VIAJE A LA POSVIDA (2018)
Por Kristy
Robinett .
****************
TRADUCCIÓN ARS-GRATIA por KOS d'ASTUIRES (2026)
****************
OTROS LIBROS DEL AUTOR EN ESTE SITIO:
****************
Contenido
Introducción
Parte Primera: El cielo
1: Los niños y la vida después de la muerte - 2: Almas
aniquiladas - 3: El dolor del pasado - 4: En la línea temporal del cielo - 5:
Creer - 6: Juntos encontraremos el cielo - 7: El cielo aquí, el cielo allá, el
cielo por todas partes - 8: Almas viejas y almas nuevas
Parte Segunda: El infierno
9: Te encontrarán - 10: No hay horario de visitas - 11:
¿Qué demonios? - 12: En el medio - 13: El suicidio y el otro lado - 14: Un
fantasma de una lectura - 15: La rendición - 16: Con la ayuda del cielo - 17:
Un hallazgo vintage
Conclusión - Apéndice: Formas de limpiar la energía - Referencias - Expresiones de gratitud - Acerca del autor
****************
Nota del Traductor
Sin prejuzgar el contenido del
libro conviene aclarar ciertos aspectos vertidos en él a la luz de las últimas
investigaciones y hallazgos en lo que se refiere al llamado “mundo espiritual”.
A partir de la mucha información canalizada por médiums y espiritistas (debe
citarse aquí a la pionera Jane Roberts, quien canalizó al ente llamado Seth y
que produjo una auténtica revolución en muchos aspectos de conocimiento del
mundo espiritual y en cierto sentido es antecesora de la llamada Nueva Era),
así como de la sistematizada por los practicantes de la terapia de hipnosis
regresiva sobre pacientes que afirman visitar el espacio espiritual conocido
normalmente como “de entre vidas”, es decir, el lugar atemporal que podría llamarse
“cielo”, parece evidente que el mundo espiritual es percibido por cada alma
como una manifestación subjetiva producto de su evolución personal, su nivel
energético o de conocimientos, siempre en continua evolución. El alma es
creadora de lo que podemos llamar realidad (que pasa a ser “su” realidad) y, a la
vez, se da la circunstancia de que esa “realidad” percibida cambia de acuerdo
con el observador de esa “realidad”. En ese sentido hablar de cielo e infierno
es hablar de una construcción humana que suele tener más que ver con mecanismos
de control social que con cosa “espiritual”. Se sugiere que tanto cielo como
infierno “espirituales” son producto subjetivo de cada individuo (cada alma) y
poco tienen que ver con una realidad pretendidamente objetiva. Las almas crean
su realidad de acuerdo a su nivel energético de evolución o conocimiento y, en
ese sentido, crean su infierno o cielo aunque bien es cierto que dado que todas
están relacionadas con una especie de “Súper_Alma” o ente energético masivo (denominada
Fuente, e incluso Dios aunque este término humano es muy limitante) del que surge
tanto el alma como toda realidad pensable o impensable en esa creación se ven “ayudadas”
por ser parte de la mencionada Fuente o Súper_Alma. Ser parte de esa energía
incognoscible, y de la que solo se puede teorizar pues su conocimiento directo
no está al alcance de capacidades humanas por lo masivo e ilimitado de aquella,
es parte de la gracia de existir. Fin de
la nota.
****************
Introducción
Desde que tenía tres años, he tenido la visita de
espíritus que me cuentan historias de vida y muerte, penas y alegrías. Por
mucho que intenté cortar la comunicación con el más allá, la conexión nunca se
rompió. Esa comunicación con los espíritus continúa. Cuando era más joven me
tapaba la cabeza con las mantas y deseaba que desaparecieran pero hoy los
escucho. La fila parece una cola interminable la mayoría de las noches y hay
momentos en que me siento abrumada y agotada por la vida, y cuando llego a casa
aun tengo que lidiar con el más allá. Después de resistirme a mi vocación
durante años la acepté y me convertí en consejera espiritual para los vivos,
además de para los muertos. Para ser honrada, hay momentos en que encuentro a
los muertos más fascinantes.
No
tengo la capacidad de canalizar como Whoopi Goldberg en la película Ghost. Para mí, eso es simplemente espeluznante, además
de que soy demasiado controladora como para permitir que un secuestrador de
espíritus tome el control. De hecho, veo a los espíritus como si fueran de
carne y hueso, parados justo frente a mí, como eran antes de que su cuerpo
físico muriera. Me comunico con los espíritus, generalmente telepáticamente, y
siento sus emociones y el dolor físico que sintieron en vida. Durante mucho
tiempo me sentí maldita por poder ver, oír y sentir aquello que estaba más allá
de mis s sentidos.
Hace
quince años decidí dejar de absorber la negatividad y considerar las conexiones
como una bendición. Me gusta ver el vaso medio lleno y agradezco no haber
recibido la "bendición" en la que mi rostro se deforma y empiezo a
hablar en lenguas. No tengo problema en admitir que soy miedosa. Si los
espíritus se parecieran a los fantasmas o espíritus que Hollywood muestra
probablemente no habría aceptado mi don. En serio, soy de las que tiene que
dejar una luz de noche encendida en la habitación, para disgusto de mi marido,
y aunque dirijo investigaciones paranormales en los lugares más aterradores,
tengo mi linterna y salvia listas por si acaso alguien me ataca. Un pequeño
apunte: soy sensata y sé que ni la linterna ni la salvia me ayudarán, pero de
todos modos son mi refugio.
Todos
tenemos nuestro refugio. Algunos van a la playa, otros a un spa, mientras que
otros prefieren el gimnasio, una librería o incluso un bar. Desde que era lo
suficientemente mayor como para irme de excursión con mi bicicleta, mi refugio
era el cementerio. A unos kilómetros de mi casa, bajando por la concurrida
carretera de Detroit, Michigan, había más de 60 hectáreas de paz justo tras
ornamentadas puertas de hierro. Con un río sereno y abundante vida silvestre,
era mi refugio secreto. Respetaba las tumbas, simplemente buscaba un lugar para
sentarme, alimentar a pájaros y las ardillas y, a menudo, sacar el diario de mi
mochila para escribir o devorar una novela de misterio o romántica según mi
estado de ánimo. Lloraba por las peleas con mis amigos, contemplaba mis amores
platónicos e incluso recibí de mi padre una de mis primeras lecciones de conducir
por las sinuosas carreteras del lugar. Ni una sola vez me molestó un espíritu
allí. Cuando entré a la preparatoria conté a una nueva amiga sobre mi
escondite. "¿No tienes miedo?", preguntó horrorizada. Jamás tuve
miedo en ese cementerio. «Lo que más me asusta son los vivos», le decía, pero
solo le contaba la verdad a medias. No sería hasta ahora que le revelaría la
otra mitad.
Criada
en la fe luterana y asistiendo a una escuela parroquial, me enseñaron que el
cielo estaba allá arriba, en las nubes. Que el infierno estaba abajo y que si
no estabas bautizado o ibas a la iglesia, te suicidabas o no eras luterano, ese
era el lugar al que ibas. Me enseñaron que el purgatorio era algo inventado por
los católicos para dar una escapatoria a las personas. Me enseñaron que Dios
juzgaba, Satanás gobernaba y que no había término medio. Y entonces empecé a
ver, oír, sentir, percibir y comunicarme con espíritus que me contaban de
primera mano sus experiencias en el más allá, y no se parecía en nada a lo que
me habían contado.
Cada
nacimiento, vida y muerte ofrece experiencias y lecciones a través de las
pérdidas y las ganancias. Estoy aquí para compartir las historias de lo que
sucede después, según varios espíritus que me han visitado tras la muerte de
sus cuerpos físicos. Así como cada historia de nacimiento es diferente, también
lo es cada muerte, y también lo es la vida después de la muerte de cada
persona. Estas son las historias que me pidieron que compartiera. Estas son sus
experiencias en el cielo, el infierno y en el más allá.
Primera parte: Cielo
Muchos que han tenido experiencias cercanas a la
muerte (ECM) han relatado su viaje al cielo. Algunos han hablado de una larga
escalera, otros de una luz brillante, y otros simplemente fueron transportados
a otro lugar. Muchos escépticos han descartado estas experiencias como meras
alucinaciones, pero para quienes las vivieron fue real, verídico y
transformador.
La
mayoría de quienes experimentan su ECM describen una atemporalidad que fluye
con naturalidad. No hay reloj, ni necesidad de seguir un horario, y los
preparativos futuros son irrelevantes pues solo existe el presente. El presente
no se enfrenta a las expectativas estresantes de nuestra vida terrenal; en
cambio, es alegre y tranquilo, algo difícil de replicar en la Tierra.
En
2008 el doctor Eben Alexander cayó en coma tras sufrir un ataque cerebral por
una rara enfermedad. Compartió su experiencia cercana a la muerte en su libro Prueba del Cielo.
«Estaba en un lugar de nubes. Nubes grandes, esponjosas, de color rosa
blanquecino que destacaban nítidamente contra el profundo cielo azul oscuro»,
dijo. «Un sonido, enorme y resonante como un canto glorioso descendió desde
arriba y me pregunté si los seres alados lo producían. Reflexionando sobre ello
más tarde se me ocurrió que la alegría de estas criaturas, mientras volaban,
era tal que tenían que hacer ese ruido; que si la
alegría no emanaba de ellas de esta manera, simplemente no podrían contenerla».
La
doctora Mary Neal, cirujana ortopédica de columna vertebral afirma haber
visitado el cielo tras ahogarse en 1999 en un accidente de kayak. «Los sentidos
eran diferentes. La belleza era increíblemente intensa; no existe otra experiencia
terrenal comparable». Mary dice que no vio un túnel de luz sino algo mucho más
vasto. «Tenía prisa por llegar a una gran estructura abovedada», comenta.
«Había muchos espíritus dentro, y cuando llegué me recibieron con gran alegría
y se regocijaron mucho con mi llegada» (Neal, 2012).
Los
seres que la cuidaban vestían túnicas y emanaban una vibración llena de amor y
alegría; María no quería irse. Los seres espirituales le dijeron que aún no era
su hora y que debía compartir su historia con otros. Sin embargo, antes de su
regreso, le revelaron un suceso futuro que implicaría la muerte de su hijo.
Regresó a su cuerpo y se reunió con sus amigos y familiares con la esperanza de
cambiar el curso de la predicción. Pero no lo logró, y diez años después su
hijo mayor fue atropellado por un coche, y murió.
Si
le preguntas a un puñado de personas cómo imaginan su paraíso obtendrás
diversas respuestas. Algunos considerarán que vivir en el bullicio de la ciudad
es celestial, mientras que otros lo verán como un infierno. Otros anhelan estar
rodeados de campos de lavanda y caballos salvajes, y algunos considerarán eso
una tortura. Algunos desean estar con familiares y amigos; otros encuentran paz
en su soledad. Un gato en el regazo o un perro a tu lado pueden resultar reconfortantes,
pero para otros es tortura.
Ernest
Hemingway describió su paraíso en una carta que le escribió a Scott Fitzgerald.
«Para mí, el paraíso sería una gran plaza de toros donde yo ocuparía dos
escaños en la barrera, un arroyo de truchas en el que nadie más podría pescar y
dos casas preciosas en el pueblo», decía la carta (Grunwald 1999).
Cierra
los ojos y visualiza un lugar donde puedas estar en el presente. Para algunos
es una playa, para otros un bosque, para otros un casino, y para otros, su lugar
de trabajo. El cielo ha sido descrito en mis numerosos encuentros con espíritus
como un paso a través de un velo donde el dolor físico desaparece y el alma
tiene la oportunidad de encontrar paz, alegría y felicidad. Tus sentidos se
agudizan, te sientes comprendido y hay una fuente de amor continuo que rodea y
acuna tu alma. Es la Tierra perfecta, pero no real ni tangible como esta. No
hay problemas, pecados, traiciones, celos ni comparaciones.
Cierra
los ojos e imagina la puesta de sol o el amanecer más hermosos, una relación
profunda y sincera, o una carcajada contagiosa. Imagina tu aroma favorito, tu
comida favorita, tu recuerdo favorito, tus vacaciones favoritas. Esos destellos
de experiencias son pequeñas muestras de lo que es el paraíso.
La
muerte no es un muro; la muerte es una puerta. El traslado al cielo no es un
solo lugar; es tu lugar. Así que sueña en grande y cree en tu cielo.
1. Los niños y la vida después de la muerte
Nadie escapa a la muerte. Cuando la vida cumple su
propósito cruzamos al siguiente umbral. La muerte trae consigo la liberación,
la libertad de ser la forma más pura que estabas destinado a ser en la Tierra,
una forma que tal vez estaba lastrada por ataduras terrenales.
Es
tan fácil celebrar el nacimiento de un bebé, y tan fácil llorar cuando el niño
es llevado al más allá. Lo interesante es que el más allá se regocija al
recibir ese alma de vuelta. Los cumpleaños y los aniversarios de la muerte son
lo mismo en el otro lado. Ambos son celebraciones. Aquí en la Tierra, sentimos
que la muerte es una trampa, una pérdida y algo horrible.
A
nadie le gusta perder nada, salvo quizás peso. Perder algo querido es terrible
y a menudo resulta difícil de aceptar emocionalmente. Admito que, aunque veo
las celebraciones tras un fallecimiento, cuando se trata de un hijo que ha
partido al cielo, no puedo evitar sentir también tristeza y dolor. Aunque sé
que están bien y puedo transmitirles ese mensaje, sigue siendo muy difícil.
Cuando mi tío falleció, mi madre dijo: «Ningún padre debería tener que enterrar
a su hijo», y es una convicción que comparto desde hace mucho tiempo. La cruda
realidad es que sucede.
La pérdida de un niño
Perder a un hijo nunca es fácil. Como en cualquier
pérdida, esa pérdida conlleva una mezcla de sentimientos. El alma del difunto
no se aferra a la tristeza, la ira ni el arrepentimiento, ni los lleva consigo
si decide reencarnar.
Para
mí, es más fácil comunicarse con los niños del más allá. Están emocionados por
compartir su paraíso y felicidad, e intentan derribar los muros de dolor que a
menudo se levantan alrededor de sus seres queridos que quedaron aquí. Si el
niño falleció antes de poder hablar, a menudo tengo un familiar o un guía
espiritual que lo acompaña y facilita la comunicación. Afortunadamente, en la
mayoría de los casos, el espíritu del niño logra comunicarse a pesar de los
muros de dolor y desesperación que rodean a los padres.
Los
niños perdonan con facilidad, comprenden las instrucciones con facilidad y
progresan con facilidad. No se aferran a los conflictos que muchos adultos
guardan como tesoros; de hecho, estos conflictos son vestigios de heridas que
deberían haber quedado atrás hace mucho tiempo. Los niños saben soltar y amar
sin prejuicios, tanto en la tierra como en la otra vida. Son nuestro toque
celestial.
Muchas
veces, un niño que se pierde ya ha vivido muchas vidas antes y, por lo tanto,
comprende que su muerte es simplemente una transición hacia un nuevo comienzo.
Suelen ser más valientes y maduros, y son recibidos por seres espirituales que,
aunque no hayan conocido en la tierra, conocen del mundo espiritual. Algunos
pueden provenir de conexiones de almas de vidas pasadas, y otros pueden estar
conectados con las almas de sus padres, a quienes nunca conocieron en la
tierra. El recibimiento en el cielo para un niño es una de las cosas más
hermosas que he presenciado. Son guiados por arcángeles, ángeles, guías y
muchos otros seres que se sienten atraídos por su vitalidad individual.
Winnie
Winnie fue una niña vivaz desde su nacimiento; llegó
al mundo a las tres de la mañana tras solo una hora de parto. Sus padres, Maya
y Tom, bromeaban diciendo que era un presagio de cómo sería su vida:
apresurada. Desde pequeña fue una niña sobresaliente, destacando en todas las
asignaturas. Ganó peso con facilidad, gateó y caminó antes que sus compañeros y
hablaba con frases completas a los dos años. Claro que todos los padres creen
que su hijo es un genio, pero Winnie no solo era inteligente, sino también
sabia.
“Maya,
tengo que felicitarte por tu hija tan vivaz”, dijo la maestra de preescolar de
Winnie cuando Maya la recogió de la escuela.
Esa
mañana, la profesora de Winnie y su prometido habían tenido una pelea terrible
y, aunque creía haberlo disimulado bien, Winnie se acercó al principio de la
clase y le preguntó si necesitaba un abrazo.
“Winnie,
ve a colorear dibujos”, espetó la maestra.
“No,
creo que necesitas un abrazo”, dijo Winnie y, sin preguntar, rodeó con sus
brazos las piernas de su maestra. “Todo va a estar bien. El cielo lo dispone
así.
La
maestra de Winnie bajó la mirada como si la hubiera abrazado el cielo. Le dio
las gracias a Winnie, que ya se alejaba dando saltitos para colorear un dibujo.
“Gracias
por este regalo”, la maestra de Winnie la elogió.
Maya
se sintió conmovida, pero no sorprendida. Winnie siempre había captado las
emociones de los demás y era sensible a su entorno.
Había
transcurrido un mes desde el cuarto cumpleaños de Winnie cuando Maya se
despertó y encontró a Winnie letárgica y con fiebre.
“Vamos
a levantarte y a darte un baño”, dijo maternalmente.
Winnie
normalmente podía caminar pero cuando Maya intentó ayudarla a ponerse de pie
Winnie gritó por un dolor que Maya nunca antes había oído.
“Tom,
encuéntrame en el hospital”, escribió a su marido por mensaje de texto. “Maya
no puede mantenerse en pie”.
Los
médicos supieron de inmediato de qué se trataba, pero obviamente se requerían
más pruebas. Un par de días después se confirmó que Winnie tenía un tumor
canceroso en el cerebro, probablemente desde su nacimiento, que crecía a medida
que se desarrollaba la niña.
“¿Y
ahora qué?“, preguntaron los padres a los médicos, tratando de mantener la
esperanza. Sin embargo, los médicos no eran optimistas y dijeron que podían
intentar la cirugía, pero dudaban que sirviera de algo y que solo sería
dolorosa.
“Pregúntenle
a Winnie qué quiere”, sugirió uno de los médicos.
“¿Preguntarle
a un niño de cuatro años?“Tom se resistió. “¿Pedir a un niño de cuatro años que
tome una decisión de vida o muerte?
Pero
no era una cuestión de vida o muerte, sino de muerte o muerte. Maya y Tom no
podían soportar contar a su hija lo que estaba sucediendo y decidieron realizar
la cirugía rezando para que fuera un milagro. Abrazaron a Winnie con fuerza
antes de entregarla a los cirujanos. «Esto debería hacerte sentir mejor»,
dijeron, intentando convencerse y convencer su hija. Winnie sobrevivió a la
cirugía. Le extirparon la mayor parte del tumor pero cuando abrió los ojos
estaba ciega. Le advirtieron que podría ser permanente, pero esperaban que
fuera temporal.
“Mamá”,
llamó Winnie con calma. “Estoy aquí mismo” respondió Maya, quien no había
salido del hospital en las últimas dos semanas, permaneciendo constantemente al
lado de su hija.
“Mamá,
sé que no puedo ver, pero cuando llegue al cielo podré ver y te daré un abrazo
cada vez que pueda. ¿De acuerdo, mamá? Te avisaré cuando llegue. Lo prometo.
Prometámoslo con el meñique, mamá. ¿De acuerdo?
Maya
no encontraba las palabras, ahogando sus sollozos. Tomó el dedo meñique de
Winnie y lo enroscó suavemente alrededor del suyo, con cuidado de no tirar de
ninguno de los tubos que rodeaban a su pequeña. Una hora después, Winnie se
quedó dormida profundamente, inducida por la medicación.
“Ve
a ducharte y a comer algo “insistió la enfermera a Maya. “Está estable y si
pasa algo te avisaré”, dijo, refiriéndose al busca del hospital que, en aquel
tiempo se entrega a todos los padres de niños gravemente enfermos. Maya sintió
que era una especie de marca de infamia. Un club al que no quería pertenecer.
Asintió, dio un beso en la frente a su hija y se dirigió al hotel contiguo al
hospital. Esperaba que una ducha caliente la ayudara a despejar la mente. Intentaba
mantenerse fuerte mientras Tom trabajaba. Él se sentía terriblemente culpable
por no estar allí, pero su empleador no facilitaba las cosas en caso de
emergencia y no tenían ni idea de cuánto tiempo estarían en el hospital.
Esperaban y rezaban para que Winnie recibiera el alta en un par de semanas y
entonces todo sería más fácil, volverían a la normalidad.
Maya
se estaba cambiando de ropa cuando sonó el timbre del busca con una llamada al
911. Salió corriendo, sin siquiera estar segura de haber cerrado la puerta tras
de sí. Cuando llegó a la habitación de Winnie, había más personal médico del
que jamás había visto. Recordó haber gritado, un desgarrador «¡No!» a todo
pulmón, sabiendo que su niña se había ido; lo sentía en lo más profundo de su
ser. Algunas enfermeras intentaron contenerla. Los médicos no se daban por
vencidos con Winnie. No les gustaba perder a un paciente, especialmente a un
niño, pero no había nada más que pudieran hacer. Winnie se había ido.
A
Winnie le encantaba el color amarillo. "¿Por qué el amarillo?", le
había preguntado su padre. "¿Por qué no azul, o rosa, o morado?"
Winnie
se rió de la tontería. «El amarillo es el color del sol. Es el color de las
flores de primavera y alegra a todo el mundo», respondió con toda su sabiduría.
Su
padre subió al estrado donde reposaba el féretro de su hija para hablar de la gracia
y la determinación de Winnie. «Siempre tenía prisa», dijo a los trescientos
asistentes al funeral, todos vestidos de amarillo limón, el color favorito de
Winnie. «Nació rápido y se fue rápido al cielo. Todos los que la conocieron
recibieron un abrazo. Era nuestro abrazo del cielo. Creo que muchos de ustedes
recibieron uno. Espero que, mientras todos la lloramos y extrañamos, recordemos
que, egoístamente, deseamos que estuviera aquí pero estoy seguro de que hay una
razón por la que está allá», señaló hacia los altos techos de la iglesia.
«Ojalá supiera por qué», dijo entre lágrimas.
Mientras
compraba en unos grandes almacenes locales sentí como si una niña me atrajera
hacia una señora que, según ella, era su madre. Es raro que me acerque a un
completo desconocido para transmitir un mensaje de un ser querido. Éticamente
sentí que era una invasión de la privacidad, pero Winnie no era de las que admiten
un no, así que rompí mi regla y toqué el hombro a la señora.
“Sé
que esto va a sonar descabellado, pero tengo una niña en espíritu que dice ser su
hija y que quiere conectar usted”.
“¿Es
una broma de mal gusto?“dijo, poniéndose en jarras, con manos en caderas y
hombros tensados.
“Lee
prometo que no es así. Soy médium profesional y esto va totalmente en contra de
mis normas, pero su hija insiste. Me enseña la imagen de Winnie the Pooh. ¿Quizás es su juguete favorito? Y dice que quiere
que sepa cómo es su paraíso. ¿Podemos sentarnos un rato para que se lo cuente?“,
propuse.
La
señora asintió levemente con una expresión de sospecha y entramos en el
probador y nos sentamos en el banco.
“Por
cierto, es muy buena”, empecé a decir. “Parece tener unos ocho años”.
“Tenía
cuatro cuando falleció. Ya han pasado otros cuatro años. Se llamaba Winnie. Yo me
llamo Maya”.
“Me
disculpo por haber sido grosera. Soy Kristy. ¿Tenía cuatro años cuando
falleció? Entonces tiene sentido. Veo a los niños crecer en el más allá hasta
la edad que habrían tenido espiritualmente, pero aún son reconocibles para ti
incluso después de veinte años”.
Los
niños pueden crecer espiritualmente. Cuando un niño se manifiesta a través de
la mediumnidad puede aparecer tal como lo conocía el ser querido. Esto ayuda a
reconocer y validar su identidad. Posteriormente, suelen desarrollar la
personalidad que tendrán en el más allá.
“Dice
que no podía ver y que cuando se durmió pudo ver y estaba frente a una gran
fuente de agua como las que se ven en el zoológico de Detroit” entrecerré los
ojos, esperando haberlo interpretado correctamente.
“Esa
fue nuestra última excursión“ exclamó Maya, sin aliento.
Alrededor
de la fuente había mucha gente, muy contenta de verla. Cantaban. Ella dijo que
era precioso. Entonces te vio llorando y preguntó si podía regresar. Le dijeron
que su misión allí había terminado; que tenía trabajo que hacer al otro lado.
“¿Tiene
trabajo?“
“Dice
que tiene tareas importantes. Una de ellas es cuidar de tu madre; está
preocupada por ella”.
Maya
levantó una ceja y esbozó una sonrisa. "Mi mamá está bien”.
“Está
preocupada por tu madre” repetí. Cree que necesita hacerse un chequeo cardíaco.
Ahora bien, no soy médico, solo soy mensajero.
Maya
asintió con la cabeza en señal de comprensión.
“Ella
cuida de la familia, dice que juega y va a la escuela, pero no como la escuela
de aquí. No se trata de leer ni escribir; se trata de ayudar y sanar. Y de dar
abrazos. Dice que su trabajo es ser una superabrazadora”.
Sonreí
al ver a Winnie al otro lado del banco, sentada junto a su madre. Maya le
rozaba la rodilla, pero lo que sentía era el contacto de su hija.
Hubo
un momento de reflexión. «Esto es una locura», dijo la señora riendo. «Pero sí,
Winnie era una gran abrazadora. Abrazaba a desconocidos, algunos de los cuales
no disfrutaban de los abrazos, pero cuando Winnie los abrazaba cualquier
tristeza en sus vidas se desvanecía».
“Eso
es lo que está haciendo al otro lado” le aseguré. “Está tratando de sanar la
oscuridad en las personas. También está con tu padre”.
Maya
me dirigió otra vez una mirada extraña de duda. "Mi padre está aquí, está
vivo”.
“¿Tiene
Alzheimer?“
“¡Sí
que lo tiene!” exclamó .
“Por
alguna razón, veo a personas con Alzheimer en fase avanzada o demencia avanzada
en el otro lado. Es como si hubieran escapado de este mundo, pero su cuerpo aún
no se ha adaptado. Ella dice que él la lleva a pescar”.
Maya
juntó las manos. “Cuando papá se jubiló eso era lo único que hacía. Mañana,
tarde y noche. Eso enfurecía a mi mamá, sobre todo porque tenía que limpiar el
pescado y odiaba comerlo. Y la semana pasada mamá me dijo que papá había dicho
que vio a Winnie. Pensábamos que era Alzheimer. ¿De verdad era ella?“
Asentí
con la cabeza y continué: «Winnie dice que desde su fallecimiento y su
Alzheimer, él no ha vuelto a pescar. Llévalo a pescar una última vez. Allí
también la sentirás», sonreí. «Mi marido probablemente piensa que estoy perdida
en el probador. Tengo que irme, pero ¿puedo darte un abrazo de parte de
Winnie?».
Maya
se puso de pie y extendió los brazos como si recibiera a una niña pequeña que
regresaba de la escuela. La abracé y nos dimos un largo abrazo. Ninguna de las
dos derramó una sola lágrima y, después del abrazo, me marché.
Winnie
era la sanadora de los abrazos, y aunque fui en contra de mis normas, creo que
necesitaba ese abrazo tanto como Maya.
Guardería y escuela primaria de la Posvida.
La educación en el más allá, digamos Posvida, no es
como la terrenal. Los niños aprenden la importancia de la paz y el amor, y
tienen la oportunidad de compartirlos con su familia aquí en la Tierra. Pero a
medida que su alma continúa evolucionando pueden asumir el papel de guía
espiritual para alguien a quien no conocieron en vida. Podría ser que Winnie
guíe a otro niño diagnosticado con el mismo cáncer, ayudándolo durante sus
tratamientos y, posiblemente, en su viaje al más allá. O podría guiar a alguien
que haya perdido a un padre y necesite ver la luz en la oscuridad.
Mecer hasta dormir.
Era el primer embarazo de Lorna y todos comentaban lo
guapa que estaba. Ella también se sentía bien y le extrañaban todas las quejas e
historias de terror que sus amigas compartían sobre sus embarazos porque ella
no había experimentado nada de eso. Aparte de algunas náuseas leves nunca las tuvo
matutinas y casi no tenía acidez. Todo parecía perfecto. No fue hasta que
sintió las primeras patadas del bebé cuando finalmente se dio cuenta de que
ella y su marido, Spencer, iban a ser papás. Tenía los nervios típicos de una
madre primeriza y, aunque era mujer de negocios segura de sí misma, se dio cuenta
de que se estaba convirtiendo en una madre precavida.
“Eso
es normal” le dijo su hermana Sara. “No eres neurótica; simplemente todo esto
es nuevo para ti”.
Lorna
hizo todo lo posible por relajarse pero, intuitivamente, no le gustaba que todo
fuera casi demasiado perfecto, hasta el punto de que coincidiera exactamente
con su fecha prevista de parto. No conseguía identificar exactamente a qué se
debía, e incluso su obstetra se rió de ella cuando le expresó su inquietud.
“Lorna,
la ecografía salió bien. El bebé se mueve. Tus análisis de sangre están
perfectos. Te quedan seis semanas antes de pasar el resto de tu vida desvelada
preocupada”, dijo el médico riendo. “Disfruta de esta tranquilidad. Y si todo
va bien durante tu embarazo, este niño nacerá sin ningún problema. “Lorna le
devolvió la risa. Sabía que eso no sería del todo cierto, pero quería mucho a
su médico por haberla tranquilizado.
Esa
noche, Lorna se despertó presa del pánico y dijo a Spencer que quería ir a
urgencias.
“¿En
serio, Lor? Mejor llama al doctor Wagner” sugirió con la esperanza de poder
darse la vuelta y volver a dormir. Pero eso no sucedió, y sabía que Lorna no
era de las que exageran las cosas. Así que, ambos en pijama, entraron en
urgencias sin presentar síntomas más allá de una leve sensación.
Tan
solo unas horas después, Lorna y Spencer acunaban a su recién nacido, al que
nombraron Wyatt. Todo parecía perfecto, pero justo cuando Lorna empezó a dar de
comer a Wyatt este comenzó a ponerse azul y la sala se llenó de un grupo de médicos.
Wyatt fue trasladado de urgencia fuera de la habitación mientras Lorna y
Spencer observaban atónitos.
Al
día siguiente Spencer sacó a Lorna del hospital, aturdida y desconsolada, con
las manos vacías. Wyatt había fallecido apenas dos horas después del parto. Sin
explicación alguna regresaron a casa y la encontraron vacía y la habitación del
bebé llena con su flamante cochecito junto a la puerta. No estaban preparados
para entregarlo al cielo. Sentían el corazón destrozado.
No
hubo advertencia, e incluso después de la autopsia no se supo más sobre el
porqué de la muerte. El remordimiento al que se aferró Lorna la sumió en
profunda depresión, llegando incluso a tener pensamientos suicidas. Tenía un
presentimiento, repetía. Debería haber seguido adelante y no lo hizo. Ni el
llanto ni la terapia aliviaron su dolor.
En
la ecografía de los tres meses supieron que el bebé era niño. A ninguno de los
dos les importaba el sexo; solo querían que estuviera sano y criar un niño
feliz. A Spencer le encantaban las películas del Oeste y estaba deseando jugar
a ser vaquero con él, así que enseguida lo llamaron Wyatt John.
La
inminente llegada del bebé trajo consigo fiestas y regalos de familiares y
amigos, y la habitación del bebé comenzó a llenarse de lo necesario y del
evidente amor por un bebé que muchos esperaban con ansias. La ropa de Wyatt
estaba cuidadosamente doblada en la cómoda blanca que Lorna había creado con
cariño a partir del hallazgo en una venta de garaje, por lo que Spencer se
burló de ella. "No es como si hubiera rebuscado en la basura", se rió
ella, cuando él la acusó de ser tonta y dijo que simplemente podían comprarle
una cómoda nueva. "Pero quiero que sepa que dedicamos todos nuestros
pensamientos a su llegada, no solo al dinero", respondió ella. Ese día
estuvo lleno de risas, recordó, mientras estaba sentada en la mecedora
abrazando un osito de peluche que su padre había llevado al hospital cuando se
enteró de que iba a tener al bebé. Deseaba con todas sus fuerzas que fuera su
hijo a quien estuviera abrazando.
Spencer
no sabía cómo arreglar aquello, aunque al mismo tiempo sabía que jamás podría
reparar ese daño kármico. Con el corazón apesadumbrado pasó la primera semana
trabajando y llorando a solas. Cuando su madre notó su angustia le recordó que
podía hacer algo: no evitar a su esposa, su dolor ni su fortaleza. Pero Lorna
no quería saber nada de él. Se sumergía en su ira, alejándolo. «Te llevará
tiempo», le decían con compasión. Pero él también sentía esa misma densa niebla
que ella. Incluso el alegre canto de los pájaros al amanecer lo enfurecía.
Era
una mañana en la que Spencer salía a correr solo cuando se topó con una señal
que le pareció que era de Wyatt. Había recorrido ese camino casi todos los días
pero se detuvo al ver un jilguero amarillo que debía de haber muerto hacía poco.
“Qué
triste”, dijo una corredora al ver el pájaro. “Hay un presagio que dice que un
gorrión o un pinzón muerto es una señal del más allá”, explicó.
“O
tal vez simplemente es que la espichó” dijo Spencer encogiéndose de hombros y,
usando un trozo grande de mantillo, trasladó al pájaro a la zona de césped.
“Tal
vez”, continuó comentando la desconocida, ignorando el cinismo de Spencer, “pero
apuesto a que es un niño que dice que está bien”.
Sin
dudarlo un instante, la muchacha echó a correr.
Spencer
se quedó allí mirando al pajarito y alzó la vista al cielo. "¿Será
posible?", se preguntó. Negando con la cabeza con disgusto por haber
perdido siquiera un instante en tonterías espirituales, se dio la vuelta hacia
casa y, para su sorpresa, Lorna lo recibió con un saludo.
“Spence,
oí la risa de un niño” dijo juntando las manos y sonriendo, mostrando la
primera sonrisa que él había visto en mucho tiempo. “Creo que es Wyatt
diciéndome que está bien.
Tras
dudar un instante, decidió no compartir su encuentro con el pájaro muerto,
aunque le pareció irónico que ambos hubieran tenido lo que la desconocida
describió como un saludo celestial, el mismo día, casi a la misma hora.
“Tiene
que ser Wyatt quien nos diga que está bien. Ha llegado al otro lado”, suspiró
Lorna aliviada mientras volvía a contar su encuentro.
Spencer
no tenía ninguna duda de que Wyatt había ido al cielo y le confundía que Lorna
siguiera con esa duda cuando siguió diciendo “Nuestros padres están todos aquí,
y tenemos la suerte de tener también a nuestros abuelos. Me he preguntado quién
cuida de Wyatt, si es que alguien lo hace. Es un niño muy pequeñito”.
Spencer
no fue criado en un ambiente religioso, pero sí creía en cielo e infierno y
nunca pensó que tener que cuidar a un bebé fuera una preocupación. A la mañana
siguiente, cuando se disponía a salir para ir a trabajar, encontró otro
jilguero muerto en la puerta de casa.
“Tiene
que ser un presagio”, dijo a su amigo y compañero de trabajo.
"¿Acaso
tú?"
“No
puedo decírselo a Lorna. “interrumpió antes de que su amigo terminara. “Temo
que piense que estamos malditos. Para ser sincero, creo que tal vez lo estamos”,
confesó con seriedad.
“A
mi madre y a mi abuela les interesan los presagios y las leyendas, y ese no es
el significado que yo recuerdo de encontrarse con un pinzón”.
“Tal
vez un pinzón vivo pero, Jeff, esto se siente diferente. Estaban muertos”.
“No,
estoy hablando de un pinzón muerto. A ver”, Jeff abrió su portátil en un
navegador de internet y puso las palabras clave “significado de pinzón muerto” y,
efectivamente, sitio tras sitio describía cómo era una señal del cielo.
Se
enviaban pájaros pequeños, como pinzones y gorriones, a las minas para
comprobar si había suficiente oxígeno. Si regresaban, todo estaba bien. Si no,
era potencialmente tóxico y los mineros buscaban una ruta alternativa. Eran sus
protectores. Sacrificaban sus vidas para salvar las de otros.
«Quizás
haya algo más de lo que parece. Si no me crees, tal vez debas verla», dijo Jeff
dejando una tarjeta de presentación sobre el escritorio de Spencer. cerrando su
ordenador portátil y regresando a su cubículo. La tarjeta decía: «Kristy
Robinett, médium psíquica anormalmente normal».
Yo
estaba sentada en una mesa del vestíbulo de una biblioteca firmando libros
cuando vi a una pareja que me miraba fijamente, como si quisieran preguntarme
algo pero tuvieran miedo. Chuqui, mi esposo, estaba sentado a mi lado y les
hizo señas para que se acercaran.
“No
sean tímidos” dijo Chuqui haciendo un gesto. “Ella no muerde, pero yo sí”, bromeó,
se levantó y buscó una excusa para alejarse. Él también percibía su aprensión.
“Sé
que no va a dar lecturas y que nos quedaremos para su conferencia más tarde,
pero…”, se disculpó la señora sujetando la mano de quien supuse que era su
marido. Con la otra mano se apartó el pelo de la oreja con nerviosismo.
Junto
a la pareja se encontraba el espíritu de un niño pequeño, de unos dos años.
Tomaba de la mano a un señor mayor que vestía una camisa de franela roja y gris
y un mono vaquero azul.
“Tu
hijito está bien. Está en el cielo y con tu…” Señalé a su marido, “abuelo”.
Ambos
se miraron sorprendidos y por un momento pensé que tal vez había cometido un
error. Tal vez ella aún no había perdido al bebé y era algo que sucedería en el
futuro. O tal vez no debí haber dicho nada, pero el hombre se inclinó hacia
adelante y susurró: "¿Mi hijo te está mostrando algo?”.
Esa
es una pregunta que me da tanto yuyu que la llamo la pregunta Houdini.
Harry
Houdini, famoso mago de la década de 1920, estaba muy unido a su madre. Ella
creía en el espiritismo pero Harry, siendo mago y sabiendo que los ojos pueden
ver lo que es manipulación, era un gran escéptico. Cuando su madre murió
anhelaba profundamente contactarla y comenzó a relacionarse con médiums y otras
personas del mundo de lo sobrenatural, pero presenció un fraude tras otro.
Desconsolado y enfadado, se centró en desenmascarar a los impostores y
farsantes. Curiosamente tenía varios amigos espiritistas que sí creían en la
comunicación con el más allá, y para demostrarles que tenía una mente abierta,
solo un corazón afligido y aversión al engaño, él, junto con su esposa Bess,
estableció una palabra clave para cuando alguno de los dos viajara al más allá.
Tras
el fallecimiento de su madre, Houdini dedicó la mayor parte de su carrera a
desenmascarar a quienes él llamaba "buitres que se aprovechan de los
afligidos. “Se unió a un panel organizado por la revista Scientific American
, que ofrecía una recompensa a cualquier médium que pudiera demostrar la autenticidad
de sus dones psíquicos. En cada ciudad de su gira, Houdini ofrecía 10.000
dólares a quien pudiera probar su supuesto don. Los espectáculos agotaron las
entradas en todo el país, aunque no sin algunos percances extraños.
"Quizás no deberías burlarte de lo sobrenatural", le advirtieron
algunos amigos. Durante esa gira en Halloween en Detroit, Houdini recibió un
puñetazo en el abdomen. Su apéndice se reventó y, a pesar de los esfuerzos por
salvarle la vida, falleció. Bess Houdini anunció de inmediato que ofrecería los
10.000 dólares a quien pudiera ofrecer su palabra clave especial del más allá.
En 1928, un hombre llamado Arthur Ford contactó con Bess para decirle que tenía
un mensaje de Houdini. Bess revisó el mensaje y, efectivamente, era su palabra
clave: CREER.
Lamentablemente,
chasquear los dedos y hacer la señal, la palabra,
la fecha de nacimiento, etc., no siempre es posible en ese momento. Sin
embargo, el niño me entregó un jilguero amarillo. Ya fuera lo que buscaban o
no, decidí compartir el mensaje. «Quiere darte un jilguero amarillo como
mensaje para decirte que está bien“. Jadeó y se volvió hacia su esposa. “Necesito
decirte algo”, confesó.
“Sigues
oyendo hablar de Wyatt. Bueno, después de su muerte no paraba de encontrar
pinzones muertos y pensé que podría ser una señal de que estábamos malditos”. Se
detuvo y me miró. “¿Eso es lo que significa?”.
El
anciano negó con la cabeza. «Diga a esa hermosa pareja que estoy cuidando a su
hijo, y que está bien. Tuvieron que sacrificarlo para que ella pudiera vivir».
No
me corresponde a mí atar cabos, sino obtener del cielo tantas pistas como pueda
y ofrecer aquellas que, con suerte, se conectarán. Le pedí al espíritu anciano
que me contara más, si podía. Y me contó esto.
Sé mía
El señor mayor se llamaba Weber Bryans y nació en 1900
en una granja en la zona rural de Iowa. Su padre, granjero típico, era muy
trabajador pero le faltaban muchas habilidades como marido y padre. “Mi padre
creía que a los niños había que castigarlos a golpes”, dijo Weber.
Cuanto
más los mimas más se portan mal, esa era su forma de criar a los hijos. La
norma era una lectura del Evangelio por la noche junto con una paliza tras la
cena para mantener tanto a él como a sus catorce hermanos por el buen camino.
Cuando Weber tenía solo quince años decidió que no podía más y preguntó a sus
hermanos gemelos, apenas un año menores que él, si querían escapar de la granja
con él. No, no estaba seguro de adónde iría pero decidió que cualquier lugar
era mejor que el infierno en el que él y sus hermanos vivían. Por mucho que sus
hermanos quisieran irse, temían que los atraparan y ello lo retrasaría y las
repercusiones serían mucho peores que las que estaban sufriendo. Weber quedó
triste pero lo entendió. "Si puedo, volveré a buscaros", prometió esa
noche bajo la luna llena. Se estremeció al sentir las marcas del látigo
mientras se daba la vuelta en la cama donde dormían otros dos de sus hermanos.
A
la mañana siguiente, 15 de mayo de 1915, hizo sus tareas, besó a su madre en la
mejilla y se dirigió a la escuela, pero había puesto el reloj en hora para
cuando el tren parara en la estación. En lugar de ir a la escuela se subió al
tren rumbo a cualquier parte. Sin miedo ni remordimiento, saltó a un vagón
vacío, sacó la manta de su desgastada mochila y se sentó. Anochecía cuando el
tren se detuvo. Con hambre y mareado por la vibración de las vías se puso de
pie con las piernas temblorosas, y saltó.
El
destino lo llevó a un pequeño pueblo de Tennessee donde la mayoría de las
familias eran mineras. Durante una semana se escondió en un granero que parecía
estar al cuidado de una familia. Robaba las sobras, acariciaba a su perro
Basset Hound, que nunca le ladró. Probablemente porque compartía su comida,
pensó, y escuchaba a la familia cantar himnos alegremente después de la cena.
Entonces lo descubrieron.
En
lugar de devolver a Weber escucharon su historia y le hicieron un hueco en el
granero con su propia cama. Tenía tareas que hacer, mantenerse al día con los
deberes escolares y cumplir con sus responsabilidades. Weber no era mala
persona, como su padre intentaba hacerle creer. Era respetuoso y trabajador. Enseñó
a leer a las niñas más pequeñas, y el hombre de la casa le enseñó carpintería.
Le costó mucho ser aceptado y tardó bastante en sentirse cómodo.
Incluso
antes de graduarse de la preparatoria, Weber comenzó a trabajar en las minas.
El sueldo era bajo, las jornadas largas y las condiciones pésimas, pero cada
noche regresaba a una familia amorosa y eso, al final del día, valía la pena.
Les contó a sus nuevos familiares que nunca había sabido que los pájaros
cantaban ni había notado tanto el paso del tiempo como ahora. Ya no se
escondía.
Poco
después de graduarse conoció a la mujer a la que llamaba Sweeties, y se casaron
en una pequeña ceremonia primaveral en la cima de la montaña, bajo un gran
olmo, al son del canto del chotacabras. Había avisado a sus hermanos de dónde
estaba y pedido que se reunieran con él. Su correo fue ignorado, o eso creía.
Weber estaba acostumbrado a las decepciones, pero nada iba a empañar su
felicidad.
Varios
meses después de la boda, descubrió que no era que su familia no quisiera
responder, sino que no podían. Un recorte de periódico en blanco y negro, ya
desgastado, lo explicaba: 15 de mayo de 1915. El incendio en la casa de los Bryans se reportó poco antes de la
medianoche. A pesar de la movilización de varias estaciones de bomberos de dos
condados todos fallecieron.
A
Weber le costó un tiempo darse cuenta de que su familia había muerto la misma
noche que él desapareció. ¿Sabría sus vecinos que no había muerto? ¿Creería la
comunidad que también había perecido en el incendio? ¿Habría provocado su padre
el fuego porque él no estaba? ¿O fue un trágico accidente y su vida fue salvada
por designios divinos? Estas preguntas lo atormentarían hasta su último
aliento, a los ochenta y dos años. Tenía tres hijos y seis nietos, y estaba
ilusionado por reunirse con los seres queridos que habían fallecido una década
antes. Nunca superó el dolor, pero conservó el amor.
“Verás”
me dijo”, mi paraíso está rodeado de la gente que amé, no de la gente que solo
quería que me amara. El viento es una suave brisa, la temperatura es perfecta y
puedo escuchar el canto del chotacabras porque me transporta a mi época más
feliz con Sweeties, que todavía quiere estar conmigo y me ama. Incluso por toda
la eternidad” rió.
“Cada instante se hacen sacrificios, pero en
ese momento no nos damos cuenta. A menudo olvidamos que cada respiración, cada
minuto que estamos vivos, se debe a que alguien renunció a algo o a alguien por
nosotros. La fragilidad de ese pinzón es un mensaje de que la vida es delicada,
y ese chico renunció a su vida para que su hermana pudiera vivir. A través de
ellos deben enseñarle eso a ella. Ella no debe nada a nadie, al igual que ellos
tampoco deben nada a nadie. «No es una deuda», explicó, metiéndose las manos en
los bolsillos. «No, es mucho más que una deuda. Es esperanza. Es gratitud. Es
perdón».
“¿Entonces
habrá otro bebé?” La mujer me miró con poca convicción.
Las
almas de los bebés son cuidadas en una especie de guardería donde otros
espíritus las aman y las asisten en su viaje, ya sea para permanecer en el más
allá o para reencarnar en otra vida. Pude ver a Weber sosteniendo el alma de un
bebé e hizo un gesto indicando que ya había sido enviada.
“Ahora
hay uno. Creo que estás embarazada” respondí, tomando el libro de alguien que
había estado esperando pacientemente a que terminara, y firmé con mi nombre.
Cuando
levanté la vista, ya no estaban.
