90 MINUTOS EN EL CIELO
(2004)
por Don Piper con Cecil Munphey
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Contenido
Dedicatoria
- Agradecimientos - Prólogo - 1. El accidente - 2.
Mi tiempo en el cielo - 3. Música
celestial - 4. Del cielo a la tierra - 5. De la tierra al hospital - 6.
Comienza la recuperación - 7. Decisiones y desafíos - 8. Dolor
y adaptación - 9. Interminables adaptaciones - 10. Más
milagros - 11. De vuelta a la iglesia - 12. Sincero conmigo
mismo - 13. La mano
que aferra - 14. La nueva normalidad - 15. Tocar
vidas - 16. Encontrar un propósito - 17. Añoranzas de mi
hogar - 18. Los «por qués» - Notas - Acerca de los
autores
Dedicatoria
A los guerreros de la oración... ¡Orasteis; yo estoy aquí!
Agradecimientos
Escribí este
libro en defensa propia. En los años que pasaron desde 1989, rara vez he podido
satisfacer a alguien con respuestas rápidas o encuentros breves que relaten mis
experiencias. En la radio, la televisión, los periódicos, y desde un sinnúmero
de púlpitos y podios de disertación, en general, he dejado más preguntas sin
respuesta que dado contestaciones satisfactorias. La gente siempre ha querido
saber más... siempre más. Escribí tres manuscritos distintos sobre esta
experiencia para satisfacer las mentes inquisitivas. Ninguno me satisfizo. Por
eso convencí a uno de los autores distinguidos de los Estados Unidos para que
se asociara conmigo y escribiéramos un libro que respondiera a los temas más
impactantes con relación a mi muerte y mi vida. Cecil Murphey, autor de muy
exitosas biografías de luminarias como Franklin Graham, Truett Cathey, B. J.
Thomas, Dino Karsanakas y el Dr. Ben Carson, me dio la perspectiva que yo
quería para escribir el libro que necesitaba escribir. Es este que tiene usted
hoy en sus manos.
Cec se ha
convertido en un devoto amigo, confidente y mentor. En realidad, una de las
bendiciones de escribir este libro ha sido conocer a Cec Murphey. Su pasión por
este proyecto se siente en cada página. ¡Gracias, Cec! Te lo agradezco profundamente.
De la misma manera, Deidre Knight, de la Agencia Knight, creyó en este
proyecto, y eso lo aprecio mucho. Y la Dra. Vicki Crumpton del Baker Publishing
Group es una persona a la que he llegado a admirar. Su dedicación para ver esta
historia publicada me es muy valiosa.
Quiero
agradecer al personal de la Unidad de Trauma del Centro Médico Memorial Hermann
y del Hospital Episcopal de St. Luke en Houston por su devoción a las artes de
la sanidad. Mi agradecimiento especial al Dr. Thomas Greider, mi cirujano
traumatólogo desde esa fatídica noche del 18 de enero de 1989.
Varias personas
preciosas de Dios de muchas iglesias me han permitido servirles. Sus oraciones
no solo fueron cruciales para mi supervivencia, sino que su presencia ha sido
una bendición para mi ministerio. Mi más profunda gratitud a la Iglesia
Bautista de South Park de Alvin, Texas, grandes guerreros de la oración a Dios.
Además quiero reconocer la contribución especial de la Primera Iglesia
Bautista, la Iglesia Bautista Airline y la Iglesia Bautista Barksdale, todas de
Bossier City, Louisiana. Mi padre en el ministerio, el Dr. Damon V. Vaughn,
antiguo pastor de las primeras dos de estas iglesias, también ha contribuido de
una manera tal que estoy en deuda con él.
Por estar
fielmente conmigo desde mi accidente, expreso todo mi amor a la Primera Iglesia
Bautista de Rosharon, Texas, junto a la Iglesia Bautista de Hunter’s Glen y
Murphy Road de Plano, Texas. Desde 1996 he llamado a la Primera Iglesia
Bautista de Pasadena, Texas, mi lugar de servicio. Su apoyo para este proyecto
ha sido incansable y muy tierno. Gracias a todos por su paciencia, oraciones y
amor.
Por último
quiero expresar mi profunda gratitud a los padres de mi esposa, Eldon y Ethel
Pentecost, y a mis padres, Ralph y Billie Piper, por sus incalculables
sacrificios y fiel apoyo. A mis tres hijos, Nicole, Chris y Joe, les digo...
Dios me ha dado hijos mucho mejores de lo que merezco. Soy muy bendecido. ¿Cómo
agradecerles por todo lo que han significado para mí, aún más desde ese
miércoles hace ya tanto tiempo? Y a mi esposa desde hace treinta años, Eva...
nadie debiera tener que hacer todo lo que tuviste que hacer por mí. Pero lo
hiciste, con fidelidad, con compasión y sin dudar. De toda mi familia y amigos,
solo ella puede en realidad saber lo doloroso que ha sido este viaje cada día,
porque lo ha soportado conmigo. Eva, eres un regalo de Dios.
Señor, tú sabes
que no siempre entendí los por qués de lo que sucedió, pero nunca dejé de
confiar en ti. Oro, Abba Padre, porque este humilde esfuerzo por relatar mi
historia te agrade y bendiga a muchos. Amén
Don Piper, febrero de 2004
Prólogo
Fallecí el 18
de enero de 1989.
Los paramédicos
llegaron en minutos al lugar del accidente. No encontraron pulso y me
declararon muerto. Me cubrieron con una lona para que los curiosos no me
estuvieran mirando mientras atendían a los demás heridos. No tenía conciencia
alguna de los paramédicos ni de nadie más.
Inmediatamente
después de morir, fui derecho al cielo.
Mientras estaba
en el cielo llegó un predicador bautista a la escena del accidente. Aunque
sabía que yo estaba muerto, se acercó a mi cuerpo sin vida y oró por mí. A
pesar de las burlas de los Técnicos de Emergencia Médica (TEM) se negó a dejar
de orar.
Al menos
noventa minutos después de que los médicos me declararan muerto, Dios respondió
a las oraciones de ese hombre.
Regresé a la
tierra.
1. El accidente
Así que podemos
decir con toda confianza: «El Señor es quien me ayuda; no temeré. ¿Qué puede
hacerme el ser humano?»
HEBREOS 13:6
La Convención
General Bautista de Texas (CGBT) organiza conferencias anuales para todo el
estado. En enero de 1989 eligieron la costa norte del Lago Livingston, donde la
Asociación Bautista de la Unión, compuesta por todas las iglesias bautistas de
Houston y sus alrededores, opera un enorme centro de conferencias llamado
Trinity Pines. La conferencia se centraba en el crecimiento de las iglesias y
asistí porque estaba considerando muy en serio la idea de iniciar una nueva
iglesia.
Dicha
conferencia comenzaba el lunes y tenía programado terminar con un almuerzo el
miércoles. El martes por la noche fui a caminar con el ejecutivo de CGBT y
amigo mío J. V. Thomas. Él
solía caminar con regularidad ahora, desde que había tenido un ataque al
corazón, así que hicimos ejercicios juntos la última noche de la conferencia.
Meses antes había estado pensando que ya era hora de iniciar una nueva congregación.
Pero antes de embarcarme en tal empresa necesitaba toda la información posible.
Sabía que J. V. tenía mucha experiencia y conocimiento en el desarrollo de
nuevas iglesias, al igual que todos los de la CGBT. Como había iniciado muchas
iglesias exitosas en el estado, la mayoría de nosotros lo considerábamos un
experto. Mientras caminábamos juntos esa noche hablamos de mi idea de iniciar
una nueva iglesia, cuándo hacerlo y dónde plantarla. Quería conocer las
dificultades y escollos que pudiera evitar. Respondió a mi interminable serie
de preguntas y mencionó cosas que nunca se me habían ocurrido.
