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Índice
NOTA DEL AUTOR
I. LA CONEXIÓN CON EL ESPÍRITU - LA GRAN FAMILIA - MI ENCUENTRO CON HAMITS
II. LOS MENSAJES DEL MUNDO ESPIRITUAL - Sesión 1. MORÍ COMO VIVÍ - Sesión 2. «Y MI ÁNGEL VINO A VISITARME» - Sesión 3. EL DESPERTAR DE CARMEN - Sesión 4. SANAR EL ÁRBOL FAMILIAR - Sesión 5. UN MENSAJE LIBERADOR - Sesión 6. TIEMPO DE CRECER Y DE VIVIR - Sesión 7. REGRESO A TI - Sesión 8. DISOLVER LOS PACTOS - Sesión 9. HOGAR, DULCE HOGAR - Sesión 10. «¿ELLOS ESTÁN AQUÍ? PUES DILES...» - Sesión 11. YAYI, EL ESPÍRITU DE LA NATURALEZA - Sesión 12. UN REENCUENTRO SIN PECADO - Sesión 13. ALBERT Y FRED - Sesión 14. «MI BEBÉ SIEMPRE ESTARÁ AQUÍ» - Sesión 15. SALTAR DE ALEGRÍA - Sesión 16. «CAMPEÓN, MI CAMPEÓN» - Sesión 17. LA EXPERIENCIA MÁS PERSONAL - Sesión 18. INCREDULIDAD Y SANACIÓN - Sesión 19. «Y ENCONTRÉ A MI ESTRELLA» - Sesión 20. «QUE SE VAYA AL INFIERNO» - Sesión 21. LA DESNUTRICIÓN ESPIRITUAL –
III. LA «DIVIUNIDAD» - APRENDE A PARTIR PARA APRENDER A VIVIR - CANALIZACIÓN FINAL: LA DIVIUNIDAD
Agradecimientos - Créditos – Acerca del Autor
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NOTA DEL AUTOR
El libro que tienes entre las manos está guiado y
animado por los espíritus guías —especialmente por mi maestro Hamits—, que me
han motivado a compartir mi propia experiencia como médium y la experiencia de
personas que, tras recibir mensajes de los suyos, transformaron y sanaron sus
vidas, después de la herida producida por la pérdida de sus seres queridos. A
menudo, los seres que parten se transforman en guías que, por amor, siguen
vinculados a nosotros energéticamente y que, a medida que ellos mismos avanzan
en consciencia en el mundo espiritual, influyen en nosotros y nos inspiran para
que vivamos una vida mejor, y nos preparan y acompañan en nuestro viaje al otro
lado.
Es mi propósito que estas páginas te aporten una
visión más amplia del mundo espiritual y sirvan de herramienta para tu mayor
bien, especialmente en este momento tan importante de cambio de consciencia que
la humanidad está viviendo y que es una gran oportunidad para conectarnos y
crecer en una misma dirección y con un mismo movimiento: el amor, la
consciencia, el regreso al origen, al uno, al todo. En la primera parte del
libro comparto la alegoría que me transmitió Hamits para que conozcamos el
propósito de nuestro viaje y de la gran familia que somos. También te hago
partícipe de mi propio recorrido existencial para que conozcas cómo fue mi
temprana conexión con Hamits, y cómo el niño y el adolescente que fui descubrió,
no sin grandes temores y contradicciones, las facultades con las que hoy ayudo
a quienes asisten a mis charlas, cursos y talleres y a las sesiones privadas.
Una selección de esas sesiones es, precisamente,
lo que presento en la segunda parte del libro. Son historias reales en las que
sus protagonistas recibieron mensajes del mundo espiritual a través de sus
guías y seres queridos, información sanadora y con una profunda enseñanza para
orientar nuestras vidas personales con mayor consciencia y plenitud. Todo lo
que cuento de ellas sucedió tal cual, solo he cambiado, por respeto a la
privacidad, los nombres propios de las personas implicadas, o fechas y detalles
que pudieran revelar sus identidades. Me respalda, además, su permiso o el
permiso de los guías para revelar, en nombre del bien común, lo que sucedió en
esos mágicos momentos de conexión que estoy seguro de que te sorprenderán y con
los que, a menudo, vas a sentirte identificado.
Finalmente, la tercera parte del libro contiene
una reflexión sobre la necesidad de aprender a partir para aprender a vivir,
así como información y respuestas a algunas de las preguntas sobre el más allá
y el mundo espiritual que me hacen, frecuentemente, en las sesiones o en las
otras actividades profesionales que desarrollo. Ya a punto de concluir el
libro, y guiado por Hamits, viví una apertura de consciencia con la que se me
reveló información canalizada que incluyo en el último apartado sobre la diviunidad,
un término de mi amado maestro Hamits para expresar nuestra naturaleza de seres
no duales ni separados de la conciencia divina, y recordarnos que no solo
estamos aquí con un cometido individual, sino que somos parte del tejido
cósmico, y que, en definitiva, abrirnos a la diviunidad y aceptarla es
la llave del despertar.
I. La conexión con el espíritu
LA GRAN FAMILIA
En múltiples ocasiones, muchas personas me han
hecho preguntas recurrentes que generaron en mí la iniciativa de escribir este
libro, animado por mis guías espirituales, en especial por Hamits, uno de los maestros
que desde niño me guía y acompaña en mi desarrollo personal y espiritual. Pero
¿qué significa que tengo un maestro espiritual o qué es eso de los guías
espirituales? ¿Y qué es el mundo espiritual? Esta y otras preguntas semejantes
encontrarán respuesta en las páginas de este libro, en el que comparto el
conocimiento que, durante casi treinta años, he ido recibiendo del mundo
espiritual en las distintas actividades de mi carrera profesional, en las
sesiones individuales de conexión con los guías espirituales, o en las
conferencias, cursos y talleres que tengo la bendición de realizar por todo el
mundo.
Desde niño tengo la habilidad de conectar con
espíritus de familiares a los que conocí brevemente, pues era muy pequeño
cuando partieron. Lejos de que se borrasen de mi recuerdo por mi corta edad, se
hicieron cada vez más nítidos, ya que podía verlos, sentirlos y escucharlos
como si estuvieran presentes físicamente. Los espíritus coexisten con nosotros
en otros planos de consciencia, y esto es posible porque al no tener cuerpo
físico, forman parte vibracionalmente, por decirlo de algún modo, de un cuerpo
energético intangible para la gran mayoría de las personas, pero del que
formamos parte y que se comunica con nosotros de manera consciente, bien cuando
estamos preparados, o bien a través de los médiums, que son instrumentos de
conexión entre ambos mundos, como es mi caso.
A menudo me preguntan también cómo me di cuenta de
que era médium y, en realidad, hay una pregunta anterior a esta: ¿cómo me di
cuenta de que los espíritus eran espíritus y no personas vivas? Yo no tenía
consciencia de la muerte hasta que viví la pérdida de mis abuelos paternos y,
antes de esto, ya les hablaba a mis padres sobre familiares que habían partido
incluso antes de mi nacimiento. Lo cierto es que seguí en contacto con mis
abuelos después de su fallecimiento y fue entonces cuando, ante el asombro de
mis padres (que intentaron obviarlo durante mucho tiempo) pude identificar qué
era un espíritu. A uno de los que se convertiría en mi maestro y al que
posteriormente le pondría cara, pues solo escuchaba su voz y por ello yo le
llamaba precisamente así, la Voz, a quien no había conocido físicamente como a
mis abuelos, yo lo concebía como a mi amigo, ese famoso amigo imaginario que
muchos niños tienen frecuentemente. Sin embargo, sobre los siete años mi
percepción sobre esta conexión con los espíritus cambió, como te desvelaré más
adelante.
Hay varias preguntas sobre el mundo espiritual que
se entrelazan y que muchos nos hacemos. Por ejemplo: ¿de verdad existe Dios?
¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Y qué sentido tiene
la muerte? Quiero compartir contigo la respuesta que a todas estas cuestiones
me dio mi guía, la Voz, y que es la siguiente alegoría sobre la gran familia.
Felipe, imagina una familia, una gran familia
colmada de amor incondicional donde reina la armonía y fluye el deseo de
expansión de la única verdad que existe y que es el código original de la
existencia: el amor infinito. Y, ahora, imagina que muchos de sus hijos son
invitados al desafío de poblar otros mundos, otros universos, con el fin de
experimentar lo contrario al código original, viviendo miles de aventuras que
les harán recordar quiénes son y de dónde provienen, para así nutrir a la gran familia
con esas experiencias que han salvado miles de dificultades en su vuelta a
casa.
La verdad es que yo no entendía muy bien qué
quería decir la Voz con todo eso hasta una noche de las tantas en las que me
contaba esta historia con el fin de que mi tristeza por el recuerdo que me
embargaba en mi infancia se diluyera. Me refiero al recuerdo de otra familia
que no era la formada por mis padres y mis hermanas en la Tierra. Yo extrañaba
un lugar de luz y una familia que sentía que era la mía, un lugar al que
pertenecía y al que cada noche quería regresar, y los maestros usaban
diferentes estrategias para que mi dolor se fuese disipando con el paso del
tiempo, pues en ese momento no lo comprendía. A mi alma le costó mucho
alinearse con la energía de la Tierra, hasta que un buen día el recuerdo se
disolvió y, en la actualidad, cuando conecto con ese no tan nítido recuerdo, el
dolor se transforma en la esperanza y el convencimiento de que cada segundo que
pasa es un regalo vivido en esta experimentación, pero también una cuenta atrás
que me acerca de nuevo a mi verdadero y real hogar.
Este cuento sobre la gran familia comenzaba con la
invitación de muchos de esos hijos. Como me contaban la Voz y mis demás
maestros, muchos de esos valientes hijos habían decidido adoptar miles de
formas: algunos la de árboles; otros, la de flores, volcanes, presas o mares.
Ellos serían los testigos de la llegada de otros miles y cientos de miles de
invitados que habitarían en estas tierras y mares, o que surcarían los cielos,
y todos ellos, apoyándose en una larga carrera por existir, ayudarían a los
hombres, quienes se inspirarían en aquellos para desarrollar las experiencias
que antes de nacer habrían elegido desarrollar con el propósito original antes
mencionado.
El personaje en cuestión de esta historia era Iam,
un niño que pertenecía a la tribu de los hijos de las estrellas, una de las
tribus que poblaban un asentamiento a las orillas de un río que ellos llaman el
río de la Vida.
Todos, en esta tribu, formaban un enorme clan en
el que, a diferencia de otras tribus, cada uno de los componentes trabajaba
para un bien común y, además, cada uno sabía cuál era su lugar y su
contribución y cada uno era insustituible, pues formaban un perfecto engranaje
que hacía que todo funcionase a la perfección. Fuera cual fuese el desafío a
superar, cada uno había pasado una prueba que ellos llamaban la invitación
o iniciación de estar despierto.
En nuestra línea cronológica, Iam había cumplido
la edad de catorce años y le había llegado el momento de superar su prueba. Él
no tenía ni idea de qué sucedería, pues este momento sagrado era un secreto
bien guardado por todos los que lo habían pasado y, hasta entonces, Iam solo
era consciente del profundo amor y de los cuidados que todos los miembros del clan
le habían profesado tanto a él como a todos los niños que formaban parte de esa
gran familia. Y el momento llegó. Acompañado por los encargados de iniciar a
los niños que se convertían en adultos, disfrutaron de un largo viaje de
semanas. Mientras recorrían grandes extensiones de territorio nunca explorado
por Iam, algunos de estos compañeros de viaje iban desapareciendo, de modo que
fue conducido hasta un punto desconocido por Iam hasta ese instante, no
obstante, rápidamente se daría cuenta de que ese sería el final de la compañía
para que una nueva vida comenzase.
La última noche, acompañado ya por el último
miembro de su clan, Iam se durmió desconcertado por la ausencia de sus otros
compañeros, pero el agotamiento lo había vencido, así que se dispuso a descansar,
pues en su cabeza todavía creía que el viaje seguiría y había que reponer
fuerzas. Sin embargo, al despertar en la copa de un árbol seleccionado
cuidadosamente para descansar, abrió los ojos para contemplar ese nuevo mundo
al que había sido conducido y tal fue su sorpresa cuando se halló solo, su
último compañero no estaba. Su primer pensamiento fue permanecer a la espera,
pues pensó que el compañero, como era su costumbre, había ido a aprovisionarse
de alimentos para poder proseguir el largo viaje, pero la posición del sol
dejaba entrever que el día se consumía y una extraña sensación que Iam no
reconocía comenzaba a hacerse más y más presente en él.
Esa sensación no era otra que el miedo, acompañado
de una profunda sensación de soledad. Ambos acrecentaban la confusión que abrió
la puerta a otras sensaciones que fueron presentándose al caer la noche, pues
los sonidos nocturnos en la selva iban plasmando la clara idea de que Iam había
sido abandonado a su suerte. Muchos pensamientos que nunca habían poblado su
cabeza aparecieron: se preguntaba qué había hecho él para ser abandonado, y de
la mano de la culpa siguieron también otras ideas que lo sumieron en un
profundo llanto y en un dolor que, con el paso al siguiente día, solo fueron
acallados momentáneamente por la sed y el hambre, imposibles de saciar en la
copa de ese árbol. Así que, con la claridad del nuevo día, con mucha cautela,
en un territorio no explorado y sin compañía, ni amor ni guía, entendió que era
el momento de sobrevivir. Sin embargo, el miedo, ese nuevo compañero que se
había hecho presente y crecía cada vez con más fuerza, parecía no tener
intención de desaparecer e hizo que Iam se debatiera entre sobrevivir o dejarse
morir.
Pero no estaba solo el miedo en su cabeza, también
había una hermosa canción interpretada por su clan en los momentos de conexión
con las estrellas que él había oído desde su concepción y que parecía no
haberle abandonado. Esa canción le daba fuerzas para seguir pensando que debía
permanecer vivo, pues de un momento a otro vendrían a por él.
Iam no lo sabía, pero su iniciación había
comenzado. El gran viaje que le esperaba era una experiencia llena de
oportunidades y nada ni nadie podían privarlo de ella, así que se decidió a
explorar en busca de agua, ya que su cuerpo se estaba debilitando. Caminó y
caminó, pero no encontró ni atisbo de esta, y casi a punto de desistir,
aconsejado por sus nuevos amigos —el miedo, la culpa y la desolación—, prestó
atención a unos arbolillos conocidos por él y que no eran otra cosa que unos
cactus. Rápidamente recordó que, en las expediciones con algunos de su clan,
cuando era un poco más pequeño, aprendió que estos arbolitos contenían agua. Se
hizo con unas piedras tal como había visto proceder anteriormente y logró
sacarla. En ese momento tuvo el pensamiento de que si su clan lo hubiese visto
hacer tremenda hazaña, se sentiría orgulloso, lo cual le dio fuerzas para
alimentar el pensamiento de que cuando volviesen a por él, lo contaría, e hizo
que antiguos amigos como el amor y la alegría volviesen a aflorar en su
espíritu, dejándole saber que siempre estaban ahí, en su interior, a la espera
de ser invitados simplemente a ser. Aquel gran logro y la idea de ponerse a
resguardo antes de que cayera la noche lo alentaron a buscar comida, pues había
decidido asentarse cerca de aquella fuente de agua que aún no sabía que solo
sería momentánea, y se aventuró a encontrar o cazar algo para comer. Al igual
que todo su clan, Iam tenía un profundo respeto por la naturaleza, la madre de
todos, como llamaban a la Tierra, y esta les aportaba el alimento que brotaba
de ella y la vida para nutrirlos. Y, en aquel momento, la caza de cualquier
componente de la naturaleza lo honraba, pues sabía que todo lo que se honra
volvería a la vida nuevamente, ya que todo pertenece al ciclo infinito de la
vida.
Ese día no tuvo suerte. A decir verdad, Iam nunca
había desarrollado dotes de cazador y esto lo desilusionó mucho. Al caer la
noche, la frustración y el dolor fueron nuevos compañeros que se hicieron
presentes y fortalecieron su miedo, nublando cada vez más la esperanza de ser
incluido de nuevo en su clan, y deseaba que todo aquello fuese un mal sueño. Lo
que no sabía es que lo que consideraba un mal sueño era, precisamente, un
hermoso despertar que aguardaba a que supiese abandonar a esos nuevos
compañeros, entre ellos el miedo, que solo tenían una finalidad: ayudarlo a
DESPERTAR.
Sin embargo, una poderosa energía, también nueva
para Iam, comenzó a hacerse notar. Era la rabia, pues habían pasado semanas y
nadie de su amado clan había aparecido al rescate. Pensamientos de frustración
hicieron que decidiese olvidar a su gran familia y un buen día, después de
salir a cazar alguna lagartija o a buscar tubérculos o frutos, sus lágrimas
brotaron nuevamente de sus ojos. Sin casi darse cuenta, pudo comprobar que
estas estaban siendo aprovechadas por algunos insectos que aguardaban la caída
de cada una de esas gotas para ser recogidas y, mientras contemplaba eso,
volvieron a su cabeza las palabras del clan que desde muy niño le recordaban
que todos éramos útiles y necesarios para que la vida siguiera el mágico curso
que ellos llamaban la eterna existencia, y como de un plumazo un sentimiento de
valor acalló los ecos del miedo, la rabia y la frustración. Iam miró al cielo buscando
la luz del sol y se hizo presente la compañía de la hermana águila que,
surcando los cielos desde una posición elevada, le hizo llegar a la conclusión
de que si subía a la copa de los árboles más altos, su visión sería mucho más
ventajosa para ver adónde tenía que dirigirse para asegurar su supervivencia.
Y así lo hizo. Desde el árbol más alto al que pudo
trepar tuvo una visión del hermoso paraje que lo acogía y que hasta ese momento
él había vivido como una cárcel de la que quería escapar. Y, desde aquella
nueva posición, vio allá abajo el árbol que lo había amparado, y se vio a sí
mismo como un recuerdo de las semanas anteriores devorado por sus miedos y
aprendió que esa visión del mundo, igual que la de sí mismo desde las alturas,
le daba una nueva perspectiva y le mostraba que aquello, más que un castigo,
podía ser un regalo. Siguió explorando y aprendiendo de todo lo que le rodeaba,
incluso aprendió a ser más veloz que la gacela más lenta, pues entendió que ahí
afuera existen devoradores que, lejos de ser buenos o malos, simplemente
cumplen su cometido. Se instruyó, asimismo, en saber identificar a los
compañeros que ahora elegiría para realizar su propio viaje.
Aquella visión del águila le mostró el río más
cercano, donde conoció al castor que le dio la sabiduría para construir su
propia madriguera. En el transcurso de su aventura, observó también la manada
de lobos, y entendió que era el momento de formar su propia manada. Y, justo
después de un tiempo, se topó con una pequeña tribu desconocida que le dio la
posibilidad de conocer a quien sería su pareja, que caminó con él en su viaje
de descubrimiento.
Pese a todo estos logros, Iam seguía sintiendo la
ausencia de su clan y algunos resentimientos, pues no entendía por qué nunca
habían ido a su encuentro. Sin embargo, en uno de sus viajes de reconocimiento,
llegó a la orilla del mar, y tanto le impresionó su inmensidad, que decidió
asentarse en aquel majestuoso enclave que lo invitaba a vivir una profunda
conexión, sin saber que ese poderoso paisaje sería la llave que lo conectaría
con el despertar que había olvidado en el transcurso de su aventura, pues el
vínculo profundo con la naturaleza era una poderosa herramienta de su clan.
Iam se adentró en el mar, ya que había aprendido
las habilidades de la pesca, y se topó con un enorme banco de peces. Contemplar
aquel maravilloso espectáculo de sincronicidad que hacía que al unísono miles
de peces adoptaran cientos de formas, dejando entrever la coordinación de cada
uno de ellos con el resto del inmenso grupo, activó en Iam el recuerdo de
muchos sueños, sobre todo de los días más difíciles del comienzo de su
aventura, en los que soñaba con el clan haciendo ceremonias rituales en las que
pedían por él y por los otros a los que también les había tocado el despertar y
entendió que, pese a estar en la lejanía, su clan había estado siempre presente
en su experiencia. Fue entonces cuando se disiparon su rabia y aquellos otros
compañeros perniciosos que se habían hecho espacio en sus emociones. En su
lugar, una energía de profundo amor enterneció su corazón, y el deseo del
encuentro tomó la forma de una realidad que se produciría de un momento a otro.
Un buen día, de regreso al campamento, sentado en
el río, Iam observó a un antiguo amigo que procedía del mar, y que no era otro
que el poderoso salmón, quien intuitivamente realizaba el viaje a casa para
desovar, aunque la vida le fuera en ello, pues era conocedor del profundo
secreto de la vida eterna. Y fue entonces cuando entendió el poderoso misterio
por el que había sido guiado. Fue entonces cuando despertó la intuición y se
reafirmó en que era el momento de llegar a casa, pues poseía la verdad de que,
más allá de su amado clan, el encuentro con este solo sería una parada
necesaria para el regreso al verdadero hogar al que pertenecía y que, desde
tiempos inmemoriales, estaba a la espera del celebrado y futuro encuentro.
Este relato sobre la gran familia que la Voz
compartió conmigo cuando era un niño para responder a aquellas preguntas que le
hice —¿qué sentido tiene todo esto?, ¿qué sentido tiene la vida?, ¿y qué
sentido tiene la muerte?— me permitió saber que no estamos solos, que existen
otras realidades, o, mejor dicho, otros planos de conciencia en donde se
encuentran nuestros seres amados que partieron y donde, en algún momento,
cuando partamos nosotros, viviremos el reencuentro. Pero hasta ese entonces y,
aunque no seamos conscientes, los espíritus nos guían y nos apoyan en esta
experiencia y en este maravilloso escenario donde nos aguarda la función
teatral que vinimos a representar y que conocemos como vida.
Los espíritus guías, maestros o familiares en el
otro plano tienen la capacidad de influenciarnos, de una manera muy
inconsciente para la gran mayoría de las personas, y de manera semiconsciente
para muchas otras, que atienden y desarrollan una poderosa herramienta de la
que todos disponemos y que quizá muchos estén en el periodo de descubrir; y
esta es la intuición, el lenguaje con el que se comunica el otro lado en
momentos precisos y de manera espontánea, indicándonos tomar una u otra
dirección.
En mi caso, los espíritus me han guiado, motivado
y animado a escribir lo que en este libro comparto contigo, comenzando por mi
propia experiencia como médium y con las experiencias de otras personas que,
haciendo uso del mensaje de sus guías, transformaron sus vidas y siguen
haciéndolo en un camino de mejora personal en el que el amor incondicional se
reveló como el motor de la sanación de cualquier herida producida por la
pérdida. Es importante darnos la oportunidad de entender lo que sucede cuando
dejamos esta forma física, este envoltorio material del cuerpo, y hacemos el
paso al otro lado, pues entonces seremos conscientes de la multidimensionalidad
de la que comenzaremos a formar parte de modo consciente y en la que seguiremos
experimentando un crecimiento evolutivo. Allí, la frecuencia vibratoria del
amor infinito nos espera, apoyándonos mientras realizamos tan fascinante viaje.
Pero rebobinemos un poco y hablemos primero de lo
que sucede antes del nacimiento, que es una de las preguntas que también nos
hacemos a menudo. Los guías espirituales sostienen que justo antes de nacer
nuestro yo consciencia (también llamado yo origen, o conocido
como yo esencia), se diseña un plan de experimentación. El alma, que es
una fracción del todo, crea la ilusión de la separación de este y diseña
diferentes escenarios, aprendiendo a través de las experiencias en la Tierra.
Posteriormente, seguirá aprendiendo en otros planos de consciencia, intangibles
para el ser humano por el momento y por donde pasaremos hasta llegar de nuevo
al origen, con el fin de transmitir nuestras experiencias. El alma vive justo
experiencias contrarias al estado original de conciencia, que es el amor
infinito, con el fin de recordar y regresar a ese estado original, y este
fascinante viaje es diseñado por el yo origen.
Cuando nacemos, olvidamos todo, pues el reto es
recordar lo que somos y de qué estamos formados y vibrar en esa frecuencia.
Para que esa parte de nosotros que llamamos el espíritu (el hacedor de
toda vida, que es la inteligencia divina, la divinidad) pueda expandirse,
decide experimentarse. He podido aprender al respecto que todos nacemos con
unos espíritus guías o una familia de almas que nos ayudan a crear las
experiencias que vamos a experimentar. Unos nos acompañarán espiritualmente y
otros se irán incorporando a modo de seres queridos, o no tan queridos, con los
que tenemos la fortuna de vivir experiencias que nos harán crecer y realizar
nuestro propósito espiritual, según se acerque o se aleje del propósito del
ego, herramienta que nos aporta la ilusión de la separación del todo, del
espíritu o de Dios, como queramos llamarlo, con la que somos dotados. Más
adelante compartiré la visión que tienen los espíritus de este proceso.
Muchas de estas almas —o personas, si las queremos
llamar así— que nos acompañan y a las que acompañamos en este fascinante viaje
de la vida también formarán parte de nuestros espíritus guías cuando partan al
otro lado antes que nosotros, y comenzarán a guiarnos espiritualmente con el
fin de amarnos y apoyarnos en nuestra experiencia terrenal y a transmitirnos el
conocimiento que van obteniendo en su aprendizaje allí donde se encuentran, en
su vuelta a casa, para allanarnos el camino que antes o después vamos a recorrer.
Un camino que si tenemos las claves conscientes, será el mejor viaje que
podamos soñar. Estos guías son familiares difuntos que, por amor, siguen
vinculados a nosotros energéticamente y que, a medida que avanzan en
consciencia en el mundo espiritual, nos influencian o inspiran para que vivamos
una vida en la que aprendamos de nuestras experiencias. Y también nos preparan
y acompañan en nuestro viaje al otro lado.
Hay espíritus guías que son maestros espirituales
con los que pactamos antes de nacer para que nos ayuden a realizar el plan que
nuestra alma viene a representar. También están los ángeles y los diferentes
espíritus de elevada consciencia que cooperan positivamente para que la
humanidad aumente su consciencia de manera global, para que dejemos atrás las
viejas estructuras que nos incapacitan por la frecuencia del miedo a
experimentarnos como lo que realmente somos: seres con capacidad de tener una
experiencia armoniosa y creativa de vida. Todos estos guías, al igual que
nosotros, forman parte de un todo que denominamos espíritu, al que te propongo
que descubras a través de mi experimentación como médium. Deseo realmente que
estas páginas te aporten una visión más amplia del mundo espiritual y que sean
una guía que te aprovisione de recursos y conocimientos para tu mayor bien.
MI ENCUENTRO CON HAMITS
Mi nombre, como habrás visto en la portada de este
libro, es Felipe Henríquez. Nací en un lugar mágico, en el más amplio sentido
de la palabra: Gran Canaria (España), una isla que pertenece al archipiélago
canario situado en el norte de África. Canarias es un lugar especial. La magia,
la conexión con el otro lado, el conocimiento de los cuatro elementos y el
contacto con los seres que viven y habitan en ellos, así como la comunicación
con los espíritus, son parte de nuestra cultura popular, gracias al mestizaje
que, históricamente, y por la privilegiada situación geográfica, crearon
diferentes culturas de distintos continentes al mezclarse (física y
culturalmente) con los guanches, pueblo aborigen sagrado para los canarios, y
al que muchos investigadores relacionan con la Atlántida, que habitó en esta
región, dejó en ella influencias y generó campos energéticos, como magmas que
ayudan a que se produzca un encuentro con lo oculto, con lo mágico.
Como conté en el apartado anterior, desde pequeño
tengo contacto con seres y guías espirituales, pero la verdad es que yo no me
di cuenta de que podía hacerlo, sino al contrario, percibí que la gran mayoría
de las personas no podía. Hoy en día esta situación empieza a cambiar, de ahí
que me haya animado a relatar mi experiencia en este libro, para poder ofrecer
una guía en este momento tan especial e importante de cambio de consciencia que
la humanidad está viviendo, y que es una oportunidad para todos los seres que
poblamos y formamos la infinita masa del todo de conectarnos y de crecer en una
misma dirección y movimiento: la consciencia, el amor y el crecimiento, volver
al origen, al uno, al todo.
Desde que tengo uso de razón, puedo conectar con
el mundo de los espíritus, que pertenece a otros planos de consciencia y que,
para mí, desde el principio, había sido algo tan normal como el respirar. Sin
embargo, esto cambió cuando, desde la inocencia del niño que era, me atreví a
transmitir los mensajes de mis «amigos invisibles» a una persona allegada a mi
círculo familiar. A esa persona le di un mensaje de su madre difunta y su
mirada de pánico me condenó a pensar que aquello que era tan normal para mí
debía de ser malo. Fue una de mis primeras experiencias en mi trabajo como
canal espiritual al servicio de la humanidad. Debía de ser el año 1982, yo
tendría siete años, y después de la escuela pasaba mucho tiempo en casa de una
tía mía a la que varias personas iban a tomar café por las tardes, para charlar
y pasar el rato. Aquella tarde —y a diferencia de otros días—, recuerdo que me
llamó la atención una «luz» que vi, así era como yo llamaba a lo que años
después aprendí que se denominaba aura. Era una luz oscura que se posaba
sobre la cabeza de una de las personas que había venido de visita a tomar café
y aquello me pareció tan raro que no dejaba de mirarla, hasta que la persona en
cuestión, de manera dulce y cariñosa me preguntó: «¿Qué pasa, Felipe? ¿Qué
maldad estarás tramando?».
Yo era un niño bastante desinquieto —como
decimos en Canarias—, bromista y bueno..., lo sigo siendo. Y en ese momento en
el que ella preguntaba, vi a una señora que la acompañaba y me decía: «Es mi
hija, está triste porque no sabe que la amo, que la acompaño; no deja de llorar
y se siente muy sola». La verdad es que yo desconocía la profundidad del
mensaje, pero me acerqué a aquella mujer y le dije al oído: «Tu mamá no quiere
que estés triste. Dice que te quiere mucho y que su medalla está guardada en un
cajón, en el mueble de la cocina de tu casa. No la encuentras porque no tienes
cabeza pensando que se perdió de manera irremediable. Y como no dejas de llorar
por ella, tu mamá quiere que la encuentres para que dejes de sufrir». No sé si
alcanzas a imaginar la cara de susto que se le puso a aquella mujer, pero desde
luego yo me quedé desconcertado al ver que salió de la casa despavorida,
corriendo y gritando, mientras algunos de los otros presentes me increpaban:
«¿Qué le has dicho? ¿Qué hiciste esta vez, Felipe?». Aquello para mí fue algo
traumático, aunque puede parecer gracioso desde la distancia.
Pero lo cierto es que unos días después, con una
gran sonrisa, la misma mujer lucía una medalla de oro en su pecho y se dirigió
hacia mí besándome y dándome las gracias. Luego me acorraló a solas, queriendo
que le dijera más cosas y acosándome con preguntas de cómo sabía yo todo
aquello que le dije, pero después de la reprimenda que había recibido no me
atrevía a abrir la boca y, es más, desde aquel día, una sensación de miedo y de
culpa recorría mi cuerpo.
Fue entonces cuando recibí la visita de un amigo
nuevo, Hamits, mi instructor para la vida material y espiritual. Todavía no lo
sabía, sin embargo, una gran alianza acababa de establecerse, aunque en ese
momento solo vi su imagen y él no medió palabra. Hasta mucho después no
establecí contacto con él por medio de otro espíritu que te presentaré un poco
más adelante, pero a partir de aquel hecho aparentemente problemático de mi
infancia, esa gran alianza acababa de comenzar. Durante los años anteriores,
veía y hablaba con muchos niños y adultos que aparecían, fuese yo adonde fuese,
ya fuera la escuela, el patio de recreo o simplemente mi propia casa. Adonde
quiera que fuera, siempre estaba acompañado, de día y de noche, pero sin saber
ni imaginar que las demás personas no los veían como yo. Había unos niños que
me seguían constantemente y no sabía por qué, ellos decían que eran mis
hermanos. Años después, en mi adolescencia, le pregunté a mi madre por qué veía
a cuatro niños que me decían que eran mis hermanos: ella se echó a llorar y me
confesó que había tenido cuatro pérdidas antes de nacer yo y que incluso yo
mismo estuve a punto de morir, que había nacido a los siete meses de embarazo
en el coche de mi padre de camino al hospital, y que, gracias a mi abuela
paterna, que asistió en el parto, había podido nacer. Lo que no estaba muy
claro por mi circunstancia de sietemesino y por el poco peso con el que nací
era si sobreviviría, según cuenta mi mamá, pero se dio el milagro, como ella
dice, y el milagro me permitió seguir en la vida.
Con el transcurso de los años, según iba creciendo
y como si de una novela por entregas se tratase, todo iba tomando sentido en lo
que respecta a mi capacidad de conexión con el mundo espiritual. Si bien al
principio mis miedos comenzaron a crecer, a medida que era consciente en mi
niñez de lo que me diferenciaba de la gran mayoría de las personas por las
facultades con las que había nacido, esto fue aliviándose sorprendentemente por
una serie de eventos que estaban a punto de acontecer.
Un buen día estaba jugando fuera de la casa de mi
abuela paterna cuando escuché un llanto de dolor que provenía del interior. Mi
madre salió rápidamente en mi búsqueda y en la de mis hermanas, y nos llevó a
casa. Nadie nos explicaba qué había sucedido, no obstante, se notaba en el
ambiente el nerviosismo que los adultos transmitían. Unas semanas después
recibí una visita de mi abuelo. Yo todavía no concebía la muerte, pero, a pesar
de ello, me pareció que mi abuelo estaba diferente, se parecía más a «mis
amigos» que a los que me rodeaban físicamente. Él se me acercó y dijo: «¡Hola
pequeño! Vengo a decirte que partir de ahora estaré más a tu lado que nunca».
Recuerdo perfectamente sus palabras y creo que las recordaré siempre, ya que
nunca había sentido tanto amor, a la par que desconcierto. En ese momento, a
diferencia de la gran mayoría, concebí la muerte como algo que no podía ser
malo, ya que en ese instante apareció también mi ángel, un ser de luz con el
que crecí guiado por la Voz, como yo la llamaba, porque muchas veces, aunque no
la viese, estaba presente, y cuando yo hacía algo que no quería que nadie
supiese, su voz se dirigía a mí, cuidándome, guiándome y contestándome a todas
las preguntas que mis mayores no sabían, no podían o no querían responder.
Hasta donde yo recuerdo, antes de presentarse con
una forma física, me hablaba —ahora creo que fue para no causarme una fuerte
impresión, ya que la primera vez que la visualicé no sé si lo consiguió—. Era
una mujer rubia, bellísima, con una estrella dorada dibujada en su frente, unos
rizos dorados y unos ojos azules como el cielo. Era y es mi ángel, que desde
niño se hace presente en momentos especiales para darme mensajes que atañen a
mi vida personal. Ella apareció explicándome que el tiempo de mi abuelo se
había acabado en la Tierra, pero que no debía preocuparme, porque siempre iba a
poder estar cerca de él cada vez que yo quisiera. Me dijo que él iba a hacer un
largo viaje y que ella lo ayudaría, junto a otros familiares que también habían
ido de viaje, que vendrían a guiarlo y a enseñarle a VIVIR en otro lugar, y que
yo no debía estar triste, porque era un lugar muy bonito.