No
estoy segura de si siquiera se quedaron para la conferencia a la que dijeron
que iban a asistir, pero nueve meses después recibí una postal por correo. Con
un borde de color amarillo jilguero, una bebé vestida de rosa yacía envuelta en
plumas y un cartel que decía: Bienvenida Esperanza Weber Bryans.
Una
nota adjunta decía que creían que Esperanza era un regalo divino del minero al
que nunca conocieron, el bisabuelo de Spencer, y del pequeño Wyatt, quien creía
que Esperanza era necesaria. «Nos dimos cuenta de que el cielo no castiga, sino
que sana. El cielo perdona y nos dio Esperanza”.
2. Almas terminadas
Sin importar tu postura sobre lo que es correcto, ya
seas provida o proelección (abortista), puede que sea un humano quien decida el
destino terrenal de su alma pero no es un humano quien decide su destino en el
más allá. Las decisiones siempre conllevan consecuencias emocionales. Con
frecuencia somos nuestros peores enemigos, y en el caso de un aborto espontáneo
o provocado los remordimientos y las oportunidades perdidas pueden atormentarte
para siempre.
Devolver al remitente
No necesitó una prueba de embarazo para saber que el
resultado era positivo. Dados los senos sensibles, el corazón más sentimental
de lo normal y la ausencia de menstruación la cosa estaba clara semanas atrás.
Sin embargo, todo lo que sucedió después fue una incógnita. Para una joven de
diecinueve años que creía saberlo todo todo se derrumbó al ver una línea
aparentemente inofensiva en la prueba de embarazo.
Olivia
llevaba saliendo con su novio, de nombre Pol, desde el último año de instituto.
Según sus amigos y familiares él no era su tipo pero a su edad, ¿cómo iba a
saber ella, o cualquier otra persona, cuál era su tipo? Había una conexión que
la hacía enamorarse de él cada vez que estaban juntos. Bromeaba diciendo que él
la tenía hechizada, y él decía lo mismo de ella.
Al
graduarse ambos decidieron quedarse juntos, ir a la universidad y trabajar. Sin
embargo, la mayoría de los días universitarios los pasaban sin asistir a clase
y solían encontrarse sentados en un parque charlando. Pol no tardó en
prometerle un hermoso futuro juntos y Olivia absorbía cada una de sus palabras
con avidez.
Pol
le ocupaba casi todo el tiempo y con sus amigas en la escuela se quedó sin
nadie con quien desahogarse. No importaba, se excusaba, al fin y al cabo era su
mejor amigo y siempre estaría ahí para ella. Mirando fijamente el examen médico
supo que tenía que reunirse con él y hablar sobre los próximos pasos. Parecía
que la promesa del futuro tendría que adelantarse a promesas para el presente.
Así que al día siguiente faltaron a clase y se encontraron en su lugar
favorito, la cima de una colina rodeada de sauces llorones.
“¿Con
quién te acostaste?” gritó Pol, devolviéndole la prueba de embarazo.
“Solo
contigo” sollozó Olivia, secándose las lágrimas. “Eres mi primero y mi último, Pol.
¿Cómo pudiste pensar lo contrario?“
Pol
se puso de pie y le dio la espalda. Con las manos apretadas detrás de la
cabeza, lanzó un grito tribal. Olivia se levantó y lo abrazó para consolarlo,
pero él la apartó bruscamente.
“Te
desharás de él” advirtió. “Tengo algunos ahorros, y supongo que lo pagaré. Pide
cita”. Sin decir una palabra más, se marchó furioso hacia su coche, dejando a
Olivia confundida y atónita.
No
tenía con quién desahogarse. Sabía que sus padres se sentirían decepcionados y
no soportaba su reacción, pero notaron su nerviosismo y le preguntaron si
estaba bien y si había discutido con Pol. Decidió explicarlo como una simple
riña de pareja, pero el miedo a no saber qué hacer, o qué no hacer, la
aterraba, y Pol no contestaba sus llamadas. Se dio cuenta de que la había
engañado en los últimos años. Había renunciado a sus amigos, a una beca
universitaria, y ahora también estaba a punto de renunciar a un bebé. No es que
quisiera abortar, pero sabía que no podría hacerse cargo ni de él ni de ella.
Era
una fría mañana de sábado de primavera cuando condujo desde su casa, a veinticuatro
kilómetros de distancia, hasta la clínica para someterse al procedimiento. Allí
la recibieron varios manifestantes con pancartas que mostraban imágenes
grotescas y algunas con versículos bíblicos pegados.
“Estás
sellando tu condena” le dijo una mujer, agarrándola de la manga del abrigo. “Y
estás enviando el alma de tu bebé al infierno. ¿Cómo te hace sentir eso?“
Incapaz
de hablar abrió la puerta de la clínica y entró en una sala de espera llena de
mujeres de todas las edades, todas con aspecto asustado y arrepentido. Muchas
iban acompañadas, y aunque le habían dicho que probablemente también
necesitaría un conductor, no tenía a nadie. La última conversación con Pol
terminó con él insultándola, colgando el teléfono y bloqueando su número. No
podía creer que hubiera buscado su coche en el aparcamiento al llegar con la
esperanza de que recapacitara, estuviera a su lado y le dijera que todo estaba
bien. Pero su coche no estaba y esto no era una película. Mientras rellenaba
los formularios se quedó mirando el espacio en blanco junto a «Conductor» y,
con pesar, añadió «Ninguno”. Les mintió diciéndoles que vivía a solo un par de
manzanas para que la dejaran irse sin conductor.
Después
de que Olivia completara el papeleo la llamaron para una supuesta sesión informativa
y de consejo para asegurarse de que estaba lista. Quiso reír porque ¿quién
estaría lista para interrumpir su embarazo?, pero siguió el juego y respondió
las preguntas como supiera lo que querían que respondiera. Sí, el padre lo
sabía. Era cierto, Pol lo sabía. Sí, estaba segura. No, en realidad no lo
estaba pero no se atrevía a admitirlo. Sí, estaba estudiando y su plan era
graduarse y un hijo no sería conveniente. No, no tenía la estabilidad económica
para mantener a un niño. Recogió latas de refresco y retiró el dinero de su
cumpleaños para pagar esto. Irónico, ese dinero de su cumpleaños ayudaría a
crear una fecha de muerte. Sin embargo intentó apartar ese pensamiento de la
mente. Sí, pensó en la adopción pero estaba segura de que esto era lo que
quería hacer. Firmó tres papeles, entregó una receta para un analgésico para
que la archivaran después, y la enviaron de vuelta a la sala de espera hasta
que llegara su turno.
Durante
dos horas observó cómo una docena de chicas entraban y salían una hora después.
Algunas lloraban, otras estaban desplomadas, la mayoría parecían aturdidas. Una
de las chicas no tendría más de trece años, pues su madre la tomó de la mano y
la acompañó fuera de la oscura clínica. Cada vez que se abría la puerta
exterior los cánticos de los manifestantes llenaban el vestíbulo. “No solo
estás matando a un bebé, estás matando un alma”.
“Tu bebé tiene latidos”.
Olivia
intentó acallar esas protestas y gritó mentalmente «Ellos no saben eso. No tienen
ni idea de lo difícil que fue esta decisión para mí, para cualquiera”.
Por
fin la llamaron. Bueno, no por su nombre de pila sino por un seudónimo: Ana.
Ana de las Tejas Verdes era uno de sus libros favoritos y, al elegirlo, también
se sintió huérfana.
La
enfermera le entregó una bata y le dijo que se cambiara, guardara sus cosas en
la taquilla y fuera a la habitación número seis y que se acostara en la camilla
con los pies en los estribos. Con mano temblorosa hizo lo que le indicaron y
cerró la taquilla de golpe, cogió la llave y se puso la pulsera amarilla en la
muñeca. Le recordó su taquilla en la clase de gimnasia. Su clase menos
favorita. Al abrir la puerta de la habitación número seis intentó no mirar
nada, simplemente se subió a la camilla y se acostó. En las baldosas del techo
había fotos de nubes, como si eso fuera a arreglarlo todo. El médico y la
enfermera entraron y comenzó el procedimiento. Le dolió. Le dolió mucho
mientras intentaba mantenerse fuerte y reprimir sus llantos. Pensó que tal vez
si lloraba amortiguaría el ruido de la máquina que se llevaba a su bebé. Quiso
levantarse de un salto y decirles que pararan, que había cambiado de opinión,
pero el médico le dio una palmadita en la pantorrilla y le dijo que lo había
hecho muy bien y que ya había terminado. La enfermera ayudó a Olivia a bajar de
la camilla y la llevó a una habitación donde había varias chicas tumbadas en camillas.
“Aquí
tienes un poco de Tylenol. Quédate tumbada media hora y luego te dejaremos ir a
casa”.
Una
vez más, hizo lo que le indicaron, evitando las miradas de las otras chicas.
“¿Tienes
cólicos?“, le preguntó la chica que estaba a su derecha entre los sollozos de
Olivia.
Olivia
asintió con la cabeza, mordiéndose el labio inferior.
Una
joven de unos dieciocho años gritó desde el otro lado de la habitación:
"¡Chica, este es mi séptimo aborto, y la cosa solo empeora a medida que
avanza la noche!”.
“¿Te
sientes culpable?“, preguntó la niña a Olivia entre sollozos.
De
nuevo, Olivia asintió, y esta vez no pudo contener las lágrimas que había
ahogado en su garganta. Las soltó.
Veinte
años después, Olivia se sentó frente a mí en mi oficina. Su madre, que había
fallecido el año anterior, estaba allí en espíritu con un bebé en brazos.
“No
tengo hijos y no me interesa tenerlos” dijo Olivia a la defensiva cuando le
conté lo que había visto.
“Tu
madre dice que es un bebé que posiblemente hayas perdido espontáneamente”.
Olivia
me miró fijamente.
“O
a propósito”, añadí.
Olivia,
ejecutiva bancaria, vestía con elegancia. Con traje de pantalón gris y tacones
negros brillantes aparentaba estar impecable por fuera pero en su alma había
cicatrices que nunca habían sanado.
“Mamá
dice que tienes que perdonarte y no te está juzgando. Ella nunca supo por lo
que pasaste. Deseaba que te hubieras sincerado con ella, pero entiende por qué
no lo hiciste”.
Olivia
siguió mirándome fijamente durante un buen rato antes de responder. Entrecerró
los ojos y preguntó: "¿Era niño o niña? ¿Puedes decirlo?"
Mis
guías me mostraron el color rosa, que era mi señal de que era niña. Olivia levantó
la barbilla bruscamente cuando le respondí e intentó contener las lágrimas
presionándose los ojos con los dedos sin importar que se estuviera frotando el
maquillaje.
“Siempre
pensé que era una niña” susurró. “¿Está enfadada conmigo? ¿Acaso le provoqué la
condenación eterna?“
Con
aproximadamente medio millón de abortos practicados legalmente cada año solo en
Estados Unidos era una pregunta que recibía con frecuencia y que siempre
provocaba una profunda emoción. Siempre veo el alma de un feto que muere por
aborto espontáneo o querido en forma de bebé mientras que un niño que nace,
aunque viva solo unos minutos, crece en el mundo espiritual y generalmente se
me muestra con la edad que habría tenido en la Tierra de no haber muerto. No
importa si un niño se pierde por aborto espontáneo o querido, o accidente al
nacer, conserva un alma con sabiduría, inteligencia y amor. Sin embargo yo no
tengo la misma comunicación que tendría con un alma mayor. Siempre hay alguien
que los representa. Puede ser un abuelo, pero a veces es su guía espiritual o
un ángel. Sea quien sea, están cuidados y no abandonados en el cielo, y tampoco
están condenados a un infierno eterno.
Con
frecuencia, quienes han tenido un aborto imaginan algún tipo de castigo eterno
en el más allá. El Espíritu comprende el dolor y la culpa asociados con la
decisión, y sabe que añadir más angustia a la carga no ayuda en nada. El alma
del bebé continúa existiendo y el del padre o la madre y la de ese niño siempre
estarán unidas. Si veo tres hijos para una persona y me dice que solo hay dos
estoy casi segura de que hubo un aborto porque esas almas aún pertenecen a los
padres.
Al
igual que en la Tierra, tenemos libre albedrío para elegir reencarnar y seguir
adelante, o esperar y reunirnos con nuestros seres queridos. El hijo de Olivia
decidió esperar, al menos por un tiempo.
“Es
hora de dejar de castigarte. Se necesita tiempo para volver a quererte, pero lo
vales, Olivia. Tu madre también lo cree”.
Olivia
inclinó la cabeza, la vergüenza de los años brotaba por sus poros energéticos.
“Libérate.
Te ayudarás y ayudarás a tu bebé. Ella también está atada por tu dolor, y al
liberarte de esas cadenas ella también podrá seguir adelante”.
“Si
quisiera terapia…” . Olivia se cruzó de brazos en señal de defensa.
“No
soy terapeuta titulada, soy una mensajera entre los mundos y el cielo quiere
que sanes. Nunca olvides lo fuerte que eres, lo lejos que has llegado. A veces
no hay disculpas, y creo que eso es lo que has creído necesitar durante todos
estos años. Todos tenemos opciones en la vida. Algunas las elegimos bien, otras
mal, y otras desearíamos poder volver atrás. Puedes hacer lo correcto ahora,
liberándote de todas esas ataduras”.
“¿Tiene algún mensaje?“
La
abuela de Olivia, que falleció cuando Olivia tenía catorce años, me contó que
conoció a la bebé del más allá en cuanto murió, y que la llamaron Vera. En ruso
significa fe.
“La
abuela venía de Rusia”, dijo Olivia, atónita.
“Tu
familia está reunida en su paraíso y eso incluye a tu hijo por nacer”.
Olivia
se fue con mucho en qué pensar. A veces no vuelvo a saber de un cliente pero
dos años después me alegró ver el nombre de Olivia en mi agenda y me complació
ver su barriguita de embarazada.
“Con
casi cuarenta años jamás pensé que tendría un bebé. Nunca creí merecerlo
después del aborto. No confiaba en nadie tras la traición de Pol y dejé de
quererme después de sentir que había traicionado al bebé. ¿Sabes si es niño o
niña?“
“Es
una niña”, confirmé.
“La
vamos a llamar Yana. Significa luz”. Olivia sonrió y me entregó la ecografía. “¿Crees
que Yana podría ser Vera?“
Era
una pregunta común. ¿Mi abuela es mi hija, o mi perro favorito se convirtió en
mi nuevo cachorro? No siempre es fácil responderla con un sí o un no. A veces,
la vida nos depara personas especiales gracias a un pacto preestablecido, y en
caso de aborto esa misma alma podría intentar tener otra oportunidad de estar
presente en tu vida. Sin embargo, no siempre es un camino lineal. Puede que tu
nieto fuera tu bebé abortado, y no tu hijo. Puede ser mujer en una encarnación
y hombre en la siguiente.
A
veces uno encarna por casualidad o accidente, sin ningún contrato
preestablecido. Es simplemente una intención subconsciente enviada desde un
alma al universo. La pérdida por aborto espontáneo o provocado puede resultar
en una encarnación futura pero, de nuevo, no es una garantía. Podría ser que se
establezca un contrato para estar con otra persona. Así que, aunque un niño
pueda regresar con uno de sus padres, ya sea la madre o el padre, no hay regla
fija.
Siempre
puedes volver a invitar a esa persona a tu vida. Y eso fue precisamente lo que
hizo Olivia una vez que se perdonó y trabajó el perdón por las acciones de Pol,
sin que él se disculpara. Llegó a comprender que la gente te lastimará y que no
siempre pedirá perdón.
Hay
un meme que dice que tires un plato al suelo y luego pidas disculpas. El plato
sigue roto a pesar de la disculpa. Si bien una disculpa, o la falta de ella,
ayuda a mostrar el carácter de quien se disculpa, ninguna disculpa puede
reparar el daño causado. Sin embargo, con frecuencia nos aferramos a esa falta
de respuesta y permitimos que nos perjudique aún más. No corresponde a otros arreglarte;
te corresponde a ti seguir adelante sin que nadie te lo arregle.
“Cuando
Vera falleció, me convertí inmediatamente en su cuidadora”, me contó la abuela
de Olivia. “No fue una decisión que tomara a la ligera. Sabía que Olivia aún no
estaba preparada para ser madre, pero sabía que algún día lo estaría y que esta
niña volvería a ser su hija. Fue una tarea especial, pero mi trabajo en la Tierra
era el de enfermera pediátrica. Supongo que mi alma tenía que tener esa
sabiduría para poder realizar esta labor celestial y así honrar a la Tierra con
un pedacito de cielo”.
Yana
tenía casi tres años y estaba jugando en el suelo de su habitación cuando
Olivia le preguntó cómo era posible que fuera tan inteligente. “Tu abuela me
ayudó”, dijo volviendo rápidamente a jugar con sus muñecas.
Olivia
se quedó sentada, atónita, eligiendo cuidadosamente qué decir a continuación.
"No conociste a mi abuela, Yana”.
“Sí.
La conocí allí arriba”, dijo Yana, señalando hacia el techo. “Me cuidó hasta
que tú pudiste cuidarme”.
Intrigada,
Olivia decidió preguntar más. "¿Cómo era aquello?"
Yana
dejó su muñeca y miró a Olivia con complicidad . “Era precioso. En mi casa
había flores que podía coger y Babu… “
"¿Qué
dijiste?", preguntó sorprendida Olivia. La niña siguió diciendo: “Tu
abuela se llamaba Babu… sus abrazos me hacían sentir como si estuvieras ahí,
mami”. Yana se levantó y se dirigió dando saltitos hacia la sala de estar,
dejando a Olivia sumida en sus pensamientos.
Su
abuela se llamaba Babu, diminutivo de babulya, que
significa abuela en ruso. Nunca pensó que lo hubiera mencionado a Yanna. Su
abuela, la madre de su madre, era estricta, pero cariñosa, y lo único que podía
hacer era mirar al cielo y agradecer a quienquiera que cuidara de su bebé, por
su gracia y perdón, y por devolvérsela.
Reencarnación
Mi hija, Micaela, tenía tres años cuando estaba
sentada en el suelo de la sala de estar, viendo sus dibujos animados y jugando
a un juego, cuando me miró y dijo inocentemente: "Mamá, ¿te acuerdas
cuando moriste en ese incendio y papá nos salvó a mi hermano y a mí?”.
La
miré confusa preguntándome si era que su padre había visto alguna película
explosiva la noche anterior que su subconsciente hubiera captado.
“Bueno,
cariño, sigo aquí”, le puse la mano en la espalda. “Eso no pasó”.
“Oh,
sí, y él también lo sabe”, dijo desafiante, señalando mi vientre.
No
había contado a nadie más que a mi entonces marido que estaba embarazada, y era
demasiado pronto incluso para saber el sexo del bebé.
“Estaba
enfadada contigo por haber muerto”, dijo con los ojos llorosos, como si lo
reviviera en ese mismo instante . “Incluso me salió esto”, añadió y se levantó
el pelo largo y rubio donde tenía una marca de nacimiento.
“Ese
es un beso de ángel”, bromeé haciéndole cosquillas en la barriga. “Ya estoy
aquí”, dije abrazándola, “y no te dejaré”, le prometí.
Tuve
un aborto espontáneo poco antes del nacimiento de Micaela y le tenía miedo al
fuego. Con apenas un par de años Micaela sabía más de lo que le correspondía a
su edad. Era como si contara la historia de su alma.
Familiarmente desconocido
Las investigaciones sobre la reencarnación detallan
que las almas no siempre regresan con la misma religión, nacionalidad, etnia,
raza o género. Cada vida puede transformarse y reconfigurarse según la
sabiduría que deben aprender, compartir y enseñar. Esto contribuye a la
expansión de la sabiduría del alma.
Desde
su nacimiento Eidrian luchó contra el estereotipo de lo que debía ser una niña.
Las muñecas fueron reemplazadas por pistolas de juguete, y las faldas por
vaqueros y camisetas. Cuando tenía cinco años encontró las tijeras de su madre
y se cortó el pelo no solo para ver qué pasaba sino porque no le gustaba su
larga melena. Los niños de la escuela se burlaban de todo lo que la hacía ser
quien ella sentía ser. Sus padres la apoyaron en sus tribulaciones, pero no lo
entendían. «No quiero encajar», se rebeló. «Quiero que me acepten por quien soy”.
Las etiquetas son algo desafortunado en este mundo; si no encajas del todo en
una categoría determinada muchos te consideran un bicho raro y así se sentía Eidrian.
«¿Eres homosexual?», preguntó su madre una vez, cuando tenía quince años. No
supo qué responder. No era algo sexual, era algo del alma.
Eidrian
era inteligente y cariñosa. Amaba a los animales y, los fines de semana, era
voluntaria en el refugio de animales local. «A los animales no les importa mi
nombre, ni quién soy ni a qué categoría pertenezco. Con tal de que tengan
comida y les acaricien las orejas, son felices. ¿Por qué los humanos no podemos
ser así?», preguntó a su padre cuando la recogió. Su padre no supo qué
responder. Su dolor conmovió a toda la familia.
Era
la víspera del decimosexto cumpleaños de Eidrian cuando oyeron el disparo. Eidrian
había planeado cuidadosamente su final, escribiendo notas a su madre, padre,
hermana, hermano y mejor amiga. Cada nota tenía un mensaje similar: nadie
podría haberle aliviado el dolor. Había hecho todo lo posible por demostrar a
los demás que ser diferente no estaba mal, sino que estaba bien, pero se sentía
frustrada y cansada. Lo sentía, escribió varias veces, pero esta era su única
salida. «Quizás mi próxima vida sea más fácil», le escribió a su mejor amiga.
«Gracias por quererme en esta vida, por no juzgarme nunca, por no burlarte
nunca y por no rendirte nunca conmigo. Siento haberme rendido”.
Era
un día ventoso de noviembre. El cielo estaba gris, amenazando nieve, pero en
vez de eso caía llovizna triste. Eran apenas las ocho y lo único que quería era
acurrucarme bajo el edredón y dormir. Ya no podía luchar contra el sueño y, a
pesar del reloj, caí en el hipnótico influjo del sueño. Al despertar pude
distinguir las luces de la planta baja, lo que me indicó que mi marido o seguía
despierto o se había quedado dormido en el sofá. Me incliné por lo segundo.
Sentada
en la silla, junto a mi cama, estaba el espíritu de una joven. Su cabello
castaño estaba rapado al estilo militar. Vestía una camiseta de la universidad
de “Ojayo” y vaqueros azules rotos que le quedaban demasiado grandes para su
pequeña complexión. Inmediatamente se disculpó, asumiendo la culpa de haberme
despertado. «Creo que mañana verás a mis padres», dijo, apartando la mirada.
“¿Eso
es bueno o malo?“ pregunté intentando recordar mi horario para ver si tenía
razón. Sin embargo todavía intentaba despertarme así que recordé nada.
“Me
preocupa que estén enojados conmigo. Me enseñaron a ser fuerte y a no dejar que
las opiniones de los demás me afectasen. Los escuchaba pero no sabía cómo
hacerlo”, dijo tapándose la boca con la mano.
“¿Así
que te quitaste la vida?“
Eidrian
asintió. Con profundo suspiro se mordió el labio inferior, supongo que deseando
que las lágrimas desaparecieran. «Sí, lo hice. Dejé que todo me afectara y
ahora creo que están decepcionados”.
“¿Estás
contenta ahora?“, pregunté frotándome los ojos para quitarme el sueño.
“Estaré
allí cuando ellos estén. Sé que es ridículo. Simplemente no quiero que piensen
que podrían haber sabido que algo andaba mal. O que podrían haberlo evitado”.
“¿Y
no podían haberlo hecho?“
“Una
actuación digna de un Óscar toda mi vida”, dijo Eidrian riendo”. ¡Una actuación
estelar!“
No
pude evitar reírme con ella.
“Estaba
dispuesta incluso a vivir toda una vida en el infierno con tal de no vivir en
este. Pero me di cuenta de que creamos nuestro infierno y creamos nuestro
paraíso aquí“ señaló hacia arriba. ”O allá“ señaló hacia abajo. “O aquí“. extendió
los brazos. “Podría haber hecho el trabajo aquí y no haber causado todo el
dolor que causé“ dijo expresando arrepentimiento.
"Entonces
…?"
“¿Dónde
estoy? Bueno, parece que estoy en tu habitación“, bromeó y rápidamente se puso
seria.”Después de dispararme no sentí nada. Fue como si me hubieran puesto
Novocaína en el dentista. Entonces sentí una luz. No la vi, la sentí. Como si
mamá me envolviera en una toalla recién sacada de la secadora. Podía oír voces
que me decían que volviera, que no era mi hora, y voces que me decían que me
cuidarían y que era mi elección, mi decisión. Sin embargo no quería volver,
aunque podía ver a mi familia corriendo a la habitación y viéndome en el suelo.
Solo que no estaba en el suelo. Era como si viera a través del ojo de una una
cerradura”.
“Seguí
flotando hasta que llegué a una energía masculina mayor que me dijo que era mi
guía espiritual y que me ayudaría, me aconsejaría. Estaba furiosa. ¿Dónde
estaba él cuando me sentía tan sola? '¿A tu lado?', me dijo. 'Igual que ahora'“.
“Me
llevaron a una habitación rodeada de ventanas de suelo a techo y afuera de cada
ventana podía ver reflejadas mis experiencias de vida. El día que mamá y papá
me tuvieron, y su alegría y emoción. El día que me suicidé, y su dolor. También
podía ver experiencias intermedias como cuando bateé un jonrón en el torneo de
sóftbol en la secundaria. Y cuando vimos un arcoíris en nuestro viaje de
campamento. La vez que mi mejor amiga se cayó de la bicicleta y la consolé.
Algunas experiencias fueron felices, otras dolorosas, pero me dijeron que todas
eran lo mismo: experiencia. Me ayudaron a convertirme en quien soy. No era esto“
dijo tirándose de su pelo corto. “No era el color de mis ojos, ni mi género, ni
cuántas veces iba a la iglesia. Era mucho más simple de lo que intentamos hacer
creer”.
Se
detuvo para asegurarse de que la escuchaba. «Entonces me preguntaron qué quería
hacer a continuación. Estaba confundida. ¿Podía volver a casa y enmendar mis
errores? No, se referían a si quería vivir en mi infierno o en mi paraíso. ¿Qué
sentimiento quería conservar? No es una decisión tan fácil como parece», dijo,
levantándose de la silla. «Quería castigarme, y tal vez todavía lo hago en
cierto modo, porque ellos también se están castigando”.
Eidrian
desapareció antes de que pudiera preguntarle nada más. Tenía tantas preguntas
que me dieron ganas de ser una de esas famosas entrevistadoras de la tela que
hacen entrevistas. Me costó volver a dormir pero a la mañana siguiente estaba
emocionada por ver quién tenía programada mi cita. Efectivamente, había tres
sesiones individuales y mi última sesión era con dos personas; tenían que ser
los padres de Eidrian, y estaba deseando compartir la visita de su hija.
Clarence
y Rhonda se sentaron en el sofá frente a mí y se tomaron de la mano mientras
les contaba mi encuentro con Eidrian la noche anterior. El espíritu de Eidrian
sí se manifestó, pero se mostró mucho más reservada.
“De
niña era reservada”, compartió Clarence”. Intentábamos abrazarla y se apartaba.
O si le preguntábamos por la escuela se ponía a la defensiva y solo nos daba la
información básica, generalmente lo que creía suficiente. No era manipuladora
en absoluto. Era inteligente en algunos aspectos, pero en otros era como una
niña que aún necesitaba crecer y se negaba a hacerlo. Estaba enfadada con el
mundo, con nosotros, por no haberla hecho normal”.
“Ahora
entiende que no existe la normalidad”.
“Dijiste
que tiene el pelo corto y que viste de forma un poco desaliñada“ comenzó Rhonda.
“Así es como vivía aquí”.
Sonreí.
«No tenemos cuerpos físicos al otro lado. No necesitamos cortes de pelo ni
vaqueros. No necesitamos zapatos ni el collar que le regaló su abuela en su
duodécimo cumpleaños. Estas cosas son las que la definen. Si entrara por la
puerta físicamente sería por eso por lo que la reconocerías, ¿verdad?”.
Ambos
asintieron.
“Si
les dijera que llevaba vestido femenino vaporoso y pelo largo trenzado y
recogido con una cinta, dudarían de que estuviera hablando de su hija”.
“Eso
tiene mucho sentido. La vi en un sueño y estaba vestida tal como dijiste. Era
lo último que llevaba puesto y pensé que me lo había imaginado. ¿Es ese su
único atuendo?“, preguntó Rhonda. ”¿Acaso tengo que tener mucho cuidado con lo
que me pongo porque me quedaré atrapada en la eternidad con ropa horrible?“
Todos
reímos, incluido Eidrian.
“Hablando
en serio, solo quiero saber una cosa: ¿es feliz? Ha vivido su corta vida, toda
su vida, infeliz. Solo quiero que sea feliz”.
Eidrian
se dio la vuelta, como si fuera a desaparecer de nuevo, y la detuve. Parecía
ser su naturaleza huir cuando las cosas se ponían difíciles. Lo hizo en vida,
lo hizo en la muerte y lo estaba haciendo en el más allá. «Esto no te ayuda a
aprender», le dije. «Tienes que enfrentar tus miedos para liberarte de ellos”.
“Seré
feliz cuando dejen de culparse“ dijo Eidrian, bajando la mirada. “Podré seguir
adelante cuando ellos puedan”.
Me
pedía casi lo imposible y me costó mucho compartir ese mensaje, pero lo hice.
«Mientras trabajáis en vosotros ella trabaja en sí misma. Es un trabajo en
equipo. No es infeliz, y no podéis hacerla feliz allí más de lo que podéis
aquí. Dadle tiempo. Dejad que aprenda y crezca, pero tened presente que hicisteis
todo lo posible por ella».
Los
asuntos pendientes con alguien que fallece inesperadamente, incluyendo el
suicidio, suelen ser devastadores para los supervivientes. Los sentimientos de
culpa y todo lo que "podría haberse", "debería haberse" o
"se habría" dicho rondan por la mente y dificultan la sanación y el
perdón. El dicho, "si tan solo", nunca es una buena opción. No puedes
culparte por cosas que quedaron sin decir o cosas que habrías hecho de otra
manera.
Eidrian
era un alma vieja, llena de sabiduría, pero el hecho de ser sabio no significa
que no se pueda crecer.
Hablar alto
Con casi 50 centímetros de largo, las enfermeras me
entregaron a mi hijo recién nacido, de nombre Connor, en la sala de
recuperación. Me habían practicado otra cesárea y la medicación para el dolor
me hizo dormir para despertar luego sobresaltada con él en brazos. Lo que me
preocupaba era que se me cayera. Pero su carácter tranquilo y sereno brilló
desde el primer momento. No tenía ni una hora de vida cuando el padre de Connor
me dijo que nuestro bebé tenía paladar hendido, labio leporino. No tenía ni
idea de lo que eso significaba ni de lo que implicaba; lo único que sabía era
que tenía diez dedos en manos y pies y que era precioso. Fue cuando me dieron
un biberón para alimentarlo cuando me di cuenta de que algo andaba mal. Me
dijeron que tendrían que trasladarlo al Hospital Infantil sin mí, pero dije:
«¡Ni hablar!”. Entonces trajeron al personal del Hospital Infantil y me
explicaron que tendría que alimentarlo con un biberón flexible, apretándolo al
ritmo de su succión. Al día siguiente un médico me informó que Connor nunca
cantaría, silbaría ni sorbería con pajita, ni siquiera después de la cirugía.
Su labio leporino era como una pajita con un agujero.
“¿Qué
tal el 17 de marzo?“ preguntó el cirujano. Connor tenía casi un año y era hora
de reparar su labio leporino. Ya le habían hecho varias cirugías de oído, pero
esta era la importante, y yo estaba hecha un lío. ”El día de San Patricio... yo
diría que es un día de suerte“ añadió señalando su pelo rojo y el trébol que
llevaba en su bata blanca.
Fue
uno de los peores días de mi vida tener que entregarlo al personal médico para
una cirugía que duraría varias horas. Durante los meses siguientes no podía
doblar los brazos por miedo a que se le abrieran los puntos al meterse los
dedos o juguetes en la boca. Se adaptó e incluso aprendió a caminar con
equilibrio y gracia.
“¿Por
qué él?“, pregunté a su pediatra durante una de sus citas. Nos habíamos
sometido a pruebas genéticas pero no dieron resultado. Había perdido al gemelo
de Connor en el útero y se pensó que tal vez el flujo sanguíneo se había
detenido y que Connor era el milagro, pero ni siquiera eso se pudo comprobar.
“Creo
que este chico”, dijo el doctor acariciando la cabeza de Connor con cariño. ”tiene
un alma vieja y las almas viejas cargan con viejas heridas. Quizás alzó la voz
por algo y quedó marcado. Quizás hoy deba aprender a alzar la voz por algo.
Este
pediatra venía de un país con creencias populares, así que no le di mucha
importancia. De hecho, me culpaba de los problemas de salud de Connor, aunque
no tenían nada que ver conmigo, ni con su padre, ni con nadie en realidad. Fue
pura casualidad, intentaba convencerme.
Nuestro
cirujano irlandés dijo que el 17 de marzo sería un día de buena suerte para
Connor, y con su nombre irlandés, diría que tenían razón. Hay una frase que
dice que la vida es un diez por ciento lo que te pasa y un noventa por ciento
cómo reaccionas ante ello. Connor siempre se encogía de hombros y seguía
adelante. Hay lecciones que aprender de eso.
Durante
su discurso de despedida en octavo grado, Connor dijo a la multitud que
esperaba ser funcionario electo algún día para servir y proteger al público. Me
hizo sonreír. De niño era muy servicial. Un limpiador casi militar; a los dos
años limpiaba y ordenaba la casa. No quería un armario abarrotado; el
minimalismo le sentaba bien. El exceso de cualquier cosa simplemente complicaba
su equilibrio vital. Era raro verlo con niños de su edad; prefería sentarse a
charlar con personas mayores, ayudándolas y escuchando sus historias.
«Sonríe»,
le dicen todavía. No es que no quiera sonreír sino que tiene que valer la pena
para sonreír. El labio leporino congénito bien podría recordárselo.
Estoy
seguro de que fue un luchador en una vida anterior. Fue luchador desde bebé, y
hoy, estudiante de justicia penal, se ha propuesto luchar por los demás.
Si
tienes un defecto o cicatriz de nacimiento, llévalo con orgullo. Demuestra que
tú también eres un luchador.
3. El dolor del pasado
Las
almas viejas o sabias a menudo se sienten alejadas del mundo actual con
profundo anhelo por un hogar, más que un lugar, “físico” que las conecte con
una vida más sencilla. El eco de una vida pasada aún reside en el alma y el
subconsciente sin rastro del paso del tiempo pero aferrándose al conocimiento y
la sabiduría. Desde pequeña supe que mi lugar estaba en un sitio rodeado de lilas
y campos de lavanda, con un porche y mecedoras donde sentarme a descansar.
Echaba de menos un lugar pero no tenía idea de dónde estaba. No era exactamente
una ciudad o un lugar concreto, era más bien una sensación.
En
lugar de en el campo crecí en una calle de Detroit que me ofreció algo que me
encantaba: los arbustos de lilas. Cuando llegaba la primavera las lilas
blancas, moradas y rosas brotaban perfumando el aire con su dulce fragancia.
Hasta el día de hoy las lilas siguen siendo una de mis flores favoritas, y a
menudo me recuerdan a mi madre, ya fallecida.
Nos
mudamos a nuestra nueva casa el último fin de semana de septiembre de 2016. Con
un terrenito y miles de hectáreas a nuestras espaldas una de nuestras cosas
favoritas se convirtió en descubrir nuevas flores. La mañana de Pascua, oculto
tras un pino, un pequeño magnolio lució sus flores rosas. Ni siquiera lo
habíamos notado antes. Y a medida que las lluvias de abril traían las flores de
mayo las lilas comenzaron a florece, y su aroma impregnaba el jardín con
fragancias celestiales de antaño y promesas de lo que estaba por venir.
No
es de extrañar que en la época victoriana las viudas llevaran lilas como
recuerdo de su amor perdido. Y aunque todos los tonos de lila son hermosos es
el morado oscuro el que refleja espiritualidad e insinúa que quien lo lleva
conoce misterios. Las lilas solo florecen durante unas dos semanas, lo que
sugiere que todo lo bello tiene un final, ya sea el amor o la vida. Sin
embargo, nos recuerdan que siempre hay renovación si tenemos paciencia. En
lugar de lamentarnos conservemos el recuerdo y creemos otros nuevos.
Desde
pequeña soñaba con vivir en una granja. Esa visión nunca cambió: un camino de
grava, muchos árboles, aroma de lilas en primavera, y tranquilidad.
La
arquitectura de la casa no era importante para mí; victoriana o estilo Cape
Cod, no importaba con tal de que tuviera un porche. Mantuve viva la visión
escribiendo cuentos y poemas y creando tableros de visualización
constantemente. Pegué fotos en el refrigerador, hice capturas de pantalla en mi
ordenador, creé tableros de Pinterest e incluso cambié mis contraseñas a una
variación de "tengo la casa de campo de mis sueños”. Hubo días en que me
sentí derrotada porque no se hacía realidad lo suficientemente pronto (según
mis planes), pero nunca dejé de creer.
Nuestro
rancho era un hogar feliz. Cuando Chuqui y yo nos casamos compramos la casa
para criar a nuestros hijos. En una calle arbolada, con vecinos que nos
saludaban, fiestas vecinales anuales, parques cercanos, excelentes escuelas y
cerca de la autopista, diseñé con esmero el jardín delantero y trasero,
llenándolo de árboles en flor. Tenía cubiertas metálicas que nos reconfortaban
en las noches lluviosas, y en las noches de otoño podíamos oír el lejano rugido
de partidos de fútbol locales. Esa pequeña casa nos brindó muchos recuerdos de
bailes escolares, fiestas de graduación, bodas, recuerdos navideños,
lanzamientos de libros y divertidas fiestas de Todos los Santos. Con nuestros
hijos ya mayores y en la universidad, era hora de entregarles las llaves para
comenzar nuevos capítulos.
Era
el verano de 2016 cuando, por impulso repentino, decidí contactar con un banco
para ver si me aprobaban una hipoteca, y aunque ser autónoma complicaba un poco
las cosas financieras, para mi sorpresa me la aprobaron, y antes de que mi
familia se diera cuenta, nuestra pequeña casa de campo tenía un cartel de
"Se vende" en el jardín y nos lanzamos a una búsqueda frenética para
encontrar la casa de mis sueños.
Apenas
un par de semanas después de que la casa saliera al mercado empezamos a recibir
ofertas, pero nuestra búsqueda de casa estaba estancada y empecé a entrar en
pánico pensando que nos quedaríamos sin hogar si aceptábamos alguna. Me
preguntaba si estaba persiguiendo un fantasma y si realmente no existía.
Conocía todas las casas en venta en la zona de Michigan. Absolutamente todas.
Entonces recibí un correo electrónico de una desconocida que me seguía en las
redes sociales, que decía que la casa de mis sueños no estaba allí, sino en el
cielo, y que dejara de buscar y retirara mi casa del mercado. Pensé que tal vez
tenía razón. «Solo sé agradecida por lo que tienes», respondió con sarcasmo.
Por breve instante me hizo dudar. No tenía nada que ver con no estar agradecida
por lo que tenía, y yo estaba en mi oficina, en la radio y en mis seminarios
hablando sin parar sobre nunca renunciar a tus sueños, y aun así sentí que tal
vez la persona que me envió el correo tenía razón.
“Necesito
una señal que me indique qué debo hacer“ dije en voz alta con profundo suspiro,
echando la cabeza hacia atrás y mirando al techo. En lugar de dejar que el
asunto se enquistara lo dejé de lado. Eso es lo curioso de dejar que la vida
siga su curso de forma natural; a menudo abre el camino para que ocurran cosas
mágicas y milagrosas.
Creer no es ver, es estar abierto.
Ese día solo tenía una cita en la oficina, pero era
una sesión de dos horas con una familia numerosa. Saqué unas sillas plegables
para acomodarlos, encendí unas velas y puse música de piano para meditar y
dejar que mis preocupaciones terrenales se desvanecieran. Justo a tiempo, llegó
la familia y discutieron brevemente sobre quién se quedaría con qué silla, y
entonces comencé mi discurso.
“Recuerden
que los mensajes y las personas que lleguen tal vez no sean los que desean,
sino los que necesitan. Recuerden, solo soy el mensajero, y si están muy
enojados, hay almohadas ahí y pueden lanzármelas. Puedo soportarlo”, bromeé,
tratando de calmarlos. Por suerte, se rieron.
Siempre
me preocupa que quienes mis clientes desean que aparezcan no lo hagan pero,
afortunadamente, eso nunca ha sucedido. Puede que no sean los primeros en
aparecer, pero aparecen. También he tenido la oportunidad de que aparezcan
muchos espíritus que no estaban invitados. Sin embargo, en esta sesión,
Meredith vino. Su graduación había sido la semana anterior, y un grupo de
amigos decidió reunirse en el lago local.
“Nada
de beber, ¿verdad?“ preguntó la madre de Meredith sabiendo perfectamente lo que
hacían los chicos de dieciocho años en sus excursiones al lago. “Para mí no,
mamá, ya lo sabes“, le aseguró.
Era
cierto, Meredith era buena chica. Estudiaba mucho, sacaba buenas notas y estaba
emocionadísima cuando la admitieron en la universidad que quería, la misma a la
que también entró su novio Bobby. A ellos también les caía bien Bobby y
confiaban en él como si fuera su hijo.
“Bueno,
si los dos deciden hacer alguna tontería llámame y pasaré a recogeros. ¿Lo
prometes?“
“Sí,
mamá, pero eso no va a pasar”.
“Y
nada de Oregón”.
Cuando
Meredith quería quedarse fuera hasta tarde su madre le enviaba un mensaje diciendo
que no se quedara embarazada, es decir, que mantuviera las piernas cruzadas. De
alguna manera, el corrector automático del listófono (teléfono móvil
“inteligente”) cambió la palabra "embarazada" a "Oregón" y eso
se convirtió en una broma entre ellas. Meredith se rió, abrazó a su madre, le
dio un beso en la mejilla y salió corriendo.
Bobby
vivía a pocos kilómetros de distancia pero ella tenía el coche más nuevo así
que le dijo que lo recogería con su coche y que él podría conducirlo.
Condujeron
treinta kilómetros y entraron al estacionamiento. Tras recoger sus pertenencias
caminaron de la mano por el sendero arbolado que conducía al lago y al área de
picnic donde se encontrarían con sus amigos. Era casi mediodía pero ya había
mucha gente. El sol radiante y la cálida temperatura de junio hacían que fuera
un día perfecto en la playa, y lo único que Meredith quería era tumbarse en la
toalla y relajarse. El último año de instituto no había sido fácil para ella.
Había trabajado duro porque sabía que sus padres también trabajaban duro y
quería una beca para aliviar la situación económica. Lo consiguió, y por
primera vez en meses pudo tumbarse y tomarse un respiro.
Sin
embargo, Bobby no era de los que se quedan tumbados sin hacer nada y quería
subir al barco de su amigo e ir a hacer esquí acuático con flotador, también
conocido como tubing.
“Mira,
tú puedes tumbarte en el barco a tomar el sol y yo hago tubing. ¿De acuerdo?”.
“O
me quedo aquí tumbada y tú te subes al bote. Me gusta aún más ese término medio”,
dijo riendo y acercando sus labios a los de él, dudó un instante con picardía y
le mordisqueó el labio inferior.
“¡Ay!”,
dijo bromeando.
Sabía
que él no se rendiría y no pudo resistirse a sus ojos azul cielo. ”Vale, vamos”.
Tomó su toalla de playa y la metió en la bolsa. Lo abrazó por los hombros
bronceados y le dio un beso apasionado. Tomándola de la mano, Bobby la condujo
hasta el bote y la ayudó a subir”. Esto será divertido”, dijo con una sonrisa.
Sabía
que no podría quedarse tumbada en la barca. Ya había recorrido esa ruta antes.
En cambio, era la encargada de observar a los seis amigos que se habían subido
a bordo para la carrera.
“Tu
turno, Merrie “gritó Bobby.
“No“,
se resistió. Le encantaba el agua, pero nunca se había sentido segura en ella. ”Estoy
bien aquí”.
“Iré
contigo. Venga, necesitas relajarte”.
Una
vez más, Bobby no aceptaba un no por respuesta, así que ella, a regañadientes,
se quitó los pantalones cortos blancos y se puso un chaleco salvavidas. Bobby
la ayudó a subir y se sentaron uno al lado del otro. «¡No vayas demasiado
rápido, ¿vale?!», gritó a su amigo Zacarías, que estaba conduciendo. Él
asintió, pero ella no estaba convencida de que no fuera a volverse loco.
Tras
dar un par de vueltas más despacio al lago, se sentía más cómoda y disfrutaba
del momento. Hizo un gesto de aprobación con el pulgar para ir más rápido, y
Zacarías accedió encantado.
El
noticiero de esa noche decía: “Una hermosa tarde de verano tuvo un final horrible
para varios adolescentes que celebraban su graduación de la escuela secundaria
cuando Meredith Hopkins murió tras ser atropellada por una lancha motora
mientras practicaba esquí acuático con su novio Robert (Bobby) Mazart. Meredith
cayó del flotador y, mientras la lancha daba la vuelta, otra embarcación la
atropelló causándole heridas en torso y cabeza. No pudieron reanimarla y
falleció en el lugar del accidente”.
La
primera llamada al 911 se realizó poco antes de las tres de la tarde, y decenas
de personas más intentaron ayudar y pidieron auxilio. El personal de emergencia
llegó al lugar en cinco minutos, mientras los amigos de Meredith la ayudaban a
regresar a la orilla.
Meredith
estaba de pie entre Bobby y su madre, que estaba sentada frente a mí.
“No
pudo salvarme“ suspiró pensativa mientras yo contaba el mensaje.
“Sí,
podría haberlo hecho”, dijo golpeando su pierna derecha. ”Nunca debí haberla
presionado para que subiera a ese tubo. Debí haberla dejado tomar el sol como
quería”.
La
madre de Meredith puso la mano sobre el hombro de Bobby. ”Sabes tan bien como
yo que Merrie nunca hacía nada que no quisiera hacer si de verdad no quería
hacerlo. ¿Recuerdas aquella vez...?”
Meredith
interrumpió con una risa. ”Me encanta la canción ‘¿Te acuerdas de aquella vez?’
que ponen. Me tranquiliza saber que no perderé la memoria”.
Bobby
echó la cabeza hacia atrás y se frotó la frente. «Jamás había oído un grito tan
espeluznante como el suyo. Me perseguirá para siempre”.
Meredith
parecía preocupada. «Quiero que esté bien. Quiero que vaya a la universidad,
que encuentre el amor, que se case y tenga hijos. Y quiero elegir a sus hijos».
A Meredith se le llenaron los ojos de lágrimas, pero era fuerte en la Tierra y
en el cielo seguía siéndolo.
«Quienes
están al otro lado a veces no comprenden el profundo dolor que sentimos»,
compartí. «Viven cuando nosotros vivimos. Siguen adelante cuando nosotros
seguimos adelante. No olvidan y no quieren que tú olvides”.