Hablamos y
caminamos durante una hora. A pesar del frío y la lluvia, pasamos un
maravilloso momento juntos. J. V. recuerda bien ese momento.
Yo también,
pero por una razón diferente. Fue la última vez que caminé de forma normal.
El miércoles por la mañana el tiempo empeoró. Llovía sin parar. Si la temperatura hubiera descendido solo un poco más no habríamos podido viajar, porque todo habría estado congelado.
Las reuniones
de la mañana se iniciaron a tiempo. El disertante final hizo algo que los
predicadores bautistas casi nunca hacen: terminó temprano. En lugar del
almuerzo formal, el personal de Trinity Pines sirvió una combinación de desayuno y almuerzo como a
las diez y treinta de la mañana. Yo había empacado la noche anterior, así que
ya tenía todo dentro del baúl de mi Ford Escort rojo modelo 1986.
Apenas
terminamos de comer me despedí de todos mis amigos y me subí al auto para
conducir de regreso a la iglesia donde trabajaba, la Iglesia Bautista de South
Park en Alvin, una comunidad de dormitorios en Houston.
Cuando arranqué
el motor recordé que solo tres semanas antes había recibido una multa por no
tener puesto el cinturón de seguridad. Fue cuando volvía de predicar en
reemplazo de un pastor amigo mío que necesitaba realizarse una cirugía de la
garganta. Me había detenido un patrullero de Texas. Esa multa estaba todavía
sobre el asiento del acompañante, y me recordaba que debía pagarla apenas
volviera a Alvin. Hasta el momento de la multa no había usado el cinturón de
seguridad como un hábito, pero después de eso cambié mi costumbre.
Cuando miré la
multa pensé: No quiero que vuelvan a detenerme. Y por lo tanto me ajusté el
cinturón de seguridad. Esa pequeña acción sería una decisión crucial.
Había dos
formas de volver a Houston para continuar hasta Alvin. Apenas llegué al portón
de Trinity Pines tuve que elegir si iría por Livingston y luego por la
Autopista 49, o si marcharía hacia el oeste a Huntsville, hasta la ruta I-45,
conocida también como la Autopista del Golfo. Cada opción implica probablemente
la misma distancia. A veces, de ida o vuelta de Trinity Pines, elegía la
Autopista 59. Esa mañana decidí tomar la Autopista del Golfo.
Sentía alivio
porque habíamos podido salir temprano. Eran apenas pasadas las once de la
mañana, así que llegaría a la iglesia alrededor de las dos. El ministro
principal había ido con un
grupo a Tierra Santa y me tocaba a mí el servicio de mitad de semana en la
Iglesia de South Park. También me había pedido que predicara los dos domingos
subsiguientes. Esa noche había una reunión de oración que requería de poca
preparación, pero necesitaba trabajar en mi sermón del domingo siguiente.
Antes de salir
de Alvin había escrito un borrador para el primer sermón, titulado: «Creo en un
gran Dios». Mientras manejaba, pensé que debía repasar el sermón y evaluar lo
que había escrito hasta ese momento. Muchas veces desde ese día he pensado en
mi decisión de tomar la Autopista del Golfo. Es asombroso que no prestemos
atención a las sencillas decisiones en el momento en que las tomamos. Sin
embargo, me recordaba que hasta la decisión más pequeña suele tener
consecuencias importantes. Esta fue una de ellas.
Salí de Trinity
Pines, giré a la derecha y me dirigí por la Autopista 19 de Texas. Esto me
llevaría a Huntsville, donde se intercepta con la I-45 que lleva a Houston. No
tuve que conducir demasiado para llegar al Lago Livingston, una laguna en
realidad, creada al construirse el dique del Río Trinity. Lo que había sido el
lecho del río ahora era una hermosa y gran laguna. Al cruzar el Lago Livingston
hay una autopista de dos carriles, construida sobre el nivel del lago. La ruta
no tiene banquinas, por lo cual es angosta en extremo. Tenía que conducir un
largo trecho sobre ese camino que cruza el lago para llegar del otro lado. No
había tenido premoniciones sobre el viaje, aunque estaba al tanto de la falta
de banquinas.
En el extremo
de la autopista que cruza el lago está el puente original sobre el Río Trinity.
Justo después del puente el
camino sube en un ángulo empinado para elevarse por encima del lecho del río.
La visibilidad en esta subida es un problema para los que conducen en ambas
direcciones.
Era la primera
vez que veía el puente, y me resultó extraño. No tengo idea del largo, pero lo
vi bastante extenso. Es un puente viejo, con una infraestructura pesada de
acero oxidado. Además del camino que tenía inmediatamente delante no veía
demasiado, y por cierto no vi que hubiera tráfico. Era un puente peligroso,
como reconocería más tarde, y habían ocurrido varios accidentes allí. (Aunque
ya no se usa, el puente sigue allí. El estado ha construido otro justo al
lado.)
Conducía a
ochenta kilómetros por hora porque no conocía el camino. Encogí un poco los
hombros porque dentro del auto sentía frío. El viento hacía que la mañana fuera
más fría de lo que indicaba el termómetro. Ahora llovía más fuerte. Me
alegraría cuándo llegara por fin a Alvin. Cerca de las once y cuarenta y cinco,
justo antes de llegar al extremo este del puente, un vehículo de dieciocho
ruedas conducido por uno de los internos del correccional de Texas avanzó por
la línea del centro y chocó contra mi auto de frente. El vehículo comprimió a
mi pequeño automóvil contra el lado del puente y la cabina del conductor del
camión. Y todas las ruedas pasaron por encima de mi auto, y lo aplastó.
Recuerdo
fragmentos del accidente, muy pocos, pero la mayor parte de mi información
proviene del informe del accidente y los testigos oculares.
Por la
descripción que dieron los testigos el camión luego se deslizó hacia el lado
opuesto del puente angosto y barrió con dos autos más. Estaban
frente al camión y ya me habían pasado yendo en dirección opuesta. El registro
de la policía dice que el camión iba a alta velocidad, por lo menos a cien
kilómetros por hora, cuando chocó contra mi auto. El conductor inexperto al fin
logró detener el camión casi al final del puente.
Un joven
vietnamita estaba en uno de los vehículos chocados, y en el otro había un hombre
caucásico de avanzada edad. Aunque quedaron muy impactados, ambos conductores
sufrieron solo lesiones menores. Se negaron a recibir ayuda, por lo que los
paramédicos no transportaron a ninguno de ellos al hospital.
A causa de la
velocidad del camión el informe del accidente establece que el impacto fue a
unos ciento ochenta kilómetros por hora. Es decir, que el camión me chocó
mientras iba a cien kilómetros por hora entretanto yo iba de forma cuidadosa a
ochenta. El conductor recibió una citación por no haber controlado su vehículo
y por exceso de velocidad. Luego llegó la información de que ni siquiera tenía
licencia para conducir el camión. En la prisión los supervisores habían pedido
voluntarios para conducir el camión que debía recoger mercancía y alimentos
para traerlos al correccional. Y debido a que era un voluntario le permitieron
conducir el camión de provisiones. Dos guardias le seguían de cerca en otra
camioneta propiedad del estado.
Después del
accidente el conductor del camión no tenía siquiera un rasguño. El camión no se
dañó siquiera. Pero el pesado vehículo había aplastado mi Ford, y lo sacó del
angosto camino. Fue el riel de contención sobre el lado del puente lo que
impidió que mi auto cayera al agua.