Lo cierto es que mi abuelo, mi abuelito, me dijo
que me amaba profundamente. Nunca había escuchado esa expresión y lo que sentí
cuando se acercó a mí, como traspasándome, me generó algo que aún hoy no puedo
explicar con palabras, que me llenó de una energía que solo se parece a la
alegría y que hizo desaparecer el histerismo que mis familiares producían ante
la tragedia de la pérdida de un ser querido. Como de costumbre, me metí en mi
mundo nuevamente de manera cómoda. Al día siguiente, mis padres utilizaron sus
metáforas para comunicarnos la muerte de mi abuelito; a mí me sorprendía la
manera en la que me informaban del suceso, con tanto dolor y, verdaderamente
sin saberlo, decidí quedarme con mi experiencia, ya que a diferencia de ellos
yo escuchaba a mi ángel y a mi abuelo desde el otro lado generándome
tranquilidad. La comunicación era cada vez más fluida y, a medida que mi abuelo
paterno iba aceptando su nuevo estado, más fácil era para los dos comunicarnos.
Me advertía cuando estaba jugando en lugar de estudiar y mis padres se
acercaban a mi cuarto, o me decía todo lo contrario cuando me reprendían por
cualquier cosa que los niños hacemos y que los adultos con total rigidez
critican, al olvidar que se trata de niños. Después he comprendido que mi
abuelo, lejos de maleducarme, simplemente trató —y consiguió, desde otra
consciencia— que no me contagiase de las limitaciones de una educación tan
rígida como innecesaria y fomentada por el miedo que nos contamina a los seres
humanos a lo largo de nuestra vida. Así que ¡bien por ti, abuelo, mil gracias
de nuevo!
En una ocasión, antes de salir de casa para ir a
la escuela, mi abuelo apareció y me dijo que me iba a acompañar y que debía
hacer todo lo que él me dijera, que era muy importante. Yo le pregunté por qué.
«No tiene importancia —me dijo—, solo quiero que me hagas caso a lo que te
digo.» Yo asentí con la cabeza, aunque lo cierto es que me pidió que, en lugar
de tomar el camino de siempre, fuera por otro. ¿Qué crees que hice? Fui por el
camino de siempre —sigo siendo un poco cabezota en la actualidad—. Mi abuelo
parecía estar un poco enojado, ya que el sonido de su voz era más fuerte que de
costumbre, pero yo hice como que no iba conmigo y pasé por la puerta de un
viejo hotel que estaba en la misma calle donde yo vivía, al que le estaban
haciendo una gran reforma.
Cuando pasé esa puerta y seguí caminando, mi
abuelo vociferó de una manera que creó tal rechazo en mí que me aparté como
unos veinte centímetros hacia la derecha. En aquel mismo momento cayó una
ventana del piso más alto que, literalmente, aseguro que pasó a ras de mi
hombro sin cortarme ni dañarme gracias a aquel gesto de mi abuelo, pues de lo
contrario me habría reunido con él antes de tiempo. Fue otra experiencia que
nunca olvidaré, ni yo ni las personas que me socorrieron, tras el susto casi de
muerte que nos llevamos los que por allí pasábamos en aquel momento. Unos
minutos más tarde, después de recobrar la conciencia, salí corriendo como alma
que lleva el diablo, huyendo por miedo de que alguno de aquellos mayores
conociese a mis padres y estos me reprendiesen o, peor aún, me castigasen. A mi
entender, hui dejando a mi abuelo como único testigo directo cercano a mis
papás, a quienes mi abuelo no podía decírselo.
En otra ocasión, mis guías me salvaron de ser
atropellado. Mis padres, como a todos los niños, me enseñaron a cruzar con el
semáforo en verde para peatones. Sin embargo, en una ocasión mi abuelo me
motivó a cruzar en rojo. Aquella sensación de peligrosidad, de desafiar las
reglas, me hizo hacerlo, eso sí, bajo la firme promesa de que no lo haría nunca
más. Y lo hice. Minutos después, una señora era atropellada al cruzar en verde
cuando un conductor borracho se saltaba el semáforo. Las Palmas de Gran Canaria
es una ciudad pequeña y segura, en aquel tiempo mucho más aún, y mis padres me
permitían moverme en un rango amplio de manzanas libremente y, además, como
según mi padre yo era raro, le gustaba que estuviera en la calle para ver si
hacía amigos. Lo que no sabía, ni hubiese podido comprender, es que nunca
estuve más y mejor acompañado que en mi niñez. Quizá te sorprendas o te
parezcan historias fantásticas las que aquí cuento, pero te aseguro que todo
esto es tan real como la vida misma. Te iré relatando mis recuerdos y
experiencias página a página y seguro que quizá, aunque no seas tan consciente,
reconocerás que en muchos momentos de tu vida tu intuición te ha guiado o te ha
librado de hechos afortunados o desafortunados y que, sin saber por qué, has
podido experimentar.
A medida que iban desarrollándose mis facultades
de conexión, muchos otros seres venían con los guías espirituales. Se me
presentaban algunos buscando ayuda y, a través de los maestros que me
acompañaban y con la asistencia de mis guías, podía conducirlos a otro plano,
pues muchos estaban perdidos después de haber partido y no encontraban el
camino, ya fuera por haber muerto por causas accidentales, ya fuera por haber
dejado cosas inconclusas o, simplemente, porque se agarraban a una memoria
antigua al estar apegados a su existencia mortal.
Otros seres fueron cada vez más frecuentes en mi
edad adolescente, y aumentaron mis inquietudes de aprender y de acercarme cada
vez más a una vida de carácter espiritual. Mientras más profundizaba en las
experiencias que aquí relataré, más miedos iban aflorando en mí, tanto en
relación con el mundo físico o cotidiano como con el desarrollo y el contacto con
los otros planos de consciencia. Quiero hacer hincapié en estos miedos, ya que
creo que ahora mismo muchas personas, sobre todo niños y jóvenes, pueden estar
pasando por los mismos miedos por los que yo pasé, y me gustaría contribuir de
manera activa a disiparlos con este libro. Y es que, aunque mis guías
espirituales me acompañaron en todo momento, me faltaba el feedback de
alguien físico que me tranquilizase y me pudiera dar la claridad de que las
realidades a las que estaba expuesto no eran una locura ni un problema mental,
tal como otros al igual que yo tuvieron que creer, por no tener una explicación
sobre lo que estaban viviendo.
Corría el año 1988. Yo tenía trece años cuando
comenzó a aparecer en mis sueños Amanda, una hermosa mujer con rasgos de zíngara
que, de manera espiritual, fue una de mis instructoras del conocimiento sagrado
de los oráculos. La primera vez que contacté con ella fue a través de un sueño
extrañísimo. Oí, antes de dormirme, la voz de una mujer que decía mi nombre.
Podía escucharla con toda claridad: «Felipe, soy Amanda». No estaba muy
familiarizado con los viajes astrales o, por lo menos, no sabía que se llamasen
así. La verdad es que cada vez que viajaba astralmente de manera consciente
para mí era un drama, y lo cierto es que esa noche volvió a suceder. Sentí en
el duermevela algo que tiraba de mí con mucha fuerza, como si algo me aspirase
y ella dulcemente me decía: «Ven, no tengas miedo, confía». Quise controlar
aquella experiencia en vano, así que me dejé llevar. Así pues, me transporté a
otra dimensión en la que mi cuerpo astral se proyectó a una especie de bosque
en el que me esperaba una hermosa gitana de bellos ojos grisáceos, una tez
blanquecina, manos finas y piel suave, vestida con ropajes antiguos en muchos
tonos diferentes, rojos, morados y verdes, y unos preciosos pañuelos que
parecían estar bordados con hilos de oro y la plata más fina que puedas
imaginar. Me recibió con una especie de baile de bienvenida y acto seguido me
condujo a un carruaje donde me invitó a tomar asiento y me explicó: «Soy
Amanda, tu instructora, tu familia. Mi linaje se remonta a tiempos antiguos,
tan antiguos cronológicamente que la historia de la humanidad no recuerda. He
elegido esta forma de representación para ti». Puedes imaginarte cuántas
preguntas pasaban por mi cabeza. Es más, una parte de mí solo decía: «Esto es
un sueño, solo un sueño». Para mi sorpresa, me dijo: «No es un sueño. Lo cierto
es que quizá este lado es más real que el sueño en el que la humanidad está
sumida y del que tú ya comienzas a despertar».
En aquel momento no entendí nada, la verdad, pero
a medida que avancé en edad y experiencia, supe que aquello, más que una
premonición, era una realidad. Amanda continuó hablándome: «Seré la que te
recuerde todo lo que has aprendido a lo largo de tus existencias». Yo, como si
me hablasen en chino, ignoraba a qué se refería. Y luego me pidió: «Dame tus
manos». Con aquella mirada hipnótica parecía que nada se le podía negar a
aquella enigmática mujer, así que, ni corto ni perezoso, le di las manos. En
aquel encuentro, me explicó y me enseñó el arte de la quiromancia y en otros
posteriores me enseñó a leer el tarot, a hablar con los cristales, con la
naturaleza, a obtener visiones a través de un vaso de agua, etcétera. A lo
largo del día, yo deseaba que el reloj avanzase rápidamente para que llegara la
noche; mi afición por aquellos encuentros me entrenó para provocar
conscientemente los viajes astrales, tanto para salir como para aterrizar en mi
cuerpo nuevamente. No sé si a ti te ha pasado alguna vez que te has despertado
con la sensación de que te caes de la cama o, literalmente, cayéndote de la
cama, porque a mí me pasaba a menudo, hasta que controlé los viajes astrales.
Así que aquella fue una época bellísima y muy fructífera para mí y también para
muchas personas que han podido disfrutar de la ayuda del conocimiento que se me
dio en aquel momento y que puse al servicio de los demás a partir de ahí. Cada
uno de aquellos encuentros era para mí un regalo. No fueron muchos, duraron toda
la primavera y un buen día, después de un encuentro, supe que se acababa
aquella maravillosa conexión.
En el último encuentro con Amanda, ella me recibió
en otro lugar diferente, nunca visitado por mí hasta aquel momento. Me llevó a
las puertas de un lugar de luz. Seguían intactos tanto mi asombro como mi
ilusión por todo aquello que yo denominaba «mi mundo» y no importaba si era
real o no para las personas que me rodeaban. Amanda no me dejó entrever aquella
despedida hasta que vi llegar a otro ser, un hombre con un atuendo a modo de
sotana con capucha, alto y muy parco en palabras, que llegó a nuestro
encuentro: era Hamits, que me recibió y, con una reverencia, se despidió de
Amanda. La escena me recordó lo traumático de la primera vez que mi abuela me había
llevado al jardín de infancia. Al despedirse de mí, Amanda me dijo: «Hasta aquí
llega mi acompañamiento. Recuerda, estás a punto de conocer la ciudad del
conocimiento, a la que muy pocos pueden cruzar, así que atiende a tu nuevo
maestro, no hagas preguntas, solo aprende. Siempre, siempre, estaré en conexión
contigo. Estamos unidos para toda la eternidad». Y repitió mientras se
desvanecía: «Hamits es tu NUEVO MAESTRO, ¡ESCÚCHALO, APRENDE!, él es ahora tu
mentor», y desapareció.
No recibí ni una palabra de aquel nuevo ser, me
pareció frío, ya que contemplaba con total seriedad e impasibilidad mi
desconsuelo. En aquel momento, sentí que algo tiraba de mí nuevamente con mucha
fuerza: era la voz de mi madre llamándome, ya que mi sueño profundo no me
permitía atender a la insistente llamada de mi despertador, así que me quedé
con la incertidumbre a lo largo del día de qué iba a pasar cuando llegara la
hora de dormir.
No pasó nada de nada hasta un par de semanas
después, cuando ya casi me había olvidado de aquello e incluso tenía la
esperanza de que todo lo que había vivido, incluida Amanda, era una fantasía. A
pesar de esto, yo había puesto en práctica lo que ella me enseñó con «mis
amigos», y con tanto éxito que las personas a las que les había leído las cartas,
o a quienes había hecho una lectura de su firma, me buscaban sorprendidas
diciéndome que todo lo que les había mencionado se había cumplido. Hasta María
José, una de mis grandes amigas, me propuso el negocio de hacer lecturas a sus
compañeros de instituto, pues me había traído la firma de varios de ellos y yo
les había acertado en todo, lo cual me desconcertaba aún más.
Una tarde calurosa, como de costumbre en Canarias,
estaba paseando cuando vi a Hamits a mi lado y lo escuché dentro de mi cabeza.
De manera muy seria me dijo: «Hoy es el día», y desapareció. Yo estaba solo en
casa, nervioso, ya que mis padres se encontraban de viaje y mis hermanas
pasaban la noche una en su casa con su marido y la otra en casa de mis primas.
Invité a todas mis amistades a dormir en mi casa, porque tengo que confesar que
aquel ser me daba miedo, pero nadie acudió a la invitación, así que después de
mis clases en el instituto me fui a casa y esperé. Allí apareció. Yo estaba en
el salón, se me acercó e hizo amago como de tocar mi cabeza y caí de lleno en
el sofá.
Cuando desperté, aparecí en un lugar en el que
atravesé una puerta diminuta. Vi perfectamente una sala llena de silencio y
percibí una serie de signos, como una especie de contenedores de información en
constante movimiento. Hamits se comunicaba mentalmente conmigo: «Estamos en los
archivos akásicos». Yo no tenía ni idea de lo que me decía. Aquel ser, muy
serio, me enseñó a leer los signos: «Esto que vas a aprender te permitirá saber
todo lo que necesitarás a lo largo de tu vida para ayudar a quien tengas que
hacerlo. Yo estaré supervisando cada paso que des. Desde el principio de la
creación, todo está aquí. No hay pasado, no hay presente, no hay futuro, aquí
está todo escrito y podrás leer cada signo en la medida que se te permita y
aprenderás muchas nuevas cosas que habilitarán el desarrollo de tus facultades.
Nos comunicaremos mentalmente, da igual donde estés. Ya es el momento y estás
preparado». En ese instante, él puso sus manos en mi cabeza. Mi cuerpo astral
comenzó a flotar y a girar, mientras parecía que Hamits operaba mi cabeza. No
sé lo que hacía, pero algo estaba cambiando en mí. «Te enseñaré a hacer nuevas
cosas», me dijo, y salí de aquel lugar. Durante los meses sucesivos aprendí a
conectar con la mente de otras personas, a leerla, a desarrollar una capacidad
empática de conexión con las emociones de otros y a manipular la energía,
prácticas que efectúo en la actualidad en mi trabajo, conectando con la mente
de otras personas y realizando cambios de creencias en su cuerpo emocional y
vibratorio... Pero esto lo explicaré más adelante.
Hamits me abrió la puerta a la información y me
aleccionó de que esto tendría consecuencias terribles para mí en el día a día,
ya que no solo veía a los seres y difuntos que estaban perdidos y a los que he
podido ayudar a pasar al otro lado, sino que ahora, además, conectaba con la
mente y las emociones de otras personas. Hasta que no aprendí a gestionar mis
facultades, como comentaré más adelante, para mí fue un verdadero infierno. Mis
maestros no me dijeron hasta más tarde que el uso y desarrollo de las
facultades eran mi trabajo, y hasta que lo entendí así, sufrí muchísimo, hasta
el punto de que el pensamiento de quitarme la vida fue una constante. Mi amor y
mi fe en Dios, la ayuda de los guías y, en definitiva, la mente colectiva —el
todo— me frenaron.
El encuentro con Hamits sucedió, como comenté, en
el verano del año 1990. Yo ya había hecho una incursión en realizar vaticinios
y poner en contacto a algunas personas con sus guías espirituales de forma
aficionada y, a medida que iba acertando, más miedo me daba. Cada vez venían
más seres a hablar conmigo. Si iba a un restaurante o a un centro comercial,
muchos seres llamaban mi atención para que hablase con sus familiares; además,
escuchaba la mente de las personas y me impregnaba de sus emociones, lo que me
llevó a rodearme de la menor cantidad de personas posible. Si a esto le
añadimos que vivía mi etapa de adolescencia, te puedes imaginar cómo fue. Tenía
tanto miedo que rezaba para ser normal, lo recuerdo perfectamente, quería ser
normal, hablaba con muy poca gente sobre esto y pedía que alguien físico
apareciese y me dijera que no estaba loco, que yo era normal y que todo esto
pasaría y —aunque siempre he amado a los seres—, los obviaba y trataba de hacer
lo contrario a lo que me decían, para ver si me abandonaban de una vez, pero
seguían llegando, y no solo llegaron mis amados y luminosos guías, sino otros
no tan luminosos.
Aún no lo sabía, pero con mi miedo y mi rabia yo
mismo había abierto la caja de Pandora. Ahora lo veo claro, mis guías habían
tratado de protegerme todo lo posible, creando una atmósfera de amor, y
enseñándome y dándome conocimientos que yo podía comprender. Sin embargo, los
acontecimientos que me hicieron dejar de creer en mí y de ver normal mi
facultad engendraron un campo de energía negativa, denominada miedo, que
me convertía, como al resto de la población, en una fuente de alimentación
energética para los seres de baja frecuencia vibratoria, quienes, en lugar de
crecer, se quedan detenidos a nivel evolutivo y vampirizan a otros seres
espirituales. Te recuerdo que nuestra experiencia física también es una
experiencia espiritual, y esto nos convierte en seres espirituales, así que
algunos «chupópteros» comenzaron a alimentarse de mí, transmitiéndome miedos
que se traducían en pensamientos negativos y, a su vez, esto me hacía
desconfiar de mis guías, ya que no comprendía por qué no me protegían. Hasta
años después no entendí que siempre estuvieron ahí para ayudarme a avanzar,
controlar y gestionar mi cuerpo mental, emocional y energético, y así poder
ayudar a otros. Pero este conocimiento no llegaría hasta más tarde y en aquel
momento su falta me hizo sufrir, y creer que yo era tan raro que no merecía ni
vivir ni estar acompañado ni mucho menos ser merecedor de amor, así que, si
mezclas todo esto, puedes imaginar qué podía pasar.
Comencé a experimentar estados tan depresivos que
tuve que pedir ayuda al médico de mi familia, don Gonzalo, aquel señor tan
bueno que me aseguró que me iba a recuperar de aquello. Afortunadamente, lo
superé siguiendo las indicaciones de don Gonzalo: caminar, pasear, ir a la
playa, en definitiva, salir de la cárcel donde me obligué a vivir, además de un
pequeño tratamiento vitamínico que me recomendó. Yo soñaba con que este
tratamiento dejara atrás mi depresión y también mi conexión y, como pude
experimentar, esto no fue así. ¡Adiós a la depresión!, pero ¡hola a la
conexión! Solo tenía quince años, un montón de gente alrededor que nadie veía
sino yo, y mucha información que no sabía ni para qué servía ni por qué la
recibía.
Un buen día, soñé con una casa que ya no
recordaba, pero que cuando era niño visitaba en mi bicicleta, una casa que
siempre tenía la puerta abierta y que estaba a unas manzanas de la mía. Allí
vivía María Cristina Cruz González, una espiritista que practicaba la santería
y que años después me ayudó y me hizo crecer amando lo que soy, como Dios me
creó. Estuve dando vueltas a la manzana horas y horas y no me decidía a entrar
hasta que me armé de valor y toqué a la puerta. Entré, ya que no escuchaba
nada, y allí estaba ella, sentada en la sala de su consulta, con una gran
imagen de santa Bárbara, bellísimamente decorada, otra de la Virgen de Regla y
otra de la Caridad del Cobre. Ahora que lo pienso, aquella casa era un
santuario, un lugar singular y sagrado, y tengo que confesar que todo aquello
provocó un ruido en mi cabeza. Allí estaba, en fin, aquella mujer mayor con un
aspecto bastante estrafalario, vestida como una típica muñeca cubana de las que
uno puede comprar en la tienda de souvenirs del aeropuerto, desenfadada,
amable y cariñosa, que me miró mientras yo avanzaba cautelosamente y
sonriéndome, me dijo: «Por fin has llegado, hermano, te esperaba, mira que te
ha costado decidirte. ¡Ay, santa Bárbara bendita! —exclamó—. ¡A quién me traes
aquí, ¡qué ser, qué luz, qué belleza!».
«¿Sabes quién eres? —me dijo—. ¿Tú sabes quién
eres, amor? —me preguntó con fuerza.» Y yo, como si fuera tonto y mudo. Me
repitió: «¿Sabes quién eres?». Tímidamente le respondí: «Sí, Felipe». Ella se
rio, soltó una carcajada y añadió: «Bendito sea Dios, ¿te manda y no te ha
dicho quién eres?». Yo volví a decirle: «¡Soy Felipe!», y después de otra
sonora carcajada, me dijo: «No, hermano, tú eres un ser puro. Vienes a ayudar.
Eres especial y dicen los maestros que no quieres serlo ¡Ay, Señor! ¿Qué voy a
hacer contigo?». Yo le dije: «Disculpe, creo que me he equivocado. Me voy». Y
salí corriendo, pensando que estaba loca. Hasta años después, no volví a su
casa.
Esa misma noche, sin embargo, tuve un sueño con
ella. Se me apareció en sueños y me dijo: «Hermano, aquí estoy, mira que eres
cabezota, me has obligado a transportarme, pero aquí estoy. No te preocupes,
tienes que aprender a clasificar y a elegir para quién trabajas, para el
Creador, confiando en Él y haciendo todo para lo que Él te mandó. O, si no,
alimentarás a esos seres oscuros con tu dolor y tu miedo. No vengo sola, traigo
a un amigo que se llama como tú, el negro, el negro Felipe». Y vi una presencia.
«Él te ayudará y te guiará hasta que te definas. Tus maestros me han dado
permiso.» En ese momento me desperté. Lo cierto es que no me gustó mucho aquel
sueño. Pensé que me estaba volviendo loco. Unos días más tarde apareció un
sobre escrito a mano: «Es para Felipe», ponía. No tenía sello y dentro había
una estampa con una oración para el negro Felipe, un ser de luz al que los
espiritistas en Venezuela y parte del mundo invocan para recibir ayuda en el
desarrollo espiritual, y que, a partir de entonces, veía sonriéndome y
advirtiéndome de hechos futuros que se cumplieron, uno tras otro. Aun con todo
esto y más, yo seguía teniendo miedo y sintiendo rechazo de mí mismo. Era un
adolescente, sí, pero no tenía ninguna inquietud que correspondiera a mi edad.
Me acerqué a varias formas de concebir a Dios, fui a iglesias católicas,
evangelistas, etcétera, pero seguía sin respuestas y quizá con mayor confusión.
Hablé incluso con un cura que me dijo algo así como que el demonio influía en
mí, de manera que mi miedo fue tan fuerte que hacia 1991 comenzaron a darse
fenómenos poltergeist allá por donde yo pasaba, ya fuera en casa o en la
de unos amigos. Para ellos esto era algo muy cool, pero yo no dejaba de
preocuparme, hasta que un día Hamits, mi guía principal, reapareció... Y
finalizó el caos.
Hamits reapareció, repito, y me dijo: «Busca un
lugar tranquilo». Así que me fui a la playa. Eran las siete de la tarde del mes
de agosto y me dieron las tres de la madrugada, lo recuerdo perfectamente.
Hamits iba conmigo y comenzó a transmitirme lo siguiente:
—Felipe, es importante que aprendas esto. Has
nacido con un regalo, una cualidad mediúmnica.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
—Como ya sabes, a diferencia de la gran mayoría,
puedes vernos tanto a mí como a otros seres de luz y a los difuntos y guías de
otras personas.
—Sí, pero yo no quiero verlos, Hamits.
Me llamó la atención y añadió:
—Escucha, has vivido muchas vidas, has sido muchos
personajes, y desde que tu alma eligió venir una y otra vez a ayudar, has hecho
esto... Ahora te ha tocado ser Felipe. Quizá no lo comprendas, pero te aseguro
que todo va a cambiar después de esta conversación, así que escucha: en la
Tierra, la espiritualidad se vive a través de la materia, por lo que conocerás
a muchas personas y disciplinas espirituales en las que verás que Dios reside.
—Pero ¿qué quieres decir? —le inquirí.
—La humanidad se acerca a un gran cambio y tú
ayudarás, como otros, a ponernos en conexión a diferentes seres que moramos en
otros planos con los que residen en tu plano. Eso es un médium, alguien que
accede a diferentes planos de consciencia y conecta con las diferentes
frecuencias vibratorias. No espero que entiendas todo esto ahora, pero lo irás
entendiendo.
—¿Así que yo soy un médium?
—Sí, lo eres; por eso puedes vernos. Es hora de
que dejes de martirizarte y de querer dejar de ser lo que eres.
—Pero ¿por qué? Yo no lo he elegido.
—Sí lo has elegido, lo que pasa es que no lo
recuerdas. Ya te he dicho que esa es tu naturaleza y para lo que Dios te ha
creado.
—¿Así que hay más?
—Sí, claro que sí —me respondió.
Aquello me tranquilizó.
—¿Los podré conocer? —volví a preguntar.
—Sí, en su momento, sí, pero ahora entiende esto:
estás vibrando en una frecuencia de miedo y eso atrae la oscuridad.
—¿Y por qué no me defiende Dios?
—Debes entender esto: Dios es todo, una polaridad
positiva y una polaridad negativa en diferentes planos o mundos. Para que lo
entiendas, la manifestación se representa de manera diferente y la diferencia
la marcarás tú al decidir desde dónde decides vibrar.
—Pero ¿por qué no mata Dios a los malos?
—Eso es lo que quiero que entiendas. —Hamits se
sonrió—. No existe nada malo ni bueno en Dios, ni para Dios existen la
experiencia creativa ni la tóxica. En la Tierra existen memorias tanto amorosas
como discordantes, y eso hace que diferentes energías que vibran en la
toxicidad no crezcan y se alimenten de experiencias como el miedo, el dolor, la
rabia, etcétera. Y estos seres creen que pueden vivir al margen de Dios, por
eso es importante que dejes de tener miedo. Es importante que confíes y que
aceptes tu trabajo. Muchos seres humanos no saben esto, ya no conocen a Dios y
se alejan del amor, así que es importante que comprendas esto para poder ayudar
a otros a entenderlo también ellos, pero para eso, primero tienes que
entenderlo tú. Quiero que sepas que, si dejas de tener miedo, dejarás de
alimentar a esos seres de baja frecuencia. Esto te llevará al amor hacia ti
mismo, y hacia la humanidad.
La verdad es que no entendía mucho, pero su
mensaje comenzó a tranquilizarme, mientras me daba más mensajes e imágenes de
mi futuro y del futuro de la humanidad. Respecto a mí, me mostró compartiendo
el conocimiento del espíritu en cursos, sesiones, conferencias..., y él estaba
conmigo guiándome en esas visiones cuando del año 1996 al 2025 habría un cambio
de elevación de la vibración en este planeta, como comentaré en próximos
capítulos.
La realidad es que todo lo que me transmitió
Hamits en aquel momento me tranquilizó y me ha ayudado a ir aceptándome poco a
poco, a vencer mi miedo a la par que vivo mi experiencia humana con amor. Él me
avisó que conectaría tanto con almas que vibran en alta frecuencia y que me
guiarían, como con almas que vibraban en bajas frecuencias a nivel evolutivo y
que me confundirían, de ambas naturalezas, vivos y no vivos, seres espirituales
encarnados y desencarnados.
Así que me preparé y, dos semanas después —como me
había pronosticado Hamits— me encontré a alguien con el que comencé a trabajar,
realizando sesiones mediúmnicas, poniendo en contacto a muchas personas con sus
guías espirituales. Acababa de cumplir dieciséis años y, por motivos
personales, vivía fuera de la casa familiar. Me había instalado en el
apartamento de una amiga, donde comencé a hacer sesiones. Casi sin buscarlo, todo
se armó, como me dijo mi guía, y en un abrir y cerrar de ojos un montón de
personas llegaban a mí buscando información. Esto me ponía muy nervioso y tenía
mucho miedo de equivocarme, pero allí estaban siempre Hamits, el negro Felipe,
mis abuelos Manuel y Lola, y los guías de las personas que venían a visitarme.
Mis idas y venidas a los archivos akásicos eran cada vez más frecuentes, hasta
que un día, en un viaje astral en el que me acompañaba Hamits, llegué a una
sala en la que un enorme cristal de luz se iluminó y en donde veinticuatro
asientos dispuestos en forma de círculo, alrededor del cristal, tomaron forma.
Acto seguido, veinticuatro ancianos vestidos con túnicas me dieron audiencia,
tras la invitación de mi mentor.
«Ve hasta el centro, a partir de aquí no te puedo
acompañar», habló dentro de mi mente, y así lo hice. «Bienvenido —dijo el
principal maestro—, te esperábamos.» Sentí una transformación en mi cuerpo de
luz, me convertí en un anciano. «Toma asiento», me dijeron. Dentro de aquel
cristal había una especie de silla en la que me senté. Cuando lo hice, todo
comenzó a girar vertiginosamente, vi cómo el paso del tiempo, las estaciones,
un aluvión de información y de universos paralelos me atravesaban. «Ahora
ocupas tu lugar, así que ya tienes la puerta de entrada.»
Aquel encuentro marcó mi vida. Entendí por qué,
desde el día en el que tengo consciencia, no me sentía en mi sitio y por qué
siempre me embargaba una sensación de sufrimiento por no estar en mi lugar. Sin
embargo, toda la información que experimenté recibir allí se desvaneció al
despertarme. Solo recuerdo sus últimas palabras: «Vive tu personaje ahora en la
Tierra y toma la transmisión de los archivos. En la medida en que estos quieran
desvelar la información, dásela al mundo, y recuerda que muchos de nosotros nos
volveremos a encontrar en el plano Tierra. Te perderás una y otra vez olvidando
quién eres —y ya lo creo que lo hice—, y cuando llegue el momento, serás
simplemente un canal de información que contribuirá al cambio de consciencia.
Vive la experiencia humana. Esta vez aprenderás de las emociones, de los
éxitos, de los fracasos, de las pérdidas y de todo lo que ese maravilloso mundo
te dará: la oportunidad de experimentar. Pero es importante que recuerdes que
ahí nada y todo es real. Volverás al Consejo. Ahora somos seis los que vibramos
en el plano Tierra, pero antes del cambio los veinticuatro seremos uno en la
Tierra».
Años más tarde, y gracias a las enseñanzas de
Hamits, entendí aquello. Lo recuerdo como un vago sueño y hoy lo puedo
comunicar canalizando a Hamits, ya que toda esa información la desvelo a través
de estas líneas y de los próximos capítulos, tal como ellos me guían. Sé que
nos ayudará a todos a conectar con nuestro cuerpo de luz, dejando atrás las
memorias inherentes al personaje que vivimos. Quizá no entiendas en este
momento esta parte de la narración, pero a medida que avances en la lectura se
resolverán muchas de las preguntas que todos nos hemos hecho a lo largo de
nuestra existencia y que he podido canalizar a través de los maestros, o que he
podido traducir en los archivos akásicos.
Ahí comenzó mi camino de transmisión del mensaje
del Espíritu del Todo. Ciertamente, tendemos a creer que somos seres terrenales
que tratan de alcanzar la iluminación a través de la espiritualidad, cuando
según los maestros somos seres espirituales experimentando una realidad
material, y esto nos lo permite nuestra condición de iluminados. Cuando escuché
esta idea a Hamits por primera vez, me alivió mucho saber que no había nada que
hacer para iluminarse, pues ya lo estamos, y entendí perfectamente eso de que
nuestra alma elige proyectarse en una «realidad material» olvidando todo lo que
somos, olvidando la fuente con el único propósito de experimentarse una y otra
vez y de SER. Como si de una obra de teatro se tratase, los actores estudian un
guion para representar una obra perfectamente escrita para ellos y se mimetizan
con el personaje, a veces cómico, a veces dramático, etcétera, pero al final de
cada función regresan a ser quienes son realmente. El desafío es ese,
identificar que somos actores con ese fantástico guion escrito única y
exclusivamente para cada uno de nosotros, sin adueñarse del drama ni de la
comedia, simplemente representando el papel de la manera más genial posible.
Como todo actor, uno hace uso de sus dones y cualidades para alcanzar la mayor
plenitud y potencialidad de su representación. El problema quizá es que
olvidamos el guion cuando queremos ser dirigidos por nuestro ego, nuestro miedo
escénico o simplemente por el pánico a la crítica ajena, y entonces convertimos
la función en una realidad pesada, sin escapatoria, en la que, aunque tengas el
mejor director, escenario o público, no realizas tu verdadero trabajo, y esto
te aboca a ir a miles de castings buscando las oportunidades con las que
naciste y para lo que viniste, y te hace representar obras que no se asemejan
al personaje inicial y que, en consecuencia, al no recordar la oportunidad de
SER en tu propia obra el personaje adecuado, tu alma decide representar una y
otra obra, consecutivamente, hasta volver a la conciencia inicial.
Y de eso trata este libro, de ayudarte a recordar
que eres libre, que esto es solo un instante, que Dios —o sea, tú mismo— te
permite experimentar por el placer de hacerlo, que no hay más sentido, pero sí
hay una responsabilidad, y esta no es otra que entender que somos un todo
perfectamente engranado en la decisión de la experimentación con consciencia, y
que esta se adquiere tras una experiencia que debe ser unificada y no dual.
La experiencia dual es la que nutre el ego que nos
hace creer que esto o aquello es real o irreal según nuestra consciencia,
nutriéndonos de miedo y de esas fantasías que generan baja frecuencia con las
que nos impregnamos en la Tierra, separándonos del todo y creyendo que la vida,
tal como la hemos creado, con dolor, sufrimiento, gozo o éxito, es real. Y
hasta cierto punto lo es, en la medida en que tú lo creas.
Llegados a este punto, te invito simplemente a que
vayas sacando tus propias conclusiones a medida que profundices en las
historias que te contaré en las siguientes páginas, vividas y escritas a partir
de estos veintinueve años de trabajo alrededor del mundo, con los que he tenido
y sigo teniendo el privilegio de aprender de los «vivos» y de los «muertos».
Estas historias que estás a punto de leer son solo
algunas de entre las miles, que he tenido al comunicarme con los guías de
personas que conocí y que he atendido en sesiones privadas, talleres de
formación o readings —conferencias en las que he participado—, y si las
he seleccionado es porque dejaron una honda huella en mí, ya sea por lo
increíble del evento en sí, o por el mensaje o enseñanza recibido. No hay un
orden cronológico, como verás, pues las transcribo tal cual me las va
recordando y transmitiendo mi guía.
Deseo que la información que comparto en ellas te
ayude a avanzar en tu representación teatral personal, disfrutando de éxitos y
logros, de dramas y comedias, que preparen tu vuelta a casa.
II. Los mensajes del mundo espiritual
Sesión 1
MORÍ
COMO VIVÍ
En 1993, después de haber participado en un congreso de ciencias ocultas al
que fui invitado para realizar sesiones, me di cuenta de que lo que me había
mostrado Hamits años atrás era el principio de una trayectoria que, hasta el
día de hoy, recorro siendo un puente más de comunicación entre este y el otro
lado, el mundo espiritual.
En ese contexto, pude experimentar la libertad o, más exactamente, la
liberación de culpas, de miedos, de apegos y de un sinfín de emociones
asociadas al dolor que cientos de personas experimentaron al vivir una sesión
de reencuentro con sus seres queridos que habían fallecido, y sentí que era el
momento de aceptar la invitación que la vida y el espíritu me hacían.
Alquilé un pequeño apartamento donde empecé a realizar «sesiones de
encuentro con el espíritu», como me gusta llamarlas, que he desarrollado a lo
largo de casi tres décadas. En estas sesiones he aprendido mucho de los guías,
que es como denomino a los espíritus que nos acompañan a lo largo de nuestro
paso por la Tierra. No sé si, como la gran mayoría, te haces estas preguntas:
¿quiénes son estos guías? ¿Y por qué y de qué nos protegen? ¿Para qué nos
guían? Deseo que todos los interrogantes reciban respuesta y aclaración con lo
que voy a compartir ahora, que es el relato de mis encuentros con el espíritu,
en los que he experimentado el milagro de la reunión con los guías.
