Maggie Callanan
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TRADUCCIÓN ARS-GRATIA por KOS d'ASTUIRES (2026)
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OTROS LIBROS DEL AUTOR EN ESTE SITIO:
REGALOS FINALES por Maggie Callanan y Patricia Kelley (1992)
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CONTENIDO
DEDICATORIA
INTRODUCCIÓN: “No sé
cómo hacer esto”
PARTE I : ENMARCANDO
EL VIAJE
1: “Herramientas, no
pañuelos”
2: "¡No le digas
a mamá que se está muriendo. La matará!"
3: Rompiendo el silencio
4: "¡No nos
rendimos! ¡Tenemos esperanza!"
5: “Sólo lo mejor
para mi padre”
6: “No lo sé… Mi
médico tiene mi historial”
PARTE II : TOMAR
DECISIONES DIFÍCILES
7. El derecho a la
comodidad: la elección de los cuidados paliativos
8: "¡Me muero!
¡Claro que me duele!": Expertos en control del dolor y los síntomas
9: Cómo elegir
tratamientos y saber cuáles son opcionales
10. Morir una vez ya
es bastante difícil: Cómo decidir sobre una orden de no resucitar
11: “¡No podemos
dejar que se muera de hambre!”: Decidiendo sobre la nutrición artificial
12: Tomar decisiones
éticas
PARTE III:
COMPARTIENDO EL VIAJE
13: “Te amo, mamá, y
quiero ayudar, ¡pero no me mudaré a Miami!”
14: Escucha a tu
cuerpo
15: Familia de
nacimiento, familia de elección
16: Cómo pueden ayudar
los amigos
17: Cuando los ojitos
miran
18: La gente muere
como vive: intensificado
PARTE IV : CÓMO
EVITAR LOS BACHES
19: Tropezar con tus
raíces y estrellarse contra el árbol genealógico
20: “¿De quién es la
muerte, en fin?”
21: Encontrar poder
en una situación de impotencia
22: Cuidado en una
relación herida
23: Comprender las
diferencias culturales
24: La importancia de
las influencias espirituales
25: No dejes que los
moribundos te vean llorar (y otros mitos)
PARTE V : LARGO
CAMINO … CANSÁNDOSE
26: “Podría morirme
de risa”
27: Creando recuerdos
28: “¡Parece que la
estamos perdiendo antes de que muera!”
29: Nuestras mascotas
pueden saber más que nosotros
30: Los “regalos
finales” de la conciencia de la proximidad a la muerte
31: Comunicarse sin
palabras
PARTE VI : LLEGANDO
AL FINAL
32: Lo que es normal
al morir no es normal
33: “El día en que
todo se va al garete”
34: Estar con,el moribundo, no de paso
35: “Necesito tu
permiso para ir”
36: Las últimas horas
PARTE VII : UN VIAJE
TERMINA , OTRO EMPIEZA
37: En la carretera
de peaje: El poder curativo del llanto
38: Trabajando el
duelo, día a día
39: “Cuando pienso en
el abuelo, siento una profunda tristeza”: Cómo viven los niños el duelo
40: “Por un momento
pude oler el perfume de mamá”
APÉNDICES
A: Tus herramientas
más poderosas están hechas de papel: Directivas anticipadas
B: La Declaración de
Derechos del moribundo
C: EE.UU - El beneficio de
Medicare para cuidados paliativos
D: Lecturas y
recursos recomendados
EXPRESIONES DE
GRATITUD
SOBRE EL AUTOR
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DEDICATORIA
Dedicado con amor a Ágata, Rita, Lily, Bear y Guille. Las
estrellas más brillantes de mi universo que iluminan mi vida con una alegría
inconmensurable.
Y con gratitud a todos los dedicados
auxiliares de salud a domicilio y auxiliares de enfermería certificados, que
son la columna vertebral de los cuidados paliativos y de vital importancia para
nuestro sistema médico, pero que a menudo no reciben el respeto y el
reconocimiento que tanto merecen. Gracias por estar ahí para mis pacientes y
para mí. No podría hacer lo que hago sin ustedes.
Las historias de Viajes Finales son verídicas.
Los nombres y demás datos de identificación de los pacientes y sus familias se
han modificado para proteger la privacidad de los involucrados. Si alguno de los
incidentes descritos en este libro le resulta familiar al lector, es porque
tales experiencias ocurren con frecuencia en el cuidado de los moribundos.
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INTRODUCCIÓN: “No sé cómo hacer esto”
Mi padre era un estadounidense de origen irlandés
de segunda generación, hombre orgulloso y meticuloso.
Era diplomático de carrera del Departamento de Estado, y
el honor y la dignidad eran sus valores fundamentales. Era introspectivo por
naturaleza, hombre de pocas palabras pero lo que me decía en nuestras
conversaciones privadas se convirtió en un pilar fundamental de mi vida. Su
introspección se intensificó en 1981 a medida que su enfermedad y debilidad
empeoraban a causa del enfisema y la cardiopatía que finalmente le quitarían la
vida.
Yo vivía en un
territorio vecino, a cuarenta y cinco minutos en coche de la casa de mis
padres, con dos hijos pequeños y trabajo a tiempo completo que no me impedía visitarlos siempre que podía para ayudas
mientras se lidiaba con la enfermedad de mi padre. Habían contratado a una
auxiliar de enfermería privada, Sela, que se ocupaba con cariño de su cuidado
personal. Mi madre pasaba el tiempo cocinando, subiendo y bajando las escaleras
para atender las muchas peticiones fastidiosas de mi padre y preocupándose,
después de cuarenta y cinco años de matrimonio, por cómo afrontaría el resto de
su vida sola.
Yo solo quería estar presente y hacer todo lo posible
para que mi padre supiera lo importante que era para mí y compartir con mi
madre nuestro dolor común. Limpiaba, hacía la compra, cocinaba y le acariciaba
la espalda cuando me dejaba. A menudo me sentaba en la cama junto a él y le
tomaba la mano, agradecida por cada momento que pasábamos juntos. Pero nunca me
parecía suficiente. No estaba lista para dejarlo ir, incluso cuando su
concentración se intensificaba y parecía alejarse cada vez más de nosotros.
Tomando su mano, pensé en lo que había aprendido de él a
lo largo de mi vida. Mucho fue por ejemplo, más que por palabras. Nunca dejó de
conmoverme la imagen de este hombre brillante y exitoso, arrodillado
humildemente en oración, como un niño, junto a su cama cada noche. Nunca se
habló de ello, y nunca nos dijeron que tuviéramos que hacer lo mismo. Pero el
ritual nocturno de oración de mi padre era importante para él y nunca faltó
hasta la terrible noche en que estaba demasiado débil para levantarse y mi
madre tuvo que pedir ayuda a un vecino para que lo llevara a la cama. Fue
entonces cuando supimos que su vida realmente había empezado a desmoronarse.
Nunca volvió a arrodillarse, pero parecía estar absorto en sus pensamientos, o
quizás en la oración, con mucha más frecuencia a medida que pasaban los días y
las semanas. Recuerdo que me preguntaba qué podría ser tan importante como para
robarnos su atención. Y, sin embargo, tenía la firme sensación de que no debía
entrometerme: estaba claramente ocupado, mental y emocionalmente, en algo muy
importante. Tenía la sensación de que cuando finalmente lo compartiera conmigo,
cambiaría mi vida.
Así que expectante y con emoción subí las escaleras hacia
su habitación, casi al final de su enfermedad cuando mi madre me dijo que
quería hablar conmigo. Palmeó la silla junto a su cama, invitando a sentarme a
su lado. Parecía tener una mirada particularmente decidida esa tarde. Puso su
mano sobre la mía. ¡Esto es!
pensé, y sentí que el corazón se me aceleraba.
Habló con la determinación que era la de mi padre hasta
el final. «Escúchame», dijo. «Esto es importante. Lo he descubierto». Hizo una
pausa.
“¿Qué, papá? Dime”.
"Tenemos las de perder. Uno de cada uno muere".
Sentí una incredulidad casi cómica. ¿Eso es todo?, pensé. ¿En eso
ha estado trabajando todo este tiempo?
Luego continuó: “Hay clases de crianza, planificación
financiera, mantenimiento de la casa, construcción de terrazas. ¿Por qué no hay
clases sobre cómo morir? ¿Por qué no hablamos de la muerte? No sé cómo
hacerlo”. Me miró fijamente a los ojos. “Quiero hacerlo bien. ¿Cómo puedo ser
un buen ejemplo para todos vosotros en mi muerte? He intentado vivir mi vida
correctamente, ¡y ahora quiero morir correctamente!”. Me apretó la mano con una
fuerza sorprendente. “¿Qué se siente al morir?”, preguntó con una urgencia que
nunca antes había percibido en su voz.
Sus profundas preguntas me desconcertaron, pero la buena
enfermera que llevo dentro no encontraba la respuesta. Le expliqué lo que había
aprendido en la escuela sobre signos vitales, electrolitos y otros procesos
corporales. Pero mi padre simplemente negó con la cabeza y volvió a preguntar:
"¿Pero qué se siente al morir? No la parte física, sino la parte emocional
. Si nadie sale vivo de este mundo, ¿por qué no sabemos estas cosas? ¿Por qué
nos vamos con miedo?". En ese momento mi trayectoria personal y
profesional cambió.
Las fibras que tejen la trama de la persona en la que me
he convertido se formaron en gran parte gracias a mis experiencias en cuidados
paliativos. Para mí, los cuidados paliativos nunca han sido solo un trabajo;
más bien se han convertido en una filosofía: no de morir, sino de vivir. Gran
parte de lo que se lea aquí se referirá a los cuidados paliativos porque así es
como entiendo el mundo. Pero también soy consciente de que, incluso hoy en día,
solo alrededor del 30 % de las personas en ciertas sociedades, como los Estados
Unidos mueren bajo cuidados paliativos, y sin importar las circunstancias que os
hayan traído a este trabajo creo que lo que he aprendido puede seros
reconfortante y útil. Escribo esto para todos aquellos que se enfrentan al
profundo viaje que es morir. Escribo para todos nosotros.
Cuando mi padre llegó a la fase final de su enfermedad yo
ya llevaba dieciocho años como enfermera pero solo uno y medio en cuidados
paliativos. Los cuidados paliativos, que ahora constituyen un enorme movimiento
mundial, surgieron en la Edad Media cuando los conventos irlandeses en las
rutas de peregrinación abrieron sus puertas como lugares de refugio donde los
cansados, enfermos o moribundos podían descansar recibir alimento y cuidados.
Siglos después, el término inglés «paliativos» sigue refiriéndose a un
lugar seguro que brinda atención y consuelo a los viajeros en sus viajes. En
español paliativos se refiere a un establecimiento benéfico en el que se acoge y da mantenimiento y educación a
niños pobres, expósitos o huérfanos por lo que el término inglés “hospice” debe
traducirse como centro o institución para enfermos terminales, terminales a
secas, y también como de cuidados paliativos o de paliativos y así se usará en
esta traducción.
En 1967 la médico británica Dame Cicely Saunders inauguró
el primer paliativos moderno, St. Christopher's, en las afueras de Londres.
Ella y su personal implementaron un enfoque sofisticado para la atención de
enfermos terminales mediante un nuevo concepto llamado cuidados paliativos. Los
tratamientos que proporcionaban no buscaban curar al paciente, sino controlar
los síntomas de malestar, especialmente el dolor. St. Christopher's sigue
siendo el prototipo de los miles de paliativos o de terminales que existen en
la actualidad.
Me encantó el reto de trabajar en este campo de atención
especializada para moribundos. Me asombró lo que se podía hacer para mantener a
las personas libres de dolor y sufrimiento físico en las últimas etapas de su
vida, mientras se encontraban en un entorno familiar y reconfortante, a menudo
en casa, y eran atendidas por sus amigos y familiares. Descubrí que la
filosofía de los paliativos combinaba lo mejor de la medicina moderna con
auténtica compasión y creatividad.
Pero mi formación no abordó las preguntas que mi padre me
había planteado con tanta urgencia. Su preocupación me atormentaba y me propuse
encontrar las respuestas. Reconocí que los verdaderos expertos eran los pacientes
moribundos y sus familias y comencé a aprender discretamente de ellos. En este
libro comparto las lecciones que me han enseñado, entre otras, que morir es un
trabajo duro. Es, quizás, nuestra experiencia más desafiante y difícil. Pero
también que afrontar la muerte puede ser experiencia afirmativa y
enriquecedora, momento creativo de cercanía, crecimiento y creación de
recuerdos a pesar de toda dificultad y dolor.
Viajes Finales condensa todos los "trucos del
oficio" que he aprendido desde 1981 como enfermera de paliativos que ha
tenido el privilegio de cuidar a más de dos mil moribundos y a sus familias.
Espero que sea su texto compañero y su defensor, fuente de comprensión y apoyo
durante el tiempo que viene. He intentado abordar todos los desafíos que pueden
enfrentar: médicos, emocionales, espirituales, prácticos, legales, éticos y
creativos. Sin embargo no todos los capítulos se ajustan a cada viaje, así que
siéntete libre de elegir los temas y problemas que se ajusten a tu situación y
omitir el resto. Algunos de lo capítulos se dirigen principalmente al moribundo
y otros a los cuidadores, familiares y amigos: La mayoría desempeñará más de
uno de estos papeles. Sobre todo, he intentado hacer de Viajes Finales
la "guía práctica" que mi padre deseaba.
Como descubrirás en las historias de mis pacientes el
moribundo puede tomar las riendas de su proceso. Puede tomar
decisiones que le ayudarán a controlar su comodidad, estado de alerta y otros
aspectos importantes de este proceso. Puede enseñar a su familia y
amigos a hacerlo con dignidad. Por muy singular que haya sido su vida, puede
escribir este último capítulo de su historia de manera que sea exclusivamente
suya y que quienes se preocupan por él, atesorarán. Viajes Finales le
servirá de guía.
En definitiva, espero que este libro haga que el camino
hacia la muerte sea menos aterrador para todos. Cuando tenemos miedo tendemos a
encerrarnos, a callarnos y retraernos. Algunos nos paralizamos y escondemos
como pequeños animales en la oscuridad intentando hacernos invisibles. Quizás
pensamos que si lo hacemos la muerte pasará de largo. Otros se dejan llevar por
la ira y la rabia, o por la silenciosa desesperación y la depresión.
No tiene por qué ser así. Después de todo, como preguntó
mi padre: «Si nadie sale vivo de este mundo, ¿por qué nos vamos con miedo?».
Este libro ofrece otras posibilidades.
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PARTE I
REFORMULANDO EL VIAJE
1. “HERRAMIENTAS, NO PAÑUELOS”
Qué
hermosas estaban estas hojas la semana pasada, pensé. Qué irónico que
estén en su máximo esplendor justo antes de caer y morir. Ahora solo nos quedan
montones de humedad gris y este clima gélido.
Así se sienten muchos pacientes. En un momento tu vida vas
viento en popa, y al siguiente entra el médico con tus pruebas en la mano y te
dice: «Tengo malas noticias».
Una vez que tú, o un ser querido, recibes ese
diagnóstico, la vida no volverá a ser lo mismo. Una buena amiga, diagnosticada de
cáncer, me dijo: «La enfermedad me arrebató la inocencia de la vida. Siento
como si hubiera un extraño acechando en las sombras, listo para aparecer y
hacerme daño de nuevo. Esa sombra, esa presencia negativa, siempre está ahí».
Pensé en mi amiga y en el fin de la inocencia mientras
conducía el coche entre montones de hojas hacia el único tramo de acera visible
en un barrio de amplios jardines y grandes casas de estilo colonial. Luego
revisé en silencio la hoja de información de admisión del nuevo paciente que
estaba a punto de conocer.
Santi
Santi, (apócope de Santiago) casi tenía sesenta años y
le habían diagnosticado un cáncer de páncreas apenas hacía meses antes y ya
estaba en fase terminal. Él y su esposa, con quien llevaba muchos años casados,
tenían dos hijos que vivían cerca con sus respectivos bebés. Qué triste, pensé:
justo cuando la vida se estaba volviendo más fácil: hijos, jubilación a la
vuelta de la esquina, tiempo para viajar y disfrutar de los beneficios de
tantos años de trabajo duro, nietos que consentir... ¡Qué injusto!
Sospeché que esta familia, como tantas otras que conozco,
había postergado llamar al centro de cuidados paliativos lo máximo posible y
ahora estaban al borde de una crisis. Al subir los escalones hacia la puerta
principal vi una mujer mirando por el ventanal de la sala. ¿Sería Julia, la esposa
de Santi? Toqué el timbre y sentí su presencia detrás de la puerta pero tardó
un buen rato en abrir. Tenía la cara hinchada de tanto llorar.
Incluso después de tantos años como enfermera de cuidados
paliativos sigo asombrada por la valentía innata que se requiere para abrir la
puerta y dejar entrar a alguien como yo por primera vez. La mayoría de los
pacientes y familias con los que trabajo se aferran hasta el último momento a
la esperanza de un milagro, un avance médico o incluso un diagnóstico erróneo.
Mi presencia significa que el final es inevitable. Quienes han
reconocido la verdad a menudo sienten que el poco tiempo que les queda juntos
es privado y temen que mis visitas sean una intrusión. Sé que todo lo que
represento es aterrador. Nadie quiere tener que lidiar conmigo. Sin
embargo llamo a las puertas una y otra vez porque en mi corazón sé que puedo
hacer que estas últimas semanas o meses sean mejores y más significativos.
Julia se presentó y me acompañó a una cocina luminosa
decorada con azulejos azules de Delft. "Háblame de tu marido", dije a
Julia mientras nos sentábamos a la mesa de la cocina.
Siempre me interesa lo que la gente hace con esa
pregunta. Es como preguntar a alguien que conoces: "¿Qué te pasa en la
vida?" en lugar de "¿Cómo estás?". La primera pregunta permite
compartir información real; la segunda casi siempre provoca una respuesta
superficial. Mi primer objetivo al visitar a un nuevo paciente y a su familia
es conectar de forma genuina. Necesito conocer sus preocupaciones, inquietudes
y miedos. La respuesta de Julia me lo revelaría.
Julia dio una lista de los síntomas y problemas de su
esposo, y detalles de los tratamientos a los que se había sometido. Habían
estado entrando y saliendo de hospitales para hacerse pruebas. Viajado fuera de
la región a importantes centros oncológicos para obtener segundas, terceras y
cuartas opiniones. Los tratamientos que habían elegido abrumaron rápidamente a Santi
y tuvieron que ser interrumpidos. Julia describió un régimen que parecía
realmente infernal. Y ahora por fin estaban de vuelta en casa y tenían que
lidiar conmigo. Se les había acabado la esperanza y el tiempo. Respiré hondo
sabiendo ahora qué camino tomar. Julia estaba totalmente concentrada en el
aspecto físico de la enfermedad de Santi, así que por ahí empezaríamos.
“Veo lo mucho que han pasado usted y su esposo en los
últimos meses. Deben estar física y emocionalmente agotados. Seguramente tendré
algunas sugerencias muy específicas para aliviar mejor sus problemas físicos,
pero ¿qué más puedo hacer hoy para ayudarlos?”
El rostro de Julia tembló mientras intentaba mantener la
compostura. Quise extender la mano por encima de la mesa y ponerla en su brazo
para consolarla. Debí de preocuparla porque de repente se irguió y dijo casi
con fiereza: "¡Por favor, no seas amable conmigo! Siento que estoy hecha
de pedazos de papel que apenas se mantienen unidos. El más mínimo gesto de
bondad y me desmoronaré y estallaré. Debo ser fuerte por él. Depende
de mí. ¡No sé cómo hacerlo! Necesito fuerza, no compasión. Necesito
herramientas, no pañuelos. ¡Tengo miedo! ¡ Ayúdenme! "
“Precisamente por eso estoy aquí”, dije. “Claro que no
sabes cómo hacerlo. Con razón estás aterrorizada. La enfermedad de tu marido la
lleva en su cuerpo pero su devastación se extiende por su vida, la tuya y la de
tus hijos y nietos, sus colegas, vecinos y amigos. Todos sentimos la conmoción.
Los corazones se rompen en cuanto se pronuncia la palabra incurable.
Lo fundamental es centrarse en lo que se puede hacer en lugar de en lo que se
ha hecho y fallado, o en el poco tiempo que queda”.
"Es tan abrumador", dijo Julia. "Ya no sé qué
necesito".
He escuchado estas palabras tantas veces, las primeras en
el camino hacia la muerte. Tranquilicé a Julia. "Puedo decir que has hecho
un gran trabajo manteniéndote involucrada e informada en cada etapa. Estoy aquí
para asegurarme de que recibas la mejor atención posible de los expertos que
necesitas para cada problema que tu esposo pueda tener o desarrollar. También
estoy aquí para ayudar a todos los demás miembros de la familia a afrontar este
suceso que te cambiará la vida de la manera más positiva posible. Coordinaré a
las personas que cuidarán a todos. Este equipo incluirá a tu médico, un
trabajador social, un capellán, un auxiliar de enfermería, voluntarios, un
consejero de duelo, un nutricionista, un fisioterapeuta y yo, tu enfermera. Así
que no quiero que pienses ni por un momento que estás sola en esto, porque no
lo estás".
“Pero los médicos dicen que no hay nada más que podamos
hacer. Va a morir”, sollozó Julia.
“Qué aterrador y desgarrador debió ser recibir esa
noticia”, respondí. “Pero hay mucho que podemos hacer. Tenemos maneras
muy efectivas y sencillas de mantener a tu esposo lo más cómodo y alerta
posible. Podemos ayudar, a él y a ti, a vivir al máximo cada día que le queda.
Este puede ser un momento muy creativo, íntimo y amoroso para ambos; un momento
para crear y celebrar recuerdos que perdurarán para siempre en vuestros
corazones. Estoy aquí para ayudaros a tener menos miedo y más control. ¡Podemos
lograrlo juntos!”
“Solo quiero que las cosas vuelvan a ser como antes”,
dijo Julia. “Así no se vive”.
“Esto ha cambiado tu vida”, respondí, “pero no tiene
por qué destruirla. Sospecho que cada capítulo de la vida de tu esposo ha sido
importante y enriquecedor. Quiero ayudarte a escribir el último capítulo de una
manera que sea un homenaje digno a él y a la vida que habéis creado juntos.
Esta es nuestra oportunidad de demostrarle que ha sido importante su presencia
en esta tierra. Sé que quieres demostrarle lo importante que ha sido para ti”.
Los ojos de Julia se abrieron de par en par. Pude ver
cómo su atención se desviaba, al menos por un momento, del miedo y la sensación
de carga que habían sido parte integral del proceso físico de Santi. Cuando
conozco a nuevos pacientes y a sus familias, intento replantear la situación lo
antes posible para ayudar a las personas a comprender el proceso emocional de amor
y cuidado que también incluye la muerte. Por un momento, Julia pareció sentirse
más ligera, al comprender esta posibilidad, pero luego sus hombros volvieron a
hundirse.
“Pero ha estado tan retraído, poco comunicativo, casi
hosco”, dijo. “Y antes de eso estaba enojado, gruñendo y rabiando. ¿Quién
podría culparlo? Creo que simplemente no podía aceptar lo que estaba pasando.
Por eso tardamos tanto en pedir ayuda”, dijo Julia con tristeza.
“La ira y la negación son dos reacciones normales ante
una noticia terrible”, dije. “Quizás hayas oído hablar de la psicóloga
Elisabeth Kübler-Raúl, quien cambió la forma en que todos vemos la última etapa
de la vida con su libro Sobre la muerte y los moribundos. En él se
describen cinco etapas por las que suelen pasar los moribundos: desde la
negación, la ira y la negociación hasta la depresión y, finalmente, la
aceptación. Estas etapas no son necesariamente un proceso lineal; a veces se
puede escuchar a una persona gravemente enferma mencionar varias de ellas en
una misma conversación. No todo el mundo las experimenta todas, pero he
aprendido que la mayoría parece experimentar algunas. Esto se aplica tanto a la
familia como al paciente.
“La negación es mi favorita”, continué. “¡Intento usarla
en mi vida siempre que puedo!” Me alegró ver una media sonrisa en el rostro de Julia
mientras se relajaba un poco. “La negación es una muleta increíblemente fuerte
que apoya a quien aún no está emocionalmente preparado para afrontar lo que
está sucediendo de golpe. Si la negación no te hace daño, déjala, a menos que
tengas algo más fuerte que puedas reemplazarla”.
“Ya has descrito la ira. Es una etapa fácil de ver y
comprender”, continué. “La negociación suele ser muy privada. Un hombre puede
prometer que trabajará con personas con discapacidad si se cura, una mujer
puede decidir ir a la iglesia con regularidad si puede ver crecer a sus hijos.
Normalmente no nos damos cuenta de la negociación de los demás. Y luego están
las etapas de depresión y, finalmente, la aceptación”.
“Bueno, yo diría que Santi ha estado deprimido
últimamente”.
“Déjame ir a verlo. Veré si podemos hacer algo al
respecto”.
Fui a ver a Santi, cuyo estudio se había convertido en su
habitación de enfermo para no tener que subir y bajar las escaleras. Era cálido
y acogedor, lleno de libros. Había una cama de hospital frente a la chimenea. Santi
estaba muy aturdido, en ese estado de somnolencia que suele provocar el cáncer
de páncreas cuando se ha extendido al hígado.
“Conocí a tu encantadora esposa”, dije esperando el momento
oportuno, intentando ayudarlo a salir de la niebla. “Esta casa es preciosa”.
Su mirada se volvió gradualmente más enfocada y alerta.
Empecé a preguntarle con suavidad cómo se sentía y qué le preocupaba. Su voz
era débil y temblorosa, y sus respuestas parecían apagadas y monótonas, algo
habitual en alguien con depresión. Le pregunté qué le preocupaba más.
“Creo que esto es demasiado para Julia”, dijo con
desaliento. “No sé cómo podrá cuidarme. Es demasiado. ¡La matará! Quizás sería
mejor que me fuera a una residencia de ancianos”.
El miedo de Santi no se debía tanto a su enfermedad y muerte, sino al bienestar de su
esposa. Me conmovió que estuviera dispuesto a sacrificar su permanencia en su
casa para ayudarla.
"No estoy aquí solo para ti", le dije.
"Haré sugerencias y estaré pendiente de Julia para asegurarme de que esté
bien. Me centraré en toda tu familia". Su rostro se relajó y suspiró
mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.
“¿Estaría bien si Julia se une a nosotros?”, pregunté,
“¿para que puedas contarle tus preocupaciones?”
Santi dudó.
"Confía en mí", le aseguré. "Todo estará
bien".
Julia entró y, con un suave empujón, Santi compartió lo
que me había contado.
"¿Te irías de casa por mí ?",
preguntó. "¿Cómo pudiste siquiera considerar ir a otro lugar?", se le
saltaron las lágrimas. "Esta es nuestra vida, nuestro hogar. Este fue mi
voto matrimonial, para bien o para mal. Quiero cuidarte . ¡Lo haremos
juntos!"
Él le tomó la mano y empezó a sollozar. Intenté hacerme
invisible, dándoles algo de privacidad mientras compartían ese momento tan
intenso.
“Franqueza y la sinceridad mutuas son algunas de las
herramientas más poderosas”, dije finalmente. “Si podéis seguir usándolas, habréis
ganado la mitad de la batalla”.
"¿Puedo volver?", pregunté, como siempre. Cada
paciente y cada familia tiene derecho a decir que no. "Creo que podemos
trabajar juntos como equipo y mejorar esto para ambos".
“Sí, por favor”, dijo Santi en voz baja. Luego me tomó la
mano y me la estrechó con firmeza durante un buen rato.
Después de despedirme me dirigí a la puerta principal. Me
detuve cuando Julia me llamó en voz baja: "¡Espera, espera!". Me
abrazó y nos abrazamos en silencio un buen rato antes de irme.
Cambiando el viaje.
El diagnóstico terminal de Santi fue como un portazo que
cerró una puerta tras ellos. Atrapó a Santi y a Julia en un lugar aterrador e
ineludible. Gran parte del trabajo emocional que realizo con los moribundos y
sus familias gira en torno a abrir una nueva puerta que deje entrar luz, aire y esperanza .
Lo hago reconociendo primero el dolor que siempre
conlleva un diagnóstico terminal. Muchas personas bienintencionadas responden a
las malas noticias intentando suavizarlas. Sin embargo, cualquier afirmación
que empiece con «Bueno, al menos…» disminuye la angustia y da la impresión de
falta de consideración, o incluso de querer superarse. Cuando conozco a
personas que se están adaptando a un diagnóstico terminal nunca intento
minimizar sus emociones. «Sí, es una noticia terrible y muy, muy triste», les
digo. «No tienes que poner excusas por cómo te sientes. Tienes derecho a
sentirte así». Estas palabras identifican y reconocen la lucha que atraviesan el
moribundo y su familia. La validación es una de las primeras y más importantes
herramientas para abrir una puerta diferente.
Solo entonces intento ayudarlos a centrarse en lo que aún
es posible, no en lo que se ha perdido. La idea de vivir hasta la muerte es
fundamental. "Hay cosas que podemos hacer", aseguro a los
pacientes. "Podemos mantenerlos cómodos, ayudarlos a cumplir algunos de
sus sueños, crear más buenos recuerdos y darles tiempo para la cercanía y la
conexión con sus seres queridos".
Para quienes aún se aferran a la esperanza de un milagro
les digo: «Sí, a veces los milagros ocurren. Prueben cualquier tratamiento o
alternativa médica que deseen, cualquier cosa que crean que pueda ayudar a
revertir su enfermedad y mejorar su pronóstico. Pero, al mismo tiempo,
trabajemos juntos para alcanzar sus metas más personales. Así no habrá tiempo
perdido. Sentirán que han logrado mucho y se arrepentirán lo menos posible».
Cuando un ser querido recibe un diagnóstico terminal
debes ofrecerle tu oído para escuchar, tu hombro para llorar y tu mano para
estrechar. Junto con tus palabras de apoyo esos pequeños gestos pueden brindar
un inmenso consuelo. Fueron una de las herramientas más valiosas que Julia
necesitó para ayudar, a ella y a su esposo, a compartir su difícil camino
juntos.
EN RESUMEN Un diagnóstico
terminal no es el final de la historia. Cuando una puerta se cierra, otra puede
abrirse .
2. ¡NO DIGAS A MAMÁ QUE ESTÁ MURIENDO! ¡LA MATARÍAS!
“Si
no lo digo no existe y no tengo que lidiar con ello”. Las personas a menudo
sienten que las realidades de la muerte no existen a menos que se hable de
ellas. Tanto los pacientes como sus familiares quieren saber qué esperar pero
temen pedir o compartir información. Se les parte el corazón pero temen que
compartir sus sentimientos haga sentir miserables a quienes los rodean, o que
ser abiertos y vulnerables signifique “desmoronarse”. Así que, en nombre del
control, se guardan todo para sí mismos.
Enterrar pensamientos y sentimientos puede parecer
protección pero, en realidad, conduce al aislamiento tanto para cuidadores como
pacientes. El silencio genera más silencio, soledad y depresión. El enfermo
piensa: «Esto es demasiado duro para quienes me rodean. Mejor me ocupo de
sus miedos e incomodidades en lugar de las mías». Así, el enfermo asume el
papel de cuidador, evita hablar de cualquier cosa que pueda molestar a la familia
y, al hacerlo, se aísla aún más. Mientras tanto, el cuidador piensa: «Si
reconozco lo que está sucediendo, será demasiado abrumador para manejarlo».
A esto lo llamo el "síndrome del hipopótamo rosa con
tutú". El hipopótamo rosa —la realidad de la muerte— se sienta justo en
medio de la habitación. Todos lo ven y caminan a su alrededor, pero nadie lo
menciona fingiendo que no está. La atmósfera alrededor del moribundo se vuelve
artificial y silenciosa.
Cuando las familias evitan ser sinceras sobre lo que
sucede se distancian emocionalmente sin darse cuenta, lo que aumenta su dolor.
El silencio corta la posibilidad de conexión humana, el apoyo esencial que
todos necesitamos en estos momentos difíciles.
LOS SANTIAGO.
En mi primera visita a casa de los Santiago me recibieron
doce familiares y amigos muy preocupados. La reunión en el porche se había
extendido al jardín delantero. Estaba claro que antes de que me permitieran
entrar a la casa para conocer a la señora Santiago tendría que abordar las
preocupaciones del grupo. Sabía por experiencia que estas preocupaciones
girarían en torno a lo que debía y no debía decirle.
“La abuela no sabe lo enferma que está”, dijo uno de sus
hijos. “No sabe que tiene una enfermedad terminal”, dijo otro. “¡Si le dices
que se está muriendo, la matarás ! ”, dijo un tercero.
Me dijeron que no debía pronunciar las palabras cáncer,
terminal, moribundo ni cuidados paliativos. Y que debía quitarme
la placa identificativa del centro de paliativos que llevo en las visitas.
"¿No podrías decir a la abuela que eres del club de jardinería?"
"¡Si vieras lo que les hice a las plantas jamás me
pedirías que dijera eso!", respondí. Las risas que siguieron aliviaron un
poco la tensión, y le expliqué que no podía, éticamente, quitarme la placa. Todos
los pacientes tienen derecho a saber quién entra en su casa para atenderlos.
Además, si la señora Santiago estuviera en estado de negación, de todas formas
no procesaría el significado de mi placa identificativa.
“Algunos usamos la negación cuando estamos estresados”,
continué. “Es un escudo fuerte que nos protege de más de lo que podemos
manejar. Respeto mucho la negación y nunca intentaría romper ese escudo a menos
que tuviera algo más protector que poner en su lugar”. El grupo reflexionó
sobre esto. “También sé que el escudo desaparece gradualmente por sí solo
cuando estamos listos para afrontar la verdad”, continué. “En raras ocasiones no
desaparece. Pero creo que, mientras nadie se haga daño, ni dañe a otro, es
mejor dejar la negación en paz”.
Las personas que bloqueaban la puerta se hicieron a un
lado a regañadientes permitiéndome entrar. Sonreí para mis adentros mientras
varios miembros del clan Santiago me seguían de habitación en habitación. Como
perros guardianes del templo, se sentaron a ambos lados de la cama de la señora
Santiago mientras le hacía preguntas sobre su salud y lo que los médicos le
habían dicho sobre su enfermedad.
“Señora Santiago, soy Maggie Callanan. Soy enfermera y su
médico me pidió que pasara a ver cómo está. Cuénteme qué le ha dicho el médico
sobre su estado”.
Era mujer pequeña, con una mata de pelo blanco, y parecía
perdida y desinformada sobre su enfermedad.
"No me he sentido bien", me dijo.
"Necesito descansar. Mis hijos me miman demasiado".
“Señora Santiago, ¿le importaría si le pido a su familia
un poco de privacidad para poder controlar su presión arterial y escuchar sus
pulmones y abdomen?”
“Claro. Está bien. Y, por favor, llámame abuela. Todo el
mundo lo hace”.
Tardaron unos minutos en salir todos de la habitación.
Después de que se fueron pude sentir varias orejas ansiosas pegadas al otro
lado de la puerta.
En cuanto estuvimos solas la abuela me agarró la mano y
me susurró con urgencia: «Sé lo que me pasa. Sé que voy a morir pronto. Pero,
por favor, no se lo digas a mi familia todavía; no están listos para
afrontarlo. Si se lo dijeras ahora, ¡los mataría!».
Fue cómico en cierto modo, pero no me reí. Sabía que
tanto ella como su familia eran muy serios y se mostraban muy cariñosos.
Después de examinar a la abuela me senté y le tomé la
mano. "Dime", le dije, "¿no es difícil ocultar este gran secreto
a quienes tanto te quieren?"
Sus ojos se llenaron de lágrimas. «Ay, supongo que es
difícil, pero he cuidado a mis bebés toda mi vida. Y no voy a parar ahora;
aunque algunos ya tengan sesenta y tantos, ¡siguen siendo mis bebés! No hablar
de ello me hace sentir sola. Pero odiaría verlos tristes».
“Apuesto a que no los cuidaste todos estos años. Apuesto
a que les enseñaste mucho, ¿verdad?”
“¡Oh, Dios mío, sí lo hice!” respondió con una gran
sonrisa.
“Bueno, ¿quién crees que es más indicado que tú para
enseñarles sobre la muerte? Todos ellos van a tener que morir algún día, y
pareces entender mucho de lo que está pasando. Pareces muy cómoda y no pareces
tener miedo de muchas cosas. ¿No crees que es importante que aprendan esas
cosas sobre la muerte antes de que tengan que hacerlo por si mismos? ¿No serías
la maestra más excelente y adecuada para ellos?”
“Necesito pensarlo un poco”, dijo la abuela con cautela.
“Me parece bien. Cumpliré tu promesa de no decirles lo
enferma que estás pero necesito pasar un rato con tu familia para ver cómo
están. Vuelvo en unos minutos, ¿de acuerdo?” La abuela asintió.
Me senté con la familia en la mesa de la cocina y
repasamos cómo mi equipo de cuidados paliativos y yo podíamos ayudar con sus
problemas. Su primera preocupación fue que la abuela no comía bien y temían que
se marchitara. También dijeron que estaba empezando a pasar más tiempo en cama
y querían saber cómo proteger su piel de las escaras. Finalmente surgieron las
preguntas: "¿Qué pasa ahora?" "¿Con qué frecuencia nos
visitará?" "¿Qué podemos esperar?" "¿Cuánto tiempo cree que
le queda?" "¿Qué le diremos si nos pregunta qué le pasa?"
Les dije que la abuela tenía la suerte de tener una familia
tan amorosa y preocupada a su alrededor, y que yo siempre les haría saber lo
que estaba pasando, los cambios que creía que se avecinaban y lo que debíamos
hacer al respecto.
“No tengo ninguna duda de que juntos podremos afrontar
cualquier cosa que se nos presente”, dije. “Pero me preocupa la
cantidad de energía que todos están gastando en intentar no revelar nada. Esa
energía podría aprovecharse mejor para estar con la abuela, para
reconocer lo que está pasando y para pasar tiempo juntos con cariño. Este es un
momento para crear recuerdos y reconocer el amor que se tienen”.
Todos guardaron silencio. «Tenemos que pensarlo un poco»,
dijo finalmente una de sus hijas.
Regresé a la habitación de la señora Santiago para
preguntarle si podía seguir visitándola a ella y a su familia en el futuro.
"¡Ay, sí, mi pequeña!", dijo, acariciándome la mano. "Me
tranquilizas". Le pregunté si podía hacer algo más por ella en ese
momento, y me dijo con una gran sonrisa: "Dile a mis pequeños que vengan.
¡Tengo que darles clases! ¿Podrías quedarte un poco más para ayudarme si paso
por un mal momento?".
“Claro que sí, abuela. ¡Estoy orgullosa de ti y sé que lo
harás genial! —respondí, apretándole la mano.
Me quedé al fondo del dormitorio mientras la abuela
reunía a su familia a su alrededor, y observé la gloria de quién había sido y
quién seguía siendo. "Ay, mis pequeños", dijo, "los quiero mucho
a todos y lamento dejarlos, pero sé que estarán bien. Dios me espera y me estoy
preparando para ir a casa con Él. Así que tenemos que llorar, reír y rezar un
poco aquí, pero lo haremos juntos. No tengo miedo, y no quiero que ustedes lo
tengan tampoco, porque esté o no aquí, siempre los cuidaré".
La familia la rodeó para abrazarla y amarla, y las
lágrimas de alivio brotaron a raudales. Me sequé los ojos y me fui en silencio,
sabiendo que ahora podían emprender este viaje juntos.
EN RESUMEN El silencio no perdona ni protege; aísla y
provoca soledad.
3. ROMPER EL SILENCIO
¿Qué
haces cuando sientes que el paciente quiere hablar sobre la muerte,
pero te está protegiendo? ¿Cómo puedes estar seguro de que tu sospecha es
cierta? ¿Cuál es la mejor manera de iniciar este tipo de diálogo?
Por favor, debes comprender que es normal sentirse
ansioso y reticente al hacer esto. Muchos médicos y enfermeras también se
sienten incómodos, y a veces ineficaces, al intentar hablar abiertamente con
sus pacientes moribundos. Algunas personas se sienten incómodas con casi
cualquier conversación intensa, y la muerte no es un tema fácil de abordar para
la mayoría. Pero hay medidas que pueden tomar para que romper el silencio sea
más fácil para ambos.
Cómo iniciar la conversación
Reflexiona sobre tus sentimientos ante la muerte. Tómate unos minutos
a solas, quizás durante un paseo al aire libre o un baño caliente. Considera si
parte de tu incomodidad puede deberse a tus miedos. ¿Te preocupa esta situación,
tu mortalidad? ¿Cómo se las arreglaría tu familia sin ti ? ¿Te sientes
impotente para ayudar de verdad? ¿Temes desmoronarte frente al moribundo y
añadir más angustia a una situación ya de por sí cargada de emociones? ¿Temes
observar cómo se desarrolla el proceso de morir?
La gran mayoría de las personas comparten todas estas
inquietudes. Sin embargo, comprende que las inquietudes del paciente pueden ser
muy diferentes a las tuyas. Intenta centrarte en sus necesidades en lugar de en
tus miedos o incomodidades. Esto facilitará la comunicación entre
ambos.
Considera la forma en que el paciente afronta la tensión. Si el moribundo
siempre ha sido de pocas palabras prepárate para una conversación breve. Quizás
necesitéis varias conversaciones antes de hablar de todo. ¿Es el paciente
introvertido, normalmente tranquilo y reflexivo? De ser así, podría volverse
más introvertido y parecer retraído. Alguien que suele ser extrovertido e
inquisitivo podría necesitar más interacción contigo y con los demás, e incluso
parecer exigente. Respeta estas diferencias personales y deja que te guíen al
intentar ayudar verbalmente.
Considera el mejor
momento para hablar. Las dos de la tarde podrían ser tu momento
de descanso de tus tareas de cuidado pero eso no significa necesariamente que
sea buen momento para el paciente. Puede que esté demasiado cansado por su
rutina matutina de cuidado. Sin embargo, le da la oportunidad de abrir la
puerta a futuras conversaciones. Aquí tiene algunas sugerencias:
·
Describe lo
que ves: «Te ves muy triste y solo hoy. Si hablar de ello te ayuda, aquí estoy».
·
Aclara tu
inquietud: "Me gustaría entender mejor qué te está pasando, y no solo
físicamente. Si alguna vez quieres hablar de ello, házmelo saber, ¿de
acuerdo?".
·
Reconoce la
lucha del moribundo: "Apuesto a que te cansas mucho de estar enfermo
así. Parece un trabajo muy duro, ¿verdad?" O, Simplemente: “Estoy aquí y me preocupo por ti”.
·
Un gesto
cariñoso suele ser más elocuente que las palabras. Una simple expresión
de cariño y preocupación puede ser suficiente para animar al paciente a
abrirse.
Si el moribundo no
parece querer hablar. Incluso si estas sugerencias no dan lugar a
una conversación inmediata has abierto
la puerta a la comunicación al mostrar tu disposición y preocupación. Ahora
debes esperar a que el paciente decida si está listo para cruzar esa puerta y
cuándo. Ten en cuenta que algunos pacientes nunca están listos, y eso
está bien. Y recuerda que hiciste un buen trabajo al mostrar tu atención y
preocupación, a pesar de todo.
Una nota para los
médicos
Una de las preguntas que me inquietaba constantemente
durante mis primeros años como cuidador de paliativos era "¿Qué se siente
al morir?". Más allá de mi incomodidad me entristecía que tuviéramos tan
poca información que ofrecer. Una pregunta tan directa y sincera merece una
respuesta directa y sincera. Hoy suelo decir: "Nunca he muerto, así que no
puedo contarte por experiencia propia. Pero sí puedo contar lo que veo cuando
mueren otros pacientes, y lo que me han contado sobre su muerte".
A menudo recomiendo el libro del doctor Bertomond Moody,
"Vida después de la vida" . Contiene relatos en primera
persona de experiencias cercanas a la muerte que narran cómo se sintió morir a
personas que, debido a un accidente de coche, ahogamiento, infarto u otra
causa, estuvieron clínicamente muertas por breve periodo pero fueron
resucitadas. A menudo hablan de reencuentros felices, liberación del sufrimiento
y una maravillosa sensación de paz. Muchos de mis pacientes y familiares han
encontrado esta información muy reconfortante. El libro del doctor Moody
también puede utilizarse para iniciar un diálogo entre el paciente y su
cuidador, de modo que se puedan comprender mejor los deseos, necesidades y
temores de ambas partes.
Las personas moribundas no esperan que tengamos todas las
respuestas. Hay muchas preguntas sobre la muerte y lo que puede venir después
que nadie puede responder. Al plantear estas preguntas el moribundo en realidad
solicita nuestra sincera preocupación y apoyo, y sobre todo nuestra disposición
a compartir su experiencia tanto como sea posible. La siguiente historia lo
ilustra bien.
EULALIA
Me pidieron que hiciera una presentación al personal de
un hospital general en Michigan sobre el tema "Cómo estar presente para
los moribundos". Mi anfitrión me había dicho que cada departamento del
personal usaba una bata de diferente color, y al notar un mar de batas color burdeos
entre el público pregunté qué departamento era. Para mi sorpresa su respuesta
fue "Limpieza".
Parte de mi presentación trató sobre lo incómodo que
puede ser hablar con alguien sobre la muerte. En ese momento Eulalia, cuya bata
color burdeos llevaba una etiqueta con el nombre "Supervisora", se
puso de pie de un salto y saludó con el brazo. Asentí para que hablara.
Un día, nos contó, estaba fregando el suelo del baño de
un paciente cuando oyó entrar a su médico y decirle que todos los tratamientos
curativos habían fracasado. No había más opciones; lamentablemente, su estado
era terminal. El médico se sentó con él unos minutos, intentando calmarlo
mientras lloraba, y luego se fue en silencio.
Para entonces, continuó Eulalia, el baño estaba muy
limpio. No podía quedarse allí, pero no sabía qué hacer. “Así que bajé la
cabeza y miré el suelo que estaba fregando, trabajando a toda prisa para salir
de la habitación sin molestar a ese pobre hombre. Entonces me dijo
directamente: '¿Cómo pudo Dios permitir que me pasara esto? Siempre he
intentado vivir una buena vida. Mi esposa y mis hijos me necesitan. ¡Ahora voy
a morir!'. Sollozaba. '¿Cómo pudo Dios abandonarme así?'”
Se produjo un silencio incómodo entre el público.
Le pregunté a Eulalia qué había hecho después.
"Bueno", dijo, "me apoyé en el palo de la fregona un minuto, más
o menos, y luego dije: 'Si tuviera la respuesta a esas preguntas, ¿crees que
estaría fregando suelos?'". El público quedó boquiabierto y luego empezó a
reírse.
“¿Cómo respondió?”, pregunté.
“Bueno, él todavía se reía cuando salí de la habitación,
pero me detuve en la estación de enfermería para informar esto, para que
pudieran llamar al capellán por él, o lo que fuera”.
Después de la presentación una compañera de trabajo de Eulalia
se me acercó. "Lo que Eulalia no te contó", dijo, "es
que se encargó de limpiar su habitación todos los días hasta que le dieron el
alta. Y todos los días le dedicaba una gran sonrisa cariñosa y tiempo extra para
asegurarse de que su habitación estuviera impecable y bien".
Eulalia le dio lo mejor de sí, y él agradeció este simple
gesto. Las personas moribundas no nos piden que analicemos, diagnostiquemos ni
solucionemos sus problemas. Nos piden que comprendamos su angustia y estemos
dispuestos a escuchar y compartir su experiencia, buenas y malas, en la medida de lo posible.
Una palabra sobre la
negación
Abordaré este punto varias veces en este trabajo porque
es fundamental: la negación es una muleta poderosa que no debe abandonarse a
menos que se tenga algo más poderoso y de apoyo que la sustituya. Permitidla a
menos que provoque un comportamiento peligroso para el paciente o para alguien
más. La negación se abandonará siempre y cuando el paciente (o su familiar) sea
capaz de afrontar la verdad. En raras ocasiones persiste, pero si sucede, que
así sea.
¿Cómo hablar sinceramente con alguien que está en fase de
negación? Empieza por escuchar con mucha atención ya que tu atención silenciosa
le ofrece apoyo positivo. Por ejemplo, el tío Juanín, que está muriendo muy
pronto podría decir: "Me alegraré mucho cuando me recupere y pueda volver
a acampar con los chicos en primavera". Sería cruel decirle: "¡No vas
a mejorar, así que olvídate de acampar!". En cambio, piensa en los buenos
momentos que recuerda: tener el control de su mundo, liberarse de las
preocupaciones cotidianas, disfrutar de la naturaleza, estar relajado y cómodo,
hacer algo que le encanta mientras ríe y conecta con sus amigos.
Estos recuerdos lo hacen sentir mejor y más feliz que
lidiar con el dolor y sus pérdidas a cada minuto. Así que valida esa mentalidad
positiva diciendo algo como: "¿No es divertido pensar en esos buenos
momentos? ¡Esos chicos están locos! Seguro que hicieron cosas increíbles
juntos. Me encantaría saberlo". ¿Ves cómo has reforzado e incluso ampliado
el momento positivo y has compartido esta mentalidad más feliz por un tiempo?
Es como tomarse unas mini vacaciones emocionales con el tío Juanín. Es
refrescante y renovador.
Por otro lado nunca prometas que el sueño se hará
realidad. Decir "¡Claro que sí, irás!" no es la respuesta sincera ni
compasiva. Podrías convertirte en el blanco de su ira más adelante si deja de
negarlo y se da cuenta de que lo has engañado o intentado mantenerlo en esa
situación. ¿Cómo va a creer lo que digas ahora y en el futuro? Aunque comprenda
tus motivos eso erosionará su confianza en ti.
Algunas personas, sobre todo las que están confundidas, pueden
ser muy insistentes en la negación. Pueden exigir una acción inmediata.
Distraerse o aplazar la situación suele ser útil en situaciones como esta. Por
ejemplo, si el tío Juanito dice: «Vamos a acampar ahora mismo, así que
trae el coche y mis cosas», podrías calmar el problema diciendo: «Bueno, ahí tienes
un plan, pero el coche no irá a ninguna parte hasta que cambiemos las
ruedas y arreglemos la correa del ventilador rota. Siempre has cuidado muy bien
ese coche y has sido muy responsable para evitar problemas graves. Sería
peligroso ir ahora mismo, pero lo llevaré al taller mañana cuando abra». Esta respuesta
no rechaza ni ridiculiza la negación, pero tampoco la refuerza.
Al manejar y responder a la negación de esta manera puedes
ofrecer un gran apoyo emocional mientras esa muleta todavía sea necesaria.
EN RESUMEN El viaje se comparte
mejor si se logra romper el silencio y comprender la negación.
4. ¡NO NOS RENDIREMOS! ¡TENEMOS ESPERANZA!
Es
normal sentirse abrumado y afligido cuando un ser querido recibe un diagnóstico
terminal. También es natural luchar contra el pronóstico. Decir "¡No nos rendimos!
¡Tenemos esperanza!" ha ayudado a muchos pacientes y a sus familias. Pero
si sobrevivir fuera solo cuestión de tener esperanza nadie moriría. No
necesitaríamos atención médica. La esperanza y la perseverancia serían
suficientes.
Hace unos años me enviaron a admitir a una nueva
paciente, mujer de ochenta y cuatro años con insuficiencia cardíaca congestiva
terminal que vivía con su hijo y su familia.
Toda enfermedad crónica tiene altibajos por lo que, a
menudo, es difícil predecir cuándo se acerca el final. Pero mi posible paciente
había experimentado hospitalizaciones más frecuentes, con menor mejoría tras
cada ingreso. Ahora no podía caminar por la habitación y la falta de aire la
había hecho cada vez más dependiente de un tanque de oxígeno portátil. Su hijo
había solicitado ayuda en paliativos y
su médico había accedido.
Me habían dicho que la hija de la mujer venía de Ojayo y
podría estar presente durante nuestra primera reunión. Toqué el timbre y oí el
ruido de tacones altos en el suelo. “¡Bien!”, pensé. “La hija está
aquí”.
La puerta se abrió pero solo lo suficiente como para que
el cuerpo de la mujer me bloqueara la entrada. "Siento que hayas perdido
el tiempo conduciendo hasta aquí", dijo secamente. "Mi hermano
debería haberme preguntado antes de llamar a tu organización. No necesitamos
tus servicios porque no nos rendiremos. ¡Tenemos esperanza!"
Por encima del hombro de la hija vi a mi posible
paciente, desplomada en una silla de ruedas en la mesa de la cocina. Levantó la
vista brevemente y, vacilante, me hizo un gesto con la mano para que me
acercara. «Rosa, por favor», dijo, y la hija se hizo a un lado de mala gana.
Fui al lado de la anciana. En las últimas etapas de la
insuficiencia cardíaca congestiva el líquido se acumula en bolsas del cuerpo,
incluyendo los pulmones. Tenía los ojos abiertos como si le costara respirar.
Sus labios estaban azulados porque los pulmones no absorbían el oxígeno
suficiente, y la carne hinchada de sus tobillos le colgaba por encima de sus
zapatos con cordones.
"Te ves muy incómoda", le dije, acariciándole
la mano. "Siento mucho que te esté pasando esto. Sé que podría ayudarte a
sentirte mejor". Por ejemplo, las dosis adecuadas de diuréticos
eliminarían gran parte del exceso de líquido en sus pulmones para que pudieran
absorber mejor el oxígeno.
Puso los ojos en blanco hacia su hija y se encogió de
hombros débilmente. «Dice que no». En ese momento, la hija me tomó del codo y
me acompañó rápidamente a través de la puerta, que se cerró firmemente tras de
mí.
La intensidad de la hija probablemente era directamente
proporcional a su angustia por la muerte de su madre. Era una expresión de
amor, una protección feroz y conmovedora, a su manera. Pero ¿qué significa la
esperanza si mantenerla implica que alguien sufra innecesariamente por falta de
atención adecuada?
Existen otros problemas con la mentalidad del "No
nos rendimos, tenemos esperanza". Si una persona está muriendo,
¿tiene la culpa de rendirse? La sensación de fracaso o desesperación que
sienten los moribundos al decepcionarnos suele ser una pesada carga
para ellos. Muchas personas con enfermedades terminales se dan cuenta
gradualmente de que probablemente no puedan ganar la batalla. Saben ,
más o menos conscientemente, que se están muriendo. Los familiares o cuidadores
que insisten en no rendirse pueden aumentar la culpa que ya siente el moribundo
por haber perdido la batalla contra la enfermedad. Ya es bastante malo saber
que pronto dejarás a tus seres queridos pero fallarles con tu partida también
es insoportable.
La muerte del cuerpo es un proceso físico, no mental. Sí,
la mentalidad de una persona ciertamente puede influir en la progresión de la
enfermedad, y a veces afecta la rapidez o lentitud con la que se acerca la
muerte. Pero la mentalidad no es responsable de la muerte física. La
enfermedad sí lo es.
Nunca es necesario seguir sufriendo molestias físicas por
estar "buscando" o "esperando" la cura. El dolor incesante,
las náuseas, vómitos o estreñimiento pueden tener consecuencias devastadoras
para un cuerpo enfermo, volviéndolo incapaz de tolerar más tratamientos,
incluso si están disponibles. Estos y otros síntomas desagradables pueden
controlarse para que el paciente pueda aprovechar los tratamientos para
retrasar o incluso revertir la enfermedad.
El principal objetivo de los cuidados paliativos es
asegurar que el paciente esté lo más libre de dolor y funcional posible ya que,
si las personas se ven afectadas por el sufrimiento físico, no están mental,
emocional ni espiritualmente libres para lidiar con nada más que su
sufrimiento. La siguiente historia muestra cómo la resignación permitió a una
familia lograr el final de la vida significativo y amoroso que todos deseamos.
FRANCIS
Francis era un cartero jubilado, hombre que siempre se
había enorgullecido de su capacidad diaria para realizar su extenuante trabajo.
Pero ahora el cáncer se había extendido a los huesos causándole un dolor
persistente que no se aliviaba. Su oncólogo le sugirió una bomba para el dolor,
un pequeño dispositivo del tamaño de un libro de bolsillo pequeño que
administra continuamente pequeñas dosis de un medicamento altamente concentrado
a través de una sonda intravenosa. Pero Francis se negó porque estaba seguro de
que la bomba restringiría su actividad y eliminaría los últimos vestigios de su
independencia y privacidad.
Francis decidió quedarse en casa bajo el cuidado de su
esposa, Dora, y se resignó a vivir con dolor a pesar de su creciente
dependencia de los analgésicos. Pero el dolor lo debilitó, agotando su energía
y limitando su capacidad para disfrutar de la vida.
Casi al comienzo de su enfermedad, Francis también
decidió que tendría que renunciar a su sueño secreto de asistir al
cincuentenario del Día D en Normandía, Francia, donde había luchado como piloto
aliado durante la Segunda Guerra Mundial. El esfuerzo que implicaría viajar le
parecía excesivo.
El médico de cabecera de Francis le recomendó cuidados
paliativos, a lo que tanto Francis como su esposa se resistieron. "No
estábamos preparados para decir: 'Este es el fin'", me contó Dora más
tarde.
Sin embargo, una noche, cuando el dolor de Francis era
insoportable, Dora llamó al número de teléfono que le había dado el médico.
Explicó el estado de su esposo a la enfermera de guardia, quien hizo los
arreglos para que Kelly, enfermera de cuidados paliativos, viniera lo antes
posible.
Cuando llegó, Francis no podía levantarse de la cama: el
dolor en las piernas era insoportable. Además, sufría un estreñimiento terrible
debido a los cambios en su dieta, la disminución de la actividad y los efectos
secundarios de algunos medicamentos. El estreñimiento había disminuido su ya
poco apetito. Ahora apenas comía, lo que le causaba debilidad y agotamiento.
Sin suficiente actividad física, su mala circulación había empeorado y sus
músculos habían comenzado a atrofiarse.
Francis había sido un emprendedor enérgico toda su vida,
y comprensiblemente se sentía deprimido y retraído. «El dolor es horrible»,
confesó a Kelly cuando estaban solos. «Pero peor aún, siento que se me acaba el
tiempo y hay una última cosa que realmente quería lograr». Francis le confesó
su sueño de Normandía, diciéndolo en voz alta por primera vez.
“Aliviemos las molestias. Luego veremos si podemos
trabajar en tu sueño”, le dijo Kelly. Le sugirió la bomba para el dolor,
prometiéndole que si la probaba durante una semana y no le gustaba, podrían
volver a las pastillas. Francis aceptó. También le aseguró que la bomba, con su
manejo intensivo del dolor, no significaba que se rindiera ante la enfermedad,
sino que estaba controlando sus efectos secundarios.
Para cuando Kelly se fue esa tarde Francis dormía
profundamente por primera vez en una semana. La siguiente vez que lo visitó
caminaba, sin ayuda, de una habitación a otra. Sus pasos eran lentos y
cuidadosos, pero Francis caminaba, y estaba eufórico.
La semana siguiente Francis pidió a Kelly que lo
acompañara a la sala. Con determinación y entusiasmo en los ojos, anunció: «La
celebración es en tres semanas. ¿Qué posibilidades hay de que mi esposa y yo
podamos asistir?».
"¡Bueno, esto es un reto!", respondió Kelly.
Estaba encantada de que tanto hubiera cambiado en solo dos semanas, pero
incluso con su dolor bajo control, cumplir el deseo de Francis requeriría mucha
creatividad y planificación. "Déjame hablarlo con los demás miembros de mi
equipo de cuidados paliativos", dijo. "No puedo prometer nada, pero
lo intentaré".
Yo formaba parte de ese equipo, y así fue como me
familiaricé con los detalles del caso de Francis. La trabajadora social, el
capellán, los médicos, otras enfermeras y yo unimos nuestras fuerzas. Francis
no solo cruzaría fronteras internacionales con analgésicos narcóticos sino que
su bomba sin duda activaría los detectores de metales y despertaría sospechas
en el camino. Había que escribir cartas explicando la enfermedad de Francis, su
necesidad de narcóticos y la bomba. ¿Y si empeoraba durante el viaje?
Recopilamos una lista de teléfonos de contactos de paliativos internacionales,
médicos angloparlantes y hospitales en la ruta propuesta. Además de nuestra
lista, el consulado o la embajada estadounidense podrían ayudar a la pareja a
encontrar médicos angloparlantes y hospitales cercanos. También preparamos un
botiquín de viaje con otros medicamentos que Francis pudiera necesitar si
surgían problemas en Francia.
Francis estaba eufórico cuando Kelly le dijo unos días
después que creía que podría funcionar. Pero aún no había hablado del viaje con
su esposa, así que pidió a Kelly que se uniera a ellos mientras le contaba la
idea. Dora tenía muchos temores justificados. "¿Y si me equivoco con los
medicamentos? ¿Y si le pasa algo estando tan lejos de nuestros médicos y
hospitales? Los conocemos, nos sentimos cómodos con ellos, hablamos el mismo
idioma y tienen todos sus historiales".
Kelly aseguró que siempre podrían contactar con una
enfermera de paliativos por teléfono, incluso a nivel internacional, y que
haría las llamadas necesarias a los médicos y enfermeras de los paliativos en
el extranjero. "No puedo garantizar que el viaje transcurra sin
contratiempos", dijo Kelly. "Pero parece ser una prioridad muy
importante para su esposo. ¿No sería maravilloso concederle su deseo y
compartir la experiencia con él?"
Dora miró a su esposo con cariño. "¿De verdad es tan
importante para ti, Francis?" Él asintió y tomó su mano. “¡Vaya, será toda
una aventura!”, dijo Dora, sorprendida por su propio entusiasmo. “Kelly,
¿podrías acompañarnos? Sin duda, me quitaría algunos de mis miedos”. "Ojalá
pudiera pero con otros pacientes que atender y responsabilidades familiares, lo
siento".
Al final, su hija mayor, Laura, las acompañó para ayudar
con el equipaje, la silla de ruedas y el tanque de oxígeno portátil. Kelly les
brindó toda la capacitación que pudieran necesitar.
Todos esperábamos con ansias noticias de su viaje y
competíamos por visitarlos en cuanto regresaran. ¡Francis se había convertido
en una celebridad para nosotros! Admirábamos profundamente su valentía y
determinación. Conocí a la familia en su casa al cuarto día de su regreso.
"¡Vi a algunos de mis viejos amigos!", exclamó Francis,
con los ojos brillantes de emoción. Me pasó un montón de fotos. "Y los
tres no habíamos tomado vacaciones familiares desde que Laura era
pequeña".
“¡Fue genial! ¡Papá fue increíble!”, intervino Laura. “Lo
vi con otros ojos. Sus historias de guerra ahora tienen un nuevo significado
para mí”.
“No puedo creer que tuviéramos tanto miedo de llamar al paliativos
por primera vez”, dijo Dora entre lágrimas. “Pensábamos que significaba perder
la esperanza, rendirnos. Nunca imaginamos que nos permitiría tener una experiencia
tan enriquecedora. Gracias”.
EN RESUMEN Elegir un centro de
cuidados paliativos no significa “renunciar a las esperanzas”, puede ser una
ayuda para vivir sus sueños.
5. “SOLO LO MEJOR PARA MI PADRE”
¿Alguna
vez has oído a alguien decir: "Amo a mi padre y haría cualquier cosa por
él, pero aceptaría una atención médica mediocre, o mala"? ¡Claro que no!
Estamos dispuestos a no escatimar en gastos y a tolerar cualquier inconveniente
para cuidar de nuestros seres queridos. Esto es especialmente cierto cuando
está muriendo.
A veces, quizás inconscientemente, el precio pagado y las
dificultades soportadas se consideran medidas de la profundidad de nuestro amor
y devoción. Quizás, también, buscar al "mejor" médico y centro médico
se considere una medida del valor de la vida del enfermo. ¡Las mejores personas
deberían ser atendidas por los mejores!
Sí, a veces es necesario acudir a un centro médico
distante para recibir tratamiento especializado para enfermedades raras e
inusuales, pero a menudo se ofrece atención de primera calidad en tu comunidad
o cerca de ella. Un especialista local puede haber tratado tu enfermedad con
éxito cientos de veces. Además, muchos médicos hoy en día cuentan con una
enfermera investigadora en su equipo, y la información y el asesoramiento de
expertos de todo el mundo están disponibles en sitios web especiales con solo
un clic. Incluso si obtienes tu plan de tratamiento en un importante centro
médico, tu oncólogo u hospital local puede estar bien equipado para seguirlo en
un entorno cómodo y familiar.
Los medicamentos también son iguales en todas partes. La
penicilina en Nueva York es idéntica a la de California o Áyogua, y lo mismo
ocurre con los de quimioterapia, analgésicos potentes, esteroides y otros
tratamientos para enfermos graves. Por lo tanto, viajar largas distancias para
recibir la mejor atención puede, en realidad, perjudicar a todos los
involucrados.
Señor LEO QUILO
Leo Quilo tenía sesenta y cinco años cuando le
diagnosticaron cáncer de próstata que ya se había extendido a los huesos. Él y
su esposa se habían mudado de Corea a Estados Unidos hacía solo ocho años y aún
tenían dificultades con el inglés. Su hija, Ada, joven viuda con dos hijos
pequeños, trabajaba como farmacéutica y era el único sostén de la familia ahora
que Quilo estaba demasiado enfermo para trabajar. Apenas lograban sobrevivir.
El pronóstico era desalentador pero su oncólogo local,
cuya consulta estaba a diez minutos en coche, le recomendó encarecidamente
radioterapia. La radioterapia no curaba su cáncer pero ayudaría a aliviar el
dolor óseo. Ada también había buscado una segunda opinión en uno de los centros
oncológicos más prestigiosos de Estados Unidos. Los oncólogos coincidieron con
el diagnóstico y tratamiento planificado por el oncólogo local.
En mi primera visita a casa de los Quilo subí escaleras
de estilo victoriano en un típico suburbio estadounidense, toqué el timbre y me
recibió Ada, mujer delgada y atractiva de unos treinta años. De la cocina
emanaban aromas tentadores.
“¿Quién hace esa comida tan maravillosa?”, pregunté. "Mi
madre", respondió Ada, y llamó a la cocina en coreano. La puerta se abrió
y salió una mujer menuda. "Mamá, ven a conocer a la señora Callanan", y luego supongo que repitió la frase en su
lengua materna. "Mi madre aún no sabe inglés. Se queda en casa con mis
hijos, cuidando la casa mientras yo trabajo".
Cuando la señora de Quilo se acercó noté líneas profundas
en su rostro que parecían un mapa de la ruta de su dolor. “Por favor, dígale
que lamento que esta tragedia haya afectado a su familia”, dije a Ada. Esta
tradujo lo que dije y la madre me hizo una profunda reverencia.
Pasé aproximadamente media hora con Ada, hablando del
estado de su padre. Me contó que cinco veces por semana recibía radioterapia en
el centro oncológico donde había solicitado la segunda opinión. El, de ida y
vuelta y de ochenta kilómetros duraba 3 horas. "¿Cómo lo logras?",
pregunté, sabiendo que la mayoría de los planes del seguro médico no cubrirían
ese tipo de transporte.
“Tuve que alquilar un coche con conductor”, dijo Ada.
“Trabajo, así que no puedo llevar a mi padre. Apenas podemos permitírnoslo.
Pero lo están tratando en uno de los mejores centros del mundo, y solo quiero
lo mejor para mi padre”.
Ada me llevó entonces a la habitación de sus padres. Las
persianas estaban bajadas. En la cama había una figura frágil y delgada,
acurrucada en posición fetal, mirando hacia la pared. "Papá", susurró
Ada, "date la vuelta, por favor. La señora Callanan viene a verte". El
señor Quilo se giró lentamente hacia nosotros. "¿Cómo te sientes,
papá?", preguntó. Él asintió con desgana y forzó una sonrisa. Lo saludé,
le tomé la presión y el pulso, le ausculté pulmones y abdomen, y le pregunté
cómo se sentía.
Indicó que tenía un dolor intenso en los muslos y las
costillas. Esto es común en el cáncer de próstata avanzado que ha hecho
metástasis ósea, y sabía que la radioterapia podría tardar un tiempo en surtir
efecto.
Llamé al oncólogo del señor Quilo para que me recetara
más analgésicos y pedí a Ada que explicara a su padre el nuevo protocolo. Como
farmacéutica, lo entendió perfectamente.
“Siempre cansado”, dijo Quilo. “El hospital es duro. Pero
Ada cree que es lo mejor…”. Su voz se fue apagando.
“Papá, son los mejores”, dijo Ada cogiendo su
mano. “Sé que se tarda mucho en llegar, pero creo que vale la pena”. Quilo le
respondió en coreano. En cualquier idioma esta conversación es igual: su tono
me permitió ver que claramente amaba a su hija y apreciaba sus cuidados.