No tengo
recuerdo del impacto ni de nada de lo que sucediera después.
En un segundo,
abrumador y potente, fallecí.
2. Mi tiempo en el cielo
Y con mucho
temor, añadió: «¡Qué asombroso es este lugar! Es nada menos que la casa de
Dios; ¡es la puerta del cielo!»
GÉNESIS 28:17
Cuando morí, no
avancé flotando por un túnel largo y oscuro, ni tuve la sensación de esfumarme
o regresar. Jamás sentí que mi cuerpo fuera transportado hacia una luz. No oí
voces que me llamaran ni nada parecido. En el mismo momento de mi último
recuerdo del puente y la lluvia me envolvió una luz con un brillo que no puedo
describir con palabras y ni podía comprender. Nada más que eso.
Cuando recuperé
mis sentidos estaba en el cielo, de pie.
El gozo latía a través de mí
mientras miraba alrededor, y en ese momento me di cuenta de que había una gran
multitud de personas. Estaban paradas frente a una puerta brillante y muy
decorada. No tengo idea de la distancia, porque cosas como las dimensiones no
tenían importancia. Cuando la multitud se me acercó no vi a Jesús, pero sí a
personas que había conocido. Se acercaban y yo reconocía al instante que todas
habían muerto durante mi vida. Su presencia parecía absolutamente natural.
Todos venían
hacia mí, y todos sonreían, gritaban y alababan a Dios. Aunque nadie lo dijo,
de forma intuitiva supe que era mi comité de bienvenida celestial. Era como si
todos se hubieran reunido junto a las puertas del cielo a esperarme.
La primera
persona a la que reconocí fue a Joe Kulbeth, mi abuelo. Se veía tal como lo
recordaba, con su cabello blanco y la nariz que yo llamaba «nariz de banana».
Se detuvo frente a mí, con una sonrisa. Quizá dije su nombre, pero no lo
recuerdo.
«¡Donnie!» (Así
me llamaba mi abuelo siempre.) Se le iluminaron los ojos y extendió los brazos,
al dar unos pasos hacia mí. Me abrazó fuerte. Era el abuelo robusto y potente
que recordaba de mi niñez.
Había estado
con él cuando tuvo un ataque al corazón en casa, y lo había acompañado en la
ambulancia. Me quedé en la puerta de la sala de emergencias en el hospital
cuando el doctor salió y me dijo con suavidad, negando con la cabeza: «Hicimos
todo lo posible».
Mi abuelo me
soltó y mientras miraba su rostro me invadió una dicha de éxtasis. No pensé en
su ataque al corazón ni en su muerte porque no podía sobreponerme al gozo de haberme reunido con él. Cómo
habíamos llegado al cielo era algo que parecía irrelevante.
No tengo idea
de por qué fue mi abuelo la primera persona que vi. Quizá tuvo algo que ver con
el hecho de que estuve allí cuando murió. No fue una de las grandes guías
espirituales en mi vida, aunque por cierto influyó en mí de manera positiva en
ese aspecto.
Después de que
me abrazó mi abuelo no recuerdo quién fue el segundo y el tercero que me
saludó. La multitud me rodeaba. Algunos me abrazaban y otros me daban un beso
en la mejilla, en tanto otros más me daban la mano. Jamás me sentí más amado.
Una persona en
ese comité de bienvenida era Mike Word, mi amigo de la infancia. Mike era
especial porque me invitó a la escuela dominical y fue de gran influencia en mi
conversión como cristiano. Mike era el cristiano joven más devoto que haya
conocido. También era un chico muy popular y había estado cuatro años en los
equipos de fútbol, baloncesto y atletismo, una hazaña importante. Además era mi
héroe porque vivía el estilo de vida cristiano del que hablaba. Después de la
escuela secundaria, Mike recibió una beca completa para ir a la Universidad de
Louisiana. Cuando tenía diecinueve años murió en un accidente automovilístico.
Me rompió el corazón la noticia de su muerte y me llevó mucho tiempo reponerme.
Su muerte fue la experiencia más dolorosa e impactante que hubiera tenido que
vivir hasta entonces.
Cuando asistí a
su funeral, me pregunté si alguna vez dejaría de llorar. No podía entender por
qué Dios se había llevado a un discípulo tan dedicado. Y a lo largo de los años
nunca me fue posible olvidar el dolor y la sensación de pérdida. No es que pensara en él todo el
tiempo, pero cuando lo hacía me invadía la tristeza.
Ahora estaba
viendo a Mike en el cielo. Me rodeó los hombros con su brazo, y mi pena y dolor
desaparecieron. Nunca lo había visto con una sonrisa tan brillante. Todavía no
sé por qué pero el gozo de ese lugar borraba cualquier pregunta. Todo era
dicha. Perfecto.
Cada vez venían
más personas que me llamaban por mi nombre. Me sentía abrumado por la cantidad
de gente que había venido a darme la bienvenida al cielo. Había muchas
personas, y jamás había imaginado que alguien pudiera verse tan feliz como se
veían ellos. Sus rostros irradiaban una serenidad que nunca había visto en la
tierra. Todos estaban llenos de vida y expresaban un gozo radiante.
El tiempo no
tenía significado alguno. Sin embargo, para ser más claro relataré esta
experiencia en términos que den cuenta del tiempo.
Vi a mi abuelo
y oí su voz, y sentí su abrazo mientras me decía lo emocionado que estaba
porque había llegado a unirme a ellos. Vi a Barry Wilson, compañero mío en la
secundaria, que murió ahogado en un lago. Barry me abrazó y su sonrisa
irradiaba una felicidad que no pensaba que fuese posible. Él y todos los demás
alababan a Dios y me decían lo emocionados que estaban por verme y darme la
bienvenida al cielo y por la comunión de la que disfrutaban.
Luego vi a dos
maestros que me habían querido mucho y me hablaban de Jesucristo. Mientras
caminaba con ellos noté la variedad de edades: jóvenes, ancianos, y de todas
las etapas de la vida. Muchos no se habían conocido en la tierra, pero cada uno
había tenido influencia en mi vida en algún aspecto. Y aunque no se
habían encontrado en la tierra, parecían conocerse ahora.
Mientras
intento explicar esto mis palabras parecen poco adecuadas y débiles, porque
tengo que usar términos terrenales para referirme a un inimaginable gozo, una
emoción, una calidez y una felicidad total. Todos me abrazaban, me tocaban, me
hablaban, reían y alababan a Dios de continuo. Parecería que esto duró mucho
tiempo, pero no me cansaba de ello.
Mi padre tiene
diez hermanos. Algunos de sus hermanos y hermanas tenían trece hijos cada uno.
Cuando yo era niño nuestras reuniones familiares eran tan multitudinarias que
alquilábamos un parque entero en la ciudad de Monticello, Arkansas. Los Pipers
somos afectuosos y nos besamos y abrazamos cada vez que nos reunimos. Sin
embargo, ninguna de esas reuniones familiares, me preparó para la sublime
reunión de santos que viví a las puertas del cielo.
Quienes se
reunían en Monticello eran en algunos casos las mismas personas que me
esperaban a las puertas del cielo. El cielo era muchas cosas, pero sin duda era
la mayor reunión familiar de todas.
Todo lo que
experimenté fue como un menú de primera clase para mis sentidos. Jamás había
sentido abrazos tan potentes, ni se habían regodeado mis ojos en tal belleza.
La luz y textura del cielo desafían la vista humana y toda explicación posible.
Una luz cálida y radiante me envolvía. Al mirar alrededor casi no podía abarcar
los vívidos y brillantes colores. Los tonos y matices excedían a todo lo que
hubiera visto antes.
