MARAVILLOSA POSVIDA por Kristy Robinett (2005)

 

MARAVILLOSA POSVIDA (2015)

Inspiradoras historias de una médium

por Kristy Robinett.

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TRADUCCIÓN ARS-GRATIA por KOS d'ASTUIRES (2026)

OTROS LIBROS DEL AUTOR EN ESTE SITIO:

MASCOTAS DE LA POSVIDA

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Contenido

Introducción - 1 La muerte y el final de la vida - 2 ¿Qué sucede en el momento de la muerte? - 3 Señales del Otro Lado - 4 Objetos y baratijas - 5 Orientación desde el Otro Lado - 6 Animales - 7 Dispositivos electrónicos y llamadas telefónicas - 8 Encuentros con espiritus - 9 Música - 10 Otras señales del Otro Lado - 11 ¡Al diablo con todo! - 12 El toque de un espíritu – Conclusión: Yo creo - Anexo - Referencias - Sobre el autor

Advertencia

Aunque las historias se basan en hechos reales, algunos nombres y detalles que permiten identificar a las personas se han modificado para proteger su privacidad.

 

Introducción

El don

De niña tuve un primer contacto con la muerte. Apenas tenía tres años cuando una anciana se me apareció en espíritu y me dijo que preparara a mi madre para el fallecimiento de su  madre. Siendo tan joven e impulsiva, simplemente le dije a mi madre que la abuela iba a morir. La respuesta que recibí fue una nalgada.

Cuando mi abuela murió unos meses después, los llamados amigos imaginarios, como los llamaba mi familia, a quienes veía y con quienes me comunicaba, se volvieron un poco más reales y tangibles. Así que, al comienzo del siguiente año escolar, mis padres me llevaron a la escuela luterana local a los cuatro años, con la esperanza de librarme de los demonios con los que tal vez me había comunicado y reemplazarlos con la Biblia y alguna actividad. Pero este enfoque no funcionó. Seguía viéndolos, oyéndolos, conociéndolos y sintiéndolos, pero en lugar de compartir que veía la vida después de la muerte, permanecí en silencio, me encerré en mí misma y me volví tímida. Tenía miedo de ser juzgada y de hablar con libertad, e intenté adaptarme a lo que se consideraba normal. Sin embargo, sentía que lo que veía, sentía, sabía y oía era normal.

Mi familia ha sufrido muchas pérdidas, sobre todo por parte de mi madre. Su hermano mayor, Freeman McLaughlin, falleció de cáncer antes de que yo naciera. Luego, su hermano menor, Melvin, murió repentinamente de un infarto cuando yo tenía apenas unos años, y poco después, mi abuela falleció. El padre de mi madre, Grant McLaughlin, era un gigante bondadoso con una voz suave y una risa contagiosa, unos ojos azules cálidos y bondadosos, y todo aquel que lo conocía lo quería al instante. Pero su infancia no había sido fácil, y de adulto sufrió muchas pérdidas. Tras la muerte de sus hijos, y más tarde la de su esposa, Helen, mi abuelo se hizo aún más presente en nuestro hogar y siempre estará en mi corazón.

Fue en el funeral de mi abuelo, mientras bajaban su ataúd junto a su amada esposa, que lo vi de pie junto a un árbol, fumando un cigarrillo. Corrí hacia él, pensando que tal vez solo era una pesadilla. Mi abuelo me confirmó que había fallecido y había ido al Cielo, pero que necesitaba que supiera que comprendía por lo que estaba pasando, ya que él también había tenido la capacidad de ver y sentir. Me dijo que me protegería para siempre y que solo tenía que llamarlo cuando necesitara algo. Después de un último abrazo, que sentí como si estuviera abrazando a un ser vivo, comenzó a caminar hacia el gran pino viejo y nudoso donde yacía su cuerpo terrenal, y se fue. Pero no para siempre.

Más tarde, aparecía en mis sueños, y ahora comprendo que se trataba de visitas reales, no de sueños. A veces, se me erizaba la piel y sentía alivio al saber que mi abuelo había pasado a saludarme. También olía el humo de colillas viejas, y de nuevo me reconfortaba ver que mi abuelo venía a verme. Incluso cuando intentaba detenerlo todo, seguían ocurriendo sucesos extraños —que no podían ser meras coincidencias—.

Apenas unos meses después de la muerte de mi abuelo, visité un centro comercial con mis padres. Tenía solo ocho años y, bueno, no tenía la elegancia que tengo ahora. Así que mi padre siguió a mi madre con tarjetas de crédito (como una forma de terapia para ella), y me senté en un banco de cemento gris frente a una gran fuente —que los niños y adolescentes usaban como pozo de los deseos— con monedas brillantes arrojadas al agua clorada. Apenas habían pasado unos minutos cuando, absorta en mi último libro, un hombre con una cámara grande al cuello se me acercó y me preguntó si podía tomarme una foto. Acepté, sonreí y me tomó la fotografía. Me pidió que me pusiera de pie y señaló que la iluminación no era la adecuada. Me puse de pie a regañadientes, sonreí y, una vez más, me tomó una foto. Antes de que pudiera comprender lo que estaba sucediendo, me agarró del codo y me condujo hacia una puerta, diciendo que necesitaba luz exterior para que la foto saliera mejor. Lo que probablemente duró solo unos segundos me pareció una eternidad, y justo cuando empezaba a entrar en pánico, sentí la energía de mi abuelo a mi alrededor. Su gran cuerpo me protegía tal como había prometido. Podía oler el humo de su cigarrillo, y entonces lo oí gritarme al oído que corriera. Sin dudarlo, me giré para zafarme del hombre, soltándolo de mi brazo, y corrí lo más rápido que pude hacia la tienda donde mamá y papá estaban comprando.

En aquel entonces, y yo lo desconocía, un asesino en serie, ya identificado, aterrorizaba la zona, secuestrando niños y luego asesinándolos. Si bien es imposible afirmar con certeza que este hombre fuera el asesino en serie, sin duda no tenía buenas intenciones, y mi abuelo, el hombre que me había prometido protegerme, probablemente me salvó la vida y evitó que pereciera.

En mis estudios religiosos, me enseñaron que el Cielo era un lugar lejano donde la gente tocaba instrumentos musicales y cantaba en un coro. Disfrutaba de ambas actividades, pero la idea de estar tan lejos de mis seres queridos me entristecía, y especialmente después de mi experiencia con mi abuelo, no lo creía.

Me reconfortaba saber que recibía saludos del Cielo, pero mi madre, que había perdido a toda su familia, se sentía sola y triste. Y aunque a veces intentaba transmitirle esos saludos, se ponía a llorar, ponía los ojos en blanco o me decía que dejara de decir tonterías. Pero no eran tonterías.

Tras la muerte de mi abuela, fue como si la puerta al Más Allá no solo se hubiera quedado abierta, sino que se hubiera arrancado de sus bisagras y ya no pudiera cerrarse. Esto causó gran desesperación a mis padres. La única persona que jamás cuestionó lo que vi, oí, sentí o supe, ni se burló de mí, fue el padre de mi madre: mi abuelo Grant, el esposo de la mujer cuya muerte yo había predicho. En cambio, existía una especie de entendimiento tácito, algo que perduró incluso desde la Posvida y que continúa hasta el día de hoy.

No fue hasta que me acerqué a los 30 que finalmente acepté lo que antes había considerado una maldición. Me di cuenta de que en realidad era un don, uno que todos poseíamos; solo había que reconocerlo, comprenderlo y usarlo. Hice cosas aparentemente normales, como ir a la universidad, casarme, tener hijos, divorciarme y volver a casarme, pero esta vez con alguien que creía en mí por completo, incluyendo mi don. Mi nuevo esposo, Chuqui, también había tenido experiencias con familiares y amigos que había perdido; experiencias que no eran meras coincidencias, sino señales genuinas.

A través de sesiones, lecturas grupales, programas de radio e incluso redes sociales, me he dado cuenta de que todos necesitamos tranquilidad, y a veces confirmación, de que el Otro Lado nos rodea y no es solo producto de nuestra imaginación o ilusiones. He llegado a comprender que mi papel es el de mensajero entre mundos y el de tender puentes entre este lado y el Otro Lado. No es necesario conectar todos los puntos; se trata más bien de ofrecerlos y permitir que se conecten con el tiempo. A veces, los puntos se conectan durante una sesión; otras veces, sucede semanas después. Mi trabajo no es dar respuestas a mis clientes, sino permitirles tener sus experiencias. Podría decirte que tu madre está contigo en espíritu, y quizás me creerías, pero también querrías confirmación; sé que así me siento yo. Nuestros seres queridos quieren darnos estas confirmaciones, pero nos llegan de maneras únicas. A veces a través de la naturaleza, a veces a través de números, y a veces a través de olores, como el humo del cigarrillo de mi abuelo.

Convertir la maldición en un regalo

Desde pequeña me repetían que los resultados son directamente proporcionales al grado de acción, y aunque nunca hay que perder la esperanza, es necesario alimentarla dándole un impulso. Así como una cometa no puede volar si no la lanzas y empiezas a correr, tu vida también puede volar, ya sean aspiraciones románticas, metas laborales o cualquier otra cosa. Si a veces esto te resulta doloroso o incómodo, es parte del proceso.

En 2006, trabajaba en una oficina corporativa durante el día y, en secreto, dirigía sesiones en un centro metafísico por las noches. Solo Chuqui y los niños sabían lo que hacía. Incluso aparcaba el coche lejos del centro para que nadie lo viera en el estacionamiento. Chuqui y yo aún no estábamos casados, pero era inevitable que lo estuviéramos algún día. A ambos nos encantaba el aire marino y el agua salada, y aunque Michigan nos daba acceso al agua (¡ los Grandes Lagos!), no era lo mismo que el océano. Así que, a pesar de las quejas y protestas de nuestros hijos, preparamos el coche para unas vacaciones de una semana en Solomon Island, Maryland.

La casita, que lucía magnífica en las fotos de internet, parecía sacada de una película de terror. Por un lado, nos rodeaban terrenos estatales, y por el otro, la bahía de Chesapeake. Por suerte, el interior era más espacioso de lo que parecía desde fuera, y además era cómodo, limpio y pintoresco. Aunque al principio los niños no estaban muy contentos, el viaje había sido divertido, y esta aventura se convirtió en una de sus favoritas.

Era nuestro último día allí, y Chuqui había ido al pueblo a comprar bocadillos para el viaje de regreso. Los niños estaban todos dentro, tirados en sus habitaciones leyendo. Salí al porche y me senté en la mecedora, mirando el bosque. Me daba pena irme, pero me molestaba aún más tener que volver a ese trabajo de nueve a cinco que odiaba. No solo lo odiaba; cada vez que pensaba en volver, me dolía el estómago y sentía que la situación me estaba matando lentamente. Se me llenaron los ojos de lágrimas, y me las sequé rápidamente, enfadada conmigo misma por haber desperdiciado el último día de vacaciones pensando en aquello de lo que había estado huyendo.

—No sé qué hacer—, susurré al viento. —¡Me siento tan perdida! —

De repente, oí un zumbido a mi alrededor y al principio pensé que era un abejorro grande, pero en lugar de un zumbido, me encontré con una de las criaturas más magníficas y mágicas del planeta mirándome fijamente a la altura de los ojos: un colibrí. El colibrí se quedó suspendido frente a mí durante varios segundos, completamente impávido, luego voló lentamente hacia atrás hasta desaparecer de mi vista entre el camuflaje del bosque. Sabía que el colibrí era una señal, pero tenía que atar cabos. Después de mi encuentro mágico, volví a casa e investigué en la computadora para averiguar qué significaba el colibrí como símbolo religioso de los nativos precolombinos. Esto es lo que decían algunos de esos sitios.

« Para los nativos precolombinos el colibrí simboliza enfocarse en lo positivo. Los colibríes son mensajeros de paz y sanación, y nos guían a través de los desafíos de la vida. El colibrí está lleno de magia y amor, y quiere que sepamos que no todo tiene que tener sentido. Los colibríes pueden hacer lo que la mayoría de las aves no pueden: mantenerse suspendidos en el aire, y la lección que aprendemos cuando aparecen es observar las situaciones con atención antes de tomar decisiones. Pero, en última instancia, esas decisiones tendrán que tomarse.

Una leyenda kwakwaka'wakw cuenta la historia de la Mujer Salvaje del Bosque, quien amaba tanto al colibrí que le permitió construir un nido en su cabello, pero para los demás, parecía una hermosa y ornamentada horquilla. Dado que estas aves mágicas pueden planear, volar de lado, hacia atrás y hacia adelante, el mensaje nos invita a reflexionar sobre nuestro pasado, pero sin aferrarnos a él, y a reconocer que siempre es mejor avanzar con los frutos de nuestras lecciones y con amor, saboreando cada dulce momento del camino. Los nativos precolombinos creen que los colibríes aparecen justo antes de que ocurra un acontecimiento positivo ».

Reflexioné sobre aquel encuentro durante las diez horas de viaje de regreso. El intento de secuestro y mis encuentros con espíritus me hicieron comprender que mi propósito en la vida no era sentarme en una oficina preparando nóminas e introduciendo datos. Fue por la época de mi encuentro con el colibrí cuando comencé a colaborar con agencias policiales de todo Estados Unidos en casos sin resolver. Mi clientela de entrenamiento personal, sesiones de mediumnidad y lecturas psíquicas creció, y dejé mi trabajo corporativo para hacer algo verdaderamente aterrador: abrí mi consulta para ayudar a tender un puente entre este mundo y la Posvida.

¿Por qué yo?

Visité muchas cocinas, salas de estar y comisarías donde se reunían seres queridos, algunos de cuyos familiares habían desaparecido o habían sido asesinados. En ocasiones, pude llevar buenas noticias a algunos, pero la mayoría de las veces, yo era quien estaba más cerca de la muerte, y casi siempre me sentía como tal. Pero había otro aspecto, más allá de simplemente dar malas noticias: también implicaba explicar cómo era la Posvida, o el Otro Lado, y cómo se encontraba su hijo, padre, madre, hermana o hermano, o a veces ayudar al ser querido a cruzar al otro lado para que su alma pudiera encontrar la felicidad de nuevo.

—No sé si podré hacerlo—, dije, sujetándome la cabeza con las manos.

Chuqui, mi marido, me observaba impotente.

—Bueno, ¿por qué crees que recibiste este regalo?

—¿Un castigo por una acción kármica en una vida anterior? —respondí, medio en broma, con los ojos llenos de lágrimas y brillando de miedo.

— O que estás destinada a hacer esas cosas para ayudar—, dijo, ignorando mi mal humor.

—O esto —suspiré.

Tommy era un niño pequeño de 10 años, con la cara cubierta de pecas, que se me apareció en espíritu durante una visita nocturna.

—Me asesinaron de camino a casa después de la escuela. Fue el vecino—, me dijo.

¿Cómo iba a decirles a unos padres que su hijo no volvería? ¿Cómo iba a explicarles que pasarían varios meses antes de que la policía encontrara su cuerpo y pudiera recibir sepultura? ¿Y cómo iba a...? Había más preguntas que respuestas, y aunque suelo improvisar bastante bien en ciertas situaciones, esta no era una de ellas.

Un golpe en la ventanilla del pasajero me sacó de mis pensamientos.

—¿Puede continuar?—, preguntó el policía en silencio, y yo asentí, aunque lo único que quería era decirle a Chuqui que pisara el acelerador y me llevara lejos de allí.

Viví ese terrible encuentro. Lloré con la familia y los policías. Y volví unos meses después, cuando encontraron el cuerpo de su hijo en una zona boscosa a pocas cuadras de su escuela. Los ayudé a darle sepultura, sabiendo que necesitaban cerrar ese capítulo de sus vidas, pero también que su hijo había comenzado este camino meses antes. Hice algo con lo que no me sentía del todo cómodo, pero al final, fue lo correcto.

¿Por qué yo? ¿Por qué recibí este don, o lo que durante tantos años llamé una —maldición—? Bueno, mientras alternaba entre las palabras —maldición —y —don—, me di cuenta de que ninguno de los dos términos era apropiado. Esta capacidad de ver, oler, oír o sentir a quienes están en el Otro Lado, todos la poseían; yo no era tan especial.

El sexto sentido es como un sistema telefónico interno, pero no todos necesitamos activarlo. Algunos necesitan potenciarlo, otros, atenuarlo. Algunos tienen más facilidad para una técnica en particular, mientras que otros sobresalen en otra. Lo reconozcamos o no, este sexto sentido existe. No es un superpoder, y quienes lo adoptan tampoco son tan especiales. Entonces, ¿por qué no yo? Y, bueno, ¿por qué no tú?

Existen diferentes tipos de habilidades, y conocerlas puede ayudar a establecer o a romper la conexión con los seres queridos que están en la Posvida.

Debido al ruido constante en nuestras vidas, a menudo nos cuesta oír a quienes están físicamente presentes a nuestro alrededor. Padres, ¿cuántas veces les han llamado sus hijos antes de que finalmente los escucharan y respondieran? Al desconectarse para reconectarse, descubrirán la sensibilidad que necesitan cultivar y a la que dedicar tiempo para progresar. Es a través de la práctica que crece la confianza y la seguridad, así que no pensarán que lo han inventado todo.

Siempre habrá escépticos y detractores. No es mi trabajo demostrar que existe la vida después de la muerte. Simplemente quiero compartir lo que yo y otros hemos descubierto con la esperanza de que encuentren consuelo al saber que nuestros seres queridos nos rodean de amor. Y si decidimos incluirlos en nuestras vidas seguirán siendo una parte integral de ellas, y también de su existencia. Quieren ayudarnos en todo lo que puedan, y son capaces de hacerlo (de hecho, mucho más de lo que se imaginan).

Aunque no tengas un ser querido en la Posvida todos tenemos guías espirituales que actúan como nuestros mejores amigos, ayudándonos con nuestros problemas y celebrando la vida. Crear y mantener fuerte esta conexión es esencial. Así como las relaciones con antiguos compañeros de trabajo cambian al cambiar de empleo, o con familiares o amigos al mudarse a otro estado, también lo hacen con quienes están en la Posvida. Debes ser proactivo para construir esa relación. Resulta agotador ser siempre quien busca establecer y fortalecer esta conexión, a la vez que intentas comprender e interpretar las señales que nos envían cuando están cerca. Así que dedica tiempo a hablar, invitar y demostrar amor. Y aunque nuestros seres queridos tengan trabajo que hacer en la Posvida, están a un susurro de distancia cuando los necesitas.

En el siglo XIX, la expresión «alucinaciones en personas cuerdas —se utilizaba para describir a quienes habían tenido encuentros con los difuntos. Ensoñaciones, volutas de perfume o humo de cigarrillo, encuentros con animales… muchos simplemente temen admitir haber tenido tales encuentros por miedo a ser juzgados o ridiculizados. Pero es real y cierto, y ocurre tanto entre creyentes como entre escépticos.

Esto es lo que les digo a mis clientes todos los días en mi consulta: no necesitas un médium ni un psíquico para encontrar tu conexión. Simplemente necesitas desconectarte del mundo, luego reconectarte, y encontrarás tus señales. Entonces descubrirás lo maravillosa que es la vida después de la muerte.

 

1. La muerte y el final de la vida

Con los años he descubierto que muchas personas temen a la muerte hasta el momento en que realmente están muriendo. ¿No es irónico que lleguemos a este mundo llorando pero nuestros cuerpos parezcan estar en paz al momento de partir? Lloramos a quienes hemos perdido y, sin embargo, los difuntos se regocijan al ser libres.

Cuando una persona muere su espíritu y alma abandonan el cuerpo físico. Para muchos la muerte es una transición suave de un plano de existencia a otro. En muchas religiones este proceso se describe como una especie de levitación: la energía de la persona se desprende del cuerpo físico para ir a otro lugar. En varias religiones el Cielo se representa como en lo alto y el Infierno como en lo bajo. Pero este libro no fue escrito para instruir sobre teorías teológicas sino para compartir historias y experiencias que he recibido de miles de espíritus que se han comunicado conmigo en mi papel de médium. No pretendo saberlo todo. No lo sé todo. Con cada alma con la que hablo sigo aprendiendo. Este es el viaje de la vida, incluso después de la muerte física.

Mi madre estaba muriendo y todos lo sabíamos, menos ella. Habíamos intentado mantener la esperanza y no compartir con ella todos los detalles de su lucha contra la enfermedad que los médicos nos contaban a medida que progresaba. Nuestra familia se enfrentó esencialmente a una elección. O ignoraba la cirugía de corazón, por lo que era probable que muriera a causa de la enfermedad, o no se operaba con riesgo igualmente de morir. Las probabilidades de vivir eran bastante escasas. No le dijimos el pronóstico; como familia elegimos la cirugía, aferrándonos aún a la esperanza de un milagro. Varias semanas después la trasladaron de la unidad de cuidados intensivos a una habitación normal. Nos pareció absurdo porque sabíamos que seguía en estado crítico, pero nos aferramos a los pocos destellos de esperanza que quedaban. El personal médico le quitó el respirador e incluso le dio algo de comida blanda, pues no había comido en semanas. Estaba de buen humor y alegre, irradiando una energía juvenil que toda la familia notó. Fui a visitarla sola una noche.

—Kristy, solo quiero irme a casa, susurró, tomándome de la mano.

—Mamá, estamos intentando recuperarte. ¡Te lo prometo!—, respondí, apretándole la mano, pero ella solo asintió moviendo la cabeza de lado a lado.

—No, no a esta casa; a esa casa —y señaló la esquina de la habitación donde pude ver en mi mente a varios miembros de su familia allí, de pie.

No nos sorprendió cuando al día siguiente recibimos la llamada informando que había sufrido un paro cardíaco y fallecido. Mi madre había vuelto a casa. El cielo es su hogar.

El amor sobrevive

Cuando el cuerpo físico deja de funcionar el alma lo abandonan. A veces, el alma, o espíritu, parten antes de que el cuerpo físico haya dejado de funcionar. Muchas personas han sentido la presencia de sus seres queridos a su alrededor mientras estaban en la habitación del hospital o en la sala de espera, e incluso a kilómetros de distancia de donde el ser querido estaba muriendo. Y muchas han recibido visitas de seres queridos antes del anuncio de su muerte.

Natalia estaba profundamente dormida en su hogar cuando despertó junto a su padre, que estaba sentado al pie de la cama. Lo habían ingresado en el hospital unos días antes por neumonía, una enfermedad muy grave debido a su enfisema.

—¿Papá? —preguntó ella, confundida—. ¿Cómo es que llegaste a casa?

—Shh...—, respondió su padre. —Te quiero.—. Le sonrió y salió de la habitación, pero antes de que ella pudiera seguirlo sonó el teléfono. Era el hospital informándole que su padre acababa de fallecer.

—Se despidió de mí—, contó Natalia. —¿No es un gesto maravilloso y lleno de cariño?—

El 12 de septiembre de 2008, a las 16:23, un tren de cercanías de Metrolink con 225 pasajeros a bordo colisionó con un tren de carga de Union Pacific en una carretera sinuosa en la zona de Chatsworth, en el municipio de Los Ángeles, California. Veinticuatro personas fallecieron y más de 100 resultaron heridas. Una de las víctimas mortales fue Carlos Peck. Durante las horas posteriores a su muerte su familia recibió más de 30 llamadas a su teléfono móvil; ni ​​la compañía telefónica ni el médico forense pudieron explicar el suceso.

Benito Breedlove era un joven de 18 años de Austin, Texas, que publicó varios videos virales después de lanzar un video de YouTube titulado —Esta es mi historia—, en el que reveló que tenía una rara afección cardíaca. En sus videos relató tres experiencias cercanas a la muerte y en una de ellas describió cómo las enfermeras lo llevaban en camilla por un pasillo oscuro hacia el quirófano. Cerca del techo podía ver una luz brillante que emanaba una energía calmante y relajante. En tarjetas que sostenía frente a la cámara, escribió: —No había luz en ese pasillo. No podía apartar la vista ni evitar sonreír. No tenía preocupaciones, como si nada más en el mundo importara. Mientras aún estaba inconsciente, estaba en esta habitación blanca; sin paredes, y parecía infinita—. No había sonido, solo esa misma sensación de paz que tuve cuando tenía cuatro años. Llevaba un traje muy elegante, como el que usaba mi cantante favorito, Kid Cudi. Me miré en el espejo y me sentí orgulloso de mí misma, de toda mi vida, de todo lo que había hecho. Fue la mejor sensación del mundo. No quería irme de allí. Ojalá nunca hubiera despertado.

El día de Navidad de 2011, una semana después de la publicación de los vídeos, Benito Breedlove sufrió un infarto y falleció. En el funeral su hermana me contó una conversación que tuvo con Benito tras su colapso y experiencia cercana a la muerte, minutos antes de fallecer. Le preguntó si se alegraba de estar de vuelta, y él respondió que creía que sí, una respuesta que la sorprendió. Evidentemente ella y su familia deseaban que Benito sobreviviera y mantuviera la esperanza a pesar del sombrío diagnóstico. —Creo que Dios me permitió sentir esta paz antes de regresar, para que supiera que el Cielo valía la pena—, había respondido.

Las dos últimas tarjetas del último vídeo de Benito dicen: —¿Crees en los ángeles o en Dios? Yo sí.—

Muchos espíritus me han contado que, tras su muerte, miraron hacia atrás y vieron sus cuerpos, absorbiendo la imagen del lugar donde habían estado y de las personas que allí se encontraban. Oyeron, vieron y sintieron. A menudo, fueron recibidos por ángeles y sus seres queridos, quienes les ayudaron en la transición al Más Allá. Algunos lo describieron como una escalera mientras que otros dijeron que era un túnel con una luz brillante al final. Al término de su viaje se encontraban con un ser espiritual rebosante de un amor y paz indescriptibles, una paz que solo se podía sentir.

Durante la transición a veces el alma no logra cruzar y los espíritus se pierden entre mundos, vagando hasta encontrar la luz o a alguien que pueda ayudarlos a trascender. Muertes violentas, accidentes y catástrofes masivas son algunas de las explicaciones. Otros se preocupan por la naturaleza de su juicio eterno y, a veces, desean asegurar el bienestar de sus seres queridos, temiendo por eso emprender el viaje final.

Nos vemos pronto

En otoño de 2011 me desperté en mitad de la noche por un alboroto en mi cocina, donde había instalado mi oficina improvisada. Pensando que probablemente se trataba de una de mis mascotas en apuros me levanté a regañadientes de la cama, miré a mi marido, que dormía plácidamente, suspiré y salí del dormitorio para ver cuál de los gatos o perros era el culpable. Me sorprendió encontrar que, en lugar de uno de mis muchos animales, un hombre estaba de pie en medio de la cocina mirando fijamente la pantalla de mi ordenador, una pantalla que siempre apago antes de acostarme. El hombre era muy real para mí. Medía más de un metro ochenta, tenía entre veintitantos y treinta años, y vestía vaqueros planchados y camisa azul. Por un instante pensé que alguien había entrado a robar en casa y lo único que pude decir fue: —¿Puedo ayudarle?—. Ahora pienso en lo estúpida que fue ser amable con un posible ladrón. En lugar de buscar cosas que robar el hombre señaló la pantalla del ordenador, donde había un artículo que yo había leído antes sobre un accidente de avión.

—¿Eso fue lo que me pasóí? —preguntó el desconocido.

Tardé un segundo en darme cuenta de que ese hombre había muerto en ese accidente aéreo en otro país. Y alguien a quien nunca había visto antes estaba parado en medio de mi cocina, en Michigan.

—Lo siento—, le dije para consolarlo.

El desconocido se presentó y luego me preguntó si podía decir a su esposa e hijos que los quería.

—En la maleta que dejé en el armario hay una nota y las fotos escolares más recientes de los niños.

Le dije que no era una abogada oportunista. No podía, ni quería, llamar así a su esposa para decirle que se me había aparecido. No pareció muy afectado.

—¿Viste una luz blanca después del choque?—, le pregunté.

Sí. Muchos caminábamos por la orilla, preguntándonos por qué la gente se zambullía en el agua, porque no estábamos allí. O eso creíamos. Vi a varias personas caminando hacia un túnel de luz, pero me desvié y de alguna manera terminé aquí —dijo, frunciendo el ceño—.

Justo cuando empezaba a confundirme y estaba a punto de preguntarle cómo explicaba su presencia en mi casa, una especie de paz y tranquilidad lo envolvió por completo y su cuerpo comenzó a resplandecer. Apartó la mirada y se echó a reír, como si le estuvieran contando una broma.

—Tengo que irme. Mi abuelo y mi amigo me dicen que es hora.

Dio unos pasos desde la cocina hacia la sala de estar, se dio la vuelta y me sonrió y dijo «Dile a mi esposa que la veré pronto», y desapareció.

Esa noche no pude dormir y no supe qué hacer con su mensaje porque lo que le había dicho era la verdad: me negaba a ser una abogada oportunista. Al final, mi intervención no fue necesaria. Una semana después su esposa me llamó para una sesión tras oír hablar de mí por una amiga común. Pude contarle la historia de su marido, que había aparecido en la cocina, lo que nos hizo reír a ambas a pesar de nuestro asombro.

— Dijo que había una nota y algunas fotografías en la maleta que estaba en el armario, y que te vería pronto.

—¿Puedes esperar un segundo? —preguntó su esposa—. Déjame comprobarlo.

Escuché el sonido de cuando dejas el teléfono, y luego un suspiro.

— Kristy, escribió una carta a mí y a los niños. Es la nota de la que hablaba. Está fechada pocos días antes del accidente. Me pregunto si tuvo una premonición de que su avión…

No pudo terminar la frase y rompió a llorar.

- Nunca decía adiós, siempre decía hasta pronto. Siempre.

Todos tenemos intuiciones, pero no sabemos cómo seguirlas. El hombre tenía que viajar por trabajo. Pasaba más tiempo en avión que muchos pilotos, pero algo lo había impulsado recientemente a escribir una carta para ofrecer algún tipo de consuelo, por si acaso.

Aunque la esposa lloraba la pérdida, su —hasta pronto —le brindó cierto consuelo. Añadió que, desde entonces, él los había visitado varias veces, tanto en sueños como a través de señales.

 

2 ¿Qué sucede en el momento de la muerte?

Lo que sucede tras la muerte del cuerpo y la partida del espíritu depende de muchos factores relacionados con la forma de la muerte. ¿Estuvo enferma la persona durante mucho tiempo? ¿Se suicidó o fue un accidente? ¿Le llegó su hora o le arrebataron la vida? Es raro que dos personas tengan la misma experiencia de muerte, así como es raro que dos personas tengan la misma experiencia del nacimiento. Si bien existe una constante respecto a que el espíritu abandona el cuerpo y camina hacia una luz, algunos oyen el susurro del viento mientras otros ven diversos colores. Algunos realizan el viaje a través del túnel solos, mientras que otros caminan acompañados de familiares o amigos ya fallecidos. Mis guías se refieren a estas etapas posteriores a la muerte física como las —Crónicas del Cielo—.

Las Crónicas del Cielo

1. El cruce

Tras la muerte del cuerpo el alma lo abandonan para emprender el viaje al Más Allá. Algunos lo describen como atravesar un largo túnel, otros hablan de una escalera, y lo hay que citan un portal. Así como en la Tierra se nos concede libre albedrío y libertad de elección, este principio se conserva para la entrada en lo desconocido, en la luz.

2. El examen del alma

Tras nuestro viaje realizamos un examen de conciencia o revisión de vida. Esto implica observar la vida y a todas las personas que conocimos e influenciamos, todas las acciones que realizamos, tanto las buenas como malas. Es una herramienta de aprendizaje que nos ayuda a comprender que vida y muerte deben vivirse con consciencia.

3. El campo de entrenamiento de los Angels

Tras el examen del alma debes tomar decisiones sobre qué sucederá después. Algunos eligen reencarnar rápidamente mientras que otros deciden tomarse un tiempo para reflexionar. Algunos optan por lo que se llama una —división del alma —que implica dejar una parte de (la energía del) alma en el Cielo mientras la otra encarna. Quienes deciden permanecer aquí eligen cuál es su Cielo y quiénes lo incluyen, siempre que esta elección coincida con la de otras almas. No hay reloj ni tiempo en la Posvida; pero desde una perspectiva terrenal este proceso dura de seis a doce meses y por eso aconsejo encarecidamente, a quienes solicitan reunirse con un médium, que esperen al menos seis meses, pero preferiblemente doce, después de la muerte de una persona para que su ser querido haya —aterrizado —y asentado, y podido recuperar su voz. Después de todo sin un cuerpo físico no tenemos cuerdas vocales para hablar, ¿verdad? También se nos da la oportunidad de ayudar a otros, como el convertirse en guía espiritual para alguien o guardián de un ser querido. También podría ser una ocupación en el Cielo, pero sea lo que sea es algo que tú eliges y que amarás. En ese momento nunca más tendrás esa sensación que te lleva a preguntarte: —¿De verdad necesito levantarme esta mañana?—.

4. Vivir en el cielo

Si un alma no reencarna aquí es donde la vida se desarrolla. Pasas tiempo con quienes deseas y haces lo que te hace más feliz, con gran alegría. El cielo existe alrededor de los vivos. No es el lugar que imaginamos en el sentido terrenal. No es un mundo físico; más bien, es el mundo perfecto que imaginamos para nosotros, sea lo que sea que esa perfección implique.

Apoyo después de la vida

Un grupo de seis miembros de una familia, tres mujeres y tres hombres, estaban sentados en mi pequeña oficina, cada uno con los brazos cruzados delante del cuerpo en postura defensiva.

— Tu madre acaba de aparecer con tu padre, pero dice que falleció recientemente, hace menos de un año, y que tu padre se fue hace unos cinco.

El grupo asintió en silencio en señal de acuerdo.

Me enseñó una foto suya tumbada en una cama de hospital, conectada a tubos y máquinas. «Siento las vías intravenosas en el brazo», dije, tocándome el brazo como si me doliera. Estuvo allí muchas semanas y no lo logró. Le fallaron los riñones.

Aparté la mirada de su madre para volverme hacia ellos y confirmar la información, viendo lágrimas correr por sus rostros.

— Dice que estás enojado por…

Miré para ver a quién señalaba.

— Dice que estás enfadado con Julia, ya que fue ella quien tomó la decisión, pero fue la decisión correcta. Tu madre ya había fallecido. Ya se había reunido con tu padre al menos una semana antes de que le desconectaran el soporte vital.

—¿Entonces no había ninguna esperanza? —preguntó Jennifer, otra de las hermanas.

Miré a su madre, que sostenía la mano de su padre, y le respondí que no había ninguna. Había dejado de pelear.

Dice que a Julia se le encomendó la tarea de tomar las decisiones médicas necesarias y que, desde que tomó esa decisión final, tú la has culpado de la muerte de tu madre. Pero la muerte no tuvo nada que ver con Julia.

Poco a poco, el grupo descruzó los brazos, una sensación de vergüenza los obligó a bajar la mirada al suelo; todos excepto Julia, que me miró y me dio las gracias en silencio.

—¿Dónde viven, Kristy? ¿Dónde está el cielo? —preguntó Carlos, uno de los hermanos.

—¿No está en el infierno, verdad? —interrumpió Jennifer—. Sacarla de lo que fuera que la mantenía con vida no es suicidio, ¿cierto?

Podía sentir cómo la tensión aumentaba rápidamente dentro del grupo.

— No, tu madre no está en el infierno.

Escuché la historia que me contó su madre y luego se la conté a ellos.

El Cielo es una puerta de entrada a tu  mundo en una dimensión superior, pero más cercana de lo que imaginamos. Aunque ya no tengan cuerpos físicos tus seres queridos pueden visitarte, y viceversa; simplemente es diferente. Tu padre dice que, como llegó primero, eligió su Cielo, y que era la primera vez que elegía algo.

El grupo comenzó a reír.

— Pero, sinceramente, tu padre dijo que él y tu madre adoraban Florida, y después de lo que llaman una profunda introspección y un verdadero retiro espiritual, se fue a un lugar muy parecido a donde habían vivido en Florida. Y tu madre está igual de feliz y contenta allí.

—¿Así que este es un lugar real? —preguntó Julia.

— En realidad no. Es más bien una sensación. No tenemos cuerpos físicos ni necesitamos cosas físicas, pero para que nos entiendan en nuestros términos, dan una explicación física. Así que su paraíso es Florida.

—Para mí, sería mi infierno—, bromeó Carlos. —Odio Florida—.

Todos estallaron en carcajadas.

Justo cuando todos se disponían a marcharse, Julia se inclinó hacia mí.

—Gracias por todo —murmuró—. Estaban furiosos conmigo, y yo también estaba enfadada porque mi madre me había puesto en la situación de tener que tomar esta decisión.

—No tienes que darme las gracias —respondí, abrazándola—. Todo lo que dije era cierto y lo oí de tus padres.

Entre mis muchos servicios se encuentra el acompañamiento a quienes se acercan a la muerte, a quienes acompañan a un familiar moribundo y, finalmente, a quienes han fallecido, porque, aunque parezca mentira, traemos nuestras preguntas y remordimientos de la Posvida. Parece haber un tema recurrente en estos remordimientos. Todos necesitamos vivir las vidas con propósito, en lugar de albergar resentimiento y arrepentimiento hasta el momento en que cerremos los ojos a este mundo por última vez.

La vida después de la muerte

Así como cada uno de nosotros tiene su historia de nacimiento, nuestro camino es igualmente único. Para quienes quedan atrás, el dolor y la tristeza pueden ser abrumadores. La ausencia de la voz, tacto y presencia de un ser querido a veces es devastadora y preguntarse si están bien puede llevar a la depresión y preocupación constantes. ¿Sufrieron en el momento de su muerte? ¿A quiénes conocieron en su camino? ¿Volveré a verlos alguna vez? ¿Están enojados conmigo ? ¿Hice lo correcto? ¿Podría haber hecho más? Estas son algunas de las preguntas que rondan la mente de quienes están de duelo.

Asistí a una conferencia, a veces llamada —lectura grupal—, dirigida por otra médium, y cada vez que se refería a —los muertos —o —personas fallecidas—, me estremecía. Nuestros seres queridos que han fallecido no están muertos en absoluto. Claro que no están físicamente entre nosotros, pero permanecen a nuestro alrededor de alguna manera, en algún aspecto o forma: esa mariposa que sigue revoloteando fuera de tu ventana o a tu alrededor; el pájaro que te sigue en el jardín; las monedas que encuentras en tu paseo; la canción en la radio que te recuerda a alguien especial; el arcoíris en el cielo cuando estabas a punto de perder toda esperanza. Todos recibimos señales de nuestros seres queridos de la Posvida, pero a menudo las ignoramos creyendo que son mera coincidencia. Un viejo dicho afirma: —Una vez es accidente; dos es coincidencia; tres es la prueba—. Las señales que recibimos indican que nuestros seres queridos pueden haber sido arrebatados de nosotros físicamente pero no están muertos, y, de hecho, están vivos pero de una manera diferente.