También quería hacerla feliz y tomar la decisión que ella consideraba correcta
respecto a su salud. Después de todo, ella sí tenía formación médica.
Si Quilo hubiera tenido un tipo de cáncer poco común
habría sido comprensible que buscara tratamiento en un centro oncológico
especializado. Pero su cáncer era muy común y los largos viajes, cinco veces
por semana, le afectaban enormemente en cuerpo y alma. Viajaba solo con un
conductor que no hablaba coreano. Me lo imaginé en el hospital, siendo
conducido por pasillos y salas de tratamiento como un niño mudo.
Un día, al llegar, Quilo parecía particularmente agotado.
"Si lleva una manta y una almohada en el coche, ¿podría dormir de camino a
casa desde el hospital?", pregunté por medio de Ada. Negó con la cabeza
rotundamente.
“Mi padre jamás haría eso”, dijo Ada. “No es su estilo, o
mejor dicho, el nuestro . ¡No es digno!”. Continuó explicando que las
costumbres culturales de Quilo no le permitían mostrar debilidad ni
incomodidad.
De nuevo imaginé a este hombre orgulloso sentado, erguido
en el asiento trasero de su coche de alquiler, agobiado por el dolor, exhausto
por el tratamiento, obligándose a mantenerse despierto, encerrado en silencio
tras confiar su cuerpo debilitado a desconocidos en un país que no era el suyo.
La imagen me rompió el corazón.
Más tarde, Ada admitió que su padre regresó a casa del
hospital desorientado, exhausto y con dolor. «Aun así, casi nunca se queja»,
dijo. Su voz se fue apagando y lloró tapándose la boca con las manos.
En ese momento sentí que tenía suficiente información
para intervenir. Sugerí que la familia trasladara el tratamiento al hospital
más cercano a su casa. «Podría aliviar mucho la tensión y el malestar de tu
padre, sin mencionar la carga financiera», dije. Ada consideró mi sugerencia
pero seguía convencida de que el prestigioso centro oncológico le brindaría
mejores resultados.
“Asegúrate de no confundir una mayor tensión financiera y
emocional con una atención mejor y más exitosa, o con una prueba de tu amor”,
dije en voz baja.
La siguiente vez que lo visité encontré al Quilo
deprimido. Se negaba a comer y a levantarse de la cama. Estaba en la misma
situación que en mi primera visita, pero esta vez tardó mucho más en despertar.
"Por favor, papá, es la señora Callanan",
suplicó Ada, pero su padre susurró algo en coreano y se quedó mirando a la
pared. La señora Quilo entró con una bandeja de platitos con un aroma
delicioso, pero él ni siquiera se percató de su presencia. Al salir de la
habitación, Ada se llevó la comida intacta.
“La depresión no es infrecuente en una persona con una
enfermedad terminal”, expliqué cuando ya no podíamos oírlo”. “El médico puede
recetar un antidepresivo, pero tardará unas dos semanas en surtir efecto. Los
esteroides y analgésicos que toma tu padre también podrían estar causándole
cambios de humor”.
“No soporto verlo así. Veo que estos viajes largos le
están desmejorando mucho. Empiezo a preguntarme si son un error”.
“¿Qué quiere tu padre? Necesita sentir que tiene voz y
voto en lo que le sucede. Pero sé que recibirá una atención similar en tu
hospital local. Tiene muy buena reputación. No hay razón para someterlo a más tensión.
Necesita estar en casa el mayor tiempo posible ahora mismo. Creo que esa será
su mejor medicina”, le dije.
Tres días después e señor Quilo se negó a continuar el
tratamiento en el lejano centro oncológico. Su estado de salud empeoró y se
debilitó aún más mientras Ada intentaba desesperadamente transferir la atención
médica, que estaba a mitad de ejecución, al médico local que lo había
diagnosticado originalmente. El cambio se logró lo más rápido posible pero Ada
tenía poco tiempo con su padre ya que pasaba las tardes copiando documentos,
llamando a médicos, enviando formularios por correo y asegurándose de que el
traslado se realizara sin problemas.
Cuando volví a visitarlo, el señor Quilo estaba más
relajado, atento y alerta. Su dolor había mejorado mucho. Incluso nos dijo a Ada
y a mí: «Me gusta más este nuevo hospital que el que está lejos», pero había
perdido un tiempo valioso, tanto con sus tratamientos como con su familia.
Quilo murió unas semanas después, y su familia se quedó
no sólo con el dolor sino también con demasiados interrogantes.
¿Qué pasaría si...?
Cuando visité a los Quilo tras la
muerte hice todo lo posible por confirmar su esfuerzo y su excelente trabajo en
equipo. Eran una familia devota, y era evidente que lo habían honrado de la
mejor manera posible.
No quiero que las familias que visito se sientan
culpables por los "qué hubiera pasado si...", porque son inevitables
y, a menudo, la parte más difícil de perder a un ser querido es la misma
pérdida. En una casa oigo: "¿Y si mamá hubiera aceptado la quimioterapia
[o la radioterapia, o la cirugía]? Quizás habría tenido más tiempo".
Luego, en la casa de al lado oigo: "Sigo pensando que si papá no hubiera aceptado
la quimioterapia [o la radioterapia, o la cirugía], no habría estado tan
enfermo antes de morir". Sobre todo con el cáncer, hay muchos más
"qué hubiera pasado si..." que garantías.
Sé lo difíciles que son estas decisiones. A menudo, se
toman con la mejor intención, mucho amor y preocupación. Todos queremos saber
que la persona que amamos recibe la mejor atención.
EN RESUMEN Ahorre tiempo, dinero
y tensión: la mejor atención puede estar cerca de tu hogar.
6. “NO LO SÉ. MI MÉDICO TIENE MIS HISTORIALES”
Cuando
empecé en enfermería, hace más de treinta y cinco años, si un paciente
cuestionaba qué medicamento le estaba dando no debía divulgar esa información.
Más bien debía indicarle que preguntara al médico. Muchos pacientes nunca
preguntaban y, por lo tanto, no sabían qué medicamento les habían recetado ni
por qué. Esos días de inocencia ciega y confiada han terminado, o al menos
deberían haber terminado. Los profesionales médicos han descubierto que cuanto
más involucrados e informados estén los pacientes, mejor les irá.
Y, sin embargo, cuando pregunto a mis pacientes, sobre
todo a mujeres mayores, sobre los medicamentos que toman o los procedimientos
médicos a los que se han sometido a veces todavía oigo: "Tomo dos de esas
pastillas blancas y una amarilla". O peor aún: "Ay, no sé, querida, mi
médico tiene mi historial".
Hoy, por supuesto, nos enfrentamos a una realidad muy
diferente a la de hace tres o cuatro décadas. Como trabajadora estadounidense
sometida a la asistencia sanitaria de seguros privados (a diferencia de lo que
ocurre en otros países donde el sistema sanitario es público o semipúblico), mi
anterior empleador cambió mi seguro médico tres veces en seis años. En la
mayoría de los casos esto significaba que tenía que cambiar no solo de médico
sino también de empresa de radiología y laboratorio para mantener la cobertura.
Recordar dónde me hice la mamografía del año pasado para compararlas con las de
este año se convirtió en una tarea difícil y confusa. Mantener la continuidad
de la atención se volvió casi imposible incluso para mí, una enfermera que
conoce el sistema. No seguir el protocolo exacto de mi compañía de
seguros podría significar incurrir en costos exorbitantes.
Esta falta de continuidad en la atención puede ser
especialmente peligrosa para quienes enfrentan una enfermedad grave. Por eso,
insto a cada paciente, o a un familiar designado, a mantener una documentación
precisa de todos los tratamientos y procedimientos en un lugar de fácil acceso.
Cuando las personas recién diagnosticadas con una enfermedad grave me piden
consejo lo primero que les digo es que consigan una libreta pequeña y empiecen
a anotar fechas de visitas al médico, análisis de laboratorio y medicamentos
recetados, nombres y números de contacto importantes. Siempre consigue tarjetas
de presentación y guárdalas en la libreta, que el paciente debe llevar consigo
en todo momento.
Crecí con mi familia en el cuerpo diplomático del
Departamento de Estado. Como nos mudábamos cada dos o tres años mi madre
llevaba los registros de toda la familia y los llevaba personalmente a cada
nuevo destino. Tenía una libreta económica para cada uno, donde anotaba todas
las enfermedades, alergias y fracturas, con sus fechas y tratamientos. Guardaba
copias de nuestras cartilla de vacunación, radiografías y otros documentos en
grandes sobres de manila. Desde Japón hasta Brasil, siempre los teníamos a
salvo. Las familias militares suelen hacer lo mismo. Continué esta tradición
con mi familia, aunque ya no nos
mudáramos.
Cuando los terroristas del 11-S atacaron, mi amiga Luisa
llevaba varias semanas en quimioterapia para el cáncer de ovario. Luisa vivía
en Washington, D. C., a solo once kilómetros de la sede de la CIA, y toda la
ciudad estaba en alerta roja en previsión de nuevos atentados. Le recordé:
«Puedes recibir el mismo tratamiento de quimioterapia en Delaware, donde está
tu casa en la playa, o en cualquier otro estado. Suele estar disponible también
en el extranjero. Pidámosle a la enfermera especialista que te prepare el protocolo
de tratamiento y te dé recetas por si tienes que salir de la ciudad
rápidamente. Dondequiera que decidas ir, un buen oncólogo tendrá acceso a los
mismos medicamentos que recibirías aquí».
Al final, la evacuación nunca fue necesaria, por lo que
pudo completar con éxito su terapia con su propio oncólogo. Pero tener su
protocolo, recetas y una copia de su historial médico en el coche le dio una
gran tranquilidad.
En mi experiencia, los pacientes que han mantenido
registros precisos y concisos de sus historiales médicos, tratamientos y
medicamentos han contribuido enormemente a la continuidad de su atención. Los
historiales médicos originales suelen encontrarse en diversos centros o
consultorios médicos. En una emergencia, puede ser difícil contactar con un médico
en particular, o el centro donde se realizaron los análisis de laboratorio
puede estar cerrado. No tener esa información pertinente podría ser
perjudicial.
Por otro lado, un paciente o cuidador que tiene fácil
acceso a un historial médico escrito se siente informado y empoderado. En lugar
de verse limitado por la falta de información, puede colaborar con el equipo
médico para decidir juntos qué es lo mejor. Los pacientes tienen mayor
control y, a su vez, confían en que están recibiendo la atención más adecuada.
Disponer de los registros también reduce las conjeturas y evita la duplicación
de pruebas ya realizadas. Es fundamental ayudar al médico a evitar recetar
medicamentos que hayan causado previamente reacciones adversas o alergias, o
que puedan interactuar de forma adversa con medicamentos que otro médico pueda
haber recetado.
Hoy en día, a los pacientes (o a las personas designadas
como sus representantes para la atención médica) casi siempre se les solicita
una firma para reconocer la información médica recibida y dar su consentimiento
para cualquier procedimiento. Si tiene información de emergencia, como una
orden de no reanimación, llévela siempre consigo, lo más cerca posible de su
licencia de conducir. Si no puede hablar por sí mismo, el personal de urgencias
buscará aquí primero para obtener información importante.
Recuerde, si es tan importante como para extraer sangre,
hacer una radiografía o un tratamiento, es fundamental que tenga una copia de
los resultados en su carpeta. Solicite una copia en el consultorio de su médico
o en el hospital. Es posible que deba firmar una autorización, pero es su
derecho a recibir esta información. Además de la libreta pequeña también es
útil tener una carpeta de hojas sueltas para guardar los informes de laboratorio
y radiografías, así como las cartas e informes de los médicos. Una página de
plástico con compartimentos para tarjetas de presentación facilita el
seguimiento de las direcciones, teléfonos y faxes de los médicos. Dado que sus
médicos a menudo pueden necesitar compartir su información médica, le resultará
beneficioso poder proporcionar su información de contacto de forma rápida y
precisa.
EN RESUMEN Si es tan importante
como para extraerse sangre, tomarse una radiografía o recibir un tratamiento,
debe guardar una copia de la información y los resultados. Para recibir una
buena atención médica debe convertirse en un consumidor activo, asertivo y
responsable.
PARTE II
TOMAR DECISIONES DIFÍCILES
7. EL DERECHO A ESTAR CÓMODO
Elección de cuidados
paliativos
Cuando
pregunto a las personas qué es lo que más temen de la muerte suelen decir: «No
me da miedo morir. Es al dolor que tendré que soportar para llegar a ese
punto».
Hoy en día, gracias a los enormes avances en el campo de
los cuidados paliativos y de pacientes terminales, el dolor y otros síntomas
incómodos casi siempre se pueden controlar y aliviar. Ahora disponemos de
métodos extraordinariamente sencillos y eficaces para ayudar a las personas a
mantenerse sin dolor y alertas, incluso durante las últimas etapas de una
enfermedad terminal.
Muchas personas confunden la diferencia entre cuidados
curativos y paliativos. El objetivo de los cuidados curativos es curar una
enfermedad o mantenerla bajo control. El objetivo de los paliativos, a menudo
llamados "cuidados paliativos", es que el paciente se sienta lo más
cómodo y funcional posible, entendiendo que la cura no es una opción.
Actualmente es un mandato del Director General de Salud Pública de los Estados
Unidos y de la Comisión Conjunta de Acreditación de Organizaciones de Atención
Médica (y otros centros médicos) que los pacientes se mantengan cómodos y sin
dolor. La licencia de una institución para brindar atención médica puede verse
comprometida si se ignoran estos mandatos.
Durante años, ha sido práctica habitual controlar
regularmente los cuatro signos vitales del paciente: temperatura, pulso,
respiración y presión arterial. Debido a esta nueva normativa el dolor se
considera ahora el quinto signo vital. El nivel de dolor o malestar del
paciente debe seguirse, tratarse, registrarse y revisarse en cada visita.
No le pedirías a un dentista que te ayudara en el parto.
Tampoco deberías esperar que todos los médicos estén cualificados para brindar
la mejor atención a las necesidades únicas de los moribundos. Los cuidados
paliativos son especialidades médicas, como la cardiología y la neurología.
Sorprendentemente, la mayoría de los médicos no tienen la formación adecuada, o
ninguna, en el control del dolor ni en las necesidades especiales de los
moribundos. También pueden carecer de experiencia en el manejo intensivo de los
síntomas. El objetivo principal de la formación médica tradicional es superar
la enfermedad; la comodidad es una cuestión importante pero no el objetivo
principal. Pero cuando la supervivencia ya no es una opción la atención
curativa deja de ser apropiada o beneficiosa.
Esto no significa que el tratamiento se detenga. Los
cuidados paliativos ofrecen muchas opciones y deben adaptarse expertamente a
las necesidades únicas de cada paciente. A menudo requieren medicación
prescrita y monitorizada con precisión. La radiología puede utilizarse para
disminuir el dolor óseo causado por el cáncer o para reducir el tamaño de los tumores.
La cirugía puede ser apropiada para disminuir el tamaño y la presión de un
tumor o para colocar un soporte que abra una vía obstruida en el cuerpo (como
el conducto biliar de la vesícula
biliar). Otros tratamientos incluyen fisioterapia, masoterapia, aromaterapia o
meditación. El valor de cada opción se determina sopesando su beneficio frente
a la carga para el paciente. Dado que el objetivo es la comodidad se busca el
máximo beneficio con la mínima carga posible. Y dado que los pacientes terminales
se encuentran en un estado de cambio bastante constante estas opciones se
reevalúan, amplían, descartan o combinan constantemente según el nivel de
comodidad alcanzado y, lo más importante, de acuerdo con los deseos del
paciente.
Sufrir requiere energía física, psíquica y espiritual.
Cuando una persona debe dedicar su energía a lidiar con el dolor, las náuseas,
los vómitos, la inquietud, el insomnio, la ansiedad o la depresión, no tiene
tiempo para concentrarse en nada más, especialmente en resolver asuntos
pendientes y escribir el último capítulo de su vida de una manera que le sea un
homenaje.
Si habla con un familiar en duelo sobre los sucesos
significativos que ocurrieron mientras una persona moribunda recibía cuidados
paliativos invariablemente escuchará sobre conversaciones y momentos tiernos
compartidos más que sobre los cambios físicos específicos que ocurrieron
durante ese tiempo. Estos son regalos maravillosos que ayudan a todos los
involucrados en el proceso de morir y de duelo. Este es el objetivo de los
cuidados paliativos: respetar el derecho del moribundo a sentirse cómoda.
ROSA Y EVELÍN
Meses después de la muerte de sus esposos, Evelín y Rosa
asistieron al mismo almuerzo de apoyo para el duelo. "Nunca nos conocemos
pero recuerdo a usted y a un caballero, que supuse que era su esposo, en la
sala de espera del consultorio del doctor Diego", dijo Evelín.
“Me resultabas familiar”, respondió Rosa. “¿Cuándo palmó tu
chorvo?
"Mi Guille murió hace siete meses", dijo Evelín.
"Lo cuidaron en paliativos".
“Pues mi Enrique palmó hace seis y medio en un centro
oncológico, fuera de la ciudad”, dijo Rosa.
Sumidas al instante en un viaje compartido, las viudas
intercambiaron impresiones. Ambos esposos habían tenido cáncer de pulmón que ya
se había extendido a otros órganos antes del diagnóstico. Ambos habían recibido
radioterapia, que ralentizó la enfermedad, pero no la curó. El médico había
sido igualmente sincero con cada uno sobre sus probabilidades: incluso con un
tratamiento más agresivo, solo el 5 % se curó; el 20 % logró ganar algo de
tiempo, pero la duración y la calidad de vida variaron.
Tanto Enrique como Guille habían comenzado la
quimioterapia y sufrieron efectos secundarios: debilidad, náuseas y vómitos con
pérdida de peso significativa.
El marido de Rosa, Enrique, se había comprometido a
"buscar la cura". "¡No se rendía!", dijo Rosa con orgullo.
"¡Era todo un luchador!". No respondió a la quimioterapia, así que la
suspendieron. Pero insistió en participar en un ensayo clínico en un importante
centro oncológico bastante lejano de casa”.
Rosa se alojó en un hotel cerca del hospital del centro,
pero mantuvo estrecho contacto telefónico con sus hijos y amigos en casa. El
ensayo clínico fracasó y los médicos sugirieron enviar a Enrique de vuelta a
casa para recibir cuidados paliativos. Pero una infección se sumó a otra
dejándolo demasiado malito para viajar. Murió en el hospital, tan rápida e
inesperadamente que su familia no estaba preparada. Rosa estuvo a su lado
cuando falleció pero no volvió a ver a hijos ni amigos.
La historia de Guille fue diferente. Después de la
primera ronda de quimioterapia tuvo una larga conversación con Evelín y los
niños. "He oído las probabilidades", dijo, "y más vale pájaro en
mano que ciento volando. Ahora me siento lo suficientemente bien como para
hacer algunas de las cosas que he planeado, y no quiero arriesgarme a
perderlas".
La familia estaba consternada pero apoyó su decisión de
suspender la quimioterapia y convertirse en paciente de cuidados paliativos.
Gracias a la ayuda de paliativos para controlar los síntomas de su dificultad
para respirar y dolor en el pecho, Guille pudo llevar a Evelín al crucero que
siempre habían soñado. El centro de paliativos les ayudó a conseguir oxígeno
portátil y una silla de ruedas si era necesario. La enfermera del paliativos
también contactó con la unidad médica del barco para revisar las necesidades de
Guille y proporcionar los números de teléfono del centro de paliativos por si
surgían problemas.
Estos preparativos fueron reconfortantes pero resultó que
no fueron necesarios. Guille y Evelín tuvieron una maravillosa "segunda
luna de miel". "Estaba tan entusiasmado", dijo ella.
"¡Fueron como unas merecidas vacaciones de la enfermedad!"
Impulsado por esta experiencia Guille planeó dos viajes
de fin de semana más cortos para visitar a sus hermanos porque "hoy puede
ser un día mejor que mañana, ¡y aún no he terminado de relajarme!"
Tras haber cumplido con creces estos objetivos, Guille se
deterioró gradualmente en cuestión de semanas. Sus síntomas seguían estando
bien controlados pero se volvió más débil, postrado en cama y somnoliento, con
cierta confusión. Entró en un breve coma y falleció en paz rodeado de su
familia.
Después del almuerzo de apoyo para el duelo Evelín llamó
a su hija para contarle que conoció a Rosa. "Eligieron un camino diferente
al nuestro", explicó Evelín. "Y debo decir que hubo momentos en que
me pregunté si habíamos tomado la decisión correcta. En ese momento pensé que
habría hecho lo que fuera para que papá estuviera con nosotros un día
más. El esposo de Rosa vivió unas dos semanas más que papá, pero mira qué
diferente fue la calidad de sus últimos seis meses juntos. No pude evitar
sentir lástima por Rosa y Enrique. Ahora sé que tomamos la decisión
correcta".
No quiero decir que siempre sea un error seguir luchando.
Cada persona tiene derecho a tomar las decisiones que mejor se adapten a su
situación particular. Pero sí recomiendo que colabores con tu equipo de
atención médica para identificar claramente el equilibrio entre beneficios y
desventajas en cada opción. Esto te ayudará a tomar la decisión correcta.
Una de las cosas más difíciles de cuidar a alguien que
está muriendo, especialmente de cáncer, es la incertidumbre. Dado que el
paciente empeora independientemente de lo que se haga, puede sentirse como si
se hubiera tomado la decisión equivocada. Los "qué hubiera pasado
si..." son inevitables. Esto, de hecho, es un indicio de cómo lamentamos
nuestra incompetencia e impotencia ante
la muerte.
EN RESUMEN El final de la vida
no tiene por qué ser sinónimo de sufrimiento.
8. ¡ME MUERO! ¡CLARO QUE SIENTO DOLOR!
Control experto del
dolor y los síntomas
Salía de casa tras ingresar a mi
nuevo paciente, un señor de setenta años. Su hijo, Roberto, estaba afuera,
paseándose por la entrada, fumando un cigarrillo con furia. Algo andaba mal,
así que me acerqué a hablar.
“Roberto, sé que esta fue una visita larga con muchísimo
papeleo que revisar y firmar, y estoy seguro de que estás cansado de
escucharme. ¡Me canso de escucharme a mí misma!” Roberto no sonrió. “Es mucho
para digerir en una sola visita, pero pareces enojado. Me pregunto si tienes
alguna inquietud o sugerencia que pueda ayudarme mientras conozco a tu padre y
a tu familia”.
“Bueno, ya que preguntaste, creo que mucho de lo que
dijiste ahí es un montón de tonterías”, espetó.
“Ayúdame a entender lo que no tiene sentido para ti”.
“Escucha”, respondió, “no puedes engañarme con eso de
'estar libre de dolor'. Ya he oído suficiente sobre el cáncer de mis amigos y
familiares. Te enfermas y tienes algo de dolor. Luego empeoras y tienes mucho
dolor. Luego mueres con un dolor terrible. Así es. ¡Así funciona! Y vi lo que
pasó en el hospital. Papá se quedó mirando el reloj, esperando a que pasaran
tres horas para recibir su siguiente inyección”.
Con razón está tan enfadado, pensé. «Qué horror
debe haber sido para ti verlo», dije. «Pero te prometo que eso no pasará aquí,
en casa. Hacemos las cosas de otra manera, y nuestro plan no incluye
estar pendiente del reloj. Tendremos muchos medicamentos a tu disposición aquí
mismo, en casa, y enseñaremos, a ti y a tu madre, cómo dar lo que se necesite
para consolar a tu padre, con la frecuencia que necesite y en la cantidad que
haga falta». Roberto me miraba con escepticismo.
“Solo te pido que anotes todo lo que le vas a
administrar, cuánto y cuándo”, continué. “Prepararé una hoja de medicación para
que sea más fácil para ambos. Y no olvides que, si tienes preguntas o
inquietudes, o si no te sientes cómodo lo suficientemente rápido, hay una enfermera
disponible las 24 horas del día. Podemos cambiar lo que estamos haciendo en
mitad de la noche si es lo que necesitas. Mi trabajo es tener todo lo que
puedas necesitar, antes de que lo necesites”.
“La información que tú o tu mamá anotéis sobre la intensidad
y frecuencia de su dolor me ayudará a determinar la cantidad de medicamento que
necesita. Es como la justicia con su balanza: necesitamos equilibrar la
intensidad del dolor con la cantidad justa de medicamento para contrarrestarlo.
Calcularé cuánto medicamento necesita en las próximas veinticuatro horas y
luego buscaré la forma menos invasiva de medicarlo. Por ejemplo, en lugar de
usar pastillas de dosis más bajas cada dos horas, podríamos recetar una cápsula
más fuerte de liberación prolongada una o dos veces al día, o un parche cutáneo
con medicamento concentrado que dure setenta y dos horas”. Roberto arqueó
ligeramente las cejas.
“Es deprimente que alguien te venga a dar medicamentos a
menudo durante el día”, expliqué. “Te recuerda demasiadas veces que estás
enfermo y que dependes de ellos. Eso hiere el espíritu y altera a la mayoría de
la gente. Por eso intentamos evitar la medicación tan a menudo”.
Roberto se inclinaba hacia mí, entrecerrando los ojos
ligeramente y asintiendo pensativo. Parecía que seguía mis explicaciones.
“Dame dos o tres días y te prometo que no solo controlaré
su dolor sino que, también, solucionaré su estreñimiento y haré que duerma
mejor por la noche. ¡Te lo prometo! Si no, puedes despedirme y pedir otra
enfermera; quizás consigas una más joven y guapa”. Ahora sonreía. En ese
momento nos convertimos en un equipo de trabajo. Créeme, se puede lograr mucho
en la entrada de casa.
Hay muchas razones por las que los pacientes terminales o
sus familias no buscan la mejor ayuda profesional para controlar el dolor.
Pueden creer que el dolor es un síntoma inevitable de la muerte. Pueden odiar
tomar pastillas. Pueden pensar (erróneamente) que todos los médicos han sido
capacitados para tratar el dolor, o que todos los dolores son iguales. Pueden
temer a los médicos o a los hospitales, o la barrera del idioma, puede
impedirles comunicarse fácilmente en un entorno así. Puede que no tengan
cobertura de seguro. Puede que tengan remedios caseros bien intencionados que
simplemente no funcionan o que no son apropiados para las necesidades
particulares del paciente. Puede que teman volverse adictos a medicamentos para
controlar el dolor, como la morfina a pesar de que en buenos cuidados
paliativos estos fármacos son efectivos y seguros. Finalmente, pueden evitar
obtener alivio porque, según sus creencias culturales o espirituales, el
sufrimiento tiene mérito.
El dolor ha sido subestimado durante mucho tiempo en Estados Unidos y en otros países. Esto no se
debe a falta de preocupación ni compasión sino a que no se comprendía ni se
enseñaba adecuadamente en las facultados a los médicos. Según la Revista de la
Asociación Médica Norteamericana, solo alrededor del 3 % de las facultades
de medicina en Estados Unidos exigen un curso integral sobre control del dolor,
y solo el 20 % imparte un curso sobre la muerte y el morir, a pesar de que
todos los pacientes de un médico palmarán.
Ahora estamos aprendiendo que el dolor mal evaluado y
tratado no sólo conduce a un sufrimiento innecesario sino que también conlleva
un alto precio en pérdida de productividad y mayores costos de atención médica.
Sin embargo, la situación está cambiando gracias a los
cuidados paliativos y a la relativamente nueva especialidad médica llamada
cuidados paliativos. Estos se han centrado en comprender el origen y la
progresión del dolor, en formas nuevas e innovadoras de controlarlo y en un
mejor manejo de otros síntomas de malestar. Muchos hospitales cuentan ahora con
clínicas del dolor o equipos de cuidados paliativos disponibles para consultar
con el médico del paciente. Los médicos de cuidados paliativos cuentan con
amplia formación en el manejo y control de todo tipo de dolor y síntomas
angustiantes. Son los expertos.
El dolor nos advierte de que algo va mal en nuestro
cuerpo y necesita atención. Hay muchas razones por las que una persona
moribunda puede sentir dolor, entre ellas:
·
Lesiones o enfermedades crónicas como la artritis.
·
Presión causada por crecimientos o tumores
·
Secreciones de órganos, como el ácido gástrico que causa
acidez y úlceras.
·
Cáncer propagado a huesos o nervios
·
Calor por fiebre
·
Efectos secundarios de tratamientos, como la quimio y la
radiación.
·
Úlceras por presión (escaras) por inactividad y mala
nutrición
Pero también es importante prestar atención a factores no
físicos como la tensión, el miedo y la ansiedad. Nuestra vida espiritual,
emocional y personal tiene un profundo impacto tanto en cuerpo como en mente. A
veces el dolor es la manifestación física de la tensión emocional o espiritual.
Por eso, el enfoque del equipo interdisciplinario de cuidados paliativos en los
cuidados paliativos ha tenido tanto éxito.
Cuando se permite que las personas sufran dolor y otras
molestias las pérdidas se extienden a todos los aspectos de sus vidas.
Experimentarán pérdida del placer de vivir, de la participación en la vida
familiar, del apetito que contribuye a pérdida excesiva de peso, pérdida de
sueño y pérdida de esperanza. Sufren de depresión y de la angustia que ven en
sus familiares, quienes se sienten incapaces de aliviar su sufrimiento. Todo
este daño ahora es evitable con tratamientos sencillos y fácilmente
disponibles.
La clave para controlar el dolor reside en identificar su
origen. Las palabras que los pacientes usan para describirlo suelen indicar su
origen. Por ejemplo, "dolor constante" suele indicar dolor en órganos
o tejidos blandos. Una queja de "aumento al moverme" hace que se
sospeche de dolor óseo o articular. "Aumento al respirar" suele
indicar dolor pulmonar o pleurítico. "Alfileres y agujas",
"ardor" o "punzantes" son típicos del dolor nervioso. Y un
paciente que habla de "calambres o espasmos" probablemente tenga
dolor muscular o espasmódico debido a una obstrucción interna, como un cálculo
renal, o estreñimiento extremo.
No existe un único medicamento que alivie todo tipo de
dolor. Los médicos sin formación en el control del dolor suelen tener un
narcótico favorito, relativamente suave, como Tylenol o Percocet, que recetan
para todo tipo de dolor. Estos son medicamentos buenos y eficaces que abordan
síntomas específicos pero si se usan de forma inadecuada causan estreñimiento y
posiblemente sedación sin proporcionar un alivio adecuado del dolor.
La intención no es culpar a los médicos. Además de la
capacitación inadecuada en el control del dolor a menudo temen ser acusados
de dispensar narcóticos indebidamente y ser reprendidos o revocada su
licencia por la junta médica estatal. Por lo tanto, es comprensible que se
muestren reacios a recetar poco más que una pequeña cantidad de estos
medicamentos legalmente controlados. La solución es buscar atención médica de
médicos con formación en cuidados paliativos. Son expertos reconocidos en la
prescripción y control adecuados de medicamentos controlados, y las juntas
médicas saben que sus pacientes tienen problemas extraordinarios relacionados
con el control del dolor que, a menudo, requieren más medicación de la que se
prescribe habitualmente.
Distintos medicamentos son eficaces para distintos tipos
de dolor. Por ejemplo, los antiinflamatorios no esteroideos (AINE) como el ibuprofeno
o el naproxeno, pueden ser más eficaces para el dolor óseo que un narcótico
como la morfina. El dolor nervioso puede responder mejor a ciertos
anticonvulsivos o antidepresivos que a los narcóticos. Y dado que muchos
pacientes experimentan más de un tipo de dolor a la vez, a menudo se combinan
medicamentos. Un medicamento también puede utilizarse para potenciar (o reforzar)
los efectos de otro.
El horario de la medicación es otro aspecto importante.
Algunos medicamentos se administran según sea necesario, cuando surge el
problema. Otros, en particular los de acción o de liberación prolongada deben
administrarse con regularidad para proporcionar alivio continuo y eficaz. En
general, si el dolor es constante la medicación debe administrarse regularmente
antes de que se experimente el dolor y continuar incluso después de
que se alivie para prevenir su recurrencia. Cuanto antes se trate el dolor más
fácil será controlarlo. Es innecesario y contraproducente obligar a las
personas con dolor a esperar la siguiente dosis programada. Y, según los
estándares de atención de paliativos, también es cruel.
Poder tragar no es un requisito para lograr un buen
control del dolor. Se pueden aplicar gotas de analgésicos debajo de la lengua
(al igual que los medicamentos para náuseas, dificultad para respirar, insomnio, ansiedad, etc.). Algunos
medicamentos se administran mediante parches, ungüentos o pomadas cutáneas o
vía rectal en forma de supositorios. Otros se inhalan. Los medicamentos también
se pueden administrar de forma continua mediante una aguja fina y diminuta
debajo de la piel que solo debe cambiarse cada pocos días. Y con la llegada de
los dispositivos de acceso venoso central, que son catéteres o tubos
intravenosos implantados quirúrgicamente, la administración de medicamentos por
vía intravenosa se ha simplificado lo suficiente como para que los familiares
que cuidan puedan gestionarla en casa. Todos estos métodos pueden utilizarse
incluso si el paciente está inconsciente.
He tratado a muchísimos pacientes de cuidados paliativos
que, gracias al buen control del dolor y los síntomas, vivieron mucho más de lo
previsto y pudieron aprovechar ese tiempo extra para alcanzar sus últimas metas
importantes. Busca expertos pues la ayuda está ahí. ¡Quiero que todos mis
pacientes y sus cuidadores disfruten de su tiempo juntos el mayor tiempo y con
la mayor comodidad posible!
EN RESUMEN Con los cuidados
paliativos disponibles en el mundo actual, no tienes que morir con dolor ni con
otro tipo de sufrimiento.
9. ELECCIÓN DE TRATAMIENTOS
Y saber cuáles son
opcionales
Hace
diez años tuve el privilegio de cuidar a Gimeno quien, en la flor de la vida, estaba
muriendo de un tumor cerebral maligno a los treinta y cuatro años. Llevaba solo
diez casado y estaba angustiado por el bienestar de su joven esposa, Dolores, y
sus dos hijos, de ocho y nueve años.
Gimeno era ingeniero. Era persona sumamente práctica,
experto en recopilar, procesar y aplicar con éxito la información. Afrontó su
enfermedad de la misma manera. "¡Dame los hechos!", decía. Pero su
ternura se reflejaba en su eficiencia cuando hablaba de su esposa o cuando sus
hijos entraban en la habitación para acurrucarse.
Poco después del ingreso en cuidados paliativos, mientras
Dolores estaba fuera de la habitación, me dijo: «Quiero saberlo todo.
¿Qué debo esperar exactamente de esta enfermedad y qué puedo hacer al
respecto?». Tomé una hoja de papel tamaño folio y dibujé una línea longitudinal
por el centro que definió dos espacios a modo de columna. En la parte superior
de una de ellas escribí «SOLUCIONABLE / TRABAJABLE». Bajo este encabezado
enumeré síntomas como dolor, estreñimiento y trastornos del sueño. También
anoté las preocupaciones sobre el futuro de la familia y sobre los miedos y
problemas de duelo de los niños, la ayuda para su esposa a medida que
aumentaban sus necesidades de atención y el apoyo a la familia en el duelo tras
su fallecimiento. Su equipo de cuidados paliativos podría ofrecer ayuda experta
y eficaz para aliviar todos estos síntomas y preocupaciones.
Encima de la otra columna escribí "SIN SOLUCION / NO
FUNCIONA". Esta lista incluía su creciente deterioro neurológico: su brazo
y pierna derechos se debilitarían, tendría más sueño y pasaría cada vez más
tiempo en cama hasta quedarse en ella todo el tiempo. Podría contraer una
infección o entrar en coma, lo que le causaría la muerte.
Le expliqué que lo ayudaríamos a afrontar los problemas
que no tenían solución y que usaríamos medicamentos para minimizarlos al
máximo, pero que nos centraríamos principalmente en las cosas de su vida que sí
tenían solución o eran viables. Nos esforzaríamos por mantener una
buena calidad de vida para que pudiera disfrutar de su familia y aprovechar
este tiempo tan importante de la forma más creativa y significativa posible.
También le daríamos tantas opciones como fuera posible y el mayor control sobre
lo que le sucedía.
Gimeno reflexionó sobre todo esto durante un buen rato.
Finalmente, con resignación en la voz dijo: «Morir de esta enfermedad no es lo
que yo elegiría, pero parece que hay un plan viable. Si eso es lo que se
necesita, ¡creo que puedo hacerlo!». El ingeniero analítico había revisado la
información y tomado una decisión práctica. Me conmovió profundamente la
intensidad de su resumen: no un «Quiero», sino un «Si tengo que hacerlo,
puedo».
Le pregunté si podía revisar estas listas con su esposa,
y aceptó. Había mucho más que discutir, pero sabía que Gimeno me pediría esa
información cuando estuviera listo.
Ruta de la Plata.
En mi siguiente visita, Gimeno me dijo que tenía algunas
preguntas. "La última vez me sugeriste que podría tomar algunas decisiones
sobre mi enfermedad y tratamientos. ¿Podrías hablarme de eso?"
Y así empecé. «La mayoría de las enfermedades terminales
son como un viaje por una autopista del estilo de La Ruta de la Plata. Puedes
elegir seguirla desde su inicio en Asturias hasta que acaba en Sevilla y termina
el viaje. O puedes elegir tomar una salida anterior, por ejemplo en Salamanca,
y terminar el viaje antes». Podía ver que Gimeno estaba pendiente de cada
palabra.
Las complicaciones y los problemas que crea la enfermedad
son como las salidas de la Ruta de la Plata. Algunos son problemillas que solo
requieren pequeñas intervenciones para seguir adelante. Otros son más graves.
Requieren intervenciones más profundas si quieres seguir adelante. Las salidas
son, en realidad, oportunidades. Puedes elegir los tratamientos que te permitan
continuar, o elegir que el viaje termine como tú quieras.
El rostro de Gimeno se iluminó. "¡Lo entiendo!",
exclamó. "En cierto modo, puedo controlar esta enfermedad en lugar de
dejar que me domine por completo". Luego continuó más despacio: "Con
una enfermedad como esta nunca pensé que podría hacerlo por mi cuenta. Esto
realmente me ayuda a lidiar con mis miedos y la sensación de impotencia".
Le pregunté qué temía de su enfermedad.
"Que mis hijos se traumatizarán si me ven con
convulsiones. Y preferiría no estar vivo si no puedo pensar ni responder a mi
familia".
Le aseguré que teníamos buenos medicamentos para
controlar sus convulsiones. Le administrarían esteroides para reducir la
inflamación cerebral, lo que le ayudaría a mantener la mente despejada el mayor
tiempo posible. Podríamos reducir o suspender los esteroides cuando quisiera, y
podríamos mantenerlo cómodo, pero sin esos medicamentos se deterioraría
rápidamente y moriría. Podríamos trasladarlo a nuestra unidad de cuidados
paliativos para sus últimos días si la situación se volviera demasiado difícil
o angustiosa para esposa e hijos.
“Bueno, eso me da mucho que pensar. Pero quiero volver a
lo que dijiste sobre las salidas. Cuéntame más sobre cómo funciona”.
“Una infección como la neumonía es una de ellas. Puedes
optar por tratarla o dejar que siga su curso. Una hemorragia cerebral, como
ocurre en un derrame cerebral, es otra. No comer ni beber, ya sea por decisión
propia o porque estás demasiado débil para tragar, es una tercera. Suspender la
medicación y dejar que las convulsiones te dominen es una cuarta. Esa es una
salida que probablemente no recomendaría porque, aunque no sientas nada, puede
ser muy angustiante para tu familia verlo”, le aclaré.
"Hay mucho en qué pensar", repitió Gimeno.
"Quiero hablar de todo esto con Dolores. Si tenemos preguntas, ¿podrías
repasarlo todo de nuevo con nosotros?"
“¡Claro!”, respondí. “Las veces que necesites. Y
recuerda, ninguna decisión es definitiva. Puedes intentar un curso de acción y
luego cambiar de opinión. Pero es importante que entiendas lo que está
sucediendo, las intervenciones disponibles y los beneficios y desventajas de
tus decisiones. Mi trabajo es darte toda la información que quieras y
necesites", continué. "Hay gente que no quiere información, así que
no tendría esta conversación con ellos".
“Bueno, lo decía en serio cuando dije que quiero saberlo
todo. Por favor, avísame si ves alguna salida próximamente”, remachó el
muchacho.
Le prometí que estaría atenta y lo mantendría informado.
Parecía aliviado.
Acostumbrados como estamos a la
medicina tradicional a muchas personas, especialmente a familiares, les
sorprende la idea de no tratar ni intentar curar todas las complicaciones que
surgen. "¿Cómo que no tenemos que tratar una infección?", me
preguntan. "¿No es eso un asesinato?"
Este es un concepto complejo para todos los involucrados
pero existen algunas distinciones muy importantes. Cualquier acto que acelere
la muerte de un paciente, incluso a petición suya, se denomina
eutanasia activa o muerte por piedad, y es ilegal en casi todos los Estados
Unidos de Norteamérica aunque no en muchos otros países como Suiza, Holanda o
España. El suicidio asistido por un médico, en el que un médico prescribe a
sabiendas medicamentos que un paciente toma para terminar con su vida, solo es
legal en el estado noreamericano de Oregón bajo una regulación muy estricta.
Ninguna de estas prácticas es aceptable en cuidados paliativos ni en ningún
otro programa de asistencia a pacientes terminales norteamericano.
Lo que hablé con Gimeno es muy diferente. Se trataba de
elegir no usar intervenciones que prolonguen artificialmente el
proceso de morir permitiendo que ocurra la muerte natural. Aunque a esto a
veces se le llama eutanasia pasiva no es ilegal en ningún estado norteamericano.
A menudo es una oportunidad para que los moribundos controlen la dificultad y
la duración de su proceso.
¿Por qué algunos pacientes eligen una salida anticipada,
incluso con todo el apoyo que les ofrecemos? Esto es lo que me dicen:
·
“Estoy cansado y no quiero hacer esto más”.
·
Cuanto más lo intento, peor se pone. Ya he tenido
suficiente.
·
“¿Por qué seguir pasando por esto cuando definitivamente
me está matando, pero parece que también está lastimando a mi familia?”
·
“¿Qué beneficio obtenemos al seguir luchando?”
·
“Quiero ahorrarle a mi esposa y a mis hijos más
angustia”.
·
“Ya no hay calidad de vida”.
Muchos pacientes, como Gimeno, se sienten profundamente
reconfortados por la posibilidad de elegir cuánto tiempo continuar por su camino
de acuerdo con sus propios términos y motivos.
UNA SALIDA.
Meses después Gimeno quedó encamado
todo el tiempo. Tenía periodos de confusión y le daba mucho sueño. Estaba
perdiendo la capacidad de interactuar con claridad con Dolores y los niños y
necesitaba cada vez más ayuda para bañarse, ir al baño y comer. También noté
que había empezado a acumular comida y pastillas trituradas en las mejillas.
Este es un comportamiento común en pacientes con enfermedades cerebrales
avanzadas pero me preocupaba que pudiera inhalar algo de esto que llegara a lo
pulmones pudiendo causar neumonía por aspiración.
También percibí un cambio en el proceso emocional de Gimeno.
Cuando recuperó la claridad mental habló más sobre la muerte y me contó que
tenía sueños muy vívidos con sus queridos abuelos, quienes habían fallecido hacía
muchos años. "Me están esperando" decía con sonrisa soñadora. Parecía
despegarse y alejarse del presente.
En cada visita escuchaba el corazón y los pulmones de Gimeno
con mi estetoscopio. Un día oí la mucosidad extra y el leve roce distante de
una posible neumonía temprana en un pulmón. Cuando llamé al médico de Gimeno
con este informe me pidió que averiguara qué querían hacer Gimeno y Dolores, o
qué no, con respecto al tratamiento. Él apoyaría cualquier decisión que
tomaran. Regresé a la habitación de Gimeno.
"Gimeno, estoy notando algunos cambios y los he
informado a tu médico", le dije con cariño. "¿Quieres saber cuáles
son?"
Aunque desde el principio Gimeno había expresado
claramente su deseo de saberlo todo, siempre pregunto cada vez, por si acaso el paciente
cambia de opinión o está demasiado asustado para oír malas noticias. Gimeno
asintió, entrecerrando los ojos y parpadeando como para despejarse la mente.
“He oído hablar del tipo de congestión pulmonar que nos
preocupa, de la que puede convertirse en neumonía. Es un gran cambio”. Le froté
suavemente el brazo mientras hablaba.
“¿Se trata de una salida?” murmuró Gimeno.
“Podría ser”, le dije suavemente.
“Oh, bien. Estoy tan, tan cansado.Quiero terminar con
esto. Habla con Dolo. ¿Le parece bien que deje de luchar?”
Pasé mucho tiempo en la cocina abrazando a Dolores
mientras ella lloraba en mi hombro.
“Hemos hablado mucho de esto”, dijo. “Estaba bien
mientras fuera el año que viene, el mes que viene o la semana que viene, pero
ahora es justo aquí y no estoy lista ”.
“Lo sé, cariño, lo sé”.
“No soporto verlo decaer, y le prometí que apoyaría su
decisión de seguir al mando. Pero es muy difícil. ¿De verdad existe la
posibilidad de estar preparado?”
Suspiré. «Intelectualmente, supongo que es posible», dije.
«Pero el corazón amoroso nunca está realmente listo para soltar y
decir adiós».
Más tarde, Dolores y yo nos sentamos junto a la cama de Gimeno.
Repasamos cómo lo mantendríamos cómodo para que tuviera una muerte tranquila y serena.
Ofrecí trasladarlo a la unidad de cuidados paliativos si así lo deseaban y
había cama disponible.
“¡No!. Lo quiero aquí, con nosotros. Hemos compartido
este camino hasta ahora y las convulsiones que temía nunca ocurrieron. Los
chicos y yo estamos orgullosos de nuestro trabajo en equipo, y mis padres
vienen en camino para ayudarnos. Es importante que nuestra familia
haga esto unida. ¡ Lo queremos aquí!”
“De acuerdo —murmuró Gimeno con aire soñador—. Tenemos un
plan”. Y se quedó dormido de la mano de Dolores.
Gimeno murió cuatro días después tan tranquilo y
apaciblemente como esperaba. Su cama de hospital estaba junto a la suya y la de
Dolores, y murió con Dolores y los niños, todos arrullados, durmiendo en sus
"abrazos", tocándolo y soñando con él mientras exhalaba su último aliento.
En el funeral, Dolores me dijo: «Es increíble que se haya
ido, pero nunca volveré a tener tanto miedo a la muerte como antes de emprender
este viaje juntos. Gimeno nos enseñó muchísimo, y los chicos y yo le estamos
muy agradecidos».
Complicaciones menores pueden causar problemas
mayores.
A muchas personas les sorprende saber que quienes están a
punto de morir rara vez fallecen a causa de su enfermedad, como el cáncer, sino
que sucumben a algún problema causado por los estragos de la enfermedad combinados
con el estado de debilidad. Las complicaciones comunes incluyen infecciones,
cambios en la química sanguínea que pueden causar hemorragias internas u
oxigenación inadecuada, y un desequilibrio en los electrolitos u otras
sustancias químicas del cuerpo. Para una persona sana algunos de estos
problemas serían una molestia o un inconveniente que podrían resolverse con
tratamiento médico. Pero para los moribundos estas complicaciones pueden ser
fatales.
Hace unos años contraje neumonía, lo que me obligó a tomarme
cinco días libres del trabajo. Después de dos días el antibiótico hizo efecto y
me sentí tan bien que decidí pintar uno de mis baños. Era una persona sana que
había tenido neumonía. Fue un inconveniente, pero un tratamiento sencillo y
directo me curó.
Sin embargo, la neumonía en una persona moribunda es otra
historia, y puede deberse a problemas que las personas sanas no presentan. La
capacidad del moribundo para tragar eficazmente suele verse disminuida por la
debilidad, y pequeñas cantidades de comida o líquidos pueden ser inhaladas a
los pulmones mientras come o bebe. Las bacterias que causan neumonía suelen
estar en el aire que nos rodea y la enfermedad puede desarrollarse fácilmente
si los pulmones contienen líquido, restos de comida o mucosidad, todo lo cual
ofrece un ambiente propicio para el crecimiento bacteriano. A esto se suma un
sistema inmunitario ya comprometido por la enfermedad o por tratamientos como
la quimioterapia o la radioterapia que lo debilitan. Por eso, la neumonía en
una persona gravemente enferma o moribunda es causa común de muerte.
Cuando se presentan complicaciones como infecciones y
hemorragias internas los pacientes, (o los representantes sanitarios
designados), se enfrentan a una disyuntiva. Pueden optar por tratar esos problemas
de forma agresiva, con la esperanza de curarlos, o pueden considerar no
tratar la causa raíz. Por ejemplo, se pueden usar antibióticos para combatir
una infección bacteriana o transfusiones de sangre para tratar la anemia
causada por la pérdida de sangre continua. Sin embargo, ambos son, en el mejor
de los casos, alivios temporales. Estos problemas seguirán surgiendo debido a
la progresión de la enfermedad y al creciente debilitamiento del paciente. Por
otro lado, quienes optan por no tratarlos ven estas complicaciones graves como
una oportunidad para "terminar con la enfermedad". En ese caso, los
cuidados paliativos son la opción más lógica y compasiva.
A la mayoría de las personas les sorprende que un
paciente pueda morir tranquila y cómodamente de neumonía (y la mayoría de las
demás infecciones) o hemorragia interna si se le administran cuidados
paliativos eficaces y agresivos. Describiré cómo pueden funcionar ambas
opciones en un caso como el de Gimeno.
Las molestias de la neumonía vienen de la fiebre, casada
por de la infección, y el aumento de la mucosidad en los pulmones lo que
provoca dificultad para respirar y ansiedad por la sensación de falta de aire.
Esto suele ir seguido de un deterioro respiratorio general y finalmente la
muerte ya que no se transporta suficiente oxígeno a los órganos vitales del
cuerpo.
La atención curativa puede incluir hospitalización,
punciones frecuentes con agujas para análisis de sangre, múltiples
radiografías, oxígeno continuo por vía nasal, antiinflamatorios para reducir la
fiebre, vías intravenosas, antibióticos y medicamentos inhalados administrados
mediante nebulizador. Si estos tratamientos fallan se conecta el paciente a un
respirador. La decisión de suspender estos medios extraordinarios deberá ser
tomada por la familia o por la persona que ostente el poder notarial médico del
paciente (véase el Apéndice A). Tomar esta decisión es traumático para la
mayoría de las personas.
En pacientes terminales, la neumonía suele ser
persistente y a menudo no se puede controlar ni siquiera con intervenciones
agresivas. En la mayoría de los casos el paciente empeora y fallece de todas
formas, pero en el hospital en lugar de en la
cama de su hogar.
Los cuidados paliativos para personas con neumonía
terminal son muy diferentes y mucho más compasivos. Usamos medicamentos
antiinflamatorios, además de paños fríos y baños para aliviar las molestias de
la fiebre. Podemos administrar oxígeno al paciente a través de una cánula nasal
(tubos cortos y diminutos que se insertan en la nariz) cuando lo desee. Se
pueden administrar medicamentos para secar las secreciones pulmonares y
facilitar la respiración por vía oral, rectal o con parches cutáneos. Unas
gotas de analgésico líquido sublingual pueden ralentizar y fortalecer la
respiración. También se pueden administrar medicamentos sublinguales para
eliminar la ansiedad causada por la falta de aire. Y todo esto sin agujas, sin
vías intravenosas, sin análisis de sangre, sin atención por parte de
desconocidos, sin hospitalización. Estos sencillos tratamientos se pueden
administrar en el hogar.
Como no se utilizan antibióticos la infección persiste y,
en la mayoría de los casos, provoca la muerte. Sin embargo es una muerte
tranquila y confortable. El paciente empieza a dormir cada vez más. Puede haber
cierta confusión seguida de breve coma y, finalmente, la muerte generalmente en
pocos días. A menudo, una muerte como esta es tan silenciosa y apacible que las
personas sentadas alrededor de la cama del paciente ni siquiera se dan cuenta
de que ha ocurrido hasta reparan en que han pasado unos minutos desde que el
paciente exhaló su último aliento.
EN RESUMEN Morir, como un viaje
por carretera, tiene posibles salidas anticipadas que puedes elegir para
controlar la longitud, la duración y la comodidad del viaje llamado morir.
10. YA ES BASTANTE DIFÍCIL MORIR UNA VEZ
Cómo decidir sobre
una orden de no resucitar
Una
de las decisiones más difíciles que enfrenta una persona moribunda es si desea
o no recibir reanimación cardiopulmonar (RCP) si su corazón o respiración se
detiene. Algunas personas optan por no abordar este asunto o demoran demasiado
la decisión. En cualquier caso su cónyuge o familia deberá tomarla por
ellas. Esta es una decisión angustiosa, en el mejor de los casos, pero es aún más
difícil si tenemos que tomarla por otra persona y en medio de una crisis.
Si no se firma un formulario de no reanimación, o si el
médico desconoce los deseos del paciente, se intentará la RCP . Uno de
los mejores regalos que una persona con enfermedad terminal puede dar a sus
seres queridos es tomar esta decisión con anticipación, firmar el formulario y
avisarles a todos que se ha realizado. Esto evita que los seres queridos se
vean obligados a tomar esta decisión aterradora y potencialmente culpabilizante.
Debido a la reanimación cardiopulmonar, muchas personas
con enfermedades terminales hoy en día tienen que experimentar la muerte una
segunda o incluso una tercera vez, a menudo sin haber recuperado la
consciencia. Esto causa un trauma excesivo al paciente y a la familia. Es una
muerte sin consuelo, paz ni dignidad. Y, por lo general, la familia queda
excluida de estar con su ser querido.
La RCP es un intento de reiniciar el corazón y los
pulmones tras su parada. Supone que estos órganos críticos pueden reiniciarse
y mantenerse funcionando lo suficientemente bien como para sustentar la vida.
Durante mi primera década como enfermera trabajé en salas de urgencias y
unidades de cuidados intensivos iniciando y participando en RCP incontables
veces. Tienes derecho a querer RCP, pero como creo en el verdadero
consentimiento informado, déjame decirte qué elegirías.
El tiempo es esencial cuando el corazón de una persona se
detiene: hay una ventana de oportunidad crítica, aproximadamente cuatro
minutos, para reiniciar el corazón antes de que se produzca un daño cerebral
irreparable por falta de oxígeno. La persona sin vida se coloca sobre una
superficie firme como una tabla ancha. Se inicia una vía intravenosa en
cualquier vena que se pueda encontrar. Se inserta un tubo de respiración grande
por la garganta para proporcionar una vía aérea para que un respirador pueda
forzar la entrada de oxígeno a los pulmones. Alguien bombea firmemente con las
palmas de ambas manos sobre el esternón del paciente en un patrón rítmico que
impulsa la sangre del corazón a los demás órganos. Esto ayuda a que las cámaras
del corazón se llenen y vacíen una y otra vez, duplicando artificialmente el
ritmo cardíaco. No es raro romper algunas costillas del paciente al presionar
el esternón. Si bien esto es una preocupación, no es un enfoque importante pues
la intención es salvar una vida "salvable".
Para intentar que el corazón vuelva a latir por sí solo
se le administrarán al paciente una o más descargas eléctricas fuertes mediante
paletas eléctricas colocadas a ambos lados del pecho. Las descargas son tan
fuertes que todos los presentes deben retroceder para no recibir también una
descarga desde la cama. Simultáneamente, se administran medicamentos a través
de vías intravenosas o se inyectan directamente en el músculo cardíaco. Las
máquinas emiten pitidos y silbidos. El personal médico a menudo debe gritar sus
órdenes para ser escuchado por encima del estruendo. Mientras tanto los
familiares, aterrorizados, se ven obligados a esperar en otra habitación.
Si la RCP es ineficaz se detiene el procedimiento y se
registra la hora del fallecimiento. Si tiene éxito el paciente y todos los
equipos de soporte vital conectados se envían a la unidad de cuidados
intensivos para un control estrecho con la esperanza de que en algún momento el
paciente mejore, recupere la consciencia y pueda sobrevivir sin el respirador.
Algunos lo hacen, otros nunca, y algunos reciben RCP varias veces antes de
morir sin recuperar la consciencia.
Cuando se introdujo la RCP hace unos cuarenta años, se
concibió como una intervención de emergencia para salvar a una persona cuya
muerte era reversible: en casos como reacciones alérgicas
potencialmente mortales, casi ahogamientos o infartos. Nunca se concibió para
personas con enfermedades terminales, cuya muerte es inevitable e irreversible.
En una enfermedad terminal, la RCP prolonga la muerte, no la vida.
Mucha gente tiene una visión distorsionada o inexacta de
lo que implica esta intervención y de sus posibles resultados. Algunos pacientes
me han dicho: "Solo quiero un poco de RCP, quizá unos golpes en el
pecho", o "Quiero que lo hagas un rato, pero no quiero ir al
hospital", o "Te avisaré cuando haya tenido suficiente".
A medida que la tecnología avanza aumentan nuestras
expectativas sobre lo que podemos hacer para mantener con vida un cuerpo humano
en estado de deterioro. La RCP es ahora la intervención esperada en todas
las situaciones, a menos que el paciente y un médico firmen una orden de no
reanimación (DNR). Una razón fundamental para tener un testamento vital y un
poder notarial médico es que sus deseos sean conocidos y documentados
legalmente antes de que tú y tu familia se conviertan en víctimas de
esta situación. (Véase el Apéndice A, "Tus herramientas más fuertes son de
papel").
DELFINA
La serena sonrisa de Delfina contrastaba conmovedoramente
con el largo y difícil curso de su enfermedad. Diagnosticado quince años antes,
su cáncer de mama había remitido varias veces para volver a reaparecer. Ahora,
claramente estaba muriendo. Pero con su dulce expresión parecía superar la
devastación que su batalla perdida había causado.
“¡Qué nombre más bonito y raro tienes!” dije al
conocerla.
Ella rió entre dientes. «Era la flor favorita de mi
abuela. Pero, por favor, llámame Delfi».
"Pareces estar en paz con lo que te pasa", dije
con cautela, sin tener del todo claro si la serenidad de Delfi enmascaraba una
negación o era realmente típica de ella.
“He luchado contra esto todo lo que he querido y sé que
Dios me llama a casa, así que estoy lista para irme y no quiero retrasar este
viaje. Mi esposo, Mauro, es el problema. Cree que debemos seguir insistiendo a
los médicos para que encuentren una cura. Después de tanto tiempo sigue sin
encontrarla. ¡Dios mío, qué cabeza más dura la de ese hombre!” Puso los ojos en
blanco y suspiró.
“Veo en su historial que ya firmó una orden de no
reanimación. También que ha designado a Mauro como su apoderado médico
permanente. ¿Él entiende sus deseos y los cumplirá? ¿Será eso un problema para
él?
“Mejor que no lo sea o lo perseguiré desde la tumba.
Estuvo aquí sentado conmigo cuando Marta, la trabajadora social de paliativos,
me explicó todos los formularios. Sabe cómo me siento. No quiero que me resuciten
ni que me mantengan con vida con máquinas. ¡Estoy lista para ir a casa con
Jesús! ¡Ya basta!”
Hablé con Mauro sobre mis preocupaciones.
“¡Todo lo que Delfi quiere, Delfi lo consigue!”, dijo con
una gran sonrisa jovial.
El tratamiento de Delfi en cuidados paliativos
transcurrió sin contratiempos durante siete meses. Logramos controlar bien sus
náuseas ocasionales y el dolor óseo, ya que el cáncer se había extendido a la
columna vertebral y las costillas. Aunque su estado de debilidad era cada vez
más grave disfrutaba del tiempo con sus hijos, sus hijos de acogida y su
impresionantemente numerosa familia extendida. Su hogar era un hogar ajetreado
y feliz, y allí se sentía feliz y en paz.
Llevaba unas dos semanas en cama cuando se hizo evidente
que se acercaban sus últimos días. La somnolencia se convirtió en un semicoma
que la envolvía como una gran colcha mullida. De vez en cuando se despertaba
con una dulce sonrisa y luego volvía a dormirse plácidamente.
Entonces recibí una llamada de Mauro. Quería hablar sobre
la situación de Delfi. Fui a su casa con Marta, la trabajadora social de mi
equipo. Cuando entramos, Mauro anunció: "Está bien, Delfi ya está loca,
así que yo tomo las decisiones".
Sus palabras y su nueva actitud asertiva me pusieron
nerviosa.
"Quiero que se haga todo lo posible para
salvarla", continuó. "No creo que estuviera en sus cabales cuando
firmó ese formulario, pero no importa, ¡ahora estoy al mando!"
Marta había sido testigo del formulario de orden de no
reanimar de Delfi y le dijo a Mauro que Delfi estaba claramente en plenas
facultades mentales al firmarlo. Confiarle un poder notarial demostraba que
esperaba que cumpliera sus deseos. Le expliqué además que la esperanza
de vida de Delfi probablemente se medía en días. Si insistía en la reanimación
y el soporte vital tendríamos que trasladarla al hospital, a casi 32 kilómetros
de distancia. La RCP no se puede realizar correctamente ni continuar sin las
máquinas y el personal del equipo de cuidados intensivos. No podíamos
proporcionar eso en casa.
Le recordé que, con el cáncer en las costillas y la columna
vertebral, la RCP probablemente le causaría múltiples fracturas. Incluso si
tuviera éxito, probablemente moriría de nuevo en cuestión de minutos u horas;
la enfermedad estaba tan avanzada que no era posible seguir con vida. También
le dijimos que, debido a la distancia al hospital, sería difícil para sus hijos
y otros familiares pasar tiempo con ella. Aunque recuperaba la consciencia a
ratos, extrañaría su amorosa presencia.
Pero ni nosotros ni el médico, muy preocupado, pudimos
hacer nada para disuadir a Mauro. Así que llamaron a una ambulancia para que
llevara a Delfi al hospital. Estuvo cinco días hospitalizada antes de que su
corazón se detuviera. El equipo trabajó durante treinta minutos para reanimarla
y finalmente recuperó el latido, pero solo estuvo en coma unos cuarenta y cinco
minutos, y luego sufrió un nuevo paro cardíaco. Mauro estaba allí y exigió un
segundo intento de reanimación. Después de cuarenta minutos, falló, y Delfi fue
declarada muerta.
Fui al médico unas semanas después, cuando estaba en el
hospital visitando a un paciente que se había roto un brazo al caerse de la
cama. Cuando pregunté a Mauro cómo le había ido a Delfi, negó con la cabeza.
“Qué triste muerte para una mujer tan dulce”, dijo. “Se
había asegurado con tanto cuidado de que sus deseos se conocieran. Pero debería
haber elegido a alguien que compartiera su filosofía como apoderado médico”.
Es triste que, una vez que el paciente ya no pueda hablar
por sí mismo la persona con apoderado médico pueda anular las órdenes escritas
previas del paciente y el equipo médico o de cuidados paliativos no pueda hacer
nada al respecto. Así que elija a esa persona con cuidado y comparta su
testamento vital con todas las personas que considere que apoyarán sus deseos.
Órdenes de no reanimar fuera del hospital.
Para las personas con enfermedades graves o terminales en
casa el problema de los tratamientos no deseados tiene un giro inesperado.
Supongamos que el paciente se resbala de la cama y cae al suelo.
Instintivamente, el cuidador llama al número de urgencias para pedir ayuda y
volver a colocar al paciente en la cama. Pero al marcar ese número inicia un
proceso legal que escapa al control del paciente y su familia. Los paramédicos
que llegan deben hacer todo lo posible para salvar la vida del
paciente. Tienen la obligación legal de hacerlo. Si su evaluación indica que la
persona en el suelo necesita una vía intravenosa, reanimación u otro
tratamiento, se lo proporcionarán y lo trasladarán al hospital,
independientemente de los deseos del paciente o su familia.
GREGORIO
A principios de los años ochenta tuve como paciente a un
encantador caballero alemán, Gregorio. Tenía cáncer de colon que se había
extendido al hígado. Estaba extremadamente delgado y con ictericia, con tez
amarillenta en piel y ojos. Su abdomen estaba tan hinchado por el líquido
(afección llamada ascitis) que parecía estar embarazado. A pesar de su aspecto
enfermizo Gregorio aún podía funcionar bastante bien, y su robusta y sonrosada
esposa, Gerta, estaba decidida a mantener los rituales que él disfrutaba
durante el mayor tiempo posible.
Gregorio había padecido convulsiones toda la vida, sin
relación con su cáncer, que se había controlado bien con medicación. Rara vez
sufría convulsiones y cuando las tenía Gerta sabía exactamente qué hacer.
Uno de los rituales favoritos de Gregorio era dar un
paseo en coche cada tarde. En un día de primavera especialmente templado, justo
en el camino de entrada a su casa tras un agradable paseo, Gregorio sufrió una
fuerte convulsión. Gerta, con calma, se aseguró de que estuviera a salvo y de
que no se hiciera daño, y esperó a que se calmara. Cuando se calmaba Gregorio
solía estar desorientado y aturdido, y de alguna manera había quedado atrapado
en una posición incómoda entre el salpicadero, el asiento delantero y la
palanca de cambios. Temerosa de lastimarlo si intentaba sacarlo, Gerta llamó al
911 para pedir ayuda.
Los paramédicos llegaron rápidamente con las sirenas a
todo volumen, notaron el aspecto de Gregorio, lo sacaron del coche, lo pusieron
en una camilla y lo subieron a una ambulancia. Greta protestó en voz alta: solo
quería meterlo en casa. Gregorio le había dejado muy claro que no quería volver
al hospital. Le había prometido que se quedaría en casa.
Los paramédicos ya le habían puesto una vía intravenosa y
se preparaban para ir al hospital cuando le devolví el mensaje a Gerta, que
estaba frenética. Le expliqué el estado de Gregorio: era un paciente de
cuidados paliativos que no quería volver a ser hospitalizado. El paramédico
respondió: «Lo siento, señorita, pero sin una orden firmada por un médico
tenemos que llevárnoslo. Es la ley».
Situaciones como esta fueron la base para la creación en
Estados Unidos de Norteamérica del formulario de no reanimación (DNR)
extrahospitalaria. Este formulario permite a los pacientes recibir ayuda rápida
y selectiva según la necesiten, sin el riesgo de recibir intervenciones que no
desean o de las que no se beneficiarán. No le quita al paciente el poder de
elegir los tratamientos que necesita y desea. Simplemente devuelve el control
al paciente o a su cuidador.
Algunas personas temen tener un formulario de no
resucitación en sus casas. ¿Se les negará la atención si su lesión es
reparable, tal como una fractura de brazo? Cualquier lesión reparable se reparará,
con o sin formulario de no resucitación. El formulario de no resucitación es
solo para tratamientos de reanimación y soporte vital.
No tiene que preocuparse de que la orden de no reanimar
(DNR) se invalide si cambia de opinión y decide que, después de todo, desea
soporte vital agresivo. En ese caso simplemente guarde el formulario de DNR y
no lo muestre. Sus deseos verbales siempre prevalecen sobre los escritos, pero
hasta la fecha, el formulario es la única forma de controlar el sistema de la
llamada a urgencias. No le quita nada, pero le asegura que no irá al hospital
si no lo desea.
EN RESUMEN Usted tiene derecho a
elegir la RCP, pero antes de tomar esta decisión asegúrese de comprender
realmente sus beneficios y sus cargas.
11. “¡NO PODEMOS DEJAR QUE SE MUERA DE HAMBRE!”
Decidir sobre la alimentación
forzada.
El
primer suceso en la vida, a menudo momentos después del nacimiento, es poner al
bebé en el pecho de la madre para que lo amamante. Y así, consciente o
inconscientemente, la comida comienza a convertirse en símbolo de amor,
crianza, cariño y preocupación. Es prácticamente imposible nombrar un suceso
familiar o social donde no haya comida.
Al comprender esto, es fácil comprender por qué la
pérdida de apetito y de peso que experimenta un moribundo son, quizás, los
problemas más emocionales y difíciles que enfrentan familias y cuidadores. A
medida que la familia observa cómo el moribundo se demacra el nivel de ansiedad
de aquella, aumenta. Sienten que están fallando como cuidadores.
“Si pudiera conseguir que comiera y subiera un poco de
peso”, les oigo decir, o “Los médicos y las enfermeras pensarán que lo estoy
descuidando”, o, “No podemos dejar que se muera de hambre, ¿verdad?”. Y
entonces ofrecen cada vez más golosinas tentadoras para incitar al paciente a
comer.
