MENTES ENREDADAS, por Dean Radin (2006)

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ELOGIOS PARA MENTES ENREDADAS

“En este triunfo de la imaginación científica, Dean Radin muestra con claridad cómo los misterios de la psicología y los misterios de la mecánica cuántica pueden combinarse para apuntar a una 'nueva realidad' que hace que la ciencia ficción más audaz parezca inofensiva en comparación.”

—Michael Grosso, doctor en filosofía, autor de * Experimentando el próximo mundo ahora*

Las implicaciones de las premisas de Radin son grandiosas. Su visión ataca la esencia misma del individuo aislado y la reemplaza con la imagen de la unidad de todas las mentes. Radin demuestra que la unión no necesita ser cultivada; ya existe y solo requiere ser realizada. En un mundo plagado de enemistad, diferencias y una competencia feroz, es difícil imaginar una contribución más importante.

—Larry Dossey, MD, autor de El extraordinario poder curativo de las cosas ordinarias

“Como científicos, mantenemos una precaria fogata en medio de la gran jungla de la ignorancia. El trabajo de Dean Radin es una guía fiable y fidedigna sobre importantes fenómenos cambiantes que se encuentran justo fuera de ese cómodo círculo de luz.”

Nick Herbert, doctor en física, autor de Realidad Cuántica.

Es raro encontrar un libro que sea a la vez una lectura amena, clara y apasionante, y un texto de referencia riguroso, pero « Mentes Entrelazadas» lo es. Radin presenta los últimos hallazgos en investigación parapsicológica, mostrando cómo encajan en la visión ampliada de la realidad que nos ofrece la física cuántica posmoderna, y sin olvidar la importancia humana de los fenómenos psíquicos.

—Charles Tart, doctor en psicología, autor de Estados alterados de conciencia

“Dean Radin es uno de los parapsicólogos más innovadores del mundo, pero Mentes Entrelazadas es más que un tratado sobre parapsicología. Este extraordinario libro propone un nuevo paradigma que desafía las perspectivas convencionales sobre la naturaleza humana, así como sobre el funcionamiento del universo mismo.”

—Stanley Krippner, doctor en psicología, coeditor de Variedades de la experiencia anómala

«Mentes Entrelazadas es un libro magnífico. Radin demuestra, con hechos, que las experiencias psíquicas y los descubrimientos en física provienen de la misma fuente espiritual. Una contribución excepcional a la comprensión de nosotros mismos y del mundo.»

Bill Roll, doctor en psicología, autor de Unleashed.

…y para el bestseller galardonado de Dean Radin

EL UNIVERSO CONSCIENTE

“Un libro brillante.”

—Gertrude Schneider, Ph.D., psicóloga, Revista de la Sociedad Americana de Investigación Física

“[Un] tomo fascinante y exhaustivo.”

— Entertainment Weekly (calificación B+)

“Los extensos datos y los argumentos sólidos… demuestran que la investigación sobre fenómenos paranormales merece ser tomada en cuenta.”

—“The Site” de MSNBC

“Me encantó. Me dejó aturdido durante días.”

—Scott Adams, dibujante y autor de El principio de Dilbert

“Radin, con gran perspicacia, desmantela los argumentos falaces que suelen esgrimir los escépticos, demostrando que la evidencia a favor de la existencia [paranormal] es abrumadora.”

—Brian Josephson, doctor, premio Nobel y profesor de física de la Universidad de Cambridge.

 

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CONTENIDO

Prefacio - CAPÍTULO 1: En el principio - CAPÍTULO 2: Psi al desnudo - CAPÍTULO 3: ¿Quién cree? - CAPÍTULO 4: Orígenes - CAPÍTULO 5: Poniendo a prueba la psi - CAPÍTULO 6: Psi consciente - CAPÍTULO 7: Psi inconsciente - CAPÍTULO 8: Intuiciones - CAPÍTULO 9: Interacción mente-materia - CAPÍTULO 10: El presentimiento - CAPÍTULO 11: Los sueños de Gaia - CAPÍTULO 12: Una nueva realidad - CAPÍTULO 13: Teorías de Psi  - CAPÍTULO 14: Siguiente - Expresiones de gratitud - Notas finales

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COMUNICACIÓN POST-MUERTE INDUCIDA (CPMI), por Allan L. Botkin, (2005, 2014)


COMUNICACIÓN

POST-MUERTE INDUCIDA (CPMI )

 (2005-2014)

Por Allan L. Botkin,  con R. Craig Hogan

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TRADUCCIÓN ARS-GRATIA por KOS d'ASTUIRES (2026)

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CONTENIDO

Prólogo de Raymond A. Moody – Prefacio – 1. Una comunicación inesperada post-muerte – 2. Cómo aprendí a inducir comunicaciones post-muerte – 3. Enseñar a otros psicoterapeutas a inducir comunicaciones post-muerte. – 4. Nuevas ideas en el tratamiento del duelo – 5. Observaciones comunes en las CPMI – 6. Casos extraordinarios de CPMI – 7. CPMI que desafían las teorías psicológicas conocidas – 8. CPMI compartidas y CPM concurrentes – 9. Experiencia de profesionales y académicos en las CPMI – 10. El perdón en las reuniones internacionales de coordinación (CPMI) cura la ira y la culpa. – 11. Centros Integrados de Desarrollo con Veteranos de Combate: Haciendo las paces con la guerra. – 12. Cómo tener una CPMI exitosa – 13. Sorprendentes similitudes entre las CPM y las ECM – 14. Compruébalo tú mismo. – 15. Investigación de la CPMI – 16. ¿Qué hacemos ahora? – 17. Una declaración personal – 18. Una nota importante sobre el suicidio – APÉNDICE A. Glosario – APÉNDICE B. El procedimiento de la CPMI para psicoterapeutas – APÉNDICE C. “CPMI parciales” – Bibliografía – Acerca de los autores – Expresiones de gratitud – Se ha dicho de este trabajo - Ccomparativa entre los métodos de Moody y Botkin

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Nota del Traductor. El texto inglés emplea profusión de acrónimos, lo cual es útil pero a la par, cansino. La traducción de los mismos es necesaria pero también se referencia el acrónimo en inglés. Al final del trabajo hay un glosario de términos pero, adelantando la lectura, los más usuales son los siguientes:

DRMO: Desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares,- (EMDR eye movement desensitization and reprocessing).

CPMI: Comunicación post-muerte inducida, (IADC, Induced after-death communication). En adelante también se podrá identificar como “la terapia”, “el método” o “comunicación inducida” para evitar repeticiones innecesarias del acrónimo.

CPM: Comunicación post-muerte, o con la posvida, (ADC,  After-death communication)

 

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PRÓLOGO de Raymond Moody

La vida post-muerte aún no es un tema científico pero las experiencias que sugieren una vida post-muerte han sido tema clínico importante desde hace tiempo. Es bien sabido, por ejemplo, que los pacientes reanimados tras haber estado al borde de la muerte suelen tener relatos inspiradores de aventuras en la postvida. Por lo tanto, los médicos que atienden a estos pacientes deben saber escuchar con empatía. Quienes sobreviven a estas experiencias necesitan la seguridad de que no están solos y que varios estudios médicos demuestran que un porcentaje considerable de quienes regresan de las puertas de la muerte relatan haber abandonado sus cuerpos y entrado en una luz brillante y reconfortante de amor. Estos pacientes también cuentan reencuentros con seres queridos fallecidos durante estos sucesos que les cambian la vida.

Ver apariciones de seres queridos fallecidos, o sentir su presencia vívidamente, es una experiencia sorprendentemente común. Por ello es fundamental que los profesionales de la salud puedan hablar de estas experiencias con sus pacientes, quienes a veces necesitan terapia para integrar estas profundas vivencias espirituales en su vida cotidiana.

Quienes trabajan con pacientes en duelo saben lo comunes que son las apariciones de los difuntos. Los consejeros de duelo también son conscientes de que estos encuentros con apariciones facilitan enormemente el proceso de sanación y pueden dar fe de la frecuencia con la que los pacientes en duelo dicen: «Si tan solo tuviera cinco minutos más».

El trabajo que el doctor Allan Botkin presenta en este libro lleva la atención clínica a pacientes en duelo a un nivel completamente nuevo. Describe el desarrollo de un método clínico fascinante que les brinda precisamente eso: cinco minutos más para despedirse, expresar su amor,  decir cosas que quedaron sin decir, y para resolver asuntos pendientes.

Por increíble que parezca, existe una larga historia de técnicas documentadas para evocar la presencia de los difuntos. Los antiguos griegos practicaban esta técnica, que continuó siendo utilizada por médicos europeos hasta bien entrada la Edad Media. Así pues, aunque el trabajo del doctor Botkin pueda resultar sorprendente en la norteamérica del siglo XXI en realidad no es más que la última variante de una tradición humana que se remonta a la prehistoria. De hecho, podríamos afirmar que la evocación de los difuntos forma parte del patrimonio cultural colectivo de la humanidad.

En la Antigua Grecia la evocación de espíritus se practicaba en instituciones subterráneas conocidas como psicomanteos o, como se suele traducir, oráculos de los muertos. Estos lugares se construían bajo tierra, y la oscuridad proporcionaba las condiciones ideales para la privación sensorial. Al leer textos griegos antiguos y combinar lo aprendido con mis conocimientos psiquiátricos sobre el acompañamiento en el duelo, desarrollé un método para preparar a los participantes para esta experiencia. Básicamente consiste en que hablen y recuerden a un ser querido fallecido al que desean volver a ver. Después de que comparten sus recuerdos del difunto, se sientan en la cámara de apariciones, se relajan y se miran en un espejo en una habitación con poca luz. En esas circunstancias, aproximadamente la mitad o más de los participantes tienen encuentros vívidos y realistas con los espíritus de los difuntos. Ven a sus seres queridos en tres dimensiones, a todo color y con una apariencia de vitalidad. Alrededor de un tercio de los participantes que tienen estas experiencias afirman escuchar la voz audible del fallecido.

Casi todos los demás afirman que, si bien no oyeron ninguna voz, experimentaron una comunicación íntima con el difunto, sintiendo que estaban en contacto con él. Lo más importante es que estas personas aseguran que estas experiencias les ayudaron a superar su duelo.

Posteriormente, otros psicólogos han replicado mi procedimiento y obtenido resultados idénticos. Todos los que lo hemos utilizado coincidimos en que el método resulta prometedor como técnica para ayudar a las personas a superar el duelo.

El doctor Allan Botkin ha desarrollado un procedimiento psicológico diferente y muy eficaz para evocar experiencias de personas fallecidas. Me fascinó la primera vez que le escuché describirlo, y estoy seguro de que a usted también le fascinará.

Cabe destacar que el autor no presenta su trabajo como «prueba científica de la vida post-muerte». Coincidimos en que aún es demasiado pronto para que la ciencia aborde la mayor de las grandes preguntas sobre la existencia y el misterio último de la humanidad. En cambio, se contenta con presentar sus hallazgos con la esperanza de que puedan ser de utilidad clínica para quienes han perdido a seres queridos y luchan contra el duelo. Por ello, lo felicito y espero que su novedoso y fascinante método inspire nuevas investigaciones. Y creo que sus lectores disfrutarán de su libro tanto como yo.

Raymond A. Moody, Jr., Doctor en Filosofía, Doctor en Medicina

>> Nota del Traductor: Al final de la página está el cuadro comparativo entre las técnicas del Psicomanteum de Moody y la CPMI de Allan Botkin << 

PREFACIO

Nada en mi formación académica en psicología me preparó para los acontecimientos descritos en este libro. Tras años tratando a víctimas de trauma psicológico comencé a experimentar con un tratamiento relativamente nuevo, y muy eficaz, llamado desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (DRMO). Lo que descubrí parecía desafiar todo lo que sabíamos sobre el tratamiento de pacientes que sufrían duelo y trauma, y ​​me adentró en un ámbito desconocido de la experiencia humana.

Descubrí una forma de ayudar a personas comunes y corrientes a tener una experiencia de comunicación con un ser querido fallecido que alivia el dolor que esta pérdida provoca, en un grado que no se consideraba posible en la terapia del duelo. Un grupo de psicoterapeutas y yo hemos facilitado esta experiencia a miles de pacientes y personas que deseaban reconectar con un ser querido fallecido. Se trata de una experiencia consistentemente positiva y afectuosa que la mayoría de las personas pueden tener en la consulta de un psicoterapeuta capacitado.

Soy Allan L Botkin, psicólogo con veinte años de experiencia trabajando con miles de pacientes en un hospital de la Administración de Veteranos de Chicago y en mi consulta privada, el Centro para el Duelo y la Pérdida Traumática, en Libertyville, Illinois. Mi coautor es  Craig Hogan, anteriormente profesor de comunicación empresarial en tres universidades, profesor y coordinador de desarrollo interpersonal en la escuela de posgrado de Wheaton College en Wheaton, Illinois, especialista en currículo en una facultad de medicina y autor de "El Inventario de Estilos Personales", así como de artículos y libros para ayudar a las personas a mejorar sus relaciones interpersonales en el trabajo. En los últimos años, el doctor Hogan se ha dedicado a estudiar y escribir sobre la conciencia, la naturaleza de la realidad y la comunicación post-muerte. Su interés en este última área se intensificó cuando le realicé el procedimiento descrito en este libro y tuvo dos experiencias de comunicación post-muerte.

Este libro está narrado desde mi perspectiva, ya que describe lo que descubrí en mi práctica terapéutica. Sin embargo, cabe destacar que las reflexiones del doctor Hogan se entrelazan con las mías mientras contamos juntos esta extraordinaria historia, aunque utilicemos los pronombres «yo» y «mí».

La inducción de la comunicación con los difuntos requiere el uso de DRMO, un poderoso procedimiento psicoterapéutico que solo puede ser aplicado por un psicoterapeuta licenciado y capacitado en el procedimiento. Por lo tanto, las personas no profesionales no pueden inducir la comunicación con los difuntos, ni en sí mismas ni en otros. Sin embargo, esta experiencia sanadora y reconfortante está disponible para cualquiera que contacte a un psicoterapeuta capacitado para que le realice el procedimiento. Encontrará información sobre los terapeutas que lo realizan y sobre la capacitación para terapeutas en nuestro sitio web: https://www.iadcinstitute.com/es. Para una explicación del procedimiento, que un psicoterapeuta capacitado en DRMO puede utilizar para inducir la experiencia, consulta el apéndice B de este trabajo.

Este método terapéutico ha funcionado con casi todas las personas con las que hemos tenido sesiones. Junto con otros doscientos psicoterapeutas formados en CPMI, he inducido miles de estas experiencias en personas de diversos orígenes profesionales, raciales, culturales y religiosos. Ahora sabemos que las creencias del paciente no influyen en el resultado. Funciona igual de bien para personas profundamente religiosas, muy espirituales, agnósticas y ateas. Funciona para pacientes que experimentan un duelo normal y para aquellos que sufren un duelo traumático terrible. Funciona tanto para pacientes con pérdidas recientes como para aquellos que sufrieron una pérdida hace muchas décadas. En resumen, parece funcionar con casi todo el mundo, casi siempre.

La persona experimenta una sanación interior. El psicólogo suele sentarse en silencio, observando durante largos periodos mientras la persona, en silencio y con los ojos cerrados, tiene una experiencia que reduce profundamente los sentimientos de culpa, ira y tristeza por la muerte de un ser querido. Posteriormente, la mayoría de quienes la han vivido insisten en que tuvieron una comunicación con la postvida que transformó sus sentimientos de culpa, ira y tristeza en satisfacción, felicidad y la certeza de que el ser querido fallecido está bien.

Este trabajo presenta la historia del descubrimiento de este método terapéutico, estudios de casos de personas que se han curado gracias a él y el procedimiento utilizado para inducir el estado psicológico necesario para que se produzca la experiencia.

Se incluyen numerosos casos de veteranos de combate. Esto se debe a que durante veinte años trabajé como psicoterapeuta en una unidad de trastorno de estrés postraumático en un hospital de la Administración de Veteranos de guerra estadounidense. Atendí a muchos que lidiaban con recuerdos traumáticos y sentimientos de pérdida derivados de sus experiencias en combate, y que habían tenido la experiencia de comunicarse con la postvida. Sin embargo, he descubierto que el enfoque terapéutico y las consiguientes experiencias de comunicación con la postvida son idénticos a los de los casos civiles.

Si bien algunos lectores aceptarán fácilmente el descubrimiento por coincidir con sus creencias previas, otros lo leerán con sano escepticismo. Me formé como psicólogo conductual con experiencia en investigación, por lo que nunca perderé mi escepticismo científico. No presentaría esto si no creyera, de todo corazón, que este método terapéutico es valioso y merece ser explorado por la comunidad psicoterapéutica. Les pido que no permitan que su escepticismo sobre estos fenómenos les impida conocer esta terapia tan eficaz. No importa lo que yo crea, lo que crea el paciente o lo que ustedes crean. La terapia CPMI parece sanar el duelo independientemente de las creencias.

Lo que descubrí coincide con la dirección que el campo de la terapia del duelo comenzó a tomar antes del descubrimiento de la CPMI. Esta sostiene que, en lugar de distanciarse del difunto, quienes están de duelo deben mantener una relación dinámica y cambiante con el ser querido. Esta nueva perspectiva ya está empezando a afianzarse. Espero que la terapia CPMI contribuya al crecimiento de este movimiento.

Este descubrimiento ha profundizado mi comprensión de la vida, de las personas y de mi profesión. Espero que tenga el mismo efecto en ti.

 

CAPÍTULO 1. UNA COMUNICACIÓN INESPERADA POST-MUERTE

El comienzo del conocimiento es el descubrimiento de algo que no comprendemos. —Franco Herbert.

 

Becky me describió emocionada lo que había vivido. «Vi a mi madre», dijo con una amplia sonrisa en su rostro bañado en lágrimas. «Le dije: "Te quiero", y ella me respondió: "Yo también te quiero". Luego me abrazó. Pude sentir sus brazos a mi alrededor». En el momento en que ocurrió esto, la madre de Becky llevaba cinco años fallecida.

Becky no describía un sueño. Estaba sentada en mi oficina cuando tuvo la experiencia. Dijo que sintió el contacto de los brazos de su madre y se alegró al ver su rostro sonriente, pero solo estábamos ella y yo, y ella tenía los ojos cerrados. El cálido y familiar abrazo de su madre parecía vibrante y lleno de vida, pero su madre estaba muerta.

La sensación de haber sentido el contacto de los brazos de su madre ya era raro, pero el cambio que experimentó fue extraordinario. «He sido atea toda mi vida», dijo, «pero ahora estoy segura de que realmente hay vida post-muerte. Antes me preocupaba morir y sentí un dolor inmenso cuando mi madre falleció. Ahora sé, sin embargo, que mi miedo y dolor se basaban en algo que no comprendía. Sé que todo está bien y que necesito recordar esto cuando me sienta abatida». Su dolor disminuyó drásticamente y se mantuvo resuelto en los meses siguientes.

Cuando Becky vino a mi consulta en busca de ayuda para aliviar la profunda tristeza que sentía por la muerte de su madre pude utilizar una nueva forma de terapia que había descubierto para ayudarla a mitigar el dolor. Había aprendido a usar este método a lo largo de un extenso proceso que comenzó con un suceso fortuito durante una sesión. Con el tiempo, logré identificar cómo podía ayudar a un paciente a experimentarlo a su antojo.

A continuación, cuento la historia de ese descubrimiento.

 

Mi formación como escéptico científico del comportamiento

El movimiento conductista radical alcanzó su apogeo en la década de 1960. Su influencia fue especialmente fuerte entre un grupo de profesores de la Universidad de Kansas, en Lawrence, donde yo estudiaba psicología. El conductismo radical sostenía que solo las conductas observables merecen consideración científica. La práctica de inferir sucesos mentales privados en las personas podría ser apropiada para quienes se dedican a leer la mente y otros pensadores no científicos, pero no tenía cabida en la ciencia de la psicología. Estábamos convencidos de que las inferencias sobre estados internos eran innecesarias ya que comprender la relación entre las conductas observables y las variables ambientales era todo lo que se necesitaba para entender los problemas de las personas y brindarles tratamiento.

Incorporé esa base conductista y científica a mis estudios de maestría en la Universidad Estatal de Illinois y a mi trabajo en salud mental comunitaria durante tres años. Me especialicé en el registro de conductas mientras manipulaba el entorno para evaluar cómo cambiaba la estadística. Finalmente, concluí mis estudios en la Universidad de Baylor en Waco, Texas, con la familiaridad del paradigma cognitivo–conductual, el modelo psicológico científico más aceptado a principios de la década de 1980, que aún hoy domina la psicología.

Por mucho que se amplíen mis perspectivas, los instintos y el escepticismo del científico nunca me abandonarán. Todo aquello en lo que creo debe ser verificable.

Tras obtener mi doctorado en Psicología acepté un puesto en un hospital de la Administración de Veteranos de guerra del área de Chicago, donde trabajaba con veteranos con trastorno de estrés postraumático, un área que se convertiría en mi profesión. Los primeros siete u ocho años de aplicar el modelo cognitivo–conductual con estos veteranos traumatizados fueron agotadores tanto para mí como para mis pacientes. Los seis profesionales de la unidad compartíamos esa misma sensación. El modelo cognitivo–conductual predominante para tratar a las víctimas de trauma psicológico era la terapia de exposición. Exponíamos repetidamente a los pacientes a recordatorios de sus experiencias traumáticas en un entorno seguro y de apoyo para que, con el tiempo, sus intensas respuestas emocionales se atenuaran.

Si bien el enfoque tenía sentido desde un punto de vista teórico, y obtuvimos algunos resultados modestos, los cambios terapéuticos fueron mínimos y no parecieron mantenerse a lo largo del tiempo.

 

Una nueva técnica para reducir el trauma y el duelo

A finales de la década de 1980 la psicóloga Francine Shapiro, doctora en psicología, descubrió una técnica terapéutica innovadora que denominó desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (DRMO, por sus siglas en inglés). En la terapia DRMO, el psicoterapeuta, generalmente sentado frente al paciente y ligeramente a su lado, mueve su mano, con el índice y el dedo medio extendidos, de izquierda a derecha frente al paciente, a la altura de sus ojos. Mientras el paciente se concentra en la mano del psicoterapeuta y mantiene la cabeza inmóvil de modo que solo los ojos se mueven rítmicamente de izquierda a derecha, presta atención a un pensamiento, sentimiento, sensación o imagen perturbadora.

Durante una serie de movimientos oculares, el paciente experimenta un reprocesamiento espontáneo y natural del pensamiento, sentimiento, sensación o imagen. Tras varias series de movimientos oculares, los pacientes suelen informar avances psicológicos que normalmente tardarían meses en lograrse. Este procedimiento se utiliza actualmente para una amplia variedad de trastornos, desde el trastorno de personalidad múltiple hasta el de estrés postraumático, con el que trabajé.

La experiencia me ha enseñado que la DRMO supera a cualquier otro método en dos aspectos. Primero, permite descubrir de forma rápida y completa los sucesos traumáticos del pasado que están reprimidos o parcialmente recordados. Es muy común que un paciente diga algo como: «Ahora lo veo todo con mucha claridad» o, «Sentí como si estuviera allí de nuevo». Esta experiencia por sí sola no ayuda al paciente a resolver el trauma; de hecho, los pacientes suelen sentirse muy angustiados al descubrir por completo un recuerdo traumático.

Una vez que se accede plenamente al recuerdo traumático de esta manera, la segunda ventaja de la DRMO radica en que permite al paciente procesar dicho recuerdo, eliminando así el componente de reviviscencia, y permitiéndole recordar el suceso traumático de forma más abstracta. Es evidente que este procesamiento solo puede ocurrir si primero se descubre y se accede plenamente al suceso traumático.

Nadie sabe con certeza cómo funciona, aunque es evidente que acelera el procesamiento mental y es similar a los movimientos oculares rápidos MOR (REM en inglés) que experimentamos durante el sueño MOR. Se sabe que, durante el sueño MOR nuestro cerebro procesa e integra la información de forma más eficiente que cuando estamos despiertos. Se ha supuesto que este mayor procesamiento durante el sueño provoca el rápido movimiento ocular de vaivén. Al hacer que una persona completamente despierta mueva los ojos intencionadamente de la misma manera, como en la terapia DRMO, parece que el cerebro procesa la información de forma rápida y eficiente. Por lo tanto, la terapia DRMO se basa en la capacidad natural de autocuración de la persona.

Diversos estudios han analizado los efectos de la DRMO en el funcionamiento cerebral. Levin, Lazrove y van der Kolk (1999), por ejemplo, utilizaron neuroimagen para estudiar los efectos de la DRMO. Descubrieron que, antes de la DRMO, cuando los sujetos accedían a un recuerdo traumático, se activaban de forma aislada estructuras profundas del cerebro que representan los componentes sensoriales y emocionales del suceso traumático. Sin embargo, tras el tratamiento con DRMO, también se activaban áreas del cerebro que almacenan el recuerdo de forma más abstracta o simbólica. Estudios más recientes han respaldado esta conclusión. Estos hallazgos apoyan la observación clínica constante de que, antes de la DRMO, cuando las personas acceden a un recuerdo traumático, sienten que están reviviendo el suceso; después de la DRMO, son capaces de recordarlo de una manera más abstracta y emocionalmente distante. No conozco ninguna otra técnica psicoterapéutica que pueda demostrar un cambio tan claro en la función cerebral y un cambio tan drástico en la perspectiva del paciente. En mi opinión, la DRMO está más fundamentada en la neurociencia que cualquier otra psicoterapia disponible.

 

La DRMO no es hipnosis.

Con frecuencia me preguntan si la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (DRMO) es similar a la hipnosis. Los profesionales formados tanto en DRMO como en hipnosis, incluyéndome, creemos que estas técnicas implican dos tipos de procesamiento mental muy diferentes. La mejor manera de explicar las diferencias es mediante esta analogía: la consciencia es como un proyector de cine interno que proyecta imágenes mentales sin cesar en la pantalla de la mente. La hipnosis induce a la persona a un estado de relajación y concentración, de modo que el proyector se ralentiza. Gracias a esta ralentización, la hipnosis puede utilizarse para volver a momentos de la película donde se cree que existen recuerdos olvidados o reprimidos. Si bien la hipnosis puede ayudar a recuperar recuerdos, el problema radica en que una persona en estado hipnótico también es muy sugestionable y puede, sin darse cuenta, proyectar en la pantalla un suceso que en realidad nunca ocurrió. Los falsos recuerdos, como se les denomina ahora, pueden parecer muy reales a la persona después de la hipnosis.

Por otro lado, la DRMO acelera el procesamiento de la información en el cerebro, lo que agiliza el proyector de la conciencia. Cuando las personas experimentan repetidamente un recuerdo traumático, sus proyectores, en esencia, se quedan estancados en el tiempo y siguen reproduciendo los momentos en que ocurrió el suceso. La DRMO acelera el proyector, desbloqueándolo para que funcione con fluidez. De esta manera, el suceso traumático deja de interferir de forma indeseada en la conciencia.

Al mismo tiempo, la DRMO no aumenta la sugestionabilidad del sujeto, por lo que los falsos recuerdos no representan un problema. De hecho, he utilizado la DRMO para deshacer falsos recuerdos. Tim, por ejemplo, tenía una madre alcohólica propensa a ataques de ira. Durante años, le atormentó un vago recuerdo de sentirse asfixiado y tener dificultad para respirar en presencia de su madre. Durante una sesión de hipnosis con otro terapeuta, desarrolló una imagen en la que su madre le sostenía una almohada sobre la cara, intentando matarlo.

Cuando utilicé DRMO con Tim, inmediatamente recordó el momento en que se sintió asfixiado y con claridad vio que su madre se preparaba para sacarlo a pasear en un día muy frío y lo abrigaba con su traje de nieve, mientras estaba acostado en su cochecito. Su madre le había atado una bufanda con fuerza alrededor de la cara, lo que le causó cierta dificultad para respirar. Sin ninguna sugerencia por mi parte, Tim descubrió lo que realmente sucedió y, a partir de ese momento, el recuerdo dejó de angustiarlo. Si hubiera descubierto que su madre intentaba matarlo, habría necesitado más DRMO para que su "proyector bloqueado" volviera a funcionar correctamente.

 

La terapia DRMO se está popularizando.

La terapia DRMO se está integrando cada vez más en la atención de la salud mental. Más de cincuenta mil profesionales han recibido formación en terapia DRMO en todo el mundo, y esta cifra sigue creciendo. La formación en DRMO solo está disponible para personas que ya están reconocidas como proveedores independientes de servicios de salud mental.

Se han realizado numerosos estudios científicamente controlados sobre la eficacia de la DRMO. En general, estos estudios respaldan su valor. Además de reducir los problemas del trastorno de estrés postraumático, también es eficaz en el tratamiento del duelo, los trastornos fóbicos y de pánico, la disfunción sexual, los trastornos disociativos, las dificultades de rendimiento y el dolor crónico. La DRMO aún se encuentra en sus inicios y sin duda se descubrirán otras aplicaciones.

La prueba de su eficacia ha propiciado el respaldo oficial de la DRMO por parte de la División 12 de Psicología Clínica de la Asociación Americana de Psicología (1998), la Sociedad Internacional de Estudios sobre Estrés Traumático (2000), el Departamento de Salud de Irlanda del Norte (2001), el Departamento de Salud del Reino Unido (2001), el Consejo Nacional de Salud de Israel (2002) y la Administración de Veteranos/Departamento de Defensa de los Estados Unidos (2004). La DRMO ha alcanzado reconocimiento mundial como una terapia basada en pruebas.

Sin embargo, el testimonio más importante que respalda la DRMO es que la hemos visto funcionar de forma repetida y fiable con miles de pacientes.

 

Mi experiencia personal con la DRMO

Una colega y yo, de la unidad de trastorno de estrés postraumático, nos preparábamos para completar la formación de certificación en el Instituto DRMO de la doctora Francine Shapiro, en Watsonville, California, cuando un suceso muy angustioso me obligó a experimentar el poder de la DRMO antes de mi formación. Mi hijo de dos años casi se asfixia cuando un trozo de comida se le atascó en la garganta. Primero empezó a ahogarse y no sabíamos qué pasaba; luego dejó de respirar y empezó a ponerse azul. Una maniobra de Heimlich exitosa desalojó la comida y sobrevivió, pero la imagen de mi hijo, azul, angustiado y muriendo ante mis ojos, me perturbó a menudo durante las dos semanas posteriores al incidente.

Cuando le expliqué mi angustia al colega que planeaba realizar conmigo la formación en DRMO me sugirió que utilizara la técnica, tal como la entendíamos entonces, para ayudarme a reprocesar el recuerdo perturbador. Realizamos varias series de movimientos oculares mientras me concentraba en el incidente. En diez minutos, la imagen había perdido su carácter angustiante y mi ansiedad al respecto había disminuido drásticamente. Parecía demasiado bueno para ser verdad. El efecto parecía ser el resultado de mi procesamiento interno del recuerdo, una fuente de sanación que, según mi formación conductista, había sido considerada irrelevante. Pero ese fue solo el primer escollo que se desmoronó de los cimientos de certeza sobre el conductismo en los que me había apoyado desde mis primeros días en la Universidad de Kansas.

 

Los resultados extraordinarios

Mi colega y yo completamos la formación en DRMO y comenzamos a utilizarla en nuestra unidad de trastorno de estrés postraumático en el hospital de la Administración de Veteranos (VA) para observar sus efectos en nuestros pacientes. Los resultados fueron espectaculares. A menudo lográbamos en una sola sesión cambios en los pacientes que no habíamos podido conseguir tras años de psicoterapia convencional. Fue una época emocionante para nosotros. Era frecuente ver a alguno de nosotros corriendo por el pasillo hasta el despacho de un colega para describir con entusiasmo una sesión exitosa con un paciente, chocando las manos en señal de triunfo.

En 1992, el doctor H Lipke y yo publicamos «Estudios de caso de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (DRMO) en pacientes con trastorno de estrés postraumático crónico» en la revista Psychotherapy. Nos sentimos muy satisfechos por nuestros pacientes y por nosotros como profesionales que buscábamos con ahínco maneras de marcar la diferencia en sus vidas.

La DRMO ha demostrado ser especialmente eficaz para superar el duelo. Quienes experimentan duelo, sobre todo duelo traumático, suelen sentir emociones intensas. Inicialmente, los supervivientes a menudo experimentan conmoción y entumecimiento emocional. Posteriormente, afloran sentimientos más crónicos de ira, culpa y tristeza; pueden estar llorando en un momento y llenos de ira al siguiente. Una tarea fundamental del psicoterapeuta es crear un entorno psicológico de apoyo en el que los pacientes puedan expresar abiertamente estos sentimientos y procesarlos.

Al procesar estos sentimientos, los pacientes suelen lograr cierto grado de aceptación de su pérdida y seguir adelante con sus vidas. Generalmente, la pérdida nunca se resuelve por completo; los recuerdos de la pérdida pueden desencadenar episodios de tristeza, culpa o ira a lo largo de la vida del paciente.

Si, por ejemplo, un niño muere atropellado por un coche mientras jugaba en la calle, es probable que experimente estas tres emociones (tristeza, culpa e ira) con gran intensidad en distintos momentos. A veces, sentirá rabia hacia el conductor que mató a su hijo; otras veces, una profunda culpa por no haberlo vigilado más de cerca. En sus momentos de mayor desesperación, sentirán la opresión de una profunda tristeza por su pérdida y la dolorosa sensación de desconexión con su hijo.

Creo que en el fondo del duelo reside una profunda tristeza. Esta tristeza es tan dolorosa que el paciente, inconscientemente, la envuelve en culpa y arrepentimiento, y se estanca en preguntas del tipo "¿Qué hubiera pasado si...?". ¿Y si hubiera podido evitar su muerte? ¿Y si hubiera sido un amigo más cariñoso? Tanto la culpa como la tristeza suelen evitarse con ira o rabia: contra Dios, los médicos, el oficial al mando o cualquier otra persona a la que se pueda culpar. Los médicos deberían haber estado más atentos. Nuestro teniente no tenía por qué ponernos en esa situación peligrosa. Por muy poderosas que parezcan cuando se manifiestan, las capas de culpa e ira no son más que mecanismos de defensa que la mente del paciente utiliza para evitar sentir la dolorosa tristeza que reside en el fondo.

La terapia de duelo que practicábamos antes de empezar a usar DRMO buscaba reducir el dolor paralizante del duelo ayudando a los pacientes a despojarse de la ira para revelar la culpa, luego de las capas de culpa para revelar la tristeza, y finalmente hablar de su tristeza para ayudarlos a superarla. Ese proceso requería años de frustración y sesiones de terapia aparentemente interminables. Con DRMO, podíamos ayudar a los pacientes a procesar rápidamente todas estas capas, a veces en una sola sesión.

 

Accediendo a la tristeza profunda

La DRMO había demostrado ser un procedimiento tan fiable y eficaz para descubrir y aliviar el duelo traumático que me sentí cómoda animando a los pacientes a ir directamente a la tristeza central y permanecer en ella. Pude sortear la culpa y la ira subyacentes que ocupaban las sesiones de terapia habituales durante meses o años y abordar directamente la tristeza, todo en una sola sesión. Cuando pudimos procesar la tristeza central por completo, la culpa y la ira simplemente desaparecieron sin siquiera ser abordadas directamente. Esto supuso un gran avance. Demostró que la culpa y la ira solo protegen a los pacientes de experimentar la tristeza profunda. También descubrí que los pacientes respondían mejor cuando cerraban los ojos brevemente después de una serie de movimientos oculares, así que les indiqué a todos que lo hicieran. Llamé a mi enfoque directo a la tristeza subyacente "DRMO centrada en la tristeza central". Los resultados fueron muy exitosos y se produjeron incluso más rápidamente que con la DRMO estándar.

El caso de Denny es un ejemplo. Denny, veterano de combate, perdió a un buen amigo durante un intenso tiroteo en Vietnam. Su amigo llevaba poco tiempo en Vietnam y Denny se había propuesto enseñarle lo básico. Durante el tiroteo su amigo asomó la cabeza por encima de la barricada desde la que disparaban, recibió un disparo en la sien y murió al instante.

Denny terminó de contar la historia furioso. «Si ese maldito teniente no nos hubiera mandado adonde sabíamos que no debíamos estar, él seguiría vivo». Dijo que antes de la batalla había advertido repetidamente a su amigo que se mantuviera agachado, y se sentía muy culpable, descargando su ira contra sí por no haberle vuelto a advertir antes del tiroteo. «Pude haberlo salvado. ¿Por qué no se lo dije de nuevo?».

Le pregunté si sentía tristeza por la muerte de su amigo y me dijo que sí, pero “solo un poco”. Cuando comencé la terapia DRMO centrada en el núcleo, ignoré la culpa y la ira, diciéndole que se concentrara en la tristeza. Le hice una serie de movimientos oculares DRMO y su tristeza aumentó rápidamente. Empezó a sollozar. Me mantuve con la tristeza, realizando más series de movimientos oculares hasta que la tristeza alcanzó su punto máximo. Lloró y negó con la cabeza. “Quédate con ese sentimiento”, le dije y le hice más movimientos oculares.

Finalmente, con sesiones adicionales de DRMO centradas en el núcleo, su tristeza comenzó a disminuir. Después de varias sesiones más, le pregunté: "¿Cómo te sientes ahora?". "Prácticamente ha desaparecido", respondió con una débil sonrisa. "Me siento mucho mejor al respecto".

“¿Y qué hay de tus sentimientos de ira y culpa?”, pregunté.

Pensó un momento. «Se fue», dijo. «Simplemente siento que sucedió y no había nada que pudiera haber hecho al respecto. Nadie podría haberle dicho suficientes veces que mantuviera la cabeza baja. No fue mi culpa».

Una vez que la terapia DRMO, centrada en el núcleo emocional, abordó la tristeza de Denny, la culpa y la ira desaparecieron. Ya no eran necesarias para ocultar la profunda tristeza que subyacía a todas las emociones.

 

Cambiando la vida de los pacientes

La DRMO había demostrado ser un regalo maravilloso tanto para nuestros pacientes como para nosotros, y la DRMO centrada en la raíz del problema estaba llevando a nuestros pacientes a la raíz del mismo, curándolo de una manera aún más drástica.

Los años que siguieron estuvieron repletos de logros y victorias. Perfeccionamos nuestras habilidades y, en colaboración con los recursos internos de nuestros pacientes, marcamos una diferencia en sus vidas. Nuestra unidad de hospitalización fue una de las primeras del país en utilizar DRMO de forma sistemática y exitosa. Parecía que contábamos con una perspectiva privilegiada desde la cual podíamos contemplar el panorama psicológico conocido con confianza y optimismo.

Un día, durante una sesión aparentemente normal con un paciente, la terapia DRMO centrada en el núcleo nos transportó, tanto a mí como al paciente, a un reino cuya existencia desconocía.

 

Mi primera comunicación post-muerte inducida

El día que descubrí el fenómeno de la comunicación post-muerte inducida  (CPMI), estaba en una sesión de psicoterapia con Samuel. Le pasaba una caja de pañuelos mientras las lágrimas corrían por su rostro desde la barbilla hasta la camisa. Había trabajado con Samuel, paciente de cuarenta y seis años del hospital de veteranos, en otros recuerdos traumáticos de su experiencia en la guerra de Vietnam pero había evitado mencionar el problema que estábamos tratando porque este en particular era demasiado doloroso.

Durante su estancia en Vietnam Samuel entabló una estrecha relación con Le, niña vietnamita huérfana de diez años. Tras la muerte de sus padres la niña había convertido el campamento base de Samuel en su hogar. Ayudaba con las tareas diarias de la base y, a cambio, recibía comida, refugio y compañía. Los demás soldados estadounidenses la cuidaban pero Samuel y Le desarrollaron un vínculo especial. La niña recordaba a Samuel a sus dos hermanas menores y le ayudaba a conservar su humanidad en medio de la brutalidad deshumanizadora de la guerra.

Cada vez que la unidad de Samuel regresaba de sus patrullas por la selva la niña lo distinguía del grupo, corría hacia él y le daba un abrazo. Los demás soldados de la unidad de Samuel se acostumbraron a verlos juntos, y él y ella hablaban de sus vidas de antes de conocerse. A la niña le gustaban especialmente las historias sobre la vida en Estados Unidos. Después de unos meses Samuel decidió adoptar a Le y llevarla a casa.

Sin embargo, desde el cuartel general llegaron órdenes de que todos los niños vietnamitas huérfanos de la base debían ser enviados a un orfanato católico en una aldea lejana. Samuel quedó devastado. Unos días después, entre lágrimas, ayudó a subir a Le y a los demás niños vietnamitas huérfanos a un camión para llevarlos al orfanato.

Justo cuando habían subido a todos los niños al camión se oyeron disparos y las balas pasaron zumbando. Arriesgando sus vidas, Samuel y los demás soldados bajaron rápidamente a los niños del camión y los pusieron a salvo en el suelo. El tiroteo cesó tan rápido como había empezado, y comenzaron a subir a los niños de nuevo al camión. Casi todos los niños estaban subidos cuando Samuel se dio cuenta de que no veía a Le. Caminó hacia la parte trasera y la vio tendida boca abajo, con una mancha de sangre en la espalda. Samuel la giró y se horrorizó al ver que su torso estaba destrozado por una bala que había entrado por detrás. Samuel se sentó en el suelo, sosteniendo su cuerpo sin vida, y lloró. Finalmente, otros soldados tuvieron que apartar a Samuel y llevarse el cuerpo para enterrarla.

El incidente fue la perdición psicológica de Samuel.

Durante el resto de su servicio en Vietnam, Samuel adormeció el dolor de su profunda pérdida con ira y rabia, ofreciéndose voluntario para patrullas peligrosas donde mataría a cualquier enemigo que encontrara, o moriría en el empeño. Tras Vietnam, regresó a Estados Unidos y tuvo una hija, pero la evitó durante años porque ella le provocaba ira, culpa, una profunda tristeza por la muerte de Le, y horribles imágenes de su cadáver. Durante casi veintiocho años Samuel pasó la mayor parte del tiempo recluido en el sótano de su casa, separado física y psicológicamente de su familia.

Para ayudarlo a abrirse y superar el dolor que dominaba su vida, decidí usar la terapia conocida como “DRMO con enfoque central”. Samuel sollozó en silencio, abrumado por el dolor de su pena. Le pedí que se concentrara en su tristeza mientras le administraba la primera serie de movimientos oculares. Como esperaba, la tristeza que lo había mantenido aislado en su duelo durante veintiocho años, aumentó. Le di más series de movimientos oculares y su tristeza comenzó a disminuir.

Mientras las lágrimas corrían por su rostro le realicé un último procedimiento de movimiento ocular y le pedí que cerrara los ojos. Ninguno de los dos estaba preparado para lo que sucedió después. Las lágrimas que brotaban de sus ojos cerrados cesaron repentinamente y sonrió ampliamente. Soltó una risita. Cuando abrió los ojos, estaba eufórico.

“Cuando cerré los ojos vi a Le como una mujer hermosa, de largo cabello negro, vestida con atuendo blanco y rodeada de una luz radiante. Parecía realmente más feliz y plena que nadie que haya conocido”. El rostro de Samuel, enrojecido por las lágrimas, resplandeció. “Me agradeció haberla cuidado antes de morir. Le dije: ‘Te amo, Le’, y ella me respondió: ‘Yo también te amo, Samuel’, y me abrazó. Luego se desvaneció”.

Samuel estaba eufórico y absolutamente convencido de que acababa de comunicarse con Le. "Pude sentir sus brazos a mi alrededor", exclamó.

Como psicólogo de Samuel, no sabía qué pensar de lo que me contaba. Supuse que la angustia de su duelo le había provocado una alucinación basada en fantasías o ilusiones. Nunca había presenciado ni oído hablar de una reacción similar durante una sesión de psicoterapia.

Después de que Samuel se marchara de mi oficina la imagen de su sonrisa, asomando entre sus lágrimas, y su firme convicción de que sentía que se había comunicado con Le se repetía una y otra vez en mi mente. Me senté en silencio  intentando comprender lo que había sucedido.

“Samuel experimentó una alucinación relacionada con el dolor”, pensé. Había oído hablar de ellas pero eso no explicaba lo que había presenciado. Su creatividad había sido extraordinaria. No había visto esa imaginación espontánea en ningún paciente, ni leído algo similar en la literatura médica. Si se trataba de una alucinación entonces su mente había creado milagrosamente una experiencia completamente sanadora. Durante mis rotaciones clínicas en salas con pacientes con enfermedades mentales crónicas y graves, ningún paciente había informado de una alucinación tan positiva y sanadora.

Algo floreció en Samuel, en un instante, sin que yo le diera indicación alguna, revirtió la tristeza en la que estaba inmerso y le brindó una notable sensación de liberación de las imágenes intrusivas, la ansiedad y la depresión que lo habían consumido durante veintiocho años.

Salí del hospital de veteranos ese día desconcertada por lo sucedido. Me preguntaba si volvería a presenciar una escena tan extraordinaria en mi carrera profesional. “Probablemente no”, pensé. La experiencia de Samuel era uno de esos sucesos que un psicoterapeuta ve una vez en su vida profesional, y podía simplemente archivarlo como una anomalía aislada. Pero también me preocupaba que, si Samuel había alucinado, el intenso estrés de sus recuerdos traumáticos hubiera afectado de alguna manera su capacidad para diferenciar la realidad de la fantasía. Eso me inquietaba.

 

CAPÍTULO 2. CÓMO APRENDÍ A INDUCIR LA COMUNICACIÓN POST-MUERTE

Nuestra consciencia normal de vigilia, la consciencia racional como la llamamos, no es sino un tipo especial de consciencia mientras que a su alrededor, separadas de ella por una fina capa, yacen formas potenciales de consciencia completamente diferentes. Ninguna descripción del universo en su totalidad puede ser definitiva si deja completamente de lado estas otras formas de consciencia. La cuestión es cómo considerarlas.. En cualquier caso, nos impiden dar por concluida nuestra relación con la realidad de forma prematura. —William James.

 

La aparente alucinación de Samuel me rondaba la cabeza al día siguiente mientras me reunía con otros pacientes. Reflexioné sobre cómo podría trabajar con él para averiguar si se trataba de un hecho aislado y raro o si existía algún problema más generalizado que requería que abordara este nuevo conjunto de síntomas. Pero al día siguiente sucedió algo extraño. El "suceso aislado" con Samuel se repitió, esta vez con un veterano de la Guerra de Corea llamado Víctor.

Víctor se encontraba en medio de un violento tiroteo en Corea cuando vio a su mejor amigo, Carlos, caer al suelo a pocos metros de él. Tras el combate se acercó al lugar donde había caído y encontró su cuerpo ensangrentado y sin vida. Durante las décadas siguientes la imagen del cuerpo de su amigo lo atormentaba con frecuencia y sentía una profunda tristeza. Mientras me contaba la historia todo su cuerpo temblaba y sollozaba con el rostro entre las manos. Le pregunté cuán triste se sentía y respondió: «Un diez», la máxima calificación posible en la escala de diez puntos que utilizo con muchos de mis pacientes. La tristeza de Víctor era cruda y descarnada porque no tenía ira ni culpa que lo protegieran de su intensidad.

Sabía que la DRMO centrada en el núcleo ayudaría a reducir su profunda tristeza, así que le administré una serie de movimientos oculares y le pedí que mantuviera la imagen sangrienta de su amigo en la mente. La tristeza comenzó a disminuir de inmediato y su cuerpo dejó de temblar. "Siete ahora", dijo, mientras relajaba el cuerpo. Le administré otra serie de movimientos oculares y dijo que había bajado a "dos, o tres". Después de más movimientos oculares cerró los ojos y los mantuvo cerrados durante unos minutos. Y una sonrisa se dibujó en su rostro. Me desconcertó este comportamiento extraño, preocupado por que mi paciente pudiera haber interrumpido el proceso para pensar en otra cosa, algo muy raro en la DRMO centrada en el núcleo.

Cuando abrió los ojos, me miró, relajado en su silla, y dijo lentamente, con el ceño fruncido por la incredulidad: "Lo vi".

—¿A quién viste? —pregunté.

—A Carlos —respondió—. Supongo que fue su espíritu.

Quedé atónito pero lo animé a continuar. Mis pensamientos iban a mil por hora, tratando de comprender lo que estaba sucediendo. ¿Cómo era posible que otro veterano tuviera una alucinación tan increíble en tan solo dos días?

Víctor continuó: “Se veía muy feliz y tenía una gran sonrisa. Se veía sano, no ensangrentado y muerto como siempre lo recordaba desde Corea. Doctor, me dijo: ‘Está bien’. Cuando dijo eso realmente sentí que estaba bien”.

Cuando Victor se marchaba al final de la sesión le estreché la mano y él me abrazó. Victor nunca antes había demostrado afecto de esa manera.

Después de que salió de mi oficina cerré la puerta lentamente tras él, absorto en mis pensamientos. Durante mis ocho años en la unidad nunca había visto una de esas alucinaciones imaginativas que resolvieran las pérdidas traumáticas del paciente de forma inmediata y decisiva; ahora había visto dos en dos días.

Una semana después volvió a suceder con otro veterinario, y luego con otro más. En tres semanas presencié seis de estos sucesos extraordinarios, todos con la misma viveza, la certeza que los veterinarios expresaron de que era real, las garantías positivas que transmitieron de la persona fallecida y la resolución sin precedentes de un duelo traumático prolongado e intratable. Alrededor del 15 por ciento de mis pacientes los experimentaban. Sorprendentemente, si bien me había acostumbrado a ver cómo la tristeza y los sentimientos asociados de los pacientes disminuían al usar DRMO centrado en el núcleo, después de la mayoría de estas sesiones inusuales los pacientes salían de la consulta radiantes.

Mi lado científico me aseguraba que existía una explicación razonable para el fenómeno. Repasé las notas que había escrito inmediatamente después de cada sesión y localicé las que describían las seis sesiones en las que se habían producido estas escenas extrañas. Las comparé cuidadosamente, buscando temas comunes. Examiné las notas de otras sesiones con veteranos similares para ver si podía encontrar alguna diferencia.

Entonces lo vi: una clara diferencia en el procedimiento que utilicé con los pacientes que tuvieron la experiencia. Había estado siguiendo esta secuencia: les ayudé a alcanzar el punto máximo de su tristeza mediante DRMO centrado en el núcleo, y luego comencé a disminuirla con series adicionales de movimientos oculares. En los casos en que se produjo la experiencia les proporcioné otra serie de movimientos oculares sin ninguna instrucción específica. Después de esta última serie de movimientos oculares se produjo la experiencia.

Elaboré una teoría sobre lo que probablemente estaba sucediendo. Mientras el paciente se centrara en la ira y la culpa, la tristeza permanecía oculta. La DRMO centrada en el núcleo estaba desenterrando la tristeza, y la mayoría de los pacientes la afrontaban plenamente por primera vez. Después de procesar la tristeza y cuando esta comenzaba a perder intensidad, las emociones distractoras quedaron a un lado y una sesión adicional de DRMO, sin instrucciones, pareció abrirlos a esta experiencia aparentemente natural. Más tarde, comencé a llamar a este estado mental abierto "modo receptivo".

 

Inducir la experiencia, a propósito, por primera vez

Me preguntaba si esa combinación sería la clave. La única manera de averiguarlo era probarla a propósito con un paciente. El efecto había sido tan sanador, y se había producido tan rápidamente, que me sentí con la confianza suficiente para ayudar a otros pacientes a experimentarla. Aunque no tenía ni idea de qué lo causaba, parecía funcionar.

Así que al día siguiente, cuando me reuní con Garci, (hipocorístico de Garcilaso), paciente que sufría un profundo dolor por la muerte de su hija, Julia, decidí intentar ayudarle a experimentar la misma sanación.

Garci perdió a su hija cuando tenía trece años. Había sufrido una grave falta de oxígeno al nacer y nunca alcanzó un desarrollo mental superior al de un bebé de seis meses. Garci la quería muchísimo y la incluía en sus actividades siempre que podía. A menudo la llevaba a bailar porque le encantaba la música.

Una noche, Garci y su esposa salieron a cenar sin su hija. De regreso a casa vieron una ambulancia que venía en dirección contraria. Al llegar, se enteraron de que su hija estaba en la ambulancia; había sufrido un infarto grave. Corrieron al hospital, donde les informaron de que su corazón había dejado de latir hacía un tiempo y que la habían conectado a un respirador artificial. Tras unas semanas mostró algunos signos de respiración espontánea, así que Garci y su esposa tomaron la esperanzadora decisión de desconectarla del respirador. El día que la desconectaron tuvo dificultades para respirar brevemente y falleció en los brazos de Garci.

Garci estaba sentado en mi oficina, llorando en silencio mientras terminaba de contarme la historia. Le expliqué el nuevo procedimiento y los resultados que otros pacientes habían obtenido. Estaba interesado en probarlo pero también de que no le funcionaría porque era ateo y no creía en esas cosas.

Utilicé DRMO con enfoque central para permitirle conectar con su profunda tristeza. Cuando la tristeza alcanzó su punto máximo utilicé movimientos oculares para comenzar a reducirla. A medida que la tristeza disminuía le pedí que pensara en su hija, de forma general, y que se dejara llevar por lo sucedido. Le administré una serie de movimientos oculares y cerró los ojos. Se sentó en silencio durante unos minutos. Luego los abrió con expresión de asombro. «Vi a mi hija. Estaba jugando feliz en un hermoso jardín lleno de colores brillantes, intensos y radiantes. Se veía sana y parecía moverse sin los problemas físicos que tenía en vida». Continuó con sorpresa y alegría en el rostro. «Me miró y pude sentir su amor por mí».

Hablamos más sobre su experiencia. Garci estaba convencido de que su hija seguía viva, aunque en un lugar muy diferente. Aun así, se sentía triste porque la echaba de menos. Le dije que tuviera presente ese pensamiento mientras yo le dirigía otra serie de movimientos oculares. Después de los movimientos, Garci cerró los ojos y, al cabo de unos instantes los abrió con una sonrisa. «Estaba de nuevo en el jardín y pude ver a Julia mirándome. Me dijo: "Sigo contigo, papá"». Hizo una pausa y me miró. «Eso fue realmente maravilloso. Sabes, ella no podía hablar cuando estaba viva».

Garci salió de la sesión sintiéndose feliz y reconecta con su hija. Después de que se fue, escribí mis notas de la sesión, eufórico. Fuera lo que fuese, la experiencia estaba sanando el duelo de forma rápida y profunda.

Durante los años siguientes logré inducir la experiencia con un 98% de fiabilidad siguiendo la secuencia al pie de la letra, y cada vez que ocurría me sorprendía de nuevo. De hecho, cada vez me sorprendía más. Fuera lo que fuese, fuera cual fuera su origen, el procedimiento estaba aliviando el dolor y las pérdidas traumáticas de mis pacientes.

 

La experiencia es similar a las ECM y las CPM.

En algún momento, al principio del proceso de descubrimiento de la comunicación post-muerte inducida  (CPMI), recordé un libro que había leído años atrás. Era *Vida después de la vida* , de Raymond Moody. El doctor Moody escribió que las personas que están clínicamente muertas y luego reviven suelen relatar experiencias inusuales. Algunas creen haber atravesado un túnel, ver una luz brillante, contemplar paisajes hermosos o ver y comunicarse con amigos o familiares fallecidos. El doctor Moody utilizó el término “experiencias cercanas a la muerte” (ECM) para referirse a estos fenómenos. Informó que ocurren espontáneamente cuando una persona está más cerca de la muerte y que, a menudo, transforman la vida.

