por RAYMOND MOODY
En la actualidad, el Dr. Moody continúa sus investigaciones
en torno a la muerte y sus fenómenos, mientras millones de personas en todo el
mundo han narrado experiencias similares. Estos testimonios son la prueba
evidente de que la senda abierta por el Dr. Moody ha dejado una huella
imperecedera en lo referido a la concepción que la sociedad moderna posee sobre
la muerte, siendo imposible plantear hoy ningún debate sobre la misma sin
recurrir a los contenidos de este libro, que, por méritos propios, ha entrado
ya en la galería de clásicos sobre la materia.
RAYMOND A. MOODY tiene los doctorados de filosofía y
medicina, además de ser psiquiatra. Fue el primer médico que estudió de modo
sistemático los fenómenos de supervivencia a la muerte corporal, publicando el
resultado de sus investigaciones en su éxito mundial de ventas VIDA DESPUÉS DE
LA VIDA. Actualmente dirige el "Teatro de la Mente" en el estado de
Alabama, donde continúa su trabajo, y viaja por el mundo dando conferencias en
torno a la muerte y sus fenómenos.
Traducción: Rafael Lassaletta.
Al doctor George Ritchie, y, con su mediación, a Aquel que él sugirió.
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REUNIONES:
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Contenido
Reconocimientos - Prólogo a esta edición - Prefacio - Introducción - 1.
El fenómeno de la muerte - 2. La experiencia de la muerte - 3. Paralelos - 4.
Cuestiones - 5. Explicaciones - 6. Impresiones - Bibliografía y notas
Reconocimientos
SON muchos los que me han alentado y ayudado durante la
investigación y redacción del libro, y sin ellos no hubiera podido completar el
proyecto. Mi buen amigo John Ouzts me animó a dar la primera conferencia sobra
el tema. John Egle, de Mockingbird Books, me propuso plasmar en su libro mis
descubrimientos, proporcionándome apoyo y aliento en todo el proceso. Leonard,
Mae, Becky y Scott Brooks me suministraron alojamiento, alimento y medios de
transporte siempre que lo necesité. Kathy Tabakian me acompañó en varias de las
entrevistas y me ha beneficiado de las largas discusiones que con ella he
tenido. Russ Moores, Richard Martin y Ed McCranie, del Colegio Médico de
Georgia, me ofrecieron válidas sugerencias y referencias a textos relevantes.
Mi esposa pasó muchas horas revisando el manuscrito y la copia mecanografiada.
Finalmente, me gustaría dar las gracias a todos los que me contaron sus
encuentros con la muerte. Sólo deseo que este libro sea digno de la confianza
que todos los mencionados han puesto en mí.
Prólogo a
esta edición
POCOS son los libros que modifican conceptos y creencias
arraigados poderosamente en la conciencia colectiva de una sociedad y, a su
vez, abren un debate intenso y enriquecedor. Vida después de la vida es uno de
ellos.
Cuando en el decenio de 1970 un joven médico norteamericano
sacó a la luz el resultado de sus investigaciones en torno a personas
declaradas clínicamente muertas, y que después habían sido reanimadas, pocos
sospecharon la repercusión que estos testimonios iban a tener en la sociedad.
Desde entonces, no es posible concebir ningún estudio,
debate o planteamiento referido a experiencias próximas a la muerte que no
tenga en consideración el trabajo del doctor Moody contenido en esta obra.
No nos corresponde especular sobre dichas experiencias. Hoy
son ya del dominio público y han sido narradas por miles de personas que
aseguran verse fuera de sus cuerpos mientras contemplan la escena flotando por
encima de personas y objetos sin poder tocarlos. Tampoco son ya extraños ni el
túnel que afirman recorrer, en cuyo final luminoso encuentran habitualmente a
amigos y parientes ya fallecidos que les dan la bienvenida cariñosamente, ni
mucho menos el estado de paz y alegría que los envuelve y elimina el miedo a la
muerte para el resto de sus vidas. Nada de esto nos es ajeno. Hoy son cientos
los libros y artículos publicados sobre el tema desde aquella fecha, y son
numerosas las personas que han continuado esta misma línea de investigación y
han recopilado miles de nuevos testimonios, y es rara la persona que no conozca
o no haya oído hablar de alguien que haya vivido esta experiencia.
No obstante, muchas fueron las voces que se levantaron
escandalizadas ante la investigación, e incluso declaraban como falsos los
mismos testimonios de las personas que habían tenido el valor de narrar su
experiencia sin importarles ser consideradas como locas. Otras, sin embargo,
aplaudieron el mérito indudable de haber llevado a cabo un estudio sobre un
tema tabú por excelencia, y se multiplicaban los interrogantes abiertos que
planteaba la sorprendente coincidencia en los puntos más importantes de las
experiencias relatadas. Y fue el lector, como casi siempre, el que avaló con su
aceptación masiva un libro destinado, a priori, a integrar el catálogo de obras
de minorías, especializadas, raras y curiosas.
Naturalmente, el tema no está agotado, ni mucho menos. La
curiosidad científica del doctor Moody lo ha llevado a continuar sus
investigaciones en torno a la muerte, esta vez en un campo aún más polémico: la
posibilidad de contactar con personas fallecidas. Ahí están los resultados en
un nuevo libro (Más sobre Vida después de la vida) que también hemos tenido el
placer de publicar en español. Su contenido ha vuelto a significar un punto de
inflexión, ya que sus aportaciones desechan prejuicios y abren interrogantes
que no pueden ser ignorados por nadie que tenga un mínimo de interés por los
grandes enigmas que han rodeado al hombre en torno a la muerte.
Finalmente, como editores, nos queda la satisfacción de
haber llevado al lector español un libro que ya ha entrado por méritos propios
en la categoría de clásico, y, cómo no, agradecerle la respuesta con la que,
durante 20 años, ha demostrado su sensibilidad y criterio a la hora de valorar
obras valientes e innovadoras.
Respecto al doctor Moody, hay que decir que no ha perdido
un ápice de su talante científico, de su buen humor de su calidad humana ni de
su espíritu emprendedor Todo ello lo testimonian las decenas de conferencias
que anualmente imparte en todo el mundo y las novedades editoriales con las que
invariablemente nos sorprende y nos estimula una y otra vez a revisar conceptos
y creencias que considerábamos inamovibles.
Por estas razones, gracias a todos, autor y lectores, y
confiamos en continuar siendo un eficaz elemento transmisor entre ambos. Para
nosotros es una gran satisfacción.
LOS EDITORES
Prefacio
HE tenido el privilegio de leer la copia previa a la
publicación del libro y me complació que al doctor Moody, joven erudito, haya
tenido el coraje de reunir sus descubrimientos y realizar este nuevo tipo de
investigación, tan útil para la gran masa de público.
Desde hace veinte años vengo dedicándome a pacientes en la
última fase de su enfermedad, por lo que he experimentado una preocupación creciente
ante el fenómeno de la muerte. Hemos aprendido mucho sobre dicho proceso, pero
quedan sin responder muchas de las preguntas sobre el momento de la muerte y
las experiencias que tienen nuestros pacientes a partir del instante en que se
los declara clínicamente muertos.
La investigación que el doctor Moody presenta en este libro
iluminará muchas de ellas, confirmando al tiempo lo que se nos ha dicho durante
dos mil años: que existe vida tras la muerte. Aunque no afirma haber estudiado
la muerte misma, es evidente, a partir de sus hallazgos, que el paciente
continúa consciente del entorno tras haber sido declarado clínicamente muerto.
Ello coincide con mi propia investigación, basada en los relatos de pacientes
que han muerto y han regresado, contra lo que era de esperar, y ante la
sorpresa de expertos y bien conocidos médicos.
Todos los pacientes han experimentado la sensación de
flotar fuera del cuerpo, unida a la de una gran paz y una percepción de
totalidad. Casi todos eran conscientes de otra persona que los ayudaba en la
transición a otro plano de existencia. Muchos eran recibidos por seres amados
que habían muerto antes o por un personaje religioso que había sido
significativo en su vida y que, como es natural, coincidía con sus creencias
religiosas. Me llena de aliento leer el libro del doctor Moody en el momento en
que me encontraba dispuesta a poner sobre el papel los resultados de mis
propias investigaciones.
El doctor Moody ha de estar preparado para recibir muchas
críticas, provenientes ante todo de dos áreas. Una de ellas compuesta de
miembros del clero que se sentirán molestos de que alguien se atreva a
investigar un terreno que se supone tabú. Algunos representantes religiosos de
una iglesia sectaria ya han expresado sus críticas ante estudios como éste. Uno
de ellos se refería a éstos como «vendedores de la gracia a precio de saldo».
Otros pensaban que la cuestión de la vida en el más allá debía ser aceptada con
fe ciega y no ser cuestionada por nadie. El segundo grupo del que el doctor Moody
puede esperar críticas está compuesto de científicos y médicos que considerarán
su estudio «acientífico».
Creo que hemos llegado a una era de transición en nuestra
sociedad. Hemos de tener el coraje de abrir nuevas puertas y admitir que
nuestras actuales herramientas científicas son inadecuadas para muchas de las
nuevas investigaciones. Confío en que este libro las abra a quienes poseen una
mente abierta y en que les dará esperanza y valor para avaluar las nuevas áreas
de investigación. Ellos comprenderán que los descubrimientos aquí citados son
verdaderos, pues están escritos por un investigador genuino y honesto. Son
corroborados por mi propia investigación y por los hallazgos de otros
científicos serios, de eruditos y de clérigos que han tenido la valentía de
investigar este nuevo campo con el deseo de ayudar a quienes necesitan conocer
Recomiendo el libro a todos los que mantengan abierta su
mente, y felicito al doctor Moody por el valor que ha demostrado al imprimir
sus descubrimientos.
ELISABETH KUBLER-ROSS, M. D. Flossmoor, Illinois
VIDA
DESPUÉS DE LA
VIDA
Introducción
ESTE libro, en cuanto que es obra humana, refleja los
antecedentes, opiniones y prejuicios de su autor. Por ello, y a pesar de la
objetividad que me he esforzado en imprimirle, pueden ser útiles algunos datos
sobre mi persona en el momento de evaluar algunas de las extraordinarias
afirmaciones que en él se hacen.
En primer lugar, nunca he estado cerca de la muerte, por lo
que no se trata de un relato de primera mano sobre experiencias propias. Sin
embargo, no puedo por ello reivindicar una objetividad total ya que mis
emociones han estado implicadas en el proyecto. Mientras escuchaba el relato de
las fascinantes experiencias de que trata este libro, llegaba casi a la
sensación de estar viviéndolas. Espero que tal actitud no haya comprometido la
racionalización y equilibrio de mi aproximación al tema.
En segundo lugar, el que escribe no está ampliamente
familiarizado con la abundante literatura sobre hechos paranormales y ocultos.
No lo digo por menospreciarla, pues estoy convencido de que un mejor
conocimiento de ella hubiera ampliado mi comprensión de los hechos estudiados.
De hecho, tengo la intención de analizar más profundamente algunos de esos
libros para comprobar hasta qué punto las investigaciones de otros son
confirmadas por las mías.
Mi educación religiosa merece algún comentario. Mi familia
acudía a la iglesia presbiteriana, pero mis padres nunca intentaron imponer sus
creencias o conceptos religiosos a sus hijos. Conforme iba creciendo, se
limitaron a estimular cualquier interés que desarrollara por mí mismo,
facilitándome oportunidades para ello. En consecuencia, tuve una «religión»
compuesta no por una serie de doctrinas fijas, sino por cuestiones, enseñanzas
y doctrinas religiosas y espirituales. Creo que todas las religiones humanas
tienen muchas verdades que comunicarnos y que ninguno de nosotros posee todas
las respuestas a las verdades profundas y fundamentales con que trata la
religión. Por lo que se refiere a mi adscripción a una organización particular,
soy miembro de la Iglesia metodista.
En cuarto y último lugar, mis antecedentes académicos y
profesionales son algo diversos; algunos dirían fraccionarios. Me gradué en
filosofía en la Universidad de Virginia y me doctoré en esa materia en 1969. Me
he interesado especialmente por la ética, la lógica y la filosofía del
lenguaje. Tras enseñar filosofía durante tres años en una universidad del oeste
de Carolina del Norte, cursé estudios en una facultad de medicina con la finalidad
de convertirme en psiquiatra y enseñar filosofía de la medicina en una facultad
médica. Todos esos anhelos y experiencias han contribuido, lógicamente, a dar
forma a la aproximación que he adoptado en este estudio.
Espero que el libro llamará la atención sobre un fenómeno
muy extendido y al mismo tiempo bien oculto y que, al mismo tiempo, creará una
actitud pública más receptiva sobre la materia. Estoy firmemente convencido de
que tiene un gran significado, no sólo para muchos campos académicos y prácticos
…especialmente psicología, psiquiatría, medicina, filosofía, teología y
sacerdocio…, sino también para la forma en que vivimos nuestra existencia
cotidiana.
Permítaseme decir desde el principio que, por motivos que
explicaré más tarde, no estoy intentando demostrar que exista vida después de
la muerte. Ni siquiera pienso que una «prueba» de este tipo sea posible hoy en
día. Se debe en parte a esto que haya evitado el uso de nombres reales y
disfrazado algunos de los detalles que podrían servir de identificación, aunque
dejando siempre sin cambiar el contenido. Ha sido necesario para proteger la
vida privada de los individuos implicados y, en muchos casos, para obtener el
permiso de publicación de las historias que me relataron.
A muchos, las afirmaciones que se hacen en este libro les
parecerán increíbles y su primera reacción será de rechazo. De nada puedo
culparlos, pues ésa hubiera sido precisamente mi reacción hace tan sólo unos
cuantos años. No pido que nadie acepte y crea los contenidos de este libro
basándose sólo en mi autoridad. Por el contrario, como lógico que rechaza la
aproximación a una creencia basándose en ilícitas apelaciones a una autoridad,
pido expresamente que nadie lo haga así. Sólo deseo que cualquiera que no crea
en lo que lee indague un poco por sí mismo. Es lo que yo he hecho durante algún
tiempo. De los que lo han aceptado, ha habido muchos que, escépticos al
principio, han llegado a compartir mi asombro ante estos acontecimientos.
No dudo, además, que muchos se sentirán aliviados al
leerlo, pues descubrirán que no han sido los únicos en haber tenido tal
experiencia. A ellos …especialmente si, como ha ocurrido con frecuencia, sólo
se han confiado a unas pocas personas… sólo puedo decirles que espero que este
libro los anime a hablar más libremente, para que una de las facetas más
problemáticas del alma humana pueda ser más claramente elucidada.
1.
El fenómeno de la muerte
¿QUÉ es la muerte?
La humanidad ha venido haciéndose esa pregunta desde el
principio. En los últimos años he tenido la oportunidad de plantearla ante gran
número de auditores, desde mis alumnos de psicología, filosofía y sociología,
hasta los que me han escuchado en organizaciones religiosas, en mis debates en
la televisión, o los que lo han hecho en clubes cívicos y en las sociedades
profesionales de médicos. Por la experiencia que he obtenido en esos años de
exposición, puedo decir que el tema excita poderosos sentimientos en individuos
emocionalmente diferentes y de muchas clases sociales.
A pesar del interés, sigue siendo cierto que a muchos de
nosotros nos es muy difícil hablar de la muerte, y ello principalmente por dos
razones. Una de ellas es de carácter psicológico y cultural: es un tema tabú.
Tenemos la sensación, quizá sólo subconscientemente, de que cualquier forma de
contacto con la muerte, por muy indirecta que sea, nos enfrenta con la
perspectiva de la nuestra; la hace más cercana y real. Por ejemplo, la mayor
parte de los estudiantes de medicina, yo incluido, han descubierto que incluso
el encuentro remoto con ella, que se produce en la primera visita a los
laboratorios anatómicos nada más entrar en una facultad de medicina, provoca
fuertes sentimientos de inquietud. En mi caso, la razón de esa respuesta me
parece ahora obvia. Con la perspectiva de los años pasados me doy cuenta de que
no me sentía implicado con la persona cuyos restos estaba viendo, aunque
también había algo de eso. Lo que vi sobre la mesa fue el símbolo de mi propia
mortalidad. En cierta manera, quizá sólo preconscientemente, por mí mente debió
cruzar este pensamiento: «A mí también me ocurrirá.»
Asimismo, hablar de la muerte puede considerarse, a nivel
psicológico, como otra forma de aproximación indirecta. Sin duda, mucha gente
siente que hablar de ella equivale a evocarla mentalmente, a acercarla de tal
forma que haya que enfrentarse a la inevitabilidad de propio fallecimiento. Por
tanto, para ahorrarnos el trauma psicológico, decidimos evitar el tema siempre
que nos sea posible.
La segunda razón de la dificultad de discutir la muerte es
más complicada y se relaciona con la naturaleza del lenguaje. En su mayor
parte, las palabras del lenguaje humano aluden a las cosas que hemos
experimentado con nuestros sentidos físicos. Sin embargo, la muerte es algo que
recae más allá de la experiencia consciente de la gran mayoría de nosotros,
pues nunca hemos pasado por ella.
Si hemos de hablar de ese tema, tendremos que evitar los
tabúes sociales y los dilemas lingüísticos profundamente arraigados derivados
de nuestra inexperiencia. Lo que a menudo terminamos haciendo es utilizar
analogías eufemísticas, compararla con cosas más agradables de nuestra
experiencia, con cosas que nos son familiares.
Quizá la analogía más común sea la comparación entre muerte
y sueño. Morir, nos decimos, es como dormirse. Esta figura del lenguaje es muy
común en el pensamiento y lenguaje de cada día, así como en la literatura de
muchas culturas y épocas. Incluso era corriente en la Grecia clásica. En la
Ilíada, por ejemplo, Homero llama al sueño «hermano de la muerte», y Platón, en
su diálogo la Apología, pone las siguientes palabras en boca de Sócrates, su
maestro, que acaba de ser sentenciado a muerte por un jurado ateniense:
[Si la muerte es sólo dormirse sin sueños], debe ser un
maravilloso premio. Imagino que si a alguien se le dijese que escogiera la
noche en que durmió tan profundamente que ni siquiera soñó y la comparase con
el resto de noches y días de su vida y que dijese entonces, tras la debida
consideración, cuántos días y noches más felices había tenido, creo que…
[cualquiera] se daría cuenta de que esas noches y días son fáciles de contar en
comparación con el resto. Si la muerte es así, la considero ventajosa, pues
todo el tiempo, si la miramos de esa forma, puede tomarse como una sola noche [1].
La misma analogía encierra nuestro lenguaje contemporáneo.
Consideremos la frase «hacer dormir». Cuando se lleva un perro al veterinario
para que lo haga dormir (que lo mate), nos referimos a algo muy distinto a
cuando decimos lo mismo a un anestesiólogo con respecto a un familiar. Otros
prefieren una analogía diferente, aunque de algún modo relacionada. El morir,
dicen, es como olvidar. Al morir se olvidan todas las aflicciones; se borran
todos los recuerdos dolorosos.
Por antiguas y extendidas que sean, ambas analogías, la del
«sueño» y la del «olvido», son totalmente inadecuadas para confortarnos. Son
maneras diferentes de hacer la misma aserción. Aunque lo digan de forma más
aceptable, en ambas está implícita la idea de que la muerte es la aniquilación,
para siempre, de la experiencia consciente. Entonces, la muerte no tiene
ninguno de los rasgos agradables del sueño y el olvido. Dormir es una
experiencia positiva y agradable porque va seguida del despertar. Una noche de
sueño profundo permite que las horas que siguen sean más agradables y
productivas. Sin la condición del despertar no existirían los beneficios del
sueño. De igual modo, la aniquilación de toda experiencia consciente no implica
sólo la desaparición de los recuerdos desgraciados, sino también la de los
felices. En consecuencia, ninguna analogía nos proporciona realmente alivio o
esperanza frente a la muerte.
Hay otro punto de vista que rechaza la noción de que la
muerte sea la aniquilación de la conciencia. Según esta tradición, posiblemente
más antigua, algún aspecto del ser humano sobrevive cuando el cuerpo físico
deja de funcionar y acaba por destruirse. Este aspecto ha recibido muchas
denominaciones, como psique, alma, mente, espíritu, ser y conciencia. Con uno u
otro nombre, la noción del paso a otra esfera de existencia tras la muerte
física es una de las más venerables de las creencias humanas. En Turquía existe
un cementerio que fue utilizado por los hombres del Neanderthal hace cien mil
años. Sus restos fosilizados han permitido a los arqueólogos descubrir que
aquellos hombres primitivos enterraban a sus muertos en féretros de flores, lo
que nos indica que quizá consideraron la muerte como ocasión de celebración;
como transición del muerto de este mundo a otro. Las tumbas de hombres
primitivos que encontramos en todo el mundo sirven de evidencia de la creencia
en la supervivencia en la muerte corporal.
En resumen, nos enfrentamos con dos respuestas opuestas a
nuestra pregunta sobre la naturaleza de la muerte, ambas originadas en tiempos
antiguos y ambas ampliamente sostenidas hoy en día. Unos dicen que la muerte es
la aniquilación de la conciencia; otros, con igual seguridad, que es el paso
del alma o mente a otra dimensión de la realidad. En el resto del libro no
deseo rechazar ninguna de las respuestas; sólo pretendo informar de los
resultados de una investigación que he acometido personalmente.
En los últimos años me he encontrado con gran número de
personas que han pasado por lo que llamaremos «experiencias cercanas a la
muerte». Las he conocido de diversas formas. Al principio fue por coincidencia.
En 1965, cuando era estudiante de filosofía en la Universidad de Virginia,
conocí a un profesor de psiquiatría de la facultad de medicina. Desde el primer
momento quedé sorprendido por su amabilidad y cordialidad, pero la sorpresa fue
mayor cuando, posteriormente, me enteré de que había estado «muerto» …en dos
ocasiones, con diez minutos de intervalo… y que hizo un fantástico relato de lo
que le ocurrió en aquel estado. Más tarde lo oí relatar su historia a un
pequeño grupo de estudiantes interesados. Quedé muy impresionado, pero como
carecía de capacidad para juzgar tales experiencias, me limité a archivarla,
tanto en mi mente como en una cinta en la que había grabado la charla.
Unos años después, tras haber recibido el doctorado en
filosofía, era profesor en una universidad del este de Carolina del Norte. En
uno de los cursos mis alumnos leían el Fedón de Platón, obra en la que la
inmortalidad es una de las materias discutidas. En las clases había enfatizado
las otras doctrinas presentadas por Platón en el libro, pasando por alto la
discusión de la vida posterior a la muerte. Un día, al acabar la clase, un
estudiante me detuvo para hablar conmigo. Me preguntó si podíamos discutir el
tema de la inmortalidad. Le interesaba porque su abuela había “muerto” durante
una operación y le contó una sorprendente experiencia. Le pedí que me hablara
de ella y, para mi sorpresa, me relató casi la misma serie de acontecimientos
que había oído al profesor de psiquiatría unos años antes.
A partir de ese momento mi búsqueda de casos se hizo más
activa y comencé a incluir lecturas sobre la supervivencia humana a la muerte
biológica en mis cursos de filosofa. Decidí, sin embargo, no incluir en ellos
las dos experiencias que me fueron relatadas, adoptando la prudente actitud de
esperar y ver. Pensaba que si esos informes eran muy comunes llegaría a conocer
más de ellos si introducía el tema general de la supervivencia en las
discusiones filosóficas; expresaba una actitud de simpatía ante la cuestión y
esperaba. Quedé realmente sorprendido cuando descubrí que, de cada clase de
treinta alumnos, uno al menos venía a verme después de la lección y me contaba
una experiencia personal cercana a la muerte.
Lo que más me llamó la atención desde que se despertó mi
interés fue la gran similitud de las historias, a pesar del hecho de haber sido
vividas por gente de muy diversos antecedentes religiosos, sociales y
culturales. En 1972 me matriculé en una facultad de medicina y conocía ya
varias experiencias de ese tipo. Comencé a hablar del estudio informal que
estaba haciendo a alguno de los médicos que conocía. Finalmente, un amigo me
habló de dar una charla en una sociedad médica y otras conferencias públicas le
siguieron. De nuevo se repitió el hecho de que tras cada charla alguien venía a
contarme una experiencia personal.
Cuando fui más conocido por mí interés en el tema, los
doctores comenzaron a ponerme en contacto con personas a las que habían
resucitado y que contaban experiencias inusuales. También he recibido muchos
informes por correspondencia tras la aparición en los periódicos de artículos
sobre mis estudios.
En estos momentos conozco unos ciento cincuenta casos de este
fenómeno. Las experiencias que he estudiado pertenecen a tres categorías
distintas:
1) Experiencias de personas que han resucitado después de
que sus médicos las consideraron clínicamente muertas.
2) Experiencias de personas que, en el curso de accidentes
o enfermedades graves, han estado muy cerca de la muerte física.
3) Experiencias de personas que, al morir, hablaban con
otras personas que se encontraban presentes. Posteriormente, estas últimas me
informaron del contenido de la experiencia de la muerte.
La gran cantidad de material que puede obtenerse de ciento
cincuenta casos me ha obligado, obviamente, a una selección. Por ejemplo,
aunque he encontrado informes del tipo tercero que complementaban realmente los
de los otros dos tipos, he dejado de considerarlos, por dos motivos: en primer
lugar, me permite reducir el número de casos estudiados, con lo que resultan
más manejables, y, en segundo lugar, los limita dentro de lo posible a informes
de primera mano. De esta forma he podido entrevistar con gran detalle a unas
cincuenta personas y soy capaz de informar de sus experiencias. De los casos
elegidos, los del tipo primero …en los que se produce realmente la aparente
muerte clínica… son más dramáticos que los del segundo …en los que sólo hay un
encuentro cercano con la muerte….
Siempre que he dado conferencias sobre el fenómeno, los
episodios de los «muertos» han atraído casi todo el interés. He leído algunas
críticas en la prensa en las que me sugerían que sólo debía tratar de ellos.
Al seleccionar los casos que quería presentar en este libro
he evitado, sin embargo, la tentación de explayarme tan sólo en los casos del
primer tipo, pues, obviamente, los del segundo no son diferentes, sino que más
bien forman continuidad con ellos. Además, aunque las experiencias cercanas a
la muerte son muy similares, las personas que las describen y las
circunstancias que las rodean varían mucho. En consecuencia, he tratado de dar
una muestra de las experiencias que reflejan adecuadamente esa variación.
Teniendo en cuenta todo ello, pasemos a considerar lo que puede ocurrir, por lo
que he podido descubrir, en la experiencia de la muerte.
2.
La experiencia de la muerte
A pesar de las diferencias en las circunstancias que rodean
los casos próximos a la muerte y en los tipos de personas que los han sufrido,
sigue en pie el hecho de que hay una notable similitud entre los relatos de las
experiencias. De hecho, las similitudes entre los distintos informes son tan
grandes que pueden elegirse fácilmente quince elementos separados y recurrentes
entre el grupo de historias que he recogido. Sobre la base de esta semejanza,
construiré una experiencia breve, teóricamente «ideal» o «completa», que
encierre todos los elementos comunes en el orden en que se han producido.
Un hombre está muriendo y, cuando llega al punto de
mayor agotamiento o dolor físico, oye que su doctor lo declara muerto. Comienza
a escuchar un ruido desagradable, un zumbido chillón, y al mismo tiempo siente
que se mueve rápidamente por un túnel largo y oscuro. A continuación, se
encuentra de repente fuera de su cuerpo físico, pero todavía en el entorno
inmediato, viendo su cuerpo desde fuera, como un espectador. Desde esa posición
ventajosa observa un intento de resucitarlo y se encuentra en un estado de
excitación nerviosa.
Al rato se sosiega y se empieza a acostumbrar a su
extraña condición. Se da cuenta de que sigue teniendo un «cuerpo», aunque es de
diferente naturaleza y tiene unos poderes distintos a los del cuerpo físico que
ha dejado atrás. Enseguida empieza a ocurrir algo. Otros vienen a recibirlo y
ayudarlo. Ve los espíritus de parientes y amigos que ya habían muerto y aparece
ante él un espíritu amoroso y cordial que nunca antes había visto …un ser
luminoso…. Este ser, sin utilizar el lenguaje, le pide que evalúe su vida y le
ayude mostrándole una panorámica instantánea de los acontecimientos más
importantes. En determinado momento se encuentra aproximándose a una especie de
barrera o frontera que parece representar el límite entre la vida terrena y la
otra. Descubre que debe regresar a la tierra, que el momento de su muerte no ha
llegado todavía. Se resiste, pues ha empezado a acostumbrarse a las
experiencias de la otra vida y no quiere regresar. Está inundado de intensos
sentimientos de alegría, amor y paz. A pesar de su actitud, se reúne con su
cuerpo físico y vive.