Creer es ver

Para muchos ver es creer y, a menos que lo vean con sus ojos, a menos que tengan evidencia visual, simplemente no existe. Sin embargo, si suena una campana y no la vemos sabemos que ha sonado. Los científicos no ven un agujero negro, solo observan lo que sucede y essa observación revela la existencia de un agujero negro que no han visto. Y cuando el viento mece suavemente las ramas de los árboles no cuestionamos la existencia del viento. Así que, a veces, creer es ver. Quizás no con los ojos, sino con el corazón.

Todo es energía, y según la ley de conservación y transmutación, la energía no se crea ni se destruye sino que se puede manipular para cambiar de forma. Por lo tanto, después de que el cuerpo físico deja de funcionar, ¿por qué no habría de permanecer la energía de una persona de alguna manera, en algún aspecto o forma? Así, aunque el cuerpo físico haya desaparecido, la energía de su alma y espíritu continúa existiendo con su personalidad, recuerdos y peculiaridades, y permanece intacta. Y es la prueba que dan los seres queridos en la Posvida lo que ayuda a transformar a un escéptico en creyente; sin embargo, se requiere corazón y una abiertos.

La mayoría de los científicos afirma que el concepto de una vida después de la muerte es un disparate o hipótesis indemostrable. Sin embargo, a medida que la ciencia avanza también lo hace el estudio de la muerte y el morir, y de lo que existe más allá de la tumba. Algunos lo denominan —física cuántica—, y el profesor Robert Lanza expone este enfoque en una teoría reciente llamada —biocentrismo—. En su libro *Biocentrismo: Cómo la vida y la conciencia son las claves para comprender la verdadera naturaleza del universo*, Lanza argumenta que la vida no termina con la muerte del cuerpo físico. Sostiene que el biocentrismo enseña que la muerte, tal como la conocemos, es una ilusión y que es nuestra conciencia la que crea el universo, y no al revés.

Según el biocentrismo, el espacio y el tiempo no son los objetos sólidos que creemos que son. Mueve la mano en el aire: ¿qué ves? Nada. Examínate la cabeza en el espejo. ¿Ves los pensamientos y las formaciones alrededor de tu cerebro? Según Lanza, el espacio y el tiempo son simplemente herramientas para comprender todo esto, y por lo tanto, la muerte no existe en un universo desprovisto de tiempo y espacio.

Esto no difiere mucho de lo que Albert Einstein, uno de los físicos más influyentes del mundo, nos enseñó cuando dijo: «El ser humano es parte de un todo que llamamos —universo—. Una parte limitada en el tiempo y el espacio. Se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y emociones, como algo separado del resto, una especie de ilusión óptica de la conciencia. Esta ilusión es una especie de prisión que se restringe a nuestros deseos personales y al afecto de unas pocas personas cercanas. Nuestra tarea debe ser liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de compasión para abarcar a todas las criaturas vivientes y a la naturaleza en toda su belleza».

Cuando murió su viejo amigo, Einstein escribió: «Besso me ha precedido por poco tiempo en abandonar este extraño mundo... No significa nada. Para nosotros, los físicos de corazón, la separación entre pasado, presente y futuro no es más que una ilusión, por tenaz que parezca».

Ralph Waldo Emerson, ensayista, conferenciante y poeta estadounidense, líder del movimiento trascendentalista, declaró: —En la mayoría de los hombres, la influencia de los sentidos ha dominado la mente hasta tal punto que las barreras del tiempo y el espacio parecen reales e insuperables, y hablar a la ligera de estos límites se considera en el mundo un signo de locura—.

¿Hemos llegado a creer que lo que está muerto está realmente muerto? ¿Que nuestros seres queridos están aprisionados, incapaces de estar con nosotros, en una especie de castigo sádico tanto para ellos como para nosotros, como una forma de ayudarnos o perjudicarnos?

 

3. Señales del Otro Lado

No necesitas un médium para entender tus conexiones; simplemente necesitas unir los puntos. Si hueles una fragancia masculina, ¿es la misma que la de tu padre o abuelo? Si recibes monedas al azar en distintos lugares, probablemente sea una señal de un ser querido. Un pájaro que se posa en el alféizar de tu ventana y se queda allí es probablemente una señal de alguien, en la Posvida, cercano a ti que quiere que veas la belleza que te rodea. O tal vez notes un patrón repetitivo de números como 111 o 222, etc.; esto no es una coincidencia, sino una señal de la Posvida destinada a ti. Siendo atento, reenfocándote y despertando todos tus sentidos, especialmente tu sexto sentido, descubrirás que probablemente sea mamá, papá, abuela, abuelo, etc., quien simplemente intenta hacerte consciente de la vida después de la muerte. Después de todo, se llama —muerte después de la muerte—.

Saludos desde el cielo

Estando en el Cielo ¿nuestros seres queridos realmente pueden comunicarse con nosotros? ¡Por supuesto! Los seres queridos en la Posvida desean comunicarse contigo tanto como tú deseas hablar con ellos. Así como tienes que aprender a comunicarte de manera diferente cuando un familiar se muda al otro lado del país, lo mismo sucede con quienes han experimentado este tipo de transición. Como mencioné antes, quienes están en la Posvida no tienen cuerdas vocales por lo que intentan hacerse oír lo más fuerte posible, pero a veces no lo logran, o muchas personas atribuyen estas señales a pura coincidencia. ¿Alguna vez has estado absorto en tus pensamientos y tu cónyuge o hijos finalmente captan tu atención después de decirte que lo han intentado varias veces? Imagina lo mucho más frustrante que debe ser para tus seres queridos intentar llamar tu atención cuando no están aquí en el mundo físico. Si prestas atención a las diversas señales y símbolos, te será más fácil reconocer que estos saludos que recibiste provienen del Cielo.

Durante mis sesiones como médium, la pregunta que más me hacen es: —¿Están bien?—, seguida de —¿Saben cuánto los extraño/quiero?—. Si ven algún programa de televisión con médiums, el mensaje principal suele ser: —Te quiere y está bien—. Si bien en cada caso puede parecer que están bien, no siempre es así. Esto no significa que un ser querido esté en un pozo de brasas ardientes (hablaré de eso más adelante), sino que nuestros seres queridos en la Posvida se preocupan por nosotros tanto como nosotros por ellos. Mejoran cuando nosotros mejoramos. Y cuando se lo permitimos, pueden ayudarnos.

Libre albedrío y libre elección

Sus amigos y familiares lo llamaban Marcos. Medía alrededor de 1,98 m, rondaba los veintitantos años y tenía el pelo corto y oscuro. No necesité poderes psíquicos para percibir su nerviosismo.

—Soy Kristy —le dije con sonrisa amable.

Le indiqué con un gesto que se sentara en el sillón que estaba delante del mío, y moví la mesa blanca que había entre los asientos para dar más espacio a las piernas.

Marcos se sentó y comenzó a observar mi colorida oficina, adornada con muebles cómodos, cojines suaves, citas positivas en las paredes y numerosos estantes llenos de búhos, todos regalos de clientes de todos los rincones del mundo.

—Eso no es lo que esperaba —comentó, mientras seguía examinando mi pequeño escritorio.

En respuesta, me eché a reír. Recibo muchos comentarios de ese tipo, sobre todo de hombres.

—¿Qué esperabas? ¿Paredes negras, pollos con el cuello cortado y bolas de cristal?—, bromeé. Marcos soltó una risita gutural y asintió. —Es una tontería, lo sé. Supongo que no sabía qué esperar—, admitió. Afortunadamente, su risa disipó parte de su tensión, y comencé a explicarle mi proceso de lectura.

— Me conecto con tu energía e invoco a tus guías, ángeles y seres queridos de la Posvida, junto con los míos ya que, a veces, pueden ayudar a clarificar la conexión. Nuestros guías y seres queridos nos asisten en el camino de la vida, pero no pueden obligarnos a actuar de otra manera. Todos tenemos libre albedrío y libre elección; ellos simplemente ven desde una perspectiva más amplia, una visión panorámica en lugar de la visión limitada que solemos tener.

Marcos asintió, pero yo sabía que no entendía, y para ser honesta, creo que lo único que quería era terminar con la sesión.

- Veo a tus seres queridos igual que te veo a ti. Pero para mí, la conversación no es tan fluida como la nuestra. Es más bien como un juego de mímica. Así que, si alguien se llama Teddy me mostrará un osito de peluche. Y el significado no siempre es obvio de inmediato, pero presta atención a la información, porque aunque intento no ser críptica ni confusa, no siempre logro entenderlo todo. No es mi trabajo analizar; mi trabajo es ser el mensajero. ¿Empezamos?

Cerré los ojos y pedí a Marcos que me dijera su nombre completo en voz alta. Esta es mi manera de marcar y llamar a los números de teléfono de sus seres queridos. En cuanto cerré los ojos sentí dos energías caminando frente a mí y en cuanto los abrí vi que el primer hombre parecía ser una versión mayor de Marcos y el otro de aproximadamente la misma edad, pero más bajo y delgado.

El anciano informó que era su padre y que el hombre que estaba a su lado, su hermano. El padre de Marcos me mostró un accidente automovilístico en el que se vio involucrado mientras conducía.

— Marcos, tu padre y tu hermano están aquí, a tu lado. Dijo que él, tú, tu hermano y tu madre estabais en el coche cuando ocurrió el accidente. Me enseña un poco de alcohol, pero dice que fue el otro conductor quien te atropelló.

Podía oír los sollozos de Marcos pero no quise detenerme por miedo a interrumpir al padre de Marcos.

— Dice que estabas sentado detrás de tu madre, en la parte trasera del asiento del copiloto.

Marcos asintió y respiró hondo, luego reanudó el llanto.

—Se suponía que no debías morir, Marcos —dije, repitiendo lo que su padre me había contado—. Pediste conducir —dijo—, pero se negó, y te enfadaste. Dice que todavía estás enfadado.

Marcos me miró con sus ojos verdes irlandeses llenos de lágrimas.

— No estoy enfadado con él. Creo que él lo está conmigo. ¿Está enfadado conmigo, Kristy? ¿Está mi hermano enfadado conmigo? Yo soy quien debería haber muerto. Yo soy quien debería haber conducido. ¡Yo ocupé su lugar en el coche y en el cielo!

Miré al padre de Marcos y a su hermano. Ambos asintieron, pero no en mi dirección. Una profunda tristeza emanaba de los tres hombres. Nadie estaba enojado con nadie; simplemente era una situación desafortunada para todos.

—No están enfadados contigo en absoluto, Marcos. Están disgustados por lo que pasó, pero no enfadados contigo. Tu padre tiene la impresión como de haber sido robados, pero eso no significa que ellos hayan cambiado el curso de tu muerte.—

El padre de Marcos intervino con un discurso paternal que yo debía transmitir.

— Quieren que sigas con tu vida. Dicen que pasó hace cinco años y que dejaste de vivir, así que ellos también dejaron de vivir.

Marcos me miró confundido.

—Vivimos en el Cielo. Vivimos en la otra vida. Tu padre dice que lo que más le gusta es pescar, y vive cerca de un pequeño lago. En cuanto a tu hermano, le encantan los deportes, especialmente el béisbol, y ayuda a los niños que mueren en accidentes trágicos y juega con ellos. También vela por ti y por tu madre, así como por tu hijo, al que pusiste el nombre de tu padre.—

Marcos asintió.

— ¿Cómo lo sabes?

—No lo sé, ellos sí lo saben —respondí sonriendo y señalando a su padre y a su hermano, que estaban allí, presentes en espíritu—. Y tú puedes ser mejor hombre y mejor padre de lo que te has permitido ser.

Por un instante, la mirada de Marcos se quedó en blanco.

—¿Están bien, Kristy?

Estarían mejor si tú estuvieras bien. Tu padre dice que tu madre ha encontrado una buena pareja y aprueba su elección.

—¿Es cierto? —preguntó Marcos, con un tono algo burlón y sorprendido.

Asentí con la cabeza.

«No todos en el Otro Lado aprueban que alguien a quien amaban elija una nueva pareja, así que siempre es interesante escuchar lo que tienen que decir. Sí, él dice que la trata bien, e incluso si no es él quien la hace feliz, ella se lo merece, y tú también», añadí. «Ella no cruzará al otro lado pronto. Se merece ser feliz tanto como tú. Y, dicho sea de paso, tu padre dice que él se ve mejor que su otra pareja».

Marcos comenzó a aplaudir y lanzó un grito.

—Eso es exactamente lo que diría mi padre —dijo con una amplia sonrisa—. ¡Y es verdad!

El padre de Marcos se puso serio: —Dile que nuestra conciencia estará más tranquila cuando la suya lo esté. Viviremos cuando él viva. Dejaremos de vivir cuando él deje de vivir—.

Le transmití el mensaje y dejé que Marcos lo asimilara.

- ¿Puedo darte un abrazo?, - preguntó Marcos mientras yo señalaba la puerta.

- Por supuesto, -respondí, mientras Marcos apoyaba la cabeza en mi hombro y lloraba durante unos minutos mientras yo lo abrazaba.

Era como si se escurriera un trapo de cocina. Ya no era solo su dolor; era como si el alma de Marcos se hubiera purificado para permitirle empezar de nuevo.

—¿Puedo verte otra vez? —preguntó Marcos, secándose los ojos con el interior de su camiseta.

—Sí, pero no creo que sea necesario, Marcos. Solo necesitas dedicar tiempo a aprender a comunicarte con tu padre y tu hermano en la Posvida. Te darán señales cuando estén cerca.

Salió de la oficina y caminó por el pasillo, luego se dio la vuelta rápidamente.

— Kristy, ¿mi hijo es mi hermano o mi padre?

—¿Estás diciendo que uno de los dos se ha reencarnado? -Asentí con la cabeza. —No, pero este niño fue elegido para ti por ellos. Disfrútalo. Y llévalo a pescar cuando sea mayor —respondí—. Ah, y el año que viene habrá una niña.

No volví a ver a Marcos pero su madre vino a verme poco más de un año después de mi encuentro con su hijo, y llevaba un nuevo anillo de bodas en el dedo, lo que alegró al padre de Marcos, y trajo fotografías de sus dos nietos: el que llevaba el mismo nombre que su marido y una niña recién nacida.

Somos quienes somos

Ojalá pudiera decir que tras la muerte de nos crecen alas y liberamos de todas las cargas y problemas terrenales, pero no es así. Al viajar al más allá no cambiamos la personalidad ni perdemos los recuerdos de nuestra vida terrenal. Todo eso permanece arraigado en el alma. Por lo tanto, si alguien fue desagradable en esta vida también lo será en la Posvida, a menos que trabaje para resolver sus problemas. Si alguien guardó rencor por algo seguirá amargado y resentido a menos que realice el trabajo interior necesario para liberarse de ello.

Aí que, ¿estarán todos bien al cruzar al otro lado? La respuesta es bastante sencilla. Estarán bien, siempre y cuando se lo permitan. El libre albedrío y la libre elección en esta vida son los mismos que en la muerte. Tenemos el libre albedrío y la libre elección de cruzar a la luz y el de permitir que nuestro Cielo sea lo mejor posible.

Cada día, en mi oficina, en las redes sociales, por correo electrónico y mensajes de texto, presencio las dificultades, de las personas, que se propagan por toda su vida en reacción en cadenaa. Esta lucha no es nueva, pero cuando somos nosotros quienes la enfrentamos olvidamos que otros también las tienen. La soledad y la oscuridad empañan cualquier rayo de esperanza, y para muchos, cualquier muestra de positividad puede sentirse como veneno. Sin embargo, si no se actúa, quienes sufren comienzan a sentir que se ahogan lentamente.

Así como nos enseñan a no entrar en pánico en el agua, mantener la calma en medio de la vorágine de las dificultades debe ser una prioridad. O, como diría Rosa Luxemburgo: «Quienes no avanzan no se dan cuenta de sus cadenas». Y esas cadenas bien podrían atarnos durante la travesía de la vida. Si no nos sentimos dignos del Cielo nos negamos el derecho a vivir una vida maravillosa tras la muerte. Algunos creen que a esto se le llama «Infierno», que no es necesariamente de la misma naturaleza que el fuego y el azufre sino, quizás, incluso peor: un infierno personal donde uno no se siente lo suficientemente bueno ni digno, y esto por toda la eternidad.

Nuevos comienzos

Luisa era una joven morena menuda de unos veinte años que vino a verme para una lectura psíquica, no para una consulta de mediumnidad.

—No hay nadie con quien realmente necesite conectar—, murmuró. Lo curioso es que había un caballero de pie, junto a ella. Vestía traje marrón y sombrero.

—¿Qué pasa si no sé qué quiero hacer con mi vida?—, preguntó, con lágrimas asomando en sus ojos verde esmeralda.

«No es necesario conocer el camino exacto de tu vida, paso a paso», le dije, desafiándola. «Sé que puede parecer irónico que una vidente hable así pero he descubierto que sentirse a gusto con uno es lo que trae mayor alegría. Y si logras eso la pasión surgirá por sí sola. Pero ten cuidado con quienes intentarán controlar esa alegría, esa felicidad y esa pasión. Incluso aquellos que dicen amarte y apoyarte».

Luisa asintió lentamente.

Intuí que algo más estaba sucediendo, así que continué. «Pero es un chico, ¿no? ¡Te está haciendo daño…! »

—¡No!—, protestó Luisa. La miré fijamente y le dije: —¡Oye! Soy psíquica—. Ella asintió y rompió a llorar.

Tomó un pañuelo de papel de mi mesa de centro azul para sonarse la nariz y luego se levantó de la silla. De pie, frente a un póster en la pared con la palabra —Creer —escrita en él, se sinceró sobre el abuso que había sufrido. Alcohol. Conducir ebria. Drogas. Y violencia física y psicológica.

—Déjame ayudarte, Luisa. Ya he pasado por esto. Por favor, permíteme ayudarte —repetí—. Tienes la oportunidad de retomar el control de tu vida. Tu abuelo me dice que siempre quisiste ser enfermera.

—¿Mi quién? —me preguntó, confundida, con la mirada aún fija en la pared.

—Aquí tienes a un abuelo que afirma que nunca lo conociste. Es el padre de tu padre. Dice que puedes volver a estudiar y convertirte en enfermera, incluso con el bebé —añadí en voz baja.

Luisa se giró rápidamente, me miró y se llevó la mano al estómago. Las lágrimas volvieron a brotar.

— Nunca conocí a mi abuelo. Murió antes de que yo naciera. ¿Está aquí?

—Sí. Da igual si lo has conocido o no, está conectado contigo. Incluso tienes su nariz —dije riendo—. ¿Quieres saber el sexo del bebé?

Sonreí, intentando aligerar el ambiente tenso.

— Creo que es una niña. Nadie sabe que estoy embarazada, ni siquiera mi novio, ni mi familia... nadie—.

 — Es una niña, —confirmé.

Reflexioné antes de continuar. Entonces vi un montón de plumas blancas. Desde pequeña sé que las plumas blancas son señal de muerte inminente. Esto despertó mi temor de que pudiera estar sufriendo un aborto espontáneo, así que aparté esa visión.

— Si tu hija estuviera frente a ti en la misma situación, ¿qué le dirías, Liz?

Se volvió a sentar en el sillón frente a mí y respondió rápidamente, con más lágrimas corriendo por su rostro.

— Le diría que debería romper con ese perdedor y que la ayudaría a volver a la escuela.

Durante el resto de la hora elaboramos un plan. No se trataba solo de terminar su relación o de cómo iba a afrontar la maternidad en solitario; era mucho más que eso. Se trataba de crear su  destino. Durante nuestra conversación, se dio cuenta de que había decepcionado a las personas que siempre habían estado a su lado, incluso en los momentos más difíciles. Se dio cuenta de que había dejado de cantar. Se dio cuenta de que ya ni siquiera soñaba por las noches. Ni siquiera soñaba durante el día. Los objetivos pueden cambiar y evolucionar, y a veces quedar en segundo plano, pero siempre se pueden retomar. Luisa salió de mi consulta con un plan.

Al día siguiente, el artículo del periódico local era breve, pero no necesitaba largas explicaciones para ser entendido.

Esa misma noche se produjo un accidente en el que un solo vehículo volcó. El pasajero falleció y el conductor fue trasladado al hospital regional, pero fue dado de alta con heridas leves. Una investigación preliminar indicó que el alcohol influyó en el accidente. Pero no solo murió una persona en el accidente, fueron dos: Luisa y su bebé.

Me costó mucho dejar de culparme. Aunque fue decisión de Luisa no subirse a ese coche, me sentía culpable, pero era su elección. Si un médico te da una receta, no te lleva a la farmacia ni te acompaña todos los días para ver si te tomas la medicación; eso depende de ti. Lo mismo ocurre con tu vida. El destino es una elección, y muchos caminos se abren ante nosotros. Esto no significa que cada mala elección vaya a tener consecuencias nefastas (o la muerte), pero sé que la forma en que afrontas tus decisiones y tus reacciones sienta un precedente para tu futuro, aquí y en la otra vida.

Le dije a Luisa que no creía que necesitara planificar toda su vida al detalle, y sigo pensando lo mismo. Pero en su honor (y en honor a su futuro hijo), me gustaría compartir algunas palabras de sabiduría que podrían ayudarte, o ayudar a alguien que conozcas, a tomar las riendas de su destino.

1. Libérate de los rencores. Ya sean hacia ti u otra persona.

2. Deja de ser tan duro contigo por tus errores.

3. Aprende a confiar en ti.

4. Evita tomar decisiones guiado por emociones.

5. Sé amable contigo y asegúrate de que tus expectativas no sean ni demasiado altas ni costosas.

6. Habla con alguien de tu confianza.

7. Asegúrate de tener algo en lo que concentrarte.

8. Asegúrate de estar enfocado en el momento presente y no en el pasado.

9. Date tiempo: el cambio no ocurre de la noche a la mañana. A largo plazo las pequeñas mejoras conducen a grandes avances.

10. Pasa tiempo con gente de calidad, no porque sientas lástima por ellos.

Un filósofo dijo una vez: «Todo nuevo comienzo llega al final de otro». Desafortunadamente el comienzo de Luisa empieza en la Posvida. Y, sin embargo, los nuevos comienzos de otras personas son un divorcio, un periodo de desempleo, una demanda judicial o la muerte de un ser querido. Estamos rodeados de pérdidas a diario, pero depende de nosotros reconocer los nuevos comienzos y crear nuestro  destino. Debemos permitir que el destino se desarrolle, pero manteniendo el control.

Tomar medidas para resolver ciertos problemas durante tu vida y aclarar tu conciencia —el trabajo que Marcos tuvo que emprender y Luisa tuvo que realizar en la Posvida— evitará que tengas que esforzarte tanto después de tu viaje al más allá. Piensa en ello como tener que terminar tu trabajo antes de irte de vacaciones. No quieres volver de vacaciones y encontrarte con una pila de trabajo esperándote en el escritorio; quieres disfrutar de tu tiempo sin la espada de Damocles pendiendo sobre tu cabeza. Lo mismo ocurre con la vida, la muerte y la Posvida.

Se necesita práctica para ganarse la confianza y establecer una conexión con los seres queridos fallecidos porque, a menudo, una vez que se establece la conexión creemos que lo que sucede se debe a nuestra imaginación desbordada o a la creencia de que solo recibimos lo que buscamos. Tendemos a creer que lo que recibimos no es verdadero ni real, así que inmediatamente colgamos el teléfono y cortamos la comunicación.

Al igual que cuando haces un examen y la primera respuesta que te viene a la mente suele ser la correcta, tu primer pensamiento suele ser información intuitiva. Luego, tu mente lógica toma el control y genera dudas. Repítete que cuanto más sigas llamando al número, más fácil será establecer la conexión con el Otro Lado.

4. Objetos y baratijas

 

El Más Allá suele dejarnos pequeños objetos y monedas para que los encontremos recordándonos que nuestros seres queridos aún están cerca. A menudo colocan objetos en el camino para darnos la bienvenida del Cielo. La lista de lo que nos pueden enviar es interminable, pero los objetos más comunes parecen ser monedas y plumas.

Aunque el objeto que encuentres parezca aleatorio normalmente hay una razón detrás; solo tienes que dedicar un poco de tiempo y energía para refrescar la memoria. Si encuentras una moneda fíjate en el año para ver si tiene algún significado especial para ti y tu ser querido. Podría ser un aniversario, un cumpleaños o incluso un fallecimiento. Si encuentras una cruz, podría ser de un familiar religioso.

Las plumas blancas

La llamada era algo que jamás se había imaginado. No podía ser posible. No, no era posible. Se quedó mirando el teléfono móvil sin saber qué hacer ni a quién llamar.

Jaque, hipocorístico de Jaqueline (nombre alternativo para Santiaga) siempre había creído que su padre era invencible. Siempre gozaba de buena salud y no recordaba verlo enfermo, ni una sola vez en sus treinta y tantos años. Seguía trabajando a tiempo completo así que ¿cómo era posible? No tenía sentido. Jaque se dejó caer en una silla del comedor.

—Papá —dijo, apoyando la cabeza en la mesa y rompiendo a llorar—. ¿Cómo pudiste irte sin despedirte?

Levantó la cabeza y vio a su marido de pie en el umbral de la puerta, con su hija Rusia, de un año, en brazos.

—Mi madre acaba de llamar. Mi padre iba de camino a almorzar, tuvo una emergencia médica y estrelló su coche contra un árbol.

El esposo de Jaque, Matías, dejó a Rusia en el suelo, se acercó a Jaque y la abrazó. «Está bien, ¿verdad?». Matías nunca había tenido una figura paterna y Gualdo, que ese era el nombre del padre de Jaque, era como su  padre. Eran amigos y compañeros de pesca.

Jaque negó con la cabeza y comenzó a contener las lágrimas. Probablemente Gualdo estaba furioso por haber dañado su coche, pensó Matías y eso era algo gracioso. Pero los jadeos de Jaque se convirtieron en sollozos y llanto histérico y Gualdo y se dio cuenta de que no había ningún gracia: Gualdo había fallecido.

Matías se inclinó para levantar a Rusia cuando notó algo en sus manos. —¿Qué tienes, Rus? —preguntó a la niña y le quitó de la manos el objeto largo y blanco que era una pluma habitando sus dedos regordetes. —. ¿Cómo la conseguiste? —preguntó, confundido,y luego miró a Jaque, que se había calmado un poco.

Jaque tomó la pluma blanca de Matías y la acunó con delicadeza. —Es de papá. ¡Tiene que ser de papá!—

Matías no discutió y sostuvo en sus brazos a la pequeña abrazando a su amada esposa.

El funeral fue insoportable. Era la primera persona que Jaque perdía y sabía que tenía suerte. Sus abuelos paternos y maternos estaban vivos, y ver la expresión en el rostro de la madre de su padre fue desgarrador. El forense determinó que un aneurisma le había quitado la vida a Gualdo. Todos estaban muy agradecidos de que Gualdo no hubiera atropellado ni herido a nadie. Era típico de él, repetían amigos y familiares en el funeral. Era el tipo de hombre que se detenía a un lado de la autopista para ayudar a cambiar la rueda de un desconocido. O que daba unos dólares al indigente de la esquina. Le habría avergonzado profundamente que alguien más hubiera resultado herido por su culpa. Probablemente estaba molesto por el árbol contra el que chocó, bromeó Jaque cariñosamente con su esposo Así era su padre.

Mientras bajaban el ataúd a la tumba, el sacerdote leyó: «Con sus plumas te cubrirá; con sus alas te amparará. Sus fieles promesas son tu armadura y tu protección. Salmo 91:4». Jaque bajó la cabeza en oración. Al abrir los ojos vio una pluma en el suelo, frente a ella. Se inclinó y la recogió. Sonriendo, se la mostró en silencio a Matías.

Varios años después, su hija Rusia fue ingresada en el hospital por fuertes dolores de estómago. Necesitaba que le extirparan el apéndice cuanto antes. Aunque se trataba de una cirugía rutinaria el recuento sanguíneo de Rusia preocupó al cirujano porque temía que Rusia pudiera tener leucemia.

Jaque y Matías estaban sentados en la sala de espera del hospital. Ni siquiera las luces fluorescentes lograban disipar la oscuridad y la angustia que los envolvían. Jaque se inclinó y comenzó a rezar, luego le pidió a su padre que estuviera allí, que la ayudara. Abrió los ojos y se quedó atónita ante lo que vio. Una gran pluma yacía frente a ella, como si hubiera caído de la nada. Antes de que pudiera señalársela a Matías el cirujano se acercó para darles la buena noticia: solo era apendicitis y Rusia estaba bien. A Jaque le empezaron a brotar las lágrimas, pero esta vez eran lágrimas de alivio. —Gracias, papá —dijo, apretando la pluma contra su pecho.

En la Tierra Gualdo siempre fue confiable y puntual, y en el Más Allá seguía siendo igual. Las plumas continuaban apareciendo en lugares inesperados, siempre en los momentos en los que Jaque extrañaba a su padre o lo necesitaba más. Y en la repisa de la chimenea, junto a una foto de su padre, hay un frasco con plumas del Cielo.

Atesora los tesoros

Siempre que realizo una sesión de espiritismo o una lectura grupal, sinceramente nunca sé qué esperar, así que espero lo inesperado, y parece que a nuestros seres queridos en el Más Allá les gusta eso. (Una sesión de espiritismo en particular en marzo no fue diferente). Cuando tres participantes se sentaron a la mesa, cerré los ojos e invoqué a sus seres queridos para que se acercaran y me dieran mensajes para transmitir. El espíritu de una encantadora dama se paró junto a la participante a mi derecha, Kara. La mujer me sonrió y luego pidió que averiguara dónde estaban las tazas de té.

—Kara, ¿tienes las tazas de té o la vajilla de tu abuela o bisabuela?—

—Uh… creo que sí.—

—¿Acaso en un armario, guardadas?—

—Probablemente—, respondió mirándome de forma extraña.

—Debo decirte que eran sus tesoros, y que también deberían ser los tuyos. Sácalos y úsalos, no los guardes—.

Haz mis tesoros tus tesoros.

Ese fin de semana Kara sacó la vajilla de porcelana y preparó lo que imagino que fue una comida deliciosa, servida en la vajilla antigua Syracuse Federal con estampado de flores rosas. Y como decía su abuela, ¿te imaginas todas las celebraciones que presenciaron esos platos? Pero, ¿para qué esperar a una celebración? Así que preparó lomo de cerdo a la parrilla con guarnición de papas peques hervidas con ajo y brócoli al vapor.

Con frecuencia dejamos de lado nuestros tesoros, ya sean palabras de amor o cosas tan preciadas como la vajilla de Kara. Nos enfrascamos tanto en las tareas del hogar, quejándonos del tiempo, gritando a nuestros hijos, parejas, jefes, compañeros de trabajo, etc., que lo que realmente importa es lo último que hacemos o decimos. Pero quizás sea hora de poner nuestras prioridades en orden. Las prioridades, o los tesoros, que de verdad importan.

Llaves encontradas

Hace años tuve una cliente llamada Eimi que perdió a su esposo a causa de un cáncer de rápida progresión. Ella le pedía constantemente una señal, pero no fue hasta seis meses después de su fallecimiento cuando una mañana se despertó y, al coger sus gafas de la mesita de noche, encontró una llave allí. Sabía que la llave no estaba cuando se acostó y no tenía ni idea de dónde había salido. A partir de entonces encontrar llaves se convirtió casi en algo cotidiano: en el fondo de su bolso, en la encimera de la cocina, en aparcamientos, en su escritorio del trabajo. No importaba adónde fuera, seguía encontrando llaves.

—No son llaves de alguna cosa o puerta  —se quejó durante la sesión—. Ni siquiera estoy segura de que sean cosa de mi esposo Deil. ¿Por qué no puedo recibir una mariposa o algo un poco más obvio?

Deil estaba de pie frente a mí, agitando un gran manojo de llaves, dejándolas caer y luego recogiéndolas. Me sonrió con picardía, incitándome a que lo mencionara.

—¿Tu esposo rabajaba en mantenimiento o con coches? —pregunté—. ¿En un lugar donde tuviera que usar muchas llaves?

—No, tenía un trabajo de oficina y trabajaba con un ordenador —respondió Eimi.

Volví a mirar a Deil, quien negó con la cabeza y volvió a hacer sonar el llavero, lo dejó caer y lo recogió. Entonces le oí decir que mencionara cuándo se conocieron.

—Me dice que recuerdes cuando os conocisteis…—

Antes de que pudiera terminar la frase los ojos de Eimi se abrieron de par en par y las lágrimas comenzaron a caer.

—Deil y yo nos conocimos en una gasolinera —comenzó Aimie, tomando un pañuelo y secándose la cara—. Tenía prisa y entré corriendo a pagar la gasolina y a comprar un refresco. Había un hombre muy guapo con una gran sonrisa y, sin querer, choqué con él, haciendo que se le cayera el refresco y las llaves. Debería haber sido grosero conmigo; fue un desastre. En lugar de gritarme, me pidió mi número de teléfono y, un año después, nos casamos. Ya me había olvidado de eso.

—¿Entonces prefieres una mariposa? —pregunté bromeando.

Aimee rió. —No, las llaves tienen mucho más sentido. ¿Pero qué piensa él de los billetes de cien dólares?—

Aleve

Romualdo, el único hermano y mejor amigo de Lucas, falleció inesperadamente tras un extraño incendio en su casa. Olió humo en el garaje e intentó con ahínco apagar el fuego temiendo una explosión provocada por la cortadora de césped y varios bidones de gasolina que había cerca. Preso del pánico, su ropa se incendió y sufrió quemaduras en más del 70% de su cuerpo. La infección se propagó rápidamente y falleció pocos días después.

Antes de fallecer Romualdo tomaba un analgésico llamado Aleve para aliviar los dolores de la artritis. El día del funeral y Lucas sacó ropa del armario junto con zapatos de vestir que no había calzado desde hacía tiempo. Al calzarse sintió lo que creyó que era una piedrecita. Se quitó el zapato, lo volteó y de él salió una pastilla de Aleve.

—No tengo Aleve en casa. Nunca he comprado ni tomado ese analgésico—, dijo Lucas, aún sorprendido por la marca inscrita en la pastilla a pesar de que haber pasado casi diez años. —De vez en cuando, y parece que sucede cuando más lo extraño, encuentro una pastilla de Aleve en el pasillo o sobre la encimera. Vivo solo, así que sé que es Romualdo que viene a saludar. No hay otra explicación—.

Piedras

Miguel falleció apenas una semana después de cumplir dieciséis años. Había salido con amigos al lago y se ahogó accidentalmente. A Miguel siempre le encantó la naturaleza y de niño recogía piedras. Su madre, Susana, siempre sacaba las sacaba de sus pantalones y las guardaba en un frasco de vidrio que tenía en el cuarto de lavado.

—¿No sé cómo nuestra lavadora duró tantos años, porque muchas veces la colada llevaba algunas piedras. A Miguel le gustaban especialmente con forma de corazón. Aunque era niño, era sensible y tenía un corazón enorme». Sollozó y sacó una piedra grande con forma de corazón de su bolso, luego una más pequeña, y otra, y otra, hasta que tuvo más de veinte piedras sobre la mesa blanca que estaba entre su silla y la mía.

—¿Esto era de la colección de Miguel? —pregunté asombrada, mientras tomaba la piedra más grande. No es que parecieran a corazones sino que parecían talladas.

—No, estas son todas las que he encontrado desde que falleció, hace seis meses. Encontré la que tienes en la mano en el cementerio el día que del entierro. Simplemente miré hacia abajo y ahí estaba.

—Qué reconfortante para ti —comenté asombrada.

—Ni siquiera las busco, simplemente parecen estar justo donde estoy cuando más necesito una señal. Solo miro hacia abajo y hay una.

Susana seguía sufriendo, y aunque las piedras no curaban su herida le aseguraban que, si bien Miguel no estaba físicamente presente, seguía ahí de la única manera que podía, comunicándose de la única forma que sabía. Me impresionó mucho que Susana reconociera su señal, sobre todo tan poco tiempo después del fallecimiento de su hijo.

El duelo tiene la particularidad de crear un velo a nuestro alrededor, de modo que si la señal fuera un hipopótamo y este apareciera paseando con tutú rosa y bailara delante de nosotros, rara vez nos daríamos cuenta.

Si has perdido a alguien recientemente, no has recibido señal alguna, y te sientes frustrado y con dudas, no te preocupes. Pides una señal a tus seres queridos y sé claro y conciso sobre lo que esperas. Así como Susana no busca por todas partes una piedra con forma de corazón, tú también deberías dejar que las señales se manifiesten de forma natural. Todos parecemos querer controlarlo todo, y el Más Allá es algo totalmente incontrolable. El hecho de que no veas nada no significa que no exista.

Monedas

En diversas culturas existen numerosos mitos relacionados con las monedas y los muertos. En la mitología griega Caronte, el barquero del Hades, exigía un pago por sus servicios cuando alguien fallecía. Para asegurar que un ser querido cruzara los ríos Estigia y Aqueronte hacia el mundo eterno se colocaba una moneda en la boca del difunto para que no vagara por la orilla eternamente.

En Inglaterra y sus colonias se colocaban monedas de a céntimo sobre los ojos cerrados de los difuntos. Aunque se desconoce el motivo exacto se cree que era para asegurarse de que los ojos del fallecido no se abrieran durante el funeral o para alertar a alguien de que la persona no estaba realmente muerta. Hoy, muchos objetos conmemorativos, incluidas monedas, se dejan sobre lápidas y tumbas.

Las monedas son una de las formas por las que nuestros seres queridos del Más Allá nos llaman la atención y muestran su presencia. Existen miles de historias de personas que, poco después de perder a un ser querido, comenzaron a encontrar monedas en lugares inesperados. En EE.UU, las monedas que más suelen encontrar son las de un céntimo, o de diez.

Algunas personas entienden el significado de la moneda que reciben de un ser querido. Puede ser que su ser querido coleccionara monedas o que el cambio fuera importante para algo como el almuerzo o unas vacaciones especiales para las que ahorró. Pero no todas tienen significado; algunas solo sirven para llamar la atención.

Diez céntimos

Bebercia llevaba bailando de salón desde los cinco años. Como era una niña muy vivaz, este deporte le permitía canalizar su energía. Pronto, todos —sus padres, abuelos y entrenadores— se dieron cuenta de que Bebercia estaba destinada a grandes cosas en el mundo de la danza.