Desque leí el libro del doctor Moody he hablado con cientos de personas que han experimentado ECM (Experiencias Cercanas a la Muerte). Los conmovedores testimonios de estas personas, comunes y corrientes, sobre sus extraordinarias experiencias transformadoras me han llevado a creer que realmente merecen una seria consideración y un estudio científico.

También había leído el libro del doctor Moody *REUNIONES: Encuentros con fallecidos*, en el que describía las experiencias de sus pacientes con seres queridos y amigos difuntos. El doctor Moody inducía la experiencia mediante el método de la "mirada al espejo", desarrollado por los antiguos griegos. En su estudio origina, reportó una tasa de éxito del 50%. En aquel entonces descarté por completo sus descripciones convencido de que su trabajo carecía de credibilidad. No volví a considerar el fenómeno hasta hace poco. (Nota del Traductor: he aquí el típico PRE-JUICIO basado en pensamiento parasitario)

Intrigado por mi recuerdo de la descripción de las ECM del doctor Moody localicé mi viejo ejemplar de *Vida después de la vida* . Lo hojeé y me asombró ver que la mayoría de los elementos de las ECM eran idénticos a las experiencias que mis pacientes relataban en mi consulta. Había leído artículos de científicos que argumentaban que estas ECM son alucinaciones resultantes de la neurología de un cerebro moribundo pero todos mis pacientes que experimentaban el mismo tipo de fenómenos tenían cerebros tan vivos durante la experiencia como antes de cerrar los ojos. Algo más estaba sucediendo en un cerebro moribundo; algo que tenía que ser parte del cerebro vivo, sano y consciente.

Mientras continuaba mi búsqueda me topé por casualidad con *¡Hola desde el cielo!*, de Bill y Judy Guggenheim, que describe las comunicaciones post-muerte (CPM). Descubrí que estas experiencias no son para nada raras y ocurren espontáneamente en el 20 por ciento de la población. Las descripciones de las CPM que hacían los autores eran idénticas a las descripciones que mis pacientes hacían de sus experiencias, con la única diferencia de que las CPM que describían los Guggenheim siempre ocurrían de forma aleatoria y espontánea. Utilicé esa similitud para empezar a llamar a lo que mis pacientes experimentaban "comunicaciones inducidas post-muerte " o CPMI.

Las experiencias de mis pacientes, junto con las relatadas por los Guggenheim, me obligaron a reconsiderar mi opinión sobre las Reuniones del doctor Moody. Finalmente, me pareció evidente que probablemente estaba describiendo un fenómeno que antes me resultaba inconcebible.

 

Funciona con el tiempo.

Habían transcurrido tres meses desde que indujera la primera CPMI a Samuel. Me preguntaba si la notable transformación que había visto en él se habría atenuado. Esperaba que su disminución de la tristeza se mantuviera con el tiempo pero sospechaba firmemente que su sentimiento de reconexión gozosa con Le se desvanecería, como suele ocurrir con la mayoría de las alucinaciones. En una conversación posterior con Samuel le pregunté cómo se sentía respecto a su experiencia después de tres meses. Me sorprendió cuando me dijo que la sensación de reconexión con Le no había cambiado. De hecho, por primera vez y sin ayuda alguna, había podido relacionarse con su  hija de una manera mucho más abierta y afectuosa gracias a la experiencia.

Eso fue hace más de ocho años. Hace poco hablé con él y me explicó que sigue sintiendo profunda conexión con Le. Su relación con su hija ha mejorado muchísimo. «Estoy recuperando el tiempo perdido con ella», dijo con entusiasmo. Añadió que ya creía en la vida post-muerte antes de la experiencia pero, desde entonces, «me ha demostrado sin lugar a dudas que la vida post-muerte es una realidad».

También hice un seguimiento a Garci, el paciente con quien realicé la primera inducción. Un año después de la sesión me comentó que seguía sintiéndose conectado con su hija. Además, estaba convencido de que «la gente no muere realmente; simplemente adopta una forma diferente y vive en un lugar distinto, lo cual es muy hermoso».

La experiencia estaba transformando la vida de los pacientes en una sola sesión, y el efecto se mantenía con el tiempo. Empecé a preguntarme si alguno de mis internos, u otros psicólogos, podrían ayudar a sus pacientes a tener experiencias similares.

 

CAPÍTULO 3. ENSEÑAR A OTROS PSICOTERAPEUTAS A INDUCIR COMUNICACIONES POST-MUERTE

Nunca he permitido que la escuela interfiera con mi educación. —Marcos Twain.

 

Tras varias semanas observando cómo un paciente tras otro superaba sus pérdidas traumáticas y su duelo mediante la Terapia Integrada de Desarrollo Cognitivo (TIDC), decidí que era hora de contar, al menos a uno de los otros psicólogos de la unidad de trastorno de estrés postraumático, lo que estaba sucediendo. Necesitaba saber si alguien más había visto algo similar, si algún otro psicólogo con experiencia podría tener una explicación y, lo más importante, si alguien estaría dispuesto a utilizar el procedimiento y replicar los resultados.

Lo pensé durante varios días antes de reunir el valor para describirlo a alguien de la unidad. Al fin y al cabo decir a otro científico del comportamiento que mis pacientes hablaban con los muertos daba un poco de miedito. Pero lo cierto era que lo que ocurría estaba sanando el duelo con tal previsibilidad y eficacia que tenía que compartirlo con los demás profesionales de la unidad. Llevábamos años teniendo largas conversaciones sobre cómo podíamos ayudar con mayor eficacia a estos veteranos a aliviar el dolor inimaginable que sufrían a causa del trastorno de estrés postraumático relacionado con el combate. Y estaba funcionando.

Una mañana entré en el consultorio de Karaina, la terapeuta por quien sentía mayor respeto y confianza. Cerré la puerta y me senté en silencio. Ella me preguntó de inmediato: "¿Qué te pasa?".

— Necesito compartir algo contigo. Quiero tu opinión profesional sincera.

—Seguro.

— Bien, aquí está. Muchos de mis veterinarios dicen que durante las sesiones de DRMO están experimentando una reducción drástica de sus síntomas en una sola sesión.

—Exacto —dijo—. Eso es gracias a la terapia DRMO centrada en el núcleo. La he estado usando desde que nos la enseñaste y, al menos, otras dos personas también. Todos estamos obteniendo los mismos resultados increíblemente rápidos que tú.

— Bueno, ahora estoy recibiendo más información. Me dicen que se comunican con los muertos.

La miré para ver su reacción.

— Estupendo. Así que eso es lo que está reduciendo los síntomas de forma tan drástica, ¿verdad?

— Sí, de una forma que nunca antes había visto. Ahora bien, no estoy sugiriendo que realmente se comuniquen con los muertos.

—Oh, ya sé de qué hablas —dijo sonriendo—. Es como una comunicación post-mortem (CPM). ¿Has oído hablar de eso?

— Bueno, en realidad sí. Encontré un libro titulado ¡Hola desde el cielo! ”

Me interrumpió: “Tengo una copia. Yo misma tuve una CPM cuando era adolescente”.

Me sentí aliviado y lleno de energía. Le pedí que me contara la historia. Mientras la narraba la escuché con suma atención.

“Tenía catorce años cuando mi hermana, de veinte, murió de un tipo raro de cáncer que se había extendido por todo el cuerpo. La desfiguró muchísimo en los últimos meses. Dejó dos hijos pequeños. Su muerte casi me destrozó. Mis padres se habían divorciado justo antes y yo ya estaba deprimida por eso, así que cuando dijeron a mi hermana que iba a morir no sabía si iba a poder superarlo”.

“Después de su muerte, pasé por el peor momento de mi vida. Sinceramente, sentía que acabar con mi vida era la única manera de detener los horribles sentimientos que tenía todo el día. Entonces, una noche, mientras dormía, soñé con mi hermana. Se veía feliz y radiante, sana de nuevo, y estaba rodeada de niños pequeños. Me dijo: 'Quieres venir conmigo, ¿verdad?'. Le dije: 'Sí'. Y mi hermana dijo: 'Aún no es tu hora. Tienes que quedarte ahí y cuidar de mis hijos y de mamá. Volveré por ti cuando sea el momento'”.

“Cuando desperté esa mañana recordaba el sueño como si fuera una conversación real. Me sentí completamente diferente después de eso. La depresión había desaparecido. Seguí su consejo y seguí adelante con mi vida, pero desde ese día sentí que tenía un propósito y una responsabilidad. Crié a sus hijos como si fueran míos y cuidé de mamá cuando desarrolló graves problemas de salud. Y aquí estoy hoy.”

Karaina me animó a seguir explorando este nuevo método terapéutico y se ofreció a probarlo ella misma. Me sentí eufórica. Desde ese día, Karaina se convirtió en mi confidente y compañera mientras el descubrimiento seguía desarrollándose.

 

La paciente de Karaina tiene una CPMI en su consultorio.

Al día siguiente, Karaina y yo nos reunimos y le expliqué el procedimiento de Comunicación post-muerte inducida  CPMI. Comprendió la diferencia con la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares DRMO estándar y la importancia de desarrollar una mente receptiva y abierta en el paciente después de la DRMO centrada en el núcleo. Era una terapeuta de DRMO experimentada y muy competente así que, después de una hora aproximadamente, se sintió preparada para intentarlo.

Dos días después, Karaina entró en mi oficina sonriendo. «Funcionó. Fue tal como lo describiste».

Se sentó en el borde de una silla y se inclinó hacia mí. «Tuve una sesión con uno de mis veteranos de Vietnam de larga trayectoria. Un nuevo soldado acababa de unirse a su unidad y todos, incluido mi veterano, se burlaban de él porque era inexperto. Un par de días después el nuevo soldado murió en su primer enfrentamiento de un disparo en la cabeza. Mi veterano vio su cuerpo con la herida abierta y mortal en la cabeza. Ha estado sufriendo una culpa extrema por haberse burlado del soldado y por las imágenes perturbadoras de la herida».

“Durante la DRMO centrada en el núcleo, como de costumbre ignoré la culpa y me enfoqué en la tristeza. Su tristeza fue aumentando hasta alcanzar su punto máximo y luego comenzó a disminuir. Realicé una serie adicional de movimientos oculares para aumentar su receptividad y relajación, tal como me sugeriste, y funcionó. Dijo que vio la cara sonriente del soldado muerto y que, de alguna manera, recibió un mensaje, aunque no sabía cómo, de que el hombre sabía que las bromas de mi soldado veterano eran por cariño. El muerto le comunicó que estaba bien y que él no debía sentirse mal. Quedó realmente desconcertado. No tenía ni idea de qué era, pero aquí viene lo mejor. Me dijo: ‘¿Sabes?, es extraño. Ya no siento tristeza, ni una pizca. Y no me siento culpable. Y cuando intento recordar la vieja imagen de la herida ni siquiera puedo recordarla. Solo recuerdo su cara sonriente diciéndome que está bien’”.

Estábamos eufóricos. Hablamos todo lo que pudimos antes de nuestras próximas citas sabiendo que estábamos al comienzo de algo mucho más maravilloso para nuestros pacientes de lo que jamás hubiéramos imaginado.

Cuando Karaina se fue quedé mirando por la ventana. Había replicado mis resultados. Fuera lo que fuese, era una capacidad oculta en la gente común y corriente con la que podíamos ayudar a los pacientes a descubrir en lo más profundo de su ser. Una vez que la descubrieran, esta extraordinaria capacidad surgiría de forma natural y sanaría su dolor. Y alguien más había visto que funcionaba igual que yo.

Pero algo seguía rondando en mi cabeza. En nuestra conversación sobre lo sucedido, Karaina parecía dispuesta a considerar la posibilidad de que estas sesiones de CPMI fueran realmente comunicaciones con los difuntos. Su  experiencia adolescente había influido profundamente en su forma de pensar, del mismo modo que las CPMI estaban afectando a mis pacientes. Todos estaban convencidos de que sus experiencias eran comunicaciones reales post-muerte.

 

Un becaria realiza su primera CPMI

Unas semanas después decidí presentar la terapia CPMI a una de mis becarias predoctorales más competentes. El término "becaria" suele asociarse con una joven inexperta, una principiante inexperta. Lucía no lo era. Era una de las más competentes con las que he trabajado. Esta es la historia de lo que sucedió.

Lucía ya había tenido éxito con la DRMO y estaba deseosa de aprender a usarla en la terapia CPMI. Le expliqué que yo uso la DRMO de manera diferente para inducir una CPMI. Rápidamente comprendió las diferencias. Después de un par de horas de introducción a la DRMO centrada en el núcleo y la terapia CPMI, se mostró dispuesta a probarla con uno de sus pacientes.

El paciente que eligió sufría de imágenes intrusivas y culpa por un incidente ocurrido durante su servicio en Vietnam. Iba de copiloto en un camión cuando vio a un niño vietnamita de trece años cruzar corriendo delante del vehículo. Gritó al conductor: «¡Cuidado! ¡Para!». Pero éste no vio al niño y el camión lo atropelló.

Bajaron del vehículo y encontraron al niño muerto. La culpa que sintió por no haber podido evitar el accidente, y las imágenes recurrentes del cuerpo del niño, le provocaron pesadillas e imágenes incontrolables durante la vigilia de veintiocho años.

Preparé a Lucía antes de su sesión con este veterano. El paciente fue a su consultorio para la cita y yo esperé con gran expectación. Hasta ese momento, solo otra terapeuta había logrado inducir con éxito una crisis de descompresión aguda. ¿Sería posible que fuéramos las únicas dos en el mundo capaces de presenciarla?

Al final de la sesión, entró en mi despacho visiblemente decepcionada. Me dijo: «No funcionó. Mi paciente sintió algo de tristeza, pero seguía queriendo hablar de su culpa, así que pasamos la mayor parte de la sesión hablando de ello».

Expliqué a Lucía que el paciente estaba evitando su tristeza y que debería haberle dicho: "Es importante que te quedes con tu tristeza". Había aprendido que, al usar la terapia DRMO centrada en el núcleo y su extensión a la terapia CPMI, el terapeuta debe mantener al paciente enfocado, a veces de forma enérgica.

Lucía lo entendió. Al día siguiente, cuando volvió a reunirse con el paciente, lo mantuvo enfocado en el objetivo con DRMO centrada en el núcleo. La tristeza del paciente, que al principio se intensificó, comenzó a disminuir. Ella le preguntó: "¿Qué te gustaría decir a ese niño?".

El paciente respondió, sacudiendo la cabeza lentamente: «Lo siento. Lo siento». Lucía realizó una serie de movimientos oculares para estimular la receptividad. Él cerró los ojos. Después de unos minutos, los abrió con amplia sonrisa.  “Lo vi con total claridad. Tenía la sonrisa más grande que uno pueda imaginar y parecía irradiar una luz especial. Estaba más feliz que nadie que haya visto jamás. No habló, pero supe con certeza lo que decía. Decía que yo era una buena persona y que no era mi culpa”.

Para entonces, el paciente estaba relajado, contento y hablador. Ella nunca lo había visto así.

Después de que el paciente se marchara, Lucía entró en mi despacho muy emocionada y me contó lo sucedido. «Todavía no me lo creo. No podía saber que todo iba a funcionar hasta que lo viví en directo».

Tras la experiencia de Lucía enseñé con confianza el método terapéutico a otros treinta internos durante un período de ocho años. Todos obtuvieron los mismos resultados. Los internos aprendieron el procedimiento con facilidad, se entusiasmaron al ver su eficacia y lograron un impacto positivo en la vida de los pacientes.

Poco después de la experiencia de Lucía me puse de acuerdo con Karaina para que me realizara el procedimiento CPMI. Tuve dos procedimientos exitosos. Escuchar los relatos de los pacientes sobre las CPMI desde fuera fue extraordinario pero experimentarlas yo mismo, dos veces, fue impresionante. Al igual que mis pacientes, me sorprendió el contenido de las experiencias. En ambos casos fue completamente diferente de lo que esperaba a pesar de que, para entonces, ya había escuchado a mis pacientes describir muchas de sus experiencias CPMI. Estas experiencias me llenaron de más entusiasmo que nunca por el maravilloso regalo que habíamos recibido.

Los meses siguientes estuvieron llenos de exploración y asombro. Otros colegas aprendieron a utilizar el procedimiento y obtuvieron los mismos resultados. Y a medida que el número de pacientes que se sometían a la CPMI se contaba por cientos, comenzamos a comprender mejor esta extraordinaria capacidad oculta en personas comunes y corrientes.

 

CAPÍTULO 4. NUEVAS IDEAS EN EL TRATAMIENTO DEL DUELO

Todo el arte de vivir reside en la sutil combinación de soltar y aferrar. —Henry Havelock Ellis.

 

A medida que lográbamos inducir más comunicaciones CPMI me di cuenta de que es la experiencia de la reconexión la que sana. La profunda tristeza se basa en la sensación subyacente de desconexión con el difunto. Las personas que experimentan el duelo dicen cosas como: «Siento que me han arrebatado una parte de mí» o, «Me siento incompleto/a ahora».

La sensación de desconexión, entonces, da lugar a la tristeza profunda. Las demás emociones (ira, insensibilidad y culpa) protegen a la persona de sentir esa tristeza dolorosa. La experiencia de reconexión en la CPMI parece resolver la sensación de desconexión, disminuyendo o erradicando la tristeza. Las emociones defensivas que la acompañan simplemente desaparecen; ya no son necesarias.

Esta experiencia de reconexión se refleja en las palabras que se escuchan con más frecuencia después de una sesión de CPMI: «Me siento reconectado con...» y «Me siento completo de nuevo». La experiencia de reconexión es fundamental para superar el duelo mediante la terapia CPMI.

Recientemente me di cuenta de que este vínculo renovado, propiciado por la terapia,  complementa una tendencia creciente en la terapia del duelo. Durante casi un siglo la terapia del duelo tradicional ha insistido en que quienes sufren una pérdida deben extinguir los lazos emocionales con sus seres queridos fallecidos y reemplazar ese apego con otras personas e intereses. Sin embargo, los terapeutas del duelo ahora comprenden que las personas simplemente no se separan psicológicamente de sus seres queridos fallecidos, continúan pensando en ellos, sintiendo su cariño, hablando con ellos e incluso pidiéndoles consejo. El nuevo enfoque de la terapia del duelo que está surgiendo reconoce esta realidad y ayuda a los pacientes a transformar este aspecto natural del duelo en un vínculo sano y continuo con el fallecido.

 

La terapia del duelo está cambiando.

Un colega me comentó que en la facultad de medicina le enseñaron que el duelo solía durar de tres a seis meses. Esta pauta es muy engañosa ya que el duelo es un asunto muy personal influenciado por factores únicos para cada persona, como la edad del fallecido y del superviviente, la red de apoyo del superviviente, la relación de este con el fallecido y la causa o las circunstancias de la muerte. Y lo que es más importante, el duelo casi nunca se resuelve por completo.

La mayoría de los consejeros de duelo coinciden en que las personas tardan entre uno y dos años en sentirse suficientemente reconciliadas con una pérdida para volver a disfrutar de la vida sin su ser querido. Este proceso se prolonga aún más cuando el duelo es por un hijo o un cónyuge con quien se compartió una vida larga, y los recuerdos de la pérdida pueden seguir desencadenando emociones de duelo durante toda la vida.

Los principales componentes emocionales del duelo, más allá de las etapas iniciales de conmoción e insensibilidad, suelen ser sentimientos de tristeza, culpa e ira. El vínculo entre los vivos es el amor, pero cuando un ser querido muere, el vínculo es el dolor. Ayudar a un cliente a superar el dolor se complica por la culpa y el temor a una desconexión total con el fallecido. La culpa puede estar asociada a una amplia variedad de problemas pero lo más común es que surja de la sensación de tener asuntos pendientes con el fallecido, tales como no haber expresado nunca amor, o haber dicho "te quiero", tener conflictos sin resolver e incluso haber sido responsable o sentirse responsable de la muerte. Generalmente, quienes sufren duelo también sienten una ira intensa porque alguien muy importante les ha sido arrebatado. Tanto la culpa como la ira pueden estar relacionadas con la atribución de culpa y responsabilidad.

Freud escribió que el objetivo de la terapia del duelo es ayudar a los supervivientes a romper los lazos con el fallecido y a desvincularse emocionalmente para que puedan construir una nueva vida libre de todo vínculo con él. Las sesiones de terapia implican una larga serie de confrontaciones para ayudar al superviviente a comprender la irreversibilidad de la pérdida y a desprenderse de cualquier apego al fallecido. Según esta concepción de la terapia del duelo, quienes no logran romper todos los lazos fracasan y, por lo tanto, permanecen infelices y disfuncionales (Nota del Traductor: sin tener en cuenta que se verán económicamente comprometidos si pagan la terapia a terapeutas con este enfoque castrador).

La terapia estándar para el duelo, desde Freud, se ha adherido a esa concepción del proceso de duelo. Normalmente, guía a los supervivientes a través de esta secuencia:

  1. Ayuda a los sobrevivientes a aceptar la realidad de la muerte de sus seres queridos, permitiéndoles hablar sobre las circunstancias del fallecimiento y los problemas relacionados con la pérdida. Esto ayuda a superar la conmoción inicial y la fase de entumecimiento  del duelo.
  2. Ayúdalos a distanciarse emocionalmente del fallecido, brindándoles apoyo para expresar y procesar los sentimientos habituales asociados con la pérdida: ira, culpa y tristeza.
  3. Ayúdalos a adaptarse a la vida sin el difunto, enseñándoles a vivir de maneras diferentes y a desarrollar nuevas relaciones.
  4. Brinda apoyo durante momentos más difíciles, como cumpleaños, aniversarios y días festivos.

El objetivo de la terapia de duelo convencional, según esta concepción, es ayudar a los supervivientes a aceptar su pérdida y seguir adelante con sus vidas. Este proceso suele requerir años de terapia con resultados limitados (N de T: es decir, años de gasto económico inútil para el paciente y provechoso para el terapeuta). Sin embargo, recientemente, un número creciente de terapeutas especializados en duelo ha comenzado a sugerir que los pacientes que mantienen el vínculo con el fallecido suelen adaptarse mejor a su pérdida. Estas observaciones están propiciando una reconsideración del duelo y de la terapia de duelo.

En 1996, Dennis Klass, Charo Silverman y Steven Nickman publicaron «Continuing Bonds: New Understandings of Grief» («Vínculos continuos: nuevas interpretaciones del duelo»,), una obra que desafió las ideas convencionales sobre el duelo. Los veintidós académicos de gran prestigio en el campo del duelo y la pérdida que participan en el libro ofrecen un modelo radicalmente nuevo para comprender y tratar el duelo. Su modelo anticipa la terapia del duelo ejemplificada en la terapia CPMI.

Los autores explican que las ideas actuales sobre el duelo se basan más en normas culturales que en datos científicos. En el siglo XX, el énfasis de las sociedades occidentales en la autonomía individual por encima de la interdependencia social influyó considerablemente nuestras ideas sobre el duelo. El objetivo de los tratamientos convencionales para el duelo ha sido ayudar a los supervivientes a maximizar su autonomía aceptando plenamente la irreversibilidad de la muerte, rompiendo sus vínculos con el fallecido. Se ha asumido que solo así el superviviente podrá establecer nuevas relaciones y una vida sin el fallecido. Se ha supuesto que el duelo patológico resulta de no superar emocionalmente la pérdida del fallecido.

Los autores de «Vínculos Continuos» citan numerosas observaciones clínicas y resultados de investigaciones que cuestionan estas suposiciones. Informan que los supervivientes que mantienen un vínculo continuo con el fallecido parecen estar mejor adaptados psicológicamente durante el proceso de duelo. Los vínculos continuos son fluidos, cambiantes y reconfortantes. Ayudan a los supervivientes a afrontar sus problemas cotidianos y se integran en sus relaciones actuales, brindándoles contexto y significado.

Estos vínculos perdurables se distinguen, sin embargo, de la negación patológica en la que la única conexión del superviviente con el fallecido es estática, inmutable y se limita a lo que fue y nunca podrá volver a ser. El mejor criterio para determinar si la conexión es patológica o beneficiosa es la calidad de vida de la persona.

Ejemplos de «Vínculos Continuos» que citan los autores:

  1. Soñar con los difuntos
  2. Hablar con el difunto
  3. Creer que está observando al superviviente
  4. Conservar objetos que pertenecieron al difunto
  5. Visitar la tumba
  6. Pensar frecuentemente en el difunto

Si bien algunos autores describen algunos vínculos continuos que parecen ser verdaderas comunicaciones post-muerte, en general, estos investigadores optaron por no especular sobre la naturaleza última de estas experiencias. En cambio, prefieren denominarlas colectivamente como «representaciones internas del difunto». (Los artículos de « Vínculos continuos » se presentaron antes de la publicación del estudio de los Guggenheim sobre las comunicaciones espontáneas post-muerte en «¡Hola desde el cielo!»).

 

Las CPMI han influido en la terapia del duelo.

La terapia CPMI es congruente con el enfoque en la continuidad de los vínculos, proporcionando una experiencia más rica y personal de dicha continuidad. La experiencia CPMI permite a los pacientes que sufren duelo y pérdidas traumáticas resolver sus problemas rápidamente mediante una reconexión vivencial con sus seres queridos fallecidos.

En lugar de fomentar la aceptación de los sentimientos de desconexión y distanciamiento emocional hacia el difunto, la terapia IADC proporciona una resolución psicológica a través de la profunda y transformadora experiencia de la reconexión con el fallecido. Su amor y conexión ininterrumpida se renuevan mediante una experiencia reconfortante que les brinda la sensación de una nueva relación con el difunto, diferente pero satisfactoria y permanente. Reconstruyen el sentido de la vida a través de esta nueva relación y mantienen el vínculo sabiendo que su ser querido está bien.

Veamos una experiencia de reconexión sanadora.

EL CASO DE SALLY: “Dijo que vendría por mí cuando llegara mi hora”.

“Lloro sin motivo alguno”, sollozaba Sally, aferrándose a un pañuelo empapado. Su depresión no respondía a los medicamentos, así que la derivaron a mi consulta. Mientras hablábamos, quedó claro que estaba profundamente afligida por la muerte de su padre, ocurrida cinco años antes. Había permanecido a su lado durante meses mientras el tumor en el costado de su cuello crecía consumiendo su vida poco a poco. Lloraba amargamente. Las imágenes de su padre, muriendo con el tumor en el cuello, no la abandonaban.

Cuando estuvo preparada, utilicé la terapia para reducir su abrumadora tristeza y el dolor que le producían las imágenes de la muerte. Una vez que la tristeza disminuyó, inicié el procedimiento de CIMP y le pedí que cerrara los ojos y aceptara lo que sucediera. La primera inducción no produjo resultado. Sin embargo, en la segunda inducción, tras un momento con los ojos aún cerrados, dijo: «Puedo verlo. Se ve sano de nuevo. Se ve feliz». Sonrió e hizo una pausa. «La abuela y el abuelo están con él... y dos de mis tías, y mi tío que murió hace mucho tiempo».

Hizo una pausa, mirando hacia adentro. “Están de fiesta, riendo… Oh, se lo están pasando en grande. Están en una habitación llena de una luz blanca brillante.”

Abrió los ojos y me miró. «De alguna manera podía sentir su felicidad», dijo emocionada. «Deseaba estar con mi padre… No me refiero a suicidarme. Solo quería estar con él ahora, pero sé que no puedo». Comencé otro procedimiento de CPMI mientras ella reflexionaba sobre ese pensamiento. La misma escena se repitió, pero había más. «Se acercó a mí y me dijo que seguía conmigo de una manera muy importante, que debía seguir cuidando de mis hijos y que vendría por mí cuando llegara mi hora». Sonrió cálidamente entre lágrimas.

Cuando Sally salió de mi oficina todo dolor y tristeza por la muerte de su padre habían desaparecido. Al marcharse, dijo: «Fue absolutamente increíble. En cuanto sentí que me reconectaba con ellos la tristeza se desvaneció. Sé que eran ellos de verdad. Tengo que contárselo a mi hermano. Sé que pensará que estoy loca, pero no me importa; me siento genial».

A partir de ese día, Sally dejó de experimentar cualquier síntoma de depresión.

Algunos han cuestionado mi observación de que el duelo se resuelve por completo de esta manera tras una reunión virtual de padres e hijos. Señalan que si un hijo fallece incluso una reconexión virtual afectuosa no evitará que el padre sienta profunda tristeza en ocasiones, como el día en que se habría graduado de la escuela secundaria o el de su cumpleaños. Coincido en que una reunión virtual de padres e hijos no sustituye aquellas experiencias compartidas que nunca podrán materializarse. Sin embargo, esas pérdidas son secundarias a la pérdida principal: «Mi hija se ha ido. Está completamente desconectada de mí».

Tras las sesiones de duelo, quienes han sufrido pérdidas trágicas ya no se sienten aislados. Si bien aún experimentan sentimientos de pérdida más profundos en ocasiones, como cumpleaños y aniversarios del fallecimiento, la tristeza en esos momentos se tolera con mayor facilidad ya que no sienten la tristeza profunda y dolorosa asociada a una sensación de desconexión total. El superviviente puede afrontar el duelo de una manera más adaptativa y, a menudo, honrar y recordar con cariño al ser querido fallecido.

 

Cómo funcionan las CPMI

En el trastorno de estrés postraumático el paciente revive el trauma una y otra vez. Aparecen destellos de escenas en cualquier momento y pueden comenzar a reproducir todo el trauma. Muchos intentan detener la revivencia mediante distracciones o anestesiando la conciencia con drogas o alcohol. Descubrimos que la DRMO ayuda a los pacientes, con trastorno de estrés postraumático, a reducir la intensidad de los recuerdos intrusivos de sucesos traumáticos al eliminar el componente de reviviscencia de la memoria. Los pacientes a menudo comentan que aún pueden recordar el trauma, pero sienten que sucedió hace mucho tiempo o como si hubiera sido parte de un cuento.

Las terapias de imagen de la persona fallecida ayudan a nuestros pacientes a sanar imágenes traumáticas al proporcionarles una imagen positiva que reemplaza naturalmente la negativa. Con frecuencia, las heridas, la desfiguración o el rostro angustiado del fallecido se reemplazan por imágenes de paz, calma y una cara feliz y sonriente. Los pacientes suelen comentar que ni siquiera recuerdan la imagen traumática tal como era. Cuando intentan recordarla, en su lugar ven la imagen positiva. Creo que esta puede ser la razón por la que los resultados de las terapias de imagen de la persona fallecida se mantienen tan bien con el tiempo.

 

EL CASO DE GENEROSO: “Lo único que veo es que sonríe y me habla”.

Generoso, Gene para los amigos,  tenía diecinueve años cuando su madre sufrió un infarto masivo mientras estaban sentados en el sofá. Dijo que no se sentía bien, se llevó la mano al pecho y cayó de lado sobre él. Preso del pánico se dio cuenta de que no respiraba y le practicó reanimación boca a boca, pero era demasiado tarde. Tenía los ojos abiertos, las pupilas en blanco, y la cara había perdido el tono muscular. A la horrible imagen que se le quedó grabada, la llamó su "cara de muerte". Durante décadas lo único que recordaba de su madre era esa cara. Evitaba pensar en ella porque, cuando lo hacía, solo veía esa cara. Como resultado, no pudo procesar su dolor. Gene estaba sentado en mi oficina describiendo la cara de muerte, sacudiendo la cabeza enérgicamente como si eso pudiera borrar el recuerdo de su mente. Sin embargo, no derramaba lágrimas. Protestaba diciendo que ya lo había superado, pero deseaba poder deshacerse de esa cara.

Aceptó que utilizara la terapia DRMO centrada en el núcleo para intentar reducir la tristeza y la imagen que la acompañaba. Le administré algunos movimientos oculares y su tristeza aumentó, al igual que la nitidez de la imagen del rostro de la muerte. Estaba conectando con los intensos sentimientos que había reprimido desde su fallecimiento. Cuando la tristeza alcanzó su punto máximo, rompió a llorar desconsoladamente.

«Mantén esa sensación. No la sueltes ahora», le dije, y le indiqué otra serie de movimientos oculares. La tristeza comenzó a disminuir. Tras otra serie de movimientos oculares, cerró los ojos y comenzó la CPMI.

“Puedo ver a mi madre”, dijo con los ojos cerrados. “Está vestida de blanco, rodeada de una luz intensa. Parece joven, tal vez de veintitantos años, y lleva un vestido pasado de moda”.

Tras unos segundos más, abrió los ojos. «Dijo que estaba muy orgullosa de mí, que debía seguir siendo buena persona y que me volvería a ver cuando llegara mi momento. Doctor Botkin, siento una calidez que no sentía desde hace años».

Le pregunté si podía recordar el rostro de la muerte. Pensó un momento. «No puedo verlo. Intento verlo, pero no puedo. Solo la veo sonriéndome y hablándome como hizo hace un momento, cuando la vi. Es una sensación maravillosa».

A partir de ese momento, Gene insistió en que no recordaba el rostro de su madre muerta. Sus únicos recuerdos de ella eran cálidos y positivos.

 

EL CASO DE FRANCIS: “Me hizo sentir que él está bien, que la vida está bien”.

La historia de Francis es otro ejemplo del efecto sanador del sencillo, pero poderoso mensaje "Estoy bien", y de cómo una imagen agradable reemplaza una espantosa.

Francis era estudiante de enfermería que acudió a mí porque tenía visiones recurrentes de una muerte que la perturbaban. Durante su formación, una tarde estaba de guardia en urgencias cuando trajeron a un niño de cinco años al borde de la muerte. Había sido atropellado por un coche y luego por otro. Su cuerpo, y la camilla en la que yacía mientras lo trasladaban a urgencias, estaban empapados de sangre y él, inconsciente. Francis y el equipo de urgencias trabajaron sin descanso para intentar salvar la vida, pero fue en vano. Sus heridas eran demasiado graves, y falleció.

Francis quedó conmocionada. Corrió a casa, se encerró en su habitación y lloró durante horas. Esa noche no pudo dormir. Las imágenes perturbadoras del cuerpo mutilado del niño, y la sangre, no dejaban de atormentarla. Durante las siguientes noches durmió a ratos pero las imágenes la atormentaban y despertaba llorando. Decidió que no tenía vocación de enfermera y se preparó para dejar la escuela.

Acudió a mí porque sabía que me especializaba en ayudar a pacientes con recuerdos traumáticos. Después de que me contara su historia comenzamos el procedimiento CPMI. Primero utilicé DRMO en las imágenes hasta que comenzaron a desvanecerse. Luego utilicé DRMO con enfoque en el núcleo para abrir la tristeza que estaba en el centro de su trauma. La tristeza aumentó con los sucesivos movimientos oculares y luego comenzó a disminuir. Le indiqué que estuviera abierta a cualquier cosa que le viniera a la mente mientras pensaba en el niño. Le administré otra serie de movimientos oculares y cerró los ojos.

Con los ojos cerrados, describió lo que veía. «Puedo ver al niño pequeño. Está sano y jugando en un hermoso campo con otros niños». Se quedó en silencio un momento y luego abrió los ojos.

“¿Qué pasó?”, pregunté.

“Me miró directamente y sonrió. Era una sonrisa maravillosa, y tuve la sensación de que sabía por lo que estaba pasando. Me hizo sentir… Me hizo sentir que él está bien… que la vida está bien.”

“Cuando piensas en él, ¿qué ves ahora?”

“Solo veo esa sonrisa maravillosa y cálida. Recuerdo su cuerpo ensangrentado, pero es como un viejo recuerdo de algo que sucedió hace mucho tiempo y que ya terminó, y no tengo la sensación de que vaya a llorar.”

Hizo una pausa y me miró con asombro. "De hecho, no me entristece en absoluto".

Cuando regresó para una sesión una semana después me dijo que todas las imágenes negativas del niño habían desaparecido, pero que seguía viendo su maravillosa sonrisa cuando pensaba en él. Había retomado su vocación de enfermería y había decidido convertirse en enfermera de urgencias porque tenía algo importante que ofrecer a los demás: su fortaleza.

 

Llevar los vínculos continuos a un nivel superior

La experiencia de la CPMI permite a los pacientes en duelo desarrollar un vínculo continuo con el difunto. El resultado de esta nueva perspectiva es una marcada reducción de la tristeza y las emociones negativas que la acompañan y, a menudo, una nueva sensación de bienestar. En otras palabras, las CPMI llevan a nueva orientación hacia la terapia del duelo que fomenta la tendencia natural y saludable de los pacientes a desarrollar vínculos continuos con el difunto, la llevan a un nivel experiencial superior.

El siguiente capítulo explica los tipos más comunes de CPMI que hemos visto repetidamente y el extraordinario poder que tienen para ayudar a los pacientes a desarrollar vínculos continuos y saludables con el difunto, a menudo en una sola sesión.

 

CAPÍTULO 5. OBSERVACIONES COMUNES EN LA COMUNICACIÓN POST-MUERTE INDUCIDA

El conocimiento habla, pero la sabiduría escucha. —Jimi Hendrix.

 

El número de inducciones de comunicación post-muerte exitosas realizadas por mis colegas internos, y yo siguió, aumentando mientras veíamos con júbilo a muchos pacientes salir de nuestras consultas felices y recuperados. Cuando ya eran miles comprendimos las características de estas maravillosas experiencias que fomentan el desarrollo de vínculos sanos y duraderos con los difuntos.

Habíamos aprendido que la Terapia Cognitivo–Analítica Interpersonal (TCAI) siempre se desarrolla de forma natural, generalmente de maneras que ni el paciente ni el psicoterapeuta podrían haber previsto, deseado o imaginado. Ni el paciente ni el psicoterapeuta controlan el contenido de la experiencia. Sorprendentemente, a pesar de ello, los resultados son casi siempre inspiradores, llenos de amor y de perdón, o de revelaciones que propician la sanación en prácticamente todos los pacientes que la experimentan.

En este capítulo se incluyen ejemplos del contenido común que otros terapeutas y yo hemos escuchado en los informes de pacientes que han experimentado crisis de ansiedad social.

 

Lo que se dice es más importante que el tiempo que pasa.

La experiencia CPMI, en sí misma, suele durar entre cinco y veinte segundos, pero puede extenderse hasta diez o quince minutos, o incluso más. La duración no es importante para la sanación profunda; lo que importa es el contenido. Algunos pacientes experimentan la CPMI inmediatamente después de cerrar los ojos. Otros permanecen sentados en silencio durante unos segundos antes de experimentarla.

Curiosamente, algunos pacientes parecen perder la noción del tiempo mientras experimentan la CPMI. En un caso, el paciente cerró los ojos tras la serie de movimientos oculares y los abrió en menos de cinco segundos. Pensé: «Vale, no ha pasado nada. Veamos cuál podría ser el problema». A continuación, el paciente describió una CPMI larga y compleja que parecía haber durado varios minutos.

Por curiosidad, le pregunté cuánto tiempo creía que había estado sentado con los ojos cerrados. Él respondió: "Oh, tal vez dos o tres minutos".

En otros casos, los pacientes permanecieron sentados con los ojos cerrados durante minutos y, al preguntarles qué había sucedido, respondieron: «Lo vi sonreír», o alguna otra experiencia que habría durado apenas unos segundos. Estos pacientes subestimaron sistemáticamente el tiempo que mantuvieron los ojos cerrados.

 

No es tu imaginación.

Casi todos los que experimentan la comunicación CPMI afirman que estas experiencias son notablemente diferentes de los sueños, la imaginación o la fantasía. La mayoría insiste en que realmente vieron, oyeron, tocaron u olieron cosas con sus sentidos, pero que las sensaciones no eran físicas. En otras palabras, sabían que eran internas o mentales, pero las sentían tan reales como cualquier cosa física.

La mejor manera de explicar esa diferencia es permitir que una de las pacientes que experimentó una CPMI lo explique. Se llama Margarita. Incluyo su descripción aquí porque se expresó con gran claridad y perspicacia sobre su experiencia, y nuestra conversación me ayudó a comprender cómo los pacientes experimentan las CPMI.

Margarita ne explicó que, si bien la consciencia normal, en estado de vigilia, se centra en la información sensorial del entorno físico, su CPMI se basaba en información sensorial puramente mental. Sin embargo, afirmó categóricamente que, aunque su CPMI fue un suceso mental, no era menos real que cualquier suceso físico.

Su CPMI también era cualitativamente diferente de todos sus otros sucesos mentales, como sueños, imágenes creadas durante un trance hipnótico, imaginación y fantasías, alucinaciones de fiebre infantil e incluso un viaje de la droga psicodélica conocida como LSD que había experimentado muchos años antes. Para ella, estas otras experiencias no eran reales, pero su CPMI sí lo era.

A continuación describió la comunicación en su CPMI. La comunicación sí se produjo, pero no en el sentido físico habitual, donde se emiten y reciben sonidos u ondas sonoras, explicó. En cambio, las palabras se transmitieron mentalmente, pero de una manera más clara que la comunicación física. También afirmó que las emociones se transmitieron claramente junto con las palabras. Le costó un poco expresar su experiencia con palabras ya que ocurrió a un nivel que, según ella, «trasciende las palabras».

Le pregunté cómo podía estar tan segura de que su CPMI era una experiencia real y no una fantasía creada por su mente. Respondió que sabía que era real porque no podía hacer que las cosas sucedieran como ella quería, y cuando intentó controlar la experiencia, no funcionó. A medida que la CPMI se desarrollaba, fue completamente diferente de lo que había esperado. Estaba convencida de que la experiencia no era obra suya.

El siguiente caso, de Rebeca, es ejemplo de la sorpresa de la persona que tuvo la experiencia CPMI ante lo real que le pareció la experiencia.

 

EL CASO DE REBECA: “No sé si todo fue producto de mi imaginación. Fue tan real”.

Rebeca, profesional con alto nivel educativo, se sentó en mi oficina y me contó solemnemente la historia de su hija, Laura, fallecida unos seis meses antes de que ella acudiera a mi consulta. Rebeca esperaba encontrar algo de alivio al inmenso dolor que sentía por la muerte de su hija. Le expliqué la técnica habitual de DRMO y le dije que debía permitirse sentir su profunda tristeza sin rehuirla. Le aseguré que la ayudaría a mantenerse enfocada en ella durante la sesión de terapia, incluso cuando la tristeza se volviera difícil de sobrellevar. Luego le expliqué que algunas personas experimentan crisis de descompresión y las describí brevemente. Ella accedió a participar.

Comencé el procedimiento CPMI pidiéndole que prestara atención a la tristeza por su hija mientras le realizaba una serie de movimientos oculares. Cuando terminé los movimientos, le pedí que cerrara los ojos.

Tras un instante le pregunté: "¿Cómo te sientes?". "Triste", respondió, mientras una lágrima rodaba por su mejilla.

“Abre los ojos y haré otra serie de movimientos oculares. Permanece con la tristeza.”

Realicé el procedimiento de movimiento ocular y le pedí que cerrara los ojos. Ella comenzó a llorar.

“Estás haciendo lo que tienes que hacer”, le dije. “Haremos otra serie de movimientos oculares. Sigue con la sensación”.

Abrió los ojos y le administré otra serie de movimientos oculares. Esta terapia DRMO centrada en la tristeza profunda continuó durante tres series más hasta que rompió a llorar. Supe que estaba accediendo plenamente a la tristeza profunda. Tras dos series más de movimientos oculares para reducir la tristeza, sus sollozos comenzaron a disminuir, lo que indicaba que estaba lista para la inducción CPMI.

“¿Cómo te sientes ahora?”

“Mejor, pero la quería muchísimo”, dijo mirándome fijamente.

“Hagamos otra serie de movimientos oculares. Relájate y deja que todo lo que te venga a la mente fluya libremente”. Le indiqué los movimientos oculares para relajarla y ayudarla a entrar en un estado receptivo.

Cerró los ojos y se quedó sentada en silencio. Al cabo de unos segundos, los abrió y me contó lo sucedido. «Sentía la presencia de Laura, no muy fuerte, pero no sé si solo la recordaba».

“Lo estás haciendo bien”, le dije. “Sigue así y haremos otra serie de movimientos oculares”.

Realicé más movimientos oculares DRMO y ella cerró los ojos.

Tras unos segundos con los ojos aún cerrados, dijo: «Siento presión en cuello y  hombros. Dios mío, es como un abrazo… como si Laura me abrazara». Abrió los ojos. «No sé qué pensar», dijo, sacudiendo la cabeza. «No lo entiendo. Sentí un abrazo». Tenía una amplia sonrisa en el rostro bañado en lágrimas y los ojos le brillaban.

“Sigue así”; le dije, “y haremos otra serie de movimientos oculares”. Completé el procedimiento de movimientos oculares y cerró los ojos.

“Oh, doctor Botkin”, dijo, “la oí decir: «Te quiero, mamá». Era su voz”. Abrió los ojos y me miró fijamente. “Pero no sé si todo fue producto de mi imaginación. Fue tan real”.

Mientras hablábamos de su experiencia con la CPMI, comentó: «Me siento tranquila y en paz por primera vez en seis meses, y ya no siento que me estoy desmoronando como antes. Pero no sé qué pensar sobre lo sucedido». Esta reacción es bastante común después de la primera CPMI. Algunos pacientes afirman no saber qué creer y describen su experiencia como algo completamente distinto a todo lo que han vivido, pero no saben cómo interpretarla.

Cuando Rebeca se reunió conmigo una semana después, me comentó que se sentía mucho mejor con respecto a la muerte de su hija. Podía hablar de ella sin derrumbarse y ya no se despertaba por las noches llorando. Le sugerí que hiciéramos otra inducción de CPMI para abordar la tristeza residual. Estuvo de acuerdo.

Tras la inducción, las siguientes experiencias se provocan con facilidad y rapidez. Su CPMI comenzó con un solo movimiento ocular. Se sentó tranquilamente con los ojos cerrados durante unos segundos, luego los abrió y me contó lo sucedido.

“Esta vez volví a sentir su abrazo, y cuando sentí sus brazos rodeándome supe que no era algo que yo imaginaba. Era ella. Yo esperaba algo totalmente diferente, pero ahora sé que esto era justo lo que necesitaba”. Al marcharse al final de la sesión, dijo: “Doctor Botkin, la experiencia lo dijo todo y respondió a mis preguntas de una forma que no podría haber previsto”.

 

El paciente y el terapeuta no controlan el mensaje.

El paciente no tiene control alguno sobre lo que sucede durante la experiencia. Y el terapeuta se encuentra aún más alejado del contenido de la CPMI, esperando en silencio mientras el paciente experimenta el suceso con los ojos cerrados. El terapeuta no habla ni guía al paciente. La CPMI se desarrolla de forma impredecible, sin que el paciente tenga control sobre ella; el terapeuta se entera de lo sucedido una vez que el paciente ha terminado.

En consecuencia, el mensaje que recibe la persona suele ser una sorpresa y, a veces, no es lo que el paciente quería oír. Sin embargo, siempre es sensata y perspicaz.

Eso fue lo que sucedió con Pedro, quien tenía una afección psicológica especial que habría llevado su CPMI en una dirección muy diferente si él hubiera tenido el control de la misma.

 

EL CASO DE PEDRO: “Aún no entiendes la muerte, pero con el tiempo lo harás”.

Pedro era narcisista; necesitaba que todo girara en torno a él. Cuando vino a verme buscaba ayuda para sobrellevar la muerte de su esposa, ocurrida apenas dos días antes de nuestra sesión. Me explicó lo sucedido.

Él y su esposa acababan de cenar cuando ella, inquieta, le dijo: «No me siento bien. Voy a salir a tomar el aire». Con la esperanza de sentirse mejor  salió y se detuvo frente a la larga escalinata que bajaba desde el porche a la calle. Un instante después Pedro oyó a su esposa caer por las escaleras. Pedro salió corriendo y, horrorizado, la vio tendida inmóvil al pie de la escalera. Bajó corriendo, sin aliento, y se dio cuenta de que estaba inconsciente, con una gran herida en la cabeza. Fue apresurado al teléfono , llamó a urgencias y regresó rápidamente junto a ella para esperar. Cuando llegaron los paramédicos sintió que salían de la ambulancia demasiado despacio. «¡Dios mío, mi esposa está muriendo! ¡Dense prisa! ¡Hagan algo rápido!», les gritó.

Al llegar al hospital la declararon muerta. Él estaba furioso con los paramédicos, convencido de que podrían haberla salvado. Después de contarme lo sucedido, se sentó  furioso, llorando y al borde del colapso.

Utilicé DRMO para ayudar a calmarse. Como esperaba, la rabia se transformó gradualmente en una profunda tristeza. La tristeza fue aumentando hasta que sollozó y negó con la cabeza; luego comenzó a disminuir. Utilicé dos series más de movimientos oculares y la experiencia CPMI comenzó con los ojos cerrados.

“Puedo ver a mi esposa. Es hermosa. Irradia luz, rodeada de un resplandor intenso”. Tras un instante, abrió los ojos. “Me dijo que no me enojara con los paramédicos, que ya estaba muerta cuando llegó al final de las escaleras”. Su tono se volvió agitado. “Luego empezó a decirme qué hacer con los niños. Que hiciera esto, que hiciera aquello. Yo quería que hablara de mí y de mis sentimientos, no de los niños”. El narcisismo de Pedro exigía que la gente se centrara en sus necesidades, no en las de los demás.

Le dije: “Vale, volvamos a ello y podrás decirle cómo te sientes. Hagamos otra serie de movimientos oculares y pensemos en ella”.

Hicimos otra serie de movimientos oculares; cerró los ojos y se quedó sentado en silencio durante un minuto. Cuando los abrió, explicó: «Ella dijo: "Está bien. Lo superarás con el tiempo. No pasa nada". También me dijo que me mantuviera alejado del nuevo proyecto empresarial que estoy a punto de emprender. Y algo más. Su padre estaba allí. Murió hace años. ¿Por qué estaba allí?».

“¿Por qué no le preguntas?”, le dije.

Hicimos otra serie de movimientos oculares y Pedro cerró los ojos. Después de unos segundos, los abrió y explicó: «Dijo: “Estoy aquí porque ahora estamos juntos. Esa es la relación que siempre hemos tenido. Estoy aquí porque amo a mi hija. Hacemos lo que siempre hemos hecho”».

Pedro seguía triste por la muerte de su esposa y se preguntaba por qué. Acordamos que volvería al lugar del suceso y le preguntaría a su suegro por qué seguía sintiéndose triste. Le pedí que hiciera una serie de movimientos oculares mientras Pedro pensaba en su suegro. Pedro regresó y le preguntó a su suegro: "¿Por qué sigo sintiéndome triste por esto?". Según contó, su suegro le respondió: "Porque aún no entiendes la muerte, pero con el tiempo lo harás".

Pedro contó que su esposa estaba allí y que le dijo: "Te amo y siempre estaré contigo y con los niños".

La CPMI de Pedro es un ejemplo de que los deseos y el estado psicológico del paciente no influyen en su contenido. Si se tratara de imaginación o ilusiones, debido a su narcisismo, habría creado una escena en la que él era el centro de atención. En realidad, experimentó que su esposa se preocupaba por sus hijos, no por él, y su suegro estaba presente cuando él habría preferido que su esposa se centrara únicamente en él.

La CPMI de Pedro también demuestra que el terapeuta es capaz de lograr que el paciente regrese a la CPMI. Pude llevar a Pedro de vuelta a la experiencia para que pudiera formular las preguntas que había planteado entre las CPMI.

 

Volver a la experiencia

Para que la CPMI sea exitosa el paciente debe estar abierto y receptivo, sin expectativas ni intentos de forzar algo. El terapeuta nada dice durante la sesión y, generalmente, se entera de lo sucedido solo después del procedimiento. Sin embargo, el terapeuta puede ayudar al paciente a rememorar la experiencia y comprenderla mejor, o incluso a formular preguntas para la siguiente sesión de CPMI. El terapeuta no guía al paciente de manera alguna; la experiencia es enteramente del paciente.

Tras la intervención CPMI, es fácil retomar la experiencia para que el paciente continúe o profundice en lo sucedido. El terapeuta simplemente dirige otra serie de movimientos oculares y pide al paciente que reflexione sobre el problema que persiste. En ese momento no es necesario volver a utilizar la DRMO centrada en el núcleo. La reintroducción es sencilla.

 

EL CASO DE QUIQUE: “Ella dijo que todavía estaba... y siempre estará... conmigo”.

Quique, hipocorístico de Enrique, vino a verme muy angustiado. Sentía que poco podía hacer por él ya que gran parte de su problema era el acoso (que sufría por parte) de la gente que lo rodeaba, pero no tenía a dónde más acudir, y el suicidio se estaba convirtiendo en una alternativa cada vez más atractiva.

Las lágrimas corrían por el rostro de Quique mientras me contaba su historia. Seis años antes de nuestra sesión, conducía con su buena amiga Marta bajo una fuerte tormenta cuando perdió el control del coche y se estrelló contra un árbol. Marta murió en el acto. Sus hijos adolescentes culparon a Quique de la muerte de su madre y, en los meses posteriores al accidente, lo acosaron e incluso amenazaron de muerte. Estaba atormentado por la culpa, destrozado y lleno de miedo. El suicidio parecía la única opción para acabar con aquel tormento.

Aceptó participar en una sesión de CPMI. Le repetí el proceso de inducción dos veces mientras las lágrimas corrían por su rostro. En la tercera inducción cerró los ojos, quedó en silencio un momento y comenzó a sonreír, para luego reír. Siguió riendo con los ojos cerrados durante un rato mientras yo lo observaba con curiosidad.

Tras unos minutos, abrió los ojos. ”Vi a Marta”, comenzó emocionado.” Cuando la vi, le dije enseguida que lamentaba lo sucedido. Ella me dijo: «No pasa nada». Luego empezó a bromear conmigo, como siempre. Me dijo: «Mírame; estoy bien, pero sigo sin bajar de peso». Quique se rió. “Después me dijo que sus hijos estaban bien, pero no sé qué significa eso”.

“¿Por qué no le preguntas?”, le animé.

Estuvo de acuerdo y lo llevé de vuelta a la experiencia con otra CPMI para ver si podía comprender lo que ella quería decir. Después de unos segundos abrió los ojos y explicó: «Marta me dijo que sus hijos ya no estaban enojados conmigo y que ya no tenía que preocuparme por ellos». Hizo una pausa, conmovido. «También dijo que ella seguía... y siempre estaría... conmigo».

Los sentimientos de tristeza, culpa y miedo de Quique desaparecieron casi de inmediato. El hecho de que Quique pudiera reingresar a la CPMI fue clave para comprender el mensaje y resolver los aspectos centrales de su duelo.

 

Superando obstáculos con las CPMI

Ha habido ocasiones en las que el paciente y yo nos hemos encontrado en un punto muerto. El paciente estaba confundido y yo no tenía suficiente información para sugerirle cómo superar el obstáculo. Aprendí que lo único que tengo que hacer es inducir una crisis de duelo con el difunto involucrado y hacer que el paciente pida consejo. Siempre, sin excepción, el consejo que recibe el paciente es perspicaz y muy acertado. Empecé a bromear diciendo que "los muertos son los mejores terapeutas".

 

El mensaje principal es “Estoy bien”.

Quienes experimentan CPMI suelen comentar lo natural y normal que les resulta. En las CPMI no hay querubines ni personas vestidas de blanco tocando arpas. Los difuntos se les aparecen tal como eran en vida, aunque ahora están sanos, completos, felices y, a menudo, más jóvenes. El mensaje principal que transmiten a los pacientes también es sorprendentemente normal: «Estoy bien». Esa simple afirmación alivia el dolor.

La historia de Jairo ilustra el poder curativo que tiene sentir que el difunto está bien para sanar el duelo.