Con mis
sentidos muy exacerbados sentí como si nunca antes hubiera visto, oído o tocado
nada tan real. No recuerdo que
hubiera saboreado nada hasta ese momento, pero sé que si lo hubiera hecho
habría sido más glorioso que cualquier cosa que comiera o bebiera en la tierra.
Solo puedo explicarlo diciendo que me sentía como si estuviera en otra
dimensión. Nunca, ni siquiera en mis momentos más felices, me había sentido tan
plenamente vivo. Allí estaba yo, sin decir palabra frente a una multitud de
seres queridos, intentando comprenderlo todo. Una y otra vez oí decir que
estaban muy contentos de verme y emocionados porque estuviera entre ellos. No
sé muy bien si decían las palabras o no, pero sí percibía que habían estado
esperándome, y también comprendía que en el cielo no hay sensación ni
percepción del paso del tiempo.
Miré una vez
más los rostros y vi que todos habían contribuido a mi conversión como cristiano
o que me habían alentado en mi crecimiento como creyente. Cada uno me había
afectado de manera positiva. Cada uno había tenido un impacto espiritual en mí,
a manera de ayudarme a ser mejor discípulo. Supe —otra de esas cosas que supe
sin saber cómo absorbía la información— que a causa de su influencia podía
estar presente con ellos en el cielo.
No hablamos de
lo que habían hecho por mí. Nuestras conversaciones se centraban en el gozo de
que estuviera allí y lo felices que estaban de verme.
Todavía abrumado
no sabía cómo responder a su bienvenida. «Estoy feliz de estar con ustedes»,
dije, pero ni siquiera esas palabras podían expresar el gozo total de estar
rodeado y ser abrazado por toda esa gente que amaba.
No estaba
consciente de nada de lo que dejaba atrás, no lamentaba dejar a mi familia ni a
mis posesiones. Era como si Dios hubiera eliminado todo lo negativo, toda
preocupación de mi
conciencia, y solo podía regocijarme por estar con esas maravillosas personas.
Se veían
exactamente como las había conocido, aunque más radiantes y gozosas de lo que
jamás se hubieran visto aquí en la tierra.
Mi bisabuela,
Hattie Mann, era estadounidense nativa. De niño la vi después de que comenzara
a afectarla la osteoporosis. Tenía la cabeza y los hombros inclinados hacia
adelante, como si tuviera una joroba. Y recuerdo en especial su rostro, muy
arrugado. La otra cosa que se destaca en mi memoria es que tenía dientes
postizos, que no usaba con frecuencia. Sin embargo, cuando me sonrió allí en el
cielo, tenía dientes brillantes. Sabía que eran sus propios dientes, y cuando
sonrió fue con la sonrisa más linda que haya visto jamás.
Luego observé
otra cosa: ya no tenía la joroba. Estaba erguida, y se habían borrado las
arrugas de su rostro. No tengo idea de su edad, y ni siquiera pensé en ello.
Miraba su rostro con fijeza, y comprendí que la edad no tiene importancia
alguna en el cielo.
La edad expresa
el paso del tiempo, y allí no hay tiempo. Toda la gente con la que me encontré
tenía la misma edad que tenía la última vez que los vi, pero no había vestigios
de sus dolencias ni envejecimiento. Aunque algunas de sus facciones no serían
consideradas atractivas en la tierra, en el cielo todas las facciones eran
perfectas, hermosas, maravillosas de ver.
Aun hoy que han
pasado años, a veces cierro los ojos y veo esos rostros perfectos, esas
sonrisas que me sorprendían con el calor y la amistad humanos más grandes que
haya visto. Solo estar con ellos fue un momento santo, algo que atesoro como
una esperanza.
Me sentí
amado... más amado que nunca antes en la vida. No decían que me amaban. No
recuerdo las palabras que decían. Cuando me miraban, sabía lo que quiere decir
la Biblia con «perfecto amor». Este emanaba de cada persona de las que me
rodeaban.
Los miraba
fijamente, y al hacerlo sentía que absorbía el amor de ellos hacia mí. En algún
punto miré a mi alrededor y me sentí pleno, sobrecogido, porque todo brillaba
de forma muy intensa. De la puerta —a corta distancia delante de mí— provenía
un brillo más brillante que la luz que nos rodeaba, luminoso por completo.
Apenas dejé de mirar los rostros de las personas vi que todo lo que había
alrededor emanaba una luz intensa, muy brillante. Al tratar de describir la
escena encuentro que las palabras no sirven porque los términos humanos no
pueden expresar los sentimientos de maravilla y sobrecogimiento ante lo que
estaba viendo.
Todo relucía y
brillaba intensamente. Solo puedo describirlo diciendo que comenzamos a
movernos hacia esa luz. Nadie dijo que era momento de hacerlo, pero todos nos
movimos al mismo tiempo. Yo miraba hacia adelante y vi que todo parecía hacerse
más alto, como si estuviera ante una suave colina que se elevaba delante de mis
ojos, sin acabar nunca. Había esperado ver oscuridad detrás de la puerta, pero
hasta donde me llegaba la vista, todo era luz, radiante e intensa.
No quedé
enceguecido pero sí asombrado ante esta luz que aumentaba en intensidad de
continuo. Aunque parezca raro, y aunque todo era tan brillante, cada vez que
avanzaba un poco el esplendor era mayor. Cuanto más avanzaba, más brillante era
la luz. La luz me envolvía y tuve la sensación de que me estaban guiando a la
presencia de Dios. Aunque nuestros ojos humanos tienen que ajustarse a la luz o
la oscuridad, con mis ojos celestiales veía con absoluta facilidad. En el cielo
cada uno de nuestros sentidos está exacerbado a un punto inconmensurable, para
que podamos apreciarlo todo. ¡Es una celebración sensorial!
Me invadió un
temor santo mientras avanzaba. No tenía idea de lo que habría delante, pero
percibía que con cada paso que diera todo sería cada vez más maravilloso.
3. Música celestial
Luego miré, y
oí la voz de muchos ángeles que estaban alrededor del trono, de los seres vivientes
y de los ancianos.
APOCALIPSIS
5:11
De niño pasé
mucho tiempo en el campo y los bosques. Cuando caminaba por la hierba seca, que
me llegaba hasta la cintura, solía sorprender a una bandada de pájaros y
provocaba que dejaran los nidos que habían hecho en el suelo. Con el aleteo de
sus alas, oía un sonido como de viento.
Mi recuerdo más
vívido del cielo es lo que oí. Solo puedo describirlo como un santo sonido de
aleteo.
No obstante
tendría que magnificar esto miles de veces para explicar el efecto del sonido
en el cielo.
Era el sonido
más placentero y hermoso que haya oído jamás, y no cesaba. Como una canción que
continúa eternamente. Me sentí lleno de asombro, y quería escuchar y nada más que escuchar. No es
que oyera la música solamente. Era como si formara parte de la música, la cual
resonaba en todo mi cuerpo. Permanecí quieto y me sentí envuelto en los
sonidos.
Aunque era
consciente de los sonidos y melodías gozosas que llenaban el aire, esto no me
distrajo. Sentía como si el concierto celestial penetrara en cada parte de mi
ser, pero al mismo tiempo podía concentrarme en todo lo que había alrededor.
Nunca vi lo que
producía el sonido. Sentí que la música celestial provenía de algo que estaba
directamente encima de mí, pero no levanté la vista. No sé muy bien por qué.
Quizá porque estaba muy enamorado de la gente que me rodeaba, o porque mis
sentidos estaban tan deleitados que celebraba todo al mismo tiempo. No formulé
preguntas ni me cuestionaba a mí mismo qué estaba pasando. Todo era perfecto. Percibí
que lo sabía todo y no tenía nada que preguntar.