Esta es la primera historia de la que quiero hacerte partícipe. Recuerdo
que yo había acabado mi jornada diaria de sesiones y estaba a punto de
marcharme, cuando escuché que llamaban a la puerta. Cuando abrí, vi a una mujer
joven, de unos treinta y cinco años, muy nerviosa, que con voz temblorosa me
preguntó: «¿Es usted el vidente Felipe?». «Sí, yo soy», le dije. «Mi nombre es
Mari Carmen, deseo tener una consulta con usted», afirmó.
Le comenté que sí sería posible, pero no en ese momento, pues ya había
acabado de trabajar ese día. Sin embargo, Mari Carmen me insistió y la vi tan
nerviosa que accedí a atenderla. La hice pasar a la sala y la invité a tomar
asiento.
Me transmitía una energía de mucho nerviosismo, así que le pedí que
realizase varias respiraciones profundas. Su cara mostraba escepticismo y su
actitud denotaba cierta incomodidad por estar en la sala en ese momento, así
que cerré mis ojos y empecé a transmitirle lo que percibía del otro lado:
«Escucho el nombre de Manuel», le comuniqué. Y en ese mismo instante abrí los
ojos y vi cómo Carmen dibujaba en su rostro una expresión de asombro, de no dar
crédito a lo que estaba pasando. Sus ojos verdosos, ahora dulces, reflejaban
una enorme sonrisa cada vez que yo repetía: «Escucho el nombre de Manuel, dice
que es tu padre. Este señor se me muestra en una imagen de cuando estaba en la
Tierra sembrando, con una camisa blanca, un pantalón gris y un sombrero como de
paja». Un llanto profundo y desgarrador brotó de Mari Carmen y decidí hacer una
breve pausa. Ella, casi sin aliento, me dijo: «Es mi padre Manuel, murió el año
pasado», y me pidió que siguiera hablando.
Le pedí que escuchara su mensaje, pues Manuel estaba deseoso de
transmitirle una información que cambiaría la vida de su hija. «Gracias por
transmitirle mi mensaje —me dijo su padre—, ella es una de mis cuatro hijas,
hoy vengo a decirle que lo siento, que no supe hacerlo en ese momento.» Mari
Carmen me interrumpió con voz de enfado, y exclamó: «¡Mi padre fue un hombre
maravilloso!».
Le pedí que, por favor, escuchase el mensaje completo. Muchas personas no
conocen cómo funciona la comunicación con el otro lado, que no siempre es
fluida, a modo de una conversación, tal y como habitualmente entendemos esta.
En ciertos momentos y según el estado de consciencia del espíritu, la
comunicación es más o menos clara. Debo puntualizar que cuando hablo del estado
de consciencia me refiero a que, cuando pasamos al otro lado como un cuerpo de
energía, en ese nuevo estado seguimos experimentando que formamos parte
consciente de la expansión infinita, de la consciencia del todo. Al igual que
nacemos y aprendemos a caminar, a hablar, etcétera, en el otro lado
experimentamos cambios que no solo se limitan a dejar el cuerpo físico, sino
que aprendemos de acuerdo con el grado de evolución en el que nos encontramos,
expandimos nuestra conciencia y nos proyectamos energéticamente, de infinitas
formas, en ese y en otros planos de consciencia. Hay momentos en que los
espíritus se presentan con forma física, tal como fueron en este plano; hay
otros en que se presentan como una luz o, simplemente una silueta, o se
comunican a través de una conversación, o transmiten sensaciones asociadas a
palabras. La facultad del médium es canalizar esa información y transmitirla
literalmente, pues debo decir que, por mi experiencia de tres décadas, siempre
transmiten la información que precisamos para nuestro mayor bien, en cada
momento.
En este caso, Manuel siguió explicando que él nació en el seno de una
familia muy humilde, que pasó muchas dificultades para salir adelante desde su
tierna infancia, que su único juego diario fue trabajar de sol a sol y que,
cuando pudo tener su propia familia, todo fue igual y que, a pesar de tener una
maravillosa mujer y cuatro hijas sanas, lejos de ser motivo de celebración, las
responsabilidades bullían en su cabeza. La crianza de las hijas, los estudios
universitarios, etcétera, hicieron que la búsqueda de recursos para poder hacer
frente a sus deberes paternales se convirtiera en la cruzada personal de
Manuel.
«Tu padre dice que su miedo más grande cuando estaba en la Tierra era morir
—continué transmitiéndole a Mari Carmen—, y hoy viene a darte las gracias, pues
cuando su cuerpo entró en parada cardiaca, después de un largo periodo de
enfermedad por un cáncer de laringe que paralizó sus cuerdas vocales, no podía
comunicarse verbalmente.»
Parecía una ironía que un hombre que por amor se había sacrificado por los
demás desde su tierna infancia, no supiera decir «te amo», ni que una sola vez
hubiera pronunciado frases como «qué orgulloso me siento de ti» ni manifestado
cualquier otra expresión de amor, como un abrazo; sin embargo, en su último
tiempo le tocó recibir cuidados y atenciones de su hermosa familia, pero justo
en ese momento en el que lo que más le aterraba, la muerte, parecía ser lo más
próximo e inevitable, no podía expresar ni una palabra.
«Esto me inundó de pena —me contaba Manuel— y en el día de hoy quiero
decirle a mi hija que lo siento, que me equivoqué al no tener la valentía de
decir “te amo’” porque cuando viví en la Tierra quería criar hijas fuertes que
no me echaran en falta cuando yo no estuviera, y creí que no mostrando lo que
sentía por ellas no sufrirían en el momento de mi muerte. Pero justo unos días
antes de la parada cardiaca que sufrí, algo comenzó a cambiar dentro de mí.
Como si fuera en un sueño, comencé a vislumbrar una luz que me mostraba unas
siluetas que tomaron las formas de mis padres, quienes habían muerto junto con
mi hermano Antonio. Fue como si todos los sonidos se apagasen y entrase en otro
espacio. Mi madre me abrazó y me dijo: “Estamos aquí, amado hijo, para
acompañarte a realizar este viaje, la vida te espera aquí, al otro lado, suelta
y confía, porque ellas van a estar bien, a nuestro cuidado. Ya diste lo que
pudiste, imprégnate de su amor y vuelve a casa. Aquí, juntos, esperaremos el
momento de volvernos a reunir con ellas”. Aquel sueño me dio una profunda paz.
Durante los siguientes días fueron sucediéndose esos encuentros con el otro
lado y, sin darme cuenta, perdí el miedo a irme, hasta que justo un segundo
antes de la parada cardiaca escuché una voz que me dijo: “Ahora es el momento”
y me vi flotar mientras abandonada mi cuerpo físico en aquella cama de
hospital, mientras escuchaba las voces y los llantos de mis hijas y de los
médicos y enfermeros tratando de que volviera a mi cuerpo con técnicas de
reanimación. Y sentí el profundo amor que sienten por mí. En aquel momento, una
sensación de libertad y expansión me llevó a reunirme con aquellos que se
disponían a acompañarme en mi aprendizaje de la vida en consciencia del Todo.
Mis sentidos se fueron afinando hacia otra realidad, que era la de formar parte
consciente del mundo espiritual.»
Hago un paréntesis en este punto para aclarar que muchos espíritus dicen
que cuando su cuerpo estaba enfermo en esta Tierra y su mente aparentemente ida
por la enfermedad, lejos de sentir sufrimiento, parecían estar en una especie
de entrenamiento para adaptarse al otro lado como nueva forma de vida y que, en
este entrenamiento, reciben la visita de sus familiares que partieron antes
para guiarlos en el nuevo camino. Manuel no era una excepción. Así siguió narrando
su experiencia:
«Vi a mi madre, a mi padre y a mis hermanos, que se habían ido antes que
yo. Aparecieron con una hermosa luz que me abrazó y me invitaron a
acompañarlos. Al principio pensé que eran los efectos de mi medicación, no
podía entender qué sucedía, pero cada visita era más clara, más real, así que
entendí que algo nuevo estaba sucediendo y que lo que tanto miedo me dio toda
la vida, la muerte, no era como yo creía. Una a una las palabras que escuché en
el otro lado describían el profundo amor que sentían estos espíritus que me
animaban a que dejara la lucha por permanecer aquí en la Tierra, a que me
dejara llevar. Entendí que, aunque me fuera, nunca me iría del todo, pese a que
se había cortado un vínculo con la vida que estuve dispuesto a creer que era la
única que existía. Quiero transmitirle a mi amada hija que no tenga miedo, que
la muerte no existe, dile que la escucho y que sé lo que me ama y lo orgullosa
que se siente de mí, quiero decirle que las amo: a ella, a mi maravillosa mujer
y a mis otras hijas, que siento no haber parado un momento para decirles que
las amaba, pero ahora quiero mostrarles que estoy aquí.»
En ese momento, Manuel expresó algunos secretillos familiares, cosas que
solo ellos como familia sabían de sí mismos, con el fin de que Mari Carmen
reconociera que era su padre quien estaba comunicándose con ella. Su rostro se
iba serenando y, después de tantas lágrimas, mientras escuchaba el relato de
Manuel, empezaba a dibujársele una sonrisa.
Casi al finalizar sus mensajes, hubo un momento en el que Manuel insistió:
«Me equivoqué siendo presa de los miedos que colmaron mi infancia y os
transmití el miedo a la muerte, pero lo peor fue transmitir el miedo a la vida,
no os dije que os amaba, ni os abracé ni tuve un segundo para mostraros una
sonrisa. Y hoy quiero decirte, hija, que me equivoqué, quiero decirte que os
amo, que estoy vivo en otra frecuencia, pero vivo, que me siento orgulloso de
tener unas hijas y una mujer y unos nietos a los que amo, y quiero transmitir
que vivir en el miedo, en el apego, en la falta de alegría que os enseñé, aleja
la comunicación entre ambos lados. Quiero liberaros de todos esos miedos y que
sepáis que siempre estoy aquí, a vuestro lado, amándoos, escuchando,
aprendiendo y enseñando, influyendo en vuestros pensamientos desde el amor y
entrando en vuestros sueños, así que despedíos de esas emociones y sentid este
amor infinito que sentimos los unos por los otros».
A lo largo de la sesión, aquella mujer tensa, desconfiada y con una
aparente dureza de trato hacia mí se transformó en un rostro sonriente lleno de
esperanza y de calma. En apenas cuarenta minutos, Manuel generó un mensaje que
nos dejó una enorme enseñanza y que cortaría algunas de las cadenas del miedo,
del apego y de un montón de emociones que nos alejan del estado de amor
original, de nuestra verdadera naturaleza. Le damos una dimensión emocional a
aquello que nos han transmitido y enseñado por siglos y que, desde luego, no
pertenece ni se ajusta a lo que verdaderamente somos. Manuel nos explicó que,
si nos vamos al otro lado con apego, frustración, miedo o energías pesadas,
conectaremos en el mundo espiritual con esa frecuencia y deberemos trabajar en
el otro lado para salir de esa oscuridad y que es importante que entendamos que
esta ilusión que creemos que es la única realidad —o sea, la vida— es un regalo
para todos los que nacemos en la Tierra. Si tenemos conciencia de esto y
disfrutamos de quienes somos y de lo que nos rodea, pese a los desafíos que la
vida nos presenta y nos marchamos con la sensación de gratitud, de paz, de
alegría por el reencuentro con aquellos que amamos y nos esperan, conectaremos
directamente con esferas energéticas de amor y de luz que nos acogerán para
seguir en el camino evolutivo.
Sesión 2
«Y MI
ÁNGEL VINO A VISITARME»
Habían transcurrido ya más de diez años de la apertura de mi consulta y me
encontraba en Londres trabajando para una familia que me había contratado para
hacer varias lecturas. Una de ellas quedó en mi recuerdo como un milagro de
liberación.
Había hecho ya algunas sesiones ese día cuando entró en la sala Amanda, una
mujer de unos treinta años que irradiaba felicidad y simpatía, con una larga
melena rubia y unos ojos azul claro que, junto a aquella maravillosa sonrisa y
a su figura esbelta, transmitía una energía muy bonita. Así que comenzamos la
sesión y, tras explicarle el protocolo —que básicamente consiste en estar en
silencio y escuchar—, comenzaron a presentarse varios familiares que ella había
perdido y que le hablaron de un futuro prometedor en la medicina, algo que me
consta que ha sucedido tal cual vaticinaron, pues hemos seguido en contacto.
Lo más sorprendente ocurrió casi finalizando la consulta, cuando se hizo
presente una luz a modo de niño que llamó poderosamente mi atención. Decidí preguntarle
mentalmente si deseaba dar algún mensaje y me dijo que sí. Le pregunté: «¿Quién
eres?». Y me dijo: «Soy su hijo». En ese instante sentí desconcierto, pues a lo
largo de la consulta los espíritus habían hablado de la situación sentimental
de Amanda, pero no habían mencionado nada sobre un hijo. Se lo comuniqué a
Amanda: «Aquí viene un ser que dice que es tu hijo». Su cara cambió
instantáneamente de una sonrisa a un rostro serio, y me dijo con voz algo
escéptica: «No he tenido hijos, no tengo hijos».
Mentalmente, y confieso que, con cierto enojo, me volví a dirigir al
espíritu y le pregunté: «¿Por qué me dices algo que no es cierto?». Cabe
señalar que los médiums no somos adivinos, somos médiums, o sea, que nuestra
facultad es poder comunicar con seres de otras frecuencias vibratorias y
manifestar sus mensajes en este plano. Tengo también la facultad de predecir el
futuro y la de ver, sentir y escuchar a los espíritus, pero no soy adivino, así
que, volviendo a Amanda y a su guía, este prosiguió diciendo: «Sí, soy su hijo,
estuve en su vientre, pero no llegué a nacer». Repetí literalmente cada una de
las palabras que recibí en mi cabeza. La cara de Amanda se descompuso y su
cuerpo comenzó a experimentar un ligero temblor, síntoma del nerviosismo que estaba
sintiendo, así que le pedí que me dijera si quería que siguiera con el mensaje
y me indicó que sí.
«Hace algunos años —continuó revelando el espíritu—, mi mamá me llevó en su
vientre, pero no pude nacer y ella cree que fue por su decisión, ya que en aquellos
momentos comenzaba sus estudios universitarios, y el miedo, las presiones
familiares y el qué dirán los demás al saber que una joven se había quedado
embarazada sin pareja aparente, le hizo tomar la dura decisión que la ha estado
carcomiendo durante todos estos años, como una herida profunda que cada día le
pesa más. Hoy vengo a decirle que estoy vivo, que siempre lo estuve y que
siempre he estado a su lado, y que quiero que se libere de la culpa que lleva
dañándola en su interior, pese a esa gran y hermosa sonrisa. Es hora de sanar
la herida.» «¿Cómo sabes eso?», me gritó Amanda mientras levantaba su mano
haciendo señales para me detuviese. Me detuve y ella solo repetía: «Dile que me
perdone, dile que me perdone». Era realmente desgarrador escuchar sus sollozos
y lamentos. Se hizo un profundo silencio durante unos segundos y proseguí:
«Creo que es el momento de que te liberes de ese dolor y escuches a este ser».
Amanda asintió con la cabeza y seguí transmitiéndole el mensaje de aquel ser
que la rodeaba con una luz y un amor indescriptibles.
«Dile que estoy vivo en el otro lado, que todo está bien, que quiero
hacerla consciente de que en muchas vidas hemos vivido juntos y hemos
experimentado diferentes personajes. Y recuérdale que las almas nos encontramos
en ese y otros planos a través de diferentes vidas. En esta existencia, su alma
y la mía pactaron tener la oportunidad de crecer de manera espiritual, ella de
esa forma y yo de esta otra, pero los pactos de almas en el plano Tierra rara
vez se desvelan o se recuerdan, a menos que se realice la conexión espiritual
que se produce cuando hacemos un trabajo interno, una escucha activa que
proviene del adentro y no del afuera, pues vosotros todavía les dais demasiado
poder a los hechos que sucedieron o incluso a los que creéis que sucederán y
rara vez suelen estar presentes en el acto de SER en la vida, y eso hace que se
esfume la intuición como lenguaje del alma. Por eso estoy aquí, para decirle
que vivo, que la amo, que crecemos juntos y que sane de ese profundo dolor,
pues ella no es culpable de nada, volveremos a conectar en el amor, ya lo
estamos haciendo. Explícale que el camino es abandonar esa vibración de baja
frecuencia que es la culpa, que ahora su frecuencia subirá tras la liberación
que sucede al dejar atrás el sentimiento de pérdida. Dile que me gusta mucho el
nombre que me iba a poner si hubiese nacido y que sí, que soy Ángel, su Ángel,
y que ya es momento de conectar conmigo desde la alegría y no vivirme como un
mal recuerdo, con culpabilidad.»
Al decir el nombre de Ángel, Amanda susurró en voz baja: «¿Cómo sabes su
nombre?, ¿cómo sabes su nombre?». Luego, más recuperada de tanta emoción, me
dijo que nunca había olvidado aquel día y que había cargado con la culpa hasta
ese momento, y que, para calmarse, decidió creer que ese niño era su ángel en
el cielo, y que como el ángel que era la perdonaría. Su sorpresa fue enorme al
saber que no estaba equivocada, que su ángel estaba siempre a su lado y que
desde que se dio la oportunidad le reveló que por amor sus almas pactaron el
plan perfecto que haría que creciesen juntas espiritualmente. Por lo que he
podido saber, ya libre de culpa después de esta sesión y de esta revelación,
Amanda cambió su forma de percibir la vida y de percibirse a sí misma, ampliando
su consciencia mucho más allá de lo que creía posible. Su sonrisa ya no fue
solo externa, porque a ciencia cierta vivió la visita de su Ángel.
En la sesión, Ángel también explicó que las almas de muchos nonatos se
quedan cuidando de sus padres. El alma siempre sigue el plan que ha trazado y,
aunque nos creamos poseedores de la decisión de si alguien vive o no, no es más
que otra de las ilusiones de vivir en una realidad dual en la que por momentos
no caben la consciencia de la vida y del amor infinito. Cuando terminamos la
sesión, Amanda me dijo que si me podía dar un abrazo y le dije que sí. Y,
mientras lo hacía, me decía emocionada: «Gracias, gracias, gracias, ahora sí
estoy en paz». Y en medio del abrazo la escuché susurrar: «Te amo y te amaré siempre,
mi Ángel».
Cabe explicar que nuestro yo origen —esa parte de nuestra verdadera
esencia que desde la conciencia del Creador diseñó el plan de experimentar la
vida en este y en otros planos— pacta con otras almas en otros personajes para
apoyarnos mutuamente y realizar este hermoso viaje juntos. En ocasiones, estas
almas nos generan impulsos desde el amor, y otras, justo desde experiencias
contrarias, con el fin de que recordemos quiénes somos y que formamos parte del
tejido infinito de amor radiante en este plano Tierra dual. Al nacer olvidamos
todo lo diseñado y, a veces, nos perdemos de la unidad de la que somos parte y
creemos que la vida se limita al personaje que experimentamos. Y ya sea por
amor o por apego, realizamos promesas, votos, pactos y acuerdos, olvidando que
la palabra y la intención despiertan nuestro poder creativo y que, haciendo uso
del libre albedrío, nos encadenamos, seamos conscientes o no, a planes que no
partieron de nuestro yo origen, sino de promesas que quedan impregnadas
en este plano Tierra a modo de memorias telúricas que nos frenan a la hora de
hacer nuestro viaje a casa, que queda así postergado, pues la prioridad del
alma es disolver esos votos, pactos y acuerdos. Esto hace que nuestro yo
origen rediseñe junto con las almas nuevas experiencias resolutivas para
proseguir con el plan superior original.
Por lo que explicó Ángel, esto es lo que sucedió con Amanda. En una vida de
apego absoluto se prometieron amarse incondicionalmente para siempre, jurando
que, si existían otra u otras vidas, se volverían a encontrar. Y así fue. Pero
nuestros yoes originales siempre trazan un plan perfecto y, en este
caso, para disolver el apego que ambas almas grabaron como una realidad
absoluta, decidieron venir en esta experiencia para recordar al alma encarnada
en la Tierra el poder creativo de la palabra, de la intención. Somos
consciencia infinita, parte de un tejido indivisible que solo necesita
experimentar el amor, pues ese es el alimento del alma, sin necesidad de votos,
pactos, acuerdos ni, en definitiva, promesas que nos desvían de nuestro
verdadero propósito original.
Sesión 3
EL
DESPERTAR DE CARMEN
Eran alrededor de las siete de la tarde en Gran Canaria, en el mes de marzo
del año 1993. Yo participaba en un congreso de ciencias ocultas en el que me
habían contratado para realizar sesiones individuales, que empezaron a las diez
de la mañana y a esas alturas de la tarde ya había atendido a unas cincuenta
personas, pues se trataba de sesiones muy breves. Desde la cabina en la que
trabajaba podía ver la fila de personas que esperaban su turno y pensé que
quizá era el momento de concluir, pues me encontraba realmente agotado.
Mientras pensaba en esto, me llamó la atención una voz que parecía venir de la
fila, una voz masculina, como de un señor de avanzada edad y cada vez se hacía
notar más y decía «todavía no, no cortes la fila todavía».
Me di cuenta de que era la voz de un guía espiritual y que solo la estaba
escuchando yo, pero, por si acaso, miré a la consultante que tenía frente a mí
y esta me miraba con una gran tranquilidad, a la espera de que comenzara su
consulta, así que proseguí con ella y, una vez finalizada su sesión, avisé a
las personas de la fila de que me iba a tomar unos minutos de descanso. Cuando
regresé, entré de nuevo en mi cabina, me senté y allí estaba él. Era un señor
vestido con una camisa blanca, una chaqueta de color gris y un pantalón negro.
Llevaba puesto un sombrero y aparentaba haber partido a los setenta años. Me
dijo que cuando vivía se llamaba José, que su hija estaba fuera haciendo la
cola y pensando en marcharse por la dilatada espera. «Necesito que hable con
ella —me dijo— está a punto de entrar en un estado crítico de salud y necesito
que le diga que vaya al médico hoy mismo. Ella no te creerá, pero en un rato le
entrará la duda e irá al doctor, así que te pido que la atiendas.» Lo miré, me
sonreí y recordé que ellos, los espíritus, pueden sentir nuestros pensamientos,
y que cuando pensé en terminar por ese día las consultas, él se dio cuenta de
que su hija no tendría lugar para ser atendida. «Muy bien —le dije—, ¿quién es
tu hija?» Y pude identificarla, pues me señaló a una de las mujeres que estaban
esperando. «Lleva un vestido negro, mira, yo te indico», añadió. Salí de la
cabina de nuevo y él se posicionó a su lado. Su nombre era Carmen, ya superaba
con creces el número de personas que podía atender, así que me acerqué a ella y
dije: «Disculpen, pero solo podré atender por hoy hasta aquí». Quedaban apenas
tres horas para finalizar y ella ocupaba la trigésima posición, por lo que aún
tenía por delante mucho trabajo.
Llegó finalmente el momento de atenderla y antes de comenzar me dijo con
tono muy simpático, aunque nervioso al mismo tiempo: «¡Ay, qué suerte, qué
suerte he tenido! Estaba ya a punto de irme, pero he oído hablar tanto de ti
que, al ver que tuve la suerte de poder ser atendida, me quedé. Espero que me
digas cosas buenas».
La verdad es que yo no recordaba lo que sucedió en esa consulta, pero diez
años más tarde la vida nos hizo reencontrarnos en un congreso de ciencias
ocultas en el que fui contratado como ponente. Carmen asistió esta vez como uno
de los periodistas que cubrían la noticia, y no dudó en presentarse y contarme
nuestro encuentro de diez años atrás.
Sucedió que quince minutos antes de comenzar mi conferencia sobre el más
allá, salí un momento a tomar el aire y aclarar las ideas que estaba a punto de
compartir, cuando vi a una señora que se acercaba sonriendo. Yo le sonreí
también y me preguntó: «Tú eres Felipe, ¿verdad?». Le dije que así era y se me
abalanzó dándome un enorme abrazo, repitiendo una y otra vez: «¡Gracias,
gracias; gracias a ti estoy viva!». Sorprendido de nuevo, le pregunté a qué se
refería, de qué nos conocíamos, y me relató nuestro primer encuentro aquella
tarde. Carmen me recordó que en la consulta había aparecido su padre y le había
dado su nombre, cosa que no siempre sucede en las sesiones, solo cuando los
guías espirituales lo desean, no depende de mí como canal. Muchas veces lo
hacen porque el mensaje que darán es tan importante que aportando este detalle
parece que las personas ponen más atención. Lo que su padre le comunicó era de
una vital importancia para Carmen, pues José le insistió en que cuando saliera
de la sesión se dirigiera sin más dilación al médico de urgencias, ya que ella
no lo sabía, pero tenía un grave problema de salud que si era atendido pronto,
se convertiría en una anécdota, pero en caso contrario generaría una grave e
irreversible enfermedad.
Carmen se extrañó de ese mensaje. Desde luego, no era lo que ella esperaba
oír. De hecho, en nuestro segundo encuentro, diez años después, me confesó que
no me había creído, pues en la sesión su padre le habló también de que en un
futuro se separaría de la que era su pareja estable en ese momento y le comunicó
que debía estudiar algo relacionado con comunicación, pues ella trabajaría en
televisión. Carmen me decía: «Aquel día me hablaste de cosas que sucedieron y
otras que están sucediendo, pero lo más milagroso del mensaje que me
transmitiste de mi padre y que me salvó la vida fue cuando me dijiste que fuera
ese mismo día a Urgencias y que me examinaran. Ciertamente yo me quedé muy
desconcertada y pensé: “¡Dios! ¿Y todas estas horas esperando para esto?”. Pero
seguiste hablando y hablando y todo lo que decías cuadraba, era como si me lo
estuviera diciendo mi padre, con su forma de expresarse, con sus palabras. En
fin, que salí de la consulta y fui a buscar a mi hermana, que me esperaba en
una cafetería mientras yo estaba en la sesión. Cuando le conté los mensajes, me
preguntó: “Pero ¿te duele algo?”. Le contesté que no, que, además, tú me habías
dicho que era algo ginecológico y que yo estaba bien, pero como soy un poco
hipocondriaca fui a Urgencias diciéndole al doctor que tenía un dolor muy
fuerte, como menstrual, pues no podía decirle que un médium me había enviado
allí. Me hicieron varias pruebas y cuál fue mi asombro cuando me dijeron que me
tenían que operar de urgencia, que tenía un cáncer de útero y que si operaban
de inmediato podría salvarme, pues estaba en un punto crítico, pero a tiempo. Y
así fue, Felipe, como el mensaje de mi padre hizo que los médicos me salvasen
la vida. El médico incluso me comentó que había tenido suerte de aparecer en el
momento justo y decidí contarle la verdad de lo acontecido. Él, con mirada
perpleja, me dijo que ya le podía dar gracias a esas cosas porque estaba curada
de algo que podría haberme costado la vida».
La verdad es que cuando Carmen me narraba su experiencia, le pregunté a
Hamits por qué ella se salvó y, en cambio, los espíritus no salvan a todo el
mundo. Hamits me sonrió y dijo: «El espíritu siempre apoya nuestra existencia y
el libre albedrío permite cambios en lo que vosotros denomináis destino. En el
caso de Carmen, su aprendizaje, su unión con su parte espiritual, su despertar,
comenzaban por un milagro y así ha sido. El espíritu tiene muchas
manifestaciones que apoyan nuestro despertar espiritual y la humanidad está en
ese despertar; a veces, de uno en uno, y, en otros momentos, en despertares
colectivos. En este caso, su milagro ha despertado a cientos de personas y
despertará a miles y cientos de miles más, pues cada vez que se da la
oportunidad, Carmen transmite su historia».
Sesión 4
SANAR
EL ÁRBOL FAMILIAR
Me encontraba en Bogotá en mayo de 2014 y una chica llamada Gloria asistió
a mi consulta. Ya me disponía a hablarle de lo que percibía espiritualmente
cuando me dijo: «Quiero darte un regalo de parte de mi madre».
Me entregó un paquete y le di las gracias con cara de asombro, pues no
recordaba haber visto nunca a esta persona y no tenía idea de quién era su
madre. Mi cara de desconcierto era imposible de disimular —cosas del directo,
como diría un buen amigo mío—, así que Gloria continuó explicándome que su
madre estaba fuera del país, que no había podido asistir personalmente y que la
había enviado en su nombre. Le pregunté entonces quién era su madre y me dijo
que yo no la conocía, así que ya puedes imaginarte mi sorpresa. Entonces me
aclaró que hacía unos meses yo había impartido una conferencia en la que al
final realicé un reading o lectura en directo, que consiste en dar
mensajes que recibo de los guías y los espíritus a algunos asistentes, de
manera aleatoria, tras obtener su aceptación y permiso. Al parecer, esta
muchacha estuvo allí, y me contó lo siguiente:
«Cuando usted se dispuso a dar mensajes al público, me preguntó si quería
recibir mi mensaje. Le respondí que sí y me habló de mi abuela materna. Me dijo
que ella quería darme un mensaje muy importante, que mi madre no estaba en
Colombia, sino en Nueva York, y que cuando llegara, debía ir al doctor, pues
estaba muy enferma y no lo sabía. Me explicó que a ella le dolía mucho el
estómago, pero no quería ir al doctor y para que su vida se alargara debería
operarse, y que todo saldría bien. Así que tan pronto como salí de la
conferencia, me comuniqué con mi mamá y le comenté todo lo que me había dicho
usted. Yo no era consciente de que mi abuela había muerto a una temprana edad,
cercana a la de mi mamá ahora mismo, y que a mi bisabuela le había sucedido lo
mismo. Mi mamá me dijo que sí, que era cierto que llevaba tiempo con un fuerte
dolor de estómago, pero que había decidido no ir al doctor porque creía que le
sucedería lo mismo que a mi abuelita. Tan pronto como llegó de Nueva York, y
después de conversar mucho con ella, decidió revisarse. Tras muchísimas pruebas
y ya en el oncólogo, supimos que tenía un principio de cáncer de colon, lo cual
nos dejó devastados a mi mamá y a todos en la familia. Sin embargo, Felipe,
aquellas palabras transmitidas en aquel auditorio donde mi abuela me dio el
mensaje a través suyo nos llenaron de esperanza y de fe, así que mi madre
decidió operarse y la verdad es que hasta el día de hoy el resultado es que la
enfermedad remitió y mi madre está llena de vida».
Esta era la razón por la que la madre de Gloria seguía de viaje y ella
venía en su nombre: una información que, sin duda, me alegró enormemente. Pero
lo más mágico de todo estaba aún por suceder, ya que proseguimos su sesión y se
presentó de nuevo su abuela materna. Le dio las gracias a Gloria por haber
conseguido alargar la vida de su madre y le explicó, además, que generaciones
atrás, su tatarabuela, una mujer llena de salud y de responsabilidades, había
muerto muy joven tras una extraña enfermedad abdominal y que este evento generó
en la familia un dolor que no se pudo superar, ya que las grandes
responsabilidades familiares de la tatarabuela no le dieron tiempo ni lugar
para la queja. Ni su dolor ni su sacrificio eran un secreto, pero su entorno
seguía demandándole, su casa era una especie de posada que la familia
frecuentaba y la responsabilidad de nueve hijos a su cargo no le permitían
tener espacio para el cuidado personal, hasta que un día su bazo reventó y le
produjo una hemorragia interna por la que moriría. La trágica pérdida produjo
un profundo dolor y culpabilidad en la familia, que interiorizó lo sucedido en
silencio, generándose tal nudo familiar que, como un nuevo código espiritual,
creó una cuenta pendiente de sanación en la familia, que repetiría el hecho
cuantas veces fuese necesario hasta sanar la herida. Y así fue, varias mujeres
del sistema familiar partieron antes de alcanzar los cincuenta y cinco años,
víctimas de enfermedades que se manifestaron y no fueron atendidas rápidamente.
Así entendí cómo se creaban los desórdenes sistémicos, ya que en lugar de
honrar la muerte de aquella tatarabuela que experimentó el sacrificio, en vez
de aprender a perfeccionar su existencia amándose a sí misma, se decidió
ensombrecer la situación con culpa y dolor. Donde debía haber honra y
consciencia, creamos deudas pendientes de sanar. El caso de Gloria y su madre,
en combinación con sus familiares que residen en el mundo espiritual, fue la
oportunidad para crear una nueva impronta en el sistema familiar: la de vivir libres
de cargas y miedos tras honrar aquel evento, dándole solución a través de la
medicina no solo física, sino del alma. Gloria y yo aprendimos en su sesión lo
importante que es estar despiertos a las señales, que todo se puede sanar, que
no estamos supeditados a sufrir y que nuestros guías familiares crecen junto a
nosotros. Podemos sanar el alma cuando estamos dispuestos a recibir el mensaje
que nos llega, da igual el lugar y la forma en que se produzca, en un auditorio
o en una parada de autobús.
Después de concluir la jornada laboral en Bogotá, le pregunté a Hamits cómo
es posible que muchas personas hayan podido evitar eventos negativos y otras
tantas no, y por qué algunas personas pueden cambiar su destino y otras no. «No
es eso, Felipe —me dijo Hamits—. Imagina que el mundo es una obra de teatro
donde nacen millones de actores cada día con la capacidad de encarnar a un
personaje y que ese personaje ya ha experimentado otros muchos papeles
anteriormente y ahora viene, inconsciente de ello, a esta nueva representación.
Imagina también que este personaje viene con un guion escrito por partes, trae
un código genético que no solo le puede predisponer a un carácter, una
condición física, etcétera, sino que, además, trae consigo un código energético
que tiene que ver con aquellas representaciones anteriores y con su sistema
familiar. Y es inconsciente de todo esto y se focaliza tanto en su personaje,
que olvida la libertad de no representar un papel establecido por un sistema de
creencias adquiridas a lo largo de su representación y, totalmente desconectado
de su ser y guía interno, vive una supuesta realidad a la que es fiel su
personaje. Ese actor simplemente repite un guion sin posibilidad de cambio. Por
el contrario, otros actores conectan con su ser, aunque sea por momentos, y
—haciendo uso de esta conexión— se dan cuenta de que la obra es importante por
la oportunidad de representar, pero también de que el guion se puede
improvisar. Esta idea puede sobrevenir en cualquier parte de la vida de
cualquier persona, es como un despertar momentáneo que libera al individuo de
un plan establecido por uno mismo y nos conecta con la oportunidad de ser
conscientes y de reescribir el guion.»
Hamits añadió: «Debes entender una cosa, Felipe, cada persona nace con un
código energético, un código genético, un cuerpo físico, mental,
psicoemocional, etcétera. Cuando nacemos, venimos con el plan de vivir una vida
espiritual en un plano físico, contenidos en un cuerpo físico. La esencia del
todo decide experimentarse como un ser individual conectado con el todo, pero
cuando alguien nace en el plano físico, olvida ese plan como oportunidad de
experimentación. Dicho de otra manera: el alma traza un plan de vida que el
individuo puede experimentar, aunque este no lo recuerda, y la propuesta es la
alineación del alma y del individuo en una perfecta unión de guía y guiado. El
individuo tiene la libertad de alinearse o no. Siendo conocedor de la unión —y
esto pasa por el autoconocimiento, la observación de uno mismo libre de juicios,
de crítica y de expectativa— es cuando se da el viaje de la vida, pero cuando
el individuo se debate en la autocrítica, los juicios, etcétera, entra en lo
que el espíritu denomina ilusión del dormido, entonces es cuando el
individuo genera la soledad de la dualidad, cuando todo se hace denso, cuando
la frecuencia del miedo se hace manifiesta y nubla la comunicación con el todo
y se generan las no vivencias. Cada ser toma forma o nace con una motivación
definida, que es la de experimentar el estado original, el amor en el mundo
físico, en la vida. Los seres nacen con un sinfín de capacidades y de recursos
y con un impulso natural que nos arroja a un plan de vida bien definido y,
además, con la intuición, la poderosa herramienta que poseemos y que es la llave
de la comunicación con el todo, con la consciencia. Este plan del alma es como
un código energético que, al igual que el código genético, predispone a los
seres humanos a experimentar una serie de eventos que sucederán según
evolucionen a través de su trabajo personal para su crecimiento espiritual.