Trata posteriormente de hablar con los otros, pero le
resulta problemático hacerlo, ya que no encuentra palabras humanas adecuadas
para describir los episodios sobrenaturales. También tropieza con las burlas de
los demás, por lo que deja de hablarles. Pero la experiencia afecta
profundamente a su existencia, sobre todo a sus ideas sobre la muerte y a su
relación con la vida.
Hay que tener en cuenta que el relato anterior no trata de
ser una representación de la experiencia de una persona. Más bien es un
«modelo», un compuesto de los elementos comunes encontrados en muchas
historias. Lo he incluido aquí como idea preliminar y general de lo que puede
experimentar una persona que está muriendo. Aclarado que es una abstracción en
lugar de una experiencia real, en el presente capítulo discutiré con detalle
cada uno de los elementos comunes, suministrando varios ejemplos.
Sin embargo, antes de hacerlo así hay que dejar bien
sentados unos cuantos hechos con el fin de introducir en una estructura
apropiada el resto de mi exposición sobre la experiencia de la muerte.
1) A pesar de las sorprendentes similitudes entre los
diversos relatos, ninguno de ellos es idéntico (aunque algunos se aproximen
notablemente).
2) No he encontrado a nadie que informe de todos y cada uno
de los detalles del modelo. Varios han citado a la mayoría (es decir, ocho o
más de los quince) y unos pocos han informado hasta de doce.
3) Ningún elemento del modelo de experiencias ha sido
proporcionado por todos los informadores. Sin embargo, alguno de los elementos
tiene un carácter casi universal.
4) Ningún componente del modelo abstracto ha aparecido solo
en un relato. Cada elemento ha aparecido en varias historias.
5) El orden en que una persona muerta pasa a través de los
diversos estadios antes delineados puede variar del que ocupa en el «modelo
teórico». Por ejemplo, varias personas afirman haber visto al ser luminoso
antes, o al tiempo de abandonar el cuerpo físico, en lugar de como en el
modelo, donde se produce poco después. Sin embargo, el orden que he dado es
bastante típico y las variaciones no son frecuentes.
6) El grado en que una persona que está muriendo profundiza
en la experiencia hipotética depende de si la persona sufre realmente una
aparente muerte clínica y, en tal caso, del tiempo que permanece en ese estado.
En general, las personas que estuvieron «muertas» dan un relato más vívido y
completo de la experiencia que las que sólo han estado cercanas a la muerte, y
los que estuvieron «muertos» por un largo periodo profundizan más que los que
han estado menos tiempo.
7) He hablado con algunos que fueron considerados muertos,
pero resucitaron y regresaron sin informar de ninguno de estos elementos.
Alegan que no recuerdan nada en absoluto de sus «muertes». También he
entrevistado a personas que estuvieron clínicamente muertas en diferentes
ocasiones con intervalos de años y no habían tenido experiencias en todos los
casos.
8) Debo poner de relieve que estoy escribiendo sobre
informes o relatos que se me han dado verbalmente en el curso de entrevistas.
De este modo, cuando observo que un elemento dado del modelo no se produce en
un relato determinado, no puede inferirse necesariamente que no le haya
ocurrido a la persona implicada. Significa, simplemente, que no me dijo que
ello ocurriera, o que no se explicita definitivamente en el relato que hace.
Dentro de este marco de referencia, examinemos algunos de los estadios y acontecimientos
comunes a la experiencia de la muerte.
Inefabilidad
La comprensión general que tenemos del lenguaje depende de
la existencia de una zona amplia de experiencia común de la que participamos
casi todos. Ese hecho crea una dificultad importante que complica la discusión
que se sucederá en el libro. Los acontecimientos que han vivido los que se han
encontrado próximos a la muerte están fuera de esa comunidad de experiencia,
por lo que es de esperar que se encuentren con dificultades lingüísticas para expresar
lo que les ocurrió. Ciertamente, las personas implicadas caracterizan
uniformemente sus experiencias de inefables; es decir, “inexpresables”.
Muchos han observado a este respecto que no existían
palabras para lo que estaban intentando decir o que no conocían adjetivos y
superlativos para describirlo. Una mujer me lo resumió muy bien con las
siguientes palabras:
Me encuentro con verdaderos problemas cuando trato de
contárselo, pues todas las palabras que conozco son tridimensionales. Conforme
tenía la experiencia, pensaba: «Cuando me hallaba en clase de geometría me
decían que sólo había tres dimensiones y siempre lo acepté. Estaban
equivocados. Hay más.» Nuestro mundo, en el que ahora vivimos, es
tridimensional, pero el próximo no lo es. Por eso es tan difícil contárselo. He
de describirlo con palabras tridimensionales. Es lo más cercano que puedo
conseguir, pero no es realmente adecuado. No puedo darle un cuadro completo.
Oír
las noticias
Numerosos individuos afirman haber oído a los doctores o a
espectadores en el momento en que les daban por muertos. Una mujer me contó:
Estaba en el hospital, pero no sabían qué me pasaba. El
doctor James me dijo que bajara al departamento de radiología para que me
miraran el hígado por si descubrían algo. Como tenía alergia a muchos
medicamentos, comprobaron lo que me iban a poner en el brazo y, como no hubo
reacción, siguieron adelante. Cuando usaron la dosis completa, me quedé
paralizada. Oí con toda claridad cómo el radiólogo que estaba conmigo fue hacia
el teléfono, marcó un número, y dijo: «Doctor James, he matado a su paciente,
Mrs. Martin.» Sabía que no estaba muerta. Traté de moverme y decírselo, pero no
pude. Cuando estaban tratando de reanimarme, pude oírlos hablar de los
centímetros cúbicos que necesitaba de un medicamento, pero no sentí las agujas
ni cuando me tocaron.
Otro de los casos es el de una mujer que ya había tenido
problemas con el corazón y tuvo un ataque cardíaco en el que casi perdió la
vida. Me contó lo siguiente:
De repente, quedé paralizada por terribles dolores en el
pecho. Era como si hubieran rodeado la mitad del pecho con una cinta de hierro
y estuvieran apretando. Mi marido y un amigo común me oyeron caer y vinieron
corriendo a ayudarme. Me encontraba rodeada por una profunda oscuridad y a
través de ella oí a mi esposo diciéndome como desde una gran distancia: «¡Esta
vez ha sido definitivo!» Pensé que tenía razón.
Un joven que se creyó muerto después de un accidente de
automóvil, cuenta: «Oí a una mujer que preguntaba si estaba muerto y que
alguien más le respondía que sí.»
Los informes de este tipo coinciden con lo que los doctores
y otros presentes recuerdan. Por ejemplo, un doctor me dijo:
Una paciente mía tuvo un paro cardíaco cuando había otro
cirujano conmigo y yo me disponía a operarla. Vi cómo se le dilataban las
pupilas. Durante cierto tiempo intentamos reanimarla, pero no teníamos ningún
éxito, por lo que pensé que se había muerto. Le dije al colega que estaba
trabajando conmigo: «Intentémoslo una vez más, y si no resulta lo dejamos.»
Esta vez su corazón volvió a latir. Posteriormente le pregunté si recordaba
algo de su «muerte». Me respondió que no mucho, salvo que me había oído decir:
«Intentémoslo una vez más, y si no resulta lo dejamos.»
Sensaciones
de paz y quietud
Hay muchos que describen sentimientos y sensaciones
agradabilísimas durante los primeros estadios de sus experiencias. Tras una
grave herida en la cabeza, uno de los signos vitales de un hombre era
indetectable. Como él mismo dice:
En el lugar de la herida noté una momentánea sensación
de dolor, pero desapareció por completo. Sentí como si flotara en un espacio
oscuro. El día era muy frío, y sin embargo, mientras estaba en esa negrura, lo
que sentía era calor y la sensación más agradable que había experimentado
nunca… Recuerdo que pensé: «Debo estar muerto.»
Una mujer que fue reanimada después de un ataque cardíaco,
comenta:
Comencé a experimentar las más maravillosas sensaciones.
Lo único que sentía era paz, comodidad: sólo quietud. Todos mis problemas
habían desaparecido, y pensé: «Qué paz y quietud, nada me duele.»
Un hombre recuerda:
Tuve una enorme y agradable sensación de soledad y paz…
Era muy bello y sentía gran paz en mi mente.
Un hombre que «murió» tras las heridas recibidas en
Vietnam, me dijo:
Mientras era herido sentí un gran alivio. No había dolor
y nunca me había sentido tan relajado. Me encontraba a gusto y todo era
agradable.
El
ruido
En muchos casos, los informes que hablan de la muerte o su
proximidad se refieren a inusuales sensaciones auditivas. Algunas son muy
desagradables. Un hombre que permaneció «muerto» durante veinte minutos en una
operación abdominal habla de un «terrible zumbido que venía del interior de mi
cabeza. Me hacía sentirme muy incómodo… Nunca lo olvidaré.» Otra mujer habla de
que, al perder la conciencia, sintió «una aguda vibración. Podría describirla
como un zumbido. Me sentía como en una especie de remolino.» Tan desagradable
sensación también me la han descrito como un fuerte chasquido, un fragor, un
estallido, y como un «sonido silbante, como el del viento».
En otros casos los efectos auditivos parecían tomar una
forma musical más agradable. Por ejemplo, un hombre que revivió tras haber sido
considerado como muerto a la llegada a un hospital cuenta que durante su muerte
experimentó lo siguiente:
Oí lo que me pareció un tintineo de campanas a mucha
distancia, como si viniera impulsado por el viento. Parecían campanas de viento
japonesas… Fue lo único que pude escuchar.
Una joven que casi murió por hemorragia interna asociada
con un problema de coagulación sanguínea me dijo que en el momento de perder la
conciencia comenzó a oír «música de un tipo especial; una soberbia y
hermosísima clase de música».
El
túnel oscuro
A menudo, junto con el ruido, se tiene la sensación de ser
empujado rápidamente por un espacio oscuro. Las personas a quienes he
entrevistado utilizan palabras muy diferentes para describirlo: una cueva, un
pozo, un hoyo, un recinto, un túnel, un embudo, un vacío, un hueco, una
alcantarilla, un valle y un cilindro. Aunque utilicen diferentes terminologías,
es evidente que tratan de expresar la misma idea. Veamos dos relatos en los que
figura prominentemente el túnel.
Me ocurrió cuando tenía nueve años. Hace veintisiete de
ello; pero fue tan sorprendente que nunca lo he olvidado. Una tarde me puse muy
enfermo y me llevaron a toda prisa al hospital más cercano. Cuando llegué,
dijeron que iban a dormirme, aunque no recuerdo el motivo, pues era muy joven
entonces. En aquella época se utilizaba el éter. Me lo suministraron pasándome
un paño por la nariz y, según me dijeron después, al instante mi corazón se
detuvo. En aquel momento no supe que eso era precisamente lo que me había
ocurrido, pero lo importante es que cuando ocurrió tuve una experiencia. Lo
primero que sentí fue un ruido rítmico parecido a brrrrrnnnng-brrrrrnnnng
brrrrrnnnng. Luego comencé a moverme a través …pensará que es fantasía… de un
largo espacio oscuro. Parecía una alcantarilla o algo semejante. Me movía y sentía
todo el tiempo ese ruido zumbante.
Otro informante establece lo siguiente:
Tuve una reacción alérgica a una anestesia local y dejé
de respirar. Lo primero que ocurrió …bastante rápido fue que pasaba a gran
velocidad por un vacío oscuro y negro. Puede compararlo a un túnel. Era como si
fuera montado en la montaña rusa de un parque de atracciones y pasara por ese
túnel a gran velocidad.
Durante una grave enfermedad, un hombre estuvo tan cerca de
la muerte que sus pupilas se dilataron y el cuerpo se le quedó frío.
Me encontraba en un hueco oscuro y negro. Es difícil de
explicar, pero me sentía como si me moviera en el vacío a través de aquella
negrura. Era plenamente consciente y pensaba que estaba como en un cilindro
carente de aire. Me sentía como en el limbo, a medio camino de aquí y a medio
camino de algún otro lugar.
Un hombre, que «murió» varias veces tras graves quemaduras
y heridas, cuenta:
Estuve en estado de shock durante una semana, y en ese
tiempo escapaba repentinamente a ese hueco oscuro. Me parecía estar allí mucho
tiempo, flotando y cayendo por el espacio… Estaba tan acostumbrado a ese vacío
que no pensaba en nada más.
Antes de esa experiencia, que le ocurrió cuando era niño,
un hombre había tenido miedo a la oscuridad. Su corazón dejó de latir a causa
de heridas internas producidas en un accidente de bicicleta.
Tuve la sensación de moverme por un profundo y
oscurísimo valle. La oscuridad era tan impenetrable que no podía ver
absolutamente nada, pero era la experiencia más maravillosa y libre de inquietudes
que pueda imaginar.
En otro caso, una mujer, que había tenido peritonitis,
relata lo siguiente:
El doctor ya había avisado a mi hermana y hermano para
que me vieran por última vez. La enfermera me puso una inyección que me ayudara
a morir mejor. Las cosas que me rodeaban en el hospital comenzaron a parecerme
cada vez más lejanas. Mientras ellas retrocedían, entraba en un estrecho y
oscurísimo pasadizo. Parecía encajar en su interior. Y comencé a deslizarme y a
caer, caer, caer.
Una mujer, que estuvo cerca de la muerte tras un accidente
de tráfico, traza un paralelo con un programa de televisión.
Una sensación de profunda paz y quietud, sin miedo, tras
la cual me sentí en un túnel; un túnel de círculos concéntricos. Poco después
vi un programa de televisión, llamado El túnel del tiempo, en el que los
personajes viajan por ese túnel en espiral. Es lo más parecido a lo que yo
sentí.
Un hombre, que estuvo muy cerca de la muerte, trazó un
paralelo con un antecedente de su religión. Lo cuenta así:
De repente, me encontré en un valle muy profundo y
oscuro. Había un sendero, casi una carretera, por el valle, y yo descendía por
él… Luego, cuando ya estaba bien, pensé: «Ahora sé a qué se refiere la Biblia
cuando habla del "valle sombrío de la muerte", pues he estado allí.»
Fuera
del cuerpo
Es un tópico decir que la mayoría de nosotros nos
identificamos con nuestros cuerpos físicos. También damos por supuesto que
tenemos «mente». Pero a casi todo el mundo la «mente» le parece más efímera que
el cuerpo. Después de todo, no es más que el efecto de la actividad química y
eléctrica producida en el cerebro, que es parte del cuerpo físico. A muchos les
parece incluso imposible imaginar que existen en algo que no sea el cuerpo
físico, al que están acostumbrados.
Con anterioridad a sus experiencias, las personas a las que
he entrevistado no eran diferentes, como grupo, y por lo que se refiere a esta
actitud, de la persona media. Ése es el motivo de que, tras su rápido paso por
el túnel oscuro, una persona que ha “muerto” se encuentre tan sorprendida. En
aquella circunstancia pudo verse a sí misma mirando a su cuerpo físico desde un
punto exterior, como si fuera un «espectador», como si viera a las personas y
acontecimientos «en el escenario de un teatro» o «en la pantalla de un cine».
Veamos ahora algunas partes de relatos en las que se describen los extraños
episodios en que se vieron fuera del cuerpo.
Tenía diecisiete años y trabajaba, junto con mi hermano,
en un parque de atracciones. Una tarde fuimos a nadar y se nos unieron otros
compañeros. Uno de ellos dijo: «Crucemos el lago a nado.» Ya lo había hecho en
numerosas ocasiones, pero ese día, por algún motivo, me hundí en mitad del
lago, me quedé medio flotando y de repente sentí como si estuviera fuera de
cuerpo, fuera de todo, en el espacio. Me encontraba en un punto estable, sin
moverme, desde el que veía mi cuerpo en el agua a tres o cuatro pies, subiendo
y bajando. Lo veía desde atrás y un poco lateralmente. Aunque me encontraba
fuera, seguía sintiéndome con forma corporal. Tuve una sensación etérea que es
casi indescriptible. Me sentía como una pluma.
Una mujer recuerda:
Hace un año ingresé en el hospital con problemas
cardíacos, y a la mañana siguiente, mientras me encontraba en casa, comenzó a
dolerme mucho el pecho. Pulsé el timbre que tenía al lado de la cama para
llamar a las enfermeras. Vinieron y comenzaron a hacerme cosas. Me sentía muy
incómoda acostada sobre la espalda y me di la vuelta, pero en ese momento dejé
de respirar y el corazón se detuvo. Oí gritar a las enfermeras, mientras sentía
que salía de mi cuerpo y me deslizaba entre el colchón y la barandilla que
había al lado de la cama …en realidad era como si pasase a través de la
barandilla… hasta posarme en el suelo. Luego comencé a elevarme lentamente. Al
subir vi que más enfermeras estaban entrando precipitadamente en la habitación;
serían unas doce. El doctor estaba haciendo una ronda por el hospital y lo
llamaron. También lo vi entrar. Pensé: «¿Qué estará haciendo aquí?» Floté hasta
el techo, pasando al lado de la lámpara que colgaba de él, y me detuve allí
mirando hacia abajo. Me sentía como si fuera un pedazo de papel que alguien ha
arrojado hacia arriba.
Desde allí los miraba mientras intentaban reanimarme. Mi
cuerpo estaba tumbado sobre la cama y todos lo rodeaban. Oí decir a una
enfermera: «¡Dios mío, ha muerto!», mientras otra se inclinaba para hacerme la
respiración boca a boca. La miraba desde atrás mientras lo hacía. Nunca
olvidaré su pelo; lo tenía muy corto. Entraron con una máquina y me dieron
descargas en el pecho. Al hacerlo, mi cuerpo saltó y pude oír los chasquidos y
crujidos de mis huesos. ¡Era algo horrible!
Mientras los veía allí abajo golpeando el pecho y
doblando mis brazos y piernas, pensaba: «¿Por qué están haciendo todo eso? Ya
me he muerto.»
Un joven al que entrevisté me contó lo siguiente:
Me ocurrió hace dos años, cuando acababa de cumplir
diecinueve. Conducía el coche para llevar a su casa a un amigo y, al llegar a
una intersección, me detuve para mirar en ambas direcciones y no vi que viniese
coche alguno. Me metí en la intersección y oí gritar a mi amigo con todas sus
fuerzas. Cuando miré, me cegó una luz: eran los faros de un coche que se
precipitaba hacia nosotros. Escuché el horrible ruido que hizo el lado del
coche al estrujarse, y durante un instante me pareció atravesar un espacio
cerrado y oscuro. Fue todo muy rápido. Luego me encontré flotando a unos cinco
pies por encima de la calle y a cinco yardas del coche, desde donde oí el eco
del choque. Vi que la gente corría y se arremolinaba alrededor del lugar del
accidente. Mi amigo, en estado de shock, salió del coche. Pude ver mi propio
cuerpo en la chatarra entre toda aquella gente y cómo intentaban sacarlo. Mis
piernas estaban retorcidas y había sangre por todas partes.
Como es de suponer, por las mentes de las personas que se
encontraron en esas situaciones pasaron pensamientos y sensaciones que no se
produjeron en todas. A algunas, la noción de hallarse fuera de sus cuerpos les
parecía tan impensable que, incluso cuando la estaban experimentando, se
sentían muy confusas y durante mucho tiempo no ligaron aquella situación con la
muerte. Se preguntaban qué estaba ocurriendo, por qué podían verse desde fuera,
como si fueran espectadores.
Las respuestas emocionales a tan extraño estado varían
mucho. Algunas informan que al principio sintieron un desesperado deseo de
regresar a sus cuerpos, pero que no tenían la más ligera idea de cómo hacerlo.
Otras recuerdan que sintieron mucho miedo, casi pánico. Sin embargo, algunas
tuvieron reacciones más positivas, como la siguiente:
Enfermé gravemente y el doctor me trasladó a un
hospital. Una mañana me rodeó una sólida niebla gris y abandoné el cuerpo. Tuve
la sensación de flotar hacia fuera, y cuando miré atrás me vi a mí mismo en la
cama, pero no sentí miedo. Me encontraba tranquilo y sereno, con una gran paz,
sin sentir la menor preocupación o miedo. Era, simplemente, una sensación de
tranquilidad. Pensé que me debía estar muriendo y que así ocurriría si no regresaba
al cuerpo.
Las actitudes que los distintos individuos sienten ante los
cuerpos que han dejado atrás son muy variables. Es muy común que recuerden
sensaciones referentes al cuerpo. Una joven, que en el momento de la
experiencia estaba siguiendo cursos de enfermera, expresó un miedo
incomprensible:
En la escuela de enfermeras intentaban que
comprendiéramos que debíamos donar nuestros cuerpos a la ciencia; pero cuando
los veía esforzarse por que respirara de nuevo, pensé: «No quiero que usen mi
cuerpo.»
Dos personas más me dijeron que pensaron exactamente lo
mismo cuando se encontraron fuera de sus cuerpos. Es curioso, ambas pertenecían
a la profesión médica. Uno era doctor y la otra enfermera.
En algún caso, esta preocupación toma la forma de lamento.
El corazón de un hombre se detuvo después de una caída en la que su cuerpo
quedó destrozado. Recuerda:
Ahora sé que estaba tumbado en la cama, pero entonces
veía la cama y al doctor ocupándose de mí. No podía entenderlo, veía mi propio
cuerpo tumbado sobre la cama. Me sentí muy mal cuando lo vi tan desecho.
Algunos me han dicho que tuvieron sentimientos de
infamiliaridad con respecto a sus cuerpos, como en este sorprendente pasaje:
No entendía que pudiera tener esa forma. Estaba
acostumbrado a verme en fotos o frente a un espejo, y en ambos casos parecía
plano. De repente yo, o mi cuerpo, estaba allí y podía verlo. Podía verlo
perfectamente a cinco pies de distancia. Tardé unos momentos en reconocerme.
En uno de los informes, esta infamiliaridad toma una forma
extrema y humorística. Un médico nos cuenta que durante su «muerte» clínica
estaba al lado de la cama mirando su propio cadáver, que ya había asumido el
típico color gris de los muertos. Desesperado y confuso, trataba de decir qué
es lo que podía hacer. Llegó a la conclusión de que debía irse, pues se estaba
sintiendo muy mal. De niño, su abuelo le había contado historias de fantasmas
y, paradójicamente, «no me gusta estar alrededor de eso que parecía un cuerpo
muerto…, ¡ni siquiera aunque fuera yo mismo!»
En el extremo opuesto, algunos me han dicho que no tenían
sensaciones particulares con respecto a sus cuerpos. Por ejemplo, una mujer que
tuvo un ataque de corazón y sintió que se estaba muriendo se vio empujada a
través de una oscuridad hasta el exterior de su cuerpo. Éste es su relato:
No volví la vista atrás para mirar el cuerpo. Sabía que
estaba allí y que podía verlo si miraba. Pero no quería verlo, pues sabía que
había hecho todo lo que estaba en mi mano en la vida y quería dirigir mi
atención a la otra esfera de cosas. Pensaba que volverme para mirar el cuerpo
era como hacerlo para mirar el pasado y no lo deseaba.
Similarmente, una joven que tuvo la experiencia tras un
accidente en el que recibió varias heridas, cuenta:
Podía ver mi cuerpo enredado en el coche entre todos los
que se habían reunido alrededor, pero no sentía nada por él. Como si se tratase
del de otra persona, o mejor, de un objeto… Sabía que era mi cuerpo, pero no me
producía ninguna sensación.
A pesar de lo extraño de ese estado, la situación se
imponía tan repentinamente a la persona muerta que podía pasar algún tiempo
antes de que entendiese el significado de lo que estaba ocurriendo. Podía estar
fuera del cuerpo algún tiempo, tratando desesperadamente de clasificar las
cosas que estaban ocurriendo y que pasaban por su mente, antes de comprender
que estaba muriendo o, incluso, que estaba muerta.
Cuando se producía la comprensión, podía llegar con
potentes fuerzas emocionales y provocar sorprendentes pensamientos. Una mujer
recuerda que pensó: «¡Estoy muerta! ¡Qué maravilla!»
Un hombre me contaba que le llegó el siguiente pensamiento:
«Esto debe ser lo que llaman "muerte".» Incluso en el momento de la
comprensión, ésta podía acompañarse de una sensación de sorpresa y de un
rechazo de aquel estado. Por ejemplo, un hombre, recordando la promesa bíblica
de «tres veintenas y diez años», protestó porque apenas había vivido una
veintena. Una joven me contó este impresionante relato de esos sentimientos:
Pensé que estaba muerta y no me preocupaba, pero no
conseguía saber adónde iría. Mi pensamiento y conciencia eran como los que
había tenido en vida, aunque no podía entenderlo. Pensaba: «¿Adónde voy? ¿Qué
haré? ¡Dios mío, estoy muerta! ¡No puedo creerlo!» Nadie se cree nunca que va a
morir. La muerte es algo que va a ocurrirle a otra persona, nunca te crees de
verdad que a ti te sucederá… Por consiguiente, decidí esperar hasta que
desapareciera toda la excitación y se llevaran mi cuerpo, tratando mientras
tanto de pensar adónde debía ir.
En uno o dos de los casos que he estudiado, las personas
muertas cuyas almas, mentes, conciencias …o como quieran llamarlas… se
liberaron de sus cuerpos, decían que tras la liberación no se sentían en ningún
tipo de «cuerpo». Se sentían conciencias «puras». Una de ellas me dijo que
durante la experiencia era como si «pudiera ver todo lo que me rodeaba
…incluyendo mi cuerpo yacente…, sin ocupar espacio alguno»; es decir, como si
fuera un punto de conciencia. Otras no recordaban si estaban o no en un cuerpo
tras haber abandonado el cuerpo físico, pues se hallaban totalmente embebidas
en los acontecimientos que les rodeaban.
Sin embargo, la mayoría de mis entrevistados afirman
haberse encontrado en otro cuerpo tras la liberación del físico. No obstante,
entramos en un área que es muy difícil tratar. El “nuevo cuerpo” es uno de los
dos o tres aspectos de las experiencias de muerte en los que lo inadecuado del
lenguaje humano presenta los mayores obstáculos. Casi todos los que me han
hablado de ese cuerpo se han sentido frustrados y han alegado que no podían
describirlo.
Empero, los relatos de ese cuerpo guardan gran semejanza
entre sí. Aunque cada individuo usa diferentes palabras y traza analogías
distintas, los diversos modos de expresión caen con gran frecuencia en lo
mismo. Todos los informes muestran también bastante acuerdo por lo que respecta
a las propiedades y características del nuevo cuerpo. Para adoptar un término
que resuma sus propiedades, y dado que ha sido usado por dos de los
entrevistados, a partir de ahora lo llamaré «cuerpo espiritual».
Casi siempre fueron conscientes de sus cuerpos espirituales
por sus limitaciones. Cuando salían del cuerpo físico trataban desesperadamente
de contarles a los otros su situación, pero nadie parecía oírlos. Todo ello
queda muy bien ilustrado y extractado en la historia de una mujer que sufrió
una parada respiratoria y fue llevada a una sala de emergencia, donde se hizo
un intento de reanimación.
Los vi mientras me reanimaban. Era realmente extraño. No
me encontraba muy alta; era como si estuviese encima de un pedestal, no muy por
encima de ellos, pero lo suficiente para verlos. Traté de hablarles, pero nadie
me oía.
Para complicar el hecho de que las personas que lo rodean
no lo oyen, el que se encuentra en un cuerpo espiritual se da cuenta pronto de
que tampoco lo ven. El personal médico o el resto de personas que se encuentran
allí pueden ver a través del cuerpo espiritual sin dar el menor signo de
haberse apercibido de su presencia. El cuerpo espiritual también carece de solidez;
atraviesa fácilmente los objetos físicos del entorno y no puede agarrar ningún
objeto o persona.
Los doctores y enfermeras golpeaban mi cuerpo para
reanimarlo y hacerme regresar, y yo no dejaba de repetirles: «Dejadme solo.
Quiero que me dejéis solo. Cesad de golpearme.» No me oían. Por tanto, traté de
cogerles las manos para que dejasen de golpearme, pero nada ocurría. Nada podía
hacer. No sabía lo que ocurría, pero no podía moverles las manos. Trataba de
mover y tocar sus manos; cuando las había golpeado, seguían allí. No sé si mis
manos las traspasaban, las rodeaban o qué era lo que ocurría. No sentía ninguna
presión en sus manos cuando trataba de moverlas.
Otro de los informantes dice:
La gente venía de todas direcciones hasta el lugar del
accidente. Desde el estrecho sendero donde me encontraba podía verlos. Al
llegar no parecían advertirme. Seguían caminando con la vista al frente. Cuando
estaban muy cerca traté de dar la vuelta, de apartarme de su camino, pero
pasaron a través de mí.
Tampoco hay variación en que el cuerpo espiritual carece de
peso. La mayor parte lo notan cuando, como en algunos de los párrafos
seleccionados ya citados, se encuentran flotando hacia el techo de la
habitación o en el aire. Algunos lo describen como «una sensación de
flotabilidad», una «sensación de ingravidez» o de «ir a la deriva».
