
COMUNICACIÓN
POST-MUERTE INDUCIDA (CPMI )
(2005-2014)
Por
Allan L. Botkin, con R. Craig Hogan
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TRADUCCIÓN
ARS-GRATIA por KOS d'ASTUIRES (2026)
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CONTENIDO
Prólogo de Raymond A. Moody – Prefacio – 1. Una comunicación
inesperada post-muerte – 2. Cómo
aprendí a inducir comunicaciones post-muerte
– 3. Enseñar a otros psicoterapeutas a inducir comunicaciones post-muerte. – 4. Nuevas ideas en el
tratamiento del duelo – 5. Observaciones comunes en las CPMI – 6. Casos
extraordinarios de CPMI – 7. CPMI que desafían las teorías psicológicas
conocidas – 8. CPMI compartidas y CPM concurrentes – 9. Experiencia de
profesionales y académicos en las CPMI – 10. El perdón en las reuniones
internacionales de coordinación (CPMI) cura la ira y la culpa. – 11. Centros
Integrados de Desarrollo con Veteranos de Combate: Haciendo las paces con la
guerra. – 12. Cómo tener una CPMI exitosa – 13. Sorprendentes similitudes entre
las CPM y las ECM – 14. Compruébalo tú mismo. – 15. Investigación de la CPMI – 16.
¿Qué hacemos ahora? – 17. Una declaración personal – 18. Una nota importante
sobre el suicidio – APÉNDICE A. Glosario – APÉNDICE B. El
procedimiento de la CPMI para psicoterapeutas – APÉNDICE
C. “CPMI parciales” – Bibliografía
– Acerca de los autores – Expresiones de gratitud – Se ha dicho de este trabajo
- Ccomparativa entre los métodos de Moody y Botkin
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Nota del
Traductor. El texto inglés emplea profusión de acrónimos, lo cual es útil
pero a la par, cansino. La traducción de los mismos es necesaria pero también
se referencia el acrónimo en inglés. Al final del trabajo hay un glosario de
términos pero, adelantando la lectura, los más usuales son los siguientes:
DRMO: Desensibilización y
reprocesamiento por movimientos oculares,- (EMDR eye movement desensitization and reprocessing).
CPMI: Comunicación post-muerte inducida,
(IADC, Induced after-death
communication). En adelante
también se podrá identificar como “la terapia”, “el método” o “comunicación
inducida” para evitar repeticiones innecesarias del acrónimo.
CPM:
Comunicación post-muerte, o con la posvida, (ADC, After-death communication)
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PRÓLOGO de Raymond
Moody
La vida post-muerte aún no es un tema científico pero las experiencias que
sugieren una vida post-muerte han
sido tema clínico importante desde hace tiempo. Es bien sabido, por ejemplo,
que los pacientes reanimados tras haber estado al borde de la muerte suelen
tener relatos inspiradores de aventuras en la postvida. Por lo tanto, los
médicos que atienden a estos pacientes deben saber escuchar con empatía.
Quienes sobreviven a estas experiencias necesitan la seguridad de que no están
solos y que varios estudios médicos demuestran que un porcentaje considerable
de quienes regresan de las puertas de la muerte relatan haber abandonado sus
cuerpos y entrado en una luz brillante y reconfortante de amor. Estos pacientes
también cuentan reencuentros con seres queridos fallecidos durante estos sucesos
que les cambian la vida.
Ver apariciones de seres
queridos fallecidos, o sentir su presencia vívidamente, es una experiencia
sorprendentemente común. Por ello es fundamental que los profesionales de la
salud puedan hablar de estas experiencias con sus pacientes, quienes a veces
necesitan terapia para integrar estas profundas vivencias espirituales en su
vida cotidiana.
Quienes trabajan con
pacientes en duelo saben lo comunes que son las apariciones de los difuntos.
Los consejeros de duelo también son conscientes de que estos encuentros con
apariciones facilitan enormemente el proceso de sanación y pueden dar fe de la
frecuencia con la que los pacientes en duelo dicen: «Si tan solo tuviera cinco
minutos más».
El trabajo que el doctor
Allan Botkin presenta en este libro lleva la atención clínica a pacientes en
duelo a un nivel completamente nuevo. Describe el desarrollo de un método
clínico fascinante que les brinda precisamente eso: cinco minutos más para
despedirse, expresar su amor, decir
cosas que quedaron sin decir, y para resolver asuntos pendientes.
Por increíble que parezca,
existe una larga historia de técnicas documentadas para evocar la presencia de
los difuntos. Los antiguos griegos practicaban esta técnica, que continuó
siendo utilizada por médicos europeos hasta bien entrada la Edad Media. Así
pues, aunque el trabajo del doctor Botkin pueda resultar sorprendente en la norteamérica
del siglo XXI en realidad no es más que la última variante de una tradición
humana que se remonta a la prehistoria. De hecho, podríamos afirmar que la
evocación de los difuntos forma parte del patrimonio cultural colectivo de la
humanidad.
En la Antigua Grecia la
evocación de espíritus se practicaba en instituciones subterráneas conocidas
como psicomanteos o, como se suele traducir, oráculos de los muertos. Estos
lugares se construían bajo tierra, y la oscuridad proporcionaba las condiciones
ideales para la privación sensorial. Al leer textos griegos antiguos y combinar
lo aprendido con mis conocimientos psiquiátricos sobre el acompañamiento en el
duelo, desarrollé un método para preparar a los participantes para esta
experiencia. Básicamente consiste en que hablen y recuerden a un ser querido
fallecido al que desean volver a ver. Después de que comparten sus recuerdos
del difunto, se sientan en la cámara de apariciones, se relajan y se miran en
un espejo en una habitación con poca luz. En esas circunstancias,
aproximadamente la mitad o más de los participantes tienen encuentros vívidos y
realistas con los espíritus de los difuntos. Ven a sus seres queridos en tres
dimensiones, a todo color y con una apariencia de vitalidad. Alrededor de un
tercio de los participantes que tienen estas experiencias afirman escuchar la
voz audible del fallecido.
Casi todos los demás afirman
que, si bien no oyeron ninguna voz, experimentaron una comunicación íntima con
el difunto, sintiendo que estaban en contacto con él. Lo más importante es que
estas personas aseguran que estas experiencias les ayudaron a superar su duelo.
Posteriormente, otros
psicólogos han replicado mi procedimiento y obtenido resultados idénticos.
Todos los que lo hemos utilizado coincidimos en que el método resulta
prometedor como técnica para ayudar a las personas a superar el duelo.
El doctor Allan Botkin ha
desarrollado un procedimiento psicológico diferente y muy eficaz para evocar
experiencias de personas fallecidas. Me fascinó la primera vez que le escuché
describirlo, y estoy seguro de que a usted también le fascinará.
Cabe destacar que el autor no
presenta su trabajo como «prueba científica de la vida post-muerte». Coincidimos en que aún es demasiado pronto para que
la ciencia aborde la mayor de las grandes preguntas sobre la existencia y el
misterio último de la humanidad. En cambio, se contenta con presentar sus
hallazgos con la esperanza de que puedan ser de utilidad clínica para quienes
han perdido a seres queridos y luchan contra el duelo. Por ello, lo felicito y
espero que su novedoso y fascinante método inspire nuevas investigaciones. Y
creo que sus lectores disfrutarán de su libro tanto como yo.
Raymond A. Moody, Jr., Doctor
en Filosofía, Doctor en Medicina
>> Nota del Traductor: Al final de la página está el cuadro comparativo entre las técnicas del Psicomanteum de Moody y la CPMI de Allan Botkin <<
PREFACIO
Nada en mi formación
académica en psicología me preparó para los acontecimientos descritos en este
libro. Tras años tratando a víctimas de trauma psicológico comencé a
experimentar con un tratamiento relativamente nuevo, y muy eficaz, llamado desensibilización y reprocesamiento por
movimientos oculares (DRMO). Lo
que descubrí parecía desafiar todo lo que sabíamos sobre el tratamiento de
pacientes que sufrían duelo y trauma, y me adentró en un ámbito desconocido
de la experiencia humana.
Descubrí una forma de ayudar
a personas comunes y corrientes a tener una experiencia de comunicación con un
ser querido fallecido que alivia el dolor que esta pérdida provoca, en un grado
que no se consideraba posible en la terapia del duelo. Un grupo de
psicoterapeutas y yo hemos facilitado esta experiencia a miles de pacientes y
personas que deseaban reconectar con un ser querido fallecido. Se trata de una
experiencia consistentemente positiva y afectuosa que la mayoría de las
personas pueden tener en la consulta de un psicoterapeuta capacitado.
Soy Allan L Botkin, psicólogo
con veinte años de experiencia trabajando con miles de pacientes en un hospital
de la Administración de Veteranos de Chicago y en mi consulta privada, el
Centro para el Duelo y la Pérdida Traumática, en Libertyville, Illinois. Mi
coautor es Craig Hogan, anteriormente
profesor de comunicación empresarial en tres universidades, profesor y
coordinador de desarrollo interpersonal en la escuela de posgrado de Wheaton
College en Wheaton, Illinois, especialista en currículo en una facultad de
medicina y autor de "El Inventario de Estilos Personales", así como
de artículos y libros para ayudar a las personas a mejorar sus relaciones
interpersonales en el trabajo. En los últimos años, el doctor Hogan se ha
dedicado a estudiar y escribir sobre la conciencia, la naturaleza de la
realidad y la comunicación post-muerte.
Su interés en este última área se intensificó cuando le realicé el
procedimiento descrito en este libro y tuvo dos experiencias de comunicación post-muerte.
Este libro está narrado desde
mi perspectiva, ya que describe lo que descubrí en mi práctica terapéutica. Sin
embargo, cabe destacar que las reflexiones del doctor Hogan se entrelazan con
las mías mientras contamos juntos esta extraordinaria historia, aunque
utilicemos los pronombres «yo» y «mí».
La inducción de la
comunicación con los difuntos requiere el uso de DRMO, un poderoso
procedimiento psicoterapéutico que solo puede ser aplicado por un
psicoterapeuta licenciado y capacitado en el procedimiento. Por lo tanto, las
personas no profesionales no pueden inducir la comunicación con los difuntos,
ni en sí mismas ni en otros. Sin embargo, esta experiencia sanadora y
reconfortante está disponible para cualquiera que contacte a un psicoterapeuta
capacitado para que le realice el procedimiento. Encontrará información sobre
los terapeutas que lo realizan y sobre la capacitación para terapeutas en
nuestro sitio web: https://www.iadcinstitute.com/es.
Para una explicación del procedimiento, que un psicoterapeuta capacitado en DRMO
puede utilizar para inducir la experiencia, consulta el apéndice B de este
trabajo.
Este método terapéutico ha
funcionado con casi todas las personas con las que hemos tenido sesiones. Junto
con otros doscientos psicoterapeutas formados en CPMI, he inducido miles de
estas experiencias en personas de diversos orígenes profesionales, raciales,
culturales y religiosos. Ahora sabemos que las creencias del paciente no
influyen en el resultado. Funciona igual de bien para personas profundamente
religiosas, muy espirituales, agnósticas y ateas. Funciona para pacientes que
experimentan un duelo normal y para aquellos que sufren un duelo traumático
terrible. Funciona tanto para pacientes con pérdidas recientes como para
aquellos que sufrieron una pérdida hace muchas décadas. En resumen, parece
funcionar con casi todo el mundo, casi siempre.
La persona experimenta una
sanación interior. El psicólogo suele sentarse en silencio, observando durante
largos periodos mientras la persona, en silencio y con los ojos cerrados, tiene
una experiencia que reduce profundamente los sentimientos de culpa, ira y
tristeza por la muerte de un ser querido. Posteriormente, la mayoría de quienes
la han vivido insisten en que tuvieron una comunicación con la postvida que
transformó sus sentimientos de culpa, ira y tristeza en satisfacción, felicidad
y la certeza de que el ser querido fallecido está bien.
Este trabajo presenta la
historia del descubrimiento de este método terapéutico, estudios de casos de
personas que se han curado gracias a él y el procedimiento utilizado para
inducir el estado psicológico necesario para que se produzca la experiencia.
Se incluyen numerosos casos
de veteranos de combate. Esto se debe a que durante veinte años trabajé como
psicoterapeuta en una unidad de trastorno de estrés postraumático en un
hospital de la Administración de Veteranos de guerra estadounidense. Atendí a
muchos que lidiaban con recuerdos traumáticos y sentimientos de pérdida
derivados de sus experiencias en combate, y que habían tenido la experiencia de
comunicarse con la postvida. Sin embargo, he descubierto que el enfoque
terapéutico y las consiguientes experiencias de comunicación con la postvida
son idénticos a los de los casos civiles.
Si bien algunos lectores
aceptarán fácilmente el descubrimiento por coincidir con sus creencias previas,
otros lo leerán con sano escepticismo. Me formé como psicólogo conductual con
experiencia en investigación, por lo que nunca perderé mi escepticismo
científico. No presentaría esto si no creyera, de todo corazón, que este método
terapéutico es valioso y merece ser explorado por la comunidad
psicoterapéutica. Les pido que no permitan que su escepticismo sobre estos
fenómenos les impida conocer esta terapia tan eficaz. No importa lo que yo
crea, lo que crea el paciente o lo que ustedes crean. La terapia CPMI parece
sanar el duelo independientemente de las creencias.
Lo que descubrí coincide con
la dirección que el campo de la terapia del duelo comenzó a tomar antes del
descubrimiento de la CPMI. Esta sostiene que, en lugar de distanciarse del
difunto, quienes están de duelo deben mantener una relación dinámica y
cambiante con el ser querido. Esta nueva perspectiva ya está empezando a
afianzarse. Espero que la terapia CPMI contribuya al crecimiento de este
movimiento.
Este descubrimiento ha
profundizado mi comprensión de la vida, de las personas y de mi profesión.
Espero que tenga el mismo efecto en ti.
CAPÍTULO 1. UNA
COMUNICACIÓN INESPERADA POST-MUERTE
El comienzo del conocimiento es el descubrimiento de algo que no
comprendemos. —Franco Herbert.
Becky me describió emocionada
lo que había vivido. «Vi a mi madre», dijo con una amplia sonrisa en su rostro
bañado en lágrimas. «Le dije: "Te quiero", y ella me respondió:
"Yo también te quiero". Luego me abrazó. Pude sentir sus brazos a mi
alrededor». En el momento en que ocurrió esto, la madre de Becky llevaba cinco
años fallecida.
Becky no describía un sueño.
Estaba sentada en mi oficina cuando tuvo la experiencia. Dijo que sintió el
contacto de los brazos de su madre y se alegró al ver su rostro sonriente, pero
solo estábamos ella y yo, y ella tenía los ojos cerrados. El cálido y familiar
abrazo de su madre parecía vibrante y lleno de vida, pero su madre estaba
muerta.
La sensación de haber sentido
el contacto de los brazos de su madre ya era raro, pero el cambio que
experimentó fue extraordinario. «He sido atea toda mi vida», dijo, «pero ahora
estoy segura de que realmente hay vida post-muerte.
Antes me preocupaba morir y sentí un dolor inmenso cuando mi madre falleció.
Ahora sé, sin embargo, que mi miedo y dolor se basaban en algo que no
comprendía. Sé que todo está bien y que necesito recordar esto cuando me sienta
abatida». Su dolor disminuyó drásticamente y se mantuvo resuelto en los meses
siguientes.
Cuando Becky vino a mi
consulta en busca de ayuda para aliviar la profunda tristeza que sentía por la
muerte de su madre pude utilizar una nueva forma de terapia que había
descubierto para ayudarla a mitigar el dolor. Había aprendido a usar este
método a lo largo de un extenso proceso que comenzó con un suceso fortuito
durante una sesión. Con el tiempo, logré identificar cómo podía ayudar a un
paciente a experimentarlo a su antojo.
A continuación, cuento la
historia de ese descubrimiento.
Mi formación como escéptico científico del comportamiento
El movimiento conductista
radical alcanzó su apogeo en la década de 1960. Su influencia fue especialmente
fuerte entre un grupo de profesores de la Universidad de Kansas, en Lawrence,
donde yo estudiaba psicología. El conductismo radical sostenía que solo las
conductas observables merecen consideración científica. La práctica de inferir sucesos
mentales privados en las personas podría ser apropiada para quienes se dedican
a leer la mente y otros pensadores no científicos, pero no tenía cabida en la
ciencia de la psicología. Estábamos convencidos de que las inferencias sobre
estados internos eran innecesarias ya que comprender la relación entre las
conductas observables y las variables ambientales era todo lo que se necesitaba
para entender los problemas de las personas y brindarles tratamiento.
Incorporé esa base
conductista y científica a mis estudios de maestría en la Universidad Estatal
de Illinois y a mi trabajo en salud mental comunitaria durante tres años. Me
especialicé en el registro de conductas mientras manipulaba el entorno para
evaluar cómo cambiaba la estadística. Finalmente, concluí mis estudios en la
Universidad de Baylor en Waco, Texas, con la familiaridad del paradigma
cognitivo–conductual, el modelo psicológico científico más aceptado a
principios de la década de 1980, que aún hoy domina la psicología.
Por mucho que se amplíen mis
perspectivas, los instintos y el escepticismo del científico nunca me
abandonarán. Todo aquello en lo que creo debe ser verificable.
Tras obtener mi doctorado en
Psicología acepté un puesto en un hospital de la Administración de Veteranos de
guerra del área de Chicago, donde trabajaba con veteranos con trastorno de
estrés postraumático, un área que se convertiría en mi profesión. Los primeros
siete u ocho años de aplicar el modelo cognitivo–conductual con estos veteranos
traumatizados fueron agotadores tanto para mí como para mis pacientes. Los seis
profesionales de la unidad compartíamos esa misma sensación. El modelo
cognitivo–conductual predominante para tratar a las víctimas de trauma
psicológico era la terapia de exposición. Exponíamos repetidamente a los
pacientes a recordatorios de sus experiencias traumáticas en un entorno seguro
y de apoyo para que, con el tiempo, sus intensas respuestas emocionales se
atenuaran.
Si bien el enfoque tenía
sentido desde un punto de vista teórico, y obtuvimos algunos resultados
modestos, los cambios terapéuticos fueron mínimos y no parecieron mantenerse a
lo largo del tiempo.
Una nueva técnica para reducir el trauma y el duelo
A finales de la década de
1980 la psicóloga Francine Shapiro, doctora en psicología, descubrió una
técnica terapéutica innovadora que denominó desensibilización y
reprocesamiento por movimientos oculares (DRMO, por sus siglas en
inglés). En la terapia DRMO, el psicoterapeuta, generalmente sentado frente al
paciente y ligeramente a su lado, mueve su mano, con el índice y el dedo medio
extendidos, de izquierda a derecha frente al paciente, a la altura de sus ojos.
Mientras el paciente se concentra en la mano del psicoterapeuta y mantiene la
cabeza inmóvil de modo que solo los ojos se mueven rítmicamente de izquierda a
derecha, presta atención a un pensamiento, sentimiento, sensación o imagen
perturbadora.
Durante una serie de
movimientos oculares, el paciente experimenta un reprocesamiento espontáneo y
natural del pensamiento, sentimiento, sensación o imagen. Tras varias series de
movimientos oculares, los pacientes suelen informar avances psicológicos que
normalmente tardarían meses en lograrse. Este procedimiento se utiliza actualmente
para una amplia variedad de trastornos, desde el trastorno de personalidad
múltiple hasta el de estrés postraumático, con el que trabajé.
La experiencia me ha enseñado
que la DRMO supera a cualquier otro método en dos aspectos. Primero, permite
descubrir de forma rápida y completa los sucesos traumáticos del pasado que
están reprimidos o parcialmente recordados. Es muy común que un paciente diga
algo como: «Ahora lo veo todo con mucha claridad» o, «Sentí como si estuviera
allí de nuevo». Esta experiencia por sí sola no ayuda al paciente a resolver el
trauma; de hecho, los pacientes suelen sentirse muy angustiados al descubrir
por completo un recuerdo traumático.
Una vez que se accede
plenamente al recuerdo traumático de esta manera, la segunda ventaja de la DRMO
radica en que permite al paciente procesar dicho recuerdo, eliminando así el
componente de reviviscencia, y permitiéndole recordar el suceso traumático de
forma más abstracta. Es evidente que este procesamiento solo puede ocurrir si
primero se descubre y se accede plenamente al suceso traumático.
Nadie sabe con certeza cómo
funciona, aunque es evidente que acelera el procesamiento mental y es similar a
los movimientos
oculares rápidos MOR (REM en inglés) que experimentamos durante el
sueño MOR. Se sabe que, durante el sueño MOR nuestro cerebro procesa e integra
la información de forma más eficiente que cuando estamos despiertos. Se ha
supuesto que este mayor procesamiento durante el sueño provoca el rápido
movimiento ocular de vaivén. Al hacer que una persona completamente despierta
mueva los ojos intencionadamente de la misma manera, como en la terapia DRMO,
parece que el cerebro procesa la información de forma rápida y eficiente. Por
lo tanto, la terapia DRMO se basa en la capacidad natural de autocuración de la
persona.
Diversos estudios han
analizado los efectos de la DRMO en el funcionamiento cerebral. Levin, Lazrove
y van der Kolk (1999), por ejemplo, utilizaron neuroimagen para estudiar los
efectos de la DRMO. Descubrieron que, antes de la DRMO, cuando los sujetos
accedían a un recuerdo traumático, se activaban de forma aislada estructuras
profundas del cerebro que representan los componentes sensoriales y emocionales
del suceso traumático. Sin embargo, tras el tratamiento con DRMO, también se activaban
áreas del cerebro que almacenan el recuerdo de forma más abstracta o simbólica.
Estudios más recientes han respaldado esta conclusión. Estos hallazgos apoyan
la observación clínica constante de que, antes de la DRMO, cuando las personas
acceden a un recuerdo traumático, sienten que están reviviendo el suceso;
después de la DRMO, son capaces de recordarlo de una manera más abstracta y
emocionalmente distante. No conozco ninguna otra técnica psicoterapéutica que
pueda demostrar un cambio tan claro en la función cerebral y un cambio tan
drástico en la perspectiva del paciente. En mi opinión, la DRMO está más
fundamentada en la neurociencia que cualquier otra psicoterapia disponible.
La DRMO no es hipnosis.
Con frecuencia me preguntan
si la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (DRMO) es
similar a la hipnosis. Los profesionales formados tanto en DRMO como en
hipnosis, incluyéndome, creemos que estas técnicas implican dos tipos de
procesamiento mental muy diferentes. La mejor manera de explicar las
diferencias es mediante esta analogía: la consciencia es como un proyector de
cine interno que proyecta imágenes mentales sin cesar en la pantalla de la
mente. La hipnosis induce a la persona a un estado de relajación y
concentración, de modo que el proyector se ralentiza. Gracias a esta
ralentización, la hipnosis puede utilizarse para volver a momentos de la
película donde se cree que existen recuerdos olvidados o reprimidos. Si bien la
hipnosis puede ayudar a recuperar recuerdos, el problema radica en que una
persona en estado hipnótico también es muy sugestionable y puede, sin darse
cuenta, proyectar en la pantalla un suceso que en realidad nunca ocurrió. Los
falsos recuerdos, como se les denomina ahora, pueden parecer muy reales a la persona
después de la hipnosis.
Por otro lado, la DRMO
acelera el procesamiento de la información en el cerebro, lo que agiliza el
proyector de la conciencia. Cuando las personas experimentan repetidamente un
recuerdo traumático, sus proyectores, en esencia, se quedan estancados en el
tiempo y siguen reproduciendo los momentos en que ocurrió el suceso. La DRMO
acelera el proyector, desbloqueándolo para que funcione con fluidez. De esta
manera, el suceso traumático deja de interferir de forma indeseada en la conciencia.
Al mismo tiempo, la DRMO no
aumenta la sugestionabilidad del sujeto, por lo que los falsos recuerdos no
representan un problema. De hecho, he utilizado la DRMO para deshacer falsos
recuerdos. Tim, por ejemplo, tenía una madre alcohólica propensa a ataques de
ira. Durante años, le atormentó un vago recuerdo de sentirse asfixiado y tener
dificultad para respirar en presencia de su madre. Durante una sesión de
hipnosis con otro terapeuta, desarrolló una imagen en la que su madre le
sostenía una almohada sobre la cara, intentando matarlo.
Cuando utilicé DRMO con Tim,
inmediatamente recordó el momento en que se sintió asfixiado y con claridad vio
que su madre se preparaba para sacarlo a pasear en un día muy frío y lo
abrigaba con su traje de nieve, mientras estaba acostado en su cochecito. Su
madre le había atado una bufanda con fuerza alrededor de la cara, lo que le
causó cierta dificultad para respirar. Sin ninguna sugerencia por mi parte, Tim
descubrió lo que realmente sucedió y, a partir de ese momento, el recuerdo dejó
de angustiarlo. Si hubiera descubierto que su madre intentaba matarlo, habría
necesitado más DRMO para que su "proyector bloqueado" volviera a
funcionar correctamente.
La terapia DRMO se está popularizando.
La terapia DRMO se está integrando
cada vez más en la atención de la salud mental. Más de cincuenta mil
profesionales han recibido formación en terapia DRMO en todo el mundo, y esta
cifra sigue creciendo. La formación en DRMO solo está disponible para personas
que ya están reconocidas como proveedores independientes de servicios de salud
mental.
Se han realizado numerosos
estudios científicamente controlados sobre la eficacia de la DRMO. En general,
estos estudios respaldan su valor. Además de reducir los problemas del
trastorno de estrés postraumático, también es eficaz en el tratamiento del
duelo, los trastornos fóbicos y de pánico, la disfunción sexual, los trastornos
disociativos, las dificultades de rendimiento y el dolor crónico. La DRMO aún
se encuentra en sus inicios y sin duda se descubrirán otras aplicaciones.
La prueba de su eficacia ha
propiciado el respaldo oficial de la DRMO por parte de la División 12 de
Psicología Clínica de la Asociación Americana de Psicología (1998), la Sociedad
Internacional de Estudios sobre Estrés Traumático (2000), el Departamento de
Salud de Irlanda del Norte (2001), el Departamento de Salud del Reino Unido
(2001), el Consejo Nacional de Salud de Israel (2002) y la Administración de
Veteranos/Departamento de Defensa de los Estados Unidos (2004). La DRMO ha
alcanzado reconocimiento mundial como una terapia basada en pruebas.
Sin embargo, el testimonio
más importante que respalda la DRMO es que la hemos visto funcionar de forma
repetida y fiable con miles de pacientes.
Mi experiencia personal con la DRMO
Una colega y yo, de la unidad
de trastorno de estrés postraumático, nos preparábamos para completar la
formación de certificación en el Instituto DRMO de la doctora Francine Shapiro,
en Watsonville, California, cuando un suceso muy angustioso me obligó a
experimentar el poder de la DRMO antes de mi formación. Mi hijo de dos años
casi se asfixia cuando un trozo de comida se le atascó en la garganta. Primero
empezó a ahogarse y no sabíamos qué pasaba; luego dejó de respirar y empezó a
ponerse azul. Una maniobra de Heimlich exitosa desalojó la comida y sobrevivió,
pero la imagen de mi hijo, azul, angustiado y muriendo ante mis ojos, me
perturbó a menudo durante las dos semanas posteriores al incidente.
Cuando le expliqué mi
angustia al colega que planeaba realizar conmigo la formación en DRMO me
sugirió que utilizara la técnica, tal como la entendíamos entonces, para
ayudarme a reprocesar el recuerdo perturbador. Realizamos varias series de
movimientos oculares mientras me concentraba en el incidente. En diez minutos,
la imagen había perdido su carácter angustiante y mi ansiedad al respecto había
disminuido drásticamente. Parecía demasiado bueno para ser verdad. El efecto
parecía ser el resultado de mi procesamiento interno del recuerdo, una fuente
de sanación que, según mi formación conductista, había sido considerada
irrelevante. Pero ese fue solo el primer escollo que se desmoronó de los
cimientos de certeza sobre el conductismo en los que me había apoyado desde mis
primeros días en la Universidad de Kansas.
Los resultados extraordinarios
Mi colega y yo completamos la
formación en DRMO y comenzamos a utilizarla en nuestra unidad de trastorno de
estrés postraumático en el hospital de la Administración de Veteranos (VA) para
observar sus efectos en nuestros pacientes. Los resultados fueron
espectaculares. A menudo lográbamos en una sola sesión cambios en los pacientes
que no habíamos podido conseguir tras años de psicoterapia convencional. Fue
una época emocionante para nosotros. Era frecuente ver a alguno de nosotros
corriendo por el pasillo hasta el despacho de un colega para describir con
entusiasmo una sesión exitosa con un paciente, chocando las manos en señal de
triunfo.
En 1992, el doctor H Lipke y
yo publicamos «Estudios de caso de desensibilización y reprocesamiento por
movimientos oculares (DRMO) en pacientes con trastorno de estrés postraumático
crónico» en la revista Psychotherapy. Nos sentimos muy satisfechos por
nuestros pacientes y por nosotros como profesionales que buscábamos con ahínco
maneras de marcar la diferencia en sus vidas.
La DRMO ha demostrado ser
especialmente eficaz para superar el duelo. Quienes experimentan duelo, sobre
todo duelo traumático, suelen sentir emociones intensas. Inicialmente, los
supervivientes a menudo experimentan conmoción y entumecimiento emocional.
Posteriormente, afloran sentimientos más crónicos de ira, culpa y tristeza;
pueden estar llorando en un momento y llenos de ira al siguiente. Una tarea
fundamental del psicoterapeuta es crear un entorno psicológico de apoyo en el
que los pacientes puedan expresar abiertamente estos sentimientos y
procesarlos.
Al procesar estos
sentimientos, los pacientes suelen lograr cierto grado de aceptación de su
pérdida y seguir adelante con sus vidas. Generalmente, la pérdida nunca se
resuelve por completo; los recuerdos de la pérdida pueden desencadenar
episodios de tristeza, culpa o ira a lo largo de la vida del paciente.
Si, por ejemplo, un niño
muere atropellado por un coche mientras jugaba en la calle, es probable que
experimente estas tres emociones (tristeza, culpa e ira) con gran intensidad en
distintos momentos. A veces, sentirá rabia hacia el conductor que mató a su
hijo; otras veces, una profunda culpa por no haberlo vigilado más de cerca. En
sus momentos de mayor desesperación, sentirán la opresión de una profunda
tristeza por su pérdida y la dolorosa sensación de desconexión con su hijo.
Creo que en el fondo del
duelo reside una profunda tristeza. Esta tristeza es tan dolorosa que el
paciente, inconscientemente, la envuelve en culpa y arrepentimiento, y se
estanca en preguntas del tipo "¿Qué hubiera pasado si...?". ¿Y si
hubiera podido evitar su muerte? ¿Y si hubiera sido un amigo más cariñoso?
Tanto la culpa como la tristeza suelen evitarse con ira o rabia: contra Dios,
los médicos, el oficial al mando o cualquier otra persona a la que se pueda
culpar. Los médicos deberían haber estado más atentos. Nuestro teniente no
tenía por qué ponernos en esa situación peligrosa. Por muy poderosas que
parezcan cuando se manifiestan, las capas de culpa e ira no son más que
mecanismos de defensa que la mente del paciente utiliza para evitar sentir la
dolorosa tristeza que reside en el fondo.
La terapia de duelo que
practicábamos antes de empezar a usar DRMO buscaba reducir el dolor paralizante
del duelo ayudando a los pacientes a despojarse de la ira para revelar la
culpa, luego de las capas de culpa para revelar la tristeza, y finalmente
hablar de su tristeza para ayudarlos a superarla. Ese proceso requería años de
frustración y sesiones de terapia aparentemente interminables. Con DRMO,
podíamos ayudar a los pacientes a procesar rápidamente todas estas capas, a
veces en una sola sesión.
Accediendo a la tristeza profunda
La DRMO había demostrado ser
un procedimiento tan fiable y eficaz para descubrir y aliviar el duelo
traumático que me sentí cómoda animando a los pacientes a ir directamente a la
tristeza central y permanecer en ella. Pude sortear la culpa y la ira
subyacentes que ocupaban las sesiones de terapia habituales durante meses o
años y abordar directamente la tristeza, todo en una sola sesión. Cuando
pudimos procesar la tristeza central por completo, la culpa y la ira
simplemente desaparecieron sin siquiera ser abordadas directamente. Esto supuso
un gran avance. Demostró que la culpa y la ira solo protegen a los pacientes de
experimentar la tristeza profunda. También descubrí que los pacientes
respondían mejor cuando cerraban los ojos brevemente después de una serie de
movimientos oculares, así que les indiqué a todos que lo hicieran. Llamé a mi
enfoque directo a la tristeza subyacente "DRMO centrada en la tristeza
central". Los resultados fueron muy exitosos y se produjeron incluso más
rápidamente que con la DRMO estándar.
El caso de Denny es un
ejemplo. Denny, veterano de combate, perdió a un buen amigo durante un intenso
tiroteo en Vietnam. Su amigo llevaba poco tiempo en Vietnam y Denny se había
propuesto enseñarle lo básico. Durante el tiroteo su amigo asomó la cabeza por
encima de la barricada desde la que disparaban, recibió un disparo en la sien y
murió al instante.
Denny terminó de contar la
historia furioso. «Si ese maldito teniente no nos hubiera mandado adonde
sabíamos que no debíamos estar, él seguiría vivo». Dijo que antes de la batalla
había advertido repetidamente a su amigo que se mantuviera agachado, y se
sentía muy culpable, descargando su ira contra sí por no haberle vuelto a
advertir antes del tiroteo. «Pude haberlo salvado. ¿Por qué no se lo dije de
nuevo?».
Le pregunté si sentía
tristeza por la muerte de su amigo y me dijo que sí, pero “solo un poco”.
Cuando comencé la terapia DRMO centrada en el núcleo, ignoré la culpa y la ira,
diciéndole que se concentrara en la tristeza. Le hice una serie de movimientos
oculares DRMO y su tristeza aumentó rápidamente. Empezó a sollozar. Me mantuve
con la tristeza, realizando más series de movimientos oculares hasta que la
tristeza alcanzó su punto máximo. Lloró y negó con la cabeza. “Quédate con ese
sentimiento”, le dije y le hice más movimientos oculares.
Finalmente, con sesiones
adicionales de DRMO centradas en el núcleo, su tristeza comenzó a disminuir.
Después de varias sesiones más, le pregunté: "¿Cómo te sientes
ahora?". "Prácticamente ha desaparecido", respondió con una
débil sonrisa. "Me siento mucho mejor al respecto".
“¿Y qué hay de tus
sentimientos de ira y culpa?”, pregunté.
Pensó un momento. «Se fue»,
dijo. «Simplemente siento que sucedió y no había nada que pudiera haber hecho
al respecto. Nadie podría haberle dicho suficientes veces que mantuviera la
cabeza baja. No fue mi culpa».
Una vez que la terapia DRMO,
centrada en el núcleo emocional, abordó la tristeza de Denny, la culpa y la ira
desaparecieron. Ya no eran necesarias para ocultar la profunda tristeza que
subyacía a todas las emociones.
Cambiando la vida de los pacientes
La DRMO había demostrado ser
un regalo maravilloso tanto para nuestros pacientes como para nosotros, y la DRMO
centrada en la raíz del problema estaba llevando a nuestros pacientes a la raíz
del mismo, curándolo de una manera aún más drástica.
Los años que siguieron
estuvieron repletos de logros y victorias. Perfeccionamos nuestras habilidades
y, en colaboración con los recursos internos de nuestros pacientes, marcamos
una diferencia en sus vidas. Nuestra unidad de hospitalización fue una de las
primeras del país en utilizar DRMO de forma sistemática y exitosa. Parecía que
contábamos con una perspectiva privilegiada desde la cual podíamos contemplar
el panorama psicológico conocido con confianza y optimismo.
Un día, durante una sesión
aparentemente normal con un paciente, la terapia DRMO centrada en el núcleo nos
transportó, tanto a mí como al paciente, a un reino cuya existencia desconocía.
Mi primera comunicación
post-muerte inducida
El día que descubrí el
fenómeno de la comunicación post-muerte
inducida (CPMI), estaba en una
sesión de psicoterapia con Samuel. Le pasaba una caja de pañuelos mientras las
lágrimas corrían por su rostro desde la barbilla hasta la camisa. Había
trabajado con Samuel, paciente de cuarenta y seis años del hospital de
veteranos, en otros recuerdos traumáticos de su experiencia en la guerra de
Vietnam pero había evitado mencionar el problema que estábamos tratando porque
este en particular era demasiado doloroso.
Durante su estancia en
Vietnam Samuel entabló una estrecha relación con Le, niña vietnamita huérfana
de diez años. Tras la muerte de sus padres la niña había convertido el
campamento base de Samuel en su hogar. Ayudaba con las tareas diarias de la
base y, a cambio, recibía comida, refugio y compañía. Los demás soldados
estadounidenses la cuidaban pero Samuel y Le desarrollaron un vínculo especial.
La niña recordaba a Samuel a sus dos hermanas menores y le ayudaba a conservar
su humanidad en medio de la brutalidad deshumanizadora de la guerra.
Cada vez que la unidad de Samuel
regresaba de sus patrullas por la selva la niña lo distinguía del grupo, corría
hacia él y le daba un abrazo. Los demás soldados de la unidad de Samuel se
acostumbraron a verlos juntos, y él y ella hablaban de sus vidas de antes de
conocerse. A la niña le gustaban especialmente las historias sobre la vida en
Estados Unidos. Después de unos meses Samuel decidió adoptar a Le y llevarla a
casa.
Sin embargo, desde el cuartel
general llegaron órdenes de que todos los niños vietnamitas huérfanos de la
base debían ser enviados a un orfanato católico en una aldea lejana. Samuel
quedó devastado. Unos días después, entre lágrimas, ayudó a subir a Le y a los
demás niños vietnamitas huérfanos a un camión para llevarlos al orfanato.
Justo cuando habían subido a
todos los niños al camión se oyeron disparos y las balas pasaron zumbando.
Arriesgando sus vidas, Samuel y los demás soldados bajaron rápidamente a los
niños del camión y los pusieron a salvo en el suelo. El tiroteo cesó tan rápido
como había empezado, y comenzaron a subir a los niños de nuevo al camión. Casi
todos los niños estaban subidos cuando Samuel se dio cuenta de que no veía a
Le. Caminó hacia la parte trasera y la vio tendida boca abajo, con una mancha
de sangre en la espalda. Samuel la giró y se horrorizó al ver que su torso
estaba destrozado por una bala que había entrado por detrás. Samuel se sentó en
el suelo, sosteniendo su cuerpo sin vida, y lloró. Finalmente, otros soldados
tuvieron que apartar a Samuel y llevarse el cuerpo para enterrarla.
El incidente fue la perdición
psicológica de Samuel.
Durante el resto de su
servicio en Vietnam, Samuel adormeció el dolor de su profunda pérdida con ira y
rabia, ofreciéndose voluntario para patrullas peligrosas donde mataría a
cualquier enemigo que encontrara, o moriría en el empeño. Tras Vietnam, regresó
a Estados Unidos y tuvo una hija, pero la evitó durante años porque ella le
provocaba ira, culpa, una profunda tristeza por la muerte de Le, y horribles
imágenes de su cadáver. Durante casi veintiocho años Samuel pasó la mayor parte
del tiempo recluido en el sótano de su casa, separado física y psicológicamente
de su familia.
Para ayudarlo a abrirse y
superar el dolor que dominaba su vida, decidí usar la terapia conocida como “DRMO
con enfoque central”. Samuel sollozó en silencio, abrumado por el dolor de su pena.
Le pedí que se concentrara en su tristeza mientras le administraba la primera
serie de movimientos oculares. Como esperaba, la tristeza que lo había
mantenido aislado en su duelo durante veintiocho años, aumentó. Le di más
series de movimientos oculares y su tristeza comenzó a disminuir.
Mientras las lágrimas corrían
por su rostro le realicé un último procedimiento de movimiento ocular y le pedí
que cerrara los ojos. Ninguno de los dos estaba preparado para lo que sucedió
después. Las lágrimas que brotaban de sus ojos cerrados cesaron repentinamente
y sonrió ampliamente. Soltó una risita. Cuando abrió los ojos, estaba eufórico.
“Cuando cerré los ojos vi a
Le como una mujer hermosa, de largo cabello negro, vestida con atuendo blanco y
rodeada de una luz radiante. Parecía realmente más feliz y plena que nadie que
haya conocido”. El rostro de Samuel, enrojecido por las lágrimas, resplandeció.
“Me agradeció haberla cuidado antes de morir. Le dije: ‘Te amo, Le’, y ella me
respondió: ‘Yo también te amo, Samuel’, y me abrazó. Luego se desvaneció”.
Samuel estaba eufórico y
absolutamente convencido de que acababa de comunicarse con Le. "Pude
sentir sus brazos a mi alrededor", exclamó.
Como psicólogo de Samuel, no
sabía qué pensar de lo que me contaba. Supuse que la angustia de su duelo le
había provocado una alucinación basada en fantasías o ilusiones. Nunca había
presenciado ni oído hablar de una reacción similar durante una sesión de
psicoterapia.
Después de que Samuel se
marchara de mi oficina la imagen de su sonrisa, asomando entre sus lágrimas, y
su firme convicción de que sentía que se había comunicado con Le se repetía una
y otra vez en mi mente. Me senté en silencio intentando comprender lo que había sucedido.
“Samuel experimentó una
alucinación relacionada con el dolor”, pensé. Había oído hablar de ellas pero
eso no explicaba lo que había presenciado. Su creatividad había sido
extraordinaria. No había visto esa imaginación espontánea en ningún paciente,
ni leído algo similar en la literatura médica. Si se trataba de una alucinación
entonces su mente había creado milagrosamente una experiencia completamente
sanadora. Durante mis rotaciones clínicas en salas con pacientes con
enfermedades mentales crónicas y graves, ningún paciente había informado de una
alucinación tan positiva y sanadora.
Algo floreció en Samuel, en
un instante, sin que yo le diera indicación alguna, revirtió la tristeza en la
que estaba inmerso y le brindó una notable sensación de liberación de las
imágenes intrusivas, la ansiedad y la depresión que lo habían consumido durante
veintiocho años.
Salí del hospital de
veteranos ese día desconcertada por lo sucedido. Me preguntaba si volvería a
presenciar una escena tan extraordinaria en mi carrera profesional. “Probablemente
no”, pensé. La experiencia de Samuel era uno de esos sucesos que un
psicoterapeuta ve una vez en su vida profesional, y podía simplemente
archivarlo como una anomalía aislada. Pero también me preocupaba que, si Samuel
había alucinado, el intenso estrés de sus recuerdos traumáticos hubiera
afectado de alguna manera su capacidad para diferenciar la realidad de la
fantasía. Eso me inquietaba.
CAPÍTULO 2. CÓMO
APRENDÍ A INDUCIR LA COMUNICACIÓN POST-MUERTE
Nuestra consciencia normal de vigilia, la consciencia racional como la
llamamos, no es sino un tipo especial de consciencia mientras que a su
alrededor, separadas de ella por una fina capa, yacen formas potenciales de
consciencia completamente diferentes. Ninguna descripción del universo en su
totalidad puede ser definitiva si deja completamente de lado estas otras formas
de consciencia. La cuestión es cómo considerarlas.. En cualquier caso, nos
impiden dar por concluida nuestra relación con la realidad de forma prematura. —William
James.
La aparente alucinación de Samuel
me rondaba la cabeza al día siguiente mientras me reunía con otros pacientes.
Reflexioné sobre cómo podría trabajar con él para averiguar si se trataba de un
hecho aislado y raro o si existía algún problema más generalizado que requería
que abordara este nuevo conjunto de síntomas. Pero al día siguiente sucedió
algo extraño. El "suceso aislado" con Samuel se repitió, esta vez con
un veterano de la Guerra de Corea llamado Víctor.
Víctor se encontraba en medio
de un violento tiroteo en Corea cuando vio a su mejor amigo, Carlos, caer al
suelo a pocos metros de él. Tras el combate se acercó al lugar donde había
caído y encontró su cuerpo ensangrentado y sin vida. Durante las décadas
siguientes la imagen del cuerpo de su amigo lo atormentaba con frecuencia y
sentía una profunda tristeza. Mientras me contaba la historia todo su cuerpo
temblaba y sollozaba con el rostro entre las manos. Le pregunté cuán triste se
sentía y respondió: «Un diez», la máxima calificación posible en la escala de
diez puntos que utilizo con muchos de mis pacientes. La tristeza de Víctor era
cruda y descarnada porque no tenía ira ni culpa que lo protegieran de su
intensidad.
Sabía que la DRMO centrada en
el núcleo ayudaría a reducir su profunda tristeza, así que le administré una
serie de movimientos oculares y le pedí que mantuviera la imagen sangrienta de
su amigo en la mente. La tristeza comenzó a disminuir de inmediato y su cuerpo
dejó de temblar. "Siete ahora", dijo, mientras relajaba el cuerpo. Le
administré otra serie de movimientos oculares y dijo que había bajado a
"dos, o tres". Después de más movimientos oculares cerró los ojos y
los mantuvo cerrados durante unos minutos. Y una sonrisa se dibujó en su
rostro. Me desconcertó este comportamiento extraño, preocupado por que mi
paciente pudiera haber interrumpido el proceso para pensar en otra cosa, algo
muy raro en la DRMO centrada en el núcleo.
Cuando abrió los ojos, me
miró, relajado en su silla, y dijo lentamente, con el ceño fruncido por la
incredulidad: "Lo vi".
—¿A quién viste? —pregunté.
—A Carlos —respondió—.
Supongo que fue su espíritu.
Quedé atónito pero lo animé a
continuar. Mis pensamientos iban a mil por hora, tratando de comprender lo que
estaba sucediendo. ¿Cómo era posible que otro veterano tuviera una alucinación
tan increíble en tan solo dos días?
Víctor continuó: “Se veía muy
feliz y tenía una gran sonrisa. Se veía sano, no ensangrentado y muerto como
siempre lo recordaba desde Corea. Doctor, me dijo: ‘Está bien’. Cuando dijo eso
realmente sentí que estaba bien”.
Cuando Victor se marchaba al
final de la sesión le estreché la mano y él me abrazó. Victor nunca antes había
demostrado afecto de esa manera.
Después de que salió de mi
oficina cerré la puerta lentamente tras él, absorto en mis pensamientos.
Durante mis ocho años en la unidad nunca había visto una de esas alucinaciones
imaginativas que resolvieran las pérdidas traumáticas del paciente de forma
inmediata y decisiva; ahora había visto dos en dos días.
Una semana después volvió a
suceder con otro veterinario, y luego con otro más. En tres semanas presencié
seis de estos sucesos extraordinarios, todos con la misma viveza, la certeza
que los veterinarios expresaron de que era real, las garantías positivas que transmitieron
de la persona fallecida y la resolución sin precedentes de un duelo traumático
prolongado e intratable. Alrededor del 15 por ciento de mis pacientes los
experimentaban. Sorprendentemente, si bien me había acostumbrado a ver cómo la
tristeza y los sentimientos asociados de los pacientes disminuían al usar DRMO
centrado en el núcleo, después de la mayoría de estas sesiones inusuales los
pacientes salían de la consulta radiantes.
Mi lado científico me
aseguraba que existía una explicación razonable para el fenómeno. Repasé las
notas que había escrito inmediatamente después de cada sesión y localicé las
que describían las seis sesiones en las que se habían producido estas escenas
extrañas. Las comparé cuidadosamente, buscando temas comunes. Examiné las notas
de otras sesiones con veteranos similares para ver si podía encontrar alguna
diferencia.
Entonces lo vi: una clara
diferencia en el procedimiento que utilicé con los pacientes que tuvieron la
experiencia. Había estado siguiendo esta secuencia: les ayudé a alcanzar el
punto máximo de su tristeza mediante DRMO centrado en el núcleo, y luego
comencé a disminuirla con series adicionales de movimientos oculares. En los
casos en que se produjo la experiencia les proporcioné otra serie de
movimientos oculares sin ninguna instrucción específica. Después de esta última
serie de movimientos oculares se produjo la experiencia.
Elaboré una teoría sobre lo
que probablemente estaba sucediendo. Mientras el paciente se centrara en la ira
y la culpa, la tristeza permanecía oculta. La DRMO centrada en el núcleo estaba
desenterrando la tristeza, y la mayoría de los pacientes la afrontaban
plenamente por primera vez. Después de procesar la tristeza y cuando esta
comenzaba a perder intensidad, las emociones distractoras quedaron a un lado y
una sesión adicional de DRMO, sin instrucciones, pareció abrirlos a esta
experiencia aparentemente natural. Más tarde, comencé a llamar a este estado
mental abierto "modo receptivo".
Inducir la experiencia, a propósito, por primera vez
Me preguntaba si esa
combinación sería la clave. La única manera de averiguarlo era probarla a
propósito con un paciente. El efecto había sido tan sanador, y se había
producido tan rápidamente, que me sentí con la confianza suficiente para ayudar
a otros pacientes a experimentarla. Aunque no tenía ni idea de qué lo causaba,
parecía funcionar.
Así que al día siguiente,
cuando me reuní con Garci, (hipocorístico de Garcilaso), paciente que sufría un
profundo dolor por la muerte de su hija, Julia, decidí intentar ayudarle a
experimentar la misma sanación.
Garci perdió a su hija cuando
tenía trece años. Había sufrido una grave falta de oxígeno al nacer y nunca
alcanzó un desarrollo mental superior al de un bebé de seis meses. Garci la
quería muchísimo y la incluía en sus actividades siempre que podía. A menudo la
llevaba a bailar porque le encantaba la música.
Una noche, Garci y su esposa
salieron a cenar sin su hija. De regreso a casa vieron una ambulancia que venía
en dirección contraria. Al llegar, se enteraron de que su hija estaba en la
ambulancia; había sufrido un infarto grave. Corrieron al hospital, donde les
informaron de que su corazón había dejado de latir hacía un tiempo y que la
habían conectado a un respirador artificial. Tras unas semanas mostró algunos
signos de respiración espontánea, así que Garci y su esposa tomaron la
esperanzadora decisión de desconectarla del respirador. El día que la
desconectaron tuvo dificultades para respirar brevemente y falleció en los
brazos de Garci.
Garci estaba sentado en mi
oficina, llorando en silencio mientras terminaba de contarme la historia. Le
expliqué el nuevo procedimiento y los resultados que otros pacientes habían
obtenido. Estaba interesado en probarlo pero también de que no le funcionaría
porque era ateo y no creía en esas cosas.
Utilicé DRMO con enfoque
central para permitirle conectar con su profunda tristeza. Cuando la tristeza
alcanzó su punto máximo utilicé movimientos oculares para comenzar a reducirla.
A medida que la tristeza disminuía le pedí que pensara en su hija, de forma
general, y que se dejara llevar por lo sucedido. Le administré una serie de
movimientos oculares y cerró los ojos. Se sentó en silencio durante unos
minutos. Luego los abrió con expresión de asombro. «Vi a mi hija. Estaba jugando
feliz en un hermoso jardín lleno de colores brillantes, intensos y radiantes.
Se veía sana y parecía moverse sin los problemas físicos que tenía en vida».
Continuó con sorpresa y alegría en el rostro. «Me miró y pude sentir su amor
por mí».
Hablamos más sobre su
experiencia. Garci estaba convencido de que su hija seguía viva, aunque en un
lugar muy diferente. Aun así, se sentía triste porque la echaba de menos. Le
dije que tuviera presente ese pensamiento mientras yo le dirigía otra serie de
movimientos oculares. Después de los movimientos, Garci cerró los ojos y, al
cabo de unos instantes los abrió con una sonrisa. «Estaba de nuevo en el jardín
y pude ver a Julia mirándome. Me dijo: "Sigo contigo, papá"». Hizo
una pausa y me miró. «Eso fue realmente maravilloso. Sabes, ella no podía
hablar cuando estaba viva».
Garci salió de la sesión
sintiéndose feliz y reconecta con su hija. Después de que se fue, escribí mis
notas de la sesión, eufórico. Fuera lo que fuese, la experiencia estaba sanando
el duelo de forma rápida y profunda.
Durante los años siguientes
logré inducir la experiencia con un 98% de fiabilidad siguiendo la secuencia al
pie de la letra, y cada vez que ocurría me sorprendía de nuevo. De hecho, cada
vez me sorprendía más. Fuera lo que fuese, fuera cual fuera su origen, el
procedimiento estaba aliviando el dolor y las pérdidas traumáticas de mis
pacientes.
La experiencia es similar a las ECM y las CPM.
En algún momento, al
principio del proceso de descubrimiento de la comunicación post-muerte inducida (CPMI), recordé un libro que había leído años
atrás. Era *Vida
después de la vida* , de Raymond Moody. El doctor Moody escribió que
las personas que están clínicamente muertas y luego reviven suelen relatar
experiencias inusuales. Algunas creen haber atravesado un túnel, ver una luz
brillante, contemplar paisajes hermosos o ver y comunicarse con amigos o
familiares fallecidos. El doctor Moody utilizó el término “experiencias
cercanas a la muerte” (ECM) para referirse a estos fenómenos. Informó que
ocurren espontáneamente cuando una persona está más cerca de la muerte y que, a
menudo, transforman la vida.
Desque leí el libro del doctor
Moody he hablado con cientos de personas que han experimentado ECM
(Experiencias Cercanas a la Muerte). Los conmovedores testimonios de estas
personas, comunes y corrientes, sobre sus extraordinarias experiencias
transformadoras me han llevado a creer que realmente merecen una seria
consideración y un estudio científico.
También había leído el libro
del doctor Moody *REUNIONES:
Encuentros con fallecidos*, en el que describía las experiencias
de sus pacientes con seres queridos y amigos difuntos. El doctor Moody inducía
la experiencia mediante el método de la "mirada al espejo",
desarrollado por los antiguos griegos. En su estudio origina, reportó una tasa
de éxito del 50%. En aquel entonces descarté por completo sus descripciones
convencido de que su trabajo carecía de credibilidad. No volví a considerar el
fenómeno hasta hace poco. (Nota del
Traductor: he aquí el típico PRE-JUICIO basado en pensamiento parasitario)
Intrigado por mi recuerdo de
la descripción de las ECM del doctor Moody localicé mi viejo ejemplar de *Vida
después de la vida* . Lo hojeé y me asombró ver que la mayoría
de los elementos de las ECM eran idénticos a las experiencias que mis pacientes
relataban en mi consulta. Había leído artículos de científicos que argumentaban
que estas ECM son alucinaciones resultantes de la neurología de un cerebro
moribundo pero todos mis pacientes que experimentaban el mismo tipo de
fenómenos tenían cerebros tan vivos durante la experiencia como antes de cerrar
los ojos. Algo más estaba sucediendo en un cerebro moribundo; algo que tenía
que ser parte del cerebro vivo, sano y consciente.
Mientras continuaba mi
búsqueda me topé por casualidad con *¡Hola
desde el cielo!*, de Bill y Judy Guggenheim, que describe las
comunicaciones post-muerte (CPM).
Descubrí que estas experiencias no son para nada raras y ocurren
espontáneamente en el 20 por ciento de la población. Las descripciones de las CPM
que hacían los autores eran idénticas a las descripciones que mis pacientes
hacían de sus experiencias, con la única diferencia de que las CPM que
describían los Guggenheim siempre ocurrían de forma aleatoria y espontánea.
Utilicé esa similitud para empezar a llamar a lo que mis pacientes
experimentaban "comunicaciones inducidas post-muerte " o CPMI.
Las experiencias de mis
pacientes, junto con las relatadas por los Guggenheim, me obligaron a
reconsiderar mi opinión sobre las Reuniones
del doctor Moody.
Finalmente, me pareció evidente que probablemente estaba describiendo un
fenómeno que antes me resultaba inconcebible.
Funciona con el tiempo.
Habían transcurrido tres
meses desde que indujera la primera CPMI a Samuel. Me preguntaba si la notable
transformación que había visto en él se habría atenuado. Esperaba que su
disminución de la tristeza se mantuviera con el tiempo pero sospechaba
firmemente que su sentimiento de reconexión gozosa con Le se desvanecería, como
suele ocurrir con la mayoría de las alucinaciones. En una conversación
posterior con Samuel le pregunté cómo se sentía respecto a su experiencia
después de tres meses. Me sorprendió cuando me dijo que la sensación de
reconexión con Le no había cambiado. De hecho, por primera vez y sin ayuda
alguna, había podido relacionarse con su
hija de una manera mucho más abierta y afectuosa gracias a la
experiencia.
Eso fue hace más de ocho
años. Hace poco hablé con él y me explicó que sigue sintiendo profunda conexión
con Le. Su relación con su hija ha mejorado muchísimo. «Estoy recuperando el
tiempo perdido con ella», dijo con entusiasmo. Añadió que ya creía en la vida post-muerte antes de la experiencia pero,
desde entonces, «me ha demostrado sin lugar a dudas que la vida post-muerte es una realidad».