La abuela de Bebercia, la madre de su padre, la cuidaba después de la escuela mientras sus padres trabajaban. La abuela Gabriella, o Gabri, como la llamaba Bebercia, era más como una madre que una abuela. Revisaba las tareas de Bebercia, la disciplinaba, la llevaba y recogía de sus clases de baile y le enseñó a cocinar, coser y tejer. El esposo de Gabri, Torcuato, había fallecido antes de que Bebercia naciera y, aunque la madre de Bebercia solía contar historias de su padre, a Bebercia le encantaban las historias de Gabri sobre su noviazgo.

A Gabri también le encantaba bailar de salón pero Torcuato no lo disfrutaba tanto como ella. Sin embargo, amaba profundamente a su esposa. Gabri contaba que cada mañana, al despertar, él le decía que, en una escala del uno al diez, ella era su diez. Hoy en día, algunos podrían considerarlo insultante y humillante, pero a Gabri le hacía sentir amada y hermosa. Ella le daba un dulce golpecito en el hombro a Torcuato y se sonrojaba.

Todos los viernes por la noche, Gabri y Torcuato iban a su clase de baile de salón y luego a cenar. Aunque Torcuato se quejaba mucho, le encantaba pasar tiempo con su esposa. Sus compañeros de trabajo se burlaban de él por su supuesta actividad extracurricular forzada, pero él simplemente les decía que estaban celosos. Él tenía una esposa estupenda y ellos no.

Bebercia creció en un pequeño pueblo de Oklahoma. El pueblo donde crecieron sus padres y abuelos. Todos querían a Torcuato. Era extrovertido y le encantaba charlar con todo el mundo, incluso con desconocidos. Precisamente su disposición a ayudar fue la razón de su muerte.

Era una tarde de verano y Torcuato se había detenido en la cafetería del barrio para tomar un café antes de volver a casa. Trabajaba en la compañía eléctrica desde los dieciséis años, pero los últimos meses habían sido especialmente estresantes. La economía se había desplomado y sus jefes estaban de muy mal humor, lo que a su vez provocaba que los trabajadores sufrieran las consecuencias.

En general, Torcuato no le daba importancia a sus quejas, pero ese día hacía muchísimo calor y la tormenta que arreciaba afuera también lo atormentaba por dentro. Tras la centésima crítica injusta Torcuato se quitó su mono de trabajo, gritó que se tomaba el resto del día libre y fichó al salir. Estaba bastante seguro de que no lo despedirían pero después de cuarenta años trabajando allí, estaba harto.

Desde luego no era como cuando empezó. Antes todos se cuidaban y se apoyaban mutuamente. Ahora era solo un número, y eso le frustraba porque sabía que no iba a cambiar. Y supuso que al día siguiente le pondrían una amonestación. Sí, a veces era un poco bocazas, pensó, pero había momentos en los que uno no aguanta más. Menos mal que no bebía como su padre, rió. ¡Hoy seguro que estaría borracho! El café era su bebida más fuerte.

—¿Necesitas algo más, Torcuato? —preguntó Orejas, el dueño de la cafetería mientras le llenaba la taza de café.

Torcuato vertió dos dosis de crema de leche, abrió dos sobres de azúcar y los mezcló con la cuchara. «No». Negó con la cabeza. «Gabri probablemente ya se habrá enterado de mi rabieta. Mejor me voy a casa».

Torcuato dio un sorbo a su café y colocó dos dólares y cinco monedas de diez céntimos sobre la mesa de formica azul claro.

—No sé cómo consigues tener siempre monedas de diez céntimos —dijo Orejas riendo entre dientes mientras tomaba el dinero y lo guardaba en el bolsillo del delantal.

Torcuato se encogió de hombros. —Me gusta el número diez. Me casé con una mujer diez. Mi hija es una chica diez y, bueno, las monedas de diez céntimos representan mi vida: una diez perfecto.

Orejas negó con la cabeza y añadió: —Excepto hoy, ¿verdad? ¿Qué día es hoy?—

Torcuato se unió a la risa, pero no añadió nada; simplemente salió y se despidió con la mano. Mientras caminaba hacia su coche buscó a tientas las llaves en el bolsillo de sus vaqueros, dejando caer una moneda de diez céntimos al suelo. Se agachó para recogerla, y justo cuando se puso de pie vio a un hombre, con chaqueta y vaqueros negros, al otro lado de su coche. Al notar la inusual vestimenta del hombre para el calor sofocante, Torcuato se dio cuenta de que estaba intentando forzar la cerradura de su coche. En lugar de enfrentarse al hombre, Torcuato intentó entablar conversación.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó Torcuato en tono amistoso.

El hombre se quedó allí parado, mirando fijamente a Torcuato. Torcuato metió la mano en el bolsillo y sacó un billete de veinte dólares. —Toma, con esto te alcanza para un billete de autobús.

El hombre no respondió; simplemente caminó lentamente hacia Torcuato, pero antes de que Torcuato se diera cuenta el desconocido se abalanzó sobre él golpeándolo en la cabeza con una palanca que llevaba en la mano derecha. Agarró las llaves, el billete de veinte dólares y huyó.

Fue el chirrido de los neumáticos lo que hizo que Orejas mirara por la ventana y viera a Torcuato tendido en el asfalto del estacionamiento y a su  auto a toda velocidad por la carretera, hacia la autopista. Gritó a su cocinero que llamara al urgencias y a la esposa de Torcuato, y luego salió corriendo para ayudar.

—Después de tres días, los médicos me dijeron que tenía que tomar una decisión—, contó Gabri a Bebercia. Era una historia que Bebercia solía pedir escuchar, y aunque dolorosa, su abuela reconocía que tanto las buenas como las malas historias ayudaban a mantener vivo el recuerdo de su abuelo.

—¿Y luego encontraste la moneda de diez céntimos? —preguntó Bebercia.

Gabri asintió. «Estaba pensando qué hacer. No es fácil desconectar a alguien del soporte vital. Se reza para que ocurra un milagro, aunque los médicos digan que es improbable. Tu madre se quedó con tu abuelo mientras yo caminaba hacia la capilla del hospital. Me senté en el banco y empecé a llorar, como seguramente le pasa a la mayoría de la gente en las capillas de los hospitales. Pero apenas unos minutos después de sentarme sentí una presión en el hombro, como si alguien me estuviera tocando. Pensé que tal vez era tu madre o uno de los médicos, así que abrí los ojos y me giré, pero no había nadie. Volví a inclinar la cabeza para rezar cuando vi la moneda brillante en el suelo de la capilla. La recogí y supe que era el espíritu de tu abuelo y que la moneda era una señal de que tenía que hacer lo que tenía que hacer».

—¿Cómo supiste que no era una señal de que iba a despertar?

Gabri se mordió el labio inferior y cerró los ojos un instante, recordando el día en que perdió a su mejor amigo. Era una pregunta que se había hecho durante catorce años. «Fue algo que simplemente sentí. Él nunca habría querido que lo mantuviera conectado a esas máquinas. Era demasiado enérgico para estar postrado en una cama, o en una silla de ruedas si despertaba. Después de que desconectaron todas las máquinas le tomé la mano y falleció en paz». A Gabri se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Y entonces llegué yo!—, exclamó Bebercia.

—Fue el día del funeral del abuelo Torcuato cuando tu mamá se hizo la prueba de embarazo. Estábamos felices, pero también tristes porque sabíamos que él se habría emocionado muchísimo. Habría sido un abuelo maravilloso.

Aunque Gabri había contado la historia muchísimas veces, seguía conmoviéndola. Lo que contó a Bebercia era cierto. Torcuato habría sido un abuelo muy presente, igual que lo fue como padre para su única hija. «Siempre he pensado que tú y tu abuelo os encontrasteis en el cielo y que él fue quien te regaló el amor por el baile para hacernos felices a todos».

—Estoy nerviosa por la competencia de este fin de semana, Gabri —confesó Bebercia—. Ahora que soy adolescente ya no puedo ganarme a los jueces con mi ternura infantil —bromeó.

Gabri se rió. Incluso algunas de las cosas más extravagantes que se le ocurrían a Bebercia sonaban como a su Torcuato.

—Tú puedes, Bebercia —la tranquilizó Gabri, levantándose para poner patatas a hervir—. Mira —dijo, señalando al suelo una moneda de diez céntimos—. Creo que tu abuelo está de acuerdo. Eres una joyita, igual que tu vieja Gabri.

Bebercia recogió la moneda de diez céntimos y sonrió. —¿Todavía encuentras estas monedas a menudo, verdad? Gabri asintió y sonrió.

—Parece que siempre que necesito algo que me anime encuentro las monedas de diez céntimos. A veces parece que aparecen de la nada, pero sé perfectamente de quién vienen.

La competencia de baile era al día siguiente. Gabri había cosido los trajes de Bebercia y de su pareja. Mientras Gabri estaba sentada en su cuarto de costura haciendo los últimos ajustes sus pensamientos volvieron a la conversación sobre Torcuato. Lo extrañaba mucho. Miró los frascos de vidrio que había llenado con las monedas de diez céntimos que había encontrado. Cada año tomaba el dinero que recolectaba y lo donaba a una organización benéfica que se ocupaba de lesiones cerebrales. A Torcuato le habría gustado eso.

Aunque creía en el Cielo y se alegraba de haber recibido señales, seguía sintiéndose sola. Disimulaba su tristeza con fortaleza, con Bebercia y con todas sus actividades. Llevaba casi quince años haciéndolo y sabía que pronto Bebercia se iría a la universidad y comenzaría su vida  independiente. —¿Y luego qué?—, ​​preguntó en voz alta, como si esperara una respuesta, y se rió cuando lo único que oyó fue el maullido de su gato. Probablemente se preguntaba qué le pasaba a la loca, pensó.

Se levantó de la mesa de costura, se estiró apagó las luces y entró en su habitación. Cogió el mando a distancia, encendió la televisión y empezó a desvestirse cuando un objeto plateado y brillante le llamó la atención. Estaba justo en medio de la cama: una moneda de diez céntimos. Negó con la cabeza incrédula, cogió la moneda, volvió al cuarto de costura y la metió en su tarro de cristal. «¿Billetes de dólar, Torcuato? ¿Qué pasa con los billetes de dólar?», murmuró.

Al día siguiente, se reunió con Bebercia, su hija y su yerno en el salón de baile donde se celebraba la competición.

Bebercia se puso el disfraz y se miró en el espejo. Aunque normalmente no se ponía nerviosa no podía quitarse de encima la tensión que sentía. Respiró hondo, cogió el pintalabios del tocador y, justo al lado del estuche de maquillaje, vio una moneda de diez céntimos brillante, boca arriba. Era casi como si pudiera oír a su abuelo, al que nunca había conocido en la Tierra, decirle: «Pase lo que pase, siempre serás un diez».

Bebercia y su compañero quedaron en tercer lugar en la competencia, pero eso no quitó el ánimo a Bebercia. Después de contar a todos su descubrimiento en el vestuario, Gabri sonrió y agradeció en silencio a Torcuato. Era típico de él ser ese apoyo en vida y en la muerte.

—Eres mi diez, Torcuato. Para siempre jamás—, susurró Gabri.

Gabri siguió encontrando monedas de diez céntimos, al igual que su hija y su nieta Bebercia.

Llámame

Jose, (qu no, José) hombre de mediana edad, vino a una sesión de consejo personal, e inmediatamente conecté con su madre en el Más Allá.

—No para de enseñarme monedas de diez céntimos, Jose —le dije—. ¿Qué significado tienen las monedas de diez céntimos o el número diez? —le pregunté.

Jose se rió incrédulo; había venido en busca de ayuda para encontrar el propósito de su vida y para que yo revisara su currículum, y no creía que la sesión fuera a desarrollarse como lo estaba haciendo. «He visto monedas de diez céntimos caer al suelo justo delante de mí, casi siempre cuando pienso o hablo de mi madre. Rara vez hablo de esto, excepto con mi familia», explicó. «¡Me preocupa mucho que alguien piense que estoy loco!».

Sonreí cuando su madre me mostró varias bolsas Ziploc (bolsas de plástico con cierre hermético, para comida) llenas de monedas. —¡Me enseña un montón de monedas!—

—Guardo todas mis monedas y tengo una bolsa de un litro llena con aproximadamente dos kilos o más—, confirmó Jose.

—¿Tienen algún significado las monedas de diez céntimos?—, pregunté.

—Mi abuelo falleció en 1988, cuando yo tenía solo nueve años. Trabajaba para la compañía telefónica recogiendo el cambio de las cabinas telefónicas. En aquellas fechas se usaban monedas de diez céntimos para llamar—, dijo, meneando la cabeza al pensar en cuántos cambios ha habido en la vida.

 —Bueno, en su funeral, el sacerdote que ofició la ceremonia bromeó y nos dijo que las monedas de diez céntimos probablemente serían importantes para que nuestra familia supiera que estaba con nosotros y que podíamos llamarlo cuando lo necesitáramos. Fue ese día, de camino al almuerzo fúnebre, cuando encontramos nuestra primera moneda de diez céntimos allí, en el estacionamiento. Toda mi familia sigue encontrando monedas de diez céntimos en los lugares más insospechados. No sé si el sacerdote estaba siendo perspicaz o simplemente bromeando, pero el ‘hallazgo de la moneda de diez céntimos’, como lo llamamos, es una señal reconfortante y nos asegura que el abuelo es nuestro ángel de la guarda.

El significado

En numerología, la moneda de diez céntimos (diez céntimos) representa 1+0=1. El uno simboliza el comienzo y es un número perfecto. Los números perfectos en numerología muestran equilibrio, lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, el Yin y el Yang. Algunas personas interpretan el hallazgo de una moneda de diez céntimos como una señal de que sus seres queridos les han dicho que, a pesar de todo lo malo (la muerte), han encontrado lo bueno (el Más Allá). El número diez también significa cerrar el círculo y volver a empezar. El diez representa la plenitud, el logro y la culminación, por lo que se cree que las monedas de diez céntimos simbolizan las oportunidades perdidas que ahora se recuperan. El céntimo (penique) transmite un mensaje similar de nuevos comienzos.

Monedas del cielo    

La mañana era fresca y me sentó de maravilla ponerme una sudadera al salir a correr. No encontraba mis auriculares y me sentí un poco molesto; necesitaba la motivación de escuchar las charlas de Blaine y Allyson en la emisora de radio 96.3 de Detroit, para empezar a correr. Y sin eso, pensé que simplemente daría un paseo rápido.

Aunque era martes reinaba la tranquilidad en el barrio, salvo algún que otro corredor que pasaba por allí y con quien intercambiaba una sonrisa silenciosa o un saludo. Al rodear el parque cerca de mi casa sentí un calambre terrible en la pierna y empecé a entrar en pánico: había dejado el teléfono móvil en casa porque no encontraba los auriculares. ¿Y si no podía volver a casa?

Me apoyé contra un gran roble y noté movimiento en el banco metálico del parque. Un anciano con cabello gris revuelto estaba sentado allí, con una camisa blanca impecable, pantalones gris oscuro y una chaqueta de traje sobre las piernas. A su lado una hermosa mujer llevaba un pañuelo rosa en la cabeza, una sudadera azul claro con la palabra “Abuela” bordada y vaqueros azules. Pero aquel hombre no la miraba; solo tenía la vista fija al frente y sollozaba.

—Peg, ¿cómo pudiste? ¿Cómo pudiste dejarme?—, gimió.

Las lágrimas brotaron de mis ojos al darme cuenta de que iba vestido para el funeral de Peg.

La mujer del pañuelo rosa permanecía allí, en espíritu, con la mano sobre la pierna izquierda de su esposo. Por su aura supe que aún no había trascendido. Su energía rebosaba tristeza, pero se sentía liberada del dolor físico que había soportado durante tanto tiempo.

—Dijiste que vivirías, Peg. Dijiste que lo lograrías —continuó, dejando entrever ira y tristeza en cada palabra—. ¿Me oyes? ¿Acaso me oyes?

La señora me miró, sabiendo que podía verla, y me sentí paralizada. Pero el anciano estaba tan angustiado que temí que fuera a hacer algo drástico. Así que, cojeando, me dirigí en silencio al banco del parque, intentando ignorar el dolor en mi pierna, un dolor que no se comparaba en absoluto con el que el esposo de Peg sentía en lo más profundo de su ser.

Mentalmente pregunté a Peg cómo se llamaba su marido. Siempre he sido pésima con los nombres, sobre todo porque dudaba de mí misma al recordarlos, así que les rogué a mis guías que fueran precisas. «Guille. Se llama Guille», oí.

Con la mayor naturalidad posible, pasé junto a Guille, me detuve y lo miré.

—¿Guille? —pregunté, fingiendo reconocerlo. Era pésima mintiendo, así que esperaba no ser tan obvio. El hombre se secó las lágrimas y me miró con expresión interrogante.

—Guille, lo siento mucho. Me enteré de lo de Peg. Mi madre era amiga suya —mentí, esperando que me perdonara—. Luchó una batalla muy dura.

—Durante años —respondió, sacando un pañuelo y sonándose la nariz—. Maldito cáncer.

Asentí con la cabeza en señal de comprensión.

—Sabes, de verdad creo que nos escuchan en el cielo. Cuanto más hablas con ella, más fácil se hace. Y sé que no es lo mismo que tenerlos aquí con nosotros, pero nos ayuda a superar los días difíciles. Al menos a mí me ayuda con mi madre.

Guille inclinó la cabeza y comenzó a llorar de nuevo.

—Dile que le envío unas monedas —me dijo Peg.

—¿Has oído hablar alguna vez de monedas de un céntimo que caen del cielo?—

Guille levantó la cabeza, con los ojos verdes aún brillantes por las lágrimas, y me miró extrañado. Metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda de un céntimo. «Cuando me senté en este banco, la encontré ahí tirada. Pensé que tal vez era una señal de ella, pero luego me pareció una tontería».

—¿De qué año es el céntimo?—, pregunté, esperando que mi intuición fuera correcta.

—¿Qué?—, preguntó desconcertado.

—Solo tengo curiosidad por saber la fecha de la moneda. He oído que si encuentras una moneda en un lugar visible, a veces la fecha es relevante. Pensé que tal vez…

—¿Qué demonios...? —balbuceó Guille mientras miraba la moneda de cobre opaca—. 1955. Me miró. —El año de nuestro aniversario de bodas. Volvió a llorar.

—Ella te escucha, Guille. Estoy segura de que te escucha. Sigue hablándole. Llora su pérdida, pero celebra con ella que ya no sufre. Creo firmemente que las monedas de un céntimo son tu señal. Y que vienen del cielo.

Miré a Peg, que estaba llorando pero me sonrió agradeciéndome entre lágrimas.

Guille se levantó del banco y yo abracé a ese completo desconocido. No de mi parte, sino de parte de Peg; probablemente él no lo sabía.

Mientras me alejaba me di cuenta de que no era casualidad que me faltaran los auriculares. Ni que hubiera caminado por allí ese día a esa hora y tuviera que detenerme por un calambre en la pierna. Con frecuencia nos encontramos en situaciones, en ciertos momentos, con ciertas personas, para completar ciertas misiones, pero estamos tan absortos en nuestro mundo que no lo vemos. Ni lo oímos. Y la mayoría de las veces, no lo hacemos.

Tómate un momento en tu apretada agenda para observar y escuchar a tu alrededor; observa y escucha con atención. Recibimos mensajes del Más Allá constantemente. O de este lado, mensajes que nos llegan. ¿Estás escuchando? ¿Los oyes? ¿Estás prestando atención a las pequeñas cosas que te llegan del Cielo?

5. Orientación del Otro Lado

He tenido sesiones con clientes que han vivido experiencias horribles, y siempre me asombra su fortaleza. Cuando les pregunto cómo superaron la tristeza y el caos de la situación, la respuesta suele ser la misma: haces lo que sea necesario para encontrar la paz interior para, simplemente, salir adelante.

No todos los que vagan están perdidos.

—Soy Kristy —respondí al teléfono.

—¿Kristy Robinett? —preguntó la señora al otro lado del teléfono.

—Sí —respondí, pensando que probablemente se trataba de un vendedor. Y como casi nunca contesto el teléfono me preguntaba si me arrepentiría de haberlo hecho.

—Kristy, esto va a sonar a locura —escuché a la señora respirar hondo—. Creo que mi casa está embrujada y me preguntaba si podrías ayudarme.

—Espera… empecemos por tu nombre.— Sonreí al teléfono. Sentí que me devolvía la sonrisa.

—Lo siento —dijo con risita nerviosa—. Me llamo Kim y vivo en la zona de Novi, Michigan.

Recibo llamadas de personas de Canadá y EEUU que afirman ser víctimas de fenómenos paranormales. Obviamente no puedo viajar a todas partes, pero como Kim vivía cerca y tenía un par de horas libres al día siguiente, le pedí su dirección y prometí visitarla.

—¡Qué alivio!—, suspiró. —¡Siento que me estoy volviendo loca!

Al día siguiente llegué a la casa de estilo colonial ubicada en medio de un bonito barrio residencial, estacioné el auto, apagué el motor, cerré los ojos y me conecté con la tierra. Conectarse con la tierra, o asegurar y anclar la energía, es importante para que la información recibida provenga del lugar correcto. ¿Alguna vez te has sentado en una habitación donde mucha gente hablaba y te has sentido perdido, sin poder entender lo que decían? Eso es estar desconectado de la tierra.

Abrí la puerta del coche, cogí mi bolso y me dirigí a la gran puerta roja de entrada, adornada con una preciosa corona de ramas de vid. Ni siquiera tuve que tocar el timbre cuando una señora muy guapa abrió la puerta, se presentó como Kim y me invitó a pasar.

Inmediatamente vi el espíritu de una mujer que era la viva imagen de Kim solo que mayor, de pie detrás de ella. Sonreí; era un caso mucho más sencillo de lo que esperaba. Me senté frente a Kim en el sofá de su sala de estar, que daba a un pequeño arroyo. Era un lugar muy tranquilo, muy diferente a la sensación que me transmitían algunas casas que había visitado.

—Mi despertador sigue sonando a las 4:30 de la mañana todos los días. No importa lo que haga. Incluso compré uno nuevo, y claro, también sonó. Y mi cafetera prepara café sola. La programo para la mañana, pero de vez en cuando estoy aquí sentada, huelo a café y resulta que ya está hecho.

Asentí con la cabeza mientras miraba a la anciana, cuyo espíritu me acompañaba sentada junto a Kim, con una sonrisa traviesa.

—Incluso llamé a un electricista que me dijo que no había nada estropeado. Pero antes de irse dijo que había oído un susurro y que tal vez tenía un fantasma. Me reí porque pensé que estaba bromeando, pero hablaba muy en serio. Me dio tu tarjeta de presentación.

Levanté una ceja y me reí. Siempre me ha parecido interesante cómo la gente obtiene mi información.

—Kim, ¿tu madre falleció recientemente? ¿Hace menos de un año que murió?

Kim me miró con sus grandes ojos verdes y asintió.

—Tuvo un derrame cerebral, ¿verdad?, y tuviste que desconectarla del soporte vital.

—¿Cómo lo sabes?

—Kim, no te persigue ningún fantasma, solo estás recibiendo un saludo del Cielo. Por cierto, tu mamá está sentada a tu lado.

Kim me miró y luego miró a su lado con la esperanza de verla.

—Dice que una no deja de preguntarse si hizo lo correcto.

Kim rompió a llorar y asintió con la cabeza.

—Oh, sí, me lo pregunto todas las noches cuando me acuesto.

—Hiciste lo correcto —respondí en voz baja—. Tu madre solo intenta tranquilizarte. En cuanto al café, solo intenta ser útil. La hora de la alarma tiene algo que ver con tu fecha de nacimiento.

Kim se secó las lágrimas. —¡Mi cumpleaños es el 30 de abril!—

—Eso significaría simplemente que está feliz de que seas su hija.

Enseguida oí a su madre decir: «No todos los que vagan están perdidos ». Se lo repetí a Kim y ella se rió.

—Mamá decía eso todo el tiempo. Quizás debería cambiarse a ‘No todos los que rondan son fantasmas’. Kim pensó un momento y preguntó.

 —¿Entonces no es un fantasma?.

—No, es solo tu madre y no es un fantasma. Reconócela, habla con ella, pero sobre todo perdónate por lo que no necesita perdón: su camino fue su camino y no debes asumir ninguna responsabilidad por él.

El noventa y cinco por ciento de los supuestos casos paranormales en los que me piden ayuda no suelen ser causados ​​por fantasmas, sino por espíritus. Los fantasmas son aquellos que no han trascendido, mientras que un espíritu es alguien que sí lo hizo, pero que viene de visita. Y la mayoría de quienes nos visitan son familiares, amigos y, a veces, vecinos curiosos que vivieron en la casa, en ese terreno o cerca de ellos.

Kim me llamó varios meses después para decirme que el café seguía preparándose solo, de vez en cuando, y que la alarma seguía sonando pero no tan a menudo como antes. Pero, sobre todo, me llamó para decir que se había perdonado y que se sentía reconfortada al saber que su madre seguía cerca. «Creo que estaba tan desorientada con todo lo que estaba pasando que no me di cuenta de que era mamá».

El vestido de novia

—Puri, (hipocorístico del nombre Purificación) tienes que pensarlo muy bien. Estás demasiado agotada para hacerlo sola —le dijo el hombre de cabello plateado y amables ojos castaños mientras le tocaba cariñosamente el hombro derecho y salía de la habitación del hospital.

Puri miró a la frágil mujer que yacía en la cama. Le costaba reconocerla. Y aún más creer que aquella mujer, que aparentaba más de ochenta años, tuviera solo sesenta y estuviera muriendo. Puri echó un vistazo al folleto que le había dado el Dr. Pota y se estremeció: «Termine su vida con gracia y dignidad con cuidados paliativos».

Su madre, Gloria, se había quejado de dolores de cabeza durante años, pero ni Puri ni su madre sospechaban nada parecido. El cáncer se había diagnosticado solo tres semanas antes. Cáncer cerebral en etapa 3. Los médicos estaban intentando un tratamiento pero Puri no estaba segura de si el tratamiento mataría primero a su madre que el cáncer. Pero sabía que, pasara lo que pasara, su madre no sobreviviría mucho tiempo.

En su trabajo la comprendieron, pero ya había agotado todos sus días de baja por enfermedad y vacaciones, y se había quedado sin días libres remunerados, y con facturas que pagar. Además, estaban sus dos hijos, que también la necesitaban. Su exmarido, a regañadientes, había asumido cuidar a tiempo completo pero su paciencia también se estaba agotando. Se encontraba en situación muy difícil.

—¿Sigues aquí, Pat? —preguntó la voz cansada de su madre.

—Claro que sí, mamá. ¿Qué necesitas? ¿Quieres que pida una bandeja? —preguntó Puri mientras mojaba una toallita blanca y la colocaba suavemente sobre la frente sudorosa de su madre. La medicación que le estaban dando a Gloria era como agua del infierno. Temblaba, pero a la vez tenía fiebre. Puri deseaba que los temblores curaran el cáncer pero sabía que eso era una tontería.

—No, no tengo hambre. Tienes que ir a buscar a los chicos. Ve a pasar tiempo con ellos. Te prometo que aún no me moriré. Gloria sonrió con picardía, pero el momento, aunque un tanto macabro, duró solo un segundo antes de que empezara a tener arcadas en la pequeña bacinilla que la enfermera había dejado en la mesita de noche.

 —Vete. Lo digo en serio. Al menos ve a casa, dúchate y duerme. ¿Cómo vamos a encontrarte un médico guapo con ese aspecto?

Puri puso los ojos en blanco y sonrió. Siempre le había encantado el humor irreverente de su madre. Y casi nunca había un momento en que Gloria no intentara emparejar a Puri con alguien. Al día siguiente del diagnóstico de Gloria, la miró fijamente a los ojos y le dijo que, en la vida o en la muerte, encontraría a esa persona especial para ella, porque sentía que Puri se lo merecía.

El padre de Puri, Guille, era el alma gemela de su madre. Se casaron a la tierna edad de diecinueve años y apenas un año después dieron la bienvenida a su única hija, Purificación Juana Chula. Pasaban casi cada instante juntos hasta que Guille falleció inesperadamente, cinco años antes. A Guille le encantaba ayudar a los demás y ser bombero voluntario. Era una fría noche de invierno cuando recibió una llamada informándole de que un restaurante local se había incendiado. Unas horas más tarde, Gloria recibió la terrible noticia de que el techo del edificio en llamas se había derrumbado sobre Guille matándolo al instante. Sin embargo, Gloria era una superviviente y creía en la vida después de la muerte. «La fe nos ayudará a superar esto, Puri», solía decir.

Puri no estaba tan segura. La muerte de su padre coincidió con el fin de su matrimonio. Quedó tan devastada que recuperó su apellido de soltera a pesar de que amigos y familiares le decían que era ridículo, pero para ella era la única manera de mantener a su padre cerca. La única manera.

Puri había perdido la fe y se había vuelto amargada a pesar de tener hijos maravillosos. Su vida se convirtió en una rutina monótona, como en la película El día de la marmota: se despertaba, preparaba a los niños para el colegio, los llevaba, luego iba a trabajar, volvía a casa, los preparaba para dormir, se acostaba y al día siguiente repetía la misma rutina. Vivía para morir, no para vivir. Y su madre lo sabía, insistiendo a menudo en que siguiera adelante.

—¿Por qué no sales con alguien, Puri? Eres tan guapa. Y tan inteligente. Que te hayas casado y divorciado de un inútil no significa que no haya otros mejores por ahí.

Puri fruncía el ceño a su madre e ignoraba el comentario. Pero tenía miedo de volver a fracasar. Era más fácil a su manera.

—Bueno, algún día te voy a buscar pareja y te voy a obligar a salir con alguien —advertía Gloria—. Sé que papá también lo desea.

—¿Quieres algo? Papá está muerto, mamá. No puede hacer nada por ti, ni por mí, ni por sus nietos. Ya no está.

El cinismo de Puri nunca afectó a Gloria. Era su momento de ignorar el escepticismo. «Ya lo verás, Puri. Ya lo verás».

Puri negó con la cabeza, dándose cuenta de que estaba más cansada de lo que pensaba.

—Una ducha y dormir un poco me vendrían bien, mamá. Pero si necesitas algo, llámame, o dile a la enfermera que me llame lo antes posible, ¿de acuerdo?

Puri se inclinó y besó la frente de su madre. Olía a talco para bebés. Gloria siempre olía a talco para bebés. De camino al coche, se sintió abrumada por la culpa. Aunque deseaba con todas sus fuerzas darse una ducha caliente y dormir, su madre luchaba por su vida y eso era más importante que todo lo demás. Incluso más importante que su trabajo, donde le habían dejado cuatro mensajes de voz preguntando cuándo volvería a trabajar.

El teléfono fijo de Puri sonó en cuanto entró por la puerta. Dejó caer las llaves sobre la mesa del comedor, que tenía tres semanas de correo sin abrir, y cogió el teléfono.

—¿Hola?—

—¿Señorita Chula?—

Puri contuvo la respiración, rezando para que no fuera esa llamada.

—Sí, ¿en qué puedo ayudarle?

—Soy María del comercio “Volví a Tropezar”. ¡Qué alegría poder contactarla! Llevamos toda la semana intentándolo. Su vestido de novia ya está aquí y puedes venir a recogerlo cuando quieras —dijo una voz femenina con tono alegre y positivo.

—Lo siento, debe haber un error —exclamó Puri.

—¿No es usted Patricia Chula?—

—Eh, sí, pero le aseguro que no tengo ningún vestido de novia que recoger. Ni siquiera un hombre con quien casarme vestida de novia—, dijo Puri riendo.

—Eso es increíblemente extraño. Tengo su nombre, Patricia Chula, y este número de teléfono. La fecha de la boda que aparece es, déjeme comprobarlo. Sí, aquí está: el 10 de abril, dentro de seis meses.

Puri contuvo la respiración. El diez de abril era el aniversario de bodas de sus padres. Qué extraño y coincidente, pensó, desconcertada.

—Lo siento mucho, pero debe estar confundiéndome con otra persona. No es mi vestido.

Su teléfono móvil sonó justo en ese momento y vio que era el hospital quien llamaba.

—Tengo que irme. Espero que encuentres a la verdadera del vestido.

Puri colgó el teléfono fijo y contestó al móvil.

—Puri, soy el Dr. Pota. Tu madre falleció hace unos quince minutos. Lo intentamos todo pero se marchó. Lo siento mucho.

Puri no supo qué la hacía reír y pensar que en su trabajo estarían contentos por saber que, probablemente volvería la semana siguiente. Pero ese fue su primer pensamiento antes de desplomarse en el suelo y llorar desconsoladamente. «Mamá, me prometiste que no te morirías. Sabía que no debería haberme ido. ¡Lo prometiste!»

La llamada para ver el vestido de novia quedó prácticamente olvidada.

Gloria era muy organizada y, tras la muerte de Guille, planeó y pagó todo para cuando le llegara su momento. Siempre fue muy ordenada y meticulosa, lo que facilitó mucho las cosas a Puri. Y aunque a lo largo de los años discutían porque Gloria rozaba el trastorno obsesivo-compulsivo con su excesivo orden, Puri se lo agradeció enormemente en esta situación. Y tan solo cuatro días después, regresó a su trabajo como si el último mes no hubiera existido.

Puri trabajaba como gerente de Sistemas Informáticos en una gran empresa pública, donde era más un número que una persona. Atendía llamadas de toda la corporación, desde problemas con impresoras hasta pantallas azules de error en los ordenadores. Preparaba presentaciones para los ejecutivos y coordinaba a su equipo según fuera necesario. No había muchas mujeres en su campo y ella era buena en lo que hacía, y lo sabía. Apenas un par de días después del funeral de su madre su asistente Janet le entregó una pila de currículums.

—Nos han autorizado a contratar a dos personas más —dijo Janet—. El primer candidato llegará en media hora, y después llegarán cuatro más cada media hora. Ya pedí el almuerzo. Tienes un aspecto terrible y necesitas comer. Janet salió de la oficina tan rápido como había entrado.

Puri se rió. Agradecía a Janet su franqueza. Formaban un gran equipo. La mayoría se habría ofendido, pero no Puri. La persona que se sentaba a pocos metros de ella, durante más de ocho horas al día, cinco días a la semana, durante más de diez años, jamás le había preguntado cómo estaba, ni siquiera tras el fallecimiento de su padre o su madre. En cambio, Janet sabía que Puri era mujer adulta y que no era su confidente, sino su asistente. Se entendían a la perfección.

Tras la entrevista con el tercer candidato Puri dejó los informes sobre el escritorio. Cualquiera de ellos serviría. Sabía que estaba aturdida, pero se sentía bien al volver a la oficina y retomar la rutina, aunque fuera un poco como vivir el Día de la Marmota.

—Señora Chula, aquí está su candidato final —dijo Janet mientras conducía a un hombre alto y delgado a su oficina. «Debe medir 1,93 m», pensó Puri, intentando no mirarlo fijamente mientras se ponía de pie para saludarlo.

Puri estrechó la mano del desconocido.

—Llámame Puri. Por favor. Toma asiento.

—Soy Guille —se presentó el hombre mientras se sentaba frente a ella en la silla de oficina de tweed gris.

Puri intentó no mostrarse distraída durante la entrevista, pero no podía dejar de pensar en la extraña conexión que sentía con Guille. A pesar de compartir apellido con su padre, había muchos Guillermos  y Guilles pero también había algo en él que le resultaba muy familiar.

Antes de que terminara la entrevista Janet entró con dos emparedados y una bolsa de patatitas fritas que dejó sobre el escritorio. Puri se quedó atónita. «Janet, aún no he terminado. Esto puede esperar».

Janet sonrió a Guille.

—Estoy segura de que ya te han contratado. Verás, acaba de perder a su madre y necesita comer. Si comes con ella, comerá, estoy segura.

Antes de salir de la habitación, Janet guiñó un ojo a Puri, haciéndola sonrojar.

—Lamento mucho mi comportamiento poco profesional. Eso no se corresponde en absoluto con mi asistente—, se disculpó Puri.

—No hace falta que se disculpe. Perdí a mi padre el año pasado —dijo Guille—. Lo entiendo. ¿Por qué no comemos y hablamos de cosas que no sean de negocios? O podemos comer y hablar de unidades magneto-ópticas de almacenamiento de datos, si eso le hace sentir más cómoda —bromeó Guille con picardía.

Puri lo miró fijamente por un instante, intentando inventar una excusa sobre que ella era la jefe cuando percibió un fuerte olor a talco para bebés. Miró a su alrededor para ver de dónde venía pero no había pasado nadie. El olor le hizo pensar en su madre y por un momento creyó que tal vez Guille era un regalo del cielo, y se echó a reír. Solo una tonta coincidencia, pensó.

Pero fue extraño porque Puri sintió algo. Después de tantos años, Guille la hizo sentir algo, y lo más raro fue que no la asustó. Pasaron más de dos horas hablando de sus familias, sus divorcios y su lugar de vacaciones favorito, que irónicamente era el mismo: Charleston, en Carolina del Sur.

Puri contrató a Guille en el acto, junto con otro candidato que había entrevistado pero no sabía muy bien qué iba a hacer. Era imposible que se enamorara de un desconocido que ahora era su empleado, después de tan solo un par de horas. ¿O sí?

Guille también lo sentía y se negaba a aceptar sus excusas para no salir con él. No había nada en el reglamento interno que hiciera ilegal, o poco ético, que salieran juntos, y después de mucha insistencia Puri accedió a una cita un viernes por la noche. Y así fue durante los dos meses siguientes, todos los viernes y sábados por la noche, hasta que en Nochevieja, justo a medianoche, Guille se arrodilló y  propuso matrimonio a Puri con sus hijos a su lado. Y ella dijo que sí, sin la menor duda.

—No quiero una boda ostentosa—, solía decir Puri. —Solo algo sencillo.

Pero sus hijas la acosaban para que comprara un vestido de novia, aunque fuera sencillo. Su madre, su abuela, lo habría querido así. Así que cuando entró en la tienda de novias cerca de su oficina, se rió del nombre —Volví a Tropezar— y luego pensó en la llamada que recibió justo antes de que su madre falleciera.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó la señora de mediana edad con el pelo corto y rubio.

Puri empezó a hablar sin parar sobre una boda pequeña y un vestido sencillo cuando la vendedora se rió y dijo: “Primero, empecemos por tu nombre. Me llamo Sofía”. Puri se rió y se disculpó:

—Me llamo Puri Chula y estoy buscando un vestido sencillo. A la segunda va la vencida, ¿verdad?.

