo firme ante su situación e hizo todo lo posible por
mantener sus contactos sociales y buenos modales. Pero su diagnóstico terminal
y creciente dependencia comenzaban a
abrumar a Jose. Su angustia se reflejaba en su comportamiento. Cuando Laura le
pedía un analgésico él salía corriendo con gran determinación pero se distraía
por el camino con una serie de actividades sin sentido y olvidaba la medicina.
Los
hijos de Laura solucionaron este problema contratando a una asistente de salud
a domicilio, quien terminó dedicando casi tanto tiempo y energía a ayudar a Jose
como a Laura.
Se
las arreglaron bastante bien hasta la mañana del comportamiento de Laura. Cambió.
Rechazó el baño que solía disfrutar y parecía distraída y distante. Jose se
alarmó cuando llamó a nuestro centro de cuidados paliativos.
Llegué
y lo encontré agitado y esperándome impacientemente en la puerta del
apartamento.
“Hoy
está diferente”, dijo. “Nos mira, pero a través de nosotros, como si no
estuviéramos ahí”.
Laura
parecía inquieta y preocupada, jugueteando con las sábanas y con la mirada
perdida en el vacío. Una rápida revisión física no reveló ninguna razón
aparente para este cambio de comportamiento.
“¿Qué
te pasa, Laura? ¿Dónde has estado?”
“Es
hora de ponerse en la fila”, dijo.
“Cuéntame
más sobre la fila. ¿Conoces a alguien ahí?”
“Susana
está en la fila”, dijo Laura dibujando sonrisa radiante pero sin dejar de mirar
al vacío.
“Qué
bien por ti. ¿Te gustaría hacer fila? ¿Puedes contarme más?
Laura
se quedó pensativa y triste. Después de unos momentos, dijo: «Pero Jose no
puede ir conmigo».
Sentí
que Laura se sentía dividida entre ir a estar con su hija, a quien extrañaba
tanto, y quedarse con su marido, que tanto la necesitaba.
“Debe
ser una decisión difícil para ti, Laura. ¿Podemos ayudar a Jose a prepararse
para cuando tengas que hacer fila?
Laura
se relajó visiblemente y simplemente dijo: “Sí”.
Jose
estaba en la sala, rodeado de muebles antiguos y recuerdos exóticos de sus
viajes. A su alrededor, media docena de relojes marcaban la hora, cada uno con
una hora distinta. Me senté con él en el sofá y le conté la conversación con
Laura. Empezó a llorar.
“Sé
que esto es difícil para ti, Jose. ¿Qué crees que nos está contando Laura?
"Parece
que está soñando con ver a Susana", dijo Jose. "Como si tal vez se
reencontraran".
“¿Qué
más crees que dice?”
"Parece
que desearía que la acompañara", dijo. "Pero no puedo; quizá le
preocupa".
"¿Hay
alguna razón específica por la que Laura podría estar preocupada por dejarte
atrás?"
"Dependo
mucho de ella", dijo. "Supongo que le preocupa cómo me las arreglaré
sin ella".
“¿Tienes
planes de arreglártelas por tu cuenta?”, pregunté.
"Sí",
dijo. "Sé que ya no soy tan listo como antes, así que me voy a mudar con
mi hijo". Jose continuó describiendo con detalle los preparativos que
había hecho.
“Tus
planes suenan bien ¿Los sabe Laura?”
Jose
parecía horrorizado. "¡No puedes decirle a alguien que se está muriendo
qué harás cuando se vaya!", dijo.
Sugerí
que esto podría ser exactamente lo que Laura necesitaba escuchar para aliviar
su angustia por dejarlo.
Jose
se encorvó, con los codos sobre las rodillas y el rostro reflejado en la
tristeza.
“Es
muy difícil hablar de esto”, dijo. “Odio incluso pensarlo. Es lo peor que puedo
imaginar…”
Lo
dejé continuar expresando sus sentimientos y preocupaciones durante un rato y
luego repetí mis ideas sobre la necesidad de que Laura le asegurara que él
entendía lo que le estaba pasando. Jose volvía a perder la concentración, y yo
le recordaba con delicadeza lo que estábamos hablando. Varias veces se levantó
de repente, como para terminar la conversación, pero pareció darse cuenta de
que no tenía adónde ir en la sala llena y, simplemente, volvía a sentarse.
Finalmente
Jose pudo entrar al dormitorio, sentarse junto a Laura y tomarle la mano. Con
lágrimas en los ojos le contó sus planes y le dio permiso para morir.
“Lamento
que esto esté pasando, pero sé que tienes que irte. Seguro que estás preocupada
por mí pero te prometo que estaré bien. Déjame contarte mis planes para que
puedas estar tranquila”.
Jose
describió lo que haría después de su muerte. Iba a pasar los inviernos con su
hermano menor en Florida y los veranos con la familia de su hijo en el norte.
Ambas casas tenían jardines. Jose dijo a Laura que trabajaría para mantenerlos
tan hermosos como hacía ella.
“Y
haré todo lo posible para recordar los cumpleaños de todos los niños: ¡los de
tus nietos y los míos!”, dijo besando a su esposa.
Tras
esa conversación la preocupación e inquietud de Laura cesaron. Recuperó la paz
y permaneció así hasta que falleció unos días después, con Jose sosteniendo su
mano entre lágrimas.
Comentarios como el de Laura —"Es hora de hacer
fila"— se escuchan a menudo cuando alguien está a punto de morir. Es fácil
etiquetar estos comentarios como "confusión" y dejar de escuchar. Si
lo hubiera hecho, Jose se habría perdido estos importantes mensajes:
•Me
estoy preparando para morir pronto.
• Me
reuniré con Susana.
•
Necesito saber que Jose entiende y está preparado para mi partida.
•
Necesito tener la seguridad de que todo estará bien después de que yo me haya
ido.
La
respuesta sincera de Jose alivió el dolor de Laura; no físico, sino emocional y
espiritual. Después de que Jose le explicara sus planes y se despidiera, ella
pudo vivir sus últimos días sin angustia, con la información necesaria para
morir en paz.
Los
moribundos suelen emplear un lenguaje simbólico que evoca sus experiencias
vitales. Laura y Jose se conocieron viajando, y sus vidas habían estado llenas
de filas para comprar billetes, equipaje y pasaportes. Con su comentario le
estaba diciendo que debía prepararse para su próximo viaje —uno en el que no
podía acompañarla Jose— poniéndose en la fila con su fallecida hija, Susana.
El
último regalo de Laura a Jose fue darse cuenta de que estaba preocupada por su
bienestar, que no estaba sola en la muerte y que se reuniría con Susana.
Después
del funeral de Laura, Jose dijo: “Sé que ella me estará esperando cuando muera,
tal como Susana la esperaba”. Su experiencia con la muerte de Laura ya estaba
cambiando las expectativas de Jose sobre su propia muerte.
Tú también puedes obtener la comprensión y el
entendimiento necesarios para encontrar algo bueno en la tristeza y el dolor de
perder a un ser querido. Lo que aprendas de este libro —y de las personas que
están muriendo— podrás aplicarlo al resto de tu vida.
No
somos investigadores ni filósofos; somos enfermeras que elegimos trabajar con moribundos.
El material de este libro proviene directamente de nuestros mejores maestros:
nuestros pacientes moribundos, quienes nos han enseñado cómo es morir para
ellos mientras lo experimentan. Lo que hemos aprendido es tan emocionante y
positivo que ha cambiado nuestras vidas, y hemos escrito este libro para
compartir esos mensajes con vosotros.
No
nos propusimos desarrollar una nueva teoría sobre la comunicación especial de
los moribundos; simplemente escuchamos con oídos, corazón y mente abierta.
Ahora os invitamos a abrir mente y
corazón a los mensajes positivos y finales de los moribundos.
I. CONCIENCIA SOBRE LA MUERTE CERCANA:
INTRODUCCIÓN Y ANTECEDENTES
CAPÍTULO DOS. CONCIENCIA DE LA MUERTE CERCANA: UNA
INTRODUCCIÓN.
REGALOS FINALES es
un libro para todos los que han estado, o estarán, cerca de alguien que está
muriendo: familiares y amigos, personal sanitario, y los propios moribundos.
Quienes están muriendo y quienes los cuidan suelen tener valiosos regalos que
ofrecerse mutuamente. Cuando un ser querido está muriendo es posible que no
veas regalos sino solo dolor, pena y pérdida. Sin embargo, un moribundo ofrece
información esclarecedora y consuelo y, a cambio, quienes están cerca pueden
ayudar a esa persona a encontrar paz y reconocer el sentido de la vida.
Lo
que llamamos "conciencia de muerte próxima" es un conocimiento
especial sobre el proceso de morir y a veces un control sobre él. Esta conciencia
revela cómo es morir y qué se necesita para morir en paz; se desarrolla en
quienes mueren lentamente. Los intentos de los moribundos por describir lo que
experimentan pueden pasar desapercibidos, malinterpretarse o ignorarse porque
la comunicación es confusa, inesperada o se expresa en lenguaje simbólico.
En
las últimas horas, días o semanas de vida, los moribundos suelen hacer
declaraciones o gestos que parecen no tener sentido. Familiares o amigos pueden
decir: "Su mente está divagando" o, "No sabe qué está
pasando". No es raro que un testigo, por muy bienintencionado que sea, se
refiera al moribundo como "fuera de sí", "perdiendo el
control" o, "ya no está del todo bien". Los profesionales,
especialmente médicos y enfermeras, pueden etiquetar estas expresiones
aparentemente ilógicas como “confusión” o “alucinación”.
Familiares,
amigos y profesionales suelen reaccionar con frustración o molestia. Pueden
intentar complacer al paciente, a veces comportándose como si estuvieran
tratando con un niño. Pueden intentar evitar la confusión con medicamentos.
Todas
estas respuestas solo sirven para distanciar a los moribundos de sus seres
queridos generando una sensación de aislamiento y desconcierto.
Independientemente de la etiqueta que se les dé a sus intentos de comunicación,
o de las respuestas que se intenten, todos dejan de escuchar realmente al
moribundo.
Hay
otra manera.
Al
mantener la mente abierta y escuchar atentamente a los moribundos podemos
comenzar a comprender los mensajes que transmiten mediante símbolos o sugerencias.
A menudo podemos descifrar información esencial y, al hacerlo, aliviar la
ansiedad y la angustia del moribundo. Al intentar comprender y, por lo tanto,
participar más plenamente en los acontecimientos de la muerte, familias y
amigos pueden encontrar consuelo así como conocimientos importantes sobre cómo
es la experiencia de morir y qué se necesita para lograrla en paz. Pueden
llevar consigo ese nuevo conocimiento encontrando consuelo después de la muerte
de la persona que amaban y al afrontar futuras muertes, incluida la propia. Al
ser más sensibles a los mensajes y necesidades de los moribundos los
profesionales pueden brindar mejor atención y obtener mayor sensación de
satisfacción.
Tras
muchos años trabajando con moribundos, y tras cientos de experiencias con su
peculiar forma de comunicación, hemos identificado varios temas recurrentes.
Estos mensajes se dividen en dos categorías: intentos de describir lo que
alguien experimenta al morir y peticiones de algo que la persona necesita para
una muerte en paz.
La
experiencia de morir con frecuencia incluye vislumbres de otro mundo y de
quienes esperan en él. Aunque brindan pocos detalles, los moribundos hablan con
asombro y admiración de la paz y la belleza que ven en ese otro lugar. Cuentan
haber “hablado con”, o sentir la presencia de personas que no podemos ver,
quizás que han conocido y amado. Saben, a menudo sin que se les diga, que están
muriendo e incluso pueden decirnos cuándo ocurrirá su óbito.
Las peticiones
de los moribundos a veces son difíciles de descifrar. El reconocimiento de la
importancia de estas necesidades, junto con la preocupación por sus familiares
y amigos, puede llevar a quienes están a punto de morir a controlar el momento
y las circunstancias de su muerte hasta que se satisfagan dichas necesidades.
Estas peticiones suelen involucrar a otra persona; pueden ser para reuniones o
para sanar relaciones.
Estos
mensajes son universalmente conocidos. Durante siglos, muchas culturas han
documentado aspectos de la muerte, tomando nota de estados alterados de
conciencia, interludios místicos y visiones en el lecho de muerte. La
literatura contiene numerosas descripciones de moribundos que tuvieron
visiones, generalmente interpretadas como señales de muerte inminente. Los
investigadores han encontrado marcadas similitudes entre las visiones en el
lecho de muerte en culturas y sociedades radicalmente diferentes.
La
Conciencia de Muerte Próxima suele incluir visiones de seres queridos o
espirituales, aunque no necesariamente indican la inminencia de la muerte. Los
moribundos pueden ver y hablar con figuras religiosas. Pueden sentirse cálidos,
en paz y amados; algunas ven una luz brillante u otro lugar. Otros reflexionan
sobre sus vidas y alcanzan una comprensión más completa del significado de la
vida. Al darse cuenta de que están muriendo, no parecen sentir miedo; más bien,
expresan preocupación por quienes quedarán atrás.
En
cierto modo se asemeja a la experiencia cercana a la muerte, fenómeno que informan
personas resucitadas tras estar clínicamente muertas (es decir, sin latidos
cardíacos, respiración, presión arterial ni otros signos vitales). Los
investigadores han documentado cómo, tras ser revividas, estas personas relatan
sucesos sorprendentemente similares: atravesar un túnel, ver una luz brillante,
encontrarse con familiares o amigos fallecidos, estar en presencia de un ser
supremo, experimentar una revisión de vida, experimentar sentimientos de paz y
alivio del dolor.
Las
experiencias extracorporales (en las que una persona viaja fuera del cuerpo
físico) pueden ocurrir en tales casos, pero también pueden ocurrir en otras
situaciones, especialmente en momentos de gran estrés. Más tarde,Estos viajeros
pueden reportar haber visto cosas invisibles desde su cuerpo físico. Pueden
relatar conversaciones que tuvieron lugar a lo lejos o describir lugares
distantes, incluso desconocidos.
La
Conciencia de la Muerte Próxima y las experiencias cercanas a la muerte son
similares, pero existen diferencias importantes. Una experiencia cercana a la
muerte ocurre repentinamente, como resultado de un ahogamiento, un ataque
cardíaco o un accidente de tráfico, por ejemplo, mientras que la Conciencia de
la Muerte Próxima se desarrolla en personas que mueren lentamente por
enfermedades progresivas, como cáncer,
SIDA o enfermedades pulmonares. Para estas personas, el proceso de dejar este
mundo y experimentar uno nuevo es más gradual. En lugar de estar en este mundo,
desaparecer y luego volver a la vida, el moribundo permanece dentro del cuerpo
pero al mismo tiempo toma conciencia de una dimensión que se encuentra más
allá. En lugar de cambiar abruptamente de un mundo a otro los moribundos
parecen flotar entre ambos. En lugar de ver sus vidas pasar rápidamente, los
moribundos parecen tener más tiempo para evaluarlas y determinar qué les queda
por terminar antes de morir.
Con
la Conciencia de la Muerte Cercana las personas no parecen muertas, pueden no
experimentar cambio físico visible o inusual. Conservan pulso y presión
arterial, siguen respirando y, lo más importante, comunicándose. Pueden
intentar describir estar en dos lugares a la vez, o en un punto intermedio. Las
descripciones ofrecen oportunidades únicas para adentrarse en ese panorama,
participar respondiendo a sus necesidades y deseos, y aprender cómo es la
muerte para ellos y, quizás, como será para nosotros.
Por diversas razones, los espectadores a menudo pasan por
alto, o malinterpretan, los intentos del moribundo de comunicarse sobre la
Conciencia de la Muerte Cercana.
Los
profesionales de la salud y las familias pueden asumir que lo que escuchan y
ven es confusión; en términos médicos, un estado mental caracterizado por
desconcierto o desorientación y reacciones inapropiadas a los estímulos.
Desafortunadamente, a los moribundos a menudo se les etiqueta como
"confundidos" sin una evaluación adecuada. El paciente verdaderamente
confundido puede padecer demencia, trastorno intelectual adquirido,
generalmente progresivo, sin relación con la muerte normal. El paciente puede
presentar delirios, posiblemente como resultado de la fiebre o como reacción a
un medicamento. La confusión puede ser consecuencia de una situación
fisiológica como un exceso de calcio en la sangre o deficiencia de oxígeno en
el cerebro. Algunas de estas afecciones pueden tratarse o, al menos,
controlarse.
Los
moribundos que parecen confundidos pueden no tener estos problemas y, sin
importar qué es lo que causa la desorientación, el habla “confusa” de un
moribundo puede ser significativa.
En los
moribundos, el desconcierto o la desorientación pueden provenir de experiencias
inesperadas y desconocidas de la muerte. Y, con demasiada frecuencia, las
respuestas de quienes cuidan a los moribundos solo aumentan ese desconcierto.
Los
familiares y cuidadores pueden desestimar lo que escuchan como sueños o
recuerdos de moribundo. Los sueños de los moribundos pueden contener mensajes
poderosos, especialmente sobre sentimientos intensos, pero los moribundos saben
implícitamente que las experiencias de Conciencia de Muerte Cercana difieren de
los sueños. A veces puede comenzar a describirlos diciendo: "Tuve un
sueño, pero en realidad no fue un sueño...".
Quienes
han tenido experiencias cercanas a la muerte a menudo no pueden expresar con
palabras lo que vieron o sintieron. Tras un grave infarto, Carl Jung dijo: «Es
imposible transmitir la belleza y la intensidad...». Un colega nuestro que tuvo
una experiencia cercana a la muerte durante una complicación potencialmente
mortal tras una cirugía tuvo la misma dificultad.
“Realmente
no encuentro palabras que lo expresen lo suficiente”, dijo. “La experiencia fue
tan intensa. Supongo que 'infinita' es lo más cercano”.
“¿Es
nuestro lenguaje demasiado finito para describir una experiencia tan
infinita?”, preguntamos. “Sí” —dijo ella—. “¡Eso es!”.
De
manera similar, aquellos que están en medio de la Conciencia de la Muerte
Cercana pueden carecer de palabras para describir la experiencia de morir, lo
que hace que sus mensajes sean difíciles de entender porque los expresan en
lenguaje simbólico en lugar de descripciones directas.
A
menudo se utilizan expresiones, gestos o incluso objetos familiares como
metáforas potentes. Al analizar estos intentos de comunicación en el contexto
de la vida de alguien, podemos comprender mejor lo que la persona intenta
decirnos. Pero si no esperamos estos mensajes podemos pasarlos por alto. Pocos
esperamos que un moribundo tenga algo nuevo que enseñar. Abrumados por la
tristeza o perturbados por el deterioro de un ser querido, familiares y amigos
pueden pasar por alto sus mensajes. Por muy angustioso que sea ver a un ser
querido luchar contra el dolor, las náuseas o extrema pérdida de peso, es más
difícil aceptar lo que parece ser la desorientación de esa persona que parece
haberse vuelto distante, un extraño. Quienes categorizan la Conciencia de la
Muerte Cercana como "confusión" no solo pierden oportunidades de
aprender de los moribundos y ayudarlos, sino que también aumentan la
incomodidad de familiares y amigos.
Los
profesionales expertos en el tratamiento de problemas físicos podrían no ser
tan hábiles para explicar el cambio en el estado mental y emocional de un
moribundo. Quieren ayudar, pero no saben cómo. Esto puede frustrar a las
familias, que ya se sienten incómodas, incluso temerosas, ante la presencia del
moribundo. No saben qué decir, qué hacer, cómo actuar.
Regalos Finales
ofrece información y sugerencias para ayudarte a aprender de un moribundo y, de
paso, comprender mejor la experiencia de morir. No necesitas ser enfermero ni
médico, ni tener formación sanitaria para ayudar a un amigo o familiar
moribundo. De hecho, la cercanía del parentesco o la amistad conecta a los
familiares y amigos con el lenguaje simbólico y los gestos que pueden acompañar
la Conciencia de Muerte Cercana.
Es
importante destacar que, si bien muchos de los casos prácticos de este libro
provienen de nuestro trabajo en cuidados paliativos, estas experiencias no solo
ocurren a pacientes de cuidados paliativos. Algunos de quienes describieron sus
experiencias de Conciencia de Muerte Cercana recibían atención a través de
agencias de atención médica a domicilio, otros en hospitales y otros en
residencias de ancianos. Algunos eran pacientes; otros, amigos. La cuestión no
es el entorno ni el tipo de atención, sino la importancia de mostrar interés y
preocupación, así como la disposición a escuchar y prestar atención.
Al
leer Regalos Finales, descubrirás cómo escuchar a
un moribundo, cómo sopesar los gestos y el significado para evitar respuestas
que alienen y frustren. Verás cómo otros han abordado la muerte en sus vidas de
maneras que les han brindado consuelo y paz, incluso alegría. Y tú también
obtendrás paz y consuelo, así como mayor conciencia del poder de morir.
CAPÍTULO TRES. COMIENZOS.
A quienes trabajamos con pacientes terminales y sus
familias a menudo nos piden que expliquemos lo que parece ser una elección
profesional sombría y agotadora. "¿Cómo puedes hacerlo?" "¿No es
deprimente?"
Lo
cierto es que nuestro trabajo nos brinda una enorme satisfacción, plenitud e
incluso alegría. ¿Cómo es posible? Parte de la respuesta es que hemos llegado a
reconocer el paralelismo entre nacer y morir —entre entrar en este mundo y
dejarlo—, y esta comprensión nos ayuda a definir nuestra función y recompensas.
Como
enfermeras que atienden a los moribundos nos consideramos como la contraparte
de las parteras o acompañantes de parto que ayudan a traer al mundo la vida del
útero. En el otro extremo de la vida ayudamos a facilitar la transición de la
vida, a través de la muerte, hacia lo que existe más allá.
Nuestro
mensaje a pacientes y familias con quienes trabajamos es: «Permítanme contarles
lo que sabemos sobre este proceso. Aplicadlo a vuestras cualidades, necesidades
y relaciones individuales, y juntos podremos hacer de esta experiencia la mejor
posible para tanto para vosotros y como para vuestra familia».
En
algunos casos conocimos a las personas en hospitales o centros de atención
médica domiciliaria; parte del material provino de las experiencias de otros.
Pero desarrollamos mucha de la información obtenida durante nuestros años de
trabajo con pacientes moribundos como enfermeras de cuidados paliativos.
Hubo un tiempo en que nacimiento y muerte se centraban en
el hogar y aún se sigue haciendo en muchos países. Pero en algunas naciones
industrializadas del siglo XX esos acontecimientos se trasladaron del hogar al
hospital. El nacimiento y la muerte se convirtieron en procedimientos médicos,
gestionados por personal hospitalario y protocolo sanitario.
Durante
el parto la tarea de las futuras madres consistía en seguir las instrucciones,
incluyendo el uso de la anestesia o analgésico que el médico considerara
apropiado. A los padres se les prohibía la entrada a la sala de partos y los
familiares eran considerados extraños, incluso intrusos a quienes se les iba
dando información poco a poco.
Muchas
de las mismas restricciones se aplican a los pacientes moribundos, quienes
también pueden experimentar la humillación adicional de ser vistos como
fracasos de la ciencia médica. Sin darse cuenta, el personal médico suele
ubicar a los pacientes moribundos en habitaciones lo más alejadas posible de
las estaciones de enfermería, y el personal sanitario parece tardar en
responder a sus llamadas.
Pero
ha habido un cambio. En los últimos años, los padres y el bebé han pasado a
tener prioridad sobre las políticas institucionales y las demandas
tecnológicas. El nacimiento se considera nuevamente parte de la vida, no un
procedimiento médico. Las mujeres embarazadas ahora exigen y reciben toda la información
que desean y necesitan para comprender el embarazo y el parto. Ellas deciden
dónde dar a luz, quién estará presente y qué método de alivio del dolor, si lo
hay, utilizarán. Los padres y los niños mayores forman parte de la educación
prenatal y, a menudo, participan en el parto que puede, o no, involucrar a un
hospital y un médico. Muchas mujeres optan por dar a luz en casa, asistidas por
un asesor de parto o matrona. Cuando el parto se lleva a cabo en un hospital a
menudo ocurre en salas de parto decoradas para ser más acogedoras y hogareñas
que la sala de partos estéril habitual.
Este
mayor control y mejor acceso a la información ha generado mayor sensación de
comodidad con todo el proceso de parto. Los familiares presentes en el acontecimiento
comparten un vínculo especial con la madre y el niño: una cercanía que nace de participar
en ese momento tan especial. Cuanto más involucrados y comprensivos sean más
probable será que experimenten un sentido de aprendizaje y crecimiento.
De
igual manera, el proceso de morir ha comenzado a volver a la normalidad.
Gracias al auge del movimiento de cuidados paliativos el énfasis se ha
desplazado de los profesionales de la atención y sus herramientas a los actores
más importantes: el paciente y su cuidador informal, ya sea familiar o amigo.
Al igual que con el parto, la atención a los moribundos ahora se ve
influenciada al máximo por estos actores principales, quienes reciben toda la
información que desean y necesitan. Los pacientes moribundos son vistos menos a
menudo como objetivos pasivos para pruebas diagnósticas y analgésicos, y más a
menudo como individuos con control sobre su vida y su muerte.
Si se
les da la opción, la mayoría de las personas prefieren morir en casa; la
mayoría de las familias prefieren informes veraces sobre el estado de un
paciente terminal. Si bien la idea de brindar cuidados en casa a un paciente
moribundo puede ser abrumadora y aterradora, muchas familias pueden
sobrellevarlo. Con la capacitación y el apoyo adecuados pueden aprender las
habilidades necesarias para mantener a un moribundo cómodo, especialmente
considerando los avances en el control del dolor que permiten a una persona
común administrar medicamentos que alivian las molestias sin causar estupor. Y,
al final, los pacientes se sienten menos aislados y temerosos, mientras que los
presentes se sienten más reconfortados, sabiendo que han participado plenamente
en la muerte de un ser querido.
Aunque
puede estar cargada de dolor y estrés, la muerte puede ocurrir en un contexto
de plenitud y cierre. Tras atravesar una muerte de esta manera muchas personas
dicen: «Puede que esto haya sido lo más difícil que he hecho, pero me alegro
mucho de haberlo hecho» o, «Lo único que realmente me ayuda ahora que se ha ido
es que ella sabía, como yo, que hice todo lo posible por ella».
Los centros de cuidados paliativos son el principal
entorno donde el cuidado de los moribundos ha evolucionado hacia un enfoque
natural y centrado en el paciente. Esta forma especial de atención se basa en
dos principios: que los moribundos deben poder .elegir cómo pasar el tiempo que
les queda, y que el tiempo restante sea lo más tranquilo y cómodo posible.
Los
cuidados paliativos también ayudan a familiares y amigos a superar este difícil
momento de la vida de la manera más positiva posible. Las numerosas relaciones
de apoyo, aunque poco convencionales, que existen hoy en día indican que los
lazos de sangre o matrimonio no son necesariamente los más fuertes para todos.
Nuestro concepto de familiar, utilizado a lo largo de este libro, incluye a
quien el paciente elija como tal.
La
mayoría de los pacientes de cuidados paliativos pasan sus últimos días no en un
entorno institucional (como un hogar de ancianos o un hospital) sino en sus
propios hogares, aunque hay atención hospitalaria disponible cuando es
necesario (en un centro de cuidados paliativos, un hospital o un hogar de
ancianos).
Independientemente
de su tamaño, forma o afiliación, los cuidados paliativos son más que un lugar
o un grupo de personas; es un concepto de cuidado. Quienes trabajamos en
cuidados paliativos lo vemos no como un trabajo, sino como una filosofía que
tiene un profundo impacto en nuestras vidas y en las de quienes cuidamos.
El movimiento de centros de cuidados paliativos es a la
vez antiguo y moderno, una antigua forma de consuelo para los viajeros, ahora
adaptada como una filosofía de atención, para facilitar el viaje de la vida a
la muerte.
En la
época medieval, el lugar en el que viajeros o peregrinos podían detenerse para
descansar, alimentarse, refugiarse o recibir ayuda cuando estaban cansados,
enfermos o moribundos en hospitales que hoy se llaman centros o instituciones
de cuidados paliativos pero que podría llamarse “moritorios”
Nota
del traductor. Moritorio es término
que se podría usar como sustitutoria de la palabra inglesa “hospice”, aunque también se usará
“centro de [personas o pacientes] terminales o de cuidados paliativos).
Había
cientos de estos hospitales o moritorios,
centros de cuidados paliativos en toda
Europa, y a lo largo de las rutas hacia Tierra Santa. A principios del siglo
XIX, las Hermanas de la Caridad irlandesas establecieron varios centros de
cuidados paliativos en Irlanda e Inglaterra, y fue en uno de ellos —el de San
José, en Londres— donde una médica británica, Dame Cicely Saunders, comenzó la labor que la llevaría a sentar las
bases del movimiento de centros de cuidados paliativos moderno.
En
1960, la Doctora Saunders propuso una nueva forma de cuidar a estos pacientes:
un hospital de pacientes terminales como los de la Edad Media, pero organizado
como un lugar tranquilo "para el cuidado de los moribundos en el viaje
metafísico de este mundo al siguiente". Su enfoque combinaba una atención
amorosa y compasiva con una intervención médica sofisticada que enfatizaba los
cuidados paliativos (alivio de los síntomas) en lugar de la atención curativa
(tratamientos o procedimientos destinados a detener o revertir una enfermedad o
afección). En 1967, en un suburbio de Londres, Saunders inauguró el llamado
”hospicio” en inglés que puede traducir como Hospital de Terminales, o de
cuidados paliativos, de San Crisóbal, semilla de la que surgió el actual
movimiento mundial de centros de cuidados paliativos.
“Importan
porque son importantes”, dijo Saunders a los moribundos. “Importáis hasta el
último momento de vuestra vida, y haremos todo lo posible no solo para ayudar a
morir en paz sino, también, para vivir hasta la muerte”.
Casi
al mismo tiempo el trabajo y escritos de la doctora Elisabeth Kübler-Ross,
psiquiatra de los Estados Unidos, comenzaron a cambiar nuestras actitudes hacia
la muerte y la agonía de un modo que permitió que el movimiento de los cuidados
terminales y paliativos echara raíces y floreciera.
En un
simposio de la Universidad de Yale en 1959, Kübler-Ross presentó una ponencia
que describía el sufrimiento de los pacientes terminales, incluso en los
centros médicos más prestigiosos. Generalmente aislados de otros pacientes, a
menudo profundamente sedados —pero aún con dolor—, los moribundos rara vez eran
incluidos en las decisiones sobre los procedimientos que se les imponían.
Sometidos a constantes pruebas para monitorear la evolución de sus enfermedades
y tratamientos, a menudo se les trataba como un conjunto de síntomas físicos o
simplemente como fallos del sistema médico. Pero perdido en todo este
"tratamiento experto" se encontraba un ser humano con miedos,
preguntas, deseos, necesidades y derechos. Kübler-Ross amplió este tema en su
libro de 1961, "Sobre la muerte y los
moribundos", que ofreció al público una perspectiva nueva y
diferente sobre el paciente terminal.
Debido a que el movimiento de cuidados paliativos es
relativamente nuevo y el papel de la enfermera en él difiere considerablemente
del de una enfermera hospitalaria, muchas personas tienen dificultades para
comprender el trabajo. Una enfermera de cuidados paliativos forma parte de un
equipo interdisciplinario (médico, enfermera, trabajador social, capellán y
voluntarios, con otros especialistas como dietistas y fisioterapeutas o
terapeutas respiratorios que se incorporan según sea necesario), cuyos miembros
desempeñan dos funciones clave: el cuidado del paciente y
el cuidado de la familia. Enseñan a los familiares y amigos cómo brindar y
gestionar el cuidado de un paciente en casa, así como qué esperar a medida que
cambia la enfermedad del paciente. También determinan si los cuidadores tienen
la capacidad física y emocional necesaria para ayudar a superar esta difícil
tarea. Tras el fallecimiento, cuidadores y familiares pueden recibir apoyo en
el duelo.
La
evolución de la atención domiciliaria ha permitido que muchos equipos y
funciones que antes solo eran posibles en centros médicos (como la
monitorización profesional de las constantes vitales de los pacientes y la
administración de analgésicos intravenosos) se puedan proporcionar en casa.
Esto permite que los pacientes permanezcan en un entorno menos amenazante y más
cómodo, atendidos por sus familiares, quienes también tienen acceso al personal
de cuidados paliativos a cualquier hora del día. Los médicos y enfermeros están
de guardia por las tardes, los fines de semana y los días festivos.
Las
enfermeras de cuidados paliativos a domicilio, aunque forman parte del equipo,
pasan gran parte de su tiempo trabajando solas, atendiendo a entre seis y diez
pacientes. Una visita a domicilio dura una o dos horas; la frecuencia y la
duración dependen del estado del paciente y su familia. Al principio, la
enfermera visita el lugar dos o tres veces por semana, y luego visita con más
frecuencia, a veces a diario, a medida que se acerca el fallecimiento.
La
filosofía del centro o institución de terminales y cuidados paliativos sostiene
que los pacientes deben recibir toda la información que deseen sobre los
cambios que se producen en sus cuerpos, el probable curso de sus enfermedades y
las posibles consecuencias de su fallecimiento. Nada se impone a nadie; la
atención no está determinada por la conveniencia o la práctica profesional,
sino por los propios pacientes.
Por
supuesto, en cualquier enfermedad terminal hay muchos aspectos que solo se
pueden controlar: la velocidad e intensidad de la progresión, el grado de
deterioro físico, la cantidad y la gravedad de los síntomas. Para contrarrestar
la percepción de que sus cuerpos están fuera de control, los cuidados paliativos
animan a los pacientes a controlar sus propios medicamentos, tratamientos e
incluso el lugar de su fallecimiento, y al mantener cierto control, a
aprovechar al máximo el tiempo que les queda.
En
los cuidados paliativos, el control de los síntomas busca disminuir el
sufrimiento y aumentar el bienestar en cuatro áreas: física, emocional, social
y espiritual. El malestar físico puede ser insoportable, pero con una
evaluación cuidadosa y un tratamiento especializado, suele ser el más fácil de
manejar. Se puede aliviar el dolor, calmar las náuseas, o aliviar el
estreñimiento. Los demás elementos pueden ser más difíciles de identificar e
involucrar a otras personas además del paciente.
La
enfermedad causa malestar emocional: depresión, ira, ansiedad, miedo o
cualquier otro sentimiento relacionado con la proximidad de la muerte. ¿Cómo
gestiona el paciente estas emociones? ¿Qué tipo de ayuda necesita?
La
enfermedad terminal también causa malestar social, lo que altera las relaciones
del paciente con los demás. ¿Se siente abrumado por la tristeza su cónyuge o
padre? ¿Está un hijo afectado, enojado o asustado por los cambios en el
moribundo? ¿Se alejan los amigos porque no saben qué hacer o decir? ¿Se siente
el paciente o su familia rechazado o abandonado?
El malestar
espiritual es el resultado del impacto de la mortalidad en el paciente y su
familia. ¿Se pregunta el paciente si su vida ha valido la pena? ¿Se pregunta
qué ha significado la vida, qué significa morir? ¿Hay vida después de la
muerte? Y, de ser así, ¿cómo será? Para quienes abrazan la religión, pueden
surgir preguntas sobre Dios o un ser supremo: "¿Cómo pudo permitir que
esto me sucediera a mí, a mi familia? ¿Por qué permite tanto
sufrimiento?", así como dudas sobre una fe que hasta ahora les ha brindado
sustento espiritual.
La
relativa facilidad con la que se pueden remediar los síntomas físicos no se
refleja en las otras tres áreas de bienestar; los síntomas emocionales,
sociales y espirituales no solo son más sutiles y, por lo tanto, más difíciles
de definir y corregir, sino que también pueden complicarse por la personalidad
del paciente y el estilo de vida de la familia. La medicina se ha especializado
al máximo para centrarse con gran pericia en un sistema corporal o enfermedad
específica, pero el paciente y la familia existen como una unidad,
interactuando y luchando juntos en lo que puede convertirse en un
desconcertante laberinto de angustia y ansiedad.
La
solución a este laberinto requiere atención y disposición para escuchar y
comprender. Los moribundos se comunican de maneras maravillosas, pero a veces
extrañas, y se requiere persistencia y perspicacia para captar y descifrar sus
mensajes, que llegan mediante gestos, expresiones faciales, alegorías o
símbolos. Desafortunadamente, estos mensajes a menudo se pasan por alto o se
malinterpretan. Investigamos y escribimos " Regalos
Finales" para ayudar a remediar esta situación.
Nuestro
viaje hacia la Conciencia de la Muerte Cercana comenzó con una conversación a
la hora del almuerzo con nuestros compañeros de trabajo. Tales conversaciones a
menudo se centraba en los esfuerzos de los pacientes por comunicarse y en la
dificultad del personal médico para comprender mensajes confusos. Cada persona
tenía una historia diferente sobre los intentos de algún paciente por
transmitir un mensaje; un día en particular, estas historias parecieron cobrar
relevancia repentinamente, conectadas entre sí por patrones de habla o gestos.
Tras meses de escuchar comentarios aparentemente incoherentes de pacientes,
decidimos examinarlos intuyendo que allí se ocultaba información importante. Al
analizarlos detectamos temas recurrentes que apuntaban a patrones
significativos de comunicación. Realizamos un estudio que finalmente incluyó
más de doscientos casos.
En
cada caso, buscamos factores comunes que explicaran los patrones. ¿Presentaban
todos los pacientes que utilizaban este lenguaje los mismos procesos
patológicos o similares (ciertas enfermedades cerebrales, enfermedades óseas e
insuficiencia hepática o renal) que causaban desequilibrios químicos que
afectaban sus percepciones? ¿Se había privado el cerebro de cada paciente de
oxígeno durante un tiempo, alterando su consciencia? ¿Fueron los desequilibrios
en los fluidos o sales corporales responsables de los cambios en el comportamiento
y la claridad mental? ¿Todos estos pacientes tomaban medicamentos (por ejemplo,
narcóticos para controlar el dolor) que pudieran nublar su pensamiento de
manera similar? Cualquiera de estos elementos podría provocar los tipos de
comunicaciones "confusas" que mostraron nuestros pacientes.
Pero
no encontramos una causa común para lo que veíamos y escuchábamos. Nuestros
pacientes padecían diversas enfermedades: variedades de cáncer, distintas
enfermedades cardíacas o pulmonares, defectos congénitos, enfermedades
neurológicas, SIDA. En algunos casos, sus niveles de oxígeno cerebral, fluidos
corporales y sales minerales se habían documentado como normales. Su medicación
variaba considerablemente; algunos no tomaban ningún medicamento, otros muchos.
En resumen, no había una explicación fisiológica aparente para sus patrones de
comunicación.
¿Pudieron
influir la cultura, el género, la edad o la etnia? No. Nuestros pacientes eran
hombres y mujeres de todas las edades, y representaban diversas razas, grupos
étnicos y nacionalidades. Provenían de todo tipo de trasfondos religiosos;
algunos eran agnósticos o ateos.
Pero
cada uno tenía algo que decir, algún mensaje que transmitir. Cuanto más datos
recopilábamos y revisábamos, más nos entusiasmábamos al ver que sus mensajes se
dividían en dos categorías principales.
La
primera categoría describía lo que experimentaban los pacientes: estar en
presencia de alguien que no estaba vivo, la necesidad de prepararse para un
viaje o un cambio, menciones de algún lugar que solo ellos podían ver, su
conocimiento de cuándo ocurriría la muerte.
La
segunda categoría consistía en mensajes sobre algo o alguien necesario para que
la muerte pudiera ser pacífica: el deseo de reconciliar relaciones personales,
espirituales o morales y peticiones de eliminar alguna barrera para lograr esta
paz.
A
medida que aprendimos más pudimos interpretar estos mensajes para otros y
observar cómo esta comprensión ayudó no sólo a los pacientes, sino también a
las familias y a los cuidadores profesionales.
Uno
de nuestros mayores desafíos fue nombrar nuestra teoría. A medida que los
pacientes se acercaban a la muerte, parecían desarrollar una conciencia
especial de las personas, los lugares y las cosas. Esta conciencia evolucionaba
suave y gradualmente, como si fluctuaran entre la conciencia de esta existencia
y la conciencia de la siguiente, intensificándose a medida que el paciente se
acercaba a la muerte. Las tres palabras clave eran conciencia, proximidad y
muerte. De ahí la elección del nombre: Conciencia de Muerte Cercana.
CAPÍTULO CUATRO. REACCIONES ANTE LA MUERTE.
Las personas reaccionan de diversas maneras ante la
noticia de la muerte inminente de un ser querido. Pueden sentir conmoción,
incredulidad, miedo, ira, tristeza o, como suele ocurrir, una mezcla cambiante
de estas y otras emociones intensas.
Sumidos
en estos sentimientos se preguntan: "¿Sabrá que está muriendo? ¿Debería
hablar de ello? ¿Qué le diría?". Quizás se pregunten: "¿Debería
disculparme o fingir que no lo sé? ¿Debería ser alegre y tratar de animarla?
Pero es terrible que se esté muriendo, y no quiero que piense que no me
importa".
Hay
una razón para esta incomodidad. Además de la ausencia de respuestas fáciles a
preguntas como las mencionadas, la muerte se ha vuelto remota, ha dejado de ser
parte integral de la vida para convertirse en una visitante temible e
indeseable.
Hubo
un tiempo en que morir era parte de vivir. Con varias generaciones de una
familia viviendo bajo el mismo techo los hijos ayudaban a mamá y papá a cuidar
a la abuela, quien pasaba sus últimos meses en una cama en la sala. O el abuelo
venía a vivir a a lo que era el cuarto de costura; después de su derrame
cerebral y el médico que examinaba al
anciano decía: «No tiene sentido mudarlo; estará mejor aquí, en su casa, con la
familia. Manténgalo cómodo y llámame si necesitas algo». En muchos países así
sigue siendo la manera en que la gente muere: en su casa, cuidados por sus
familias y con el proceso de morir como parte de la vida de todos.
Hoy muchas
familias no tienen una relación cercana, frecuente ni continua con el
moribundo. A diferencia de generaciones anteriores no aprenden a sentirse
cómodos con alguien cuya vida se acerca al fin. La enfermedad y la muerte se
han trasladado del hogar al hospital o la residencia de ancianos. Los
profesionales brindan la atención; familiares y amigos se convierten en
espectadores que observan algo que ocurre, no en un flujo continuo de emociones
y experiencias de las que aprender sino en momentos incómodos, determinados por
horarios de visita que los dejan perturbados e insatisfechos.
Algunos
profesionales de la salud no desean dedicar más tiempo ni energía de lo
necesario a pacientes terminales. Muchos creen en "proteger" a los
pacientes y a sus familias de la gravedad de una enfermedad o de la noticia de
una muerte inminente. Desde esta perspectiva pueden confundir a las familias
sobre las posibilidades de recuperación del paciente ocultando o suavizando la
información. Otros pueden limitar el contacto de los familiares con la persona.
Como
espectadores, las personas no solo tienen que lidiar con el dolor de saber que
un ser querido está muriendo sino que deben hacerlo en estado de incertidumbre,
sin saber qué hacer, cómo hacerlo, ni cuándo. Mucha gente ve la muerte representada
principalmente en la televisión o en el cine, donde se dramatiza excesivamente
y se diseña para encajar convenientemente en un horario. En la vida real la
muerte no siempre es una cuestión de minutos u horas sino un proceso gradual
que puede durar semanas, meses, a veces años. En lugar de un sprint final, la
muerte puede ser una maratón.
En
circunstancias nuevas, la mayoría de las personas se sienten incómodas hasta
que se acostumbran a las situaciones y a su rol en ellas. Si no has tenido
experiencia con la muerte es poco realista esperar sentirte cómodo y competente
con un moribundo.
El proceso físico.
Mientras
familias y amigos lidian con la muerte de un ser querido los recuerdos de esa
persona, que una vez estuvo completa en cuerpo y mente, los llenan de
inquietud. Inquietos por los cambios que ahora ven y temerosos de los que se
avecinan, también sufren.
Se
suele asumir que, en todos los casos, una enfermedad determinada (enfisema,
sida, cáncer) conlleva el mismo tipo de muerte. Sin embargo cada fallecimiento
depende de muchos factores: la edad de la persona, la progresión de la
enfermedad, la presencia o el historial de otros problemas de salud y los
sistemas u órganos que fallan con mayor rapidez.
Los
últimos meses de vida de una persona con una enfermedad terminal pueden
presentar diversos escenarios. La mayoría de las personas experimentan diversos
síntomas problemáticos; algunas presentan muchos, otras parecen no presentar
ninguno. Algunas pueden sentirse y verse relativamente inalteradas hasta
semanas o días antes de morir; otras experimentan episodios de enfermedad aguda
intercalados con los de bienestar; y las hay que experimentan un deterioro
gradual. Algunas mueren mientras duermen o están en coma; otras permanecen
conscientes, incluso comunicativas, hasta el último aliento.
Durante
los últimos meses de vida con enfermedad terminal pueden surgir síntomas
molestos en cualquier momento y los profesionales de la salud intentan
anticipar aquellos que tienen más probabilidades de afectar al individuo.
Para la
persona común la idea de cuidar a un ser querido moribundo, especialmente en
casa, puede ser aterradora y abrumadora. Pero la mejor atención posible suele
ser la que brindan familiares y amigos.
Algunas
personas tienen la boca seca o irritada; la pérdida de peso, la piel frágil y
la movilidad reducida pueden provocar úlceras por presión. Algunas personas
experimentan náuseas y vómitos; otras tienen problemas de estreñimiento o
diarrea. Algunas desarrollan incontinencia, tos o tienen dificultad para
respirar. Pueden presentan problemas de hematomas o sangrado, o desarrollan
huesos tan frágiles que se rompen al recibir un mínimo golpe. Algunos
tratamientos causan pérdida de cabello, hinchazón y aumento de peso, o
erupciones cutáneas.
Mucha
gente asume que los pacientes terminales, especialmente aquellos con cáncer,
sentirán dolor. Esto no siempre es así; algunos no sienten dolor, otros lo tienen
leve o moderado y puede controlarse con facilidad. Algunas tienen un dolor tan
intenso que se necesita la evaluación y atención de un experto para
controlarlo.
Hay
pacientes que se muestran tranquilos; otros experimentan períodos de ansiedad
extrema que se manifiestan con inquietud o tirones de las sábanas. Este estado
de inquietud puede intensificarse hasta que la persona se encuentra
extremadamente agitada. Algunas afecciones causan demencia (pérdida de la
capacidad de pensar, recordar o razonar). En ocasiones, las personas parecen
invertir sus horarios, durmiendo la mayor parte del día y estando más alertas
al anochecer. Esto puede agotar a los cuidadores.
El
sentido del gusto puede cambiar: los alimentos que antes eran favoritos se
vuelven amargos o poco apetecibles. En un cambio que puede ser frustrante para
familiares y profesionales de la salud en entornos no centros de cuidados
paliativos, muchas personas pierden el interés por la comida y los líquidos,
aparentemente como parte de la desaceleración del cuerpo.
Los
síntomas más comunes de un moribundo son la debilidad y la fatiga. La mayoría
de las personas se debilitan hasta el punto de tener dificultad para hacer algo
por sí mismas. Pueden llegar a ser incapaces de caminar, darse la vuelta en la
cama, concentrarse en una conversación o incluso de abrir los ojos. Pueden
pasar gran parte del día descansando o durmiendo. A menudo el sueño se
profundiza y la persona que duerme cae en la inconsciencia; gradualmente, la
respiración se ralentiza y se detiene.
Cuando la muerte está cerca.
Es
difícil predecir el momento de la muerte, pero generalmente hay señales de que
es probable que ocurra en cuestión de horas o días.
Una
señal es la dificultad para tragar. Si la persona ha mostrado poco apetito para
comer y beber es posible que la familia no se dé cuenta de que esta incapacidad
es más que simple falta de interés. La deshidratación resultante no suele ser
molesta y, de hecho, puede aumentar el bienestar del moribundo al reducir la
incidencia de algunos síntomas incómodos como vómitos, dolor o dificultad para
respirar. Es mejor no introducir pequeñas cantidades de líquido en la boca con
la esperanza de que la persona trague: si no puede hacerlo el líquido se
acumularé en los pulmones. Cuando la persona ya no puede tragar no necesita
líquidos; basta con limpiarse la boca con esponjas húmedas y humedecerse los labios
con un poco de crema. En esta coyuntura se pueden suspender muchos medicamentos
y otros pueden administrarse por vías distintas a la oral.
A
veces, la mucosidad se acumula en la boca, garganta o pulmones, y el aire que
fluye a través de ella produce un ruido de estertor. Esto no significa
necesariamente que la persona tenga dificultad para respirar. Colocar al
paciente de lado suele reducir el ruido de estertor. Si tiene dificultad para
respirar se puede administrar oxígeno o medicamentos para secar la mucosidad o
mantener las vías respiratorias despejadas.