"¿Qué te parece un pollo florentino?", pregunta
el cuidador. "Bien", responde el paciente, generalmente solo para
complacer a la familia. Inmediatamente la cocina se vuelve loca por el pollo
florentino solo para que el paciente pruebe un bocado y rechace el resto. La
familia está desanimada y devastada, mientras que el paciente se siente mal por
haberlos decepcionado.
“¿Qué tal pavo y relleno?” Y así sucesivamente.
Cuando ya se han perdido tantos otros placeres, las
comidas y meriendas que deberían representar un placer compartido son ahora
fuente de conflicto.
La pérdida de peso es normal
La disminución del apetito y la pérdida de peso son
síntomas casi universales de una enfermedad terminal. Esperar que una persona
moribunda no baje de peso es tan ilógico como esperar que una mujer mantenga un
embarazo y dé a luz a un hijo sano sin aumentar de peso.
Las células cancerosas, al igual que los bebés, tienen
una tasa metabólica mayor que la de su organismo. (La tasa metabólica mide la velocidad
con la que los alimentos se descomponen en nutrientes y luego se distribuyen a
las células hambrientas y exigentes). Si una mujer embarazada no se nutre
adecuadamente, lo que ingiera se destinará primero al bebé en desarrollo,
simplemente porque este está creciendo y tiene una tasa metabólica mucho más
rápida. La madre recibirá lo que sobre.
Funciona de forma muy similar con el cáncer, que es una
enfermedad caracterizada por una división y un crecimiento celular anormalmente
rápidos. En muchos cánceres avanzados —cuando el cáncer se ha extendido más
allá de sus límites originales e invade otros tejidos u órganos—, el tumor
tiene una tasa metabólica más alta que el resto del cuerpo del paciente, por lo
que la nutrición ingerida alimentará primero al cáncer y el paciente continuará
perdiendo peso.
Esto a veces se denomina «síndrome de desgaste
irreversible». Hay dos componentes que causan este síndrome o proceso: la
anorexia y la caquexia.
La anorexia es la pérdida de apetito o la incapacidad
para comer. La comida deja de tener buen sabor, o incluso puede tener mal
sabor; algunos tipos de quimioterapia, por ejemplo, hacen que todo tenga un
sabor metálico. Comer puede causar molestias como dolor, hinchazón, náuseas o
vómitos. O puede que la comida simplemente ya no satisfaga. Esto es diferente a
la anorexia como trastorno alimentario, que incluye componentes emocionales y
cognitivos. Existen algunos medicamentos, como los esteroides o las hormonas,
que pueden aumentar el apetito temporalmente, y existen muchos medicamentos
eficaces para aliviar las náuseas y los vómitos. Pero incluso el uso de estos
medicamentos no revierte la pérdida de peso.
La caquexia es un proceso metabólico destructivo que
degrada el tejido normal y es casi inevitable en pacientes con cánceres
avanzados. Se debe principalmente a proteínas inflamatorias que se liberan en
respuesta a la enfermedad subyacente.
Las enfermedades cardíacas y pulmonares avanzadas, entre
otras, también liberan estas proteínas destructivas en el organismo y producen
el mismo síndrome de desgaste irreversible. Esto ocurre independientemente de
la cantidad de nutrición que se administre al paciente o de si se administra
normalmente mediante por sonda o vía parenteral.
Mucha gente cree que las vías intravenosas se usan para
nutrir. Esto no es cierto. Los líquidos intravenosos, que se administran
mediante una aguja en la vena, se preparan con el equivalente a una cucharadita
de azúcar o sal en un litro de agua esterilizada. Aunque se pueden añadir
vitaminas y electrolitos como potasio y sodio a las vías intravenosas estos
líquidos no proporcionan una nutrición adecuada. Las vías intravenosas se
utilizan para combatir la deshidratación, administrar rápidamente medicamentos
o electrolitos importantes, o para mantener la vena permeable en caso de que
sea necesario administrar medicamentos rápidamente.
La alimentación por sonda consiste en la administración
cuidadosa de nutrientes líquidos a través de una sonda que se inserta por la
nariz, baja por el esófago y llega al estómago. Estas sondas son incómodas y,
con el tiempo, pueden erosionar las membranas de las fosas nasales y el
esófago, por lo que se consideran una intervención temporal. Si bien son
útiles, existe hasta un 70 % de probabilidades de que se aspire líquido, es
decir, que regrese por la garganta a los pulmones. Esto puede causar una
neumonía mortal. Si se determina que la alimentación por sonda a largo plazo es
adecuada, el paciente suele someterse a una cirugía para insertar la sonda
directamente en el estómago; sin embargo, la neumonía por aspiración también es
un riesgo con este tipo de alimentación por sonda.
La tercera opción, la nutrición parenteral total (NPT),
también conocida como hiperalimentación. Se administra una solución estéril de
aspecto lechoso, similar a la fórmula infantil, a través de un catéter (similar
a una sonda intravenosa) insertado en una vena principal, generalmente en el
pecho. Esta fórmula nutricional también contiene vitaminas y electrolitos, y
debe controlarse cuidadosamente y con frecuencia mediante análisis de sangre
para asegurar que los órganos del cuerpo la toleren. El catéter pasa por una
bomba preprogramada que generalmente administra la alimentación durante un
período de doce horas, independientemente de si el cuerpo la tolera o no.
También deben realizarse análisis de glucosa en sangre con regularidad para
asegurar que el paciente tenga suficiente insulina para equilibrar los niveles
de azúcar administrados; de lo contrario corre el riesgo de sufrir un shock
insulínico o un coma diabético. El personal de enfermería está especialmente
atento para asegurarse de que el cuerpo del paciente no esté sometido a una
sobrecarga de líquidos, lo que puede provocar acumulación de líquidos en los
pulmones e insuficiencia cardíaca congestiva.
En 1989, el Colegio Estadounidenseo de Médicos publicó un
documento de postura en el que se oponía al apoyo nutricional intensivo, como
la NPT, en pacientes con cánceres avanzados y otras enfermedades terminales. La
declaración indicaba que es responsabilidad del médico analizar con el paciente
y su familia la falta de beneficios y las mayores cargas derivadas del uso de
la NPT: no supera el síndrome de desgaste y aumenta el riesgo de infecciones
sistémicas potencialmente mortales. De hecho, es posible que esta intervención,
que para muchos salva vidas, en realidad cause la muerte.
La solución amable
En la mayoría de los casos, lo correcto y compasivo es
reconocer que comer debería ser una fuente de placer no un sustento paral
moribundo. Bajar de peso no debería ser una prioridad; debería estar en la
lista de cosas irremediables. Suelo sugerir al paciente: «Come lo que quieras,
cuando quieras, tanto o tan poco como quieras. Si no quieres comer, prueba un
poco, pero no te preocupes si no quieres comer más».
A menudo, una vez que la familia comprende qué está
sucediendo realmente y por qué, se sienten aliviados de dejar de ser los
guardianes de la nutrición. Siguen teniendo a su disposición una buena
selección de pequeñas porciones de alimentos que le gustan al paciente. Pero si
el paciente se niega a comer, lo más compasivo es dar marcha atrás.
JORGE
Jorge era alto y delgado. Su esposa, Teresa, decía que
siempre había parecido un "gran trago de agua". Tenía setenta y tres
años y, según contaba, estaba empezando a "bajar un poco el ritmo".
Se había jubilado de un empleo público, disfrutaba de un feliz matrimonio de
cuarenta y cinco años, había criado a dos hijos exitosos e independientes, y
adoraba a sus dos nietos pequeños, que vivían cerca. En resumen, Jorge sentía
que tenía una buena vida.
Su familia notó rápidamente los primeros signos de
pérdida de peso ya que Jorge no tenía nada que perder. La cirugía había
eliminado la obstrucción intestinal causada por un cáncer de colon de gran
tamaño, pero lo dejó con una bolsa de colostomía en el costado. Lamentablemente
el cáncer ya se había extendido al hígado y su pronóstico era terminal. Su
familia rechazó la sugerencia de su oncólogo de llamar a un centro de paliativos
porque Teresa interpretó esa decisión como una "rendición".
Buscaron segundas, terceras y cuartas opiniones de
médicos tan recomendados como su oncólogo. Todos coincidieron en el
diagnóstico, pronóstico y recomendación. Así que Teresa y Jorge viajaron cada
vez más lejos de casa en busca de una opinión que les resultara más aceptable.
Mientras tanto, Jorge se sentía cada vez más enfermo, delgado, débil y agotado
por el esfuerzo que suponía conducir para ver a tantos médicos.
Visité su hogar porque la hija de Jorge me preguntó si paliativos
podía "pasar y contar a mis padres sobre vuestro programa". Esperaba
que su madre cambiara de opinión sobre los cuidados paliativos.
Jorge me dijo: «Sé que estoy muriendo y solo quiero
disfrutar de mi tiempo abrazando a mis nietos y leyéndoles todo el tiempo que pueda».
Con un brillo en los ojos, añadió: «También me encantaría un plato de sopa de
cangrejo del restaurante Capitan Jaque». Y añadió rápidamente: «Pero si
abandono los tratamientos sé que estaré decepcionando a mi familia».
Estaba claro que Teresa y Jorge querían continuar con los
cuidados intensivos, así que les prometí mantener el contacto. Aún no estaban
listos para recibir cuidados paliativos.
El quinto médico al que consultaron, a casi doscientos
kilómetros de distancia, inicialmente dijo lo mismo que los demás. Pero ante el
desafío furioso de Teresa: "¿No vas a dejar que se muera de
hambre? ¡Mira lo delgado que está! ¿Te niegas a atenderlo?", este médico
reaccionó a la defensiva. "Bueno, tal vez le vendría bien algo de
nutrición parenteral total", sugirió de mala gana.
Teresa sintió que habían encontrado la respuesta. Pero Jorge
insistió en quedarse en casa en lugar de ir a una residencia de ancianos para
recibir este tratamiento. "Quiero morir en mi cama", dijo. Su seguro médico no cubría
la atención domiciliaria las veinticuatro horas así que, sin otra opción, Teresa,
a regañadientes, aceptó una capacitación especial para preparar las jeringas
con vitaminas y otros aditivos para la NPT, conectarlas y retirarlas una vez
terminada la sesión. Estaba abrumada por esta responsabilidad y aterrorizada de
hacer algo mal y lastimarlo. Cajas y cajas de soluciones, jeringas, vendajes y
otros equipos ocupaban el comedor. Se necesitaba un soporte intravenoso con una
bomba especial para asegurar que la alimentación estéril fluyera al cuerpo de Jorge
a un ritmo controlado, así que estaba junto a la cama.
Una enfermera visitante le extraía sangre dos veces por
semana para asegurarse de que Jorge no desarrollara una infección ni recibiera
demasiada azúcar por la nutrición parenteral total. El análisis de sangre
también indicaría si el exceso de líquidos y nutrientes estaba sobrecargando
los riñones y el hígado, ya debilitados, de Jorge.
La casa de Jorge y Teresa empezaba a parecer una unidad
de cuidados intensivos. Y aunque su seguro cubría el 80% del costo de la
nutrición parenteral total (NPT), que era más de 200 dólares al día, el copago
se estaba convirtiendo en una carga financiera, además de todas las demás
facturas médicas. Pasaron las semanas y su deuda aumentó. Los nietos los
visitaban a diario, pero la bomba intravenosa y otros equipos que rodeaban a Jorge
les daban demasiado miedo como para subirse a la cama y acurrucarse con él.
La alimentación debía funcionar durante doce horas
durante la noche y detenerse por la mañana para que Jorge pudiera disfrutar de
su día sin estar atado a la bomba. Pero durante la noche la bomba emitía
alarmas constantes, a veces falsas, y Teresa tenía que levantarse de la cama
para intentar solucionar el problema. Cambiar la bolsa de colostomía también
llevaba tiempo. Tanto ella como Jorge estaban agotados, y cada vez era más
frecuente que la alimentación se descontrolara y terminara funcionando durante
el día.
La visita de niños pequeños alborotados parecía irritar a
Jorge o interrumpía alguna de las siestas que Teresa podía atesorar. Pidieron
que los nietos vinieran con menos frecuencia. Jorge desarrolló candidiasis
bucal (una proliferación excesiva de hongos en la boca, algo común durante la
nutrición parenteral total), así que ya nada le sabía bien. Sus
antojos de sopa de cangrejo eran cosa del pasado.
Mientras tanto, el tumor abdominal de Jorge se
beneficiaba de esta nutrición artificialmente enriquecida. Su estómago crecía
visiblemente cada día, como un embarazo acelerado, y a medida que crecía, Jorge
se sentía cada vez más incómodo. Su creciente circunferencia le dificultaba
moverse en la cama y empezó a desarrollar escaras. Su dolor aumentó, y el
consiguiente aumento en el uso de medicamentos para su bienestar agobió su
hígado debilitado. Estaba confundido y sedado, y Teresa temía perderlo de
vista.
Su miedo se acentuó cuando un día, mientras dormitaba en
el sillón reclinable de la habitación de Jorge, este se cayó de la cama. Quedó
gravemente herido y contusionado, pero afortunadamente no se rompió ningún
hueso.
Teresa ahora tenía miedo de dormir, y a pesar de lo
agotada que estaba, sus síntomas de insuficiencia cardíaca congestiva,
previamente controlados, comenzaron a reaparecer. Sus tobillos se hincharon con
líquido y le molestaba la dificultad para respirar. Se negaba a dejar a Jorge
el tiempo suficiente para ver a su médico y hacerse las pruebas que él le
solicitaba. La familia temía que la enfermedad de Jorge matara a ambos. Jorge a
menudo estaba demasiado confundido para reconocer a los nietos cuando llegaban.
Esto angustiaba y desconcertaba a los niños, y tenían miedo de entrar en su
habitación.
En ese momento la familia finalmente accedió a llamar a
cuidados paliativos. Yo era su enfermera y me impresionó de inmediato la concentración
de energía en la casa. No estaba en Jorge sino en la nutrición parenteral
total. Me senté con la familia y les pedí que describieran las decisiones que
los habían llevado a ese punto. ¿Qué creía cada uno que había querido decir el
médico cuando dijo que tal vez Jorge se beneficiaría de la nutrición parenteral
total?
Teresa pensó que el médico había querido decir que Jorge
ganaría peso y se fortalecería nuevamente, para que pudiera tolerar más
tratamientos que podrían conducir a una cura.
La hija pensó que lo que quería decir era que Jorge
ganaría peso y se fortalecería lo suficiente para poder volver a disfrutar de
los viajes con sus nietos, aunque finalmente muriera de cáncer.
El hijo sentía que el médico había insinuado que era
moral, ética y médicamente incorrecto dejar que una persona "muriera de
hambre". Pero ahora le preocupaba el impacto que la nutrición parenteral
total estaba teniendo en toda la familia, especialmente en su madre.
Jorge estaba demasiado confundido para participar en esta
discusión.
Llamé al médico para explicarle la situación. No había
visto a Jorge en seis semanas, ya que estaba demasiado enfermo y débil para
hacer el viaje de dos horas. El médico dijo: «Su enfermedad estaba muy avanzada
la última vez que lo vi. Nunca pretendí que la familia pensara que la nutrición
parenteral total lo curaría o mejoraría significativamente su condición. Quizás
solo ralentizaría la pérdida de peso y ganaría algo de tiempo».
Continuó: «Probablemente habría sido buena idea tener un
plazo específico en mente. Por ejemplo, probar la nutrición parenteral total
(NPT) durante un mes para ver si Jorge aumentaba de peso y podía funcionar
mejor. Si eso no sucedía, suspenderíamos la NPT. Como no ha aumentado de peso y
apenas funciona en este momento, deberíamos suspender la NPT. No le está
beneficiando en absoluto; tiene un alto riesgo de infección y aspiración, y de
hecho, parece ser una carga para todos».
Cuando le repetí esta conversación a la familia, Teresa
se indignó. "¡Es el sustento de Jorge! ¡Es lo único que lo mantiene con
vida! ¿Cómo podemos detenerlo ahora? Si lo hiciéramos, sentiría que lo hemos
matado". Su comprensión de la enfermedad de Jorge se había distorsionado
tanto que ahora creía que su muerte se debía a la inanición y no a la insuficiencia
orgánica causada por su cáncer terminal.
Mis intentos de reafirmarle la realidad con suavidad
fracasaron y solo causaron más ansiedad a Teresa. Exigió que se continuara la
nutrición parenteral total, aunque el seguro ya no la cubría, pues no había
pruebas de que estuviera ayudando a Jorge. Ahora la familia era responsable del
costo total de más de 200 dólares al día.
Diez días después, Teresa fue trasladada en ambulancia y
hospitalizada por insuficiencia cardíaca congestiva. Mientras estaba en el
hospital, Jorge se deterioró rápidamente y falleció, aún conectado a la NPT.
Después de todo su esfuerzo, Teresa nunca pudo despedirse. Y aunque no fue
mucho pedir, Jorge nunca volvió a abrazar a sus nietos ni a disfrutar de su
plato de sopa de cangrejo.
¿La NPT prolongó la vida de Jorge? Quizás unos días.
¿Pasó sus últimos meses como él hubiera elegido? No, según lo que nos contó a
su hija y a mí. Cuando Jorge habló de morir en casa, en su cama, dudo que pretendiera que toda su
familia y su hogar estuvieran tan estresados y agobiados por los
tratamientos. Un día de NPT se fundió con otro mientras todos esperaban a que
la nutrición hiciera efecto. Nunca sucedió, y a Jorge se le acabaron las
mañanas.
Calidad frente a cantidad. Beneficios frente a
cargas.
Es importante reconocer la diferencia entre calidad
y duración de vida. Es igualmente importante comprender los beneficios
y las consecuencias de las decisiones que tomas con respecto al tratamiento. Haz
preguntas específicas. Consulta a más de una persona. Por muy atentos y
expertos que sean los médicos rara vez participan en la administración de los
tratamientos que prescriben y rara vez observan cómo se manejan en el hogar. En
su lugar, consulta con enfermeras de atención domiciliaria, como las del Servicio
de Enfermería a Domicilio, quienes tienen la mayor experiencia práctica en
estos temas y preguntas. También ten en cuenta que si eliges un tratamiento
agresivo como la nutrición parenteral total (NPT), algunos programas de
cuidados paliativos no lo aceptarán ya que estos tratamientos se consideran
inútiles.
Y recuerda, ninguna decisión es definitiva. Puedes probar
un tratamiento y cambiar de opinión si la carga supera los beneficios. Intenta
tener claros tus objetivos y evalúa periódicamente si los estás logrando. Sobre
todo, recuerda que las últimas semanas de vida pueden ser un momento
maravilloso para crear recuerdos tanto para el paciente como para su familia. Ese
puede ser el alimento que más necesitamos todos.
EN RESUMEN Esperar que una
persona muera de una enfermedad terminal sin perder peso es tan ilógico como
esperar que una mujer dé a luz un bebé sano sin aumentar de peso.
12. TOMAR DECISIONES ÉTICAS
Imagina
a alguien que vive solo e insiste en que puede seguir así a pesar de sus preocupaciones
médicas o familiares. Rechaza todas las ofertas de ayuda. Los temores de amigos
y familiares sobre la seguridad y la atención adecuada aumentan, y el equipo
médico los comparte. El paciente, desconfiando de los desconocidos, rechaza
todos los intentos de contratar a alguien para supervisar la seguridad y
brindar atención en el hogar.
O pensemos en un fumador que se niega a dejar de fumar
cuando está solo, a pesar de quedarse dormido repetidamente con el cigarrillo
encendido como se demuestra por las marcas de quemaduras en la ropa de cama y
las alfombras. El problema de su seguridad se agrava porque a menudo
necesita oxígeno, que es altamente inflamable, y porque vive en un edificio de
apartamentos donde otros residentes también estarían en riesgo en caso de
incendio. Dado que el personal del paliativos está obligado a proteger la
confidencialidad del paciente, ¿es legal y ético que informen al administrador
del edificio sobre esta situación potencialmente peligrosa?
Surgen muchas decisiones y conflictos difíciles al
intentar satisfacer las necesidades especiales de los moribundos, respetando al
mismo tiempo sus derechos humanos. Lo que una persona considera
"correcto" o "mejor" para todos los involucrados puede
diferir sustancialmente de las decisiones que tomarían otros. El paciente,
familia, amigos y el equipo médico pueden entrar en conflicto. Los familiares
pueden volverse antagonistas y discutidores, y si los conflictos no se
resuelven las relaciones pueden dañarse permanentemente. Todo esto añade tensión
a una situación ya de por sí compleja y dolorosa.
Algunas cuestiones típicas del final de la vida incluyen
cuándo utilizar o suspender la nutrición artificial (alimentación por sonda) y
la hidratación (IV), si solicitar o rechazar la RCP, la elección de atención
del paciente frente a los deseos de la familia, la elección entre atención
curativa o cuidados paliativos, las violaciones de la confidencialidad del
paciente o la familia, y la competencia mental del paciente y la capacidad de
tomar decisiones frente a la necesidad de designar a un tomador de decisiones
legal.
¿Qué pueden hacer pacientes y familiares ante opiniones
divergentes o conflictos aparentemente irresolubles? ¿Cómo pueden encontrar
soluciones viables y éticas a problemas tan complejos?
Comités de Ética.
Los pacientes y sus familias a menudo desconocen que la
mayoría de los centros médicos cuentan con un comité de ética a su disposición,
así como al personal médico. Estos comités suelen ser multidisciplinarios y se
basan en la experiencia de médicos, enfermeras, trabajadores sociales,
capellanes y abogados, quienes ofrecen su tiempo voluntariamente. La gran
ventaja de esta combinación reside en que los conocimientos, las habilidades y
la experiencia del grupo proporcionan una base integral para tomar decisiones
acertadas. Toda la información se mantiene en estricta confidencialidad.
Cualquier persona puede contactar al comité y solicitar
una consulta ética. Los representantes del comité pueden visitar al paciente,
revisar su historial clínico y entrevistar a los involucrados. El comité
recomienda soluciones que aborden las dimensiones éticas, morales y prácticas
del problema, respetando las creencias y valores del paciente y su familia, y
ajustándose a las buenas prácticas legales y médicas. Las recomendaciones de un
comité de ética no son vinculantes. El paciente y/o su familia tienen el
derecho, en última instancia, de aceptar o rechazar dicho consejo.
Este valioso recurso está ampliamente disponible. La
mayoría de los hospitales, centros de paliativos y otros centros de salud
cuentan con sus propios comités de ética. Algunos centros más pequeños
consultan con centros más grandes según sea necesario. Por ejemplo, un pequeño
programa de paliativos rural puede solicitar apoyo al comité de ética de un
programa vecino más grande, o a su organización estatal de paliativos.
Independientemente del centro donde se encuentre, un comité de ética es una
asamblea neutral de voluntarios. No deben ser leales a una institución
excluyendo a otras ya que, de hacerlo, en sí mismo se consideraría una práctica
profesional poco ética y cuestionable.
Cada situación se examina utilizando los siguientes
principios básicos de toma de decisiones éticas: autonomía, beneficio, perjuicio
y justicia.
Autonomía
El principio de autonomía implica el deber de reconocer y
respetar el derecho de toda persona a la autodeterminación mientras sea
mentalmente competente. A continuación, se presentan algunos ejemplos
relacionados con este principio.
·
Paciente solitario acumula papeles y otros objetos,
apilándolos hasta el techo. Solo los estrechos pasillos que llevan al baño, el
refrigerador, la puerta principal y la cama están abiertos. La familia está
preocupada por las cucarachas y las ratas. El personal del paliativos teme la
exposición a gérmenes que podrían transmitirse al siguiente paciente. Todos
están preocupados por el fuego.
·
Paciente de cuarenta y cinco años diagnosticado con una
enfermedad terminal rechaza todo tipo de tratamiento, aunque la familia cree
firmemente que es posible una mejoría o una curación.
·
Los padres de un niño de seis años con leucemia se niegan
a buscar atención médica o transfusiones de sangre para su hijo porque estos
tratamientos contradicen las creencias religiosas de la familia. Otros
familiares temen que el niño muera innecesariamente sin la atención
recomendada.
Beneficio.
El principio de beneficencia implica el deber de promover
el bien del paciente y de los demás. Los beneficios de cualquier acción deben
ser mayores que las cargas.
·
Un cuidador está seguro de que la nutrición artificial
administrada por sonda nasogástrica restaurará la salud de un paciente
terminal. Sin embargo, los médicos y enfermeras del paciente advierten que este
tratamiento debe suspenderse porque el cuerpo del paciente, gravemente
debilitado, ya no puede tolerar la sobrecarga de líquidos. Por amor al paciente
y negándose a aceptar la inminencia de la muerte, el cuidador también ignora
las advertencias del equipo médico de que los alimentos están siendo aspirados
(llevan por el esófago y son inhalados por la tráquea hasta los pulmones). A
pesar de las buenas intenciones del cuidador, esto puede causar una neumonía
persistente y potencialmente mortal. El comité de ética podría cuestionar a
quién se están satisfaciendo las necesidades: las del paciente o las del
cuidador.
·
Los hijos adultos trasladan a su madre de la residencia
de ancianos contra su voluntad a una residencia más cercana al trabajo para
poder visitarla con más frecuencia. Echa de menos a sus amigos y la atención
que recibía en la antigua residencia, y aunque quiere mucho a sus hijos, quiere
volver. Prefiere que conduzcan los cuarenta y cinco minutos extra para verla,
sobre todo porque solo la visitan una vez por semana. El comité de ética podría
preguntarse a quién se está priorizando la comodidad.
Perjuicio
El principio de perjudica implica el deber de no infligir
mal o daño a paciente alguni, ni permitir que se lo inflijan.
·
Las enfermeras del hospital se sienten incómodas
administrando las altas dosis de narcóticos prescritas para el dolor terminal
de un drogadicto. Temen que las altas dosis prescritas puedan causarle daño
físico y que, al medicarlo, faciliten su conducta ilegal. Sin embargo, un buen
control de los síntomas exige que se atiendan las necesidades de la adicción antes
de administrar medicación adicional para el control del dolor. Las
enfermeras plantean este dilema a su comité de ética: ¿cómo gestiona un
profesional clínico un conflicto entre la ética personal y la profesional?
·
Un joven padre moribundo ha dicho muchas veces:
"Quiero morir en casa". Sin embargo, a medida que pierde la
consciencia y se acerca a la muerte, el tumor en su cuello corre el riesgo de
erosionar su arteria carótida, lo que causaría una hemorragia grave y
abundante. ¿No quedarían traumatizados sus tres hijos pequeños al presenciar
tanta sangre? La esposa necesita ayuda para decidir qué necesidades son más
importantes: las del paciente o las de los niños.
Justicia
El principio de justicia implica el deber de brindar
atención y bienestar a todos los pacientes de forma justa, equitativa y legal.
Este principio también abarca los casos en que lo mejor para el paciente puede
no ser lo mejor para la sociedad en su conjunto.
·
Un paciente, ejerciendo su derecho a la confidencialidad,
insiste en que no se diga a sus amigos cercanos y familiares que lo
cuidan que es VIH positivo por temor al rechazo, discriminación y abandono. Al
equipo médico le preocupa que, sin esta información, sus amigos no se den
cuenta de que están expuestos a esta enfermedad potencialmente mortal y que los
cuidadores no tomen las precauciones necesarias para protegerse. ¿Se puede
violar la confidencialidad del paciente para proteger la seguridad de los
demás?
De todos los casos presentados ante los comités de ética,
los problemas con la justicia son los menos frecuentes, principalmente porque
la mayoría de las instituciones ya tienen políticas establecidas para abordar
el tratamiento justo e igualitario de los pacientes independientemente de su
género, edad, raza, etnia, creencias religiosas o preferencia sexual.
Otros principios
éticos
El razonamiento ético es un proceso dinámico, y muchos
otros valores pueden sopesarse y equilibrarse junto con los principios
fundamentales. Estos incluyen la santidad de la vida, la calidad
de vida, la veracidad (el deber de decir la verdad), la fidelidad
(el deber de cumplir la promesa o palabra), la reparación (el deber de
corregir un error), la confidencialidad (respetar la privacidad del
paciente y su familia) y la utilidad (el mayor bien o el menor daño
para el mayor número de personas).
Ética organizacional
La mayoría de los hospitales, agencias de atención médica
domiciliaria, paliativos y otros centros médicos dedican un gran esfuerzo a
desarrollar una declaración de misión: un documento, de fácil acceso para el
público, que guía a la organización en su práctica y garantiza su dedicación a
brindar atención de la más alta calidad. Una organización verdaderamente ética
también está dispuesta a vigilar constantemente sus prácticas comerciales y a
garantizar que sean fieles a su declaración de misión.
En el mundo actual de atención médica administrada y la
pérdida de confianza pública, vemos a diario cómo grandes corporaciones se ven
derribadas por prácticas ilegales y poco éticas. Nuestros proveedores de
atención médica deben estar dispuestos a exigirse un estándar más alto. Si
algún paciente, familiar o empleado tiene inquietudes sobre el incumplimiento
de la misión de una organización, debe poder presentar sus inquietudes ante el
comité de ética de la organización.
EN RESUMEN La ética nos guía para hacer lo correcto. Los
expertos pueden ayudarnos a determinar el curso de acción ético en cualquier
situación.
PARTE III
COMPARTIENDO EL VIAJE
13. “TE AMO, MAMÁ, Y QUIERO AYUDAR ¡PERO NO ME MUDARÉ A MIAMI!”
¿Cuánto debes pagar emocional,
física y financieramente para demostrar, y demostrarte, que eres un ser amoroso?
¿Deberías dejar tu trabajo y asumir el papel de cuidador el 100 por ciento del
tiempo? Si solo puedes ayudar los fines de semana porque tienes niños pequeños
en casa y un trabajo que debes mantener, ¿significa eso que solo amas a tu
madre un 30 por ciento? Si tu hermana está presente más que tú, ¿es mejor hija
que tú? Si eres la cuidadora, ¿debes cambiar todos los pañales de tu madre si
tiene incontinencia? ¿O siquiera cambiar alguno? ¿Puedes amar a tu madre sin
bañarla? ¿Cuánto debes cansarte para demostrar tu devoción?
Estas son preguntas difíciles. Cuando un ser querido está
muriendo el cuidado que brindas nunca parece suficiente. Es normal
sentirse inadecuado. Todo cuidador lo siente en cierta medida, lo reconozca o
no. A menudo, estos sentimientos ocultan el verdadero problema: pronto perderás
al ser querido, te sientes impotente y ya estás de duelo por esa pérdida anticipada.
Este llamado duelo anticipado (duelo por lo que viene), no significa
que estés brindando cuidados inadecuados.
Cuidar a una persona moribunda puede ser, y a menudo es,
una experiencia poderosa y tierna. Una hija me dijo una vez: «Es el trabajo más
difícil que he amado. No lo habría cambiado ni un minuto, aunque fue difícil y
triste. Mi madre y yo teníamos una buena relación y terminó de la mejor manera
posible. Siento que nuestras vidas se enriquecieron gracias al tiempo que
pasamos juntas en esos últimos meses de su vida».
Poder decir, como hizo esta hija, que no cambiarías ni un
minuto de la experiencia es una meta maravillosa. Pero existen muchos desafíos
en el camino hacia esa meta, y uno de los más desalentadores es que la
personalidad y rasgos de carácter de las personas se acentúan a medida que
mueren.
Como suelo decir a las familias con las que trabajo, las
personas generalmente mueren como viven. Las personas tranquilas suelen
volverse más silenciosas, las cariñosas muestran mayor preocupación por quienes
las rodean, y las ocupadas se vuelven más ocupadas, aunque solo sea en sueños.
Las controladoras a menudo intentan mantener el control, sobre todo cuando sus
cuerpos les fallan, exigiendo con frecuencia, aparentemente
desproporcionadamente, el tiempo y la paciencia del cuidador. Las personas
enojadas pueden volverse más bruscas y difíciles. Cuando el cuidador,
comprensiblemente, se frustra o se impacienta ese sentimiento se transforma
rápidamente en culpa.
A medida que avanzamos en la vida nuestros patrones de
comportamiento y reacciones se convierten en las muletas personalizadas que nos
sostienen en momentos de tensión. Estas muletas se fortalecen con la tensión, a
veces hasta diez veces más. Si te preguntas: "¿Cómo reaccionó esta persona
a la tensión en el pasado, cuando estaba sana?", podrás anticipar lo que
te espera. Una vez que hayas identificado su forma de afrontarla e imaginado
multiplicada por diez, podrás liberarte de la sensación de culpa por las
conductas del paciente y, por lo tanto, sentirte menos desconcertado, incluso
enojado o herido.
También es útil recordar que los cambios físicos pueden
contribuir a cambios mentales y emocionales. La disminución de la función
hepática o renal provoca la acumulación de toxinas, lo que produce un
comportamiento impredecible. La propagación de enfermedades al cerebro puede
afectar todos los aspectos de la personalidad. Cuando los pulmones dejan de
suministrar suficiente oxígeno al cerebro el paciente puede experimentar
confusión y ansiedad, entre otras dificultades. Lo mismo puede ocurrir con un
desequilibrio en los fluidos corporales, la química sanguínea o los
electrolitos. La demencia y las enfermedades mentales pueden empeorar
drásticamente.
El seguimiento profesional regular es esencial para ayudarte
a anticipar y planificar estos cambios incluso antes de que ocurran, y también
para brindarle orientación para gestionarlos antes de que se vuelvan
inmanejables. Como mínimo, el apoyo profesional puede ayudarte a comprender por
qué el paciente puede estar comportándose de manera tan diferente y aliviar lo
que, de otro modo, podría parecer una carga insoportable.
Cómo saber cuándo es suficiente
Morir de una enfermedad terminal no suele ser un
acontecimiento momentáneo, como encender la luz. Es una serie de pérdidas, a
saber: de nuestro papel habitual en la familia y en el trabajo; de muchos
placeres de la vida como jugar al golf y viajar; de funciones físicas y, a
veces, de capacidades mentales. Es muy difícil paral moribundo renunciar a
tanto, y es muy duro para familia y amigos presenciar este proceso.
Y así, los deseos de una persona moribunda pueden llegar
a parecer más importantes que nuestras necesidades simplemente porque nos
asombra el hecho de que la persona esté muriendo. Nos cuesta satisfacer esos
deseos incluso cuando anulan la lógica básica.
Un cuidador podría decir: «Sé que quedarse sola en casa
no es la mejor opción para mamá, pero es lo que ella quiere», o, «Tiene miedo
de estar solo y no deja que nadie se quede con él excepto yo. Me estoy agotando
pero es lo que él quiere, así que supongo que debería hacerlo».
Aunque suelen sentirse cómodos estableciendo límites
razonables, a las personas cariñosas les suele resultar difícil negarse a los
deseos de alguien cuya vida está limitada. Hacerlo se siente como una traición
al paciente y a su amor por él. Se siente irresponsable e insensible.
Si se enfrenta a un problema así, plantéese cuatro
preguntas:
1. ¿El paciente
piensa con claridad? ¿Le habría pedido esto el moribundo estando sano?
2. ¿Es razonable la
solicitud? ¿Sería razonable si la persona estuviera enferma, pero no moribunda?
3. ¿Es posible
cumplir los deseos del paciente?
4. ¿Es seguro?
Si las respuestas a las cuatro preguntas son afirmativas,
considere responder a la solicitud. Si no, reevalúe la situación y establezca
límites adecuados. Los límites razonables definen el amor y la justicia. Si el
cuidador se desmorona, todo se desmorona. Entonces, el paciente no tendrá
ninguna opción. Es importante que los cuidadores se cuiden. No tiene que
sacrificarse porque un ser querido esté muriendo.
LAURA
La madre de Laura, la señora Arete, de
noventa y cinco años, agonizaba lentamente a causa de una enfermedad
respiratoria crónica. Se había mudado a una residencia de ancianos dos años
antes pero insistía en que Laura la visitara cinco veces por semana. Esto era
una gran carga para Laura ya que estaba haciéndose mayor y mantenía una agenda
de trabajo apretada para mantener a su familia. Visitar a Arete implicaba un
viaje en taxi a la ciudad y dos líneas de tren hasta un suburbio lejano. Pero
Laura sentía que no tenía otra opción: su madre la necesitaba y no estaría
mucho más tiempo con ella. Laura quería mucho a su madre y se sentía culpable
los días que no podía visitarla. A esos sentimientos pronto le siguieron el
resentimiento y la frustración.
Un día, mientras Laura reflexionaba sobre esto se dio
cuenta de que lo que Arete realmente necesitaba era más atención
individualizada y una cara conocida. Así que los días que Laura no podía hacer
el largo viaje contrataba a una de las jóvenes auxiliares de la residencia para
que la visitara una hora después de terminar su turno. La joven auxiliar estaba
deseando trabajar más y podía informarla a diario sobre el progreso de su
madre. Esta medida redujo drásticamente la intensidad de las exigencias de Arete
e hizo que el tiempo que Laura pasaba con su madre fuera mucho más
gratificante y con menos resentimiento para ella.
Obtenga ayuda, tanta y tan a menudo como pueda.
Es razonable, si se puede, contar con una agencia buena,
autorizada y acreditada que te ayude a encontrar la ayuda que necesitas. Es
realmente demasiado para resolverlo solo. Si el moribundo cuenta con tu apoyo
emocional, asegúrate de tener la energía para brindárselo. Hay personal
capacitado disponible para ayudar con la atención directa, pero tu presencia
como familiar o amigo cariñoso es algo que solo tú puedes brindar. Busca ayuda
también con otras áreas como la jardinería y la compra. Así, en lugar de agotarte
o frustrarte tendrás tiempo para sentarse con tu ser querido y disfrutar de
buenos recuerdos. Estos recuerdos ayudan al moribundo a reflexionar sobre su
vida de forma positiva y pueden aliviar significativamente su duelo, tanto
ahora como en el futuro.
Participé activamente en el cuidado de mi padre, mi tío y
mi madre mientras morían, pero en cada caso el grado de participación varió
según la situación y las necesidades de mi
familia. Mis hijos eran pequeños cuando falleció mi padre, y mis padres
vivían en la región vecina. Mi madre era la principal cuidadora de mi padre, y
yo ayudaba los fines de semana, cuando mi padre cuidaba de mis hijos. Mi madre
contrató a Sela, una maravillosa auxiliar de salud a domicilio a tiempo
parcial, para el cuidado personal de mi padre. Esta ayuda adicional hizo que el
cuidado de mi padre fuera más llevadero para mi madre y para mí. Tuvimos la
libertad de estar con él emocionalmente como esposa e hija amorosas.
Cuando mi tío, que vivía solo, se moría a mucha
distancia, yo escribía "Regalos Finales" y mis hijos estaban
en la universidad. Mi madre, mi ordenador y yo nos mudamos con él durante los
dos últimos meses de su vida. El paliativos local le asignó un auxiliar de
salud a domicilio para que lo ayudara regularmente con el baño y otros cuidados
personales. Este apoyo permitió a mi madre y a mí estar con mi tío y
concentrarnos en el trabajo emocional y espiritual que todos necesitábamos
hacer para terminar esta larga y amorosa relación.
Para cuando mi madre se volvió frágil y enfermó a los
noventa y tres años, mis hijos ya eran jóvenes adultos independientes. Tenía un
trabajo de tiempo completo, así que encontré a una maravillosa auxiliar de
salud a domicilio, Telma, que trabajaba para nosotros cuarenta horas a la
semana proporcionándole la mayor parte de los cuidados. Cuando se hizo evidente
que mi madre estaba muriendo, me concedieron una baja médica familiar y me mudé
a su apartamento. Para mi deleite y asombro, sin que nadie me lo pidiera, mi
hijo, mi hija y mi yerno también lo hicieron, trayendo cada uno un saco de
dormir. Todos colaboramos y la cuidamos hasta que falleció tres semanas
después. Esto es lo que yo llamo "día de pago para padres", no solo
por ella, sino también por mí: estaba agradecida y orgullosa de mis hijos.
Murió en paz con todos nosotros alrededor de su cama.
No sentía que mi amor como hija o sobrina se midiera por
mi agotamiento ni por la cantidad de pañales que cambiaba. Sí sentía que mi
principal responsabilidad era con mi familia, y eso seguía siendo primordial a
pesar de que mis padres y mi tío estaban muriendo.
Ser enfermera de cuidados paliativos me ha enseñado una
lección clave para superar este desafío de la vida: buscar toda la ayuda
posible, lo antes posible y durante el mayor tiempo posible. Quería tanto
a mis padres y a mi tío que me aseguré de que sus necesidades de cuidado fueran
atendidas con los mejores recursos disponibles y lo mejor que pude.
Personalmente, estuve con ellos e hice todo lo que pude, dadas las limitaciones
de las necesidades de mi familia. Y no
cambiaría esos "trabajos más difíciles que he amado" por nada del
mundo.
Claro que fue una suerte para nosotros contar con el
dinero para contratar ayuda. Muchas familias asumen que no pueden permitirse
este lujo, pero quizá desconozcan posibles recursos financieros, como pedir
prestado con una póliza de seguro de vida o usar una hipoteca inversa para
acceder a parte del valor de la casa del moribundo. Ayudarle a encontrar a las
personas adecuadas (un abogado, un planificador financiero y un representante
de la compañía de seguros) y a aprovechar al máximo algunos beneficios como, en
el caso de Estados Unidos, Medicare y
Medicaid es otra función importante del trabajador social de su paliativos u
hospital. Si no cuenta con el apoyo de una organización como un paliativos,
¿puede hacerlo todo usted mismo? Claro que sí, pero es más difícil y requiere
más tiempo si no cuenta con ayuda profesional.
En España existe la Estrategia en Cuidados
paliativos que tiene una serie de estudios y recursos posibles sobre este tema,
con guías de prácticas clínicas en diversos campos de aplicación del sistema
nacional de salud, además de existir asociaciones, como la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL), que proporcionan tanto
información como ayuda.
Muchas personas ahorran diligentemente para imprevistos,
pero luego se resisten a gastar ese dinero en la atención que necesitan al
morir. A menudo creen que dejar algo a sus hijos en su testamento es una medida
importante de éxito en la vida. Sin embargo, la muerte es el
imprevisto para el que han ahorrado. Ayude al moribundo a comprender que el
mejor regalo para sus hijos es el buen ejemplo de planificación, la
disponibilidad de recursos y la sensatez de usarlos cuando los necesiten, para
no sobrecargar a familiares y amigos. Poder pagar por la ayuda para el cuidado
personal permite a la familia participar en las tareas más importantes del
cuidado emocional y espiritual. Prepararse con anticipación para esto es un
verdadero legado de amor.
EN RESUMEN No se debe sacrificar
a nadie por la muerte de otro. Busca toda la ayuda posible, lo antes posible y
durante el mayor tiempo posible.
14. ESCUCHA A TU CUERPO.
Si quieres observar a las personas que
realmente están en sintonía con sus necesidades observa a los bebés y niños
pequeños. Se duermen cuando están cansados, incluso en medio del suelo de la
sala durante una fiesta. Se despiertan cuando han descansado. Lloran cuando les
duele y paran cuando el dolor se calma. Comen cuando tienen hambre y paran
cuando están llenos.
Esta respuesta sin trabas a las necesidades de su cuerpo
empieza a cambiar cuando les enseñamos a retrasar, pasar por alto e ignorar las
señales del cuerpo. Les enseñamos a ir al baño, les ponemos a dormir la siesta
cuando nosotros estamos cansados y les damos de comer cuando
claramente no quieren. Empiezan a aprender a reaccionar a la conveniencia,
necesidades y expectativas de los demás en lugar de a las suyas.
Al madurar nos volvemos expertos en la negación. Un reloj
nos despierta bruscamente por la mañana. Tenemos prisa, así que nos saltamos el
desayuno. La cafeína, no las proteínas, es el combustible que esperamos para
arrancar motores. Comemos lo que caiga y cenamos copiosa y abundantemente. La
hora de dormir llega solo después de terminar las tareas o ver la película de
la semana; a menudo demasiado tarde como para dormir lo suficiente antes de que
el despertador nos despierte de nuevo y el ciclo se repita.
Cuando alguien a quien cuidamos está enfermo debemos
reconocer la enfermedad como una tensión para el cuerpo: una carga extra, un
campo de batalla. Durante esta batalla el cuerpo no deja de hablar: «Estoy
débil, no me presiones. Déjame descansar un rato para intentar recuperar
fuerzas. Estoy gastando toda mi energía en luchar contra esta enfermedad y su
ataque a mi cuerpo. Déjame descansar a menudo».
Piensa en la energía como si fuera una modesta cuenta de
ahorros en el banco. Cada uso de ella es un retiro de fondos. Los depósitos de
energía son escasos y pequeños, generalmente resultado del descanso. Si
seguimos retirando fondos sin compensar eso con depositar numerario la cuenta
se agotará rápidamente. Por lo tanto, es lógico que el enfermo gaste su pequeña
cantidad de energía sabiamente. Esto incluye descansar antes de una visita
importante, usar silla de ruedas para ir del coche a la consulta del médico en
lugar de caminar, y alternar actividades con periodos de descanso. Superar el
dolor puede funcionar cuando se entrena para los Juegos Olímpicos, pero no
cuando se está gravemente enfermo.
Escuchar el cuerpo es fundamental para el paciente y
también para el cuidador. Estos últimos pueden pasar por alto fácilmente sus
propias necesidades. Cuidar a una persona gravemente enferma suele ser agotador
y estresante. Puede debilitarte y llevarte a enfermar fácilmente . El tensión
tiene ese efecto.
No dudes en cambiar el mensaje en el teléfono para que
diga algo así como: "Desconectamos el teléfono cuando descansamos. Por
favor, deja tu mensaje y te llamaremos más tarde". Duerme cuando el
paciente duerme. Los cuidadores a menudo ignoran las primeras señales de alerta
de su enfermedad porque están exhaustos y totalmente concentrados en la persona
que cuidan. Las personas al final de su vida a menudo me cuentan lo ansiosas y
culpables que se sienten al ver a su cuidador desmoronarse.
Con demasiada frecuencia he visto dos ambulancias llegar
a la casa de un paciente: una para éste y otra para el cuidador. A menudo digo
a familias y amigos que realizan la heroica labor de cuidar a los moribundos:
«Solo permito un paciente por domicilio». Se ríen, pero lo entienden.
ESTEBAN.
Esteban era muy querido tanto por animales de dos como de
cuatro patas. Era hombre brillante, dirigía una clínica veterinaria de éxito y
enseñaba y escribía artículos sobre su especialidad. También era bondadoso, un
hombre que se entregó con generosidad hasta que un tumor cerebral maligno lo
atacó a los cuarenta años. El tumor creció rápidamente y para cuando lo conocí,
junto con su adorada esposa, Dueña, el tumor le había privado del uso de las
piernas y casi por completo del habla.
Como no querían aceptar lo que representaban los paliativos
antes de lo absolutamente necesario se las habían arreglado de alguna manera,
pero me costaba entender cómo. Dueña estaba claramente agotada como
evidenciaban las profundas ojeras bajo sus hermosos ojos oscuros.
Todos los días sacaba a Esteban de la cama y lo llevaba
al baño, donde lo lavaba y afeitaba. Luego lo vestía. Esteban era pesado, tenía
el cuerpo hinchado por los tratamientos y no tenía la coordinación necesaria
para ayudar a Dueña a meterle las piernas en los pantalones, ni los brazos en
las camisas. Después de vestirlo con ropa cómoda pero elegante lo sacaba a la
terraza en silla de ruedas, aunque solo podía sentarse apoyado en almohadas.
Para cuando llegaba allí, torpemente apoyado, la mañana casi había terminado y
él también estaba exhausto por todo el esfuerzo y la actividad.
Dueña me dijo en nuestra primera reunión que estaba
dedicada a "mantener la vida lo más normal posible" para su esposo.
Pero la realidad era que su esposo era un hombre joven que iba a morir pronto.
Mantener valientemente una apariencia de normalidad estaba agotando a ambos
.
Una mañana, como de costumbre, entré por el garaje para
mi visita quincenal y me quedé sin aliento al entrar en la sala, que se había
convertido en el dormitorio de Esteban. Dueña forcejeaba, con la cara roja, y apenas lograba sostenerlo con un fuerte
abrazo mientras intentaba moverlo de la cama a la silla de ruedas. Ambos
estuvieron a punto de tropezar con los reposapiés de la silla de ruedas y caer
al suelo. Esteban miraba con los ojos muy abiertos, aterrorizado, mientras ella
se aferraba a él. Corrí a ayudarlos y quedé atónita por lo pesado que estaba
Esteban. "Tenemos que volver a ponerlo en la cama ahora mismo", dije.
De alguna manera lo logramos, pero ambas quedamos exhaustas y doloridas cuando terminamos. La
miré y vi que estaba claramente abrumada y asustada por la experiencia.
“Escucha”, intenté animar el ambiente. “¡Recuerda mi
regla: un paciente por domicilio!”. Mis bromas provocaron una sonrisa cansada.
"Tenemos que hablar de esto", advertí. Nos
sentamos a cada lado de la cama de Esteban y cada una le tomó una mano. Me miró
con urgencia, con mirada que decía: "haz algo". Miré a
Esteban y le dije: "Pareces asustado". Nos apretó las manos a ambos
(su señal de sí, pues ya no podía hablar) muy fuerte. "¿Tuviste miedo de
caer?". De nuevo un apretón fuerte. Le miré a los ojos. Claramente había
algo más. "¿Y miedo de que Dueña también saliera herida?". Nos apretó
las manos una y otra vez mientras empezaba a sollozar. A Dueña se le llenaron
los ojos de lágrimas. "Cariño", dijo a Esteban, "solo intentaba
que tu vida fuera lo más normal posible". Hizo una pausa. "Supongo
que aún no estoy lista para que estés en la cama todo el tiempo". Apoyó la
cabeza en sus muslos y todos lloramos mientras él le acariciaba la cabeza con ternura,
una y otra vez. No encontré pañuelos así que cogí un rollo de papel higiénico
del baño y enseguida nos reímos entre lágrimas mientras nos lo pasábamos.
“¡Bien, es hora de un nuevo plan!”, anuncié. “Hoy
descubrimos que debemos adaptarnos a las habilidades de Esteban en lugar de
esperar que cumpla nuestras expectativas. ¿Cierto?” Él hizo un gesto de
aprobación con el pulgar.
“Solicitaré más ayuda de atención médica a domicilio”. Quizás
los voluntarios puedan subirlo de vez en cuando a una silla de ruedas
reclinable, pero desde ahora mismo tenemos que escuchar mejor lo que dicen vuestros
cuerpos. Dueña, nunca más
deberías intentar hacer lo que hiciste esta mañana. ¿Verdad, Esteban?” Levantó
los pulgares por partida doble, esta vez con una gran sonrisa.
EN RESUMEN Presta atención a lo
que tu cuerpo te dice; tendrás claro qué necesita y qué puede tolerar. Respeta
esos mensajes.
15. FAMILIA DE NACIMIENTO, FAMILIA DE
ELECCIÓN
En más de un cuarto de siglo visitando
hogares como enfermera de cuidados paliativos he presenciado cambios profundos
en el concepto de familia. Para muchos, la idea de los años cincuenta de
familias numerosas, cariñosas y comprometidas ha desaparecido. En caso de
crisis una sola llamada telefónica reunía toda la ayuda y el apoyo necesarios.
Los padres ancianos solían vivir con sus hijos adultos, el esposo atendía a su
esposa, la tía estaba siempre disponible para su sobrina y los padres cuidaban
de sus hijos.
Puede que nuestros corazones aún deseen esto,
particularmente cuando estamos en crisis, pero el mundo de hoy no es propicia
para familias con gran número de personas, y ello por muchas razones.
Hoy las parejas
homosexuales adoptan y crían niños, los abuelos crían a sus nietos, madres
solteras trabajan o viven con otras madres solteras para ayudar a aliviar las
cargas de cada una y hombres y mujeres solteros viven solos pero tienen una
“familia” de amigos.
Donde antes los familiares asumían inmediatamente la
responsabilidad de un ser querido enfermo, hoy muchas personas se enfrentan al
dilema de recurrir a desconocidos para que las ayuden, o dependen de conocidos
o familiares con quienes nunca han tenido una relación cercana. Esto parece
contradecir todas sus nociones de independencia y probablemente sea la píldora
más difícil de tragar para muchas personas, especialmente para quienes son
independientes o introvertidas.
Además, muchas personas mayores temen que su fragilidad
las haga vulnerables al robo o al abuso, por lo que se resisten a pedir o
contratar ayuda, incluso para tareas rutinarias como la jardinería. Este mismo
temor lleva a muchos a optar por el autocuidado hasta el último momento,
incluso si eso implica comprometer su seguridad o calidad de vida.
Por otro lado, nuestro concepto cambiante de familia
también nos permite ampliar la experiencia que tendremos en la última etapa de
nuestras vidas. Si la "familia" ahora incluye a nuestros mejores
amigos y compañeros de trabajo, vecinos y feligreses es posible permitir que la
familia que hemos elegido desempeñe un papel activo y participativo en nuestro
cuidado.
La persona enferma o moribunda puede darse el permiso de
aceptar la ayuda de otros y amigos cuidadores pueden unirse para formar una
nueva familia responsable y amorosa brindando una experiencia tan profunda,
enriquecedora y vital como la de cualquier familia consanguínea.
JUANA
Juana había sido mujer independiente toda la vida.
Mientras servía en el ejército, con el grado de coronel y desempeñando su
puesto de compras, obtuvo un doctorado en ingeniería y administración de
empresas. Al retirarse del ejército fundó una exitosa empresa constructora en
Florida, desafiando con valentía los estereotipos de sexo. Construyó su casa y, justo al lado, un hogar confortable
para su hermana, que luchaba contra el cáncer de colon. Sus días estaban llenos
de responsabilidades laborales, su papel como madre responsable de su círculo
de amigos cercanos, y el cuidado de su hermana. Pero ignoró las señales
preocupantes de su propio cuerpo.
Lo que empezó como una tos irritante empeoró hasta convertirse
en una dificultad respiratoria persistente. De vez en cuando tosía sangre. Juana
había sido cuidadora toda su vida, sumamente independiente y siempre sana y
activa. En lugar de quejarse o investigar sus síntomas los ignoró hasta el día
en que su hermana la arrastró a la consulta del médico.
Sus amigos se habían preocupado por ella durante tanto
tiempo que nadie, excepto Juana, se sorprendió terriblemente cuando le
diagnosticaron cáncer de pulmón. Sin embargo, su breve pronóstico de vida, de
unos tres meses, fue un golpe para todos. El médico le sugirió cuidados
paliativos pero Juana se negó porque quería quedarse cerca de su hermana y,
finalmente, morir en casa. Con su habitual estilo práctico y eficiente empezó a
organizar a cada uno de sus amigos para que desempeñara un papel específico en
su cuidado. El coronel estaba de nuevo al mando.
Se le otorgó un poder notarial médico y financiero
duradero a su mejor amiga, Tiaga. Otra la llevaba a sus citas médicas, una
tercera coordinaba las comidas que le proporcionaban muchos amigos, y otra se
encargaba del cuidado del jardín. La música siempre había sido una fuente de
alegría y consuelo para Juana, y ahora pedía al coro, con el que había cantado
durante tantos años, que la visitara de vez en cuando para entretenerla.
Con la misma eficiencia con la que hacía todo en su vida Juana
había logrado rápidamente que todas estas personas se reunieran y trabajaran
bien juntas, pero aún había algo que deseaba. Pidió a nuestra amiga en común, Diana,
una enfermera con doctorado que había servido junto a ella en el ejército, que la
cuidara. Los humanos tenemos una profunda necesidad de tener la seguridad de
que lo que hacemos es correcto, especialmente cuando se trata de algo que nunca
hemos hecho, y la presencia de Diana la haría sentir más segura.
Diana voló de Virginia a Florida en cuanto pudo. Entró en
la habitación de Juana con su habitual estilo imponente. Es imponente,
autoritaria, conocedora y amable, una combinación que la convierte en una
presencia poderosa. También es como una madre para sus amigas, un elemento
crucial, quizás, para completar el sentido de "familia" de Juana.
Diana miró a su alrededor, a los amigos cariñosos que
habían hecho ese turno, a los jarrones con flores frescas y las numerosas
tarjetas expuestas en una cómoda, y a Juana, que estaba cómodamente acurrucada
bajo varias capas de sábanas limpias. Dijo: «Juana, tienes mucha suerte de
tener amigos tan cariñosos. Es un testimonio de quién eres y de cómo has
influido en los demás. Estoy muy orgullosa de ti y de cómo lo están logrando
juntos. Ya has terminado tu trabajo, así que puedes relajarte y descansar». Esas
palabras fueron como si hubiera dado permiso a Juana para soltarse. Segura de
haberlo hecho todo bien, Juana comenzó a decaer rápidamente.
Los amigos de Juana se aseguraron de que estuviera cómoda
y de que hubiera dos personas con ella en todo momento. Al ver que la muerte se
acercaba todo el grupo de atención se reunió en su casa. Sus amigos rodearon su
cama y cantaron mientras moría. Los cánticos continuaron mientras la funeraria
la sacaba de casa.
Después del servicio, Tiaga, quien tenía poder notarial,
encontró una nota de Juana en su caja de seguridad. Agradecía a todos los
involucrados por el regalo de sus últimas semanas y continuaba con una
petición: "Ahora que todos trabajan juntos como una máquina bien
engrasada, ¿podrían brindarle su cariño a mi hermana?". Todos accedieron.
Como reconocieron entre sí, cuidar de Juana también había sido un regalo para
ellos.
Unas palabras para los hijos adultos
Los hijos adultos de personas mayores
a menudo no son plenamente conscientes del papel vital que desempeñan los
amigos en la vida de sus padres. Si han vivido lejos, o han estado algo
distanciados, puede que no comprendan la importancia que estos familiares no
familiares tienen paral moribundo. Es comprensible que el tiempo que les queda
con un padre moribundo se guarde celosamente, especialmente por quienes se
sienten culpables por no haber participado antes y que comprenden que esta es
su última oportunidad de reconciliación. Sin embargo, en mi experiencia, no es
raro que quienes antes descuidaban o ignoraban a sus padres ahora se abalancen
sobre ellos y usurpen sus últimos días negándoles la necesidad de despedirse de
sus queridos amigos.
Queridos hijos, sabed que la vida de vuestros padres no
se detuvo cuando os mudasteis para comenzar una nueva vida. Su nueva vida
también comenzó, y es posible que hayan añadido muchos queridos miembros a su
"familia". Las reconciliaciones familiares son, sin duda, una gran
prioridad pero honrad también a esas amistades nuevas y no neguéis a vuestros
padres, ni a sus amigos, la oportunidad de despedirse.
EN RESUMEN La conexión biológica
no es un requisito para tener una familia amorosa y cariñosa.
16. CÓMO PUEDEN AYUDAR LOS AMIGOS
El papel del amigo, para alguien que
está muriendo, es muy especial y tu presencia como tal puede significar mucho
para alguien en su última etapa de vida. Pero ¿cuál es la mejor manera de
ofrecer consuelo y apoyo? Primero, es útil intentar comprender lo que puede
estar sintiendo tu amigo moribundo. Puede que agradezca tu ayuda pero que
necesites participar en las decisiones sobre su cuidado diario. A veces, su
necesidad de independencia puede ser tan fuerte que tu amigo enfermo preferiría
comprometer su calidad de vida antes que depender de ti. Tu ayuda puede sentirse
como una carga o menoscabar su dignidad y orgullo. Por eso es importante no
insistir en brindarle cierto tipo de ayuda hasta que tengas más claras sus
necesidades.
Pero también es importante demostrar cuánto te importa y
no dejar que el miedo y el nerviosismo te impidan hacerlo. Esta puede ser una
experiencia inmensamente enriquecedora para ti también. Puede ayudarte a
disipar tus propios miedos a la muerte y al morir. He descubierto que la
mayoría de nosotros somos valientes por naturaleza, y lo que sabemos y
experimentamos en torno a la muerte suele ser menos aterrador de lo que
imaginábamos.
Aquí hay algunas instantáneas de mi álbum personal de
ayudar a los amigos.
CELEBRACIÓN
Nati tenía casi sesenta años cuando le diagnosticaron
esclerosis múltiple, un trastorno neurológico degenerativo e incurable que
progresaba rápidamente. La enfermedad comenzó con debilidad y torpeza en la
mano derecha. Pronto, mi vibrante y activa amiga tuvo dificultad para caminar y
fuertes calambres musculares. A pesar de lo frustrada que estaba su espíritu
fogoso se encendió en sus últimos días, unos años después.
Nati había sido diseñadora de interiores: era detallista
y creativa. Así que no me sorprendió que empezara a planear su fiesta de despedida con comida y carteles con
fotos de su familia y amigos. Había puesto especial cuidado en la elección de
las fotos, quizás porque al decaer su habla necesitaba expresarse visualmente.
“Mis amigos son muy importantes para mí”, dijo con la
ayuda de un amplificador de voz. “La familia es algo natural, pero mis amigos
representan las decisiones que he tomado. Quiero que celebren mi vida conmigo”.
Sus amigas hicieron precisamente eso: coordinaron la comida
para la fiesta, prepararon ramos coloridos y mandaron imprimir las imágenes
favoritas de Nati. Nunca olvidaré la mejor foto de todas: Nati en su silla de
ruedas, rodeada de sus amigas, todas riendo y charlando animadamente mientras
recordaban una foto tras otra, disfrutando de la rica vida que habían
compartido.
HACIENDO UN
INVENTARIO
Quique era militar retirado y lo único que deseaba era
tener a alguien que lo escuchara. A sus ochenta y un años, había luchado con
orgullo en ambas guerras mundiales y le encantaba enseñarme sobre la historia
militar y lo que los soldados tuvieron que soportar. También me habló del
cielo, un lugar de paz donde era posible reunirse.
“Será un placer volver a ver a mi viejo amigo Al”, dijo.
“Y a mi pobre madre… la verdad es que no tuvo una vida fácil. ¡Espero que ahora
esté disfrutando mucho!”. Tenía la clara sensación de que el amor era inmortal,
y esperaba sentir esa alegría.
Las personas moribundas a menudo parecen sentir que la
muerte no es el final. Una y otra vez he visto a personas cercanas a la muerte
alegrarse en estos reencuentros, invisibles para nosotros: madres abrazan a sus
bebés perdidos por abortos espontáneos o muerte prematura, esposos abrazan de
nuevo a sus esposas. Las personas rara vez sufren angustia al morir, ni suelen hacerlo
con miedo. Cuando está cercana la muerte suelen haber alcanzado un estado
emocional de aceptación y realmente desean seguir adelante hacia lo
que les espera. He visto a mis pacientes darse cuenta de que no están solos en
este viaje y, eso en particular, ha cambiado mi vida.
He aprendido que la mayoría de los moribundos desean
compartir lo que han aprendido tanto en la vida como en el proceso de morir. A
menudo desean que nos demos cuenta de lo valiosa que es la vida. Quieren ayudarnos
a desmitificar el camino y a eliminar parte del miedo. Finalmente, buscan la
confirmación de que su vida fue importante para quienes se cruzaron en su
camino y que su presencia marcó una diferencia. Es nuestra responsabilidad no
solo atender sus las necesidades físicas sino, también, recibir, apreciar y
validar su sabiduría.
Este tipo de apertura y receptividad es particularmente
importante en presencia de alguien que está al final de su vida. Es natural
sentir que no sabemos qué hacer o decir. “Qué terrible es esto”,
pensamos. “Ojalá pudiera decir o hacer algo para mejorarlo”.
Desafortunadamente, por miedo a hacer o decir algo incorrecto, tendemos a
aislarnos y no hacer nada. A menudo, basta con escuchar. Nuestra presencia
puede ser suficiente. Pero aislarse puede herir y aislar al moribundo, incluso
si nuestras intenciones eran buenas.
SINCERIDAD
Charito tenía treinta y un años y era actriz de éxito.
Tenía una piel impecable, pómulos altos, ojos almendrados y labios finamente perfilados.
Su excelente memoria la había ayudado en su carrera permitiéndole memorizar
guiones rápidamente. Un día, sin embargo, la memoria le falló: por mucho que lo
intentara no podía recordar los diálogos. Estaba desconcertada pero no creía
que tuviera problema físico alguno hasta que sufrió unos terribles dolores de
cabeza. Las pruebas demostraron que tenía un tumor cerebral inoperable. La
quimio y la radioterapia no detuvieron el avance del cáncer pero sí ocultaron
su extraordinaria belleza.
“Mucha gente no sabe qué decir ni cómo comportarse
conmigo porque estoy enferma”, me dijo Charito. “Algunos de mis amigos no me
llaman ni vienen. Los que sí me visitan suelen evitar por completo la realidad
de mi enfermedad. ¡Fingen que no se me está cayendo el pelo ni estoy subiendo
de peso! 'Te ves preciosa', dicen, y sé que es mentira. O me tratan como si
fuera una niña pequeña, sin edad suficiente para saber lo que me pasa. Sé lo
enferma que estoy. ¡Esa actitud tan superficial me pone furiosa! Solo quiero
tener a mis amigos cerca. Apenas tienen que decir nada. Quiero compasión, pero
no lástima. Es una emoción inútil. ¡Y definitivamente no quiero que mis amigos
me eviten !”
¿Cuánto es suficiente?
Los amigos a menudo tienen dificultades para determinar
cuánto deberían involucrarse. Una guía útil es recordar con qué frecuencia se
comunicaban con su amigo antes de que enfermara. Si era una vez al
mes, ahora es más apropiado visitarlo dos veces al mes que dos veces al día. Un
muy buen amigo podría visitar a diario. E incluso con un amigo cercano, siempre
es importante consultar primero con el cuidador. Las personas tranquilas e
introspectivas que están muriendo pueden necesitar más tiempo a solas. Las
extrovertidas pueden querer compañía. A veces no saben lo que quieren o
necesitan. Procede con cautela y sé sensible. Si la enfermedad de tu amigo está
avanzada planifica visitas breves, de unos quince minutos. Tu amigo siempre
puede pedirte que te quedes más tiempo si se siente bien.
Las tarjetas y notas de ánimo y apoyo que enviamos con
frecuencia suelen ser más apreciadas de lo que creemos. Expresa las cualidades
que más te gustan de tu amigo o recuerda experiencias compartidas favoritas.
Todos apreciamos aprender de las maneras positivas en que hemos influido en los
demás, sobre todo al final de nuestras vidas, cuando repasamos quiénes somos y
qué hemos hecho con nuestro tiempo en la Tierra.
También es importante ser sensible a lo que pueda
preocupar a alguien en la última etapa de su vida. Nuestro amigo podría estar
pensando antes de la visita: ¿Me sentiré avergonzado por mi aspecto? ¿Sabré
qué hacer? ¿Sentiré dolor y asustaré a mi amigo? ¿Pensará que tengo miedo? ¿Es
un error permitirle compartir un momento tan difícil conmigo?
A veces, tu amigo moribundo podría necesitar retirarse a
un espacio privado, tranquilo e interno para asimilar lo que está sucediendo
antes de poder abordarlo públicamente. Tu amigo podría necesitar tiempo para
considerar la nueva identidad que conlleva dejar de trabajar o mantener el
mismo papel en el hogar, verse obligado a descansar, ceder el control, depender
de la ayuda de otros y aceptar los cambios naturales que se producen en el
cuerpo. Como amigo de alguien en la última etapa de su vida es importante que
apoyes a la persona en este proceso y no te sientas rechazado si no siempre
quiere verte. Cuanto mejor comprendas los deseos y anhelos específicos de tu
amigo mejor podrás responder a ellos. Acompáñalo mental y emocionalmente tanto
como sea posible.
AYUDA PRÁCTICA, CON
IMAGINACIÓN
Mi amiga Dafne era mujer extravagante e impredecible.
Ella y su esposo, Jandro, llevaban una vida interesante y apasionada, viajando
mucho y llenando su casa de gran
variedad de amigos. Muchos de ellos querían estar ahí para Dafne cuando, de
repente, enfermó gravemente.
En un abrir y cerrar de ojos la rotura de un aneurisma en
la base del cerebro de Dafne la llevó al borde de la muerte, donde permaneció
semanas, luego meses. Finalmente mejoró y, aunque con bastantes problemas,
recibió el alta hospitalaria para continuar un intenso tratamiento de
fisioterapia, terapia ocupacional y logopedia en casa.
Su devota familia estaba encantada de tenerla de vuelta,
pero la cantidad de cuidados que Dafne necesitaba les quitaba energía para
cualquier otra cosa. El jardín era un caos de hojas y escombros. La mesa del
comedor estaba cubierta de montones de correo basura, periódicos viejos
amarillentos en sus fundas de plástico y las omnipresentes facturas médicas. Dafne
estaba tan feliz de estar en casa que no notó el desorden, pero su familia se
sentía abrumada.