Normalmente, en nuestros cuerpos físicos tenemos muchos
modos de percepción que nos informan de en qué parte del espacio se hallan
nuestros cuerpos o sus miembros en un momento dado y de si se están moviendo.
La visión y el sentido del equilibrio son muy importantes a este respecto, pero
hay otro sentido implicado en ello. La cinestesia es nuestro sentido de
movimiento o tensión en los tendones, articulaciones y músculos. Normalmente,
no somos conscientes de las sensaciones que nos llegan a través del sentido
cinestésico, porque esa percepción se ha entorpecido por el uso constante.
Sospecho, sin embargo, que si desapareciera de repente notaríamos su ausencia.
El hecho es que algunos me hicieron comentarios referentes a que eran
conscientes de la falta de sensaciones físicas, de peso corporal, de movimiento
y sentido de la posición.
Esas características del cuerpo espiritual, que en un
principio pueden verse como limitaciones, también pueden, con igual validez,
considerarse como falta de limitaciones. Piénsenlo de esta manera: una persona
con cuerpo espiritual está en posición privilegiada con respecto a las personas
que la rodean. Pueden verlas y oírlas, pero ellas no pueden hacer lo mismo con
ella. (Muchos espías lo considerarían una condición envidiable.) Asimismo,
aunque atraviesa el pomo de la puerta cuando quiere tocarlo, no tienen ninguna
importancia, pues pronto descubre que puede atravesar la puerta. Una vez que se
sabe cómo hacerlo, viajar es extremadamente sencillo en ese estado. Los objetos
físicos no presentan ninguna barrera y el movimiento de un lugar a otro puede
ser muy rápido, casi instantáneo.
Además, a pesar de la falta de perceptibilidad por parte de
la gente con cuerpos físicos, todos los que lo han experimentado están de
acuerdo en que el cuerpo espiritual es algo, aunque ese algo sea imposible de
describir. Hay común acuerdo en que tiene forma (a veces una nube circular o
amorfa y a veces la misma que el cuerpo físico) e incluso partes (proyecciones
o superficies análogas a los brazos, piernas, cabeza, etc.). Incluso en los
informes en que se habla de configuración redondeada, a menudo se añade que
tiene extremos, una parte superior y otra inferior definidas, y a veces los
«miembros» antes mencionados.
Ese cuerpo me lo han descrito con términos muy variados,
pero me daba cuenta rápidamente que estaban formulando la misma idea en todos
los casos. Las palabras y frases que han utilizado los diferentes entrevistados
incluyen bruma, nube, como el humo, vapor, transparente, nube de colores, algo
tenue, modelo energético, u otras que expresan significados similares.
Finalmente, todos observan una degradación del tiempo en
ese estado exterior al cuerpo. Algunos dicen que aunque tienen que describir su
estancia en un cuerpo espiritual en términos temporales (pues el lenguaje
humano lo es), el tiempo no formaba parte de su experiencia del mismo modo que
lo es cuando se está en un cuerpo físico. A continuación incluyo pasajes de
cinco entrevistas en las que se habla de algunos de estos aspectos fantásticos
de la existencia en un cuerpo espiritual.
1) Perdí el control del coche en una curva, saltó por
los aíres y recuerdo haber visto el azul del cielo y que el coche caía en una
zanja. Mientras el vehículo se salía de la carretera, pensé: «He tenido un
accidente.» En ese momento perdí el sentido del tiempo y mi realidad física por
lo que respecta al cuerpo; perdí contacto con mi cuerpo. Mi ser, o mi espíritu,
o como quiera llamarlo, se salía de mí, fuera de mi cabeza. No era nada
doloroso, era como si se elevara y estuviera por encima de mí…
[Mi «ser»] sintió que tenía densidad, pero no una
densidad física; no sé de qué tipo, imagino que ondas o algo semejante. Nada
realmente físico, casi como si estuviera cargado, si así quiere llamarlo. Lo
cierto es que sentía que tenía algo…; era pequeño, y como si fuera circular,
pero sin contornos rígidos.
Podría recordar a una nube… Daba la impresión de que
estaba dentro de una envoltura propia…
Para salir del cuerpo, lo hizo primero el extremo grande
y luego el más pequeño… Tenía una sensación de ligereza. No había tensión en mi
cuerpo [físico]; la sensación era de total separación. Mi cuerpo no tenía peso…
Lo más sorprendente de toda la experiencia fue el
momento en que mi ser quedó suspendido por encima de la cabeza. Era como si
estuviera decidiendo si se iba o se quedaba. Parecía que el tiempo se hubiera
detenido. Al principio y al final del accidente todo se movía muy rápido, pero
en ese tiempo particular, una especie de tiempo interior, mientras mi ser
estaba suspendido por encima de mí y el coche caía a la zanja, me pareció que
tardaba mucho en caer. Además, en ese momento no me sentía muy implicado en el
coche, ni en el accidente, ni en mi propio cuerpo; sólo me sentía unido a la
mente…
Mi ser no tenía características físicas, pero he de
describirlo en esos términos. Podría hablar de ello de muchas maneras, con
muchas palabras, pero ninguna sería realmente adecuada. Es difícil de describir.
Finalmente, el coche golpeó contra el suelo y dio varias
vueltas, pero mis únicas heridas fueron una torcedura de cuello y un pie
magullado.
2) [Cuando salí fuera del cuerpo físico] fue como si
saliera de mi cuerpo y entrara en otra cosa. Era otro cuerpo…, pero no un
cuerpo humano normal. Era algo diferente. Ni un cuerpo humano ni un globo de
materia. Tenía forma, pero no color. Poseía algo que usted podría llamar manos.
No puedo describirlo. Me hallaba demasiado fascinado con
todo lo que me rodeaba …ocupado en ver desde fuera mi propio cuerpo… y no
pensaba en el tipo de cuerpo en que estaba metido. Todo parecía transcurrir muy
de prisa.
Aunque el tiempo no era el mismo, existía. Las cosas
parecen sucederse más rápidamente cuando se está fuera de cuerpo.
3) Recuerdo que me llevaron a la mesa de operaciones y
que me hallé varias horas en estado crítico. Durante ese tiempo estuve entrando
y saliendo de mi cuerpo físico y pude verlo directamente desde arriba. Mientras
lo hacía, seguía estando en un cuerpo; no era un cuerpo físico, sino algo que
podría describirse como modelo energético. Si tengo que ponerlo en palabras,
diría que era transparente, un ser espiritual en oposición a un ser material.
Tenía diversas partes.
4) Cuando mi corazón dejó de latir… sentí que era un
balón redondo, o casi sería mejor decir que era una pequeña esfera dentro del
balón. No puedo describírselo.
5) Estaba fuera del cuerpo y lo miraba desde diez yardas
de distancia, pero seguía pensando como cuando estaba en un cuerpo físico. Aquello
desde donde pensaba tenía la misma altura. No era un cuerpo, o al menos lo que
pensamos que es un cuerpo. Podía sentir algo, una especie de… de envoltura,
como una forma transparente, aunque no del todo. Una energía, quizá algo así
como una pequeña esfera de energía. No era consciente de ninguna sensación
corporal, temperatura o algo semejante.
En sus informes, otros entrevistados han mencionado
brevemente la semejanza de forma entre sus cuerpos físicos y los espirituales.
Una mujer me dijo que mientras estaba fuera de su cuerpo físico sentía «todas
las formas corporales: piernas, brazos, todo; incluso aunque no percibía una
sensación de peso». Otra mujer, que vio el intento de reanimación de su cuerpo
desde un poco más abajo del techo, dice: «Seguía dentro de un cuerpo. Me
inclinaba y miraba hacia abajo. Moví las piernas y noté que una estaba más
caliente que la otra.»
En ese estado, según recuerdan algunos, el pensamiento se
encuentra tan falto de impedimentos como el movimiento. Una y otra vez he escuchado
de mis entrevistados que en cuanto se acostumbraban a la nueva situación
comenzaban a pensar más lúcida y rápidamente que en la existencia física. Por
ejemplo, hablando de lo que le ocurrió mientras estaba «muerto», un hombre me
dijo:
Las cosas que no son posibles ahora lo eran entonces. La
mente es tan clara, tan agradable. Mi mente lo dominaba todo al instante, sin
tener que pensar en ello más de una vez. Al cabo de un rato, cuanto estaba
experimentando tenía algún significado para mí.
La percepción, en el nuevo cuerpo, es al mismo tiempo
semejante y diferente a la percepción en el cuerpo físico. En algunos aspectos,
la forma espiritual es más limitada. Ya vimos que no hay sentido cinestésico.
En dos casos me informaron que no había sensación de temperatura, mientras que
en la mayor parte de ellos hablan de una confortable sensación de calor.
Ninguno de los entrevistados habló nunca de olores o sabores.
Por otra parte, los sentidos que se corresponden con los de
la vista y el oído permanecen intactos en el cuerpo espiritual, o en realidad
son más perfectos que en la vida física. Un hombre me dijo que su visión era
increíblemente más poderosa y, según sus propias palabras, “no entiendo cómo
podía ver tanto”. Una mujer, recordando estas experiencias, observaba: «Daba la
impresión de que el sentido espiritual no tuviese limitaciones, de que podía
verlo todo en todas partes». En el siguiente relato, de una mujer que salió de
su cuerpo tras sufrir un accidente, se describe muy gráficamente ese fenómeno:
Había mucha actividad y la gente corría hacia la
ambulancia. Siempre que miraba a una persona para saber lo que estaba pensando
se producía un efecto semejante al de una lente de zoom y yo me encontraba
allí. Pero parecía que esa parte de mí, a la que llamaré mente, seguía estando
en su posición primitiva, a varias yardas de mi cuerpo físico. Cuando quería
ver a alguien, parecía como si una parte de mí, como una trazadora, se
desplazase hasta allí. Tenía la sensación de que si ocurría algo en cualquier
parte del mundo podía ir allí.
Sólo por analogía puede hablarse de sentido del oído en el
estado espiritual, pues casi todos afirman no haber escuchado sonidos o voces
humanas. Más bien parecen recoger los pensamientos de quienes los rodean y,
como veremos más tarde, este mismo tipo de transferencia directa de
pensamientos juega un papel importante en los estadios posteriores de las
experiencias de muerte.
Una mujer señalaba:
Podía ver a quienes me rodeaban y entender lo que
estaban diciendo. No los oía como lo oigo a usted. Era más bien que sabía lo
que estaban pensando, pero en mi mente, no en su vocabulario real. Lo sabía un
segundo antes de que abrieran la boca para hablar.
Según un informe muy interesante, parece ser que los más
graves daños en el cuerpo físico no afectan de ningún modo al espiritual. Un
hombre perdió parte de su pierna en un accidente y fue declarado clínicamente
muerto. Lo supo porque vio claramente su cuerpo dañado mientras el doctor
trabajaba con él. Hablando del tiempo en que estuvo fuera de su cuerpo, cuenta:
Podía sentir mi cuerpo y estaba entero. Lo sabía. Lo
sentía entero, y comprendía que todo mi yo se encontraba allí, aunque no
estuviese.
En este estado incorpóreo una persona está separada de las
otras. Puede verlas y entender sus pensamientos, pero ellas no son capaces de
verla ni oírla. La comunicación con los otros seres humanos no existe, ni
siquiera a través del tacto, pues el cuerpo espiritual carece de solidez. No es
sorprendente, por tanto, que al rato se produzcan profundos sentimientos de
aislación y soledad. Un informante me contó que podía ver todo lo que le
rodeaba en el hospital: doctores, enfermeras y el resto del personal, pero le
era imposible comunicarse con ellos de ninguna manera, por lo que, según sus propias
palabras, “me encontraba desesperadamente solo”.
Muchos otros me han descrito intensos sentimientos de
soledad.
Mi experiencia, todas las cosas por las que estaba
pasando, era bella, pero indescriptible. Deseaba que hubiera otros conmigo para
verlo, y tenía la sensación de que nunca sería capaz de describir a nadie
aquello. Me sentía solo porque quería que alguien estuviese a mi lado para
compartirlo. Sabía que no era posible, que me encontraba en un mundo privado, y
llegué a sentirme algo deprimido.
Otro informante cuenta:
Era incapaz de tocar nada, de comunicarme con alguno de
los que me rodeaban. Es una terrible sensación de soledad; te sientes
completamente solo y eres consciente de ello.
Y otro:
Estaba asombrado. No podía creer lo que ocurría. No
estaba preocupado ni pensaba: «Estoy muerto y mis padres han quedado atrás.
Estarán tristes y no los volveré a ver.» Nada de eso pasaba por mi mente.
No obstante, era consciente de estar solo, muy solo;
casi como si fuera un visitante de algún otro lugar; como si no tuviese
relaciones, como si no existiese amor ni nada semejante. Todo era muy… técnico.
En realidad no lo entiendo.
Pronto desaparecen, sin embargo, los sentimientos de
soledad de la persona muerta, conforme va profundizando más en sus sentimientos
cercanos a la muerte. En determinado momento, vienen otros para ayudarle en la
transición que está sufriendo. Pueden tener la forma de otros espíritus,
frecuentemente la de parientes o amigos muertos que el individuo ha conocido en
vida. En muchos casos de los que he entrevistado aparece un ser espiritual de
carácter muy diferente. En las siguientes secciones trataremos de esos
encuentros.
Encuentros
con otros
Algunos me dijeron que en determinado momento, mientras
estaban muriendo …a veces nada más iniciarse la experiencia, a veces después de
que habían tenido lugar otros acontecimientos… se daban cuenta de la presencia
de otros seres, que estaban allí para facilitarles la transición a la muerte o,
en dos casos, para decirles que su tiempo de morir no había llegado y debían
regresar a sus cuerpos físicos.
Tuve esta experiencia cuando estaba teniendo un hijo. El
parto fue difícil y perdí mucha sangre. El doctor dio el caso por perdido y
dijo a mis parientes que estaba muriendo. Sin embargo, me daba cuenta de todo,
y cuando le oí decir eso sentí que volvía en mí. Cuando lo hice, me di cuenta
de la presencia de multitudes de ellos flotando por el techo de la habitación.
A todos los había conocido en mi vida pasada y ya habían muerto. Reconocí a mi
abuela y a una compañera de la escuela, así como a otros muchos parientes y
amigos. Creo que, sobre todo, vi sus caras y sentí su presencia. Todos parecían
complacidos. Era una ocasión de felicidad y sentí que habían venido para
protegerme o guiarme. Era como si estuviera volviendo a casa y ellos se
encontraran allí para darme la bienvenida. En ese tiempo tuve la sensación de
que todo era luminoso y bello. Fue un momento glorioso.
Un hombre recuerda:
Varias semanas antes de mi experiencia de proximidad a
la muerte, Bob, un buen amigo mío, había sido asesinado. Cuando salí de mi
cuerpo, tuve la sensación de que Bob estaba allí, a mi lado. Podía verlo en mi
mente y sentir su presencia, pero era algo extraño. No lo vi con su cuerpo
físico. Podía ver cosas, pero no en forma física, sino algo así como en su
apariencia. ¿Tiene algún sentido todo esto? Él estaba allí y no tenía cuerpo
físico. Era una especie de cuerpo transparente, y aunque podía sentir todas sus
partes …piernas, brazos, etc.…, no las veía físicamente. En aquellos momentos
no pensé que fuera extraño, pues no necesitaba verlo con mis ojos. No tenía
ojos, además.
Le pregunté: «Bob, ¿adónde voy ahora? ¿Qué ha ocurrido?
¿Estoy muerto?» Nunca me respondía, no decía una palabra. A menudo, mientras
estuve en el hospital, lo vi allí y le repetí las preguntas; pero nunca
respondió. El mismo día que el doctor dijo que viviría, él desapareció. A
partir de ese momento ni lo vi ni sentí su presencia. Era como si hubiera
estado esperando a que pasase esa frontera final para hablarme y darme todos
los detalles de lo que iba a suceder.
En algunos casos, los espíritus que encontraron no eran
personas a las que hubieran conocido en la vida física. Una mujer me contó que
durante su experiencia de separación del cuerpo no sólo vio su propio y
transparente cuerpo espiritual, sino el de otra persona que había fallecido
recientemente. No sabía de quién se trataba, pero hizo una observación muy
interesante: «No veía que esa persona, ese espíritu, tuviese una edad
determinada. Ni siquiera yo tenía un sentido del tiempo.»
En unos cuantos casos, los entrevistados han llegado a
creer que los seres con los que se encontraban eran sus «ángeles guardianes». A
un hombre, el espíritu le dijo: «Te he ayudado en este estadio de la
existencia, ahora te haré pasar a otros.» Una mujer me dijo que, mientras
estaba abandonando el cuerpo, detectó la presencia de dos seres que se
identificaron como «ayudantes espirituales».
En dos casos muy similares me hablaron de haber escuchado
una voz que les decía que no estaban muertos y debían regresar. Uno de ellos lo
cuenta así:
Oí una voz. No era una voz de hombre, sino algo que está
más allá de los sentidos. Me dijo lo que debía hacer …«regresar»… y que
no debía sentir miedo por volver a mi cuerpo físico.
Los seres espirituales pueden tener una forma algo más
amorfa.
Mientras estuve muerto en aquel vacío hablé con gente;
en realidad no puede decirse que hablase con gente corporal. Tenía la sensación
de que había gente que me rodeaba. Podía sentir su presencia e incluso sus
movimientos, pero no pude ver a nadie. De cuando en cuando hablaba con alguno
de ellos, pero no podía verlos. Siempre que preguntaba qué era lo que ocurría
recibía un pensamiento de alguno de ellos diciéndome que no pasaba nada, que
estaba muriendo pero que sería hermoso. Por tanto, nunca me preocupé de mi
condición. Siempre obtenía una respuesta a cada pregunta que hacía. No dejaron
mi mente en la incertidumbre.
El
ser luminoso
El elemento común quizá más increíble de los relatos que he
estudiado, y con toda certeza el que mayor efecto ha producido en el individuo,
es el encuentro con una luz muy brillante. Lo típico es que en su primera
aparición la luz sea débil, pero rápidamente se hace más brillante, hasta que
alcanza un resplandor sobrenatural. A pesar de que esta luz …generalmente dicen
que es blanca o «transparente»… tiene un brillo indescriptible, muchos de los
entrevistados especifican que no daña a la vista, ni deslumbra, ni impide ver
las cosas que los rodean …quizá porque en ese momento ya no tengan ojos físicos
para «deslumbrarse».
No obstante la inusual manifestación de luz, nadie ha
expresado duda con respecto a que era un ser, un ser luminoso. Todos afirman
que es un ser personal, que tiene una personalidad bien definida. El amor y
calidez que emanan de él hacia la persona que está muriendo carecen de palabras
para expresarse, pero ésta se encuentra totalmente rodeada y poseída por él,
muy a gusto y totalmente aceptada en su presencia. Siente una irresistible
atracción magnética ante ese ser, una atracción inevitable.
Mientras que la anterior descripción del ser luminoso
permanece siempre inalterable, su identificación varía entre los diferentes
individuos y parece estar en función de los antecedentes religiosos, educación
o creencias del individuo que ha sufrido la experiencia. Casi todos los
cristianos por educación o creencia identifican la luz con Cristo o trazan
paralelos bíblicos en apoyo de su interpretación. Un hombre y una mujer judíos
lo identificaron con un «ángel». En ambos casos, los sujetos dejaron bien claro
que ello no implicaba que el ser tuviera alas, tocara el arpa o tuviera forma o
apariencia humanas. Sólo era luz. Ambos se referían a que consideraban al ser
como un emisario o guía. Un hombre que no había tenido creencias ni educación
religiosas antes de la experiencia lo identificaba simplemente con un «ser
luminoso». La misma etiqueta utilizó una señora de fe cristiana, quien no
parecía oponerse mucho a llamar Cristo a la luz.
Poco después de su aparición, el ser comienza a comunicarse
con la persona que está sufriendo la transición. La comunicación es igual de
directa que las que encontramos antes en la descripción de la forma en que una
persona en el cuerpo espiritual puede «recoger los pensamientos» de los que lo
rodean. En este estadio, todos afirman que no oyeron sonidos físicos o voz que
proviniese del ser, y no le respondieron con sonidos audibles. Informan que
tuvo lugar una transferencia directa y sin impedimentos de pensamientos, y que
además se hacía en forma tan clara que no había posibilidad de malinterpretarlo
o mentirle.
Además, ese intercambio comunicativo no se produce en la
lengua nativa del sujeto, aunque la entiende perfectamente y toma conciencia de
todo instantáneamente. Ni siquiera puede traducir los pensamientos que
intercambiaron, cuando estaba cerca de la muerte, al lenguaje humano que habla
ahora, después de haber sido reanimado.
El siguiente estadio de la experiencia ilustra
perfectamente las dificultades de traducción de este lenguaje sin palabras. El
ser dirige un pensamiento, casi inmediatamente, a la persona en cuya presencia
ha aparecido de manera tan sorprendente. Usualmente, las personas con quienes
he hablado tratan de formular el pensamiento en forma de pregunta. Entre las traducciones
que he oído se encuentran: «¿Estás preparado para morir?», «¿estás listo para
morir?», «¿qué puedes enseñarme de lo que has hecho con tu vida?», «¿qué has
hecho con tu vida que sea suficiente?» Las dos primeras formulaciones,
referidas a la «preparación», pueden, a primera vista, tener un sentido
diferente a las otras dos, que enfatizan la «realización». Opino que todos
tratan de expresar el mismo pensamiento, y tal idea es apoyada, en cierta
manera, por la siguiente cita de una de las mujeres entrevistadas:
Lo primero que hizo fue preguntarme si estaba lista para
morir o qué había hecho con mi vida que quisiera enseñarle.
Incluso en las formas más inusuales de construir la
pregunta se descubre, tras la debida elucidación, que tienen en gran parte el
mismo sentido. Por ejemplo, un hombre me dijo que, durante su muerte,
La voz me hizo una pregunta: «¿Vale la pena?» Lo que
quería decir era si el tipo de vida que había llevado hasta ese momento me
parecía válido entonces, sabiendo lo que sabía.
Dicho sea de paso, todos insisten en que la pregunta, por
extrema y profunda que pueda ser en su impacto emocional, no se plantea en
absoluto como condena. Todos están de acuerdo en que no dirige la pregunta para
acusarlos o amenazarlos, pues, sin importar cuál vaya a ser la respuesta,
siguen sintiendo la aceptación y el amor total proveniente del ser luminoso. La
cuestión los hace pensar en sus vidas, sonsacárselas. Podría decirse que es una
pregunta socrática, que no se hace para adquirir información, sino para ayudar
a la persona interrogada a que escoja por sí misma el camino de la verdad.
Veamos algunos informes de primera mano de ese fantástico ser:
1) Oí a los doctores cuando dijeron que había muerto y
comencé a sentir que estaba cayendo …en realidad era como si flotase… por
aquella oscuridad, que era una especie de cápsula. Lo cierto es que no hay
palabras para describirlo. Todo era muy negro salvo, a gran distancia, esa luz.
Era muy brillante, aunque no muy grande al principio. Crecía conforme me iba
acercando a ella.
Trataba de llegar a esa luz, pues sentía que era Cristo.
No era una experiencia atemorizadora. Al contrario, resultaba agradable hasta
cierto punto. Inmediatamente conecté la luz con Cristo, quien dijo: «Yo soy la
luz del mundo.» Me dije a mí misma: «Si es así, si voy a morir, ya sé lo que me
espera al morir: esa luz.»
2) Entré a la sala y fui a servirme una copa. En ese
momento, como descubrieron más tarde, se me produjo el ataque de apendicitis.
Me quedé muy débil y caí al suelo. Comencé a sentir que iba a la deriva, un
movimiento de mi ser real dentro y fuera de mi cuerpo, y a oír una música muy
bella. Floté por la sala y salí de ella hacia el porche. Allí casi tuve la
impresión de que las nubes, en realidad una neblina rosada, comenzaba a reunirse
a mi alrededor. Luego floté a través del techo, como si no existiese, hacia una
luz transparente como el cristal puro, una luz blanca resplandecedora. Era muy
hermosa y muy brillante, pero no me hacía daño en los ojos. No es posible
describir aquí esa luz. No veía realmente a una persona en ella, pero tenía una
identidad especial. Era una luz de comprensión y amor perfectos.
A mi mente llegó el pensamiento: «¿Me amas?» No lo
formuló exactamente como una pregunta, pero sospecho que la connotación de lo
que la luz dijo fue: «Si me amas, regresa a la vida y completa lo que iniciaste
en ella.» Durante todo el tiempo tenía la impresión de estar rodeado por un
amor y una compasión irresistibles.
3) Sabía que estaba muriendo y que nada podía hacerse,
ya que nadie podía oírme… Estaba fuera de mi cuerpo; no me cabía la menor duda,
pues podía verlo en la mesa de operaciones. ¡Mi alma estaba fuera! Todo ello
hizo que al principio me sintiera muy mal, pero entonces vino esa luz
brillante. Parecía un poco apagada al principio, hasta que se convirtió en ese
enorme haz. Era una tremenda cantidad de luz; no un gran foco brillante, mucho
más. Me daba calor y me invadió una cálida sensación.
Era de un blanco brillante y amarillento…; predominaba
el blanco. Tremendamente brillante, tanto que no puedo describirlo. Parecía
cubrirlo todo y, al mismo tiempo, no me impedía ver cuanto me rodeaba: la mesa
de operación, los doctores y enfermeras. Podía verlo todo porque no me cegaba.
Al principio, cuando la luz llegó, no estaba muy seguro
de lo que ocurría, pero luego me preguntó …bueno, fue algo parecido a una
pregunta… si estaba listo para morir. Era como hablar con una persona, aunque
no había allí ninguna. La luz hablaba conmigo, sonoramente.
Pienso ahora que la luz que me hablaba comprendía que no
estaba preparado para morir, que se trataba más de probarme que de otras cosa.
Desde el momento en que la luz me habló me sentí muy bien, seguro y amado. No
es posible imaginar ni describir el amor que llegaba hasta mí. Era agradable
estar con esa persona. Y tenía también sentido del humor.
La
revisión
La inicial aparición del ser luminoso y sus preguntas de
prueba sin palabras constituyen el preludio de un intenso momento en que el ser
presenta a la persona una revisión panorámica de su vida. Es obvio que ese ser
puede ver la vida del individuo y no necesita información. Su única intención
es provocar la reflexión.
La revisión sólo puede describirse en términos de memoria,
pues es el fenómeno que más se le parece de entre los que estamos
familiarizados, pero tiene unas características que lo diferencian de cualquier
tipo normal de recuerdo. En primer lugar, es extraordinariamente rápida. Esos
recuerdos, en los casos en que reciben una descripción temporal, se siguen unos
a otros a gran velocidad en orden cronológico. Otros entrevistados no tienen
conciencia de un orden temporal. El recuerdo fue instantáneo; todo apareció al
mismo tiempo y pudieron aprehenderlo todo con una mirada mental. Sea cual sea
la forma en que lo expresan, todos están de acuerdo en que la experiencia
transcurre en un instante de tiempo terrestre.
A pesar de la rapidez, mis informantes están de acuerdo en
que la revisión, casi siempre descrita como una exhibición de imágenes
visuales, es increíblemente vívida y real. En algunos casos se informa de que
las imágenes son de color vibrante, tridimensionales, e incluso móviles. Aunque
pasan con extrema rapidez, cada imagen es percibida y reconocida. Hasta las
emociones y sentimientos asociados con las imágenes pueden ser experimentados
de nuevo conforme van pasando.
Algunos de los que yo he entrevistado afirman que, aunque
no pueden explicarlo, el hecho es que todo lo que habían hecho en la vida
estaba en esa revisión: desde lo más insignificante a lo más significativo.
Otros hablan de que sólo vieron los momentos cumbres de sus vidas. Algunos
cuentan que hasta en el periodo posterior a la experiencia de revisión podían
recordar con todo detalle los acontecimientos de sus vidas.
Algunos lo identifican con un intento educativo por parte
del ser luminoso. Mientras ellos ven la exhibición, el ser parece poner de
relieve dos cosas en la vida: aprender a amar a los demás y adquirir
conocimiento. Veamos un relato representativo de esto.
Cuando apareció la luz, lo primero que me dijo fue:
«¿Qué tienes que enseñarme de lo que has hecho con tu vida?», o algo parecido.
En ese momento comienzan las visiones retrospectivas. Me pregunté qué estaba
sucediendo, pues de repente había regresado a mi infancia. A partir de ese
instante fue como si pasara desde mi primera infancia, año a año, hasta aquel
momento.
Realmente es extraño en dónde empezó: cuando era una
niña y jugaba en el riachuelo vecino. Hubo más escenas de esa época: experiencias
que había tenido con mi hermana y con gentes de la vecindad y los lugares
reales en los que había estado. De repente me encontré en el jardín de infancia
y vi un juguete que me gustaba mucho en el momento en que lo rompí; y lloré
durante mucho tiempo. Fue una experiencia realmente traumática. Las imágenes
continuaron repasando mi vida y recordé cuando estaba en la escuela de niñas y
fuimos al campo. Recordé muchas cosas sobre la escuela pública. Luego me
encontré en la escuela superior, fue un gran honor ser elegida para el grupo de
estudiantes avanzados, y recordé el momento de la elección. De allí pasé a otra
escuela superior más avanzada, a la graduación y a los primeros años de
universidad, en los que me encontraba en ese momento.