“¿No
nos echan de menos?“, preguntó la hermana de Meredith con tristeza,
inclinándose hacia adelante.
“Sí,
pero es diferente a cuando los extrañamos. No es doloroso, es más bien
nostálgico, lleno principalmente de buenos recuerdos”.
“¿Recuerda
el accidente?“, se preguntó Bobby mientras seguía frotándose las sienes como si
intentara borrar el recuerdo de aquel día y las secuelas emocionales.
Meredith
negó con la cabeza en respuesta. “Recuerdo haberme divertido y luego haber
llamado a Bobby. Todo se volvió negro y cuando desperté estaba de pie junto a
mi cuerpo mientras lo subían a la ambulancia. Vi a mi mamá en la playa y me
pregunté por qué había venido, pensando que algo realmente horrible estaba
sucediendo. Frank corrió a los brazos de mi mamá y ambos lloraban y se
lamentaban. Me di cuenta de que estaban preocupados por mí. Antes de que
pudiera intentar acercarme a ellos, mi perro de la infancia, Zippy, estaba a mi
lado y luego mi abuelo, que había fallecido durante mi primer año de
secundaria. Y luego estaba la madre de mi papá, que había muerto cuando él
tenía solo ocho años. La reconocí por las fotos. Y uno por uno, las personas de
mi pasado comenzaron a aparecer. A medida que se volvían más nítidas las que
estaban vivas en este mundo y en esta vida se volvían más tenues, y me encontré
frente a una luz brillante. La luz más brillante que jamás había visto estaba
frente a mí y sentí que estaba volando. Mis miedos, tristeza, ira, ansiedad y
todo lo negativo fueron borrados, purificados. Miré a mi alrededor y estaba
rodeado de campos de fresas, y me arrodillé y probé la fresa más dulce que
jamás haya comido.
“Meredith
era muy alérgica a las fresas. El verano se lo recordaba más que nunca”, sonrió
su madre.
“Me
dieron una misión, pero primero debo sanar, al igual que sus corazones. Me
volverán a ver, se lo prometo, siempre y cuando nadie levante un muro que me
impida entrar”.
“¿Cómo
sabemos si estamos construyendo ese muro?“, preguntó Bobby.
Lo
miré fijamente durante un buen rato sin decir nada.
“He
estado construyendo un muro, ¿no es así?“, dijo bajando la cabeza.
“Se
puede destruir, Bobby, y eso también lleva tiempo”, le expliqué.
“Dile
a mi familia que los quiero, y a Bobby que estoy muy feliz de que hayamos
compartido esos momentos juntos. Estaré a su lado siempre que pueda”.
Meredith
se apartó, intentando recuperar fuerzas, pero era demasiado pronto desde el
fallecimiento. Solo habían pasado seis meses. Me alegré de que hubiera podido
superar todo lo que había superado.
“Quiero
creer“, dijo Bobby mientras nos
despedíamos. ”¿Cómo puedo hacerlo?”
Hay
quienes simplemente creen y quienes necesitan pruebas. A menudo, quienes
necesitaban pruebas creen que el cielo era un lugar lejano, más allá de las
puertas de San Pedro. Pero no hay un verdadero principio ni un final; el cuerpo
simplemente alberga el alma hasta que necesita transferirse, no al revés.
¿Sabes?,
cuando vas al colegio con alguien durante años te sientas a su lado en clase,
pero nunca hablas con él ni sabes lo que pasa en su vida. Lo ves, lo oyes,
puedes tocarlo, pero después de todos esos años te das cuenta de que apenas lo
conoces.
“Sí,
supongo”, respondió.
“Y
luego está alguien que acabas de conocer y sientes como si lo conocieras de
toda la vida. Es más real y sincero para ti que alguien a quien quizás conozcas
desde hace mucho tiempo”.
“Así
fue con Merrie y conmigo. Desde el momento en que nos conocimos sentí que
estaríamos juntos para siempre”.
“Hay
una diferencia entre lo real y lo físico. Creer no requiere ver sino estar
abierto y dispuesto a recibir los mensajes. Las señales están ahí para quienes
quieran verlas”.
“Creo
que quiero creer. Quiero sentirla cerca. Quiero que me perdone”.
“No
creo que ella sienta que se necesita perdón. Prueba esto, Bobby. En una noche
despejada siéntate afuera y mira al cielo. Si sientes algo, los muros se están
derrumbando o ya se han derrumbado. Si no, todavía hay trabajo por hacer”. Extendí
la mano y le apreté el hombro. “Es horrible, lo sé. Lo siento mucho”.
Bobby
se marchó cabizbajo. Me tomé unos minutos para recomponerme y decidí sentarme a
meditar un rato antes de volver a casa. Casi una hora después seguía
sintiéndome melancólica pero tenía ganas de abrazar a mis hijos, y fue entonces
cuando oí que llamaban a la puerta. Allí estaba Bobby.
“Fui
al parque que está cerca, intentando oír a Meredith. Sentí la necesidad de
recoger estas lilas y dártelas. Espero que no te parezca raro”.
Y
ahí estaba mi señal, de un adolescente desprevenido que había perdido a su
amor.
“Sin
duda oíste el cielo, Bobby. Gracias”.
Casi
todos los días deseaba tener una varita mágica para arreglarlo todo. Ese día
fue uno de ellos. El cielo está cerca, pero a veces se siente tan lejano. Y a
veces es el suave susurro que me invita a recoger lilas.
4. En la línea temporal del cielo
El cielo no siempre funciona según los plazos que uno
desea sino según los que uno necesita. Justo cuando cogía mi bolso para irme a
casa mi teléfono vibró con un mensaje sobre una nueva casa en venta.
“Mira“,
lo mostré emocionada a mi marido al llegar a casa. ”Tiene un porche que rodea
la casa, cobertizo, espacio para papá y…”
“Y
se sale de nuestro presupuesto”, señaló Chuqui.
“Pero
corre el rumor de que los dueños se mudaron a otro estado y necesitan
deshacerse de la casa, así que podrían aceptar una oferta más baja si les
conviene”.
“Y
no es la ubicación que buscamos“, continuó, pero al notar que mi entusiasmo
flaqueaba, cedió. ”A ver si el agente inmobiliario puede reunirse con nosotros
allí mañana. No me gustaría hacer ese viaje solo para ver solo una casa así que
veré si puedo encontrar más para ver”.
Sinceramente,
estábamos cansados. Cansados de limpiar la casa. Cansados de sacar a
nuestros animales para cada visita, cansados de buscar casa. En la televisión
parecía muy divertido pero la cruda realidad era que se parecía demasiado a una
cita a ciegas. La imagen se ve genial en la pantalla pero al final todo es una
gran estafa; fotos e información engañosas para que pareciera mejor de lo que
realmente era.
A
la mañana siguiente nos dirigíamos a ver la que yo consideraba la casa de
nuestros sueños. Mi padre también estaba agotado y decidió no acompañarnos.
«Avísame si encuentras algo. Me quedo aquí», suspiró.
Al
entrar en el largo camino de entrada sonó mi teléfono. Mis amigos y familiares
sabían que no solía contestar pero pensé que era el agente inmobiliario así que
eché un vistazo y vi que era un amigo, locutor de radio matutino. Durante
varios años había participado cada dos semanas en su programa, pero mi visita
de la semana anterior me pareció extraña. No se lo había comentado a nadie, ni
siquiera a Chuqui, pero cuando vi su nombre en la pantalla, lo supe.
“Hola
Kristy. Espero que estés muy bien”, dijo mi amigo.
“Sí,
lo estoy. Creo que estoy sentada afuera de la que es la casa de mis sueños”,
compartí tratando de entablar conversación trivial, pero las mariposas en mi
estómago me subían hasta la garganta.
“Qué
bien. Espero que vaya bien”. Lo oí respirar hondo antes de continuar. “Bueno,
seguro que ya te lo esperabas, pero el programa está haciendo algunos cambios
y, bueno, tu segmento ya no funciona”.
Por
su voz, me di cuenta de que su jefe le había encomendado el trabajo sucio, y
parecía comprensivo.
Sabía
que iba a suceder, pero eso no lo hizo más fácil. Intenté disimular mi
decepción y terminamos la llamada, que duró menos de un minuto. No pude contar
nada a Chuqui antes de que llegara el agente inmobiliario. Secándome las
lágrimas salí del coche y entré en mi nueva casa.
Fue
un desastre. No tenía nada de idílico, como si la mañana no pudiera empeorar.
Estábamos en el porche, contemplando el campo, cuando le dije a Chuqui que mi
segmento del programa de radio había sido cancelado.
“Ahora,
Kristy, ¿cómo es posible que te despidan en tu día libre?“, bromeó Chuqui,
parafraseando una cita de película.
Intenté
reírme añadiendo: «¡No solo me despiden en mi día libre sino de un trabajo por
el que no me pagan!”. Era cierto. Mis intervenciones en la radio eran solo
relaciones públicas, no ingresos. Las lágrimas me brotaron antes de poder
terminar la frase, que sabía que era una tontería.
La
agente inmobiliaria cerró la casa con llave y se acercó mientras yo volvía a
secarme las lágrimas. "¿Una más, verdad?", sonrió.
Asentí
con la cabeza, pero me sentía derrotada.
“Si
esto no funciona, retiremos la casa del mercado”, le dije a Chuqui mientras
conducíamos por la calle arbolada hacia la siguiente casa”. Ya no puedo más”.
No
respondió, sino que señaló mientras doblábamos la esquina del camino de grava y
vimos una enorme casa blanca estilo Cape Cod con un porche delantero pintado de
verde. «No hay letrero, pero esta es la dirección”.
“Esto
no puede ser. Esto es lo que siempre me he imaginado”, grité, agarrando a Chuqui
del brazo.
“Lo
sé“, me sonrió.
Pero
era la casa correcta y cuando nuestro agente inmobiliario abrió la puerta, Chuqui
entró corriendo como un niño bajando las escaleras en la mañana de Navidad. Me
quedé en el pasillo con el agente y empecé a llorar. Otra vez. Esta vez,
lágrimas de alegría. Ni siquiera había visto toda la casa pero lo sabía. Se me
puso la piel de gallina y lo supe.
Tomé
un montón de fotos con el móvil deseando compartirlas con mi papá. Fue
perfecto. Simplemente lo sabía.
“Oh,
¿podemos parar en esa tienda tan mona?“, pregunté a Chuqui de camino a casa. Creo
que Chuqui estaba encantado de parar si eso significaba no hablar de casas.
La
pequeña tienda de regalos estaba tan repleta de tesoros que apenas podía ver a
la señora sentada detrás del mostrador. Debía tener al
menos noventa años pero sus brillantes ojos color avellana resplandecían
emocionada por tener con quién hablar.
“Dígame si puedo ayudarla en algo”, dijo mientras
tejía lo que parecía una manta.
Le di las gracias mientras miraba lentamente a mi
alrededor, admirando los numerosos adornos y destellos.
“¿Te enteraste de lo de la chica y su caballo?“, oí
decir a la anciana desde la entrada de la tienda. Supuse que alguien más había
entrado y que ella hablaba con esa persona, pero al acercarme al mostrador
seguía siendo yo la única allí.
"¿Disculpe?"
“¿Oyó hablar de esa chica, Nicole, y su caballo?“
Había oído hablar de ella. Nicole era una amazona
local que había ganado premios a nivel nacional desde su adolescencia. Vivía en
una zona mayormente rural y religiosamente montaba a diario su caballo por el
camino que pasaba frente a su casa y regresaba cada mañana y cada tarde al
salir del trabajo. Un repartidor descubrió el su caballo vagando cerca y lo
reconoció como el de Nicole. Bajó de su camioneta tomó al caballo por las
riendas de regreso a la casa donde encontró su cuerpo junto al camino, justo
frente a ella. Había recibido un solo disparo en la cabeza y estaba muerta.
“¿Sabes que creo saber quién lo hizo, pero nadie me
hace caso?“, dijo la señora con indiferencia, levantando brevemente la vista de
su labor de punto.
Me pareció extraño que se estuviera sincerando conmigo, una desconocida,
pero creo que todos tenemos personas en nuestro camino por alguna razón, así
que caí en la trampa.
“La escucho“ dije sabiendo que Chuqui estaba esperando
en el coche preguntándose qué pasaba, pero él ya está acostumbrado a este tipo
de cosas: desconocidos que me cuentan la historia de su vida, tanto física como
espiritualmente.
“Ella
vino a verme, ¿sabe?”
“¿Como
fantasma?“, pregunté intentando parecer asombrada.
“Sí.
Claro que sí. Yo era profesora hace tiempo y, aunque nunca tuve a Nicole como
alumna, me pregunto si tal vez ella simplemente sabía que la escucharía”.
“Probablemente
fue eso“ dije inclinándome, ahora con curiosidad.
“Dijo que, aunque la policía cree que fue un hecho
aislado, o que tal vez alguien que disparaba la alcanzó accidentalmente”, dijo
la señora con desdén, como si alguien fuera a creer eso, “la estaban acosando”.
“¡Acosada! ¿Acosada por quién?“, exclamé.
“Más adelante hay una casa”, dijo la señora
chasqueando la lengua. “Los vecinos intentaron impedirlo y, como ves, ahora pasa
esto”.
“¿Qué tipo de casa? ¿Una residencia para personas con
discapacidad?“, me pregunté en voz alta. La señora era adorable, pero apenas
terminaba sus frases y me sentía como si estuviera jugando a La Ruleta de la
Fortuna rellenando los huecos para intentar entenderlo todo.
“Algo así. Por lo visto, alcohólicos y drogadictos van
allí a desintoxicarse al aire libre. ¡Como si fuera posible!” Empezó a
canalizar su ira en lo que tejía y, con un punto perdido, soltó una palabrota. ”Lo
siento mucho”, se disculpó, dejando la labor. “Simplemente no entiendo cómo es
tan obvio y nadie hace nada. Esa pobre chica y su familia. Lo sé … “, su voz se apagó y retomó su
tejido como si la conversación nunca hubiera ocurrido.
“¿Sabes qué?” Me pregunté si tal vez la señora tenía
algo de demencia.
“Tal vez puedas llamar a la policía y hablar con ellos“,sugirió con
una dulce sonrisa.
No me conocía de nada, ni sabía a qué me dedicaba.
Miré a mi alrededor un segundo para asegurarme de que no hubiera un equipo de
filmación, pero en su lugar vi a Chuqui mirando por la ventana de la puerta,
con impaciencia.
“Toma, cariño, te reviso la compra. Tu novio te espera
y te he quitado todo tu tiempo”. Me entregó la bolsita con los pequeños objetos
que había encontrado.
“¿Cree en el karma?“ me preguntó mirándome fijamente a
los ojos”. ¿Cree que el karma es real?
“Sí. No creo que el karma ocurra según nuestro calendario”,
respondí.
Ella asintió como si hubiéramos hecho un pacto
secreto.
“La semana pasada había una señora aquí. Entró sin
más, cogió una estatuilla de ángel que le llegaba hasta la cadera, me miró y se
marchó”.
“¿Cómo?“, espeté con asombro por la estafa”. ¿Hiciste
algo?“
“No, cariño. Podría haber tenido un arma y haber
herido a alguien“ reflexionó. Pero creo que existe el karma. Quizás necesitaba
un ángel. No querría el karma que de ello se derivara”.
Ambas reímos. Aunque la conversación eran un poco
oscura ella tenía un aire de ligereza y me llamaba cariño, amor y ángel, lo
cual me resultaba entrañable y hacía preguntarme si, de estar viva, mi abuela
materna me habría llamado igual. Falleció cuando yo tenía cuatro años, pero
siempre la imaginé como una abuela dulce y cariñosa.
“Investigaré el caso y la avisaré“, prometí con
sonrisa, me di la vuelta y salí para responder a las preguntas de Chuqui sobre
por qué había tardado tanto.
Quedamos
con mi padre para ver la casa al día siguiente por la tarde, pero antes de que
pudiera llegar a la entrada me llamó el agente inmobiliario. Se me cayó el alma
a los pies pensando que la venta se había cancelado antes de que fuera oficial.
No suelo ser pesimista pero en ese momento me sentía como en una montaña rusa.
La llamada era para avisarnos de que teníamos una oferta sólida por nuestra
casa y que teníamos un día para decidir qué hacer.
Al
día siguiente mostramos la casa a mi padre, hicimos una oferta, la aceptamos, y
los siguientes meses fueron una lucha constante hasta el último momento. Cuando
el banco te concede la hipoteca justo una hora antes de firmar los papeles y la
empresa de mudanzas te deja plantado la mañana de la mudanza puedes
experimentar un sinfín de emociones y, en un momento dado, llegué a pensar que
nos quedaríamos sin hogar. Así que cuando por fin nos mudamos sentí como si los
ángeles cantaran y la frustración de todos mis seres queridos al otro lado por
no confiar en ellos.
Cada
vez que pasaba por la tienda de regalos sentía remordimiento porque aún no
había contactado a la policía para informar sobre el caso. Sin embargo, una vez
instalados, me propuse hacer algunas llamadas. La información que ofrecí fue
ignorada, tal como la señora había dicho que sucedería al proporcionarla.
“Estamos
bastante seguros de que fue algo fortuito, señora, pero gracias por el aviso”.
Al día siguiente de mi conversación con el detective
pensé que lo mejor sería darle la mala noticia a la señora así que pasé por la
tienda y pregunté sobre ella a una mujer de unos sesenta años que estaba en el
mostrador. La describí: “Debía tener unos ochenta y tantos, si no noventa y
pocos. Hablé con ella un buen rato. ¿Y cómo es que me dice que no hay nadie así
aquí? ¡Si me cobró la compra!”
“¿Es esta la señora?“ La mujer abrió las fotos en su
iPhone y me enseñó una foto de la amable tejedora que me había ayudado.
“¡Sí! Es exactamente ella”.
La señora frunció el ceño y me miró extrañada. «Esa es
mi madre. Falleció a principios de julio. Le encantaba venir a la tienda y
ayudarnos. ¿Así que usted estuvo aquí en verano?».
No, no, fue
hace solo unas semanas, quería decírselo pero pensé que era mejor no
continuar. En cambio, le dije lo encantadora que era su madre y que estaba
segura de que seguía velando por todos. Sabía que era verdad.
El
caso sigue sin resolverse pero esperemos que el cielo siga encontrando la
manera de lograr un avance. ¿Era la anciana del otro lado? ¿Era Nicole? ¿Alguna
de las dos? Fue un caso de espíritu ayudando a espíritu, cielo ayudando al
cielo.
5. Creer
Siempre habrá quienes no crean en algo y quienes no
crean en nada. Vivimos en una sociedad de "ver para creer”. Un mundo donde
"si no lo pruebas, no existe”. La prueba se presenta a través de médiums,
testimonios de personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte, y
también está la Biblia. Sin embargo, los humanos encuentran fallas en todo a
menos que puedan tocarlo, verlo, sentirlo, oírlo y experimentarlo por sí
mismos. Siempre habrá incrédulos y escépticos que intenten desacreditar las cosas
porque no quieren parecer ingenuos o crédulos. A veces, sin embargo, no hay
explicación, y eso también debe aceptarse.
Abracadabra, Cielo
Marla mantuvo la compostura mientras estaba sentada
frente a mí, rígida y formal, pero su alma contaba otra historia, al igual que
el espíritu que estaba de pie a su lado.
“En
realidad no creo en esto…” dijo Marla, agitando las manos en el aire como si
hiciera magia.
“No
pasa nada“, sonreí. No hace falta creer para que exista. Me lo facilita, a mí y
a ellos, pero no es necesario.
Si
me dieran un dólar por cada persona que me dice eso en un día, bueno, sería
muchísimo dinero.
Su
esposo la acompañaba en espíritu, con sonrisa burlona. Era evidente su
irritación al intentar comunicarse conmigo, pero dada su falta de sinceridad y
frustración, supe que esta sesión no iba a ser fácil. Me mostró que había
fallecido repentinamente en un accidente, de camino a una conferencia de
trabajo. Y me mostró un tren.
“¿Coleccionaba
trenes?“, pregunté, pero Marla negó con la cabeza. ”¿Vives cerca de las vías
del tren?“. Volvió a negar con la cabeza. Y entonces me mostró algo que, con
suerte, tendría sentido.
“Marla,
dijo que murió en un tren. ¿Murió en un accidente de tren?“ Sonaba a pregunta
pero sabía que eso era lo que intentaba decirme. No era una muerte común, así
que me tomó por sorpresa. Marla se me quedó mirando, así que lo repetí ”Dijo
que murió en un tren. Me enseñó el tren chocando contra algo y desapareció.
Rápidamente. Así, sin más”.
Marla
seguía mirándome fijamente, así que continué y recé para estar en el camino
correcto (sin doble sentido, lo juro).
“Dice
que no estaba seguro de cuándo volvería del viaje. Era una presentación
importante y pensó que tal vez en un par de días, pero podría haber sido una
semana. Te enojaste con él por no saberlo, ya que su aniversario era esa semana
y no te despediste. Él dijo que le dijiste que lo verías cuando lo vieras”.
Los
ojos de Marla se abrieron de par en par mientras se le llenaban los ojos de
lágrimas. Susurró: "¿De verdad está aquí?”.
Asentí
con la cabeza y señalé hacia donde él estaba parado en espíritu.
“No
estoy enfadada. Estoy triste. No puedo superar esto. Siento que es mi culpa y
hay un vacío. Un vacío muy profundo”. Hizo una mueca como si sintiera dolor
físico. ”Simplemente ando por ahí en un estado de entumecimiento, esperando mi
momento. ¿Llegará pronto mi momento?“. preguntó con esperanza.
Nos
enseñan que la muerte es algo definitivo, que es el final. Nos afligimos y, con
el tiempo, lo superamos. Pero la muerte está lejos de ser algo definitivo. No
es el final, es un nuevo comienzo para todos, y nunca la superamos del todo. La
atravesamos. Y luego retrocedemos y la volvemos a atravesar. Y a veces nos
detenemos a mitad de camino hasta que alguien nos ayuda a seguir adelante. Ojalá
haya alguien ahí para ayudarnos. No hay un plazo fijo. Así como tienes una
huella dactilar única, tu huella dactilar del duelo también lo es. El mundo del
trabajo nos suele dar tres días para "superarlo" y llorar. Nuestro
corazón y alma nos dicen que pasará toda una vida hasta que volvamos a ver a
nuestro ser querido. El dolor es real. La angustia es devastadora. Y el duelo
es una de las cosas más difíciles por las que atravesar.
Marla
aún estaba en las primeras etapas del duelo y, aunque pude establecer la
conexión, no pude aliviar su dolor. Lo que sí hice fue facilitarle la
comunicación con su esposo. Ella quería más de mí, pero no me correspondía
darle todas las respuestas. Sin embargo, la ayudé con sus síntomas durante más
de un año.
Ahora
Marla sí ve sus señales y eso la ha ayudado a superar su ceño fruncido, así que
a veces sonríe. Ahora cree. No en trucos de magia, no en mí, sino en que la
muerte no es el final.
La
muerte es como entrar en una dimensión diferente, y hay horarios de visita;
simplemente no es lo que imaginamos aquí.
“No,
todavía tienes tiempo aquí, Marla, pero él te estará esperando. Y dijo que
tienes que vivir en su cielo porque él llegó primero”, bromeé.
“¿En
serio? Tomó malas decisiones. Por favor, dime que cuando llegue allí encontraré
mi paraíso”, dijo frunciendo el ceño.
No
pude evitar reír. Su marido era un bromista y le hizo gracia su curiosidad.
“Él
dijo que su paraíso es una cabaña en el bosque, el tuyo sería un rascacielos en
un edificio elegante”.
Ella
me devolvió la risa. ”Tiene razón. ¿Podemos llegar a un acuerdo cuando
lleguemos allí?“
Asentí
con la cabeza. "Algo así”.
No
todos estarán convencidos de que existe otra versión. Algunos serán escépticos
y cínicos, y eso está bien. A veces el dolor es tan intenso que los deja
paralizados, y así es como lo afrontan. No nos corresponde, a ti ni a mí,
convencer de lo contrario. A veces solo necesitan una palabra amable, un
abrazo, un pensamiento positivo o una oración.
Crea tu paraíso
Mi lista de tareas pendientes se hacía cada vez más
larga y empezaba a sentir pánico. Con tres proyectos de libros que entregar en
pocas semanas la presión me agobiaba y no tenía nada que ver con el clima.
Tenía la cabeza llena de pensamientos que me costaba mucho apartar.
Un
señor de ochenta años llamado Crofton vino a una sesión.
Su energía era relajada y agradable mientras se sentaba y observaba mi oficina.
“No
es lo que pensaba “ me dijo mirando a su alrededor en mi oficina.
Me
senté frente a él. ”La mayoría dice lo mismo“, respondí sonriendo.
“Es
acogedor. Me gusta”. Me observó brevemente. “Usted también me gusta”.
Me
sonrojé y comencé a explicarle cómo hacía las lecturas, pero me interrumpió
antes de que pudiera terminar mi primera frase.
“No
estoy muy seguro de por qué estoy aquí. Sé que mi esposa y mi familia me
acompañan en espíritu. Los siento a mi alrededor. Sé que pronto moriré. Tengo
cáncer de próstata que se ha extendido con el tiempo”. Se detuvo, sacó un
pañuelo y se secó algunas lágrimas. ”Supongo que solo necesitaba hablar con
alguien. Y usted es la elegida”. Crofton
explicó que le encantaba la historia y que se había unido a una sociedad
histórica local. ”Al fin y al cabo, era algo que hacer”, sonrió”. Alguien te
mencionó y me llamó la atención, así que pedí la cita. ¡Tiene la agenda tan
llena que pensé que mi funeral podría celebrarse antes de esta cita!“
Su
ingenio y risa contagiosos entablaron una conversación fluida, como si fuera un
familiar al que no veía desde hacía mucho tiempo. Su esposa, hijo, hija y nieto
me acompañaron en espíritu, y el sarcasmo continuó fluyendo entre sus parientes
del más allá y él. La hora pasó volando y tuve que ir a mi siguiente cita. Pero
antes de irse me abrazó. Manteniéndome a cierta distancia, con sus ojos
brillantes y centelleantes, me dijo que también quería compartir un mensaje
conmigo. «Si quieres, puedes pasárselo», bromeó. «Después de que hayamos
muerto... perdón, después de que hayamos hecho la transición», se corrigió al
recordar que no me gustaba el término «muerto. «Después de que hayamos hecho la
transición, parece que la gente por fin escucha lo que dijimos y valora lo que
hicimos».
Asentí
con la cabeza. Triste, pero muy cierto.
“Kristy,
todas esas listas de tareas pendientes siempre estarán ahí, pero tu familia no.
Asegúrate de pasar el mayor tiempo posible con ellos, porque aunque puedas
hablar con ellos sabes, como yo, que no es lo mismo”.
Crofton
falleció un año después de nuestra primera y última sesión, pero se mantuvo en
contacto durante todo ese tiempo enviándome correos electrónicos de vez en
cuando con el mensaje "Sigo vivo", restándole importancia a su
inminente muerte. No había pensado en él durante un tiempo hasta que empecé a
sentir pánico por mis plazos de entrega. Crofton siempre aparecía para
ofrecerme valiosas enseñanzas, como él las llamaba.
Ya
sea que estés de vacaciones o simplemente paseando una hora por el parque,
asegúrate de tomarte un tiempo para recoger los pedazos de tu alma y encontrar
tu paraíso, como migas de galleta en el camino. Con frecuencia, en medio del caos
de la vida, se pierden.
6. Juntos encontraremos el Cielo
He tenido varios encuentros con espíritus que se
manifestaron junto a personas que los mataron accidentalmente, que fallecieron
con pocas horas de diferencia o desconocidos que murieron juntos. Tras los
atentados del 11 de septiembre era frecuente que durante una sesión evocara a
un ser querido de un cliente y a alguien que no conocía. Quizás se trataba de
un compañero de trabajo o de alguien a quien se aferraron en sus últimos
momentos, cuyas almas abandonaron este mundo terrenal al unísono.
Hace
poco una pareja vino a verme a la oficina. Su hija, Dion, había fallecido en un
trágico accidente de coche. Otra chica que circulaba en sentido contrario debió
distraerse y cruzar la doble línea amarilla chocando de frente con su hija.
Ambas fueron declaradas muertas en el lugar del accidente una vez que los agentes
esclarecieron la escena y asignaron a cada conductora su correspondiente vehículo.
Al contactar con sus padres se descubrió que las chicas habían sido mejores
amigas desde la escuela primaria.
No
supe los detalles hasta después de que Dion pasó por allí. «Juro que solo
conducía. Prometo que no estaba enviando mensajes de texto, bebiendo, ni
siquiera mirando hacia abajo. De repente oí un choque y Betty y yo estábamos
paradas al costado de la carretera».
“¿Está
Betty con ella ahora? Si es así, no queremos tener nada que ver con ella”, dijo
Kim, la madre de Dion, frunciendo el ceño.
Betty
estaba allí, de pie con Dion, con la cabeza gacha por el arrepentimiento.
«Dígales que lo entiendo. Fue un error terrible y estúpido. Se me cayó el
teléfono y me agaché para recogerlo, apartando la vista de la carretera solo
por un segundo».
“Un
segundo que ha arruinado tantas vidas”, exclamó la madre de Dion después de que
compartiera el mensaje.
Dion
permaneció en silencio mientras observaba la escena. Tomando la mano de Betty
me pidió que les transmitiera un mensaje que no entenderían en ese momento,
pero que con suerte comprenderían en el futuro.
“Si
Dion puede perdonar, encontrar la paz y ayudar a Betty a cambio, entonces tú
también debes esforzarte por perdonar. Es importante”, dice.
Pero
la madre de Dion se mordió el labio inferior y negó con la cabeza en señal de
protesta. «Jamás lo haré. No puedo”.
Ninguno
de nosotros pudo convencerla de lo contrario, pero varios años después volvió
de visita con una niña en brazos.
“Esta
es mi nieta: Elizabeth Dion”.
Incliné
la cabeza tratando de comprenderlo.
“Durante
el duelo mi hijo empezó a pasar tiempo con la hermana de Betty. Se casaron el
año pasado y este es mi regalo. Debo decir que sigo enfadada, pero entiendo que
Betty no quería que esto sucediera, y que quizás este milagro no existiría”.
Betty
y Dion no tenían por qué morir para que el bebé viniera a este mundo, pero fue
un regalo bendito en medio del dolor.
Con un poco de ayuda
Simón se enorgullecía de ser ayudante. Mientras la
mayoría de los chicos de doce años querían dormir hasta tarde, jugar al béisbol
o pasar los sábados frente al televisor Simón estaba ocupado haciendo recados
para sus padres y vecinos. Ni siquiera le importaba si le pagaban, aunque la
mayoría lo hacía. Si no era con dinero era con magdalenas o guisos que llevaba
a casa, lo que ayudaba a su madre.
Era
primavera y había mucho trabajo de jardinería por hacer en su jardín. La señora
Bacy le preguntó la semana anterior si ayudaría a preparar la piscina para su
inauguración y Simón estaba encantado. Eso significaba que, una vez que
estuviera impecable, podría usarla. Su madre, sin embargo, estaba irritada, y
aunque probablemente no tuviera nada que ver con su hijo sin duda se desquitó
con él.
“Ya
tenemos bastante trabajo aquí, Simón. Y la señora Bacy ni siquiera usa ya esa
piscina. Debería desmantelarla de todos modos. Y ni siquiera te ha pagado”.
“Pero
podré nadar cuando haga más calor, mamá. Intentaré volver pronto a casa para
ayudarte con las tareas, ¿de acuerdo?“ La madre de Simón no respondió,
simplemente le dio la espalda y comenzó a fregar los platos.
Simón
no quería disgustar a su madre pero tenía una obligación que cumplir, así que
se subió a su bicicleta y recorrió una manzana hasta donde la señora Bacy
estaba sacando la manguera y los productos químicos para la piscina. La
cubierta era pesada pero la manejó él solo y justo cuando la quitó por completo
y se disponía a descansar el perro de la señora Bacy saltó al agua y empezó a
entrar en pánico.
“¡Gus!“.
gritó la señora Bacy, ”ven aquí!”. Corrió alrededor de la piscina intentando
alcanzar al perro de raza maltés, pero Gus se había hundido y no salía a la
superficie. Era difícil ver con las hojas y la suciedad que teñían el agua, y
antes de que la señora Bacy pudiera detenerlo, Simón saltó al agua. Nadie supo
cómo, la profundidad del agua era de poco más de metro y medio, pero los
paramédicos encontraron a Simón inconsciente en el fondo de la piscina,
sosteniendo el cuerpo sin vida del perro blanco y peludo.
La
madre de quedó desconsolada por la traumática pérdida de su hijo, un chico
bondadoso y gentil. Su ira se dirigió hacia la señora Bacy, quien se sentía
terriblemente responsable y también muy afligida.
“Tenemos
que mudarnos”, dijo Edna, la madre de Simón, a su marido. “No puedo pasar por
delante de esa casa porque lo único que veo es su cuerpo sin vida en el jardín
delantero”.
El
padre de Simón, Wallace, lo entendía; hacía todo lo posible por mantenerse
fuerte por los demás. Sin embargo, había noches en las que se encontraba
acostado en la cama de Simón, rogándole a Dios que se lo llevara a cambio de su
hijo. Suplicando a Dios que tuviera misericordia. «Simón era mejor persona que
yo. Por favor, llévame contigo”.
Wallace
sabía que estaba siendo ridículo y que era imposible, pero la muerte de Simón
también era ridícula y sin sentido.
Estaba
en una sesión de grupo pequeño, donde normalmente tengo entre seis y diez
personas en mi oficina, y me conecto con el mundo espiritual. Estas sesiones
son sanadoras, y aunque la muerte suele estar llena de una profunda tristeza,
los grupos tienden a crear un vínculo casi terapéutico: reímos, lloramos y
volvemos a reír. Era un grupo pequeño cuando conocí a Edna y Wallace. Habían
pasado treinta años desde el fallecimiento de Simón y él fue el primero en
presentarse para hablar con sus padres.
Simón
tenía doce años cuando falleció, pero se me apareció con la edad que tendría si
aún estuviera aquí: cuarenta y dos. Tenía el pelo corto, unos ojos verdes
inusuales y una sonrisa radiante que hacía brillar su piel morena. Estaba
rodeado de una luz azul.
“Lamento
mucho que hayan vivido tanto tiempo con remordimientos”, se disculpó.
“¿Qué
hace? ¿Está alguna vez con nosotros? ¿Puede oírme hablarle?” Edna enumeró una
docena de preguntas que la habían atormentado durante todos estos años.
Pedí
a Simón que compartiera su historia.
“No
estoy seguro de cómo morí”, confesó”. Recuerdo la piscina y luego recuerdo
estar rodeado de grandes esferas de luz y entonces me di cuenta de que podía
hablar con ellas, pero en mi mente. Como estoy haciendo contigo”, añadió. ”Cada
luz me resultaba familiar, como una vieja amiga. A medida que me acercaba a las
esferas, comenzaron a guiarme lejos de lo que llamamos Tierra y hacia lo que yo
llamaré Cielo. Nunca tuve miedo. Nunca estuve triste, excepto al ver a mi
familia triste, pero no era una tristeza como esa que te acompaña y te revuelve
por dentro. Está ahí, pero no está. Me llevaron a una luz que era la más
brillante que jamás había visto, y esta luz me dijo que yo era un ayudante y
que ese era mi propósito. Sé que parece que han pasado muchos años pero para mí
es como si fueran solo segundos, no años. Esta luz azul que ves”, extendió los
brazos para expandir la luz como si lo ordenara, “he asumido el papel de
ayudar, como las luces que me ayudaron”.
“¿Él
ayuda a las almas a cruzar?“. preguntó Wallace.
“Sí“,
confirmó Simón. ”Y algún día ayudaré a mis padres en su tránsito, pero hasta
entonces espero poder ayudarlos a sanar y a no sentirse tan solos en este
camino. La vida no tiene por qué ser un infierno.
“Es
más fácil decirlo que hacerlo“, resopló la madre de Simón, cruzándose de
brazos.
“Revolcarse
en el dolor consume la energía positiva. Desvía la atención de lo que realmente
importa. Dile a mamá que la escucho. La escucho todos los días cuando llora. La
escucho pedir las señales que le doy. Y la escucho preguntar a Dios por qué. No
tengo todas las respuestas, pero sé que, aunque ella no entienda la razón por
la que me llevaron, tengo un propósito. He ayudado a almas a trascender que
nunca creyeron merecer la felicidad. He ayudado a bebés, mascotas y personas de
noventa años. Les he demostrado que merecen ser amados y amar. Aunque sé que
ella desearía que hubiera podido hacer eso con ella, así son las cosas”.
Me
sentía algo nerviosa al darles los mensajes. Simón se mantuvo muy sereno, como
si él fuera el padre y ellos los hijos. En cierto modo, él era el maestro y
nosotros los alumnos.
“Sé
que la abuela falleció. No quería causarte más dolor y luchó con todas sus
fuerzas durante mucho tiempo. La visité en el hospital y le dije que la
acompañaría en su último viaje. ¿Te lo dijo ella?“
Edna
levantó la vista con lágrimas en los ojos y asintió. «Me dijo que vio a mi hijo
y que iba a estar con él. Pensé que tal vez solo intentaba animarme. ¿Están
juntos?”.
Simón
dudó un momento ”Nos vemos y ambos estamos en el cielo, pero mamá, vamos, es
insoportable”. Ante esta respuesta Wallace
no tuvo tiempo de tragar el agua y la escupió, salpicando a varios del grupo, y
todos nos echamos a reír.
“Sí,
ese es Simón. Siempre decía las cosas como eran, y yo también creo que mi
suegra es insoportable. Por favor, díganme que no tengo que pasar la eternidad
con ella”.
Edna
le dio un golpecito juguetón en el hombro a Wallace, pero luego se unió a las
risas.
Me
han dicho que todos tenemos un trabajo, y bromeo diciendo que cuando llegue al
cielo el mío será simplemente descansar y relajarme, algo que no hago mucho
aquí en la Tierra. Al parecer, Simón estaba predestinado a su papel en el
cielo, y se lo tomaba muy en serio.
7. Cielo aquí, Cielo allá, Cielo por todas partes.
Como el Cielo de cada persona es diferente el hecho de
que ciertas personas coincidan en una sesión o visita no significa que pasen
todo el tiempo juntas. Necesitamos ayuda en la Tierra y, a menudo, también en
el más allá. Las razones no siempre se explican, especialmente cuando varias
familias están de luto al mismo tiempo. Hace poco hubo una noticia sobre una
madre que murió en un accidente de coche y menos de una hora después su hija
pequeña cruzaba la calle cuando fue atropellada y murió. De joven conocí a un
muchacho de espíritu despreocupado y naturaleza cariñosa y fue esa naturaleza
cariñosa la que acabó con su vida cuando alguien le pidió unos dólares y al
meter la mano en el bolsillo le dispararon. Cuando la policía llegó para avisar
a su padre este se llevó la mano al pecho, sufrió un infarto y murió allí
mismo, en la puerta. Me gusta pensar que se encontraron y se ayudaron
mutuamente a cruzar la puerta del Cielo.
Sally Lou
Pasé muchos años llorando la pérdida de personas del
pasado. Algunas las conocí, otras fallecieron antes de mi tiempo terrestre y
esto hizo preguntarme si, de alguna manera, las líneas temporales coincidían.
Era
algo que heredé de mi madre. La diferencia era que yo sabía vivir el presente y
hacer planes para el futuro mientras que mi madre, en cambio, vivía a menudo
sumida en el dolor del pasado sin saber cómo seguir adelante. No fue hasta que
encontró su morada celestial que halló la paz.
Mi
madre, Sally Lou McLaughlin (Schiller), llevaba una vida bastante sencilla. A
menudo me contaba historias sobre la falta de juguetes, su afición a la música
y el amor que sentía por su familia. Era tímida en las reuniones sociales pero
tenía opiniones firmes y era intuitiva. A los cuarenta y un años había perdido
a toda su familia: sus dos hermanos, su madre y su padre, y se sentía huérfana.
A partir de entonces rara vez lograba ver más allá de la nube de depresión y
tristeza que la envolvía. «Deseo que haya una familia para ti, Kristy», me
decía, y yo le respondía constantemente: «Pero mamá, yo solo necesito esta
familia». Pero para ella no era suficiente. No era como se lo imaginaba.
Los
libros eran su refugio y cuando perdió la vista sintió que lo había perdido
todo, y me lo dijo muchas veces. A pesar de tener a mi padre, a mi hermana, a
mi hermano y a mi no lograba superar lo que había perdido para apreciar todo lo
que aun tenía. Y aunque muchas veces me enfadaba con ella por estar sumida en
la depresión, agotada por su negatividad y preocupación, no podía ni juzgarla
porque lo que estaba viviendo era suyo y nadie más que ella podía solucionarlo.
No tenía la palabra mágica ni una poción que pudiera devolverle a su familia,
su salud, su alma y espíritu.
Dos
días antes de fallecer me senté junto a su cama y le tomé la mano. «Quiero ir a
casa» me dijo mientras yo le expresaba cuánto la amaba y extrañaba. Me sequé
las lágrimas con el dorso de la mano esforzándome por mantener la voz firme.
Tragando mis sollozos le aseguré que estábamos intentando llevarla a casa
pronto. Me apretó la mano y susurró: «No a esa casa».
Mi
madre empezó a perder la vista cuando yo tenía doce años. Fue un cambio radical
para todos y ella se sentía una carga casi a diario. No me vio con el vestido
de graduación ni caminar hacia el altar para casarme. No vio cómo eran mis
hijos ni me enseñó a maquillarme. Aunque estaba presente físicamente no lo
estaba mentalmente; la ceguera la convirtió en una persona con trastorno
bipolar y debido a sus problemas de visión sentía que su presencia no
importaba. Si bien nunca creyó en sí misma, ni siquiera cuando tenía vista, me
enseñó a superar la adversidad y siempre me recordó que debía creer en mí.
Mi
madre siempre quiso una casa junto al mar. Soñaba con el lugar de Maine (aunque
nunca lo había visitado), le encantaba el acento inglés o irlandés, adoraba las
novelas románticas históricas y le fascinaban las joyas. Cuando quedó ciega me
decía que la vida era demasiado corta para la ropa que picaba o la gente que
olía mal, y que debía usar todos mis sentidos y disfrutar de todo. Le encantaba
la crema batida más que el pastel y todo tipo de brillos y lentejuelas, a pesar
de no poder verlos. Siempre le encantó sentir los rayos del sol en la piel pero
como tenía lupus tenía que usar mangas largas y sombrero de ala ancha. Sin
embargo, anhelaba sentarse junto al agua, con los dedos de los pies en la arena
y un libro en la mano, rodeada de hortensias y arbustos de lilas.
Habría
cumplido ochenta años cuando me visitó temprano por la mañana. Había fallecido
hacía once años. Se me acercó con aspecto joven y ojos brillantes. Le pregunté
cómo iba a celebrar su cumpleaños y, emocionada, me dijo que iba a ver a Neil
Diamond en concierto. Me reí y le dije que él no estaba en el más allá y me
contestó que simplemente iría a atormentarlo a su casa. Nos reímos. Mi madre
rara vez reía o bromeaba y oírla reír fue un verdadero placer.
“¿Así
que tu paraíso está en el salón de Neil Diamond?“, bromeé.
Mi
madre se puso seria. «Cuando venimos a la Tierra, lo hacemos desde de la nada y
a la nada volvemos. Dios está en todas partes, no en algún lugar en particular.
Solías decir que la iglesia te hacía sentir más lejos de Dios pero para otros
es allí donde se sienten más cerca. Nuestras almas están presentes en todas
partes y en cualquier lugar, y a la vez en ningún sitio”.
Esta
mañana, al despertar, miré por la ventana y vi un cardenal hembra posado en la
cerca, mirando hacia la ventana de mi habitación. Le deseé feliz cumpleaños a
mi mamá otra vez. Sentí que era una señal, un saludo del cielo. Algo que
recibimos a menudo, pero que no notamos por estar demasiado ocupados y que, sin
embargo, nos envía su amor desde el cielo.
Nuestros
seres queridos que están al otro lado quieren enviarnos consuelo, señales y
bendiciones. ¿Te fijas en la matrícula del coche que tienes delante? ¿O en la
valla publicitaria con el nombre de tu ser querido? ¿O en la hora que coincide
con tu cumpleaños o con otra fecha significativa? Estas sutiles señales son,
sencillamente, tu amor desde el cielo.
Estoy
segura de que el cumpleaños de mi madre fue perfecto, al igual que su paraíso.
Está rodeada de su familia, a quienes extrañó muchísimo cuando estaba aquí en
la Tierra. Me ha mostrado que su paraíso es un lugar feliz, con brisa marina y
ella sentada en el porche de una pintoresca casita de campo rodeada de flores
silvestres y sin tener que quitar malas hierbas. Y sí, Neil Diamond es la banda
sonora de su cumpleaños.
Mi
madre era persona con una gran sabiduría y sus dolores físicos provenían de sus
sufrimientos. Se lamentaba por lo que nunca fue en lugar de intentar construir
una vida plena. Es una lección difícil para las personas con una gran sabiduría
comprender que retroceder en el tiempo no es el camino hacia el futuro.
8. Almas viejas y almas nuevas
Las almas pueden elegir reencarnarse en un viaje que
puede conllevar partos, vidas y muertes difíciles. A menudo se las llama almas
viejas. Mi hija, Micaela, luchó por estar aquí en este plano terrenal. Estuve
postrada en cama, durante semanas, con un parto prematuro y la amenaza de
perderla. Cuando desarrollé preeclampsia (presión arterial alta y signos de
daño hepàtico o renal que ocurren en las mujeres después de la semana 20 de
embarazo.), ella venía de nalgas y de ninguna manera iba a nacer de forma
normal. Una cesárea de urgencia me obligó a permanecer en cuidados intensivos
durante varios días sin poder crear un vínculo con mi preciosa niña rubia de
ojos azules. Caminar y leer precozmente, y sentirse frustrada con la vida y con
todos los que intentan controlarla: todos estos son síntomas de un alma vieja.
“¿Por
qué me siento tan solo?” Es una pregunta que mis clientes me hacen con
frecuencia, y es un sentimiento que he experimentado en lo más profundo de mi
alma que más adelante en la vida comprendí que era una complicación propia de
tener un alma vieja.
Todos
somos como árboles y debemos nutrir el tronco para que las ramas crezcan sanas.
A veces es necesario podar algunas para que broten otras nuevas. Estas ramas
pueden ser amores del pasado, amistades pasajeras, una oportunidad laboral
fallida, una relación tóxica, problemas familiares, dificultades económicas, y
la lista continúa.
Las
personas con almas viejas tienden a nutrir a los demás. Ayudan a otros con sus
tareas pero no se ocupan de las suyas ni permiten que otros las ayuden. El
tronco, antes tan fuerte, a menudo se pudre por no recibir ni permitir el
sustento adecuado.