Entonces, en una soleada y fresca tarde de otoño, la
terapia de Dafne fue interrumpida por ruidos estridentes provenientes del
jardín delantero. Su esposo la llevó en silla de ruedas hasta la ventana para
contemplar una escena sorprendente. Tres amigos habían rastrillado las hojas
formando montones que formaban la palabra "AMAMOS A DAF". Al ver a Dafne
en la ventana, se tomaron del brazo y cantaron una canción terriblemente
desafinada sobre la caída de las hojas. Luego, hicieron una serie de torpes
piruetas y se desplomaron entre las hojas, entre risas a carcajadas.
Al observarlos, Dafne rió con ganas, por primera vez en
meses. Sus amigas amontonaron las hojas, las embolsaron y las pusieron en la acera
para que las recogieran. Dejaron un galón de sidra de manzana fresca y un bote
de crisantemos de colores en la puerta y se marcharon.
“¿Qué puedo hacer para ayudar?”
"¿Qué puedo hacer para ayudar?" es sin duda una
pregunta bien intencionada, pero puede suponer una carga para el cuidador
principal encontrar maneras de que los amigos se sientan útiles y cariñosos.
Una de las cosas que más me impresionó de los amigos de Dafne es que tomaron
la iniciativa. Aquí hay otras maneras en que un amigo podría pensar en ayudar:
·
Si puedes prescindir del coche mañana por la mañana deja
las llaves debajo del felpudo y lo llevaré a cambiar el aceite y al lavadero.
Estará de vuelta al mediodía.
·
Voy al supermercado mañana. Deja tu lista en la puerta y
compraré lo que necesites mientras hago mi compra.
·
He visto que tu pegatina de inspección caducará pronto.
¿Qué te parece si recojo el coche mañana temprano y lo llevo a revisar?
·
Seguro que necesitas fotocopias de algunas facturas
médicas para el reembolso del seguro. Pon todo en un sobre en la puerta de tu
casa, con las copias que necesitas, y te las devolveré esta noche.
·
Te ves agotado. ¿Qué te parece si voy a tu casa cuatro
horas esta tarde y me siento con tu esposa mientras te echas una buena siesta y
te duchas?
·
¿No te vendría bien un masaje, que te peinaran y te
hicieran la manicura y la pedicura? Dime cuándo tengo que pedir cita y me
quedaré por si tu marido necesita algo mientras no estás.
·
Hay una nueva película infantil en el cine local. ¿Les
gustaría a los niños salir a ver una obra y comer pizza?
·
Pasaré por la mañana a pasear al perro. Solo tienes que
colgarle la correa en el pomo de la puerta. Si quieres, lo llevo a que le laven
el pelo y lo acicalicen.
·
“Se acerca una tormenta de hielo; mi esposo pasará esta
noche para cerrar el agua de tus grifos exteriores”.
·
“Está haciendo calor afuera; ¿sería útil que los niños y
yo fuéramos mañana a quitar las contraventanas y poner las mosquiteras?”
·
Se acerca Halloween; ¿qué tal si llevo a los niños a
comprar sus disfraces después de la escuela? La semana que viene podría
llevarlos al huerto de calabazas y luego volver a mi casa a tallarlas. Los
traería de vuelta después de cenar. ¿Te vendría bien un descanso a ti y a los
niños?
·
Sé que a ti y a tu marido os encantan las películas, así
que os compré estas. No hace falta devolverlas.
Cómo evitar que la
ayuda se convierta en un problema
Llamar para saber cómo están un
paciente y su cuidador, ofrecer ayuda y llevar guisos son cosas maravillosas,
¡a menos que otras nueve personas estén haciendo lo mismo el mismo día y todos
los guisos sean de pollo! Curiosamente esto puede convertirse en un momento de
competencia y envidia, ya que amigos y vecinos compiten por ser los más
serviciales y apreciados. Los cuidadores ya tienen bastante que hacer sin tener
que ser también controladores de tráfico de agradecidos y amables.
Recomiendo encarecidamente que la familia designe a un
responsable o coordinador de ayudantes. Pueden indicar a sus amigos que llamen
al coordinador, quien se encargará de controlar quién hace o trae qué y cuándo.
Si los amigos están conectados por computadora, el coordinador puede enviar un
informe semanal a todos a la vez. Los amigos también pueden enviar correos
electrónicos para que el paciente y el cuidador los impriman, para que puedan
recibir los mensajes de cariño y apoyo sin que el teléfono suene sin parar ni
interrumpa su descanso. De esta manera, la información se comparte
equitativamente y los amigos interesados sabrán que participan activamente y
contribuyen sin ser intrusivos.
EN RESUMEN Esté presente,
demuéstrele al moribundo que ha sido importante en su vida y simplemente colabore
y ayude de manera práctica.
17. CUANDO LOS OJOS PEQUEÑOS ESTÁN
MIRANDO
Hasta
que mi nieta Ágata cumplió casi dos años felizmente fui parte de su vida
diaria. Desafortunadamente, por aquel entonces, las cuatro hernias discales en
mi cuello se volvieron tan dolorosas que necesité cirugía. Me insertarían
injertos óseos y una placa de titanio en las vértebras para mantener todo en su
lugar. Después de todo planeaba seguir manteniendo la cabeza erguida .
La idea de que la bebé Ágata gateara sobre mí después de
la cirugía no me atraía en absoluto, así que mi hija y yo decidimos que no la
traería de visita hasta que me sintiera con fuerzas para cargarla pero la
llamaría todos los días, le cantaría y charlaría para que no sintiera que la
había abandonado. Simplemente le dijimos que Nana tenía una herida muy grande,
que estaba mejorando y que la vería en cuanto pudiera. Al fin y al cabo, ¿qué
podía entender una niña de dos años sobre discos o cirugía, o por qué su nana
no podía acurrucarla y hacerle cosquillas como siempre?
Unas seis semanas después de mi recuperación me sentí lo
suficientemente bien como para ver a Ágata. La había extrañado muchísimo a
pesar de las llamadas. Tímidamente se me acercó al sofá de la sala donde yo
estaba cómodamente recostada. Llevaba un collarín cervical grande para sujetar
el cuello y me di cuenta de que esto la asustaba. Así que lo retiré para demostrar
que solo era una gran tirita para la herida. Abrió los ojos de par en par al
ver la cicatriz de diez centímetros en mi cuello. No dejaba de darme palmaditas
en la rodilla con su manita regordeta, diciendo: "Abuela, abuela",
una y otra vez. Le aseguré que estaba bien, pero seguía triste y aprensiva.
Mi hija contó que las noches siguientes Ágata se
despertaba llorando, tenía pesadillas, y estaba aterrorizada por dos adorables
cachorritos del vecindario que siempre la habían hecho las delicias. Después de
mucho abrazarla, mecerla y consolarla Ágata dijo entre lágrimas,"arf"
(su palabra para perro ) "um um" (su palabra para comer
o morder ) a "Nana". Quedamos atónitos. Como no le habíamos
explicado el porqué de mi herida llegó a su propia conclusión: un
perro me había atacado y mordido el cuello. Esto podría haber sido el comienzo
de un profundo miedo a los perros en Ágata si no lo hubiéramos descubierto.
En retrospectiva, le habría ido mucho mejor si hubiera
podido verme con regularidad y el collarín cervical se habría convertido en
algo cotidiano para ella.
La verdad no asusta a los niños si se les presenta con
calma y sencillez en lo que yo llamo "pildoras de información". En
cambio, ser excluido sin explicación sí les asusta. Incluso los niños
recién salidos de la infancia se imaginan y explican cosas en sus mentes, a
menudo mucho peores que la realidad.
Estos miedos que se forman a temprana edad pueden
convertirse en la base de problemas de por vida relacionados con enfermedades,
muerte, duelo y agonía. Cuando oigo cosas como "¡A mi marido le aterra ir
al hospital!" o, "Su hijo de treinta años no quiere venir, no
soportaba verla así", o, "Quiero que los niños recuerden a la abuela
como era, así que no los llevaremos al hospital", me pregunto qué le
ocurrió al padre o madre en la infancia para formar la base de estos miedos anormales.
Y con demasiada frecuencia estos miedos se transmiten ahora a sus
hijos.
EL SEÑOR CÁMARA
La arena de la última nevada crujía bajo mis neumáticos
al entrar en una exclusiva urbanización privada llena de ricos y famosos
políticos. La gran casa blanca colonial estilo holandés era menos imponente que
las mansiones vecinas, pero estaba meticulosamente mantenida. Probablemente fue
una de las casas originales cuando esta era una zona rural escasamente poblada.
Ramón Cámara, de setenta y seis años, me recibió en la
puerta. Era hombre apuesto, bien arreglado y elegante, con camisa blanca almidonada,
corbata y suéter de cuello en V. A pesar de su cálida bienvenida el miedo en
sus ojos era evidente cuando me dijo: “Pase, por favor. Déjeme llevarle su
abrigo. Mi esposa, Claudia, está durmiendo ahora mismo y no debemos molestarla.
Está bastante débil, ¿sabe? Por favor, hablemos en la cocina”.
Dos manteles individuales estaban cuidadosamente
colocados sobre la mesa, al igual que una tetera con una preciosa tapa y tazas
y platillos a juego. Rodajas de limón rodeaban un plato a juego con la cremera
y el azucarero. Todo esto enmarcaba una escena acorde con la pulida elegancia
de caoba de esta majestuosa casa antigua.
“Qué bonito es esto”, sonreí y me dio las gracias. Luego
lo observé conteniendo la respiración mientras, con las manos temblorosas, se
esforzaba por servir el líquido caliente en las delicadas tazas.
"Le pido disculpas", murmuró. "He oído
maravillas de su organización. Simplemente nunca esperé... Nunca pensamos...
Ella siempre ha estado tan sana... Ha enfermado tan rápido". Se sentó
frente a mí en la mesa y tragó saliva con dificultad mientras su rostro se
arrugó por un largo instante, y siguió: Ay, Dios mío. Le pido disculpas. Los
papeles… supongo que hay papeles que debería firmar”.
Cada visita que hacía a esta devota pareja aumentaba mi
preocupación por el Señor Cámara. Cuidaba a su esposa de maravilla y había
contratado ayuda extra para su cuidado personal, la cocina y las tareas del
hogar. Pero su miedo y su distracción aumentaban cada vez más hasta que le
costaba quedarse quieto incluso unos minutos. Seguir instrucciones se le estaba
volviendo imposible. Literalmente temblaba. Nunca había visto nada igual. Se
movía constantemente, quitando el polvo, reordenando revistas, recogiendo y
dejando cosas. Su frenesí silencioso aumentaba a medida que la salud de Claudia
se deterioraba. Tenía la constante sensación de que en cualquier momento
saldría corriendo. Era como ver una crisis nerviosa en cámara rápida.
Poncia, la trabajadora social de mi equipo, solicitó una
reunión privada con Juli, la hija de cuarenta y dos años de la pareja, y
conmigo en una cafetería local. Nuestro equipo estaba preocupado por su padre y
resultó que Juli también. Participaba activamente y pasaba todas las noches
después del trabajo para visitar a su madre y cenar con su padre.
"¡Es la única manera de asegurarme de que coma bien
al menos una vez!", nos dijo. "Cocina muy bien y siempre se las
arreglaba solo, pero ahora se está desmoronando. Ir todos los días también me
ayuda a controlar la medicación y cómo está mamá".
Compartimos nuestra creciente preocupación de que, a
medida que su madre se deterioraba también lo hacía su padre. Le sugerimos que
lo llevara a su médico para una revisión y asegurarse de que no tuviera ningún
problema médico subyacente. También le sugerimos que mirara hacia el futuro y
se asegurara de que recibiera suficiente ayuda y apoyo a medida que aumentaban
las necesidades de su esposa. Juli informó entonces que acababa de solicitar
una baja médica familiar en su trabajo. Volvería a casa para ayudar a sus
padres y planeaba quedarse "mientras tanto". Estuvimos de acuerdo en
que parecía la mejor opción.
Poncia explicó a Juli que nuestra principal preocupación
por el señor Cámara era la intensidad de su tensión. Parecía más bien un miedo
intenso que rayaba en el terror. Es normal sentirse estresado cuando tu amado
cónyuge está enfermo y moribundo, pero su reacción era extrema.
"¿Podrías contarnos más sobre tu padre?",
preguntó Poncia. "Quizás nos ayude a comprender mejor la situación y así
poder apoyarlo mejor".
“Mi padre nunca ha hablado de su infancia, excepto con mi
madre, pero te diré lo que ella me contó. Mi padre fue hijo único. Su madre, a
quien adoraba, casi murió durante su parto y nunca fue muy fuerte después de
eso, pero le prodigó amor y atención. Su padre era muy tranquilo y algo severo,
nada cariñoso, pero hombre trabajador que mantenía adecuadamente a su pequeña
familia. Vivían en una granja en Oklahoma, bastante aislados de otras personas,
así que mi padre y su madre eran el mundo entero el uno para el otro. El verano
que cumplió cinco años lo enviaron a casa de sus abuelos paternos en Idaho sin
ninguna explicación. Apenas los conocía y eran tan callados y severos como su
hijo. Tenía miedo y se sentía solo por su madre, pero ni siquiera podía hablar
con ella, ya que nadie tenía teléfono en aquel entonces. Lo enviaron de vuelta
a casa justo a tiempo para empezar la escuela, pero su madre ya no estaba.
Había fallecido de lo que supongo fue un problema cardíaco o algo así mientras
él estaba ausente. Al parecer lo enviaron lejos porque ella estaba enferma.
Para colmo, nadie le dijo nada. Todo recuerdo de ella había desaparecido; ni
siquiera quedaba una foto, y su nombre nunca volvió a mencionarse. Nadie se
lamentó delante de él. ¡Nadie le demostró que la extrañaban siquiera! Ni
siquiera pudo despedirse. Actúaban como si nunca hubiera existido”.
A Juli se le humedecieron los ojos. "¿Se imaginan lo
que eso le hizo a este niño tímido?" Nos entregó una foto amarillenta por
encima de la mesa. Un adorable Ramón de seis años, de pelo rubio, estaba de pie
como un soldadito con los brazos a los costados. Su carita seria estaba ladeada
y sus ojos entrecerrados, como si intentara comprender por qué alguien querría
una foto suya.
"¿No te rompe el corazón?", preguntó.
"Esto es todo lo que tenemos de su infancia".
Tras breve silencio, Juli continuó: «Así que incluso
conseguir que vaya al médico es casi imposible. Es irracional, y él lo sabe,
pero no puede controlar el miedo. De hecho enferma de solo pensarlo. No estoy segura
de que pueda ir al funeral de mi madre. Mi
madre fue la única mujer con la que salió. Se casaron ya mayores porque él no
quería casarse hasta que pudiera mantenerla adecuadamente. La adora. Ella sabía
de su cáncer y de lo grave que era mucho antes de contárselo; estaba muy
preocupada por su reacción. Claro, no decírselo fue peor. Era como volver a
perder a su madre».
Sin haberse resuelto este profundo problema emocional
volvía a resurgir. Una vez más, este hombre adulto era un niño aterrorizado, a
punto de perder a la única mujer, además de su madre y su hija, a la que había
amado. Una vez más, era incapaz de hacer nada para detener o mejorar la
situación. Una vez má, iba a estar asustado y solo en el mundo.
Después de que Juli se fuera Poncia y yo nos sentamos un
rato con nuestro té apenas tibio. «Qué crueles podemos ser con los niños solo
por protegerlos», dijo Poncia en voz baja. "Voy a solicitar que nuestro
equipo de duelo se reúna con el señor Cámara ahora, en lugar de
esperar hasta después de la muerte de Claudia", continuó. "Este pobre
hombre no solo está de luto por la inminente pérdida de su esposa, sino también
por la de su madre, ¡setenta años después!"
Imagínate lo diferente que habría sido si Ramón, de cinco
años, se hubiera quedado en casa mientras la salud de su madre se deterioraba y
si su madre o su padre lo hubieran abrazado y dicho lo buen chico que era y que
no era su culpa el fallecimiento. Necesitaba escuchar cuánto lo amaban su madre
y todos los demás miembros de la familia. Necesitaba escuchar que no estaría
solo, que sus emociones eran normales e importantes, y que el recuerdo de su
madre no se desvanecería aunque su presencia física sí lo hiciera. Sus padres
podrían haberle explicado con cariño que su mamá estaba enferma y probablemente
no mejoraría, pero que él podía ayudar a cuidarla y hacer cosas buenas por
ella: dibujar imágenes para su habitación, llevarle jugo para beber, ponerle
loción en las manos, contarle cuentos antes de dormir, abrazarla y cantarle, y
eso la haría feliz.
Luego, a medida que su madre empeoraba lo abrazaría de
nuevo y asegurarían que la estaba cuidando muy bien, pero que pronto moriría. Su
mamá no quería dejarlo pero estaba demasiado enferma para recuperarse y pronto
iría al cielo (o a donde fuera que creyeran). Le dirían que seguiría a salvo,
cuidado y amado por papá y todos los miembros de la familia. Aunque ya no
estuviera físicamente presente su mamá, siempre lo amarían y cuidarían, como su
ángel guardián, para siempre.
No hay manera de hacer que la pérdida de un ser querido
sea fácil, pero los adultos tienen más experiencia de vida que les permite
comprender la enfermedad y la muerte y afrontar el dolor de una gran pérdida.
Necesitan compartir esta comprensión con sus hijos. Mantener al pequeño Ramón involucrado
y permitirle ver sus propias lágrimas de tristeza le habría enseñado a
comportarse en el futuro cuando alguien estuviera enfermo y le habría mostrado
que el dolor no es algo que ocultar ni de lo que avergonzarse. Abrazarlo y
asegurarle que no había hecho nada malo le habría ayudado a comprender que no
era responsable de la enfermedad de su madre. Ofrecerle vías de escape
saludables, como el arte, la escritura o el deporte, le habría ayudado a
expresar su dolor de maneras beneficiosas. (Hoy en día, la terapia psicológica
también sería una opción). Finalmente, permitirle participar en el funeral,
aunque fuera brevemente y en privado, tomarse el tiempo para explicarle todo lo
que vería y responder a sus preguntas le habría ayudado a comprender que su
madre no desaparecía sin más.
Una vez más: la verdad, si se presenta
de forma apropiada para su edad, no asusta ni daña a los niños. Ser excluidos y
abandonados, emocional o físicamente, sí. No se debe esperar que los niños
afronten una crisis de tal magnitud solos. No pueden resolverlo por sí solos.
Necesitan que sus preguntas sean validadas con respuestas comprensivas y
apropiadas para su edad. Necesitan que les mostremos qué hacer y cómo expresar
el dolor que sienten. Necesitan compartir sus lágrimas y tristeza con nosotros.
Y, al igual que todos nosotros, necesitan mucho amor y apoyo en este viaje
transformador.
EN RESUMEN Así como enseñamos a
nuestros hijos a compartir, caminar y leer, también debemos enseñarles cómo
afrontar la pérdida y el dolor, ya que son una parte necesaria de la vida.
18. LA GENTE MUERE COMO VIVE, PERO DE
FORMA INTENSIFICADA
Existe un patrón de comportamiento
bien conocido por quienes trabajan con
moribundos y sus familias: las personas mueren como viven, pero de
forma más intensa. Las personas amables se vuelven más amables. Las
ocupadas se vuelven más ocupadas, aunque solo sea en sueños. Las calladas se
vuelven más calladas. Las personas exigentes, exigen más. Los manipuladores
superarán su comportamiento controlador anterior. Es fundamental que los
cuidadores, familiares y amigos comprendan esto, ya que esperar que el
comportamiento de un moribunda sea significativamente diferente de lo que era
antes en su vida es poco realista y frustrante.
La mayoría de las embarazadas tienen una percepción
creciente de la personalidad de su bebé: cómo reacciona al movimiento o al
descanso, cómo responde a la música o a ruidos fuertes como las sirenas de las
ambulancias. Somos quienes somos y estamos programados así desde la concepción.
Nuestros comportamientos nos ayudarán a superar los desafíos, los triunfos y
las tragedias de la vida. ¿Por qué, entonces, imaginaríamos que la muerte de
una persona sería diferente a su vida?
A LA MANERA DE SAMUEL
Samuel había sido obrero de la construcción toda su vida
adulta, al menos cuando el afán por pescar o cazar no lo obligaba a hacer
novillos. Siendo tipo rudo y revoltoso pasó por alto los moretones que
empezaron a aparecer sin explicación en sus brazos y piernas. Pero con el
tiempo el mareo, la debilidad y la dificultad para respirar le hicieron
imposible subir al andamio, e incluso subirse a una escalera era peligroso.
Todos se quedaron impactados cuando le diagnosticaron leucemia aguda. A los
treinta y nueve años un aturdido Samuel se jubiló anticipadamente por
discapacidad.
La quimioterapia produjo una remisión pero en cuestión de
meses la enfermedad regresó. Una segunda remisión parecía más difícil de
conseguir y duró menos. Las transfusiones de sangre mensuales inicialmente le
dieron un gran impulso de energía pero ahora sus resultados eran cada vez
menores y las necesitaba cada semana. Parecía que se acercaba rápidamente el
momento en que incluso las transfusiones diarias serían insuficientes. Samuel
ahora pasaba la mayor parte del tiempo en su sillón o en la cama. Poco a poco
se dio cuenta de que no estaba mejorando: se moría.
Su esposa lo quería y toleraba su manera de ser, pero en
mi primera visita a la familia describió su habilidad como padre como ausente.
"Si no trabajaba estaba cazando, pescando o pasando
el rato en el bar con los chicos. Siempre parecía preferir estar con ellos a
estar en casa con Cristina y conmigo", dijo.
Cristina, de veinte años, era una joven tímida y de voz
suave. Se sentaba junto a la silla o la cama de su padre durante horas
esperando, en silencio y con desesperación, que él la reconociera. Con el
tiempo se sentía visiblemente frustrada y enojada por su incapacidad para
conectar. La agitación Cristina lo desconcertaba —era tan impropio de ella—,
pero Samuel estaba demasiado agotado para lidiar con ella, así que cerraba los
ojos y dormitaba.
Un día pregunté a Cristina qué esperaba.
"Ya sabes, una de esas conversaciones
sinceras", dijo con tristeza. "Quizás haya algo importante que deba
saber de él, algo así como ese último consejo de tu papá antes de morir".
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
"¿Tuviste muchas conversaciones sinceras cuando él
estaba bien?", pregunté. Ella solo rió y negó con la cabeza.
No hay finales de película
de cine.
Las películas han hecho creer a todos que las escenas en
el lecho de muerte son momentos para compartir con sinceridad, con emociones
intensas, secretos y sentimientos sinceros a flor de piel. Cristina esperaba
que su padre se convirtiera en el papá cariñoso de la serie televisiva “La casa de la pradera” cuando,
la realidad, es que Samuel probablemente no iba a ser más franco en su lecho de
muerte que lo que fue en vida.
Le expliqué esto con ternura a Cristina y la abracé
mientras sus lágrimas se convertían en sollozos. Comprendió que la ausencia de Samuel,
en su vida cuando estaba bien, era reflejo de quién era como persona y como
padre, y que era poco probable que cambiara ahora y le diera el reconocimiento
paternal que tanto anhelaba.
Después de que Cristina y yo hablamos, Margarita, la trabajadora
social de mi equipo, le dedicó más tiempo y la apoyó enormemente para superar
su doble dolor: Cristina no solo estaba perdiendo a su verdadero padre sino
también lloraba la muerte del padre ideal de la niña, a quien había esperado
con tanta paciencia durante todos estos años. Margarita pudo ayudar a Cristina
a darse cuenta de que era una hija buena y cariñosa, una joven con mucho que
ofrecer al mundo incluso si su padre no se lo decía. Su disposición a cuidarlo
y amarlo, sin tener su aprobación, era en sí mismo testimonio de la maravillosa
persona que era.
Sugerí que la familia y los amigos hicieran un homenaje a
Samuel. Un viernes por la tarde todos se reunieron alrededor de su cama y
contaron historias escandalosas sobre él. Había sido un fiestero alocado y
desmedido, y floreció al escuchar las historias de sus desventuras y falta de
criterio. "¡Pero de una forma u otra, siempre caía de pie!", exclamó
su mejor amigo. Luego este rodeó a Cristina con su corpulento brazo y dijo:
"¿Sabes, querida? Recuerdo el día que naciste. ¡Tu papá estaba en la cima
del mundo! Uno habría pensado que nadie más había tenido una niña. ¿Y nos
enteramos de cada boletín de calificaciones y de cada partido de fútbol que
ganaste?", preguntó a sus amigos. “¡Vaya! ¡Cómo lo hicimos! ¡Presumir,
presumir y presumir de ti, eso fue todo lo que hacía tu papá!”
"Y él también está muy orgulloso de ti, Diana",
continuó el amigo. "¡Sabía lo mucho que tenías que aguantar, y aun así te
mantuviste a su lado! ¡Aunque ninguno de nosotros supimos entender por
qué!". Risas estridentes y el sonido de palmadas en las rodillas llenó la
habitación.
Pude ver cómo el rostro de Diana se suavizaba mientras
sus ojos se llenaban de lágrimas de amor por su esposo. Aquí estaba la
validación que ella y Cristina siempre habían anhelado. Quizás esa validación se
les dio a escondidas, pero se les dio a la manera de Samuel.
Uno de mis dichos favoritos es: "No intentes enseñar
a un cerdo a cantar; te hace perder el tiempo y lo enfurece". No es
nuestro trabajo esperar ni obligar a alguien a actuar como creemos correcto. De
todos modos, no funciona. Es nuestro trabajo reconocer la singularidad de cada
persona y celebrarla. Si puedes trabajar con esa singularidad y ser realista en
tus expectativas al compartir el viaje final, todo será mucho más fácil y tus
relaciones se fortalecerán, no se romperán.
EN RESUMEN La gente muere como
vive, pero con más intensidad. Esperar algo diferente es exponerse a la
decepción y al fracaso.
PARTE IV
CÓMO EVITAR LOS BACHES
19. TROPEZAR CON TUS RAÍCES
Y chocar contra el
árbol genealógico.
Todo lo que he dicho sobre el estilo
afrontar la realidad del moribundo se aplica también a la familia. Mamá puede
ser la ocupada, siempre en movimiento, eficiente, práctica, sensata, la
verdadera jefa de la familia. Papá, en cambio, puede ser el soñador tranquilo,
firme y reservado que se encierra en sí mismo cuando las cosas se ponen
difíciles. Luego está la hermana, tímida, ansiosa, indecisa, dependiente y
necesitada. Quizás el hermano sea bullicioso y extrovertido, fiestero,
bondadoso, pero por lo general demasiado centrado en su vida como para ser consciente de las
necesidades de los demás. A sus noventa años, la personalidad, antes vibrante,
de la abuela se ha visto empañada por sus limitaciones físicas y su pérdida de
audición y vista. Se ha mudado a un mundo solitario de viejos recuerdos y
sueños, acunada y mecida en su sillón favorito. Y no olvidemos a la tía Tula,
que vive al final de la calle, cuya imagen de cómo debería ser la vida está congelada
para siempre en los años cincuenta.
Y ahora todas estas buenas personas se ven obligadas a
emprender un viaje que nadie hubiera elegido jamás, cada una aportando sus
talentos únicos y necesitando cosas diferentes para mantenerse. Imagina las
múltiples maneras en que esto podría suceder. ¿Compartirán una experiencia
amorosa y unida o la familia se desintegrará en la confusión, la frustración,
miedo, ira y rabia (señales de duelo temprano)? Todo esto puede ser doblemente
confuso porque el proceso de morir saca lo mejor y lo peor de las personas, a
menudo simultáneamente.
¿Cómo se gestiona esta interacción necesaria pero difícil
entre los familiares y el moribundo? Cuando empiezo a trabajar con un nuevo
paciente suelo sentar a los familiares o amigos y pedirles que se describan
mutuamente: sus personalidades, sus fortalezas, debilidades y sus dificultades.
¿Qué les llena y les nutre? ¿Cómo han gestionado crisis en el pasado? ¿Cómo
creen que podrían afrontar esta crisis y esta próxima pérdida?
Sus respuestas son interesantes: suelen ser bromas
graciosas. A veces validaciones conmovedora. A menudo, el consuelo al sentirse
comprendidos, con sus debilidades y todo, pero queridos de todos modos. Y este
ejercicio ya ha contribuido sutilmente a su trabajo en equipo y al apoyo mutuo.
Luego explico el patrón de comportamiento que los
trabajadores de paliativos conocemos tan bien: las personas manejan este tensión
vital extrema como han manejado otras grandes tensiones, pero de forma
intensificada. Mamá podría ahora entrar en el frenesí de esterilizar la casa y
ordenar alfabéticamente los remedios de venta libre en el botiquín, mientras
que papá podría obsesionarse con su canal de televisión favorito, y tomar
largas siestas. Una hermana puede volverse cada vez más ansiosa y agitada, y
desarrollar un sarpullido vago y trastornos del sueño, mientras que su hermano
aumenta su consumo de alcohol y fiestas y rara vez está en casa. La tía Tula
podría asustarse por la bomba de dolor y quejarse por estos "dispositivos
modernos" y su costo, mientras que la abuela, percibiendo la agitación a
su alrededor pero incapaz de oírla ni comprenderla, se retrae cada vez más en
su mundo de sueños.
Ayudar a todos los participantes a comprender este
comportamiento es muy útil, no solo para validar la singularidad de cada
miembro de la familia y trabajar con éxito con esas diferencias, sino también
para anticipar y prepararse para los desafíos que se avecinan. Si no se logra
cierto nivel de comprensión y compromiso los jugadores pueden entrar en
conflicto entre sí al surgir choques de necesidades y estilos de actuación.
Imagina cuánto tiempo tolerará papá, que se refugia en su relación solitaria
con un programa televisivo sobre clonación animal, a mamá, quien se ve obligada
compulsivamente a aspirar bajo sus pies, pulir y reorganizar los muebles de la
sala de televisión.
Ahora, pongamos a una persona moribunda en medio de
semejante escenario; quizá otro hijo y hermano. Quizás se enfurezca en silencio
ante la injusticia de una muerte prematura, intentando comprender qué le sucede
a su cuerpo que se deteriora rápidamente, asustado o preocupado por cómo se las
arreglará la familia sin él. Quizás en sus días de bienestar, era un científico
detallista, automotivado, que necesitaba mucho espacio propio, alimentado por
su voraz lectura, la construcción de maquetas complejas y las largas caminatas
solitarias. Ahora está cada vez más confinado en casa, a menudo aburrido, cada
vez más dependiente de otras personas, pero irritable o hosco cuando intentan ayudarlo.
¿Están mal estas personas o sus comportamientos
reactivos? Pueden ser desagradables o incómodos, sí, pero ¿están realmente mal?
No. La regla general es: mientras no se perjudique a uno mismo ni a los
demás, el comportamiento es aceptable.
Todos los involucrados en este viaje se convierten en un
planeta que gira a toda velocidad alrededor del sistema solar familiar, a veces
libres de actuar como necesitan, pero otras veces chocando entre sí, causando
más tensión y malestar. Si por un momento cada persona pudiera dar un paso
atrás y ver el panorama completo, comprendería que nadie está mal por actuar
como lo hace. Es simplemente la forma única en que nacieron. Así que la clave
es permitirse ser quien uno es y reaccionar como hace normalmente consigo mismo y con con cada persona involucrada. Lo
recomendable y necesario es apoyarse mutuamente, pero con respeto, sin interponerse
en el camino del otro.
EN RESUMEN Al afrontar
situaciones estresantes importantes de la vida, como la muerte y el morir, las
familias y los amigos las afrontan como de costumbre, solo que de forma más
intensa. Comprender esto puede prevenir daños irreparables o la destrucción de
las relaciones familiares.
20. “¿DE QUIÉN ES LA MUERTE, EN TODO CASO?”
Cuando
un ser querido está muriendo todos nuestros sentimientos, creencias
espirituales y expectativas culturales sobre la muerte se cargan emocionalmente
y se intensifican. Podemos estar tan arraigados en nuestros sentimientos que
nos sorprende e impacta que otros no los compartan. Es un desafío no proyectar
nuestras esperanzas, miedos, sueños y expectativas en el camino del moribundo.
NICOLÁS
"¿Son pañales eso que trae?" El joven
llenó de repente la puerta principal, impidiéndome la entrada. Reconocí su
rostro por las fotos que adornaban con orgullo las paredes y los escritorios
del señor y la señora Pérez. Era Nicolás, su único hijo, y al señalar el
paquete en mis manos, tenía tal aire de autoridad que de repente sentí que
quizá había hecho algo terriblemente mal. No intentó presentarse ni darme la
bienvenida. Miré el enorme paquete de ropa interior para adultos y esperé a que
hablara.
“¡Una de las principales razones por las que trajimos a
papá a casa para que muriera en lugar de internarlo en un centro fue para que
pudiera morir con dignidad!”, dijo indignado. “¡ Jamás querría que lo
vieran con esas cosas!”.
“Por favor, déjame presentarme”, dije en voz baja. “Soy
Maggie, la enfermera de cuidados paliativos de tu padre. ¿No te avisaron de que
vendría?”
“Sí, mi mamá lo hizo antes de irse. Mi papá está
durmiendo y quería darle tiempo para que se peinara e hiciera algunos recados.
Estaré aquí hasta las cinco, más o menos”.
“Seguro que lo agradece”. Ninguno de los dos dijo nada
más por un momento, y luego miré el enorme paquete que tenía en las manos. “¿Podemos
hablar de esto adentro?”
“Oh, lo siento. Claro, pasa. Soy Nicolás”, dijo
educadamente, tomando el paquete y dejándolo junto a la puerta. Lo seguí por la
casa silenciosa hasta la cocina. Al sentarnos a la mesa, pensé en cuántas de
las conversaciones más importantes y significativas ocurren en la mesa de la
cocina.
“Mira, mi papá es un hombre muy orgulloso”, dijo Nicolás
enseguida. “Es un hombre, ¡por Dios!, ¡y estoy seguro de que se
sentiría humillado si le hicieras usar uno de esos pañales! Lo que está pasando
ya es bastante duro, y no permitiré que tú ni nadie añadas más carga”. Su enojo
era evidente. Me quedé sentada en silencio y escuché hasta que dijo todo lo que
necesitaba decir. Pude ver cuánto quería a su padre y lo difícil que era para Nicolás
verlo debilitarse.
“Entiendo la devoción y preocupación por tu padre. ¿Hay
algo más sobre su cuidado que te incomode?”
Nicolás pensó por un momento antes de responder.
“No, de verdad creo que todo va tan bien como cabría
esperar. Él está feliz aquí, y mi madre está mucho menos estresada al no tener
que ir y venir de la residencia. Es mucho más fácil para ella. Y ambos han
dicho lo bien que les parece usted y su organización”.
Sonreí y dije: «Tu padre me ha dicho lo orgulloso que
está de ti. Te llama 'un ejemplar del mismo palo', y ahora entiendo por qué. La
principal preocupación de tu padre es el bienestar de su familia, y claramente
también el tuyo. Nicolás, creo que te sorprenderá saber que tu padre
pidió estos pañales de hombre porque ahora tarda más en ir al baño y le
preocupaba tener un accidente. Eso lo humillaría y sería una carga
para tu madre limpiar. Con los pañales mantiene el control, y tener control
realmente protege su dignidad. Le dan privacidad y realmente no se le nota
debajo de la ropa ni del pijama».
“No tenía ni idea”, dijo Nicolás en voz baja. “¡Supongo
que le habría dado vergüenza decírmelo!” Me conmovió el evidente respeto por su
padre.
“Sé que es difícil cambiar la forma en que percibimos a
quienes amamos”, le dije. “Tu padre sigue siendo un hombre fuerte, digno y
orgulloso. Cuando estamos sanos y jóvenes la mayoría nos obsesionamos con
nuestras ideas de orgullo y timidez. Es bueno que tu padre priorice la
practicidad sobre la vanidad. Se centra en lo que se puede hacer. De
lo contrario, solo se centraría en cómo está cambiando su cuerpo y se
resentiría. Tu preocupación es justificada, pero a veces debemos preguntarnos:
¿de quién es la dignidad que estamos discutiendo? Es difícil ver la situación
desde la perspectiva de una persona moribunda, sobre todo cuando estamos tan
involucrados emocionalmente. Pero, Nicolás, te prometo que seguiremos tratando
a tu padre con dignidad en todo lo que hagamos”.
Nuestra conversación pareció devolverme la calma. Me
sentí agradecida por haber conocido a Nicolás. En ese breve tiempo llegué a
comprender mejor a un miembro importante de la familia. Como hijo único, sabía
que tenía responsabilidades y un nuevo papel que trajo consigo la enfermedad de
su padre. Lo que no había previsto era que su padre le enseñaría en la muerte
tanto como en la vida.
MATEO
Mateo era el imponente patriarca de una numerosa y
amorosa familia griega. Sus fuertes y oscuros rasgos habrían parecido
siniestros de no ser por su enorme y deslumbrante sonrisa. No podía mirar su
rostro risueño sin sonreír.
"¡Come, come, come!" era el coro que oía cada
vez que lo visitaba durante los aproximadamente seis meses que estuvo a mi
cuidado. La familia simplemente no me dejaba rechazar sus ofrendas y, si lo
hacía, las encontraba envueltas en plástico en el asiento delantero de mi
coche. Cada kilo que subí mientras cuidaba de Mateo fue un delicioso viaje a
alguna delicia griega: gyros, hojas de parra rellenas, falafel, pastel de
espinacas, baklava. Mientras su esposa, o una de sus hijas llenaban mi plato de
comida, Mateo me atendía contando historias de la "vieja patria".
Yo era un público dispuesto, y él me ofrecía cada cuento
como si fuera un tesoro. Cuando había pocos coches en su isla, y los océanos
aún rebosaban de peces, él y los demás niños del pueblo pasaban días explorando
cuevas con total libertad, buceando en busca de erizos de mar, pescando en las
aguas cristalinas y haciendo travesuras muy divertidas.
Mientras Mateo hablaba alguno de sus muchos familiares y
amigos llegaba con alguna exquisitez nueva y se sentaban en el sofá o en el
suelo, a sus pies, para escucharlo, animándolo a contar algún detalle
particularmente entretenido. Se palmeaban los muslos, echaban la cabeza hacia
atrás riendo y gritaban de alegría, con la mirada y los oídos siempre puestos
en Mateo. Y él disfrutaba de ser el protagonista de esta producción, a pesar
del cáncer en los huesos que le destruyó la médula ósea impidiéndole producir
los glóbulos rojos necesarios para la vida.
Mateo se convirtió en uno de mis ejemplos favoritos de
alguien que vivió su vida al máximo hasta el final. Estaba especialmente
orgulloso de sus tres hijos, quienes tenían educación, estaban casados, eran
exitosos y tenían a su vez hijos sanos y llenos de vida. Eran un ejemplo
brillante de la historia de éxito de un inmigrante, y Mateo, con razón, sentía
que había trabajado duro para crearles una buena vida.
Pero llegó un momento en el que Mateo ya no tenía la
lucidez mental suficiente para contar sus historias y pasaba cada vez más horas
durmiendo o tumbado en silencio como si flotara en suave nube. Mientras tanto,
la familia confiaba en cumplir sus últimos deseos. Los había expresado en una
carta detallada, y aunque este testamento vital no había sido redactado por un
abogado (Mateo no creía en pagar abogados), lo había escrito y firmado con la
opinión y el consentimiento de su familia y lo había entregado a su hijo mayor
para su custodia.
¿Se protocolizó o adveró notarialmente el documento? No,
pero ¿quién cuestionaría a Mateo? La carta indicaba claramente lo que quería y
lo que no: caso cerrado. Nada de RCP, hidratación ni nutrición artificial.
Quería quedarse en casa al cuidado de su familia. Quería estar lo más cómodo
posible y no quería que su esposa ni sus hijos se involucraran en su higiene
personal. Su esposa e hijos se comprometieron a apoyar sus deseos, al igual que
Rosina, una auxiliar de enfermería altamente cualificada y compasiva.
Esta tranquilidad cesó cuando la hermana menor de Mateo, Atenea,
llegó de Nueva York. Hacía meses que no lo veía, y ahora estaba histérica.
"¡Está fuera de sí!", se lamentó. "¡Lo
están matando con las drogas! ¡Hagan algo! ¡Quiero que vaya al hospital
inmediatamente!". Todos entraron en pánico, y recibí un aviso urgente para
que llegara pronto. Llamé a nuestra querida capellán, Carolina, y le pedí ayuda
mientras conducía hacia la casa de Mateo.
Atenea paseaba de un lado a otro por la entrada cuando
llegué. Pasé unos quince minutos paseando con ella, escuchando su diatriba e
intentando calmarla. Repetía la misma letanía con la que mortificaba a su
familia: «Está fuera de sí; lo están matando; quiero que vaya al hospital». En
su opinión, no había hecho nada bien.
Mientras hablábamos intenté validar el amor y la devoción
que se escondían tras todas las quejas de Atenea, por irrazonables que fueran.
Aprendí hace mucho tiempo que, si quieres calmar la ira y el enojo de alguien,
primero valida sus sentimientos. Resistirte o discutir no te llevará a ninguna
parte, y solo aumentará la ira de la otra persona.
Después de un tiempo Atenea confesó que Mateo la había
cuidado como un padre desde que el suyo falleció cuando era niña. Fue Mateo
quien se aseguró de que fuera a la universidad, enviándole cheques regulares
mientras trabajaba día y noche en su restaurante para que eso fuera posible.
Una vez que se dio cuenta de que yo estaba dispuesta a
escucharla, y tomar en serio sus preocupaciones, se calmó y aceptó entrar a la
casa para hablar las cosas con el resto de la familia.
Nos sentamos todos alrededor de la enorme mesa del
comedor mientras yo repasaba la evolución de la enfermedad de Mateo, los
medicamentos que tomaba y por qué, y cómo estábamos preparados para afrontar
cualquier situación que pudiera surgir. Todos en la familia, excepto Atenea, ya
conocían todos estos puntos, ya que habíamos diseñado juntos el plan de
atención de Mateo. Pero ella parecía estar a la defensiva ante muchos detalles.
La familia tenía poca paciencia con esto. Ya estaban irritados porque ella lo
había visitado tan poco, y ahora sentían que simplemente había irrumpido con
críticas y que intentaba decirles qué hacer.
Pedí a Atenea que expresara claramente sus deseos y
preocupaciones. Ella repitió lo que creía que debía y no debía suceder. Por su
cuenta, el hijo mayor de Mateo, David, anotó diligentemente todo lo que su tía
sugería. Su lista incluía hospitalización e hiperalimentación (nutrición
artificial intravenosa) porque creía que estábamos dejando morir de hambre a Mateo,
a pesar de que la disminución de su apetito era normal en alguien en su etapa
de la enfermedad. David añadió su deseo de intervenciones de alta tecnología
para "mantenerlo con vida el mayor tiempo posible". Esto pareció
confirmarla y tranquilizarla.
Justo cuando estaba a punto de abordar sus problemas,
David sacó la carta de su padre con sus deseos. Con sus enormes ojos oscuros,
su cabello negro y ondulado y sus hombros anchos, David era una presencia
imponente y sabía cómo llamar la atención de la gente sin levantar la voz.
Entendí por qué Mateo le había cedido el testigo con tanta facilidad. David
leyó la carta de su padre en voz alta a los presentes. Luego, entregó a su tía
la lista de deseos que había anotado cuidadosamente mientras la
escuchaba, y le dijo en voz baja: «Asegúrate de dar esta lista a la enfermera
de paliativos cuando tú estés muriendo. Pero ahora seguiremos
cumpliendo los deseos de mi padre mientras se está muriendo».
El silencio atónito que siguió fue roto por el timbre.
Sentí un gran alivio al ver a Carolina, la capellana de nuestro equipo. Reunió
a todos alrededor de la cama de Mateo y dirigió a la familia en una oración no
confesional que bendijo a todos los presentes por su amor, devoción y
dedicación a este maravilloso esposo, padre y hermano, que moría de una forma
tan singular como había vivido.
EN RESUMEN Nuestra muerte
debería ser tan exclusivamente nuestra como lo ha sido nuestra vida.
21. ENCONTRAR PODER EN SITUACIÓN DE
IMPOTENCIA
Mis mejores amigas saben que cuando mi
vida es un desastre mi casa está impecable. Si no puedo controlar los problemas
que me angustian puedo pasar la aspiradora como loca o cubrir mi refrigerador
con nuevas y nítidas notas adhesivas. Estas conductas me hacen sentir que aún
puedo controlar algo, e incluso que el mundo me vea mejor por mis
esfuerzos.
Las personas sometidas a mucho tensión se sienten
impotentes y fuera de control. Es una sensación tan incómoda y degradante que,
consciente o inconscientemente, recurren a conductas que las empoderan de
alguna manera, las hacen sentir mejor y con mayor control.
Estas conductas de afrontamiento no siempre son lógicas,
incluso pueden parecernos extrañas, pero son normales dada la situación. Lo
problemático se produce cuando la conducta reconfortante es dañina o
destructiva, como beber en exceso, consumir drogas ilegales o abusar de
medicamentos recetados como los tranquilizantes. Ser hostil o abusivo con los
demás, o con uno mismo, también es una mala elección de comportamiento y
agravará el problema en vez de aliviarlo.
También puede haber problemas cuando nuestras decisiones
chocan con las maneras de afrontar la situación de otras personas. Quienes
aumentan su sensación de control estando ocupados pueden interferir fácilmente
con el familiar que necesita tranquilidad para recomponerse. Como he dicho,
bajo mucho tensión la mayoría de las personas ocupadas se vuelven más ocupadas
mientras que la mayoría de las personas tranquilas se vuelven más tranquilas.
Es importante que los cuidadores recuerden que los
pacientes también necesitan encontrar poder en esta situación de impotencia. Lo
que para el cuidador o su familia puede parecer un comportamiento poco
cooperativo, difícil o manipulador, puede ser, en realidad, un esfuerzo del
paciente por recuperar el control.
MATEO
Incluso en sus años de bienestar Mateo había sido un
alcohólico abusivo y tenía personalidad
manipuladora. Ahora que estaba muriendo de cirrosis se estaba convirtiendo en
un desafío aún mayor para su esposa, Alba. Cuando le traía agua para tomar las
pastillas. el vaso no estaba bien, o el agua la sentía demasiado fría, o no lo
suficiente. Luego, la cabecera de la cama estaba demasiado baja o demasiado
alta. El orden en que tomaba las pastillas cambiaba a diario y, así,
sucesivamente.
Todas estas exigencias podían convertir una toma de
pastillas que debería hacerse en pocos
minutos en un juego de poder de una hora, y esta rutina se repetía cuatro o
cinco veces al día. A Alba le costaba no tomar este comportamiento como algo
personal ya que parecía tener la intención de irritarla. Se sentía castigada
por estar bien de salud y por los descansos ocasionales que se tomaba.
Nuestra trabajadora social, Váleri, ideó una solución
viable. Vio que Mateo no se sentiría tan impotente si tuviera más opciones a lo
largo del día. Sugirió que Alba le pidiera su opinión en tantas situaciones
como fuera posible. ¿Quería un desayuno caliente o cereales fríos? ¿Quería que
lo bañaran a las ocho o diez de la mañana? ¿Qué ropa quería ponerse? Pedimos
una silla de ruedas reclinable para que pudiera salir un rato cuando hiciera
buen tiempo. Váleri también sugirió que Alba compartiera el horario de la
medicación con algunos amigos y vecinos que se habían ofrecido a ayudar. Las
pastillas se vertían con antelación en frascos de papilla con tapa, marcados
con la hora de administración. Esto no solo permitía a Alba tener sus tan
necesarios descansos sino que. También. permitía a Mateo interactuar con otras
personas, lo que le ayudaba a reducir su resentimiento por estar confinado en casa.
Aún más importante, Váleri pudo ayudar a Alba a
comprender qué motivaba el comportamiento de Mateo para que no lo tomara tan
personalmente.
“Solía pensar que solo me odiaba”, me dijo Alba. “No
estaba segura de poder seguir cuidándolo. Pero Váleri me ayudó a ver cuántas
pérdidas ya ha sufrido y lo importante que es para él sentir algo de control”.
PAULA
Repasé mentalmente el estado de Xana mientras conducía
para visitarla. Había vivido con su hija, Paula, y su yerno jubilado, Berto,
durante casi veinte años, y era una persona llena de energía y positividad en
la familia. Gozó de buena salud hasta los noventa y dos años cuando su
insuficiencia cardíaca crónica empezó a volverse incontrolable. Había
desempeñado un papel muy activo en la vida de sus tres nietos, sentada en
muchos campos de fútbol empapados, envuelta en un edredón de plumas, y animando
como loca durante partidos con normas de juego que le costaba entender. Pero su
Bertín, su Anina o su Bruno estaban involucrados, así que animaba y animaba, y
todo el equipo la adoraba.
A cambio de su amor y compromiso, toda la familia
participaba ahora proporcionándole cuidados excepcionales en casa.
Me alarmé al aparcar junto a la acera y ver el coche de Berto
delante de mí. Estaba atascado contra un montón de hojas, el motor en marcha y Berto
despatarrado e inmóvil en el asiento del copiloto. «Oh, no», pensé
mientras salía corriendo del coche. «¡Intoxicación por monóxido de
carbono!».
Corrí hacia el cohe y golpeé con fuerza la ventana del
conductor. «Berto, Berto, ¿estás bien?», grité. Se sobresaltó y se incorporó
con tanta fuerza que su cabeza rozó el retrovisor interior.
“¿Qué? ¿Qué…?”, murmuró mientras miraba a su alrededor,
desorientado.
“¿Qué haces? ¿Estás bien?
“Bueno, Xana no está muy bien, ¡así que Paula está
furiosa!”, se frotó la cara. “Esta mañana limpió la lámpara de araña con
bastoncillos y desde entonces no ha parado de pasar la aspiradora. Casi se
lleva las cortinas de las ventanas por delante, y cuando oí las monedas caer de
encima de la cómoda por el recogedor, ¡pensé que mejor me largaba!”, se rió. “El
ruido me estaba agotando, así que decidí sentarme en el coche a escuchar la
radio. Supongo que me quedé dormido. ¿Qué hora es?”
“¡Eres un buen chico, Berto! Sé que entiendes que toda
esta limpieza está ayudando a Paula a lidiar con su sensación de impotencia
ante la inminente muerte de su madre. No tiene sentido intentar que lo detengas.
Solo se estresaría más”.
“Tienes razón Todos vamos a extrañar a Xana, pero a Paula
le está costando mucho. Siempre han estado muy unidas. Quizás vaya al mercado a
comprarle flores. Le encantan. ¡Quizás también le compre algunas a Xana!” Se arrellanó
en el asiento y me guiñó un ojo mientras
arrancaba el coche con un nuevo plan para mejorar un algo las cosas para Paula.
Berto era un esposo devoto que años atrás aprendió la
forma de afrontar las cosas de su esposa, cómo ayudarla y cuándo no interferir.
Sabía lo que ella necesitaba, sabía lo que él necesitaba y sabía que ambos
podrían satisfacer sus necesidades sin problemas ni conflictos.
Entiende que las personas pueden reaccionar de forma
extraña cuando están bajo mucho tensión. Reconocerlo y apoyarlo, en lugar de
combatirlo, demuestra tu cariño y amor. Más adelante, estas situaciones
inusuales pueden convertirse en motivo de humor y brindar un equilibrio
refrescante a los tristes días de duelo.
EN RESUMEN No puedes controlar el proceso de morir, pero
a veces puedes encontrar otras formas de sentirte más en control.
22. CUIDAR EN UNA RELACIÓN HERIDA
Reconozcamos la verdad de que no todas
las relaciones son maravillosas y amorosas. No es raro que personas crueles y
dañinas mueran de forma cruel y dolorosa incluso cuando alguien las cuida
desinteresadamente. En estos casos la pregunta es, ¿es posible cerrar y resolver
una relación herida, o una en la que el amor ya ha muerto? ¿Puede sanar aún
cuando persisten agitación, rechazo o dolor?
Sí, por supuesto. Incontables personas eligen cuidar a
otros aunque la relación esté marcada por dolor o rechazo. He conocido a más mujeres
de las que te imaginas que acogieron y cuidaron a un exmarido abusivo o que las
abandonó años antes dejándolas sin recursos y con niños. Normalmente escucho:
«Mis hijos están perdiendo a su padre, lo hago por ellos».
También me han conmovido los muchos hijos adultos que
cuidaron de padres alcohólicos, drogadictos o maltratadores. "Es lo
correcto", me dicen, o, "Lo
hago por mí".
Estos cuidadores pueden actuar movidos por un sentido de
obligación y responsabilidad inculcado por su cultura, crianza o religión.
Quizás deseen dar ejemplo a sus propios hijos o deseen guiarlos y apoyarlos
durante la pérdida. La esperanza de reparar la relación rota puede motivarlos,
o simplemente pueden sentir lástima por una persona que, de otro modo, moriría
sola, sin cuidados, o al cuidado de desconocidos.
Sea cual sea el razonamiento del cuidador esta decisión
requiere gran dosis de valentía, y el cuidador merece una dosis extra de amor,
apoyo y cariño. Criticar su decisión, como sucede con demasiada frecuencia, es
pasar por alto la verdadera sanación que puede producirse. Además, puede
agravar cualquier sentimiento de rechazo e inseguridad que el cuidador ya pueda
tener.
Aunque sientas preocupación por un amigo que cuida a
alguien y te preocupe que pueda volver a ser lastimado, no sirve de nada decir
cosas como "¡Era un inútil! ¿Por qué deberías cuidarlo ahora?" o.
"¡Estás loco! Tu esfuerzo no será apreciado". En cambio, intenta algo
más comprensivo: "Eres muy considerado al cuidar a alguien que te lastimó
tanto. Eres muy valiente y seguro que tienes tus razones. ¿Hay algo que pueda
hacer para que sea más fácil para ti?".
Siempre he creído que el valor de una persona no se mide
por cómo gestiona los buenos momentos sino por cómo se comporta con los malos.
Cuidar desinteresadamente de alguien, a pesar de su historial de menosprecio,
rechazo o incluso abuso, es una labor que pocos elegirían. Brinda a quienes
realizan esta labor el apoyo que tanto merecen.
CARLOTA
Una tarde, después de nuestra reunión interdisciplinaria
semanal, una enfermera de mi equipo, Carlota, me preguntó si quería almorzar
con ella. Parecía agotada, y durante el almuerzo me explicó por qué.
“Mi madre no se encuentra bien. Es bastante mayor y
durante mucho tiempo la he llevado a las consultas médicas ayudándola a
comprender las opciones de tratamiento y pasando por su casa semana un par de
veces por semana para asegurarme de que todo marcha bien. Ahora necesita ayuda
a diario y hace poco encontré a Celia para que le haga compañía y la cuide. Es
una de las mejores auxiliares de salud a domicilio que conozco. Sinceramente,
no sé qué haría sin ella. ¡Mi hermana, desde luego, no me ayuda mucho!”
“Seguro que lo tienes todo bajo control, pero te ves
cansada y preocupada. ¿Hay alguna manera de animar a tu hermana a que te ayude?”,
pregunté.
Carlota rió con tristeza. Su hermana, Isabel, vivía a
solo una hora de distancia pero afirmaba que su apretada agenda le impedía
visitarla más de una vez cada pocos meses.
“Sé que suena a envidia, pero después de todo lo que hago
por mamá con regularidad, uno pensaría que la mismísima reina viene de visita
cuando Isabel llega. Mamá presume de sus visitas con los vecinos. Incluso
enseña los artículos de sociedad sobre las últimas galas benéficas de Isabel,
incluyendo los detalles de sus vestidos. Nunca parece haber elogios hacia mi
vida, ni reconocimiento por mis esfuerzos. Sé que suena infantil, pero
es muy agotador”.
Con lágrimas en los ojos, Carlota continuó: «Y siempre ha
sido así, desde que tengo memoria: '¿Por qué no puedes ser más como tu
hermana?' 'No eres tan guapa como ella'. 'No entrarás en la escuela a la que
fue Isabel. Nunca te aceptarían'. '¿Quieres ser enfermera ?'. Y lo
peor: 'Siempre tienes un gusto horrible. Mira con ese inútil con el que te
casaste. Supe en cuanto lo conocí que te dejaría tirada. Ahora mira en qué lío
estás'».
Me dolió mucho oír aquello. Carlota era mujer sencilla y
compasiva que había criado sola a tres hijos maravillosos a pesar del bajo salario de enfermera. Era exitosa por
derecho propio, respetada por sus compañeros y apreciada por sus pacientes. Sin
embargo, incluso ahora, un comentario o una mirada de desaprobación de su madre
podían hacerla sentir pequeña e inferior.
“Ahora mamá ha empeorado. Es hora de que la lleven a
cuidados paliativos y no sé qué hacer”. Suspiró y explicó que no quería que sus
compañeros de trabajo se involucraran en el cuidado de su madre. "Me da
miedo que se ponga demasiado fea. Sé que los que trabajamos en cuidados
paliativos lo hemos visto todo y no andamos con chismes, pero no puedo ni
pensar en enfrentarme a todos en la oficina cuando vean cómo es realmente mi
familia. Destruir mi confianza profesional sería el último insulto que mi madre
podría lanzar. El problema es que he decidido proteger mi reputación y no llevarla
a cuidados paliativos, pero no estoy segura de poder hacerlo sola. Sé que es
mucho pedir, pero confío en ti profesional y personalmente, Maggie. ¿Me
ayudarías?"
Carlota quería asegurarse de tomar las mejores decisiones
y reconoció que ser hija, enfermera y cuidadora principal haría que esto fuera
difícil de lograr, por lo que solicitó que actuara como su enfermera de
respaldo mientras coordinaba la atención de su madre de forma privada.
En los meses siguientes visité a su madre, Nerea, con
regularidad y hablé o me reuní con Carlota a menudo para hablar sobre sus
medicamentos, el manejo del dolor y su bienestar general. Fue durante una de
mis visitas cuando Carlota me preguntó si podíamos dar un paseo por el jardín
trasero de la casa. Pude ver que estaba muy disgustada.
Apenas se había cerrado la puerta y Carlota exclamó:
"Sé que ya debería esperar esto, pero aun así me afecta. Durante dos meses
he hecho de todo por esa mujer: lavar la ropa, comprar, sacar la
basura, las facturas... ¡de todo! Cada semana incluso la invito a su día de
peluquería y a comer en su restaurante favorito. Aun así, el único elogio que
tiene para ofrecer es para Isabel y sus hijos por sus pequeños esfuerzos. ¿Es
mucho pedir que agradezca mis esfuerzos? Llevo cuarenta y cinco años ignorando
su rechazo, Maggie, pero ya no me resulta tan fácil. No merezco tener que
lidiar con un duelo tan complicado después de que ella se haya ido, además, ¿por
qué no podemos acercarnos mientras está viva?. ¡Quiero solucionarlo ya
! ¡Y me enfurece que mi hermana ni siquiera se moleste en faltar a un almuerzo
en el club de campo para estar con su madre! Lo que daría por saber por qué
siempre nos han tratado tan diferente, Maggie. Nunca sentí que me quisiera.
Cuando lo menciono niega rotundamente que haya alguna diferencia en la forma en
que siempre nos ha tratado. "¿Nunca estás satisfecha?", dice. ¡Eso me
culpabiliza más!”
Lo pensé un minuto antes de responder. «Quizás nunca
consigas que admita la razón. Puede que ni siquiera ella misma lo entienda»,
comencé. «Lo importante es que encuentres la manera de hacer las paces contigo
misma ahora y reconozcas tu propia valía en lugar de esperar su reconocimiento.
Carlota, cuando alguien se está muriendo parece que se acaba la arena del reloj
de arena. Sin embargo, mientras aún haya tiempo, tienes que seguir intentando
sanar ese dolor de alguna manera. Sabes por tu trabajo en paliativos que el
duelo es más difícil y complejo cuando las relaciones tienen problemas por
resolver. Estoy segura de que puedes superar esto».
Decidida a reparar su relación, Carlota comenzó a
compartir aún más sus sueños, sus recuerdos y el tiempo que pasaba con su
madre. Con la ayuda de una silla de ruedas Carlota la llevaba a pasear con
regularidad, y como sus "citas" tenían un horario fijo, iniciaron un
diálogo continuo, un hilo de experiencia humana. Durante las siguientes semanas
y meses algo empezó a cambiar entre ellas. Carlota notó que su madre se volvía
más abierta e incluso un poco cariñosa con ella. Empezó a contar historias de
"los viejos tiempos" y lloraron juntas la pérdida de su padre,
ocurrida muchos años atrás. El tiempo que pasaban juntas se transformó, poco a
poco, en algo que ambas disfrutaban.
Semanas después, cuando la salud de su madre comenzó a
deteriorarse gravemente, Carlota y sus hijos se mudaron al pequeño apartamento
de Nerea para cuidarla, y todo parecía estar bajo control.
En mi siguiente visita encontré a Carlota paseando por la
habitación, completamente angustiada. Dimos otro paseo por el jardín. Apenas
unas horas antes de mi llegada, Carlota había encontrado una caja de metal que
su madre había escondido detrás de cajas de zapatos en el armario de su
dormitorio. Los recibos y un libro de cuentas confirmaron lo que Carlota
siempre había sospechado: además de tratarlos emocionalmente de forma
diferente, Nerea había gastado miles de dólares en la familia de Isabel,
incluyendo la entrada para su coche, dinero para la educación y generosos
préstamos sin registro de devolución.
“¿Cómo puedo encontrar la paz con esto, Maggie? ¿Cómo
puedo no resentirme? He luchado para llegar a fin de mes todos estos años
mientras ella ayudaba a Isabel. Ha comprado a los hijos de Isabel elaborados regalos
por sus cumpleaños y días festivos, aunque rara vez los ve. Mis hijos, que
pasan tiempo con ella a menudo, ¡tienen suerte si reciben de vez en cuando una
tarjeta con un cheque de diez dólares! Creía que habíamos llegado tan lejos,
pero no estoy segura de poder estar en esta casa ni un minuto más”, exclamó Carlota
llorosa.
“El perdón debe nacer de ti, Carlota. Estás
haciendo todo lo posible, y tu madre siente tu amor, aunque aún no pueda
demostrártelo. No comprometas tus valores. Tu madre nunca entendió que el amor
se gana, no se compra. Todo ese dinero y la atención que le dedicó a Isabel no
sirvieron de nada, ¿verdad? ¿Dónde está Isabel ahora? Si no encuentra la manera de demostrarte su
amor como lo necesitas, al menos debes saber que estás haciendo lo mejor que
puedes. Eres una persona maravillosa, Carlota, y quizás tengas que dejar que el
amor te llegue a través de otros, en lugar de a través de ella, si es que eso
tiene sentido”.
Carlota se preguntaba en voz alta si aún podría brindarle
a su madre un cuidado amoroso y de calidad ahora que sentía tanta rabia y
decepción. Pero antes de que tomara decisiones precipitadas le sugerí que se
tomara unas horas para ella. Me quedaría con Nerea hasta que llegara Celia para
el turno de noche.
Carlota me contó después que regresó a su casa a toda
velocidad por la autopista, con las ventanillas abiertas de par en par y la
radio a todo volumen, para ahogar el llanto y los sollozos. Y cuando la
necesidad la venció, gritó con todas sus fuerzas.
“Tenía toda una vida de dolor, y sabía que si no lo
sacaba ese dolor me haría daño. Así que grité hasta quedar exhausta. Lloré, y
luego grité aún más. Lloré en la bañera de mi casa hasta que el agua caliente
se enfrió, hasta que me vacié, y luego caí en la cama. Me quedé allí, tumbada,
e imaginé a mi madre muriendo con alguien a quien apenas conocía para cuidarla.
Por mucho que agradezca todo lo que Celia ha hecho por ayudarnos no es lo mismo
que tener a tu familia ahí. Pensé en lo bien que mis hijos y yo la hemos
cuidado. Ahora, no quería dejar que los niños terminaran el proceso sin mí”. Me
di cuenta de que, al final, le había mostrado las diferencias entre mi
hermana y yo. ¡Y estaba orgullosa por esas diferencias! Realmente había hecho
lo correcto en lugar de ser egoísta. Y en ese momento me di cuenta de que yo
era más poderosa y más honorable, y que triunfé en la vida incluso sin
la aprobación de mi madre y de mi hermana. Así que volví con mi madre y le
susurré: «Mamá, encontré la caja, así que lo sé todo, pero a pesar de todo
estoy aquí para ti y te brindaremos el mejor cuidado posible. Espero que ya
hayas comprendido que el amor que te tengo es real, tan real como siempre lo ha
sido. Nunca quise nada más de ti que tu amor y respeto a cambio. Pero ya no
importa, mamá. Ahora me doy cuenta de que soy más grande que todo esto, y por
eso me quedaré».
Nerea pareció inquieta e intranquila durante dos días y
luego murió tranquilamente en presencia de Carlota y sus hijos.
Después del funeral, pasé a ayudar a Carlota a ordenar la
casa. Mientras doblábamos la ropa Carlota me describió la increíble sensación
de liberación y paz que sintió al haber superado la necesidad de recibir la
aprobación de su madre.
“Ya no me agobiaba algo que no iba a suceder como
esperaba. Es posible superar este tipo de pérdidas. Con esta
experiencia, aprendí que ahora me importa menos lo que mi madre pensara de mí
que cómo me veo yo misma. Mis hijos y yo brindamos a mi madre un cuidado
excepcional y amoroso. Lo hicimos porque la amábamos y era lo correcto. Eso me
hace sentir muy bien. Estoy muy orgullosa de mis hijos. Estuvieron ahí para mí
cuando los necesité, sin que yo se lo pidiera”.
Carlota estaba sonriendo ampliamente, rostro pacífico y
abierto, y muy orgullosa.
EN RESUMEN Cuidar a alguien en
una relación herida merece apoyo y preocupación adicionales por parte de todos,
ya que brindar cuidados es más difícil y las recompensas son más difíciles de
conseguir.
23. COMPRENDE
LAS DIFERENCIAS CULTURALES
Un
médico estadounidense, intentando ser sincero y ayudar a su paciente a tomar
decisiones sobre sus necesidades de atención, dijo a una anciana japonesa que
tenía cáncer. El cáncer, explicó con amabilidad, estaba muy avanzado y, aunque
no se conocían tratamientos para curarlo, haría todo lo posible por ayudarla y
mantenerla cómoda. Sus pacientes solían apreciar su sinceridad y compasión. Por
eso se sintió confundido cuando la familia de la mujer pareció estar muy
molesta con él, se llevaron a la paciente rápidamente y se le indicó que ya no
necesitaban sus servicios.
Las dos familias habían sido vecinas y amigas durante
años. Los Pedorros eran originarios del Medio Oeste estadounidense, mientras
que la familia Rodríguez tenía raíces hispanas. Cuando al padre de la señora
Rodríguez le diagnosticaron una enfermedad hepática grave y agresiva los Pedorros
quisieron ayudar. La señora Pedorros había lidiado recientemente con la
enfermedad terminal de su madre por lo que sentía que tenía muchos consejos
útiles que ofrecer.
Pero la señora Rodríguez se opuso a la recomendación de
la señora Pedorros de ser sincera con su padre sobre la naturaleza de la enfermedad.
También se negó a preguntar sobre un programa de cuidados paliativos o a tratar
el dolor de su padre de forma agresiva con los narcóticos que el médico le
había recetado. La señora Pedorros salió de la casa de la señora Rodríguez
consternada por que su amiga, tan "norteamericanizada", pudiera ser
tan "retrógrada" al lidiar con la enfermedad de su padre. Mientras
tanto, la familia Rodríguez también enía sus propios sentimientos negativos
hacia la señora Pedorros.
Juan, enfermero de cuidados paliativos, se sentía muy
incómodo. Las cosas no marchaban bien en su primera visita a la señora Ariapour
y a su familia iranoestadounidense. Primero, la familia insistió en que Juan se
sentara a la mesa a tomar el té. Luego le ordenaron que no hablara de la gravedad
de la enfermedad de su madre ni que dijera que era de cuidados paliativos. No
querían que la paciente supiera que tenía una enfermedad terminal. Cuando Juan
explicó que la paciente debía firmar ciertos formularios de autorización para
recibir cuidados paliativos la familia se molestó y exigió hablar con su
supervisor.