Las visiones retrospectivas se producían en orden
cronológico y eran muy vívidas. Las escenas eran idénticas a cuando las ves en
realidad: tridimensionales y en color. Además, se movían. Por ejemplo, cuando
me vi a mí misma rompiendo el juguete, pude ver todos los movimientos. No los
estaba viendo siempre desde mi propia perspectiva. Es como si la niña que veía
fuera alguien más, en una película, una niña más jugando entre otras. Sin
embargo, era yo. Me vi haciendo cosas de niños, exactamente las mismas cosas
que había hecho, pues las recordaba.
Mientras observaba todo aquello no vi la luz.
Desapareció nada más preguntarme lo que había hecho y comenzaron las visiones,
pero sabía que seguía conmigo todo el tiempo, que me llevaba a través de las
visiones, pues sentí su presencia y hacía comentarios. Trataba de enseñarme
algo en cada uno de los episodios. No estaba tratando de ver lo que estaba
haciendo …ya lo sabía…, sino que elegía determinados momentos de mi vida y los
ponía frente a mí para que tuviera que recordarlos.
A través de todos ellos seguía poniendo de relieve la
importancia del amor. Los momentos en que me lo mostró mejor implicaban a mi
hermana; siempre había estado muy cerca de ella. Vi algunos momentos en que
había sido egoísta con ella, pero también otros en que la había amado y había
compartido cosas. Me señaló que debía intentar hacer cosas para otras personas,
que debía intentarlo al máximo. Sin embargo, no era una acusación ni nada que
pudiera parecérsele. Cuando pasábamos por episodios en los que había sido egoísta,
su actitud es que debía aprender también de ellos.
Otra de las cosas que le interesaba mucho era el
conocimiento. Me señaló las cosas que debía hacer con lo aprendido, y dijo que
iba a continuar aprendiendo, y que cuando regresara …pues en esos momentos ya
me había dicho que iba a hacerlo… habría siempre una búsqueda de conocimiento.
Dijo que es un proceso continuo, por lo que tuve la sensación de que prosigue
después de la muerte. Creo que mientras veíamos las escenas estaba tratando de
enseñarme.
Todo era realmente extraño. Yo estaba allí viendo las
visiones retrospectivas; las revivía y todo era muy rápido. Sin embargo, la
velocidad era suficiente para que pudiera aprehenderlas. No transcurrió mucho
tiempo. La luz vino, tuve las visiones y se marchó. Debieron ser menos de cinco
minutos y más de treinta segundos, pero no puedo decirlo con seguridad.
Sólo me asustó enterarme de que no podía terminar
todavía mi vida terrena. Con las visiones retrospectivas disfruté, era
agradable. Había regresado a la niñez, casi la había revivido. Era una forma de
regresar y ver que ordinariamente no puede hacerse.
Es de señalar que hay informes en los que se produce la
revisión sin que haya aparecido el ser luminoso. Por regla general, en las
experiencias aparentemente «dirigidas» por el ser la revisión es más
apasionante. Sin embargo, es usualmente caracterizada como vívida y rápida y
como exacta, tanto si el ser aparece como si no, y tanto si se produce en una
experiencia cercana a la «muerte» como si lo hace durante una aproximación.
Tras atravesar aquel lugar largo y oscuro, todos los
pensamientos de la niñez, mi vida entera, estaban allí, frente a mí, al final
del túnel. Creo que tenían más la forma de películas que de pensamientos. No
puedo describírselo con exactitud, pero todo estaba allí, al mismo tiempo.
Quiero decir que no aparecía y desaparecía un acontecimiento, sino que todo,
absolutamente todo, se producía al mismo tiempo. Pensé en mi madre, en las
cosas que había hecho mal. Tras ver las pequeñas cosas que hice de niño y haber
pensado en mi madre y mi padre, deseé no haber hecho esas cosas y poder
regresar y deshacerlas.
En los dos ejemplos siguientes, aunque no se había
producido muerte clínica en el momento de la experiencia, tuvieron lugar con
verdadera tensión psicológica o con heridas.
Toda la situación se desarrolló repentinamente. Había
tenido un poco de fiebre y malestar durante dos semanas, pero esa noche me puse
muy enfermo y me sentí mucho peor. Estaba en la cama y recuerdo haber intentado
incorporarme para decirle a mi mujer que estaba muy enfermo, pero me resultó
imposible moverme. Después me encontré en un hueco totalmente negro y las
imágenes de toda mi vida pasaron frente a mí. Regresé a la época en que tenía
seis o siete años y recordé a un buen amigo de la escuela pública. Pasé de allí
a la escuela superior, al colegio, a mis estudios de dentista y a la práctica
profesional.
Supe que estaba muriendo, y recuerdo haber deseado dejar
medios de mantenimiento a mi familia. Me inquietaba sentirme morir y que
hubiese cosas que había hecho y lamentaba, así como otras que sentía haber
omitido.
Diría que las imágenes de la visión tenían la forma de
películas mentales, aunque eran mucho más vívidas que las normales. Sólo vi los
momentos cumbres, y era tan rápido que daba la impresión de ver parte de toda
mi vida y ser capaz de hacerlo en pocos segundos. Pasaba ante mí como una
película en movimiento a tremenda velocidad, que, sin embargo, era capaz de ver
y comprender totalmente. No había tiempo para que las emociones volvieran con
las imágenes.
No vi nada más durante la experiencia. Salvo las
imágenes, todo era oscuridad. Sin embargo, todo el tiempo sentí la presencia de
un ser amante enormemente poderoso.
Es realmente interesante. Cuando me recobré, podía
contarles a todos cualquier parte de mi vida con gran detalle. Es toda una
experiencia, pero difícil de poner en palabras, pues ocurre con excesiva
rapidez, sin que ello pierda claridad.
Un joven veterano describe así su revisión:
Mientras servía en Vietnam recibí varias heridas, más
tarde me consideraron «muerto» a causa de ellas, aunque en todo momento era
consciente de lo que estaba ocurriendo. Recibí seis impactos de ametralladora,
pero no me sentí preocupado. Reviví en mi mente el instante en que fui herido.
No estaba atemorizado y me sentía muy a gusto.
En el momento del impacto mi vida pasó frente a mi como
una película, regresé al tiempo en que era un niño, desde donde las imágenes
fueron progresando a través de toda la vida.
Puedo recordarlo todo, pues era muy vívido. Pasaba con
gran claridad frente a mí. En poco tiempo pasé de las primeras cosas que podía
recordar hasta aquel momento. No era nada desagradable, y no me lamenté ni tuve
sentimientos de culpa.
Si he de hacer una comparación, lo mejor que encuentro
es una serie de cuadros; como diapositivas. Es como si alguien estuviese
pasándome diapositivas a gran velocidad.
Para terminar, un caso de extrema emocionalidad. La muerte
fue inminente aunque no se habían producido heridas.
El verano siguiente a mi primer año de colegio
universitario acepté el trabajo de conductor de un tractor que arrastraba una
camioneta. Ese verano tenía el problema de quedarme dormido al volante. Una
mañana, bien temprano, hacía un largo viaje e iba dando cabezadas. Lo último
que recuerdo fue haber visto una señal de carretera, tras lo cual me dormí.
Luego oí una terrible rozadura. El neumático exterior derecho estalló y, a
causa del peso y la inclinación de la camioneta, lo mismo ocurrió con los
izquierdos. Quedó sobre uno de sus lados y se deslizó hacia abajo en dirección
a un puente. Me asusté al darme cuenta de lo que estaba ocurriendo: el tractor
iba a estrellarse contra el puente.
Durante el tiempo que se deslizaba pensé todas las cosas
que había hecho. Sólo vi algunas, las más culminantes, pero eran muy reales. En
el primer recuerdo seguía a mi padre mientras caminaba por la playa; tenía dos
años. En orden cronológico fui viendo más cosas de mis primeros años y recordé
haber roto el coche rojo nuevo que me habían regalado en Navidad. Recuerdo
haber llorado cuando fui por primera vez a la escuela, con un impermeable
amarillo limón que me había comprado mi madre. Recordé algo de cada uno de los
años que pasé en la escuela pública: a cada uno de mis profesores y un poco de
cada año. Luego fui a la escuela superior de primer grado, me saqué el permiso
de conducir y comencé a trabajar en una tienda de ultramarinos. Recordé hasta
ese momento, un poco antes de comenzar el segundo año.
Esas cosas y algunas otras pasaron por mi mente con gran
rapidez. Posiblemente no duró más de una décima de segundo. Ahí terminó todo y
me quedé mirando al tractor. Pensé que estaba muerto, que era un ángel. Me
pellizqué para saber si estaba vivo, si era un fantasma o qué cosa era.
El vehículo estaba destrozado, pero no me hice ni un
rasguño. De alguna manera conseguí saltar por el parabrisas, pues los cristales
estaban rotos. Cuando me calmé, pensé que era extraño que esas cosas que
ocurrieron en mi vida y tanto me habían impresionado hubieran pasado por mi
mente en esos momentos de crisis. Ahora podría recordarlas y describirlas una a
una, pero tardaría como mínimo quince minutos. Todo había pasado enseguida,
automáticamente, en menos de un segundo. Era sorprendente.
La
frontera o límite
En algunos casos me han contado que durante la experiencia
se aproximaron a lo que podría llamarse frontera o límite. En los diversos
relatos ha tomado la forma de masa de agua, niebla gris, una puerta, un cercado
o simplemente una línea. Aunque sea una especulación, cabe preguntarse si no
habrá una sola experiencia básica o idea en la raíz de todos ellos. Si ello es
cierto, las distintas versiones representarán tan sólo las diferentes maneras
individuales de interpretar, describir o recordar la base de la experiencia.
Veamos algunos relatos en los que juegas un papel predominante la idea de
frontera o límite.
1) «Fallecí» tras un paro cardíaco y de repente me
encontré en un campo que giraba. Era hermoso y de un verde intenso; un color
que desconocemos en la tierra. Me rodeaba una hermosa luz.
Miré hacia delante, al campo, y descubrí una valla. Me
dirigí hacia ella y vi a un hombre al otro lado que también caminaba hacia la
valla, pero en dirección opuesta a la mía, como si desease encontrarme. Quise
alcanzarlo, pero me sentí atraído irresistiblemente hacia atrás. Al mismo
tiempo lo vi dar la vuelta y alejarse de la valla
2) Esta experiencia tuvo lugar durante el nacimiento de
mi primer hijo. Al octavo mes de embarazo enfermé de algo que mi doctor
describió como condición tóxica y me pidió que ingresara en el hospital para
tener el hijo. Nada más acabar el parto sufrí una grave hemorragia que tuvieron
dificultades para controlar. Era consciente de lo que estaba pasando, ya que,
como yo misma era enfermera, comprendía el peligro existente. En aquel momento
perdí la conciencia y escuché un molesto zumbido. En la siguiente imagen que vi
navegaba en una nave o una pequeña vasija hacia el otro lado de una masa de
agua. En la otra orilla pude ver a los seres queridos que habían muerto: mi
madre, mi padre, mi hermana, y otros. Podía verlos, incluso sus rostros, como
los conocí en la tierra. Me llamaban y pedían que fuera allí, y mientras tanto
yo les decía: «No, no. No estoy preparada para unirme a vosotros. No quiero
morir. No estoy preparada para ir.»
La experiencia fue muy extraña, pues durante todo el
tiempo podía ver a los doctores y enfermeras trabajando con mi cuerpo, pero era
más como si fuera una espectadora en lugar de la persona …el cuerpo… con la que
estaban trabajando. Trataba desesperadamente de comunicarle al doctor que no
iba a morirme, pero nadie podía escucharme. Todo …los médicos, las enfermeras,
la sala de partos, la nave, el agua y la costa distante… formaba una especie de
conglomerado. Todo estaba mezclado, como si una escena tuviera sobreimpresa la
otra.
La nave casi alcanzó la costa distante, pero cuando iba
a hacerlo dio la vuelta y tomó la dirección opuesta. Finalmente, logré
comunicar con el doctor y decirle: «No voy a morir.» Creo que fue en ese momento
cuando volví a entrar en el cuerpo y el doctor explicó lo ocurrido. Había
tenido una hemorragia posterior al parto y casi me muero, pero iba a ponerme
bien.
3) Me hospitalizaron por una grave afección en los
riñones y estuve en coma durante una semana. Los médicos no sabían si
sobreviviría. Durante ese periodo de inconsciencia sentí que me elevaba, como
si no tuviera cuerpo físico. Se me apareció una brillante luz blanca. Tenía tal
resplandor que no podía ver a través de ella, pero estar en su presencia resultaba
tranquilizador y maravilloso. En la vida física no existe ningunas experiencia
semejante. Mientras estaba en su presencia llegaron a mi mente los siguientes
pensamientos: «¿Quieres morir?» Contesté que no lo sabía, pues nada conocía de
la muerte. Entonces la luz blanca me dijo: «Traspasa esa línea y lo
aprenderás.» Sentí que era consciente de la línea que había frente a mí, aunque
en realidad no podía verla. Cuando la crucé, me inundaron los más maravillosos
sentimientos de paz y tranquilidad y desaparecieron todas mis preocupaciones.
4) Tuve un ataque de corazón y me encontré en un hueco
negro. Me daba cuenta de que había dejado el cuerpo físico. Sabía que estaba
muriendo, y pensé: «¡Dios mío, hice todo lo que pude según lo que sabía en cada
momento. Por favor, ayúdame!» Inmediatamente la negrura se tornó gris pálido y
seguí moviéndome y deslizándome con rapidez hasta que enfrente de mí, muy
distante, pude ver una niebla gris y me precipité hacia ella. Tenía la
impresión de que no me acercaba tan deprisa como era mi deseo, pero cuando me
aproximé lo bastante pude ver a través de ella. Más allá de la niebla había
gente, y sus formas eran como las de los terrestres. También vi algo que podría
tomarse como edificios. Todo era penetrado por una maravillosa luz: un
resplandor vivo de amarillo dorado, pero de color pálido, no ese dorado duro
que conocemos aquí.
Cuando me acerqué más, me sentí segura de que iba a
atravesar la neblina. Tuve una sensación de maravillosa alegría; no hay
palabras para describirlo en ningún lenguaje humano. No me había llegado el
momento de cruzar la niebla, pues al instante apareció en el otro lado mi tío
Carl, que había muerto unos años antes. Cerró el camino, y me dijo: «Regresa.
No has completado tu labor en la tierra. Regresa ahora.» Si bien no quería
hacerlo, no tenía otra alternativa, y enseguida estaba de vuelta en el cuerpo.
Sentí un terrible dolor en el pecho y oí a mi hijo pequeño diciendo: «¡Dios
mío, devuélveme a mamá!»
5) Me llevaron al hospital en un estado crítico que
llamaron «inflamación», y el médico dijo que no iba a superarlo. Avisó a los
parientes cercanos porque no iba a vivir mucho tiempo. Llegaron y se reunieron
alrededor de la cama, y mientras el doctor decía que estaba muriendo me pareció
que mis parientes se alejaban. Era como si en vez de irme yo fueran ellos los
que viajaran hacia atrás. Se hacían más y más oscuros, pero los veía. Perdí la
conciencia y no supe nada más de lo que ocurría en la sala del hospital, sólo
que estaba en un estrecho pasadizo en forma de u. Como un agujero de la anchura
de un sillón. Pasaba justamente mi cuerpo con los brazos y manos pegados a los
costados. Pasó primero la cabeza y estaba oscuro, con una oscuridad de las de
allí. Me movía por él, y al final vi una hermosa puerta pulimentada que no
tenía pomo. Al lado de la puerta había una luz muy brillante. Parecía que todo
el mundo era muy feliz allí y los rayos se movían y agitaban. Daba la impresión
de que todos estaban muy ocupados. Miré hacia arriba, y dije: «Señor, aquí
estoy. Si me quieres, tómame.» Me tiró hacia atrás con tanta rapidez que sentí
que había perdido la respiración.
El
regreso
Como es obvio, todas las personas con las que he hablado
han «regresado» desde algún punto de la experiencia. Por regla general, se ha
producido en ellas un interesante cambio de actitud. Recordemos que los
sentimientos más comunes informados en los primeros estadios de la experiencia
eran un desesperado deseo de regresar al cuerpo y lamentaciones por el propio
fallecimiento. Sin embargo, una vez que la persona había alcanzado cierta
profundidad en la experiencia ya no quería regresar, e incluso se resistía a
hacerlo. Así ocurrió, sobre todo, con los que habían ido lo bastante lejos para
encontrarse con el ser luminoso. Como señaló un hombre de la manera más
enfática: «Nunca quise abandonar la presencia de aquel ser.»
Las excepciones a esta generalización son frecuentemente
aparentes, no reales. Algunas madres que tenían hijos pequeños en el momento de
la experiencia me dijeron que, aunque por ellas mismas hubieran preferido
seguir donde estaban, sintieron la obligación de regresar y educar a los hijos.
Me preguntaba si me quedaría allí, pero mientras lo
hacia recordé a mi familia, mis tres hijos y mi marido. Lo que siguió es lo más
difícil de decir: cuando en presencia de esa luz tuve esa maravillosa sensación
ya no quise regresar. Sin embargo, me tomé mis responsabilidades en serio, y
comprendí que tenía un deber con la familia. Por tanto, decidí regresar.
En algunos casos me han contado que aunque se sentían
cómodos y seguros en su nueva existencia sin cuerpo, e incluso estaban gozando
de ello, se sintieron felices de poder regresar a la vida física porque habían
dejado sin hacer alguna tarea importante. En algunos casos tomó la forma de un
deseo de completar una educación.
Llevaba ya tres años en el colegio y sólo me faltaba uno
para terminar. Pensé: «No quiero morir ahora.» Creo que si la experiencia llega
a durar un poco más, de haber estado más tiempo con esa luz, ya no habría pensado
más en mi educación, pues me hubiera entregado totalmente a las cosas que
estaba experimentando.
Los relatos que he recogido presentan una gran variación al
llegar al momento del modo de regreso a la vida física y al motivo del retorno.
Casi todos afirman que no saben cómo o por qué regresaron, o que sólo pueden
hacer conjeturas. Unos pocos piensan que fueron sus propias decisiones de
regresar al cuerpo y retornar a la vida terrena los factores decisivos.
Me hallaba fuera de mi cuerpo y comprendí que debía
tomar una decisión. Sabía que no podía estar mucho tiempo así …muchos no podrán
entender esto, pero para mí entonces estaba perfectamente claro…, por lo que
tenía que decidir si me iba o regresaba.
Era maravilloso poder cruzar al otro lado, y creo que quería
quedarme. Pero, en cierta manera, saber que tenía algo bueno que hacer en la
tierra era igual de maravilloso. Por tanto, pensé: «Sí, debo regresar y vivir»,
y volví el cuerpo físico. Casi estoy por creer que yo mismo detuve la
hemorragia. En cualquier caso, lo cierto es que enseguida me recuperé.
Hay otros que piensan que la vida les fue permitida por
«Dios» o por el ser de la luz, ya como respuesta a un requerimiento propio
…generalmente porque la petición se hizo sin motivos egoístas…, o porque Dios o
el ser tenían alguna misión para ellos.
Me encontraba encima de la mesa y podía ver todo lo que
estaban haciendo. Sabía que me moría y que así sería, pero me preocupé por mis
hijos y por quién cuidaría de ellos. Por tanto, no estaba preparada para irme y
el Señor me permitió vivir.
Como recuerda uno de los entrevistados:
Dios fue bueno conmigo, pues estaba muerto y permitió
que los doctores me resucitaran para cumplir un fin. Se trataba de ayudar a mi
esposa, que tenía un problema alcohólico y no podía seguir adelante sin mí. Se
encuentra mucho mejor ahora, y estoy convencido de que su mejoría tiene
relación con lo que pasó.
Una joven madre cuenta:
El Señor me envió de regreso, pero no sé por qué. Lo
sentí allí y me di cuenta de que Él me reconoció y supo quién era yo. No se
decidió a dejarme en el cielo, aunque desconozco el motivo. He pensado muchas
veces en ello desde entonces y creo que era, o bien porque tenía dos niños
pequeños que cuidar o porque yo personalmente no estaba preparada para ir allí.
Todavía sigo buscando la respuesta y no puedo encontrarla.
En algunos casos, los entrevistados han expresado el
sentimiento de que el amor o las oraciones de los otros los trajeron desde la
muerte sin que para ello intervinieran sus propios deseos.
Estuve con mi tía mayor durante su última enfermedad,
que fue muy prolongada. Ayudé a cuidarla, y todo el tiempo los miembros de la
familia rezábamos para que recuperase su salud. Dejó de respirar varias veces,
pero siempre se recuperaba. Finalmente, un días me miró, y me dijo: Joan, he
estado allí, en el más allá, y es hermoso. Quiero quedarme, pero no puedo
hacerlo si sigues rezando para que permanezca a tu lado. Tus oraciones me están
sosteniendo aquí. Por favor, no reces más.» Todos dejamos de hacerlo y al poco tiempo
murió.
Una mujer me comunicó:
El médico dijo que había muerto, pero viví a pesar de
ello. La experiencia que pasé fue muy alegre, carente de toda, sensación
desagradable. Cuando regresé y abrí los ojos, mi hermana y mi marido me vieron.
Podía ver su consuelo y las lágrimas que brotaban de sus ojos. Pude comprobar
que era un alivio para ellos que sobreviviera. Sentía que había sido llamada
…magnetizada… por el amor de mi hermana y mi marido. Desde entonces he creído
que otra gente puede hacerte regresar.
En algunos casos recuerdan haber retrocedido rápidamente
por el túnel oscuro que atravesaron en los momentos iniciales de la
experiencia. Un hombre recuerda que al morir fue impulsado hacia delante por un
valle oscuro. Sintió que se aproximaba al final del túnel y, en determinado
momento, oyó que lo llamaban desde atrás y volvió por el mismo camino.
Algunos han experimentado el volver a entrar en sus cuerpos
físicos. Sin embargo, la mayoría dicen que en el último momento de la
experiencia se durmieron o quedaron inconscientes y que más tarde despertaron
en sus cuerpos físicos.
No recuerdo haber entrado en mi cuerpo. Sentí que me
dormía y de repente desperté y me vi en la cama. La gente que había en la
habitación se encontraba en la misma posición que tenía cuando estaba fuera de
mi cuerpo mirándolo y mirándolos.
Por otra parte, algunos recuerdan haber sido atraídos a sus
cuerpos físicos con una sacudida al final de la experiencia.
Me encontraba en el techo viendo cómo trabajaban con mi
cuerpo. Cuando pusieron conexiones en mi pecho y mi cuerpo saltó, sentí que mi
cuerpo caía como un peso muerto. En mi siguiente visión ya estaba dentro de él.
O bien:
Decidí regresar, y cuando lo hice me pareció sentir una
sacudida que me introdujo en el cuerpo, y en ese mismo momento volvía la vida.
En los informes en que el acontecimiento es recordado con
algún detalle, la reentrada se hace «a través de la cabeza».
Mi «ser» tenía un extremo grande y otro pequeño, y al
final del accidente, tras haber estado suspendido sobre mi cabeza, volvió a
entrar. Cuando dejó el cuerpo, lo hizo primero el extremo grande, pero al
regresar fue el pequeño el que entró en primer lugar.
Otra persona relata:
Cuando los vi recoger mi cuerpo y sacarlo del volante se
produjo una especie de silbido y sentí que pasaba por un área limitada, creo
que una especie de embudo. La oscuridad era profunda y me movía por ella
rápidamente de regreso al cuerpo. Tenía la impresión de que la succión que me
atraía se iniciaba en la cabeza, que entraba por ella. No tuve la sensación de
haber tomado una decisión, y ni siquiera me dio tiempo de pensar en ello.
Estaba a varias yardas del cuerpo y de repente me encontré en él. Ni siquiera tuve
tiempo para pensar: «Estoy siendo succionado hacia el cuerpo.»
Las sensaciones que estaban asociadas con la experiencia
persistieron algún tiempo después de haberse resuelto la crisis médica.
1) Al regresar, estuve llorando una semana por tener que
vivir en este mundo después de haber visto el otro. No quería regresar.
2) Cuando regresé, me llevé conmigo algunas de las
maravillosas sensaciones que tuve allí. Duraron varios días, e incluso ahora
las percibo algunas veces.
3) Esa sensación era indescriptible, y en cierta manera
permaneció conmigo. Nunca la olvidé, y todavía pienso en ella con frecuencia.
Hablar
con los otros
Hay que dejar bien claro que una persona que ha pasado por
una experiencia de este tipo no alberga dudas con respecto a su realidad y su
importancia. Las entrevistas que he hecho están frecuentemente adornadas con
observaciones para precisar ese hecho. Por ejemplo:
Mientras estuve fuera del cuerpo me sentía sorprendido
de lo que me estaba ocurriendo. No podía entenderlo, y sin embargo era real. Vi
mi cuerpo con claridad desde fuera. Mi mente no estaba en una situación desde
la que pudiera querer hacer algo o no hacer nada. No producía ideas. Me
encontraba, simplemente, en ese estado de mente.
Y también:
No era una alucinación ni nada semejante. Una vez tuve
una alucinación, cuando me dieron codeína en el hospital. Ocurrió mucho antes
que el accidente en que «fallecí». Esta experiencia no tenía nada de
alucinación.
Tales observaciones provienen de gentes muy capaces de
distinguir el sueño y la fantasía de la realidad. Las personas a las que he
entrevistado están bien equilibradas y no cuentan sus experiencias como si
hubieran sido sueños, sino como acontecimientos que les sucedieron realmente.
A pesar de estar convencidos de la realidad e importancia
de lo que les ha ocurrido, comprenden que la sociedad contemporánea no es un
entorno en que informes de esa naturaleza puedan ser recibidos con simpatía y
comprensión. Algunos me han dicho que se dieron cuenta desde el principio de
que los otros los considerarían mentalmente inestables si relataban sus
experiencias. En consecuencia, decidieron permanecer en silencio por lo que
respecta a ese asunto o hablarlo sólo con parientes muy cercanos.
Fue muy interesante, pero no me gustaba hablar de ello
con los demás, pues suelen mirarte como si estuvieras loco.
Otro de ellos recuerda:
Durante mucho tiempo no hablé de ello con nadie. No
conté nada en absoluto. Me atemorizaba que nadie pensara que estaba contando la
verdad y me dijeran: «Te estás inventando todo eso.»
Un día me decidí: «Bueno, veremos cómo reacciona mi
familia ante ello», y lo conté, pero no lo he hecho con nadie más hasta ahora.
Creo que mi familia pensó que había ido demasiado lejos.
Algunos trataron al principio de contárselo a alguien, pero
no los creyeron y resolvieron desde entonces permanecer en silencio.
1) Sólo se lo he contado a mi madre. Un poco después del
hecho le dije cómo me había sentido, pero era un niño y no me prestó mucha
atención; por tanto, no hablé de ello con nadie más.
2) Traté de comentarlo con un sacerdote, pero me dijo
que había tenido una alucinación, así que mantuve la boca cerrada.
3) Era muy popular en la escuela superior, aunque no
dejaba de ser una más. Era partidaria, no líder. Tras aquella experiencia traté
de hablar con los demás y automáticamente me consideraron loca. Intentaba
contarlo y me escuchaban con interés, pero más tarde descubrí que decían: «Está
ida.» Cuando vi que se había convertido en materia de bromas dejé de
comunicarlo. Yo había estado intentando decir: «Fíjate qué cosa más extraña me
ha ocurrido.» Trataba de que comprendiesen que necesitamos saber muchas cosas
sobre la vida, más de las que yo hubiera podido imaginar, y más, por supuesto,
de las que ellos creían.
4) Al despertar, traté de hablar con las enfermeras
sobre lo que había experimentado, pero me dijeron que no hablara, que sólo
había estado imaginando cosas.
5) Enseguida te das cuenta de que los demás no lo
aceptan con la facilidad que tú desearías. Por eso no intentas ir por ahí contándole
esas cosas a todo el mundo.
Es curioso que de todos los casos que he estudiado sólo un
médico revela cierta familiaridad con las experiencias de proximidad a la
muerte o expresa alguna simpatía hacia ellas. Tras su experiencia de salir del
cuerpo, una joven me dijo:
Mi familia y yo preguntamos al doctor sobre lo que me
había ocurrido, y éste dijo que era frecuente, en las personas con graves
heridas o dolores, que el alma se saliera del cuerpo.