 

EL CASO DE JAIRO: “Todos nuestros peores miedos sobre la muerte y el morir no son ciertos”.

Un día, en Vietnam, la unidad de Jairo recibió un informe de inteligencia que indicaba que el enemigo transportaría armas en botes por un río cercano. Esa noche, la unidad de Jairo se apostó en la orilla y, como era de esperar, dos botes aparecieron río abajo. Siguiendo las órdenes de disparar a cualquier bote que avanzara, abrieron fuego. Al sacar los botes a tierra descubrieron que estaban ocupados por dos familias que habían salido a pescar. No había armas a bordo. Todos los ocupantes estaban muertos, con múltiples impactos de bala en sus cuerpos.

Jairo quedó destrozado al ver a un bebé, en uno de los barcos, con un disparo en la cabeza. Esa imagen lo atormentó durante treinta y tres años. Jairo se enorgullecía de no haberse visto envuelto en la crueldad de la guerra, pero comprendió que su bala podría haber matado al bebé. Las lágrimas corrían por el rostro de Jairo mientras terminaba su historia. Lo invadían sentimientos de tristeza y culpa.

Induje una CPMI sin complicaciones. Tras un instante, con los ojos cerrados, Jairo describió lo que vio: «Veo a una hermosa mujer vietnamita, de unos treinta años. Se acerca a mí. Es muy extraño. Estoy seguro de que el bebé y esta mujer son la misma persona. Está rodeada de una luz blanca radiante».

Hizo una pausa y luego continuó: «Me dijo: “Eres una persona amable”». Se quedó en silencio un minuto. Luego abrió los ojos y contó que ella empezó a marcharse, pero Jairo logró decirle, de una forma que no pudo explicar: «Por favor, no te vayas». Me dijo que la mujer lo miró y respondió: «No te preocupes por mí; estoy bien», y luego añadió con énfasis: «Todo está bien». Acto seguido, desapareció.

En ese momento, todos los problemas de Jairo se resolvieron y él sonreía. También le impactó profundamente su última declaración: «Me estaba diciendo que todos nuestros peores miedos sobre la muerte y el morir no son ciertos. Supe que eso era lo que quería decir. No me lo había imaginado».

Jairo encontró gran consuelo en la escena, y el dolor que lo había atormentado durante treinta y tres años, y que se resistía a la psicoterapia, desapareció a partir de esa sesión.

 

EL CASO DE JOSÉ: “Me siento como un papá otra vez”.

Otro paciente, José, experimentó la sensación de reencontrarse con su única hija, una bebé que solo había estado con él durante dos meses.

José fue uno de mis pacientes, con trauma de postcombate, en el hospital de veteranos. Acudió a mí porque no podía concentrarse; su depresión se veía agravada por el alcoholismo, las pesadillas y las imágenes recurrentes de la guerra. Trabajamos en sus recuerdos traumáticos y, uno a uno, los fuimos resolviendo. Un día, empezamos a hablar de su hija pequeña, que había fallecido a los dos meses debido a múltiples malformaciones congénitas. Con lágrimas en los ojos, accedió a participar en una terapia integral para superar su duelo.

Realicé el procedimiento CPMI dos veces. Tras la segunda inducción, cerró los ojos y, al instante, su rostro cambió. Parecía algo sorprendido. «La veo, pero es una adolescente sana y feliz. Está rodeada de una luz suave y brillante». Hizo una pausa. «Dice que está bien, que se encuentra bien y feliz. Quiere que yo también sea feliz». Las lágrimas cesaron y se relajó en la silla con una sonrisa en el rostro.

Abrió los ojos y exclamó emocionado: «Doctor Botkin, me abrazó con fuerza y ​​me dijo: “Te quiero”. ¡Me siento como un padre otra vez!». José concluyó la sesión diciendo que, antes de ese momento, jamás habría creído que algo así pudiera suceder. Estaba seguro de haberse comunicado con su hija. Me abrazó y se marchó, dándome las gracias una y otra vez. Más tarde, me contó que esa noche había dormido como nunca en treinta años.

 

Conversaciones con los difuntos

Muchos casos de CPMI (Conversaciones Interpersonales con el Fallecido) contienen la experiencia del paciente sobre conversaciones con el fallecido, en las que este último claramente tenía el control. A veces, las conversaciones son verbales, pero otras se describen como "no verbales" o telepáticas; el significado se comunica mediante un entendimiento no verbal.

 

EL CASO DE ANTONIO: “Perdona y ayuda a tu hermana”.

La madre de Antonio había fallecido tres meses antes de su sesión conmigo. Unos días antes de su muerte, Antonio había sido hospitalizado en una zona remota del país debido a problemas recurrentes derivados de su trastorno de estrés postraumático. Había sufrido un trauma en la infancia y, en ocasiones, los síntomas se volvían tan debilitantes que tenía que ser ingresado en un hospital hasta que remitían.

Debido a que su trastorno de estrés postraumático preocupaba a su madre, no le contó, ni a ella ni a otros familiares, que iba a ser ingresado de nuevo. Nadie sabía dónde estaba así que no pudieron localizarlo para avisarle de que su madre había enfermado gravemente de repente. Cuando se enteró de su enfermedad, volvió a casa inmediatamente, pero su madre ya había fallecido.

Antonio experimentó una profunda tristeza y una gran culpa por no haber podido estar con su madre en sus últimos días. Para colmo , su hermana mayor, en un arrebato en la funeraria, lo culpó a gritos de la muerte de su madre pues creía que el trastorno de estrés postraumático de Antonio, y sus repetidas hospitalizaciones, la habían afectado tanto que el estrés acabó con su vida. Desesperado y convencido de que su hermana tenía razón, Antonio comenzó psicoterapia para mitigar la intensa culpa y tristeza que sentía.

Le sugerí que la terapia DRMO le ayudaría a resolver algunos de estos sentimientos y que yo utilizaría un componente adicional en la terapia que podría ayudarle a comprender su relación con su madre.

Comencé con el proceso DRMO estándar, centrado en el núcleo, mientras él se concentraba en su tristeza. A medida que esta aumentaba repetía los movimientos oculares hasta que alcanzaba su punto máximo. Cuando parecía estar disminuyendo, le administré una serie de movimientos oculares, le pedí que cerrara los ojos y dije: «Deja que todo fluya de forma natural».

Antonio se sentó con los ojos cerrados un minuto y luego los abrió. «Vi a mi madre con claridad. Estaba sana y se veía muy tranquila. Ella… no puedo decir "me dijo", pero sentí que me decía, sin que yo oyera palabras: "Te quiero, Tony, y sigo contigo de una manera muy importante". Luego dijo: "No tienes por qué sentirte culpable. Tu hermana tuvo algunas dificultades muy serias y no pudo comprenderlas. Lo que te dijo provenía de sus  problemas, no tenía nada que ver contigo"».

Antonio hizo una pausa y prosiguió: «No te imaginas lo bien que me hizo sentir. Parecía que era ella quien me hablaba. Le pregunté: "¿Qué debo hacer entonces?". Ella  respondió: "Perdona y ayuda a tu hermana". Jamás pensé que se me ocurriría hacer algo así».

Los sentimientos de tristeza y culpa de Antonio desaparecieron por completo. Esa misma noche llamó a su hermana, con quien no había hablado desde el funeral, y concertaron una visita. Seis meses después hablé con Antonio por teléfono. Sus problemas relacionados con la muerte de su madre seguían resolviéndose, y él y su hermana habían logrado reconciliarse. Me explicó que su hermana le había confesado que su enfado hacia él se debía a su  dificultad para sobrellevar el dolor de su pérdida.

 

Mensajes de los difuntos

Cuando los mensajes contienen consejos, suelen ser muy específicos y justo lo que el paciente necesita escuchar. A menudo, incluyen información útil que el paciente puede usar para vivir una vida más plena y feliz.

 

EL CASO DE CARRETERO: “Me dijo que había perdonado al hombre que lo mató y que yo también debería perdonarlo”.

Carretero acudió a mí porque tenía sentimientos recurrentes e intrusivos de culpa por un incidente ocurrido en Vietnam durante su servicio militar. Carretero había entablado una estrecha relación con un soldado originario del mismo pueblo de Pensilvania donde él se había criado, aunque no lo conocía antes de encontrarse con él en Vietnam. Pasaban tiempo juntos compartiendo anécdotas sobre lugares conocidos del pueblo y a menudo se les oía reír a carcajadas de las peculiaridades de aquel pequeño pueblo industrial que ambos conocían tan bien.

Un día, durante una misión para encontrar a un francotirador que sabían que estaba en la zona boscosa cercana al cuartel, Carretero, su amigo y otro soldado caminaban entre la densa vegetación cuando oyeron un ruido. Carretero indicó a los otros dos soldados que avanzaran hacia la derecha mientras él rodeaba la zona por la izquierda. Unos minutos después se oyó un disparo y Carretero oyó a su amigo gritar: «Carretero, me han dado». Corrió hacia donde yacía su amigo, muerto por una herida mortal en el pecho. El otro soldado salió de entre la maleza y, al ver al hombre muerto. dijo: «No sabía que era él. Solo vi algo moverse y disparé». Había matado al amigo de Carretero por accidente.

Carretero, furioso, dijo al soldado que los dejara en paz; él se encargaría de su amigo. Llevó su cuerpo sin vida de vuelta al campamento.

Al día siguiente, Carretero y el soldado que había matado a su amigo salieron en busca del mismo francotirador. Desde la maleza, la bala del francotirador se alojó en el cuello del soldado. Carretero vio al francotirador e inmediatamente le disparó. Luego, cayó de rodillas y sostuvo al soldado en sus brazos, examinando la herida. Era evidente que era mortal.

El soldado pidió perdón a Carretero por haber matado a su amigo. Carretero le dijo que lo perdonaba, pero que no lo sentía de verdad. Seguía enfadado con el soldado por haber matado accidentalmente a su amigo. El soldado murió en sus brazos.

Carretero terminó de contarme la historia y dijo: “Doctor, en realidad no lo perdoné. Seguía enojado. Solo dije que lo perdonaba porque sabía que se estaba muriendo”.

Pedí a Carretero que se permitiera sentir la tristeza por su amigo mientras le administraba una serie de movimientos oculares. Su tristeza aumentó y las lágrimas brotaron de sus ojos y corrieron por sus mejillas. Realicé varias series de movimientos oculares utilizando el proceso DRMO centrado en el núcleo. Finalmente, su tristeza se intensificó hasta el punto de que le costaba hablar.

“¿Qué tan triste te sientes ahora?, “pregunté.

“Alrededor de un diez”, respondió refiriéndose a la escala de diez puntos que habíamos estado utilizando para hablar de la tristeza.

«Bien, quédate con esa sensación y repitamos los movimientos oculares». Tras varios movimientos oculares su tristeza empezó a disminuir. Hice una serie más y le dije: «Quédate con esa sensación y, cuando cierres los ojos, deja que pase lo que tenga que pasar».

Cerró los ojos y se sentó en silencio. Después de unos segundos, abrió los ojos y habló: «Vi a mi amigo de Pensilvania. Lo vi sonriéndome. Parecía muy feliz, de una manera tranquila Me dijo que había perdonado al tipo que lo mató porque solo fue un error. Dijo que yo también debería perdonarlo». Carretero asintió lentamente y me miró fijamente. «Sabes, no puedo explicarlo, pero de repente siento que lo he perdonado por primera vez en mi vida. ¿Cómo es posible? Lo he odiado todos los días durante veintiocho años».

Carretero dijo que se sintió más ligero después de la sesión, como si se hubiera quitado un gran peso de encima. Dos semanas después me encontró, sonriendo y aliviado, e inmediatamente dijo: «Siento que lo he perdonado y no me siento mal por ello en absoluto. Es algo que pasó y ya pasó».

 

EL CASO DE SAMUEL: Un consejo severo: "No te metas en los asuntos ajenos".

El caso de Samuel ilustra la información valiosa que un paciente puede recibir durante la CPMI.

La madre de Samuel había fallecido de cáncer de páncreas seis años antes de que él viniera a verme para que lo ayudara con los recuerdos intrusivos de haber visto su cadáver en el hospital. Cuando el médico la declaró muerta Samuel la abrazó y besó el cuerpo. El resultado fueron imágenes turbadores de verla muerta y sentir su cuerpo sin vida.

Primero le pedí que se concentrara en la imagen perturbadora. Quería reducir la intensidad de la imagen para que pudiera conectar con la tristeza que sentía durante la DRMO . La imagen se desvaneció rápidamente. Luego apliqué la DRMO centrada en el núcleo para ayudarlo a descubrir la tristeza. Esta aumentó de intensidad hasta que rompió a llorar. Tras otra serie de movimientos oculares dijo que se sentía mejor, así que lo ayudé a relajarse y a estar receptivo a cualquier cosa que pudiera ocurrir. Después de dos series más de movimientos oculares, comenzó la CPMI.

Tras abrir los ojos, explicó que su madre se le apareció con un aspecto mucho más joven que cuando murió. Le dijo que estaba bien y que aún lo quería. Samuel suspiró y sonrió. «Creo que ahora está bien».

Luego explicó que su madre le había dado un consejo severo: «No te metas en los asuntos ajenos», le dijo. Comentó que enseguida supo a qué se refería porque últimamente había estado regañando a un viejo amigo por los gastos de su esposa, lo que había provocado un distanciamiento entre ellos.

“Supongo que tiene razón”, dijo. Seis meses después comentó que había dejado atrás el asunto de aquel día y se sentía mejor por haberlo hecho. Su relación con su amigo había mejorado y este, al ver que Samuel ya no lo juzgaba, incluso bromeaba de vez en cuando sobre los gastos de su esposa.

 

EL CASO DE GALLU: “Paquito tenía razón. No está bien no amar a mi hija de la misma manera que amé a mi hijo”.

El caso de Gallu es otro ejemplo de los sabios consejos que, según afirman los pacientes, recibieron de los fallecidos.

Gallu y su esposa habían accedido, muy a regañadientes, a que su hijo de doce años, Paquito, pasara el verano fuera de la región con sus primos. Eran muy protectores con Paquito, temiendo que le pudiera pasar algo. Paquito era “el mejor amigo” de Gallu, y se le llenaron los ojos de lágrimas al verlo subir al avión.

Paquito llevaba dos semanas con sus primos cuando Gallu recibió la peor llamada que un padre puede recibir. Su hijo había sido atropellado y muerto por un coche mientras caminaba por un sendero rural oscuro. El incidente destruyó a Gallu. Tuvo que identificar el cuerpo de su hijo tendido en una camilla de la morgue. La imagen del cuerpo, blanco y fracturado, de su hijo lo había atormentado durante los ocho años anteriores. Como suele ocurrir cuando muere un hijo, el matrimonio de Gallu se rompió a causa del estrés. Gallu finalmente se volvió a casar y tuvo una hija, pero no pudo sentirse cerca de ella debido al dolor no resuelto por la muerte de su hijo. Gallu lloró al contarme su historia.

Tras dos intentos, logré inducir la CPMI y Gallu me contó que había visto a su hijo, que estaba "muy vivo y muy feliz". Comentó que llevaba la misma ropa que le gustaba usar cuando estaba vivo. Su hijo le dijo que lo quería y que estaba bien querer a otras personas y seguir adelante con su vida.

Gallu explicó que su dolor desapareció de inmediato, y por completo. Quedó impactado por la experiencia y dijo: «Sé que era él de verdad, estoy seguro». Luego añadió con tristeza: «¿Sabes?, Paquito tenía razón. No está bien no amar a mi hija de la misma manera que amaba a mi hijo. Estoy decidido a abrirme emocionalmente con mi hija». También dijo que la maravillosa imagen que tenía de su hijo había reemplazado la imagen de su cuerpo en la morgue.

Volví a ver a Gallu cinco meses después. Me dijo que su duelo seguía superado y que la relación con su hija había mejorado considerablemente.

 

EL CASO DE FELECHOSA: “Tienes que seguir adelante con tu vida y dejar atrás estas cosas”.

Felechosa acudía a mi consulta debido a su trauma de combate, pero durante nuestra segunda sesión surgió una tristeza aún más inquietante. Su hermano había sido asesinado cinco años antes. Felechosa sentía una rabia profunda hacia el hombre que creía responsable del asesinato. Aunque no tenía pruebas de que ese hombre fuera el asesino, a menudo planeaba cómo lo mataría para vengarse.

En nuestra sesión, aceptó centrarse en su hermano y realizamos el proceso de inducción CPMI. Primero utilizamos DRMO para reducir la ira y permitir que aflorara la tristeza. Al comenzar la DRMO centrada en el núcleo la tristeza de Felechosa aumentó y comenzó a llorar. Dijo que sentía tensión en el estómago y realicé una serie de movimientos oculares enfocados en relajar esa tensión. Luego le dije que pensara en su hermano y que dejara que sucediera lo que viniera. Al no producirse ningún CPMI, repetí el procedimiento.

Tras la segunda inducción, Felechosa permaneció sentado en silencio durante unos minutos con los ojos cerrados. Luego los abrió y describió lo que vio: «Vi la cara sonriente de mi hermano. Me dijo: "Tienes que seguir adelante con tu vida y dejar atrás todo esto"».

Felechosa me miró con expresión seria. «Sé que fue él (mi hermano)», dijo, «y no lo aceptaría de nadie más que de él. Supongo que tiene razón». La sesión terminó y no volví a ver a Felechosa durante un mes. Cuando lo vi de nuevo me dijo que había dejado de estar enfadado el día de la sesión porque iba a seguir adelante con su vida, tal como le había dicho su hermano. Estaba absolutamente convencido de que se había comunicado con su hermano fallecido y que eso le había cambiado la vida.

 

EL CASO DE MAX: “Tenía una vocación superior: estar con aquellos que realmente lo amaban”.

El reencuentro con un ser querido desaparecido durante años es una experiencia conmovedora y transformadora para ambos. Este momento marca el inicio de una nueva vida, más plena y enriquecedora gracias al emotivo reencuentro.

Esa alegría puede desvanecerse, sin embargo, cuando alguien finalmente encuentra al hijo, padre o hermano perdido y descubre que ha fallecido. El reencuentro nunca se producirá. Todos los días que podrían haber pasado juntos, las respuestas a preguntas sobre sus vidas y los recuerdos que podrían haber compartido se desvanecen con la muerte. No obstante, con la terapia CPMI, esa sensación de reencuentro puede aliviar el duelo del paciente, incluso desde la post-muerte del ser querido.

Eso fue lo que aprendió Max, hipocorístico de Máximo. En el proceso, también demostró una característica común a las CPMI. A menudo, la experiencia no solo resuelve el duelo sino que también proporciona al paciente una perspectiva profundamente positiva.

Max acudió a mi consulta debido a la abrumadora culpa y tristeza que sentía. Se había casado hacía más de veintitrés años pero el matrimonio había sido breve y fracasó al poco tiempo. Su esposa lo abandonó, se llevó a su hijo pequeño al otro lado del país y se volvió a casar. Como Max no formaba parte de la vida del niño, y su nuevo esposo quería ser su padre, ella le pidió que renunciara a la custodia y permitiera adoptar al niño. «Fue la decisión más difícil de mi vida», dijo, «pero quería que mi hijo tuviera un hogar estable, así que firmé los papeles».

Max finalmente se volvió a casar, pero nunca tuvo más hijos. Su nueva esposa tenía hijos pero él no se sentía como un padre para ellos. Seguía esperando que algún día encontraría a su hijo biológico y podría entablar una relación con él.

Un día, Max contestó el teléfono y oyó a la persona que llamaba decir: «Hace mucho que no me ves. Soy tu hijo». Max se llenó de alegría al escuchar a su hijo. Le contó que él y su madre, la exesposa de Max, no se llevaban bien y que quería irse de casa. Dijo que siempre había soñado con vivir con su padre biológico.

Max estaba eufórico. El sueño de su vida se hacía realidad. En cuanto colgó el teléfono empezó a planear cómo podrían reunirse y hablar sobre la posibilidad de que su hijo viviera con él. Pero cuando llamó para concretar los detalles se enteró de que su hijo se había suicidado. Max quedó destrozado; la esperanza que lo había sostenido durante dieciocho años había muerto con su hijo.

Ahora, cuatro años después, Max acudió a terapia para intentar reducir la melancolía que dominaba su vida. Utilicé DRMO con enfoque central para conectar con su tristeza. Cuando la tristeza empezó a disminuir, comencé la inducción.

Max cerró los ojos y casi de inmediato comenzó a describir lo que veía. «Veo a mi hijo y a mi padre pescando juntos en el lugar más hermoso que jamás haya visto», dijo. «Papá murió hace años. Mi hijo hace preguntas a papá sobre mí. Papá le cuenta historias de mi infancia».

Abrió los ojos y dijo: «Creo que ahora sé por qué murió mi hijo. Tenía un destino superior: el de estar con quienes de verdad lo amaban». Reflexionó un momento. «Antes me sentía engañado porque no tenía a mi hijo conmigo. Pero ahora siento que puedo dar todo mi amor a mis hijastros, igual que papá le da el suyo a mi hijo. Necesito ser más generoso y menos egoísta».

Max abrió una nueva puerta en su vida y la cruzó con confianza y alegría. Sintió una reconexión con su hijo que transformó sus relaciones con quienes aún vivían. La terapia con CPMI lo convirtió de hombre que se sentía engañado a uno que se sentía pleno.

 

Los difuntos envían mensajes a través de los vivos.

Tenemos varios casos en los que el paciente ha manifestado que el fallecido deseaba que el paciente transmitiera mensajes a sus familiares. El informe CPMI de Estocín contiene un ejemplo de dicha solicitud.

 

EL CASO DE ESTOCÍN: “Cuida de mi esposa y mi hija”.

Estocín y su mejor amigo en Vietnam, Tomás, se separaron en medio del caos de la peor batalla de su unidad militar. Cuando terminó, Estocín descubrió que Tomás había muerto pero nunca supo, con exactitud, qué había sucedido. Lloró al subir el cuerpo de Tomás a un helicóptero. Habían entrenado juntos en Estados Unidos, disfrutaban juntos de todos sus permisos e incluso habían planeado emprender un negocio juntos tras la guerra. Mientras Estocín me contaba su historia, lloraba con el rostro entre las manos.

Tras tres sesiones de inducción de la CPMI, Estocín cerró los ojos y vio a Tomás de pie, frente a él. Con los ojos aún cerrados, relató lo que presenció: «Tomás se ve sano y muy feliz. Simplemente explicó lo sucedido. Dijo: “Me pillaron desprevenido y no estaba atento, así que pagué las consecuencias. Pero ahora sigo contigo y te cuido”». Estocín relató que Tomás luego dijo: «Cuida de mi esposa y de mi hija».

En ese momento, Estocín abrió los ojos, con expresión perpleja. Dijo que no estaba en condiciones de ayudar a la esposa y la hija de Tomás porque vivían muy lejos. «Aunque estuvieran aquí», continuó, «no tengo suficiente dinero para hacerlo. No podría ayudarlas ahora mismo».

Dije a Estocín que tuviera presente ese asunto y que volviera (para preguntar a Tomás). Le indiqué una serie de movimientos oculares y cerró los ojos. Con los ojos aún cerrados Estocín describió lo que había experimentado. «Tomás dice que se refería a que quiere que hable con su esposa y su hija, especialmente con su hija. Dice que nació justo después de que lo mataran y que a menudo se pregunta por él y qué clase de persona era».

Estocín abrió los ojos, visiblemente conmovido por la petición. «Tomás dijo que quiere que le cuente a su hija todo sobre él. Voy a encontrarla y lo haré».

Todos los asuntos de Estocín relacionados con la muerte de Tomás se resolvieron y él hizo planes para intentar localizar a la esposa y la hija de su amigo.

 

Las CPMI son experiencias positivas.

Algunas ECM descritas en la literatura tienen contenido negativo. Sin embargo, en las más de tres mil CPMI que hemos inducido hasta ahora, ninguna tuvo contenido negativo. Si un paciente informa una impresión negativa durante una CPMI siempre descubrimos, al revisar la experiencia, que fue el resultado de recuerdos intrusivos o de una CPMI malinterpretada, no de la CPMI en sí.

Incluso cuando la persona que inicia el proceso de inducción siente temor a confrontar al difunto debido a abusos y traumas siempre, sin excepción, lo percibe como amoroso, arrepentido o indulgente, atento y compasivo. En ningún caso ha descrito un mensaje de enojo, reproche o dureza por parte del difunto. Los mensajes son siempre amorosos, sutiles y reconfortantes.

Por ejemplo, me hizo mucha gracia la experiencia de un paciente llamado Daniel cuando intentó someterse a una CPMI centrada en su hermano mayor fallecido. Tras el procedimiento habitual de DRMO y la inducción de la CPMI, Daniel cerró los ojos pensando en su hermano y, de repente, los abrió sobresaltado. Con los ojos muy abiertos, exclamó: «Sentí unas garras enormes apretándome».

Le dije: “Daniel, estas experiencias hasta ahora siempre han sido positivas. Vuelve a ello y averigua qué pasó”.

Confiando en mí, accedió a regresar al CPMI, centrándose de nuevo en su hermano. Le hice otra serie de movimientos oculares y cerró los ojos. Al instante, sonrió. Tras unos segundos, los abrió. «Esta vez sí vi a mi hermano. Fue como si estuviéramos juntos antes de que muriera y sentí que podía hablar con él. Le pregunté si sabía qué era aquello de la garra. Me dijo que no era una garra. Solo me estaba dando un fuerte abrazo. Me abrazó de nuevo y pude sentirlo. Mi hermano está bien».

 

La experiencia puede involucrar a una persona, a varias, o a un grupo completo.

Los escenarios de reconexión que describen los pacientes pueden involucrar a una, dos o tres personas, o incluso a un grupo de personas fallecidas. A menudo, aparecen en la CPMI personas fallecidas distintas de la que es objeto del duelo del superviviente. En ocasiones puede aparecer un grupo entero, sobre todo cuando los miembros fallecidos de ese grupo se conocían entre sí.

 

EL CASO DE PABLO: “Todos los compañeros de la empresa que habían fallecido saludaban con la mano”.

Tras doce meses en Vietnam, Pablo finalmente había salido de la guerra. Para él, la guerra había terminado. Pero poco después de regresar a casa se enteró de que la mayoría de sus compañeros habían muerto días después de su partida, incluyendo a Luis, su mejor amigo. La noticia fue destructora. Había dejado la guerra, pero esta no lo había abandonado. Durante los siguientes veintinueve años no dejaba de ver imágenes de lo que debió haber sido el momento de su muerte. Y los recuerdos de su amigo, y los planes que habían hecho, para reunirse y divertirse juntos cuando ambos estuvieran en Estados Unidos, le provocaban una tristeza insoportable.

Vino a verme para ver si podía ayudarle a superar parte de su dolor. Decidimos centrarnos en Luis. Le hice ejercicios de movimientos oculares para que conectara con la tristeza profunda, y cuando esta alcanzó su punto máximo y comenzó a disminuir, lo sometí a dos procedimientos de inducción de la CPMI.

En la segunda ceremonia de inducción, Pablo permaneció sentado en silencio, luego abrió los ojos y relató lo sucedido. «Luis estaba de pie, frente a mí. Podía verlo. Pero lo realmente extraño es lo siguiente: detrás de él vi a un grupo de hombres de pie, como si estuvieran en unas gradas. Eran todos los compañeros de la compañía que habían fallecido, alrededor de cien, y me saludaban con la mano. Miré a lo largo de las filas y pensé, "Ahí está Franco, y recuerdo al que está a su lado, pero no sé su nombre. No conozco al que está a su lado, pero Loqui está detrás". Estaban todos. No había pensado en ellos en veintinueve años. Se veía como una vieja fotografía de un equipo, pero todos se movían y me saludaban. Todos vinieron a verme».

 

EL CASO DE GUERRERO: “Todos me saludan”.

Guerrero acudió a mí porque tenía recuerdos recurrentes de sus compañeros de barco, fallecidos y moribundos tras una explosión. Había servido en la marina a bordo de un portaaviones durante la Segunda Guerra Mundial. Un día se desató un incendio que se propagó rápidamente hasta alcanzar las calderas. Al explotar, la explosión prendió fuego al combustible de los aviones y una tremenda deflagración acabó con la vida de veintiocho marineros. Guerrero fue uno de los encargados de retirar los cuerpos. Los cadáveres carbonizados, y restos humanos, le provocaron recuerdos recurrentes que lo acompañaron durante los siguientes cincuenta y cinco años.

Escuché su trágica historia, incapaz de comprender del todo la miseria que debió haber experimentado cada día de su vida después de la guerra. Aceptó que usara DRMO para conectar con su tristeza e inducir una CPMI. Tras unas cuantas series de movimientos oculares su tristeza alcanzó su punto máximo y luego comenzó a disminuir. Realicé dos series más de movimientos oculares. «Piensa en los marineros que murieron ese día, en términos generales», le dije en la tercera inducción, «y simplemente ábrete a cualquier cosa que suceda». Cerró los ojos y comenzó la CPMI.

“Puedo ver a los veintiocho. Llevan sus uniformes de gala. No me lo puedo creer.” Sonrió. Las lágrimas habían cesado y estaba absorto en la escena que se desarrollaba tras sus ojos cerrados. Negó con la cabeza lentamente.

“¿Qué ves?”, pregunté.

“Todos me saludan. Me transmiten la sensación de que todo está bien. Se les ve felices y en paz.”

Los recuerdos perturbadores no volvieron después de aquel día. En cambio, disfrutaba hablando de los marineros que conocía y que habían fallecido, y se refería a ellos individualmente, tal y como aparecían en su CPMI.

 

EL CASO DE LISA: “Tengo fuerte sensación de solidez, como si nada pudiera hacerme daño”.

El 11 de septiembre de 2001 Lisa trabajaba a pocas manzanas del complejo de edificios neoyorkinos llamado Centro de Comercio Mundial (World Trade Center). Cuando el primer avión impactó en la torre norte del citado complejo ella y sus compañeros, sin clara tener idea de lo que sucedía, salieron de su lugar de trabajo y observaron el humo que salía de una de las torres. Al ver que el segundo avión impactaba contra la otra torre supieron que no había sido un accidente. Cuando la primera torre se derrumbó huyó de la zona presa del pánico. Describió lo irreal o surrealista que le pareció todo. Lisa recordaba a la gente a su alrededor, que parecía estar aturdida y extrañamente distante. La imagen que más le perturbó, y el contenido de sus pesadillas posteriores, fue la de personas cayendo al vacío desde las torres. Aunque no conocía a nadie que muriera ese día las consecuencias de su experiencia fue devastadoras. Tenía dificultades para dormir y vivía con constante miedo.

Lisa, que había oído hablar de mi trabajo, voló de Nueva York a Chicago para verme durante un fin de semana. Aunque habían pasado un par de años desde el incidente seguía atormentada por sus recuerdos. Tras una sesión preliminar de DRMO centrada en su tristeza por las víctimas, las imágenes turbadoras de los cuerpos cayendo y su miedo generalizado, se le indujo una CPMI sin dificultad. Explicó que recibió un mensaje general, pero muy claro, de quienes fallecieron ese día. Relató que le dijeron que ahora estaban bien, que su sufrimiento había sido breve y que todo había terminado para ellos. Su experiencia pareció provocar un cambio repentino en su estado de ánimo. Lisa ofreció entonces, de forma inmediata y espontánea, algunas reflexiones. Dijo: «Toda experiencia es, en cierto modo, una oportunidad, y es importante vivir plenamente y ayudar a los demás» e, «incluso los peores momentos pueden unir a las personas». Lisa afirmó entonces con énfasis: «Siento gran solidez, como si nada pudiera hacerme daño».

 

EL CASO DE VERO: “Decid a mi hija que estoy bien”.

Vero, hipocorístico de Verónica, tenía una relación muy próxima con Jairo, su suegro, antes de que falleciera. Lo describía como «hombre muy amable con corazón de oro». Tras jubilarse Jairo iba a diario a casa de Vero para cuidar de sus dos hijos, sus nietos, para que Vero y su marido pudieran dedicarse a sus carreras profesionales. Cuando Jairo murió repentinamente de infarto, Vero y su marido quedaron muy afectados.

Unos tres años después de aquello, Vero acudió para recibir psicoterapia por un problema ajeno a Jairo. Cuando, durante la terapia, surgió el tema de la muerte de su suegro quedó claro que aún sentía tristeza. Le expliqué las terapias de superación y  pregunté si le gustaría participar en una para resolver sus sentimientos sobre la muerte de Jairo. Ella rió y dijo: «No me servirá. Ya lo he superado y, además, no creo en esas cosas». Sin embargo, Vero estaba dispuesta a intentarlo.

Su tristeza no era abrumadora pero aumentó un poco con ciertos movimientos oculares. El siguiente movimiento la atenuó y comencé la inducción. Vero cerró los ojos y casi de inmediato dijo: «Puedo verlo… Es Jairo. Parece veinte años más joven que cuando murió». ​​Hizo una pausa. «Está completamente en paz y feliz».

Tras una pausa de unos segundos abrió los ojos. «Me dijo que estaba muy orgulloso de mí y de mi marido. Pero, ¿sabes?, entonces ocurrió algo muy interesante. Apareció la hermana de Jairo, que creo que murió unos siete años antes que él, y me dijo: "Dile a mi hija que estoy bien"».

Vero contó que no solo le sorprendió la comunicación con su suegro sino que también le desconcertó mucho que la hermana de Jairo apareciera durante su CPMI. Vero explicó que había conocido a la hermana de Jairo en una ocasión, en una reunión familiar; no la conocía bien y no conocía a su hija en absoluto.

Vero quedó eufórica y confundida. Terminó nuestra sesión diciendo: «Jamás lo hubiera creído, pero era Jairo de verdad. Todavía no sé por qué estaba allí su hermana. Desde luego, no me lo esperaba. ¿Y cómo demonios voy a decirle a su hija que su madre está bien? Pensará que estoy completamente loca. No me inventé nada de esto, doctor. Simplemente sucedió».

El caso de Vero es común entre quienes han experimentado una CPMI. Su experiencia no coincidía en absoluto con sus creencias y expectativas. No solo le sorprendió mucho tener la comunicación inducida sino que, también, se sobresaltó al ver a la hermana de Jairo pues no la esperaba ver aparecer en absoluto. No es raro que el paciente describa al fallecido junto a alguien que fue importante en su vida pero relativamente desconocido, o insignificante, para el paciente.

 

Las personalidades se hacen presentes

Los pacientes suelen comentar: «Sí, es igual que él» o, «Desde luego, no ha cambiado nada». Su percepción de la reconexión describe al fallecido con los mismos rasgos de personalidad que mostraba en vida.

 

EL CASO DE JOPELÍN: “Llegas tarde otra vez. Siempre llegas tarde.”

Gorio Rimoldi, uno de los psicoterapeutas a quienes formé en terapia CPMI, estaba tratando a su paciente, de nombre Jopelín, por trastorno de estrés postraumático derivado de su servicio militar en Vietnam. Uno de los recuerdos intrusivos que padecía se debía a la muerte de la mayoría de los hombres de su unidad en un enfrentamiento armado.

Jopelín dijo: “Sabíamos que estaban ahí fuera y nos enviaron al flanco para intentar alcanzarlos. De repente fuimos atacados por un gran grupo de combatientes del Viet Cong. Pedimos la cobertura  de fuego de artillería justo por  encima de nuestras posiciones para intentar salir con vida. Todos murieron, salvo seis o siete de nosotros”.

Gorio realizó la inducción CPMI para ayudar a Jopelín por los recuerdos turbadores, la tristeza y la culpa por haber sobrevivido al tiroteo. Tras los últimos movimientos oculares el paciente cerró los ojos. Y los abrió minutos después, riendo.

Explicó: “Cuando los vi por primera vez fue como si me acercara a ellos. Estaban todos allí. Había algunos cabos y sargentos en el grupo. Me dijeron: ‘Ah, sí, llegas tarde otra vez. Siempre llegas tarde’. Desde luego, no han cambiado”.

Entonces Jopelín dijo a Gorio: «Pensé que esto tendría algo sagrado, con trompetas y ángeles. No fue así. Fue como un día cualquiera en Vietnam antes del tiroteo. Pero no era un recuerdo. Nunca sucedió de esa manera».

 

Los pacientes pueden percibir mensajes no deseados.

Una de las características raras de las comunicaciones CPMI es que el paciente, a menudo, percibe mensajes completamente inesperados o que, de hecho, el paciente no querría oír.

 

EL CASO DE GUILLE: “Perdona a mamá. No fue su culpa y deberían volver a estar juntos”.

El hijo de Guille (hipocorístico de Guillermo) había muerto, unos dos años antes de nuestra sesión, a tiros como consecuencia de actividades relacionadas con pandillas. Guille decía que se consideraba un padre estricto con sus hijos. Creía que la actitud demasiado permisiva de su esposa fue un factor determinante en la muerte de su hijo. Poco después del funeral, Guille se mudó de la casa familiar. Durante los dos años siguientes vivió una vida aislada y solitaria.

Mientras me contaba su historia alternaba entre ira intensa y profunda tristeza por la pérdida. Tras una sesión de DRMO centrada en el núcleo inicié una CPMI, la cual realizó sin dificultad. En ella, Guille vio a su hijo feliz y en paz. Sin embargo, comentó que su hijo estaba muy preocupado por el dolor que su familia sentía por su muerte prematura e inesperada.

Guille contó que su hijo le dijo que nadie debía sentir enojo ni culpa, ya que había sido su decisión hacer lo que hizo. Sin embargo, dijo a Guille que se daba cuenta de que había tomado algunas malas decisiones. Luego, su hijo pidió a Guille que perdonara a su madre porque no fue su culpa, y que intentaran arreglar las cosas para que pudieran reconciliarse.

Tras la CPMI, Guille comentó que se sentía conectado con su hijo y que ya no experimentaba tristeza. Cuando le pregunté qué opinaba del consejo de su hijo sobre intentar reconciliarse con su esposa respondió enfáticamente: «De ninguna manera». A partir de ese momento Guille se negó a seguir analizando su ira. Si bien su estado psicológico general al finalizar la terapia había mejorado notablemente, no experimentó los mismos cambios drásticos que otros participantes de la CPMI.

El consejo que Guille recibió de su hijo no solo fue inesperado sino que contradecía directamente lo que él creía cierto: que su esposa había sido la responsable de la muerte de su hijo. Este caso también constituye un buen ejemplo de una de las pocas sesiones de inducción de la CPMI en las que no se resolvieron todos los problemas. Sin embargo, sospecho firmemente que si Guille hubiera estado dispuesto a profundizar en el tema de su ira se habría resuelto por completo.

 

Los pacientes pueden ver el espíritu del difunto elevarse desde el cuerpo.

Algunos pacientes que experimentan una CPMI describen la escena de la muerte y afirman ver el espíritu del difunto elevándose del cuerpo, o de pie sobre él. Este tipo de experiencia suele ocurrir cuando el testigo no conocía personalmente al fallecido. En todos los casos, estas CPMI se producen espontáneamente tras la inducción y no se le sugieren al paciente.

 

EL CASO DE JASÓN: “Es mejor morir la primera semana en el país que la última. Me libré de doce meses más de miseria en Vietnam”.

Jasón, nombre de origen griego con el significado de “saludable”,  había sido piloto de helicóptero en Vietnam durante la guerra. Un día, cuando le tocaba realizar una misión de rutina, se sintió muy mal y pidió a un joven piloto novato que lo reemplazara. El joven, ansioso por demostrar su valía, aceptó encantado hacerse cargo de la misión mientras Jasón descansaba en su cama. Esa tarde su oficial al mando lo despertó para informar que su helicóptero se había estrellado y quemado. Todos los que iban a bordo fallecieron, incluido el piloto sustituto.

El impacto de esta noticia fue terrible. Jasón sintió una profunda tristeza y tremenda culpa por la muerte de aquel joven piloto. Creía que él era quien debería haber muerto. La culpa y el dolor que sintió por el joven persistieron con el paso de los años.

Jasón me contó la historia con severidad, pero el temblor en su barbilla y su postura rígida revelaban que reprimía profunda tristeza y culpa. Le pregunté cómo se sentía y se encogió de hombros, incapaz de hablar. Luego dijo bruscamente: «Bien», y desvió la mirada con un suspiro. Le expliqué la terapia DRMO y le administré la primera serie de movimientos oculares. Después de los movimientos le dije que cerrara los ojos y dejara que las emociones fluyeran naturalmente. Las lágrimas rodaron por su rostro.

“¿Cómo te sientes?”.

Abrió los ojos y dijo: "No muy bien". Y comenzó a sollozar.

«Mantente fiel a esa sensación y repetiremos los movimientos oculares», le dije. Hicimos otra serie de movimientos oculares, y luego otra, hasta que pareció que su tristeza había alcanzado su punto máximo. Usando DRMO, con enfoque en la tristeza central, sabía que habíamos descubierto la tristeza profunda y que podía ayudarlo a superarla si nos manteníamos fieles a esa sensación. Muchos psicoterapeutas de DRMO se detendrían en este punto y harían que el paciente imaginara estar en un «lugar seguro» para reducir la angustia, pero yo sabía que detener el proceso solo dejaría los problemas emocionales profundos allí, atormentándolo siempre.

Hice que efectuara otro movimiento de ojos y los cerró. Entonces sucedió. Al principio, cuando cerró los ojos, lloraba desconsoladamente pero, de repente, dejó de llorar y alzó la cabeza como si mirara y escuchara. Tras un minuto de silencio abrió mucho los ojos y me miró. «Lo vi», dijo. «Vi a ese joven. Estaba de pie, inclinado sobre su cuerpo, muy preocupado por cómo reaccionaría su familia».

Apartó la mirada por un instante, recordando, y luego me miró. «Pude ver su cuerpo. Estaba destrozado y quemado, pero ahí estaba, tan real como tú o como yo, de pie, perfectamente sano, mirándolo. Entonces el joven me miró y dijo: "No es culpa tuya en absoluto. Quería hacer ese vuelo. No deberías sentirte responsable. Lo entiendo".» Jasón se relajó, y sonrió.

“Deja que pase lo que tenga que pasar”, le dije, y dirigí más movimientos oculares.

Cerró los ojos, se quedó inmóvil un momento, luego sonrió y los abrió. «Esta vez solo vi al joven. Me miraba y pude entender lo que decía, pero no oí las palabras. Dijo que su familia estaba bien. Su esposa se había vuelto a casar y él estaba feliz por eso». Se rió. «Incluso hizo una broma. Dijo: "Es mejor morir la primera semana en el país, que la última". Dijo: "Me libré de doce meses más de miseria en Vietnam"».

Al finalizar la sesión Jasón me estrechó la mano con fuerza y ​​salió de mi oficina sonriendo.

 

Los pacientes sienten un amor que no se da libremente en la vida.

Algunas de las personas que acudieron a mi terapia describen relaciones, con seres queridos fallecidos, que estaban emocionalmente vacías. Sus seres queridos eran distantes, duros o inaccesibles. Como resultado, no experimentaron la certeza de ser amados. Tras la muerte del ser querido les parece que jamás experimentarán el amor que tanto anhelaban. Sin embargo, algunas de las experiencias en la CPMI les brindan la sensación de que el amor que deseaban está presente.

 

EL CASO DE MATO: “Ahora sé que me he sentido solo porque creía que nunca podría tener un amor duradero con alguien”.

Mato, apócope de nombres como Mateo o Matías,  fue uno de los veteranos a quienes traté por trastorno de estrés postraumático. Durante el tratamiento me confió que siempre se había sentido solo y no entendía el  porqué. Le pregunté sobre su infancia y explicó que su padre biológico había abandonado a él y a su madre cuando solo tenía tres años. Su madre se volvió a casar y Mato tuvo un padrastro que era todo lo que un padre podía ser pero Mato nunca se sintió amado ni aceptado por él. Sentía que su padrastro quería más a su hijo biológico, a su medio hermano.

Desde que su padre biológico se marchó hasta que fue adolescente, Mato oía a otros familiares hablar de lo que hacía su padre. Estaba muy interesado en él, pero no volvió a verlo durante su juventud.

El padre biológico de Mato finalmente lo visitó cuando tenía treinta y dos años, pero no fue una experiencia agradable. Mato estaba en proceso de separarse de su esposa y tenía problemas por la ausencia de su padre, problemas que había arrastrado durante años. Cuando su padre apareció de repente, Mato no lo recibió bien. Su padre solo habló de sí mismo durante la visita, y aunque Mato intentó escuchar por cortesía, se alegró cuando terminó la visita.

Pasaron los años. Mato tenía poco más de cincuenta años cuando se enteró de la muerte de su padre biológico. Por alguna razón que no comprendía, cayó en profunda tristeza y  absoluta soledad.

Le describí el proceso de la CPMI y aceptó intentar la comunicación. Tras tres procedimientos de inducción comenzó propiamente la CPMI. Mato dijo que vio a un hombre salir de un arco de luz blanca, brillante y pura. A medida que el hombre se acercaba pudo ver su rostro. Pensó: «Se parece mucho a mi padre», pero dijo que el hombre parecía más joven de lo que su padre parecía la única vez que lo conoció. Aquel ser era más parecido a las fotos que había visto de su padre cuando era joven.

No obstante, Mato dijo que supo que era su padre cuando el hombre le comunicó: «Lo siento. Todo va a estar bien». Unos segundos después vio a su padre regresar a través del arco y desaparecer.

“Ese era realmente mi padre. Estoy seguro”, dijo. “Era él”.

Mato aún tenía tristeza en el rostro, así que le pregunté a qué se debía. Él respondió: "Sigo sintiendo que me falta algo".

“¿Y qué es eso que falta?”

Se formaron lágrimas en los ojos y rodaron por sus mejillas. "Extraño el amor de mi padre".

Le dije que tuviera eso en mente y le induje otra CPMI. Cerró los ojos y casi de inmediato rompió a llorar. Después de unos segundos, los abrió.

“Esta vez no vi a mi padre”, dijo, “pero sentí su amor. Al sentirlo recordé algo que no había pensado en cuarenta y nueve años. Había olvidado lo que era el amor de mi padre, pero recuerdo cuando él me abrazaba de pequeño”.

Los recuerdos comenzaron a aflorar y explicó lo que sentía. Tenía unos tres años cuando experimentó el amor de su padre. Un día, cuando su padre se marchó, ese amor desapareció y nunca regresó. Hubo momentos en su vida en los que se sintió solo, pero siempre los atribuyó a sucesos de su vida. Ahora comprendía de dónde provenía esa soledad. También comprendía por qué nunca se sintió amado por su padrastro.

Una semana antes de esta sesión había abandonado a su novia porque sentía que ella lo rechazaba; de esta manera estaba siguiendo el guion que le decía que debía estar solo en su vida.

“Ahora sé que era porque sentía que nunca podría tener un amor duradero con alguien”, explicó Mato. “Cualquiera a quien amara terminaría y llevándose ese amor de nuevo”.

Al finalizar la sesión, dijo comprender que gran parte de su soledad no tenía nada que ver con la situación actual, sino que provenía de la pérdida del amor y su anhelo de volver a experimentarlo. Añadió que planeaba reconciliarse con su novia. En su siguiente sesión comentó que durante la última semana se había sentido completo por primera vez en muchos años y que había retomado su relación con su novia.

 

EL CASO DE CATI: “Papá, te perdono por los problemas que tuvimos. Siempre te he querido y te quiero aún”.

La madre de Cati, hipocorístico del nombre griego Catalina, falleció cuando ella tenía doce años. Mantuvo una relación satisfactoria con su padre hasta que este se volvió a casar tres años después. «Después de eso», dijo, «se volvió frío y distante, no solo conmigo, sino con todos. Nunca tenía algo positivo que decir a alguien».

Cati explicó que tras la muerte de su madre, y la intromisión de su madrastra, reaccionó con un comportamiento rebelde y problemático que le causó dificultades en casa y en la escuela. Su padre se volvió más autoritario y ejerció mayor control sobre ella. Ella se rebeló aún con más vehemencia y su relación se deterioró hasta el punto de que apenas se hablaban y, cuando lo hacían, solían hacerlo con enfado.

En los veinticuatro años transcurridos desde que se fue de casa la relación con su padre se había deteriorado. Lo describió así: «La relación nunca se recuperó del todo por los problemas que tuvimos tras la muerte de mamá».

Tres meses antes de que viniera a verme su padre fallecía, dejándola triste y vacía.

Sentí que una inducción de comunicación CPMI la ayudaría con sus emociones. Cuando le describí el procedimiento dijo que le parecía "extraño" pero que estaba dispuesta a intentarla. Comencé el proceso de inducción y, después de que su tristeza alcanzara su punto máximo y comenzara a disminuir, le indiqué una serie de movimientos oculares y le dije que pensara en su padre de forma general, y que aceptara lo que hubiera sucedido. Cerró los ojos y, tras un minuto, los abrió con el ceño fruncido. "Solo podía verlo en el ataúd. ¿Qué quiere decir eso?".

Le hice otra serie de movimientos oculares pidiéndole que imaginara a su padre acostado en el ataúd. Me contó que la imagen se desvaneció. Le hice más movimientos oculares y le indiqué que pensara en su padre y que estuviera abierta a cualquier cosa que sucediera. Cerró los ojos y se quedó sentada en silencio durante un par de minutos.

Después de abrir los ojos, dijo: «Lo vi sentado en un campo verde intenso, hermoso y muy iluminado. Le dije: "He sufrido toda la vida por cómo me trataste". Él me miraba y parecía prestar mucha atención a lo que decía. Le pregunté: "¿Por qué?". Sentí que me decía: "No sabía qué más hacer. No me escuchabas y no sabía cómo comunicarme contigo"».

Cati dijo que su padre sonaba muy cariñoso y compasivo, con un tono que nunca antes había escuchado. Me contó que sintió plenamente el amor de su padre. «Mi padre dijo que estaba orgulloso de algunos cambios recientes que había hecho en mi vida. Le dije: "Papá, te perdono por los problemas que tuvimos. Siempre te he querido y te quiero aún"». Sonrió, con lágrimas en los ojos.

“Después de eso”, dijo, “su imagen se desvaneció. Pero, ¿sabes?, ahora mismo no siento rabia hacia él, ni me siento tan mal por su muerte. Sé que fue real; jamás podría haberlo imaginado. Fue algo extraño, porque era como si pudiera hablarme a través de mi mente, transmitiéndome sentimientos”.

Su ira y su dolor desaparecieron y así se mantuvieron durante los meses siguientes.

 

Cómo reconectar con un ser querido que se ha suicidado.

Una de las lecciones más importantes y recurrentes que hemos aprendido, tanto de las comunicaciones CPMI como de las experiencias ECM, es que cuando alguien ha causado dolor a otros en vida no queda impune. En la revisión de la vida durante una ECM quien la experimenta se enfrenta a las consecuencias emocionales de sus acciones en los demás. En las CPMI se experimenta que la persona que se suicidó es consciente del dolor que su suicidio causó a amigos y seres queridos. El resultado es un profundo remordimiento en cada CPMI por parte de quien se suicida, con el mensaje común de: «Lo siento mucho. Realmente no sabía que mi suicidio tendría este efecto en todos. No fue culpa vuestra». La comunicación CPMI ayuda a sanar el duelo especial que sienten los supervivientes de un suicidio.

En casos de suicidio, especialmente en el de menores, existe una razón aún más importante para inducir una intervención de apoyo psicológico integral con la CPMI. Para los padres de niños que se han suicidado, superar la pérdida suele complicarse por asuntos pendientes. Estos asuntos no solo son cruciales para los supervivientes, sino que, en general, se perciben como cruciales para la persona fallecida durante la sesión de comunicación CPMI.

 

EL CASO DE BERTO: “Papá, debí haberte hecho caso. Fue mi culpa, no la tuya. Por favor, perdóname.”

Un año antes de que Berto, apócope de Roberto, viniera a verme su hija se había suicidado. Durante todo ese año se reprochaba constantemente no haber hecho lo suficiente por ella, no haber podido evitar que se quitara la vida si hubiera hecho las cosas diferentes, y que el suicidio era culpa suya. Todos los días acababa llorando desconsoladamente, agotado mental y emocionalmente por dar vueltas a esos pensamientos. Era incapaz de concentrarse en su trabajo, y el grupo semanal de apoyo para el duelo no aliviaba su tormento.

Lloró mientras estaba sentado en mi oficina. "Creía que era un buen padre, pero obviamente no lo era", dijo.

Realizamos la terapia DRMO habitual, centrada en el núcleo, y su tristeza se intensificó durante unos minutos antes de disminuir. Le pregunté qué le gustaría decirle a su hija. Respondió: «Lo siento, lo siento mucho».

Entonces le induje la comunicación CPMI. Berto permaneció sentado un minuto, con los ojos cerrados, moviendo ligeramente la cabeza de un lado a otro. Un leve asentimiento me indicó que probablemente estaba experimentando la comunicación y una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

Abrió los ojos y me contó lo que había pasado. «En cuanto cerré los ojos, Gracia apareció y empezó a hablar enseguida. Estaba preciosa. Dijo que estaba muy preocupada por mí, que tenía suerte de tener un padre como yo y que no era culpa mía. Luego dijo que no había entendido lo que es el amor verdadero y que se había sentido muy triste por su ruptura con Santi, su novio. Después dijo: "Papá, debería haberte hecho caso. Fue culpa mía, no tuya. Por favor, perdóname"». Le dije: ‘Te perdono, cariño’”.

Berto sonrió con ternura. «Me dio un abrazo y me dijo: "Estoy bien ahora, y quiero que tú también estés bien; quiero que sepas que sigo y siempre estaré contigo, papi". Solía ​​llamarme así cuando se sentaba en mi regazo de pequeña. Eso me hacía feliz».

Como en todos los casos de comunicación CPMI, la experiencia de Berto al reencontrarse con su hija contribuyó en gran medida a reducir su tristeza y culpa. Dos años después de nuestra sesión Berto me llamó y comentó que seguía mucho mejor y que creía que su hija lo acompañaba de una manera muy importante.

 

A veces aparecen mascotas.

En algunos casos de comunicaciones inducidas aparecen mascotas fallecidas. Los pacientes informan que las mascotas los reconocen y se acercan a ellos con entusiasmo, tal como hacían cuando estaban vivos.

 

EL CASO DE FELIPE: “Están moviendo la cola y acercándose a mí, igual que lo hicieron en Vietnam”.

Durante su servicio en Vietnam, una noche Felipe se despertó al oír gemidos fuera del cuartel. Reconoció el llanto de un perro, pues se había criado rodeado de ellos. Salió del cuartel y encontró una perra callejera, blanca y negra, delgada, sarnosa, que lo miraba con tristeza. La llevó al cuartel y le dio parte de sus raciones.

Durante varias semanas la cuidó hasta que se recuperó y esperaba con ilusión verla cada día al regresar de su patrulla. La llamó Moli en honor a la perra que había querido de niño y a la que recordaba con más cariño. Se preguntaba por qué, estando tan delgada y desnutrida, tenía la barriga tan hinchada. Una mañana descubrió la razón: había dado a luz a tres cachorros. Cuidó de los cachorros y de Moli con mucho cariño. Eran pequeños recuerdos de su hogar y de su infancia.

Un día recibieron la orden de que los perros callejeros se habían convertido en una molestia en el campamento y que debían ser sacrificados. Felipe quedó destrozado. Sacó a Moli y a sus cachorros del campamento base y los escondió en un refugio improvisado. Durante los días siguientes salía del campamento, a diario y escondidas; para darles comida y agua. Sin embargo un oficial se enteró de sus perros y dijo a Felipe que los matara o lo haría él. Sin otra alternativa, Felipe dijo que prefería matarlos. Esa tarde, entre lágrimas, disparó a Moli y a sus tres cachorros.