Como ves, todo y nada están definidos por la autonomía del ser,
pues, tras la experiencia de la infinita vida, el todo nos ama, nos envuelve y
nos nutre en la expansión de la consciencia».
Sesión 5
UN
MENSAJE LIBERADOR
Después de unos meses viajando por diferentes ciudades y países, realizando
talleres, conferencias y sesiones privadas, decidí que necesitaba un tiempo de
descanso, de modo que me tomé una semana de vacaciones que aprovecharía también
para realizar un curso en la ciudad de Barcelona, donde vivía.
El hotel donde se impartiría el curso estaba relativamente cerca de mi
casa, así que todos los días iba y venía dando un paseo. La verdad es que
estaba feliz de aprender más sobre tecnología de la comunicación, y que hacerlo
me estaba permitiendo descansar mi mente de la presión del trabajo y de los
viajes de los meses anteriores. Pero el tercer día, de camino a casa, noté una
presencia espiritual cerca de mí. No podía verla, solo notaba su energía y decidí
preguntarle a Hamits qué ser estaba rondándome y qué quería. Hamits, para no
variar y como en muchas ocasiones, no dijo nada de nada. Asumí que era una
entidad que quería transmitirle algo a alguien y me sentía incómodo, pues me
temía que en el momento más inverosímil me tocaría visitar alguien y explicarle
que un fallecido me estaba diciendo esto o aquello, algo que, honestamente, me
genera estrés cuando me convencen de que lo haga.
En fin, llegué a casa y cuando estaba a punto de cenar, lo vi. La imagen de
un hombre joven se presentó y me dijo: «Me llamo Luis». Le pregunté
mentalmente: «¿Qué quieres de mí?». Me respondió: «En el lugar donde estás
estudiando se encuentra mi padre y quiero que le des un mensaje».
Mi primera reacción fue decirle: «No, gracias, ha sido un placer», pues me
imaginé dirigiéndome a una persona desconocida que se encontraba en el hotel
para darle un mensaje que no me había pedido. Además, estaba seguro de que
hasta escuchar el mensaje íntegro, me estaría tomando por loco, eso en el caso
de que decidiera detenerse a escucharlo. Después de imaginarme tremendos
escenarios, mi respuesta seguía siendo no. Sin embargo, Luis me dijo: «Espera,
mi padre está estudiando el mismo curso que tú», así que me tranquilicé y
accedí a ayudarle con la condición de que se fuera y no regresara hasta el
momento en que me indicara quién, cuándo y qué mensaje debía transmitir.
Y, finalmente, llegó la ocasión de cumplir mi palabra con Luis, el espíritu
que de manera ansiosa deseaba compartir su mensaje con uno de los asistentes al
curso.
Tras la clausura del evento, recogí mis cuadernos de notas y me dirigí al
bar de la terraza del hotel, tuve la suerte de poder ocupar la única mesa libre
y me senté deseando disfrutar de un refresco en soledad, pues las jornadas del
curso habían sido un tanto agotadoras y me apetecía tener en silencio mi cabeza
durante unos minutos, así que inspiré mientras me servían la bebida y sonreí
diciéndome a mí mismo, «¡disfruta Felipe!». De pronto, se acercó un matrimonio
que también estaba realizando la formación, con el que había intercambiado
alguna mirada amable y más de una sonrisa complice, eran Daniel y Cristina.
Ella me sonrió de manera pícara al ver que estaba sentado yo solo a una mesa
para seis personas, así que con un sutil gesto les invité a compartir la mesa,
me lo agradecieron y tomaron asiento. Quizá ya estés imaginando quién apareció
por allí al cabo de unos minutos. Efectivamente, Luis, el espíritu al que
prometí transmitir su mensaje. Se colocó justo detrás de Daniel, el esposo de
Cristina. Traté de hacerme el desentendido con Luis, esperando que creyera que
no podía percibirlo en ese momento, pero su espíritu entró en conexión conmigo
y escuché en mi mente: «Sé que me ves y me escuchas, él es mi padre
—refiriéndose a Daniel—, es médico y no cree en nada del mundo espiritual».
Enojado con él por ponerme en semejante situación, le dije irónicamente: «Tú
sigue poniéndomelo fácil».
Debo decir que soy una persona más bien tímida y que, además, en lo que se
refiere a la comunicación con los guías, trato de no transmitir los mensajes de
los espíritus a sus allegados a no ser que estos últimos me lo pidan
directamente. Me parece muy violento decir: «Hay un espíritu aquí que quiere
comunicarse con usted», sin embargo, y pese a que no me gusta hacerlo, estaba
en ese tipo de situación un tanto incómoda en la que debía decir algo así como:
«¿Qué tal les ha parecido el curso? A propósito, no sé si les he comentado que
tengo la capacidad de ver espíritus». ¡Wow! En fin, lo haría por Luis,
ya que lo percibía con mucha necesidad de comunicarle a Daniel, así que le dije
mentalmente a Luis: «Allá vamos. ¿Qué le quieres transmitir a tu padre?». Me
respondió que había partido hacía dieciséis años junto a su madre, quien
rápidamente se incorporó también a la reunión. «Nos fuimos al otro lado a
consecuencia de un accidente de coche —continuó—. Mi padre conducía a muchísima
velocidad. En el accidente, mi hermana y él se salvaron, y ambos, pero sobre
todo mi padre, viven en una culpa constante que los consume y que les ha
borrado cualquier pasión por la vida. Nos gustaría que le hables de nosotros,
que le transmitas nuestro mensaje.»
No obstante, antes de poder empezar a transmitir el mensaje de Luis, se
incorporaron a la reunión otros espíritus, sin embargo, estos acompañaban a
Cristina, así que le adelanté a ella los mensajes de sus allegados: «Hay un
señor que se llamó Ramón y una señora que se llamó Elena...». Por suerte, estos
espíritus me dieron sus nombres y todo tipo de detalles con pelos y señales
sobre cómo estaba siendo la vida de Cristina después de su partida, y la
ayudaron con sus mensajes a abandonar una poderosa culpa por su creencia de que
quizá no había hecho todo lo posible por cuidar de sus padres tras la larga
enfermedad que ambos padecieron, la cual pondría a prueba el amor y la
paciencia de cualquier ser humano.
Cristina había superado esa prueba con creces dándoles amor, tiempo y
cuidados. Como profesional de la salud que era, mejoró aún más la calidad de
vida de sus padres, pero vivía en una tristeza y en una falta de aprobación
hacia sí misma por esa culpa. Sus padres la liberaron de esta sensación cuando
le revelaron su estado de conciencia, donde viven su amor y su unión. Como
bendición hacia ella le regalaron el mensaje de liberación que necesitaba para
volver a la vida, y desde luego que lo hizo.
Después de transmitirle el mensaje a Cristina, Luis me dijo que era hora de
que habláramos con Daniel. «Yo fui siempre el hijo rebelde —empezó a contarme—,
el que le acarreaba quebraderos de cabeza a toda la familia, pero mi padre era
quien me castigaba y me echaba broncas. Vivíamos en una riña constante, y
cuando se supone que yo comenzaba a tener la cabeza en orden, pasó aquel
accidente. Mi padre sigue su vida terrenal y nosotros no, pero la vida aquí
continúa y él no lo sabe. Por favor, dile que estamos a su lado, que no hay
nada que perdonar, que no hemos muerto, que vivimos espiritualmente a su lado,
pero que el dolor y la culpa por las riñas, por cada enojo, le están privando de
buenos momentos, ya que inunda su vida con la rabia por haberse quedado él ahí
y nosotros no. Y la verdad es que para nosotros se había acabado el tiempo y
por eso nos marchamos. La forma no es más que una excusa para justificar el
paso al otro lado, su mente científica no le permite creer en sus sueños, donde
nos aparecemos, ni en los susurros que a modo de intuición le generamos, por
eso estamos aquí hoy, para darle la prueba de que estamos a su lado, que le
acompañamos y que nos encontraremos de nuevo, para decirle que ahora es el
momento de volver a vivir e iluminar la vida de los muchos seres a los que
ambos ayudan a través de lo que hacen.»
Después de transmitirles estos mensajes, las caras de Cristina y de Daniel
se iluminaron, la vida y la esperanza se adueñó de ellos. Desde ese día se
forjó una amistad entre nosotros y hemos vivido y compartido muchos momentos en
los que he podido ser testigo de grandes cambios en sus vidas, que a su vez han
generado cambios en las vidas de otras muchas personas, transformaciones que
han sido posibles después de su conexión con el mundo espiritual.
Hay que entender que nos inocularon la culpa, grabándonosla a fuego, y
cuando los espíritus nos aclaran que no somos culpables y que lo que nos sucede
responde a un cúmulo de acciones generadas por decisiones tomadas en la vida
actual y planes que determinamos experimentar como aprendizaje, la culpa, al
igual que muchas otras emociones de baja densidad, se disuelve, y esto, a
diferencia de lo que pensábamos en el pasado, nos acerca a Dios. Cuando los
espíritus nos dan esta nueva lectura sobre la culpa, nos liberamos al instante.
Sesión 6
TIEMPO
DE CRECER Y DE VIVIR
Me encontraba en Bilbao en el 2009. En ese tiempo trabajaba en el gabinete
de mi amigo Enrique, y hacía un día oscuro y fuertemente lluvioso. De camino,
comencé a sentir nerviosismo y una ansiedad tremenda, que se agudizaban a
medida que me acercaba al lugar de trabajo. De pronto, escuché a Hamits decir:
«Felipe, respira hondo, esa sensación no es tuya, esa energía con la que estás
conectando es de la persona que está en la sala de espera». En ocasiones
empatizo con las emociones de otras personas si no genero mecanismos para que
esto no suceda. Me ha costado muchos años controlar estas situaciones, pero aun
así me sucede, de modo que respiré y respiré para sosegar mi energía y realizar
en calma las sesiones.
Cuando pasé por la sala de espera la vi. Era una mujer de mediana edad,
unos cincuenta y cuatro años, con la piel muy blanca y con cara de ser alguien
realmente muy agradable. Una vez entré en el despacho, la invité a que tomara
asiento y le pedí que escribiera su nombre y su fecha de nacimiento en una hoja
que le facilité, una acción que me sirve de vehículo para conectar con los
guías espirituales. Una vez que me dio ese papel con su nombre, María, cerré
mis ojos un instante y vi a un hombre de mediana edad que se acercaba desde el
mundo espiritual y se posicionaba justo detrás de ella. Me sonrió y me dijo:
«Soy su marido, necesito que la ayudes, ella quiere morir y no es su momento.
¿Entiendes lo que digo?».
A todo esto, María me observaba fijamente con cara de terror y hasta que
volví a mirarla no me di cuenta de que había comenzado a temblar de una manera
preocupante. Le pedí que, por favor, hiciera varias respiraciones pausadas y se
calmara, que escuchara lo que le iba a decir y que se sintiese en la libertad
de interrumpirme en cualquier momento. Entonces proseguí y le expliqué: «Aquí
veo a un hombre que me dice que es su marido, me comenta que partió en un
accidente de carretera». María comenzó a llorar y a hiperventilar. De nuevo le
solicité que respirase profundamente y que exhalase lentamente. Poco a poco,
empezó a dibujarse en su rostro una dulce serenidad mientras se apaciguaba su
nerviosismo.
Unos segundos después, me dijo: «Estoy bien, te escucho». Me centré de
nuevo en su guía y entendí que este necesitaba transmitir el mensaje con la
mayor claridad posible para ayudar a María. Los espíritus hacen un esfuerzo
energético para comunicarse; soy consciente de eso y trato de prestar toda la
atención, pero hay ocasiones en las que su mensaje va acompañado de una
sensación como de urgencia, de necesidad imperiosa de dar luz a nuestras vidas
que, en algunos momentos, sin saber por qué, está cegada por las sombras.
Su marido me contó que durante veinticinco años habían sido muy felices
juntos y que sus caracteres habían congeniado muy bien desde que se vieron por
primera vez, pero que María tenía un carácter dominante y era un poco
caprichosa, y había marcado el ritmo de la relación. Entendí que lo que traía a
María a la consulta era la trágica pérdida de su compañero, cuyo nombre era
Julián, que enseguida me transmitió: «Dile que ella no fue culpable de mi
muerte». Me repetía una y otra vez «dile que ella no fue la culpable». María
lloraba y lloraba, y Julián volvió a insistir: «Ella no tuvo la culpa». Le
pregunté mentalmente a Julián qué es lo que había sucedido y me mostró una
escena en la que veía a María discutiendo con Julián porque este no quería
salir a comprar algo para picar mientras miraban la televisión, pues Julián no
se sentía bien para conducir el coche hasta el pueblo. Tan insistente fue María
que, finalmente, Julián accedió y, de camino al pueblo, su coche colisionó con
un camión y murió en el acto. En ese momento, Julián me dijo: «¿Entiendes por
qué es tan importante que sepa que partí, pero que estoy aquí a su lado, y que
conozca que partí en el momento que tenía que ser y que tenía que marcharme?».
Cuando le dije esto, María rompió a gritar diciendo: «¡Tengo la culpa, sí
tengo la culpa!». Le pedí de nuevo tranquilidad y se calmó. Julián seguía
explicando: «Ella no es culpable, era mi momento, dile que la amo y que la
espero en el otro lado, pero que ella está viva en el mundo terrenal y que debe
vivir. Dile que durante mil vidas hemos vivido juntos amándonos de muchas
maneras y que, en esta, el plan era que yo partiera primero y ella debía seguir
su crecimiento de manera individual, aprendiendo a amarse a sí misma. Dile que
mi partida no fue por su egoísmo, sino por mi amor, para que ella cumpla su
plan divino acompañada por mi amor desde aquí y que he sido muy feliz con ella
y que quiero que use su memoria para recordar lo que compartimos y que esto sea
una fuente de vida para ella, y que deje de castigarse por algo que no hizo».
María siempre vivió a la sombra de su pareja, posponiendo cualquier
compromiso con ella misma y responsabilizando a su esposo de todo, tanto
positiva como negativamente. Su alma se había aletargado con su falta de
compromiso y su esposo, o —mejor dicho— su alma, esta vez había generado el
plan de marcharse antes que ella para que María despertase a la vida por sí
sola. Sin embargo, con esa actitud victimista no parecía que María lo
consiguiera. Se había convertido en una muerta en vida y nuevamente, por amor,
por puro y genuino amor, su compañero de viaje en la vida reaparecía en la
sesión para empujarla a salir adelante por ella misma, mostrándole los recursos
de los que disponía y transmitiéndole información y pautas para que pudiera no
solo resolver sus asuntos pendientes, sino para ayudarla a sacar lo mejor de sí
con el fin de compartirlo con el mundo. Después de todo, esta era su
oportunidad de no seguir repitiendo una y otra vez el antiguo patrón de
conducta que la autolimitaba y la encerraba en un dolor que, alimentado por la
queja, la había convertido en una caricatura de sí misma. Ahora era el tiempo
del cambio. Y ya lo creo que hubo transformación.
En aquel momento, María se levantó, me abrazó y me dijo: «Sé que es él
quien te habla», pues Julián le mencionó también una carta que ella le escribió
y algunos otros detalles íntimos. Al finalizar la sesión, ella me confesó: «Me
va a costar digerir todo esto, pero sí, he entendido que debo vivir y ahora que
sé que está a mi lado y me ama, esto me calma».
Unos días después, mi asistente me pasó una llamada de María. Estaba feliz,
parecía otra; de hecho, lo era, y me comentó: «Después de pensar y pensar una y
otra vez en lo que me transmitiste, te doy las gracias. He podido reconciliarme
conmigo, con Julián, mi marido, e incluso con Dios. Creo que ya toca volver a
la vida. Mil gracias. Y dile a Julián que lo amo». Por supuesto que le dije que
así lo haría, y se rio como una niña ilusionada.
Sesión 7
REGRESO
A TI
Me desperté sobresaltado en mitad de la madrugada con el nombre de Gabi en
la cabeza. Miré el reloj y eran las 5:22 horas. Volví a cerrar los ojos para
conciliar de nuevo el sueño cuando escuché como en un eco lejano: «Me acabo de
ir». Gabi es de esas personas que consideras familia del alma, es como una
sobrina para mí, hija de una de mis amigas más próximas. En esos momentos se
encontraba viviendo en otro país y hacía tiempo que no hablábamos, así que
cuando escuché esto, me centré y vi a un joven con una gran estrella de luz que
me decía «ayúdala». Esa imagen se esfumó y, pasadas unas horas, llamé a Raquel,
la madre de Gabi, y tras saludarla le pregunté: «¿Qué ha pasado con Gabi? Ayer
vi a un joven que partió como en un accidente y me dijo que la ayudara». Se
hizo un silencio y, a continuación, Raquel me explicó: «Anoche murió la pareja
de Gabi en un accidente, Felipe».
En ese momento conecté con la pena y la frustración de Raquel al tener a su
hija Gabi tan lejos y al imaginar el dolor que estaría pasando mi queridísima
amiga. Entendí que su pareja conectó conmigo para que la ayudase, pues a él le
tocaba hacer su tránsito al otro lado. Cuando pude hablar con Gabi, le
comuniqué lo que había sucedido esa noche, y ella, que es muy racional, parecía
no entender lo que yo trataba de transmitirle, pues el dolor de la pérdida de
su novio la inundaba, hasta que después de un rato de conversación me preguntó:
«¿Y a quién dices que viste?». Fue entonces cuando de nuevo volví a verlo y me
pregunté cómo era posible que se acabara de marchar y pudiera ya comunicarse
tan bien.
Me di cuenta, entonces, de que Hamits estaba haciendo de puente entre
Oliver y yo para hacer posible esa comunicación. Volví a hablar con Gabi: «Veo
a un chico como de unos veintisiete años, está vestido como un surfero y me
dice todo el tiempo que está bien, que es alucinante lo bien que se encuentra».
Me dio la impresión de que cuando estaba en la Tierra, Oliver no tenía ni idea
de que existía el más allá. Hamits me hacía llegar la vibración de Oliver y yo
le transmitía la información literalmente a Gabi, mientras ella me iba
confirmando cada detalle. «Él debió de ser muy carismático —le dije—, da la
sensación de alguien que estaba muy enfocado en sus objetivos, pero que al
mismo tiempo sabía disfrutar de la vida, y me muestra una sonrisa de esas que
son capaces de venderte hielo en el Ártico.» Y Gabi se rio y me dijo: «Sí, era
un caradura, seducía con su carácter y su sonrisa para convencerte de lo que él
quería». Pude escuchar la sonrisa y la respiración de Gabi y, acto seguido, fue
como si se hubiese quitado un peso de encima.
Proseguí con el mensaje y le dije: «Siento cuando conecto con él que su
nuevo estado es una aventura que quiere disfrutar al máximo, con ganas de
aprender sobre el funcionamiento de esta nueva expansión de consciencia». Al
mismo tiempo, a través de los mensajes que pude recibir teniendo a Hamits como
puente, Oliver me transmitía la necesidad de consolar el corazón de su amada
Gabi. Me di cuenta de que el chico había entendido que aquel trágico accidente
marcaba su paso al otro lado y que lo envolvía el bienestar por haberse
encontrado con la realidad de que la vida proseguía y que lo que consideramos
muerte es solo un cambio de estado. Estaba fascinado con ese descubrimiento y
ahora quería que todos lo supieran, en especial Gabi. Se lo transmití a ella
tal cual y me respondió: «No me extraña, es un novelero, como decimos en
Canarias, así que me lo imagino feliz queriendo conocer hasta el último
detalle, pasándoselo bomba mientras aprende, ya que me lo has descrito tal y
como es... —y se atrevió a decir por primera vez su nombre—, como es Oliver».
Gabi ya no lloraba y escuchaba atentamente. Dejó de referirse a Oliver como a
un muerto que había desaparecido y en su mente tan racional estaba dando por
hecho que su amado vivía —vive— en otro estado, conectado con todos los seres a
los que amó.
Las conversaciones entre Gabi, Oliver y yo fueron sucediéndose diariamente
durante unos meses. A Gabi y a mí nos separaban unos diez mil kilómetros y, por
la diferencia horaria, yo la llamaba casi en la madrugada, cuando era la tarde
para ella. Sabía a qué hora salía del trabajo y estaría en casa. En esas
transmisiones y mensajes, Oliver le hablaba sobre cosas que ella le había
hecho, a modo de homenaje, en diferentes partes del país y con diferentes
personas, ya que por el trabajo que ambos desempeñaban y por su carácter
abierto muchas personas de distintos lugares querían honrar su paso al otro
lado. Oliver me contaba cosas sobre las que yo no tenía ni idea, no sabía nada
de lo que Gabi organizaba y, además, ella trataba de ocultármelo para ver si yo
le nombraba algo de lo que estaba sucediendo. Y así era, Oliver me contaba todo
y me habló también de señales que le enviaría desde el más allá. Recuerdo que un
día me dijo, medio riéndose: «Como Gabi es tan cabezota, dile que sí, que ahora
puedo hacer lo de ese pájaro blanco que quiere ver en su dormitorio como prueba
de que estoy con ella». Muchas cosas que solo ambos sabíamos se fueron
cumpliendo en esos meses. «Ya le advertiste de los juegos que hago con las
luces de su casa desde el otro lado en el que me encuentro y, aun así, sigue
erre que erre, con que quiere más pruebas.» Yo me tuve que reír, pues Oliver me
contaba todo con mucha gracia y mucho arte, como dirían en Andalucía. Él
entendía la necesidad de Gabi y ahora había aprendido a dar señales desde el
otro lado y quería hacerle ese regalo. Como era de esperar, Gabi me preguntó:
«¿Cuándoooo?» y con un toque algo ácido Oliver me dijo: «¿Quieres recordarle lo
del apego, por favor?», y se echó a reír.
Debo decir que, en mi experiencia como médium, percibo que los espíritus
irradian una energía de felicidad. Muchas veces son serios y contundentes en
sus mensajes, pero es enorme el amor y la compresión con la que nos ayudan y
colaboran. Su influencia es una guía para nuestro desarrollo en esta
oportunidad de experimentación que llamamos vida. Uno de los mensajes más
contundentes, o por los que se suelen poner serios, es sobre cómo manejar el
apego, y en este sentido Oliver era muy estricto con Gabi. Habíamos hablado de
esto anteriormente Hamits, Oliver, Gabi y yo, y ella sabía que es preciso dejar
marchar, pues la sensación de pertenencia nos hace sufrir cuando alguien parte
y tenemos la idea errónea de que no lo veremos más o de que todo se acabó.
Estos pensamientos generan el deseo y la necesidad de agarrarnos al dolor, como
si fuese lo único que nos une con esos seres amados que partieron, pero es una
ilusión que nos aleja de poder sentirlos, ya que la sensación de dolor no nos
permite conectar con nada que no sea sufrimiento.
Cuando me toca explicar esta cuestión, uso esta analogía: «Imagina que los
espíritus son como una melodía clásica armoniosa que somos capaces de escuchar
cuando estamos en paz. Los médiums podemos percibir notas, fragmentos o
melodías completas. Ahora, imagina que las distintas emociones o sensaciones
que experimentamos los seres humanos son música; que la alegría, por ejemplo,
es una bachata, o que la añoranza es un tango, y que el miedo, la culpa y el
apego son respuestas emocionales que generan mucha densidad, como el heavy
metal. Así comprenderás que, si la música de fondo es armónica, sutil y
casi imperceptible, podremos percibir con claridad, pero si es fuerte y
estridente es imposible percibir nada». Gabi seguía recriminándole a Oliver y
él insistía, una y otra vez, en enviarle señales.
Al fin llegó el día. Gabi me llamó muy temprano, llena de alegría, casi ni
la podía entender. Me hablaba de un pajarito blanco en su dormitorio. La verdad
es que habían pasado unas semanas desde que Oliver le dijo que se lo enviaría a
modo de prueba y debo explicar aquí que de la información que recibo cuando
contacto con los guías, el 90 por ciento no la recuerdo un segundo después de
darla, pero ella me refrescó la memoria: «El pájaro blanco que me dijiste que
Oliver me enviaría», exclamó. Sin saber de qué manera, pues según Gabi las
ventanas de su casa estaban cerradas, cuando despertó vio un pequeño pajarito
blanco que se había colado en su casa y se había posado justo en la tabla de
surf de Oliver, que Gabi guardaba en su dormitorio como un recuerdo muy
importante del amor que compartía con su amado novio por ese deporte. Allí
halló el mensaje que tanto pedía.
Son muchas las personas que establecen conexión con sus guías espirituales
cuando ya han superado la partida y se involucran en su desarrollo espiritual.
En ocasiones, cuando lo consideran necesario, los guías generan estas pruebas.
A través de esta experiencia y de las varias conexiones que establecimos con el
otro lado, Oliver y los guías ayudaron a Gabi a convertir aquella trágica
pérdida en el principio de un fascinante camino de autoexploración y
crecimiento. Entendió que Oliver, un ser carismático, amoroso y alegre le
transmitió todo esto como herramientas para que la muchacha, que antes de vivir
esta historia de amor era tímida, apocada, excesivamente racional y se
infravaloraba continuamente, se transformara en una mujer con fe en sí misma,
según la nueva visión de la vida que su amado Oliver le mostró y que le sigue
mostrando con ese amor infinito que se profesan, animándola a seguir
experimentando su estancia en la Tierra desde la plenitud, y no desde la
sensación de vacío y pérdida.
Tanto es así, que Gabi entendió que, pese al gran amor que se profesaban,
su propia estancia en la Tierra le da la oportunidad de vivir no solo el amor
con otras personas nuevamente y en otras formas, pues su vínculo amoroso con
Oliver es una unión sagrada que seguirá vibrando en el nivel de sus almas, sino
que la ayudará a crecer y desarrollar diferentes proyectos en la vida,
aconsejada por él, hasta el punto de que, actualmente, ha creado exitosas
empresas que la unen más a él, gracias a la energía y a la pasión por la vida
que Oliver le transmitió durante su estancia en la Tierra.
Sesión 8
DISOLVER
LOS PACTOS
Me encontraba viajando por América cuando recibí una propuesta para
regresar a Bogotá a trabajar por unas semanas, y vi que tenía disponibilidad.
Me fui allá, y cuando llegué supe que, solo unos días antes, alguien del equipo
que me ayuda en la organización de las sesiones, talleres y conferencias había
perdido a su pareja en un accidente de tráfico y estaba de baja, de modo que
era muy probable que no la viese. Decidí entonces enviarle un mensaje diciéndole
que yo estaba en Bogotá y que contara con todo mi apoyo, y también le propuse
vernos.
Margot —que así se llama— es alguien muy especial para mí, así que, después
de que aceptara nuestro encuentro, lo organicé en mi día libre para dedicarle
todo el tiempo. Solo hacía una semana que Efrén, su pareja, había fallecido y
yo no tenía ni idea de si iba a poder conectar con él. Hay que decir que, en la
mayoría de las sesiones, prácticamente en un 95 por ciento de los casos,
se dan los encuentros con los guías que esperamos, pero también puede no
suceder así y que se presenten otros guías, familiares o no, que colaboran
activamente en el proceso que estamos viviendo en ese momento.
No supe nada de Margot hasta que ella llegó. En el momento en el que abrí
la puerta, vi que el desconsuelo y un profundo dolor habían embargado aquel
bello rostro con el que siempre me saludaba, y es que con ella nunca se sabe si
sonríen sus ojos o su boca, pues es una mujer muy linda —diría que es mágica—,
así que le di un fuerte abrazo que ella recibió como agüita de mayo. Y en ese
momento escuché: «Dile que estoy aquí, Felipe, dile que soy Efrén, ella está
muy mal porque no se pudo despedir de mí. Un día antes del accidente ambos
teníamos una sensación extraña, como si no nos fuésemos a ver nunca más, fue
raro, parecía que algo nos estaba avisando. Ella me dijo que no fuera a
trabajar ese día, que no montara en la moto; sin embargo, yo, que tenía también
esa mañana una extraña sensación, pensé que eran tonterías. Margot siente mucho
dolor y mucha culpa, pues piensa que, si hubiera insistido más, ahora estaría
ahí, con ella. Dile que no, que no es cierto. Y que quiero que esté bien. Dile
que no hace falta despedida, pues yo estoy aquí a su lado, amándola».
Al transmitirle cada una de las palabras que me decía Efrén, podía observar
cómo cada una de ellas sonaba como un bálsamo para Margot. Pude ver y sentir
cómo la vibración de Efrén se hacía más presente en ella, y ella iba razonando
las palabras que sabía que, por la forma de expresión y por los términos que
usaba, venían directamente de Efrén. No sé cuántas horas transcurrieron en ese
encuentro, pero recuerdo que él le explicó que sus almas se habían encontrado
en la Tierra como pareja una y otra vez, y que en esas vidas se juraron volver
a encontrarse y volver a amarse. Hicieron lo que los espíritus llaman acuerdos
de almas, pactos o votos.
Debe saberse que nuestra palabra tiene poder, que nuestros pensamientos
alineados con la palabra y con el estado emocional adecuado generan las realidades
que vivimos. No somos conscientes del poder que tenemos como cocreadores de
nuestras vidas. Muchos libros sagrados hablan de esto, por ejemplo, en el
hinduismo se dice que el mantra om creó el universo, que su vibración,
unida a la intención del creador de experimentarse desde el profundo amor, dio
vida a la vida. Nosotros formamos parte del todo y somos cocreadores de nuestra
experimentación, y es por eso por lo que los espíritus nos alientan a estar
atentos y a que seamos impecables con lo que decimos y elegimos sentir, para
que cocreemos en armonía. Esta armonía se distorsiona cuando, inconsciente o
conscientemente, cocreamos energía en distorsión, y los votos, pactos y
acuerdos lo son. Por eso, los espíritus nos hacen conscientes de lo que cocreamos
en algún momento de la existencia, no juzgan si está bien o mal, simplemente
nos ayudan a deshacer los nudos que creamos.
Efrén le desveló una información que ella pareció conocer —o reconocer— en
su interior, pero a la que no sabía dar explicación. Con cada palabra que decía
Efrén, todo iba cobrando sentido para ella. Él recordó que cuando se vieron por
primera vez, en una celebración de su barrio, ambos se miraron a los ojos, se
sonrieron y fue como si se reconociesen, ambos sintieron que iban a ser el uno
para el otro, algo que se confesaron desde el primer día en que comenzaron su
noviazgo. Se complementaron a la perfección, a pesar de que los dos tenían una
personalidad bastante fuerte, eran —de hecho— la pareja perfecta, así los
llamaban sus allegados y familiares. Es verdad, también, que tuvieron que
superar ciertas barreras o inconvenientes que la vida nos tiene preparados a
todos a modo de experiencias, y ellos supieron generar los recursos necesarios
para comprometerse y prepararse para formar una familia. Su comunicación era
tal que parecía que se leyeran el pensamiento el uno al otro, de ahí el
profundo dolor de Margot. Según el estado de consciencia en el que ahora se
encontraba Efrén, toda esa magia se debía a que sus almas habían vivido muchas
vidas en diferentes escenarios, y con diferentes personajes en vidas anteriores
aquí en la Tierra. Sus almas se reconocían y se unían, tal como había pasado en
aquella ocasión.
Tantos reencuentros, en tantas vidas, se debían —según Efrén— a que en la
primera vida en la que experimentaron su encuentro, sus personajes habían hecho
un pacto de amor: juraron encontrarse una y otra vez, por siempre, y lo
hicieron con tanta intensidad que, sin ser conscientes, crearon o grabaron una
memoria en su alma que, sin saberlo, se convertiría en una repetición. Efrén no
valoró si esto estaba bien o no, solo le explicó que en esta vida se
encontraron con el fin de desatar aquella antigua promesa. Al pasar Efrén al
otro lado y ver desde otra consciencia, Margot supo que era hora de que esa
promesa fuera extinguida y para eso uno de los dos tenía que estar en esta
dimensión y ser consciente de lo que Margot iba a aprender en este plano
físico, al entender la necesidad de que la energía que se distorsionó volviese
al equilibrio.
Efrén explicó también nuestra razón de ser en la Tierra de esta manera:
«Imagina que la vida es un gran escenario donde miles, millones de actores que
pertenecen a un todo, tienen la oportunidad de existir relacionándose desde el
amor y la compasión, para reconocerse y así experimentar más y más partes del
todo desde un amor infinito. La participación en ese escenario es un regalo,
pero cuando salimos a escena olvidamos por completo el guion, que está
integrado en nosotros, aunque no lo recordemos. A algunos les da entonces por
improvisar, a otros por copiar, a otros por dirigir, o por ser dirigidos, otros
se paran y se escuchan, se encuentran y fluyen. Tú y yo quisimos representar
los mismos papeles, aunque con diferentes personajes, y ahora toca conocer y
desarrollar otros diálogos, otros personajes, sabiendo que siempre estaremos
unidos, pues ya nos reconocemos en el todo». En otras palabras, Efrén daba por
hecho que sus almas siempre estarían conectadas, siempre, pues el amor que se
profesan había hecho que, donde se encuentren, estén juntos.
Margot me comentó que todo lo que le transmití sonaba muy extraño, pero que
reconocía cada palabra, que en lo más profundo de su ser sabía sin saber por
qué. Y fue entonces cuando Efrén le habló de su futuro: «Conocerás a quien será
tu próxima pareja, con quien tendrás una hija y un hijo. Serás muy feliz y yo
te acompañaré en todo ese proceso mientras realizo el mío aquí, en el mundo
espiritual, y nos volveremos a encontrar en este plano cuando llegue el
momento. Por eso es importante que dejes de llamar a tu muerte para estar a mi
lado; es importante que te quites el enojo con la vida por haberme ido, es el
momento de que dejes la pena atrás por no haberte despedido de mí. No hace
falta, yo estoy aquí contigo, te amo: suelta el dolor y comprende que tienes la
oportunidad de experimentar otras partes del todo desde el amor, y sé que lo
vas a hacer porque estoy aquí para guiarte. Te amo».
A lo largo de las horas que pasamos juntos, Margot fue una montaña rusa
repleta de subidas y bajadas emocionales. Al terminar nuestra reunión, me
pregunté a mí mismo si realmente había podido ayudarla con la traducción del
otro lado, y mis dudas se despejaron al sentir el profundo abrazo que me dio.
«Gracias, gracias —me dijo—. No sé si es lo que quería escuchar, aunque sí
estoy segura de que es lo que necesitaba mi alma. Me voy no solo con paz, sino
con la sensación de una liberación de algo antiguo que no sabría cómo explicar,
pero que siempre llevé dentro.» Al irse, Margot me transmitió la sensación de
sanación que la llenaba tras la comunicación con su guía.
Cuando nos quedamos solos, le pregunté a Hamits sobre esta sesión que
habíamos realizado y me dijo: «Como ya bien sabes, la vida en la Tierra es una
oportunidad de que miles de millones de fragmentos del todo se experimenten
como un ser individual, de sentir la consciencia infinita desde una
inconsciencia inicial». Como me pareció un trabalenguas, le pedí que me lo
explicara de otra manera —muchas veces bromeo con Hamits y le digo que me lo
cuente «para todos los públicos», recordándole que aquí las cosas no se ven tan
claras como allá—. Hamits añadió: «Lo que en la Tierra denominas alma es
ese fragmento que viene con el único propósito de experimentar la consciencia.