El señor Chi ingresó en el hospital el fin de semana. Su
hija la había trasladado recientemente desde la reserva navajo para vivir con
ella en la ciudad porque estaba enfermo. Los estudios médicos revelaron una
enfermedad renal terminal y las enfermeras del hospital estaban preocupadas. Ni
siquiera quiso mirar el formulario de instrucciones anticipadas, y mucho menos
hablar de una orden de no reanimación. También rechazó los tratamientos que le
recetó el médico, incluyendo analgésicos. Lo único que parecía querer era
encender incienso en la habitación. ¡Y era tan silencioso y tardaba tanto en
responder a sus preguntas! Las enfermeras pensaron que quizás estaba muy
deprimido, así que llamaron al médico para que le recetara antidepresivos.
La señora Juana, negra, tenía cáncer metastásico
avanzado. Su médico le recomendó cuidados paliativos domiciliarios pero su
familia quería que permaneciera en el hospital y que se hiciera todo lo posible
para tratarla. Cuando una de las enfermeras le dijo: "María, aquí tienes
tus pastillas", la hija de la señora Jones le espetó: "¡Para ti, soy
la 'señora Juana'!".
Todos sabemos que los patrones y creencias culturales
influyen significativamente en nuestras vidas. Moldean nuestro sistema de
creencias, la ropa con la que nos sentimos más cómodos, la comida que nos gusta
comer, la forma en que decoramos nuestros hogares y las actividades que
elegimos. Celebramos nuestras diferencias apreciando la comida, la artesanía,
el arte, la música y la danza de otros grupos culturales, pero a menudo no
comprendemos la importancia que adquieren estas diferencias cuando alguien está
muriendo.
¿Cómo nos comunicamos cuando el equipo médico tiene una
perspectiva cultural y el paciente otra? ¿Cómo celebramos la diversidad cuando
un pariente político, un amigo o un vecino de otra cultura está muriendo y sus
actitudes y creencias nos resultan ajenas?
Distintas culturas tienen visiones muy diferentes sobre
el significado de la vida y la muerte, qué es una buena muerte, qué es un
cuidado respetuoso y cuál es la mejor manera de brindar esa atención a un
moribundo. Así como las personas hablan diferentes idiomas solo pueden entenderse
si se aprenden el idioma o se usa un intérprete, sus diferentes creencias,
valores y prácticas también constituyen un tipo de lenguaje social. También
deben traducirse para poder entenderse.
La cultura de origen de una persona está muy arraigada.
Incluso quienes se injertan culturalmente en un país y sistema de creencias diferente
al suyo pueden volver a sus creencias originarias, valores y prácticas
tradicionales durante las etapas más importantes de la vida. Diversos
conflictos se repiten cuando personas de diversas culturas enferman y mueren
dentro de un sistema de salud de cultura diferente a la suya.
Toma de decisiones
Como ejemplo, los estadounidenses y
otros profesionales de la salud con formación en medicina occidental creen que
las personas tienen derecho a tomar decisiones sobre su atención médica. Si el paciente es un adulto
competente se espera que los médicos consulten directamente con él sobre el
diagnóstico y el plan de tratamiento. La autonomía y la privacidad del
individuo son valores fundamentales.
Sin embargo, muchas culturas se centran en la familia
como una unidad. Asumen que los familiares serán responsables del cuidado y, en
consecuencia, que saben qué es lo mejor para el paciente. A menudo consideran
al varón o hijo mayor como el portavoz de la familia. La información debe ser
entregada a esta persona, quien la compartirá con la familia. La familia toma
la mejor decisión para el paciente, y esta decisión es comunicada al equipo de
salud por el portavoz familiar. Esto no es solo lo que la familia espera, sino
lo que el paciente espera y valora .
Esperanza frente a
verdad
Dado que la toma de decisiones de
forma autónoma es tan valorada en la medicina occidental la sinceridad con el
paciente también se valora. Creemos que un paciente no puede tomar decisiones
informadas a menos que conozca la verdad sobre su situación.
Sin embargo, la esperanza suele ser más valorada
que la verdad en las familias que creen que deben tomar decisiones por
el paciente. La esperanza —la creencia de que "todo va a estar bien"—
se considera tan importante para el bienestar del paciente que la familia asume
la responsabilidad de conocer "la verdad" mientras mantiene la
esperanza del paciente. Creen que si el paciente pierde la esperanza perderá el
ánimo necesario para vivir.
En estas culturas, mantener la esperanza evitando la
verdad se considera responsabilidad de la familia. Incluso los médicos y
enfermeros que trabajan en estas culturas mienten al paciente o evitan la
verdad solo para mantener viva la esperanza. En este marco ético, el simple
respeto y la amabilidad exigen que se proteja al enfermo de la dolorosa verdad.
En algunas culturas, sobre todo en las tribus de indios
norteamericanos, se cree que lo verbalizado se convierte en realidad. En otras
palabras, decir que alguien se está muriendo puede, de hecho, causar la
muerte. Por ello, los médicos estadounidenses que dicen la verdad pueden ser
vistos como crueles y peligrosos. Personas como el señor Chi se sienten
frecuentemente ofendidos por el énfasis que la medicina occidental da a las
directivas anticipadas y al consentimiento informado, que parecen invitar, e
incluso inducir, la muerte.
Sin embargo, existe una manera culturalmente sensible de
manejar estas situaciones que no viola las preocupaciones éticas de los
profesionales de la salud occidentales. Se puede pedir a los pacientes que
tomen una decisión autónoma sobre a quién se deben informar los resultados de
sus pruebas y su pronóstico. Se les puede preguntar si prefieren tomar
decisiones de atención médica por sí mismos o designar a otra persona. Cuando
los pacientes delegan la decisión en la familia han ejercido su autonomía al
delegar esa responsabilidad en alguien de confianza.
Cuidados paliativos frente
a cuidados curativos
La tecnología médica moderna nos brinda herramientas
poderosas pero estas no siempre se usan con prudencia. Muchos profesionales de
la salud han presenciado a pacientes sometidos a tratamientos muy estresantes
con pocas posibilidades de curación. Algunos se sienten culpables por causar
tanto dolor cuando la recuperación es dudosa. Esto ha llevado a la mayoría de
los médicos a creer que llega el momento de brindar cuidados paliativos en
lugar de curativos. De hecho, muchos médicos, incluido yo misma, presencian
tratamientos médicos que, de hecho, aceleran la muerte del paciente. Las
familias, en negación, pueden presionar a los médicos para que continúen con
tratamientos inútiles, y algunos médicos temen ser demandados si se niegan. Se
necesita un médico valiente y compasivo para decir: "Cuando me convertí en
médico hice un juramento solemne, el Juramento Hipocrático que me obliga a
'sobre todo, no hacer daño'. Es hora de cambiar el enfoque y el objetivo del
tratamiento de este paciente, de cuidados curativos a cuidados
paliativos".
Familias como los Rodríguez y los Ariapour a menudo consideran
la decisión de cambiar a cuidados paliativos como una "rendición".
Esto se considera inapropiado, por no decir pecaminoso. Muchos grupos
culturales afirman que nadie conoce el futuro excepto Dios y que es nuestra
responsabilidad "hacer todo lo posible" para que, si la voluntad de
Dios es la cura, no actuemos en contra de ella. En su fervor y con buenas
intenciones, algunas enfermeras de culturas extranjeras o de diferentes
creencias religiosas se han negado a sugerir cuidados paliativos.
También se han dado casos de enfermeras de centros de
atención a largo plazo que renunciaron, anularon un testamento vital o
ignoraron las órdenes de la familia y el médico de suspender la alimentación
por sonda. Creían que se les pedía que dejaran morir de hambre al paciente, lo
cual contravenía sus propias creencias religiosas. Interferir de esta manera es
por supuesto, ilegal, pero demuestra la fuerza con la que nuestras ideas
culturales o religiosas pueden influir nuestro comportamiento.
El asunto se complica aún más, como en el caso de la
negra señora Juana, cuando el grupo cultural ha sido víctima de racismo y
discriminación. La sugerencia de cambiar de cuidados curativos a paliativos
puede verse como una solución más económica o que reduce costos, negando a su
ser querido la costosa atención que merece. Estas situaciones requieren gran
sensibilidad.
Manejo del dolor
En la cultura médica occidental actual el dolor suele
considerarse un mal innecesario. El dolor intenso debe aliviarse lo antes
posible. Los pacientes deben expresar su dolor con calma y describirlo
concisamente utilizando una escala de valoración del 1 al 10 (o una escala del
1 al 5 para niños, donde 1 representa una "molestia leve" y el número
más alto, ya sea 5 o 10, "insoportable"). Esto ayuda a sus cuidadores
a saber cómo abordar el dolor y determinar si el tratamiento lo alivia.
Sin embargo, en otros grupos culturales el dolor puede
verse como una forma de expiar pecados, algo que debe aceptarse en el camino de
la vida o como una forma de forjar y manifestar carácter. Quienes sostienen
estas creencias pueden desear tolerar más dolor del que sus cuidadores fijarían
como tolerable. Pueden ser especialmente reacios a usar analgésicos narcóticos,
que pueden estar aún más estigmatizados en el grupo étnico del paciente que en
la cultura occidental en general.
Algunos grupos también son más estoicos o más expresivos
ante el dolor que los occidentales. Por lo tanto, es fácil para los cuidadores
interpretar el silencio de los del primer grupo como una señal de que no
sienten dolor, o los llantos y gemidos del segundo como reacciones exageradas.
A diferencia de los norteamericanos, que han sido entrenados para pensar
cuantitativamente desde edad temprana, estos pacientes también pueden tener
dificultades para usar una escala de puntos para medir el dolor. En cambio,
pueden usar metáforas u otros términos para describir la calidad del dolor,
que pueden no ser fácilmente comprendidos por sus cuidadores estadounidenses.
Las formas eficaces de controlar el dolor en estas
situaciones pueden incluir obtener servicios de interpretación de idiomas,
pedirle al paciente que compare el dolor actual con experiencias de dolor
pasadas e identificar formas pasadas de afrontar el dolor.
Tomarse tiempo para comprender la experiencia del dolor
es especialmente importante cuando los pacientes tienen dificultades para usar
la escala del 1 al 5 o al 10. Si un paciente se muestra reacio a usar
analgésicos debido a preocupaciones espirituales o éticas sobre el propósito
del dolor, o el uso de narcóticos, recurrir a un consejero pastoral o a un
líder religioso adecuado puede ayudar a los cuidadores a comprender y también a
disipar las inquietudes del paciente.
Tratamientos
apropiados
Cuando estás enfermo, ¿tienes algún alimento relajante
favorito, como la sopa de cangrejo? ¿Tomas vitamina C para prevenir resfriados?
¿Te alivia un baño caliente cuando sientes que estás enfermando? Estos son
tratamientos que muchos estadounidenses encuentran curativos. Sin embargo, los
estudios demuestran que gran parte de su beneficio proviene del efecto
placebo . Esto significa que si crees que algo te va a hacer sentir mejor,
generalmente lo hace, incluso si no hay razón científica para ello.
Todos deberían recordar esto cuando piensen que los
tratamientos culturales que eligen los pacientes son inútiles. Puede que no
curen pero los tratamientos que eligen los pacientes son los que les brindan
una sensación de comodidad y bienestar, y pueden ser un complemento útil a
tratamientos más científicos. ¡El objetivo es usar lo que funcione!
La mayoría de los remedios caseros o tratamientos
alternativos no son perjudiciales si se usan adecuadamente, y muchos cuentan
con prueba científica que respalda su eficacia. Por lo tanto, los profesionales
de la salud y los cuidadores deben tolerar y respetar la mayoría de las
terapias y rituales naturales, como la salvia que el señor Chi quería quemar.
Sin embargo, es fundamental informar a todos sobre estos tratamientos para
evitar posibles interacciones peligrosas con los medicamentos recetados o la
afección del paciente.
Algunos pacientes se resisten a seguir las
recomendaciones de sus médicos y enfermeras porque estos consejos contradicen
su comprensión de lo que les sucede y
cómo debe tratarse. Casi siempre este tipo de problemas se pueden resolver. Se
debe animar a los pacientes a que comuniquen sus inquietudes a sus
profesionales de la salud, y el equipo de atención médica, a su vez, debe
abordar la situación con respeto, flexibilidad y creatividad.
Comunicación no verbal
y etiqueta
Ya es bastante difícil cuando los
pacientes y sus profesionales de la salud hablan idiomas diferentes. Pero las
diferencias en los patrones de comunicación no verbal y protocolo pueden causar
aún más problemas.
El contacto visual que mantenemos, la distancia con la
otra persona, si la tocamos o no, nuestro tono y la velocidad con la que
hablamos: todo esto transmite nuestro mensaje tanto, si no más, que las
palabras que usamos. Desafortunadamente, las mismas conductas no verbales
transmiten mensajes muy diferentes en distintas culturas. Por ejemplo, en la
tradición navajo del señor Chi, una forma importante de mostrar respeto es
guardar silencio un rato después de que otra persona haya hablado. Sin embargo,
las enfermeras malinterpretaron el habla lenta del señor Chi, interrumpida por
silencios, como un signo de depresión.
Del mismo modo, comportamientos que algunas personas
consideran educados y amables pueden parecer groseros y ofensivos para otras.
Cuando la enfermera de la negra señora Juana la llamó por su nombre intentaba
transmitir amabilidad y cariño. Sin embargo, la hija de la paciente se sintió
ofendida por lo que interpretó como falta de respeto hacia la enferma.
¿Qué se puede hacer
para prevenir la confusión y los conflictos culturales?
Para ayudar verdaderamente a otras
personas, primero debemos aceptarlas. Desafortunadamente, cuando la persona a
la que intentamos ayudar (o quien nos ayuda) proviene de un grupo cultural
diferente tenemos fuerte tendencia a juzgar sus creencias, valores y prácticas
como "correctas" o "incorrectas". El primer paso para
prevenir conflictos es recordar que las diferencias culturales son solo eso: diferencias.
Podemos honrarlas y respetarlas incluso cuando no estemos de acuerdo con ellas.
Debemos ser especialmente cuidadosos al interpretar la
comunicación no verbal y la etiqueta como ofensivas. ¿La persona pretendía el
comportamiento tal como lo interpretamos, o significa algo completamente
diferente en su cultura?
Si brindas atención médica, tómate tiempo para comprender
los valores o comportamientos culturales del paciente. Si eres paciente o
familiar, informa a tus profesionales de la salud sobre creencias, valores y
prácticas que son importantes para ti y para el paciente. Si no respetan tus
solicitudes habla del problema con el supervisor o representante de pacientes
del centro. Toda organización profesional de atención médica tiene normas que
exigen que los profesionales de la salud respeten las necesidades y
preferencias culturales de sus pacientes.
La mejor manera de comprender las creencias culturales de
un paciente grave es hacer preguntas correctas de manera correcta. Una forma
sensata de comenzar es explicar por qué se hacen las pregunta: “Cuando las
personas están gravemente enfermas recurren a sus creencias culturales y
espirituales para ayudarse. ¿Hay creencias particulares que sean especialmente
importantes para usted en estos momentos? ¿Hay hierbas, alimentos o
tratamientos especiales que le resulten útiles? ¿Hay cosas especiales que deba
saber sobre el cuidado de su cuerpo? ¿Desvestirse para un examen? ¿Ayudarlo a
ir al baño? ¿Ayudarlo a bañarse? Quiero ser educado y respetuoso con usted y su
familia. ¿Prefiere que lo llamen por su nombre o apellido? ¿Podría ayudarme a
saber si algo de lo que hago le parece grosero u ofensivo, para que pueda
corregirlo?”
Luego, debe hacer preguntas específicas sobre la toma de
decisiones y la atención médica: “Algunos pacientes prefieren estar informados
sobre los resultados de sus pruebas y tomar sus decisiones sobre la atención
médica. Otros prefieren que sus familias asuman esta responsabilidad. ¿Le
gustaría estar informado y tomar sus propias decisiones, o preferiría que
hablemos sobre su atención médica con un familiar? ¿Quién le gustaría que
tomara decisiones por usted?” Y finalmente: “¿Hay rituales o costumbres
especiales que pueda ayudarle a mantener?”
Por ejemplo, consideremos de nuevo el caso de la señora
Ariapour. Ante la exigencia de la familia de ocultarle la verdad, Juan, el
enfermero del paliativos primero exploró el motivo de esta petición. Escuchó
atentamente mientras le explicaban que el destino de la señora Ariapour estaba
en manos de su dios y que era un error asumir que iba a morir solo porque los
médicos lo dijeran. Como creían que la paciente no debía ser agobiada por malas
noticias consideraban que la familia debía asumir la responsabilidad de todas
las decisiones necesarias y de los formularios de consentimiento que debían
firmarse.
Juan explicó entonces que el consentimiento informado era
necesario para iniciar los cuidados paliativos. Reconoció que ambas partes deseaban
lo mismo para la paciente: comodidad y buenos cuidados, aunque tenían
diferentes maneras de lograrlo. Juan, la familia Ariapour y el supervisor de Juan
negociaron cómo podrían satisfacer las preferencias culturales de la familia,
así como los requisitos del cuidado de paliativos. Acordaron un plan: Juan y un
intérprete conversaron con la señora Ariapour. Ella informó que se sentía
"demasiado cansada" para escuchar a los médicos o tomar decisiones
sobre su atención. Dijo que su hijo debía encargarse de estas cosas. Juan pudo
documentarlo en la historia clínica, y el hijo asumió la responsabilidad del
consentimiento informado.
Al cuidar a alguien de origen
diferente al tuyo el respeto es la clave. La experiencia puede ser una
oportunidad de crecimiento y comprensión mutua para las partes.
EN RESUMEN Respetar las
creencias culturales del moribundo no sólo ayuda al paciente sino que también podría
enriquecer la vida del cuidador.
24. LA IMPORTANCIA DE LAS INFLUENCIAS
ESPIRITUALES
"¿Por
qué a mí?" "¿Por qué ahora?" "¿Qué hice para merecer
esto?" "¿Me está castigando Dios?" "¿Qué sigue?"
Invocamos la fe, la religión u otras influencias espirituales para que nos den
respuestas a lo incontestable, especialmente en tiempos de crisis. La
espiritualidad suele impregnar cada aspecto de la vida pero se intensifica
considerablemente al acercarse la muerte, incluso para quienes se han alejado
de la fe. Con frecuencia son nuestras creencias espirituales las que nos dan
fuerza, significado y dirección durante estos sucesos vitales tan desafiantes.
En mi experiencia, las personas encuentran gran consuelo
en las enseñanzas espirituales que advierten que la muerte no es el final. Su
angustia y lucha parecen disminuir. La espiritualidad también juega un papel
importante en cómo enfrentan la enfermedad, toman decisiones sobre su salud y
lidian con el sufrimiento y el dolor. Es muy importante que amigos y cuidadores
reconozcan esto.
GORRIÓN BAILARÍN
Había pasado por la unidad de cuidados paliativos para
comprar suministros cuando vi a una de mis excompañeras favoritas. Era Galilaji
tomando café en el comedor y cuando me vio me hizo señas para que me acercara. Galilaji
es una Cherokee de la Banda Oriental de Virginia y siempre lleva su diadema
nativa y su nombre significa “bonita”. Es trabajadora social muy cualificada,
una persona brillante y entusiasta, y los pacientes y sus familias adoran su
espíritu. Le dije cuánto extrañaba trabajar con ella mientras nos poníamos al
día con nuestras vidas.
Más tarde, mientras caminábamos juntas por el pasill, de
repente me agarró del brazo y dijo: «Entremos, te presentaré a mi paciente favorita».
Al entrar en la habitación de cuatro camas, tres de las pacientes empezaron a
gritar: «Soy su favorita». «No, no puedes serlo, yo lo soy».
«Se equivocan, soy yo quien es su favorita». Todas reían.
Nos acercamos a la pequeña y tranquila paciente del
rincón. Se veía lo hermosa que había sido solo unos años antes. Pero ahora, a
los cuarenta y seis años, se moría de cáncer de ovario y su rostro estaba
surcado por profundas y arrugas. Era diminuta y frágil como un pajarito, ahora
empequeñecida por la cama de hospital que se había convertido en su hogar.
“Maggie, te presento a Celia, cuyo verdadero nombre es
Gorrión Bailarín. Es de la tribu Hopi, cerca del Gran Cañón de Arizona. Celia,
ella es Maggie, una de las enfermeras más insistentes que conozco.
“Me alegro mucho de conocerte, Gorrión Bailarín”, le dije
tomándole la mano. A pesar de nuestras risas casi podía percibir la profunda
tristeza que la envolvía. “¿Puedo hacer algo por ti?”
“Abrázame en tu corazón y reza por mí”, dijo con lágrimas
en los ojos. Un poco sorprendida por la intensidad con la que se expresaba ante
un desconocido, respondí: “Sin duda, Gorrión Bailarín. ¡Lo prometo!”.
Mientras Galilaji me acompañaba al coche me contó la
historia de Celia. Había dejado su tribu y familia, veinte años atrás, buscando
oportunidades en la gran ciudad. Pero pasó de un trabajo precario a otro
hundiéndose cada vez más en las deudas y la depresión. Había tenido varias
relaciones pero una de ellas la maltrataba y las demás se aprovechaban de ella.
Y por mucho que deseara volver a casa con su gente ni siquiera un billete de
autobús estaba a su alcance.
Ahora estaba demasiado enferma para viajar una distancia
tan grande, e incluso si pudiera no había nadie que la llevara. Se había
resignado a no volver a ver su tierra natal. Galilaji me contó que Gorrión
Bailarín temía que su espíritu vagara para siempre y nunca encontrara paz si no
regresaba a su tierra natal.
"Me molesta mucho", dijo Galilaji. "Siento
que tengo que llevarla de vuelta a casa y no sé cómo". La semana siguiente
me llamó muy disgustada. Celia había fallecido.
Unos meses después me sentí honrada y encantada de saber
que la Organización Nacional de Hospicios y Cuidados Paliativos me había
nombrado Profesional Clínico del Año, y aún más emocionada de que Galilaji
fuera la Trabajadora Social del Año. Ambos premios se entregarían en la
conferencia anual de la organización en Phoenix, Arizona. No creo en las
coincidencias, pero lo primero que pensé al llamar a Galilaji para felicitarla
fue en nuestras promesas a Gorrión Bailarín. Ambas sabíamos que, de alguna
manera, este viaje nos daría la oportunidad de cumplirlas.
Después de la ceremonia de la entrega de premios nuestra
supervisora, Jimena, Galilaji y yo alquilamos un coche y nos dirigimos al Gran
Cañón. Ningunsa de nosotros lo había visto antes.
“¿Qué se supone que debemos hacer cuando lleguemos
allí?”, pregunté a Galilaji.
"Traje tabaco sagrado para una ofrenda y estoy
segura de que resolveremos el resto. Me parece bien llevar su espíritu a
casa".
Recorrimos el Borde Este del Gran Cañón en coche hasta
encontrar un mirador aislado, a pocos pasos de un pequeño aparcamiento.
Caminamos hasta el borde y nos quedamos en silencio un buen rato, maravilladas.
Entonces Galilaji empezó a tararear mientras ofrecía su tabaco a los espíritus
y a las cuatro direcciones. Su tarareo se hacía cada vez más fuerte mientras se
mecía. Jimena y yo hicimos todo lo posible por seguirla, y en un abrir y cerrar
de ojos, todos estábamos bailando y cantando con el cañón extendiéndose bajo
nosotros. Fue una grata experiencia dejarse llevar por este ritual.
“Gorrión Danzante, te hemos llevado en nuestros corazones
pero ahora enviamos tu espíritu de regreso a tu tierra natal para que descanse
en paz”, gritó Galilaji. Se separó las manos del corazón y extendió los brazos
hacia el cañón. “¡Descansa en paz, Gorrión Danzante, descansa en paz!”. Lo
coreamos una y otra vez.
Finalmente nos detuvimos y nos apoyamos la una en la otra,
exhaustas y satisfechas de haber cumplido nuestra promesa. Mientras estábamos
allí, disfrutando de la magnificencia de la patria de Gorrión Bailarín,
percibimos rápidos chasquidos a nuestras espaldas. Allí, en el aparcamiento,
había un enorme autobús turístico lleno de empresarios japoneses, cada uno con
una cámara enfocándonos. No teníamos ni idea de cuánto tiempo llevaban allí ni
qué habrían pensado que hacíamos. Habíamos estado muy ocupados enviando el
espíritu de Gorrión Danzante de vuelta a su hogar.
El valor de las
tradiciones espirituales
Cuando la vida se pone difícil las tradiciones
espirituales brindan maneras de sentirnos menos víctimas. Podemos orar, que
otros oren por nosotros y asistir a servicios y ceremonias religiosas. Podemos
observar ciertas tradiciones, rodearnos de símbolos importantes y sentirnos
reconfortados por la sensación de una comunidad espiritual cariñosa y solidaria
a nuestro alrededor. Todo esto nos ayuda a comprender que nuestro sufrimiento
es una condición reconocida y compartida, y que no estamos solos.
Los principios de nuestra particular tradición espiritual
también proporcionan un marco de información y creencias para tomar decisiones
dolorosamente difíciles que pueden surgir en una enfermedad terminal.
Consideremos la cuestión de qué determina la muerte física. Algunas religiones
reconocen la muerte como el cese de la función cerebral e incluso especifican qué
partes del cerebro deben estar involucradas: el cerebro completo, el cerebro
superior o el cerebro inferior. Otras identifican la muerte como el cese del
latido del corazón.
Comprender estas diferencias permite comprender por qué
algunas personas se muestran inflexibles a la hora de optar por la RCP. Creen
que hay vida mientras se pueda hacer latir el corazón, incluso si no hay
función cerebral. Lo que puede parecer una decisión ilógica en una situación
desesperada es una parte importante de sus creencias religiosas. Sus decisiones
deben respetarse. Las creencias religiosas también influyen en decisiones como
cuándo usar o renunciar a tratamientos de soporte vital; si solicitar o
rechazar una autopsia; y las costumbres sobre la atención post mortem, el entierro
y el duelo. La espiritualidad es una estructura de apoyo que proporciona pautas
positivas para que podamos estar seguros de haberlo hecho bien. Esto alivia la
culpa y brinda consuelo incluso mucho después del fallecimiento del paciente.
Cuando surgen conflictos sobre la atención o el
tratamiento, un miembro del clero puede ser de gran ayuda para aclarar a los
pacientes y sus familias qué se aprueba, y qué no, en su fe. Esta autorización
es una de las muchas razones por las que es esencial contar con un
representante espiritual como miembro del equipo de atención. Un capellán de paliativos
desempeña un papel clave en la siguiente historia.
MA-RIA MO-RI-AR-I-TY
“Nací en mi país natal”, dijo Maria, de ochenta y seis
años. Su acento era tan marcado que pensé que era una recién emigrada en lugar
de haberlo hecho hacía sesenta y seis años. “Me trajo aquí mi maravilloso
esposo, Mar-tin Mo-ri-ar-i-ty”.
Me hizo sonreír escuchar cómo esos dos nombres siempre
terminaban en siete sílabas musicales distintas. Entrar en la casa de Moriarity
fue como pisar la tierra vieja de Irlanda.
«Maria, querida, ¿te apetece una taza de té?», preguntaba
Martin. «Claro que sí, Mar-tin Mo-ri-ar-i-ty, y gracias por invitar», respondía
ella. Esta encantadora formalidad continuó durante toda su vida matrimonial,
mucho después de que él la rescatara de una vida de pobreza extrema.
“Es un regalo de Dios”, me dijo María en mi primera
visita. “Él recibió una educación de lujo aquí, en Estados Unidos, en Harvard.
Pero regresó a su tierra natal y se casó conmigo, que solo tenía una educación
de sexto grado. Me salvó de una vida de tristeza”.
Su gratitud descarada se intensificó a medida que su vida
se acercaba al final. Era una mujer tímida y reservada que parecía necesitar
guía para todo lo que hacía, y Martin la obedecía con ternura.
La fiebre reumática, mal tratada en la infancia, le había
causado graves daños en el corazón y debilitado los riñones. Como recomendaron
los médicos en aquel entonces, no tuvieron hijos. Y con la confianza incondicional
y la adoración que María sentía por Martin, su relación parecía más bien la de
padre e hija. Él la apreciaba con una vigilancia y un respeto paternales que
resultaban conmovedores.
Mientras su corazón fallaba lentamente, Martín y María
oraban juntos, no por una cura sino por consuelo y confianza en el plan de
Dios. Su religión era la columna vertebral de sus vidas, y la oración era el
hilo conductor de cada día.
Un día, llegué para una visita de rutina con María y
encontré a Martin disfrutando de una taza de té con nuestro capellán, Gimeno,
un sacerdote que los visitaba con frecuencia y les brindaba un gran apoyo
espiritual. Ambos querían mucho a Gimeno, tan irlandés, y él y Martin estaban
enfrascados en una conversación. Después de ver cómo estaba María me reuní con
ellos en la cocina.
"Me asombra que María siga aquí con nosotros",
les dije. "¿Recuerdan la semana pasada cuando hablamos de todas las
señales que tenía de una muerte inminente?"
“Sí, claro que sí”, dijo Martín con tristeza.
“¡Todavía las tiene! ¿Será que se está quedando por
alguna razón? ¿Qué te parece?”
Martin asintió. “Creo que tienes razón. Detesto verla
así. Apenas está consciente la mayor parte del tiempo. Dejó de comer y beber
hace dos semanas, justo después de que el Padre Gimeno le administrara el
sacramento de los enfermos, la extremaunción. Tal como me dijiste me senté con
ella y le dije que la extrañaría muchísimo pero que estaría bien sin ella y que
pronto me reuniría con ella en el cielo; después de todo, ¡yo también tengo ochenta
y siete años! Pero parece que aún se resiste a ir”.
"Vamos a rezar con ella", dijo el padre Gimeno.
Nos reunimos alrededor de la cama de María y comenzamos a rezar. Apenas había
un destello de reconocimiento en sus párpados. El padre Gimeno habló con
elocuencia de lo gran esposa, devota miembro de su parroquia y cariñosa amiga y
vecina que había sido María.
“Has vivido una vida plena, María. Tu obra ha terminado
aquí, en la Tierra. Ahora es hora de que regreses a casa con Dios. Y como hoy
es la festividad de la Santa Virgen María, Reina de los Cielos, tu santa
patrona, creo que hoy sería un gran día para que regresaras al cielo”.
Contuve la respiración, sorprendida por su franqueza. Y
entonces, juntos, presenciamos el último suspiro de María. Apenas podía creer
lo que veían mis ojos. Murió tan pacífica y sencillamente como había vivido.
Ciertamente hubo lágrimas de tristeza pero se mezclaron con oraciones de
gratitud porque finalmente se sintió segura y libre de irse, no solo con la
bendición de Martin, sino también con las palabras inspiradoras del Padre Gimeno.
Así de simple, él le dio permiso para irse, y ella se fue.
Lo que a veces consideramos un problema físico puede ser
en realidad un asunto espiritual inacabado o sin resolver. Una y otra vez he visto
a moribundos elegir irse cuando están rodeados de sus seres queridos, con su
sacerdote, ministro o rabino presente, y todos rezando juntos. Desperdiciamos
palabras en tantas cosas sin importancia de la vida que rezar junto a los
moribundos (si es apropiado) puede ser una forma muy positiva de usar nuestras
palabras.
EN RESUMEN Las necesidades e
influencias espirituales se intensifican a medida que se acerca la muerte.
Abordar estas necesidades adecuadamente es fundamental en la atención integral
y compasiva de los moribundos.
25. NO DEJES QUE LOS MORIBUNDOS TE
VEAN LLORAR
Y otros mitos
Me gusta bromear con mis pacientes y
familiares diciéndoles que todavía no hay un libro sobre las buenas maneras de
la muerte y el morir. Sin embargo, la sociedad parece tener una lista de qué
hacer y qué no hacer al final de la vida. Esta lista no escrita se compone de
sutilezas anticuadas heredadas de épocas pasadas. Lamentablemente, estos mitos
limitan nuestra capacidad de ser verdaderamente cariñosos y estar presentes
durante la fase final de la vida.
Mito: Las personas
moribundas no saben que están muriendo a menos que alguien se lo diga
A veces, especialmente al principio,
esto puede ser cierto: los enfermos terminales pueden desconocer o negar la
gravedad de su condición. Pero, por lo general, a medida que se debilitan y
enferman más se van dando cuenta de que
están muriendo. Esta comprensión generalmente comienza con pensamientos como:
"Puede que no mejore" . Más tarde, el paciente pensará:
" No estoy mejorando" . A esto le sigue la admisión: "Ya
no puedo mejorar" . Si los cuidados paliativos son la opción, este es
típicamente el momento en que se buscan. Después viene: " Estoy
empeorando y voy a morir" . Y finalmente, la comprensión surge: ¡Me
estoy muriendo, y me moriré pronto!
El moribundo suele guardarse estos pensamientos para sí
misma. Son nuevos y pueden ser dolorosos y confusos. El paciente ha estado
yendo en una dirección —hacia fortalecerse y mejorar— y de repente se hace
necesario reorientarlo y adaptarse.
Los pacientes muy enfermos a menudo me preguntan: “¿Me
estoy muriendo?”
"¿Cómo te sientes?", le pregunto. "¿Qué
crees que está pasando?"
Casi siempre oigo: "Creo que probablemente moriré
pronto. ¿Qué opinas?"
Suelo tomarle la mano a mi paciente y responderle con
mucha amabilidad: "Creo que es posible. ¿Qué le preocupa? ¿De qué
necesitamos hablar para que se sienta más cómodo con estos pensamientos? No me
parece que se esté muriendo hoy".
Nunca uso la palabra matar, que es muy violenta
y victimizante. Nunca diría, por ejemplo: «Esta enfermedad podría matarte».
La gente se sorprende al saber que, en la mayoría de los
casos, es el paciente quien me dice que está muriendo incluso antes de que yo
lo sepa médicamente.
DAVID
David, un joven moribundo por SIDA, había plantado bulbos
de narcisos en la casa que compartía con su pareja. Deseaba que llegara la
primavera para verlos prosperar pero un día me dijo: «No creo que esté vivo
para ver florecer los bulbos».
"¿Estás seguro?", pregunté sorprendido. Parecía
estar bastante bien y la primavera estaba a la vuelta de la esquina. “Sí”,
respondió.
Efectivamente, casi una semana más tarde sufrió una
infección grave y murió en dos semanas. Los bulbos que había plantado florecieron
el día de su funeral. Después, el compañero de David desenterró seis narcisos y
me los regaló en una maceta. Los planté en mi jardín. Cada vez que los veo
pienso en David y en cómo él sabía más que nosotros.
Necesitamos escuchar a las personas con enfermedades
terminales; a menudo tienen una extraña intuición de lo que les sucede. He
visto y oído lo suficiente a lo largo de los años como para confiar en las
premoniciones de mis pacientes.
Mito: No dejes que
los moribundos te vean llorar
¿Alguna vez te has sentido abrumado por la emoción e
intentado contener las lágrimas? ¡Requiere mucha energía! A veces incluso es
doloroso: parpadeas y parpadeas, intentando contener las lágrimas. Tragas y
tragas saliva intentando deshacer el nudo de la garganta y respiras
profundamente para aliviar la opresión en el pecho. Te concentras por completo
en aliviar tu malestar físico en lugar de en las necesidades del paciente.
Al reprimir tus sentimientos normales y naturales envías
un mensaje contundente al moribundo: "No puedo soportar tu tristeza ni tu
enojo. Por favor, perdóname". No estás disponible para escuchar al
paciente expresar preocupaciones como: "Me sentiría mejor si no tuviera
tanta compañía todo el tiempo", "Me sentiría mejor si mi esposa no
esperara que comiera todo lo que me da", o "Necesito hablar sobre
cómo se las arreglará mi familia económicamente después de mi muerte".
Yo subo
Fui la enfermera asignada a Iris,
mujer de sesenta años, después de que su hija Julia, vieja amiga mía, se mudara
con ella para cuidarla. Julia me confesó que se estaba "manteniendo
fuerte" para no molestarla ni deprimirla demasiado. "Ya tiene
bastante de qué preocuparse, no quiero que se preocupe también por mí".
Un día, estaba en la habitación de Iris cuando Julia
llegó. Tenía pensado salir esa noche y se estaba probando ropa y joyas, y pedía
consejo a su madre sobre qué conjunto le quedaba bien. Me di cuenta de que era
un ritual de toda la vida entre ellas, algo que compartían.
En esta ocasión, sin embargo, Iris estaba agotada, no podía
ofrecer a su hija su habitual franca opinión y noté que Julia se angustiaba
cada vez más, y se iba irritando con la vaguedad y falta de respuesta de su
madre.
“Mamá, presta atención. Te pregunto por mi collar”.
"Se ve bien", dijo Iris con voz débil. Tras
varias respuestas con tono cansado Julia estalló. "¡No sé qué voy a hacer
sin ti!", dijo rompiendo a llorar. Lloró sin parar acurrucándose en la
cama con su madre, hablando con ternura y profundidad sobre lo que significaría
para ella la muerte de su madre.
Las lágrimas permitieron que se iniciara un diálogo
significativo. Vi a Iris llorar también y empezó a confesar a Julia su
preocupación por que estuviera bien después de su muerte.
“Actúas como si esto no estuviera pasando”, dijo Iris. ”Me
preocupaba mucho que no entendieras lo que estaba pasando”.
Cuando somos lo suficientemente valientes para compartir
verdaderamente nuestros sentimientos con los moribundos, ese acto de amor les
da permiso para compartir sus sentimientos con nosotros.
Mito: No dejes que
nadie hable con los moribundos sobre cómo es morir
Si alguna vez has estado embarazada, o
pasado tiempo con ellas, sabes que una de las mejores maneras de ser amable es
escuchar sus miedos y responder a sus preguntas sobre cómo es parir. Ciertamente
no todas las mujeres se embarazan y dan a luz, pero todas mueren. ¿Cómo
podemos, como cuidadores, ayudar a las personas en fase terminal si no hablamos
con ellas sobre sus experiencias? Negarles esto las hace sentir aisladas y
solas, y su relación podría necesitar estas conversaciones abiertas para
profundizar y cerrar el trato.
Una forma de iniciar esta conversación es pedir a los
cuidadores de tratamientos paliativos, u otros profesionales clínicos, que
compartan su experiencia e información. Siempre déjate guiar por el moribundo.
Es posible que necesites escuchar solo un poco a la vez, o volver a ciertas
ideas una y otra vez.
Tener el coraje de escuchar y compartir sus miedos sobre
el importante suceso de la vida que es morir es tan apropiado como discutir los
miedos y la importancia de otro suceso de la vida como es el embarazo.
Mito: No hables con
los moribundos sobre cómo será tu vida después de que se hayan ido
A menudo evitamos este tipo de
conversación pensando que despertará sentimientos de inutilidad y pérdida, o
que obligará a los moribundos a encarar una realidad que no pueden afrontar.
Pero, de hecho, muchos moribundos están profundamente preocupados por cómo su
fallecimiento afectará la vida de sus seres queridos, y hablar juntos sobre
estas preocupaciones puede aliviar esta carga y ansiedad.
Asegúrales que quienes dejan atrás se cuidarán mutuamente
en el futuro. Diles que su vida y su recuerdo ayudarán a quienes quedan atrás,
a quienes han transmitido valores útiles. Que ellos han sido una fuente de
inspiración para quienes se quedan, y que serán recordados.
Mito: Si el viudo encuentra
otro amor, deshonra al cónyuge fallecido
He visto a muchas mujeres moribundas
reconocer el maravilloso matrimonio que tenían y que amaban tanto a su esposo
que la idea de verlo solo y aislado el resto de su vida les causaba dolor. Y
por eso esperaban que volviera a encontrar el amor y un buen matrimonio.
Tanto en el caso de él o de ella, este acto de amor no
solo valida la bondad del esposo supérstite sino que también evita cualquier
culpa que pueda sentir en el futuro si se encuentra otro amor. Si se realiza en
presencia de los hijos, sean mayores o menores, también puede ayudar a evitar
la culpa que los hijos pueden sentir por su padre o madre por ir en contra de
su expectativa (sospecho que subconsciente) de que se debería vivir siempre
viudez. La viudez se ve como testimonio del amor por la madre o el padre
fallecido. Este es un problema grave que a menudo divide a las familias en el
duelo. Y eso es precisamente lo que teme el moribundo.
Estas garantías serán profundamente reconfortantes. Los
moribundos necesitan saber que su vida y muerte han sido
significativas para sus seres queridos y los fortalecerán mientras continúan
con sus propias vidas.
Mito: Se está muriendo.
No deberíamos ponerle límites. Tenemos que aguantar su comportamiento malo,
manipulador, exigente o degradante. Al fin y al cabo, ¡se está muriendo!
No te imaginas cuántas veces he
entrado en la habitación de un paciente, o he acercado una silla a su sillón
reclinable, y le he dicho: "Acabo de hablar con tu esposa en la cocina y
está agotada y llorando. ¿Quieres quedarte en casa?".
El paciente, sorprendido, responde: “¡Por supuesto que
sí!”
“¿Quieres tener que ir a un asilo de ancianos?”
“¡Absolutamente no!”, responde el paciente irritado.
“Bueno, pues entonces lo estás haciendo todo mal”, le digo.
“Mientras haya una fila de gente en tu puerta, esperando el trabajo de tu
esposa, te sugiero que seas más amable con ella. Has sido bastante exigente y
cruel, y si ella se desmorona también lo harán tus decisiones y entonces
tendrás que ir a una residencia de ancianos. Tú decides”.
En el silencio que suele seguir continúo: «Sé que estás
enfadada por esto, y estoy disponible, al igual que mi equipo, para ayudarte a
encontrar otras maneras de afrontar estas terribles pérdidas. Pero es un error
desquitarse con la misma persona que está dispuesta a cuidarte las 24 horas del
día, los 7 días de la semana porque nadie más se plantearía asumir su puesto».
La mayoría de las veces el paciente ni siquiera se da
cuenta de lo difícil que es su comportamiento, y de todos los abrazos y agradecimientos que
recibo con mi trabajo los que provienen de los cuidadores aliviados son los
mejores.
Mito: Si alguien se
siente incómodo con el proceso de morir, está bien no visitarlo
A veces, un amigo o un ser querido no
viene a visitar al moribundo y da razones como "No quiero verlo así",
"Quiero recordarla como era" o, "Odio los hospitales". El
mensaje que el moribundo recibe de esto es: "Aunque te estés muriendo,
eres menos importante para mí que protegerme de mis propias incomodidades y
disgustos". Imagínate cómo siente esto un moribundo. Justo cuando necesita estar rodeada
del amor de familiares y amigos, el amigo no puede molestarse y su incomodidad
es más importante que las necesidades finales del paciente.
Si eres una de estas personas débiles, por favor, presta
atención. Si se trata de otra persona te sugiero que le digas esto a la
egocéntrica que se comporta así: "¿Quién te prometió que nunca tendrías
que hacer nada que no te gusta? ¿Quién te libró de enfrentar el dolor y, a
menudo. la culpa, quién de visitar a un moribundo? ¡Madura! La vida trae
momentos dolorosos y difíciles para todos. ¿Quién decidió que debías
ser perdonado?"
Enfrentar tus miedos puede muy bien disminuirlos. De
cualquier manera, tienes una responsabilidad aquí. Si alguien ha sido positivo
en tu vida esa persona merece tu atención ahora, ya que esa vida está llegando
a su fin.
Se nota que siento algo muy fuerte por esto. He visto a
demasiada gente devastada morir con demasiada tristeza esperando a alguien que
nunca llegó.
Mito: Debemos
proteger a los niños y mantenerlos alejados. Queremos que recuerden al abuelo
tal como era.
Imagina a un niño cariñoso y confiado
cuyo abuelo está muriendo. Un día, el comportamiento familiar cambia y este
pequeño, confundido, se queda con niñeras o vecinos durante largos periodos. El
niño sabe que mamá está molesta. Llora todo el tiempo pero nadie le explica el porqué.
Luego, la siguiente vez que va a casa de la abuela está muy triste y el abuelo
se ha ido, ¡zas!, así de fácil. Y nadie habla de ello.
Los niños en estas situaciones son susceptibles a
sentimientos de abandono y se preocupan por quién desaparecerá después: ¡quizás
mamá, papá o incluso un niño! Su mente tiende a imaginar algo mucho peor de lo
que realmente ocurrió. Con explicaciones sencillas y claras de lo que verá, el
niño no suele tener miedo.
Es igualmente devastador privar a una persona moribunda
del amor y la dulce atención de sus nietos o hijos pequeños. No hay nada más
preciado en este universo que esta relación única. Los hijos pequeños y los
nietos nos ofrecen la oportunidad de revivir la vida a través de sus inocentes ojos,
llenos de amor y alegría, sin las cargas ni responsabilidades de la paternidad
o la abuelidad. Qué consuelo recordar que nuestros genes, herencia, esperanzas
y sueños siguen adelante cuando nosotros ya no podemos. Así que no dejéis a los
niños lejos.
EN RESUMEN ¡Los cuentos de
viejas sobre la muerte deberían haber sido enterrados con las viejas!
PARTE V
LARGO CAMINO ... CANSÁNDOSE
26. “PODRÍA MORIR DE RISA”
La gente suele asumir que morir
debería ser un acontecimiento sombrío y que cualquier muestra de humor sería
descortés e irrespetuosa. Pero mis pacientes me han enseñado que si el humor
forma parte de la vida de una persona no debería morir antes que ella.
Jacobo, un paciente mío, hablaba con Timeo, nuestro nuevo
capellán del paliativos. «Mi esposa y yo todavía nos reímos mucho a pesar de mi
situación, a veces incluso de mis cambios físicos. Si no hubiera
conservado mi sentido del humor no habría durado tanto».
“La risa es realmente una cuestión de vida, ¿no?”,
sugirió Timeo.
“Sí, extraño reírme con mis amigos”, dijo Jacobo. “Tengo
muy buenos amigos de pesca, y solíamos reírnos mucho en muchas aventuras de fin
de semana. Ahora, cuando vienen de visita entran como directores de funerales.
Si intento bromear los incomodo, como si tuvieran miedo de reír. ¿Acaso no
saben que sigo vivo y agradecerían la distracción?”
Entonces, ¿por qué nos resistimos al humor? ¿Será por
miedo a ofender a alguien? ¿Será porque estamos muy tristes o angustiados?
Quizás lo sentimos irreverente. Sea cual sea la razón, perdemos la oportunidad
de mitigar los desafíos de la muerte.
Un paciente me dijo: «Morir puede ser muy monótono y
aburrido. Simplemente ya no tengo nada interesante que ofrecer». Incorporar la
risa a esta situación negativa es una buena intervención terapéutica. La risa
libera endorfinas —las «hormonas de la felicidad» que son la versión cerebral
de la morfina, un analgésico— y ayuda a equilibrar parte de la tristeza.
Cuando Xana, voluntaria de cuidados paliativos, preguntó
a una de mis pacientes qué tan bien nuestro equipo de paliativos estaba
satisfaciendo sus necesidades respondió: «Muy bien hasta ahora. Trabajamos
juntos, reímos juntos, lloramos juntos y luego reímos aún más».
Sabiendo que las personas mueren como viven, vemos que
las personas divertidas mueren con humor, tal como lo han vivido. Esto nos deja
un legado de risa.
LA ÚLTIMA RISA
Casimiro Máquina había sido todo un personaje toda su
vida. Una nube de risas, cual polvo de duendes, lo seguía a todas partes. Su
mejor amigo y compañero de golf durante muchos años, el padre Mariano quien
también era su párroco, fue un apoyo incondicional durante la enfermedad de Casimiro.
Tras años de lucha contra el cáncer de pulmón Casimiro entraba y salía del coma
y parecía estar al borde de la muerte.
Su familia pidió al padre Mariano que fuera a la
residencia para celebrar una última misa junto a la cama de Casimiro. Con el
corazón destrozado el sacerdote celebró con tristeza la primera mitad del
servicio y luego comenzó una breve homilía.
“Que Dios nos ayude en este momento de necesidad y dolor.
Casimiro siempre ha sido un buen hombre, esposo y padre maravilloso, querido
amigo...”. Hizo una pausa con tristeza pero entonces un brillo se asomó a sus
ojos y exclamó: “¡Pero no es muy buen golfista!”
Se oyeron risitas alrededor de la cama. Luego, el padre Mariano
volvió a ponerse serio. “Ayúdennos a entender cómo esta enfermedad pudo afectar
a un ser querido, y ahora nos lo está arrebatando. Por favor, ayudadnos a
entender por qué.”
En ese momento Casimiro abrió los ojos, miró directamente
a su querido amigo y sonrió con su peculiar sonrisa. Y dijo: "¡Es el haber
soportado tus malditos chistes malos todos estos años lo que me puso en este
estado!" Luego cerró los ojos y
volvió a caer en coma.
"¡Casimiro, debía saber que reirías al
último!", dijo el padre Mariano mientras él y la familia se enjugaban las
lágrimas de risa. Casimiro falleció en paz pocas horas después, siendo la risa
su último regalo a sus seres queridos.
EL AMISTOSO FARMACÉUTICO
DE BARRIO
Al principio, paliativos (el centro de paliativos)
contrataba farmacias independientes en cada uno de los territorios que
cubríamos. Estos farmacéuticos, cuidadosamente seleccionados, solían hacer todo
lo posible para responder con rapidez a las necesidades especiales de nuestros
pacientes.
Eutimio, esposo de mi paciente Juani, me había llamado
para informar que Juani tenía dolor así que fui a visitarla de inmediato. Juani
no podía retener los analgésicos debido a las náuseas y los vómitos así que
llamé al médico para informar. Juntos decidimos cambiar a supositorios hasta
que pudiéramos controlar dolor y náuseas. Con esto, pudo volver a tragar las pastillas.
Este cambio fue la primera orden que di a la farmacia local de Juani que
acababa de ser añadida a la lista de cuidados paliativos aprobados. El
farmacéutico dijo que enviaría los medicamentos lo antes posible.
Justo entonces recibí una llamada diciendo que otra
paciente estaba teniendo una crisis, así que dije a Juani que le entregarían
dos cajas y repasé cómo debía administrarse los supositorios. Le dije que la
llamaría en un rato para ver cómo estaba y que yo podría volver si fuera
necesario.
Horas después llamé para ver cómo estaba. Le habían
entregado la medicina poco después de irme pero su exasperado esposo dijo:
"¡Ni hablar! ¡Su dolor ha empeorado y ahora está ensuciando las
sábanas!". Volví a visitarla para evaluar la situación. El informe de su
esposo era cierto, pero de la cama salía un extraño olor dulce.
Revisé el paquete de la farmacia. La caja de supositorios
para las náuseas estaba allí, y se habían usado dos según lo indicado. La caja
de supositorios para el dolor también estaba allí, pero seguía sellada, así que
no se había administrado ninguno. Pero, ¿por qué había una tercera caja?
Con ganas de complacer, y sabiendo lo mucho que le
gustaban los dulces a su paciente de toda la vida, el farmacéutico había
incluido como obsequio a Juani una caja de pequeños bombones envueltos en papel
de aluminio. ¡Y faltaban dos!
Cuando finalmente nos dimos cuenta de lo que había hecho
nos reímos tanto, y durante tanto tiempo, que pensé que ambos necesitaríamos
oxígeno. Sin embargo Eutimio, con los brazos llenos de sábanas sucias y en su
tercer viaje a la lavandería, no se divirtió tanto.
“ DI ADIÓS , GRACIA ”
Hace años, me llamaron a casa de un cartero jubilado y su
esposa, quienes padecían de ELA, es decir, esclerosis lateral amiotrófica).
Toqué el timbre y enseguida me recibió una anciana pequeña y alegre, con el
pelo ondulado, que parecía desafiar su diagnóstico a pesar de aferrarse a un
andador. Se giró y le hizo un gesto a su esposo para que se presentara.
“Soy Jorge y ella es mi Gracia. Saluda, Gracia”.
A lo que ella respondió: “¡Hola, Gracia!”
"¿Jorge y Gracia?", me reí. "Bueno, soy
Maggie. ¿Te encantaba el viejo programa de Jorge Burns y Gracia Fonso?"
“¡Claro, prácticamente lo vivimos!” dijo Gracia.
No tardé mucho en darme cuenta de que a esta amable
pareja le encantaba reír. Ambos comprendían plenamente la gravedad de la
enfermedad de Grace, pero estaban decididos a disfrutar de cada momento que les
quedaba juntos. Tampoco dudaban de la existencia del más allá y creían que
pronto se reencontrarían en un lugar «sin atascos, colesterol alto ni colas en
el supermercado», dijo Jorge.
La siguiente vez que la visité la puerta principal se
abrió de golpe y vi un rostro con gafas de Groucho Marx, nariz y bigote
postizos. La etiqueta de identificación decía "María Anderson, Auxiliar de
Enfermería Certificada". Consideraba a María una gran amiga, una auxiliar
de enfermería certificada maravillosa y uno de los miembros más importantes de
nuestro equipo de cuidados paliativos.
El trabajo de auxiliar de enfermería incluye mantener a
los pacientes físicamente cómodos, bañarlos, cambiar la ropa de cama, ordenar
su habitación y prepararles la comida. Pero para María esas responsabilidades
laborales eran en realidad un medio para traer luz, risas y humor a la vida de
las personas. Era una leyenda en los paliativos y sus pacientes esperaban con
ilusión sus visitas.
“Estás guapísima hoy, María”, bromeé, “pero quizá Jorge
te preste su maquinilla de afeitar. Vaya, parece que tienes mucha barba de las
cinco de la tarde y ahora son apenas las diez de la mañana”.
“Bueno, tendré que preguntarle”, dijo María, haciéndose a
un lado para que pudiera ver bien el sofá. Allí estaban Gracia y Jorge,
riéndose, también disfrazados con gafas y bigotes de Groucho. Riendo, negué con
la cabeza.
Con esta pareja María y yo jugamos una versión alegre del
viejo rollo del "poli bueno, poli malo". Cuando no le tomando el pelo les ayudaba a inventar
nuevas travesuras para sorprenderme.
"¿Por qué no te sientas y te relajas un poco?",
me dijo Jorge un día ofreciéndome una silla después de terminar el examen de su
esposa. Efectivamente habían puesto un cojín de pedos debajo del asiento. Nunca
olvidaré las carcajadas y las risas, con Jorge y Gracia secándose las lágrimas
de tanto reir. ¡Vivían para estas intrigas y distracciones!
“Más te vale que tengas cuidado, Gracia. ¡Si no eres más
amable conmigo voy a meter tu bacinilla en el congelador!”, bromeé. Y más risas
surgieron.
Nada de esto negaba la gravedad de la enfermedad de
Grace. Caminaba cuando la ingresé pero poco a poco perdería la función
neurológica desde los dedos de los pies hasta la nariz. Dos años después era
tetrapléjica y tenía dificultad para respirar. Fue duro para todos verlo, pero
las risas continuaron.
Llegué a una visita programada y me di cuenta de que el
coche de Jorge no estaba. Al no encontrar a nadie entré ansiosamente en la
habitación de Gracia y Jorge. ¡Me sorprendió y me dio vergüenza ver a otra
persona en la cama con Gracia a las dos de la tarde! ¿Había interrumpido un
momento íntimo? La persona del lado de Jorge estaba completamente tapada con
una manta. Gracia estaba tumbada boca arriba con las mantas subidas hasta la
nariz. La manta se movía con pequeñas bocanadas de aire. ¿Tenía dificultad para
respirar? No. ¡Se reía ! La otra persona también.
Entonces vi los zapatos que sobresalían de debajo de las
sábanas, al pie de la cama. Eran zapatillas blancas: ¡las zapatillas de María! María
estaba en la cama, completamente vestida, con su paciente, ambas temblando de
risa mientras yo me quedaba allí boquiabierta. Les encantó esta sorpresa, y
nunca cesé de hablar de ella.
Gracias al puro poder del humor, María brindó a muchos
pacientes una dosis extra de vida al final de sus enfermedades. Trabajamos
juntas en cuidados paliativos durante siete años, y siempre se destacó por ser
alguien que infundía vitalidad y alegría, no solo a nuestros pacientes sino
también a nuestro personal, a veces cansado de las muertes. Es una verdadera
heroína para mí y una de mis mejores maestras.
No podemos controlar lo que nos sucede
en esta vida, pero sí podemos elegir cómo reaccionamos. Si nos permitimos
abrazar el humor tanto en momentos de tragedia como de alegría nuestras vidas
serán más ricas y equilibradas.
EN RESUMEN El humor añade vida a
nuestros días, e incluso puede añadir días a la vida.
27. CREANDO RECUERDOS
Un día, mi madre de ochenta y ocho
años me sentó y me contó que tenía un "gran problema". Resultó que
llevaba muchos años viendo sangre en las heces pero su pudor le había impedido
contarlo, ni siquiera al médico. Así que, en lugar de que le detectaran y
extirparan pólipos precancerosos a tiempo mediante una colonoscopia ahora se
enfrentaba a un diagnóstico de cáncer colorrectal.
Nos sorprendió y alegró mucho que respondiera bien a un
tratamiento de radioterapia y que le fuera muy bien durante cinco años más. Sin
embargo, cuando finalmente desarrolló una obstrucción intestinal, hablamos con
calma sobre las opciones.
“La cirugía es la única manera de eliminar la
obstrucción”, dije con suavidad. “Pero probablemente signifique terminar con
una bolsa de colostomía en el costado. Si no hay cirugía, es hora de ir a
cuidados paliativos”.
No fue con gran angustia, sino más bien con naturalidad
según recuerdo, que me dijo cómo sería. "Sin cirugía, y punto", dijo
rotundamente. "No volveré al hospital jamás. Me quedaré aquí".
Pero esta conversación sensata no logró protegerme de la
intensidad de la pregunta que formuló a continuación: “¿Quién hubiera pensado
que sucedería tan pronto?”. En ese momento, mi madre tenía noventa y tres
años.
Nunca terminamos. La bandeja de entrada nunca
está vacía. El escritorio nunca está despejado. Los sueños nunca
se hacen realidad del todo, ni los proyectos se completan del todo. Y por eso a
menudo escucho a mis pacientes y a sus familias luchar mientras se enfurecen
contra la injusticia, la inconveniencia y lo prematuro de morir: "¿Por qué
yo?" "¿Por qué nosotros?" "¡No podría haber sucedido en
peor momento!" Sin embargo, ¿cuándo fue la última vez que despertaste y
pensaste: "Este sería el día perfecto para una tragedia"?
Nadie está list . Nunca hay un mejor momento para morir, pero sucede
de todos modos. Les sucede a todos; nadie se salva. Como señaló mi padre
moribundo: "Uno de cada uno, muere".
Morir es un hecho, pero aún quedan decisiones por tomar.
Puedes pasar el tiempo que te queda furioso por la injusticia o puedes
reconocer lo inevitable, lamentar tu muerte y luego dedicarte a crear
recuerdos. Es una decisión difícil, pero es tuya.
Mis "héroes de alto nivel" son aquellos que han
elegido conscientemente usar el tiempo que les queda para escribir un último
capítulo que refleje la gloria de su vida o la de su ser querido. Al crear sus
recuerdos también han creado los míos. Reconocieron que era importante haber
caminado por la Tierra y que su presencia significaba algo para los demás.
Trascendieron la trágica experiencia de ser víctimas de una enfermedad terminal
y siguieron adelante para celebrar la riqueza de sus vidas, convirtiéndose en
maestros iluminados para todos los que fueron tocados por su camino. Permíteme
compartir cómo una de mis "grandes héroes" escribió su último
capítulo:
BERTA
"La llave está debajo de la maceta de la
entrada", me dijo Berta cuando llamé para concertar mi primera cita.
"Solo avísame al entrar, y baja".
A los pocos minutos de conocernos, mientras mis ojos aún
se acostumbraban a la oscuridad de la habitación, Berta anunció: «Necesito que
sepas, de inmediato, que tengo mucho que hacer y no me queda mucho tiempo».
Apenas tenía treinta y seis años, era menuda y demacrada, y a pesar de su
cáncer de ovario era feroz en su concentración, con ojos brillantes de intención.
Miré alrededor del mundo de una sola habitación que su
hermana mayor, Rebeca, había creado para ella en la sala de juegos de su casa:
todo al alcance, todo lo que Berta podría necesitar durante las horas de
trabajo en las que estaba sola. Un pequeño refrigerador del tamaño de un
dormitorio contenía variedad de sus bocadillos y bebidas favoritos. Servía como
mesa auxiliar para una gran canasta que rebosaba con cuadrados de telas
brillantes: el comienzo de una colcha. Una colorida manta tejida a mano camuflaba
discretamente una cómoda junto a la cama. Inclinada para ver el pequeño jardín
trasero de la casa de su hermana, la cómoda cama doble de Berta se había
convertido en su "oficina con vistas". Yacía bajo las sábanas,
apoyada contra muchas almohadas enormes, rodeada de retazos de tela, cartas y
fotos.
“Hay menos de mí y más de todo lo demás en esta cama”,
señaló Berta con una sonrisa. “Es mi reino, y hay mucho que hacer aquí”.
La primera conversación que tengo con una paciente nueva
me indica rápidamente en qué parte del proceso se está centrando. Berta dejó
claro que su prioridad no era tanto el aspecto físico de su enfermedad como
«mantenerme cómoda y alerta para poder terminar algunas de las cosas que he
empezado». Señaló los hilos de una colcha y un álbum de fotos que tenía a su
lado.
Así que juntas hicimos una lista de los problemas físicos
que la ralentizaban y la distraían. La lista incluía estreñimiento, dolor de
espalda que le molestaba especialmente al final del día cuando estaba cansada,
y trastornos del sueño que le quitaban la energía.
"Es fácil", le aseguré. "Todos estos
problemas se solucionarán rápidamente, normalmente en menos de cuarenta y ocho
horas. Añadiremos uno o dos medicamentos nuevos y reorganizaremos tus
analgésicos actuales para abordar mejor sus necesidades de dolor fluctuante.
¡Me pongo a ello enseguida!", le prometí. "Ahora, cuéntame sobre tus
proyectos especiales".
“No quiero que mis hijos sientan que no estaré siempre
con ellos. Y no quiero que olviden las cosas que hemos compartido. Siempre he
sido muy buena documentando nuestro tiempo juntos. He tomado muchísimas fotos
desde que nacieron, pero nunca he encontrado tiempo para hacer más que este
álbum”.
Me entregó el enorme álbum de fotos con páginas y páginas
de fotos de sus dos hijos: Paula desde su nacimiento hasta los diez años, y Chus
desde la infancia hasta los ocho. Las imágenes eran divertidas y tiernas: caras
pintadas con sonrisas de dientes torcidos; Paula tumbada en el jardín delantero
nevado, haciendo un ángel con sus bracitos y piernas, rodeada del mensaje
estampado en una bota: "Te quiero, mamá". Chus agachado con un bate
para ese soñado jonrón de las ligas infantiles, con el casco más ancho que sus
delgados hombros; una gran calabaza Berta riendo con una bruja Paula y un
Batman Chus a su lado, en la festividad de Todos-los-Santos. Cada hito familiar
estaba documentado y exhibido con cariño.
Sentí como si me hubieran dado un golpe en el corazón. Me
costaba tragar la opresión en la garganta cuando Berta dijo: «¡He tenido más
alegría de la que nadie merece, cada minuto desde que nacieron! Ahora tengo que
asegurarme de que tengan todo lo necesario para seguir adelante sin mí».
“¿Dónde están?”, pregunté.
“Tengo mucha suerte de haber tomado buenas decisiones
para ellos”, respondió. “Hace seis meses, cuando quedó claro que no iba a
vencer este maldito cáncer, dos de mis mejores amigos, Juli y Cayetano Mayo, se
ofrecieron a ser sus tutores. Estaban encantados de acogerlos en sus
hogares y familias. Son personas en las que confío y que conocen a Paula y Chus
desde que nacieron. Todos me ayudaron cuando tuve dificultades como madre
soltera.
Son padres muy cariñosos y dedicados, y hemos compartido
con ellos más festividades y sucesos importantes de los que puedo recordar. Juli
es ama de casa y ha sido líder de la tropa de Mozas Aventureras de Paula
durante un tiempo. Chus nunca conoció a su padre, así que el esposo de Juli, Cayetano,
se convirtió en una especie de padre sustituto hace mucho tiempo.
Mientras hablaba, recorrí con la mirada las numerosas
fotos enmarcadas que decoraban la habitación preguntándome si habría alguna prueba
del verdadero padre de los niños. Berta no había mencionado por qué estaba
ausente de sus vidas, y yo no pregunté. Mis pacientes me permiten experimentar
sus vidas capa por capa, a su propio ritmo, y he aprendido a respetar eso.
Tarde o temprano me dicen lo que necesito saber. Tomé nota de todo esto para
compartirlo con mi compañera de trabajo social, Margarita.
Los ojos de Berta se llenaron de lágrimas de gratitud y
se detuvo, sumida en sus pensamientos. Entonces soltó una risita que rompió su
tristeza.
“Una mañana, Chus anunció una de las principales razones
por las que decidió dónde vivir”. Cambió la voz para imitar la de su hijo y
dijo: «‘El perro de los Mayo, Pupi, nos quiere y nos deja acurrucarnos con él
un buen rato cuando estamos tristes y no queremos que los demás niños se
enteren’. ¿Acaso no son los niños tan reales e inteligentes?», se maravilló Berta.
“¡Nunca pensé en eso: tener un terapeuta de duelo gratuito en casa, todo el
tiempo!”
Continuó: «Siguieron viviendo conmigo durante el
siguiente mes y medio, pero pasaban dos noches a la semana con los Mayo. Luego
todo se vino abajo y simplemente no tenía fuerzas para cuidarlos. También tenía
mucho dolor y no quería que mis hijos me vieran así». Guardó silencio un
momento, como si volviera a recordar. “Realmente espero poder terminar estos
libros para que conserven un registro de los muchos momentos divertidos que
compartimos”, dijo finalmente, con la voz cada vez más apagada.
“¿Y dónde están ahora?”, pregunté.
“Viven con los Mayo en nuestro antiguo barrio. Siguen en
la única escuela a la que han asistido, así que hay cierta continuidad para
ellos. Están con todos sus viejos amigos. Desafortunadamente no era una opción
para ellos estar aquí, en casa de mi hermana, hasta que yo...”. No necesitó
decir lo que ambos sabíamos que era inevitable. “Y no había nadie más cerca de
casa que pudiera encargarse de mis necesidades y cuidado. Así que aquí estoy, a
ochenta kilómetros de distancia, siendo tratada como una reina por mi hermana y
su esposo. Los Mayo me traen a los niños todos los fines de semana, y mi jefe
les ha dado tarjetas telefónicas con cantidades enormes para que
puedan llamarme cuando quieran desde cualquier lugar”. Sonrió a medias. “Creo
que esta es la mejor transición posible para ellos y para mí”. Había recuperado
su tono enérgico y eficiente.
Entonces Berta se detuvo y se quedó mirando fijamente
durante unos largos minutos, con los ojos llenos de lágrimas. "Pero todo
esto es una mierda, ¿verdad?"
La rodeé con mis brazos mientras sentía el escozor de mis
propias lágrimas y murmuré: «Sí, lo es. De verdad, de verdad».
Nos mecimos suavemente un rato, abrazadas. Al no ver
ningún pañuelo cerca busqué en mi maletín de enfermera y saqué dos cuadrados de
gasa de 10 por 10 centímetros. Nos reímos mientras desahogamos el dolor y Berta
dijo: "¡Menos mal que hay pañuelos blandos! ¡Si tuviera que usar esta gasa
todo el tiempo, tendría una nariz como la de Rodolfo!".
Me pregunté en silencio si tendría la fortaleza emocional
para escuchar más ese día, pero aún quería saber más sobre sus objetivos y cómo
podía ayudarla a alcanzarlos. Le pregunté, y ella continuó.
“Bueno, primero que nada, vendí nuestra casa y casi
termino de crear un fideicomiso para el cuidado de mis hijos. Mi jefe ha sido
genial. ¿Te dije que soy asistente legal? Se negó a dejarme jubilar. Acabo de
recibir mi baja por discapacidad, así que tengo algunos ingresos y aún puedo
usar los servicios de la empresa. ¡Los abogados del trabajo me han estado
ayudando gratis! ¿No hay una cantidad increíble de bondad en este mundo cuando
uno permite que suceda pidiendo ayuda?” Hizo una pausa por unos momentos. “La
gente puede ser tan básicamente amable y decente”, murmuró.
“¿Y qué sigue en tu lista?”, pregunté.
“El próximo gran proyecto son las colchas. Los niños
dijeron que extrañarían mucho mis abrazos así que estoy haciendo las colchas
para que puedan envolverse en ellas cuando necesiten mis abrazos, y al dormir.