Comprender
que puedes cuidar tus extremidades, tu tronco, “tu alma misma”, fortalece cada
parte de ti. Puedes ser fuerte, y cuando no lo seas permite que alguien te
ayude hasta que recuperes tu fortaleza interior. Así como los auxiliares de
vuelo nos recuerdan que debemos ponernos el oxígeno en caso de emergencia antes
de ayudar a otro eso mismo ocurre en la vida. Puedes ayudar a alguien pero no
antes de ayudarte. Es una lección difícil para un alma vieja porque es la que
ayuda.
Rasgos de un alma vieja
•
Introvertidas: Prefieren pasar tiempo con pocas
personas.
•
Pasión por las antigüedades y lo clásico: Prefiere
invertir tiempo y dinero más en aparatos antiguos que en cosas nuevas.
•
Interés en la historia: Para ellas, la historia
no es algo que deba desecharse. Es un libro de texto que se puede estudiar y
del que se puede aprender.
•
Fascinación por una época: Al igual que ocurre
con el interés por la historia las personas con alma veterana tienden a
sentirse apegadas a una época determinada, a la música, a la gente e incluso a
la vestimenta.
•
Aprenden de forma diferente: Tienden a aprender
de forma diferente y sentirse frustradas en situaciones en las que se les pide
que hagan algo de una manera nueva cuando la forma anterior funcionaba igual de
bien.
•
Conocimiento: A menudo poseen un conocimiento
profundo y arraigado de información y sabiduría adquirida con el tiempo.
•
Amor: Aman con mayor profundidad que las almas
nuevas. Pueden enamorarse más que la mayoría, ya que les gusta establecer
vínculos valiosos.
•
El consejero: Son consejeros de su grupo de
amigos y familiares. Sin importar su edad, poseen una gran sabiduría.
•
Excesivamente complicados: Son pensadoras y
complican demasiado todo en sus mentes. Es una forma espiritual de trastorno de
déficit atencional e hiperactividad (TDAH).
•
Sin dramas: A menudo pasivas, prefieren evitar el
drama antes que crearlo o sumergirse en él.
•
Sensibles/Emocionales: Sienten todo, tanto lo
positivo como lo negativo. Valoran la belleza, el arte y la música porque
experimentan cada matiz de cada cosa. Además, suelen sentir que sus sentimientos
no son importantes y pueden sentirse culpables y disculparse si se enojan o
entristecen.
•
Silencio, por favor: Prosperan en un ambiente
tranquilo, amoroso y pacífico. Debido a que sienten todo, rodearse de emociones
negativas puede ser perjudicial para ellas, tanto física como emocionalmente. A
menudo, si el entorno no es ideal, pueden presentar síntomas físicos confusos
que no se corresponden con un diagnóstico médico.
•
Generaciones mayores: Absorben la sabiduría de
las generaciones pasadas. Les resulta familiar.
•
Generosas: Prefieren viajar ligeras en el sentido
emocional. Aunque guardan muchas cosas en su mente prefieren vivir una vida más
sencilla, llena de esperanza, amor, paz y pureza.
•
Admiración por la naturaleza, los animales y los niños:
Valoran aquello que sienten más cercano al cielo, y para ellas eso es la
naturaleza, los animales y los niños.
• Sanadoras:
Muchas son los sanadores del mundo, y no importa qué profesión decidan elegir,
siempre hay una cuestión de sanación y ayuda que es la razón subconsciente de
esa elección.
Las
almas reencarnadas sienten que lo tienen todo teniendo que vivir potencialmente
varias vidas tratando de analizar su pasado, su presente y su futuro. Esto a
veces causa depresión y frustración en esas almas, ya que sienten que no
encajan. El mundo abarrotado puede resultar solitario, pero a veces simplemente
necesitas reorientar tu enfoque, quitarte las capas que has estado cargando
durante tanto tiempo. Tu alma puede tener cientos, o millones, de años. Es muy
posible que seas un sanador, e incluso los sanadores necesitan tiempo para
sanar.
Rasgos de un alma nueva
Por otro lado están las almas nuevas. Un alma nueva
tiene un pasado en blanco. Al no haberse reencarnado nunca adquieren
conocimiento y sabiduría de la vida actual. Algunos las han comparado con las
manipuladoras de esta vida pero tanto las almas antiguas como las nuevas pueden
encajar en ese patrón. No es que las almas nuevas sean seres indiferentes y
egoístas; simplemente tienen más que aprender y pueden parecer personas que
viven el momento. A menudo se las describe como
personas que carecen de sentido común, a un alma nueva le cuesta terminar
proyectos y puede preocuparse por lo que un alma antigua considera una
tontería. Veamos sus rasgos.
•
Altamente competitivas: Son muy competitivas y
desean fama y fortuna, y a menudo harán lo que sea necesario para conseguirlas.
•
Aspiran al éxito: Desean dejar huella en el
mundo, pero a menudo esto tiene un precio en términos de amistades y familia.
•
Obstinadas: Creen que su manera de hacer las
cosas es la correcta, y a menudo la única.
•
Siempre joven: A menudo se preocupan por su
apariencia o su edad.
•
Aventureras: Son los exploradores que se
arriesgan y tratan de descubrir constantemente nuevos caminos.
• Atracción
por almas viejas: Las almas nuevas se sienten confundidas y a la vez
desconcertadas por las almas viejas. Estas relaciones suelen ser espontáneas y
pueden ser perjudiciales. Esto no se limita al ámbito romántico sino que
también puede manifestarse en relaciones paterno-filiales, fraternales y de
amistad. Sin embargo, los opuestos se atraen.
Las
almas nuevas no se preocupan por encajar y les cuesta comprender a las almas
antiguas que anhelan pertenecer. Esto puede generar mucha discordia entre ambos
tipos de almas. El alma infantil, más cercana al estado original del cielo,
conserva sus experiencias físicas y celestiales pasadas, con conexiones al otro
mundo. Las almas antiguas pueden frustrarse al tener que repetir siempre lo
mismo. Las almas nuevas llegan a este mundo sin haber vivido antes y aún
conservan el estado celestial. Aunque así sea, sienten curiosidad e incluso
entusiasmo por nuevas aventuras. Las almas antiguas son los maestros, las
nuevas los alumnos. Ambas tienen lecciones que aprender y ambas son un regalo
para la experiencia. Las almas antiguas deben aprender que no lo saben todo, y
las nuevas descubrir su valía y su pertenencia a este mundo.
Almas y sexo
Los rasgos de sexo pueden cambiar y. de hecho. cambian
a lo largo de las vidas. Aquellas que fueron masculinas en una vida pueden
manifestarse como de otro género pero conservando el rasgo masculino, o
viceversa. Si un alma cambia de sexo puede que no se ajuste a la etiqueta
actual y a menudo se la considera homosexual o transexual. Sin embargo, el
hecho es que, independientemente de la etiqueta, es un ser humano. El rasgo de sexo
no se basa tanto en lo genético como en la personalidad. Estos rasgos parecen
manifestarse de una vida a otra, desde la Tierra hasta el cielo, el infierno o
cualquier punto intermedio. Por ejemplo, si fuiste callado en esta vida, serás
callado en la otra, y si reencarnas lo más probable es que también lo seas en
la próxima vida. Existe una evolución y posiblemente una lección al encontrar
tu propia voz, pero ese rasgo forma parte de quién eres, mucho más que los ojos
azules o el cabello castaño.
Los superdotados
Otro aspecto de alma antigua que perdura de una vida a
otra, e incluso en el más allá, son los dones, los logros obtenidos con
esfuerzo que nos definen. Espiritual e intelectualmente parece que retomamos
donde lo dejamos. Los niños prodigio pueden explicarse mediante la
reencarnación. El alma conserva la información y el talento y los lleva al
cuerpo y mente de la siguiente vida, y de cada vida posterior.
En
su libro El niño
que sabía demasiado, Cathy Byrd narra la increíble historia de su
hijo Christian Haupt. A los dos años era niño prodigio del béisbol que empezó a
compartir vívidos recuerdos de haber sido Lou Gehrig. Los detalles eran
demasiado complejos para que un niño pequeño los comprendiera, describiendo
hechos históricos e incluso rivalidades entre otras leyendas del béisbol. No se
trataba solo de historias sino también del talento que demostraba en el campo.
Hay niños prodigio que, sin una sola lección, se sientan al piano y tocan una
pieza increíblemente difícil, y niños pequeños que pueden compartir detalles
íntimos de guerras pasadas.
Alma vieja, heridas de hoy
El pasado y el presente se entrelazan a través de
defectos congénitos, de una encarnación a otra. Se cree que el defecto se forma
en la encarnación actual como un recordatorio de los orígenes y de que la
sanación es posible.
Mi
hija Micaela nació con su marca de fuego, o beso de ángel como yo la llamaba.
Algunos nacen con defectos cardíacos, cicatrices en distintas partes del cuerpo
o malformaciones congénitas. Todas estas son huellas físicas de una vida
pasada, con una lección que enseñar en el presente.
Segunda parte: Infierno
Existen diversas teorías sobre qué es el infierno y
dónde se encuentra. La mayoría cree que es lugar oscuro y tenebroso. En el Nuevo
Testamento el Hades, que significa "invisible", es morada temporal
antes del juicio y castigo eterno. La cultura popular representa el infierno
con un diablo rojo y ridículo, que sostiene un tridente y dice a las personas
que vuelvan a palear carbón en un lugar caluroso y humeante, similar a un
horno.
La
versión Reina-Valera de Efesios 4:9 dice que antes de ascender al cielo Jesús
«descendió también a las profundidades de la Tierra”. Algunos lo han
interpretado como al centro de la Tierra donde el núcleo alcanza temperaturas
superiores a los 6.500 grados centígrados. Sin embargo, la Nueva Versión
Internacional lo traduce como «descendió también a las regiones inferiores de
la Tierra», lo que significa que Jesús regresó a la Tierra.
Nota del Traductor: Como se ve, cada cual escribe e interpreta lo que es
conveniente. En cuanto a la referencia a Reina-Valera se trata de una de las
traducciones de la Biblia al español más frecuentemente utilizadas entre los
protestantes hispanohablantes y es el resultado de la llamada "Biblia del
oso" de 1569 hecha por Casiodoro de Reina, monje español convertido al
protestantismo, y de Cipriano de Valera, «hereje español» por excelencia, monje
jerónimo exclaustrado converso al protestantismo autor de la llamada Biblia del
Cántaro (1602), considerada como la primera edición corregida de la Biblia del
Oso de Casiodoro. Fuente: “wiskipedia”. Fin de la nota.
¿Es
el infierno en la Tierra? ¿O es el purgatorio? ¿O son lo mismo? Según la
Biblia, el infierno es tan real como el cielo. Es lugar de eterno desprecio,
custodiado por el ángel caído Lucifer “que en latín significa estrella de la
mañana o portador de luz”, y sus demonios.
En
las versiones inglesas del Nuevo Testamento, el Hades no se menciona en
absoluto como lugar de sufrimiento y castigo. Muchos filósofos y teólogos creen
que el concepto del infierno, con su fuego y azufre, es simplemente una táctica
para infundir miedo (es decir, una forma que tienen los poderosos para el
control de la sociedad). La palabra "infierno" se refiere al
inframundo de los muertos. Aunque aún existe controversia sobre qué, dónde o
cómo, la Biblia afirma que Cristo sufrió en el infierno para que los creyentes
no tuvieran que hacerlo. A menudo, nuestra mente es nuestro peor enemigo, y no
nuestras acciones. Algunas personas sienten que el infierno es un estado mental
atormentado, algo que ocurre aquí mismo, en la Tierra. Con frecuencia,
participamos en la creación de nuestra realidad por lo que es muy posible que
también creamos la vida después de la muerte, lo que podría dar lugar a a que
construyamos nuestro escenario de pesadilla. Para mí el infierno estaba en la
casa de mi infancia.
El Abismo
La casa absorbió nuestra energía y exhaló lo peor de
nosotros.
Los
disturbios de Detroit fueron un violento enfrentamiento que tuvo lugar el 23 de
julio de 1967 y terminó pocos días después con 43 muertos, 1.189 heridos, más
de 7.200 detenciones, unas 300 familias sin hogar y 2000 edificios destruidos.
El 13 de noviembre de 1970 me llevaron a una casa que parecía pintoresca mansión
victoriana en la zona noroeste de Detroit, también conocida como Old Redford.
En aquel entonces las zonas telefónicas tenían nombres parecidos a los de las
calles. En lugar de simples dígitos se ponía el nombre de la central telefónica
y así los demás sabían en qué zona se vivía. La mía era KENWOOD pero hoy es
simplemente el código de área 313. Aunque los disturbios habían terminado tres
años antes de mi inesperada concepción la grandeza de Detroit prácticamente
había desaparecido, reducida a cenizas, sin rastro de ave fénix mitológica que
ofreciera esperanza de renovación.
Mi
madre odiaba la casa que mi padre compró en el valle de Detroit. Si bien tenía
algunos defectos no se trataba de cuestión estética. El hogar carecía de
equilibrio espiritual pero nadie lograba identificar la causa ni comprendía
cómo afectaba a la dinámica familiar. Sin embargo, lo hacía.
Según
mis padres, yo era bebé con cólicos que solo se calmaba con un paseo en coche.
Los médicos no tenían explicación para mi llanto constante y nunca me
comportaba así fuera de casa. Se barajaron todas las posibilidades, desde
alergia, la leche o la falta de sueño, pero nada apaciguaba mis gritos a menos
que me sacaran de casa.
Tenía
unos tres años cuando empecé a percibir las energías. Algunas eran buenas. La
mayoría, malas. Los espíritus buenos me tranquilizaban y me aseguraban que me
protegerían de mis miedos, miedos que tomaban forma. Vistos esporádicamente con
forma humana, la mayoría agitaban la habitación con una niebla negra que se
adentraba en los rincones más oscuros. Parecía que las sombras no tenían
límites. Se movían a través de las paredes, de habitación en habitación. Sus
lugares favoritos eran el sótano, la habitación de mi hermano en el segundo
piso y un pequeño armario al fondo de la alcoba que compartía con mi hermana.
Las
sombras nos atormentaban y tentaban agarrándonos los tobillos con frialdad
invisible desde debajo de la cama, saltando desde debajo de las escaleras del
sótano mientras lavábamos la ropa provocándonos un pánico que nos aceleraba el
corazón. Lo peor eran los problemas emocionales que se extendían por toda la
casa. Desde la rabia hasta la depresión, afectaban a todos los miembros de la
familia de distintas maneras.
Aunque
tenía un precioso cuarto en el segundo piso, el noventa por ciento de mis
diecinueve años en esa casa los pasé durmiendo en el sofá de lana a cuadros del
salón, que picaba una barbaridad, justo al lado de la puerta principal y de la
habitación de mis padres. Mis padres hicieron todo lo posible por convencerme
de que me quedara en mi habitación, desde pintarla de mi color favorito, el
morado, hasta instalar mi propia línea telefónica, pero no tenía nada que ver
con ser una niña mimada, sino con un miedo real y justificado. Cuando mi hermano
y mi hermana se mudaron, la energía cambió su objetivo y empezó a
aterrorizarme. Si tenía que levantarme en mitad de la noche para ir al baño
saltaba de la cama lo más cerca posible de la puerta, pasaba por delante de la
antigua habitación de mi hermano y entraba al baño, y repetía la operación. La
mayoría de las noches me quedaba despierta, quedándome dormida al amanecer,
tranquila porque sabía que las sombras también se habían ido a descansar.
Estaba agotada. La línea telefónica que mis padres habían instalado sonaba en
mitad de la noche con voces que preguntaban por mí. «Debe ser un número
equivocado, o alguien del colegio», razonaba mi madre. Y, sin embargo, el
número de teléfono nunca aparecía en la factura para corroborar su lógica. Una
noche, incluso mis padres se despertaron. El radio reloj de la habitación de mi
hermano marcó las tres de la mañana cuando una carcajada resonó por los
altavoces.
Mi
madre me gritó: «¡Apágalo!”. Pero no había manera de apagarlo. No era la radio,
era la energía. Mi padre la desenchufó, pero la radio siguió emitiendo una risa
burlona y profunda.
“Siempre
ganaré“, advirtió la voz antes de cesar.
Las
invitaciones para pasar la noche en mi casa casi siempre eran rechazadas, y
quienes aceptaban se marchaban en mitad de la noche asustados o enfermos. No
fue hasta hace varios años que me reencontré con ellos a través de las redes
sociales y me explicaron que su negativa a pasar tiempo en mi casa no tenía
nada que ver conmigo, sino con la casa.
“¿Sabes
que tu casa estaba embrujada, verdad?“, me explicó una amiga de la infancia con
los ojos muy abiertos mientras almorzábamos juntas.
No
sabía si llorar o abrazarla para demostrarle mi comprensión. Pero sí lo sabía.
Y toda mi familia también.
Mi
padre estudiaba la Biblia con ahínco, y fue su curiosidad la que desencadenó
encuentros inimaginables con entidades malignas del plano oscuro. Su interés
alcanzó su punto álgido cuando recibió un folleto sobre un pastor presbiteriano
que realizaba labor misionera en países del Tercer Mundo. Su conferencia
versaba sobre su especialidad: el exorcismo. Con una grabadora a cuestas, y yo
con apenas nueve años, nos sentamos en el banco de la iglesia para escuchar y
ver un vídeo de su documental.
El
sacerdote me pareció carismático. Vestía camisa de botones de color claro y
pantalones informales, y su sonrisa era amigable. No se parecía en nada a la
imagen que tenía de un cazador de demonios. Comenzó su sermón y se detuvo
después de unos diez minutos. “Olvidamos rezar“, exclamó entrecortadamente. “Debemos
rezar para protegernos y pedir a Dios que permita que las grabadoras funcionen”.
El
ministro rezó una breve oración y continuó. La charla, que duró probablemente
no más de una hora, fue absolutamente fascinante. Mostró diapositivas de
exorcismos que había realizado y explicó que el infierno, de hecho, camina y
respira entre nosotros. Cuando llegamos a casa mi padre rebobinó la cinta de
casete y le dio a reproducir. Oímos gemidos, aullidos y gritos de origen
desconocido, y luego oímos al ministro decir amén
en voz alta y la cinta se reprodujo perfectamente.
Pocas
noches después de aquella conferencia, me desperté con la voz claramente
masculina que salía de mi radio despertador. Me llamó por mi nombre y se rió
mientras yo, asustada, encogía las piernas contra el pecho. Recité el
Padrenuestro, pidiéndole que se fuera, pero pedir no siempre funciona. La
entidad siguió atormentando a mi familia hasta que mi padre quemó todo el
material relacionado con demonios.
Casi
al mismo tiempo que mi padre empezó a interesarse por el infierno, mis hermanos
decidieron que sería divertido jugar con una ouija. Fue la tormenta perfecta
para que se desatara el caos.
Aunque
las cosas se calmaron, el miedo seguía muy presente. Rogué a mi padre que
pusiera la casa en venta. Mi madre le suplicó lo mismo sin cesar, pero mi padre
era hombre orgulloso. Veterano. Obrero sindicalizado de la industria
automotriz. Un trabajador incansable. Ningún fantasma iba a obligarlo a
abandonar su casa. Incluso después de que la caldera explotara
inexplicablemente al encender la llama piloto, llevándolo al hospital con
quemaduras graves, seguía sin razonar la venta. Tuvo que ocurrir un intento de
robo para que mis padres finalmente se mudaran, y eso fue después de que me
casé y tuve hijos.
El
día que se mudaron me quedé en su nueva casa esperando el camión de mudanzas.
“¿No
quieres despedirte de la casa?“, preguntó mi padre.
No
había sentimentalismo. Sentía como si la energía de esa casa me hubiera robado
la alegría de la infancia. Literalmente robó la vista a mi madre, con una
ceguera inexplicable y diversos problemas de salud. Con ello, se la llevó por
completo. Intentó arrebatar a mi padre con extraños accidentes que bien podrían
y deberían haber sido mortales. Obligó a mi hermana a irse de casa a una edad
muy temprana, ya que las discusiones eran acaloradas y frecuentes. No, no hubo
despedida de esa casa, solo la celebración de que mis padres finalmente se
marchaban. Ojalá hubiera sucedido antes de las cicatrices físicas y emocionales
que marcaron a mí y a cada uno de los miembros de mi familia: horribles
recuerdos.
Las
pesadillas comenzaron inmediatamente después de que mis padres se mudaran; cada
una era diferente, pero todas aterradoras. La casa parecía tenerme atrapada, y
ni el olvido ni la distancia rompían esa conexión energética. Me despertaba
recordando que estaba a salvo y que no estaba allí. Podía levantarme en mitad
de la noche sin preocuparme de que algo me estuviera observando. Podía encender
una vela, segura de que el cristal no se rompería intentando hacerme daño.
Estaba a salvo. Una de las cosas que hacía era intentar privarme del sueño para
sembrar dudas sobre esa seguridad.
Habían
pasado más de veinte años desde que mis padres se mudaron, pero los sueños de
la vieja casa seguían presentes cada semana. La mayoría consistían en intentar
encontrarlos o quedarme encerrada en la casa, y algunos simplemente revivían
recuerdos del pasado como si se tratara de una película casera. Fingí
interpretar los sueños de forma simbólica, hasta que el temor al pasado se
convirtió en cruda realidad.
"¡Kristy!"
A
pesar de que afuera hacía temperaturas bajo cero y la calefacción estaba
programada para funcionar a 25 grados durante la noche, mi ropa de dormir,
empapada en sudor, se me pegaba al cuerpo.
“¿Qué
pasa?“ Abrí los ojos confundida, incorporándome en la cama. Mi esposo Chuqui
estaba de pie a mi lado, mirándome fijamente. El corazón me latía con fuerza
por una visión tan vívida que aún podía sentir la sangre fría en mi mano
cerrada. Temía que se hubiera manchado.
“Estabas
gritando. ¿Estás bien?“
Físicamente,
estaba bien.
“¿Puedo
contarte sobre este sueño?“
Tenía
visitas nocturnas, visiones y sueños con frecuencia. La mayoría de las veces
eran simplemente extraños, como sacados de una película. Esto era más real.
Esperaba que Chuqui me dijera que volviera a dormirme, como solía hacer, pero
en vez de eso, se metió de nuevo en la cama y me tomó de la mano.
La
casa estaba iluminada a pesar de que ya estaba bien entrada la medianoche. Los
dos jóvenes permanecían uno frente al otro. El silencio era tenso, la
expectación flotaba en el aire, cada uno aguardando el primer movimiento del
otro.
Las
sombras oscuras que me habían atormentado durante años danzaban alrededor de
los jóvenes. Me preguntaba por qué no podían verme. ¿Por qué no podían
sentirme? ¿Acaso yo también era una sombra?
Todo
sucedió muy rápido: el más alto agarró al otro por el cuello y, con un cuchillo
que yo no había visto antes, empezó a apuñalarlo. Primero en el cuello, luego
en el pecho, una y otra vez, hasta que ambos cayeron al suelo.
“Soy
tu hermano. Te quiero”, gritó el moribundo, jadeando en busca de aire que, por
desgracia, no podía llenar sus pulmones dañados.
El
asesino soltó el cuchillo y miró a su hermano con sorpresa, como si lo viera
por primera vez. Luego echó a correr. El ruido familiar de la puerta mosquitera
al cerrarse tras él me pareció surrealista mientras me arrodillaba junto al
cuerpo sin vida. La sangre se acumulaba en la alfombra color canela y le busqué
el pulso, pero no lo tenía. Tenía que salir de allí. Las sombras se acercaban
sigilosamente mientras el alma del hombre comenzaba a separarse de su cuerpo
físico, y fue entonces cuando me vio.
“Aléjate“,
me susurró. ”Muy lejos”.
Fue
entonces cuando Chuqui me despertó de un codazo.
No
parecía una simple pesadilla, y conciliar el sueño no iba a ser fácil. Quizás
durante mucho tiempo. Intenté ahuyentarla pero los recuerdos de la casa
empezaron a reaparecer como un trastorno de estrés postraumático. Las plagas de
insectos. Los pájaros que se colaban. El hombre que apareció en nuestra puerta
una noche de verano con un hacha para luego desaparecer en la oscuridad cuando
mi madre gritó. Cientos de recuerdos traumáticos y terribles que creía haber
enterrado y quemado volvieron a aparecer, justo a mis pies, para que tuviera
que lidiar con ellos.
Así
que me senté frente al ordenador, intentando prepararme para simplemente
volverme loca. Tengo una imaginación muy activa, me dije dándome ánimos. Al fin
y al cabo soy escritora. Me dejo la piel en el papel y luego me desangro aún
más para ver si cambia. Es la naturaleza curiosa de un artista. Así que quizás
esta era simplemente mi manera de procesar una infancia traumática. Quizás no
había demonios ni oscuridad, solo depresión y tristeza. Quizás.
Sin
embargo, tras indagar un poco, descubrí que la pesadilla no era un escenario
inventado, sino que era muy real y verídica.
Los
padres de Marco y Juan fallecieron con pocos meses de diferencia a causa del
cáncer. Marco, de diecinueve años, responsable y con un buen trabajo, obtuvo la
custodia temporal de Juan, quien tenía dieciséis años al momento de la muerte
de sus padres. La personalidad de Marco comenzó a transformarse lentamente,
pasando del joven tranquilo y agradable que todos conocían a uno taciturno y
propenso a la ira. Familiares y amigos creían que aún estaba de luto y
estresado por las nuevas responsabilidades, pero otros estaban preocupados.
Tras el fallecimiento de sus padres comenzó a reunirse con un grupo que algunos
creían que practicaba artes oscuras. Algunos decían que eran satanistas que se
hacían pasar por wiccanos. Juan estaba confundido ya que habían sido criados en
la fe cristiana y él no comprendía este nuevo interés por la magia negra.
No
es que estuviera interesado sino que las sombras habían encontrado a alguien
vulnerable y se habían aprovechado de Marco, y tanto Juan como él acabarían
sufriendo.
Marco
se declaró culpable y fue condenado a veinte años de prisión en Indiana.
Encontré
a la nueva propietaria en las redes sociales y, tras meditar y rezar un poco,
decidí contactarla para preguntarle si alguna vez había experimentado algo
paranormal, sin saber qué planes tendría si así fuera. «Nunca», respondió.
A
veces la risa de la entidad aún resuena en mi cabeza, como la vibración de los
altavoces después de un concierto. Puede que la entidad haya vuelto a hibernar
tras el asesinato de Juan, o que, muy posiblemente, haya seguido a Marco,
aprovechándose de él para entrar en el sistema penitenciario y alimentarse de
personas de baja vibración.
Debido
a mi experiencia infantil, cuando comencé mi trabajo como médium psíquica decidí
no conectar con vibraciones negativas. En otras palabras, simplemente no llamo
al infierno. Tiré el número. Pero parece que algunos seres del infierno todavía
me tienen en su teléfono.
Charlene
Era una soleada tarde de julio cuando me eché una
siesta. ¿Cómo es posible que de jóvenes no queramos dormir y que al envejecer
las siestas se vuelvan más placenteras pero el sueño simplemente no llegue?
Tenía varios clientes esa mañana y organizaba un gran evento en una galería por
la noche, así que sentía que necesitaba descansar, pero en lugar de quedarme
dormida apareció Charlene.
Charlene
tenía pelo rubio corto, con corte pixie, y unos ojos azul brillante. Se
disculpó rápidamente por molestarme pero no lo suficiente como para irse. En
cambio se sentó al borde de la cama y empezó a charlar.
“Mi
hija viene esta noche. Aunque no es muy creyente”, dijo, poniendo los ojos en
blanco”. Kimmy, su mejor amiga, la trae con la esperanza de que aparezca.
Bueno, siempre estoy ahí pero lo marqué en mi calendario para hacer todo el
ruido posible. No es que me haya molestado nunca“, añadió riendo.
“No
quería dejar a mi familia. De hecho, yo era el pilar que los mantenía unidos y
me preocupaba muchísimo que se separaran”, recordó. ”Pero cerré los ojos y, al
abrirlos, vi a mi familia, a la que tanto había extrañado, dándome la
bienvenida, incluyendo a Missy, mi golden retriever. Lloré de la emoción. No es
que me hubiera olvidado de mi familia en la Tierra, sino que fue como si
hubiera despertado. Solía bromear diciendo que Papá Noel podía verlo todo y,
en ese momento, me sentí tan mágica como él. No siempre puedo estar con mi
familia aquí, pero puedo guiarlos y cuidarlos”.
No
hizo falta insistir a Charlene, estaba encantada de seguir charlando.
“La
habitación del hospital parecía llena pero en ese momento solo estaba mi hija a
mi lado. La enfermera me tomaba las constantes vitales de vez en cuando. Tenía
muchas ganas de estar en casa, pero nunca lo conseguí. El diagnóstico de cáncer
había sido hacía solo unos meses. Cáncer de páncreas. Nunca bebí nada más
fuerte que té helado. Recuerdo habérselo dicho al médico cuando me llamó a su
consulta para darme la noticia. Me dio seis meses como máximo. Debería ser
vidente, porque fueron seis meses y un día. Siempre he sido un poco rebelde en
potencia”, dijo riendo.
“¿Te
hicieron una revisión de tu vida?“, pregunté con curiosidad.
“Fue
justo después de mi reencuentro. Durante mi revisión de vida me preguntaron
cómo quería que fuera mi paraíso. Era como estar en una tienda de dulces. Podía
elegir lo que quisiera, me dijeron. Mi viaje favorito fue el de nuestro
vigésimo aniversario con mi esposo. Me llevó a Hawái. La gente era la más
amable que he conocido, y el paisaje, bueno, era impresionante. Renovamos
nuestros votos en ese viaje. Nunca me había sentido tan en paz”, suspiró
profundamente.
“¿Así
que ese es tu paraíso?“
“Casi
siempre”, dijo con sonrisa pícara”. Estaba unida a mi marido, y mi paraíso y el
suyo son diferentes. Yo prefiero estar rodeada de agua, y él prefiere estar
dentro viendo la televisión, pendiente de lo que pasa en el mundo. Así que
llegamos a un acuerdo.
“¿Pero
están juntos?“
“Lo
estamos. Por toda la eternidad. Nos amamos incondicionalmente. La mayoría no
puede decir eso”.
Era
fácil reconocer a la hija de Charlene entre el público de la sesión en la
galería. No solo irradiaba la misma energía que su madre, sino que físicamente
era una copia exacta.
“Debes
ser la hija de Charlene“, dije bajando del escenario y caminando por el pasillo
hasta quedar frente a ella. Me miró con escepticismo, y entonces le conté sobre
la visita a su madre. No fue hasta que mencioné a Missy, su perra, que
comenzaron las lágrimas.
“Ella
es buena. Ha llegado a su paraíso, que a veces es con tu padre y a veces con un
chico de la piscina”, bromeé y todos se rieron, incluyendo la hija y la amiga
de Charlene.
Charlene
vivió una vida auténtica aquí, y gracias a ello puede disfrutar de su paraíso
sin la carga de la duda y el miedo.
9. Te encontrarán
Era una fría tarde de otoño, en octubre, en uno de los
lugares más hermosos de Michigan: Isla Mackinac. Estaba allí por negocios, pero
incluso en esos viajes intento encontrar tiempo para explorar, y eso era
precisamente lo que estaba haciendo junto con varios amigos, mi esposo y mi
hijo. Las calles estaban llenas de turistas y teníamos hambre, así que cenamos
temprano en el Pink Pony. Después, entramos en una tienda de dulces donde
probamos varios antes de comprar nuestros favoritos, además de unos caramelos
de tofe para disfrutar de postre más tarde, en el hotel.
Isla
Mackinac fue fundada en 1670 y la única forma de llegar a este refugio de
verano es en avioneta o ferry (el medio más popular). Tampoco encontrarás
automóviles en la isla. Para recorrerla puedes llevar o alquilar bicicletas,
dar un paseo en coche de caballos o calzarte zapatillas y caminar. La contorno
es solo de casi 13 kilómetros pero la mayoría de los restaurantes y
alojamientos se encuentran a lo largo de la calle principal. Dos batallas
tuvieron lugar en la isla; el fuerte aún se conserva y está abierto al público.
Es famosa por ser el escenario de la película de 1980 "Somewhere in Time", protagonizada por Christopher
Reeve y Jane Seymour. Una vez que pongas un pie en la isla Mackinac sentirás
que has retrocedido en el tiempo, y la belleza del lago Hurón te hará desear
quedar. Al menos hasta que llegue el invierno. Quizás sea la belleza, junto con
la reminiscencia de tiempos más sencillos, la razón por la que tantos espíritus
no se han marchado. Así que, independientemente de dónde te alojes, podrías
encontrarte con uno o dos fantasmas, o algo más.
Había
traído conmigo a unos buscadores de fantasmas, con actividades para que se
contagiaran del espíritu de la celebración de Todos los Santos. Había
recorridos e investigaciones paranormales en el programa, pero teníamos un día
antes para explorar por nuestra cuenta. Por alguna razón pensé que también sería
buena idea reservar para Chuqui, Connor y para mí la habitación más embrujada
del hotel Mission Point para complementar nuestras excursiones paranormales.
Como
éramos un grupo de conocidos, todos emocionados por su escapada y con la
esperanza de tener algún encuentro con fantasmas ya que la isla Mackinac es tan
pequeña, nos saludábamos continuamente a gritos desde el otro lado de la calle.
Al salir de una de las muchas tiendas de recuerdos con mi pequeño grupo oí que
me llamaban por mi nombre y me sorprendió ver que era alguien con quien había
trabajado hacía más de una década. ¡Qué pequeño es el
mundo!, pensé. Charlamos un rato y nos despedimos. Cuando me di la
vuelta mi marido, mi hijo y mis amigos habían desaparecido. Miré al otro lado
de la calle para ver si podía ver a alguien reconocible pero descubrí que
estaba sola. Mientras metía la mano en mi bolso para sacar el teléfono sentí
como si alguien me estuviera observando. Al darme la vuelta vi a un niño, de
unos diez años, con un abrigo largo de lana marrón y una gorra plana a juego.
“¿Cómo
está hoy, señora?“, preguntó.
Seguramente
el niño me confundió con otra persona, pero luego repitió: "¿Cómo está
hoy, señora?”.
Me
sentí paralizada, incapaz de hablar. No solo me llamó la atención la vestimenta
de aquel chico sino que sus ojos eran hipnóticos y completamente negros. Un
escalofrío me recorrió el cuerpo y, con todas mis fuerzas, di un paso atrás.
“Estoy
bien“, susurré, sorprendida de no tener voz.
El
chico me miró con seriedad, fijamente, por un segundo. «Recuerda que siempre te
encontrarán. No puedes esconderte de tu pasado». Me dedicó una rápida sonrisa
antes de salir corriendo calle arriba en dirección a nuestro hotel.
A
pesar del miedo, la curiosidad y la confusión me impulsaron a seguirlo, pero
desapareció entre la multitud, que había reaparecido. En medio de la calle,
envuelta en una bruma, oí una voz más familiar que me llamaba y vi a mi marido.
Debí de parecer tan sorprendida como me sentía, porque me preguntó si estaba
bien. Intentando olvidar lo sucedido, le dije que sí.
Puede
parecer un encuentro inocente, pero fue diferente. Este chico era diferente, no
era de esta dimensión.
“Bueno,
ese es un Niño de Ojos Negros”, me explicó un amigo aficionado a lo paranormal
después de que le contara mi encuentro.
Me
burlé. Los BEK (Black Eyed Kids) son solo fábulas, simple tradición, ¿no?
Las
personas de ojos negros (a veces llamadas niños de ojos negros o BEK) son
jóvenes, a menudo niños, con ojos completamente negros, sin diferenciación
entre esclerótica, pupila o iris. Algunos han observado que su piel tiene un
tono azulado, como si fueran cadáveres. A veces aparecen en parejas y sus
modales son seguros e incluso elocuentes, con un habla propia de adulto. Pero,
¿quiénes son y qué pretenden?
Una
investigadora de lo paranormal me dijo que creía que eran extraterrestres o
seres no humanos, posiblemente demoníacos. «Intentan meterse en nuestra cabeza,
en la mente, en nuestra alma y corazón.
Evoca imágenes de leyendas de vampiros. Tienes que invitarlos a tu casa, a tu
trabajo, a tu vida o a tu coche, pero no lo hagas», dijo. «Sean lo que sean,
son chupasangres del alma”.
Qué
raro. Pero le dije que el niño que topé solo preguntaba cómo estaba. No pasó
nada malo, ¿verdad?
“Y
sin embargo, te estremeces al revivir ese momento”, señaló.
Me
estremecí. Y todavía estoy.
“Y
en serio, ¿por qué te estaba vigilando?“, continuó.
No
tenía respuesta entonces y sigo sin tenerla. ¿Por qué yo? ¿Por qué entonces?
¿Por qué allí? ¿Y qué demonios?
¿Puedo
asegurar que tuve un encuentro con un Niño de Ojos Negros? No lo sé. Ojalá
pudiera decir que bebí un par de copas, pero no fue así. Ojalá pudiera decir
que fue un fantasma o un espíritu; eso suena más realista. Sé que no lo fue.
La
isla Mackinac, uno de los lugares más hermosos que he explorado, sin duda tiene
su cuota de leyendas, apariciones y misterios, así que ¿por qué no añadir BEK a
la lista? La isla, rodeada de agua, que es un conducto para la actividad
espiritual, ha sido testigo de violencia, asesinatos y misterios a lo largo de
los años. Muchos creen que los demonios, o entidades negativas, se manifiestan
a través de la actividad paranormal para que la gente profundice en la
curiosidad. Esta atracción puede alejar a las personas del bien, llevándolas a
explorar lo negativo.
Las
dos noches siguientes en nuestra habitación de hotel, mi familia tuvo varias
experiencias paranormales desagradables. Desde que nos sacaron de la cama,
hasta que nos tiraron del pelo, pasando por la desaparición de objetos, e
incluso mi marido se despertó con una entidad acurrucada a su lado, lo que le
hizo saltar de la cama a toda velocidad. Una advertencia del niño,
posiblemente, sobre el hotel, o un profundo mensaje sobre la vida.
Así
como todos nosotros, como humanos, tenemos una infinidad de personalidades,
también las tienen quienes están al otro lado, tanto los buenos como los malos.
Las energías negativas son las rechazadas. Esto no significa que tengan la
apariencia de duendes verdes o demonios rojos. Al entrar en el más allá nuestra
edad corresponde a la madurez de nuestra alma, no necesariamente a la edad de
la muerte. Sentí que este niño de apariencia inocente, con su mensaje ominoso,
estaba poniendo a prueba mi fortaleza y mi sistema de creencias.
Otro
amigo, que no era curador de entidades, me dijo una vez que cuanto más buscas,
más encuentras, y que siempre hay que tener cuidado, incluso estar alerta. Unos
meses antes de su fallecimiento me apartó para darme un consejo.
“Kristy,
el infierno nos rodea. No es un lugar. Coincide con nosotros e intenta
atraernos hacia él. Mantente luminosa. Cuanto más oscura seas, más fácil le
resultará infiltrarse y más intentará apagar tu brillo. ¿Siempre dices que has
perdido el número de teléfono del infierno? Simplemente rompe el teléfono. El
cielo te encontrará, al infierno le costará más”.
Burt
falleció de cáncer poco después de darme esa lección, apenas un par de meses
después de mi experiencia en la isla Mackinac. Solo tardó un mes en
encontrarme.
«El
cielo es asombroso», me dijo. «Durante la mayor parte de mi vida terrenal
exploré el infierno y las dimensiones desconocidas. Exploré la muerte y el más
allá, olvidando que debería haber estado viviendo. Ahora lo entiendo. Sé que a
menudo necesitamos la experiencia personal para comprenderlo, pero espero que
tengas cuidado y dediques más tiempo a los vivos que a los muertos».
Ya
fuera por mi experiencia en la isla Mackinac o por el consejo de Burt, decidí
elegir cuidadosamente mis excursiones e investigaciones paranormales, dedicando
más tiempo a los vivos que al más allá.
10. No hay horario de visitas.
Un corazón afligido se oculta fácilmente, pero uno
endurecido se ve fácilmente y con frecuencia nos endurecemos al impedirnos
olvidar, perdonar y seguir adelante.
“No
quiero hablar con él“, argumentó la muchacha. ”No estabas invitado, papá. Vete
ya“, gritó retorciendo las manos en el regazo.
Pensé
que iba a salir corriendo pero, afortunadamente, su madre dio un paso al
frente, casi como si estuviera en otra habitación.
“Ya
no estoy con él, Charise. Por fin he encontrado mi paraíso”, dijo su madre,
acariciando el pelo a su hija.
Charise
se recostó en su asiento, comenzando a calmarse mientras se tocaba el cabello.
"¿Me lo prometes? ¿Mamá está bien?", comenzó a llorar.
“Te
lo prometo. Ahora mismo te acaricia el pelo”.
Llevó
la mano a la cabeza como si quisiera agarrar la mano de su madre y exhaló un
suspiro de alivio.
Un
matrimonio terriblemente abusivo tuvo como consecuencia que el padre de Charise
asesinara a su madre y luego se suicidara.
“No
recuerdo un solo día en que mi madre no temiera por su vida”, compartió
Charise.
El
matrimonio de Troy y Lucy fue turbulento desde el principio. Novios desde la
secundaria Troy se alistó en el ejército justo después de graduarse, y aunque
Lucy quería ir a la universidad la puso a trabajar como secretaria en el
negocio de fontanería de su padre. Un par de años después, mientras Troy estaba
de permiso, se casaron una tarde de finales de septiembre. Esa noche, sentados
afuera de la cabaña familiar durante su luna de miel, Lucy escuchó el zumbido
de las cigarras en el horizonte otoñal. El verano casi terminaba y, aunque era
el día de su boda, se sentía desolada. La magia que esperaba sentir había
desaparecido. El olor a hojas quemadas del sábado por la noche le produjo
ansiedad, como si su propia desgracia se aferrara al atardecer entre las
cenizas de la fogata cercana.
Desventuras,
luciérnagas y luna llena crearon un ambiente caótico mientras las nubes se
acercaban y la luna se asomaba dejando escapar apenas un destello de luz, pero
la oscuridad de la confusión persistían.
A
Troy nunca le gustó su personalidad introspectiva, que en realidad era así, y
en su noche de bodas le demostró su aversión con un ojo morado como regalo
nupcial. Según sus amigos, su gancho de derecha era el mejor. Su esposa pronto
descubriría también su gran talento.
Tras
su paso por el ejército, Troy se hizo policía y ascendió hasta llegar a
sargento. Veinte años después tuvo dos hijos “niño y niña” y se retiró del
cuerpo. La noche después de su celebración de jubilación su familia lo
acorraló, o al menos así lo sintió.
“Mamá
te va a dejar“, le dijo sin rodeos Evan, su hijo, mientras se reunían en el
salón de la casa donde pasaron su infancia.
“Claro“,
bromeó Troy, abriendo una lata de cerveza.
“Mamá,
coge tus maletas“, ordenó Charise, invirtiendo los roles de la crianza.
“Volverá,
siempre vuelve“, rió Troy, dando un gran trago a su bebida y abriéndose otra.
Esta
era la tercera vez que Charise y Evan sacaban a su madre de casa, y esperaban
que fuera la última. La habían visto vivir un infierno con las constantes
palizas. La vida tiene altibajos, fluctuaciones y es impredecible. No es de
extrañar que a veces perdamos el equilibrio, pero Lucy había sido prisionera y
los niños no lo tolerarían más. Lucy no solo había perdido el equilibrio, sino
también la voluntad, y Charise y Evan no pudieron evitar intentar cambiar eso.
Lucy
temía por su vida. El temperamento de su marido se había vuelto más violento
con el paso del tiempo. La semana anterior, Lucy se despertó al sentir que él
la estrangulaba mientras dormía.
“Es
más que estrés postraumático, mamá. Esa es su excusa. Necesita ayuda de
cualquier forma y no la busca”, le había dicho Evan a Lucy la mañana después
del incidente.
“¿A
quién vas a llamar?“, preguntaba Troy. ”Soy la policía y ya nadie te cree. Eres
un mentiroso despreciable y todo el mundo lo sabe. Nadie te quiere, nunca te
han querido. Debería recibir un trofeo por cuidarte. Mira, nunca necesitas nada
y, sin embargo, nunca aprecias nada de lo que hago.
No
sabía si le dolían más las palabras o los golpes. En ese momento se sentía
insensible. No quería meterlo en problemas en el trabajo, así que simplemente
lo dejó pasar, ocultando sus heridas con maquillaje y su dolor emocional
escribiendo poesía.
“Mamá,
te está matando. Estás muriendo lentamente”, dijo Charise, intentando acallar
la furia que sentía hacia su padre. Tomó la última maleta y la guardó en el
maletero.
“Pero
me preocupa”, dijo Lucy, frunciendo los labios y mirando hacia la casa. Su
marido estaba de pie junto al ventanal, con los brazos cruzados y una expresión
de suficiencia en el rostro. Le susurró: «Volverás», y se marchó, probablemente
para tomarse una copa más fuerte que la cerveza.
Charise
y Evan hicieron todo lo posible por mantener a Lucy ocupada. La llevaron al
abogado de divorcios y prepararon los papeles. Buscaron casa y le encontraron
una pequeña vivienda a pocos kilómetros de la suya. Lucy incluso fue al centro
de mayores y empezó a participar en diversas actividades. Descubrió que, tal
vez, no era introvertida después de todo. Tal vez Troy la había convertido en
introvertida. O tal vez simplemente no quería explicar sus moretones y
cicatrices. Ahora las lucía con orgullo, como una guerrera. Había sobrevivido,
y aunque no pensaba poner una valla publicitaria anunciando el abuso que había
sufrido, tampoco iba a esconderse más.
“Creo
que voy a adoptar un cachorro rescatado”, dijo. ”Papá no me quiere dar a
Buster. Nunca he tenido nada completamente mío”.
Charise
y Evan quedaron asombrados de lo animada que era su madre fuera de la sombra de
su padre.
Los
papeles finales del divorcio se redactaron tras varios meses de disputa,
constantes mensajes y llamadas de su marido, e incluso una orden de alejamiento
que Charise le obligó a obtener. El error fatal se produjo el día antes de la
vista de divorcio, cuando su ex le pidió que fuera a casa a recoger el resto de
sus pertenencias y a firmar un documento relativo a la vivienda.
“Iré
cuando Charise salga del trabajo“, le dijo.
“Por
favor, Lucy. Vamos a solucionar esto“, pronunció Troy con un dejo de agitación
mezclado con tristeza.
Sonaba
tan triste y serio que ella, a regañadientes, le dijo que iría en menos de una
hora. Como muchas víctimas de violencia doméstica, creyó que él había cambiado
y bajó la guardia. En cuanto Lucy entró en la casa Troy cerró la puerta con
llave y la acorraló contra la pared.
“Me
has hecho quedar como un tonto y quiero que sientas lo que yo siento”. Tomó su
pistola y disparó a Buster, el perro, matándolo al instante. Lucy gritó y,
furiosa, empujó a Troy con fuerza. Sorprendido, él retrocedió un paso y la miró
fijamente.
“Dicen
que hasta la muerte”.