Teniendo en cuenta el escepticismo y falta de comprensión
que acompañan a cualquier intento de expresar una de estas experiencias, no es
sorprendente que casi todos los que la han pasado acaben pensando que es algo
único que nadie más ha experimentado. Por ejemplo, un hombre me dijo: «He
estado en un lugar en el que nadie más ha estado.»
Con frecuencia, me ha ocurrido que tras entrevistar a
alguien preguntándole detalles de su experiencia y decirle que otros han tenido
exactamente las mismas percepciones y han pasado por las mismas situaciones,
esa persona se ha sentido aliviada.
Es muy interesante descubrir que otros han tenido la
misma experiencia, pues no había entendido… Me alegro de haberlo oído y saber
que alguien más ha pasado por ello. Ahora sé que no estoy loco.
Siempre lo consideré como algo real, pero no hablé con
nadie porque tenía miedo de que me miraran y pensaran: «Tu mente se paró al
mismo tiempo que tu cuerpo.»
Me imaginaba que alguien más habría pasado por esa
experiencia, pero pensaba que probablemente nunca me encontraría con nadie que
supiera de ellas, pues la gente no iba a ir por ahí contándolo. Si alguien,
antes de haber pasado yo por ello, hubiera venido a contármelo, lo miraría y me
preguntaría a mí mismo qué era lo que estaba tratando de sacar de mí, pues así
nos comportamos en esta sociedad.
Todavía hay otra razón por la que algunos son reticentes a
relatar esa experiencia. Piensan que es tan indescriptible, que se encuentra
tan alejada de las posibilidades del lenguaje humano y de las formas de
percepción y existencia terrestres, que carece de sentido intentarlo.
Efectos
sobre las vidas
Por las razones ya explicadas, ninguno de los que tuvieron
la experiencia se fabricaron un atril portátil y se han ido a predicarla. Nadie
se sintió dispuesto a ganar prosélitos, a intentar convencer a los otros de las
realidades que ha experimentado. Por el contrario, he descubierto que la
dificultad es la opuesta: se muestran reticentes para contar a los otros lo que
les ha ocurrido.
Los efectos que esas experiencias tuvieron sobre sus vidas
han tomado las formas más enmascaradas y sutiles. Algunos me contaron que
sentían que los horizontes de sus vidas se habían ampliado y que habían
profundizado más en ellas, que eran más reflexivos y se preocupaban más por las
cuestiones filosóficas fundamentales.
En aquella época, antes de abandonar el colegio, estaba
en una ciudad muy pequeña habitada por personas de mente estrecha, a las que me
encontraba unido. Era el típico mocoso de una fraternidad de escuela. Quien no
pertenecía a ella no tenía entidad.
Después de aquello quise conocer más. Sin embargo, no
había nadie que supiera lo más mínimo, pues nunca salí de ese pequeño mundo.
Nada sabía de psicología o algo parecido. Pero de la noche a la mañana, gracias
a esa experiencia, había madurado y se abría ante mí un mundo nuevo del que
antes no conocía ni siquiera su existencia. Pensé: «Tengo que descubrir tantas
cosas…» En otras palabras, la vida es algo más, aparte de la película de los
jueves por la noche y el partido de fútbol. Hay más cosas de las que conozco.
Entonces comencé a pensar: «¿Cuál es el límite del hombre y la mente?» Esa
pregunta me abrió un mundo totalmente nuevo.
Otro dice:
Desde entonces tengo siempre en mente lo que he hecho y
lo que haré con mi vida. Por lo que respecta al pasado, me siento satisfecho.
El mundo no está en deuda conmigo, pues he hecho todo lo que he querido en la
forma que he preferido, y además sigo viviendo y puedo hacer más. Tras fallecer
y tener la experiencia, comencé de repente a preguntarme si había estado
haciendo esas cosas porque eran buenas o porque me agradaban a mí. Antes seguía
un impulso, ahora medito primero las cosas lentamente. Todo ha de pasar por mi
mente y ser digerido.
Trato de hacer las cosas que tengan más significado, y
eso hace que mi mente y mi alma se sientan mejor. Procuro no juzgar a la gente
ni favorecer a uno u otro. Quiero hacer las cosas porque sean buenas, no porque
lo sean para mí. La comprensión que tengo ahora de las cosas es mucho mayor.
Creo que se debe a lo que me ha ocurrido, a los lugares y cosas que vi en la
experiencia.
Algunos han informado de un cambio de actitud ante la vida
física a la que han retornado. Por ejemplo, una mujer me dijo: «La vida tiene
ahora más valor para mí.»
Otra persona relata lo siguiente:
En cierta manera fue una bendición, porque antes del
ataque de corazón estaba tan ocupado planeando el futuro de mis hijos y
preocupándome por el pasado, que me perdía las alegrías del presente. Ahora mi
actitud es muy distinta.
Unos cuantos me dijeron que lo que ha cambiado es su
concepto de la mente y el de la importancia relativa del cuerpo físico con
respecto a la mente. Esto queda muy bien ilustrado en las palabras de una mujer
que tuvo una experiencia de salirse del cuerpo muy cercana a la muerte:
Era más consciente de mi mente que del cuerpo físico. La
mente, y no la forma del cuerpo, era lo más importante. Antes, en cambio, había
sido al revés. El cuerpo era lo más importante, y lo que estaba sucediendo en
la mente…; bueno, estaba sucediendo y eso era todo. Después de aquello, mi
mente se ha convertido en el principal punto de atención y el cuerpo ha ocupado
un lugar secundario; sólo es algo que contiene la mente. No me importaría no
tener un cuerpo, pues de todo lo que me interesa, la mente es lo más
importante.
En un número muy pequeño de casos me han dicho que, tras la
experiencia, han comenzado a adquirir o percibir facultades de intuición
parapsíquicas:
1) Después de la experiencia me pareció estar invadido
de un nuevo espíritu. Desde entonces muchos me han comentado que cuando están
perturbados les produzco un efecto calmante casi instantáneo. Tengo la
impresión de que ahora sintonizo más con la gente, que percibo cosas de ellos
con más rapidez.
2) Creo que las experiencias de la muerte me ha
proporcionado la facultad de sentir lo que otros individuos necesitan en sus
vidas. A menudo, por ejemplo cuando estoy con gente en el ascensor de la
oficina donde trabajo, casi me parece que puedo leer sus caras, saber si
necesitan ayuda y de qué tipo. Muchas veces he hablado con gente que se
encontraba en apuros y las he llevado a mi despacho para aconsejarlas.
3) Desde que fui herido he tenido la sensación de que
puedo recoger los pensamientos y vibraciones de la gente y percibir el resentimiento
en los otros. A menudo puedo saber lo que van a decir antes de que lo hagan.
Pocos me creerán, pero he tenido algunas experiencias realmente extrañas desde
entonces. Una vez, en una fiesta, recogí el pensamiento de los otros, y unos
cuantos, que no me conocían, se levantaron y se fueron. Tenían miedo de que
fuera un brujo o algo parecido. No sé si es algo que comencé a tener al estar
muerto o si lo tenía dormido y no lo usé hasta después de la experiencia.
Hay un notable acuerdo en las «lecciones» extraídas de tan
cercanos encuentros con la muerte. Casi todos han puesto de relieve la
importancia que tiene tratar de cultivar en esta vida el amor a los demás, un
amor profundo y único. Un hombre que se sintió totalmente amado y aceptado por
el ser luminoso, incluso cuando su vida era mostrada panorámicamente para que
el ser la viese, tuvo la sensación de que la «pregunta» que le estaba haciendo
era si se sentía capaz de amar a los otros de la misma manera. Ahora piensa que
mientras esté en la tierra su misión será tratar de aprender a actuar de ese
modo.
Además, muchos han enfatizado la importancia de buscar
conocimiento. Durante la experiencia vieron claramente que la adquisición de
conocimiento continúa incluso en el más allá. Una mujer ha llevado a cabo todas
las oportunidades educativas que se le han presentado desde la experiencia de
«muerte». Otro hombre da el siguiente consejo: «No importa la edad que tenga.
No deje de aprender, pues ese proceso continúa durante toda la eternidad.»
Ninguno de los que he entrevistado me ha dicho que saliera
de la experiencia sintiéndose moralmente «purificado» o perfeccionado. Tampoco
ninguno muestra una actitud de mayor santidad que los demás. Casi todos han
llegado a la conclusión de que sienten que están todavía intentando, todavía
buscando. Su visión les dejó nuevas metas, nuevos principios morales y una
renovada determinación de vivir de acuerdo con ellos, pero no sentimientos de
salvación instantánea o infalibilidad moral.
Nuevas
visiones de la muerte
Como era razonable esperar, tal experiencia tiene un efecto
profundo sobre las actitudes ante la muerte física, especialmente en el caso de
quienes previamente no hubieran creído que ocurriese algo después de la muerte.
En una u otra forma, casi todos me han expresado que ya no temen a la muerte.
Esta idea, empero, ha de ser clarificada. En primer lugar, ciertas formas de
muerte resultan indeseables, y, en segundo lugar, ninguno de ellos busca
activamente la muerte. Todos sienten que tienen tareas que realizar mientras
estén físicamente vivos y se muestran de acuerdo con lo que me dijo uno de
ellos: «He de cambiar muchas cosas antes de irme de aquí.» Igualmente, todos
desaprueban el suicidio como medio de volver a las esferas que vislumbraron
durante sus experiencias. La idea central es que el estado de muerte ya no les
resulta lúgubre. Veamos algunos pasajes en que se expresan esas actitudes:
1) Supongo que esta experiencia modeló en cierta forma
mi vida. Era un niño cuando me ocurrió, sólo tenía diez años, pero toda mi vida
he estado convencido, a partir de entonces, de que hay vida después de la
muerte. No me cabe la menor duda de ello, y no tengo miedo a morir. He conocido
personas que se atemorizaban realmente ante la idea. Siempre sonrío
interiormente cuando oigo a alguien dudar de la existencia de un más allá, o
decir: «Cuando te has muerto, te has ido.» Pienso para mí mismo que no saben de
qué hablan.
Durante mi vida me han ocurrido muchas cosas. En el
despacho he tenido una pistola apoyada en la sien, pero no he sentido apenas
miedo, pues pensaba: «Si realmente muero, si de verdad me matan, sé que viviré
en otro lugar.»
2) Cuando era un niño solía tener miedo a morir. Me
despertaba por las noches llorando y con un ataque de nervios. Mis padres
entraban corriendo en la habitación y me preguntaban qué ocurría. Les decía que
sabía que tenía que morir, pero no quería, y les preguntaba si podían evitarlo.
«No …me respondían…, así son las cosas y debemos enfrentarnos a ellas.» Mi
madre me decía que todos teníamos que llegar a ello y que entonces lo haríamos
muy bien. Años más tarde ella murió y hablé del asunto con mi esposa. Seguía
temiendo la muerte y deseando que no viniera.
Sin embargo, desde que tuve la experiencia no la temo.
Aquellos sentimientos desaparecieron. En los funerales ya no me siento mal. Al
contrario, siento una especie de alegría en ellos, pues sé dónde se encuentra
la persona muerta.
Creo que el Señor me hizo tener esa experiencia
precisamente por la forma en que me sentía ante la muerte. Mis padres me
consolaban, pero el Señor me mostró. Ahora ya no hablo de ello, pero lo conozco
y me siento a gusto.
3) Ya no temo a la muerte. No es que la desee o quiera
morir ahora. No quiero vivir en el otro lado porque se supone que estoy
viviendo aquí. La razón por la que no temo a la muerte es que sé adónde iré
cuando deje esto, pues ya he estado allí antes.
4) Lo último que la luz me dijo antes de volver al
cuerpo, a la vida, fue…; bueno, la idea se reduce a que regresaría. Me decía
que esta vez seguiría viviendo, pero que volveríamos a estar en contacto y que
en esa ocasión moriría realmente.
Por eso estoy seguro que la luz y la voz regresarán,
aunque no sé cuándo. Pienso que será una experiencia similar, aunque creo que
mejor, pues sabré lo que me espera y no estaré tan confuso. De todas maneras,
no quiero regresar demasiado pronto, pues todavía he de hacer aquí unas cuantas
cosas.
El motivo de que la muerte ya no produzca temor, como se
deduce de los anteriores extractos, es que tras la experiencia nadie duda de la
supervivencia a la muerte corporal. Ya no es una posibilidad abstracta, sino un
hecho experimentado.
Recuérdese que al principio discutí el concepto de
«aniquilación», que utilizaba el «sueño» y el «olvido» como modelos. Las
personas que han «muerto» desaprueban esos modelos y eligen analogías que
hablan de la muerte como una transición de un estado a otro, o como una entrada
en un estado superior de conciencia o ser. Una mujer cuyos parientes habían
fallecido y fueron a recibirla en su muerte, compara la experiencia con un
«regreso al hogar». Otros la han vinculado con diferentes estados
psicológicamente positivos; por ejemplo, con el despertar, con una graduación o
con la salida de una cárcel.
1) Hay quien dice que no utilizamos la palabra «muerte»
porque estamos tratando de escapar de ella. No es cierto en mi caso. Una vez
que se ha tenido una experiencia como la mía, se sabe que no existe eso que se
llama muerte. Simplemente te gradúas de una cosa y pasas a otra, de la misma
manera que se pasa de la escuela pública al instituto.
2) La vida es como una prisión. En este estado no
podemos darnos cuentas de hasta qué punto los cuerpos son prisiones. La muerte
es una liberación, como escapar de una cárcel. Es la mejor idea que se me
ocurre si busco una comparación.
Incluso los que con anterioridad a la experiencia habían
tenido alguna convicción tradicional sobre la naturaleza del más allá parecen
haberse separado un poco de ella para seguir su propia aproximación a la
muerte. De hecho, en todos los informes que he reunido, nadie me hace un cuadro
mitológico de lo que hay al otro lado. Ninguno ha descrito las puertas
nacaradas de los dibujantes, ni las calles doradas, ángeles alados tocando el
arpa, ni un infierno de llamas con demonios con horcas.
En la mayor parte de los casos se abandona el modelo de
recompensa-castigo, incluso por parte de quienes estaban acostumbrados a pensar
en esos términos. Descubrieron, para su sorpresa, que incluso cuando sus actos
aparentemente más horribles y pecaminosos se hacían manifiestos ante el ser
luminoso, éste no respondía con cólera, sino con comprensión e incluso con
humor. Una mujer que pasó por la etapa de la revisión de la vida con ese ser
vio algunas escenas en las que en lugar de amor había demostrado egoísmo. «Su
actitud …cuenta ella…, cuando llegamos a esas escenas, era que con ellas había
estado aprendiendo.» En lugar del viejo modelo, muchos se han vuelto hacia uno
nuevo, a una nueva comprensión del mundo del más allá; una visión sin juicios
unilaterales, con un desarrollo cooperativo hacia el fin último de la
autorrealización. De acuerdo con estas nuevas visiones, el desarrollo del alma,
especialmente por lo que se refiere a las facultades espirituales del amor y el
conocimiento, no se detiene tras la muerte; continúa en el otro lado, quizá
eternamente, pero con toda seguridad por un tiempo y una profundidad que sólo
podremos vislumbrar, mientras estemos en los cuerpos físicos, «a través de un
cristal, misteriosamente.»
Corroboración
Es natural plantearse ahora la cuestión de si es posible
adquirir alguna evidencia de la realidad de las experiencias cercanas a la
muerte, independiente a la misma descripción de las experiencias. Muchas
personas informan que han estado fuera de sus cuerpos durante largos periodos y
que han sido testigos de muchos acontecimientos del mundo físico mientras
tanto. ¿Pueden comprobarse algunos de esos informes con otros testigos que
hubieran estado presentes, o con acontecimientos posteriores que los confirmen,
siendo de esta forma corroborados?
En bastantes casos, la sorprendente respuesta a esa
pregunta es afirmativa. Incluso puede decirse que la descripción de los
acontecimientos vistos desde fuera del cuerpo suele ser muy comprobable.
Algunos doctores, por ejemplo, me dijeron que han quedado muy desconcertados
por la forma en que pacientes sin conocimientos médicos podían describir,
correctamente y con todo detalle, el procedimiento utilizado en los intentos de
reanimación, aunque estos acontecimientos hubieran tenido lugar cuando los
doctores sabían que los pacientes estaban «muertos».
En algunos casos, los entrevistados me han informado de que
sorprendieron a sus doctores o a otras personas con la descripción de
acontecimientos que habían visto mientras estaban fuera del cuerpo. Por
ejemplo, cuando estaba muriendo, una joven salió de su cuerpo y pasó a otra
sala del hospital, donde se encontró con su hermana mayor que lloraba, y decía:
«¡Oh, Kathy; por favor, no mueras; por favor, no mueras!» La hermana mayor
quedó sorprendida cuando, posteriormente, Kathy le dijo exactamente dónde había
estado y lo que había dicho en esos momentos. En los dos extractos siguientes
se describen acontecimientos similares.
1) Cuando todo hubo terminado, el doctor me dijo que
había estado muy grave, y le contesté: «Ya lo sé.» «¿Cómo lo sabe?» «Puedo
decirle cuanto ha ocurrido.» No me creía, así que se lo conté todo, desde el
momento en que dejé de respirar hasta que volví a la vida. Él se sorprendió
mucho de que supiera todo eso. No sabía qué decir, pero vino a verme en varias
ocasiones para preguntarme cosas sobre ello.
2) Cuando desperté después del accidente, mi padre se
encontraba allí, y yo ni siquiera quería saber cómo estaba, o lo que pensaban
los doctores qué ocurría. Sólo deseaba hablar de la experiencia que pasé. Le
conté a mi padre quién había sacado mi cuerpo del edificio, y hasta le describí
el color de sus ropas y la conversación que sostuvieron. Éste afirmó que todo
era cierto. Mi cuerpo había estado inánime todo ese tiempo, y no hubiera podido
ver u oír todas esas cosas de no encontrarme realmente fuera de él.
En unos cuantos casos he podido obtener testimonios
independientes que corroborasen tales acontecimientos. Sin embargo, surgen
factores que complican el hecho de determinar el valor evidencial de tales
informes independientes. En primer lugar, el hecho corroborador es atestiguado
tan sólo por la persona «muerta» y, todo lo más, por un par de amigos o
parientes próximos. En segundo lugar, incluso en los ejemplos excepcionalmente
dramáticos y bien atestiguados que he recogido, he prometido no revelar los
nombres reales. Aunque pudiera hacerlo, por razones que explicaré en el último
capítulo, no creo que tales hechos constituyesen una prueba.
Hemos llegado al final de nuestro examen de los diferentes
estadios y acontecimientos comúnmente informados de la experiencia de la
muerte. Para terminar este capítulo quiero incluir un extracto de bastante
extensión de un relato excepcional que encierra muchos de los elementos ya
discutidos. Contiene además una variante única de la que no hemos hablado
antes: el ser luminoso le habla de antemano de su inminente muerte y decide
luego dejarlo vivir.
Cuando aquello ocurrió padecía, y sigo padeciendo, una
grave asma bronquial con enfisema. Un día tuve un ataque de tos y se me produjo
una ruptura en la parte inferior de la espina dorsal. Durante dos meses
consulté a varios médicos, pues me causaba un dolor terrible, y finalmente uno
de ellos me remitió a un neurocirujano, el doctor Wyatt. Me examinó y dijo que
debía ingresar inmediatamente en un hospital, lo que hice sin demoras.
El doctor Wyatt sabía que tenía una grave enfermedad
respiratoria y llamó a un especialista pulmonar, quien habló de consultar al
anestesista, doctor Coleman, sobre la conveniencia de dormirme. El especialista
pulmonar me trató durante tres semanas con el fin de que el doctor Coleman
pudiera anestesiarme. Este último, aunque bastante preocupado, un lunes dio su
consentimiento. Planearon la operación para el viernes siguiente. El lunes por
la noche me dormí y tuve un sueño tranquilo hasta la madrugada del martes, en
la que desperté con graves dolores. Me di la vuelta y traté de colocarme en una
postura más cómoda, y en ese momento apareció una luz en una esquina de la
habitación debajo del techo. Era una bola de luz, casi como un globo, pero no
muy grande. Diría que no más de doce o quince pulgadas de diámetro. Al aparecer
la luz tuve una sensación. Mentiría si dijera que era horripilante. Era una sensación
de paz completa y relajación profunda. La luz extendió una mano hacia mí y me
dijo: «Ven conmigo. Quiero enseñarte algo.» Inmediatamente, sin la menor
vacilación, alcé mi mano y me cogí a la suya. Al hacerlo, tuve la sensación de
ser arrastrado fuera de mi cuerpo, y al mirar hacia atrás lo vi allí, tumbado
sobre la cama, mientras yo me elevaba hacia el techo de la habitación.
Nada más abandonar el cuerpo, tomé la misma forma que la
luz. Sentí …he de utilizar mis propias palabras para ello, pues nunca he oído a
nadie contar algo semejante…, que esta forma era un espíritu. No era un cuerpo,
sino un jirón de humo o de vapor. Parecía como el humo de un cigarrillo
iluminado al ascender hacia una lámpara. Sin embargo, mi forma actual tenía
colores. Había naranja, amarillo y otro que no podía diferenciar muy bien…,
podía ser un índigo, un color azulado.
Aquel espíritu no tenía la forma de un cuerpo. Era
aproximadamente circular, aunque tenía lo que podíamos llamar una mano. Lo sé
porque cuando la luz me tendió la suya yo se la cogí. El brazo y la mano de mi
cuerpo seguían con él, pues pude verlos sobre la cama al lado de mi cuerpo
cuando me elevaba hacia la luz. Cuando no utilizaba la mano espiritual, el
espíritu recobraba la forma circular.
Fui atraído hasta la posición de la luz y ambos
atravesamos el techo y la pared de la sala del hospital, traspasamos un
corredor y creo que unos suelos hasta pasar a un piso inferior. No teníamos
dificultad para atravesar puertas o paredes, pues desaparecían de nuestra vista
cuando nos aproximábamos a ellas.
Durante ese periodo me pareció que nos movíamos. Mejor
dicho, sabía que nos estábamos moviendo, aunque no hubiera sensación de
velocidad. En un momento, casi instantáneamente en realidad, me di cuenta de
que habíamos llegado a la sala de recuperación del hospital. Ni siquiera sabía
entonces en qué parte del mismo se encontraba, pero llegamos allí y de nuevo
nos encontramos en una esquina de la habitación cercana al techo. Pude ver a
los doctores y enfermeras con sus trajes verdes y las camas que allí había.
Entonces me dijo el ser …me enseñó…: «Ahí te van a
llevar. Cuando te saquen de la mesa de operaciones te pondrán en esa cama, pero
nunca despertarás. No te darás cuenta de nada desde que te lleven a la mesa de operaciones,
hasta un poco después, que vendré por ti.» No dijo esto con palabras. No era
una voz audible, pues, si así hubiera sido, la habrían oído los que se
encontraban en la habitación. Era más bien una impresión que me llegaba, pero
en forma tan vívida que yo no podía decir que no la había oído o sentido. Era
bien definida.
Con respecto a lo que veía…; bueno, era mucho más fácil
reconocer las cosas estando en forma espiritual. Me preguntaba qué era lo que
estaba tratando de enseñarme. Inmediatamente supe lo que tenía en su mente. No
había duda. Aquella cama …la cama de la derecha según se entra del corredor…
era donde iba a estar y que me sacaría de allí con un propósito determinado.
Luego me explicó el motivo. No quería que tuviese miedo cuando llegara el
momento de que mi espíritu abandonara el cuerpo, pero sí que conociese la
sensación que se tenía al pasar por ese punto. Quería asegurarse de que no
tendría miedo, pues el paso no sería inmediato; tendría que atravesar otras
etapas primero, pero él lo supervisaría todo y estaría esperándome al final.
Cuando me uní a él para viajar hasta la sala de
recuperación y me había convertido yo mismo en un espíritu, en cierta manera
nos habíamos fusionado en uno. No obstante, seguíamos siendo dos espíritus
separados. Él tenía pleno control de cuanto iba sucediendo en lo que respecta a
lo que me concernía a mí. Incluso si viajábamos a través de las paredes y los
techos, tenía la impresión de que seguíamos en tan estrecha comunicación que
nada podía molestarlo. Nunca había sentido esa paz, esa calma y serenidad.
Tras decirme aquello, regresamos a mi habitación y volví
a ver mi cuerpo en la misma posición en que lo dejamos. Creo que estuve fuera
de él unos cinco o diez minutos, pero el paso del tiempo no tenía nada que ver
con aquella experiencia. De hecho no recuerdo si alguna vez pensé en que el
tiempo estaba pasando.
Me había cogido tan de sorpresa que estaba anonadado.
Era tan vívido y real…, más que una experiencia ordinaria. A la mañana
siguiente no experimentaba el menor miedo. Al afeitarme no sentí temblor en la
mano, como me venía ocurriendo desde hacía seis u ocho semanas. Sabía que iba a
morir, pero no me daba pena ni miedo. No pensaba siquiera en si podía hacer
algo para evitarlo. Estaba preparado.
En la tarde del miércoles, un día antes de la mañana de
mi operación, me encontraba en la habitación del hospital y me sentí
preocupado. Mi esposa y yo teníamos un hijo, un sobrino adoptado, que nos
estaba causando problemas. Decidí escribirles una carta a cada uno,
expresándoles mis preocupaciones, y esconderlas en donde no pudieran ser
encontradas hasta después de la operación. Cuando ya había escrito dos páginas
a mi esposa, mis ojos se abrieron y rompí a llorar. Sentí que alguien estaba
presente, y pensé que había llorado tan alto que una enfermera se acercaba para
ver qué me pasaba. Pero no había oído abrir la puerta. De nuevo sentí aquella
presencia, pero sin ver ninguna luz esa vez. Al igual que antes, me llegaron
pensamientos y palabras: «Jack, ¿por qué estás llorando? Pensé que te gustaría
estar conmigo.» «Sí, me gusta, lo deseo con fuerza.» «¿Por qué estás llorando,
entonces?» «Tenemos un problema con nuestro sobrino, y temo que mi esposa no
sepa cómo solucionarlo. Estoy tratando de ponerle en palabras cómo me siento y
lo que quiero que ella haga por él. También estoy preocupado porque creo que mi
presencia habría contribuido algo a solucionarlo.»
Entonces volví a sentir sus pensamientos: «Como te estás
preocupando por alguien más y pensando en los otros, te garantizo que tendrás
lo que deseas. Vivirás hasta que tu sobrino se haya hecho un hombre.» Después
se fue. Dejé de llorar y destruí la carta para que mi esposa no la encontrase
accidentalmente.
Aquella tarde, el doctor Coleman entró a verme y me dijo
que esperaba tener problemas para hacerme dormir y que no debía sorprenderme de
despertar y encontrarme con muchos cables, tubos y máquinas rodeándome. No le
conté mi experiencia, limitándome a asentir y decirle que cooperaría.
A la mañana siguiente la operación fue muy larga, pero
salió bien. Cuando estaba recuperando la conciencia, el doctor Coleman se
encontraba allí, y le dije: «Sé exactamente dónde me encuentro.» Él me
preguntó: «¿En qué cama?» «En la primera de la derecha, según se entra en la
sala.» Se rió y pensó que estaba hablando por efectos de la anestesia.
Iba a decirle lo ocurrido, pero en ese momento entró el
doctor Wyatt, y dijo: «Está despertando ahora. ¿Qué piensa hacer?» El doctor
Coleman respondió: «No tengo que hacer nada. Nunca en mi vida me he sorprendido
tanto. Estoy aquí con todo ese equipo preparado y no necesita nada.» El doctor
Wyatt replicó: «Todavía ocurren milagros.» Cuando me levanté y vi lo que me
rodeaba me encontré en la misma cama que la luz me había mostrado días antes.
Hace tres años de esto, pero sigue tan vívido como
entonces. Ha sido lo más fantástico que me ha ocurrido nunca y me ha cambiado.
Sólo he hablado de ello con mi esposa, mi hermano, mi sacerdote y con usted. No
sé cómo contarlo, es muy difícil de explicar. No trato de producir un gran
shock en su vida ni de fanfarronear. Pero después de aquello ya no tengo dudas.
Sé que hay vida después de la muerte.
3.
Paralelos
LOS acontecimientos producidos en los diversos estadios de
la experiencia de la muerte son, como mínimo, inusuales. Por ello, mi sorpresa
ha ido en aumento cuando con los años he ido encontrando una serie de
paralelos. Éstos se hallan en antiguos y muy esotéricos escritos de la
literatura de muy diversas civilizaciones, culturas y áreas.
La
Biblia
En nuestra sociedad, la Biblia es el libro más leído y
comentado de cuantos tratan de materias relativas a la naturaleza del aspecto
espiritual del hombre y de la vida posterior a la muerte. Sin embargo, en
general, la Biblia tiene muy poco que decir con respecto a los hechos que se
producen después de la muerte y sobre la naturaleza precisa del mundo posterior
a ella. Esto es especialmente cierto por lo que se refiere al Antiguo
Testamento. Según los expertos bíblicos, sólo dos pasajes del Antiguo Testamento
hablan inequívocamente de la vida posterior a la muerte:
Isaías 26, 19: «Revivirán los muertos; junto con los
cadáveres se levantarán. Despertarán y cantarán los que vivieron en el polvo… y
la tierra arrojará a los muertos». [2].