La de Paula me tendrá como su ángel en el centro, y la frase "¡Mamá
siempre me ama y me cuida por siempre!", estará rodeada de nuestras fotos
favoritas, que necesito transferir a los cuadrados de tela. A Chus le gustaba
la temática de superhéroes así que yo seré 'Mamá Mujer Maravilla' en el centro,
bajando a ayudarlo, rodeada de nuestras fotos especiales juntos y el mismo
mensaje. ¿Qué te parece?”
Me quedé sin palabras, así que continuó: “Se me ocurrió
que podrían burlarse si tienen esto en sus camas en la universidad así que voy
a hacer el reverso con varios cuadrados estampados de sus colores favoritos,
sin ningún diseño, ¡para que nadie sepa de nuestros abrazos secretos!”. Berta parecía
triunfante.
“Entonces”, continuó, “tengo que dividir este álbum
familiar en dos y añadir las fotos que aún no han llegado para que cada uno
tenga la suya. ¡Dudo que vivan juntos para siempre!”, rió entre dientes.
De repente, se me ocurrió una idea para ayudarla a
concretar sus proyectos, y Berta quedó encantada. Telefoneé y solicité una
voluntaria con experiencia en acolchado, costura y fotografía. Por supuesto, mi
centro de paliativos contaba con esa persona, Bárbara, dispuesta y con muchas
ganas de empezar en ese mismo momento.
Nunca dejo de deslumbrarme con el gran talento y la
bondad que representan los voluntarios del paliativos. Estos hombres y mujeres
contribuyen significativamente a que paliativos sea lo que es, y no podríamos
realizar nuestra buena labor sin su magia y apoyo. Atienden muchas de las
necesidades sociales de nuestros pacientes.
Durante las semanas siguientes el capellán y Margarita,
la trabajadora social, colaboraron estrechamente con el paliativos que atendía
la zona donde vivían los niños para que Paula y Chus recibieran apoyo
espiritual, psicológico y emocional durante la enfermedad de Berta. Berta se
sintió muy reconfortada al saber que la terapia de duelo, específica para sus
edades y necesidades, continuaría durante trece meses después de su
fallecimiento. Incluso pudieron asistir a un campamento de verano dirigido por
el equipo de duelo de paliativos, para niños que habían sufrido la pérdida de
un padre. Según los relatos de los niños, estaban realmente agradecidos de
poder hablar de sus sentimientos abiertamente, y por correo electrónico, con
otros niños que estaban pasando por experiencias y sentimientos similares. A
menudo, los niños se sienten muy solos; les parece que ningún otro niño ha
perdido a su madre, padre o hermano.
Fue durante una de sus sesiones cuando los niños dijeron
que querían sorprender a su mamá con algunas salidas especiales. Junto con Margarita,
decidieron hacer excursiones cortas que les interesaran especialmente y que no
fueran demasiado agotadoras para su madre. Margarita, con la ayuda de un
voluntario y otros miembros de nuestro equipo, organizó excursiones breves que
la familia podía compartir una vez a la semana. Se donó el servicio de una
limusina para recogerlos, junto con la silla de ruedas de Berta, y llevarlos a
Washington para un recorrido privado y
especial por la Casa Blanca. Una compañía local de ambulancias donó un viaje en
camioneta a una granja de calabazas para la recolección de calabazas de Todos-los-Santos.
La compañía en la que trabajó Berta envió entradas para una función de Oliver
en un teatro cercano. Y, por supuesto, se tomaron muchísimas fotos mientras se
creaban estos recuerdos para que los atesoraran para siempre.
Berta me contó más tarde que tanto Paula como Chus
sintieron un enorme orgullo de adulto por haberla sorprendido con sus salidas
especiales. Y, una vez más, recordé que hay lugar para la alegría y el orgullo
ante una gran tragedia y pérdida.
Entre salidas, Berta dedicaba sus días a continuar con
sus proyectos con la ayuda de Bárbara, la voluntaria. Sin embargo, después de
varias semanas los viajes se volvieron demasiado difíciles de gestionar. Berta
se estaba deteriorando y dormía bastante. A medida que la enfermedad avanzaba
sus fuerzas empezaban a disminuir y desarrolló visión doble. Se puso frenética.
"¡No he cosido mis mensajes, y ahora se está volviendo imposible!"
En ese momento, Bárbara se ofreció a llevar su máquina de coser a casa de Berta para que los
mensajes se bordaran a máquina bajo su atenta supervisión. Otra voluntaria
escaneó las fotos del álbum familiar en un disco. Cuando les contó al centro de
copias lo que intentaba hacer por una joven madre moribunda (la identidad de la
paciente y su familia nunca se revela), imprimieron las fotos en tela de
algodón de alta calidad sin costo alguno.
Mientras se terminaban las colchas, Paula y Chus
recibieron cada uno su copia del álbum familiar en una reunión familiar
especial. Con gran delicadeza, Berta les pidió a los Mayo que empezaran a
añadir fotos de los niños con su "nueva familia" en cada álbum para
que ella pudiera verlos. "Esos álbumes no deberían terminar cuando yo
termine", dijo. "Es muy importante para mí verlos avanzar hacia un
futuro bueno y amoroso mientras aún puedo animarlos. Mi muerte sin duda los
herirá, pero no puedo permitir que los destruya para siempre". Me quedé
atónita con su perspicacia, su valentía y su increíble amor.
El último fin de semana que Paula y Chus visitaron a su
madre era evidente que Berta moriría muy pronto. Estaba tranquila, a veces
confundida, pero dormida casi todo el tiempo. A pesar de todo se despertó con
los ojos brillantes y la mente despejada para entregarles a los niños sus
mantas y presenciar su alegría al arroparse en ellas. La abrazaron, se
despidieron entre lágrimas y le dijeron cuánto la amarían por siempre. Le
desearon un buen viaje al cielo para estar con otros ángeles felices y
prometieron estar atentos a la estrella más brillante del cielo nocturno, que
según les había dicho sería ella mirándolos desde arriba.
Murió pacíficamente en los brazos de su hermana dos días
después, una vez cumplido su trabajo.
Es imposible contar los corazones que se vieron
positivamente impactados y transformados por la forma creativa y amorosa que
tuvo Berta para ayudar a sus hijos a seguir adelante sin ella. El cáncer pudo
haberle causado la muerte pero no pudo robar el espíritu que sigue impactando
las vidas que honró.
EN RESUMEN Los moribundos pueden
pasar su precioso tiempo luchando contra su enfermedad o pueden elegir celebrar
la vida mientras crean recuerdos finales y poderosos.
28. “¡PARECE QUE LA ESTAMOS PERDIENDO ANTES DE QUE MUERA!”
El proceso de morir y perder la vida
es el inverso de nacer y ganarla. A medida que los bebés se apegan a sus
familias y maduran, pasando de la dependencia a la independencia, salen al
mundo y añaden nuevas habilidades, destrezas e intereses a sus vidas. Lo
contrario ocurre con quien enfrenta un diagnóstico terminal, una enfermedad que
progresa y la muerte inminente. La persona se aleja y se separa de esta vida
por etapas, a menudo de forma muy gradual.
Imagina arrojar una piedra a un estanque tranquilo y ver
cómo los anillos se expanden desde el centro del impacto en el agua. Al morir,
los anillos vuelven a aparecer. Los intereses disminuyen a medida que el
paciente pierde apego al mundo exterior. Los logros profesionales, las
habilidades sociales, la apariencia física, el estado del hogar… todo pierde
importancia, hasta que puede llegar a perderla por completo.
Aunque estos cambios pueden ser difíciles de imaginar
para las personas sanas, esta aceptación del proceso de morir y la liberación
de estas preocupaciones pueden ser una especie de liberación paral moribundo.
Al final, lo único que importa es la comodidad, estar con sus seres queridos,
saber que están bien y que seguirán así después de su fallecimiento, y morir
"bien". Este desapego y retraimiento son partes normales del proceso
de morir.
Dicho de otro modo, a los moribundos ya no les importa lo
que ocurre en el mundo, aunque siempre hayan sido ávidos observadores de las
noticias. Esos animados debates sobre política nacional en la mesa se
convierten en cosa del pasado. Pronto las noticias de los acontecimientos del
pueblo y el barrio apenas provocan una vaga sonrisa; con el tiempo incluso las
interacciones en el piso de abajo pierden importancia. Solo el consuelo y el
cariño de los cuidadores provocan una sonrisa o un gesto de agradecimiento y
una sensación de paz.
Los familiares y amigos que desean complacer y entretener
al moribundo suelen sentirse molestos y frustrados por este distanciamiento y
la falta de respuesta. Por eso, se esfuerzan cada vez más, pasando por
obstáculos cada vez más difíciles, para encontrar el regalo, la comida o la
conversación que pueda provocar una respuesta feliz o entusiasta. A menudo se
decepcionan.
GABRIELA
La puerta siempre estaba entreabierta esperando mi
visita, así que me sorprendió encontrarla cerrada. Cuando toqué el timbre por
segunda vez, oí un frenesí de sartenes y cacerolas en la cocina.
“¡Dios mío, Gala! ¿Qué demonios estás tramando?”, grité.
El olor a galletas recién hechas era tentador. “Y, por cierto, la puerta está
cerrada, por si te preguntabas por qué estaba de pie a este lado” dije
familiarizada con el ingenioso sentido del humor de Gala.
“¡Ay, qué va!”, gritó. ”No quería dejarte fuera, Maggie.
Espera. Enseguida voy”.
"Mírate", la reprendí cuando me dejó entrar.
"¡Siéntate aquí! Parece que vas a explotar. ¿Te tomaste la medicación para
la presión esta mañana? ¡Recuerda que solo permito un paciente por
domicilio!", bromeé.
Ella asintió sin aliento mientras se dejaba caer en el
sillón favorito de su madre.
"¡Eres un cuadro!", me reí; solía ser la hija
perfecta del pastor. La tomé de la muñeca como si fuera a sujetarle la mano,
tomándole el pulso sutilmente. "¿Dónde está Gabriela?", pregunté.
“Mamá duerme al final del pasillo, como siempre”. dijo Gala,
suspirando y negando con la cabeza. “Parece que ya no hace más que eso”.
Eché un vistazo a la sala de estar, llena de
antigüedades. Jarrones con flores frescas del jardín reposaban sobre cada
superficie cubierta con tapetes. "¿Se casa alguien aquí hoy?"
“Me temo que es peor que eso. Las señoras de la iglesia
vienen a tomar el té”.
“¡Así que por eso estás tan nervioso!. ¿De quién
fue la idea?, pregunté.
“Aida pasó ayer por casa y estaba preocupada porque mamá
duerme mucho. Dijo que está deprimida y necesita algo de emoción y
estimulación. Aida dijo que es muy buena diagnosticando estas cosas”, dijo,
poniendo los ojos en blanco. “Me sentí fatal, como si estuviera criticando la
atención que le he estado dando a mi madre”. Una oleada de agotamiento pareció
invadir su rostro. “¡Esta mañana, parecía que había llamado a todas las mujeres
de la maldita congregación! Así que el club social de mujeres viene a tomar el
té en tres horas. Mañana por la noche el coro dará una serenata a mamá, y luego
están programadas las campanas para el día siguiente. Estoy intentando limpiar
la casa y preparar pasteles y galletas para repartir”.
“Es muy amable y considerado de tu parte”, dije. “Tienes
la suerte de tener tanta gente cariñosa a tu alrededor. Pero creo que es
demasiado para ambas a estas alturas. ¿Recuerdas cuando hablamos de cómo tu
madre dormiría cada vez más y poco a poco se distanciaría de todos?”, pregunté.
“Sí que lo recuerdo, ahora que lo mencionas. Es que he
estado tan ocupada con el día a día que no pensé mucho en los cambios hasta que
llegó Aida y pareció tan sorprendida. A mamá ni siquiera pareció importarle
estar aquí. Entonces me sentí fatal”.
“Bueno, ese síndrome se llama normal. Tienes que
saber que creo que lo estás haciendo de maravilla con tu madre, sobre todo
porque no la obligas a cumplir tus expectativas”, dije dándole una palmadita en
el hombro. “Así que pensemos en otra manera en que estos buenos amigos de la
iglesia puedan contribuir”.
Tras breve conversación y algunas llamadas diplomáticas,
se canceló la merienda. En su lugar se celebraría un servicio de oración
especial por Gabriela en la iglesia el domingo siguiente. La congregación
rezaría, el coro cantaría, los campaneros tocarían las campanas y el grupo
social proporcionaría repostería y té después del servicio. Uno de nuestros
voluntarios se sentó con Gabriela en casa para que Gala pudiera asistir al
servicio. Un diácono de la iglesia grabó en video todo el servicio, y muchos
amigos de Gabriela le enviaron cariños y saludos.
“El video es maravilloso”, me dijo Gala más tarde.
“Cuando mamá está despierta y lúcida lo vemos juntas; lo disfruta muchísimo.
Cuando se cansa, paramos. Luego vemos el resto. Su amabilidad significa
muchísimo para nosotras dos”.
Así como un recién nacido se angustia por el exceso de
estimulación y necesita dormir mucho y pasar tiempo en familia, la vida de Gabriela
se había reducido a las mismas necesidades básicas que tenía al nacer. Al
acercarse la muerte simplemente no tenía fuerzas para desperdiciarlas en una
sala llena de gente compitiendo por su atención, y habría estado demasiado
agotada para conversar o incluso escuchar las historias que se intercambiaban.
Una vez que su hija y amigos comprendieron que esto era normal, y no lo tomaron
como algo personal, pudieron encontrar otras maneras de expresar su amor.
EN RESUMEN Ten en cuenta que
quienes mueren no se alejan de ti. Alejarse y separarse es normal. Permanece
donde ellos están y recuerda que el amor lo trasciende todo, y nunca termina.
29. NUESTRAS MASCOTAS PUEDEN SABER
MÁS QUE NOSOTROS
Un veterinario me dijo una vez: «Nunca
te acercarás a una persona hasta que primero te ganes la confianza de su
perro». Los perros, más que cualquier otra mascota, son muy protectores de su
dueño y su familia, y más aún cuando su ser querido está enfermo. Detectan la
ansiedad y el dolor en el hogar y están en alerta máxima.
Esto puede ser un problema cuando mi perro Pupsi decide
que el pediatra es una amenaza. Habría sufrido daños importantes en ambas piernas
de no ser por las botas de cuero hasta la rodilla que llevaba el día que los
tres queridos perros salchicha del señor Romero se convirtieron demasiado
protectores cuando lo único que hacía era, inocentemente, poner el tensiómetro en el brazo a la abuela.
Para evitar esto, el terapeuta, el capellán y el
voluntario deben pasar un tiempo inicial con el perro y su dueño para que la
mascota comprenda que son amigos, no intrusos. Durante el resto de la visita
generalmente es mejor dejar al animal afuera o en otra habitación.
Por supuesto, dejando de lado las advertencias, tus
mascotas también aportan su capacidad de amar incondicionalmente, y con
devoción, hasta el final. Para muchas personas tener una mascota cerca es
tranquilizador y reconfortante. Numerosas investigaciones confirman lo que los
dueños de mascotas saben que tienen un efecto curativo en los humanos, tanto
mental como físicamente, desde reducir la ansiedad y mejorar el estado de ánimo
hasta ayudar a bajar la presión arterial y el colesterol. Los caballos han
brindado alivio terapéutico a niños y adultos con discapacidad. Incluso se ha
entrenado especialmente a perros para anticipar las convulsiones y guiar a su
dueño hacia un lugar seguro antes de que ocurran.
Nota del Traductor: por no citar que se ha comprobado que
el fino olfato del perro puede detectar la presencia de enfermedades como los
cánceres cuando aun no están diagnosticados. Fin de la nota.
Reconocer el valor terapéutico de las mascotas ha llevado
a muchas residencias de ancianos a ofrecer programas en los que aquellas y sus
dueños visitan a pacientes enfermos. Como me explicó otro veterinario: «La
relación entre las mascotas y los humanos es de puro amor. El cariño que se
recibe de un gato o un perro solo puede traer alegría». Las mascotas también
tienen un sexto sentido innato que puede ofrecer a los cuidadores valiosas
pistas sobre el bienestar del paciente.
ESPER
Esper, de diez años, tenía un tumor cerebral inoperable
pero había asistido a la escuela todo el tiempo posible. Ahora, sin embargo, ya
no podía reunir la concentración mental ni la energía física necesarias para
superar un día escolar de quinto grado, y se convirtió en mi paciente en casa.
A pesar de lo que Esper ya había perdido la batalla
seguía alegre y con la actitud juguetona de un niño normal y sano. Estar en
casa le permitía profundizar en las materias académicas que más le interesaban,
permanecer cerca de su familia, echar siestas de vez en cuando y disfrutar al
máximo de cada día.
En mi segunda visita jugamos al tenis bajo techo en las
paredes de la sala con una pelota de espuma amarilla y suave y dos raquetas
grandes también de espuma. Llevaba un parche en el ojo para controlar la visión
doble que le aquejaba, pero no dejaba que eso lo detuviera.
"¿No es divertido?", preguntó. "Mamá jamás
me habría dejado hacer esto antes de enfermar". Inclinó la cabeza hacia un
lado para verme mejor a pesar del parche en el ojo.
“Bueno, amigüito”, dije usando amigüito, que era el apodo
que tanto le gustaba, “es muy duro estar enfermo y lo llevas tan bien. Creo que
te mereces privilegios adicionales, ¿no crees?
"Supongo que sí", dijo, y golpeó la pelota con
tanta fuerza que se estrelló contra tres de las cuatro paredes. A pesar de su
falta de equilibrio intentó bailar haciendo la V de victoria con sus dedos
regordetes. Su entusiasmo despertó a su cachorrita que dormitaba en el sofá.
Corrió por la habitación y se metió entre sus piernas, casi tirándolo al suelo.
"¿No podrías venir todos los días?", me
preguntó. "Estoy aburrido desde que dejé de ir a la escuela. Mi hermana no
llega de la secundaria hasta las cuatro, así que no tengo con quién estar,
excepto con mamá y Missy, mi única amiga de verdad", dijo, abrazando a la
pequeña terrier. Ella siempre estaba cerca, y cada vez que descansaba se
acurrucaba en la cama entre sus rodillas.
Además de su fiel cachorro, el gran interés de Esper era
la industria aeroespacial y los cohetes. Su madre pasaba horas leyéndole todo
lo que encontraba sobre este tema. Su padre le compraba cajas y cajas de Lego
para que se abasteciera mientras trabajaba en la construcción de los grandes y
elaborados cohetes sobre los que leían. Cada estante y alféizar de la casa
mostraba sus minuciosos esfuerzos, y estaba muy orgulloso de lo que era capaz
de hacer "¡incluso con ese ridículo parche en el ojo!".
A medida que el tumor cerebral seguía creciendo Esper se
debilitaba y ponía peligrosamente inestable. Pasó unas semanas en silla de
ruedas pero, finalmente, solo estaba seguro en la cama del hospital, que ahora
se había convertido en el centro de la sala. Missy rara vez abandonaba su
puesto entre sus rodillas y. a medida que Esper empeoraba, lo dejaba solo unos
minutos para salir a hacer sus necesidades antes de gritarle que volviera. La
hermana de Esper, Tracy, la dejaba entrar y la levantaba en brazos.
A medida que pasaban las semanas Esper parecía estar cada
vez más ansioso. "¡Sé que no voy a mejorar, pero no sé nada de esto de la
muerte!", dijo un día. "Me da miedo cómo será. ¿Me sentiré
solo?". Mi trabajadora social, Joanne, y el capellán, Lolo, intensificaron
las visitas a Esper y su familia. También sugerí que la madre de Esper le
leyera en voz alta el libro titulado "Más cerca de la luz",
del doctor Melvin Morse, pediatra que atiende a niños con enfermedades graves y
en trance de morir. Está lleno de historias que sus jóvenes pacientes le
contaron sobre sus experiencias cercanas a la muerte y otras visiones que los
consolaron mientras agonizaban. Esper se sintió notablemente más tranquilo
después de eso y empezó a dormir más.
Su madre llamó un día y preguntó si la trabajadora social
y yo podíamos hacer una visita juntas.
“Esper tiene algo importante que decirte”. Sonaba tan
animada que me sentí aliviada.
“¡Claro! Lo consultaré con Joanne, pero seguro que ella también
puede ir”.
Llegamos y encontramos a Esper sentado erguido en la
cama, con los ojos brillantes y las mejillas tan sonrojadas por la emoción que
inicialmente pensé que podría tener fiebre.
"¡Nana vino a verme anoche!", exclamó. Su
querida abuela había fallecido cuatro años antes. "¡Dijo que vendría a
buscarme y que iríamos juntos al cielo en un cohete!". Estaba
rebosante de emoción.
“¡Guau, Esper, eso es genial!”, dijo Joanne.
“Ay, amiguito, me alegro mucho de que Nana haya venido a
verte. De verdad esperaba que algo tan maravilloso ocurriera pronto”. Le di un
fuerte abrazo.
"Sí", dijo. "Ahora sé que Nana me enseñará
a hacerlo, ¡y va a ser genial! ¡Un cohete!"
Encontramos a su madre llorando en la cocina. "¿Está
peor, no?", preguntó con lágrimas corriendo por su rostro. “Físicamente,
sí. Se está deteriorando”, dije con dulzura. “Pero emocional, espiritual y
mentalmente está mucho mejor. ¿Lo ves, verdad?”
Ella asintió y se tapó la cara con los pañuelos. "No
quiero que tenga tanto miedo, pero no soporto perderlo".
Aproximadamente una semana después, en Nochevieja, las
calles aún estaban heladas por una nevada reciente. Esperaba no tener que
conducir mucho pero el teléfono sonó justo cuando terminaba de desayunar.
“Sé que pensarás que estoy loco”, dijo el padre de Esper,
“pero Missy está muy nerviosa. No se tranquiliza. Parece que hay algo raro,
pero no sabemos qué es”.
¡Ay, ay!, pensé. Los perros fieles suelen ser más
conscientes de lo que le pasa a su dueño. Me pregunto qué sabe Missy que
nosotros no.
"¿Qué tal si voy y veo qué pasa?" pregunté.
“¡Genial! Esperábamos que dijeras eso”.
Me di cuenta de un cambio en cuanto entré en la sala.
Missy estaba realmente desquiciada y me miró como diciendo "¡Haz
algo!" mientras paseaba alrededor de la cama de Esper y le lamía la
cara. Había una extraña sensación de actividad invisible en la habitación,
donde el árbol de Navidad seguía rodeado de Legos.
Estaba seguro de que Esper moriría muy pronto. Algo más
estaba pasando, pero ¿qué? Me quedé junto a la cama de Esper y le acaricié la
mano.
“Oye, Amiguito, ¿estás bien?” Me dedicó una sonrisa
soñadora mientras luchaba por responderme a través de la suave y espesa niebla
del semicoma, pero luego se hundió de nuevo. Me quedé un buen rato mirándolo,
observando cómo sus ojos se movían de un lado a otro bajo sus párpados casi
cerrados, intentando averiguar dónde estaba y qué le estaba pasando.
“¡Esperie!, llamé con dulzura.” ¿Hay alguien más contigo
en esta habitación aparte de mamá, papá, Tracy, Missy y yo?” Abrió los ojos de
golpe y recorrió la habitación como si buscara.
“Cariño, ¿está Nana con nosotros?”, susurré. Solo puedo
describir su rostro como beatífico, lleno de alegría y amor mientras asentía y
miraba a su madre, a su padre y luego a Tracy. Su mirada se detuvo brevemente
en mí, luego se desvió y se posó un largo instante en alguien invisible para
nosotros. ¿Era Nana?
La sonrisa de Esper se desvaneció lentamente. Todos
llorábamos a mares al despedirnos. Missy gemía suavemente mientras subía a la
cama hasta la cara de Esper y la lamía muchas veces. Luego saltó de la cama
para no volver jamás.
Su coma final duró unas dos horas y la familia y yo
estuvimos sentados a su lado todo el tiempo. En un momento dado Tracy dijo
pensativa: «Sabes, Nana estuvo ahí para él, así que él estará ahí para
nosotros». Continuó: «Nunca volveré a tener tanto miedo a la muerte como
antes».
Qué homenaje tan maravilloso, pensé, y qué
regalo tan maravilloso nos ha dado Esper a todos.
Más tarde, el padre de Esper me dio las gracias. «Debes
ser muy intuitiva para haber decidido venir cuando lo hiciste», dijo.
"Me encantaría que creyeras eso de mí", dije
con sonrisa. "Pero en cuanto describiste el comportamiento de Missy por
teléfono fue una señal de alerta. Ella sabía que algo importante estaba
sucediendo. De verdad, da las gracias a ella".
EN RESUMEN Los animales pueden
ser miembros útiles del equipo de cuidado y, a veces, pueden ser conscientes de
maneras en las que los humanos no lo son.
30. LOS “DONES FINALES” DE LA CONCIENCIA DE MUERTE CERCANA
A
veces, horas, días o semanas antes de que un paciente fallezca puede decir algo
o comportarse de una manera que no nos resulta comprensible de inmediato. Tanto
los cuidadores profesionales como los familiares se apresuran a etiquetar este
comportamiento como "confuso" o "delirante".
¿Por qué etiquetamos los problemas tan rápido? Es porque,
una vez etiquetados, sentimos que sabemos cómo responder. Es como si la
etiqueta nos diera una receta a seguir con instrucciones claras y nuestra
comodidad y confianza aumentan.
Médicos y enfermeros tienen etiquetas médicas
sofisticadas: delirio, alucinaciones, alteraciones de la percepción sensorial,
encefalopatía, desequilibrio metabólico, hipercalcemia, demencia, confusión,
reacción adversa a medicamentos, etc. Pueden realizar radiografías y análisis
de sangre. Pueden añadir, eliminar o ajustar la medicación, consultar a un
especialista o solicitar más pruebas.
Las familias tienen sus propias etiquetas: "Papá
está desorientado", "Mamá vive en el pasado", "La tía Tula
está perdiendo los estribos", "El tío Guille está en el mundo de los
sueños". Pueden reaccionar ignorando a la persona confundida, intentando
reorientarla, distanciándose de ella o tratándola como a un niño. O simplemente
pueden decidir que es hora de considerar una residencia de ancianos, "ya
que, de todas formas, ya no sabe qué está pasando".
Todos estos cuidadores pasan por alto algo vital. Están
tan ocupados etiquetando a la persona y desestimando sus intentos aparentemente
incoherentes de comunicarse como "palabras locas" o galimatías, que
nadie escucha realmente sus palabras ni observa el comportamiento del
moribundo.
Sin embargo, tras lenguaje y comportamiento oscuros (y a
menudo simbólicos) pueden subyacer mensajes cruciales que los moribundos intentan
transmitirnos sobre cómo es su experiencia. Estos pueden incluir gestos físicos
como extender la mano hacia alguien o algo invisible para nosotros, agitar los
brazos o indicar la necesidad de acercarse a alguien que ya ha fallecido.
Esta es una gran oportunidad para aprender sobre un
proceso que nosotros debemos
experimentar algún día. Por difícil que sea, y por mucho que nos resistamos,
tener este conocimiento puede aumentar nuestra sensación de control, disminuir
nuestro miedo y brindarnos gran consuelo.
En 1981 mi colega, Patricia Kelley, y yo comenzamos a
explorar el fascinante y desconcertante comportamiento que observábamos en
nuestros pacientes. Recopilamos nuestras propias historias y las de otros
profesionales de nuestro programa de cuidados paliativos y, al reunirlas, nos
impactó lo que indicaban: en lugar de estar confundidos o delirantes nuestros
pacientes parecían haber desarrollado una conciencia especial de cosas que
desconocíamos a medida que se acercaba la muerte. Llamamos a este fenómeno
"conciencia de muerte próxima, inminente o cercana" y se convirtió en
la inspiración para nuestro libro "Regalos Finales"
(que puede leer en el enlace que acompaña este texto)
Conciencia de la
muerte próxima o inminente: “Lo que estoy experimentando”
El lenguaje y el comportamiento de nuestros pacientes se
dividían en dos categorías muy específicas. En la primera, intentaban contarnos
cómo era para ellos la experiencia de morir. Nos contaban que se preparaban
para partir a un lugar fuera de este mundo. Hablaban con admiración sobre ver
un lugar de gran belleza o alegría, un lugar que nosotros no habíamos visto.
Nos demostraron con su comportamiento y palabras que sabían cuándo llegaría su
muerte, incluso si nosotros no lo sabíamos. En nuestra presencia, a menudo
hablaban con personas a quienes no podíamos ver y recibían consuelo de ellas.
LALANI : “ESA ES LA
SILLA DE JORGE”
Después de una charla sobre la conciencia de proximidad
de la muerte, en Hawái, los médicos del paliativos estaban ansiosos por
contarme la historia de una de sus pacientes más jóvenes, Lalani, que se estaba
muriendo de leucemia. Lalani solo tenía cinco años, así que no tenía
comprensión clara de la muerte ni de su carácter definitivo. Simplemente sabía
cuándo se sentía bien y cuándo no.
Su abuela viuda, Ula, la había criado desde su nacimiento
ya que su madre, atribulada era incapaz de asumir la responsabilidad de una
hija que adoraba y ocupaba el centro de su universo y de su corazón se
esforzaba por ocultar el profundo dolor que ya sentía al pensar en perderla.
La cama de hospital de Lalani estaba en el centro de la
sala de estar, y Ula dormía en un gran sillón reclinable apoyado contra ella
para poder extender la mano y calmar a la pequeña si estaba inquieta. Pero un
día, cuando Ula iba a sentarse, Lalani le dijo: «No, abuela, no puedes sentarte
ahí. ¡Esa es la silla de Jorge!». Ula, riéndose de su amigo imaginario, dijo:
«Ay, mi niña, jamás le quitaría la silla a Jorge. Me sentaré aquí».
A medida que avanzaba la semana Lalani hablaba cada vez
más de Jorge. Él venía a visitarla, la abrazaba, la mecía hasta que se dormía y
se quedaba a cuidarla. ¡Amaba a Jorge!
Ula se estaba alarmando. Quizás no se trataba solo de un
amigo imaginario; tal vez Lalani estaba cada vez más enferma y confundida. Una
noche la niña estaba particularmente inquieta y todas las maneras habituales de
Ula para tranquilizarla fallaron así que, buscando cualquier distracción, Ula
buscó el gran álbum de fotos familiar multigeneracional. A Lalani siempre le
había encantado mirar fotos de sí misma de bebé y de niña pequeña, y sentía
cierta curiosidad por las fotos de su madre, pero antes no había mostrado
ningún interés por los miembros mayores de la familia. Esa noche, acunada en el
regazo de la abuela, estaba inusualmente atenta; quería ver no solo sus fotos
sino también las de su madre de bebé y las de la boda de la abuela. Ula no
dejaba de pasar las páginas, retrocediendo aún más en el pasado, agradecida de
sentir el pequeño y frágil cuerpo de Lalani tan relajado en sus brazos. De
repente, al pasar una página que Lalani nunca había visto antes la niña se
incorporó y señaló con entusiasmo la fotografía amarillenta de un elegante hombre
con bigote, traje de raya diplomática y sombrero de copa.
“¡Ahí está Jorge!, exclamó Lalani, aplaudiendo. “¡Jorge,
es Jorge!”
El corazón de Ula empezó a latir con fuerza. El hombre
que Lalani señalaba era su querido padrino, quien la había cuidado y amado
profundamente desde pequeña. Era imposible que Lalani lo conociera. Se llamaba Jorge
y había muerto sesenta años antes, cuando Ula tenía cinco años.
Ula me dijo después: «Pensé que lo más difícil de
perderla sería saber que ya no podría mecerla ni abrazarla. Pero ahora sé que
pasará de mis brazos a los de Jorge. Él nos cuida a ambas y está esperando para
sostenerla y mecerla como hizo conmigo cuando era pequeña. Estará en buenas
manos. Eso ayuda».
Conciencia de la
muerte próxima o inminente: “Lo que necesito”
Nuestros pacientes moribundos también
nos pidieron que los ayudáramos a "seguir adelante con este viaje".
Nos pidieron que comprendiéramos y estuviéramos en paz con su asombrosa
capacidad de elegir el momento de la muerte. Que les ayudáramos a reconciliar
sus relaciones con otras personas, con su Todopoderoso, y consigo mismos. Nos
pidieron ayuda porque algo no se había resuelto o algo estaba inconcluso.
Tras haber trabajado con más de dos mil familias de todas
las razas, clases sociales y creencias religiosas, sé que no debo tener ideas
preconcebidas sobre cómo responderá un paciente o una familia ni sobre qué
necesitarán de mí. Cada experiencia es única.
Tampoco puedo predecir cuáles serán los asuntos
pendientes de un paciente, pero estoy bastante segura de que los hay. A menudo
surgen en forma de sueños o emociones intensas en torno a relaciones que no
tienen cierre ni resolución. Por mucho que desee una muerte en paz, llena de
reconciliaciones y experiencias significativas para cada uno de mis pacientes,
no es mi muerte. Mi trabajo es facilitar su camino y ayudarlos a
hacerlo tan único como ha sido su vida.
Una de mis pacientes eligió morir en su establo, rodeada
de sus queridos caballos, y sus hijos respetaron su voluntad. Gracias a sus
buenos cuidados, lo hizo en paz y sin miedo.
Otro paciente fue un erudito religioso toda su vida per,o
cada instante, al acercarse la muerte, estaba lleno de incertidumbre, ira y
temor por lo que le aguardaba después de morir. Y he presenciado mucho más.
SEÑORA MADRIGAL: “NO
HE HECHO SUFICIENTES CONSERVAS”
La segunda puerta a mi izquierda destacaba en el sombrío
pasillo del edificios. Estaba pintada de un amarillo radiante y el número 4, de
plástico, estaba rodeado de dibujos infantiles alegres y la frase
"Bienvenidos, amigos". Toqué el pequeño timbre y me recibió la señora Madrigal, quien me hizo pasar con un
cálido "Pasa, cariño". Más dibujos infantiles adornaban el estrecho
pasillo de la señora Madrigal, y las paredes de la sala estaban casi cubiertas
de fotos enmarcadas con rostros sonrientes, jóvenes y mayores.
“Te agradezco que hayas venido a verme, aunque no me iré
pronto, ¡de eso puedes estar segura! ¡Todavía tengo demasiados pequeños que
cuidar!”
La señora Madrigal conversaba con facilidad y sonreía a
menudo. Comprendía perfectamente el propósito de mi visita, pero estaba
demasiado ocupada disfrutando de la vida como para centrarse en lo negativo.
“¿Cuidando a tus nietos?”, pregunté entregándole un
conejo de peluche que había encontrado debajo del sofá.
“Cariño, ¡todos los niños del barrio me llaman abuela! He
cuidado a muchísimos niños, ¡ni me acuerdo cuántos!”, dijo con orgullo. “Ahora
bien, no he cuidado a muchos bebés desde que enfermé. Son un poco más difíciles
de manejar, pero los mayores siguen viniendo y me alegran el día. Me encantan
los niños. ¡Y tengo muchos, de eso puedes estar segura!”
“¿Cuánto es 'suficiente'?”, pregunté, disfrutando de su
energía y entusiasmo.
“Digamos mucho. Ya lo verás tú misma. ¡Mi puerta
principal se usa tanto como un torno del metro!”
A sus setenta y nueve años la señora Madrigal había
influido claramente en muchas vidas. La noticia de su enfermedad se había
extendido por el complejo de viviendas y el vecindario. Las oraciones y la
atención constante que recibió la ayudaron a mantener el ánimo alto, e incluso
quizás retrasaron la aparición de síntomas más graves.
La señora Madrigal tenía cáncer de colon que había hecho
metástasis en el hígado. La visitaba dos veces por semana para ver cómo estaba
e informar a sus seis hijos adultos, todos muy cariñosos, sobre la evolución de
la enfermedad y qué hacer con sus necesidades según fueran surgiendo. La salud
de la señora Madrigal fue deteriorándose poco a poco, recordándome a cuando se
baja el volumen de una radio.
Sin embargo, al tercer mes de mis visitas la señora Madrigal
no solo ya no podía cuidar niños sino que también necesitaba supervisión
constante debido a la leve confusión y la somnolencia que experimentaba.
Incluso usando andador se había caído dos veces, lastimándose la muñeca y luego
la cadera. Esta mujer tan independiente, que durante tanto tiempo había cuidado
de otros, de repente necesitaba que otros la cuidaran.
Ahora entendí lo inusual que era esta familia. Tenían el
don de comprender lo que le estaba sucediendo a su madre y aceptaban sus
cambios físicos sin resentimiento ni miedo. A menudo iban un paso por delante
de mí, ¡lo cual es sorprendente! Cuanto más débil se ponía más presentes estaban. Sus tres hijas y tres
hijos trabajaban y la mayoría tenían hijos, pero parecían aparecer justo cuando
los necesitaba. No creo que jamás hablaran de un horario para cuidar de su
madre. Más bien, era un horario instintivo. El hijo, que era mecánico de autos,
llegaba a arreglar una fuga en la cocina mientras una hija limpiaba o cocinaba.
Un hijo aparecía con nuevos medicamentos mientras otro traía la compra. Eran
tan diligentemente autónomos que casi nunca tuve que hacer ninguna sugerencia.
Con su cama en medio de la sala, la señora Madrigal podía
controlar todas estas idas y venidas, ver sus programas de tele favoritos con
quien estuviera reclinado en el sofá y disfrutar de cada comida con los que
estaban sentados a la mesa mientras ella estaba sentada cómodamente en su cama,
a solo unos metros de distancia.
Con el paso del tiempo pasó a estar en cama todo el
tiempo. Cuando el hígado falla las toxinas, que normalmente se excretan, se
retienen y acumulan en el cuerpo. El paciente duerme cada vez más, e incluso
despierto parece estar muy somnoliento. En realidad este es un proceso
compasivo que ocurre de forma natural. Es como si el hígado se anestesiara por
sí solo y el paciente se siente muy relajado, tranquilo y sin dolor.
A medida que la señora se debilitaba su voz se volvió más
suave, casi un susurro. Esto no es raro en los moribundos, y a menudo he
reflexionado sobre cómo obliga al cuidador a acercarse para escuchar, como si
fuera parte del plan para acercarnos a quienes están muriendo. Esto permite que
se desarrolle una intimidad con la que el cuidador quizás no se haya sentido
cómodo antes. También nos obliga a escuchar con una intensidad que el ajetreo
de nuestra vida cotidiana rara vez nos ofrece.
En sus últimas semanas, la señora Madrigal parecía tan
pequeña como un potro recién nacido; su pérdida de peso exageraba cada
articulación y hueso. Numerosas almohadas, muchas de ellas cosidas a mano por
sus seres queridos, sostenían sus partes sensibles.
Un día entré en su habitación y casi me sobresalté por su
belleza: su rostro se había definido tanto que sus altos pómulos parecían
tallados en caoba. Su nieta, Ada, se pintaba las uñas de un rojo brillante
mientras que su hermana, Xoya, se había deshecho su moño habitual de modo que el
cabello, blanco puro, le caía casi hasta la cintura. Parecía una reina, y así
lo dije.
Luego añadí: “Veo que sus hijas la están cuidando muy
bien, señora Madrigal, pero ¿hay algo más que pueda hacer por usted
hoy?”
Ella susurró: «No he preparado suficientes conservas para
el invierno». Las niñas y yo nos miramos desconcertadas, aunque por razones
diferentes. Por sus expresiones vi que creían que la abuela había perdido el
contacto con la realidad. Mi desconcierto se debía a que comentarios como este
solían indicar asuntos pendientes. Pero todas las necesidades y emociones de
esta dulce mujer parecían estar bien atendidas.
“¿Cuánto más tienes que envasar?”, pregunté.
La señora Madrigal me miró con una expresión que parecía
decir: «Estoy demasiado enferma para explicar algo así a alguien de la
ciudad». Es evidente que no lo entenderías. Luego dijo en voz baja: «No
creerás que voy a dejar a esta familia sin asegurarme de que todos tengan
suficiente para comer, ¿verdad?».
Dije: «Oh, señora Madrigal, lo entiendo. Veamos qué
podemos hacer para ayudarla a terminar».
Entré en la cocina, donde Ruth, la madre de las niñas, y
su tía Naomi preparaban la cena. «La señora Madrigal parece sentir que falta
algo», dije, «pero no sabe explicar qué puede ser. Dijo: «No he terminado de
preparar todas las conservas. No puedo dejar a mi familia sin suficiente para
comer». ¿Qué significa eso? ¿Hay algo pendiente, algo que la familia necesita
antes de que ella muera?»
Las dos hermanas comenzaron a mirarse con expresión
cargada, como si las hubieran descubierto, o como si quisieran decirse
mutuamente: Ni una palabra.
Había estado entrando y saliendo de esa casa durante meses,
en muy buenos términos, y pocas veces había presenciado un sentido de familia
tan completo y fuerte como el que experimenté con los parientes de la señora
Madrigal. Pero en ese momento me di cuenta de que algún secreto familiar estaba
surgiendo, y probablemente no permitiría que la señora Madrigal descansara en
paz hasta que se resolviera.
“Sin ofender”, dije, “pero ustedes dos parecen gatos con
la boca llena de plumas y esperan que no me pregunte a dónde fueron los
canarios”. Empezaron a reír, pero siguieron sin decir nada.
“Vamos, que alguna diga algo, si cree que podría ayudarla”.
Más miradas de un lado a otro, preguntándose quién lo soltaría. Finalmente,
Ruth, la hija mayor, habló.
“Está bien, hay otra hermana, pero ha hecho tantas cosas
malas que la familia ya no le habla”.
"¿Quieres decir que hay otra como ustedes?" No
podía creer que nadie la hubiera mencionado. "¿Quién es? ¿Dónde está? ¿Qué
hizo para que esta familia tan amorosa la expulsara de sus vidas?"
“Juani no sirve para nada, créeme. No serviría de nada
que mamá la viera. Hace años que no la vemos “, dijo Naomi rotundamente.
Ruth continuó: «Juani nos pidió dinero prestado, nunca lo
devolvió, y luego se humilló tanto que robó a mamá sin reservas: sus medicinas,
su dinero, un televisor. Ella sabía que no debía. Era una vergüenza para
nosotros, y una amenaza».
Dije: «Pero sigue siendo hija de tu madre, sea mala o no,
y creo que la señora Madrigal necesita verla antes de morir. Puede que eso la
esté frenando».
“Pues eso es imposible. ¡Juani está en la cárcel!
“¡Qué fácil!”, dije. “¡Al menos sabemos dónde está!
¡Subestimas el poder de la trabajadora social del paliativos!”
Negaron con la cabeza como si tal vez yo también
estuviera perdiendo mis facultades.
Poncia, la trabajadora social de mi equipo de cuidados
paliativos, pasó el siguiente día y medio localizando a Juani y obteniendo
permiso del director para dos visitas a casa de su madre. Iría acompañada de un
guardia armado y las visitas no durarían más de una hora. Un representante del paliativos
también estaría presente para supervisar a la señora Madrigal y asegurarse de
que sus medicamentos estuvieran bien guardados. Como Poncia solo podía asistir
a una de las visitas, me ofrecí para la segunda.
Al acercarse la primera visita de Juani, noté la ansiedad
que sentía la familia. Limpiaron la casa y prácticamente cerraron con llave
todo lo que no estuviera clavado. La idea de que los vecinos vieran al guardia
de la prisión y a una de sus hermanas con el uniforme naranja y las esposas de
rigor los llenaba de vergüenza.
Poncia contó que el día de la primera visita de Juani los
otros seis hermanos se agolparon en ese pequeño apartamento cuidando a su madre
como leones. Apenas dijeron nada a Juani mientras su hermana se acercaba a
ella. Juani tenía tatuajes en ambos antebrazos y le faltaba un diente incisivo.
El contraste de esa, mujer curtida y espabilada, con la tranquilidad de su
frágil madre parecía casi mítico. Por un instante Juani permaneció de pie junto
a su madre, con la cabeza inclinada, avergonzada y triste, y entonces brotaron
las lágrimas.
Hasta que llegó Juani, la señora Madrigal había estado en
ese estado de ensoñación que describí antes. La presencia de Juani pareció
devolver la luz a sus ojos. Una vez que el resto de la familia se dio cuenta de
que Juani no representaba una amenaza intentaron, con torpeza, parecer ocupados
yendo a las otras habitaciones para dar a su madre y hermana un poco de
privacidad.
Cuando llegué para la segunda visita de Juani, abrí la
puerta y me encontré con una escena extraordinaria. Estaba cepillando el largo
cabello blanco de su madre con un movimiento lento y metódico mientras cantaba
"Estrellita". Era mágico, y quise tener cuidado de no molestarlas. Juani
sintió que alguien estaba allí y se giró hacia mí. Pude ver que tenía los ojos
llenos de lágrimas. Volvía a ser una niña vulnerable y tierna en presencia de
su madre moribunda. Murmuró: "Siempre nos cantaba esto cuando nos acostaba
por la noche".
En ese momento pensé en todas las personas que, a lo
largo de los años han dicho: "¿Cómo puedes cuidar a los moribundos? ¿No es
deprimente?". Si cada una de ellas hubiera podido pararse un minuto donde
yo estaba para ver la belleza de lo que hacemos, nunca volverían a preguntar.
Tras la visita de Juani, sentí alivio en la señora
Madrigal. Supuse que moriría poco después tras haber tenido ese cierre y
sanación. Pero no fue así, incluso cuando los sistemas de su cuerpo se fueron
apagando uno tras otro. Pasó una semana, y luego otra. Estaba tranquila y
cómoda, y la familia también parecía estar en paz; sin embargo, la señora
Madrigal no parecía poder soltarse.
Le dije a la familia: “¿Qué más falta?”
Volví a hablar con Poncia. Pensó que quizás las dos
visitas de Juani no eran suficientes. Su guardián, generosamente permitió otra,
esta vez de dos horas, pero dijo: «Esta sí que será la última».
Esta vez, cuando llegó Juani la familia pareció más
receptiva, reconociendo su presencia e intercambiando algunas novedades.
Finalmente el hijo mayor, Guillermo, salió al pasillo para preguntar al guardia
si Juani podía cenar con ellos.
"Ya casi está listo", gritó Naomi desde la
cocina. Juani asintió y sonrió, intentando contener su gratitud.
Sabían que tenían poco tiempo así que se apresuraron a
poner la mesa grande, acercar las sillas y traer la comida. Tras unos minutos
de nerviosismo empezaron a fluir las historias y las risas se extendieron por
toda la mesa, con la señora Madrigal durmiendo plácidamente cerca.
Antes de que se dieran cuenta, el guardia tocó la puerta
para avisar a todos que la visita estaba a punto de terminar. Guillermo se
inclinó sobre la cama de su madre para decirle que Juani tenía que irse. Y fue
entonces cuando se dio cuenta de que no respiraba. Se había ido mientras
cenaban juntos, a solo unos metros de distancia. Su muerte fue tan silenciosa
que nadie se dio cuenta.
A la señora Madrigal no le había bastado con
reconciliarse con su atribulada hija. Necesitaba ver a Juani reintegrada a la
familia antes de poder dejar este mundo en paz. Había terminado de preparar sus
conservas. Había suficiente comida para todos, había anochecido y su trabajo
estaba concluido.
EN RESUMEN Escucha con atención.
¡Quizás seas tú el que está confundido!
31. COMUNICARSE SIN PALABRAS
Un
joven moribundo de tumor cerebral, incapaz de hablar, aprieta los dientes
cuando su familia intenta alimentarlo. Una anciana, ya sin habla debido a las
etapas avanzadas del Alzheimer, se quita la dentadura postiza y la tira. Ambos
pacientes, fácilmente ignorados por estar "confundidos" o dementes,
en realidad nos hablaban sin palabras. Si hubieran podido hablar podrían haber
dicho: "¡Para! ¡No quiero!" "¡No me alimentes más!"
"¡No tengo apetito, déjame en paz!" "No necesito estos dientes
donde voy". "¡Por favor, deja de intentar curarme y mantenme aquí.
¡Suéltame!"
Hablar es solo una forma de comunicarse. El
comportamiento, los gestos y las expresiones pueden ser igual de elocuentes.
Observa con qué fuerza un bebé o una mascota querida se hacen entender solo con
sus acciones.
Sin embargo, podemos etiquetar rápidamente
comportamientos que no comprendemos de inmediato. En consecuencia, podemos
ignorar o desestimar los valientes esfuerzos de los moribundos por conectar con
nosotros cuando el habla ya no es una herramienta para ellas. Es fundamental
ser receptivos y observar el comportamiento de los moribundos para reconocer
los mensajes que intentan transmitir.
REUNIÓN
Después de dar una charla como parte de una serie de
ellas en la Cuaresma de una iglesia protestante, un hombre corpulento y canoso
se me acercó y preguntó si tenía tiempo para escuchar una breve historia sobre
su madre.
“Nunca me consideré hombre religioso, y realmente no
tenía idea de lo que nos espera después de morir. Pero ver el comportamiento de
mi madre al morir me convenció de que quienes perdemos en la vida nos esperan
en el más allá. Nunca lo hubiera creído si no hubiera visto a mi madre tender
la mano como lo hizo. Pero me estoy adelantando a la historia. Soy el mayor de
cinco hijos vivos. Hubo otro bebé que murió antes de que yo naciera, y solo
sobrevivió unos días antes de que la neumonía se lo llevara. Ni siquiera le
pusieron nombre. En fin, cada principios de enero, durante los siguientes
cincuenta y seis años, mi madre lloró a mi hermano pequeño, y toda la antigua
tristeza regresaba. Hacia el final de su vida mi madre se volvió diabética y
entró en coma. Estuvo en ese estado durante varias semanas. La ingresamos en
una residencia de ancianos. Un día, mientras yo estaba sentado tranquilamente
en la silla, sus ojos se abrieron de repente, se incorporó y una expresión de
alegría se dibujó en su rostro. Mi madre extendió la mano como si alguien le
estuviera entregando un bebé. Lo acunó y lo acarició, llorando de alegría, se
recostó en las almohadas con gran alivio, y murió. Nunca fui de los que le
daban muchas vueltas a estas cosas, pero me sentí muy bien al saber que ella y
mi hermano volverían a estar juntos. Eso era lo que siempre había deseado, y
eso hizo que perder a mamá fuera un poco más llevadero. Sé que murió con mi
hermanito en brazos”.
“ESCUCHA” ATENTAMENTE
Mi paciente, Fonso, estaba muriendo de tumor cerebral. Si
bien este ex corredor de bolsa de cuarenta y nueve años se mantenía muy alerta
y lúcido, hablar y escribir se le hacía cada vez más difícil con el paso de los
meses.
Le frustraba especialmente tener problemas para
comunicarse con Sonia, su atenta y amorosa esposa durante veinte años. Podía
ver en los expresivos ojos de Fonso lo preocupado que estaba por su esposa, lo
agradecido que se sentía por los cuidados que ella le brindaba y, al mismo
tiempo, lo preocupado que estaba por el daño que esto pudiera estarle causando.
Claramente, no quería ser una carga para ella.
Un día, dio unas palmaditas a la cama para que Sonia se
sentara cerca. Parecía particularmente tierno, de ánimo sereno. Luego miró
alrededor de la habitación como si tuviera una idea urgente y necesitara
encontrarla. Seguimos su mirada hasta que sus ojos volvieron a la colcha que
cubría la cama. La señaló, y Sonia y yo dijimos a la vez: "¿La
colcha?". Asintió. Cada uno intentó adivinar su intención.
“¿Tienes mucho calor? ¿Mucho frío? ¿Quieres que te
traigamos la cena aquí, a la cama? ¿Quieres el periódico? ¿Quieres echar una
siesta? ¿Estás cómodo?” A cada pregunta que le hacíamos negaba con la cabeza.
Cuantas más preguntas hacíamos más frustrado y agitado se sentía. Finalmente, Fonso
negó con la cabeza con firmeza y cerró los ojos, respirando hondo varias veces
para recuperar la calma. Luego miró con dulzura a su esposa que solía estar tan
atenta a sus necesidades y deseos.
Era evidente que intentaba decirle algo importante, pero
¿qué? Empezó de nuevo, señalando la esquina de la colcha. Fonso la recogió y
recorrió con el dedo el rico estampado de flores, trazando sus formas y
señalando los distintos colores. Esta vez esperamos en silencio, intentando
prestar mucha atención y no imponer una respuesta.
"Es muy hermoso", dijo Sonia finalmente.
Asintió con entusiasmo, como si ella se convirtiera en su voz.
“¿La colcha es muy bonita?” preguntó de nuevo.
Él asintió de nuevo, con mirada de alivio en sus ojos. Sonia
y yo nos miramos un poco desconcertadas. ¿Por qué la repentina urgencia de
decirle cuánto admiraba una colcha floreada?
"Me alegra que te guste la manta, cariño", dijo
ella, tomándole la mano. Pero en cuanto creyó haber encontrado la respuesta, él
volteó la esquina de la manta y señaló las rayas carmesí y blancas del reverso.
Siguió las líneas, señaló los distintos colores y la miró fijamente, con la
mirada clavada en ella.
"¿Te gusta más este lado?", preguntó. Él negó
con la cabeza y luego señaló el lado floreado.
“¿Prefieres el lado florido?” Él arrugó la cara con
frustración y ella comenzó a llorar.
“Fonso, lo siento mucho, cariño, no puedo entender lo que
intentas decir”. Se giró hacia mí, pero no pude darle ninguna respuesta,
excepto decirle que ambos solo necesitaban ser pacientes.
“¿Tal vez deberíamos intentarlo de nuevo desde el
principio?” sugerí.
Fonso señaló lentamente el algodón floreado y Sonia
repitió: "¿Es hermoso?" Sonrió en reconocimiento y luego señaló el
lado rayado.
"¿Este lado también es hermoso?", preguntó. Él
asintió vigorosamente, como si por fin hubiera descubierto algo. Repitió ambos
pasos, a lo que ella respondió cada vez con mayor confusión: "Es
hermoso".
De repente, Sonia abrió mucho los ojos y preguntó con
timidez: «Fonso, ¿quieres que sepa que ambos lados de la existencia
son hermosos? ¿Que ambos lados de la existencia son hermosos, este y el otro?».
Él asintió, y lágrimas de alivio corrieron por su rostro. «¿Me estás diciendo
que estarás bien, estés del lado que estés?». Lloró abiertamente mientras ella
lo abrazaba.
Al acercarse la muerte, a menudo sentimos una necesidad
imperiosa de hacer algo. Pero este es realmente un momento para estar
en silencio y simplemente acompañar al moribundo. Incluso si ya no puede
hablar, podemos observar atentamente su comportamiento. Este enfoque consciente
y sensible nos permitirá no pasar por alto las poderosas lecciones finales que
un paciente podría estar intentando enseñar. Esta es nuestra invitación a
compartir su experiencia.
EN RESUMEN Los moribundos nos
piden que nos quedemos en silencio: «Quédate conmigo y observa mis acciones.
Son mis palabras cuando no puedo hablar».
PARTE VI
LLEGANDO AL FINAL
32. LO QUE ES NORMAL PARA MORIR, NO
ES NORMAL
Morir es tan normal como nacer. Y, sin
embargo, de alguna manera, cuando se da un diagnóstico terminal a menudo existe
la sensación de ser robados, de ser sometidos una gran injusticia o a un
castigo divino. Pero, en realidad, morir es nuestra última tarea en el
desarrollo. Nadie se salva. Cuándo y cómo debemos afrontarlo es el misterio. El
hecho de que debamos hacerlo, no.
En nuestras expectativas del orden natural de las cosas,
las muertes que parecen ocurrir demasiado jóvenes, o aquellas que parecen
insensatas o injustas, nos conmueven profundamente. Subconscientemente
esperamos morir en paz mientras dormimos a una edad avanzada. Así que, por
supuesto, gran parte de la muerte nos parece injusta e incorrecta. Es
comprensible que sintamos que debemos combatirla, detenerla y cambiarla.
Cuando cuidamos a los moribundos los cambios en sus
cuerpos, y a veces en sus mentes, pueden hacer que se vean diferentes y actúen
de forma extraña con nosotros. Todo parece tan trágico y anormal.
Nuestro instinto, por supuesto, es detenerlo, solucionarlo, normalizarlo. Y,
sin importar la edad, despedirnos de un ser querido siempre está lleno de dolor
y angustia. Que sea normal no lo hace fácil.
Así como uno de los muchos síntomas normales del embarazo
es la hinchazón abdominal, también hay muchos signos normales de la muerte. Les
digo a mis pacientes y familiares: «Sé que esto les rompe el corazón. No tienen
por qué aceptar estos cambios. Puede que no se vean ni sean aceptables, pero
son normales en el proceso de morir. Así que no desperdiciemos tiempo ni
energía valiosos intentando cambiar lo inmutable o arreglar lo irreparable. Hay
muchas cosas que podemos cambiar y arreglar, así que ahí es donde
debemos centrar nuestra energía y atención. Podemos hacer que esto sea
mejor y más fácil para todos ustedes».
FRANCISCA
Francisca fue mujer hermosa y a la moda toda su vida, de
esas que nunca salían de casa sin zapatos y bolso a juego y lápiz labial recién
usado. Pero cuando a los setenta y ocho años le diagnosticaron insuficiencia
hepática sorprendió a su familia abandonando cualquier sentimiento de vanidad o
timidez. "No me importa mi aspecto. ¡Me quita demasiado tiempo!",
explicó. "Solo quiero tener a mi familia aquí, conmigo, y disfrutar cada
minuto que pasamos juntos".
Y todos estaban allí para hacer precisamente eso: su
esposo, sus tres hijos, cuatro nietos adultos y un bisnieto acamparon en su
apartamento de tres habitaciones durante varias semanas mientras la salud de Francisca
se deterioraba. La familia compartió historias, repasó álbumes de fotos, juntos vieron películas y
leyó entradas de diario en voz alta. Dos de los nietos tocaron canciones con
sus guitarras a un volumen respetuoso en honor a su abuela, quien siempre había
amado la música.
Un día, la hija de Francisca, Lila, iba a masajear los
pies de su madre mientras estaba en la cama. Al levantar la sábana notó que el
dedo meñique del pie izquierdo y el contiguo se habían vuelto de un negro
azulado. La enfermera del paliativos fue a la cocina con Lila y le explicó que
los dedos de los pies de Francisca se estaban gangrenando. Ya no tenía
suficiente circulación sanguínea en las extremidades.
“Es posible que se le caigan los dedos, pero para
entonces ya no sentirá nada”, explicó la enfermera con calma. “Por horrible que
parezca, no le dolerá nada”. Lila quedó horrorizada y cuando regresó a la
habitación de su madre intentó disimular su angustia, pero no pudo contener las
lágrimas. Francisca tomó la mano de su hija y le dijo con naturalidad: «Estás
preocupada por mis pies, ¿verdad?».
Lila asintió.
“He sido una mujer vanidosa toda mi vida, Lila. Siempre
me obsesionaba mi apariencia. Créeme cuando te digo que es casi un alivio que
ya no me importe. Esos dedos de los pies, este cuerpo, no son lo que soy.
Es solo un cascarón, Lila, nada más”. Francisca continuó: «Me llevó hasta el
final de mi vida darme cuenta de esa simple verdad, pero gracias a ella ya no
tengo miedo ni vergüenza».
Al principio, Lila no podía creer lo que oía pero gracias
a la aceptación de su madre aprendió a superar su propio miedo e incomodidad.
De repente, percibió en su madre una nueva fuerza que no había previsto.
Síntomas al final de
la vida
Cada enfermedad terminal tiene síntomas que
son propios de esa situación específica: los hematomas excesivos que se
observan en las enfermedades de la sangre, el abdomen hinchado (llamado
ascitis) y la coloración amarillenta de la piel (ictericia) características de
las enfermedades del hígado, y las fracturas y anemia en algunas enfermedades
de los huesos, por nombrar algunos.
Es especialmente importante comprender esto en el caso
del cáncer, que de hecho abarca una amplia categoría de enfermedades. Cada
cáncer tiene una personalidad única y sus síntomas también difieren. Muchas
personas se asustan o se confunden cuando un amigo les dice: "Ah, sí, mi
tío murió de cáncer de próstata y lo pasó fatal con...", cuando una
persona con un tumor cerebral maligno puede tener problemas completamente
diferentes. Esta es otra razón para confiar en tu equipo médico para obtener
información y siempre consultar con ellos sobre cualquier cosa que escuches,
por muy bien informados que parezcan tus amigos o conocidos.
También existen síntomas universales que aparecen al
acercarse la muerte. La mayoría de las personas que mueren de forma natural
presentan estos signos y síntomas independientemente de la enfermedad y los
síntomas adicionales que presenten a raíz de ella. Estos síntomas son signos
del proceso de la muerte y, por tanto, son normales.
Sin embargo, ten en cuenta que esto generalmente no se aplica
a las personas que se mantienen con medidas artificiales, como un respirador o
una sonda de alimentación. En estos casos la muerte puede retrasarse pero suele
ser más repentina, menos pacífica, menos cómoda y menos íntima. Suelen fallecer
en unidades de cuidados intensivos rodeados de luces, ruido, maquinaria y
personal médico. Los familiares suelen ser retirados de la habitación cuando
ocurre una crisis por lo que es posible que ni siquiera estén presentes en el
momento del fallecimiento.
Los cambios universales que describo aquí ocurren en un
cuerpo que muere de forma natural, independientemente de la enfermedad. Suelen
ser más perturbadores para los amigos y familiares que para la persona que los
experimenta. Saber qué esperar puede aliviar la angustia de esta transición.
Pérdida de peso
Imagina a un alpinista cansado con la mochila
llena. A medida que la montaña se hace más empinada el alpinista, exhausto y
agotado, va desechando cada vez más carga. Esto le ayuda a seguir adelante un
poco más hasta que le resulta imposible continuar. De la misma manera, el
cuerpo moribundo, con su energía menguante, rechaza instintivamente los
alimentos que simplemente requieren energía para digerirse. La pérdida de
apetito es un signo normal de la muerte. En este punto recomiendo a los
cuidadores que guarden la báscula. Pesar al paciente solo puede deprimir a ambos.
¿Por qué hacerlo?
Pérdida del apetito
La carne roja suele ser el primer alimento
que rechazan los moribundos. Los alimentos que les interesan suelen ser sosos y
casi insípidos, como pequeñas cantidades de crema de trigo, incluso si la
odiaban cuando estaban bien. También disfrutan de postres o un par de sorbos de
jugo. Pero la mayoría de los moribundos pierden el apetito al acercarse la
muerte, y si aceptan algún alimento suele ser para complacer o apaciguar a su
preocupado cuidador.
Dificultad para tragar
La dificultad para tragar puede presentarse
en etapas más tempranas en enfermedades de garganta y cuando existen
compromisos cerebrales y neurológicos por tumores, accidentes cerebrovasculares
o enfermedades degenerativas. Sin embargo, los moribundos casi siempre se
debilitan demasiado como para tragar durante la última semana de vida,
aproximadamente. Empiezan a farfullar y toser incluso al ingerir solo líquidos,
y la dificultad continúa hasta que no pueden tragar en absoluto.
Es fundamental que el cuidador y la familia reconozcan
este cambio y dejen de alimentar o administrar líquidos al moribundo por
completo. Por difícil que sea, alimentar o administrar líquidos le expone
a un gran riesgo de asfixia o aspiración (inhalar lo que se ingiere y llevarlo
a los pulmones). Esto podría precipitar una muerte más dramática y molesta de
lo necesario. Mantener la boca limpia y húmeda con pequeños trozos de hielo o
hisopos húmedos suele ser suficiente para calmar la sed y mantener al moribundo
cómodo.
Debilidad
Diversos factores contribuyen a la debilidad:
la progresión de la enfermedad, la insuficiencia orgánica, los cambios
inevitables en la nutrición y la hidratación, y la insuficiencia de las
neuronas que envían señales a las extremidades para que se muevan. La poca
energía que le queda al cuerpo se utiliza para luchar contra la enfermedad, que
está perdiendo. No hay remedio para la debilidad. Los ejercicios que se
recomendaron al principio de la enfermedad ahora son inadecuados. No
reconstruyen los músculos debilitados: aumentan el agotamiento del moribundo.
Si se le presiona para que haga ejercicio la persona experimentará una
sensación de fracaso y el cuidador se sentirá frustrado. Como indiqué en el
capítulo 11, forzar la nutrición o la hidratación para intentar fortalecer a
alguien puede tener consecuencias nefastas.
Todas las intervenciones contraproducentes que he
descrito se centran en lo que se ha perdido en lugar de en lo que aún
queda para trabajar. A medida que el moribundo se debilita aumenta su necesidad
de ayuda y apoyo con tareas físicas como bañarse, vestirse y desplazarse. Es
común que un paciente desee acostarse y descansar con frecuencia. Esto
aumentará hasta que esté en cama todo el tiempo. Los moribundos a menudo desean
que sus cuidadores y amigos se sienten en silencio con ellos. Las personas
sanas no comprenden que, en realidad, seguir una conversación requiere energía.
El paciente puede estar demasiado débil para hablar mucho, o incluso para
escuchar. Esto es normal en la fase terminal.
Hinchazón
A medida que se acerca la muerte el corazón
se debilita y los riñones ya no filtran como antes, por lo que los líquidos
corporales se acumulan y se convierten en una carga. En lo que se denomina
"tercer espacio", estos líquidos se vierten en espacios alejados del
corazón y menos importantes para la supervivencia. Salen las arterias y venas y
se infiltran en los tejidos circundantes. Esto causa hinchazón en pies,
tobillos, piernas y, a veces, manos y cara.
A veces me preguntan por qué no se usan diuréticos para
reducir este tipo de hinchazón. Los diuréticos son medicamentos que estimulan
los riñones para aumentar la producción de orina y son beneficiosos en algunas
circunstancias. Pero en los pacientes terminales los espacios donde se deposita
el exceso de líquido suelen estar fuera del alcance de los diuréticos por lo
que al usarlos conseguimos lo contrario: deshidratamos al paciente, que
continúa hinchado.
Es inútil e irreal intentar solucionar este problema.
Además, administrar diuréticos implica que la persona muy enferma y débil debe
levantarse para ir al baño con mucha más frecuencia, lo cual resulta agotador.
Si no puede hacerlo a tiempo, el contacto constante con la orina, ya sea en la
ropa de cama o la ropa, puede causar la rotura de la piel y la formación de
úlceras por presión que pueden infectarse. Se puede insertar un catéter en la
vejiga para evitarlo. Sin embargo, es importante sopesar los beneficios y las
desventajas de esta decisión, ya que un catéter es incómodo, invasivo y molesto
para el paciente. Suele ser mejor y mucho más sencillo reducir la ingesta de
líquidos y usar trocitos de hielo o paletas para mantener la boca húmeda. Es
posible que se necesiten pañales,, calzones o bragas para la incontinencia, y
la limpieza y cuidado frecuente de la
piel son esenciales.
Si la piel está estirada y seca debido a la hinchazón,
mantenla bien hidratada con lociones. La piel húmeda es mucho más elástica y
menos propensa a agrietarse y romperse que la seca.
"¿Pero no tendrá sed? ¿No duele la deshidratación?",
podría preguntar un cuidador preocupado. Yo respondo: “¿Alguna vez has oído a
alguien decir: “Mi brazo tiene sed”?”
Cuando el cuidador niega con la cabeza, continúo: “La sed
es una sensación en la boca y se puede calmar fácilmente con trocitos de hielo
sin agregar más agua al edema o a la hinchazón del cuerpo”.
Aumento del sueño
Esto suele ocurrir de forma muy gradual y
suave. Un cuidador podría decirme: "Esta semana duerme tres siestas al
día. ¡La semana pasada eran dos!". O bien, "Cada vez descansa más y
cuesta un poco despertarlo". Entonces le sugeriré que marque en el
calendario cada día las horas que durmió el paciente. Esto demuestra a la
familia que la necesidad de dormir del paciente moribundo aumenta y sus horas
de vigilia disminuyen. Esto es normal en la fase terminal.
Recuerda que el cuerpo del enfermo está en guerra con la
enfermedad. Es una guerra invisible, y que el paciente, en última instancia, no
puede ganar. Luchar en esta guerra requiere energía y fuerza que el paciente ya
no tiene, y en un intento compasivo por reponerlas el cuerpo requerirá que la
persona descanse cada vez más.
Confusión / Delirio
Aunque es difícil ver a un ser querido perder
peso y demacrarse, o tener ictericia, a menudo es más angustiante lidiar con
cambios en el estado mental, como la confusión o el delirio. La mente es la
esencia de quienes somos, así que enfrentarse con la desorientación y la
demencia en un ser querido es como hacerlo con un extraño que de repente se ha
mudado a un cuerpo que aún nos resulta querido y familiar.
Se estima que aproximadamente el 70 % de las personas que
fallecen por enfermedad experimentan algún grado de confusión antes de morir.