Sofía miró a Puri como si hubiera visto un fantasma antes de pedirle que repitiera su nombre.

—Puri Chula —repitió Puri— ¿Nos conocemos? —preguntó, confundida.

—Eso es lo que creí que había dicho. Creo que la llamé, hace varios meses, por un vestido que nunca recogió.

—¿No encontró a la dueña del vestido? —exclamó Puri.

—Deme un momento, por favor —dijo Sofía, y entró rápidamente en la trastienda. Un par de minutos después salió con una bolsa blanca colgada del brazo

—Probémonos este vestido, solo por diversión.

Puri estaba confundida pero siguió a Sofía al amplio probador. Sofía indicó a Puri que subiera a un pedestal que parecía un escenario, rodeado por un espejo triple. Mientras Puri se desvestía vislumbró el vestido en el espejo justo cuando Sofía abría la cremallera de la bolsa. Era precioso. Sencillo. Elegante. Y justo lo que buscaba. Sofía ayudóa a que se lo pusiera y ambas quedaron sin aliento. Le quedaba perfecto y Puri rompió a llorar al mirarse en el espejo. No era solo el vestido, era que jamás pensó que volvería a creer en el amor. En el matrimonio. En eso. Y deseó que su madre pudiera verla ahora.

—Pero no lo entiendo —dijo Puri a la vendedora—. ¿Cómo? Acabo de conocer a mi prometido. Antes de terminar la frase vio la firma en el recibo grapado a la bolsa del vestido. Era obvio que era la letra de su madre. Siempre supo que su madre era muy organizada, pero esto era un poco excesivo, aunque lo agradecía mucho.

—¡Increíble! —respondió Sofía después de que Puri terminara de explicárselo todo

—Bueno, ya está pagado y es todo tuyo. Un regalo del cielo, se podría decir.

Y así, Puri percibió el aroma a talco para bebés y supo que nada era más cierto.

Haciendo las paces

—Solo quiero paz—. Dolores juntó las manos sobre el regazo y me miró con sus ojos color miel.

Los últimos años habían sido difíciles para esta sureña de sesenta y tantos años. Originaria de Georgia había vivido varias décadas en Michigan pero conservaba su acento. Sus padres fallecieron juntos en un accidente de coche. Aunque eso dio a Dolores cierta paz —saber que estaban juntos— incluso antes de que sus cuerpos fueran enterrados se desató una gran disputa con sus tres hermanos por la herencia. Una familia que hasta entonces había permanecido unida en las buenas y en las malas ahora estaba destrozada y se pronunciaron palabras que jamás podrían olvidarse y, probablemente, nunca perdonarse.

—¿Y qué es lo que te trae paz, Dolores? —le pregunté.

Me miró con una mueca de desagrado, como si le hubiera pedido que comiera algo que no le gustaba.

—Lo único que sé es que mi vida es un caos y me estoy perdiendo, perdiendo mi matrimonio, a mis hijos… mi cordura. Solo quiero paz —repitió con firmeza—. Y extraño a mis padres—, dijo con solemnidad.

—Si no sabes qué te trae paz, ¿cómo la encontrarás?

—No soy Confucio, pero creo que es en los momentos de mayor confusión, en los momentos de mayor caos, cuando descubrimos los secretos de nuestra alma. Claro, podemos maldecir esos momentos, preguntarnos y lamentarnos por qué nos vimos envueltos en esa horrible situación, pero una vez que todo se calma, casi siempre obtenemos lecciones de vida que nos ayudan. O que ayudan a otros.

—Dolores, cierra los ojos e imagínate feliz. Descríbelo.

—Veo a mi familia reunida alrededor de la mesa del comedor.

—¿Hueles algo?

—Sí, puedo oler las palomitas de maíz.

—¿Qué estás haciendo?

—Nos reímos de un chiste tonto que contó uno de los niños.

Dolores abrió los ojos llenos de lágrimas.

—¿Así que mi paz es precisamente lo que me está volviendo loca?

—No exactamente, pero ahora sabes que uno siente paz cuando la familia está reunida, llevándose bien… y hay palomitas de maíz de por medio.

Los dos empezamos a reír.

—Pero en serio, ¿sabes por qué hueles a palomitas de maíz? ¿Qué tiene eso que ver con tu mamá y tu papá?

Dolores volvió a arrugar la nariz pero reflexionó un par de minutos. «No me había dado cuenta de que pensar en mis padres me daba paz. Mi madre nos preparaba palomitas todos los viernes por la noche. Siempre era un momento divertido. Y luego, cuando era adolescente, ya no me importaba. Supongo que es más importante de lo que pensaba».

—Cuando encuentras la paz interior te conviertes en el tipo de persona que puede vivir en paz con los demás. Y, de nuevo, las palomitas de maíz también podrían mejorar la experiencia.

Dolores se puso en contacto conmigo unos meses después de su cita y me dijo que había retomado la tradición de los viernes por la noche de palomitas de maíz y películas con su familia, y que volvía a sentirse cercana tanto a sus padres como a su familia en general. Le sugerí que comenzara un diario para anotar las cosas positivas, las que la hacían sentir satisfecha, y que empezara el día con pensamientos de paz y lo terminara de la misma manera. La paz rara vez se trata de cosas materiales sino de encontrarla en momentos sencillos.

 

6.Animales

Las señales comunes que el Más Allá envía desde el reino animal incluyen mariposas, libélulas, pájaros, mariquitas, ardillas comunes y  listadas, pero la lista es interminable y a veces muy imaginativa. Pronto leerás sobre el joven que envió arañas a su madre después de morir. No es que tu ser querido haya reencarnado en ese insecto o animal sino que, simplemente, te envía su energía. Sabrás que es una señal si ese animal o insecto actúa de forma rara, como posarse sobre ti, picotear continuamente tu ventana, mirarte fijamente sin moverse, —hablar— gritando o haciendo un ruido incesante. Intentan que sea obvio para que no dudes; tómate un minuto para detenerte y prestar atención para que (ellos) puedan hacerte saber que siguen ahí y que están contigo.

Presta atención a algún animal que se comporte de forma inusual, como una mariposa que no te deja en paz, tu mascota que se queda mirando fijamente a un rincón de la habitación, o quizás encuentres mariquitas constantemente en lugares extraños. Los animales están muy conectados con el mundo espiritual y son buenos indicadores de ese mundo que está cerca, o que ayudan a saludar al Cielo.

Pato, pato

Muchas veces hay una razón detrás del animal que nos muestran nuestros seres queridos ya que podría haber sido el favorito de la persona que ha fallecido, pero a veces no tiene mucho sentido por qué fue ese animal o insecto en particular, al menos hasta más tarde.

Tuve una cliente en la oficina que insistía mucho en hablar con su madre, que había fallecido hacía más de diez años. La madre de Dorotea le dio un consejo muy maternal. Le preocupaba que su hija siempre estuviera con prisas y estresada, e incluso la llamó insolente. «Detente y disfruta de las pequeñas cosas», recalcó su madre, a lo que Dorotea respondió con actitud desafiante.

—Dice que los patos son importantes. Los seis patos, para ser exactos.—

—No tengo ni idea de lo que eso significa, Kristy —dijo Dorotea, irritada.

—¿Seis? ¿Tu madre tuvo seis hijos?

—Bueno, sí, pero ¿qué significan los patos?—

Me encogí de hombros después de que su madre no me diera más explicaciones. Saqué uno de mis libros favoritos del autor Steven Farmer, Guías espirituales animales.

—Steven suele hablar de los patos como un recordatorio para reconectar con la familia. Los patos también ayudan con las emociones inestables y la sensación de agobio. Así que supongo que es un mensaje positivo, ¿no?.

Dorotea no lo creía así. De hecho, creo que pensó que me lo había inventado todo, y aunque se marchó de mi oficina con cortesía, se notaba que estaba molesta. Estoy acostumbrada a ser el chivo expiatorio —al fin y al cabo el mensajero suele serlo, incluso el mensajero del Más Allá—, pero me esfuerzo para que mis clientes se vayan con mensajes y respuestas, no con más preguntas.

La sensación de haberla decepcionado de alguna manera me acompañó durante el resto del día. Al salir me puse la chaqueta ligera, agarré el bolso y, cuando iba a guardar el móvil en el bolsillo, me di cuenta de que tenía un mensaje de voz. Le di a reproducir.

—Ejem, Kristy, soy Dorotea. Solo quería avisarte de que lo de los patos tiene sentido.

La oí respirar hondo antes de que volviera a hablar. Su voz temblaba y parecía que había estado llorando.

—Cuando salí de tu oficina estaba molesta. Mamá nunca fue buena comunicándose, y no sé por qué pensé que esta vez sería diferente. Iba con retraso al trabajo y me quedé atascada en el tráfico, pero no sabía por qué. Dos coches delante de mí se detuvieron y no entendía qué pasaba, así que empecé a tocar la bocina cuando me di cuenta del problema. Era una pata con sus seis patitos cruzando la calle. ¡Seis patos! — repitió —Gracias, Kristy, y lamento haber estado de mal humor y probablemente haber sido grosera. Al parecer, mamá quería que supiera que está presente. Así que reconsideraré mi paciencia… y llamaré a mis hermanos. Gracias de nuevo.

Sonreí. Nuestros seres queridos no tienen cuerdas vocales como nosotros y a menudo describo mis interacciones con ellos como un juego de mímica. Soy humana y a veces no entiendo del todo lo que me muestran o dicen; pueden perderse en la traducción. Pero la mamá de Dorotea insistió en los patos y era un mensaje para el futuro, no para el pasado. Al igual que nuestros sueños, sus mensajes tienen significados simbólicos entrelazados y hay que encontrar sentido al sinsentido. A veces sucede rápido, a veces no.

Insectos

Estaba haciendo una sesión de espiritismo en una fiesta de Halloween cuando un joven se manifestó en espíritu y me pidió que le dijera a su madre que le había enviado arañas. Sentí telarañas haciéndome cosquillas en la cara y lo que parecían arañas trepando por mi brazo. Quise gritar, pero había indicado a todos que mantuvieran las yemas de los dedos sobre la mesa y que no rompieran el círculo. No quería ser la rebelde, así que entrecerré los ojos e hice una mueca, esperando que nadie me estuviera mirando en la penumbra de la habitación.

Una mujer rompió a llorar, pero a la vez reía. «Ese sería mi hijo. Decía que si alguna vez moría me mandaría arañas para asustarme. ¡Y lo hace!», exclamó. «Encuentro arañas pequeñas constantemente en casa, y nunca las habíamos visto antes de que muriera Yósua. Sé que es él haciéndome saber que está ahí y, al mismo tiempo, bromeando conmigo».

Después de que mi esposo, Chuqui, perdiera a su padre empezó a fijarse en las libélulas. No solo volaban a su alrededor sino que se posaban sobre él y se quedaban hasta que las apartaba. Una tarde, mientras la familia iba a un festival renacentista local, caminábamos por un sendero de tierra irregular cuando nos detuvimos y quedamos mirando a Chuqui. Cinco libélulas se posaron sobre él al mismo tiempo, y se sentaron cómodamente en sus brazos y hombros. ¿La razón? Simplemente un saludo amistoso del cielo.

A menudo me preguntan por qué. La mayoría piensa que debe ser un mensaje de advertencia o que anuncia una catástrofe inminente. Pero casi siempre es simplemente un saludo y nada más.

Recuerdos de libélula

Xana vino a verme apenas una semana después de que su hija Piti falleciera. Aunque normalmente recomiendo a mis clientes que esperen un año antes de visitarme tras el fallecimiento de un ser querido, Xana había programado la cita con un año de antelación para hablar con su padre, a quien perdió siendo niña. En aquel momento Xana no podía imaginar que estaría sentada en mi consulta con la esperanza de hablar con su pequeña.

—La vida sigue, eso es lo que me repiten —sollozó— ¿Pero cómo es posible? Todavía extraño a mi papá después de tantos años, ¿y cómo pueden sanar las heridas de perder un hijo?

No supe qué responder. Por experiencias anteriores con otros clientes sabía que tenía razón. Se construye una nueva vida sin el niño, pero las heridas nunca sanaron del todo. Me sorprendió ver a una niña muy guapa, con el pelo largo y castaño y vestida con de fiesta rosa con volantes, entrar dando saltitos en la oficina, de la mano de su —Papá— y con un peluche bajo el brazo.

—Piti está aquí, Xana —señalé—. Y con su abuelo, tu padre.

—Pero si nunca se conocieron. ¿Cómo es posible?

—En el Más Allá conocemos a nuestra familia, a nuestra gente. Dice que la ayudó a cruzar al otro lado después del accidente de coche. Ella también tiene un peluche, pero no logro descifrar qué es.

Xana rió, con lágrimas corriendo por sus mejillas.

—Ese será Hipoti, el hipopótamo. Nunca iba a ninguna parte sin él. Una vez lo perdimos en el cine. —Xana no pudo terminar la frase—. No creo que pueda seguir, Kristy. Solo tengo fotos y recuerdos, ¿y si se desvanecen? Me persiguen día tras día y, sobre todo, noche tras noche. Solo quiero estar con ella. Con ella y con mi padre.

—La vida no tiene por qué seguir; es una elección. Una elección que probablemente siempre te plantearás, pero no te llevaron, Xana. Todavía no es tu momento. No sé por qué no te llevaron a ti, y a Piti sí. Ojalá tuviera esas respuestas.

—¿Por qué llora mi mamá? —me preguntó Piti—. Sigo aquí, solo que es diferente.

Asentí con la cabeza a Piti comprendiendo que, aunque solo le tuvo cinco años en la Tierra sus años en el Cielo serían mucho más largos.

—Sé que es mucho pedir —Xana dudó un momento—, pero ¿irías conmigo al cementerio? Está a la vuelta de la esquina.

La pregunta me desconcertó. Vi a Piti justo a mi lado y no entendía qué sentido tendría una excursión al cementerio, pero Xana estaba muy animada y me preocupaba su estado mental. Como era mi única cliente del día, accedí. Envié un mensaje a mi marido Chuqui avisando que llegaría un poco más tarde de lo previsto, junto con un breve resumen de adónde iba.

Seguí la furgoneta plateada de Xana, (que aún tenía un asiento elevador dentro), durante aproximadamente un kilómetro y medio, hasta llegar a la entrada del cementerio y a una zona llamada Jardín del Cordero, con hileras e hileras de tumbas para niños. Antes de bajar del vehículo cerré los ojos y pedí a mis guías que me acompañaran, rezando para que la decisión de venir al cementerio fuera la mejor y que mi don fuera tan claro como lo fue en la oficina. No estaba segura, ya que me encontraba en un cementerio grande.

El césped aún estaba húmedo por el rocío de la mañana, a pesar de que el sol llevaba brillando varias horas. Xana se sentó en el césped junto a la tumba de Piti. Tomé mi chaqueta, la extendí y me senté encima, a su lado.

—Debería haber cogido ese coche —murmuró Xana, señalando la furgoneta—. El otro no tenía la silla elevadora y quizás eso la habría salvado. Xana yacía sobre la parcela. La tierra recién removida se le pegaba a la mejilla derecha, humedecida por las lágrimas que la convertían en barro. Su vestido de algodón con estampado de cachemir no la protegía mucho del viento que soplaba suavemente a nuestro alrededor, y se estremeció un poco al coger la cajita que llevaba escondido en el fondo de los bolsillos. Sin incorporarse, Xana contó los pedacitos. Catorce en total, confirmó. Volvió a guardar el contenido y, con las manos temblorosas, cerró la tapa.

«Piti, si puedes ayudarnos a tu madre y a mí ahora, te lo agradecería muchísimo», recé, sin saber qué hacer ni qué decir. ¿Acaso abrazar a Xana serviría de algo? ¿Llamar a mi amiga terapeuta ayudaría? Simplemente no sabía qué hacer, salvo pedirle una señal a Piti.

El movimiento nos sobresaltó y, justo cuando la criatura alada se posó en la mejilla de Xana, manchada de agua, cerca de su nariz, vi a Piti acercarse en espíritu. La libélula nos observó a ambas por un instante, como si quisiera decir que no pertenecíamos a ese lugar, antes de alejarse suavemente volando. Su color azul real hacía juego con los ojos de Piti. En lugar de sentirse reconfortada por la criatura divina, Xana rompió a llorar de nuevo, abrazando la piedra de mármol gris que mostraba el nombre de su hija: Piti Gracia, de cinco años.

Tan rápido como partió la libélula volvió a aterrizar y se posó frente a Xana. El momento fue sereno mientras ella contemplaba la luz del sol que brillaba a través de sus alas transparentes y el colorido de su cuerpo, aún más brillante que segundos antes.

—Llevo tiempo pidiendo una señal, Kristy, algún tipo de señal, y no he recibido nada. ¿Es esto una señal o solo una extraña coincidencia?

A menudo me frustraba que señales tan claras y evidentes como esta fueran ignoradas y descartadas. «No existen las coincidencias, Xana. ¡Por supuesto que esto es una señal!». Antes de que pudiera terminar la frase, la libélula se posó en la mano de Xana y, sin dudarlo, se arrastró sobre su dedo índice y aleteó suavemente antes de volar hacia el árbol que se cernía sobre el cementerio.

—Piti dice que llevas sus caramelos contigo —susurré.

Xana asintió y se incorporó lentamente. Sacó la cajita del bolsillo y la abrió. Vaciando el contenido en su mano, colocó uno a uno los caramelos de colores sobre la lápida; los dulces favoritos de Piti.

—Íbamos a salir corriendo a comprar estos caramelos. Ella se había portado bien en la escuela y se lo prometí. Solo quería cumplir mi promesa—. Xana se echó a mis brazos.

—Sí lo hiciste —dije, abrazando a la joven madre acariciándole el cabello—. Sí lo hiciste —repetí.

Piti se paró frente a nosotras, igual que en mi oficina. «Díle que le envío a mi hermanita. Va a tener los ojos azules como los míos y espero que la llame caramelito». Piti rió y acarició el cabello de su mamá conmigo mientras yo contaba el mensaje con delicadeza.

Xana levantó la vista y se secó las lágrimas.

—Nadie lo sabe, Kristy, pero estoy preñada. ¡Ni siquiera se lo he dicho a Xuan todavía!

Ocho meses después recibí el recordatorio del embarazo, adornado con libélulas.

Xana y Xuan anuncian con orgullo el nacimiento de su hija, Amelia Madison. En una nota personal, se lee que Amelia aún ve libélulas. Añadió que, aunque sabía que no era Piti, sentía como si el cielo la hubiera tocado y que siempre sabría que Piti era su hermana mayor.

Palomas de luto

Fina (hipocorístico de Josefina) creció con una relación increíblemente próxima a sus abuelos maternos, Elisa y Pachu. Siempre estaba con ellos. Vivían en la misma ciudad, tenían una casa de campo donde pasaba todos los fines de semana y, en un par de ocasiones, se quedaron a vivir con su familia. Nunca se perdían un acontecimiento, desde primeras comuniones y conciertos de la banda hasta cenas de cumpleaños y despedidas de soltera, y nunca dejaban de ser los primeros en visitar a un bebé tras el nacimiento: siempre estaban presentes. Eran la personificación de lo que significa ser abuelo.

Al crecer, vivieron cerca de los padres de Fina, quienes ayudaban con sus necesidades diarias. El abuelo de Fina falleció en 1998 y su abuela, Elisa, intentó vivir sola, lo cual logró por un corto tiempo hasta que tuvo que someterse a una cirugía de espalda. Dado que la recuperación sería larga ella y los padres de Fina decidieron que lo mejor sería que vendiera su condominio y se mudara con ellos.

La casa de los padres de Fina, ubicada en las afueras del centro de Romeo, Michigan, tenía una cocina muy grande. Un ventanal enorme ofrecía una vista magnífica del lado este de la cocina desde la mesa, donde sus padres y su abuela pasaban mucho tiempo por su amplitud y ventilación. Poco después de que su abuela se mudara con sus padres apareció una tórtola que pasaba cada día posada en el cable de la luz, desde donde podía ver a través de la ventana de la cocina. Su abuela la llamó Pachu, en honor al abuelo de Fina.

Pachu se posaba en el cable todos los días, mirando hacia la casa y a través de la ventana. A su vez, su abuela miraba a Pachu y le reconfortaba saber que estaba cerca.

La abuela de Fina falleció el 18 de diciembre de 2005. El 21, día de su entierro, caía una fuerte nevada. Las carreteras estaban resbaladizas y la procesión fúnebre tuvo que ser desviada (¡por Fina!) para evitar una pendiente resbaladiza dentro del cementerio. Como Fina dirigía el tráfico en la entrada principal, tuvo que correr literalmente hacia la parte trasera del cementerio cuando pasó el último coche para no perder el servicio junto a la tumba. Corrió frenéticamente por el resbaladizo camino del cementerio para llegar al lugar donde enterraban a su abuela junto a su abuelo.

De repente un coche se detuvo junto a ella. No lo vio venir ni lo oyó. Simplemente pareció aparecer como por arte de magia. El conductor dijo que era de la funeraria, que estaba al otro lado de la calle del cementerio, y que la había visto dirigiendo el tráfico. El pueblo era pequeño y ella no lo reconoció, pero aun así subió al coche. El hombre llevó a Fina a la parte trasera del cementerio, sin decir nada más, y la dejó justo cuando comenzaba el servicio. Ella se metió en silencio bajo la gran carpa con el resto de la familia.

La buena amiga de Fina, Gati, y su hija Melisa estaban afuera de la carpa, desafiando el mal tiempo para asistir al funeral de la abuela de Fina. Según Gati y Melisa, justo cuando el sacerdote terminó la última bendición un pájaro voló por encima, piando fuerte como si fuera primavera. Dijeron que el pájaro voló tan bajo que instintivamente se agacharon y se miraron asombrados de que una tórtola estuviera afuera con un clima tan horrible, y mucho menos en invierno en Michigan.

Poco después del funeral de su abuela empezaron a crecer pensamientos morados junto a la puerta de la casa de sus padres. Brotaron entre la nieve y florecieron como si el invierno no existiera. Los pensamientos eran las flores favoritas de la abuela de Fina.

Pachu no volvió a aparecer en el cable después de la muerte de la abuela. Pero desde entonces, cada verano, un par de tórtolas se posan en el cable frente a la ventana de la cocina de los padres de Fina. Y los pensamientos, a veces morados y a veces amarillos, siguen llenando el jardín año tras año, donde Pachu y Elisa pueden sentarse a disfrutarlos mientras los padres de Fina los cuidan.

El pájaro azul

—¿Cómo sé que me oye?—

—Oh, te oye —aseguré a la joven morena que tenía las piernas cruzadas. Su madre, en espíritu, se acercó a la silla y sentó a su lado posando una mano tranquilizadora sobre el hombro de su hija. Por un instante, el aire se volvió fresco y penetrante y  la joven cogió un pañuelo tapándose los ojos mientras rompía a llorar. Su madre me hizo una seña para que hiciera algo así que me senté donde había estado su madre y abracé a Ana mientras seguía llorando.

—No dije a mi madre que la amaba. Yo era una adolescente terrible. No le dije que la amaba.

Su madre me confirmó que era cierto, que Ana había sido adolescente terrible. Luego, riendo, dijo que era porque tenía voluntad férrea e independencia desde el momento en que nació. La mamá se puso melancólica y pude ver cómo los recuerdos afloraban entre ellas.

—Ana, tu madre dice que sabía que la querías, tanto en las buenas como en las malas ocasiones. Deberías sentirte peor por haberle robado el coche aquella noche porque un chico te lo pidió.—Ana soltó una carcajada. —¿Te lo contó?— Asentí.

—¿Sabe que tuve una niña? —preguntó sujetando el pañuelo.

—¿Y que le pusiste el nombre de tu madre? Sí, lo sabe.—sonreí para tranquilizarla.

—¿Sabe que no consigo mantener ninguna relación? Me siento un fracaso.

—Nadie piensa que seas un fracaso. Simplemente te juntas con el tipo de hombres equivocados. Y todo empezó con el fiasco del coche —repetí, sonriendo a su madre por intentar mantener un tono desenfadado.

—¿Dónde está? —Ana miró a su alrededor intentando ver lo que yo veía.

—Justo detrás de ti, pero está muy cerca de ti. Me enseña un pajarito azul.—Ana me miró con curiosidad.

—No sé si alguna vez he visto uno. Me pregunto qué significará eso.

Me encogí de hombros.

—No estoy segura, pero es importante. ¿Qué harás dentro de dos semanas?

—Me voy de crucero, que me hace mucha falta.—Ana sonrió.

—¡Bien por ti! Creo que tiene algo que ver con eso.

—Bueno, no estoy segura —respondió Ana con escepticismo.

Tres semanas después, cuando recibí la entusiasmada llamada de Ana, todo cobró sentido.

—Kristy, no te lo vas a creer. Nuestro barco tenía problemas y tuvieron que darnos otro. ¿Su nombre? ¡El Pájaro Azul! Y todo giraba en torno a él, desde la decoración hasta las bebidas de cada noche. Sentí a mamá conmigo todo el tiempo. ¡Fue tan especial!

Con frecuencia buscamos algo físico que nos llame la atención de forma evidente, pero si un ser querido dice que te provoca mariposas en el estómago puede que no se trate de una mariposa física sino de una nota con una mariposa o un poema que alguien comparte contigo y que incluye una mariposa. Ana recibió su mariposa de forma muy clara, pero no siempre sucede así.

El caballo marrón

Mi esposo, Chuqui, trabajaba en Michigan como gerente de un importante almacén minorista cuando le pidieron que fuera a Kansas City para capacitarse en un nuevo sistema operativo. Le dolía dejar atrás a sus dos hijos pequeños pero su reciente divorcio le había afectado mucho y el cambio de ambiente le vendría bien. Lo consideraba una bendición, aunque solo fuera Kansas.

El tío Joe de Chuqui era pariente por afinidad pero eso no importaba porque era más un padre para Chuqui que su propio padre. Joe era hombre de gran estatura con honorable herencia irlandesa; era un gigante gentil a menos que lo hicieran enojar, y eso ocurría casi siempre si había bebido ginebra. Joe McCusker, que así se llamaba, era lo que muchos dirían un alma vieja: su sabiduría y amplia sonrisa conmovían a todo el mundo. Era alguien sobre quien se crearon leyendas, y compañeros de trabajo y familiares solían hablar de lo grandes que eran sus manos y de lo útiles que le resultaban en su trabajo en Ford Motor Company ya que podía agarrar más piezas con una sola mano que un hombre normal. Pero esto no era una leyenda, era cierto. Y Joe jamás habría hecho daño ni a una mosca.

Tan solo dos meses después de que se le diagnosticara el cáncer Joe falleció, irónicamente el día de su festividad favorita, el 17 de marzo, Día de San Patricio.

El tío Joe fue figura paterna para Chuqui durante sus años más formativos, y el dolor de su fallecimiento lo acompañó toda su vida adulta. Chuqui solía visitar la tumba de Joe, tomar un trago de su cerveza favorita y derramar el resto sobre la lápida, dejando la lata como muestra de cariño.

Unas cuantas veces al año realizo sesiones de espiritismo. Aunque el término —espiritismo— suena siniestro y tenebroso no hay mucha diferencia entre mis sesiones y una lectura grupal salvo que hago que tres personas se acerquen a una mesa pequeña y practicamos lo que se conoce como “inclinación de la mesa”.

La meditación con mesas giratorias es una forma de mediumnidad física que se remonta al siglo XIX cuando las hermanas Fox la utilizaban para comunicarse con el Más Allá. Permite a los participantes ver o percibir la comunicación a través de la mesa, ya que esta puede inclinarse, girar, vibrar e incluso, en ocasiones, levitar. Si bien intento obtener mensajes para quienes se encuentran en la mesa también puedo recibir mensajes de los seres queridos de los asistentes.

En las sesiones espiritistas un médium tiene la capacidad de permitir que los difuntos utilicen su laringe para comunicarse, al igual que Whoopi Goldberg en la película Ghost. Los rasgos faciales pueden cambiar y la voz del médium transformarse en la del fallecido. He presenciado varias de estas sesiones y, para ser sincera, son difíciles de ver. Los familiares suelen estar confundidos y emocionados a la vez, y el médium queda exhausto después. Huelga decir que no soy médium que preste la voz, ni de trance. Aunque me ha sucedido antes, siento pérdida de control y prefiero transmitir la información a convertirme en ella.

Muchas veces, familiares míos y seres queridos de Chuqui se manifiestan pero suelo apartarlos para dar voz a los participantes que pagan mis servicios. El mundo espiritual no lo entiende. Pero fue en una de estas sesiones cuando el espítiru de un hombre se manifestó y dijo llamarse Joe, mostrando su cuerpo físico en la Tierra con una estatura imponente. Por las historias de Chuqui presentí que se trataba de su tío, pero
no lo había conocido en vida ni recibido visita suya del Más Allá.

—Dile que te estoy enseñando un trébol de cuatro hojas —ofreció Joe a modo de confirmación.

—Sí.— Pude ver a Chuqui asintiendo en la tenue luz de las velas de la habitación.

—Dile que le traje el caballo marrón para demostrarle que siempre estoy con él.

—Menciona un caballo, Chuqui. Y dice que te trajo el caballo marrón para demostrarte que te protege —repetí.

—¡El caballo! —exclamó Chuqui—. ¡Guau, muchas veces me he preguntado quién era y qué significaba!

Los abuelos paternos de Chuqui provenían de Bolckow, Missouri, un pueblito situado a apenas una hora al norte de Kansas City, cerca de la frontera con Nebraska, con una población de poco más de cien habitantes. Así que, mientras Chuqui trabajaba en Kansas City decidió explorar sus raíces y buscar el cementerio del pueblo para rendir homenaje a sus antepasados. El cementerio estaba al final de una carretera estatal, en terreno llano. Un alto letrero de hierro forjado lo anunciaba como el Cementerio Bautista de Bolckow. Mientras paseaba entre las lápidas reconoció muchos nombres de las historias que le habían contado sus abuelos. Justo cuando empezaba a caminar hacia su coche oyó un relincho. Levantó la vista y vio una casa al otro lado de la calle con varios caballos pastando. Pero fue un caballo marrón el que le llamó la atención porque el animal simplemente se quedó allí mirándolo fijamente, asintiendo con la cabeza, como si lo llamara. Así que Chuqui accedió y cruzó la carretera, pensando al mismo tiempo que debía estar loco por recibir instrucciones de un caballo, esperando que su dueño no apareciera con una escopeta pensando que Chuqui iba a robar uno de los caballos de la granja. Pero se arriesgó porque sintió una atracción que solo podía explicarse como divina.

Chuqui preguntó al caballo si debía reconocerlo, y el animal asintió y relinchó en respuesta a sus preguntas, de modo que Chuqui no pudo evitar reírse con incredulidad. Se acercó y acarició con cariño al gran animal, preguntándole si podía tomarle una foto. El caballo volvió a asentir y pareció quedarse inmóvil mientras Chuqui sacaba la cámara del bolsillo de su abrigo y tomaba la instantánea. No sabía por qué, pero el caballo lo había conmovido.

Ningún otro caballo se acercó a la cerca de madera, excepto este, y le pareció una eternidad antes de decidir que su miedo a ser perseguido por un camino de tierra por el dueño apuntándole con una escopeta superaba su asombro ante la interacción. Se despidió y siguió su camino pero años después pensó en aquel gran caballo marrón y musculoso y contempló la foto que le había tomado en Bolckow. Sin embargo, la respuesta sobre quién era y por qué no llegó hasta más de diez años después, cuando su tío Joe se manifestó en la sesión de espiritismo.

—Dile que siempre recuerde al caballo —reiteró Joe.

Uno pensaría que la energía que le había transmitido al caballo provendría de algún pariente directo, tal vez alguien enterrado en el cementerio que estaba visitando, pero a Chuqui no le sorprendió ni le hizo dudar. En cambio, sentía que su tío Joe era como un familiar, a pesar de no compartir lazos de sangre, y Joe le demostraba que siempre lo protegería y estaría con él, sin importar el lugar ni las fronteras de la vida o la muerte.

Una mascota muy querida

Pepe estaba tan desconsolado por la pérdida de su padre que lo único que podía hacer era mantenerse ocupado y entretenerse en el jardín de sus padres. Sabía que a sus sesenta y dos años tenía suerte de tener a sus padres vivos pero su papá, que no parecía enfermo, no parecía poder durar mucho tiempo. Y Pepe no se sentía preparado. En realidad, ¿quién está preparado para la muerte?, se preguntó.

Observó la residencia de ancianos de sus padres. Estaba en el norte de Michigan, en un pueblo llamado Kalkaska, y aunque los pueblos turísticos no estaban lejos aquello era un paraíso. No había vecinos en kilómetros a la redonda, y la rodeaban hectáreas y hectáreas de pinos y exuberantes colinas. Incluso tenían un pequeño lago. La casa no tenía nada de especial: era una prefabricada que sus padres compraron después de que su papá se jubilara de Chrysler. Era sencilla, pero perfecta, y a todos los hijos les encantaba viajar más de tres horas de ida y vuelta, una vez al mes, para visitarlos. No solo por la serenidad del entorno, sino porque los padres de Pepe eran, además de padres, abuelos maravillosos.

Sus padres emigraron de Rusia y se llamaban Ana y Nicolás. Valoraban cada céntimo que ganaban y, aunque eran generosos con hijos y nietos, vivían con austeridad pero felices, sin remordimientos. Lo único en lo que se permitían un capricho, además de sus hijos, era en su querida perra, Sadie.

Sadie era la preciada beagle de Ana y Nicolás y los hijos bromeaban diciendo que la trataban mejor que a ellos, y probablemente había mucha verdad en esa afirmación. Un año antes Sadie había fallecido de cáncer de estómago y, desde entonces, Pepe notó que la personalidad relajada y las sonrisas habituales de sus padres ya no eran tan profundas. Estuvo tentado de regalarles un cachorro rescatado pero sus padres decían que eran demasiado mayores para empezar de nuevo con otro perro. Un año después de la muerte de Sadie murió el padre. Pepe intentaba consolar a su madre pero él se derrumbaba. Lo único que pudo hacer para mantenerse entero fue trabajar en el tractor de su padre.

—Pepe, ¿por qué no entras a comer un bocata? —preguntó Bárbara, su esposa, desde la puerta mosquitera.

Pepe negó con la cabeza y siguió trabajando en el tractor marca Xuandír. Bárbara suspiró y se alejó de la puerta. Lo entendía. Ella también había perdido a sus padres hacía pocos años.

Quizás un paseo por el bosque le vendría bien, pensó Pepe.

—Voy a ver el puesto de caza —gritó a Bárbara desde la puerta, al ver que su madre dormía la siesta en el sillón favorito de su padre envuelta en una manta. Pepe negó con la cabeza, pensó en lo injusta que era la vida, y luego se reprochó ese pensamiento. Debería estar contento por el tiempo que tenía. Era más del que muchos de sus amigos tuvieron con sus padres.

Normalmente encontraba consuelo caminando por los senderos pero estaba deprimido y lleno de tristeza. Todo le recordaba a su padre. Y luego estaban las preguntas sobre qué hacer con su madre. No podía dejarla a más de tres horas de distancia, pero sabía que sería una lucha convencerla de que volviera a la vida en la ciudad. Simplemente no sabía qué hacer.

Había aproximadamente tres curatos de kilómetro hasta el puesto de caza en el árbol donde él y su padre habían cazado durante años. Nunca habían cazado gran cosa. Siempre pensó que era la forma que tenía su padre de alejararse de su madre y pasar un rato tranquilo. Recordar la conversación no le trajo consuelo, sino lágrimas. Pepe se sentó en el suelo frente al puesto de caza y comenzó a sollozar desconsoladamente. No le importaba que el suelo estuviera un poco embarrado por la lluvia reciente ni que sus pantalones se estuvieran ensuciando. En ese momento nada le importaba, pero un crujido llamó su atención.

Pepe permaneció sentado esperando a ver si era un ciervo que venía a alimentarse. En lugar de un ciervo, ardilla o marmota, animales típicos de la fauna local, un pequeño cachorro de beagle salió del denso bosque. Pepe se quedó mirando un momento y luego llamó suavemente al cachorro, que parecía emocionado de ver a un humano. Corrió hacia él y se acurrucó en su regazo. Pepe rió y miró a su alrededor para ver si el dueño del perro lo seguía pero, después de unos quince minutos, se dio cuenta de que nadie iba tras él.

—¿Te has perdido, perrito? —preguntó acariciando la cabeza del pequeño perro marrón y blanco. Sacó un trozo de carne seca que tenía en el bolsillo y se lo dio. El perrito lo engulló como si no hubiera comido en mucho tiempo.

No tenía sentido, pensó. Había pocos vecinos, todo el mundo se enteraba de los asuntos ajenos y nadie tenía un cachorro. No podía simplemente dejarlo en el bosque, así que lo recogió y llevó de vuelta a casa.

—¡Pepe! ¿Qué tienes ahí? —exclamó su esposa cuando él entró por la puerta con el perro.

—Lo encontré en el bosque. Probablemente esté perdido. Iré al pueblo a ver si alguien lo está buscando.

—¿Pepe? —Su ​​madre entró en la sala y vio el pequeño bulto peludo que él sostenía. El cachorro se había quedado dormido en sus brazos, así que se lo entregó a su madre. Ella se sentó en la silla de su padre y acarició la cabeza del cachorro.

—Voy a ducharme y luego iré al pueblo a ver si ha desaparecido —dijo  Pepe a su madre, pero ella no le prestaba atención; estaba sonriendo y llorando mientras acariciaba al perro.

—¿Mamá?

—Papá lo mandó. ¿No lo ves?

—No le pongas nombre —advirtió Pepe—. ¡Tiene que pertenecer a alguien!

Después de una ducha caliente, Pepe fue al pueblo y luego al refugio de animales local, pero nadie sabía de la desaparición de un cachorro beagle.

—Parece que es todo tuyo, Pepe —dijo Chip, el camarero del pueblo, cuando Pepe se detuvo a tomar una cerveza—. Apuesto a que Nicolás te lo envió.

Pepe sonrió con picardía. —Eso es lo que dijo mamá—.

—¿Y no me crees? Después de que mi madre falleciera, teníamos una ardilla que no paraba de intentar entrar en casa. Era lo más raro del mundo. No fue hasta que me di cuenta de que mi madre había mandado a la ardilla que el dichoso bicho dejó de aparecer.