A
medida que se acerca la muerte la respiración puede cambiar: volverse
irregular, acelerándose por un tiempo, luego ralentizándose, e incluso haciendo
pausas de varios segundos antes de reanudarse. O puede ser más fuerte por un
tiempo, y luego muy débil y silenciosa.
La
temperatura corporal puede aumentar, mientras que manos y pies se enfrían,
pudiendo tornarse azules o moteados; a veces, labios y uñas se tornan azules.
Generalmente ni la fiebre elevada, extremidades frías o piel moteada molestan a
los pacientes, por lo que no requieren tratamiento. Algunas personas
experimentan períodos de sudoración profusa y necesitan esponjas frecuentes,
sábanas secas y un buen cuidado de la piel. La producción de orina y heces
suele disminuir, y la orina se oscurece. El aumento de la debilidad puede
provocar incontinencia.
Algunas
personas tienen movimientos involuntarios, similares a los tics que se producen
al quedarse dormidos. Estos no suelen molestar al moribundo; si lo hacen, los
medicamentos pueden aliviarlos.
A
medida que la persona se debilita y se vuelve más somnolienta la comunicación
con los demás suele volverse más sutil. Muchas personas desean la compañía de
una o dos personas importantes. A menudo prestan poca atención a lo que sucede;
parecen no escuchar o sus ojos se vuelven vidriosos, como si estuvieran mirando
pero no viendo a personas o cosas. A veces los ojos permanecen entreabiertos,
ya sea que estén despiertos o dormidos. Pero incluso cuando están demasiado
débiles para hablar o han perdido el conocimiento pueden oír; el oído es el
último sentido en desvanecerse.
Estos
cambios pueden ocurrir en horas, días, o incluso antes. Una o dos señales
pueden presentarse con antelación de semanas o meses. Los profesionales con
experiencia las conocen.
Siempre
que se controlen bien los síntomas incómodos la muerte puede ser pacífica. La
señal más evidente de muerte es el cese de la respiración. Si la respiración ha
sido muy silenciosa, o alternando entre ralentización y aceleración, puede
resultar difícil determinar si realmente se ha detenido. A veces, las últimas
respiraciones suenan como suspiros. Si el moribundo está alerta, puedes ver una
leve sonrisa o mirada de despedida, o notar que sus ojos se desenfocan y luego
se cierran. Si la persona está dormida o inconsciente es posible que apenas te
des cuenta de lo sucedido.
Al describir a los moribundos en este libro no hemos dado
muchos detalles sobre su estado físico. No es que queramos minimizar el efecto
del deterioro físico pero Dones Finales no trata
sobre el cuidado físico de los moribundos. Trata sobre la Conciencia de la
Muerte Cercana, y su mensaje puede ayudar a equilibrar la tristeza y el
agotamiento.
A
pesar del deterioro corporal, los moribundos que desarrollan la Conciencia de
la Muerte Próxima pueden encontrar paz, consuelo y sanación del dolor emocional
y espiritual. Al anticipar, comprender y aprender de la Conciencia de la Muerte
Próxima, las familias pueden ser más conscientes de la parte de la persona que
aman, que va mucho más allá de su ser físico.
Los
cambios físicos causan muchas dificultades emocionales tanto para el moribundo
como para familiares y amigos. Cuando un padre sufre incontinencia y su hijo
debe limpiarlo y cambiarlo; cuando un esposo ya no puede cepillarse los dientes
y su esposa debe humedecerle la boca seca y pegajosa; cuando un hermano sufre y
su hermana debe administrarle medicamentos; estas ocasiones pueden demostrar un
gran amor. También pueden generar un gran dolor y suscitar sentimientos y
preguntas más difíciles de afrontar que las necesidades físicas.
Cuando
un ser querido está muriendo siempre lidiarás con la tristeza. Pero tu
respuesta a esa tristeza depende de muchos elementos, a menudo relacionados con
tu experiencia previa con la muerte.
Si no
has tenido mucha experiencia, o no has tenido modelos a seguir que te hayan
mostrado cómo comportarte cerca de moribundos te preguntarás cómo puedes
afrontarlo o si lo lograrás. No hay una
forma correcta de ayudar a un moribundo, pero las siguientes páginas contienen
algunas sugerencias.
Entendiendo tus sentimientos sobre la muerte.
¿Cómo
es la vida de quienes están muriendo y de quienes los aman? ¿Cuáles son tus
preguntas y preocupaciones? Si estuvieras muriendo, ¿te enojarías porque
podemos enviar gente al espacio y no hemos encontrado una cura para tu
enfermedad terminal? ¿Te molestaría tener que dejar tu trabajo a alguien menos
cualificado pero más sano? ¿Odiarías depender de otros? ¿Te sentirías frustrado
por tener que ceder el control sobre tantos aspectos de tu vida? ¿Te daría
miedo lo que podrías sentir al morir? ¿Te daría miedo lo que ocurre después de
la muerte?
No es
necesario que tenga respuestas a todas tus preguntas; la mayoría de la gente no
las tiene. Pero identificar tus preocupaciones, miedos y preferencias puede
ayudar a evitar malentendidos con un moribundo, cuyas preocupaciones, miedos y
preferencias pueden ser diferentes a los tuyos.
Por
ejemplo, puede que aborrezcas la idea de estar hospitalizado y prefieras morir
en casa. Sin embargo, tu amigo moribundo podría sentirse más seguro en un
hospital.
O
consideres la cuestión de cuándo suspender el tratamiento, una decisión a
menudo muy difícil que un moribundo toma solo después de mucha reflexión,
debate y dolor emocional. No cuestiones esa decisión, apóyala. Puedes hacerlo
más fácilmente si reflexionas sobre lo que preferirías y observas cómo tu
perspectiva se asemeja o difiere de la perspectiva del moribundo. Es importante
no imponer tu concepto de la muerte a otra persona; deja que sus ideas sobre la
muerte prevalezcan.
Lo que siente el moribundo.
Después
de explorar tus sentimientos, intenta imaginar los del moribundo. Al
experimentar la idea de morir tendrás una idea más clara de qué decir y cómo
ayudar. En este punto vale la pena reflexionar sobre las etapas de la muerte
descritas por la doctora. Kübler-Ross: negación, ira, negociación, depresión y
aceptación. Aunque la doctora denominó estas experiencias como
"etapas", una persona no necesariamente las atraviesa de forma
ordenada. Estas emociones no son exclusivas de la muerte; cualquier crisis o
cambio importante en la vida puede desencadenarlas, lo que significa que
resultarán familiares para casi cualquier adulto. Estos sentimientos suelen ser
más fáciles de comprender si los analizamos en el contexto de lo que los
moribundos intentan lograr: luchar por aceptar la realidad de su diagnóstico,
adaptarse a la vida con la enfermedad y prepararse para la muerte inminente.
Estas son tareas enormes; no es de extrañar que las emociones que las acompañan
sean variadas y dolorosas, a veces difíciles de comprender, incluso
abrumadoras.
Negación.
La
negación es la negativa a aceptar la realidad y surge de la conmoción. Cuando
se les dice que una enfermedad es incurable y mortal las personas suelen
responder diciendo: "¡No lo creo! ¡Debes haber cometido un error! ¡No
puede ser cierto! ¡Voy a buscar una segunda opinión!". A veces piensan:
"Bueno, quizá la mayoría de las personas con esta enfermedad mueran, pero
yo voy a superar las probabilidades".
La
negación puede expresarse mediante el comportamiento. Obtener una segunda
opinión sobre cualquier diagnóstico grave es una medida inteligente, pero
buscar varias "segundas" opiniones puede ser una forma de intentar
evadir la verdad. La negación también puede manifestarse como negarse u
"olvidar" tomar medicamentos o acudir a las citas de tratamiento.
¿Por
qué la gente se niega? Cuando recibimos noticias demasiado dolorosas para
asimilar usamos la negación para protegernos o ganar tiempo y adaptarnos a una
nueva y sombría realidad. Suponiendo que un moribundo comprenda su diagnóstico
terminal, respeta las expresiones de negación. Cuando las encuentres no las
cuestiones. No es prudente intentar que un moribundo "afronte la
realidad". La mayoría de las personas abandonan la defensa de la negación,
generalmente a medida que empeoran o se debilitan, pero muchos oscilan entre la
aceptación y la negación. Una persona que ayer hablaba con realismo de no
mejorar, puede decir de repente: "¡Cuando me recupere podemos volver a ir
de acampada!".
Es
duro, además de cruel e innecesario, intentar romper o disminuir la negación
con una respuesta como: "Sabes que estás muy enfermo; nunca te recuperarás
ni volverás a ir de acampadar". Sin
embargo, tampoco debes reforzar o fomentar la negativa a afrontar la realidad
siguiéndole la corriente. No mientas te conviertas en cómplice de la negación,
y aunque la falsa alegría pueda parecer reconfortante por un momento, con el
tiempo la persona superará esta etapa y podría querer hablar contigo sobre la
muerte. Si has transmitido reticencia a afrontar la realidad el moribundo
dudará en hablar contigo sobre la muerte y podría sentirse sin apoyo o incluso
abandonada por ti.
Si no
debes desafiar ni fomentar la negación, ¿qué deberías hacer? Debes reconocer el
deseo o anhelo que hay detrás. Cuando tu amigo moribundo hable de recuperarse y
volver a acampar, podrías decirle: "¡Qué divertido!" o, "¡Seguro
que te gustaría!". Estas respuestas reconocen las esperanzas y deseos de
tu amigo sin reforzar la negación.
En
algunas personas la negación puede ser férrea y permanente.
AMELIA.
Cuando llegué para mi primera visita a Amelia, de ochenta
y siete años, su hijo me saludó en la entrada.
“Por
favor, no le digas nada a mamá sobre cuidados paliativos ni cáncer. A menudo
parece confundida y no sabe nada de su enfermedad. Solo la molestarías si lo
mencionaras”.
Me
presenté ante Amelia como una enfermera que pasaba a ver cómo estaba.
“ ¡Qué
bonito!”, me respondió.
Le pregunté
sobre su historial médico y respondió con gran detalle sobre el nacimiento de
sus hijos, ocurrido unos sesenta años antes, su cirugía de vesícula a los
cuarenta y cinco años y la extirpación de un juanete diez años después, además
de diversas cirugías dentales. Ni una sola vez mencionó haber perdido ambos
senos por mastectomías hacia solo tres años, ni la quimio y la radioterapia a
las que se había sometido desde entonces. Me disculpé y bajé para preguntar a
su hijo si los médicos le habían explicado la enfermedad, la cirugía y los
tratamientos de su madre.
“Sí”,
dijo con una sonrisa. “Muchas veces”.
De
regreso al dormitorio de Amelia, terminé de escuchar su pecho con mi
estetoscopio.
"¿Qué
pasó aquí?", pregunté señalando las cicatrices que le dejó la extirpación
de los senos. Bajó la mirada con gran sorpresa.
“¡Bueno,
por el amor de Dios!”.
Amelia
vivió otro año en comodidad y felicidad; la visitaba dos veces por semana pero
nunca "recordaba" quién era ni por qué había venido. Completaba el
crucigrama diario del New York Times con
gran precisión, pero nunca mencionaba su enfermedad, y yo tampoco.
¿Qué pasa si la negación no proviene del moribundo, sino
de otros? Los amigos y familiares suelen negar durante más tiempo que un
moribundo. La noticia es demasiado difícil de soportar; fingen que no existe.
Normal y comprensible, esta reacción puede ser dura para una persona enferma.
Los familiares pueden hacer comentarios como "¡Te ves mucho mejor
hoy!". Si es cierto, está bien. Pero si no es cierto lo que percibe es la
incapacidad o la falta de voluntad de la otra persona para aceptar la verdad.
Una
persona puede intentar romper la negación de la familia diciendo: «Sé que estoy
muy enfermo y que no voy a mejorar». Pero a menudo la respuesta de la familia
le lleva a decidir que la verdad es demasiado dolorosa. Surge una extraña
conspiración en la que todos fingen que el paciente se recuperará. Mantener
esta ficción requiere una energía tremenda, energía que escasea para quien está
enfermo. El peso de la negación ajena se suma a la carga del paciente, a menudo
provocando que el moribundo se aleje de quienes niegan, aumentando su sensación
de aislamiento.
Enojo, enfado, ira.
Los
moribundos pueden sentirse en el campo semántico que incluye el enfado, el enojo
y la ira. No es raro escuchar a alguien con una enfermedad terminal
preguntarse: "¿Por qué sucede esto?". Algunas personas se enfadan con
Dios, por permitir que enfermen, con su médicos, por no encontrar una cura, el
gobierno, por invertir en armas en lugar de investigación médica, o el mundo en
general. Sin importar a quién se dirija, la mayor parte de la ira se expresará
contra quienes están más cerca y más seguros: familiares y amigos. Ante tal
vehemencia, es muy difícil evitar sentirse herido. Responder bruscamente suele
llevar a discusiones que rara vez logran algo. Además de no funcionar, intentar
disuadir a una persona de su enojo con frases como, "Bueno, ya sabes que
los médicos hicieron todo lo posible, deberías estar agradecido, las cosas
podrían ser peores", etcétera, puede intensificar los sentimientos de
enfado del paciente. Podrías terminar siendo percibido como alguien que toma a
la ligera las preocupaciones del paciente o que se pone del lado del
"enemigo".
Es
más útil buscar la causa. Piensa en la ira, enfado o enojo como sentimientos
que surgen de otra emoción. En las personas con enfermedades terminales las
raíces de la ira suelen ser la frustración, el resentimiento o el miedo.
La
frustración puede surgir de la impotencia por perder el control y volverse
dependiente de otros; del resentimiento, por ver que la vida de otros continúa;
o del miedo, por la incertidumbre sobre cómo es morir.
DANIEL.
Se
trataba de una persona diagnosticada con cáncer, incurable y metastásico, de
treinta y tres años. Era un joven muy enfadado. Antes de su diagnóstico había
logrado compaginar bien sus responsabilidades como electricista, esposo, padre,
y líder del grupo llamado “tropa de lobatos”, o Scouts, en la que figuraba su
hijo. Sin embargo, a los noventa días estaba demasiado débil para levantarse de
la cama o cepillarse los dientes. Tuvo que dejar de trabajar. Si quería beber
agua, tomar medicamentos para aliviar su dolor, que aumentaba rápidamente, o ir
al baño, necesitaba ayuda. No podía ayudar a criar a sus hijos, ni siquiera con
las tareas más pequeñas. Su esposa siempre estaba ocupada con las tareas del
hogar o buscando ayuda, y las quejas de Daniel sobre cómo las vueltas de su
esposa en la cama mientras dormía le causaban dolor la llevaron a dormir en una
habitación contigua.
Cuando
Daniel fue admitido en el programa de cuidados paliativos supusimos que gran
parte de su ira provenía de la frustración ante su impotencia. Había perdido su
sustento. Su papel como esposo y padre se había reducido. No tenía control
sobre su enfermedad y se veía obligado a depender de otros para satisfacer
incluso sus necesidades más básicas.
Todo
esto tenía mucho sentido, pero la lógica no es necesariamente un remedio para
la ira. En lugar de intentar explicar a Daniel su ira respondimos a la emoción
subyacente. Nuestro objetivo no era disminuir su ira sino disminuir su
sensación de impotencia aumentando su sensación de control.
Empezamos
dejando que Daniel dirigiera todo lo posible: comidas, visitas, baños. Asuntos
menores, cierto, pero Daniel tenía el control. Respetamos sus deseos, dejándole
ver que tenía cierta autonomía, así como nuestra empatía. Este fue el comienzo
de ayudarlo a comprender y a superar la ira.
Los
comentarios amargos y las ásperas peticiones de ayuda de Daniel pasaron de ser
constantes a intermitentes. Una mañana, mientras terminaba una letanía de
quejas sobre lo mal que había dormido le dije con dulzura: «Parece que tuviste
una noche difícil».
—Tienes
toda la razón, fue duro —espetó. Luego asintió y suspiró. Se le llenaron los
ojos de lágrimas y volvió a hablar.
“No
tienes idea de lo mal que me siento por la noche”, dijo mirando a su esposa.
“Odio despertarme con dolor y tener que pedirle a Elaine que me traiga las
pastillas. A veces no me oye, así que intento esperar, pero el dolor empeora.
Odio no poder tomar las pastillas yo solo y tener que molestarla. Ojalá
durmiera aquí, pero sé que necesita descansar”.
Ahora
le tocaba a Elaine enfadarse. "Pero me dijiste que el dolor empeoraba al
darme la vuelta en la cama", dijo con lágrimas en los ojos. "¡No hay
manera de complacerte!"
"Dan,
parece que extrañas a Elaine", dije. Esto desató un torrente de emociones;
Daniel lloró mientras intentaba explicarle a Elaine lo triste y solo que se
sentía. Ella respondió explicándole cuánto le dolía dormir lejos de él,
pensando que no la quería cerca.
Hicieron
un trato: Elaine regresaría a su cama, con las pastillas para el dolor y un
vaso de agua a su lado en la mesa de noche. Daniel podía despertarla sin
esfuerzo; ella podía acercarse, darle las pastillas y sostenerle la pajita en
los labios mientras las tragaba. Luego podían volver a dormirse o permanecer
despiertos juntos y conversar. Daniel solo vivió tres semanas más, pero fueron
mejores que muchas de las semanas anteriores.
“Algunas
de nuestras mejores conversaciones eran en mitad de la noche”, dijo Elaine más
tarde. “A menudo decía que dormía mejor conmigo allí, y sé que era mejor para
mí. A veces hablábamos de los primeros años de nuestro matrimonio, de sus
esperanzas para los niños y de lo terrible que fue que hubiera enfermado.
Llorábamos porque no sabíamos cómo nos las arreglaríamos el uno sin el otro.
Suena triste, y lo era, pero era mucho mejor que gritarnos, como habíamos
estado haciendo. Esa última semana algunas noches me despertaba y él estaba
allí tumbado, mirándome. Sonreía, yo lo abrazaba y nos volvíamos a dormir
enseguida”.
Daniel
y Elaine lograron derribar el muro de ira que habían construido para separarse
y, al hacerlo, pudieron hablar sobre las emociones que habían enfadado el uno
con el otro, consigo mismos y con toda la situación. No fue fácil derribar ese
muro, pero los acercó en un momento en que necesitaban estar lo más cerca
posible.
Si percibes ira o enfado en un amigo o familiar enfermo,
y sospechas que la causa es la impotencia, intenta empatizar. Di algo como:
"Me imagino que es difícil tener que pedir ayuda todo el tiempo" o,
"Parece que esto es muy frustrante para ti". Siempre que sea posible,
da opciones y control al moribundo. Responde a la frustración, no a la ira.
La
ira también puede ser resultado del resentimiento, tal vez al ver a compañeros
de trabajo, amigos o familiares disfrutar de responsabilidades, oportunidades y
futuros que se le niegan al moribundo.
LIZ.
Liz,
enfermera, estaba muriendo de cáncer de mama a los treinta y dos años. Cuando
le diagnosticaron la enfermedad trabajaba en un pequeño hospital de su ciudad
natal. Tras recibir tratamiento a cientos de kilómetros de distancia, regresó
para pasar sus últimos meses en el hospital donde había trabajado.
Fueron
meses difíciles para todos los involucrados. Además de la desfiguración, Liz
sufría un gran dolor físico. Sus antiguos compañeros de trabajo estaban tristes
por su situación, pero también irritados por el flujo constante de quejas de
una Liz a menudo enfadada.
Las
enfermeras de la unidad donde Liz estaba muriendo notaron un patrón. Varias
veces a la semana antiguos compañeros de trabajo le llevaban el almuerzo a la
habitación. Hablaban de lo que sucedía en su antigua unidad, de cómo estaban
los pacientes que Liz conocía, y de nuevos casos y tratamientos. Durante el
almuerzo, Liz se ponía cada vez más gruñona; toda la tarde, y hasta la noche,
se mostraba irritable y hostil.
Una
noche, una enfermera que solía cuidar de Liz en el turno de noche sacó el tema.
“Pareces
molesta ¿Puedo ayudarte en algo?”
“No,
solo estoy de mal humor. Siempre parece que estoy de mal humor”.
"¿Siempre?"
“Bueno,
no”, dijo Liz tras reflexionar un momento. “Muchas veces por la noche me doy
cuenta de que no tengo paciencia. Todo el mundo parece sacarme de quicio.
Seguro que te has dado cuenta”.
"Sí,
lo hice", dijo la enfermera, sentada en la silla junto a la cama de Liz.
"También he notado que parece ocurrir en días específicos".
"¿Qué
quieres decir?" preguntó Liz.
“Bueno
que llego a las tres de la tarde. Siempre que la enfermera de día me dice que
alguien de tu antigua ala de trabajo ha venido a comer, sé que te encontraré
molesta”.
Liz
pensó en eso y asintió.
“Es
cierto. Es peor los días que vienen. Me molestan mucho”.
La
enfermera preguntó cómo solían ir las visitas. Liz describió las conversaciones
y dijo que hubo un momento en que las había disfrutado.
“Me
gustaba ponerme al día con los pacientes y los chismes”, dijo. “Era divertido y
me hacía sentir como si estuviera de vuelta en casa. Pero ya no lo siento así.
“¿Qué
se siente ahora?” preguntó la enfermera.
Liz
guardó silencio un par de minutos. "Sé que esto sonará infantil y
horrible, pero me enfadan cuando vienen aquí y me cuentan lo que pasa en mi unidad". Tarde o temprano vuelven al trabajo y se
hacen cargo de lo que yo quiero hacer. ¡Tengo que quedarme aquí en este
estúpido hospital, y morir!"
La
ira de Liz surgió del resentimiento por la buena salud, la vitalidad y el
futuro indefinido de sus antiguos compañeros. Al ver lo que sucedía, quienes la
cuidaban pudieron cambiar el patrón que alimentaba su ira. Con su permiso, la
enfermera de la tarde habló con algunos de sus antiguos compañeros, quienes
también tenían sus frustraciones.
“Liz
no solía ser así”, dijo uno. “Es muy difícil pasar tiempo con ella; supongo que
volveré a verla cuando se calme su enojo”.
La
enfermera de la tarde explicó lo que creía que estaba sucediendo y sugirió
posibles soluciones. Al día siguiente, una amiga de la antigua unidad de enfermería
comenzó una visita a la habitación de Liz durante el almuerzo con un comentario
diferente.
“Apuesto
a que te cansas de que hablemos de trabajo todo el tiempo. ¿De qué te gustaría
hablar?”
Liz
mencionó su amor por la música gospel y pasaron una agradable media hora
cantando una de sus cintas favoritas.
Otra
excompañera de trabajo, bastante cómoda expresando sus sentimientos, la visitó
más tarde esa semana. Abordó directamente el tema de la enfermedad de Liz.
"Te
extraño mucho en el trabajo", dijo. "Me da mucha pena lo que te está
pasando".
Esto
dio lugar a una conversación sincera sobre su amistad, la mutua tristeza y la
expectativa de encontrarse en otro mundo. Llena de abrazos y lágrimas, esa
visita terminó con una nota de especial cercanía para ambas mujeres.
La ira puede surgir del miedo. La mayoría de las personas
tienen cierto miedo a morir. Cuando los moribundos hablan de sus miedos, muchos
dicen: «No tengo miedo de morir; lo que me preocupa es lo que sucede antes de
morir». Una exploración sutil de estas afirmaciones suele llevar a una
expresión más clara de los miedos: «Tengo miedo de cómo pueda ser la muerte.
¿Dolerá? ¿Cómo es?».
A
muchas personas también les da aprensión hablar de sus miedos ante muerte. Una
noche, tarde —estos miedos suelen surgir en plena noche—, Helen preguntó:
"¿Cómo es morir?". Pero antes de que pudiera responder, añadió:
"No, no me lo digas". Temía que la respuesta lo empeorara, pero mi
sencilla explicación alivió su ansiedad porque lo que había imaginado era mucho
peor que la realidad.
Algunas
personas pueden decir claramente: «Tengo miedo de que me duela, no creo que
pueda soportar mucho dolor». Otras pueden decir: «Siempre he creído en Dios; la
fe siempre ha sido una parte muy importante de mi vida, pero ahora me pregunto
si todo es cierto, si Dios realmente estará ahí después de mi muerte. ¿Y si no
hay nada después de todo?».
Si
una persona no puede expresar sus miedos con palabras, o dice: "¡Me da
miedo todo esto!", puede ser útil preguntarle sobre sus experiencias con
la muerte o averiguar cuáles son sus preguntas. Diferentes experiencias generan
diferentes miedos y necesidades. Algunas personas simplemente temen los
síntomas de sus enfermedades. Conocer la historia y el pronóstico de una
persona puede ayudar a explorar estos miedos. Una vez comprendidos, se pueden
hablar con la persona adecuada. Un médico o enfermero puede responder preguntas
como "¿Cómo será mi muerte física?" o "¿Sufriré?". Un
sacerdote, religioso o rabino puede ser la persona con quien hablar sobre los
miedos relacionados con Dios. La ira de algunos pacientes surge del temor de
que el sustento o el tratamiento médico prolonguen su malestar, en lugar de
mejorar su calidad de vida.
GORDON.
La
muerte enfureció mucho a Gordon. Malhumorado, en compañía de familiares y
amigos, se mostraba agresivo con médicos y enfermeras maldiciéndolos con
frecuencia; algo muy distinto a lo que había sido cuando estaba bien.
Buscamos
patrones. Realmente no había momento en el que Gordon no estuviera enojado pero
¿cuándo empeoró su ira? ¿Cuándo disminuyó? ¿Qué precipitaba uno de sus arrebatos?
Gordon
estaba muy enojado con médicos y enfermeras especialmente cuando le
administraban los medicamentos. Un día, hablando con su sacerdote Gordon le
dijo que no confiaba en los médicos; temía que encontraran otro tratamiento y
lo convencieran para que lo probara en lugar de dejarlo morir en paz. “Lo único
que hace esta gente es prolongar mi sufrimiento”, aseveró.
Ayudó
un poco que su médico le dijera que no habría más tratamientos, pero lo que
realmente ayudó fue un enfoque diferente. Cuando las enfermeras le traían sus
medicamentos se encargaban de decirle con amabilidad: «Esto es para que estés
cómodo, no para prolongar la agonía». Gordon seguía mirando fijamente y nunca
se volvió cálido ni amigable pero, poco a poco, se fue calmando y la fuente de
su ira se apagó.
La
ira relacionada con la enfermedad terminal tiene numerosas posibles causas.
Muchas emociones surgen de las pérdidas que experimentan las personas al
enfrentar la muerte. Identificar estas emociones no siempre es fácil, pero
intentar comprenderlas facilita una respuesta útil a la ira.
Negociación.
La
manera más fácil de entender el regateo o tira y afloja que se puede contemplar
al morir es observar a un niño a la hora de dormir. Un abrazo más, un cuento
más, un trago más de agua: ¡qué ingeniosos pueden ser los infantes al intentar
aguantar despiertos unos minutos más!
Los
moribundos hacen lo mismo al intentar posponer lo inevitable. Negocian con
Dios. Si no creen en Dios lo hacen con cualquiera que piensen que pueda tener
el poder de prolongar la vida un poco más.
Muchos
tratos giran en torno a los tratamientos. "Me haré la quimioterapia",
se dice la gente. "Seguiré una dieta sana. No me quejaré, así Dios me
dejará vivir hasta que mi nieto se gradúe".
Las
personas con SIDA suelen hacer tratos para dedicar el tiempo que les queda a
trabajar para detener la epidemia. "Me involucraré", piensan.
"Cuidaré de los demás. Enseñaré a la gente a no infectarse. Pero, Dios
mío, si hago esto, tienes que dejarme vivir más". Sorprendentemente, estos
tratos suelen funcionar.
La
mayoría de los tratos de los moribundos pasan desapercibidos; suelen permanecer
en secreto. Si un moribundo saca el tema, escúchalo con respeto y dile algo
como "¡Sería genial!" o, "Te ayudaremos en todo lo que
podamos".
Depresión.
La
depresión de un moribundo surge del duelo. Los moribundos lloran algo perdido,
como cualquier otra persona, pero su duelo tiene dos partes: lloran lo que ya
se ha perdido por la enfermedad (salud, su papel familiar, trabajo,
independencia), pero también lo que se perderá al morir: las relaciones
personales, la vida misma y el futuro en general.
La
mayoría de nosotros tenemos planes y sueños: hijos que tendremos, viajes que
haremos, libros que escribiremos, nuevos caminos que emprenderemos. Reconocer
la realidad de la proximidad de la muerte significa abandonar esas
posibilidades. Porque se han perdido, hay que llorarlas.
Estos
sentimientos de tristeza y depresión deben ser honrados, no ignorados ni
diluidos. Para los moribundos comentarios como "Mira el lado
positivo", "Tuviste una buena vida" o, "Todos tenemos que
morir alguna vez" parecen intentos de minimizar o restar importancia a su
dolor emocional. Lo único que se puede hacer cuando expresan estos sentimientos
es escuchar. A menudo no se necesita una respuesta, solo intentar comprender.
MARCOS.
El
cáncer de Marcos, que todos creían curado, reapareció tan agresivamente que le dejó
poco tiempo de vida. Parecía muy triste y hablaba largo y tendido sobre cuánto
le dolía saber que dejaría a su esposa, Joyce, y a sus hijos pequeños. No le
servía de consuelo que él y Joyce hubieran hecho todo lo posible por preparar a
los niños para un futuro sin papá. Marcos sabía lo fuerte que era Joyce y que
ella tenía amigos a quienes recurrir para recibir apoyo tras su partida.
No
necesitaba que lo animaran. No necesitaba que nadie le dijera: «Te ayudaré a
criar a tus hijos» o, «Intentaré estar ahí para Joyce cuando te vayas». No
necesitaba que nadie le dijera: «Bueno, al menos tu cáncer no duele, has tenido
tiempo de prepararte y has hecho algo valioso con tu vida».
Lo
que Marcos necesitaba era que alguien escuchara su dolor, empatizara con su
tristeza y compartiera sus lágrimas.
Aceptación.
La
aceptación es un sentimiento de resignación pacífica que no suele perdurar
hasta que la muerte está muy cerca. Es común que los pacientes experimenten
interludios de aceptación y luego, un día, en una conversación o frase, pasen a
otra etapa emocional. Pero con el tiempo la muerte se acerca, momento en el que
puede llegar la aceptación permanente. Cuando esto ocurre, siempre que el
moribundo se sienta cómodo, necesita poco más que la presencia de una o dos
personas importantes.
Si tú
eres una de esas personas podrías experimentar emociones encontradas. La paz de
la aceptación de la muerte por parte de otro puede ser reconfortante, pero con
la aceptación viene el desapego, un alejamiento de los demás sin importar cuán
cercanos hayan sido. Esto puede ser doloroso para quienes se quedan atrás.
MÁXIMO.
Un
año antes de que Máximo se jubilara, él y su esposa, Paula, comenzaron a
planear un viaje a través del país. Durante la última semana de trabajo de Máximo
le diagnosticaron cáncer. Su jubilación no comenzó con un viaje
transcontinental sino con dieciocho meses de tratamientos, recetas médicas,
hospitalizaciones, creciente debilidad y menos periodos de bienestar. Durante
este período Máximo se enfureció ante las injusticias de la vida y juró que
mejoraría.
—No
quiero vomitar. ¡Quiero ver el Gran Cañón! —le dijo a Paula—. ¡No quiero morir!
¡No quiero dejarte! ¡Quiero que nos divirtamos como habíamos planeado!
Pero Máximo
nunca hizo el viaje y en sus últimos días de vida permaneció en cama apenas
hablando, limitando su comunicación a una sonrisa cariñosa cada vez que Paula
le frotaba la espalda, traía su medicina o le daba a beber un sorbo de helado.
Parecía completamente cómodo y en paz, a diferencia de Paula que no sentía
ninguna de las dos cosas.
“Sé
que debería alegrarme de que no sufra, que no sienta dolor, que ya no luche”,
dijo. “¡Pero no me alegro! No quiero que esté así; ¡es tan horrible! Me siento
muy egoísta al decirlo, ¡pero parece feliz de dejarme! Es como si se fuera y
estuviera feliz de irse, ¡y no lo soporto!”
Máximo
estaba dejando ir el viaje que habían planeado, su deseo de curarse, incluso el
arrepentimiento por dejar a su esposa. Pudo soltar porque había superado el
dolor y estaba listo para morir. Para Paula esto fue como un rechazo al
interpretar que Máximo se estaba alejando de ella, y aunque era doloroso, le
avergonzaba sentir eso.
Esta
no es una reacción infrecuente. Mucha gente cree que solo debería preocuparse
por las necesidades del paciente moribundo, por el fin de su sufrimiento. Pero
también nos preocupamos por nosotros y nuestras pérdidas. Paula quería que Máximo
dejara de luchar y muriera en paz pero no quería que la abandonara, y eso le
dolía. La mejor manera de ayudarla era dejarla llorar, escuchar su dolor sin
juzgarla y empatizar con su dolor.
La
mayoría de los moribundos, así como sus familias y amigos, pasan de una etapa a
otra de la muerte, de la ira a la negación, la aceptación, la negociación y la
depresión, muchas veces sin ningún orden aparente y no necesariamente
sincronizados.
JULIA.
Mientras
Julia terminaba seis semanas de radioterapia por cáncer de pulmón extenso e
inoperable, su familia notaba que no mejoraba sino que, de hecho, parecía empeorar. Ella y su esposo hablaron con el
médico, quien confirmó los temores de todos: le quedaban quizás tres meses de
vida. Se lo comunicaron a sus dos hijas adultas, que vivían en el barrio, y a
su hijo John que vivía en la Costa Oeste de Norteamérica.
Cuando
a la tarde siguiente llegué, la hija de Julia, Jane, ex enfermera que se
ocupaba de gran parte de los cuidados de su madre, estaba llorando en la
cocina.
“Es
muy difícil sobrellevar esto”, dijo. “Anoche mi madre decía que los médicos
nunca saben nada y que estaría bien si tan solo pudiera volver a comer. Eso
enfureció mucho a papá; le gritó y salió hecho una furia de la casa. No regresó
en horas, y cuando lo hizo venía bebido. Esta mañana mi hermana Sally me llamó
para hablar de contactar con una funeraria, y no entiende por qué no puedo dejar
de llorar. Luego, mi hermano me llamó desde California para contarme sobre una
nueva quimioterapia; quería saber si el médico de mamá lo sabía. ¿Se está
volviendo loca esta familia o solo soy yo?”
Empezamos
hablando de su tristeza y dolor. El diagnóstico de su madre no fue ninguna
sorpresa; en su trabajo hospitalario Jane había atendido a muchos pacientes con
cáncer.
"Sabía
que su salud se estaba deteriorando así que pensé que estaba lista para
esto", dijo. "No pensé que sería tan difícil".
Esto
ocurre con frecuencia. Los profesionales de la salud suelen asumir que, al
comprender lo que le sucede a un ser querido, el dolor se aliviará de alguna
manera. Pero el conocimiento solo proporciona comprensión; no disminuye el
dolor.
Jane
se dio cuenta de que estaba de duelo y deprimida pero agradeció al menos poder
afrontar la realidad. Repasó las reacciones de otros miembros de la familia.
“Mamá
está en negación, pero eso no durará mucho”, dijo. “Hace tiempo que sabe que
está empeorando; la semana pasada incluso me dijo que no quiere seguir así.
Papá, por supuesto, no tendrá remedio. Siempre esconde sus sentimientos tras
palabras de enojo y alcohol”.
Luego
se rió y señaló el montón de pañuelos empapados en el mostrador de la cocina
para continuar: “Pero a esta generación tampoco le va muy bien”. “John es un auténtico
negociador. Apuesto que cree que puede encontrar a mamá un acuerdo que lo
arregle todo. Y Sally estará tranquila, controlada y tolerante por un tiempo, y
luego se derrumbará cuando algo cambie”.
Cuando
la visité un par de días después, Jane tenía una actualización.
“Todos
intercambiamos papeles”, dijo. “Grité a papá por beber. Él y mamá hablaron
largo y tendido sobre los planes del funeral; mamá le pidió que llamara al
sacerdote. El padre Wheeler vino y organizaron una ceremonia, y papá estuvo
llorando toda la noche.
“Ahora
mamá está haciendo una lista de lo que quiere que tengan sus nietos”, continuó
Jane. “Colecciona cajas de música y está etiquetando sus favoritas para que
sepamos quién se queda con cuál. Sally llamó al médico para ver si ese nuevo
medicamento funcionaría y John llamó para decir que no había dormido las
últimas noches, preocupado por no ver a mamá antes de que muriera. Así que
vendrá a casa este fin de semana”.
En
poco tiempo Jane pasó de la depresión a la ira, mamá de la negación a la
aceptación, papá de la ira a la depresión, Sally de la aceptación a la
negociación, y John de la negociación a la depresión, y luego a la aceptación.
Y estas fueron solo las emociones que Jane reportó u observó. Este es un
ejemplo muy simple de lo que sucede con las emociones familiares cuando alguien
está muriendo: todos en la familia de Jane probablemente abarcaban toda la
gama, y es posible experimentar varias emociones al mismo tiempo.
Cada
persona involucrada tiene un conjunto de sentimientos; cada uno aporta a la
situación una historia de experiencias y un patrón de comportamientos.
Hasta
cierto punto, la mayoría de las personas mueren —y reaccionan a la muerte de
otra persona— de maneras que reflejan su estilo habitual de gestinar crisis.
Las calladas permanecen calladas; las enojadas y controladoras siguen enfadadas
y controladora. Quienes se caracterizan por cuidar a los demás podrían intentar
hacerlo con su último aliento.
Lucha por la respuesta adecuada.
¿Cómo
respondes a estos sentimientos? ¿Qué pasa si el paciente está en negación, el
cónyuge enojado, la hija deprimida, el hijo negocia y el mejor amigo acepta? El
primer paso puede ser el más difícil: quédate quieto. No intentes ayudar a
nadie a "lidiar" con la negación, la ira y la depresión para lograr
la aceptación, que muchas personas consideran la respuesta "correcta"
a la muerte. La aceptación puede ser más cómoda que las otras etapas,
especialmente para quienes observan, pero no hay nada correcto o incorrecto, ni
bien o mal adaptado, en ninguna de las etapas de la muerte. Son respuestas
normales y predecibles en un proceso.
Intenta
no dar consejos ni buscar soluciones. Escucha. Acepta. Es difícil. Si escuchas
de verdad oirás el dolor, incluso lo sentirás. Aunque solo sea para aliviar tu
angustia te sentirás tentado a ofrecer consejos, intentar calmar la ira, decir algo para evitar el dolor y la tristeza.
Desafortunadamente, no hay forma de conseguir ese alivio.
Siéntete útil.
¿Cuánta
participación tendrás? Si tu cónyuge, hijo o padre es quien está muriendo,
podrías ser responsable de la mayor parte, o gran parte, de los cuidados por lo
que estarás presente la mayor parte del tiempo. Si la persona que está muriendo
es un amigo, debes considerar cuánto puedes participar. El tiempo que se pasa
con un conocido enfermo probablemente será diferente al que se pasa con alguien
muy cercano. El grado de participación que parece funcionar mejor es el mismo,
o un poco mayor que el de antes de la enfermedad, pero es importante decidir
conscientemente cuán grande o pequeña será esa participación.
Si
decides no visitar ni participar en la muerte de un amigo, puede ser útil hacer
algo para reconocer lo que está sucediendo. Muchas personas encuentran que
enviar flores, tarjetas o una breve nota diciendo "Estoy pensando en
ti" les permite sentir que han reconocido la situación. Si evitas pensar
en cuándo o en cuántas veces vas ver a la persona, o si lo piensas pero evitas
tomar una decisión, los sentimientos de culpa pueden causarte estrés antes y
después del fallecimiento.
"La
decepcioné", te dirás. "Debería haberla llamado. Ahora lamento no
haber hecho más".
Muchas
moribundos se sienten solos, no solo porque no reciben visitas sino también por
lo que sucede cuando sí las reciben. Las visitas
pueden pasar el tiempo con la persona enfrascadas en conversaciones triviales
sobre clima, deportes o política. Quizás porque, consciente o
inconscientemente, es esa la intención ya que su parloteo impide hablar con
intimidad. El mundo de un moribundo se encoge, reduciéndose a unas pocas
relaciones importantes y al progreso de su enfermedad. Cuando a los moribundos
no se les permite hablar de lo que les sucede se sienten solos, incluso entre
personas cariñosas y preocupadas. Pueden sentirse aisladas y abandonadas y, a
su vez, resentidas y enojadas.
Por
eso es importante reflexionar de antemano sobre cómo ayudar y qué decir.
JUAN.
Poco
antes de morir Juan escribió: «Cuando la amiga que era mi principal cuidadora
tuvo que ausentarse unos días me dijeron que si necesitaba algo los llamara.
Varios me lo dijeron pero solo una persona me ofreció algo específico».
"Sé
que vas a la iglesia cuando puedes", dijo. "Me gustaría llevarte el
domingo. Te recogeré a las diez. No te preocupes si a última hora decides que
no puedes venir. No me molestará en absoluto".
“Ese
ofrecimiento fue un verdadero alivio”, escribió Juan. “No puedo aceptar ofertas
casuales que me obliguen a pedir ayuda, pero realmente ¡aprecio cuando alguien
sugiere algo que puede hacer, y lo hace!”
Si
quieres ayudar con tareas prácticas, ofrécete de forma directa y específica en
lugar de general. No digas: "Llámame si puedo hacer algo" ni,
"Avísame si puedo ayudar". Los moribundos no solo están demasiado
abrumadas como para hacer listas de tareas para que alguien más las haga, sino
que también pueden no saber qué hacer o preguntarse si simplemente estás siendo
amable. En lugar de lo general, ofrece algo concreto.
"Sé
que te gusta la música", podrías decir a un amigo. "¿Puedo traerte
algunos CDs o casetes mañana?".
Nota del Traductor: a fecha del librok 1992,
estos soportes de audio eran los habituales. Obviamente se desconocían los actuales
como los archivos de audio mp3, el audio en directo mediante aplicaciones sobre
telefonía móvil y a través de programas de Internet. Fin de la nota.
Ofrécete
a hacer la compra. Propón pasar la aspiradora o limpiar el polvo de la casa.
Siempre da al enfermo la opción de desistir en el último momento. Y al añadir:
"Si no es lo que quieres, dime qué más puedo hacer", facilitas el
camino para que te solicite algo.
Si eres
el cuidador principal, estate dispuesto a aceptar ayuda; la asistencia y la
participación de los demás aliviarán tu sensación de sobrecarga. Sin embargo,
cuando alguien se ofrezca a ayudar de forma genérica, prepárate para decir:
"Gracias, necesito que hagas esto...". Los amigos a menudo quieren
hacer algo, pero no saben qué; se sentirán mejor si les asignas tareas
específicas y así tú tendrás más energía para otras cosas.
Hablando de la muerte.
Hablar
de la muerte es uno de los temas más difíciles. Quizás te preocupe decir algo
que lo empeore.
La
gente suele pensar que si mencionan la muerte, molestarán a alguien enfermo. A
muchos les preocupa que, si intentan decir algo tan triste como la muerte de un
amigo, puedan romper a llorar y provocar que el moribundo también lo haga. El
control que se requiere para mantener la compostura a veces se percibe como
muestra de indiferencia.
SONIA.
Sonia
se quejaba de los esfuerzos de sus hijos por ser muy valientes y tranquilos.
—¡Deberían
llorar! —dijo—. Después de todo lo que hice por ellos, ¡deberían lamentar que
me muera!
Ante
esto, su hijo quedó desconcertado.
—Pero,
mamá, no queríamos empeorar las cosas —dijo—. Sabes que nunca has soportado
vernos tristes; siempre llorabas con nosotros.
“¡Pensé
que era porque no te importaba!” le dijo Sonia.
Recuerda que no decir da la impresión de indiferencia.
Muchos factores influyen en la profundidad e intimidad con la que el paciente
tú y habláis sobre la muerte y el morir. Si la persona intenta creer el
diagnóstico, aprender a vivir con la enfermedad y se prepara para la muerte,
puedes concluir que sería útil abordar el tema, y a menudo así es.
Sin
embargo, es posible que la persona no esté preparada ni tenga la energía para
hablar sobre la muerte. Quizás tenga a alguien más con quien hablar, quiera
evitarte hablar sobre la muerte o, simplemente no quiera hablar de ello. No
fuerces hablar del tema, pero tampoco lo evites.
Una
manera de empezar a hablar sobre la muerte es hacer saber al moribundo que
estás interesado. Si no sabes si se recuperará, preguntar "¿Vas a estar
bien?" o, "¿Puedes contarme qué está pasando?" puede ayudar a
empezar. La primera conversación suele ser la más difícil, pero una vez que se
rompe el hielo se vuelve un poco más fácil.
Demuestra
que estás dispuesto a hablar y luego deja que la conversación fluya. Podrías
empezar con un comentario sencillo: "Siento mucho que estés tan
enfermo" o, "Me siento muy triste al pensar en lo que te está
pasando". Espera una respuesta. Escucha. No hay una sola palabra correcta,
aunque nunca está mal expresar tu amor y preocupación.
No te
preocupes por decir o hacer algo "incorrecto". La mayoría de nosotros
hemos dicho algunas cosas incorrectas y las buenas relaciones no sufrieron. Los
enfermos suelen tolerar los errores cometidos en un intento honrado y amoroso
de ayudar.
Lo
que a menudo es más difícil de perdonar, ya sea para el moribundo o para uno
mismo, es no hacer ni decir. Los moribundos necesitan la compañía de quienes
los escuchen, de quienes estén dispuestos a comprender su situación, de quienes
sigan ofreciendo amor y amistad ante la muerte.
II. CONCIENCIA DE LA MUERTE CERCANA: LO
QUE SE EXPERIMENTA
Los
siguientes cinco capítulos describen las experiencias de moribundos al acercarse
a la muerte. Pueden decirnos que saben que están muriendo, a menudo haciendo
referencia a viajes o cambios. Algunos relatan que “hablan con”, o sienten la
presencia de, personas que no podemos ver pero que los acompañan en sus viajes.
Algunos se refieren a la paz y la belleza de otro lugar invisible para quienes
los rodean. Otros saben, e incluso lo dicen, cuándo morirán.
Cuando
los moribundos comienzan a tener estas experiencias a menudo parecen preocupados,
distraídos, quizás incluso un poco desconcertados. Pueden hacer preguntas,
tener mirada vidriosa o parecer mirar a través de nosotros, como si estuvieran
concentrados en algo más allá. Para establecer otro paralelismo con el parto,
se ven como las mujeres en labor de parto: ocupadas, trabajando duro y
concentradas en lo que les está sucediendo.
A los
moribundos no les molestan estas experiencias, sino que las encuentran
generalmente placenteras, tranquilizadoras e incluso reconfortantes. Sin
embargo, los familiares y amigos pueden sentirse perturbados por los intentos
del paciente de describir las experiencias, o temerosos por creer que el
paciente sufre alucinaciones, está confundido o demente. Quienes comprenden
estas descripciones por lo que son —información sobre lo que es estar muriendo—
pueden aprender del moribundo y compartir la paz y el consuelo que estas
experiencias les brindan.
CAPÍTULO CINCO. “¿DÓNDE ESTÁ EL MAPA?”
ELLEN.
Ellen
parecía la típica animadora de diecisiete años: rubia, de ojos azules, guapa,
brillante y llena de personalidad. Había sobresalido en todo lo que hacía.
Buena estudiante, esperaba con ilusión ir a la universidad con sus amigas en
otoño. Pero en septiembre de su último año sintió un dolor agudo en el muslo
derecho.
Al
principio, supuso que se había lesionado un músculo al animar al equipo de deportes
pero el dolor persistió, aumentó y la pierna se debilitó, así que acudió al
médico. Para horror de la familia las radiografías mostraron que el cáncer se
había extendido desde otra parte del cuerpo hasta el hueso de la pierna.
A
pesar de exhaustivas pruebas no se determinó la ubicación original del cáncer. Ya
se había extendido a otros huesos (costillas, cadera izquierda y hombro), por lo
que se descartó la amputación como opción. Se inició radioterapia de inmediato.
Ellen
y familia reaccionaron a esta terrible noticia con silencio apático, pero se
unieron para apoyarse. Ella decidió ver su cáncer como desafío en lugar de
catástrofe. La determinación de Ellen provocó la misma reacción en familia y
amigos. Todos colaboraron para ayudarla a continuar los estudios mientras
recibía sus tratamientos.
Muchas
veces los hermanos, maestros y amigos de Ellen le llevaban libros o empujaban
su silla de ruedas por los pasillos de la escuela. Un tutor la acompañaba en
casa cuando estaba demasiado débil para ir a la escuela. De alguna manera,
mantuvo sus calificaciones y se graduó con su clase con una ovación de todos
puestos de pie.
Cuando
sus amigos se marcharon a la universidad ese otoño, ella les dijo entre
lágrimas: "¡Los veré el próximo semestre cuando termine mis
tratamientos!".