También hice un seguimiento a
Garci, el paciente con quien realicé la primera inducción. Un año después de la
sesión me comentó que seguía sintiéndose conectado con su hija. Además, estaba
convencido de que «la gente no muere realmente; simplemente adopta una forma
diferente y vive en un lugar distinto, lo cual es muy hermoso».
La experiencia estaba
transformando la vida de los pacientes en una sola sesión, y el efecto se
mantenía con el tiempo. Empecé a preguntarme si alguno de mis internos, u otros
psicólogos, podrían ayudar a sus pacientes a tener experiencias similares.
CAPÍTULO 3. ENSEÑAR
A OTROS PSICOTERAPEUTAS A INDUCIR COMUNICACIONES POST-MUERTE
Nunca he permitido que la escuela interfiera con mi educación. —Marcos
Twain.
Tras varias semanas
observando cómo un paciente tras otro superaba sus pérdidas traumáticas y su
duelo mediante la Terapia Integrada de Desarrollo Cognitivo (TIDC), decidí que
era hora de contar, al menos a uno de los otros psicólogos de la unidad de
trastorno de estrés postraumático, lo que estaba sucediendo. Necesitaba saber
si alguien más había visto algo similar, si algún otro psicólogo con
experiencia podría tener una explicación y, lo más importante, si alguien
estaría dispuesto a utilizar el procedimiento y replicar los resultados.
Lo pensé durante varios días
antes de reunir el valor para describirlo a alguien de la unidad. Al fin y al
cabo decir a otro científico del comportamiento que mis pacientes hablaban con
los muertos daba un poco de miedito. Pero lo cierto era que lo que ocurría
estaba sanando el duelo con tal previsibilidad y eficacia que tenía que
compartirlo con los demás profesionales de la unidad. Llevábamos años teniendo
largas conversaciones sobre cómo podíamos ayudar con mayor eficacia a estos
veteranos a aliviar el dolor inimaginable que sufrían a causa del trastorno de
estrés postraumático relacionado con el combate. Y estaba funcionando.
Una mañana entré en el
consultorio de Karaina, la terapeuta por quien sentía mayor respeto y
confianza. Cerré la puerta y me senté en silencio. Ella me preguntó de
inmediato: "¿Qué te pasa?".
— Necesito compartir algo
contigo. Quiero tu opinión profesional sincera.
—Seguro.
— Bien, aquí está. Muchos de
mis veterinarios dicen que durante las sesiones de DRMO están experimentando
una reducción drástica de sus síntomas en una sola sesión.
—Exacto —dijo—. Eso es
gracias a la terapia DRMO centrada en el núcleo. La he estado usando desde que
nos la enseñaste y, al menos, otras dos personas también. Todos estamos
obteniendo los mismos resultados increíblemente rápidos que tú.
— Bueno, ahora estoy
recibiendo más información. Me dicen que se comunican con los muertos.
La miré para ver su reacción.
— Estupendo. Así que eso es
lo que está reduciendo los síntomas de forma tan drástica, ¿verdad?
— Sí, de una forma que nunca
antes había visto. Ahora bien, no estoy sugiriendo que realmente se comuniquen
con los muertos.
—Oh, ya sé de qué hablas
—dijo sonriendo—. Es como una comunicación post-mortem (CPM). ¿Has oído hablar
de eso?
— Bueno, en realidad sí.
Encontré un libro titulado ¡Hola
desde el cielo! ”
Me interrumpió: “Tengo una
copia. Yo misma tuve una CPM cuando era adolescente”.
Me sentí aliviado y lleno de
energía. Le pedí que me contara la historia. Mientras la narraba la escuché con
suma atención.
“Tenía catorce años cuando mi
hermana, de veinte, murió de un tipo raro de cáncer que se había extendido por
todo el cuerpo. La desfiguró muchísimo en los últimos meses. Dejó dos hijos
pequeños. Su muerte casi me destrozó. Mis padres se habían divorciado justo
antes y yo ya estaba deprimida por eso, así que cuando dijeron a mi hermana que
iba a morir no sabía si iba a poder superarlo”.
“Después de su muerte, pasé
por el peor momento de mi vida. Sinceramente, sentía que acabar con mi vida era
la única manera de detener los horribles sentimientos que tenía todo el día.
Entonces, una noche, mientras dormía, soñé con mi hermana. Se veía feliz y
radiante, sana de nuevo, y estaba rodeada de niños pequeños. Me dijo: 'Quieres
venir conmigo, ¿verdad?'. Le dije: 'Sí'. Y mi hermana dijo: 'Aún no es tu hora.
Tienes que quedarte ahí y cuidar de mis hijos y de mamá. Volveré por ti cuando
sea el momento'”.
“Cuando desperté esa mañana
recordaba el sueño como si fuera una conversación real. Me sentí completamente
diferente después de eso. La depresión había desaparecido. Seguí su consejo y
seguí adelante con mi vida, pero desde ese día sentí que tenía un propósito y
una responsabilidad. Crié a sus hijos como si fueran míos y cuidé de mamá
cuando desarrolló graves problemas de salud. Y aquí estoy hoy.”
Karaina me animó a seguir
explorando este nuevo método terapéutico y se ofreció a probarlo ella misma. Me
sentí eufórica. Desde ese día, Karaina se convirtió en mi confidente y
compañera mientras el descubrimiento seguía desarrollándose.
La paciente de Karaina tiene una CPMI en su consultorio.
Al día siguiente, Karaina y
yo nos reunimos y le expliqué el procedimiento de Comunicación post-muerte inducida CPMI. Comprendió la diferencia con la
desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares DRMO estándar y la
importancia de desarrollar una mente receptiva y abierta en el paciente después
de la DRMO centrada en el núcleo. Era una terapeuta de DRMO experimentada y muy
competente así que, después de una hora aproximadamente, se sintió preparada
para intentarlo.
Dos días después, Karaina
entró en mi oficina sonriendo. «Funcionó. Fue tal como lo describiste».
Se sentó en el borde de una
silla y se inclinó hacia mí. «Tuve una sesión con uno de mis veteranos de
Vietnam de larga trayectoria. Un nuevo soldado acababa de unirse a su unidad y
todos, incluido mi veterano, se burlaban de él porque era inexperto. Un par de
días después el nuevo soldado murió en su primer enfrentamiento de un disparo
en la cabeza. Mi veterano vio su cuerpo con la herida abierta y mortal en la
cabeza. Ha estado sufriendo una culpa extrema por haberse burlado del soldado y
por las imágenes perturbadoras de la herida».
“Durante la DRMO centrada en
el núcleo, como de costumbre ignoré la culpa y me enfoqué en la tristeza. Su
tristeza fue aumentando hasta alcanzar su punto máximo y luego comenzó a
disminuir. Realicé una serie adicional de movimientos oculares para aumentar su
receptividad y relajación, tal como me sugeriste, y funcionó. Dijo que vio la
cara sonriente del soldado muerto y que, de alguna manera, recibió un mensaje,
aunque no sabía cómo, de que el hombre sabía que las bromas de mi soldado
veterano eran por cariño. El muerto le comunicó que estaba bien y que él no
debía sentirse mal. Quedó realmente desconcertado. No tenía ni idea de qué era,
pero aquí viene lo mejor. Me dijo: ‘¿Sabes?, es extraño. Ya no siento tristeza,
ni una pizca. Y no me siento culpable. Y cuando intento recordar la vieja
imagen de la herida ni siquiera puedo recordarla. Solo recuerdo su cara
sonriente diciéndome que está bien’”.
Estábamos eufóricos. Hablamos
todo lo que pudimos antes de nuestras próximas citas sabiendo que estábamos al
comienzo de algo mucho más maravilloso para nuestros pacientes de lo que jamás
hubiéramos imaginado.
Cuando Karaina se fue quedé
mirando por la ventana. Había replicado mis resultados. Fuera lo que fuese, era
una capacidad oculta en la gente común y corriente con la que podíamos ayudar a
los pacientes a descubrir en lo más profundo de su ser. Una vez que la
descubrieran, esta extraordinaria capacidad surgiría de forma natural y sanaría
su dolor. Y alguien más había visto que funcionaba igual que yo.
Pero algo seguía rondando en
mi cabeza. En nuestra conversación sobre lo sucedido, Karaina parecía dispuesta
a considerar la posibilidad de que estas sesiones de CPMI fueran realmente
comunicaciones con los difuntos. Su
experiencia adolescente había influido profundamente en su forma de
pensar, del mismo modo que las CPMI estaban afectando a mis pacientes. Todos
estaban convencidos de que sus experiencias eran comunicaciones reales post-muerte.
Un becaria realiza su primera CPMI
Unas semanas después decidí
presentar la terapia CPMI a una de mis becarias predoctorales más competentes.
El término "becaria" suele asociarse con una joven inexperta, una
principiante inexperta. Lucía no lo era. Era una de las más competentes con las
que he trabajado. Esta es la historia de lo que sucedió.
Lucía ya había tenido éxito
con la DRMO y estaba deseosa de aprender a usarla en la terapia CPMI. Le
expliqué que yo uso la DRMO de manera diferente para inducir una CPMI.
Rápidamente comprendió las diferencias. Después de un par de horas de introducción
a la DRMO centrada en el núcleo y la terapia CPMI, se mostró dispuesta a
probarla con uno de sus pacientes.
El paciente que eligió sufría
de imágenes intrusivas y culpa por un incidente ocurrido durante su servicio en
Vietnam. Iba de copiloto en un camión cuando vio a un niño vietnamita de trece
años cruzar corriendo delante del vehículo. Gritó al conductor: «¡Cuidado!
¡Para!». Pero éste no vio al niño y el camión lo atropelló.
Bajaron del vehículo y
encontraron al niño muerto. La culpa que sintió por no haber podido evitar el
accidente, y las imágenes recurrentes del cuerpo del niño, le provocaron
pesadillas e imágenes incontrolables durante la vigilia de veintiocho años.
Preparé a Lucía antes de su
sesión con este veterano. El paciente fue a su consultorio para la cita y yo
esperé con gran expectación. Hasta ese momento, solo otra terapeuta había
logrado inducir con éxito una crisis de descompresión aguda. ¿Sería posible que
fuéramos las únicas dos en el mundo capaces de presenciarla?
Al final de la sesión, entró
en mi despacho visiblemente decepcionada. Me dijo: «No funcionó. Mi paciente
sintió algo de tristeza, pero seguía queriendo hablar de su culpa, así que
pasamos la mayor parte de la sesión hablando de ello».
Expliqué a Lucía que el
paciente estaba evitando su tristeza y que debería haberle dicho: "Es importante que te quedes con tu tristeza".
Había aprendido que, al usar la terapia DRMO centrada en el núcleo y su
extensión a la terapia CPMI, el terapeuta debe mantener al paciente enfocado, a
veces de forma enérgica.
Lucía lo entendió. Al día
siguiente, cuando volvió a reunirse con el paciente, lo mantuvo enfocado en el
objetivo con DRMO centrada en el núcleo. La tristeza del paciente, que al
principio se intensificó, comenzó a disminuir. Ella le preguntó: "¿Qué te
gustaría decir a ese niño?".
El paciente respondió,
sacudiendo la cabeza lentamente: «Lo siento. Lo siento». Lucía realizó una
serie de movimientos oculares para estimular la receptividad. Él cerró los
ojos. Después de unos minutos, los abrió con amplia sonrisa. “Lo vi con total claridad. Tenía la sonrisa
más grande que uno pueda imaginar y parecía irradiar una luz especial. Estaba
más feliz que nadie que haya visto jamás. No habló, pero supe con certeza lo
que decía. Decía que yo era una buena persona y que no era mi culpa”.
Para entonces, el paciente
estaba relajado, contento y hablador. Ella nunca lo había visto así.
Después de que el paciente se
marchara, Lucía entró en mi despacho muy emocionada y me contó lo sucedido.
«Todavía no me lo creo. No podía saber que todo iba a funcionar hasta que lo
viví en directo».
Tras la experiencia de Lucía
enseñé con confianza el método terapéutico a otros treinta internos durante un
período de ocho años. Todos obtuvieron los mismos resultados. Los internos
aprendieron el procedimiento con facilidad, se entusiasmaron al ver su eficacia
y lograron un impacto positivo en la vida de los pacientes.
Poco después de la
experiencia de Lucía me puse de acuerdo con Karaina para que me realizara el
procedimiento CPMI. Tuve dos procedimientos exitosos. Escuchar los relatos de
los pacientes sobre las CPMI desde fuera fue extraordinario pero
experimentarlas yo mismo, dos veces, fue impresionante. Al igual que mis
pacientes, me sorprendió el contenido de las experiencias. En ambos casos fue
completamente diferente de lo que esperaba a pesar de que, para entonces, ya
había escuchado a mis pacientes describir muchas de sus experiencias CPMI.
Estas experiencias me llenaron de más entusiasmo que nunca por el maravilloso regalo
que habíamos recibido.
Los meses siguientes
estuvieron llenos de exploración y asombro. Otros colegas aprendieron a
utilizar el procedimiento y obtuvieron los mismos resultados. Y a medida que el
número de pacientes que se sometían a la CPMI se contaba por cientos,
comenzamos a comprender mejor esta extraordinaria capacidad oculta en personas
comunes y corrientes.
CAPÍTULO 4. NUEVAS
IDEAS EN EL TRATAMIENTO DEL DUELO
Todo el arte de vivir reside en la sutil combinación de soltar y
aferrar. —Henry Havelock Ellis.
A medida que lográbamos
inducir más comunicaciones CPMI me di cuenta de que es la experiencia de la reconexión la que sana. La profunda
tristeza se basa en la sensación subyacente de desconexión con el difunto. Las
personas que experimentan el duelo dicen cosas como: «Siento que me han
arrebatado una parte de mí» o, «Me siento incompleto/a ahora».
La sensación de desconexión,
entonces, da lugar a la tristeza profunda. Las demás emociones (ira,
insensibilidad y culpa) protegen a la persona de sentir esa tristeza dolorosa.
La experiencia de reconexión en la CPMI parece resolver la sensación de
desconexión, disminuyendo o erradicando la tristeza. Las emociones defensivas
que la acompañan simplemente desaparecen; ya no son necesarias.
Esta experiencia de
reconexión se refleja en las palabras que se escuchan con más frecuencia
después de una sesión de CPMI: «Me siento reconectado con...» y «Me siento
completo de nuevo». La experiencia de reconexión es fundamental para superar el
duelo mediante la terapia CPMI.
Recientemente me di cuenta de
que este vínculo renovado, propiciado por la terapia, complementa una tendencia creciente en la
terapia del duelo. Durante casi un siglo la terapia del duelo tradicional ha
insistido en que quienes sufren una pérdida deben extinguir los lazos
emocionales con sus seres queridos fallecidos y reemplazar ese apego con otras
personas e intereses. Sin embargo, los terapeutas del duelo ahora comprenden
que las personas simplemente no se separan psicológicamente de sus seres
queridos fallecidos, continúan pensando en ellos, sintiendo su cariño, hablando
con ellos e incluso pidiéndoles consejo. El nuevo enfoque de la terapia del
duelo que está surgiendo reconoce esta realidad y ayuda a los pacientes a
transformar este aspecto natural del duelo en un vínculo sano y continuo con el
fallecido.
La terapia del duelo está cambiando.
Un colega me comentó que en
la facultad de medicina le enseñaron que el duelo solía durar de tres a seis
meses. Esta pauta es muy engañosa ya que el duelo es un asunto muy personal
influenciado por factores únicos para cada persona, como la edad del fallecido
y del superviviente, la red de apoyo del superviviente, la relación de este con
el fallecido y la causa o las circunstancias de la muerte. Y lo que es más
importante, el duelo casi nunca se resuelve por completo.
La mayoría de los consejeros
de duelo coinciden en que las personas tardan entre uno y dos años en sentirse
suficientemente reconciliadas con una pérdida para volver a disfrutar de la
vida sin su ser querido. Este proceso se prolonga aún más cuando el duelo es
por un hijo o un cónyuge con quien se compartió una vida larga, y los recuerdos
de la pérdida pueden seguir desencadenando emociones de duelo durante toda la
vida.
Los principales componentes
emocionales del duelo, más allá de las etapas iniciales de conmoción e
insensibilidad, suelen ser sentimientos de tristeza, culpa e ira. El vínculo
entre los vivos es el amor, pero cuando un ser querido muere, el vínculo es el
dolor. Ayudar a un cliente a superar el dolor se complica por la culpa y el
temor a una desconexión total con el fallecido. La culpa puede estar asociada a
una amplia variedad de problemas pero lo más común es que surja de la sensación
de tener asuntos pendientes con el fallecido, tales como no haber expresado
nunca amor, o haber dicho "te quiero", tener conflictos sin resolver
e incluso haber sido responsable o sentirse responsable de la muerte.
Generalmente, quienes sufren duelo también sienten una ira intensa porque
alguien muy importante les ha sido arrebatado. Tanto la culpa como la ira
pueden estar relacionadas con la atribución de culpa y responsabilidad.
Freud escribió que el
objetivo de la terapia del duelo es ayudar a los supervivientes a romper los
lazos con el fallecido y a desvincularse emocionalmente para que puedan
construir una nueva vida libre de todo vínculo con él. Las sesiones de terapia
implican una larga serie de confrontaciones para ayudar al superviviente a
comprender la irreversibilidad de la pérdida y a desprenderse de cualquier
apego al fallecido. Según esta concepción de la terapia del duelo, quienes no
logran romper todos los lazos fracasan y, por lo tanto, permanecen infelices y
disfuncionales (Nota del Traductor: sin
tener en cuenta que se verán económicamente comprometidos si pagan la terapia a
terapeutas con este enfoque castrador).
La terapia estándar para el
duelo, desde Freud, se ha adherido a esa concepción del proceso de duelo.
Normalmente, guía a los supervivientes a través de esta secuencia:
- Ayuda a los
sobrevivientes a aceptar la realidad de la muerte de sus seres queridos,
permitiéndoles hablar sobre las circunstancias del fallecimiento y los
problemas relacionados con la pérdida. Esto ayuda a superar la conmoción
inicial y la fase de entumecimiento
del duelo.
- Ayúdalos a distanciarse
emocionalmente del fallecido, brindándoles apoyo para expresar y procesar
los sentimientos habituales asociados con la pérdida: ira, culpa y
tristeza.
- Ayúdalos a adaptarse a
la vida sin el difunto, enseñándoles a vivir de maneras diferentes y a
desarrollar nuevas relaciones.
- Brinda apoyo durante
momentos más difíciles, como cumpleaños, aniversarios y días festivos.
El objetivo de la terapia de
duelo convencional, según esta concepción, es ayudar a los supervivientes a
aceptar su pérdida y seguir adelante con sus vidas. Este proceso suele requerir
años de terapia con resultados limitados (N de T: es decir, años de gasto
económico inútil para el paciente y provechoso para el terapeuta). Sin embargo,
recientemente, un número creciente de terapeutas especializados en duelo ha
comenzado a sugerir que los pacientes que mantienen el vínculo con el fallecido
suelen adaptarse mejor a su pérdida. Estas observaciones están propiciando una
reconsideración del duelo y de la terapia de duelo.
En 1996, Dennis Klass, Charo
Silverman y Steven Nickman publicaron «Continuing Bonds: New Understandings
of Grief» («Vínculos continuos: nuevas interpretaciones del duelo»,), una
obra que desafió las ideas convencionales sobre el duelo. Los veintidós
académicos de gran prestigio en el campo del duelo y la pérdida que participan
en el libro ofrecen un modelo radicalmente nuevo para comprender y tratar el
duelo. Su modelo anticipa la terapia del duelo ejemplificada en la terapia CPMI.
Los autores explican que las
ideas actuales sobre el duelo se basan más en normas culturales que en datos
científicos. En el siglo XX, el énfasis de las sociedades occidentales en la
autonomía individual por encima de la interdependencia social influyó
considerablemente nuestras ideas sobre el duelo. El objetivo de los
tratamientos convencionales para el duelo ha sido ayudar a los supervivientes a
maximizar su autonomía aceptando plenamente la irreversibilidad de la muerte,
rompiendo sus vínculos con el fallecido. Se ha asumido que solo así el
superviviente podrá establecer nuevas relaciones y una vida sin el fallecido.
Se ha supuesto que el duelo patológico resulta de no superar emocionalmente la
pérdida del fallecido.
Los autores de «Vínculos
Continuos» citan numerosas observaciones clínicas y resultados de
investigaciones que cuestionan estas suposiciones. Informan que los
supervivientes que mantienen un vínculo continuo con el fallecido parecen estar
mejor adaptados psicológicamente durante el proceso de duelo. Los vínculos
continuos son fluidos, cambiantes y reconfortantes. Ayudan a los supervivientes
a afrontar sus problemas cotidianos y se integran en sus relaciones actuales,
brindándoles contexto y significado.
Estos vínculos perdurables se
distinguen, sin embargo, de la negación patológica en la que la única conexión
del superviviente con el fallecido es estática, inmutable y se limita a lo que
fue y nunca podrá volver a ser. El mejor criterio para determinar si la
conexión es patológica o beneficiosa es la calidad de vida de la persona.
Ejemplos de «Vínculos
Continuos» que citan los autores:
- Soñar con los difuntos
- Hablar con el difunto
- Creer que está
observando al superviviente
- Conservar objetos que
pertenecieron al difunto
- Visitar la tumba
- Pensar frecuentemente en
el difunto
Si bien algunos autores
describen algunos vínculos continuos que parecen ser verdaderas comunicaciones post-muerte, en general, estos
investigadores optaron por no especular sobre la naturaleza última de estas
experiencias. En cambio, prefieren denominarlas colectivamente como
«representaciones internas del difunto». (Los artículos de « Vínculos
continuos » se presentaron antes de la publicación del estudio de los
Guggenheim sobre las comunicaciones espontáneas post-muerte en «¡Hola
desde el cielo!»).
Las CPMI han influido en la terapia del duelo.
La terapia CPMI es congruente
con el enfoque en la continuidad de los vínculos, proporcionando una experiencia
más rica y personal de dicha continuidad. La experiencia CPMI permite a los
pacientes que sufren duelo y pérdidas traumáticas resolver sus problemas
rápidamente mediante una reconexión vivencial con sus seres queridos
fallecidos.
En lugar de fomentar la
aceptación de los sentimientos de desconexión y distanciamiento emocional hacia
el difunto, la terapia IADC proporciona una resolución psicológica a través de
la profunda y transformadora experiencia de la reconexión con el fallecido. Su
amor y conexión ininterrumpida se renuevan mediante una experiencia
reconfortante que les brinda la sensación de una nueva relación con el difunto,
diferente pero satisfactoria y permanente. Reconstruyen el sentido de la vida a
través de esta nueva relación y mantienen el vínculo sabiendo que su ser
querido está bien.
Veamos una experiencia de
reconexión sanadora.
EL CASO DE SALLY: “Dijo que vendría por mí cuando llegara mi hora”.
“Lloro sin motivo alguno”, sollozaba
Sally, aferrándose a un pañuelo empapado. Su depresión no respondía a los
medicamentos, así que la derivaron a mi consulta. Mientras hablábamos, quedó
claro que estaba profundamente afligida por la muerte de su padre, ocurrida
cinco años antes. Había permanecido a su lado durante meses mientras el tumor
en el costado de su cuello crecía consumiendo su vida poco a poco. Lloraba
amargamente. Las imágenes de su padre, muriendo con el tumor en el cuello, no
la abandonaban.
Cuando estuvo preparada, utilicé
la terapia para reducir su abrumadora tristeza y el dolor que le producían las
imágenes de la muerte. Una vez que la tristeza disminuyó, inicié el
procedimiento de CIMP y le pedí que cerrara los ojos y aceptara lo que sucediera.
La primera inducción no produjo resultado. Sin embargo, en la segunda
inducción, tras un momento con los ojos aún cerrados, dijo: «Puedo verlo. Se ve
sano de nuevo. Se ve feliz». Sonrió e hizo una pausa. «La abuela y el abuelo
están con él... y dos de mis tías, y mi tío que murió hace mucho tiempo».
Hizo una pausa, mirando hacia
adentro. “Están de fiesta, riendo… Oh, se lo están pasando en grande. Están en
una habitación llena de una luz blanca brillante.”
Abrió los ojos y me miró. «De
alguna manera podía sentir su felicidad», dijo emocionada. «Deseaba estar con
mi padre… No me refiero a suicidarme. Solo quería estar con él ahora, pero sé
que no puedo». Comencé otro procedimiento de CPMI mientras ella reflexionaba
sobre ese pensamiento. La misma escena se repitió, pero había más. «Se acercó a
mí y me dijo que seguía conmigo de una manera muy importante, que debía seguir
cuidando de mis hijos y que vendría por mí cuando llegara mi hora». Sonrió
cálidamente entre lágrimas.
Cuando Sally salió de mi oficina
todo dolor y tristeza por la muerte de su padre habían desaparecido. Al
marcharse, dijo: «Fue absolutamente increíble. En cuanto sentí que me
reconectaba con ellos la tristeza se desvaneció. Sé que eran ellos de verdad.
Tengo que contárselo a mi hermano. Sé que pensará que estoy loca, pero no me
importa; me siento genial».
A partir de ese día, Sally
dejó de experimentar cualquier síntoma de depresión.
Algunos han cuestionado mi
observación de que el duelo se resuelve por completo de esta manera tras una
reunión virtual de padres e hijos. Señalan que si un hijo fallece incluso una
reconexión virtual afectuosa no evitará que el padre sienta profunda tristeza
en ocasiones, como el día en que se habría graduado de la escuela secundaria o
el de su cumpleaños. Coincido en que una reunión virtual de padres e hijos no
sustituye aquellas experiencias compartidas que nunca podrán materializarse.
Sin embargo, esas pérdidas son secundarias a la pérdida principal: «Mi hija se
ha ido. Está completamente desconectada de mí».
Tras las sesiones de duelo,
quienes han sufrido pérdidas trágicas ya no se sienten aislados. Si bien aún
experimentan sentimientos de pérdida más profundos en ocasiones, como
cumpleaños y aniversarios del fallecimiento, la tristeza en esos momentos se
tolera con mayor facilidad ya que no sienten la tristeza profunda y dolorosa
asociada a una sensación de desconexión total. El superviviente puede afrontar
el duelo de una manera más adaptativa y, a menudo, honrar y recordar con cariño
al ser querido fallecido.
Cómo funcionan las CPMI
En el trastorno de estrés
postraumático el paciente revive el trauma una y otra vez. Aparecen destellos
de escenas en cualquier momento y pueden comenzar a reproducir todo el trauma.
Muchos intentan detener la revivencia mediante distracciones o anestesiando la
conciencia con drogas o alcohol. Descubrimos que la DRMO ayuda a los pacientes,
con trastorno de estrés postraumático, a reducir la intensidad de los recuerdos
intrusivos de sucesos traumáticos al eliminar el componente de reviviscencia de
la memoria. Los pacientes a menudo comentan que aún pueden recordar el trauma,
pero sienten que sucedió hace mucho tiempo o como si hubiera sido parte de un
cuento.
Las terapias de imagen de la
persona fallecida ayudan a nuestros pacientes a sanar imágenes traumáticas al
proporcionarles una imagen positiva que reemplaza naturalmente la negativa. Con
frecuencia, las heridas, la desfiguración o el rostro angustiado del fallecido
se reemplazan por imágenes de paz, calma y una cara feliz y sonriente. Los
pacientes suelen comentar que ni siquiera recuerdan la imagen traumática tal como
era. Cuando intentan recordarla, en su lugar ven la imagen positiva. Creo que
esta puede ser la razón por la que los resultados de las terapias de imagen de
la persona fallecida se mantienen tan bien con el tiempo.
EL CASO DE GENEROSO: “Lo único que veo es que
sonríe y me habla”.
Generoso, Gene para los
amigos, tenía diecinueve años cuando su
madre sufrió un infarto masivo mientras estaban sentados en el sofá. Dijo que
no se sentía bien, se llevó la mano al pecho y cayó de lado sobre él. Preso del
pánico se dio cuenta de que no respiraba y le practicó reanimación boca a boca,
pero era demasiado tarde. Tenía los ojos abiertos, las pupilas en blanco, y la
cara había perdido el tono muscular. A la horrible imagen que se le quedó
grabada, la llamó su "cara de muerte". Durante décadas lo único que
recordaba de su madre era esa cara. Evitaba pensar en ella porque, cuando lo
hacía, solo veía esa cara. Como resultado, no pudo procesar su dolor. Gene
estaba sentado en mi oficina describiendo la cara de muerte, sacudiendo la
cabeza enérgicamente como si eso pudiera borrar el recuerdo de su mente. Sin
embargo, no derramaba lágrimas. Protestaba diciendo que ya lo había superado,
pero deseaba poder deshacerse de esa cara.
Aceptó que utilizara la
terapia DRMO centrada en el núcleo para intentar reducir la tristeza y la
imagen que la acompañaba. Le administré algunos movimientos oculares y su
tristeza aumentó, al igual que la nitidez de la imagen del rostro de la muerte.
Estaba conectando con los intensos sentimientos que había reprimido desde su
fallecimiento. Cuando la tristeza alcanzó su punto máximo, rompió a llorar
desconsoladamente.
«Mantén esa sensación. No la
sueltes ahora», le dije, y le indiqué otra serie de movimientos oculares. La
tristeza comenzó a disminuir. Tras otra serie de movimientos oculares, cerró
los ojos y comenzó la CPMI.
“Puedo ver a mi madre”, dijo
con los ojos cerrados. “Está vestida de blanco, rodeada de una luz intensa.
Parece joven, tal vez de veintitantos años, y lleva un vestido pasado de moda”.
Tras unos segundos más, abrió
los ojos. «Dijo que estaba muy orgullosa de mí, que debía seguir siendo buena
persona y que me volvería a ver cuando llegara mi momento. Doctor Botkin,
siento una calidez que no sentía desde hace años».
Le pregunté si podía recordar
el rostro de la muerte. Pensó un momento. «No puedo verlo. Intento verlo, pero
no puedo. Solo la veo sonriéndome y hablándome como hizo hace un momento,
cuando la vi. Es una sensación maravillosa».
A partir de ese momento, Gene
insistió en que no recordaba el rostro de su madre muerta. Sus únicos recuerdos
de ella eran cálidos y positivos.
EL CASO DE FRANCIS: “Me hizo sentir que él está
bien, que la vida está bien”.
La historia de Francis es
otro ejemplo del efecto sanador del sencillo, pero poderoso mensaje "Estoy
bien", y de cómo una imagen agradable reemplaza una espantosa.
Francis era estudiante de
enfermería que acudió a mí porque tenía visiones recurrentes de una muerte que
la perturbaban. Durante su formación, una tarde estaba de guardia en urgencias
cuando trajeron a un niño de cinco años al borde de la muerte. Había sido
atropellado por un coche y luego por otro. Su cuerpo, y la camilla en la que
yacía mientras lo trasladaban a urgencias, estaban empapados de sangre y él, inconsciente.
Francis y el equipo de urgencias trabajaron sin descanso para intentar salvar
la vida, pero fue en vano. Sus heridas eran demasiado graves, y falleció.
Francis quedó conmocionada.
Corrió a casa, se encerró en su habitación y lloró durante horas. Esa noche no
pudo dormir. Las imágenes perturbadoras del cuerpo mutilado del niño, y la
sangre, no dejaban de atormentarla. Durante las siguientes noches durmió a
ratos pero las imágenes la atormentaban y despertaba llorando. Decidió que no
tenía vocación de enfermera y se preparó para dejar la escuela.
Acudió a mí porque sabía que
me especializaba en ayudar a pacientes con recuerdos traumáticos. Después de
que me contara su historia comenzamos el procedimiento CPMI. Primero utilicé DRMO
en las imágenes hasta que comenzaron a desvanecerse. Luego utilicé DRMO con
enfoque en el núcleo para abrir la tristeza que estaba en el centro de su
trauma. La tristeza aumentó con los sucesivos movimientos oculares y luego
comenzó a disminuir. Le indiqué que estuviera abierta a cualquier cosa que le
viniera a la mente mientras pensaba en el niño. Le administré otra serie de
movimientos oculares y cerró los ojos.
Con los ojos cerrados,
describió lo que veía. «Puedo ver al niño pequeño. Está sano y jugando en un
hermoso campo con otros niños». Se quedó en silencio un momento y luego abrió
los ojos.
“¿Qué pasó?”, pregunté.
“Me miró directamente y
sonrió. Era una sonrisa maravillosa, y tuve la sensación de que sabía por lo
que estaba pasando. Me hizo sentir… Me hizo sentir que él está bien… que la
vida está bien.”
“Cuando piensas en él, ¿qué
ves ahora?”
“Solo veo esa sonrisa
maravillosa y cálida. Recuerdo su cuerpo ensangrentado, pero es como un viejo
recuerdo de algo que sucedió hace mucho tiempo y que ya terminó, y no tengo la
sensación de que vaya a llorar.”
Hizo una pausa y me miró con
asombro. "De hecho, no me entristece en absoluto".
Cuando regresó para una
sesión una semana después me dijo que todas las imágenes negativas del niño
habían desaparecido, pero que seguía viendo su maravillosa sonrisa cuando
pensaba en él. Había retomado su vocación de enfermería y había decidido
convertirse en enfermera de urgencias porque tenía algo importante que ofrecer
a los demás: su fortaleza.
Llevar los vínculos continuos a un nivel superior
La experiencia de la CPMI
permite a los pacientes en duelo desarrollar un vínculo continuo con el
difunto. El resultado de esta nueva perspectiva es una marcada reducción de la
tristeza y las emociones negativas que la acompañan y, a menudo, una nueva
sensación de bienestar. En otras palabras, las CPMI llevan a nueva orientación
hacia la terapia del duelo que fomenta la tendencia natural y saludable de los
pacientes a desarrollar vínculos continuos con el difunto, la llevan a un nivel
experiencial superior.
El siguiente capítulo explica
los tipos más comunes de CPMI que hemos visto repetidamente y el extraordinario
poder que tienen para ayudar a los pacientes a desarrollar vínculos continuos y
saludables con el difunto, a menudo en una sola sesión.
CAPÍTULO 5. OBSERVACIONES
COMUNES EN LA COMUNICACIÓN POST-MUERTE INDUCIDA
El conocimiento habla, pero la sabiduría escucha. —Jimi Hendrix.
El número de inducciones de
comunicación post-muerte exitosas realizadas por mis colegas internos, y yo
siguió, aumentando mientras veíamos con júbilo a muchos pacientes salir de
nuestras consultas felices y recuperados. Cuando ya eran miles comprendimos las
características de estas maravillosas experiencias que fomentan el desarrollo
de vínculos sanos y duraderos con los difuntos.
Habíamos aprendido que la
Terapia Cognitivo–Analítica Interpersonal (TCAI) siempre se desarrolla de forma
natural, generalmente de maneras que ni el paciente ni el psicoterapeuta
podrían haber previsto, deseado o imaginado. Ni el paciente ni el psicoterapeuta
controlan el contenido de la experiencia. Sorprendentemente, a pesar de ello,
los resultados son casi siempre inspiradores, llenos de amor y de perdón, o de
revelaciones que propician la sanación en prácticamente todos los pacientes que
la experimentan.
En este capítulo se incluyen
ejemplos del contenido común que otros terapeutas y yo hemos escuchado en los
informes de pacientes que han experimentado crisis de ansiedad social.
Lo que se dice es más importante que el tiempo que pasa.
La experiencia CPMI, en sí
misma, suele durar entre cinco y veinte segundos, pero puede extenderse hasta
diez o quince minutos, o incluso más. La duración no es importante para la
sanación profunda; lo que importa es el contenido. Algunos pacientes
experimentan la CPMI inmediatamente después de cerrar los ojos. Otros
permanecen sentados en silencio durante unos segundos antes de experimentarla.
Curiosamente, algunos
pacientes parecen perder la noción del tiempo mientras experimentan la CPMI. En
un caso, el paciente cerró los ojos tras la serie de movimientos oculares y los
abrió en menos de cinco segundos. Pensé: «Vale, no ha pasado nada. Veamos cuál
podría ser el problema». A continuación, el paciente describió una CPMI larga y
compleja que parecía haber durado varios minutos.
Por curiosidad, le pregunté
cuánto tiempo creía que había estado sentado con los ojos cerrados. Él
respondió: "Oh, tal vez dos o tres minutos".
En otros casos, los pacientes
permanecieron sentados con los ojos cerrados durante minutos y, al preguntarles
qué había sucedido, respondieron: «Lo vi sonreír», o alguna otra experiencia
que habría durado apenas unos segundos. Estos pacientes subestimaron
sistemáticamente el tiempo que mantuvieron los ojos cerrados.
No es tu imaginación.
Casi todos los que experimentan
la comunicación CPMI afirman que estas experiencias son notablemente diferentes
de los sueños, la imaginación o la fantasía. La mayoría insiste en que
realmente vieron, oyeron, tocaron u olieron cosas con sus sentidos, pero que
las sensaciones no eran físicas. En otras palabras, sabían que eran internas o
mentales, pero las sentían tan reales como cualquier cosa física.
La mejor manera de explicar
esa diferencia es permitir que una de las pacientes que experimentó una CPMI lo
explique. Se llama Margarita. Incluyo su descripción aquí porque se expresó con
gran claridad y perspicacia sobre su experiencia, y nuestra conversación me
ayudó a comprender cómo los pacientes experimentan las CPMI.
Margarita ne explicó que, si
bien la consciencia normal, en estado de vigilia, se centra en la información
sensorial del entorno físico, su CPMI se basaba en información sensorial
puramente mental. Sin embargo, afirmó categóricamente que, aunque su CPMI fue
un suceso mental, no era menos real que cualquier suceso físico.
Su CPMI también era
cualitativamente diferente de todos sus otros sucesos mentales, como sueños,
imágenes creadas durante un trance hipnótico, imaginación y fantasías,
alucinaciones de fiebre infantil e incluso un viaje de la droga psicodélica
conocida como LSD que había experimentado muchos años antes. Para ella, estas
otras experiencias no eran reales, pero su CPMI sí lo era.
A continuación describió la
comunicación en su CPMI. La comunicación sí se produjo, pero no en el sentido
físico habitual, donde se emiten y reciben sonidos u ondas sonoras, explicó. En
cambio, las palabras se transmitieron mentalmente, pero de una manera más clara
que la comunicación física. También afirmó que las emociones se transmitieron
claramente junto con las palabras. Le costó un poco expresar su experiencia con
palabras ya que ocurrió a un nivel que, según ella, «trasciende las palabras».
Le pregunté cómo podía estar
tan segura de que su CPMI era una experiencia real y no una fantasía creada por
su mente. Respondió que sabía que era real porque no podía hacer que las cosas
sucedieran como ella quería, y cuando intentó controlar la experiencia, no
funcionó. A medida que la CPMI se desarrollaba, fue completamente diferente de
lo que había esperado. Estaba convencida de que la experiencia no era obra
suya.
El siguiente caso, de Rebeca,
es ejemplo de la sorpresa de la persona que tuvo la experiencia CPMI ante lo
real que le pareció la experiencia.
EL CASO DE REBECA: “No sé si todo fue producto
de mi imaginación. Fue tan real”.
Rebeca, profesional con alto
nivel educativo, se sentó en mi oficina y me contó solemnemente la historia de
su hija, Laura, fallecida unos seis meses antes de que ella acudiera a mi
consulta. Rebeca esperaba encontrar algo de alivio al inmenso dolor que sentía
por la muerte de su hija. Le expliqué la técnica habitual de DRMO y le dije que
debía permitirse sentir su profunda tristeza sin rehuirla. Le aseguré que la
ayudaría a mantenerse enfocada en ella durante la sesión de terapia, incluso
cuando la tristeza se volviera difícil de sobrellevar. Luego le expliqué que
algunas personas experimentan crisis de descompresión y las describí
brevemente. Ella accedió a participar.
Comencé el procedimiento CPMI
pidiéndole que prestara atención a la tristeza por su hija mientras le
realizaba una serie de movimientos oculares. Cuando terminé los movimientos, le
pedí que cerrara los ojos.
Tras un instante le pregunté:
"¿Cómo te sientes?". "Triste", respondió, mientras una
lágrima rodaba por su mejilla.
“Abre los ojos y haré otra
serie de movimientos oculares. Permanece con la tristeza.”
Realicé el procedimiento de
movimiento ocular y le pedí que cerrara los ojos. Ella comenzó a llorar.
“Estás haciendo lo que tienes
que hacer”, le dije. “Haremos otra serie de movimientos oculares. Sigue con la
sensación”.
Abrió los ojos y le
administré otra serie de movimientos oculares. Esta terapia DRMO centrada en la
tristeza profunda continuó durante tres series más hasta que rompió a llorar.
Supe que estaba accediendo plenamente a la tristeza profunda. Tras dos series
más de movimientos oculares para reducir la tristeza, sus sollozos comenzaron a
disminuir, lo que indicaba que estaba lista para la inducción CPMI.
“¿Cómo te sientes ahora?”
“Mejor, pero la quería
muchísimo”, dijo mirándome fijamente.
“Hagamos otra serie de
movimientos oculares. Relájate y deja que todo lo que te venga a la mente fluya
libremente”. Le indiqué los movimientos oculares para relajarla y ayudarla a
entrar en un estado receptivo.
Cerró los ojos y se quedó
sentada en silencio. Al cabo de unos segundos, los abrió y me contó lo
sucedido. «Sentía la presencia de Laura, no muy fuerte, pero no sé si solo la
recordaba».
“Lo estás haciendo bien”, le
dije. “Sigue así y haremos otra serie de movimientos oculares”.
Realicé más movimientos
oculares DRMO y ella cerró los ojos.
Tras unos segundos con los
ojos aún cerrados, dijo: «Siento presión en cuello y hombros. Dios mío, es como un abrazo… como si
Laura me abrazara». Abrió los ojos. «No sé qué pensar», dijo, sacudiendo la cabeza.
«No lo entiendo. Sentí un abrazo». Tenía una amplia sonrisa en el rostro bañado
en lágrimas y los ojos le brillaban.
“Sigue así”; le dije, “y
haremos otra serie de movimientos oculares”. Completé el procedimiento de
movimientos oculares y cerró los ojos.
“Oh, doctor Botkin”, dijo, “la
oí decir: «Te quiero, mamá». Era su voz”. Abrió los ojos y me miró fijamente. “Pero
no sé si todo fue producto de mi imaginación. Fue tan real”.
Mientras hablábamos de su
experiencia con la CPMI, comentó: «Me siento tranquila y en paz por primera vez
en seis meses, y ya no siento que me estoy desmoronando como antes. Pero no sé
qué pensar sobre lo sucedido». Esta reacción es bastante común después de la
primera CPMI. Algunos pacientes afirman no saber qué creer y describen su
experiencia como algo completamente distinto a todo lo que han vivido, pero no
saben cómo interpretarla.
Cuando Rebeca se reunió
conmigo una semana después, me comentó que se sentía mucho mejor con respecto a
la muerte de su hija. Podía hablar de ella sin derrumbarse y ya no se
despertaba por las noches llorando. Le sugerí que hiciéramos otra inducción de CPMI
para abordar la tristeza residual. Estuvo de acuerdo.
Tras la inducción, las
siguientes experiencias se provocan con facilidad y rapidez. Su CPMI comenzó
con un solo movimiento ocular. Se sentó tranquilamente con los ojos cerrados
durante unos segundos, luego los abrió y me contó lo sucedido.
“Esta vez volví a sentir su
abrazo, y cuando sentí sus brazos rodeándome supe que no era algo que yo imaginaba.
Era ella. Yo esperaba algo totalmente diferente, pero ahora sé que esto era
justo lo que necesitaba”. Al marcharse al final de la sesión, dijo: “Doctor
Botkin, la experiencia lo dijo todo y respondió a mis preguntas de una forma
que no podría haber previsto”.
El paciente y el terapeuta no controlan el mensaje.
El paciente no tiene control alguno
sobre lo que sucede durante la experiencia. Y el terapeuta se encuentra aún más
alejado del contenido de la CPMI, esperando en silencio mientras el paciente
experimenta el suceso con los ojos cerrados. El terapeuta no habla ni guía al
paciente. La CPMI se desarrolla de forma impredecible, sin que el paciente
tenga control sobre ella; el terapeuta se entera de lo sucedido una vez que el
paciente ha terminado.
En consecuencia, el mensaje
que recibe la persona suele ser una sorpresa y, a veces, no es lo que el
paciente quería oír. Sin embargo, siempre es sensata y perspicaz.
Eso fue lo que sucedió con Pedro,
quien tenía una afección psicológica especial que habría llevado su CPMI en una
dirección muy diferente si él hubiera tenido el control de la misma.
EL CASO DE PEDRO: “Aún no entiendes la muerte,
pero con el tiempo lo harás”.
Pedro era narcisista;
necesitaba que todo girara en torno a él. Cuando vino a verme buscaba ayuda
para sobrellevar la muerte de su esposa, ocurrida apenas dos días antes de
nuestra sesión. Me explicó lo sucedido.
Él y su esposa acababan de
cenar cuando ella, inquieta, le dijo: «No me siento bien. Voy a salir a tomar
el aire». Con la esperanza de sentirse mejor
salió y se detuvo frente a la larga escalinata que bajaba desde el
porche a la calle. Un instante después Pedro oyó a su esposa caer por las
escaleras. Pedro salió corriendo y, horrorizado, la vio tendida inmóvil al pie
de la escalera. Bajó corriendo, sin aliento, y se dio cuenta de que estaba
inconsciente, con una gran herida en la cabeza. Fue apresurado al teléfono ,
llamó a urgencias y regresó rápidamente junto a ella para esperar. Cuando
llegaron los paramédicos sintió que salían de la ambulancia demasiado despacio.
«¡Dios mío, mi esposa está muriendo! ¡Dense prisa! ¡Hagan algo rápido!», les gritó.
Al llegar al hospital la
declararon muerta. Él estaba furioso con los paramédicos, convencido de que
podrían haberla salvado. Después de contarme lo sucedido, se sentó furioso, llorando y al borde del colapso.
Utilicé DRMO para ayudar a
calmarse. Como esperaba, la rabia se transformó gradualmente en una profunda
tristeza. La tristeza fue aumentando hasta que sollozó y negó con la cabeza;
luego comenzó a disminuir. Utilicé dos series más de movimientos oculares y la
experiencia CPMI comenzó con los ojos cerrados.
“Puedo ver a mi esposa. Es
hermosa. Irradia luz, rodeada de un resplandor intenso”. Tras un instante,
abrió los ojos. “Me dijo que no me enojara con los paramédicos, que ya estaba
muerta cuando llegó al final de las escaleras”. Su tono se volvió agitado. “Luego
empezó a decirme qué hacer con los niños. Que hiciera esto, que hiciera
aquello. Yo quería que hablara de mí y de mis sentimientos, no de los niños”.
El narcisismo de Pedro exigía que la gente se centrara en sus necesidades, no
en las de los demás.
Le dije: “Vale, volvamos a
ello y podrás decirle cómo te sientes. Hagamos otra serie de movimientos
oculares y pensemos en ella”.
Hicimos otra serie de
movimientos oculares; cerró los ojos y se quedó sentado en silencio durante un
minuto. Cuando los abrió, explicó: «Ella dijo: "Está bien. Lo superarás
con el tiempo. No pasa nada". También me dijo que me mantuviera alejado
del nuevo proyecto empresarial que estoy a punto de emprender. Y algo más. Su
padre estaba allí. Murió hace años. ¿Por qué estaba allí?».
“¿Por qué no le preguntas?”,
le dije.
Hicimos otra serie de
movimientos oculares y Pedro cerró los ojos. Después de unos segundos, los
abrió y explicó: «Dijo: “Estoy aquí porque ahora estamos juntos. Esa es la
relación que siempre hemos tenido. Estoy aquí porque amo a mi hija. Hacemos lo
que siempre hemos hecho”».
Pedro seguía triste por la
muerte de su esposa y se preguntaba por qué. Acordamos que volvería al lugar
del suceso y le preguntaría a su suegro por qué seguía sintiéndose triste. Le
pedí que hiciera una serie de movimientos oculares mientras Pedro pensaba en su
suegro. Pedro regresó y le preguntó a su suegro: "¿Por qué sigo
sintiéndome triste por esto?". Según contó, su suegro le respondió:
"Porque aún no entiendes la muerte, pero con el tiempo lo harás".
Pedro contó que su esposa
estaba allí y que le dijo: "Te amo y siempre estaré contigo y con los
niños".
La CPMI de Pedro es un
ejemplo de que los deseos y el estado psicológico del paciente no influyen en
su contenido. Si se tratara de imaginación o ilusiones, debido a su narcisismo,
habría creado una escena en la que él era el centro de atención. En realidad,
experimentó que su esposa se preocupaba por sus hijos, no por él, y su suegro
estaba presente cuando él habría preferido que su esposa se centrara únicamente
en él.
La CPMI de Pedro también
demuestra que el terapeuta es capaz de lograr que el paciente regrese a la CPMI.
Pude llevar a Pedro de vuelta a la experiencia para que pudiera formular las
preguntas que había planteado entre las CPMI.
Volver a la experiencia
Para que la CPMI sea exitosa
el paciente debe estar abierto y receptivo, sin expectativas ni intentos de forzar
algo. El terapeuta nada dice durante la sesión y, generalmente, se entera de lo
sucedido solo después del procedimiento. Sin embargo, el terapeuta puede ayudar
al paciente a rememorar la experiencia y comprenderla mejor, o incluso a
formular preguntas para la siguiente sesión de CPMI. El terapeuta no guía al
paciente de manera alguna; la experiencia es enteramente del paciente.
Tras la intervención CPMI, es
fácil retomar la experiencia para que el paciente continúe o profundice en lo
sucedido. El terapeuta simplemente dirige otra serie de movimientos oculares y
pide al paciente que reflexione sobre el problema que persiste. En ese momento
no es necesario volver a utilizar la DRMO centrada en el núcleo. La
reintroducción es sencilla.
EL CASO DE QUIQUE: “Ella dijo que todavía
estaba... y siempre estará... conmigo”.
Quique, hipocorístico de
Enrique, vino a verme muy angustiado. Sentía que poco podía hacer por él ya que
gran parte de su problema era el acoso (que sufría por parte) de la gente que
lo rodeaba, pero no tenía a dónde más acudir, y el suicidio se estaba
convirtiendo en una alternativa cada vez más atractiva.
Las lágrimas corrían por el
rostro de Quique mientras me contaba su historia. Seis años antes de nuestra
sesión, conducía con su buena amiga Marta bajo una fuerte tormenta cuando
perdió el control del coche y se estrelló contra un árbol. Marta murió en el
acto. Sus hijos adolescentes culparon a Quique de la muerte de su madre y, en
los meses posteriores al accidente, lo acosaron e incluso amenazaron de muerte.
Estaba atormentado por la culpa, destrozado y lleno de miedo. El suicidio
parecía la única opción para acabar con aquel tormento.
Aceptó participar en una
sesión de CPMI. Le repetí el proceso de inducción dos veces mientras las
lágrimas corrían por su rostro. En la tercera inducción cerró los ojos, quedó
en silencio un momento y comenzó a sonreír, para luego reír. Siguió riendo con
los ojos cerrados durante un rato mientras yo lo observaba con curiosidad.
Tras unos minutos, abrió los
ojos. ”Vi a Marta”, comenzó emocionado.” Cuando la vi, le dije enseguida que
lamentaba lo sucedido. Ella me dijo: «No pasa nada». Luego empezó a bromear
conmigo, como siempre. Me dijo: «Mírame; estoy bien, pero sigo sin bajar de
peso». Quique se rió. “Después me dijo que sus hijos estaban bien, pero no sé
qué significa eso”.
“¿Por qué no le preguntas?”,
le animé.
Estuvo de acuerdo y lo llevé
de vuelta a la experiencia con otra CPMI para ver si podía comprender lo que
ella quería decir. Después de unos segundos abrió los ojos y explicó: «Marta me
dijo que sus hijos ya no estaban enojados conmigo y que ya no tenía que
preocuparme por ellos». Hizo una pausa, conmovido. «También dijo que ella
seguía... y siempre estaría... conmigo».
Los sentimientos de tristeza,
culpa y miedo de Quique desaparecieron casi de inmediato. El hecho de que Quique
pudiera reingresar a la CPMI fue clave para comprender el mensaje y resolver
los aspectos centrales de su duelo.
Superando obstáculos con las CPMI
Ha habido ocasiones en las que
el paciente y yo nos hemos encontrado en un punto muerto. El paciente estaba
confundido y yo no tenía suficiente información para sugerirle cómo superar el
obstáculo. Aprendí que lo único que tengo que hacer es inducir una crisis de
duelo con el difunto involucrado y hacer que el paciente pida consejo. Siempre,
sin excepción, el consejo que recibe el paciente es perspicaz y muy acertado.
Empecé a bromear diciendo que "los muertos son los mejores
terapeutas".
El mensaje principal es “Estoy bien”.
Quienes experimentan CPMI
suelen comentar lo natural y normal que les resulta. En las CPMI no hay
querubines ni personas vestidas de blanco tocando arpas. Los difuntos se les
aparecen tal como eran en vida, aunque ahora están sanos, completos, felices y,
a menudo, más jóvenes. El mensaje principal que transmiten a los pacientes
también es sorprendentemente normal: «Estoy bien». Esa simple afirmación alivia
el dolor.
La historia de Jairo ilustra
el poder curativo que tiene sentir que el difunto está bien para sanar el
duelo.
EL CASO DE JAIRO: “Todos nuestros peores
miedos sobre la muerte y el morir no son ciertos”.
Un día, en Vietnam, la unidad
de Jairo recibió un informe de inteligencia que indicaba que el enemigo
transportaría armas en botes por un río cercano. Esa noche, la unidad de Jairo
se apostó en la orilla y, como era de esperar, dos botes aparecieron río abajo.
Siguiendo las órdenes de disparar a cualquier bote que avanzara, abrieron
fuego. Al sacar los botes a tierra descubrieron que estaban ocupados por dos
familias que habían salido a pescar. No había armas a bordo. Todos los
ocupantes estaban muertos, con múltiples impactos de bala en sus cuerpos.
Jairo quedó destrozado al ver
a un bebé, en uno de los barcos, con un disparo en la cabeza. Esa imagen lo atormentó
durante treinta y tres años. Jairo se enorgullecía de no haberse visto envuelto
en la crueldad de la guerra, pero comprendió que su bala podría haber matado al
bebé. Las lágrimas corrían por el rostro de Jairo mientras terminaba su
historia. Lo invadían sentimientos de tristeza y culpa.
Induje una CPMI sin
complicaciones. Tras un instante, con los ojos cerrados, Jairo describió lo que
vio: «Veo a una hermosa mujer vietnamita, de unos treinta años. Se acerca a mí.
Es muy extraño. Estoy seguro de que el bebé y esta mujer son la misma persona.
Está rodeada de una luz blanca radiante».
Hizo una pausa y luego
continuó: «Me dijo: “Eres una persona amable”». Se quedó en silencio un minuto.
Luego abrió los ojos y contó que ella empezó a marcharse, pero Jairo logró
decirle, de una forma que no pudo explicar: «Por favor, no te vayas». Me dijo
que la mujer lo miró y respondió: «No te preocupes por mí; estoy bien», y luego
añadió con énfasis: «Todo está bien». Acto seguido, desapareció.
En ese momento, todos los problemas
de Jairo se resolvieron y él sonreía. También le impactó profundamente su
última declaración: «Me estaba diciendo que todos nuestros peores miedos sobre
la muerte y el morir no son ciertos. Supe que eso era lo que quería decir. No
me lo había imaginado».
Jairo encontró gran consuelo
en la escena, y el dolor que lo había atormentado durante treinta y tres años,
y que se resistía a la psicoterapia, desapareció a partir de esa sesión.
EL CASO DE JOSÉ: “Me siento como un papá otra
vez”.
Otro paciente, José,
experimentó la sensación de reencontrarse con su única hija, una bebé que solo
había estado con él durante dos meses.
José fue uno de mis pacientes,
con trauma de postcombate, en el hospital de veteranos. Acudió a mí porque no
podía concentrarse; su depresión se veía agravada por el alcoholismo, las
pesadillas y las imágenes recurrentes de la guerra. Trabajamos en sus recuerdos
traumáticos y, uno a uno, los fuimos resolviendo. Un día, empezamos a hablar de
su hija pequeña, que había fallecido a los dos meses debido a múltiples
malformaciones congénitas. Con lágrimas en los ojos, accedió a participar en
una terapia integral para superar su duelo.