Viene con el diseño perfecto de un personaje que nacerá inconsciente de todo
ello. A través de la experimentación del amor hacia uno mismo y hacia lo que
comprenden la vida y el mundo, su propósito es experimentar esa consciencia del
todo. Experimentará diferentes escenarios y personajes que apoyen este
propósito. Esos escenarios son diferentes vidas que el alma decide manifestar,
y los personajes que la apoyan son otras personas u otras almas con forma
física que despertarán, en el plano humano, amores, antipatías, pasiones...,
desafíos que, en lugar de vivir desde el amor o la compasión conscientes,
generan energía discordante por la desidia emocional del plano Tierra. Por
ejemplo, imagínate que en una vida pasada fuiste un monje que, en la
consciencia de aquel momento, creíste que había que llegar a Dios (y actuaste
en consecuencia, creando para ello), en lugar de ser consciente de que la
separación de Dios es la ilusión, pues no puedes separarte de lo que te
compone. Pero en esa vida creíste que para llegar a Dios el camino era el
sacrificio, la autotortura y la negación de que eres parte de la divinidad que
te creó, y decidiste hacer pactos de pobreza, pactos de renuncia a la vida,
etcétera. Y viviste esa experiencia estableciendo convicciones que no solo te
impidieron llegar a Dios a través del código original de conciencia, que es el
AMOR, sino que, además, generaste una memoria telúrica que quedó pendiente de
equilibrar por este ensayo de prueba/error que es la vida. Dicho en otras
palabras, cuando vivimos en la ilusión de la separación del todo, cuando no
somos capaces de reconocer nuestra naturaleza espiritual y combinarla con
nuestra parte mental, emocional y física, con el fin de SER en lugar de
COMPRENDER solamente, obviamos el potencial del don con el que se nos ha
provisto: el poder de la palabra, combinado con la intención, con una
emocionalidad adecuada y con nuestra mente como aliada, que pueden hacer que el
velo caiga y nos sintamos unidos a eso que nos nutre para dar forma a nuestra
existencia de manera creativa, desde el sentir. O podemos, desde el
desconocimiento de nosotros mismos, generar realidades que no solo nos influyan
en la vida presente, sino que queden como tareas pendientes que solucionar,
desde el reconocimiento del propósito original».
Comenté con anterioridad que, en el hinduismo, por ejemplo, se dice que el
sonido om es el poderoso mantra con el que el Creador dio lugar a la
existencia. En todas las filosofías que he podido estudiar, se habla del
profundo amor del Creador y de su propósito de experimentarse creando así la
vida. Es momento, pues, de usar esa capacidad de cocrear nuestro propósito
original tomando conciencia de nuestro poder. Por eso, cuando nos prometemos
amor eterno, cuando vivimos, en lugar de experimentarlo como un apego o un
desapego absolutos, de acuerdo con esto o con aquello, o con lo que aprendimos,
nos detenemos un momento para experimentarnos a nosotros mismos y fluir, el
juramento es como una especie de «maldición» que se verbaliza con tanta
intensidad y con tanta fuerza que todas esas distorsiones se quedan pendientes
de resolver. Así que entendí que Efrén, desde el amor y la consciencia del otro
lado, disolvió junto con Margot la distorsión que los unía para permanecer
unidos dondequiera que se encuentren, a lo largo y ancho de la existencia.
Sesión 9
HOGAR,
DULCE HOGAR
El guía de Dulce conectó conmigo rápidamente. Se presentó como una mujer de
unos sesenta años y me describía el último periodo de su estancia en la Tierra.
Me mostró que había partido a consecuencia de un cáncer de hígado que había
hecho metástasis en varias partes de su organismo, y que, en el momento en el
que partió, la familia estaba dividida a consecuencia de una casa que habían
heredado ella y sus hermanas, entre las cuales se contaba Dulce. Aquella casa
familiar fue el hogar donde vivieron la infancia y la adolescencia, hasta el
momento de casarse. Y, más allá de los altibajos que cualquier familia puede
pasar, había sido un hogar lleno de amor y de armonía..., pero luego se había
convertido en motivo de disputa y separación familiar.
Mientras le contaba a Dulce todo esto que Teresa —el espíritu guía— me
relataba, su cara se descomponía en llanto y asentía con su cabeza. La
culpabilidad que sentía se hacía presente tímidamente, hasta que su hermana
Teresa me dijo: «Transmítele que estoy bien y dile que lo siento mucho. Mi hija
no dejó que ninguna de mis hermanas se despidiera de mí, dile que no tengo nada
que perdonarles, que sigo viva de otra manera y que quiero calmar ese dolor que
entre todas nos causamos de manera innecesaria, igual que al resto de la
familia. Dile que recuerde lo felices que fuimos siempre y que deje de
torturarse con la idea de que debió evitar el conflicto, como si de verdad lo
hubiese podido evitar. Dile que todavía están a tiempo de terminar con esta
guerra familiar».
Al parecer, Paola —que era la hija de Teresa— había tomado las riendas de
la defensa de su madre como heredera y las disputas continuaban, así que
Teresa, desde el plano espiritual, seguía calmando a su hermana Dulce y
enviando y proponiendo amor como solución al conflicto. De pronto, me dijo:
«Mira quién se acerca para hablar». Y vi a una señora de edad avanzada con una
gran melena blanca que me transmitía un carácter muy seguro. Parecía severa,
aunque no rígida, y me dijo: «Soy su madre, vengo a decirle que la amo, que amo
a cada una de mis hijas. Vengo a transmitirles que actúen en libertad». Cuando
dije eso, Dulce me miró con cara de no entender el mensaje, así que le pregunté
a su madre: «¿Libertad?». Y ella respondió: «Sí, libertad, mis hijas creen que
vender la casa sería la solución del conflicto, pero no lo hacen pues les
invade la pena, pensando que a nosotros no nos hubiese gustado que lo hicieran,
y vengo a darles la libertad para que lo hagan, porque la única realidad que
perdura en el paso de la Tierra al mundo espiritual es el AMOR. Los elementos
que conforman la realidad que vosotros percibís solo son vehículos que apoyan
la experiencia; sin embargo, las vivencias se graban y fluyen infinitamente. Tu
hogar es el lugar donde sientes ese amor cuando reproduces en tu mente cada
vivencia, y estas no pueden dejar de sentirse o, peor aún, de distorsionarse.
Por lo que discuten no es un hogar, solo es una casa. Y es momento de
venderla». Cuando miré de nuevo a Dulce —pues mientras tenía lugar la
transmisión yo tenía los ojos cerrados para concentrarme fuertemente en el
mensaje de su madre—, noté su liberación.
Aprendí en esta sesión que las formas de apego para mantener el recuerdo de
un ser querido pueden ser jaulas de oro que nos mantienen en un recuerdo
doloroso. Con el fin de mantenerlos aquí presentes, nos agarramos y apegamos, y
esto limita nuestra capacidad de acción, pues el apego no deja lugar a nada,
sino al bloqueo de nuestra energía. El mensaje de Teresa lo dejaba muy claro:
«Suelta, llénate de lo que te hace vibrar de amor, pues es la manera de que ese
mismo amor que sigue vibrando traiga la comunicación con el otro lado».
Cuando Dulce escuchó que su madre conocía su pensamiento de vender la casa
familiar, y supo que, además, no solo conocía la intención, sino que la
aprobaba, sintió una sanadora sensación de libertad. Los mensajes le hicieron
entender que ese «hogar, dulce hogar» no está en esta o en otra casa, en este o
en aquel lado, sino donde el amor permanece.
Tiempo después supe que, en efecto, se solucionó el problema, al igual que
en otros muchos conflictos que he podido ver en los que se generaba discordia
familiar y el mensaje de los espíritus ayudó a aclarar la situación, a resolver
de forma constructiva el conflicto para que dejemos de sufrir y de generar
distorsiones, respetando siempre el libre albedrío y las decisiones que
tomamos.
Sesión 10
«¿ELLOS
ESTÁN AQUÍ? PUES DILES...»
Las sesiones que quiero compartir contigo en este capítulo fueron un tanto
peculiares —milagrosas, a mi entender—, ya que cada una de las tres, que
tuvieron lugar para la misma persona en un espacio de dos años, me generó un
gran impacto.
Acababa yo de presentarle a Elena los guías espirituales que venían acompañándola.
Era su primera consulta conmigo y la verdad es que traía aspecto de enfadada,
venía con cara de pocos amigos. Le dije que veía a una mujer joven, de unos
cuarenta y cinco años, que me mostraba haber muerto en un accidente, y que
repetía y repetía la palabra hermana. Elena me confió: «Sí, mi hermana
murió en un accidente». Se la describí, pues el espíritu me enseñaba
características físicas y Elena me dijo de nuevo: «Sí, es ella», con un tono de
voz fuerte y algo jocoso que, no sé por qué, me resultaba muy extraño. De
buenas a primeras vi a otros dos espíritus, su madre y su padre. En este caso,
el señor me dio el nombre de Pedro y se lo transmití. Y Elena me dijo: «Sí, es
mi padre, se llamaba Pedro. ¿También está aquí?». Le dije que sí, y que su madre
también estaba presente. Se hizo un silencio de unos segundos y me preguntó:
«¿Ellos me oyen?». Aproveché para contarle que los espíritus viven en otro
formato, por decirlo así, y que en la frecuencia en la que ellos vibran nos
pueden escuchar y sentir, y que, además, interactúan con nosotros siempre, y
que sin que lo sepamos influyen en nosotros energéticamente y nos apoyan cuando
les pedimos ayuda para nuestros retos en esta vida. Cuando acabé de comentarle
esto, me insistió: «Pero ¿en este preciso instante me escuchan?». Y le volví a
contestar que sí.
Cuál fue mi sorpresa al ver que Elena empezó a insultar a su madre, a su
padre y a su hermana como si ellos fueran la fuente de todos sus males. Quizá
no me conozcas personalmente y estés leyendo mi libro, así que te cuento que
tengo mucho carácter, pero que, sin embargo, soy también alguien muy tímido, y
en ese momento no supe cómo reaccionar a lo que estaba viendo y escuchando. Mi
cara debía de ser un poema, pues cuando Elena me miró, trató de justificar los
insultos contándome lo malos que habían sido en vida con ella. En medio de
tanto estrés escuché a Hamits decir: «Felipe, pídele que realice respiraciones
profundas, y que, ya que se ha desahogado, que ahora escuche».
Su madre, como portavoz de todos los espíritus presentes que la
acompañaban, comenzó diciendo que tenía razón, que cuando ella estuvo en la
Tierra no supo hacerlo. Elena había sido la más pequeña de sus cinco hijos, la
habían criado como la hija que sería la responsable del cuidado de sus padres
en el futuro, así que sin haber contado con ella habían trazado su destino: en
sus planes, no podría casarse, debía estudiar enfermería y ser una perfecta ama
de llaves, por decirlo así. Y todos los mensajes que recibió en su niñez, a
diferencia de sus hermanos, fueron llamadas de atención y la cargaron con un
exceso de responsabilidades que no correspondían a su edad. Además, esos
deberes no le permitieron un desarrollo psicoemocional adecuado. Esto generó
que su carácter rebelde la llevara a tomar decisiones que experimentó como
fracasos: estudió algo que no sabía si le gustaba y que ahora rechazaba
enérgicamente, y su matrimonio apenas había durado dos años, dejándole dos
hijos a su cargo después de abandonarla su única pareja. Todas las afirmaciones
negativas que sobre todo su madre le decía, como que Elena no estaba hecha para
tener un buen hombre o un hogar, o que sería un parásito que viviría del
patrimonio familiar toda su vida, se habían convertido en realidades que
amargaban la existencia de Elena y de sus hijos. Ahora, en cambio, su madre y
otros espíritus familiares pedían disculpas, pues sus miedos a la soledad en la
vejez contribuyeron a forjar para Elena una realidad que la hacía sufrir, y
ella mostraba su peor cara al mundo, aislándose cada vez más de sí misma y del
resto.
Con cada mensaje que recibía, parecía que una nueva parte de Elena
comenzaba a nacer. Entre lloros, me detuvo y me dijo: «Gracias, toda mi vida he
pensado que estaba loca. No entendía por qué mis padres y mis hermanos actuaban
de esa manera conmigo, no me lo merecía». Yo prestaba mientras tanto mucha
atención, porque su madre y los demás espíritus pedían su permiso para ayudarla
a elevar su vibración y desconectarla del dolor a través del entendimiento y
del perdón para ellos y para sí misma. Elena exclamó: «¡Por favor, ayudadme!»,
y vi cómo los espíritus que la acompañaban, junto con Hamits, actuaban
energéticamente en su frecuencia, o sea, en su energía.
Muy a menudo veo esto en las sesiones. Una de las cosas que me diferencian
como médium es que, además de que mi facultad me permite conectar con los guías
espirituales y ver el pasado, el presente y el futuro de las personas o de las
situaciones que se plantean en la consulta, a través de mi canal de conexión
los guías me usan como instrumento y utilizan mi energía para manifestar
cambios en los otros. Por eso, miles de personas afirman que la vida les cambió
en una sesión en la que participé como médium. No quiero decir con esto que yo
sea un hacedor de milagros o que tenga la solución a los problemas de todo el
mundo, ni muchísimo menos, sino que en la mayoría de las sesiones los guías
espirituales modifican nuestra energía liberándonos de muchas energías pesadas.
En algunas personas se generan cambios a través de los mensajes de los guías;
en otras personas, se generan otros; unos son quizá más notables y perceptibles
para nosotros y para quienes nos rodean, otros tal vez lo sean menos: pero
siempre hay cambios.
Elena inició un nuevo camino con las indicaciones que le dieron sus guías.
Pude comprobarlo, pues un año después volví a hacer sesiones en la ciudad donde
reside. Uno de los días, entró en mi despacho una señora a la que le pregunté
si era la primera vez que venía a la consulta. Me dijo: «Pero ¿no sabes quién soy?».
Le dije sinceramente que no y le pedí que tomase asiento. En la sesión volví a
conectar con su hermana fallecida y con sus padres. Yo, la verdad, no recordaba
la sesión anterior, me sería imposible guardar en la memoria todo lo que sucede
en las sesiones por la cantidad que realizo anualmente. Esta vez, Elena no
insultó a nadie, todo lo contrario, sus espíritus guías, además, la alentaban y
motivaban, pues al parecer había generado grandes cambios en sí misma y, en
consecuencia, en su manera de experimentar la vida, lo que se estaba
traduciendo en muchos logros personales.
Cuando estábamos finalizando la sesión y sus guías le estaban proponiendo
tener en cuenta ciertas indicaciones, Elena me dijo: «Quiero darte las gracias.
Mi vida ha cambiado y en parte es gracias a ti, pues hace un año estuve
aquí...». Fue entonces cuando me narró la consulta anterior y recordé aquellos
insultos. Y me sorprendí. No solo había cambiado su manera de percibir y
experimentar la vida, sino que su rostro era el de alguien feliz, alguien
sereno, que transmitía buena energía. Nada que ver con la persona con la que un
año antes me había entrevistado. Su vida se había transformado y, por fin,
realizaba con placer su trabajo de enfermera, se había sanado a sí misma. Con
la ayuda de las lecturas y los ejercicios recomendados en la sesión anterior,
con la visita a un terapeuta —como le indicaron sus guías—, y con sus mensajes
desde el otro lado, aquella mujer que renegaba de la vida, que odiaba vivir, se
transformó en una persona que ayudaba a los demás sintiéndose feliz. Luego
supe, por una tercera sesión, que conoció a alguien que hoy en día es su pareja
y que, tal como me dijo la última vez que nos vimos, aun sabiendo que la vida
tendrá aprendizajes agrios, ahora sabía concentrarse «en disfrutar lo dulce de
la vida».
Sesión 11
YAYI,
EL ESPÍRITU DE LA NATURALEZA
En uno de mis muchos viajes a África, recibí uno de los mayores regalos que
la vida me ha podido hacer, y este fue el encuentro con Yayi.
Llevábamos unos días en Lomé (Togo) y estábamos ya finalizando nuestro
viaje por diferentes países. Un pequeño grupo de personas había organizado una
ruta a lugares mágicos y sagrados, y encuentros con chamanes con unas
capacidades de conexión con el mundo espiritual fuera de lo común. Fue entonces
cuando recibí la invitación de la máxima autoridad de una región para que fuese
a visitarlo, ya que le habían hablado de mí y quería conocerme. Disponía de
unos días para mi descanso, así que acepté la invitación y viajamos durante día
y medio hacia sus territorios.
Recuerdo que llegamos bien entrada la noche y allí estábamos, en una
especie de mansión enorme a la que habíamos sido invitados mi equipo y yo. Nos
acomodaron para que descansásemos y, ya al día siguiente, nos entrevistáramos
con nuestro anfitrión. Y eso hice: me tumbé en la cama después de tomar una
ducha para relajarme y dormir plácidamente, pues el viaje había sido muy
intenso.
Al día siguiente, después de desayunar, me reuní con el jefe local. A
través del traductor que me acompañaba, me transmitió su deseo de que
compartiese mi habilidad de conexión con el mundo espiritual (de la que tanto
había escuchado) con un grupo de unos quince invitados suyos, después de la
cena que había organizado. Accedí y decidí que haría un círculo de mensaje, o
sea, una reunión donde el médium, en lugar de hacer una consulta general a cada
participante, canaliza a los guías de cada una de las personas presentes en la
reunión y, durante unos minutos, les da mensajes que estos reconocen y con los
que toman conciencia de quién los guía y en qué contribuye esa guía, por así
decirlo.
Llegó la noche, y allí estábamos mi traductor y yo al frente de aquel grupo
de personas que esperaban sus mensajes, entre ellos, el jefe local que nos
había invitado, que parecía muy interesado en que comenzara haciendo mi
demostración con él. Debo explicar que los círculos de mensajes comienzan con
el primer espíritu que enlace con mi canal de conexión con el otro lado, y que
esto imposibilita que sea yo quien escoja a la persona a la que empiezo a
dirigirme, así que aproveché para que mi queridísimo traductor, Kuyu, explicase
esto a todos los presentes, lo cual me tranquilizó.
Le pedí a Hamits que me ayudara a abrir esa sesión y comencé a dar los
mensajes a cada uno de los invitados. El ambiente se tornó conmovedor, al ver a
padres e hijos desde el otro lado comunicarse con los asistentes, hasta que
llegó el turno de la última persona que faltaba por recibir sus mensajes, que
no era otro que el anfitrión de dicha reunión, al que fui dándole los mensajes
de sus espíritus guías y familiares. Sin embargo, su cara, aunque denotaba
felicidad, por una parte, por otra parecía mostrar desconcierto, pues esperaba
algún mensaje más de algún otro espíritu. Fue entonces cuando se dejó ver un poderoso
espíritu que yo ya conocía: el espíritu de la naturaleza, también llamado de la
Madre Tierra, o de los cuatro elementos, según las diferentes culturas o
creencias.
Aquel hombre, que había cursado sus estudios en Francia, había luchado
porque su comunidad entendiese que cuidar la naturaleza no es devastarla para
luego producir una recuperación. Por ello, invirtió gran parte de su patrimonio
en construir infraestructuras que nutriesen de agua y alimentos a su población.
Fue para mí un verdadero honor conectarlo con aquello que él esperaba, pues el
espíritu de la naturaleza, que se fue manifestando con mayor fuerza, comenzó a
darle las gracias y lo invitó a desarrollar una conexión especial con las
plantas y con los seres que viven en los cuatro elementos, e incluso le hizo
consciente de que aquella voz que escuchaba dentro de su cabeza no era otra que
la guía de la Madre Tierra.
A medida que iba profundizando en el mensaje, sus ojos se iban aguando, y
cuál fue mi sorpresa cuando el espíritu de la naturaleza tomó la forma de una
hermosa águila que volaba energéticamente a su alrededor. Acto seguido, una
especie de antílope albino se hizo presente, y entonces Yayi dio un grito de
alegría diciendo: «¡Son ellos, son mis amados amigos!». En un principio pensé que
esta representación animal se refería a su nagual, como dicen los chamanes
americanos, sin embargo, los guías dijeron que ambos espíritus lo acompañaban,
y que lo esperaban en el mundo espiritual.
El hombre comenzó a dar gritos de celebración y bailó unos minutos. Explicó
a mi traductor que ambos animales habían sido criados con él, que eran animales
que su padre había rescatado enfermos, ya a punto de morir, cuando él era niño,
y que se habían convertido en sus amigos, en sus compañeros de infancia. En su
adolescencia, él había abandonado el continente africano para recibir su
formación académica en Francia y, cuando terminó su especialización y regresó a
su país, ambos amigos habían muerto y un profundo pesar había calado en él;
hasta ese día, había sentido una desazón que nunca le había confesado a nadie.
Ambos seres —águila y antílope— le explicaron que el espíritu de la naturaleza
es quien nos acoge, acompaña y guía en nuestra existencia en la Tierra; que las
plantas, los vegetales, los minerales y los animales son el espíritu en
diferentes formas de expresión y que este nos guía y nos acompaña colmándonos
de amor. Cuando un animal se vincula, o nos vinculamos emocionalmente con ellos
y estos pasan al otro lado, mantienen esa consciencia vinculada a nosotros y
nos acompañan, nos guían, forman parte de nuestra familia del alma y su
espíritu se muestra en las sesiones o incluso nos dan señales de su compañía.
Yo conocía bien al espíritu de la naturaleza, pues desde que tengo uso de
razón he conectado con la energía que los chamanes denominan nagual, esa fuerza
espiritual del mundo natural que nos guía espiritualmente para nuestro
autodescubrimiento. Pero debo decir que no fue hasta ese momento cuando sentí
que realmente somos un todo, cuando vi esa conexión de almas entre una persona
y sus fieles amigos animales: magia pura. Esto sucedió hace ya muchos años.
Después de esta conexión, he ido viendo muchos animales que son parte de
nuestra familia del alma y nos acompañan. Y sé de muchas personas que han vivido
señales de sus amados amigos desde el mundo espiritual.
En efecto, son muchas las personas que cuando acuden a una sesión reciben
el espíritu de la naturaleza, que cobra forma de animales o mascotas que se
vincularon con nosotros a través del amor, y que, por lo que transmiten, al
parecer nos esperan en el otro lado, igual que nuestros familiares que
partieron, en el momento de nuestro paso al otro lado. Esto se debe a que estas
mascotas o animales se vinculan amorosa y energéticamente con nosotros y, lejos
de regresar al espíritu animal para volverse a encarnar, como sucede en la
mayoría de los casos, esperan nuestro regreso para ayudarnos en nuestro camino
de vuelta a casa.
El espíritu de la naturaleza en esta ocasión me contó que muchos de esos
animales que partieron vuelven de inmediato a la vida, buscando de nuevo a los
seres o a las personas que aman y siguen amando, y reaparecen como nuevos
regalos que nos ayudan en nuestro proceso de vida. El espíritu de la naturaleza
—el conjunto de seres vivos que pueblan los cuatro elementos—, parte y vuelve,
parte y vuelve, en un ciclo infinito que nos da la oportunidad de generar un
hermoso espacio en el que podemos desarrollarnos. En el caso de Yayi, el
espíritu, lejos de generar una queja hacia otros, nos mostró un profundo
agradecimiento, pues en la sociedad en la que vivimos es muy común que solo
amemos a nuestras mascotas, obviando que la Tierra es un ser vivo al que con
nuestra conquista tratamos de subyugar, ahogar y, en muchos casos, eliminar,
sin entender que sin él la vida no tendría lugar.
Sesión 12
UN
REENCUENTRO SIN PECADO
Gema vino a visitarme para una sesión individual, pues unas amigas suyas se
lo habían recomendado. Sabían lo unida que estaba con su padre y, pese a que
habían pasado más de cinco años desde su partida, no parecía haberlo superado
del todo, así que después de pensárselo mucho, finalmente decidió venir a ver
qué sucedía.
El padre de Gema se hizo presente en la comunicación desde el comienzo de
la sesión. Yo estaba recibiendo muchos mensajes de amor que le confirmaban a
Gema que aquella comunicación desde el más allá era real. Su padre, después de
algunos mensajes más, me pidió: «Dile que hoy quiero traerle la paz, es momento
de que deje de torturarse». El señor hizo una pausa en ese momento y Gema
opuso: «Yo no me torturo, estoy muy bien», así que, desconcertado, me dirigí de
nuevo a su padre, que estaba escuchando desde el mundo espiritual. Él continuó
hablándome: «Quiero ayudarla a que deje de torturarse por ese secreto que
guarda desde hace dos años». De repente, la cara de Gema cambió de modo
radical, y con un gesto de sorpresa y vergüenza, y casi sin, voz exclamó:
«¡¿Cómo sabes eso?!».
En ese momento yo no conocía el secreto al que se refería, pues su padre,
por respeto, no lo había desvelado, pero al escuchar a su hija decir «bueno,
dile que todo está bien, que no tiene importancia», fue cuando su padre me lo
reveló. Me contó que Gema, una importante ejecutiva de una multinacional, con
una vida aparentemente perfecta —una madre ejemplar, una esposa ejemplar, una
mujer de éxito—, en el proceso de conseguir tan grandes hazañas se había ido
olvidando poco a poco de sí misma. No era una cuestión estética, ya que por su
imagen perfectamente cuidada se podía ver que dedicaba tiempo y recursos a su
atención personal. Gema se había olvidado de la alegría, todo en ella era una
inmensa lista de deberes que realizaba a la perfección, como un autómata. Pese
a tener dos hijos sanos e inteligentes, no disponía de suficiente tiempo para
compartir con ellos, más bien su feedback hacia sus niños consistía en
aprobar sus logros y dar soluciones a lo que fuera preciso para que fuesen
personas exitosas, programándoles y costeándoles un sinfín de actividades que
llenarían los vacíos que, por su falta de tiempo, generaba su ausencia. Tenía
también un marido sano, amoroso, una persona buena, con el que se había trazado
un prometedor futuro en el que se sentirían realizados y más que felices, pero
ese futuro hacía tiempo que no sabían a ciencia cierta si llegaría. En el
presente, la prioridad era cumplir y desarrollar las ocupaciones necesarias
para que todo y todos estuviesen bien.
Las cosas habían cambiado dos años antes de la consulta, cuando se celebró
la convención anual de la empresa, que tendría lugar en Bruselas. Gema estaba
muy inquieta ese año, pues por primera vez haría una exposición en público, ya
que el departamento que dirigía había hecho crecer y generar muchos cambios
satisfactorios en la empresa. Ensayaba y se repetía una y otra vez el discurso
que tenía preparado desde su llegada a Bruselas. Estaba muy abrumada por una
especie de pánico escénico y lo que prometía ser una gran celebración se
convertía para ella, una y otra vez, en una tortura que, sin embargo, manejaba
a la perfección, olvidándose del disfrute de lo logrado y entrando en una
autoexigencia constante de hacerlo todo perfecto.
En la primera reunión que la organización del evento realizó para que todos
los participantes en las exposiciones se conocieran —un almuerzo en un
restaurante muy elegante, perfectamente adecuado para dicho encuentro—, Gema
estaba preocupada por si su indumentaria era la adecuada, con unas ansias locas
de ser reconocida, hasta entrar en un estado de estrés que supo disimular muy
bien. Sin embargo, todo cambió cuando le presentaron a Patrick, quien sería su
compañero de mesa, un joven francés de unos treinta y cinco años que se sentaba
a su derecha y que con su enorme sonrisa transmitía que estaba disfrutando de
aquel evento como un niño en un parque temático infantil. Cuando se
presentaron, un escalofrío recorrió el cuerpo de Gema y tuvo una sensación de
familiaridad con Patrick que, lejos de incomodarla, le llamó poderosamente la
atención. No se dio cuenta en ese momento de que, por primera vez en mucho
tiempo, sentía algo que no era su habitual autoexigencia, y tampoco se imaginó
que Patrick estaba teniendo esas mismas sensaciones y que aquel era el comienzo
de un reencuentro que cambiaría muchas cosas en su vida.
Mientras los comensales esperaban sus bebidas y alimentos, comenzaron a
presentarse ante el grupo conformado por doce personas. El ambiente era
distendido y amigable, y Gema al fin estaba disfrutando. Poco a poco, su
comunicación se fue reduciendo a Patrick; ambos se sentían muy cómodos
conversando, ahora sí, de sus vidas personales, incluso de sus familias y de lo
felices que estaban por aquella oportunidad y por el reconocimiento de la
empresa en la que ambos trabajaban. Después del almuerzo, una parte del grupo
decidió ir a pie hasta el hotel donde se alojaban pues estaba relativamente
cerca, así que fueron paseando y, de nuevo, Gema y Patrick iban andado juntos,
hablando animadamente. Por la naturalidad que estos desconocidos sentían,
podría pensarse que llevaban años de amistad.
Los días del evento fueron sucediéndose y aquellas conversaciones dieron
lugar a desayunos, almuerzos, cenas e incluso un baile en la fiesta de
despedida. Todo fue creando una empatía y una complicidad que finalmente
culminó en un encuentro más allá de la mera amistad. Ambos sintieron en esos
días que se habían enamorado como dos adolescentes, que habían encontrado a
alguien que los rescataba de un profundo olvido de sí mismos, alguien que les
había vuelto a conectar con la alegría por primera vez en muchos años. Se
arreglaban físicamente para sentirse bien y no para estar impecables
socialmente, sonreían sin saber por qué, habían vuelto a bailar, a reír, a
disfrutar, sin dejar de lado los asuntos que los habían llevado a aquel país.
Sus exposiciones fluyeron con tal optimismo y claridad que obtuvieron más
reconocimiento, fueron cuatro días en los que Gema parecía haber vuelto a la
vida.
Todo esto podría sonar fantástico, pero los remordimientos y los reproches
que una parte de Gema se hacía a sí misma por lo que había vivido ensombrecieron
sus ganas de seguir sonriendo a la vida. A pesar de que amaba a su marido y a
sus hijos por encima de todo, lo cierto es que sin saber cómo ni por qué, de
manera inocente, envuelta por aquella familiaridad y aquella energía que había
sentido con Patrick, se había hecho partícipe de una supuesta traición a su
pareja. Ella había decidido guardarla en secreto y esa tortura le pasaba
factura a diario, de nuevo era un autómata, olvidada de sí misma, pero, además,
con la carga de la culpa y con el miedo a ser descubierta. Todo ello la sumía
en una especie de muerte en vida que trataba de disimular en su mundo perfecto
con una sonrisa fingida.
La verdad es que para mí fue incómodo transmitirle todo aquello, pues con
cada palabra la sentía cada vez más avergonzada. Sin embargo, su guía, lejos de
emitir un juicio, parecía más preocupado por el autocastigo que por otra cosa.
Fue entonces cuando su padre le transmitió algo que me llamó poderosamente la
atención. A medida que él narraba las veladas de Bruselas donde ella había
estado presente, en lugar de estar dándole vueltas a su mente y planeando
incesante e insaciablemente la perfección de lo que haría mañana, o
recriminando lo que pudo estar perfecto pero no lo estuvo, su padre le recordó
cómo, al detener su mente y estar más presente, comenzó a gustarse, a
arreglarse más, y cómo incluso canturreaba por los pasillos del hotel antiguas
canciones que hacía años que ni escuchaba, pero que formaban parte de la banda
sonora de su vida; cómo, incluso, fue consciente de los sabores de los
alimentos que estaba disfrutando, en lugar de comer de pie, rápidamente, como
hacía habitualmente en la oficina.
Ciertamente, su padre no obvió que ese estado lo producía la presencia de
Patrick; sin embargo, le recordó que la que había permitido y generado todas
esas atenciones a sí misma (pues consiguió detenerse y estar presente) había
sido ella. En lugar de ver que, en efecto, había decidido experimentar una
vivencia que la despertaba de su ensoñación de trabajadora incansable por y
para la excelencia —algo que estaba muy bien, pero que sin esa otra parte que
había rescatado no dejaba de convertirla en ese autómata que pasaba por la vida
olvidando vivirla—, Gema solo se culpaba por la traición a su marido. La culpa
no le dejaba vivir, pues no se lo había confesado a su esposo, del que estaba
enamorada, segura de que este era y sería el amor de su vida. Tenía miedo de
dar un mal ejemplo a sus hijos y la verdad es que estaba acorralada por sí
misma. Para compensar esa culpa, se autocastigaba, generando pensamientos y
emociones que le despertaban una tremenda ansiedad, un estado que no le
permitía ni dormir bien y que entendí que su padre trató de aliviarle con su
mensaje, ayudándola incluso a reconducir su vida.
Su guía paterno habló de que, en muchas ocasiones, las personas tenemos una
vida muy definida o segura, que nos ha costado planificar y manifestar, y que,
a veces, estas seudoseguridades que creamos, lejos de permitirnos experimentar
la plenitud, y aun teniendo todos los ingredientes para ello, nos hacen
agarramos a un tipo de realidad que nos reprime, pero que nos es muy cómoda. La
vida, el espíritu, el alma o el destino, como sea que queramos llamarlo, nos
conduce a situaciones que nos hacen despertar de golpe. El golpe puede ser un
accidente, o una pérdida repentina de nuestra estabilidad económica o
profesional, o nuestro reencuentro con almas afines.
Pero te preguntarás qué son las almas afines. Al parecer, son almas con las
que nos hemos encontrado en vidas anteriores y con las que nuestra alma grabó
una especie de memoria de reconocimiento mutuo. Muchas veces, antes de nacer,
nuestra alma ha programado un reencuentro en la vida que vivimos en el
presente, con el fin de despertar o de reconducir a ambas almas en una nueva
dirección de vida. En ocasiones, esas almas nos recuerdan el amor que sentimos
en esas vidas pasadas y en la vida presente. Ese sentimiento se presenta de la
nada, casi basta con que ambas personas, inconscientes de lo que vivieron,
conecten en un momento preciso de la vida y al reencontrarse se desarrolla con
naturalidad una confianza, una sensación de conocerse desde siempre, de haber
llegado a casa, que casi nunca se puede rehusar vivir, pues parece que ambas
personas entran en una hipnosis donde el tiempo se para y ambas almas se
contemplan, se reconocen y se produce la necesidad de amarse espontánea y
necesariamente. Esto puede pasar también en el terreno amistoso, como cuando
reconocemos a la familia del alma, esas personas con las que también nos reencontramos
y son nuestros compañeros de viaje en la amistad. O, a veces, nace un nuevo
miembro en la familia con el que se da una empatía mágica que nadie entiende.
En ocasiones, también aparecen personas que desafían nuestras cualidades y con
las que nos toca compartir nuestro desarrollo familiar, que son como esa piedra
en el zapato con la que experimentamos crecimiento o, por el contrario, una
merma de nuestras capacidades de experimentar la vida creativamente.
En el caso de Gema y Patrick, el guía explicaba que sus almas se habían
amado en vidas anteriores y que habían pactado la posibilidad de reencontrarse
por un periodo muy corto de tiempo para que ambos despertasen a la realidad de
que lo tenían todo, menos a sí mismos, pues habían renunciado a su esencia para
alimentar solo un área de su vida, únicamente nutrían aquella parte de sí
mismos que se sacrificaba para que todos los seres a los que amaban estuviesen
bien. Pero aquel encuentro había hecho que Gema pudiese hacer su exposición y
disfrutase de almuerzos, cenas y conversaciones en la convención igual que
hacía con su familia en los ratos antes de ir a descansar o hablando por
videoconferencia.