“Somos
familia cristiana muy unida”, dijo su madre. “Cuando alguno de nosotros tiene
un problema, todos lo compartimos. Luchamos juntos”. Y vaya si lucharon.
“Mi
princesa es una luchadora; ¡el cáncer no la detendrá!” dijo su padre.
Pero
el cáncer la detuvo; la respuesta a diversos tratamientos fue deficiente y la
enfermedad se propagó a un ritmo alarmante. Los sueños de Ellen de ir a la
universidad y crecer comenzaron a desvanecerse. Su interés por el mundo exterior
disminuyó; las visitas de sus amigos ya no captaban su atención. Solo quería
estar cómoda en casa, con su familia.
Como
nada la ayudaba, Ellen decidió suspender los tratamientos; sus buenos momentos
eran cada vez más cortos y menos frecuentes. A medida que se debilitaba y
perdía la capacidad de cuidar de sí misma el médico instó a la familia a llamar
a un centro de enfermos terminales para recibir la ayuda de cuidados paliativos
y orientación durante las últimas etapas de la enfermedad. La familia se
resistió.
—No
necesitamos a nadie de fuera —dijo la madre—. Podemos arreglárnoslas solos.
El
médico insistió. «Ellen se está debilitando demasiado para venir a mi
consulta», explicó. «No hago visitas a domicilio y quiero que la vigilen
profesionales para asegurarme de que esté lo más cómoda posible».
“Confiamos
en tu criterio, así que lo pensaremos”, dijo el padre de Ellen. “Nos preocupa
que piense que todos la hemos perdido si oye la palabra 'terminal'”.
Pasó
casi un mes antes de que los padres de Ellen nos llamaran. Para entonces su
estado había empeorado drásticamente. Ahora estaba confinada en cama y
experimentaba un dolor cada vez mayor.
Cuando
entré con mi coche al rellano de la casa, en mi primera visita, el padre de
Ellen estaba de pie, decidido, esperándome fuera de la puerta de acceso al
hogar.
—No
vas a hablar con ella sobre la muerte, ¿verdad? —preguntó—. Tenemos que ser
fuertes por ella.
Le
aseguré que me interesaba conocer a Ellen y a su familia, y que solo hablaría
de lo que ella quisiera, pero le dije que le preguntaría mucho sobre su
comodidad. Quería especialmente que Ellen se sintiera cómoda conmigo.
Es
común, al principio, que la familia reciba a la enfermera de cuidados
paliativos con una advertencia: "¡No le digas nada sobre la muerte! ¡No lo
sabe y no podría soportarlo!". Momentos después el paciente dice a la
enfermera, en privado: "¡No le digas nada a mi familia sobre mi muerte!
¡No lo saben y no podrían soportarlo!". Con apoyo y ánimo, tanto el
paciente como la familia pueden poner fin a esta conspiración compasiva y
avanzar hacia una comunicación honrada y abierta.
—Se
niega a tomar sus analgésicos", dijo el padre de Ellen, apoyado en mi
coche. Sabe que es un narcótico y no quiere volverse drogadicta.
"Trabajaré
con las necesidades de Ellen, como ella quiera", dije. "Es importante
que tenga la información correcta para que pueda hacerlo a su manera y con la
mayor comodidad posible".
Su
padre parecía aliviado. "No podemos creer que le esté pasando esto",
dijo conteniendo las lágrimas. "De verdad no queremos complicarles el
trabajo, pero ya ha sufrido tanto que no queremos que digan ni hagan nada que
la moleste".
“Entiendo
su preocupación. Creo que se sentirán más cómodos cuando me conozcan un poco
mejor. ¿Qué les parece si nos visitamos un ratito?“. Aún algo recelosos, los
padres de Ellen me permitieron entrar a conocer a su hija.
Cada
hueso de Ellen estaba claramente definido por su severa pérdida de peso, lo que
la hacía parecer un frágil potrillo. Estaba rodeada de almohadas grandes y
mullidas. Su madre y yo nos sentamos, una en cada uno de los lados de la cama,
mientras su padre montaba guardia, posicionándose detrás de la cabecera de la
cama, donde podía indicarme rápidamente que parara si la conversación abordaba
un tema tabú.
Ellen
parecía cómoda y contenta de conocerme. "Sería genial si pudieras darnos
algunas sugerencias para facilitar esto a mis padres", dijo. "Es
mucho trabajo para ellos".
"¿Sabes
qué, Ellen?", dije, "eso es justo lo que dijeron tus padres de ti. He
oído que tú también te has esforzado mucho. ¿Qué tal si colaboramos para que
esto sea más fácil para todos?" pregunté mientras. Ellen sonreía
asintiendo y su padre se relajaba visiblemente.
Poco
a poco la discusión fue girando hacia el dolor y su miedo a la adicción.
"¿Tomarías
este medicamento si no estuvieras enferma ni sintieras dolor?", pregunté.
"¿Lo usarías para evadirte o porque te gusta sentirte bien?"
“¡Por
supuesto que no!” respondió Ellen indignada.
Le
expliqué que el miedo a la adicción es común. Algunas personas se vuelven
adictas por el abuso de analgésicos y tranquilizantes. Sin embargo, la adicción
es el resultado del uso de medicamentos para satisfacer necesidades físicas y psicológicas. Cuando los medicamentos se usan
adecuadamente para satisfacer necesidades físicas, la adicción no suele ser un
problema. La tolerancia física puede presentarse con un medicamento usado a lo
largo del tiempo, pero se controla fácilmente aumentando la dosis para mantener
el bienestar. Le dije que la adicción también debe incluir dependencia
psicológica; no puede existir sin ambos
componentes. Por lo tanto, utilizados en el contexto adecuado, los analgésicos
no necesariamente causan adicción.
Le
expliqué que si Ellen tomara una dosis menor de su analgésico regularmente,
incluso cuando no se sintiera incómoda, probablemente no tendría episodios de
dolor intenso que requirieran las dosis mayores que tomaba irregularmente, ni
estaría tan sedada.
“Lo
probaré así durante dos días y veremos, ¿de acuerdo?”, preguntó.
—De
acuerdo —dije—. Iremos paso a paso. ¡Tú mandas!
Después,
el padre de Ellen me acompañó hasta mi coche.
"¿Le
parece bien que la visite dos o tres veces por semana?", pregunté.
"Creo que se puede hacer más para ayudarla. Obviamente Ellen se preocupa
tanto por usted y su esposa como usted por ella".
"¿Podríamos
intentarlo un mes y luego decidir?", preguntó. Estaba claro que para esta
familia era importante tener el control.
—¡Claro!
—dije—. Puede despedirme cuando quieras.
Durante
casi un mes la familia cuidó bien de Ellen y compartió momentos tranquilos y
tiernos con ella hasta que un día recibí una llamada telefónica frenética de la
madre de Ellen.
"Salgan
rápido", dijo. Podía oír a Ellen lamentándose de fondo. "¡Nos estamos
volviendo locos!"
Cuando
llegué Ellen se revolvía en la cama, aparentemente angustiada, mientras sus
padres trataban en vano de calmarla.
"¿Dónde
está el mapa?", gritó. "¡Estoy perdida!"
Esa
mañana, los padres de Ellen la habían trasladado a la habitación contigua a la
de abajo. Puesto que su voz se debilitaba temían no oírla si pedía ayuda
durante la noche.
Pensando
que la mudanza la había confundido, subieron y bajaron corriendo las escaleras
trayendo objetos familiares de su antigua habitación en un intento de
reorientarla. Cuanto más corrían y más traían más confusa y molesta se ponía
Ellen. Los apartó, y su ansiedad y frustración aumentaron.
"¿Dónde
está el mapa?", gritó. "¡Si pudiera encontrarlo, podría irme a casa!
¿Dónde está el mapa? ¡Quiero irme a casa!"
Su
padre incluso salió corriendo a comprar un mapa de su ciudad y lo puso en la
pared junto a su cama, pensando que la ayudaría. Pero ella se enfadó más.
Cuando
los analgésicos adicionales que le di no ayudaron, llevé a los padres aparte.
“¿Podría
estar hablando de otra casa?”, pregunté.
—No
tenemos otro hogar —dijo su madre—. Pero siempre hemos considerado el Cielo
como nuestro futuro hogar. ¿A eso se refiere? ¿Crees que ya se está muriendo?
—No
parece que Ellen se vaya a morir pronto —dije—. Pero con lo enferma que está,
es posible.
Sus
padres decidieron que tal vez se estaba refiriendo al Cielo y trataba de
decirles a través de su “confusión” que moriría pronto.
Entramos
a la habitación de Ellen. Sus padres se sentaron a ambos lados de su cama, le
tomaron las manos y la besaron.
“Ellen,
está bien”, dijeron. “Encontrarás el mapa y
encontrarás el camino; entendemos lo que está
pasando y estamos aquí, contigo”.
Ellen
se tranquilizó enseguida, se tranquilizó y quedó dormida. Mientras sus padres,
sentados allí, le acariciaban las manos, también se tranquilizaron. La crisis
parecía resuelta, así que me fui en silencio.
Al
día siguiente, siendo sábado, pedí a la enfermera de guardia que los contactara.
“Llamé
para decirles que estaría por aquí”, relató la enfermera más tarde. “Aunque
dijeron que todo estaba bien, les dije que me gustaría pasar a hacerles una
visita rápida esa misma tarde”.
“Cuando
lo hice, Ellen se despertaba fácilmente, pero tenía mucho sueño, y parecía
bastante cómoda”, continuó. “Sus padres y hermanos parecían estar bien; se
turnaban para sentarse con ella y tomarle la mano. Se habían turnado durante la
noche para que todos pudieran descansar. No vi ningún problema.
Ellen
dormía, así que todos estaban en la sala hablándome cuando murió sin previo
aviso, en silencio y en paz. Nos quedamos muy sorprendidos, pero la madre de
Ellen dijo: «Le preocupaba mucho que esto fuera demasiado duro para todos. ¿No
es curioso que muriera cuando la enfermera estaba aquí para acompañarnos?». Se
reunieron alrededor de su cama y la abrazaron, murmurando sus despedidas.
Llorando, su madre dijo: «Ya está en casa. Encontró el mapa».
Los
moribundos suelen usar la metáfora del viaje para alertar a quienes los rodean
de que les ha llegado el momento de morir. También se preocupan profundamente
por el bienestar de sus seres queridos, y se preguntan: "¿Lo entienden?
¿Están listos? ¿Van a estar bien?". Parece que los moribundos necesitan
permiso para morir. Si se les da ese permiso se les proporciona un gran alivio.
La ausencia del mismo puede dificultar y prolongar el proceso de morir. Los
moribundos saben intuitivamente cuándo y, a menudo, por qué se les niega este permiso debido al
comportamiento de quienes los rodean. Esta negativa indica que sus seres
queridos no comprenden su lucha ni están emocionalmente preparados para
afrontar la irrevocabilidad de la partida.
Observa
la angustia de los padres de Ellen, subiendo y bajando las escaleras a toda
prisa, trayendo más cosas de la habitación de Ellen, y date cuenta de la
ansiedad de Ellen, llorando y retorciéndose en la cama, intentando sin éxito
comunicarse con su familia. Compáralas con la escena de Ellen descansando en
paz, con su familia tomándole la mano en silencio, y acompañándola.
Se
puede ver cómo la familia de Ellen le proporcionó lo que necesitaba al hacerle
saber que entendían los mensajes que, desesperadamente, quería darles: "Estoy
muriendo, es hora de mi viaje fuera de esta vida, necesito saber que lo
entiendes y estás listo; necesito tu permiso para irme".
Si
una familia puede comprender y responder a un moribundo como lo hizo la familia
de Ellen, todos los involucrados pueden compartir el consuelo y la paz
resultantes.
CAPÍTULO SEIS. PREPARÁNDOSE PARA EL VIAJE O EL
CAMBIO: “ME PREPARO PARA SALIR”.
Contrariamente a la creencia popular, o quizás a una
ilusión —debido a nuestra incomodidad ante la muerte—, quienes mueren saben que
están muriendo, incluso si nadie más lo sabe o se lo ha dicho. Intentan
compartir esta información mediante un lenguaje simbólico para indicar la
preparación para un viaje o cambio inminente. Viajar es una metáfora clara que
se usa a menudo para describir esta necesidad de avanzar, de morir.
Muchos
aceptan este conocimiento de su muerte inminente sin ansiedad ni miedo, pero
podrían necesitar validación o información sobre cómo será el proceso de morir.
Algunos experimentan aprensión, a menudo debido a la profunda preocupación de
que familiares y amigos no acepten esta realidad o no estén preparados para la
irrevocabilidad de su partida.
DIONISIO.
A sus
cincuenta y cinco años Dionisio era hombre tranquilo y cariñoso que había
pasado años de trabajo como cartero. Él y su esposa, Ruth, habían criado a
cuatro hijos en una casa de tres habitaciones que él había ampliado y
mantenido, utilizando sus considerables habilidades como manitas. Nunca fueron
pobres, no eran ricos, pero la situación estaba mejorando. Los tres hijos
mayores habían terminado la universidad y tenían buenos trabajos; el menor
estaba a punto de graduarse. Por primera vez, Dionisio y Ruth podían ahorrar
dinero.
Uno
de sus sueños era comprar un velero. Tras una cuidadosa planificación,
compraron una embarcación de seis metros a la que llamaron «Nuestro Turno». Cada fin de semana, Dionisio y Ruth
conducían hasta la costa y pasaban horas allí, a menudo preparando la cena en
la pequeña cocina y pasando la noche del sábado a bordo. Con mal tiempo,
dejaban el barco en el amarre y se dedicaban a barnizar la madera y pulir el
cromo mientras hablaban de los viajes que harían cuando el cielo se despejara y
el mar se calmara. Pero los mejores tiempos solo duraron dos años.
A Dionisio,
con cincuenta y siete años, le diagnosticaron cáncer de páncreas que se había
extendido a hígado y pulmones. Él y Ruth sabían que era una enfermedad
terminal, pero esperaban que el tratamiento le diera algo de tiempo.
No le
aportó mucho. Los efectos secundarios de la quimioterapia fueron graves; no
parecía estar retrasando el crecimiento del cáncer así que su médico recomendó
suspenderla. Dionisio se deterioraba rápidamente. Lo derivaron a un programa de
cuidados paliativos y lo ingresaron en la unidad de hospitalización
correspondiente.
Ruth
lo visitaba a diario y volvía a casa a dormir. Una noche, justo después de
medianoche, fui a ver si Dionisio por si necesitaba algo.
—Bueno,
¿cómo está la marea esta noche? — me preguntó Dionisio, tomándome por sorpresa.
—No
lo sé —dije—. ¿Quieres que lo averigüe?
Dionisio
sonrió. «Oh, no, en realidad no importa», dijo. «De todas formas, no estaré
aquí cuando vuelvas».
Le
pregunté que qué quería decir con eso, y solo sonrió y miró al vacío. Le
pregunté si intentaba decirme algo si, tal vez, es que estaba yéndose. La única
respuesta fue una sonrisa amable. No vi señales de que la muerte estuviera
cerca, pero creí que lo que había dicho podría ser importante. Llamé a Ruth, le
describí nuestra conversación y le ofrecí mi interpretación: Dionisio podría
estar haciéndonos saber que estaba cambiando y que tal vez estaba a punto de
morir. Ruth dijo que le pediría a su hijo Scott que la llevara de vuelta a la
unidad de cuidados paliativos.
Al
regresar a la habitación de Dionisio le dije que todavía no sabía nada sobre la
marea pero que Ruth y Scott llegarían en una hora aproximadamente. Volvió a
sonreír.
Me
quedé con él hasta que llegaron. Durante ese intervalo asintió o sonrió en
respuesta a mis preguntas y comentarios, pero dijo poco. Cuando su esposa y su
hijo entraron en la habitación les sonrió y cerró los ojos por última vez.
Durmió
el resto de la noche con Ruth a su lado y Scott en la habitación contigua.
Justo antes de las cinco de
la mañana dejó de respirar y falleció.
Mientras
esperábamos que llegara el director del funeral, Ruth y Scott me dijeron lo
contentos que estaban de haber estado allí cuando Dionisio murió; le di todo el
crédito a Dionisio y a su breve y sencillo mensaje.
—¡Pero
de alguna manera era típico de él! —dijo Ruth—. Quería saber de la marea,
quería que tuviéramos un pequeño aviso y quería que yo estuviera con él.
Por
sus propias razones, algunas familias no pueden comprender ni responder a estos
mensajes. Es importante no ser críticos, sino sensibles a sus necesidades. El
moribundo aún tiene necesidades, pero en tales situaciones la responsabilidad
recae en otra persona: quizás la enfermera, el sacerdote o un amigo.
JORGE.
Encantador,
elocuente y bien organizado —gracias en gran parte a su carrera en el Ejército,
del que se había retirado como teniente coronel—, Jorge rondaba los sesenta y
cinco años. Tras el servicio militar, Jorge se había labrado una segunda
carrera como consultor.
Su
primera esposa había fallecido cuando él tenía cuarenta y cuatro años; no
tuvieron hijos. A los sesenta y dos, Jorge se volvió a casar con Joan quien
había enviudado dos veces. Apenas dieciocho meses después de la boda a Jorge le
diagnosticaron cáncer de colon. Se operó y parecía recuperarse bien cuando el
cáncer hizo metástasis incurable en el hígado. Durante seis meses se deterioró,
debilitándose tanto que tuvo que abandonar la lectura que amaba: después de un
titular o dos dejaba el periódico, demasiado cansado para continuar.
Le
encontramos un voluntario, un exmilitar, que lo visitaba y le leía. Fue un
alivio para Joan, que aprovechaba su ayuda para ir de compras con su hija o
pasar tiempo con sus nietos.
Un
día, cuando llegué, me saludó con tristeza.
"Bueno,
ya no está", dijo. "No tiene ningún sentido".
Le
pregunté por qué pensaba eso.
“Él
me sigue pidiendo que le traiga sus papeles, su pasaporte y su billete”, dijo
Joan, con aspecto preocupada y retorciendo un pañuelo entre sus dedos.
Mencioné
que hablar de viajes a menudo es la forma en que los moribundos hablan de la
muerte; le pregunté si pensaba que eso podría suceder con Jorge.
—No,
no —dijo Joan—. Está divagando, pensando en todos esos viajes que ha hecho a lo
largo de los años.
Estuve
de acuerdo en que Jorge probablemente recordaba experiencias de viajes
anteriores, pero sugerí que también podría estar revelando que estaba listo
para un viaje diferente —morir— y quería hablar de ello. Joan no quiso saber
nada de eso, repitiendo que lo que decía no tenía sentido. Ni siquiera quiso
entrar en la habitación de Jorge conmigo.
Pude
ver que Joan estaba emocionalmente agotada. Había enterrado a dos maridos tras
cuidarlos durante enfermedades similares a la de Jorge, y se refugiaba en la
convicción de que él no sabía qué estaba pasando ni quién estaba con él. Esto
le permitió distanciarse de otro roce con una experiencia emocionalmente
dolorosa. Estuvo de acuerdo en que estaría bien si le preguntaba a Jorge qué
quería decir y si necesitaba algo más.
Cuando
entré en la habitación de Jorge él parecía ansioso, pero me saludó como solía
hacer.
“¿Cómo
estás hoy?” le pregunté.
“Bueno,
no como mucho”, dijo Jorge. “Me siento más débil, salí a dar una vuelta por el
jardín en silla de ruedas y el dolor no me molesta. Pero no encuentro mi
pasaporte. ¿Sabes dónde está mi billete?”
—Parece
que planeas ir a algún sitio —respondí. Jorge asintió.
“¿Vas
a hacer un viaje?”
Asintiendo
nuevamente, Jorge dijo: "No tengo mis papeles".
—¿Hablas
de otro tipo de viaje? —pregunté—. ¿Quizás de irse de aquí? ¿Quizás de morir?
Jorge
respondió aliviado a esta sugerencia. Asintió, abrió la boca como si fuera a
hablar y luego se encogió de hombros.
—Si
te refieres a ese viaje, no necesitas pasaporte ni billetes —dije—. ¿Te
preguntas qué necesitas? ¿Me preguntas cómo será?
Esta
vez asintió con más fuerza. Sonrió y dijo: «Sí, tengo que prepararme».
Me
senté a su lado y comencé a explicarle lo que probablemente experimentaría.
Deteniéndome con frecuencia para asegurarme de que era lo que quería saber, le
describí de la forma más sencilla posible cómo probablemente llegaría su
muerte. Se debilitaría cada vez más. Podría debilitarse tanto que no podría
moverse, hablar, ni siquiera tragar; en ese caso, le administrarían el
analgésico de otra manera: una inyección, un supositorio o un líquido
sublingual en lugar de pastillas que tragar. La respiración se ralentizaría, se
volvería suave y silenciosa, y luego se detendría.
"¿Me
dolerá?", preguntó. "¿Sufriré?"
—No
—dije—. Se mudaría a un lugar de luz, calidez y paz; nada de esto le causaría
dolor ni miedo. Mis palabras parecieron calmar la ansiedad de Jorge. Le
pregunté si creía que debía hacer algo para prepararse para este viaje.
“Joan
no sabe de pasaportes ni de billetes”, dijo.
"¿Te
preguntas si ella entiende que te estás muriendo?", pregunté.
Jorge
asintió en señal de asentimiento.
—Creo
que sí —dije—. Pero se lo explicaré de nuevo, si quieres.
De
nuevo asintió, me sonrió y en un instante volvió a hablar de su cambio de
apetito. Vivió diez días más, preguntando a veces por su pasaporte o sus
papeles, pero sin angustiarse. Parecía estar comprobando que todo estuviera en
orden, queriendo asegurarse de que los preparativos para su último viaje
estuvieran listos lo más suave posible, y que Joan estuviera preparada para su
partida.
Aunque
agradecía el apoyo que le brindábamos, Joan nunca pudo hablar con Jorge sobre
la muerte; sin embargo se sentía tranquila cuando alguien más lo hacía. Pudo
demostrarle su amor y preocupación ayudándole con su cuidado físico.
Al igual que Joan, algunas familias tienen necesidades
que les impiden comprender o responder al lenguaje simbólico de un moribundo.
En tales casos puede ser necesario que otros intervengan. Joan necesitaba
empatía y apoyo; Jorge necesitaba información.
Puede
parecer extraño o cruel decirle a alguien que se está muriendo: "Creo que
vas a morir pronto; probablemente así será...". Pero la mayoría de los
moribundos saben que se están muriendo. No les molesta esa franqueza; al
contrario, la reciben con agrado. Suelen tener miedo, no de la muerte ni de lo
que viene después, sino de lo que sucederá antes de morir. A menudo desean la
confirmación de que se están muriendo y una descripción de cómo será. Para
quienes buscan esta información, recibirla es menos aterrador que desconocerla.
De la misma manera, la seguridad de que sus familiares saben que la muerte se
acerca y están preparados para ella proporciona alivio a los moribundos.
La siguiente familia no sólo comprendió rápidamente el
concepto de Conciencia de la Muerte Próxima sino que también estaba
entusiasmada con la oportunidad de entender mensajes importantes de su esposo y
padre moribundo.
PABLO.
Elisa
describió a su esposo como un "genio" y. en muchos sentidos, no
exageraba. Pablo, exitoso y respetado ingeniero aeronáutico, fue contratado a
temprana edad por la NASA para trabajar en varios transbordadores espaciales.
“Pablo
siempre tiene un montón de proyectos en marcha. Puede arreglar o construir
cualquier cosa. Le encanta estar activo”, dijo Elisa.
Debido
a su cáncer de próstata y la consiguiente pérdida de peso, Pablo tenía la
presión arterial tan baja que cada vez que intentaba ponerse de pie ésta bajaba
aún más y se desmayaba. Por ello pasaba la mayor parte del tiempo en cama o en
un sillón reclinable de su habitación. A pesar de varios medicamentos no
pudimos mejorar su situación.
"Este
no es su estilo. No aguantará esto mucho tiempo", dijo Elisa.
Cuando
Pablo mostró los primeros signos de confusión, les expliqué el concepto de
Conciencia de la Muerte Próxima a Elisa y a sus hijas, de doce y dieciséis
años. Les sugerí que escucharan atentamente todo lo que Pablo decía. Parecían
fascinadas y entusiasmadas.
“Deberíamos
ser buenos en esto. ¡Es tan listo que me he pasado la vida intentando averiguar
de qué demonios está hablando!” Elisa rió.
A Pablo
le fascinaba la astronomía, especialmente los eclipses lunares. Uno de ellos
iba a ocurrir en unas semanas. A menudo decía lo mucho que deseaba
presenciarlo.
"Arregla
esta maldita presión para que pueda ponerme de pie y verla, ¿vale? Esta podría
ser mi última oportunidad de ver una", dijo.
Pero
su presión arterial no mejoró lo suficiente como para que pudiera ser más
activo. Al darse cuenta de que su petición era inútil, Pablo se volvió hosco y
retraído, aparentemente sin interés en lo que sucedía a su alrededor.
Al
día siguiente del eclipse, su hija mayor dijo: "¿Sabes qué? Papá soñó con
el eclipse anoche. Aunque no pudo verlo tenía mucho que decir sobre cómo se
veía y dónde estaba. Le dije que parecía que tenía un asiento en primera fila.
Simplemente sonrió. Mi hermana pequeña dijo: "¡Quizás sí!".
Unos
días después, Elisa llamó.
"No
sé, parece raro hoy", dijo. "¡Pero no nos dice qué le pasa!"
Acepté
ir a revisarlo. Un rápido examen físico no reveló cambios significativos, pero
tenía el ceño fruncido por la concentración. Su comportamiento normalmente
tranquilo había cambiado; parecía ocupado, preocupado, casi molesto por nuestra
interrupción.
—¿Qué
pasa, Pablo? —pregunté—. ¿Hay algo diferente?
“Estoy
tratando de averiguar cómo puedo tomar la casa y todo lo que hay en ella”,
dijo.
“¿Llevar
la casa adónde?” pregunté.
—¡Conmigo!
—dijo, con aspecto irritado e indignado. Elisa abrió mucho los ojos.
“¿Llevar
también a la gente de la casa?”, preguntó.
“¡Por
supuesto!” dijo.
“¿Hay
algo que podamos hacer para ayudar?” pregunté.
—¡No,
tengo que hacerlo yo solo! —dijo. Luego se giró de lado y se durmió.
En la
cocina pregunté a Elisa y a las niñas qué creían que significaba todo esto.
"Me
alegro de que haya visto el eclipse, porque realmente quería hacerlo",
dijo su hija menor.
—Quizás
no quiera dejarnos ni dejar esta casa. ¿Sabías que la construyó él mismo?
—preguntó la hija mayor. Estuvimos de acuerdo en que era posible.
Durante
la semana siguiente, Pablo habló con su familia a menudo y con gran detalle
sobre sus planes de llevarse a su familia y su casa con él cuando muriera:
excavaría los cimientos, sellaría las líneas de agua y gas, almacenaría
alimentos y construiría un sistema de calefacción autónomo.
Entonces
un día Elisa encontró a Pablo muy callado, sin mucho que decir.
—¿Qué
te pasa, Pablo? —preguntó—. ¡Qué callado estás! ¿Pasa algo? —Se le llenaron los
ojos de lágrimas.
"No
es ni práctico ni posible", dijo.
—Lo
sé —dijo ella abrazándolo fuerte.
“Pero
nunca olvidaremos cuánto te esforzaste”, continuó entre lágrimas. “Trabajaremos
juntos para cuidarnos mutuamente y cuidar tu hermosa casa. Te queremos y te
vamos a extrañar. Será difícil sin ti, pero estaremos bien”.
A
partir de esa conversación Pablo dejó de hablar. Sus únicas respuestas eran
asentir o negar con la cabeza, pero parecía muy tranquilo. Al día siguiente entró
silenciosamente en coma; Pocas horas después, con Elisa y las niñas a su lado,
murió.
En su
funeral, Elisa y las niñas contaron la historia a algunos de los compañeros de
trabajo de Pablo.
"¿No
es típico de Pablo intentar lo imposible?", dijo Elisa con una risita.
"¡Si alguien hubiera podido encontrar la manera de llevarse a su familia y
su casa, ese habría sido Pablo!"
El
regalo de compartir, amar y preocuparse que Pablo ya le había dado a su familia
les ayudaba a lidiar con su pérdida y dolor.
La forma en que se presentaron los mensajes de este
capítulo refleja las personalidades y experiencias de quienes los enviaron.
Algunos mensajes son largos, detallados y repetidos. Otros son breves y
fugaces. Algunos son confusos, otros clarísimos. Todos transmitían el mensaje:
«Me preparo para partir».
Dionisio,
que amaba los barcos, simplemente preguntó una vez sobre la marea mientras se
preparaba para su último viaje, mientras el ingeniero Pablo se sumergía en el
complejo y finalmente insoluble problema de llevarse a su familia y su casa con
él.
Jorge,
siempre un militar preciso, recordó a quienes lo rodeaban que necesitaba sus
papeles y pasaporte.
En el
centro de cada mensaje se encuentra la noticia de que los moribundos saben que
se están muriendo, quizás antes que nadie. En lugar de ansiedad ese
conocimiento puede ir acompañado de la necesidad de información sobre el
proceso de morir o de la preocupación por sus seres queridos. La información
sencilla, breve y concisa, ayuda a disipar esos temores. Las garantías de la
familia —de que estarán bien y que saben lo que está pasando— a menudo brindan
la paz que un moribundo necesita. De ser posible, dicho consuelo debe provenir
directamente de la familia; si no es posible, una tercera persona puede —y
debe— intentar tranquilizar y consolar a la persona.
CAPÍTULO SIETE. ESTAR EN PRESENCIA DE ALGUIEN QUE NO ESTÁ VIVO: “NO ESTOY SOLO”.
El tema más frecuente en la Conciencia de la Muerte
Próxima parece ser la presencia de alguien que no está vivo. El momento varía;
la experiencia puede ocurrir horas, días o, a veces, semanas antes del
fallecimiento.
Los
moribundos suelen interactuar con alguien invisible para los demás: les hablan,
sonríen o les asienten. A veces interviene más de una persona invisible.
La
identidad de la persona invisible suele ser evidente para los moribundos.
Generalmente reconocen a alguien significativo en sus vidas —padre, madre,
cónyuge, hermano, amigo— que ya ha fallecido. Suele haber una sensación de
placer, incluso de alegre reencuentro al volver a ver a esa persona. Algunos
ven figuras religiosas —quizás ángeles o espíritus—. Incluso cuando no
reconocen la figura que ven no parecen perturbados ni asustados. La mayoría
acepta estas presencias sin rechistar.
No se
requiere formación ni experiencia profesional para escuchar y comprender estos
mensajes especiales. Dado que la familia y los amigos conocen a fondo la
personalidad y la experiencia vital de una persona, suelen ser los más
capacitados para encontrar mensajes ocultos. Un amigo de Nueva Inglaterra nos
contó la siguiente historia:
ESTEBAN.
Esteban,
joven ingenioso con un gran sentido del humor, era el menor de una familia
numerosa y divertida de Boston. Hasta que empezó su carrera profesional, pasaba
los veranos en la casa familiar de la playa en Cape Cod. Allí se hizo amigo
inmediato de Ralph, su vecino, cuya familia venía cada verano desde Ohio. Ambos
eran ávidos nadadores; la madre de Esteban los llamaba "el dúo
diabólico", ya que sus veranos estaban llenos de actividad y travesuras.
Ambos
chicos se graduaron de la universidad y se consolidaron en buenas carreras pero,
lamentablemente, ese fue el final de sus despreocupados veranos juntos. Rara
vez se veían y, salvo por las tarjetas de Navidad, no se escribían.
Un
trágico accidente automovilístico dejó a Esteban paralizado del cuello para
abajo a los veintisiete años. Tras pasar muchos meses en el hospital, y luego
más tiempo en un centro de rehabilitación, su familia decidió intentar cuidarlo
en casa pero en dos meses se cansaron de sus necesidades las veinticuatro horas
del día. Con gran pesar, y una terrible sensación de fracaso, lo internaron en
una residencia de ancianos.
Con
todo, y con eso, Esteban no había perdido el sentido del humor. A pesar de no
poder hacer nada por sí mismo, amenazó con escaparse si las enfermeras no lo
consentían.
“Pero
era fácil malcriar a Esteban”, dijo una enfermera a su madre. “Le gustaba estar
en su silla de ruedas en el pasillo para estar en el centro de todo. ¡Era un
loco! ¡Nos hacía reír a todos! Cuando algún paciente estaba molesto o
deprimido, lo animábamos a que viniera a visitarnos, ¡y era tan bueno con los
nuevos pacientes que lo llamábamos 'el hombre del carro de bienvenida'!”
Desafortunadamente,
como es común en personas tetrapléjicas como Esteban, desarrolló una neumonía
que no respondió al tratamiento. Esteban falleció. Su familia quedó devastada y
una oleada de dolor recorrió la residencia de ancianos.
Semanas
después llegó una carta con matasellos de Ohio. La corresponsal se identificaba
como la viuda de Ralph. Escribía para informar que Ralph había fallecido
recientemente de cáncer. Ralph desconocía la parálisis o la muerte de Esteban.
Sin embargo, en las últimas semanas antes de morir, Ralph empezó a tener
visiones. Al principio su esposa lo atribuyó a confusión. Justo antes de morir,
y justo después de la muerte de Esteban, Ralph se incorporó.
—¡Mira!
—dijo emocionado—. ¡Ahí viene Esteban! Viene a llevarme a nadar.
La
familia de Esteban encontró un gran consuelo en esa carta y en la idea de que
en algún lugar Esteban estaba completo nuevamente, haciendo lo que amaba.
"¡El
'Dúo Diabólico' ha vuelto a las andadas!", dijo la madre de Esteban. Y la
viuda de Ralph se consoló al saber que el amigo de la infancia de su marido
había venido a buscarlo; no había muerto solo.
Es
interesante notar que esta historia reafirma lo que se ha reportado en otra
literatura: la creencia de que en la próxima vida estaremos completos y
perfectos, independientemente de nuestras limitaciones físicas o pérdidas en
esta vida.
FREDO.
Fredo,
su esposa Ann, y su única hija, Ruth, formaban una familia muy unida. Ann y Fredo
tenían más de ochenta años; Ruth, de cuarenta y siete, vivía con ellos. Fredo
se estaba muriendo de cáncer de próstata que se había extendido a huesos y
pulmones. A pesar de su edad, Ann pudo cuidarlo en casa, con la gran ayuda de
Ruth.
Fredo
estaba mentalmente alerta, pero su cuerpo se debilitaba. Siguió viviendo más de
lo que parecía posible. Esto fue muy duro para Ann; se dio cuenta de que Fredo
estaba listo para morir y no entendía por qué no lo hacía. También fue duro
para Ruth; además de sentirse triste por la enfermedad de su padre, le
preocupaba cuánto tiempo podrían, ella y su madre, seguir cuidándolo.
Un
día le pregunté a Ann si creía que Fredo podría estar aferrándose a ella porque
estaba preocupado por cómo se las arreglaría ella sin él.
"Es
muy probable", dijo Ann.
“¿Qué
te parece si discutimos esto con él?”, pregunté.
—Me
parece lógico —dijo Ann—. Pero no sé qué decir. ¿Podrías venir a ayudarme?
Ann
llamó a Ruth y entramos en el dormitorio. Se sentaron a ambos lados de Fredo,
tomados de la mano.
—Fredo,
¿tienes miedo de morir? —preguntó Ann.
“No”,
dijo.
"¿Estás
preocupado por algo?"
—Me
preocupa cómo te las arreglarás cuando me vaya —dijo. Intentó sonreírle, pero
sus ojos reflejaban ansiedad.
—No
tengas miedo de irte —dijo Ann—. Te voy a extrañar muchísimo, pero estaré bien.
Y sabes que pronto me reuniré contigo.
Durante
más de una hora, los tres se sentaron a conversar sobre diversas cosas.
Hablaron de la vida de Ann y Fredo, de cómo se conocieron en la playa y se
enamoraron, de cómo Ann se había convertido a la fe de Fredo, el judaísmo, y de
la importancia que su religión había tenido a lo largo de los años. Hablaron de
la alegría que sintieron al criar a Ruth y del amor que compartían. Entre estos
tiernos recuerdos, se intercalaban las instrucciones prácticas de Fredo a Ann
sobre cómo debía ocuparse de sus asuntos y seguir adelante con su vida después
de su muerte.
En un
momento dado Fredo se incorporó y agitó la mano con entusiasmo, como si quitara
de en medio un impedimento. De vez en cuando interrumpía la conversación para
mirar al otro lado de la sala, como si viera a alguien que nosotros no podíamos
ver. En una ocasión volvió a girar la cabeza y dijo con impaciencia: «¡Esperen,
todavía no estoy listo!».
Poco
después, tras haber hablado de su preocupación por Ann, haber dado consejos y
escuchado sus garantías de que se las arreglaría sin él, Fredo besó a Ann y a
Ruth para despedirse, se reclinó contra la almohada, respiró hondo unas cuantas
veces y murió.
Fredo
no dijo con palabras «Hay otras personas en la habitación», pero ciertamente
actuó como si así fuera. Su actitud implicaba que sabía quiénes eran y que no
estaba ni sorprendido ni asustado, solo impaciente, como si intentaran
apresurarlo. Ann y Ruth tampoco se sobresaltaron por los gestos y declaraciones
de Fredo; asumieron que hablaba con personas queridas que lo acompañarían en su
viaje.
Con frecuencia, familiares y amigos desconocen quién
visita el moribundo porque no preguntan. A veces el moribundo tampoco lo sabe,
pero no parece angustiarse.
MARTA.
Marta
tenía poco más de sesenta años. Estaba
muriendo de cáncer de útero que se había extendido por toda la pelvis. Viuda,
había vivido muchos años con su hija y su familia.
La
experiencia de Marta con personas invisibles no fue muy dramática, pero su
reacción fue típica. No se sorprendió ni se molestó en absoluto, e incluso pudo
expresar la alegría de ver lo que nadie más podía ver.
Varias
semanas antes de morir Marta me dijo: “¿Sabes quién es la niña?”
“¿Qué
niña?” pregunté.
—Ya
sabes, la que viene a verme —dijo—. La que los demás no pueden ver.
Marta
describió a varios visitantes que nadie más veía. Conocía a la mayoría —sus
padres y hermanas, todos fallecidos—, pero no podía identificar a un niño que
apareció con ellos. Eso no le preocupó.
"No
te preocupes", me dijo, "lo averiguaré antes de irme, o lo descubriré
cuando llegue. ¿Los has visto?"
—No,
no lo he visto —dije—. Pero creo que tú sí. ¿Están aquí ahora?
“Se
fueron hace un rato”, dijo Marta. “No se quedan todo el tiempo; solo van y
vienen”.
“¿Cómo
es cuando están aquí?”, pregunté.
"Bueno,
a veces hablamos, pero normalmente solo sé que están aquí", dijo Marta.
"Sé que me quieren y que estarán conmigo cuando llegue el momento".
“¿Cuando
llegue el momento?”
“Cuando
muera”, dijo Marta con naturalidad.
En la mayoría de los casos las personas que se ven son
familiares o amigos fallecidos pero, a veces algunos, cuentan ver un ángel, a
Dios o alguna otra figura religiosa. Un hombre dijo haber visto el rostro del
Señor; otro dijo: «Había un ángel de pie, junto a mi cama». Ni ellos ni las
personas que dijeron haber visto a estos seres espirituales se molestaron. Por
lo general hablaban con calma y parecían consolados y más tranquilos en
presencia de sus invisibles visitantes.
Nos
preguntábamos si las personas hablaban de seres espirituales o religiosos
porque estaban condicionadas a esperarlos por sus creencias religiosas, en
particular si creían en la vida después de la muerte. También nos preocupaba estar
proyectando nuestras creencias y expectativas en estas situaciones. Debido a estas
inquietudes nos interesó, especialmente, la siguiente situación.
ÁNGELA.
Ángela
era una música encantadora que falleció de melanoma a los veinticinco años.
Cuando ingresó en la unidad de cuidados paliativos pareció como si sus padres,
tres hermanos menores y varios amigos también lo hicieran. Sus padres se
turnaban para pasar la noche en su habitación y durante el día un pequeño grupo
se reunía allí.
El
melanoma comenzó como un lunar en el brazo y luego se extendió. Muchos de sus
síntomas más incapacitantes se debían a su efecto en el cerebro. Tenía el lado
izquierdo paralizado, estaba ciega y demasiado débil para levantarse de la
cama. Pero Ángela aún podía hablar y no estaba indefensa. El día que ingresó en
la unidad dijo con firmeza: «Sé lo que piensan los de los centros de cuidados
paliativos: no quiero nada de esas cosas espirituales, ni oraciones, ni
capellanes. ¡Eso no es lo mío! Soy atea. No creo en Dios ni en el Cielo».
El
personal respetaba la postura de Ángela pero a su madre le resultaba muy
difícil. Católica devota, no podía aceptar que su hija rechazara a Dios y la fe
en la que se había criado.
“Todos
mis niños creen en Dios y van a la iglesia”, dijo la madre. “¡No sabemos qué
pasó con Ángela! Los criamos a todos igual, pero a ella nunca le gustó”.
Una
mañana oscura y fría de febrero acudí al timbre de llamada de Ángela. Su madre
había pasado la noche allí, y cuando abrí la puerta Ángela se movió en cama.
“Hola,
Ángela, ¿qué puedo hacer por ti?”, dije.
“¿Alguien
vino aquí, a verme?” preguntó.
—No
lo creo, no vi a nadie. Aún no ha amanecido y no hay nadie más —dije—. ¿Por qué
lo preguntas?
“Vi
un ángel.”
Me
senté en la cama y le dije: “Dime qué pasó”.
Con
una sonrisa Ángela dijo: “Cuando desperté había un ángel sentado a la luz de la
ventana”, y describió sentirse muy atraída por este ser, que irradiaba calidez,
amor y cariño. Su madre saltó de la cuna y exclamó: «¡Ángela, es una señal de
Dios!».
—¡Mamá,
no creo en Dios! —respondió Ángela, ahora exasperada.
—Eso
no importa —dijo la madre—. ¡Has visto a Dios o, al menos, a uno de sus
mensajeros!
"¿Acaso
importa quién sea?", espetó Ángela. "¿No basta con saber que hay
alguien tan cariñoso y atento esperándome?"
«Ángela,
¿qué crees que significa?», pregunté.
“No
creo en ángeles ni en Dios, pero alguien estuvo aquí conmigo. Quienquiera que
haya sido me ama y me espera. Así que significa que no moriré sola”, dijo
recuperando la sonrisa. Los ojos de su madre se llenaron de lágrimas y abrazó a
su hija mientras decía: "Cariño, no importa quién sea, ¡me alegra mucho
que esto haya pasado!"
Más
tarde, afuera de la habitación de Ángela, su madre comentó: "Sé que era
Dios o un ángel, y ella insiste en que no puede ser; ya sabes lo terca que
puede ser. Pero lo que importa es que sucedió; ¡no importa cómo llamemos a la
persona!". Ella se dio cuenta de que el miedo de su hija a la soledad de
la muerte se aliviaba al saber que esa presencia amorosa la esperaba.
Puede que a los moribundos no les moleste encontrarse con
presencias invisibles para otros, pero esas visitas pueden inquietar a
familiares, amigos y a algunos profesionales de la salud. "Sabes que mamá
lleva años muerta", podría decir un hijo a su padre moribundo. "¡No
es posible que la hayas visto!". O la respuesta podría ser: "Debes
estar soñando; quizá sean los medicamentos".
Estos
comentarios no ayudan. Por el contrario, generalmente disuaden a los moribundos
de compartir más de sus experiencias y pueden generar desconcierto.
Una
interpretación errónea, común de los mensajes de moribundos sobre presencias
invisibles, es que deben estar alucinando debido a los medicamentos. Esto puede
llevar a observadores bienintencionados a sugerir cambios potencialmente
desastrosos en el régimen de medicación del paciente.
PEDRO.
Antes
de que Pedro ingresara al programa de cuidados paliativos su principal problema
era el dolor. Hombre corpulento y rudo, se enorgullecía de su resistencia.
“No
creo en las pastillas”, dijo.
Su
patrón habitual era resistirse a tomar analgésicos. Cuando el dolor aumentaba
hasta el punto de no poder soportarlo tomaba una dosis que no surtía efecto
porque el dolor era, para entonces, muy intenso. Así que tomaba otra dosis, a
veces hasta tres o cuatro, antes de sentir alivio. La acumulación de dosis le
causaba somnolencia y desorientación, lo que aumentaba su aversión a los
medicamentos.
Cuando
Pedro llegó a nuestro programa le enseñamos a usar dosis pequeñas y regulares
de medicamento, cada cuatro horas. Esto le permitió controlar el dolor y
disfrutar de seis meses de tranquilidad.
Sin
embargo, cuando Pedro le mencionó a su hermana que había estado hablando con su
hermano, John, ella se preocupó: John llevaba muerto más de diez años. Un
vecino presente dijo que Pedro estaba alucinando a causa de los medicamentos y
le instó a que dejara de tomarlos. La hermana de Pedro me llamó. La visité para
evaluar su estado y le expliqué que los medicamentos no causaban las visiones.
Sugerí que, de hecho, Pedro realmente veía a John y la hermana lo aceptó sin
problema.
"John
era el mayor, querría vigilar a su hermano", dijo, y agregó que le ayudó
saber que alguien más de la familia estaría con Pedro tanto cuando muriera como
después de ello.
El
consejo del vecino podría haber provocado una pérdida de control del dolor y
ocasionado mucho sufrimiento a Pedro.
A veces, una familia decide ocultar información sobre la
muerte de un conocido del moribundo. Este impulso de ahorrarle dolor emocional
es loable pero la verdad a menudo trae paz, no incomodidad.
SU.
Su,
digna mujer china, recibía la atención devota de su hija, Lily. Ambas eran
budistas y aceptaban con entusiasmo la enfermedad terminal de su madre.
«He
tenido una buena vida durante noventa y tres años», dijo. «¡Y he estado en esta
tierra bastante tiempo!». Soñaba a menudo con su marido, que había fallecido
hacía unos años. "Me reuniré con él pronto", dijo. Pero un día Su
parecía muy confundido.
—¿Por
qué está mi hermana con mi marido? —se preguntó—. Ambos me llaman para que
vaya.
“¿Está
muerta tu hermana?”, le pregunté.
—No,
todavía vive en China —dijo—. Hace muchos años que no la veo.
Cuando
conté esta conversación a mi hija ella quedó asombrada y lloró.
“Mi
tía murió hace dos días en China”, dijo Lily. “Decidimos no contárselo a mamá.
Su hermana tenía el mismo tipo de cáncer. Fue una muerte muy dolorosa; vivía en
una aldea remota donde no había buena atención médica. No queríamos molestar ni
asustar a mamá, ya que ella también está muy enferma”.
“¿Qué
opinas de que tu madre pregunte por qué su hermana y tu padre la llaman para
ir?”, pregunté.
Pensativa,
Lily afirmó: “Durante la última semana mamá me dijo que mi padre la ha estado
llamando para que esté con él. Me reconforta saber que volverán a estar juntos
en la otra vida. Así que supongo que su hermana también la estará esperando
allí”.
“¿Crees
que la noticia de la muerte de su hermana molestará a tu madre?”
—No,
supongo que no. Se querían mucho. Así que será maravilloso que vuelvan a estar
juntas. Supongo que debería decirle la verdad”.
Cuando,
entre lágrimas, Lily contó a su madre sobre la enfermedad y muerte de su
hermana ésta, con sonrisa cómplice afirmó: "Ahora lo entiendo". Una
vez resuelto el enigma murió tres semanas después en paz y con sensación de ilusión.
La compañía y el apoyo que estas presencias brindan a la
persona a punto de morir son evidentes. Sin embargo, algunas personas con
enfermedades terminales viven estas experiencias meses antes de morir y se
benefician de forma similar durante un período más prolongado.
ARACELI.
Araceli, joven que estaba muriendo de linfoma que había avanzado hasta el punto de dejarla muy débil, dormía la mayor parte del tiempo y a veces estaba un poco confundida. Cuando una colega llegó para una visita de rutina, Araceli gritó con voz fuerte y clara: "¡Sube, estoy arriba!". Se la veía radiante y muy activa.
—¿Cómo
estás? —preguntó la enfermera—. Te ves especialmente hermosa hoy.
“Déjame
contarte lo que me pasó”, dijo Araceli. “Estaba aquí en la cama ayer,
dormitando y despertando a ratos, recordando una época feliz de mi infancia. Mi
tía nos acogió a mi hermano y a mí en una época en que mis padres tenían
dificultades económicas. Quería mucho a mi tía; era maravillosa, muy cariñosa
con los dos. Fue una época muy feliz para mí. Todavía la quiero mucho. Me
desperté sobresaltada al sentir una mano cálida y cariñosa en mi hombro. Miré
alrededor y allí estaba mi tía sonriéndome mientras me tocaba. Me hizo sentir
tan bien y segura”.