Realicé el procedimiento CPMI
dos veces. Tras la segunda inducción, cerró los ojos y, al instante, su rostro
cambió. Parecía algo sorprendido. «La veo, pero es una adolescente sana y
feliz. Está rodeada de una luz suave y brillante». Hizo una pausa. «Dice que
está bien, que se encuentra bien y feliz. Quiere que yo también sea feliz». Las
lágrimas cesaron y se relajó en la silla con una sonrisa en el rostro.
Abrió los ojos y exclamó
emocionado: «Doctor Botkin, me abrazó con fuerza y me dijo: “Te quiero”. ¡Me
siento como un padre otra vez!». José concluyó la sesión diciendo que, antes de
ese momento, jamás habría creído que algo así pudiera suceder. Estaba seguro de
haberse comunicado con su hija. Me abrazó y se marchó, dándome las gracias una
y otra vez. Más tarde, me contó que esa noche había dormido como nunca en
treinta años.
Conversaciones con los difuntos
Muchos casos de CPMI
(Conversaciones Interpersonales con el Fallecido) contienen la experiencia del
paciente sobre conversaciones con el fallecido, en las que este último
claramente tenía el control. A veces, las conversaciones son verbales, pero
otras se describen como "no verbales" o telepáticas; el significado
se comunica mediante un entendimiento no verbal.
EL CASO DE ANTONIO: “Perdona y ayuda a tu
hermana”.
La madre de Antonio había
fallecido tres meses antes de su sesión conmigo. Unos días antes de su muerte, Antonio
había sido hospitalizado en una zona remota del país debido a problemas
recurrentes derivados de su trastorno de estrés postraumático. Había sufrido un
trauma en la infancia y, en ocasiones, los síntomas se volvían tan debilitantes
que tenía que ser ingresado en un hospital hasta que remitían.
Debido a que su trastorno de
estrés postraumático preocupaba a su madre, no le contó, ni a ella ni a otros
familiares, que iba a ser ingresado de nuevo. Nadie sabía dónde estaba así que
no pudieron localizarlo para avisarle de que su madre había enfermado
gravemente de repente. Cuando se enteró de su enfermedad, volvió a casa
inmediatamente, pero su madre ya había fallecido.
Antonio experimentó una
profunda tristeza y una gran culpa por no haber podido estar con su madre en
sus últimos días. Para colmo , su hermana mayor, en un arrebato en la
funeraria, lo culpó a gritos de la muerte de su madre pues creía que el
trastorno de estrés postraumático de Antonio, y sus repetidas hospitalizaciones,
la habían afectado tanto que el estrés acabó con su vida. Desesperado y
convencido de que su hermana tenía razón, Antonio comenzó psicoterapia para
mitigar la intensa culpa y tristeza que sentía.
Le sugerí que la terapia DRMO
le ayudaría a resolver algunos de estos sentimientos y que yo utilizaría un
componente adicional en la terapia que podría ayudarle a comprender su relación
con su madre.
Comencé con el proceso DRMO
estándar, centrado en el núcleo, mientras él se concentraba en su tristeza. A
medida que esta aumentaba repetía los movimientos oculares hasta que alcanzaba
su punto máximo. Cuando parecía estar disminuyendo, le administré una serie de
movimientos oculares, le pedí que cerrara los ojos y dije: «Deja que todo fluya
de forma natural».
Antonio se sentó con los ojos
cerrados un minuto y luego los abrió. «Vi a mi madre con claridad. Estaba sana
y se veía muy tranquila. Ella… no puedo decir "me dijo", pero sentí
que me decía, sin que yo oyera palabras: "Te quiero, Tony, y sigo contigo
de una manera muy importante". Luego dijo: "No tienes por qué
sentirte culpable. Tu hermana tuvo algunas dificultades muy serias y no pudo
comprenderlas. Lo que te dijo provenía de sus
problemas, no tenía nada que ver contigo"».
Antonio hizo una pausa y prosiguió:
«No te imaginas lo bien que me hizo sentir. Parecía que era ella quien me
hablaba. Le pregunté: "¿Qué debo hacer entonces?". Ella respondió: "Perdona y ayuda a tu
hermana". Jamás pensé que se me ocurriría hacer algo así».
Los sentimientos de tristeza
y culpa de Antonio desaparecieron por completo. Esa misma noche llamó a su
hermana, con quien no había hablado desde el funeral, y concertaron una visita.
Seis meses después hablé con Antonio por teléfono. Sus problemas relacionados
con la muerte de su madre seguían resolviéndose, y él y su hermana habían
logrado reconciliarse. Me explicó que su hermana le había confesado que su
enfado hacia él se debía a su dificultad
para sobrellevar el dolor de su pérdida.
Mensajes de los difuntos
Cuando los mensajes contienen
consejos, suelen ser muy específicos y justo lo que el paciente necesita
escuchar. A menudo, incluyen información útil que el paciente puede usar para
vivir una vida más plena y feliz.
EL CASO DE CARRETERO: “Me dijo que había perdonado
al hombre que lo mató y que yo también debería perdonarlo”.
Carretero acudió a mí porque
tenía sentimientos recurrentes e intrusivos de culpa por un incidente ocurrido
en Vietnam durante su servicio militar. Carretero había entablado una estrecha
relación con un soldado originario del mismo pueblo de Pensilvania donde él se
había criado, aunque no lo conocía antes de encontrarse con él en Vietnam.
Pasaban tiempo juntos compartiendo anécdotas sobre lugares conocidos del pueblo
y a menudo se les oía reír a carcajadas de las peculiaridades de aquel pequeño
pueblo industrial que ambos conocían tan bien.
Un día, durante una misión
para encontrar a un francotirador que sabían que estaba en la zona boscosa
cercana al cuartel, Carretero, su amigo y otro soldado caminaban entre la densa
vegetación cuando oyeron un ruido. Carretero indicó a los otros dos soldados
que avanzaran hacia la derecha mientras él rodeaba la zona por la izquierda.
Unos minutos después se oyó un disparo y Carretero oyó a su amigo gritar: «Carretero,
me han dado». Corrió hacia donde yacía su amigo, muerto por una herida mortal
en el pecho. El otro soldado salió de entre la maleza y, al ver al hombre
muerto. dijo: «No sabía que era él. Solo vi algo moverse y disparé». Había
matado al amigo de Carretero por accidente.
Carretero, furioso, dijo al
soldado que los dejara en paz; él se encargaría de su amigo. Llevó su cuerpo
sin vida de vuelta al campamento.
Al día siguiente, Carretero y
el soldado que había matado a su amigo salieron en busca del mismo
francotirador. Desde la maleza, la bala del francotirador se alojó en el cuello
del soldado. Carretero vio al francotirador e inmediatamente le disparó. Luego,
cayó de rodillas y sostuvo al soldado en sus brazos, examinando la herida. Era
evidente que era mortal.
El soldado pidió perdón a Carretero
por haber matado a su amigo. Carretero le dijo que lo perdonaba, pero que no lo
sentía de verdad. Seguía enfadado con el soldado por haber matado
accidentalmente a su amigo. El soldado murió en sus brazos.
Carretero terminó de contarme
la historia y dijo: “Doctor, en realidad no lo perdoné. Seguía enojado. Solo
dije que lo perdonaba porque sabía que se estaba muriendo”.
Pedí a Carretero que se
permitiera sentir la tristeza por su amigo mientras le administraba una serie
de movimientos oculares. Su tristeza aumentó y las lágrimas brotaron de sus
ojos y corrieron por sus mejillas. Realicé varias series de movimientos
oculares utilizando el proceso DRMO centrado en el núcleo. Finalmente, su
tristeza se intensificó hasta el punto de que le costaba hablar.
“¿Qué tan triste te sientes
ahora?, “pregunté.
“Alrededor de un diez”, respondió
refiriéndose a la escala de diez puntos que habíamos estado utilizando para
hablar de la tristeza.
«Bien, quédate con esa
sensación y repitamos los movimientos oculares». Tras varios movimientos
oculares su tristeza empezó a disminuir. Hice una serie más y le dije: «Quédate
con esa sensación y, cuando cierres los ojos, deja que pase lo que tenga que
pasar».
Cerró los ojos y se sentó en
silencio. Después de unos segundos, abrió los ojos y habló: «Vi a mi amigo de Pensilvania.
Lo vi sonriéndome. Parecía muy feliz, de una manera tranquila Me dijo que había
perdonado al tipo que lo mató porque solo fue un error. Dijo que yo también
debería perdonarlo». Carretero asintió lentamente y me miró fijamente. «Sabes,
no puedo explicarlo, pero de repente siento que lo he perdonado por primera vez
en mi vida. ¿Cómo es posible? Lo he odiado todos los días durante veintiocho
años».
Carretero dijo que se sintió
más ligero después de la sesión, como si se hubiera quitado un gran peso de
encima. Dos semanas después me encontró, sonriendo y aliviado, e inmediatamente
dijo: «Siento que lo he perdonado y no me siento mal por ello en absoluto. Es
algo que pasó y ya pasó».
EL CASO DE SAMUEL: Un consejo severo: "No
te metas en los asuntos ajenos".
El caso de Samuel ilustra la
información valiosa que un paciente puede recibir durante la CPMI.
La madre de Samuel había
fallecido de cáncer de páncreas seis años antes de que él viniera a verme para
que lo ayudara con los recuerdos intrusivos de haber visto su cadáver en el
hospital. Cuando el médico la declaró muerta Samuel la abrazó y besó el cuerpo.
El resultado fueron imágenes turbadores de verla muerta y sentir su cuerpo sin
vida.
Primero le pedí que se
concentrara en la imagen perturbadora. Quería reducir la intensidad de la
imagen para que pudiera conectar con la tristeza que sentía durante la DRMO .
La imagen se desvaneció rápidamente. Luego apliqué la DRMO centrada en el
núcleo para ayudarlo a descubrir la tristeza. Esta aumentó de intensidad hasta
que rompió a llorar. Tras otra serie de movimientos oculares dijo que se sentía
mejor, así que lo ayudé a relajarse y a estar receptivo a cualquier cosa que
pudiera ocurrir. Después de dos series más de movimientos oculares, comenzó la CPMI.
Tras abrir los ojos, explicó
que su madre se le apareció con un aspecto mucho más joven que cuando murió. Le
dijo que estaba bien y que aún lo quería. Samuel suspiró y sonrió. «Creo que
ahora está bien».
Luego explicó que su madre le
había dado un consejo severo: «No te metas en los asuntos ajenos», le dijo.
Comentó que enseguida supo a qué se refería porque últimamente había estado
regañando a un viejo amigo por los gastos de su esposa, lo que había provocado
un distanciamiento entre ellos.
“Supongo que tiene razón”, dijo.
Seis meses después comentó que había dejado atrás el asunto de aquel día y se
sentía mejor por haberlo hecho. Su relación con su amigo había mejorado y este,
al ver que Samuel ya no lo juzgaba, incluso bromeaba de vez en cuando sobre los
gastos de su esposa.
EL CASO DE GALLU: “Paquito tenía razón. No
está bien no amar a mi hija de la misma manera que amé a mi hijo”.
El caso de Gallu es otro
ejemplo de los sabios consejos que, según afirman los pacientes, recibieron de
los fallecidos.
Gallu y su esposa habían
accedido, muy a regañadientes, a que su hijo de doce años, Paquito, pasara el
verano fuera de la región con sus primos. Eran muy protectores con Paquito,
temiendo que le pudiera pasar algo. Paquito era “el mejor amigo” de Gallu, y se
le llenaron los ojos de lágrimas al verlo subir al avión.
Paquito llevaba dos semanas
con sus primos cuando Gallu recibió la peor llamada que un padre puede recibir.
Su hijo había sido atropellado y muerto por un coche mientras caminaba por un sendero
rural oscuro. El incidente destruyó a Gallu. Tuvo que identificar el cuerpo de
su hijo tendido en una camilla de la morgue. La imagen del cuerpo, blanco y
fracturado, de su hijo lo había atormentado durante los ocho años anteriores.
Como suele ocurrir cuando muere un hijo, el matrimonio de Gallu se rompió a
causa del estrés. Gallu finalmente se volvió a casar y tuvo una hija, pero no
pudo sentirse cerca de ella debido al dolor no resuelto por la muerte de su
hijo. Gallu lloró al contarme su historia.
Tras dos intentos, logré
inducir la CPMI y Gallu me contó que había visto a su hijo, que estaba
"muy vivo y muy feliz". Comentó que llevaba la misma ropa que le
gustaba usar cuando estaba vivo. Su hijo le dijo que lo quería y que estaba
bien querer a otras personas y seguir adelante con su vida.
Gallu explicó que su dolor
desapareció de inmediato, y por completo. Quedó impactado por la experiencia y
dijo: «Sé que era él de verdad, estoy seguro». Luego añadió con tristeza: «¿Sabes?,
Paquito tenía razón. No está bien no amar a mi hija de la misma manera que
amaba a mi hijo. Estoy decidido a abrirme emocionalmente con mi hija». También
dijo que la maravillosa imagen que tenía de su hijo había reemplazado la imagen
de su cuerpo en la morgue.
Volví a ver a Gallu cinco
meses después. Me dijo que su duelo seguía superado y que la relación con su
hija había mejorado considerablemente.
EL CASO DE FELECHOSA: “Tienes que seguir adelante
con tu vida y dejar atrás estas cosas”.
Felechosa acudía a mi
consulta debido a su trauma de combate, pero durante nuestra segunda sesión
surgió una tristeza aún más inquietante. Su hermano había sido asesinado cinco
años antes. Felechosa sentía una rabia profunda hacia el hombre que creía
responsable del asesinato. Aunque no tenía pruebas de que ese hombre fuera el
asesino, a menudo planeaba cómo lo mataría para vengarse.
En nuestra sesión, aceptó
centrarse en su hermano y realizamos el proceso de inducción CPMI. Primero
utilizamos DRMO para reducir la ira y permitir que aflorara la tristeza. Al
comenzar la DRMO centrada en el núcleo la tristeza de Felechosa aumentó y
comenzó a llorar. Dijo que sentía tensión en el estómago y realicé una serie de
movimientos oculares enfocados en relajar esa tensión. Luego le dije que
pensara en su hermano y que dejara que sucediera lo que viniera. Al no
producirse ningún CPMI, repetí el procedimiento.
Tras la segunda inducción, Felechosa
permaneció sentado en silencio durante unos minutos con los ojos cerrados.
Luego los abrió y describió lo que vio: «Vi la cara sonriente de mi hermano. Me
dijo: "Tienes que seguir adelante con tu vida y dejar atrás todo
esto"».
Felechosa me miró con
expresión seria. «Sé que fue él (mi hermano)», dijo, «y no lo aceptaría de
nadie más que de él. Supongo que tiene razón». La sesión terminó y no volví a
ver a Felechosa durante un mes. Cuando lo vi de nuevo me dijo que había dejado
de estar enfadado el día de la sesión porque iba a seguir adelante con su vida,
tal como le había dicho su hermano. Estaba absolutamente convencido de que se
había comunicado con su hermano fallecido y que eso le había cambiado la vida.
EL CASO DE MAX: “Tenía una vocación
superior: estar con aquellos que realmente lo amaban”.
El reencuentro con un ser
querido desaparecido durante años es una experiencia conmovedora y
transformadora para ambos. Este momento marca el inicio de una nueva vida, más
plena y enriquecedora gracias al emotivo reencuentro.
Esa alegría puede
desvanecerse, sin embargo, cuando alguien finalmente encuentra al hijo, padre o
hermano perdido y descubre que ha fallecido. El reencuentro nunca se producirá.
Todos los días que podrían haber pasado juntos, las respuestas a preguntas
sobre sus vidas y los recuerdos que podrían haber compartido se desvanecen con
la muerte. No obstante, con la terapia CPMI, esa sensación de reencuentro puede
aliviar el duelo del paciente, incluso desde la post-muerte del ser querido.
Eso fue lo que aprendió Max,
hipocorístico de Máximo. En el proceso, también demostró una característica
común a las CPMI. A menudo, la experiencia no solo resuelve el duelo sino que
también proporciona al paciente una perspectiva profundamente positiva.
Max acudió a mi consulta
debido a la abrumadora culpa y tristeza que sentía. Se había casado hacía más
de veintitrés años pero el matrimonio había sido breve y fracasó al poco
tiempo. Su esposa lo abandonó, se llevó a su hijo pequeño al otro lado del país
y se volvió a casar. Como Max no formaba parte de la vida del niño, y su nuevo
esposo quería ser su padre, ella le pidió que renunciara a la custodia y
permitiera adoptar al niño. «Fue la decisión más difícil de mi vida», dijo,
«pero quería que mi hijo tuviera un hogar estable, así que firmé los papeles».
Max finalmente se volvió a
casar, pero nunca tuvo más hijos. Su nueva esposa tenía hijos pero él no se
sentía como un padre para ellos. Seguía esperando que algún día encontraría a
su hijo biológico y podría entablar una relación con él.
Un día, Max contestó el
teléfono y oyó a la persona que llamaba decir: «Hace mucho que no me ves. Soy
tu hijo». Max se llenó de alegría al escuchar a su hijo. Le contó que él y su
madre, la exesposa de Max, no se llevaban bien y que quería irse de casa. Dijo
que siempre había soñado con vivir con su padre biológico.
Max estaba eufórico. El sueño
de su vida se hacía realidad. En cuanto colgó el teléfono empezó a planear cómo
podrían reunirse y hablar sobre la posibilidad de que su hijo viviera con él.
Pero cuando llamó para concretar los detalles se enteró de que su hijo se había
suicidado. Max quedó destrozado; la esperanza que lo había sostenido durante
dieciocho años había muerto con su hijo.
Ahora, cuatro años después,
Max acudió a terapia para intentar reducir la melancolía que dominaba su vida.
Utilicé DRMO con enfoque central para conectar con su tristeza. Cuando la
tristeza empezó a disminuir, comencé la inducción.
Max cerró los ojos y casi de
inmediato comenzó a describir lo que veía. «Veo a mi hijo y a mi padre pescando
juntos en el lugar más hermoso que jamás haya visto», dijo. «Papá murió hace
años. Mi hijo hace preguntas a papá sobre mí. Papá le cuenta historias de mi
infancia».
Abrió los ojos y dijo: «Creo
que ahora sé por qué murió mi hijo. Tenía un destino superior: el de estar con
quienes de verdad lo amaban». Reflexionó un momento. «Antes me sentía engañado
porque no tenía a mi hijo conmigo. Pero ahora siento que puedo dar todo mi amor
a mis hijastros, igual que papá le da el suyo a mi hijo. Necesito ser más
generoso y menos egoísta».
Max abrió una nueva puerta en
su vida y la cruzó con confianza y alegría. Sintió una reconexión con su hijo
que transformó sus relaciones con quienes aún vivían. La terapia con CPMI lo
convirtió de hombre que se sentía engañado a uno que se sentía pleno.
Los difuntos envían mensajes a través de los vivos.
Tenemos varios casos en los
que el paciente ha manifestado que el fallecido deseaba que el paciente
transmitiera mensajes a sus familiares. El informe CPMI de Estocín contiene un
ejemplo de dicha solicitud.
EL CASO DE ESTOCÍN: “Cuida de mi esposa y mi
hija”.
Estocín y su mejor amigo en
Vietnam, Tomás, se separaron en medio del caos de la peor batalla de su unidad
militar. Cuando terminó, Estocín descubrió que Tomás había muerto pero nunca
supo, con exactitud, qué había sucedido. Lloró al subir el cuerpo de Tomás a un
helicóptero. Habían entrenado juntos en Estados Unidos, disfrutaban juntos de
todos sus permisos e incluso habían planeado emprender un negocio juntos tras
la guerra. Mientras Estocín me contaba su historia, lloraba con el rostro entre
las manos.
Tras tres sesiones de
inducción de la CPMI, Estocín cerró los ojos y vio a Tomás de pie, frente a él.
Con los ojos aún cerrados, relató lo que presenció: «Tomás se ve sano y muy
feliz. Simplemente explicó lo sucedido. Dijo: “Me pillaron desprevenido y no
estaba atento, así que pagué las consecuencias. Pero ahora sigo contigo y te
cuido”». Estocín relató que Tomás luego dijo: «Cuida de mi esposa y de mi
hija».
En ese momento, Estocín abrió
los ojos, con expresión perpleja. Dijo que no estaba en condiciones de ayudar a
la esposa y la hija de Tomás porque vivían muy lejos. «Aunque estuvieran aquí»,
continuó, «no tengo suficiente dinero para hacerlo. No podría ayudarlas ahora
mismo».
Dije a Estocín que tuviera
presente ese asunto y que volviera (para preguntar a Tomás). Le indiqué una
serie de movimientos oculares y cerró los ojos. Con los ojos aún cerrados Estocín
describió lo que había experimentado. «Tomás dice que se refería a que quiere
que hable con su esposa y su hija, especialmente con su hija. Dice que nació
justo después de que lo mataran y que a menudo se pregunta por él y qué clase
de persona era».
Estocín abrió los ojos,
visiblemente conmovido por la petición. «Tomás dijo que quiere que le cuente a
su hija todo sobre él. Voy a encontrarla y lo haré».
Todos los asuntos de Estocín
relacionados con la muerte de Tomás se resolvieron y él hizo planes para
intentar localizar a la esposa y la hija de su amigo.
Las CPMI son experiencias positivas.
Algunas ECM descritas en la
literatura tienen contenido negativo. Sin embargo, en las más de tres mil CPMI
que hemos inducido hasta ahora, ninguna tuvo contenido negativo. Si un paciente
informa una impresión negativa durante una CPMI siempre descubrimos, al revisar
la experiencia, que fue el resultado de recuerdos intrusivos o de una CPMI
malinterpretada, no de la CPMI en sí.
Incluso cuando la persona que
inicia el proceso de inducción siente temor a confrontar al difunto debido a
abusos y traumas siempre, sin excepción, lo percibe como amoroso, arrepentido o
indulgente, atento y compasivo. En ningún caso ha descrito un mensaje de enojo,
reproche o dureza por parte del difunto. Los mensajes son siempre amorosos, sutiles
y reconfortantes.
Por ejemplo, me hizo mucha
gracia la experiencia de un paciente llamado Daniel cuando intentó someterse a
una CPMI centrada en su hermano mayor fallecido. Tras el procedimiento habitual
de DRMO y la inducción de la CPMI, Daniel cerró los ojos pensando en su hermano
y, de repente, los abrió sobresaltado. Con los ojos muy abiertos, exclamó:
«Sentí unas garras enormes apretándome».
Le dije: “Daniel, estas
experiencias hasta ahora siempre han sido positivas. Vuelve a ello y averigua
qué pasó”.
Confiando en mí, accedió a
regresar al CPMI, centrándose de nuevo en su hermano. Le hice otra serie de
movimientos oculares y cerró los ojos. Al instante, sonrió. Tras unos segundos,
los abrió. «Esta vez sí vi a mi hermano. Fue como si estuviéramos juntos antes
de que muriera y sentí que podía hablar con él. Le pregunté si sabía qué era
aquello de la garra. Me dijo que no era una garra. Solo me estaba dando un
fuerte abrazo. Me abrazó de nuevo y pude sentirlo. Mi hermano está bien».
La experiencia puede involucrar a una persona, a varias, o a
un grupo completo.
Los escenarios de reconexión
que describen los pacientes pueden involucrar a una, dos o tres personas, o
incluso a un grupo de personas fallecidas. A menudo, aparecen en la CPMI
personas fallecidas distintas de la que es objeto del duelo del superviviente.
En ocasiones puede aparecer un grupo entero, sobre todo cuando los miembros
fallecidos de ese grupo se conocían entre sí.
EL CASO DE PABLO: “Todos los compañeros de la
empresa que habían fallecido saludaban con la mano”.
Tras doce meses en Vietnam, Pablo
finalmente había salido de la guerra. Para él, la guerra había terminado. Pero
poco después de regresar a casa se enteró de que la mayoría de sus compañeros
habían muerto días después de su partida, incluyendo a Luis, su mejor amigo. La
noticia fue destructora. Había dejado la guerra, pero esta no lo había abandonado.
Durante los siguientes veintinueve años no dejaba de ver imágenes de lo que
debió haber sido el momento de su muerte. Y los recuerdos de su amigo, y los
planes que habían hecho, para reunirse y divertirse juntos cuando ambos
estuvieran en Estados Unidos, le provocaban una tristeza insoportable.
Vino a verme para ver si
podía ayudarle a superar parte de su dolor. Decidimos centrarnos en Luis. Le
hice ejercicios de movimientos oculares para que conectara con la tristeza
profunda, y cuando esta alcanzó su punto máximo y comenzó a disminuir, lo
sometí a dos procedimientos de inducción de la CPMI.
En la segunda ceremonia de
inducción, Pablo permaneció sentado en silencio, luego abrió los ojos y relató
lo sucedido. «Luis estaba de pie, frente a mí. Podía verlo. Pero lo realmente
extraño es lo siguiente: detrás de él vi a un grupo de hombres de pie, como si
estuvieran en unas gradas. Eran todos los compañeros de la compañía que habían
fallecido, alrededor de cien, y me saludaban con la mano. Miré a lo largo de
las filas y pensé, "Ahí está Franco, y recuerdo al que está a su lado,
pero no sé su nombre. No conozco al que está a su lado, pero Loqui está
detrás". Estaban todos. No había pensado en ellos en veintinueve años. Se
veía como una vieja fotografía de un equipo, pero todos se movían y me
saludaban. Todos vinieron a verme».
EL CASO DE GUERRERO: “Todos me saludan”.
Guerrero acudió a mí porque
tenía recuerdos recurrentes de sus compañeros de barco, fallecidos y moribundos
tras una explosión. Había servido en la marina a bordo de un portaaviones
durante la Segunda Guerra Mundial. Un día se desató un incendio que se propagó
rápidamente hasta alcanzar las calderas. Al explotar, la explosión prendió
fuego al combustible de los aviones y una tremenda deflagración acabó con la
vida de veintiocho marineros. Guerrero fue uno de los encargados de retirar los
cuerpos. Los cadáveres carbonizados, y restos humanos, le provocaron recuerdos
recurrentes que lo acompañaron durante los siguientes cincuenta y cinco años.
Escuché su trágica historia,
incapaz de comprender del todo la miseria que debió haber experimentado cada
día de su vida después de la guerra. Aceptó que usara DRMO para conectar con su
tristeza e inducir una CPMI. Tras unas cuantas series de movimientos oculares
su tristeza alcanzó su punto máximo y luego comenzó a disminuir. Realicé dos
series más de movimientos oculares. «Piensa en los marineros que murieron ese
día, en términos generales», le dije en la tercera inducción, «y simplemente
ábrete a cualquier cosa que suceda». Cerró los ojos y comenzó la CPMI.
“Puedo ver a los veintiocho.
Llevan sus uniformes de gala. No me lo puedo creer.” Sonrió. Las lágrimas
habían cesado y estaba absorto en la escena que se desarrollaba tras sus ojos
cerrados. Negó con la cabeza lentamente.
“¿Qué ves?”, pregunté.
“Todos me saludan. Me
transmiten la sensación de que todo está bien. Se les ve felices y en paz.”
Los recuerdos perturbadores
no volvieron después de aquel día. En cambio, disfrutaba hablando de los
marineros que conocía y que habían fallecido, y se refería a ellos
individualmente, tal y como aparecían en su CPMI.
EL CASO DE LISA: “Tengo fuerte sensación de
solidez, como si nada pudiera hacerme daño”.
El 11 de septiembre de 2001
Lisa trabajaba a pocas manzanas del complejo de edificios neoyorkinos llamado Centro de Comercio Mundial (World Trade
Center). Cuando el primer avión impactó en la torre norte del citado complejo
ella y sus compañeros, sin clara tener idea de lo que sucedía, salieron de su
lugar de trabajo y observaron el humo que salía de una de las torres. Al ver
que el segundo avión impactaba contra la otra torre supieron que no había sido
un accidente. Cuando la primera torre se derrumbó huyó de la zona presa del
pánico. Describió lo irreal o surrealista que le pareció todo. Lisa recordaba a
la gente a su alrededor, que parecía estar aturdida y extrañamente distante. La
imagen que más le perturbó, y el contenido de sus pesadillas posteriores, fue
la de personas cayendo al vacío desde las torres. Aunque no conocía a nadie que
muriera ese día las consecuencias de su experiencia fue devastadoras. Tenía
dificultades para dormir y vivía con constante miedo.
Lisa, que había oído hablar
de mi trabajo, voló de Nueva York a Chicago para verme durante un fin de
semana. Aunque habían pasado un par de años desde el incidente seguía
atormentada por sus recuerdos. Tras una sesión preliminar de DRMO centrada en
su tristeza por las víctimas, las imágenes turbadoras de los cuerpos cayendo y
su miedo generalizado, se le indujo una CPMI sin dificultad. Explicó que
recibió un mensaje general, pero muy claro, de quienes fallecieron ese día.
Relató que le dijeron que ahora estaban bien, que su sufrimiento había sido
breve y que todo había terminado para ellos. Su experiencia pareció provocar un
cambio repentino en su estado de ánimo. Lisa ofreció entonces, de forma
inmediata y espontánea, algunas reflexiones. Dijo: «Toda experiencia es, en
cierto modo, una oportunidad, y es importante vivir plenamente y ayudar a los
demás» e, «incluso los peores momentos pueden unir a las personas». Lisa afirmó
entonces con énfasis: «Siento gran solidez, como si nada pudiera hacerme daño».
EL CASO DE VERO: “Decid a mi hija que estoy
bien”.
Vero, hipocorístico de
Verónica, tenía una relación muy próxima con Jairo, su suegro, antes de que
falleciera. Lo describía como «hombre muy amable con corazón de oro». Tras
jubilarse Jairo iba a diario a casa de Vero para cuidar de sus dos hijos, sus
nietos, para que Vero y su marido pudieran dedicarse a sus carreras
profesionales. Cuando Jairo murió repentinamente de infarto, Vero y su marido
quedaron muy afectados.
Unos tres años después de
aquello, Vero acudió para recibir psicoterapia por un problema ajeno a Jairo.
Cuando, durante la terapia, surgió el tema de la muerte de su suegro quedó
claro que aún sentía tristeza. Le expliqué las terapias de superación y pregunté si le gustaría participar en una
para resolver sus sentimientos sobre la muerte de Jairo. Ella rió y dijo: «No
me servirá. Ya lo he superado y, además, no creo en esas cosas». Sin embargo, Vero
estaba dispuesta a intentarlo.
Su tristeza no era abrumadora
pero aumentó un poco con ciertos movimientos oculares. El siguiente movimiento
la atenuó y comencé la inducción. Vero cerró los ojos y casi de inmediato dijo:
«Puedo verlo… Es Jairo. Parece veinte años más joven que cuando murió». Hizo
una pausa. «Está completamente en paz y feliz».
Tras una pausa de unos
segundos abrió los ojos. «Me dijo que estaba muy orgulloso de mí y de mi
marido. Pero, ¿sabes?, entonces ocurrió algo muy interesante. Apareció la
hermana de Jairo, que creo que murió unos siete años antes que él, y me dijo:
"Dile a mi hija que estoy bien"».
Vero contó que no solo le
sorprendió la comunicación con su suegro sino que también le desconcertó mucho
que la hermana de Jairo apareciera durante su CPMI. Vero explicó que había
conocido a la hermana de Jairo en una ocasión, en una reunión familiar; no la
conocía bien y no conocía a su hija en absoluto.
Vero quedó eufórica y
confundida. Terminó nuestra sesión diciendo: «Jamás lo hubiera creído, pero era
Jairo de verdad. Todavía no sé por qué estaba allí su hermana. Desde luego, no
me lo esperaba. ¿Y cómo demonios voy a decirle a su hija que su madre está
bien? Pensará que estoy completamente loca. No me inventé nada de esto, doctor.
Simplemente sucedió».
El caso de Vero es común
entre quienes han experimentado una CPMI. Su experiencia no coincidía en
absoluto con sus creencias y expectativas. No solo le sorprendió mucho tener la
comunicación inducida sino que, también, se sobresaltó al ver a la hermana de Jairo
pues no la esperaba ver aparecer en absoluto. No es raro que el paciente
describa al fallecido junto a alguien que fue importante en su vida pero
relativamente desconocido, o insignificante, para el paciente.
Las personalidades se hacen presentes
Los pacientes suelen
comentar: «Sí, es igual que él» o, «Desde luego, no ha cambiado nada». Su
percepción de la reconexión describe al fallecido con los mismos rasgos de
personalidad que mostraba en vida.
EL CASO DE JOPELÍN: “Llegas tarde otra vez.
Siempre llegas tarde.”
Gorio Rimoldi, uno de los
psicoterapeutas a quienes formé en terapia CPMI, estaba tratando a su paciente,
de nombre Jopelín, por trastorno de estrés postraumático derivado de su servicio
militar en Vietnam. Uno de los recuerdos intrusivos que padecía se debía a la
muerte de la mayoría de los hombres de su unidad en un enfrentamiento armado.
Jopelín dijo: “Sabíamos que
estaban ahí fuera y nos enviaron al flanco para intentar alcanzarlos. De
repente fuimos atacados por un gran grupo de combatientes del Viet Cong. Pedimos la cobertura de fuego de artillería justo por encima de nuestras posiciones para intentar
salir con vida. Todos murieron, salvo seis o siete de nosotros”.
Gorio realizó la inducción CPMI
para ayudar a Jopelín por los recuerdos turbadores, la tristeza y la culpa por
haber sobrevivido al tiroteo. Tras los últimos movimientos oculares el paciente
cerró los ojos. Y los abrió minutos después, riendo.
Explicó: “Cuando los vi por
primera vez fue como si me acercara a ellos. Estaban todos allí. Había algunos
cabos y sargentos en el grupo. Me dijeron: ‘Ah, sí, llegas tarde otra vez.
Siempre llegas tarde’. Desde luego, no han cambiado”.
Entonces Jopelín dijo a Gorio:
«Pensé que esto tendría algo sagrado, con trompetas y ángeles. No fue así. Fue
como un día cualquiera en Vietnam antes del tiroteo. Pero no era un recuerdo.
Nunca sucedió de esa manera».
Los pacientes pueden percibir mensajes no deseados.
Una de las características raras
de las comunicaciones CPMI es que el paciente, a menudo, percibe mensajes
completamente inesperados o que, de hecho, el paciente no querría oír.
EL CASO DE GUILLE: “Perdona a mamá. No fue su
culpa y deberían volver a estar juntos”.
El hijo de Guille
(hipocorístico de Guillermo) había muerto, unos dos años antes de nuestra
sesión, a tiros como consecuencia de actividades relacionadas con pandillas. Guille
decía que se consideraba un padre estricto con sus hijos. Creía que la actitud
demasiado permisiva de su esposa fue un factor determinante en la muerte de su
hijo. Poco después del funeral, Guille se mudó de la casa familiar. Durante los
dos años siguientes vivió una vida aislada y solitaria.
Mientras me contaba su
historia alternaba entre ira intensa y profunda tristeza por la pérdida. Tras
una sesión de DRMO centrada en el núcleo inicié una CPMI, la cual realizó sin
dificultad. En ella, Guille vio a su hijo feliz y en paz. Sin embargo, comentó
que su hijo estaba muy preocupado por el dolor que su familia sentía por su
muerte prematura e inesperada.
Guille contó que su hijo le
dijo que nadie debía sentir enojo ni culpa, ya que había sido su decisión hacer
lo que hizo. Sin embargo, dijo a Guille que se daba cuenta de que había tomado
algunas malas decisiones. Luego, su hijo pidió a Guille que perdonara a su
madre porque no fue su culpa, y que intentaran arreglar las cosas para que
pudieran reconciliarse.
Tras la CPMI, Guille comentó
que se sentía conectado con su hijo y que ya no experimentaba tristeza. Cuando
le pregunté qué opinaba del consejo de su hijo sobre intentar reconciliarse con
su esposa respondió enfáticamente: «De ninguna manera». A partir de ese momento
Guille se negó a seguir analizando su ira. Si bien su estado psicológico
general al finalizar la terapia había mejorado notablemente, no experimentó los
mismos cambios drásticos que otros participantes de la CPMI.
El consejo que Guille recibió
de su hijo no solo fue inesperado sino que contradecía directamente lo que él
creía cierto: que su esposa había sido la responsable de la muerte de su hijo.
Este caso también constituye un buen ejemplo de una de las pocas sesiones de
inducción de la CPMI en las que no se resolvieron todos los problemas. Sin
embargo, sospecho firmemente que si Guille hubiera estado dispuesto a
profundizar en el tema de su ira se habría resuelto por completo.
Los pacientes pueden ver el espíritu del difunto elevarse
desde el cuerpo.
Algunos pacientes que
experimentan una CPMI describen la escena de la muerte y afirman ver el
espíritu del difunto elevándose del cuerpo, o de pie sobre él. Este tipo de
experiencia suele ocurrir cuando el testigo no conocía personalmente al
fallecido. En todos los casos, estas CPMI se producen espontáneamente tras la
inducción y no se le sugieren al paciente.
EL CASO DE JASÓN: “Es mejor morir la primera
semana en el país que la última. Me libré de doce meses más de miseria en
Vietnam”.
Jasón, nombre de origen
griego con el significado de “saludable”, había sido piloto de helicóptero en Vietnam durante
la guerra. Un día, cuando le tocaba realizar una misión de rutina, se sintió
muy mal y pidió a un joven piloto novato que lo reemplazara. El joven, ansioso
por demostrar su valía, aceptó encantado hacerse cargo de la misión mientras Jasón
descansaba en su cama. Esa tarde su oficial al mando lo despertó para informar
que su helicóptero se había estrellado y quemado. Todos los que iban a bordo
fallecieron, incluido el piloto sustituto.
El impacto de esta noticia
fue terrible. Jasón sintió una profunda tristeza y tremenda culpa por la muerte
de aquel joven piloto. Creía que él era quien debería haber muerto. La culpa y
el dolor que sintió por el joven persistieron con el paso de los años.
Jasón me contó la historia
con severidad, pero el temblor en su barbilla y su postura rígida revelaban que
reprimía profunda tristeza y culpa. Le pregunté cómo se sentía y se encogió de
hombros, incapaz de hablar. Luego dijo bruscamente: «Bien», y desvió la mirada
con un suspiro. Le expliqué la terapia DRMO y le administré la primera serie de
movimientos oculares. Después de los movimientos le dije que cerrara los ojos y
dejara que las emociones fluyeran naturalmente. Las lágrimas rodaron por su
rostro.
“¿Cómo te sientes?”.
Abrió los ojos y dijo:
"No muy bien". Y comenzó a sollozar.
«Mantente fiel a esa
sensación y repetiremos los movimientos oculares», le dije. Hicimos otra serie
de movimientos oculares, y luego otra, hasta que pareció que su tristeza había
alcanzado su punto máximo. Usando DRMO, con enfoque en la tristeza central,
sabía que habíamos descubierto la tristeza profunda y que podía ayudarlo a
superarla si nos manteníamos fieles a esa sensación. Muchos psicoterapeutas de DRMO
se detendrían en este punto y harían que el paciente imaginara estar en un
«lugar seguro» para reducir la angustia, pero yo sabía que detener el proceso
solo dejaría los problemas emocionales profundos allí, atormentándolo siempre.
Hice que efectuara otro
movimiento de ojos y los cerró. Entonces sucedió. Al principio, cuando cerró
los ojos, lloraba desconsoladamente pero, de repente, dejó de llorar y alzó la
cabeza como si mirara y escuchara. Tras un minuto de silencio abrió mucho los
ojos y me miró. «Lo vi», dijo. «Vi a ese joven. Estaba de pie, inclinado sobre
su cuerpo, muy preocupado por cómo reaccionaría su familia».
Apartó la mirada por un
instante, recordando, y luego me miró. «Pude ver su cuerpo. Estaba destrozado y
quemado, pero ahí estaba, tan real como tú o como yo, de pie, perfectamente
sano, mirándolo. Entonces el joven me miró y dijo: "No es culpa tuya en
absoluto. Quería hacer ese vuelo. No deberías sentirte responsable. Lo
entiendo".» Jasón se relajó, y sonrió.
“Deja que pase lo que tenga
que pasar”, le dije, y dirigí más movimientos oculares.
Cerró los ojos, se quedó
inmóvil un momento, luego sonrió y los abrió. «Esta vez solo vi al joven. Me
miraba y pude entender lo que decía, pero no oí las palabras. Dijo que su
familia estaba bien. Su esposa se había vuelto a casar y él estaba feliz por
eso». Se rió. «Incluso hizo una broma. Dijo: "Es mejor morir la primera
semana en el país, que la última". Dijo: "Me libré de doce meses más
de miseria en Vietnam"».
Al finalizar la sesión Jasón
me estrechó la mano con fuerza y salió de mi oficina sonriendo.
Los pacientes sienten un amor que no se da libremente en la
vida.
Algunas de las personas que
acudieron a mi terapia describen relaciones, con seres queridos fallecidos, que
estaban emocionalmente vacías. Sus seres queridos eran distantes, duros o
inaccesibles. Como resultado, no experimentaron la certeza de ser amados. Tras
la muerte del ser querido les parece que jamás experimentarán el amor que tanto
anhelaban. Sin embargo, algunas de las experiencias en la CPMI les brindan la
sensación de que el amor que deseaban está presente.
EL CASO DE MATO: “Ahora sé que me he sentido
solo porque creía que nunca podría tener un amor duradero con alguien”.
Mato, apócope de nombres como
Mateo o Matías, fue uno de los veteranos
a quienes traté por trastorno de estrés postraumático. Durante el tratamiento
me confió que siempre se había sentido solo y no entendía el porqué. Le pregunté sobre su infancia y
explicó que su padre biológico había abandonado a él y a su madre cuando solo
tenía tres años. Su madre se volvió a casar y Mato tuvo un padrastro que era
todo lo que un padre podía ser pero Mato nunca se sintió amado ni aceptado por
él. Sentía que su padrastro quería más a su hijo biológico, a su medio hermano.
Desde que su padre biológico
se marchó hasta que fue adolescente, Mato oía a otros familiares hablar de lo
que hacía su padre. Estaba muy interesado en él, pero no volvió a verlo durante
su juventud.
El padre biológico de Mato
finalmente lo visitó cuando tenía treinta y dos años, pero no fue una
experiencia agradable. Mato estaba en proceso de separarse de su esposa y tenía
problemas por la ausencia de su padre, problemas que había arrastrado durante
años. Cuando su padre apareció de repente, Mato no lo recibió bien. Su padre
solo habló de sí mismo durante la visita, y aunque Mato intentó escuchar por
cortesía, se alegró cuando terminó la visita.
Pasaron los años. Mato tenía
poco más de cincuenta años cuando se enteró de la muerte de su padre biológico.
Por alguna razón que no comprendía, cayó en profunda tristeza y absoluta soledad.
Le describí el proceso de la CPMI
y aceptó intentar la comunicación. Tras tres procedimientos de inducción
comenzó propiamente la CPMI. Mato dijo que vio a un hombre salir de un arco de
luz blanca, brillante y pura. A medida que el hombre se acercaba pudo ver su rostro.
Pensó: «Se parece mucho a mi padre», pero dijo que el hombre parecía más joven de
lo que su padre parecía la única vez que lo conoció. Aquel ser era más parecido
a las fotos que había visto de su padre cuando era joven.
No obstante, Mato dijo que
supo que era su padre cuando el hombre le comunicó: «Lo siento. Todo va a estar
bien». Unos segundos después vio a su padre regresar a través del arco y
desaparecer.
“Ese era realmente mi padre.
Estoy seguro”, dijo. “Era él”.
Mato aún tenía tristeza en el
rostro, así que le pregunté a qué se debía. Él respondió: "Sigo sintiendo
que me falta algo".
“¿Y qué es eso que falta?”
Se formaron lágrimas en los
ojos y rodaron por sus mejillas. "Extraño el amor de mi padre".
Le dije que tuviera eso en
mente y le induje otra CPMI. Cerró los ojos y casi de inmediato rompió a
llorar. Después de unos segundos, los abrió.
“Esta vez no vi a mi padre”,
dijo, “pero sentí su amor. Al sentirlo recordé algo que no había pensado en
cuarenta y nueve años. Había olvidado lo que era el amor de mi padre, pero
recuerdo cuando él me abrazaba de pequeño”.
Los recuerdos comenzaron a
aflorar y explicó lo que sentía. Tenía unos tres años cuando experimentó el
amor de su padre. Un día, cuando su padre se marchó, ese amor desapareció y
nunca regresó. Hubo momentos en su vida en los que se sintió solo, pero siempre
los atribuyó a sucesos de su vida. Ahora comprendía de dónde provenía esa
soledad. También comprendía por qué nunca se sintió amado por su padrastro.
Una semana antes de esta
sesión había abandonado a su novia porque sentía que ella lo rechazaba; de esta
manera estaba siguiendo el guion que le decía que debía estar solo en su vida.
“Ahora sé que era porque
sentía que nunca podría tener un amor duradero con alguien”, explicó Mato.
“Cualquiera a quien amara terminaría y llevándose ese amor de nuevo”.
Al finalizar la sesión, dijo
comprender que gran parte de su soledad no tenía nada que ver con la situación
actual, sino que provenía de la pérdida del amor y su anhelo de volver a
experimentarlo. Añadió que planeaba reconciliarse con su novia. En su siguiente
sesión comentó que durante la última semana se había sentido completo por
primera vez en muchos años y que había retomado su relación con su novia.
EL CASO DE CATI: “Papá, te perdono por los
problemas que tuvimos. Siempre te he querido y te quiero aún”.
La madre de Cati,
hipocorístico del nombre griego Catalina, falleció cuando ella tenía doce años.
Mantuvo una relación satisfactoria con su padre hasta que este se volvió a
casar tres años después. «Después de eso», dijo, «se volvió frío y distante, no
solo conmigo, sino con todos. Nunca tenía algo positivo que decir a alguien».
Cati explicó que tras la
muerte de su madre, y la intromisión de su madrastra, reaccionó con un
comportamiento rebelde y problemático que le causó dificultades en casa y en la
escuela. Su padre se volvió más autoritario y ejerció mayor control sobre ella.
Ella se rebeló aún con más vehemencia y su relación se deterioró hasta el punto
de que apenas se hablaban y, cuando lo hacían, solían hacerlo con enfado.
En los veinticuatro años
transcurridos desde que se fue de casa la relación con su padre se había
deteriorado. Lo describió así: «La relación nunca se recuperó del todo por los
problemas que tuvimos tras la muerte de mamá».
Tres meses antes de que
viniera a verme su padre fallecía, dejándola triste y vacía.
Sentí que una inducción de
comunicación CPMI la ayudaría con sus emociones. Cuando le describí el
procedimiento dijo que le parecía "extraño" pero que estaba dispuesta
a intentarla. Comencé el proceso de inducción y, después de que su tristeza
alcanzara su punto máximo y comenzara a disminuir, le indiqué una serie de
movimientos oculares y le dije que pensara en su padre de forma general, y que
aceptara lo que hubiera sucedido. Cerró los ojos y, tras un minuto, los abrió
con el ceño fruncido. "Solo podía verlo en el ataúd. ¿Qué quiere decir eso?".
Le hice otra serie de
movimientos oculares pidiéndole que imaginara a su padre acostado en el ataúd.
Me contó que la imagen se desvaneció. Le hice más movimientos oculares y le
indiqué que pensara en su padre y que estuviera abierta a cualquier cosa que
sucediera. Cerró los ojos y se quedó sentada en silencio durante un par de
minutos.
Después de abrir los ojos,
dijo: «Lo vi sentado en un campo verde intenso, hermoso y muy iluminado. Le
dije: "He sufrido toda la vida por cómo me trataste". Él me miraba y
parecía prestar mucha atención a lo que decía. Le pregunté: "¿Por
qué?". Sentí que me decía: "No sabía qué más hacer. No me escuchabas
y no sabía cómo comunicarme contigo"».
Cati dijo que su padre sonaba
muy cariñoso y compasivo, con un tono que nunca antes había escuchado. Me contó
que sintió plenamente el amor de su padre. «Mi padre dijo que estaba orgulloso
de algunos cambios recientes que había hecho en mi vida. Le dije: "Papá,
te perdono por los problemas que tuvimos. Siempre te he querido y te quiero
aún"». Sonrió, con lágrimas en los ojos.
“Después de eso”, dijo, “su
imagen se desvaneció. Pero, ¿sabes?, ahora mismo no siento rabia hacia él, ni
me siento tan mal por su muerte. Sé que fue real; jamás podría haberlo
imaginado. Fue algo extraño, porque era como si pudiera hablarme a través de mi
mente, transmitiéndome sentimientos”.
Su ira y su dolor desaparecieron
y así se mantuvieron durante los meses siguientes.
Cómo reconectar con un ser querido que se ha suicidado.
Una de las lecciones más
importantes y recurrentes que hemos aprendido, tanto de las comunicaciones CPMI
como de las experiencias ECM, es que cuando alguien ha causado dolor a otros en
vida no queda impune. En la revisión de la vida durante una ECM quien la
experimenta se enfrenta a las consecuencias emocionales de sus acciones en los
demás. En las CPMI se experimenta que la persona que se suicidó es consciente del
dolor que su suicidio causó a amigos y seres queridos. El resultado es un
profundo remordimiento en cada CPMI por parte de quien se suicida, con el
mensaje común de: «Lo siento mucho. Realmente no sabía que mi suicidio tendría
este efecto en todos. No fue culpa vuestra». La comunicación CPMI ayuda a sanar
el duelo especial que sienten los supervivientes de un suicidio.
En casos de suicidio,
especialmente en el de menores, existe una razón aún más importante para
inducir una intervención de apoyo psicológico integral con la CPMI. Para los
padres de niños que se han suicidado, superar la pérdida suele complicarse por
asuntos pendientes. Estos asuntos no solo son cruciales para los
supervivientes, sino que, en general, se perciben como cruciales para la persona
fallecida durante la sesión de comunicación CPMI.
EL CASO DE BERTO: “Papá, debí haberte hecho
caso. Fue mi culpa, no la tuya. Por favor, perdóname.”
Un año antes de que Berto,
apócope de Roberto, viniera a verme su hija se había suicidado. Durante todo
ese año se reprochaba constantemente no haber hecho lo suficiente por ella, no
haber podido evitar que se quitara la vida si hubiera hecho las cosas diferentes,
y que el suicidio era culpa suya. Todos los días acababa llorando
desconsoladamente, agotado mental y emocionalmente por dar vueltas a esos
pensamientos. Era incapaz de concentrarse en su trabajo, y el grupo semanal de
apoyo para el duelo no aliviaba su tormento.
Lloró mientras estaba sentado
en mi oficina. "Creía que era un buen padre, pero obviamente no lo
era", dijo.
Realizamos la terapia DRMO
habitual, centrada en el núcleo, y su tristeza se intensificó durante unos
minutos antes de disminuir. Le pregunté qué le gustaría decirle a su hija.
Respondió: «Lo siento, lo siento mucho».
Entonces le induje la comunicación
CPMI. Berto permaneció sentado un minuto, con los ojos cerrados, moviendo
ligeramente la cabeza de un lado a otro. Un leve asentimiento me indicó que
probablemente estaba experimentando la comunicación y una leve sonrisa se
dibujó en su rostro.
Abrió los ojos y me contó lo
que había pasado. «En cuanto cerré los ojos, Gracia apareció y empezó a hablar
enseguida. Estaba preciosa. Dijo que estaba muy preocupada por mí, que tenía
suerte de tener un padre como yo y que no era culpa mía. Luego dijo que no
había entendido lo que es el amor verdadero y que se había sentido muy triste
por su ruptura con Santi, su novio. Después dijo: "Papá, debería haberte
hecho caso. Fue culpa mía, no tuya. Por favor, perdóname"». Le dije: ‘Te
perdono, cariño’”.
Berto sonrió con ternura. «Me
dio un abrazo y me dijo: "Estoy bien ahora, y quiero que tú también estés
bien; quiero que sepas que sigo y siempre estaré contigo, papi". Solía
llamarme así cuando se sentaba en mi regazo de pequeña. Eso me hacía feliz».
Como en todos los casos de
comunicación CPMI, la experiencia de Berto al reencontrarse con su hija
contribuyó en gran medida a reducir su tristeza y culpa. Dos años después de
nuestra sesión Berto me llamó y comentó que seguía mucho mejor y que creía que
su hija lo acompañaba de una manera muy importante.
A veces aparecen mascotas.
En algunos casos de
comunicaciones inducidas aparecen mascotas fallecidas. Los pacientes informan
que las mascotas los reconocen y se acercan a ellos con entusiasmo, tal como hacían
cuando estaban vivos.
EL CASO DE FELIPE: “Están moviendo la cola y
acercándose a mí, igual que lo hicieron en Vietnam”.
Durante su servicio en
Vietnam, una noche Felipe se despertó al oír gemidos fuera del cuartel.
Reconoció el llanto de un perro, pues se había criado rodeado de ellos. Salió
del cuartel y encontró una perra callejera, blanca y negra, delgada, sarnosa,
que lo miraba con tristeza. La llevó al cuartel y le dio parte de sus raciones.
Durante varias semanas la
cuidó hasta que se recuperó y esperaba con ilusión verla cada día al regresar
de su patrulla. La llamó Moli en honor a la perra que había querido de niño y a
la que recordaba con más cariño. Se preguntaba por qué, estando tan delgada y
desnutrida, tenía la barriga tan hinchada. Una mañana descubrió la razón: había
dado a luz a tres cachorros. Cuidó de los cachorros y de Moli con mucho cariño.
Eran pequeños recuerdos de su hogar y de su infancia.
Un día recibieron la orden de
que los perros callejeros se habían convertido en una molestia en el campamento
y que debían ser sacrificados. Felipe quedó destrozado. Sacó a Moli y a sus
cachorros del campamento base y los escondió en un refugio improvisado. Durante
los días siguientes salía del campamento, a diario y escondidas; para darles
comida y agua. Sin embargo un oficial se enteró de sus perros y dijo a Felipe
que los matara o lo haría él. Sin otra alternativa, Felipe dijo que prefería
matarlos. Esa tarde, entre lágrimas, disparó a Moli y a sus tres cachorros.
Lloró desconsoladamente al terminar
de contarme la historia en mi oficina. Era uno de los recuerdos más traumáticos
que había traído consigo de Vietnam.
Le apliqué DRMO con enfoque
central, combinando su tristeza con la imagen de matar a Moli y sus cachorros.
Su tristeza aumentó y luego comenzó a disminuir. En la tercera inducción CPMI,
con los ojos cerrados, describió lo que vio.
“Puedo ver a Moli y a sus tres cachorros. Están moviendo la cola
y acercándose a mí, igual que en Vietnam”. Hizo una pausa, sonriendo.” Están
saltando y acercándose a mí. Siento como si estuviera sentado en el suelo”. Se
quedó quieto un momento y luego se echó a reír. Abrió los ojos. “Eso fue
maravilloso, doctor”, dijo, radiante. “Moli y los cachorros estaban conmigo.
Luego vi a otro perro que se acercaba. Era la Moli que tenía de niño, la que le
puso el nombre de Moli a mi perra de Vietnam. Saltó sobre mí y me lamió. Luego
vinieron más. Todos los perros que tuve de niño vinieron a mí, saltaron sobre
mí y me lamieron como si me hubieran echado de menos y estuvieran felices de
verme”.
Dos meses después, Felipe
contó que todo su dolor y los recuerdos traumáticos de la muerte de Moli habían
desaparecido, y que cuando los imaginaba solo veía a las dos Molis y a los
cachorros jugando juntos, felizmente.
EL CASO DE MELINDA: “Les dije ‘Sentaos’ y
dejaron de saltarme encima”.
En otra comunicación inducida
CPMI con mascotas los animales respondían a las órdenes. El tío, de nombre Carbayu,
de Melinda había sido como un padre para ella. Vivía cerca de su casa y cuando
sus padres trabajaban por las noches en el restaurante familiar Melinda se
quedaba con sus tíos. Le gustaba especialmente jugar con los dos perros del tío
Carbayu, Paris y Rinnie. Eran perros grandes, uno un Border Collie y el otro un pastor
alemán. «Me daban abrazos perrunos cuando se ponían de pie sobre sus cuartos
traseros para lamerme la cara», dijo. «Murieron cuando yo era adolescente y los
extraño mucho». Tres semanas antes de venir a verme su tío Carbayu falleció de
ataque al corazón. Estaba desconsolada por la muerte de su tío y lloraba al
describir los cálidos recuerdos que tenía de él y del amor que le tenía.
Cuando estuvo lista seguí el
proceso DRMO y cuando su tristeza comenzó a disminuir le indiqué una serie de
movimientos oculares y dije: «Piensa de nuevo en tu tío y cierra los ojos. Deja
que lo que suceda venga de forma natural».
Cerró los ojos y casi de
inmediato los abrió, inclinándose hacia adelante en la silla. «Algo saltó sobre
mí», exclamó con los ojos muy abiertos. «No sé qué fue».