Lloró desconsoladamente al terminar de contarme la historia en mi oficina. Era uno de los recuerdos más traumáticos que había traído consigo de Vietnam.

Le apliqué DRMO con enfoque central, combinando su tristeza con la imagen de matar a Moli y sus cachorros. Su tristeza aumentó y luego comenzó a disminuir. En la tercera inducción CPMI, con los ojos cerrados, describió lo que vio.

“Puedo ver a Moli  y a sus tres cachorros. Están moviendo la cola y acercándose a mí, igual que en Vietnam”. Hizo una pausa, sonriendo.” Están saltando y acercándose a mí. Siento como si estuviera sentado en el suelo”. Se quedó quieto un momento y luego se echó a reír. Abrió los ojos. “Eso fue maravilloso, doctor”, dijo, radiante. “Moli y los cachorros estaban conmigo. Luego vi a otro perro que se acercaba. Era la Moli que tenía de niño, la que le puso el nombre de Moli a mi perra de Vietnam. Saltó sobre mí y me lamió. Luego vinieron más. Todos los perros que tuve de niño vinieron a mí, saltaron sobre mí y me lamieron como si me hubieran echado de menos y estuvieran felices de verme”.

Dos meses después, Felipe contó que todo su dolor y los recuerdos traumáticos de la muerte de Moli habían desaparecido, y que cuando los imaginaba solo veía a las dos Molis y a los cachorros jugando juntos, felizmente.

 

EL CASO DE MELINDA: “Les dije ‘Sentaos’ y dejaron de saltarme encima”.

En otra comunicación inducida CPMI con mascotas los animales respondían a las órdenes. El tío, de nombre Carbayu, de Melinda había sido como un padre para ella. Vivía cerca de su casa y cuando sus padres trabajaban por las noches en el restaurante familiar Melinda se quedaba con sus tíos. Le gustaba especialmente jugar con los dos perros del tío Carbayu, Paris y Rinnie. Eran perros grandes, uno un Border Collie y el otro un pastor alemán. «Me daban abrazos perrunos cuando se ponían de pie sobre sus cuartos traseros para lamerme la cara», dijo. «Murieron cuando yo era adolescente y los extraño mucho». Tres semanas antes de venir a verme su tío Carbayu falleció de ataque al corazón. Estaba desconsolada por la muerte de su tío y lloraba al describir los cálidos recuerdos que tenía de él y del amor que le tenía.

Cuando estuvo lista seguí el proceso DRMO y cuando su tristeza comenzó a disminuir le indiqué una serie de movimientos oculares y dije: «Piensa de nuevo en tu tío y cierra los ojos. Deja que lo que suceda venga de forma natural».

Cerró los ojos y casi de inmediato los abrió, inclinándose hacia adelante en la silla. «Algo saltó sobre mí», exclamó con los ojos muy abiertos. «No sé qué fue».

“Melinda, las sesiones de CPMI siempre son positivas. No hay nada que temer. Si vuelves a comunicarte probablemente entenderás lo que está pasando, sea lo que sea”. Me miró de reojo. “De acuerdo, lo haré otra vez, pero si vuelve a pasar, se acabó”.

Le indiqué otro movimiento de ojos y Melinda, algo tensa, cerró los ojos. Tras unos segundos, se relajó, sonrió y negó con la cabeza. Abrió los ojos.

“Vi a mi tío con mucha claridad”, dijo. “Tenía a Paris y a Rinnie con correas. Se esforzaban por acercarse a mí y movían la cola. Me dijo que me quería y que siempre estaría conmigo”.

Melinda estaba eufórica por su experiencia y convencida de que su tío seguía vivo junto a Paris y Rinnie, aunque en otra forma. Salió de mi consulta contenta, sin la tristeza que sentía al venir.

Al día siguiente me sorprendió ver a Melinda en la puerta de mi oficina. «Doctor Botkin, ¿puedo hablar con usted un minuto?». Estaba visiblemente molesta, lo cual me extrañó después de su experiencia positiva con la CPMI.

“Claro. Entra y siéntate”.

Se sentó lentamente con el ceño fruncido. «Anoche tuve sensaciones muy extrañas; sentí que cosas saltaban sobre mí otra vez, igual que ayer cuando hiciste la primera prueba CPMI conmigo. No quiero que vuelva a pasar. ¿Qué crees que es esto?»

Sospechaba de qué se trataba, pero no se lo dije. «Hagamos otra sesión de CPMI y quizás tu tío pueda ayudarte a entender». Aceptó y pasamos por el proceso de inducción. Cerró los ojos y, al cabo de un instante, una sonrisa iluminó su rostro. «París y Rinnie», dijo en voz baja, asintiendo con la cabeza. «Eran París y Rinnie».

Abrió los ojos. «Volví a ver a tío Carbayu. Tenía a Paris y a Rinnie. Las soltó y se me subieron encima y me lamieron la cara. Eso es exactamente lo que sentí anoche. Miré a tío Carbayu y supe que me decía: "Paris y Rinnie quieren que sepas que también están bien"».

“Eso no es lo mejor. Estaban saltando sobre mí y lamiéndome la cara, así que jugamos un rato. Luego hice lo que solía hacer cuando estaban vivos. Les dije 'Sentaos', y dejaron de saltar sobre mí. Simplemente se sentaron mirándome y meneando la cola”.

Hablé con Melinda dos meses después. Me contó que no había vuelto a tener la sensación de que algo saltaba sobre ella. Estaba segura de que era porque les había dicho a Paris y a Rinnie que se sentaran, y seguían obedeciendo.

 

EL CASO DE CRAIG: “Sentí su suave pelaje contra mi mejilla y la oí ronronear”.

Craig, coautor de este libro, siempre ha amado a los animales, desde la fauna silvestre que fotografía hasta el Akita y el Border Collie que rescató. Un día de invierno se emocionó al descubrir que una gata salvaje había dado a luz una camada bajo su amplio porche. Tres cabecitas grises, y un par de orejas con rayas de tigre, asomaban por los agujeros de la mampostería y luego se retraían tímidamente. Tras semanas de intentar atraerlas con comida, finalmente pudo tocarlos, acariciarlos y, por último, sostenerlos en brazos.

El gatito rayado, bautizado como Tigre, lo miraba fijamente a los ojos mientras él alimentaba a los cuatro gatitos con restos de pollo para atraerlos a su regazo. El hermano, y las dos hermanas de Tigre, solo permitían que Craig se acercara a ellos. Los esterilizó, les puso collares con placas de identificación y, durante meses, disfrutó de su compañía en su oficina, donde se subían suavemente a su pecho mientras él leía en su sillón reclinable y se dormían ronroneando.

Como aún eran prácticamente salvajes los gatitos podían entrar y salir libremente por una puerta especial hecha a su medida. Un día Craig recibió una llamada del servicio de control de animales local informando que tenían la placa de identificación de Tigre. Había muerto atropellada por un coche. La tristeza que sintió por su muerte le demostró el gran cariño que había tomado a los gatitos.

Una semana después estábamos hablando sobre las terapias de inducción a la psicosis en mascotas, en una reunión de psicoterapeutas capacitados en el procedimiento. Craig sugirió que le hiciera una terapia de inducción a la psicosis en él, centrándome en Tigre. Acepté y comenzamos el proceso.

Esto fue lo que experimentó al cerrar los ojos: “Casi de inmediato sentí suaves caricias en mi pecho. Me incliné hacia atrás en respuesta. Luego sentí un pelaje suave contra mi mejilla y oí un ronroneo. Las sensaciones eran inconfundibles. Después de unos segundos las sensaciones cesaron y abrí los ojos. Estaba seguro de que era la pequeña Tigre que me visitaba para decirme que todavía está conmigo y con sus hermanos”.

 

Sentidos, abrazos, gente sana y vibrante, y paisajes hermosos.

Algunas comunicaciones CPMI son visuales, otras auditivas, otras táctiles, unas pocas olfativas, y la mayoría combinan varios sentidos. El tacto y los abrazos son relativamente comunes. Algunos pacientes describen solo una sensación de "conocimiento", sin experiencia sensorial alguna. Cuando el paciente espera o desea la experiencia CPMI en una modalidad, como la visual, suele presentarse en otra. Al parecer, la expectativa de cualquier modalidad bloquea la comunicación en esa modalidad porque el paciente se esfuerza demasiado.

Las personas que eran muy ancianas o enfermas antes de morir siempre se perciben como más jóvenes y sanas. Los niños que mueren a veces se perciben como jóvenes y otras veces como ancianos.

En los centros de tratamiento de adicciones, abundan los paisajes hermosos, con árboles pintorescos, colinas verdes, arbustos en flor, extensas praderas, lagos y arroyos cristalinos. Los pacientes suelen describir los colores como más brillantes e intensos de lo normal; a veces utilizan palabras como «radiante» o «irisado». Con frecuencia describen el entorno como un lugar que transmite paz y serenidad.

A veces, las personas con expectativas basadas en sus creencias religiosas se sorprenden al encontrar entornos terrenales familiares pero más enriquecedores en sus experiencias con la CPMI. Curiosamente, aunque la mayoría de mis pacientes tienen formación cristiana y están familiarizados con las tradiciones comunes sobre cómo es la vida post-muerte, ninguno ha descrito el infierno, trompetas, ángeles, puertas celestiales ni ninguna otra de las imágenes típicas que suelen aparecer en las descripciones de la postvida.

Al inicio de mi exploración del fenómeno CPMI, extraje generalizaciones adicionales de las sesiones con los primeros ochenta y cuatro pacientes para comprenderlo mejor. Dado que cada comunicación es única, y ni el terapeuta ni el paciente controlan la experiencia, casi todas se experimentan como sorprendentes e inconsistentes con las expectativas. Sin embargo, algunas son tan extraordinarias que las presento por separado en el próximo capítulo para ilustrar algunos de los contenidos más inusuales que pueden surgir durante una CPMI.

 

CAPÍTULO 6. CASOS EXTRAORDINARIOS DE CPMI

Un milagro no es  ruptura las leyes físicas, representa leyes que nos resultan incomprensibles. —GI Gurdjieff.

 

Mis colegas psicoterapeutas y yo, que llevamos ocho años realizando sesiones de CPMI, a veces compartimos el contenido de las sesiones para intercambiar impresiones sobre los métodos. También describimos nuestros descubrimientos. En ocasiones, alguna experiencia nos impresiona profundamente y necesitamos hablar de ella con otro psicoterapeuta.

Al principio, cada sesión de comunicación inducida era un acontecimiento extraordinario y siempre estábamos al teléfono o entrando con entusiasmo en la oficina de un colega para describir lo sucedido. Después de todo, la experiencia de la CPMI es espontánea, sin guía, e impredecible. Una vez que el terapeuta prepara al paciente para que se muestre abierto y receptivo, ni el paciente ni el terapeuta pueden dirigir o controlar el contenido de la experiencia.

Entre estas CPMI raras, algunas son tan extraordinarias por su emotividad, dramatismo o contenido sensorial que, tras describirlas, quedamos en silencio. El capítulo anterior contenía CPMI que hemos observado con frecuencia en nuestra práctica. Este capítulo presenta casos inusuales que ocurren raramente; por lo tanto, difieren de las demás de este libro, pero los he incluido porque contribuyen a una mejor comprensión de las comunicaciones CPMI.

 

Cuando aparecen los vivos

Las sesiones de comunicación inducida ayudan a aliviar el duelo al permitir que los pacientes sientan que se conectan con alguien fallecido. En ningún otro caso, salvo en los dos que se describen a continuación, ha aparecido una persona viva en la sesión de CPMI de un paciente. Presento estos casos para ofrecer perspectivas adicionales sobre la experiencia de las sesiones.

 

EL CASO DE FREDO: “Jasón me dijo que no debería sentirme mal por su afección médica porque le permite experimentar lo mejor de ambos mundos”.

El hijo de Fredo, Jasón, de dieciocho años y con discapacidad grave, había sido diagnosticado con microencefalopatía y tenía una edad mental de tan solo seis meses. Fredo me dijo que quería muchísimo a su hijo y que estaba muy orgulloso de que Jasón siempre se animara y se mostrara muy juguetón cuando él volvía del trabajo. Fredo acudió a mí para tratar problemas psicológicos ajenos a su hijo y logramos superarlos con éxito. La terapia incluyó dos sesiones exitosas de CPMI. En una de ellas, un amigo con una grave deformidad que había fallecido aparecía como si estuviera sano y sin discapacidad. Al ver un paralelismo entre la situación de su amigo y la de su hijo, Fredo me preguntó si sería posible realizar una sesión de CPMI centrada en su hijo con discapacidad intelectual grave.

Hasta ese momento solo había inducido las CPMI para ayudar a las personas a sobrellevar el duelo por la muerte. En algunos casos el duelo de los pacientes se resolvió cuando sintieron que habían visto a seres queridos con discapacidades o limitaciones físicas que, durante su experiencia con la CPMI, parecían íntegros, sanos y plenamente funcionales. Acepté intentarlo.

Realicé la inducción habitual y Fredo cerró los ojos. No sucedió nada, así que repetí el proceso y volvió a cerrarlos. Al instante, habló: «Veo a Jasón rodeado de una hermosa luz radiante. Dios mío, está hablando». El hijo de Fredo no había aprendido a hablar debido a su grave discapacidad intelectual. «Me está dando las gracias por ser un padre tan maravilloso. Dice: "Estoy aquí para cuidarte"». Fredo permaneció sentado en silencio con los ojos cerrados durante unos minutos mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Entonces abrió los ojos y me contó lo que había sucedido. «Jasón me dijo que no debía sentirme mal por su afección médica porque le permite experimentar ambos mundos al mismo tiempo».

Mientras se preparaba para marcharse, Fredo comentó que la experiencia le había ayudado a sentirse más tranquilo con la situación de su hijo. También afirmó que nunca volvería a mirar a su hijo de la misma manera.

 

EL CASO DE RAMONA: "¿Le dirías a mi mamá que estoy bien?"

Uno de los casos más raros de comunicación CPMI involucró a una paciente que experimentó que el fallecido intentaba contactar a un familiar. La paciente se llamaba Ramona.

El primo mayor de Ramona había fallecido de SIDA unos seis meses antes de que ella viniera a verme. Lo describió como persona desagradable. De niño era el matón del barrio y, de adulto, se volvió violento y delincuente. Había entrado y salido de prisión toda su vida.

No estaba triste por la muerte de su primo pero quería realizar una comunicación CPMI con él porque ya había tenido una CPMI exitosa anteriormente y quería ver qué información podía obtener sobre él.

Pasamos por el proceso de inducción tres veces y, en la cuarta, Ramona cerró los ojos, se sentó en silencio y, después de un minuto, se echó a reír. Unos segundos después, los abrió y explicó lo que había pasado. «Vi a mi primo de pie, frente a mí. Me dijo: "Estoy bien". Luego dijo algo que me dejó impactada. Dijo: "Tienes que cuidarte". Sé que se refería a un problema físico que tengo. "O te voy a dar un golpe en la cabeza". Solía ​​decírmelo todo el tiempo cuando éramos niños. No lo recordaba hasta que lo dijo ahora. Pero lo dijo en broma y me reí. Él también rió». ​​Se inclinó hacia adelante y negó con la cabeza lentamente. «Entonces pasó algo realmente espeluznante. Vi a su madre un poco alejada, de espaldas a nosotros, y él intentaba decirle que estaba bien». La madre de su primo, su tía, seguía viva.

Continuó: “Ella no se percató de su presencia. Entonces él me miró y me dijo: '¿Podrías decirle a mi madre que estoy bien?'”

Ramona estaba muy contenta de haberse puesto en contacto con su primo. No le pregunté si había hablado con su tía.

 

Otros casos extraordinarios de la CPMI.

Muchos otros casos de CPMI han sido extraordinarios por diversas razones. Cada vez que un paciente participa en una experiencia CPMI los resultados pueden ser tan notables que tanto el paciente como el terapeuta quedan asombrados y, en ocasiones, inspirados por ellos.

 

EL CASO DE DEL VALLE: “Tomasín dijo: ‘Es importante que la gente conozca el mundo espiritual’”.

Esta CPMI fue extrañamente elaborada y el paciente experimentó conexiones con un suceso de la vida real. Tuve varias CPMI exitosas con Del Valle, paciente negro estadounidense. Durante una de nuestras sesiones me contó un suceso raro que ocurrió veinte años antes, cuando él y un amigo viajaban en la camioneta nueva de su amigo. Al cruzar una intersección Del Valle se horrorizó al ver un auto que venía a toda velocidad desde la derecha, directo hacia él. Se preparó para la colisión que podría costarle la vida. El auto estaba tan cerca que pudo ver el rostro de la mujer que lo conducía, pero tenía los ojos y el rostro más serenos que jamás había visto. El tiempo se detuvo en ese instante. La camioneta fue golpeada y volcó dando dos o tres vueltas de campana por el impacto pero, sorprendentemente, él y su amigo resultaron ilesos.

“Pero eso es solo una parte de lo extraño”, me dijo. “Al bajar del auto sentí la paz más profunda que jamás haya experimentado. Casi me matan, pero todo parecía maravilloso. Caminé hasta casa, unos veinticuatro kilómetros, y durante todo el camino sentí una cálida sensación. Hasta el día de hoy, no sé qué pasó. Sé que suena descabellado, pero ¿crees que podríamos averiguar qué sucedió y por qué me sentí así hace veinte años?”

Tras utilizar DRMO en miles de casos llegué a creer que cualquier cosa podía surgir durante el proceso. Tenía curiosidad por ver si también podíamos descubrir algo, así que accedí a realizar DRMO centrándome en el suceso. Comenzamos mientras él mantenía la imagen de los ojos de la mujer que recordaba con tanta claridad. Realicé la DRMO y él cerró los ojos. Al cabo de un instante los abrió y habló lentamente, con asombro en la voz: «Volví a ver los ojos. Pero no eran los de la mujer. Eran los ojos de Tomasín».

“¿Quién es Tomasín?”, pregunté.

Contó esta historia: “Cuando tenía ocho años me rompí el brazo y estuve un par de noches en el hospital. Tomasín era mi compañero de habitación. Él también tenía ocho años. Tomasín era blanco y yo no estaba acostumbrado a la gente blanca, así que me sorprendió ver lo animado y positivo que era, sobre todo porque era huérfano y nunca recibía visitas y estaba muriendo de leucemia. Tomasín pareció encariñarse mucho conmigo. Nos hicimos muy amigos en solo un par de días. Una noche me despertaron los ruidos de las enfermeras limpiando las cosas de Tomasín de su cómoda. Tomasín había muerto”. Hizo una pausa y me miró fijamente. “Vi los ojos de Tomasín. ¿Crees que Tomasín es mi ángel de la guarda?”.

“No lo sé ¿Te gustaría preguntarle?”

“Claro”, respondió Del Valle con entusiasmo, y se acomodó en una posición cómoda.

Hicimos una inducción CPMI y Del Valle cerró los ojos. «Puedo ver a Tomasín», dijo, y se quedó sentado en silencio. Las sesiones CPMI normalmente duran entre cinco y veinte segundos; él permaneció inmóvil y en silencio durante diez minutos.

Finalmente, Del Valle abrió los ojos con cálida sonrisa. «Tomasín dijo: "Sí, te cuido. Pero a veces, por tu forma de pensar, no puedo comunicarme contigo"». Del Valle rió y continuó: «Tomasín y yo hablamos y hablamos. Le hice muchas preguntas y él las respondió todas. Una cosa que Tomasín me dijo fue que el aura es el espíritu y que el tiempo es la clave para comprender el mundo espiritual».

Del Valle continuó contándome lo que Tomasín había dicho. Estaba conmovido y reconfortado por la experiencia con ese pequeño amigo al que había olvidado. Cuando terminó, pedí a Del Valle que le hiciera una pregunta a Tomasín. «Del Valle, pregunta a Tomasín: "¿Es bueno inducir las CPMI?»

Le acompañé en el proceso de inducción y cerró los ojos. Tras un instante los abrió con una sonrisa. «Sí», dijo, «Tomasín me comentó que es algo bueno. Me dijo: “Es importante que la gente conozca el mundo espiritual”. Pero también me advirtió: “No te engañes. Los difuntos siempre tienen el control. No intentes abusar de ello”».

 

EL CASO DE RUBIO: "¿Por qué sigues pensando así? No es tu culpa."

El caso de Rubio es otro en el que el paciente obtuvo respuesta a una pregunta durante una experiencia de comunicación CPMI.

Desde que fue dado de baja del ejército, veintiocho años antes de su sesión conmigo en la CPMI,  Rubio había estado atormentado por la pérdida de dos amigos en Vietnam. Me contó esta historia mientras estaba sentado en mi oficina.

Durante la guerra, Rubio entabló amistad con un chico vietnamita de catorce años. Un día, la unidad de Rubio debía transportar municiones en una barcaza por un río y Rubio  pidió al chico vietnamita que los acompañara. Su mejor amigo en la unidad también iba a hacer el viaje. Una noche, mientras su amigo estaba de guardia, Rubio fue a su puesto pero no lo encontró. Iba a pedir ayuda al chico para encontrarlo pero este también había desaparecido misteriosamente.

Tres días después encontraron el cuerpo de su amigo flotando en el río, con la garganta cortada. Nadie volvió a ver al chico vietnamita. Algunos en el pelotón supusieron que también lo habían matado. Rubio sintió una profunda tristeza por la muerte de sus dos amigos.

Rubio ya había participado en sesiones de inducción centradas en otras pérdidas y ansiaba recibir una sesión de inducción para superar su dolor y culpa. Le expliqué el proceso de inducción y cerró los ojos, concentrándose en el soldado que era su amigo.

Rubio contó que su amigo apareció en cuanto cerró los ojos y le habló: «¿Por qué sigues pensando así? No es tu culpa y no importa cómo pasó. Éramos niños entonces. Tienes que dejarlo atrás y cuidarte mejor. Puedes ver que sigo vivo; mi cuerpo ya no existe». La tristeza y la culpa que Rubio sentía por su amigo desaparecieron por completo en ese instante.

Luego intentamos una comunicación CPMI centrada en el niño vietnamita, pero no funcionó. Repetimos el proceso tres veces, pero sin éxito. No tengo explicación para la falta de éxito, ya que acababa de tener una CPMI exitosa. No parecía haber nada que lo impidiera. Esto fue muy extraño, porque Rubio había tenido otras experiencias exitosas con la CPMI de forma rápida y sencilla, y el 100% de los pacientes que tienen una comunicación CPMI exitosa la logran en intentos sucesivos.

Mientras discutíamos por qué esta inducción no estaba funcionando Rubio sugirió: “Quizás todavía esté vivo. Apuesto a que era un Viet Cong. Mató a mi amigo y luego nadó hasta la orilla. De hecho, ahora estoy seguro de que eso fue lo que pasó”.

Si bien estos casos extraordinarios son inusuales por su emotividad, dramatismo o contenido sensorial, otros han sido aún más notables. Les dedico el próximo capítulo completo. Son los casos de CPMI que desafían lo que quienes hemos dedicado nuestra vida al estudio de la psicología hemos dado por cierto.

 

EL CASO DE CATALINA: “Él escribía cartas bajo un cielo estrellado”.

El hijo de Catalina, Pipo, de veinte años, falleció repentina e inesperadamente unos meses antes de nuestra sesión. Su dolor era inmenso y, tras leer la primera edición de este libro, concertó una cita conmigo. Deseaba fervientemente vivir una experiencia de comunicación CPMI.

La parte del procedimiento CPMI centrada en el núcleo le resultó muy difícil. Su tristeza, asociada a numerosos aspectos de la pérdida, le costó mucho procesar. La DRMO centrada en el núcleo finalmente produjo una reducción significativa de su tristeza. Sin embargo, todos los intentos de CPMI solo generaron experiencias que sugerían que estaba a punto de ocurrir. Catalina, al igual que un porcentaje de pacientes (véase el apéndice C), tuvo dificultades para alcanzar y mantener el estado receptivo necesario. Debido a su gran deseo de lograr una CPMI, no pudo relajarse completamente ni abrirse a la experiencia.

Catalina terminó sus sesiones conmigo sintiéndose mucho mejor en general, pero estaba bastante decepcionada de que no se hubiera producido una comunicación CPMI. Sabía que se estaba esforzando demasiado y que ninguna de las dos tenía una solución. Como su terapeuta de CPMI, hice todo lo que pude.



Unas semanas después recibí un correo electrónico con un archivo adjunto de Catalina. Una noche, mientras dormía, sintió que Pipo la despertaba. Al abrir los ojos vio un cielo estrellado y a Pipo de pie, a un lado. Luego vio las imágenes anteriores, una por una, y comprendió claramente que Pipo le estaba enviando esos mensajes. La experiencia fue muy intensa para Catalina, y creyó firmemente que, finalmente, había conectado con Pipo. Dibujó lo que vio esa noche.

 

EL CASO DE PABLO: Un mensaje del doctor Martin Luther King

Pablo era un veterano negro que había superado con éxito varios recuerdos traumáticos relacionados con sus experiencias en Vietnam. Algunas de sus sesiones de terapia incluyeron sesiones de CPMI. Pablo también había sufrido mucha intolerancia y odio racial a lo largo de su vida, lo que le generó una gran ira generalizada hacia los blancos. Como creía que su ira estaba completamente justificada, no la consideraba un problema. Además, creía que su ira le servía para mantenerse alerta ante cualquier injusticia que pudiera encontrar en el futuro.

Uno de los recuerdos traumáticos de Pablo ocurrió antes de Vietnam. Él y su padre viajaron en coche a Memphis, Tennessee, para ver a Martin Luther King hijo, el día de su asesinato. Cuando dispararon al doctor King reinó la confusión entre la multitud, y Pablo se separó de su padre. En ese momento Pablo temió por su vida. La emoción principal de Pablo al contar la historia fue el mismo miedo abrumador que sintió aquel día.

Comenzamos a usar DRMO para abordar su miedo. Al igual que con la tristeza, al principio el miedo aumentó drásticamente en intensidad. Escenas de ese día pasaron por su mente. Después de algunas series más de movimientos oculares, el miedo comenzó a disminuir y se mostró mucho más relajado. Luego le di otra serie y cerró los ojos para relajarse. Observé su rostro mientras tenía los ojos cerrados y noté que su expresión cambió varias veces. Parecía como si estuviera asistiendo a algún suceso privado.

Cuando Pablo abrió los ojos me contó que Martin Luther King se le apareció de repente e inesperadamente, y que se veía "muy saludable" y "muy sereno", y que estaba "rodeado de una luz suave y reconfortante". Luego dijo que el doctor King le había dicho que su ira no le hacía bien y que necesitaba encontrar algo de paz en su vida. También dijo a Pablo que, si bien el prejuicio racial persiste hoy en día, en general no es tan grave como en su época.

Pablo quedó muy sorprendido por su experiencia. También afirmó que le había brindado una profunda sensación de paz y calma. Unos siete meses después de la sesión me encontré con Pablo. Le pregunté cómo se encontraba tras la sesión. Me dijo que aún podía evocar la paz que sintió ese día y que había decidido dar una oportunidad a los demás; bueno, en realidad, había decidido darme una oportunidad a mí mismo.

 

EL CASO DE JUANA: “Al tenía razón”.

Gervasio y Juana llevaban casi treinta años casados ​​y eran buenos amigos, tanto de mi esposa como de mi. Hace unos años pregunté a Gervasio si le interesaría leer un borrador de mi libro y darme su opinión sincera y directa. Gervasio aceptó con entusiasmo pero surgió una pequeña fricción en nuestra relación cuando me dio una crítica muy mordaz. Al parecer, se tomó muy en serio mi petición de una opinión honrada y no se anduvo con rodeos. En general, opinó que mis ideas eran descabelladas, poco científicas y que no tenía derecho a llegar a esas conclusiones. Juana se mostró bastante evasiva pero, en general, coincidió con la perspectiva de su marido. Mirando hacia atrás, aunque gran parte de su crítica fue excesivamente dura e innecesaria, algunos de sus comentarios fueron extremadamente útiles.

Una mañana, hace aproximadamente un año, mi esposa y yo recibimos una llamada muy temprano. Gervasio había fallecido repentinamente de ataque al corazón durante la noche. Quedamos en estado de shock. Hasta donde sabíamos, Gervasio gozaba de perfecta salud. Mi esposa llamó rápidamente a su trabajo para pedir el día libre y viajó a Indiana para estar con Juana. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que Juana, inmediatamente después de la muerte de Gervasio comenzó a tener una serie de conexiones espontáneas, de comunicaciones post-mortem o CPM, con él. Una de las primeras cosas que Juana relató fue que Gervasio le dijo que seguía con ella y que volvería a visitarla. Gervasio también le comunicó que «Al (por mi), tenía razón» y que «su técnica es para personas que no pueden conectar naturalmente con los difuntos».

 

EL CASO DE DANIEL: “No podía hablar ahora mismo porque estaba ocupado”.

En casi todos los casos se percibe que el difunto está muy disponible y muy interesado en comunicarse con los sobrevivientes. En varias ocasiones los pacientes incluso informan que el difunto les dijo que había intentado comunicarse con ellos durante un tiempo, pero que no lo había logrado. En este caso, sin embargo, se percibió que el difunto dijo que estaba demasiado ocupado para hablar. El mensaje que recibió Daniel, aunque inicialmente decepcionante, fue extraordinario. Dejo que los lectores saquen sus  propias conclusiones sobre la importancia y el significado de esta experiencia.

Daniel, veterano de Vietnam, desarrolló una relación muy cercana con uno de sus oficiales. Este era varios años mayor que él y se convirtió en una figura paterna para Daniel. Dado que Daniel había perdido a su  padre a una muy temprana edad, su relación tenía un significado especial para él. Cuando Daniel recibió la noticia de que el oficial había muerto en una misión de combate, quedó devastado.

El procedimiento de comunicación CPMI reveló inicialmente un alto grado de tristeza no resuelta. Cuando la tristeza disminuyó se indujo sin dificultad. Al abrir los ojos Daniel informó haber visto a su oficial alejándose de él y sosteniendo la mano de una niña pequeña. Daniel no reconoció a la niña. El oficial se giró, miró a Daniel y le dijo que no podía hablar porque estaba ocupado. Le explicó que él y la niña iban a una fiesta de cumpleaños. También dijo a Daniel que regresara más tarde, lo cual hizo durante su siguiente sesión. La segunda comunicación CPMI de Daniel incluyó contenido más típico del procedimiento.

 

CAPÍTULO 7. CPMI QUE DESAFÍAN LAS TEORÍAS PSICOLÓGICAS CONOCIDAS

La realidad es aquello que, cuando dejas de creer en ella, no desaparece. —Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

 

Mientras los demás psicoterapeutas de la unidad y yo hablábamos sobre las CPMI y escuchaba las reacciones de personas ajenas a la unidad, que se enteraban de las experiencias de nuestros pacientes, empecé a darme cuenta de que la cuestión de si estos sucesos se percibían como una comunicación real con personas fallecidas podría limitar la aceptación del fenómeno CPMI por parte de la comunidad psicológica y de los administradores, recelosos del uso de métodos extraordinarios en sus centros. Sentía entonces, como siento ahora, que debemos dejar de lado la cuestión de si la experiencia CPMI es una comunicación con el espíritu de una persona fallecida. Eso simplemente interferirá con el estudio de la experiencia, la comprensión de sus extraordinarias propiedades curativas y su libre uso en las consultas de los terapeutas.

Si bien entiendo que, sin duda, se debatirá sobre este tema y que los profesionales que utilizan la terapia CPMI seguramente tomarán posturas opuestas, creo que las especulaciones metafísicas no deberían generar prejuicios ni a favor ni en contra de la terapia CPMI. Funciona de manera notable, por lo que merece ser estudiada y aplicada comúnmente en terapia. No debería ser rechazada por el hecho de inspirar especulaciones metafísicas.

En una llamada telefónica sobre otro asunto me atreví a contar a un psicólogo ajeno a la unidad lo que había descubierto. Su reacción fue: "¿No es asombroso lo extrañas que pueden ser las alucinaciones que crea la mente?". Eso me hizo reflexionar después de colgar el teléfono. ¿Y si las CPMI fueran alucinaciones?

La respuesta me llegó casi de inmediato. Si el fenómeno CPMI fuera una alucinación, es la más grandiosa que se haya registrado en los anales de la psicología.

Se me ocurrió que el cerebro podría poseer una capacidad oculta que podría denominarse “facultad del sabio sanador". La representación interna del difunto descrita en la literatura sobre terapia del duelo podría ser el origen de esta facultad. Está presente en todos los seres humanos, pero esta capacidad de representación interna del sabio sanador permanece latente a lo largo de la vida de la persona, manifestándose espontáneamente en crisis de despersonalización o cuando es inducida por un psicoterapeuta. Esta notable capacidad elude todos los sentimientos de ira, culpa, tristeza e intrusiones traumáticas del paciente, neutralizándolos, sin ninguna intervención externa del terapeuta más allá del procedimiento de inducción inicial.

Convence al paciente, contrariamente a sus emociones negativas arraigadas e intransigentes, de que la persona fallecida sentía algo distinto a lo que creía, y que la dirección de ese sentimiento diferente siempre es positiva, a pesar de que las imágenes traumáticas del paciente hayan sido intensamente negativas, a veces durante décadas. La facultad del sabio sanador trasciende el marco perceptivo habitual de la persona, diagnostica sus necesidades, contempla la vida y los sucesos traumáticos desde otra perspectiva, reorienta las percepciones sin la influencia del terapeuta ni de la  conciencia del paciente, y deja la mente en paz, sanada milagrosamente e irreversiblemente.

Tras completar su función, se retira, generalmente sin volver a activarse a menos que el paciente reciba otra inducción. El paciente, transformado de forma irreversible, retoma su rutina diaria normal.

Llegué a la conclusión de que, si se trata de una alucinación, ¡entonces esta alucinación es una gran noticia!

Pero ¿qué ocurre con las patologías concomitantes? ¿El paciente sufre efectos secundarios negativos si se trata de una alucinación? La respuesta fue inmediata: no tiene efectos secundarios negativos residuales. Los pacientes no son propensos a sufrir otras alucinaciones, no pierden el contacto con la realidad y no tienen mayor probabilidad de ser hospitalizados por patologías asociadas a las alucinaciones. De hecho, sucede todo lo contrario. Salen de la terapia curados y, en ocasiones, incluso alegres. Y en todos los casos, hasta ahora, los resultados positivos se mantienen a lo largo del tiempo.

Nota del Traductor. Frente a hechos inexplicables que pueden tener contacto con la realidad metafísica o espiritual la ciencia actual alza teorías materialistas a modo de barrera protectora que asegure el status quo impuesto por una razón asustada y alienada por el miedo (históricamente irracional) hacia lo trascendente.

 

La comunicación CPMI desafía las percepciones de los pacientes.

La percepción es la forma de interpretar y dar significado a las experiencias sensoriales. Todas las percepciones están determinadas por 5 factores generales: creencias, expectativas, experiencias pasadas, emociones presentes e influencia social. [CR/EX/EXP/EP/IS]. Cuanto más ambigua sea la información sensorial a la que presta atención el perceptor mayor será la influencia de estos factores. Por ejemplo, la percepción de un estímulo tan vago como una mancha de tinta depende mucho más de estos determinantes internos de la percepción que de la mancha en sí. Por eso, algunos psicólogos suelen aplicar la prueba de la mancha de tinta a sus pacientes: para descubrir su tendencia a interpretar el mundo de una manera particular.

Los casos de comunicación CPMI descritos en este capítulo suelen contravenir las creencias, expectativas, experiencias pasadas y emociones presentes de la persona. De hecho, el procedimiento requiere que estas influencias perceptivas se suspendan brevemente para que se produzca la comunicación. En cuanto a la influencia social, si bien el terapeuta puede sugerir al paciente que podría experimentar la comunicación cualquier sugerencia específica más allá de eso impedirá que la experiencia se desarrolle. Dado que la ambigüedad es un requisito previo para una inducción exitosa, resulta notable la consistencia en el contenido de las experiencias entre las distintas personas.

Las ilusiones del cliente tampoco parecen explicar el contenido de la comunicación inducida. En ocasiones, el contenido contradice directamente lo que el cliente desea. En la mayoría de los casos incluye elementos que pueden ser bienvenidos pero no todos deseados o anticipados.

En casi todos los casos la comunicación inducida se experimenta como incompatible con las creencias, expectativas, experiencias pasadas, emociones y deseos de la persona. Los casos presentados en este capítulo ilustran estos principios. Cualquier teoría psicológica que intente explicar las CPMI tendrá dificultades, ya que los factores psicológicos habituales no parecen dar cuenta de estas experiencias y, además, se minimizan deliberadamente en el procedimiento de comunicación.

Una nueva clasificación para las CPM y las CPMI

Casi todas las miles de experiencias registradas de comunicación post-muerte (CPM) y  la inducida post-muerte (CPMI) las relatan personas normales y sanas que no presentan signos de patología asociada a las alucinaciones. Si las comunicaciones inducidas fueran alucinaciones hay que decir que serían diferentes a cualquier otra alucinación conocida y, como mínimo, requerirían una clasificación distinta.

Las alucinaciones son percepciones sin la correspondiente información sensorial, lo que significa que una alucinación es puramente subjetiva y se produce únicamente en la mente del sujeto. Cualquier explicación del fenómeno, ya sea que se considere una alucinación o no, debe tener en cuenta los casos de comunicación inducida presentados en los capítulos anteriores y los que siguen, en los que los pacientes saben o experimentan cosas que probablemente no sabrían o, simplemente no podrían saber.

La necesidad de que los investigadores en el campo de la psicología estudien este tipo de experiencias mentales inusuales se expone en un libro publicado por la Asociación Americana de Psicología (APA): Variedades de la experiencia anómala: Un análisis de la prueba científica (Cardenia, Lynn y Krippner, 2000). Los autores del libro, reconocidos expertos internacionales en psicología, señalan que la psicología tradicional ha ignorado durante mucho tiempo el estudio de las experiencias que se desvían de lo común y desafían las creencias convencionales sobre la realidad. Asimismo, defienden con firmeza la necesidad de un estudio riguroso de las experiencias anómalas para integrarlas en la investigación, la teoría y la práctica psicológicas. Considero que la presentación del material en este libro es coherente con estos objetivos.

 

Lo que las teorías sobre las alucinaciones no explican

Las teorías sobre las alucinaciones deben explicar otros fenómenos comunes entre los trastornos del espectro autista que hemos presenciado:

  1. Las CPMI son notablemente consistentes entre quienes las experimentan, a diferencia de las alucinaciones que suelen ser idiosincrásicas. Por ejemplo, todos los fallecidos parecen arrepentidos o dispuestos a perdonar; todos transmiten mensajes de «Estoy bien»; todos contienen expresiones de amor incondicional; ninguno presenta características de miedo; todos muestran calma, satisfacción y felicidad. La lista continúa. Si se tratara de alucinaciones cabría esperar una amplia variación en el tono y el contenido que, en su mayoría, reflejaría el estado psicológico del paciente. Sin embargo esto no ocurre con las CPMI.
  2. En todas las CPMI en las que se obtuvo y se pudo verificar información nueva, dicha información resultó ser cierta.
  3. Las personas que han tenido experiencias paranormales suelen percibir mensajes que no quieren oír, o que no esperan oír y que no podrían imaginar debido a sus limitaciones psicológicas.
  4. Muchos mensajes contienen perspectivas que van mucho más allá de la capacidad del paciente para distanciarse de la situación, evaluarla, diagnosticar la necesidad, crear el escenario perfecto para satisfacerla, representarla en un drama mental y ser tan convincentes para la psique que revierten las creencias del paciente y sanan traumas y duelos arraigados e intratables. Años de psicoterapia no lograron modificar las creencias del paciente que generaban intensos sentimientos de culpa e ira, pero estas experiencias sanan en minutos. Los mensajes de la CPMI violan el sistema de creencias del paciente al mostrarlo como engañoso o falso, y el paciente acepta la perspectiva intrusa como verdad, revirtiendo de inmediato un sistema de creencias profundamente arraigado sin cuestionarlo.
  5. Casi todos los testigos más fiables que han vivido estas experiencias afirman con vehemencia, a veces con desafío, que se comunicaron con los difuntos. Aseguran no haber tenido otras experiencias similares en su vida que se asemejen a la CPMI, salvo una experiencia cercana a la muerte (ECM) o una experiencia espontánea de comunicación con el difunto (CPM).
  6. Las experiencias son siempre positivas y llenas de amor. Siempre contienen el mensaje reconfortante y revelador que los pacientes necesitan. Estas experiencias son notablemente diferentes de las situaciones que el paciente podría imaginar, considerando la tendencia natural del ser humano a ser negativo, crítico y carente de amor, así como la ira y la culpa que lo llevaron a buscar terapia.
  7. Ahora tenemos constancia de varias sesiones en las que personas presentes en la sala con el paciente que experimentaba (observadores y terapeutas) tuvieron experiencias mentales privadas mientras el paciente experimentaba en silencio una comunicación CPMI, y dichas experiencias fueron idénticas a las CPMI del paciente. El capítulo 8 explica estas “CPMI compartidas”.

 

Casos que ilustran estas observaciones

Los casos que se presentan a continuación ilustran los puntos que cualquier teoría sobre el origen de la curación de la CPMI deberá explicar.

 

EL CASO DE JULIA MOSSBRIDGE: “Veo a José caminar hacia mí riendo y jugando con un perro angelical. Por ahora, esta es la única prueba que necesito”.

Después de haber hablado varias veces en programas de radio nacionales e internacionales, describiendo el fenómeno de comunicación inducida post-muerte la gente empezó a pedirme entrevistas. Una de ellas fue Julia Mossbridge, reportera de la revista Conscious Choice, madre, neurocientífica cognitiva, y escritora.

Le induje una CPMI en la que percibió su reencuentro con un amigo llamado José quien había fallecido en un accidente automovilístico. Durante la comunicación descubrió algo que desconocía y que posteriormente verificó. A continuación, se presenta su artículo sobre la experiencia, titulado «Alivio del duelo: Visitando a los muertos» (Conscious Choice , noviembre de 2003). Menciona el puntero, con punta azul, que indico a la paciente que observe, en lugar de mis dedos, durante los movimientos oculares.

“Un amigo falleció cuando estaba en la universidad y me sentí culpable. José no estaba seguro de querer ir al baile donde yo pinchaba música con su hermana, pero cuando coqueteé un poco por teléfono decidió venir. Nunca llegó al baile: murió atropellado por un camión en la autopista. Había intentado olvidar este episodio hasta que oí hablar de una nueva técnica que utiliza la comunicación con los difuntos para sanar el duelo no resuelto. Estaba bastante segura de no sentir ningún remordimiento por la muerte de José. De hecho solo sentía culpa por el papel que desempeñé en ella. Sin embargo, me preguntaba si podría pedir perdón a José por mi participación en su muerte. Así que llamé al doctor que desarrolló esta técnica, Allan Botkin, quen trabaja en Lincolnshire, Illinois.

Cuando entré en el consultorio del doctor Botkin, quedé un poco desconcertada. Supongo que me había imaginado una especie de máquina de alta tecnología en una habitación oscura, presidida por personaje excéntrico, barbudo y con bata de laboratorio. En cambio, lo primero que vi fue un palo blanco, de sesenta centímetros de largo, con una tapa azul de rotulador. Ahora sí, pensé: ¿esto es todo? ¿Una varita mágica para ver muertos? Y el doctor Botkin, lejos de ser un científico loco parecía más bien un tipo que daba consejos a los niños en un partido de sóftbol, ​​con aire paternal y afable.

A pesar de mis recelos me senté a escuchar su descripción de la "Comunicación Inducida Post mortem", que desarrolló modificando una técnica de biorretroalimentación en la que los ojos se mueven rápidamente de un lado a otro. La teoría detrás de este método se basa en la observación de que, durante el sueño REM (movimiento ocular rápido), el cerebro es capaz de establecer asociaciones y procesar información con mayor rapidez que durante la vigilia. Se cree que imitar los movimientos oculares rápidos durante la vigilia activa el mismo tipo de procesamiento veloz y saltos asociativos que antes solo se lograban durante el sueño.

Basándose en el tiempo, décadas, que pasó en la Administración de Veteranos tratando a soldados con duelo y trauma severos, el doctor Botkin explicó que cada paciente debe pasar de las emociones más superficiales —ira, culpa y vergüenza— a la tristeza profunda que, según él, es la raíz de las demás emociones. Afirmó que, mediante su técnica modificada ( www.induced–CPM.com ), las personas pueden transitar la tristeza de forma segura y liberarla. Además, aproximadamente el 70 % de sus pacientes experimentan comunicación post-muerte (CPM), reconectando con la persona fallecida a través de una visión interior realista y gozosa.

Mientras me describía la metodología con su franqueza y sencillez habituales, todas mis alarmas intelectuales se encendieron para decirme que me estaba tomando el pelo. Al mismo tiempo tenía la fuerte intuición de que estaba en lo cierto. Como buena científica, confié en mi instinto. Le permití realizarme una breve sesión aunque le dije que no tenía ningún problema.

Un minuto después, tras observar la varita mágica en movimiento y escuchar cómo me pedía suavemente que conectara con mi dolor, me invadieron imágenes de mi último y fatídico encuentro con José. Observé algunos movimientos más de la varita mágica y comencé a llorar, viendo imágenes de su muerte. A medida que mi tristeza disminuía, conecté con un recuerdo feliz de José. Entonces cerré los ojos y, de hecho, tuve una conexión profunda.

Sencillamente, sin rodeos, vi a José salir de detrás de una puerta. Mi amigo saltaba de alegría con su entusiasmo juvenil, sonriéndome radiante. Sentí una gran alegría al conectar con él, pero no sabía si me lo estaba imaginando todo. Me dijo que yo no tenía la culpa, y le creí. Luego vi a José jugando con el perro de su hermana. No sabía que tenía uno. Nos despedimos y abrí los ojos riendo.

La experiencia parecía demasiado simple, demasiado superficial. No había trompetas, ni túneles luminosos, solo una conversación con José. El doctor Botkin había mencionado que la gente se sorprende de lo "normal" que parece la llamada Terapia de Conexión Ancestral (TCA); yo, sin duda, me sorprendí. También mencionó que ni el terapeuta ni el paciente tienen que creer en la validez de la TCA para que sea curativa: el duelo se resuelve mediante la reconexión, ya sea real o imaginaria.

Más tarde supe que el perro de la hermana de José había muerto, y era de la misma raza que el que había visto en mi visión. Aun así, sigo sin saber qué es real. Lo que sí sé es que cuando pienso en José ya no me vienen a la mente las imágenes de mi llamada ni la del accidente de su coche. En cambio, veo a José caminando hacia mí, riendo y jugando con un perro angelical. Por ahora, esta es la única prueba que necesito”.

 

EL CASO DE ARCI: “Perdóname por haber sido tan frío cuando te adoptamos”.

A continuación se presenta otro ejemplo de estos casos comunes en los que el paciente no comprende algo en la CPMI pero, posteriormente, descubre que la información es cierta.

El amigo de Arci, Mualdo, había fallecido veintitrés años antes de que él viniera a verme. Ambos tenían veintitantos años entonces. Arci no estaba angustiado por su muerte pero sí deseaba volver a conectar con su amigo. Le practiqué el método y Arci contó lo sucedido.

“Puedo ver a Mualdo. Sonríe y dice 'Estoy bien'”. Arci se detuvo unos segundos con los ojos aún cerrados.

“¿Qué hace Andrés ahí?”, preguntó Arci.

Abrió los ojos y explicó lo sucedido. «Vi a mi amigo Mualdo, y todo estaba bien. Detrás de él, un poco más atrás, había otra persona. Parecía Andrés, un amigo con el que solía trabajar. Pero su rostro se veía más alargado y delgado de lo que lo recordaba». Le sugerí que volviera al lugar de los hechos para esclarecer el misterio. Aceptó y realicé otra inducción. Cerró los ojos. Al cabo de un minuto, los abrió.

“No era Andrés”, dijo con ojos muy abiertos. “Era mi padre, mi padre adoptivo. Se parecía a Andrés cuando estaba vivo, pero el hombre que acabo de ver parecía mucho más joven. Por eso su rostro se veía más alargado y delgado”. Continuó: “Mi padre me dijo: «Perdóname por haber sido tan frío cuando te adoptamos». Eso no tiene sentido para mí. No recuerdo que haya sido frío conmigo. Era un padre maravilloso”. Arci luego dijo que perdonó a su padre en la CPMI, pero que realmente no entendía lo que estaba pasando porque su padre no había sido frío con él.

Esa noche Arci llamó a su madre y le preguntó: "¿Papá fue frío conmigo cuando yo era pequeño?" Su madre jadeó y dijo: “Sí. ¿Cómo pudiste recordar eso? Eras solo un bebé”. Arci no dio más detalles, pero dijo que recordaba algo y que simplemente tenía curiosidad. La madre continuó: “Cuando eras bebé a tu papá le costó aceptarte y no te llevaba en brazos pero después de unos meses todo estuvo bien. ¿Cómo puedes recordar eso?”

Arci continuó diciéndome que lo único que recordaba de su padre adoptivo era el amor que sentía por él y los buenos momentos que pasaban pescando y acampando juntos. No recordaba que su padre no lo hubiera tenido en brazos cuando era bebé.

 

EL CASO DE JEREMÍAS: “Ese tipo me caló enseguida”.

Con frecuencia, los pacientes reciben un mensaje totalmente contrario a lo que querrían o esperarían oír. En ocasiones ese mensaje contiene reflexiones que no podrían haber surgido de su intención consciente ni de su estado psicológico.

Durante su estancia en Vietnam, Jeremías, un sueco de ojos azules originario de Wisconsin, jugaba al rugby americano con los soldados negros de su campamento base. Existía (como es norma en la américa inglesa, frente a la tolerante y no racista américa española) cierta tensión racial y seGorioación. Un día, tras jugar con ellos, Jeremías se quedó en el campo practicando despejes mientras los demás entraban en los barracones. Un ataque repentino del Viet Cong lanzó un cohete contra el cuartel. Jeremías corrió hacia donde había caído el proyectil y encontró a varios compañeros heridos, entre ellos uno negro con el que acababa de jugar. Aunque no había sido muy amigo del soldado, lo sostuvo en brazos y acunó su cabeza mientras moría.

Jeremías me pidió una sesión porque tenía "algo en la cabeza". Me explicó que, aunque no conocía bien al soldado negro, tenía imágenes recurrentes sobre su muerte, así que me pidió que utilizara la terapia para ayudarle.

Tras el procedimiento de inducción, Jeremías cerró los ojos. «Lo veo, puedo verlo. Está sonriendo». Hizo una pausa y sonrió con los ojos aún cerrados. «Me acaba de decir: "Para ser blanco, no lo hiciste mal"». Después de unos segundos abrió los ojos con una expresión interrogante. «¿Sabes? Nunca pude recordar el nombre de este chico. Si tan solo supiera su nombre, me sentiría mejor. ¿Puedo volver a hacerlo y preguntarle?».

Era evidente que era importante para él, así que accedí y le induje otra comunicación. Al cabo de un minuto, abrió los ojos y se removió incómodo en su silla, con el ceño fruncido.

“¿Qué pasó?”, pregunté.

Negó con la cabeza, mirando al suelo. "Ese tipo me caló enseguida".

“¿Qué quieres decir?”

Me miró y me explicó: «Le pregunté su nombre y me dijo: "¿Por qué quieres mi nombre ahora? No lo querías entonces"». Jeremías me miró seriamente. «Doctor, tengo que confesarle algo. Quería su nombre para incluirlo en la documentación de mi calificación de servicio y así poder ganar más dinero».

Si un veterano puede demostrar que un problema actual está relacionado con un incidente ocurrido durante su servicio militar recibe una compensación por el trauma en su cheque mensual. Jeremías necesitaba el nombre del soldado negro porque quería completar una nueva documentación que indicara que tenía una relación cercana con él y que ahora sentía dolor por su muerte. Pensó que podría obtenerlo en una CPMI.

“Ese tipo me caló enseguida”, dijo de nuevo, sacudiendo la cabeza. Le proporcioné algunas sesiones adicionales de DRMO para reducir su malestar. Así, pudo aceptar lo sucedido como una valiosa experiencia de aprendizaje.

Jeremías y yo comenzamos a trabajar en otros asuntos y él nunca volvió a mencionar el tema. Había percibido una respuesta a su pregunta sobre el nombre del fallecido que no esperaba ni deseaba. Claramente, no tenía control consciente sobre el contenido del procedimiento de comunicación.

 

EL CASO DE NOBLE: “Siento que lo he perdonado por primera vez en treinta y un años”.

Cuando Noble era médico en Vietnam tenía una relación difícil con su oficial al mando. En una ocasión alguien le robó el rifle y su oficial, sin creer su historia, le ordenó que saliera desarmado en la siguiente misión  a pesar de que había otras armas disponibles. Noble sobrevivió a la misión pero sentía rabia hacia el oficial por haber puesto su vida en peligro. Durante treinta y un años la ira de Noble fue tan intensa cada día como el día en que ocurrió el incidente; creía que si volvía a ver al oficial, lo mataría.

Hablamos del incidente y le sugerí que hiciéramos terapia DRMO centrada en el miedo para ayudarlo a superar la ira. Junto con la tristeza, el miedo es otra emoción fundamental. No pudimos realizar un procedimiento CPMI centrado en el oficial al mando porque Noble estaba seguro de que seguía vivo.

Una vez que la ira y el miedo disminuyeron le di una serie adicional de ejercicios de DRMO para ayudarlo a relajarse aún más. Cerró los ojos e inmediatamente vio al oficial al mando de pie, frente a él, con una expresión de preocupación y cariño. Noble contó que el oficial al mando le dijo que lamentaba mucho lo que había hecho y todos los problemas que su ira constante le había causado en su vida.

“Parecía que lo decía en serio”, dijo Noble después. “Le creo”.

Me asombró que fuera la primera vez que un paciente experimentaba una comunicación CPMI normal con una persona aun viva (ya se explicaron las otras dos excepciones en el capítulo 6 ). A pesar de esta desviación de lo habitual mi opinión, entonces y ahora, es que la terapia funciona. Parecía que estábamos introduciendo una nueva categoría: la comunicación inducida con personas vivas que cura recuerdos intrusivos o turbadores.

Con eso, la ira de Noble se disipó por completo. "Siento que lo he perdonado por primera vez en treinta y un años".

Tras salir de mi oficina, Noble, movido por la curiosidad, fue al libro donde figuran los nombres de todos los que murieron en Vietnam. Allí encontró el nombre de su oficial; había fallecido poco después de que Noble abandonara Vietnam.

 

EL CASO DE JUAN: “Utiliza tus herramientas”.

«Usa tus herramientas» dijo Juan, repitiendo lo que su padre le había dicho durante una inducción en la CPMI. El padre de Juan siempre le había dado buenos consejos en vida. Desde su fallecimiento hacía varios meses, el dolor de Juan se intensificó al sentir que había perdido a su mentor, consejero y querido padre. Antes de la inducción, me comentó que pediría a su padre cualquier consejo que pudiera ayudarle en su vida presente.

La inducción comenzó sin problemas. Cuando abrió los ojos, después de su experiencia en el CPMI, dijo: «Le pregunté si tenía algún consejo para mí. Papá me dijo: "Usa tus herramientas, Juan". No lo entiendo en absoluto. Tengo algunas herramientas viejas en el fondo del garaje, pero no las he usado en años. No lo entiendo».