“¿Dónde
está tu tía?”, preguntó la enfermera.
“Vive
en Massachusetts”, contestó Araceli. “Hace mucho que no la veo porque está
enferma. Pero la sentí conmigo, de vez en cuando, durante todo el día; ¡me hizo
sentir tan bien! Anoche mi tío me llamó para decirme que había fallecido ayer,
¡y justo en ese momento me di cuenta de que estaba conmigo! ¡Y hoy me desperté
y me estaba tocando de nuevo!”
“Qué
experiencia tan agradable”, dijo la enfermera. “Veo lo bien que te has sentido.
¿Qué crees que significa?”
—Que
ella estará ahí para mí cuando muera —respondió Araceli con una sonrisa
radiante—. Y que volveremos a estar juntas.
Araceli reconoció a su tía y dijo claramente a quién vio.
No obstante, a veces la comunicación puede ser un poco menos clara.
LEONA.
Leona
estaba semiconsciente y Ray muy angustiado.
"Es
tan injusto", dijo Ray. "Ella siempre intentaba ayudar a otros y
ahora no puede hacer nada por sí misma. Acompañó a nuestro hijo Chuck cuando
tuvo problemas con las drogas, y casi le rompió el corazón la muerte de nuestra
hija, Jo Beth".
Pregunté
por Jo Beth. Ray explicó que había sido la luz de sus vidas: muchacha inteligente,
querida y la viva imagen de su madre en cuanto a ayudar a los demás.
“Cuando
estaba en el instituto una familia sorda se mudó a la manzana. Eran vecinos
eran algo distantes pero Leona y Jo Beth hicieron un curso de lengua de signos
para poder hablar con ellos. Las dos practicaban el lenguaje todo el tiempo.
Nos insistían, a Chuck y a mí, para que aprendiéramos también, pero solo
conseguimos decir algunas palabras fáciles”, dijo Ray, levantando la mano
izquierda en un gesto que significaba te
quiero”. “Jo Beth nos decía en broma que si no aprendíamos, no podríamos
quejarnos de ella, de mamá y de su 'lenguaje secreto'”.
Ray
continuó describiendo cómo murió Jo Beth. En su primer año de universidad, en
un estado vecino, sufrió apendicitis. Durante la cirugía de emergencia
reaccionó mal a la anestesia y su corazón se detuvo. Fue reanimada, pero la
falta de oxígeno resultante le dañó el cerebro dejándola en coma, como el que
ahora tenía atrapada a Leona.
“Durante
semanas rezamos para que despertara y se recuperara”, dijo Ray. “Finalmente se
recuperó pero no podía hablar ni hacer nada por sí misma, y parecía no
reconocernos. Casi mata a su madre, y su hermano insistía en que debería haber
sido él. La familia se desintegró. Finalmente, logramos ingresar a Jo Beth en
una residencia de ancianos; vivió dieciocho meses más, pero nunca mejoró. Leona
la visitaba todos los días, sentándose y hablando con Jo Beth como si pudiera
entenderla. Tras su muerte, Leona se unió a un grupo que trabaja con personas
en situaciones como la nuestra; dijo que quería sacar algo positivo de nuestro
dolor”.
Pasaron
las semanas y Leona se acercaba a la muerte en paz y consuelo. Chuck llegó en
avión desde la Costa Oeste. Junto con su padre, se sentaban con Leona y
conversaron con ella como habían hecho tantas veces antes con Jo Beth cuando se
encontraba en coma.
En
los momentos previos a la muerte Leona pareció despertar. Abrió los ojos y miró
más allá de Ray y Chuck, con una sonrisa radiante. Movió la mano, cerró los
ojos y murió.
—Papá,
¡mira lo que hizo con la mano derecha! —exclamó Chuck—.“Dijo: 'Te amo' como
siempre hacía con Jo Beth”.
El
padre abrazó a su hijo y dijo. «Están juntos de nuevo».
La mejor manera de responder a quienes experimentan la
presencia de alguien que no está vivo es esperar que suceda. Estos mensajes no
suelen ser difíciles de entender. A menudo, una persona dirá claramente:
"Mi padre estuvo aquí" o, "Hay alguien cálido y cariñoso
esperándome". Si aceptas estos mensajes puedes intentar comprender lo que
la persona te dice en lugar de buscar otras explicaciones como medicamentos,
alucinaciones o pérdida de la función intelectual.
No
discutas sobre lo que es real. Di solo la verdad, pero no intentes persuadir a
alguien de que lo que ve es irreal. Supongamos que un moribundo pregunta:
"¿Sabes dónde está John? Estuvo aquí antes". Di: "Recuerda: John
murió hace unos años". Esto proporciona la información que te pidieron y
establece la siguiente fase de la conversación. Pero intentar
"complacer" a la persona con un "Sí, querida, por supuesto, está
en la otra habitación" es condescendiente y falso. Una negación rotunda de
que John pudiera estar presente ("No es posible que hayas visto a John;
lleva muerto diez años") desconcertará al moribundo, que puede dejar de
intentar comunicarse contigo. No importa lo que sepas que es verdad, la persona
ha visto a John, no creerá que no lo ha visto y
puede preguntarse por qué intentas disuadirlo.
También
es contraproducente ocultar información sobre la muerte de otra persona. Es un
gesto amable, pero la verdad suele traer paz, no incomodidad.
Si no
puedes comprender lo que quiere decir un moribundo pregúntale con amabilidad. Si
la persona está dispuesta, o puede hablar de ello, podrás aprender más.
Lo
más importante que hay que recordar cuando un moribundo ve a alguien invisible
es que la muerte no es solitaria. Muchas personas temen que ellos, o alguien
que quieren muera en soledad. De hecho, las historias de estas personas nos
dicen que no murieron solas, y nosotros tampoco lo haremos. Quienes fallecieron
antes que nosotros, o algunos seres espirituales, nos acompañarán en nuestro
viaje.
CAPÍTULO OCHO. VER UN LUGAR: “VEO A
DÓNDE VOY”.
Muchas moribundos hablan de haber visto un lugar
invisible para los demás. Sus descripciones son breves —raramente de una o dos
frases— y poco específicas, pero generalmente radiantes. Pueden describir el
lugar como hermoso o encantador, pero la respuesta a «Cuéntame más» suele ser
una mirada soñadora, un movimiento de cabeza y, tras varios intentos fallidos, un:
«No puedo».
Aun
así, la visión de ese lugar parece brindar paz, consuelo y seguridad al
moribundo, reacciones compartidas por aquellos capaces de escuchar y
comprender.
BERTÍN.
Bertín,
de treinta y dos años, estaba siendo cuidado en casa de su hermano mayor, Guille.
Con incontinencia y la piel amarillenta por la ictericia, Bertín había perdido
tanto peso que su cuerpo, antes fuerte, se había reducido a piel estirada sobre
huesos que sobresalían. Guille y su hermana Mary bañaban a Bertín en la cama,
le cepillaban los dientes, frotaban la espalda y hacían todo lo necesario para
que se sintiera cómodo.
Bertín
no podía tragar, así que enseñamos a Guille y Mary a inyectarle sus analgésicos
y a mantener su boca húmeda limpiándola frecuentemente con esponjas suaves.
Bertín
también tenía dificultad para hablar. Los moribundos pueden volverse tan
débiles que incluso un susurro exige más esfuerzo y energía de la que pueden
reunir.
Un
día, pensando que su hermano podría estar sufriendo pero no podía comunicarlo, Guille
llamó a la oficina del centro de asistencia a personas terminales.
Al
llegar, encontré a Bertín incómodo y ansioso. Además de tomarle la presión
arterial, pulso, frecuencia respiratoria y función pulmonar, necesitaba hacerle
algunas preguntas. Como no podía hablar intenté un método alternativo para
recopilar información.
—Te
voy a hacer unas preguntas, Bertín —dije—. Quiero que parpadee una vez si la
respuesta es «sí», y dos veces si la respuesta es «no». ¿Entiendes?
Bertín
parpadeó una vez.
"¿Estás
adolorido?"
"No",
parpadeó en respuesta.
“Me
pareces ansioso, Lo estás, ¿verdad?”
"Sí."
"¿Tienes
miedo?"
"Sí."
“¿Quieres
que te explique lo que te pasa?”
"Sí."
Mientras
respondía con los parpadeaos la ansiedad pareció disminuir. Hablando despacio y
haciendo pausas frecuentes para preguntar lo que quería saber dije a Bertín que
parecía estar cada vez más débil y que pronto lo estaría aún más. Quizás no
pudiera abrir los ojos ni respondernos, aunque seguiría escuchando lo que
pasaba.
“Tu
respiración se volverá más tranquila y lenta”, y Guille intervino diciendo “y
luego regresarás tranquilamente a casa, con Jesús”.
Bertín
miró a su hermano y luego a mí, con una pregunta en la mirada. Cuando asentí,
sonrió. Añadí que su muerte sería tranquila, fácil, pacífica y sin dolor. Bertín
volvió a sonreír, cerró los ojos y se relajó en las almohadas.
Desde
entonces descansó en silencio, con Guille y Mary a su lado, hablando en voz
baja. De vez en cuando abría los ojos y les sonreía.
Como
su hermano estaba demasiado débil para hablar, Guille y Mary pensaba que el
dolor le causaba agitación. Sentía dolor, dolor
emocional. La solución no eran medicamentos sino información y tranquilidad
sobre lo que estaba sucediendo. Mi explicación, junto con la presencia cariñosa
de sus hermanos, alivió gran parte de la ansiedad de Bertín.
A Bertín
le tocaba el analgésico así que me ofrecí a dárselo. Salí de la habitación y
volví con una jeringa.
"¿Puedo
reorganizar tus almohadas y ponerte una inyección para aliviar el dolor?",
pregunté.
Bertín
parpadeó una vez.
Cuando
puse mi brazo sobre su hombro su respiración cambió, deteniéndose por varios
segundos y luego comenzando de nuevo.
—Su
respiración está cambiando —les dije a Guille y a Mary—. Creo que se está
yendo.
Guille
llamó a los familiares que estaban en otras partes de la casa. Se reunieron
alrededor de la cama. La respiración de Bertín volvió a cambiar. Se ralentizó
varias veces, se detuvo durante varios segundos y luego reanudó la respiración.
Mary
se aferró con fuerza a Bertín, rogándole que no la dejara. Guille, acariciando
la mejilla de su hermano, dijo: «Vete directo a casa con Jesús, Bertín».
Alrededor de la cama los demás le decían a Bertín que lo querían y que lo
extrañarían.
Finalmente,
con un último y largo suspiro, Bertín murió. Mientras estábamos sentados,
abrazados, Guille comentó que cuando fui a buscar la medicina Bertín había
hablado con claridad por primera vez en más de tres días.
“Nos
dijo: 'Puedo ver la luz al final del camino y es hermosa'”.
Esta visión del otro lugar proporciona un consuelo inconmensurable
a muchos, y a menudo se percibe como el regalo final de aquel que muere.
“Nunca
he sido una persona religiosa, pero estar presente cuando Bertín murió fue una
verdadera experiencia espiritual”, dijo su hermana más tarde. “Nunca volveré a
ser la misma”.
Guille
compartió sus sentimientos en el funeral. "Como la muerte de Bertín fue
tan pacífica nunca tendré tanto miedo a la muerte. Me dio un pequeño adelanto
de lo que le esperaba más allá, y espero que también a mí”.
Las
interpretaciones de las afirmaciones sobre otro lugar dependen de lo que la gente
crea, si acaso, sobre el más allá. La mayoría interpreta "ver otro
lugar" como una señal de que la vida continuará después de la muerte.
Interpretaciones más específicas dependen de las creencias individuales. Criado
como cristiano, Bertín no quería ver a ningún clérigo, pero después de morir Guille
pidió un sacerdote, quien acudió mientras el cuerpo de Bertín aún yacía en el
dormitorio. Guille y Mary explicaron cómo había muerto su hermano y qué había
dicho.
«¿Qué
crees que te estaba diciendo?», preguntó el sacerdote.
“Debe
haber estado viendo el cielo”, dijo Guille.
“Nuestra
fe cristiana se basa en el sufrimiento, la muerte y la resurrección de Jesús”,
dijo el sacerdote. “Ustedes han presenciado el sufrimiento y la muerte de su
hermano, y él les ha dado una visión de su resurrección”.
Luego,
mientras todos se tomaban de las manos alrededor de Bertín, ofreció una oración
por la paz eterna de Bertín y por la fortaleza y el consuelo de quienes lo
amaban.
El momento en que Bertín describe el otro lugar no es
inusual. A menudo aparece entre las últimas declaraciones de un moribundo y se
considera una señal de que la muerte es inminente. Pero algunos moribundos ven
este lugar días semanas o incluso meses antes de morir. Y otros interpretan la
visión de forma diferente a la de la familia de Bertín.
LINA.
Preguntada
sobre su afiliación religiosa, Lina, economista, respondió: «No tengo religión
alguna. Nunca he creído en Dios ni en nada parecido: simplemente no me
interesa».
Siete
semanas antes de su muerte me dijo: “Tuve un sueño, pero en realidad no era un
sueño: estaba en un lugar encantador”.
Ella
no quiso, o no pudo, continuar excepto para decir que ya había visto a dónde
iba.
“Sé
que no fue un sueño, fue tan hermoso”, dijo más de una vez. Luego negaba con la
cabeza, sonreía y se encogía de hombros. Parecía consolada por lo que había
visto y a menudo esbozaba media sonrisa soñadora y una mirada distante.
“Pareces
estar muy lejos”, dije.
"No
está tan lejos", dijo Lina. "Y es tan bonito".
La
hija de Lina, Sandra, reaccionó preguntando si su madre estaba tomando
demasiados medicamentos. Le aseguramos que no era así: Lina tomaba pocos, y en
dosis pequeñas. Animamos a Sandra a hablar más con su madre sobre el sueño que
no era un sueño.
“Sabe
que se está muriendo pero ahora parece saber que, de alguna manera, seguirá
existiendo después”, dijo Sandra. “Mi madre siempre ha sostenido que las
personas simplemente dejan de existir después de morir pero ahora ha visto un
lugar nuevo. Dice que hay un lugar al que se va después de la muerte. Dudo que
exista, pero me pregunto si tiene razón”.
Meses
después de la muerte pacífica de Lina Sandra dijo que le había resultado
inquietante enfrentarse al cambio de ideas de su madre sobre el más allá. Pero
también la experiencia le resultó liberadora.
“Sigo
sin creer esas historias religiosas pero ya no creo que cuando muera
simplemente terminaré”, dijo Sandra. “Lo que aprendí de mi madre es que, de
alguna manera, continuamos tras la muerte, y
todavía estoy tratando de descifrar cómo podría ser esa existencia”. La
reconfortaba pensar que su madre aún existía de alguna manera y que podrían
volver a verse.
La interpretación de Sandra sobre la visión de su madre
en otro lugar difiere de la interpretación de la familia de Bertín. Pero la
diferencia radica en los detalles, no en la esencia: que la vida continuará
después de la muerte.
Cuando
personas como Bertín y Lina ven otro lugar como parte de su Conciencia de la
Muerte Cercana, no parecen experimentar la salida de sus cuerpos: más bien
permanecen en ellos y son conscientes de dos existencias. En una experiencia
extracorporal las personas informan haber salido de sus cuerpos, ido a otro
lugar mirado atrás o hacia abajo, a sus cuerpos, y pueden hablar de cosas que
de otra manera no podrían haber visto ni oído.
LUCIA.
Cerca
del amanecer la hija de un paciente llamó por teléfono.
“Mamá
dice que ha estado fuera de su cuerpo y en otro lugar, pero ahora ha vuelto y
no para de querer contármelo”, contaba Elisa, con voz tensa y entrecortada. “¿Podrías
venir, por favor?”
“¿Cómo
está ahora?” pregunté.
"Dice
que está bien"..
“¿Te
parece diferente?”
“No,
es la misma de siempre excepto por esta historia de dejar su cuerpo”.
“¿Está
molesta por haber abandonado su cuerpo?”
“No,
está bien, se siente bastante cómoda y pide una taza de café”.
Dije
a Elisa que preparara el café; que iría enseguida.
Cuando
llegué, Elisa parecía conmocionada pero su madre estaba serena.
“¿Cómo
estás?”, pregunté a Lucía.
“Le
estaba diciendo a Elisa que salí de aquí y dejé este viejo cuerpo atrás por un
tiempo”, dijo Lucía.
“¿A
dónde fuiste?”
“De
vuelta a la vieja granja de Pensilvania donde crecí. La cocina seguía igual, y
la vista de los campos, donde solían estar las vacas, era tan fresca y verde”.
Lucía
habló largo y tendido sobre la vieja granja, cómo había vivido en ella hasta
casi los veinte años y luego siguió visitándola hasta la muerte de su tío, el
dueño. Tras su venta no regresó. En su opinión se había sentido transportada a
un lugar que amaba especialmente.
“¿Qué
crees que significa eso?”
“Oh,
no sé. Supongo que sólo quería verlo de nuevo”.
Al describir lau experiencia extracorpórea Lucía dio
muchos detalles específicos. En cambio, cuando las personas con Conciencia de
Muerte Próxima describen otro lugar, suelen ser muy breves y vagos. A veces
solo se refieren a una luz.
ENMA.
Enma,
de cincuenta años, tenía marido y dos hijos de veintipocos años. Cuando le
pregunté qué era lo que más extrañaba debido a las limitaciones de su
enfermedad, respondió: «Recibir invitados. Me encanta organizar fiestas y
cocinar comida deliciosa para familia y amigos».
Su
esposo contó que muchos amigos les traían comida ahora, siempre con la
esperanza de enviarles justo lo que necesitaban para saciar el apetito cada vez
más menguado de Enma. Así que Enma sabía que su familia seguía comiendo muy
bien, a pesar de que ya no podía cocinarles. Pero era la alegría de compartir
su cocina creativa con sus seres queridos lo que tanto extrañaba.
Su
hija estaba a punto de graduarse de la universidad, y Enma hablaba a menudo de
lo mucho que ansiaba verla con toga y birrete. "¡Es la primera graduada
universitaria de nuestra familia!", decía con orgullo.
A
medida que su enfermedad avanzaba, Enma pasaba más tiempo en cama.
Aproximadamente un mes antes de su muerte la visité y la encontré recostada
sobre almohadas, mirando al vacío con mirada soñadora. Sonreía con serenidad.
¿Qué
pasa, Enma?.
"Esa
luz tan hermosa", susurró suavemente. A pesar de mis amables preguntas,
siguió sonriendo con aire soñador pero no ofreció más información. Mencionó la
"luz" dos o tres veces durante mis siguientes visitas, sin dar
detalles, pero con aspecto radiante y sereno.
Era
una mujer de carácter fuerte, que luchaba por lidiar con su creciente pérdida
de control a medida que empeoraba la enfermedad. Insistió en seguir controlando
sus medicamentos a pesar de que, a veces, se sentía un poco confundida. Su
familia y enfermeras estaban muy preocupadas por su seguridad y creían que esto
podría ser peligroso pero ella no podía renunciar a este control. En lugar de
tener una enfermera particular en casa Enma optó por ingresar en la unidad de
cuidados paliativos. La visité poco después del ingreso.
“¡Oh,
si pudiera relajarme!”, se quejó.
“¿Qué
pasaría si te relajaras?” le pregunté.
“Bueno,
esa luz se acercaría y podría conocer a toda esa gente”. Por un instante pensé
que se refería a sus compañeras del centro, o al personal de la unidad.
Insegura
pregunté: “¿A qué gente te refieres?”
Enma
pareció sorprendida, como si yo estuviera haciendo una pregunta ridícula.
“¡Toda
esta gente alrededor de mi cama, por supuesto!”, dijo, agitando el brazo para
mostrar el tamaño de la multitud que yo no podía ver.
“Te
relajarás” —le aseguré—. “Este es un lugar seguro para relajarte y para conocer
a toda la gente que te rodea. La hermosa luz se acercará y todo estará bien”.
La
enfermera asignada al cuidado de Enma informó que estaba cómoda pero que su situación
se estaba deteriorando y que a menudo parecía ocupada, preocupada, como si
estuviera dando instrucciones o molestando a personas que no veía.
En
vísperas de la graduación de su hija la visité nuevamente y le pregunté:
"¿Qué pasa, Enma?"
“¡Tengo
tanto que hacer con toda esta gente! ¡Y esa luz cada vez se acerca más!” respondió
con cierta molestia.
“¿Conoces
a alguna de estas personas?” .
“Bueno,
ahí está mi padre”, dijo entrecerrando los ojos como para verlo mejor. Sonreí y
asentí, sabiendo que su padre había muerto hacía menos de un año.
“¿Está
esperándote?”.
Ella
pareció sorprendida. "Por Dios, ¿es eso lo que
está haciendo?", preguntó.
“Enma,
dime, ¿cuándo terminarás tu trabajo?, volvía a preguntar con creciente
curiosidad.
"Oh,
creo que probablemente el domingo". Oído esto, llamé inmediatamente a su
familia para avisarles.
Al
día siguiente Enma se puso la peluca y el maquillaje preparándose para la
visita de su hija después de la graduación. Fue una gran celebración, con
pastel, champán y muchas fotos familiares.
A la
mañana siguiente, Enma volvió a ponerse la peluca y el maquillaje, se recostó
en las almohadas con un suspiro de satisfacción y, en pocas horas, entró en un
breve coma. Con su familia sentada tranquilamente a su alrededor, murió en paz.
Como había predicho, era domingo y su trabajo había terminado.
No sabemos qué era lo que vio y describió Enma como la
luz. Pero otros han hablado de "un lugar de luz y calidez" o,
"una persona llena de luz". Las descripciones son vagas pero las
emociones que evocan estas experiencias son claras: consuelo y paz.
Quizás
las descripciones son vagas porque la gente siente que intenta describir lo
indescriptible. Una compañera de trabajo que tuvo una Experiencia Cercana a la
Muerte dijo: «Puedo contarte lo que pasó, pero realmente no puedo explicar cómo
fue; las palabras son insuficientes». Nos contó otra experiencia y coincidió
con la explicación de esta paciente sobre por qué no sabemos más.
CLARA.
Clara,
de veintitrés años, acababa de empezar a trabajar como maestra de segundo grado
cuando empezó a tener dolores de cabeza. Ocupada en aprender su nuevo trabajo,
los ignoró. Durante el invierno se resfrió varias veces; cosa que pasa a muchos
maestros nuevos, pero estos resfriados parecían particularmente persistentes.
En diciembre cogió gripe.
Durante
las vacaciones de primavera su madre la instó a ir al médico. A Clara le
diagnosticaron leucemia aguda y le dijeron que probablemente moriría en
cuestión de semanas. El pronóstico fue erróneo y un tratamiento experimental
logró la remisión de la enfermedad. Clara tuvo que renunciar a su puesto de
profesora pero encontró otra forma de trabajar con niños. Entre sus frecuentes
hospitalizaciones trabajó como tutora voluntaria en un hospital infantil.
Cinco
años después el tiempo empezó a agotarse. Clara se mudó a casa de sus padres y
fue derivada a recibir cuidados paliativos.
En el
piano, que a veces tocaba, vi fotos de Clara como era —joven y sana, con espesa
melena pelirroja en la playa, montando
en bicicleta, jugando sóftbol. Ahora su cabello era solo unos mechones sobre un
cuero cabelludo huesudo, su cuerpo estaba demacrado y débil, y sus mejillas
hinchadas.
Pasaba
los días en silla de ruedas o en el sofá de la sala. Su madre, también maestra,
se había tomado una excedencia prolongada para cuidar de Clara. Era una
excelente enfermera y sabía responder con amabilidad a lo que Clara llamaba sus
cambios de humor.
Muchas
personas con enfermedades graves conocen los altibajos de los que hablaba Clara.
En los días de "alza", los tratamientos parecen funcionar, la cura o
la remisión parecen no solo posibles sino inminentes, y hay sensación de
euforia, emoción e ilusión.
“Pero
los días en que un tratamiento no funciona, o tengo tantos efectos secundarios
que siento que me va a matar más rápido que el cáncer, vienen los verdaderos
bajones”, dijo Clara. “Siento que voy cuesta abajo a toda velocidad,
completamente descontrolada. Incluso siento por dentro lo mismo que sentía en
una montaña rusa cuando era niña. Subir es emocionante, pero da miedo porque sé
lo bajo que puedo caer. Y el descenso es una mezcla de miedo y náuseas mientras
espero el desplome que sé que ocurrirá”.
Su hermano
Sam era el otro pilar de Clara. Tres años mayor, era enérgico e ingenioso.
Cuando Sam estaba cerca las bromas cariñosas no paraban.
Un
día, Clara me mostró una copia del libro de Kenneth Ring, Heading
Toward Omega, que explora el efecto que tiene sobre los valores y el
comportamiento tener una Experiencia Cercana a la Muerte.
“Sam
trajo esto. Quiere que lo lea, pero suena un poco raro. Me sugirió que te
preguntara qué te parece. ¿Vale la pena leerlo?”
Después
de leer y disfrutar el libro le dije que lo había encontrado fascinante y pensé
que podría resultarle útil. Le dije que estaría feliz de hablar de ello con
ella.
En mi
siguiente visita Clara dijo haber leído el libro pero que tenía algunas
preguntas: ¿Esas historias serían ciertas? ¿Se las habrían inventado? ¿Tal vez
consumían drogas, legales o no, quienes las contaban?
“Ring
y otros han investigado las experiencias de cientos de personas —dije—. ¿No se responden
esas preguntas directamente en el libro?”
“Sí”.
dijo Clara con una sonrisa. “Quería saber qué pensabas. Casi me lo creo, pero
aún tengo dudas. Nunca he conocido a nadie que haya tenido una experiencia así,
¿y tú?
“Sí”
le contesté. “Tuve una”.
“¡Vaya!
¿Y qué pasó?”
“Cuando
era adolescente, casi me ahogo. Estaba en la playa y me atrapó una corriente.
Cuando me sacaron pensaron que estaba muerta, pero alguien me resucitó”.
“¿Y
tuviste alguna experiencia mientras eso ocurría? ¿Te importaría contármelo?”
“Estaba
nadando y me dio un calambre. Al principio pensé que podría flotar hasta que se
me pasara pero la corriente era más fuerte de lo que pensaba así que grité
pidiendo ayuda. Nadie me oyó. Una ola me hundió y entré en pánico. Subía y
bajaba, cada vez más lejos. Fue horrible. Me ahogaba, sentía que mis pulmones
iban a estallar. Ni siquiera salía a la superficie; al abrir la boca, tragaba
más agua, y sabía que iba a morir. De repente, mucho más rápido de lo que puedo
contar, todo cambió. Mi pánico desapareció. No me costaba respirar; estaba
completamente relajada y en paz, rodeado de una luz cálida y brillante. Me
envolvió y, de alguna manera, me convertí en parte de ella. No vi a nadie, pero
sentí la presencia de Dios. Sabía que me estaba muriendo y que todo estaba
perfectamente bien”.
Me
detuve, con los ojos llenos de lágrimas. Clara me tomó la mano.
“¿Te
molesta hablar de ello?”
"No,
no es perturbador", pero cuando hablo de ello lo recuerdo todo con tanta
nitidez que es casi como si volviera a estar allí. Fue una experiencia tan
intensa".
Me
sequé los ojos y le agradecí los pañuelos que me había pasado.
“Nunca
te he secado las lágrimas. Normalmente es lo que haces por mí. Gracias por
decírmelo. ¿Puedes decirme qué crees que significa todo esto?”
“Todo
cambió cuando dejé de respirar. En ese momento me moría y pasaba de esta vida a
la siguiente. La luz era Dios, y me sentí en paz y amada”.
“¿Eso
es lo que me va a pasar?”.
Le
dije que creía que su experiencia sería similar, pero no exactamente igual. Le
dije que creía que tendría una experiencia más gradual y prolongada, con cierta
consciencia de estar en ambos lugares a la vez.
Dos
meses después, Clara falleció. En su última semana, agotada, a menudo parecía
estar mirando a través de la gente. Sam me preguntó si creía que ella podría
estar viendo algo o a alguien. Le preguntó y no recibió respuesta, solo una
leve sonrisa.
“Clara,
¿qué estás viendo?”, pregunté.
“Es
ese lugar, ya sabes, estabas allí”, dijo.
“Clara,
¿qué tal?” preguntó Sam, poniéndole una mano en la mejilla. “Tienes que
contármelo”.
Clara
se acurrucó contra la mano de su hermano y sonrió.
“No
puedo”, dijo, “Tendrás que esperar tu turno.
Quizás la respuesta de Clara a Sam sea la respuesta para
todos nosotros: hasta que nos toque morir: no podemos saberlo. Pero hasta
entonces podemos escuchar, aprender y encontrar consuelo en quienes nos ven e
intentan decírnoslo.
A veces, los comentarios sobre el otro lugar son fáciles
de pasar por alto o difíciles de entender. A menudo, las personas mencionan un
lugar o expresan el deseo de volver a casa, incluso cuando están en casa. En ese caso, pregunta "¿A qué casa te
refieres?". Si alguien parece estar diciendo que la muerte será pronto,
pregunta: "¿Me estás diciendo que estás a punto de ir a este lugar?"
o, "¿Quieres decir que estás listo para irte?". Con algunas personas se
puede hablar más directamente: "¿Estás diciendo que morirás pronto?"
Cuando
un moribundo menciona otro lugar pregúntale, con amabilidad, si quiere hablarte
de él. Puede que escuches poco o nada, pero aprenderás algo. Los moribundos nos
enseñan que puede haber una continuación de la vida después de la muerte. A
medida que los moribundos entran y salen de ese lugar nos aseguran su
existencia, su belleza y su paz.
CAPÍTULO NUEVE. SABER CUÁNDO OCURRIRÁ
LA MUERTE: “SERÁ CUANDO. . .”
Los moribundos a menudo parecen saber cuándo les llegará
la muerte, a veces con exactitud, incluso el día o la hora. Sorprendentemente,
a menudo afrontan este conocimiento no con miedo ni pánico, sino con silenciosa
resignación. Sus intentos de compartir información sobre la hora de la muerte
pueden ser muy claros y directos. Por otro lado, algunos pueden ser tan vagos y
sutiles que otros los pasan por alto o los ignoran, o los etiquetan como
"confusos".
DANIEL.
Daniel
tenía veintitantos años. Atleta nato y criado en familia de aficionados al
deporte jugó fútbol americano en la secundaria y la universidad y luego regresó
a su ciudad natal como entrenador asistente de fútbol americano en su antigua
escuela.
Llevaba
poco más de dos años trabajando como entrenador cuando le diagnosticaron
linfoma a inspeccionar un ganglio linfático inflamado en el cuello. Toleró tan
bien seis meses de quimioterapia que rara vez faltaba al trabajo. Pero el
cáncer regresó, hizo metástasis en varias partes del cuerpo y los intentos de
tratamiento fracasaron.
Incapaz
de cuidarse Daniel regresó a casa de sus padres. Lo derivaron al programa local
de cuidados paliativos. Consiguió controlar los síntomas; estaba muy débil,
pero se sentía bastante bien y parecía que viviría varios meses.
Los
tres hermanos de Daniel vivían en la zona y lo visitaban con frecuencia. Sus
padres se encargaban de la mayor parte del cuidado pero la situación se
complicó cuando a su hermana menor, Jane, también le diagnosticaron cáncer.
Tenía buenas posibilidades de curación pero la familia decidió no contar a Daniel
sobre su enfermedad por miedo a disgustarlo.
Un
sábado por la noche el padre de Daniel llamó al centro de paliativos. «Algo
parece diferente», informó.
Cuando
quienes trabajamos con moribundos escuchamos esa frase prestamos mucha
atención. A veces los pacientes o sus familias perciben que algo está cambiando
pero no pueden describirlo con exactitud. Al responder a esa llamada, a menudo
encontramos cambios sutiles pero significativos; a veces la persona realmente
está muriendo.
Esta
vez llegué, hablé con Daniel y lo examiné y no encontré cambio alguno. Ni Daniel
ni sus padres supieron decir qué era "diferente", solo que algo sí lo
era. De todas formas llamé a la doctora. Habló con Daniel y sugirió ir a casa o
verlo en el hospital. O esperar a ver si algo sucedía. Daniel eligió esta
última opción. Él y sus padres se acostaron tranquilos sabiendo que podían
llamarme si era necesario. Daniel quería dormir. Sus padres le dieron las
buenas noches y me ofrecieron una taza de té. Nos sentamos en la cocina. Le pregunté
cuándo volvería a ver a sus hermanos.
"Vendrán
todos mañana por la tarde a cenar y a ver el partido de fútbol con
nosotros", dijo su madre. "¡Esta familia está loca por el fútbol!
¡Miren lo que hizo Daniel hoy!" Y me entregó un trozo de papel en el que Daniel
había dibujado un diagrama de una jugada de fútbol, con círculos y flechas
indicando dos equipos y las direcciones que debía tomar cada jugador. En un
equipo, los seis círculos que representaban a los jugadores tenían sus
iniciales, y las del nombre de sus padres y hermanos. El círculo con las
iniciales de Jane (la hermana que no sabía que tenía cáncer), una flecha corría
hacia el borde del campo, pero no traspasaba los límites de éste. En cambio, el
círculo con las iniciales de Daniel tenía una flecha que cruzaba la línea y
salía de los límites del campo: a su lado había garabateado: “Fuera del juego
al mediodía del domingo”.
Estudié
el diagrama.
“Puede
que suene un poco extraño, pero quizá haya algo aquí a lo que debamos prestar
atención. Parece estar diciendo que podría ocurrir algo grave antes del
mediodía de mañana”.
“¿Qué
quieres decir con algo serio?”, preguntó la madre.
“La
verdad es que no lo sé, pero podría significar un cambio en su estado, o
incluso que podría morir”.
Al
principio, los padres de Daniel se mostraron escépticos, y luego preocupados.
"¿Qué
tal si le pides a Daniel que te explique el diagrama?", pregunté.
"Probablemente él podría explicarlo mejor que yo".
"No
quiero despertarlo", dijo la madre. "Sabemos que Daniel está a punto
de morir. Si eso es lo que significa, creo que estamos preparados y siempre
podemos volver a llamarte si algo cambia. Mañana contactaré a los demás niños y
les pediré que lleguen temprano".
Por
la mañana Daniel estaba más tranquilo de lo habitual pero, por lo demás, bien.
Todos llegaron; cada miembro de la familia pasó tiempo con él. Justo antes del
mediodía Daniel estaba acostado en la cama, hablando con su madre. De repente,
se puso inquieto diciendo que no se sentía cómodo, se incorporó y pidió a su
madre que le reacomodara las almohadas. Parecía tener dificultad para respirar.
Luego se recostó, cerró los ojos, y murió.
"¿Ves
qué tranquilo se ve?", preguntó su madre cuando llegué para confirmar su
muerte. "Él sabía que esto iba a pasar, ¿verdad?"
Daniel
no había muerto como resultado directo de su cáncer. Intrigado por el cambio
repentino que supuso la muerte el médico pidió permiso para realizar una
autopsia y se descubrió que un coágulo de sangre había viajado fatalmente a los
pulmones de Daniel, una situación que Daniel no podría haber predicho.
“Quizás
cuando estás a punto de morir sabes más sobre la muerte que nadie”, dijo su
padre. “Me alegra mucho el que nos lo haya contado con ese diagrama”.
¿Tenía algún significado el dibujo de Daniel? ¿Sintió el
momento de su muerte y luego usó un lenguaje familiar para su familia?¿Cómo
pudo transmitir ese mensaje? ¿Sabía de alguna manera sobre la enfermedad de
Jane, a pesar de que su familia le había ocultado esta información? Quizás.
Su
dibujo era simbólico y coherente con una de sus pasiones y la de su familia.
Fácilmente podría haber pasado desapercibido. Si nos fijamos, a menudo
encontramos significado en la comunicación de un moribundo, incluso en una
jugada de fútbol garabateada. Comprender lo que pudo haber dicho ayudó a la
familia de Daniel a estar un poco más preparada para su muerte.
PURI.
Purificación, a quien llamaban familiarmente por el hipocorístico
de Puri, era viuda desde hacía casi veinte años y vivía con su hija, Sue. Diez
años antes le habían extirpado un cáncer de mama. Durante más de siete años
aparentemente estuvo libre de cáncer pero la enfermedad regresó extendiéndose a
los huesos y creciendo a través de la cicatriz del pecho lo que provocó una
herida abierta con secreción maloliente. A veces sangraba, no de forma
peligrosa, lo suficiente como para asustar tanto a la madre como a la hija. El
otro problema de Puri era el dolor, problema común cuando el cáncer se extiende
a los huesos.
Puri
estaba física y emocionalmente agotada, cansada del dolor y de los vendajes que
olían mal o estaban empapados de sangre. Por su parte, la hija estaba frustrada
y preocupada porque el médico le había advertido de que los analgésicos para Puri
eran muy fuertes por lo que solo se los daba cuando creía que su madre
realmente los necesitaba al temer que el uso frecuente de ellos redujera la
eficacia.
Sue
odiaba cambiar el vendaje —a su madre le molestaba verlo, y al quitárselo la
herida sangraba a menudo— así que lo posponía todo lo posible, lo que provocaba
mal olor. Hiciera lo que hiciera, Sue sentía que no podía aliviar el
sufrimiento de su madre. También le preocupaba que sus dos hijas pequeñas no
recibieran suficiente atención.
Debido
al dolor extremo de Puri el programa de cuidados paliativos la aceptó, aunque su
cáncer no ponía en peligro su vida de inmediato, para ofrecerle un mes de
visitas domiciliarias y ver si podíamos aliviar su malestar. El plan era
controlar los síntomas, y controlar y
fortalecer las habilidades y la confianza de Sue como cuidadora. Al parecer Puri
viviría bastante tiempo por lo que a finales de mes planeábamos darle el alta y
que volviera a estar bajo la atención de su médico.
Durante
mi primera visita Sue, exhausta, lloró sin lágrimas mientras Puri describía el
dolor y explicaba lo desanimada que se sentía y lo preocupada que estaba por su
hija. “Pasa tanto tiempo cuidándome que nunca tiene tiempo para su esposo y sus
hijas pequeñas”, dijo Puri. “Me siento muy mal”.
En
una semana el dolor de Puri estaba bajo control. Ella y Sue comprendieron mejor
el uso de analgésicos y cómo, incluso si una persona desarrolla tolerancia, se
puede aumentar la dosis de forma segura para aliviarlo. Sue estaba aprendiendo
a gestionar el cuidado de su madre de forma más eficaz y eficiente; le
mostramos una forma sencilla de limpiar y vendar la herida del pecho que
eliminaba los olores, detenía el sangrado y solo debía hacerse una vez al día.
A
medida que Puri se sentía más cómoda se interesó de nuevo por sus nietas e
incluso se ofreció a ayudar con las tareas del hogar. A mitad del mes de cuidados
paliativos, Puri, Sue y yo coincidimos en que ahora solo necesitaban una visita
a la semana. Yo tenía unas vacaciones programadas así que otra enfermera me
reemplazaría. Justo antes del viaje me despedí y les recordé que las vería en
dos semanas.
“Pero
no estaré aquí”, dijo Puri.
“¿Qué
quieres decir?”, pregunté.
"No
estoy segura. Solo tengo un presentimiento".
Puri
no pudo decir más. Con aire de duda, Sue me preguntó qué pensaba. Dije que,
aunque se esperaba que su madre viviera mucho más probablemente el cuánto lo
sabía ella mejor que nadie, y le pregunté qué le gustaría hacer. Tras una breve
conversación Puri dijo que quería que todo siguiera como estaba. Sin embargo,
quería ver a su única hermana viva, Juannie, con quien había tenido una
relación bastante irregular.
Tan
pronto como Sue llamó, Juannie viajó a pasar unos días juntos. Ella y Puri
tuvieron una visita maravillosa: «El mejor tiempo que hemos pasado juntas en
años», dijo Juannie a Sue mientras salía para el aeropuerto.
A la
semana siguiente, Puri moría mientras dormía.
Unas
semanas después Sue dijo: "Pensé que le quedaban meses y meses de vida. No
habría prestado atención a lo que dijo mamá si no nos hubieras dicho que podría
ser importante. Mi tía se molestó un poco cuando llegó; ahí estaba, corriendo
para tomar un vuelo e interrumpiendo su vida, y su hermana se veía tan bien.
Pero después de que mamá murió la tía Juannie no pudo agradecerme lo suficiente
por invitarla a venir. Esas dos últimas semanas fueron increíbles. Realmente no
creía que mi madre muriera tan pronto, y no estaba preocupada, pero sí me di
cuenta de que le tenía mucho más cariño. No solía ir por ahí abrazándola y
besándola, diciéndole que la quería. Pero esa semana tuvimos unas
conversaciones muy buenas. Le dije cuánto admiraba su valentía cuando murió mi
padre y su fuerza cuando el cáncer regresó. Y me dijo que yo era su hija
favorita —¡soy su única hija!— y una enfermera muy buena. Dijo que la había
cuidado muy bien”.
“La
noche antes de que mi madre muriera, me senté con ella”, continuó Sue. “No hablamos
de algo especial, solo de cosas pequeñas. Pero fue un momento agradable y
acogedor. A la mañana siguiente, cuando entré en su habitación, estaba muerta.
Se veía tan tranquila, como si acabara de dormir. Lo más asombroso es que mi
madre sabía que se estaba muriendo y no tenía miedo. No creía en Dios, en el
Cielo, ni en nada parecido. Una vez dijo que no le gustaba la idea de
desaparecer en la nada. Pero obviamente sabía que iba a morir pronto y no tenía
miedo, así que supongo que pensó que no sería tan malo. Sobre todo, me alegro
de que nos dijera que sucedería pronto. No habría llamado a la tía Juannie ni
le habría dicho todo lo que quería decir, y me habría perdido el momento tan
especial que pasamos”.
Este es el valor de escuchar y creer cuando las personas
nos dicen cuándo morirán. Si escuchamos el mensaje podemos aprovechar el tiempo
que queda para decir y hacer lo que queremos y necesitamos. Podemos decir:
"Te quiero", "Me alegra mucho que fueras mi amigo",
"Has significado tanto para mí", "Lo siento por..." o
incluso "Te perdono por...". O, como la tía Juannie, podemos ver a la
persona y tener "la mejor visita en mucho tiempo". Si no recibimos
una advertencia, o si no la escuchamos, podemos lamentar no haber aprovechado la
oportunidad para decir estas cosas.
MIGUEL.
Nacido
con distrofia muscular, Miguel encontraba en las actividades más pequeñas un
verdadero desafío. Pero era un joven decidido, brillante y creativo, con
carácter alegre. “Mi cuerpo no coopera conmigo, así que dependo más de mi
mente”, dijo.
Su
enfermedad y su debilitado estado hicieron que fuera propenso a las
infecciones. Incluso un simple resfriado podía fácilmente convertirse en
neumonía. Por lo tanto, no era un extraño en el hospital local donde médicos y
enfermeras lo conocían y admiraban. A medida que envejecía y su discapacidad
aumentaba las infecciones se hicieron más frecuentes. Los médicos estaban cada
vez más preocupados por su menguante fuerza y el debilitamiento de los
pulmones y le explicaron que cualquier infección grave podía ser mortal. Nada
de esto intimidó a Miguel, quien aún planeaba ir a la universidad.
Debido
a sus numerosas hospitalizaciones, Miguel tenía casi veinte años cuando se
graduó de la preparatoria con honores, siendo el mejor alumno de su clase. Se
emocionó mucho cuando la universidad estatal lo aceptó. A pesar de la
preocupación de sus padres los convenció de que podía vivir en el campus,
"¡como un niño normal!".
Accedieron
y dejaron que lo intentara. Confinado en silla de ruedas, Miguel necesitaba
ayuda para ducharse y vestirse. Para evitar que sus pulmones se congestionaran
debían cambiarle de posición en la cama dos veces por noche, algo que no podía
hacer sin ayuda.
—¡No
os preocupéis, soy un Rambo sobre ruedas! —dijo a sus padres—. Ya veré cómo me
las apaño.
Miguel
pronto formó un grupo fiel de amigos del campus que se turnaban para ayudarlo;
los vecinos del dormitorio ponían sus despertadores para ayudarlo a cambiar de
postura durante la noche. Las enfermeras de la clínica de salud estudiantil
también lo vigilaban de cerca, animándolo a quedarse en la clínica siempre que
fuera necesario. Sus amigos acampaban con él en la clínica para
"asegurarse de que las enfermeras lo atendieran bien". Las risas
seguían a este grupo adondequiera que iban, y las enfermeras nunca objetaron
las "fiestas de pijamas de Miguel".
Sobrevivió
a su primer año de universidad con solo
contratiempos menores. Pero en el segundo una epidemia de gripe se extendió por
el campus y Miguel enfermó. Desarrolló neumonía y fue hospitalizado de
inmediato. Miguel había estado muy enfermo muchas veces antes y se había
recuperado. Aunque sus amigos también estaban muy preocupados, Miguel parecía
responder a los antibióticos. Todos respiraron aliviados y volvieron a sus
rutinas diarias. Al día siguiente su padre recibió en el trabajo una llamada
telefónica inquietante.
“Te
quiero, papá —dijo Miguel—. Y quiero agradecerte por ser tan buen padre”.
"Miguel,
te veré esta noche cuando salga del trabajo", dijo su padre.
“Oh,
papá, no podré decírtelo entonces” —respondió.
Al
recordar la multitud de jóvenes que siempre parecía llenar la habitación de Miguel,
su padre asumió que se refería a la falta de privacidad.
"Yo
también te quiero, Mikey. Eres un buen chico y nos vemos luego", dijo sin
saber que toda la tarde Miguel había estado haciendo llamadas similares a su
madre, hermano y amigos. Cuando todos llegaron al hospital esa noche estaba en
coma, del que nunca despertó. Miguel murió esa noche rodeado de sus seres
queridos.
Cuidar a un moribundo es una tarea difícil, especialmente
en casa. Hay que administrar medicamentos, a menudo las 24 horas del día,
realizar cuidados personales, preparar comidas y, a veces, aplicar vendajes o
tratamientos. Y a pesar de todo esto, la marea de responsabilidades cotidianas
continúan: hay que pagar las facturas, cuidar a los niños, lavar la ropa. Las
familias suelen estar cansadas y es una tarea titánica simplemente el concentrarse
en un día o momento específico. El futuro trae dolor y pérdida, por lo que
muchas familias y amigos evitan mirar hacia adelante.
La familia
de Miguel pasó por alto fácilmente la información que recibieron. La hija de Puri
no habría creído el mensaje de su madre si no se lo hubieran explicado. Ambos
mensajes indicaban claramente una visión del futuro que las familias suelen
negar inconscientemente, no porque no les importe o no les interese sino porque
no comprenden la importancia de lo que se les dice. Ocupados en brindar
atención y apoyo emocional no pueden ver más allá de estas preocupaciones
inmediatas.
Si
esa comunicación directa puede pasarse por alto o malinterpretarse es fácil ver
cómo también pueden pasarse por alto o malinterpretarse mensajes sutiles.
ELSA.
“A
mamá no se le ocurriría recibirte sin estar vestida y maquillada”, explicó Beatriz
al saludarme. “Espero que no te importe esperar. Me dio instrucciones
específicas para entretenerte mientras la auxiliar de enfermería la ayuda a
prepararse. Ven al comedor y tomaremos una taza de té”.
Era
una radiante mañana de agosto mientras estábamos sentadas frente al precioso
ventanal soleado. Pedí a Beatriz que me contara más sobre su madre. Sonrió.
“Mi
madre puede parecer pequeña y frágil pero siempre ha sido independiente, con un
fuerte sentido de valores. Ella y mi padre abandonaron Alemania justo antes del
estallido de la Segunda Guerra Mundial, sin mucho más que unas pocas posesiones
y la ropa que llevaban puesta. Yo nací aquí. Les costó mucho trabajo
establecerse, pero lo lograron y mi padre construyó un negocio exitoso. Murió
cuando yo tenía seis años así que, en realidad fui, criada por mi madre. Ella
dirigió la empresa hasta que se jubiló el año pasado, y solo por enfermedad”.
“Cuando
le diagnosticaron cáncer de colon, le preguntamos si quería venir a vivir con
nosotros pero se negó. No quería ser una carga ni dejar su hogar y amigos en
Filadelfia. El mes pasado llamó y dijo que había cambiado de opinión. Sus
amigos me dicen que lo que realmente la impulsó a venir aquí fueron una serie
de caídas que la asustaron. Todavía no me las ha mencionado. Es muy estoica. Me
da pena porque sé que fue difícil para ella irse de Filadelfia, aunque nunca
habla de ello, pero me alivia mucho tenerla aquí. Estábamos muy preocupados por
que viviera sola”.
Le pregunté
cómo había estado manejando el cuidado de su madre.