“Melinda, las sesiones de CPMI
siempre son positivas. No hay nada que temer. Si vuelves a comunicarte
probablemente entenderás lo que está pasando, sea lo que sea”. Me miró de
reojo. “De acuerdo, lo haré otra vez, pero si vuelve a pasar, se acabó”.
Le indiqué otro movimiento de
ojos y Melinda, algo tensa, cerró los ojos. Tras unos segundos, se relajó,
sonrió y negó con la cabeza. Abrió los ojos.
“Vi a mi tío con mucha
claridad”, dijo. “Tenía a Paris y a Rinnie con correas. Se esforzaban por
acercarse a mí y movían la cola. Me dijo que me quería y que siempre estaría
conmigo”.
Melinda estaba eufórica por
su experiencia y convencida de que su tío seguía vivo junto a Paris y Rinnie,
aunque en otra forma. Salió de mi consulta contenta, sin la tristeza que sentía
al venir.
Al día siguiente me
sorprendió ver a Melinda en la puerta de mi oficina. «Doctor Botkin, ¿puedo
hablar con usted un minuto?». Estaba visiblemente molesta, lo cual me extrañó
después de su experiencia positiva con la CPMI.
“Claro. Entra y siéntate”.
Se sentó lentamente con el
ceño fruncido. «Anoche tuve sensaciones muy extrañas; sentí que cosas saltaban
sobre mí otra vez, igual que ayer cuando hiciste la primera prueba CPMI
conmigo. No quiero que vuelva a pasar. ¿Qué crees que es esto?»
Sospechaba de qué se trataba,
pero no se lo dije. «Hagamos otra sesión de CPMI y quizás tu tío pueda ayudarte
a entender». Aceptó y pasamos por el proceso de inducción. Cerró los ojos y, al
cabo de un instante, una sonrisa iluminó su rostro. «París y Rinnie», dijo en
voz baja, asintiendo con la cabeza. «Eran París y Rinnie».
Abrió los ojos. «Volví a ver
a tío Carbayu. Tenía a Paris y a Rinnie. Las soltó y se me subieron encima y me
lamieron la cara. Eso es exactamente lo que sentí anoche. Miré a tío Carbayu y
supe que me decía: "Paris y Rinnie quieren que sepas que también están
bien"».
“Eso no es lo mejor. Estaban
saltando sobre mí y lamiéndome la cara, así que jugamos un rato. Luego hice lo
que solía hacer cuando estaban vivos. Les dije 'Sentaos', y dejaron de saltar
sobre mí. Simplemente se sentaron mirándome y meneando la cola”.
Hablé con Melinda dos meses
después. Me contó que no había vuelto a tener la sensación de que algo saltaba
sobre ella. Estaba segura de que era porque les había dicho a Paris y a Rinnie
que se sentaran, y seguían obedeciendo.
EL CASO DE CRAIG: “Sentí su suave pelaje
contra mi mejilla y la oí ronronear”.
Craig, coautor de este libro,
siempre ha amado a los animales, desde la fauna silvestre que fotografía hasta
el Akita y el Border Collie que
rescató. Un día de invierno se emocionó al descubrir que una gata salvaje había
dado a luz una camada bajo su amplio porche. Tres cabecitas grises, y un par de
orejas con rayas de tigre, asomaban por los agujeros de la mampostería y luego
se retraían tímidamente. Tras semanas de intentar atraerlas con comida,
finalmente pudo tocarlos, acariciarlos y, por último, sostenerlos en brazos.
El gatito rayado, bautizado
como Tigre, lo miraba fijamente a los ojos mientras él alimentaba a los cuatro
gatitos con restos de pollo para atraerlos a su regazo. El hermano, y las dos
hermanas de Tigre, solo permitían que Craig se acercara a ellos. Los
esterilizó, les puso collares con placas de identificación y, durante meses,
disfrutó de su compañía en su oficina, donde se subían suavemente a su pecho
mientras él leía en su sillón reclinable y se dormían ronroneando.
Como aún eran prácticamente
salvajes los gatitos podían entrar y salir libremente por una puerta especial
hecha a su medida. Un día Craig recibió una llamada del servicio de control de
animales local informando que tenían la placa de identificación de Tigre. Había
muerto atropellada por un coche. La tristeza que sintió por su muerte le
demostró el gran cariño que había tomado a los gatitos.
Una semana después estábamos hablando
sobre las terapias de inducción a la psicosis en mascotas, en una reunión de
psicoterapeutas capacitados en el procedimiento. Craig sugirió que le hiciera
una terapia de inducción a la psicosis en él, centrándome en Tigre. Acepté y
comenzamos el proceso.
Esto fue lo que experimentó
al cerrar los ojos: “Casi de inmediato sentí suaves caricias en mi pecho. Me
incliné hacia atrás en respuesta. Luego sentí un pelaje suave contra mi mejilla
y oí un ronroneo. Las sensaciones eran inconfundibles. Después de unos segundos
las sensaciones cesaron y abrí los ojos. Estaba seguro de que era la pequeña
Tigre que me visitaba para decirme que todavía está conmigo y con sus
hermanos”.
Sentidos, abrazos, gente sana y vibrante, y paisajes
hermosos.
Algunas comunicaciones CPMI
son visuales, otras auditivas, otras táctiles, unas pocas olfativas, y la
mayoría combinan varios sentidos. El tacto y los abrazos son relativamente
comunes. Algunos pacientes describen solo una sensación de
"conocimiento", sin experiencia sensorial alguna. Cuando el paciente
espera o desea la experiencia CPMI en una modalidad, como la visual, suele
presentarse en otra. Al parecer, la expectativa de cualquier modalidad bloquea
la comunicación en esa modalidad porque el paciente se esfuerza demasiado.
Las personas que eran muy
ancianas o enfermas antes de morir siempre se perciben como más jóvenes y
sanas. Los niños que mueren a veces se perciben como jóvenes y otras veces como
ancianos.
En los centros de tratamiento
de adicciones, abundan los paisajes hermosos, con árboles pintorescos, colinas
verdes, arbustos en flor, extensas praderas, lagos y arroyos cristalinos. Los
pacientes suelen describir los colores como más brillantes e intensos de lo
normal; a veces utilizan palabras como «radiante» o «irisado». Con frecuencia
describen el entorno como un lugar que transmite paz y serenidad.
A veces, las personas con
expectativas basadas en sus creencias religiosas se sorprenden al encontrar
entornos terrenales familiares pero más enriquecedores en sus experiencias con
la CPMI. Curiosamente, aunque la mayoría de mis pacientes tienen formación
cristiana y están familiarizados con las tradiciones comunes sobre cómo es la
vida post-muerte, ninguno ha descrito
el infierno, trompetas, ángeles, puertas celestiales ni ninguna otra de las
imágenes típicas que suelen aparecer en las descripciones de la postvida.
Al inicio de mi exploración
del fenómeno CPMI, extraje generalizaciones adicionales de las sesiones con los
primeros ochenta y cuatro pacientes para comprenderlo mejor. Dado que cada comunicación
es única, y ni el terapeuta ni el paciente controlan la experiencia, casi todas
se experimentan como sorprendentes e inconsistentes con las expectativas. Sin
embargo, algunas son tan extraordinarias que las presento por separado en el
próximo capítulo para ilustrar algunos de los contenidos más inusuales que
pueden surgir durante una CPMI.
CAPÍTULO 6. CASOS EXTRAORDINARIOS
DE CPMI
Un milagro no es ruptura las
leyes físicas, representa leyes que nos resultan incomprensibles. —GI Gurdjieff.
Mis colegas psicoterapeutas y
yo, que llevamos ocho años realizando sesiones de CPMI, a veces compartimos el
contenido de las sesiones para intercambiar impresiones sobre los métodos.
También describimos nuestros descubrimientos. En ocasiones, alguna experiencia
nos impresiona profundamente y necesitamos hablar de ella con otro
psicoterapeuta.
Al principio, cada sesión de
comunicación inducida era un acontecimiento extraordinario y siempre estábamos
al teléfono o entrando con entusiasmo en la oficina de un colega para describir
lo sucedido. Después de todo, la experiencia de la CPMI es espontánea, sin guía,
e impredecible. Una vez que el terapeuta prepara al paciente para que se
muestre abierto y receptivo, ni el paciente ni el terapeuta pueden dirigir o
controlar el contenido de la experiencia.
Entre estas CPMI raras, algunas
son tan extraordinarias por su emotividad, dramatismo o contenido sensorial
que, tras describirlas, quedamos en silencio. El capítulo anterior contenía CPMI
que hemos observado con frecuencia en nuestra práctica. Este capítulo presenta
casos inusuales que ocurren raramente; por lo tanto, difieren de las demás de
este libro, pero los he incluido porque contribuyen a una mejor comprensión de las
comunicaciones CPMI.
Cuando aparecen los vivos
Las sesiones de comunicación
inducida ayudan a aliviar el duelo al permitir que los pacientes sientan que se
conectan con alguien fallecido. En ningún otro caso, salvo en los dos que se
describen a continuación, ha aparecido una persona viva en la sesión de CPMI de
un paciente. Presento estos casos para ofrecer perspectivas adicionales sobre
la experiencia de las sesiones.
EL CASO DE FREDO: “Jasón me dijo que no
debería sentirme mal por su afección médica porque le permite experimentar lo
mejor de ambos mundos”.
El hijo de Fredo, Jasón, de
dieciocho años y con discapacidad grave, había sido diagnosticado con
microencefalopatía y tenía una edad mental de tan solo seis meses. Fredo me
dijo que quería muchísimo a su hijo y que estaba muy orgulloso de que Jasón
siempre se animara y se mostrara muy juguetón cuando él volvía del trabajo. Fredo
acudió a mí para tratar problemas psicológicos ajenos a su hijo y logramos
superarlos con éxito. La terapia incluyó dos sesiones exitosas de CPMI. En una
de ellas, un amigo con una grave deformidad que había fallecido aparecía como
si estuviera sano y sin discapacidad. Al ver un paralelismo entre la situación
de su amigo y la de su hijo, Fredo me preguntó si sería posible realizar una
sesión de CPMI centrada en su hijo con discapacidad intelectual grave.
Hasta ese momento solo había
inducido las CPMI para ayudar a las personas a sobrellevar el duelo por la
muerte. En algunos casos el duelo de los pacientes se resolvió cuando sintieron
que habían visto a seres queridos con discapacidades o limitaciones físicas
que, durante su experiencia con la CPMI, parecían íntegros, sanos y plenamente
funcionales. Acepté intentarlo.
Realicé la inducción habitual
y Fredo cerró los ojos. No sucedió nada, así que repetí el proceso y volvió a
cerrarlos. Al instante, habló: «Veo a Jasón rodeado de una hermosa luz
radiante. Dios mío, está hablando». El hijo de Fredo no había aprendido a
hablar debido a su grave discapacidad intelectual. «Me está dando las gracias
por ser un padre tan maravilloso. Dice: "Estoy aquí para cuidarte"». Fredo
permaneció sentado en silencio con los ojos cerrados durante unos minutos
mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
Entonces abrió los ojos y me
contó lo que había sucedido. «Jasón me dijo que no debía sentirme mal por su afección
médica porque le permite experimentar ambos mundos al mismo tiempo».
Mientras se preparaba para
marcharse, Fredo comentó que la experiencia le había ayudado a sentirse más
tranquilo con la situación de su hijo. También afirmó que nunca volvería a
mirar a su hijo de la misma manera.
EL CASO DE RAMONA: "¿Le dirías a mi mamá
que estoy bien?"
Uno de los casos más raros de
comunicación CPMI involucró a una paciente que experimentó que el fallecido
intentaba contactar a un familiar. La paciente se llamaba Ramona.
El primo mayor de Ramona
había fallecido de SIDA unos seis meses antes de que ella viniera a verme. Lo
describió como persona desagradable. De niño era el matón del barrio y, de
adulto, se volvió violento y delincuente. Había entrado y salido de prisión
toda su vida.
No estaba triste por la
muerte de su primo pero quería realizar una comunicación CPMI con él porque ya
había tenido una CPMI exitosa anteriormente y quería ver qué información podía
obtener sobre él.
Pasamos por el proceso de
inducción tres veces y, en la cuarta, Ramona cerró los ojos, se sentó en
silencio y, después de un minuto, se echó a reír. Unos segundos después, los abrió
y explicó lo que había pasado. «Vi a mi primo de pie, frente a mí. Me dijo:
"Estoy bien". Luego dijo algo que me dejó impactada. Dijo:
"Tienes que cuidarte". Sé que se refería a un problema físico que
tengo. "O te voy a dar un golpe en la cabeza". Solía decírmelo todo
el tiempo cuando éramos niños. No lo recordaba hasta que lo dijo ahora. Pero lo
dijo en broma y me reí. Él también rió». Se inclinó hacia adelante y negó con
la cabeza lentamente. «Entonces pasó algo realmente espeluznante. Vi a su madre
un poco alejada, de espaldas a nosotros, y él intentaba decirle que estaba
bien». La madre de su primo, su tía, seguía viva.
Continuó: “Ella no se percató
de su presencia. Entonces él me miró y me dijo: '¿Podrías decirle a mi madre
que estoy bien?'”
Ramona estaba muy contenta de
haberse puesto en contacto con su primo. No le pregunté si había hablado con su
tía.
Otros casos extraordinarios de la CPMI.
Muchos otros casos de CPMI
han sido extraordinarios por diversas razones. Cada vez que un paciente
participa en una experiencia CPMI los resultados pueden ser tan notables que
tanto el paciente como el terapeuta quedan asombrados y, en ocasiones,
inspirados por ellos.
EL CASO DE DEL VALLE: “Tomasín dijo: ‘Es
importante que la gente conozca el mundo espiritual’”.
Esta CPMI fue extrañamente
elaborada y el paciente experimentó conexiones con un suceso de la vida real.
Tuve varias CPMI exitosas con Del Valle, paciente negro estadounidense. Durante
una de nuestras sesiones me contó un suceso raro que ocurrió veinte años antes,
cuando él y un amigo viajaban en la camioneta nueva de su amigo. Al cruzar una
intersección Del Valle se horrorizó al ver un auto que venía a toda velocidad
desde la derecha, directo hacia él. Se preparó para la colisión que podría
costarle la vida. El auto estaba tan cerca que pudo ver el rostro de la mujer que
lo conducía, pero tenía los ojos y el rostro más serenos que jamás había visto.
El tiempo se detuvo en ese instante. La camioneta fue golpeada y volcó dando
dos o tres vueltas de campana por el impacto pero, sorprendentemente, él y su
amigo resultaron ilesos.
“Pero eso es solo una parte
de lo extraño”, me dijo. “Al bajar del auto sentí la paz más profunda que jamás
haya experimentado. Casi me matan, pero todo parecía maravilloso. Caminé hasta
casa, unos veinticuatro kilómetros, y durante todo el camino sentí una cálida
sensación. Hasta el día de hoy, no sé qué pasó. Sé que suena descabellado, pero
¿crees que podríamos averiguar qué sucedió y por qué me sentí así hace veinte
años?”
Tras utilizar DRMO en miles
de casos llegué a creer que cualquier cosa podía surgir durante el proceso.
Tenía curiosidad por ver si también podíamos descubrir algo, así que accedí a
realizar DRMO centrándome en el suceso. Comenzamos mientras él mantenía la
imagen de los ojos de la mujer que recordaba con tanta claridad. Realicé la DRMO
y él cerró los ojos. Al cabo de un instante los abrió y habló lentamente, con
asombro en la voz: «Volví a ver los ojos. Pero no eran los de la mujer. Eran
los ojos de Tomasín».
“¿Quién es Tomasín?”, pregunté.
Contó esta historia: “Cuando
tenía ocho años me rompí el brazo y estuve un par de noches en el hospital. Tomasín
era mi compañero de habitación. Él también tenía ocho años. Tomasín era blanco
y yo no estaba acostumbrado a la gente blanca, así que me sorprendió ver lo
animado y positivo que era, sobre todo porque era huérfano y nunca recibía
visitas y estaba muriendo de leucemia. Tomasín pareció encariñarse mucho
conmigo. Nos hicimos muy amigos en solo un par de días. Una noche me
despertaron los ruidos de las enfermeras limpiando las cosas de Tomasín de su
cómoda. Tomasín había muerto”. Hizo una pausa y me miró fijamente. “Vi los ojos
de Tomasín. ¿Crees que Tomasín es mi ángel de la guarda?”.
“No lo sé ¿Te gustaría
preguntarle?”
“Claro”, respondió Del Valle
con entusiasmo, y se acomodó en una posición cómoda.
Hicimos una inducción CPMI y Del
Valle cerró los ojos. «Puedo ver a Tomasín», dijo, y se quedó sentado en
silencio. Las sesiones CPMI normalmente duran entre cinco y veinte segundos; él
permaneció inmóvil y en silencio durante diez minutos.
Finalmente, Del Valle abrió
los ojos con cálida sonrisa. «Tomasín dijo: "Sí, te cuido. Pero a veces,
por tu forma de pensar, no puedo comunicarme contigo"». Del Valle rió y
continuó: «Tomasín y yo hablamos y hablamos. Le hice muchas preguntas y él las
respondió todas. Una cosa que Tomasín me dijo fue que el aura es el espíritu y
que el tiempo es la clave para comprender el mundo espiritual».
Del Valle continuó contándome
lo que Tomasín había dicho. Estaba conmovido y reconfortado por la experiencia
con ese pequeño amigo al que había olvidado. Cuando terminó, pedí a Del Valle
que le hiciera una pregunta a Tomasín. «Del Valle, pregunta a Tomasín:
"¿Es bueno inducir las CPMI?»
Le acompañé en el proceso de
inducción y cerró los ojos. Tras un instante los abrió con una sonrisa. «Sí»,
dijo, «Tomasín me comentó que es algo bueno. Me dijo: “Es importante que la
gente conozca el mundo espiritual”. Pero también me advirtió: “No te engañes.
Los difuntos siempre tienen el control. No intentes abusar de ello”».
EL CASO DE RUBIO: "¿Por qué sigues
pensando así? No es tu culpa."
El caso de Rubio es otro en
el que el paciente obtuvo respuesta a una pregunta durante una experiencia de
comunicación CPMI.
Desde que fue dado de baja
del ejército, veintiocho años antes de su sesión conmigo en la CPMI, Rubio había estado atormentado por la pérdida
de dos amigos en Vietnam. Me contó esta historia mientras estaba sentado en mi
oficina.
Durante la guerra, Rubio
entabló amistad con un chico vietnamita de catorce años. Un día, la unidad de Rubio
debía transportar municiones en una barcaza por un río y Rubio pidió al chico vietnamita que los acompañara.
Su mejor amigo en la unidad también iba a hacer el viaje. Una noche, mientras
su amigo estaba de guardia, Rubio fue a su puesto pero no lo encontró. Iba a
pedir ayuda al chico para encontrarlo pero este también había desaparecido
misteriosamente.
Tres días después encontraron
el cuerpo de su amigo flotando en el río, con la garganta cortada. Nadie volvió
a ver al chico vietnamita. Algunos en el pelotón supusieron que también lo
habían matado. Rubio sintió una profunda tristeza por la muerte de sus dos
amigos.
Rubio ya había participado en
sesiones de inducción centradas en otras pérdidas y ansiaba recibir una sesión
de inducción para superar su dolor y culpa. Le expliqué el proceso de inducción
y cerró los ojos, concentrándose en el soldado que era su amigo.
Rubio contó que su amigo
apareció en cuanto cerró los ojos y le habló: «¿Por qué sigues pensando así? No
es tu culpa y no importa cómo pasó. Éramos niños entonces. Tienes que dejarlo
atrás y cuidarte mejor. Puedes ver que sigo vivo; mi cuerpo ya no existe». La
tristeza y la culpa que Rubio sentía por su amigo desaparecieron por completo
en ese instante.
Luego intentamos una
comunicación CPMI centrada en el niño vietnamita, pero no funcionó. Repetimos
el proceso tres veces, pero sin éxito. No tengo explicación para la falta de
éxito, ya que acababa de tener una CPMI exitosa. No parecía haber nada que lo
impidiera. Esto fue muy extraño, porque Rubio había tenido otras experiencias
exitosas con la CPMI de forma rápida y sencilla, y el 100% de los pacientes que
tienen una comunicación CPMI exitosa la logran en intentos sucesivos.
Mientras discutíamos por qué
esta inducción no estaba funcionando Rubio sugirió: “Quizás todavía esté vivo.
Apuesto a que era un Viet Cong. Mató a mi amigo y luego nadó hasta la orilla.
De hecho, ahora estoy seguro de que eso fue lo que pasó”.
Si bien estos casos
extraordinarios son inusuales por su emotividad, dramatismo o contenido
sensorial, otros han sido aún más notables. Les dedico el próximo capítulo
completo. Son los casos de CPMI que desafían lo que quienes hemos dedicado
nuestra vida al estudio de la psicología hemos dado por cierto.
EL CASO DE CATALINA: “Él escribía cartas bajo un
cielo estrellado”.
El hijo de Catalina, Pipo, de
veinte años, falleció repentina e inesperadamente unos meses antes de nuestra
sesión. Su dolor era inmenso y, tras leer la primera edición de este libro,
concertó una cita conmigo. Deseaba fervientemente vivir una experiencia de
comunicación CPMI.
La parte del procedimiento CPMI
centrada en el núcleo le resultó muy difícil. Su tristeza, asociada a numerosos
aspectos de la pérdida, le costó mucho procesar. La DRMO centrada en el núcleo
finalmente produjo una reducción significativa de su tristeza. Sin embargo,
todos los intentos de CPMI solo generaron experiencias que sugerían que estaba
a punto de ocurrir. Catalina, al igual que un porcentaje de pacientes (véase el
apéndice C), tuvo dificultades para alcanzar y mantener el estado receptivo
necesario. Debido a su gran deseo de lograr una CPMI, no pudo relajarse
completamente ni abrirse a la experiencia.
Catalina terminó sus sesiones
conmigo sintiéndose mucho mejor en general, pero estaba bastante decepcionada
de que no se hubiera producido una comunicación CPMI. Sabía que se estaba
esforzando demasiado y que ninguna de las dos tenía una solución. Como su
terapeuta de CPMI, hice todo lo que pude.
Unas semanas después recibí
un correo electrónico con un archivo adjunto de Catalina. Una noche, mientras
dormía, sintió que Pipo la despertaba. Al abrir los ojos vio un cielo
estrellado y a Pipo de pie, a un lado. Luego vio las imágenes anteriores, una
por una, y comprendió claramente que Pipo le estaba enviando esos mensajes. La
experiencia fue muy intensa para Catalina, y creyó firmemente que, finalmente,
había conectado con Pipo. Dibujó lo que vio esa noche.
EL CASO DE PABLO: Un mensaje del doctor Martin
Luther King
Pablo era un veterano negro
que había superado con éxito varios recuerdos traumáticos relacionados con sus
experiencias en Vietnam. Algunas de sus sesiones de terapia incluyeron sesiones
de CPMI. Pablo también había sufrido mucha intolerancia y odio racial a lo
largo de su vida, lo que le generó una gran ira generalizada hacia los blancos.
Como creía que su ira estaba completamente justificada, no la consideraba un
problema. Además, creía que su ira le servía para mantenerse alerta ante
cualquier injusticia que pudiera encontrar en el futuro.
Uno de los recuerdos
traumáticos de Pablo ocurrió antes de Vietnam. Él y su padre viajaron en coche
a Memphis, Tennessee, para ver a Martin Luther King hijo, el día de su
asesinato. Cuando dispararon al doctor King reinó la confusión entre la multitud,
y Pablo se separó de su padre. En ese momento Pablo temió por su vida. La
emoción principal de Pablo al contar la historia fue el mismo miedo abrumador
que sintió aquel día.
Comenzamos a usar DRMO para
abordar su miedo. Al igual que con la tristeza, al principio el miedo aumentó
drásticamente en intensidad. Escenas de ese día pasaron por su mente. Después
de algunas series más de movimientos oculares, el miedo comenzó a disminuir y
se mostró mucho más relajado. Luego le di otra serie y cerró los ojos para
relajarse. Observé su rostro mientras tenía los ojos cerrados y noté que su
expresión cambió varias veces. Parecía como si estuviera asistiendo a algún suceso
privado.
Cuando Pablo abrió los ojos
me contó que Martin Luther King se le apareció de repente e inesperadamente, y
que se veía "muy saludable" y "muy sereno", y que estaba
"rodeado de una luz suave y reconfortante". Luego dijo que el doctor
King le había dicho que su ira no le hacía bien y que necesitaba encontrar algo
de paz en su vida. También dijo a Pablo que, si bien el prejuicio racial
persiste hoy en día, en general no es tan grave como en su época.
Pablo quedó muy sorprendido
por su experiencia. También afirmó que le había brindado una profunda sensación
de paz y calma. Unos siete meses después de la sesión me encontré con Pablo. Le
pregunté cómo se encontraba tras la sesión. Me dijo que aún podía evocar la paz
que sintió ese día y que había decidido dar una oportunidad a los demás; bueno,
en realidad, había decidido darme una oportunidad a mí mismo.
EL CASO DE JUANA: “Al tenía razón”.
Gervasio y Juana llevaban
casi treinta años casados y eran buenos amigos, tanto de mi esposa como de mi.
Hace unos años pregunté a Gervasio si le interesaría leer un borrador de mi
libro y darme su opinión sincera y directa. Gervasio aceptó con entusiasmo pero
surgió una pequeña fricción en nuestra relación cuando me dio una crítica muy
mordaz. Al parecer, se tomó muy en serio mi petición de una opinión honrada y
no se anduvo con rodeos. En general, opinó que mis ideas eran descabelladas,
poco científicas y que no tenía derecho a llegar a esas conclusiones. Juana se
mostró bastante evasiva pero, en general, coincidió con la perspectiva de su
marido. Mirando hacia atrás, aunque gran parte de su crítica fue excesivamente
dura e innecesaria, algunos de sus comentarios fueron extremadamente útiles.
Una mañana, hace
aproximadamente un año, mi esposa y yo recibimos una llamada muy temprano. Gervasio
había fallecido repentinamente de ataque al corazón durante la noche. Quedamos
en estado de shock. Hasta donde sabíamos, Gervasio gozaba de perfecta salud. Mi
esposa llamó rápidamente a su trabajo para pedir el día libre y viajó a Indiana
para estar con Juana. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que Juana,
inmediatamente después de la muerte de Gervasio comenzó a tener una serie de
conexiones espontáneas, de comunicaciones post-mortem
o CPM, con él. Una de las primeras cosas que Juana relató fue que Gervasio
le dijo que seguía con ella y que volvería a visitarla. Gervasio también le
comunicó que «Al (por mi), tenía razón» y que «su técnica es para personas que
no pueden conectar naturalmente con los difuntos».
EL CASO DE DANIEL: “No podía hablar ahora mismo
porque estaba ocupado”.
En casi todos los casos se
percibe que el difunto está muy disponible y muy interesado en comunicarse con
los sobrevivientes. En varias ocasiones los pacientes incluso informan que el
difunto les dijo que había intentado comunicarse con ellos durante un tiempo,
pero que no lo había logrado. En este caso, sin embargo, se percibió que el
difunto dijo que estaba demasiado ocupado para hablar. El mensaje que recibió Daniel,
aunque inicialmente decepcionante, fue extraordinario. Dejo que los lectores
saquen sus propias conclusiones sobre la
importancia y el significado de esta experiencia.
Daniel, veterano de Vietnam,
desarrolló una relación muy cercana con uno de sus oficiales. Este era varios
años mayor que él y se convirtió en una figura paterna para Daniel. Dado que Daniel
había perdido a su padre a una muy
temprana edad, su relación tenía un significado especial para él. Cuando Daniel
recibió la noticia de que el oficial había muerto en una misión de combate,
quedó devastado.
El procedimiento de
comunicación CPMI reveló inicialmente un alto grado de tristeza no resuelta.
Cuando la tristeza disminuyó se indujo sin dificultad. Al abrir los ojos Daniel
informó haber visto a su oficial alejándose de él y sosteniendo la mano de una
niña pequeña. Daniel no reconoció a la niña. El oficial se giró, miró a Daniel
y le dijo que no podía hablar porque estaba ocupado. Le explicó que él y la
niña iban a una fiesta de cumpleaños. También dijo a Daniel que regresara más
tarde, lo cual hizo durante su siguiente sesión. La segunda comunicación CPMI
de Daniel incluyó contenido más típico del procedimiento.
CAPÍTULO 7. CPMI QUE
DESAFÍAN LAS TEORÍAS PSICOLÓGICAS CONOCIDAS
La realidad es aquello que, cuando dejas de creer en ella, no
desaparece. —Philip K. Dick, ¿Sueñan
los androides con ovejas eléctricas?
Mientras los demás
psicoterapeutas de la unidad y yo hablábamos sobre las CPMI y escuchaba las
reacciones de personas ajenas a la unidad, que se enteraban de las experiencias
de nuestros pacientes, empecé a darme cuenta de que la cuestión de si estos sucesos
se percibían como una comunicación real con personas fallecidas podría limitar
la aceptación del fenómeno CPMI por parte de la comunidad psicológica y de los
administradores, recelosos del uso de métodos extraordinarios en sus centros.
Sentía entonces, como siento ahora, que debemos dejar de lado la cuestión de si
la experiencia CPMI es una comunicación con el espíritu de una persona
fallecida. Eso simplemente interferirá con el estudio de la experiencia, la
comprensión de sus extraordinarias propiedades curativas y su libre uso en las
consultas de los terapeutas.
Si bien entiendo que, sin
duda, se debatirá sobre este tema y que los profesionales que utilizan la
terapia CPMI seguramente tomarán posturas opuestas, creo que las especulaciones
metafísicas no deberían generar prejuicios ni a favor ni en contra de la
terapia CPMI. Funciona de manera notable, por lo que merece ser estudiada y
aplicada comúnmente en terapia. No debería ser rechazada por el hecho de
inspirar especulaciones metafísicas.
En una llamada telefónica
sobre otro asunto me atreví a contar a un psicólogo ajeno a la unidad lo que
había descubierto. Su reacción fue: "¿No es asombroso lo extrañas que
pueden ser las alucinaciones que crea la mente?". Eso me hizo reflexionar
después de colgar el teléfono. ¿Y si las CPMI fueran alucinaciones?
La respuesta me llegó casi de
inmediato. Si el fenómeno CPMI fuera una alucinación, es la más grandiosa que
se haya registrado en los anales de la psicología.
Se me ocurrió que el cerebro
podría poseer una capacidad oculta que podría denominarse “facultad del sabio sanador". La representación interna del
difunto descrita en la literatura sobre terapia del duelo podría ser el origen
de esta facultad. Está presente en todos los seres humanos, pero esta capacidad
de representación interna del sabio sanador permanece latente a lo largo de la
vida de la persona, manifestándose espontáneamente en crisis de
despersonalización o cuando es inducida por un psicoterapeuta. Esta notable
capacidad elude todos los sentimientos de ira, culpa, tristeza e intrusiones
traumáticas del paciente, neutralizándolos, sin ninguna intervención externa
del terapeuta más allá del procedimiento de inducción inicial.
Convence al paciente,
contrariamente a sus emociones negativas arraigadas e intransigentes, de que la
persona fallecida sentía algo distinto a lo que creía, y que la dirección de
ese sentimiento diferente siempre es positiva, a pesar de que las imágenes
traumáticas del paciente hayan sido intensamente negativas, a veces durante
décadas. La facultad del sabio sanador trasciende el marco perceptivo habitual
de la persona, diagnostica sus necesidades, contempla la vida y los sucesos
traumáticos desde otra perspectiva, reorienta las percepciones sin la
influencia del terapeuta ni de la
conciencia del paciente, y deja la mente en paz, sanada milagrosamente e
irreversiblemente.
Tras completar su función, se
retira, generalmente sin volver a activarse a menos que el paciente reciba otra
inducción. El paciente, transformado de forma irreversible, retoma su rutina
diaria normal.
Llegué a la conclusión de
que, si se trata de una alucinación, ¡entonces esta alucinación es una gran
noticia!
Pero ¿qué ocurre con las
patologías concomitantes? ¿El paciente sufre efectos secundarios negativos si
se trata de una alucinación? La respuesta fue inmediata: no tiene efectos secundarios
negativos residuales. Los pacientes no son propensos a sufrir otras
alucinaciones, no pierden el contacto con la realidad y no tienen mayor
probabilidad de ser hospitalizados por patologías asociadas a las
alucinaciones. De hecho, sucede todo lo contrario. Salen de la terapia curados
y, en ocasiones, incluso alegres. Y en todos los casos, hasta ahora, los
resultados positivos se mantienen a lo largo del tiempo.
Nota del Traductor. Frente a hechos inexplicables que pueden
tener contacto con la realidad metafísica o espiritual la ciencia actual alza
teorías materialistas a modo de barrera protectora que asegure el status quo
impuesto por una razón asustada y alienada por el miedo (históricamente
irracional) hacia lo trascendente.
La comunicación CPMI desafía las percepciones de los
pacientes.
La percepción es la forma de
interpretar y dar significado a las experiencias sensoriales. Todas las
percepciones están determinadas por 5 factores generales: creencias,
expectativas, experiencias pasadas, emociones presentes e influencia social. [CR/EX/EXP/EP/IS].
Cuanto más ambigua sea la información sensorial a la que presta atención el
perceptor mayor será la influencia de estos factores. Por ejemplo, la
percepción de un estímulo tan vago como una mancha de tinta depende mucho más
de estos determinantes internos de la percepción que de la mancha en sí. Por
eso, algunos psicólogos suelen aplicar la prueba de la mancha de tinta a sus
pacientes: para descubrir su tendencia a interpretar el mundo de una manera particular.
Los casos de comunicación CPMI
descritos en este capítulo suelen contravenir las creencias, expectativas,
experiencias pasadas y emociones presentes de la persona. De hecho, el
procedimiento requiere que estas influencias perceptivas se suspendan
brevemente para que se produzca la comunicación. En cuanto a la influencia
social, si bien el terapeuta puede sugerir al paciente que podría experimentar la
comunicación cualquier sugerencia específica más allá de eso impedirá que la
experiencia se desarrolle. Dado que la ambigüedad es un requisito previo para
una inducción exitosa, resulta notable la consistencia en el contenido de las
experiencias entre las distintas personas.
Las ilusiones del cliente
tampoco parecen explicar el contenido de la comunicación inducida. En
ocasiones, el contenido contradice directamente lo que el cliente desea. En la
mayoría de los casos incluye elementos que pueden ser bienvenidos pero no todos
deseados o anticipados.
En casi todos los casos la
comunicación inducida se experimenta como incompatible con las creencias,
expectativas, experiencias pasadas, emociones y deseos de la persona. Los casos
presentados en este capítulo ilustran estos principios. Cualquier teoría
psicológica que intente explicar las CPMI tendrá dificultades, ya que los
factores psicológicos habituales no parecen dar cuenta de estas experiencias y,
además, se minimizan deliberadamente en el procedimiento de comunicación.
Una nueva clasificación para las CPM y las CPMI
Casi todas las miles de
experiencias registradas de comunicación post-muerte (CPM) y la inducida post-muerte (CPMI) las relatan personas
normales y sanas que no presentan signos de patología asociada a las
alucinaciones. Si las comunicaciones inducidas fueran alucinaciones hay que
decir que serían diferentes a cualquier otra alucinación conocida y, como
mínimo, requerirían una clasificación distinta.
Las alucinaciones son
percepciones sin la correspondiente información sensorial, lo que significa que
una alucinación es puramente subjetiva y se produce únicamente en la mente del
sujeto. Cualquier explicación del fenómeno, ya sea que se considere una
alucinación o no, debe tener en cuenta los casos de comunicación inducida
presentados en los capítulos anteriores y los que siguen, en los que los
pacientes saben o experimentan cosas que probablemente no sabrían o,
simplemente no podrían saber.
La necesidad de que los
investigadores en el campo de la psicología estudien este tipo de experiencias
mentales inusuales se expone en un libro publicado por la Asociación Americana
de Psicología (APA): Variedades de la experiencia anómala: Un análisis de la
prueba científica (Cardenia, Lynn y Krippner, 2000). Los autores del libro,
reconocidos expertos internacionales en psicología, señalan que la psicología
tradicional ha ignorado durante mucho tiempo el estudio de las experiencias que
se desvían de lo común y desafían las creencias convencionales sobre la
realidad. Asimismo, defienden con firmeza la necesidad de un estudio riguroso
de las experiencias anómalas para integrarlas en la investigación, la teoría y
la práctica psicológicas. Considero que la presentación del material en este
libro es coherente con estos objetivos.
Lo que las teorías sobre las alucinaciones no explican
Las teorías sobre las alucinaciones
deben explicar otros fenómenos comunes entre los trastornos del espectro
autista que hemos presenciado:
- Las CPMI son
notablemente consistentes entre quienes las experimentan, a diferencia de
las alucinaciones que suelen ser idiosincrásicas. Por ejemplo, todos los
fallecidos parecen arrepentidos o dispuestos a perdonar; todos transmiten
mensajes de «Estoy bien»; todos contienen expresiones de amor
incondicional; ninguno presenta características de miedo; todos muestran
calma, satisfacción y felicidad. La lista continúa. Si se tratara de
alucinaciones cabría esperar una amplia variación en el tono y el
contenido que, en su mayoría, reflejaría el estado psicológico del
paciente. Sin embargo esto no ocurre con las CPMI.
- En todas las CPMI en las
que se obtuvo y se pudo verificar información nueva, dicha información
resultó ser cierta.
- Las personas que han
tenido experiencias paranormales suelen percibir mensajes que no quieren
oír, o que no esperan oír y que no podrían imaginar debido a sus
limitaciones psicológicas.
- Muchos mensajes
contienen perspectivas que van mucho más allá de la capacidad del paciente
para distanciarse de la situación, evaluarla, diagnosticar la necesidad,
crear el escenario perfecto para satisfacerla, representarla en un drama
mental y ser tan convincentes para la psique que revierten las creencias
del paciente y sanan traumas y duelos arraigados e intratables. Años de
psicoterapia no lograron modificar las creencias del paciente que
generaban intensos sentimientos de culpa e ira, pero estas experiencias
sanan en minutos. Los mensajes de la CPMI violan el sistema de creencias
del paciente al mostrarlo como engañoso o falso, y el paciente acepta la
perspectiva intrusa como verdad, revirtiendo de inmediato un sistema de
creencias profundamente arraigado sin cuestionarlo.
- Casi todos los testigos
más fiables que han vivido estas experiencias afirman con vehemencia, a
veces con desafío, que se comunicaron con los difuntos. Aseguran no haber
tenido otras experiencias similares en su vida que se asemejen a la CPMI,
salvo una experiencia cercana a la muerte (ECM) o una experiencia
espontánea de comunicación con el difunto (CPM).
- Las experiencias son
siempre positivas y llenas de amor. Siempre contienen el mensaje
reconfortante y revelador que los pacientes necesitan. Estas experiencias
son notablemente diferentes de las situaciones que el paciente podría
imaginar, considerando la tendencia natural del ser humano a ser negativo,
crítico y carente de amor, así como la ira y la culpa que lo llevaron a
buscar terapia.
- Ahora tenemos constancia
de varias sesiones en las que personas presentes en la sala con el
paciente que experimentaba (observadores y terapeutas) tuvieron
experiencias mentales privadas mientras el paciente experimentaba en
silencio una comunicación CPMI, y dichas experiencias fueron idénticas a
las CPMI del paciente. El capítulo 8 explica estas “CPMI compartidas”.
Casos que ilustran estas observaciones
Los casos que se presentan a
continuación ilustran los puntos que cualquier teoría sobre el origen de la
curación de la CPMI deberá explicar.
EL CASO DE JULIA MOSSBRIDGE: “Veo a José caminar hacia mí
riendo y jugando con un perro angelical. Por ahora, esta es la única prueba que
necesito”.
Después de haber hablado
varias veces en programas de radio nacionales e internacionales, describiendo
el fenómeno de comunicación inducida post-muerte la gente empezó a pedirme
entrevistas. Una de ellas fue Julia Mossbridge, reportera de la revista Conscious
Choice, madre, neurocientífica cognitiva, y escritora.
Le induje una CPMI en la que
percibió su reencuentro con un amigo llamado José quien había fallecido en un
accidente automovilístico. Durante la comunicación descubrió algo que
desconocía y que posteriormente verificó. A continuación, se presenta su
artículo sobre la experiencia, titulado «Alivio
del duelo: Visitando a los muertos» (Conscious Choice , noviembre de
2003). Menciona el puntero, con punta azul, que indico a la paciente que
observe, en lugar de mis dedos, durante los movimientos oculares.
“Un
amigo falleció cuando estaba en la universidad y me sentí culpable. José no
estaba seguro de querer ir al baile donde yo pinchaba música con su hermana,
pero cuando coqueteé un poco por teléfono decidió venir. Nunca llegó al baile:
murió atropellado por un camión en la autopista. Había intentado olvidar este
episodio hasta que oí hablar de una nueva técnica que utiliza la comunicación
con los difuntos para sanar el duelo no resuelto. Estaba bastante segura de no
sentir ningún remordimiento por la muerte de José. De hecho solo sentía culpa
por el papel que desempeñé en ella. Sin embargo, me preguntaba si podría pedir
perdón a José por mi participación en su muerte. Así que llamé al doctor que
desarrolló esta técnica, Allan Botkin, quen trabaja en Lincolnshire, Illinois.
Cuando
entré en el consultorio del doctor Botkin, quedé un poco desconcertada. Supongo
que me había imaginado una especie de máquina de alta tecnología en una
habitación oscura, presidida por personaje excéntrico, barbudo y con bata de laboratorio.
En cambio, lo primero que vi fue un palo blanco, de sesenta centímetros de
largo, con una tapa azul de rotulador. Ahora sí, pensé: ¿esto es todo? ¿Una
varita mágica para ver muertos? Y el doctor Botkin, lejos de ser un científico
loco parecía más bien un tipo que daba consejos a los niños en un partido de
sóftbol, con aire paternal y afable.
A
pesar de mis recelos me senté a escuchar su descripción de la "Comunicación Inducida Post mortem",
que desarrolló modificando una técnica de biorretroalimentación en la que los
ojos se mueven rápidamente de un lado a otro. La teoría detrás de este método
se basa en la observación de que, durante el sueño REM (movimiento ocular
rápido), el cerebro es capaz de establecer asociaciones y procesar información
con mayor rapidez que durante la vigilia. Se cree que imitar los movimientos
oculares rápidos durante la vigilia activa el mismo tipo de procesamiento veloz
y saltos asociativos que antes solo se lograban durante el sueño.
Basándose
en el tiempo, décadas, que pasó en la Administración
de Veteranos tratando a soldados con duelo y trauma severos, el doctor
Botkin explicó que cada paciente debe pasar de las emociones más superficiales
—ira, culpa y vergüenza— a la tristeza profunda que, según él, es la raíz de
las demás emociones. Afirmó que, mediante su técnica modificada ( www.induced–CPM.com ), las
personas pueden transitar la tristeza de forma segura y liberarla. Además,
aproximadamente el 70 % de sus pacientes experimentan comunicación post-muerte
(CPM), reconectando con la persona fallecida a través de una visión interior
realista y gozosa.
Mientras
me describía la metodología con su franqueza y sencillez habituales, todas mis
alarmas intelectuales se encendieron para decirme que me estaba tomando el
pelo. Al mismo tiempo tenía la fuerte intuición de que estaba en lo cierto.
Como buena científica, confié en mi instinto. Le permití realizarme una breve
sesión aunque le dije que no tenía ningún problema.
Un
minuto después, tras observar la varita mágica en movimiento y escuchar cómo me
pedía suavemente que conectara con mi dolor, me invadieron imágenes de mi
último y fatídico encuentro con José. Observé algunos movimientos más de la
varita mágica y comencé a llorar, viendo imágenes de su muerte. A medida que mi
tristeza disminuía, conecté con un recuerdo feliz de José. Entonces cerré los
ojos y, de hecho, tuve una conexión profunda.
Sencillamente,
sin rodeos, vi a José salir de detrás de una puerta. Mi amigo saltaba de alegría
con su entusiasmo juvenil, sonriéndome radiante. Sentí una gran alegría al
conectar con él, pero no sabía si me lo estaba imaginando todo. Me dijo que yo
no tenía la culpa, y le creí. Luego vi a José jugando con el perro de su
hermana. No sabía que tenía uno. Nos despedimos y abrí los ojos riendo.
La
experiencia parecía demasiado simple, demasiado superficial. No había
trompetas, ni túneles luminosos, solo una conversación con José. El doctor
Botkin había mencionado que la gente se sorprende de lo "normal" que
parece la llamada Terapia de Conexión
Ancestral (TCA); yo, sin duda, me sorprendí. También mencionó que ni el
terapeuta ni el paciente tienen que creer en la validez de la TCA para que sea
curativa: el duelo se resuelve mediante la reconexión, ya sea real o
imaginaria.
Más
tarde supe que el perro de la hermana de José había muerto, y era de la misma
raza que el que había visto en mi visión. Aun así, sigo sin saber qué es real.
Lo que sí sé es que cuando pienso en José ya no me vienen a la mente las
imágenes de mi llamada ni la del accidente de su coche. En cambio, veo a José
caminando hacia mí, riendo y jugando con un perro angelical. Por ahora, esta es
la única prueba que necesito”.
EL CASO DE ARCI: “Perdóname por haber sido
tan frío cuando te adoptamos”.
A continuación se presenta
otro ejemplo de estos casos comunes en los que el paciente no comprende algo en
la CPMI pero, posteriormente, descubre que la información es cierta.
El amigo de Arci, Mualdo,
había fallecido veintitrés años antes de que él viniera a verme. Ambos tenían
veintitantos años entonces. Arci no estaba angustiado por su muerte pero sí
deseaba volver a conectar con su amigo. Le practiqué el método y Arci contó lo
sucedido.
“Puedo ver a Mualdo. Sonríe y
dice 'Estoy bien'”. Arci se detuvo unos segundos con los ojos aún cerrados.
“¿Qué hace Andrés ahí?”, preguntó
Arci.
Abrió los ojos y explicó lo
sucedido. «Vi a mi amigo Mualdo, y todo estaba bien. Detrás de él, un poco más
atrás, había otra persona. Parecía Andrés, un amigo con el que solía trabajar.
Pero su rostro se veía más alargado y delgado de lo que lo recordaba». Le
sugerí que volviera al lugar de los hechos para esclarecer el misterio. Aceptó
y realicé otra inducción. Cerró los ojos. Al cabo de un minuto, los abrió.
“No era Andrés”, dijo con
ojos muy abiertos. “Era mi padre, mi padre adoptivo. Se parecía a Andrés cuando
estaba vivo, pero el hombre que acabo de ver parecía mucho más joven. Por eso
su rostro se veía más alargado y delgado”. Continuó: “Mi padre me dijo:
«Perdóname por haber sido tan frío cuando te adoptamos». Eso no tiene sentido
para mí. No recuerdo que haya sido frío conmigo. Era un padre maravilloso”. Arci
luego dijo que perdonó a su padre en la CPMI, pero que realmente no entendía lo
que estaba pasando porque su padre no había sido frío con él.
Esa noche Arci llamó a su
madre y le preguntó: "¿Papá fue frío conmigo cuando yo era pequeño?" Su
madre jadeó y dijo: “Sí. ¿Cómo pudiste recordar eso? Eras solo un bebé”. Arci
no dio más detalles, pero dijo que recordaba algo y que simplemente tenía
curiosidad. La madre continuó: “Cuando eras bebé a tu papá le costó aceptarte y
no te llevaba en brazos pero después de unos meses todo estuvo bien. ¿Cómo
puedes recordar eso?”
Arci continuó diciéndome que
lo único que recordaba de su padre adoptivo era el amor que sentía por él y los
buenos momentos que pasaban pescando y acampando juntos. No recordaba que su
padre no lo hubiera tenido en brazos cuando era bebé.
EL CASO DE JEREMÍAS: “Ese tipo me caló
enseguida”.
Con frecuencia, los pacientes
reciben un mensaje totalmente contrario a lo que querrían o esperarían oír. En
ocasiones ese mensaje contiene reflexiones que no podrían haber surgido de su
intención consciente ni de su estado psicológico.
Durante su estancia en
Vietnam, Jeremías, un sueco de ojos azules originario de Wisconsin, jugaba al rugby
americano con los soldados negros de su campamento base. Existía (como es norma
en la américa inglesa, frente a la tolerante y no racista américa española) cierta
tensión racial y seGorioación. Un día, tras jugar con ellos, Jeremías se quedó
en el campo practicando despejes mientras los demás entraban en los barracones.
Un ataque repentino del Viet Cong lanzó un cohete contra el cuartel. Jeremías
corrió hacia donde había caído el proyectil y encontró a varios compañeros
heridos, entre ellos uno negro con el que acababa de jugar. Aunque no había
sido muy amigo del soldado, lo sostuvo en brazos y acunó su cabeza mientras
moría.
Jeremías me pidió una sesión
porque tenía "algo en la cabeza". Me explicó que, aunque no conocía
bien al soldado negro, tenía imágenes recurrentes sobre su muerte, así que me
pidió que utilizara la terapia para ayudarle.
Tras el procedimiento de
inducción, Jeremías cerró los ojos. «Lo veo, puedo verlo. Está sonriendo». Hizo
una pausa y sonrió con los ojos aún cerrados. «Me acaba de decir: "Para
ser blanco, no lo hiciste mal"». Después de unos segundos abrió los ojos
con una expresión interrogante. «¿Sabes? Nunca pude recordar el nombre de este
chico. Si tan solo supiera su nombre, me sentiría mejor. ¿Puedo volver a
hacerlo y preguntarle?».
Era evidente que era
importante para él, así que accedí y le induje otra comunicación. Al cabo de un
minuto, abrió los ojos y se removió incómodo en su silla, con el ceño fruncido.
“¿Qué pasó?”, pregunté.
Negó con la cabeza, mirando
al suelo. "Ese tipo me caló enseguida".
“¿Qué quieres decir?”
Me miró y me explicó: «Le
pregunté su nombre y me dijo: "¿Por qué quieres mi nombre ahora? No lo
querías entonces"». Jeremías me miró seriamente. «Doctor, tengo que
confesarle algo. Quería su nombre para incluirlo en la documentación de mi
calificación de servicio y así poder ganar más dinero».
Si un veterano puede
demostrar que un problema actual está relacionado con un incidente ocurrido durante
su servicio militar recibe una compensación por el trauma en su cheque mensual.
Jeremías necesitaba el nombre del soldado negro porque quería completar una
nueva documentación que indicara que tenía una relación cercana con él y que
ahora sentía dolor por su muerte. Pensó que podría obtenerlo en una CPMI.
“Ese tipo me caló enseguida”,
dijo de nuevo, sacudiendo la cabeza. Le proporcioné algunas sesiones
adicionales de DRMO para reducir su malestar. Así, pudo aceptar lo sucedido
como una valiosa experiencia de aprendizaje.
Jeremías y yo comenzamos a
trabajar en otros asuntos y él nunca volvió a mencionar el tema. Había
percibido una respuesta a su pregunta sobre el nombre del fallecido que no
esperaba ni deseaba. Claramente, no tenía control consciente sobre el contenido
del procedimiento de comunicación.
EL CASO DE NOBLE: “Siento que lo he perdonado
por primera vez en treinta y un años”.
Cuando Noble era médico en
Vietnam tenía una relación difícil con su oficial al mando. En una ocasión
alguien le robó el rifle y su oficial, sin creer su historia, le ordenó que
saliera desarmado en la siguiente misión a pesar de que había otras armas disponibles. Noble
sobrevivió a la misión pero sentía rabia hacia el oficial por haber puesto su
vida en peligro. Durante treinta y un años la ira de Noble fue tan intensa cada
día como el día en que ocurrió el incidente; creía que si volvía a ver al
oficial, lo mataría.
Hablamos del incidente y le
sugerí que hiciéramos terapia DRMO centrada en el miedo para ayudarlo a superar
la ira. Junto con la tristeza, el miedo es otra emoción fundamental. No pudimos
realizar un procedimiento CPMI centrado en el oficial al mando porque Noble
estaba seguro de que seguía vivo.
Una vez que la ira y el miedo
disminuyeron le di una serie adicional de ejercicios de DRMO para ayudarlo a
relajarse aún más. Cerró los ojos e inmediatamente vio al oficial al mando de
pie, frente a él, con una expresión de preocupación y cariño. Noble contó que
el oficial al mando le dijo que lamentaba mucho lo que había hecho y todos los
problemas que su ira constante le había causado en su vida.
“Parecía que lo decía en
serio”, dijo Noble después. “Le creo”.
Me asombró que fuera la
primera vez que un paciente experimentaba una comunicación CPMI normal con una
persona aun viva (ya se explicaron las otras dos excepciones en el capítulo 6
). A pesar de esta desviación de lo habitual mi opinión, entonces y ahora, es
que la terapia funciona. Parecía que estábamos introduciendo una nueva
categoría: la comunicación inducida con personas vivas que cura recuerdos
intrusivos o turbadores.
Con eso, la ira de Noble se
disipó por completo. "Siento que lo he perdonado por primera vez en
treinta y un años".
Tras salir de mi oficina, Noble,
movido por la curiosidad, fue al libro donde figuran los nombres de todos los
que murieron en Vietnam. Allí encontró el nombre de su oficial; había fallecido
poco después de que Noble abandonara Vietnam.
EL CASO DE JUAN: “Utiliza tus herramientas”.
«Usa tus herramientas» dijo
Juan, repitiendo lo que su padre le había dicho durante una inducción en la CPMI.
El padre de Juan siempre le había dado buenos consejos en vida. Desde su
fallecimiento hacía varios meses, el dolor de Juan se intensificó al sentir que
había perdido a su mentor, consejero y querido padre. Antes de la inducción, me
comentó que pediría a su padre cualquier consejo que pudiera ayudarle en su
vida presente.
La inducción comenzó sin
problemas. Cuando abrió los ojos, después de su experiencia en el CPMI, dijo:
«Le pregunté si tenía algún consejo para mí. Papá me dijo: "Usa tus
herramientas, Juan". No lo entiendo en absoluto. Tengo algunas
herramientas viejas en el fondo del garaje, pero no las he usado en años. No lo
entiendo».
“¿Por qué no vuelves y le
preguntas qué quiere decir?”, le sugerí. Le hice otra inducción y Juan cerró
los ojos. Al cabo de un momento, sonrió y asintió con la cabeza. Abrió los ojos
y dijo, “Le pregunté por las herramientas. Me contestó: «No, Juan, no las que
tienes en el garaje. Usa las herramientas que estás aprendiendo en terapia
ahora mismo. Te van a marcar la diferencia».
Juan recibió un mensaje que
no esperaba ni comprendía. Tuvo que pedir a su padre que le explicara el
mensaje, y la interpretación a la que llegó no coincidía con la que habría
imaginado.
EL CASO DE SIMÓN: “Tenía muchas esperanzas de
poder enviarle un mensaje a Cari”.
Otra característica
destacable de algunas comunicaciones inducidas debe tenerse en cuenta a la hora
de buscar las causas de este fenómeno. En ocasiones, el paciente percibe un mensaje
que no comprende y la explicación no proviene de la información que posee. Solo
después de consultar con otra persona el mensaje cobra sentido.
Simón quedó profundamente
afectado por la muerte de su buen amigo Jimeno, ocurrida un mes antes de venir
a verme. Había sido muy amigo de Jimeno y su esposa, Cari, y sufría profunda
tristeza por el fallecimiento.
Simón accedió a participar en
una sesión de CPMI para superar el duelo. Le hice la inducción estándar y cerró
los ojos. Al instante, sonrió. «Puedo ver a Jimeno. Está sonriendo y saludando.
Puedo oírlo llamándome». Abrió los ojos. «La imagen era muy clara. Eso me hace
sentir muy bien. Siento que está bien. Pero, sabes, tenía muchas ganas de darle
un mensaje a Cari. No está nada bien».
Le sugerí que pidiera un
mensaje a Jimeno. Pasamos por el proceso de inducción y cerró los ojos. Después
de un momento los abrió y me miró desconcertado. «Esta vez no vi a Jimeno. Solo
vi una mano sosteniendo otra. Supe que la mano de arriba era la de Jimeno
porque era ancha y venosa, como las suyas. La otra mano parecía ser la de Cari,
según entendí. Ahora bien, eso no significa nada para mí. No es un mensaje
importante para ella».
Terminamos la sesión con Simón
sintiéndose reconfortado y feliz por haber vuelto a conectar con Jimeno, aunque
seguía sin entender por qué vio la mano de Jimeno sobre la de Cari cuando le
pidió que le diera un mensaje.