A
quemarropa, Troy disparó a Lucy en la cabeza. Las paredes de color amarillo
limón quedaron manchadas de sangre. Sin dudarlo, Troy se tumbó junto a ella, le
tomó la mano y se suicidó.
“Los
encontré a los dos”, dijo Charise, sacudiendo la cabeza”. No sé si alguna vez
lo olvidaré. Las paredes estaban cubiertas de sangre. La alfombra empapada. Ni
siquiera llamó a urgencias. Siempre quería tener la última palabra, estar al
mando. Tenía que ser a su manera. El rostro de Charise se sonrojó con manchas. ”Ya
no sé si puedo llorar más. Se me han agotado las ganas”.
Era
obvio que entendía por qué no quería hablar con su padre, y me desconcertaba
cómo o por qué había aparecido. Al indagar más a fondo me di cuenta de que su
padre no parecía estar en el centro de la acción, sino en el infierno.
“Dime
que está ardiendo en el infierno. Dime que está viviendo su castigo en una
horrible eternidad“, tosió.
“No
hay excusa“, me dijo su padre, “pero de niño me pegaban y en el colegio un
sacerdote que se suponía que debía protegerme abusó de mí. Supongo que pensaba
que lo que hacía era normal”.
Me
pareció una excusa patética. Sabía que no debía hacerlo. Había sido entrenado
para servir y proteger, y sin embargo, ni siquiera pudo hacer eso por su familia.
Sus ojos brillaron de ira.
“¿Es
fuego y azufre?“, le pregunté con curiosidad.
Troy
se aclaró la garganta con nerviosismo y percibí un atisbo de terror antes de
que empezara.
“Después
de sentir el dolor de cabeza desperté en lo que solo puedo describir como una
sala de cine donde toda mi vida se desplegó ante mis ojos. A cada persona con
la que alguna vez tuve contacto, no solo la vi, sino que sentí cada emoción que
nuestra interacción tuvo en ella.
“Tras
hacer esta revisión de mi vida me encontré en un gran campo abierto, y allí
pude ver millones de almas tristes vagando en su viaje de angustia, consumidas
por el dolor y la miseria de sus vidas. Y entonces comprendí que en el cielo
uno vive, y en el infierno muere. Ya no existes. Dante llamó al infierno INFERNO, pero es algo simbólico. No es el
fuego y azufre del que se habla, al menos para mí. Para mí es un agujero negro
de errores y remordimientos, y ahí es donde habito”.
“¿Puedes
elegir otra opción?“
“He
tomado mis decisiones en la vida”, dijo. ”En el infierno no hay horario de
visitas”.
Si
en el infierno no hay horario de visitas, me preguntaba cómo era posible que
estuviera parado frente a mí, hablando.
Nunca
obtuve respuesta sobre cómo logré conectar con él. Como un holograma, se
desvaneció cuando Lucy dio un paso al frente.
Lucy,
en cambio, disfrutaba de su paraíso. Ya había vivido su infierno en la Tierra.
“Tu
madre es libre“, la tranquilicé. ”Solo asegúrate de no despertar tus demonios y
de no verte envueltoa en tu infierno a causa de esta situación”.
Empezó
a discutir y luego se detuvo. «¿Estás diciendo que tengo que perdonar?”.
“No
puedo pedirte que perdones. Solo puedo decirte que el pasado no se puede
cambiar, pero sí puede cambiarte a ti. Ten cuidado de que no te lleve a la
oscuridad”.
Un
año después Charise me compartió una carta que había escrito a su padre desde
el más allá. No fue una lectura agradable, pues detallaba cosas terribles que
él no solo le había hecho a su madre sino también a ella. "¿Puedes
ayudarme a superar este dolor?", preguntó. Salimos de mi oficina y, con un
simple movimiento de un encendedor, le prendí fuego a la carta, observándola
arder.
«Imagínate
todo el odio que sientes por él desapareciendo con la carta», le dije. «Ya no
tiene ningún control sobre ti ni sobre tu madre. Esto también ayudará a que
mamá disfrute del cielo», le aseguré.
Después
de que la carta se quemara la vi caminar hacia su coche con los hombros
relajados y andar más ligero. El espíritu de su madre iba sentada en el asiento
del copiloto, sonriendo. Fue una lástima que tuviera que morir para poder
encontrar la paz, pero para Charise aún no era demasiado tarde.
El
infierno y el cielo no parecen tener punto de encuentro. No hay un lugar donde
puedan reunirse o socializar. Las decisiones ya están tomadas y son
irreversibles. El espacio intermedio a veces se cruza con ambos, mientras toman
sus decisiones y reflexionan sobre su destino en el más allá durante la
revisión de su alma.
El
infierno es un estado mental, autoimpuesto, lleno de los errores que nunca te
has perdonado. Tu infierno puede estar aquí en la Tierra, como el de Lucy, y
puede durar eternamente si lo permites.
Todos
hemos vivido nuestro infierno y paraíso. Una vez que el alma abandona el cuerpo
físico se une a la vibración con la que más resuena. Según el padre de Charise,
el infierno no era un lugar. Decía que había vivido un infierno en la Tierra y
que nunca había visto la luz en la oscuridad, así que ahí es donde se encuentra
ahora: en su infierno personal.
Un asunto grave
Tras la muerte de su esposo, Glennis Wells estaba
lista para un nuevo comienzo. Buscando tranquilidad y un ritmo de vida pausado
encontró una propiedad en un pequeño pueblo rural del oeste de Michigan. Ella y
su hijo Kinley estaban muy emocionados por empezar de cero.
Cuando
el agente inmobiliario le mostró la casa de campo del siglo XVIII, color té
dulce, a las afueras del pueblo, ya la estaba decorando mentalmente. Le
encantaría el pueblo, le dijo el agente. Un pueblo con gente amable del campo,
y sí, había varios lugares donde podría abrir la tienda de antigüedades que
siempre había querido, pero hasta entonces el granero sería suficiente para
guardar sus tesoros. Fue su primera compra oficial desde que estuvo sola hacía
veintitantos años. Firmó el contrato y el fin de semana siguiente ella y Kinley
comenzaron la mudanza.
Glennis
era originaria de un pequeño pueblo de Alemania, donde conoció a su esposo,
Frederick. Se enamoraron, se casaron y poco después se mudaron a Michigan
debido al trabajo de él en la industria automotriz.
Frederick
trabajaba muchas horas pero Glennis no había sido criada para ser exigente. Se
mantenía ocupada restaurando muebles antiguos y haciendo voluntariado en la
iglesia local. Extrañaba muchísimo a su familia alemana pero los billetes de
avión eran caros y Frederick era muy ahorrador. La mayoría de los muebles que
encontraba provenían de la basura que recogían al borde de la carretera.
Glennis no conoció el verdadero amor hasta que tuvo a Kinley en brazos y sintió
que su vida estaba completa.
No
ser feliz era otra cosa. No la habían criado para ser feliz. No era
particularmente feliz en su matrimonio, ni con Frederick en general. Sabía que
tenía amantes y que sus negocios no siempre eran lícitos. Sin embargo la habían
educado para apoyar a su esposo y ser la mejor madre, y mientras nadie saliera
perjudicado la vida era buena. Bueno, sí que se sentía mal algunas noches
cuando veía a su marido enviando mensajes desde su despacho, sabiendo que a
medianoche lo llamarían del trabajo, pero decidió centrar su atención en lo que
sí la hacía feliz.
Era
un día inusualmente frío para agosto cuando Frederick llegó temprano del
trabajo. Eso ya era extraño pues rara vez llegaba antes de las siete de la
tarde. Al ver el coche en la entrada se apresuró a preparar la cena. No estaba
preparada, pues había encontrado una mesa nueva para pintar; había estado
ocupada planeando qué hacer con ella mientras Kinley miraba la televisión
tranquilamente y jugaba con sus bloques de construcción.
“Siéntate
conmigo“, pidió Frederick tras colgar la chaqueta.
“Lo
haré después de que la pasta hierva“, se lamentó Glennis, pero Frederick la
tomó de la mano y la condujo a un asiento.
“Me
estoy muriendo, Glennis. El médico dice que incluso con tratamiento solo me
quedan unos meses. Necesitamos poner nuestra vida en orden ahora mismo”.
Todo
empezó con lo que él creía que era una gastroenteritis, pero nadie más en casa
se contagió y los síntomas persistieron. Como no le gustaban los médicos,
finalmente fueron los fuertes dolores en el costado los que justificaron una
visita. Una serie de pruebas, desde ecografías hasta una tomografía
computarizada revelaron una masa en el hígado de Frederick, y según su médico
era muy probable que tuviera cáncer en otra parte del cuerpo, y así fue. El
diagnóstico fue cáncer de colon en estadio cuatro, con metástasis en hígado y
pulmones, con riesgo de extenderse al cerebro.
“¿No
hay tratamiento?“, preguntó Glennis sorprendida. Ni siquiera sabía que había
ido al médico.
Frederick
negó con la cabeza con tristeza. «Es inoperable y la quimioterapia me dará uno
o dos meses de vida, pero requerirá hospitalizaciones, cirugías y otros
procedimientos horribles que, en definitiva, no servirán de nada. El resultado
final será el mismo. Me han mandado a casa a morir».
Como
de broma, en la radio empezó a sonar con la canción de Tim McGraw, "Live
Like You Were Dying” (vive como si estuvieras muriendo). Frederick murió como
vivió, infeliz. Claro que sufría, Glennis lo entendía, pero pensó que tal vez
querría tener a su hijo en brazos o pasar tiempo con ella. En cambio, pasó sus
días y noches en la oscuridad de su despacho, mirando fijamente las paredes
vacías, implorando a la muerte que se lo llevara.
Glennis
oyó un gemido y un fuerte golpe en plena noche y bajó corriendo para descubrir
que Frederick había cumplido su deseo. La muerte llegó a las tres de la
madrugada del 30 de octubre, poco más de dos meses después de su diagnóstico.
Ella
no le había contado sus planes con la casa. Él no le había preguntado, ni
siquiera le importó. Cuando recuperó sus documentos de la caja fuerte y se los
llevó al abogado descubrió que Frederick tenía otra familia y que le había
dejado la mayor parte de su fortuna a la otra mujer y a sus dos hijos. Le
dieron la casa que ni siquiera quería, en un país que ni siquiera consideraba
su hogar, pero la convirtió en su hogar por su marido.
La
supuesta casa familiar se puso a la venta al día siguiente de los hallazgos y
se vendió en el plazo de un mes, para su alivio.
A
Glennis, mujer orgullosa y reservada, no le gustaba pedir ayuda. Alquiló el
camión de mudanzas y, con el niño de cuatro años a cuestas se mudó a su nueva
casa completamente sola. Fue la semana siguiente cuando empezó a sentir que la
visitaban y se preguntó si la casa estaba embrujada o si Frederick los había
encontrado desde el más allá. Glennis obtuvo mi nombre y número de contacto de
alguien de su iglesia y me preguntó si podía visitarla.
A
pesar de su deseo de mudarse lejos, se trasladó a menos de dieciséis kilómetros
de la antigua casa conyugal. Había pasado menos de un mes desde su mudanza
cuando me senté en su sala. Mientras ella corría a preparar té observé la casa
impecable, decorada con muebles de buen gusto pero minimalistas. No había fotos
ni apenas adornos y, sin embargo, se percibía una atmósfera densa que resultaba
difícil de ignorar.
Glennis
me entregó una taza de porcelana llena de té con un terrón de azúcar en el
platillo y se sentó frente a mí.
“Muchas
gracias por venir. Sinceramente, no sabía a quién acudir”, dijo revolviendo
nerviosamente el terrón de azúcar en su taza con una cucharita. ”Eras mi última
esperanza antes de consultar con un psiquiatra”. Se puso rígida, conteniendo las lágrimas, y me
miró fijamente. ”¿Crees que me estoy volviendo loca?”
Detrás
de cada fantasma hay una historia con diferentes motivaciones. Así como
nosotros nos sentimos atraídos por las comodidades terrenales los fantasmas
buscan lo mismo. Vi una sombra oscura inmóvil en la esquina. La energía era
ominosa, como la calma en el ojo de un huracán. Antes de que pudiera girarme
para responder a su pregunta, mi mente se llenó de un torbellino y me llevé las
manos a la cabeza.
“¿Tú
también lo oyes?“, exclamó Glennis, acercándose rápidamente a mí.
No
se trataba de escucharlo, sino más bien de sentirlo a él y a su dolor.
“Estoy condenado a vagar por la noche durante un
tiempo. Y durante el día, confinado al ayuno entre las llamas, hasta que los
crímenes cometidos en mi vida sean consumidos y purificados. Pero me está
prohibido revelar los secretos de mi prisión. Podría contarte historias que te
desgarrarían el alma, que te helarían la sangre”.
“Hamlet“,
murmuró Glennis en voz alta.
Ambos
lo oímos citar al fantasma de Hamlet en nuestras cabezas, y deseé haber
prestado más atención a mi clase de Shakespeare en la universidad.
“¿Qué
tienes aquí de él?“
“No
tengo nada. Se lo envié a su otra familia para que se encarguen de ello”.
La
energía de Frederick se arremolinó a nuestro alrededor y ambos jadeamos en
busca de aire.
“Cenizas a las cenizas, polvo al polvo, pero mi
espíritu aún no ha terminado de vivir”.
Se
estaba burlando de nosotros.
“¿Sus
restos? ¿Dónde están?“
El
rostro de Glennis se puso rojo de vergüenza. "Nunca los recogí de la
funeraria”.
Para
los fantasmas la finalidad es algo importante y Glennis pensó que con solo
mudarse se alejaría del pasado, pero sin un cierre el pasado la alcanzó.
“Tenemos
que alejar su alma de ti. Literalmente, esto es un asunto muy grave”.
Glennis
asintió. "Simplemente no me parece justo que él encuentre la paz y que mi
hijo y yo, no", dijo frunciendo el ceño.
“No
te corresponde a ti dictaminar sobre el veredicto, por duro que suene”.
Tras
un breve trayecto en coche juntas, llegamos a la funeraria. El lugar parecía
engullirnos, lleno de estática. Glennis tomó la sencilla caja de madera y, con
ella en su regazo, rompió a llorar. La dejé sollozar, gritar y desahogar todo
su dolor y tristeza sin consolarla. Era su rito de iniciación sentir todas sus
emociones.
“¿Y
ahora qué?“, me preguntó, sonándose la nariz con un pañuelo. ”¿Qué quiere que
haga ahora?
“No“.
dije con más firmeza de la que quería. ”Esto no tiene nada que ver con lo que
él quiere, sino con lo que tú quieres. Estás recuperando tu esencia ahora
mismo. Estás devolviendo la vida a tu hijo y a ti. Lo estás enviando a su
tumba. Estás decorando tu hogar. Estás liberando las cadenas ahora mismo”.
“Gira
a la derecha ahí, por favor, y baja hasta la orilla del lago”, dijo la viuda.
Siguiendo
las indicaciones de Glennis nos detuvimos detrás de un árbol gigante que nos
impedía ver la luz del sol.
“¿Quieres
que te acompañe?”, pregunté
Glennis
negó con la cabeza y salió del coche con la caja. La vi caminar hasta la orilla
del lago y arrojar la caja lo más lejos que pudo. «¡En nombre de Dios que Dios
te bendiga!», exclamó.
La
caja se balanceó sobre el agua antes de desaparecer. Glennis enderezó la
espalda, dejó escapar un suspiro y volvió a subir al coche.
“¿Estás
bien?“, pregunté.
Fue
la primera sonrisa que le vi.
“No
le deseo ningún mal, ¿sabes? De verdad que no”.
“Lo
sé. Sus acciones fueron responsabilidad suya y lo único que puedes hacer ahora
es sanar”.
Aparqué
el coche frente a la casa, que inmediatamente se sentía más luminosa. Al
entrar, noté que la temperatura era más fresca y que ya no había sombras
oscuras.
Un
año después, Glennis me invitó a su casa, esta vez para una simple visita. La
casa rebosaba de amor. Fotos de ella y su hijo se exhibían con orgullo, junto
con muebles hermosos y alegres. Pero la mejor transformación fue la propia
Glennis, y no tenía nada que ver con su cabello ni su maquillaje: era su
espíritu, lleno de risas y esperanza.
Infierno y regreso
La pequeña cruz blanca se alzaba al borde del camino,
a pocos metros de Tall Tree Lane. El
nombre grabado en el memorial de madera era Shiloh.
Las
cruces, monumentos conmemorativos y altares funerarios suelen marcar el lugar
donde ocurrió el fallecimiento a causa de un accidente. El nombre o las
iniciales del difunto se inscriben en las lápidas, a veces rodeadas de flores,
peluches u otros objetos conmemorativos. Es una significativa expresión de
dolor, amor y recuerdo.
Hace
años los difuntos eran enterrados en el lugar donde caían, convirtiéndolo en su
última morada. Aunque ya no es la tradición, el sentimiento perdura a través de
un homenaje. Lo vemos a menudo tras el fallecimiento de celebridades.Se cree
que la tradición pudo haber surgido de una costumbre española. Durante el
funeral, los portadores del féretro lo llevaban desde la iglesia hasta el
cementerio. Cada vez que el féretro debía ser bajado para que los portadores
descansaran, se colocaba una piedra en el camino. El viaje continuaba hasta
llegar al lugar de descanso final. Y cada vez que se colocaba una piedra donde
el féretro esperaba, era un recordatorio para detenerse y orar. Era un
recordatorio de que la vida es corta, que la vida es dura.
Ya
sea en camino rural polvoriento o autopista concurrida seguramente has visto
una cruz, flores marchitas o peluches empapados por la lluvia que sirven de
altar para un ser querido fallecido. Tal vez te hayas preguntado cuál es su
historia, hayas rezado una oración o simplemente desviado la mirada.
Me
encanta pasear por los cementerios, y aunque a algunos les pueda parecer
macabro, cada cementerio es un museo en sí mismo, con piedras y esculturas de
arte funerario.
Estaba
investigando cementerios locales para un reportaje y tomando fotografías de
diversos lugares históricos. Un cementerio al que me aventuré se encontraba en
una colina en medio de un suburbio de Michigan. Databa de mediados del siglo
XVIII y me intrigó la mampostería y las diversas historias que dejaba cada
epitafio. Mientras admiraba la estatua de un ángel llorando sobre una gran
piedra, sentí un toque en mi hombro.
Ya
sea que esté investigando lo paranormal o visitando un cementerio, me aseguro
de protegerme de cualquier cosa negativa. Esto no significa que lo negativo no
pueda intentar comunicarse, pero reduce la posibilidad.
Me
giré y vi el espíritu de un hombre que llevaba un gran sombrero negro. Tenía un
aspecto sombrío.
“¿Ves
esa tumba? Es mía. Necesito tu ayuda”.
Me
dirigí a la tumba que me había indicado. Allí se alzaba una sencilla lápida
vertical con solo su nombre y las fechas de nacimiento y muerte: Humphrey
Marshall Delaney, nacido en 1792 y fallecido el 15 de noviembre de 1836.
Alrededor de la lápida había alambre de púas oxidado y bien atado.
“Necesito
que cortes eso”, dijo.
Era
algo que nunca había visto antes, y no había manera de que cambiara una tumba.
“¿Por
qué está eso ahí?“, pregunté mirando a Humphrey con recelo. Mi instinto me decía
que no confiara en el doble de Abraham Lincoln.
“No
estoy seguro, la verdad, pero me impide cruzar. Por lo que veo, ha pasado mucho
tiempo”, dijo con tristeza, encogiéndose de hombros.
Así es pensé para mí, pero que no encontrara una luz o la manera de cruzar
era extraño. Intenté ver alguna luz al otro lado para ayudarlo a entrar, pero
no había nada. Era como si estuviera atado a la Tierra.
Podía
oler azufre en el aire. Para muchos entusiastas de lo paranormal esto es señal
de presencia demoníaca basándose en la teoría de que el infierno es un lugar
físico en las profundidades de la Tierra. Cuanto más se excava, más sulfuroso
se vuelve. Por lo tanto se cree que el olor a azufre es la señal inequívoca del
infierno, Satanás y los demonios.
Lo
interpreté como una señal para irme. Exigiendo que Humphrey se quedara donde
estaba, que no le permitieran seguirme, me dirigí a la sociedad histórica local
para ver si podía descubrir el secreto de Humphrey.
“Kristy,
es muy raro que estés aquí hoy. Me llamó una señora que se llama Jeanette.
Curiosamente se acaba de mudar a una casa nueva cerca del cementerio y cree que
la persiguen fantasmas”, me dijo Michelle, la supervisora de la sociedad
histórica.
“¿Embrujada
cómo?” Recibo cientos de correos electrónicos y llamadas al mes preguntando si una casa está embrujada y he llegado a
la conclusión de que la mayoría de la actividad paranormal se reduce a ratones
en el ático, abejas en la pared, problemas de fontanería o un saludo celestial
de algún familiar del más allá. Es triste decirlo, pero me he vuelto escéptica,
y quizás un poco cínica, respecto a los relatos de casas embrujadas.
“Está
asustada, y no creo que esta señora se asuste fácilmente. Es dura como una
roca. Dice que la han empujado varias veces bajando las escaleras. Se despierta
y ve una sombra oscura, un hombre con sombrero, de pie junto a ella, y luego
está… “. Antes de que pudiera terminar, levanté la mano. «Alto. ¿Un hombre con
sombrero? ¿Como un viejo sombrero de copa?»
“¡Sí,
exacto! Además, su marido acaba de fallecer, así que está ese problema. Y por
lo que entiendo”, dijo Michelle, “no parecía ser un buen tipo”.
Pedí
a Michelle el número de teléfono y la dirección de Jeanette y me dispuse a
marcharme, casi olvidándome de preguntarle por Humphrey.
Michelle
se puso pálida como un fantasma cuando le pregunté: "¿Has visto alguna vez
esa lápida al lado de Haggerts Road? La gente suele dejar juguetes o flores
allí. Humphrey asesinó a una familia en 1836: esposa, esposo y sus cinco hijos,
solo porque hacían demasiado ruido. Él trabajaba en el turno de noche,
intentando dormir durante el día y entre los cinco niños, sus gallinas y perros
no podía dormir. Así que cogió un hacha y los asesinó mientras dormían, y luego
quemó la casa. La lápida al lado de la carretera está cerca de donde estaba su
casa. No hizo falta ser un detective muy perspicaz para descubrir quién lo
hizo. Las manchas de sangre los llevaron a la casa de al lado, que creo que
es... el terreno que compró Jeanette", añadió Michelle, horrorizada al
comprender lo que sucedía.
“Obviamente
no es la misma casa, ¿pero sí el mismo terreno?“
“Así
es. El pueblo quemó su casa con él dentro. Luego enterraron su cuerpo en la
tumba, envolviendo con alambre de púas la lápida que su madre le había
comprado. El pueblo quería una tumba sin nombre, pero su familia era gente
honrada. No era culpa suya que su hijo estuviera loco”.
"¿Alambre
de espino?"
“Fue
una ceremonia de vinculación que ató su alma a la Tierra para cumplir su eterna
condena”.
Algo
no me convencía del todo, pero desde la oficina de la sociedad histórica llamé
a Jeanette para ver cuándo podíamos reunirnos. Me preguntó si podía ir en ese
mismo momento.
Su
delicada piel, su cabello rubio y sus rasgos estaban envueltos en el miedo que
pendía de sus hombros como un chal.
Sabía
que tenía que contarle la historia de su propiedad, pero no creía que eso la
obligara a mudarse. Simplemente necesitábamos encontrar una manera de liberarla
para que pudiera seguir adelante y no quedar atrapada en la energía del pasado.
Posiblemente su pasado, posiblemente el pasado de la propiedad y el de
Humphrey, o posiblemente una combinación de ambos.
“¿Cómo
hacemos eso?“, preguntó con el cuerpo tembloroso.
Podía
ver el espíritu de su marido allí presente, y aunque no era un alma violenta
como Humphrey, se dedicaba a herir a los demás sin disculpa ni remordimientos.
Junto a él estaba Humphrey. Era como si ambos se confabularan para absorber la
buena energía de Jeanette y alimentar su propia ambigua existencia.
“Nos
enfrentamos a ellos”.
“¿Se
irán?“, preguntó sin estar convencida.
“Pediremos
ayuda “, le aseguré.
Eso
fue precisamente lo que hicimos. Sentadas en su acogedora sala de estar, con su
radio antigua reproduciendo música jazz, nos tomamos de las manos e invocamos
la ayuda del más allá para que se llevaran a los prisioneros terrenales y los
trasladaran a la otra vida, liberándolos así de sus ataduras. Se resistieron y
lucharon, sin saber cuál sería su destino pero en menos de una hora la energía
se sentía como el sol en la playa, e incluso Jeanette se había quitado el velo que
oprimía su alma, experimentando una libertad recién descubierta.
“¿Por
qué yo?“, preguntó. “Entiendo la ubicación de la propiedad, pero lleva aquí más
de cien años y mi agente inmobiliario me dijo que la familia a la que se la
compré la amó durante más de treinta años”. Se levantó, se estiró, se acercó y
cogió una foto de su difunto esposo. ”¿Soy tan mala persona?”
“Ese
es el quid de la cuestión. Eres tan buena persona
a pesar de que te han sucedido cosas malas”.
Con
su dolor, depresión y cambios en su vida, se abrió a las bajas vibraciones de
las energías, que no solo se vinculaban a la tierra, sino también a ella. No
estoy seguro de que Frederick o Humphrey fueran al infierno; creo que lo más
probable es que estuvieran atrapados en un estado intermedio, donde
perjudicaban a quienes merecían su felicidad eterna.
Cortar ataduras
Pensamientos, sentimientos, palabras y acciones son
formas de energía y todo lo que pensamos, sentimos, decimos o hacemos crea la
realidad del presente y sienta las bases del futuro. Cada uno es responsable de
lo que sucede en su vida. Es una verdad difícil de aceptar. Quienes son
infelices o negativos a menudo culpan a otros. Quienes atraviesan un mal
momento suelen victimizarse para justificar su sufrimiento. Sin embargo, la llamada
ley de la atracción enseña que las personas infelices seguirán encontrando infelicidad
y las felices felicidad porque es como cantar una canción que atrae más de lo
mismo. Si no logras encontrar tu vibración o canción debido a las
circunstancias de la vida a veces es necesario cortar lazos energéticos. Esto
no significa necesariamente que perderás a las personas en tu vida que no están
en tu misma sintonía sino que descubrirás que puede que esas personas, al no
disfrutar de tu vibración, se alejan.
Jeanette
no volvió a experimentar actividad paranormal después de ese día y dejé como
estaba la atadura en la lápida de Humphrey. Cada vez que paso en coche junto al
monumento conmemorativo al borde de la carretera sigo rezando por todos,
enviando buenos deseos para que todos los involucrados tengan una vida justa tras
la muerte.
Con
cada persona con la que interactuamos creamos vínculos que nos conectan con
ella. Sin embargo, si la relación es tóxica a menudo nos ancla a patrones
negativos que pueden agotar nuestra energía psíquica y emocional. Incluso las
conexiones basadas en el amor pueden ser agotadoras y generar estancamiento.
La
energía puede revitalizarnos o agotarnos, y algo que puede funcionar es lo que
se llama "Cortar Lazos”. Es como una purificación del alma en la que
liberas energía, personas o situaciones que no iluminan tu alma. Seamos honrados,
soltar no es fácil. Decir que no es difícil y defender tu postura, y contar tu
verdad no siempre es bien recibido. Muchos pasamos la vida sacrificando nuestra
felicidad para evitar confrontaciones. La mayoría sabemos que no podemos cambiar
a nadie pero, aun así, permitimos que nos roben nuestra magia interior. Puede
ser de nuestro pasado o de nuestro presente. No se planta un jardín sin antes
ararlo, ¿por qué deberías pensar que puedes atraer amor, luz, felicidad y
positividad sin arrancar primero las malas hierbas del ayer?
Si
te sientes agotado, puede ser porque tienes ataduras emocionales y necesitas
liberarte para dar paso a la felicidad. Cortar esas ataduras no requiere la
intervención de un sanador energético; tú eres tu mejor sanador energético. No
elimina el amor ni los recuerdos; simplemente limpia los residuos que te roban
la luz.
Meditación para cortar el cordón umbilical
Para cortar tus ataduras mediante la meditación,
comienza invocando al Arcángel Miguel. Dedica un tiempo a relajar tu cuerpo y
mente. Cuanto menos consciente seas de tu cuerpo durante este tiempo, más fácil
te resultará concentrarte en relajarte.
Respira
hondo, mantén la respiración un instante y exhala lentamente. Deja que toda la
tensión abandone el cuerpo. Con cada exhalación liberas tensiones, y con cada
inhalación recibes alegría, esperanza, amor y paz.
Imagina
que con cada respiración una enorme esfera de luz blanca se acerca a ti,
haciéndose cada vez más grande y envolviéndote por completo, como si entraras
en una nube. Te relaja de pies a cabeza, animándote a soltar, relajarte y dejar
ir aquello que no te sirve en esta vida ni en otras.
“Acepto
esta luz blanca como mi armadura”.
Ahora,
rodeado de luz blanca, tu protector constante, llama a cualquier otro ángel,
guía o maestro ascendido para que te ayude a liberar cualquier experiencia de
baja energía.
“Invoco
a mis ángeles para que me ayuden a desconectar y liberar las energías negativas
del pasado y del presente”.
Visualiza
la espada azul del Arcángel Miguel y cógela, tómala. Con su guía, visualiza los
lazos emocionales que te atan a energías negativas. Puedes incluso invocarlos
diciendo: «Corto mi dolor», «Corto el dolor del divorcio», «Corto mi
sentimiento de fracaso», etc. También puedes cortar los lazos que te unen a
personas o lugares que ya no te benefician y te debilitan. Es importante que,
mientras haces esto te perdones por haber formado parte de esas experiencias y
comprendas que hay lecciones, no solo cicatrices. Cuanto más tiempo hayas estado
atado, más grueso será el lazo que cortar.
Una
vez que hayas cortado los lazos energéticos pide al Arcángel Miguel que selle
cada extremo con amor y paz para reducir las posibilidades de que los lazos se
vuelvan a conectar.
Ofrece
una oración de gratitud y ten presente que te llevó mucho tiempo desconectar
esos lazos negativos, y que quizás necesites hacerlo varias veces. Cuantos más
lazos te atrapen, menos probable será que te sientas centrado o en el camino
correcto. Después del ejercicio es importante beber mucha agua para
desintoxicarte. También puedes hacerlo mientras recibes un masaje o
reflexología (solo asegúrate de avisarles lo que estás haciendo, por si acaso
empiezas a llorar).
11. Qué demonios...
Todos conocemos a alguien que vive sumido en su
infelicidad. Hace demasiado sol. Llueve demasiado. Eres demasiado feliz. O
demasiado triste. Una vez, un jefe me amonestó por ser demasiado positiva y
feliz antes de las nueve de la mañana y de que él se tomara su primera taza de
café. La amonestación quedó en mi expediente y se mencionó en mi evaluación.
Para él, cualquier atisbo de felicidad era un infierno. Deseaba con todas mis
fuerzas salir de ese trabajo porque me estaba convirtiendo poco a poco en
alguien que no me gustaba: una persona infeliz. Entonces, mis guías me dijeron
que enviara todo el amor posible a quienes viven en su infierno. No solo les
ayudaría sino que los protegería de las grietas en el aura por donde la
oscuridad podría filtrarse, como ocurre en un hotel infestado de cucarachas.
Una se cuela en tu maleta y luego invade tu casa. El infierno en la Tierra
puede hacer lo mismo.
Hasta que la muerte nos separe
El hombre de mediana edad permanecía a mi lado como
espíritu. Su frustración era evidente por su nerviosismo. La docena de mujeres
presentes en la sala me observaba mientras intentaba mantener la compostura.
“Dile
que soy su marido. ¿Cómo podría olvidarse de mí?“, preguntó con vehemencia.
“Dice
que es tu marido. Y es calvo. Ya era calvo antes de sus tratamientos contra el
cáncer”, añadí.
“Dile
que soy Rich. Soy su marido”, repetía una y otra vez.
Rara
vez me daban nombres. Bueno, sí me daban nombres, pero dudaba de ellos, aunque
a esas alturas no tenía nada que perder.
“Dice
que se llama Rich”.
La
mujer me miró, sin dejar de negar con la cabeza.
“Tengo
un abuelo que falleció de cáncer y era calvo”, intervino una mujer del grupo.
Jamás
lograría quedar bien y Rich estaba convencido de que aquella mujer, con el gran
bolso de flores que tenía en el regazo, era su esposa.
Respiré
hondo y decidí seguir adelante.
“No
tengo a tu abuelo“, dije a la joven, “sí tengo a tu padre. Falleció de…” y
seguí haciendo lecturas a todos los del grupo mientras notaba que la esposa que
no era de Rich se ponía cada vez más agitada.
“Rara
vez hago esto“, dije a la señora del bolso grande con estampado floral, ”pero
¿puedo preguntarle a quién busca?”
La
señora se secó los ojos con el pañuelo que había tenido en la mano durante toda
la hora y asintió. «Sí, estoy buscando a Richard, mi marido”.
Todas
las mujeres presentes en la habitación respiraron hondo.
“¿Y
murió de cáncer?“, pregunté.
"Sí”.
“¿Y
ya era calvo incluso antes de sus tratamientos?“
“No
recibió ningún tratamiento pero sí, era calvo”.
La
miré con los ojos entrecerrados, preguntándome dónde estaba ella, o dónde
estaba yo, una hora antes, cuando transmití exactamente la misma información.
“¿Tienes
algún nombre que suene más o menos masculino?“
Ella
asintió y dijo que se llamaba Miles.
Richard
había dejado de caminar de un lado a otro y miraba fijamente a su esposa con
expresión inquietante. Su alma, vacía.
“¿Sientes
que te persigue?“, le pregunté poniéndole la mano en el hombro para mostrarle
mi apoyo. En respuesta, rompió a llorar desconsoladamente.
Miles
compartió su historia de maltrato conyugal con el grupo de desconocidos, y
luego sus descubrimientos tras la muerte de Richard. "Por fin pensé que
había escapado", exclamó entre lágrimas, "pero en cuanto nos mudamos
a la nueva casa empezaron los sucesos paranormales”.
Fue
a una tienda de artículos para videntes y compró salvia blanca. Siguiendo las
instrucciones, purificó la casa con el incienso, pero esto solo pareció avivar
aún más la actividad paranormal.
¿Por
casualidad tuviste una cita?
Miles
me miró con los ojos muy abiertos y asintió avergonzado. Richard se aseguraba
de mantenerla cerca incluso desde el más allá.
“¿Está
en el cielo? Si está en el cielo, ¿cómo puede atormentarme tanto?“, se
preguntó, jugando con las correas de su bolso.
No
sentía en absoluto que Richard estuviera en el cielo, y con el vacío que percibía
alrededor de su alma sentí que necesitaba más información, así que acordamos
que yo iría a su casa al día siguiente.
Al
entrar en el camino de entrada de la vieja casa de campo blanca se podía sentir
la oscuridad, a pesar de que brillaba el sol. Miles me recibió en la entrada y,
tomándome de la mano, me condujo por los escalones de cemento desconchado hasta
la sala de estar. Las paredes se estaban desprendiendo del papel tapiz azul con
estampado de damasco y el techo rezumaba yeso por todas partes.
“Sé
que es un desastre“, confirmó dejando claro que tenía una pésima cara de póquer,
”pero le veo potencial. Voy a pintar y arreglarlo todo. De hecho, ya quité los
armarios de la cocina y el suelo de baldosas. Ven a ver“. Me condujo a una
cocina grande, pero de forma extraña. Una vieja puerta mosquitera de madera
dejaba entrar la brisa y casi podía ver a niños del pasado entrando y saliendo
mientras su madre les gritaba que dejaran de dar portazos y que decidieran si
entrar o salir.
“¿Qué
es eso?“, pregunté señalando la gran mancha roja en medio de la cocina, rezando
para que dijera pintura.
“Lo
descubrí después de levantar las baldosas. Y entonces investigué un poco”.
Me
estremecí, aunque sabía que no iba a decir que alguien había derramado mucha
pintura. En 1910, apenas un año después de la construcción de la casa, los
inmigrantes franceses Max y Ada tuvieron un matrimonio turbulento.
“¿Ves
lo lejos que está mi vecino más cercano? Al parecer, las discusiones eran
diarias y les llegaban hasta allí. Una tarde de noviembre el vecino estaba
dando de comer a sus gallinas cuando oyó un disparo de escopeta, y luego otro.
Max y Ada estaban tumbados en la cocina, con la estufa encendida, café recién
hecho y galletas caseras en el horno. Sus hijos los observaban desde la
escalera trasera”. Miles señaló una escalera sencilla que yo ni siquiera había
notado. ”El siguiente propietario puso las baldosas que acabo de quitar”.
El
problema de Miles tenía bastantes aristas, pero antes de que pudiera hacer mi
siguiente pregunta fue como si alguien pusiera el termostato al máximo y ambas
empezáramos a abanicarnos.
“Espera“,
susurró Miles. “Ahora se encenderá la radio”. Y, efectivamente, la radio del
salón empezó a sonar. «Es Skip Davis cantando 'Ghost Got My Woman'».
“Espera, ¿qué?“
“Tuve
que buscarlo. No tenía ni idea de qué canción era”.
Yo
tampoco tenía ni idea, pero nos tomamos unos minutos para escuchar.
Inquietante, furioso y evocador, cantaba el muchacho. Antes de que terminara la
canción vi a su marido en la escalera de entrada, una escalera mucho más
elegante que la de atrás.
“El
río está cubierto de un fuego denso, y no puedo respirar allí”, me dijo.
“¿El
infierno? ¿Estás describiendo el infierno?“
“Aquí
no hay pájaros ni brisa. No hay amor, solo odio. Practiqué el mal aquí (en la
Tierra), estoy condenado a crearlo allí (en el Cielo). Estoy en la casa de los
malvados, en el reino de los muertos. Soy la bestia, así como tú también puedes
elegir serlo”.
Me
estremecí por el calor mientras Miles me miraba fijamente.
“Está
aquí, ¿verdad? Sabía que era él quien todavía quiere tenerme bajo su control”.
“Nos
dan llaves, Miles. Al nacer, nos dan llaves y estas llaves abren las puertas
que queramos. Tu esposo abrió las puertas de la oscuridad y te arrastró con él.
Es hora de que tires esas llaves”.
“¿Entonces
tengo que mudarme?“, preguntó Miles confundida pensando que lo decía
literalmente.
“No.
Tienes que dejar ir a Richard. Es como si se estuviera alimentando de ti y de
tu debilidad. Así como él ocultó tantas cosas, tú también le ocultaste tu
verdad”.
Aunque
estábamos en el interior, era abril y hacía tiempo templado de repente se puso
extrañamente ventosa la habitación.
“¡Libero
mis cadenas!“, gritó Miles a través del túnel de viento. ”Ya no estoy conectado
a ti, Richard, ni a ninguna oscuridad, e ilumino mi alma, mi entorno y todo lo
que me pertenece. Te envío al mar de tu juicio. ¡Vete!”
La
temperatura bajó de inmediato y el viento cesó. Miles cayó de rodillas,
agotada.
“¿Se
ha ido?”. Levantó la vista hacia mí.
Asentí
con la cabeza, me agaché y la ayudé a incorporarse en el sofá, aunque sus
piernas aún temblaban.
Miles
terminó quedándose en la casa un año más, la remodeló hasta convertirla en una
casa de revista de decoración y luego la vendió. La historia de la casa que
compró alimentó la energía negativa que ya la rodeaba y mantuvo abierto el
portal de la oscuridad. Aunque cerró la mayoría de las puertas, por mucho que
lo intentáramos no lográbamos cerrarlas todas. La casa se vendió rápidamente, a
pesar de que Miles fue muy sincera al contar la historia de 1910. La radio
todavía se enciende de vez en cuando, le informaron los nuevos dueños, pero por
lo demás reina la paz.
En el infierno siempre es lunes
Liam odiaba los viernes, los sábados y domingos, y
odiaba los lunes por igual.
Aunque
a la mayoría le encantaba el fin de semana, le exigían a Liam ser el esposo y
padre que, trece años después, descubrió que no quería ser. Pero el fin de
semana pasado era diferente, se dijo a sí mientras conducía al trabajo el lunes
por la mañana. O al menos será diferente; dijo a su esposa que quería el
divorcio. Ella podía quedarse con lo que quisiera, incluso con sus tres hijos,
él solo quería irse. ¿Tenía otra mujer?, preguntó su esposa llorando. No,
ninguna otra mujer. Ni siquiera otro hombre. Solo quería irse. No quería
preocuparse de que nadie le dijera que recogiera esto o aquello después del
trabajo. O que era lo incorrecto. No quería dar explicaciones a nadie sobre
dónde estaba aunque no fuera parte alguna, aunque podría ir si no tuviera que
rendir cuentas a nadie. No, simplemente quería paz y soledad.
“¿Qué
les dirjé a los niños?”, gritó la esposa. “Que estoy muerto”, dijo antes de
salir de casa para ir a su oficina ese lunes para ejercer la rutina diaria de especialista
en informática de una importante empresa de la cadena de suministro donde
programaba, se reunía con gente, seguía programando y volvía a casa, a una casa
que odiaba, a una esposa que odiaba y a unos hijos que odiaba. De poder elegir,
elegía su trabajo por encima de todo eso. Su mujer le hacía sentir muerto, se
decía cada mañana, tarde y noche, y ya no tenía sentido fingir. Oh, su esposa e
hijos no eran malas personas. De hecho amó a su esposa cuando se conocieron y
fue feliz cuando nacieron los niños, pero algo cambió dentro de él. Su madre
intentó convencerlo de que era la crisis de la mediana edad y que un coche
deportivo. o tal vez una aventura, lo solucionaría. Sí, su madre le dijo que
tuviera una aventura. Nadie podía entenderlo porque él mismo no lo entendía. No
estaba deprimido, decía, simplemente no le importaba. Estaba insensible.
Insensiblemente aterrador. Y creía que sería feliz si viviera su vida sin
anestesia, sin tener que lidiar con emociones sin sentido ni rendir cuentas a
nadie.
Conducía
al trabajo con movimientos robóticos. La misma carretera. El mismo paisaje. El
mismo café y el mismo bágel, (un tipo de panecillo). Todo era igual. Por ahora.
Era
el 11 de noviembre, día de los Veteranos, y el tráfico era más ligero de lo
normal. No sabía si por el día o por el clima. Un invierno inusualmente
temprano había azotado la zona a finales de octubre y la Madre Naturaleza no
parecía dispuesta a dar tregua. Las carreteras estaban resbaladizas y mojadas
pero como tenía un vehículo con tracción en las cuatro ruedas se negó a ir más
despacio que el límite de velocidad, y fue adelantando a algunos coches por el
camino.
«¡Conductores
estúpidos!», gritó. «¡Es como si nunca hubieran visto nieve! Si no les gusta,
¡apártense de la carretera! ¡Apártense de mi
carretera y quédense en casa!»
Tiró
del volante para intentar adelantar de nuevo pero el aguanieve del arcén parecía
arrastrar las ruedas hacia él y por mucho que intentó corregir la trayecto siguió
derrapando. Al intentar frenar el hielo bajo las ruedas fue implacable y el
coche se deslizó por el terraplén dando varias vueltas de campana antes de
estrellarse contra un gran pino.
Los
airbags se desplegaron y por suerte el coche quedó en posición normal y pudo
abrir la puerta y salir. Fue entonces cuando se dio cuenta de que algo no
andaba bien. Dentro del coche vio su cuerpo, ensangrentado y deformado.
Confundido, observó cómo la gente corría por la calzada nevada para ayudarlo a
salir pero él seguía allí, de pie en el frío. Por mucho que intentó llamar su
atención nadie le hacía caso. Llegaron los servicios de emergencia y vio cómo
uno de los hombres negaba con la cabeza a su compañero tras comprobarle el
pulso.
“¿Hola?“,
gritó. ”¿Tú también eres idiota? Estoy aquí. Mi esposa necesita saber…”
Liam
se detuvo a reflexionar sobre lo que había dicho, aprovechando todo lo que
había hecho. Cuando los vio meter su cuerpo en una bolsa negra para cadáveres y
marcharse a toda prisa, supo que estaba muerto. Si alguna vez había deseado
estar solo comprendió que su deseo se había cumplido pero ¿a qué precio?
No
sabía si había estado vagando durante horas o días pero al final encontró el
camino a su funeral. Liam era sensato y tenía un seguro de vida cuantioso. Al
menos había servido para algo a Kate y a los niños, pensó. Su madre lloraba
mientras su esposa permanecía sentada en primera fila, mirando fijamente, sin
derramar una lágrima. Insensible. Quizás incluso aliviada.
“Se
supone que habría una luz blanca o algo así”, pensó para sí. “Y que mi papá me
recibiría. O mi abuela. O ángeles. O alguien”. Pero no había nadie esperándolo
ni luz blanca reconfortante que lo guiara al otro lado.
“¿Quizás esto sea el infierno?”, se preguntó Liam.
Hace
varios años, Liam me encontró.
Yo
pasaba por un momento difícil, mi vibración era más baja de lo que debería. Me
llamaban para ayudar en algunos casos paranormales oscuros y me estaba exponiendo
a espíritus de baja vibración. Sabía lo que hacía pero quería ayudar a estas
personas y posiblemente estaba mi ego de por medio. No obstante estaba poniendo
a mi familia y a mí en riesgo. Había vivido experiencias aterradoras de niña
así que cuando las sombras comenzaron a pasearse por el pasillo, por fuera de
la puerta del dormitorio de mi hijo como esperando para abalanzarse supe que
tenía que sellar la puerta del infierno y el espacio intermedio. Mi trabajo
como madre no era traer lobos a casa, sino ahuyentarlos. Estaba tratando de
equilibrar mis prioridades paranormales cuando Liam se coló.
Mis
hijos, Connor y Micaela, acababan de terminar el curso escolar, y a la mañana
siguiente estábamos haciendo las maletas para un viaje al este. Los hijos de Chuqui
decidieron que ya eran demasiado mayores para unas vacaciones familiares dadas
sus responsabilidades laborales y sus parejas así que se quedaron en Michigan
mientras nosotros hacíamos el largo viaje en coche hasta Plymouth,
Massachusetts. Una semana en una casa encantadora con vistas al mar, mucho por
explorar y excursiones a Boston y Salem: esperábamos pasar un tiempo mágico.
Fue
después de una visita a un cementerio local de Boston cuando apareció Liam.
“¿Así
que tienes asuntos pendientes?“, le pregunté sentada en la terraza mientras las
nubes oscuras proyectaban sombras.
Eran
solo las tres de la tarde pero estar junto al agua no nos llenaba de energía;
lo único que queríamos era dormir. El frío inusual y el cielo gris tampoco
ayudaban y los niños no disfrutaban de las vacaciones, suplicando que los
dejáramos volver a casa. Llevábamos dos días y aún nos quedaban cinco.
Personalmente, también yo quería volver a casa.
“Solo
quiero mi paraíso “, exigió con tono que recordaba al de un niño al que le tocó
un chicle del color equivocado. ”Me lo he ganado, después de todo”.