“Ha
insistido en contratar a su propia auxiliar de enfermería para que yo no tenga
que ocuparme de sus necesidades personales. Al principio esto me molestó porque
no lo habría considerado una carga. No trabajo y los niños van a la escuela,
pero mi esposo y yo decidimos aceptar sus deseos, ya que le parecía muy
importante tomar sus propias decisiones”.
Estuve
de acuerdo en que probablemente era el mejor plan, ya que permitía a su madre
mantener cierto control.
De
repente oímos el sonido de una campana de porcelana.
“¡Mamá
te espera!”, dijo Beatriz con una sonrisa. Me acompañó a la biblioteca, donde Elsa
estaba sentada majestuosamente en una silla, junto a la chimenea.
“Siento
haberte hecho esperar”, dijo con un encantador acento alemán mientras nos
dábamos la mano. “Esta enfermedad me ha frenado un poco. Pero quizás hayas
tenido la oportunidad de conocer a mi hija. ¿No es maravillosa? Ella y su
familia se mudaron a esta preciosa casa hace un año, ¡y ella misma ha decorado
todo!
¡Beatriz!
¿Le enseñaste las coronas navideñas que has estado haciendo? —preguntó Elsa—.
Nací en Alemania, el país donde se originaron tantas tradiciones navideñas, así
que ya nos estamos preparando para la festividad, ¡aunque falten meses! La
Navidad siempre ha sido el día más importante del año para nuestra familia. Es
una época muy feliz”.
Cada
semana que la visitaba, Elsa pedía a Beatriz que me mostrara su último proyecto
navideño.
“Sé
que ésta será su última Navidad, así que estamos tratando de que esta sea la
mejor que haya tenido —dijo Beatriz con tristeza—. Quiero alejar este
pensamiento de la cabeza. Mi madres siempre ha estado en medio de todas las
festividades y es difícil imaginar la Navidad sin ella”.
Para
octubre, Elsa estaba mucho más débil y pasaba más tiempo en cama. Rara vez se
quejaba pero ya no parecía interesada en ayudar con la decoración. Beatriz
comentó que se había vuelto callada y retraída, y parecía deprimida.
“Sigo
intentando hacer cada vez más para animarla y hacerla sentir mejor, pero parece
que solo consigo que se vuelva más retraída”, dijo.
La
depresión es una parte normal de afrontar las muchas pérdidas que se
experimentan en el proceso de morir. Y, como ocurre con otras emociones, la
depresión debe ser respetada. Cuando conté esto a Beatriz pareció aliviada. Le
sugerí que pasara un tiempo sentada tranquilamente con su madre.
“El
otro día dijo que la Navidad también puede ser una época triste. Quizás se da
cuenta de que esta será la última con nosotros” dijo Beatriz con tristeza.
“Sí,
podría ser”, respondí. “Pero también podría significar que tu madre sabe que
podría morir durante las fiestas”. Beatriz quedó sorprendida y un poco
conmocionada por esta afirmación.
"Es
muy pronto para saberlo", dije. "Sigue haciendo lo que ya haces tan
bien: que cada día sea lo mejor posible para ella".
Elsa
se debilitó a medida que se acercaban las fiestas. Aunque los cuidados y
atención en casa de Beatriz iban bien pidió que la ingresaran en la unidad de
cuidados paliativos para morir. Beatriz deseaba que su madre se quedara en casa
pero, respetando una vez más sus deseos, accedió al traslado. Elsa ingresó en
la unidad el 20 de diciembre.
Beatriz
y su familia pasaron la Nochebuena visitando a Elsa, disfrutando de los
villancicos y el ambiente festivo. Mientras se preparaban para partir, Elsa le
susurró instrucciones a su hija para encontrar los regalos que habían estado
escondidos por la casa. Beatriz se conmovió al saber que la auxiliar de
enfermería había comprado a escondidas para su madre y la ayudó a envolver y
esconder los regalos en octubre. Beatriz besó a Elsa y todos le desearon una
feliz Navidad mientras regresaban a casa.
A la
mañana siguiente, tras abrir todos sus regalos, se preparaban para partir hacia
la unidad de cuidados paliativos. Sonó el teléfono. Elsa acababa de morir, en
paz, sin previo aviso.
Visité
a Beatriz al día siguiente. Me contó entre lágrimas que su hija de diez años
había dicho: «Ahora la Navidad siempre será el día de la abuela, así que, mamá,
¡siempre estará aquí con nosotros!».
“Me
alegra que mi madre me avisara en octubre”, dijo Beatriz. “Tuve todo ese tiempo
para pensarlo de otra manera pues, de lo contrario, habría sido devastador que
muriera ese día. Debió saberlo de algún modo, y quiso prepararme”.
El comentario claro, pero sutil de Elsa sobre el posible
momento de su muerte, no cambió nada pero sí dio tiempo a su hija y familia
para prepararse para esa posibilidad. Al vivir con este pensamiento pudieron
sentirse más cómodos y verlo de una manera diferente, más positiva que si
hubiera sido una sorpresa.
NICOLAS.
"Vivo
el sueño americano", dijo Nicolás cuando lo conocí. "Soy hombre que
lo tenía todo hasta que me atacó este maldito cáncer: buen matrimonio, tres
hijos prósperos, casa enorme y el mejor restaurante griego de la ciudad. Mis
empleados no son solo empleados, son miembros de mi familia".
Hijo
de inmigrantes griegos pobres, Nick era hombre exitoso, respetado y querido por
muchos. Decenas de amigos lo ayudaron con sus cuidados después de que enfermara
de cáncer de estómago a los cincuenta y cinco años. Pero la enfermedad se
agravó cuando ya no podía comer sin sentirse mal del estómago.
"Es
irónico", dijo. "No tengo hambre en absoluto, es solo que echo mucho
de menos el placer de la comida. ¡Ha sido mi vida!"
“Todos
los días llama al cocinero del restaurante para que le traiga algo diferente
para cenar”, dijo su esposa, Christina. “Y todos los días el cocinero viene
corriendo justo con lo que Nick quiere.
Todos saben que no puede comerlo, ¡pero lo pide de todos modos!”
A
principios de junio, Christina llamó preocupada por la forma en que actuaba
Nick.
“Quizás
sea mejor que vengas a revisarlo. Creo que está confuso”.
Cuando
llegué estaba ocupado diciendo a su esposa que “traiga el pastel de bengalas
ahora”.
"¿Ves?
Está todo confundido", dijo Christina. "Nuestro aniversario de bodas
es el 4 de julio así que el cocinero siempre nos hace un pastel enorme con
bengalas, pero falta más de un mes. Sigo intentando explicárselo a Nick, pero
no para de pedir el pastel".
Examiné
a Nick con atención pero no encontré ninguna razón física para este cambio
repentino. Le sugerí a Christina que Nick podría ser más consciente que
nosotros de lo que le estaba sucediendo. Quizás intentaba decirle que moriría
antes de su aniversario.
Disgustada,
Christina reunió a la familia para hablar de esto y acordaron comprar el pastel
y celebrar al día siguiente. Fue una fiesta genial y Nick estuvo inusualmente
brillante y activo. Para sorpresa de todos, incluso logró comer un trocito de
pastel sin vomitar.
Nick
murió el 30 de junio y fue enterrado el 4 de julio, su aniversario de bodas. En
el cementerio, Christina me abrazó.
“Déjame
contarte lo que Nick me dijo durante la fiesta”, dijo entre lágrimas. “Me dijo
que estaba orgulloso de mí como mujer y como esposa, y que estaba orgulloso de
los veintiséis años felices que hemos pasado juntos. Me dio las gracias y lloré
sin parar. Pero yo también le di las gracias. Me alegra mucho que hayamos
celebrado nuestro aniversario antes. Pero casi nos perdimos ese día maravilloso
porque pensé que estaba confundido”.
De forma sutil e indirecta, tanto Elsa como Nicolás
compartieron con sus seres queridos su conocimiento especial sobre cuándo
ocurriría la muerte. Elsa fue clara; la familia de Nicolás pensó que estaba
confundido. Cualquiera de los dos mensajes fácilmente podría haberse pasado por
alto.
¿Por
qué los moribundos no dicen simplemente: “Me estoy muriendo en este día en
particular o en esta hora exacta”?
No lo
sabemos. Aún nos queda mucho por aprender y comprender sobre la Conciencia de
la Muerte Próxima. Pero, de forma directa, sutil o incluso silenciosa, los
moribundos nos demuestran que sí
saben cuándo les llegará la muerte y que esta información no les angustia. Al
escuchar y comprender estos mensajes se nos brindan oportunidades únicas para
prepararnos para su pérdida, afrontar nuestro miedo a morir, aprovechar al
máximo el tiempo que nos queda y participar de forma más significativa en este
acontecimiento vital.
III. CONCIENCIA SOBRE LA MUERTE CERCANA: LO
QUE NECESITO PARA UNA MUERTE EN PAZ
Esta
sección del libro aborda las peticiones de lo que una persona necesita para
morir en paz. Algunas reconocen la necesidad de reconciliación. Otras solicitan
la eliminación de un obstáculo que les impide morir en paz. La hay que
necesitan circunstancias particulares para morir en paz, tal vez elegir el
momento de su muerte o a las personas que estarán presentes.
Al
darse cuenta de lo que necesitan, los moribundos suelen preocuparse; algunas
transmiten una enorme urgencia. Las peticiones coherentes suelen generar
acción. Sin embargo, las vagas o indirectas pueden pasarse por alto o
ignorarse, lo que genera frustración, ansiedad y, a veces, agitación. Si la
conciencia de una necesidad importante llega tarde —cuando la muerte parece
inminente—, la persona puede retrasar o prolongar el proceso de morir en un
intento por resolver un asunto o lograr una reunión final de reconciliación.
La
ansiedad, la agitación o la muerte prolongada de una persona pueden ser
perturbadoras para todos: paciente, familiares y amigos, y personal sanitario.
A menudo la respuesta a la agitación es sedar al paciente y, a veces, a la
familia. Los sedantes pueden ayudar a aliviar la agitación pero los
medicamentos, por sí solos, no son la solución. Intentar reprimir la agitación
sin analizarla y, de ser posible, intentar resolver el problema subyacente
puede aumentar la angustia en lugar de disminuirla.
Comprender
los problemas que necesitan solución puede permitirnos ayudar mejor a los
moribundos y ayudarnos a comprender la necesidad de reconciliación y plenitud
en nuestras propias vidas.
CAPÍTULO DIEZ. “TENEMOS QUE IR AL
PARQUE.”
ANDREA.
Al
cruzar la puerta principal de la cómoda casa suburbana de Andrea me presenté.
“Tengo
algunas preguntas que hacerte”, me dijo con tono profesional.
Su
marido, Tom, estaba detrás de ella con mirada tranquila y curiosidad,
sosteniendo al más pequeño de sus tres hijos pequeños. Los otros dos estaban
despatarrados en el suelo de la cocina ocupados con libros para colorear.
"Necesito
saber quién eres", dijo Andrea mientras ponía una cafetera. Nos sentamos
juntas en la mesa de la cocina mientras le contaba brevemente sobre mi
trayectoria profesional.
"¿Por
qué haces este trabajo?", preguntó con la misma franqueza y eficiencia.
"¿No es deprimente?"
“Es
una pregunta difícil de responder. La tristeza y la tragedia de la muerte de
alguien siempre están presentes; yo también las siento. Pero más allá de eso
tengo la oportunidad de ayudar a una paciente a apreciar el último capítulo de
su vida, a aprovechar este tiempo para resolver problemas, decir cosas
importantes, terminar asuntos pendientes y compartir momentos importantes con
sus seres queridos. Mi trabajo es mantener a los pacientes lo más cómodo
posible, no solo físicamente, para que puedan disfrutar de momentos especiales
de la mejor manera. También creo firmemente que, al igual que dar a luz, morir
puede ser una oportunidad para que toda la familia comparta experiencias
positivas en lugar de solo tristeza, dolor y pérdida. Ese es el desafío de este
trabajo, y esa es mi alegría”.
Andrea
se quedó callada unos minutos, luego sonrió y me sirvió otra taza de café. Me
di cuenta de que aún no había terminado mi "entrevista de trabajo".
“Tengo
cáncer de útero y me han dicho que estoy muriendo”, dijo. “Quiero saber cómo
será”.
Me
asombró la falta de miedo en los ojos de esta extraordinaria mujer de
veintinueve años. Y, sin duda, no era raro que esta pareja hablara tan
abiertamente con sus hijos pequeños presentes.
"Nunca
he muerto", dije, "así que no puedo decírtelo por experiencia propia.
Pero he cuidado a moribundos durante muchos años, así que puedo contarte lo que
he visto y lo que me han contado".
"¡Genial!",
dijo. "¡Me gustaría saberlo!"
Comencé
contándole los cambios físicos que eran comunes a su enfermedad: pérdida de
apetito con la consiguiente pérdida de peso, debilidad, algo de dolor y
posiblemente algunas náuseas leves.
Le
expliqué cómo intentaríamos controlar las diversas molestias que pudiera
desarrollar, mediante cambios en la dieta y medicamentos. Le expliqué que
probablemente experimentaría somnolencia y ensoñación cada vez mayores, quizás
algo de confusión hacia el final, lo que la llevaría a un breve coma antes de
morir. Probablemente moriría de insuficiencia hepática, pero con control
adecuado de los síntomas podríamos mantenerla cómoda.
“Bueno,
eso es lo que le va a pasar a mi cuerpo”, dijo. “¿Pero qué me va a pasar a mí?”
Sentía
curiosidad y asombro cuando le hablé de la Conciencia de la Muerte Cercana o
próxima: otros pacientes habían hablado de haber estado con alguien que ya
había fallecido, de prepararse para partir, de ver adónde iba y de saber cuándo
sucedería. Le dije que también nos habían demostrado que no eran impotentes en
este proceso y que, a menudo, podían decirnos qué necesitaban para morir en
paz, e incluso elegir el momento exacto de su muerte.
Le
aseguré que en toda mi experiencia, con raras excepciones, no había visto
muertes dolorosas ni aterradoras. Parecía sorprendida y aliviada.
Di a
Andrea una copia del libro del doctor. Raymond Moody, Life
After Life, que describe experiencias cercanas a la muerte, y le sugerí
que podría obtener información adicional de él.
Le
expliqué que, aunque pudiera tener experiencias
cercanas a la muerte, a medida que se acercaba a su fin esas experiencias
probablemente serían diferentes, posiblemente mucho más lentas y graduales, y
que podría compartirlas con quienes la rodeaban tal como ocurrieran. Estaba muy
emocionada con esto.
La
conversación había durado dos horas y el día estaba desapareciendo rápidamente.
"¡Tenía
que contarte sobre el programa de cuidados
paliativos y cómo podría ayudarte!", dije. Nos reímos.
“Me
has dicho lo que realmente necesitaba saber. ¿Cuándo volverás?”
En mi
siguiente visita Andrea me recibió en la puerta. Estaba emocionada.
“Tom
y yo leímos el libro juntos”, dijo. “Fue muy útil.
Leímos fragmentos a los niños. Si morir es así, ¡creo que puedo hacerlo!”
Me
conmovió su comentario: "¡Creo que puedo hacerlo!". No
"Quiero", sino "¡Si tengo que hacerlo, creo que puedo!".
Esta información claramente ayudó a Andrea a sentirse menos asustada e
impotente ante la muerte.
“Estoy
fascinada”, dijo. “Esta información me ha ayudado mucho. Así que quiero
ayudarte en todo lo que pueda para que puedas ayudar a otros. Te diré algo: si
me pasa alguna de estas cosas, te prometo
contártelo todo. ¿De acuerdo?”. Hicimos un pacto al principio de nuestra
relación.
Fue
un placer estar con Andrea, Tom y sus hijos pequeños. Su franqueza, deseo de honradez
y su capacidad para resolver las dificultades en familia me sorprendieron. Los
aplaudí por involucrar a los niños en todo lo que se hacía o se hablaba, pues
sabía que esto influiría enormemente en cómo afrontarían esta tragedia ahora, y
el proceso de duelo más adelante.
“Siempre
los hemos incluido”, dijo Andrea. “Creemos que la honradez es la mejor política
con los niños. Pero, incluso si no lo hiciéramos, ¿cómo podríamos tener una
conversación privada con tres niños menores de siete años bajo nuestros pies?” Rió.
Pregunté
cómo habían reaccionado los niños al libro.
"Les
pareció genial. ¡Lisa dijo que parecía magia!"
Un
día llegué y encontré a Andrea llorando, sentada en silencio en el suelo de la
sala rodeada de tres bolsas de supermercado, una para cada niño.
“Estos
son los libros infantiles”, dijo. “Nunca tuve tiempo de armarlos bien”.
“¡Mira
qué hermosos bebés!” dijo entregándome unas fotos. “¡Cómo odio
tener que dejarlos! Me da miedo que se olviden de mí, así que quiero que cada
uno tenga algo especial para recordarme. ¿Me ayudas? Es muy difícil para Tom”.
Me
senté en el suelo con ella. Juntas lloramos, compartimos los pañuelos y
empezamos a escribir tres libritos, cada uno titulado "Mamá y yo". Me
sentía agotada por la tristeza, pero llena de admiración por esta hermosa joven
madre.
Tres
semanas después pasaba por casualidad en coche por el barrio de Andrea. Su
visita de rutina no estaba programada pero mi día había terminado temprano Como
tenía algo de tiempo libre decidí pasar. Andrea me recibió en la puerta muy
pálida, pero contenta de verme.
“¡Qué
sorpresa! Estaba pensando en ti. ¡Pasa!”
Empezó
a tambalearse como si estuviera mareada.
"Voy
a vomitar", murmuró.
La
agarré del brazo mientras pasaba a trompicones junto a mí hacia el baño. Grité
a Tom para que viniera rápido mientras Andrea se desmayaba en mis brazos. Con
torpeza, la bajamos al suelo. Tenía una hemorragia.
Tom
estaba presa del pánico.
“¡No
me digas que ya pasó! ¿No hay nada que
podamos hacer?”
“Quizás
puedan revertir esto con un tratamiento intensivo en el hospital o podemos
mantenerla cómoda aquí, en casa. Pero si pierde demasiada sangre morirá muy
pronto. Andrea dijo que no quería más tratamiento para el cáncer, pero ¿qué
crees que querría que hiciéramos en esta situación?
“¡Qué
repentino!. Todavía no está lista, y nosotros tampoco. Hay cosas que quiere
terminar por los niños, y acaba de empezar a ayudarme a organizar las finanzas
familiares. Si es posible ganar un poco más de tiempo —creo que lo
necesitamos—, querría que lo intentáramos”.
Llamamos
a la ambulancia. Andrea ingresó en la Unidad de Cuidados Intensivos del
hospital, donde respondió a los tratamientos y transfusiones de sangre,
recuperando finalmente la consciencia. Me permitieron entrar a verla.
“Andrea,
me alegra mucho que te sientas mejor. ¡Nos llevamos un buen susto!
Ella
tomó mi mano y la sujetó muy fuerte. Al recordar la expresión de su rostro,
antes de quedar inconsciente, sospeché que Andrea había tenido experiencias que
no podíamos ver y estaba segura de que las compartiría conmigo si pudiera.
"¿Pasó
algo?", pregunté. Vi cómo le costaba expresar sus pensamientos con
palabras. Es imposible describir la mirada en sus ojos mientras me miraba
fijamente. ¿Asombro? ¿Maravilla? ¿Asombro?
“¿Pasó
algo bueno?” pregunté, y respondió con un murmuro.
“Sí.
¡Claro que sí!
“¿Puedes
contarme algo al respecto, aunque sea una palabra?”.
“No
puedo. ¡No puedo! Negó lentamente con la cabeza.
“No
te preocupes. No pasa nada, quizá más tarde. Me alegra mucho que hayas vuelto y
que hayas tenido una buena experiencia.
Andrea
nunca pudo describir lo que le sucedió ese día, pero había una paz y
tranquilidad a su alrededor que se sentía en todos los que la rodeaban.
“Andrea
se hace la valiente para proteger a los demás de su dolor y sus miedos”, dijo
Tom unas semanas después. “Es su manera de hacérselo fácil. De vez en cuando me
deja abrazarla y lloramos por lo que nos está pasando, pero no muy a menudo”.
“Ella
no dirá nada, pero sé que está dolida por la forma en que ha actuado mi padre”,
continuó. “Los dos se hicieron muy amigos después de la muerte de sus padres.
Creo que ella y papá se quieren mucho. Él no habla mucho, pero se llevaban
genial. Después de jubilarse, y de que mi madre falleciera, venía todos los
días a ayudar a Andrea con los niños. Pero eso fue antes
de que ella enfermara. Cuando le contamos sobre su cáncer montó en
cólera y nos gritó a los dos. Nos quedamos sin palabras y eso molestó mucho a
los niños”.
“Dale
tiempo”, me dijo Andrea. “Tiene que resolver esto solo. Está demasiado alterado
ahora mismo”. Había un tono de enojo en la voz de Tom.
“Bueno,
el tiempo se convirtió en semanas y las cosas no mejoraron”, dijo. “Papá venía
de vez en cuando, pero no se quedaba mucho tiempo y era brusco y brusco. Llegué
a casa del trabajo después de una de sus visitas y encontré a Andrea llorando.
'Siento que está enojado conmigo porque podría
morir y dejarte solo criando a estos niños', sollozó. '¿Acaso él cree que yo
elegiría que esto pasara?'
Tom
dijo: “¡Lo podría haber matado en el acto! Agarré el teléfono rapidísimo y lo
llamé. «¡Maldita sea!», grité, «¡ya tenemos bastante con lo que hay que tenemos
que soportarte a ti también!», y colgué de golpe. No lo hemos visto desde
entonces. Es tan raro en él. ¿Cómo puede ser tan cruel?”
A
juzgar por la descripción del comportamiento antes del diagnóstico de Andrea,
sugerí que tal vez su padre en realidad amaba tanto a Andrea que no podía
lidiar con su pérdida ni afrontar los cambios que estaban sucediendo.
“Andrea
y tú conocisteis a nuestro trabajador social”, dije. “Estoy seguro de que
podría ayudar con este problema. De verdad creo que papá también está sufriendo
mucho ahora mismo”.
“¡Tienes
razón!” dijo Tom. “El trabajador social me ha sido de gran ayuda. Quizás podría
hablar con papá. Prefiero no tener que tratar con él”.
Nuestra
trabajadora social visitó a papá y le contó que estaba tan devastado por la
enfermedad de Andrea que lo invadieron la rabia, el dolor y el miedo.
"¿Cómo puede pasar algo así?", dijo. "¡No sé qué decir! ¡No sé
qué hacer! Andrea se porta tan valiente. Tengo miedo de perder el control y
derrumbarme". Cada vez que la miro. La quiero tanto; es la hija que nunca
tuve. Luego miro a esos bebés y simplemente no lo soporto; es tan buena madre.
¿Qué será de ellos? ¿Cómo podrá Tom manejar todo esto y también mantener a su
familia?
La
trabajadora social lo visitaba regularmente y pudo ayudar a papá a reconocer
sus sentimientos y afrontar sus miedos. Pero todos sentíamos la urgencia de que
se produjera esta reconciliación, ya que Andrea se estaba deteriorando
rápidamente.
Había
podido terminar el trabajo financiero que había empezado con Tom y los libros
que con cariño hacía para cada uno de sus hijos. Había contratado a una mujer
para que cuidara a los niños mientras Tom trabajaba. Y como si supiera que su
trabajo estaba hecho, parecía simplemente "dejarse llevar".
Andrea
ahora estaba en cama todo el tiempo, así que le sugerí que una cama de hospital
podría ser más fácil.
“No
queremos. ¡No habrá espacio para mí y los niños en una cama de hospital!”
Demasiado
débil para participar en sus cuidados, Andrea dormía la mayor parte del tiempo
y sufría periodos cada vez más intensos de inquietud y confusión. Pero una
frase clara e insistente en sus divagaciones incoherentes era: «Tenemos que ir al parque». Le pregunté a Tom qué significaba eso.
Me preocupaba que su inquietud indicara que algo la incomodaba.
“Ella
y papá solían llevar a los niños al parque todo el tiempo. ¡Estoy seguro de que
está esperando a papá! Ya ha sufrido bastante; voy a buscarlo y traerlo aquí
ahora mismo, ¡esté listo para venir, o no!”
Con
los ojos empañados por las lágrimas, papá apenas podía subir las escaleras de
la casa de su hijo. Al ver a Andrea rompió a llorar, acunándola en sus brazos.
“Estoy
aquí, cariño, estoy aquí. Lo siento mucho. Por favor, perdóname. ¡Te quiero
muchísimo! Nunca volveré a alejarme. Vendré todos los días. ¡Lo prometo!”.
Andrea parpadeó mientras apenas susurraba: “Papá”.
“¿Puedo
quedarme aquí esta noche?” preguntó papá.
"Sí,
nos gustaría", dijo Tom.
Andrea
murió en paz esa noche, en su cama tamaño enorme, rodeada de Tom, sus hijos y papá.
Momentos
después de mi llegada Tom me contó que, mientras Andrea agonizaba su hija Lisa
—quien seguramente recordaba las descripciones de abandonar el cuerpo como
parte de las Experiencias Cercanas a la Muerte del libro que habían leído— miró
al techo y saludando, dijo: "¡Adiós, mamá! ¡Te queremos! ¡Que tengas un
buen viaje mágico y no olvides reservarnos asientos de primera fila en el
Cielo!".
CAPÍTULO ONCE. RECONCILIACIÓN:
“NECESITO HACER LAS PACES CON. . .”
Uno de los aspectos más importantes de la Conciencia de
Muerte Próxima o cercana es la necesidad de reconciliación. Los moribundos
desarrollan la conciencia de que necesitan estar en paz. A medida que se acerca
la muerte las personas a menudo perciben que algunas cosas parecen inconclusas
o incompletas, tal vez asuntos que antes parecían insignificantes o que
sucedieron hace mucho tiempo. Ahora, el moribundo comprende su importancia y
desea resolverlos. Si esta consciencia llega tarde, cuando la muerte parece
inminente, la persona puede retrasar o prolongar la agonía en un intento por
lograr un encuentro reconciliador, como en la historia anterior cuando Andrea
esperaba a su suegro.
Si la
solicitud de reconciliación se presenta de forma coherente la mayoría de las
personas intentan ayudar. Por ejemplo, si un hombre moribundo dice: «Necesito
hablar con mi hermana. No nos hemos hablado desde que tuvimos una discusión
terrible hace quince años», la mayoría hará lo que esté en su mano para
intentar encontrar a su hermana.
Pero
a veces la petición es menos clara. Puede pasarse por alto, considerarse
irrelevante o etiquetarse como confusión. Si los moribundos saben qué necesita
reconciliarse, pero sus intentos de comunicar sus necesidades son ignorados,
pueden agitarse. Esto suele ocurrir si están cerca de fallecer y se dan cuenta
de que la muerte no será pacífica sin esta reconciliación. Esto puede ser lo
que ocurre cuando alguien parece morir con dolor: más que físico el dolor puede
ser emocional o espiritual. Estos tipos de dolor pueden ser más difíciles de
aliviar y con demasiada frecuencia pasan desapercibidos o se ignoran.
Los
problemas subyacentes tienden a girar en torno a las relaciones: de ahí el
fuerte impulso de muchas moribundos a buscar la curación y la reconciliación,
ya sea con otras personas, con un ser supremo o consigo mismas.
TERESA.
Teresa,
de veintidós años, estaba muriendo de cáncer de huesos. Era la menor de dos
hermanos y fue abandonada por su padre a los cinco años. Aunque vivía cerca, el
padre había tenido poco contacto con sus hijos a lo largo de los años y no
había contribuido en nada a la crianza. Teresa vivía con su madre, que la
cuidaba. Su hermano, que vivía cerca la visitaba con frecuencia y hacía lo que
podía para ayudar.
Durante
mi primera visita, Teresa y su madre describieron al padre como "ese
hombre", no como "mi padre" ni "mi exmarido". Pregunté si Teresa
quería verlo. Dijo que, como no tenían relación, no sentía la necesidad de
hacerlo.
Los
mayores problemas de Teresa eran el dolor y la pérdida de peso. Como suele
ocurrir con los jóvenes, cuyo metabolismo es más rápido que el de las personas
mayores, el dolor de Teresa requería dosis bastante altas de analgésicos.
También probamos otras técnicas para aliviar el dolor: la meditación y la
música le resultaron especialmente útiles, y establecimos un horario regular
para ellas.
A su
madre le costaba ver la pérdida de peso. Teresa medía 1,70 metros y siempre
había sido delgada, pero ahora comía muy poco y rechazaba todos los suplementos
dietéticos. A medida que se debilitaba y pasaba más tiempo en cama su madre
tenía que voltearla de lado cada pocas horas para evitar las escaras.
Cuatro
meses después de ingresar en nuestro programa, Teresa parecía llegar al fin del
camino. Su dolor se volvió cada vez más intenso y la dosis de analgésicos había
aumentado en consecuencia. Creíamos que el dolor físico estaba controlado, pero
seguía gimiendo. Le preguntamos qué le pasaba, pero no obtuvimos respuesta; su
habla era difícil de entender. La madre me preguntó varias veces cómo era posible
que Teresa siguiera viva.
Pero
un día, entre un mar de palabras, Teresa dijo: “Papá”.
Nos
preguntábamos si quería ver a su padre. Se lo preguntamos pero su respuesta fue
ininteligible, unas pocas palabras perdidas en otro gemido. Su madre pensó que
valía la pena intentarlo. Llamó al padre y le explicó lo que estaba pasando.
Esa
tarde el hermano de Teresa recogió al padre y lo llevó al apartamento.
Entró
en el dormitorio, se sentó junto a Teresa, le tomó la mano y le dijo que estaba
allí. No dijo nada más. Parecía conmocionado y molesto, pero también rígido e
incómodo. Después de unos minutos, se levantó. "No puedo soportarlo",
dijo, saliendo de la habitación y despidiéndose de manera incómoda.
Pero
los gemidos de Teresa cesaron, su agitación se alivió y murió en silencio unas
horas después. Nadie puede afirmar que la visita de su distanciado padre fuera
lo que Teresa necesitaba para una muerte en paz. Pero la única circunstancia
que hizo que ese día fuera diferente a los anteriores fue su presencia. Su
madre y hermano sienten que, de alguna manera, Teresa necesitaba algo de su
padre, y que después de su visita pudo dejarse llevar y morir.
Teresa se dio cuenta muy tarde de que necesitaba ver a su
padre; su estado de debilidad le impedía comunicarse de forma inteligible.
Cualquier retraso en conseguir que su padre viniera se debía a nuestra
dificultad para comprenderla, y encontrar y traer a su padre fue fácil. A veces puede ser difícil encontrar
a la persona importante, lo que puede causar mucha frustración.
LINDA.
Con
marcado acento irlandés, el sobrino de Linda describió sus antecedentes durante
mi primera visita: “Era una gran promesa pero con tan pocas oportunidades para
una chica como ella en su país natal, su familia unió sus escasos recursos y la
envió a Estados Unidos. La pobrecita era una niñita inocente viajando sola a
los dieciocho años. Llegó a este país en tercera clase: iban hacinados como
animales. Es un milagro que sobreviviera al viaje”.
Como
tantas chicas irlandesas de su generación, Linda emigró a Estados Unidos,
trabajó como empleada doméstica, enviaba dinero a casa y vivió una vida
solitaria hasta que conoció a un chico y se enamoró. El amor no duró, pero la
hija que nació de la relación, sí, y Linda se encontró en la calle luchando por
mantener con vida tanto a ella como a su pequeña hija, Maureen.
“Fueron
tiempos difíciles”, dijo el sobrino. “Hasta que Linda conoció al Sr. O'Malley,
un granjero. Es mucho mayor, pero un hombre muy trabajador, y la ha mantenido
bien durante todos estos años. Sin embargo nunca ha hecho ningún favor a
Maureen, porque es ilegítima. La envió a un internado cuando tenía siete años y
solo la dejaba venir a casa dos veces al año”.
“¿Dónde
está Maureen ahora?” pregunté.
“Maureen
resultó ser una inútil, y nadie sabe dónde está”, dijo. “Es como un puñal en el
corazón de la pobre Linda, pero nunca menciona su nombre. ¡Es como si estuviera
muerta!”
A
pesar de sus cincuenta y cinco años de matrimonio, Linda siempre se refería a
su esposo como "el Sr. O'Malley" o, "él". Era hombre de
pocas palabras y de carácter brusco, pero sorprendentemente activo y fuerte
para un hombre de ochenta años encargado de las tareas diarias de la granja. Su
relación no parecía ser cálida ni afectuosa sino más bien de discreta dependencia,
o quizás de cómoda tolerancia. Los cuidados que el Sr. O'Malley no podía
brindarle a Linda se los proporcionaba la empleada doméstica que había
contratado.
Linda
agonizaba en su casa por cáncer de útero. A medida que su estado empeoraba se
deprimía cada vez más y se volvía más callada. A menudo se negaba a comer y se
limitaba a mirar al vacío, con tristeza.
“Quiero
que esto finalice”, decía, pero se demoraba como si esperara algo.
“Linda,
parece que estás esperando algo. ¿Es a Maureen?
Los
ojos de Linda se llenaron de lágrimas. Agitó la mano. Dejando de lado la
conversación se giró hacia un lado y cerró los ojos.
Luchó
contra una complicación tras otra: en su estado de debilidad parecía que
moriría con cada problema. Pero aguantó y los miembros del equipo de cuidados
paliativos comentaron que sentían que Linda esperaba ver a alguien antes de
morir, probablemente a Maureen.
El
capellán, la trabajadora social y yo la visitamos un día, con la esperanza de
poder hablar de nuestra preocupación con el Sr. O'Malley. ¿Habría alguna manera
de averiguar el paradero de Maureen y avisarla que su madre estaba muriendo y
necesitaba verla?
“¡En
esta casa no se habla de eso!”, gritó el Sr. O'Malley, furioso.” Esa niña solo
ha sido un dolor de cabeza y problemas desde que nació. ¡No quiero ni hablar de
eso!! rugió, agitando su bastón mientras salía furioso por la puerta trasera.
Pero
en cuestión de una semana la prima de Linda, Eileen, llamó tímidamente al
capellán para informarle que, meses antes, Maureen le había enviado una carta
con matasellos de Florida y su dirección como remitente. En la carta, Maureen
preguntaba cómo estaba su madre explicando que le había escrito muchas veces y
nunca había recibido respuesta. Continuó diciendo que sabía que le había
causado un gran dolor, pero que ahora estaba en un programa de tratamiento para
el alcoholismo y trataba de rehacer su vida. Quería que su madre recibiera el
mensaje de que la amaba y lamentaba haberle causado tantos problemas.
Eileen
sabía que Linda dependía del Sr. O'Malley para leerle el correo y sospechaba
que había ocultado las cartas de Maureen. Se sentía culpable por no haberle
entregado el mensaje de Maureen a Linda, pero temía enfrentarse a la ira del
Sr. O'Malley. "¡Ese es un hombre feroz!", dijo.
Eileen
contó al capellán sobre la dura crianza de Maureen y la timidez de Linda ante
la personalidad dominante de su esposo. El último vínculo entre Linda y su hija
se rompió cuando, tras escaparse de la escuela, Maureen se volvió hippie y
regresó a casa a pedir dinero. Su padrastro la echó y la amenazó con llamar a
la policía si alguna vez regresaba.
“Linda
tenía el corazón roto”, dijo Eileen con tristeza. “Nunca volvió a ver a
Maureen, ni mencionó su nombre. Eso fue hace casi veinte años. Supimos que se
casó y tuvo dos hijos, pero se divorció y perdió la custodia por culpa de la
bebida”.
Al
día siguiente acompañé al capellán mientras confrontaba al Sr. O'Malley con
esta información. Se enojó y se puso a la defensiva.
"¡Proteger
a su esposa es la responsabilidad del esposo!", exclamó con furia. Con
amabilidad y delicadeza el capellán explicó a Linda lo sucedido. Ella miró
desafiante a los ojos del marido.
“¡O'Malley,
eres el mismísimo diablo!” dijo ella. Dicho esto, él arrojó un puñado de cartas
sobre la cama y salió hecho una furia. Todas eran de Maureen. El capellán las
leyó mientras las lágrimas corrían por las delgadas mejillas de Linda.
“¡Traédmela!”,
suplicó.
Necesitando
mantener su patrón de vida de control sobre los demás, el Sr. O'Malley se negó
a pagar el boleto de avión de Maureen o a permitirle dormir en su casa, pero
otros familiares colaboraron para pagar el billete y le proporcionaron un lugar
donde quedarse.
Linda
estaba demasiado débil para levantarse de la cama, dormía la mayor parte del
tiempo, pero el día que llegó su hija estaba alerta y llena de ilusión.
Maureen, en efecto, mostraba signos de muchos años de autodestrucción pero no
había ni un solo ojo seco en la habitación cuando Maureen corrió a los brazos
de su madre. Lloraron en silencio, abrazadas durante lo que parecieron horas.
El Sr. O'Malley pasó el día en el establo con sus animales.
Maureen
pasaba con su madre todo el tiempo que el Sr. O'Malley le permitía; cada día
parecía concederle un poco más. La bañaba, le masajeaba los pies con loción y
cepillaba suavemente su largo cabello blanco. Se sentaba durante horas, dándole
con paciencia postres y puré de manzana. Fueron momentos íntimos y tiernos para
ambas.
Finalmente,
un día, el señor O'Malley anunció: "Puedes quedarte aquí esta noche si lo
deseas". Maureen se sentó junto a la cama de su madre todo ese tiempo. Por
la noche, tarareando las canciones que recordaba que Linda le cantaba cuando
era niña, Linda quedó dormida
plácidamente, entró en coma silenciosamente y murió al amanecer con Maureen
sosteniéndole la mano.
El
capellán del Centro de Terminales hizo una colecta para que Maureen pudiera
comprar un vestido bonito para el funeral. A pesar de su dolor, Maureen parecía
más joven y saludable que cuando llegó solo tres semanas antes.
Otro tema recurrente es la reconciliación con un ser
supremo. Quienes pertenecen a una congregación religiosa a menudo desean el
apoyo, oraciones y bendiciones de esa comunidad mientras se preparan para la
muerte. Pero la misma necesidad puede surgir en quienes no están comprometidos
con una religión organizada, en quienes reniegan de lo espiritual y en quienes
han perdido la fe que alguna vez pudieron tener.
ARTURO.
Arturo
llevaba años con cáncer pero había respondido bien al tratamiento. Ahora la
enfermedad había vuelto a la actividad y moría lentamente en su pequeño y
ordenado apartamento. Vivía solo y no tenía familiares. Su esposa había
fallecido cinco años antes. Se había casado con ella poco después de que su
primera esposa lo abandonara, acontecimiento que inició su alejamiento de la fe
episcopal en la que se había criado. Hacía décadas que no pisaba una iglesia.
«Dios
y yo tenemos una buena relación», decía. «No necesitamos intermediarios».
Arturo
mantuvo en secreto su enfermedad. No quería agobiar a sus amigos pidiendo ayuda
y se resistía a las ofertas de ésta tanto de amigos como de profesionales.
Contactó con el Centro de Terminales porque su médico le había sugerido una
residencia de ancianos y el administrador de su edificio le había explicado
cómo los centros de cuidados paliativos ayudan a que las personas se queden en
casa. Le preocupaba que nosotros lo obligáramos a ingresar en una institución,
pero una vez que nos conoció mejor le agradó ver a cualquier miembro del
personal del terminales.
"Me
caen bien", decía. "Vienen a verme, me enseñan cómo sentirme mejor,
¡y luego se van y me dejan en paz!"
A
medida que empeoraba la enfermedad le insistimos en que nos dejara organizar a
alguien para que lo acompañara, sobre todo por la noche. Se negó hasta que se
debilitó tanto que pensamos que ya no era seguro que estuviera solo y lo
convencimos de que una enfermera se quedara por la noche.
Para
entonces, Arturo tenía una obstrucción intestinal parcial que le causaba dolor
y aliviábamos con inyecciones cada pocas horas. Apenas toleraba más que sorbos
de agua o suplementos dietéticos, y vomitaba con frecuencia. Aun así, insistía
en que quería estar en casa, con la menor atención posible.
Una
tarde, el médico de terminales visitó a Arturo para revisar su estado. Mientras
se preparaba para irse, le dijo: "¿Podría orar conmigo, por favor?".
El
médico tomó la mano de Arturo y dijo una oración. Luego le preguntó si
necesitaba algo más.
“¿Sería
demasiada molestia que un sacerdote viniera a verme?” preguntó Arturo.
“Claro
que no. ¿Quieres ver uno esta noche?”
“No,
esta noche no. Mañana estaría bien”.
A la
mañana siguiente me acompañó un sacerdote episcopal. Un hombre amable de unos
treinta y pocos años recibió a Arturo con cariño. Le revisé los signos vitales
y me fui diciéndole que terminaría mi visita de enfermería más tarde ese mismo
día. Al regresar, me agradeció que lo hubiera traído.
“Se
quedó una hora más o menos y lo disfruté mucho”, dijo Arturo. “No puedo creer
lo bien que me siento. Hablamos, rezó la absolución y me ungió con aceite. Es
extraño: nada ha cambiado realmente, pero me siento mucho mejor”.
Esa
noche el sacerdote regresó y le trajo la comunión a Arturo. Después rezaron
juntos y conversaron un rato, bebiendo whisky. A la mañana siguiente, Arturo
murió tranquilamente mientras dormía.
La
enfermedad nos había hecho esperar que Arturo muriera durante más de dos
semanas. El día antes de la muerte no hubo cambios físicos significativos: la
única diferencia fue su interacción con el clérigo. Creemos que Arturo murió
esa noche porque el sacerdote lo había ayudado a reconciliarse con una iglesia
con la que alguna vez tuvo fuertes vínculos.
La petición de Arturo fue sencilla: simplemente pidió ver
a un sacerdote. Cuando la petición no es tan clara puede que los espectadores tarden
más en comprenderla, lo que puede causar gran frustración o angustia al
moribundo.
GUSTAVO.
Aunque
parezca extraño, quienes trabajamos con moribundos nos acostumbramos a los
cambios físicos que a menudo resultan tan angustiantes. La profunda pérdida de
peso que experimentan muchos puede ser un síntoma muy perturbador para
familiares y amigos. Pero a medida que conocemos mejor a estos pacientes se
vuelven hermosos a nuestros ojos, a pesar de su apariencia frágil y descarnada.
Mi
reacción inmediata cuando Gustavo abrió la puerta en mi primera visita fue que
me había equivocado de apartamento. Allí estaba un hombre alto, guapo y bien
alimentado, de unos cincuenta y tantos años, sin duda nada delgado ni frágil.
Salvo por el collarín moldeado que le sujetaba la cabeza, parecía sano.
“¿Qué
tal una cerveza? ¡Ya casi es mediodía! ¡Nunca bebo antes del mediodía! ¡Pero,
caray, no me levanto hasta las once y media! “, se rió con ganas.
Empezaba
a darme cuenta de que Gustavo tenía una voluntad fuerte y disfrutaba
provocando. Le encantaba usar lenguaje grosero. Su cáncer estaba peligrosamente
cerca de la médula espinal en su cuello. Al ver el informe médico me sorprendió
ver que estuviera tan funcional.
“Estoy
de baja por enfermedad en la comisaría”, dijo Gustavo. “El capitán me está
presionando para que me dé la baja por discapacidad, ¡pero ni hablar! Todavía
puedo trabajar. Por cierto, mi exesposa quiere que la llames. Vive a dos
cuadras de aquí”.
Su ex
esposa, Kim, me pidió que nos reuniéramos en el restaurante de comida rápida
local. “Me divorcié de Gustavo hace seis años”, dijo. “Amo a ese hombre, pero
no lo soportaba. Estaba loco por ser marine y no se cansaba de combatir.
¡Solicitó ir a Vietnam 3 veces! ¿Puedes creerlo? Y me quedé sola con los niños.
Mientras estuvo allí, se vio expuesto al Agente Naranja, y sospechamos que así
fue como contrajo el cáncer. Después de su último servicio, tuve a mi pequeño”,
dijo, con los ojos llenos de lágrimas. “Murió de defectos de nacimiento cuando
solo tenía tres meses. Gustavo lo superó saliendo de fiesta y bebiendo más.
Dejó la Infantería de Marina y se unió a la policía, pidiendo trabajo en la
peor comisaría de la ciudad como agente encubierto. Esa fue la gota que colmó
el vaso. Estaba agotada, siempre viviendo al borde del peligro y la crisis.
Tenía que pensar en mis hijos. Pero vivimos muy cerca y los niños lo ven con
frecuencia”.
Kim
siguió contando. “Luego le dio cáncer. Los tratamientos fueron duros para él,
pero es un tipo fuerte e insistió al máximo. El médico dice que ahora está en
fase terminal, ¡pero no se lo cree! Voy todos los días a verlo; necesito
ayudarlo a superar esto por los niños; son demasiado pequeños para perder a su
papá. Supongo que también lo hago un poco por mí. Lo quiero mucho, pero no
puedo vivir con él. No sé cómo vamos a superar esto. Pero sea como sea, será a
su manera, ¡te lo aseguro!”
Gustavo
siguió siendo su yo fuerte, independiente y vibrante durante unas semanas,
disfrutando de su cerveza y jugando a las cartas con sus amigos. Luego, el cáncer
se extendió a la médula espinal y rápidamente quedó paralizado, postrado en
cama y confundido. Se asignaron enfermeras privadas para ayudar a Kim y a su
familia a cuidarlo. Estaba cómodo pero era evidente que estaba muriendo
rápidamente.
Recibí
una llamada urgente de la enfermera de turno "Por favor, salgan
rápido", dijo. "Todo parecía ir bien, pero ahora está muy confundido
y ansioso, y nos estamos volviendo locos".
"Apuesto a que por fin lo estamos
consiguiendo”, pensé para mis adentros. Me había preguntado cuánto tiempo
podría Gustavo mantener esa fachada de tipo duro. Sentí que debía haber
momentos en los que se sentía asustado, aunque no lo dijera ni dejara que se le
notara el miedo.
La
escena era caótica. Gustavo gritaba angustiado. Su discurso era tan incoherente
que era difícil encontrarle sentido. Pero en su lenguaje confuso se oían las
palabras «aldeas», «bebés», «napalm», «quema», y las trágicas palabras «¡Lo hice,
lo hice!». En medio de este revoltijo se oía la frase: «¡Necesito integridad
religiosa!».
Gustavo
me había dejado claro en mi primera visita que se crio en una familia religiosa
pero que la religión no había sido importante en su vida adulta. Sin embargo
disfrutaba de algunas visitas del capellán del centro de terminales, así que lo
llamé.
"¿Puedes
venir rápido?", pregunté. "Creo que eres tú quien puede arreglar
esto".
Kim,
los niños y los padres y hermanos de Gustavo estaban allí cuando llegó el
capellán. Nos sentamos juntos en la cocina para que el capellán pudiera hablar
con Gustavo en privado. Pasaron los minutos; y poco a poco, los llantos
cesaron. La casa quedó en paz. El capellán llamó a la familia al dormitorio.
Por
unos instantes Gustavo se iluminó. Nos miró a cada uno de nosotros, luego al
capellán, aparentemente sorprendido por esta reunión.
“¿Estoy
muriendo?”, preguntó al capellán, quien le sostenía la mano.
“Sí, Gustavo,
salvo un milagro, creemos que sí”, respondió con suavidad.
Gustavo
miró al clérigo directamente a los ojos y pensó durante un largo momento.
“¡Oh,
mierda!” dijo.
La
familia pasó las siguientes horas con Gustavo acariciándolo y recordando
momentos más felices juntos, mientras él entraba silenciosamente en coma y
moría.
Quizás
esta historia no suene a triunfo pero el que Gustavo muriera experimentando la
angustia de las cosas indescriptibles que había hecho en Vietnam habría sido
una tragedia. Su única petición de ayuda fácilmente podría haber pasado
desapercibida, sepultada como estaba en un mar de gritos confusos. Habría sido
más fácil sedarlo hasta que cesaran los gritos. Pero, ¿de quién serían las
necesidades?¿Se habían encontrado dos caras: la de los observadores, que tenían
que lidiar con la incomodidad de ver la angustia de Gustavo,, o la de Gustavo
que necesitaba ser perdonado para poder morir en paz?
Hemos descrito las reconciliaciones que se buscan con
otros. Teresa y Linda necesitaban sanar sus relaciones con otras personas. Arturo
y Gustavo necesitaban reconciliarse con Dios. Pero existe otro tipo de
reconciliación. Las personas pueden sentir que algún aspecto de su
comportamiento es ética o moralmente incompatible con sus valores o normas.
Esto afecta a la relación consigo mismos. Si se sienten tristes, preocupados o
culpables por algún comportamiento, incidente o circunstancia, no pueden sentir
paz.
ANA.