Más tarde ese día, Simón me
llamó emocionado. «Bueno, doctor, fui enseguida a casa de Cari y le conté que
había visto a Jimeno. Estaba muy contenta. Le dije que había pedido un mensaje
para ella, pero que no me lo había dado. Solo vi una imagen muy clara de su
mano sosteniendo la suya. Empezó a llorar, sonriendo y asintiendo con la
cabeza. Me dijo: “Anoche tuve un sueño. Fue tan vívido que no parecía un sueño.
Sentí, de verdad sentí, a Jimeno tomándome de la mano. Simón, sí que te dio un
mensaje para mí. Decía que anoche era él quien realmente me tomaba de la
mano”».
El dolor de Simón permaneció
superado desde ese momento hasta mi último contacto con él.
EL CASO DE VERA: "¿Puedo hacerlo de
nuevo? Quiero oírla decirlo otra vez."
La percepción que los
pacientes tienen del difunto suele adquirir un matiz humorístico cuando este
los reprende de forma familiar, algo que el paciente no esperaría experimentar
en el centro de detención infantil. El caso de Vera es un ejemplo de ello.
La madre de Vera había
fallecido repentinamente durante la noche, tres meses antes de que ella
acudiera a mí para recibir terapia de duelo por lo que Vera aún se encontraba
en pleno proceso de duelo. Aceptó someterse a una sesión de terapia para
ayudarla a sobrellevar la tristeza.
Realicé tres inducciones y,
en la tercera, Vera casi de inmediato sintió que su madre le decía que debía
estar feliz porque ella estaba feliz. Vera se puso eufórica. Disfrutó tanto de
la experiencia que quiso realizar otra comunicación y hacer una pregunta a su
madre. Le indiqué una serie de movimientos oculares y pedí que cerrara los ojos
y siguiera pensando en su madre. Después de unos segundo los abrió. «Me
respondió», dijo encantada. «Quiero preguntar de nuevo. ¿Puedo hacerlo?».
“Claro”, respondí. Hice una
serie de movimientos oculares y volvió a cerrar los ojos. Los abrió al cabo de
unos segundos, rebosante de emoción. “Le pregunté y me dijo lo mismo. ¿Puedo
repetirlo? Quiero oírla decirlo otra vez”.
Era evidente que Vera estaba
experimentando la misma euforia que había visto en muchos otros pacientes que
habían tenido esa comunicación inducida. Aunque no se le ocurría nada más que pedir,
quería seguir teniendo la experiencia. Le induje otra más. Tras unos segundos,
Vera abrió mucho los ojos, retrajo las comisuras de los labios y bajó la cabeza
con una expresión de "ups".
“¿Qué pasó?”, pregunté con
gran curiosidad.
“Mi madre me dijo: '¿Por qué
sigues haciendo la misma pregunta? Ya te di la respuesta'. Supongo que me pasé
de la raya.”
CPMI compartidas: Desafiando la teoría de las alucinaciones.
Los casos presentados en este
capítulo parecen desafiar las teorías psicológicas actuales. La explicación que
se formule sobre el origen de las comunicaciones post-muerte inducidas deberá
abordar estas cuestiones. Si bien son notables, el contenido de estos casos no
constituye el argumento más sólido para afirmar que las teorías psicológicas
actuales son insuficientes para explicar las CPMI. En el próximo capítulo
presentamos el fenómeno de las CPMI compartidas: dos personas que experimentan
la misma experiencia privada simultáneamente.
Nota del Traductor: recuérdese el trabajo de Raymond Moody sobre
las experiencias
compartidas en procesos de fallecimiento, también relatados en trabajos
publicados por enfermeras en instituciones de cuidados paliativos para
pacientes terminales, tales como VIAJES
FINALES, de Maggie Callanan, o REGALOS
FINALES de Maggie Callanan y Patricia Kelley
CAPÍTULO 8. CPMI
COMPARTIDAS Y CPM SIMULTÁNEAS
El ser humano forma parte del todo, al que llamamos «Universo»; una
parte limitada en el tiempo y el espacio. Se percibe a sí mismo, sus pensamientos
y sentimientos como algo separado del resto: una especie de ilusión óptica de
su conciencia. Esta ilusión es una prisión que nos limita a nuestros deseos
personales y al afecto por unas pocas personas cercanas. Nuestra tarea consiste
en liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de compasión para
abarcar a todos los seres vivos y a la naturaleza en toda su belleza. Nadie
puede lograrlo por completo, pero el esfuerzo por alcanzarlo es, en sí mismo,
parte de la liberación y fundamento de la seguridad interior. —Albert Einstein
(citado en H. Eves, Mathematical Circles Adieu)
Probablemente los sucesos más
raros que hemos experimentado ocurrieron inicialmente, por accidente, con
profesionales que no eran propensos a confundir ilusión con realidad.
Posteriormente pudimos inducir el suceso a propósito con otros terapeutas y
pacientes en varios ensayos. Aún no hemos logrado comprenderlo, pero el
fenómeno debe estudiarse y tenerse en cuenta al determinar la clasificación de
las CPM, las ECM y las CPMI.
Descubrimos que un observador
presente en la sala, con el paciente y el psicoterapeuta durante el suceso CPMI,
parece ser capaz de escuchar la experiencia interna del paciente durante dicho suceso.
La prueba preliminar de esta escucha “clandestina” es sólida y se replicó en
terapeutas, observadores y pacientes. Denominamos a estos incidentes "CPMI
compartidos". Una variante en la que el observador experimentó un suceso CPM
independiente durante la misma sesión, en el que participaron las mismas
personas fallecidas que aparecieron en el CPMI del paciente, la denominamos
"CPM concurrentes".
CPMI compartidas
La primera vez que me percaté
del fenómeno compartido estaba induciendo una CPMI mientras un psicólogo, al
que estaba formando, observaba. El paciente quería superar su duelo mediante una
comunicación con su tío fallecido y con quien había pasado gran parte de su
juventud. Mientras inducía la comunicación al paciente el psicólogo observador
cerró los ojos y realizó él mismo los movimientos oculares para relajarse.
Al psicólogo en formación se
le aparecieron imágenes: una escena vívida de una zona pantanosa con espadañas,
un estanque y un sauce. Sintió como si estuviera tumbado en la hierba con el
estanque a la altura de los ojos. No le pareció lógico, así que abrió los ojos
y siguió observándonos a mí y al paciente. El paciente aún no había empezado a
hablar, por lo que el psicólogo desconocía lo que estaba experimentando el
cliente durante su CPMI.
Cuando el paciente abrió los
ojos dijo haber visto la escena de un pantano. Sentía como si estuviera tumbado
en la hierba mirando el pantano. El psicólogo en prácticas se sorprendió por
esta coincidencia y preguntó: "¿Vio usted espadañas?".
El paciente dijo:
"Sí", sin esperar que esa fuera una afirmación rara ya que había
dicho que se trataba de un pantano.
El psicólogo preguntó
entonces: "¿Vio usted un estanque y un sauce?". El paciente se mostró
claramente sorprendido. "Sí", respondió. "¿Cómo lo supo?".
El psicólogo explicó lo que
había hecho y ambos continuaron comparando con gran precisión sus relatos de lo
que habían experimentado.
Sin embargo, una parte de la
escena no coincidía. El psicólogo preguntó: "¿Viste a los patos volar por
encima?".
El paciente dijo: “No, eso es
lo único que usted ha descrito que yo no vi”.
Pregunté al paciente:
"¿Por qué vio un pantano?"
El paciente respondió: “El
pantano estaba en el patio trasero de la granja de mi tío. Solía jugar allí y
tumbarme en la hierba, junto al estanque”.
Paciente, psicólogo y yo
quedamos con los ojos muy abiertos. Luego me miraron buscando alguna
explicación, como si mi formación en psicología les hubiera enseñado qué decir
en una situación así. No lo sabían, pero yo estaba tan sorprendida como ellas.
Mantuve la compostura pero admití que no sabía qué había pasado. Al terminar la
sesión salí por la puerta trasera del edificio y recorrí los terrenos del
hospital solo, absorto en mis pensamientos sobre este suceso inexplicable.
En la siguiente sesión con
este paciente y el psicólogo observador el cliente manifestó su interés por
saber más sobre este suceso y accedió a repetirlo. Por ello le induje la comunicación mientras el
psicólogo se la autoinducía. Ambos permanecieron en silencio un rato. Antes de
que el paciente explicara su CPMI el psicólogo informó haber percibido una
conversación entre el paciente y su tío. Proporcionó detalles específicos que posteriormente
el paciente confirmó pues coincidían con
la conversación que había experimentado en su comunicación.
Como este hallazgo nos
intrigó, el psicólogo observador y yo experimentamos con otros ocho pacientes
que accedieron a participar. En esta ocasión el psicólogo anotó todo lo que
experimentó antes de que los pacientes relataran lo sucedido durante sus crisis
epilépticas agudas. En todos los casos los relatos del psicólogo coincidieron
con las crisis epilépticas agudas de los pacientes con gran precisión.
Una psicóloga comparte una comunicación CPMI con su
paciente.
Expliqué este hallazgo a otra
psicóloga que había capacitado en la terapia. Al día siguiente me informó que,
durante una sesión, había realizado movimientos oculares mientras su paciente
experimentaba la sesión y ella misma había tenido una experiencia similar. Esto
fue lo que me comunicó:
“Después de que me describieras lo sucedido
con la comunicación inducida compartida sentí curiosidad por saber si alguna
persona presente durante la experiencia de CPMI del paciente podría compartirse
con otros, incluido el psicoterapeuta. Así que decidí intentarlo. Estaba
trabajando con un paciente que tenía imágenes traumáticas y duelo por una
experiencia de guerra. Este sujeto esperaba poder realizar una comunicación con
uno de los soldados que había visto morir en feroz batalla.
Tras la inducción habitual quedó listo para
la comunicación. Le indiqué una serie de movimientos oculares y cerró los ojos.
Al mismo tiempo cerré los míos y también los moví. Lo que experimenté fue
increíble. No buscaba experimentar nada en particular, pero me vinieron a la
mente imágenes muy vívidas de un soldado en un valle verde y tranquilo. Sentí
que se comunicaba conmigo y me decía: «Está bien. No fue tu culpa».
Abrí los ojos al poco rato para asegurarme
de que estaba viendo al paciente cuando él abriera los suyos. Poco después, me
dijo: «Lo vi. Era él de verdad. Me dijo que no me sintiera mal. No fue culpa
mía». Me quedé bastante atónita, pero seguí con la conversación.
“Describe lo que viste. ¿Cómo era el
paisaje?”
Me dijo, y estas fueron sus palabras: «Era
un lugar hermoso, frondoso y verde, con pequeñas elevaciones a ambos lados,
como un valle». Yo mantuve la compostura y terminamos la sesión. No quise
contarle lo que acababa de suceder y ahora que sé lo que puede pasar y no lo
volveré a hacer sin antes hablar con el paciente. Pero alguien realmente tiene
que estudiar esto”.
Advertimos que no
aprobaríamos participar en una experiencia de este tipo sin el permiso del
paciente y sin que este tenga conocimiento previo de lo que puede ocurrir.
Personalmente no he compartido una CPMI con ningún paciente debido a mi
preocupación por la privacidad.
Otro psicoterapeuta capacitado comparte una experiencia con
la CPMI.
El doctor David Mannelli,
quien yo había formado unos años antes, tuvo mucho éxito induciendo CPMI en su
consulta de Milwaukee, Wisconsin. Un día me envió un correo electrónico para
explicarme la extraordinaria CPMI compartida que había experimentado. Este es
el relato de lo sucedido:
“Estaba asesorando a una madre de cuarenta
años con dos hijos que había perdido a su esposo aproximadamente un año antes
de nuestra sesión. Le apliqué la terapia DRMO estándar centrada en el núcleo
pero su dolor no disminuía como suele ocurrir cuando nos preparamos para la
inducción de la CPMI, así que realizamos cuatro sesiones de DRMO enfocadas en
su duelo. Durante ese tiempo desarrollé una fuerte conexión con ella y sentí
verdadera comprensión de su dolor y empatía. Finalmente, durante la quinta
sesión, parecía estar lista y utilicé DRMO para relajarla y lograr el estado
receptivo. La CPMI se desarrolló con normalidad.
Durante el momento de tranquilidad en que
ella experimentaba su comunicación, con los ojos cerrados, yo también cerré los
míos por unos segundos e hice movimientos oculares. Tuve la imagen clara de un
hombre con camisa blanca brillante, joven y sano, con la mano sobre el corazón.
Tras abrir los ojos me explicó, llena de
alegría, que había tenido una visión de su marido y la esencia de lo que él
sentía. Le pregunté cómo era. Ella respondió: «Llevaba una camisa blanca muy
brillante, parecía más joven y completamente sano. Tenía la mano sobre el
corazón».
Seis meses después de contarme
sobre esta sesión, Daniel me informó que
la paciente lo había llamado para darle las gracias y le había dicho que su
familia y amigos habían notado un brillo especial en ella desde la sesión de
terapia.
Generalizaciones sobre las comunicaciones compartidas.
La experiencia compartida de
la comunicación supuso un punto de inflexión en mi comprensión del fenómeno.
Tras presenciar varias CPMI compartidas me di cuenta de que era improbable que
fueran alucinaciones. Una alucinación es idiosincrásica: dos personas no pueden
tener alucinaciones idénticas al mismo tiempo. Durante las comunicaciones
inducidas compartidas, quienes las experimentan observan la misma realidad por
lo que, probablemente, sea independiente de ambos. Se justifica un estudio más
profundo del fenómeno.
En todos los casos de CPMI
compartida que hemos registrado, los observadores habían experimentado su CPMI antes del episodio compartido. Esto
parece sensibilizarlos a la experiencia de la comunicación. Los observadores
también establecieron una buena relación con la persona que experimentó la CPMI
al escuchar su relato y comprender el duelo que la acompañaba.
Mis colegas y yo intentamos
replicar las CPMI compartidas en condiciones controladas. En nuestro
experimento informal utilizamos dos observadores que habían tenido varias CPMI
compartidas exitosas. Como control, el observador desconocía los problemas del
paciente ya que se incorporó a la sesión justo antes de la inducción, sin estar
informado sobre el caso del paciente. Al intentarlo de esta manera, la CPMI
compartida no se produjo.
El doctor Mannelli,
psicoterapeuta de Milwaukee que experimentó una de las CPMI compartidas,
concluyó su relato con estas palabras, que podrían ser una profunda revelación
sobre las comunicaciones compartidas: «Creo firmemente que la energía de una
comunicación CPMI está ligada al poder del amor. Cuanto mayor sea la empatía
del terapeuta, mayor será la probabilidad de acceder a una CPMI».
CPM simultáneas durante una sesión CPMI
Tras conceder varias
entrevistas a publicaciones, emisoras de radio y televisión para describir la
terapia CPMI, psicoterapeutas de todo el país comenzaron a contactarme para
recibir formación. Una de ellas fue Hania Stromberg, que ejerce la psicoterapia
en Albuquerque, Nuevo México. Ella viajó a Illinois para formarse y, tras
regresar a Nuevo México, empezó a utilizar la terapia CPMI como una de las
herramientas para ayudar a sus pacientes que sufrían imágenes intrusivas y
duelo.
Hania Stromberg: Una comunicación post-muerte (CPM) espontánea
ante la comunicación post-muerte inducida (CPMI) de su cliente
Varias semanas después de su
formación, Hania me llamó emocionada. «Al, esto es increíble», dijo. «Tuve la
experiencia de escuchar al padre de mi paciente mientras le realizaban una
comunicación CPMI». Este es el relato de lo sucedido, en sus palabras:
Arnold acudió a mí porque estaba muy
afligido por la muerte de su padre. Su madre había fallecido años antes y él y
su padre vivieron juntos hasta el fallecimiento de este. Su padre fue un atleta
destacado que sobresalió en los deportes durante la secundaria y la
universidad. Parecía tener éxito en todos los deportes que practicaba. A pesar
de su éxito en el deporte y, posteriormente, en los negocios, Arnold comentó
que su padre se sentía decepcionado con la vida.
Arnold estaba muy triste por su relación con
su padre pues sentía que este no lo había querido realmente. Su padre
desarrolló Alzheimer hacia el final de la vida y Arnold lo internó en una
residencia de ancianos. Esto le provocó una enorme culpa, pues sentía que solo
estaba aumentando la desilusión de su padre con la vida. Reconocía que su padre
no era consciente de dónde estaba en ese momento, pero aun así se sentía
culpable por no haber podido mantenerlo en casa.
Realicé el proceso de inducción mientras
Arnold se concentraba en su padre. Durante los movimientos oculares de la DRMO,
sentí lo que me pareció que alguien entraba en la habitación y dije: «Oh, una
presencia fuerte acaba de entrar en la habitación». Arnold respondió de inmediato:
«Sí, sí. Yo sentí lo mismo. Mi padre está aquí».
Cerró los ojos. En mi mente, oí una voz
masculina que decía: «Hijo mío, mi querido hijo», pero no se lo conté al
paciente. Entonces, cerré los ojos por unos segundos y vi remolinos morados en
movimiento.
Tras un minuto, abrió los ojos y describió
su experiencia. Dijo que sentía como si flotara y viera siluetas en la sombra
que se parecían a su padre, flotando a su alrededor. Luego añadió: «Vi las
siluetas en remolinos de color púrpura».
Poco después, la sesión terminó.
Más tarde, comentó que se había sentido
dichoso durante un día después de la última sesión. Había llegado a sentir
menos culpa y más amor por su padre. Yo me encargué de la preparación para la CPMI
y, tras una serie de movimientos oculares, Arnold cerró los ojos y describió lo
que veía. «Veo a muchos hombres con ropa de los años 50, muy profesionales y de
aspecto impecable».
Arnold permaneció sentado en silencio
durante unos diez minutos. Luego abrió los ojos con una sonrisa y me contó lo sucedido.
«Vi a papá y hablamos de mi vida. Le pregunté si la mujer con la que salgo
sería una buena pareja para mí. Me dijo: "No, no, hijo mío, mi querido
hijo. Ella no te conviene"».
Me di cuenta de que había dicho que su padre
había pronunciado las mismas palabras que yo había oído en la sesión anterior,
palabras que Arnold no había escuchado en aquella ocasión. Le pregunté:
«Dijiste que tu padre te dijo: “Hijo mío, mi querido hijo”. ¿Te lo había dicho
antes?».
“Oh, sí”, respondió Arnold. “Me lo decía a menudo
cuando estaba vivo y hoy lo he vuelto a oír”.
La experiencia de un psicólogo en su comunicación
post-muerte CPM.
A veces imparto la
capacitación sobre cómo realizar la inducción CPMI en sesiones individuales en
mi consultorio en lugar de en grupo. Un sábado capacité a Gallu Dufford, doctor
en psicología de San José, California. Vino acompañado de su esposa, Ilianna,
lo que nos brindó la oportunidad única de que me observara mientras realizaba la
inducción CPMI con su esposa en relación con su madre fallecida.
Seguimos el proceso de
inducción habitual y ella cerró los ojos. Estaba inusualmente callada y le
pregunté: "¿Sientes algo?". Susurró: "Espera". Se quedó
sentada en silencio unos minutos más. Noté que su esposo tenía los ojos
cerrados mientras yo practicaba la inducción, y en un momento dado sonrió
ampliamente y se rió para sí mismo.
Cuando abrió los ojos la
esposa explicó que había vivido una muy extensa y conmovedora comunicación con
su madre y su padre. Por su parte, su esposo dijo que, con los ojos cerrados,
tuvo la experiencia de ver y hablar con la madre y el padre de su esposa. «Pero
yo no tuve la misma experiencia que describe Ilianna», explicó. «Primero
conecté con ellos individualmente. Luego, unos minutos después, en una CPM
aparte, vi a la madre y al padre de Ilianna juntos, bailando y riendo. Cuando
cerré los ojos en ese momento sentí una energía tan brillante y alegre que
emanaba de ellos que realmente me hizo sonreír. Me impresionó lo diferente que
era su energía, en comparación con el cansancio que sentía después de un largo
día de entrenamiento. Me reforzó la sensación de que era real y que provenía de
una fuente externa a mí».
Miró a su esposa. «Tu madre
me hacía reír. Me llamaba “Mallu” en vez de Gallu, en broma. ¿Te acuerdas de que
solía hacerlo y se convirtió en broma recurrente entre nosotros?»
Luego, tomó la mano de
Ilianna y le dijo: «Ilianna, tu padre me dijo, muy claramente: "Hola, Gallu.
Sabes que es mi niña, cuídala"». Ilianna y Gallu se sonrieron con ternura,
con lágrimas en los ojos.
Lo extraordinario de la CPMI compartida.
Es necesario estudiar las CPMI
compartidas para comprender la naturaleza de este fenómeno sin precedentes que
desafía lo que creíamos cierto sobre el cerebro y la conciencia. Para mí,
presenciarlas supuso un punto de inflexión en mi visión de las CPMI. Para
descartar la explicación de la postvida los escépticos podrían argumentar que
dos personas que comparten una CPMI en realidad no comparten la percepción de
los espíritus de los difuntos sino que, de alguna manera, comparten mágicamente
y telepáticamente la misma alucinación. Me sorprendió descubrir tiempo después
que las CPMI compartidas tienen paralelismo en la investigación de las ECM. El
descubrimiento del doctor Moody sobre las "ECM compartidas" se
analiza en el capítulo 13.
CAPÍTULO 9. EXPERIENCIA
PROFESIONAL Y ACADÉMICA CPMI
Sin duda, la mejor prueba es
la experiencia. —Sir Francis Bacon
A lo largo de los años
transcurridos desde el descubrimiento del procedimiento CPMI, he tenido el
placer de describir el fenómeno CPMI a numerosos profesionales de la salud
mental, médicos y académicos. Varios de ellos mostraron gran interés en
comprender estas comunicaciones inducida y me permitieron ayudarlos a
experimentarlas. Tras las sesiones, su certeza de que la experiencia se
desarrolla sin intervención consciente, y que las comunicaciones eran reales,
coincidió con los testimonios de todos mis pacientes.
Suponemos que los miembros de
estos grupos profesionales son personas equilibradas y con buena salud mental.
Los testimonios de estos profesionales capacitados me ayudaron a comprender que
las Comunicaciones Post-Muerte Inducidas
se presentan en personas inteligentes, instruidas y con buena salud mental, de
todos los orígenes y profesiones.
En los cinco casos que se
describen a continuación las CPMI fueron experimentadas por profesionales
médicos y académicos, concretamente dos psicólogos, dos médicos y un profesor
de historia.
EL CASO DEL PSICÓLOGO JANDRO: “Me sorprendió la forma en
que se desarrolló mi experiencia”.
Jandro es psicólogo. Sabía
que las experiencias espontáneas de CPM (Comunicación Post-Muerte) producían la
sanación de heridas emocionales pero era muy escéptico respecto a la inducción
de la CPM. Quería conocer la práctica por sí mismo, así que vino a mi
consultorio para una sesión de inducción de CPM (CPMI).
Comenzamos hablando sobre las
comunicaciones inducidas y le describí un caso como ejemplo. Cuando le pedí que
eligiera a la persona con la que quería reconectar eligió a su padre. Tres años
antes de nuestra sesión el anciano padre de Jandro había desarrollado neumonía,
tras una operación de corazón, y falleció. «En general tenía buena relación con
mi padre, pero había asuntos pendientes», dijo Jandro. «Fue insensible y
crítico muchas veces a lo largo de mi vida, y eso me causó muchos problemas.
Pero lo que realmente me preocupa ahora es que le tenía mucho miedo a la muerte
y nunca aceptó su enfermedad».
El primer intento de
inducción no tuvo éxito porque Jandro intentaba imaginar una escena similar al
caso de CPMI que habíamos comentado al principio de la sesión. Le expliqué que las
CPMI adoptan diversas formas y que cualquier intento por su parte de recrear
esa experiencia impediría que se produjera una comunicación. Simplemente le
recordé que debía estar abierto a lo que sucediera.
Hicimos otra inducción. Jandro
se sentó en silencio con los ojos cerrados y luego habló: «Veo una pequeña luz
brillante. Se está haciendo cada vez más grande. Ahora veo una imagen borrosa
del rostro de mi padre, que emerge de la luz. Lo oigo decir: “Hijo, hijo”, con
mucha ternura y cariño. Tengo la sensación de que me busca y quiere hablar
conmigo».
Jandro relató que la imagen
se desvaneció, así que le proporcioné otra inducción. «Puedo ver una escena
brillante, brumosa e informe, pero puedo oír a mi padre decir: "Estoy
bien. Jandro, todo está bien"». A Jandro se le llenaron los ojos de
lágrimas. «Son lágrimas de felicidad», dijo.
Después, Jandro afirmó que se
sentía conectado a su padre de una manera muy cariñosa, más profundamente que
nunca. Creía que cuando su padre le dijo: «Jandro, todo está bien», quería
decir que la gente no debería atormentarse con miedos infundados sobre la
muerte.
“Esto es justo lo que
necesitaba”, continuó Jandro, “pero no me había dado cuenta de que lo
necesitaba. Siento un verdadero bienestar, una sensación diferente a cualquier
otra que haya experimentado antes. Me sorprendió cómo se desarrolló mi
experiencia. No esperaba ver la luz; se materializó por sí sola”.
Hablé con Jandro por teléfono
meses después. Me dijo que creía que todos sus problemas relacionados con la
muerte de su padre se habían resuelto. Y cada vez que recordaba la experiencia
en la comunicación sentía la misma cálida sensación de bienestar.
EL CASO DE LA PSICÓLOGA SINDI: “Creo que ahora me doy
cuenta de que gran parte de mi fortaleza como persona proviene de la influencia
de mi padre”.
Antes de su formación en CPMI,
Sindi era escéptica, pero cuando logró inducir CPMI en algunos de sus
pacientes, quedó muy impresionada con los resultados. Decidió intentar
autoinducirse una CPMI para resolver algunos problemas con su padre. Aunque su
padre había fallecido hacía casi cinco años, ella seguía teniendo sentimientos
ambivalentes hacia él. Su padre había sido un oficial militar de alto rango que
sirvió en la Segunda Guerra Mundial, Corea y la crisis de los misiles cubanos.
Desafortunadamente, sus experiencias militares lo habían vuelto ansioso,
impredecible y explosivo, patrones de comportamiento que provocaron muchas
crisis familiares y algunos problemas persistentes para Sindi.
Este es el relato de Sindi
sobre lo sucedido, tal como me lo explicó. Sindi se realizó el procedimiento a
sí misma mientras estaba tranquilamente en casa. Inmediatamente vio a su padre
sentado en una silla en lo que parecía ser un entorno tropical. "Se veía
más joven, más delgado y con más cabello, tal como era de joven", dijo.
"También se veía feliz y tranquilo". Sindi le preguntó entonces a su
padre qué debía hacer con su hermana, que estaba teniendo problemas en ese
momento. Él respondió: "Nada. Solo relájate". Ella contó que luego él
se quedó pensativo y dijo: "Espero que algún día puedas encontrar algo
bueno en ti que hayas heredado de mí". Dijo que había un toque de tristeza
en su voz, pero era más una tristeza empática que una preocupación por su bienestar.
Sindi me contó que entonces
abrió los ojos y, aunque conservaba una sensación de paz gracias a su
experiencia, también se sentía perpleja. En ese momento no volvió a otro centro
de tratamiento de la afección.
Después de que me contara la
historia, le aconsejé que tomara en serio la declaración de su padre, ya que
parecía importante. Me dijo que su decepción y enojo por la relación con él le
dificultaban darle una respuesta inmediata. Aceptó que utilizara la terapia DRMO
para ayudarla a procesar lo que su padre le había dicho en su sesión de CPMI.
Realicé la terapia DRMO y
ella cerró los ojos. Tras un instante, habló: «Tengo la sensación de que, a
pesar de todas las dificultades que mi padre atravesaba, siempre fue fiel a
mamá y a nosotros, aunque a veces parecía estar abatido. Creo que ahora me doy
cuenta de que gran parte de mi fortaleza como persona proviene de la influencia
de mi padre».
Esa noche, Sindi se
autoindujo otra crisis de eyaculación precoz. Cuando lo sintió de nuevo, él se
veía tranquilo y feliz, pero esta vez toda su preocupación por su bienestar
había desaparecido. Sindi me dijo después: «Parecía que todos sus problemas y
su preocupación por el efecto que tenían en mí habían desaparecido». Dijo que
entonces su padre le dijo que estaba esperando pacientemente a su madre.
Los problemas de Sindi se
resolvieron y los cambios se mantuvieron en el seguimiento realizado un año
después. Ella creía que la experiencia la había fortalecido aún más, lo que le
permitió lidiar con mayor eficacia con una figura de autoridad que le recordaba
a su padre.
Basándose en su experiencia y en la inducción de CPMI con sus
pacientes, Sindi está segura de que este fenómeno es una capacidad natural que
reside en todo ser humano.
EL CASO DE LA DOCTORA PAMELA: “Tengo la sensación de que
no se ha ido y que siempre estará conmigo”.
Pamela es médica exitosa con agenda
profesional muy apretada. Acudió a mí debido a la culpa y la tristeza que
sentía por la muerte de su madre. Inicialmente se mostró escéptica respecto al
procedimiento de comunicación inducida pero accedió a probarlo.
La madre de Pamela había
fallecido casi treinta años antes, cuando Pamela tenía catorce años. Ella y su
madre eran las únicas mujeres de la familia por lo que habían desarrollado una
relación muy estrecha. Poco después de que Pamela cumpliera catorce años su
madre se sentó con ella en el sofá, le tomó las manos y le dijo que tenía
cáncer de mama inoperable. Le quedaban solo meses de vida. Durante los meses
siguientes, en estado de negación, Pamela siguió involucrando a su madre en sus
actividades, con la esperanza de que su comportamiento activo demostrara que no
era cierto el final esperable.
La salud de su madre se
deterioró rápidamente y, tres meses después, falleció. Tras la muerte, el padre
y los tres hermanos de Pamela la lloraron, pero Pamela creía que era su deber
ocupar el lugar de su madre como la persona fuerte de la familia, por lo que
nunca abordó del todo sus problemas
relacionados con su muerte. Su hermano mayor la culpó de la rápida muerte de su
madre porque, a pesar del agotamiento, ella intentó mantenerse activa durante
su enfermedad haciendo cosas con Pamela.
Pamela mantuvo una rutina
agotadora durante la mayor parte de su vida para evitar sentir culpa y
tristeza. Pasó un año y medio en psicoterapia con otro terapeuta y logró
algunos avances al permitirse expresar su dolor pero estas mejoras no redujeron
significativamente sus sentimientos de culpa y tristeza por la muerte de su
madre. (Sin contar la pasta gansa
invertida en la fallida cura).
Después de que me contara
sobre su madre utilicé la terapia DRMO centrada en el núcleo para abordar la
tristeza y ayudarla a empezar a superarla. Luego realicé el procedimiento de
comunicación inducida.
Tras un minuto abrió los ojos
y explicó lo sucedido. Dijo que sentía como si estuviera atravesando un túnel
hacia una luz brillante, pero se sentía frustrada porque no lograba llegar al
final del mismo. Le aseguré que la CPMI se desarrollaría de forma natural; solo
necesitaba relajarse y dejar que sucediera.
Tras una sesión de DRMO para
relajarse y ayudarla a entrar en un estado receptivo, estaba lista para la
experiencia CPMI. Esta vez, su madre estaba presente. Pamela mantuvo los ojos
cerrados durante cinco minutos, tiempo relativamente largo para una CPMI. Las
lágrimas rodaban por su rostro mientras permanecía sentada en silencio con los
ojos cerrados. Finalmente los abrió y dijo, emocionada: «Vi a mi madre con
mucha claridad. Parecía más joven y delgada, a pesar de haber engordado en los
últimos diez años. Se veía sana, feliz, en paz, y tenía un brillo en los ojos
que parecía irradiar una luz a su alrededor». Pamela rió y continuó: «Mi madre
estaba sentada en una gran roca, junto a la playa, con uno de esos trajes de
baño de antaño, pero el entorno era más hermoso que cualquier playa que haya
visto. Me comunicó con mucha claridad que estaba muy orgullosa de lo que había
logrado en mi vida. Me dijo que no tenía por qué sentirme culpable de nada.
Sentí una conexión cálida, como la que teníamos antes. Cuando mamá vivía,
siempre había un toque de tristeza en su sonrisa, pero eso había desaparecido y
se veía genuinamente feliz».
Tras describir la
comunicación, comentó: «No puedo creer la paz que siento, es como si me
hubieran quitado un peso enorme de encima. Y tengo la sensación de que ella no
se ha ido y siempre estará conmigo». Mientras se preparaba para marcharse, dijo
sentir que todos sus problemas relacionados con la muerte de su madre se habían
resuelto. Hizo hincapié, en varias ocasiones, en lo inesperada que había sido
su experiencia.
Dos meses después informó que
seguía sintiéndose mucho mejor y que aún podía experimentar la cálida conexión
con su madre.
EL CASO DE GRACIA, PROFESORA DE
HISTORIA: “Me
dijo: ‘Sabes que estás siendo ridícula. Supéralo’”.
La madre de Gracia había sido
fuente de aliento e inspiración para ella, una amiga además de madre. Cuando Gracia
terminó su doctorado en historia estadounidense y buscó un puesto de profesora
se limitó a universidades del noroeste para poder estar cerca de su madre en
Oregón. Su actividad favorita durante los últimos tres años había sido ver
juntas las películas El Señor de los Anillos .
Un año antes de mi sesión con
Gracia, su madre había fallecido repentinamente a causa de la rotura de
aneurisma cerebral. Gracia recibió la noticia en un hospital de California,
donde se recuperaba de una delicada cirugía. Le dolió profundamente no poder
asistir al funeral de su madre. Perderla tan repentinamente y no poder estar
presente en el funeral le causó una gran culpa y tristeza. El dolor se
intensificó durante el año siguiente, hasta que acudió a mí en busca de
consuelo.
Gracia me contó que tenía
fuertes convicciones sobre la vida post-muerte
debido a varias experiencias de comunicación extracorpórea espontáneas que
había vivido. Sin embargo, ni sus creencias ni sus experiencias fueron
suficientes para sobrellevar la muerte de su madre y la culpa que sentía por no
haber asistido al funeral. «Debería haberlo sabido», me dijo entre lágrimas,
«pero me siento fatal por no volver a verla, ni siquiera en su funeral».
La sometí al proceso de
inducción de la CPMI dos veces sin que se produjera la comunicación. En el
tercer intento pudo hacerla. Gracia permaneció en silencio un momento y luego,
de repente, se echó a reír. Un minuto después abrió los ojos y me explicó lo
que había experimentado.
“Mi madre me dijo: ‘Sabes que
estás siendo ridícula. Supéralo’. Eso me hizo reír. Era muy típico de ella.”
Dijo sentir un alivio inmenso
y, de hecho, le sorprendió lo aliviada que se sentía. En la siguiente sesión me
contó que había ido a ver la película El Señor de los Anillos por
primera vez desde la muerte de su madre. Antes de su CPMI incluso el ver el
título de El Señor de los Anillos reavivaba su tristeza porque
disfrutaba mucho viéndola con su mamá. Dijo que disfrutó muchísimo la película
y que solo tenía pensamientos felices sobre su madre. Sintió que estaba con
ella, de alguna manera, mientras veía la película.
EL CASO DEL CIRUJANO CARDÍACO BERTO: "¿De verdad esperas que
diga que era mi hermano?"
Este caso ilustra cómo
algunos escépticos siguen mostrándose escépticos incluso después de una
experiencia exitosa con la terapia CPMI. Sin embargo, el factor importante en
la sanación no es lo que el paciente cree, sino la experiencia de reconexión en
sí misma.
“Todo esto es una sarta de
tonterías” anunció Berto por teléfono. Berto era cirujano cardíaco de éxito que
me había recomendado el líder de un grupo de apoyo para personas en duelo
debido a su profunda tristeza por la larga, lenta y dolorosa muerte de su
hermano, cinco años antes. Su dolor era tan intenso que el grupo no podía
ayudarlo.
“Doctor Botkin”, dijo por
teléfono, “respeto sus credenciales y su práctica de la psicoterapia pero he
investigado sobre DRMO, CPM y CPMI en Internet y quiero cancelar la cita. No es
para mí.
“Entonces te ofrezco la
sesión gratis”, respondí. Sabía que si la terapia CPMI era exitosa aliviaría su
dolor y lo abriría a esta nueva terapia. La había visto funcionar con éxito
tantas veces que no podía soportar la idea de que dejara escapar la oportunidad
de aliviar su angustia sin intentarlo.
Aceptó a regañadientes y la
semana siguiente estaba sentado en mi oficina describiendo su profunda tristeza
por la muerte de su hermano Franco. Luego, arremetió con amargura contra sus
padres por no haber llevado a su hermano al hospital antes, cuando presentaba
síntomas de la enfermedad que finalmente le causó la muerte. A medida que su
voz se elevaba su rostro se contrajo en un gesto de ira y se incorporó tenso.
Abordé su tristeza
directamente mediante DRMO y esta aumentó de 2 a 9 tras tres series de
movimientos oculares. Logré disminuir su tristeza y luego utilicé DRMO para
relajarlo y llevarlo a un estado receptivo. Cerró los ojos.
Berto permaneció sentado en
silencio un par de minutos, luego los abrió y se dejó caer en la silla. Me miró
con una débil sonrisa. La tensión en su cuerpo y rostro había desaparecido. Le
pregunté cómo se sentía. «Me siento cansado», dijo lentamente. Giró ligeramente
la cabeza, mirándome de reojo. «¿De verdad esperas que te diga que era mi
hermano?».
Me encogí de hombros y dije:
“Depende de ti creer lo que quieras. ¿Y qué pasó?”.
“Tuve una alucinación muy
extraña”, dijo. “Me pareció imaginar a Franco diciéndome que me quería, que
estaba bien y que perdonara a mamá y a papá. Una alucinación extraña”.
El doctor Berto se marchó
poco después sin pagarme, como habíamos acordado, y sin darme las gracias, ni
siquiera estrecharme la mano. No volví a verlo jamás.
Sin embargo, en el
seguimiento, su terapeuta de referencia informó que cuando Berto regresó al
grupo estaba mucho más relajado, incluso jovial. Había desaparecido todo su
comportamiento y lenguaje característicos relacionados con el duelo, lo cual
era muy raro. Poco después dejó de asistir a su grupo de duelo sin dar a su
terapeuta explicación sobre su ausencia.
Confiaba en que el doctor Berto
hubiera obtenido lo que necesitaba para superar su duelo pero, como suele
ocurrir con la mayoría de las personas que participan en una comunicación CPMI,
su personalidad se mantuvo intacta tras la experiencia. Los efectos
terapéuticos de todas las CPMI se limitan al problema específico del duelo
abordado y no alteran la estructura básica de la personalidad.
CAPÍTULO 10. EL
PERDÓN EN LAS CPMI CURA LA IRA Y LA CULPA
Aferrarse a la ira es como
agarrar una brasa ardiente con la intención de arrojársela a otra persona; al
final, el que se quema eres tú. –Buda
A veces, una simple
experiencia de reconexión con el difunto a través de la comunicación inducida,
y la disminución de la tristeza al saber que está bien, no bastan para resolver
la ira y la culpa intensas. En estos casos, las experiencias específicas
durante la comunicación siempre abordan directamente la ira y la culpa. Hasta
ahora, mi experiencia y la de mis colegas que la utilizan, indican que todos
los problemas que necesitan resolverse se resuelven durante la sesión. Estos
problemas abarcan desde asuntos pendientes ("No te dije que te quería lo
suficiente") hasta el perdón de alguien que ha infligido actos horrendos
de crueldad y violencia.
El fenómeno de comunicación
inducida ha demostrado la veracidad del aforismo de que el perdón sana tanto al
que lo otorga como al que lo recibe. Muchos de los casos de sanación que
nuestros pacientes han descrito incluyen ejemplos de personas fallecidas que
los perdonaron o de personas que perdonaron fallecidos.
La culpa es una función
psicológica normal y saludable. La conciencia y la consideración hacia los
demás guían nuestro comportamiento por lo que, cuando actuamos en contra de
nuestra conciencia, experimentamos la desagradable sensación de culpa. Para
evitar estos sentimientos aversivos probablemente modificaremos nuestro
comportamiento futuro para apaciguar la conciencia. Para algunos, sobre todo
para los psicópatas o personas con trastorno de personalidad antisocial, la
conciencia y su compañera, la culpa, desempeñan un papel secundario en la
configuración de su comportamiento. No muestran remordimiento tras infligir
dolor a otros o incluso asesinarlos. Estas personas no estarían interesadas en
experimentar una comunicación inducida ya que no sienten tristeza ni culpa.
Claramente necesitan sentir más culpa, no menos.
Algunos lectores de los casos
de abuso o crueldad presentados en este trabajo podrían pensar que las acciones
de los pacientes no deberían perdonarse, que el perdón espontáneo del fallecido
y la liberación de los pacientes de la culpa derivada de un único episodio de
contrición durante la intervención conducirían a una licencia para dañar a
otros con impunidad y a una especie de caos moral generalizado. Claramente esto
no es así.
La vida de algunos de
nuestros pacientes se ve destrozada por la culpa al creer haber cometido actos
imperdonables. Cuando la culpa se resuelve en una sesión de duelo
interconfesional, incluso en casos de crímenes atroces, ¡la conciencia se
fortalece! Sin excepción, la experiencia de reconectar con el difunto genera
sentimientos de amor y perdón, y una mayor capacidad para amar y cuidar a los
demás.
La contraparte del perdón del
difunto a un paciente que le infligió abuso es la experiencia del paciente
perdonando al difunto cuando este era el agresor y el paciente la víctima. Debo
admitir que a veces escucho a mis pacientes describir los horrores de su
infancia o traumas de la edad adulta con la sensación de que las acciones del
difunto fueron imperdonables. ¿Cómo se perdona a un padre que abusó sexual y
físicamente de una niña durante años frenando su desarrollo emocional y creando
recuerdos intrusivos que llenan sus días de culpa, autodesprecio y terror
revivido? Si yo, o cualquier otra persona razonable, consideramos que el
difunto es imperdonable, ¿cómo podría perdonar quien sufrió las atrocidades?
Sin importar la gravedad de
los traumas infligidos por el fallecido, los pacientes describen
consistentemente al difunto como profundamente arrepentido y pidiendo perdón,
asumiendo la responsabilidad de sus actos. En todos los casos, el paciente
perdona al fallecido y, en todos los casos, la ira disminuye drásticamente a
partir de ese momento.
Este capítulo contiene
descripciones de casos de duelo internacional en los que las experiencias de
los pacientes al perdonar al difunto o ser perdonados por el difunto Daniel como
resultado una reducción inmediata de la ira y la culpa.
La sanación viene acompañada de remordimiento.
He trabajado con pocos
pacientes con conciencia muy débil o inexistente. Nunca intenté una inducción
con estos pacientes porque no experimentan verdadera tristeza por sus víctimas
y, por lo tanto, no sienten culpa. La tristeza es el punto de partida necesario
para casi todas las inducciones. Cuando mis pacientes sienten culpa por lo que
le hicieron a los fallecidos no es por miedo al castigo sino por una tristeza
genuina y auténtica compasión por sus víctimas.
Los pacientes que han sufrido
las consecuencias del daño causado por el fallecido han participado en la
terapia CPMI principalmente porque han optado por hacer lo que sea necesario
para superar su ira y seguir adelante con sus vidas. En estos casos, el miedo
suele ser el primer tema a tratar. Enfrentarse a alguien a quien se teme
profundamente puede ser difícil. Confío en poder animar con delicadeza a estos
pacientes a experimentar una comunicación inducida ya que en todos los casos
hasta ahora se ha percibido que el fallecido era muy consciente del dolor que
causó a los supervivientes y que sentía un arrepentimiento sincero. La
experiencia suele producir el perdón, una disminución drástica de la tristeza
y/o el miedo y, quizás lo más importante, de la ira autodestructiva.
Es evidente que el perdón y
la sanación solo pueden darse cuando los perpetradores expresan un
arrepentimiento sincero a sus víctimas. Si bien este concepto no es nuevo,
resulta notable que, dado que los terapeutas de CPMI no influyen en el rumbo
que toma la experiencia, este principio se manifieste de forma natural en todos
los casos, independientemente de expectativas y creencias del paciente.
Los pacientes suelen acudir a
terapia con profunda culpa o ira, y una consiguiente sensación de desapego
hacia las personas de su entorno. Cuando se permiten sentir verdadera tristeza
por sus víctimas, o perdonar a quienes les han hecho daño, abren sus reservas de compasión y humanidad. Tras una
sesión de terapia de perdón, la tristeza, el miedo, la ira y la culpa
desaparecen, dejando al descubierto la compasión que constituye la base del ser
del paciente. Cuando esto ocurre la sensación de desapego hacia los demás
también se reduce notablemente. Como resultado, los pacientes suelen informar
de una mejora significativa en sus relaciones con quienes les rodean,
especialmente con sus familias.
El perdón sana. No se trata
simplemente de un aforismo; es una observación clínica fiable.
El perdón cura la ira.
En ocasiones, los
supervivientes sienten ira hacia el fallecido debido a conflictos no resueltos,
como el abuso. La sensación de reconexión y el perdón contribuyen a la sanación
de la ira. Para ilustrarlo, comenzaremos con un caso leve y terminaremos con
uno grave.
EL CASO DE JIMENO: “Amo y perdono a mi padre.
Pude sentir cómo me abrazaba”.
Jimeno era empresario muy
exitoso que llevaba varias semanas en psicoterapia cuando sacó a relucir un
asunto pendiente con su padre, que había fallecido cuando Jimeno tenía doce
años. Su padre, alcohólico, había sido emocionalmente frío y distante. Jimeno
sentía una mezcla de tristeza e ira por su muerte. «No estuvo ahí cuando lo
necesité», me dijo. Jimeno accedió a que lo guiara a una comunicación, aunque
se mostraba escéptico. "Me suena un poco raro".
Le expliqué el procedimiento
y enseguida vio a su padre. «Se ve más feliz y saludable que cuando estaba
vivo, y es más joven». Preguntó a su padre: «¿Tienes algo que decir en tu
defensa?», refiriéndose a la frialdad emocional que mostraba hacia él. En ese
instante, sintió a su padre acercarse y abrazarle. Dijo que sintió el amor de
su padre como nunca antes. La imagen de su padre se desvaneció rápidamente. Jimeno
afirmó: «Amo y perdono a mi padre. Sentí su abrazo».
Jimeno quedó muy sorprendido
por lo sucedido. Cuando le pregunté qué pensaba al respecto respondió
enfáticamente: "Estoy seguro de que realmente era mi padre; jamás se me
habría ocurrido algo así", y afirmó que ya no sentía tristeza ni enojo
hacia su padre y que solo tenía buenos recuerdos de él. Dos años después me
contó que sus problemas con su padre se habían resuelto por completo y que
todos sus pensamientos sobre él eran agradables. También dijo que, aunque
seguía creyendo que se había comunicado con su padre, solo se lo había contado
a su esposa porque pensaba que nadie le creería.
EL CASO DE CRISTÓFORO: “Hagas lo que hagas, no te
suicides. No te rindas.”
Uno de los casos más
conmovedores en los que he participado fue el de Cristóforo, (nombre griego que
significa “el portador de Cristo” y que tiene su equivalente en el nombre
latino Cristóbal). Pues bien, resulta dque su padre abusó gravemente de él y de
sus hermanas durante su infancia. A Cristóforo le costaba mucho describir lo
sucedido porque, al recordar lo ocurrido, sentía una ansiedad tan intensa que
tenía que levantarse e irse.
Finalmente, logró explicarme
lo suficiente para que comprendiera el infierno que él y sus hermanas habían
vivido durante su infancia. Su madre temía a su marido y se mantenía alejada de
casa cuando sabía que iba a llegar borracho. Su padre salía a beber y traía a
casa a sus amigos ebrios, quienes abusaban física y sexualmente de Cristóforo y
sus dos hermanas. En una ocasión, Cristóforo fue encerrado en un armario y escuchó
los gritos de sus hermanas durante horas mientras los hombres abusaban de
ellas.
Cuando Cristóforo aún era
adolescente, una de sus hermanas, Juani, se suicidó. La otra, Cisca
(hipocorístico de Francisca), se había quitado la vida semanas antes de que él
viniera a la consulta. Las pesadillas y los recuerdos recurrentes lo llevaban a
pensar constantemente en el suicidio. Su ira era tan fuerte que, en ocasiones,
rompía muebles en ataques de furia.
Acordamos centrarnos en Cisca
porque había fallecido recientemente. Realicé series de movimientos oculares
para conectar con la tristeza. Continué guiándolo hacia la tristeza mediante DRMO
central hasta que alcanzó su punto máximo. Más movimientos oculares comenzaron
a disminuirla. Le pedí que pensara en Cisca de forma general y realizamos el
proceso de inducción CPMI tres veces. En la tercera serie de movimientos
oculares, cerró los ojos y comenzó la comunicación.
Tras un minuto abrió los ojos
con lágrimas. «Vi a mi hermana en mi mente. Parecía muy feliz. Nunca la había
visto feliz. Me dijo que lamentaba lo del suicidio porque sabía el daño que me
había causado. Luego dijo algo maravilloso». Se detuvo y negó con la cabeza,
secándose las lágrimas. «Me dijo: "No te rindas. Mamá y Juani están aquí y
están bien. Pase lo que pase, no te suicides. No te rindas"».
Continuó hablando de su
hermana y de lo que sentía acerca de la experiencia hasta el final de esa
sesión.
En la siguiente sesión, Cristóforo
relató lo que otros que experimentan la comunicación informan: había experimentado
una comunicación espontánea durante el sueño, dos noches antes de la sesión
actual. En la comunicación, su padre le suplicaba perdón y sus dos hermanas
fallecidas estaban al fondo. Pero su padre se encontraba en un lugar oscuro y
sus dos hermanas estaban de pie, en un lugar iluminado, sonriéndole. Dijo que
entonces sus hermanas se acercaron y le dijeron: «Déjalo ir y perdónalo.
Perdónalo por ti mismo. No por él, sino por ti». El miedo lo despertó y la
comunicación terminó.
Cristóforo tenía la sensación
de que sus dos hermanas estaban allí para ayudarle a perdonar a su padre, como
si, figuradamente, le estuvieran dando la mano.
Le pregunté si estaría
dispuesto a hacer una comunicación CPMI centrada en su padre. Él respondió:
«Sí. Siento que tengo que hacerlo ahora».
Tuve que empezar con algunos
movimientos oculares para reducir el miedo que sentía ante la perspectiva de
enfrentar a su padre. El miedo aumentaba al enfrentarse a él, y los sucesivos
movimientos oculares lo disminuían. Luego, su ira se disparó y después de tres
series de movimientos oculares, empezó a bajar. Con eso, pude usar la DRMO
centrada para abordar la tristeza central, tristeza que afectaba a sus dos
hermanas y a él.
Cuando la tristeza alcanzó su
punto máximo y comenzó a disminuir, le administré una última serie de
movimientos oculares y comenzó la CPMI. Cristóforo informó que su padre estaba
allí.
«Al principio lo rechacé»,
explicó tras abrir los ojos. «No soportaba estar cerca de él. Lo miré y me
pareció muy extraño. Mi padre parecía muy preocupado. Tenía la fuerte sensación
de que sabía cuánto nos había lastimado a mí y a mis hermanas. Sentí que estaba
realmente arrepentido, y es la primera vez que siento eso por él».
Entonces le pregunté:
"¿Por qué? ¿Por qué nos hiciste todo eso?". Lo escuché con la misma
claridad con la que te escucho a ti; no dejaba de repetir: "Lo siento, lo
siento, lo siento". Sabes, siento que de verdad lo sentía. Dijo que no
había excusa, pero actuó así porque así lo trataba su padre. No puedo sentirme
bien con lo que hizo, pero me siento diferente, siento que puedo perdonarlo.
Cuando Cristóforo llegó para
la siguiente sesión, dijo que había tenido un sueño muy extraño la noche
anterior, mientras estaba medio dormido. "Me asustó muchísimo". En el
sueño vio a los amigos borrachos de su padre y se orinó encima del susto.
Realicé el procedimiento CPMI
utilizando las imágenes para llegar al miedo. Una vez que el miedo disminuyó,
induje otra CPMI. Él relató que sus dos hermanas aparecieron y le aseguraron
que las imágenes de los hombres no volverían. «Pude sentir el amor que me
tienen. Con toda sinceridad digo que me tocaron y abrazaron. Lo sentí».
Los sentimientos de Cristóforo
eran demasiado intensos como para desaparecer en dos o tres sesiones pero
afirmó que mejoraron notablemente. Tras varias sesiones más los recuerdos
intrusivos, las pesadillas y los pensamientos suicidas cesaron.
Perdonar sana.
Nota del Traductor: En el libro de Michael Newton Destino de
las Almas tenemos el caso 47, dentro de su capítulo
7, sobre Vínculos, daños e interacciones, que aborda las almas que nos han
dañado y nos explica el porqué de esa situación. Otros autores, como Richard
Martini, en su libro Al otro lado, (Flipside) tienen el capítulo 3 titulado “La
humanidad en el holocausto” en donde se explica la dinámica entre victima y
victimario y los acuerdos espirituales que se establecen antes de la
reencarnación para experimentar ciertos sucesos que hacen progresar al alma en
conocimiento o en la cancelación de deudas kármicas. En todo caso, lo
sorprendente es la información que dice que todos los sucesos son aceptados por
el alma antes de encarnar. Fin de la nota
El perdón cura la culpa.
Los pacientes suelen sentir
culpa debido a sentimientos profundos de haberle hecho daño al fallecido o
haber omitido algo que debían haber hecho. Al no poder hablar de estos problemas
con el difunto la culpa persiste. Se intensifica a medida que otros problemas,
como los conflictos con los familiares, agravan la situación del superviviente.
En los casos de comunicación
inducida los pacientes siempre perciben que el difunto los perdona, independientemente
del número de años que los supervivientes hayan estado convencidos de que el
difunto no podría perdonarlos.
EL CASO DE LINDA: “La abuela me dijo: ‘te
quiero, Linda’, y yo le respondí: ‘también te quiero, abuela’. Podía sentir su amor
por mí”.
La familia directa de Linda
no formó parte de su vida durante su infancia por lo que su abuela se convirtió
en su madre, padre y compañera durante su niñez y adultez. No tenían otros
familiares. El amor que compartían era profundo y sincero.
Con el apoyo de su abuela,
Linda se convirtió en profesional exitosa, viajando mucho y compartiendo sus
experiencias con ella después de cada viaje. Linda estaba en Europa cuando
recibió la llamada informando que su abuela había enfermado gravemente de repente.
Tomó el primer avión de regreso a casa y se apresuró al hospital. Pero cuando
llegó era demasiado tarde. Su abuela había fallecido.
Desconsolada, transformó su
dolor en culpa: «No estuve allí cuando más me necesitaba». Nada podía apartarla
de su oscura y profunda depresión.
Linda acudió a mí por otro
asunto, pero durante nuestra conversación quedó claro que la culpa la consumía.
Creía que su abuela había muerto sola y con mucho dolor, y que ella tenía la
culpa. No estuvo presente en el único momento de su vida en que su abuela la
necesitó. Ahora ya no había nada que hacer. Estaba segura de que su querida
abuela sentía la había abandonado.
Mientras conversábamos, me
quedó claro que tener una CPMI con su abuela le permitiría superar sus
sentimientos de culpa. Tras una breve explicación sobre el método se mostró
escéptica, pero accedió al procedimiento.
Completé el procedimiento y
comenzó la sesión. Cerró los ojos y se sentó impasible. Luego, su expresión
cambió y empezó a describir lo que veía: «Veo a la abuela joven y sana,
completamente contenta y feliz». Hizo una pausa y abrió los ojos. «Me dijo que
murió en paz mientras dormía, que no debo sentirme culpable». Linda lloró de
felicidad.
Continué la sesión llevándola
de vuelta a la comunicación. Después, entre sonrisas y lágrimas, explicó:
«También sentí su presencia real; fue más que simples palabras. La abuela me
dijo: "Te quiero, Linda", y yo le respondí: "también te quiero,
abuela". Pude sentir su amor por mí».
Linda me miró como si
esperara que me asombrara la extraordinaria experiencia. Sonreí y la animé a
continuar. «Dijo que estaba orgullosa de mí y contenta con los cambios que
acabo de hacer en mi vida, mencionó cosas que me han sucedido desde su muerte.
Realmente ha estado conmigo».
La sesión concluyó con Linda
experimentando una alegre sensación de reencuentro con su abuela. La
experiencia la conmovió profundamente y todos sus sentimientos de culpa y
tristeza desaparecieron.
EL CASO DE MARCOS: “Los oí decir, muy
claramente, que habían estado esperando a oír lo que tenía que decir, y me
perdonan”.