Esta confusión puede ser intermitente o prolongada. Existen muchas razones:
puede estar relacionada con la enfermedad (como en casos de insuficiencia renal
o hepática, o enfermedades cerebrales); el paciente puede estar demasiado débil
y abrumado como para pensar con claridad; o puede ser un efecto secundario de
los medicamentos que está tomando. Como ya comenté en el capítulo 30, también
puede estar relacionada con experiencias importantes que el moribundo intenta
contarnos.
Al atender a los moribundos, considero la confusión o
delirio "bueno" en comparación con la confusión o delirio
"malo". Si el moribundo disfruta o se beneficia de la confusión (por
ejemplo, si tiene sueños y recuerdos felices), pero esto perturba a la familia,
hay que dejarlo en paz y tranquilizarlo. Sin embargo, si la confusión le causa
agitación, inquietud o miedo, consulta con tu equipo médico para buscar
posibles soluciones. A veces añadir, retirar o reorganizar la medicación puede
ser útil.
Pero lo más importante, e independientemente de otros
tratamientos, es escuchar las palabras que dice el moribundo y escribirlas,
incluso si no sabes qué significan en ese momento. Con el tiempo podrías
descubrir significados ocultos que no son evidentes a primera vista. Asegura
siempre al moribundo que está en lugar seguro, rodeado de personas que la
cuidan y se esfuerza por comprender lo que intenta decir. Intenta no frustrarte
ni juzgar, ya que, por muy difícil que sea para el cuidador, la persona que
experimenta la confusión o el delirio puede sentir un desconcierto creciente o
pérdida de control. Escuchar y tener paciencia son las palabras
clave. Se lo más cariñoso y comprensivo posible. Y prepárate para la
posibilidad de aprender algo nuevo.
Inquietud y agitación
A menudo he pensado que este comportamiento
puede indicar la última batalla psíquica antes de que la persona se resigne a
morir. Pero también puede ser señal de que algo no se ha hecho, de que algo
preocupa al paciente. Como el moribundo ya no puede verbalizar lo que necesita,
se agita. Este es el momento para que los cuidadores, familiares y amigos
reflexionen detenidamente sobre lo que podría faltar. ¿Palabras de perdón?
¿Permiso de un ser querido para "irse"? ¿Asegurarse de que la familia
estará bien? ¿Necesita llamar a una persona importante para pedirle que venga?
¿O despedir a una persona de la que el moribundo desearía prescindir?
Es muy común ver a un moribundo tirando de las sábanas
como si le estorbaran o le sujetaran. A menudo he sugerido quitar la mayoría de
las sábanas (siempre protegiendo el pudor del paciente) para ver si eso ayuda.
Una vez más, el trabajo en equipo familiar es importante
en este momento. Si la agitación es leve y no le causa angustia al paciente, no
se preocupe. Sin embargo, si se intensifica y el paciente parece angustiado o
temeroso, existen medicamentos disponibles para ayudar. Pruebe primero cualquier
otra intervención, ya que los medicamentos pueden dificultar aún más que un
paciente con problemas comunique sus necesidades.
Cambios en los signos
vitales
A medida que se acerca la muerte, la presión
arterial suele disminuir. El pulso suele aumentar, y si se mantiene
constantemente por encima de 120 latidos por minuto esto puede indicar que la
muerte está a solo unos días o una semana, aproximadamente. No es raro que una
persona moribunda tenga fiebre en los últimos días. Esto no se debe a una
infección y, por lo tanto, no necesita tratamiento con antibióticos ni
respondería a ellos. Probablemente se deba a la deshidratación y a cambios en
el hipotálamo, que es el termostato del cuerpo. Generalmente basta con aplicar
paños fríos en la cara, el cuello, las axilas y las ingles, junto con
supositorios antifebriles de venta libre, pero consulte primero con su médico o
enfermero de cuidados paliativos.
Disminución de la
producción de orina
Este es el resultado natural de la
disminución de la ingesta de líquidos y la disminución de la función renal. La
orina se concentra y tiene un olor fuerte, y puede ser de color oscuro como el
té. A veces contiene sedimentos de células y mucosidad desprendida de las
paredes de la vejiga. No es necesario hacer nada al respecto. El cuerpo
simplemente se está relajando y el paciente no se da cuenta.
La presión arterial debe ser superior a 70/0 para que los
riñones produzcan orina. (La presión arterial normal es de 120/80, con una
variación de unos pocos puntos). Si es inferior a 70/0, la producción de orina
será mínima, o nula. Cuando los riñones dejan de producir orina dejan de
funcionar y fallan. La insuficiencia renal provoca la acumulación de toxinas en
la sangre, lo que, poco a poco, provoca un aumento del sueño, coma y, generalmente,
una muerte pacífica.
Cambios en el nivel
de conciencia
En realidad, es raro que alguien esté
plenamente consciente y sea capaz de comunicarse hasta el último instante de su
vida. El moribundo parecerá tener un pensamiento cada vez más confuso y
parecerá estar desconectado de las personas y los acontecimientos que lo
rodean. Esto suele ocurrir gradualmente, y sospecho que es el mecanismo natural
de autoprotección del cuerpo, para que la muerte se suavice en lugar de
enfrentarse al miedo.
Los medicamentos que se administran al paciente,
generalmente para el dolor, también pueden causar esta confusión. Algunos
pacientes prefieren esto a sentir cualquier molestia. Pero otros solicitan
dosis más pequeñas, prefiriendo sentir algo de incomodidad en lugar de estar
mentalmente aturdidos. Esta es otra razón por la que es tan importante trabajar
con el paciente: para encontrar la dosis de medicamento que mejor se adapte a sus
deseos y necesidades.
El sueño aumenta gradualmente, pero cada vez es más
difícil despertar al paciente y puede volver a dormirse inmediatamente tras despertar.
Este estado de semiconsciencia suele ser muy cómodo para los moribundos, como
si estuvieran en una gran nube esponjosa que se aleja lentamente de nosotros.
Podemos recuperarlos estimulándolos para que despierten pero, con el tiempo, la
estimulación cada vez mayor logra menos hasta que no podemos recuperarlos. Pero,
¿es compasivo seguir sacándolos de un lugar tan tranquilo?
Los pacientes que entran y salen del coma están en semicoma;
cuando ya no se les puede retraer, están en coma . El semicoma
progresa a un coma que generalmente es de corta duración, de unas pocas horas a
un día aproximadamente. Lo importante que hay que entender sobre el coma es
que, aunque los pacientes no pueden respondernos, sí nos escuchan y son
conscientes de lo que sucede a su alrededor. Sabemos que la audición es el
último sentido en morir. (En todo caso, parece que la audición se agudiza
a medida que las personas se acercan a la muerte). Así que habla con los
moribundos, incluso cuando están en coma. Necesitan escuchar tus palabras
tranquilizadoras y tu amor. También es importante recordar decir solo
las cosas que quieres que escuchen, incluso si estás en la habitación de al
lado.
Algunas personas con las que hablo sobre la muerte me
dicen: "¡Ojalá pudiera morir mientras duermo!". La gran mayoría de
las personas que mueren de forma natural por enfermedad (calculo que cerca del
95 %) entran en un breve coma, comparable a un estado de sueño profundo, antes
de morir, así que la buena noticia es que la mayoría morimos mientras
dormimos.
Cambios en la
respiración
En las últimas horas, o a veces un día antes
de morir, se produce un nuevo patrón respiratorio. Se denomina respiración de
Cheyne-Stokes y se produce por los mensajes que envían los centros
respiratorios del cerebro a medida que este muere lentamente. Estos cambios son
indoloros y, si la persona aún está consciente, no suele ser consciente de
ellos. El patrón comienza con una respiración fuerte, profunda y similar a un
suspiro, que a veces suena como un ronquido. A esto le sigue una respiración
con menos volumen y ruido, y luego una serie de respiraciones más
superficiales, hasta que no se ve ni se oye ninguna respiración. A esto le
sigue una larga pausa sin respiración que puede durar de treinta a sesenta
segundos o más. Luego, la respiración se reanuda con una respiración fuerte,
profunda y similar a un suspiro, y el patrón se repite una y otra vez. Los
periodos sin respiración se alargan gradualmente, y las respiraciones
superficiales se vuelven aún más débiles e irregulares, hasta que la
respiración se detiene por completo. La respiración final suele ser tan
superficial, silenciosa y suave que a menudo se pasa por alto. Si la familia
está sentada alrededor de la cama conversando en voz baja o rezando, alguien
podría notar de repente que el paciente no ha respirado durante unos minutos.
Esta es una muerte normal y natural: tranquila, silenciosa y apacible.
El “estertor de la
muerte”
Este sonido perturbador causa mucha ansiedad
y preocupación en quienes rodean a un moribundo. Incluso su nombre es
inquietante y aterrador. Sin embargo, en realidad, es simplemente el sonido
causado por una pequeña cantidad de humedad o mucosidad en la parte posterior
de la garganta. Una persona sana, con esta congestión leve, similar a un goteo
posnasal, simplemente se aclararía la garganta o tosería para aliviarla. El
moribundo está demasiado débil para hacer ambas cosas. Al inspirar, el líquido
o la mucosidad desciende por la tráquea. Al espirar, vuelve a subir por la
tráquea. Esto ocurre una y otra vez con cada respiración. Eso es lo que causa
el sonido de traqueteo: nada más que un poco de mucosidad o líquido.
Existen medicamentos muy eficaces que se pueden
administrar mediante un parche detrás de la oreja o debajo de la lengua, tanto
para la persona consciente como para la inconsciente, para secar estas
secreciones y detener el estertor. Si bien este sonido rara vez representa un
problema para el moribundo, los medicamentos facilitan la situación a quienes
presencian la muerte. El estertor parece permanecer en la memoria de las
personas para siempre por lo que detenerlo con medicamentos es un control de
los síntomas beneficioso y compasivo para quienes lo observan, sin ser
perjudicial para el paciente.
Moteado
A medida que el ritmo cardíaco se debilita y
se vuelve más rítmico, la sangre no circula eficazmente por las venas y
arterias por lo que se estanca o acumula en las zonas bajas del cuerpo: a lo
largo de la espalda de la persona acostada en la cama y en otras partes del
cuerpo que están pegadas al colchón. Algunas zonas se tornan azuladas o
violáceas, mientras que otras presentan manchas y palidez. El moteado suele
comenzar en los pies y ascender por el cuerpo. Parece que nuestros cuerpos
mueren desde los dedos de los pies hacia arriba.
Al mismo tiempo, el cuerpo intenta contrarrestar la mala
circulación acumulando sangre alrededor de los órganos vitales. Las manos y los
brazos, así como los pies y las piernas, adquieren un color azulado y se
sienten mucho más fríos, al tacto, que el tronco, que aún puede estar caliente
por la sangre acumulada alrededor del corazón y los pulmones.
Nuevamente, estos cambios no representan un problema para
el paciente, pero pueden alarmar a quienes los observan. No es necesario hacer
nada al respecto, pero son una señal importante de que la muerte puede tardar
entre horas y un día. Esto es normal en la fase terminal.
EN RESUMEN Comprender qué es
normal al morir puede ayudar a prevenir el miedo y la alarma en los
espectadores y ayudarlos a centrarse en lo que pueden hacer para ayudar al
paciente.
33. “EL DÍA EN QUE TODO SE VA AL
INFIERNO”
El
plan ha funcionado de maravilla. El paciente está cómodo, la familia se
desenvuelve con confianza y hay paz en el hogar. Pero de repente, sin motivo
aparente, todo se desmorona. Alguien de la familia llama desesperadamente:
"¡Todo se desmorona! ¡Estamos hechos polvo! ¡No podemos más! ¡Tiene que
estar en el hospital! ¡Por favor, vengan rápido!". Este fenómeno es tan
común que lo he llamado "El día en que todo se va al infierno, o al garete".
He llegado a sospechar que este día tiene más que ver con
la batalla psíquica final del paciente entre la vida y la muerte que
con cualquier cosa física. Es, creo, el catalizador de la liberación
definitiva: no solo por parte del paciente ("No soporto seguir adelante.
Por fin estoy listo para despedirme. Dejadme ir"), sino también por parte
de la familia ("No soporto verlo luchar más. Esto no es lo que ninguno de
nosotros querría para él. Es egoísta retenerlo aquí. Porque lo amo, debo
dejarlo ir").
El momento más oscuro de la noche es justo antes del
amanecer, y el más doloroso del parto es al final, justo antes del nacimiento.
La muerte suele ocurrir muy cerca de este "día en que todo se va al infierno",
a menudo a solo unos días de distancia. La buena noticia es que este terrible
día suele generar una sensación de resignación y aceptación tanto para el
paciente como para su familia. Cuando llega la muerte, suele ser reconfortante
y pacífica.
MARTÍN
Martín tenía solo cincuenta años cuando le diagnosticaron
leucemia. Esta crisis no encajaba con su vida exitosa y ordenada. Ascendió
rápidamente en la empresa hasta convertirse en vicepresidente de tecnología de
la información. Él y Bárbara, su esposa desde hacía veintinueve años, tenían
dos hijos adultos con sus propios negocios. Juntos construyeron una hermosa
casa que Martín mantuvo meticulosamente hasta que su enfermedad empeoró.
"Este, es sin duda, el palacio y él es, sin duda, el
rey", me dijo Bárbara entre risas. "¡Siempre ha sido así!". Se
había jubilado recientemente de su carrera bancaria porque era evidente que Martín
la necesitaba en casa a tiempo completo.
En los siete años transcurridos desde su diagnóstico Martín
había logrado dos remisiones de la enfermedad con quimioterapia, pero esta vez
la quimio le causó tantos efectos secundarios peligrosos que ya no pudo
continuar. Su médico le recomendó que llamara a paliativos, que pusiera sus
asuntos en orden y disfrutara del tiempo que le quedaba con la familia. Durante
los dos primeros meses tras su ingreso en el paliativos se mantuvo bastante
estable. Las transfusiones mensuales de sangre que recibía mantenían sus
recuentos sanguíneos y su capacidad para funcionar.
Pero pronto las transfusiones ayudaban durante menos
tiempo, hasta que necesitó que fueran semanales. Sufría frecuentes hemorragias
nasales y sensación generalizada de fatiga profunda. Se le hacía cada vez más
difícil realizar las actividades básicas de la vida diaria: bañarse, vestirse,
comer. Ni siquiera las transfusiones diarias pudieron detener la pérdida de
sangre y energía.
Pasaba cada vez más tiempo del día leyendo, durmiendo la
siesta o pasando tiempo tranquilo con familiares y amigos que venían de visita.
Seguía teniendo dificultades para llevar la casa como siempre, anotando órdenes
en su portapapeles: «Pagar las facturas (la luz vence el tercer día del mes)»,
«Bajar la calefacción por la noche e instalar un termostato programable» y
«Cambiar los filtros cada mes». Pero a medida que su energía disminuía, las
notas también menguaban: «Pagar las facturas», «Bajar la calefacción», «Cambiar
los filtros». A pesar de su deterioro, se sentía cómodo, el ambiente era
tranquilo y se sentía querido y cuidado por su esposa y familia, quienes
también parecían estar aprovechando positivamente el tiempo que les quedaba
para compartir.
Entonces llegó el "Día de la Caída". Sin razón
aparente, Martín se quejó de un dolor inusual. Su enfermera de cuidados
paliativos, Dulce, logró controlarlo aumentando la dosis de analgésicos, pero
su nariz sangraba discretamente y tenía frecuentes episodios de diarrea con
sangre. A pesar de estar de pie y vestido, estaba inquieto y ansioso. Sentarse
no era cómodo, pero acostarse tampoco. Así que subía y bajaba, subía y bajaba,
mientras Bárbara intentaba encontrar algo para calmarlo.
Este cambio repentino en su esposo inquietó y ansió a Bárbara,
pero se mantenía concentrada en las tareas. Sin embargo, a la mañana siguiente,
los síntomas de Martín habían empeorado, su comportamiento se había vuelto cada
vez más errático, a veces decía algo sin sentido y a ella le preocupaba que
debiera estar en el hospital. Llamó a Dulce para que volviera a evaluarlo.
Martín se movió levemente cuando Dulce dijo: «Hola,
dormilón». Luego, le revisó los signos vitales y le auscultó los pulmones. «Me
alegra ver que por fin puedes descansar», le dijo. Él murmuró algo en
respuesta, sonrió y volvió a dormirse.
“Está muy pálido y sangra más ahora. Tiene el pulso acelerado
y la presión arterial muy baja”, informó Dulce a Bárbara. “Con la misma rapidez
con la que le damos sangre esta sale, así que las transfusiones ya no ayudan.
Pero se ve mucho más tranquilo y cómodo ahora que cuando llamaste. Lo estás
ayudando mucho, Bárbara”. La abrazó.
"No quiero que siga luchando. Es demasiado
difícil", dijo Bárbara entre lágrimas.
“Lo entiendo”, dijo Dulce. “Siéntate aquí conmigo.
Necesitamos hablar de lo que está pasando”. Bárbara se sentó lentamente, con
los ojos abiertos por el miedo. Dulce continuó: “Creo que queda poco tiempo,
así que quédate cerca de él y dile cuánto lo quieres, cuánto ha sido importante
para ti y tu familia. Asegúrale que estarás bien”.
"¿No hay nada más que podamos hacer para
ayudarlo?" preguntó Bárbara con tristeza.
“Desafortunadamente no hay nada que se pueda hacer. Lo
que ya estás haciendo es lo que más significa para él: simplemente estar aquí
con él”.
Un rato después, Martín se despertó brevemente, con los
ojos vidriosos y aparentemente desconcertado. "¿Quién tomará la decisión
final?", le preguntó a Bárbara con ansiedad.
Bárbara había leído el libro "Regalos Finales", y Dulce también la
había instruido para entender ese "lenguaje confuso". Así que Bárbara
le dijo con calma a Martín: "Lo harás, cariño, cuando estés listo. Todo
irá bien". Le acarició la cara. "Te quiero y te prometo que me
encargaré de todo. Así que no te preocupes por nada".
Se relajó visiblemente. "¡Oh, bien! Está bien",
dijo, recostándose en su sillón. Durmió allí cómodamente toda la noche y, sin
que nadie se diera cuenta, entró en coma. Murió en paz y tranquilidad a la
mañana siguiente, con Bárbara a su lado.
Habría sido tan fácil entrar en pánico e insistir en que Martín
fuera hospitalizado. De haberlo internado sus últimas horas habrían
transcurrido en la confusión de ser empujado a una ambulancia, trasladado a un
entorno desconocido y pinchado y más pinchado para ponerle sueros por personas
que nunca antes había visto. Gracias a las palabras tranquilizadoras de Dulce,
y al coraje de Bárbara, Martín pudo morir en paz en casa, sabiendo que podía
decidir irse cuando estuviera listo, que su familia estaría bien y que quienes
lo amaban cuidarían de su "palacio".
Es hora de hacer lo
que hacemos tan bien
Los cuidados paliativos son extraordinarios
por lo que pueden hacer para ayudar a los pacientes y sus familias al ayudar a
afrontar una enfermedad incurable. Lo que pueden hacer es realmente impresionante,
pero solo si el personal del paliativos tiene el tiempo suficiente para
hacerlo. Me han asignado pacientes que fallecieron durante mi visita para
ingresarlos. Por supuesto, el equipo del paliativos y yo hicimos todo lo
posible, pero no pude evitar pensar que lo único que hicimos fue aumentar la
confusión mientras la familia intentaba valientemente comprender y adaptarse a
otro grupo de personas nuevas en un momento de gran tensión, confusión y
crisis. En todo caso, este momento parece más perjudicial que beneficioso.
Como ya he dicho, algunos pacientes y familias esperan
hasta el último momento, como si al no pedir ayuda, también estuvieran
aplazando la muerte. Algunos temen que "es como darse por vencido al
llamar a cuidados paliativos". Otros dicen: "Esperamos hasta que
estuviera inconsciente porque se daría cuenta de que se está muriendo si oyera
la palabra cuidados paliativos". Desafortunadamente, en
situaciones de negación como estas queda poco tiempo para hacer lo que hacemos
tan bien: ayudar de verdad a los moribundos y a sus familias a afrontar esta
crisis vital crucial.
En la mayoría de los casos, un pronóstico de seis a doce
meses es el mejor punto de entrada a un programa de cuidados paliativos. Sin
embargo, he atendido a un paciente durante dos años y medio. Este paciente
padecía la enfermedad de Lou Gehrig (también llamada ELA, esclerosis lateral
amiotrófica), una enfermedad neurológica terminal y progresiva que finalmente
le quitó la vida, pero lo hizo de forma muy, muy lenta.
Cuando el paciente moribundo tiene hijos se necesita más
tiempo para ayudarlos a comprender, a un nivel adecuado para su edad, lo que
sucede. Se debe confeccionar un plan de apoyo emocional para niños a partir de
dos años. El apoyo durante el duelo es esencial para que los niños pequeños y
los jóvenes aprendan a comprender sus sentimientos y a afrontar el duelo.
La administración temprana de cuidados paliativos permite
contar con tiempo suficiente para encontrar un nivel de comodidad y apoyo
emocional para todos los involucrados, y ayudar a la familia a manejar las
crisis y honrar el deseo del moribundo de morir en casa o, si es necesario, en
una cama de cuidados paliativos en un centro de internación.
EN RESUMEN Cuando todo parece
desmoronarse, es posible que en realidad esté tomando forma.
34. ESTAR “CON” EL
MORIBUNDO, Y NO “DE PASO”
Tuve la suerte de ser la asistente de parto
de mi hija cuando trajo sus hijas al mundo. Tuve la misma suerte de ser la asistente
de parto de mis padres y mi tío cuando partieron. Me enseñaron a vivir, y al
morir me enseñaron a morir. Fue el hermoso ciclo completo de vivir esta vida.
ANITA Y SIMÓN
Cuando conocí a Simón, general retirado del ejército, me
impactó que todo en él, su familia y su vida, estuviera tan ordenado, tan
impecable, que parecía no haber lugar para nada menos que la perfección.
Sabiendo que la experiencia de morir está llena de momentos que no se pueden
controlar ni planificar, me pregunté si sería lo suficientemente flexible para
afrontar la enfermedad de su esposa. Aun así, era evidente que adoraba a su
esposa, Anita, y tenía la capacidad financiera para proporcionarle todo lo que
pudiera desear y necesitar.
Su éxito militar quedaba patente en condecoraciones y
medallas enmarcadas en las paredes de su casa. Las viejas fotos suyas junto a
Eisenhower, MacArthur y otros altos oficiales militares, la mayoría con
uniforme de combate, hablaban de alguien que había enfrentado la muerte
viniendo del enemigo con la mirada fija en él, con la esperanza de ganar. Pero Simón
no podía controlar ni superar el hecho de que el amor de su vida se estaba
muriendo.
Al tratar con cuidadores mi enfoque básico es que el
conocimiento es poder. Lo que viene es menos aterrador si se habla, se
anticipa, se planifica y comprende. Sin embargo, nunca doy información
a nadie que no esté seguro, o prefiera no saber. Como ya he dicho, respeto
mucho la negación, que es una excelente muleta. A menos que tenga algo mejor
que ofrecer, lo dejo en paz a menos que la negación cause daño o ponga a
alguien en peligro.
También tengo presente que, si bien muchas enfermedades
terminales siguen un curso predecible existen factores que varían de un
paciente a otro, como la edad, el estado de salud previo, la determinación
mental y emocional, y los tratamientos y cuidados previos recibidos o
rechazados. Cada evolución es algo predecible, pero siempre es única para cada persona.
Como Simón me dijo que quería saberlo todo, colaboramos
desde el principio en un plan para afrontar el deterioro que se avecinaba para Anita
a medida que su enfermedad progresaba. Él fue receptivo a esta información y se
preparó como si fuera a la batalla de su vida, lo cual, en muchos sentidos, era
cierto.
Anita, por otro lado, tenía claro que no quería saber nada
. «Nunca me preocupo cuando Simón está al mando, y como puedes ver, siempre lo
está», me dijo.
Después de aproximadamente una semana de visitar a Anita
me di cuenta de que Simón se estaba agobiando con los diversos medicamentos que
debía controlar, las comidas que preparar, las citas médicas que cumplir y las
tareas domésticas que realizar. Sugerí colocar una tabla escrita a mano en la
pared de la cocina para ayudar a programar y planificar algunas de las
responsabilidades semanales. A Simón le gustó la idea. Rápidamente desarrolló
una rutina estricta. Pero a medida que el plan de atención cambiaba con el
curso de la enfermedad de Anita, también lo hacía la tabla, y tales cambios en
los medicamentos u otros tratamientos requieren adaptabilidad y flexibilidad.
Un cuidador sin formación, en particular uno que es una persona organizada y
con el control como Simón, pronto puede sentirse abrumado a medida que se
modifica el "plan perfecto". Si bien nunca pretendí que la tabla
fuera una lista de órdenes de marcha rígidas, pareció evolucionar hacia eso a
medida que aumentaba la necesidad de control de Simón.
Anita se mantuvo cómoda mientras su condición empeoraba
gradualmente, pero noté que Simón se obsesionaba cada vez más con la casa y el
jardín. Pasaba tanto tiempo podando sus arbustos que parecían artificiales.
Ahora insistía en que las sábanas fueran ligeramente almidonadas y planchadas
por los cuidadores que había contratado, quienes comprensiblemente se resistían
a tal pérdida de tiempo cuando las necesidades físicas de Anita aumentaban a
diario. Uno tras otro, los auxiliares de salud a domicilio contratados
renunciaron, y la constante rotación de personal perturbaba a Anita y aumentaba
su leve confusión. Llamaba a Simón sin cesar, y él se frustraba porque lo
apartaban constantemente de su "trabajo". "Dile que estaré allí
cuando termine", ordenaba con energía al cuidador contratado.
En la puerta del dormitorio había aparecido un nuevo
cuadro con la versión de Simón del horario, y la expectativa era que se
siguiera al pie de la letra:
10:00 : Cabecera de
la cama levantada 45 grados
10:30: Cabecera de la
cama abatida
10:45: Loción para
los pies
11:00: Loción en las
manos
¡Y esto no fue ni el principio ni el final! La pobre Anita
no tuvo un momento de paz en todo el día, pues su tiempo, cada vez más
limitado, volaba en compañía de desconocidos que le hacían cosas
insignificantes.
Una tarde soleada encontré a Simón en el patio trasero,
con tapones para los oídos y un cortasetos chirriando en las manos. «Tenemos
que reagruparnos, Simón», grité, indicándole que entrara. Me preparó una taza
de té y se puso visiblemente nervioso, anticipando malas noticias, mientras
hablábamos en la mesa de la cocina.
Le dije: «Simón, has hecho un trabajo espectacular
cuidando de Anita todo este tiempo. Pero estos últimos días y horas son escasos
y preciosos, y le queda poco tiempo. ¿Quieres pasarlo haciendo jardinería mientras
una cara diferente cada semana intenta seguir este horario tan intenso? Siempre
la están volteando, cambiando, moviendo, frotándola con lociones, peinándola,
haciéndole las uñas. Algunas de esas actividades son buenas y la reconfortan,
pero el descanso y los momentos de tranquilidad también son esenciales para
ella ahora. El horario es demasiado. Lo que quiere y necesita es que estés con
ella, no con desconocidos que la molestan constantemente. Que todo luzca
perfecto no lo hace perfecto».
"¿Quieres más café?", preguntó distraídamente,
olvidando que me había preparado té hacía apenas unos momentos. Se levantó de
la mesa de un salto, acomodó los papeles esparcidos delante de su mantel y
agarró mi taza de té medio vacía. De repente, la enjuagó y la metió en el
lavavajillas. Pobrecito, pensé. Qué duro le está yendo. Va de un
lado a otro como un frenesí, así que no tiene que detenerse a mirar bien lo que
pasa.
Finalmente volvió a sentarse a la mesa y por fin me miró
a los ojos. "¿Es este el final?", preguntó con voz ronca.
“No, creo que le quedan unos días, pero no puedo
garantizarlo, así que no me gustaría que perdieras esta última oportunidad de
estar con ella. Solo necesito asegurarme de que entiendas en qué punto se
encuentra. Te quiere y confía en que sabrás qué es lo mejor para ella y cómo
quieres pasar este tiempo tan valioso”. Se levantó lentamente y desapareció en
el comedor. Esperé en silencio mientras lo oía sonarse la nariz varias veces
durante los siguientes minutos.
Regresó con los ojos enrojecidos y se sentó con
determinación. "Sabes, Maggie, el punto decisivo en una batalla es darte
cuenta de que tu plan de batalla ya no funciona y tener el coraje de
reagruparte y cambiarlo", dijo. "Simplemente no me di cuenta de que
habíamos llegado a ese punto. O tal vez no quería darme cuenta. Entonces, ¿cómo
lo hago ahora?"
Desde el principio supe cuánto amaba Simón a su esposa,
pero en ese momento quedó claro que incluso estaba dispuesto a cambiar por
completo de actitud cuando se dio cuenta de que eso la beneficiaría. Me
conmovió profundamente. Dije en voz baja: "Deja que los auxiliares de
salud a domicilio hagan lo que se les ha enseñado. Una instrucción tan
detallada es degradante. No reconoce su criterio ni sus habilidades. Mientras
tanto, tú consuélala tanto como quieras. Por ejemplo, apuesto a que a Anita le
encantaría que le dieras suaves masajes en la espalda, las manos y los pies.
Pero también es muy importante estar con ella en silencio".
“A medida que se acerca su hora de dejarnos, lo que más
querrá es tu presencia. No tienes que hacer absolutamente nada. Simplemente pon
una silla cómoda en su habitación y trae tus periódicos y libros. Ahora duerme
casi todo el tiempo, así que imagina lo reconfortante que será para ella abrir
los ojos y verte ahí. Esto también le ayudará a no preocuparse por dónde estás
ni por cómo estás. Está lo suficientemente cómoda como para que no te importe
que te acuestes a su lado y te acurruques un rato. Pasa todo el tiempo que
puedas con ella. Si está tranquila, tú haz silencio. Si está despierta y
habladora, háblale. Si está durmiendo, tú también puedes echarte una siesta. Así
es como mejor puedes compartir su experiencia. La conoces tan bien; simplemente
sigue tu instinto sobre lo que necesita y sigue haciendo el maravilloso trabajo
que has estado haciendo”.
Pasó una semana con Simón pasando tiempo con su esposa de
esa manera tranquila y amorosa. Y entonces, una mañana, mientras dormía la
siesta junto a ella en la cama, Anita murió tan tranquila y silenciosamente que
no se dio cuenta hasta que despertó.
“Poco a poco me di cuenta de que todo estaba demasiado
silencioso. Ya no respiraba”, me dijo. “No sé cuánto tardé, pero solo quería
conservar su calor. La abracé hasta que se fue. Luego llamé al paliativos para
decirles que había muerto”. Sonrió con tristeza mientras lágrimas silenciosas
resbalaban por su rostro.
Hablé con Simón en la reunión posterior al funeral de Anita.
«Hiciste un trabajo maravilloso, Simón, y sé que fue desgarrador para ti. Pero
toda esposa debería tener la bendición de recibir el mismo cariño con el que
cuidaste a Anita».
Lloró abiertamente. «Claro que desearía que todavía
estuviera aquí, pero estoy tranquilo porque hice todo lo que pude por ella.
Quiero que sepas que compartimos algunos de los momentos más hermosos durante
esos últimos días».
LUISA
Una hija devota y meticulosa, llamada Luisa, se
preocupaba en voz alta conmigo por que la muerte de su madre fuera perfecta.
"¡Solo quiero que esto sea perfecto para ella!". Ya había notado los
arreglos florales frescos junto a la cama, las sábanas y las mantas que se
cambiaban al menos a diario para que combinaran con el camisón de su madre, y
la suave música clásica que siempre sonaba de fondo mientras la madre de Luisa
entraba y salía del coma. El "Coro del Aleluya" del Mesías
de Händel estaba listo para sonar durante los últimos minutos antes de la
muerte para lo que, probablemente, aún faltaban algunas semanas.
“Sigo sintiendo que hay algo que he pasado por alto para
arreglar esto, ¡pero no sé qué es lo que he pasado por alto!”, me dijo.
“¿Sabes, Luisa?”, respondí, “no hacer nada suele
ser lo correcto, aunque sé que no ayuda con el pánico. Ahora mismo, mientras tu
madre entra y sale del coma, está muy ocupada en la transición de esta vida a
lo que venga después. Aunque no lo parezca, es muy consciente de lo que sucede
a su alrededor. También puede que esté viviendo experiencias que no podemos ver
ni oír”.
"¿Recuerdas cómo fue el parto?", continué.
"Sí, lo recuerdo", dijo riendo.
Continué: «Sin los monitores, nadie puede ver lo que está
pasando, y aun así, la madre está muy concentrada y ocupada. Están pasando
muchas cosas, ¿verdad? Ese bebé está en transición del útero a este mundo. Una
madre en trabajo de parto incluso tiene una expresión particular en su rostro
mientras se concentra en su interior e intenta trabajar con lo que sucede en su
cuerpo».
“Ahora imagina si la señorita enfermera tuviera la
necesidad de estar ocupada y ordenada y no parara de incordiarte durante el
parto. "¿Quieres hielo picado? Déjame esponjarte la almohada. ¿Tienes
calor? Déjame abanicarte. Sentémonos. Acostémonos. Tienes el pelo hecho un
desastre, te lo peino. Estás sudando, te baño". ¿Te imaginas cómo
reaccionaría esa madre? Sospecho que si hubiera una silla a su alcance, se la
lanzaría y gritaría: "¡Déjame en paz! ¡Estoy ocupada!".
Luisa sonrió.
“A eso me refiero cuando digo que a veces lo mejor es no
hacer nada. La mejor manera de que esto sea perfecto para tu madre es estar con
ella en silencio y compartir el viaje lo más lejos posible”. Lágrimas de alivio
inundaron sus ojos y asintió en silencio una y otra vez.
Al trabajar con familias y amigos que
enfrentan la muerte de un ser querido a menudo me sorprende que su anticipación
de cómo será ese momento suele ser mucho peor de lo que realmente resulta ser.
Su comportamiento ajetreado es una forma de no ver lo inevitable a medida que
se acerca. Pero cuando se les da la oportunidad de estar completamente
presentes la mayoría de los cuidadores agradecen haber compartido esos últimos
días, horas y minutos. Un gran porcentaje de ellos extraña el momento real,
como le pasó a Simón, porque es tan tranquilo y pacífico. A menudo escucho:
"¡No podía creer que fuera tan fácil!". Muchos otros han dicho:
"Nunca volveré a tener tanto miedo a morir como antes" o, "Fue
el trabajo más difícil que he amado". Ser testigo y ayudar a facilitar
tales revelaciones es un honor y una bendición en mi vida.
EN RESUMEN La mejor manera de
compartir el viaje de la muerte es simplemente estar con el moribundo, compartiendo
momentos de tranquilidad y de dulzura.
35. “NECESITO TU PERMISO PARA IRME”
Por muy difícil que sea para los moribundos
dejar a sus seres queridos es aún más angustiante pensar que sus seres queridos
serán sorprendidos, estarán desprevenidos y se verán abrumados por el momento
de su muerte. "¿Sabe mi familia que me voy pronto? ¿Estarán demasiado hechos
polvo por esto?" "¿Están listos?", "¿Se recuperarán alguna
vez?", "¿Estarán bien sin mí?"
Parece que incluso los pacientes inconscientes tienen
estas preocupaciones. No es raro que una persona moribunda, que parece estar a
punto de morir, finalmente pueda irse cuando la familia le da permiso verbal y
asegura que comprenden lo que está sucediendo y que estarán bien.
GONZALVO
Gonzalvo, director ejecutivo de una importante empresa
internacional, vivía en Bruselas con su joven familia cuando le diagnosticaron
cáncer de pulmón terminal. Inmediatamente se mudaron de vuelta a los Estados
Unidos de norteamérica, a un suburbio de la ciudad donde aún vivía gran parte
de su extensa familia. «Aquí empezó todo», dijo. «Así que aquí es donde debería
terminar». Tenía apenas cincuenta y tantos años, era un exatleta alto e
imponente, persona muy sensata, acostumbrado a tener el control y al éxito.
Su esposa, Belinda, de treinta y ocho años, era mujer de
éxito por derecho propio, madre atenta de dos niños en edad escolar, trabajaba
ocasionalmente para el bufete de abogados corporativos donde había sido abogada
antes de mudarse a Bruselas. Vivían muy cómodamente en una impresionante casa
contemporánea escondida en un barrio bien cuidado. Pero ni el poder ni el éxito
podían cambiar el hecho de que Gonzalvo se estaba muriendo demasiado pronto.
Durante mi visita de ingreso al programa de paliativos me
impactó lo avanzada que estaba la enfermedad de Gonzalvo y me pregunté por qué
habían tardado tanto en llamar a paliativos. Mi compañera de enfermería, Juli,
y yo necesitábamos actuar con rapidez y contundencia para aliviar sus síntomas
de dolor y dificultad para respirar, y no teníamos mucho tiempo para mejorar la
situación para él, su esposa y sus hijos. No puedo dejar de reiterar que, sobre
todo cuando hay niños de por medio, cuantos más meses podamos trabajar con una
familia, mejor.
Gonzalvo siempre fue amable y cordial conmigo y con los
demás miembros de mi equipo, pero nuestra relación se mantuvo muy formal.
Belinda, en cambio, nos trataba como viejos amigos. Habiendo vivido en el
extranjero durante muchos años contaba con poco apoyo social en el país
norteamericano, y nuestras visitas siempre terminaban con té y galletas en la
cocina mientras Gonzalvo dormitaba en su habitación, al final del pasillo.
Nuestras reuniones de cocina trataban muchos temas: su
vida juntos en el extranjero, cómo sus papeles estaban cambiando ahora que
habían retornado, los problemas matrimoniales superados, cómo les iba a los
niños en la escuela, cómo Belinda lograba compaginar todos los aspectos de su
vida y cómo su dolor los afectaba. "¡Soy demasiado joven para ser viuda!",
decía con tristeza.
Logramos, en general, mantener un buen control de los
síntomas, pero fue mucho más difícil de lo habitual ya que su enfermedad estaba
muy avanzada, era desafiante y excepcionalmente tenaz. Recuerdo haber repasado
con Belinda el concepto de que las personas suelen morir como viven, y su
respuesta me sorprendió.
“Bueno, entonces prepárate, porque Gonzalvo vino a este
mundo luchando, y ha estado luchando desde entonces. Si lo que dices es cierto,
puede que esta no sea una muerte fácil para él ni para ninguno de nosotros”.
Sus palabras me preocuparon, y en secreto recé para que se equivocara. Le pedí
que me contara más sobre Gonzalvo.
“Era un bebé de poco más de cinco kilos y su parto fue
increíblemente largo y difícil. Los médicos no podían prometer que estaría
bien. Su madre terminó sometida a una histerectomía de emergencia debido a la
profusa hemorragia que sufrió después del parto.
“Su familia era trabajadora y tenía poca educación”,
continuó. “Sus padres tenían dos trabajos, así que se crio en las calles de la
ciudad. Más tarde nos dimos cuenta de que tenía una discapacidad de aprendizaje
no diagnosticada, pero desde pequeño le decían: '¡Nunca llegarás a nada!'
“A pesar de sus dificultades en la escuela, les creyó.
Abandonó la preparatoria y se juntó con gente peligrosa. Tuvo frecuentes
problemas con la ley y pasó tiempo en un centro de detención juvenil.
Experimentó con drogas y alcohol y, claramente, no iba a parte alguna hasta que
decidió unirse a la marina. ¡Siempre parecía saber cómo sobrevivir por los
pelos!”
Calentó una tetera y sirvió un plato de galletas. Luego
continuó: «Le encantaba la estructura y la disciplina del ejército. Realmente
prosperó: terminó su GEDm (certificación alternativa al diploma de escuela
secundaria en Estados Unidos) y, con el tiempo, se esforzó por aprobar las materias
universitarias, una a la vez, hasta obtener su título de ingeniero. Su oficial
al mando vio su tenacidad y potencial y le recomendó que solicitara ingresar a
la escuela de candidatos a oficiales. Era una apuesta arriesgada pero lo
aceptaron, se convirtió en oficial y finalmente obtuvo una maestría en
ingeniería. Con la excepción de su oficial al mando, no tuvo absolutamente
ningún apoyo ni aliento, ni siquiera de su familia. Todo fue una batalla para
él, una verdadera lucha a cada paso. Pero persistió, dejó la marina y se dedicó
a la tecnología empresarial”.
“Nos conocimos en una fiesta. Estaba fascinada con él.
Parecía una persona excepcional, y estaba segura de que no había nada que no
pudiera conquistar. Efectivamente, se abrió camino desde abajo y pronto llegó a
la cima de su campo como director ejecutivo de una enorme empresa
internacional”, dijo con orgullo. “Pero entonces el cáncer, y enfermó tan
rápido”.
“Cuando le diagnosticaron juró que superaría esto como
había superado todos los demás obstáculos de su vida”. Sus ojos se llenaron de
lágrimas. “Se sometió a los tratamientos más duros y se negó a aceptar el 'no'
de cualquier oncólogo. Simplemente buscaría un nuevo médico que se arriesgara y
le diera lo que quería. No puedo ni imaginar lo enfermo que ha estado, pero
siguió insistiendo. Al final, sin embargo, todo le falló, y aquí estamos.
Superó todos los demás obstáculos de su vida, pero nos dicen que perderá esta
batalla. ¡Es imposible siquiera pensarlo!”, sollozó mientras Juli y yo
intentábamos calmarla.
En la que resultó ser mi última visita con Gonzalvo,
estaba claramente al borde de la muerte pero, por desgracia, no estaba en paz.
Estaba agitado y con los ojos desorbitados mientras luchaba por respirar.
Inmediatamente lo mediqué y le aseguré que no los dejaría, a él ni a Belinda,
hasta que se sintiera cómodo y Belinda ya no me necesitara. Jadeando demasiado como
para poder hablar me agarró la mano y la sostuvo firmemente sobre su pecho. Le
administré más morfina para facilitar la respiración y la dificultad empezó a
disminuir. Una vez que estuvo más tranquilo y cómodo llamé al médico para
informarle del problema. Apoyó mis acciones y me dio instrucciones constantes
para lo que Gonzalvo necesitara. También se ofreció a internarlo en la unidad
de cuidados paliativos si era demasiado difícil en casa.
Al regresar a la habitación de Gonzalvo, Belinda salió al
pasillo, donde él no podía oírnos hablar. "¿Crees que está
muriendo?", preguntó con ansiedad.
“Sí, creo que sí, y muy pronto, posiblemente dentro de
unas horas”, respondí.
Pensó un buen rato, y de repente se irguió y declaró:
"¡No voy a entregárselo a desconocidos en el hospital ahora! Lo
tendré aquí para que muera conmigo y nuestros hijos. Debería despertarlos
pronto. Quiero asegurarme de que se despidan de su papá".
Me conmovió la valentía de esta joven. "¿Te serviría
de algo quedarme contigo un rato?", pregunté. Me abrazó y lloró sobre mi
hombro. "¡Por favor, por favor, hazlo! ¡Tengo tanto miedo!"
Los analgésicos ya habían hecho efecto y dormía
plácidamente. Me senté con Belinda a tomar un té y le dije: «¡Caramba! Tenías
razón en que era un luchador. Le di mucha morfina, pero sigue
resistiéndose. Es un hombre muy fuerte y decidido. Definitivamente
está muriendo como vivió».
Alrededor de las diez de la noche lo oímos despertarse y
corrimos a su habitación. Estaba despierto, lleno de energía y con los ojos
brillantes, como si estuviera asombrado por algo que no podíamos ver. Gritó con
urgencia: "¡Rápido, Bindy! ¡Rápido, rápido, trae a los niños! ¡No tenemos
tiempo que perder!"
“¿Qué pasa , cariño?”. Belinda le sujetó los
brazos y se acercó a su rostr. ”¿Qué te pasa? Estoy aquí contigo, cariño. ¿Qué
necesitas?”
“¡No hay tiempo!”, dijo frenéticamente. “¡Gaviota,
[el nombre del avión jet de la compañía en la que trabajaba, y con el que se
desplazaba habitualmente], ya tiene el tanque lleno y está listo para partir!
¡Tenemos que irnos ya!”. La atrajo hacia sí. “¡Ahora, cariño, ahora!”.
Me quedé atónita ante ese estallido de fuerza y urgencia de un hombre tan
cerca de la muerte.
Belinda le tomó la cara entre las manos y, acercándose
mucho a él, le dijo: «Gonzalvo, cariño, los niños y yo no podemos ir contigo
ahora mismo. Pero estaremos en el avión justo detrás de ti. Necesitamos que te
adelantes y te asegures de que todo esté listo para nosotros, como siempre. Por
favor, cariño, dependemos de ti. Vete ya. Te queremos, pero estaremos bien
y nos reuniremos muy pronto, ¡te lo prometo! Así que vete, vete. No pasa nada».
Los niños se habían despertado por el alboroto del
pasillo y estaban de pie en la puerta, con los ojos abiertos, escuchando. Se
subieron a la cama de Gonzalvo y, siguiendo el ejemplo de su madre, dijeron:
«Está bien, papá. Cuidaremos de mamá. ¡Lo prometemos! ¿Y nos vemos pronto,
trato hecho?», dijeron, sorprendiéndome con su madurez y fuerza. Gonzalvo
aflojó lentamente su agarre sobre Belinda. Su respiración se hizo más lenta y
tranquila mientras entraba en el coma que lo mantendría en paz durante los
últimos momentos de su vida, mientras Belinda y los niños se acurrucaban a su
alrededor como gatitos, abrazándolo y dándole besos de despedida.
Después de acostar a los niños, Belinda y yo nos sentamos
en la oscuridad del porche, esperando a que llegara la gente de la funeraria.
Ella rió con tristeza: "Ya te lo dije: luchó para llegar a este
mundo, luchó para salir de él, y ahora luchó para salir de él y entrar en lo
que venga después".
La abracé y le dije: «He aprendido muchísimo de todos vosotros.
¡Nunca olvidaré esta noche!».
Es difícil para un corazón amoroso y hecho
polvo decir: "¡Me parece bien que mueras!". Nunca estamos
completamente listos para dar el último adiós a alguien a quien amamos, y aun
así, el moribundo necesita escuchar ese permiso amoroso. Las palabras pueden
ser sencillas:
“Entiendo lo que está pasando y, aunque estoy muy triste,
estaré bien”.
“No te preocupes por mí, por favor. Veo que estás muy
cansado, así que no importa si necesitas soltarme. Te quiero y estoy bien”.
Este tipo de apoyo ayuda a nuestros seres queridos a
completar su viaje con mayor tranquilidad, aliviados del miedo y sabiendo que
su familia comprende y está preparada para su partida.
EN RESUMEN Los moribundos nos
piden: “Hazme saber que estarás bien y luego, por favor, déjame ir”.
36. LAS HORAS FINALES
Has asimilado información difícil que nunca
quisiste saber. Has enfrentado miedos y ansiedades que parecían insuperables. Y
has trabajado muchísimo. Ahora te han dicho que la persona que amas morirá muy
pronto, posiblemente en unas horas. Aunque creías estar listo, no lo estás,
y no puedes evitar la sensación de pánico de "¡Haz algo, haz
algo!". Entonces, ¿cómo sobrevives a estas últimas horas? ¿Qué haces?
Normalmente, en esta última etapa el moribundo ya se ha
desconectado del viaje físico y, posiblemente, también de quienes la rodean. El
paciente puede estar en semicoma o coma, que suele durar de unas horas a un día
aproximadamente, y a continuación viene la muerte. Puede tener fiebre, que se
alivia con paños fríos y supositorios antifebriles. La persona dejó de tragar
aproximadamente un día antes.
Puede que amigos y familiares se reúnan en tu casa.
Llegan parientes de fuera y se enfrentan a la gravedad de la situación y la
pérdida al mismo tiempo, y su dolor puede ser extremo. Aunque estés exhausto y
estresado, ¡quizás te encuentres consolándolos ! Ahora te das cuenta
de que, por muy difícil que haya sido este proceso de cuidado, has vivido
momentos de duelo al afrontar cada pérdida y reconocer cada deterioro.
Algunos familiares pueden sentirse culpables por no haber
ayudado más, por lo que ahora entran en un estado de hiperactividad. Quizás te
pidan que les propongas tareas importantes para compensar su falta de
participación anterior. Así que ahora te toca a ti encontrar maneras de aliviar
la culpa de otra persona. Los sentimientos, tanto buenos como malos, se
intensifican y la hipersensibilidad abunda.
Probablemente te sientas confundido y abrumado. Tu
concentración es terrible y sientes que chocas contra las paredes. Esto es un
duelo temprano, y es normal. La llegada de otros familiares y amigos al
principio se sintió como un apoyo cariñoso, pero al final puede parecer una
distracción que te impide estar con el moribundo en estas últimas horas. ¿Cómo
proteges tu tiempo para lo que es realmente importante?
Ahora tienes nuevas tareas: hacer camas, poner toallas
limpias (si encuentras alguna), asegurarte de que todos tengan lo necesario.
¿Hay suficiente comida para el almuerzo? ¿Quién va a dormir dónde? ¿Alguien va
a recoger al tío en el aeropuerto? ¿Hay suficiente gasolina en el coche? ¿Han
llamado al pastor (o al sacerdote o al rabino)?
Así como un obstetra que ha estado presente durante todo
el embarazo desea estar presente en el parto, tú deseas compartir las últimas horas
del viaje que has estado haciendo con el moribundo durante tanto tiempo. Y, sin
embargo, estas tareas de cuidar a tu familia y amigos te están alejando.
Finalmente, sin embargo, se han asignado las tareas, la
casa y la cocina se están acomodando a la compañía, y todos parecen estar
adaptándose. ¿Y ahora qué hacer? Luchar contra los instintos normales de hacer
algo. Simplemente sentarse en silencio cerca del moribundo. Observar e intentar
imaginar dónde está la persona y qué está experimentando. Una caricia suave y
amorosa es maravillosa, pero trate de no distraer a la persona ni intentar que
vuelva a la normalidad. Recuerde que el paciente está ocupado en la transición
de esta vida a lo que pueda venir después. Este es un momento ajetreado para
los moribundos. Aunque no podamos ver exactamente qué está sucediendo, hay
mucho que hacer. Este debería ser un momento de tranquilidad simplemente para
estar con el moribundo.
Algunos cuidadores y familiares encuentran paz con música
suave y hermosa de fondo, quizás algunas de las canciones favoritas del
paciente. Otros se recuestan en silencio junto al paciente, tocando o
acariciando suavemente su rostro o brazo. Algunos optan por "vigilar la
muerte", mientras que otros revisan álbumes familiares, recordando en silencio
la vida del moribundo. Imagina lo maravilloso que sería pasar tus últimas horas
cómodamente, rodeado de tus seres queridos mientras repasan tu vida y lo
significativa que ha sido para ellos, lo mucho que ha importado que estuvieras
aquí, en la Tierra. No se deben reprimir las risas ni las lágrimas. Son
expresiones normales de amor y dolor, y no se está engañando al moribundo al no
ser emocional. De hecho, si se reprimen las emociones el moribundo puede
preocuparse de que "no lo entiendan" y, a menudo, le costará aguantar
hasta que lo hagan. Así que estate presente, pero también cuídate.
Los enfermos terminales no pueden evitar morir, pero nos
han demostrado una capacidad asombrosa para elegir el momento de la muerte. Si el
moribundo quiere que estés presente mientras exhala su último aliento, estarás
presente. Te esperará.
Hay innumerables historias de la abuela moribunda que
esperó con ansias la llegada de su nieto antes de morir, o de la madre que
aguantó hasta que terminó la boda de su hija, o de los muchos que evitaron
morir en días especiales como los feriados para evitar que su familia
convirtiera los momentos alegres en días de duelo.
Y sabemos que lo contrario también es cierto: si una
persona moribunda no quiere que sus seres queridos estén presentes en el
momento de la muerte elegirá un momento en el que tú no estés
presente. Tu ser querido te está dando el regalo de salvarte, o quizás siempre
ha sido una persona muy reservada e introspectiva. Recuerda, es el moribundo
(incluso en coma) quien elige, y a menudo por las razones más amorosas. No es
tu culpa ni es motivo para sentirte culpable. La decisión no estaba en tus
manos desde el principio, así que acéptalo.
Espero que te sientas bien por lo que has
hecho, no solo por ayudar a tu ser querido a morir en paz en casa, rodeado de
amor, sino también por lo que les has enseñado a quienes te rodean,
especialmente a los niños. Les has demostrado que este viaje llamado morir no
tiene por qué ser de miedo, dolor ni angustia. En cambio, les has mostrado que
es una oportunidad difícil, pero llena de amor, aprender a vivir cada día hasta
morir, en lugar de morir cada día hasta el final de tu vida.
Has aprendido lecciones poderosas y edificantes de esta
persona moribunda que amas, las has compartido con otros y llevarás este
conocimiento a cualquier experiencia futura que puedas tener con la muerte.
Ahora puedes ver tu muerte sin miedo,
como oportunidad brillante para escribir el último capítulo de tu vida de una
manera que refleje verdaderamente la persona única, cariñosa y generosa que
eres. Aprecia lo que has hecho y quién eres.
EN RESUMEN Sobrevivir las
últimas horas de manera positiva puede brindarte consuelo en tu nuevo viaje: el
duelo.
PARTE VII
UN VIAJE TERMINA , OTRO COMIENZA
37. EN LA AUTOPISTA DE PEAJE
El poder curativo del
llanto
Nunca pensé que llorar fuera algo malo. A
veces incluso busco una película triste porque siento la necesidad de llorar.
La capacidad y la disposición para llorar han sido una gran ventaja
profesional. Es una gran catarsis y uno de los mejores remedios para el duelo.
Gracias a su efecto sanador he logrado continuar mi trabajo como enfermera de
cuidados paliativos desde 1981, mucho más tiempo que la mayoría.
He cuidado a más de dos mil moribundos y aún disfruto del
reto de mi trabajo. Es cierto que es doloroso presenciar los obstáculos físicos
y emocionales de una enfermedad terminal, pero en cada persona moribunda hay
una belleza y un significado tan profundos que no puedo imaginarme trabajando
en otra profesión. Mi trabajo es como ser una asistente de parto al final de la
vida.
No cabe duda de que también hay mucha tristeza en mi
trabajo. Mis pacientes lidian con una serie de pérdidas a medida que se acerca
la muerte. Me he sentado, hablado y escuchado durante horas en sus mesas de
cocina o junto a sus sillones reclinables, o me he arrodillado junto a sus
camas y me he inclinado para escuchar sus débiles susurros. Los he cuidado y
cuidado durante semanas, meses y, a veces, años, y también a sus familias. Y no
los olvidaré.
Las familias no solo se ven con la pérdida del paciente
(de independencia, de salud, de una identidad anterior), sino también con la
pérdida anticipada en sus propias vidas. Deben comenzar un nuevo proceso de
duelo cuando termine mi trabajo. Yo también llevo un duelo en silencio. Pero,
de acuerdo con la política del paliativos, mi relación con la familia del
paciente debe terminar cuando termine el funeral. Su proceso de duelo merece la
ayuda de los mejores profesionales (el equipo de duelo del paliativos), y esa
no es mi área de especialización. Por lo tanto, perder al paciente es un tema
de duelo para mí, pero aún más lo es perder a la familia. A menudo me preocupo
por ellos y me pregunto cómo estarán. Cada vez que paso por su calle, pienso en
ellos. Mi mapa está lleno de monumentos únicos: Eso está a la vuelta de la
esquina de donde vivía Toni, o, Ese
es el complejo de María, o Los hijos de Dueña van a esa escuela; me
pregunto cómo estarán.
A menudo me preguntan: "¿Cómo haces para no
llorar?". Bueno, no lo hago. Lloro. Lloro mucho, la verdad. A veces lloro
con mis pacientes, a veces lloro con mis familias, casi siempre lloro sola.
Cuando digo llorar sola no me refiero solo a sollozar discretamente y secarme
las lágrimas con un pañuelo. Me refiero a gemir con la cabeza hacia atrás y la
boca abierta, cuanto más fuerte, mejor: llanto aeróbico. Es como una inversión:
cuanto más te esfuerzas, mayor es la recompensa y menos tienes que hacerlo a la
larga. Pero me esfuerzo mucho por no llorar delante de mi familia, aunque es
muy difícil. El trabajo en paliativos es el tipo de trabajo que no debería
llevarse a casa todas las noches.
Tengo un lugar favorito para llorar:
la autopista que recorre los últimos kilómetros hasta casa. Un par de veces al
mes, sin previo aviso, siento las lágrimas al acercarme a la entrada. Así que
agarro el volante y me subo. A menudo llego a la cabina de peaje ahogada por
los sollozos. Al principio, me preocupaban los empleados de la cabina. Se
quedaban mirándome la cara surcada de lágrimas mientras buscaba a tientas el
dólar que les tendía y oían mis sollozos mientras esperaba el cambio. Después
de intentar contener las lágrimas varias veces, dejé de preocuparme por cómo me
veían. Qué demonios, pensé, probablemente nunca conoceré a esta gente,
y esto le ahorra el dolor a mi familia. La autopista era donde me sentía
libre para llorar.
Hace unos años, la primera visita a un nuevo paciente me
llevó a un pueblo cercano. Toqué el timbre que tocaría muchas veces durante las
semanas siguientes mientras cuidaba a la maravillosa matriarca de una numerosa
y amorosa familia. Cuando el hijo adulto abrió la puerta me sorprendió su
reacción. Se quedó boquiabierto de la sorpresa y abrió mucho los ojos mientras
miraba fijamente a mí y a mi placa identificativa. Me resultaba familiar, pero
no lograba identificarlo. Unos instantes incómodos después, dijo en voz baja:
"¡Ah! Ahora lo entiendo. Por favor, pase, por favor". En ese
momento lo reconocí como uno de los empleados de la cabina de peaje.
“Es mejor llorar en mi coche que cenando con mis hijos”, dije
tímidamente.
"Debes de preocuparte mucho si enfrentas estas
pérdidas una y otra vez", dijo sonriendo. "Me alegra que cuides de mi
madre", añadió. En lugar de cuestionar mi estabilidad respetó mi
vulnerabilidad y cariño.
A medida que pasaban las semanas y lo conocía mejor me
contó que él y los demás asistentes de la cabina de peaje solían hablar en los
descansos sobre "la mujer que lloraba en el coche plateado". Se
preguntaban cuál sería ese problema tan constante en mi vida. Me contó que uno
de los chicos más jóvenes estuvo tentado de gritarme al pasar: "¡Deshazte
de ese vago!". Al día siguiente me reí al recordar esa sugerencia mientras
pasaba por el peaje.
Al pasar junto a ellos a veces me dicen, "¡Hola,
enfermera!", o una sonrisa cómplice, un gesto de asentimiento o un pequeño
saludo. Juntos, estos asistentes desconocidos y yo reconocemos un hilo de dolor
que se entrelaza con las actividades cotidianas de nuestra vida laboral y une
incluso a desconocidos en las tristes experiencias que compartimos. Sin
palabras, mi tristeza confirma sus propias tragedias, y quizás ellos también
hayan encontrado desde entonces momentos y lugares para llorar.
EN RESUMEN Brindar un buen
cuidado a los demás depende de que te brindes un buen cuidado a tí mismo.
38. TRABAJANDO EL DUELO, DÍA A DÍA
El coronel Duardo no era mi paciente habitual
pero estaba yo de guardia, el fin de semana, cuando el contestador automático
me comunicó que acababa de fallecer. Inmediatamente llamé a su esposa para
expresar mis condolencias y decirle cuánto tardaría en conducir desde mi casa
hasta la suya. Como eran las tres de la mañana y no conocía su barrio le pedí
que encendiera todas las luces posibles para poder distinguir fácilmente la
casa en la oscuridad. "¡Créeme, ya lo sabrás!", respondió.
Al doblar la esquina de una de las tranquilas calles
arboladas no pude evitarlo: una casa en llamas, con luces en cada ventana y un
foco iluminando los números junto a la puerta principal. Aunque ambos lados de
la calle estaban llenos de coches aparcados, el amplio camino de entrada estaba
vacío. El garaje para tres coches también estaba vacío, pero bien iluminado.
Entonces la vi y supe de inmediato a qué se refería. La señora
Duardo estaba en bata, arrodillada en medio del garaje, rodeada de pesados
sacos de tierra, plantando grandes
geranios rojos en macetas enormes.
Mientras caminaba hacia ella por el camino de entrada,
levantó la vista; las lágrimas corrían silenciosamente por sus mejillas.
"Sé que es una locura", dijo, "¡pero tengo que hacerlo ahora
mismo!"
Me incliné, le di un pequeño abrazo y le dije: "Sí,
lo entiendo perfectamente. No estás loca, y este comportamiento se llama normal".
"Gracias por eso", dijo, riendo levemente entre
lágrimas. Luego se levantó para acompañarme a la casa, donde yacía su esposo
sin vida.
El trabajo del duelo
Después de la muerte de mi padre de repente
comprendí la vieja tradición de usar ropa y brazaletes negros y colgar grandes
cintas negras en la puerta principal de la casa familiar. El mundo que te rodea
no tiene forma de saber que tu dolor te ha hecho sentir como un robot, haciendo
tus tareas diarias obligatorias mientras tu corazón y tu cerebro están
saturados con el entumecimiento del duelo. Dos veces en el supermercado vi algo
que me sumió inesperada e instantáneamente en el dolor. Una vez fueron los
dátiles de la marca Dromedario que
amaba mi padre, luego fue su chocolate semidulce favorito. Las dos veces salí
corriendo de la tienda llorando, dejando mi carrito de supermercado, casi lleno,
en el pasillo. Pude prepararme y protegerme contra los puntos de entrada obvios
al dolor crudo (las fiestas, su cumpleaños), pero fueron estos momentos
inesperados e inofensivos los que me hicieron caer de rodillas.
Mi hijo pequeño, intentando expresar su dolor, me dijo:
«Cuando pienso en mi abuelo siento una gran soledad en la garganta». ¡Qué bien
captó esa sensación de un nudo en la garganta, y con qué frecuencia nuestro
dolor se siente físicamente! Nunca me había dado cuenta de que un corazón roto
se siente como un corazón hecho pedazos, hasta que me pasó a mí. Me asombró
poder señalar el dolor.
El duelo es un trabajo duro, pero si queremos avanzar con
optimismo en nuestras vidas, es necesario hacerlo. A menos que
encontremos salidas saludables para nuestro duelo el dolor durará mucho más de
lo necesario y es muy posible que perturbe nuestras relaciones e incluso cause
enfermedades físicas.
El duelo puede reconocerse y expresarse, tanto interna
como externamente, o puede reprimirse y negarse, solo para revelar su presencia
de maneras insidiosas. A muchos de nosotros nos enseñaron de niños a "no
portarnos como bebés" y a "recomponernos" cuando llorábamos; sin
embargo, las lágrimas, la tristeza e incluso la depresión son signos normales de
duelo.
Las señales menos obvias de duelo incluyen falta de
concentración, agitación, cambios en los patrones de sueño y alimentación,
aumento o pérdida de peso, culpa, pánico, ira, resentimiento y arrepentimiento
persistente. Algunas personas se asustan por la intensidad de estos síntomas y
sienten que se están volviendo locas. Pero, de hecho, estas son formas normales
de superar el duelo y son señales comunes, incluso saludables, de duelo.
Personalmente preferiría no prolongar el proceso de duelo
más de lo necesario, así que me sumerjo en el torbellino de la tormenta. Si no,
no podría seguir experimentando tantas pérdidas en mi trabajo y vivir con tanta
alegría y plenitud. A menudo les digo a mis familias: «Cuanto mejor llores,
peor te sentirás, al menos por un tiempo. ¡Simplemente, métete en ello y hazlo
!». Llora a menudo y hazlo con ganas. Busca ayuda si la necesitas. El duelo te
controlará menos a medida que lo expreses más. Mejorará, al igual que
tú, día a día.
Pero si llorar no es lo tuyo busca otras maneras de
liberar el dolor. Hay muchas maneras de procesar una pérdida: mediante la
expresión artística, la actividad física, la oración, la meditación, hablar con
amigos, la terapia profesional, pasar tiempo en la naturaleza, ¡incluso dándole
duro a una pelota de golf! Lo importante es encontrar tantas salidas saludables
como sea posible para tu experiencia. Por supuesto, si tu instinto te
lleva a calmar el dolor con alcohol o drogas, o si sientes que el dolor se ha
vuelto insoportable, busca ayuda profesional para retomar tu vida sin causarte
daño ni a ti ni a los demás.
Otra forma de sanar es conectar con otras personas que
han experimentado un dolor similar. Muchos de los voluntarios del paliativos
son viudas y familiares de antiguos pacientes. Saben de primera mano cómo
ayudar cuando otros no pueden. Son voluntarios extraordinarios porque han
transformado el duelo en algo positivo. Han aprendido que el duelo es parte del
camino. Pero no es el destino, y que el camino puede volverse más suave a
medida que se avanza. También han aprendido que su camino es privado y que su
trabajo como voluntarios es centrarse en el camino de la persona en duelo.
Después de todo, no hay dos experiencias de duelo iguales.
Si lo haces bien, mejorará. El duelo nunca desaparece por
completo, pero empieza a integrarse en tu vida de una forma más llevadera y
menos dolorosa. El vacío que deja esa pérdida nunca se llena del todo, pero
podemos empezar a pasar del dolor insoportable. al pensar en nuestro
ser querido fallecido. a dulces recuerdos de las maravillosas maneras en que
esa persona impactó nuestra vida. Y sea cual sea nuestro duelo aceptarlo
también ayuda a otros cuando se enfrentan a un dolor insoportable.
Estilos de duelo
Los amigos y familiares pueden estar unidos en su pérdida,
pero su reacción siempre es personal e individual. Una persona que ha
sido la fuerte y resistente durante los últimos meses de vida de un ser querido
—cuidando a otros, participando activamente en el cuidado diario del moribundo—
puede ser la que más necesite apoyo tras el fallecimiento. Otra persona puede
sentirse abrumada e incapaz de afrontar la situación durante todo el tiempo que
su ser querido está muriendo, pero tras su fallecimiento parece poder ofrecer
su fuerza a toda la familia. Incluso otros pueden necesitar apoyo activo en
todas las etapas del proceso.
Aunque acepto la idea de que una familia
experimente la pérdida de un ser querido juntos, es importante tener en cuenta
que cada uno tendrá su manera
de afrontar el duelo y su propio tiempo para hacerlo. Una persona
podría volverse más introvertida y optar por pasar tiempo en silencio y a
solas. Tal vez lea, escriba o pinte, o quiera caminar sola por el bosque cada
mañana. Otra podría encontrar consuelo en el humor o en limpiar frenéticamente.
Y la misma persona que controló todos los aspectos del cuidado de su padre en
sus últimos días puede quedar incapacitada tras su muerte, y de repente no
querer ayudar en nada. Es esencial, durante un momento tan difícil, ser lo
más comprensivos posible con quienes experimentan la pérdida, sea cual sea su
estilo de duelo.
Apoyo durante el
viaje
El mundo parece darte uno o dos meses sin palabras para
llorar. Luego se supone que debes sonreír, quizás empezar una nueva relación y
"seguir adelante". Dejas de comer y las llamadas de tus amigos
empiezan a disminuir. La duración de tu duelo puede empezar a incomodar a otras
personas así que, para lidiar con su frustración y su incapacidad para hacerte
sentir mejor, se retraen, irónicamente y sin querer, crean más pérdidas que
afrontar.
Es muy recomendable buscar el apoyo de un grupo de apoyo
para el duelo, y se pueden encontrar grupos maravillosos en centros de terapia,
hospitales y lugares de culto. El apoyo para el duelo también forma parte de
los servicios que ofrecen los programas de cuidados paliativos, y suele ser
gratuito. Compartir tu experiencia con personas similares es muy útil. Y a
veces, del vínculo común de la pérdida y el dolor compartidos, se forjan nuevas
amistades maravillosas.
Una nota especial para amigos: preparaos para que tu
amigo en duelo repita la historia de su pérdida una y otra vez como si nunca la
hubieras escuchado. Entiende que cada vez que cuenta la historia tu amigo
pierde un poco de dolor. Es como si se soltara una pequeña bocanada de aire de
un globo tan inflado que amenaza con reventar. Bocanada tras bocanada, el globo
se relaja. Al escuchar pacientemente la historia, una y otra vez, le estás
brindando el apoyo más cariñoso y útil.