Daniel 12, 2: «Muchos de los que duermen en el polvo de
la tierra se despertarán, algunos para la vida eterna, algunos para la
vergüenza y el desprecio eternos.»
Obsérvese que en ambos pasajes se sugiere la resurrección
del cuerpo físico, y que el estado de muerte física es comparado al sueño.
Es evidente, a partir del capítulo precedente, que algunas
personas han sacado conceptos específicos de la Biblia cuando han tratado de
elucidar o de explicarme lo que les ocurrió. Por ejemplo, se recordará que un
hombre identificó la oscura envoltura por la que pasó en el momento de la
muerte con el bíblico «valle de la sombra de la muerte». Dos personas
mencionaron las palabras de Jesús: «Yo soy la luz del mundo.» Al menos en
parte, identificaron a la luz con Cristo sobre la base de esa frase. Uno de
ellos me dijo: «Nunca vi a una persona en esa luz, pero para mí era Cristo… La
conciencia, la unidad con todas las cosas, el amor perfecto. Creo que Jesús se
refería a eso cuando dijo que era la luz del mundo.»
En mi propia lectura he encontrado algunos paralelos que
ninguno de los entrevistados había mencionado. El más interesante se encuentra
en los escritos del apóstol San Pablo. Era un perseguidor del cristianismo
hasta su famosa visión y conversión en el camino de Damasco.
Hechos 26, 13-26: «Al mediodía, ¡oh rey!, vi en el
camino una luz venida del cielo, más brillante que el sol, que me rodeó a mí y
a quienes viajaban conmigo. Cuando hubimos caído todos a tierra, escuché una
voz que me hablaba y me decías en lengua hebrea: "Saúl, Saúl, ¿por qué me
persigues? Te es duro dar coces contra los aguijones."
»Yo le dije: "¿Quién eres tú, Señor?" Él
respondió: "Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y ponte de pie,
pues me he aparecido a ti para que seas mí servidor y testigo de las cosas que
has visto y de las que te mostraré…"
»Así pues, oh rey Agripa, no fui desobediente a la
visión celestial… Mientras decía esto, Festo gritó: "¡Pablo, estás loco,
tanto aprender te ha afectado a la mente!"
«Yo le respondí: "No estoy loco, noble Festo; hablo
de cosas verdaderas y sensatas".»
Este episodio tiene alguna semejanza con el encuentro con
el ser luminoso en las experiencias cercanas a la muerte. Ante todo, el ser
está dotado de personalidad, aunque no se vea forma física, y de él emana una
«voz» que hace preguntas y da instrucciones. Cuando San Pablo trata de
contárselo a los otros, se burlan de él y lo consideran loco. Sin embargo, la
visión cambió el curso de su vida. Desde entonces se convirtió en el primer
promotor del cristianismo, como forma de vida que implicaba el amor a los
otros.
También hay diferencias, por supuesto. San Pablo no estuvo
cerca de la muerte durante su visión. También habla de que fue cegado por la
luz y perdió la vista durante tres días, lo que se opone a los informes que
dicen que, a pesar de que tenía un brillo indescriptible, ni los cegó ni les
impidió ver las cosas que les rodeaban.
En sus discusiones sobre la naturaleza de la vida del más
allá, San Pablo dice que algunos ponen en duda el concepto cristiano de otra
vida al preguntar por el tipo de cuerpo que tendrá el muerto:
Corintios 15, 35-52: «Alguno dirá: ¿Cómo resucitan los
muertos? ¿Con qué cuerpo? Loco…, lo que tú siembras no es el cuerpo que
brotará, sino un simple grano…; pero Dios le da el cuerpo que le place, y a
cada semilla su propio cuerpo… Hay cuerpos celestiales y cuerpos terrestres:
una es la gloria del celestial y otra la del terrestre… Así es también la
resurrección del muerto. Se ha sembrado en corrupción y resucita en
incorrupción. Se ha sembrado en deshonor, resucita en gloria. Se ha sembrado en
debilidad, resucita en poder. Se ha sembrado en un cuerpo natural, resucita en
un cuerpo espiritual… Fijaos, os muestro un misterio: no todos moriremos, pero
todos seremos transformados. En un momento, en el pestañear de un ojo, con la
última trompeta, pues la trompeta sonará, todos los muertos resucitarán
incorruptibles.»
Es interesante que el breve esbozo que hace San Pablo de la
naturaleza del «cuerpo espiritual» se corresponda tan bien con los relatos de
quienes se han encontrado fuera de sus cuerpos. En todos los casos, la
inmaterialidad del cuerpo espiritual …su falta de sustancia física… se ha
puesto de relieve. San Pablo dice, por ejemplo, que mientras el cuerpo físico
es débil y feo, el espiritual será fuerte y hermoso. Esto me recuerda el relato
de una experiencia cercana a la muerte en la que el cuerpo espiritual estaba
completo mientras que el físico podía verse mutilado; así como otro en que el
cuerpo espiritual no parecía tener una edad particular; es decir, no estaba
limitado por el tiempo.
Platón
El filósofo Platón, uno de los mayores pensadores de todas
las épocas, vivió en Atenas del 428 al 348 a. de J. C. Nos legó un cuerpo de
pensamiento en la forma de veintidós diálogos filosóficos, la mayor parte de
los cuales incluyen a Sócrates, su maestro, como interlocutor, y a un pequeño
número de letrados.
Platón creía en la utilidad de la razón, la lógica y la
argumentación para alcanzar la verdad y la sabiduría, pero sólo hasta cierto
punto, pues también era un gran visionario que sugería que la verdad última
sólo podía llegar con una experiencia casi mística de iluminación e intuición.
Aceptaba que había planos y dimensiones de la realidad distintos al mundo
sensible y físico, y creía que la esfera física sólo podía entenderse por
referencia a los planos «superiores» de la realidad. En consecuencia, estaba
interesado principalmente en el componente incorpóreo y consciente del hombre,
el alma, y consideraba el cuerpo físico como su vehículo temporal. No es
sorprendente, por tanto, que se sintiese atraído por el destino del alma tras
la muerte física, y que varios diálogos …especialmente Fedón, Gorgias y La
República… traten en parte de ese tema.
Los escritos de Platón están plagados de descripciones de
la muerte que son semejantes a las que discutimos en el capitulo previo. Por
ejemplo, Platón define la muerte como la separación de la parte incorpórea de
una persona viva, el alma, de la parte física, el cuerpo. Es más, la parte
incorpórea está sometida a menos limitaciones que la física. Por tanto, Platón
señala que el tiempo no es un elemento de la esfera que existe más allá del
mundo sensible y físico. Las otras esferas son eternas y, según la notable frase
de Platón, lo que llamamos tiempo no es sino «el reflejo móvil e irreal de la
eternidad».
Platón habla en varios pasajes de que el alma separada de
su cuerpo puede encontrarse y conversar con los espíritus de otros y ser guiada
en la transición de la vida física a la otra esfera por espíritus guardianes.
Menciona que en el momento de la muerte puede encontrarse una barca que lleve a
través de una masa de agua a la «otra orilla» de la existencia. En Fedón,
el empuje y composición dramática de los argumentos y palabras utilizadas
vienen a señalar que el cuerpo es la prisión del alma y que, en consecuencia,
la muerte es como un escape o liberación de esa prisión. Aunque, como vimos en
el capítulo primero, Platón articula …a través de Sócrates… la antigua visión
de la muerte como sueño y olvido, lo hace sólo para desaprobarla y darle un
giro de 180 grados. Según Platón, el alma viene al cuerpo físico desde una
esfera del ser superior y más divina. Para él, es el nacimiento lo que
constituye el sueño y el olvido, pues el alma, al nacer en un cuerpo, pasa de
un estado de gran conciencia a otro mucho menos consciente y olvida las
verdades que sabía en su estado anterior externo a un cuerpo. Por tanto, la
muerte es despertar y recuerdo. Pone de manifiesto que el alma que ha sido
separada del cuerpo en la muerte puede razonar y pensar con mayor claridad que
antes y puede reconocer las cosas en su verdadera naturaleza. Nada más morir se
enfrenta a un «juicio» en el que un ser divino muestra ante el alma todas las
cosas …las buenas y las malas… que ha hecho en su vida.
En el libro décimo de La República encontramos la
similitud más notable. Platón cuenta el mito de Er, un soldado griego. Er fue a
una batalla en la que murieron muchos griegos, y cuando sus compatriotas recogieron
los cadáveres de la misma, su cuerpo estaba entre ellos. Yacía sobre una pira
funeraria junto con otros para ser quemado. Al cabo de un tiempo, su cuerpo
revivió y Er describe lo que vio en el viaje a las esferas del más allá. En
primer lugar, su alma salió del cuerpo, se unió a un grupo de otros espíritus y
todos juntos marcharon a un lugar en el que había «aberturas» o «pasadizos» que
conducían de la tierra a las esferas del más allá. Aquí las otras almas eran
detenidas y juzgadas por seres divinos que podían ver enseguida todas las cosas
que el alma había hecho en su vida terrena. Sin embargo, Er no fue juzgado. Los
seres le dijeron que debía regresar para informar a los hombres del mundo
físico acerca de cómo era el otro mundo. Tras tener otras visiones, Er fue
devuelto, pero dijo que no sabía cómo había regresado al cuerpo físico.
Despertó y se encontró sobre la pira funeraria.
Es importante tener bien presente que el mismo Platón nos
advierte que su descripción de los detalles precisos del mundo en el que
entrará el alma tras la muerte son sólo «probabilidades, en el mejor de los
casos». Si bien no duda de la supervivencia de la muerte física, insiste en que
al intentar explicar la vida del más allá desde nuestra vida física actual nos
enfrentamos con dos grandes desventajas. Ante todo, nuestras almas se
encuentran aprisionadas en los cuerpos físicos y estamos, pues, limitados por
los sentidos físicos en lo que se refiere a experimentar y aprender. La visión,
el oído, el tacto, el gusto y el olor, cada uno en su forma, pueden
confundirnos. Para nuestros ojos, un objeto enorme es pequeño si está distante,
podemos oír mal lo que alguien nos dice, etc. De todo esto puede resultar que
tengamos falsas opiniones o impresiones de la naturaleza de las cosas. Nuestras
almas no pueden ver la realidad en sí mismas hasta que se hayan liberado de las
distracciones e imprecisiones de los sentidos físicos.
En segundo lugar, Platón dice que el lenguaje humano es
inadecuado para expresar directamente las realidades últimas. Las palabras
ocultan, más que revelan, la naturaleza interna de las cosas. En consecuencia,
las palabras humanas no podrán hacer otra cosa que indicar …mediante la
analogía, el mito y en otras formas indirectas… el carácter verdadero de lo que
está más allá de la esfera física.
El
Libro tibetano de los muertos
Este notable libro es una compilación de las enseñanzas de
los sabios de muchos siglos del Tíbet prehistórico que pasó de una a otra de
las primeras generaciones por tradición oral. Fue escrito finalmente en el
siglo VIII a. de J.C., pero incluso entonces fue escondido para mantener el
secreto ante los extraños.
Este libro inusual ha tomado la forma que le prestaron sus
diversos e interrelacionados usos. Los sabios que lo escribieron veían la muerte
como una habilidad: algo que puede hacerse con arte o de manera inconveniente,
según que se tuvieran o no los conocimientos requeridos para hacerlo
correctamente. Por tanto, el libro era leído como parte del rito funerario o
ante la persona que estaba muriendo cuando le llegaban sus últimos momentos. Se
pensaba que servía así para dos funciones. En primer lugar, para ayudar a la
persona que estaba muriendo a recordar cada uno de los maravillosos fenómenos
conforme los iba experimentando. En segundo lugar, para ayudar a los que
seguían viviendo a tener pensamientos positivos y a no mantener al muerto con
su amor y preocupación emocional, de forma que pudiera entrar en los planos
posteriores a la muerte con una estructura mental adecuada y liberado de todas
las preocupaciones corporales.
Para conseguir esos fines, el libro contiene una detallada
explicación de los diferentes estadios que atraviesa el alma tras la muerte
física. La correspondencia entre su relato de los primeros estadios de la
muerte y la descripción que me han hecho los que se han encontrado cerca de
ella es fantástica.
Ante todo, en el Libro tibetano, la mente o alma de la
persona muerta abandona el cuerpo. Poco tiempo después, el alma se «desvanece»
y se encuentra en un vacío; no en un vacío físico, sino uno sometido a sus
propios límites y en el que existe la conciencia. Puede oír ruidos y sonidos
alarmantes, descritos como rugido, estruendo y ruidos silbantes, como los del
viento, y generalmente el muerto ve que él y lo que le rodea está envuelto en
una luz neblinosa y gris.
Se sorprende de verse a sí mismo fuera del cuerpo físico.
Ve y oye a sus parientes y amigos lamentándose sobre su cuerpo y preparando el
funeral, y cuando intenta comunicar con ellos, ni lo escuchan ni lo ven. Todavía
no ha comprendido que está muerto y se encuentra confuso. Se pregunta a sí
mismo si está muerto o no, y cuando comprende finalmente que sí lo está, no
sabe adónde irá o lo que hará. Se siente pesaroso y deprimido en su estado.
Durante un tiempo permanece cerca de los lugares que le han sido familiares
durante su vida física.
Observa que todavía está en un cuerpo …llamado el cuerpo
«brillante»…, que no parece estar compuesto de sustancia material. Puede
atravesar las piedras, paredes y montañas sin encontrar resistencia. El viaje
es casi instantáneo. Cuando desea ir a algún sitio, llega en un momento. Su
pensamiento y percepción están menos limitados; su mente es muy lúcida y sus
sentidos parecen más perfectos y cercanos a la naturaleza divina. Si en la vida
física ha sido ciego, o mudo, o lisiado, se sorprende de que en su cuerpo
«brillante» tiene todos los sentidos, y que todas las facultades de su cuerpo
físico se han restaurado e intensificado. Puede encontrarse con otros seres con
el mismo tipo de cuerpo y con uno de luz pura y transparente. Los tibetanos
aconsejan al muerto que se aproxima a esa luz que trate de tener sólo amor y
compasión hacia los otros.
El libro también describe los sentimientos de inmensa paz
que el muerto experimenta, así como una especie de «espejo en el que se refleja
toda su vida, los actos buenos y malos, para que él y los seres que lo juzgan
puedan verlos. En esta situación no cabe la mala interpretación, y la mentira
sobre la propia vida es imposible.
En resumen, aunque el Libro tibetano de los muertos incluye
estadios más largos que ninguno de mis entrevistados han recorrido, es obvia la
similitud entre lo que se relata en este antiguo manuscrito y lo que me han
contado americanos del siglo veinte.
Emanuel
Swedenborg
Swedenborg, que vivió entre 1688 y 1772, nació en
Estocolmo. Era famoso en su época e hizo contribuciones respetables en varios
campos de las ciencias naturales. Sus escritos, orientados en un principio
hacia la anatomía, fisiología y psicología, le ganaron un gran reconocimiento.
Sin embargo, en un periodo más tardío de su vida sufrió una crisis religiosa y
comenzó a hablar de experiencias según las cuales pretendía haber estado en
comunicación con entidades espirituales del más allá.
Sus obras posteriores tienen muchas descripciones de cómo
es la vida que hay más allá de la muerte. De nuevo es sorprendente la
correlación entre lo que él escribe de algunas de sus experiencias espirituales
y lo que cuentan los que han tenido experiencias cercanas a la muerte. Por ejemplo,
describe cómo, cuando han cesado las funciones corporales de respiración y
circulación, el hombre todavía no ha muerto, sino que está separado de la
parte corpórea que utilizó en el mundo… El hombre, cuando muere, sólo pasa de
un mundo a otro [3].
Afirma que él mismo ha pasado por las primeras etapas de
la muerte y ha tenido experiencias fuera de su cuerpo.
Pasé por un estado de insensibilidad de los sentidos
corporales, casi por el estado de la muerte; la vida de pensamiento interior
seguía entera, por lo que percibí y retuve en la memoria las cosas que
ocurrieron y lo que les ocurre a los que han resucitado… Especialmente se
percibe… que hay una absorción…, un tirón de… de la mente, es decir, del
espíritu, hacia fuera del cuerpo.
Durante la experiencia se encuentra con seres a los que
identifica con «ángeles». Éstos le preguntan si está preparado para morir.
Aquellos ángeles me preguntaron primero cuál era mi
pensamiento, si era como el de los que mueren, que generalmente se preguntan
sobre la vida eterna; me dijeron que deseaban mantener mi mente en ese
pensamiento.
La comunicación que tiene lugar entre Swedenborg y los
espíritus no es de tipo terrestre y humano. Es casi una transferencia directa
de pensamientos. No hay posibilidad de mala comprensión.
Los espíritus conversan entre sí mediante un lenguaje
universal… Todo hombre, nada más morir, conoce ese lenguaje..., que es propio a
su espíritu...
Lo que le dice un ángel o un espíritu a un hombre se oye
igual que lo que le dice un hombre a otro hombre. Pero no es oído por los otros
que están allí, sino por él sólo; la razón es que lo que dice el ángel o el
espíritu fluye primero al pensamiento de hombre...
La persona recién fallecida no comprende que está muerta,
pues sigue en un «cuerpo» que se asemeja al cuerpo físico en varios aspectos.
El primer estado del hombre tras la muerte es similar a
su estado en el mundo, pues externamente es de la misma manera... Por tanto, no
sabe otra cosa que el hecho de que sigue en el mundo... Una vez que se han
maravillado de que están en un cuerpo y de que siguen en el mundo... desean
saber lo que es el cielo y el infierno.
El estado espiritual es menos limitado. La percepción, el
pensamiento y la memoria son más perfectos, y el tiempo y el espacio ya no
constituyen obstáculos, como en la vida física.
Todas las facultades de los espíritus... se dan en un
estado más perfecto, así como las sensaciones, pensamientos y percepciones.
El muerto puede encontrarse con otros espíritus, a los que
conoció en vida. Están allí para ayudarle a pasar al más allá.
El espíritu de un hombre recién salido del mundo es...
reconocido por sus amigos y por aquellos a quienes había conocido en el
mundo..., que lo instruyen de lo concerniente al estado de vida eterna...
Puede ver su vida pasada en una visión. La recuerda con
todo detalle y no tiene posibilidad de mentir u ocultar nada.
La memoria interior... En ella están escritas todas las
cosas particulares... que el hombre ha pensado, hablado y hecho... desde su
primera infancia hasta el momento de morir. Al hombre le acompaña el recuerdo
de todas las cosas cuando pasa a la otra vida y es llevado sucesivamente a
rememorarlas todas... Cuanto ha hablado y hecho... queda manifiesto ante los
ángeles con una luz tan clara como la del día..., y... nada hay tan oculto en
el mundo que no se manifieste tras la muerte... como visto en efigie, cuando el
espíritu es visto a la luz del cielo.
Swedenborg también describe la «luz del Señor», que penetra
el futuro, una luz de inefable brillo que él mismo ha visto. Es una luz de
verdad y comprensión.
De nuevo en los escritos de Swedenborg, como antes en la
Biblia, las obras de Platón y en el Libro tibetano de los muertos, encontramos
notables paralelos con los acontecimientos que han contado nuestros
contemporáneos que tuvieron experiencias próximas a la muerte. Surge, sin
embargo, la cuestión de si dicho paralelismo es realmente tan sorprendente.
Alguien podría sugerir, por ejemplo, que los autores de esas obras podrían
estar influenciados entre ellos. Tal aserción podría sostenerse en algunos
casos, pero no en todos. Platón admite que algunas de sus intuiciones derivan
directamente del misticismo religioso de Oriente, por lo que podría estar
influenciado por la misma tradición que produjo el Libro tibetano de los
muertos. A su vez, las ideas de la filosofía griega influenciaron a algunos
autores del Nuevo Testamento, por lo que podría argumentarse que la discusión
de San Pablo sobre el cuerpo espiritual podría tener sus raíces en Platón.
Por otro lado, en la mayor parte de los casos no es posible
establecer que tal influencia haya podido tener lugar. Cada escrito tiene
algunos detalles interesantes que sólo se producen en mis entrevistas y que,
por tanto, su autor no podría haber sacado de autores anteriores. Swedenborg
leyó la Biblia y estaba familiarizado con Platón. Sin embargo, alude varias
veces al hecho de que quien acaba de morir no comprende su estado hasta pasado
cierto tiempo. Este hecho, que se produce una y otra vez en los relatos de
quienes han tenido una experiencia próxima a la muerte, no es mencionado ni en
la Biblia ni en Platón. En cambio, sí es enfatizado en el Libro tibetano de los
muertos, obra que Swedenborg no tuvo posibilidad de leer, pues no fue traducida
hasta 1927.
¿Es posible que las experiencias próximas a la muerte que
yo he recogido estuvieran influenciadas por las obras que he discutido? Todas
las personas a las que he entrevistado conocían la Biblia con anterioridad a su
experiencia, y dos o tres sabían algo de Platón. Ninguno tenía noticias
siquiera de la existencia de las obras de Swedenborg o del Libro tibetano de
los muertos. Algunos detalles que no aparecen en la Biblia ni en Platón afloran
constantemente en las experiencias que he recogido y se corresponden
exactamente con acontecimientos y fenómenos mencionados en las fuentes más
inusuales.
Debe reconocerse que la existencia de paralelos y
similitudes entre los escritos de los antiguos pensadores y los informes de
americanos actuales que sobrevivieron a experiencias próximas a la muerte sigue
siendo un hecho sorprendente y todavía no explicado. También hemos de
preguntarnos la razón por la cual la sabiduría de los tibetanos, la teología y
las visiones de Pablo, las extrañas intuiciones y mitos de Platón y las
revelaciones espirituales …de Swedenborg están tan de acuerdo, tanto entre
ellos mismos como con los informes de los individuos contemporáneos que se
hallaron próximos al estado de la muerte.
4.
Cuestiones
AL lector ya se le habrán ocurrido muchas dudas y
objeciones. Gran cantidad de preguntas se me han planteado sobre la materia en
los años que llevo dando conferencias en público y hablando de ello en privado.
En general, suelen preguntarme las mismas cosas en la mayor parte de las
ocasiones, por lo que me resulta sencillo hacer una lista con las que me han
hecho con mayor frecuencia. En este capítulo y en el siguiente me dedicaré a
ellas.
¿Se está inventando usted todo esto?
No. Trato de hacerme un porvenir en la enseñanza de la
psiquiatría y la filosofía de la medicina, y si intentara perpetrar una trampa
no sería el camino para llegar a ese fin.
Además, según mi experiencia, los que han buscado con
diligencia entre sus conocidos, amigos y parientes experiencias semejantes
pronto han visto desaparecer sus dudas.
¿No está siendo poco realista? ¿Hasta qué punto son
comunes esas experiencias?
Soy el primero en admitir que, debido a la naturaleza
necesariamente limitada de los casos que muestro, soy incapaz de dar un cálculo
estadístico numéricamente significativo de la incidencia de este fenómeno. Sin
embargo, quiero decir lo siguiente: la incidencia de estos fenómenos es más
común de lo que pensaría cualquiera que no los haya estudiado. He dado muchas
conferencias sobre la materia, ante grupos de diferentes tipos, y no se dio un
solo caso en el que no se haya levantado alguien para contarme una historia
semejante, e incluso públicamente en algunos casos. Por supuesto, puede alegarse
…y quien lo haga no se equivoca… que hay más probabilidad de que vaya a esas
conferencias quien ha tenido una de esas experiencias. Sin embargo, en muchos
de los casos que me he encontrado, la persona no vino a la conferencia a causa
del tema. Por ejemplo, recientemente me dirigí a un grupo de unas treinta
personas. Dos de ellas habían tenido experiencias próximas a la muerte y se
encontraban allí por ser miembros del grupo. Ni siquiera conocían de antemano
el tema de la charla.
Si las experiencias próximas a la muerte son tan
frecuentes como usted dice, ¿por qué no es algo generalmente conocido?
Hay varias razones para ello. En primer lugar, se encuentra
el hecho, en mi opinión, de que nuestra época está decididamente en contra de
la discusión sobre la posibilidad de supervivencia a la muerte corporal.
Vivimos en una era en que la ciencia y la tecnología han dado pasos de gigante
en la comprensión y conquista de la naturaleza. Hablar de la vida posterior a
la muerte les resulta algo atávico a muchos que sienten que la idea pertenece
más a nuestro pasado «supersticioso» que al presente «científico». En
consecuencia, quienes han experimentado lo que recae fuera de la esfera de la
ciencia, tal como la entendemos, son considerados ridículamente. Siendo conscientes
de esas actitudes, las personas que han tenido experiencias trascendentes se
muestran remisas a relatarlas abiertamente. Estoy convencido de que una gran
cantidad de material se esconde en las mentes de quienes han tenido esas
experiencias, pero que, por miedo a ser tomados como «locos» o «excesivamente
imaginativos», nunca lo han contado salvo a uno o dos amigos íntimos o
parientes.
Además, la oscuridad pública del tema parece derivar en
parte de un fenómeno psicológico bastante común que implica a la atención. Gran
parte de lo que oímos y vemos queda sin registrar en nuestras mentes. Sin
embargo, si nuestra atención es atraída por algo, tenemos la tendencia anotarlo
después. Muchas personas han tenido la experiencia de aprender una nueva
palabra y luego verla en todo lo que leían en los días siguientes. La razón no
es que el lenguaje haya adoptado esa palabra y aparezca por todas partes, se
trata más bien de que la palabra estaba en todo lo que había leído, pero, no
siendo consciente de su significado, la pasaba por alto sin darse cuenta de su
existencia.
Similarmente, tras una conferencia abrí el turno de
discusión y un doctor se levantó y me dijo: «Llevo varios años dedicado a la
medicina. Si estas experiencias son tan comunes como usted dice, ¿cómo no había
oído hablar de ellas?» Sabiendo que probablemente habría alguien que conocería
algún caso, devolví la pregunta al auditorio, y pregunté: «¿Ha oído alguien
hablar de alguna experiencia semejante?» La esposa del doctor levantó el brazo
y contó una que le había ocurrido a un amigo íntimo de ambos.
Por dar otro ejemplo, puedo citar el de un médico a quien
yo conozco, que tomó conciencia de estos fenómenos leyendo un antiguo artículo
de periódico sobre una de mis conferencias. Al día siguiente un paciente le
relató, sin haberle preguntado él nada, una experiencia similar. El médico
estableció que su paciente no podía saber nada de mis estudios. Le confió la
historia porque estaba sorprendido y algo alarmado por lo que le ocurrió y
buscaba una opinión médica. Es posible que en ambos casos los doctores supieran
algo del asunto con anterioridad, pero de ser así habían pensado en ello como
desviaciones individuales y no como fenómenos ampliamente extendidos, motivo
por el cual no le prestaron atención.
En el caso de los médicos existe un factor adicional que
puede contribuir a la explicación de su desconocimiento de los fenómenos
próximos a la muerte, a pesar de que sería de esperar que los médicos, con más
motivo que nadie, se tienen que haber encontrado con casos de ese tipo. Durante
su aprendizaje en las facultades de medicina se los bombardea constantemente
con la idea de que deben guardar muchas reservas ante la expresión que hace el
paciente de lo que siente. Un médico presta mucha atención a los «signos» objetivos
de los procesos de la enfermedad, pero toma los informes subjetivos
(«síntomas») con muchas reservas. Es un procedimiento razonable, pues es más
factible enfrentarse a lo objetivo. Sin embargo, dicha actitud tiene también el
efecto de esconder las experiencias que nos incumben, pues muy pocos médicos
suelen preguntar a los pacientes que han reanimado sobre sus sensaciones y
percepciones. A causa de ello, cabe sospechar que los doctores …en teoría el
grupo con más posibilidades de encontrar experiencias cercanas a la muerte… no
tienen más posibilidades que el resto de las personas de encontrarse con tal
tipo de casos.
¿Ha detectado alguna diferencia entre mujeres y hombres
con respecto a este fenómeno?
No parece existir ninguna diferencia en los contenidos o
tipos de experiencias informados por unas y otros. Tanto los hombres como las
mujeres han descrito los elementos más comunes de los encuentros con la muerte
que hemos discutido y ninguno de los aspectos se da con más frecuencia en unos
o en otras.
Las diferencias son de otro tipo. En general, los hombres
que tuvieron esas experiencias se han mostrado más reticentes a la hora de
hablar de ello. Fueron más los hombres que me contaron con brevedad sus casos y
no han respondido a mis cartas o contestado a mis llamadas cuando he tratado de
obtener un informe más detallado. Más hombres que mujeres me han dicho: «Traté
de olvidarlo, de suprimirlo», aludiendo con frecuencia al miedo, al ridículo o
confesando que las emociones implicadas en la experiencia eran excesivamente
abrumadoras para volver a contarlas.