En ese encuentro volvió a conectar, aunque fuese por pocos días con el swing
de la vida, se reía sin motivo, se sentía bien. Parecía que todo esto se lo
producía Patrick y, en parte, podría ser así, pero su padre la hizo consciente
de que el encuentro fue la oportunidad para que ella se diera cuenta de la
necesidad de experimentar todo lo que sintió, pues al conectar con Patrick, su
alma recordó aquel amor y, antes de que ese recuerdo se apagase por la
separación inminente, decidió experimentar como si no hubiese un mañana y sacó
tiempo para todo, incluso para sí misma. Ese era su aprendizaje, su despertar: volver
a vivir y no llenar el vacío que dejaba la falta de comunicación con deberes y
más deberes que la alejaban del goce de una vida que todos, incluso ella,
catalogaban de perfecta, pero que por exigencias del guion que había creado no
se permitía disfrutar. Además, había convertido su vida en un drama por esa
oportunidad que se permitió para despertar con Patrick, y, en lugar de seguir
despierta, creó una pesada ensoñación culpable que la sumía en un profundo
dolor.
Su padre quería calmarla con una mirada de amor y desde el conocimiento de
que la experiencia en la Tierra viene con aprendizajes que desafían lo que
creemos saber, de lo que juzgamos que está bien o está mal, o de lo que es
bueno o malo. Después de vivir esos aprendizajes en el formato que vengan, ya
sea un accidente, una enfermedad o un encuentro fugaz del alma, podemos dar un
salto cuántico y enriquecer nuestra existencia como consciencia, tal como hizo
Gema en la sesión. Decidió transformar su culpa y su dolor en paz y fuerza,
pues entendió que aquella experiencia le había hecho reconectar con la vida,
reconectar con su marido, con sus hijos y con ella misma, de otra manera, de
una manera creativa en la que había espacio y lugar para el baile, el disfrute,
la realización personal y la familiar. Y se forjó una comunicación aún más
profunda con su padre, ya que sintió su amor infinito sin censura, ni crítica
ni castigo, algo que generó una apertura psicoemocional que también ha
transmitido a sus hijos, entendiendo el amor desde una consciencia mayor.
En mis sesiones, he visto a miles de personas que se castigaban por lo que
consideraban que era malo, que por lo que fuera experimentaron la culpa, el
castigo, el miedo o el rechazo a sí mismos y crearon aptitudes que
ensombrecieron su oportunidad de brillar, de vivir felizmente. También he
experimentado la liberación de miles de personas a través del mensaje de sus
guías espirituales, ayudándolos a tomar conciencia de que vivir en el presente,
en el ahora, es una de las herramientas para fluir en cada desafío que la vida
nos propone para crecer y disfrutar de la mágica oportunidad de amarnos a
través de nuestra experiencia.
Sesión 13
ALBERT
Y FRED
Una de las sesiones que recuerdo con especial cariño fue la de Albert y
Fred. Me encontraba en Canadá por trabajo, y fui invitado por Catalina, una
española que residía en el país, a pasar unos días en su casa de verano por su
cuarenta cumpleaños, al que acudirían más invitados. Uno de ellos era Fred, un
hombre con aspecto triste, apocado y de pocas palabras, que parecía rehuir
cualquier amago de entablar una conversación. Yo no conocía a nadie y me
llamaba mucho la atención que los demás vieran con normalidad su actitud.
Catalina había creado un montón de actividades para todos los participantes
de la celebración de las que, por cierto, ella no pudo disfrutar en gran
medida, pues había sufrido un esguince de tobillo muy severo el día antes de
nuestra llegada y el reposo era prioritario. No obstante, esto no la detuvo
para animar a los demás a realizar una ruta a caballo por la zona, un lugar
que, sin duda, es un deleite para los sentidos. Yo decidí quedarme en la casa y
nos sentamos a tomar unas infusiones y comer unas galletas mientras charlábamos
y reíamos con las anécdotas que narraba Catalina. Pensábamos que estábamos
solos en la casa cuando escuchamos unos pasos que se acercaban; era Fred, el
hombre que me había llamado la atención. Cuando entró en el salón donde nos
encontrábamos, él también se sorprendió, pues creía que estaría solo en la casa
y se disponía a leer un libro, mientras contemplaba de reojo aquellas
increíbles vistas que podían disfrutarse desde los ventanales. Su reacción fue
como de vergüenza y se apresuró a retirarse. En ese momento, Catalina, con un
tono parecido al de una madre que regaña a su hijo, exclamó: «¡Freeeeeed, veo
que nos vas a conceder el privilegio de tu compañía, así que, por favor, toma
asiento!», cosa que hizo.
Al cabo de unos minutos Fred seguía callado y Catalina, muy amablemente, lo
fue incluyendo e involucrando en la conversación. No sé cómo ocurrió, pero la
verdad es que cuando me quise dar cuenta le estaba haciendo una sesión a Fred,
y entendí aquel extraño comportamiento. Recuerdo que le dije: «Fred, siento la
vibración de un espíritu que tiene una necesidad muy grande de comunicarse
contigo, pero quiero preguntarte si deseas que lo haga, necesito tu
consentimiento». Antes de que Fred pudiera decir nada, Catalina dijo: «Sí
quiere, claro que sí». Miró a Fred y le dijo: «Claro que sí quieres, ¿verdad?».
Él no se atrevió a contradecirla y con cara de niño bueno respondió: «Me temo
que sí». Así que cerré mis ojos y ¡vi a Fred en el mundo espiritual! O sea, a
un hombre calcado a Fred. En ese momento, escuché a Hamits decirme: «Felipe, es
su hermano gemelo, te voy a conectar con él». Y así lo hizo.
Se llamaba Albert y, pese a ser su gemelo, yo sentía que la personalidad
que manifestó en la Tierra era la de alguien enérgico, carismático, diría que
incluso divertido. Su energía era fresca, la de alguien echado para adelante, un
ser con quien seguro no te aburrirías jamás. Albert me dio las gracias por
aceptar compartir su mensaje con su hermano, pues tenía mucha urgencia de que
Fred recibiera su enseñanza.
Cuando le dije a Fred que veía a un hombre que era idéntico a él y que me
decía que era su gemelo, se emocionó y su rostro se iluminó, una reacción que
me dio alivio, pues Catalina lo había condicionado para que aceptase la sesión.
Cuando Fred escuchó que el espíritu de su hermano estaba ahí y le dije que eran
idénticos, me desafió diciendo: «Si mi hermano está aquí, yo sé que diría eso»,
así que miré para Albert, quien se rio y me bromeó: «Idénticos no, yo soy el
más guapo», y se carcajeó. Transmití esta respuesta a Fred que exclamó: «¡Sin
duda, ese es Albert! Siempre decía que era el más guapo». La sesión transcurrió
con los mensajes que Albert le transmitió a su hermano. Le dijo que ya era
momento de cambiar la manera de procesar la vida. Fred se sintió confuso por lo
que su hermano quería decirle, hasta que le pedí que me narrase qué había
sucedido.
Los hermanos pertenecían a una acomodada familia que les proporcionó una
formación académica privilegiada. Albert fue un joven con ganas de comerse el
mundo, viajó, se enamoró cada jueves, fue el alma de la fiesta, y creó junto con
su hermano una empresa que se convirtió en una multinacional. Era un
conversador magnífico y desprendía una seguridad que cautivaba la atención de
cualquiera. En cambio, Fred, desde niño, fue «el raro», introvertido, poco
conversador, se había limitado a existir a la sombra de su carismático hermano
y solo vivía para trabajar, algo que dejó de hacer cuando Albert partió al otro
lado; entonces, vendió la empresa que ambos habían creado de la nada. Ahora,
sus días se limitaban a vivir encerrado en el antiguo concepto de jubilado,
escondido detrás del visillo; solo salía de su encierro para el cumpleaños de
su amiga Catalina, pues esta se había convertido en su única conexión con el
mundo exterior.
Albert había podido entender desde el otro lado que Fred no era raro y que
tampoco era feliz en su manera de experimentar la vida. Se dio cuenta de que,
en su niñez, y hasta el momento de partir, él miraba la vida a todo color, que
desde niño soñaba con conquistar el mundo y se creaba imágenes en su cabeza
donde se veía disfrutando de sus éxitos, viajando por todo el mundo. Se decía a
sí mismo que todo era posible y que conseguiría aquello se propusiese y,
además, esto le generaba sensaciones motivadoras. Fred, por su parte, pese a
ser idéntico, se dibujaba escenarios sombríos que lo limitaban y lo llevaban a
tratar de pasar desapercibido, pues su miedo a vivir hacía resonar en su cabeza
que no era bueno para nada y que debía esforzarse por sobrevivir. Esas
sensaciones de miedo aumentaban con cada responsabilidad que asumía, y estas no
le dejaban tiempo si no era para más preocupaciones en medio de un tremendo
suplicio. Albert, respetuoso con la que creía que era la elección de vida de su
hermano, descubrió que este no era feliz, y que podía ayudar a Fred a cambiar esa
«realidad que había creado» y que todos habían asumido como su carácter o
personalidad.
El dolor de Fred era profundo, pues había perdido a su único y amado
hermano, que era su puente con la vida, con el que se atrevió a creer en sí
mismo y con el que tuvo el valor de vivir su único éxito empresarial, una
actividad que lo alentaba constantemente y de la que se sentía profundamente
orgulloso. El hermano que siempre fue su héroe se había marchado diez años
después de sus padres, que partieron uno seguido del otro de muerte natural.
Todas esas pérdidas lo sumían en un profundo dolor y la única salida que veía
era desaparecer, cosa que según Albert no tocaba, así que lo propio era cambiar
el curso de la historia de su propia existencia: y, en combinación con Hamits,
nos regaló un aprendizaje que quiero compartir contigo.
Albert hizo consciente a Fred de que, sin saber por qué, su mente, desde
que tuvo uso de razón, tomó la decisión de crear imágenes, ideas y creencias
sobre sí mismo y sobre el mundo que construyeron valores muy buenos, como ser
alguien de provecho para la sociedad en su actividad laboral, pero,
lamentablemente, el resto de los ámbitos de su vida eran para él una tortura
inconsciente. Albert explicó que nuestra mente, si no estamos presentes y en
una conexión amorosa con nosotros mismos desde el conocimiento de nuestro
funcionamiento interno, podía tomar un camino creativo o no, la pauta la
marcaría lo que eligiéramos creer de nosotros mismos y del mundo a temprana
edad. Además, aquello y aquellos que nos rodeasen y creyésemos importantes
también influirían en la construcción de nuestro mundo interno y en los
cimientos con los que construiríamos nuestra realidad. Dicho de otro modo,
Fred, sin saber por qué, había hecho una especie de grabación limitadora en su
mente con imágenes y sonidos que generaban esa profunda sensación de miedo,
como una canción que una y otra vez se repetía, y que de vez en cuando adoptaba
nuevos acordes de nuevas limitaciones que Fred confirmaba con cada una de sus
experiencias.
Fred reconoció esta información que su hermano le daba y exclamó: «¡Para él
todo era fácil! Ahora, a esta edad, ¿de qué me sirve cambiar?». Todos nos
miramos desconcertados, pues Fred tendría en aquel momento unos cincuenta y dos
años. Su hermano, desde el otro lado, comenzó a sonreír y le dijo a Fred que su
estancia en la Tierra iba a ser larga, y que tendría su ayuda para que pudiese
experimentar la maravilla de la vida en la Tierra, como Albert la definía.
Fred, como un niño pequeño, le reclamaba: «Sí, claro, para ti todo fue fácil».
Albert le contestó muy generoso: «Sí, por eso estoy aquí, para ponértelo fácil
a ti, mi amado hermano. Es hora de que ilumines tu mente, ya tendrá lugar
nuestro encuentro en este lado, pero ahora te toca a ti conquistar la parte de
la vida que te permitas. Yo solo quiero enseñarte el camino».
Albert, muy inteligentemente, pidió a Fred que cerrara los ojos y que
imaginase que en unos días iba a conocer al amor de su vida. Le pidió que
prestase atención a las sensaciones y los sonidos que vendrían con esa
visualización e incluso a cómo se lo imaginaba. Le solicitó también que se
visualizase en escenarios en los que viajaba y disfrutaba, en los que tenía
pareja, e incluso una familia, y saboreaba cada instante de su vida. Le dijo
que se tomase un tiempo con estas visualizaciones y, al cabo de dos minutos,
Fred dijo: «No puedo, no puedo, no estoy hecho para eso. Soy diferente a los
demás, no puedo ser feliz». Albert lo felicitó, pues ya era consciente de qué
es lo que creía de sí mismo y de la vida en lo más profundo de su inconsciente.
Fred también se sorprendió por todo lo que se fue manifestando con lo que
proponía Albert, y percibió claramente el proceso que generaba
inconscientemente y que hacía que su foco de atención estuviera puesto en
confirmar lo desdichada que era su vida, en lugar de en vivirla. Ahora, con la
idea de que esto podía cambiar a su antojo, de que podía sentirse libre de
vivir como lo había hecho Albert, feliz y radiante, tomó nota de todas las
indicaciones que su hermano le hizo.
Le propuse, ya que estaríamos unos días en la misma casa, ayudarlo con
ejercicios que he canalizado y aprendido a lo largo de mi carrera profesional,
pues por más de dos décadas me he formado y he formado a cientos de personas
con tecnologías como la PNL (programación neurolingüística) o el coaching,
que he combinado con metodologías de desarrollo espiritual transmitidas por
Hamits y otros maestros. Según mi experiencia, estas herramientas han
contribuido y contribuyen al despertar en personas que desconocían capacidades
y talentos que estaban dormidos o, como en el caso de Fred, estaban ocultos
tras una especie de tela de araña tejida por cada pensamiento limitante que
daba forma al miedo.
Tengo la suerte de compartir en cursos, talleres, sesiones o conferencias
este conocimiento que los espíritus nos aportan, y he podido comprobar, por el feedback
que recibo, que miles de personas han generado cambios a partir del encuentro
con un espíritu y el uso de las herramientas que este propone. Y es que se
generan cambios no solo en sus propias experiencias, sino que impactan
poderosamente en la vida de otros, ya que cuando nos hacemos conscientes de
esos dones con que nuestra alma se aprovisionó en el momento en que diseñó
nuestro plan de vida, sentimos la conexión con la Tierra, que nuestro lugar es
este, y todo cobra sentido. No quiero decir con esto que tengamos un
organigrama que defina lo que tenemos que hacer, ya que no nos hace falta,
tenemos algo más poderoso y es la conexión con nuestro ser, con el fluir de la
vida, que es como una certeza que estoy seguro de que, en algún momento, en
algún área de la vida, has sentido: la certeza de que todo está bien, de que
sin saber por qué sigues el camino de baldosas amarillas que libre y acertadamente
has decidido escoger.
Y eso es lo que sucedió con Fred, que al cabo de unas sesiones de coaching
espiritual con la guía de Hamits y con su adorado hermano Albert, más unas
lecturas de apoyo, y —esto es lo más importante— su compromiso y su firme decisión
desde una mirada motivadora, cambió su percepción de la realidad y dejó de ser
aquel hombre que pretendía ser invisible porque no se sentía parte de la vida.
Unos años después de las últimas sesiones que realizamos, me llegó la
invitación a su boda que, además, celebraría en México, mi otro hogar en el
mundo junto con Gran Canaria. Por motivos profesionales no pude asistir, pero
sé por Catalina que tiene dos hijos y que es muy feliz, y a través de ella me
envía siempre bendiciones por aquel encuentro que volvió a conectarlo
conscientemente con su familia que reside en el otro lado y que marcó un nuevo
y, al parecer, próspero comienzo de vida.
Porque los ángeles nunca se fueron, solo cambiaron de lugar y desde ahí nos
siguen acompañando.
Sesión 14
«MI
BEBÉ SIEMPRE ESTARÁ AQUÍ»
Hay personas que despiertan en nosotros una sensación de mayor empatía que
el resto, y es lo que sucedió con Ana, una señora de unos setenta años que
había acudido a consultarme. Hamits había preparado todo para presentarme a su
esposo, que vive en el otro lado, con el fin de llevarle su mensaje de amor a
su mujer. Fue una sesión muy emotiva y sanadora para ella, según me confesó al
finalizar, pues la había ayudado no solo a comprobar que su marido seguía a su
lado, sino que también la ayudó a soltar la rabia y el dolor de lo que para
ella era una injusticia del cielo, pues él, que era un buen esposo, un buen
padre y una gran persona, había perecido por una fulminante enfermedad a los
pocos meses de su jubilación.
Después de todo el sacrificio por tirar adelante en una España recién
salida de la posguerra (que fue cuando se conocieron y se hicieron pareja),
después de tanto y tanto trabajo, y cuando parecía que tocaba disfrutar, la
muerte le arrebató a su compañero de vida, a su amor, a su cómplice. Tantos
planes hechos para el futuro se quedaron en nada por una mala jugada del
destino y su enojo le había hecho perder la fe en todo. Sin embargo, la sesión
fue para ella una experiencia tan sanadora que hizo que sus hijas asistiesen también
a otra para conectar con sus guías.
La que estoy a punto de contarte es la de Julia, una chica de unos treinta
años, de aspecto tranquilo, sosegado diría, incluso cuando escuchaba cada
palabra que su padre hacía que le transmitiera. Al parecer se trataba solo de
una apariencia, pues, según él, Julia era un manojo de nervios con la necesidad
de controlar que todo el mundo estuviera bien, y todavía no había procesado la
pérdida de su padre, es más, había asumido motu proprio la obligación de
sostener emocionalmente a la familia. Tan pesada carga no solo no le
correspondía, sino que era un imposible, ya que cada uno se haría cargo de su
propia experiencia al margen de sus deseos, cosa que entendió. Así pues, se
comprometió a trabajar por amor a su padre, que seguía conociéndola
perfectamente desde el otro lado y que contestaba a cada una de las preguntas
que Julia había anotado unos días antes de la consulta para hacerle, como
estableciendo un código con él para ver si era cierto esto de que la acompañaba
espiritualmente, como su madre le había contado tras su propia experiencia en
sesión.
En efecto, su padre contestó a estas y a otras preguntas o dudas que Julia
tenía acerca de la vida después de la vida, pero hubo un mensaje que la
desconcertó y que, años después, ella misma vivió como una verdadera tragedia.
Su padre me habló de la descendencia que Julia tendría en un futuro próximo,
literalmente me dijo: «Una pérdida y dos hijas». Yo asumí, no sé por qué, que
ella había tenido un aborto, y que en el futuro tendría dos hijas, pero me
dijo: «Nunca he tenido pérdidas», por lo que pensé que quizá no había entendido
bien a su padre y recalqué lo de las dos hijas.
Después de dos años, Julia volvió a la consulta. Yo no recordaba quién era
y me dispuse a que Hamits me conectase con sus guías. Conecté con un señor con
una energía paterna y amorosa muy fuerte que la consolaba; y cómo de modo
inconsciente ella asumía este consuelo, que físicamente generaba cambios en su
estado emocional. Este ser paternal llegó acompañado del espíritu de un niño
que se me hacía presente como una inmensa luz. No sé cómo explicarlo, pero esa
luz me transmitía la sensación de que el ser que tenía frente a mí era su
madre, y eso le dije a Julia que, en un llanto de dolor, me preguntó: «¿No te
acuerdas de mí? Estuve aquí hace un par de años», y me contó lo que yo le había
dicho entonces, sin nombrarme el trágico suceso vivido. El niño que yo vi me
mostró que había nacido, pero que a las veinticuatro horas partió por muerte
súbita. Su amor hacia su madre era infinito y le transmitió que había sido muy
feliz el poco tiempo que estuvo en los brazos de sus padres. Su abuela venía
ahora a calmarla y a decirle que no solo su hijo estaba vivo en otra
frecuencia, sino que, además, seguiría presente en sus vidas, y que dos
hermanas más nacerían y él las acompañaría también desde el mundo espiritual en
su paso por la vida, amándolas y guiándolas. El espíritu de su hijo le dijo
también que en el plan de su alma había venido a sentir la experiencia de estar
en el vientre, incluso la de nacer y sentir el amor de una madre, y luego
partir al otro lado para cuidarla. Esa era la experiencia que venía a compartir
con ella: «Sé que es difícil entender esto, pero quiero que entienda que estoy
aquí, a su lado, que seguiré a su lado y que participaré en sus experiencias,
acompañándola hasta nuestro próximo reencuentro». El ser le dio infinidad de
mensajes que Julia sabía que verdaderamente provenían de su hijo.
Sin embargo, lo que ahora la había traído a la consulta era no sé si un
reclamo o una necesidad de explicación. Antes de que ella preguntara, su padre
retomó la comunicación y me dijo: «Está aquí por el mensaje de un encuentro
anterior, cuando le transmití de manera vaga lo que iba a suceder, ella no
estaba preparada para que le diese un mensaje literal de lo que sucedería y fue
mi manera de prepararla para lo que iba a pasar, sin interferir en todo lo
positivo que fue experimentando a lo largo del proceso de gestación. Sé que
está enfadada y que no sabe qué creer, pero en nuestro mensaje y con nuestra
ayuda no interferimos en la experiencia que el alma viene a experimentar, sí
podemos interferir, en cambio, en vuestra percepción de esta».
Él explicó que con aquel mensaje encriptado la preparó no tanto para lo que
sucedería, pues de habérselo vaticinado tal cual hubiera sido una condena. Le
dio un mensaje de algo terrible, pero sabía que encontraría respuesta en el
otro lado, como el consuelo y la cura del dolor que vi en la mirada de Julia
cuando comprendió que Raúl —como nombró a su hijo— está presente de otra manera
y a su lado. Por otros encuentros que hemos tenido, supe que su hija Isabel,
desde que comenzó a articular palabras, comenzó a decirle a Julia: «Mamá, estoy
jugando con Raúl», nombre que nadie le había mencionado nunca. En ese momento
se percataron todos de que Raúl, su hermano, vive al otro lado esperando un
futuro reencuentro.
Sesión 15
SALTAR
DE ALEGRÍA
Me encontraba en Colombia realizando el episodio piloto de una serie que un
importante canal internacional de televisión me había propuesto —un proyecto
que todavía no ha salido a la luz—. Lo que cuento, a continuación, es lo que
sucedió en uno de los casos que allí se mostraban.
La persona encargada de llevarme al set de grabación me condujo a uno de
los espacios donde grabaríamos varios encuentros con los guías espirituales de
diferentes personas a las que yo no había visto nunca. Una de ellas era Amanda,
una mujer de unos cuarenta y seis años más o menos que transmitía un carácter
serio, a la que vi unos pocos minutos antes de la grabación. Después de una
breve introducción acerca de mi trabajo, le pedí a Hamits que me conectara con
el guía o con los guías que querían establecer conexión. Hamits me anticipó que
venía un niño desde el mundo espiritual para hablar con su madre y me mostró a
Sebastián, de unos siete u ocho años, que me transmitía una enorme felicidad
por venir a hacer consciente a su madre de que seguía vivo en otra frecuencia y
que, desde allí, seguía conectado con ella a través del amor.
Amanda se debatía entre un llanto de dolor y pena y, a la vez, de profunda
alegría al comprobar que su hijo estaba allí presente y al escuchar relatar con
todo detalle cómo se había producido la partida de Sebastián y cómo era el día
a día a su amada madre y a sus familiares tras su partida. El niño me mostró
que su ida se había producido, de repente, por un fallo cardiaco mientras se
hallaba en un avión de camino a otro país donde vivía su padre.
Esta partida tan trágica dejó en su madre, además del sufrimiento y del
vacío de la pérdida de su bebé, como ella lo llamaba, un profundo sentimiento
de culpa, pues Sebastián viajaba al cuidado de la tripulación como una prueba
de madurez y de confianza hacia él. Habían decidido motivarlo para que tuviese
la experiencia de probarse a sí mismo y comprobar que podía hacerlo, lo cual
privó a su madre de la oportunidad de una despedida. Muchas sensaciones que
alimentaban la culpa y el dolor fueron disipándose con cada mensaje que
Sebastián le dio a su mamá.
Cuando comenzó a hacerse presente, me fascinó el hecho de que Sebastián
daba saltos de alegría diciendo: «Estoy aquí, mamá, estoy aquí». Yo lo veía de
este modo cuando, de pronto, escuché al técnico de sonido ordenando que
parásemos la grabación mientras se acercaba a mí. Parecía que viniera a
aconsejarme algo cuando vi su cara de asombro, pues él pensaba que, dada mi
inexperiencia, yo estaba golpeando mi micrófono con mi mano o con algún objeto
mientras contaba que Sebastián daba saltos de alegría. Pero no era así: mis
manos estaban quietas y el sonido que se podía identificar era, precisamente,
el de alguien que daba saltos. Fue algo muy curioso: a las diez personas que
estábamos en el set de grabación no nos dejó indiferentes y, además, quedó
grabado. Es una anécdota que quería compartir porque fue un acontecimiento
sanador para todos los presentes, pues, aunque fue Amanda la protagonista de
esta experiencia, cambió algo en todos nosotros.
Sebastián le transmitió a su madre que era hora de dejar el dolor, pues él
la acompañaba, y añadió que a lo largo de los cinco años de su ausencia le
había dado pruebas de su existencia. El niño narró que había entrado en
comunicación con ella a través de sus sueños, sueños muy reales en los que se
fundían en ese abrazo que ella no había podido darle antes de partir. Describió
ciertos objetos que Amanda tenía escondidos para que su nuevo marido y sus
familiares más cercanos no supiesen de ellos, pues con el ánimo de protegerla
del sufrimiento le aconsejaron deshacerse de esos recuerdos que ella había
seleccionado y guardado. En la soledad de su hogar los sacaba, los tocaba y los
contemplaba.
Amanda había tenido otro hijo con su nueva pareja, Simón, al que Sebastián
describía a la perfección como compañero de juegos. Habló también de un futuro
viaje ya planeado por Amanda y la familia que harían en los próximos meses a
diferentes parques temáticos infantiles y en distintas partes del mundo, y
Sebastián, emocionado, decía que él participaría acompañándolos
espiritualmente. Esto sorprendió a Amanda, pues yo no tenía manera de saber
nada sobre ese viaje —de hecho, nadie en aquel set conocía la información que
allí se reveló y que Amanda confirmó que era real—. Las cosas que Sebastián
contaba iban calmando a Amanda, quien encontró respuesta a las muchas preguntas
que se hacía sobre el porqué les había sucedido aquella tragedia a ella y a su
familia, de modo que ese doloroso sentimiento iba transmutándose en una certeza
esperanzadora de que su hijo está vivo de otra forma y en otra frecuencia, no
como un recuerdo, sino como un maestro, como un guía.
Sebastián le explicó que sus almas y las de otros familiares habían
planeado encontrarse una vez más de forma física en la Tierra, que en esta
ocasión su alma fue a experimentar el amor de sus padres, ese amor puro, y
partir al otro lado llevándose el aprendizaje del amor incondicional en la
Tierra, y que por eso estaba feliz en el otro lado. Sin embargo, esa especie de
amnesia selectiva que provoca el alma cuando nacemos, y que es parte del proceso
de experimentación, le había nublado a Amanda el recuerdo del alma, y
Sebastián, desde el más profundo amor, a través de la precisión de la
información que revelaba, generó en ella respuestas emocionales de serenidad,
paz, comprensión y certeza de la presencia de su amado hijo en el plano
espiritual.
Sucede que cuando queremos entender desde la lógica —o lo que creemos que
es lógico— perdemos la oportunidad de vivir las señales que nos proporciona
nuestra intuición como lenguaje del alma, nuestra conexión espiritual, ese hilo
conductor que nos recuerda que nuestro paso por la Tierra es un instante de los
muchos que nuestra alma decide experimentar, con el fin de salir de la ilusión
de la separación del todo y participar de manera consciente en la unidad con el
todo. Es esa conexión espiritual la que nos permite entender qué hacemos aquí y
hacia dónde nos dirigimos, la que revela el para qué estamos aquí. Y este
proceso de despertar muchas veces lo experimentamos a través de la pérdida de
un ser amado. Sin embargo, en la separación con el todo, o en el
desconocimiento y la desconexión con nuestra parte espiritual, además de la
desgracia de la pérdida nos atascamos con el dolor, el apego y muchas
frecuencias densas que nos hacen olvidar el propósito original de la
experiencia. Sebastián vino a reconducir a sus familiares hacia el propósito
original, calmando y guiando sus corazones a una experiencia de vida más plena.
Sesión 16
«CAMPEÓN,
MI CAMPEÓN»
Me encontraba en Gran Canaria pasando unos días de vacaciones, y un amigo
mío, que nunca había mostrado ningún interés por nada espiritual, me pidió el
favor de ver a unos familiares suyos. Cuando me reuní con ellos, me encontré
con una pareja joven que parecía llevar un tiempo esperando, pues habían
llegado muchísimo antes de la hora acordada y se respiraba en el ambiente
cierto nerviosismo, así que tal como llegué, y después de las presentaciones,
decidí pasar a una sala donde comenzaría la sesión, una vez que Hamits me lo
indicara. Así fue.
Hasta que no vi aparecer a aquel espíritu de niño, no entendía tanta
urgencia. El espíritu que se acercaba a mí me mostraba una luz impresionante,
era una maravilla observar el estado de consciencia en el que se encontraba. Se
sentía muy amoroso y juguetón, estaba feliz de comunicarle a sus padres que
estaba vivo, en otra consciencia, y se veía emocionado, queriendo narrar cada
detalle de su paso al otro lado, donde se encontró con familiares que
pertenecían a ambas familias y que no pudo conocer puesto que habían partido antes
de su nacimiento.
El niño contó cómo había sido cada paso hasta ocupar el nivel de
consciencia donde ahora se encontraba y que le permitía ser un guía de sus
padres. Me mostró que partió a consecuencia de un tumor cerebral. Pese a que
sus padres habían hecho lo indecible por atajarlo y que se diese la curación,
esto no sucedió, y convirtió los dos últimos años de su vida en la Tierra en un
sinfín de subidas y bajadas emocionales. Sus padres se entregaron en cuerpo y
alma a cuidar de su hijo y estaban siempre dispuestos a cualquier cosa por
mantener una sonrisa en el rostro de este. Miguel, su padre, y Elizabeth, su
madre, decidieron vender su pequeña empresa familiar y destinar los beneficios
de la venta a los cuidados de su hijo, quien contaba que durante esos dos años
había experimentado un amor sin medida, una entrega que colmó su alma. Vino a
la Tierra por poco tiempo, pero ese tiempo fue suficiente, según explicó, para
irse de esta vida con la experiencia de ser amado profundamente. Ese amor, así
como las decisiones de sus padres, lo conectaron con la experiencia de vivir
cada día con la duda de que fuese el último y, lejos de ensombrecerse, sacaba
fuerzas de la flaqueza para disfrutar de cada segundo juntos. Aquella
enfermedad incurable pasó a un segundo plano, pues la necesidad de hacer de
cada momento un acontecimiento conectó al joven Álex con algo dentro de sí que
le decía que todo estaría bien y que, aunque residiera en él un temor de dejar
solos a sus papás, ese mismo «algo» le hacía comprender que todo estaría bien,
a pesar de saber que cada día que pasaba se acercaba el momento de la terrible
e inevitable separación.
El joven Álex, en su narración, hacía conscientes a sus padres de que ellos
eran para él sus campeones, y los animaba a volver a conectar con la
experiencia de vivir en el presente en lugar de castigarse con el dolor de la
pérdida ilusoria, pues ese profundo amor que los unía y que los une aún, es el
hilo conductor que los ayudaría a crecer en este momento, tras recibir los
mensajes que su hijo les transmitió desde el otro lado. El joven me mostró
también unos símbolos que eran como códigos que sus padres le habían pedido que
transmitiera si de verdad seguía vivo en algún lugar después de su partida. Él
estaba muy orgulloso de ellos y se refería a sí mismo como un campeón. Por la
explicación de su madre, tras finalizar la sesión, entendí que desde que nació
sus padres lo llamaban así cariñosamente.
El espíritu era consciente de que estos mensajes que transmitía a sus
padres necesitaban un tiempo para ser asimilados, pero vi cómo esa misma
frescura y energía que me hizo sentir al comienzo de la sesión se instalaban y
se integraban en la energía áurica de sus padres, que había cambiado de color y
de intensidad, y me permitió entender que sería cuestión de un periodo de
asimilación, pues el cambio ya había comenzado en ellos con la certeza de que
su amado «campeón» vive en una frecuencia de amor infinito, velando por ellos,
y que el momento del encuentro era ahora, que es el momento presente en el que
Álex aconseja vivir a sus padres.
Sesión 17
LA
EXPERIENCIA MÁS PERSONAL
Sin duda, uno de los temas más tabúes de la sociedad con respecto a la
muerte es el suicidio. Algunas religiones dicen que la persona que se suicida
va al limbo; otras, que obtiene un enorme castigo; otras, que se encarna de
nuevo con los problemas que tenía sumados a otros escollos que superar, pues no
completó su aprendizaje. La verdad es que todas esas teorías hacen que las
personas que experimentan la pérdida de un ser amado por suicidio queden en un
pozo de dolor y culpa que aumenta con la eterna pregunta: «¿Por qué lo hizo y
cómo pude no darme cuenta?». Por eso me gustaría transmitirte mi experiencia
personal sobre este tipo de pérdidas.
Una de las capacidades que tengo, además de comunicarme con el mundo
espiritual, es la videncia. Puedo percibir con total claridad acontecimientos
pasados que marcaron y generaron una respuesta emocional que impactó en
nuestras vidas o, al contrario, puedo ver qué va a suceder en todas las áreas
de la vida de cualquier individuo. También en algunos momentos veo cosas que me
van a suceder a mí o a mis familiares. Y este fue el caso.
Recuerdo que durante más de dieciséis años tuve un sueño muy vívido que me
angustiaba y me generaba muchísimo miedo, y este sueño no era otro que el
suicidio de mi padre. Noche tras noche lo tuve, una y otra vez, y cuando le
preguntaba a Hamits o a otros guías por aquello, ellos me decían: «Debes
prepararte para el momento», cerrando la posibilidad de que yo, a cualquier
precio, pudiera hacer algo para que no sucediera. Incluso durante años quise
pensar que esos sueños se debían a algún miedo infantil que no había superado y
que en algún momento lo haría. Además, mi padre en la Tierra no era
precisamente alguien que creyera en la vida después de la vida, mucho menos en
las premoniciones. Amaba la vida y, de hecho, cuando en algún momento salía
algún tema referente al suicidio, él hablaba de lo bello que era vivir y no le
cabía en la cabeza que alguien tuviese la idea de privarse de la oportunidad de
existir todo lo posible. Así es que me limité a hacer visualizaciones, ruegos,
peticiones, oraciones y todo lo que estaba en mi mano y conocimiento, y que me
hacía creer que este hecho, como muchos otros que había podido vaticinar y que
no eran muy positivos, podría modificarse a través del trabajo personal, la
ayuda y el apoyo del mundo espiritual. Un apoyo que yo no tendría, pues años
después entendí que lo que viví durante años como una condena (a través de
visiones, tal como explicaré más adelante), lejos de serlo, era una
oportunidad. Y que, si en lugar de invertir mi energía tratando de cambiarlo me
hubiese dedicado a profundizar en el mensaje a través de la aceptación, el
aprendizaje que transformó mi visión con esta experiencia —la paz con el
proceso de perder a alguien en una partida de este tipo— se me hubiese mostrado
mucho antes.
Aunque yo no lo sabía o no lo recordaba, mi alma me había elegido no solo
para que experimentase la pérdida, sino para que acompañase a mi amado padre en
los últimos minutos de su estancia en su cuerpo físico, pues llegué justo
momentos después de este desgarrador suceso y pude tener su cuerpo entre mis
brazos mientras hacía su viaje al otro lado. Al contrario de lo que me habían
contado, mientras le susurraba que se fuese tranquilo al otro lado, que lo
amaba y que fuese hacia la luz y que generase más amor, pude observar cómo una
luz cegadora se abría ante mí, sentí un profundo amor que nos inundaba y pude
ver esa luz arrebatadora en su última exhalación. Aquella luz me transmitía que
seguiría unido a mí, pese a que partía lejos, fuera de aquel cuerpo ya sin
vida. Era consciente de todo esto mientras veía la ambulancia y a los
sanitarios que tomaban su cuerpo con el fin de salvarlo, en el caso de que
hubiese constantes vitales, y que me conectaban a mí con el amargo recuerdo y
la frustración de no haber podido cambiar la pérdida de mi padre, aunque la
hubiera presentido una y otra vez. Por otro lado, acababa de recibir el regalo
de acompañarlo en los últimos instantes de su vida en la Tierra y de ser
partícipe del amor del espíritu que condujo su paso al otro lado. Esto cambió
mis ideas y creencias no solo con respecto al suicidio, sino con respecto a qué
sucede después de este en el paso al otro lado.