“¿Por qué no vuelves y le preguntas qué quiere decir?”, le sugerí. Le hice otra inducción y Juan cerró los ojos. Al cabo de un momento, sonrió y asintió con la cabeza. Abrió los ojos y dijo, “Le pregunté por las herramientas. Me contestó: «No, Juan, no las que tienes en el garaje. Usa las herramientas que estás aprendiendo en terapia ahora mismo. Te van a marcar la diferencia».

Juan recibió un mensaje que no esperaba ni comprendía. Tuvo que pedir a su padre que le explicara el mensaje, y la interpretación a la que llegó no coincidía con la que habría imaginado.

 

EL CASO DE SIMÓN: “Tenía muchas esperanzas de poder enviarle un mensaje a Cari”.

Otra característica destacable de algunas comunicaciones inducidas debe tenerse en cuenta a la hora de buscar las causas de este fenómeno. En ocasiones, el paciente percibe un mensaje que no comprende y la explicación no proviene de la información que posee. Solo después de consultar con otra persona el mensaje cobra sentido.

Simón quedó profundamente afectado por la muerte de su buen amigo Jimeno, ocurrida un mes antes de venir a verme. Había sido muy amigo de Jimeno y su esposa, Cari, y sufría profunda tristeza por el fallecimiento.

Simón accedió a participar en una sesión de CPMI para superar el duelo. Le hice la inducción estándar y cerró los ojos. Al instante, sonrió. «Puedo ver a Jimeno. Está sonriendo y saludando. Puedo oírlo llamándome». Abrió los ojos. «La imagen era muy clara. Eso me hace sentir muy bien. Siento que está bien. Pero, sabes, tenía muchas ganas de darle un mensaje a Cari. No está nada bien».

Le sugerí que pidiera un mensaje a Jimeno. Pasamos por el proceso de inducción y cerró los ojos. Después de un momento los abrió y me miró desconcertado. «Esta vez no vi a Jimeno. Solo vi una mano sosteniendo otra. Supe que la mano de arriba era la de Jimeno porque era ancha y venosa, como las suyas. La otra mano parecía ser la de Cari, según entendí. Ahora bien, eso no significa nada para mí. No es un mensaje importante para ella».

Terminamos la sesión con Simón sintiéndose reconfortado y feliz por haber vuelto a conectar con Jimeno, aunque seguía sin entender por qué vio la mano de Jimeno sobre la de Cari cuando le pidió que le diera un mensaje.

Más tarde ese día, Simón me llamó emocionado. «Bueno, doctor, fui enseguida a casa de Cari y le conté que había visto a Jimeno. Estaba muy contenta. Le dije que había pedido un mensaje para ella, pero que no me lo había dado. Solo vi una imagen muy clara de su mano sosteniendo la suya. Empezó a llorar, sonriendo y asintiendo con la cabeza. Me dijo: “Anoche tuve un sueño. Fue tan vívido que no parecía un sueño. Sentí, de verdad sentí, a Jimeno tomándome de la mano. Simón, sí que te dio un mensaje para mí. Decía que anoche era él quien realmente me tomaba de la mano”».

El dolor de Simón permaneció superado desde ese momento hasta mi último contacto con él.

 

EL CASO DE VERA: "¿Puedo hacerlo de nuevo? Quiero oírla decirlo otra vez."

La percepción que los pacientes tienen del difunto suele adquirir un matiz humorístico cuando este los reprende de forma familiar, algo que el paciente no esperaría experimentar en el centro de detención infantil. El caso de Vera es un ejemplo de ello.

La madre de Vera había fallecido repentinamente durante la noche, tres meses antes de que ella acudiera a mí para recibir terapia de duelo por lo que Vera aún se encontraba en pleno proceso de duelo. Aceptó someterse a una sesión de terapia para ayudarla a sobrellevar la tristeza.

Realicé tres inducciones y, en la tercera, Vera casi de inmediato sintió que su madre le decía que debía estar feliz porque ella estaba feliz. Vera se puso eufórica. Disfrutó tanto de la experiencia que quiso realizar otra comunicación y hacer una pregunta a su madre. Le indiqué una serie de movimientos oculares y pedí que cerrara los ojos y siguiera pensando en su madre. Después de unos segundo los abrió. «Me respondió», dijo encantada. «Quiero preguntar de nuevo. ¿Puedo hacerlo?».

“Claro”, respondí. Hice una serie de movimientos oculares y volvió a cerrar los ojos. Los abrió al cabo de unos segundos, rebosante de emoción. “Le pregunté y me dijo lo mismo. ¿Puedo repetirlo? Quiero oírla decirlo otra vez”.

Era evidente que Vera estaba experimentando la misma euforia que había visto en muchos otros pacientes que habían tenido esa comunicación inducida. Aunque no se le ocurría nada más que pedir, quería seguir teniendo la experiencia. Le induje otra más. Tras unos segundos, Vera abrió mucho los ojos, retrajo las comisuras de los labios y bajó la cabeza con una expresión de "ups".

“¿Qué pasó?”, pregunté con gran curiosidad.

“Mi madre me dijo: '¿Por qué sigues haciendo la misma pregunta? Ya te di la respuesta'. Supongo que me pasé de la raya.”

 

CPMI compartidas: Desafiando la teoría de las alucinaciones.

Los casos presentados en este capítulo parecen desafiar las teorías psicológicas actuales. La explicación que se formule sobre el origen de las comunicaciones post-muerte inducidas deberá abordar estas cuestiones. Si bien son notables, el contenido de estos casos no constituye el argumento más sólido para afirmar que las teorías psicológicas actuales son insuficientes para explicar las CPMI. En el próximo capítulo presentamos el fenómeno de las CPMI compartidas: dos personas que experimentan la misma experiencia privada simultáneamente.

Nota del Traductor: recuérdese el trabajo de Raymond Moody sobre las experiencias compartidas en procesos de fallecimiento, también relatados en trabajos publicados por enfermeras en instituciones de cuidados paliativos para pacientes terminales, tales como VIAJES FINALES, de Maggie Callanan, o REGALOS FINALES de Maggie Callanan y Patricia Kelley

 

CAPÍTULO 8. CPMI COMPARTIDAS Y CPM SIMULTÁNEAS

El ser humano forma parte del todo, al que llamamos «Universo»; una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se percibe a sí mismo, sus pensamientos y sentimientos como algo separado del resto: una especie de ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es una prisión que nos limita a nuestros deseos personales y al afecto por unas pocas personas cercanas. Nuestra tarea consiste en liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de compasión para abarcar a todos los seres vivos y a la naturaleza en toda su belleza. Nadie puede lograrlo por completo, pero el esfuerzo por alcanzarlo es, en sí mismo, parte de la liberación y fundamento de la seguridad interior. —Albert Einstein (citado en H. Eves, Mathematical Circles Adieu)

Probablemente los sucesos más raros que hemos experimentado ocurrieron inicialmente, por accidente, con profesionales que no eran propensos a confundir ilusión con realidad. Posteriormente pudimos inducir el suceso a propósito con otros terapeutas y pacientes en varios ensayos. Aún no hemos logrado comprenderlo, pero el fenómeno debe estudiarse y tenerse en cuenta al determinar la clasificación de las CPM, las ECM y las CPMI.

Descubrimos que un observador presente en la sala, con el paciente y el psicoterapeuta durante el suceso CPMI, parece ser capaz de escuchar la experiencia interna del paciente durante dicho suceso. La prueba preliminar de esta escucha “clandestina” es sólida y se replicó en terapeutas, observadores y pacientes. Denominamos a estos incidentes "CPMI compartidos". Una variante en la que el observador experimentó un suceso CPM independiente durante la misma sesión, en el que participaron las mismas personas fallecidas que aparecieron en el CPMI del paciente, la denominamos "CPM concurrentes".

 

CPMI compartidas

La primera vez que me percaté del fenómeno compartido estaba induciendo una CPMI mientras un psicólogo, al que estaba formando, observaba. El paciente quería superar su duelo mediante una comunicación con su tío fallecido y con quien había pasado gran parte de su juventud. Mientras inducía la comunicación al paciente el psicólogo observador cerró los ojos y realizó él mismo los movimientos oculares para relajarse.

Al psicólogo en formación se le aparecieron imágenes: una escena vívida de una zona pantanosa con espadañas, un estanque y un sauce. Sintió como si estuviera tumbado en la hierba con el estanque a la altura de los ojos. No le pareció lógico, así que abrió los ojos y siguió observándonos a mí y al paciente. El paciente aún no había empezado a hablar, por lo que el psicólogo desconocía lo que estaba experimentando el cliente durante su CPMI.

Cuando el paciente abrió los ojos dijo haber visto la escena de un pantano. Sentía como si estuviera tumbado en la hierba mirando el pantano. El psicólogo en prácticas se sorprendió por esta coincidencia y preguntó: "¿Vio usted espadañas?".

El paciente dijo: "Sí", sin esperar que esa fuera una afirmación rara ya que había dicho que se trataba de un pantano.

El psicólogo preguntó entonces: "¿Vio usted un estanque y un sauce?". El paciente se mostró claramente sorprendido. "Sí", respondió. "¿Cómo lo supo?".

El psicólogo explicó lo que había hecho y ambos continuaron comparando con gran precisión sus relatos de lo que habían experimentado.

Sin embargo, una parte de la escena no coincidía. El psicólogo preguntó: "¿Viste a los patos volar por encima?".

El paciente dijo: “No, eso es lo único que usted ha descrito que yo no vi”.

Pregunté al paciente: "¿Por qué vio un pantano?"

El paciente respondió: “El pantano estaba en el patio trasero de la granja de mi tío. Solía ​​jugar allí y tumbarme en la hierba, junto al estanque”.

Paciente, psicólogo y yo quedamos con los ojos muy abiertos. Luego me miraron buscando alguna explicación, como si mi formación en psicología les hubiera enseñado qué decir en una situación así. No lo sabían, pero yo estaba tan sorprendida como ellas. Mantuve la compostura pero admití que no sabía qué había pasado. Al terminar la sesión salí por la puerta trasera del edificio y recorrí los terrenos del hospital solo, absorto en mis pensamientos sobre este suceso inexplicable.

En la siguiente sesión con este paciente y el psicólogo observador el cliente manifestó su interés por saber más sobre este suceso y accedió a repetirlo. Por ello  le induje la comunicación mientras el psicólogo se la autoinducía. Ambos permanecieron en silencio un rato. Antes de que el paciente explicara su CPMI el psicólogo informó haber percibido una conversación entre el paciente y su tío. Proporcionó detalles específicos que posteriormente el paciente confirmó  pues coincidían con la conversación que había experimentado en su comunicación.

Como este hallazgo nos intrigó, el psicólogo observador y yo experimentamos con otros ocho pacientes que accedieron a participar. En esta ocasión el psicólogo anotó todo lo que experimentó antes de que los pacientes relataran lo sucedido durante sus crisis epilépticas agudas. En todos los casos los relatos del psicólogo coincidieron con las crisis epilépticas agudas de los pacientes con gran precisión.

 

Una psicóloga comparte una comunicación CPMI con su paciente.

Expliqué este hallazgo a otra psicóloga que había capacitado en la terapia. Al día siguiente me informó que, durante una sesión, había realizado movimientos oculares mientras su paciente experimentaba la sesión y ella misma había tenido una experiencia similar. Esto fue lo que me comunicó:

“Después de que me describieras lo sucedido con la comunicación inducida compartida sentí curiosidad por saber si alguna persona presente durante la experiencia de CPMI del paciente podría compartirse con otros, incluido el psicoterapeuta. Así que decidí intentarlo. Estaba trabajando con un paciente que tenía imágenes traumáticas y duelo por una experiencia de guerra. Este sujeto esperaba poder realizar una comunicación con uno de los soldados que había visto morir en feroz batalla.

Tras la inducción habitual quedó listo para la comunicación. Le indiqué una serie de movimientos oculares y cerró los ojos. Al mismo tiempo cerré los míos y también los moví. Lo que experimenté fue increíble. No buscaba experimentar nada en particular, pero me vinieron a la mente imágenes muy vívidas de un soldado en un valle verde y tranquilo. Sentí que se comunicaba conmigo y me decía: «Está bien. No fue tu culpa».

Abrí los ojos al poco rato para asegurarme de que estaba viendo al paciente cuando él abriera los suyos. Poco después, me dijo: «Lo vi. Era él de verdad. Me dijo que no me sintiera mal. No fue culpa mía». Me quedé bastante atónita, pero seguí con la conversación.

“Describe lo que viste. ¿Cómo era el paisaje?”

Me dijo, y estas fueron sus palabras: «Era un lugar hermoso, frondoso y verde, con pequeñas elevaciones a ambos lados, como un valle». Yo mantuve la compostura y terminamos la sesión. No quise contarle lo que acababa de suceder y ahora que sé lo que puede pasar y no lo volveré a hacer sin antes hablar con el paciente. Pero alguien realmente tiene que estudiar esto”.

Advertimos que no aprobaríamos participar en una experiencia de este tipo sin el permiso del paciente y sin que este tenga conocimiento previo de lo que puede ocurrir. Personalmente no he compartido una CPMI con ningún paciente debido a mi preocupación por la privacidad.

 

Otro psicoterapeuta capacitado comparte una experiencia con la CPMI.

El doctor David Mannelli, quien yo había formado unos años antes, tuvo mucho éxito induciendo CPMI en su consulta de Milwaukee, Wisconsin. Un día me envió un correo electrónico para explicarme la extraordinaria CPMI compartida que había experimentado. Este es el relato de lo sucedido:

“Estaba asesorando a una madre de cuarenta años con dos hijos que había perdido a su esposo aproximadamente un año antes de nuestra sesión. Le apliqué la terapia DRMO estándar centrada en el núcleo pero su dolor no disminuía como suele ocurrir cuando nos preparamos para la inducción de la CPMI, así que realizamos cuatro sesiones de DRMO enfocadas en su duelo. Durante ese tiempo desarrollé una fuerte conexión con ella y sentí verdadera comprensión de su dolor y empatía. Finalmente, durante la quinta sesión, parecía estar lista y utilicé DRMO para relajarla y lograr el estado receptivo. La CPMI se desarrolló con normalidad.

Durante el momento de tranquilidad en que ella experimentaba su comunicación, con los ojos cerrados, yo también cerré los míos por unos segundos e hice movimientos oculares. Tuve la imagen clara de un hombre con camisa blanca brillante, joven y sano, con la mano sobre el corazón.

Tras abrir los ojos me explicó, llena de alegría, que había tenido una visión de su marido y la esencia de lo que él sentía. Le pregunté cómo era. Ella respondió: «Llevaba una camisa blanca muy brillante, parecía más joven y completamente sano. Tenía la mano sobre el corazón».

Seis meses después de contarme sobre esta sesión, Daniel me informó  que la paciente lo había llamado para darle las gracias y le había dicho que su familia y amigos habían notado un brillo especial en ella desde la sesión de terapia.

 

Generalizaciones sobre las comunicaciones compartidas.

La experiencia compartida de la comunicación supuso un punto de inflexión en mi comprensión del fenómeno. Tras presenciar varias CPMI compartidas me di cuenta de que era improbable que fueran alucinaciones. Una alucinación es idiosincrásica: dos personas no pueden tener alucinaciones idénticas al mismo tiempo. Durante las comunicaciones inducidas compartidas, quienes las experimentan observan la misma realidad por lo que, probablemente, sea independiente de ambos. Se justifica un estudio más profundo del fenómeno.

En todos los casos de CPMI compartida que hemos registrado, los observadores habían experimentado su  CPMI antes del episodio compartido. Esto parece sensibilizarlos a la experiencia de la comunicación. Los observadores también establecieron una buena relación con la persona que experimentó la CPMI al escuchar su relato y comprender el duelo que la acompañaba.

Mis colegas y yo intentamos replicar las CPMI compartidas en condiciones controladas. En nuestro experimento informal utilizamos dos observadores que habían tenido varias CPMI compartidas exitosas. Como control, el observador desconocía los problemas del paciente ya que se incorporó a la sesión justo antes de la inducción, sin estar informado sobre el caso del paciente. Al intentarlo de esta manera, la CPMI compartida no se produjo.

El doctor Mannelli, psicoterapeuta de Milwaukee que experimentó una de las CPMI compartidas, concluyó su relato con estas palabras, que podrían ser una profunda revelación sobre las comunicaciones compartidas: «Creo firmemente que la energía de una comunicación CPMI está ligada al poder del amor. Cuanto mayor sea la empatía del terapeuta, mayor será la probabilidad de acceder a una CPMI».

 

CPM simultáneas durante una sesión CPMI

Tras conceder varias entrevistas a publicaciones, emisoras de radio y televisión para describir la terapia CPMI, psicoterapeutas de todo el país comenzaron a contactarme para recibir formación. Una de ellas fue Hania Stromberg, que ejerce la psicoterapia en Albuquerque, Nuevo México. Ella viajó a Illinois para formarse y, tras regresar a Nuevo México, empezó a utilizar la terapia CPMI como una de las herramientas para ayudar a sus pacientes que sufrían imágenes intrusivas y duelo.

 

Hania Stromberg: Una comunicación post-muerte (CPM) espontánea ante la comunicación post-muerte inducida (CPMI) de su cliente

Varias semanas después de su formación, Hania me llamó emocionada. «Al, esto es increíble», dijo. «Tuve la experiencia de escuchar al padre de mi paciente mientras le realizaban una comunicación CPMI». Este es el relato de lo sucedido, en sus  palabras:

Arnold acudió a mí porque estaba muy afligido por la muerte de su padre. Su madre había fallecido años antes y él y su padre vivieron juntos hasta el fallecimiento de este. Su padre fue un atleta destacado que sobresalió en los deportes durante la secundaria y la universidad. Parecía tener éxito en todos los deportes que practicaba. A pesar de su éxito en el deporte y, posteriormente, en los negocios, Arnold comentó que su padre se sentía decepcionado con la vida.

Arnold estaba muy triste por su relación con su padre pues sentía que este no lo había querido realmente. Su padre desarrolló Alzheimer hacia el final de la vida y Arnold lo internó en una residencia de ancianos. Esto le provocó una enorme culpa, pues sentía que solo estaba aumentando la desilusión de su padre con la vida. Reconocía que su padre no era consciente de dónde estaba en ese momento, pero aun así se sentía culpable por no haber podido mantenerlo en casa.

Realicé el proceso de inducción mientras Arnold se concentraba en su padre. Durante los movimientos oculares de la DRMO, sentí lo que me pareció que alguien entraba en la habitación y dije: «Oh, una presencia fuerte acaba de entrar en la habitación». Arnold respondió de inmediato: «Sí, sí. Yo sentí lo mismo. Mi padre está aquí».

Cerró los ojos. En mi mente, oí una voz masculina que decía: «Hijo mío, mi querido hijo», pero no se lo conté al paciente. Entonces, cerré los ojos por unos segundos y vi remolinos morados en movimiento.

Tras un minuto, abrió los ojos y describió su experiencia. Dijo que sentía como si flotara y viera siluetas en la sombra que se parecían a su padre, flotando a su alrededor. Luego añadió: «Vi las siluetas en remolinos de color púrpura».

Poco después, la sesión terminó.

Más tarde, comentó que se había sentido dichoso durante un día después de la última sesión. Había llegado a sentir menos culpa y más amor por su padre. Yo me encargué de la preparación para la CPMI y, tras una serie de movimientos oculares, Arnold cerró los ojos y describió lo que veía. «Veo a muchos hombres con ropa de los años 50, muy profesionales y de aspecto impecable».

Arnold permaneció sentado en silencio durante unos diez minutos. Luego abrió los ojos con una sonrisa y me contó lo sucedido. «Vi a papá y hablamos de mi vida. Le pregunté si la mujer con la que salgo sería una buena pareja para mí. Me dijo: "No, no, hijo mío, mi querido hijo. Ella no te conviene"».

Me di cuenta de que había dicho que su padre había pronunciado las mismas palabras que yo había oído en la sesión anterior, palabras que Arnold no había escuchado en aquella ocasión. Le pregunté: «Dijiste que tu padre te dijo: “Hijo mío, mi querido hijo”. ¿Te lo había dicho antes?».

“Oh, sí”, respondió Arnold. “Me lo decía a menudo cuando estaba vivo y hoy lo he vuelto a oír”.

 

La experiencia de un psicólogo en su comunicación post-muerte CPM.

A veces imparto la capacitación sobre cómo realizar la inducción CPMI en sesiones individuales en mi consultorio en lugar de en grupo. Un sábado capacité a Gallu Dufford, doctor en psicología de San José, California. Vino acompañado de su esposa, Ilianna, lo que nos brindó la oportunidad única de que me observara mientras realizaba la inducción CPMI con su esposa en relación con su madre fallecida.

Seguimos el proceso de inducción habitual y ella cerró los ojos. Estaba inusualmente callada y le pregunté: "¿Sientes algo?". Susurró: "Espera". Se quedó sentada en silencio unos minutos más. Noté que su esposo tenía los ojos cerrados mientras yo practicaba la inducción, y en un momento dado sonrió ampliamente y se rió para sí mismo.

Cuando abrió los ojos la esposa explicó que había vivido una muy extensa y conmovedora comunicación con su madre y su padre. Por su parte, su esposo dijo que, con los ojos cerrados, tuvo la experiencia de ver y hablar con la madre y el padre de su esposa. «Pero yo no tuve la misma experiencia que describe Ilianna», explicó. «Primero conecté con ellos individualmente. Luego, unos minutos después, en una CPM aparte, vi a la madre y al padre de Ilianna juntos, bailando y riendo. Cuando cerré los ojos en ese momento sentí una energía tan brillante y alegre que emanaba de ellos que realmente me hizo sonreír. Me impresionó lo diferente que era su energía, en comparación con el cansancio que sentía después de un largo día de entrenamiento. Me reforzó la sensación de que era real y que provenía de una fuente externa a mí».

Miró a su esposa. «Tu madre me hacía reír. Me llamaba “Mallu” en vez de Gallu, en broma. ¿Te acuerdas de que solía hacerlo y se convirtió en broma recurrente entre nosotros?»

Luego, tomó la mano de Ilianna y le dijo: «Ilianna, tu padre me dijo, muy claramente: "Hola, Gallu. Sabes que es mi niña, cuídala"». Ilianna y Gallu se sonrieron con ternura, con lágrimas en los ojos.

 

Lo extraordinario de la CPMI compartida.

Es necesario estudiar las CPMI compartidas para comprender la naturaleza de este fenómeno sin precedentes que desafía lo que creíamos cierto sobre el cerebro y la conciencia. Para mí, presenciarlas supuso un punto de inflexión en mi visión de las CPMI. Para descartar la explicación de la postvida los escépticos podrían argumentar que dos personas que comparten una CPMI en realidad no comparten la percepción de los espíritus de los difuntos sino que, de alguna manera, comparten mágicamente y telepáticamente la misma alucinación. Me sorprendió descubrir tiempo después que las CPMI compartidas tienen paralelismo en la investigación de las ECM. El descubrimiento del doctor Moody sobre las "ECM compartidas" se analiza en el capítulo 13.

 

CAPÍTULO 9. EXPERIENCIA PROFESIONAL Y ACADÉMICA CPMI

Sin duda, la mejor prueba es la experiencia. —Sir Francis Bacon

 

A lo largo de los años transcurridos desde el descubrimiento del procedimiento CPMI, he tenido el placer de describir el fenómeno CPMI a numerosos profesionales de la salud mental, médicos y académicos. Varios de ellos mostraron gran interés en comprender estas comunicaciones inducida y me permitieron ayudarlos a experimentarlas. Tras las sesiones, su certeza de que la experiencia se desarrolla sin intervención consciente, y que las comunicaciones eran reales, coincidió con los testimonios de todos mis pacientes.

Suponemos que los miembros de estos grupos profesionales son personas equilibradas y con buena salud mental. Los testimonios de estos profesionales capacitados me ayudaron a comprender que las  Comunicaciones Post-Muerte Inducidas se presentan en personas inteligentes, instruidas y con buena salud mental, de todos los orígenes y profesiones.

En los cinco casos que se describen a continuación las CPMI fueron experimentadas por profesionales médicos y académicos, concretamente dos psicólogos, dos médicos y un profesor de historia.

 

EL CASO DEL PSICÓLOGO JANDRO: “Me sorprendió la forma en que se desarrolló mi experiencia”.

Jandro es psicólogo. Sabía que las experiencias espontáneas de CPM (Comunicación Post-Muerte) producían la sanación de heridas emocionales pero era muy escéptico respecto a la inducción de la CPM. Quería conocer la práctica por sí mismo, así que vino a mi consultorio para una sesión de inducción de CPM (CPMI).

Comenzamos hablando sobre las comunicaciones inducidas y le describí un caso como ejemplo. Cuando le pedí que eligiera a la persona con la que quería reconectar eligió a su padre. Tres años antes de nuestra sesión el anciano padre de Jandro había desarrollado neumonía, tras una operación de corazón, y falleció. «En general tenía buena relación con mi padre, pero había asuntos pendientes», dijo Jandro. «Fue insensible y crítico muchas veces a lo largo de mi vida, y eso me causó muchos problemas. Pero lo que realmente me preocupa ahora es que le tenía mucho miedo a la muerte y nunca aceptó su enfermedad».

El primer intento de inducción no tuvo éxito porque Jandro intentaba imaginar una escena similar al caso de CPMI que habíamos comentado al principio de la sesión. Le expliqué que las CPMI adoptan diversas formas y que cualquier intento por su parte de recrear esa experiencia impediría que se produjera una comunicación. Simplemente le recordé que debía estar abierto a lo que sucediera.

Hicimos otra inducción. Jandro se sentó en silencio con los ojos cerrados y luego habló: «Veo una pequeña luz brillante. Se está haciendo cada vez más grande. Ahora veo una imagen borrosa del rostro de mi padre, que emerge de la luz. Lo oigo decir: “Hijo, hijo”, con mucha ternura y cariño. Tengo la sensación de que me busca y quiere hablar conmigo».

Jandro relató que la imagen se desvaneció, así que le proporcioné otra inducción. «Puedo ver una escena brillante, brumosa e informe, pero puedo oír a mi padre decir: "Estoy bien. Jandro, todo está bien"». A Jandro se le llenaron los ojos de lágrimas. «Son lágrimas de felicidad», dijo.

Después, Jandro afirmó que se sentía conectado a su padre de una manera muy cariñosa, más profundamente que nunca. Creía que cuando su padre le dijo: «Jandro, todo está bien», quería decir que la gente no debería atormentarse con miedos infundados sobre la muerte.

“Esto es justo lo que necesitaba”, continuó Jandro, “pero no me había dado cuenta de que lo necesitaba. Siento un verdadero bienestar, una sensación diferente a cualquier otra que haya experimentado antes. Me sorprendió cómo se desarrolló mi experiencia. No esperaba ver la luz; se materializó por sí sola”.

Hablé con Jandro por teléfono meses después. Me dijo que creía que todos sus problemas relacionados con la muerte de su padre se habían resuelto. Y cada vez que recordaba la experiencia en la comunicación sentía la misma cálida sensación de bienestar.

 

EL CASO DE LA PSICÓLOGA SINDI: “Creo que ahora me doy cuenta de que gran parte de mi fortaleza como persona proviene de la influencia de mi padre”.

Antes de su formación en CPMI, Sindi era escéptica, pero cuando logró inducir CPMI en algunos de sus pacientes, quedó muy impresionada con los resultados. Decidió intentar autoinducirse una CPMI para resolver algunos problemas con su padre. Aunque su padre había fallecido hacía casi cinco años, ella seguía teniendo sentimientos ambivalentes hacia él. Su padre había sido un oficial militar de alto rango que sirvió en la Segunda Guerra Mundial, Corea y la crisis de los misiles cubanos. Desafortunadamente, sus experiencias militares lo habían vuelto ansioso, impredecible y explosivo, patrones de comportamiento que provocaron muchas crisis familiares y algunos problemas persistentes para Sindi.

Este es el relato de Sindi sobre lo sucedido, tal como me lo explicó. Sindi se realizó el procedimiento a sí misma mientras estaba tranquilamente en casa. Inmediatamente vio a su padre sentado en una silla en lo que parecía ser un entorno tropical. "Se veía más joven, más delgado y con más cabello, tal como era de joven", dijo. "También se veía feliz y tranquilo". Sindi le preguntó entonces a su padre qué debía hacer con su hermana, que estaba teniendo problemas en ese momento. Él respondió: "Nada. Solo relájate". Ella contó que luego él se quedó pensativo y dijo: "Espero que algún día puedas encontrar algo bueno en ti que hayas heredado de mí". Dijo que había un toque de tristeza en su voz, pero era más una tristeza empática que una preocupación por su  bienestar.

Sindi me contó que entonces abrió los ojos y, aunque conservaba una sensación de paz gracias a su experiencia, también se sentía perpleja. En ese momento no volvió a otro centro de tratamiento de la afección.

Después de que me contara la historia, le aconsejé que tomara en serio la declaración de su padre, ya que parecía importante. Me dijo que su decepción y enojo por la relación con él le dificultaban darle una respuesta inmediata. Aceptó que utilizara la terapia DRMO para ayudarla a procesar lo que su padre le había dicho en su sesión de CPMI.

Realicé la terapia DRMO y ella cerró los ojos. Tras un instante, habló: «Tengo la sensación de que, a pesar de todas las dificultades que mi padre atravesaba, siempre fue fiel a mamá y a nosotros, aunque a veces parecía estar abatido. Creo que ahora me doy cuenta de que gran parte de mi fortaleza como persona proviene de la influencia de mi padre».

Esa noche, Sindi se autoindujo otra crisis de eyaculación precoz. Cuando lo sintió de nuevo, él se veía tranquilo y feliz, pero esta vez toda su preocupación por su bienestar había desaparecido. Sindi me dijo después: «Parecía que todos sus problemas y su preocupación por el efecto que tenían en mí habían desaparecido». Dijo que entonces su padre le dijo que estaba esperando pacientemente a su madre.

Los problemas de Sindi se resolvieron y los cambios se mantuvieron en el seguimiento realizado un año después. Ella creía que la experiencia la había fortalecido aún más, lo que le permitió lidiar con mayor eficacia con una figura de autoridad que le recordaba a su padre.

Basándose en su  experiencia y en la inducción de CPMI con sus pacientes, Sindi está segura de que este fenómeno es una capacidad natural que reside en todo ser humano.

 

EL CASO DE LA DOCTORA PAMELA: “Tengo la sensación de que no se ha ido y que siempre estará conmigo”.

Pamela es médica exitosa con agenda profesional muy apretada. Acudió a mí debido a la culpa y la tristeza que sentía por la muerte de su madre. Inicialmente se mostró escéptica respecto al procedimiento de comunicación inducida pero accedió a probarlo.

La madre de Pamela había fallecido casi treinta años antes, cuando Pamela tenía catorce años. Ella y su madre eran las únicas mujeres de la familia por lo que habían desarrollado una relación muy estrecha. Poco después de que Pamela cumpliera catorce años su madre se sentó con ella en el sofá, le tomó las manos y le dijo que tenía cáncer de mama inoperable. Le quedaban solo meses de vida. Durante los meses siguientes, en estado de negación, Pamela siguió involucrando a su madre en sus actividades, con la esperanza de que su comportamiento activo demostrara que no era cierto el final esperable.

La salud de su madre se deterioró rápidamente y, tres meses después, falleció. Tras la muerte, el padre y los tres hermanos de Pamela la lloraron, pero Pamela creía que era su deber ocupar el lugar de su madre como la persona fuerte de la familia, por lo que nunca abordó del todo sus  problemas relacionados con su muerte. Su hermano mayor la culpó de la rápida muerte de su madre porque, a pesar del agotamiento, ella intentó mantenerse activa durante su enfermedad haciendo cosas con Pamela.

Pamela mantuvo una rutina agotadora durante la mayor parte de su vida para evitar sentir culpa y tristeza. Pasó un año y medio en psicoterapia con otro terapeuta y logró algunos avances al permitirse expresar su dolor pero estas mejoras no redujeron significativamente sus sentimientos de culpa y tristeza por la muerte de su madre. (Sin contar la pasta gansa invertida en la fallida cura).

Después de que me contara sobre su madre utilicé la terapia DRMO centrada en el núcleo para abordar la tristeza y ayudarla a empezar a superarla. Luego realicé el procedimiento de comunicación inducida.

Tras un minuto abrió los ojos y explicó lo sucedido. Dijo que sentía como si estuviera atravesando un túnel hacia una luz brillante, pero se sentía frustrada porque no lograba llegar al final del mismo. Le aseguré que la CPMI se desarrollaría de forma natural; solo necesitaba relajarse y dejar que sucediera.

Tras una sesión de DRMO para relajarse y ayudarla a entrar en un estado receptivo, estaba lista para la experiencia CPMI. Esta vez, su madre estaba presente. Pamela mantuvo los ojos cerrados durante cinco minutos, tiempo relativamente largo para una CPMI. Las lágrimas rodaban por su rostro mientras permanecía sentada en silencio con los ojos cerrados. Finalmente los abrió y dijo, emocionada: «Vi a mi madre con mucha claridad. Parecía más joven y delgada, a pesar de haber engordado en los últimos diez años. Se veía sana, feliz, en paz, y tenía un brillo en los ojos que parecía irradiar una luz a su alrededor». Pamela rió y continuó: «Mi madre estaba sentada en una gran roca, junto a la playa, con uno de esos trajes de baño de antaño, pero el entorno era más hermoso que cualquier playa que haya visto. Me comunicó con mucha claridad que estaba muy orgullosa de lo que había logrado en mi vida. Me dijo que no tenía por qué sentirme culpable de nada. Sentí una conexión cálida, como la que teníamos antes. Cuando mamá vivía, siempre había un toque de tristeza en su sonrisa, pero eso había desaparecido y se veía genuinamente feliz».

Tras describir la comunicación, comentó: «No puedo creer la paz que siento, es como si me hubieran quitado un peso enorme de encima. Y tengo la sensación de que ella no se ha ido y siempre estará conmigo». Mientras se preparaba para marcharse, dijo sentir que todos sus problemas relacionados con la muerte de su madre se habían resuelto. Hizo hincapié, en varias ocasiones, en lo inesperada que había sido su experiencia.

Dos meses después informó que seguía sintiéndose mucho mejor y que aún podía experimentar la cálida conexión con su madre.

 

EL CASO DE GRACIA, PROFESORA DE HISTORIA: “Me dijo: ‘Sabes que estás siendo ridícula. Supéralo’”.

La madre de Gracia había sido fuente de aliento e inspiración para ella, una amiga además de madre. Cuando Gracia terminó su doctorado en historia estadounidense y buscó un puesto de profesora se limitó a universidades del noroeste para poder estar cerca de su madre en Oregón. Su actividad favorita durante los últimos tres años había sido ver juntas las películas El Señor de los Anillos .

Un año antes de mi sesión con Gracia, su madre había fallecido repentinamente a causa de la rotura de aneurisma cerebral. Gracia recibió la noticia en un hospital de California, donde se recuperaba de una delicada cirugía. Le dolió profundamente no poder asistir al funeral de su madre. Perderla tan repentinamente y no poder estar presente en el funeral le causó una gran culpa y tristeza. El dolor se intensificó durante el año siguiente, hasta que acudió a mí en busca de consuelo.

Gracia me contó que tenía fuertes convicciones sobre la vida post-muerte debido a varias experiencias de comunicación extracorpórea espontáneas que había vivido. Sin embargo, ni sus creencias ni sus experiencias fueron suficientes para sobrellevar la muerte de su madre y la culpa que sentía por no haber asistido al funeral. «Debería haberlo sabido», me dijo entre lágrimas, «pero me siento fatal por no volver a verla, ni siquiera en su funeral».

La sometí al proceso de inducción de la CPMI dos veces sin que se produjera la comunicación. En el tercer intento pudo hacerla. Gracia permaneció en silencio un momento y luego, de repente, se echó a reír. Un minuto después abrió los ojos y me explicó lo que había experimentado.

“Mi madre me dijo: ‘Sabes que estás siendo ridícula. Supéralo’. Eso me hizo reír. Era muy típico de ella.”

Dijo sentir un alivio inmenso y, de hecho, le sorprendió lo aliviada que se sentía. En la siguiente sesión me contó que había ido a ver la película El Señor de los Anillos por primera vez desde la muerte de su madre. Antes de su CPMI incluso el ver el título de El Señor de los Anillos reavivaba su tristeza porque disfrutaba mucho viéndola con su mamá. Dijo que disfrutó muchísimo la película y que solo tenía pensamientos felices sobre su madre. Sintió que estaba con ella, de alguna manera, mientras veía la película.

 

EL CASO DEL CIRUJANO CARDÍACO BERTO: "¿De verdad esperas que diga que era mi hermano?"

Este caso ilustra cómo algunos escépticos siguen mostrándose escépticos incluso después de una experiencia exitosa con la terapia CPMI. Sin embargo, el factor importante en la sanación no es lo que el paciente cree, sino la experiencia de reconexión en sí misma.

“Todo esto es una sarta de tonterías” anunció Berto por teléfono. Berto era cirujano cardíaco de éxito que me había recomendado el líder de un grupo de apoyo para personas en duelo debido a su profunda tristeza por la larga, lenta y dolorosa muerte de su hermano, cinco años antes. Su dolor era tan intenso que el grupo no podía ayudarlo.

“Doctor Botkin”, dijo por teléfono, “respeto sus credenciales y su práctica de la psicoterapia pero he investigado sobre DRMO, CPM y CPMI en Internet y quiero cancelar la cita. No es para mí.

“Entonces te ofrezco la sesión gratis”, respondí. Sabía que si la terapia CPMI era exitosa aliviaría su dolor y lo abriría a esta nueva terapia. La había visto funcionar con éxito tantas veces que no podía soportar la idea de que dejara escapar la oportunidad de aliviar su angustia sin intentarlo.

Aceptó a regañadientes y la semana siguiente estaba sentado en mi oficina describiendo su profunda tristeza por la muerte de su hermano Franco. Luego, arremetió con amargura contra sus padres por no haber llevado a su hermano al hospital antes, cuando presentaba síntomas de la enfermedad que finalmente le causó la muerte. A medida que su voz se elevaba su rostro se contrajo en un gesto de ira y se incorporó tenso.

Abordé su tristeza directamente mediante DRMO y esta aumentó de 2 a 9 tras tres series de movimientos oculares. Logré disminuir su tristeza y luego utilicé DRMO para relajarlo y llevarlo a un estado receptivo. Cerró los ojos.

Berto permaneció sentado en silencio un par de minutos, luego los abrió y se dejó caer en la silla. Me miró con una débil sonrisa. La tensión en su cuerpo y rostro había desaparecido. Le pregunté cómo se sentía. «Me siento cansado», dijo lentamente. Giró ligeramente la cabeza, mirándome de reojo. «¿De verdad esperas que te diga que era mi hermano?».

Me encogí de hombros y dije: “Depende de ti creer lo que quieras. ¿Y qué pasó?”.

“Tuve una alucinación muy extraña”, dijo. “Me pareció imaginar a Franco diciéndome que me quería, que estaba bien y que perdonara a mamá y a papá. Una alucinación extraña”.

El doctor Berto se marchó poco después sin pagarme, como habíamos acordado, y sin darme las gracias, ni siquiera estrecharme la mano. No volví a verlo jamás.

Sin embargo, en el seguimiento, su terapeuta de referencia informó que cuando Berto regresó al grupo estaba mucho más relajado, incluso jovial. Había desaparecido todo su comportamiento y lenguaje característicos relacionados con el duelo, lo cual era muy raro. Poco después dejó de asistir a su grupo de duelo sin dar a su terapeuta explicación sobre su ausencia.

Confiaba en que el doctor Berto hubiera obtenido lo que necesitaba para superar su duelo pero, como suele ocurrir con la mayoría de las personas que participan en una comunicación CPMI, su personalidad se mantuvo intacta tras la experiencia. Los efectos terapéuticos de todas las CPMI se limitan al problema específico del duelo abordado y no alteran la estructura básica de la personalidad.

 

CAPÍTULO 10. EL PERDÓN EN LAS CPMI CURA LA IRA Y LA CULPA

Aferrarse a la ira es como agarrar una brasa ardiente con la intención de arrojársela a otra persona; al final, el que se quema eres tú. –Buda

 

A veces, una simple experiencia de reconexión con el difunto a través de la comunicación inducida, y la disminución de la tristeza al saber que está bien, no bastan para resolver la ira y la culpa intensas. En estos casos, las experiencias específicas durante la comunicación siempre abordan directamente la ira y la culpa. Hasta ahora, mi experiencia y la de mis colegas que la utilizan, indican que todos los problemas que necesitan resolverse se resuelven durante la sesión. Estos problemas abarcan desde asuntos pendientes ("No te dije que te quería lo suficiente") hasta el perdón de alguien que ha infligido actos horrendos de crueldad y violencia.

El fenómeno de comunicación inducida ha demostrado la veracidad del aforismo de que el perdón sana tanto al que lo otorga como al que lo recibe. Muchos de los casos de sanación que nuestros pacientes han descrito incluyen ejemplos de personas fallecidas que los perdonaron o de personas que perdonaron fallecidos.

La culpa es una función psicológica normal y saludable. La conciencia y la consideración hacia los demás guían nuestro comportamiento por lo que, cuando actuamos en contra de nuestra conciencia, experimentamos la desagradable sensación de culpa. Para evitar estos sentimientos aversivos probablemente modificaremos nuestro comportamiento futuro para apaciguar la conciencia. Para algunos, sobre todo para los psicópatas o personas con trastorno de personalidad antisocial, la conciencia y su compañera, la culpa, desempeñan un papel secundario en la configuración de su comportamiento. No muestran remordimiento tras infligir dolor a otros o incluso asesinarlos. Estas personas no estarían interesadas en experimentar una comunicación inducida ya que no sienten tristeza ni culpa. Claramente necesitan sentir más culpa, no menos.

Algunos lectores de los casos de abuso o crueldad presentados en este trabajo podrían pensar que las acciones de los pacientes no deberían perdonarse, que el perdón espontáneo del fallecido y la liberación de los pacientes de la culpa derivada de un único episodio de contrición durante la intervención conducirían a una licencia para dañar a otros con impunidad y a una especie de caos moral generalizado. Claramente esto no es así.

La vida de algunos de nuestros pacientes se ve destrozada por la culpa al creer haber cometido actos imperdonables. Cuando la culpa se resuelve en una sesión de duelo interconfesional, incluso en casos de crímenes atroces, ¡la conciencia se fortalece! Sin excepción, la experiencia de reconectar con el difunto genera sentimientos de amor y perdón, y una mayor capacidad para amar y cuidar a los demás.

La contraparte del perdón del difunto a un paciente que le infligió abuso es la experiencia del paciente perdonando al difunto cuando este era el agresor y el paciente la víctima. Debo admitir que a veces escucho a mis pacientes describir los horrores de su infancia o traumas de la edad adulta con la sensación de que las acciones del difunto fueron imperdonables. ¿Cómo se perdona a un padre que abusó sexual y físicamente de una niña durante años frenando su desarrollo emocional y creando recuerdos intrusivos que llenan sus días de culpa, autodesprecio y terror revivido? Si yo, o cualquier otra persona razonable, consideramos que el difunto es imperdonable, ¿cómo podría perdonar quien sufrió las atrocidades?

Sin importar la gravedad de los traumas infligidos por el fallecido, los pacientes describen consistentemente al difunto como profundamente arrepentido y pidiendo perdón, asumiendo la responsabilidad de sus actos. En todos los casos, el paciente perdona al fallecido y, en todos los casos, la ira disminuye drásticamente a partir de ese momento.

Este capítulo contiene descripciones de casos de duelo internacional en los que las experiencias de los pacientes al perdonar al difunto o ser perdonados por el difunto Daniel como resultado una reducción inmediata de la ira y la culpa.

 

La sanación viene acompañada de remordimiento.

He trabajado con pocos pacientes con conciencia muy débil o inexistente. Nunca intenté una inducción con estos pacientes porque no experimentan verdadera tristeza por sus víctimas y, por lo tanto, no sienten culpa. La tristeza es el punto de partida necesario para casi todas las inducciones. Cuando mis pacientes sienten culpa por lo que le hicieron a los fallecidos no es por miedo al castigo sino por una tristeza genuina y auténtica compasión por sus víctimas.

Los pacientes que han sufrido las consecuencias del daño causado por el fallecido han participado en la terapia CPMI principalmente porque han optado por hacer lo que sea necesario para superar su ira y seguir adelante con sus vidas. En estos casos, el miedo suele ser el primer tema a tratar. Enfrentarse a alguien a quien se teme profundamente puede ser difícil. Confío en poder animar con delicadeza a estos pacientes a experimentar una comunicación inducida ya que en todos los casos hasta ahora se ha percibido que el fallecido era muy consciente del dolor que causó a los supervivientes y que sentía un arrepentimiento sincero. La experiencia suele producir el perdón, una disminución drástica de la tristeza y/o el miedo y, quizás lo más importante, de la ira autodestructiva.

Es evidente que el perdón y la sanación solo pueden darse cuando los perpetradores expresan un arrepentimiento sincero a sus víctimas. Si bien este concepto no es nuevo, resulta notable que, dado que los terapeutas de CPMI no influyen en el rumbo que toma la experiencia, este principio se manifieste de forma natural en todos los casos, independientemente de expectativas y creencias del paciente.

Los pacientes suelen acudir a terapia con profunda culpa o ira, y una consiguiente sensación de desapego hacia las personas de su entorno. Cuando se permiten sentir verdadera tristeza por sus víctimas, o perdonar a quienes les han hecho daño, abren sus  reservas de compasión y humanidad. Tras una sesión de terapia de perdón, la tristeza, el miedo, la ira y la culpa desaparecen, dejando al descubierto la compasión que constituye la base del ser del paciente. Cuando esto ocurre la sensación de desapego hacia los demás también se reduce notablemente. Como resultado, los pacientes suelen informar de una mejora significativa en sus relaciones con quienes les rodean, especialmente con sus familias.

El perdón sana. No se trata simplemente de un aforismo; es una observación clínica fiable.

 

El perdón cura la ira.

En ocasiones, los supervivientes sienten ira hacia el fallecido debido a conflictos no resueltos, como el abuso. La sensación de reconexión y el perdón contribuyen a la sanación de la ira. Para ilustrarlo, comenzaremos con un caso leve y terminaremos con uno grave.

 

EL CASO DE JIMENO: “Amo y perdono a mi padre. Pude sentir cómo me abrazaba”.

Jimeno era empresario muy exitoso que llevaba varias semanas en psicoterapia cuando sacó a relucir un asunto pendiente con su padre, que había fallecido cuando Jimeno tenía doce años. Su padre, alcohólico, había sido emocionalmente frío y distante. Jimeno sentía una mezcla de tristeza e ira por su muerte. «No estuvo ahí cuando lo necesité», me dijo. Jimeno accedió a que lo guiara a una comunicación, aunque se mostraba escéptico. "Me suena un poco raro".

Le expliqué el procedimiento y enseguida vio a su padre. «Se ve más feliz y saludable que cuando estaba vivo, y es más joven». Preguntó a su padre: «¿Tienes algo que decir en tu defensa?», refiriéndose a la frialdad emocional que mostraba hacia él. En ese instante, sintió a su padre acercarse y abrazarle. Dijo que sintió el amor de su padre como nunca antes. La imagen de su padre se desvaneció rápidamente. Jimeno afirmó: «Amo y perdono a mi padre. Sentí su abrazo».

Jimeno quedó muy sorprendido por lo sucedido. Cuando le pregunté qué pensaba al respecto respondió enfáticamente: "Estoy seguro de que realmente era mi padre; jamás se me habría ocurrido algo así", y afirmó que ya no sentía tristeza ni enojo hacia su padre y que solo tenía buenos recuerdos de él. Dos años después me contó que sus problemas con su padre se habían resuelto por completo y que todos sus pensamientos sobre él eran agradables. También dijo que, aunque seguía creyendo que se había comunicado con su padre, solo se lo había contado a su esposa porque pensaba que nadie le creería.

 

EL CASO DE CRISTÓFORO: “Hagas lo que hagas, no te suicides. No te rindas.”

Uno de los casos más conmovedores en los que he participado fue el de Cristóforo, (nombre griego que significa “el portador de Cristo” y que tiene su equivalente en el nombre latino Cristóbal). Pues bien, resulta dque su padre abusó gravemente de él y de sus hermanas durante su infancia. A Cristóforo le costaba mucho describir lo sucedido porque, al recordar lo ocurrido, sentía una ansiedad tan intensa que tenía que levantarse e irse.

Finalmente, logró explicarme lo suficiente para que comprendiera el infierno que él y sus hermanas habían vivido durante su infancia. Su madre temía a su marido y se mantenía alejada de casa cuando sabía que iba a llegar borracho. Su padre salía a beber y traía a casa a sus amigos ebrios, quienes abusaban física y sexualmente de Cristóforo y sus dos hermanas. En una ocasión, Cristóforo fue encerrado en un armario y escuchó los gritos de sus hermanas durante horas mientras los hombres abusaban de ellas.

Cuando Cristóforo aún era adolescente, una de sus hermanas, Juani, se suicidó. La otra, Cisca (hipocorístico de Francisca), se había quitado la vida semanas antes de que él viniera a la consulta. Las pesadillas y los recuerdos recurrentes lo llevaban a pensar constantemente en el suicidio. Su ira era tan fuerte que, en ocasiones, rompía muebles en ataques de furia.

Acordamos centrarnos en Cisca porque había fallecido recientemente. Realicé series de movimientos oculares para conectar con la tristeza. Continué guiándolo hacia la tristeza mediante DRMO central hasta que alcanzó su punto máximo. Más movimientos oculares comenzaron a disminuirla. Le pedí que pensara en Cisca de forma general y realizamos el proceso de inducción CPMI tres veces. En la tercera serie de movimientos oculares, cerró los ojos y comenzó la comunicación.

Tras un minuto abrió los ojos con lágrimas. «Vi a mi hermana en mi mente. Parecía muy feliz. Nunca la había visto feliz. Me dijo que lamentaba lo del suicidio porque sabía el daño que me había causado. Luego dijo algo maravilloso». Se detuvo y negó con la cabeza, secándose las lágrimas. «Me dijo: "No te rindas. Mamá y Juani están aquí y están bien. Pase lo que pase, no te suicides. No te rindas"».

Continuó hablando de su hermana y de lo que sentía acerca de la experiencia hasta el final de esa sesión.

En la siguiente sesión, Cristóforo relató lo que otros que experimentan la comunicación informan: había experimentado una comunicación espontánea durante el sueño, dos noches antes de la sesión actual. En la comunicación, su padre le suplicaba perdón y sus dos hermanas fallecidas estaban al fondo. Pero su padre se encontraba en un lugar oscuro y sus dos hermanas estaban de pie, en un lugar iluminado, sonriéndole. Dijo que entonces sus hermanas se acercaron y le dijeron: «Déjalo ir y perdónalo. Perdónalo por ti mismo. No por él, sino por ti». El miedo lo despertó y la comunicación terminó.

Cristóforo tenía la sensación de que sus dos hermanas estaban allí para ayudarle a perdonar a su padre, como si, figuradamente, le estuvieran dando la mano.

Le pregunté si estaría dispuesto a hacer una comunicación CPMI centrada en su padre. Él respondió: «Sí. Siento que tengo que hacerlo ahora».

Tuve que empezar con algunos movimientos oculares para reducir el miedo que sentía ante la perspectiva de enfrentar a su padre. El miedo aumentaba al enfrentarse a él, y los sucesivos movimientos oculares lo disminuían. Luego, su ira se disparó y después de tres series de movimientos oculares, empezó a bajar. Con eso, pude usar la DRMO centrada para abordar la tristeza central, tristeza que afectaba a sus dos hermanas y a él.

Cuando la tristeza alcanzó su punto máximo y comenzó a disminuir, le administré una última serie de movimientos oculares y comenzó la CPMI. Cristóforo informó que su padre estaba allí.

«Al principio lo rechacé», explicó tras abrir los ojos. «No soportaba estar cerca de él. Lo miré y me pareció muy extraño. Mi padre parecía muy preocupado. Tenía la fuerte sensación de que sabía cuánto nos había lastimado a mí y a mis hermanas. Sentí que estaba realmente arrepentido, y es la primera vez que siento eso por él».

Entonces le pregunté: "¿Por qué? ¿Por qué nos hiciste todo eso?". Lo escuché con la misma claridad con la que te escucho a ti; no dejaba de repetir: "Lo siento, lo siento, lo siento". Sabes, siento que de verdad lo sentía. Dijo que no había excusa, pero actuó así porque así lo trataba su padre. No puedo sentirme bien con lo que hizo, pero me siento diferente, siento que puedo perdonarlo.

Cuando Cristóforo llegó para la siguiente sesión, dijo que había tenido un sueño muy extraño la noche anterior, mientras estaba medio dormido. "Me asustó muchísimo". En el sueño vio a los amigos borrachos de su padre y se orinó encima del susto.

Realicé el procedimiento CPMI utilizando las imágenes para llegar al miedo. Una vez que el miedo disminuyó, induje otra CPMI. Él relató que sus dos hermanas aparecieron y le aseguraron que las imágenes de los hombres no volverían. «Pude sentir el amor que me tienen. Con toda sinceridad digo que me tocaron y abrazaron. Lo sentí».

Los sentimientos de Cristóforo eran demasiado intensos como para desaparecer en dos o tres sesiones pero afirmó que mejoraron notablemente. Tras varias sesiones más los recuerdos intrusivos, las pesadillas y los pensamientos suicidas cesaron.

Perdonar sana.

 

Nota del Traductor: En el libro de Michael Newton Destino de las Almas tenemos el caso 47, dentro de su capítulo 7, sobre Vínculos, daños e interacciones, que aborda las almas que nos han dañado y nos explica el porqué de esa situación. Otros autores, como Richard Martini, en su libro Al otro lado, (Flipside) tienen el capítulo 3 titulado “La humanidad en el holocausto” en donde se explica la dinámica entre victima y victimario y los acuerdos espirituales que se establecen antes de la reencarnación para experimentar ciertos sucesos que hacen progresar al alma en conocimiento o en la cancelación de deudas kármicas. En todo caso, lo sorprendente es la información que dice que todos los sucesos son aceptados por el alma antes de encarnar. Fin de la nota

 

El perdón cura la culpa.

Los pacientes suelen sentir culpa debido a sentimientos profundos de haberle hecho daño al fallecido o haber omitido algo que debían haber hecho. Al no poder hablar de estos problemas con el difunto la culpa persiste. Se intensifica a medida que otros problemas, como los conflictos con los familiares, agravan la situación del superviviente.

En los casos de comunicación inducida los pacientes siempre perciben que el difunto los perdona, independientemente del número de años que los supervivientes hayan estado convencidos de que el difunto no podría perdonarlos.

 

EL CASO DE LINDA: “La abuela me dijo: ‘te quiero, Linda’, y yo le respondí: ‘también te quiero, abuela’. Podía sentir su amor por mí”.

La familia directa de Linda no formó parte de su vida durante su infancia por lo que su abuela se convirtió en su madre, padre y compañera durante su niñez y adultez. No tenían otros familiares. El amor que compartían era profundo y sincero.

Con el apoyo de su abuela, Linda se convirtió en profesional exitosa, viajando mucho y compartiendo sus experiencias con ella después de cada viaje. Linda estaba en Europa cuando recibió la llamada informando que su abuela había enfermado gravemente de repente. Tomó el primer avión de regreso a casa y se apresuró al hospital. Pero cuando llegó era demasiado tarde. Su abuela había fallecido.