Millones de
sonidos me llenaban la mente y el corazón de una manera que no puedo explicar.
Sin embargo, el sonido más asombroso era el de las alas de los ángeles. No los
veía, pero el sonido era una bella y santa música con una cadencia que parecía
nunca acabar. Este sonido de viento resonaba como si fuera una forma de
alabanza interminable. Al escucharlo sencillamente sabía lo que era.
Y hay otro
sonido que hasta hoy permanece como el recuerdo más vívido y único de toda mi
experiencia celestial. Lo tengo que llamar música, pero no era como nada que
haya oído o espere oír en la tierra. Las melodías de alabanza llenaban la
atmósfera. Esa intensidad continua y la variedad infinita me sobrecogían.
La alabanza nunca acababa, pero lo
más notable para mí era que se cantaban cientos de canciones al mismo tiempo...
todas adorando a Dios. Mientras me acercaba a la grande y magnificente puerta,
los oí desde todas las direcciones y supe que cada voz alababa a Dios. Digo
voz, pero era más que eso. Parte de ello parecía instrumental, pero no estaba
seguro ni me importaba averiguarlo. Había alabanza por todas partes, y era toda
musical, aunque distinguía melodías y tonos que nunca había oído antes.
«¡Aleluya!»
«¡Alabado!» «¡Gloria a Dios!» «¡Alabado sea el Rey!» Esas palabras resonaban en
medio de toda la música. No sé si las cantaban ángeles o seres humanos. Me
sentía tan asombrado y absorto en el ánimo celestial que ni siquiera intenté
averiguarlo. Mi corazón se llenó con el más profundo gozo que haya conocido. No
participaba de la adoración pero sentía como si mi corazón resonara con el
mismo tipo de gozo y exuberancia.
Si escucháramos
tres discos de alabanza al mismo tiempo, tendríamos una cacofonía de ruido que
nos volvería locos. Esto era totalmente distinto. Cada sonido se mezclaba con
el otro, y cada voz o instrumento realzaba a los demás.
Aunque parezca
extraño, podía distinguir con claridad cada canción. Sonaban como si cada himno
de alabanza tuviera por intención que yo lo oyera mientras pasaba por el umbral
de la puerta celestial.
Muchos de los
viejos himnos y coros que había cantado en distintos momentos de mi vida
formaban parte de la música, junto con cientos de canciones que nunca había
oído antes. Himnos de alabanza, canciones más modernas, cánticos antiguos, todo
esto llenaba mis oídos y me daba no solo una profunda paz sino la
sensación de mayor gozo que haya experimentado jamás.
De pie ante la
puerta no lo pensé, pero más tarde me di cuenta de que no oí canciones como «La
vieja cruz» o «La mano perforada por clavos». Ninguno de esos himnos que
llenaban el aire hablaban del sacrificio o la muerte de Jesús. No oí canciones
tristes, e instintivamente supe que no hay canciones tristes en el cielo. ¿Por
qué iba a haberlas? Todo era alabanza en torno al reinado de Cristo como Rey de
reyes y a nuestra gozosa adoración por todo lo que ha hecho por nosotros y lo
maravilloso que es.
Los tonos
celestiales sobrepasaban a cualquier cosa conocida por mí. No podía calcular la
cantidad de canciones —quizá miles— que se ofrecían simultáneamente, sin
embargo, no había caos porque tenía la capacidad de oír cada una y discernir la
letra y la melodía.
Me maravillé
ante la gloriosa música. Aunque en mi vida nunca tuve buena voz, sabía que si
cantaba mi voz sería perfecta y sonaría melodiosa y armoniosa, como los miles
de voces e instrumentos que llenaban mis oídos.
Aun hoy, de
vuelta en la tierra, a veces suelo oír débiles ecos de esa música. Cuando estoy
sobre todo cansado y me acuesto en la cama con los ojos cerrados, a veces me
duermo con el sonido del cielo que me llenan el corazón y la mente. No importa
lo difícil que haya sido mi día, de inmediato la paz llena cada parte de mi
ser. Sigo teniendo relámpagos mentales en los que revivo ciertos momentos,
aunque son distintos de lo que usualmente llamamos destellos del pasado. Son
como remembranzas de los sonidos, más que de lo que vi.
He pensado en
el significado del recuerdo de la música y me parece curioso. Porque habría
esperado que la experiencia más memorable fuera algo que vi, o el abrazo físico
de un ser amado. Sin embargo, por encima de todo, atesoro esos sonidos y a
veces pienso: No puedo esperar para volver a oírlos... en persona. Es lo que
anhelo. Quiero verlos a todos, pero sé que estaré con ellos para siempre.
Quiero vivir todo lo que el cielo ofrece, pero más que nada quiero oír otra vez
esas canciones eternas.
Es obvio que no
puedo saber en realidad cómo se siente Dios, pero encuentro gozo y consuelo al
pensar que debe agradarle y bendecirle el continuo sonido de la alabanza.
En esos minutos
—y no había sensación del tiempo para mí— otros me tocaban y sus cálidos
abrazos eran absolutamente reales. Vi colores que jamás creí que pudieran
existir. Nunca, nunca me sentí más vivo que entonces.
Estaba en casa.
Aquí era a donde pertenecía. Quería estar allí más que en cualquier otro lugar
de la tierra. El tiempo ya no existía y yo estaba sencillamente presente en el
cielo. Se esfumó toda preocupación, ansiedad o incertidumbre. No necesitaba
nada y me sentía perfecto.
Siento
frustración al describir cómo era el cielo porque ni siquiera puedo acercarme a
representar con palabras lo que vi, lo que oí, lo que sentí. Era perfecto y
sabía que no tenía necesidad alguna ni la volvería a tener. Ni siquiera pensé
en la tierra ni en quienes había dejado atrás.
No vi a Dios. Aunque sabía que
Dios estaba allí nunca vi una imagen ni una luz que indicara su divina
presencia. He oído de gente que cuenta que entró y salió por la puerta. Eso no
me pasó.
Solo veía una
brillante iridiscencia. Espié por la puerta, al ansiar ver qué había detrás. No
es que tuviera preocupación, pero sí tenía una serena disposición a
experimentar toda la gracia y el gozo del cielo.
La única forma
en que le encuentro sentido a esa parte de la experiencia es si pienso que si
hubiera visto en realidad a Dios no habría querido volver jamás. Mi sensación
ha sido que, una vez que entramos en verdad en la presencia de Dios, nunca
querremos volver a la tierra, porque sería algo vacío y sin sentido en
comparación.
Para mí, el
solo hecho de llegar a la puerta fue asombroso. Un anticipo del gozo divino.
Mis palabras son demasiado endebles como para describir lo que sucedió.
Como pastor
muchas veces he estado al pie de muchos ataúdes en diversos funerales y dije:
«Estar ausente del cuerpo es estar presente con el Señor y quienes lo aman y
conocen». Creía en esas palabras antes. Y ahora creo en ellas aún más.
Después de un
tiempo (estoy ahora usando términos humanos otra vez), comenzamos a avanzar
juntos hacia la puerta. Nadie dijo que lo hiciéramos, pero yo sabía simplemente
que Dios había enviado a todas esas personas para que me acompañaran a
trasponer los portales del cielo.
Sobre las
cabezas de mi comité de recepción había una enorme puerta en medio de un muro
que se esfumaba a la vista
en ambas direcciones. Me pareció que la entrada era pequeña en comparación con
el muro tan enorme. Observé a lo lejos, pero no podía ver dónde terminaba el
muro ni a un lado ni al otro. Miré hacia arriba, pero tampoco veía cuán alto
era.