Antes de cerrar esta historia debo explicar a qué me refería anteriormente
cuando dije que había vivido como una condena el conocimiento sobre el
inevitable suicidio de mi padre. En la primera ocasión en que de niño canalicé
a la Madre María, junto al Maestro Jesús, aquella hermosa mujer, un alma pura
con ropas de color blanco que lo iluminaba todo, al comentarme cuál sería mi
propósito de ayuda para los demás en la vida, me preguntó: «Hijo mío ¿qué
deseas para ayudarte a cumplir tu misión?». Como niño, en aquel instante solo
entendí que había que pasar por muchas dificultades para ayudar a quienes
viniesen a mí, y durante todos esos años me atormenté cuando soñaba con la
partida de mi padre, pues con el paso del tiempo tuve la conciencia de que el
sueño se convertiría en realidad y no podría cambiarlo, y asumí que esa y otras
situaciones desfavorables las había creado yo al decidir experimentar el dolor
como la clave de solución para todas aquella almas y personas que acudirían a
mí en el transcurso de la vida para obtener la ayuda que sus guías les querían
aportar.
Sin embargo, tres días después de la partida, volví a tener un nuevo
encuentro con la Madre María y mi amado Jesús, en el que me aclararon que yo
había asumido que mi foco de atención debía estar en situaciones de dolor
personal y que esto solo lo había creado yo, que ellos jamás produjeron ningún
acontecimiento negativo y en este encuentro venían a liberarme y a ayudarme a
elevar mi vibración, a limpiar las expiaciones que creía deber purgar, y me
liberaron tanto del dolor como de la culpa autoimpuesta y, al subir mi
vibración, ambos me tendieron la mano para generar un nuevo paradigma que me
permitiese ayudar a los demás en una situación o estado de armonía y de
ofrecimiento que se asemeja más al concepto de Dios. Y dicho estado es una
profunda y fluida alegría por estar viviendo conscientemente en el estado
original con el que fuimos creados.
Sesión 18
INCREDULIDAD
Y SANACIÓN
Por más de una década tuve el privilegio de trabajar en un centro dedicado
al desarrollo personal, ubicado en el sur de España. Allí viví esta experiencia
de la que aprendí muchísimo, durante una de las sesiones que había sido
reservada por Conchi, una señora que había oído hablar de mí y decidió venir
para recibir el mensaje de sus guías. Cuando entró a la sala donde realizaba
las sesiones, Conchi fue muy descortés en el trato, y casi ni me correspondió
al saludo. De hecho, aunque le expliqué el procedimiento de la sesión y le
sugerí que lo más adecuado es que no dijese nada y que solo escuchara (pues me
llevaría unos minutos y una gran concentración conectar con sus guías), que al
final de la sesión podría preguntar lo que deseara, la señora me interrumpió
varias veces de una manera un tanto desagradable. Parecía que había ido a
hacerme un examen y que estaba dispuesta a suspenderme.
Ignorando su actitud, me concentré en la conexión que Hamits estaba
realizando con sus guías espirituales y vi a una chica joven, una adolescente
que me transmitía la energía de haber experimentado una muerte trágica, un
suicidio, para ser más específico. Había partido al otro lado después de
ahorcarse y con esa información pude entender la actitud de Conchi. Muchas
personas no superan la partida de su ser querido, sobre todo si, como era el
caso, había sucedido a través de un suceso dramático, y se enojan consigo
mismas y con el mundo y se agarran al dolor como si fuese lo único que les
queda. Así pues, cualquier atisbo de ayuda para que suelten el dolor se
convierte en enemigo, y este era el caso de Conchi.
A pesar de que había oído hablar bien de mi desempeño como médium durante
años —y le habían recomendado infinidad de veces y por diferentes vías que
organizara un encuentro conmigo, pues consideraban que podía ayudarla—, existía
en ella un profundo rechazo a que alguien pudiese demostrarle que la otra vida
existe y que pudiese liberarla del tormento de la culpabilidad con el que
vivía. No se perdonaba el hecho de no haber podido predecir lo que haría la
persona a la que ella crio como a una hija ejemplar, buena, amorosa, y no
entendía cómo le había podido hacer eso, ya que si fuera preciso Conchi le
hubiera dado su vida sin dudarlo. Y es que Conchi vivía para su hija Tania y la
había ayudado a cosechar un sinfín de éxitos en su desempeño de atleta
destacada, ganaba competiciones en el instituto y lucía feliz en su desarrollo
de vida.
En este primer encuentro —y digo «primer» porque en un espacio de ocho años
regresaría a distintas sesiones—, Conchi llegó convencida de que yo sería un
charlatán más. Sin embargo, la conexión con su hija fue evidente, pues sin
conocerla de nada le transmití una serie de mensajes que, sin duda, venían de
Tania. Aun así, Conchi insistió sobre el porqué su hija le había hecho eso,
recriminándoselo. Por su parte, la hija le expresó una y otra vez que ella no
le había hecho nada, que la amaba y que había sido y seguía siendo la mejor
madre que había podido tener, que su alma generó un impulso que la hizo tomar
la decisión que tomó y que nadie le había hecho nada malo, como pensaba Conchi,
que nadie la había ayudado a hacerlo y que ella era feliz. Tania quería que su
madre entendiese que estaba bien, que no sufrió, que nadie le había hecho bullying
y que quería que su mensaje aliviase el dolor y el enfado en el que Conchi se
había sumido. Mi impresión fue que Conchi, aunque algo más tranquila, seguiría
viviendo en ese enfado, ya que al despedirse pude percibir que estaba enojada,
pues su expectativa de que yo fuese un charlatán no se había cumplido y esto
pareció enfadarla más.
Transcurrieron los años y Conchi volvió al centro donde yo trabajaba con el
fin de realizar una sesión individual. La verdad es que no recordaba el
encuentro anterior, pero las sensaciones de que alguien venía a buscar el error
en la consulta, poniéndome a prueba, se dieron de nuevo, así como su enojo al
irse con respuestas que confirmaban para ella no solo la existencia de vida en
el otro lado, sino que su hija estaba bien en el mundo espiritual, después de
hacer un profundo trabajo de desarrollo de la consciencia para alcanzar
aprendizajes que no concluyó en esta Tierra, como consecuencia de su decisión
de partir. Además, su espíritu había alcanzado la consciencia necesaria para
ser uno de los espíritus que guiaría por amor a sus familiares, con el
compromiso de influenciarlos energéticamente y curar con sus mensajes la
profunda herida que se alimentaba de sentimientos y sensaciones encontradas por
tan trágica pérdida.
El carácter de Conchi se fue dulcificando poco a poco y, aunque todo aquello
que sucedía en las sesiones escapaba a su comprensión, tan analítica, con cada
una de ellas lograba obtener paz y sosiego. Recuerdo que, en nuestro último
encuentro, al finalizar la sesión, me obsequió con este comentario: «Durante
los últimos años he solicitado el consejo de mi hija, francamente, sin creer
que fuera posible. En cada ocasión me dabas pruebas de su conexión conmigo y
por la precisión de la información me iba enojada contigo. Yo esperaba que me
demostrases que nada de esto era posible y así poder descargar mi frustración
con alguien a quien podía tildar de charlatán. Y no solo me has demostrado la
existencia de otra vida, sino que también me has dado la oportunidad de volver
a tener paz al saber que mi hija está bien y la seguridad de que nos
encontraremos en el momento que corresponda. Debo confesarte que cuando me
explicaste que mi hija estaba en un plano en el que tendría que asumir el
aprendizaje correspondiente para alcanzar el estado de consciencia adecuado, y
que se ha convertido en mi guía espiritual, esa información me dio la paz de
comprender que no está en algún infierno. La tranquilidad de saber que no
sufrió y que su espíritu se alineó con la luz al solicitarlo desde el plano que
le correspondía aprender, me ha liberado del pensamiento de que debí ser la
peor madre del mundo por permitir que delante de mis ojos mi joven y bella hija
se arrebatara la vida mientras yo era inconsciente de que esto podía sucederle.
Por esto y por muchas más razones quiero transmitirte mis disculpas y mi
agradecimiento».
Aquella experiencia me llenó el alma de alegría, pues vi que alguien que
había pasado por un proceso tan doloroso y que exigía una curación por ambos
lados sanaba, porque el espíritu de su amada hija desde su paso al otro lado y
desde la consciencia alcanzada generaba la oportunidad de sanación de su
familia de almas.
Sesión 19
«Y
ENCONTRÉ A MI ESTRELLA»
Hamits me advirtió de que la sesión individual con Stella iba a ser muy
dura por el tipo de pérdida que había sufrido y la manera en que esta se había
producido, de modo que puse muchísima atención a cada palabra, imagen y
sensación que mi guía me iba comunicando. Hamits me presentó a una joven de
unos veintidós años con un rostro en el que podía ver con total claridad una
profunda paz y una enorme alegría. No me refiero a la risa, sino a esa
sensación de frescura de un ser afable que transmitía una gran positividad. Me
mostró también que había partido de una muerte muy muy trágica, y mentalmente
le escuché decir: «Ella es mi madre, quiero que escuches este mensaje
detenidamente, pues yo fui asesinada hace seis años y, aunque en lo más
profundo de su ser ella sabe que ya no me encuentro en el plano físico, viene
buscando que le digas que sigo viva en la Tierra, y esto no es así, sé que va a
salir muy dolida de este primer encuentro».
El espíritu de su hija presuponía que habría más encuentros y eso me
tranquilizó, porque transmitir tan delicado mensaje generaba en mí una enorme
responsabilidad. Se trataba de un tema muy duro, pero esta transmisión, lejos
de dañar, debería liberar a Stella del dolor en la medida de lo posible y
generarle paz a ella y al resto de los familiares. El espíritu quería que
conocieran el mensaje que estaba preparado para decirles, y me llevó unos
minutos de silencio tratar de organizar la información, lo que parecía
desconcertar más a Stella. Comencé diciéndole: «Hay una joven de unos veintidós
años que se va acercando para comunicarse con usted, no sé por qué me enseña
todo el tiempo la imagen del símbolo de la estrella». Le pregunté a su madre si
tenía algún sentido para ella y me dijo: «Ese es el nombre de mi hija», y
mientras lloraba desconsolada y con el movimiento de su cabeza parecía negar lo
que estaba pasando, me permitió proseguir con su mensaje.
«Mamá, quiero explicarte muchas cosas —le dijo Estrella—. La primera es que
te amo, que estoy bien en el mundo espiritual, que son ciertos esos encuentros
que tenemos a través de tus sueños. Soy yo la que cruzo el umbral a la espera
de que en sueños vengas a este encuentro donde las almas de este lado y las de
tu lado nos reunimos.» Estrella describió también un proceso de despertar
espiritual, de carácter intuitivo, que se había dado en Stella después de su
desaparición, un despertar en el que encontraba paz, pero que negaba, pues
todos habían asumido que la desaparición de Estrella se debía a un secuestro.
Habían pasado ya muchos años, pero al no haberse encontrado el cuerpo físico de
su hija, ella tenía la esperanza de que un buen día Estrella aparecería. Esto le
daba fuerzas y, al mismo tiempo, debilitaba aquella colección de momentos
intuitivos que experimentaba Stella, quien ahora, con los mensajes de su hija,
era consciente de que Estrella estaba en el otro lado.
Yo no podía calcular la magnitud de lo que estaba sucediendo en ese momento
dentro de Stella, al hacerse consciente de que Estrella ya no vivía entre
nosotros y conocer que no encontrarían su cuerpo físico. Sin embargo,
desbordada por aquella información, Stella reconoció que en lo más profundo de
su ser sabía positivamente que la conexión con Estrella y la información que la
hija le proporcionaba en la sesión eran tan ciertas como que estaba allí
sentada delante de mí. Stella pareció conectar con una comprensión libre de las
emociones de frustración por la falta de justicia en la muerte de su hija.
Estrella le explicó que ella y diferentes miembros de la familia eran parte del
mismo grupo de almas que por amor habían decidido vivir muchas experiencias
juntas en vidas anteriores y que habían programado de nuevo el encuentro en
esta existencia. También le hizo saber que esta forma de morir, que relató como
un proceso rápido y en el que no había sufrido, también estaba programada, pero
no para causar dolor, sino porque, como otras muchas partidas que consideramos
injustas e injustificadas, era parte de un sacrificio que muchas almas deciden
hacer, generando eco por la forma en que se produce esa partida,
sensibilizándonos para generar cambios en la humanidad.
Durante cientos de miles de años, la humanidad ha generado muchas
manifestaciones distorsionadas del código original de consciencia: el amor
incondicional. Cuando experimentamos la separación con el todo y entramos en la
individualidad del ser, olvidándonos de nuestro propósito al nacer, con el fin
de reconectar con este a través de la experiencia, muchas veces no somos
capaces de lograrlo y nos cuesta otra experimentación a modo de encarnación en
la Tierra, por ejemplo. En estas experimentaciones hemos conectado o creado
distorsiones del amor que nos han llevado históricamente a guerras, asesinatos,
violaciones..., experiencias que han creado unas memorias telúricas, o sea,
cúmulos de energía distorsionada que se quedan en la Tierra a la espera de que
esa distorsión vuelva al estado original de consciencia. Algunas veces lo
conseguimos de manera individual a través de lo que hemos planeado para
experimentar, y otras veces venimos a realizar esos cambios de manera colectiva
y para el despertar colectivo. Esas memorias telúricas van desde la culpa a la
ira, pasando por la rabia, o por el miedo en diferentes intensidades que nos
hacen volver a representar cosas terribles que calan en nuestra sociedad, y
esto nos hace generar cambios. El alma de Estrella (junto al grupo de almas)
había venido a producir cambios de consciencia, pues con su desaparición sus
padres movieron un sinfín de recursos que involucraron a muchísimas personas en
una gran cruzada de concienciación y apoyo social, propiciando cambios que nos
permiten generar cierta empatía y compasión hacia el otro. La movilización de
los padres favoreció modificaciones en las estructuras políticas relacionadas
con la seguridad que nos benefician a todos, y también pequeñas
transformaciones que calaron en muchas personas.
Tal como Estrella predijo, hubo una segunda sesión transcurrido un tiempo
desde nuestro primer encuentro en el que Stella parecía haber dado un gran
cambio. Había podido transmutar el dolor y trabajar mucho el perdón, se había
nutrido de diferentes filosofías espirituales con las que resonó y, sobre todo,
tuvo ese privilegio de conectar a través de los sueños a medida que fue
asumiendo aquella conexión espiritual que se había despertado después de la
partida de su hija; una conexión que ella misma no sabía definir, pero que en
sus propias palabras era generadora de una gran paz interior y que —según me
confesó— en algún momento le hacía avergonzarse de sí misma, pues se suponía
que debía sentir dolor. Esa pena honda se había desvanecido al asumir que su
hija había cambiado de estado, pero seguía viva, guiándola hacia una nueva
visión y hacia una misión importante, que era la de compartir con otros seres
que pudieran estar atravesando una pérdida similar, además de impulsar muchos
cambios sociales, creando encuentros hasta el día de hoy donde transmite su
experiencia, realizando el trabajo que su alma (en colaboración con otras) ha
venido a efectuar, tal como dijo Estrella.
Fue así como se produjo un profundo trabajo de aceptación y de honra hacia
lo que el espíritu de su hija definió como una partida a modo de sacrificio
para crear consciencia a nivel global, un acto de amor infinito y de entrega
que miles de almas hacen con el único fin de que esas memorias telúricas de
emocionalidad densa dejen de vibrar como experiencia, pues mientras más despiertos
vivamos, más conscientes somos de que podemos generar experiencias que nuestras
almas quieran venir a experimentar en frecuencias de amor, en lugar de miedo.
Ciertamente, se aprende mucho de encuentros como este, donde el espíritu nos
produce un despertar con la sabiduría de la que formamos parte y que solo
aguarda a ser rescatada para experimentar en plenitud.
Sesión 20
«QUE
SE VAYA AL INFIERNO»
Una experiencia que recuerdo como muy intensa y sanadora fue la de María
Elena. Ella reservó una sesión para conectar con sus guías espirituales, pues
al parecer había partido ya hacía un año su abuela materna y quería establecer
conexión con ella. Hamits preparó la conexión desde el otro lado y vi, en
efecto, a una señora y por su vibración supe que era su abuela. Por la
expresión de Elena pude ver que se alegró mucho y la sesión fue transcurriendo
en un tono amoroso con los mensajes que le transmitía su abuela, que le
generaban paz y esperanza. La abuela me narraba acontecimientos que sucederían
en el futuro de su querida nieta y que le prometían una vida en paz, a través
de un proceso de sanación emocional del que hacía mención, pero en el que no
parecía muy dispuesta a profundizar. Pude observar que cada vez que su abuela
mencionaba la palabra sanación, Elena parecía estremecerse y demostraba
cierta incomodidad. En un momento dado, su abuela se despidió de ella
pidiéndole, casi como un favor personal, que escuchase atentamente al siguiente
guía que vendría a presentarse en la sesión.
Me llamó poderosamente la atención el hecho de que, en ese preciso
instante, Hamits generase una energía de amor y contención en el aura de Elena
y que otros espíritus guías de ella, así como maestros espirituales sanadores
que se presentaron de la mano de Hamits, comenzaran a generar una frecuencia
que, sin lugar a duda, indicaba que acontecía un milagro sanador espontáneo que
cambiaría el curso de su experiencia subjetiva y le daría a Elena una nueva
interpretación del mundo. Me preparé para asumir lo que fuese que querían comunicar
y, en ese momento, escuché el nombre de José y acto seguido sus palabras: «Soy
José —me dijo—. Antes de que le comuniques quién soy, quiero que veas mi
partida», y me mostró un escenario violento, ya que él había querido asesinar a
su esposa. Afortunadamente, su esposa perdió el conocimiento después de que
José la atacara con un arma y la creyera muerta, suicidándose él a
continuación.
Al observar todo aquello se me hizo un nudo en la garganta que perpetuó el
silencio unos minutos más. Le pedí a Hamits que me guiase para escoger cada
palabra que transmitiría a Elena, pues, por cómo se estaba desarrollando la
sesión y tras los mensajes de su abuela, yo sabía positivamente que no le iba a
hacer ninguna gracia el mensaje de José. Sin embargo, confié en que Elena iba a
respetar la solicitud de su abuela, así que me lancé y le comenté: «Se acerca
un señor que partió con mucha violencia y me enseña el nombre de José». En ese
momento, Elena comenzó a llorar y a decir: «No no no. Él debe arder en el
infierno». Su respiración se aceleró, pedí a su guía que esperase y la ayudé a
relajarse indicándole que respirara lo más lenta y pausadamente que fuera
posible. Cuando consiguió tranquilizarse le dije: «Si te parece bien, creo que
antes de establecer contacto con este ser, me gustaría preguntarle a mi guía
espiritual, Hamits, por qué tu abuela te ha pedido que escuches con atención el
mensaje de este espíritu que tú no quieres escuchar. ¿Te parece bien?», le
pregunté. Y Elena, ya mucho más tranquila, me respondió que sí.
Hamits comenzó a mostrarme muchas escenas de la vida de José en la Tierra.
Se veía una infancia en la que el maltrato y el miedo a ser abandonado eran sus
compañeros, miedos que fueron acrecentándose y que, tras la apariencia de una
persona tranquila, habían forjado una personalidad en la que el único lenguaje,
la única forma de comunicación, era la agresividad, que se había convertido en
su forma de vida. Pese a haber construido una familia con una esposa y dos
hijas ejemplares, su forma de amar consistía en controlar y en oprimir y, en su
estado de miedo más limitador, su comunicación era la agresión, presumiendo con
ello de que él era quien tenía el control. Esa fue la dinámica hasta que su
esposa sacó fuerzas de flaqueza y se divorció, estableciendo con sus hijas un
nuevo hogar en el que creyeron estar protegidas de la influencia de José. Ese
acto de amor que la familia había hecho para sí misma, al ponerse a salvo de
José, estaba limitado por el miedo a las represalias que estaban convencidas de
que llegarían en algún momento. Y así fue. Después de toda una vida de
maltrato, José perpetró su acto de violencia, creyó haber asesinado a su mujer
y luego se arrebató la vida a sí mismo.
La confusión se apoderó de mí, pues entendía que Elena no quisiese ni oír
hablar de su padre, pero también estaba seguro de que el mensaje de este era
importante para ella. Tras ir transmitiéndole cada palabra que Hamits me
mostraba, la magia comenzó a darse. Me hizo explicarle a Elena cómo es el
proceso de incorporación al mundo espiritual tras la partida de cualquier
persona y tras una partida como la de José. Me contó mi guía que el alma de
José había diseñado un plan de vida justamente contrario a la experiencia que
desarrolló en la Tierra, pues había planeado trascender su profundo miedo al
rechazo y explorar el amor hacia sí mismo y hacia los demás, un plan que muchas
almas amorosas como su esposa e hijas vinieron a apoyar. Sin embargo, desde su
inconsciencia y libre albedrío, José experimentó, distorsionada, justo la otra
polaridad, lo cual no lo excusaba, y en su paso al otro lado tuvo que
experimentar un crecimiento en los planos correspondientes a lo que había
manifestado en su experiencia en la Tierra con respecto a sí mismo y a los
demás.
Cabe explicar que los guías no hablaban de un infierno donde se recibe
castigo, pero he escuchado a Hamits explicar en infinidad de ocasiones que, al
igual que experimentamos la vida de formas y maneras diferentes, igual sucede
tras nuestra partida. Cuando cruzamos al otro lado, todos comenzamos a ser
parte de la multidimensionalidad. Si simplificamos este concepto y entendemos
el otro lado como el plano astral y el plano multidimensional, podemos
imaginarnos un edificio muy alto, como un rascacielos, al que todos tenemos
acceso. Podemos acceder tanto al edificio como al ascensor que nos transporta
de planta en planta, y entender cada planta como planos de consciencia. Las
plantas superiores son los planos donde mayor luz, amor y armonía existen, y se
alcanzan a través de la consciencia de que formamos parte de un todo y fluimos
conectados a ese todo desde el amor infinito hacia nuestro ser. En cada plano
de consciencia en el que nos encontremos, hacer uso de esta consciencia nos
hace elevarnos en unión con el todo.
En el caso de José, su partida estaba llena de violencia, de agresividad,
de odio, de miedo, de una oscuridad, en fin, que él mismo creó. Y una vez que
se arrebató la vida, y ya sin forma física, su espíritu —según nuestra medida
del tiempo— pasó muchos años en la Tierra, un periodo en el que lo único que
percibía eran estas emociones densas, como si su cuerpo mental estuviese
conectado con la frustración. Y a medida que experimentaba ese aislamiento
mental, los estados de violencia fueron derivando en la culpa, que por un tiempo
acompañó a José, y hacia un estado de consciencia de toda la distorsión, dolor
y frustración que había creado en su paso por la Tierra. Esta fue la llave para
que, desde el entendimiento que alcanzó en su estancia en esa fase astral,
comenzara a experimentar la necesidad de regresar de alguna manera a remendar
el dolor que había creado. Y cuando la compasión lo llevó a subir su frecuencia
en el otro lado, alcanzó planos de consciencia desde donde, como guía
espiritual, podía arrojar luz y asistir a sus familiares, a los que tanto había
dañado.
Cuando Elena escuchó todo esto, confusa todavía y no sé si aliviada al
saber que su padre de alguna forma había purgado en el otro lado el dolor que
causó —o al menos así lo dijo ella—, se decidió a dejarle expresar aquello que
su abuela materna como guía le había pedido escuchar, y así lo hizo. José le
dijo una y mil veces que sentía mucho todo lo ocurrido y agradecía ahora esta
oportunidad. Le explicó que ya era hora de que se liberasen del dolor, del
miedo y de la rabia, pues haber vivido con él había generado en su esposa e
hijas una visión de la vida muy limitada, en la que el miedo empañaba la
oportunidad de disfrutar de cualquier pequeño momento, pues, aunque José no
estaba ya en la Tierra, su sombra aún permanecía presente.
Mientras José hacía su desarrollo en esos planos de distorsión que lo
tuvieron preso de sí mismo, pudo observar la vida de sus hijas y de su esposa,
y experimentar su impronta en sus experiencias. Por el miedo, a modo de
defensa, ellas habían generado rabia, temor y la sensación de que nunca
volverían a ser felices, pero José conocía ahora el proceso que él denominó de
«purificación del alma a través de la consciencia», y transmitió que,
especialmente en Elena, por ser la hermana mayor, se había creado un
sentimiento de culpa en la niñez por la frustración que experimentaba al no
poder hacer nada para ayudar en la casa frente al maltrato vivido, y ese
sentimiento, capa a capa, creaba una especie de crisálida casi impenetrable
que, en su paso al otro lado, podía llevarla en el astral a planos de
conciencia en correspondencia con esos estados. Y es que la culpa es una de las
emociones que nos atan en este y en otros planos a una vibración baja, y que
nos impiden asumir que somos un estado de consciencia de amor puro.
Lo que estábamos entendiendo es que José, después de alcanzar un estado de
perdón hacia sí mismo, había purificado su espíritu y, además, tenía la
oportunidad de disolver el mal que seguía causando su recuerdo, enseñando a su
hija a soltar a través de su mensaje. Puedo asegurarte que lo que se
experimentó en esta sesión a nivel energético fue algo auténticamente mágico, y
por lo que Elena reflejaba a través de sus palabras y de su comportamiento
parecía como si se hubiese liberado de una pesada carga que la asolaba y la
perseguía constantemente. Todos los maestros sanadores que participaron en la
sesión, junto con Hamits y los guías de Elena, realizaron la sanación
energética que produjo aquella mágica purificación. Elena me dijo: «¿Sabes? No
estoy preparada para asumir que él sea un guía espiritual. Hoy algo cambió
dentro de mí positivamente y hacia mejor, y siento la necesidad de compartirlo
con mi madre y con mi hermana, y sé que les va a pasar lo mismo».
Tiempo después de esta sesión le pedí permiso a Elena para escribir sobre
su historia y me lo concedió. Le solicité también si podía escribirme unas
palabras de su experiencia, antes y después de su sesión, y me dijo
literalmente lo siguiente: «Fui víctima de un abusador durante toda mi vida y,
después de su muerte y hasta la sesión contigo, no me di cuenta de que, además
de todo ese dolor, yo misma me había generado una cárcel de amargura y miedo de
la que no era del todo consciente, pues la necesidad de autoprotección nubló mi
manera de percibirme a mí misma y a la vida. Y sí, es cierto que después de ser
consciente de que no lo merecía y de asumir que ya no iba a sucederme más, fue
cuando se disolvieron el miedo y la furia, como si se hubiese detenido el
tiempo, como si pudiese ver todo con detenimiento, como si pudiese actuar sobre
lo que estaba sucediendo, era capaz de discernir dónde estaban los límites que
me permitían experimentar una cosa u otra, pongamos el dolor o la felicidad, y
desde ese escenario desde el que podía ser consciente de mí, me dispuse a
soltar y entendí que era el momento de perdonar el desastre de aquello que
viví, pero con lo que no me reconocía. Y todo comenzó a cambiar. No sé qué
sucedió, pero sí que desarrollé este mecanismo de detener el tiempo en mi cabeza
y hacerme cargo de dónde quiero estar y de qué dejo fluir en mí, y eso te puedo
decir que, en gran medida, se debió a la sesión con mis guías, a aceptar que la
vida sigue en el otro lado y que desde allí quizá no se puedan borrar las
señales de la herida, pero sí sanarla. Por otro lado, también me hace
infinitamente feliz y me da paz saber que mi abuela amada estará esperándome,
como muchos otros espíritus, y eso hoy más que nunca no solo me da esperanza,
sino que me permite asumir mi responsabilidad en mi paso al otro lado. Sé que
ahora voy a aprender a amarme y a amar la vida para que, cuando me toque pasar
al otro plano, ese mismo amor sea la llave que me conduzca ahí donde están los
que me aman».
Sesión 21
LA
DESNUTRICIÓN ESPIRITUAL
Era el segundo encuentro que había organizado Ana Lucía con sus guías
espirituales, por lo que antes de comenzar la sesión me comentó que venía muy
ilusionada, a la espera de que su padre y sus abuelos la felicitasen por los
logros que había manifestado desde nuestro primer encuentro.
Por lo que pude comprobar a medida que sus guías espirituales iban
comentando en esta ocasión, el espíritu que decidió llevar las riendas en la
comunicación desde el otro lado era el padre de Ana Lucía, quien al parecer ya
se había hecho cargo de darle pautas de modificación de algunas actitudes para
que Ana pudiese experimentar la vida desde la plenitud, y no desde el vacío
existencial que había vivido desde su infancia, pues su madre había padecido y
seguía padeciendo alcoholismo, por lo menos hasta donde supe en la sesión que
estábamos realizando.
Los espíritus, como he mencionado en ocasiones anteriores, siempre nos dan
las pautas que nos hacen falta para que nos liberemos de condicionamientos o
traumas que nos restan energía y entorpecen nuestro proceso de vida, porque,
aunque ellos sostienen que elegimos las experiencias, por duras que nos
parezcan para nuestro mayor bien en el plano evolutivo de experimentación, a
veces nos quedamos atorados en esas pruebas que elegimos desde el planeamiento
de nuestro propósito antes de la concepción y del nacimiento, y una de sus
finalidades es, precisamente, sacarnos de esos bucles.
Mis facultades como médium y vidente, aunque nunca lo suelo mencionar, se
enriquecen de una particularidad que diferencia mi trabajo de otros
profesionales. No digo que sea mejor, solo que la capacidad mediúmnica es muy
particular y, pese a que la conexión puede ser más o menos clara, cada uno
tiene unas cualidades diferentes. La mía es poder afectar, impactar o generar
cambios tanto en la energía como en la mente de las personas que realizan una
sesión, pues nací con esa capacidad. Este es un proceso muy particular y
personal que en cada individuo alcanza una dimensión diferente, según sus
bloqueos, su proceso evolutivo o su estado vibracional. Cabe recordar que todo
es vibración en el universo y que, si estamos instalados en la queja, por
ejemplo, nuestra vibración, además de ser más densa, influye en nuestro foco de
atención y las experiencias que vamos a vivir serán experiencias que apoyen ese
tipo de ideas y pensamientos.
Como explica la primera de las siete leyes espirituales del Kybalión,
todo es mente en el universo, de manera que nuestra mente actúa desde donde
elegimos vibrar, y mi don y mi facultad entregados al servicio del espíritu
generan cambios de frecuencia vibratoria y de atención. Por eso, muchas
personas declaran que una sesión les cambió la vida. Los maestros que me
acompañan y los guías de las personas que acuden a las sesiones, en combinación
con el vehículo que soy, generan esos cambios, como sucedió en el caso de Ana
Lucía.
Antes de proseguir con su historia, me gustaría hacer un último apunte
sobre esta cuestión. Lo que comento no significa que por asistir a una sesión
se produzca el milagro que se espera y que podamos ahorrarnos trabajo personal,
sino que el milagro lo generamos nosotros mismos con la apertura a la
información que expande nuestra consciencia. Yo solo soy un mecánico espiritual
que sabe qué piezas hay que potenciar o qué heridas sanar, y cada caso tiene
una intensidad particular. El resto no lo manejo yo, es más, hay casos en los
que por consejo de los espíritus no es el momento de intervenir.
En el caso de la primera sesión de Ana Lucía, sus guías y yo habíamos
trabajado en la reprogramación de su energía emocional, pues con un padre que
había partido cuando ella apenas tenía dos años de edad y una madre que casi no
podía hacerse cargo de ella ni de sus hermanos por el alcoholismo mencionado
anteriormente, Ana había buscado el amor allá donde su foco de atención le
permitía poner la mirada, y este no era otro que la carencia afectiva y el
castigo o, mejor dicho, el autocastigo como rechazo de sí misma. Una poderosa
creencia de que debía ser amada, aunque no se consideraba digna de amor, la había
impulsado a una búsqueda, y a relacionarse con personas quizá más enfermas
emocionalmente de lo que ella estaba experimentando, relaciones muy
desequilibradas que lo único que le aportaban era más dolor como rechazo a sí
misma, pero que en contrapartida le habían dejado un gran regalo: tres hijos
que se había prometido sacar adelante, como si fuera una cruzada personal,
aunque fuese a duras penas y con mucho sacrificio.
Inconscientemente, Ana Lucía se había prometido no ser como su madre, a la
que odiaba profundamente y a la que había convertido en la fuente de todos sus
males, e incluso a la que había apartado de su vida desde que pudo sostenerse
económicamente a muy temprana edad, trabajando en cualquier cosa que le saliera
para mantenerse a sí misma y, posteriormente, a sus hijos. De modo que, en esa
primera sesión, sus guías la ayudaron a realizar cambios en su mente
inconsciente, pues el mayor deseo de Ana era ser amada no solo por sus hijos,
pues ya contaba con ese amor, sino por una pareja que valiera la pena, como
ella misma exclamó.
Seis meses después de poner en práctica las dinámicas espirituales
aconsejadas, leer los libros recomendados, y con la ayuda de una terapeuta
—consejos que sus guías le dijeron que eran necesarios y Ana aceptó a regañadientes,
pues ya había conocido a muchos, según ella—, pudo entender que era hora de
dejar de acusar a nadie y desarrollar una mirada de amor hacia todo y hacia
todos con los que había convivido hasta el momento, incluida su madre,
entendiendo que nadie era culpable del desafío que su alma había decidido
experimentar. Y hasta que no asumió que la autorresponsabilidad de que su
proceso era la llave de la autosanación, no salió de ese enfoque enfermizo que
la bloqueó durante décadas e incluso durante posibles vidas anteriores, y que
ahora, como una asignatura pendiente, venía a superar. Así que por la cuenta
que le traía, se puso manos a la obra y generó que tanto su foco de atención
como algunas ideas sobre ella y sobre el mundo, cambiaran.
Ana Lucía estaba más o menos feliz —y entenderás ese más o menos feliz a
medida que avances en la lectura de esta historia— con su nueva pareja, que era
un hombre con muy buenos sentimientos y que estaba abierto a compartir la
felicidad. Tal y como la misma Ana afirmaba, y se confirmaba después de que sus
guías compartieran conmigo esa información, él era alguien que la amaba por ser
quien era.
Fue entonces cuando mentalmente pregunté a sus guías: «¿Si ya alcanzó su
meta, ¿qué hace ella aquí de nuevo?». Y lo que sus guías estaban a punto de
mostrarme me dejó de una pieza, y de verdad volví a entender que todo es parte
de un plan perfecto, y a recordar aquel dicho que escuché muchas veces de que
«el hombre propone y Dios dispone». Aunque Ana presumía de ser feliz, sus guías
espirituales dijeron: «Su ego es bien terco, decidimos conducirla a la sanación
de una parte de su vida, que ella creía que era la sanación de todos sus males,
para que se diera cuenta de que escapar de esa ciénaga farragosa lleva
muchísimo tiempo, realmente depende de ella misma y no del amor que una pareja
le profese. Pues ciertamente no había repetido el patrón de su mamá de
suicidarse lentamente ahogando su dolor en el alcohol y creyéndose alguien
desdichada por no tener la vida que creía que se merecía, pero Ana Lucía eligió
la comida como escape, después de pasar por episodios de bulimia y de anorexia
durante muchos años con el fin de estar delgada para ser aceptada. Como puedes
ver, sus problemas con la comida han generado esa obesidad mórbida con la que
lucha desde que tiene uso de razón».