De camino a casa, Pepe hizo algo que nunca antes había hecho. Bajó el volumen de la radio y empezó a hablar con su padre hasta que ya no pudo conducir. Las lágrimas le empañaron la vista, así que se apartó de la carretera.

—Papá, te voy a extrañar. ¿Cómo voy a seguir adelante sin ti? ¿Qué voy a hacer ahora? —sollozó Pepe sabiendo perfectamente que no obtendría respuesta, pero el dolor lo consumía por completo—. Y ahora este perro. Papá, tengo que lidiar con mamá, ¿y ahora un cachorro? ¿De verdad lo enviaste?

Justo cuando formuló su última pregunta, sonó su teléfono. Al ver el número sonrió y supo la respuesta. En la pantalla aparecía: «Papá llama».

—Ya voy de camino a casa, mamá —dijo al auricular.

Nadie llamó preguntando por el cachorro. Su madre puso al perro el nombre de Nicky, en honor a su marido, y sabían perfectamente por qué. Era un regalo del cielo.

7. Electrónica y llamadas telefónicas

Es común que se produzcan interferencias electrónicas cuando un ser querido de la Posvida está cerca. Radios, televisores, teléfonos móviles y prácticamente cualquier aparato electrónico pueden encenderse, apagarse o funcionar incorrectamente. A veces el Más Allá puede usar estos objetos para comunicarse con seres queridos.

Tú más

Cincuenta años después de graduarse, Carolina y Andrés, novios desde la escuela secundaria, se reencontraron en un restaurante local. Fue como amor a primera vista. Ambos habían estado casados ​​y divorciados una vez, y aunque su acutal relación se había vuelto seria decidieron vivir de forma independiente sin contraer matrimonio. Tenían hijos mayores y estaban jubilados de buenos trabajos, pero echaban de menos la compañía. Todos los que los veían juntos comentaban lo románticos que eran, y Carolina y Andrés estaban de acuerdo. Estaban perdidamente enamorados.

A Carolina le encantaba la personalidad extrovertida de Andrés. A dondequiera que fueran parecía que alguien lo conocía y siempre tenía una palabra amable para él. Compartían intereses similares y se volvieron inseparables, quedando todas las mañanas para desayunar y casi todas las noches para cenar. Cuando Andrés no apareció en la cafetería del barrio para su cita de desayuno Carolina se preocupó. No era propio de Andrés dejarla plantada. Era tan confiable como el amanecer y el atardecer, y esa era una de las cualidades que la atraían de él, ya que no era una cualidad que hubiera tenido en su matrimonio anterior.

La noche anterior habían salido con amigos; él la dejó en su casa y le dio un beso en la mejilla. Normalmente charlaban unos minutos antes de acostarse pero ella estaba cansada y le pidió que dejara sonar el teléfono dos veces para saber que había llegado bien. Cuando oyó sonar el teléfono se acomodó y durmió plácidamente.

Carolina siempre se emocionaba al ver a Andrés, y ese día se puso su blusa azul favorita, unos pantalones de lino blanco y se dirigió a su restaurante preferido para desayunar justo a las siete de la mañana. Pero cuarenta y cinco minutos después la menuda mujer preguntó a la camarera si podía usar el teléfono.

Después de marcar el número de Andrés y no obtener respuesta supuso que algo andaba mal y llamó al hijo de Andrés, Pablo, quien vivía a solo un par de manzanas de su padre. Por la urgencia de Carolina supo de inmediato que debía ir corriendo a ver cómo estaba su padre. Carolina dio las gracias a la camarera, subió a su coche y se dirigió a casa de Andrés. Tal vez se había caído y no podía alcanzar el teléfono. Probablemente tropezó con las pilas de libros que guardaba en su habitación, pensó. Tenía que ser eso. Ella le repetía que tenía que dejarla ordenar su casa.

Cuando llegó no solo estaba aparcado el coche de Pablo detrás del de Andrés sino también había un coche de policía y una ambulancia. Supo que era algo más grave que un simple tropiezo y una caída.

Era obvio que lo que hizo que Carolina se enamorara de Andrés de nuevo impactó a muchos otros. Nunca había visto tanta gente en un funeral. Su muerte se diagnosticó como ataque de corazón. Su móvil estaba sobre su barriga, pero apagado; el número de Carolina se iluminó cuando lo abrieron. No creían que hubiera intentado pedir ayuda ni nada por el estilo, dada la posición de su cuerpo. En el informe del forense se indicaba que Andrés probablemente se había quedado dormido y no había despertado. A Carolina le reconfortó saber que no había sufrido, pero aún se preguntaba por qué tenía el teléfono consigo. Normalmente lo dejaba cargando toda la noche. Era un misterio que la desconcertaba. «Oh, probablemente solo estaba pensando en ti», sugirió una amiga. «Quizás se olvidó de decirte algo y luego se quedó dormido», comentó otra. Pero nunca lo sabría con certeza.

Carolina no sabía cómo sobrellevar el duelo. Técnicamente no era viuda, ya que no tenía acta de matrimonio ni seguro de vida. Ninguna de las dos cosas le importaba, pero se había quedado sin nada que la uniera a Andrés. Ni cenizas, ni apellido, ni siquiera una prenda suya. Sus hijos se llevaron todo y cuando pidió un recuerdo, la ignoraron. Ni Carolina ni Andrés eran materialistas y nunca se intercambiaban regalos en Navidad. Lo que importaba era el tiempo que pasaban juntos, pero la semana siguiente al funeral de Andrés Carolina habría dado cualquier cosa por acurrucarse con una manta, su camisa, cualquier cosa suya. Solo le quedaban fotos y recuerdos.

Siete días después del funeral de Andrés Carolina estaba sentada en su mecedora, mirando por la ventana del patio su pequeño huerto. El sol de junio acariciaba sus adornos colgantes y los rayos del arcoíris brillaban sobre la alfombra. Estaba absorta en sus pensamientos cuando sonó el teléfono. Al mirar la pantalla de identificación de llamadas notó que el número estaba marcado como restringido o desconocido, pero contestó de todos modos.

—¿Hola? —dijo con la voz algo débil por la falta de sueño de la última semana. Al principio nadie respondió y pensó que tal vez la línea estaba mal, pero justo cuando iba a colgar, oyó un crujido al otro lado y una voz se escuchó.

—Cari, es Andi.—oyó.

Una broma cruel, pensó Carolina. ¿Cómo podía alguien ser tan cruel como para hacerse pasar por Andrés? —¿Quién eres? —preguntó.

La voz masculina respondió con solo dos palabras que la hicieron creer que había recibido una llamada del Cielo: «Tú más». Y entonces la llamada se cortó.

Se llevó el teléfono a la oreja con la esperanza de escuchar otro mensaje, pero no llegó nada más. Entonces sonó una grabación que le recordaba que el teléfono estaba descolgado y que debía colgar.

Carolina y Andrés nunca se dijeron “Te quiero”, ambos pensaban que era una tontería. En cambio terminaban sus conversaciones telefónicas nocturnas con un “Tú más”, y nadie más lo sabía.

Fue la señal más reconfortante, y era solo suya. Tenía demasiado miedo de contarlo a alguien por temor a que la juzgaran que estaba desarrollando demencia. Ese año, después de la llamada de Andrés, un par de noches a la semana el teléfono sonaba una o dos veces. No había nadie al otro lado de la línea y siempre era un número restringido u oculto. Llamó a la compañía telefónica esperando que realmente no hubiera otra explicación que algo sobrenatural, y no la había. No sabían de dónde venían las llamadas. Eso le dio paz.

Un año después del fallecimiento de Andrés tuvo que someterse a un procedimiento médico que requirió que su hija Paula pasara algunas noches con ella. La primera noche Paula se acomodó en el sofá. Sentada junto a su madre vieron juntas un programa de telerrealidad de canto cuando sonó el teléfono.

—Son las nueve de la noche —comentó Paula, extendiendo la mano para coger el teléfono. Antes de que Carolina pudiera decirle que lo dejara pasar ya había contestado “¿Hola?”. Carolina observó cómo Paula palidecía.

—¿Quién es? —preguntó Paula al teléfono.

Carolina le quitó el teléfono y lo dejó en la mesita, sin escuchar.

—¿Qué dijo Andrés esta noche?—

Los ojos de Paula se abrieron de par en par mientras negaba con la cabeza, incrédula.

—El hombre —Paula balbuceó—, Andrés, dijo: «Cuida a mamá». ¿Pero cómo es posible?

Carolina se encogió de hombros y continuó viendo su programa, ignorando a Paula.

—Mamá, ¿cuánto tiempo lleva llamándote esta persona?

Carolina apagó la televisión. «Essa persona es Andrés, y lleva llamando desde la semana después de su funeral. No es todo el tiempo; sobre todo es por la noche. Dejo que suene el teléfono. A veces, durante el día, contesto y lo oigo respirar. No sé cómo, pero es Andrés. Una vez lo oí reír y me reconfortó. Fin de la historia. Sé que piensas que estoy loca…»

—No creo que estés loca —suspiró Paula. No lo creía, pero el mensaje que había escuchado era inquietante.

—Estoy muy cansada —se quejó Carolina— Voy a la cama.

Paula asintió y acompañó a su madre a su habitación.

—¿Quieres que duerma contigo?

—No digas tonterías, estoy bien.—

Carolina era una chica testaruda, siempre lo fue. Paula y su madre se llevaban de maravilla cuando no discutían, lo cual era raro. A medida que Paula crecía se dio cuenta de que se parecían demasiado. A la mañana siguiente Paula se levantó y echó un vistazo a la habitación de su madre. La vio todavía en la cama y el pánico la invadió. Carolina se levantaba a las cinco de la mañana y ya eran casi las ocho. Cuando Paula entró en la habitación se dio cuenta de que debía de haber fallecido durante la noche. La advertencia de la noche anterior la atormentaba y no podía creer que no la hubiera tomado más en serio.

La muerte de Carolina se debió a un coágulo de sangre provocado por la reciente cirugía. Apenas un par de días después del funeral de su madre comenzaron las llamadas a casa de Paula. Solo sonó una vez y luego nada. Por más triste que estuviera sabía que su madre ahora estaba, para siempre, con su novio de la secundaria, disfrutando de la vida en el cielo con su amado.

Correos electrónicos. Escenas retrospectivas

Addison Logan, de trece años y originario de Wichita, Kansas, y su abuela Lois pasaron una tarde de jueves recorriendo varias ventas de garaje. Addison decidió comprar una vieja cámara Polaroid que costaba un dólar. La compra les depararía algo sobrenatural al llegar a casa. Dentro de la cámara había una foto del tío de Addison, Scott, hijo de Lois, quien había fallecido en un accidente automovilístico hacía más de veintitrés años. Lois regresó al lugar de la venta de garaje pero el vendedor no recordaba de dónde había sacado la cámara. Tras la sorpresa inicial la familia decidió interpretarlo como una señal del cielo, del propio Scott, que les indicaba que estaba bien.

En noviembre de 2011 Tim Art recibió un correo electrónico de su mejor amigo de la infancia, Jack Froese. Nada sorprendente, ya que los mejores amigos suelen intercambiar correos electrónicos, excepto que Jack había fallecido en junio de 2011 a causa de una afección cardíaca. El asunto del correo decía: “Te estoy vigilando”. El mensaje decía: “¿Me oíste? Estoy en tu casa. ¡Limpia tu maldito ático!”. Froese solía burlarse constantemente de Art por el desorden de su ático. Poco después, otro correo electrónico de Froese llegó a otro amigo, advirtiéndole de una lesión inminente en el tobillo que, efectivamente, ocurrió días después. En lugar de asustarse los amigos y familiares de Jack Froese afirmaron que los correos electrónicos eran un regalo del cielo.

Era un apacible día de otoño Tula miraba por la ventana de su oficina deseando estar en cualquier otro lugar. Habían pasado ocho meses desde que su esposo había fallecido inesperadamente tras una intervención menor,y el duelo aún era doloroso. Su correo electrónico del trabajo sonó avisando de un nuevo mensaje. Al mirar la pantalla se le paró el corazón. El correo era de su esposo, con el asunto: «Te echo de menos». El mensaje simplemente decía: «Te echo mucho de menos hoy. Te quiero mucho». Aturdida pero agradecida por el mensaje cogió la foto de su boda, manchada de lágrimas, y la besó, susurrando: «Yo también te echo de menos y te quiero». Cuando vivía, su esposo le enviaba un correo electrónico por la mañana al llegar al trabajo.

¿Podría ser que los correos electrónicos simplemente se hubieran quedado atascados en un servidor y entregado tarde? Claro pero, en cualquier caso, este tipo de experiencias ocurren a diario. Muchos lo atribuyen a la coincidencia o dudan de la veracidad de las historias, mientras que otros (entre los que me incluyo) creemos que se trata de pura sincronicidad. Todo sucedió en el momento justo.

Sparkle (Brillante)

Se llamaba Suzie, pero todos la conocían por su apodo, Sparkle (que significa brillante). Siempre fue extrovertida, con sonrisa amigable y encantadora y una calidez que hacía pensar a cualquiera que era maestra o enfermera, y sin duda madre, pero no era ninguna de las dos cosas.

Su vida comenzó con dificultades. Hija de madre soltera y muy joven, Sparkle fue dada en adopción con la esperanza de que tuviera una vida mejor. Pero su familia adoptiva distaba mucho de lo que su madre biológica hubiera deseado. La madre adoptiva tenía problemas con el alcohol y su padre adoptivo la maltrataba física y emocionalmente. Abusó de ella desde los cinco años hasta que se escapó de casa a los dieciséis. Vivió en la calle y se volvió adicta al alcohol y las drogas, buscando cualquier cosa para mitigar su dolor físico y emocional. El abuso fue tan terrible que desarrolló una infección que requirió una histerectomía de urgencia a los veinte años, por lo que Sparkle no tendría hijos biológicos.

Fue en el hospital, tras su recuperación quirúrgica, donde una enfermera se encariñó con la bella joven rubia de ojos azules y empezó a indagar sobre su vida y aspiraciones. Cuando Suzie le contó su pasado la enfermera se enfureció y pidió que interviniera la policía, pero Sparkle solo negó con la cabeza y dijo que prefería encontrar la sanación, de alguna manera. Así fue como conocí a Sparkle.

Milia, la enfermera vivaz de pelo castaño corto y ojos grises, era cliente mía desde hacía mucho tiempo, y después de que Sparkle saliera del hospital Milia la acogió en su casa con varias condiciones estrictas: nada de alcohol, de drogas, de hombres, y tenía que ir a terapia y a Alcohólicos Anónimos todas las semanas. Era la primera vez que alguien daba una oportunidad a la joven de pasado turbulento, y ella sonreía de oreja a oreja prometiendo hacer todo lo que Milia le pidiera. La mayoría de los jóvenes se enfadarían con las reglas pero Sparkle nunca las había tenido y para ella era como si alguien se preocupara de verdad. Milia tenía sus reservas e incluso me preguntó durante una de nuestras sesiones si creía que estaba cometiendo un error. Yo no veía ningún error, veía que encajaba a la perfección.

Durante más de cinco años Milia ayudó a Sparkle a encontrar el amor propio y la sanación, y Sparkle ayudó a Milia tanto como Milia a Sparkle. Milia había perdido a sus padres, su esposo la había abandonado después de que sus hijos se fueron a la universidad y  estaba enferma. No quería que se supiera la gravedad de sus dolencias, especialmente su jefe. Cada vez que venía a mi oficina y mencionaba sus problemas de salud me hacía un gesto para que no diera importancia diciendo que todos íbamos a morir algún día y que quería oír hablar de un posible amor o de un billete de lotería premiado. Nos reíamos y yo lo respetaba. Me encantaba atenderla, y a veces traía a Sparkle y podía ver el amor entre ellas: la madre que Sparkle nunca tuvo. Así que me emocioné al ver el nombre de Milia en mi agenda, y a la vez me sorprendió cuando Sparkle entró en mi oficina con lágrimas corriendo por su rostro.

—Milia falleció hace un par de semanas.

Abracé a Suzie y lloramos, y luego nos reímos al pensar en Milia regañándonos por llorar.

—Me enteré hace un par de meses de que tengo cáncer. Nunca se lo dije porque ella habría dedicado toda su energía a luchar por mí.

Y volvimos a llorar.

—¿Te ha dado Milia alguna señal? —pregunté.

—Sí, de hecho —dijo Sparkle con una sonrisa—. Una hora después de su fallecimiento recibí la llamada de un número oculto. Me pareció extraño pero contesté de todos modos pensando que tal vez era uno de los hijos de Milia. Pero no contestó nadie. Sentí que había alguien cerca, pero nadie habló. No había nada —repitió.

Levanté una ceja y miré detrás de Sparkle, donde pude ver el espíritu de Milia. Su expresión irradiaba preocupación, pero antes de que pudiera comprender de qué se trataba, Sparkle continuó.

—Los números restringidos siguen apareciendo. Los recibo a diferentes horas del día y de la noche, pero últimamente son más frecuentes. Incluso fui a la tienda de (teléfonos) móviles y no me dieron explicación. Dicen que no aparece en su sistema. ¿Qué opinas?—, preguntó Sparkle.

Miré a Milia, que asintió con la cabeza pero también se llevó la mano al pecho, con la misma expresión de preocupación en el rostro.

— Apostaría lo que fuera a que fue Milia.

—Eso es lo que pensaba. Oí que podían jugar con aparatos electrónicos, aunque me parece raro.

Como si fuera una señal, el teléfono móvil de Sparkle, que estaba sobre la mesa, se iluminó. No apareció ninguna llamada ni mensaje en la pantalla; simplemente brilló intensamente.

—¿Dijiste que estabas enferma? ¿El cáncer está en el seno derecho?

Sparkle asintió.

—¿Y estás haciendo algo al respecto? —pregunté, mirando de nuevo a Milia, que negó con la cabeza, como si respondiera por Sparkle.

—Con todo lo que está pasando, no he tenido tiempo. Pero mañana tengo una cita.

El teléfono móvil se volvió a encender, pero no apareció ningún mensaje.

—Prometes ir, ¿verdad? Sé lo mucho que detestas a los médicos y seguir instrucciones —le dije bromeando.

Sparkle se rió y prometió que cumpliría con su cita.

Pedí a Sparkle que se mantuviera en contacto conmigo, y prometió que lo haría, pero casi un año después recibí una tarjeta de su esposo por correo con el recordatorio de su funeral. Y lloré.

No porque me entristeciera su fallecimiento sino porque sabía lo bien que se lo estaban pasando esas dos chicas en el Otro Lado, ¡y lo mucho que se lo estaban pasando riendo!

Sparkle me enseñó muchísimo, al igual que Milia. No importa qué pruebas y tribulaciones haya, siempre hay una manera de… bueno, ¡brillar!

Es fácil que tal tristeza te vuelva negativo, enojado, triste e incluso amargado, pero recuerdo a una niña llamada Sparkle y la cita de la reconocida psiquiatra y escritora Elisabeth Kübler - Ross: —Las personas son como vitrales. Brillan y resplandecen cuando sale el sol, pero cuando llega la oscuridad, su verdadera belleza solo se revela si hay una luz en su interior—.

Durante tus pruebas y tribulaciones, y cuando sientas que estás solo, recuerda que hay destellos de luz dentro de cada uno de nosotros, aunque no los veas.

8. Encuentros espirituales

Un avistamiento físico es raro, pero no infrecuente. La mayoría ve a sus seres queridos a través de sombras, o los percibe cerca, en lugar de presenciar lo que los entusiastas de lo paranormal llaman una aparición completa. Algunos vislumbran a su ser querido (o a alguien que se parece a él) conduciendo cerca o detenido en un semáforo en rojo. Una forma más sencilla de que nuestros seres queridos se nos acerquen es a través de los sueños.

Una aparición en sueños es diferente a un sueño común ya que es muy vívida, muy tranquila y detallada. La aparición se recuerda años después tal y como sucedió la mañana siguiente. Generalmente ocurre a color y se pueden distinguir todos los detalles del ser querido, incluyendo ropa y el entorno en el que se encuentra. A veces hablan, a veces no. A veces, cuando hablan, lo hacen telepáticamente pero no siempre. No hay regla fija.

Se estima que una persona promedio tiene 150.000 sueños antes de cumplir los setenta años, pero muchos de ellos quedan prácticamente olvidados lo que hace que los sueños o visiones en estado de vigilia sean innegablemente especiales.

Con frecuencia recibo consultas de clientes que han tenido supuestas visitas con sus seres queridos, donde los ven en un ataúd o les gritan. Rara vez una visita es dolorosa. Muchas veces estos encuentros son simplemente el arrepentimiento que la persona alberga en su subconsciente, y no una experiencia real.

Si deseas visitar a tu ser querido fallecido asegúrate de acostarte a una hora razonable y no estar agotado, ya que es fundamental que pases por las fases del sueño adecuadas. Algunos creen que la Posvida puede visitar durante la fase alfa, mientras otros creen que ocurre entre las fases delta y REM. Independientemente de la explicación científica pasar correctamente por las fases del sueño ayudará a garantizar una visita adecuada. Hay muchos factores que pueden dificultar la visita como el alcohol y ciertos medicamentos, incluidos los somníferos pero, por favor, no dejes de tomar un medicamento recetado sin consultar con tu médico.

Antes de acostarte asegúrate de que la temperatura de la habitación sea agradable y apaga la televisión o la radio. Respira profundamente y piensa en la persona con la que quieres hablar, así como en las preguntas que te gustaría que te respondieran, y déjate llevar por el sueño. En el apéndice encontrarás una “Meditación para la Visita antes de dormir” que te ayudará con este proceso.

En cuanto te despiertes anota todas las imágenes y mensajes que hayas recibido aunque no tengan sentido. Puede que tengas que hacerlo durante varias noches, pero cuanto más llames a tu ser querido más seguro estarás de que te contestará.

Una de las formas más fáciles y comunes en que los espíritus se comunican con nosotros es a través de sueños y visitas. Nuestra mente consciente se desactiva y la subconsciente se activa facilitando la comunicación con los seres queridos. Una verdadera visita con tu ser querido en el Cielo será muy específica y detallada, y te brindará paz y alegría.

Persiguiendo a mamá

Era una mañana gris de mayo cuando me desperté con el corazón triste aunque no había razón alguna para sentirme así. Me puse mi camiseta más cómoda y unos pantalones de yoga negros, me cubrí las piernas con mi manta roja favorita y me senté a mirar por la ventana del salón, viendo la escena cómica de una ardilla intentando, sin éxito, entrar en el comedero de pájaros. Me di cuenta de que mi tristeza se debía simplemente a que echaba de menos a mi madre. No había ningún día especial que me hiciera sentir esa pena por ella. Podría haber echado la culpa al cielo gris o a que el Día de la Madre se acercaba, pero en realidad no tenía nada que ver con ninguna de esas cosas, salvo que simplemente la echaba de menos.

«Qué suerte tener que ser médium, poder hablar con tus seres queridos cuando quieras». Ojalá me dieran un dólar por cada vez que oigo eso. La realidad es que todos podemos hablar con nuestros seres queridos. Una persona me dijo eso después de una conferencia. Estaba firmando mi último libro cuando levanté la vista y le pregunté si trabajaba en un banco. Me respondió que sí, fingiendo sorpresa de que lo supiera dije sonriendo «qué suerte tener todo el dinero que quieras, cuando quieras» mientras le entregaba el libro firmado. Entendió el mensaje. El hecho de que pueda ver, sentir, oír, saborear y percibir a quienes están en el Más Allá no hace que la ausencia desaparezca, pero puede aliviarla.

—Vamos de compras —me animó mi marido, Chuqui, al notar mi estado de ánimo decaído.

—En realidad no quiero —dije, sin dejar de mirar por la ventana el espectáculo de las ardillas.

—Vamos, te sentirás mejor. Incluso te compraré algo, —ofreció.

A mi madre le encantaba ir de compras tanto como a mi marido, y como ambos nacieron bajo el signo de Piscis intuí que probablemente existía una conexión astrológica. Bueno, mamá —pensé en tono de broma—, bien podría ir al centro comercial. Seguramente pasas más tiempo allí que en cualquier otro sitio.

Nunca he sido persona a la que le guste ir de compras, soy más del tipo que va, compra lo que quiere y se va. En cambio, a Chuqui le encanta rebuscar entre percheros de ropa y demás. La mayoría de las veces me saca de quicio porque siento que es una pérdida de tiempo. Si no sabes lo que necesitas o quieres, ¿cómo vas a saberlo pasando horas mirando? Mi madre, sin embargo, era igual que Chuqui. Al menos hasta que perdió la vista. No tuvo muchas comodidades y se aseguró de aprovechar el sueldo seguro de mi padre en Ford Motor Company, con horas extras incluidas. Siguió yendo de compras después de quedar ciega pero no le resultaba tan divertido pues tenía que tener una idea clara de lo que quería porque ni mi padre ni yo éramos de mucha ayuda para describir cada prenda mientras decidía si la quería o no. Así que aunque ir de compras con Chuqui era frustrante también me traía nostálgicos recuerdos de cuando iba con mi madre.

El centro comercial no estaba nada lleno mientras seguía a Chuqui hasta el segundo piso de unos grandes almacenes donde buscaba una almohada nueva y una camiseta del Xixón’s Sporting Sidrers (¡al menos esta vez sabía lo que quería!). Tras mirar a mi alrededor y no encontrar nada dije a Chuqui que lo esperaría en la puerta de salida. Mi mal humor seguía vivo cuando una señora se coló delante de mí para subir a la escalera mecánica que bajaba de piso. Estaba mirando las escaleras mecánicas para asegurarme de no tropezar (siempre he odiado las escaleras mecánicas) y un aroma me llamó la atención. La señora dos escalones más abajo llevaba el perfume que solía usar mi madre. Levanté la vista y me sorprendió ver que la doña que tenía delante era la viva imagen de mi madre: la ropa que llevaba, el abrigo, el peinado… todo era igual a lo que solía llevar mi madre. Empecé a llorar cuando la señora se giró hacia mí y sonrió, y casi me desmayo en sus brazos. No era solo alguien que se parecía a ella, era ella. Bajó de la escalera mecánica y se abrió paso apresuradamente entre una maraña de percheros.

No sabía qué hacer ni qué decir así que la seguí de cerca, dejando que las lágrimas cayeran sin parar. Quería acercarme y pedirle un abrazo, pero estaba confundida. Mi madre había fallecido hacía varios años y aunque era lógico que hubiera alguien que se pareciera a ella no cabía duda de que se trataba de mi madre. ¿Pero cómo? Continué siguiéndola a una distancia prudencial mientras recogía ropa y la miraba, para luego volver a dejarla en el suelo. Bueno, en el cielo no necesitaría ropa, pensaba.

—¿Kristy?—

Me di la vuelta y vi a Chuqui mirándome con expresión extraña. Le dije que estaría cerca de la salida pero, en cambio, estaba escondida en medio de la sección de ropa de mujer.

—Mira —le susurré señalando a la señora—. ¡Se parece a mi madre, tanto en apariencia como en olor! ¿La ves, verdad?

Chuqui asintió. —Sí, esa es tu madre. ¡Sally! —gritó Chuqui—. ¡Sally Lucas! —volvió a gritar, pero la señora no reaccionó; simplemente siguió absorta contemplando la ropa.

—Entonces no estoy loca. Se parece a mi madre, ¿verdad?—, pregunté, dudando.

Chuqui asintió de nuevo en señal de acuerdo. —¿Y ahora qué?—, ​​preguntó.

Volví a mirar a la señora, solo para ver que ya no estaba. —¿Adónde se fue?—

Chuqui y yo dimos una vuelta por la zona, pero no había nadie, solo el leve aroma del perfume que había olido en la escalera mecánica. Tras dar dos vueltas a la tienda, nos dimos cuenta de que se había ido, y con pesar me dirigí al coche, sin saber qué sentir. Acababa de tener la oportunidad de ver a mi madre. No en espíritu, sino físicamente, y Chuqui también la vio. Estaba emocionada, pero a la vez triste.

Cuando llegué a casa, decidí compartir la historia con mi padre, un gran escéptico.

—Y llevaba puesto ese abrigo de cuero marrón claro que compraste— le dije sin parar.

—¿Ah, así que estaba delgada mamá?—, preguntó con sarcasmo.

—¡Papá! —El peso de mi madre fluctuaba muchísimo y yo era el que mejor entendía su fastidio, pues parecía haber heredado el mismo problema. Sin embargo estaba delgada cuando la vi en la tienda. —Sí, estaba delgada, mamá —gruñí—. Llevaba vaqueros, un jersey rosa muy bonito y un poco de maquillaje. Era mamá —reafirmé.

—Y luego simplemente desapareció —añadió Chuqui, encogiéndose de hombros como si no tuviera otra explicación.

Mi padre ni me cuestionó ni pareció dudar de mí. «También he visto a algunos de mis parientes», confesó. «Quiero decir, después de muertos. He visto a algunos de mis parientes», repitió. «A mamá no la he visto, pero sueño con ella todo el tiempo. Casi siempre me grita».

Chuqui y yo nos reímos sabiendo, que probablemente, no era un sueño sino una visita. Mis padres discutían constantemente. Había amor, pero también muchas agotadoras peleas.

Le había dicho en broma a mi madre que probablemente estaba en el centro comercial, y creo que presentía que necesitaba verla y fue allí para ayudarme, y así fue. Pero a menudo, las visiones, los sueños y las visitas pueden ser confusos.

Apenas unos meses después del fallecimiento de mi madre me hizo el regalo de una visita en la que me llevó al supermercado. Caminamos juntas por los pasillos, empujando el carrito, mientras le hacía preguntas sobre el Cielo. —¿No pudiste llevarme al Jardín del Edén, sino a un supermercado? —le pregunté, un poco molesta. Ella solo se rió y me desperté. Eso fue en 2006, y aún recuerdo cada detalle de esa visita, desde su ropa hasta la mía. Mi madre era ciega y los supermercados la sobreestimulaban con el zumbido de las luces fluorescentes, el eco de las voces en los techos altos, los olores y otros ruidos. Interpreté la visita como una forma de demostrar que ya no tenía la discapacidad y que los supermercados ya no eran algo malo. Aun así, hubiera preferido un hermoso jardín, ¡pero el encuentro en JCPenney lo compensó con creces!

Betsy

—No había ido a la iglesia desde que murió Ben —me contó Betsy, mi cliente anciana— pero fui el domingo pasado por la mañana y mientras estaba sentada en el banco donde Ben y yo siempre nos sentábamos empecé a llorar. Entonces un joven se acercó y se sentó a mi lado.

Betsy tomó un pañuelo y se secó una lágrima. «Se parecía muchísimo a mi Ben cuando nos conocimos. Simplemente me tocó el brazo, miró a los ojos y me dijo: —Estás guapísima hoy—, y luego se levantó y se fue. Estaba tan atónita que ni siquiera le di las gracias. Entonces sonó el primer himno, la misma canción que cantaron en el funeral de Ben: “Cuán grande eres tú”. Busqué al desconocido por todas partes durante el servicio y después, pero no estaba en parte alguna», repitió Betsy con incredulidad. «¿Crees que era mi Ben».

Sonreí y asentí. —Sí, Betsy. Se veía sano y joven, ¿verdad?

—Oh, sí. Era muy guapo. Y siempre me decía que estaba guapa, incluso cuando no lo estaba —rió—. Sabía que era él. Lo siento cerca, pero también sueño con él, y siempre aparece joven y sin dolor. Es tan reconfortante.

Rita

Rita estaba de luto. Su única hija, Pastelito, se había suicidado, y hacía semanas que Rita no dormía una noche entera. Había intentado ayudar a Pastelito pero las drogas y un mal grupo de amigos la habían vencido y ahora la muerte era la recompensa final de Pastelito y la peor maldición para Rita

 —Al principio pensé que era por la falta de sueño —compartió Rita—Habían pasado exactamente tres semanas desde la sobredosis de Pastelito cuando la vi de pie, en la puerta de mi habitación. Llevaba su camisa de cuadros favorita y unos vaqueros. Tenía el pelo recogido con una goma y una dulce sonrisa. Me levanté de la cama, o al menos eso creí, y me paré frente a ella. Me dio un abrazo, se dio la vuelta y caminó por el pasillo hacia una luz brillante, y desapareció. Sentí una paz inmensa después de eso. Oh, todavía la echo de menos, pero esa visita fue... bueno, el regalo más reconfortante que podría haber recibido.

Abajo

La visita a Ned, de su esposa Xana, ocurrió casi exactamente un año después de que ella falleciera en trágico accidente automovilístico.

—No había recibido ni una sola señal, ni una sola. Pensé que estaba enojada conmigo —dijo Ned por teléfono— pero la noche anterior al primer aniversario del accidente de Xana, me quedé dormido en el sillón reclinable. Era una costumbre, incluso cuando Xana estaba aquí. Se despertaba en medio de la noche para ir al baño o tomar un vaso de agua y me sacudía para que me metiera en la cama. Bueno, me desperté al oír que me llamaban por mi nombre. Xana estaba justo frente a mí y me dijo: '¿No es hora de que te vayas a la cama?'. Pero lo oí en mi cabeza. No movió la boca. Caminó hacia el dormitorio y desapareció. Me levanté y la seguí, pero no estaba por ningún lado. Soy ingeniero, así que no lo entendí hasta que un amigo me dijo que era una visita. Xana demostrando que todavía me cuidaba.

Las visitas son un regalo y es muy reconfortante saber que nuestros seres queridos siguen con nosotros, pero ten paciencia, ya que en el otro lado no hay tiempo; lo que aquí puede parecer un año, allí solo unos segundos.

9. Música

El Otro Lado suele compartir su mensaje a través de la música. Puede que te despiertes con una canción desconocida, leas la letra y descubras que probablemente se trata de un mensaje. El Otro Lado también puede enviar música que te traiga recuerdos.

La madre de Gúmer falleció pocos meses antes del nacimiento de su primera hija, Espe. Antes de morir regaló a Gúmer y a su esposa un juguete móvil de mariposas para bebé. Tras el nacimiento se convirtió casi a diario en una costumbre despertarse con la música del juguete móvil sonando. A medida que Espe crecía, reía y señalaba hacia la esquina de la habitación, o miraba hacia arriba y sonreía. Gúmer creía que su madre disfrutaba de ser abuela incluso desde el más allá.

Después de un largo día en la oficina Modorri estaba irritada y conducía a casa. Extrañaba muchísimo a su mamá, sobre todo en días como ese. Su mamá siempre había sido su confidente y consejera, pero cuando falleció de cáncer de páncreas el año anterior Modorri sintió que la había decepcionado.

—Ay, mamá, lo siento. Ojalá me dieras una señal.

Como por arte de magia, la canción en la radio cambió a una clásica de Anne Murray llamada You Needed Me, una de las favoritas de la mamá. Modorri tuvo que detenerse y escuchar, llorando todo el tiempo. Había recibido su señal.

La música es el lenguaje universal, incluso en el más allá.

El hombre de la música

Carlos Robinette era el mayor de dos hermanos y creció en Detroit durante la Gran Depresión. Desde muy joven mostró dotes de niño prodigio en lo musical y su instrumento predilecto era el piano. De carácter temperamental, también se convirtió en hombre de carácter similar. Cambiante, pero musicalmente brillante, con el paso del tiempo se hizo evidente que la música corría por sus venas y que su carrera estaría dedicada exclusivamente a ella.

Su madre solía contar historias de Carlos despertándose en mitad de la noche gritando que no podía sacarse las melodías de la cabeza. Y tanto su día como su noche se vieron inundados de música.

Sus padres le dieron clases de piano pero Carlos tenía un talento natural y podía tocar casi cualquier instrumento sin esfuerzo, como el xilófono, la batería y el violín. Aunque sabía leer música, también podía tocar de oído.

Durante su época de estudiante Carlos fue director musical y líder de la banda en la escuela secundaria McKenzie en Detroit, Michigan, y su primer trabajo de verdad fue tocar el piano y salir de gira con la Orquesta Ralph Martiree, siendo el miembro más joven de la banda.

Carlos trabajaba como pianista en el Brass Rail Bar, mientras que María Lucas VanEtten era camarera. Su pasión por el jazz y la música de grandes bandas fue el detonante del amor que surgió entre ellos.

En 1961, María Lucas y Carlos dieron la bienvenida a su hijo, mi esposo al que llamo cariñosamente Chuqui. El parto fue difícil para María Lucas y tuvieron que practicarle una cesárea de emergencia. Estaba débil y había perdido mucha sangre así que, mientras se recuperaba de la cirugía, Carlos puso al bebé su  nombre, Carlos Eduardo Robinett sin el permiso de su esposa. Carlos también prestó su colección de discos a sus amigos y a los miembros de su banda. Cincuenta años después, María Lucas todavía guarda rencor por esto, más por los discos que por el nombre de su hijo ya que su preciada colección nunca le fue devuelta.

Poco después del nacimiento de mi esposo, a quien sus padres apodaban Robi, el matrimonio comenzó a deteriorarse y aunque María Lucas y Carlos tardarían ua década en divorciarse legalmente los abuelos de Robi, los padres de Carlos, se convirtieron en su pilar de estabilidad durante la mayor parte de su vida. Con María Lucas como madre divorciada, aunque no legalmente, y Carlos ocupado con su música, la relación de Robi con su padre era inexistente.

A mediados de la década de 1960, Carlos trabajó como director de orquesta en el famoso Roostertail de Detroit, un club nocturno a orillas del río frecuentado por celebridades de la música, como Tony Bennett, Paul Anka y Wayne Newton, muchos de los cuales le pidieron que se uniera a ellos en sus giras. Carlos rechazó las ofertas porque no quería irse de Detroit, pero mantuvo un contacto estrecho con muchos de los artistas musicales que se convertirían en grandes estrellas.

A mediados de la década de 1970 Carlos también se convirtió en músico de sesión para muchos artistas de rhythm and blues, incluyendo a The Spinners. A principios de esa década, Carlos Robinette grabó varias canciones con The Spinner, tocando el piano. Dos de ellas todavía se escuchan con frecuencia hoy: “Games People Play” y “Rubberband Man”.

Durante este tiempo su hijo Robi conoció los éxitos de su padre pero no le interesaban en absoluto. Esto se debía principalmente a la relación distante e inexistente, sumada al alcoholismo, el mal humor y el ego de su padre, que lo alejaban tanto de las relaciones laborales como de la relación con su hijo. A pesar de la insistencia de la abuela para que estableciera un vínculo paterno-filial, el resentimiento de Robi mantuvo a su padre emocionalmente alejado durante casi toda su vida. Esto se reiteró después de que Robi tuviera a sus dos hijas, Cora y Molly. Carlos aparecía esporádicamente, y solo cuando le convenía. Esto trajo recuerdos dolorosos a Robi, quien se plantó: «O vienes cuando dices que vendrás y vienes sobrio, o no vienes». Los padres de su padre habían sido maravillosos con él, y no quería menos para sus hijas. Finalmente su padre, simplemente, dejó de aparecer.