Una cosa sí me
sorprendió: en la tierra, cada vez que pensaba en el cielo, anticipaba que un
día vería una puerta hecha de perlas, porque la Biblia se refiere a ellas. La
puerta no estaba hecha de perlas, pero era perlada e iridiscente. Es la única
forma en que puedo describirla. Para mí parecía como si alguien hubiera pintado
de perla una torta. La puerta brillaba y lanzaba destellos.
Me detuve y
observé los gloriosos tonos y matices. La luminiscencia me encandilaba, y
habría estado contento con solo quedarme allí. Pero avancé como si me
acompañaran a entrar en la presencia de Dios.
Me detuve justo
fuera de la puerta y pude ver hacia adentro. Era como una ciudad con calles
pavimentadas. Para mi asombro, estaban construidas de oro. Si podemos imaginar
una calle pavimentada con ladrillos de oro, es lo más cercano a la descripción
de lo que vi del otro lado de la puerta.
Todo lo que vi
brillaba con los colores más vívidos y radiantes que hayan visto mis ojos, tan
potentes que ningún ser humano terrenal podría captar ese brillo.
En medio de esa
escena tan poderosa, seguí avanzando un paso más y supuse que entraría. Mis
amigos y parientes estaban todos delante de mí, llamándome, urgiéndome,
invitándome a seguir.
Entonces la
escena cambió. Solo puedo explicarlo diciendo que en lugar de estar delante de
mí, estaban de repente junto a
mí. Sentí que querían caminar a mi lado mientras pasaba por la puerta
iridiscente.
Alguna gente me
ha preguntado: «¿Cómo te movías? ¿Caminabas? ¿Flotabas?» No lo sé. Nada más me
movía con la multitud de bienvenida. Al acercarnos a la puerta la música se
hizo más fuerte y vívida todavía. Sería como caminar hacia un suceso glorioso
después de oír y ver todo desde la distancia. Cuanto más nos acercábamos, más
intenso, vivo e impresionante se hacía todo. Justo cuando llegué a la puerta,
mis sentidos se despertaron aun más y me sentí feliz hasta el delirio.
Me detuve —no
sé bien por qué— justo fuera de la puerta. Me apasionaba la idea, y quería entrar.
Sabía que todo sería más excitante de lo que había vivido hasta ese momento. Y
estaba a punto de concretar el anhelo de todo corazón humano. Estaba en el
cielo, listo para pasar por el umbral de la puerta de perla iridiscente.
Durante esa
pausa, algo más cambió. En lugar de nada más oír la música y los miles de voces
alabando a Dios, ahora yo formaba parte del coro. Era uno de ellos, y me habían
absorbido hacia su compañía. Había llegado a un lugar donde quería quedarme
durante mucho tiempo. Me detuve a mirar antes de seguir.
Luego, tan
repentinamente como había llegado a las puertas del cielo, las dejé.
4. Del cielo a
la tierra
Aun si voy por valles tenebrosos,
no temo peligro alguno
porque tú estás a mi lado;
tu vara de pastor me reconforta.
SALMO 23:4
Los TEM me
declararon muerto apenas llegaron a la escena del accidente. Afirmaron que
había muerto al instante. Según el informe la colisión ocurrió a las once y
cuarenta y cinco de la mañana. Los médicos estaban tan ocupados trabajando con
las demás personas que no fue sino hasta casi la una y quince que se prepararon
para moverme. Buscaron el pulso una vez más.
Seguía muerto.
La ley estatal indicaba que tenían
que declararme muerto oficialmente antes de poder trasladar mi cuerpo de la
escena del accidente. A menos que me declararan muerto, una ambulancia tendría
que llevar mi cuerpo a un hospital. Ese condado no tenía médico forense, pero
luego me enteré de que un juez de paz pudo declararme muerto y que pudieron
mover mi cuerpo
Habían venido
ambulancias de la prisión, el condado y Huntsville. De estas, todas menos una
regresaron sin llevar pacientes. La última se estaba preparando para salir. A
partir de los fragmentos de información que recibí, infiero que alguien había
hecho arreglos para que un vehículo sin marcar llevara mi cuerpo a una
funeraria.
Habían tenido
que usar las Mandíbulas de la Vida[1] para sacarme
del auto destrozado. Como estaba muerto, no parecía haber necesidad de apurarse.
La mayor preocupación era despejar el puente para que pudiera volver a
restablecerse el tránsito.
Cuando el
camión llegó en ángulo y pasó justo por encima de mí, hundió el techo del auto
y el tablero me aplastó la pierna derecha. Mi pierna izquierda estaba
fracturada en dos lugares, entre el asiento del auto y el tablero. Mi brazo
izquierdo, que quedó por encima de mi cabeza, estaba dislocado y echado hacia
atrás, por encima del asiento. Apenas seguía unido a mi
cuerpo.
Arriba: El Ford Escort de Don después del accidente. Hubo que remover el techo para poder rescatar a Don. Debajo: La escena del accidente.
Ese brazo izquierdo había estado apoyado sobre la puerta izquierda del lado del conductor, porque yo conducía con la mano derecha. Más tarde me enteré de que faltaban los huesos principales, por lo que mi antebrazo izquierdo era nada más que un trozo de carne que unía la mano al resto del brazo. Lo mismo sucedía con la pierna izquierda. Había algo de tejido justo por encima de mi rodilla que seguía alimentando de sangre a la pantorrilla y el pie. Faltaban unos diez centímetros de fémur que nunca se encontraron. Los doctores no encuentran una explicación médica de por qué no me desangré por completo.
Había vidrio y
sangre por todas partes. Tenía la cara llena de orificios, con esquirlas de
vidrio. El volante se había incrustado en mi pecho. Me salía sangre por los
ojos, los oídos y la nariz.
Con solo ver
los resultados del accidente los TEM sabían que tendría severas lesiones en la
cabeza y que mis órganos internos se habrían desplazado. Cuando no encontró mi
puso, uno de los técnicos me cubrió con una lona impermeable que también tapaba
la parte superior del auto. No intentaron moverme ni sacarme de allí de
inmediato... no podrían hacerlo de todos modos porque les habría sido imposible
arrastrarme o sacarme del vehículo sin las Mandíbulas de la Vida.
Una cosa que
hizo que llegara pronto la ayuda fue que los dos guardias del correccional que
iban en la camioneta llamaron de inmediato pidiendo asistencia de emergencia a
la prisión. De otro modo, habríamos estado demasiado lejos para que cualquier
vehículo de emergencia llegara con prontitud.
Examinaron a
los conductores de los otros dos autos. Ambos estaban ilesos y se negaron a
recibir asistencia médica. El prisionero que conducía el camión no tenía
heridas. Apenas los TEM determinaron que estaba bien, lo transportaron de
vuelta a la prisión. La policía cortó el tráfico del puente y esperaron a que
llegara la ambulancia. Mientras esperaban, los vehículos se acumularon a
lo largo de kilómetros a ambos lados, sobre todo del lado de donde había venido
yo. Era un puente angosto de dos carriles, y no era lo suficiente ancho como
para que un auto pudiera dar la vuelta. Aun si los autos que esperaban hubiesen
podido dar la vuelta, tendrían que haber conducido unos ochenta o noventa
kilómetros alrededor del lago para llegar a otra ruta que les condujera a su
destino.
Desde el
tráfico que estaba atascado, Dick y Anita Onerecker caminaron al menos
ochocientos metros hasta la escena del accidente. Dick y Anita habían iniciado
una iglesia en Klein, que está al norte de Houston. Ambos habían hablado en la
conferencia a la que acababa de asistir. No estoy seguro de si nos encontramos
en Trinity Pines, aunque quizá sí fuera así. Durante años había oído hablar de
Dick Onerecker, pero en esa conferencia fue donde lo vi por primera vez.