Cuando
mueres, decides si mereces algún tipo de castigo o de paraíso. Llevas contigo
cargas reales, auténticas, no meras invenciones. Es difícil caminar hacia la
luz cuando tienes tanto miedo al juicio, así que las cargas del arrepentimiento
y el resentimiento se acumulan y te arrastran. La resistencia es inútil cuando
la verdad no se puede ocultar. Tu peor enemigo eres tú mismo, pero tienes que
enfrentarlo. Liam parecía no querer enfrentarse al verdadero enemigo.
“El
cielo no se gana, el cielo se crea”, le dije. ”Cuánto tiempo llevas fuera?“
Golpeando
el pie con impaciencia me miró con furia. «Parece que he encontrado a otra
persona que finge que puede ayudar, pero que no puede o simplemente no quiere»,
resopló Liam.
Estuve
a punto de imitar la actitud presuntuosa de Liam, pero me di cuenta de que
precisamente eso fue lo que me metió en este lío: atraer su espíritu. Mi baja
vibración era igual a la suya y necesitaba ver su arrogancia y elevar mi propia
actitud. Sin duda quería ayudar, pero él no iba a obligarme.
«Estás
en el infierno porque tú lo has creado», le dije sin rodeos. «Tienes la
oportunidad de perdonarte por todo lo que has hecho pero es demasiado tarde
para recibir el perdón de tus seres queridos. Lo hecho, hecho está; no puedes
arreglarlo con ellos y tengo la sensación de que ni siquiera te das cuenta de
que algo estaba roto desde el principio».
La
arrogancia de Liam lo arrinconó perpetuamente, chocando una y otra vez contra
la misma pared, deseando que alguien lo sacara. Incluso si eso sucediera,
simplemente volvería a chocar contra la misma pared y culparía a esa persona.
No
había forma de arreglar lo que ya estaba hecho, pero todos tenemos la
oportunidad de hacer cambios en nuestra vida cada día. Desafortunadamente, la
mayoría cree que tendrá un mañana, y el mañana nunca está garantizado.
No
pude ayudar a Liam pero él sí me ayudó a recordar que debía dejar de lamentarme
por situaciones que escapaban a mi control.
Aprovechamos
al máximo el viaje quedándonos toda la semana. Sin embargo, al regresar a casa
todos sentimos mayor aprecio por nuestro hogar. Decidí dejar de lado mi
autocompasión y mi mal humor y, en cambio, ser agradecida. Hay tantas cosas por
las que estar agradecida pero ¿no es curioso que cuando una (o dos o tres o…)
cosas salen mal nos olvidamos de todo lo bueno? Hay muchos que tienden a
destruir lo positivo porque no pueden ver el lado bueno de sus vidas. Pues
bien, ¡quédense con sus nubes de tormenta! Y si quiero brillar, ¡joder, voy a
brillar con fuerza!
Lamentablemente,
creo que Liam no encontró su verdadero hogar y sigue vagando en su eterna
melancolía.
El diablo interior
Leslie Ray Charping falleció en enero de 2017 tras
perder su batalla contra el cáncer dejando este mundo "29 años más tarde
de lo esperado y mucho antes de lo que merecía", según la necrología
publicada en la página web de la funeraria Carnes.
Leslie
Ray “Popeye” Charping nació en Galveston, Texas, el 20 de noviembre de 1942 y
falleció el 30 de enero de 2017. Leslie luchó contra el cáncer en sus últimos
años y perdió la batalla debido a su carácter grosero. Le sobreviven sus dos
hijos, Leslie Roy Charping y Sheila Smith, seis nietos y un sinnúmero de
personas, entre ellas su exesposa, familiares, amigos, vecinos, médicos,
enfermeras y desconocidos.
“Desde muy
joven, Leslie se convirtió rápidamente en un ejemplo paradigmático de mala
crianza, combinada con una enfermedad mental y una entrega total al alcohol,
drogas, promiscuidad y, en general, comportamiento reprobable. Leslie se alistó
en la Marina, no tanto por valentía y patriotismo sino como parte de un acuerdo
con la fiscalía para evitar una condena por cargos criminales. Durante su
servicio militar Leslie fue campeón de boxeo de la Marina y, posteriormente,
avergonzó a su familia y a su país al pasar el resto de su servicio en el
Hospital Psiquiátrico de Balboa, donde recibió la atención psiquiátrica que
tanto necesitaba.
Leslie era
sorprendentemente inteligente pero carecía de ambición y motivación para hacer
algo más que ser imprudente, derrochador, malgastar los ahorros familiares y
fantasear con planes para hacerse rico rápidamente. Entre sus aficiones se
encontraban maltratar a su familia, acelerar el viaje al cielo de las queridas
mascotas y la pesca, en la que era menos hábil que en todo lo anterior. La vida
de Leslie no tenía otro propósito evidente: no contribuía ni servía a su
comunidad, y no poseía cualidad redentora, salvo un sarcasmo mordaz que
resultaba divertido en sus días de sobriedad”.
Tras
el fallecimiento de Leslie solo se le echará de menos por lo que nunca fue:
esposo, padre y amigo cariñoso. No se celebrará ningún funeral, no habrá
oraciones por su eterno descanso ni disculpas a la familia a la que torturó.
Sus cenizas serán incineradas y guardadas en el granero hasta que se acaben las
virutas de madera de Ray, el burro de la familia. La muerte de Leslie demuestra
que el mal sí muere y, con suerte, marca el comienzo de un tiempo de sanación y
seguridad para todos.
Las
necrológicas críticas no son raras. Cuando Edgar Allan Poe falleció, Rufus
Griswold escribió anónimamente su necrológica firmando como "Ludwig”. Apareció
en la edición vespertina del New York Tribune el
9 de octubre de 1849.
Edgar Allan Poe ha muerto. Falleció en Baltimore
anteayer. Esta noticia sorprenderá a muchos, pero pocos se entristecerán. El
poeta era muy conocido, tanto por su nombre como por su reputación, en todo el
país; tenía lectores en Inglaterra y en varios estados de Europa continental;
pero tenía pocos o ningún amigo; y el pesar por su muerte se verá influenciado
principalmente por la idea de que, con él, el arte literario ha perdido a una
de sus estrellas más brillantes, aunque erráticas.
La
turba que juzga y condena sigue actuando incluso en el más allá. Con la
interrupción de un latido, los efectos del abuso, las mentiras y las disputas
personales del pasado persisten como nubes bajas de tormenta que amenazan con
un temporal severo.
“Podría
haber escrito esa misma necrología para mi madre”, me dijo Terri, y recuperó su
teléfono después de que le leyera la noticia.
Se
envolvió en una manta sus largas y delgadas piernas, temblando aunque mi
oficina estaba a 23 grados. A sus sesenta y pocos años el alma vulnerable de
Terri aún anhelaba el amor de madre que nunca recibió, ni recibiría jamás.
«Cuando
recibimos su diagnóstico de cáncer mis hermanos y yo lo celebramos», dijo
mientras jugaba con las pastillas sobre la manta verde. Sintiendo el peso de mi
mirada alzó la vista. «Sé que suena horrible, pero nuestra infancia también lo
fue. Ojalá me hubiera defendido entonces como hago ahora”.
No
estaba justificando el comportamiento ni el pasado de su madre, pero me
perturbaba cómo el abuso seguía acumulándose a su alrededor como aguas
estancadas.
“Quizás
no serías tan fuerte como eres si no fuera por las batallas que enfrentaste
antes”.
“Cuando
eras niña, ¿tus padres te daban alguna vez las latas de refresco para que las
devolvieras y ganaras dinero extra?” Antes de que pudiera responder, Terri
continuó: "Mamá iba un paso más allá y nos hacía ir a casa del vecino a
pedir sus latas de refresco diciéndonos que les dijéramos que estábamos
recolectando dinero para tal o cual organización benéfica, solo para que ella
se quedara con el dinero y comprara alcohol”. Terri se quitó la manta de encima
y la dobló con cuidado, tomándose un momento para pensar. En voz baja volvió a
empezar: "No solo mentía, sino que nos obligaba a mentir. Me preocupa que
haya contribuido a sellar nuestra condena. Vivimos un infierno con ella. ¿Cómo
sé que no viviré la otra vida con ella también?"
«Yo
era el mismísimo diablo», afirmó la madre de Terri, presente en espíritu,
escuchando mi conversación con su hija. «Es cierto. Está usando el ejemplo más
suave de lo horrible que era», confesó.
La
madre de Terri pasaba su tiempo en el más allá atrapada en un bucle infinito,
reviviendo el dolor y el sufrimiento que había causado a todos los que la
conocieron. El alcohol era su demonio; la mentira, su diablo; y ella estaba en
su infierno. Nadie tenía por qué enviarla allí, ni desearle que así fuera. Era
un castigo que se cumpliría independientemente de los deseos.
El
deseo de karma de Terri no lastimaba a su madre sino a ella misma. Cuando
deseas mal karma a los demás se te devuelve como un bumerán. No recibimos lo
que merecemos en esta vida ni en la otra; recibimos lo que atraemos, sembramos
y cosechamos. El pensamiento vengativo se adhiere a tu alma como un imán que
pide más de lo mismo. El karma llegará, pero no en nuestro tiempo ni por
nuestros deseos.
“No
puedo deshacer lo que tu madre te hizo, Terri“, dije en voz baja. ”Siento
muchísimo todo lo que hizo. Ahora lo sabe. De hecho, creo que ya lo sabía
entonces, pero estaba tan absorta en su dolor que no se dio cuenta de que os lo
estaba transmitiendo a todos vosotros. No hay excusas, ni de ella ni de mí;
solo estoy explicando.
“Solía
llamarme gorda. Decía que nadie querría a una gorda y ese se convirtió en mi
apodo. Mis hermanas y mi hermano también tenían sus apodos horribles, y
empezamos a hacerles honor. Seguí subiendo de peso y entonces empecé a ahogar
mis penas en alcohol para olvidar la voz de mi madre”.
“Viviste
en un infierno, pero tienes la oportunidad de salir de él y no verte más allí,
ni aquí ni cuando tu cuerpo físico haga la transición”.
Terri
se frotó la barbilla pensativa”. Ya no quiero este infierno, Kristy. “Ya no
quiero que me arrastre hacia abajo”.
Una palabra
El poder de las palabras, incluso de una sola, es
increíble. En el mundo actual, donde contamos con herramientas para expresarnos
en tantos ámbitos diferentes, nuestras palabras pueden ser inspiradoras o
hirientes. Llegan a un público amplio y difunden mensajes de paz y, a veces, de
odio. Podemos apoyar a alguien al otro lado del mundo o atacar a un completo
desconocido en cuestión de segundos.
Una
familia con la que me reuní perdió a su hija por una palabra: Suicídate .
Esa
fue la palabra que una niña de trece años recibió por mensaje de texto dos
horas antes de que sus padres encontraran su cuerpo sin vida en su habitación,
rodeada de sus peluches. No tenían ni idea de que Samantha sufría acoso escolar
por parte de varios compañeros por el hecho de llevar aparatos de ortodoncia.
Nota.
Cabe pensar qué tipo de resultado se puede esperar cuando los padres, sin
pensar bien lo que hacen, entregan al hijo un teléfono que se usará como
juguete, diversión o arma.
Todo
empezó cuando una chica le dijo que era fea con los brackets y que debería
suicidarse. Y no solo una vez, sino varias, una y otra vez, y ella empezó a
creérselo. Tenía trece años, era sensible, tímida, callada, respetuosa y guapa,
pero la estaban destrozando y humillando.
La
mayoría cree que jamás les podría pasar. Nunca creen que una palabra, o varias,
puedan deprimir a alguien hasta el punto de llevarlo a tomar medidas drásticas.
Recuerda alguna vez que te sentiste molesto con alguien. ¿Acaso no fueron
palabras lo que te hirió? Las palabras pueden ser, y de hecho son, un arma
letal. Pero también pueden ser lo más hermoso que existe.
Internet
ha otorgado a muchas personas el derecho tácito de actuar como juez y jurado, y
pueden ser crueles al hacerlo, pero debemos ser realistas: no hay nada que
podamos hacer al respecto.
Nota
del Traductor. Lo cierto es que se puede hacer mucho si, como en estos casos,
los padres actúan como padres y no como menores educando a menores y los
poderes públicos actúan modulando el interés económico de las empresas
internéticas con el educativo que persigue obtener una sociedad de individuos
formados y libres más que consumistas. Fin de la nota.
Podemos
alejarnos de la espada para que no nos apuñale si nos apartamos, dándonos
cuenta de que no hay pelea, ni contigo ni con ellos. Sin embargo, no todos son
tan fuertes.
Las
palabras pueden herir, pero llegará un momento en que te verás inmerso en una
batalla de palabras; es inevitable pero puedes encontrar maneras de superarlo y
ayudar a enseñar y apoyar a otros, especialmente a los niños, a neutralizar las
palabras hirientes. Porque quienes odian siempre odiarán y las palabras
dolerán, pero no tienes por qué convertir su infierno en el tuyo.
La
madre de Terri se metió en una espiral de condenación que ni Terri ni sus
hermanos necesitaban desear. Si has vivido una vida infernal es hora de
liberarte del peso de las dificultades. Lo has cargado durante demasiado
tiempo. Todos estamos en constante evolución pero eso no significa que debamos
llevar la mentalidad negativa al más allá.
Todos
tenemos un pasado pero se tiene la oportunidad de dejarlo o llevarlo contigo al
presente, al futuro y a la eternidad. Tú creas tu vida y creas tu infierno, así
como tu paraíso. Tienes que creer que es posible y tienes que luchar por ello.
No todos pueden lograr lo que tú puedes lograr, y eso es lo que te hace tan
especial. La vida da más miedo aferrándose a las sombras que caminando hacia la
luz. Siempre habrá derrotas pero se necesita valor para no dejar que esas
derrotas te hagan sentir vencido.
A
veces, para reconstruir, tenemos que tocar fondo. Todos tenemos la capacidad de
remediar, arrancar y volver a empezar. Hay cierto orgullo que a veces impulsa a
seguir reparando pero se necesita mucha más valentía para pedir ayuda, con
mejores herramientas y un mejor equipo a nuestro alrededor.
Lamentablemente,
he visto a demasiados viviendo esta existencia en su infierno personal con la
esperanza de que la otra sea mejor pero ¿cómo se puede crear algo para el
futuro si no se trabaja para lograrlo en el ahora? Todos tenemos un espíritu
inmortal con la capacidad de crear nuestra vida después de la muerte. Cerré mi
puerta al infierno hace varios años, pues ya no me interesa comunicarme con los
desterrados. En vida prefiero pasar tiempo con aquellos que son felices y están
en paz, o que la anhelan. En la otra vida espero hacer lo mismo.
12. Intermedio
Algunos llaman purgatorio a lo que yo denomino
«período intermedio”. Otros lo llaman «lugar donde uno se queda atrás»,
mientras que muchos lo consideran cárcel espiritual y hay quienes creen que es
una sala de sanación. Es como esperar tu turno para una cirugía mayor y, una
vez operado, entrar en recuperación y tener paciencia durante ese proceso. Pero
primero debes permitir que la sanación ocurra, liberando los residuos del
pecado.
Dryhthelm,
monje asociado con la Historia Eccelesistica gentis Anglorum de Beda, alrededor
del año 700, vislumbró el más allá tras una breve enfermedad. Dryhthelm murió y
regresó para contar su experiencia en su viaje por el cielo, el infierno y el
purgatorio. No se le permitió ver lo que describió como un lugar llamado
Paraíso, más hermoso y lleno de luz que el cielo. Describió el purgatorio como
un lugar de calor y frío extremos, el infierno como un lugar donde arden las
almas y el cielo como un lugar de luz intensa. El purgatorio, según su
experiencia, era una etapa intermedia entre cielo e infierno, lugar que te
recordaba quién eras y luego ofrecía la opción de cómo querías dedicar tu vida.
Todos
tenemos remordimientos en la vida, y cuando el cuerpo físico y esta vida
terminan esos remordimientos pueden quedar firmemente arraigados.
A
menudo pensamos en el purgatorio para quienes se suicidaron pero no es una
regla fija. He encontrado espíritus de personas que se quitaron la vida y que
ahora están felices en el cielo, y también espíritus que han permanecido allí,
negándose a partir debido a su intensa culpa.
Esa
suele ser la razón por la que el alma no va hacia la luz y permanece estancada
en un estado intermedio: porque siente algún tipo de vergüenza, culpa o miedo.
Otras veces es un familiar tan angustiado que usa su propia energía para atar
el alma a la tierra.
Otros
se dan cuenta de que cometieron errores y, desesperados, intentan encontrar sus
cuerpos, a sus familias, y reconectar con su vida. A veces esperan para cruzar
con sus familiares. Otros sienten que pueden ayudar más permaneciendo en el
limbo que si cruzaran. Quienes permanecen allí no están solos. Hay ángeles y entes
que intentan guiarlos hacia su destino final.
El
hermano gemelo y mejor amigo de Barbara había fallecido trágicamente en un
accidente laboral. Dicen que los gemelos tienen una conexión especial, y Barb y
Blake no defraudaban esa teoría. Antes de que Barb se casara la esposa de Blake
se sentó con el prometido de Barb para explicarle que no debía sentir celos de
la relación entre los je hermanos gemelos pues era un tipo de relación especial
que ninguno de los dos jamás comprendería por lo que no tenía sentido
intentarlo. Tenían un vínculo que trascendía el útero. Así que cuando Barb
recibió la llamada informándo de la muerte de Blake ya lo sabía. Sintió la
partida de su alma de su cuerpo, como si pedazos de su propia alma se hicieran
añicos. Se sentó en el suelo del baño del trabajo y sollozó. Su compañera de
trabajo y amiga la buscó por todas partes para darle la noticia.
“Blake
está muerto. Lo presiento”, le dijo Barb a su compañera de trabajo. ”Está
muerto”.
Tenía
razón. Los detalles aún eran confusos pero Blake estaba trabajando en una obra
de construcción cuando salió despedido de una excavadora y fue atropellado,
falleciendo en el acto.
No
había forma de consolarla. No encontraba paz en saber que él estaba en un lugar
mejor, ni en ninguna otra cosa con la que los demás intentaban convencer. Él no
encontraba paz si estaba sin ella, y viceversa. En lugar de ir al almuerzo
fúnebre, Barb se dirigió al bar del barrio y empezó a beber en exceso. Aunque
no era bebedora habitual no tardó en empezar a ver mal, y después del sexto
trago estuvo a punto de desmayarse.
“¡Que
alguien le pida un taxi!”, gritó una clienta al camarero, horrorizada por la
cantidad de alcohol que le habían servido.
El
camarero cogió el teléfono pero un hombre se levantó de una mesa donde estaba
almorzando con otro, ambos uniformados, y dijo que la llevaría en coche. Sabía
quién era y dónde vivía.
“Vamos,
Barb. Es hora de ir a casa”, dijo el desconocido ayudándola a levantarse y a
salir por la puerta hacia su coche. El otro hombre abrió la puerta y la ayudó a
subir al asiento del copiloto, sentándose él también en la parte de atrás.
Ella
vivía a solo unos kilómetros de distancia, y, efectivamente, el hombre sabía
perfectamente dónde vivía. Tomó sus llaves, abrió la puerta y la sentó en el
sofá.
“Lo
siento, Barb. Tengo que irme, pero te quiero. Deja de decir tonterías “le dijo
antes de marcharse.
Cuando
despertó del estupor provocado por la embriaguez y se dio cuenta de lo sucedido
recuperó la sobriedad rápidamente y corrió al bar. Esta vez para hacer
preguntas, no para tomar otra copa.
“No
estoy seguro de quién era”, dijo el camarero”. Viene una vez a la semana a
almorzar. Siempre lleva un uniforme con las siglas SGE, así que supongo que
está en su descanso laboral. Quizás deberías preguntar allí.
No
tenía por qué comprobarlo allí. Sabía que había sido su hermano quien la había
llevado a casa.
“¿Y
el hombre que iba en la parte de atrás del coche? ¿Quién era?“
Era
su guía o su ángel, probablemente ayudándolo a establecer una conexión más
antes de asistirlo al otro lado.
“Dile
que dejaré de ser tan tonta“,bromeó Barb. “Más le vale encontrar la manera de
visitarme cuando haga su viaje”.
“Oh,
sí que lo hará. Esa conexión no se interrumpe en el más allá. Simplemente, lo
más probable es que no pueda llevarte a ningún sitio”, dije riendo.
¡Nos vemos!
Orson siempre se sintió diferente. No era tan
inteligente como sus compañeros y sus padres a veces susurraban que temían que
fuera autista o que tuviera síndrome de Asperger. Eso le hacía sentir inferior
en algunos aspectos. Aunque sus padres eran buenos con él y lo querían,
aprender era difícil y frustrante.
Sus
padres, Christine y Dale, eran graduados de universidades de la Ivy League, al
graduarse fundaron una empresa, hoy multimillonaria, y se codeaban con la
élite. Cuando Christine quedó embarazada Dale no estaba precisamente contento.
No quería que sus viajes y fiestas nocturnas desaparecieran, pero cuando nació
Orson y lo tuvo en brazos todas las cosas materiales que consideraba
importantes se volvieron insignificantes. La familia de Dale se sorprendió,
pero se alegró muchísimo. Christine pensó que deberían contratar a una niñera
nocturna pero Dale se negó rotundamente. No tenía ningún problema en levantarse
en mitad de la noche para alimentar y cuidar a Orson, dejando que Christine
durmiera hasta tarde. Mientras tomaba su café matutino leía el periódico en voz
alta a Orson, como si pudiera entenderlo. Su asistente solía encontrar a Dale
durmiendo la siesta en su oficina al mediodía y lo dejaba tranquilo. El bebé
cambió la forma que tenía Dale de tratar a su personal; se volvió más amable y
cariñoso. Y, como resultado, su negocio prosperó enormemente. Es como si
hubiera soltado el control al que tanto se aferraba, y el flujo de prosperidad
fuera su regalo.
Cuando
Orson empezó el colegio el profesorado sugirió que le hicieran algunas pruebas
y le dieran ayuda adicional, pero sus padres se negaron rotundamente. Ahora, a
sus diez años, se arrepentían de no haberlo hecho antes y se preguntaban qué
hacer.
Ni
Christine ni Dale juzgaron ni ridiculizaron jamás a su hijo; siempre le
brindaron amor incondicional. Simplemente les preocupaba su futuro, conscientes
de que no estarían a su lado para siempre. Querían que tuviera un futuro feliz,
pero tampoco querían darle todo hecho.
Algunos
días, ser padre paciente es más fácil que otros. Orson llevaba una semana
quejándose de no poder estudiar, Christine y Dale tenían problemas financieros
con su empresa tras una fusión fallida, y todos estaban nerviosos. Cuando Orson
sacó un suspenso en el examen de ciencias para el que había estado posponiendo
el estudio Dale, a su pesar, se lo reprochó.
“¿Eres
tonto? No crie a un niño tonto. Estoy harto de que siempre busques el camino
fácil y las cosas van a cambiar a partir de ahora. Ve a tu habitación. No
quiero verte hasta la cena”.
Christine
intentó intervenir, pero Dale la miró para que se alejara. Mientras Orson
corría a su habitación Christine empezó a preparar la cena deseando con todas
sus fuerzas ir a consolarlo. Llamó a su madre mientras cortaba las verduras
para la ensalada. «Quizás Dale tenga razón, mamá. Quizás lo hemos mimado
demasiado. Pero, sinceramente, esto es solo una prueba. Todos hemos estado muy
estresados».
Tras
colgar el teléfono puso las ensaladas en la mesa y llamó a Dale y a Orson. Dale
se acercó a la mesa con los ojos hinchados. Fingía ser duro, pero en realidad
era un blandengue.
“¿Dónde
está Orson?“, preguntó. ”Fui a su habitación a disculparme y supuse que le
habías pedido que te ayudara en la cocina”.
Inmediatamente,
Christine entró en pánico. No era costumbre de Orson salir de su habitación.
Ambos recorrieron la casa a toda prisa, abriendo incluso las puertas de los
armarios para ver si se escondía. Fue entonces cuando Dale descubrió que la
puerta de su caja fuerte estaba abierta.
El
cuerpo de Orson fue encontrado una hora después por Christine. Se había
suicidado de un disparo en al arroyo que había detrás de la casa. No había
nota, ni despedida, nada. La vida se detuvo en ese instante para Orson, y el
infierno comenzó para Christine y Dale.
El
suicidio no es camino directo al infierno, como muchos creen. A menudo, cuando
alguien se quita la vida sus seres queridos se sienten enojados, confundidos y
tristes. Quienes han cometido este acto suelen necesitar ayuda para perdonar y
seguir adelante, donde serán aceptados.
________
Conocí
a Orson cuando Dale y Christine asistieron a una investigación paranormal.
Orson nos seguía, curioso, pero con miedo de hablar. Por su vestimenta me di
cuenta de que no pertenecía al lugar y, además, se parecía a un mini Dale.
“¿Está
sufriendo, Kristy?“, preguntó Dale cuando finalmente lo acorralé al final de la
noche.
“Él
sufre por tu culpa “, le respondí con sinceridad. ”No merece revivir la miseria
de la vida, ni tú tampoco. Podemos elegir regodearnos en la angustia emocional,
pero eso no ayuda”.
“¿Se
arrepiente?“. preguntó Christine. “Yo sí que me arrepiento de muchas cosas“, respondió
ella sentándose en una silla y apoyando los codos en el regazo. Solo habían
pasado seis meses desde su suicidio y las emociones estaban a flor de piel.
“Quiero
volver a casa”, dijo Orson, “pero sé que no es posible. Simplemente no quiero
sufrir más. Revivo ese día una y otra vez, imaginando diferentes escenarios que
podría haber hecho pero, en cambio, pensé que tanto yo como ellos estaríamos
mejor sin mí”.
«¡Ay,
Dios mío, hijo! Yo hago lo mismo», exclamó Dale. «A cada instante desearía
poder retroceder en el tiempo. No gritarle. Desahogar mi ira con otra persona,
porque al final no tuvo nada que ver con una insuficiente en un examen. Desearía…
bueno, desearía muchas cosas que jamás se harán realidad”.
Christine
tomó la mano de Dale. Me alegró que no se hubieran culpado mutuamente y que se
apoyaran. He visto que en la mayoría de los casos las parejas se separan o
divorcian después de una tragedia. Pude ver los lazos que aún los unían estaban
bien fuertes lo que significaba que el matrimonio perduraría.
“¿Qué
es lo que ve?“
Orson
exclamó que era como si viviera en la Tierra solo que nadie podía verlo,
sentirlo ni oírlo. De vez en cuando veía a su abuelo, que había fallecido, pero
el camino se le hacía largo y prefería no hacer el esfuerzo.
“Es
típico de él. Esa es la discusión que tuvimos aquí”.
“No
es que sea perezoso”, les aseguré, “es que no se siente digno”.
“¿Entonces
no tiene hogar?“ preguntó Christine.
Asentí.
“En cierto modo puede ir a buscar su hogar eterno si así lo desea pero tiene
que saber que lo merece”. Me giré hacia Orson y le pregunté “¿Cómo podemos
ayudar?”
“¿Todavía
puedo visitarlos?“, preguntó Orson, con apariencia muy similar a la de un niño
de diez años.
“Sí,
puedes. De hecho te será más fácil visitarlos una vez que cruces”, le dije. “¿Ves
alguna luz?“
Orson
asintió. "¿Debería empezar a caminar hacia allá?"
Miré
a sus padres para asegurarme de que estuvieran de acuerdo. «Quiero que
encuentre la paz», dijo Dale. «No pude darle esa paz al final, pero quiero
intentar hacer todo lo que esté en mi mano ahora».
Orson
caminó por un sendero hasta que, según dijo, vio a su gato, que había fallecido
cuando él tenía cinco años, y a su abuelo, que estaba de pie, esperando.
“Adiós,
muchacho”.
Orson
se dio la vuelta y sonrió. «Dile a papá que me despido de este sitio». Y cruzó
el umbral hacia el otro lado.
Un
año después vi a Dale y a Christine en un supermercado local y charlamos un
rato, pero por cortesía.
“Gracias
por ayudar a Orson a encontrar su paraíso. Lo ha visitado varias veces, no nos
cabe duda”.
Sonreí
y al salir oí: «Adiós», pero al darme la vuelta Dale y Christine ya estaban en
otro pasillo. Orson encontró la paz.
13. El suicidio y el otro lado
A veces vemos noticias de actores o músicos, queridos
por sus fans, que se suicidan dando un final tan personal y trágico que
conmociona a muchos. En el mundo de las redes sociales no tarda en surgir una
avalancha de opiniones, comentarios insensibles y consejos.
Las
enfermedades mentales y la depresión son reales. El suicidio no mata, la
depresión sí. Lamentablemente la depresión y el suicidio parecen ser sinónimos
en el mundo de la comedia. Intentan restar importancia a sus demonios internos
burlándose de ellos. En realidad solo sonríen para disimular el dolor, sin
luchar ni sanar en absoluto. Una sonrisa o risa solo puede ocultar la depresión
temporalmente, y la depresión no discrimina: afecta a toda persona de cualquier
condición.
Mi
madre sufría de trastorno bipolar y, por más que le rogáramos que fuera feliz o
intentáramos mostrarle todo aquello por lo que debía estar agradecida, no
lograba ver el camino oscuro de la depresión. Cuando yo tenía trece años perdió
la vista. Algo que me pareció tristemente irónico. Es agotador ser familiar de
alguien con esta enfermedad (y sí, es enfermedad), pero igual de agotador es
para quien la padece. No se le debe decir a una persona deprimida que sea
feliz. No se le puede convencer de que su vida tiene sentido.
Cada
vez que una celebridad se quita la vida veo gente preguntando por qué esa
persona no pidió ayuda, juzgándola por lastimar a su familia con el acto
egoísta del suicidio. Muchas veces, quienes tienen tendencias suicidas sí piden
ayuda, pero no siempre de la forma que imaginamos. A veces, debido a la gran
cantidad de prejuicios, la gente tiene miedo de pedirla, especialmente si eres
figura pública.
_____
Empaquetar
en cajas nunca es divertido pero estábamos emocionados por mudarnos así que
intentamos que fuera lo más ameno posible. Con mi fuerte carácter de Escorpio nunca
he sido de las que dejan que otros lo hagan por mi, así que empaqueté, levanté
cajas pesadas, las moví y traté de poner todo de mi parte. El premio fue una
hermosa casa de campo y lesionarme con el llamado codo de tenista.
El
codo de tenista, o epicondilitis lateral, es una afección dolorosa que se
produce cuando los tendones del codo se sobrecargan, generalmente debido a
movimientos repetitivos de muñeca y brazo. El dolor puede extenderse al
antebrazo, muñeca e incluso a los dedos. El tratamiento suele consistir en
reposo y analgésicos sin receta médica pero el reposo no es algo que se me dé
bien. Busqué atención médica, usé una férula, recibí masajes (que me ayudaron),
tomé ibuprofeno como si fueran caramelos, usé aceites esenciales, etcétera. Mi dormir
se vio afectado (ya que suelo hacerlo boca abajo y con el brazo bajo del cuerpo)
y, con el tiempo, el dolor empeoró y se me adormecían los dedos. Al coger
objetos se me caían inmediatamente, e incluso escribir en el teclado era
insoportable. No pude aguantar más, así que mi marido Chuqui, me llevó al
centro de urgencias más cercano. Me dijeron que era grave y que tenía tanta
inflamación que me pusieron una inyección de esteroides para el dolor, y
recetaron un esteroide oral llamado dexametasona que debía empezar a tomar al día
siguiente durante seis días, con la posibilidad de una nueva receta después.
Las inyecciones me quitaron el dolor y me sentí bien de nuevo, hasta que al día
siguiente se me pasó el efecto, así que empecé a tomar los esteroides orales
según lo prescrito.
Al
día siguiente de tomar mi primera dosis empecé a sentirme enfadada. Estaba
furiosa, triste y confundida, y lo atribuí a la falta de sueño y al estrés. Al
tercer día de tomar la medicación empecé a ver cosas que no estaban ahí. Vale,
veo gente que ha fallecido pero esto otro se sentía raro y daba miedo. Era
diferente. Hablaba arrastrando las palabras y pensé que tal vez estaba
sufriendo un derrame cerebral. De nuevo lo dejé pasar. Al cuarto día estaba
furiosa y mi marido Chuqui, y yo tuvimos una pelea tremenda por algo ridículo.
Para ser sincera, ahora ni siquiera tengo idea de qué se trataba; fue así de
estúpido. Sin embargo, cuando salió furioso de la casa, mis pensamientos se
tornaron sombríos.
Suicídate.
No
quería suicidarme. No quería dejar a mi familia y amigos, pero no pensaba con
claridad. No era yo misma. Sentía que la única forma de acabar con el dolor era
quitarme la vida. El diablo en un hombro me decía que me suicidara ya que nada
iba a mejorar o parecer hacerlo. El ángel del otro hombro me decía que era un
pensamiento pasajero, que había algo más, y que simplemente me diera una ducha
caliente, tomara un té y durmiera para que se me pasara el mal humor.
Quería
hablar con alguien pero no ir a un psiquiatra. No quería que me tomaran por
loca. No tenía ni idea de a quién llamar y, en ese momento, sentía que a nadie
le importaría aunque tengo una gran familia y amigos que sé que sí se
preocupan. Pero lo único que oía en mi cabeza era acabar con mi vida y terminar
con todo de una vez. Por suerte escuché a mi ángel de la guarda y, después de
un té caliente y un sollozo desgarrador, quedé dormida en el sofá.
A
la mañana siguiente le dije a Chuqui que necesitaba ver al médico, así que
después del trabajo (sí, trabajaba durante estos episodios tan extraños) fui a
mi médico de cabecera y expliqué a enfermera y médico lo que me pasaba. Me
explicaron que era un efecto secundario del esteroide y se llamaba psicosis esteroidea. No solo tenía
ataques de ira por el esteroide, sino que me dolían cadera, espalda y rodillas
como nunca antes, y veía borroso. Incluso después de hablarles de mis
pensamientos suicidas me dijeron, con indiferencia, que bebiera mucha agua y
esperara a que desapareciera de mi organismo, lo que podría tardar dos semanas
más. Por suerte, fue mucho menos tiempo y aproveché ese lapso para recuperarme
con la jardinería, lectura y escribir en mi diario.
La
constitución del alma de cada persona es diferente, y durante un tiempo me
sentí mal por haber tenido que pasar por lo que pasé, solo para que me dijeran
que era para ayudarme a comprender a quienes han tenido pensamientos suicidas y
a quienes se han suicidado. Pude vislumbrar el entumecimiento y el profundo
dolor emocional que sus espíritus me habían comunicado en sesiones anteriores.
Muchos
dicen que quienes se suicidan son egoístas pero bajo los efectos de la
medicación no tuve tiempo de sentir de verdad. No tenía la motivación para
escribir una carta ni para llamar a una línea de ayuda para la prevención del
suicidio. No podía explicarle mi dolor emocional a mi mejor amigo, mi marido.
Era como si mi alma me hubiera abandonado y la única forma de encontrar la paz
fuera ir tras ella. No pensé en el dolor que la pérdida habría causado a mi
familia, solo en que tenía que encontrarme de nuevo aunque la muerte fuera la
única salida. Por suerte, ese momento fue pasajero y he vuelto a ser yo aunque
todavía me duele el codo, pero prefiero eso a los episodios psicóticos.
Como
médium he conectado a muchas personas con seres queridos que perdieron por
suicidio. Crecí en la iglesia luterana, donde me enseñaron que cualquiera que
se suicida va al infierno y es castigado. Sin embargo no es necesariamente lo
que veo en el más allá. No importa cómo partamos, todos debemos emprender un
viaje espiritual, o una especie de terapia que yo llamo "Campamento de
Entrenamiento Angélico", para sanar. No todo es diversión, juegos y alas
de ángel. Mis experiencias con quienes se suicidaron en el más allá han sido
tan diversas como la vida de cada persona. Algunos se arrepienten, otros no.
Algunos no están en el mejor lugar en el más allá, aunque no lo definiría
exactamente como el infierno, y otros transitan sin problemas y están en paz
con su decisión. Sin embargo, no hay escapatoria de nuestros problemas en este
mundo ni en el siguiente. Creo que se pueden aprender lecciones en todas las
situaciones. La compasión se ha convertido en un arte perdido en nuestra
sociedad, lo cual me asusta. ¡Debemos dejar de juzgar a todos, y especialmente
a quienes pueden estar rotos por dentro! ¡Nunca se sabe a qué se enfrentan
detrás de esa sonrisa!
No
creo que el suicidio sea la solución pero, en ese momento para muchos, vivir se
convierte en un acto egoísta para quienes sufren depresión. Sienten que su alma
atormentada no solo se lastima sino también a sus seres queridos. Y a menudo
hay algo de verdad en ello, porque así es. Cuando ves potencial en alguien y
esa persona no lo ve en sí misma, duele. Margaret Thatcher dijo: «Puede que
tengas que librar una batalla más de una vez para ganarla. “La vida es una
batalla constante; si a eso le sumamos la depresión, la carga es aún más
pesada.
Sé
que más de uno ha pensado en irse antes de tiempo. Tal vez incluso intentaron
quitarse la vida alguna vez. Algunos miran viejas fotos, recuerdos polvorientos
de alguien a quien amaron y ya no pueden soportar el dolor. Sin explicación ni
despedida dejan a los vivos preguntándose si se podría haber hecho algo más.
Algunos enfrentan el reto de levantarse, forzar una sonrisa y seguir una rutina
que llaman vida, ir a dormir y volver a
empezar. Lo hacen parecer fácil, pero en realidad es lo más difícil del mundo y
no quieren que nadie sepa los monstruos que enfrentan en el camino. A quienes
siguen luchando os digo que os creo. A quienes ganaron la batalla, os digo que me
alegra que sigáis aquí. A quienes lloran la pérdida por suicidio, os amo y sé
que vuestro ser querido en el otro lado también os ama. Si estás lidiando con
la depresión contemplando el suicidio te digo que hay ayuda, y a menudo está
más fácilmente disponible que en el más allá.
Mi
deseo para todos es que, en medio de la tragedia, sufrimiento y tristeza, podáis encontrar el
arcoíris. Está ahí, pero hay que dejar de mirar fijamente las nubes de
tormenta. Sí, la vida es difícil. Si no lo fuera, el arcoíris no sería tan
especial. Si no puedes encontrar el arcoíris, pide ayuda. Si estás en crisis,
llama al teléfono de prevención al suicidio que haya en tu zona, región o país.
En España el principal teléfono de ayuda para prevenir el suicidio es el 024,
gestionado por el Ministerio de Sanidad. En EE.UU está Línea Nacional de
Prevención del Suicidio 1-800-273-TALK (8255),
Si
estás pasando por un momento difícil, recuerda que aquí
te queremos. Aunque sientas que tu alma te ha abandonado no es así, y hay
personas que quieren ayudarte a reconectar contigo. No es momento de que tu
historia termine. Está bien sentirse mal y admitir que estás perdido. Si
alguien no te escucha, busca a alguien que sí lo haga. A todos aquellos que han
perdido la voluntad de luchar, que encuentren la paz y vuelen con los ángeles.
NOTA DEL TRADUCTOR. En el libro DESTINO DE LAS ALMAS, del Dr. Michael Newton tenemos el caso 64 dentro del Capítulo 9.2. bajo el título
Libre Albedrío en donde se
dice
... El
derecho a morir es un tema que, en la actualidad, se debate ardientemente en
círculos legales, especialmente cuando corresponde a un médico ayudar al
suicidio a un enfermo terminal. Se ha dicho que, si la muerte es el acto final
del drama de la vida, y nosotros deseamos que el último acto sea reflejo de
nuestras convicciones durante esa vida, deberíamos tener el derecho, con
independencia de las convicciones religiosas o morales de la mayoría, a
disponer de ella. La visión opuesta es la de que, si la vida es un regalo del
que somos custodios tenemos ciertos deberes morales para con ella, con
independencia de nuestros sentimientos. Sabiendo lo que sé, sobre cómo nuestras
almas escogen la vida, con libre albedrío para hacer cambios durante esa vida,
creo que claramente tenemos derecho a escoger la muerte cuando en nuestra
existencia no quede calidad de vida alguna y no haya posibilidad de recobrarla.
No debe pretenderse prolongar, intencionadamente, la degradación de nuestra
humanidad.
Los
guías u orientadores espirituales, así como el llamado Consejo de los Ancianos (que toda alma tiene en la Posvida) no se disgustarán por nuestro
suicidio cuando se cometa en situación de peligro extraordinario para la vida
(guerras, cataclismos, enfermedades terminales) o grave sufrimiento físico o
psicológico que destruya nuestra funcionalidad o esencia humana. Cosa diferente
es el suicidio de persona sana que busca una “salida” fácil ya que en ese caso
se destruye un cuerpo con un proyecto de vida que ha costado mucha energía
crear y configurar para que el alma lo habitara y desarrollara un proyecto de
vida que el alma que se suicida eligió por buenas razones para su crecimiento
espiritual. Cuando se destruye ese proyecto el alma entenderá que debe reanudar
la lección suspendida por el suicidio y, para ello, recibirá sanación,
asistencia y consejo de seres espirituales superiores. Fin de la nota
Pérdida o fragmentación del alma.
La pérdida o fragmentación del alma puede ocurrir al
reencarnar o durante nuestra encarnación actual. Suele suceder cuando existen
patrones repetitivos de abuso, a menudo sin resolver. El trauma y los miedos
pueden ser una carga insoportable que comienza a fragmentar el alma. Mientras
que algunos buscan ayuda aprendiendo a dejar de ser víctimas y a encontrar su
valentía interior, muchos recurren a las drogas, al alcohol, a la depresión o
relaciones aún más dañinas. Algunos se suicidan al sentir que la carga es
demasiado pesada para soportarla.
Quienes
poseen almas antiguas cargan con el peso más pesado de vidas pasadas, con
posibles vidas por venir. El abuso o el trauma pueden adherirse al alma,
creando fisuras en el campo áurico que permiten que la oscuridad sature la luz
interior, nublando la capacidad de ver algo más que tristeza y desesperación.
Los
chamanes realizan lo que se conoce como Recuperación
del Alma, a menudo con su animal de poder. Invocan los fragmentos del alma
perdida y los devuelven a su lugar. Como un rompecabezas etéreo, el chamán
ayuda a encontrar las partes más valiosas del alma, las más vitales para la
sanación. Al invitarlas a regresar e incluso sanarlas con luz, cristales y
oraciones, es importante que el cliente esté dispuesto a la reconexión y acepte
el regalo.
A
menudo veo esta alma fragmentada en aquellos que tienen pensamientos suicidas o
que se han comprometido a acabar con su vida.
Signos de fragmentos del alma
•
Depresión
•
Insensibilidad emocional
•
Trastornos del sueño
•
Sentirse inútil
•
Baja energía
•
Sistema inmunitario débil
•
Ansiedad
•
Miedos
•
Sentirse rodeado de “mala” suerte
•
Sentir pérdida de identidad
•
No querer actuar, sentirse estancado
• Pánico
En
general, es señal de que sientes que te has perdido. Puede suceder con el
tiempo, puede que sientas que nunca fuiste tú mismo desde el principio. No
necesitas un chamán pero sí la voluntad de querer un cambio en tu vida. No
existe ninguna poción mágica ni meditación que resuelva tus problemas. Se trata
de acción constante.
Meditación para la recuperación del alma
Tómate un tiempo para relajar tu cuerpo y tu mente.
Cuanto menos consciente seas de tu cuerpo durante este tiempo, más fácil te
resultará concentrarte en relajarte.
Respira
hondo, mantén la respiración un instante y exhala lentamente. Deja que toda la
tensión abandone tu cuerpo; con cada exhalación te liberas, y con cada
inhalación recibes alegría, esperanza, amor y paz.
Imagina
que con cada respiración una enorme esfera de luz blanca se acerca a ti,
haciéndose cada vez más grande y envolviéndote por completo, como si entraras
en una nube. Te relaja de pies a cabeza, animándote a soltar, relajarte y dejar
ir aquello que no te sirve en esta vida ni en otras.
“Acepto
esta luz blanca como mi armadura”.
Ahora,
rodeado de luz blanca, un escudo que te protege constantemente, invoca a tu
animal de poder. Si no sabes cuál es, invoca a tu animal favorito. Puede ser
cualquier criatura mitológica, como un unicornio, o una mascota fallecida.
Luego, invoca al Arcángel Miguel, el ángel guerrero que desea ayudarte.
“Pido
a mis guías, ángeles, Divinidad y a cualquier ser de luz superior que me ayuden
a recuperar los fragmentos de mi alma. Pido que sean recuperados con suavidad,
a tiempo y con cuidado para todos los involucrados. Que así sea. Doy las
gracias por lo que es y por lo que será”.
Puede
que necesites intentarlo varias veces hasta que empieces a sentirlo. Puedes
repetirlo tantas veces como quieras. A veces grabarte y reproducir la grabación
por la noche puede ser útil. Lleva siempre contigo esa luz blanca, día y noche,
aceptando la protección que mereces.
Ten
en cuenta que esto no sustituye la atención o el diagnóstico médico, ni la
ayuda psiquiátrica.
Las
tragedias de la vida a menudo rompen la delicada porcelana del alma. Mereces
dejar de sentir que esto es un infierno y encontrar tu paraíso en la tierra
para no tener que cargar con el peso de esta vida en la otra. Prefiero viajar
sin equipaje de mano, bailar hacia el otro lado y pasar más tiempo
reencontrándome con los demás y disfrutando del cielo.
14. El fantasma de una lectura
La mayoría de la gente imagina un fantasma como una
figura translúcida o una sombra vista de reojo. Quizás oigas una voz incorpórea
que pronuncia tu nombre con un tono largo y prolongado. La habitación se enfría
y puede que veas tu aliento en el aire frío. O tal vez no sea así en absoluto,
y simplemente se trata de la exageración de los programas sobre lo paranormal y
las películas de terror.
Era
una fría mañana de otoño y la calefacción de mi edificio aún no se había
encendido así que enchufé mi calefactor portátil y encendí unas velas con la
esperanza de entrar en calor antes de mi primera cita. Acababa de dejar el
mechero cuando mi cliente llamó a la puerta.
“Creo
que llego media hora antes, más o menos”, dijo la voz alegre. “Puedo quedar en
su sala de espera hasta que esté lista “,sugirió.
Yo
soy madrugadora y casi siempre llegaba temprano a la oficina, así que Nelson no
tuvo que esperar. Me presenté con un apretón de manos y le indiqué que se
sentara. Saqué una botella de agua de mi mininevera y le ofrecí otra, pero él
negó con la cabeza.
“Intento
reducir el consumo“ ,sonrió”. ¿Hay algo más fuerte?“, bromeó.
“No
puedo decir que haya“, respondí con suspiro burlón. Me senté, abrí la botella
de agua y la coloqué a mi lado, en la mesita auxiliar azul.
Nelson
se permitió echar un vistazo curioso a su alrededor. "No es exactamente lo
que esperaba", dijo simplemente.