Carlos Robinette, conocido como “El Hombre de la Música” (nombre que figura en su lápida), falleció de cáncer de colon en 1994. Robi nunca se reconcilió del todo con él. Eso fue hasta que Robi cumplió cincuenta años, diecisiete años después de la muerte de su padre.

No solo él y su padre tenían apellidos con grafías diferentes (todo el mundo intenta añadir una —e— al final de Robinett, y su padre pensaba que Robinette quedaba mejor como grafía), sino que a mí me presentaron a mi ahora marido como Chuqui, mientras que toda su familia todavía lo llama Robi. Las fiestas pueden ser confusas. Pero fue la noche anterior al quincuagésimo cumpleaños de Chuqui cuando me despertó un hombre que se parecía muchísimo a mi marido.

—Quiero darle un regalo de cumpleaños a Robi —dijo el hombre en espíritu, despertándome del sueño—. Quiero que le escribas una carta.

No supe qué pensar. Conocía la difícil relación que tenían. A menudo oía a Chuqui maldecir algo que su padre hacía o dejaba de hacer, y desde luego no quería arruinarle su día especial. Pero aquel hombre, que era mi suegro y al que nunca conocí, no parecía dispuesto a ceder así que, a regañadientes, me levanté de la cama, puse una bata rosa suave, cogí mi cuaderno y me dirigí en silencio a mi despacho. Él me siguió.

—Vale, ¿y ahora qué? —pregunté con un toque de insolencia.

—Primero quiero llevarte a algún sitio…—

En mi imaginación Carlos me acompañó hasta un edificio de dos plantas, con una escalera en la entrada y grandes ventanales en la parte trasera que daban al agua. Me indicó que me sentara en un taburete. En una esquina había un piano. No pude distinguir bien la decoración porque no había mucha luz, pero no era el interior lo que quería mostrarme. Era más bien un lugar donde él se sentía a gusto.

—¿Lista?

Asentí con la cabeza y comencé a escribir, casi como si estuviera en un estado onírico.

“Feliz cumpleaños, hijo. Te quiero. Ojalá lo hubieras sentido. Al final intenté decírtelo, pero supongo que te había disgustado demasiado antes. No sabía cómo ser padre o papá e hice lo peor que pude. Lo siento. Cuida de tu mamá. Te quiere mucho. Diles a las niñas que las cuido aunque no quieran. Son preciosas. Me llamaban Carlos el Vagabundo. Lo odiaba. Supongo que te engañé sobre todo a ti, Robi. Ten cuidado con tu peso. Me preocupa. Yo tuve mis problemas y nunca los solucioné. Enmendaré todos los errores, pero tienes que pedirlo. Te pareces mucho a mí, te guste o no. Nos regodeamos en el dolor en lugar de permitir que otros nos ayuden. Escucha la música. Sabrás que estoy ahí. Recuerda, sin embargo, que en la vida y en la otra vida, te amo. Feliz cumpleaños”.

Aquella mañana dudé mucho en dar la carta a Chuqui. No era nada del otro mundo. No contenía números de lotería ni un mapa del tesoro, pero sabía que su padre tenía buenas intenciones, así que se la di.

Chuqui y su padre (aunque nunca lo conocí en persona) tienen reacciones emocionales similares: la indiferencia. Leyó la carta, la dobló y la guardó en su oficina. Y no se dijo nada más. Hasta unas horas después, cuando íbamos de camino a su almuerzo de cumpleaños. Mientras charlábamos de esto y aquello, sonó «Rubberband Man» en una emisora ​​de éxitos. Chuqui y yo nos miramos y reímos.

Desde entonces, siempre que alguno de nosotros —Chuqui, sus hijas e incluso a veces yo— necesita sentirse reconfortado, suena en la radio “Rubberband Man” o “Games People Play”.

Por ejemplo, Cora acababa de terminar una relación y Molly la convenció de tomarse unas mini vacaciones y volar a Florida por unos días. Después de todo, se acercaba el cumpleaños de Cora, todavía hacía mucho frío en Michigan y un poco de sol y arena les vendría bien a ambas. Decidieron alojarse en un pequeño hotel cerca de Tampa que tenía una buena oferta, aunque al llegar se dieron cuenta de que la buena oferta se debía principalmente a que no había mucho alrededor. Pero mantuvieron una actitud positiva y aprovecharon para relajarse junto a la piscina, leer un libro y charlar. Sin embargo, el silencio a veces reabre viejas heridas, y el ánimo de Cora se tornó melancólico hasta que Molly y Cora se percataron de la canción que sonaba por los altavoces junto a la piscina. Durante las últimas horas había sido música pop y alternativa, pero, bueno, esta canción era la “Rubberband Man” de su papá, y ambas rieron y supieron que él les estaba diciendo que dejaran de lamentarse. Le dieron las gracias a su papá Carlos por el empujón.

Justo un año después del viaje de las chicas a Florida, Chuqui y yo íbamos camino a la graduación de Molly en la Universidad Estatal de Michigan. Se había esforzado mucho para obtener su título en Silvicultura y Vida Silvestre. El viaje desde nuestra casa en Livonia, Michigan, hasta East Lansing duraba aproximadamente una hora, así que primero nos encontraríamos en su apartamento para celebrar y tomar fotos con la familia antes de dirigirnos al auditorio. Al llegar al estacionamiento de su complejo, efectivamente, sonó “Rubberband Man” en la radio. Chuqui sonrió y le agradeció a su padre por cumplir su promesa de estar siempre con sus hijas.

Carlos sigue manifestándose a través de la música en los momentos más cruciales. Cuando Chuqui tuvo que someterse a unas pruebas médicas y estábamos preocupados, sonó “Games People Play” en la radio de la sala de espera. Cuando mi hijo, que no tiene ningún parentesco con Carlos, fue ingresado para una apendicectomía de urgencia, mientras lo llevaba al hospital, sonó “Rubberband Man” justo cuando llegábamos al aparcamiento. Dos canciones, poco conocidas, sobre todo en la radio FM, parecen sonar justo cuando necesitamos consuelo. Creemos que es el mismísimo Carlos Robinette, el Hombre de la Música, quien cuida de su familia desde el Más Allá, aunque no lo dominaba del todo aquí en la Tierra.

10. Otras señales del más allá del arcoíris

El Otro Lado adora compartir mensajes grandiosos y luminosos, ¿y qué mejor manera de hacerlo que con un arcoíris? Muchas religiones y pensadores espirituales creen que el arcoíris es el puente entre este mundo y otro.

Los arcoíris han sido un símbolo de promesa y esperanza durante años, especialmente en la Biblia con Noé después del diluvio, y también en la cultura popular con El Mago de Oz. Según una leyenda aborigen norteamericana cuando una persona muere debe cruzar un puente para entrar al cielo. Al final de este puente la esperan todos los animales con los que se encontró durante su vida. Según la leyenda, es allí donde los animales deciden quién cruza el Puente Arcoíris y quién no.

Por supuesto que existe una explicación científica para la aparición de los arcoíris. Sin embargo eso no les resta belleza ni los hace menos milagrosos y, por eso, al Otro Lado le gusta usar el símbolo del arcoíris como saludo.

En algún lugar sobre el arcoíris

—¿Cuántos años tienes? —pregunté con sonrisa al niño pequeño y de aspecto frágil que estaba sentado en la silla de ruedas. Me miró por encima de sus largas pestañas rubias. Levantó cuatro dedos y me devolvió la sonrisa tímidamente.

—¡Guau, habría adivinado que tenías cinco años! —volví a sonreir.

El niño soltó una risita y volvió a jugar con su consola portátil.

—Rezo para que llegue a los cinco —suspiró su madre—. Por cierto, me llamo Sinda. Y este es Ticio —añadió mientras acariciaba suavemente el cabello rubio de su hijo.

—Soy Kristy y este es Pipo. Yo también rezaré —prometí.

La luminosa sala de espera preoperatoria del Hospital Infantil Mott en Ann Arbor, Michigan, estaba repleta de niños que aguardaban diversas cirugías. Tenía en brazos a mi hijo Pipo, de once meses, hambriento de comida y agua, pero que no había podido comer ni beber nada desde la medianoche. Eran las once de la mañana y la cirugía de paladar hendido de Pipo se había retrasado más de dos horas, lo que no ayudaba a calmar el mal humor de nadie. Sin embargo, al mirar a mi alrededor vi a muchos desconocidos hablando entre sí, probablemente intentando aliviar la ansiedad ante lo desconocido.

Sinda continuó contándome que su hijo, Ticio, había nacido con problemas de columna y que esperaban que la cirugía programada, seguida de intensa fisioterapia, le ayudaría a caminar aunque fuera de forma limitada. Le dediqué una sonrisa tranquilizadora. La cirugía de Pipo no era rutinaria y conllevaba riesgos, como todas las cirugías, pero no parecía tan grave como la de Ticio. Noté que Sinda no tenía a nadie con ella y casi me sentí culpable. Yo estaba con el padre de Pipo, junto con una trabajadora social del hospital, Tula, con quien había entablado amistad durante el proceso de investigación sobre todo lo que implicaba criar a un niño nacido con paladar hendido que, además, era casi sordo.

El papá de Pipo estaba leyendo una revista así que me levanté y me senté junto a la mamá de Ticio y le pregunté si quería tomarme de la mano, algo que podría sonar raro a menos que alguna vez estés en un hospital esperando para confiar la vida de tu hijo a un equipo médico. Tula preguntó si podía llevar a Pipo y a Ticio a la sala de juegos y ambas asentimos. Entonces tomé la mano de la desconocida, la miré a los ojos y le dije que ambas necesitábamos un momento de tranquilidad. Ambas reímos y luego oramos. Durante la media hora restante, simplemente nos tomamos de la mano hasta que llamaron a nuestros dos hijos, irónicamente al mismo tiempo.

Si has vivido la experiencia de entregar a tu bebé para una cirugía mayor sabes que es como si te arrancaran un pedazo del corazón y del alma cuando lo llevan al quirófano. Es la experiencia más desgarradora y humillante. Besé y abracé a Pipo, conteniendo las lágrimas de miedo. Mientras lo llevaban por el largo pasillo blanco vi a Sinda besar y abrazar a Ticio igual que yo a Pipo, y luego comenzó a cantar suavemente la canción del arcoíris, “Over the Rainbow,” con la voz más angelical que jamás haya escuchado. Ticio se unió y siguió cantando mientras se lo llevaban. Dediqué una pequeña sonrisa a Sinda, la abracé y entré en la sala de espera, donde me derrumbé.

Varias horas después nos llamaron para que tuviéramos a Pipo en brazos ya que lloraba por su mamá, y aunque no esperaba tantos tubos y tanta sangre, me sentí agradecida de que mi hijo estuviera vivo y de que se fuera a recuperar.

Una vez instalados en la habitación, la enfermera entró y nos dijo al padre de Pipo y a mí que durante nuestra estancia debíamos aprovechar los masajes, la cafetería, la capilla y la sala de lectura, que necesitábamos tiempo para nosotros. Me reí de la elección de palabras y dejando a Pipo en las capaces y cariñosas manos de su padre me escabullí unos minutos para ir a la capilla. Encontré a la madre de Ticio sentada rígidamente, con la mirada fija al frente. La expresión de su rostro me lo dijo todo.

—Ya no sufre —dijo entre sollozos—. Siempre será mi ángel. Ha cruzado el arcoíris.

No había nada que pudiera decir o hacer, excepto asentir con la cabeza y tomarle la mano hasta que entró un sacerdote y se llevó a la madre de Ticio de mis brazos. Eso fue hace quince años.

En aquel momento tenía otro apellido y me dedicaba a otra profesión. Nunca supe el nombre completo de la madre de Ticio, ni ella el mío, pero de alguna manera me encontró (o alguien la puso en contacto conmigo).

Cuando Ticio apareció, mostrándome cómo se veía hace quince años y luego su aspecto de diecinueve, sonreí. Sinda no me reconoció al principio, ni yo a ella, pero Ticio sí, y cuando me pidió que le dijera a su madre que no se tomaba suficientes descansos y que le enviaba arcoíris, a ambos se nos llenaron los ojos de lágrimas.

Ticio no solo vino a avisar a su madre que estaba bien en el Más Allá, sino que también le transmitió un mensaje que le pedí a su madre si podía compartir con todos vosotros.

Está bien derrumbarse. No tienes que fingir ni aparentar ser fuerte. Llorar es sano, te ayuda a liberarte y a sacudir la tristeza del alma. Muchas veces cargas con tanto peso que simplemente no puedes soportar un problema más. Ni uno más. Y casi siempre nadie lo sabe. Tu sonrisa es tan radiante que no pueden ver las sombras que te rodean. Llora. Desahógate. Libérate. Ámate. Ámate siempre. No importa cuánto te duela el alma, no importan tus problemas, asegúrate de tomarte un respiro.

Tras el fallecimiento de Ticio Sinda decidió tatuarse un arcoíris en la espalda con su nombre. Sin saberlo, Ticio le dejó un último mensaje: que siempre buscara los arcoíris en su  vida, porque él la había acompañado en cada paso del camino.

Números

Los números forman parte de nuestra vida cotidiana; están por todas partes, y nuestros seres queridos pueden utilizar fácilmente esta señal para mostrarnos que están cerca. Puede ser una secuencia de números con sentido o simplemente una que se repite, como 1-1-1 o 1-2-3. Los números repetitivos como 111, 222, 333, etc., o los números que están conectados contigo o con un ser querido a través de una fecha de nacimiento, un número favorito, una fecha de aniversario, etc., no son aleatorios ni coincidentes, sino una forma en la que tus seres queridos del Más Allá intentan conectarte. Mi fecha de nacimiento es el 11-13, y a menudo miro el reloj y veo los números de mi fecha de nacimiento; sé que alguien me está saludando desde el más allá.

444.

Raúl fue solo uno de los muchos bomberos que perecieron durante el ataque terrorista en la ciudad de Nueva York el 11 de septiembre de 2001. Dejó atrás a cuatro hijos pequeños y una esposa, Cristi, desconsolada.

Cristi y Raúl tenían una conexión especial que muchos envidiaban. Fueron novios desde la escuela secundaria y aunque la mayoría de las relaciones de esa época terminan mal Cristi y Raúl no solo eran amantes sino también los mejores amigos. Ambos apoyaban sus carreras y criaban a sus cuatro hijas por igual.

Raúl provenía de familia de bomberos así que no fue ninguna sorpresa cuando anunció su intención de dedicarse a ello. Cualquier cónyuge de un socorrista se preocupa cuando sale de casa pero Cristi creía en Raúl y confiaba en que tomaría las decisiones correctas, tanto en el trabajo como fuera de él. Cuando Cristi se enteró del ataque, sabiendo que Raúl estaba de servicio en ese momento, supo que había fallecido.

—Fue como si me hubieran arrancado una parte del cuerpo casi al instante—, me explicó.

—Aunque mis amigos y familiares pensaron que estaba siendo pesimista porque no teníamos ninguna confirmación oficial, yo ya lo sabía.

Fue casi de inmediato que Cristi comenzara recibir señales de Raúl. Uno de sus aromas favoritos era la vainilla.

—Siempre volvía a casa con diferentes velas de vainilla. Iba al supermercado y traía una vela de vainilla. Se convirtió en una broma recurrente que yo ya supiera cuál sería el regalo de aniversario: una vela de vainilla.

—Fue aquella primera noche cuando olí una vela de vainilla encendida y me levanté para ver si mi madre había encendido alguna y se le había olvidado apagarla, pero no había ninguna encendida. Sin embargo, el olor era tan fuerte que me di cuenta de que era la forma que tenía Raúl de decirme que estaba bien. Yo le dije que estaba bien que se acercara a la luz y cruzara. Tenemos una fe católica muy fuerte.

Los avistamientos de los tres cuatros (444) comenzaron aproximadamente una semana después. Cristi me dijo que el número de placa de Raúl tenía una serie de cuatros, a saber, su cumpleaños era el 4 de abril, tenían cuatro hijas y el cuatro era su número favorito.

—Algunos podrían pensar que era coincidencia pero la cantidad de cuatros que veía, y la forma en que los veía, era asombrosa. Desde el kilometraje, hasta los números de recibos, las matrículas e incluso la hora del día. Cada vez que me ponía triste o empezaba a lamentarme ahí estaban de nuevo los cuatros, y sabía que era la manera en que Raúl me decía que estaba ahí y que debía ser fuerte. Era reconfortante saber que estaba cerca.

Cuatro años después de la muerte de Raúl, y de nuevo no fue una coincidencia en el tiempo, Cristi se volvió a casar. «Supe que Raúl lo había enviado (a su nuevo maridoo) cuando la matrícula de su auto tenía una serie de cuatros y llegó dieciséis minutos antes, a las 4:44».

Audiencia

Puede que te despiertes en mitad de la noche porque oyes que te llaman por tu nombre y piensas que fue un sueño, pero lo más probable es que fuera un ser querido de la posvida que quería llamar tu atención para saludarte desde el Cielo.

Pensamientos

Ese pensamiento de que deberías llamar a un amigo, del que no has sabido nada en mucho tiempo, y que suene el teléfono es muy probable que sea un ser querido que está en el Más Allá intentando traerte algo de felicidad y alegría. También podría haber una conexión entre esa persona, tú y el ser querido que está en el Más Allá. O tal vez simplemente estés haciendo tus cosas y de repente pienses en esa persona que falleció es como si te estuviera saludando.

Zumbido

Debido a que nuestros seres queridos en el Más Allá están compuestos de energía pueden alterar nuestros sentidos. Al igual que cuando viajamos en avión, cuando están cerca de nosotros podemos sentir una vibración en el cuerpo o un zumbido o sensación de oídos taponados.

Olores

A nuestros seres queridos les encanta enviarnos olores familiares que nos traen recuerdos de ellos. Pueden ser desde los cigarrillos que fumaba tu abuelo hasta las galletas que horneaba tu madre.

Sabores

Al igual que con los olores, el espíritu nos envía sabores. Puede que estés sentado en el sofá cuando, de repente, percibas el sabor de la salsa de espaguetis que solía preparar tu padre.

Cambios de temperatura

Muchas personas informan de cambios de temperatura, tanto fríos como calientes, cuando interactúan con seres queridos fallecidos.

En el apéndice, bajo el apartado “Cómo conectar con el otro lado”, encontrarás maneras de conectar con seres queridos que están en la Posvida.

             

11. ¡Al diablo con eso!

Aunque la mayoría de los espíritus que me visitan comparten mensajes hermosos sobre su vida tras la muerte de vez en cuando hay almas torturadas que pueden estar enojadas y molestas.

Encarcelado para siempre

Toda mi vida ha girado en torno a lo paranormal, el más allá y la vida intermedia. Si no me encontraba, lo buscaba. Solía ​​pasar la hora del almuerzo en el cementerio histórico local, donde mantenía conversaciones pacíficas con quienes habían trascendido y con fantasmas que esperaban. Ni una sola vez durante mis excursiones me enfurecí, los obligué a mostrarse, exigí que hicieran parpadear las luces de mis contadores o los animé a mover un juguete. Bueno, ayudó (y aún ayuda) el hecho de ser médium y poder ver, sentir, oír y comunicar con quienes están en el Otro Lado. Como mucha gente, he visto mi buena ración de programas sobre lo paranormal. Algunos me encantan, otros los tolero, y luego están los que me hacen negar con la cabeza con disgusto. Si has asistido a alguna de las citas, cazas de fantasmas o pernoctaciones que he organizado sabes que lo primero que digo es que la caza de fantasmas es tan emocionante como ver secarse la pintura. Y lo siguiente que quiero decir es que hay que respetar a los espíritus y fantasmas pues vivimos como como iguales bajo un cielo diferente, un paradigma diferente pero, aun así, como uno iguales. Así que gritarles en su casa o pedirles que hagan trucos de circo que hasta el perro de la familia criticaría duramente si pudiera pues, bueno, eso no está bien. Es una falta de respeto. Incluso sacar millones de fotos, como si fueras un reportero de lo paranormal es ridículo.

Recientemente he encontrado lugares supuestamente embrujados que estipulan en sus contratos que no se permite que nadie del grupo se relaciones con un espíritu. que les gustan sus fantasmas. Me pregunto si sentirían lo mismo si las cosas fueran al revés y perdieran el último tren al Cielo. ¿Cómo se sentirían si los mantuvieran como rehenes? Es prudente abordar las situaciones paranormales como si la persona estuviera frente a ti. ¿Le dirías a esa persona: “Lo siento, me gusta el dinero que gano contigo; por tanto, no puedes irte con tu familia?” Aunque he conocido a algunas personas sin alma a lo largo de mi vida, dudo que la mayoría tuviera el valor de decir eso. Entonces, solo porque no podemos ver a estos seres, ¿por qué tantos sienten que tienen interés en mantenerlos como rehenes? No lo tienen, ni deberían, y para aquellos que sí lo tienen, sepan que puede haber una hermosa situación kármica para ustedes cuando mueran.

Con la luz llega la oscuridad

Yo era muy pequeña cuando mi padre me llevó a la iglesia presbiteriana local para escuchar a un pastor que afirmaba viajar a países del tercer mundo y realizar exorcismos a personas poseídas. Mi padre quería grabar el programa, como muchos otros, pero a los cinco minutos el pastor se detuvo, horrorizado. «¡Debemos orar! ¡Olvidé orar!», exclamó, visiblemente conmocionado. «Debemos protegernos al enfrentarnos a la oscuridad y pedir que las grabaciones funcionen». Así que oramos y él continuó su larga charla, que incluía imágenes de los horribles exorcismos que realizaba. Al regresar a casa mi padre rebobinó la cinta y le dio a reproducir, pero durante los primeros cinco minutos solo escuchamos gritos de horror, gruñidos y voces indescriptibles, hasta que oímos un «amén» y la charla continuó sin problemas. No hubo explicación. Más tarde, preguntamos a otras personas que habían grabado el programa y todas tenían los mismos ruidos horribles en sus cintas. ¿Acaso esto demostraba que existía un infierno lleno de castigos y torturas crueles? Para algunos, incluido mi padre, sí.

En 2005 participé en un popular programa de radio en directo donde entrevistaba a diversos invitados sobre temas paranormales, metafísicos y sobrenaturales. Recibí una solicitud para entrevistar a un señor sobre su experiencia cercana a la muerte. Me interesó, así que acordamos una fecha. Me informó que sufrió un paro cardíaco y estuvo muerto durante casi diez minutos después de que se le reventara el apéndice.

—¿Viste una luz, como muchas personas que han estado cerca de la muerte? —le pregunté.

—Nada vi —respondió—. Lo único fue la oscuridad. No hay vida después de la muerte. No hay cielo. No hay infierno. Nada hay.

Me quedé sorprendida y desconcertada. Llevábamos tres minutos de una entrevista de sesenta y lo último que quería era generar un debate teológico.

—Antes era presbiteriano y ahora soy ateo. He decidido no dar mi dinero a algo que ni siquiera existe, a una farsa. Me refiero a la religión.

—¿Así que no crees que te trajeron de vuelta para completar alguna misión especial o compartir un mensaje? —pregunté con la esperanza de que tal vez no estuviera compartiendo toda la verdad.

—No, mi mensaje es que mantengan intacta su cuenta bancaria y dejen de adelantar dinero para catedrales enormes y costosas.

En situaciones como esta, simplemente no había nada apropiado que decir. Le agradecí su historia, su punto de vista, y lo dejé ir. El resto del tiempo atendí las llamadas de los oyentes, quienes tenían mucho que decir.

Me sorprendió ver a ese hombre en mi agenda cuatro años después. Decir que estaba nerviosa sería quedarse corto, pero mantuve la mente abierta mientras lo saludaba en la puerta de mi oficina y le ofrecía una silla. Vi a su esposa de pie detrás de él, en espíritu. Una tenue luz rosa brillaba tras ella y sonrió.

—Tu esposa está de pie detrás de ti, Zed. Dice que hiciste todo lo posible por salvarla, pero que le llegó su hora.

Zed bajó la cabeza y sollozó. —¿De verdad está ahí? ¿No lo dices por decir?

—Lo prometo, no lo digo por decir.

Zed me miró con las comisuras de los ojos arrugadas. «Creo que estoy siendo castigado. Que cuando morí viví el infierno y cuando volví, viví más de lo mismo. Nada me salió bien después. Terry me dejó, ¿sabes?».

—Ella todavía se hace llamar tu esposa, así que no creo que te haya abandonado sino que tú la has abandonado. Esa oscuridad que describiste…

Zed me interrumpió antes de que pudiera terminar. «Esa oscuridad que vi al morir, bueno, creo que era la oscuridad que había en mi corazón. Si me hubiera quitado las gafas de mi mente cerrada tal vez habría visto algo más, pero ese era mi infierno y lo convertí en mi realidad. Y aún lo es».

Antes de su experiencia cercana a la muerte Zed había perdido su negocio, a su padre a causa del cáncer y casi todo lo que consideraba que definía su identidad, y luego a la única persona que lo amaba por quien era, sin importar nada.

—Hace años me preguntaste si creía que había algún mensaje que debía compartir. —Asentí en silencio, sin dejar de mirar a Terry, que le puso la mano en el hombro izquierdo—. Creo que no entendí bien el mensaje. Creo que el mensaje era que el infierno existe, sin duda, dentro de cada uno de nosotros, pero también el cielo. No es un lugar, Kristy, es una existencia. Es lo que nosotros hacemos de él. Es nuestro presente. Es también nuestra vida después de la muerte. Ya no quiero esta oscuridad.

Zed falleció el año pasado. Su hijo me envió su obituario con una nota que decía que su padre había renunciado al ateísmo y que, aunque no era un feligrés habitual, aprendió a creer de nuevo.

En mis muchos años de sesiones jamás alguien dijo estar en el infierno y necesitar ayuda. Pero, ¿significa eso que no existe el infierno? No, simplemente significa que o no tienen mi número o yo el suyo. O tal vez en el infierno no se les permite establecer conexiones.

Muchos creen que al morir recibimos el perdón, la túnica del coro y la llave de nuestra habitación. Sin embargo esa no es la explicación que me han dado quienes están en el Más Allá, y miles y miles me han contado lo que implica la posviida y no todas las versiones son idénticas. Así como nuestras historias de nacimiento son diferentes, nuestras historias de muerte también lo son, y así sucede con nuestra historia en el Más Allá.

La invitación

—¿Puedo especificar con quién quiero hablar? —me preguntó Lina, mujer de sesenta y tantos años, madre de tres hijos y abuela de siete nietos.

«Invita a quien quieras hablar, pero lamentablemente no hay garantías», expliqué. «Parece que las personas que se manifiestan no son necesariamente las que esperamos sino las que necesitan manifestarse. Quizás en ese momento no nos damos cuenta pero al final es así». Cerré los ojos, respiré hondo, recé una breve oración y pedí mensajes claros y concisos.

La madre, el padre y abuelos paternos y maternos de Lina me enviaron mensajes, y entonces vi a un hombre alto, de pelo castaño oscuro y ralo, con bigote, al final de lo que parecía un largo túnel. Evitó mirarme, tenía la cabeza gacha, pero allí estaba.

—¿Tienes algún mensaje para Lina? —pregunté telepáticamente. Levantó la mano en un gesto que me pedía un momento.

—¿Quién es? —preguntó Lina, desconcertada.

—Un hombre que siente mucho remordimiento y tiene miedo de sincerarse conmigo por completo—, respondí, y procedí a describirlo.

—Creo que se llama Guarro, o Gualdo.

Lina jadeó y sacudió la cabeza como si intentara espantar una avispa del cabello. Preocupada, pedí al hombre que me dijera algo rápido y vi que estaba sollozando. «Dile a Lina que lo siento muchísimo. Estoy pagando por lo que hice y sigo aprendiendo y creciendo. Pídele que diga a mi hermano Guille que lo siento». Se dio la vuelta y el túnel en el que estaba desapareció. Su madre y su padre, Guille, seguían de pie detrás de ella. Observé la expresión de Guille y parecía horrorizado; tenía las manos sobre los hombros de su hija, como intentando tranquilizarla, incluso en espíritu.

—Esa persona era el hermano de mi padre. Abusó de mí cuando tenía nueve años. Y no fui su primera víctima. Mi padre y su familia lo negaban, y nadie contó a mi madre lo que había pasado con el tío Gualdo. Si lo hubiera sabido jamás me habría dejado con él. Les conté a mis padres lo sucedido, pero no hasta después de que el tío Gualdo falleciera, tres años más tarde. Se suicidó y dejó una nota donde confesaba todo y pedía perdón.

No sabía qué decir. Mis sesiones debían traer paz, no dolor. Me quedé estupefacta.

—¿Está en el cielo o acabamos de recibir una visita del infierno?

 Las preguntas de Lina parecían resonar. ¿Por qué Gualdo no vio a Guille?

Nunca creí tener todas las respuestas. Con cada sesión aprendo más y más sobre la posvida. Me quedé sentada un momento, atónita, sintiéndome fatal por haber propiciado la conexión y por lo que Lina había sufrido. «Él quería que dijeras a tu padre que lo sentía. Así que seguramente no sabe que ha fallecido».

—¿Acaso no se reúnen todos los que fallecen? —preguntó Lina—. ¿Tanto los buenos como los malos?

Era una buena pregunta, y una que me habían hecho muchas veces. ¿Por qué Gualdo no podía ver a Guille o, al menos, saber que había muerto? Así que pregunté a la única persona que podía responderme en ese momento: el padre de Lina, Guille, quien explicó que no se había reencontrado con su hermano ni deseaba ese reencuentro. «El cielo es lo que nosotros queremos. Donde queremos que esté, y estamos con la gente con la que queremos estar. Lo que llamáis infierno, bueno», dijo Guille con tono pausado, «no tiene esas opciones ni esas interacciones. Yo puedo visitar a mi familia en el cielo y en la Tierra; en el plano más oscuro no se tiene un pase definitivo».

Lina se inclinó hacia mí, con el ceño fruncido, pensativa. «Si a los que están en el infierno no les dan permiso para entrar, ¿cómo es que vino a visitarnos?».

Volví a mirar a Guille en busca de ayuda. «No dije que nunca hubiera pases, solo no pases infinitos. Los del infierno pueden visitarnos por dos razones: para dar paz y para dar dolor; en última instancia es nuestra fe la que decide cuál elegimos».

—¿Pueden los que están en el infierno ir alguna vez al cielo? —preguntó Lina.

Los ojos de Guille se entrecerraron y respondió con un simple “no”.

Lina decidió aprovechar la visita de su tío para encontrar paz. No la paz con él, propiamente dicha, sino que, según ella, había conservado el abuso como recuerdo en lugar de olvidarlo. Había permitido que se convirtiera en su infierno personal y, después de tantas décadas, ya no quería saber nada de ello.

Esto es el infierno

¿Es la caza de fantasmas un entretenimiento o algo más serio? ¿Puede probar la existencia del Cielo o del Infierno? He tenido mis experiencias, y en 2012 me ofrecieron la oportunidad de guiar recorridos paranormales a un grupo de buscadores de fantasmas en la antigua prisión histórica de Jackson, en Michigan. Ahora llamada Armory Arts Village, lo que alguna vez albergó reclusos en cuatro pisos de celdas es ahora una hermosa comunidad artística con apartamentos y estudios de arte. Aún se conserva intacta la zona de aislamiento de la prisión y los antiguos túneles donde ocurrieron cosas inimaginables a los prisioneros porque estaban fuera de la vista. Soy cautelosa con los lugares a los que llevo al público, ya que me he enfrentado a un demonio y he sobrevivido (obviamente), pero no es algo que recomendaría a un investigador novato ni siquiera a uno experto. No me sentí mal por la Primera Prisión Estatal de Michigan. Me pareció un lugar relativamente seguro, y los inquilinos me aseguraron que, aunque había mucha actividad, nunca había sido demasiado negativa. “Demasiado” es la palabra clave.

Una de las excursiones comenzó sin incidentes hasta que la ciudad de Jackson se quedó sin luz después de que un conductor ebrio chocara contra un transformador. La mayoría del grupo se marchó después de eso (ya fuera por cansancio o miedo… nunca lo sabremos), y nos quedamos con un grupo reducido de investigadores interesados ​​en adentrarnos de nuevo en el túnel. Mientras esperábamos agachados, todos empezamos a sentirnos como si fuéramos nosotros los perseguidos. La energía cambió a algo casi burlón. Con nuestros instrumentos iluminándose y un coche de juguete moviéndose con manos etéreas, oímos susurros. Para romper la tensión decidimos cantar, lo que divirtió tanto al grupo como a los fantasmas.

En un momento dado recibimos el mensaje de un hombre que quería trascender. Estaba harto de estar atrapado. Harto de esconderse de su juicio, pues posiblemente ya había cumplido su condena y lo sabía. Así que hice lo que todo buen investigador debería hacer: pedí al grupo que me ayudara a trascender. La energía cambió; se elevó. Muchos en el grupo sollozaron. Yo lloré. No porque temiera que el siguiente grupo que trajera no tuviera espíritus sino porque habíamos ayudado a reunir a ese espíritu con su familia y amigos después de tanto tiempo.

Puede que nunca hubiera tenido esa oportunidad si no fuera por nosotros. Ni por un instante pensé en abandonarlo. Llámame ingenua, o servicial, o incluso sanadora. Me referiría a todo el grupo como samaritanos de fantasmas. Y tal vez por eso se fue la luz. Y tal vez por eso decidimos aventurarnos allí abajo en lugar de ir al apartamento de alguien, que estaba en el itinerario. En la vida no hay nada al azar, siempre hay una razón.

Al marchar no sentí que les hubiera brindado una experiencia entretenida. Creo que algunos se fueron pensando en el inicio de la charla y coincidiendo en que la caza de fantasmas era como ver secarse la pintura, y que probablemente nunca lo volverían a hacer. Otros, en cambio, sintieron la adrenalina de ayudar, no solo de cazar.

Fue la última visita guiada sobre fenómenos paranormales que realicé en la antigua prisión de Michigan, y fue la que puso el broche de oro a una historia. Se rumoreaba que las visitas estaban provocando actividad paranormal entre los reclusos, quienes pidieron que no se programaran más, así que fue nuestra última aventura.

Un grupo entró en los túneles donde habíamos visto extrañas luces blancas y verdes, susurros e incluso caricias suaves. Mientras nos dirigíamos a los vestuarios cuatro de nosotros nos quedamos agachados cerca del final del túnel, donde oímos un gruñido y un silbido. En lugar de darnos la vuelta y enfrentarnos a la entidad que estaba enfadada huimos. Es algo de lo que aún me arrepiento, pero claro, ahora es más fácil decirlo que en aquel momento.

Luego nos dirigimos a la celda de aislamiento donde Hannibal el Oso, un hombre de mal genio, había pasado más de cuatro años de su vida y era un fantasma legendario que rondaba la zona. Armados con una caja de espíritus que usa frecuencias de radio para dar voz a fantasmas o espíritus, junto con grabadoras y otros equipos paranormales, una decena de nosotros nos sentamos en el suelo de tierra e intentamos contactar. Inmediatamente en la caja de espíritus escuchamos un gruñido, similar al que habíamos oído en los túneles, y luego una voz masculina respondió con claridad a nuestras preguntas.

—No soy una buena persona. He matado a muchos. Sobre todo a niños.

Cuando le preguntamos en qué año ocurrió, respondió que fue en 1866. Y cuando le preguntamos dónde estaba, respondió ominosamente:

—Esto es el infierno.

Entre cielo e infierno

El catecismo católico deja claro que existe un Purgatorio donde se purifica el alma después de la muerte: «Todos los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero aún imperfectamente purificados, tienen asegurada su salvación eterna; pero después de la muerte se someten a una purificación para alcanzar la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo. La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados».

El Purgatorio, o Limbo como algunos lo llaman, se me ha mostrado de una manera distinta a como lo enseñan muchas religiones. Como Guille dijo a su hija Lina, no hay forma de elevar un alma orando por ella ni haciendo buenas obras para ganarse su lugar en el reino celestial. No es un trabajo que alguien más haga por ellos, sino un trabajo que deben hacer por sí. El Purgatorio y el Limbo suelen ser autoconstruidos, autocreados; una especie de sala de espera por la que el alma debe pasar para someterse a la Revisión del Alma y luego emprender el viaje final. Muchos temen que lo que hicieron en la Tierra los envíe a un lugar de fuego y azufre, así que la sala de espera les resulta mejor. Y así esperan. Muchos de esos que esperan son lo que se llama fantasmas, y las almas de los fantasmas vagan sin rumbo.

La Penitenciaría Estatal de Ojayo (o de Mansfield), que ha aparecido en programas populares sobre fenómenos paranormales como Ghost Adventures, Ghost Hunters Academy y My Ghost Story, es considerada uno de los lugares más embrujados del mundo. Ha servido de escenario para numerosas películas y videoclips, siendo el más conocido el de Cadena perpetua. El domingo 19 de agosto de 2013, veintinueve de nosotros investigamos este lugar histórico.

El Reformatorio Estatal de Ojayo fue construido por masones en 1886 y diseñado para rehabilitar a delincuentes primerizos. Su arquitectura era (y sigue siendo) espectacular, originalmente concebida para asemejarse a un castillo, por lo que se pensó que sería un paso positivo para la reforma penitenciaria. Desafortunadamente las condiciones se deterioraron rápidamente y esta prisión quedó con un legado inquietante de abusos, torturas inhumanas, numerosos asesinatos y secretos que aún permanecen ocultos entre sus muros. Activistas por los derechos civiles presionaron con éxito para que se cerrara la prisión en 1990 debido a que los presos convivían con ratas, insectos, murciélagos, comida en mal estado y enfermedades. La violencia y el derramamiento de sangre eran algo cotidiano. Cinco años después, en 1995, la Sociedad para la Preservación del Reformatorio de Mansfield abrió la prisión para la búsqueda de fantasmas.

Considerada la prisión con el bloque de celdas de acero independiente más grande del mundo, sus seis niveles son enormes. Incluso durante su construcción se produjeron muertes de obreros que cayeron de los andamios. También utilizada como área para pacientes con tuberculosis, se alojaba deliberadamente a civiles enfermos con la esperanza de reducir la sobrepoblación carcelaria.