Desconsolada, transformó su dolor en culpa: «No estuve allí cuando más me necesitaba». Nada podía apartarla de su oscura y profunda depresión.

Linda acudió a mí por otro asunto, pero durante nuestra conversación quedó claro que la culpa la consumía. Creía que su abuela había muerto sola y con mucho dolor, y que ella tenía la culpa. No estuvo presente en el único momento de su vida en que su abuela la necesitó. Ahora ya no había nada que hacer. Estaba segura de que su querida abuela sentía la había abandonado.

Mientras conversábamos, me quedó claro que tener una CPMI con su abuela le permitiría superar sus sentimientos de culpa. Tras una breve explicación sobre el método se mostró escéptica, pero accedió al procedimiento.

Completé el procedimiento y comenzó la sesión. Cerró los ojos y se sentó impasible. Luego, su expresión cambió y empezó a describir lo que veía: «Veo a la abuela joven y sana, completamente contenta y feliz». Hizo una pausa y abrió los ojos. «Me dijo que murió en paz mientras dormía, que no debo sentirme culpable». Linda lloró de felicidad.

Continué la sesión llevándola de vuelta a la comunicación. Después, entre sonrisas y lágrimas, explicó: «También sentí su presencia real; fue más que simples palabras. La abuela me dijo: "Te quiero, Linda", y yo le respondí: "también te quiero, abuela". Pude sentir su amor por mí».

Linda me miró como si esperara que me asombrara la extraordinaria experiencia. Sonreí y la animé a continuar. «Dijo que estaba orgullosa de mí y contenta con los cambios que acabo de hacer en mi vida, mencionó cosas que me han sucedido desde su muerte. Realmente ha estado conmigo».

La sesión concluyó con Linda experimentando una alegre sensación de reencuentro con su abuela. La experiencia la conmovió profundamente y todos sus sentimientos de culpa y tristeza desaparecieron.

 

EL CASO DE MARCOS: “Los oí decir, muy claramente, que habían estado esperando a oír lo que tenía que decir, y me perdonan”.

Marcos es otro paciente cuya culpa se resolvió cuando sintió el perdón de los fallecidos. En su caso, los fallecidos eran miembros de toda una familia.

Marcos entró lentamente en mi consulta para su primera sesión de psicoterapia y se dejó caer en la silla. Yo no tenía ni idea de la pesada carga que llevaba sobre sus hombros caídos hasta que me explicó lo sucedido.

Casi veinticinco años antes iniciaba una exitosa carrera profesional cuando su vida cambió en un instante. Una noche, mientras conducía solo, las luces de un coche lo deslumbraron y se desvió hacia el carril contrario chocando con un automóvil en el que viajaban una madre, un padre y su hija de doce años. La colisión acabó con la vida de la familia, aunque Marcos resultó ileso. Fue acusado del caso, declarado culpable y condenado a varios años de libertad condicional.

Desde el día del accidente despertaba cada mañana con una profunda tristeza y gran culpa, arrastrando los pies día tras día y reviviendo en su mente el accidente, una y otra vez. Cayó en depresión, intentó suicidarse dos veces, vio fracasar dos matrimonios y estuvo a punto de perder su trabajo debido a su comportamiento depresivo y al abuso del alcohol.

Marcos estaba convencido de que estaba destinado a sufrir el resto de su vida. No había forma de deshacer lo sucedido, y no podía sentirse perdonado por las únicas personas de quienes las palabras de perdón importarían: la joven familia fallecida.  Terminó su relato entre lágrimas, sacudiendo la cabeza. Sentía que su vida había terminado, aunque aún la estuviera viviendo.

Aceptó que le ayudara a comprender y afrontar su duelo con la terapia de comunicación. Se la apliqué y se sentó en silencio, con los ojos cerrados. Al cabo de un momento, dijo: «Puedo verlos. Es la familia con la niña. Están juntos, sonriendo. ¡Dios, se ven felices y en paz! Están muy contentos de estar juntos y me dicen que les gusta mucho estar donde están».

Marcos nunca había visto a la familia. Debido al sufrimiento emocional que le había causado el incidente se había negado a mirar los periódicos en los que aparecían sus fotos. Pero aunque nunca los había visto, ni oído hablar de ellos, estaba seguro de que eran ellos.

“Puedo verlos a todos con mucha claridad, especialmente a la niña. Está de pie frente a sus padres. Tiene el pelo corto y rojo, pecas y una sonrisa preciosa. Veo al padre caminando, como si me estuviera enseñando cómo lo hace. Tengo la sensación de que padecía esclerosis múltiple antes de morir y que está muy feliz de poder moverse ahora con libertad”.

Tras unos instantes, Marcos abrió los ojos. «Les dije que lamentaba mucho lo sucedido y que me sentía muy triste. Entonces los oí decir, con total claridad, que habían estado esperando a oír lo que tenía que decir, y que me perdonaron». Marcos hizo una pausa, abrumado por la experiencia. Me miró y dijo: «No me lo he inventado. Me vino a la mente con la misma claridad con la que te miro ahora. No lo imaginé; no podría haberlo imaginado». Negó con la cabeza lentamente. «Siento que me he quitado un gran peso de encima». Dijo que le preocupaba que yo pensara que estaba loco. Lo que había sucedido superaba cualquier cosa que hubiera experimentado jamás. «Estaban allí de verdad», insistió.

Le aseguré que lo que le había sucedido era algo que ya había visto muchas veces. Al marcharse me estrechó la mano y me dijo: "¡Me siento genial!".

Al día siguiente recibí la llamada de Marcos diciendo que tenía que verme de inmediato. Acudió a mi oficina en menos de una hora, explicándome lo que había sucedido desde nuestra sesión. “Nunca pude ver los reportajes del periódico después del accidente. No podía ver ninguna foto del accidente ni de la gente y no dejaba que nadie me contara nada al respecto. Mi hermana guardaba recortes de todo, pero nunca pude mirarlos. Entonces, ayer, me sentía mucho mejor, así que pasé por casa de mi hermana y le pedí que sacara los recortes antiguos del accidente. Me los enseñó, incluyendo una foto a color de la familia, y me asusté muchísimo. La niña tenía el pelo corto y rojo, pecas y la misma sonrisa maravillosa que vi en mi visión de ellos ayer. ¡Era ella! Pero eso no es todo. Un artículo decía que el hombre padecía esclerosis múltiple grave y que había estado en silla de ruedas durante años antes de morir.”

La vida de Marcos cambió a partir de ese momento. Hoy en día todos los asuntos relacionados con el accidente siguen resueltos y afirma que sus relaciones con las personas importantes para él han mejorado notablemente.

 

Los consejos del difunto pueden aliviar la ira y la culpa.

En ocasiones, los pacientes afirman haber recibido consejos del difunto sobre asuntos que les causaban enojo o culpa. En todos los casos, el consejo es específico y pertinente, y logra aliviar enojo y culpa.

 

EL CASO DE JORGE.

Jorge y su hermano menor llevaban muchos años involucrados en el mundo de las drogas y la delincuencia antes de que él viniera a verme. En el transcurso de sus actividades ilícitas se granjearon enemigos que juraron vengarse de ellos. Un día, Jorge fue al apartamento de su hermano y lo encontró gravemente golpeado e inconsciente. Cuando llegó el personal médico lo declararon muerto.

Además de sentir una profunda tristeza por la pérdida, Jorge creía ser el responsable de la muerte de su hermano. Para colmo, cuando le contó a su madre que su hijo había muerto, ella le gritó que, de no ser por él, su hermano seguiría vivo. Jorge también sentía rabia intensa hacia quienes habían matado a su hermano. Con el paso de los años, especialmente en los momentos de mayor dolor, seguía pensando en vengarse.

Jorge no tuvo problemas en la comunicación inducida. Vio a su hermano "feliz y muy tranquilo" y sintió una conexión especial con él. Comentó que su hermano le dio muchos consejos, que buscar venganza por su muerte arruinaría su vida y que debía dejar atrás la ira. Relató que su hermano le dijo que no debía sentirse culpable, que era responsable de sus  decisiones y que había aprendido de sus errores. Jorge añadió que su hermano también le dijo que iba por buen camino al buscar ayuda para sus problemas y cambiar su estilo de vida.

Durante la terapia, Jorge superó por completo sus sentimientos de tristeza, culpa e ira. Reafirmó su compromiso de seguir adelante y construir una vida mejor. En una sesión posterior, Jorge comentó sentirse físicamente mejor que en muchos años. La extrema tensión corporal que había sentido durante años antes de la sesión había disminuido drásticamente.

 

Reflexiones sobre la vida y vidas turbulentas

En los centros de atención a pacientes con enfermedades terminales se observa que los fallecidos que tuvieron vidas problemáticas asumen plenamente la responsabilidad de su comportamiento en vida. Con frecuencia, los pacientes también informan que los fallecidos afirman haber aprendido de sus errores y estar deseosos de ayudar a quienes aún viven. Parecen haber realizado una revisión de su vida. Se muestran arrepentidos, asumen la responsabilidad de su comportamiento y comprenden cómo este afectó a los demás.

Ninguno de los que habían sido crueles en vida, o habían lastimado a quienes los rodeaban, apareció en un lugar infernal, aunque quienes lo han vivido suelen describirlo como una zona oscura. Estos temas se abordarán con más detalle en el capítulo 13 .

 

CAPÍTULO 11. ASOCIACIONES INTERNAS DE DEFENSA CON VETERANOS DE COMBATE: HACIENDO LA PAZ CON LA GUERRA

Perdona a tu enemigo, reconcíliate con él, ayúdalo... – Confucio.

 

La experiencia del perdón que nuestros pacientes relatan en sus terapias CPMI reduce o elimina los sentimientos de culpa. El perdón que sienten los veteranos de combate por haber matado al enemigo o a civiles, o por haber sobrevivido cuando sus compañeros murieron, son casos especiales de esta notable transformación que resulta de sentirse perdonados o de recibir permiso para dejar de sentirse culpables.

En nuestra unidad de trastorno de estrés postraumático, tratamos a veteranos de combate de la Segunda Guerra Mundial, de la de Corea, del de Vietnam y de la Operación Tormenta del Desierto. Tras trabajar con miles de veteranos puedo afirmar que no conocí a ninguno que estuviera psicológicamente preparado para matar a otro humano como resultado del entrenamiento básico y avanzado. El soldado solo matará fácilmente después de haber sido suficientemente traumatizado en combate como para desarrollar sentimientos de ira que le permitan deshumanizar al enemigo, haciendo que matar sea psicológicamente aceptable. Cuando un soldado novato muestra ira en respuesta a un suceso traumático sus compañeros confían en él. Sin embargo, la ira oculta las emociones centrales más angustiantes y dolorosas: el miedo y una profunda tristeza. La tristeza y el miedo paralizante no son aceptables en combate y tienen poco valor para la supervivencia.

La mayoría de los problemas que mis colegas y yo observamos aparecieron más adelante en la vida de los veteranos. Con frecuencia, su ira disminuía con la edad, dejando al descubierto la profunda tristeza y culpa que había ocultado. A medida que la ira disminuía se hacía cada vez más difícil deshumanizar al enemigo. Entonces, los pensamientos de rabia («Me alegro de haber matado a esos bastardos. Ojalá hubiera podido matar a más») solían reemplazarse por sentimientos de culpa y tristeza («Me equivoqué al matarlos. Ellos también tenían sentimientos y familias que los amaban»).

La mirada de miedo en los ojos del enemigo antes de morir se transformó en el rostro de un padre de familia que nunca vio crecer a sus hijos. El recuerdo de un civil asesinado por el soldado, oculto bajo capas de ira durante la guerra, a menudo resurgiría en la edad adulta en forma de pesadillas sobre un inocente que sufrió sin motivo alguno.

La culpa y la tristeza resultantes fueron tan abrumadoras y debilitantes que muchos de nuestros veteranos optaron por conservar su ira durante el resto de sus vidas. Sin embargo, para que el veterano de combate pudiera reconciliarse consigo mismo, y liberarse de la ira y la culpa, debía afrontar y superar la tristeza que lo atormentaba. Por lo tanto, estos veteranos necesitaban llorar no solo la muerte de sus compañeros, sino también la de aquellos que mataron.

La excelente noticia para nosotros en la unidad era que si un veterano estaba dispuesto a permitir que el proceso DRMO lo llevara más allá de la ira y la culpa para superar la profunda tristeza, la ira y la culpa a menudo desaparecían de inmediato, aunque esas emociones no se abordaran directamente. La ira y la culpa los protegían psicológicamente de experimentar el problema central más doloroso: la tristeza. La culpa que no se resolvía junto con la tristeza se abordaba espontáneamente de forma rutinaria en el CPMI.

Descubrí que el método de comunicación inducida es la mismo, tanto para los veteranos de combate como para quienes han perdido a un familiar. Los veteranos presentaban una mezcla más compleja de culpa, ira, arrepentimiento, tristeza y síntomas traumáticos, pero accedían a la experiencia CPMI con la misma facilidad y profundidad que las personas sin trauma de combate. Al igual que en los casos civiles, el objetivo era procesar la tristeza central, permitiendo que la persona entrara en un estado receptivo.

Los siguientes casos de combate ilustran los efectos de las intervenciones de control de daños en los hombres que tratamos y que sufrían duelo traumático relacionado con el combate.

 

EL CASO DE MIGUE: “Me comunicó que está muy contento donde está y que entiende que tuve que hacer lo que hice”.

Migue llegó a Vietnam días antes de su primera gran batalla. El combate se prolongó durante un tiempo y cuando su unidad empezó a quedarse sin munición Migue temió que todos fueran a morir. Justo cuando parecía que toda esperanza se había desvanecido llegó un helicóptero con suministros. Mientras descargaban cajas de munición Migue levantó la vista y vio a un joven del Viet Cong corriendo hacia ellos. Pudo ver su rostro con claridad. Dominado por una ira intensa, le disparó y lo mató.

Aunque era la primera vez que mataba a un humano se sintió eufórico y dueño de su destino. Al terminar la batalla los demás soldados felicitaron a Migue y él sintió que confiaban plenamente en él y lo aceptaban. No volvió a pensar en el suceso durante el resto de su servicio.

Sin embargo, al regresar a casa, Migue tuvo pesadillas recurrentes sobre el suceso que lo atormentaron durante los siguientes treinta y cinco años. Veía repetidamente el rostro del joven del Viet Cong que había matado y empezó a preguntarse qué edad tendría y si habría una familia que llorara su muerte. A veces lograba recuperar la ira del combate para justificar lo sucedido, pero otras sentía un profundo remordimiento y tristeza.

“Me siento fatal. Lo que hice va en contra de todo lo que siempre he creído”, dijo en mi oficina. Era evidente que Migue necesitaba afrontar su tristeza y llorar la muerte de la persona que había eliminado.

Cuando utilizamos DRMO para abordar directamente la tristeza, esta aumenta hasta alcanzar su punto máximo y luego comienza a disminuir. En ese momento le administré el procedimiento CPMI. Con los ojos aún cerrados, durante la segunda inducción, Migue comenzó a describir lo que veía. «Puedo ver al tipo que maté, pero no se parece al rostro que vi en Vietnam ni al que veo en mis pesadillas. Lo veo sonriendo y feliz». Migue permaneció en silencio un momento y luego abrió los ojos. «Me comunicó que está muy contento donde está y que entiende que tuve que hacer lo que hice».

Tras describir durante unos minutos lo sucedido, concluyó diciendo: «Me sorprende mucho que ese tipo se sienta así. Es muy extraño. Siento que no solo nos llevamos bien, sino que tenemos un vínculo especial».

Tras esa sesión, la expresión del joven antes de morir, que había atormentado a Migue durante más de treinta y cinco años, fue reemplazada por la cara sonriente y feliz que vio en su CPMI. Al final de la sesión dijo: «Intento recordar la cara que siempre veía en mis pesadillas, pero no puedo».

Un seguimiento realizado dos años después reveló que las pesadillas de Migue sobre el incidente habían desaparecido desde aquel día, y que solo sentía "una conexión importante" con el hombre al que había matado.

 

EL CASO DE JORGE: “No sabía que los muertos tuvieran sentido del humor”.

Jorge acudió a mí porque llevaba décadas atormentado por sentimientos de culpa. En Vietnam su trabajo consistía en ser el chófer de un mayor  que llevaba en jeep a donde le mandara. Una tarde, Jorge estaba ayudando en otro proyecto y un conductor suplente se hizo cargo del jeep. Mientras circulaban por una carretera el jeep pisó una mina terrestre y tanto el mayor como el conductor suplente murieron en el acto.

Cuando Jorge escuchó la noticia al principio sintió gran tristeza, y luego tremenda culpa porque otro soldado había muerto cuando él debería haber conducido el jeep. Cuando terminó de contar la historia le hice una inducción CPMI y, al tercer movimiento de ojos, los cerró, se quedó sentado en silencio unos segundos y luego rió levemente. Cuando finalmente los abrió describió su experiencia.

“Vi al hombre que conducía el jeep por mí. Me dijo que todo estaba bien. Luego bromeó: "Soy uno de tus factores de estrés". Cuando los veteranos completan los formularios sobre su situación física y psicológica describen traumas denominados "factores de estrés". Reciben un porcentaje adicional de su paga habitual según la gravedad y el impacto del factor de estrés.

“Me dijo: ‘Yo soy la razón por la que te llevas el 30 por ciento de más’, y se rió. No sabía que los muertos tuvieran sentido del humor.”

La culpa y la tristeza de Jorge por la muerte del conductor suplente se disiparon durante esa sesión. Semanas después, en una conversación posterior, afirmó que ya no sentía la culpa ni la tristeza que lo habían afectado durante años, y que aún se reía al recordar lo que el soldado le había dicho.

Jorge se mostró entusiasmado con el proceso de CPMI. Muchos de quienes lo experimentan desean utilizarlo para conocer a otras personas que han fallecido. Jorge comentó que le gustaría realizar la CPMI a su primo, un oficial que murió en Vietnam poco después de llegar, pero no estaba seguro de cómo había muerto. Dijo: «Quizás venga y me lo diga». Acepté participar en la inducción, en parte por curiosidad, pero sobre todo porque pensé que ayudaría a Jorge.

Pasamos por la inducción normal y cerró los ojos. Después de unos segundos los abrió y me contó lo que había pasado. «Lo vi enseguida y me abrazó. Entonces me dijo algo que me sorprendió. Dijo que lo habían atacado. Yo no lo sabía».

A lo que Jorge se refería era a la frecuente muerte de oficiales a manos de sus hombres con granadas de fragmentación. Algunos oficiales recibían noventa días de entrenamiento y se les enviaba inmediatamente a Vietnam, donde algunos comenzaban a mandar sobre veteranos de combate experimentados que se enfrentaban a situaciones peligrosas por desconocimiento. Los soldados los llamaban "novatos". Estos oficiales inexpertos a menudo provocaban la muerte de sus hombres debido a su falta de experiencia.

En el campo de batalla, sin testigos, a veces los soldados que realizaban misiones de noventa días eran atacados por sus  hombres, hartos de ser expuestos a situaciones peligrosas por oficiales que no sabían lo que hacían. Si bien Jorge recibió información que en otras circunstancias le habría resultado muy perturbadora, la sensación de paz que experimentó durante su comunicación pareció superar por completo cualquier pensamiento o sentimiento negativo por el suceso.

 

EL CASO DE TUMBO: “Si podemos perdonarte, entonces seguramente tú puedes perdonarte”.

El caso de Tumbo es un ejemplo de cómo un paciente puede ser perdonado por actos que podrían parecer imperdonables.

Contó con voz entrecortada lo sucedido, incapaz de continuar por los sollozos. Estaba a punto de terminar su servicio en Vietnam y había sufrido muchas bajas en los once meses que estuvo allí. Vio a sus amigos volar por los aires, presenció verlos morir en el hospital y vio a civiles vietnamitas llevar bombas hasta grupos de soldados estadounidenses y detonarlas. Tras once meses de horror estaba lleno de rabia. Esa rabia lo protegió, como a todos los demás soldados, del intenso dolor, miedo y remordimiento que habría sentido sin ella.

En su última misión a Tumbo se le ordenó destruir una aldea enemiga. Dentro de la aldea, Tumbo y otros dos soldados entraron en una de las chozas y vieron a un anciano y a un muchacho sentados junto a unas armas tiradas en el suelo, con las manos en alto, rindiéndose. Tumbo, enfurecido les disparó. En ese momento solo sintió rabia.

Sin embargo, al salir del pueblo, la expresión de miedo en los rostros del anciano y del niño antes de morir comenzó a perturbarlo. Un mes después abandonó Vietnam, pero los recuerdos permanecieron con él y se intensificaron. Durante treinta años, Tumbo fue atormentado diariamente por las imágenes intrusivas de sus rostros, reviviendo el suceso. En los tres años anteriores había intentado suicidarse en dos ocasiones. Cuando Tumbo terminó lloró, con la cara entre las manos.

Tumbo ya había participado en una sesión de la CPMI relacionada con otro incidente. Aquella sesión le había ayudado a superar por completo el dolor que le causó el suceso. Sin embargo, la culpa y la vergüenza que sentía por esos asesinatos eran tan abrumadoras que no los había mencionado hasta esta sesión, y se mostraba reacio a la inducción porque estaba seguro de que el anciano y el muchacho se enfadarían con él. Sentía que no podría soportarlo, pues ya estaba consumido por la culpa.

Sin embargo, decidió seguir adelante con la CPMI. «Supongo que aceptaré lo que me depare el futuro», dijo. «No podría ser peor de lo que me siento ahora».

Llevamos a cabo el procedimiento DRMO y su tristeza aumentó. Sollozaba desconsoladamente y se deslizó de la silla al suelo por el intenso remordimiento que sentía por el dolor que había causado al anciano y al niño. Rápidamente le indiqué más movimientos oculares para reducir la tristeza hasta que estuvo listo para el estado receptivo necesario para una comunicación CPMI. Cerró los ojos y se quedó sentado en silencio durante un minuto. De repente los abrió y describió lo sucedido. «Vi al anciano. Estaba allí de pie, con una expresión muy serena, y me preguntó: "¿Por qué estabas tan enfadado?". No pude soportarlo, así que abrí los ojos».

Pregunté: "¿Tienes alguna respuesta?"

Dijo: «Sí. Aproximadamente una semana antes de entrar en el pueblo mi pelotón desapareció. Salimos a buscarlos al día siguiente y encontramos sus cuerpos. Pudimos ver que los habían torturado antes de matarlos. Estaba furioso como nunca. Corrí hacia la maleza buscando a alguien a quien matar. Juré vengarme».

“Díselo al anciano”.

Tumbo me miró con aprensión y luego dijo: "De acuerdo. Hagámoslo".

Le hice hacer otro movimiento de ojos, y los cerró. Después de unos segundos los abrió y dijo: «Se lo dije pero era como si ya lo supiera. Sonrió y afirmó que lo entendía porque sabía que mi corazón estaba llorando. Me dijo que me perdonaba. Entonces apareció el niño. Dijo que él también entendía mi dolor y que también me perdonaba».

Tumbo seguía con aspecto preocupado. Le pregunté qué le pasaba. Me respondió: «Tal vez ellos puedan perdonarme, pero yo no puedo perdonarme».

Le dije: “Ten esa idea presente y hagamos otro ejercicio de movimientos oculares. Concéntrate en el pensamiento”.

Le hice otra serie de movimientos oculares y cerró los ojos. Cuando los abrió siguí: «Me dijeron: “Si nosotros podemos perdonarte, seguro que tú también puedes perdonarte”». Creo que de verdad siento que están en paz y felices, así que puedo dejarlo ir».

Tumbo finalmente lo dejó pasar y comentó que sentía que el problema estaba resuelto. Un seguimiento realizado dos años después reveló que ninguno de los síntomas intrusivos asociados con ese recuerdo había reaparecido.

 

EL CASO DE ERICO: “Puedo ver al niño jugando y riendo en un hermoso campo con colinas onduladas, árboles y hierba”.

Uno de los mayores horrores de la guerra es que los civiles, especialmente los niños, quedan atrapados en la crueldad, la violencia y la muerte. En la guerra de Vietnam, a niños pequeños se les colocaban explosivos y se les ordenaba acercarse a un grupo de soldados estadounidenses para detonarlos, muriendo tanto ellos como los soldados. Los estadounidenses pronto aprendieron a reconocer las señales de peligro cuando un niño se acercaba con bultos que probablemente eran explosivos ocultos bajo su ropa. Desafortunadamente, en ocasiones esto significaba que el niño o la niña moriría a manos de un soldado estadounidense atento, o en la explosión producida cobrándose vidas estadounidenses.

Esa fue la situación que vivió Erico, y el resultado fue una imagen que le provocó pesadillas y pensamientos intrusivos durante años después de la guerra.

Erico llevaba apenas unas semanas en Vietnam cuando, junto a un grupo de soldados estadounidenses, divisó a lo lejos a un niño vietnamita que corría hacia ellos. Erico notó que su compañero, más experimentado, no le quitaba los ojos de encima. Cuando el niño se acercó a unos nueve metros el compañero de Erico levantó su rifle y le disparó, alcanzando los explosivos ocultos bajo su ropa. Se produjo una enorme explosión y el niño murió al instante. El niño estaba en misión suicida para matar al grupo de soldados estadounidenses. El compañero de Erico sabía que, si no disparaba, todos morirían.

Durante muchos años después de la guerra Erico sufrió pensamientos intrusivos e incontrolables, y pesadillas sobre el incidente.

Tras explicarle el procedimiento CPMI, Erico protestó diciendo que no creía en la vida post-muerte, pero afirmó estar dispuesto a intentarlo de todos modos. Realicé una sesión preliminar de DRMO que culminó con una serie de movimientos oculares para ayudarlo a entrar en un estado receptivo. Al no producirse el CPMI, repetí el proceso de inducción y el CPMI comenzó sin dificultad.

“Puedo ver al niño jugando y riendo en un hermoso campo con colinas onduladas, árboles y hierba”, dijo. “Es exuberante, indescriptible. Se respira una gran paz allí”.

Abrió los ojos y dijo: «Me sorprendió mucho verlo ileso, sin herida alguna. Realmente no sé qué pensar de esto». Erico concluyó la sesión diciendo que no interpretó lo sucedido en términos espirituales ni como prueba de una vida post-muerte.

Un seguimiento realizado ocho meses después reveló que todos sus síntomas intrusivos asociados al incidente habían desaparecido y que su duelo se había resuelto. Sin embargo, seguía sintiéndose confundido acerca de lo sucedido. «Supongo que la mente puede hacer cosas muy extrañas», comentó.

A partir de la experiencia de Erico, y de otras similares, nos quedó claro que ni las creencias previas ni las posteriores del paciente influyen en la experiencia de la Terapia, ni en su resultado. En otras palabras, parece que la experiencia en sí misma, y ​​no su interpretación, es la responsable de la resolución del duelo y los síntomas asociados.

 

EL CASO DE EUTIMIO: “Lamento mucho lo que hicimos, pero me siento muy unido a ellos y creo que realmente están bien y me perdonan”.

Algunos de nuestros veteranos participaron en la Guerra del Golfo. Al igual que en Vietnam, la guerra fue especialmente difícil porque aliados y enemigos estaban mezclados. Esto dio lugar a un suceso que dejó recuerdos traumáticos en Eutimio, uno de mis veteranos.

Él y otros soldados entraron en un búnker subterráneo sin saber quién estaba dentro. Esa situación siempre era tensa porque se desconoce dónde podría esconderse el enemigo en la oscuridad. Eutimio y los otros estaban en alerta máxima, listos para abatir a cualquier enemigo, en cuanto lo vieran, para prevenir que les disparase.

Eutimio fue el primero en entrar al búnker. Tenía el rifle en posición de disparo, apuntando hacia la zona iluminada por su linterna. Giró a la izquierda y, con sigilo, salió a un claro. De repente su luz iluminó a los iraquíes. Abrió fuego de inmediato. Los otros soldados corrieron hacia allí y también abrieron fuego. Descubrieron que habían matado a cuatro iraquíes.

No fue hasta después de la reacción instintiva que se dio cuenta de que los iraquíes tenían una expresión de sorpresa en sus rostros y no portaban armas. Al salir del búnker felicitaron a Eutimio por su rápida respuesta. Se sentaron afuera, hablando de lo sucedido, pero pronto empezaron a dudar de si eran enemigos o aliados.

Seis meses después regresó de la Operación Tormenta del Desierto, pero la pregunta de si habían matado a aliados nunca lo abandonó. Le preocupaba mucho que hubieran matado a cuatro civiles inocentes que se refugiaban del fuego cruzado en el exterior.

Me contó la historia con naturalidad, pero yo sabía que no la habría mencionado si no le hubiera estado afectando. Aceptó intentar conectar con sus sentimientos sobre la situación. Comencé la terapia DRMO para llevarlo directamente a su tristeza más profunda. Mientras lo hacía comenzó a llorar suavemente y dijo que la tristeza había aumentado a un nivel de "9 o 10". Comenzó a invadirlo la tristeza. Le hice otro movimiento de ojos, le pedí que los cerrara y le dije: «Déjate llevar por lo que suceda».

Tras un par de minutos abrió los ojos. Negó con la cabeza y me miró. «Los vi. Me dijeron que eran amigos, pero me sonrieron y fueron muy comprensivos. No hablo iraquí, pero no oía palabras. Solo entendía lo que decían: “Estamos bien. Todo va bien. No pasa nada”».

“¿Qué opinas de eso?”, pregunté.

“Lamento mucho lo que hicimos, pero me siento muy unido a ellos y creo que realmente están bien y que me perdonan.”

El sesión de CPMI de Eutimio le dio un mensaje que no quería oír, como suele ocurrir con muchas sesiones. Sin embargo, sus problemas se resolvieron gracias a que percibió que sus víctimas lo perdonaron y que estaban bien.

 

CAPÍTULO 12. CÓMO TENER UNA COMUNICACIÓN CPMI EXITOSA

La forma de superar el duelo es atravesarlo. —Bobs Deits, “La vida después de la pérdida”.

Dado que tanto la DRMO centrada en el núcleo como el procedimiento CPMI requieren que el paciente esté abierto y dispuesto en cada etapa resulta sorprendente que tantas personas logren completar con éxito una inducción CPMI. Esto demuestra el extraordinario poder terapéutico de DRMO y CPMI.

Sin embargo, algunos no logran experimentar una CPMI aunque utilicemos el mismo procedimiento que la genera en otros. Ahora comprendemos mejor las condiciones necesarias para una comunicación exitosa y tenemos algunas explicaciones sobre por qué algunas personas tienen dificultades.

 

CPMI en la Unidad de Trastorno por Estrés Postraumático

Más pacientes de la unidad de trastorno por estrés postraumático (TEPT) del hospital de veteranos, donde ejercía, consiguieron tener su CPMI que en las sesiones de mi consulta privada. La tasa de inducción fue de aproximadamente el 98 % de todos los pacientes en la unidad de TEPT. En otras palabras, era raro que un paciente no consiguiera su inducción de CPMI en el hospital de veteranos.

Estas parecen ser las condiciones que, en el hospital de veteranos, dieron como resultado mayor número de éxito en la inducción de la CPMI:

  1. Los pacientes que acudían a la inducción no tenían expectativa ni idea preconcebida sobre la experiencia. De hecho, muchos insistieron en que no les funcionaría.
  2. Los pacientes confiaban en los psicoterapeutas y estaban dispuestos a relajarse y entrar en estado receptivo.
  3. Dado que permanecieron ingresados ​​durante todo el tratamiento, los factores estresantes y distracciones de la vida cotidiana se redujeron al mínimo.

Fuera del entorno hospitalario de veteranos, las personas que han acudido para recibir terapia de duelo y realizar una CPMI parecen tener una tasa de éxito de alrededor del 75 %, pero esta cifra estadística se basa en una población mucho menor. Muchos de los que no han logrado realizar una comunicación CPMI tenían altas expectativas sobre la experiencia, un factor prácticamente inexistente en la unidad de TEPT. Algunos que oyen hablar de las CPMI y desean experimentarlas se interesan porque han leído sobre ECM, comunicación CPM y tienen una idea preconcebida de lo que creen que deberían experimentar. Los prejuicios y las expectativas parecen impedir que la CPMI se desarrolle plenamente.

La mencionada tasa de éxito del 75 % se basa en un modelo de dos sesiones de noventa minutos que sigo al realizar la terapia. Algunos de mis colegas me han sugerido que mi tasa de éxito sería mucho mayor si atendiera a estos pacientes durante más sesiones.

Si la persona se esfuerza de alguna manera por provocar su comunicación, o influir en su desarrollo, esta no se producirá o se detendrá cuando intente tomar el control. Quien intente experimentar escenarios preconcebidos tendrá dificultades para entrar en un estado de ánimo receptivo que le permita que todo suceda espontáneamente, sin expectativas ni intentos de imponer sus creencias.

 

Ingredientes para una comunicación CPMI exitosa

Tras varios miles de CPMI podemos generalizar sobre las condiciones que parecen ser necesarias y las que no lo son para que sea exitosa.

 

Condiciones innecesarias.

Sabemos que tener una comunicación inducida no depende de estas condiciones:

  1. Facultades mentales especiales. Quienes han tenido experiencias traumáticas no parecen pertenecer a una población diferente a la de quienes no las han tenido. Algunos han especulado que el TEPT podría predisponer a esta experiencia, pero la presencia o ausencia de trauma no parece marcar diferencia.
  2. Un sistema de creencias. Ateos, agnósticos, cristianos, musulmanes, judíos, budistas y personas de diversas creencias religiosas y espirituales han experimentado con éxito transformaciones interreligiosas. Sin embargo, si la persona espera una transformación interreligiosa que se ajuste a los estereotipos de su religión impedirá que la transformación se desarrolle de forma natural.
  3. Sugerencias del psicoterapeuta. Hemos descubierto que los psicoterapeutas que intentan combinar la inducción de la CPMI con sus  formas de terapia más convencionales prácticamente eliminan la CPMI en sus pacientes. Por ejemplo, algunos terapeutas familiarizados con la hipnosis han intentado utilizar la sugestión sutil para inducir la experiencia. Esto, en realidad, la impide. El psicoterapeuta debe distanciarse activamente del proceso y permitir que la comunicación se produzca sin obstáculos ni guía.
  4. Duelo intenso. Las crisis de duelo intensivas se presentan tanto en personas con duelo residual moderado como en aquellas que experimentan profundo dolor psicológico debido a recuerdos intrusivos y profunda tristeza.

 

Condiciones necesarias.

El procedimiento que da como resultado la comunicación inducida parece requerir lo siguiente:

  1. Disposición. El paciente debe estar dispuesto a someterse a la terapia DRMO centrada en el núcleo y acceder plenamente a su tristeza. Los que aún experimentan shock y entumecimiento emocional podrían no estar preparados para abordar completamente los problemas centrales.
  2. Receptividad. Ante todo, la terapia requiere una actitud abierta y receptiva. Una vez que la tristeza y las emociones que la acompañan comienzan a disminuir el psicoterapeuta indica al paciente que “se abra a todo lo que suceda” y le administra otra serie de movimientos oculares. El paciente debe entonces estar abierto a cualquier experiencia que ocurra, minimizando sus expectativas y creencias al respecto. Esta actitud surge cuando tanto terapeuta como paciente se relajan en el momento adecuado del proceso. Ninguno intenta dirigir la experiencia. La CPMI toma el control y se desarrolla de forma natural y sin esfuerzo. Si terapeuta o paciente intentan que cumpla con un conjunto de expectativas, la comunicación no se producirá.

 

Siga el procedimiento con precisión.

La secuencia es fundamental para la comunicación. Comienza disminuyendo la intensidad de la tristeza. Mientras terapeuta y paciente se centren en la ira y la culpa, la tristeza permanecerá oculta. La DRMO revela la tristeza y los pacientes suelen abordarla plenamente por primera vez. Tras afrontarla y ver cómo disminuye su intensidad, la emoción principal que la distrae queda relegada. En ocasiones, también es necesario reducir otros factores traumáticos e intrusivos. Posteriormente, otra serie de movimientos oculares aumenta el estado psicológico receptivo, lo que permite al paciente reconectarse y resolver el duelo.

Este es el procedimiento crítico:

  1. El paciente debe someterse a terapia DRMO centrada en el núcleo y acceder plenamente a su tristeza. Se informa a los pacientes, antes del procedimiento, que si aún no están preparados para acceder plenamente a su tristeza el tratamiento no funcionará.
  2. Una vez que la tristeza y las intrusiones traumáticas que la acompañan comienzan a disminuir el psicoterapeuta indica al paciente que "permanezca abierto a cualquier cosa que suceda" y le administra otra serie de movimientos oculares.
  3. La comunicación CPMI se desarrolla de forma natural.

Desviarse de la secuencia reduce las probabilidades de que el paciente la experimente. También hemos observado que quienes comienzan a experimentar la pero luego intentan alterarla, o modificar su curso natural, interrumpen su desarrollo y la comunicación se detiene o  produce de forma abrupta. Por ejemplo, en una CPMI el paciente escuchó a su hija fallecida llamándolo: «Papá, papá», y comenzó a buscarla en su imaginación. Esto impidió que la comunicación plena se produjera y no pudo volver a relajarse y alcanzar el estado receptivo que tenía al inicio de la experiencia. Estaba demasiado concentrado en experimentarla.

 

No es necesario un duelo intenso.

Como hemos visto, muchos pacientes experimentan CPMI exitosas décadas después de una muerte o de una persona por la que nunca sintieron profundo duelo y, en consecuencia, experimentan poco duelo en el momento de la CPMI. Este hecho sugiere firmemente que quienes la experimentan no sufren alucinaciones de duelo pues es posible que tengan poco o ningún duelo. Un duelo intenso no es una explicación satisfactoria para la experiencia de la comunicación.

EL CASO DE ELENA: “Tuve la sensación de hablar con mi abuela”.

Elena estaba muy unida a su abuela. Cuando esta falleció, hacía más de cuarenta años, Elena, que creía en la vida post-muerte, empezó a tener pensamientos ocasionales sobre dónde estaba su abuela. Cuando acudió a mi consulta por otro motivo y se enteró de las sesiones de comunicación post-muerte inducida me pidió que le realizara una para ayudarla a averiguar cómo estaba su abuela. Me explicó que ya no sentía pena pues la muerte había ocurrido hacía mucho tiempo. La DRMO  reveló que tenía razón: tenía muy poca tristeza residual.

Sin dificultad, logré inducir la comunicación al segundo intento a pesar de la leve tristeza que sentía. Con los ojos cerrados, Elena dijo haber visto a su abuela. «Se la ve muy feliz y tranquila de pie, en un lugar luminoso, rodeada de luz blanca. Parece más joven y saludable que en los años previos a su muerte».

Elena guardó silencio unos segundos y luego los abrió. «Le dije: "Te quiero", y la abuela me respondió: "Lo sé, y yo también te quiero". Después, se desvaneció». Elena estaba eufórica por su experiencia: «Sentí como si hablara con la abuela. Fue muy real».

 

Los sistemas de creencias no afectan la curación.

El sistema de creencias del paciente no influye en el éxito de la comunicación inducida. Entre las personas que han tenido una exitosa se incluyen seguidores de las principales religiones y prácticas espirituales, así como agnósticos y ateos. Algunos están convencidos de haber presenciado una vida post-muerte real e inminente; otros creen haber experimentado un suceso mental raro que el cerebro debió haber generado. Sin embargo, independientemente de sus conclusiones sobre el origen, todos se liberan de su dolor durante la sesión.

 

EL CASO DE NARDO: “Quiero que seas feliz porque yo soy feliz”.

Nardo, hipocorístico de Bernardo, era un ejecutivo corporativo exitoso que lo tenía todo. Graduado de un MBA, le habían asegurado que estaba a punto de ascender aún más en su empresa. Su esposa cuidaba de sus tres hijos pequeños mientras él escalaba posiciones en el mundo empresarial.

Diez años antes de que viniera a verme una tragedia se lo arrebató todo sumiéndolo en profunda depresión con tendencias suicidas. Nardo, con su esposa y sus tres hijos, regresaba de una fiesta de Navidad cuando un coche que venía a toda velocidad en sentido contrario los embistió de frente. Me describió la horrible escena: «Recuerdo perder el conocimiento intermitentemente, con luces rojas intermitentes y sangre por todas partes. Oía a mis hijos gritar. Me desmayé y desperté en el hospital. Entonces me lo dijeron. Mi esposa, Margarita, y el pequeño, Pipo, habían muerto. Tonia, mi hija, quedó paralizada. Me dijeron que probablemente tenía daño cerebral. Solo nuestra otra hija resultó ilesa». Se le veía visiblemente afectado mientras hablaba.

Le pregunté si estaría dispuesto a someterse a una comunicación CPMI y me dijo que no creía en ese tipo de cosas, pero que lo haría porque necesitaba alivio desesperadamente. Utilicé DRMO para reducir las imágenes intrusivas de la escena sangrienta y los gritos de sus hijos. Luego, utilicé DRMO con enfoque central para acceder a la tristeza y reducirla, y comencé el proceso de inducción de la comunicación. Al tercer intento, comenzó la CPMI.

Describió lo sucedido. «Puedo ver a Margarita sosteniendo a Pipo». Sonrió. «Se ven sanos y muy felices juntos». Abrió los ojos.

“Me dijeron que estaban muy preocupados por mi dolor. Margarita me dijo: «Estamos bien. Tú también necesitas estar bien para poder cuidar de nuestros hijos»”.

Al final de la sesión, el dolor de Nardo pareció disiparse por completo, a pesar de su escepticismo. Esa misma semana me llamó para decirme que se sentía deprimido porque su hijo fallecido nunca había tenido la oportunidad de vivir una vida plena. «Anoche», me contó, «tuve un sueño muy vívido. Pipo vino a mí y me dijo: "Te quiero, papá. Quiero que seas feliz porque yo soy feliz". Por fin sentí paz».

Le pregunté si creía haber experimentado una conexión real con su difunta esposa e hijo. Respondió: «No, no creo en esas cosas. Creo que mi mente simplemente me ha convencido de que está bien seguir adelante con mi vida para poder cuidar de mis hijos».

En mi seguimiento dos años después supe que el duelo de Nardo seguía superado. Había vuelto al trabajo y le iba muy bien cuidando de sus dos hijos.

El caso de Nardo es uno de los muchos que he presenciado en los que el paciente no cree que vaya a suceder nada, no espera que ocurra nada y puede negar que la experiencia haya sido una comunicación real, pero el duelo se resuelve tan plenamente como en el caso de alguien que cree haber tenido una experiencia real de reconexión con el difunto.

 

EL CASO DE UN INDIO NORTEAMERICANO: “Sabes, lo que mis mayores me enseñaron estaba mal”.

En un caso, un paciente indio estadounidense expresó su preocupación por tener una experiencia de comunicación inducida porque sus mayores le habían enseñado que en la post-muerte el alma se divide en dos partes, una buena y otra mala, y que solo la parte mala se comunica con los vivos.

Pasamos por el proceso de inducción y él experimentó la misma reconexión amorosa y positiva con sus seres queridos que todos los que participan en esa experiencia. Después, me dijo: «Sabes, lo que mis mayores me enseñaron estaba mal. Ahora lo sé».

El sistema de creencias de este paciente no alteró la naturaleza consistentemente positiva de la comunicación inducida.

 

EL CASO DEL PACIENTE DE GORIO: "¿Qué es eso de hablar con los muertos?"

En otro caso, el psicoterapeuta de CPMI de nombre Gregorio, más conocido en el mundillo profesional como Gorio Rimoldiel, tuvo una sesión exitosa de CPMI con un paciente que ilustra que las creencias del sujeto, antes o después de la sesión, no inhiben su poder curativo. En la siguiente sesión, tras la exitosa comunicación inducida, Gorio preguntó al paciente si le gustaría realizarla otra vez para contactar con otra persona. El paciente respondió: "¿Qué? ¿Esa tontería de hablar con los muertos? ¡Para nada!".

Gorio quedó algo desconcertado ante el comentario ya que el éxito de la CPMI del paciente parecía haber resuelto un trauma que este había revivido durante años. Supuso que tal vez el trauma no se había resuelto del todo, así que preguntó al respecto: “Bueno, ¿le gustaría volver a tratar ese trauma?”. “No”,  respondió el paciente. “No es necesario”.

El sistema de creencias del paciente le decía que la CPMI era una "basura" pero su trauma y dolor habían sanado. El sistema de creencias del paciente no tuvo nada que ver con el éxito de la comunicación.

 

La CPMI se produce de forma natural.

El caso de Juani es un ejemplo de lo que sucede cuando el paciente intenta controlar la comunicación inducida.

EL CASO DE JUANI.

Juani tenía nueve años cuando su madre falleció en una cirugía cardíaca. Durante los dos años previos a su muerte Juani presentía que algo andaba mal pero la familia no le contó que su madre estaba recibiendo tratamiento por grave afección cardíaca. El padre de Juani trabajaba, así que cuando su madre era hospitalizada, de vez en cuando, Juani, hija única, se quedaba con los vecinos. Me contó que recordaba que fue una época muy aterradora y confusa para ella.

Un día, Juani y su padre visitaron a su madre en el hospital. Su madre les dijo que la operarían al día siguiente, pero que todo saldría bien. Ese día, cuando Juani regresó de la escuela, el pastor de ovejas cristianas y su padre estaban en la sala. Su padre se sentó con ella y le dijo: «Mamá se ha ido al cielo».

Juani estaba desconsolada y sentía que, en los treinta y ocho años transcurridos desde aquel día, no se había recuperado del todo del shock. Le expliqué el procedimiento de comunicación y accedió a probarlo. El proceso de inducción habitual provocó aumento drástico de la tristeza antes de que comenzara la experiencia.

Tras la inducción cerró los ojos durante unos segundos, luego los abrió y dijo que vio a su madre de pie, en un campo, a lo lejos, "junto a un grupo de árboles". Intentó mirarla fijamente para verla con más claridad, pero la imagen se desvaneció. Le dije que la CPMI se desarrolla de forma natural y que no debía intentar forzar las cosas. Simplemente necesitaba relajarse y aceptar lo que sucediera. «Deja que la experiencia llegue a ti».

Le hice otra inducción y se quedó sentada en silencio. Cuando abrió los ojos, me dijo que había vuelto a ver a su madre, pero esta vez mucho más cerca. Vio el mismo paisaje que en la primera inducción: un hermoso campo con árboles frondosos, todo de un verde intenso. Me explicó que se mantuvo tranquila y habló con su madre. «Te echo de menos y te quiero», le dijo. Su madre le respondió: «Yo también te echo de menos y te quiero. Disfruta de tus hijos. Todo está bien».

Juani me sonrió y dijo con firmeza: «No es que crea que fuera mi madre, es que sé que lo era». Salió de la sesión diciendo que sentía una abrumadora sensación de paz por primera vez en treinta y ocho años.

El caso de Luis fue similar. Tenía grandes expectativas respecto a la CPMI, lo que provocó que se viera frustrada repetidamente. Pero cuando se relajó y permitió que las cosas fluyeran libremente, la comunicación se desarrolló de forma natural, de manera que el paciente no podía prever.

 

EL CASO DE LUIS: Le dijo a su padre que lo quería, y su padre respondió: "Sé que sí, y yo también te quiero".

Luis tenía veintitantos años cuando su padre empezó a tener problemas cardíacos. Voló a casa de su padre para visitarlo pero al cabo de una semana, como su estado de salud parecía mejorar, regresó a casa. Luis describió a su familia como muy unida, pero reservada emocionalmente, y que nunca expresaba ni hablaba abiertamente de sus sentimientos. Luis se sorprendió cuando un día recibió una carta en la que su padre le expresaba, con cariño, su amor.

Dos días después, mientras Luis respondía a la carta, recibió la llamada telefónica que informaba de la muerte de su padre. Luis supuso que su padre había escrito la carta porque presentía que la muerte era inminente. Durante casi veinte años, Luis había estado atormentado por no haber tenido la oportunidad de responder a la carta de su padre en la que le decía que lo quería. Se le llenaron los ojos de lágrimas al hablar de los asuntos pendientes con su padre.

Luis no era el típico paciente de inducción ya que, aunque nunca había tenido una ECM y sabía muy poco sobre este tipo de experiencias, estaba entusiasmado y creía que el procedimiento de comunicación inducida funcionaría. Su confianza se basaba en su fe cristiana en la vida post-muerte.

Cuando me habló de sus expectativas sobre la experiencia espiritual, tal y como se la imaginaba, le aconsejé que, en la medida de lo posible, dejara de lado esas expectativas y se abriera a lo que sucediera. Le expliqué que la experiencia casi nunca se ajusta a las expectativas de quien la vive y que tener expectativas puede, de hecho, inhibir la conexión espiritual.

Tras el primer intento de inducción Luis describió la imagen muy vaga de su padre en un lugar celestial y nublado, tal como había imaginado. Al describir la escena era evidente que la había creado él con su imaginación e ideas preconcebidas sobre el cielo. Estaba obstaculizando la CPMI con sus expectativas. Le recordé que simplemente aceptara lo que sucediera y comencé otra serie de movimientos oculares para inducir la experiencia.

Esta vez experimentó “oscuridad, no aterradora, sino cálida y amigable”. Era evidente que se estaba desarrollando una CPMI. Le hice otra serie de movimientos oculares para relajarlo y le pedí que cerrara los ojos de nuevo. Un minuto después los abrió y dijo: “El velo empezó a levantarse, pero no del todo. Vi a mi padre a lo lejos, caminando por un sendero con un cielo azul brillante de fondo. No estaba lo suficientemente cerca como para ver su rostro”. Le administré algunos movimientos oculares más para relajarlo y luego una serie final para otra inducción.

Esta vez dijo que su padre se le apareció "tan claramente como yo te estoy mirando ahora mismo". Explicó que su padre vestía de blanco con "un fondo brillante, pero poco definido". El rostro de su padre se veía muy relajado, nada parecido al rostro cansado y demacrado que tenía en vida. Le dijo a su padre que lo quería, y su padre le respondió: «Sé que sí, y yo también te quiero». Contó que su padre también le dijo que debía prestar más atención a su hija en ese momento. Luis entendió perfectamente a qué se refería.

Tras la experiencia, el asunto pendiente de Luis quedó completamente resuelto. También quedó asombrado por lo sucedido. Comentó, al igual que muchos otros pacientes, que nunca llegó a oír la voz de su padre, pero que sus palabras le llegaron con gran claridad. Asimismo, señaló que su experiencia fue muy diferente de lo que esperaba: ver a su padre en cuerpo espiritual con trasfondo celestial. Le sorprendió la familiaridad de la escena, aunque añadió: «Todo lo que vi fue muy hermoso».

 

Algunas comunicaciones CPMI ocurren de forma involuntaria.

Las condiciones necesarias para que se produzca una CPMI pueden estar presentes sin intentar inducirla intencionadamente. Antes de descubrir el procedimiento CPMI y utilizarlo intencionadamente con mis pacientes, el 15 % de ellos lo experimentaban tras la DRMO centrada sin que yo les ayudara conscientemente a alcanzar el estado receptivo. Al parecer, simplemente estaban abiertos y receptivos. Otros terapeutas que utilizan DRMO de forma estándar también han informado haber inducido inadvertidamente una experiencia CPMI. Sin embargo, estimo que el porcentaje es mucho menor que el 15 % que se produjo con la DRMO centrada en el núcleo; quizás alrededor del 2 % o el 3 %.

El siguiente gráfico muestra el porcentaje de inducciones exitosas de CPMI con tres condiciones:

  1. DRMO estándar sin DRMO centrado en el núcleo y sin DRMO para mejorar la receptividad.
  2. DRMO centrado en el núcleo pero sin DRMO para mejorar la receptividad.
  3. Tanto DRMO centrado en el núcleo como DRMO para mejorar la receptividad

 


EL CASO DEL PACIENTE DE GORIO: “Me perdonó por haberlo abandonado”.

Gregorio, Gorio Rimoldi,  describió una de estas CPMI sorpresivas que experimentó un paciente mientras utilizaba DRMO centrado en el núcleo. En ese momento Gorio aún no había comenzado a inducir CPMI a propósito. Este es el informe:

“Dos días después de comenzar la terapia conmigo falleció el hermano mayor del paciente. Estaba muy afectado. En ese momento no estaba utilizando la terapia CPMI sino DRMO centrada en el núcleo. Le apliqué la DRMO y su tristeza aumentó considerablemente. Tras unos últimos movimientos oculares se quedó sentado un momento, con los ojos cerrados. Dijo que vio una luz brillante. Le pregunté cuál fue su reacción al verla. Respondió: «Ya no está».

No sabía qué pensar de aquello, pero sabía que debíamos mantener su atención. Le pedí que mantuviera la mente abierta. Hice otro movimiento de ojos y los cerró. «Veo la luz otra vez. No puede ser. Espera, es mi hermano».

“¿Puedes hablar con él?”, le pregunté y respondió: “Simplemente volvió a cruzar la luz” y abrió los ojos llorando. “¿Por qué lloras?”, pregunté. “Simplemente me perdonó por haberlo abandonado”.

Mi paciente explicó que creía no tener problemas de duelo profundo con el inminente funeral pero sentía gran angustia cuando le venía a la mente la idea intrusiva de que había abandonado a su hermano. Él y su hermano mayor tenían problemas con las drogas y solían pasar tiempo juntos, pero a menudo se peleaban por ellas. Finalmente lo dejó y se fue a otro estado. Desde entonces lo atormentaba la sensación de haberlo abandonado. Estos sentimientos resurgieron de forma drástica tras la muerte prematura de su hermano.

Al parecer, sin quererlo, ayudé al paciente a adoptar una actitud receptiva cuando le apliqué la DRMO centrada en el núcleo y le dije: "Mantén la mente abierta".

 

Algunos pacientes no pueden someterse a una comunicación CPMI.

En algunos casos el paciente pasa por un proceso de inducción normal, pero el CPMI no se consigue.

EJEMPLO 1: PÁNFILO, quien intelectualizó para evitar las emociones

Pánfilo era persona muy evasiva que utilizaba la intelectualización como mecanismo de defensa para evitar contenido emocional angustiante. Relataba recuerdos traumáticos pero solía evitar abordarlos utilizando las sesiones de terapia como un medio para entablar un discurso abstracto conmigo. Era consciente de su mecanismo de defensa, pero  incapaz, o no dispuesto, a participar de forma significativa en el proceso terapéutico.

Participó en los ejercicios de movimientos oculares de DRMO y en varios procedimientos de inducción de CPMI. Sin embargo, durante los intentos de inducción se distraía. Tras abrir los ojos podía comentar: «Acabo de tener una revelación. Esto se parece mucho al zen. Me brinda la oportunidad de explorar mi mundo interior».

“¿Qué encontraste?”, podría responder, sabiendo que sería cualquier cosa menos las emociones más profundas aún por descubrir en aquel paraje salvaje.

“Creo que la mente es como una cornucopia. Cuando se cosecha un pensamiento, otro ocupa su lugar, listo para ser recogido y disfrutado.” Y así sucesivamente.

En lugar de dejarse llevar por la experiencia se encontró pensando en la situación, en cómo debería ser la experiencia o en cualquier otra cosa para distraerse de lo que fuera que estuviera enterrado en las colinas de ese paisaje interior.

Al final recurrí a un enfoque terapéutico más cognitivo que resultó útil, pero que nunca le ayudó a abordar los sentimientos centrales y profundos que tenía.

 

EJEMPLO 2: Charo, quien fue presionada para ir a terapia.

Algunos miembros de su familia presionaron a Charo para que acudiera a terapia y ella lo expresó abiertamente en cada sesión. «No sé por qué vine hoy», decía. «¿Podemos terminar esta sesión antes? Tengo muchas cosas que hacer».