Aunque no puedo ofrecer ninguna explicación del hecho, no
he sido el único en observarlo. El doctor Russell Moores, famoso investigador,
me dijo que tanto él como algunos de sus compañeros habían observado la misma
situación. Los hombres que llegan a él para informarlo de alguna experiencia
psíquica son tres veces menos numerosos que las mujeres.
También es interesante el hecho de que durante el embarazo
el número de experiencias ha sido mayor. También puedo explicar el motivo.
Quizá se deba a que es un estado fisiológico en el que hay mayor posibilidad de
riesgo y mayor número de complicaciones médicas potenciales. Unido el hecho de
que ese estado sólo se da en las mujeres, al de que éstas son menos reticentes
para hablar, podría explicarse la mayor frecuencia de tales experiencias
durante el embarazo.
¿Cómo sabe que no le están mintiendo?
A quienes no han escuchado y visto cómo relataban las
experiencias les resultaba fácil mantener la hipótesis de que esas historias
son falsas. Me encuentro, sin embargo, en una posición única. He sido testigo
de que hombres y mujeres adultos, maduros y emocionalmente estables, se venían
abajo y lloraban al contarme acontecimientos que les habían sucedido tres
décadas antes. He detectado en sus voces una sinceridad, calor y sentimiento
que no pueden ser transcritos en el libro. En consecuencia, la noción de que
esos relatos puedan estar preparados me resulta insostenible, aunque
desgraciadamente es imposible que muchos otros compartan mi creencia.
Aparte de mi opinión, hay una serie de consideraciones que
se oponen a la hipótesis de tal preparación. La más obvia es la dificultad de
explicar la similitud de tantos relatos. ¿Cómo es posible que en ocho años
tantas personas hayan venido a mí con la, misma mentira? La confabulación
podría ser una posibilidad teórica. ¿Es concebible que una agradable dama de
Carolina del Norte, un estudiante de medicina de Nueva Jersey, un veterinario de
Georgia y muchos otros hayan formado una banda e iniciado una conspiración para
producir una mentira elaborada para mí? ¡No creo que sea una posibilidad muy
factible!
Si no están mintiendo abiertamente, quizá lo estén
desfigurando de una manera más sutil. ¿No es posible que hayan elaborado sus
historias con los años?
Esta cuestión hace referencia al bien conocido fenómeno
psicológico de que una persona puede iniciar un relato simple de un
acontecimiento o experiencia, convirtiéndolo con el paso del tiempo en un
relato elaborado. Cada vez que lo cuenta añade un detalle sutil y acaba por
creérselo él mismo, de forma que al final la historia está tan embellecida como
alejada del original.
No creo que ese mecanismo haya sido operativo en la mayor
medida en los casos que he estudiado. En primer lugar, los relatos de las
personas a las que entrevisté inmediatamente después de su experiencia …en
algunos casos cuando aún se encontraban en el hospital son idénticos a los de
quienes recordaban historias que habían sucedido hacía décadas. Además, en
algunos casos habían escrito descripciones de sus experiencias al poco tiempo
de haberlas tenido y me leían sus notas durante la entrevista. También estas
descripciones son del mismo tipo que las recordadas tras un lapso de varios
años. Hay que tener en cuenta el hecho de que a veces he sido la primera o
segunda persona con la que hablaban de ello, y que aun así lo hacían con
bastante desgana a pesar de que habían pasado varios años. Aunque en esos casos
la oportunidad de embellecimiento era escasa o nula, tampoco se diferenciaban
de los relatos que habían sido contados muchas veces en varios años. Lo que sí
ha sido posible en algunos casos es lo contrario al embellecimiento. Es lo que
los psiquiatras llaman «supresión»: un esfuerzo consciente por controlar los
recuerdos indeseados, los sentimientos o los pensamientos, o por ocultarlos a
la conciencia. En numerosas ocasiones, en el curso de las entrevistas me han
hecho observaciones indicativas de que se había producido la supresión. Por
ejemplo, una mujer que me contó una experiencia muy elaborada que tuvo lugar
durante su «muerte», me dijo: «Creo que hay más cosas, pero no puedo
recordarlas. Traté de olvidarlas porque sabía que la gente no iba a creerme.»
Un hombre, que sufrió un paro cardíaco durante una operación debida a unas
heridas graves recibidas en Vietnam, me contó sus dificultades para tratar
emocionalmente con sus experiencias externas al cuerpo. «He dejado de contarlo
hasta ahora…, creo que hay muchas cosas que no recuerdo. He tratado de
olvidarlas.» En resumen, parece evidente que el embellecimiento no ha sido un
factor significativo en el desarrollo de estas historias.
¿Profesaban esas personas una religión con anterioridad
a la experiencia? ¿No estará formado todo, en ese caso, por las creencias y
antecedentes religiosos?
Parecen estarlo hasta cierto punto. Como mencioné antes,
aunque la descripción del ser luminoso es invariable, sí cambia la identidad
que se le adscribe, aparentemente en función de los antecedentes religiosos del
individuo. Sin embargo, en toda mi investigación no he escuchado una sola
referencia al cielo o al infierno, ni el cuadro que acostumbramos a oír en esta
sociedad. Muchas personas han señalado qué diferentes fueron sus experiencias a
lo que hubieran esperado teniendo en cuenta su aprendizaje religioso. Una mujer
me contó: «Siempre había oído que al morir se veía el cielo y el infierno, pero
yo no vi el uno ni el otro.» Otra, que tuvo una experiencia externa al cuerpo
tras unas heridas graves, me informó: «Lo extraño es que en la educación
religiosa que recibí siempre me habían enseñado que al morir te encuentras ante
las bellas y nacaradas puertas. Pero yo flotaba alrededor de mi cuerpo…, ¡y eso
fue todo! Estaba asombrada.» Además, en algunos casos los informes provienen de
personas que carecían de creencia o educación religiosa anterior a la
experiencia, y sus descripciones no parecen diferir en contenido en comparación
con las de personas con fuertes creencias religiosas. En algunos casos, alguien
que había estado expuesto a doctrinas religiosas y las había rechazado adquirió
profundos y nuevos sentimientos religiosos tras la experiencia. Otros comentan
que aunque habían leído textos religiosos, como la Biblia, hasta que tuvieron
aquella experiencia no habían comprendido realmente algunas cosas.
¿Qué relación tienen las experiencias que ha estudiado
con la posibilidad de la reencarnación?
Ninguno de los casos que he observado es indicativo de
alguna manera de que la reencarnación se produzca. Hay que tener en cuenta, sin
embargo, que ninguno de ellos excluye esa posibilidad. Si la reencarnación
existe, parece lógico pensar que se producirá un intervalo en alguna otra
esfera entre el tiempo de separación del viejo cuerpo y la entrada en otro
nuevo. En consecuencia, el entrevistar a quienes han estado cerca de la muerte
no es la técnica apropiada para estudiar la reencarnación.
Otros métodos se han intentado para estudiar ese fenómeno.
Por ejemplo, algunos han utilizado la técnica de la «regresión lejana». Un
sujeto es hipnotizado y se le sugiere que retroceda mentalmente a etapas cada
vez más lejanas en la vida. Cuando alcanza las primeras experiencias que puede
recordar de su vida presente, se le dice que trate de retroceder un poco más.
En ese punto, algunas personas comienzan a contar historias elaboradas sobre
vidas anteriores en épocas pasadas y lugares distantes. En algunos casos, tales
historias se comprueban con notable precisión. Así ocurre cuando se establece
que el sujeto no podía haber conocido de forma normal los acontecimientos,
personas y lugares que describe con tanta precisión. El caso de Bridey Murphy
es de los más famosos, pero hay muchos otros, algunos incluso más
impresionantes y mejor documentados, que no son tan ampliamente conocidos. Los
lectores interesados en conocer esta cuestión pueden confrontar Twenty Cases
Suggestlve of Reincarnation, del doctor Ian Stevenson. También es digno de
tener en cuenta que en el Libro tibetano de los muertos, en donde se describen
con tanta precisión los estadios del encuentro con la muerte, se dice que la
reencarnación se produce en un punto posterior, tras los acontecimientos que
han sido relatados por mis entrevistados.
¿Ha entrevistado alguna vez a alguien que haya tenido
una experiencia cercana a la muerte en relación con un intento de suicidio?
¿Fue la experiencia diferente en ese caso?
Conozco algunos casos en los que un intentó de suicidio fue
la causa de la «muerte» aparente. Estas experiencias fueron uniformemente
caracterizadas como desagradables.
Una mujer me dijo: «Si dejas esto con un alma atormentada,
también allí la tendrás.» En resumen, dicen que los conflictos que les llevaron
a suicidarse para escapar estaban todavía presentes cuando murieron, pero con
más complicaciones. En el estado incorpóreo no podían hacer nada por sus
problemas, pero tenían que ver las desgraciadas consecuencias que resultaban de
sus actos.
Un hombre que se pegó un tiró, deprimido por la muerte de
su esposa, «muriendo» y resucitando luego, cuenta:
No fui adonde estaba [mi esposa]. Fui a un lugar
horrible… Inmediatamente comprendí el error que había cometido y pensé: «Ojalá
no lo hubiera hecho.»
Otros que han experimentado ese desagradable «limbo»
cuentan que tuvieron la sensación de que estarían allí mucho tiempo. Fue su
castigo por «romper las reglas», por tratar de liberarse a sí mismos de lo que
era una «misión»: cumplir un cometido en la vida.
Esas observaciones coinciden con las informaciones de
personas que «murieron» por otras causas, pero que mientras estaban en ese
estado les llegó el pensamiento de que el suicidio era un acto muy
desafortunado al que le esperaba un grave castigo. Un hombre que estuvo cerca
de la muerte tras un accidente automovilístico, cuenta:
[Mientras estuve allí] tuve la sensación de que dos
cosas me estaban totalmente prohibidas: suicidarme y matar a otra persona… Si
me matara a mí mismo, sería arrojarle a Dios su regalo a la cara… Matar a otro
sería interferir en los propósitos de Dios para ese individuo.
Sentimientos como ésos, que me han expresado en distintas
entrevistas, son idénticos a los encerrados en los más antiguos argumentos
teológicos y morales contra el suicidio, descritos en diversas formas en los
textos de pensadores tan diferentes cómo Santo Tomás de Aquino, Locke y Kant.
Un suicida, según Kant, está actuando en oposición a los propósitos de Dios y
llega al otro lado con la consideración de rebelde a su Creador. Santo Tomás de
Aquino afirma que la vida es un don de Dios, y que a Él, no al hombre, le
corresponde retirarlo.
Sin embargó, discutiendo esto no paso de un juicio moral
contra el suicidio. Sólo informó de lo que me han contado otros que han pasado
por esa experiencia. Estoy preparando ahora un segundo libro sobre experiencias
cercanas a la muerte en el que este tema, junto con otros, será tratado con
mayor amplitud.
¿Conoce algún caso perteneciente a otra cultura?
No. De hecho, una de las múltiples razones por las que digo
que mi estudio no es «científico» se debe a que el grupo de individuos a
quienes he escuchado no está constituido por una muestra al azar de seres
humanos. Estaría muy interesado en escuchar experiencias cercanas a la muerte
de esquimales, indios kwakiutl, navajos, de watusis, etcétera. Sin embargo,
debido a limitaciones geográficas y de otro tipo no he podido localizar
ninguna.
¿Hay ejemplos históricos de fenómenos cercanos a la
muerte?
No los conozco. Sin embargo, dado que he estado totalmente
ocupado por ejemplos contemporáneos, he carecido de tiempo para investigar esa
cuestión. No me sorprendería descubrir que existen informes de ese tipo en el
pasado. Por otra parte, tengo la sospecha de que las experiencias cercanas a la
muerte han sido más comunes en las pasadas décadas que en periodos anteriores.
La razón es que sólo en los últimos tiempos ha podido producirse la reanimación
tecnológica. Muchos de los individuos que sobrevivieron en nuestra época no
hubieran podido hacerlo en tiempos pasados. Inyecciones de adrenalina al
corazón, una máquina que produce un shock en él, corazones artificiales y
pulmones de acero son ejemplos de esos avances médicos.
¿Ha investigado los registros médicos en sus
entrevistados?
Siempre que me fue posible. En los casos en que me invitan
a hacerlo han demostrado la exactitud de las afirmaciones hechas por las
personas implicadas. En algunos casos, debido al paso del tiempo y/o a la
muerte de las personas que realizaron la reanimación, los registros no estaban
disponibles. Los informes de los cuales no existen registros no son diferentes
de los que los poseen. En muchos casos, cuando los registros médicos no han
sido accesibles, he contado con el testimonio de otros …amigos, doctores o
parientes del informante…, quienes han afirmado que se produjo la muerte
clínica.
He oído que al cabo de cinco minutos la reanimación es
imposible, y, sin embargo, usted dice que algunos de los entrevistados
estuvieron «muertos» hasta veinte minutos. ¿Cómo es posible?
La mayor parte de los números y cantidades que se citan en
la práctica médica son valores medios y no deben tomarse como absolutos. La
cifra de cinco minutos que con frecuencia oímos es un promedio. Es una norma
clínica no intentar la reanimación después de cinco minutos porque, en la mayor
parte de los casos, puede haberse producido algún daño cerebral por falta de
oxígeno. Sin embargo, como es un promedio, puede esperarse que existan casos
individuales a ambos extremos. Incluso he encontrado casos en los que la
reanimación se produjo después de veinte minutos, sin que de ello resultara
dañado el cerebro.
¿Algunos de ellos estuvieron realmente muertos?
Una de las razones principales por las que esa cuestión es
tan confusa y difícil de responder es que hay un problema semántico en relación
con el significado de la palabra «muerte». Como revela la reciente controversia
en torno a los trasplantes de órganos, la definición de la «muerte» no está
establecida ni siquiera entre los profesionales en el campo de la medicina. Los
criterios no varían sólo entre abogados y médicos, sino entre los mismos
médicos y de hospital a hospital. La respuesta dependerá, por tanto, de lo que
se entienda por «muerte». Será provechoso examinar aquí las tres definiciones y
hacer un comentario de ellas.
1. «Muerte» como ausencia de signos vitales clínicamente
detectables
Hay quien dice que una persona está «muerta» si su corazón
deja de latir y permanece sin respirar por un periodo de tiempo extenso; si su
presión sanguínea desciende tanto que no puede detectarse; si dilata las
pupilas; si la temperatura corporal comienza a descender, etc. Es la definición
clínica, y ha sido empleada desde siglos por médicos y abogados. De hecho, la
mayor parte de la gente que fue considerada muerta ha sido tratada con ese
criterio. En ese nivel clínico se encontraron muchas de las personas cuyos
casos he estudiado. Tanto los testimonios de los médicos como los datos
registrados apoyan el argumento de que tuvieron lugar muertes» en ese sentido.
2. «Muerte» como ausencia de actividad eléctrica
cerebral
El avance de la tecnología ha producido el desarrollo de
técnicas más sensitivas para detectar los procesos biológicos, incluso los que
no son observables con los sentidos humanos. El electroencefalógrafo (EEG) es
un aparato que amplifica y registra los reducidos potenciales eléctricos del
cerebro. Recientemente, hay una tendencia a determinar la muerte «real» cuando
no hay actividad eléctrica en el cerebro, lo que se determina por trazados
erectos» en el EEG.
Obviamente, en todos los casos de reanimación con que he
tratado existía una extrema emergencia clínica y no había tiempo para colocar
un EEG. Los médicos estaban ocupados en conseguir reanimar al paciente. En
consecuencia, puede argumentarse que ninguna de esas personas estuvo «muerta».
Supongamos por un momento que se han obtenido lecturas
«rectas» con un EEG en un gran porcentaje de las personas que fueron
consideradas muertas y resucitaron. ¿Añadiría mucho ese hecho? Por tres
motivos, creo que no. Primero, los intentos de reanimación son siempre
emergencias que pueden durar todo lo más treinta minutos. Colocar una EEG es
una tarea técnica muy complicada, y es bastante común que incluso los más
experimentados tengan que trabajar con él algún tiempo antes de obtener
lecturas correctas, incluso en las mejores condiciones. En una emergencia, con
su consiguiente confusión, la probabilidad de error sería mucho mayor. Por
tanto, incluso aunque pueda presentarse un trazado erecto» de EEG obtenido en
una persona con una experiencia próxima a la muerte, cualquier crítico podría
decir, con justicia, que la lectura podía no ser exacta.
Segundo, incluso la maravillosa máquina que mide las ondas
cerebrales, apropiadamente colocada, no nos permite determinar con
infalibilidad si la reanimación es posible en un caso dado. Se han obtenido
trazados rectos de EEG en personas que posteriormente fueron reanimadas. Las
sobredosis de drogas que actúan como depresoras del sistema nervioso central,
así como la hipotermia (baja temperatura corporal), producen ese fenómeno.
Tercero, si pudiese contar con un caso en que se hubiese
establecido que la máquina estaba bien conectada, todavía quedaría un problema.
Alguien podría decir que no hay prueba de que la experiencia cercana a la
muerte tuvo lugar mientras el trazado era rectilíneo, pues pudo ocurrir antes o
después. Por tanto, mi conclusión es que el EEG no resulta muy válido en el
estadio presente de la investigación.
3. «Muerte» como pérdida irreversible de funciones
vitales
Hay quien adopta incluso una definición más restrictiva,
sosteniendo que no puede hablarse de que una persona está muerta si
posteriormente es reanimada, con independencia del tiempo en que los signos
vitales hayan sido clínicamente indetectables y del tiempo en que los trazados
del EEG hayan sido rectilíneos. En otras palabras, se define a la muerte como
el estado del cuerpo del cual no se puede salir. Obviamente, según esta
definición, ninguno de los casos que he conocido han implicado el estado de
muerte, pues en todos se ha producido la reanimación.
Hemos visto, entonces, que la respuesta a la pregunta
depende de lo que se entienda por muerte. Hay que tener en cuenta que es una
disputa semántica; la cuestión no pierde por ello importancia, pues las tres
definiciones encierran significativos puntos de vista. De hecho, yo estaría de
acuerdo con la tercera, con la más rigurosa de todas. Incluso en los casos en
que el corazón no palpita, los tejidos del cuerpo, particularmente del cerebro,
deben seguir con oxígeno y alimento la mayor parte del tiempo. No es necesario
en ningún caso suponer que se ha violado una ley biológica o fisiológica. Para
que se haya producido la reanimación en las células del cuerpo debe haber
continuado algún grado de actividad residual, aunque los signos normales de esos
procesos no sean clínicamente detectables con los métodos empleados. No
obstante, en el momento presente parece imposible determinar con exactitud cuál
es el punto sin retorno. Puede variar de un individuo a otro, y posiblemente no
sea un punto fijo, sino una gama de variación en un continuo. De hecho, hace
unas décadas la mayor parte de las personas con las que he hablado no podrían
haber regresado, por lo que podemos pensar que en el futuro dispondremos de
técnicas para revivir a gente que no puede ser salvada hoy en día.
Supongamos que la muerte es una separación de la mente y el
cuerpo y que la primera pasa a otras esferas de la existencia en ese punto.
Habría que llegar a la conclusión de que existe algún mecanismo por el cual el
alma y el cuerpo se liberan tras la muerte. Seguimos sin ninguna base para
suponer que este mecanismo funciona exactamente de acuerdo con lo que en
nuestra era hemos aceptado arbitrariamente como el punto sin retorno. Ni
podemos suponer que funciona perfectamente en cada caso, ni, mucho menos, que
cualquier sistema corporal funciona siempre perfectamente. Quizá el mecanismo
pueda ponerse en funcionamiento alguna vez antes de la crisis fisiológica,
proporcionando a alguna persona una breve visión de otras realidades. Ello podría
dar cuenta de los informes de quienes han tenido visiones retrospectivas de sus
vidas, experiencias externas al cuerpo, etc., cuando están seguros de que van a
morir, antes incluso de que se haya producido una herida grave.
Lo que en última instancia quiero afirmar es lo siguiente:
cualquiera que sea el punto de muerte irrecuperable …en el pasado, presente y
futuro…, aquellos con quienes he hablado han estado mucho más cerca de él que
la gran mayoría de seres humanos. Por esta razón, deseo oír lo que ellos tienen
que decir.
En un análisis final, por tanto, es inútil cavilar sobre la
definición precisa de la «muerte» …irreversible o no… en el contexto de esta
discusión. Lo que la persona que pone tales objeciones ante las experiencias
cercanas a la muerte tiene en la mente es algo más básico. Para dicho crítico,
en tanto quede una posibilidad de que haya alguna actividad biológica residual
en el cuerpo, ella podrá ser la causa de la experiencia.
Doy por supuesto de antemano que esa actividad biológica
residual debe existir en todos los casos. Por tanto, la cuestión de si hubo una
muerte real se reduce al problema más básico de si la función biológica
residual podría dar cuenta de la existencia de esas experiencias. En otras
palabras:
¿Son posibles otras explicaciones? (es decir, otras que
no sean la supervivencia a la muerte corporal).
Esta pregunta nos lleva al tema del siguiente capítulo.
5.
Explicaciones
DISPONEMOS de «explicaciones» alternativas al fenómeno de
proximidad a la muerte. Desde un punto de vista puramente filosófico pueden
construirse infinidad de hipótesis para explicar cualquier experiencia,
observación o hecho. Es decir, siempre se pueden dar más explicaciones
teóricamente plausibles para cualquier cosa que se quiera demostrar. Lo mismo
sucede con estas experiencias; se presentan todo tipo de explicaciones
posibles.
De las numerosas explicaciones que pueden aportarse
teóricamente, unas cuantas me las han hecho con relativa frecuencia en los
encuentros públicos que he tenido. Trataré de estas explicaciones más comunes y
de otras que todavía no me han propuesto. Las he dividido arbitrariamente en
tres tipos: sobrenatural, natural (científica) y psicológica.
Explicaciones
sobrenaturales
Aunque muy raramente, en las conferencias me han propuesto
explicaciones demoníacas a las experiencias cercanas a la muerte, sugiriendo
que eran dirigidas por fuerzas enemigas. Como respuesta a ellas puedo decir lo
siguiente: creo que la mejor forma de distinguir entre experiencias dirigidas
por Dios y las dirigidas por Satán es ver lo que la persona implicada hace y
dice después de la experiencia. Es de suponer que Dios trataría de que aquellos
ante quienes aparece fueran amorosos y perdonaran. Satán preferiría que sus
siervos se dedicaran al odio y la destrucción. Las personas con las que he
hablado están dispuestas a seguir el primer camino y a desaprobar el segundo. A
la luz de las maquinaciones de un hipotético demonio tendría que haber hecho
para engañar a su desventurada víctima (¿y con qué propósito?), ha fracasado
miserablemente …por lo que yo sé… en la consecución de emisarios persuasivos de
su programa.
Explicaciones
naturales (científicas)
1. La explicación farmacológica
Se ha sugerido que esas experiencias están causadas por las
medicinas administradas al enfermo en su momento de crisis. La plausibilidad
superficial de esta idea deriva de varios hechos. Por ejemplo, la mayor parte
de los médicos y abogados están de acuerdo en que algunos medicamentos producen
experiencias y estados mentales engañosos y alucinatorios. Además, nos
encontramos en una época en que hay un interés profundo por el problema del
abuso de drogas, y gran parte de la atención pública se ha enfocado en el uso
lícito del LSD, marihuana, etc., que parecen causar episodios alucinatorios.
Nos encontramos, finalmente, con el hecho de que incluso muchas drogas
médicamente aceptadas están asociadas a diversos efectos en la mente que pueden
recordar a los acontecimientos de la experiencia de morir. Por ejemplo, la
cetamina (o ciclohexanona) es un anestésico que se aplica mediante inyección
intravenosa con efectos lateralmente similares en algunos aspectos a las
experiencias externas al cuerpo. Ha sido calificado de anestésico «disociativo»
porque, durante la inducción, el paciente puede quedar sin respuesta no sólo al
dolor, sino también al entorno como totalidad. Se siente «disociado» de su
entorno, incluyendo en él las partes de su propio cuerpo: brazos, piernas, etc.
Después de la recuperación, durante cierto tiempo puede tener disturbios
psicológicos, como alucinaciones y sueños muy vívidos. (Obsérvese que pocas
personas han utilizado esa palabra …«disociación»… para caracterizar sus
sentimientos cuando estaban fuera del cuerpo.)
También he recogido algunos relatos de gente que, cuando
estaban bajo el efecto del anestésico, identificaron como visiones
alucinatorias de la muerte. Veamos un ejemplo.
Ocurrió cuando tenía diez años. Había ido al dentista
para un empaste y me dieron óxido nítrico. Me ponía nervioso tomarlo porque
pensaba que no despertaría de nuevo. Cuando la anestesia comenzó a hacer
efecto, me sentí dando vueltas en espiral. No tenía la impresión de que yo
mismo me estuviese moviendo, sino de que el sillón del dentista daba vueltas y
ascendía más y más alto.
Todo era brillante y blanco cuando llegué al final de la
espiral; unos ángeles bajaron a recibirme y llevarme al cielo. Uso el plural,
«ángeles», porque aunque era algo muy vago estaba seguro de que había más de
uno. No puedo decir cuántos.
En determinado momento, el dentista y la enfermera
hablaban entre sí sobre otra persona, y los oía, pero cuando habían acabado una
frase ni siquiera podía recordar el principio. Sabía que estaban hablando y que
sus palabras formaban un eco que daba vueltas y vueltas. Era un eco que parecía
alejarse, como el de las montañas. Recuerdo que me pareció oírlos desde arriba,
pues tenía la impresión de estar subiendo al cielo.
Es todo lo que recuerdo, aparte de que no tenía miedo
ante el pensamiento de morir. En esa época de mi vida temía ir al infierno,
pero cuando ocurrió aquello sólo pensé que iba al cielo. Más tarde me
sorprendió mucho que la idea de la muerte no me hubiera atemorizado, pero
llegué a la conclusión de que en el estado de anestesia nada me molestaba. Me
sentía feliz porque el gas me había quitado toda preocupación. Pensé que ése
era el motivo. Fue algo muy vago y no me volví a preocupar de ello.
Obsérvese que hay algunos puntos de similitud entre esta
experiencia y otras que fueron sentidas como reales por quienes las sufrieron.
Se describe una luz brillante y blanca, el encuentro con otros que lo llevan al
otro lado y no hay preocupación por estar muerto. También hay dos aspectos que
sugieren una experiencia externa al cuerpo: su impresión de que oía desde
arriba las voces del dentista y la enfermera y la sensación de «flotar».
Por otra parte, otros detalles de la historia son muy
atípicos de las experiencias que se consideraron que realmente habían sucedido.
La luz brillante no es personificada y no se producen inefables sentimientos de
paz y felicidad. La descripción del otro mundo está muy literaturizada y, según
propia confesión, muy de acuerdo con las enseñanzas religiosas recibidas. Los
seres son identificados con «ángeles» y habla de ir al «cielo», que se
encuentra «arriba». No ha visto ni su cuerpo ni cualquier otro cuerpo, y siente
que es el sillón del dentista, y no su propio movimiento, la fuente de la
rotación. Expresa repetidamente la vaguedad de su experiencia y ésta no tiene
efectos sobre su creencia en un más allá. (De hecho, sigue teniendo dudas sobre
la supervivencia a la muerte corporal.)
Comparando los informes en los que la experiencia es
atribuida a la droga con las experiencias cercanas a la muerte que se
consideran reales, deben mencionarse algunos puntos. En primer lugar, quienes
me han descrito las experiencias con «drogas» no son ni más ni menos
románticos, imaginativos o inteligentes. En segundo lugar, estas experiencias
son extremadamente vagas. En tercer lugar, las historias varían unas de otras,
pero la variación es mucho mayor con respecto a las visiones «reales» cercanas
a la muerte. Además, al elegir el caso específico de experiencia con
«anestésico», he escogido a propósito el que más claramente se asemeja al grupo
de las experiencias «reales». Sugeriría, por tanto, que, en general, hay
grandes diferencias entre los dos tipos de experiencias.
Hay factores adicionales que desaprueban la explicación
farmacológica de esos fenómenos. El más significativo es que en muchos casos no
se administró ninguna droga antes de la experiencia, y en algunos ni siquiera
fue administrada con posterioridad. Muchas personas me han insistido en que la
experiencia tuvo lugar antes de que les suministraran cualquier tipo de medicación,
en algunos casos antes de que obtuvieran cualquier clase de atención médica.
Incluso en los ejemplos en que sí existieron drogas terapéuticas, la variedad
de los medicamentos empleados con los diferentes pacientes es enorme. Desde
sustancias como la aspirina, pasando por antibióticos y adrenalina hormonal, a
anestésicos locales y gaseosos. La mayor parte de las drogas no se asocian con
efectos sobre el sistema nervioso central o con efectos físicos. También hay
que tener en cuenta que no existen diferencias entre los grupos que no
recibieron medicamentos y los que sí. Diré, por último, sin añadir comentario
alguno, que una mujer que «murió» dos veces en distintas ocasiones separadas
por varios años, atribuye la falta de experiencia en la primera ocasión a que
estaba anestesiada. La segunda vez, cuando no había tomado ninguna droga, tuvo
una experiencia completa.