Marcos es otro paciente cuya
culpa se resolvió cuando sintió el perdón de los fallecidos. En su caso, los
fallecidos eran miembros de toda una familia.
Marcos entró lentamente en mi
consulta para su primera sesión de psicoterapia y se dejó caer en la silla. Yo
no tenía ni idea de la pesada carga que llevaba sobre sus hombros caídos hasta
que me explicó lo sucedido.
Casi veinticinco años antes
iniciaba una exitosa carrera profesional cuando su vida cambió en un instante.
Una noche, mientras conducía solo, las luces de un coche lo deslumbraron y se
desvió hacia el carril contrario chocando con un automóvil en el que viajaban
una madre, un padre y su hija de doce años. La colisión acabó con la vida de la
familia, aunque Marcos resultó ileso. Fue acusado del caso, declarado culpable
y condenado a varios años de libertad condicional.
Desde el día del accidente
despertaba cada mañana con una profunda tristeza y gran culpa, arrastrando los
pies día tras día y reviviendo en su mente el accidente, una y otra vez. Cayó
en depresión, intentó suicidarse dos veces, vio fracasar dos matrimonios y
estuvo a punto de perder su trabajo debido a su comportamiento depresivo y al
abuso del alcohol.
Marcos estaba convencido de
que estaba destinado a sufrir el resto de su vida. No había forma de deshacer
lo sucedido, y no podía sentirse perdonado por las únicas personas de quienes
las palabras de perdón importarían: la joven familia fallecida. Terminó su relato entre lágrimas, sacudiendo
la cabeza. Sentía que su vida había terminado, aunque aún la estuviera
viviendo.
Aceptó que le ayudara a
comprender y afrontar su duelo con la terapia de comunicación. Se la apliqué y
se sentó en silencio, con los ojos cerrados. Al cabo de un momento, dijo:
«Puedo verlos. Es la familia con la niña. Están juntos, sonriendo. ¡Dios, se
ven felices y en paz! Están muy contentos de estar juntos y me dicen que les
gusta mucho estar donde están».
Marcos nunca había visto a la
familia. Debido al sufrimiento emocional que le había causado el incidente se
había negado a mirar los periódicos en los que aparecían sus fotos. Pero aunque
nunca los había visto, ni oído hablar de ellos, estaba seguro de que eran
ellos.
“Puedo verlos a todos con
mucha claridad, especialmente a la niña. Está de pie frente a sus padres. Tiene
el pelo corto y rojo, pecas y una sonrisa preciosa. Veo al padre caminando,
como si me estuviera enseñando cómo lo hace. Tengo la sensación de que padecía
esclerosis múltiple antes de morir y que está muy feliz de poder moverse ahora con
libertad”.
Tras unos instantes, Marcos
abrió los ojos. «Les dije que lamentaba mucho lo sucedido y que me sentía muy
triste. Entonces los oí decir, con total claridad, que habían estado esperando
a oír lo que tenía que decir, y que me perdonaron». Marcos hizo una pausa,
abrumado por la experiencia. Me miró y dijo: «No me lo he inventado. Me vino a
la mente con la misma claridad con la que te miro ahora. No lo imaginé; no
podría haberlo imaginado». Negó con la cabeza lentamente. «Siento que me he
quitado un gran peso de encima». Dijo que le preocupaba que yo pensara que
estaba loco. Lo que había sucedido superaba cualquier cosa que hubiera
experimentado jamás. «Estaban allí de verdad», insistió.
Le aseguré que lo que le
había sucedido era algo que ya había visto muchas veces. Al marcharse me
estrechó la mano y me dijo: "¡Me siento genial!".
Al día siguiente recibí la
llamada de Marcos diciendo que tenía que verme de inmediato. Acudió a mi
oficina en menos de una hora, explicándome lo que había sucedido desde nuestra
sesión. “Nunca pude ver los reportajes del periódico después del accidente. No
podía ver ninguna foto del accidente ni de la gente y no dejaba que nadie me
contara nada al respecto. Mi hermana guardaba recortes de todo, pero nunca pude
mirarlos. Entonces, ayer, me sentía mucho mejor, así que pasé por casa de mi
hermana y le pedí que sacara los recortes antiguos del accidente. Me los
enseñó, incluyendo una foto a color de la familia, y me asusté muchísimo. La niña
tenía el pelo corto y rojo, pecas y la misma sonrisa maravillosa que vi en mi
visión de ellos ayer. ¡Era ella! Pero eso no es todo. Un artículo decía que el
hombre padecía esclerosis múltiple grave y que había estado en silla de ruedas
durante años antes de morir.”
La vida de Marcos cambió a
partir de ese momento. Hoy en día todos los asuntos relacionados con el
accidente siguen resueltos y afirma que sus relaciones con las personas
importantes para él han mejorado notablemente.
Los consejos del difunto pueden aliviar la ira y la culpa.
En ocasiones, los pacientes
afirman haber recibido consejos del difunto sobre asuntos que les causaban
enojo o culpa. En todos los casos, el consejo es específico y pertinente, y
logra aliviar enojo y culpa.
EL CASO DE JORGE.
Jorge y su hermano menor
llevaban muchos años involucrados en el mundo de las drogas y la delincuencia
antes de que él viniera a verme. En el transcurso de sus actividades ilícitas
se granjearon enemigos que juraron vengarse de ellos. Un día, Jorge fue al
apartamento de su hermano y lo encontró gravemente golpeado e inconsciente.
Cuando llegó el personal médico lo declararon muerto.
Además de sentir una profunda
tristeza por la pérdida, Jorge creía ser el responsable de la muerte de su
hermano. Para colmo, cuando le contó a su madre que su hijo había muerto, ella
le gritó que, de no ser por él, su hermano seguiría vivo. Jorge también sentía
rabia intensa hacia quienes habían matado a su hermano. Con el paso de los
años, especialmente en los momentos de mayor dolor, seguía pensando en vengarse.
Jorge no tuvo problemas en la
comunicación inducida. Vio a su hermano "feliz y muy tranquilo" y
sintió una conexión especial con él. Comentó que su hermano le dio muchos
consejos, que buscar venganza por su muerte arruinaría su vida y que debía
dejar atrás la ira. Relató que su hermano le dijo que no debía sentirse
culpable, que era responsable de sus
decisiones y que había aprendido de sus errores. Jorge añadió que su
hermano también le dijo que iba por buen camino al buscar ayuda para sus
problemas y cambiar su estilo de vida.
Durante la terapia, Jorge
superó por completo sus sentimientos de tristeza, culpa e ira. Reafirmó su
compromiso de seguir adelante y construir una vida mejor. En una sesión
posterior, Jorge comentó sentirse físicamente mejor que en muchos años. La
extrema tensión corporal que había sentido durante años antes de la sesión
había disminuido drásticamente.
Reflexiones sobre la vida y vidas turbulentas
En los centros de atención a
pacientes con enfermedades terminales se observa que los fallecidos que
tuvieron vidas problemáticas asumen plenamente la responsabilidad de su
comportamiento en vida. Con frecuencia, los pacientes también informan que los
fallecidos afirman haber aprendido de sus errores y estar deseosos de ayudar a
quienes aún viven. Parecen haber realizado una revisión de su vida. Se muestran
arrepentidos, asumen la responsabilidad de su comportamiento y comprenden cómo
este afectó a los demás.
Ninguno de los que habían
sido crueles en vida, o habían lastimado a quienes los rodeaban, apareció en un
lugar infernal, aunque quienes lo han vivido suelen describirlo como una zona
oscura. Estos temas se abordarán con más detalle en el capítulo 13 .
CAPÍTULO 11. ASOCIACIONES
INTERNAS DE DEFENSA CON VETERANOS DE COMBATE: HACIENDO LA PAZ CON LA GUERRA
Perdona a tu enemigo,
reconcíliate con él, ayúdalo... – Confucio.
La experiencia del perdón que
nuestros pacientes relatan en sus terapias CPMI reduce o elimina los
sentimientos de culpa. El perdón que sienten los veteranos de combate por haber
matado al enemigo o a civiles, o por haber sobrevivido cuando sus compañeros
murieron, son casos especiales de esta notable transformación que resulta de
sentirse perdonados o de recibir permiso para dejar de sentirse culpables.
En nuestra unidad de
trastorno de estrés postraumático, tratamos a veteranos de combate de la
Segunda Guerra Mundial, de la de Corea, del de Vietnam y de la Operación
Tormenta del Desierto. Tras trabajar con miles de veteranos puedo afirmar que
no conocí a ninguno que estuviera psicológicamente preparado para matar a otro
humano como resultado del entrenamiento básico y avanzado. El soldado solo
matará fácilmente después de haber sido suficientemente traumatizado en combate
como para desarrollar sentimientos de ira que le permitan deshumanizar al
enemigo, haciendo que matar sea psicológicamente aceptable. Cuando un soldado
novato muestra ira en respuesta a un suceso traumático sus compañeros confían
en él. Sin embargo, la ira oculta las emociones centrales más angustiantes y
dolorosas: el miedo y una profunda tristeza. La tristeza y el miedo paralizante
no son aceptables en combate y tienen poco valor para la supervivencia.
La mayoría de los problemas
que mis colegas y yo observamos aparecieron más adelante en la vida de los
veteranos. Con frecuencia, su ira disminuía con la edad, dejando al descubierto
la profunda tristeza y culpa que había ocultado. A medida que la ira disminuía
se hacía cada vez más difícil deshumanizar al enemigo. Entonces, los
pensamientos de rabia («Me alegro de haber matado a esos bastardos. Ojalá
hubiera podido matar a más») solían reemplazarse por sentimientos de culpa y
tristeza («Me equivoqué al matarlos. Ellos también tenían sentimientos y
familias que los amaban»).
La mirada de miedo en los
ojos del enemigo antes de morir se transformó en el rostro de un padre de
familia que nunca vio crecer a sus hijos. El recuerdo de un civil asesinado por
el soldado, oculto bajo capas de ira durante la guerra, a menudo resurgiría en
la edad adulta en forma de pesadillas sobre un inocente que sufrió sin motivo
alguno.
La culpa y la tristeza
resultantes fueron tan abrumadoras y debilitantes que muchos de nuestros
veteranos optaron por conservar su ira durante el resto de sus vidas. Sin
embargo, para que el veterano de combate pudiera reconciliarse consigo mismo, y
liberarse de la ira y la culpa, debía afrontar y superar la tristeza que lo
atormentaba. Por lo tanto, estos veteranos necesitaban llorar no solo la muerte
de sus compañeros, sino también la de aquellos que mataron.
La excelente noticia para
nosotros en la unidad era que si un veterano estaba dispuesto a permitir que el
proceso DRMO lo llevara más allá de la ira y la culpa para superar la profunda
tristeza, la ira y la culpa a menudo desaparecían de inmediato, aunque esas
emociones no se abordaran directamente. La ira y la culpa los protegían
psicológicamente de experimentar el problema central más doloroso: la tristeza.
La culpa que no se resolvía junto con la tristeza se abordaba espontáneamente
de forma rutinaria en el CPMI.
Descubrí que el método de
comunicación inducida es la mismo, tanto para los veteranos de combate como
para quienes han perdido a un familiar. Los veteranos presentaban una mezcla
más compleja de culpa, ira, arrepentimiento, tristeza y síntomas traumáticos,
pero accedían a la experiencia CPMI con la misma facilidad y profundidad que
las personas sin trauma de combate. Al igual que en los casos civiles, el
objetivo era procesar la tristeza central, permitiendo que la persona entrara
en un estado receptivo.
Los siguientes casos de
combate ilustran los efectos de las intervenciones de control de daños en los
hombres que tratamos y que sufrían duelo traumático relacionado con el combate.
EL CASO DE MIGUE: “Me comunicó que está muy
contento donde está y que entiende que tuve que hacer lo que hice”.
Migue llegó a Vietnam días
antes de su primera gran batalla. El combate se prolongó durante un tiempo y
cuando su unidad empezó a quedarse sin munición Migue temió que todos fueran a
morir. Justo cuando parecía que toda esperanza se había desvanecido llegó un
helicóptero con suministros. Mientras descargaban cajas de munición Migue
levantó la vista y vio a un joven del Viet Cong corriendo hacia ellos. Pudo ver
su rostro con claridad. Dominado por una ira intensa, le disparó y lo mató.
Aunque era la primera vez que
mataba a un humano se sintió eufórico y dueño de su destino. Al terminar la
batalla los demás soldados felicitaron a Migue y él sintió que confiaban plenamente
en él y lo aceptaban. No volvió a pensar en el suceso durante el resto de su
servicio.
Sin embargo, al regresar a
casa, Migue tuvo pesadillas recurrentes sobre el suceso que lo atormentaron
durante los siguientes treinta y cinco años. Veía repetidamente el rostro del
joven del Viet Cong que había matado y empezó a preguntarse qué edad tendría y
si habría una familia que llorara su muerte. A veces lograba recuperar la ira
del combate para justificar lo sucedido, pero otras sentía un profundo remordimiento
y tristeza.
“Me siento fatal. Lo que hice
va en contra de todo lo que siempre he creído”, dijo en mi oficina. Era
evidente que Migue necesitaba afrontar su tristeza y llorar la muerte de la
persona que había eliminado.
Cuando utilizamos DRMO para abordar
directamente la tristeza, esta aumenta hasta alcanzar su punto máximo y luego
comienza a disminuir. En ese momento le administré el procedimiento CPMI. Con
los ojos aún cerrados, durante la segunda inducción, Migue comenzó a describir
lo que veía. «Puedo ver al tipo que maté, pero no se parece al rostro que vi en
Vietnam ni al que veo en mis pesadillas. Lo veo sonriendo y feliz». Migue
permaneció en silencio un momento y luego abrió los ojos. «Me comunicó que está
muy contento donde está y que entiende que tuve que hacer lo que hice».
Tras describir durante unos
minutos lo sucedido, concluyó diciendo: «Me sorprende mucho que ese tipo se
sienta así. Es muy extraño. Siento que no solo nos llevamos bien, sino que
tenemos un vínculo especial».
Tras esa sesión, la expresión
del joven antes de morir, que había atormentado a Migue durante más de treinta
y cinco años, fue reemplazada por la cara sonriente y feliz que vio en su CPMI.
Al final de la sesión dijo: «Intento recordar la cara que siempre veía en mis pesadillas,
pero no puedo».
Un seguimiento realizado dos
años después reveló que las pesadillas de Migue sobre el incidente habían
desaparecido desde aquel día, y que solo sentía "una conexión
importante" con el hombre al que había matado.
EL CASO DE JORGE: “No sabía que los muertos
tuvieran sentido del humor”.
Jorge acudió a mí porque
llevaba décadas atormentado por sentimientos de culpa. En Vietnam su trabajo
consistía en ser el chófer de un mayor
que llevaba en jeep a donde le mandara. Una tarde, Jorge estaba ayudando
en otro proyecto y un conductor suplente se hizo cargo del jeep. Mientras
circulaban por una carretera el jeep pisó una mina terrestre y tanto el mayor
como el conductor suplente murieron en el acto.
Cuando Jorge escuchó la
noticia al principio sintió gran tristeza, y luego tremenda culpa porque otro
soldado había muerto cuando él debería haber conducido el jeep. Cuando terminó
de contar la historia le hice una inducción CPMI y, al tercer movimiento de
ojos, los cerró, se quedó sentado en silencio unos segundos y luego rió
levemente. Cuando finalmente los abrió describió su experiencia.
“Vi al hombre que conducía el
jeep por mí. Me dijo que todo estaba bien. Luego bromeó: "Soy uno de tus
factores de estrés". Cuando los veteranos completan los formularios sobre
su situación física y psicológica describen traumas denominados "factores
de estrés". Reciben un porcentaje adicional de su paga habitual según la
gravedad y el impacto del factor de estrés.
“Me dijo: ‘Yo soy la razón
por la que te llevas el 30 por ciento de más’, y se rió. No sabía que los
muertos tuvieran sentido del humor.”
La culpa y la tristeza de Jorge
por la muerte del conductor suplente se disiparon durante esa sesión. Semanas
después, en una conversación posterior, afirmó que ya no sentía la culpa ni la
tristeza que lo habían afectado durante años, y que aún se reía al recordar lo
que el soldado le había dicho.
Jorge se mostró entusiasmado
con el proceso de CPMI. Muchos de quienes lo experimentan desean utilizarlo
para conocer a otras personas que han fallecido. Jorge comentó que le gustaría
realizar la CPMI a su primo, un oficial que murió en Vietnam poco después de
llegar, pero no estaba seguro de cómo había muerto. Dijo: «Quizás venga y me lo
diga». Acepté participar en la inducción, en parte por curiosidad, pero sobre
todo porque pensé que ayudaría a Jorge.
Pasamos por la inducción
normal y cerró los ojos. Después de unos segundos los abrió y me contó lo que
había pasado. «Lo vi enseguida y me abrazó. Entonces me dijo algo que me
sorprendió. Dijo que lo habían atacado. Yo no lo sabía».
A lo que Jorge se refería era
a la frecuente muerte de oficiales a manos de sus hombres con granadas de
fragmentación. Algunos oficiales recibían noventa días de entrenamiento y se
les enviaba inmediatamente a Vietnam, donde algunos comenzaban a mandar sobre
veteranos de combate experimentados que se enfrentaban a situaciones peligrosas
por desconocimiento. Los soldados los llamaban "novatos". Estos
oficiales inexpertos a menudo provocaban la muerte de sus hombres debido a su
falta de experiencia.
En el campo de batalla, sin
testigos, a veces los soldados que realizaban misiones de noventa días eran
atacados por sus hombres, hartos de ser
expuestos a situaciones peligrosas por oficiales que no sabían lo que hacían.
Si bien Jorge recibió información que en otras circunstancias le habría
resultado muy perturbadora, la sensación de paz que experimentó durante su comunicación
pareció superar por completo cualquier pensamiento o sentimiento negativo por el
suceso.
EL CASO DE TUMBO: “Si podemos perdonarte,
entonces seguramente tú puedes perdonarte”.
El caso de Tumbo es un
ejemplo de cómo un paciente puede ser perdonado por actos que podrían parecer
imperdonables.
Contó con voz entrecortada lo
sucedido, incapaz de continuar por los sollozos. Estaba a punto de terminar su
servicio en Vietnam y había sufrido muchas bajas en los once meses que estuvo
allí. Vio a sus amigos volar por los aires, presenció verlos morir en el
hospital y vio a civiles vietnamitas llevar bombas hasta grupos de soldados
estadounidenses y detonarlas. Tras once meses de horror estaba lleno de rabia.
Esa rabia lo protegió, como a todos los demás soldados, del intenso dolor,
miedo y remordimiento que habría sentido sin ella.
En su última misión a Tumbo
se le ordenó destruir una aldea enemiga. Dentro de la aldea, Tumbo y otros dos
soldados entraron en una de las chozas y vieron a un anciano y a un muchacho
sentados junto a unas armas tiradas en el suelo, con las manos en alto,
rindiéndose. Tumbo, enfurecido les disparó. En ese momento solo sintió rabia.
Sin embargo, al salir del
pueblo, la expresión de miedo en los rostros del anciano y del niño antes de
morir comenzó a perturbarlo. Un mes después abandonó Vietnam, pero los
recuerdos permanecieron con él y se intensificaron. Durante treinta años, Tumbo
fue atormentado diariamente por las imágenes intrusivas de sus rostros,
reviviendo el suceso. En los tres años anteriores había intentado suicidarse en
dos ocasiones. Cuando Tumbo terminó lloró, con la cara entre las manos.
Tumbo ya había participado en
una sesión de la CPMI relacionada con otro incidente. Aquella sesión le había
ayudado a superar por completo el dolor que le causó el suceso. Sin embargo, la
culpa y la vergüenza que sentía por esos asesinatos eran tan abrumadoras que no
los había mencionado hasta esta sesión, y se mostraba reacio a la inducción
porque estaba seguro de que el anciano y el muchacho se enfadarían con él.
Sentía que no podría soportarlo, pues ya estaba consumido por la culpa.
Sin embargo, decidió seguir
adelante con la CPMI. «Supongo que aceptaré lo que me depare el futuro», dijo.
«No podría ser peor de lo que me siento ahora».
Llevamos a cabo el
procedimiento DRMO y su tristeza aumentó. Sollozaba desconsoladamente y se
deslizó de la silla al suelo por el intenso remordimiento que sentía por el
dolor que había causado al anciano y al niño. Rápidamente le indiqué más
movimientos oculares para reducir la tristeza hasta que estuvo listo para el
estado receptivo necesario para una comunicación CPMI. Cerró los ojos y se
quedó sentado en silencio durante un minuto. De repente los abrió y describió
lo sucedido. «Vi al anciano. Estaba allí de pie, con una expresión muy serena,
y me preguntó: "¿Por qué estabas tan enfadado?". No pude soportarlo,
así que abrí los ojos».
Pregunté: "¿Tienes
alguna respuesta?"
Dijo: «Sí. Aproximadamente
una semana antes de entrar en el pueblo mi pelotón desapareció. Salimos a
buscarlos al día siguiente y encontramos sus cuerpos. Pudimos ver que los habían
torturado antes de matarlos. Estaba furioso como nunca. Corrí hacia la maleza
buscando a alguien a quien matar. Juré vengarme».
“Díselo al anciano”.
Tumbo me miró con aprensión y
luego dijo: "De acuerdo. Hagámoslo".
Le hice hacer otro movimiento
de ojos, y los cerró. Después de unos segundos los abrió y dijo: «Se lo dije pero
era como si ya lo supiera. Sonrió y afirmó que lo entendía porque sabía que mi
corazón estaba llorando. Me dijo que me perdonaba. Entonces apareció el niño.
Dijo que él también entendía mi dolor y que también me perdonaba».
Tumbo seguía con aspecto
preocupado. Le pregunté qué le pasaba. Me respondió: «Tal vez ellos puedan
perdonarme, pero yo no puedo perdonarme».
Le dije: “Ten esa idea
presente y hagamos otro ejercicio de movimientos oculares. Concéntrate en el
pensamiento”.
Le hice otra serie de
movimientos oculares y cerró los ojos. Cuando los abrió siguí: «Me dijeron: “Si
nosotros podemos perdonarte, seguro que tú también puedes perdonarte”». Creo
que de verdad siento que están en paz y felices, así que puedo dejarlo ir».
Tumbo finalmente lo dejó
pasar y comentó que sentía que el problema estaba resuelto. Un seguimiento
realizado dos años después reveló que ninguno de los síntomas intrusivos
asociados con ese recuerdo había reaparecido.
EL CASO DE ERICO: “Puedo ver al niño jugando y
riendo en un hermoso campo con colinas onduladas, árboles y hierba”.
Uno de los mayores horrores
de la guerra es que los civiles, especialmente los niños, quedan atrapados en
la crueldad, la violencia y la muerte. En la guerra de Vietnam, a niños
pequeños se les colocaban explosivos y se les ordenaba acercarse a un grupo de
soldados estadounidenses para detonarlos, muriendo tanto ellos como los
soldados. Los estadounidenses pronto aprendieron a reconocer las señales de
peligro cuando un niño se acercaba con bultos que probablemente eran explosivos
ocultos bajo su ropa. Desafortunadamente, en ocasiones esto significaba que el
niño o la niña moriría a manos de un soldado estadounidense atento, o en la explosión
producida cobrándose vidas estadounidenses.
Esa fue la situación que
vivió Erico, y el resultado fue una imagen que le provocó pesadillas y
pensamientos intrusivos durante años después de la guerra.
Erico llevaba apenas unas
semanas en Vietnam cuando, junto a un grupo de soldados estadounidenses, divisó
a lo lejos a un niño vietnamita que corría hacia ellos. Erico notó que su
compañero, más experimentado, no le quitaba los ojos de encima. Cuando el niño
se acercó a unos nueve metros el compañero de Erico levantó su rifle y le
disparó, alcanzando los explosivos ocultos bajo su ropa. Se produjo una enorme
explosión y el niño murió al instante. El niño estaba en misión suicida para
matar al grupo de soldados estadounidenses. El compañero de Erico sabía que, si
no disparaba, todos morirían.
Durante muchos años después
de la guerra Erico sufrió pensamientos intrusivos e incontrolables, y
pesadillas sobre el incidente.
Tras explicarle el
procedimiento CPMI, Erico protestó diciendo que no creía en la vida post-muerte, pero afirmó estar dispuesto
a intentarlo de todos modos. Realicé una sesión preliminar de DRMO que culminó
con una serie de movimientos oculares para ayudarlo a entrar en un estado
receptivo. Al no producirse el CPMI, repetí el proceso de inducción y el CPMI
comenzó sin dificultad.
“Puedo ver al niño jugando y
riendo en un hermoso campo con colinas onduladas, árboles y hierba”, dijo. “Es
exuberante, indescriptible. Se respira una gran paz allí”.
Abrió los ojos y dijo: «Me
sorprendió mucho verlo ileso, sin herida alguna. Realmente no sé qué pensar de
esto». Erico concluyó la sesión diciendo que no interpretó lo sucedido en
términos espirituales ni como prueba de una vida post-muerte.
Un seguimiento realizado ocho
meses después reveló que todos sus síntomas intrusivos asociados al incidente
habían desaparecido y que su duelo se había resuelto. Sin embargo, seguía
sintiéndose confundido acerca de lo sucedido. «Supongo que la mente puede hacer
cosas muy extrañas», comentó.
A partir de la experiencia de
Erico, y de otras similares, nos quedó claro que ni las creencias previas ni
las posteriores del paciente influyen en la experiencia de la Terapia, ni en su
resultado. En otras palabras, parece que la experiencia en sí misma, y no su
interpretación, es la responsable de la resolución del duelo y los síntomas
asociados.
EL CASO DE EUTIMIO: “Lamento mucho lo que
hicimos, pero me siento muy unido a ellos y creo que realmente están bien y me
perdonan”.
Algunos de nuestros veteranos
participaron en la Guerra del Golfo. Al igual que en Vietnam, la guerra fue
especialmente difícil porque aliados y enemigos estaban mezclados. Esto dio
lugar a un suceso que dejó recuerdos traumáticos en Eutimio, uno de mis
veteranos.
Él y otros soldados entraron
en un búnker subterráneo sin saber quién estaba dentro. Esa situación siempre
era tensa porque se desconoce dónde podría esconderse el enemigo en la
oscuridad. Eutimio y los otros estaban en alerta máxima, listos para abatir a
cualquier enemigo, en cuanto lo vieran, para prevenir que les disparase.
Eutimio fue el primero en
entrar al búnker. Tenía el rifle en posición de disparo, apuntando hacia la
zona iluminada por su linterna. Giró a la izquierda y, con sigilo, salió a un
claro. De repente su luz iluminó a los iraquíes. Abrió fuego de inmediato. Los otros
soldados corrieron hacia allí y también abrieron fuego. Descubrieron que habían
matado a cuatro iraquíes.
No fue hasta después de la
reacción instintiva que se dio cuenta de que los iraquíes tenían una expresión
de sorpresa en sus rostros y no portaban armas. Al salir del búnker felicitaron
a Eutimio por su rápida respuesta. Se sentaron afuera, hablando de lo sucedido,
pero pronto empezaron a dudar de si eran enemigos o aliados.
Seis meses después regresó de
la Operación Tormenta del Desierto, pero la pregunta de si habían matado a
aliados nunca lo abandonó. Le preocupaba mucho que hubieran matado a cuatro
civiles inocentes que se refugiaban del fuego cruzado en el exterior.
Me contó la historia con
naturalidad, pero yo sabía que no la habría mencionado si no le hubiera estado
afectando. Aceptó intentar conectar con sus sentimientos sobre la situación.
Comencé la terapia DRMO para llevarlo directamente a su tristeza más profunda.
Mientras lo hacía comenzó a llorar suavemente y dijo que la tristeza había
aumentado a un nivel de "9 o 10". Comenzó a invadirlo la tristeza. Le
hice otro movimiento de ojos, le pedí que los cerrara y le dije: «Déjate llevar
por lo que suceda».
Tras un par de minutos abrió
los ojos. Negó con la cabeza y me miró. «Los vi. Me dijeron que eran amigos,
pero me sonrieron y fueron muy comprensivos. No hablo iraquí, pero no oía
palabras. Solo entendía lo que decían: “Estamos bien. Todo va bien. No pasa
nada”».
“¿Qué opinas de eso?”,
pregunté.
“Lamento mucho lo que
hicimos, pero me siento muy unido a ellos y creo que realmente están bien y que
me perdonan.”
El sesión de CPMI de Eutimio
le dio un mensaje que no quería oír, como suele ocurrir con muchas sesiones.
Sin embargo, sus problemas se resolvieron gracias a que percibió que sus
víctimas lo perdonaron y que estaban bien.
CAPÍTULO 12. CÓMO
TENER UNA COMUNICACIÓN CPMI EXITOSA
La forma de superar el duelo
es atravesarlo. —Bobs Deits, “La vida después de la pérdida”.
Dado que tanto la DRMO
centrada en el núcleo como el procedimiento CPMI requieren que el paciente esté
abierto y dispuesto en cada etapa resulta sorprendente que tantas personas
logren completar con éxito una inducción CPMI. Esto demuestra el extraordinario
poder terapéutico de DRMO y CPMI.
Sin embargo, algunos no
logran experimentar una CPMI aunque utilicemos el mismo procedimiento que la
genera en otros. Ahora comprendemos mejor las condiciones necesarias para una
comunicación exitosa y tenemos algunas explicaciones sobre por qué algunas
personas tienen dificultades.
CPMI en la Unidad de Trastorno por Estrés Postraumático
Más pacientes de la unidad de
trastorno por estrés postraumático (TEPT) del hospital de veteranos, donde
ejercía, consiguieron tener su CPMI que en las sesiones de mi consulta privada.
La tasa de inducción fue de aproximadamente el 98 % de todos los pacientes en
la unidad de TEPT. En otras palabras, era raro que un paciente no consiguiera
su inducción de CPMI en el hospital de veteranos.
Estas parecen ser las
condiciones que, en el hospital de veteranos, dieron como resultado mayor
número de éxito en la inducción de la CPMI:
- Los pacientes que
acudían a la inducción no tenían expectativa ni idea preconcebida sobre la
experiencia. De hecho, muchos insistieron en que no les funcionaría.
- Los pacientes confiaban
en los psicoterapeutas y estaban dispuestos a relajarse y entrar en estado
receptivo.
- Dado que permanecieron
ingresados durante todo el tratamiento, los factores estresantes y
distracciones de la vida cotidiana se redujeron al mínimo.
Fuera del entorno
hospitalario de veteranos, las personas que han acudido para recibir terapia de
duelo y realizar una CPMI parecen tener una tasa de éxito de alrededor del 75
%, pero esta cifra estadística se basa en una población mucho menor. Muchos de
los que no han logrado realizar una comunicación CPMI tenían altas expectativas
sobre la experiencia, un factor prácticamente inexistente en la unidad de TEPT.
Algunos que oyen hablar de las CPMI y desean experimentarlas se interesan
porque han leído sobre ECM, comunicación CPM y tienen una idea preconcebida de
lo que creen que deberían experimentar. Los prejuicios y las expectativas
parecen impedir que la CPMI se desarrolle plenamente.
La mencionada tasa de éxito
del 75 % se basa en un modelo de dos sesiones de noventa minutos que sigo al
realizar la terapia. Algunos de mis colegas me han sugerido que mi tasa de
éxito sería mucho mayor si atendiera a estos pacientes durante más sesiones.
Si la persona se esfuerza de
alguna manera por provocar su comunicación, o influir en su desarrollo, esta no
se producirá o se detendrá cuando intente tomar el control. Quien intente
experimentar escenarios preconcebidos tendrá dificultades para entrar en un
estado de ánimo receptivo que le permita que todo suceda espontáneamente, sin
expectativas ni intentos de imponer sus creencias.
Ingredientes para una comunicación CPMI exitosa
Tras varios miles de CPMI
podemos generalizar sobre las condiciones que parecen ser necesarias y las que
no lo son para que sea exitosa.
Condiciones innecesarias.
Sabemos que tener una
comunicación inducida no depende de estas condiciones:
- Facultades mentales
especiales.
Quienes han tenido experiencias traumáticas no parecen pertenecer a una
población diferente a la de quienes no las han tenido. Algunos han
especulado que el TEPT podría predisponer a esta experiencia, pero la
presencia o ausencia de trauma no parece marcar diferencia.
- Un sistema de creencias. Ateos, agnósticos,
cristianos, musulmanes, judíos, budistas y personas de diversas creencias
religiosas y espirituales han experimentado con éxito transformaciones
interreligiosas. Sin embargo, si la persona espera una transformación
interreligiosa que se ajuste a los estereotipos de su religión impedirá
que la transformación se desarrolle de forma natural.
- Sugerencias del
psicoterapeuta.
Hemos descubierto que los psicoterapeutas que intentan combinar la
inducción de la CPMI con sus formas
de terapia más convencionales prácticamente eliminan la CPMI en sus
pacientes. Por ejemplo, algunos terapeutas familiarizados con la hipnosis
han intentado utilizar la sugestión sutil para inducir la experiencia.
Esto, en realidad, la impide. El psicoterapeuta debe distanciarse
activamente del proceso y permitir que la comunicación se produzca sin
obstáculos ni guía.
- Duelo intenso. Las crisis de duelo
intensivas se presentan tanto en personas con duelo residual moderado como
en aquellas que experimentan profundo dolor psicológico debido a recuerdos
intrusivos y profunda tristeza.
Condiciones necesarias.
El procedimiento que da como
resultado la comunicación inducida parece requerir lo siguiente:
- Disposición. El paciente debe estar
dispuesto a someterse a la terapia DRMO centrada en el núcleo y acceder
plenamente a su tristeza. Los que aún experimentan shock y entumecimiento
emocional podrían no estar preparados para abordar completamente los
problemas centrales.
- Receptividad. Ante todo, la terapia
requiere una actitud abierta y receptiva. Una vez que la tristeza y las
emociones que la acompañan comienzan a disminuir el psicoterapeuta indica
al paciente que “se abra a todo lo que suceda” y le administra otra serie
de movimientos oculares. El paciente debe entonces estar abierto a
cualquier experiencia que ocurra, minimizando sus expectativas y creencias
al respecto. Esta actitud surge cuando tanto terapeuta como paciente se
relajan en el momento adecuado del proceso. Ninguno intenta dirigir la
experiencia. La CPMI toma el control y se desarrolla de forma natural y
sin esfuerzo. Si terapeuta o paciente intentan que cumpla con un conjunto
de expectativas, la comunicación no se producirá.
Siga el procedimiento con precisión.
La secuencia es fundamental
para la comunicación. Comienza disminuyendo la intensidad de la tristeza.
Mientras terapeuta y paciente se centren en la ira y la culpa, la tristeza
permanecerá oculta. La DRMO revela la tristeza y los pacientes suelen abordarla
plenamente por primera vez. Tras afrontarla y ver cómo disminuye su intensidad,
la emoción principal que la distrae queda relegada. En ocasiones, también es
necesario reducir otros factores traumáticos e intrusivos. Posteriormente, otra
serie de movimientos oculares aumenta el estado psicológico receptivo, lo que
permite al paciente reconectarse y resolver el duelo.
Este es el procedimiento
crítico:
- El paciente debe
someterse a terapia DRMO centrada en el núcleo y acceder plenamente a su
tristeza. Se informa a los pacientes, antes del procedimiento, que si aún
no están preparados para acceder plenamente a su tristeza el tratamiento
no funcionará.
- Una vez que la tristeza
y las intrusiones traumáticas que la acompañan comienzan a disminuir el
psicoterapeuta indica al paciente que "permanezca abierto a cualquier
cosa que suceda" y le administra otra serie de movimientos oculares.
- La comunicación CPMI se
desarrolla de forma natural.
Desviarse de la secuencia
reduce las probabilidades de que el paciente la experimente. También hemos
observado que quienes comienzan a experimentar la pero luego intentan alterarla,
o modificar su curso natural, interrumpen su desarrollo y la comunicación se
detiene o produce de forma abrupta. Por
ejemplo, en una CPMI el paciente escuchó a su hija fallecida llamándolo: «Papá,
papá», y comenzó a buscarla en su imaginación. Esto impidió que la comunicación
plena se produjera y no pudo volver a relajarse y alcanzar el estado receptivo
que tenía al inicio de la experiencia. Estaba demasiado concentrado en
experimentarla.
No es necesario un duelo intenso.
Como hemos visto, muchos
pacientes experimentan CPMI exitosas décadas después de una muerte o de una
persona por la que nunca sintieron profundo duelo y, en consecuencia,
experimentan poco duelo en el momento de la CPMI. Este hecho sugiere firmemente
que quienes la experimentan no sufren alucinaciones de duelo pues es posible
que tengan poco o ningún duelo. Un duelo intenso no es una explicación
satisfactoria para la experiencia de la comunicación.
EL CASO DE ELENA: “Tuve la sensación de hablar
con mi abuela”.
Elena estaba muy unida a su
abuela. Cuando esta falleció, hacía más de cuarenta años, Elena, que creía en
la vida post-muerte, empezó a tener
pensamientos ocasionales sobre dónde estaba su abuela. Cuando acudió a mi
consulta por otro motivo y se enteró de las sesiones de comunicación
post-muerte inducida me pidió que le realizara una para ayudarla a averiguar
cómo estaba su abuela. Me explicó que ya no sentía pena pues la muerte había
ocurrido hacía mucho tiempo. La DRMO
reveló que tenía razón: tenía muy poca tristeza residual.
Sin dificultad, logré inducir
la comunicación al segundo intento a pesar de la leve tristeza que sentía. Con
los ojos cerrados, Elena dijo haber visto a su abuela. «Se la ve muy feliz y
tranquila de pie, en un lugar luminoso, rodeada de luz blanca. Parece más joven
y saludable que en los años previos a su muerte».
Elena guardó silencio unos
segundos y luego los abrió. «Le dije: "Te quiero", y la abuela me
respondió: "Lo sé, y yo también te quiero". Después, se desvaneció». Elena
estaba eufórica por su experiencia: «Sentí como si hablara con la abuela. Fue
muy real».
Los sistemas de creencias no afectan la curación.
El sistema de creencias del
paciente no influye en el éxito de la comunicación inducida. Entre las personas
que han tenido una exitosa se incluyen seguidores de las principales religiones
y prácticas espirituales, así como agnósticos y ateos. Algunos están
convencidos de haber presenciado una vida post-muerte
real e inminente; otros creen haber experimentado un suceso mental raro que el
cerebro debió haber generado. Sin embargo, independientemente de sus
conclusiones sobre el origen, todos se liberan de su dolor durante la sesión.
EL CASO DE NARDO: “Quiero que seas feliz
porque yo soy feliz”.
Nardo, hipocorístico de
Bernardo, era un ejecutivo corporativo exitoso que lo tenía todo. Graduado de
un MBA, le habían asegurado que estaba a punto de ascender aún más en su
empresa. Su esposa cuidaba de sus tres hijos pequeños mientras él escalaba
posiciones en el mundo empresarial.
Diez años antes de que
viniera a verme una tragedia se lo arrebató todo sumiéndolo en profunda
depresión con tendencias suicidas. Nardo, con su esposa y sus tres hijos,
regresaba de una fiesta de Navidad cuando un coche que venía a toda velocidad
en sentido contrario los embistió de frente. Me describió la horrible escena:
«Recuerdo perder el conocimiento intermitentemente, con luces rojas
intermitentes y sangre por todas partes. Oía a mis hijos gritar. Me desmayé y
desperté en el hospital. Entonces me lo dijeron. Mi esposa, Margarita, y el
pequeño, Pipo, habían muerto. Tonia, mi hija, quedó paralizada. Me dijeron que
probablemente tenía daño cerebral. Solo nuestra otra hija resultó ilesa». Se le
veía visiblemente afectado mientras hablaba.
Le pregunté si estaría
dispuesto a someterse a una comunicación CPMI y me dijo que no creía en ese
tipo de cosas, pero que lo haría porque necesitaba alivio desesperadamente.
Utilicé DRMO para reducir las imágenes intrusivas de la escena sangrienta y los
gritos de sus hijos. Luego, utilicé DRMO con enfoque central para acceder a la
tristeza y reducirla, y comencé el proceso de inducción de la comunicación. Al
tercer intento, comenzó la CPMI.
Describió lo sucedido. «Puedo
ver a Margarita sosteniendo a Pipo». Sonrió. «Se ven sanos y muy felices
juntos». Abrió los ojos.
“Me dijeron que estaban muy
preocupados por mi dolor. Margarita me dijo: «Estamos bien. Tú también
necesitas estar bien para poder cuidar de nuestros hijos»”.
Al final de la sesión, el
dolor de Nardo pareció disiparse por completo, a pesar de su escepticismo. Esa
misma semana me llamó para decirme que se sentía deprimido porque su hijo
fallecido nunca había tenido la oportunidad de vivir una vida plena. «Anoche»,
me contó, «tuve un sueño muy vívido. Pipo vino a mí y me dijo: "Te quiero,
papá. Quiero que seas feliz porque yo soy feliz". Por fin sentí paz».
Le pregunté si creía haber
experimentado una conexión real con su difunta esposa e hijo. Respondió: «No,
no creo en esas cosas. Creo que mi mente simplemente me ha convencido de que
está bien seguir adelante con mi vida para poder cuidar de mis hijos».
En mi seguimiento dos años
después supe que el duelo de Nardo seguía superado. Había vuelto al trabajo y
le iba muy bien cuidando de sus dos hijos.
El caso de Nardo es uno de
los muchos que he presenciado en los que el paciente no cree que vaya a suceder
nada, no espera que ocurra nada y puede negar que la experiencia haya sido una
comunicación real, pero el duelo se resuelve tan plenamente como en el caso de
alguien que cree haber tenido una experiencia real de reconexión con el difunto.
EL CASO DE UN INDIO NORTEAMERICANO: “Sabes, lo que mis mayores
me enseñaron estaba mal”.
En un caso, un paciente indio
estadounidense expresó su preocupación por tener una experiencia de comunicación
inducida porque sus mayores le habían enseñado que en la post-muerte el alma se divide en dos partes, una buena y otra mala,
y que solo la parte mala se comunica con los vivos.
Pasamos por el proceso de
inducción y él experimentó la misma reconexión amorosa y positiva con sus seres
queridos que todos los que participan en esa experiencia. Después, me dijo:
«Sabes, lo que mis mayores me enseñaron estaba mal. Ahora lo sé».
El sistema de creencias de
este paciente no alteró la naturaleza consistentemente positiva de la
comunicación inducida.
EL CASO DEL PACIENTE DE GORIO: "¿Qué es eso de hablar
con los muertos?"
En otro caso, el
psicoterapeuta de CPMI de nombre Gregorio, más conocido en el mundillo
profesional como Gorio Rimoldiel, tuvo una sesión exitosa de CPMI con un
paciente que ilustra que las creencias del sujeto, antes o después de la
sesión, no inhiben su poder curativo. En la siguiente sesión, tras la exitosa comunicación
inducida, Gorio preguntó al paciente si le gustaría realizarla otra vez para
contactar con otra persona. El paciente respondió: "¿Qué? ¿Esa tontería de
hablar con los muertos? ¡Para nada!".
Gorio quedó algo
desconcertado ante el comentario ya que el éxito de la CPMI del paciente
parecía haber resuelto un trauma que este había revivido durante años. Supuso
que tal vez el trauma no se había resuelto del todo, así que preguntó al
respecto: “Bueno, ¿le gustaría volver a tratar ese trauma?”. “No”, respondió el paciente. “No es necesario”.
El sistema de creencias del
paciente le decía que la CPMI era una "basura" pero su trauma y dolor
habían sanado. El sistema de creencias del paciente no tuvo nada que ver con el
éxito de la comunicación.
La CPMI se produce de forma natural.
El caso de Juani es un
ejemplo de lo que sucede cuando el paciente intenta controlar la comunicación
inducida.
EL CASO DE JUANI.
Juani tenía nueve años cuando
su madre falleció en una cirugía cardíaca. Durante los dos años previos a su
muerte Juani presentía que algo andaba mal pero la familia no le contó que su
madre estaba recibiendo tratamiento por grave afección cardíaca. El padre de Juani
trabajaba, así que cuando su madre era hospitalizada, de vez en cuando, Juani,
hija única, se quedaba con los vecinos. Me contó que recordaba que fue una
época muy aterradora y confusa para ella.
Un día, Juani y su padre
visitaron a su madre en el hospital. Su madre les dijo que la operarían al día
siguiente, pero que todo saldría bien. Ese día, cuando Juani regresó de la
escuela, el pastor de ovejas cristianas y su padre estaban en la sala. Su padre
se sentó con ella y le dijo: «Mamá se ha ido al cielo».
Juani estaba desconsolada y
sentía que, en los treinta y ocho años transcurridos desde aquel día, no se
había recuperado del todo del shock. Le expliqué el procedimiento de
comunicación y accedió a probarlo. El proceso de inducción habitual provocó
aumento drástico de la tristeza antes de que comenzara la experiencia.
Tras la inducción cerró los
ojos durante unos segundos, luego los abrió y dijo que vio a su madre de pie,
en un campo, a lo lejos, "junto a un grupo de árboles". Intentó
mirarla fijamente para verla con más claridad, pero la imagen se desvaneció. Le
dije que la CPMI se desarrolla de forma natural y que no debía intentar forzar
las cosas. Simplemente necesitaba relajarse y aceptar lo que sucediera. «Deja
que la experiencia llegue a ti».
Le hice otra inducción y se
quedó sentada en silencio. Cuando abrió los ojos, me dijo que había vuelto a
ver a su madre, pero esta vez mucho más cerca. Vio el mismo paisaje que en la
primera inducción: un hermoso campo con árboles frondosos, todo de un verde
intenso. Me explicó que se mantuvo tranquila y habló con su madre. «Te echo de
menos y te quiero», le dijo. Su madre le respondió: «Yo también te echo de
menos y te quiero. Disfruta de tus hijos. Todo está bien».
Juani me sonrió y dijo con
firmeza: «No es que crea que fuera mi madre, es que sé que lo era». Salió de la
sesión diciendo que sentía una abrumadora sensación de paz por primera vez en
treinta y ocho años.
El caso de Luis fue similar.
Tenía grandes expectativas respecto a la CPMI, lo que provocó que se viera
frustrada repetidamente. Pero cuando se relajó y permitió que las cosas
fluyeran libremente, la comunicación se desarrolló de forma natural, de manera
que el paciente no podía prever.
EL CASO DE LUIS: Le dijo a su padre que lo
quería, y su padre respondió: "Sé que sí, y yo también te quiero".
Luis tenía veintitantos años
cuando su padre empezó a tener problemas cardíacos. Voló a casa de su padre
para visitarlo pero al cabo de una semana, como su estado de salud parecía
mejorar, regresó a casa. Luis describió a su familia como muy unida, pero
reservada emocionalmente, y que nunca expresaba ni hablaba abiertamente de sus
sentimientos. Luis se sorprendió cuando un día recibió una carta en la que su
padre le expresaba, con cariño, su amor.
Dos días después, mientras Luis
respondía a la carta, recibió la llamada telefónica que informaba de la muerte
de su padre. Luis supuso que su padre había escrito la carta porque presentía
que la muerte era inminente. Durante casi veinte años, Luis había estado
atormentado por no haber tenido la oportunidad de responder a la carta de su
padre en la que le decía que lo quería. Se le llenaron los ojos de lágrimas al
hablar de los asuntos pendientes con su padre.
Luis no era el típico
paciente de inducción ya que, aunque nunca había tenido una ECM y sabía muy
poco sobre este tipo de experiencias, estaba entusiasmado y creía que el
procedimiento de comunicación inducida funcionaría. Su confianza se basaba en
su fe cristiana en la vida post-muerte.
Cuando me habló de sus
expectativas sobre la experiencia espiritual, tal y como se la imaginaba, le
aconsejé que, en la medida de lo posible, dejara de lado esas expectativas y se
abriera a lo que sucediera. Le expliqué que la experiencia casi nunca se ajusta
a las expectativas de quien la vive y que tener expectativas puede, de hecho,
inhibir la conexión espiritual.
Tras el primer intento de
inducción Luis describió la imagen muy vaga de su padre en un lugar celestial y
nublado, tal como había imaginado. Al describir la escena era evidente que la
había creado él con su imaginación e ideas preconcebidas sobre el cielo. Estaba
obstaculizando la CPMI con sus expectativas. Le recordé que simplemente
aceptara lo que sucediera y comencé otra serie de movimientos oculares para
inducir la experiencia.
Esta vez experimentó
“oscuridad, no aterradora, sino cálida y amigable”. Era evidente que se estaba
desarrollando una CPMI. Le hice otra serie de movimientos oculares para
relajarlo y le pedí que cerrara los ojos de nuevo. Un minuto después los abrió
y dijo: “El velo empezó a levantarse, pero no del todo. Vi a mi padre a lo
lejos, caminando por un sendero con un cielo azul brillante de fondo. No estaba
lo suficientemente cerca como para ver su rostro”. Le administré algunos
movimientos oculares más para relajarlo y luego una serie final para otra
inducción.
Esta vez dijo que su padre se
le apareció "tan claramente como yo te estoy mirando ahora mismo".
Explicó que su padre vestía de blanco con "un fondo brillante, pero poco
definido". El rostro de su padre se veía muy relajado, nada parecido al
rostro cansado y demacrado que tenía en vida. Le dijo a su padre que lo quería,
y su padre le respondió: «Sé que sí, y yo también te quiero». Contó que su
padre también le dijo que debía prestar más atención a su hija en ese momento. Luis
entendió perfectamente a qué se refería.
Tras la experiencia, el
asunto pendiente de Luis quedó completamente resuelto. También quedó asombrado
por lo sucedido. Comentó, al igual que muchos otros pacientes, que nunca llegó
a oír la voz de su padre, pero que sus palabras le llegaron con gran claridad.
Asimismo, señaló que su experiencia fue muy diferente de lo que esperaba: ver a
su padre en cuerpo espiritual con trasfondo celestial. Le sorprendió la familiaridad
de la escena, aunque añadió: «Todo lo que vi fue muy hermoso».
Algunas comunicaciones CPMI ocurren de forma involuntaria.
Las condiciones necesarias
para que se produzca una CPMI pueden estar presentes sin intentar inducirla
intencionadamente. Antes de descubrir el procedimiento CPMI y utilizarlo
intencionadamente con mis pacientes, el 15 % de ellos lo experimentaban tras la
DRMO centrada sin que yo les ayudara conscientemente a alcanzar el estado
receptivo. Al parecer, simplemente estaban abiertos y receptivos. Otros
terapeutas que utilizan DRMO de forma estándar también han informado haber
inducido inadvertidamente una experiencia CPMI. Sin embargo, estimo que el
porcentaje es mucho menor que el 15 % que se produjo con la DRMO centrada en el
núcleo; quizás alrededor del 2 % o el 3 %.
El siguiente gráfico muestra
el porcentaje de inducciones exitosas de CPMI con tres condiciones:
- DRMO estándar sin DRMO
centrado en el núcleo y sin DRMO para mejorar la receptividad.
- DRMO centrado en el
núcleo pero sin DRMO para mejorar la receptividad.
- Tanto DRMO centrado en
el núcleo como DRMO para mejorar la receptividad
EL CASO DEL PACIENTE DE GORIO: “Me perdonó por haberlo
abandonado”.
Gregorio, Gorio Rimoldi, describió una de estas CPMI sorpresivas que
experimentó un paciente mientras utilizaba DRMO centrado en el núcleo. En ese
momento Gorio aún no había comenzado a inducir CPMI a propósito. Este es el
informe:
“Dos días después de comenzar
la terapia conmigo falleció el hermano mayor del paciente. Estaba muy afectado.
En ese momento no estaba utilizando la terapia CPMI sino DRMO centrada en el
núcleo. Le apliqué la DRMO y su tristeza aumentó considerablemente. Tras unos
últimos movimientos oculares se quedó sentado un momento, con los ojos
cerrados. Dijo que vio una luz brillante. Le pregunté cuál fue su reacción al
verla. Respondió: «Ya no está».
No sabía qué pensar de
aquello, pero sabía que debíamos mantener su atención. Le pedí que mantuviera
la mente abierta. Hice otro movimiento de ojos y los cerró. «Veo la luz otra
vez. No puede ser. Espera, es mi hermano».
“¿Puedes hablar con él?”, le pregunté
y respondió: “Simplemente volvió a cruzar la luz” y abrió los ojos llorando. “¿Por
qué lloras?”, pregunté. “Simplemente me perdonó por haberlo abandonado”.
Mi paciente explicó que creía
no tener problemas de duelo profundo con el inminente funeral pero sentía gran
angustia cuando le venía a la mente la idea intrusiva de que había abandonado a
su hermano. Él y su hermano mayor tenían problemas con las drogas y solían
pasar tiempo juntos, pero a menudo se peleaban por ellas. Finalmente lo dejó y
se fue a otro estado. Desde entonces lo atormentaba la sensación de haberlo
abandonado. Estos sentimientos resurgieron de forma drástica tras la muerte
prematura de su hermano.
Al parecer, sin quererlo,
ayudé al paciente a adoptar una actitud receptiva cuando le apliqué la DRMO
centrada en el núcleo y le dije: "Mantén la mente abierta".
Algunos pacientes no pueden someterse a una comunicación
CPMI.
En algunos casos el paciente
pasa por un proceso de inducción normal, pero el CPMI no se consigue.
EJEMPLO 1: PÁNFILO, quien
intelectualizó para evitar las emociones
Pánfilo era persona muy
evasiva que utilizaba la intelectualización como mecanismo de defensa para
evitar contenido emocional angustiante. Relataba recuerdos traumáticos pero
solía evitar abordarlos utilizando las sesiones de terapia como un medio para
entablar un discurso abstracto conmigo. Era consciente de su mecanismo de
defensa, pero incapaz, o no dispuesto, a
participar de forma significativa en el proceso terapéutico.
Participó en los ejercicios
de movimientos oculares de DRMO y en varios procedimientos de inducción de CPMI.
Sin embargo, durante los intentos de inducción se distraía. Tras abrir los ojos
podía comentar: «Acabo de tener una revelación. Esto se parece mucho al zen. Me
brinda la oportunidad de explorar mi mundo interior».
“¿Qué encontraste?”, podría
responder, sabiendo que sería cualquier cosa menos las emociones más profundas
aún por descubrir en aquel paraje salvaje.
“Creo que la mente es como
una cornucopia. Cuando se cosecha un pensamiento, otro ocupa su lugar, listo
para ser recogido y disfrutado.” Y así sucesivamente.
En lugar de dejarse llevar
por la experiencia se encontró pensando en la situación, en cómo debería ser la
experiencia o en cualquier otra cosa para distraerse de lo que fuera que
estuviera enterrado en las colinas de ese paisaje interior.
Al final recurrí a un enfoque
terapéutico más cognitivo que resultó útil, pero que nunca le ayudó a abordar
los sentimientos centrales y profundos que tenía.
EJEMPLO 2: Charo, quien fue presionada
para ir a terapia.
Algunos miembros de su
familia presionaron a Charo para que acudiera a terapia y ella lo expresó
abiertamente en cada sesión. «No sé por qué vine hoy», decía. «¿Podemos
terminar esta sesión antes? Tengo muchas cosas que hacer».
Durante algunas sesiones
intentaba débilmente hablar sobre la pérdida de su padre, quien había fallecido
seis meses antes tras años de padecer cáncer. Sin embargo, cuando seguíamos los
pasos para la inducción de la CPMI se retraía y detenía. Finalmente me confesó
que el movimiento de sus ojos le traía recuerdos de abusos sufridos en su
infancia. Nunca me había contado que había sido víctima de eso.
Era evidente que Charo
necesitaba superar sus traumas infantiles antes de poder avanzar en su duelo
más reciente. Debido a la naturaleza del abuso que sufrió, cuando se hizo
evidente que no iba a confiar en mí sobre lo sucedido le sugerí que tal vez una
terapeuta sería más de su agrado. No mostró interés en la derivación y pronto
interrumpió la psicoterapia.
No funciona cuando el proceso finaliza prematuramente.
El caso de Berto es uno de
los pocos casos en los que la CPMI no produjo curación inmediata, probablemente
porque interpretó la comunicación como confirmación de sus ideas sobre las
muertes y no completó el proceso de la CPMI.
Durante una batalla en
Vietnam, Berto vio caer a dos de sus compañeros a cierta distancia. No pudo
alcanzar los cuerpos para recuperarlos porque el enemigo estaba disparando con
demasiada intensidad. El fuego enemigo se intensificó y su unidad tuvo que
retirarse, dejando atrás los cuerpos. Nunca fueron recuperados. Durante casi
veintisiete años, Berto experimentó el dolor por la muerte de sus amigos y
profunda culpa por haber dejado atrás sus cuerpos.