El miércoles
por la mañana los Onereckers dejaron Trinity Pines unos minutos antes que yo.
Para la gente de Houston, esa mañana de enero era particularmente fría.
Mientras avanzaban Anita dijo: «Tengo frío, ¿podríamos detenernos para tomar un
café? Creo que eso me calentaría».
Dick vio una
tienda de carnadas sobre el Lago Livingston, y entonces detuvo el auto. Al
parecer yo pasé por allí mientras estaban comprando el café.
Muchas veces
después Dick hundiría su rostro entre las manos y diría: «Sabes que podríamos
haber sido nosotros. Tendríamos que haber sido nosotros, pero como nos
detuvimos y tú pasaste por allí, te tocó a ti».
Antes de que
los Onereckers llegaran al puente ya había ocurrido el accidente y el tráfico
se había detenido. La gente salía
de sus autos y se arremolinaba preguntando cosas y compartiendo la limitada
información que tenían.
Después de que
Dick y Anita salieran de su auto, preguntaron a los demás conductores: «¿Qué
está pasando allí?»
Se había pasado
la información de que había ocurrido un grave accidente automovilístico: «Un
camión chocó contra un auto», era todo lo que podían decirse los unos a los
otros.
Dick y Anita
estuvieron allí durante unos minutos, pero no sucedía nada y seguían
agregándose autos a la fila. En algún momento entre las doce y media y las doce
y cuarenta y cinco decidieron caminar hasta el lugar del accidente. Cuando
vieron a un oficial de la policía Dick dijo:
—Soy ministro.
¿Hay alguien allí a quien pueda ayudar? ¿Hay alguien por quien pueda orar?
El policía negó
con la cabeza.
—La gente de
esos dos autos —dijo señalando— está un poco asustada, pero están bien.
Hábleles si quiere.
—¿Y qué hay del
otro vehículo? ¿El que está cubierto con la lona?
—El hombre del
auto rojo murió.
Mientras Dick
hablaba con el oficial, Anita fue hacia los otros autos. Le dio su café, apenas
tocado, al hombre mayor.
Dick luego lo
contaba de este modo: «Dios me habló y dijo: “Tienes que orar por el hombre del
auto rojo”». Dick era un destacado predicador bautista. Orar por un hombre
muerto por cierto estaba en contra de su teología. No puedo hacer eso, pensó.
¿Cómo voy a ir allí a orar? El hombre está muerto.
Ahora
lloviznaba, pero Dick no prestaba atención alguna a su entorno. Miró al
oficial, y supo que lo que iba a decir no tendría sentido para él. Pero Dios le
habló con tal claridad que no
había duda alguna sobre lo que tenía que hacer. El Señor le había dicho que
orara por un hombre muerto. Aunque esto le parecía bizarro, Dick tampoco tenía
dudas de que el Espíritu Santo le urgía a actuar.
—Me gustaría
orar por el hombre del auto rojo —le dijo Dick al oficial por fin.
—Ya le dije.
Está muerto.
—Sé que puede
sonarle extraño, pero quiero orar por él de todos modos.
Con sonrisa
socarrona, el oficial lo miró antes de responder:
—Bueno, qué
va... si es lo que quiere hacer, hágalo. Pero tengo que decirle que lo que verá
es horrible. Está muerto, y debajo de la lona hay un desastre total. Sangre y
vidrios por todas partes, y el cuerpo está destrozado.
Dick tenía
cuarenta años entonces, y dijo:
—En Vietnam fui
enfermero, así que la idea de ver sangre no me molesta.
—Solo le
advierto —dijo el hombre al hacer una pausa y encogerse de hombros.
Luego agregó:
—Haga lo que
quiera, pero le digo que nunca he visto a alguien tan destrozado.
—Gracias —dijo
Dick, y avanzó hacia el auto cubierto con la lona.
Por las fotos del
auto destruido es casi imposible creer esto, pero Dick gateó para entrar en el
baúl de mi Ford. El auto tenía un portón trasero, pero ya no importaba porque
esa parte del vehículo había sido arrancada. Yo seguía cubierto con la lona, y
él no la retiró, así que estaba muy oscuro dentro del auto. Dick gateó hasta
llegar detrás de mí, se
apoyó en el asiento trasero y puso su mano sobre mi hombro derecho.
Estaba orando
por mí. Más tarde dijo: «Me sentí compelido a orar. No sabía quién era el
hombre, ni si era creyente. Solo sabía que Dios me había mandado a orar por
él».
Mientras Dick
oraba, se emocionó mucho y lloró varias veces. Luego cantó. Él tiene una voz
excelente y a menudo cantaba en público. Hizo varias pausas para cantar un
himno y luego siguió orando.
Dick no solo
creía que Dios le había llamado a orar por mí, sino que oró de forma bien
específica que fuera librado de las lesiones que no se veían, al referirse a
lesiones cerebrales e internas.
Suena raro,
porque Dick sabía que yo estaba muerto. Se lo había dicho el oficial de
policía, pero además, él había tratado de encontrar el pulso. No tenía idea de
por qué oró como lo hizo, excepto porque Dios se lo dijo. No oró por las
lesiones que veía, sino porque sanaran los daños internos. Dijo que oró la oración
más apasionada, ferviente y emocional de su vida. Más tarde supe que Dick es un
hombre muy emotivo de todos modos.
Luego comenzó a
cantar otra vez: «¿Vive el hombre desprovisto de consuelo y protección? Es
porque no tiene dicho todo a Dios en oración».[2] Lo único que
sé personalmente con certeza de todo este suceso es que cuando cantó el bendito
himno antiguo «Oh, qué amigo nos es Cristo», comencé a cantar con él.
En ese primer
momento de conciencia supe dos cosas. Primero, que estaba cantando —un canto
distinto al de los sonidos
del cielo— y oía mi propia voz, y luego me di cuenta de que alguien más cantaba
conmigo.
La segunda cosa
que supe fue que alguien estaba tomándome la mano. Era una mano fuerte,
potente, la primera sensación física que tuve a mi regreso a la vida terrenal.
Pasó más de un
año antes de que pudiera entender la importancia y el significado de esa mano
que aferraba la mía.
5. De la tierra
al hospital
Antes bien,
anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se
avergonzó de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad.
HEBREOS 11:16
No estoy seguro
de cuál es el récord mundial para salir de un auto destrozado, pero Dick
Onerecker tiene que haber roto el récord ese miércoles por la tarde. Cuando el
muerto comenzó a cantar con él, Dick salió como pudo de entre los hierros
retorcidos y corrió hacia el TEM que más cerca estaba.
—¡Está vivo!
¡No murió! ¡Ese hombre está vivo!
¿Quién le
habría creído? Era un predicador que oraba por un hombre muerto durante una
hora y media. Entonces cruzó la calle corriendo y gritó:
—¡Ese hombre a
vuelto a la vida!
El técnico lo miró boquiabierto.
—¡Está vivo! El
muerto comenzó a cantar conmigo.
Al pensar en lo
que acababa de decir Dick notó que parecía no tener sentido, pero descubrió que
solo podía repetir:
—¡Está
cantando! ¡Está vivo!
—¿Ah, sí? No me
diga... —dijo el paramédico.
—Estoy hablando
en serio. El hombre está vivo.
—Somos
profesionales. Sabemos cuándo alguien está muerto y cuándo no. El tipo está
muerto.
—Les digo que
acaba de cantar conmigo. Está vivo.