Mi
oficina tenía un estilo peculiar, con muebles neutros pero decorada con mantas
suaves y alfombras coloridas. Esperaba que resultara acogedora y tuviera un
ambiente agradable para mis clientes. Irónicamente, la mayoría de las veces
eran los hombres quienes sentían la necesidad de comentar.
“¿Te
envió tu esposa?“, pregunté recordando una nota en mi archivo electrónico que
mencionaba algo sobre la cita de su esposo.
“No“,
añadió Nelson rápidamente, con tristeza.
“Oh,
vale, debo estar equivocada“, balbuceé. Estaba segura de haber visto esa nota.
“¿Alguna vez te han hecho una sesión, Nelson?
Tomé
una piedra de ónix para aliviar el estrés y la acaricié lentamente entre el
pulgar y el índice mientras Nelson observaba cada uno de mis movimientos.
“No,
nunca la he tenido. Fue mi hija, Sharon, que pensó que me beneficiaría ver si podías
ponerte en contacto con mi esposa, Esther”.
Lo
miré con los ojos entrecerrados, como si intentara leer la letra pequeña de
unas instrucciones para darme cuenta de que estaban en un idioma extranjero.
Tengo un conjunto de reglas cuando me conecto con el mundo espiritual para
poder comunicar correctamente a mis clientes. A mi izquierda veo a los que han
cruzado al otro lado. A la derecha está la energía de las personas en el plano
físico. A veces tengo lo que se llama la zona gris, y suelo verla en mi
posición de las diez en punto. Son energías que no han cruzado, o a veces
simplemente aquellas que sienten que no están invitadas a la fiesta de una
sesión. He tenido a todo tipo de personas, desde ex parejas hasta antiguos
jefes. Ese día sentí una energía que mis guías me dijeron que era la hija de
Nelson. Pero Nelson me dijo que su hija había concertado la cita. A mi derecha,
en mi plano físico, sentí a la esposa de Nelson, Esther. A veces a los
espíritus les gustaba jugarme malas pasadas pero, normalmente, eran aquellos
que rompían las reglas o eran rebeldes en el plano espiritual, y no tenía esa
sensación con Nelson ni con su familia. Estaba confundida, pero no quería
admitirlo. En cambio, rogué a mis guías que me ayudaran.
“Y
usted solo tiene una hija, ¿verdad?“, pregunté a Nelson.
“Sí.
Esther y yo la adorábamos de una forma muy especial. Le dábamos todo lo que
quería. No fue hasta más tarde que nos dimos cuenta de que esa no era la manera
de criar a los hijos”.
“Tu
madre está aquí, en espíritu, Nelson. Dijo que falleció cuando tenías dieciséis
años de un…”. Intenté escuchar atentamente al espíritu, agradecido de que
alguien estuviera siguiendo mis instrucciones. La madre de Nelson estaba a mi
izquierda y parecía habladora, pero también agitada. “Dice que falleció de un
ataque al corazón y que después la salud de tu padre empeoró”.
Nelson
asintió. “Eso fue hace tanto tiempo”, dijo secándose los ojos. “Todavía los
extraño todos los días”.
Conozco
las historias de los vivos y de los muertos. Algunas son desgarradoras, pero
intento mantener mis emociones a raya de
lo contrario parecería al cantante Alice Cooper con el rímel corrido casi todos
los días, con o sin rímel. Había algo en Nelson que me conmovía profundamente,
su alma tierna y sincera. Se notaba que a pesar de todas sus pérdidas no se
había endurecido y expresaba sus sentimientos. Era raro ver esto en cualquier
generación. Nelson tenía algo especial, pero a lo largo de sus ochenta y tantos
años creo que ni siquiera él lo reconoció. No había ego en él. Lo que veías de
Nelson era a Nelson.
“A
tu madre le encantó tu elección de Esther”, sonreí. “Tenéis una energía
parecida”.
“Claro
que sí, Kristy. Estoy seguro de que fue lo que me atrajo de Esther desde el
principio”. Devolvió la sonrisa. “Esther tenía una risa rápida y melodiosa. No
tenía nada. Sus padres murieron en accidente de coche cuando era muy pequeña y
la entregaron a una tía quien, probablemente la tuvo en brazos apenas diez
minutos antes de dejarla en el orfanato local. No le importaba. Esther creció
en ese orfanato”.
“No
me lo puedo imaginar”, dije sacudiendo la cabeza.
“¿Sabes
que jamás habló mal de su tía? Y si le preguntabas por su infancia decía que no
le faltaba de nada, sin mencionar el orfanato ni sus experiencias. Sé que no me
lo contó todo, pero nunca la presioné. En cambio, construimos nuestra vida
mirando hacia adelante, no hacia atrás. Vimos la destrucción de nuestros amigos
que vivían en el pasado y lamentaban lo que no podía volver; al mismo tiempo,
perdían el presente y tenían aún más por lo que llorar”.
“Y
tu madre también venía de la nada”, dice. “Sin duda veo las similitudes entre
ambas personas”.
“Tanto
mi madre como Esther tenían problemas cardíacos, y por eso las perdí. Creo que
ambas se preocupaban muchísimo. ¿Y sabes qué? A la gente que se preocupa tanto
a menudo la atropellan quienes no se preocupan en absoluto. Es como un camino
de grava después de la lluvia. La roca madre se erosiona o se afloja con el
constante tránsito, creando profundos baches. Mi madre y Esther tenían muchos
baches, pero los tapaban fingiendo que todo estaba bien. No lo estaba. No lo
estaba”, repitió Nelson, con la barbilla pegada al pecho.
“Esther
te quiere, Nelson. Tú no creaste los baches. Bueno, tal vez uno o dos, pero así
es el matrimonio”.
Nelson
levantó la barbilla y rio. “El matrimonio no es fácil, y si además tienes uno,
dos o tres hijos como nosotros, las noches en vela empiezan desde el principio”.
Volví
a alzar la vista para ver si la energía de las personas se había corregido,
pero seguían en la misma posición que al principio. La energía de Esther seguía
en la zona de los residentes y la de su hija en el otro lado. Le agradecí a la
madre de Nelson su ayuda, así que decidí preguntarle por su hija Sharon, que
aún se encontraba en la zona gris. En lugar de responder su madre bajó la
cabeza con tristeza y negó con la cabeza como si no pudiera contestar. Iba a
arriesgarme con una pregunta que me parecía pertinente, pero me preocupaba que
Nelson se molestara.
“Nelson,
¿Sharon tenía un problema de drogadicción? ¿Había intentado suicidarse antes?“
Como
persona empática que soy lo siento todo. Ya sean medicamentos recetados o
drogas ilegales, puedo sentirlo, y la energía de Sharon se sentía sumergida en
una sobrecarga de toxinas. También podía sentir el dolor en mi brazo por las
agujas.
Nelson
bajó la cabeza, reflejando la tristeza de su madre.
“No
tienes nada de qué avergonzarte”, le dije. “Siempre fuiste un padre fabuloso
para ella. Siempre”.
Miré
a Sharon, a quien vi en espíritu, y ella asintió con la cabeza. Supe entonces
que había fallecido, y que se había quitado la vida, pero me desconcertaba que
Nelson no me dijera la verdad. Parecía una persona genuina y honrada.
Algunos
clientes intentan engañarme cambiando sus nombres, quitándose los anillos de
boda o poniéndose anillos falsos. Intento ser lo más auténtica posible en mi
trabajo, honrada y directa. No quiero engañar ni decir nada para dar una
felicidad inmediata sabiendo que no es lo que realmente veo, y espero lo mismo
de mis clientes. No quiero fingir y es agotador para un cliente intentar
engañarme. Sinceramente, bloquea el flujo de energía y contamina la sesión. No
sentí que Nelson lo hiciera intencionadamente, pero algo no cuadraba.
Simplemente no podía descifrar qué era.
“Desde
que nació, Sharon era diferente. Sentía más que los demás, siempre preocupada,
siempre pendiente de todos. Casi nunca sonreía y parecía estar siempre envuelta
en una nube oscura. Al final de su tercer año de universidad volvió a casa para
contarnos que había encontrado a su alma gemela. Nos alegramos mucho por ella.
Era su primer amor verdadero. Éramos cautelosos, pero ella irradiaba felicidad
y se veía muy contenta. Nos decepcionó que dejara la universidad para casarse
con él, pero nos caía bien y había conseguido un buen trabajo. Nos aseguró una
y otra vez que la cuidaría y que la ayudaría a retomar sus estudios, pero
entonces llegó Mari, su primera hija. Algo cambió en Sharon, y la nube oscura
volvió a envolverla”, recordó Nelson.
“¿Y
luego llegó un niño?“, pregunté.
Nelson
asintió. “Y entonces llegó Mason y Sharon volvió a estar bien. O eso creíamos”.
“¿Y
no sabías de su adicción? Creo que sí lo sabías, Nelson”.
El
rostro de Nelson palideció. «Fue por rachas, y supongo que nunca quise verlo.
Creo que ahora está bien», añadió rápidamente.
«¿Lo
está?», me pregunté. Todavía la veía al otro lado y, si no había fallecido,
estaba a punto de hacerlo. Sin embargo, no sentía que pudiera hacer llegar ese
mensaje a Nelson, o tal vez no debería haberlo hecho. Era obvio que estaba
negando los problemas de Sharon.
Así
que pasé a la siguiente persona en la fila del otro lado que esperaba para
hablar con Nelson. De nuevo, esta persona estaba en el espacio que indicaba mi
otro lado, y Nelson confirmó que las siguientes personas habían fallecido.
La
hora pasó volando, y cuando sonó la alarma del reloj, indicando la hora, Nelson
se levantó de un salto para marcharse.
“Kristy,
me ha gustado mucho”, dijo Nelson sonriendo. “No sabía qué esperar, pero estuvo
muy bien. Me gustaría volver algún día”.
“No
creo que te vuelva a ver”, solté en voz alta.
No
tenía ni idea de dónde venía esta frase, pero me alegré de que Nelson no
pareciera ofendido por ella.
“Bueno,
espero que te equivoques. Espero que nos volvamos a encontrar”. Me tocó suavemente
el hombro y luego me pidió un abrazo, que le di con gusto.
“Cuídate
mucho. Y a tu preciosa hija también” añadí. “Ah, y sé que tu esposa te quiere
muchísimo. Siempre seréis almas gemelas. Para el amor no hay tiempo ni espacio”.
Nelson
me abrazó con más fuerza, se secó las lágrimas de sus ojos azul océano y
asintió en silencio, comprendiendo.
Abrí
la oficina, donde mis dos siguientes clientes esperaban su sesión. Nelson era
alto y delgado, pero había algo en él que parecía ocupar demasiado espacio. Chocó
con la pierna de una de mis clientas y se disculpó efusivamente, pero ella se
lo tomó a broma. Fue solo un pequeño golpe sin importancia.
Los
tres vimos a Nelson salir del pasillo, hacia la puerta principal, antes de
presentarme a mis nuevos clientes y acompañarlos a la oficina, rezando para que
esta sesión no fuera tan confusa.
Las
dos señoras comentaron que Nelson parecía una persona amable, y yo asentí con
la cabeza procurando no romper la confidencialidad. Era algo que me preocupaba
especialmente. Me da igual si eras famoso en la pantalla o en el aula; no me
dejo llevar por los rumores.
Afortunadamente,
el resto del día transcurrió sin problemas y todos los demás espíritus
siguieron mis instrucciones.
_____
Durante
años, cargué con los problemas, el dolor y la tristeza de mis clientes. La
carga se volvía tan pesada que terminaba sufriendo una crisis emocional, la
dejaba ir y volvía a empezar. Finalmente no pude más así que comencé a limpiar
la energía del día antes de llegar a casa. Imagínate el ataque de los Hombres de Negro, aunque en realidad no es tan genial.
Lo que hago es lavarme las manos, respirar hondo e imaginarme descalza, con
raíces profundas que salen de mis pies hacia la tierra. Luego canalizo la
energía a través de las raíces espirituales de mis pies, y en mi primera
exhalación visualizo cómo los cristales de los problemas de cada persona se
sanan y los ángeles se los llevan para ayudar. Con mi primera inhalación pido
que una luz blanca me envuelva, luego pido mentalmente que cualquier fragmento
disperso de mí misma regrese a mí y que cualquier parte oscura, polvorienta o
negativa se limpie o se desprenda. Cierro el grifo del lavabo, respiro
profundamente para limpiarme y lo dejo todo ahí. A menudo me preguntan días,
semanas o incluso años después si recuerdo la sesión con su ser querido, pero
debido a mi práctica actual solo tendré fragmentos, no un recuerdo completo.
Sin
embargo, hubo algo en la sesión de Nelson que, por mucho que intentara borrar
esa energía negativa, no podía. Empecé a comprender el porqué cuando recibí una
llamada la semana siguiente. Era la esposa de Nelson, Esther.
“Kristy”,
comenzó la señora, haciendo una pausa”, soy Esther Parry. Mi esposo Nelson
tenía una cita contigo la semana pasada y lamento muchísimo no haberte llamado
antes para coordinar los arreglos del funeral y todo eso”, balbuceó. “Sé cuánto
te molestan las ausencias. Te sigo en Féisbuk”, añadió Esther. ”En fin, Nelson
sufrió un infarto masivo y su funeral fue la mañana de su cita contigo. Debería
haber llamado para reprogramar la cita para mí, pero…”
Estaba
escuchando pero no entendí lo que decía y, en lugar de responder colgué el
teléfono y lo miré fijamente como si fuera a morderme. Rápidamente busqué el
número de uno de los clientes que vinieron después de Nelson y marqué.
“Beth,
soy Kristy”, dije por teléfono en cuanto mi cliente contestó. “Esto va a sonar
raro, pero…”, pensé por un momento en cómo decirlo, pero de todas formas iba a
sonar extraño así que solté. “¿Viste al señor mayor que salió de mi oficina la
semana pasada, verdad?”
“Sí,
tanto Trudy como yo lo vimos. De hecho, almorzamos después de la sesión para
charlar sobre lo que dijiste y ambas mencionamos que había algo… no sé,
especial, en él. Ninguna de las dos sabíamos qué era”.
“Vale,
muchas gracias, Beth”, dije y, sin dar explicaciones, colgué el teléfono y
volví a marcar el número de Esther.
Por
mucho que quisiera mentir a Esther y decirle que se me había cortado la señal
del teléfono sabía que no era lo justo ni correcto. Sin embargo no sabía qué
decir. Esther contestó al primer tono del teléfono.
“Esther,
discúlpame”, dije, sinceramente. “Siento mucho lo de Nelson, pero...“, respiré
hondo antes de continuar, ”vi a Nelson el día de su cita. Llegó incluso
temprano. Llevaba una camisa azul claro y pantalones caqui y no paraba de
disculparse por llegar antes de tiempo”.
“Eso
es imposible, Kristy. El funeral de Nelson fue ese mismo día a las once. Te
conozco desde hace tiempo y no sé si eres una bromista, pero si eso es lo que
estás haciendo, no tiene ninguna gracia”, reprendió.
Daba
vueltas mientras hablaba con ella y me senté en el escritorio para intentar
ordenar mis pensamientos. Estaba visiblemente conmocionada.
“No
bromeo”, le prometí, y le conté toda la conversación, desde cómo llevaba el
pelo peinado hasta su negación del problema de drogas de su hija. Le confesé
que le colgué y llamé a Beth y Tricia para confirmar que ellas también lo
habían visto. Esther se mantuvo callada la mayor parte del tiempo, hasta que
llegó el turno de Sharon, y pude oírla intentar reprimir su llanto.
“Esther,
¿Sharon falleció recientemente? Él insistía en que tú habías fallecido y que él
y Sharon estaban vivos”.
“Kristy,
¿tienes unos minutos para charlar en persona?“, preguntó Esther sin responder.
Esa
noche tenía un acto en la biblioteca así que quedamos en vernos en mi oficina a
la mañana siguiente. Al igual que Nelson, Esther llegó temprano.
Visiblemente
conmocionada, cuando le ofrecí un asiento me preguntó si allí se había sentado
Nelson. Le confirmé que sí y rompió a llorar. Aunque no era una sesión de
lectura invoqué el espíritu de Nelson para que se manifestara, pero en su lugar
apareció Sharon. De pie de nuevo en mi espacio gris, su energía se sentía
rígida y gélida.
“Nelson
encontró el cuerpo de Sharon”, soltó Esther. “Durante mucho tiempo intentamos
ayudarla por todos los medios posibles, con todos los recursos a nuestro
alcance. Hubo muchos sacrificios y, finalmente, perdí a mi marido como
sacrificio final”.
Observé
el espíritu de Sharon, aún distante y vacío.
“Nelson
murió de pena, ¿no?“
“La
mañana después del funeral de Sharon me desperté y Nelson seguía durmiendo. Era
raro que alguno de los dos durmiera hasta tarde pero estábamos tan agotados
emocionalmente que simplemente lo dejé allí y empecé a preparar el café y el
desayuno: un huevo escalfado, tostadas de centeno y tocino de pavo.
Intentábamos cuidar nuestra alimentación”, explicó, con la mirada perdida en el
recuerdo. “Entonces fue como si alguien me empujara al dormitorio para que
volviera a ver cómo estaba y descubrí que no dormía”. La voz de Esther se
quebró. “Nelson había muerto durante la noche. Parecía tan tranquilo. Los
paramédicos dijeron que probablemente no sufrió. Simplemente se fue”.
Mientras
seguía escuchando, no pude evitar que se me saltaran las lágrimas. A pesar de
la fortaleza que transmitía Esther, su energía estaba cargada de
arrepentimientos, resentimientos, confusión, amor y horror.
“¿De
verdad viste a Nelson?“, susurró Esther.
Asentí
con la cabeza mientras me secaba la cara. "Creo que leí la mente a un
fantasma", confesé.
“¿Pero
cómo? ¿Entonces no está en el cielo, no está en paz?“
Podía
oír a Esther gritar en silencio, asfixiándose con cada respiración mientras se
aferraba a su orgullo, a su cordura. Mientras formulaba las preguntas, su mente
se llenaba de las peores posibilidades. Sus preguntas, sin embargo, eran las
mismas que yo tenía. Sentía que Sharon era la clave de casi todo y ella
simplemente se quedó allí, sin reaccionar.
Finalmente,
Sharon habló.
“Nadie
me entendía. La depresión. La adicción. No es algo que puedas hacer desaparecer
con un simple deseo, es un sentimiento real. Es un sentimiento para el que
intentas encontrar un remedio para la picazón, pero todo lo que consigues es
invocar nubes oscuras que te ahogan. No hay aire. No hay vista. Te esfuerzas, y
te esfuerzas, fingiendo ser normal, sea lo que sea eso, sintiendo una sensación
que no sabes si es real o no. Desde que tenía seis años me despertaba deseando
estar muerta. No quería un cachorro. No me importaban las excursiones escolares
ni las fiestas de cumpleaños. Simplemente pensaba que estaría mejor muerta. Al
crecer, dejé que otras cosas me distrajeran y me ayudaran a alejar ese
sentimiento, esa necesidad imperiosa de aliviarla. Casi todos los días quería ceder
a su poder, pero no quería hacer daño a nadie. Cada día me enfrentaba a los
desafíos y cada día los pensamientos suicidas se hacían más fuertes. Los
demonios hablaban más alto que los ángeles, y ni siquiera la medicación podía
expulsar las esquirlas que se incrustaban cada vez más en mi alma, hasta que
finalmente tuve que desangrarme para expulsarlas”.
“¡A
costa de tu padre!”, gritó Esther después de que contara el mensaje de Sharon.
Apretando los puños contra su regazo, rompió a llorar desconsoladamente. ”¡Y a
costa mía también!”. Lo único que pude hacer fue abrazar a Esther y dejar que
el torrente de sus lágrimas empapara mi camisa. Esther se aferró a la delicada
cruz de oro que colgaba de su cuello. “Lo siento”, dijo con la voz quebrada.
No
había necesidad de disculparse y, sinceramente, solo quería ver si podía ayudar
a Sharon y a Nelson a trascender y, con suerte, encontrar la paz. Volví a mi
silla después de que Esther se recompusiera.
Esther
y Nelson tuvieron tres hijos; Sharon era su única hija, y en mi sesión con
Nelson quedó claro que Sharon era muy especial para él. No necesariamente su
favorita pero tenían un vínculo especial. Me pregunté si Esther sentía tal vez
un poco de celos de la relación entre Nelson y Sharon. Al parecer, los
problemas de Sharon le habían arrebatado dinero, tiempo y energía a ella y a
sus hijos y ahora, con la muerte de Nelson, esa situación se había vuelto
permanente.
“Papá
fue el único que me ayudó”, compartió Sharon, como si me leyera la mente. “Mamá,
no tanto. Me odiaba por completo”.
No
creía que fuera cierto, pero aun así compartí el mensaje.
“La
quería más que a mí misma”, replicó Esther. “Habría cambiado de lugar con ella
si eso hubiera podido aliviar su dolor y su depresión.
“Ay,
por favor”, susurró Sharon entre dientes. “Es una narcisista y siempre lo ha
sido”.
Yo
tuve una relación complicada con mi madre. Yo creía tener siempre la razón.
Ella también y rara vez llegábamos a un acuerdo. De niños necesitamos que
nuestros padres nos brinden apoyo, aliento, cariño y amor, pero eso no siempre
sucede, y quienes lo sufren aprenden a sobrellevarlo como pueden. Mi apoyo
consistía en libros y escribir en mi diario. El apoyo de Sharon consistía en un
traficante de drogas y jeringas.
No
pude determinar si Esther era narcisista. No era terapeuta titulada y, para ser
sincera, los insultos y las etiquetas no habrían servido de nada. Además,
decidí no compartir ese mensaje. No era útil ni reconfortante para nadie.
“Sharon,
¿has visto a tu padre?“, le pregunté en voz alta.
Esther
se inclinó hacia adelante en su asiento.
“Por
un instante, y luego desapareció”, dijo con la voz endurecida.
“¿Está
perdido, Kristy? ¿Qué está pasando?“, preguntó Esther.
Quizás
Nelson cruzó al otro lado y Sharon quedó atrapada en el medio. Tal vez había diferentes
niveles en ese punto intermedio, como los pisos de un rascacielos. Estaba
decidida a averiguarlo. Seguí llamando a Nelson, o a cualquier otro, por
Esther, pero nadie vino; solo Sharon se quedó allí, disgustada y enfadada.
Justo cuando estaba a punto de decir a Esther que tendríamos que volver a
reunirnos su esposo se manifestó en espíritu y aunque yo podía verlo, Esther
podía sentirlo.
“Está
aquí, ¿verdad?“, preguntó con los ojos muy abiertos. “¿Me está tocando el
brazo? Siento que me toca el brazo”, exclamó entre lágrimas.
Le
tocaba el brazo. Tenía los ojos brillantes por las lágrimas. Su energía
irradiaba amor, pero también un dejo de arrepentimiento.
“¿Estás
enfadado, Nelson?“, pregunté.
Asintió
con la cabeza.
“¿Puedes
ver a Sharon?“, preguntó Esther.
“No
puedo”, murmuró con nostalgia.
·Creo
que ambos necesitáis auto perdonaros, y perdonaros mutuamente. Y creo que ambos
necesitáis perdonar a Sharon. Hay muros levantados alrededor de cada uno de vosotros,
incluida Sharon, pero creo que su alma está fragmentada. Todas las piezas están
ahí, y no os corresponde a vosotros recomponerla. Le corresponde a ella”, enfaticé
dirigiendo mi respuesta con rapidez.
“¿Cómo
hacemos eso?“, preguntó Esther.
Justo
cuando estaba a punto de encogerme de hombros en señal de derrota, una multitud
de espíritus apareció y se colocó detrás de Nelson, creando un séquito
celestial lleno de información para ayudar.
“Nelson
y Esther, ¿podéis pensar en algún incidente relacionado con Sharon que os haya
enfadado y que sentís que revivís una y otra vez?” Ambos asintieron. “¿Podéis
reflexionar sobre ese incidente y perdonaros y perdonar a cualquier otra
persona involucrada? Incluso podéis decir en voz alta: ‘Te perdono’”.
Aunque
Esther y Nelson se encontraban en planos energéticos diferentes pronunciaron
las palabras al unísono: «Te perdono”.
“Sharon,
les gustaría que tú hicieras lo mismo”.
Sharon
me miró como si fuera mi enemiga.
“Sharon,
¿puedo preguntarte qué ves desde donde estás?“
“Todavía
tengo trabajo que hacer”, suspiró sin dar más detalles.
No
era la respuesta que esperaba, pero al menos seguía aquí y seguía hablándome.
“Quizás
todo esto forme parte de tu proceso, Sharon”, intenté razonar. “¿Recuerdas la
primera vez en tu vida en la que te sentiste decepcionada? Esa podría ser la
clave para mantenerte en recuperación”.
Sharon
me miró fijamente e hizo una mueca.
“Esto
es importante”, supliqué.
“Yo
solo quería amor pero, en cambio, fui humillada a diario desde el momento en
que nació Seth”.
“¿A
qué edad recuerdas que te ocurrió por primera vez?“
“Tenía
seis años. Solo seis años y a diario me decían que era tonta. Me decían que
dejara de llorar. Yo solo quería amor”, chilló Sharon. “Se suponía que ella
debía ser mi refugio pero en vez de eso buscaba un agujero donde esconderme para
ser lo más invisible posible. Ni siquiera eso era suficiente. Las críticas eran
diarias”.
Observé
a Nelson y a Esther y supe que Sharon decía la verdad, aunque la situación se
percibía peor de lo que realmente era. Fueron esas palabras hirientes y críticas
al principio las que le dieron su primera dosis de toxicidad. Las palabras
ayudan a moldear quién eres, para bien o para mal. Y cuando son negativas, son
como veneno.
NOTA DEL TRADUCTOR. Aquí resultaría interesante la lectura del libro LA
BIOLOGÍA DEL AMOR de Arthur Janov. Fin de la nota.
Esther
habló: “Estaba abrumada. Tenía tres bebés menores de seis años. Nelson
trabajaba horas extras para pagar todo y yo estaba tan cansada que no sabía lo
que decía. Tenía mi propia depresión. Supongo que ahora la llaman depresión
posparto”, Esther bajó la mirada hacia sus manos antes de mirarme. “No soy mala
persona, Kristy. Lo siento mucho, Sharon”, dijo, mirando a su alrededor como si
intentara verla, Intenté ser dura, pero había amor. Lo había”, Esther rompió a llorar
desconsoladamente.
El
amor incondicional, aplicado a alguien tan sensible como Sharon, puede volverse
tóxico. Aunque se trate de buenas intenciones, no convierte a quien lo practica
en una persona cruel e insensible. En realidad no existe un manual que defina
cómo manejar cada relación que se nos presenta. A veces simplemente
comprometemos nuestra identidad y felicidad al intentar ser, o esforzarnos
mucho por no ser, la persona que otros quieren que seamos. Sharon murió sin
saber realmente quién era ni sentir el amor de su madre. Nelson, su padre, era
el nexo entre ambas. Él también sentía todo, al igual que su hija, pero también
tenía una adicción; la suya no era química, sino laboral, y le proporcionaba un
espacio para alejarse del drama que Sharon tenía que absorber y que Esther
tenía que intentar controlar.
Esther
se quedó sentada, vacía de lágrimas.
“Sharon,
¿puedes perdonarme?“, pregunté con vacilación.
Su
actitud cambió tras el arrebato. La frialdad que la caracterizaba se transformó
en la vulnerabilidad de una niña que solo necesitaba amor y perdón. Sharon no
habló; en cambio sentí cómo los muros de dolor que había construido se
derrumbaban y eso era el perdón. Esa era la barrera que bloqueaba la luz
interior, la luz que le permitía avanzar hacia el otro lado.
“Ahora
quiero que cada uno diga que merecía algo mejor y que realmente lo merece”.
Cada
uno se mantuvo firme en su propia fortaleza y valoró cada una de sus
relaciones, conscientes de que merecían algo mejor y más. Aferrarse a ellas,
fuera sano o no, era como contener la respiración: bloqueaba su flujo y su
verdadera esencia.
“Sharon,
eres lo suficientemente fuerte y valiosa como para superar esto, y no estás
sola. Nunca lo estuviste. Te quiero y deseo lo mejor para ti, aunque ese mejor
lugar esté en el cielo y no conmigo”, se disculpó Esther con compasión. “Ojalá
pudiera abrazarla una vez más”, dijo.
Antes
de que pudiera responder las luces de la oficina parpadearon y vi una luz
brillante, como la de una linterna, iluminando un largo pasillo. Miré a Esther
para ver si ella también la había visto y la encontré envuelta en un rayo de
sol que se había colado por las cortinas de la ventana.
“Creo
que ese es tu abrazo”.
_____
Tres
meses después de la sesión de Nelson y de mi encuentro con Esther recibí
noticias, de Nelson y del hijo Esther, comunicándome que Esther había sufrido
un infarto. A pesar de los intentos por reanimarla su deseo era estar con su
esposo.
“Aunque nos
entristece profundamente haber perdido a nuestra madre, padre y hermana con tan
solo unas semanas de diferenci, mi hermano y yo estamos muy agradecidos por
toda la ayuda que les brindaste. Incluso en medio del dolor, después de que
mamá se reuniera contigo, notamos una diferencia. Una sensación de calma.
Espero que todos tengan una segunda oportunidad en el más allá”.
Poco
después de recibir la nota los tres me visitaron. Estaban todos juntos, en el
mismo campo energético, uno al lado del otro.
“Me
preguntaste qué vi antes de cruzar”, dijo Sharon. “Dije que tenía trabajo que
hacer, y lo tenía, pero era demasiado terca para hacerlo aquí en la Tierra, y
cuando me suicidé tuve demasiado miedo de ir hacia la luz. La única manera en
que puedo describir dónde estaba en la Tierra es que era como una sala de
espera. Todos querían ayudar pero yo tenía miedo, no confiaba y estaba enojada”.
El
perdón es una dura lección de vida, y también puede serlo para quien lo recibe,
pero nos libera del dolor. Cuando hablo de perdón en mi consulta la mayoría no
sabe por dónde empezar. Sienten que es darle a la persona que les hizo daño una
excusa para desahogar su frustración. Sin embargo, el arrepentimiento, la ira y
la falta de perdón solo te perjudican a ti, no a la persona a la que debes
perdonar. El pasado puede atarte e impedirte avanzar hacia el futuro, o hacia
la otra vida.
Cuando una persona está en coma o estado vegetativo su
alma puede seguir presente. El cuerpo astral, también conocido como alma, puede
entrar y salir del cuerpo físico porque no se ha desconectado de él. Cuando el
alma está conectada al cuerpo a menudo se observa una respuesta física como
movimientos oculares, giros de cabeza, movimientos de dedos, etc. Cuando se
rompe el vínculo entre lo físico y lo espiritual el cuerpo ya no puede
sobrevivir y rara vez responde. Los espíritus que padecían Alzheimer me han
dado una explicación similar. Sin embargo, en lugar de que su cuerpo no coopere
es la mente la que se obsesiona con la idea de desconectarse de él. En
realidad, se trata de cuerpo, mente y alma.
Dejar ir
“No podemos asegurar si saldrá de este estado, o no”, le
dijo el médico con seriedad a Carrie. “Podrían ser días. Podrían ser meses.
Podrían ser años”.
Ella
no lo entendía. ¿Acaso los médicos no debían saberlo con la tecnología moderna,
la medicina y todo eso? Todo era demasiado surrealista y la joven de
veintitantos años, recién casada, solo quería despertar de aquella pesadilla.
Tejota
(TJ), acrónimo del nombre de su esposo, se fue a trabajar como todas las
mañanas. Andaban deprisa, Carrie siempre llegaba tarde y Tejota siempre
puntual. Un beso apresurado y salió por la puerta. Carrie acababa de sentarse
en su escritorio, en el elegante estudio de arquitectura donde trabajaba desde
hacía casi cinco años, cuando la recepcionista la llamó por teléfono y pidió
que subiera al vestíbulo.
“Probablemente
flores”, pensó para sí, sonriendo, mientras caminaba con paso firme hacia el
frente. Tejota era así de espontáneo y romántico. Un año, para el Día de San
Valentín, se vistió de osito de peluche, fue a su trabajo y le dio una
serenata. A pesar de trabajar en el estereotípico campo de la construcción,
dominado por hombres, Tejota sabía cómo conquistar a una mujer, y lo hizo desde
el principio. Su boda estuvo repleta de familiares y amigos mientras hablaban
con el corazón en sus votos. Fueron las palabras de Tejota las que hicieron
reír y llorar a todos. Carrie bromeó diciendo que la mitad de las mujeres
presentes probablemente eran exnovias de Tejota. Él era así de bueno y nunca
intentó lastimar a nadie, ni siquiera al terminar una relación. Quería que
todos fueran sus amigos.
Carrie
no recibió un ramo de flores sino a dos policías. Tejota estaba parado en un
semáforo, camino a su lugar de trabajo, cuando recibió un disparo en la cabeza
durante el intento fallido del robo de su coche.
“Intentó
razonar con el hombre en lugar de entregar las llaves”, le dijeron mientras se
apresuraban camino del hospital.
Tejota
fue sometido a una cirugía cerebral de emergencia para extraer la bala y
permaneció en la fría habitación del hospital luchando por su vida. Carrie no
podía comprender cómo su vida había cambiado en cuestión de segundos. Durante
casi dos meses Tejota resistió, y cada prueba parecía más grave.
“Pero
me apretó la mano”, argumentaba Carried, recibiendo como respuesta miradas
tristes de enfermeras y médicos. “Eso significaba algo, ¿no?”.
En
la octava semana se decidió retirar todos los tubos y cables para ver qué
sucedía, como si fuera un experimento científico.
“¿Puedo
hacer algo para que vuelva?“, me preguntó Carrie en una sesión de emergencia. “¿Un
hechizo? ¿Hay alguna forma de negociar con Dios, algo como renunciar a tener
hijos para recuperarlo?”
Sin
embargo, no hubo nada de eso. Intuí que Tejota estaba indeciso, lo que hizo que
mi mensaje fuera aún más emotivo.
“He
estado sanando mi alma y espíritu para poder emprender el viaje”, me dijo Tejota.
“La siento. La veo, pero no desde mi cuerpo físico sino desde fuera de él. Y a
veces puedo responder. No quiero irme, pero tengo que irme. No sirvo para nada
tal y como estoy ahora. Dile que la abuela Zia está aquí y quiere ayudarme y
ayudarla. Y que veo a Buffy, mi perra favorita de la infancia. Ella también
está aquí ayudándome a cruzar al otro lado. Y es hermoso. Es tan hermoso”, sus
ojos brillaban con lágrimas. “Yo también la quiero aquí, pero no es su hora”.
“Tampoco
era su hora”, lloró Carrie. “Tenemos tantas cosas por hacer. Tenemos hijos que
tener, vacaciones que tomar y…”, se detuvo para recuperar el aliento. “No es su
hora”, susurró rompiendo a llorar desconsoladamente.
“Siempre
estaremos conectados, pero ella tiene que dejarme ir”.
“¿Cómo
es posible que se haga eso?“, preguntó, apretando los dedos en un puño.
Esa
noche Carrie tomó la mano de Tejota, toda su familia lo rodeó y rezaron para
que el cordón que unía su alma con su cuerpo se desconectara, permitiéndole así
emprender el viaje al otro lado.
“Todos
vimos una luz azul brillante flotando sobre su cuerpo mientras exhalaba su
último aliento, y luego se desvaneció en un rincón de la habitación.
Simplemente desapareció”, me contó Carrie en un correo electrónico. “La
habitación se llenó de lo que podría describir como un suspiro de felicidad
casi orgásmico”.
Muchos
han presenciado el fallecimiento de sus seres queridos, incluyendo a sus
mascotas, y han compartido experiencias como ver una luz brillante alrededor
del cuerpo o iluminando la habitación, el rostro transformado de arrugado a
juvenil y los ojos resplandecientes. Algunos han percibido el aroma favorito de
su ser querido justo antes de su muerte; otros han sentido alivio y felicidad a
pesar de la tristeza de la pérdida.
Alzheimer: entre dos mundos
Alejandro se sentó en la cama junto a su abuela, que
agonizaba. Sufrió de Alzheimer durante casi diez años agonizantes y aunque
todos estaban tristes por su partida había algo reconfortante en saber que
pronto estaría completa de nuevo.
El
personal de cuidados paliativos estaba presente, le administraban morfina y se
aseguraban de que estuviera cómoda y bien atendida. «Probablemente le queden un
par de días», dijo la enfermera a Alejandro. «Puede irse a casa a descansar y
volver».
Pero
Alejandro no estaba tan seguro. Sabía que eran expertos pero una hora antes su
abuela se había incorporado en la cama y, mirándolo fijamente, le había dicho:
«Dorothy, estaré allí pronto. Solo espera».
Fue
lo primero inteligente que había dicho en meses; todo lo demás habían sido
balbuceos.
Dorothy
era su hermana, que había fallecido hacía más de veinte años.
“Abuela,
¿hay alguien más ahí?“, preguntó con suavidad, sin querer presionarla ni
molestar.
Ella asintió con la cabeza y susurró: “El abuelo está
aquí. Está guapísimo con su traje azul”.
En
la sala había una foto de su abuelo sonriendo, vestido con un traje azul y
rodeado de sus preciados tomates. Alejandro nunca le preguntó por qué llevaba
traje en un jardín y ahora se arrepentía pero le alegraba que ella recibiera
visitas así que descolgó el teléfono.
“Mamá,
creo que la abuela se va a ir pronto y tienes que venir”.
En
el centro de cuidados paliativos decían lo contrario pero a medida que pasaba
el tiempo ella hablaba con más y más seres queridos fallecidos que les daban
pistas sobre cómo sería el cielo.
“¡Qué
ganas tengo de volver a ver la playa!”, dijo riendo. “Dorothy, nos lo vamos a
pasar genial si Al me deja ir. “Miró hacia otro lado y sonrió. “¡Al me ha dicho
que puedo ir!”
Volviendo
al presente, la abuela le dio una palmadita en la mano a su nieto. «Hijo,
¿puedes apagar la luz? Es muy brillante», bromeó usando el apodo que Alejandro
le ponía de niño. Hacía muchísimo tiempo que no la oía usarla.
Pero
no había ninguna luz encendida.
“Está
amaneciendo, Sonny“. Su voz se volvió suave y ligera, cerró los ojos, suspiró
profundamente y se marchó.
_____
“Sentí
una descarga eléctrica recorrer mi cuerpo”, me contó. “Sé que era su alma
liberándose”.
La
familia de Alejandro no llegó a estar presente para su despedida final pero se
habían ido despidiendo poco a poco durante la última década mientras su mente
se deterioraba.
Formas de rendirse para partir
Somos luchadores por naturaleza, se nos enseña a
sobrevivir a toda costa. Esto suele ocurrir cuando nos enfrentamos a la vida y
la muerte. Pero a veces tenemos que aprender a rendirnos y dejar de luchar sin
cesar.
Formas
de rendirse:
•
No te tomes la vida demasiado en serio.
• Dedica más
tiempo a los pensamientos positivos y libera los negativos.
•
Deja ir lo que no funciona.
•
Construye puentes en lugar de muros.
•
Sé amable, incluso contigo mismo.
•
Piensa en lo que te ha molestado.
•
Acepta que ha sucedido.
•
Observa tu reacción: ¿estás enojado, furioso, triste?
•
Siéntelo.
•
Reconocer la lección que encierra.
•
Sepa que lo sobrevivió.
• Di en voz
alta: “Te perdono. Me rindo al presente para poder dar paso al futuro”.
•
Sé constante.
•
Vive el momento.
•
No te preocupes tanto por la cantidad, sino por la calidad.
Juntos de nuevo
A Inés le diagnosticaron cáncer de mama siendo apenas
adolescente pero lo superó. Creyendo que estaba curada, según sus médicos y
revisiones anuales, siguió con su vida. Se casó, quedó embarazada y tuvo un
precioso bebé. Fue después del parto, al no producir suficiente leche materna
para Joslyn, cuando se descubrió que el cáncer había reaparecido. Tan solo tres
meses después se rindió ante la enfermedad.
Inés
era el sostén de la familia desde que su esposo, Leoncio, quedó discapacitado
en el ejército años atrás. Para ser sincera, estaban en la ruina, y Leo apenas
logró reunir lo suficiente para pagar el funeral y no sabía cómo afrontar la
hipoteca y la cuota del auto en los próximos meses. Recibí un correo
electrónico de Leo rogándome que le diera una cita. Recibo muchas solicitudes
de sesiones gratuitas y, lamentablemente, no puedo atender a la mayoría. Sin
embargo había algo en Leo que me impulsó a pedirle que nos viéramos en mi
oficina.
Leoncio
estaba sentado frente a mí meciendo a su preciosa hija de ocho meses en sus
rodillas. Era asombroso ver cuánto se parecía la pequeña a su madre, que estaba
a su lado en espíritu. Evidentemente aún de luto por su esposa ya que solo
habían pasado unas semanas desde el fallecimiento ella me
pidió que le dijera lo orgullosa que estaba de él por mantenerse fiel a sí
mismo y hablarle constantemente.
“Siempre
fue un charlatán”, dijo riendo. “Como lo será Joslyn. ¡Se va a meter en un buen
lío!“
Leo
confirmó que hablaba con su esposa varias veces al día, preguntándole de todo,
desde cómo quitar manchas de la ropa hasta cómo preparar sus macarrones con
queso caseros.
“Debería
haber prestado más atención”, exclamó, ”pero sí que la oigo. En la cabeza”.
Joslyn
empezó a quejarse así que se levantó y comenzó a pasearse dándole palmaditas
cariñosas en la espalda. «Eso probablemente suena a locura». Sonreí y negué con
la cabeza. "¿Y le dices eso a la persona que habla con los del otro
lado?", bromeé.
Se
rió, pero enseguida se puso serio. «Solo la oigo cuando dejo de lado todas las
expectativas; cuando me rindo. Cuando estoy molesto o ansioso pues, no la oigo”.
Asentí
con la cabeza, comprendiendo. Perdemos la conexión cuando estamos estresados
pero cuando nos rendimos y dejamos de controlarlo todo la conexión se
restablece. Es como si pasáramos de la zona muerta a una conexión telefónica
gratuita.
En
realidad Inés aún no había trascendido cuando me reuní con Leo. Seguía atrapada
a medio camino, en estado intermedio. Algunos creen que estar ”en el
medio" es, técnicamente, un estado etéreo.
Cuando
morimos pasamos por una serie de estadíos, El primero es la revisión del alma o
de la vida. Después de la revisión tomas decisiones sobre qué sigue. Algunos
eligen reencarnar rápidamente y otros deciden tomarse un tiempo para
reflexionar. Se puede optar por lo que se llama una división del alma, que
consiste en dejar una parte de ella en el cielo e encarnar otra. Quienes
deciden quedarse eligen cómo será su cielo y quiénes los acompañarán siempre y
cuando coincida con lo que quieren las otras almas. Este paso puede durar de
seis a doce meses, lo que les da a sus seres queridos tiempo para adaptarse,
acomodarse y recuperar su voz. Después de todo, sin un cuerpo físico no tenemos
cuerdas vocales para hablar, ¿cierto? También se nos brinda la oportunidad de
ayudar a otros. Esto puede manifestarse como ser el guía espiritual de alguien
o el guardián de un ser querido. También podría ser una ocupación en el cielo,
pero sea lo que sea, será algo que elijas y que amarás. Aquí nunca tendrás esa
sensación de”, ¡Oh, no, es lunes!”.
NOTA DEL TRADUCTOR. En el libro DESTINO DE LAS ALMAS, del Dr. Michael Newton tenemos el Capítulo 4.3 sobre la
División, Reunificación, y los 3 estadíos del alma que puede resultar de interés a lo que explica la
médium. Fin de la nota
A
veces, un espíritu tarda entre dos y tres semanas terrenales en cruzar el
umbral y poder avanzar por la escalera. La razón por la que Inés no lo había
hecho del todo no era el miedo al juicio sino que no quería abandonar a su
familia y sentía que estaba siendo castigada.
“Estoy
con ellos, pero no con ellos. Me siento tan frustrada”, dijo. “¿Estás segura de
que aún podré visitarlos una vez que cruce por completo?“
Inés
caminaba de un lado a otro junto a su marido, memorizando cada rasgo del rostro
de su bebé, desde sus oscuros mechones de pelo hasta su naricita respingona.
“Que
mi esposa es un ¿fantasma?” Leo tragó saliva con dificultad. “¿Puedo ayudarla?“
“Leo,
tienes que empezar a creer que estarás bien, y que tu pequeña también lo estará.
No solo decirlo, sino creerlo”.
Leo
se recostó en el asiento con Joslyn dormida en sus brazos. “Pero no lo sé,
Kristy. No sé si estaré bien.
“Ambos
estáis en el medio”, advertí. “¿Puedo ayudar a que te ayudes lo cual, a su vez,
la ayudará?“ wisto
Leo
levantó la mano en señal de protesta dándose cuenta de que no iba a servir de
nada. De todas formas, iba a compartirlo.
Tuve
un par de ideas que podrían ayudarlo económicamente y pensé que si Inés supiera
que Leoncio no iba a vivir bajo un puente y que Joslyn no terminaría en un
hogar de acogida, podría seguir adelante.
“Quiero
verte en tres semanas. A esta hora y fecha, ¿de acuerdo?” Entregué a Leo una
tarjeta recordatoria y me tomé un segundo para acariciar la mejilla de la bebé,
que se sentía como si la hubiera besado el cielo. “Tú te ayudas, y la ayudas”.
Mas, Leo, no acudió a su cita. Dos días después vi el artículo en el periódico:
“La tragedia
golpea a una familia dos veces en tan solo un mes. Leoncio Linghman, de 35
años, y su hija pequeña, Joslyn, murieron cuando un conductor de 75 años no
respetó un semáforo en rojo en la calle Broadway. Apenas un mes antes Leoncio
había perdido a su esposa a causa del cáncer. Los arreglos funerarios aún están
siendo realizados por un familiar”.
Varios
meses después estaba sentada en mi oficina cuando vi a Leo e Inés. Inés
sostenía en brazos a su hijita. No dijeron palabra alguna, simplemente
sonrieron y saludaron con la mano. Esta vez supe que habían cruzado al cielo
juntos.
¿Has perdido la conexión? ¿Has perdido la fe?
Yogi
Bhajan dijo: “Te rindes ante muchas cosas que no te mereces. Ojalá te rindieras
a tu resplandor, a tu integridad, a tu
hermosa gracia humana”.
No
se trata solo de ser persistente sino de ser constante en todo lo que haces,
incluyendo hablar con tus seres queridos que están en el otro lado, orar, ser
ético, etc.
A
veces, rendirse es simplemente otra forma de perdonar. Leo sabía que Inés no
quería morir y dejarlos, pero albergaba una ira arraigada. No era hacia ella
sino hacia la vida. Sin embargo su partida lo llevaría al otro lado con su
hermosa esposa. Inés no había seguido adelante porque esperaba el reencuentro
para seguir caminando juntos.