Y para los dolientes: sobre todo, no te aísles, permite
que otros te ayuden a nutrirte durante tu duelo. Esto es particularmente
difícil para muchos de nosotros que nos hemos acostumbrado a ser
independientes, autosuficientes y estoicos. Levántate de la cama o del sofá,
dúchate y vístete cada día, y asegúrate de comer bien. Luego, abre la puerta
para recibir los regalos de sopa o flores de tus amigos y compañeros de
trabajo, da la bienvenida a sus abrazos, contesta el teléfono cuando llamen,
sal a caminar o a almorzar con ellos, deja que te convenzan para ir al gimnasio
o a hacerte las uñas, e intenten ser lo más honrado posible sobre cómo se
sienten. Recuerda, no hay una cantidad de tiempo correcta ni una forma
correcta de procesar el duelo. Lo importante es estar donde están y sentir el
apoyo de quienes te aman.
Todos necesitamos invitar a algún tipo de sanación cuando
nos sentimos heridos. Podemos recurrir a cualquiera o a todas las escaleras que
nos ofrecen cuando nos encontramos en ese oscuro hoyo emocional, pero lo
importante es empezar a subir, peldaño a peldaño, paso a paso. Hay personas y
cosas que te ayudarán. Búscalas.
EN RESUMEN El dolor te
controlará menos a medida que lo expreses más.
39. “CUANDO PIENSO EN MI ABUELO,
SIENTO SOLEDAD EN LA GARGANTA”
Cómo se afligen los niños
Hasta el día de hoy, un huevo pasado
por agua me transporta directamente a la cocina de mi abuela. Solo tenía cuatro
años cuando murió y, sin embargo, después de tantos años ese sabor reaviva los
gratos recuerdos y sentimientos que tuve sentada con ella en el desayuno. Es un
buen recuerdo, uno que atesoro.
Pero no todos los recuerdos son buenos. Todavía puedo
sentir el miedo de pequeña cuando me sacaron de la habitación porque Nana tenía
una de sus dramáticas hemorragias nasales. Quizás si me hubieran dado una
explicación sencilla sobre "la complicada nariz de Nana" no habría
sentido el mismo pánico. En cambio, me vi obligada a sentarme arriba, en mi
habitación, con la imaginación desbocada.
Los niños perciben la enfermedad y la muerte de forma
diferente en sus distintas etapas de desarrollo. Pero siempre las
perciben, e incluso los niños muy pequeños sufren un duelo tan intenso como los
adultos, aunque no de la misma manera. Como padre, puede ser beneficioso
revisar tu historia con la muerte y el
proceso de morir. ¿Tienes dificultades con inhibiciones o miedos persistentes?
¿Qué experiencias has tenido, tanto positivas como negativas? Tienes el poder
de moldear activamente la experiencia de tu hijo para que sea positiva y
saludable.
La mejor política es la oportuna sinceridad. Usa lenguaje
correcto, proporciona explicaciones y definiciones sencillas, y pregunta al
niño si entiende. Si no, inténtalo de nuevo con un enfoque o explicación
diferente. Usar lenguaje indirecto o simbólico confundirá a los niños pequeños.
(Si dices: "Llevamos a tu abuelo al hospital y lo perdimos", ¡prepárate
para preguntas sobre cuándo comenzará la búsqueda!). Con niños mayores y
adultos jóvenes el lenguaje indirecto transmite el mensaje de que la muerte y
el morir, y el dolor que le sigue, son enfermedades a evitar. Cuando te demoras
en compartir información con un niño le demuestras que no está disponible ni es
digno de confianza. La seguridad de un niño se ve afectada y se estimula su
imaginación para construir montañas de un grano de arena.
Quizás pienses que es muy difícil hablar sincera y
abiertamente con tu hijo y que le resultará demasiado doloroso escucharlo. Es
natural querer proteger a los niños de las cosas desagradables y el dolor. Pero
es importante comprender que no puedes ocultar la verdad. Incluso si
logras hacerlo por un tiempo, las consecuencias emocionales pueden ser mucho
peores que el dolor inicial que intentaste evitar. Involucrar a los niños en
las primeras etapas del proceso de morir les brinda la oportunidad de
prepararse para esa pérdida, despedirse y comenzar un duelo anticipado
saludable. Si no los involucras imaginarán cosas mucho peores de las que
realmente existen. Tú y ellos también sufrís otra pérdida: la oportunidad de
crear un vínculo a través de una experiencia compartida. wisto
El 11 de septiembre de 2001 mis nietas Ágata y Rita
tenían dos años y medio y dieciocho meses, respectivamente. Mi hija y mi yerno
tenían un solo televisor y bloquearon todos los canales, excepto el canal
público para los niños. Hicieron todo lo posible para protegerlas de las
noticias y de la inestabilidad que reinaba en el mundo durante esos terribles
días de la destrucción de la torres gemelas neoyorquinas. Sin embargo, al
conducir hacia Boston unos meses después pasaron por una fábrica con humo
saliendo de las chimeneas. Rita señaló y dijo: "¡Fuego!", a lo que Ágata
respondió con total naturalidad: "No. Le chocó un avión". No se puede
proteger a los niños al cien por cien.
Cuando alguien está muriendo todo el entorno cambia.
Incluso el bebé más pequeño puede percibir tensiones y mostrar signos de
angustia. Abundan las pistas no verbales: miradas preocupadas, visitantes
inusuales, conversaciones en voz baja y ausencias poco frecuentes. Y no asumas
que todas las pistas son no verbales. Las habladurías del vecindario pueden
provocar todo tipo de rumores descabellados en el patio de recreo. Sin una
explicación veraz para frustrar los chismes, los niños rápidamente sacan sus
propias conclusiones: "¿Se fue la abuela porque no me quería?" "Si
toco a mi hermano enfermo, ¿enfermaré también?" Dado el poder del
pensamiento mágico y la imaginación creativa, estas explicaciones fantásticas
pueden ser mucho más dolorosas o generar más ansiedad que la realidad. Puedes
ayudar a prevenir la ansiedad asegurando a los niños que no se les mantendrás
en la oscuridad cuando algo importante suceda.
Es importante confirmar la muerte de un niño. No es hasta
los ocho o diez años que la mayoría de los niños comienzan a comprender la
irrevocabilidad y universalidad de la muerte. Los niños más pequeños suelen
creer (o querer creer) que la muerte es un estado temporal similar al sueño.
Por otro lado, los niños sí comprenden la vida, así que
podrían comprender que la muerte es la ausencia de vida. Vivir significa poder
correr, saltar, respirar, comer, dormir, sentir tristeza y lastimarse. Cuando
no se puede correr, saltar, respirar, comer, dormir, sentir ni lastimarse, eso
es la muerte. Estate atento a señales de culpa o arrepentimiento por haber
causado la enfermedad o la muerte por algo que hicieron o dejaron de hacer.
Las ceremonias ayudan a confirmar la irrevocabilidad de
la muerte y estimulan el duelo activo. Es importante incluir a los niños en los
rituales, siempre que sea posible, pero solo si desean estar presentes. Los niños
mayores pueden sentirse honrados de participar en la planificación de un
servicio conmemorativo. Los niños modelan su comportamiento según lo que ven a
su alrededor, y las ceremonias les brindan la oportunidad de observar las
expresiones naturales del duelo. Sin embargo, pueden ser recomendables las
breves estancias en sucesos como un velorio. Los niños pueden sentirse
fácilmente abrumados por el contacto físico y las palabras de desconocidos. Que
a un niño recién huérfano se le diga que ahora es "el hombre de la casa",
o a una niña en duelo que "tienes que cuidar de papá", es
extremadamente perjudicial. Puedes ayudar a proteger a los niños de tal
insensibilidad asegurándoles que el padre que queda seguirá siendo padre y que
es capaz de cuidar de sí mismo y de su hijo.
Si un niño se niega a asistir a una ceremonia a menudo se
debe a que teme a lo desconocido. Respeta su decisión, pero estate preparado
para apoyarlo más adelante si lamenta la decisión que tomó. Es útil explicarle
que un velorio, un funeral o un servicio conmemorativo es una oportunidad para
despedirse por última vez y estar con otras personas que también amaron al
difunto. Describe dónde se llevará a cabo la ceremonia y qué sucederá paso a
paso, incluyendo qué es un ataúd, cómo se verá el cuerpo (si se abrirá el
ataúd) y que el niño puede tocar el ataúd o el cuerpo si lo desea. Habla sobre
sus sentimientos y permítele expresar sus emociones tal y como surjan:
llorando, en silencio, leyendo un libro, saliendo afuera para estar solo unos
minutos, o incluso riendo.
Planifica un tiempo para que tú y tu hijo estéis a solas
con el difunto antes del servicio funerario o de la cremación. Suelo sugerir
que las familias comiencen el velatorio público con quince a treinta minutos de
tiempo privado solo para la familia inmediata. Este es el momento ideal para
que el niño toque y haga preguntas. Pregúntale si hay algo que le gustaría
enterrar con el ser querido.
Hasta bien entrada la edad adulta los jóvenes son el
centro de su propio universo. Esto es normal. Como tales, son seres muy
poderosos en sus propios mundos. Comprende qué les preocupa, ya sea abierta o
internamente, cómo la experiencia les afecta directamente. A cualquier edad,
los niños necesitan garantías de que la vida volverá a la normalidad y que
siempre serán cuidados.
Un bebé puede necesitar que lo carguen y mezan con más
frecuencia; un niño pequeño puede necesitar ver la comida que le resulta
familiar en la mesa a la hora de siempre y puede querer que le lean sus cuentos
favoritos una y otra vez. Los niños mayores pueden preguntarse si está bien
jugar y divertirse; los adolescentes necesitan permiso para estar con sus
amigos. También es probable que los adolescentes se preocupen de que las
dificultades económicas les obliguen a mudarse o a cambiar sus planes
universitarios. Si es posible, tranquilízalos al respecto o prepárate para
hablar de su nueva situación abierta y realistamente.
Todos los niños sufren de manera esporádica, en períodos
cortos e intensos, seguidos de "¿Qué hay para almorzar?". Su aparente
egocentrismo y sus períodos de normalidad no deben interpretarse como una falta
de dolor, insensibilidad o comportamiento indiferente.
Los niños de todas las edades necesitan ayuda para
encontrar maneras de expresar sus sentimientos y su duelo. Compartir ayuda, ya
sea con tiempo en familia o en sesiones de apoyo con otros niños de la misma
edad que han sufrido una pérdida. Al igual que los adultos, los niños pasarán
por fases de negación, búsqueda del difunto, depresión, ira y confusión, y estas
emociones difíciles pueden expresarse como comportamiento disruptivo. Es
importante no alterar la disciplina. Los niños necesitan límites para sentirse
seguros y protegidos. Se paciente, pero firme. Encuentra vías para canalizar la
energía que generan estas emociones tan intensas.
Uno de los libros más destacados sobre este tema, "El
niño en duelo: Guía para padres", de Helen Fitzgerald, ofrece una
valiosa guía sobre los tipos de comportamientos y emociones que se deben
anticipar, señales de preocupación y numerosas actividades que ayudan al niño a
liberar sus sentimientos como juegos de papel con títeres, modelado con
arcilla, dibujo, registro diario y la creación de un "recuerdo" para
guardar tesoros. Fitzgerald también ofrece sugerencias detalladas para un
"funeral infantil", un breve servicio diseñado por y celebrado para
los niños, que podría preceder al funeral principal o servicio conmemorativo.
Se sabe que los niños, incluso menores de dos años,
conservan recuerdos de estas experiencias tempranas. Después del funeral, puedes
reforzar los recuerdos de tu hijo manteniendo fotos del difunto visibles y
contándole con frecuencia tus anécdotas familiares favoritas. Le dará a tu hijo
el valioso regalo de recuerdos imborrables y una conexión duradera con la
persona que amó y perdió.
El duelo a través del
tiempo
El primer año
Los bebés pequeños probablemente perciben la muerte solo
como una ausencia o separación, y si el fallecido no es su cuidador principal
es posible que no se den cuenta de la muerte. Sin embargo, son muy sensibles a
las interrupciones en sus horarios y rutinas, y pueden percibir cambios en su
entorno causados por ausencias inusuales y el estado emocional de sus
cuidadores. En cuanto al tensión o la incomodidad, pueden reaccionar con
irritabilidad y cambios en sus niveles normales de actividad y en sus patrones
de alimentación y sueño. La intensidad de su reacción está relacionada con el
nivel de cambio y angustia que les rodea.
Los bebés encuentran consuelo en las rutinas normales y
las caras conocidas. Responderán bien al juego, a las sonrisas y abrazos. Intenta
minimizar las imágenes, sonidos y olores inusuales en el entorno del niño. Si
el cuidador principal está muriendo, introduce gradualmente a una persona
sustituta, como una tía, una abuela o una amiga, para que cuide de las
necesidades del bebé.
Comentarios con Bebés
y niños pequeños (hasta aproximadamente los tres años)
Los niños de esta edad sentirán la terrible pérdida de un
ser querido, aunque no comprendan realmente la muerte y puedan confundirla
fácilmente con dormir o irse. A los niños pequeños puede que no les afecte
mucho la pérdida de alguien que no forma parte de su círculo íntimo, como por
ejemplo, un abuelo que vive lejos. Sin embargo reaccionan con facilidad a la
agitación de su entorno y pueden expresar su preocupación con frases sencillas
como "Papá se fue" o, "Mamá está triste". Replicar este
tipo de frases suele ser suficiente para los niños muy pequeños.
Los niños de esta edad también pueden reaccionar con
angustia a nuevas experiencias, como tener muchos desconocidos en casa o hacer
largas visitas al hospital. Mantén las rutinas lo más normales posible,
incluyendo tiempo de juego, tiempo de cuentos y mucho tiempo de abrazos. Prepárate
para estallidos de mal humor, ira o frustración. A diferencia de sus hermanos
mayores, las habilidades lingüísticas de los niños pequeños aún no son las
adecuadas para lidiar con estas emociones nuevas y extrañas. Pueden intentar
recuperar a un ser querido mostrando comportamientos, positivos o negativos, a
los que respondieron en el pasado. (Si mamá siempre venía a consolarlo cuando
lloraba en su cuna, es posible que veas más lágrimas a la hora de dormir).
Necesitan que se les asegure repetidamente, con palabras y acciones, que
todavía son amados y cuidados, especialmente si acaban de perder a su cuidador principal.
Todos pueden participar mostrando amor y apoyo adicionales. El consuelo que
brindes al niño a su vez te reconfortará.
Niños pequeños (de
tres a cinco años)
Los niños en edad preescolar son pensadores mágicos con
una imaginación inmensamente activa. A esta edad puedes hablarles directamente
sobre la enfermedad, pero interpretarán tu explicación a su manera, y a menudo
de forma muy literal. Si le dices a un niño: "Tu padre estaba enfermo. Fue
al hospital y murió", es niño en edad preescolar puede llegar a tener un
miedo terrible a cualquier estornudo o resfriado y aterrarse de lo que ocurre
en los hospitales. Por eso es importante usar un lenguaje sencillo, explicar
las palabras que quizá no entiendan y enfatizar los puntos clave. Por ejemplo,
un niño en edad preescolar podría necesitar escuchar que su padre estaba tan,
tan enfermo que no podía mejorar.
Debido a su pensamiento mágico, los niños de esta edad
son particularmente propensos a creer que la muerte podría haberse evitado o
que fue causada por algo que hicieron o dijeron. Dado que los niños expresan el
duelo a través del juego, observa cómo representan escenas para encontrar
indicios de que sienten culpa o arrepentimiento.
Los niños de esta edad hacen muchas preguntas, a menudo
de forma repetitiva, a veces de forma inapropiada. Suelen percibir la muerte
como algo temporal o la confunden con el sueño. Respuestas como "¿Dónde
irá al baño mamá si la enterramos?" les ayudan a comprender la realidad de
la situación. A veces, una pregunta como esta surge mucho después de que creas
que tu hijo ha aceptado la pérdida. Es común que los niños pongan a prueba la
realidad confirmando que las respuestas son las mismas cada vez que preguntan.
Al igual que con los niños de todas las edades, es
importante preparar a tu hijo describiéndole detalladamente lo que podría ver
en cada nueva situación, como en una visita al hospital. ¿Qué tan aterrador es
ver una vía intravenosa y una máscara de oxígeno en su abuelo si no sabe qué
son ni que lo están ayudando? Anima a tu hijo a hacer preguntas antes y durante
las nuevas experiencias, y permítele abordarlas a su propio ritmo, siempre que
sea posible.
Niños en edad escolar
(de seis a nueve años)
Los niños en edad escolar pueden diferenciar entre
fantasía y realidad. Juegan con la irrevocabilidad de la muerte, aunque a
menudo la imaginan en imágenes aterradoras de dibujos animados: un fantasma, un
esqueleto, una mano que emerge de una tumba. Sin embargo, el pensamiento mágico
persiste: pueden imaginar que la muerte es algo que se puede evitar o burlar, o
incluso que solo les ocurre a otras personas, a otras personas mayores
. (¡No te sorprendas si te preguntan constantemente cuántos años tienes!)
Los niños, atrapados en la abrumadora ola de emociones
desconocidas y sentimientos de abandono, a menudo alternan entre hacer muchas
preguntas específicas y la negación activa. La negación puede surgir en
estallidos de mayor felicidad o alegría. Habla con el niño con sinceridad y
franqueza, y explícale los detalles con hechos. Anímalo a hablar libremente y a
escuchar sin interrupciones. Cuando los niños de esta edad expresan su dolor,
suele ser muy oscuro, lo que ayuda a liberar el caos interior. Pueden volverse
más cautelosos y crear nuevas "reglas" para protegerse de sus miedos.
Al igual que los niños de tres a cinco años, son propensos a la culpa y el
arrepentimiento, pero los experimentan con mayor intensidad. Al igual que con
otros grupos de edad, el comportamiento inapropiado o agresivo debe corregirse
con firmeza pero con suavidad, separando las acciones del niño.
Preadolescentes (de
diez a doce años)
A los diez años la mayoría de los niños comprenden la
permanencia y universalidad de la muerte y la importancia de los rituales. Dado
que también están aprendiendo sus papeles en la sociedad, una muerte puede
suscitar muchas preguntas complejas sobre la religión, la fe y las creencias
culturales.
Los amigos se vuelven fundamentales en estos años, cuando
tus vínculos sociales pueden hacerte o deshacerte. Aunque la mayoría de los
niños de esta edad intentarán actuar con indiferencia, e incluso pueden creer
que lo son, una muerte en la familia, especialmente de un padre o un hermano,
los hace diferentes de los demás niños y también puede causar muchos cambios en
su vida diaria. Esto es un enorme factor de tensión añadido para este grupo de
edad, ya que temen el rechazo de sus compañeros. Quieren “caer bien” por lo que
reprimirán sentimientos o reacciones emocionales, lo que a su vez puede causar
mal humor y comportamientos inusuales. Sus miedos a menudo se manifiestan
físicamente con dolores de estómago, irritabilidad, interrupciones del sueño y
cambios en el apetito. Los preadolescentes también pueden asumir papeles de
cuidado mientras pierden interés en la escuela y las actividades que antes
disfrutaban. Las emociones pueden filtrarse en impulsividad, rebeldía, agresión
y/o acoso escolar.
Dado que las redes sociales son tan importantes para la
autoestima y la salud emocional, fomenta la interacción con sus amigos. Hazle
saber que está bien divertirse, bromear y reírse a carcajadas. Tranquilízalo
sobre el futuro y demuéstrale que estás ahí para él dedicando tiempo individual
de calidad. Ten en cuenta que tu hijo también podría necesitar más tiempo a
solas con sus pensamientos, fotos o recuerdos. Al igual que con otras edades,
no toleres el mal comportamiento ni bajes sus expectativas.
Adolescentes y
adultos jóvenes (de trece años o más)
Estos jóvenes se preparan para entrar al mundo real,
tanto emocional como intelectualmente. Una muerte puede arruinar sus planes y
sueños. Aunque tienen un concepto adulto de la muerte les resulta difícil
afrontar su mortalidad y lidiar con la
turbulencia emocional que causa la pérdida. Recuerda cómo eras en tu adolescencia
turbulenta. y ahora añádele dolor.
La culpa también se amplifica. Los enfrentamientos entre
adolescentes y padres son parte natural del proceso de separación, mediante el
cual construyen sus propias identidades. Los conflictos pueden reaparecer como
arrepentimientos dolorosos o recuerdos de culpa. Los adolescentes no están
exentos de llegar a la conclusión de que causaron o no lograron evitar la
muerte. Pueden recaer temporalmente en la depresión, pasando más tiempo solos o
durmiendo, intentando aislarse de la realidad. Anímalos a buscar a alguien con
quien hablar sobre sus sentimientos. (¡Padres, no os ofendáis si no sois
vosotros!)
Los adolescentes se sienten satisfechos cuando se les
confían tareas importantes. Se benefician de ser incluidos en la planificación
y la toma de decisiones para los rituales conmemorativos, y pueden estar muy
dispuestos a asumir un papel más importante en la gestión familiar durante este
período de agitación. Anímalos a volver a la rutina lo antes posible en casa,
en la escuela, participando en actividades y socializando con amigos.
Por muy maduros que parezcan, los adolescentes y jóvenes
adultos aún necesitan sentirse seguros en la familia y en el futuro. Responde a
sus preguntas con franqueza, apertura y sinceridad. Incluso si encuentras
resistencia, mantén límites para evitar que se porten mal, tengan bajo
rendimiento escolar, desarrollen relaciones poco saludables o abusen de
sustancias. Y, al igual que sus compañeros más jóvenes, podrían necesitar
permiso explícito para llorar, así como sugerencias para liberar sus
sentimientos.
Enseñe bien a sus
hijos
Mientras sufres, también sufren tus hijos. Sus pequeños
ojos observan y aprenden. Ríe, llora y muestra tu frustración, alegría y
agotamiento. El proceso natural del duelo es un viaje inevitable, pero puede
prolongarse y volverse más difícil si se ignora o se retrasa. A medida que tus
hijos se adaptan a la nueva vida que les espera, ten en cuenta que el duelo
tendrá sus altibajos. Se sensible a los sucesos, fechas y circunstancias que
puedan desencadenar un episodio de mayor duelo para ti y tu familia. Involucra
a tus hijos en la disposición de sus posesiones, permitiéndoles elegir
recuerdos personales de esa persona que jugó un papel tan importante en su
vida.
Hay muchas referencias y recursos excelentes que pueden
ayudarte a apoyar a tu hijo en este momento difícil. Te animo a consultar la
sección de Lecturas Recomendadas para ver libros sugeridos y a considerar
buscar asesoramiento profesional o un grupo de apoyo para niños en duelo. Un
orientador escolar (a quien debe informar en cuanto sepa que su hijo se
enfrentará a una muerte en la familia) podría proporcionarle recursos locales,
además de ayudarle a reincorporarse a la vida normal en la escuela. Los centros
de paliativos ofrecen apoyo para el duelo a niños de todas las edades, y
algunos tienen campamentos de duelo donde tu hijo puede reír y jugar con otros
niños que están pasando por la misma experiencia.
EN RESUMEN Mientras tú sufres,
también lo harán los niños. Enséñales bien, ya que el duelo es parte normal de
la vida.
40. “POR UN MOMENTO PUDE OLER EL
PERFUME DE MAMÁ”
Hace poco estaba de compras en unos
grandes almacenes y me llevé la grata sorpresa de encontrarme con Ruth, la
viuda de un antiguo paciente mío. Su esposo, Dani, había fallecido tres meses
antes. Sin embargo, pronto me preocupé: se veía tan agotada y deprimida. Me
pregunté si estaría recibiendo ayuda de nuestro equipo de duelo. Los paliativos
brindan este valioso servicio a familiares y amigos durante trece meses después
del fallecimiento, tiempo suficiente para ayudar a la persona en duelo a
superar el primer día de su vida: el primer cumpleaños, el primer Día de Acción
de Gracias, etc. Este apoyo, enormemente beneficioso, suele ser gratuito.
Pero cuando le pregunté a Ruth si había pedido ayuda,
respondió rápidamente: "No. Estoy hecha un desastre. ¡Pensarán que estoy
loca!".
“¿Qué pasa?” pregunté.
Me tomó del codo y me llevó a un rincón tranquilo de la
sección de vestidos. Se le llenaron los ojos de lágrimas. "¡Sabía que
sería difícil lamentar la muerte de Dani, pero ahora creo que me estoy
volviendo loca, Maggie!" Miró a su alrededor para asegurarse de que no nos
oyeran. "¡Hasta mis hijos están preocupados por mí y quieren que vea a un
psiquiatra!"
“Dime qué te hace sentir que hay algo mal”.
“Me he despertado un par de veces de un sueño profundo
porque oigo a Dani llamándome. ¡Es tan claro y fuerte ! Incluso he
entrado en el estudio donde murió, y claro, la cama del hospital ya no está.
Entonces me siento fatal, rompo a llorar y no puedo volver a dormirme. Ahora me
cuesta mucho conciliar el sueño. ¡Tengo miedo de volver a oírlo! ¡No entiendo
qué me pasa!”
“Ay, Ruth”, dije, “te sorprendería lo común que es esto.
No te estás volviendo loca. Este tipo de experiencia les sucede a menudo a las
personas en duelo. Lamento que aún no hayas empezado con el equipo de duelo,
pero creo que deberías hacerlo ahora mismo. Pueden ayudarte a entender que esto
es normal”. Una oleada de alivio inundó su rostro.
También le recomendé que leyera el libro "Hola desde el Cielo" de Guille y Juli Guggenheim, basado en más
de tres mil relatos de primera mano sobre lo que los Guggenheim denominan
"comunicación después de la muerte" o CDM. Antes de leer este libro
también me había dado cuenta de cuántos seres queridos de mis pacientes
relataban experiencias similares. Yo solía llamar a esos momentos "besos
de ángel".
Las personas a menudo se sienten aisladas en su duelo y,
por lo tanto, temen estos sucesos bastante normales. Un sentimiento puede
fácilmente agravar el otro, haciendo que la persona cuestione su cordura. Esto
es lo que tanto perturbó a Ruth. Nuestro equipo de duelo podría haberle dicho
que es bastante común que la persona en duelo tenga una experiencia muy vívida
de la persona fallecida.
“Quizás realmente era tu marido intentando contactarte”, sugerí.
“No lo había considerado para nada”, dijo. “Vengo de una
familia que solo cree en lo demostrable y racional. Debo admitir que es un
alivio saber que tanta gente tiene esta experiencia, ¡que no me estoy volviendo
loca! ¿Por qué nadie habla de esto? Voy a coger ese libro ahora mismo”. Y Ruth
me dio un abrazo para despedirse.
En Hola desde el Cielo, los Guggenheim ofrecen la siguiente
definición:
Una
comunicación después de la muerte (CDM) es una experiencia espiritual que
ocurre cuando un familiar o amigo fallecido contacta a alguien directa y
espontáneamente. Es una experiencia directa porque no interviene mediador ni tercero, como un psíquico, médium
o hipnoterapeuta. El familiar o amigo
fallecido contacta directamente con la persona viva, de forma individual. Es un
suceso espontáneo porque el ser querido fallecido siempre inicia el contacto
eligiendo cuándo, dónde y cómo se comunicará con la persona viva.
Las experiencias pueden ocurrir de muchas maneras, todas
ellas fuera de lo que consideraríamos "normal". Alguien podría sentir
inexplicablemente la presencia de alguien fallecido. La hija de un paciente me
dijo: "No puedo explicarlo, pero sentí a mi madre aquí, conmigo, en esta
habitación. Me dio una gran sensación de paz".
Muchos seres queridos relatan haber tenido una visión:
«Vi a mi primo en la parada del autobús al pasar en coche y sentí una alegría
instantánea. Me giré rápidamente para llamarlo, pero no había nadie».
Otros pueden oír algo inexplicable. Una madre me contó la
siguiente historia: “Cuando lloraba en la sala de espera de cirugía, mientras
operaban a mi hijo de urgencia, oí la voz de mi padre diciéndome que todo
estaría bien. Entonces sentí una gran sensación de paz y alivio. Y tenía razón:
mi hijo se recuperó maravillosamente”.
Los seres queridos de los pacientes también han sentido
el contacto de alguien que han perdido: "Estaba durmiendo profundamente
cuando sentí un beso en la mejilla y desperté con una sensación de amor y
calidez. Una hora después sonó el teléfono para decirme que mi hermana había
fallecido en un accidente de coche, una hora antes".
No es raro que las personas huelan cosas que les
recuerdan a la persona fallecida. Un hombre confesó: «He vivido en soledad los
últimos dos años desde que murió mi esposa. Las fiestas, sobre todo, han sido
difíciles. La semana pasada, cuando conducía de regreso a casa, no pude evitar
ver todas las casas iluminadas con adornos y luces navideñas, familias cargando
árboles por la calle. Me sentí muy deprimido y solo. Sin embargo, algo
milagroso ocurrió cuando llegué a casa y abrí la puerta. El olor del pavo y el
relleno de mi esposa, su especialidad, llenó la casa, y supe que estaba
conmigo».
Algunos familiares y amigos relatan haber recibido
mensajes importantes del difunto. Un familiar de un paciente comentó:
«Estábamos buscando casa cuando la voz de mi abuela me dijo que no diera el
depósito para la casa que quería. Su voz era muy insistente. Terminamos
comprando otra casa. Un mes después, la casa que quería se quemó por completo, en
plena noche, debido a un cableado defectuoso. Si hubiéramos comprado esa casa,
¡podríamos haber muerto todos mientras dormíamos!».
Finalmente, las personas suelen tener sueños vívidos en
los que sus seres queridos les revelan que no solo son felices sino que han
recuperado su fuerza física y vitalidad. Es como si nuestros seres queridos
quisieran que supiéramos que, por muy desgastados que estén por la vida, al
llegar al otro lado volvemos a estar perfectos y completos. Un hombre me contó
una historia similar.
“A mi sobrino, Raúl, le amputaron una pierna cuando tenía
doce años, pero trágicamente eso no lo salvó de morir de cáncer de huesos unos
años después. Mientras Raúl recibía sus tratamientos se hizo amigo de una joven
llamada Luisa que recibía quimioterapia para la leucemia. Se le había caído el
pelo y eso la avergonzaba, pero Raúl siempre le decía lo hermosa y valiente que
era. Tristemente, Luisa también falleció un año después. Maggie, tengo que
decirte que creo que ahora ambos están en paz. Una noche tuve un sueño muy
vívido: corrían juntos por un hermoso campo soleado. Parecían tan felices. Él
se giró, sonrió y me saludó. Tenía ambas piernas, y Luisa había recuperado su
hermoso cabello. Ese sueño me pareció más real que cualquier otro que haya
tenido. Me desperté tranquilo, como si realmente me hubieran contactado para
contarme cómo estaban. Fui a visitar a la madre de Luisa para contárselo. Lloró
muchísimo, pero agradeció saber que su hija estaba completa y feliz. Eso
también le dio paz”.
Estas experiencias pueden parecer irracionales para algunos,
pero a menudo ocurren en estado de vigilia y son muy vívidas. Mucha gente las
descarta como una coincidencia, una ensoñación o el resultado de beber
demasiado vino en la cena; algunos, como Ruth, sienten que se están volviendo
locos. Sin embargo, toda la prueba nos permite concluir fácilmente que la
comunicación poderosa e importante puede ocurrir en, alrededor, y después del
momento de la muerte. Lo entendamos o no, sucede. Si no lo entendemos, perdemos
esta información maravillosamente validante y edificante. Si la aceptamos, este
conocimiento puede disminuir nuestro miedo a morir y al duelo, y darnos la
valiosa conciencia de que algún día nos reuniremos con nuestros seres queridos.
Estas experiencias nos enseñan que el amor es eterno. Nunca muere.
EN RESUMEN El amor nunca muere.
Sé receptivo a los "besos angelicales" o las "comunicaciones
después de la muerte" que pueden consolarte y guiarte en tu camino.
***********
APÉNDICES
APÉNDICE A: Herramientas poderosas.
Tus herramientas más
poderosas están hechas de papel: directivas anticipadas.
Aunque ninguno de nosotros sale vivo de este mundo, solo
el 10 % muere repentinamente, sin previo a viso. Esto significa que el 90 %
tiene la oportunidad de pensar con anticipación, planificar y expresar sus
deseos para nuestro último capítulo.
PON TUS PLANES POR ESCRITO
•
Entrega copias de tu plan escrito a:
o
Cada miembro de la familia involucrado
o
Tu tomador de decisiones designado
o
Tu(s) médico(s)
o
Tu abogado
•
Guarda algunas copias en un lugar seguro de su
casa, no en tu caja de seguridad, ya que deben ser fácilmente accesibles.
•
Lleva una copia contigo siempre que estés
hospitalizado. El hospital la guardará junto con tu historial clínico, por lo
que necesitarás tener otras copias disponibles.
•
Recuerda, siempre puedes cambiar de opinión.
Mientras estés mentalmente sano, tus deseos verbales siempre prevalecen sobre
los escritos.
DOCUMENTOS IMPORTANTES QUE DEBES TENER
Poder notarial para
atención médica
Un poder notarial para la atención médica es razonable.
En Estados Unidos se llama un HCPOA (también conocido
como poder notarial médico duradero, poder notarial para la atención médica o
apoderado para la atención médica), es el documento que identifica a la persona
que eliges para que comprenda tus deseos y tome decisiones sobre tu atención
médica según tus deseos si no puedes hacerlo. No es necesario que sea un
familiar. Por ley, en la mayoría de los estados de Estados Unidos uno o dos
médicos deben certificar que no puedes tomar estas decisiones antes de que se
reconozca legalmente tu autoridad para un HCPOA. Es recomendable contar con un
HCPOA suplente en caso de que el HCPOA designado no pueda llevar a cabo estas
funciones. Su HCPOA no tiene derecho legal a tomar decisiones financieras por ti
ni a acceder a tu dinero. Es útil, aunque no obligatorio, buscar asistencia
legal con tu HCPOA, pero deberás tener tu documento atestiguado (por una
persona que no sea familiar o que no se beneficie de tu patrimonio) y protocolizado
por notario. En algunos centros médicos, designar verbalmente a un apoderado
para la atención médica no es suficiente y se requiere un HCPOA por escrito.
Puntos importantes a considerar antes de elegir su HCPOA:
• ¿Es esta una persona
confiable que entiende tus deseos y valores?
• ¿Es persona no
emocional que puede mantenerse firme frente a su familia y al personal médico
en momentos de controversia y tensión?
• ¿Puede esta persona
reunir la información necesaria para tomar las decisiones necesarias de acuerdo
con sus deseos?
• ¿Está la persona
disponible y es capaz de asumir esta responsabilidad?
• ¿Puede la persona
reconocer que las reacciones de tensión familiar en este momento deben
manejarse con delicadeza y tratarse como posibles reacciones de duelo?
Poder notarial para
finanzas
Este es el documento legal necesario para permitir que
alguien que no tenga derecho a acceder a sus cuentas bancarias y otras cuentas
financieras pague sus facturas y actúe en su nombre financieramente, solo si
usted no puede hacerlo o decide no hacerlo. Esta persona solo puede tomar decisiones
financieras por usted, no decisiones sobre su atención médica.
Características importantes a tener en cuenta antes de
elegir a alguien para que sea su apoderado financiero:
• ¿Es esta persona lo
suficientemente sincera y confiable para comprender sus deseos y valores?
• ¿Esta persona se
mantendrá firme frente a su familia y a las organizaciones de facturación que
pueden no tener sus mejores intereses en mente?
• ¿Esta persona se
tomará el tiempo y reunirá la información necesaria para tomar decisiones
acordes a sus deseos?
• ¿Esta persona está
disponible y es capaz de mantenerse al día con sus facturas y necesidades
financieras?
• ¿Puede esta persona
reconocer que la tensión familiar y las reacciones de duelo (como el gasto
excesivo para el funeral) a menudo afectan los asuntos financieros?
• ¿Puede esta persona
estar alerta ante el potencial de codicia?
Testamento vital
En este documento, se declaran tus deseos sobre los
tratamientos para prolongar o sostener la vida en caso de que sufras una enfermedad
terminal o no puedas beneficiarte de estos tratamientos. Puedes enumerar tantos
tratamientos como desees y ser tan específico como sea necesario. Puedes
calificar tus elecciones; por ejemplo, "Solo quiero antibióticos en forma
de píldora, sin agujas ni vías intravenosas, si es necesario", o
"Quiero que se suspenda cualquier alimentación artificial si no subo de
peso o no muestro una mejoría en mi situación en dos semanas". Como las
leyes sobre directivas anticipadas varían es útil, pero no obligatorio, buscar
asistencia legal para redactar tu testamento vital. Debe ser presenciado y
atestiguado por una persona que no sea familiar o cualquier otra persona que no
se beneficie de tu muerte o de tu patrimonio, y notariarlo.
Documento de no
resucitar (DNR)
En Estados Unidos. En muchos estados, su testamento vital
o su poder notarial para atención médica no son reconocidos por los
paramédicos que acudan si usted llama al 911. Lo que la mayoría de la gente no
entiende es que, al llamar al 911, ha dado el primer paso de un proceso legal
que solo puede detenerse por orden médica. El sistema 911 es un sistema estatal
establecido para salvar vidas a cualquier precio. Una vez que se llama al 911,
por ley no puede detener ni interrumpir lo que hacen, ni siquiera en su casa. En algunos estados, el único documento
legal que le dará control sobre el sistema 911 es el formulario de no
resucitación generado por el estado, firmado por su médico. Es importante
verificar los requisitos de su estado. Su paliativos local o departamento de
bomberos con servicio de ambulancia puede aclarar esto. Una vez que tenga este
formulario, debe guardarlo en un lugar fácilmente visible y debe estar con el
moribundo cada vez que salga de casa, quizás en un bolsillo o billetera. La
forma más segura de evitar tratamientos no deseados, como la reanimación
cardiopulmonar o los respiradores, es no llamar al 911. Si es paciente de
cuidados paliativos, llame. Le enviarán ayuda y le indicarán qué hacer.
Última voluntad y
testamento
En España existen diferentes tipos de testamento,
su elección va a depender de las circunstancias personales del testador y de su
vecindad civil. En la mayoría de los casos, el Derecho Foral se remite de forma
expresa al Código Civil español pero en el caso de Cataluña se prohíben expresamente los testamentos
otorgados ante testigos. Por ello abordamos este análisis desde el punto de
vista del Código Civil (derecho común). A la hora de testar podemos elegir la forma de
hacerlo dependiendo de diferentes circunstancias. La Ley establece diferentes
tipos de testamentos:
1. Testamentos Ordinarios. Son los siguientes:
a) Testamento ológrafo. - Es el testamento
realizado de puño y letra por el testador de acuerdo con las siguientes
características:
Ser mayor de edad. Debe estar firmado y con el día,
mes y año en el que se otorgue. Las palabras tachadas las salvará el testador
con su firma. Si el testador es extranjero podrá escribirlo en su lengua natal.
Si no cumple con la firma y requisitos exigidos en el Código Civil el
testamento será nulo.
El testamento ológrafo debe protocolizarse ante
Notario dentro de los cinco años posteriores a su fallecimiento. La persona que
tenga en su poder el testamento ológrafo deberá presentarlo ante Notario dentro
de los diez días siguientes a aquel en el que tenga conocimiento del
fallecimiento del testador. Dicho incumplimiento le hará responsable de los
daños y perjuicios que hubiera causado.
b) Testamento abierto. - El testador expresa su
última voluntad ante Notario. Lo pueden realizar los mayores de 14 años. Deberá
asistir al Notario a otorgar testamento abierto con dos testigos cuando:
·
El testador declare que no sabe o no puede firmar
el testamento.
·
El testador aunque pueda firmar, sea ciego o
declare que no sabe o no puede leer por si el testamento.
·
Si el testador que no pudiere o supiere leer fuera
sordo, los testigos leerán el testamento en presencia del Notario y deberán
declarar que coincide con la voluntad manifestada.
·
Cuando el testador o el Notario lo soliciten.
·
El Notario no sólo hace constar que el testador
tiene la capacidad legal necesaria para otorgarlo sino que tiene la obligación
de notificar al Registro de Últimas Voluntades la realización del testamento y
su fecha.
c) Testamento cerrado. - El Testador, sin revelar
cuál es su última voluntad, declara que se encuentra contenida en un sobre
cerrado que entrega al notario.
Las principales características del testamento
cerrado son las siguientes:
·
Si está escrito de puño y letra del testador deberá
poner su firma al final.
·
Si está mecanografiado o escrito por un tercero el
testador firmará en todas sus hojas y al pie del testamento.
·
Cuando el testador no sepa o no pueda firmar lo
hará al pie y en todas las hojas otra persona expresando la causa de su
imposibilidad.
·
Antes de la firma deberán salvarse las palabras
enmendadas tachadas o escritas entre renglones.
2. Testamentos Extraordinarios
Son aquellos que se otorgan en situaciones
extraordinarias y no requieren la presencia de notario para su otorgamiento.
Son los siguientes:
a) Testamento militar. - Los militares en campaña,
voluntarios, rehenes, prisioneros y demás individuos empleados en el ejército,
o que sigan a éste, podrán otorgar su testamento ante un Oficial que tenga, por
lo menos, el rango de Capitán. Si el testador estuviere enfermo o herido lo
podrá otorgar ante el Capellán o el facultativo que le asista. Si estuviere en
destacamento, ante el que lo mande, aunque sea subalterno. Será necesaria la
presencia de dos testigos idóneos. Este testamento caducará a los cuatro meses
después de que el militar hubiera dejado de estar en campaña.
b) Testamento marítimo. - Es el realizado a bordo
de un buque de guerra o mercante durante un viaje marítimo. El notario es
sustituido por quién tenga el mando de la embarcación. Lo realiza el Capitán en
un buque mercante y el Contador en un buque de guerra. Será necesaria la
presencia de dos testigos idóneos. Este testamento caducará a los cuatro meses
después de desembarcar.
c) Testamento realizado en peligro inminente de
muerte. - El testador en peligro de muerte puede otorgar testamento sin
intervención de notario ante 5 testigos idóneos. Los testigos deben ser mayores
de edad y reunir las condiciones exigidas por la Ley para considerarse idóneos.
d) Testamento en caso de epidemia. - Se puede
otorgar testamento sin contar con la presencia de notario ante tres testigos
mayores de 16 años. Para que se pueda considerar una pandemia deberá ser
declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y por el Estado
Español, tal y como ocurrió con la pandemia del COVID-19.
La condición para ser testigo idóneo son los
siguientes:
·
Obligación de conocer al testador.
·
No pueden ser los herederos, legatarios o cónyuge
(si están incluidos en el testamento) ni los parientes de los herederos y
legatarios dentro del cuarto grado de consanguinidad o segundo por afinidad.
·
Se limita la validez de dicho testamento a dos
meses desde que el testador haya salido del peligro de muerte o cesado la
pandemia.
e) Testamento hecho en país extranjero. - Si el
testador se encuentra fuera de España por vacaciones o residencia en el
extranjero también podrá otorgar testamento conforme a las normas del país
donde se encuentre. Para que el testamento sea válido en España no podrá ser
otorgado por dos o más personas (mancomunado) aunque esta forma sea aceptada en
el país donde se encuentre el testador. De la misma forma se puede otorgar
testamento abierto o cerrado ante Cónsul de España del país en el que se
encuentre. Un Cónsul tiene facultades para actuar como Notario.
Porqué es importante otorgar testamento:
·
Se cumple con la voluntad del testador.
·
Se facilitan las cosas a los herederos.
·
Se pueden gestionar los bienes en caso de menores
de edad y/o incapaces.
·
Se evita que la herencia pueda quedar paralizada
por falta de acuerdo entre los diferentes herederos.
·
Se impide que los bienes puedan pasar a manos de
gente no deseada.
·
Se impide que se abra la Sucesión Intestada y que
sea la Ley quien determine a quién y cómo van los bienes.
Para otorgar testamento y que éste no sea
considerado nulo es importante que se respeten los requisitos legales
establecidos, tanto en normas nacionales como en las normas forales aplicables
en cada caso según la vecindad civil del causante. Se deben tener en cuenta
circunstancias tan importantes como la legítima, la protección del cónyuge
viudo, el otorgamiento de legados y prelegados, el nombramiento de herederos, albaceas,
administradores, etc.
Su testamento es un documento legal
que expresa sus deseos sobre el desembolso o la disposición de sus bienes
tangibles y propiedades. Al fallecer, sus deseos serán ejecutados por su
albacea, persona que usted designe o contrate para hacerlo después de su
fallecimiento. En España esto se puede hacer ante un Notario en lo que se llama
Testamento abierto que se custodia en
su protocolo notarial registrado a nivel nacional o mediante Testamento hológrafo, texto de puño y
letra del testador cuya validez deberá ser adverada por testigos
Un punto a considerar: si tiene un
patrimonio lo suficientemente grande como para pagar a un abogado para que
prepare un testamento y designe un albacea, contrate a alguien en lugar de
pedirle a un familiar que lo haga. El duelo es bastante pesado; a menudo, las
familias se ven destrozadas por conflictos sobre qué se hereda y quién lo
hereda. Esto pone al albacea, que sea un familiar, en una posición muy difícil.
El duelo es un momento para que las familias se unan y se apoyen mutuamente, no
para que se desgarren por el conflicto.
La voluntad ética
Común en el judaísmo, el testamento ético se ha utilizado
desde el siglo XI. Suele ser una carta escrita por el moribundo para compartir
sus últimos pensamientos, esperanzas y principios de conducta moral con quienes
quedarán atrás. Suele contener un resumen de la historia de la persona,
incluyendo la sabiduría adquirida y las lecciones aprendidas durante su vida.
Básicamente, el mensaje a la familia es algo así como: «Esto es quién soy, de
dónde vengo, lo que he aprendido a lo largo del camino y la sabiduría que deseo
dejarles a cada uno de ustedes». Brinda una oportunidad única para una revisión
de vida compartida con los seres queridos.
Cinco deseos
Cinco Deseos es una nueva forma de voluntad anticipada
que contempla todas las necesidades de una persona: médicas, personales,
emocionales y espirituales. También le anima a hablar de sus deseos con su
familia y su médico. Informa a su familia y médicos:
1. ¿Qué persona desea
que tome decisiones sobre atención médica por usted cuando usted no pueda
hacerlo?
2. El tipo de
tratamiento médico que desea o no desea
3. Qué tan cómodo
quiere estar
4. Cómo quiere que le
traten las personas
5. Lo que quiere que
sepan sus seres queridos
Cinco Deseos se redactó con la ayuda de la Comisión de
Derecho y Envejecimiento de la Asociación Americana de Abogados y es válido
según las leyes de cuarenta estados y el Distrito de Columbia. Es fácil de
usar. Solo tiene que marcar una casilla, rodear una dirección o escribir algunas
frases. Para más detalles y obtener una vista previa del documento, visite www.agingwithdignity.org/5wishes.htm .
Puede solicitar una copia en línea, por teléfono o
correo:
Envejecer con dignidad.
Apartado postal 1661. Tallahassee, Florida 32302-1661. Teléfono: 850-681-2010. Llamada
gratuita: 888-5WISHES (888-594-7437)
ORGANIZA TU INFORMACIÓN
Por último, pero no menos importante, está el tratamiento
que debe dar a toda la información y los documentos que ha recopilado y
completado. Es de gran ayuda para usted, su familia y otras personas
importantes que guarde toda esta información en un solo lugar de fácil acceso,
como en una libreta especial. Lo importante es que todos los que necesiten conocer
esta información sepan dónde se guarda y qué contiene su libreta. Los
originales de sus documentos legales deben guardarse con su abogado o en su
caja de seguridad. Asegúrese de que otra persona esté en la tarjeta de firma de
su caja de seguridad y pueda acceder a ella si usted no puede. Asegúrese de
guardar una copia de la tarjeta en su libreta especial. También es recomendable
guardar una tarjeta en su billetera, junto con su identificación o junto a
ella, que indique que ha completado las directivas anticipadas y dónde
encontrarlas en caso de emergencia si no puede hablar por sí mismo.
A menudo es difícil saber cuándo es el momento de hablar
con las personas importantes de tu vida sobre tus preocupaciones y deseos.
Involucrarlas en este proceso, o simplemente pedirles que revisen tu cuaderno
una vez terminado, puede ser una forma muy útil de iniciar un diálogo sobre tus
deseos, necesidades y planes. Es mucho más fácil y menos emotivo tener estas
conversaciones cuando no estás en medio de una crisis y la muerte es un
concepto remoto en el futuro. Idealmente, tendríamos todas estas conversaciones
antes de enfermarnos.
FELICÍTATE
Solo el 25% de la población ha aprovechado estas
maravillosas herramientas legales. Al aprovecharlas, usted se ha dado
tranquilidad y ha dado a su familia y amigos un regalo muy especial.
APÉNDICE B. La Declaración de Derechos del moribundo
• Tengo derecho a ser
tratado como ser humano vivo hasta que muera.
• Tengo derecho a
mantener un sentido de esperanza por muy cambiante que sea su enfoque.
• Tengo derecho a ser
cuidado por quienes puedan mantener un sentido de esperanza, por cambiante que
éste sea.
• Tengo derecho a
expresar mis sentimientos y emociones sobre mi muerte inminente a mi manera.
• Tengo derecho a
participar en las decisiones relativas a mi atención.
• Tengo derecho a
esperar atención, médica y de enfermería, continua incluso si los objetivos de
“cura” se deben cambiar a objetivos de “comodidad”.
• Tengo derecho a no
morir solo.
• Tengo derecho a
estar libre de dolor.
• Tengo derecho a que
mis preguntas sean respondidas sinceramente.
• Tengo derecho a no
ser engañado.
• Tengo derecho a
recibir ayuda de mi familia a la hora de aceptar mi muerte.
• Tengo derecho a
morir en paz y con dignidad.
• Tengo derecho a
conservar mi individualidad y a no ser juzgado por decisiones que puedan ser
contrarias a las creencias de otros.
• Tengo derecho a
discutir y ampliar mis experiencias religiosas y/o espirituales, cualquiera que
sea el significado que éstas puedan tener para los demás.
• Tengo derecho a
esperar que se respete la santidad del cuerpo humano después de la muerte.
• Tengo derecho a ser
atendido por personas atentas, sensibles y conocedoras que intentarán
comprender mis necesidades y podrán obtener cierta satisfacción al ayudarme a
enfrentar la muerte.
Esta Declaración de Derechos fue creada en un taller, “El
paciente terminal y la persona que lo ayuda”, en Lansing, Michigan, patrocinado
por el Consejo de Educación en Servicio del Suroeste de Michigan y dirigido por
Amelia J. Barbus (1975).
APÉNDICE C. El caso estadounidense
El beneficio de
Medicare para cuidados paliativos
Los cuidados paliativos están disponibles como un
beneficio del Seguro Hospitalario de Medicare (Parte A). Para ser elegibles, los
beneficiarios de Medicare deben tener un certificado médico que acredite una
enfermedad terminal con una esperanza de vida de seis meses o menos. Si bien ya
no reciben tratamiento para la cura, requieren atención médica cercana y apoyo,
que un paliativos puede brindar. Los cuidados paliativos de Medicare incluyen
atención domiciliaria y hospitalización, cuando sea necesario, y una variedad
de servicios que de otro modo no estarían cubiertos por Medicare. El enfoque
está en la atención, no en la cura. El énfasis está en ayudar a la persona a
aprovechar al máximo cada hora y cada día que le queda de vida, brindándole
consuelo y alivio del dolor.
Medicare cubre:
• servicios médicos,
• atención de
enfermería (intermitente con guardia las 24 horas),
• aparatos y
suministros médicos relacionados con la enfermedad terminal,
• medicamentos
ambulatorios para el manejo de los síntomas y el alivio del dolor,
• atención
hospitalaria aguda a corto plazo, incluida la atención de relevo,
• servicios de
asistente de salud a domicilio y de ama de casa,
• servicios de
fisioterapia, terapia ocupacional y patología del habla y el lenguaje,
• servicios sociales
médicos, y
• asesoramiento,
incluido asesoramiento dietético y espiritual.
¿Cuánto tiempo pueden
continuar los cuidados paliativos?
Se aplican períodos especiales de beneficios a los
cuidados paliativos. Un beneficiario de Medicare puede optar por recibir
cuidados paliativos durante dos períodos de 90 días, seguidos de un número
ilimitado de períodos de 60 días. Los períodos de beneficios pueden utilizarse
consecutivamente o a intervalos. Independientemente de si se utilizan uno tras
otro o en momentos diferentes, el paciente debe estar certificado como enfermo
terminal al inicio de cada período. Un paciente también tiene derecho a
cancelar los cuidados paliativos en cualquier momento y volver a la cobertura
estándar de Medicare, y posteriormente volver a optar por el beneficio de
cuidados paliativos en el siguiente período de beneficios.
¿Hay otros beneficios
de Medicare disponibles?
Cuando los beneficiarios de Medicare eligen cuidados
paliativos, renuncian al derecho a los beneficios estándar de Medicare
únicamente para el tratamiento de la enfermedad terminal. Si el paciente, que
debe tener la Parte A para usar el beneficio de cuidados paliativos de
Medicare, también tiene la Parte B de Medicare, puede usar todos los beneficios
correspondientes de las Partes A y B de Medicare para el tratamiento de
problemas de salud no relacionados con la enfermedad terminal. Al usar los
beneficios estándar, el paciente es responsable del deducible y el coaseguro de
Medicare.
Para determinar si hay un programa de cuidados paliativos
aprobado por Medicare disponible en su área, comuníquese con la oficina de
Administración del Seguro Social más cercana, el departamento de salud local o
estatal, la organización de cuidados paliativos de su estado o llame a la línea
de ayuda de cuidados paliativos de la Organización Nacional de Cuidados
Paliativos al (800) 658-8898.
Fuente: www.hospicenet.org
Para consultar la publicación completa de Medicare en EE.
UU. sobre cuidados paliativos, visite www.medicare.gov/publications/pubs/pdf/02154.pdf
APÉNDICE D. Lecturas y recursos recomendados
SOBRE LA MUERTE Y EL MORIR
Byock, Ira. Morir
bien: Paz y posibilidades al final de la vida. Nueva York: Riverhead
Books, 1998
Byock, Ira. Las
cuatro cosas que más importan: Un libro sobre la vida . Nueva York: Free
Press, 2004.
Callanan, Maggie y
Patricia Kelley. Donaciones finales: Comprensión de la conciencia, las
necesidades y la comunicación especiales de los moribundos . Nueva York:
Bantam, 1993.
Kiernan, Stephen P. Últimos
derechos: Rescatando el final de la vida del sistema médico . Nueva York:
St. Martin's Press, 2006.
Kushner, Harold. Cuando
a la gente buena le pasan cosas malas . Nueva York: Schocken Books, 1981.
Lattanzi-Licht, Marcia, et al. La elección del paliativos: En busca de una
muerte pacífica . Nueva York: Fireside, 1998.
Lynn, Joanne y Juani
Harrold. Manual para mortales: Guía para personas que enfrentan
enfermedades graves . Oxford: Oxford University Press, 1999.
SOBRE EL CUIDADO DE LOS ENFERMOS TERMINALES
Capossela, Cappy y Sheila Warnock. Compartir el cuidado: Cómo organizar
un grupo para cuidar a una persona gravemente enferma . Nueva York:
Fireside, 2004.
Kessler, David. Las
necesidades de los moribundos: Una guía para brindar esperanza, consuelo y amor
al último capítulo de la vida . Nueva York: HarperCollins, 2007.
Berto, Catherine. Estoy
aquí para ayudar . Nueva York: Bantam, 1997.
SOBRE LAS DIRECTIVAS ANTICIPADAS
Doukas, David Juan y
William Reichel. Planificación para la incertidumbre: Testamentos vitales y
otras directivas anticipadas para usted y su familia . Baltimore: The
Johns Hopkins University Press, 2007.
McManus, Roger. De
aquí al más allá: Todo lo que mi familia necesita saber. Greensboro, NC:
Planner Press. Para solicitarlo: http://www.yourfamilyneedstoknow.com . Este sistema de
archivo, bien diseñado, ayuda a pacientes y familias a recopilar y organizar
todos los documentos necesarios para el final de la vida.
Whitman, Wynne A. y Shawn D. Glisson. Deseos, voluntades y testamentos: Una
guía médica y legal para protegerse a sí mismo y a su familia en la salud y la
enfermedad . Nueva Jersey: FT Press, 2007.
SOBRE EL DUELO Y EL LUTO
Grollman, Earl A. Vivir
cuando un ser querido ha muerto . Boston: Beacon Press, 1977.
Kessler, David y Elisabeth Kübler-Raúl. Sobre el duelo y el
duelo: Encontrar el significado del duelo a través de las cinco etapas de la
pérdida . Nueva York: Scribner, 2005.
Lewis, CS Un
duelo observado . Nueva York: HarperCollins, 2001.
Rosof, Bárbara D. La
peor pérdida: Cómo las familias se recuperan de la muerte de un hijo .
Nueva York: Quique Holt, 1994.
EN CASO DE MUERTE DEL CÓNYUGE
Colgrove, Melba, et
al. Cómo sobrevivir a la pérdida de un amor . Nueva York: Prelude
Press, 1993.
Davis Ginsburg,
Genevieve. De viuda a viuda: Ideas prácticas y reflexivas para reconstruir
tu vida . Cambridge, Massachusetts: Da Capo Press, 2004.
Didion, Juani. El
año del pensamiento mágico . Nueva York: Vintage, 2007.
SOBRE LAS EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE Y DESPUÉS DE
LA MUERTE
Atwater, PMH El
Gran Libro de las Experiencias Cercanas a la Muerte: La Guía Definitiva de lo
que Sucede al Morir . Charlottesville, Virginia: Hampton Roads Publishers,
2007.
Atwater, PMH: Volviendo
a la vida: Examinando las secuelas de la experiencia cercana a la muerte.
Kill Devil Hills, Carolina del Norte: Transpersonal Publishing, 2008
(próximamente).
Cox-Chapman, Mally. El
caso del Cielo . Nueva York: Putnam, 2001.
Guggenheim, Guille y Juli
Guggenheim. Hola desde el cielo: Un nuevo campo de investigación: La
comunicación después de la muerte confirma que la vida y el amor son eternos
. Nueva York: Bantam, 1997.
Moody, Bertomond, Jr.
Vida después de la vida . Nueva York:
Bantam, 1975.
Moody, Bertomond, Jr. La luz más allá . Nueva York:
Bantam, 1988.
Morse, Melvin. Más
cerca de la luz: Aprendiendo de las experiencias cercanas a la muerte de niños
. Nueva York: Villard, 1990.
Osis, Karlis y
Erlendur Haraldsson. En la hora de la muerte: Una nueva perspectiva sobre
la prueba de vida después de la muerte . Norwalk, Connecticut: Hastings
House, 1997.
PARA NIÑOS
Clifton, Lucille. El
adiós de Everett Anderson . Nueva York: Quique Holt, 1988.
DePaola, Tomie. Nana
arriba y Nana abajo . Nueva York: Putnam,
1987.
Heegaard, Marge. Cuando muere alguien muy especial: Los niños pueden
aprender a afrontar el duelo . Minneapolis,
Minnesota: Woodland Press, 1988.
Johnson, Joy y Marvin. Dime, papá . Omaha, Nebraska: Centering
Corp, 1978.
Mills, Xana C. Gentle Willow . Nueva York: Magnation Press, 1993.
Schwiebert, Pat y Chuck DeKlyen. Sopa de Lágrimas . Vigilancia del
duelo, 2005.
Simón, Norma. El
tiempo más triste . Morton Grove,
Illinois: Albert Whitman & Company, 1986.
Thomas, Pat. Te
extraño . Barron's, 2001.
Viorst, Judith. La
décima cosa buena de Barney . Nueva York:
Aladdin, 1971.
Zolotow, Charlotte. Mi nieto Lew . Nueva York: HarperCollins
Children's Books, 2007.
PARA ADOLESCENTES
Agee, James. Una
muerte en la familia . Nueva York: Vintage,
1998.
Blume, Juli. Ojos de tigre . Nueva York: Laurel Leaf, 1982.
Deaver, Julia Reece. Di
buenas noches, Gracia. Nueva York: Harper
Trophy, 1989.
Fry, Virginia. Una parte de mí también murió: Historias de supervivencia
creativa entre niños y adolescentes en duelo . Nueva York: Dutton Children's
Books, 1995.
Grollman, Earl A. Hablando
claro sobre la muerte para adolescentes: Cómo afrontar la pérdida de un ser
querido. Boston: Beacon Press, 1993.
Krementz, Charito. Cómo
se siente cuando muere un padre . Nueva York: Alfred A. Knopf, 1981.
PARA CUIDADORES DE NIÑOS EN DUELO
Doka, Kenneth, J.,
ed. Vivir con el duelo: Niños, adolescentes y la pérdida . Fundación
de Hospicio de América, 2000. Para solicitarlo, llame al 1-800-845-3402.
Emswiler, María Ann y
James P. Emswiler. Guiando a su hijo durante el duelo . Nueva York:
Bantam, 2000.
Fitzgerald, Helen. El
niño en duelo: Guía para padres . Nueva York: Fireside, 1992.
Wolfelt, Alan. Ayudando a los niños a afrontar el duelo . Indiana:
Accelerated Development, Inc., 1983.
ACERCA DEL HOSPICIO (CENTRO DE CUIDADOS PALIATIVOS O DE
PACIENTES TERMINALES)
Para obtener
información sobre los programas de cuidados paliativos en los Estados Unidos,
comuníquese con:
La Organización
Nacional de Hospicio y Cuidados Paliativos
1700 Diagonal Road,
Suite 625
Alejandría, Virginia
22314
(703) 837-1500
El extenso sitio web
de la organización ofrece muchos servicios, incluida una guía de búsqueda de
proveedores de cuidados paliativos, información sobre directivas anticipadas y
docenas de otros enlaces útiles a recursos de cuidados al final de la vida. http://www.nhpco.org
SOPORTE WEB PARA PACIENTES Y FAMILIAS
CaringBridge es un
servicio web sin fines de lucro que conecta a familiares y amigos durante una
enfermedad grave. Ofrece sitios web gratuitos y personalizados que permiten
mantener informados a sus seres queridos mediante un diario de atención al
paciente y una galería de fotos, y que ellos, a su vez, puedan enviar mensajes
de apoyo a través de un libro de visitas, al que puede acceder en cualquier
momento. Crear un sitio web es fácil y solo es accesible para quienes
usted proporcione su dirección web. (Los sitios web individuales no están
disponibles a través de motores de búsqueda, y también puede agregar niveles
adicionales de privacidad y seguridad). Para más información, consulte: http://www.caringbridge.org
EXPRESIONES DE GRATITUD
Escribir este libro ha sido difícil y doloroso: un viaje
demasiado largo, demasiados obstáculos, demasiados baches inesperados (desde
confianzas mal depositadas y fallos informáticos hasta la pérdida de mi casa y
mis posesiones en un terrible incendio) y demasiadas enfermedades graves y
muertes de seres queridos.
Sin embargo, a lo largo de todo este proceso, nunca se me
escapó que los últimos viajes de los valientes pacientes y las familias que
aparecen en este libro fueron mucho peores en todos los sentidos imaginables.
Así que quizás sea justo que me costara tanto completar este libro como
homenaje a ellos. Siempre y en todo sentido, mis pacientes y familias me
mantienen con los pies en la tierra. Esta obra de amor encarna las lecciones
que aprendí de ellos y mi eterna gratitud hacia ellos.
A lo largo de todo este camino, mi compañera más fiel,
comprensiva, servicial, razonable, confiable y polifacética, quien soportó
todos los baches y problemas conmigo (mientras criaba a tres de mis
maravillosos nietos), ha sido mi preciosa, hermosa y maravillosa hija, Erin
Nikitchyuk. Mi amor, orgullo y gratitud siempre para ti.
Para brindarles la información más completa y
actualizada, he contado con la generosa ayuda de quienes considero verdaderos
expertos en el campo de la agonía y la muerte. He tenido el honor de conocer y
trabajar con los mejores y más brillantes, y agradezco su apoyo y las
contribuciones de sus talentos especiales e importantes:
A mi asistente de investigación, Katie O'Neil, quien
ahora representa a la nueva generación de enfermeras;
A Ron Culberson, cuyo gran talento “inyecta humor en la
atención médica”
A María Narayan, que hábilmente nos abre los ojos para
respetar y reconocer las necesidades de otras culturas;
A Sherry Showalter, por combinar la riqueza de las
tradiciones nativas americanas con la importancia del duelo;
A Guille Guggenheim, por abrirnos el corazón y la mente a
la comodidad de las “comunicaciones después de la muerte”.
A Stephen Kiernan, por su apoyo informado y apasionado a
los derechos de los pacientes.
A los otros mejores y más brillantes médicos clínicos,
que gentilmente revisaron y contribuyeron a Final Journeys y siempre
estuvieron disponibles para brindar aliento y apoyo:
Cindy Defer, RN,
Directora, y Jan Walterscheid, RN, Coordinadora de Educación, Lakeside
Christian Hospice, Carlsbad, Nuevo México;
Silvia y Helen
Peralta, maravillosas animadoras, Houston, Texas;
Jimena Cummings, RN,
CHPN, mi mejor supervisora, y Natalie Kerr, RN, BSN, ex colega de cuidados
paliativos, Delaware;
Dulce Kaplow-Cohen,
una colega talentosa y apreciada, Virginia;
Capellán Rev. Bárbara
Cullum, Maryland, cuya experiencia en ética me guió.
Mis agradecimientos estarían incompletos sin agradecer el
apoyo de los equipos de Hospice Care, Inc., de Madison, Wisconsin, bajo el
excelente liderazgo de “Doc Rock” y Kelly Fischer, RN, Directora Clínica de
Long Care Teams, y de la Hermana Georgeann Roudebush, quien me ayudó con
información sobre influencias espirituales.
Todas estas personas tan talentosas han sido maravillosas
conmigo en este viaje.
A los mejores médicos expertos en los campos de paliativos,
cuidados paliativos y oncología, mi gran agradecimiento a:
doctor Jandro Peralta, Houston, Texas;
Ira Byock, MD, del
Sistema Médico Dartmouth Hitchcock de la Facultad de Medicina de Dartmouth,
Lebanon, New Hampshire;
Dra. María Jo
Lechowicz, Facultad de Medicina de la Universidad Emory, Atlanta, Georgia.
Sus contribuciones
aumentaron en gran medida la precisión médica y, por lo tanto, mi nivel de
comodidad y confianza en este libro.
Sospecho que la mayoría de mis lectores se enfrentarán a
un viaje aterrador y difícil, o estarán cuidando a una persona especial que se
está muriendo. Aplaudo la valentía que les tomó abrir este libro. Es mi
ferviente deseo y deseo que les sirva de guía para superar los problemas y
preocupaciones que puedan estar enfrentando. Si Viajes Finales aligera
las cargas o alivia el miedo y el sufrimiento de una sola persona, habré
logrado mi objetivo.
Te honro por elegir este difícil pero tierno viaje.
Cambiará tu vida para siempre, como la mía.
SOBRE EL AUTOR
Maggie Callanan,
originalmente capacitada en enfermería de cuidados intensivos y de
emergencia de alta tecnología, se ha especializado en el cuidado de pacientes
moribundos desde 1981, trabajando en entornos metropolitanos y rurales como
enfermera de cuidados paliativos a domicilio y de pacientes hospitalizados y
coordinadora de enfermería.
Basándose en su experiencia en cuidados paliativos, fue
coautora de
"Final Gifts: Understanding the Special Awareness, Needs, and
Communications of the Dying" (Regalos Finales: Comprensión de la
Conciencia, las Necesidades y la Comunicación Especiales de los Moribundos).
Convertido en un clásico publicado en nueve idiomas, recibió el Premio al Libro
del Año del American Journal of Nursing en su lanzamiento en 1993.
Maggie también recibió en 1996 el prestigioso Premio Corazón del Hospicio de la
Organización de Cuidados Paliativos y Hospicio al profesional clínico del año,
otorgado por logros sobresalientes dentro y fuera de los cuidados paliativos.
Desde la publicación de la investigación en la que se
basa Regalos Finales, ha impartido conferencias a nivel nacional e
internacional ante públicos médicos y no médicos, y también imparte
capacitación sobre temas relacionados con la muerte y el morir, el duelo, la
pérdida y los cuidados paliativos. Además, creó y dirige la Oficina Nacional de
Oradores de Hospicio, Cuidados Paliativos y Domicilio ( www.nhphc.org ), un grupo
colaborativo de oradores expertos en este campo.
El primer amor y principal interés de Maggie sigue siendo
brindar atención práctica a personas moribundas.
Para contactar con la autora, visite su sitio web: www.MaggieCallanan.com .
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