Ana,
inglesa que vivía sola en Estados Unidos, tenía una enfermera de cuidados
paliativos con antecedentes similares. A menudo recordaban su infancia en
Inglaterra y compartían historias de su adaptación a la vida en Estados Unidos.
Rondaba
los cuarenta pero aparentaba mucho menos edad y parecía ingenua. A menudo
expresaba sorpresa por cómo había resultado su vida, que estaba «en tal
estado», como decía, refiriéndose tanto a su enfermedad como a su vida
personal.
Había
trabajado durante años en una pequeña panadería e iniciado una relación
sentimental con el dueño. El Sr. Brown estaba casado pero Ana le creyó cuando
habló de divorciarse y casarse con ella. Sin embargo eso no se concretó, y ella
se sumió en el secretismo que él exigía. Él le pagaba el alquiler y ella seguía
trabajando en la panadería. Su romance duró más de diez años.
Luego,
Ana enfermó de cáncer de cuello uterino. A menudo necesitaba tiempo libre del
trabajo; agradecía que su jefe le dijera que se tomara todo el tiempo que
necesitara. Pero a medida que empeoraba su enfermedad necesitaba más ayuda y él
se mostró menos dispuesto. Cuando le pidió que la llevara al consultorio médico
porque estaba demasiado débil para conducir o para recoger algunas cosas de la
tienda, se negó.
Los
sentimientos de Ana hacia él oscilaban entre el afecto y el odio. Sobre todo se
sentía avergonzada y humillada. Le avergonzaba estar involucrada con un hombre
casado y la mortificaba su forma de tratarla. Él había insistido en que no
contara a nadie sobre su relación y, sumada a la timidez natural de Ana, esta
orden la había dejado sin amigos. No tenía a nadie a quien recurrir excepto a
él, y él se había vuelto distante, dispuesto a ceder solo en la medida que le
pareciera apropiado a un empleador preocupado por la salud de una empleada
valiosa.
Ana
intentó mantener el secreto. La ayudamos a planificar para cuando ya no pudiera
cuidar de sí misma. Quería ingresar en una residencia de ancianos para que el
Sr. Brown no tuviera que ayudarla con su cuidado ni se sintiera responsable de
ella. Y nadie tenía por qué enterarse de su relación.
Se planificaba
su ingreso en una residencia de ancianos cuando empeoró repentinamente. Estaba
mucho más débil, con más dolor y sangrado, y su habla era incoherente y difícil
de seguir. Mientras divagaba sobre el dolor, las vendas y el jugo de arándano,
se alteró y lloró.
"¿Recuerdas
cómo desenterraban los cuerpos de entre los escombros después de los
bombardeos?", preguntó Ana. "¿Recuerdas todos los autobuses rojos de
dos pisos? ¿Crees que pronto habrá un autobús para mí?"
Pensando
que Ana podría estar tratando de decir que se estaba muriendo, la enfermera le
preguntó si eso era lo que decía.
“Sí,
¡pero tengo que ir a la otra parada!” dijo cada vez más molesta.
"¿Le
gustaría mudarse pronto al hogar de ancianos?", preguntó la enfermera.
“Sí.
El autobús puede parar ahí”.
Se
agilizaron los trámites para la residencia de ancianos y esa misma noche, Ana fue
trasladada. Estuvo tranquila y relajada durante el trayecto en ambulancia. En
la residencia parecía un poco nerviosa por la atención recibida, pero pronto se
acomodó en su nueva cama, tomó sus analgésicos habituales y se durmió. A la
mañana siguiente su voluntario del centro de terminales la visitó y la encontró
acostada tranquilamente, en paz, dando sus últimos respiros.
Ana
quería que el autobús se detuviera para ella —para morir— en la residencia de
ancianos para que nadie supiera de su relación clandestina. Si su mensaje no
hubiera sido escuchado, ¿habría muerto esa noche? ¿Podría haber muerto en paz
en el apartamento o se habría agitado más, preocupada por ser descubierta?
Quienes la conocieron en sus últimos días no dudan de que murió más tranquila
sabiendo que había evitado ser fuente de vergüenza para alguien.
JUANITA.
A sus
cuarenta y dos años Juanita era pintora talentosa, prolífica y de exito. Ella y
Nico no estaban casados (su exmarido se negó a divorciarse), pero vivían
juntos en un hermoso apartamento en un piso veintidós. Disfrutaban de las
vistas panorámicas. Juanita era conocida por sus paisajes urbanos y solía
pintar desde el balcón.
Poco
convencional y de carácter firme, no estaba dispuesta a aceptar la derrota,
aunque sabía que su cáncer de páncreas estaba demasiado avanzado para tener
cura. Se sometió a todos los tratamientos tradicionales posibles y luego optó
por probar algunos tratamientos, no aprobados, en México.
Para
cuando contactó con el centro de terminales ya estaba hospitalizada en una fase
avanzada de la enfermedad, y extremadamente frágil. Consciente de que moriría
pronto soñaba con volver a su apartamento para pasar sus últimas semanas con Nico
mientras contemplaba su querida ciudad.
Nico
estaba muy ansioso por llevársela a casa, pero la tarea parecía imposible ya
que su atención era demasiado compleja para él. Muchos de sus síntomas estaban
fuera de control. Tenía heridas abiertas que requerían cambios de vendaje
frecuentes, recibía líquidos intravenosos, no podía levantarse de la cama y
estaba demasiado débil para atender sus necesidades personales.
Se
decidió que sería beneficioso para ella ser admitida en la unidad de cuidados
paliativos para pacientes hospitalizados con la esperanza de simplificar su
atención y enseñar a Nico cómo manejarla. Con tanto trabajo y el tiempo
agotándose, al personal le preocupaba que Juanita muriera antes de que pudieran
lograr estas metas. Afortunadamente, las lograron.
La
noche antes de que la ambulancia llevara a Juanita a su último viaje a casa,
otra enfermera y yo la visitamos para comprobar que todo estuviera en orden. Nico
estaba a punto de irse a casa con las flores y otras pertenencias que se habían
acumulado. Estábamos dando ánimos a Juanita asegurándole que todo estaba listo
y que pronto disfrutaría de las luces de la ciudad. La acomodábamos en la cama
y alisábamos sus almohadas cuando notamos mirada vidriosa y ausente en sus ojos.
"¡Puedo
ver por la ventana la ciudad de las luces al otro lado del río!", susurró
con sonrisa radiante. Nos miramos con preocupación. Al ponernos al día con Nico,
le explicamos que esas visiones de un lugar hermoso más allá de nuestra
consciencia a veces significan que la muerte es inminente.
“No
te vayas, Nico. Puede que muera esta noche. Quédate aquí, con ella”.
Pero Juanita
no murió esa noche. Vivió tres semanas más. Durante ese tiempo nos dio más
mensajes sobre lo que necesitaba para que su muerte fuera en paz.
Dada su
frágil situación, trasladarla a casa desde la unidad de cuidados paliativos fue
una tarea enorme. Tras atender esta solicitud estábamos seguros de que moriría
en paz y muy pronto. Todos los involucrados en su cuidado se preocuparon al ver
que no estaba tranquila sino inquieta y aparentemente confundida.
Su
agonía se prolongó. Con frecuencia nos preguntábamos qué le faltaba, qué
necesitaba para morir en paz. Era difícil encontrar un mensaje claro en sus
murmullos inconexos. Buscando frases o palabras que parecieran significativas,
nos dimos cuenta de que Juanita solía decir "anillos".
¿Podría
ser esa la clave? De ser así, ¿qué significaba?
"Sospecho
que se refiere a los anillos de boda", dijo Nico con tristeza. "Juanita
nunca se ha sentido cómoda con que vivamos juntos sin estar casados. Ambos
deseábamos casarnos desesperadamente, pero cuando Juanita dejó a su marido, él
se puso tan furioso que se negó a aceptar
un divorcio. Cuando Juanita ya había pasado el tiempo legal para
divorciarse ya le habían diagnosticado cáncer y él la amenazó con declararla
mentalmente incompetente debido a la gravedad de su enfermedad. Y, como es
abogado, ¡probablemente podría salirse con la suya! Puedes imaginar el dolor
que este desastre ha causado a Juanita”.
Teniendo
en cuenta esta información, decidimos llamar al capellán para solicitar una
visita.
“Cariño,
el capellán viene esta noche” le dijo Nico. “¿Recuerdas cuánto has disfrutado
de sus visitas? Quizás pueda ayudarnos a todos a encontrar paz y consuelo”.
Juanita
no respondió. El capellán estaba familiarizado con la situación de Juanita y Nico.
"Nico,
Juanita podría necesitar un reconocimiento especial por el compromiso que habéis
asumido como pareja", dijo el capellán. Nico estuvo de acuerdo. Él y el capellán
explicaron a Juanita que estaban planeando una ceremonia especial para ambos.
Sus amigos vendrían para sumarse a la celebración.
No
estábamos seguros de que Juanita lo entendiera, pero Nico me ayudó a vestirla
con su camisón favorito, a ponerle flores en el pelo y a arreglar la
habitación. Llamaron a sus amigos. Nico salió corriendo y compró vino y queso.
El
crepúsculo se desvanecía; las luces de la ciudad centelleaban cuando el
capellán anunció a los reunidos que oficiaría una ceremonia para bendecir este
compromiso amoroso. Obviamente no podía
casarlos —Juanita aún estaba legalmente casada—, pero mientras dirigía al grupo
en alegres himnos, Nico, entre lágrimas, deslizó un anillo en el delgado dedo
de Juanita. Su inquietud cesó, y aunque no habló, una lágrima resbaló por su
mejilla.
Al
terminar la celebración, los invitados besaron y felicitaron a Juanita y Nico,
y se despidieron. Acolchamos las barandillas de la cama con almohadas e hicimos
espacio para que Nico se acostara con Juanita y la abrazara. Fue su primera
noche tranquila en tres semanas. Temprano a la mañana siguiente, mientras la
nueva luz del amanecer iluminaba la ciudad con suave resplandor, Juanita murió
en paz en los brazos de Nico.
Cuando
vi a Nico en el funeral de Juanita, le di un gran abrazo.
"Espero
que sepas el maravilloso trabajo que hiciste, Nico", dije. "Ninguna
otra mano la habría cuidado con tanto cariño como las tuyas".
“Cuidarla
no fue difícil”, dijo. “Verla sufrir por dentro sí lo fue. Ella se aferraba a
nuestra boda. Sé que ante la Iglesia y la ley nunca nos casamos pero, en el
fondo, sí. Aunque me dio mucha pena dejarla ir me alegra mucho que supiéramos
cómo darle la paz que necesitaba”.
La comprensión de la necesidad de reconciliación, que es parte
de la Conciencia de Muerte Cercana,
parece ser similar al efecto de "ver pasar toda la vida ante los
ojos" que se experimenta en algunas experiencias cercanas a la muerte. En
ambas circunstancias las personas se centran en las relaciones; la Conciencia
de Muerte Cercana parece permitirles identificar aquellos aspectos de las
relaciones que les hacen sentir tristes, culpables o preocupados. Para morir en
paz necesitan lograr algún tipo de reconciliación o sanación, ya sea ofreciendo
una disculpa o expresando gratitud. A veces se trata de reparar los lazos con
alguien que se ha distanciado. Otras, la reconciliación depende de reparar algo que
supuestamente se resolvió hace mucho tiempo o que podría parecer insignificante
para otros.
Una
manera de descubrir las necesidades de reconciliación es fomentar un inventario
mental de logros y decepciones. Esto puede hacerse oralmente, en compañía de
familiares y amigos, por escrito como una historia de vida para transmitir a la
siguiente generación; o como cartas a los niños pequeños para leerlas cuando
sean mayores.
La
mayoría de los moribundos comienzan enumerando sus logros, pero también
consideran las decepciones: tareas no completadas, oportunidades perdidas,
relaciones rotas o deterioradas. Como cuidadores o amigos podemos ayudar a los
moribundos a realizar estas revisiones y sanar las relaciones dañadas, podemos
ayudarlos a encontrar la paz.
La
mayoría de las personas, al morir, quieren sentir que su vida ha sido
significativa, que han marcado una diferencia en este mundo y en la vida de
quienes los rodean. Para nosotros, una revisión periódica de cómo nos va en la
vida y el reconocimiento de nuestros logros pueden ayudarnos a encontrar más
disfrute y propósito en ella. Al mismo tiempo, reconocer nuestros asuntos
pendientes o relaciones problemáticas puede llevarnos a intentar sanar algunas
áreas problemáticas ahora, en lugar de esperar hasta la muerte. Esto podría
enriquecer nuestras vidas y evitar intentos desesperados de reconciliación
cuando ya es casi demasiado tarde.
CAPÍTULO DOCE. SENTIRSE RETENIDO:
“ESTOY ATASCADO ENTRE. . .”
Al principio nos costó comprender cómo los mensajes de
"Ser Retenido" encajaban en el patrón general de la Conciencia de la
Muerte Cercana o próxima. Si bien estos mensajes parecían relacionarse con varios
de los temas que hemos tratado, eran diferentes y requerían una categoría y
explicación propias.
Estos
mensajes suelen ser breves (a veces poco más que una frase), pero aun así
transmiten claramente la sensación de que algunos de nuestros pacientes están
“estancados” de alguna manera o frustrados en sus esfuerzos por seguir adelante
hacia una muerte en paz.
Al
analizar detenidamente sus mensajes descubrimos que, aunque las palabras
utilizadas se parecían a las de otras categorías, estos pacientes se sentían
frenados por algo que aún no habían resuelto. Estos asuntos pendientes solían
estar relacionados con la necesidad de reconciliación: terminar asuntos
pendientes.
Hablarnos
de que “se sienten frenados” es la forma que tienen los moribundos de pedirnos que
“volvamos a mirar: ¡se nos ha pasado algo por alto!”.
BERTA.
No
faltaban personas para cuidar de Berta: siete hijos adultos, sus cónyuges y un
grupo de nietos estaban involucrados, al igual que amigos de su iglesia. Su
pequeño apartamento siempre parecía estar lleno de rostros diferentes. Los
vecinos del complejo de viviendas me preguntaban cómo estaba Berta al cruzarme
con ellos en el pasillo. A pesar de la pobreza en la que vivían ella y sus
vecinos, Berta recibía muchísimo amor y atención. Su estado de salud empeoraba
constantemente, pero parecía tranquila y cómoda, así que un día me sorprendió
encontrarla inquieta y ansiosa.
“¡No
encuentro alimento para los caballos!” se quejó.
"¿Por
qué necesitan alimento los caballos?", pregunté. Me miró como si estuviera
loca.
“¡Jamás
les obligaría a llevarme de viaje sin darles de
comer primero!” respondió. Su indignación era evidente, pero no pudo decirme
más.
“Lo
entiendo”, dije. “Y trataré de ayudarte a encontrar lo que necesitas”.
Le
repetí esta breve conversación a Tanya, la nieta de Berta, quien sonrió y dijo:
«La abuela vive en el pasado. Creció en una granja en las colinas de Carolina
del Norte. Para desplazarse solo tenían un caballo y una carreta».
Sugerí
que ésta podría ser la manera que tenía la abuela de intentar decir que
necesitaba algo para estar en paz durante su muerte.
“¿Tienes
alguna idea de lo que podría ser?” pregunté.
"¿Alguien
te ha hablado de Dwayne?", preguntó Tanya.
“No,
no he oído ese nombre. ¿Es de tu familia?”
Tanya
explicó que Berta tenía ocho hijos adultos, no siete. "¡Pero a Dwayne
nadie lo cuenta!", dijo con disgusto. "No ha hecho más que causar
problemas, entrando y saliendo de la cárcel. Ha roto el corazón a la abuela más
veces de las que puedo contar, y ahora el muy vago ni siquiera viene a verla. ¡De
todas formas, los demás no lo quieren aquí! Solo viene cuando quiere algo y
sienten que ha usado a la abuela. Personalmente creo que se siente mal: ha
estado enviando dinero para pagar sus medicinas. Apuesto a que está tratando de
calmar sus malos sentimientos”.
Sugerí
que Berta podría necesitar ver a su hijo pródigo. Algunos familiares se
resistieron al principio, pero aceptaron contactar a Dwayne, quien estaba
dispuesto a hablar con el trabajador social del Centro de terminales, como
intermediario.
Dwayne
dijo que se mantenía alejado de la familia por culpa del dolor que había
causado a su madre y porque se sentía rechazado por sus hermanos. Se convocó
una reunión familiar y se tomó la decisión de "dar a Dwayne una
oportunidad más por el bien de mamá".
El
reencuentro fue desgarrador. Dwayne abrazó a su frágil y delgada madre entre
sus fuertes brazos y sollozó: "¡Lo siento! ¡Lo siento!". Berta le
acarició el rostro y, con lágrimas en los ojos, susurró: "Jesús te ama,
hijo, y yo también".
La
hostilidad de sus hermanos hacia Dwayne cuando llegó cambió gradualmente a
tolerancia, luego a aceptación cautelosa mientras observaban su tierno
comportamiento hacia su madre.
Durante
las siguientes dos semanas, Dwayne y Berta pasaron horas tranquilas juntos,
hasta que ella murió en paz, sin haber vuelto a mencionar los caballos ni la
comida.
BERNARDO.
A
medida que su enfermedad avanzaba, Bernardo, ex mecánico de tranvías, se volvió
más dependiente de los demás. Al mismo tiempo, su esposa nos recordaba
constantemente sus propias necesidades.
“¡No
lo olvides, tengo el corazón débil!”, decía Lucía, de ochenta y dos años y
obesa.
"¡Nunca
he sido una persona fuerte!", se lamentaba. "¡Mi médico dice que el
estrés y la preocupación me hacen daño! No sé qué espera Bernardo de mí; solo
está siendo egoísta. ¡Yo tampoco soy una persona sana!"
Bernardo
meneó la cabeza con tristeza.
La
aparente falta de cariño y compasión de Lucía hacia su esposo moribundo era
difícil de comprender para todos. Cuanta más enfermería incluíamos en su hogar,
más quería y menos hacía por Bernardo. Dada su falta de disposición para
participar en su cuidado nos vimos obligados a sugerirle a Lucía que contratara
más enfermeras o que ingresara a Bernardo en una residencia. Ella no quería ni
oír hablar de esto último.
“No
tenemos ese dinero. ¿Y qué pensarían mis amigos si lo internara en una
residencia?”
El
uso que Bernardo hacía del lenguaje simbólico estaba en consonancia con su vida
anterior como trabajador en el sistema de transporte público de la ciudad.
"Ese
maldito tranvía sigue pasando", decía, "¡y no se detiene para
mí!"
"Lo
hará, Bernardo, lo hará", dije, preguntándome cuánto tardaría en encontrar
la paz que necesitaba. La imagen de un anciano cansado, solo y en el frío,
esperando pacientemente en el andén que el tranvía pasara a su lado, era
conmovedora. ¡Qué solo debió sentirse!
A
pesar de nuestras amables y repetidas explicaciones sobre la gravedad del
estado de Bernardo y su inminente muerte, la ira de Lucía por su partida era
tan fuerte que no pudo, o no quiso, estar con él. Lucía solo veía a Bernardo
como un hombre confundido que ya estaba "fuera de sí".
Lamentablemente
nunca pudimos superar los muros que construyó alrededor de su ira. Cada uno de
nuestros esfuerzos se vio recompensado con una letanía de sus propias necesidades
y su enojo hacia Bernardo. Su confusión se convirtió en su justificación para
distanciarse y protegerse de su muerte, y de sus sentimientos de dolor y miedo.
Bernardo
volvió a mencionar el tranvía con tristeza y frustración.
“Bernardo,
ese tranvía se detendrá pronto”, le dije. “Y podrás
irte. La enfermera se quedará contigo, así que no estarás solo. Pero Lucía no
parece entender que es hora de que te vayas, y es muy difícil para ella estar
aquí contigo; probablemente tenga miedo. La trabajadora social trabajará con
ella ahora, e incluso después de que te hayas ido, para asegurarse de que esté
bien”.
Él
asintió con tristeza.
Durante
los días siguientes Bernardo se volvió cada vez más retraído y tenía poco que
decir. Ya no se hablaba del tranvía. Murió en silencio y con tristeza, con la
enfermera sosteniéndole la mano mientras Lucía permanecía en la habitación
contigua, absorta en su programa de televisión favorito.
Bernardo
sabía que comprendíamos su dolor y que habíamos intentado ayudar a Lucía a
responder a su necesidad. Debió sentirse reconfortado al saber que
intentaríamos ayudar a Lucía a lidiar con su dolor y su miedo a la soledad. No
era lo que había pedido, pero le dio seguridad para poder seguir adelante con
su muerte. En última instancia solo
podemos ofrecer sugerencias sobre cómo podría mejorar, pero no siempre podemos
lograrlo.
Tanto Bernardo como Berta usaban el lenguaje del viaje o
del cambio: «El tranvía sigue su camino...» y «Los caballos necesitan comida
para este viaje». Pero el verdadero mensaje era: «Necesito reconciliación».
Bernardo
necesitaba que su esposa superara su ira para poder morir sintiendo que ella no
lo rechazaba por morir. Necesitaba que ella superara su propio dolor para estar
más cerca de él mientras lidiaba con el suyo.
Y Berta
necesitaba reconciliar su relación con su hijo perdido y verlo aceptado
nuevamente en la familia antes de poder irse en paz.
CARLOS.
Carlos
estaba listo para morir. Durante dieciocho meses su cáncer se había extendido.
Estaba harto de catéteres, vendajes y analgésicos. Le decía a cualquiera que lo
visitara que estaba seguro de que la muerte le traería paz y una conexión más
estrecha con Dios.
"Esto
no puede durar para siempre, ¿verdad?", preguntó a su médico. "Estoy
listo para tener un poco de paz".
"Ya
no queda mucho", dijo el médico, y Carlos pareció aliviado al principio.
Pero luego se sintió desorientado y molesto. Su esposa, preocupada por el
cambio, me llamó y pidió que lo visitara.
"No
entiendo qué pasa", me dijo. "¡No tiene sentido!"
Encontré
a Carlos angustiado, ora lloroso, ora enojado, a veces aterrorizado. Cuando le pedí
que contara qué pasaba se alteró aún más y empezó a hablar sin coherencia.
Probamos con más analgésicos, pero no sirvieron. Tampoco las pastillas para
dormir ni los sedantes.
Su
esposa, Marie, y yo buscamos las posibles causas de su malestar. Poco de lo que
decía Carlos tenía sentido, salvo la frase «No puedo ir». Me pregunté si algo
podría estar impidiéndole morir en paz, pero nadie podía pensar qué podría ser.
Pasaron
tres días durante los cuales los sedantes dieron a Carlos breves periodos de
sueño inquieto. Sin embargo, al despertar, se debatía y deliraba. Marie
permaneció junto a él, pareciendo compartir su agonía, deseando poder
aliviarla, cuando entonces lo oyó decir: «John». Cuando su esposo gimió el
nombre, se sintió profundamente perturbada.
“No
ha hablado de John en años”, dijo. John, su hijo mayor, se había suicidado. Al
final de su adolescencia comenzó un patrón de beber en exceso y arrebatos
violentos que aterrorizaba a sus padres. En una ocasión, Carlos descubrió a
John golpeando a Marie y llamó a la policía. Después de eso, John acumuló una
serie de arrestos por conducir ebrio y peleas. En su nota de suicidio culpó a
su padre, afirmando que su primer arresto lo había llevado al camino de la
autodestrucción.
“Estaba
dispuesta a perdonar y olvidar, pero Carlos nunca pudo perdonar a John por
lastimarme”, dijo Marie. “¿Por qué estaría hablando de John ahora?”
No
había ninguna indicación de que Carlos sintiera que John estaba presente; de
hecho, en un momento de coherencia, Carlos dijo que John no estaba y no había
estado allí.
El sacerdote
de la familia preguntó si Carlos querría resolver la relación con John. Quizás
necesitaba perdonar a su hijo, tal vez necesitaba orar pidiéndole perdón. Carlos
se molestó aún más ante estas sugerencias y pareció aterrorizado.
Marie
y el religioso pasaron horas con Carlos intentando aclarar el misterio, pero
nada se aclaró hasta que ella mencionó que se acercaba el aniversario de la
muerte de John. El religioso se centró en esto al hablar con Carlos. Concluyó
que Carlos temía que, si moría en esa fecha, John estaría allí para recibirlo.
El ministro aseguró a Carlos que encontraría paz después de la muerte, no ira;
John probablemente también estaba en paz: ya no podía hacer daño ni a Carlos ni
a Marie.
A
medida que se acercaba el aniversario esta conversación se repetía tres o
cuatro veces al día, cada vez Carlos quedaba tranquilo durante un tiempo hasta
que su agitación aumentaba y Marie llamaba al reverendo. Este patrón se mantuvo
hasta que pasó el aniversario, cuando Carlos se despertó temprano, habló
débilmente de su cansancio y de su deseo de encontrar paz, y comenzó un rápido
deterioro. Murió en paz esa noche.
La
clave de su incomodidad —“No puedo ir”— puede haber tenido sus raíces en los
recuerdos problemáticos de John; las reiteradas garantías del ministro fueron
lo que se necesitaba para ayudar a John a atravesar ese momento difícil.
CLAUDIO.
“Siempre
se han burlado de Claudio por ser compulsivo”, dijo su esposa Emily. “Pero es
una persona muy meticulosa que presta atención a los detalles”.
Su
casa, impecable y ordenada, era testimonio de su vida organizada. El pasatiempo
favorito de Claudio era crear nuevos programas para su ordenador personal.
Antes
de enfermarse de melanoma Claudio había trabajado muchas horas como contable
pero logró donar su tiempo libre para ayudar a adultos mayores de la comunidad,
que estaban confinados en sus hogares, con el tema de sus impuestos y sus reclamaciones
frente al seguro de salud.
“El
sistema es demasiado confuso para muchos”, aclaraba. Era hombre modesto, amable
y generoso, que afrontó su enfermedad terminal como había hecho su vida: de
forma tranquila, sin quejas y organizada.
La situación
de Claudio se deterioraba rápidamente a medida que se acercaban las vacaciones
de Navidad y ello sin razón aparente. Su tranquilidad se reemplazó por
agitación y confusión.
"No
encuentro el programa", decía. "¡Así que el sistema no
funciona!"
"Lo
encontrarás y haremos todo lo posible para ayudarte", le aseguré. Como
muchos en su situación, no pudo decir más.
Emily
y yo hablamos largo y tendido sobre la sensación de que algo estaba frenando a Claudio.
“¿Qué
le falta para tener la paz que antes tenía?”, pregunté.
Emily
no sabía qué decir, al igual que sus hijos adultos. Como familia, todos habían
trabajado juntos brindándole ayuda, además de apoyo emocional a Emily, y habían
participado en los cuidados que Claudio necesitaba. Habían hecho un trabajo
maravilloso y daban permiso a Claudio para que se dejara llevar. No tenían
constancia de asunto pendiente alguno y le habían asegurado que todos estaban
preparados para su partida, que se mantendrían unidos para ayudar a Emily y que
todo iría bien. Parecía que no habían dejado nada sin resolver.
Una
llamada inesperada de uno de los socios de Claudio dio la respuesta. Llamó a
Emily para asegurarle que, unos meses antes Claudio había dispuesto que él se
encargara de todos los asuntos financieros. Emily, entre lágrimas, le contó que
Claudio estaba a punto de morir.
"¡Qué
lástima!", dijo. "¡Es el mejor! Y estaba tan preocupado de morir
antes de Año Nuevo".
"¿Por
qué?", peguntó Emily con leve jadeo.
"Si
pudiera aguantar más allá de primero de año los beneficios de su jubilación
pasarían a una categoría superior de pagos para usted", dijo el socio.
Emily
quedó atónita al oír esto pues no tenía ni idea.
Ella
y los niños aseguraron a Claudio que había sido un buen esposo y padre, y que
había asegurado el futuro financiero de Emily. Y nadie se sorprendió cuando Claudio
se quedó solo y falleció en silencio el 2 de enero, con mayores prestaciones de
jubilación para Emily.
Carlos y Claudio presentaron sus necesidades con la
impaciencia o frustración que algunas personas muestran cuando algo las retrasa
o frena. Es el mensaje de que algo falta o está inconcluso lo que hace que el
"sentirse retenido" sea ligeramente diferente de los otros temas
expuestos en capítulos anteriores. Por un lado, Carlos se sentía frustrado por
el miedo a revivir la violencia de su hijo. Por otro, la base de la lucha de Claudio
era el deseo de morir después de que aumentaran las prestaciones de jubilación
de su esposa. Una vez resueltos estos asuntos pendientes, ambos lograron una
muerte pacífica.
GUILLERMO.
Guillermo,
(Guille para los amigos), de veintisiete años, estaba muriendo de sida. Su
padre no le había hablado en tres años, justo desde que contó a sus padres que
era gay. Un tercer episodio de neumonía en cuatro meses lo había dejado sin
apetito ni energía. Medía metro ochenta y pesaba menos de cuarenta y cinco
kilos. Su madre le suplicaba que volviera a casa, sabiendo que estaba demasiado
enfermo para estar solo en su apartamento.
“Me
encantaría”, dijo Guille. “¿Pero qué hay de papá?”
“No
te preocupes, hijo. Lo arreglaré con tu padre”.
Pero la
madre no pudo hacer que funcionara la cosa.
"¡Si
lo traes a casa, me voy!", dijo el padre. Cuando su esposa le dijo que
traería a Guille a casa el viernes por la mañana, el hombre cumplió su amenaza
y se fue.
No se
esperaba que Guille viviera más de uno o dos días, y cuando se instaló
cómodamente en casa dijo: "Estoy listo para morir ya: estoy tan cansado de
vivir así". Estaba físicamente cómodo; tres amigos ayudaban a su madre con
su cuidado. Su sacerdote venía a diario con la comunión, junto con helado para
tentar su apetito. Guille tomó la comunión pero ignoró los dulces. Habló con su
sacerdote sobre la situación con su padre. El sacerdote, la madre de Guille y
yo llamamos al padre, pidiéndole que lo visitara. Él se negó diciendo que no
quería ver a su hijo, ni siquiera escuchar su nombre. Guille se entristeció por
esto pero dijo: "No sé por qué pensé que sería diferente; ha sido así
durante años".
Guille
se debilitó, apenas podía hablar, a veces sonreía a su madre y amigos o movía
los labios mientras el sacerdote rezaba. La mayor parte del tiempo yacía en
silencio, aparentemente en paz y listo para morir. Pero la muerte no llegaba.
El martes por la mañana su madre lo encontró llorando.
“Papá
está en el camino”, susurró Guille.
"¿Quieres
ver a tu padre?", preguntó la madre, y Guille intentó asentir. En lugar de
volver a llamar el sacerdote fue a ver al padre de Guille al trabajo. El
sacerdote le dijo que su hijo estaba muriendo y le rogó que lo visitara. “No
creo que pueda morir en paz sin verte”, añadió el religioso. Pero el padre rechazó
la súplica. Cuando el sacerdote explicó esto una profunda tristeza se apoderó
de Guille. Se quedó allí dos semanas más, llorando a menudo, pero sin hablar,
salvo para decir: «Papá está estorbando». Finalmente, demasiado exhausto para
aguantar, murió.
“La
muerte no es lo peor que le puede pasar a una familia”, dijo un vecino después
del funeral de Guille. “El distanciamiento puede ser peor”.
ROSA.
Rosa
y Eduardo habían sido una pareja unida y religiosa, por lo que ella estaba
angustiada por la nueva y poco común hostilidad hacia Dios que mostraba Eduardo.
“¿Cómo
puede un Dios amoroso permitir que una mujer tan buena sufra?”, se enfurecería Eduardo.
Un sacerdote
lo ayudó a lidiar con estos pensamientos, pero Rosa sospechaba que Eduardo
seguía enojado con Dios. Le preocupaba que su ira fuera blasfema y eso lo
alejara del cielo.
“¡Necesito
un empujón!” me dijo apenas unas horas antes de morir.
Hablé
con Eduardo recordándole el cariño y el apoyo que había brindado para que la
muerte de Rosa fuera más llevadera. Luego le pregunté qué creía que le faltaba,
ya que su comentario insinuaba que algo faltaba. Su respuesta no me sorprendió.
"Creo
que le preocupa mi enojo con Dios", dijo. "Siempre ha tenido una fe
firme y nunca se enojó con Él por su sufrimiento y su muerte, como yo".
Le
pregunté si podía ayudar a Rosa con su tristeza.
Eduardo
se sentó junto a su cama. "Escúchame, Rosa", dijo, acariciándole la
mejilla con lágrimas en los ojos. "De verdad amo a Dios; nos ha dado una
vida larga y feliz juntos. Pero creo que entiende mi enojo; ¡es porque odio
tanto perderte! Así que no te preocupes, cariño. Cuando llegue mi hora, sé que
nos permitirá estar juntos en el Cielo".
“¡Oh,
Eduardo!”, dijo ella con una sonrisa.
Cuando
murió, poco después abracé a Eduardo mientras sollozaba: "¡Odio perderla!
¡Lo odio!".
Claramente,
lo que Rosa necesitaba era la seguridad de que su marido todavía amaba a Dios a
pesar del enojo. Debido a las palabras de Eduardo, Rosa creyó que se reunirían
en la próxima vida.
Tanto Guille como Rosa estaban “frenados” por su necesidad
de reconciliación: la reconciliación de Guille con su padre y la necesidad de Rosa
de tener la seguridad de que la relación espiritual de su esposo con Dios no
estaba dañada por el enojo.
El mensaje importante de este tema de "ser
retenido" es: "Necesito algo". Incluso con breves comentarios, los
moribundos pueden instar a quienes las rodean a reexaminar la situación y
remediar lo que se ha pasado por alto: asuntos pendientes, reconciliaciones
inconclusas o garantías de la preparación de la familia. Resolver el problema
puede brindarles una vía hacia una muerte en paz.
CAPÍTULO TRECE. COMUNICACIONES NO
VERBALES: “MIS ACCIONES HABLAN POR MÍ”.
Los moribundos tienen formas de comunicarse más allá de
las palabras; su comportamiento y acciones son otra forma de mostrarnos lo que
están experimentando. Es común verlos alcanzar a alguien o algo invisible,
sonreír, saludar, asentir o intentar hablar débilmente con alguien invisible.
Pueden tirar de las sábanas como si quisieran quitárselas, o intentar levantarse
de la cama. Cuando esto sucede, la persona no suele estar asustada sino tener
una mirada de asombro, reconocimiento, alegría y, a veces, perplejidad.
Aunque
estas acciones parecen inapropiadas y a menudo se interpretan como un
comportamiento confuso, indican que la persona está experimentando algo. Ese
"algo" forma parte de la conciencia de muerte próxima o cercana. Este
comportamiento es una forma no verbal de comunicar experiencias de muerte, de
mostrar que quienes están muriendo no están solos, que se están encontrando con
otros que han fallecido. Estos reencuentros no son solo con quienes han tenido
relaciones a largo plazo los moribundos, ni con personas de un pasado reciente,
sino que pueden ser con cualquiera. Estos gestos nos permiten vislumbrar cualquier
dimensión que exista más allá de la vida que conocemos y nos muestran cómo
podemos encontrar consuelo en estos reencuentros y mensajes.
FRANCIS.
Brillante,
guapo, amable y gentil por naturaleza, Francis era un escritor consumado para
una importante agencia de publicidad. Con solo treinta años era demasiado joven
para morir de cualquier cosa, pero especialmente de una enfermedad trágica y
devastadora. Sufriendo las repentinas e impredecibles dolencias propias del
SIDA, Francis personificó en muchos sentidos los primeros días de la epidemia.
Francis
y Adán, su pareja desde hacía seis años, compartían una pequeña casa adosada,
bellamente decorada, en una ciudad a miles de kilómetros de la casa familiar de
Francis en Canadá. Aunque Francis se había mudado hacía diez años, mantenía
estrecho contacto con sus padres y su hermano Lee, artista comercial de Quebec.
Llamaba a casa todas las semanas y volvía cada Navidad, siempre con cuidado de
ocultar su orientación sexual y su estrecha relación con Adán.
“No
tenían ni idea de nuestra relación ni de lo enfermo que estaba Francis”, me
dijo Adán. “Durante años luchó por decidir cómo y cuándo decir a su familia que
era gay. Son personas maravillosas y cariñosas, pero le angustiaba; temía que
la verdad les rompiera el corazón”.
Cuando
Francis empezó a contraer las infecciones oportunistas, a menudo asociadas con
el SIDA, se las minimizaba a sus padres durante sus llamadas semanales. Pero
ellos se preocupaban cada vez más con cada problema que Francis informaba.
«Me
parecía extraño que estuviera enfermo tan a menudo», dijo su padre más tarde.
«Siempre había sido un joven robusto y saludable».
Cuando
su jefe se enteró de que Francis tenía sida lo despidió alegando que era una
reducción necesaria de personal. El despido le costó a Francis sus ingresos y
su seguro médico.
"¿Te
lo imaginas?", dijo Adán, cada vez más enojado. "Francis había sido
uno de sus mejores empleados durante ocho años. ¿Qué tal esa lealtad? Claro que
negaron cualquier discriminación contra él por su enfermedad u orientación
sexual. Pensamos en contratar a un abogado para ver qué podíamos hacer pero,
francamente, no teníamos dinero y Francis estaba demasiado enfermo para
afrontarlo. De todas formas, no queríamos la notoriedad".
Adán,
respetado reportero deportivo de uno de los periódicos de la ciudad, no pudo
incluir a Francis como dependiente en su seguro médico, ni siquiera usar su
baja por enfermedad para cuidarlo. Solo podía trabajar todas las horas extras
posibles para ayudar a pagar las facturas en medio de la rutina diaria de
cambiar sábanas sucias, bañar a Francis y darle sus medicamentos.
“Sus
facturas médicas son increíbles”, dijo Adán. “¡El costo de solo uno de sus
medicamentos, el AZT, es exorbitante! Le rogué que fuera sincero con sus padres
y les pidiera ayuda, pero se negó”.
Cuando
llegó la Navidad y la neumonía impidió a Francis regresar a casa el asunto se
le escapó de las manos. Extrañando a su hijo menor y preocupados por su salud,
los padres de Francis decidieron sorprenderlo con una visita. Condujeron desde
Canadá y llamaron a la puerta de Francis para llevarse una sorpresa doble.
“Cuando
oyeron la palabra 'SIDA' se hizo un silencio que pareció eterno”, dijo Adán.
“Finalmente, el padre de Francis se levantó y dijo a su esposa: 'Necesito un
poco de aire fresco. ¿Me acompañas?'. Se fueron juntos.
“Me
dolía mucho Francis y sus padres”, dijo. “Debió
haber sido horrible para ellos, y sabía que Francis temía que no volvieran.
Pero dos horas después regresaron con la cara hinchada de tanto llorar. Fue muy
triste. Nos abrazaron y dijeron: 'Nos gustaría quedarnos y ayudar, si os parece
bien'. No puedo expresar lo aliviado que me sentí. A Francis se le llenaron los
ojos de lágrimas”.
Los
siguientes días los dedicaron a reorganizar el estudio para hacer espacio para
los padres de Francis. Su padre llamó a su socio y le explicó que se tomaría
una licencia indefinida. Su madre se encargó de que unos vecinos en Canadá
vigilaran su casa y les enviaran el correo. Cuando Lee se enteró de los planes
de sus padres se ofreció a ir el fin de semana siguiente para llevarles ropa
extra y algunas de sus obras de arte para las paredes del dormitorio de Francis.
Pero
a veces el amor y el apoyo familiar no bastan. La situación de Francis estaba
cambiando rápidamente: ya no podía ir al consultorio médico. Su médico animó a
los padres de Adán y a Francis a considerar la atención domiciliaria en un centro
de terminales ya que Francis necesitaba supervisión profesional frecuente o
continua. Estuvieron de acuerdo.
“Francis
está tan enfermo que no puede quedarse solo para nada”, dijo Adán en mi primera
visita. “No sé qué habríamos hecho si sus padres no se hubieran ofrecido a
quedarse. Pero todos necesitamos ayuda y sugerencias para cuidarlo”.
Francis
quedó rápidamente postrado en cama y no podía cuidar de sí mismo en absoluto.
El virus del SIDA le estaba afectando el cerebro. Confundido, incapaz de hablar
y posiblemente sordo, fijaba sus grandes ojos marrones en quien estuviera cerca
y los seguía con una mirada de urgencia, como si tuviera algo importante que
decir.
Siempre
le hablábamos explicando todo lo que hacíamos suponiendo que podía oír y
entender. Rara vez reaccionaba pero teníamos la fuerte sensación de que estaba
al tanto de todo y de todos a su alrededor.
Con
el paso de las semanas y los meses mi admiración por los padres de Francis
creció. Nunca cuestionaron ni mostraron enojo ante la tragedia. Simplemente
amaban a su hijo, atendiendo con delicadeza e incansablemente todas sus
necesidades. Un respeto y amor mutuos crecieron entre ellos y Adán, mientras
trabajaban juntos cuidando de Francis.
Al
debilitarse aún más dejó de tragar y tuvo que recibir líquidos por vía
intravenosa. Nos preocupaba que estos líquidos adicionales pudieran estar
prolongando su sufrimiento, retrasando la muerte, en lugar de mejorar su
calidad de vida.
El
médico explicó a los padres de Francis que las vías intravenosas podrían
retrasar la muerte unos días pero que ya no le estaban sirviendo de mucho.
Añadió que el exceso de líquido podría sobrecargar el sistema circulatorio, que
estaba en crisis, y recomendó suspenderlas. Fue un cambio muy perturbador y
difícil de considerar para los padres de Adán y Francis.
Nuestra
necesidad de nutrir es intensa. Sobrevivimos, prosperamos y crecemos, nos
reconfortamos, celebramos y recompensamos a las personas que nos importan con
comida y bebida. Para los padres esta necesidad es profunda, independientemente
de la edad del niño. Proporcionar alimento a nuestros hijos es una parte
esencial de la función paterna. Negar la nutrición se siente como negar el amor
y crianza, aspectos fundamentales de papel de padres. Así pues, a pesar de la
incapacidad de los moribundos para tolerar o beneficiarse de líquidos y alimento
las familias y los amigos se angustian por la cuestión de poder o tener que
poner fin.
Los
padres de Francis no querían suspender las vías. Adán y el médico apoyaron su
decisión. "Esto ya es bastante difícil para ellos", dijo el médico.
"Continuar con las vías a ritmo mínimo no hará mucha diferencia a Francis,
pero si eso ayuda a sus padres, que así sea".
Cuando
lo visité, unos días después, Francis ni siquiera me miraba. A pesar de mis
numerosos intentos no logré que me prestara atención. Tenía la mirada fija,
clavada en la bolsa de suero que colgaba del poste sobre su cama.
“Francis,
sé que esto es difícil para ti” , dije, tomándole la mano. “Seguro que estás
harto de todo esto y te gustaría que terminara. Pareces enfadado con las vías,
pero las tenemos funcionando lo más despacio posible para no alargar esto. Tus
padres no quieren parar los fluidos porque te quieren mucho. Es una decisión
demasiado dolorosa para ellos”.
Cuando
terminé de hablar Francis desvió la mirada de la bolsa de suero a la pared
frente a su cama, donde Lee había colgado un dibujo a carboncillo varios meses
antes. Observó fijamente la imagen. No le había prestado mucha atención antes,
pero ese día su simbolismo era impactante.
Lee
había dibujado un estudio de sombras y luz, mostrando un viejo puente de
piedra, arqueado sobre un largo y oscuro túnel de montaña, en cuyo extremo más
alejado brillaba una brillante luz blanca.
Muchas
personas relatan haber atravesado un pasaje hacia una maravillosa luz brillante
durante las Experiencias Cercanas a la Muerte; quienes mueren lentamente
también suelen experimentar este tipo de experiencias. Regresé al lado de Francis
y tomé su mano de nuevo, acariciándola.
“Francis,
si estás listo para irte, no pasa nada. Explicaré a Adán y a tus padres lo que
creo que intentas decirnos”.
Nos
reunimos alrededor de su cama mientras explicaba mi interpretación del
comportamiento de Francis. Al ver el dibujo —con la imagen de paso— pensé que
quizá intentaba decirnos que había llegado el momento de su viaje. Entre
lágrimas, lo abrazaron y besaron, dándole permiso para irse.
"Te
amamos y te extrañaremos", dijo Adán, “pero has luchado lo suficiente y
estamos listos para que te vayas cuando lo necesites". Francis cerró los
ojos y se relajó.
Durante
los dos días siguientes Francis alternaba entre sueño profundo y períodos de
"ojos vidriosos", como si mirara a través de nosotros algo que no
podíamos ver. Llamaron a Lee.
Todos
estaban inquietos, entrando y saliendo de la habitación de Francis, turnándose
para dormir la siesta y sentarse con él. Tocándolo y acariciándolo, murmuraban
palabras tranquilizadoras. De sueño profundo pasó a breve coma, casi sin
percatarse. Luego murió en silencio, rodeado de sus seres queridos.
En el
funeral de Francis, Lee dijo: «Estábamos tan unidos de niños que casi podíamos
leernos la mente. Así que significa mucho para mí que nos dijera que estaba
listo para morir a través de mi dibujo. Siento que le ayudé a hablar cuando ya
no podía hacerlo por sí mismo».
Incapaz
de hablar, Francis aún podía comunicar que sabía que la muerte estaba cerca. Y,
con ayuda, sus cuidadores pudieron comprender su mensaje no verbal dándole el
permiso que necesitaba para irse y, a su vez, la oportunidad de prepararse para
morir.
En uno de nuestros talleres recientes, un hombre de
mediana edad nos contó que su madre había fallecido el año anterior. Un derrame
cerebral la dejó en coma durante varias semanas pero momentos antes de morir
despertó, esbozó una hermosa sonrisa y buscó algo invisible. Juntó los brazos y
miró hacia abajo con alegría como si acunara a un bebé. Murió en esa postura,
con expresión de felicidad en el rostro.
Hay
una historia detrás de esta conmovedora escena. El hombre explicó que el primer
bebé de su madre murió momentos después de nacer. Ella tuvo cinco hijos más,
todos sobrevivieron y llegaron a la edad adulta.
“Todos
sabíamos que mamá había perdido un bebé, pero nunca hablamos de ello”, dijo.
“Por su expresión, ¡sé que murió con ese bebé otra
vez en brazos!”
Saber que un moribundo puede reencontrarse con un ser
querido refuerza nuestra esperanza de que el amor y las relaciones importantes
sean eternos. Muchas familias encuentran un gran consuelo al pensar que su ser
querido no está solo durante la muerte ni después de ella sino que, de hecho,
puede estar en presencia de seres espirituales, quizás del Todopoderoso.
ALBERTO.
Durante
todo su matrimonio, Alberto y Margarita discutieron. Cuando los conocí
discutían por la sopa que ella le había preparado para el almuerzo.
“Es
la sopa de verduras casera que le encanta”, dijo Margarita. “Esta mañana dijo
que quería eso. Así que fui a la tienda y pasé toda la mañana preparándola,
pero probó una vez y ahora dice que no la quiere; no tiene hambre. ¿Puedes
creerlo?”
Le
expliqué que la disminución del apetito es parte de muchas enfermedades
(especialmente el cáncer que tenía Alberto) y le sugerí que probablemente no
estaba interesado en comer.
“No
me había dado cuenta. Entonces no pasa nada. ¡Pensé que solo intentaba
complicarme la vida!”, Se rió y se inclinó sobre la cama para darle un abrazo
rápido a Alberto.
Pronto
me di cuenta de que las discusiones y el contacto físico eran los métodos de
comunicación preferidos de esta pareja. Siempre que Alberto y Margarita estaban
lo suficientemente cerca como para tocarse, lo hacían, tomados de la mano o
abrazándose incluso mientras examinaba a Alberto o le preguntaba por sus
síntomas. A menudo, al llegar, encontraba a Margarita acurrucada en la cama con
Alberto, leyéndole o viendo la televisión.
Aun
así, cualquier cosa era motivo de discusión. Discutían sobre si Alberto debía
levantarse de la cama, si debía tomar sus medicinas con helado o puré de
manzana, qué programas de televisión debían ver. Cuando comenté esto Margarita
dijo: "Sabes que siempre hemos sido así. Lo quiero mucho y sé que él me
quiere, pero a ambos nos encanta discutir. Nunca es desagradable y a menudo ni
siquiera es en serio. A veces pienso que es la forma en que nos mantenemos
unidos, aunque supongo que a otras personas les puede parecer un poco extraño”.
“Intenté
dejarlo una vez”, dijo. “Después de que enfermara le dije que haríamos todo
como él quisiera de ahora en adelante. Pero él dijo: '¡Oye, no tienes que ser
amable conmigo solo porque estoy muriendo! ¡Si dejas de llevar la contraria
pensaré que ya estoy muerto! Además, te quiero tal como eres'. Así que no
cambié mi forma de ser, ¡pero ahora lo dejé ganar!”