16. Con ayuda del cielo
Fue mi último acto como oradora en 2013. Aunque estaba
agotada y laborando al límite, agradecí el trabajo. Octubre es mi época del año
más ajetreada ya que muchos piensan en los psíquicos durante ese mes que
algunos celebran la Víspera de Todos los Santos (en el mundo anglosajón llamado
“jalogüín”). Es algo que me parece extraño y divertido pero me he adaptado a
los altibajos de este trabajo. Esta conferencia era sobre apariciones
fantasmales en Michigan y probablemente la había dado una veintena de veces
solo ese mes así que ya estaba en plan de piloto automático. Pero esta
conferencia fue un poco diferente pues se hizo en la biblioteca contigua a mi anterior
trabajo y sabía que asistirían antiguos compañeros por lo que me convenía estar
lo más preparada posible. Con el aforo completo, agradecí la gran presencia y,
efectivamente, tras la presentación varios viejos amigos y curiosos se
acercaron a saludar. Una pareja se apartó de la multitud permitiendo que todos
los demás se presentaran a saludarme. El caballero había estado en el acto de
otra biblioteca la noche anterior, y aunque lo reconocí como amigo de féisbuk, no nos habíamos visto en
persona, que yo supiera. La noche anterior se presentó brevemente como Migue
(hipocorístico de Miguel). Me gustó su energía. Tenía una naturaleza curiosa y ojos
compasivos que parecían reflejar una preocupación oculta. Esa noche lo
acompañaba quien supuse que era su esposa y, efectivamente, cuando Chuqui y yo
empezábamos a guardar mis libros Migue se acercó y me presentó a su mujer Cindi
(hipocorístico de Lucinda). Enseguida comprendí por qué eran pareja dado su
equilibrio perfecto. Cindi era mujer guapa de pelo castaño corto y ojos color
avellana, y aunque parecía sensible era reservada. Se mostraba segura de sí
misma y confiada, con años de experiencia valiéndose por sí misma. Su marido no
disimulaba su nerviosismo y sensibilidad tan bien como hacía ella. Era muy
transparente con sus sentimientos, y no hacía falta ser adivino para darse
cuenta.
Mientras
los cuatro caminábamos juntos hacia el estacionamiento me preguntaron si podían
compartir una inquietud que tenían y que esperaban que yo pudiera resolver. Semanas
antes Migue y su madre hicieron un viaje por carretera para asistir a una
conferencia de una médium que solo ve espíritus atrapados en el limbo. Durante
la conferencia la médium señaló que en ese limbo las personas parecen tener
asuntos pendientes antes de poder cruzar pero que, finalmente acabarán cruzando
porque tal vez solo necesitan ayuda. Cuando Migue se alejaba, la médium lo
detuvo en seco y le dijo:
“Berto
está contigo”.
“No
tengo ningún Berto”, respondió dándose la vuelta y mirando a la mujer. “Bueno,
él está aquí y dice que está enterrado en el cementerio de Glenwood”, siguió
diciendo la médium. En lugar de hacer más preguntas Migue se marchó, confundido
y atónito, sin entender a quién se refería la muchacha.
“¿Berto?”,
pensó de camino a casa. No, no era Berto sino Adelberto, su suegro. Sin duda,
sonaba muy parecido a Berto. De hecho estaba enterrado en el cementerio de
Glenwood. El viaje de vuelta a casa fue angustioso. ¿Cómo iba a decirle a su
esposa que su padre no estaba en el cielo? Se arrepentía de haber tenido el
breve episodio de amnesia y ahora sentía que había perdido la oportunidad de
saber más o averiguar qué hacer. Y fue entonces cuando recordó que conocía a
una médium en féisbuk y decidió
asegurarse de que no estaba gagá.
“¿De
verdad no ha cruzado al otro lado, Kristy?“, me preguntó bajo el cielo
despejado de otoño.
Quienes
no han trascendido me parecen diferentes. No son sólidos sino etéreos y
translúcidos. Junto a Cindi había, de hecho, una energía masculina que se veía
exactamente así. Así que no, él no había trascendido y yo quería ayudarlo.
Quería ayudar a Migue y a Cindi. Que su padre trascendiera o no era otra
historia. Hay muchas razones por las que un espíritu decide no ir a la luz, y
presentía que en este caso no había solo una, sino varias.
Chuqui
y yo hicimos planes para encontrarnos con Migue y Cindi al día siguiente en el
cementerio de Glenwood, situado a una hora de nuestra casa. El hermano de Cindi
se uniría a nosotros de forma remota ya que residía en otro estado y yo
esperaba poder contactar a su padre.
La
tarde era cálida para ser noviembre. Nos sentamos junto a su lápida con un
sahumerio, un encendedor y el hermano de Cindi conectado por Internet Los cinco
comenzamos con una oración. Sentía la presencia del padre de Cindi, triste e
incluso asustado, una emoción que no creo que mostrara a menudo. No era una
persona feliz en vida y creo que esperaba encontrar algo de paz al morir.
Deseaba, tal vez, que todos los errores de su vida se enmendaran.
La
infancia de Cindi fue difícil, de ahí la reserva que percibí a su alrededor
cuando nos conocimos. Adelberto era el cabeza de familia y rara vez mostraba su
lado compasivo o afectuoso. A Migue le resultaba irónico que su suegro
estuviera cerca ya que fue él quien le explicó que a Adelberto no le caía bien.
Aunque no percibí que compartiera esa relación conflictiva en el fondo, sí noté
que su suegro sentía cierta envidia de la energía despreocupada y alegre de Migue,
algo que él jamás podría encontrar en esta vida. Adelberto podía ser
controlador y Migue no se dejaba controlar. La familia de Migue se parecía
mucho a él mismo y, en cierto modo, pude ver que Adelberto envidiaba ese
espíritu tranquilo que él nunca había encontrado.
Adelberto
era hombre carismático y querido incluso por quienes no lo conocían bien. Para
quienes sí lo conocían tenía una personalidad
bulliciosa, obstinada y siempre creía tener la razón. Su estoica educación
europea y su fuerte alcoholismo provocaron en su familia temor, cautela y andar
con pies de plomo. Hay alcohólicos felices y alcohólicos crueles y Adelberto se
inclinaba por los segundos. Aunque no era un monstruo era su peor enemigo y
hacía pagar caro a sus seres queridos. Adelberto dejó claro que era el cabeza
de familia y, como proveedor, quería ser tratado con admiración. No se la
ganaba, la exigía.
Tras
el fallecimiento de la madre de Cindi, esposa de Adelberto, este se casó con
Helga, que no era la esposa y madre bondadosa y cariñosa que había tenido Cindi
antes, sino persona muy iracunda e igualmente exigente.
Durante
horas Helga sostuvo la mano de Adelberto rogándole y suplicando que no se
marchara. Incluso le ordenaba que la muerte no pudiera vencer su férrea
voluntad sabiendo, perfectamente, que la lucha estaba llegando a su fin. “¡No
te vayas!”, gritó Helga en el último día de vida de su esposo. Enojada porque
no la escuchaba, sabiendo que la muerte estaba cerca, se marchó a casa para
angustiarse pensando en qué haría después.
Fue
Cindi, con su hermano a su lado, quien permaneció junto a su padre en sus
últimos momentos reconciliándose con la difícil relación pero comprendiendo por
qué era así. Cindi deseaba lo mejor para su padre y rezaba por una vida feliz después
de la muerte, una que merecía encontrar su padre y que nunca encontró en la Tierra.
Le susurró: «Papá, ve con mamá. Papá, tienes que ir a buscar a mamá».
Se
desató una batalla espiritual. Los lazos terrenales que Helga había atado a Adelberto
durante sus años juntos, junto con el temor de Adelberto al juicio y el castigo,
fueron la razón por la que éste permaneció atado al plano intermedio después de
que su cuerpo sucumbiera al abismo.
Podía
sentir la presencia del padre de Cindi, su tristeza. No era una persona feliz
en vida y creo que creía que, una vez que su cuerpo dejara de existir, todo
desaparecería mágicamente. Que todos sus errores y remordimientos se
desvanecerían en cenizas, como su cuerpo. Pero nuestra alma conserva nuestra
personalidad intacta y, a veces, el bagaje emocional se adhiere a ella.
Tras
muchas oraciones y persuasión acompañamos a Adelberto hasta las puertas del
cielo mientras Helga desconectaba los lazos que tan fuertemente los unían. Al
otro lado entró en los brazos de su tan anhelada familia. Aún quedaba trabajo
por hacer, pero valdría la pena.
Su
vida transcurrió en soledad. Me mostró una imagen suya junto a Helga, rogándole
que lo dejara libre. Si alguna vez se sintió esclavizado por las tragedias de
la vida ese sentimiento no perduró hasta la muerte.
Aunque
Adelberto se sentía incomprendido, sobre todo por él mismo, podía empezar de
cero si se lo permitía. Podía deshacerse del pasado para que su viaje fuera más
fácil y poder reconciliarse con la familia que sentía que lo había lastimado y
no lo había amado como necesitaba. Y luego afrontar cómo había criado a sus
hijos de forma similar a como lo habían criado a él, la forma en que no le
gustaba que lo trataran y la razón por la que intentaba ahogar su dolor en
alcohol. Había trabajo por hacer eso pero ese trabajo se haría mejor con la
ayuda divina.
Aquel
día de noviembre en el cementerio selló un vínculo que Chuqui, Cindi, Migue y
yo hemos mantenido desde entonces. Fue Adelberto quien ayudó a crear una
conexión especial entre dos familias que se convertirían en grandes amigas y a
las que cariñosamente llamamos "Los Cuatro Inseparables”. Hemos celebrado,
llorado, viajado, reído y reído todavía más. No creo en las coincidencias. Creo
que, de alguna manera, todo esto fue orquestado divinamente con un final feliz
para todos los involucrados, y todo gracias a Adelberto.
17. Un hallazgo “vintage”
Me encanta el estilo rústico (campestre) pero como soy
empática me cuesta mucho ir a tiendas de segunda mano y antigüedades. Entrar en
una tienda con objetos que han pertenecido a otras personas, asistir a ventas
de garaje o mercadillos me abruma y entristece. Ha habido ocasiones en las que
incluso antes de entrar he sentido ganas de llorar o he empezado a temblar
incontroladamente. En lugar de encontrar algo interesante me iba con dolor de
cabeza y agotamiento extremo, como si hubiera corrido una maratón.
Los
objetos conservan la energía de su antiguo dueño, especialmente aquellos con
una conexión emocional como joyas y muebles. Percibir las emociones que emanan
de los objetos, o tener visiones fugaces tras estar cerca de ellos, tocarlos o
sostenerlos se denomina psicometría pero para mí puede ser una gran angustia
emocional.
Cuando
nos mudamos a nuestra casa de campo de los años 30 del siglo pasado tenía una
idea muy clara de cómo quería decorarla. Claro que ya teníamos muebles y no iba
a deshacerme (ni podía permitírmelo) de todos los viejos para reemplazarlos por
nuevos pero estaba decidida a incorporar algunas piezas de estilo vintage a mi
vida diaria, tanto en casa como en mi oficina. Resulta que en la zona a la que
nos mudamos abundan este tipo de tiendas así que decidí reforzar aún más mi
protección energética para cuando analizara los objetos y saber si era
apropiado, o no, traerlos a casa tras una limpieza energética.
Ir
de compras a tiendas vintage se ha convertido en una actividad que mi esposo y
yo disfrutamos mucho, ¡siempre y cuando no nos consuma demasiada energía! A mí
me gustan más las piezas de estilo shabby
chic (rancio guay) y recicladas, mientras que mi esposo busca objetos más
nostálgicos que le recuerden su infancia. Casi siempre estamos en zonas
separadas mirando, y ha habido ocasiones en las que, por mucho que intente
protegerme, simplemente no puedo lidiar con la energía del lugar ni con la
mercancía de la tienda. A Chuqui no le afecta en absoluto así que, a veces,
espero en el coche o me voy a otra tienda hasta que termine. No tiene sentido
ponerme enferma ni arruinar la diversión a Chuqui por mi sensibilidad psíquica.
Entre
nuestros hallazgos vintage se encuentran una mesa y sillas de comedor, mesitas
auxiliares, letreros, casitas para pájaros, candelabros, estantes, un par de
lámparas y otras piezas diversas que queremos reutilizar para el jardín. La
semana pasada decidimos ir en coche a un lugar que no conocíamos, y es allí
donde realmente comienza esta historia.
Chuqui
se sintió atraído de inmediato por una antigua lata, destinada a contener patatas
fritas, y la alzó como si fuera un bebé recién nacido. Le hice una mueca pero
me explicó que su madre tenía esa misma lata en el porche cuando era pequeño.
“Guardaba
alpiste en ella. Llevo mucho tiempo buscando una de estas”. Suspiró y volvió a
colocar la lata de patatas fritas New Era en su sitio.
Costaba
solo unos pocos dólares y para mí era una lata oxidada, pero para él era nostalgia.
Junto a la lata había una lámpara hecha con un carrete de hilo. Para los demás
probablemente parecía ridícula pero a mí me recordaba a mi madre, que
coleccionaba carretes. El lugar tenía una energía muy agradable, excepto que en
un momento dado me mareé muchísimo y tuve que sujetarme.
“¿Un
portal?“, me susurró Chuqui.
Él
sabía cómo mis señales psíquicas se convertían en señales físicas. Negué con la
cabeza. No sabía por qué de repente me sentía mal.
“Probablemente
solo tenga hambre “, le respondí.
Pagué
al dueño y nos pusimos en marcha para volver a casa con nuestros hallazgos.
Pero Chuqui decidió lavar el coche y giró por otra calle donde encontramos otra
tienda de antigüedades. Esta tienda era más del gusto de Chuqui, aunque con
mucho polvo y objetos que olían a humedad. Encontré una estatua de águila de
1970 que mi padre llevaba tiempo buscando, y Chuqui un letrero de Sinclair Oil.
Su abuelo, quien prácticamente lo crió, trabajaba para Sinclair Oil, así que
cualquier cosa relacionada con Sinclair era muy especial para él. Era un lugar
donde la energía era palpable y sentí que tenía que irme cuanto antes.
Esa
noche empezaron a ocurrir cosas extrañas. Permíteme aclarar algo: siempre me
pasan cosas extrañas y hemos tenido algunos encuentros paranormales en la nueva
casa, pero esto fue diferente.
Esa
noche, sentados en el sofá, Chuqui y yo estábamos leyendo, la casa estaba en
silencio y mi padre dormía profundamente en su habitación cuando empezamos a
oír pasos que subían y bajaban corriendo las escaleras.
“¡Basta!”,
gritó Chuqui pensando que eran los gatos jugando al escondite, pero los gatos
dormían profundamente. “Qué raro”, dijo dándose cuenta de que no había nadie. “Quizás
la temperatura está bajando”.
Asentí
con la cabeza sin darle mayor importancia pero en cuanto nos acostamos los
pasos en la escalera volvieron a oírse. Parecían apresurados y nerviosos, y
después de levantarme varias veces sin encontrar a nadie, me tapé con las mantas
y quedé dormida. A la noche siguiente, los pasos volvieron a oírse.
“¿Por
qué no puedes verlos?, “me preguntó Chuqui. No supe qué responder. Normalmente
veía espíritus como si fueran de carne y hueso, pero ahora nada veía.
Esa
noche me desperté al oír a un hombre y una mujer conversar desde lo que parecía
ser nuestro ático. Justo encima de nuestro dormitorio tenemos un ático amplio
donde se puede estar de pie, y al caminar sobre las tablas del suelo se oye un
ruido característico. El paseo y los susurros duraron casi una hora, y aunque
solo alcancé a distinguir unas pocas palabras, la emoción era, una vez más, de
pánico y miedo. Chuqui duerme con tapones en los oídos así que le extrañó que
me hubieran salido ojeras esa mañana.
“¿Por
qué están aquí?“, me preguntó. Yo no lo sabía.
A
la noche siguiente me desperté con el mismo ir y venir en nuestro ático,
subiendo y bajando las escaleras, y entonces la conversación se hizo más
cercana y audible.
“Tenemos
que esconderlo”, dijo la mujer con tono de voz agudo y apagado. “Tenemos que
esconderlo en un lugar seguro hasta que estemos listos para irnos”.
Al
escuchar esto quedé intrigada. ¿Ocultar qué? ¿De quién lo ocultaban? ¿Quiénes
eran? ¿Y qué hacían en mi casa, y por qué?
A
la noche siguiente, Roberta, o Bertie, como ella pedía que la llamaran, me
contó su historia.
Pero
¿por qué estaba ella allí? Todo fue culpa de Chuqui. O al menos esa es la
versión que yo cuento.
Roberta
llevaba el pelo castaño recogido. Su vestido color carbón le quedaba holgado, y
el cárdigan negro que llevaba ceñido a la cintura la hacía parecer aún más
pequeña.
“¿Sabes
dónde estás?“, le pregunté.
Sus
ojos color avellana estaban muy abiertos, un poco desorbitados no porque
pudiera verme sino porque estaba asustada, y eso se notaba en la forma en que
temblaba.
“En
el Durant”, me susurró.
«¿El
Durant?», intenté recordar, pero no tenía ni idea de a qué se refería. Estaba
segura de su respuesta, así que decidí continuar con el interrogatorio.
“¿De
qué huyes? ¿Puedo ayudarte?“
No
quise compartir con ella todavía que había muerto, ya que obviamente ella no lo
sabía.
Con
la capacidad de mantener una conversación se notaba que no era energía
residual; era inteligente, pero estaba anclada en el pasado y posiblemente
revivía su muerte. Era algo que debía manejarse con delicadeza.
“¿Quién
está contigo?“
“Nadie”,
respondió rápidamente.
“Mira,
no te creo porque estabas hablando con alguien sobre ocultar algo a otra
persona”.
Bertie
me miró fijamente, obviamente esperando que me fuera.
“Te
prometo que quiero ayudarte y que no te haré daño”.
Pero
Bertie no quería saber nada de mis promesas, y cuando se alejó, desapareció.
“Intentemos
de nuevo dormir”, murmuré para mí mientras volvía a meterme en la cama.
Miré
a Chuqui, quien dormía profundamente y roncaba, y suspiré con cierta envidia.
Me tapé la cabeza con la almohada. Apenas unos minutos después sentí un toque
en el brazo.
“He
estado intentando ahorrar dinero para irme de viaje”, me confesó Bertie después
de que me levantara de la cama y, aún medio dormida, volviera a mi despacho en
casa para no molestar a Chuqui.
“¿Adónde
quieres ir?“
Los
ojos de Bertie se llenaron de lágrimas. “A cualquier sitio, de verdad. A
cualquier sitio donde no me encuentren. No nos encuentren”, corrigió.
Esta
vez Bertie no estaba sola. La acompañaba un niño pequeño, de unos seis o siete
años. Su cabello era una maraña de rizos oscuros con ojos azul aciano. De vez
en cuando el niño se asomaba tímidamente por detrás de Bertie con curiosidad.
«Os
gana a los dos, ¿verdad? Os gana», repetí formulándolo más como una afirmación
que como una pregunta.
Fue
entonces cuando comprendí lo que había sucedido y por qué ambos estaban
atrapados. Bertie decidió confiar lo suficiente en mí como para compartir los
detalles.
Su
marido era un destacado líder sindical, con posibles vínculos con algunos negocios
clandestinos, por si fuera poco. Gerald, su hijo, nació poco después del
matrimonio pero con rasgos que no favorecían a ninguno de los dos y el marido
la acusaba de (ser producto) de una aventura.
“Él
nunca creyó que Geri fuera suyo desde el principio, pero lo era. Nunca le fui
infiel. Jamás”.
La
creí. Bertie nunca fue infiel pero su marido, sin duda, tuvo sus amantes.
“Creía
que no lo sabía pero las mujeres lo sabemos”, sonrió Bertie con picardía.
Sí,
las mujeres sin duda conocen las señales de la infidelidad.
“Y
entonces lo vi entrar en el hotel Flint Tavern con otra mujer. Iban de la mano,
sonriendo y felices, y ahí se acabó todo”.
Bertie
podía ignorar las infidelidades, los golpes y maltratos pero no toleraba que
Geri sufriera los mismos abusos. Su marido le daba dinero para la compra y ella
guardaba una pequeña parte cada semana. Durante varios años escondió el poco
dinero que lograba en una lata de patatas fritas, en lo alto de un estante de
la despensa.
Él
quería que ella asistiera a una celebración corporativa en Flint, Michigan, en
el Hotel Durant. “Quería que sus compañeros lo vieran como hombre de familia”,
explicó Bertie. “Metí el dinero en el recipiente de papas fritas y, decidí que cuando
él estuviera en una reunión Geri y yo buscaríamos la estación de tren y nos
marcaríamos”.
Miré
fijamente a Bertie porque tenía la fuerte sensación de que nos estábamos
acercando al punto en el que podría ayudar, y temía cuál sería su reacción una
vez que se diera cuenta.
“Bertie,
no llegaste a la estación de tren, ¿verdad?“
“No”,
susurró. “Encontró el dinero y me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que
estaba ahorrando para comprarle un bonito regalo de cumpleaños, pero no me
creyó”.
“¿Te
acuerdas de lo que pasó después?“
Bertie
permaneció en silencio durante lo que pareció una eternidad antes de responder.
“Nos
mató, ¿verdad?“, dijo secamente mientras distraídamente despeinaba los rizos de
Geri.
Asentí
con gesto sombrío.
“¿Te
das cuenta de que mi ropa es diferente a la tuya? ¿Y que el exterior se ve
diferente? ¿Que nuestros coches son diferentes? Estamos en el año 2017. ¿Qué
año crees que es?“
Bertie
palideció. “Estamos… “
Bertie
y Gerald fueron asesinados en un arrebato de ira ciega por el mismo hombre que
le había prometido cuidarla hasta la muerte.
Bertie
contó que recordaba un funeral, sin darse cuenta de que era el suyo y el de sus
hijos. «He estado vagando con mi hijo, escondiéndome de mi marido todo este
tiempo».
“Creo
que es hora de que dejes de esconderte y disfrutes de tu paraíso”, le sugerí. “Puedo
ayudarte si quieres”.
Bertie
asintió. Me tocó la mano. Sentí un escalofrío al pensar en cuántos otros están
atrapados en ese limbo sin saber que hay algo más. Pero, claro, también hay
mucha gente aquí que, aunque viva, tampoco está viva, atrapada en ese limbo
dentro de sus cuerpos físicos.
Mientras
ayudaba a la madre y al hijo a ver la luz al otro lado, asegurándole que era
una buena persona y que merecía la paz, me desplomé de nuevo en la cama,
exhausta.
A
la mañana siguiente, las ojeras estaban aún más oscuras.
“¿Estás
bien?“, preguntó Chuqui al notar mi cansancio tras una docena de bostezos.
“Solo
estoy cansada”, confesé. “Y todo es culpa tuya”.
Chuqui
agarró una taza de comida para perros y la vertió en los comederos de los canes
antes de responder: "¿Mi culpa? ¿Por qué mi culpa?“ Chuqui continuó con
sus tareas mientras charlábamos.
“Has
traído un fantasma a casa”, le dije.
Chuqui
se dio la vuelta y me miró para ver si hablaba en serio. Y sí, hablaba en
serio.
“Espera,
¿cómo es que esto es culpa mía otra vez?“
“¿Qué
te has comprado últimamente?“, pregunté en tono de broma.
Chuqui
no tenía ni idea de a qué me refería hasta que le señalé la lata de patatas
fritas.
“¡Ay,
Dios mío, Kristy! Lo siento muchísimo. ¿Tenemos que tirarla? Podemos hacerlo si
es necesario. No sé si siquiera la abrí. ¿La abrí?“
Me
reí en respuesta. “Cariño, no es que haya salido un genio. Un espíritu, o mejor
dicho, varios espíritus, estaban ligados a ella y ya me encargué de todo”.
Chuqui
pareció aliviado. "Bueno, no sé. ¡Soy nuevo en este mundo!"
Él
no era nuevo en este mundo en absoluto, pero lo dejé pasar.
“Nunca
pensé que una lata de patatas fritas pudiera tener un espíritu asociado. Es una
tontería”, comentó Chuqui.
No
era que Bertie estuviera emocionalmente apegada a la lata sino que lo que ponía
dentro representaba la libertad para ella e, irónicamente, la libertad debida a
la muerte no llegó hasta la compra de Chuqui, cuando pude ayudar a Bertie y a
Geri a pasar al otro lado.
“¿Sabes?
Creo que nunca la abrí. Quizás haya dinero dentro”, dijo Chuqui dedicando un
minuto o dos a levantar la tapa oxidada. “No. No hay nada ahí dentro”,
compartió con tristeza, sacudiendo la lata boca abajo.
Quizás
después de todo debíamos comprar la lata. No solo para poner alpiste sino para
liberar a dos almas atrapadas, escondidas del paraíso que merecían. Aun así, me
siguen encantando los objetos vintage y las tiendas de antigüedades, pero
espero dejar de traer fantasmas a casa.
Siempre
se han comprado artículos vintage pero en los últimos años ha cobrado nueva
vida. Ya sean mercadillos de antigüedades en carreteras rurales, boutiques
efímeras de fin de semana o mercadillos por internet, el negocio de los
artículos de segunda mano parece estar en auge y no presumo que vaya a decaer
pronto. Sin embargo, para quienes tienen buen ojo para las tendencias, esto
puede acarrear varios problemas y no siempre se trata del precio.
Los
objetos retienen energía, y los objetos queridos pueden contener la energía de
sus últimos dueños o la del entorno o de determinadas circunstancias. Hace unos
meses una cliente llegó a casa con un precioso anillo de rubí antiguo, de una
boutique, y durante las dos semanas siguientes no pudo levantarse de la cama.
Presentaba síntomas que su médico no lograba descifrar y una depresión inusual
en ella. Cuando publicó su frustración en Féisbuk,
le pregunté si había comprado recientemente alguna pieza antigua (ella y yo
pertenecíamos a varios grupos de compra de artículos vintage) y, efectivamente,
se dio cuenta de que había traído el anillo a casa pocos días antes de
enfermar. Tras investigar un poco descubrió que la anterior dueña había
fallecido de cáncer de estómago poco después de que su marido muriera de infarto.
¿Había absorbido la energía de la dueña? Le aseguraron que, efectivamente, así
había sido. Después de limpiar el anillo, y luego su casa, sus síntomas y depresión
desaparecieron. ¿Coincidencia? Algunos dirán que sí, pero ella no está segura.
Una
amiga compró un juego de muebles de sala de estar, usado, a la amiga de una
amiga que se estaba divorciando y renovando muebles. Tan pronto como colocaron
el sofá, ella y su esposo comenzaron a discutir casi de inmediato y las
discusiones continuaron hasta que ella decidió purificar la casa con incienso,
prestando especial atención a los muebles.
Las
energías negativas son reales. Las energías en armonía contribuyen a que la
vida transcurra con fluidez, mientras que las desequilibradas pueden generar
una sensación desagradable. Así que ya sean muebles, joyas, ropa, un jarrón o
cualquier otro objeto que llame tu atención existen maneras de purificarlo para
reducir la probabilidad de que se acumule energía negativa. wista
Conclusión
A
menudo me pregunto en mis conversaciones con el mundo espiritual si lo que nos
falta en esta vida es lo que llamamos paciencia, que a menudo nos trae paz.
Existe
una leyenda sobre un taxista de Nueva York que fue a recoger a una anciana, una
mujer menuda de unos noventa años. Llevaba un vestido estampado, sombrero tipo
pastillero con velo, y portaba una pequeña maleta. Su apartamento estaba casi
vacío y lo poco que había estaba cubierto con sábanas. Era su último viaje
antes de terminar su turno y lo único que quería era irse a casa.
Su
destino no tenía por qué ser el centro, pero le preguntó al conductor si podía
llevarla por ahí. A pesar de que el trayecto sería más largo y caro, le contó
que iba camino a un centro de cuidados paliativos, a morir. Le dijo al
conductor que no le quedaba mucho tiempo, que ya no tenía familia pero que
tampoco tenía prisa por morir. El taxista, conteniendo las lágrimas, apagó el
taxímetro y la llevó de un lado a otro durante varias horas. Durante todo ese
tiempo la anciana rememoró y compartió historias de su juventud, del lugar
donde tuvo su primer trabajo, donde iba a bailar y donde ella y su marido habían vivido.
Tras
un par de horas la señora se cansó y pidió que la llevaran a su destino.
Mientras viajaban en silencio el sol se ocultó en el horizonte. Al llegar, unos
camilleros la recibieron para acompañarla a su habitación. Cuando ella sacó la
mano del bolso para pagar, él simplemente le preguntó si podía darle un abrazo,
a lo que ella accedió con gusto. Le cerraron la puerta mientras la llevaban
rápidamente en silla de ruedas, y él comprendió que aquel era el final de su
vida. El taxista no pudo evitar preguntarse cuánto se habría perdido en la vida
por ir tan deprisa.
Estamos
condicionados a pensar que los momentos de la vida tienen que ser grandiosos e
impresionantes, y sin embargo son los momentos cotidianos los que se nos
regalan y son igual de especiales, si no más.
A
medida que los días llegan a su fin con la luz del sol y das la bienvenida a la
oscuridad, es posible que te sientas destrozado y que pienses que ya no puedes
seguir adelante. Quizá eches de menos a alguien o te sientas solo. Puede que
sufras dolor, ya sea físico o psicológico. Quizá te sientas incomprendido o
perdido. Sea lo que sea por lo que estés pasando, quiero recordarte que seas
amable contigo mismo. Que seas paciente. Que encuentres cada día esos pequeños
momentos de la vida que te hacen sentir vivo. Sea lo que sea lo que haya
intentado quebrantarte, bueno, lleva tiempo recuperarse, pero puedes hacerlo y
lo harás. Ten cuidado con mirar atrás (no vas por ese camino). Espero que te
acuestes a dormir creyendo que algo maravilloso va a suceder. Y que sabes que
puedes con esto, incluso cuando creas que no es así.
A
menudo hablo de lo mucho que me gusta mi trabajo. Si bien me encanta ayudar a
los demás la razón principal por la que lo amo es porque al facilitar la
conexión con el otro lado este no tiene prejuicios. A quienes están al otro
lado no les importa cuánto dinero tengas. No les importa el color de tu piel,
tus creencias religiosas ni si eres hetero u homosexual. No existen las
etiquetas que tenemos aquí. No puedes ocultar tu verdadero ser en el otro lado.
Tu alma y tu espíritu son transparentes y están vivos, más vivos que nosotros
aquí en la Tierra. El alma, que significa vida, y el espíritu, la verdadera
esencia de quién eres, es el centro de las experiencias espirituales y
emocionales, y lo único que desea es alimentarse de amor.
Todos
tenemos opciones: alimentar la negatividad o difundir amor. Esas mismas
opciones se presentan al trascender. Cada uno tiene la capacidad de iluminar la
oscuridad y disipar las sombras o bien dejarse absorber por la ira del mundo.
Mereces un estado mental celestial que puede conducir a una felicidad plena.
Donde hay voluntad, hay un camino. Donde hay odio habrá más odio, pero siempre
hay más amor: ten presente que te lo mereces.
La
vida de todos está plagada de errores, caos y arrepentimientos, pero a menudo
eso no nos lleva a ningún lugar mejor. Siempre puedes tomar medidas para dejar
de hacer lo que estás haciendo o para que lo que te está sucediendo deje de
suceder.
Todos
sufriremos y lloraremos al menos una vez en la vida. Cada uno lo hace de manera
diferente. Todos hemos dado por sentado ciertos momentos pensando que habría un
después, un mañana, una semana más. Si la muerte nos ha enseñado algo es a
amar, a expresar ese amor porque no hay garantías. Y cuando llegue nuestro
momento de partir recuerda que aquí tienes la opción de encontrar tu cielo, tu
infierno o un punto intermedio, igual que en espíritu. Me gustaría pensar que
la elección es sencilla.
Apéndice. Formas de limpiar la energía
•
Purificación con humo: Sostenga la varita de
salvia o cedro encendida y, con su humo, pida que se elimine toda energía
negativa.
•
Luz de luna: Preferiblemente durante la luna
llena, coloque su objeto bajo la luz de la luna y pídale que limpie la energía.
•
Luz solar: Igual que la luz de la luna, pero para
el sol.
•
Sal marina: Coloca sal marina alrededor del
objeto y pide que toda la energía negativa sea absorbida por la sal.
•
Tierra: Entierra tu objeto en la tierra (o en una
maceta); asegúrate de marcar el lugar. Es mi método de limpieza menos favorito,
pero puede ser útil para las joyas. Después de enterrar tus objetos, pide a
Dios/Diosa/espíritus de la naturaleza que los limpien y renueven.
•
Respiración Sagrada: Invoca a tu ser superior,
guías y guardianes y expulsa la negatividad del objeto (como cuando apagas la
vela de tu cumpleaños).
•
Agua fría: Lava el objeto con agua fría y sal
marina, asegurándote de que las puntas apunten hacia el desagüe para que la
energía negativa se vaya por el fregadero. No todo se puede lavar, así que
asegúrate de que sea apropiado limpiarlo de esta manera. He usado esta técnica
con ropa. También he utilizado agua bendita y agua de rosas.
•
Visualiza: Sostén o toca tu objeto y visualiza
cómo tus guías y ángeles lo purifican.
•
Cristales: Puedes colocar cristales sobre o alrededor
de los objetos para ayudar a limpiarlos. La selenita, la cianita azul, el
citrino, la obsidiana copo de nieve y la turmalina negra son algunos de mis
favoritos y pueden absorber la energía negativa. Solo asegúrate de limpiar los
cristales con agua salada después.
•
Aceites esenciales: Me encantan los aceites
esenciales y he preparado muchos sprays con ellos y hierbas, además de lavar
objetos con ellos (aunque también se pueden usar en un difusor). Puedes añadir
una pizca de sal marina e incluso triturar algunos cristales. Simplemente usa
tu intuición y una intención positiva al crear.
•
Rosa: ayuda a elevar la vibración de la energía.
•
Menta piperita: eleva y calma la energía.
•
Albahaca: un aceite protector
•
Ciprés: proporciona tierra y protección.
•
Lavanda: un excelente neutralizador que ayuda a
relajarse.
•
Incienso: limpia el aura de personas y objetos.
•
Salvia: elimina la energía negativa y la
neutraliza.
•
Palo Santo: Conocido como madera sagrada, ayuda a
proteger, limpiar y eliminar la energía negativa.
•
Canela: Relaja la energía tensa
•
Madera de cedro: nos conecta con los ángeles y
les permite ayudarnos a purificarnos.
Sin
importar el método de limpieza que utilices, funciona mejor con intención y
oración. Lo positivo atrae más positividad. «Desintegra
todas las energías, pensamientos y emociones negativas de esta
habitación/objeto ahora. Llena este espacio con amor, bendiciones y alegría
divina».
Antes
de comprar una pieza vintage, intento dedicar un tiempo a sostenerla, tocarla y
simplemente percibir su esencia. Si tengo la sensación de que debo alejarme,
confío en ella, aunque sea preciosa. Y si te llevas a casa algo que ha estado
cargado de energía negativa, ten en cuenta que probablemente no tengas que
tirarlo ni darlo por perdido; simplemente prueba alguna de las soluciones
mencionadas.
El cruce
Protégete: asegúrate de hablar con un espíritu de luz blanca
(alguien bueno, no un bromista). Yo rezo una oración de protección pidiendo a
mis guías y protectores que me ayuden rodeándome a mí, y al espíritu, con
energía amorosa y protectora.
Asegúrate de que esto es lo que el espíritu desea. No puedes
obligar a nadie a ir al otro lado. Así que simplemente pregunta si esta es su
petición. Si sientes una sensación pesada, podría indicar que no están listos.
Una sensación más ligera sería una señal de que pueden irse. Recuerda que
también son personas con sentimientos y miedos. No exijas; ten compasión. Dado
que en el mundo espiritual no existe el tiempo ni el espacio, los espíritus
pueden quedar atrapados, o atados a la Tierra, durante cientos o miles de años.
Especialmente si siento una sensación pesada, les diré en qué año estamos y les
haré saber que no están cumpliendo su propósito más elevado al vagar, y luego
volveré a preguntarles si han cambiado de opinión.
Trae a su familia: Cierro los ojos y visualizo una brillante luz blanca
que desciende del cielo y los envuelve con amor y consuelo. Es un camino de
invitación. Camino con ellos lo más cerca posible de la luz y les señalo a las
almas, a sus familiares y amigos, que están al otro lado y desean ayudarlos a
cruzar el umbral. Si deciden no cruzar, puedes decirles que ya no son
bienvenidos. Como una manta de bebé para un niño pequeño, tal vez no se den
cuenta de que renunciar a ella es algo bueno hasta que comprendan que ya no
pueden tenerla.
La Despedida: Extiendo la mano a quienes están en la luz blanca y
visualizo su paso. Si no ves ni oyes nada, no te preocupes; simplemente presta
atención a cómo te sientes tú y a la energía que te rodea.
Ayuda adicional: A veces, los tránsitos al más allá requieren ayuda
adicional. Suelo pedir la asistencia de ángeles y guías, y en particular invoco
al Arcángel Miguel y al Arcángel Azrael. Miguel posee una espada azul que puede
cortar los lazos con este plano terrenal, y Azrael es el ángel de la muerte y
el morir, y brinda consuelo. A menudo se le ve con una energía amarilla
brillante. También pido a mis guías y familiares del otro lado que ayuden a dar
la bienvenida a la nueva alma o almas.
Lanzamiento final: siempre dejo la puerta abierta un breve instante y
pregunto si alguna otra alma errante desea cruzar y unirse a la fiesta.
Cierra la puerta: Una vez que siento que todos los espíritus deciden
cruzar, visualizo cómo la luz se atenúa y la puerta se cierra. Luego pido a los
ángeles que sellen la entrada para que nadie pueda regresar a este plano y les
agradezco a todos, celestiales y terrenales, que me ayudaran.
¡Escudos arriba!
Antes de cada investigación paranormal, rezo. Antes de
ir a un cementerio, ya sea para investigar o para cuidar la tumba de un ser
querido, rezo. Antes de ir a un hospital o a una funeraria, rezo. No es algo
obvio; puedes hacerlo mentalmente, aunque no me importaría si lo fuera. Pero
puedes decirlo en voz alta o en tu mente. Es igual de efectivo.
No
creo que haya nada correcto o incorrecto que decir. Habiendo sido criado en la
fe luterana, mis oraciones suelen ir dirigidas a lo que la mayoría llama Dios o
el Señor. Pido ayuda y protección a los arcángeles, especialmente al Arcángel
Miguel, a mis guías espirituales y a mis seres queridos que están en el más
allá. Normalmente pido que la luz blanca de Dios me rodee y me proteja, y luego
rezo una oración de liberación al salir de dichos lugares, asegurándome de que
nada indeseado se cuele en mi camino a casa.
Ten
en cuenta que si no te sientes cómodo invocando a Dios, puedes pedir ángeles,
santos, espíritus de la naturaleza o cualquier cosa o persona que resuene con
tu fe.
¿Qué
es la luz blanca? La luz blanca es una poderosa protección divina que actúa
como un muro infranqueable, protegiéndote de energías negativas y tóxicas. Es
tu espada espiritual.
Puede
ser peligroso entrar en un lugar sin las herramientas adecuadas, lo que incluye
la protección de tu propia identidad.
Ejemplos de oraciones
El Padre Nuestro: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes caer en la tentación, y
líbranos del mal. Amén.
Oración por Fortaleza: Pedimos fortaleza a Dios y al Arcángel Miguel que
alce su espada para defendernos de todo mal y negatividad, protegiéndonos.
Pedimos que la luz blanca nos rodee de amor. Pedimos que todas las energías
negativas y las almas perdidas sean llevadas a la luz y liberadas según la
voluntad de Dios, y que seamos bendecidos al realizar tu obra con amor y ética.
Que se haga tu voluntad. Amén.
Círculo de Luz Blanca: Pido a Dios, a mis arcángeles, guías y seres queridos
fallecidos que me rodeen con una luz blanca perfecta y sagrada, y que me
proteja durante mi camino hoy. Pido que solo se me permitan energías positivas
y de alta vibración, y que todo lo que diga y haga sea con amor y paz
incondicionales. Rodea a mis amigos y familiares con este círculo de
protección, si es su voluntad. En su nombre oro. Amén.
Liberación:
Pido a Dios, a los arcángeles y a mis guías que eliminen y liberen toda energía
tóxica, negativa o dañina que pueda estar adherida. Pido que corten esos lazos
y que jamás regresen. Pido que se eliminen de mi cuerpo y de todas mis
posesiones todos los apegos, influencias y energías oscuras negativas. Llena
cada célula de mi cuerpo, mente y espíritu con la más alta luz blanca para que
pueda compartir amor y paz. Amén.
Referencias
Alexander, Eban. Prueba del cielo: El viaje de un neurocirujano al más allá.
Nueva York: Simón & Schuster, 2012.
Byrd, Cathy. El
niño que sabía demasiado: una asombrosa historia real de los recuerdos de la
vida pasada de un niño. Carlsbad, CA: Hay House, Inc., 2017.
Griswold, RW “Muerte de Edgar A. Poe. “New York Daily Tribune , vol. IX, no. 156, 9 de octubre de 1849.
Grunwald, Lisa y Stephen J. Adler. Cartas del siglo: Estados Unidos, 1900-1999. Nueva
York: Dial Press, 1999.
Neal, Mary C. Al cielo y de vuelta: El
extraordinario relato de una doctora sobre su muerte, el cielo, los ángeles y
la vida de nuevo: Una historia real. Colorado Springs, CO: Waterbook Press, 2012.
Nerbern, Kent. Hazme
un instrumento de tu paz: Vivir según el espíritu de la oración de San
Francisco. Nueva York: HarperOne, 1999.
Rabin, Andrew. “Beda, Dryhthelm y el
Testigo del Otro Mundo: Testimonio y Conversión en la Historia eclesiástica”, Modern Philology 106, n.º 3 (febrero de 2009): 375-398.
Willingham, AJ. “Este podría ser el obituario más brutal y honesto jamás escrito. “CNN. Consultado el 13 de febrero de 2017. https://www.cnn.com/2017/02/13/health/obituary-charping-texas-man-trnd/index.html
Expresiones de gratitud
Desde que aprendí a leer, los libros fueron mis
mejores amigos, mi escape, mi excusa para llorar, mi vía de escape para reír,
amar y vivir aventuras. Tomé un bolígrafo desde muy pequeña y comencé a
escribir poesía y cuentos, casi sin compartirlos, salvo en algunas tareas de la
clase de inglés. Tengo una dificultad de aprendizaje similar a la dislexia. En
lugar de invertir las letras, invierto la sintaxis de las oraciones. En mi
mente lo veo de la manera correcta, pero en papel o en la pantalla se lee como
Yoda. No se diagnosticó como una dificultad de aprendizaje hasta que estuve en
la universidad. Cuando los profesores me preguntaban o me asignaban un trabajo
sobre qué quería ser de mayor, rara vez dudaba en decirles que quería ser
escritora. A menudo recibía críticas y me sugerían otra carrera. Sin embargo,
estaba decidida a escribir a toda costa, así que escribí. Escribí para revistas
y blogs y me convertí en redactora de contenido para páginas web. Mi
agradecimiento a Llewellyn por haber confiado en mí, y a Amy Glaser, quien me
inspira a diario a perseguir mis sueños y cree en mí incluso después de haber
leído, releído y leído en voz alta lo que escribí, solo para descubrir que aún
suena como un texto de Yoda y necesita correcciones. También a Brian R. Erdrich por ayudarme a detectar mis errores,
sugerir correcciones y hacerme sentir como un verdadero autor.
Agradezco
el apoyo constante y el amor incondicional de mi esposo, Chuqui Robinett, y de
mis hijos, Micaela Even Kempf, Connor Even, Cora Kutnick y Molly Robinett.
A
mi padre, Ron Schiller, que me hace reír incluso cuando estoy frustrado, y a mi
suegra, Mary Lou, que siempre tiene una historia que contar y sabiduría que
compartir.
Un
saludo muy especial a mi hermano, Duane Schiller, y a mi hermana, Cheri Ford,
por cuidar de mí cuando tengo que viajar.
Hace
varios años, una pareja asistió a un evento en la biblioteca donde yo
participaba como ponente. Mi esposo y yo nos reunimos con ellos después y desde
entonces son nuestros mejores amigos. Mikey y Marjanna McClain, nuestros
compañeros de viaje, que nos ayudan con tanto cariño en los eventos, las risas
nocturnas y las constantes aventuras... ¡Ojalá podamos disfrutar de muchos años
más juntos!
A
Mary Byberg, mi asistente y amiga, que es tan paciente con mis clientes y,
sobre todo, conmigo.
A
mis mejores amigas y confidentes: Gayle Buchan, Donna Shorkey y Jenni Licata.
Gracias a Colleen Kwiecinski y su increíble habilidad para cuidar a Cooper. A
Courtney Sieira por ser la mejor consejera de cabello. A Jan Tomes, Kathy
Curatolo y Ryan Sparks por su amistad y ayuda con los eventos. SUP.
Y, por último, agradezco a los miles de clientes y a sus seres queridos que, al otro lado, han marcado mi vida de una manera que jamás podría expresar con palabras. Por sus historias y por los lazos que perduran. Cada día me siento agradecido y afortunado.
Acerca del autor
Kristy Robinett es una médium psíquica y escritora que
comenzó a ver espíritus a los tres años. A los ocho, el espíritu de su abuelo
fallecido la ayudó a escapar de un posible secuestrador, y fue entonces cuando
Robinett se dio cuenta de que el Más Allá no estaba tan lejos. De adulta, la
policía local la solicitaba con frecuencia para examinar casos sin resolver
desde una nueva perspectiva. Se ganó una sólida reputación por su gran
precisión en la elaboración de perfiles psíquicos y por aportar nuevas perspectivas
a crímenes sin resolver. Fue entonces cuando comenzó a trabajar con diversas
agencias policiales, abogados e investigadores privados en todo Estados Unidos,
ayudando en casos de personas desaparecidas, incendios provocados y casos sin
resolver. En 2014, apareció en un programa especial de una hora de duración en
Investigation Network (ID) llamado Restless Souls
, que destacó un caso policial en el que colaboró.
Robinett
da conferencias por todo el país y es una comentarista habitual en los medios
de comunicación. Es autora de *It's a Wonderful Afterlife*
; *Forevermore: Guided in Spirit by Edgar Allan Poe
*; * Messenger Between Worlds: True Stories from a
Psychic Medium *; *Higher Intuitions Oracle*;
*Ghosts of Southeast Michigan *; y *Michigan's
Haunted Legends and Lore* .
Kristy
Robinett es esposa y madre de cuatro hijos adultos y varias mascotas. Le gusta
la jardinería, cocinar, explorar pueblos rurales antiguos, sentarse en el
porche y visitar cementerios. En 2016, ella y su esposo compraron la casa de
campo de sus sueños en la zona rural de Michigan.
Puedes
visitarla en línea en KristyRobinett.com, féisbuk.com/kristyrobinett o
Twitter.com/kristyrobinett.
No hay comentarios:
Publicar un comentario