Muchos programas de televisión señalan puntos clave de actividad paranormal, como los aposentos del alcaide, donde su esposa recibió un disparo al parecer al intentar alcanzar algo en su armario. Se dice que aún se puede percibir el aroma de su perfume. El Agujero, el aislamiento y la enfermería también se mencionaron como lugares con actividad paranormal. Pero hay otras áreas, kilómetros y kilómetros, por explorar. Y como siempre digo, los fantasmas no tienen por qué estar confinados a un solo lugar; pueden desplazarse. Los fantasmas son diferentes de los espíritus. Los espíritus son aquellos que trascienden pero regresan de visita, mientras que los fantasmas son aquellos que deciden no trascender o no pueden hacerlo por diversas razones.

La comunicación es diferente para mí como médium, pero también creo que lo es para quienes realizan las investigaciones. Los espíritus no suelen rondar, sino que visitan. Ese domingo fuimos en busca de lo que se escondía tras los muros de piedra del Reformatorio de Mansfield. En la oscuridad.

La investigación comenzó a las 8 de la noche y se prolongó hasta las 5 de la mañana, durante las cuales tuvimos acceso libre al 95% del edificio. Pasillos, túneles y cientos de escaleras eran confusos pero emocionantes, ya que con cada giro y cada piso, explorábamos el edificio escalonado. Los suelos estaban polvorientos, las chimeneas rotas, las ventanas agrietadas y albergaba numerosos animales, vivos y muertos. Pero no importaba, Mansfield desplegaba su esplendor y brillaba incluso entre la suciedad.

Veo fantasmas. Y espíritus. Pero cuando hago investigaciones no quiero ser el centro de atención, quiero que los participantes experimenten lo que experimentan sin que yo señale ni narre. Comparto. Y me asusto, lo que a algunos les puede parecer extraño, pero no he perdido la inocencia humana de la anormalidad de ver, oír, sentir y comunicarme con lo que la mayoría de la gente no puede ni quiere ver, oír, sentir y comunicar. Mansfield no me decepcionó. Me agarraron, me tocaron, me gruñeron, me hicieron llorar y me hablaron. Mi mayor problema, sin embargo, no fue de tipo paranormal. Fueron los murciélagos. (Nota de Traductor: no h ay que tomar a broma las muchas enfermedades que transmiten los murciégalos o murciélagos ya que son vectores de muchas dolencias)

Éramos un grupo de unas diez personas entrando en una habitación al final de un pasillo largo y estrecho cuando oí la señal de advertencia. Grité: «¡Murciélagos! ¡Muévanse!». El grupo, confundido y solo oyendo «muévanse», empezó a retroceder lentamente hacia la entrada cuando les exigí que apagaran sus linternas y se dieran prisa. No fue hasta que oímos los chillidos y el aleteo sobre nuestras cabezas cuando se dieron cuenta de que no era un fantasma, ni nada demoníaco, sino murciélagos vivos (creo). Chuqui estaba al final del pasillo alejándose de nosotros cuando grité «¡murciélago!», se giró y recibió un golpe en la cara con la criatura negra y peluda. No estoy seguro de haberme reído tanto en mucho tiempo.

La noche continuó con los murciélagos molestando (¿karma?) y uno de los participantes imitando el sonido de los murciélagos para volverme loca, agitando su gorra para hacer ruidos de murciélagos en mi oído (recuerden, estábamos a oscuras), y los murciélagos reales atacando en picada. Me caí al suelo varias veces y me lastimé la rodilla. Mis gritos se volvieron demasiado frecuentes, así que me tapé la boca con la mano y cerré los ojos mientras caminaba por una de las celdas. Todos me miraban y se reían, pero no quería impedirles disfrutar de la verdadera razón por la que estábamos allí: la experiencia.

Las cámaras fallaban, las videocámaras se encendían solas o no encendían, el equipo paranormal se negaba a funcionar, y mientras intentábamos comprender lo que sucedía, la luna llena (95%) iluminaba las ventanas hasta que una niebla anaranjada cubrió la prisión, y solo la prisión. La vimos avanzar lentamente desde la casa del alcaide y bloquear la luna, que era la única luz que teníamos aparte de nuestras linternas (esta era una de las razones por las que teníamos problemas con los murciélagos: las luces LED confunden los sentidos de estas criaturas). En un momento dado, sentí ganas de sentarme y llorar, y esa tristeza me acompañó dos días después.

Aunque allí habían estado recluidos presos de extrema peligrosidad, muchos de ellos eran ladrones de poca monta. La prisión había sido testigo de miles de muertes y albergaba las almas de muchos que aún no habían trascendido, lo que la convertía en lugar predilecto para cazadores de fantasmas.

En medio de la investigación, un grupo se dirigió a lo que había sido la enfermería y hablamos con un hombre llamado Guillermo y otro llamado Russ. Russ dijo que tenía setenta y tantos años y que estaba listo para reunirse con su familia. Dijo que no había asesinado a nadie, pero que había robado dinero y que, debido a su religión, sentía que no merecía ir al Cielo. Varios de nosotros nos sentamos en lo que entonces era el hospital y le entrevistamos junto con Guillermo. Había un perro que parecía un spaniel o un pastor pequeño que corría por el pasillo del alcaide y, efectivamente, percibimos un aroma a perfume de rosas, que se había vuelto casi legendario cuando la esposa del alcaide estaba presente. Tan pronto como lo olíamos, desaparecía.

Apenas pude dormir cuando regresamos al hotel a las cinco de la mañana, pensando que tal vez mi misión en la prisión no había terminado y preguntándome cuándo podría volver para encontrar llaves que liberaran a más almas perdidas y ayudarlas a alcanzar la libertad definitiva. Siempre he creído que esa es la verdadera razón de las investigaciones paranormales. No tratar a los fantasmas como animales enjaulados en un zoológico, donde nosotros somos los carceleros, sino casi como consejeros que los liberan, aunque ellos tengan que hacer el trabajo. Tienen que comprometerse plenamente a cruzar al otro lado.

Tras regresar a casa mi familia empezó a experimentar sucesos extraños. Todo comenzó cuando todos nuestros relojes de pilas se detuvieron casi simultáneamente a las 4:35. Luego se percibió olor a humo de cigarro y mal olor corporal, seguido de sombras. Cuando mis hijos adolescentes me dijeron que estaban asustados y que habían visto y oído muchas cosas a lo largo de su vida debido a mi trabajo, supe que Chuqui y yo habíamos traído a casa a un autoestopista de la cárcel, así que me senté a intentar averiguar quién era.

—Vale, ¿quién eres? —dije en voz alta, sintiéndome como una loca—. ¡Sal, sal, estés donde estés! Se acabó el juego del escondite.

La sombra que tanto asustaba a mis hijos se transformó en un hombre, con los ojos inquietos. Miré a mi alrededor para asegurarme de que los productores de Supernatural no estuvieran escondidos en mi armario de la ropa blanca con una cámara.

—¿Y cuál es tu historia? —le pregunté—. Cuéntala rápido, porque no tengo tiempo para juegos. Has asustado a mis hijos. Estoy agotada y, para ser sincera, no soy una persona agradable cuando estoy agotada.

Durante los siguientes veinte minutos el fantasma me contó su vida y la historia de su muerte. Se llamaba Fredo y dijo que había estado en prisión en Mansfield a finales del siglo XIX. «Intenté disparar a un hombre, señora, pero nunca fui buen tirador y fallé». Fredo tenía un ligero acento sureño y no tenía la energía de criminal duro. Compartió que cuando llegó a casa para almorzar encontró a su esposa con otro hombre y, en un arrebato de furia, sacó una pistola y le disparó. Bueno, lo intentó. Huyó, pero al día siguiente lo encontraron escondido debajo del porche de la casa de un amigo. Un año después de su condena, se ahorcó. «Aunque saliera de la cárcel, no tenía adónde ir ni a quién volver. Siempre fui lento. Solo servía para esto y aquello. Mi padre me decía que no era un hombre de verdad y mi madre nunca me defendió. Así que nadie me reconoció después de morir».

Quería enfadarme con Fredo, pero más que nada sentí lástima por él.

—¿Y por qué me seguiste a casa?

—Te vi ayudar a esos otros hombres. Fuiste amable y pensé que tal vez podrías ayudarme a mí también. Estoy listo para afrontar mi juicio, señora, sea cual sea. He estado encarcelado durante mucho tiempo.

—Años —murmuré—. Más de cien años. Eso ya debió ser un infierno. Puedo ayudarte a que llegue la luz, pero tú debes hacer el trabajo de buscarla y atravesarla. ¿Puedes hacerlo?

Fredo asintió. Su energía cambió y sintió como si años de lodo se desprendieran de él.

—¿Qué pasará cuando cruce a la luz? —preguntó con vacilación.

—Tendrás lo que se llama una Revisión de Vida o del Alma, donde experimentarás las emociones, los efectos y las vivencias que tus acciones provocaron en los demás y en ti.

Volví a sentir el miedo alrededor de Frank.

—Mira, nadie es un santo. Estábamos destinados a tener paz en esta vida y paz en la otra. La decisión final es tuya. ¿Eliges alimentar lo positivo o lo negativo? Tus opciones son bastante limitadas en este momento.

Asintió con la cabeza en señal de acuerdo. Cerré los ojos, recé y pedí ayuda a mis ángeles y guías espirituales. «Yo, junto con mis ángeles y guías espirituales, iluminaremos tu camino. Verás una brillante escalera blanca que se extiende hasta el techo, y más allá. ¿La ves?». Fredo asintió con la cabeza.

—Y paso a paso, quiero que subas esos escalones. Con cada paso te sentirás más seguro al cruzar. Y a medida que subas más alto verás figuras en la cima que te ayudarán a cruzar el umbral hacia el Otro Lado.

Pude distinguir tres figuras en lo alto de la escalera iluminada. Dos eran figuras angelicales y la otra era una mujer. Quizás su madre o abuela. No era momento de entablar una conexión sino de ayudarlo a cruzar al otro lado. Mientras comenzó a llorar, pero con cada paso era como si se desprendiera de sus cargas y se sintiera más ligero, hasta que llegó a lo alto de la escalera, envuelto en una luz brillante. Abrazó a la mujer que vi recibirlo y los cuatro cruzaron una puerta; entonces la escalera desapareció. Abrí los ojos y los volví a cerrar, intentando percibir si podía sentir algo, pero el espacio se sentía vacío.

Unos meses después de esto me desperté con un hombre que me tocaba el hombro. Abrí los ojos, sorprendida al ver a Fredo allí, de pie. Estaba envuelto en una brillante luz blanca. Y como un niño de primaria que recibe una estrella dorada como premio, susurró: «Estoy en el cielo. ¡Llegué al cielo! ¡Gracias!». Fredo se desvaneció y me froté los ojos para asegurarme de que no estaba soñando. Tomé el móvil para ver la hora, y los números me devolvieron la mirada: las 4:35 de la mañana.

—Buen trabajo, Fredo —susurré. Dejé el móvil en la mesita de noche y volví a dormir.

Feli

A veces olvido lo que es la normalidad. No importa adónde vaya, dónde esté ni con quién esté, veo (y casi siempre me comunico con) aquellos que han muerto. Intento aislarme con luz blanca, un escudo por así decirlo, para limitar el contacto y no parecer un loca hablando con lo que la mayoría de la gente solo vería como aire pero que yo veo como energía o espíritu. A veces la energía/espíritu es obstinada y quiere ese contacto, e intentará llamar mi atención a toda costa. Y cuando ven que yo los veo, su presencia no solo se siente grosera, sino también triste. ¿Cuántas personas pueden ver y comunicarse realmente? Probablemente más de las que creemos, pero lo ignoran o se mantienen ocupadas. ¿Cuántas pueden contar las historias del Más Allá a sus seres queridos? Yo puedo, y he asumido el papel de ser esa mensajera.

Lo que debería haber sido una simple hora de espera mientras mi hijo se cortaba el pelo, terminó convirtiéndose en un momento de cuentos con Feli, apócope de Felipe.

Feli se suicidó tras un doloroso diagnóstico que le marcaba la esperanza de vida, y aunque se crio en una familia católica y tenía fe, sentía que ya no podía seguir adelante. Esta fue la historia que me pidió que compartiera con su familia y con la chica que le cortaba el pelo a mi hijo: su hija.

Un hombre, débil de cuerpo, moribundo y con el corazón apesadumbrado, me mostró su espíritu antes de morir. Dijo que necesitaba disculparse por el daño causado a todos y las dificultades que provocó, especialmente por la forma en que terminó su vida. No quería que nadie lo encontrara así, pero no conocía otra manera. Le asustaba morir, pero aún más vivir, y ya no quería ser una carga para nadie.

Me mostró una habitación a oscuras. Estaba sentado al borde de la cama, con la pistola en la mano. No me mostró la muerte (como suelen hacer la mayoría), sino la tensión previa y el fuerte ruido que le arrebató la vida. Todo terminó. Qué instante fugaz, pensó, ese instante fugaz que acabó con su vida y cambió la de tantos.

Se mostró llorando antes, respirando hondo, y luego llorando en silencio, sorprendido por sus acciones. Demostró estar anclado a la realidad, incapaz de trascender por un tiempo. Su purgatorio consistía en presenciar la angustia que sus actos causaban a sus hijos y demás seres queridos. La vergüenza que sentía era peor que la muerte física, explicó, pero afirmó no tener fuerzas para luchar. Continuó defendiendo sus acciones repitiendo esto una y otra vez.

Dijo que podía ver la luz, pero que estaba demasiado exhausto para encontrarse con los ángeles, ni siquiera a medio camino, así que se quedó sentado preguntándose si había hecho lo correcto. Lo llamaron. Lloró. Vio a sus seres queridos allí, de pie, pero sintió que tal vez no era lo suficientemente bueno para estar con ellos, o que su juicio no era uno que quisiera afrontar y que lo llevaría a una situación peor. ¿Sería posible que hubiera cometido un gran error? Dijo que se lo preguntó una y otra vez.

Lo que parecieron meses, pero que en realidad fue solo una semana, finalmente emprendió la caminata hacia la luz. Dijo que su amada, su esposa, estaba allí y que al verla rompió a llorar en sus brazos. Y entonces, explicó, llegó el momento de recibir consejos. Le pregunté si eso era como un juicio y asintió, pero dijo que era un juicio hecho con amor y no con fuego y azufre.

Tras lo que yo llamo una terapia intensiva, Feli se mostró en un buen momento junto a sus seres queridos y su esposa. Estaba en una casa pequeña y sencilla a orillas de un lago de aguas cristalinas. Vestía una camisa de franela y su espíritu lucía sano y feliz. Comentó que había intentado visitar a su familia, pero que todos en este mundo estaban tan estresados ​​que sus visitas, en lugar de ser visitas reales, le provocaban pesadillas con su ataúd cerrado.

—Señorita, me ve. Por favor, transmítale mi cariño y el mensaje de que estoy orgullosa de todos. Dígales a los niños que se cuiden y que me perdonen. Mamá y yo los queremos muchísimo.

Luego compartió un mensaje que me pareció el más profundo de todos, y un consejo que pensé que todos necesitábamos.

—Disfruta de la familia. Disfruta de la vida. Disfruta de las cosas sencillas. Disfruta de la compañía mutua. Estoy bien.

Rara vez me acerco a desconocidos para dar consejos pero él insistió en que dejara mi revista y escribiera una carta a su hija. Envolví la propina en efectivo por el corte de pelo dentro de la carta y se la entregué al salir. Confundida por lo que le había dado, la peluquera me alcanzó con lágrimas corriendo por su rostro antes incluso de que cerrara la puerta del coche.

—No tienes idea de lo mucho que esto significa para mí —dijo, abrazándome—. ¿Cómo puedo agradecértelo?

—Perdona a tu padre y haz lo que te dice —dije sonriendo.

Todos guardamos rencor, incluso hacia quienes no están físicamente con nosotros. Lo saben. Lo sienten. Lo perciben. Lo ven. Y quieren formar parte de tu vida, pero es ese rencor el que puede causar confusión y una mala conexión con el Más Allá. Sin embargo, se puede solucionar con un poco de introspección, pero déjame decirte que, una vez solucionado, el teléfono seguirá sonando. Y eso es algo bueno.

Mis experiencias con quienes se han suicidado en el Más Allá han sido tan diversas como la vida de cada persona. Algunos se arrepienten, otros no. Algunos no se encuentran en el mejor lugar del Más Allá, aunque no lo definiría exactamente como el infierno, y otros transitan sin problemas, encuentran paz y están satisfechos con su decisión. Sin embargo, no hay escapatoria a nuestros problemas, ni en este mundo ni en el siguiente.

Marcia

Marcia vino a verme para una sesión. Tenía unos sesenta años, su pelo corto y castaño y sus gafas la hacían parecer una maestra de primaria. Su energía era suave y desprendía una cualidad matriarcal. Fue su esposo, que ya no estaba físicamente con ella, quien decidió acudir en su ayuda.

El marido de Marcia se parecía un poco a Clint Eastwood, y él lo tomó como un cumplido cuando le comenté sus rasgos físicos a su esposa, principalmente para que me diera su aprobación. Dijo que se llamaba Ray y me mostró un rayo de sol para aclararlo.

—Dice que estás enfadada con él, Marcia. Muy, muy enfadada con él.

Marcia se secó las lágrimas y se quedó sentada mirándome fijamente.

—Me suicidé —confesó Ray—. Me suicidé —repitió, y rompió a llorar. Luego me mostró los detalles.

—Dice que cogió un cinturón, fue al parque del barrio y se ahorcó—, dije con compasión, mientras se me llenaban los ojos de lágrimas al relatar su fallecimiento.

Marcia asintió y se quedó mirándome fijamente con sus grandes ojos marrones.

—Dile que lo siento. No tuvo nada que ver con ella ni con los niños. ¡Ay, cómo quiero a esos niños! Simplemente me sentía inútil. Tuve que jubilarme por mi espalda y me sentía inútil. Dile que estoy con los niños, especialmente con Sammy. Le prometí el verano antes de morir que lo llevaría a pescar. Sé que no ha vuelto a pescar desde entonces. Dile a Marcia que quiero que pesque y que estaré con él cuando lo haga.

Compartí lo que me contó.

—Kristy, ¿está en el infierno? Ambos fuimos criados católicos y eso…— Marcia tragó saliva y bajó la mirada, esperando mi respuesta.

Miré a Ray. Él negó con la cabeza.

—No fue directamente al cielo— dice —Tenía que lidiar con mucha depresión, además de muchos asuntos pendientes con su padre. Necesitaba, bueno, la única forma en que puedo explicarlo es como terapia. Una vez que alcanzó un estado de paz interior, pudo seguir adelante. Pero ahora está en un lugar mejor.

Las lágrimas que Marcia había sollozado al principio se convirtieron en sollozos de alivio.

—Se suponía que la llevaría a Hawái para nuestro trigésimo aniversario—, dijo Ray con tono de tristeza en el rostro. —Aún quiero que vaya. Sé que en Hawái hay muchos arcoíris, pero ella reconocerá el arcoíris que yo le envío. También se los he estado enviando aquí, pero no me presta atención. Dile que esté atenta al arcoíris.

Seis meses después recibí una llamada de Marcia. «Kristy, no lo vas a creer. Aunque no quería ir a Hawái porque sentía que estaba mal celebrar algo que ya no estaba, todo el tiempo sentí la presencia de Ray. Y el arcoíris que mencionó, justo cuando bajé del avión. Era un triple arcoíris. ¡Un triple arcoíris! Su número favorito era el tres y nació en marzo. Había estado dudando de todas las señales, y ahora, bueno, creo. Todavía lo extraño, pero tengo mis arcoíris».

Esperanza para los desesperados

—Simplemente no voy a hacer más programas de radio —me quejé a mi amigo por teléfono. Podía oír su risita al otro lado del teléfono, lo que me frustraba más.

Lo decía en serio. Me encantaba trabajar en la radio pero esa mañana en particular las críticas en la página de Facebook de la emisora ​​habían sido excepcionalmente duras.

«Me encantaría que los escépticos intentaran leer la energía a cientos de kilómetros de distancia, conectar con sus seres queridos y guías del pasado en cuestión de segundos y formular consejos positivos. Es un poco como si un dentista tuviera a varias personas con la boca abierta y él estuviera a más de treinta metros de distancia con un microscopio para hacer un diagnóstico. No es fácil, pero me encanta el reto y me encanta hablar con la gente», suspiré, y entonces me di cuenta de que Kay no había respondido en absoluto. «Kay, ¿me estás escuchando siquiera?»

—Ajá. Dentista. Microscopio. Energía.—

Gruñí, poniendo los ojos en blanco y apagando el ordenador.

Kay me había escuchado quejar y lamentar durante años. Si tenía un cliente especialmente difícil, lloraba con ella. Si un cliente me conmovía hasta las lágrimas, lloraba con ella. Jamás compartí información confidencial de las sesiones —creo en la discreción—, pero ella era mi confidente y por eso le estaré eternamente agradecida.

Kay se convirtió en mi amiga después de ser una de mis clientes. Desde el principio, me aconsejaron no acercarme demasiado a los clientes ni entablar amistad con ellos pero creo que hay reglas que están hechas para romperse, y esta era una de ellas. «Pero no me gusta que nadie piense mal de mí, ¿sabes?», seguí quejándome.

—Kristy, estás en un negocio que siempre estará bajo escrutinio. Sé que tu naturaleza no es la de llevar una armadura, pero en situaciones como esta, o dejas que te resbale, dejas de leer reseñas o…

Justo cuando estaba a punto de poner una excusa, se me ocurrió otra idea.

—Lo siento, Kay, espera un momento. Me está sonando la otra línea.

Con el comienzo de la mañana, lo último que quería era contestar el teléfono. Tenía toda la intención de dejar que saltara el buzón de voz, pero el mismo número había sonado más de cinco veces. Aunque me estaba irritando aún más, ya que todavía no había terminado de quejarme con Kay, pensé que sería mejor ver qué pasaba.

—Soy Kristy, ¿en qué puedo ayudarle? —respondí con un poco de mala actitud.

—¿Es Kristy, la de la radio? —preguntó una voz joven.

—Sí, ¿en qué puedo ayudarte? —repetí, preguntándome si tal vez alguno de los escépticos empezaría a llamarme. Eso era todo lo que necesitaba.

—Eh… te escuché en la radio y pensé que tal vez podrías ayudarme —dijo la chica, y rompió a llorar desconsoladamente.

Me olvidé por completo de Kay, que estaba al otro lado de la línea, e inmediatamente entré en modo intuitivo.

—¿Quieres hablar de ello? —pregunté con suavidad.

Durante la siguiente media hora la joven de quince años, que dijo llamarse Taryn, confesó sus problemas. Desde dificultades en la escuela debido a una discapacidad de aprendizaje hasta sentirse marginada y no tener amigos, pasando por ver a su madre luchar con la falta de dinero.

Contó que había fingido estar enferma para faltar a la escuela con la intención de suicidarse.

—Quizás si yo desapareciera, mi madre no sufriría tanto—, razonó.

Mi corazón dio un vuelco y comencé a llorar.

—Soy madre, Taryn, y sé con certeza que tu ausencia no ayudaría en absoluto. Ella trabaja mucho.

Taryn me dijo el nombre de pila de su madre y el lugar donde trabajaba, así que, discretamente, llamé a mi marido desde su despacho, le di una nota con la situación, el nombre de la madre de la niña y su empresa, y le pedí que la buscara en Google y la llamara inmediatamente mientras yo seguía al teléfono. Chuqui me indicó con un gesto que había conseguido contactar con ella y me dijo en voz baja que ya iba de camino a casa.

Así que me quedé al teléfono. Taryn y yo hablamos de lo sola que se sentía y de que no tenía amigos. Me contó que había encendido la radio mientras pensaba en cómo quitarse la vida cuando empezó mi programa. Al no poder comunicarse dijo que se sintió abandonada de nuevo, pero que después se arriesgó a contactarme. Desde luego, me alegré de que lo hiciera.

—¿Cómo es el otro lado, Kristy?—

Dudé. Si le decía la verdad, que era hermoso y sin dolor, temía que se quitara la vida. Aunque era cierto, muchos que vinieron a verme en espíritu después de suicidarse explicaron que al principio fue un trabajo arduo. No fue un paraíso instantáneo, sino un viaje del alma que tuvieron que explorar, y un infierno, en cierto modo, al tener que presenciar el dolor con el que sus seres queridos tuvieron que lidiar por su  culpa. Estaba bloqueada, sin saber qué palabras decir. Dudaba. Y entonces una presencia vino a mí.

—Taryn, ¿tu padre se suicidó? Tengo un espíritu que me acompaña. Lleva una camisa de trabajo, parecida a las que usan los mecánicos, y unos vaqueros sucios.

Escuché a Taryn contener la respiración y empezar a llorar.

—Ese sería mi papá. Solo quiero estar con él.

—Oh, Taryn —dije, con el corazón encogido—. Miré al hombre en busca de ayuda. Era guapo. Cabello castaño oscuro, peinado hacia atrás, y ojos color cacao.

Di a Tarum que me arrepiento todos los días de lo que hice. Fui un estúpido. Estaba deprimido y no pensaba en nadie más. Era una persona egoísta y terminé mi vida de forma egoísta. Ella es más inteligente que yo. Es más cariñosa que yo y tiene mucho más por lo que luchar que lo que yo jamás tuve.

No estuve del todo de acuerdo con todo lo que dijo. Sentí que ese hombre seguía poniendo excusas por su vida y por su muerte, pero transmití el mensaje a Taryn tal cual.

—Quiero que le digas cinco cosas. ¿Listo? me pidió su padre.

Asentí con la cabeza y comencé a escribir, preguntando a Taryn si seguía conmigo. Ella sollozó y me dijo que sí. Y comencé a escribir y a darle la información mientras hacía varias cosas a la vez.

  1. Siempre hay esperanza, incluso si no la tienes. Lo lograrás y puedes superar esto.
  2. Date veinticuatro horas antes de tomar cualquier decisión drástica en tu vida. Las emociones y las acciones son dos cosas distintas y, a menudo, no pueden combinarse.
  3. Ahora sientes dolor. Pero el dolor es una sensación, y a veces una sensación agradable, porque ayuda a diferenciar las cosas.
  4. Muchas personas reaccionarán negativamente ante tus pensamientos suicidas por diversas razones. Podrían asustarse e incluso enojarse, principalmente porque pensarán que te han hecho daño. Pero tus sentimientos son tuyos. Sin embargo, hay personas que te acompañarán durante este proceso. No te juzgarán, sino que intentarán hacer lo mejor para ti.
  5. Nunca pienses que estás sola o que no te quieren.

—Hice lo que tenía que hacer, Taryn —dijo su padre—. Y sí, me arrepiento de haber lastimado a ti y a tu madre, pero siempre estaré contigo. No estoy preparado para que estés aquí. Tengo muchas ganas de ver lo que lograrás allá.

—¿Pero está bien? —me preguntó Taryn.

—Está bien. Si pudo venir a darte esta charla, está perfectamente. ¿Alguna vez sientes su presencia? —pregunté.

—Creo que sí. A veces siento que me tocan el pelo y nunca me ha asustado. Recuerdo que de pequeña mi padre me cepillaba el pelo, así que pensé que tal vez era él.

Miré al padre de Taryn y sonrió y asintió con la cabeza.

—¿Sentiste que estaba ahí contigo, esta mañana, cuando me llamaste?

No escuché respuesta y me asusté por un segundo.

—¿Taryn?

—Perdón, mi madre acaba de entrar. Sí, sentí que me tocaban el pelo mientras escuchaba la radio esta mañana. ¿Así que de verdad está conmigo?

—¡Claro que sí! —dije sonriendo al teléfono—. ¿Puedo hablar con tu madre? —le pregunté, preocupada de que colgara, pero Taryn le pasó el teléfono y hablamos brevemente. Le pedí que me mantuviera al tanto y así lo hizo. Taryn recibió ayuda para superar su duelo y depresión, y de vez en cuando me envía noticias.

Taryn ahora está en la universidad estudiando psicología, con la esperanza de ayudar a otras personas que se sintieron tan solas como ella. Y aún siente a su padre cepillándole el pelo. Y aunque no haya una explicación científica de cómo, o quién lo hace, ella lo sabe.

Mis guías me dieron una buena lección ese día por quejarme de algo tan insignificante y me ayudaron a ver las cosas con otra perspectiva. Estoy muy agradecida de haber estado en el lugar y momento adecuados, y agradezco a la emisora ​​de radio por haber confiado en mí y haberme invitado. Mi vida no era mala. Mis hijos estaban sanos y felices. Claro que hemos tenido nuestros altibajos (¿quién no?), pero la negatividad de una pequeña situación me absorbió durante una hora. Una hora demasiado larga.

Así que, cuando algo te moleste o te sientas abrumado, recuerda que la situación te ofrece una lección. A menudo, la situación esconde mayores expectativas y motivaciones de las que creías. Y como puedes ver, no soy perfecta (¡maldita sea!) y a veces solo veo las nubes delante, olvidando que hay arcoíris por todas partes. Puede llevar tiempo o esfuerzo ver más allá de la nube, y sé que requiere esfuerzo.

Mi madre solía decir: «Siempre hay alguien que lo pasa peor que nosotros». Así que, cuando te encuentres en esa situación, pregúntate si la vida es realmente tan mala o si simplemente estás exagerando y haciendo el ridículo.

El suicidio no es la respuesta

El suicidio no es la solución. Nunca lo es. Pero debemos ser realistas: sucede. Cuando recibo consultas de personas que contemplan el suicidio y me preguntan si irán a un buen lugar si lo llevan a cabo, les digo la verdad. Nunca estoy segura, y debido a esa incertidumbre, ¿por qué arriesgarse? En cambio lo mejor es buscar ayuda y sanación aquí.

Si tienes pensamientos suicidas, no estás solo; muchas personas los han tenido en algún momento de su vida. Sentir pensamientos suicidas no es un defecto de carácter ni significa que estés loco o seas débil. Simplemente significa que tienes más dolor del que puedes soportar en ese momento. El dolor puede parecer permanente, pero con tiempo y apoyo, tanto el dolor como los pensamientos suicidas pueden sanar.

Si no sabes a quién acudir:

  • En Estados Unidos, llame a la Línea Nacional de Prevención del Suicidio al 1-800-273-TALK (8255) o a la Red Nacional de Ayuda (National Hopeline Network) al 1-800-SUICIDE (1-800-784-2433). Estas líneas telefónicas gratuitas ofrecen prevención y apoyo para la prevención del suicidio las 24 horas. Su llamada es gratuita y confidencial.
  • En España llama al número 024, es la Línea de atención a la conducta suicida y consulta la web https://www.sanidad.gob.es/linea024/home.htm
  • También puedes hablar con alguien la fundación para la prevención del suicidio https://www.fsme.es/
  • También tienes la Línea de Prevención del Suicidio en suicidepreventionlifeline.org.
  • Fuera de los EE. UU., visite la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (www.iasp.info) o suicide.org para encontrar una línea de ayuda en su país.

12. El toque de un espíritu

Sentir que te acarician el cabello, un cosquilleo en la columna vertebral, un suave roce en los brazos o una ligera presión en la pierna pueden ser una señal de que un ser querido que está en el Más Allá se encuentra cerca.

Nelly

—Mamá, ¡de verdad necesitas muebles nuevos! Deil recibió un cheque extra la semana pasada, déjanos comprarte un sofá nuevo, y tal vez también una silla —dijo Sarah mientras se sentaba en la sala de estar de su madre.

Nelly observó su hogar, querido pero desgastado. Estaba orgullosa de su casa. Crió a tres varones y una hembra en una casa de una sola planta con tres habitaciones y un baño, y pasó allí más de cincuenta años muy felices con su padre, su amado esposo. Pero cuando Ray falleció hacía cinco años, dejó de importarle tanto el aspecto de las cosas, incluyendo su  apariencia y, sobre todo, sus muebles.

El sofá a cuadros, aunque pasado de moda, era donde ella solía dar a Ray su café de la noche. Cuando él enfermaba se sentaba allí y ella lo cubría con su manta favorita, le daba sus pastillas y hablaban de su juventud, reían y sonreían. En ese sofá marrón fue donde Ray exhaló su último aliento. Sarah no lo sabía, pero cada noche, Nelly se acurrucaba en ese horrible sofá que le picaba y fingía que aún podía oír la respiración de Ray, oler su jabón y, a veces, bueno, a veces creía sentir su tacto en el brazo.

—No necesito nada nuevo, cariño. No tengo más visitas que las tuyas y las de los niños, y estoy a gusto.

Sarah suspiró. Había visto a su madre marchitarse tras la muerte de su padre, y aunque la casa de Nelly no estaba sucia, sí desordenada, algo muy inusual en la personalidad de su madre. Sarah sabía que se trataba de depresión, duelo y tristeza, pero quería ayudar. Siguió a su madre a la cocina para preparar un té caliente.

—¡Y mira este refrigerador, mamá! ¡Esta tarjeta de Navidad tiene tres años!— Sarah arrancó una foto que decía Feliz Navidad 2000 y la tiró a la basura.

—¿Ah, sí? —dijo Nelly distraídamente, mientras ponía dos bolsitas de té de canela en las tazas.

—Dejar las cosas así no va a traer de vuelta a papá, ¿sabes? Lo que hace es abrir espacio para que sucedan cosas nuevas. Tú solías decir que necesitábamos dejar espacio en nuestros corazones para que Dios los llenara de cosas buenas. ¿Acaso crees que te mereces lo malo?

Nelly contuvo las lágrimas y rápidamente cambió de tema hablando del trabajo de Sarah. Sarah conocía lo suficientemente bien a su madre como para saber cuándo dejar de lado un tema delicado.

Cuando cayó la noche Nelly se metió en el sofá con la manta de Ray bien envuelta a su alrededor.

—No sé si merezco algo bueno que llene mi corazón—, lloró. —¿Cómo podría merecer algo mejor de lo que he tenido?

 Claro, no todo había sido maravilloso, pero Nelly siempre intentaba ver el lado positivo, eso era lo que Ray tanto amaba de ella. En el momento en que enterró a su esposo, enterró su voluntad de ver las cosas con optimismo. Llenó su corazón de tristeza y dolor. Mientras reflexionaba sobre todo eso, sintió que Ray le tocaba suavemente el brazo y lo oyó decir: — Haz espacio, Nel, haz espacio.

Esa noche lloró hasta quedar dormida en el sofá, deseando y esperando que los últimos cinco años hubieran sido solo una horrible pesadilla.

A la mañana siguiente se despertó rígida, pero con una sensación de ligereza y libertad. Mientras se preparaba el té miró el refrigerador desordenado y, poco a poco, comenzó a organizar los menús, las fotos y las facturas vencidas en una pila para archivar o tirar. Tomó un trapo y limpió la puerta del refrigerador, horrorizada por el polvo y la suciedad, y con ojos frescos miró a su alrededor para ver qué había en su espacio; simplemente no había nada; todo el espacio estaba ocupado. Pasó el resto del día tirando periódicos viejos, comida, correo basura y cosas por el estilo. Y al sentarse en el sofá, llamó a Sarah.

—Escuché lo que dijiste ayer, Sarah, y lo entiendo. Me gustaría aceptar tu oferta.

Antes de que la madre de Sarah pudiera hacerle cambiar de opinión Sarah corrió a casa y llevó a Nelly a la tienda de muebles, donde eligieron un sofá y un sillón reclinable de color beige, de buen gusto (y cómodos).

Mientras lo colocaban en la sala, apartando los muebles viejos, Sarah miró a su madre. —¿Estás bien?—

Nelly asintió y, con lágrimas en los ojos, cogió unas tijeras y comenzó a cortar con cuidado la tela del viejo sofá.

Sarah miraba confundida.

—Voy a lavar esto y luego haré almohadas. No todo lo viejo tiene que tirarse; hay espacio para ambas cosas.

Sarah sonrió, cogió otro par de tijeras y empezó a ayudar.

—¿Alguna vez has sentido la presencia de papá cerca? —preguntó Sarah con cierta vacilación. Se habían criado en una religión que enseñaba que, una vez muerto, uno va al cielo.

Nelly dejó de cortar y puso las tijeras sobre la mesa de centro que Ray había construido años atrás, cuando no tenían dinero y él era ambicioso. «Sí, Sarah. Siento la presencia de papá, sobre todo cuando me acuesto. Lo he sentido tocarme y sé que es él».

Sarah también había sentido lo mismo por su padre, pero siempre tuvo miedo de hablar de ello.

Un beso

Me pidieron que diera una charla en un instituto local sobre videntes y lo paranormal. Los adolescentes son muy curiosos e inteligentes, y me da mucha satisfacción compartir mis historias con ellos.

Mientras hablaba vi el espíritu de un hombre sentado junto a la que creí que era su hija o nieta. Vestía elegante traje de tweed y  sombrero a juego. Su rostro estaba cubierto de canas y, de vez en cuando, lo veía inclinarse hacia la niña, susurrarle al oído y darle un cariñoso beso en la mejilla. Ella, en respuesta, apartaba el cosquilleo de la cara. Me costaba mucho no decir nada, pero no estaba allí para hacer lecturas y no me parecía apropiado sin el permiso de los padres. Pasada la hora varios niños se acercaron a hacerme preguntas y algunos me dieron un abrazo y las gracias. Mientras recogía mi bolso vi a la misma niña merodeando por el pasillo, fuera del aula. Le sonreí mientras caminaba por el pasillo hacia la puerta.

—Señorita Robinett, ¿puedo acompañarla? —me preguntó, y yo sonreí y acepté—. ¿Puedo preguntarle algo?

Asentí con la cabeza, pues ya sabía lo que iba a preguntar.

—Mi padre murió cuando yo tenía solo tres años. ¿Acaso está presente alguna vez en mi vida?— Sus ojos se llenaron de lágrimas, al igual que los míos.

Me detuve en la salida y me giré para mirar sus hermosos ojos marrones. Luego miré a su padre, que se inclinó para besarla como lo había visto hacer en el aula. Y una vez más, ella se tocó la cara para rascarse.

—Ahí mismo, esa sensación en tu cara es tu papá dándote un beso. Él siempre está contigo.

Los ojos de la joven se abrieron de par en par, entre el miedo y la sorpresa. —¿Dónde está? ¿Puedes colocarme cerca de él?

Entonces la coloqué frente a su padre, donde se puso de puntillas, lo abrazó por los hombros y dio un beso al espíritu de su padre.

—¿Lo conseguí?—

—Sí, claro que sí.—

Sin decir una palabra más, la joven se dio la vuelta y entró dando saltitos a su siguiente clase.

Conclusión: Yo creo...