A Margarita
le preocupaba que Alberto no creyera en la vida después de la muerte.
"Durante todos los años que llevamos casados no hemos estado de acuerdo en
esto", dijo. "Voy a la iglesia todas las semanas pero él nunca me
acompaña. Dice que sabe que cuando muera será el final y que no le importa. Me dice: 'he tenido una buena vida y sé que no
me olvidarás, así que viviré en tus recuerdos'".
"No
creo que sea suficiente", dijo Margarita. "Ojalá pudiera creer lo
mismo que yo, pero ni siquiera quiere hablar de ello".
Alberto
nunca habló de religión, ni siquiera para discutirla con su esposa. Rechazó
todas las ofertas de clero y oración, y parecía estar en paz consigo mismo.
Durante
los últimos días de su vida Alberto estuvo en coma, sin hablar ni responder a
nadie, ni siquiera a Margarita que se acurrucaba a su lado.
Una
mañana, la respiración de Alberto cambió mientras Margarita y yo estábamos con
él. Abrió los ojos y miró hacia el otro extremo de la habitación. Sonriendo
como si reconociera a alguien, se incorporó en la cama y extendió los brazos.
Permaneció así unos minutos, luego cerró los ojos, bajó lentamente los brazos,
se recostó y murió. Margarita quedó atónita.
“Esperaba
que simplemente dejara de respirar y muriera fácilmente, y así fue, pero esto”,
dijo, negando con la cabeza. “Fue como si viera a alguien e intentara
abrazarlo. ¿A quién vio? ¿Podría haber sido Jesús? ¿Habías visto esto antes?”
Le
conté escenas similares que había presenciado y hablamos de lo que Alberto
podría haber estado viendo. Más tarde, después de que los empleados de la
funeraria retiraran el cuerpo de Alberto, Margarita y yo estábamos tomando una
taza de té cuando, de repente, se rió.
“Bueno,
gané esa discusión, ¿no?”, dijo. “Le dije que nos volveríamos a ver y me dijo
que no podíamos porque no habría algo después de la muerte. Pero sin duda vio
algo que nosotros no vimos, y ya se fue a otro lugar. Así que me estará
esperando cuando me vaya y podré decirle: "¡Te lo dije!". ¿Crees que
podemos discutir eternamente en el Cielo?”
Este ver, sonreír o acercarse a alguien que no podemos
ver es la forma no verbal de los mensajes que describimos en el Capítulo 7 , «Estar
en presencia de alguien que no está vivo». Las personas responden o se acercan
a alguien o algo que está más allá de nuestra percepción. Cuando esto sucede,
como en el caso de Alberto, la persona suele mostrar una mirada de asombro,
reconocimiento y alegría.
CAROLA.
Varios
años después de la muerte de Alberto tuve noticias de Carola quien, como
estudiante de enfermería, había estado observando la reunión del equipo el día
que le describí lo sucedido a Alberto. Se había trasladado pero me llamó para
contarme lo ocurrido durante la reciente muerte de su madre por cáncer. Su
familia se las arregló en casa hasta los últimos días, cuando fue ingresada en
el hospital, donde falleció tres días después.
Su
muerte era esperada. De hecho, la familia esperaba que muriera pronto pues
creían que ya había sufrido bastante. Pero se quedaron impactados al saber que
se cayó de la cama y fue encontrada muerta en el suelo.
“¡Imagínate
cómo nos sentimos!”, me dijo Carola. “Mi papá lloraba y se maldecía por haberse
ido a casa. Dijo que ella no se habría caído si él hubiera estado allí. Mi
hermana y yo estábamos casi muertas de culpa. Ella también es enfermera, y por
supuesto nos culpamos por no haberla dejado en casa. ¡Mi hermano estaba furioso
con el personal del hospital! Todos estábamos tan angustiados que la enfermera
nos preguntó si queríamos ver a la capellana, que resultó ser una joven”.
“Supe
exactamente lo que mi padre estaba pensando al verla: '¿Cómo puede saber algo
de esto esta jovencita?'. Pero nos escuchó despotricar, hizo algunas preguntas
y nos dejó hablar de nuestro dolor y pena. Después de un buen rato dijo:
"¿Creéis que podría haber intentado ir a algún lugar, tal vez para
encontrarse con su Creador?"
“Mi
papá quedó atónito y mi hermano se mostró escéptico, pero enseguida recordé tu
historia sobre Alberto. La conté. La capellana asintió y describió otras
situaciones que había visto: moribundos abriendo los ojos, sonriendo,
intentando alcanzar algo o a alguien. Mi hermana, que lleva mucho más tiempo de
enfermera que yo, recordó que también había visto un comportamiento similar”.
Lo
interesante es lo diferente que nos pareció entonces la caída de mi madre.
Ahora no nos detenemos tanto en su lucha por levantarse de la cama. En cambio
ahora recordamos que estaba lista para morir y que creía, y la vemos regresar a
casa con su Dios”.
Justo antes de morir, y generalmente sin previo aviso,
algunos pacientes pueden reunir una fuerza inusual. Desafortunadamente algunos la
usan para intentar levantarse de la cama y se caen. Después, la familia siente
una tremenda culpa y puede adjudicar a la caída la causa de la muerte. Un
familiar asustado y lloroso podría decir: "Papá acaba de morir. ¡Intentaba
levantarse de la cama y se cayó al suelo! Hemos estado con él todo el tiempo,
pero yo acababa de bajar corriendo a la cocina a tomar café. Me siento fatal.
Es mi culpa; si hubiera estado allí, esto no habría sucedido. ¿Cómo pudo pasar
esto? Ha estado semiconsciente, apenas reaccionando durante los últimos dos
días, ni siquiera tenía fuerzas para sostener un vaso de agua. ¡Estaba
demasiado débil para moverse solo! ¿Cómo pudo saltar las barandillas de la
cama? ¡No lo entiendo! ¿Cómo puedo vivir con esto?"
En
lugar de asumir lo peor, es mejor plantearnos algunas preguntas: ¿Qué
intentaban hacer los moribundos? ¿Vieron a alguien, o algún lugar invisible
para nosotros? ¿Intentaban ir allí? ¿Alguien, que no podíamos oír, los llamaba?
Ciertamente
no sugerimos que esté bien que los moribundos caigan de la cama pero nadie
conoce las razones de este fenómeno de extender la mano, y a veces salir de la
cama en los últimos momentos de la vida. La caída pudo no haber causado la
muerte; podría haber fallecido en ese momento, se haya caído o no. La caída
pudo haber sido resultado de su reacción a algo que experimentaba mientras
moría.
Los
familiares deben comprender esto y estar alerta. Pero es cruel culparse por
algo que no es su culpa o negligencia por no comprender que los moribundos
pueden exhibir un último estallido de energía. Y siempre vale la pena considerar
los significados ocultos tras la caída para no perder de vista los mensajes
importantes de este tipo de comunicación no verbal.
CAPÍTULO CATORCE. SUEÑOS SIMBÓLICOS:
“SOÑÉ CON. . .”
Los sueños pueden ser fascinantes. Las personas se
comunican consigo y con otros través de ellos y su inconsciente trae
información a su yo consciente. Al relatar sueños también nos comunicamos con
los otros.
Las
personas que desarrollan la Conciencia de Muerte Próxima saben que no están
soñando cuando ven un lugar o seres que otros no pueden ver (los mensajes sobre
cómo es morir), pero los sueños pueden ayudar a comunicar la segunda parte de
la Conciencia de Muerte Próxima: aquello que necesitan para morir en paz.
No
somos expertos en el análisis de sueños pero tenemos considerable experiencia
escuchando los de moribundos y sabemos que, a menudo, pueden ser importantes.
Los
sueños de alguien que enfrenta una enfermedad terminal suelen estar
relacionados con emociones intensas y contienen pistas sobre necesidades
importantes. Escuchando atentamente podemos ayudar a las personas a explorar
esas necesidades y sentimientos, y a veces a encontrar soluciones.
VANESA.
Vanesa,
reportera en la oficina de Washington de un importante periódico, tenía treinta
y cuatro años. Vivía con su esposo, Joel. Tenían dos perros grandes que siempre
la acompañaban al dormitorio y, "supervisaban" todo lo que hacía. Si
iba al estudio con Joel, o al teléfono en la cocina, uno la acompañaba y el
otro montaba guardia a los pies de la cama de Vanesa.
Era
mujer cálida e ingeniosa, cuyo sentido del humor se mantuvo firme incluso
cuando el resto de su energía disminuyó. Sin embargo, en mi primera visita
parecía ansiosa y cautelosa. Sabía que se estaba muriendo.
"Sé
que las cosas no pintan muy bien para mí", dijo. "Mi médico lleva
semanas diciéndome que llame al centro de terminales. Supongo que no hay nada
más que se pueda hacer". Su renuencia a llamar se debía a que pensaba que
estar en cuidados paliativos significaba que tendría que hablar sobre la
muerte.
“Ya sabes,
ese enfoque pesimista. Podría escribir una historia sobre la muerte de otras
personas. Averiguarlo todo sobre ellas: cómo se sienten, qué hacen, pero cuando
se trata de mí no quiero hablar de nada”.
“Intentaremos
que este momento sea lo más cómodo posible” —dije—. “Si quieres hablar sobre la
muerte, aquí estaré. Pero no intentaré obligarte a hablar de algo que no
quieras”.
“¡Pues
mejor no hablemos de eso, simplemente pasémoslo bien! Creo que nos llevaremos
bien. ¡Veo que a los perros les gustas!”
Me reí;
uno de los perros suspiró ruidosamente y se sentó en mi pie, y el otro apoyó su
peluda cabeza dorada contra mi falda.
“Bien
¡Tendremos risas en lugar de lágrimas!”
Rápidamente
nos entendimos. A menudo hacía preguntas generales sobre otras moribundos (el
presentador Frank Reynolds había fallecido recientemente), y decía: «Esta
pregunta es extraoficial. Solo quiero información de fondo».
Aproximadamente
un mes después de empezar a visitarla noté algo diferente en Vanesa. Joel me
acompañó a la habitación y me dejó sola con ella. “Mejor me voy”, dijo. “Vanesa tiene algo que hablar contigo”.
Vanesa
parecía muy seria. Dio unas palmaditas en la cama para que me sentara a su lado
y me tomó la mano.
“Tengo
que contar sobre un sueño que tuve anoche; supongo que fue un sueño. No suelo
recordar los sueños pero esto fue muy real. Tenía una grabadora. Se suponía que
estaba entrevistando a alguien, pero no sabía quién era. La grabadora seguía
funcionando pero no se había dicho nada, y empecé a sentirme mal”.
Guardó
silencio un par de minutos y luego siguió: «De repente me di cuenta de que
debía entrevistar a Frank Reynolds y no se me ocurría qué preguntarle. Me
desperté muy disgustada porque la grabación se iba a acabar y aún no le había
preguntado nada. ¿Qué crees que significa todo esto?».
“Me
da la impresión de que tú también tienes una idea al respecto. ¿Puedes decirme
qué te parece?”
"Parece
que no puedo decir nada hoy", dijo. "¿Puedes ayudarme?"
“¿Qué
te pareció Frank Reynolds?”
"Bueno,
era uno de los mejores", dijo. "Era muy profesional, estaba muy bien
preparado, pero también era muy amable".
"Tengo
la sensación de que si quisieras saber algo y pudieras llamar a cualquiera para
pedirle respuestas, él podría ser la persona indicada. ¿Eso sería s
posible?"
Los
ojos de Vanesa brillaron. "Bueno, él era el mejor", dijo con una
sonrisa. "Siempre me gusta el mejor".
“¿Y
sobre qué te gustaría entrevistar a Frank Reynolds?”, pregunté.
“Tendrás
que decírmelo. De repente, no se me dan bien las palabras”.
“Quizás
te estés preguntando sobre la muerte y cómo será. Acaba de morir, así que
debería poder decírtelo. Es alguien a quien respetas, así que te encantaría
tener la oportunidad de descubrir de qué se trata. Si tienes miedo a morir,
¿entrevistarlo sería una forma de descubrir si hay algo que temer?”
Vanesa
guardó silencio unos minutos, apretándome la mano con fuerza. «Pero ahora no
estoy soñando, y él no está aquí», dijo, con la voz apagada, ojos tranquilos y
serios fijados en los míos.
“¿Puedo
intentar darte algunas respuestas?”.
“Sí,
pero no sé las preguntas”.
Le
pedí que me interrumpiera en cualquier momento si quería, y empecé a hablar de
la muerte. Le describí cómo las personas suelen debilitarse, entrar en coma,
dejar de respirar y morir. Le pregunté si quería saber más. Asintió. Le conté
cómo creía que sería su muerte: probablemente la misma caída en coma y una
muerte fácil. Mencioné que muchas personas temen a la muerte porque desconocen
mucho sobre ella. Le hablé de miedos específicos a la muerte, especialmente al
sufrimiento. Lo relacioné con su situación y le dije que su dolor probablemente
continuaría, pero que lo mantendríamos bajo control, como hasta ahora. Luego le
comenté que a algunas personas les preocupa lo que sucede tras la muerte.
“No,
no es eso”, dijo Vanesa.
Luego
se quedó callada unos minutos antes de volver a sonreír. "Gracias, me
siento mejor. Ese sueño fue la entrevista más importante de mi vida y pensé que
la había arruinado, pero al final conseguí la información. ¿Podrías
explicárselo a Joel?"
Vanesa
nunca volvió a hablar de la muerte. Nuestra conversación sobre su sueño pareció
ayudarla a responder sus preguntas y a calmar sus miedos.
Las necesidades de las personas pueden ser similares,
pero la forma en que las expresan, particularmente en los sueños, puede ser
bastante diferente.
JUANI.
Juani
tenía nueve años y estaba muriendo por cáncer cerebral. Un día sufrió un
derrame cerebral que la dejó ciega y paralizada; a partir de entonces su salud
se deterioró rápidamente.
Su
padre, Matthew, era diplomático. Él y su esposa Pauline, provenían del mismo
pequeño pueblo de Ohio, pero no habían pasado mucho tiempo allí en diez años.
Habían vivido la mayor parte del tiempo en el extranjero. Cuando Juani enfermó
Matthew fue reasignado a Washington. Pauline fue realista sobre la enfermedad
de su hija. En mi primera visita me dijo: "Lo único que pido ahora es que
no tenga dolor y pueda morir en casa”. Habían decidido no dar a Juani los
detalles de su enfermedad.
Una
mañana estaba enseñando a Pauline cómo lavar el pelo de Juani en la cama. Juani
nos contó que la noche anterior había tenido un sueño en el que unos hombres
con trajes grises la llevaban a una gran casa cubierta de hiedra. Describió la
casa con todo detalle: ladrillo rojo, puertas de madera pulida, hiedra enroscándose
alrededor de las ventanas. Mientras le preguntaba a Juani sobre el sueño,
Pauline empezó a retroceder con los ojos muy abiertos y llenos de lágrimas.
Dijo que necesitaba más toallas y salió de la habitación. Juani siguió hablando
de su sueño y terminé de peinarla. Le pregunté cómo la había hecho sentir el
sueño.
“Bueno,
no sabía dónde estaba, ni quiénes eran esos hombres, ni adónde me llevaban” dijo
luciendo muy desconcertada.
Cuando
terminé de peinar a Juani estaba cansada y se dispuso a echar una siesta. En la
otra habitación encontré a Pauline y Matthew llorando abrazados.
“Esa
casa de la que habla es la funeraria de Ohio adonde enviaremos su cuerpo”,
dijo. “Decidimos enterrarla en el cementerio cerca de la casa de mis padres.
¿Por qué sueña con eso?”
Pauline,
Matthew y yo hablamos sobre el significado del sueño de Juani. Al principio se
preguntaron si Juani los habría oído hablar del funeral y el entierro. Luego
recordaron que habían mencionado la funeraria por su nombre, sin describirla. Juani
no conocía bien su ciudad natal y, que ellos supieran, nunca había estado en la
funeraria, ni siquiera cerca de ella.
Entonces,
¿qué podría significar el sueño? Sugerí que le preguntaran a Juani. Pauline
temía que Juani viera lo alterada que estaba, y a Matthew le preocupaba que Juani
le preguntara si conocía ese lugar. Sugerí que tal vez podríamos identificar
cómo se sintió Juani con el sueño; reconocer el sentimiento detrás de un sueño
a menudo revela su significado.
Pauline
pensó que Juani parecía desconcertada, pero no asustada. ¿Podría querer decir
que necesitaba saber qué le iba a pasar? Matthew y Pauline estuvieron de
acuerdo en que valdría la pena dejar que su hija hablara sobre lo que la
desconcertaba. Me preguntaron si llamaría a su sacerdote, a quien Juani amaba,
para que él y yo pudiéramos hablar con ella juntos.
Al
día siguiente, su sacerdote y yo visitamos a Juani. Él le preguntó cómo estaba.
“Estoy
bien”, dijo.
“Eso
es lo que siempre dices, pero en realidad, ¿cómo estás?”, dijo.
"Creo
que estoy empeorando. No veo, mi brazo y pierna derechos no funcionan, y mi
pierna izquierda tampoco lo hace bien. Ni siquiera puedo sostener a
Teddy", un oso de peluche que pusimos sobre la almohada de Juani para que
lo acariciara con la mejilla.
“Así
que hay muchos cambios” dije. “Y todos dan la impresión de que estás
empeorando, ¿no es cierto?
Juani
asintió.
«¿Te
preguntas qué va a pasar?», preguntó el religioso.
"Creo
que me voy a morir". ¿Qué te parece?"
“Bueno,
solo Dios puede saberlo con certeza. Pero por lo que me cuentas y lo que veo,
creo que sí. ¿Quieres hablar de eso?”
“Sí,
pero no sabía a quién preguntar. Pensé que podría molestar a mamá y papá; a
veces, cuando creen que estoy dormida, los oigo llorar”.
“Dime
qué quieres saber”.
“Bueno,
no me da miedo morir, creo que lo entiendo. La parte de mí que ama a mamá y
papá irá al cielo, ¿verdad? Y luego mi cuerpo será enterrado. Pero ¿qué pasará
antes de morir? ¿Cómo será mi vida? ¿Y qué pasará con mamá y papá? ¿Estarán
bien después?”
Le
describí lo que pensé que sucedería: cómo se debilitaría y no querría hablar,
sonreír, comer ni beber, y que entonces ni siquiera tendría ganas de respirar,
y su respiración se detendría. Le dije que no le dolería porque seguiríamos
dándole medicamentos para aliviar el dolor. Preguntó si alguno de nosotros
había visto morir a alguien y si parecía difícil. Dijimos que parecía fácil,
que a veces los moribundos parecen estar acompañados por familiares o amigos
que ya han fallecido.
"¿No
hay ángeles? ¿No puedo tener un ángel?"
El sacerdote
rió. «Juani, si quieres un ángel, seguro que lo tendrás», dijo.
Juani
vivió dos meses más y murió como esperábamos.
Después,
Pauline y Matthew hablaron sobre el sueño de Juani. Comprenderlo les ayudó a entender
lo que necesitaba. Mientras agonizaba se había mostrado sorprendentemente
tranquila, y estaban seguros de que su conversación conmigo y el pastor la
había aliviado. Después de besar la mejilla de su hija, Pauline dijo: «Creo que
meteré a Teddy en el ataúd con Juani. Pero sé que no se sentirá sola; estoy
segura de que ya ha encontrado un ángel».
Identificar los sentimientos —para Vanesa, frustración, y
para Juani desconcierto— nos lleva a la misma necesidad: información que
teníamos y podíamos compartir con ellas. A veces el significado del sueño no es
el que imaginamos al principio, y no siempre podemos satisfacer esa necesidad.
LORENZO.
Lorenzo
tenía sesenta y ocho años y estaba muriendo en la unidad de cuidados
paliativos. Me contó su sueño mientras le daba un masaje en la espalda, parte
de su ritual nocturno: toallita tibia para cara y manos, cepillo de dientes y
enjuague bucal, y un masaje en la espalda.
“Alivia
la rigidez de mi espalda, así me siento relajado y duermo mejor”, dijo.
Aunque
ciertamente lo relajaba, rara vez significaba que se quedaría dormido porque,
parecía alentarlo a hablar, a menudo durante horas, sobre preocupaciones que
nunca mencionaba durante el día.
“Tuve
un sueño vívido”, dijo. “Estaba en una carpa de circo, balanceándome en lo alto
de un trapecio. Abajo veía a mucha gente hablando y riendo, y había música y
pancartas preciosas pero seguía balanceándome más y más. Sabía que podía
soltarme del trapecio y me adentraría en lo que había ahí fuera. Y ahí fuera
hacía frío y estaba oscuro, solo y vacío; no había nada”.
Hablamos
sobre lo que él pensaba que podría significar el sueño.
“Bueno,
abajo, en la carpa, es como estar vivo. Hay gente, ruido, calor y colores
hermosos. Pero allá afuera, donde hace frío y soledad, está la muerte. Así será
después de que muera: frío y soledad, y luego nada. Pasaré por el frío y la
oscuridad, y luego no seré nada”. Hablamos del sueño varias veces; lo animé a
que también hablara con otros.
Tras
varias noches describiendo y comentando su sueño, Lorenzo se dio cuenta de que
también describía su vida. Sus padres habían sido severos y poco afectuosos. Su
esposa lo había abandonado diciéndole que era frío y poco cariñoso. Sus dos
hijos no estaban cercanos a él; el menor vivía en California y solo lo visitaba
cada pocos años, y aunque su hijo mayor vivía en la ciudad, nunca visitaba a su
padre. Lorenzo no tenía amigos, solo algunos socios.
“Sus
secretarias me enviaron flores cuando enfermé por primera vez, pero no quieren
verme”, dijo.
Cuando
le pregunté qué haría su vida menos solitaria, dijo que le gustaría ver a sus
hijos. El menor vino, pero tras un saludo incómodo ambos parecieron tener muy
poco que decir. El mayor se negó a visitar a su padre.
El
sueño de Lorenzo, al principio, parecía una descripción de cómo sería su muerte
pero, en realidad, mostraba cómo percibía su vida. Podía observar la calidez,
el color, la gente y la alegría, pero nunca se sintió parte de ello. El sueño
expresaba sus sentimientos de soledad; y tras reflexionar y dialogar, pudo
decir qué podría aliviar esa soledad. Desafortunadamente, las personas que él
quería y necesitaba que lo ayudaran no pudieron. Quienes lo cuidamos
empatizamos con su dolor emocional, pero no pudimos aliviarlo; permaneció
triste y solo hasta su muerte.
A veces los sueños provocan sentimientos de miedo;
explorar esos sentimientos puede ser particularmente importante.
ISABEL.
Isabel,
de treinta y nueve años, era psicóloga. Tenía problemas físicos muy complejos y
la visité muchas veces para enseñarle a manejarlos. Su enfermedad neurológica
terminal había progresado rápidamente acabando con su vida laboral y gran parte
de su independencia. Su hermano menor, Edward, poeta, se había mudado con ella
para cuidarla.
Isabel
mencionaba a menudo la presión extra que sentía debido a su profesión.
“No
tienes idea de lo difícil que es ser psicóloga”, dijo. “Mis amigos dicen que
debe ser más fácil para mí porque debería saber cómo afrontarlo. Pero no es más
fácil para mí que para cualquier otra persona. Morir es una experiencia nueva y
estoy tan angustiada y ansiosa como cualquiera. Incluso Edward me pide consejo
sobre cómo debería afrontar esto, y se supone que debería estar cuidándome”.
Una
mañana dijo: «Necesito hablar de este terrible sueño que tuve. Lo he tenido
cada dos semanas durante los últimos meses. Fue horrible: ¡me enterraron
viva!».
Con
una mirada de horror describió que soñó que estaba en un ataúd, sin poder
salir, sintiendo el peso de la tierra presionándola.
“Cuando
desperté estaba tan asustada que tenía miedo de volver a dormir”, dijo.
Generalmente,
el mejor intérprete de cualquier sueño es el soñador. Le pregunté a Isabel si
podía explicar su sueño.
“Bueno,
refleja mi ansiedad, claro. ¡Tengo miedo de que el director de la funeraria me
lleve viva! Luego me meterán en un ataúd, me llevarán a la iglesia para el
servicio, luego al cementerio y me enterrarán. Pero ¿y si sigo viva?”
“Eso
suena bastante aterrador”, le dije.
“No
soy la doctora adecuada para esto. No sé mucho de la muerte. ¿Cómo sabrás que
estoy muerta? ¿Cómo puedes estar segura de que no sigo viva cuando me lleve la
funeraria?”
El
miedo a ser enterrado vivo no es infrecuente. Isabel comprendió lo que
necesitaba para aliviar su miedo: saber exactamente cómo determinaríamos su
muerte, y ella quería los detalles. Así que tuvimos la primera de varias
conversaciones sobre cómo se detienen el corazón y los pulmones. Le dije que
intentaríamos encontrar el pulso, en la muñeca y en el cuello, y luego la
presión arterial. Escucharíamos los latidos del corazón o los sonidos
respiratorios. Estos desaparecen inmediatamente después de la muerte. Le dije
que permanecería en casa aproximadamente una hora después de morir, tiempo
durante el cual aparecerían otros signos. Su cuerpo se enfriaría y, al dejar de
fluir la sangre, aparecerían manchas azules moteadas en la parte inferior de su
cuerpo.
Estos
detalles pueden resultar demasiado gráficos para la mayoría de la gente, pero
esto es lo que Isabel necesitaba oír. Puede que suenen demasiado simples para
alguien con su formación profesional pero, como mucha gente, Isabel tenía poca
experiencia con la muerte. Quería saber cuántas veces había visto morir a gente
y con qué frecuencia había examinado a los que acababan de morir. Le conté todo
lo que pude.
“Ahora
me siento mejor”, dijo. “Hablar de esto me ha ayudado. Creo que mis sueños se
debían a la ansiedad que eso me causaba. Quizás ser psicóloga no sea tan malo;
al menos puedo comprender mis ansiedades”.
En mi
siguiente visita su hermano estaba presente. Isabel preguntó si podíamos
repetir nuestra conversación anterior, pero esta vez con Edward. Así que
volvimos a hablar de los sueños de Isabel y de su miedo a ser enterrada viva, y
le describí a Edward cómo sabemos si la gente está muerta.
“Ahora,
Edward, quiero que recuerdes todo esto. No intentes apresurar las cosas y
sacarme de aquí demasiado rápido. Por favor, mantenme en casa al menos dos
horas después de mi muerte. No te apresures en sacarme de de casa”, dijo Isabel.
Cada
pocas semanas, durante los meses siguientes, Isabel me pidió que habláramos de
este tema; cada vez parecía menos ansiosa. La noche que murió, Edward me vio
revisar el cuerpo de su hermana en busca de señales de vida. Cuando terminé y
guardé el estetoscopio, dijo: «Sé que Isabel nos está vigilando para asegurarse
de que hagamos todo lo que dijimos. Así que preparé té y tengo galletas con
chispas de chocolate».
Edward
y yo pasamos dos horas sentados con su hermana, bebiendo té y comiendo
galletas, mientras él me contaba historias de su infancia.
Después
del funeral dijo: “Nunca fue fácil para Isabel admitir que le tenía miedo a
todo. Me alegra que nos contara qué la asustaba y que tuviéramos todas esas
conversaciones raras. Al principio me pareció ridículo que la tuviera en casa
dos horas pero ahora me parece una nimiedad, y sé que la alivió. También me
ayudó a despedirme”.
Los sueños de un moribundo pueden ser muy importantes.
Presta especial atención a los sueños vívidos, recurrentes o a una serie de
sueños que progresen de alguna manera.
Si
alguien que conoces y está muriendo habla de sueños, puede que esté lidiando
con algo que no entiende, pero sobre lo cual tiene preguntas o sentimientos
fuertes. Anímale a que te cuente los detalles. Escúchalo con atención. Pídele
que interprete los sueños pero no intentes hacerlo tú mismo. La respuesta más
útil es intentar ayudar a la persona a identificar los sentimientos que
subyacen a los sueños.
Los
sueños que asustan a una persona pueden estar relacionados con el miedo a la
enfermedad o a la muerte. Sueños llenos de ansiedad pueden significar que una
persona está preocupada por la familia, los gastos o los preparativos
necesarios. Los sueños desconcertantes suelen indicar necesidad de información.
Con frecuencia, el simple hecho de hablar de los sueños ayuda al moribundo a
comprender qué le preocupa o necesita. wisto
CAPÍTULO QUINCE. ELEGIR EL MOMENTO: “ES
EL MOMENTO ADECUADO”.
JOSÉ.
José
se comportaba como el diplomático de carrera que había sido pero en cuarenta
años de ocupar puestos de trabajo por todo el mundo nunca se había dado aires
de grandeza. Él y Dorothy, su esposa desde hacía cincuenta años, habían criado
a sus dos hijos en embajadas de media docena de países coleccionando una gran
variedad de idiomas, una casa llena de muebles y recuerdos inusuales, y toda
una vida de historias.
Los
hijos, Patrick y Kathleen, ya eran adultos y habían desarrollado sus carreras
profesonales y fundado familias jóvenes. Patrick, profesor, vivía en Nueva
York, y Kathleen, enfermera, vivía a una hora de sus padres. José y Dorothy aún
conservaban su antigua casa de madera y sus recuerdos de días en Italia,
Arabia, Inglaterra, Zanzíbar, Japón y China, entre otros lugares exóticos.
Tras
sus andanzas, José y Dorothy se conformaban con quedarse en casa. Ambos leían
con voracidad: ella prefería la ficción y él la historia política. En las
tardes de invierno se sentaban en el estudio junto a una chimenea crepitante y
se turnaban para recordar detalles de correos pasados hace mucho tiempo.
José
se jubiló a los sesenta y cinco años y tres años después le diagnosticaron enfisema
y cardiopatía. Ninguna de las dos afecciones ponía en peligro su vida pero
durante los nueve años siguientes fue empeorando gradualmente: experimentó
pérdida de peso, debilidad y dificultad para respirar tan grave que se volvió
totalmente dependiente de Dorothy. Su mundo se de recorrerlo en barco y avión a
la habitación del segundo piso y las páginas de la revista National Geographic. Atado a una bombona de oxígeno ya ni
siquiera podía leer y charlar con Dorothy junto a la chimenea.
Al
principio, José no cedió a la invalidez. Toda su vida se había vestido
formalmente y seguía haciéndolo insistiendo en que todos los días Dorothy le
pusiera camisa, corbata y pantalones impecablemente planchados, colgándolos
luego en un perchero de caoba e insertando hormas en sus lustrados zapatos.
A
medida que su estado de salud empeoraba Kathleen y Patrick se preocuparon más
por la carga que su enfermedad suponía para su madre. La vieja casa era un
caos, con muchos escalones entre los dormitorios y la cocina. José nunca se
quejó, pero también le preocupaban las frecuentes subidas y bajadas de su
esposa por las escaleras.
"Tenemos
que hacer algo", le dijo a Kathleen. "Necesita ayuda. Esto es
demasiado para ella".
Kathleen
contactó con el centro de terminales local. Sin embargo, para que José pudiera
ser ingresado su médico tendría que certificar que solo le quedaban seis meses
de vida, o menos. El médico de José coincidió en que su estado estaba
empeorando y reconoció las preocupaciones de la familia, pero dijo que no podía
determinar con certeza el futuro de su paciente.
"Ha
estado empeorando durante mucho tiempo, pero podría continuar así por mucho
tiempo más", dijo el médico a Dorothy y Kathleen.
Dorothy
contrató a una enfermera para que lo visitara tres veces por semana y ayudara
con el cuidado y el baño de José, pero la carga recaía en gran medida sobre
ella. Sus hijos vivían fuera de la región, trabajaban a tiempo completo y
tenían sus propias vidas que gestionar. Pero la situación también los agobiaba:
cada uno sentía que nunca había tiempo suficiente para hacer todo lo necesario.
Para
entonces, José había perdido tanto peso que tenía el rostro hundido. Sus ojos
siempre habían sido la parte más llamativa del rostro y ahora eran, claramente, de búho. A medida que
su grasa corporal desaparecía sus huesos se volvían más prominentes lo que no
solo le daba aspecto esquelético sino que aumentaba el riesgo de escaras
causadas por la presión de un cuerpo inactivo sobre la piel sensible. José
nunca había sido un hombre grande ni musculoso, pero ahora parecía frágil.
"Cuando
lo ayudo a salir de la cama siento como si esos huesitos se fueran a romper en
mi mano", dijo Kathleen.
Su
declive continuó gradualmente. Había dejado de vestir formalmente y ya no
parecía echarlo de menos. Pasaba menos tiempo en su silla junto a la ventana
del dormitorio, no leía su revista National Geographic y
se cansaba rápidamente. El simple hecho de estar con sus nietos lo agotaba.
Pero no quería que lo dejaran solo. Llamaba a Dorothy con más frecuencia y
cuando esta aparecía y le preguntaba qué quería José decía: «No hables.
Siéntate aquí». Durante una visita de Kathleen, agarró la mano a su hija con
urgencia y le dijo: "No voy a mejorar. Voy a morir". “Lo sé, papá, lo
sé”, respondió la hija.
Un
domingo por la tarde, como de costumbre, Kathleen los visitó. Sin embargo, al
ver a sus padres se sintió intranquila. Su madre estaba hecha un manojo de
nervios y su padre, que llevaba días postrado en cama, tenía dificultad para
tragar. Kathleen llamó al médico y le preguntó si su padre estaría a punto de
morir.
"Es
posible", dijo el médico. "Su padre es físicamente frágil. Por otro
lado, lleva así de frágil mucho tiempo. Es muy difícil saber cuánto tiempo le
queda".
Kathleen
se sentía dividida. Como enfermera conocía bien los altibajos de enfermedades
como la de su padre pero le preocupaban sus responsabilidades familiares y
laborales. Decidió volver a casa. Y mientras regresaba a su hogar se inquietaba
a medida que pasaba cada kilómetro por temer perderse la última noche de vida
de su padre y, al mismo tiempo, verse atrapada en asuntos prácticos como la
interrupción de las visitas de sus pacientes programadas para la mañana
siguiente, así como atender las necesidades de sus hijos adolescentes. Deseaba
que alguien le dijera exactamente qué hacer.
Cuando
Kathleen entró en casa sus hijos percibieron su inquietud. Su hija resolvió el
asunto rápidamente cuando dijo: “Si te vas a poner hecha un desastre, mamá,
mejor que te pongas hecha un desastre allá, en casa de los abuelos. Además, a
la abuela le encantará tener compañía”.
Eso
era todo lo que Kathleen necesitaba oír. Empaquetó ropa para cambiarse y
condujo de vuelta a casa de sus padres, planeando pasar la noche allí, madrugar
e ir a trabajar como estaba previsto. Al abrir la puerta trasera de la casa
Dorothy corrió a abrazarla. “Me alegra mucho que hayas vuelto. No quería
pedirte que te quedaras, pero he estado muy nerviosa todo el día. Hay algo
diferente en tu padre. Ojalá pudiera identificarlo”.
Arriba,
José parecía sorprendido por el regreso de Kathleen. Ella compuso las almohadas
y lo besó. “Hola, papá. Decidí pasar la noche aquí para que mamá no esté sola”.
El padre sonrió aliviado y le tomó la mano. “Bien, ahora puedo acostarme” dijo
cerrando los ojos.
Kathleen
quedó perpleja por el comentario: llevaba una semana postrado en cama. Lo
arropó y bajó a tomar una taza de té con su madre.
“No
recuerdo que papá estuviera confundido antes”, dijo mientras se relajaban en la
mesa de la cocina. “Solo dijo: 'Ahora puedo acostarme', pero eso no tiene
sentido. ¡Eso es todo lo que ha estado haciendo!”
“Quizás
estaba soñando”, dijo Dorothy. “Los dos estamos cansados; nada parece tener
mucho sentido esta noche. Vamos a dormir un poco y quizás mañana todo esté más
claro”.
Al
amanecer, Dorothy se despertó al oír a José intentando levantarse de la cama.
«Jose,
¿a dónde vas?», preguntó.
“¡Quiero
acostarme!” dijo con urgencia. Ella se levantó y lo tranquilizó, convenciéndolo
de que se acostara.
“Estás
bien”, le dijo. “Ya estás acostado” .
Él le
dio las gracias y ella volvió a la cama. Pero a los pocos minutos, Dorothy se
despertó de nuevo, con el sonido de los últimos gritos de José. Respiraciones
ásperas. Llamó a Kathleen, que dormía en la habitación de al lado.
“¡Ven
rápido!. ¡Dios mío! Creo que se va. No puede ser, ¿verdad?”
Kathleen
le tomó el pulso a su padre y abrazó a su madre.
“Se
fue, mamá”. Se sentaron a su lado en la cama, abrazados.
"¿Cómo
pude dormir cuando estaba muriendo?", preguntó Dorothy. "Me habría quedado
con él toda la noche si lo hubiera sabido".
“Sé
que lo habrías hecho, mamá, pero él sabía que estabas ahí mismo, en la cama
junto a él. Sabes que se habría preocupado por ti si te hubieras quedado
despierta toda la noche. Nunca le gustó armar jaleo”.
Madre
e hija permanecieron sentadas en silencio mientras la luz del amanecer se
alzaba en la habitación reflejando las encuadernaciones de color amarillo
brillante de las revistas National Geographic
ordenadas en las estanterías.
“He
estado pensando en lo que papá me dijo anoche”, dijo Kathleen. “Cuando decía:
'Ahora puedo acostarme', no se refería a descansar, sino a dejarse ir. Quería
que estuviera aquí en casa para que no estuvieras sola cuando muriera. Y murió
como vivió: tranquilo y en paz, y nos protegió a ambos, tanto en su muerte como
en su vida. Fue lo último que pudo hacer para cuidarnos”.
En el
funeral, Kathleen contó a un compañero de trabajo la ironía de su reacción a
sus últimos comentarios. Comentó la facilidad con la que se vio envuelta en la
red de dolor, conflicto y suposiciones que puede confundir a quienes cuidan de
un ser querido moribundo, lo que le hizo perder el verdadero mensaje de su
padre, a pesar de ser una profesional de la salud con amplia experiencia.
“Si
uno de mis pacientes hubiera dicho: 'Ahora puedo acostarme', probablemente me
habría dado cuenta al instante de lo que realmente quería decir, pero como
venía de mi padre no entendí el mensaje. Pero al menos estuve allí, y al estar,
pude darle la oportunidad de soltarse en paz, sabiendo que estaba disponible
para ayudar a mi madre”.
José esperaba a su hija, quien sabía que le brindaría el
apoyo que su esposa necesitaba cuando él falleciera. A veces la gente espera
por otras razones: quizás el nacimiento de un nieto, la graduación de un hijo,
o un familiar o amigo que necesita despedirse.
CALINA.
Calina
estaba muriendo por cáncer de ovario. Tenía tres hijas. Debbie, la mayor,
estaba casada y vivía a pocos kilómetros de distancia; Susie, de veinticinco
años aún vivía en casa y Cindy, la menor, los padres la describían como
«nuestra hija problemática» pues se había ido de casa a los dieciocho para
convertirse en actriz, lo que preocupaba profundamente a Calina y a su esposo,
Don.
Cindy
nunca escribía y rara vez llamaba. De vez en cuando, llegaba a casa sin avisar
para una visita que siempre terminaba en la misma discusión con su madre. Cindy
encontraba a Calina dominante y prejuiciosa, y Calina pensaba que Cindy era
poco cariñosa e irresponsable.
“El
problema es que se parecen demasiado”, dijo Don. “Ambas son mujeres fuertes,
inteligentes y cariñosas, pero también muy mandonas. A mí, ni a nuestras hijas
mayores nos molesta porque simplemente
lo dejamos pasar, pero ella y su madre se llevan fatal. Lo peor que se le puede
decir a Cindy es que es como su madre: lo considera un insulto terrible”.
Cuando
los médicos informaron a Calina que no
viviría mucho más ella y Don lo comunicaron a Debbie y Susie, quienes se
comprometieron a ayudarla a quedarse en casa el mayor tiempo posible. Cuando
llamaron a Cindy, que vivía en Nueva York, se emocionó y lloró pero permaneció
tranquila hasta que Don y Calina le preguntaron si volvería a casa para vivir
durante los últimos meses de Calina. "¡Jamás!", gritó Cindy, colgando
el auricular de golpe. Minutos después llamó para decir que pronto volvería a
casa de visita.
Cindy
regresó a casa varias veces durante los meses siguientes, pero el tiempo que
pasó con su madre no fue de lo mejor. La terapia ayudó a Calina a lidiar con el
dolor de esta difícil relación, pero Cindy rechazó varias ofertas de
asesoramiento o apoyo.
El
deterioro gradual de Calina hacia la muerte cambió una mañana cuando, de
repente, presentó síntomas de insuficiencia cardíaca. La muerte parecía
inminente. Decidió ingresar en la unidad de cuidados paliativos. Mientras
esperaba la ambulancia para el traslado, Don llamó a sus tres hijas. Cuando
llegaron al centro, Debbie y Susie
estaban esperando. Cindy no podría llegar hasta las once de la noche.
Calina
perdió el conocimiento. Tenía la presión arterial muy baja, el pulso muy débil;
y la respiración casi inaudible. Parecía improbable que sobreviviera a la
tarde. Instamos a Don, Debbie y Susie a que siguieran hablando y avisándo de
que Cindy vendría. Como la mayoría de las familias, después de unos cuantos
"Te quiero" y "Gracias", no supieron qué más decir. “Podríais
recordar las experiencias que habéis compartido en familia· les sugerí. Al poco rato, Don y sus hijas estaban sentados
en la cama de Calina, contándose historias mientras ella yacía entre las
almohadas.
Poco
antes de las once de la noche apareció Cindy despeinada. Su padre y hermanas la recibieron con abrazos y besos,
haciéndole sitio en la cama, cerca de su madre. Besó la mejilla de Calina, le
tomó la mano y sollozó. Después de unos minutos pidió pañuelos a Susie y
asintió agradecida cuando Debbie le ofreció una taza de té. Se calmó escuchando
a Don contar algunas historias. Cindy tenía sus propios recuerdos, recordando
cómo, cuando sus hermanas mayores se iban a la universidad cada semestre, Calina
la invitaba a almorzar.
“Nunca
le dije lo especial que me hacía sentir eso”, dijo Cindy, tomando un sorbo de
té. “Y nunca le dije que me sentía muy orgullosa cuando decían que me parecía a
ella. He sido muy mala con ella, y ahora es demasiado tarde para disculparme”.
"Las
enfermeras nos dicen que probablemente oye lo que decimos", dijo Don.
"Probablemente oyó lo que acabas de decir. ¿Quieres decírselo otra
vez?" Cindy respiró profundamente, miró a su madre a la cara, y repitió lo
que había dicho.
Alrededor
de las dos y media de la mañana la respiración de Calina se volvió muy
irregular. Don, y las tres hermanas, se acurrucaron junto a ella, abrazándose
unas a otras y a Calina mientras esta respiraba lentamente unas cuantas veces y
luego dejaba de hacerlo. Su vida terminaba con una nota de paz y tranquilidad.
No
sabemos si Calina escuchó lo que esposo e hijas le dijeron, ni si esperó a que
Cindy llegara o si aguantó aún más para darle a su "hija
problemática" la oportunidad de expresar algo de su amor y
arrepentimiento. Lo único que sabemos es que Calina, quien no se esperaba que
sobreviviera a esa tarde, sobrevivió hasta la mañana siguiente, tiempo durante
el cual Cindy pudo aliviar parte del dolor que, seguramente sin aliviarse le
habría hecho el duelo más difícil.
Hay muchas historias como la de Calina. Una mujer
moribunda esperó el regreso de su hija de Europa. Un hombre esperó a que su
esposa regresara de un viaje para ayudar a un familiar enfermo en otra parte
del país, (dijo: «No debería tener que lidiar con dos crisis en dos lugares
diferentes al mismo tiempo»). Pero también hemos visto a personas que esperan a
que sus seres queridos se vayan.
CATINA.
La
historia de Catina ofrece otro buen ejemplo de cómo elegir un momento para
morir y con ello salvar a los seres queridos. Pero su historia también refleja
un mensaje importante para enfermeras y otros cuidadores profesionales.
Independiente,
talentosa bailarina y profesora de danza, además de aspirante a escritora, Catina
sufría un tumor cerebral diagnosticado tan solo tres meses después de casarse.
Ella y su joven esposo estaban devastados y asustados, al igual que sus padres.
Su
madre interrumpió su trabajo como escritora e investigadora científica en la
industria alimentaria para ayudar con el cuidado de su hija. La madre de Catina
ejerció una gran influencia en ella y su relación era especialmente estrecha.
Durante
mi primera visita, Catina había dejado muy claro que tenía objetivos
importantes que alcanzar: celebrar su primer aniversario de bodas y terminar de
escribir un libro que comparaba los estilos de los coreógrafos de principios
del siglo XX. Su investigación estaba completa. Justo antes de la enfermedad,
quería escribir un libro que transmitiera el entusiasmo y el compromiso que
encontró en su investigación sobre coreógrafas del pasado, como Isadora Duncan,
a jóvenes bailarines y público en general.
Se me
encogió el corazón cuando dijo esto pues esas metas parecían imposibles con lo
enferma que estaba. Era improbable que Catina viviera para su aniversario
dentro de seis meses, y mucho menos que tuviera la energía y concentración
necesarias para escribir un libro. Pero he aprendido que, al morir, las
personas tienen metas importantes y casi siempre las alcanzan.
"Me
ayuda saber cuáles son tus objetivos", dije. "Así que, pongámonos a
trabajar juntos; tenemos mucho que hacer". Ella sonrió.
Los
padres de Catina habían contratado enfermeras para las 24 horas de forma que su
esposo pudiera seguir trabajando. Postrada en cama, ciega e incapaz de hacer
nada por sí misma, necesitaba atención completa para todas sus necesidades pero
conservaba su fortaleza de espíritu y su ingenio impredecible. A pesar de su
enfermedad, el hogar de Catina a menudo se llenaba de risas y celebraciones
escandalosas.
Catina
solía tener sueño. Debido a la enfermedad cerebral, cuando estaba despierta sus
procesos de pensamiento eran fragmentarios. Sin embargo, su madre podía
sentarse junto a su cama y decirle: «Catina, estoy lista para tomar el dictado
de tu libro» y, como si pulsara un interruptor, Catina se volvía muy lúcida al
dictar sus pensamientos, ayudándola a organizar e integrar su investigación.
"Parece
que te estás cansando", decía mamá. "Así que paremos por hoy". Y
entonces los procesos de pensamiento y el habla de Catina se fragmentaban y la
confusión la dominaba de nuevo.
Sorprendentemente,
Catina terminó el manuscrito, que fue aceptado para su publicación justo antes
de su muerte. Igualmente sorprendente fue que Catina vivió para celebrar su
aniversario de bodas, ¡Fue una fiesta maravillosa!
Una
vez cumplidos sus objetivos nos preparamos para la muerte de Catina, ya que
todos le habían cogido mucho cariño. Estaba tan enferma que era difícil
entender qué la mantenía con vida. Su calidad de vida parecía tan precaria que
nos preguntábamos qué era lo que la frenaba. Fue difícil para todos los
involucrados presenciarlo.
Su
madre iba a recibir un prestigioso premio en Europa. Los padres de Catina
estaban angustiados por la idea de ir, convencidos de que moriría mientras
ellos no estuviera, y eso parecía ciertamente probable. Durante uno de sus
momentos de lucidez mental Catina pidió participar en esa decisión. "Quiero
que vayas", dijo. "Es importante para mí que mamá reciba el premio
por el que tanto trabajó". Juntos decidieron que era lo correcto.
Como
la madre de Catina había jugado un papel tan importante en su vida, me
preguntaba si sentía que su madre podría frenarla. Había sido una influencia
poderosa para Catina.
Aunque
no hemos tenido experiencia con otros centros de cuidados paliativos, es común
que los niños moribundos envíen a sus padres lejos para morir en paz. Es como
si sintieran que sus padres podrían impedirles morir en paz, o como si
quisieran ahorrarles la angustia de presenciar su muerte.
Cuando
los padres de Catina decidieron ir a Europa pensé que quizás eso era lo que Catina
necesitaba. No bastaba con que mamá no estuviera en su habitación, ni en su
apartamento, ni en su pueblo; necesitaba estar tan lejos para que Catina se
sintiera lo suficientemente segura como para irse.
Catina
y sus padres se despidieron entre lágrimas. Los padres se fueron de viaje pPero
Catina no murió. Las enfermeras intentaban averiguar qué necesitaba Catina ya que
no podía decirlo ella misma.
De
repente, sin previo aviso, Catina murió en silencio, y lo vimos con claridad.
Por la ventana, la enfermera de día vio a la enfermera de noche cargar
suministros desde su coche con dificultad. Salió corriendo a ayudarla, dejando
a Catina sola unos tres minutos, probablemente el único momento en que había
estado sola en meses. Ese fue el momento en que Catina decidió irse. Su marido
estaba corriendo, sus padres estaban en Europa y las dos enfermeras lejos de su
cama.