Durante algunas sesiones intentaba débilmente hablar sobre la pérdida de su padre, quien había fallecido seis meses antes tras años de padecer cáncer. Sin embargo, cuando seguíamos los pasos para la inducción de la CPMI se retraía y detenía. Finalmente me confesó que el movimiento de sus ojos le traía recuerdos de abusos sufridos en su infancia. Nunca me había contado que había sido víctima de eso.

Era evidente que Charo necesitaba superar sus traumas infantiles antes de poder avanzar en su duelo más reciente. Debido a la naturaleza del abuso que sufrió, cuando se hizo evidente que no iba a confiar en mí sobre lo sucedido le sugerí que tal vez una terapeuta sería más de su agrado. No mostró interés en la derivación y pronto interrumpió la psicoterapia.

 

No funciona cuando el proceso finaliza prematuramente.

El caso de Berto es uno de los pocos casos en los que la CPMI no produjo curación inmediata, probablemente porque interpretó la comunicación como confirmación de sus ideas sobre las muertes y no completó el proceso de la CPMI.

Durante una batalla en Vietnam, Berto vio caer a dos de sus compañeros a cierta distancia. No pudo alcanzar los cuerpos para recuperarlos porque el enemigo estaba disparando con demasiada intensidad. El fuego enemigo se intensificó y su unidad tuvo que retirarse, dejando atrás los cuerpos. Nunca fueron recuperados. Durante casi veintisiete años, Berto experimentó el dolor por la muerte de sus amigos y profunda culpa por haber dejado atrás sus cuerpos.

Berto terminó de contar su historia y me dijo que estaba profundamente afectado y que sentía que la culpa lo acompañaría siempre. Le apliqué movimientos oculares para disminuir la intensidad de algunos de los aspectos más perturbadores del incidente y luego le expliqué el procedimiento de CPMI. Manifestó cierta reticencia, pero sentía tal dolor y culpa que estaba dispuesto a intentar cualquier cosa. Le practiqué la CPMI con bastante rapidez.

Después de que Berto abrió los ojos me explicó lo que había sucedido en la CPMI. Casi de inmediato regresó al lugar donde habían ocurrido las muertes veintisiete años antes. En su CPMI estaba más cerca de los dos soldados fallecidos y pudo ver lo que parecían ser sus espíritus elevándose fuera de sus cuerpos en el momento de la muerte. Luego, se alejaron de Berto.

Berto interpretó lo sucedido como una señal de que sus amigos lo habían abandonado de nuevo, lo cual lo perturbó. Si bien algunas sesiones adicionales de DRMO redujeron considerablemente su angustia, decidió no someterse a otra inducción CPMI porque le resultaba demasiado dolorosa. Estoy convencido de que si Berto hubiera decidido continuar habría alcanzado una resolución completa.

 

CAPÍTULO 13. SORPRENDENTES SIMILITUDES ENTRE LOS SISTEMAS CPM Y ECM.

Afortunadamente, el psicoanálisis no es la única manera de resolver conflictos internos. La vida misma sigue siendo una terapeuta muy eficaz. —Karen Horney.

Al principio del proceso de descubrimiento de las CPMI me di cuenta de que lo que mis pacientes describían era muy parecido a lo que la gente informaba como experiencias cercanas a la muerte (ECM) y comunicaciones post-muerte (CPM).

En lo que respecta a los fenómenos de las ECM y las CPM la gente se divide en dos bandos muy distintos: creyentes y escépticos. Lamentablemente, las posturas arraigadas de cada bando han limitado la exploración de los efectos de las ECM y las CPM más allá de las discusiones sobre creencias personales.

Una ECM es la experiencia que una persona tiene estando clínicamente muerta o al borde de ella. La persona es reanimada y vive para contar lo que experimentó en ese momento tan cercano a la muerte. Pruebas científicas reciente ha indicado que estas experiencias suelen ocurrir cuando no hay función cerebral. Quienes estudian las ECM describen algunos puntos comunes:

  • Experiencia extracorporal
  • Encuentro con amigos y familiares fallecidos
  • Sensación de paz y bienestar
  • Atravesar un túnel hacia la luz
  • Hermosos paisajes
  • Revisión de la vida

Las CPM, por su parte, son experiencias en las que las personas creen comunicarse con alguien fallecido. En el libro ¡Hola desde el cielo!, Bill y Judy Guggenheim enumeran doce tipos más frecuentes de comunicación post-muerte que las personas informan haber tenido con seres queridos fallecidos:

  1. Las CPM sensibles son uno de los tipos más comunes e implican percibir o sentir la presencia del difunto, lo que se describe como "la forma menos tangible y más sutil de contacto con el fallecido".
  2. Las reacciones auditivas también son comunes e implican oír la voz del fallecido o recibir un mensaje verbal.
  3. Las manifestaciones táctiles implican sentir el contacto físico del fallecido y son relativamente menos comunes.
  4. Los trastornos olfativos asociados a la muerte, que son relativamente comunes, implican percibir el olor de una fragancia asociada con la persona fallecida.
  5. Los episodios visuales implican ver al difunto, son comunes y relativamente dramáticos en comparación con otras formas de percibir a las personas fallecidas.
  6. Las visiones de CPM se experimentan con los ojos abiertos o cerrados y pueden incluir algún tipo de comunicación bidireccional. Estas visiones se distinguen de las CPM visuales por los colores brillantes e intensos que irradian luz . Este tipo de CPM es menos común.
  7. Las CPM crepusculares ocurren justo cuando las personas se quedan dormidas o se despiertan. Cualquier combinación de las CPM anteriores puede participar en esta forma de comunicación. Estas experiencias son bastante comunes.
  8. Las CPM durante el sueño son muy comunes y ocurren cuando una persona está dormida, pero se experimentan de forma muy diferente a los sueños. Al igual que las crepusculares, las del sueño pueden adoptar diversas formas.
  9. Las experiencias extracorporales (EEC) son menos comunes e implican el contacto con el fallecido mientras el superviviente se encuentra en un estado de trance. Algunas de estas EEC se asemejan mucho a las experiencias cercanas a la muerte (ECM) e incluyen atravesar un túnel hacia la luz antes de encontrarse con el fallecido.
  10. Las llamadas telefónicas de personas fallecidas ocurren tanto cuando la persona está despierta como dormida. Durante el sueño son similares a las llamadas telefónicas que ocurren mientras duerme. Sin embargo, algunas personas han informado haber recibido llamadas telefónicas de personas fallecidas estando despiertas. Esta es la forma menos común de llamada telefónica.
  11. Las manifestaciones de fenómenos físicos son bastante comunes e implican sucesos físicos inusuales que los supervivientes perciben como un mensaje del difunto. Algunos ejemplos son encender o apagar una luz o abrir o cerrar una puerta.
  12. Las experiencias simbólicas de duelo son comunes e implican ver algo en el entorno físico que los sobrevivientes interpretan como una señal del difunto, como mariposas, arcoíris, pájaros, etc.

Las ECM y las CPM, así como sus similitudes con las CPMI, se explican en las páginas siguientes.

 

Experiencias cercanas a la muerte (ECM).

Cuando leí por primera vez *Vida tras la vida* del doctor Raymond Moody, hace muchos años, me coloqué en el bando de los escépticos al pensar que una ECM no podía ser algo más que una alucinación poco frecuente. Sin embargo, Moody señaló que las personas que tenían una ECM generalmente no compartían su experiencia con otros porque aprendían rápidamente que la gente tendía a descartarlas como síntomas de locura transitoria. Explicó que solo comparten sus experiencias cuando se les pregunta. Así que empecé a preguntar. Descubrí que la experiencia es común y que quienes la han vivido están absolutamente convencidos de que era un hecho real. También es muy común que quienes han tenido experiencias cercanas a la muerte dejen de temerla.

Desde entonces, he tenido la oportunidad de hablar con varios cientos de personas que han experimentado ECM. La mayoría de estos relatos fueron proporcionados por personas normales y psicológicamente sanas. Las ECM a menudo transformaron la vida de quienes las experimentaron.

Un paciente llamado Pachu tuvo tanto una experiencia cercana a la muerte (ECM) como una experiencia de conexión inducida CPMI y describió ambas experiencias como de la misma calidad e impacto psicológico.

EL CASO DE PACHU: “Vi y hablé con los chicos de mi escuadrón, con los seis.”

Pachu se había encariñado mucho con sus compañeros de pelotón durante los meses que pasaron juntos en Vietnam. «Nos queríamos más que a una familia», me dijo en la oficina. Un día, los norvietnamitas lanzaron un gran ataque e infiltraron nuestro campamento base, arrojando explosivos por todas partes y disparando contra tantos como pudieron. Todos los miembros del pelotón de Pachu murieron en el acto o resultaron heridos de muerte, excepto él, que salió ileso. Mientras el enemigo seguía matando estadounidenses a su alrededor, Pachu fue arrastrando los cuerpos de sus seis camaradas, uno por uno, hasta un búnker. Uno de sus amigos había sido decapitado por una explosión y otro murió desangrado en sus brazos. Todos habían muerto cuando llegó la ayuda.

Aunque Pachu recibió una medalla por su valentía, el incidente fue su perdición psicológica. Un psiquiatra del ejército lo diagnosticó erróneamente como esquizofrénico paranoide y lo envió de regreso a Estados Unidos. Durante los siguientes treinta años sufrió frecuentes y graves pensamientos intrusivos y pesadillas sobre el incidente.

A lo largo de varias sesiones de psicoterapia conmigo, Pachu comenzó a acceder a los recuerdos que lo atormentaban pero que no había afrontado desde el incidente. Cuando empezó a revivir esos recuerdos por primera vez estuvo a punto de perder el control, sollozando con el rostro entre las manos.

Comencé inmediatamente con DRMO para disminuir la intensidad de sus imágenes y sentimientos traumáticos. Esto redujo su angustia a un nivel manejable, y entonces accedió a una inducción CPMI. Realicé el procedimiento  tres veces y la comunicación se inició con el tercer intento. Cerró los ojos, pensando en el soldado que había muerto en sus brazos. Siguió llorando durante unos segundos pero luego las lágrimas cesaron abruptamente y comenzó a sonreír. Continuó sonriendo con los ojos cerrados durante dos o tres minutos. Luego los abrió radiante.

“Vi y hablé con los chicos de mi equipo, con los seis. Todos se veían felices, sanos y tranquilos. Les dije que llevaba mucho tiempo esperando este día, y los oí decir: ‘Nosotros también’”.

Pachu describió entonces cómo se intercambiaron muestras de afecto. «Oí a uno de ellos decir, con la misma claridad con la que te oigo: "Todos estaremos aquí para ti cuando llegue tu momento"».

Todos los problemas de Pachu relacionados con la pérdida de su escuadrón se resolvieron por completo ese día. Hacia el final de la sesión, comentó que había tenido una experiencia cercana a la muerte (ECM) durante una grave enfermedad infantil y que las personas, tanto en su ECM como en esta CPMI, tenían una apariencia similar y se comunicaban de la misma manera telepática y emocionalmente intensa. Pachu afirmó que su ECM y la CPMI tuvieron efectos similares en él, y creía que ambas eran el mismo tipo de experiencia.

Durante las siguientes tres semanas de psicoterapia, Pachu dedicó gran parte de su tiempo a hablar de los gratos recuerdos que guardaba de su escuadrón, recuerdos que antes no había podido evocar porque le causaban mucha angustia. Volví a ver a Pachu ocho meses después de que le dieran el alta del hospital. Me comentó que ya no sufría de recuerdos intrusivos del incidente y que seguía teniendo muy buenos sentimientos hacia sus compañeros de escuadrón.

 

Las ECM y las CPMI son similares

Existen similitudes notables entre las ECM y las CPMI en las siguientes áreas:

  • Experiencia extracorporal
  • Considerar al difunto como un ser íntegro, funcional y sano.
  • Sensación de paz y bienestar
  • Atravesar un túnel hacia la luz
  • Encuentro con el difunto
  • Hermosos paisajes
  • Revisión de la vida
  • Algunos fallecidos están en zonas iluminadas con luz brillante, otros en zonas con poca luz.
  • Experiencias compartidas

A continuación se presenta un resumen de las similitudes en cada una de estas áreas.

 

Experiencia extracorporal

Las personas que han tenido una ECM suelen describir una experiencia extracorpórea, generalmente flotando sobre sus cuerpos mientras observan a los técnicos médicos intentar reanimarlos. Quienes han tenido una experiencia extracorpórea según la CPMI no la describen, pero sí suelen regresar al lugar del fallecimiento de la persona por la que guardan luto y presenciar cómo su espíritu abandona el cuerpo. Estas experiencias ocurren con mayor frecuencia cuando no existía una relación personal entre el sobreviviente y el fallecido, como en los casos reportados por un profesional de la salud en un hospital o un soldado que presencia una muerte en el campo de batalla.

 

EL CASO DE BERTO

Berto y su unidad habían acampado para pasar la noche en Vietnam. Él y sus dos compañeros estaban de guardia y tenían la orden de disparar a cualquier cosa que se moviera fuera de su perímetro. Más tarde esa noche, detectaron movimiento en la maleza no muy lejos de su posición. Los tres abrieron fuego y, al parecer, alcanzaron a quienquiera que fuera. Por su seguridad, tuvieron que esperar a que amaneciera para ver de qué se trataba.

Esa mañana, salieron y descubrieron que habían matado a tiros a una mujer vietnamita y a su bebé. La mujer estaba desarmada y, por alguna razón desconocida, se había acercado a su campamento. En ese momento, Berto se enfureció por la insensatez de lo sucedido. Durante los muchos años transcurridos desde el incidente, Berto sufrió imágenes recurrentes de sus cadáveres y una intensa mezcla de ira y tristeza.

Cuando Berto relató su recuerdo en nuestra sesión de psicoterapia, su sentimiento principal fue profunda tristeza. La segunda vez que realicé el procedimiento CPMI, cerró los ojos y, espontáneamente, regresó al momento en que la madre y el niño fueron asesinados. Aunque no vio los cuerpos hasta la mañana siguiente, durante su CPMI vio lo que parecían ser los espíritus de la mujer y el niño emergiendo de sus cuerpos en el instante de su muerte. La madre sostenía a su hijo en brazos y flotaba a través de un gran túnel hacia una luz brillante. Relató que tenían una expresión muy serena en sus rostros y parecían moverse hacia la luz con un propósito definido.

Berto abrió los ojos y me contó su experiencia. «Siento que mi tristeza se ha transformado en verdadera felicidad». Le reconfortaba enormemente saber que la vida continuaba para la madre y el niño, y que habían mantenido su amorosa relación. Creía que su experiencia demostraba que hay vida post-muerte.

Sin embargo, Berto se sintió algo confundido por la aparición de la luz brillante durante su CPMI ya que, en el momento del incidente, estaba completamente oscuro. Berto desconocía las ECM y no sabía nada del tema recurrente de un túnel y una luz brillante en los relatos de ECM. El informe se basó únicamente en lo que percibió durante su CPMI.

Un mes después, tras haber superado con éxito otro problema, Berto finalizó su psicoterapia. En ese momento, ya no sentía tristeza ni enfado por aquel incidente, y todas las imágenes negativas asociadas habían desaparecido.

 

Considerar al difunto como un ser íntegro, funcional y saludable.

Cuando quienes han tenido experiencias cercanas a la muerte (ECM) informan haber conocido a seres queridos fallecidos, los describen como personas íntegras y sanas, incluso si padecían alguna discapacidad en vida. Lo mismo ocurre con las descripciones de los difuntos en las conversaciones informales sobre la muerte. Se informa que todas las deficiencias o imperfecciones físicas han desaparecido. Las personas que eran muy mayores o estaban enfermas antes de morir siempre se perciben como más jóvenes y sanas. Los niños que mueren muy jóvenes suelen percibirse como mayores. Un rostro marcado por la preocupación en vida siempre luce sereno y tranquilo.

 

EL CASO DE MARI.

La familia de Mari se mudaba con frecuencia durante su infancia, por lo que le resultaba difícil hacer amigos. Su única hermana era mayor y padecía una discapacidad grave de nacimiento. Su edad mental nunca superó los cinco años. Mari se encargaba de gran parte del cuidado diario de su hermana, pero nunca la consideró una carga, pues era su compañera cuando no tenía amigos. Se sentía afortunada de tener una hermana que quería muchísimo y consideraba su mejor amiga. Mari describía a su hermana como una persona alegre y siempre feliz.

Cuando Mari tenía catorce años, la salud de su hermana empeoró y sus convulsiones se volvieron más frecuentes. Una noche, mientras sus padres no estaban en casa, su hermana sufrió una convulsión inusualmente grave y murió en brazos de Mari.

Mari no habló ni comió durante días y, al año siguiente, tuvo problemas en la escuela. Sin embargo, con el paso de los años, Mari logró superar su pérdida y llevó una vida plena, con una gran familia y éxito profesional. Cuando habló de la muerte de su hermana en mi consulta lo hizo con la tristeza normal y residual que aún sentía.

Hablé con Mari sobre el procedimiento de la CPMI y le expliqué que algunas personas experimentan una reconexión con el ser querido fallecido. Me dijo que era atea y que sentía desdén por todas las prácticas religiosas. Aceptó intentar la inducción, pero solo por curiosidad intelectual.

A pesar de su reticencia, la CPMI comenzó casi inmediatamente después de que la DRMO centrada en el núcleo revelara su tristeza y comenzara a aliviarla. En su CPMI, Mari experimentó primero "una luz blanca brillante". Luego, su hermana emergió de la luz y le dijo: "Te quiero, Mari". Mari sintió entonces que, de alguna manera, su hermana le respondía mentalmente: "Yo también te quiero".

Su hermana le dijo que todo el dolor que Mari sufrió tras su muerte fue innecesario. Su hermana ya no tenía las deformidades físicas que tenía en vida, y Mari notó más tarde que sus capacidades mentales parecían mucho más desarrolladas que antes. Mari relató que su hermana entonces se retiró hacia la luz y desapareció.

Tras su CPMI, Mari estaba eufórica. Estaba completamente convencida de haber visto y hablado con su hermana. Se sentía reconectada con ella y feliz por su bienestar, sin rastro de tristeza.

 

Sensación de paz y bienestar

La mayoría de quienes han tenido experiencias cercanas a la muerte informan paz y bienestar. Quienes han experimentado ECM describen al difunto como persona en paz y feliz, una sensación que de alguna manera se les transmite. Para el paciente de ECM, percibir al difunto en un estado emocional tan profundamente positivo contribuye en gran medida a acelerar la resolución del duelo.

 

Atravesar un túnel hacia la luz

Las personas que experimentan ECM a veces describen viajar a través de un túnel o pasadizo. De igual manera, quienes experimentan CPMI a veces sienten que atraviesan un túnel o pasadizo antes de encontrarse con el difunto. Tanto las ECM como las CPMI comparten la descripción de una luz brillante al final del túnel. Quienes experimentan CPMI de alguna manera saben que el difunto está en la luz al final del túnel y se mueven a través de ella con un propósito definido, o son atraídos hacia ella.

 

Encuentro con los difuntos

Las personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte (ECM) suelen describir encuentros o la sensación de la presencia de personas importantes para ellas que han fallecido, generalmente familiares o amigos cercanos. De igual modo, las sesiones de CPMI siempre involucran a personas importantes para quien las experimenta, aunque en estas últimas, el fallecido puede haber adquirido relevancia a través de un encuentro breve y dramático, como ser asesinado por quien las experimenta en combate. Los sentimientos de amor hacia el fallecido en las ECM son los mismos que los que experimentan quienes tienen sesiones de CPMI durante estas.

Hermosos paisajes

Los paisajes hermosos son muy comunes en las ECM y las CPMI, con árboles pintorescos, colinas verdes, arbustos en flor, extensas praderas, lagos y arroyos resplandecientes. Los colores suelen ser más brillantes e intensos, a veces descritos como radiantes o iridiscentes. Tanto quienes han tenido una como otra afirman que el entorno emana una sensación de paz y serenidad que se transmite al experimentador. En ocasiones, las personas con expectativas basadas en sus creencias religiosas se sorprenden al encontrar entornos terrenales familiares pero más ricos en sus experiencias de comunicación inducida.

 

Revisión de vida

En la revisión de vida que forma parte de la ECM la persona puede revivir toda su vida o momentos clave en un breve instante. Esta revisión suele centrarse en las emociones que la persona experimentó durante incidentes específicos, así como en las reacciones, tanto positivas como negativas, de quienes la rodearon como consecuencia de sus acciones. Quienes experimentan revisiones de vida durante sus ECM afirman que son vivencias profundas y transformadoras. Con frecuencia, desarrollan una mayor empatía e interés por ayudar a los demás.

Las personas que participan en la CPMI generalmente no experimentan su  revisión de vida ni ninguna parte de la revisión de vida del difunto. (Ha habido algunas excepciones. Un físico escéptico con el que trabajé experimentó espontáneamente su revisión de vida durante el tratamiento. Una paciente alemana presenció cómo su tío, soldado alemán de la Segunda Guerra Mundial, se sometía a su  revisión de vida. En ambos casos la experiencia contribuyó en gran medida a resolver los problemas específicos de duelo de la paciente). Sin embargo, se describe consistentemente a los difuntos como si hubieran pasado por una revisión de vida, hubieran aprendido de sus errores, asumido la responsabilidad de sus actos y se hubieran interesado mucho en corregir cualquier sufrimiento o dolor que causaran a otras personas en vida.

 

Algunos ven luz brillante, otros zonas oscuras.

El doctor Raymond Moody escribió en su libro “Reflexiones sobre la vida después de la vida” que quienes han tenido experiencias cercanas a la muerte suelen describir a los difuntos en entornos muy iluminados o que emanan una luz brillante. También describen un reino paralelo, un «reino de espíritus desconcertados», tenuemente iluminado o apagado. Quienes han tenido estas experiencias afirman que las personas en la zona tenuemente iluminada están allí para resolver problemas que les impiden avanzar hacia la luz.

Esta descripción coincide con informes de personas que han tenido experiencias similares a las de la CPMI, quienes afirman que la mayoría de sus seres queridos fallecidos se encuentran en un estado de luz brillante o irradian una luz intensa. Sin embargo, aquellos fallecidos que llevaron vidas problemáticas y causaron gran daño a otros son descritos, consistentemente, como ubicados en un área tenue o gris, arrepentidos y con el deseo de aliviar los problemas que dejaron atrás.

 

EL CASO DE MIMI: “Eso fue un poco espeluznante”.

Mimi experimentó varias sesiones de CPMI, bastante profundas, que parecieron resolver por completo su duelo. Luego decidió trabajar en la pérdida de su perro, al que había querido mucho. Casi al final de su sesión con su perro un vecino, que había fallecido recientemente de forma inesperada, apareció de repente. Mimi y su difunto vecino, Nando, habían sido buenos amigos durante muchos años. En la sesión, Nando, que se veía más joven y saludable que en sus últimos años de vida, explicó que estaba bien y luego insinuó que tenía un trabajo para Mimi.

Cuando Mimi abrió los ojos dijo que, aunque sentía una paz abrumadora, admitió que no entendía a qué se refería Nando con su última declaración. Repetí la experiencia. Al abrir los ojos, Mimi dijo: «Eso fue un poco inquietante». Explicó que Nando le había dicho que quería que ayudara a otros espíritus fallecidos que, según ella, parecían estar «en un lugar más oscuro, no en términos de luz, sino en un sentido más espiritual». Nando quería que los ayudara transmitiendo mensajes a sus familiares. Mimi claramente no tenía interés en la petición. Entonces induje otra experiencia de CPM en la que Mimi le dijo a Nando que su petición la incomodaba y que no quería el trabajo. Luego sintió que Nando comprendía sus sentimientos y su decisión, y le daba las gracias. Después, él se desvaneció. Aunque Mimi se sintió «inquietante» por un breve periodo, al terminar su última experiencia de CPM, recuperó la paz y la petición de su amigo fallecido dejó de molestarla.

 

Experiencias compartidas

En su libro *The Last Laugh*, el Raymond Moody menciona el concepto de "experiencia cercana a la muerte compartida", o "ECM empática", en la que alguien que acompaña al moribundo comparte lo que parece ser esa experiencia ECM del muriente: sentir la sensación de atravesar un túnel hacia una luz hermosa y percibir a familiares fallecidos que vienen a saludar al moribundo.

Esta rara experiencia es similar a las "CPMI compartidas" que observadores y terapeutas han experimentado mientras el paciente está teniendo esa la comunicación inducida (ver capítulo 8 ).

 

Comparación de la calidad de la ECM y la CPMI

Todos nuestros pacientes que han experimentado tanto una ECM como una CPMI están convencidos de que ambas experiencias son esencialmente el mismo fenómeno, vivido desde diferentes perspectivas. En todos los casos, afirman que ambas experiencias poseen las mismas cualidades e impacto psicológico. También creen, con gran certeza, que sus ECM y experiencias de CPMI se originaron en la misma fuente.

La experiencia de Margarita ofrece un claro ejemplo de la estrecha relación entre ambas experiencias.

 

EL CASO DE MARGARITA

El embarazo de Margarita (Rita para los amigos) transcurrió sin complicaciones hasta el noveno mes, cuando empezó a vomitar y dejó de sentir los movimientos del feto. La ecografía reveló ausencia de latido fetal por lo que se le indujo el parto y el bebé nació muerto. Durante el parto Margarita sufrió shock hipertenso y permaneció al borde de la muerte durante tres días. En algún momento de esos tres días Margarita tuvo una experiencia cercana a la muerte en la que vio a su madre,  fallecida años antes, sosteniendo a su bebé. Parecían muy felices. El bebé miraba a su abuela. Margarita contó que su madre le dijo: «Está bien». Detrás de ellas vio «una luz brillante y reconfortante».

Estos sucesos ocurrieron seis años antes de nuestra sesión de terapia. A pesar de su ECM Rita seguía experimentando dolor por la muerte de su bebé, especialmente en torno al día en que este habría tenido su cumpleaños.

Después de explicarme lo todo sucedido le describí las sesiones de CPMI. Margarita se mostró entusiasmada con el procedimiento porque su experiencia cercana a la muerte la había convencido de que tales experiencias comunicativas eran posibles. Tras la inducción a la CPMI Rita cerró los ojos. Inmediatamente relató que volvió a ver a su hijo con su madre y que ambos parecían felices y en paz. Sin embargo había diferencias notables entre su ECM y la experiencia con la CPMI. Dijo que su hijo parecía mayor y mucho más sano que antes, y que en lugar de mirar a su abuela miraba a Margarita y extendía ambas manos hacia ella.

En la ECM, Margarita sintió que su madre y su hijo pequeño se alejaban de ella, pero en la comunicación inducida tuvo la clara sensación de que se acercaban. Tampoco vio una luz brillante tras ellos en la CPMI, como sí la vio en su ECM.  Margarita explicó que la comunicación inducida fue «mucho más clara y enfocada» que su ECM, que aquella resultó más reconfortante porque sintió que su madre e hijo se acercaban, no se alejaban con en la ECM.

Al finalizar la sesión, Rita dijo sentir una conexión mucho más fuerte con su hijo y su madre, y creía que su duelo se había resuelto por completo. Siete meses después, en sesión de seguimiento, afirmó que su duelo seguía plenamente resuelto. Estaba convencida de que su CPMI no era simplemente el recuerdo de su ECM sino dos experiencias distintas que se conectaban con la misma fuente.

Las notables similitudes entre ambas experiencias sugieren que son fenómenos estrechamente relacionados, probablemente con el mismo origen. El hecho de que ahora podamos inducir estas experiencias de forma fiable, en un entorno de laboratorio controlado, nos proporciona por primera vez un medio para evaluarlas de manera objetiva y científica. Diversas creencias y teorías contrapuestas pueden someterse ahora a una prueba más rigurosa, y quizás podamos comprender el origen y naturaleza de estos fenómenos.

 

Comunicaciones Post-Muerte (CPM) espontáneas

Denominé comunicación post-muerte inducida (CPAI) al procedimiento que da como resultado la experiencia de una comunicación con la postvida tras leer el éxito de ventas del libro de Bill y Judy Guggenheim titulado, ¡Hola desde el cielo! Lo más sorprendente para mí es que los 353 relatos personales de comunicaciones post-muerte espontáneas que aparecen en su libro son casi idénticas a las descripciones que mis pacientes han estado informando en mis sesiones terapéuticas. Mis pacientes también relatan sus comunicaciones post-muerte espontáneas, que presentan las mismas características que los informes de las comunicaciones inducidas.

 

EL CASO DE DANIEL: “Ella se acercó, me dio un abrazo y un beso”.

Daniel era un paciente adulto que estaba tratando un problema, distinto al duelo por la muerte de su madre, pero ese tema de la muerte surgió. No sentía ningún dolor por ello ya que había ocurrido cuando tenía cinco años y tuvo una crisis de descompresión espontánea, a los seis años, que eliminó ese dolor.

Daniel era hijo único y su padre había abandonado a la familia unos años antes de la muerte de su madre. Estaba solo con ella cuando se desplomó y falleció de ataque al corazón. Dos horas después, una tía pasó a visitarlo y encontró a Daniel sentado junto al cuerpo de su madre, llorando. Durante los meses siguientes Daniel vivió con la misma tía pero apenas interactuaba con otras personas y se sentía extremadamente solo. Le atormentaban imágenes y pensamientos, recurrentes e intrusivos, de la muerte de su madre, sobre todo en forma de pesadillas.

Durante un año después de la muerte tuvo un sueño repetido en el que viajaba por un túnel hacia una luz que divisaba a lo lejos, pero siempre despertaba antes de llegar al final. Una noche, sin embargo, llegó al final del túnel y allí estaba su madre, de pie, con una luz brillante a sus espaldas.

“Se veía muy tranquila y feliz”, recordó, “y dijo que estaba bien y que siempre estaría conmigo. Recuerdo perfectamente que extendió la mano hacia mí, me abrazó y besó”.

Aunque Daniel no supo qué pensar de esa experiencia, a los seis años, esta lo transformó por completo. A partir de entonces ya no le molestaban los síntomas intrusivos ni se sentía solo. También empezó a relacionarse con los demás de forma normal y sana. Recordaba con claridad un momento, días después del episodio de descompresión aguda, en el que caminaba por la calle sintiéndose bien con su madre. Si bien el episodio había ocurrido hacía muchos años, Daniel seguía sintiendo paz con la muerte de su madre.

El caso de Daniel demuestra que, incluso para un niño, la terapia de descompresión espontánea es una experiencia positiva que puede aliviar el duelo, al igual que lo hace una terapia de descompresión asistida (es decir, inducida por un tratamiento como la comunicación inducida post-muerte).

En qué se diferencian las CPM espontáneos y las CPM Inducidas.

La diferencia más destacada entre las CPM espontáneas y las CPMI radica en que, en las espontáneas la experiencia ocurre de forma aleatoria e inesperada; quien la experimenta no anticipa tenerla. En cambio, en una inducida el psicoterapeuta ayuda a quien la experimenta a entrar en estado receptivo que permite que la CPMI se produzca. El psicoterapeuta no crea la experiencia ni influye en su dirección. Su función es simplemente ayudar a quien la experimenta a alcanzar un estado abierto y receptivo para que la CPMI pueda ocurrir por sí sola. A partir de ese momento, el contenido suele ser inesperado, al igual que el de una CPM espontánea.

Existen tres diferencias importantes entre las espontáneas y las inducidas:

  1. Los Guggenheim y otros autores que han escrito libros sobre las comunicaciones espontáneas afirman que siempre ocurren sin previo aviso y que no pueden inducirse. Hemos demostrado que el estado psicológico necesario para que se produzca la experiencia sí puede inducirse, aunque la reacción se desarrolla de forma natural, sin interferencias, una vez inducido el estado receptivo.
  2. Las inducidas tienden a ser más elaboradas, con mayor contenido y más multisensoriales que la mayoría de las CPM espontáneas. Las CPM Inducidas implican, por su parte, una combinación de experiencias sensoriales presentes en las CPM visuales, auditivas y táctiles.
  3. Las CPM Inducidas no solo aceleran el proceso de duelo, como hacen las CPM espontáneas, sino que, en casi todos los casos, la naturaleza más extensa y controlada de la experiencia inducida resuelve completamente el duelo, un resultado mucho más potente que los efectos de la mayoría de las espontáneas. Si no se resuelven todos los problemas con una inducida es bastante sencillo inducir la experiencia de nuevo inmediatamente mientras el paciente se ocupa de lo que aún no se ha resuelto. Cualquier problema adicional que quede se resuelve rápidamente con la siguiente inducción. El procedimiento puede repetirse fácilmente hasta que todos los problemas estén plenamente solucionado.

Por ejemplo, en una CPMI ya presentada en este libro, Garci había establecido una conexión con su hija fallecida pero aún sentía tristeza porque la extrañaba. Le pedí que tuviera presente esa preocupación y comenzamos otra CPMI. Esta vez, su hija le dijo: «Sigo contigo, papá». Su tristeza desapareció por completo. Es evidente que si solo hubiera experimentado la primera parte de su CPM inducida y no tenido forma de continuar la experiencia, habría quedado con cierta tristeza.

 

Algunos pacientes que han experimentado una CPM inducida tienen también las espontáneas.

Las personas que han experimentado tanto reacciones espontáneas como voluntarias o inducidas informan, sin excepción, que ambas experiencias tienen la misma calidad e impacto en quien las experimenta. En algunos casos, las experiencias menos directas y espontáneas han servido como punto de partida para el desarrollo de las inducidas más elaboradas.

Algunas de las experiencias de nuestros pacientes con CPM espontáneas han sido muy ricas en detalles y muy similares a las de las CPM Inducidas. El siguiente caso ofrece un buen ejemplo de una CPM espontánea bastante compleja que me describió un paciente.

EL CASO DE CASIANO: “Nadie podrá decirme, jamás, que no fue real, ni tú ni nadie más”.

Casiano había acudido a mi consulta para recibir psicoterapia por un asunto ajeno a la cosa del duelo pero, tras ganarse mi confianza, sintió que podía contarme su historia espontánea sobre una CPM «sin que lo tachara de loco». Casiano vivía en el Medio Oeste norteamericano y su ex esposa en la Costa Este con sus tres hijos. Una noche, mientras dormía, tuvo una visión nítida de su ex esposa.

«Se veía hermosa, serena y feliz y quería contarme algo que le preocupaba mucho». Casiano dijo que le comentó que debía empezar a tener un papel más importante en la crianza de sus hijos e incluso le ofreció sugerencias muy específicas sobre cada uno de ellos. Casiano afirmó que su experiencia fue mucho más vívida que un sueño.

Casiano despertó desconcertado por la asombrosa claridad de la comunicación. Recordaba todo lo ocurrido, y para él fue como una conversación real con su ex esposa. Tras permanecer despierto un rato intentando comprender lo sucedido, logró volver a dormirse. A la mañana siguiente, mientras preparaba café, sonó el teléfono. Era la hermana de su ex esposa. Entre lágrimas, le comunicó que aquella había fallecido en un accidente de coche durante la noche.

De repente, el significado de su experiencia nocturna se hizo evidente. Desde entonces, la ex esposa de Casiano se le ha aparecido cinco veces en encuentros espontáneos, ofreciéndole en cada ocasión más consejos sobre sus hijos. «En todas las ocasiones», dijo, «ella fue la que habló todo el tiempo». Y después de cada encuentro, Casiano siguió sus consejos al pie de la letra. En todos los casos, los consejos resultaron ser muy útiles.

Mientras me contaba la historia, Casiano se rió en un momento dado y dijo: «No ha cambiado mucho. Siempre fue muy habladora y mandona». Cuando le pregunté si creía que su esposa realmente lo había visitado después de morir, respondió con firmeza: «Estoy seguro. Estoy tan seguro como de que te estoy viendo ahora mismo. Nadie puede decirme que no fue real, ni tú ni nadie más. No me importa lo que piensen los demás porque realmente no saben. Antes de que sucediera, no creía en estas cosas, pero ahora no tengo la menor duda».

La descripción que Casiano hizo de su experiencia tenía el mismo tono que mis pacientes cuando describen las CPMI. Tanto su CPM espontánea como las CPM Inducidas de mis pacientes fueron extraordinariamente claras y dieron como resultado la drástica resolución del duelo.

Resulta evidente que las CPM Inducidas como y las espontáneas son esencialmente idénticas, con la única diferencia de que el estado psicológico necesario para tener la experiencia de la CPMI puede ser inducido a propósito por un psicoterapeuta.

 

CAPÍTULO 14. ÉCHALE UN VISTAZO TÚ MISMO

La duda no es una condición agradable, pero la certeza es absurda. —Voltaire

 

Conclusiones sobre la terapia con CPMI

Tras años de exitosas sesiones interdisciplinarias de psicoterapia con miles de pacientes, llevadas a cabo por un número creciente de psicoterapeutas, hemos llegado a tres conclusiones:

  1. Podemos inducir una comunicación CPMI de forma muy rápida, fiable y sencilla en un alto porcentaje de personas interesadas en tener esa experiencia.
  2. Las terapias de duelo asistidas por CPMI sanan los elementos más dolorosos, primarios y centrales del duelo: la tristeza profunda y la sensación de desconexión asociada.
  3. Muchos de mis pacientes relatan las mismas experiencias descritas por personas que han tenido una experiencia cercana a la muerte (ECM) o una comunicación espontánea post-muerte (CPM).

 

Por ahora, el origen del fenómeno es irrelevante.

Algunos terapeutas insisten en conocer el origen del fenómeno CPMI antes de utilizarlo en su terapia o, más directamente, afirman: «No podemos mezclar pseudociencia con terapia seria». Estoy de acuerdo. Pero sostengo que el origen de la experiencia no influye en absoluto a la hora de considerarla como un medio para sanar a nuestros pacientes.

No necesitamos conocer el gen que determina la presencia del pulgar para enseñar a alguien a sujetar un martillo. El pulgar es simplemente una herramienta más en el repertorio de todo ser humano. Enseñamos a las personas a sujetar martillos con los pulgares y los dedos, independientemente del origen de sus pulgares. Lo mismo debe ocurrir con la terapia CPMI, al menos por ahora.

En ocasiones, al considerar la terapia CPMI, se detendrá un instante y su mente divagará en reflexiones sobre este extraño fenómeno. Es notable y poderoso. A menudo, como me ha sucedido a mí, especulará sobre sus orígenes. Esto parece inevitable. Sin embargo, hemos intentado no influir en su opinión.

Por ahora, al menos, no importa lo que yo crea ni lo que crean los demás psicoterapeutas que utilizan la terapia CPMI. Nadie pregunta si el profesional que explica un método psicoanalítico o de terapia conductual es cristiano, agnóstico, judío, musulmán o budista antes de decidir utilizar el método que describe. Sus creencias son irrelevantes. Observamos los resultados del método y lo aplicamos según sea apropiado y eficaz para nuestros pacientes. Por supuesto, todos tenemos algunas creencias sobre la voluntad en el universo y la vida post-muerte, incluso si somos agnósticos. Pero nadie que utiliza la terapia CPMI tiene las mismas creencias que otros. Nuestras creencias son simplemente irrelevantes para su uso.

 

Valor de las CPMI para la terapia

La terapia CPMI debería convertirse en una herramienta habitual en el repertorio del psicólogo. La experiencia clínica, basada en miles de casos, demuestra que el procedimiento simplemente funciona.

Parece que los fenómenos CPM, CPMI y ECM son partes naturales y normales del ser humano. Al igual que el efecto de una vacuna en el sistema inmunitario, la terapia CPMI estimula la capacidad de autocuración de los pacientes. El procedimiento CPMI les permite acceder a esta capacidad de curación y dejar que actúe con mínima intervención del terapeuta y sin esfuerzo consciente por parte del paciente en el momento en que se desarrolla la experiencia.

Un científico social materialista podría replicar: «Pero se basa en un engaño. Los muertos no hablan». Pues bien, lo cierto es que si insistiéramos en que el pensamiento de los pacientes se ajustara a nuestra concepción de lo racional y lógico, haríamos muy poca terapia. Las construcciones mentales sobre las que una persona ha edificado una psique sana y funcional son idiosincrásicas, irracionales y cargadas de valores. Ayudamos al paciente a integrar estas construcciones en pensamientos y comportamientos socialmente aceptables que le resulten beneficiosos y le auguren una futura salud psicológica. Que sean todas ciertas y lógicas es irrelevante para la salud mental.

La terapia CPMI funciona. Cura a los pacientes. Les brinda una confianza y fortaleza interior que sustenta la curación. ¿Qué más podemos pedir?

Si la investigación respalda estos hallazgos clínicos, creo que sería poco ético que un psicoterapeuta no utilizara la terapia CPMI con personas que están en duelo.

 

Mira a través del telescopio

En 1513, Nicolás Copérnico concluyó, a partir de sus observaciones, que el Sol se encuentra en el centro de nuestro sistema solar. Fue ridiculizado por la mayoría de sus contemporáneos científicos y filósofos. Casi cien años después, en 1609, Galileo pidió a los científicos de la época que observaran a través de un telescopio para que pudieran comprobar por sí mismos que Copérnico tenía razón. Pero sus adversarios estaban tan seguros de su error que se negaron incluso a mirar. El hecho de que el Sol sea el centro del sistema solar no fue plenamente aceptado hasta décadas después.

Sugerimos que, independientemente de sus creencias, simplemente observe. Las CPMI pueden inducirse a voluntad, por lo que cualquiera puede explorar los fenómenos presentes en las CPM y las ECM con la ayuda de un terapeuta cualificado que induzca una CPMI. La única opinión fundamentada sobre la naturaleza última de la experiencia proviene de alguien que la ha vivido.

Aunque la gran mayoría de quienes han experimentado la CPMI están convencidos de su autenticidad espiritual, por ahora no importa lo que creas tú, lo que creamos nosotros, ni siquiera lo que crean quienes la han experimentado. La experiencia CPMI sana el duelo y el trauma en muy poco tiempo y parece tener un efecto duradero. La técnica es valiosa porque funciona; no requiere que estemos de acuerdo en un sistema de creencias o una teoría sobre el origen del fenómeno para respaldarla.

Una conclusión es clara: el procedimiento CPMI descrito en este libro ofrece los medios para aliviar gran parte del sufrimiento humano. No hay dolor más terrible que el de perder a un hijo, a un compañero de armas o a la pareja con la que se compartió una larga vida, y sentir esa desconexión para siempre. Perdemos una parte de nosotros cuando alguien importante desaparece de nuestro mundo. Ahora, podemos sanar este profundo dolor, así como la ira y la culpa que a veces lo acompañan.

La terapia CPMI es rara y seguirá siendo controvertida hasta que se convierta en un método terapéutico de uso común. Invito a cualquier psicólogo, trabajador social, psiquiatra u otro profesional de la salud a experimentar el fenómeno CPMI. Juzguen ustedes mismos. Simplemente observen con atención.

 

CAPÍTULO 15. INVESTIGACIÓN DE LA CPMI

Hay dos maneras de deslizarse fácilmente por la vida: creerlo todo o dudar de todo; ambas nos ahorran tener que pensar. —Alfred Korzybski (fundador del movimiento de la semántica general)

 

Investigación de la CPMI

Varios proyectos de investigación de la CPMI ya se han completado o se encuentran en distintas fases de desarrollo en diversas universidades. A continuación se presentan algunos ejemplos. Los dos primeros estudios han sido aceptados para su publicación en la revista Journal of Near Death Studies.

Nota del Traductor. En el mundillo de la ciencia materialista (por contraposición a la que sería holística e integradora de lo material y espiritual) existe la dependencia mafiosa de la legitimación de resultados por medio de su publicación en determinados medios que otorgan el barniz de “aceptable para la ciencia”. A nadie se le escapa que este requisito legitimador es una suerte de censura previa que castra el progreso llamado “científico” a constreñirlo dentro de fronteras apriorísticas que sostienen determinados intereses ajenos al conocimiento de la verdad objetiva, si es que es posible la objetividad. Fin de la nota

La doctora Mo Hannah, profesora de psicología en el Siena College de Nueva York, analizó setenta y un de mis casos CPMI. Descubrió que el 79 por ciento de los pacientes experimentaron una comunicación con la postvida durante su tratamiento de dos sesiones. Si bien los pacientes que no experimentaron una comunicación con la postvida informaron reducción significativa del duelo, aquellos que sí la experimentaron informaron una mejoría aún mayor. Los resultados también parecieron mantenerse en un seguimiento de seis meses. Además, se encontraron los siguientes hallazgos estadísticamente significativos:

  • Disminución de la tristeza, culpa e ira asociados.
  • Aumento en la creencia de la vida post-muerte.
  • Aumento en la creencia de que se puede seguir adelante con la vida a pesar de la pérdida.
  • Disminución de pensamientos o imágenes no deseados asociados con la pérdida.
  • Aumento en la creencia de que la persona que perdieron todavía está con ellos de manera importante.
  • Una disminución en la creencia de que su pérdida está teniendo un impacto negativo en su vida.
  • Disminución en la sensación de desconexión con la persona que perdieron.

Yo también tabulé los resultados de una encuesta que realicé a los primeros dieciséis terapeutas que capacité en el programa CPMI. Antes de su capacitación en CPMI, estos terapeutas habían ejercido la psicoterapia durante un promedio de veintiún años. Realizaron un total de doscientas once sesiones de CPMI.

Los resultados de la encuesta indican que estos profesionales en formación tienen prácticamente el mismo éxito al realizar la CPMI. Informan una tasa de éxito del 75 % en la inducción de una CPM. Asimismo, calificaron sus resultados terapéuticos entre «mucho mejores» y «considerablemente mejores» que cualquier otra terapia que hubieran utilizado para tratar el duelo, incluyendo la DRMO estándar (frente a la centrada en el núcleo). También informaron que el procedimiento CPMI era muy seguro y que ningún paciente experimentó una reacción adversa tras finalizar la terapia.

Estos dos estudios sugieren firmemente que los terapeutas de CPMI debidamente capacitados pueden ayudar de manera rutinaria y significativa a personas que sufren profundo duelo (y pérdida traumática) en tan solo unas pocas sesiones. Sin embargo, el diseño de investigación estándar en ciencia es el estudio con grupo de control. En estos experimentos, la terapia CPMI se compararía con personas en duelo que no reciben tratamiento o con personas en duelo que reciben un tratamiento diferente. Si bien para los terapeutas de CPMI parece claro que el paso del tiempo (el grupo sin tratamiento) tiene muy poco o ningún efecto y que otros tratamientos disponibles son simplemente menos efectivos, sabemos que para que CPMI se generalice debemos superar este obstáculo. Actualmente, algunos investigadores de CPMI planean realizar un estudio de este tipo.

Nota del Traductor. Este párrafo que indica que el tratamiento CPMI es mucho más efectivo y radical, y consume mucho menos tiempo de tratamiento en comparación con otras terapias digamos convencionales, trae un aspecto económico a meditar. Los terapeutas “tradicionales” que adopten este nuevo tratamiento corren el riesgo de perder ingresos al solucionar más rápidamente los problemas de clientes que pagan sus facturas más prolongadamente en el tiempo. Fin de la nota.

La Universidad de Virginia está investigando la actividad cerebral durante la terapia CPMI y las experiencias CPM inducidas. Para ello, utilizan un procedimiento de encefalograma (EEG) muy sofisticado y de vanguardia. Ya se han realizado estudios con varios sujetos, pero aún queda mucho por hacer antes de poder formular hipótesis específicas.

Cabe mencionar también que hay algunos estudiantes de doctorado que están planeando, o ya están trabajando, en sus tesis sobre la CPMI. Por lo tanto, si bien la investigación sobre la CPMI ya está bastante avanzada, habrá muchos más proyectos de investigación en el futuro.

Por supuesto, incluso si podemos identificar las áreas del cerebro que se activan durante una experiencia CPMI eso no significa necesariamente que la experiencia tenga su origen allí. Por ejemplo, saber que los lóbulos occipitales de mi cerebro se activan cuando miro un árbol no significa que esté alucinando con un árbol. Tampoco explica cómo mi actividad cerebral da lugar a mi experiencia subjetiva del árbol.

David Chalmers, doctor en filosofía y reconocido líder en el campo de la filosofía de la conciencia sostiene que relacionar los mecanismos cerebrales con la experiencia consciente es el problema más sencillo en el estudio de la conciencia. El problema más complejo reside en comprender cómo, o por qué, los procesos físicos en nuestro cerebro dan lugar a las experiencias subjetivas. El doctor Chalmers señala que los enfoques reduccionistas empleados para resolver los problemas sencillos no logran explicar los problemas complejos.

Todo nuestro trabajo se ha centrado en adultos. Sin embargo, dado que los niños experimentan crisis de duelo espontáneas y responden bien a la DRMO, sospecho que las terapias de duelo integradas también serían efectivas con ellos. Los únicos factores limitantes podrían ser la capacidad del niño (según su edad) o su disposición a tolerar la DRMO centrada en el núcleo. Se debería considerar el uso de la terapia de duelo integrada en niños, y se deberían estudiar sus efectos en jóvenes en duelo.

Parece razonable suponer que, dado que las experiencias CPMI son muy similares, si no idénticas en contenido, a las experiencias CPM y ECM espontáneas, deberíamos poder estudiar las CPM y ECM espontáneas indirectamente estudiando las CPMI, que pueden inducirse deliberadamente en entornos experimentales.

 

CAPÍTULO 16. ¿QUÉ HACEMOS AHORA?

La terapia CPMI está creciendo rápidamente y actualmente existen cientos de terapeutas capacitados en todo el mundo. El Instituto Allan Botkin, dedicado a la formación, la investigación y la terapia CPMI, abrió sus puertas en Alemania en enero de 2011. Tanto para los terapeutas capacitados en CPMI como para quienes han experimentado la terapia CPMI, es evidente que esta funciona de manera rápida y significativa, y que tendrá un gran impacto en el trabajo con el duelo en general, en el futuro. El número de personas involucradas en el desarrollo de CPMI aumenta a diario.

Actualmente, la Junta Internacional de Terapeutas de la CPMI está compuesta por cinco miembros. Estos miembros son Juliane Grodhues, Graham Maxey, Cesar Valdez y Mo Hannah, quienes se encargan de coordinar la administración y la investigación de la CPMI en todo el mundo.

Este libro ya ha sido traducido y publicado en alemán, y las versiones en italiano y francés estarán disponibles próximamente.

Nota del Traductor. Yo pongo mi granito de arena y proporciona una versión gratuita en español para que el mundo hispano tenga acceso a esta información.

 

Recibir formación

Estamos capacitando a psicoterapeutas para inducir crisis de duelo inducidas por psicoterapia. Para obtener información sobre la capacitación, visite el sitio web http://induced–CPM.com o llame al doctor Botkin al Center for Grief and Traumatic Loss, LLC en Libertyville, Illinois (847–680–0279).

Cómo concertar citas con terapeutas en su zona

Puedes obtener información sobre terapeutas capacitados en tu área visitando el sitio web http://induced–CPM.com .

Centro de Intercambio Central para la Investigación

Los autores ofrecen un centro de información sobre el fenómeno CPMI en http://induced–CPM.com. Invitamos a investigadores y a quienes estén interesados ​​en leer la investigación a visitar el sitio web para obtener más información sobre los estudios en curso y contribuir al conocimiento que se ampliará a medida que más terapeutas aprendan a realizar CPMI.

 

CAPÍTULO 17. UNA DECLARACIÓN PERSONAL

Inicialmente, las experiencias de comunicación post-muerte inducidas surgieron por casualidad en pacientes a quienes trataba por duelo y pérdida traumática. No solo no anticipé las experiencias de mis pacientes, sino que, una vez ocurridas, desconocía por completo de qué se trataban. Lo único que tenía claro era que estas experiencias sanaron a mis pacientes hasta un punto que no creía posible. Dudé en compartir este descubrimiento porque sabía perfectamente la probable reacción de mis colegas, todos ellos formados para mantener un sano escepticismo. Yo mismo no lo habría creído.

Soy plenamente consciente de que voy a generar antagonismo entre muchas personas con creencias muy opuestas. Sin embargo, dado el poder sanador de estas experiencias, creo tener el deber moral de compartir este descubrimiento de la mejor manera posible. Muchas personas que sufren se beneficiarán enormemente del procedimiento CPMI.

A menudo me preguntan cuáles son mis creencias personales. Dado que mi principal objetivo es ayudar a la mayor cantidad posible de personas que sufren, dudo en compartir mis creencias porque no guardan ninguna relación con los beneficios terapéuticos del procedimiento. La terapia CPMI sana a los supervivientes en duelo sin requerir un sistema de creencias particular. No importa lo que crean quienes reciben la terapia CPMI ni el terapeuta que la practica. He formado a algunos terapeutas que la realizan con regularidad, pero que se mantienen agnósticos o escépticos respecto a su naturaleza espiritual. Sin embargo, todos sus pacientes se benefician de la experiencia tanto como los pacientes de los terapeutas que le atribuyen un significado espiritual. Practican la terapia CPMI simplemente porque funciona.

Cuando se me pregunta sobre mis creencias personales, ofrezco lo siguiente: Las CPMI deben ser experiencias espirituales o alucinaciones subjetivas generadas únicamente por nuestra mente/cerebro o por la representación interna del difunto, sin relación con ningún mundo separado del nuestro. Creo que si existe una vida post-muerte, entonces las CPMI son verdaderas experiencias espirituales. No puedo imaginar que, si la vida post-muerte es una realidad, las CPMI, las CPM y las ECM sean aberraciones alucinatorias producidas por nuestro cerebro que nos llevan a la confusión.

Einstein comentó en una ocasión: «El Señor es sutil, no malicioso». Quería decir que, si bien las leyes de nuestro universo suelen ser difíciles de discernir, este no pretende engañar a quienes intentan comprenderlo. Si no existe la vida post-muerte, lo que implicaría que las CPMI son pura alucinación, entonces quizás nuestros cerebros sí desarrollaron una capacidad curativa oculta que se manifiesta en momentos de gran necesidad personal, como cuando nos acercamos a la muerte o sufrimos la pérdida de un ser querido. Si esta capacidad curativa existe, entonces todos poseemos la misma capacidad oculta de sanar.

El hecho de que podamos aprovechar esa capacidad, estudiarla y usarla para sanar a quienes sufren tan profundamente sigue constituyendo un gran avance. Por lo tanto, creo que con solo usar esta terapia todos salimos ganando.

Cuando los humanos desarrollaron la capacidad de comprender el mundo, atribuyeron causas sobrenaturales a sucesos que no entendían. Muchos aún lo hacen. Creo que, con el tiempo, todos los sucesos se comprenderán como resultado de leyes o causas naturales. Para mí, esta forma de pensar no disminuye la magnificencia de nuestro universo ni de nuestras vidas personales, ni excluye a Dios, o a un Poder Superior, como creador inicial de la ley natural. Un oyente de un programa de radio en el que fui entrevistado me envió un correo electrónico expresando su descontento porque no creo en los milagros. Le respondí que creo que todo en nuestro universo es un milagro. Por lo tanto, creo que si existe una vida post-muerte y, por consiguiente, los sucesos de la Iglesia de Dios son sucesos espirituales reales, entonces son producto de una ley natural que aún no comprendemos. Quizás ahora nos estemos acercando a esa comprensión.

Además del estudio de las CPMI, las CPM espontáneas y las ECM, el campo de la biofísica ha experimentado avances recientes que, a mi parecer, ofrecen una perspectiva prometedora. Recomiendo al lector consultar al biofísico alemán Fritz Albert Popp y a investigadores de todo el mundo que estudian la emisión de fotones de sistemas biológicos (PEBS). Esta información está disponible en internet. Si bien estos científicos se dedican a la investigación básica y no afirman que sus hallazgos expliquen el concepto de alma o espíritu, las implicaciones de su investigación deberían ser claras para el lector interesado con conocimientos básicos de biología y física.