En ese momento se acrecentó más si cabe mi confusión, pues ese problema ya
era evidente en la sesión anterior y, sin embargo, los guías no hicieron
ninguna mención al respecto, y como no soy endocrino ni dietista ni ellos
dijeron nada, pues yo ni le presté atención a eso. Sin embargo, los guías,
inteligentemente, le habían puesto, por así decirlo, «la zanahoria al caballo»,
haciendo que consiguiese lo que deseaba, como prueba de que con pequeños
cambios (como he mencionado antes) pudiese manifestar su objetivo, y para
demostrarle que no era una víctima y que, además, tenía y tiene la capacidad de
crear su realidad, capacidad que todos tenemos en cualquier circunstancia en la
que nos encontremos. Ana Lucía no podía sabotear esta prueba ni sabotearse a sí
misma diciendo que el encuentro con este hombre amoroso era fruto de la
casualidad, sin embargo, seguía saboteándose a sí misma, pues en su mente
continuaba diciendo y creyendo que podía ser abandonada en cualquier momento,
ya que no tenía el físico que según su mentalidad y sus creencias suponía que
debía tener, y pensando que cualquier persona podía ser mejor que ella.
Mientras sus espíritus guías —en este caso, su padre en nombre de todos—
relataban sus ideas y pensamientos, Ana no dejaba de asentir con su cabeza, al
tiempo que brotaban lágrimas por su bello rostro. Cabe añadir que su tez
blanquecina y aquellos ojos azules empañados de lágrimas eran el rostro de una
hermosa mujer que se ensombrecía, como si hubiese puesto un biombo de vergüenza
que la separaba del mundo y no dejaba ver la luz que solo en contadas
ocasiones, y en ambientes donde se sentía segura, reflejaba aquella maravillosa
sonrisa.
Sus espíritus le preguntaron: «¿Quieres de verdad entender qué te sucede?».
Y ella, con un profundo llanto, exclamó determinantemente que sí. Fue entonces
cuando su abuela materna y Hamits intervinieron. Su abuela se presentó y le
dijo: «Nieta mía, cuando estuve en la Tierra desarrollando mi plan fui una
mujer entregada a la crianza de mis nueve hijos. La vida, la Guerra Civil y la
posguerra dejaron heridas no solo en el cuerpo, sino en el alma. Vi morir a
vecinos, conocidos, familiares, y a mi hermano Javier, mi amado hermano, que
con apenas quince años fue alistado para combatir. Un odio y un dolor profundos
me llenaron el alma de oscuridad y dejé de creer en todo y no quise volver a
amar a nada ni a nadie con ningún tipo de afecto. Tu madre, la más pequeña de
mis hijos, siendo una niña que necesitaba amor solo tuvo responsabilidades,
deberes y castigos. Sin saberlo, generé una herida aún mayor haciendo que
pagara por mi pérdida y que perdiera cualquier pensamiento de esperanza,
cualquier sueño, cualquier idea de que la vida pudiese ser algún día
mínimamente mejor, pues me avinagré y avinagré toda idea de una vida mejor.
»Cuando llegué al mundo espiritual, me di cuenta de que no superé mi prueba
de abandonar el dolor y entender que la muerte no existía, pues me obsesioné
con la cruenta muerte de mi amado hermano, e hice de la muerte de un inocente
la excusa para matar la inocencia de todo lo que me rodeaba. Tuve que trabajar
mucho en el mundo espiritual para salir de esos planos densos vibratorios y
llegar a la luz, con el poderoso deseo de restablecer lo que había empañado y
entender que todos los que amo eligieron, también por amor, duras pruebas para
restablecer el equilibrio. Desde mi llegada a la luz he estado esperando el
momento de esta comunicación fluida, cuidando amorosamente de todos vosotros y
entendiendo que, como yo, tienen la oportunidad de generar un momento liberador
para que, cuando lleguen aquí, pasen a la luz de la que son parte, dejando
atrás la oscuridad que producen el desamor y la tristeza.
»Te has criado desde el vacío y la exclusión, desde el pensamiento de que
nadie te amaría a menos que te sacrificaras para salvar a otros. Hoy quiero
liberarte de tan pesada carga, me gustaría que me la entregues y que te
conectes con la luz del espíritu, con la luz de Dios, que en un ejercicio de
visualización entregues todo aquello de lo que no te puedes hacer cargo a la
inteligencia divina, que visualices una especie de pompa de jabón gigante que
se lo lleva todo y que te abras a la ayuda y sueltes esa arrogancia que os
transmití y que sigue de generación en generación, que aceptes tu
vulnerabilidad, que es una fortaleza para nutrirte de la luz del todo. Sé que
en tu mente esto puede parecer un chorrada, como dicen ahora ahí, pero si lo
haces, si entregas y luego visualizas en el mismo procedimiento, día tras día,
lo que deseas, te harás cargo del gran don que es el uso consciente de la
mente, pues llevas haciendo uso toda la vida de este don de forma inapropiada,
generando en ti una desnutrición espiritual, que es una enfermedad que asola tu
tiempo, pues son muchos los que se han desconectado del todo haciendo uso
inconscientemente de la dualidad, creando verdades absolutas de que nada
existe, sino lo que se puede tocar y percibir con los sentidos, y rechazando la
auténtica verdad de que el todo no solamente existe, sino que nos contiene. Y
de que todo está contenido en nuestro interior, esperando a ser descubierto, y
que ese descubrimiento al alcance de cualquiera y en cualquier momento es la
puerta para salir de la ilusión que nos encierra en energías y vibraciones
densas, que nos obliga a tener sensaciones, emociones o pertenencias que no nos
hacen falta y que atoran el verdadero fluir de la vida para alimentar un único
propósito: el de SER y SER CONSCIENTE del lugar que ocupamos, de la oportunidad
de representar lo que somos y volver al lugar al que pertenecemos.
»Ahora es el momento para muchos de conectar con el todo y nutrirse de
este. En tu caso, mi amada nieta, es el momento de elegir otros pensamientos,
de fortalecer nuevas ideas sobre ti, sobre los demás, sobre el mundo, y que te
adueñes de la experiencia como lo que es, la verdadera oportunidad no solo de
representar el propósito que antes de nacer definiste, sino también de crear,
en tu libertad, tal como estás aprendiendo, oportunidades que libre y
amorosamente apoyen tu propósito para que, cuando regreses a la verdadera
verdad, escojas el camino de luz y de consciencia al que ahora sabes
conscientemente que perteneces».
Aquel día entendí que ese fino hilo de conexión que poderosamente nos une y
nos nutre del todo es el camino para entender nuestra experiencia en cualquier
plano de consciencia en el que nos encontremos y que, trabajándolo y
potenciando con consciencia, disipa cualquier dificultad que, aunque la hayamos
elegido para aprender, podemos salvar simplemente con la unión consciente del
todo que nos acompaña allá donde nos dirigimos, a pesar del camino que creamos
que nos queda por recorrer.
III. La «diviunidad»
APRENDE A PARTIR PARA APRENDER A VIVIR
El otro lado se hace presente en nuestras vidas y
cada vez su presencia es mayor, pues son cada vez más los relatos de cientos de
personas que lo perciben, y de muchas otras que comienzan a percibir las
señales de maestros y guías espirituales con el fin de que perdamos ese miedo a
experimentar el hermoso viaje que a todos nos espera. Las historias contadas
hasta aquí nos proponen no solo una guía para el manejo de nuestro cuerpo
emocional, sino la consciencia de la comunicación con nuestra alma y nuestro
propósito de vida, así como la certeza de que la vida que conocemos es un
regalo para vivir intensamente. Y la intensidad a la que se refieren los
espíritus no es otra que la de bendecir y agradecer estando presentes, y
participando del pensamiento creativo evolutivo que comienza con la certeza de
que nuestro paso por este plano es el comienzo. Si eres consciente de todo esto
para sanar y purificar los bloqueos y salvar los desafíos, si eres consciente
de que la vida es infinita, lo más probable es que comiences a hacerte cargo de
tus pensamientos, ideas y emociones, y a aprender el uso de tu energía con el
fin de crecer con amor y hacia el amor. Este es el comienzo para dejar una
ardua experiencia y prepararte para un viaje infinito que, sin duda, será mejor
de lo que puedas soñar. Ábrete a abandonar los hábitos, las ideas, las
creencias y los comportamientos que te limiten o que limiten la existencia de
los otros. Conecta con esa frecuencia amorosa y armónica con la que fuiste
creado y permite que tu viaje sea sanador para ti y para otros.
En todas estas historias que he compartido hasta
aquí, los espíritus guías de los consultantes mostraron la importancia de
realizar cambios a través del entendimiento de que nada te sucede en realidad,
sino que estamos motivados por infinidad de oportunidades y que desde una consciencia
presente damos ocasión de modificar nuestra emocionalidad y, en consecuencia,
adquirimos consciencia para soltar esos lastres y permitir que nuestra
experiencia se transforme en un nuevo escenario que experimentar, en una
versión actualizada de ti mismo que te empodera con esa herramienta que los
espíritus denominan el pensamiento creativo evolutivo.
Muchas personas me preguntan cómo es que un
espíritu guía puede estar con varias personas a la vez, incluso encontrándose
esas personas en países o lugares diferentes por diferentes razones, como puede
ser el caso de alguien que vive en España, pero tiene a sus hijos en Canadá
estudiando. Quizá algún familiar del otro lado los guíe a todos. Para entender
esto hay dos conceptos que me gustaría explicarte: el primero es la simultaneidad
en la que todo el universo fluye.
Pero ¿qué quiere decir esto? En nuestra forma de
concebir la realidad entendemos el espacio-tiempo como una verdad absoluta. Sin
embargo, hoy por hoy, ya estamos preparados para entender que no solo existe la
realidad tangible, pues a lo largo y ancho de este mundo miles de personas nos
relatan sus contactos con el otro lado, ya sean experiencias cercanas a la
muerte o miles de relatos de personas que pasaron al otro lado a través de ese túnel
del que en su mayoría hablan y que regresaron para contar esas otras realidades
que todos vamos a experimentar. Personas como el doctor Raymond Moody —con el
estudio de casos clínicos que documentan muchos de esos fenómenos— o la doctora
Elisabeth Kübler-Ross (entre muchísimos otros) nos han aportado su experiencia
y conocimiento en el pensamiento científico que se acerca a estas otras
realidades. Otros grandes maestros sobre el tema son los expertos en física
cuántica, teoría de cuerdas, así como los estudiosos del doble cuántico, que
nos acercan a esa comprensión que no solo enriquece nuestro conocimiento, sino
que enriquece una visión que va más allá del hecho de que somos materia.
Mi trabajo como médium en estas décadas me ha
ayudado a explicar la simultaneidad, transmitiendo mensajes que describían
exactamente lo que los espíritus habían vivido durante su proceso de vida en la
Tierra y, al mismo tiempo, estos espíritus narraban los acontecimientos que
sucederían en el futuro próximo de los consultantes. Y puedo decir al respecto
que el feedback que he recibido, en su mayoría —cerca de un 90 por
ciento—, me confirma la veracidad de esos vaticinios. Por ello, otra de las
preguntas que suelen hacerme es cómo es que se pueden narrar acontecimientos
que no han sucedido y que sucedan tal cual. La respuesta es que todo en el
universo está sucediendo y la manera de ser partícipes de ello es estar
presentes en nosotros mismos, pues cada instante que se vive es una oportunidad
de despertar en la consciencia, da igual que haya pasado o esté por suceder,
pues sea cuando sea, el momento en el que te hagas presente en la simultaneidad
comenzarás a conectar con el origen de donde partimos para experimentar el
viaje de vuelta a casa.
El otro concepto es la multidimensionalidad.
Cuando partimos al otro lado, la mayoría comenzamos a ser conscientes de que
estamos en otro estado que no es físico, pues hemos cambiado de frecuencia y
nuestro cuerpo energético, con la consciencia alcanzada y con su emocionalidad,
pasan al otro lado. Por poner un ejemplo, si pasamos al otro lado con culpa,
allí experimentamos este sentimiento con mucha intensidad. Esa nueva vida nos
lleva a planos de consciencia que nos permitirán trascender lo que aquí, en la
Tierra, nos quedó pendiente, de modo que, si la frecuencia es de culpa, en ese
plano estaremos hasta que nuestro espíritu o alma (como lo queramos llamar)
trascienda. Imagina que estás escuchando algo en tu cabeza que genera unas
imágenes en la mente que se tornan en un sentimiento de culpa que se
retroalimenta, y que cuando tu espíritu o alma se da cuenta de que nada de esto
es real, que simplemente es una realidad creada por ti mismo en otras esferas
de frecuencia por tu yo superior para experimentar, con el fin de trascender,
eso es precisamente lo que sucede: trasciendes esa culpa y purificas tu alma de
esa frecuencia que decidiste experimentar, y este ejercicio te lleva a otro
plano de más luz, de más consciencia. Digo culpa como puedo decir miedo o
cualquier otra emoción. Pero ¿por qué sucede esto? A veces, la encarnación en
la Tierra es una experiencia muy desgastante cuando vibramos en frecuencias
emocionales de ese tipo, y nos cuesta trascenderlas, y entonces lo hacemos en
ese otro plano al que pasamos.
Pero también quiero explicarte que no estamos
solos en ese proceso. Por eso quiero presentarte al Yo Superior. Pero ¿quién es
el Yo Superior? Los espíritus cuentan que en el comienzo en el que el Todo
decidió experimentar el código fuente, el amor infinito, como máxima expresión
de consciencia, el todo se fraccionó en millones y millones de partículas,
expandiéndose. Y con esta acción se creó lo que los guías espirituales llaman reinos
de consciencia o, más comúnmente, llamados planos de consciencia.
Imagina ese rascacielos que ya mencioné y en el que las primeras plantas están
sometidas a una frecuencia más pesada por el ruido y la algarabía que se
condensan a su alrededor, desde ruidos de coches a personas haciendo ruido o
eco. Estas frecuencias, a las que puedes considerar la realidad cotidiana, te
pueden sumir en una carrera estresante por la vida que limite tanto tu contacto
contigo mismo como con lo que te aguarda esperando a ser descubierto, pero si
vas subiendo de piso en piso en ese rascacielos, la luz, las vistas y el silencio
de los pisos superiores te invitarán a estar en otro estado de conciencia y te
permitirán tener una mayor visión desde una nueva altura y una mayor claridad,
con lo que tu manera de percibirte a ti y a lo que te rodea cambia. Pues así es
como vamos avanzando a través de una compresión mayor de nosotros mismos, que
tiene lugar cuando pasamos al otro lado. Y en todo el proceso de la vida y de
la muerte estamos acompañados por esa parte de nosotros que, desde arriba en el
edificio y en conexión con todo, diseñó muchas experiencias.
En este proceso de experimentación, esa parte que
somos, fraccionada en la frecuencia vibratoria del amor desde su alto estado de
consciencia, ha diseñado un número de oportunidades de experimentación en
muchos planos de consciencia. Así que todo esto es una oportunidad de aprender
y avanzar en lo que llaman los espíritus consciencia creativa evolutiva,
la cual sucede cuando estamos presentes y con una profunda mirada conectamos
con la guía interna que, motivada por la luz, tiende a fluir en el propósito
que cada cual escogió experimentar, si no nos atoramos en la emocionalidad de
frecuencias tales como la culpa, el miedo, etcétera; frecuencias muy densas que
ensordecen la intuición como camino.
La intuición nos muestra y nos hace conscientes de
la oportunidad de realizar la ruta trazada antes de nacer para descubrir los
escenarios por los que vamos a transitar y nuestra decisión de vivirlos
despiertos en el presente, conscientes de que somos una pieza clave en un
perfecto engranaje en evolución y crecimiento desde un código fuente original
que es el amor infinito que todo lo alimenta. Cuando entendemos esto,
desarrollamos esa mirada amorosa no solo hacia nosotros mismos, sino hacia
todos los seres que conformamos, hemos conformado y conformaremos la humanidad,
una mirada de amor sin separación de razas, credos o culturas. Y es cuando
entendemos también la importante misión que tenemos como colectivo y que hemos
venido, y vendremos una y otra vez, a desarrollar hasta que logremos impulsar y
crear desde el amor y la amabilidad una experiencia digna de ser vivida y
disfrutada por todos y para todos. Con esa consciencia se te revelará el plan
individual que para el bien común tu alma ha venido a representar, y para esa
contribución colectiva e infinita tanto los guías espirituales, como las
experiencias de la partida o pérdida de un ser amado, son una herramienta más
que nos da la oportunidad de abrirnos a experimentar un salto cuántico que
arroja luz y desarrollo de la autoconsciencia.
También otras formas de experimentación nos apoyan
a la espera del momento perfecto de nuestro despertar individual y colectivo, y
al parecer este es el momento. Así que si has leído este libro, estoy seguro de
que es tu momento de sentir las señales y comunicarlas, de abrir tu mente y tu
corazón a la conexión con el amor del espíritu, entendiendo que nada te sucede,
sino que tú eliges cómo quieres vivir y en qué consciencia vives el fluir de
los acontecimientos.
Deseo desde la más profunda mirada de amor hacia ti
y el todo que se revele la verdad de que estás en el momento y lugar idóneo
para experimentar el milagro de la sanación y el privilegio de usar todas esas
cualidades con las que has sido bendecido. Que la magia sea el vehículo que
muestre la manifestación perfecta, esa que te mantiene despierto.
CANALIZACIÓN FINAL: LA DIVIUNIDAD
Cuando creí que las páginas anteriores iban a
constituir el cierre de este libro, sucedió algo extraordinario y mágico.
Guiado por Hamits pude trasladarme a una dimensión donde sucedió una apertura
de consciencia y pude experimentar mi despertar. La Voz se mostró y me reveló
la información que, a continuación, comparto contigo, tal como me solicitó.
«Yo, la Voz, soy la divinidad que te acompaña, te
abraza, te envuelve. Solo hasta que entiendes esto y te abres a mi compañía, la
individualidad desaparece y te despojas de las miserias del personaje que
representas, para reconocerte como lo que eres: un ser divino hecho a mi imagen
y semejanza, pues soy creador. Y cuando entregas y te entregas con el verdadero
y más amplio sentido de esta acción, todo se revela y dejas de estar solo,
perdido, porque comienzas a estar conectado con la fuerza que te impulsa a
existir y te motiva a que seas un ser completo, sin carencias, que acepta donde
está y entiende que forma parte de cada instante que presentemente sucede en el
todo. Y esto te alinea con una fuerza que, poderosamente, te comprende y te
inunda de alegría, de entendimiento, de una fuerza curativa que te sana y que,
desde ese preciso instante de despertar, te hace saber que ya has llegado, que
ya nada y todo carecen de importancia porque vives en la entrega absoluta, pues
el viaje que iniciaste nunca lo iniciaste solo y el darte cuenta te sitúa en la
unidad. Así es.»
Decidí transmitir todas estas experiencias que he
narrado anteriormente y que marcaron positivamente la vida de las personas que
participaron en las sesiones, pues estoy seguro de que la lectura de este libro
ayudará a aquellas personas que necesiten conectar con esta información en el
momento exacto, ya que el espíritu siempre aguarda el instante para que, por
miles de vías y de canales, se haga presente en el momento en que estamos
preparados para recibir la gracia. Me siento bendecido y afortunado por haber
disfrutado del regalo de ser el canal que pudo ayudar a despertar consciencia a
muchas personas a las que bendigo. A todas ellas les doy gracias por darme la
oportunidad de cumplir parte de mi cometido, y te agradezco también a ti que
hayas leído estas páginas, pues el propósito es serte útil en tu proceso
personal y espiritual.
Entiendo que algo que para mí es tan natural como
el respirar, otras personas están en el proceso de descubrirlo y desarrollarlo,
o simplemente comenzando a reconocer el vínculo espiritual. Y no me refiero a
que conecten con sus guías espirituales a través de una sesión, me refiero a
que estamos en un tiempo en el que los velos que separan este mundo de otros
mundos o planos de consciencia están a punto de desaparecer, ya que estamos en
un momento crucial evolutivo de la humanidad. Ciertamente, la humanidad como
tal ha vivido instantes de luces y de sombras que han generado cambios
realmente importantes a muchos niveles y en muchos aspectos. Sin embargo,
muchos planos, muchos mundos desconocidos por la gran mayoría, entre ellos el
plano de los espíritus, se han estado preparando para ayudarnos en nuestra
apertura de consciencia como parte de nuestra responsabilidad para elevar
nuestra vibración. No digo que sea fácil, ni que se produzca de la noche a la
mañana, o tal vez sí, pero sí te digo que todos los que poblamos este plano en
este momento hemos elegido (antes de existir en los personajes que
representamos y más allá de rasgar los velos) ser realmente los impulsores que
cambiemos el curso de la historia tal y como la conocemos, pues de la mano de
la ciencia y del avance de la tecnología —una tecnología más allá de la que
conocemos, y que no es otra que la tecnología del alma— estamos a punto de
conectarnos de manera consciente con la potencialidad del SER.
Pero ¿qué significa esto? Más allá de la
comunicación de célula a célula, la comunicación extrasensorial y otras
habilidades mucho más avanzadas como los viajes a otras frecuencias y planos o
dimensiones (o, mejor dicho, los puentes para la conexión con estos) que ya
están a nuestra disposición para que despertemos a la auténtica realidad del
todo, esto pasa por reconocernos, como dije anteriormente, como seres no
duales, separados de la consciencia divina o la diviunidad, un término
que le encanta emplear a mi amado Hamits y que da nombre al método que
comenzaré a impartir por todo el mundo próximamente.
En este tiempo convulso que estamos viviendo y que
seguiremos pasando, y mientras formamos parte de ese proceso de apertura, los
puentes antes mencionados nos dan la posibilidad de ayudarnos a entender que no
solo estamos aquí con un cometido individual, sino que esa parte del tejido
cósmico que somos ya está preparada para elevar consciencia no solo desde la
razón, sino rindiéndonos a reconocer que todo lo que se abre ante nuestros
sentidos está contenido dentro de nosotros.
Seguramente, has leído o escuchado anteriormente
que todo está en tu interior. Yo mismo muchas veces se lo he oído decir a los
espíritus y a muchas personas y, aunque intelectualmente —en «modo Felipe» y no
en «modo médium»— entendía perfectamente qué quería decir, no lograba realmente
darme cuenta. Sin embargo, si me ubico en la parte mediúmnica, separándola de
mi personaje, Felipe, desde que tuve uso de razón siempre me rendí al espíritu,
es decir, siempre entendí que el espíritu hacía su voluntad en mí, pues
interiormente siempre he tenido y sigo teniendo la certeza de que vine a este
mundo a ser una herramienta o canal del espíritu. Y cuando asumí una rendición
total, fue cuando todo se armó y fluyó y sigue fluyendo, pues esa parte de mí
siempre ha vivido alineada en el propósito y para el propósito, y esto me ha
permitido conectar con fuentes de información que, lejos de bibliotecas,
escuelas, universidades, conversaciones, formaciones o Google, proceden de la
inteligencia divina, y esto me conecta con la diviunidad, como la llama
mi maestro.
Esto no es ni un hecho aislado ni patrimonio de
unos pocos, es extensible a cada ser humano que puebla y poblará este planeta.
No me refiero a que todos seamos médiums, sino a que todos podemos definir esa
capacidad receptiva de obtener del todo lo que necesitamos y que viene de otros
mundos, de manera consciente, para crear verdaderamente el cielo en la Tierra y
que avancemos como sociedad en igualdad y con la verdadera motivación de ser lo
que vinimos a ser, y no una sociedad que no se ve a sí misma, que no se
reconoce y que, como consecuencia de ello, vive no solo en la separación del
todo, sino que vive con seres separados los unos de los otros, levantando muros
que solo ensombrecen, aún más si cabe, la consciencia y el potencial que nos ha
hecho errar y errar, una y otra vez, viniendo a deshacer los nudos que ni
siquiera estaban pactados y que, por no autorreconocernos, dejamos en la Tierra.
Me refiero a nudos como esas energías telúricas, votos, pactos, acuerdos,
enfermedades del sistema familiar, etcétera, que mencionamos anteriormente y
que nos frenan en el proceso evolutivo del alma. Es el momento de derribarlos
para que la luz nos muestre lo que ya sabemos y que duerme como la verdadera
verdad a la espera de ser escuchada, mas no de ser descubierta, pues no hay
nada que descubrir. Solo detente, observa y permite que se te revele.
Muchas sociedades secretas, así como muchos
caminos de realización espiritual, tales como el espiritismo o la cábala, por
ejemplo, sostienen que muchos de los grandes pasos y descubrimientos de la
humanidad se debieron a personas notables que los obtuvieron desde su conexión
directa con el mundo espiritual. Igualmente, la medicina, tal como hoy la
conocemos, y sus cepas para generar los medicamentos químicos que usamos,
fueron inspiradas a personas que tenían una profunda conexión con la naturaleza
y estudiadas posteriormente por lo que llamamos ciencia, perfectamente pueden
ir de la mano con los conceptos espirituales inspiradores de filósofos y
maestros que históricamente, como digo, han aportado grandes beneficios a la
humanidad. Hoy, la física cuántica explica y da sentido a lo que los místicos,
hace miles de años, transmitieron y seguimos transmitiendo, pero en un afán de
separar o de obviar la conexión con la divinidad y con el conocimiento sagrado,
en algún momento nos separamos más del todo. El mundo espiritual nos indica que
es el momento de unir ambas vías de conocimiento para disfrutar de lo que está
por revelarse, pues todavía, y con todo lo que creemos saber, hacemos caso
omiso de los secretos de las primeras civilizaciones que estaban justamente
conectadas con las estrellas. Sin ir más lejos, los antiguos egipcios crearon y
manifestaron realidades que no sabemos explicar, y esto es solo la punta del
iceberg.
A comienzo de los años ochenta del siglo pasado
diferentes corrientes del desarrollo personal y espiritual nos nutrieron con la
idea de que el pensamiento positivo podía mejorar, y de hecho mejora, nuestras
vidas. El trabajo con afirmaciones positivas, o la apertura a filosofías
milenarias como el yoga y la meditación, nos ayudaron a entender y a practicar
una vida más saludable, poniendo la responsabilidad en nosotros mismos y
ayudándonos a través de la visualización creativa a generar grandes cambios.
Por más de dos décadas, millones de personas han demostrado que estas
habilidades funcionan y que estaban ahí a la espera de ser descubiertas o puestas
en práctica, para modificar positivamente nuestra experiencia. A su vez,
diferentes médiums, videntes y maestros espirituales destacados mundialmente
—grandes místicos, en definitiva— nos mostraron el camino a los que en ese
momento estaban abiertos para la conexión con lo que denominamos paranormal, a
lo que se sumaron científicos y médicos psiquiatras como el doctor Raymond
Moody, quien en el año 1975 dio a conocer al mundo sus estudios clínicos sobre
la vida después de la vida, analizando muchísimos casos de personas que
tuvieron experiencias cercanas a la muerte, dándoles voz a miles de personas
que las relataban, sin miedo a que las tildasen de locas.
En la actualidad, científicos como Bruce Lipton,
Gregg Braden o Joe Dispenza, entre otros, han ido más allá de lo que
conocíamos, transitando del pensamiento «positivo» al pensamiento «creativo» y
demostrando con estudios científicos los cambios que se producen
neurológicamente, así como en nuestras células y en nuestra corporología, al
alinear nuestra mente con nuestro corazón para generar la conexión con nuestro
ser interno o alma y para realizar cambios no solo en las estructuras mentales
y psicoemocionales, sino en nuestra respuesta energética y conexión con la
divinidad. Herramientas derivadas nuevamente de la meditación, como el mindfulness,
se abren paso en este mundo que consideramos moderno, generando el pensamiento
cuántico, un pensamiento y un conocimiento espiritual que la mística y los
místicos llevamos practicando y conociendo desde que el mundo es mundo, pero
que ha sido desacreditado por la gran mayoría, pues al parecer el camino era
separar a unos cuantos locos de los revolucionados pensamientos, de modo que
aceptásemos que dos y dos eran cuatro, pero que tres y uno no podían serlo.
El espíritu, al igual que estas fantásticas almas
que encarnaron para representar una vida dedicada a la ciencia que viene a
abrazar y a nutrirse del pensamiento místico espiritual, nos da la posibilidad
a los más y menos pragmáticos de unir las ideas para alcanzar un mismo fin: el
despertar de consciencia. Y hacia ahí nos dirigimos, y los planos más sutiles
de consciencia aguardan a la espera de esta próxima revelación.
Como expliqué anteriormente, en mi «modo Felipe»,
o sea, en mi vida personal, en muchísimas ocasiones me he desconectado de la
visión espiritual por la arrogancia de vivir en dualidad, y no ha sido hasta
experimentar la rendición, como médium y como individuo, cuando entendí eso de
que todo está dentro de nosotros, que somos contenedores del macrocosmos, un
fractal del todo que alberga un microcosmos. Entendí también que la realización
del ser no pasa por ser más alto, más bajo, más delgado, más gordo, más o menos
exitoso, más amado o menos amado. Cuando me entregué en esa profunda rendición
al todo para que se hiciese su voluntad en mí, todo comenzó a fluir en la vida
y comprendí verdaderamente que, aunque la experiencia es individual, la
compañía de la divinidad está siempre presente. No me refiero solo a los guías
espirituales y maestros, que en definitiva son la unión con mi personaje y
propósito de vida, sino que la divinidad, esa poderosa fuerza creadora, está
presente en todo lo que hago, pienso y vine a experimentar. Y cuando digo
«presente» es que cuando te rindes y te abres, la sientes, la hueles, la puedes
ver y percibir de tal forma que te impregna, te abraza, te guía y te sostiene,
ya que la realidad es que nunca iniciamos el viaje solos. Aquellas palabras del
maestro Jesús: «Padre, ¿por qué me has abandonado?», para mí fueron una realidad
en algunos momentos de mi vida, hasta que alcancé la revelación de que esa
amada consciencia en su puro estado me acompañó y me acompaña. Cuando se dio mi
rendición, no solo entendí, sino que me fundí con el todo en una comunicación
que derribó las barreras que en algún momento de la existencia solo yo había
creado con los votos, pactos, acuerdos y, en definitiva, memorias del alma que
hemos entendido como karma. Fue entonces cuando se desvanecieron por completo,
asumiendo la realidad de aquellas palabras del maestro Jesús: «Hágase tu
voluntad y no la mía», que cobraron sentido y forma en lo más profundo y
espiritual, pues la rendición se transformó en la perfecta unión que siempre ha
existido y que me reveló que no hay que ir a ningún lugar, pues, refiriéndome
nuevamente al maestro Jesús, el reino de los cielos está cerca, tan cerca que,
cuando te dejas caer con esta entrega, el velo de la ilusión desaparece por
completo, y un profundo amor te transporta a cualquier átomo existente en este
o cualquier otro universo, y esa consciencia es la que te conecta con todo lo
que existe y que, además, no solo te conecta, sino que puedes hacer uso de la
información que necesites para crear y experimentar lo que quieras. Es como si
te metieses en esos famosos «agujeros de gusano» o puertas dimensionales del
universo, que une los universos paralelos para observar y fundirte con la
energía del espacio. Y créeme que esto es patrimonio de todos, al margen de las
facultades de videncia, clarividencia, mediumnidad o clariaudiencia.
Si te das la oportunidad y nutres tu cordón
espiritual, te rindes y te abres a que la magia del todo te impregne, y usas tu
mente no para cuestionar o juzgar, ni siquiera para imaginar, solo para estar
presente, permites que este disfraz que defiendes como un ser individual en un
mundo terrenal se diluya. Quizá te lleve un tiempo y sea cuestión de
entrenamiento no solo el acallar la mente y rendirte, sino soltar para la
apertura. Doy fe de que el ser se libera, se expande, y las preguntas dejan de
buscar respuestas, pues una vez que conectas con la fuente, todo y nada carece
de importancia.
Cuando comencé escribiendo este libro, mi máximo
propósito era acercar al espíritu a la vida de todas las personas posibles y
ayudar a entender que nada nos sucede, solo estamos en una experimentación y
evolución constantes hasta llegar a casa. Podemos nutrir nuestro vínculo
espiritual con nuestros guías y podemos hacerlo por los seres que han partido
al mundo espiritual. Te invito a que hagas oraciones y les envíes pensamientos
de afecto, no desde el dolor y el apego, sino desde el amor, dándoles libertad
para que estos seres realicen su camino y su desarrollo en el mundo espiritual,
ya que ellos en la dimensión en la que se encuentran pueden verte, escucharte y
sentirte, esperando el momento de alcanzar el desarrollo evolutivo para guiarte
e influenciarte positivamente, bien a través de tus sueños o generando
pensamientos intuitivos. Recuerda y entiende que los guías espirituales no son
la lámpara de Aladino a la que pedir que nos resuelva la vida o que nos toque
la lotería. Pídeles más bien obtener tu guía, realizar tu despertar, lograr tu
mayor bien dondequiera que tu mente se encuentre en este universo maravilloso
que crea y da vida.
Para transmitir el pensamiento creativo evolutivo
que he canalizado en mi viaje con los espíritus y poder transmitir lo que aquí
he escrito, he tenido que experimentar todo lo que relato, alcanzando un
conocimiento o, mejor aún, una verdadera experimentación del todo que, más allá
de los viajes astrales y de la conexión mediúmnica, me ha hecho conectar a
través de estos años con el viaje a casa desde cualquier lugar del mundo donde
he dedicado tiempo a estos y otros pasos que fui recorriendo con cada palabra
aquí escrita y que, por verdadera entrega y rendición a la inteligencia cósmica
o divina (como la quieras llamar) me han revelado no solo un camino para mí,
sino un camino para compartir con todo aquel que quiera experimentar muchas de
las técnicas aprendidas, imposibles de explicar en estas líneas, pues no se
pueden leer sino experimentar. Las pongo en conocimiento en los vídeos de mi
canal de YouTube o en mis redes sociales, y otras las compartiré en mis
talleres, cursos y conferencias como practicas vividas de la diviunidad.
Deseo que este libro te inspire a nutrir tu cordón
espiritual con tus maestros y espíritus guías, compañeros en tu viaje que,
presentemente, te harán conectar con tu yo origen, pues la vuelta a casa
es solo una ilusión. La realidad es que, dondequiera que te encuentres, si de
verdad te abres y aceptas a la diviunidad, esa es la verdadera puerta a
casa.
AGRADECIMIENTOS
Quiero dedicar este
libro
Al Espíritu, fuente de
inspiración y de vida.
A Hamits, Amanda y a mi
Ángel.
A mis abuelos y a mi
padre.
A todos mis guías, a
mis maestros y a todas las personas y espíritus que han hecho posible mi
desarrollo espiritual y personal.
A todos los que han
contribuido, contribuyen y contribuirán a que me siga experimentando como
médium, gracias por apoyar mi propósito de vida.
Bendiciones y
agradecimientos.
Gracias a todos los que
habéis hecho posible este libro, a los que me acompañan en la tierra y quienes
nos guían desde otros mundos y otros planos. Que la luz nos ayude y guíe en
nuestro reencuentro en el origen.
Sería imposible
nombrarlos a todos, pero cada uno de los que formáis mi familia del alma sabéis
que este libro forma parte de vosotros.
Gracias especialmente a
Alicia Llarena. Sin tu cariño, tu dedicación, tu orden y tu entrega nada de
esto hubiese sido el magnífico viaje que ha sido. Que nuestro reencuentro nos
siga colmando de alegrías, risas y bendiciones.


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