En
retrospectiva, nos dimos cuenta de que el último regalo de Catina a las
personas que le importaban fue salvarlas y mostrarles su propia fortaleza al
elegir morir sola.
Un
mensaje importante para las enfermeras y el resto del personal sanitario es que
algunos pacientes, a pesar de nuestra insistencia en que no es su
responsabilidad, intentarán cuidarnos. Catina había llegado a querer a sus
enfermeras, al igual que ellas a ella. Hicieron un trabajo maravilloso
cuidándola durante mucho tiempo; y en su agonía, ella cuidó de ellas. Ellas
también fueron amadas, cuidadas y salvadas.
A veces un moribundo espera una circunstancia o situación
particular, pero la persona elegida para proporcionársela no siempre es la
familia.
PEPA
Pepa,
escritora, siguió trabajando hasta dos semanas antes de ser ingresada en el
programa de cuidados paliativos. Tenía muy claros sus deseos: no quería recibir
más tratamiento ni regresar al hospital. Durante el tiempo que le quedaba de
baja quería estar lo más cómoda posible para poder dedicar su tiempo a escribir
y a explorar su recién descubierta fe en Dios. Y quería morir en casa.
Esa era
su principal preocupación. Pepa temía el impacto que su muerte en casa tendría
en su querida amiga Bárbara, con quien había compartido vivienda durante más de
doce años. Temía que los recuerdos de su muerte hicieran de la casa un lugar
insoportable para su compañera y no quería que ésta tuviera que presenciar el
momento de su muerte. Pero Bärbara insistió en que Pepa consiguiera su deseo.
Admitiendo que necesitaría consejo y ayuda, dijo que podría lograrlo.
Las
tres conversamos mucho sobre esto. Le expliqué que, a medida que una persona se
acerca a la muerte el personal de cuidados paliativos suele decir: «En los
próximos días...».
En
este punto, las familias podrían necesitar más contacto con el equipo de
cuidados paliativos para obtener apoyo emocional y adquirir habilidades
adicionales. Las enfermeras de paliativos suelen enseñar a las familias esas
habilidades pero algunas familias pueden optar por contratar enfermeras
adicionales.
Pepa
y Bárbara acordaron que, a medida que se acercaba el fin, contratarían
enfermeras para brindar atención las 24 horas, de modo que Bárbara tuviera a
alguien con ella en todo momento. Pepa me preguntó si yo podría ser la
enfermera presente, cuando falleciera con Bárbara. No podía prometerlo; parecía
más probable que una enfermera de las contratadas estuviera presente en ese
momento.
Unos
seis meses después de ingresar al programa de cuidados paliativos el deterioro
de Pepa comenzó a acelerarse. Pronto no pudo levantarse de la cama, no quería
comer, había reducido su consumo de líquidos a casi nada y perdía interés en el
mundo exterior.
Se
debilitó. Las enfermeras la bañaban, mantenían su boca húmeda, cambiaban la
bolsa de colostomía e inyectaba analgésicos. También la volteaban de lado cada
pocas horas para evitar la acumulación de líquido en los pulmones.
Un
viernes, con la voz reducida a un susurro, Pepa se despidió de Bárbara, de su
hermano, su rabino y de mí. Luego entró en coma.
A la
mañana siguiente pasé a ver cómo estaban Pepa y Barbara. La enfermera de turno
pensó que Pepa parecía estar cómoda. Su dolor parecía estar bajo control y
respiraba tranquila y con facilidad.
“Lo
difícil ya pasó” le dije a Pepa. “De ahora en adelante será fácil. Puedes irte
cuando quieras. Voy a la otra habitación a hablar con Barbara y te veré antes
de irme”.
Dejé
a Pepa con la otra enfermera y fui con Barbara a la sala. Mientras hablábamos Pepa
falleció, como deseaba, en su casa estando Barbara presente, pero ausente, y
conmigo allí para apoyarla.
Mi
primera reacción fue de culpa: «Debería haber tenido a Barbara con ella». Claro
que lo importante no era lo que yo quería ni lo que creía mejor sino lo que Pepa
quería y lo que ella creía que sería mejor para Barbara. Sabiendo que Barbara
contaría con mi presencia y apoyo Pepa eligió su momento para morir.
Evitar que los más cercanos presencien el acontecimiento
de la muerte, o ahorrarles el esfuerzo de brindar esa atención, parece ser la
base de la elección que hacen muchos moribundos para morir.
BEATRIZ.
Beatriz
era mujer de unos sesenta y tantos años que estaba muriendo de linfoma. Su
esposo también había padecido problemas de salud durante muchos años. Pudo
brindarle mucho apoyo emociona, pero no encargarse del cuidado físico de su
esposa. Su hermana mayor, Agnes, viajó desde Maine para ayudar, pero Beatriz
estaba muy preocupada por este arreglo. El esposo de Agnes también tenía
problemas de salud y dependía mucho de ella.
“No
sé qué haremos”, dijo Beatriz. “Agnes debería estar en casa con su esposo. Me
sentiría muy responsable si algo le pasara mientras ella estuviera aquí. Ella
ya no es joven y se ha pasado la vida cuidando gente. No es justo. Estoy muy
preocupada por ella”.
Su
enfermedad estaba extendida pero Beatriz se encontraba bastante bien. Con ayuda
podía levantarse de la cama y vestirse todos los días; comía bien y no tenía
molestias. Parecía deteriorarse muy lentamente. Su médico creía que seguramente
viviría semanas, posiblemente un mes o dos. Pero estas no eran buenas noticias
para Beatriz.
"Solo
quiero terminar con esto de una vez. No quiero que se alargue. Es demasiado
para todos, especialmente para mi hermana", afirmó.
Una
noche recibí la llamada del esposo de Beatriz. "Agnes fue llevada al
hospital esta tarde con un ataque de apendicitis. La operaron y está bien,
según informa el médico".
“Lo
siento, pero me alegra que esté bien. ¿Cómo os encontráis Beatriz y tú?”
"Amigos
y vecinos colaboran y estamos muy bien", dijo. "Pero Bea está muy
preocupada por Agnes".
Le
ofrecí organizar algunos turnos de enfermeras privadas, pero se negó. “Dejemos
las cosas como están por ahora; ya tenemos suficientes cambios”, dijo.
“Acostumbrarse a los desconocidos puede molestar aún más a Bea”.
Le
sugerí que habláramos de ello con cuando los visitara en tres días.
A la
mañana siguiente me impactó una llamada desesperada de la vecina que había
pasado la noche en casa de Beatriz. La había encontrado muerta esa mañana, según
decía y había muerto en paz mientras dormía. Le pedí que repasara lo ocurrido
esa noche.
“Todo
parecía estar bien. Bea no paraba de hablar de lo preocupada que estaba por su
hermana pero cenó bien, tomó sus pastillas de siempre y se durmió. Me asomé un
par de veces y parecía estar durmiendo profundamente. Tengo el sueño ligero y
estaba en la habitación de al lado. N oí nada. No puedo creerlo”.
Cuando
llegué a la casa, el marido de Beatriz me entregó entre lágrimas una nota que
había encontrado en su mesita de noche que decía “No olvides ayudar a Agnes a
hacer sus reservas de avión”.
“Me
pregunto cuándo escribió esto”, dijo sacudiendo la cabeza.
Beatriz parecía haber elegido un momento para morir que
los salvara a todos. Su esposo no estaba solo —el vecino estaba allí— y su
hermana estaba a salvo, recibiendo buenos cuidados en el hospital. Al morir en
ese momento su hermana no tuvo que seguir cuidándola. ¿Casualidad? Quizás. ¿O
acaso Beatriz les dio un último y amoroso regalo de perdón a sus seres
queridos?
Para algunas personas las especiales condiciones
necesarias para morir pueden significar tener en cuenta el lugar.
LUISA.
Tranquila,
majestuosa y de sesenta años, Luisa era feliz siendo esposa, madre y ama de
casa. Su matrimonio, sus hijos ya adultos y su hermoso hogar reflejaban su
dedicación, inversión de tiempo, y amor. Su vida fue un éxito en todos los
sentidos.
Como Richard
estaba a punto de jubilarse él y Luisa
vendieron su gran casa y compraron un piso en una urbanización situada en una
zona cara de la ciudad. En cierto modo era como empezar de cero: sin hijos, un
espacio vacío y el reto de construir un nido con paredes y suelos desnudos.
Luisa
se dedicó a la decoración con gran entusiasmo y atención al detalle. Aunque aún
no había terminado lo que había logrado hasta el momento podría haber aparecido
en las páginas de la mejor revista de decoración. ¡Era impresionante!
Cuando
Luisa empezó a quejarse de fatiga Richard la animó a bajar el ritmo y tomarse
las cosas con calma. Lo hizo, pero no notó mejoría, así que la llevó al médico
de cabecera para una revisión. El médico la llamó a las pocas horas de verla.
“Luisa
tiene un problema grave con sus hemogramas”, dijo. “¡Debe llevarla al hospital
de inmediato, nos vemos allí!”. Pruebas posteriores confirmaron su temida
sospecha: Luisa tenía leucemia aguda. Fue ingresada en el hospital.
La
quimioterapia fue agotadora pero Luisa la aceptó con la misma serenidad y
majestuosidad que la caracterizaba. Pero a menudo decía a Richard: «Solo quiero
estar en mi propia cama, en mi propia habitación». Pero cada vez que parecía
mejorar lo suficiente como para ser dada de alta surgía una complicación y el regreso
a casa se posponía nuevamente.
Luisa
pidió a Richard que le trajera fotografías de cada habitación del piso para
poder mostrárselas a las enfermeras y "para no olvidar dónde dejé la
decoración".
Su
hija le trajo muestras de tela y papel pintado para que las valorara pero
pronto se sintió más débil y estos pequeños placeres se volvieron demasiado
difíciles de manejar.
El
médico dijo a Richard y a Luisa que no respondía al tratamiento. Continuarlo
podría causarle la muerte dado su rápido deterioro. Entre lágrimas, Richard y
los hijos discutieron la situación con Luisa.
“Llévame
a casa”, pidió. “Quiero estar en mi propia cama, en mi hermoso hogar”.
Richard
pidió al centro de enfermos terminales que lo ayudara a prepararse para el
regreso de Luisa a casa, solicitando que la enfermera estuviera en su casa
antes de que llegara la ambulancia para asegurarse de que todo estuviera listo.
La enfermera particular y yo llegamos al día siguiente, mucho antes de la hora
acordada. Después de echar un vistazo aseguramos a Richard que había hecho un
excelente trabajo preparando el regreso de Luisa. Todo estaba en orden, hasta
su helado favorito en el congelador. Estaba nervioso, pero aliviado. “Todo
tiene que ser perfecto para ella”, dijo.
Los
paramédicos sacaron a Luisa del ascensor y la llevaron al apartamento. Tenía
los ojos brillantes; sonreía radiante mientras miraba a su alrededor.
"¿Les
importaría llevarme a la sala?", preguntó suavemente a los asistentes.
"Si pudiera estar un momento allí". Sonrieron y asintieron. "¿Y
ahora el comedor?", preguntó tímidamente. Luego la cocina, la biblioteca,
el balcón, el estudio y cada uno de los dormitorios recibieron la mirada de Luisa.
Richard había puesto arreglos florales en cada habitación especialmente para la
llegada de Luisa. Ella estaba encantada. Finalmente la acostaron en su cama con
un suspiro de pura satisfacción.
“Richard,
querido, muchas gracias. ¡Todo se ve precioso!” Le llevó la mano a la mejilla,
y la besó.
La
enfermera de guardia se sentó con Luisa mientras Richard y yo íbamos a la
cocina a terminar de obtener la información necesaria. En cuestión de segundos
la enfermera entró corriendo.
“Ven
rápido. Creo que se está muriendo”.
Cuando
los tres llegamos al dormitorio Luisa había fallecido con una sonrisa radiante
aún en su rostro.
Quizás algunos pensarían que Luisa habría muerto en ese
preciso instante, independientemente de las circunstancias. Ciertamente estaba
gravemente enferma pero creemos que sabía que se moría, tenía muy claro su
deseo de volver al hermoso hogar y, tras lograrlo, eligió el momento perfecto
para morir en paz y tranquilidad.
JULIA.
Julia,
de diecisiete años, tenía leucemia. Deseaba con todas sus fuerzas terminar la
preparatoria pero se dio cuenta de que probablemente moriría antes de
graduarse. Sus padres, John y Marion, la animaron a seguir luchando.
Una
noche, John me llamó. Julia había preguntado cuánto tiempo transcurría
normalmente entre el fallecimiento de alguien y el funeral. Él y su esposa
habían evadido la pregunta, pues no querían despertar pensamientos morbosos.
"Supongo
que podríamos habérselo dicho, pero no nos pareció correcto", dijo John.
"¿Por qué crees que quería saberlo?"
Sugerí
que le dijeran la verdad y luego le preguntaran amablemente por qué quería
saberlo. Le dije: “Mantén la mente abierta. Intenta responder lo mejor que
puedas”.
Disculpándose
con Julia por evitar su pregunta, John explicó que los funerales generalmente
tienen lugar dos o tres días después de que alguien muere, y su madre preguntó
que por qué quería saberlo
“No
quería causar problemas en la escuela”, dijo Julia. “Todos están hasta las
orejas con los estudios y las solicitudes para la universidad, y sé que si mi
funeral es a mitad de semana todos estarán demasiado alterados para
concentrarse. Así que supongo que un viernes sería lo mejor. Podrían enterarse
después de la escuela, y tendríamos todo el sábado para reunir a los
familiares. Podríamos hacer el funeral el domingo y mis amigos no tendrían que
faltar a la escuela”.
Esa
noche, John me describió esta conversación. Le pregunté qué opinaba de lo que Julia
había dicho. "Bueno, mi esposa yo
no podíamos creer la tranquilidad con la que Julia hablaba de morir y tener un
funeral. No parecía para nada molesta. ¿Por qué era así?"
Sugerí
que probablemente significaba que Julia se sentía cómoda con la idea de morir y
que era muy posible que pudiera controlar el momento de su muerte para que
ocurriera un viernes.
“¿Qué
opina su iglesia sobre los funerales en domingo?”, pregunté.
"No
recuerdo ninguno en domingo", dijo John. "¿Crees que debería
preguntarle al sacerdote sobre esto, o pensará que estoy loco?
Animé
a John a discutir el asunto con la religiosa, que dijo que ayudaría en todo lo
que pudiera, incluido un funeral en domingo si eso era lo que Julia quería.
No
fue sorprendente que varias semanas después Julia falleciera poco después del
mediodía de un viernes. La directora organizó una asamblea para los estudiantes
de último año e informó que Julia había fallecido. El fin de semana transcurrió
sin contratiempos, según lo previsto. John y Marion parecían haber asimilado la
calma de su hija ante la muerte y se enorgullecían de su preocupación por
quienes la rodeaban.
Todos tenemos fechas importantes: cumpleaños,
aniversarios, festividades. Quienes están a punto de morir suelen esperar a que
pase una fecha importante para no arruinar la vida a la familia.
ALFONSO.
Alfonso
era un cincuentón duro que se había abierto camino en la vida con esfuerzo: se
notaba en sus ojos cansados y cuerpo lleno de cicatrices. Era obrero. A
Crystal, una empleada de ferretería y camarera con la que se había casado
cuatro años antes, le gustaba acompañarlo en sus tragos y animarlo a lucir los
tatuajes que databan de su época en la Marina.
Ella
también mostraba signos de una vida difícil: matrimonios rotos, la tensión de
criar hijos sola, una vida al borde de la pobreza. Pero de alguna manera se
encontraron, vivieron juntos y finalmente se casaron. Eran felices, inseparables
y orgullosos de las pocas posesiones que tenían en su pequeño apartamento.
Alfonso
trabajó todo lo que pudo durante las numerosas cirugías y tratamientos para su
cáncer de riñón. La creciente debilidad y pérdida de peso lo convirtieron en
una sombra del hombre robusto que había sido. Se preocupaba por la discapacidad
en cuanto a cómo se las arreglarían con la reducción salarial y el aumento de
las facturas médicas. Crystal lo abrazaba con sus brazos regordetes.
“¡No
te preocupes, cariño! Mientras tengas a Crystal, tendrás todo lo que necesitas”.
Trabajaba
cuarenta horas a la semana como dependienta y otras veinte como camarera en un
restaurante abierto toda la noche. Necesitaban el dinero pero le preocupaba
dejar solo a Alfonso. Un día, para su horror, al llegar a casa del trabajo lo
encontró en el suelo: había resbalado del sofá y estaba demasiado débil para
levantarse, así que se quedó tendido esperando a que ella volviera.
"¡Ya
está!", dijo, y renunció a ambos trabajos. Rechazó rotundamente la asistencia
adicional de enfermería y las ofertas de ayuda de amigos y familiares. “Es mi
hombre . ¡Yo me encargo de él! Ya nos preocuparemos del dinero después. ¡Me
necesita ahora!”
Para
ganar dinero trabajaba como lavandera y cuidaba a los hijos de los vecinos en
su apartamento, antes y después de la escuela. A pesar de sus abrumadores
problemas, Alfonso y Crystal eran felices y se unieron aún más.
Dos
semanas antes de Navidad cayó de nuevo y se fracturó la cadera. Crystal se
sentó en la silla junto a su cama en el hospital. Le pedí que se fuera a casa
por la noche; me preocupaba que se cansara durmiendo en la silla del hospital.
“¡Cariño, no te preocupes! ¡Duermo de maravilla! ¡Tengo almohadas por todas
partes!” Se dio unas palmaditas en el cuerpo y me hizo un gesto para que la
acompañara al pasillo.
“Siento
que se me escapa”, dijo con lágrimas en los ojos. “Duerme todo el tiempo y no
come. A veces habla por hablar. No para de decir: 'No puedo arruinarlo, no
puedo arruinarlo'. No sé de qué habla. Cree que está en casa y no para de
preguntarme si ya pasó la Navidad. Me lo llevo a casa. ¡Eso es todo lo que
tengo que decir!”
Sugerí
que Alfonso podría estar a punto de morir y le dije que seguro que a su esposo
le preocupaba que eso le arruinara la Navidad, tanto ahora como en el futuro,
debido a los tristes recuerdos. Los ojos de Crystal se abrieron de par en par y
regresó a la habitación.
“Escucha,
Alfonso”, dijo con firmeza, “No hay nada que puedas
hacer para arruinarme nada. Te quiero. Nos vamos a
casa y te cuidaré, ¿me oyes?” Alfonso sonrió y asintió.
La
ambulancia lo llevó a casa y se encontró con un ambiente festivo: ¡música,
luces, serpentinas y adornos por todas partes! Crystal llevaba su mejor vestido
y pendientes de árbol de Navidad. En el centro de la sala había una cama de
hospital alquilada, llena de regalos. Los ojos de Alfonso estaban abiertos como
los de un niño. La noche del 26 murió en paz luciendo algunos de los regalos de
Navidad que le había regalado Crystal: una camiseta con la leyenda "¡MANOS FUERA! ¡ES MÍ HOMBRE!"
y una cadena nueva de oro de imitación alrededor del cuello. Al igual que en el
hospital, Crystal había dormido junto a él en una silla, con la cabeza apoyada
en la cama junto a su mano.
“Sé
que suena loco”, dijo en el funeral, “pero fue la mejor Navidad. Le preocupaba
arruinarme la vida pero sabía que me encantaba mimarlo, así que mimarlo era
como darle regalos. Hizo que esta Navidad fuera realmente especial para mí.
¡Nunca lo olvidaré!”
Las
palabras de Afonso: “¡No puedo arruinarlo!”, y sus frecuentes preguntas sobre
la Navidad, ayudaron a Crystal a ver su angustia y a hacer lo que pudo para
aliviarla dándole el permiso y la tranquilidad que tanto necesitaba.
A veces, las circunstancias adecuadas incluyen recibir
permiso de otra persona para morir. El permiso puede darse indirectamente:
«Todo estará bien», o más específicamente: «Déjalo ir. Te extrañaré, pero sé
que debes irte ahora». En el caso de algunas personas el permiso debe ser muy
claro y directo.
NARDO.
Gregoria
fue mi compañera de cuarto en la universidad y seguimos siendo mejores amigas
desde que estudiamos enfermería hace veinticinco años. Nuestras facturas de
llamadas de larga distancia siempre han sido elevadas pero aumentaron
considerablemente cuando a su tío favorito, Nardo, le diagnosticaron cáncer de
colon avanzado.
Nardo
(hipocorístico de Bernardo) era hombre que seguía las reglas, presto a poner
los puntos sobre las íes: vivía al pie de la letra. Había sido el patriarca de
la familia desde la muerte del padre de Gregoria y seguía siéndolo a pesar del
deterioro de su salud. A los ochenta y nueve años, insistía en vivir solo. Su
esposa había fallecido años antes y no tuvo hijos. La familia de Gregoria apoyaba
su deseo de independencia pero se preocupaba por su bienestar. Dos vecinos de Nardo
venían todas las noches a prepararle la cena y a visitarlo. Cuando llamaron a Gregoria
para informar sobre su creciente debilidad y cambios físicos, ella planeó una
visita.
Al
verlo, se le encogió el corazón. Nardo, de 1.83 metros de altura, pesaba ahora
solo 45 kilos. No podía levantarse de la silla sin ayuda. Su médico coincidió
en que necesitaba cuidados terminales; el centro de terminales de la zona
respondió rápidamente ingresándolo en su programa de atención domiciliaria al
día siguiente de la llamada.
Para
complementar al personal del centro, sus vecinos se ofrecieron a mudarse con Nardo
y brindarle los cuidados que necesitaba con la ayuda de enfermería adicional
contratada por la familia. El hermano de Gregoria, que vivía a una hora de
distancia, lo visitaba regularmente, como había hecho durante meses. Aliviado
de que Nardo tuviera la ayuda que necesitaba, Gregoria se sintió lo
suficientemente tranquila para regresar a casa.
Seis
semanas después la enfermera del centro llamó. Nardo entraba y salía del coma;
podría morir en uno o dos días. Gregoria, su madre —a quien Nardo llamaba
"Sis"— y su hermano regresaron para estar con él. Se recuperó durante
unos días, revitalizado por su papel de "anfitrión" de esta reunión
familiar, pero luego se debilitó hasta el punto de estar postrado en cama y
apenas poder tragar o hablar.
Sabían
que moriría pronto y agradecían que pareciera tan cómodo, pero fue un momento
triste y difícil. Al oír por teléfono la tensión en la voz de mi amiga me
ofrecí a ir y ayudar a cuidar a Nardo.
"Eso
sería genial", dijo. "Esto es mucho más difícil de lo que mamá o yo
pensábamos". Para vigilarlo durante los breves momentos en que no había
nadie con él, Gregoria instaló un intercomunicador junto a su cama y el
altavoz nos acompañaba cuando estábamos en otra parte de la casa.
"Sis,
tengo que irme a casa", dijo Nardo a la madre de Gregoria.
“Lo
sé. No pasa nada. Estamos listos para que te vayas. Mucha gente que queremos te
espera allí. Simplemente sigue adelante cuando estés listo”.
Él
sonrió. "Sis, quiero que vengas conmigo", dijo.
“Nardo,
no puedo ir todavía, pero di a todos los de allí que pronto estaré con ellos”.
"De
acuerdo", dijo con débil sonrisa. Dos días después dejó de hablar pero
empezó a extender la mano y a saludar con expresión apremiante. La madre de Gregoria
se sentó con él durante horas hablando de familiares que ya habían fallecido y
probablemente lo esperaban: su esposa, su hermano, sus abuelos. Él la miró
sorprendido. "¡Ahí están!", dijo claramente. No volvió a hablar pero
siguió extendiendo la mano y saludando toda la noche.
Al
amanecer entró en coma pero parecía que la cosa iba lento. Nos preguntamos si
algo lo frenaba. El estrés empezaba a afectar a todos. Los ánimos estaban a
flor de piel y las lágrimas a punto de brotar. Gregoria rezaba para que Nardo
pudiera irse pronto. Quería que la muerte fuera pacífica, tanto para él y como
para su familia. Nos habíamos turnado para pasar las noches con Nardo y esa
noche le tocaba a la madre de Gregoria, pero todos estábamos inquietos,
entrando y saliendo de su habitación. A las 3 de la madrugada Gregoria y yo nos sentamos un momento juntas
en la sala de estar. Nos sobresaltó la escena del susurro de su madre por el
intercomunicador.
“Nardo,
escúchame, soy Sis. ¡Esto es importante! Ya terminaste tu trabajo así que esta
noche puedes irte. ¿Me oyes? Soy Sis diciéndote que puedes irte esta noche”.
Gregoria
me miró con asombro. "¿Oyes cómo cambió la respiración? ¿Puedes
creerlo?"
Estábamos
todos alrededor de su cama cuando murió silenciosamente a las 7 de la mañana.
Elogiamos a la madre de Gregoria por cómo había hablado a Nardo. Le dio
vergüenza que la hubiéramos oído.
"No
quiero que penséis que le estaba metiendo prisa. Simplemente sentí que su gesto
de extender la mano y saludar significaba que le costaba decidir si ir o no, y
por eso se demoraba tanto".
Desde
entonces nos hemos reído de lo preciso que fue Nardo al morir. Le dijimos lo
que pensábamos sobre adónde iba, quién creíamos que estaría ahí para él y que
todos estaban listos para que se fuera. Pero ninguno de nosotros, excepto la
mamá de Gregoria, pensamos en decirle cuándo irse. Esa era la pieza que
faltaba. Eso era lo que necesitaba.
Al presentar los materiales de este libro descubrimos que
este tema impacta profundamente a las personas. A menudo alguien dice: «Ahora
entiendo algo que me ha estado molestando durante muchos años», y luego nos
cuenta una historia similar a esta: “Hace diez años, mi esposo/madre/hijo
estuvo muy enfermo en el hospital. Estuve allí sin interrupción durante una
semana. Una noche me dijo: "Vete a casa esta noche y descansa un
poco". Así que me fui a casa a las diez y falleció a medianoche. Todos
estos años me he sentido culpable por no haber estado allí; pero ahora me
pregunto si tal vez lo quiso así”.
Con
ayuda, las personas a menudo pueden tomar esta decisión. "Bueno, siempre
fue persona muy reservada; no me extraña que quisiera morir solo" o,
"Mamá siempre quiso protegernos de su sufrimiento. Supongo que pensó que
sería más fácil para nosotros si no estuviéramos allí al final".
La
mayoría de la gente cree que morimos cuando "se nos acaba el tiempo"
o cuando la enfermedad finalmente nos vence; ven la muerte como algo pasivo y
al moribundo como impotente. De hecho, muchas personas pueden ejercer cierto
control sobre su muerte. Conocer ese control —del tiempo, las circunstancias y
las personas presentes— hace que morir parezca menos pasivo y ayuda a demostrar
que quienes mueren sí tienen poder.
CAPÍTULO DIECISÉIS. CONCIENCIA DE LA
MUERTE CERCANA: USOS PRÁCTICOS
¿Qué significa todo esto? ¿Cómo influyen en tu vida,
ahora o en el futuro, los mensajes de la Conciencia de Muerte Próxima y las
dinámicas que surgen en torno a un moribundo con el que puedas estar
involucrado?
Empieza
con un autoexamen. Al afrontar situaciones difíciles, solo o con otros, ¿cómo
sueles responder a la tensión? ¿Cuáles son tus fortalezas y debilidades? ¿Cómo
funcionarán esas respuestas con alguien que está muriendo? ¿Tienes miedo a la
muerte? Si es así, ¿sabes por qué lo tienes? ¿Has tenido malas experiencias o
tus miedos son consecuencia de la representación exagerada y a menudo violenta
de la muerte que se muestra en televisión o cine? ¿Temes enfrentarte a lo
desconocido?
Y lo
más importante, ¿qué esperas lograr al involucrarte con un moribundo? ¿Actúas
por obligación, para buscar plenitud, o otra razón? ¿Quieres salir de esta experiencia
de muerte con la sensación de plenitud que acompaña al conocimiento de haber
hecho todo lo posible por el moribundo? ¿Tu objetivo es la reconciliación con
la persona que muere? ¿Estás decidido a aprovechar el tiempo que te queda para
disfrutar de esa relación? ¿Deseas transmitir mensajes importantes de amor,
gratitud y despedida? ¿Quieres aprender algo que te ayude a afrontar tu propia
mortalidad?
Haz
un inventario de tus emociones: si estás enojado porque alguien cercano a ti
está muriendo, ¿puedes encontrar la causa exacta de esa ira? ¿Qué puedes hacer
para aliviarla? Si te pone nervioso estar con un moribundo intenta identificar
la causa de tus miedos. ¿Es tener que afrontar la muerte? ¿Te preocupa qué
decir o qué hacer? ¿Te incomoda expresar tu tristeza con lágrimas? ¿La tristeza
y la depresión te inmovilizan e impiden reaccionar? Al alejarte, ¿intentas
evadir la realidad de lo que está sucediendo? ¿Ignorar la verdad hará que
desaparezca?
Afrontar
la muerte es un trabajo duro física y mentalmente, y es muy fácil caer en una
perspectiva frenética que te deja emocionalmente agotado, físicamente exhausto
y totalmente abrumado.
Te
irá mejor si te cuidas. Comparte con los demás las cargas y responsabilidades,
así como las pequeñas victorias y las grandes tristezas. Descansa lo
suficiente. Come bien. Haz ejercicio con regularidad. Dedica un tiempo cada día
a hacer lo que te relaje. Es importante salir de casa con regularidad para
hacer algo que no sean las tareas del hogar. Ve al cine, a un concierto o al
teatro. Disfruta de comer fuera con un amigo que te apoye. Considera asistir a
reuniones de grupos de apoyo para personas en tu situación. Prueba técnicas de
relajación: música, meditación, visualización, oración. Busca terapia si la
necesitas.
Después
de realizar este autoexamen, este inventario, mira a tu alrededor. ¿Le pedirías
ayuda a alguien si la necesitaras?
¿Hay
personas disponibles para brindar apoyo emocional durante este período difícil?
¿Con quién puedes desahogar tu angustia y frustración de forma segura: (un familiar, amigo o terapeuta)?
¿Confías
en los profesionales médicos involucrados? ¿Parece que están dispuestos a
responder a tus preguntas y a brindarte información y sugerencias sobre cómo manejar
esta situación, tanto en lo práctico como en lo emocional?
¿Dispones
de suficiente asistencia con los aspectos prácticos de la atención al moribundo?
De no ser así, ¿dónde y de quién puedes obtener dicha asistencia? ¿Qué hay de
los asuntos cotidianos de la vida y la muerte: cobertura de seguro médico,
testamentos, poderes notariales, pago de facturas, transferencia de títulos de
propiedad y participaciones empresariales?
Después
de haber analizado tus intenciones y habilidades de afrontamiento, tus objetivos
y recursos, examina los de las demás personas involucradas, incluyendo al
moribundo. ¿Cómo se integrarán, o se separarán, los comportamientos, las respuestas y los
objetivos habituales de cada participante con los tuyos? ¿Cómo afectarán estas
repercusiones a todos? ¿Qué impacto tendrán en el sentido de trabajo en equipo,
tan necesario en el cuidado de un moribundo?
Recuerda
las etapas emocionales de afrontar la muerte (negación, ira, negociación,
depresión, aceptación) y recuerda que estos sentimientos surgen a medida que el
moribundo y otras personas involucradas luchan por aceptar la realidad del
diagnóstico, adaptarse a la vida con esta enfermedad y prepararse para la
muerte inminente.
Cuanto
antes puedas plantear y responder a todas estas preguntas, más fácil será
prepararse para los cambios que se produzcan, no solo en el comportamiento y la
actitud del moribundo, sino también en tus propios sentimientos e interacciones
con los demás. Recuerda que las necesidades cambian, así que trata de ser flexible.
Hay
algunos recordatorios específicos que te ayudarán a reconocer, comprender y
responder a la Conciencia de Muerte Cercana o próxima:
Consejos que te ayudarán:
· Presta
atención a todo lo que diga el moribundo. Es bueno tener
bolígrafo y cuaderno junto a la cama para que todos puedan anotar gestos,
conversaciones o cualquier cosa rara que diga el moribundo, y habar de eso
entre los implicados en la atención al moribundo.
· Recuerda
que cualquier comunicación, por vaga o confusa que
sea, puede contener mensajes importantes. No todas las declaraciones de un
moribundo tienen importancia, pero presta atención a todas para no perder las
que sí la tienen.
· Estate
atento a señales clave: mirada vidriosa; la apariencia de que te mira
fijamente; distracción o secretismo; sonrisas o gestos aparentemente
inapropiados como señalar, extender la mano hacia alguien o algo invisible o
saludar cuando hay nadie; esfuerzos por arrancarse las sábanas o levantarse de
la cama sin motivo aparente; agitación o angustia por tu incapacidad de
comprender algo que el moribundo ha tratado de decir.
· Responde
a cualquier cosa que no entiendas con preguntas amables. "¿Puedes decirme
qué pasa?" a veces es una forma útil de iniciar este tipo de conversación.
También podrías decir: "Te ves diferente hoy. ¿Puedes decirme por
qué?".
· Haga
preguntas abiertas y alentadoras. Por ejemplo, si un moribundo cuya madre
falleció hace tiempo dice: "Mi madre me espera", transforma ese
comentario en una pregunta: "¿Tu madre te espera?" o, "Me alegra
mucho que esté cerca de ti. ¿Puedes contarme algo?".
· Acepta
y valida lo que te diga el moribundo. Si dice: "¡Veo un lugar
hermoso!", di: "¡Qué maravilloso! ¿Puedes contarme más?" o,
"Me alegra mucho. Veo que te hace feliz", o "Me alegra mucho que
me cuentes esto. De verdad quiero entender qué te está pasando. ¿Puedes
contarme más?".
· No
discutas ni lo cuestiones. Decir algo como "No es posible que hayas visto
a mi madre, lleva muerta diez años" podría aumentar la frustración y el
aislamiento del moribundo, y se corre el riesgo de impedir cualquier intento de
comunicación.
· Recuerda
que un moribundo puede usar imágenes de experiencias de su vida como el trabajo
o las aficiones. Un piloto puede hablar de prepararse para un vuelo, en cuyo
caso puedes continuar con la metáfora preguntando: "¿Sabes cuándo sale el
vuelo?", "¿Conoces a alguien en el avión?" o "¿Puedo ayudarte
en algo a prepararte para el despegue?".
· Sé sincero
sobre tus dificultades para entender. Una forma de hacerlo es decir: «Creo que
intentas decir algo importante y me esfuerzo pero no lo entiendo. Seguiré
intentándolo. Por favor, no me abandones».
· No
presiones. Deja que el moribundo controle la amplitud y profundidad de la
conversación; es posible que no pueda expresar con palabras sus experiencias; insistir
en hablar más puede frustrarlo o abrumar.
· Evita
inculcar una sensación de fracaso en el moribundo. Si la información es confusa
o la forma de expresarla es demasiado vaga, demuestra que aprecias el esfuerzo
diciendo: "Ya veo que esto es difícil para ti; agradezco que intentes
compartirlo conmigo”, o “Veo que te estás cansando/enojando/frustrando. ¿Sería
más fácil si hablamos de esto más tarde?” o “No te preocupes, seguiremos
intentándolo y quizás lo consigamos”.
· Si no
sabes qué decir, no digas nada. A veces, la mejor respuesta es simplemente
tocar la mano del moribundo o sonreír y acariciarle la frente. Tocar transmite
el importante mensaje de "Estoy contigo". O podrías decir: "Qué
interesante, déjame pensarlo".
· Recuerda
que a veces quien está muriendo elige a un confidente inesperado. Los moribundos
suelen intentar comunicar información importante a alguien que les brinde
seguridad, alguien que no se moleste ni sorprenda con tales confidencias. Si eres
el elegido para esa confidencia y eres ajeno a la familia o círculo de
amistades del moribundo, comparte la información de la manera más amable y
completa posible con familiares o amigos adecuados. Es posible que estén más
familiarizados con las insinuaciones de un mensaje del moribundo porque suelen
conocen bien a la persona.
Si
recibes mensajes que encajan en la categoría de "Lo que estoy
experimentando", podrían hacerte saber que el moribundo no está solo, se
está preparando para ir a otro lugar, se siente reconfortado al ver adónde va,
y quizás sepa cuándo irá allí. A medida que aumenta esta conciencia, las
ansiedades y los miedos del moribundo se transforman en consuelo y paz, una
transformación que también puede transformar a quienes la presencian.
Si
escuchas mensajes de la categoría "Lo que necesito para morir en
paz", se te pide que desempeñes un papel importante. Si es el caso
menciona la solicitud a otras personas que puedan ayudar. Haz saber al
moribundo que reconoces la importancia de su petición, que estás trabajando con
diligencia y que lo mantienes al día sobre tu progreso en la petición. Si no
puedes cumplir con la solicitud sé sincero y muestra empatía por esta
decepción.
Si te
encuentras pensando en mensajes sobre "Elegir un momento", entiende
que si el moribundo quiere que estés presente cuando llegue la muerte
probablemente lo estarás y, si no, posiblemente no estarás. Así que sigue
adelante con tu vida sin preocuparte por si estarás presente o no, y no sientas
que has fracasado si no estás presente cuando llegue la muerte. Reconócelo como
una elección del moribundo y posiblemente como un regalo para salvarte del
trance.
Si un
moribundo transmite el mensaje de que necesita una reconciliación espiritual,
personal o moral, haz todo lo posible para que el asunto se resuelva. Explícale
que estás trabajando en ello y describe lo que haces para avanzar en la misión.
Si las cosas no salen bien explícale con amabilidad, pero con sinceridad, tu
falta de éxito.
Si
escuchas mensajes sobre el tema de "Ser frenado", revisa todas las
categorías y comunicaciones anteriores para ver si encuentras el elemento que
falta. Explica a la persona que está muriendo que intentas comprender y
brindarle lo necesario.
Cuando
un moribundo se recupera lo suficiente como para hablar de sueños simbólicos la
muerte, generalmente, no es inminente. Interpretar los sueños no es fácil. Pregunta
al moribundo qué cree que significa el sueño. Piensa
en el estado de ánimo y los sentimientos que refleja el sueño. ¿Le hace parecer
asustado, solo, perdido o ansioso? Habla con la persona y comparte sus
pensamientos. Podría decir: "Me parece que tenías miedo en ese sueño"
o, "¿Hay algo que te asuste?". Identificar los sentimientos detrás
del sueño puede ayudar al moribundo a comprender lo que necesita.
Para
cuidadores profesionales.
Los
cuidadores profesionales (médicos, enfermeras, trabajadores sociales, clérigos
y otras personas que trabajan habitualmente con pacientes moribundos) pueden
beneficiarse de las siguientes sugerencias.
· Se
receptivo y abierto a la Conciencia de Muerte Cercana o próxima, que no es algo
exclusivo de los centros de pacientes terminales o de cuidados paliativos sino
que puede ocurrir en cualquier entorno (hospital, atención domiciliaria, hogar
de ancianos, sala de emergencias, unidad de cuidados intensivos o coronarios,
pediatría), en cualquier lugar donde haya personas muriendo.
· Habla
sobre la Conciencia de Muerte Cercana con tus compañeros de trabajo. Registra
estos fenómenos en los historiales clínicos de los pacientes. Al revisar los
historiales clínicos de los pacientes sobre los que hemos escrito observamos
que pocos miembros del personal registraban esta importante información, a
pesar de que les dejó una impresión duradera.
“Era fácil recordar esas experiencias”, dijo una
enfermera. “Tenía la sensación de que algo inusual estaba ocurriendo. No lo
anoté en la historia clínica porque no quería parecer rara o ridícula ante mis
compañeros”.
Esta inocente conspiración de silencio impide que otros
cuidadores profesionales conozcan las importantes necesidades del moribundo y
puedan responder a ellas.
· Reconoce
las diferencias que distinguen la Conciencia de Muerte Cercana de las
Experiencias Cercanas a la Muerte. Los pacientes con Conciencia de Muerte
Cercana no están clínicamente muertos; suelen tener estas experiencias con el
tiempo y de forma más gradual, y suelen poder hablar durante ellas, lo que les
permite compartir estas percepciones. Tú puedes ayudarles en sus dificultades
para compartir esta información y también aprender de ellos.
· Lo
más importante es que no cedas a la comprensible tentación de estar en medio de
esta emocionante comunicación. No es ni tu derecho ni tu honor. Tu función es
enseñar a amigos y familiares de moribundo a escuchar, comprender y responder
adecuadamente a los mensajes de éste. Al compartir estas comunicaciones podrán
participar positivamente en este suceso negativo de la vida, encontrar cierto
consuelo en el presente y en el futuro, y quizás encontrar un nuevo significado
tanto para la vida como para la muerte.
Lo
que aprendemos de la Conciencia de Muerte Próxima o cercana no es piedra de
toque que alivie todas las muertes, ni es cura universal para el dolor y la
pena que conlleva. Sin embargo, los mensajes de la Conciencia de Muerte Próxima
sí proporcionan un marco en el que la muerte puede dejar de verse como un suceso
solitario, aterrador y abrumador, así como un entorno en el que las personas
cercanas al moribundo pueden fomentar fuentes de consuelo ante la
inevitabilidad de la muerte.
Esperamos
que nuestra explicación de la Conciencia de Muerte Cercana, junto con las
historias que hemos contado para ilustrar nuestros puntos, te hayan ayudado a
ver a los moribundos como nosotros los vemos: no como desafortunados mudos,
sino como maestros; no como figuras sombrías, sino como faros; no como objetos de
lástima y desprecio, sino personas con la capacidad de iluminar todo lo que
existe más allá de esta vida.
Nos
sentimos privilegiadas por haber conocido a estas personas y a sus familias, de
haberlos cuidado y de brindado consuelo. Nuestras enseñanzas han transformado
nuestras vidas. Este libro es nuestro homenaje a todos ellos.
La
vida es eterna; y el amor inmortal. Y la muerte es sólo un horizonte; y un
horizonte no es nada más que el límite de nuestra vista.
ROSSITER WORTHINGTON RAYMOND
1840–1918
LECTURA RECOMENDADA
[A fecha de este libro, 1992] existen numerosos trabajos
sobre la muerte y el morir. Los siguientes son especialmente útiles para
quienes comienzan a explorar el tema de la muerte y los numerosos problemas,
preguntas y sentimientos asociados a ella. Esta no es una bibliografía
completa, ni siquiera una lista de todos los libros que hemos leído, apreciado
y de los que hemos aprendido. La mayoría de los siguientes libros incluyen
bibliografías si desea profundizar en algún tema específico.
Sobre
la muerte
Grollman, Earl A. Hablando sobre la
muerte. Boston: Beacon Press, 1970. Sugerencias útiles para un tema
difícil.
Kübler-Ross, Elisabeth. Sobre la
muerte y el morir. Nueva York: Macmillan, 1969. Preguntas
y respuestas sobre la muerte y el morir. Nueva York: Macmillan, 1974. La
mayoría de las personas encuentran útiles los libros de la Dra. Kübler-Ross;
estos libros anteriores son valiosas fuentes de información sobre las
reacciones de las personas ante la muerte.
Información
para niños
Buscaglia, Leo. La caída de Fredodie
the Leaf . Nueva York: Henry Holt, 1982. Para niños de todas las edades.
A muchos adultos les ha resultado útil.
Stein, Sara Bonnett. Sobre la
muerte. Nueva York: Walker and Company,1974. Con fotografías y texto en
letra grande para niños y detalles adicionales para padres.
Información para adolescentes
Le Shan, Eda. Cuando un padre está
muy enfermo. Boston: Little, Brown, 1986.
Aprendiendo a decir adiós.
Nueva York: Macmillan, 1976. Ambos son informativos, fáciles de leer y útiles
también para muchos adultos.
Acerca de los niños moribundos
Kübler-Ross, Elisabeth. Vivir con la
muerte y morir. Nueva York: Macmillan, 1981. En este libro, la Dra.
Kübler-Ross analiza a los niños moribundos y sus familias.
Acerca del duelo
Kushner, Harold. Cuando a la gente
buena le pasan cosas malas. Nueva York: Avon Books, 1983. Este libro
ofrece consuelo en momentos difíciles.
Tatelbaum, Julia. El coraje de
lamentar. Nueva York: Harper & Row, 1982. Útil cuando tú o un ser
querido está de duelo.
Viorst, Judith. Pérdidas necesarias.
Nueva York: Ballantine Books, 1986. Información sobre los efectos del duelo y
la pérdida a lo largo de la vida.
Westberg, Granger. ¡Qué pena! Filadelfia: Fortress Press, 1962.
Acerca del Centro de Cuidados Paliativos
Stoddard, Sandol. The Hospice Movement. Nueva York: Vintage
Books, 1978. Abarca la evolución del movimiento moderno de hospicio desde sus
predecesores medievales y describe el funcionamiento de los programas de
hospicio. Se publicará una edición actualizada en enero de 1992.
Para obtener información sobre los programas de cuidados
paliativos en los Estados Unidos, comuníquese con: National Hospice Organization 1901 North Moore
Street, Suite 901 Arlington, VA 22209 (703) 243-5900
Perspectivas históricas y contemporáneas sobre la muerte
Aries, Phillipe. La hora de nuestra
muerte. Nueva York: Alfred A. Knopf, 1981. Abarca las actitudes
occidentales hacia la muerte y el morir desde la Edad Media.
Freemantle, Francesca, y Trungpa, Chogyam. El Libro Tibetano de los Muertos. Boston y Londres,
Shambhala Publications, 1975. Traducción y comentario sobre las enseñanzas
budistas sobre la muerte y sus consecuencias.
Grosz, Anton. Cartas a un amigo
moribundo. Wheaton, Illinois: Quest Books, 1989. Esta es una
presentación sencilla y hermosa de las enseñanzas del Libro
Tibetano de los Muertos .
Kübler-Ross, Elisabeth, ed. Muerte:
La etapa final del crecimiento. Nueva Jersey: Prentice-Hall, 1975. Una
colección de ensayos sobre la muerte escritos por personas de diferentes
culturas y experiencias.
Levine, Stephen. ¿Quién muere? Una
investigación sobre la vida y la muerte conscientes. Nueva York:
Doubleday, 1982. Explora diversos temas relacionados con la muerte de forma
reflexiva y estimulante.
Moody, Raymond. Vida después de la
vida. Nueva York: Bantam Books, 1975. Descripciones y explicaciones de
experiencias cercanas a la muerte.
Osis, Karlis y Haraldsson, Erlendur. En la hora de la muerte. Nueva York: Avon Publishers,
1977. Similitudes en las visiones en el lecho de muerte en diferentes culturas.
Ring, Kenneth. Rumbo a Omega. Nueva York: William Morrow, 1984. Explora los
efectos en el comportamiento y los valores de quienes han tenido experiencias
cercanas a la muerte.
SOBRE LOS
AUTORES
Maggie
Callanan, originalmente capacitada en enfermería de cuidados
intensivos y de emergencia se ha especializado en el cuidado de pacientes
moribundos desde 1981, trabajando en entornos metropolitanos y rurales como
enfermera de cuidados paliativos a domicilio y
hospitalizados y como coordinadora de enfermería. Basándose en su
experiencia en cuidados paliativos es coautora del presente trabajo "Final
Gifts: Understanding the Special Awareness, Needs, and Communications of the
Dying" (Regalos Finales: Comprensión de la Conciencia, las Necesidades y
la Comunicación Especiales de los Moribundos ) convertido en un
clásico publicado en nueve idiomas. Recibió el Premio al Libro del Año
del American Journal of Nursing en su lanzamiento en 1993.
Maggie también recibió en 1996 el prestigioso Premio Corazón de la Organización
de Cuidados Paliativos y Terminales al profesional clínico del año, otorgado
por logros sobresalientes dentro y fuera de los cuidados paliativos. Desde la
publicación de la investigación en la que se basa Final Gifts, ha
impartido conferencias a nivel nacional e internacional ante públicos médicos y
no médicos, y también imparte capacitación sobre temas relacionados con la
muerte y el morir, el duelo, la pérdida y los cuidados paliativos. Además, creó
y dirige la Oficina Nacional de Oradores de Hospicio, Cuidados Paliativos y
Domicilio ( www.nhphc.org ),
un grupo colaborativo de oradores expertos en este campo.
Patricia
Kelley trabaja en cuidados paliativos desde 1978. Anteriormente
ocupó los cargos de directora clínica del Montgomery Hospice en Maryland y
directora de Liderazgo en Sistemas de Salud de la Organización Nacional de
Cuidados Paliativos y Hospicios. Actualmente trabaja como consultora nacional e
internacional impartiendo formación y capacitación sobre temas relacionados con
los cuidados paliativos y los hospicios. Patricia es también autora del libro Companion to Grief: Finding consolation when
someone you love has died (Compañero en el duelo: cómo encontrar consuelo
cuando fallece un ser querido).
FIN DEL LIBRO
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