Berto terminó de contar su
historia y me dijo que estaba profundamente afectado y que sentía que la culpa
lo acompañaría siempre. Le apliqué movimientos oculares para disminuir la
intensidad de algunos de los aspectos más perturbadores del incidente y luego
le expliqué el procedimiento de CPMI. Manifestó cierta reticencia, pero sentía
tal dolor y culpa que estaba dispuesto a intentar cualquier cosa. Le practiqué
la CPMI con bastante rapidez.
Después de que Berto abrió
los ojos me explicó lo que había sucedido en la CPMI. Casi de inmediato regresó
al lugar donde habían ocurrido las muertes veintisiete años antes. En su CPMI
estaba más cerca de los dos soldados fallecidos y pudo ver lo que parecían ser
sus espíritus elevándose fuera de sus cuerpos en el momento de la muerte.
Luego, se alejaron de Berto.
Berto interpretó lo sucedido
como una señal de que sus amigos lo habían abandonado de nuevo, lo cual lo
perturbó. Si bien algunas sesiones adicionales de DRMO redujeron
considerablemente su angustia, decidió no someterse a otra inducción CPMI
porque le resultaba demasiado dolorosa. Estoy convencido de que si Berto
hubiera decidido continuar habría alcanzado una resolución completa.
CAPÍTULO 13.
SORPRENDENTES SIMILITUDES ENTRE LOS SISTEMAS CPM Y ECM.
Afortunadamente, el
psicoanálisis no es la única manera de resolver conflictos internos. La vida
misma sigue siendo una terapeuta muy eficaz. —Karen Horney.
Al principio del proceso de
descubrimiento de las CPMI me di cuenta de que lo que mis pacientes describían
era muy parecido a lo que la gente informaba como experiencias cercanas a la
muerte (ECM) y comunicaciones post-muerte
(CPM).
En lo que respecta a los
fenómenos de las ECM y las CPM la gente se divide en dos bandos muy distintos:
creyentes y escépticos. Lamentablemente, las posturas arraigadas de cada bando
han limitado la exploración de los efectos de las ECM y las CPM más allá de las
discusiones sobre creencias personales.
Una ECM es la experiencia que
una persona tiene estando clínicamente muerta o al borde de ella. La persona es
reanimada y vive para contar lo que experimentó en ese momento tan cercano a la
muerte. Pruebas científicas reciente ha indicado que estas experiencias suelen
ocurrir cuando no hay función cerebral. Quienes estudian las ECM describen
algunos puntos comunes:
- Experiencia
extracorporal
- Encuentro con amigos y
familiares fallecidos
- Sensación de paz y
bienestar
- Atravesar un túnel hacia
la luz
- Hermosos paisajes
- Revisión de la vida
Las CPM, por su parte, son
experiencias en las que las personas creen comunicarse con alguien fallecido.
En el libro ¡Hola desde el cielo!, Bill y Judy Guggenheim enumeran doce
tipos más frecuentes de comunicación post-muerte
que las personas informan haber tenido con seres queridos fallecidos:
- Las CPM sensibles son
uno de los tipos más comunes e implican percibir o sentir la presencia del
difunto, lo que se describe como "la forma menos tangible y más sutil
de contacto con el fallecido".
- Las reacciones auditivas
también son comunes e implican oír la voz del fallecido o recibir un
mensaje verbal.
- Las manifestaciones
táctiles implican sentir el contacto físico del fallecido y son
relativamente menos comunes.
- Los trastornos olfativos
asociados a la muerte, que son relativamente comunes, implican percibir el
olor de una fragancia asociada con la persona fallecida.
- Los episodios visuales
implican ver al difunto, son comunes y relativamente dramáticos en
comparación con otras formas de percibir a las personas fallecidas.
- Las visiones de CPM se
experimentan con los ojos abiertos o cerrados y pueden incluir algún tipo
de comunicación bidireccional. Estas visiones se distinguen de las CPM
visuales por los colores brillantes e intensos que irradian luz . Este
tipo de CPM es menos común.
- Las CPM crepusculares
ocurren justo cuando las personas se quedan dormidas o se despiertan.
Cualquier combinación de las CPM anteriores puede participar en esta forma
de comunicación. Estas experiencias son bastante comunes.
- Las CPM durante el sueño
son muy comunes y ocurren cuando una persona está dormida, pero se
experimentan de forma muy diferente a los sueños. Al igual que las
crepusculares, las del sueño pueden adoptar diversas formas.
- Las experiencias
extracorporales (EEC) son menos comunes e implican el contacto con el
fallecido mientras el superviviente se encuentra en un estado de trance.
Algunas de estas EEC se asemejan mucho a las experiencias cercanas a la
muerte (ECM) e incluyen atravesar un túnel hacia la luz antes de encontrarse
con el fallecido.
- Las llamadas telefónicas
de personas fallecidas ocurren tanto cuando la persona está despierta como
dormida. Durante el sueño son similares a las llamadas telefónicas que
ocurren mientras duerme. Sin embargo, algunas personas han informado haber
recibido llamadas telefónicas de personas fallecidas estando despiertas.
Esta es la forma menos común de llamada telefónica.
- Las manifestaciones de
fenómenos físicos son bastante comunes e implican sucesos físicos
inusuales que los supervivientes perciben como un mensaje del difunto.
Algunos ejemplos son encender o apagar una luz o abrir o cerrar una
puerta.
- Las experiencias
simbólicas de duelo son comunes e implican ver algo en el entorno físico
que los sobrevivientes interpretan como una señal del difunto, como
mariposas, arcoíris, pájaros, etc.
Las ECM y las CPM, así como
sus similitudes con las CPMI, se explican en las páginas siguientes.
Experiencias cercanas a la muerte (ECM).
Cuando leí por primera vez *Vida
tras la vida* del doctor Raymond Moody, hace muchos años, me coloqué en el
bando de los escépticos al pensar que una ECM no podía ser algo más que una
alucinación poco frecuente. Sin embargo, Moody señaló que las personas que tenían
una ECM generalmente no compartían su experiencia con otros porque aprendían
rápidamente que la gente tendía a descartarlas como síntomas de locura
transitoria. Explicó que solo comparten sus experiencias cuando se les
pregunta. Así que empecé a preguntar. Descubrí que la experiencia es común y
que quienes la han vivido están absolutamente convencidos de que era un hecho
real. También es muy común que quienes han tenido experiencias cercanas a la
muerte dejen de temerla.
Desde entonces, he tenido la
oportunidad de hablar con varios cientos de personas que han experimentado ECM.
La mayoría de estos relatos fueron proporcionados por personas normales y
psicológicamente sanas. Las ECM a menudo transformaron la vida de quienes las
experimentaron.
Un paciente llamado Pachu
tuvo tanto una experiencia cercana a la muerte (ECM) como una experiencia de
conexión inducida CPMI y describió ambas experiencias como de la misma calidad
e impacto psicológico.
EL CASO DE PACHU: “Vi y hablé con los chicos
de mi escuadrón, con los seis.”
Pachu se había encariñado
mucho con sus compañeros de pelotón durante los meses que pasaron juntos en
Vietnam. «Nos queríamos más que a una familia», me dijo en la oficina. Un día,
los norvietnamitas lanzaron un gran ataque e infiltraron nuestro campamento
base, arrojando explosivos por todas partes y disparando contra tantos como
pudieron. Todos los miembros del pelotón de Pachu murieron en el acto o
resultaron heridos de muerte, excepto él, que salió ileso. Mientras el enemigo
seguía matando estadounidenses a su alrededor, Pachu fue arrastrando los
cuerpos de sus seis camaradas, uno por uno, hasta un búnker. Uno de sus amigos
había sido decapitado por una explosión y otro murió desangrado en sus brazos.
Todos habían muerto cuando llegó la ayuda.
Aunque Pachu recibió una
medalla por su valentía, el incidente fue su perdición psicológica. Un
psiquiatra del ejército lo diagnosticó erróneamente como esquizofrénico
paranoide y lo envió de regreso a Estados Unidos. Durante los siguientes
treinta años sufrió frecuentes y graves pensamientos intrusivos y pesadillas
sobre el incidente.
A lo largo de varias sesiones
de psicoterapia conmigo, Pachu comenzó a acceder a los recuerdos que lo
atormentaban pero que no había afrontado desde el incidente. Cuando empezó a
revivir esos recuerdos por primera vez estuvo a punto de perder el control,
sollozando con el rostro entre las manos.
Comencé inmediatamente con DRMO
para disminuir la intensidad de sus imágenes y sentimientos traumáticos. Esto
redujo su angustia a un nivel manejable, y entonces accedió a una inducción CPMI.
Realicé el procedimiento tres veces y la
comunicación se inició con el tercer intento. Cerró los ojos, pensando en el
soldado que había muerto en sus brazos. Siguió llorando durante unos segundos
pero luego las lágrimas cesaron abruptamente y comenzó a sonreír. Continuó
sonriendo con los ojos cerrados durante dos o tres minutos. Luego los abrió
radiante.
“Vi y hablé con los chicos de
mi equipo, con los seis. Todos se veían felices, sanos y tranquilos. Les dije
que llevaba mucho tiempo esperando este día, y los oí decir: ‘Nosotros
también’”.
Pachu describió entonces cómo
se intercambiaron muestras de afecto. «Oí a uno de ellos decir, con la misma
claridad con la que te oigo: "Todos estaremos aquí para ti cuando llegue
tu momento"».
Todos los problemas de Pachu
relacionados con la pérdida de su escuadrón se resolvieron por completo ese
día. Hacia el final de la sesión, comentó que había tenido una experiencia
cercana a la muerte (ECM) durante una grave enfermedad infantil y que las
personas, tanto en su ECM como en esta CPMI, tenían una apariencia similar y se
comunicaban de la misma manera telepática y emocionalmente intensa. Pachu
afirmó que su ECM y la CPMI tuvieron efectos similares en él, y creía que ambas
eran el mismo tipo de experiencia.
Durante las siguientes tres
semanas de psicoterapia, Pachu dedicó gran parte de su tiempo a hablar de los
gratos recuerdos que guardaba de su escuadrón, recuerdos que antes no había
podido evocar porque le causaban mucha angustia. Volví a ver a Pachu ocho meses
después de que le dieran el alta del hospital. Me comentó que ya no sufría de
recuerdos intrusivos del incidente y que seguía teniendo muy buenos
sentimientos hacia sus compañeros de escuadrón.
Las ECM y las CPMI son similares
Existen similitudes notables
entre las ECM y las CPMI en las siguientes áreas:
- Experiencia
extracorporal
- Considerar al difunto
como un ser íntegro, funcional y sano.
- Sensación de paz y
bienestar
- Atravesar un túnel hacia
la luz
- Encuentro con el difunto
- Hermosos paisajes
- Revisión de la vida
- Algunos fallecidos están
en zonas iluminadas con luz brillante, otros en zonas con poca luz.
- Experiencias compartidas
A continuación se presenta un
resumen de las similitudes en cada una de estas áreas.
Experiencia extracorporal
Las personas que han tenido
una ECM suelen describir una experiencia extracorpórea, generalmente flotando
sobre sus cuerpos mientras observan a los técnicos médicos intentar
reanimarlos. Quienes han tenido una experiencia extracorpórea según la CPMI no
la describen, pero sí suelen regresar al lugar del fallecimiento de la persona
por la que guardan luto y presenciar cómo su espíritu abandona el cuerpo. Estas
experiencias ocurren con mayor frecuencia cuando no existía una relación
personal entre el sobreviviente y el fallecido, como en los casos reportados
por un profesional de la salud en un hospital o un soldado que presencia una
muerte en el campo de batalla.
EL CASO DE BERTO
Berto y su unidad habían
acampado para pasar la noche en Vietnam. Él y sus dos compañeros estaban de
guardia y tenían la orden de disparar a cualquier cosa que se moviera fuera de
su perímetro. Más tarde esa noche, detectaron movimiento en la maleza no muy
lejos de su posición. Los tres abrieron fuego y, al parecer, alcanzaron a
quienquiera que fuera. Por su seguridad, tuvieron que esperar a que amaneciera
para ver de qué se trataba.
Esa mañana, salieron y
descubrieron que habían matado a tiros a una mujer vietnamita y a su bebé. La
mujer estaba desarmada y, por alguna razón desconocida, se había acercado a su
campamento. En ese momento, Berto se enfureció por la insensatez de lo
sucedido. Durante los muchos años transcurridos desde el incidente, Berto
sufrió imágenes recurrentes de sus cadáveres y una intensa mezcla de ira y
tristeza.
Cuando Berto relató su
recuerdo en nuestra sesión de psicoterapia, su sentimiento principal fue
profunda tristeza. La segunda vez que realicé el procedimiento CPMI, cerró los
ojos y, espontáneamente, regresó al momento en que la madre y el niño fueron
asesinados. Aunque no vio los cuerpos hasta la mañana siguiente, durante su CPMI
vio lo que parecían ser los espíritus de la mujer y el niño emergiendo de sus
cuerpos en el instante de su muerte. La madre sostenía a su hijo en brazos y
flotaba a través de un gran túnel hacia una luz brillante. Relató que tenían
una expresión muy serena en sus rostros y parecían moverse hacia la luz con un
propósito definido.
Berto abrió los ojos y me
contó su experiencia. «Siento que mi tristeza se ha transformado en verdadera
felicidad». Le reconfortaba enormemente saber que la vida continuaba para la
madre y el niño, y que habían mantenido su amorosa relación. Creía que su
experiencia demostraba que hay vida post-muerte.
Sin embargo, Berto se sintió
algo confundido por la aparición de la luz brillante durante su CPMI ya que, en
el momento del incidente, estaba completamente oscuro. Berto desconocía las ECM
y no sabía nada del tema recurrente de un túnel y una luz brillante en los
relatos de ECM. El informe se basó únicamente en lo que percibió durante su CPMI.
Un mes después, tras haber
superado con éxito otro problema, Berto finalizó su psicoterapia. En ese
momento, ya no sentía tristeza ni enfado por aquel incidente, y todas las
imágenes negativas asociadas habían desaparecido.
Considerar al difunto como un ser íntegro, funcional y
saludable.
Cuando quienes han tenido
experiencias cercanas a la muerte (ECM) informan haber conocido a seres
queridos fallecidos, los describen como personas íntegras y sanas, incluso si
padecían alguna discapacidad en vida. Lo mismo ocurre con las descripciones de
los difuntos en las conversaciones informales sobre la muerte. Se informa que
todas las deficiencias o imperfecciones físicas han desaparecido. Las personas
que eran muy mayores o estaban enfermas antes de morir siempre se perciben como
más jóvenes y sanas. Los niños que mueren muy jóvenes suelen percibirse como
mayores. Un rostro marcado por la preocupación en vida siempre luce sereno y
tranquilo.
EL CASO DE MARI.
La familia de Mari se mudaba
con frecuencia durante su infancia, por lo que le resultaba difícil hacer
amigos. Su única hermana era mayor y padecía una discapacidad grave de
nacimiento. Su edad mental nunca superó los cinco años. Mari se encargaba de
gran parte del cuidado diario de su hermana, pero nunca la consideró una carga,
pues era su compañera cuando no tenía amigos. Se sentía afortunada de tener una
hermana que quería muchísimo y consideraba su mejor amiga. Mari describía a su
hermana como una persona alegre y siempre feliz.
Cuando Mari tenía catorce
años, la salud de su hermana empeoró y sus convulsiones se volvieron más
frecuentes. Una noche, mientras sus padres no estaban en casa, su hermana
sufrió una convulsión inusualmente grave y murió en brazos de Mari.
Mari no habló ni comió
durante días y, al año siguiente, tuvo problemas en la escuela. Sin embargo,
con el paso de los años, Mari logró superar su pérdida y llevó una vida plena,
con una gran familia y éxito profesional. Cuando habló de la muerte de su
hermana en mi consulta lo hizo con la tristeza normal y residual que aún
sentía.
Hablé con Mari sobre el
procedimiento de la CPMI y le expliqué que algunas personas experimentan una
reconexión con el ser querido fallecido. Me dijo que era atea y que sentía
desdén por todas las prácticas religiosas. Aceptó intentar la inducción, pero
solo por curiosidad intelectual.
A pesar de su reticencia, la CPMI
comenzó casi inmediatamente después de que la DRMO centrada en el núcleo
revelara su tristeza y comenzara a aliviarla. En su CPMI, Mari experimentó
primero "una luz blanca brillante". Luego, su hermana emergió de la
luz y le dijo: "Te quiero, Mari". Mari sintió entonces que, de alguna
manera, su hermana le respondía mentalmente: "Yo también te quiero".
Su hermana le dijo que todo
el dolor que Mari sufrió tras su muerte fue innecesario. Su hermana ya no tenía
las deformidades físicas que tenía en vida, y Mari notó más tarde que sus
capacidades mentales parecían mucho más desarrolladas que antes. Mari relató
que su hermana entonces se retiró hacia la luz y desapareció.
Tras su CPMI, Mari estaba
eufórica. Estaba completamente convencida de haber visto y hablado con su
hermana. Se sentía reconectada con ella y feliz por su bienestar, sin rastro de
tristeza.
Sensación de paz y bienestar
La mayoría de quienes han
tenido experiencias cercanas a la muerte informan paz y bienestar. Quienes han
experimentado ECM describen al difunto como persona en paz y feliz, una
sensación que de alguna manera se les transmite. Para el paciente de ECM,
percibir al difunto en un estado emocional tan profundamente positivo
contribuye en gran medida a acelerar la resolución del duelo.
Atravesar un túnel hacia la luz
Las personas que experimentan
ECM a veces describen viajar a través de un túnel o pasadizo. De igual manera,
quienes experimentan CPMI a veces sienten que atraviesan un túnel o pasadizo
antes de encontrarse con el difunto. Tanto las ECM como las CPMI comparten la
descripción de una luz brillante al final del túnel. Quienes experimentan CPMI
de alguna manera saben que el difunto está en la luz al final del túnel y se
mueven a través de ella con un propósito definido, o son atraídos hacia ella.
Encuentro con los difuntos
Las personas que han tenido
experiencias cercanas a la muerte (ECM) suelen describir encuentros o la
sensación de la presencia de personas importantes para ellas que han fallecido,
generalmente familiares o amigos cercanos. De igual modo, las sesiones de CPMI
siempre involucran a personas importantes para quien las experimenta, aunque en
estas últimas, el fallecido puede haber adquirido relevancia a través de un
encuentro breve y dramático, como ser asesinado por quien las experimenta en
combate. Los sentimientos de amor hacia el fallecido en las ECM son los mismos
que los que experimentan quienes tienen sesiones de CPMI durante estas.
Hermosos paisajes
Los paisajes hermosos son muy
comunes en las ECM y las CPMI, con árboles pintorescos, colinas verdes,
arbustos en flor, extensas praderas, lagos y arroyos resplandecientes. Los
colores suelen ser más brillantes e intensos, a veces descritos como radiantes
o iridiscentes. Tanto quienes han tenido una como otra afirman que el entorno
emana una sensación de paz y serenidad que se transmite al experimentador. En
ocasiones, las personas con expectativas basadas en sus creencias religiosas se
sorprenden al encontrar entornos terrenales familiares pero más ricos en sus
experiencias de comunicación inducida.
Revisión de vida
En la revisión de vida que
forma parte de la ECM la persona puede revivir toda su vida o momentos clave en
un breve instante. Esta revisión suele centrarse en las emociones que la
persona experimentó durante incidentes específicos, así como en las reacciones,
tanto positivas como negativas, de quienes la rodearon como consecuencia de sus
acciones. Quienes experimentan revisiones de vida durante sus ECM afirman que
son vivencias profundas y transformadoras. Con frecuencia, desarrollan una
mayor empatía e interés por ayudar a los demás.
Las personas que participan
en la CPMI generalmente no experimentan su
revisión de vida ni ninguna parte de la revisión de vida del difunto.
(Ha habido algunas excepciones. Un físico escéptico con el que trabajé
experimentó espontáneamente su revisión de vida durante el tratamiento. Una
paciente alemana presenció cómo su tío, soldado alemán de la Segunda Guerra
Mundial, se sometía a su revisión de
vida. En ambos casos la experiencia contribuyó en gran medida a resolver los
problemas específicos de duelo de la paciente). Sin embargo, se describe
consistentemente a los difuntos como si hubieran pasado por una revisión de
vida, hubieran aprendido de sus errores, asumido la responsabilidad de sus
actos y se hubieran interesado mucho en corregir cualquier sufrimiento o dolor
que causaran a otras personas en vida.
Algunos ven luz brillante, otros zonas oscuras.
El doctor Raymond Moody
escribió en su libro “Reflexiones
sobre la vida después de la vida” que quienes han tenido
experiencias cercanas a la muerte suelen describir a los difuntos en entornos
muy iluminados o que emanan una luz brillante. También describen un reino
paralelo, un «reino de espíritus desconcertados», tenuemente iluminado o
apagado. Quienes han tenido estas experiencias afirman que las personas en la
zona tenuemente iluminada están allí para resolver problemas que les impiden
avanzar hacia la luz.
Esta descripción coincide con
informes de personas que han tenido experiencias similares a las de la CPMI,
quienes afirman que la mayoría de sus seres queridos fallecidos se encuentran
en un estado de luz brillante o irradian una luz intensa. Sin embargo, aquellos
fallecidos que llevaron vidas problemáticas y causaron gran daño a otros son
descritos, consistentemente, como ubicados en un área tenue o gris,
arrepentidos y con el deseo de aliviar los problemas que dejaron atrás.
EL CASO DE MIMI: “Eso fue un poco
espeluznante”.
Mimi experimentó varias
sesiones de CPMI, bastante profundas, que parecieron resolver por completo su
duelo. Luego decidió trabajar en la pérdida de su perro, al que había querido
mucho. Casi al final de su sesión con su perro un vecino, que había fallecido
recientemente de forma inesperada, apareció de repente. Mimi y su difunto
vecino, Nando, habían sido buenos amigos durante muchos años. En la sesión, Nando,
que se veía más joven y saludable que en sus últimos años de vida, explicó que
estaba bien y luego insinuó que tenía un trabajo para Mimi.
Cuando Mimi abrió los ojos
dijo que, aunque sentía una paz abrumadora, admitió que no entendía a qué se
refería Nando con su última declaración. Repetí la experiencia. Al abrir los
ojos, Mimi dijo: «Eso fue un poco inquietante». Explicó que Nando le había
dicho que quería que ayudara a otros espíritus fallecidos que, según ella,
parecían estar «en un lugar más oscuro, no en términos de luz, sino en un
sentido más espiritual». Nando quería que los ayudara transmitiendo mensajes a
sus familiares. Mimi claramente no tenía interés en la petición. Entonces
induje otra experiencia de CPM en la que Mimi le dijo a Nando que su petición
la incomodaba y que no quería el trabajo. Luego sintió que Nando comprendía sus
sentimientos y su decisión, y le daba las gracias. Después, él se desvaneció.
Aunque Mimi se sintió «inquietante» por un breve periodo, al terminar su última
experiencia de CPM, recuperó la paz y la petición de su amigo fallecido dejó de
molestarla.
Experiencias compartidas
En su libro *The Last
Laugh*, el Raymond Moody menciona el concepto de "experiencia cercana
a la muerte compartida", o "ECM empática", en la que alguien que
acompaña al moribundo comparte lo que parece ser esa experiencia ECM del muriente:
sentir la sensación de atravesar un túnel hacia una luz hermosa y percibir a
familiares fallecidos que vienen a saludar al moribundo.
Esta rara experiencia es
similar a las "CPMI compartidas" que observadores y terapeutas han
experimentado mientras el paciente está teniendo esa la comunicación inducida (ver
capítulo 8 ).
Comparación de la calidad de la ECM y la CPMI
Todos nuestros pacientes que
han experimentado tanto una ECM como una CPMI están convencidos de que ambas
experiencias son esencialmente el mismo fenómeno, vivido desde diferentes
perspectivas. En todos los casos, afirman que ambas experiencias poseen las
mismas cualidades e impacto psicológico. También creen, con gran certeza, que
sus ECM y experiencias de CPMI se originaron en la misma fuente.
La experiencia de Margarita
ofrece un claro ejemplo de la estrecha relación entre ambas experiencias.
EL CASO DE MARGARITA
El embarazo de Margarita
(Rita para los amigos) transcurrió sin complicaciones hasta el noveno mes,
cuando empezó a vomitar y dejó de sentir los movimientos del feto. La ecografía
reveló ausencia de latido fetal por lo que se le indujo el parto y el bebé
nació muerto. Durante el parto Margarita sufrió shock hipertenso y permaneció
al borde de la muerte durante tres días. En algún momento de esos tres días Margarita
tuvo una experiencia cercana a la muerte en la que vio a su madre, fallecida años antes, sosteniendo a su bebé.
Parecían muy felices. El bebé miraba a su abuela. Margarita contó que su madre
le dijo: «Está bien». Detrás de ellas vio «una luz brillante y reconfortante».
Estos sucesos ocurrieron seis
años antes de nuestra sesión de terapia. A pesar de su ECM Rita seguía
experimentando dolor por la muerte de su bebé, especialmente en torno al día en
que este habría tenido su cumpleaños.
Después de explicarme lo todo
sucedido le describí las sesiones de CPMI. Margarita se mostró entusiasmada con
el procedimiento porque su experiencia cercana a la muerte la había convencido
de que tales experiencias comunicativas eran posibles. Tras la inducción a la CPMI
Rita cerró los ojos. Inmediatamente relató que volvió a ver a su hijo con su
madre y que ambos parecían felices y en paz. Sin embargo había diferencias
notables entre su ECM y la experiencia con la CPMI. Dijo que su hijo parecía
mayor y mucho más sano que antes, y que en lugar de mirar a su abuela miraba a Margarita
y extendía ambas manos hacia ella.
En la ECM, Margarita sintió
que su madre y su hijo pequeño se alejaban de ella, pero en la comunicación
inducida tuvo la clara sensación de que se acercaban. Tampoco vio una luz
brillante tras ellos en la CPMI, como sí la vio en su ECM. Margarita explicó que la comunicación inducida
fue «mucho más clara y enfocada» que su ECM, que aquella resultó más
reconfortante porque sintió que su madre e hijo se acercaban, no se alejaban
con en la ECM.
Al finalizar la sesión, Rita
dijo sentir una conexión mucho más fuerte con su hijo y su madre, y creía que
su duelo se había resuelto por completo. Siete meses después, en sesión de
seguimiento, afirmó que su duelo seguía plenamente resuelto. Estaba convencida
de que su CPMI no era simplemente el recuerdo de su ECM sino dos experiencias
distintas que se conectaban con la misma fuente.
Las notables similitudes
entre ambas experiencias sugieren que son fenómenos estrechamente relacionados,
probablemente con el mismo origen. El hecho de que ahora podamos inducir estas
experiencias de forma fiable, en un entorno de laboratorio controlado, nos
proporciona por primera vez un medio para evaluarlas de manera objetiva y
científica. Diversas creencias y teorías contrapuestas pueden someterse ahora a
una prueba más rigurosa, y quizás podamos comprender el origen y naturaleza de
estos fenómenos.
Comunicaciones Post-Muerte (CPM) espontáneas
Denominé comunicación post-muerte
inducida (CPAI) al procedimiento que da como resultado la experiencia de una
comunicación con la postvida tras leer el éxito de ventas del libro de Bill y
Judy Guggenheim titulado, ¡Hola desde el cielo! Lo más sorprendente para
mí es que los 353 relatos personales de comunicaciones post-muerte espontáneas
que aparecen en su libro son casi idénticas a las descripciones que mis
pacientes han estado informando en mis sesiones terapéuticas. Mis pacientes
también relatan sus comunicaciones post-muerte espontáneas, que presentan las
mismas características que los informes de las comunicaciones inducidas.
EL CASO DE DANIEL: “Ella se acercó, me dio un
abrazo y un beso”.
Daniel era un paciente adulto
que estaba tratando un problema, distinto al duelo por la muerte de su madre,
pero ese tema de la muerte surgió. No sentía ningún dolor por ello ya que había
ocurrido cuando tenía cinco años y tuvo una crisis de descompresión espontánea,
a los seis años, que eliminó ese dolor.
Daniel era hijo único y su
padre había abandonado a la familia unos años antes de la muerte de su madre.
Estaba solo con ella cuando se desplomó y falleció de ataque al corazón. Dos
horas después, una tía pasó a visitarlo y encontró a Daniel sentado junto al
cuerpo de su madre, llorando. Durante los meses siguientes Daniel vivió con la
misma tía pero apenas interactuaba con otras personas y se sentía
extremadamente solo. Le atormentaban imágenes y pensamientos, recurrentes e
intrusivos, de la muerte de su madre, sobre todo en forma de pesadillas.
Durante un año después de la
muerte tuvo un sueño repetido en el que viajaba por un túnel hacia una luz que
divisaba a lo lejos, pero siempre despertaba antes de llegar al final. Una
noche, sin embargo, llegó al final del túnel y allí estaba su madre, de pie,
con una luz brillante a sus espaldas.
“Se veía muy tranquila y
feliz”, recordó, “y dijo que estaba bien y que siempre estaría conmigo.
Recuerdo perfectamente que extendió la mano hacia mí, me abrazó y besó”.
Aunque Daniel no supo qué
pensar de esa experiencia, a los seis años, esta lo transformó por completo. A
partir de entonces ya no le molestaban los síntomas intrusivos ni se sentía
solo. También empezó a relacionarse con los demás de forma normal y sana.
Recordaba con claridad un momento, días después del episodio de descompresión
aguda, en el que caminaba por la calle sintiéndose bien con su madre. Si bien
el episodio había ocurrido hacía muchos años, Daniel seguía sintiendo paz con
la muerte de su madre.
El caso de Daniel demuestra
que, incluso para un niño, la terapia de descompresión espontánea es una
experiencia positiva que puede aliviar el duelo, al igual que lo hace una
terapia de descompresión asistida (es decir, inducida por un tratamiento como
la comunicación inducida post-muerte).
En qué se diferencian las CPM espontáneos y las CPM Inducidas.
La diferencia más destacada
entre las CPM espontáneas y las CPMI radica en que, en las espontáneas la
experiencia ocurre de forma aleatoria e inesperada; quien la experimenta no
anticipa tenerla. En cambio, en una inducida el psicoterapeuta ayuda a quien la
experimenta a entrar en estado receptivo que permite que la CPMI se produzca.
El psicoterapeuta no crea la experiencia ni influye en su dirección. Su función
es simplemente ayudar a quien la experimenta a alcanzar un estado abierto y
receptivo para que la CPMI pueda ocurrir por sí sola. A partir de ese momento,
el contenido suele ser inesperado, al igual que el de una CPM espontánea.
Existen tres diferencias
importantes entre las espontáneas y las inducidas:
- Los Guggenheim y otros
autores que han escrito libros sobre las comunicaciones espontáneas
afirman que siempre ocurren sin previo aviso y que no pueden inducirse.
Hemos demostrado que el estado psicológico necesario para que se produzca
la experiencia sí puede inducirse, aunque la reacción se desarrolla de
forma natural, sin interferencias, una vez inducido el estado receptivo.
- Las inducidas tienden a
ser más elaboradas, con mayor contenido y más multisensoriales que la
mayoría de las CPM espontáneas. Las CPM Inducidas implican, por su parte,
una combinación de experiencias sensoriales presentes en las CPM visuales,
auditivas y táctiles.
- Las CPM Inducidas no
solo aceleran el proceso de duelo, como hacen las CPM espontáneas, sino
que, en casi todos los casos, la naturaleza más extensa y controlada de la
experiencia inducida resuelve completamente el duelo, un resultado mucho
más potente que los efectos de la mayoría de las espontáneas. Si no se
resuelven todos los problemas con una inducida es bastante sencillo inducir
la experiencia de nuevo inmediatamente mientras el paciente se ocupa de lo
que aún no se ha resuelto. Cualquier problema adicional que quede se
resuelve rápidamente con la siguiente inducción. El procedimiento puede
repetirse fácilmente hasta que todos los problemas estén plenamente solucionado.
Por
ejemplo, en una CPMI ya presentada en este libro, Garci había establecido una
conexión con su hija fallecida pero aún sentía tristeza porque la extrañaba. Le
pedí que tuviera presente esa preocupación y comenzamos otra CPMI. Esta vez, su
hija le dijo: «Sigo contigo, papá». Su tristeza desapareció por completo. Es
evidente que si solo hubiera experimentado la primera parte de su CPM inducida
y no tenido forma de continuar la experiencia, habría quedado con cierta
tristeza.
Algunos pacientes que han experimentado una CPM inducida
tienen también las espontáneas.
Las personas que han
experimentado tanto reacciones espontáneas como voluntarias o inducidas
informan, sin excepción, que ambas experiencias tienen la misma calidad e
impacto en quien las experimenta. En algunos casos, las experiencias menos
directas y espontáneas han servido como punto de partida para el desarrollo de las
inducidas más elaboradas.
Algunas de las experiencias
de nuestros pacientes con CPM espontáneas han sido muy ricas en detalles y muy
similares a las de las CPM Inducidas. El siguiente caso ofrece un buen ejemplo
de una CPM espontánea bastante compleja que me describió un paciente.
EL CASO DE CASIANO: “Nadie podrá decirme, jamás,
que no fue real, ni tú ni nadie más”.
Casiano había acudido a mi
consulta para recibir psicoterapia por un asunto ajeno a la cosa del duelo pero,
tras ganarse mi confianza, sintió que podía contarme su historia espontánea
sobre una CPM «sin que lo tachara de loco». Casiano vivía en el Medio Oeste
norteamericano y su ex esposa en la Costa Este con sus tres hijos. Una noche,
mientras dormía, tuvo una visión nítida de su ex esposa.
«Se veía hermosa, serena y
feliz y quería contarme algo que le preocupaba mucho». Casiano dijo que le
comentó que debía empezar a tener un papel más importante en la crianza de sus
hijos e incluso le ofreció sugerencias muy específicas sobre cada uno de ellos.
Casiano afirmó que su experiencia fue mucho más vívida que un sueño.
Casiano despertó desconcertado
por la asombrosa claridad de la comunicación. Recordaba todo lo ocurrido, y
para él fue como una conversación real con su ex esposa. Tras permanecer
despierto un rato intentando comprender lo sucedido, logró volver a dormirse. A
la mañana siguiente, mientras preparaba café, sonó el teléfono. Era la hermana
de su ex esposa. Entre lágrimas, le comunicó que aquella había fallecido en un
accidente de coche durante la noche.
De repente, el significado de
su experiencia nocturna se hizo evidente. Desde entonces, la ex esposa de Casiano
se le ha aparecido cinco veces en encuentros espontáneos, ofreciéndole en cada
ocasión más consejos sobre sus hijos. «En todas las ocasiones», dijo, «ella fue
la que habló todo el tiempo». Y después de cada encuentro, Casiano siguió sus
consejos al pie de la letra. En todos los casos, los consejos resultaron ser
muy útiles.
Mientras me contaba la
historia, Casiano se rió en un momento dado y dijo: «No ha cambiado mucho.
Siempre fue muy habladora y mandona». Cuando le pregunté si creía que su esposa
realmente lo había visitado después de morir, respondió con firmeza: «Estoy
seguro. Estoy tan seguro como de que te estoy viendo ahora mismo. Nadie puede
decirme que no fue real, ni tú ni nadie más. No me importa lo que piensen los
demás porque realmente no saben. Antes de que sucediera, no creía en estas
cosas, pero ahora no tengo la menor duda».
La descripción que Casiano
hizo de su experiencia tenía el mismo tono que mis pacientes cuando describen
las CPMI. Tanto su CPM espontánea como las CPM Inducidas de mis pacientes
fueron extraordinariamente claras y dieron como resultado la drástica resolución
del duelo.
Resulta evidente que las CPM Inducidas
como y las espontáneas son esencialmente idénticas, con la única diferencia de
que el estado psicológico necesario para tener la experiencia de la CPMI puede
ser inducido a propósito por un psicoterapeuta.
CAPÍTULO 14. ÉCHALE
UN VISTAZO TÚ MISMO
La duda no es una condición
agradable, pero la certeza es absurda. —Voltaire
Conclusiones sobre la terapia con CPMI
Tras años de exitosas
sesiones interdisciplinarias de psicoterapia con miles de pacientes, llevadas a
cabo por un número creciente de psicoterapeutas, hemos llegado a tres
conclusiones:
- Podemos inducir una
comunicación CPMI de forma muy rápida, fiable y sencilla en un alto
porcentaje de personas interesadas en tener esa experiencia.
- Las terapias de duelo
asistidas por CPMI sanan los elementos más dolorosos, primarios y
centrales del duelo: la tristeza profunda y la sensación de desconexión
asociada.
- Muchos de mis pacientes
relatan las mismas experiencias descritas por personas que han tenido una
experiencia cercana a la muerte (ECM) o una comunicación espontánea post-muerte (CPM).
Por ahora, el origen del fenómeno es irrelevante.
Algunos terapeutas insisten
en conocer el origen del fenómeno CPMI antes de utilizarlo en su terapia o, más
directamente, afirman: «No podemos mezclar pseudociencia con terapia seria».
Estoy de acuerdo. Pero sostengo que el origen de la experiencia no influye en
absoluto a la hora de considerarla como un medio para sanar a nuestros
pacientes.
No necesitamos conocer el gen
que determina la presencia del pulgar para enseñar a alguien a sujetar un
martillo. El pulgar es simplemente una herramienta más en el repertorio de todo
ser humano. Enseñamos a las personas a sujetar martillos con los pulgares y los
dedos, independientemente del origen de sus pulgares. Lo mismo debe ocurrir con
la terapia CPMI, al menos por ahora.
En ocasiones, al considerar
la terapia CPMI, se detendrá un instante y su mente divagará en reflexiones
sobre este extraño fenómeno. Es notable y poderoso. A menudo, como me ha
sucedido a mí, especulará sobre sus orígenes. Esto parece inevitable. Sin
embargo, hemos intentado no influir en su opinión.
Por ahora, al menos, no
importa lo que yo crea ni lo que crean los demás psicoterapeutas que utilizan
la terapia CPMI. Nadie pregunta si el profesional que explica un método
psicoanalítico o de terapia conductual es cristiano, agnóstico, judío, musulmán
o budista antes de decidir utilizar el método que describe. Sus creencias son
irrelevantes. Observamos los resultados del método y lo aplicamos según sea
apropiado y eficaz para nuestros pacientes. Por supuesto, todos tenemos algunas
creencias sobre la voluntad en el universo y la vida post-muerte, incluso si somos agnósticos. Pero nadie que utiliza la
terapia CPMI tiene las mismas creencias que otros. Nuestras creencias son
simplemente irrelevantes para su uso.
Valor de las CPMI para la terapia
La terapia CPMI debería
convertirse en una herramienta habitual en el repertorio del psicólogo. La
experiencia clínica, basada en miles de casos, demuestra que el procedimiento
simplemente funciona.
Parece que los fenómenos CPM,
CPMI y ECM son partes naturales y normales del ser humano. Al igual que el
efecto de una vacuna en el sistema inmunitario, la terapia CPMI estimula la
capacidad de autocuración de los pacientes. El procedimiento CPMI les permite acceder
a esta capacidad de curación y dejar que actúe con mínima intervención del
terapeuta y sin esfuerzo consciente por parte del paciente en el momento en que
se desarrolla la experiencia.
Un científico social
materialista podría replicar: «Pero se basa en un engaño. Los muertos no
hablan». Pues bien, lo cierto es que si insistiéramos en que el pensamiento de
los pacientes se ajustara a nuestra concepción de lo racional y lógico,
haríamos muy poca terapia. Las construcciones mentales sobre las que una persona
ha edificado una psique sana y funcional son idiosincrásicas, irracionales y
cargadas de valores. Ayudamos al paciente a integrar estas construcciones en
pensamientos y comportamientos socialmente aceptables que le resulten
beneficiosos y le auguren una futura salud psicológica. Que sean todas ciertas
y lógicas es irrelevante para la salud mental.
La terapia CPMI funciona.
Cura a los pacientes. Les brinda una confianza y fortaleza interior que
sustenta la curación. ¿Qué más podemos pedir?
Si la investigación respalda
estos hallazgos clínicos, creo que sería poco ético que un psicoterapeuta no
utilizara la terapia CPMI con personas que están en duelo.
Mira a través del telescopio
En 1513, Nicolás Copérnico
concluyó, a partir de sus observaciones, que el Sol se encuentra en el centro
de nuestro sistema solar. Fue ridiculizado por la mayoría de sus contemporáneos
científicos y filósofos. Casi cien años después, en 1609, Galileo pidió a los
científicos de la época que observaran a través de un telescopio para que
pudieran comprobar por sí mismos que Copérnico tenía razón. Pero sus
adversarios estaban tan seguros de su error que se negaron incluso a mirar. El
hecho de que el Sol sea el centro del sistema solar no fue plenamente aceptado
hasta décadas después.
Sugerimos que,
independientemente de sus creencias, simplemente observe. Las CPMI pueden
inducirse a voluntad, por lo que cualquiera puede explorar los fenómenos
presentes en las CPM y las ECM con la ayuda de un terapeuta cualificado que
induzca una CPMI. La única opinión fundamentada sobre la naturaleza última de
la experiencia proviene de alguien que la ha vivido.
Aunque la gran mayoría de
quienes han experimentado la CPMI están convencidos de su autenticidad
espiritual, por ahora no importa lo que creas tú, lo que creamos nosotros, ni
siquiera lo que crean quienes la han experimentado. La experiencia CPMI sana el
duelo y el trauma en muy poco tiempo y parece tener un efecto duradero. La
técnica es valiosa porque funciona; no requiere que estemos de acuerdo en un
sistema de creencias o una teoría sobre el origen del fenómeno para
respaldarla.
Una conclusión es clara: el
procedimiento CPMI descrito en este libro ofrece los medios para aliviar gran
parte del sufrimiento humano. No hay dolor más terrible que el de perder a un
hijo, a un compañero de armas o a la pareja con la que se compartió una larga
vida, y sentir esa desconexión para siempre. Perdemos una parte de nosotros cuando
alguien importante desaparece de nuestro mundo. Ahora, podemos sanar este
profundo dolor, así como la ira y la culpa que a veces lo acompañan.
La terapia CPMI es rara y
seguirá siendo controvertida hasta que se convierta en un método terapéutico de
uso común. Invito a cualquier psicólogo, trabajador social, psiquiatra u otro
profesional de la salud a experimentar el fenómeno CPMI. Juzguen ustedes
mismos. Simplemente observen con atención.
CAPÍTULO 15.
INVESTIGACIÓN DE LA CPMI
Hay dos maneras de deslizarse
fácilmente por la vida: creerlo todo o dudar de todo; ambas nos ahorran tener
que pensar. —Alfred Korzybski (fundador del movimiento de la semántica general)
Investigación de la CPMI
Varios proyectos de
investigación de la CPMI ya se han completado o se encuentran en distintas
fases de desarrollo en diversas universidades. A continuación se presentan
algunos ejemplos. Los dos primeros estudios han sido aceptados para su
publicación en la revista Journal
of Near Death Studies.
Nota del Traductor. En el mundillo de la ciencia materialista
(por contraposición a la que sería holística e integradora de lo material y
espiritual) existe la dependencia mafiosa de la legitimación de resultados por
medio de su publicación en determinados medios que otorgan el barniz de “aceptable
para la ciencia”. A nadie se le escapa que este requisito legitimador es una
suerte de censura previa que castra el progreso llamado “científico” a
constreñirlo dentro de fronteras apriorísticas que sostienen determinados
intereses ajenos al conocimiento de la verdad objetiva, si es que es posible la
objetividad. Fin de la nota
La doctora Mo Hannah,
profesora de psicología en el Siena
College de Nueva York, analizó setenta y un de mis casos CPMI. Descubrió
que el 79 por ciento de los pacientes experimentaron una comunicación con la
postvida durante su tratamiento de dos sesiones. Si bien los pacientes que no
experimentaron una comunicación con la postvida informaron reducción
significativa del duelo, aquellos que sí la experimentaron informaron una
mejoría aún mayor. Los resultados también parecieron mantenerse en un
seguimiento de seis meses. Además, se encontraron los siguientes hallazgos
estadísticamente significativos:
- Disminución de la
tristeza, culpa e ira asociados.
- Aumento en la creencia de
la vida post-muerte.
- Aumento en la creencia
de que se puede seguir adelante con la vida a pesar de la pérdida.
- Disminución de
pensamientos o imágenes no deseados asociados con la pérdida.
- Aumento en la creencia
de que la persona que perdieron todavía está con ellos de manera
importante.
- Una disminución en la
creencia de que su pérdida está teniendo un impacto negativo en su vida.
- Disminución en la
sensación de desconexión con la persona que perdieron.
Yo también tabulé los
resultados de una encuesta que realicé a los primeros dieciséis terapeutas que
capacité en el programa CPMI. Antes de su capacitación en CPMI, estos
terapeutas habían ejercido la psicoterapia durante un promedio de veintiún
años. Realizaron un total de doscientas once sesiones de CPMI.
Los resultados de la encuesta
indican que estos profesionales en formación tienen prácticamente el mismo
éxito al realizar la CPMI. Informan una tasa de éxito del 75 % en la inducción
de una CPM. Asimismo, calificaron sus resultados terapéuticos entre «mucho
mejores» y «considerablemente mejores» que cualquier otra terapia que hubieran
utilizado para tratar el duelo, incluyendo la DRMO estándar (frente a la
centrada en el núcleo). También informaron que el procedimiento CPMI era muy
seguro y que ningún paciente experimentó una reacción adversa tras finalizar la
terapia.
Estos dos estudios sugieren
firmemente que los terapeutas de CPMI debidamente capacitados pueden ayudar de
manera rutinaria y significativa a personas que sufren profundo duelo (y pérdida
traumática) en tan solo unas pocas sesiones. Sin embargo, el diseño de
investigación estándar en ciencia es el estudio con grupo de control. En estos
experimentos, la terapia CPMI se compararía con personas en duelo que no
reciben tratamiento o con personas en duelo que reciben un tratamiento
diferente. Si bien para los terapeutas de CPMI parece claro que el paso del
tiempo (el grupo sin tratamiento) tiene muy poco o ningún efecto y que otros
tratamientos disponibles son simplemente menos efectivos, sabemos que para que CPMI
se generalice debemos superar este obstáculo. Actualmente, algunos
investigadores de CPMI planean realizar un estudio de este tipo.
Nota del Traductor. Este párrafo que indica que el tratamiento CPMI es
mucho más efectivo y radical, y consume mucho menos tiempo de tratamiento en comparación
con otras terapias digamos convencionales, trae un aspecto económico a meditar.
Los terapeutas “tradicionales” que adopten este nuevo tratamiento corren el
riesgo de perder ingresos al solucionar más rápidamente los problemas de
clientes que pagan sus facturas más prolongadamente en el tiempo. Fin de la
nota.
La Universidad de Virginia
está investigando la actividad cerebral durante la terapia CPMI y las
experiencias CPM inducidas. Para ello, utilizan un procedimiento de encefalograma
(EEG) muy sofisticado y de vanguardia. Ya se han realizado estudios con varios
sujetos, pero aún queda mucho por hacer antes de poder formular hipótesis
específicas.
Cabe mencionar también que
hay algunos estudiantes de doctorado que están planeando, o ya están trabajando,
en sus tesis sobre la CPMI. Por lo tanto, si bien la investigación sobre la CPMI
ya está bastante avanzada, habrá muchos más proyectos de investigación en el
futuro.
Por supuesto, incluso si
podemos identificar las áreas del cerebro que se activan durante una
experiencia CPMI eso no significa necesariamente que la experiencia tenga su
origen allí. Por ejemplo, saber que los lóbulos occipitales de mi cerebro se
activan cuando miro un árbol no significa que esté alucinando con un árbol.
Tampoco explica cómo mi actividad cerebral da lugar a mi experiencia subjetiva
del árbol.
David Chalmers, doctor en
filosofía y reconocido líder en el campo de la filosofía de la conciencia
sostiene que relacionar los mecanismos cerebrales con la experiencia consciente
es el problema más sencillo en el estudio de la conciencia. El problema más
complejo reside en comprender cómo, o por qué, los procesos físicos en nuestro
cerebro dan lugar a las experiencias subjetivas. El doctor Chalmers señala que
los enfoques reduccionistas empleados para resolver los problemas sencillos no
logran explicar los problemas complejos.
Todo nuestro trabajo se ha
centrado en adultos. Sin embargo, dado que los niños experimentan crisis de
duelo espontáneas y responden bien a la DRMO, sospecho que las terapias de
duelo integradas también serían efectivas con ellos. Los únicos factores
limitantes podrían ser la capacidad del niño (según su edad) o su disposición a
tolerar la DRMO centrada en el núcleo. Se debería considerar el uso de la
terapia de duelo integrada en niños, y se deberían estudiar sus efectos en
jóvenes en duelo.
Parece razonable suponer que,
dado que las experiencias CPMI son muy similares, si no idénticas en contenido,
a las experiencias CPM y ECM espontáneas, deberíamos poder estudiar las CPM y ECM
espontáneas indirectamente estudiando las CPMI, que pueden inducirse
deliberadamente en entornos experimentales.
CAPÍTULO 16. ¿QUÉ
HACEMOS AHORA?
La terapia CPMI está
creciendo rápidamente y actualmente existen cientos de terapeutas capacitados en
todo el mundo. El Instituto Allan Botkin, dedicado a la formación, la
investigación y la terapia CPMI, abrió sus puertas en Alemania en enero de
2011. Tanto para los terapeutas capacitados en CPMI como para quienes han
experimentado la terapia CPMI, es evidente que esta funciona de manera rápida y
significativa, y que tendrá un gran impacto en el trabajo con el duelo en
general, en el futuro. El número de personas involucradas en el desarrollo de CPMI
aumenta a diario.
Actualmente, la Junta
Internacional de Terapeutas de la CPMI está compuesta por cinco miembros. Estos
miembros son Juliane Grodhues, Graham Maxey, Cesar Valdez y Mo Hannah, quienes
se encargan de coordinar la administración y la investigación de la CPMI en
todo el mundo.
Este libro ya ha sido
traducido y publicado en alemán, y las versiones en italiano y francés estarán
disponibles próximamente.
Nota del Traductor. Yo pongo mi granito de arena y proporciona una
versión gratuita en español para que el mundo hispano tenga acceso a esta
información.
Recibir formación
Estamos capacitando a
psicoterapeutas para inducir crisis de duelo inducidas por psicoterapia. Para
obtener información sobre la capacitación, visite el sitio web http://induced–CPM.com o llame al doctor
Botkin al Center for Grief and Traumatic Loss, LLC en Libertyville, Illinois
(847–680–0279).
Cómo concertar citas con terapeutas en su zona
Puedes obtener información
sobre terapeutas capacitados en tu área visitando el sitio web http://induced–CPM.com .
Centro de Intercambio Central para la Investigación
Los autores ofrecen un centro
de información sobre el fenómeno CPMI en http://induced–CPM.com.
Invitamos a investigadores y a quienes estén interesados en leer la
investigación a visitar el sitio web para obtener más información sobre los
estudios en curso y contribuir al conocimiento que se ampliará a medida que más
terapeutas aprendan a realizar CPMI.
CAPÍTULO 17. UNA
DECLARACIÓN PERSONAL
Inicialmente, las
experiencias de comunicación post-muerte inducidas surgieron por casualidad en
pacientes a quienes trataba por duelo y pérdida traumática. No solo no anticipé
las experiencias de mis pacientes, sino que, una vez ocurridas, desconocía por
completo de qué se trataban. Lo único que tenía claro era que estas
experiencias sanaron a mis pacientes hasta un punto que no creía posible. Dudé
en compartir este descubrimiento porque sabía perfectamente la probable reacción
de mis colegas, todos ellos formados para mantener un sano escepticismo. Yo
mismo no lo habría creído.
Soy plenamente consciente de
que voy a generar antagonismo entre muchas personas con creencias muy opuestas.
Sin embargo, dado el poder sanador de estas experiencias, creo tener el deber
moral de compartir este descubrimiento de la mejor manera posible. Muchas
personas que sufren se beneficiarán enormemente del procedimiento CPMI.
A menudo me preguntan cuáles
son mis creencias personales. Dado que mi principal objetivo es ayudar a la
mayor cantidad posible de personas que sufren, dudo en compartir mis creencias
porque no guardan ninguna relación con los beneficios terapéuticos del
procedimiento. La terapia CPMI sana a los supervivientes en duelo sin requerir
un sistema de creencias particular. No importa lo que crean quienes reciben la
terapia CPMI ni el terapeuta que la practica. He formado a algunos terapeutas
que la realizan con regularidad, pero que se mantienen agnósticos o escépticos
respecto a su naturaleza espiritual. Sin embargo, todos sus pacientes se
benefician de la experiencia tanto como los pacientes de los terapeutas que le
atribuyen un significado espiritual. Practican la terapia CPMI simplemente
porque funciona.
Cuando se me pregunta sobre
mis creencias personales, ofrezco lo siguiente: Las CPMI deben ser experiencias
espirituales o alucinaciones subjetivas generadas únicamente por nuestra
mente/cerebro o por la representación interna del difunto, sin relación con
ningún mundo separado del nuestro. Creo que si existe una vida post-muerte, entonces las CPMI son
verdaderas experiencias espirituales. No puedo imaginar que, si la vida post-muerte es una realidad, las CPMI,
las CPM y las ECM sean aberraciones alucinatorias producidas por nuestro cerebro
que nos llevan a la confusión.
Einstein comentó en una
ocasión: «El Señor es sutil, no malicioso». Quería decir que, si bien las leyes
de nuestro universo suelen ser difíciles de discernir, este no pretende engañar
a quienes intentan comprenderlo. Si no existe la vida post-muerte, lo que implicaría que las CPMI son pura alucinación,
entonces quizás nuestros cerebros sí desarrollaron una capacidad curativa
oculta que se manifiesta en momentos de gran necesidad personal, como cuando
nos acercamos a la muerte o sufrimos la pérdida de un ser querido. Si esta
capacidad curativa existe, entonces todos poseemos la misma capacidad oculta de
sanar.
El hecho de que podamos
aprovechar esa capacidad, estudiarla y usarla para sanar a quienes sufren tan
profundamente sigue constituyendo un gran avance. Por lo tanto, creo que con
solo usar esta terapia todos salimos ganando.
Cuando los humanos
desarrollaron la capacidad de comprender el mundo, atribuyeron causas
sobrenaturales a sucesos que no entendían. Muchos aún lo hacen. Creo que, con
el tiempo, todos los sucesos se comprenderán como resultado de leyes o causas
naturales. Para mí, esta forma de pensar no disminuye la magnificencia de
nuestro universo ni de nuestras vidas personales, ni excluye a Dios, o a un
Poder Superior, como creador inicial de la ley natural. Un oyente de un
programa de radio en el que fui entrevistado me envió un correo electrónico
expresando su descontento porque no creo en los milagros. Le respondí que creo
que todo en nuestro universo es un milagro. Por lo tanto, creo que si existe
una vida post-muerte y, por
consiguiente, los sucesos de la Iglesia de Dios son sucesos espirituales
reales, entonces son producto de una ley natural que aún no comprendemos.
Quizás ahora nos estemos acercando a esa comprensión.
Además del estudio de las CPMI,
las CPM espontáneas y las ECM, el campo de la biofísica ha experimentado
avances recientes que, a mi parecer, ofrecen una perspectiva prometedora.
Recomiendo al lector consultar al biofísico alemán Fritz Albert Popp y a
investigadores de todo el mundo que estudian la emisión de fotones de sistemas
biológicos (PEBS). Esta información está disponible en internet. Si bien estos
científicos se dedican a la investigación básica y no afirman que sus hallazgos
expliquen el concepto de alma o espíritu, las implicaciones de su investigación
deberían ser claras para el lector interesado con conocimientos básicos de
biología y física.
Durante los últimos diez
años, mi vida ha sido apasionante tanto a nivel emocional como intelectual. La
satisfacción que experimento cada vez que un paciente se cura gracias a una
comunicación CPMI es difícil de expresar con palabras. Otros terapeutas CPMI
que he formado conocen bien esa sensación. Las CPMI convierten cada sesión en
una aventura inspiradora. Cuando digo a las personas que soy psicólogo
especializado en duelo y trauma, suelen imaginar que mi trabajo es doloroso y
agotador. No saben que, en la mayoría de las sesiones salgo con una sensación
de optimismo y energía. Es difícil explicar esto sin contar toda la historia.