Durante los últimos diez años, mi vida ha sido apasionante tanto a nivel emocional como intelectual. La satisfacción que experimento cada vez que un paciente se cura gracias a una comunicación CPMI es difícil de expresar con palabras. Otros terapeutas CPMI que he formado conocen bien esa sensación. Las CPMI convierten cada sesión en una aventura inspiradora. Cuando digo a las personas que soy psicólogo especializado en duelo y trauma, suelen imaginar que mi trabajo es doloroso y agotador. No saben que, en la mayoría de las sesiones salgo con una sensación de optimismo y energía. Es difícil explicar esto sin contar toda la historia.

Los aspectos intelectuales de esta aventura, aunque emocionantes, son algo más complejos. Sin duda, cada paso intelectual del camino me produjo una gran satisfacción. Sin embargo, al mismo tiempo, no es fácil desechar las creencias y teorías más arraigadas ante la creciente prueba en su contra. Dado que mi principal deber ético y moral siempre ha sido ayudar a mis pacientes de la mejor manera posible, tuve que abandonar formas de pensar que me resultaban mucho más cómodas. Sentí una ansiedad considerable con cada cambio intelectual que realicé durante el descubrimiento del CPMI. Mi  miedo ha sido la parte más difícil de este viaje. Soy plenamente consciente de los riesgos que conlleva y de que probablemente seré atacado desde diversos frentes. Ciertamente, hay una parte de mí que no desea este trabajo. Sin embargo, la otra parte sigue adelante, con la esperanza de poder marcar la diferencia.

 

CAPÍTULO 18. NOTA IMPORTANTE SOBRE EL SUICIDIO

Algunas personas familiarizadas con mi trabajo me han advertido que la información presentada en este libro podría llevar a algunos individuos al suicidio.

Nota del Traductor. Siempre existirá esa tenue frontera entre los bienintencionados y los culposos gilipollas o imbéciles. Estos necesitan crear una preocupación que impida el progreso o avance del conocimiento en terrenos que ellos no controlan o conciben, y aquellos tienen genuina preocupación por un resultado indeseado. La indefinición del típico “podría” es combustible irracional para muchos bienintencionados e imbéciles culposos pues, por poder, puede ocurrir cualquier cosa. Es parte de la experiencia humana.

Esta preocupación se debe a que, en la terapia CPMI, los fallecidos suelen ser percibidos como felices y en un lugar mejor. Por lo tanto, quienes viven vidas difíciles y dolorosas podrían ver el suicidio como una forma de escapar de sus dificultades y alcanzar un estado de mayor felicidad. A quienes consideren el suicidio como una opción, quiero ofrecerles algunas advertencias muy claras.

En primer lugar, si bien la información que se ofrece en este libro es muy sugerente, no constituye en modo alguno una prueba de la existencia de una vida post-muerte. Si posteriormente se determina que las CPMI no son más que alucinaciones cerebrales, entonces la idea de que uno puede suicidarse para alcanzar un lugar mejor se basaría en una interpretación potencialmente muy costosa y, en última instancia, muy errónea de dicha información.

Nota del Traductor. A la persona que se quiere suicidar le suele traer sin cuidado que exista o no vida tras la muerte: lo que quiere es acabar con un dolor de tal calibre que hace que su vida no tenga calidad, propósito o sentido.

En segundo lugar, incluso si las experiencias de CPMI son vislumbres reales de la postvida, la idea de suicidarse para llegar allí también conlleva una advertencia muy seria. Quizás el mensaje más frecuente es que nadie se libra de nada y que el sufrimiento que causamos a los demás debe ser abordado en algún momento. Si las CPMI son sucesos espirituales reales, entonces quienes se suicidan no solo se quedan con los mismos problemas interpersonales que intentaban evitar, sino que también deben afrontar el dolor que su suicidio causó en otros. También se ha informado que las personas que intentan suicidarse tienen una mayor frecuencia de experiencias cercanas a la muerte (ECM) aterradoras o negativas.

Nota del Traductor. El suicida, en su dolor, no piensa en las consecuencias que pueda traer a otros su decisión de quitarse la vida. También es irrelevante el cuento de producción de ECM aterradoras o negativas. El suicidio es un acto personalísimo y cuando el suicida tiene en cuenta otros factores el potencial suicida suele desistir de ese acto.

Las personas que experimentan CPMI, al igual que quienes experimentan ECM, desarrollan uniformemente un interés notablemente mayor por la vida. Tras realizar miles de CPMI, algunas con pacientes que habían intentado suicidarse varias veces y de forma grave, nunca he visto a un paciente desarrollar mayor interés por el suicidio. De hecho, varios de mis pacientes, incluso algunos que vivían con un dolor emocional extremo a diario, me comentaron tiempo después de su experiencia CPMI que ya no consideraban el suicidio como una opción.

 

APÉNDICE A. GLOSARIO

CPM Comunicación post-muerte o con la postvida, (After-death communication). Una CPM es cualquier experiencia que una persona describe como contacto con una persona fallecida. Las CPM son universalmente reconocidas como experiencias muy sanadoras. Dado que ocurren espontáneamente, en este libro nos referimos a ellas como «CPM espontáneas».

DRMO centrada en el núcleo (Core-focused EMDR): Una variante de la terapia DRMO creada por el doctor Allan Botkin. En la DRMO centrada en el núcleo, el terapeuta utiliza la DRMO para acceder y procesar directamente la tristeza que constituye la raíz del duelo.

DRMO (EMDR Eye movement desensitization and reprocessin): Desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares Método de psicoterapia desarrollado en la década de 1980 por la psicóloga Francine Shapiro, Ph.D. El terapeuta de DRMO guía al paciente para que mueva los ojos de forma rítmica, prestando atención a un pensamiento, sentimiento, imagen o sensación perturbadora. Se cree que el movimiento ocular acelera el procesamiento de la información en el cerebro.

Duelo: El duelo, tal como se utiliza en este libro, es una respuesta muy individual, natural y espontánea ante la muerte de otra persona. Sin embargo, no se trata de una sola emoción. El duelo abarca una amplia gama de emociones, especialmente sentimientos de conmoción, entumecimiento, tristeza, culpa e ira.

CPMI Comunicación post-muerte inducida o CPM inducida. (IADC, Induced after-death communication,). Un psicoterapeuta sigue el procedimiento CPMI para llevar al paciente a un estado psicológico en el que sea probable que experimente una comunicación post-muerte.

ECM: Experiencia cercana a la muerte. Una ECM es una experiencia que ocurre cuando una persona está al borde de la muerte. Cada ECM es única para la persona que la experimenta, pero se han hecho evidentes muchas similitudes entre ellas. Estas incluyen:

  • Sensación de estar fuera del  cuerpo.
  • Moverse a través de un túnel o pasadizo hacia la luz.
  • Sentir abrumadora sensación de paz.
  • Reunirse con seres queridos y amigos fallecidos
  • Experimentar revisión de su vida
  • Contemplar paisajes hermosos o radiantes
  • Regresar al  cuerpo

Trastorno de estrés postraumático (TEPT): El TEPT se desarrolla cuando la persona experimenta un suceso con una o más de las siguientes características que la afectan directamente o que afectan a quienes estaban con ella cuando ocurrió el suceso:

  1. Alguien murió o su vida estuvo en peligro.
  2. Alguien sufrió lesiones físicas.
  3. Se violó la integridad física de una persona, como en el caso de una violación.

La persona que padece trastorno de estrés postraumático puede presentar cualquiera de las siguientes combinaciones de síntomas:

  1. Revivir el suceso traumático a través de recuerdos negativos intrusivos, pesadillas y retro visiones en las que la persona revive el suceso.
  2. Evitación persistente de todo aquello que recuerde el incidente.
  3. Sensación persistente de mayor activación psicológica, como miedo, ansiedad o depresión.

NOTA: Similitudes entre el TEPT y el duelo: El duelo y el TEPT son similares en algunos aspectos importantes. El problema central tanto en el duelo como en el TEPT es la pérdida, aunque esta no necesariamente implique una muerte. Las amenazas abrumadoras en las que no se produce ninguna muerte pueden provocar TEPT cuando los sucesos son tan amenazantes que quienes los experimentan pierden la sensación normal de confianza en que el mundo es seguro y que ni ellos ni sus seres queridos corren peligro. Por ejemplo, la persona podría estar en un avión que casi se estrella o presenciar un suceso en el que su hijo casi muere. Las pérdidas que provocan duelo sin TEPT tampoco necesariamente implican una muerte. Por ejemplo, la persona puede estar de duelo por perder un trabajo o por el fracaso de su matrimonio.

Dado que este libro explica las comunicaciones inducidas post-muerte, las pérdidas descritas aquí siempre implican un fallecimiento. Como los problemas centrales y la dinámica del duelo y el TEPT son prácticamente idénticos cuando hay una muerte de por medio, presento las explicaciones de las comunicaciones inducidas post-muerte sin establecer distinciones diagnósticas adicionales entre ambos en este libro. Sin embargo, quiero dejar claro que el TEPT es un trastorno complejo. Si bien estas comunicaciones resuelven sentimientos de tristeza, culpa e ira, y reducen los síntomas intrusivos negativos tanto en el TEPT como en el duelo, las comunicaciones inducidas tienen un menor impacto en otros síntomas del TEPT, como los asociados con la evitación y la activación fisiológica. Esto es especialmente cierto en los casos en que el TEPT es crónico e involucra varios traumas.

Por lo tanto, si bien las inducciones de comunicación abordan los aspectos más dolorosos del trauma cuando hay una muerte de por medio, no son apropiadas para todos los traumas y no abordan directamente todos los síntomas del trastorno de estrés postraumático.

 

APÉNDICE B. PROCEDIMIENTO DE LA CPMI PARA PSICOTERAPEUTAS

Una nota para los terapeutas

Si bien aquí se describen todos los pasos necesarios para completar el procedimiento CPMI, esta breve descripción no permite transmitir adecuadamente todas las habilidades clínicas necesarias para que el terapeuta tenga el mayor éxito posible. Es importante que los terapeutas lean el libro completo, ya que algunos de los matices clínicos importantes del procedimiento se pueden extraer del material de casos. No está claro qué tan exitosos serán los terapeutas al seguir este material escrito, y les pido encarecidamente que nos envíen sus comentarios a http://induced–CPM.com .

Evidentemente, aunque los pasos del procedimiento CPMI son bastante sencillos, como clínicos somos conscientes de que cada individuo es complejo y único y, por lo tanto, cada paso del procedimiento CPMI se puede llevar a cabo con mayor éxito por un terapeuta que aplique estos pasos de manera que se ajuste a la constitución psicológica individual del paciente o cliente.

DRMO

La siguiente descripción del procedimiento CPMI está redactada de forma que solo los terapeutas de DRMO capacitados puedan comprender y seguir las instrucciones. La terapia CPMI comienza con DRMO, pero la aplica de una manera marcadamente diferente a la terapia DRMO estándar. La mayoría de los terapeutas que utilizan DRMO nunca presenciarán una CPMI, aunque se han informado algunos casos.

El proceso CPMI comienza con DRMO centrado en la tristeza profunda para acceder y procesarla directamente antes de intentar una CPMI. Para acceder a la formación en CPMI, es necesario ser terapeuta con formación en DRMO.

Si no eres terapeuta con formación en DRMO, puedes solicitar formación poniéndote en contacto con el Instituto DRMO:

Sitio web: http://www.DRMO.com/

Para poder optar a la formación en DRMO, debes estar reconocido por servicios de salud mental en determinados países. Aquí se habla de Estados Unidos. Puedes encontrar más información sobre DRMO en las siguientes fuentes:

Parnell, L. 1998. Transformando el trauma: DRMO. Nueva York: WW Norton.

Shapiro, F. 2001. Desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares: principios básicos, protocolos y procedimientos , 2.ª ed. Nueva York: Guilford Press.

Shapiro, F., ed. 2002. DRMO como un enfoque de psicoterapia integradora: expertos de diversas orientaciones exploran el prisma del paradigma. Washington, DC: American Psychological Association Books.

 

Talleres de capacitación

La siguiente descripción del procedimiento CPMI se basa en el material didáctico que utilizo en mis talleres de formación de terapeutas en las técnicas de la terapia CPMI. El procedimiento se explica con suficiente detalle para que un terapeuta DRMO capacitado pueda inducir CPMI con cierto éxito siguiendo la explicación proporcionada. Sin embargo, he comprobado que, para obtener porcentajes de CPMI consistentemente más altos, es necesario el entrenamiento, las demostraciones y los juegos de rol que se ofrecen en los talleres de formación de CPMI.

Para obtener más información sobre los talleres de capacitación en terapia de CPMI, visite el sitio web http://induced–CPM.com o llame al Center for Grief and Traumatic Loss, LLC al (847) 680–279.

 

Nota para los lectores no psicoterapeutas

Es improbable que las personas sin formación profesional ni en DRMO puedan inducir una CPMl en alguien, ni siquiera en sí mismas. Nadie que no cuente con la formación estándar en DRMO debería intentar aplicar el método CPMI.

Comparo la terapia conversacional con la terapia DRMO mediante esta analogía. La terapia conversacional es como un viejo cacharro que avanza a trompicones por el camino terapéutico. Funciona durante un tiempo, luego se avería sin ningún progreso. El psicoterapeuta intenta ponerlo en marcha de nuevo y avanza lentamente, pero vuelve a averiarse y el paciente queda estancado. (Nota del Traductor: pero el psicoterapeuta conversacional tiene más ingresos porque el procedimiento terapéutico se alarga “ad calendas grecas”. Fin de la nota)

En cambio, la DRMO, la DRMO centrada en el núcleo y la terapia CPMI son como un Porsche que ruge a toda velocidad. Rara vez disminuye la marcha y, a veces, supera velocidades que nadie creía posibles para un método terapéutico. La desventaja de esa potencia es que, si el paciente o el psicoterapeuta no son capaces de controlarla, los resultados pueden ser perjudiciales para el paciente. Requiere un profesional altamente capacitado al volante.

 

En qué se diferencia de la terapia cognitiva

La terapia CPMI implica poco procesamiento cognitivo, especialmente antes de la experiencia. No es terapia conversacional, sino experiencia. El pensamiento y la conversación se minimizan porque son procesos abstractos que alejan al paciente del procesamiento emocional profundo. Una experiencia originó los problemas emocionales. El paciente necesita procesar esa experiencia para resolverlos. El procesamiento suele ocurrir a nivel experiencial o emocional profundo, lo que generalmente produce una inversión completa del sistema de creencias asociado.

Las conversaciones posteriores a la experiencia de la CPMI suelen estar marcadas por la emoción de compartir reflexiones y cambios de perspectiva que surgen sin la guía del psicoterapeuta. Ayude al paciente a interpretar la experiencia de la manera que le resulte más cómoda.

 

Permite que el CPMI ocurra de forma natural

Como psicoterapeuta, nunca debe comunicar al paciente ideas preconcebidas sobre el contenido de la CPMI. Las CPMI son experiencias naturales que ocurren cuando las personas están abiertas y receptivas. Su receptividad, la ausencia de expectativas y la disposición a aceptar lo que surja son cruciales para que la CPMI sea una experiencia exitosa para el paciente. Si comunica sus expectativas, probablemente interferirán con la receptividad del paciente o la bloquearán por completo. Sus expectativas, incluso cuando conoce al paciente y su caso, rara vez coinciden con lo que ocurre durante la CPMI.

Conozca sus  expectativas y percepciones, y trabaje activamente para eliminarlas de lo que dice al presentar la experiencia de CPMI al paciente y de lo que dice durante la inducción.

Tenga en cuenta que todos los sentidos pueden estar involucrados en las CPMI. En ocasiones, cuando una persona se concentra intensamente en un sentido, como al ver una imagen, esto puede inhibir el desarrollo natural de la comunicación inducida. En ese caso, la CPMI puede manifestarse en alguno de los otros sentidos: auditivo, táctil u olfativo. Las CPMI presentan de diversas formas. Ayude al paciente a normalizar su experiencia. Lo que ocurra es apropiado y correcto para esa persona.

 

Siga el procedimiento

Con el tiempo, el perfeccionamiento del procedimiento me ha enseñado que no funciona con la misma eficacia, o incluso puede que no funcione en absoluto si no se sigue al pie de la letra como se describe en este libro. Desde su descubrimiento, algunos terapeutas han intentado combinar el procedimiento CPMI con métodos con los que ya están familiarizados, pero el resultado ha sido que no se produce ningún efecto CPMI.

Mi sesión con Juan ilustra la importancia de seguir el procedimiento. En dos momentos de la sesión pensé que no iba a funcionar. Primero, el cliente sentía mucha ira y me sentí tentado a ignorar su tristeza. Segundo, el muchacho estaba reviviendo un recuerdo muy positivo de su hija fallecida y me sentí tentado a quedarme con eso y no avanzar hacia una comunicación CPMI. Sin embargo, en ambos casos, cuando retomé el protocolo básico de inducción de CPMI, logró una CPMI que resultó en un cambio psicológico más significativo.

Unos diez años antes de esta sesión, Juan regresaba a casa del trabajo cuando vio camiones de bomberos frente a su casa y las llamas envolviéndola. Inmediatamente pensó en su esposa y su hija de dieciocho meses. Saltó del auto y corrió hacia la casa, pero un bombero lo detuvo. Preguntó por su hija y le dijeron que su esposa había logrado salir pero que su hija estaba atrapada dentro de la casa, que estaba completamente en llamas. Los bomberos le impidieron correr hacia el fuego y la casa quedó reducida a cenizas.

Aunque el incidente había ocurrido una década antes, según contó Juan, lloraba como si su hija hubiera muerto el día anterior. El tiempo no le había servido de nada, pues la muerte de su hija era demasiado dolorosa. Durante diez años había lidiado con su dolor evitando el tema.

Juan accedió voluntariamente a participar en un procedimiento de CPMI, pero mientras realizábamos los movimientos oculares iniciales lo atormentaban pensamientos intrusivos sobre lo que describió como "Mi hermoso bebé muriendo en un infierno". Para contrarrestar el dolor desesperado se enfureció con Dios y con la injusticia del universo. Parecía que la ira era tan intensa que no íbamos a superarla. Fue entonces cuando consideré la posibilidad de interrumpir la sesión hasta que resolviéramos su enojo.

Sabía que mientras siguiera centrándose en la ira, probablemente accederíamos a otros problemas que le enfadaban y no llegaría a la tristeza profunda. Así que seguí con el procedimiento CPMI y trabajé en la ira para disminuir su intensidad y poder evitarla. Mi objetivo no era que comprendiera y resolviera la ira. Sabía que si profundizaba en la tristeza profunda y aplicaba el CPMI, la ira simplemente desaparecería.

Realicé algunos movimientos oculares adicionales para reducir la ira y la imagen lo suficiente como para que los sentimientos centrales de tristeza se hicieran más presentes. Cuando la ira disminuyó, realicé movimientos oculares centrados en la tristeza. La tristeza aumentó rápidamente y luego comenzó a disminuir. En ese momento, intenté inducir la comunicación CPMI.

En el primer intento recordó cuando su hija corría a sus brazos al llegar a casa del trabajo. Este fue el segundo momento en el que pude haberme sentido tentado a abandonar el procedimiento CPMI para centrarme en los buenos recuerdos y los sentimientos positivos. Al fin y al cabo, mi paciente se sentía mejor en ese momento. Sin embargo, si lo hubiera hecho, su duelo no se habría resuelto por completo durante el CPMI.

Me mantuve firme y seguí el procedimiento, indicándole a Juan que no recordara nada del pasado, aunque fuera positivo. Hice una serie de movimientos oculares y le pedí que cerrara los ojos y simplemente observara lo que le venía a la mente.

Esta vez vio a su hija “sonriendo y feliz”. Dijo: “Puedo ver que sigue viva. En realidad no está muerta, solo en otro lugar”. Aseguró que no era un recuerdo. A partir de ese momento, todos los problemas de Juan comenzaron a resolverse y sintió una importante reconexión con su hija.

Una semana después, por primera vez, pudo contar a otros sobre la muerte de su hija manteniendo el control emocional. Sintió que la intervención de la CPMI fue positiva porque le produjo "muchos buenos sentimientos".

Si me hubiera detenido a resolver el enojo (la ira) o me hubiera centrado en las imágenes agradables en las que Juan quería concentrarse, no se habría logrado una resolución completa, al menos no en esa sesión. Debe seguir el procedimiento CPMI de forma completa y precisa para inducir un CPM de manera confiable.

 

¿Cómo saber si su paciente tuvo una experiencia con la CPMI?

Decidir si se produjo una comunicación CPMI en su paciente no siempre es tan sencillo como parece. Este tema sin duda será más importante para los investigadores de CPMI que para los clínicos que la practican. Como clínicos, sabemos que la experiencia de CPMI sana independientemente de las creencias, y nuestra principal preocupación es la sanación del paciente. Sin embargo, cómo categorizamos la experiencia del paciente es un asunto distinto.

Sería sencillo si quienes han experimentado una CPMI  pudieran decirnos si la tuvieron o no. Sin embargo, los informes de los pacientes están muy influenciados por sus  expectativas y creencias. He tenido algunos pacientes que creían haber tenido una pero yo pensaba que no, y otros que yo creía que la habían tenido pero ellos pensaban que no.

Recientemente tuve un paciente que experimentó lo que yo consideraba una CPMI asociada a la muerte de sus padres. En un momento dado, vio a sus padres, que murieron a los ochenta y tantos años, con la mitad de esa edad, rodeados de luz, sonriendo y bailando alegremente juntos. Mi paciente sintió con gran intensidad que sus padres le decían que eran felices y que querían que él también lo fuera. Le sorprendió la experiencia, seguro de que no se trataba de un recuerdo. En el momento en que se desarrolló, su duelo pareció resolverse por completo.

Sin embargo, había venido a verme con la expectativa de que su reunión con sus padres sería mucho más concreta; es decir, que entrarían al consultorio, se sentarían en sillas y mantendrían una conversación prolongada. Le decepcionó un poco que sus conversaciones con sus padres fueran más privadas y menos concretas de lo que esperaba. De acuerdo con sus  creencias y expectativas, la reunión con sus padres no se llevó a cabo.

Determino si ocurrió o no una comunicación CPMI haciendo algunas preguntas:

  1. ¿El contenido de la experiencia fue similar al de otros casos de CPMI  (por ejemplo, el fallecido parecía años más joven o estaba rodeado de luz)?
  2. ¿Fue la experiencia "nueva" en el sentido de que se puede diferenciar de un recuerdo positivo?
  3. ¿El contenido de la experiencia no se ajustaba a las expectativas?
  4. ¿Hubo una disminución drástica de la tristeza y los problemas relacionados inmediatamente después de la experiencia, que se mantuvo a lo largo del tiempo?

Si la respuesta a todas las preguntas anteriores es afirmativa, clasificaría la experiencia como CPMI. Cabe esperar que futuros investigadores de la terapia desarrollen una escala más sofisticada para fines de investigación.

 

Utilice palabras que se ajusten al sistema de creencias del paciente.

Durante las sesiones, diríjase al paciente utilizando palabras que se ajusten a su sistema de creencias. Si el paciente cree que la experiencia fue una comunicación real con el difunto, hable con él al respecto usando frases como «Vuelve atrás y pregúntale...» o «¿Qué te dijo?». Si el paciente no expresa tales creencias, adapte la instrucción a su contexto, por ejemplo, «Retoma la experiencia».

 

Permitir que las experiencias repetidas de CPMI proporcionen la terapia.

Anime a los pacientes a regresar a la CPMI y hacer preguntas para aclarar sus  percepciones de la experiencia. Después de miles de CPMI, he aprendido que esta siempre proporciona exactamente el mensaje que el paciente necesita, aunque no necesariamente el que desea. Los mensajes le brindan una perspectiva que resuelve el duelo y le dan respuestas que disipan sus dudas. Puede tener la seguridad de que la  conexión del paciente lo guiará hacia la comprensión, así que simplemente provoque experiencias adicionales y permita que las soluciones surjan de forma natural. Llegarán.

 

Posibles complicaciones

Variedades de duelo

El duelo se manifiesta de muchas maneras. Las formas más comunes y sencillas de duelo son las de personas cuya muerte se esperaba, como un abuelo anciano. El duelo traumático complica la situación, ya que quienes sobreviven también experimentan síntomas intrusivos y otros síntomas que sugieren un trastorno de estrés postraumático (TEPT). Además, los pacientes pueden experimentar formas complejas de duelo descritas en la literatura, como el duelo distorsionado, el duelo crónico, el duelo retardado y el duelo ausente.

Independientemente de la categoría en la que se ajuste el duelo de su paciente, la pauta para la terapia CPMI es sencilla: si el paciente es capaz de acceder a los aumentos de tristeza profunda y tolerarlos, y luego entrar en un estado receptivo, en la gran mayoría de los casos, debería producirse una CPMI.

 

Momento

Debe tener cuidado al abordar las emociones centrales cuando el paciente se encuentra en las etapas iniciales del duelo. Muchos autores especializados en duelo han analizado factores típicamente asociados con estas etapas, como la negación y el embotamiento emocional. La negación puede ser positiva si le brinda al paciente tiempo para reunir recursos internos y externos que le ayuden a afrontar la pérdida. Si el paciente se encuentra en esta etapa inicial del duelo, podría no ser saludable para él exponer las emociones centrales que se descubrirán con la terapia DRMO centrada en las emociones centrales. Es posible que simplemente no esté preparado. Debe tener cuidado cuando el paciente se encuentre en esta situación.

Los componentes afectivos del duelo descritos en este libro (ira, culpa y tristeza) suelen ser las emociones más crónicas asociadas al duelo, que pueden surgir en cualquier momento del proceso. El duelo es un proceso individual, y la individualidad y las necesidades de cada paciente son primordiales.

 

Pérdidas recientes

Los terapeutas DRMO experimentados saben que los distintos componentes de un suceso traumático tienden a consolidarse en la memoria con el tiempo, por lo que se requieren menos sesiones de DRMO para procesar un suceso traumático ocurrido hace muchos años. Las experiencias traumáticas muy recientes son diferentes. Por lo general, requieren más sesiones de DRMO para procesar los componentes individuales, que aún no se han consolidado. El mismo principio se aplica al duelo.

Lista parcial de posibles aspectos no consolidados de una pérdida reciente

  1. En el momento en que la noticia de una enfermedad terminal, un accidente u otro suceso traumático impacta a su cliente.
  2. El momento en que la muerte se convierte en realidad
  3. El velorio
  4. El funeral
  5. El entierro
  6. Revisando las pertenencias del difunto

El terapeuta de CPMI debe conocer los numerosos componentes de la pérdida que pueden necesitar ser abordados antes de intentar una comunicación CPMI.

 

El fallecimiento de un familiar directo

Si la pérdida implica el fallecimiento de un familiar directo, generalmente existen muchas pérdidas secundarias que afectan prácticamente todos los aspectos de la vida, y muchas de estas pérdidas secundarias deben abordarse con DRMO. En estos casos, al igual que con las pérdidas recientes, generalmente se requieren más sesiones de DRMO antes de que la inducción sea exitosa. Cabe señalar también que, en el caso del fallecimiento de un familiar directo, a menudo no es posible una resolución completa de toda la tristeza y los sentimientos de pérdida, incluso después de una inducción exitosa con CPMI. Si bien la CPMI resolverá los sentimientos de tristeza más profundos y dolorosos relacionados con una sensación básica de desconexión con el fallecido, y hará que lidiar con estas pérdidas secundarias sea menos angustiante, el hecho es que el sobreviviente no solo ha perdido a un ser querido, sino que también ha perdido por completo una forma de vida.

Muchas personas que han perdido familiares directos pueden requerir DRMO adicional para sobrellevar la situación, incluso después de una inducción exitosa con CPMI. Como me explicó una persona que había perdido a un ser querido: «Ya no siento esa tristeza profunda y dolorosa que solía tener, y creo que ahora lo llevo mucho mejor, pero aún me entristece cuando llego a casa del trabajo y la encuentro vacía, y tengo que cenar sola. Ahora sé que Berto sigue conmigo de una manera importante, y me siento mejor al saberlo, pero seguir adelante con mi vida sigue siendo un gran desafío».

Por lo tanto, especialmente cuando se trata de la reciente pérdida de un familiar directo, generalmente se requieren más sesiones de DRMO tanto antes como después de una CPMI. Los cónyuges o padres de un hijo fallecido no solo sufren una profunda tristeza y sensación de desconexión con su ser querido, sino que también experimentan tristeza asociada con diversos aspectos no consolidados de la pérdida, así como tristeza asociada con varias pérdidas secundarias.

Lista parcial de pérdidas secundarias para el cónyuge sobreviviente: actividades que antes se compartían con el cónyuge fallecido.

  1. Preparar y comer juntos
  2. Acostarse/despertarse
  3. Disfrutar de las vacaciones y otras actividades familiares.
  4. Gestionar las tareas del hogar
  5. Entretenimiento (por ejemplo, salir a cenar, visitar a amigos juntos)
  6. Intimidad (física, emocional)

Lista parcial de pérdidas secundarias para los padres de un hijo fallecido: actividades que antes se compartían con el hijo fallecido y momentos importantes que se esperaban y que ahora no se pueden compartir.

  1. Hitos del desarrollo y sociales del niño (maduración física, graduaciones, matrimonio, tener hijos, carrera profesional, etc.)
  2. Cumpleaños, días festivos, actividades familiares, sucesos especiales
  3. Actividades familiares cotidianas

 

¿Los resultados de los tratamientos DRMO y CPMI se mantienen a lo largo del tiempo?

Aunque la investigación actual sobre DRMO no es del todo concluyente al respecto, estoy convencido de que sus resultados se mantienen a lo largo del tiempo, siempre y cuando el problema afectivo central (tristeza o miedo, las dos únicas emociones primarias/centrales) se procese adecuadamente. Si el terapeuta de DRMO procesa y reduce únicamente las emociones periféricas/defensivas, el paciente puede experimentar cierto alivio, pero el resultado positivo será solo temporal. La emoción central debe procesarse con éxito para que el resultado perdure en el tiempo.

Aunque la experiencia clínica indica que los resultados de la CPMI se mantienen muy bien con el tiempo, ha habido algunos casos en los que los pacientes informaron que su tristeza reapareció. En estos casos, sin embargo, descubrí que la tristeza regresó porque algo más la había "arrastrado" de nuevo. En cada caso, el terapeuta debe ignorar lo que se trató previamente y tratar directamente lo que está causando el retroceso. En todos los casos, una vez que eliminé la causa del retroceso, el problema original no requirió más atención.

Los siguientes son los "atractores" más probables.

  1. Depresión: Cuando los pacientes desarrollan depresión clínica, su pensamiento, naturalmente, tiende a ser negativo. Un aumento de la depresión puede atenuar la tristeza por una pérdida previamente tratada. En estos casos, el problema radica en la depresión, no en la reaparición del duelo. El terapeuta de la CPMI determinará que tratar la depresión (a veces con un buen antidepresivo) es suficiente para que el resultado positivo de la CPMI vuelva a su nivel original.
  2. Experiencias de vida recientes o actuales: Si bien nuestras respuestas emocionales a todos los acontecimientos actuales están claramente determinadas por nuestras experiencias emocionales previas, también es cierto que nuestra respuesta emocional a los recuerdos de sucesos pasados ​​está influenciada por nuestras emociones actuales. Algunos pacientes, por ejemplo, informan que su tristeza por una pérdida previamente tratada con terapia CPMI reapareció tras experimentar otra pérdida más reciente. En estos casos, tratar la pérdida más reciente es todo lo que se necesita para que el resultado positivo previo de la terapia CPMI vuelva a su nivel original.
  3. Componentes secundarios del duelo no consolidados o no tratados: Como se indica en la sección sobre posibles complicaciones en la terapia CPMI, una pérdida reciente, o la pérdida de un familiar directo, generalmente requiere más sesiones de DRMO para abordar los diversos componentes de la pérdida. Cualquier componente que no se haya procesado previamente con DRMO puede reactivar la tristeza asociada con aspectos de la pérdida que sí se procesaron con éxito. En estos casos, tratar estos componentes adicionales es todo lo que se necesita para que el resultado positivo previo de la terapia CPMI vuelva a su nivel original.

 

El procedimiento de la CPMI

El descubrimiento de la CPMI se produjo solo después de que realicé una serie de cambios significativos en la DRMO estándar. Estos cambios deben seguirse para realizar con éxito las CPMI con un alto grado de fiabilidad.

 

I. Pantalla/Historial

  1. A) Realizar una evaluación para detectar antecedentes de otros traumas o pérdidas que puedan surgir durante la terapia.
  2. B) Pregunte sobre los medicamentos.
    1. Aquellos que atenúan las emociones (la mayoría de los medicamentos ansiolíticos y antipsicóticos) pueden interferir.
    2. Los antidepresivos son seguros. La depresión puede interferir con el progreso en cualquier forma de psicoterapia.
  3. C) Evaluar el potencial suicida (como lo haría con todos los pacientes).
  4. D) Evaluar los sistemas de apoyo (familia, amigos, etc.).

 

II. DRMO centrado en el núcleo

  1. A) Céntrese en un solo tema de duelo o trauma (en lugar de seguir las asociaciones del paciente).
    1. Descubrí que seguir las asociaciones de un paciente y, por lo tanto, descubrir numerosos traumas sin procesar completamente, ninguno de esos traumas parecía ofrecer un progreso y hacía que los pacientes se sintieran peor.
    2. Lo único más poderoso que la DRMO es la resistencia (el deseo del paciente de evitar el dolor).
    3. Por lo tanto, indiqué a los pacientes que se centraran en un solo trauma y descubrí que, con mayor frecuencia, los pacientes salían de las sesiones sintiéndose mejor, con mayor confianza en la DRMO y mayor sensación de eficacia.
  2. B) Clasifique los traumas según el grado de angustia que cada uno causa al paciente y comience con el más angustiante (en lugar de trabajar en el trauma que el paciente elija abordar).
    1. Si bien constaté que centrarse en un trauma a la vez mejoraba considerablemente los resultados psicoterapéuticos, se produjeron excepciones cuando los pacientes abordaron con DRMO un recuerdo menos angustiante que otro trauma o recuerdo. En estos casos, el recuerdo más angustiante se descubrió o se activó inadvertidamente.
    2. La DRMO logra dos objetivos psicoterapéuticos mejor que cualquier otro tratamiento: descubrir/acceder a recuerdos y desensibilizar. Sin embargo, la DRMO tiende a revelar el recuerdo con mayor carga emocional del paciente, y no necesariamente el que este elige o está preparado para afrontar.
    3. Por lo tanto, antes de comenzar con la terapia DRMO, dedico un tiempo a ayudar al paciente a clasificar sus recuerdos, comenzando por el más angustiante. Esto elimina el problema observado en B1.
  3. C) Indique a los pacientes que cierren los ojos (en lugar de mantenerlos abiertos) después de cada sesión de DRMO.
    1. Con el paso de los años, descubrí que los pacientes que cerraban los ojos espontáneamente después de cada sesión de DRMO obtenían mejores resultados en cada sesión.
    2. Parece que el procesamiento acelerado continúa durante un breve período después de cada sesión de DRMO.
    3. Por lo tanto, comencé a indicar a todos los pacientes que cerraran los ojos después de cada serie, y los resultados mejoraron.
  4. D) Abordar la tristeza profunda.
    1. He descubierto que los sentimientos asociados con un trauma y el duelo se presentan en capas. La ira/insensibilidad y la culpa sirven para protegernos de la tristeza y, por lo tanto, son secundarios o periféricos a la tristeza profunda.
    2. Por lo tanto, comienzo cada sesión abordando directamente la tristeza con DRMO e ignorando las emociones secundarias. He comprobado que, en casi todos los casos, la ira y la culpa desaparecen sin necesidad de abordarlas directamente, o si es necesario tratarlas después de haber procesado la tristeza, suele ser una tarea bastante rápida y sencilla (es decir, una o dos sesiones adicionales).

 

III. La inducción

  1. A) Prepare al paciente explicándole detalladamente el procedimiento.
  2. B) Haga que el cliente cuente su historia (por ejemplo, problemas de pareja, circunstancias de su muerte).
  3. C) En casos de duelo simple (no traumático), primero advierta al paciente que es probable que su tristeza aumente drásticamente al principio. Luego, comience la terapia DRMO para la tristeza. Si esta aumenta, aplique inmediatamente otra sesión de DRMO.
  4. D) En caso de una pérdida traumática, aplique DRMO en los aspectos intrusivos de la pérdida y luego aborde la tristeza.
  5. E) No es necesario reducir completamente la tristeza y los síntomas intrusivos que la acompañan antes de comenzar el CPMI, pero es esencial que la tristeza y las intrusiones hayan comenzado a disminuir en intensidad.
  6. F) Pregunte a los pacientes qué le dirían al difunto si pudieran hablar con él o ella (formule la pregunta de manera coherente con el sistema de creencias del paciente). Se pueden hacer varias afirmaciones antes de inducir la receptividad. Me gusta esta porque alerta al terapeuta sobre los problemas principales. Nunca sugiera el contenido de la experiencia de ninguna manera. Tómese el tiempo necesario para ayudar al paciente a desarrollar plenamente lo que quiere decir, de modo que verbalice todos sus problemas principales.
  7. G) A continuación, recuérdele al paciente el modo receptivo e indíquele que simplemente “se deje llevar por lo que suceda” o “permita que la experiencia llegue a usted”. Esto debe repetirse con cada inducción posterior.
  8. H) Dígale al paciente que las CPMI suelen ocurrir poco después de que se le proporciona DRMO y, por lo tanto, debe abrir los ojos después de unos quince segundos si no sucede nada.
  9. I) Cuando el paciente abra los ojos, pregúntele qué sucedió. Si no se produjo ninguna CPMI, generalmente se debe a que no se redujeron todas las intrusiones o a que el paciente intentó provocar la CPMI. Para las intrusiones, aplique DRMO; para el intento, simplemente recuérdele al paciente que no intente y que “simplemente deje que suceda”. (El paciente también puede necesitar una sesión de DRMO para relajarse aún más). Si el cliente dice que no sucedió nada, pregúntele a qué se refiere. Es raro que las personas cierren los ojos y no experimenten absolutamente nada. Al menos tendrán pensamientos e imágenes aleatorias que pasarán por su conciencia, y estas experiencias pueden estar interfiriendo con el modo receptivo. A veces, una experiencia CPMI puede comenzar con colores, un punto de luz o alguna otra impresión sensorial sutil. Anime al paciente: “Bien, lo está haciendo bien”.
  10. J) Si el paciente tiene una comunicación CPMI, evalúe si todos los problemas que trajo consigo se han resuelto. De no ser así, pídale al paciente que tenga presente el problema que persiste y vuelva a inducirlo. Repita el proceso hasta que todos los problemas se hayan resuelto.
  11. K) Las CPMI pueden ser visuales, auditivas, táctiles u olfativas, y con mayor frecuencia implican una combinación de estas modalidades sensoriales. Normalice la experiencia de su paciente (es decir, la mayoría de las personas experimentan las CPMI de manera similar en distintas experiencias). Además, si el paciente se esfuerza demasiado en una modalidad, la experiencia suele manifestarse a través de otra modalidad en la que es más receptivo.
  12. L) Dedique algún tiempo a ayudar a los pacientes a enmarcar la experiencia de una manera que les resulte cómoda.

 

IV. Sesión de seguimiento

  1. A) Al igual que con cualquier DRMO, hay que asegurarse de que no hayan surgido otros problemas angustiantes desde la última sesión de DRMO.
  2. B) Explorar con el paciente tanto los efectos positivos como negativos de la sesión anterior. Proporcionar DRMO o CPMI para cualquier problema negativo que persista.
  3. C) Una vez que un paciente ha tenido una CPMI exitosa, las posibilidades de hacer otra son casi del 100 por ciento; por lo tanto, el paciente puede querer hacer más.

 

V. Otras observaciones

  1. A) Si los pacientes se encuentran entrando en un túnel durante su CPMI, generalmente es porque se están esforzando demasiado (siga las instrucciones anteriores).
  2. B) No es necesario que el paciente haya tenido una relación personal cercana con el fallecido, pero la conexión personal debe ser significativa (por ejemplo, presenciar la muerte de un desconocido, matar a otro en un accidente).
  3. C) Las CPMI pueden ocurrir con grupos de fallecidos si el grupo está relacionado de alguna manera (por ejemplo, familia, miembros de un escuadrón de combate).
  4. D) A veces, los fallecidos perdonan a los sobrevivientes, y a veces los sobrevivientes perdonan a los fallecidos. Independientemente de la naturaleza de la relación entre el sobreviviente y el fallecido, hasta ahora, según mi experiencia y la de mis colegas, todos los problemas interpersonales (asuntos pendientes) se han resuelto con una reunión interinstitucional de conciliación.
  5. E) Todas las CPMI son positivas a menos que la persona que las experimenta las malinterprete. Si el paciente informa una CPMI negativa, indíquele que vuelva a consultar la información y aclare el mensaje o la experiencia.
  6. F) Muchos terapeutas intentan combinar el procedimiento CPMI con métodos con los que ya están familiarizados. En mi experiencia, quienes realizan esta combinación informan un menor porcentaje de éxitos en el CPMI. Es fundamental seguir el protocolo CPMI al pie de la letra.
  7. G) Analice sus  creencias y entusiasmo como terapeuta. Recuerde que las experiencias de comunicación interpersonal son naturales y ocurren cuando las personas están abiertas y receptivas, sin esperarlas. Si le comunica a su paciente sus expectativas, por muy bienintencionadas que sean, estas interferirán con su receptividad. Cualquier expectativa por parte del paciente, ya sea que provenga de él o de usted, bloqueará la experiencia.
  8. H) Si el paciente parece estancado durante la terapia DRMO, en mi experiencia, hay un 90 % de probabilidades de que haya accedido a otro problema. Pregúntele si le surgen otros problemas. Si el problema que surge es más angustiante, quizás sea necesario abordarlo primero.

 

APÉNDICE C. “CPMI PARCIAL”

Las CPMI parciales, como las he denominado ahora, son experiencias que sugieren que una comunicación CPMI está a punto de desarrollarse pero que no llega a convertirse en experiencia completa. Las CPMI completas son las que se describen a lo largo de este libro. Las CPMI parciales solo se han presentado en mi práctica más reciente, cuando los pacientes acudieron a mí específicamente para tener una experiencia de CPMI. Ahora parece que algunas personas que desean fervientemente tener una CPMI tienen dificultades para mantener el modo receptivo necesario durante el tratamiento. Si bien el fuerte deseo del paciente de tener esta experiencia es muy comprensible, resulta problemático desde un punto de vista procedimental. Cuando un paciente intenta visualizar mejor una imagen vaga, por ejemplo, la experiencia visual se desvanece rápidamente. Es como intentar agarrar una burbuja de jabón: al intentar sujetarla, desaparece. En el apéndice B se presentan métodos para superar esta dificultad.

En estos casos, la experiencia implica un componente común de las CPMI, como ver un túnel o pasadizo con una luz brillante al final, o bien es idéntica a otros casos en los que se desarrolló una comunicación CPMI completa. Estos últimos incluyen ver la silueta irreconocible de una persona a distancia, ver una esfera de luz de color, sentir la presencia del difunto y ver solo una pequeña parte del difunto (por ejemplo, solo los ojos o una boca sonriente). En estas experiencias, al igual que en las CPMI más completas, los clientes tienen la sensación de no haberlas producido ni creado, y de que son muy diferentes de otras experiencias que han tenido al cerrar los ojos. Si bien las CPMI parciales suelen producir una sensación de paz y calma en el cliente, no proporcionan la misma resolución psicológica poderosa que las CPMI más completas, dado que no se logra una reconexión personal total. Las CPMI parciales también parecen ser mucho más variables en cuanto a su efecto terapéutico.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Cardeña, E., Lynn, S.J. y Krippner, S. (eds.). Variedades de experiencias anómalas: un análisis de la prueba científica. Washington, DC: Asociación Americana de Psicología, 2000.

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Guggenheim, B., y Guggenheim, J. ¡Hola desde el cielo! Nueva York: Bantam, 1995.

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Shapiro, F., ed. DRMO como un enfoque de psicoterapia integradora: expertos de diversas orientaciones exploran el prisma del paradigma. Washington, DC: American Psychological Association Books, 2002.

SOBRE LOS AUTORES


Allan Botkin
(fallecido 28 de febrero de 2026), se doctoró en Psicología por la Universidad de Baylor en 1983. Durante los siguientes veinte años, trabajó en consulta privada y como psicólogo del Departamento de Asuntos de Veteranos en el área de Chicago. Su especialidad es el diagnóstico y tratamiento del trastorno de estrés postraumático (TEPT). El doctor Botkin ha tratado a veteranos de combate de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Corea, la Guerra de Vietnam y la Operación Tormenta del Desierto. También ha publicado artículos científicos sobre la función cerebral, el TEPT y la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (DRMO). Actualmente dirige el Centro para el Duelo y la Pérdida Traumática, LLC en Libertyville, Illinois. Para obtener más información sobre la terapia y la formación de CPMI, visite www.induced–CPM.com . F

R. Craig Hogan, Ph.D. , es propietario y director del Business Writing Center, una escuela en línea que capacita a escritores de negocios en todo el mundo ( http://writingtrainers.com ). Es autor de Explicit Business Writing , un libro que describe las mejores prácticas actuales en la redacción empresarial (disponible en http://bwcpublications.com ). Ha sido coordinador de desarrollo interpersonal en una escuela de posgrado donde impartió cursos de crecimiento interpersonal, administrador en dos universidades y una facultad de medicina, y profesor de comunicación en tres universidades. Es coautor de un libro para administradores escolares, que les enseña a trabajar de manera más cooperativa y productiva con los docentes, y es coautor del Inventario de Estilos Personales (3.ª edición, Organization Design and Development, 2005), basado en la obra de Carl Jung.

NOTAS

Los casos

Los casos presentados en este libro son todos reales. Ocurrieron en consultorios de terapeutas o, en el caso de comunicaciones póstumas inesperadas y espontáneas, fueron comunicados a los terapeutas por los pacientes. Se han modificado todos los detalles que pudieran identificar a los pacientes para proteger su confidencialidad. Para garantizar aún más la confidencialidad, en ocasiones combinamos dos casos similares. En todos los casos, el contenido y los resultados son los que realmente ocurrieron.

Nota sobre DRMO (EMDR en inglés)

En la terapia CPMI, la DRMO (desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares) se utiliza de una manera que difiere significativamente de la forma en que se presenta en la formación estándar en DRMO. Por lo tanto, la investigación que respalda el uso de DRMO no necesariamente respalda el método de uso de DRMO descrito en este libro.

EXPRESIONES DE GRATITUD

Ante todo, estoy eternamente agradecido a los veteranos de guerra con quienes trabajé como psicólogo durante más de veinte años en un hospital de la Administración de Veteranos (VA). Sirvieron en la Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam, la Operación Tormenta del Desierto y otras situaciones peligrosas. Aprendí a admirar y respetar a estos veteranos, no solo por su valentía en combate, sino también por su coraje al afrontar su dolor más profundo en terapia. El descubrimiento que presento en este libro lo compartí de la manera más íntima con ellos. A veces llorábamos, y otras veces reíamos hasta que nos dolía el estómago. Nos abrazábamos a menudo. Los extraño mucho. Desde que me jubilé de la VA, los visito de vez en cuando. Éramos, y seguimos siendo, como una familia.

Este libro no habría sido posible sin aquellos pioneros que sentaron las bases de las ideas que contiene. Aunque nunca conocí a la doctora Elisabeth Kübler–Ross (falleció en 2004), ella hizo más que nadie para establecer la muerte y el morir como temas profesionales y científicos legítimos. También expreso mi profundo agradecimiento a la doctora Francine Shapiro, quien nos brindó la técnica psicológica más poderosa jamás conocida para aliviar el sufrimiento humano.

En mi camino, he tenido el honor de recibir aliento y apoyo de algunos de mis héroes y líderes en este campo: el doctor Raymond Moody, el doctor Mato Greyson y Guille Guggenheim. Todos ellos son reconocidos mundialmente y han realizado importantes contribuciones al campo de las experiencias cercanas a la muerte o la comunicación con la postvida. Si bien he tenido la oportunidad de reunirme con Raymond y Guille para compartir mis hallazgos, aún no he conocido en persona al doctor Greyson, quien me brindó apoyo profesional oportuno por teléfono y correo electrónico cuando más lo necesitaba. Gracias, doctor Greyson.

No estarías leyendo este libro ahora mismo si Franco DeMarco, cofundador y editor jefe de Hampton Roads Publishing Company, no hubiera salvado este manuscrito en el último momento de acabar en la basura. Publicar ha sido una tarea larga y, a veces, muy frustrante. Más que nada, quiero que Franco, en algún momento, sienta que tomó la decisión correcta al apoyar este trabajo.

Como psicólogo, jamás me imaginé escribiendo un libro para el público general. Si bien había publicado algunos artículos científicos, me di cuenta de que mis habilidades de escritura eran muy limitadas y que no podía hacerlo solo. Necesitaba un buen escritor profesional, preferiblemente alguien que apreciara este descubrimiento tanto a nivel personal como intelectual. Encontrar al escritor adecuado tampoco ha sido fácil. La Comunicación Inducida Post mortem comenzó a tomar su forma actual solo después de que el doctor Craig Hogan interviniera y me ayudara a convertir este descubrimiento en un libro legible.

Quiero expresar mi especial agradecimiento al profesor Ralph Leonard, una persona extraordinaria con una amplia formación académica y experiencia en teología y asesoramiento sobre el duelo, por su continuo y entusiasta apoyo a este trabajo.

De vez en cuando, pienso en los colegas que me brindaron apoyo y aliento a lo largo del camino. Quiero expresar mi gratitud a Karen Paddock, la doctora Sheilah Perrin, Gorio Rimoldi, el doctor David Mannelli, la doctora Cati Parker, la doctora Merle Moffat, el doctor John Schaut, el doctor Howard Lipke, el doctor Ivan Aubuchon, el doctor Mitch Goodman, la doctora Stacey Jones, la doctora Kimberly Kroll, la doctora JoAnn Nishimoto, el doctor Alan Strand, la doctora Carol Paxton–Cox, la doctora Iris Newman, la doctora Illene Berns–Zare, el doctor Cory Habben, la doctora Samantha Shelton, la doctora Suzi Francis Thornton, la doctora Susan Bowen, la doctora Nicole Bodor, la doctora Linda Harper y la doctora Darcy Mouton.

En el camino, me encontré con fieles seguidores que siempre estuvieron ahí cuando los necesité para ayudarme a difundir este descubrimiento. Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Diane Willis, coordinadora de la Asociación Internacional de Chicago para Estudios de Experiencias Cercanas a la Muerte (IANDS), y a "Bobby", un fiel colaborador que ha contribuido enormemente a dar a conocer esta información al público. Sería imperdonable no mencionar a un buen amigo y productor de cine, Patrick Wells, cuyo entusiasmo contagioso ha sido fundamental para la difusión del descubrimiento de la CPMI.

Por último, y no por ello menos importante, agradezco a mi familia su apoyo incondicional, especialmente durante estos últimos años de incertidumbre y riesgo en mi proyecto. Mis padres, Edith y Leroy Botkin, me brindaron un amor y un apoyo inmensos. Un abrazo enorme a Barbara, Allie y Max, quienes, más que nadie, tuvieron que aguantarme durante la escritura de este libro. Gracias por corresponderme con tanto cariño.

HAN DICHO DE ESTE TRABAJO...

“La verdad es que, una vez que empecé a leer este manuscrito, ¡no pude soltar el libro! En mi opinión, el doctor Allan Botkin ha logrado un gran avance en el tratamiento de quienes sufren las consecuencias emocionales de la pérdida y el duelo.”

—El reverendo doctor Ralph S. Leonard, vicepresidente emérito de Relaciones con la Iglesia, Carthage College, Kenosha, Wisconsin

“El doctor Botkin ha dado con una herramienta nueva, fascinante y poderosa que no solo puede ayudar a sus clientes a sobrellevar sus pérdidas, sino que también abre nuevos caminos en la comprensión de la vida y la muerte.”

—Mato Greyson, MD, Profesor de Medicina Psiquiátrica, Facultad de Medicina de la Universidad de Virginia; Editor de la Revista de Estudios Cercanos a la Muerte

En los últimos cien años se han producido muy pocos avances importantes en el campo de la psicología, y el doctor Allan Botkin sin duda ha logrado uno de ellos. Su descubrimiento tiene implicaciones que van mucho más allá de la práctica clínica.

—Alan L. Strand, Ph.D., psicólogo

«Comunicación inducida tras la muerte: Una nueva terapia para sanar el duelo y el trauma» es una historia auténtica y creíble sobre el revolucionario descubrimiento del doctor Botkin de un tratamiento nuevo y muy eficaz para el duelo. Pero, además, el libro ofrece a los lectores una perspectiva completamente nueva sobre nuestras relaciones y nuestras vidas. Brinda esperanza, consuelo y una nueva paz interior.

El libro está escrito con un estilo cautivador que hace difícil dejar de leerlo y te deja con ganas de más. No es solo un libro para psicólogos y psicoterapeutas, sino para todas las personas que buscan comprender el significado de la vida y la muerte.

—Linda Harper, doctora en psicología, autora

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COMPARATIVA ENTRE LOS MÉTODOS DE MOODY Y BOTKIN 

Dimensión

Moody (Psicomanteo)

Botkin (CPMI)

Mecanismo

Contemplación de espejo en penumbra (mirror gazing)

Estimulación bilateral (movimientos oculares), variante de DRMO

Estado inducido

Conciencia alterada hipnagógica (frontera vigilia-sueño)

Atención enfocada con EBL (no es trance, no es hipnosis)

Ambiente

Cámara especial: espejo negro, oscuridad, cortinas, silla baja

Cualquier consulta: no requiere equipo especial

Preparación

Ritualizada: silencio, soledad, objetos del difunto, rememoración, entrevista, relajación

Clínica: fases 1-2 de DRMO simplificadas

Modalidad sensorial

Primariamente visual (aparición en el espejo)

Multisensorial (puede ser visual, auditiva, táctil, olfativa)

Rol del terapeuta

Activo en la preparación ritual; pasivo durante la sesión

Pasivo en todo momento: crea condiciones, no sugiere

Duración

Variable (puede ser una sesión larga o un proceso)

Fija: 2 sesiones de ~90 min

Población

Duelo general, personas que desean contactar

TEPT + duelo complicado (veteranos, duelo no resuelto)

Resultados

50-80% informan contacto

~98% en TEPT/VA; ~75% en duelo ambulatorio

Postura ontológica

Ligeramente más comprometida: Moody describe sus propias apariciones como "sólidas" y habla de "contacto" sin mucha cautela

Explícitamente agnóstica: "No sugerimos una fuente para el fenómeno.  Es el acto de percibir la conexión lo que produce la sanación"

Escalabilidad

Baja: requiere construir una cámara

Alta: cualquier terapeuta con formación en DRMO puede aplicarla

Base de investigación

Casos documentados en libro; estudio de 2002 (Instituto de Psicología Transpersonal, 27 participantes)

Artículo 2013 (IANDS); estudio 2026 (diseño  controlado mediante lista de espera de un solo grupo )

Línea intelectual

Origen: psicomanteos griegos + ECM

Origen: DRMO + psicomanteo de Moody (cita explícita)