... que todos tenemos el don de la clarividencia y la capacidad de comunicarnos con nuestros seres queridos después de su muerte. No soy especial. No tengo superpoderes. El sexto sentido es real. No significa que tengas que colgar un llamativo cartel de vidente en la puerta de tu oficina. La intuición, la percepción, el presentimiento, como quieras llamarlo, están dentro de cada uno de nosotros. Puede que no veas físicamente a tus seres queridos, pero están ahí e intentan manifestarse de muchas maneras diferentes.

Ninguno de nosotros tiene el mapa completo delante, ni en este mundo ni en el próximo, pero contamos con un GPS interno que nos guía. Es esa guía paso a paso que todos poseemos, pero dudamos y creamos escenarios falsos en nuestra mente, especialmente cuando hay mucha incertidumbre a nuestro alrededor. Esto facilita culpar a los demás en lugar de asumir la responsabilidad. Y sin embargo, cuando sufrimos, nos castigamos porque ya lo sabíamos. Cuando un conocimiento no se puede explicar, intentamos racionalizarlo.

Así que la gente acude a médiums y videntes para validar su intuición. La mayoría de las veces mis clientes no me necesitan, ni a ningún vidente o médium. Sí, lo dije. No me necesitan. Simplemente necesitan confiar en que su GPS interno está sincronizado y les da la dirección correcta, pero escucharlo de otra fuente les inspira y les quita algo de responsabilidad en sus decisiones. Todos tenemos libre albedrío. La decisión de aceptar tu intuición depende de ti, pero también depende de ti actuar en consecuencia.

En una sesión con una cliente, su ser querido en el Más Allá me mostró un gran árbol con ramas secas. «Hay que podarlas», me dijo su madre para comunicarme con ella. «La base aún está bien. Las raíces siguen ahí, pero no durarán mucho si no se cortan las ramas secas».

Su madre no hablaba de jardinería sino de todas esas cosas inútiles que guardamos sin motivo aparente. Los rencores. Los correos electrónicos y mensajes de texto hirientes. Los nombres y números de teléfono de antiguos amigos y amantes despechados que nunca nos serán de utilidad. Los recuerdos dolorosos que nos han impedido avanzar, reencontrarnos con nuestros seres queridos o encontrar otro trabajo. Tristeza, decepción, ego y/o celos. Como quiera que lo llamemos, sigue matando aquello que nos ayuda a florecer. Seguimos permitiendo que las ramas que brotan de nuestra alma permanezcan ahí, incluso cuando están huecas y absorben nutrientes preciosos, cuando lo único que tenemos que hacer es cortar la madera muerta. Siempre recordarás lo hermosas que eran esas ramas cuando estaban intactas, pero al cortarlas, obtienes una base más sólida para que crezcan sanas. Y entonces, solo entonces, con el tiempo podrán aparecer nuevas flores. Pero al proteger lo que no merece ser protegido —a menudo por miedo a realizar los cambios— estamos matando lentamente nuestra alma y nuestro espíritu a causa de ese miedo.

La negatividad prolongada te consume por dentro. Todos merecemos una vida feliz, tanto en la vida real como en la otra vida.

Cómo deshacerse de la madera muerta:

  1. Poda: Limpia tu bandeja de entrada de correo electrónico, tus mensajes de texto, tu agenda telefónica, etc.
  2. Planta: centra tu atención en las flores que deseas tener.
  3. Fertiliza: Libérate de lo que no quieres en tu vida escribiendo una lista de cosas que te molestan. Luego, di en voz alta: «Libero _____». Guarda o quema la lista, entregándosela al Universo. Y después, reafirma lo que sí quieres.
  4. Cosecha: Puede que lleve tiempo, pero florecerán y luego darán fruto tus nuevas ramas. Expresa gratitud y agradecimiento.

Cuando se cortan las ramas muertas se crean las verdaderas conexiones. Nunca dejes de intentar comunicarte con tus seres queridos que están en el Más Allá. Sus señales te llegan de innumerables maneras. Muchas son muy sutiles y pueden pasar desapercibidas, o podemos pensar que son solo ilusiones cuando en realidad son una señal. Sigue pidiendo a tus seres queridos una señal específica, pero mantente abierto a cualquier tipo de señal. Quieren compartir contigo lo maravillosa que es la vida después de la muerte no para presumir ni para hacerte sentir mal sino para asegurarte que están bien.

Recuerda que nuestro amor por ellos nunca muere, ni tampoco el suyo por nosotros, ni siquiera en el más allá.

Apéndice

Toma de tierra

Muchos pasamos por alto las señales y los símbolos porque estamos bombardeados por todo el ruido mundano que nos rodea. Los síntomas de estar desconectado* incluyen:

  • ansiedad sin causa
  • no puedo enfocar
  • mareo repentino
  • quedarse dormido mientras se medita
  • incapacidad para dormir
  • pesadez en el cuerpo
  • sentirse en las nubes
  • sentir emociones
  • antojo de azúcar
  • tener ganas de comer comida basura
  • náuseas
  • confusión mental
  • incapacidad para concentrarse en tareas sencillas

*Nota: Consulta a tu médico y usa el sentido común, ya que algunos de estos síntomas pueden ser causados ​​por una enfermedad.

 

Sugerencias para un tiempo de espera

1.      Aléjate de las personas negativas.

2.      Desconéctate de vez en cuando.

3.      Conecta con la naturaleza: sal a caminar, dar un paseo en bicicleta, cultiva un jardín, etc.

4.      Confía en tu intuición.

5.      Lee un libro.

6.      Pon algo de música.

7.      Medita.

8.      ¡Crea algo! ¡Lo que sea!

9.      Remata los cabos sueltos.

10.  Pasa tiempo con gente positiva.

 

Cinco maneras de conectar con tu interior

1.      Métete en el agua: siéntate en una bañera de hidromasaje o en un baño caliente.

2.      Conecta con la naturaleza: abraza un árbol, quítate los zapatos y sal a caminar, o trabaja en el jardín.

3.      Medita, practica pilates o yoga.

4.      Utiliza cristales como el cuarzo ahumado, la turmalina negra y la hematita, entre otros.

5.      Come alimentos crudos.

 

Así que, tanto si te sientes desorientado como si te persiguieran fantasmas, recuerda que no todo el que vaga está perdido, incluidos tus seres queridos que están en el Más Allá. Simplemente vienen a saludarte.

Realínea tu espíritu para conectar con tu espíritu.

Nuestros seres queridos en espíritu están cerca de nosotros si así lo decidimos. Quieren ayudarte en todo lo que puedan y sean capaces de hacer (que en realidad es más de lo que imaginas). Y si no tienes un ser querido en la posvida todos tenemos Guías Espirituales que actúan como nuestros mejores amigos desde el Más Allá, ayudándonos en los desafíos y celebraciones de la vida. Cultivar esa relación es fundamental. Así como las relaciones cambian con antiguos compañeros de trabajo cuando cambias de empleo, o con familiares y amigos cuando se mudan a otro lugar, lo mismo sucede con aquellos que están en el Más Allá. Debes ser proactivo para construir esa relación. Es agotador ser siempre quien intenta iniciarla (¡pobres Guías Espirituales y Guardianes!) y asegurarla. Así que dedica tiempo a hablar con ellos, invitarlos y demostrarles tu amor. Y aunque nuestros seres queridos tengan trabajo en el Más Allá, están a solo un susurro de distancia cuando los necesitas.

A veces la conexión falla porque estás desaliniado con tu espíritu. Algunos lo llaman mala suerte pero, en realidad, es energía negativa la que puede trastornar tu vida o, al menos, hacer que la sientas así. La depresión, el miedo, la ira, las discusiones, los vampiros psíquicos (personas negativas), la tristeza, la infelicidad, etc., se adhieren a tu campo áurico como una lapa y atraen más situaciones similares junto con agotamiento, fatiga, infelicidad, sensación de inquietud e incluso, a veces, problemas de salud. Así como un filtro de calefacción necesita ser reemplazado o limpiado, también lo necesita tu filtro energético. La frecuencia con la que necesitas realizar una limpieza energética depende de tu situación personal y profesional.

Existen numerosas maneras de purificar tu persona, tu oficina, tu hogar e incluso tu coche. Cualquier lugar donde pases tu tiempo es susceptible de que se adhiera energía residual, tanto buena como mala.

Formas de purificarse

Quitar

Cepíllate el cuerpo con las manos, realizando movimientos diagonales desde las yemas de los dedos, bajando por los brazos, las piernas y el torso. Luego, arroja toda la energía negativa al suelo para deshacerte de ella. Visualiza un desagüe a tus pies por donde se disipa.

Cristales

Se dice que los cristales tienen propiedades curativas. Pueden elevar tu vibración y liberar el estrés y la tensión de tu espíritu.

(Nota del Traductor. Debería el autor decir qué cristales son los adecuados porque hay cristales para todos los gustos y finalidades. Por ejemplo, la turmalina negra es una piedra de protección muy fuerte y poderosa ya que absorbe y transmuta la energía negativa del cuerpo, el hogar y el entorno de trabajo y ayuda al usuario a sentirse más conectado a tierra y en paz. Fin de la nota).

Protección con luz blanca

Visualiza una esfera ovalada de luz blanca brillante que te envuelve por completo, de la cabeza a los pies. Imagina que la luz se vuelve cada vez más brillante hasta crear una barrera protectora a tu alrededor. Según tus creencias religiosas, puedes simplemente rezar o pedir a tus guías y ángeles que continúen rodeándote con la luz blanca protectora, para que te libre de cualquier daño o influencia negativa. También puedes hacer esto por otras personas, incluyendo mascotas.

Baños

La sal marina se usa para neutralizar el ambiente y a uno mismo. Si es posible usa sal marina sin refinar junto con sales de Epsom (incluso puedes mezclarlas con hierbas). Llena la bañera con agua tibia y relájate. Al terminar, vacíala, pero no salgas; piensa en todo lo que te preocupa y visualiza cómo se va de tu cuerpo con el agua hasta que no quede ni una gota.

Formas de limpiar el hogar

Reiki

Dibuja símbolos de Reiki con las manos o los dedos para limpiar espacios. Es importante dibujar los símbolos en paredes, techos, ventanas, puertas y suelos. Sigue tu intuición para saber qué necesitas limpiar.

Hierbas

Muchas hierbas, como la albahaca, la lavanda, la menta, el romero, la salvia y la canela, poseen propiedades protectoras contra la negatividad. Puedes colocarlas en un plato bonito para que absorban la negatividad, quemar inciensos con estas propiedades o bañarte con ellas.

Sahumar

Sahumar (dar humo aromático a algo a fin de purificarlo) con salvia (prefiero la salvia blanca) es una forma sencilla y poderosa de eliminar la energía negativa del lugar. Coloca unas hojas en un recipiente ignífugo o en una concha de atún blanco y enciende las hojas o el manojo. La llama se apagará rápidamente y la salvia comenzará a humear. Dispersa el humo con la mano o una pluma. Recita una bendición de protección o una oración mientras caminas. Dispersa el humo a tu alrededor, imaginando que te atraviesa. Fluye a través de ti, extrayendo todas las imperfecciones que se han acumulado en tu interior. Recomiendo ir a la parte más alejada de tu casa y avanzar hacia el frente, abriendo una ventana por donde puedas extraer toda la energía negativa. No olvides sahumar armarios, sótanos, rincones y grietas, etc.

Sahumarse a diario también puede ser muy útil para mantener el equilibrio personal, y puede ayudar si se está rodeado de personas emocionalmente desequilibradas.

El incienso, el sándalo, la mirra y el palo santo también ayudan a eliminar la negatividad.

Agua bendita

Quienes profesan ciertas creencias religiosas creen que hacer la señal de la cruz con agua bendita dentro y alrededor de la casa ayuda a invocar a lo Divino para disipar la energía negativa.

Sal marina

Coloca un vaso o cuenco con agua y sal marina en un rincón o debajo de la cama para capturar las energías negativas. Vacíalo y reemplázalo cada día. Conectar con la Madre Tierra ayuda a transformar lo negativo en positivo.

Velas

Las velas blancas son maravillosas para eliminar la energía negativa, y añadirles aromas como lavanda, vainilla y canela ayuda aún más.

Música

Dado que todos tenemos una vibración, es lógico pensar que la música puede ayudarnos a reequilibrar nuestra alma. Tocar un instrumento o simplemente escuchar tu música favorita y dedicar tiempo a pensar en todo lo que deseas en lugar de en lo que no deseas, puede ayudarte a armonizar tu espacio y tu espíritu.

Formas de purificar la oficina

En la mayoría de las oficinas no les gusta tener una llama por lo que la visualización funciona mejor cuando se trabaja en lugar concurrido.

Visualiza un vórtice girando a tu alrededor y pide que absorba todas las energías negativas y/o oscuras. Luego, visualiza el vórtice moviéndose por todo el edificio de oficinas hasta salir por el tejado. Pide a los ángeles y guías que las neutralicen y disipen. No olvides darles las gracias.

Sin importar cómo decidas purificarte a ti, tu hogar o tu oficina, recuerda que lo positivo atrae lo positivo, y cuando te encuentras cerca de cualquier situación o persona negativa, de alguna forma, comenzará a afectarte. Aunque no puedas ver la energía, los demás la perciben. Dedicar tan solo un poco de tiempo al autocuidado y a la purificación del alma podría cambiar tu vida y, además, abrir nuevos canales de comunicación con tus seres queridos.

Preguntas frecuentes

Pregunta: He oído que cuando la gente pasa al otro lado, todos tienen alrededor de treinta y dos años. ¿Es cierto o tienen la edad que tenían al morir?

Respuesta: Al trascender no tenemos edad. Nuestra alma es eterna. A menudo, irradiamos la edad en la que fuimos más felices en este plano terrenal.

Pregunta: ¿Qué sucede si un bebé muere? ¿Quién se hace cargo de él en el más allá?

Respuesta: Un bebé o un niño es recibido igual que un adulto por un guía, un ángel o un ser querido, incluso si no los conoció en vida. Se les cuida hasta que se reúnen con sus padres en el Cielo, donde también se les ofrece la opción de reencarnar.

Pregunta: ¿Tenemos “cuerpos” como los que vemos aquí? ¿Tenemos brazos y piernas o somos solo masas de energía flotando?

Respuesta: No, no tenemos cuerpos. Simplemente estamos compuestos de energía.

Pregunta: ¿De verdad todos los perros están en el cielo?

Respuesta: ¡Los animales sí van al cielo! Aunque no todos. ¿Alguna vez has conocido a un perro o un gato (o un caballo o una serpiente, etc.) y has sabido que tenían algo especial, y luego has conocido a otro perro o gato y has sentido que eran simplemente un perro o un gato?

Pregunta: Soñé que mi padre fallecía varios años después de su muerte. Pero vi a mi madre fallecer tan solo unos días después. ¿A qué se debe esta diferencia?

Respuesta: Puede que tu padre se sintiera mal por su muerte o que tuviera miedo de cruzar.

Pregunta: ¿Quién va al «Otro Lado» o Cielo, y quién al «Limbo» o Infierno? ¿Cómo se decide eso? ¿Acaso los asesinos y los abusadores de menores simplemente pasan el rato en el otro lado disfrutando de la compañía de sus seres queridos?

Respuesta: El Cielo (y el Infierno) se construyen de forma similar a un edificio de apartamentos, con muchos reinos y pisos diferentes. Solo tienes la llave del ascensor para tu piso, y para ningún otro.

Pregunta: Cuando estamos a punto de morir, ¿nuestros seres queridos en el Cielo están al tanto y esperando para recibirnos? ¿Nos oyen? ¿Ya lo saben? ¿Nos ayudan?

Respuesta: Es casi como si nuestros seres queridos recibieran el aviso unos días antes de nuestro fallecimiento, incluso si se trata de un accidente o algo inesperado, para que puedan estar presentes en el reencuentro.

Pregunta: ¿Usas la ropa con la que te enterraron?

Respuesta: En realidad no usamos ropa; no somos personas físicas. Para mí, las veo con la ropa con la que se sienten más cómodas o que les permite sentirse más seguras.

Pregunta: ¿Cuándo podrán nuestros seres queridos “encontrar su voz” y empezar a comunicarse con sus seres queridos que están en este mundo?

Respuesta: Por lo general, nuestros seres queridos tardan entre seis meses y un año en encontrar su voz, pero eso depende de cuán preparados estuvieran para morir y trascender.

Pregunta: ¿Es aterradora la transición de la vida al Cielo?

Respuesta: En absoluto.

Pregunta: ¿Qué sucede si te incineran?

Respuesta: Es lo mismo que si te enterraran. Estamos hechos de energía y la forma en que descansamos no afecta a nuestra alma.

Pregunta: ¿Nos reencarnamos o simplemente permanecemos en el Cielo?

Respuesta: Nos reencarnamos solo si queremos.

Pregunta: En la Biblia leemos que hay muchas mansiones en el cielo. ¿Las describe la gente?

Respuesta: Cada persona en el Más Allá tiene una experiencia diferente de lo que ve. Su Cielo es lo que ellos desean que sea. Si alguien es religioso, verá la visión bíblica de lo que le enseñaron.

Pregunta: Las cosas que disfrutamos en esta vida, los lugares que nos encanta visitar… ¿todavía podemos disfrutarlas y hacerlas? ¿O acaso ya no deseamos ese tipo de actividades terrenales?

Respuesta: Sin duda podemos disfrutar de la vida y de los lugares que nos gustaban en este plano terrenal. A menudo lo hacemos a través de nuestros seres queridos en la Tierra. Así que, si vas de vacaciones a Hawái y a tu padre siempre le encantó Hawái, es casi seguro que te acompaña haciendo autostop.

Pregunta: ¿Pueden nuestros seres queridos que están en el cielo ayudarnos?

Respuesta: Por supuesto. Pueden hacer maravillas por nosotros, pero hay que pedírselo. No lo saben todo y también tienen sus propias reglas. Así que invítalos, pídeles ayuda y espera su respuesta. Puede que no llegue en el momento que deseas, pero llegará.

Pregunta: ¿Podremos estar con nuestros seres queridos en el Cielo?

Respuesta: La mayoría de las veces, sí. Depende de la Revisión del Alma y de las decisiones tomadas durante el Campamento de Entrenamiento Angélico.

Pregunta: ¿ Nuestros seres queridos se mantienen al tanto de lo que sucede en nuestras vidas a medida que pasa el tiempo? ¿Saben cuándo nos casamos, tenemos un hijo o cuando nos ocurre algo malo?

Respuesta: Sí, saben lo que está pasando en nuestra vida.

“Siempre estoy contigo”

Anónimo

Cuando me vaya, libérame, déjame ir.
Tengo tantas cosas que ver y hacer,
no debes atarte a mí con demasiadas lágrimas,
sino agradecer que tuvimos tantos buenos años.

Te entregué mi amor, y solo puedes imaginar
cuánta felicidad me has dado.
Te agradezco el amor que me has demostrado,
pero ahora es momento de seguir mi camino solo.

Así que llora por mí un tiempo, si debes llorar.
Luego, deja que tu dolor sea consolado por la confianza
de que solo es por un tiempo que debemos separarnos,
así que atesora los recuerdos en tu corazón.

No estaré lejos, porque la vida continúa.
Y si me necesitas, llámame y vendré.
Aunque no puedas verme ni tocarme, estaré cerca.
Y si escuchas con el corazón, oirás
todo mi amor a tu alrededor, suave y claro.

Y entonces, cuando vengas por aquí solo,
te recibiré con una sonrisa y un —Bienvenido a casa—.

 

Cómo establecer la conexión con el otro lado

1.      Busca un lugar donde puedas estar a solas y en silencio durante diez o quince minutos. Algunos de mis lugares favoritos para desconectar son mi coche, un cementerio, la bañera, etc. A menudo, esto ayuda a crear una especie de ritual: siempre a la misma hora, en el mismo sitio, etc.

2.      Quizás quieras sacar fotos o recuerdos del ser querido con el que quieres hablar.

3.      Quizás quieras encender una vela blanca y/o poner música relajante.

4.      Invoca a Dios, a tu ser superior y/o a tus guías espirituales.

5.      Utilice alguna forma de protección espiritual.*

6.      Repite la afirmación: Nada puede entrar en mi espacio sin mi permiso.

7.      Simplemente respira hondo, desconectándote del mundo exterior y concentrándote en tu interior.

8.      Invita a tu ser querido a entrar. Llámale mentalmente o en voz alta, lo que te resulte más cómodo.

9.      Quizás quieras tener una libreta a mano y anotar cualquier pensamiento o información que te venga a la mente. O simplemente escucha, siente y déjate llevar por todos los sentidos.

10.  Así como conoces la personalidad y las peculiaridades de un ser querido, nuestra personalidad no cambia al trascender, y deberías poder percibir si quien se comunica contigo es tu ser querido. Si te sientes incómodo o inseguro, interrumpe la comunicación y vuelve a empezar con la protección espiritual.

 

Al principio, no dediques más de quince minutos, ya que puede resultar agotador emocional y psicológicamente tanto para ti como para tu ser querido.

La protección psíquica o espiritual actúa como una forma de energía que nos envuelve para bloquear energías negativas o maliciosas. El hecho de que quieras hablar solo con tu abuela en el mundo espiritual no significa que otro espíritu curioso no quiera o no pueda interrumpir la conversación. No se trata de ser perjudicado por una entidad, sino de marcar un número específico de teléfono y evitar una línea compartida con varias personas, lo que puede confundir y dificultar la comprensión de los mensajes de la persona con la que intentas comunicarte.

Técnicas de protección

Técnica de burbuja blanca

La técnica más básica de protección consiste simplemente en imaginarte dentro de una esfera o burbuja de luz blanca. Visualiza esta burbuja descendiendo del techo, pasando por encima de tu cabeza, y envolviéndote con ella hasta los pies, al menos a quince centímetros por debajo. No tiene que ser una esfera perfecta; simplemente haz que se ajuste a todo tu cuerpo con la forma que te resulte más cómoda. También puedes unirte a otras personas dentro de tu burbuja o conectar tu burbuja con otras. Visualiza cómo la luz se vuelve cada vez más brillante hasta crear una barrera protectora a tu alrededor. Según tus creencias religiosas, puedes simplemente rezar o pedir a tus guías y ángeles que continúen rodeándote con la luz blanca de protección, y que te libre de daños e influencias negativas. También puedes hacer esto por otras personas, incluyendo mascotas.

Técnica de la momia

Así como a algunas personas les gustan las mantas ligeras, a otras les gustan las gruesas, la protección de la momia es similar a la burbuja blanca. En lugar de estar dentro de una burbuja, absorbe su energía y envuélvete en ella. Visualiza una cinta de luz blanca y envuélvete firmemente de la cabeza a los pies. Según tus creencias religiosas, puedes simplemente rezar o pedir a tus guías y ángeles que te rodeen con la luz blanca de protección y te libren de cualquier daño o influencia negativa.

Técnica de la lluvia

Visualiza una lluvia ligera que cae del cielo sobre ti. Al caer sobre tu cabeza, esta lluvia espiritual gotea suavemente alrededor de tu cuerpo, rodeándote de protección. Según tus creencias religiosas, puedes simplemente rezar o pedir a tus guías y ángeles que continúen rodeándote con esta lluvia espiritual de protección, protegiéndote de cualquier daño o influencia negativa.

Vivir con propósito:

Siete arrepentimientos de fallecidos y moribundos

 

1.      Ojalá hubiera hecho más cosas que me hicieran feliz.
Y rara vez tienen un significado económico. ¿Has oído hablar de una lista de deseos? Es una lista de metas que quieres lograr, pero diferente de una lista de cosas por hacer. Las listas de deseos son personales y únicas para cada persona. Tuve una cliente que luchaba contra el cáncer y sabía que su tiempo era limitado. En nuestra sesión, compartió su lista de deseos conmigo y todavía hoy pienso en ella.

·      Invita a almorzar a un desconocido.

·      Pon notas al azar en los libros de la biblioteca.

·      Contempla una puesta de sol y una salida del sol el mismo día.

·      Nadar con delfines.

·      Sostén un koala.

·      Alójate en un bed and breakfast a orillas del lago Michigan.

·      Aprende a tocar un instrumento.

·      Apúntate a una clase de pintura.

·      Ve a una feria rural tradicional y come orejas de elefante.

·      Visita tiene un tamaño mediano.

·      Paseo en globo aerostático.

·      Disfruta del viaje en tren de otoño a la Península Superior.

·      Los elementos de su lista no eran nada del otro mundo, pero eran suyos. Me envió fotos a lo largo de su recorrido para cumplir su lista de deseos y me encantó compartirlo con ella.

2.      Ojalá hubiera viajado y explorado más.
Muchas veces el miedo nos impide viajar y explorar, incluso más que el dinero. ¿Cómo dice el dicho? Si los deseos se convirtieran en peces. Bueno, también existe el dicho de vivir la vida con propósito. No dejes nada al azar, crea y completa.

3.      Ojalá hubiera mantenido el contacto con mis amigos.
Mi madre hablaba a menudo de sus amigos y familiares y expresaba cuánto los echaba de menos. Yo le decía que los llamara, pero ella respondía: «Las líneas telefónicas funcionan en ambos sentidos». Se amargó y se sintió olvidada. Pero hacia el final de su vida, comentaba lo mucho que le hubiera gustado haber llamado por teléfono o haber escrito una nota (o que yo la hubiera escrito, ya que era ciega). No es demasiado tarde para enviar ese mensaje, esa tarjeta, esa nota o esa llamada. Aunque no hayas hablado con tu amigo en muchísimo tiempo, independientemente de las circunstancias, si todavía lo tienes presente, quizás sea el momento de retomar el contacto.

4.      Ojalá no hubiera dedicado tanto tiempo al trabajo.
Una de mis frases favoritas es de W. James —Jim— Treliving, un empresario canadiense, dueño de Boston Pizza y autor de Decisions: Making the Right Ones, Righting the Wrong Ones. Se le cita diciendo que nunca se ve un camión blindado siguiendo a un coche fúnebre. Sí, hay que pagar las facturas, pero fíjense en la magnitud de esas facturas. ¿Tienes que trabajar duro para comprarte unos zapatos cómodos o hacer horas extras para comprarte un bolso Louis Vuitton? ¿Qué significa para ti la calidad?

5.      Debería haberme cuidado mejor.
Oigo a muchos decir que ojalá hubieran ido al médico al primer síntoma de un problema. O que deberían haber comido mejor o hecho ejercicio ; sí, incluso dicen que ojalá hubieran hecho ejercicio. No es que no estén bien ahora, sino que sienten remordimiento por haber abandonado a su familia y amigos.

6.      Debería haberles dicho a las personas que amaba cuánto las quería de verdad.
Debería haberlo hecho, lo habría hecho, podría haberlo hecho… Para muchos, «Amor» es probablemente la palabra más difícil de pronunciar. La siguiente es: «Estoy muy orgulloso/a de ti». Pero ese sentimiento puede cambiar la vida de alguien, y también la de quien lo expresa.

7.      Ojalá no hubiera pasado tanto tiempo preocupándome.

 

La preocupación mata la felicidad. Roba tiempo. Aleja a la gente. Y causa problemas de salud. Además, preocuparse no influye en el resultado de aquello que nos preocupa.

¿Acaso no tenemos (tú y yo) la responsabilidad de vivir la vida más feliz, plena y auténtica posible? Por mucho que queramos culpar de nuestra infelicidad al trabajo, a los demás, a la falta de dinero o a cualquier otra cosa, todo se reduce a crear nuestra vida. Tienes el pincel y un lienzo en blanco. De ti depende cuándo, o si, empiezas a darle color a tu vida. wisto

Meditación para la visita, antes de acostarse

(Quizás te resulte útil grabar este guion en tu teléfono y reproducirlo).

Conectar con la tierra es importante para liberar todo el estrés y derribar las barreras entre este lado y el Otro Lado.

Comienza a respirar lenta y profundamente, con inhalaciones y exhalaciones de duración similar. Encoge o gira los hombros, mueve la cabeza con cuidado alrededor del cuello e intenta tensar y relajar todos los músculos principales del cuerpo, comenzando por los pies y avanzando hacia la cara.

Imagina raíces que brotan de tus piernas y de la planta de tus pies y se hunden en tierra fresca y húmeda. Con cada exhalación, tus raíces crecen y penetran más profundamente en la tierra. Siente cómo todo tu estrés y tensión fluyen fuera de tus raíces con cada respiración. Sigue concentrándote en extender tus raíces hacia la Madre Tierra. Y al liberar tu estrés, la Madre Tierra te energiza a través de cada célula de tu cuerpo, desde los pies hasta la cabeza y la coronilla.

Estira los brazos hacia el techo, hacia el cielo, hacia el sol; con cada exhalación, tus brazos se elevan más hacia el cielo, liberando así toda tu tensión y estrés.

Ahora visualiza una puerta frente a ti. Al abrirla, imagínate en un sendero. Este sendero puede tener la forma que desees. Percibe los sonidos de la naturaleza que lo habitan: los pájaros, las abejas y cualquier otro animal que corretee a su alrededor. Visualízate caminando por ese sendero tranquilo. Quizás sientas el viento en tu mejilla o el cálido sol brillando sobre ti. Al caminar, llegas a un puente y al otro lado se encuentran tus seres queridos que han cruzado. Invítalos a encontrarse contigo en el centro del puente y luego camina lentamente sobre él, permitiendo que te saluden quienes lleguen. Puede que solo lo percibas, no lo veas, pero cuanto más practiques esta meditación, más clara será la experiencia.

No dudes de ti ni pienses que deseas que esa persona esté allí; simplemente deja que suceda. Dedica solo unos minutos al puente; ofrece tu amor y cualquier mensaje que quieras compartir. Escucha un momento para ver si te responden, luego date la vuelta y regresa por el camino hasta tu puerta. Recuerda que cuanto más practiques, más fácil será esta meditación y la comunicación. No permitas que la frustración obstaculice nada de lo que veas o sientas.

Respira hondo y abre los ojos, o simplemente déjate llevar por el sueño.

Sanación en las fiestas: cinco maneras de celebrar las fiestas cuando hay ausentes

Las fiestas pueden hacer que la ausencia sea aún más dolorosa. En lugar de alegría, predomina una sonrisa forzada y una sensación de temor y tristeza. Quienes nunca han experimentado este tipo de dolor simplemente no lo entienden pero para quienes sí puede ser devastador.

Ya sea que la pérdida haya ocurrido hace diez años o hace dos semanas, duele, y el vacío que deja esa presencia durante las fiestas puede ser indescriptiblemente doloroso. Amigos y familiares pueden pensar que ayudan con sugerencias como: “¡Vamos, sal, te sentirás mejor!”, “Fue hace tanto tiempo, ¿no puedes simplemente superarlo?” y “¡Bueno, están en un lugar mejor!”, pero eso no cura la situación. Y no, no pueden traerlos de vuelta ni arreglarlo todo, pero tú sí. Elegimos nuestra actitud. Elegimos nuestro estado de ánimo. Elegimos dar pasos hacia adelante, aunque sean pequeños.

Todavía recuerdo a mi madre llorando en cada festividad, sobre todo en Navidad. Había perdido a sus dos hermanos, a su madre y luego a su padre. Se sentía huérfana. Y aunque tenía a mi padre, a mí, a mi hermano y a mi hermana, nunca pudimos aliviar su tristeza, ni tenía la energía para sanarla. Cuando su familia estaba viva nuestras Nochebuenas estaban llenas de risas, familia, buena comida y felicidad; pero las pérdidas convirtieron lo que había sido un día tan divertido y alegre en uno que se sentía forzado y artificial. Las lágrimas de mi madre caían con facilidad y su corazón nunca sanó emocionalmente. Después de todos estos años todavía me siento dividida respecto a la Navidad. De niña anhelaba sentir la magia de las fiestas, pero sabía que la magia se apagaba con las pérdidas y tanta tristeza. Intenté animarla, pero me cansé. Y luego, cuando experimenté mis pérdidas, mi chispa se apagó hasta que tomé el tiempo para recuperarla y no pude estar ahí para los demás.

A pesar de la capacidad para comunicar con mis seres queridos sé por experiencia que no es lo mismo que un gran abrazo en el mundo físico.

Establecer un desencadenante positivo

Cuando empieces a sentirte triste recurre a algo que te alegre. Puede ser ver una película que siempre te haga reír, escuchar una canción que te haga sonreír, visitar un lugar que te haga sentir bien, etc.

Devuélvela

Cuando ayudamos a los demás y vemos que nos devuelven la sonrisa, también nos sentimos bien. Hay muchas maneras de hacerlo:

  • Paga la cuenta del coche que está detrás de ti.
  • Pon monedas en un parquímetro vacío.
  • Hornea galletas y regálalas a un vecino, al consultorio de tu médico, a tus compañeros de trabajo, a la iglesia, etc.
  • Limpia tu armario y dona las prendas a una buena causa.
  • Escribe una reseña del libro y publícala (créeme, el autor te lo agradecerá mucho).
  • Ofrece tu tiempo como voluntario en un refugio de animales o en una residencia de ancianos.
  • Sonríe a un desconocido.
  • Quitar la nieve de la acera del vecino.

Crea una nueva tradición

La muerte deja un vacío en las tradiciones que reaviva el dolor. A menudo pensamos que vale la pena el sufrimiento que conlleva mantener la tradición pero al final somos nosotros quienes padecemos. Crea una nueva tradición, ya sea en la comida, la decoración o incluso el lugar donde se celebran las festividades. Renueva las celebraciones.

No ignores el dolor.

Esto puede sonar contraproducente en comparación con lo que dije anteriormente, pero al ignorarlo permites que algún día salga a la luz y, cuando lo haga, la montaña será aún más grande.

Siéntate y escribe una carta a tu al fallecido o simplemente háblale. Te escucha. Créeme.

Habla de la persona que extrañas. Recuerda los momentos felices, aquellos que te hicieron reír.

Incluir a los que han fallecido

Durante mi tristeza, Chuqui (mi esposo) y yo decidimos dar un paseo en coche. Paramos en una pequeña tienda navideña y allí, en el escaparate, vi una linterna como las que coleccionaba mi madre. Supe que tenía que tenerla. Mientras la dependienta la envolvía con cariño le dije que me recordaba a la colección de mi madre y le conté que había fallecido y que la Navidad siempre era la época más difícil. Metí la mano en la cartera para darle la tarjeta de crédito cuando ella simplemente negó con la cabeza, sonrió y me entregó la bolsa. «Un regalo de tu madre y mío», dijo mientras se me llenaban los ojos de lágrimas. En ese momento no solo me sentí cerca de mi madre, sino que recuperé la fe en la humanidad.

La linterna está justo a mi lado mientras escribo, recordándome muchas cosas que son mucho más que objetos. Visita los lugares que te traen recuerdos de tu ser querido, tal vez incluso cómprale un regalo durante las fiestas o ponle un lugar en la mesa. Te extrañan tanto como tú a ellos.

Extrañar a alguien durante las fiestas es natural y es importante comunicar tus emociones en lugar de evitarlas. Es entonces cuando llega la sanación.

Siempre estoy aquí

Anónimo

No te he dado la espalda,
así que no hay necesidad de llorar.
Te estoy observando desde el cielo,
justo más allá del firmamento matutino.

Te vi casi derrumbarte,
cuando apenas podías mantenerte en pie.
Le pedí al Señor que te consolara,
y lo vi tomar tu mano.

Me dijo que tú sufres más
de lo que yo jamás podría.
Se secó las lágrimas y tragó saliva con dificultad,
luego me dio tu mano.

Aunque no sientas mi tacto,
ni me veas a tu lado,
te susurré que te amo,
mientras secaba cada lágrima que derramabas.

Así que por favor, no me extrañes,
nos volveremos a encontrar algún día.
Más allá del cielo oscuro y tormentoso,
un arcoíris ilumina el camino.

Referencias

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Mann, Fred. —Un niño de Wichita encuentra un tesoro en una venta de garaje—. The Wichita Eagle. Publicado el 25 de mayo de 2012; actualizado el 6 de marzo de 2014.

Mills, R. Mientras estaba fuera de mi cuerpo vi a Dios, el infierno y los muertos vivientes!, segunda edición. Triunity Publishing, 2007.

Nehale, Victoria. Un recordatorio amistoso: ¡El tiempo se acaba rápidamente! Autor-Editor, 2008.

Randles, Jenny y Peter Hough. El más allá: una investigación sobre la vida después de la muerte. Londres: BCA, 1993, reimpreso en 1995.

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Wills-Brandon, Carla. Un último abrazo antes de irme. Health Communications, Inc., 2000.

Wortman, Camille B. y Elizabeth F. Loftus. Psicología. Knopf, 1981.

 

Acerca del autor

Kristy Robinett es una médium psíquica y escritora que comenzó a ver espíritus a los tres años. Cuando tenía ocho, el espíritu de su abuelo fallecido la ayudó a escapar de un posible secuestrador, y fue entonces cuando Robinett se dio cuenta de que el Más Allá no estaba tan lejos.

De adulta, la policía local la solicitaba con frecuencia para examinar casos sin resolver desde una nueva perspectiva. Se ganó una sólida reputación por su gran precisión en la elaboración de perfiles psicológicos y por aportar nuevas perspectivas a crímenes sin resolver. Fue entonces cuando comenzó a colaborar con diversas agencias policiales, abogados e investigadores privados en todo Estados Unidos, ayudando en casos de personas desaparecidas, incendios provocados y casos sin resolver. En 2014, apareció en un programa especial de una hora de duración en Investigation Discovery Network (ID), titulado "Almas Inquietas", que destacaba un caso policial en el que había participado.

Robinett imparte clases de desarrollo psíquico e investigación paranormal en universidades locales, da conferencias por todo el país y participa regularmente como comentarista en los medios de comunicación. Es autora de *It's a Wonderful Afterlife *; *Forevermore: Guided in Spirit by Edgar Gúmer Poe* ; * Messenger Between Worlds: True Stories from a Psychic Medium* ; *Higher Intuitions Oracle* ; * Ghosts of Southeast Michigan *; y * Michigan's Haunted Legends and Lore*.

Kristy Robinett es esposa y madre de cuatro hijos y varias mascotas. Le gusta la jardinería, cocinar y explorar pueblos rurales con encanto. Su sueño es comprar y restaurar algún día una casa de campo centenaria, con fantasmas y espíritus opcionales.

Puedes visitarla en línea en KristyRobinett.com, facebook.com/kristyrobinett o Twitter.com/kristyrobinett.

Texto original

Kristy Robinett is a psychic medium and author who began seeing spirits at the age of three. When she was eight, the spirit of her deceased grandfather helped her escape from a would-be kidnapper, and it was then that Robinett realized the Other Side wasn’t so far away.

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