Una de las suposiciones de la moderna farmacología médica
es la noción, que también ha ganado aceptación entre muchos abogados de nuestra
sociedad, de que las drogas psicoactivas producen los episodios psíquicos con
los que está asociado su uso. Estos acontecimientos psíquicos son considerados,
por tanto, como «irreales», «alucinatorios», «engañosos» o producidos «sólo en
la mente». Debe recordarse que esta idea no es universalmente aceptada; existe
otra noción de la relación entre las drogas y las experiencias que suceden con
su uso. Me refiero a la utilización iniciática y exploradora de lo que llamamos
drogas «alucinógenas». En distintas épocas, el hombre ha utilizado esos
compuestos psicoactivos en su búsqueda de otros estados de conciencia y
realidad. (Para una exposición contemporánea viva y fascinante de esa
utilización de la droga, véase el reciente libro, The Natural Mind, del doctor
Andrew Weil.) De esta manera, el uso de la droga ha estado asociado
históricamente no sólo con la medicina y el tratamiento de enfermedades, sino
también con la religión y el logro de la iluminación. Por ejemplo, en los bien
conocidos rituales del culto del peyote entre los indios americanos del oeste
de Estados Unidos, el peyote (que contiene mescalina) es ingerido para alcanzar
visiones religiosas e iluminación. Hay cultos similares en todo el mundo, y sus
miembros comparten la creencia de que la droga empleada constituye un medio
para pasar a otras dimensiones de la realidad. Suponiendo que esta idea sea
válida, podría pensarse hipotéticamente que el uso de la droga sería un camino
más entre los muchos que llevan al logro de la iluminación y al descubrimiento
de otras esferas de la existencia. La experiencia de morir podría ser, en ese
caso, otro de los caminos, y así nos sería posible explicarnos el parecido
entre las experiencias inducidas por drogas con las que hemos analizado en este
libro.
2. Explicaciones fisiológicas
La fisiología es la rama de la biología que trata de las
funciones de las células, órganos y cuerpos completos de los seres vivos y de
las interrelaciones entre esas funciones. Una explicación fisiológica de los
fenómenos cercanos a la muerte que se han propuesto con frecuencia es que, dado
que el abastecimiento de oxígeno al cerebro se suspende durante la muerte
clínica y en otros casos de grave tensión corporal, el fenómeno percibido debe
representar una especie de último grito compensatorio del cerebro moribundo.
El error principal de esa hipótesis es el siguiente: como
puede verse fácilmente observando las experiencias relacionadas con la muerte
que antes mencionamos, muchas de ellas se produjeron con anterioridad a
cualquier tensión fisiológica del tipo requerido. En algunos casos ni siquiera
hubo daño corporal durante el encuentro. Además, todos los elementos que
aparecen en los casos de heridas graves se encuentran también en las historias
contadas por quienes no habían sido heridos.
3. Explicaciones neurológicas
La neurología es la especialidad médica que trata de la
causa, diagnosis y tratamiento de las enfermedades del sistema nervioso …es
decir, el cerebro, la médula espinal y los nervios…. En determinadas
condiciones neurológicas también se observan fenómenos similares a los que
fueron informados por personas que estuvieron cerca de la muerte. En
consecuencia, algunos pueden proponer explicaciones neurológicas de las
experiencias cercanas a la muerte en términos de supuestas malfunciones del
sistema nervioso de la persona moribunda. Consideremos los paralelos
neurológicos de dos de los más sorprendentes episodios de la experiencia de la
muerte: la «revisión» instantánea de los acontecimientos de la vida del
moribundo y el fenómeno de salirse del cuerpo.
Encontré un paciente en una sala de neurología de un
hospital que me describió una forma peculiar de ataque en la que tenía visiones
retrospectivas de los acontecimientos de su vida.
La primera vez que me ocurrió estaba mirando a un amigo que
se encontraba en la habitación. El lado derecho de su rostro se distorsionó y,
repentinamente, mi conciencia fue invadida por escenas que me habían ocurrido
en el pasado. Se producían en la misma forma como habían ocurrido: vívidas, en
color y tridimensionales. Sentí náuseas, y me asusté tanto que traté de evitan
las imágenes. Desde entonces he tenido muchos de esos ataques y he aprendido lo
suficiente para dejar que sigan su curso. El paralelo más cercano que puedo
encontrar son las escenas que ponen en televisión en la noche de año nuevo. Las
imágenes de lo ocurrido durante el año pasan por la pantalla, pero cuando estás
viendo una ya se ha ido, sin que tengas tiempo ni siquiera de pensar en ella.
Así ocurre con esos ataques. Veo algo y pienso que lo recuerdo. Trato de
mantenerlo en la mente, pero ya ha sido sustituido por otra imagen.
Siempre son imágenes de algo que ha ocurrido y nada está
modificado. Sin embargo, cuando ha terminado me resulta muy difícil recordar
las imágenes que vi. A veces son las mismas imágenes, otras veces no. Cuando
aparecen, recuerdo: «Son las mismas que vi antes», pero, cuando han terminado,
es casi imposible recordar cuáles eran. No parecen acontecimientos
particularmente significativos de mi vida. En realidad ninguno de ellos lo es.
Son muy triviales. No se producen en orden, ni siquiera en el orden en que
aparecieron en mi vida. Vienen al azar.
Cuando llegan las imágenes, puedo ver lo que está
ocurriendo a mi alrededor, pero mi consciencia ha disminuido. Es casi como si
la mitad de mi mente estuviera ocupada en esas imágenes y la otra mitad
prestara atención a lo que estoy haciendo. Quienes me han visto durante un
ataque dicen que dura un minuto, pero a mí me parecen siglos.
Existen ciertas similitudes obvias entre estos ataques,
ocasionados sin duda por un foco de irritación en el cerebro, y la memoria
panorámica de que habló alguno de mis entrevistados. Por ejemplo, el ataque de
ese hombre toma la forma de imágenes visuales increíblemente vívidas y en tres
dimensiones. Además, las imágenes parecen venirle, independientemente de
cualquier intención por su parte. También alega que se producen con gran
rapidez y pone de relieve la distorsión de sus sentidos del tiempo durante la
experiencia.
Por otra parte, también hay notables diferencias. En
oposición a la visión panorámica producida en las experiencias cercanas a la
muerte, las imágenes no le vienen en el orden que tuvieron en la vida y no son
vistas enseguida, en una visión unificadora. No se refieren a acontecimientos
significativos de su vida; por el contrario, ponen de relieve su trivialidad.
Por tanto, no parecen tener un motivo de juicio o educacional. Mientras que
muchos de los sujetos que han tenido experiencias de muerte señalan que tras la
«revisión» pueden recordar los acontecimientos de su vida con mayor claridad y
detalle que antes, el paciente de neurología alega no recordar las imágenes
particulares que siguieron al ataque.
Las experiencias externas al cuerpo tienen un análogo
neurológico en las llamadas «alucinaciones autoscópicas», materia de un
excelente artículo del doctor N. Lukianowicz en la revista médica Archives of
Neurology and Psychiatry. En esas extrañas visiones, el sujeto ve una
proyección de sí mismo en su propio campo visual. El extraño «doble» imita las
expresiones faciales y movimientos corporales de su original, que se encuentra
totalmente confundido cuando ve una imagen de sí mismo a distancia,
generalmente enfrente de él.
Aunque la experiencia es algo similar a las externas al
cuerpo ya descritas, las diferencias superan con mucho las similitudes. El
fantasma autoscópico siempre se percibe como vivo …a veces el sujeto piensa que
incluso está más vivo y consciente que él…, mientras que en las experiencias
externas al cuerpo éste es visto como si no tuviera vida, como si fuera un
cascarón. El sujeto autoscópico puede «oír» a su doble hablándole, dándole
instrucciones, burlándose de él, etc., mientras que en las experiencias
externas el cuerpo todo él es visto …a no ser que esté parcialmente cubierto u
oculto de otra manera…; frecuentemente, el doble autoscópico sólo es visto
desde el pecho o el cuello.
De hecho, las copias autoscópicas tienen mucho más en común
con lo que he llamado cuerpo espiritual que con el cuerpo físico que es visto
por una persona moribunda. Los dobles autoscópicos, aunque a veces son vistos
en color, son descritos con más frecuencia como tenues, transparentes y sin
color. El sujeto puede ver cómo su imagen pasa a través de puertas o de otros
obstáculos físicos sin problema aparente.
Presento aquí un relato de una alucinación autoscópica que
me fue descrita. Es una experiencia única por cuanto implica simultáneamente a
dos personas.
A las once de la noche de un verano, dos años antes de
que mi esposa y yo nos casáramos, la llevaba a su casa en un deportivo
convertible. Aparqué en la calle débilmente iluminada que había frente a su
casa. Ambos quedamos sorprendidos cuando miramos hacía arriba al mismo tiempo y
vimos unas imágenes de nosotros mismos, de la cintura para arriba y sentadas
una al lado de la otra, en los grandes árboles que había en la calle a unos
cien pies frente a nosotros. Las imágenes eran oscuras, casi como siluetas, y
no podíamos ver a través de ellas, pero de todas formas eran réplicas exactas.
Ninguno de los dos tuvimos problema para reconocerlas enseguida. Se movían,
pero no imitando nuestros movimientos, pues estábamos sentados mirándolas.
Hacían cosas como ésta: mi imagen cogía un libro y enseñaba algo que había en
él a la imagen de mi esposa, y ella se inclinaba y miraba atentamente el libro.
Mientras estábamos sentados allí contaba a mi esposa lo
que veía que estaban haciendo las imágenes, y cuanto decía era exactamente lo
que ella veía. Luego cambiamos. Ella me decía lo que estaba viendo y coincidía
exactamente con lo que veía yo.
Estuvimos mucho rato sentados, por lo menos treinta
minutos, mirando y hablando de lo que veíamos. Creo que hubiéramos podido pasar
así el resto de la noche. No obstante, mi esposa tenía que ir a su casa y
subimos juntos por las escaleras de la colina que conducían al portal. Cuando
bajé, volví a ver las imágenes, que siguieron allí mientras me marchaba.
No hay ninguna posibilidad de que fuera cualquier tipo
de reflejo sobre el parabrisas, pues había retirado la parte superior del coche
y todo el tiempo mirábamos por encima. Ninguno de los dos habíamos bebido, y
todo ocurrió tres años antes de que oyéramos hablar del LSD o drogas parecidas.
Tampoco nos encontrábamos cansados, aunque era algo tarde, por lo que no
estábamos dormidos y soñando. Nos encontrábamos bien despiertos, alerta y
sorprendidos cuando estábamos viendo las imágenes y hablábamos de ellas entre
nosotros.
Concedamos que las alucinaciones autoscópicas son en cierta
manera como los fenómenos externos al cuerpo asociados con una experiencia
cercana a la muerte. Sin embargo, aunque nos remitiéramos sólo a los puntos de
similitud y despreciáramos las diferencias, la existencia de alucinaciones
autoscópicas no nos daría una explicación de la ocurrencia de experiencias externas
al cuerpo, por la razón de que tampoco hay una explicación para la existencia
de las alucinaciones autoscópicas. Varios neurólogos y psiquiatras han
propuesto muchas explicaciones contradictorias, pero el debate continúa y
ninguna teoría ha ganado la aceptación general. Por tanto, tratar de explicar
las experiencias externas al cuerpo como alucinaciones autoscópicas seria
sustituir una situación sorprendente por un enigma.
Queda finalmente otro punto relevante en relación con las
explicaciones neurológicas de las experiencias cercanas a la muerte. En un
caso, encontré un sujeto con un problema neurológico residual derivado de un
encuentro con la muerte. El problema era una parálisis parcial de un pequeño
grupo de músculos de un lado del cuerpo. Aunque a menudo me pregunté si se
trataba de un déficit residual, ha sido el único caso que he encontrado de daño
neurológico posterior a un encuentro próximo con la muerte.
Explicaciones
psicológicas
La psicología no ha alcanzado todavía el grado de rigor y
precisión que tienen otras ciencias hoy en día. Los psicólogos siguen divididos
en escuelas de pensamiento con puntos de vista, aproximaciones a la
investigación y entendimientos fundamentales conflictivos sobre la existencia y
naturaleza de la muerte. Las explicaciones psicológicas de estas experiencias
variarán ampliamente de acuerdo con la escuela de pensamiento a que pertenezca
el psicólogo o psiquiatra. En lugar de considerar cada uno de los tipos de
explicación psicológica que podrían proponerse, me ceñiré a las que he
escuchado con más frecuencia en las conferencias, y sobre todo a una que, en
cierta manera, me parece la más tentadora.
Ya me referí antes a los dos tipos de explicaciones más
comúnmente propuestos: aquellos en los que se da la hipótesis de que o bien el
consciente miente o el inconsciente embellece. En este capítulo quiero
considerar otros dos.
1. Investigación de la aislación
En ninguna de las conferencias públicas que he presentado
sobre mis estudios se ha adelantado una explicación de esas experiencias en
términos de resultados de experiencias de aislación. Sin embargo, es
precisamente en esta área de relativamente reciente y rápido crecimiento de la
ciencia del comportamiento en donde los fenómenos más cercanos a los estadios
de la experiencia de la muerte han sido estudiados y producidos en condiciones
de laboratorio.
La investigación del aislamiento es el estudio de lo que le
ocurre a la mente y al cuerpo de una persona cuando es aislada en una u otra
forma; por ejemplo, separándola de todo contacto social con otros seres humanos
o siendo sometida a una tarea monótona y repetitiva durante largos periodos.
Los datos sobre experiencias de este tipo se han reunido de
diversas maneras. Los relatos escritos de las experiencias de los exploradores
polares o de supervivientes solitarios de naufragios contienen mucha
información. Durante las últimas décadas los científicos han tratado de
investigar fenómenos similares bajo condiciones de laboratorio. Una técnica
bien conocida consiste en suspender a un voluntario en un tanque de agua que
esté a la misma temperatura que el cuerpo. Así se minimizan las sensaciones de
peso y temperatura. Se le vendan los ojos y taponan los oídos para intensificar
el efecto del tanque a prueba de oscuridad y sonidos. Le meten los brazos en
tubos para que no pueda moverlos y se sienta privado de muchas de las
sensaciones normales de movimiento y posición.
Bajo estas y otras condiciones de soledad, algunos
individuos han experimentado inusuales fenómenos psicológicos que conservan
semejanzas con los subrayados en el capitulo 2. Una mujer que pasó largos
periodos de soledad en las condiciones desoladas del Polo Norte cuenta que tuvo
una visión panorámica de los acontecimientos de su vida. Unos marineros
náufragos que estuvieron encallados en pequeños botes durante muchas semanas
han descrito alucinaciones en las que eran rescatados, a veces por seres
paranormales semejantes a fantasmas o espíritus. Ello guarda cierta analogía
con el ser luminoso o los espíritus de amigos que se encuentran en los informes
de los sujetos que he entrevistado. Otro fenómeno cercano a la muerte que se
produce en los relatos de experiencias de aislación incluye: distorsiones del
sentido del tiempo, sentimientos de estar parcialmente disociado del cuerpo,
resistencia a volver a la civilización o a abandonar la aislación y sensación
de estar «unidos» al universo. Además, muchos de los que han estado aislados, a
causa de un naufragio o por cualquier otro motivo, dicen que a las varias
semanas de verse en esa condición regresaban a la civilización con un profundo
cambio de valores. Cuentan que después de la experiencia se sintieron
interiormente más seguros. Tal reintegración de la personalidad es semejante a
la reivindicada por muchos de los que han regresado de la muerte.
De igual modo, también hay algunos aspectos de las
situaciones de muerte semejantes a los rasgos encontrados en las experiencias y
estudios de aislación. Los pacientes que están cerca de la muerte
frecuentemente se encuentran aislados e inmóviles en las salas de los
hospitales, en unas condiciones disminuidas de luz y sonido, y sin visitantes.
Cabe preguntarse si los cambios fisiológicos asociados con la muerte del cuerpo
pueden producir un tipo radical de aislación de la que resulte una ausencia
total de entradas sensoriales al cerebro. Como ya discutimos extensamente
antes, algunos de los pacientes que han tenido experiencias próximas a la
muerte me contaron que cuando estaban fuera de sus cuerpos tuvieron
desagradables sensaciones de aislamiento, de soledad o de verse separados del
contacto humano.
Pueden encontrarse casos fronterizos que no sean
clasificables como experiencias cercanas a la muerte ni como experiencias de
aislación. Por ejemplo, un hombre me contó la siguiente historia de su
permanencia en un hospital a causa de una grave enfermedad.
Me encontraba gravemente enfermo en un hospital, y
mientras estaba en la cama me llegaban imágenes, como si estuviera frente a una
pantalla de televisión. Eran imágenes de personas y podía ver una, a distancia
en el espacio, que comenzaba a andar hacia mí, luego desaparecía y en su lugar
surgía otra. Era perfectamente consciente de encontrarme en la sala del
hospital y enfermo, pero empezaba a preguntarme qué estaba ocurriéndome.
Conocía personalmente a algunas de aquellas personas –eran amigos o parientes…,
pero a otras no las había visto nunca. Súbitamente me di cuenta de que todas
las que conocía ya habían muerto.
No es tan fácil clasificar esta experiencia, pues tiene
puntos de contacto tanto con las de aislación como con las de proximidad a la
muerte. Es análoga a las últimas en que se han producido encuentros con los
espíritus de gente que ha fallecido, pero ningún otro fenómeno tiene en común
con las experiencias de muerte. Es interesante el hecho de que en un estudio de
aislación un sujeto que se encontraba solo en una cámara durante cierto tiempo
tuvo alucinaciones en las que veía imágenes de hombres famosos que flotaban
hacia él. ¿Puede clasificarse entonces la experiencia como de proximidad a la
muerte a causa de la extrema gravedad del enfermo o como experiencia de
aislación producida por las condiciones de confinamiento requeridas por el
estado de su salud? Es posible que no exista ningún criterio absoluto que nos
permita clasificarla en una de las dos categorías separadas. Quizá será siempre
un caso fronterizo.
A pesar de las coincidencias, los resultados de la
investigación de la aislación no suministran una explicación satisfactoria de
las experiencias próximas a la muerte. En primer lugar, los diversos fenómenos
mentales producidos en las condiciones de aislación no pueden, ellos mismos,
ser explicados por alguna teoría. Invocar los estudios de aislación para
explicar las experiencias próximas a la muerte sería, como en el caso de la
«explicación» de las experiencias externas al cuerpo por referencia a las
alucinaciones autoscópicas, sustituir un misterio por otro. Hay dos corrientes
de pensamiento conflictivas por lo que se refiere a la naturaleza de las
visiones que tienen lugar en condiciones de aislación. Algunos no dudan en
tomarlas como «irreales» y «alucinatorias», mientras que en toda la historia
los místicos han elegido la soledad con el fin de encontrar la iluminación y la
revelación. La noción de que el renacimiento espiritual puede producirse
mediante aislación forma parte integral de los sistemas de creencias de muchas
culturas y es reflejado en diversos grandes textos religiosos, como en la
Biblia.
Aunque tal idea sea algo ajena a la estructura de creencias
del Occidente contemporáneo, todavía hay muchos que la proponen, incluso en
nuestra propia sociedad. Uno de los primeros y más influyentes investigadores
de la aislación, el doctor John Lilly, ha escrito recientemente un libro, una
autobiografía espiritual, llamado The Center of the Ciclone. En él refiere que
considera las experiencias que ha tenido bajo condiciones de aislación como
verdaderas experiencias de iluminación e intuición, y no como «irreales» o
«engañosas». Es interesante observar que cuenta una experiencia propia próxima
a la muerte que es muy semejante a las que he referido, y que coloca su
experiencia en la misma categoría que las de aislación. Ésta puede ser también,
junto con las drogas alucinatorias y la cercanía de la muerte, una de las
diferentes maneras de entrar en nuevas esferas de conciencia.
2. Sueños, alucinaciones y engaños
Quizá, dirán algunos, las experiencias cercanas a la muerte
son sólo sueños de cumplimientos de deseos, fantasías o alucinaciones puestos
en juego por diversos factores: drogas en un caso, anoxia cerebral en otro,
aislación, etc. Así se explicarían como engaños.
Pienso que varios factores se oponen a ello. En primer
lugar, la consideración de la gran similitud en contenido y progresión que
encontramos entre las descripciones, a pesar de que los elementos más
generalmente informados no coinciden con lo que cabría esperar de las
posibilidades imaginativas de nuestro medio cultural con respecto a la muerte.
Añadamos a ello que el cuadro de acontecimientos que rodean a la muerte en
estos relatos se corresponde notablemente con el que es pintado en muy antiguos
escritos esotéricos totalmente ajenos a mis sujetos.
En segundo lugar, las personas con quienes he hablado no
son víctimas de psicosis. Son gente normal y emocionalmente estable, con buena
adaptación social. Tienen trabajos y posiciones de importancia y los
desarrollan con responsabilidad. Sus matrimonios son estables y están adaptados
a sus familiares y amigos. Casi ninguno de ellos ha tenido más de una
experiencia extraordinaria en su vida y, lo que es más importante, pueden
distinguir entre los sueños y las experiencias que tienen despiertos.
Lo que les ocurrió cuando estuvieron cerca de la muerte no
lo informan como algo soñado, sino como acontecimientos que les han ocurrido.
Casi invariablemente, en el curso de las entrevistas me aseguraron que sus
experiencias no habían sido sueños, sino episodios definidos y reales.
Finalmente, nos encontramos con el hecho de que existe una
corroboración independiente para alguno de los episodios externos al cuerpo.
Aunque los compromisos contraídos me impiden dar nombres y detalles, he visto y
oído lo suficiente para decir que continúo sorprendiéndome. Opino que
cualquiera que busque experiencias cercanas a la muerte de una manera organizada
descubrirá probablemente tan extraña corroboración. Al menos descubrirá hechos
suficientes para preguntarse si esas experiencias, lejos de ser sueños, no
pertenecerán a una categoría diferente.
Como nota final, permítaseme señalar que las
«explicaciones» no son abstractos sistemas intelectuales. En algunos aspectos
son proyecciones de los egos de las personas que las sostienen. Los individuos
se mantienen emocionalmente unidos a los cánones de las explicaciones
científicas que idean o adoptan.
En las numerosas conferencias que he dado sobre el tema me
han propuesto muchos tipos de explicaciones. Las personas fisiológica,
farmacológica o neurológicamente mentalizadas adoptaban sus propias
orientaciones como fuentes obvias de explicación, incluso en los casos que
parecían estar en contra de ese tipo de explicación. Los seguidores de las
teorías de Freud se complacían en ver en el ser luminoso una proyección del
padre del sujeto, mientras que los jungianos veían arquetipos del inconsciente
colectivo, y así ad infinitum.
Aunque quiero poner de relieve de nuevo que no trato de
proponer nuevas explicaciones de mi propia cosecha, he tratado de dar algunas
de las razones por las que me parecen cuestionables las explicaciones que con
frecuencia me han propuesto. De hecho, lo único que quiero sugerir es lo
siguiente: al menos dejamos abierta la posibilidad de que las experiencias
próximas a la muerte representan un nuevo fenómeno para el que hemos de idear
nuevos modos de explicaciones e interpretaciones.
6.
Impresiones
AL escribir este libro he sido consciente de que mis
propósitos y perspectivas podían ser fácilmente mal interpretados. En
particular me gustaría decir a los lectores científicamente mentalizados que
soy consciente de que lo que he hecho aquí no es un estudio científico. A mis
compañeros filósofos les insisto en que no me engaño pensando que he «probado»
que hay vida después de la muerte. Tratar con esas materias implicaría la
discusión de detalles técnicos que están más allá del objetivo de este libro,
por lo que me limitaré a unas breves observaciones.
En los estudios especializados, como lógica, leyes y
ciencia, las palabras «conclusión», «evidencia» y «prueba» son términos
técnicos con unos significados más sofisticados que en el uso común. Incluso en
la lengua de cada día se utilizan de muchos modos. Una ojeada a cualquiera de
las revistas populares sensacionalistas nos permitirá ver que la historia más
inverosímil se da como «prueba» de una afirmación poco probable.
En lógica, lo que puede y no puede decirse a partir de una
serie de premisas no es un asunto casual, sino que está precisamente definido
por reglas, convenciones y leyes. Cuando alguien dice que ha llegado a
determinada «conclusión», está afirmando implícitamente que cualquiera que
parta de las mismas premisas deberá llegar a igual resultado, a menos que haya
cometido un error en el proceso.
Estas observaciones indican el motivo por el cual me niego
a sacar «conclusión» alguna, y no intento construir una prueba de la antigua
doctrina de la supervivencia a la muerte corporal. No obstante, sigo pensando
que los informes de las experiencias próximas a la muerte son muy
significativos. Lo que quiero hacer es descubrir un medio de interpretarlas: un
medio que ni rechace las experiencias sobre la base de que no constituyen una
prueba científica o lógica ni las convierta en algo sensacional apelando a
vagas afirmaciones emocionales en el sentido de que «prueban» que hay vida
después de la muerte.
Al mismo tiempo, creo que el hecho de que nuestra
imposibilidad actual para construir una «prueba» no sea una limitación impuesta
por la naturaleza de las mismas experiencias significa que tenemos una puerta
abierta. Quizá sea una limitación de los modos aceptados de pensamiento
científico y lógico. Puede ser que la perspectiva de los científicos y lógicos
del pasado sea diferente. (Debe recordarse que, históricamente, la metodología
y lógica no ha sido un sistema estático, sino un proceso dinámico y en crecimiento.)
Por ello, termino no con conclusiones, evidencias o
pruebas, sino con algo mucho menos definido: sensaciones, preguntas, analogías
y hechos asombrosos que deben ser explicados. Es más apropiado preguntar cómo
me ha afectado personalmente el estudio, que cuáles han sido las conclusiones
que he extraído de él. Como respuesta sólo puedo decir que hay algo muy
persuasivo en la forma en que las personas describen su experiencia, y que ese
«algo» no puede ser trasladado adecuadamente al texto. Lo sucedido era algo muy
real para ellos y, a través de mi asociación con los entrevistados, se ha
convertido en algo real para mí.
No dejo por ello de darme cuenta que se trata de una
consideración psicológica y no de una lógica. La lógica es una materia pública,
pero no ocurre lo mismo con las consideraciones psicológicas. Las mismas
circunstancias pueden cambiar y afectar a varias personas en diferentes formas.
Es un asunto de disposición y temperamento y no deseo que mi reacción ante este
estudio se convierta en una ley para el pensamiento de otro. Podría alegarse
que si la interpretación de esas experiencias es en última instancia una
materia subjetiva, no está claro el motivo de estudiarlas. La única respuesta
que se me ocurre es señalar nuevamente la preocupación universal por la muerte.
Creo que cualquier luz que pueda arrojarse sobre su naturaleza es válida.
Los miembros de muchas profesiones y campos académicos
necesitan iluminación sobre la materia. La necesitan los médicos, que han de
enfrentarse a los miedos y esperanzas del paciente moribundo, y los sacerdotes,
que han de ayudar a los otros a enfrentare a la muerte. También la necesitan
los psicólogos y psiquiatras, pues para construir un método funcional y digno
de confianza para la terapia de los disturbios emocionales necesitan saber lo
que es la mente y si puede existir fuera del cuerpo. Si no puede, el énfasis de
la terapia fisiológica derivaría en última instancia hacia los métodos físicos:
drogas, electroshock, cirugía cerebral, etc. Por otra parte, si hay
indicaciones de que la mente pueda existir separada del cuerpo y que tiene
entidad propia, la terapia de los órdenes mentales deberá ser muy diferente.
Sin embargo, las cuestiones implicadas no son sólo
académicas y profesionales. Penetran en cuestiones personales profundas, pues
lo que aprendemos sobre la muerte puede producir importantes diferencias en la
manera en que actuamos en nuestras vidas. Si las experiencias del tipo que he
discutido son reales, entonces tienen profundas implicaciones en lo que cada
uno de nosotros hacemos en nuestras vidas. En ese caso sería cierto que no
podemos comprender plenamente esta vida hasta que sepamos algo de lo que hay
más allá.
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[1]
Platón, Los últimos días de Sócrates. Traducido directamente de la versión
inglesa de Hugh Tredennick (Baltimore: Penguin Books, 1959), pág. 75.
[2]
Todas las citas de la Biblia están tomadas de la versión inglesa del rey Jaime.
[3] Todas las citas de Swedenborg están tomadas
del Compendium of the Theological and Spiritual Writings of Emanuel Swedenborg
(Boston: Crosby and Nichols, 1853), págs. 160-197.
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