Los aspectos intelectuales de
esta aventura, aunque emocionantes, son algo más complejos. Sin duda, cada paso
intelectual del camino me produjo una gran satisfacción. Sin embargo, al mismo
tiempo, no es fácil desechar las creencias y teorías más arraigadas ante la
creciente prueba en su contra. Dado que mi principal deber ético y moral
siempre ha sido ayudar a mis pacientes de la mejor manera posible, tuve que
abandonar formas de pensar que me resultaban mucho más cómodas. Sentí una
ansiedad considerable con cada cambio intelectual que realicé durante el
descubrimiento del CPMI. Mi miedo ha
sido la parte más difícil de este viaje. Soy plenamente consciente de los
riesgos que conlleva y de que probablemente seré atacado desde diversos
frentes. Ciertamente, hay una parte de mí que no desea este trabajo. Sin
embargo, la otra parte sigue adelante, con la esperanza de poder marcar la
diferencia.
CAPÍTULO 18. NOTA
IMPORTANTE SOBRE EL SUICIDIO
Algunas personas familiarizadas
con mi trabajo me han advertido que la información presentada en este libro
podría llevar a algunos individuos al suicidio.
Nota del Traductor. Siempre existirá esa tenue frontera entre
los bienintencionados y los culposos gilipollas o imbéciles. Estos necesitan
crear una preocupación que impida el progreso o avance del conocimiento en
terrenos que ellos no controlan o conciben, y aquellos tienen genuina
preocupación por un resultado indeseado. La indefinición del típico “podría” es
combustible irracional para muchos bienintencionados e imbéciles culposos pues,
por poder, puede ocurrir cualquier cosa. Es parte de la experiencia humana.
Esta preocupación se debe a
que, en la terapia CPMI, los fallecidos suelen ser percibidos como felices y en
un lugar mejor. Por lo tanto, quienes viven vidas difíciles y dolorosas podrían
ver el suicidio como una forma de escapar de sus dificultades y alcanzar un
estado de mayor felicidad. A quienes consideren el suicidio como una opción,
quiero ofrecerles algunas advertencias muy claras.
En primer lugar, si bien la
información que se ofrece en este libro es muy sugerente, no constituye en modo
alguno una prueba de la existencia de una vida post-muerte. Si posteriormente se determina que las CPMI no son más
que alucinaciones cerebrales, entonces la idea de que uno puede suicidarse para
alcanzar un lugar mejor se basaría en una interpretación potencialmente muy
costosa y, en última instancia, muy errónea de dicha información.
Nota del Traductor. A la
persona que se quiere suicidar le suele traer sin cuidado que exista o no vida
tras la muerte: lo que quiere es acabar con un dolor de tal calibre que hace
que su vida no tenga calidad, propósito o sentido.
En segundo lugar, incluso si
las experiencias de CPMI son vislumbres reales de la postvida, la idea de
suicidarse para llegar allí también conlleva una advertencia muy seria. Quizás
el mensaje más frecuente es que nadie se libra de nada y que el sufrimiento que
causamos a los demás debe ser abordado en algún momento. Si las CPMI son sucesos
espirituales reales, entonces quienes se suicidan no solo se quedan con los
mismos problemas interpersonales que intentaban evitar, sino que también deben
afrontar el dolor que su suicidio causó en otros. También se ha informado que
las personas que intentan suicidarse tienen una mayor frecuencia de
experiencias cercanas a la muerte (ECM) aterradoras o negativas.
Nota del Traductor. El suicida, en su dolor, no piensa en las
consecuencias que pueda traer a otros su decisión de quitarse la vida. También
es irrelevante el cuento de producción de ECM aterradoras o negativas. El
suicidio es un acto personalísimo y cuando el suicida tiene en cuenta otros
factores el potencial suicida suele desistir de ese acto.
Las personas que experimentan
CPMI, al igual que quienes experimentan ECM, desarrollan uniformemente un
interés notablemente mayor por la vida. Tras realizar miles de CPMI, algunas
con pacientes que habían intentado suicidarse varias veces y de forma grave,
nunca he visto a un paciente desarrollar mayor interés por el suicidio. De hecho,
varios de mis pacientes, incluso algunos que vivían con un dolor emocional
extremo a diario, me comentaron tiempo después de su experiencia CPMI que ya no
consideraban el suicidio como una opción.
APÉNDICE A. GLOSARIO
CPM Comunicación post-muerte
o con la postvida, (After-death communication). Una CPM es cualquier
experiencia que una persona describe como contacto con una persona fallecida.
Las CPM son universalmente reconocidas como experiencias muy sanadoras. Dado
que ocurren espontáneamente, en este libro nos referimos a ellas como «CPM
espontáneas».
DRMO centrada en el núcleo
(Core-focused EMDR): Una variante de la terapia DRMO creada por el doctor
Allan Botkin. En la DRMO centrada en el núcleo, el terapeuta utiliza la DRMO
para acceder y procesar directamente la tristeza que constituye la raíz del
duelo.
DRMO (EMDR Eye movement desensitization and reprocessin):
Desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares Método de
psicoterapia desarrollado en la década de 1980 por la psicóloga Francine
Shapiro, Ph.D. El terapeuta de DRMO guía al paciente para que mueva los ojos de
forma rítmica, prestando atención a un pensamiento, sentimiento, imagen o
sensación perturbadora. Se cree que el movimiento ocular acelera el
procesamiento de la información en el cerebro.
Duelo: El duelo, tal
como se utiliza en este libro, es una respuesta muy individual, natural y
espontánea ante la muerte de otra persona. Sin embargo, no se trata de una sola
emoción. El duelo abarca una amplia gama de emociones, especialmente
sentimientos de conmoción, entumecimiento, tristeza, culpa e ira.
CPMI Comunicación post-muerte
inducida o CPM inducida. (IADC, Induced after-death
communication,). Un psicoterapeuta sigue el
procedimiento CPMI para llevar al paciente a un estado psicológico en el que
sea probable que experimente una comunicación post-muerte.
ECM: Experiencia
cercana a la muerte. Una ECM es una experiencia que ocurre cuando una persona
está al borde de la muerte. Cada ECM es única para la persona que la
experimenta, pero se han hecho evidentes muchas similitudes entre ellas. Estas
incluyen:
- Sensación de estar fuera
del cuerpo.
- Moverse a través de un
túnel o pasadizo hacia la luz.
- Sentir abrumadora
sensación de paz.
- Reunirse con seres
queridos y amigos fallecidos
- Experimentar revisión de
su vida
- Contemplar paisajes
hermosos o radiantes
- Regresar al cuerpo
Trastorno de estrés
postraumático (TEPT): El TEPT se desarrolla cuando la persona experimenta
un suceso con una o más de las siguientes características que la afectan
directamente o que afectan a quienes estaban con ella cuando ocurrió el suceso:
- Alguien murió o su vida
estuvo en peligro.
- Alguien sufrió lesiones
físicas.
- Se violó la integridad
física de una persona, como en el caso de una violación.
La persona que padece
trastorno de estrés postraumático puede presentar cualquiera de las siguientes
combinaciones de síntomas:
- Revivir el suceso
traumático a través de recuerdos negativos intrusivos, pesadillas y retro visiones
en las que la persona revive el suceso.
- Evitación persistente de
todo aquello que recuerde el incidente.
- Sensación persistente de
mayor activación psicológica, como miedo, ansiedad o depresión.
NOTA: Similitudes entre el
TEPT y el duelo: El duelo y el TEPT son similares en algunos aspectos importantes.
El problema central tanto en el duelo como en el TEPT es la pérdida, aunque
esta no necesariamente implique una muerte. Las amenazas abrumadoras en las que
no se produce ninguna muerte pueden provocar TEPT cuando los sucesos son tan
amenazantes que quienes los experimentan pierden la sensación normal de
confianza en que el mundo es seguro y que ni ellos ni sus seres queridos corren
peligro. Por ejemplo, la persona podría estar en un avión que casi se estrella
o presenciar un suceso en el que su hijo casi muere. Las pérdidas que provocan
duelo sin TEPT tampoco necesariamente implican una muerte. Por ejemplo, la
persona puede estar de duelo por perder un trabajo o por el fracaso de su
matrimonio.
Dado que este libro explica
las comunicaciones inducidas post-muerte,
las pérdidas descritas aquí siempre implican un fallecimiento. Como los
problemas centrales y la dinámica del duelo y el TEPT son prácticamente
idénticos cuando hay una muerte de por medio, presento las explicaciones de las
comunicaciones inducidas post-muerte
sin establecer distinciones diagnósticas adicionales entre ambos en este libro.
Sin embargo, quiero dejar claro que el TEPT es un trastorno complejo. Si bien
estas comunicaciones resuelven sentimientos de tristeza, culpa e ira, y reducen
los síntomas intrusivos negativos tanto en el TEPT como en el duelo, las
comunicaciones inducidas tienen un menor impacto en otros síntomas del TEPT,
como los asociados con la evitación y la activación fisiológica. Esto es
especialmente cierto en los casos en que el TEPT es crónico e involucra varios
traumas.
Por lo tanto, si bien las inducciones
de comunicación abordan los aspectos más dolorosos del trauma cuando hay una
muerte de por medio, no son apropiadas para todos los traumas y no abordan
directamente todos los síntomas del trastorno de estrés postraumático.
APÉNDICE B. PROCEDIMIENTO
DE LA CPMI PARA PSICOTERAPEUTAS
Una nota para los terapeutas
Si bien aquí se describen
todos los pasos necesarios para completar el procedimiento CPMI, esta breve
descripción no permite transmitir adecuadamente todas las habilidades clínicas
necesarias para que el terapeuta tenga el mayor éxito posible. Es importante
que los terapeutas lean el libro completo, ya que algunos de los matices
clínicos importantes del procedimiento se pueden extraer del material de casos.
No está claro qué tan exitosos serán los terapeutas al seguir este material
escrito, y les pido encarecidamente que nos envíen sus comentarios a http://induced–CPM.com .
Evidentemente, aunque los
pasos del procedimiento CPMI son bastante sencillos, como clínicos somos
conscientes de que cada individuo es complejo y único y, por lo tanto, cada
paso del procedimiento CPMI se puede llevar a cabo con mayor éxito por un
terapeuta que aplique estos pasos de manera que se ajuste a la constitución
psicológica individual del paciente o cliente.
DRMO
La siguiente descripción del
procedimiento CPMI está redactada de forma que solo los terapeutas de DRMO
capacitados puedan comprender y seguir las instrucciones. La terapia CPMI
comienza con DRMO, pero la aplica de una manera marcadamente diferente a la
terapia DRMO estándar. La mayoría de los terapeutas que utilizan DRMO nunca
presenciarán una CPMI, aunque se han informado algunos casos.
El proceso CPMI comienza con DRMO
centrado en la tristeza profunda para acceder y procesarla directamente antes
de intentar una CPMI. Para acceder a la formación en CPMI, es necesario ser
terapeuta con formación en DRMO.
Si no eres terapeuta con
formación en DRMO, puedes solicitar formación poniéndote en contacto con el
Instituto DRMO:
Sitio web: http://www.DRMO.com/
Para poder optar a la
formación en DRMO, debes estar reconocido por servicios de salud mental en
determinados países. Aquí se habla de Estados Unidos. Puedes encontrar más
información sobre DRMO en las siguientes fuentes:
Parnell,
L. 1998. Transformando el trauma: DRMO. Nueva York: WW Norton.
Shapiro,
F. 2001. Desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares: principios
básicos, protocolos y procedimientos , 2.ª ed. Nueva York: Guilford Press.
Shapiro,
F., ed. 2002. DRMO como un enfoque de psicoterapia integradora: expertos de
diversas orientaciones exploran el prisma del paradigma. Washington, DC:
American Psychological Association Books.
Talleres de capacitación
La siguiente descripción del
procedimiento CPMI se basa en el material didáctico que utilizo en mis talleres
de formación de terapeutas en las técnicas de la terapia CPMI. El procedimiento
se explica con suficiente detalle para que un terapeuta DRMO capacitado pueda
inducir CPMI con cierto éxito siguiendo la explicación proporcionada. Sin
embargo, he comprobado que, para obtener porcentajes de CPMI consistentemente
más altos, es necesario el entrenamiento, las demostraciones y los juegos de
rol que se ofrecen en los talleres de formación de CPMI.
Para obtener más información
sobre los talleres de capacitación en terapia de CPMI, visite el sitio web http://induced–CPM.com o llame al
Center for Grief and Traumatic Loss, LLC al (847) 680–279.
Nota para los lectores no psicoterapeutas
Es improbable que las
personas sin formación profesional ni en DRMO puedan inducir una CPMl en alguien,
ni siquiera en sí mismas. Nadie que no cuente con la formación estándar en DRMO
debería intentar aplicar el método CPMI.
Comparo la terapia
conversacional con la terapia DRMO mediante esta analogía. La terapia
conversacional es como un viejo cacharro que avanza a trompicones por el camino
terapéutico. Funciona durante un tiempo, luego se avería sin ningún progreso.
El psicoterapeuta intenta ponerlo en marcha de nuevo y avanza lentamente, pero
vuelve a averiarse y el paciente queda estancado. (Nota del Traductor: pero el
psicoterapeuta conversacional tiene más ingresos porque el procedimiento
terapéutico se alarga “ad calendas grecas”. Fin de la nota)
En cambio, la DRMO, la DRMO
centrada en el núcleo y la terapia CPMI son como un Porsche que ruge a toda
velocidad. Rara vez disminuye la marcha y, a veces, supera velocidades que
nadie creía posibles para un método terapéutico. La desventaja de esa potencia
es que, si el paciente o el psicoterapeuta no son capaces de controlarla, los
resultados pueden ser perjudiciales para el paciente. Requiere un profesional
altamente capacitado al volante.
En qué se diferencia de la terapia cognitiva
La terapia CPMI implica poco
procesamiento cognitivo, especialmente antes de la experiencia. No es terapia
conversacional, sino experiencia. El pensamiento y la conversación se minimizan
porque son procesos abstractos que alejan al paciente del procesamiento
emocional profundo. Una experiencia originó los problemas emocionales. El
paciente necesita procesar esa experiencia para resolverlos. El procesamiento
suele ocurrir a nivel experiencial o emocional profundo, lo que generalmente produce
una inversión completa del sistema de creencias asociado.
Las conversaciones
posteriores a la experiencia de la CPMI suelen estar marcadas por la emoción de
compartir reflexiones y cambios de perspectiva que surgen sin la guía del
psicoterapeuta. Ayude al paciente a interpretar la experiencia de la manera que
le resulte más cómoda.
Permite que el CPMI ocurra de forma natural
Como psicoterapeuta, nunca
debe comunicar al paciente ideas preconcebidas sobre el contenido de la CPMI.
Las CPMI son experiencias naturales que ocurren cuando las personas están
abiertas y receptivas. Su receptividad, la ausencia de expectativas y la
disposición a aceptar lo que surja son cruciales para que la CPMI sea una
experiencia exitosa para el paciente. Si comunica sus expectativas,
probablemente interferirán con la receptividad del paciente o la bloquearán por
completo. Sus expectativas, incluso cuando conoce al paciente y su caso, rara
vez coinciden con lo que ocurre durante la CPMI.
Conozca sus expectativas y percepciones, y trabaje
activamente para eliminarlas de lo que dice al presentar la experiencia de CPMI
al paciente y de lo que dice durante la inducción.
Tenga en cuenta que todos los
sentidos pueden estar involucrados en las CPMI. En ocasiones, cuando una
persona se concentra intensamente en un sentido, como al ver una imagen, esto
puede inhibir el desarrollo natural de la comunicación inducida. En ese caso,
la CPMI puede manifestarse en alguno de los otros sentidos: auditivo, táctil u
olfativo. Las CPMI presentan de diversas formas. Ayude al paciente a normalizar
su experiencia. Lo que ocurra es apropiado y correcto para esa persona.
Siga el procedimiento
Con el tiempo, el
perfeccionamiento del procedimiento me ha enseñado que no funciona con la misma
eficacia, o incluso puede que no funcione en absoluto si no se sigue al pie de
la letra como se describe en este libro. Desde su descubrimiento, algunos
terapeutas han intentado combinar el procedimiento CPMI con métodos con los que
ya están familiarizados, pero el resultado ha sido que no se produce ningún
efecto CPMI.
Mi sesión con Juan ilustra la
importancia de seguir el procedimiento. En dos momentos de la sesión pensé que
no iba a funcionar. Primero, el cliente sentía mucha ira y me sentí tentado a
ignorar su tristeza. Segundo, el muchacho estaba reviviendo un recuerdo muy
positivo de su hija fallecida y me sentí tentado a quedarme con eso y no
avanzar hacia una comunicación CPMI. Sin embargo, en ambos casos, cuando retomé
el protocolo básico de inducción de CPMI, logró una CPMI que resultó en un
cambio psicológico más significativo.
Unos diez años antes de esta
sesión, Juan regresaba a casa del trabajo cuando vio camiones de bomberos
frente a su casa y las llamas envolviéndola. Inmediatamente pensó en su esposa
y su hija de dieciocho meses. Saltó del auto y corrió hacia la casa, pero un
bombero lo detuvo. Preguntó por su hija y le dijeron que su esposa había
logrado salir pero que su hija estaba atrapada dentro de la casa, que estaba
completamente en llamas. Los bomberos le impidieron correr hacia el fuego y la
casa quedó reducida a cenizas.
Aunque el incidente había
ocurrido una década antes, según contó Juan, lloraba como si su hija hubiera
muerto el día anterior. El tiempo no le había servido de nada, pues la muerte
de su hija era demasiado dolorosa. Durante diez años había lidiado con su dolor
evitando el tema.
Juan accedió voluntariamente
a participar en un procedimiento de CPMI, pero mientras realizábamos los
movimientos oculares iniciales lo atormentaban pensamientos intrusivos sobre lo
que describió como "Mi hermoso bebé muriendo en un infierno". Para
contrarrestar el dolor desesperado se enfureció con Dios y con la injusticia
del universo. Parecía que la ira era tan intensa que no íbamos a superarla. Fue
entonces cuando consideré la posibilidad de interrumpir la sesión hasta que
resolviéramos su enojo.
Sabía que mientras siguiera
centrándose en la ira, probablemente accederíamos a otros problemas que le
enfadaban y no llegaría a la tristeza profunda. Así que seguí con el
procedimiento CPMI y trabajé en la ira para disminuir su intensidad y poder
evitarla. Mi objetivo no era que comprendiera y resolviera la ira. Sabía que si
profundizaba en la tristeza profunda y aplicaba el CPMI, la ira simplemente
desaparecería.
Realicé algunos movimientos
oculares adicionales para reducir la ira y la imagen lo suficiente como para
que los sentimientos centrales de tristeza se hicieran más presentes. Cuando la
ira disminuyó, realicé movimientos oculares centrados en la tristeza. La
tristeza aumentó rápidamente y luego comenzó a disminuir. En ese momento,
intenté inducir la comunicación CPMI.
En el primer intento recordó
cuando su hija corría a sus brazos al llegar a casa del trabajo. Este fue el
segundo momento en el que pude haberme sentido tentado a abandonar el
procedimiento CPMI para centrarme en los buenos recuerdos y los sentimientos
positivos. Al fin y al cabo, mi paciente se sentía mejor en ese momento. Sin
embargo, si lo hubiera hecho, su duelo no se habría resuelto por completo durante
el CPMI.
Me mantuve firme y seguí el
procedimiento, indicándole a Juan que no recordara nada del pasado, aunque
fuera positivo. Hice una serie de movimientos oculares y le pedí que cerrara
los ojos y simplemente observara lo que le venía a la mente.
Esta vez vio a su hija
“sonriendo y feliz”. Dijo: “Puedo ver que sigue viva. En realidad no está
muerta, solo en otro lugar”. Aseguró que no era un recuerdo. A partir de ese
momento, todos los problemas de Juan comenzaron a resolverse y sintió una
importante reconexión con su hija.
Una semana después, por
primera vez, pudo contar a otros sobre la muerte de su hija manteniendo el
control emocional. Sintió que la intervención de la CPMI fue positiva porque le
produjo "muchos buenos sentimientos".
Si me hubiera detenido a
resolver el enojo (la ira) o me hubiera centrado en las imágenes agradables en
las que Juan quería concentrarse, no se habría logrado una resolución completa,
al menos no en esa sesión. Debe seguir el procedimiento CPMI de forma completa
y precisa para inducir un CPM de manera confiable.
¿Cómo saber si su paciente tuvo una experiencia con la CPMI?
Decidir si se produjo una
comunicación CPMI en su paciente no siempre es tan sencillo como parece. Este
tema sin duda será más importante para los investigadores de CPMI que para los
clínicos que la practican. Como clínicos, sabemos que la experiencia de CPMI
sana independientemente de las creencias, y nuestra principal preocupación es
la sanación del paciente. Sin embargo, cómo categorizamos la experiencia del
paciente es un asunto distinto.
Sería sencillo si quienes han
experimentado una CPMI pudieran decirnos
si la tuvieron o no. Sin embargo, los informes de los pacientes están muy
influenciados por sus expectativas y
creencias. He tenido algunos pacientes que creían haber tenido una pero yo
pensaba que no, y otros que yo creía que la habían tenido pero ellos pensaban
que no.
Recientemente tuve un
paciente que experimentó lo que yo consideraba una CPMI asociada a la muerte de
sus padres. En un momento dado, vio a sus padres, que murieron a los ochenta y
tantos años, con la mitad de esa edad, rodeados de luz, sonriendo y bailando
alegremente juntos. Mi paciente sintió con gran intensidad que sus padres le
decían que eran felices y que querían que él también lo fuera. Le sorprendió la
experiencia, seguro de que no se trataba de un recuerdo. En el momento en que
se desarrolló, su duelo pareció resolverse por completo.
Sin embargo, había venido a
verme con la expectativa de que su reunión con sus padres sería mucho más
concreta; es decir, que entrarían al consultorio, se sentarían en sillas y
mantendrían una conversación prolongada. Le decepcionó un poco que sus
conversaciones con sus padres fueran más privadas y menos concretas de lo que
esperaba. De acuerdo con sus creencias y
expectativas, la reunión con sus padres no se llevó a cabo.
Determino si ocurrió o no una
comunicación CPMI haciendo algunas preguntas:
- ¿El contenido de la experiencia
fue similar al de otros casos de CPMI (por ejemplo, el
fallecido parecía años más joven o estaba rodeado de luz)?
- ¿Fue la experiencia
"nueva" en el sentido de que se puede diferenciar de un recuerdo
positivo?
- ¿El contenido de la
experiencia no se ajustaba a las expectativas?
- ¿Hubo una disminución
drástica de la tristeza y los problemas relacionados inmediatamente
después de la experiencia, que se mantuvo a lo largo del tiempo?
Si la respuesta a todas las
preguntas anteriores es afirmativa, clasificaría la experiencia como CPMI. Cabe
esperar que futuros investigadores de la terapia desarrollen una escala más
sofisticada para fines de investigación.
Utilice palabras que se ajusten al sistema de creencias del
paciente.
Durante las sesiones, diríjase
al paciente utilizando palabras que se ajusten a su sistema de creencias. Si el
paciente cree que la experiencia fue una comunicación real con el difunto,
hable con él al respecto usando frases como «Vuelve atrás y pregúntale...» o
«¿Qué te dijo?». Si el paciente no expresa tales creencias, adapte la
instrucción a su contexto, por ejemplo, «Retoma la experiencia».
Permitir que las experiencias repetidas de CPMI proporcionen
la terapia.
Anime a los pacientes a
regresar a la CPMI y hacer preguntas para aclarar sus percepciones de la experiencia. Después de
miles de CPMI, he aprendido que esta siempre proporciona exactamente el mensaje
que el paciente necesita, aunque no necesariamente el que desea. Los mensajes
le brindan una perspectiva que resuelve el duelo y le dan respuestas que
disipan sus dudas. Puede tener la seguridad de que la conexión del paciente lo guiará hacia la
comprensión, así que simplemente provoque experiencias adicionales y permita
que las soluciones surjan de forma natural. Llegarán.
Posibles complicaciones
Variedades de duelo
El duelo se manifiesta de
muchas maneras. Las formas más comunes y sencillas de duelo son las de personas
cuya muerte se esperaba, como un abuelo anciano. El duelo traumático complica
la situación, ya que quienes sobreviven también experimentan síntomas
intrusivos y otros síntomas que sugieren un trastorno de estrés postraumático
(TEPT). Además, los pacientes pueden experimentar formas complejas de duelo
descritas en la literatura, como el duelo distorsionado, el duelo crónico, el
duelo retardado y el duelo ausente.
Independientemente de la
categoría en la que se ajuste el duelo de su paciente, la pauta para la terapia
CPMI es sencilla: si el paciente es capaz de acceder a los aumentos de tristeza
profunda y tolerarlos, y luego entrar en un estado receptivo, en la gran
mayoría de los casos, debería producirse una CPMI.
Momento
Debe tener cuidado al abordar
las emociones centrales cuando el paciente se encuentra en las etapas iniciales
del duelo. Muchos autores especializados en duelo han analizado factores
típicamente asociados con estas etapas, como la negación y el embotamiento
emocional. La negación puede ser positiva si le brinda al paciente tiempo para
reunir recursos internos y externos que le ayuden a afrontar la pérdida. Si el
paciente se encuentra en esta etapa inicial del duelo, podría no ser saludable
para él exponer las emociones centrales que se descubrirán con la terapia DRMO
centrada en las emociones centrales. Es posible que simplemente no esté
preparado. Debe tener cuidado cuando el paciente se encuentre en esta
situación.
Los componentes afectivos del
duelo descritos en este libro (ira, culpa y tristeza) suelen ser las emociones
más crónicas asociadas al duelo, que pueden surgir en cualquier momento del
proceso. El duelo es un proceso individual, y la individualidad y las
necesidades de cada paciente son primordiales.
Pérdidas recientes
Los terapeutas DRMO
experimentados saben que los distintos componentes de un suceso traumático
tienden a consolidarse en la memoria con el tiempo, por lo que se requieren
menos sesiones de DRMO para procesar un suceso traumático ocurrido hace muchos
años. Las experiencias traumáticas muy recientes son diferentes. Por lo
general, requieren más sesiones de DRMO para procesar los componentes
individuales, que aún no se han consolidado. El mismo principio se aplica al
duelo.
- En el momento en que la
noticia de una enfermedad terminal, un accidente u otro suceso traumático
impacta a su cliente.
- El momento en que la
muerte se convierte en realidad
- El velorio
- El funeral
- El entierro
- Revisando las
pertenencias del difunto
El terapeuta de CPMI debe
conocer los numerosos componentes de la pérdida que pueden necesitar ser
abordados antes de intentar una comunicación CPMI.
El fallecimiento de un familiar directo
Si la pérdida implica el
fallecimiento de un familiar directo, generalmente existen muchas pérdidas
secundarias que afectan prácticamente todos los aspectos de la vida, y muchas
de estas pérdidas secundarias deben abordarse con DRMO. En estos casos, al
igual que con las pérdidas recientes, generalmente se requieren más sesiones de
DRMO antes de que la inducción sea exitosa. Cabe señalar también que, en el
caso del fallecimiento de un familiar directo, a menudo no es posible una
resolución completa de toda la tristeza y los sentimientos de pérdida, incluso
después de una inducción exitosa con CPMI. Si bien la CPMI resolverá los
sentimientos de tristeza más profundos y dolorosos relacionados con una
sensación básica de desconexión con el fallecido, y hará que lidiar con estas
pérdidas secundarias sea menos angustiante, el hecho es que el sobreviviente no
solo ha perdido a un ser querido, sino que también ha perdido por completo una
forma de vida.
Muchas personas que han
perdido familiares directos pueden requerir DRMO adicional para sobrellevar la
situación, incluso después de una inducción exitosa con CPMI. Como me explicó
una persona que había perdido a un ser querido: «Ya no siento esa tristeza
profunda y dolorosa que solía tener, y creo que ahora lo llevo mucho mejor,
pero aún me entristece cuando llego a casa del trabajo y la encuentro vacía, y
tengo que cenar sola. Ahora sé que Berto sigue conmigo de una manera
importante, y me siento mejor al saberlo, pero seguir adelante con mi vida
sigue siendo un gran desafío».
Por lo tanto, especialmente
cuando se trata de la reciente pérdida de un familiar directo, generalmente se
requieren más sesiones de DRMO tanto antes como después de una CPMI. Los
cónyuges o padres de un hijo fallecido no solo sufren una profunda tristeza y sensación
de desconexión con su ser querido, sino que también experimentan tristeza
asociada con diversos aspectos no consolidados de la pérdida, así como tristeza
asociada con varias pérdidas secundarias.
- Preparar y comer juntos
- Acostarse/despertarse
- Disfrutar de las
vacaciones y otras actividades familiares.
- Gestionar las tareas del
hogar
- Entretenimiento (por
ejemplo, salir a cenar, visitar a amigos juntos)
- Intimidad (física,
emocional)
- Hitos del desarrollo y
sociales del niño (maduración física, graduaciones, matrimonio, tener
hijos, carrera profesional, etc.)
- Cumpleaños, días
festivos, actividades familiares, sucesos especiales
- Actividades familiares
cotidianas
¿Los resultados de los tratamientos DRMO y CPMI se mantienen
a lo largo del tiempo?
Aunque la investigación
actual sobre DRMO no es del todo concluyente al respecto, estoy convencido de
que sus resultados se mantienen a lo largo del tiempo, siempre y cuando el
problema afectivo central (tristeza o miedo, las dos únicas emociones
primarias/centrales) se procese adecuadamente. Si el terapeuta de DRMO procesa
y reduce únicamente las emociones periféricas/defensivas, el paciente puede
experimentar cierto alivio, pero el resultado positivo será solo temporal. La
emoción central debe procesarse con éxito para que el resultado perdure en el
tiempo.
Aunque la experiencia clínica
indica que los resultados de la CPMI se mantienen muy bien con el tiempo, ha
habido algunos casos en los que los pacientes informaron que su tristeza
reapareció. En estos casos, sin embargo, descubrí que la tristeza regresó porque
algo más la había "arrastrado" de nuevo. En cada caso, el terapeuta
debe ignorar lo que se trató previamente y tratar directamente lo que está
causando el retroceso. En todos los casos, una vez que eliminé la causa del
retroceso, el problema original no requirió más atención.
Los siguientes son los
"atractores" más probables.
- Depresión: Cuando los pacientes
desarrollan depresión clínica, su pensamiento, naturalmente, tiende a ser
negativo. Un aumento de la depresión puede atenuar la tristeza por una pérdida
previamente tratada. En estos casos, el problema radica en la depresión,
no en la reaparición del duelo. El terapeuta de la CPMI determinará que
tratar la depresión (a veces con un buen antidepresivo) es suficiente para
que el resultado positivo de la CPMI vuelva a su nivel original.
- Experiencias de vida
recientes o actuales:
Si bien nuestras respuestas emocionales a todos los acontecimientos
actuales están claramente determinadas por nuestras experiencias
emocionales previas, también es cierto que nuestra respuesta emocional a
los recuerdos de sucesos pasados está influenciada por nuestras
emociones actuales. Algunos pacientes, por ejemplo, informan que su
tristeza por una pérdida previamente tratada con terapia CPMI reapareció
tras experimentar otra pérdida más reciente. En estos casos, tratar la pérdida
más reciente es todo lo que se necesita para que el resultado positivo
previo de la terapia CPMI vuelva a su nivel original.
- Componentes secundarios del
duelo no consolidados o no tratados: Como se indica en la sección sobre posibles
complicaciones en la terapia CPMI, una pérdida reciente, o la pérdida de
un familiar directo, generalmente requiere más sesiones de DRMO para
abordar los diversos componentes de la pérdida. Cualquier componente que
no se haya procesado previamente con DRMO puede reactivar la tristeza
asociada con aspectos de la pérdida que sí se procesaron con éxito. En
estos casos, tratar estos componentes adicionales es todo lo que se
necesita para que el resultado positivo previo de la terapia CPMI vuelva a
su nivel original.
El procedimiento de la CPMI
El descubrimiento de la CPMI
se produjo solo después de que realicé una serie de cambios significativos en
la DRMO estándar. Estos cambios deben seguirse para realizar con éxito las CPMI
con un alto grado de fiabilidad.
I. Pantalla/Historial
- A) Realizar una
evaluación para detectar antecedentes de otros traumas o pérdidas que
puedan surgir durante la terapia.
- B) Pregunte sobre los
medicamentos.
- Aquellos que atenúan
las emociones (la mayoría de los medicamentos ansiolíticos y
antipsicóticos) pueden interferir.
- Los antidepresivos son
seguros. La depresión puede interferir con el progreso en cualquier forma
de psicoterapia.
- C) Evaluar el potencial
suicida (como lo haría con todos los pacientes).
- D) Evaluar los sistemas
de apoyo (familia, amigos, etc.).
II. DRMO centrado en el núcleo
- A) Céntrese en un solo
tema de duelo o trauma (en lugar de seguir las asociaciones del paciente).
- Descubrí que seguir las
asociaciones de un paciente y, por lo tanto, descubrir numerosos traumas
sin procesar completamente, ninguno de esos traumas parecía ofrecer un
progreso y hacía que los pacientes se sintieran peor.
- Lo único más poderoso
que la DRMO es la resistencia (el deseo del paciente de evitar el dolor).
- Por lo tanto, indiqué a
los pacientes que se centraran en un solo trauma y descubrí que, con
mayor frecuencia, los pacientes salían de las sesiones sintiéndose mejor,
con mayor confianza en la DRMO y mayor sensación de eficacia.
- B) Clasifique los
traumas según el grado de angustia que cada uno causa al paciente y
comience con el más angustiante (en lugar de trabajar en el trauma que el
paciente elija abordar).
- Si bien constaté que
centrarse en un trauma a la vez mejoraba considerablemente los resultados
psicoterapéuticos, se produjeron excepciones cuando los pacientes
abordaron con DRMO un recuerdo menos angustiante que otro trauma o
recuerdo. En estos casos, el recuerdo más angustiante se descubrió o se
activó inadvertidamente.
- La DRMO logra dos
objetivos psicoterapéuticos mejor que cualquier otro tratamiento:
descubrir/acceder a recuerdos y desensibilizar. Sin embargo, la DRMO
tiende a revelar el recuerdo con mayor carga emocional del paciente, y no
necesariamente el que este elige o está preparado para afrontar.
- Por lo tanto, antes de
comenzar con la terapia DRMO, dedico un tiempo a ayudar al paciente a
clasificar sus recuerdos, comenzando por el más angustiante. Esto elimina
el problema observado en B1.
- C) Indique a los
pacientes que cierren los ojos (en lugar de mantenerlos abiertos) después
de cada sesión de DRMO.
- Con el paso de los
años, descubrí que los pacientes que cerraban los ojos espontáneamente
después de cada sesión de DRMO obtenían mejores resultados en cada
sesión.
- Parece que el
procesamiento acelerado continúa durante un breve período después de cada
sesión de DRMO.
- Por lo tanto, comencé a
indicar a todos los pacientes que cerraran los ojos después de cada
serie, y los resultados mejoraron.
- D) Abordar la tristeza
profunda.
- He descubierto que los
sentimientos asociados con un trauma y el duelo se presentan en capas. La
ira/insensibilidad y la culpa sirven para protegernos de la tristeza y,
por lo tanto, son secundarios o periféricos a la tristeza profunda.
- Por lo tanto, comienzo
cada sesión abordando directamente la tristeza con DRMO e ignorando las
emociones secundarias. He comprobado que, en casi todos los casos, la ira
y la culpa desaparecen sin necesidad de abordarlas directamente, o si es
necesario tratarlas después de haber procesado la tristeza, suele ser una
tarea bastante rápida y sencilla (es decir, una o dos sesiones
adicionales).
III. La inducción
- A) Prepare al paciente
explicándole detalladamente el procedimiento.
- B) Haga que el cliente
cuente su historia (por ejemplo, problemas de pareja, circunstancias de su
muerte).
- C) En casos de duelo
simple (no traumático), primero advierta al paciente que es probable que
su tristeza aumente drásticamente al principio. Luego, comience la terapia
DRMO para la tristeza. Si esta aumenta, aplique inmediatamente otra sesión
de DRMO.
- D) En caso de una
pérdida traumática, aplique DRMO en los aspectos intrusivos de la pérdida
y luego aborde la tristeza.
- E) No es necesario
reducir completamente la tristeza y los síntomas intrusivos que la
acompañan antes de comenzar el CPMI, pero es esencial que la tristeza y
las intrusiones hayan comenzado a disminuir en intensidad.
- F) Pregunte a los
pacientes qué le dirían al difunto si pudieran hablar con él o ella
(formule la pregunta de manera coherente con el sistema de creencias del
paciente). Se pueden hacer varias afirmaciones antes de inducir la
receptividad. Me gusta esta porque alerta al terapeuta sobre los problemas
principales. Nunca sugiera el contenido de la experiencia de ninguna
manera. Tómese el tiempo necesario para ayudar al paciente a desarrollar plenamente
lo que quiere decir, de modo que verbalice todos sus problemas
principales.
- G) A continuación,
recuérdele al paciente el modo receptivo e indíquele que simplemente “se
deje llevar por lo que suceda” o “permita que la experiencia llegue a
usted”. Esto debe repetirse con cada inducción posterior.
- H) Dígale al paciente
que las CPMI suelen
ocurrir poco después de que se le proporciona DRMO y, por lo tanto, debe
abrir los ojos después de unos quince segundos si no sucede nada.
- I) Cuando el paciente
abra los ojos, pregúntele qué sucedió. Si no se produjo ninguna CPMI,
generalmente se debe a que no se redujeron todas las intrusiones o a que
el paciente intentó provocar la CPMI. Para las intrusiones, aplique DRMO;
para el intento, simplemente recuérdele al paciente que no intente y que
“simplemente deje que suceda”. (El paciente también puede necesitar una
sesión de DRMO para relajarse aún más). Si el cliente dice que no sucedió
nada, pregúntele a qué se refiere. Es raro que las personas cierren los
ojos y no experimenten absolutamente nada. Al menos tendrán pensamientos e
imágenes aleatorias que pasarán por su conciencia, y estas experiencias
pueden estar interfiriendo con el modo receptivo. A veces, una experiencia
CPMI puede comenzar con colores, un punto de luz o alguna otra impresión
sensorial sutil. Anime al paciente: “Bien, lo está haciendo bien”.
- J) Si el paciente tiene una
comunicación CPMI, evalúe si todos los problemas que trajo consigo se han
resuelto. De no ser así, pídale al paciente que tenga presente el problema
que persiste y vuelva a inducirlo. Repita el proceso hasta que todos los
problemas se hayan resuelto.
- K) Las CPMI pueden ser
visuales, auditivas, táctiles u olfativas, y con mayor frecuencia implican
una combinación de estas modalidades sensoriales. Normalice la experiencia
de su paciente (es decir, la mayoría de las personas experimentan las CPMI
de manera similar en distintas experiencias). Además, si el paciente se
esfuerza demasiado en una modalidad, la experiencia suele manifestarse a
través de otra modalidad en la que es más receptivo.
- L) Dedique algún tiempo
a ayudar a los pacientes a enmarcar la experiencia de una manera que les
resulte cómoda.
IV. Sesión de seguimiento
- A) Al igual que con
cualquier DRMO, hay que asegurarse de que no hayan surgido otros problemas
angustiantes desde la última sesión de DRMO.
- B) Explorar con el
paciente tanto los efectos positivos como negativos de la sesión anterior.
Proporcionar DRMO o CPMI para cualquier problema negativo que persista.
- C) Una vez que un
paciente ha tenido una CPMI exitosa, las posibilidades de hacer otra son
casi del 100 por ciento; por lo tanto, el paciente puede querer hacer más.
V. Otras observaciones
- A) Si los pacientes se
encuentran entrando en un túnel durante su CPMI, generalmente es porque se
están esforzando demasiado (siga las instrucciones anteriores).
- B) No es necesario que
el paciente haya tenido una relación personal cercana con el fallecido,
pero la conexión personal debe ser significativa (por ejemplo, presenciar
la muerte de un desconocido, matar a otro en un accidente).
- C) Las CPMI pueden
ocurrir con grupos de fallecidos si el grupo está relacionado de alguna
manera (por ejemplo, familia, miembros de un escuadrón de combate).
- D) A veces, los
fallecidos perdonan a los sobrevivientes, y a veces los sobrevivientes
perdonan a los fallecidos. Independientemente de la naturaleza de la
relación entre el sobreviviente y el fallecido, hasta ahora, según mi
experiencia y la de mis colegas, todos los problemas interpersonales (asuntos
pendientes) se han resuelto con una reunión interinstitucional de
conciliación.
- E) Todas las CPMI son
positivas a menos que la persona que las experimenta las malinterprete. Si
el paciente informa una CPMI negativa, indíquele que vuelva a consultar la
información y aclare el mensaje o la experiencia.
- F) Muchos terapeutas
intentan combinar el procedimiento CPMI con métodos con los que ya están
familiarizados. En mi experiencia, quienes realizan esta combinación informan
un menor porcentaje de éxitos en el CPMI. Es fundamental seguir el
protocolo CPMI al pie de la letra.
- G) Analice sus creencias y entusiasmo como terapeuta.
Recuerde que las experiencias de comunicación interpersonal son naturales
y ocurren cuando las personas están abiertas y receptivas, sin esperarlas.
Si le comunica a su paciente sus expectativas, por muy bienintencionadas
que sean, estas interferirán con su receptividad. Cualquier expectativa
por parte del paciente, ya sea que provenga de él o de usted, bloqueará la
experiencia.
- H) Si el paciente parece
estancado durante la terapia DRMO, en mi experiencia, hay un 90 % de
probabilidades de que haya accedido a otro problema. Pregúntele si le
surgen otros problemas. Si el problema que surge es más angustiante,
quizás sea necesario abordarlo primero.
APÉNDICE C. “CPMI
PARCIAL”
Las CPMI parciales, como las
he denominado ahora, son experiencias que sugieren que una comunicación CPMI
está a punto de desarrollarse pero que no llega a convertirse en experiencia
completa. Las CPMI completas son las que se describen a lo largo de este libro.
Las CPMI parciales solo se han presentado en mi práctica más reciente, cuando
los pacientes acudieron a mí específicamente para tener una experiencia de CPMI.
Ahora parece que algunas personas que desean fervientemente tener una CPMI
tienen dificultades para mantener el modo receptivo necesario durante el
tratamiento. Si bien el fuerte deseo del paciente de tener esta experiencia es
muy comprensible, resulta problemático desde un punto de vista procedimental.
Cuando un paciente intenta visualizar mejor una imagen vaga, por ejemplo, la
experiencia visual se desvanece rápidamente. Es como intentar agarrar una
burbuja de jabón: al intentar sujetarla, desaparece. En el apéndice B se
presentan métodos para superar esta dificultad.
En estos casos, la
experiencia implica un componente común de las CPMI, como ver un túnel o
pasadizo con una luz brillante al final, o bien es idéntica a otros casos en
los que se desarrolló una comunicación CPMI completa. Estos últimos incluyen
ver la silueta irreconocible de una persona a distancia, ver una esfera de luz
de color, sentir la presencia del difunto y ver solo una pequeña parte del
difunto (por ejemplo, solo los ojos o una boca sonriente). En estas
experiencias, al igual que en las CPMI más completas, los clientes tienen la
sensación de no haberlas producido ni creado, y de que son muy diferentes de
otras experiencias que han tenido al cerrar los ojos. Si bien las CPMI
parciales suelen producir una sensación de paz y calma en el cliente, no
proporcionan la misma resolución psicológica poderosa que las CPMI más
completas, dado que no se logra una reconexión personal total. Las CPMI
parciales también parecen ser mucho más variables en cuanto a su efecto
terapéutico.
BIBLIOGRAFÍA
Botkin,
A. “La inducción de comunicaciones post-muerte
mediante la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares: un
nuevo descubrimiento”. Journal
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18, n.º 3 (2000): 181–209.
Cardeña, E., Lynn, S.J. y Krippner,
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B. La vida después de la pérdida: una guía personal para afrontar la muerte,
el divorcio, el cambio de trabajo y la reubicación , 3.ª ed. Tucson, Arizona: Fisher Books, 2000.
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Prindle, Weber and Schmidt, 1977.
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sobre el duelo. Londres: Taylor and Francis, 1996.
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neuroimágenes nos dicen sobre el tratamiento del trastorno de estrés
postraumático (TEPT) mediante la desensibilización y reprocesamiento por
movimientos oculares (DRMO)”. Journal of Anxiety Disorders 13, (1999):
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Lipke,
H., y Botkin, A., “Estudios de casos de desensibilización y reprocesamiento por
movimientos oculares (DRMO) con trastorno de estrés postraumático crónico”. Psychotherapy
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Moody,
R. Reflexiones sobre la vida después de la vida. Nueva York: Bantam,
1985.
———. Reencuentros:
Encuentros visionarios con seres queridos fallecidos. Nueva York: Villard,
1993.
———. La
última risa. Charlottesville, Va.: Hampton Roads, 1999.
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tras vida. San Francisco, California: HarperSanFrancisco, 2001.
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F. Desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares: principios
básicos, protocolos y procedimientos , 2.ª ed. Nueva York: Guilford Press,
2001.
Shapiro,
F., ed. DRMO como un enfoque de psicoterapia integradora: expertos de
diversas orientaciones exploran el prisma del paradigma. Washington, DC:
American Psychological Association Books, 2002.
SOBRE LOS AUTORES
Allan Botkin (fallecido
28 de febrero de 2026), se doctoró en Psicología por la Universidad de Baylor
en 1983. Durante los siguientes veinte años, trabajó en consulta privada y como
psicólogo del Departamento de Asuntos de Veteranos en el área de Chicago. Su
especialidad es el diagnóstico y tratamiento del trastorno de estrés
postraumático (TEPT). El doctor Botkin ha tratado a veteranos de combate de la
Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Corea, la Guerra de Vietnam y la Operación
Tormenta del Desierto. También ha publicado artículos científicos sobre la
función cerebral, el TEPT y la desensibilización y reprocesamiento por
movimientos oculares (DRMO). Actualmente dirige el Centro para el Duelo y la
Pérdida Traumática, LLC en Libertyville, Illinois. Para obtener más información
sobre la terapia y la formación de CPMI, visite www.induced–CPM.com . F
R. Craig Hogan, Ph.D.
, es propietario y director del Business Writing Center, una escuela en línea
que capacita a escritores de negocios en todo el mundo ( http://writingtrainers.com ). Es
autor de Explicit Business Writing , un libro que describe las mejores
prácticas actuales en la redacción empresarial (disponible en http://bwcpublications.com ). Ha
sido coordinador de desarrollo interpersonal en una escuela de posgrado donde
impartió cursos de crecimiento interpersonal, administrador en dos
universidades y una facultad de medicina, y profesor de comunicación en tres
universidades. Es coautor de un libro para administradores escolares, que les
enseña a trabajar de manera más cooperativa y productiva con los docentes, y es
coautor del Inventario de Estilos Personales (3.ª edición, Organization
Design and Development, 2005), basado en la obra de Carl Jung.
NOTAS
Los casos
Los casos presentados en este
libro son todos reales. Ocurrieron en consultorios de terapeutas o, en el caso
de comunicaciones póstumas inesperadas y espontáneas, fueron comunicados a los
terapeutas por los pacientes. Se han modificado todos los detalles que pudieran
identificar a los pacientes para proteger su confidencialidad. Para garantizar
aún más la confidencialidad, en ocasiones combinamos dos casos similares. En
todos los casos, el contenido y los resultados son los que realmente
ocurrieron.
Nota sobre DRMO (EMDR en inglés)
En la terapia CPMI, la DRMO (desensibilización
y reprocesamiento por movimientos oculares) se utiliza de una manera que
difiere significativamente de la forma en que se presenta en la formación
estándar en DRMO. Por lo tanto, la investigación que respalda el uso de DRMO no
necesariamente respalda el método de uso de DRMO descrito en este libro.
EXPRESIONES DE
GRATITUD
Ante todo, estoy eternamente
agradecido a los veteranos de guerra con quienes trabajé como psicólogo durante
más de veinte años en un hospital de la Administración de Veteranos (VA).
Sirvieron en la Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam, la Operación Tormenta
del Desierto y otras situaciones peligrosas. Aprendí a admirar y respetar a
estos veteranos, no solo por su valentía en combate, sino también por su coraje
al afrontar su dolor más profundo en terapia. El descubrimiento que presento en
este libro lo compartí de la manera más íntima con ellos. A veces llorábamos, y
otras veces reíamos hasta que nos dolía el estómago. Nos abrazábamos a menudo.
Los extraño mucho. Desde que me jubilé de la VA, los visito de vez en cuando.
Éramos, y seguimos siendo, como una familia.
Este libro no habría sido
posible sin aquellos pioneros que sentaron las bases de las ideas que contiene.
Aunque nunca conocí a la doctora Elisabeth Kübler–Ross (falleció en 2004), ella
hizo más que nadie para establecer la muerte y el morir como temas
profesionales y científicos legítimos. También expreso mi profundo
agradecimiento a la doctora Francine Shapiro, quien nos brindó la técnica
psicológica más poderosa jamás conocida para aliviar el sufrimiento humano.
En mi camino, he tenido el
honor de recibir aliento y apoyo de algunos de mis héroes y líderes en este
campo: el doctor Raymond Moody, el doctor Mato Greyson y Guille Guggenheim.
Todos ellos son reconocidos mundialmente y han realizado importantes
contribuciones al campo de las experiencias cercanas a la muerte o la
comunicación con la postvida. Si bien he tenido la oportunidad de reunirme con
Raymond y Guille para compartir mis hallazgos, aún no he conocido en persona al
doctor Greyson, quien me brindó apoyo profesional oportuno por teléfono y
correo electrónico cuando más lo necesitaba. Gracias, doctor Greyson.
No estarías leyendo este
libro ahora mismo si Franco DeMarco, cofundador y editor jefe de Hampton Roads
Publishing Company, no hubiera salvado este manuscrito en el último momento de
acabar en la basura. Publicar ha sido una tarea larga y, a veces, muy
frustrante. Más que nada, quiero que Franco, en algún momento, sienta que tomó
la decisión correcta al apoyar este trabajo.
Como psicólogo, jamás me
imaginé escribiendo un libro para el público general. Si bien había publicado
algunos artículos científicos, me di cuenta de que mis habilidades de escritura
eran muy limitadas y que no podía hacerlo solo. Necesitaba un buen escritor
profesional, preferiblemente alguien que apreciara este descubrimiento tanto a
nivel personal como intelectual. Encontrar al escritor adecuado tampoco ha sido
fácil. La Comunicación Inducida Post mortem comenzó a tomar su forma
actual solo después de que el doctor Craig Hogan interviniera y me ayudara a
convertir este descubrimiento en un libro legible.
Quiero expresar mi especial
agradecimiento al profesor Ralph Leonard, una persona extraordinaria con una
amplia formación académica y experiencia en teología y asesoramiento sobre el
duelo, por su continuo y entusiasta apoyo a este trabajo.
De vez en cuando, pienso en
los colegas que me brindaron apoyo y aliento a lo largo del camino. Quiero
expresar mi gratitud a Karen Paddock, la doctora Sheilah Perrin, Gorio Rimoldi,
el doctor David Mannelli, la doctora Cati Parker, la doctora Merle Moffat, el doctor
John Schaut, el doctor Howard Lipke, el doctor Ivan Aubuchon, el doctor Mitch
Goodman, la doctora Stacey Jones, la doctora Kimberly Kroll, la doctora JoAnn
Nishimoto, el doctor Alan Strand, la doctora Carol Paxton–Cox, la doctora Iris
Newman, la doctora Illene Berns–Zare, el doctor Cory Habben, la doctora
Samantha Shelton, la doctora Suzi Francis Thornton, la doctora Susan Bowen, la doctora
Nicole Bodor, la doctora Linda Harper y la doctora Darcy Mouton.
En el camino, me encontré con
fieles seguidores que siempre estuvieron ahí cuando los necesité para ayudarme
a difundir este descubrimiento. Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a
Diane Willis, coordinadora de la Asociación Internacional de Chicago para
Estudios de Experiencias Cercanas a la Muerte (IANDS), y a "Bobby",
un fiel colaborador que ha contribuido enormemente a dar a conocer esta
información al público. Sería imperdonable no mencionar a un buen amigo y
productor de cine, Patrick Wells, cuyo entusiasmo contagioso ha sido fundamental
para la difusión del descubrimiento de la CPMI.
Por último, y no por ello
menos importante, agradezco a mi familia su apoyo incondicional, especialmente
durante estos últimos años de incertidumbre y riesgo en mi proyecto. Mis
padres, Edith y Leroy Botkin, me brindaron un amor y un apoyo inmensos. Un
abrazo enorme a Barbara, Allie y Max, quienes, más que nadie, tuvieron que
aguantarme durante la escritura de este libro. Gracias por corresponderme con
tanto cariño.
HAN DICHO DE ESTE
TRABAJO...
“La verdad es que, una vez
que empecé a leer este manuscrito, ¡no pude soltar el libro! En mi opinión, el doctor
Allan Botkin ha logrado un gran avance en el tratamiento de quienes sufren las
consecuencias emocionales de la pérdida y el duelo.”
—El reverendo doctor Ralph S.
Leonard, vicepresidente emérito de Relaciones con la Iglesia, Carthage College,
Kenosha, Wisconsin
“El doctor Botkin ha dado
con una herramienta nueva, fascinante y poderosa que no solo puede ayudar a sus
clientes a sobrellevar sus pérdidas, sino que también abre nuevos caminos en la
comprensión de la vida y la muerte.”
—Mato Greyson, MD, Profesor
de Medicina Psiquiátrica, Facultad de Medicina de la Universidad de Virginia;
Editor de la Revista de Estudios Cercanos a la Muerte
En los últimos cien años
se han producido muy pocos avances importantes en el campo de la psicología, y
el doctor Allan Botkin sin duda ha logrado uno de ellos. Su descubrimiento
tiene implicaciones que van mucho más allá de la práctica clínica.
—Alan L. Strand, Ph.D.,
psicólogo
«Comunicación inducida tras
la muerte: Una nueva terapia para sanar el duelo y el trauma» es una
historia auténtica y creíble sobre el revolucionario descubrimiento del doctor
Botkin de un tratamiento nuevo y muy eficaz para el duelo. Pero, además, el libro
ofrece a los lectores una perspectiva completamente nueva sobre nuestras
relaciones y nuestras vidas. Brinda esperanza, consuelo y una nueva paz
interior.
El libro está escrito con
un estilo cautivador que hace difícil dejar de leerlo y te deja con ganas de
más. No es solo un libro para psicólogos y psicoterapeutas, sino para todas las
personas que buscan comprender el significado de la vida y la muerte.
—Linda Harper, doctora en
psicología, autora
**********
COMPARATIVA ENTRE
LOS MÉTODOS DE MOODY Y BOTKIN
|
Dimensión
|
Moody (Psicomanteo)
|
Botkin (CPMI)
|
|
Mecanismo
|
Contemplación de espejo en
penumbra (mirror gazing)
|
Estimulación bilateral
(movimientos oculares), variante de DRMO
|
|
Estado inducido
|
Conciencia alterada
hipnagógica (frontera vigilia-sueño)
|
Atención enfocada con EBL (no
es trance, no es hipnosis)
|
|
Ambiente
|
Cámara especial: espejo negro, oscuridad, cortinas, silla baja
|
Cualquier consulta: no requiere equipo especial
|
|
Preparación
|
Ritualizada: silencio, soledad, objetos del difunto,
rememoración, entrevista, relajación
|
Clínica: fases 1-2 de DRMO simplificadas
|
|
Modalidad sensorial
|
Primariamente visual (aparición en el espejo)
|
Multisensorial (puede ser visual, auditiva, táctil,
olfativa)
|
|
Rol del terapeuta
|
Activo en la preparación
ritual; pasivo durante la sesión
|
Pasivo en todo momento: crea
condiciones, no sugiere
|
|
Duración
|
Variable (puede ser una
sesión larga o un proceso)
|
Fija: 2 sesiones de ~90 min
|
|
Población
|
Duelo general, personas que
desean contactar
|
TEPT + duelo complicado
(veteranos, duelo no resuelto)
|
|
Resultados
|
50-80% informan contacto
|
~98% en TEPT/VA; ~75% en
duelo ambulatorio
|
|
Postura ontológica
|
Ligeramente más comprometida: Moody describe sus propias apariciones como
"sólidas" y habla de "contacto" sin mucha cautela
|
Explícitamente agnóstica: "No sugerimos una fuente para el
fenómeno. Es el acto de percibir la conexión lo que produce la
sanación"
|
|
Escalabilidad
|
Baja: requiere construir una cámara
|
Alta: cualquier terapeuta con formación en DRMO puede
aplicarla
|
|
Base de investigación
|
Casos documentados en libro;
estudio de 2002 (Instituto de Psicología Transpersonal, 27 participantes)
|
Artículo 2013 (IANDS);
estudio 2026 (diseño controlado mediante lista de espera de un solo
grupo )
|
|
Línea intelectual
|
Origen: psicomanteos griegos
+ ECM
|
Origen: DRMO + psicomanteo de
Moody (cita explícita)
|