—Ya llega el
juez de paz —le informó el paramédico, y explicó que aunque sabían que estaba
muerto nadie podía mover mi cuerpo hasta que una autoridad declaraba
oficialmente que había fallecido—. Pero sí puedo decirle esto: Está muerto.
El hombre se
alejó de Dick y se negó a venir hacia mi auto.
Varias
ambulancias habían llegado y ya se habían ido.
Dick avanzó
hasta donde estaba la ambulancia que quedaba y le dijo al conductor:
—Ese hombre
está vivo. Vayan a verlo.
El TEM lo trató
como si estuviera habituado a lidiar con locos todo el tiempo.
—Por favor.
Sabemos bien lo que hacemos. El hombre está...
—¡Escúcheme! Me
voy a acostar sobre el piso de este puente, y si usted no viene a ver al
hombre, tendrá que pasar sobre mi cuerpo.
—Está muerto.
—Entonces
hágalo por seguirme la corriente. Solo tómele el pulso —rogó Dick.
—Está bien. Lo haremos por usted
—murmuró el hombre con desgano. Se acercó al auto, levantó la lona y buscó mi
brazo derecho. Y descubrió que tenía pulso.
Todos
comenzaron entonces a actuar a toda velocidad. Primero intentaron estudiar cómo
sacarme de allí. Podrían haberme sacado por uno de los lados, pero eso
implicaba que perdería la pierna izquierda. No había lugar entre el tablero, la
pierna y el asiento, por lo que la única solución habría sido amputar. De todos
modos la pierna pendía casi de un colgajo de piel. No estoy seguro de que
hubiesen podido liberar mi pierna derecha tampoco. El caso era que aunque
hubieran podido sacarme sin usar el equipo, tendrían que haber dejado parte de
mí en el auto, así que decidieron esperar a que llegara el equipo adecuado.
Llamaron por teléfono a Huntsville, que estaba a unos cincuenta kilómetros de
allí, y pidieron las Mandíbulas de la Vida. Estoy seguro de que hicieron todo
lo posible por mí, pero no recuerdo nada. Permanecí ligeramente consciente de
que a mi alrededor se movía gente, que me tocaban y hablaban. Oía voces pero no
entendía lo que decían. Dick se negó a dejarme. Se ubicó otra vez detrás de mí,
arrodillado dentro del auto, y siguió orando hasta que llegaron las Mandíbulas
de la Vida. Solo cuando me pusieron en la ambulancia se apartó de mi lado.
Cuando los paramédicos me levantaron recuerdo que eran muchas personas, al
menos seis o siete. Y cuando me movían los oía hablar de mi pierna. Alguien
dijo que había que tener cuidado de que no se desprendiera.
Mi sistema
estaba en shock, así que no sentía dolor. Por lo menos no en ese momento.
Me pusieron
sobre una camilla y empezaron a empujarla hacia la ambulancia. Una fina
llovizna me mojaba la cara y no veía nada más que la infraestructura del
puente. No podía mover la cabeza. Oía gente caminando y ruido de vidrios
aplastados bajo sus zapatos. Hablaban en voz baja, por lo que me costaba
entender lo que decían.
Recuerdo haber
pensado: Aquí pasó algo terrible, y creo que me pasó a mí. Aunque sabía que me
estaban llevando a la ambulancia, sentía que mi cuerpo no pesaba nada.
No recuerdo
nada del viaje en la ambulancia, pero luego me dijeron que fuimos a dos
hospitales, ambos poco más que clínicas rurales.
—No hay nada
que podamos hacer por él —oí decir a un médico que me revisó—. No lo logrará.
Lo habrán sacado vivo del auto, pero de nada servirá. No hay esperanzas para
este hombre.
Me volvieron a
poner en la ambulancia y partieron otra vez. Recuerdo vagamente cuando se
detuvieron en el Hospital Huntsville, un centro médico regional bastante
grande. Eran como las dos y media de la tarde.
Para ese
momento las autoridades le habían avisado a mi esposa Eva. Ella es maestra de
escuela, y alguien llamo para avisarle del accidente. Alguien más llamó a las
escuelas a las que asistían nuestros tres hijos. Un miembro de la iglesia se
ocupó de ir a buscarlos y cuidarlos hasta que supieran de Eva.
Nadie sabía
entonces que yo había muerto horas antes. Durante las primeras horas después de
mi regreso a la tierra, no tenían idea de lo graves que eran mis lesiones.
Aunque no sabían los
detalles, la gente de la iglesia empezó a orar por mi recuperación. Y se
comunicaron con otros para que se les unieran.
Eva se enteró
de que yo había muerto por Dick Onerecker casi dos semanas después del
accidente, durante una de las visitas de Dick al hospital. Entonces pudo
entender lo grave que había sido todo. También para ese momento nuestro agente
de seguros, Ann Dillman, miembro de la iglesia de South Park, había traído
fotografías del accidente después de que quitaran el auto del puente. Eva dice
que pasó cierto tiempo antes de que pudiera entender en realidad lo terrible
que había sido el choque. Comenta que quizá no prestaba atención a las malas
noticias adrede, porque estaba intentando concentrarse en lo inmediato.
Nuestros hijos,
otros miembros de la familia y nuestros amigos comenzaron entonces a deducir lo
horrendo del accidente y lo cerca que estuve de no sobrevivir.
Uno de los
paramédicos dijo:
—Estamos aquí
ahora. Estará bien.
Supe que me
estaban llevando al interior del hospital. Miré sin entender a una cantidad de
personas que se apartaban para dejar pasar a la camilla mientras observaban. Vi
sus rostros y nuestras miradas se cruzaban por una fracción de segundo a medida
que la camilla avanzaba.
Me llevaron a
una sala donde había un médico que esperaba. Es raro, pero lo único que
recuerdo del doctor que me revisó es que era calvo. Se tardó bastante en
revisarme.
—Sr. Piper, haremos todo lo
posible por salvarlo —dijo unas tres veces—. Está gravemente herido, pero
haremos todo lo que podamos.
A pesar de sus
palabras, luego supe que no esperaba que sobreviviera. Pero hizo todo lo que
pudo por darme esperanzas y alentarme a luchar para seguir viviendo. A mi
alrededor había gente moviéndose. Era obvio que estaban intentando salvarme la
vida, pero yo todavía no sentía dolor. Era como si viviera en un estado
intermedio donde no sentía nada y solo tenía una vaga conciencia de lo que
pasaba alrededor de mí.
—Su esposa está
al teléfono —dijo alguien. Pasaron la comunicación al teléfono de la sala de
emergencias. Una enfermera puso el auricular al lado de mi oreja y recuerdo
haber hablado con Eva, pero no lo que nos dijimos.
Eva recuerda
toda la conversación. Según ella, lo único que dije fue:
—Siento lo que
pasó.
—Está bien,
Don. No es culpa tuya.
Yo repetía una
y otra vez:
—Lo siento.
Solo quería volver a casa. Llévame a casa por favor.
De un modo casi
infantil, supongo que lo que quería era, si no podía estar en mi hogar
celestial, al menos volver a mi hogar terrenal.
Estaba lo
suficiente consciente como para saber que querían transportarme en un
helicóptero de salvamento al Hospital Hermann de Houston, que tenía un Centro
de Trauma. Pero determinaron que no hacía buen tiempo y las nubes estaban demasiado
bajas, así que el helicóptero no podría volar.
Mi condición
empeoraba muy rápido, y no sabían si sobreviviría a esa tarde. A pesar de ello
el equipo médico tomó una decisión importante: resolvieron volver a ponerme en
la ambulancia para recorrer los cien kilómetros hasta Houston. No tenían las
instalaciones ni los servicios adecuados para atenderme. El Hospital Hermann
era el único lugar para mí si quería tener posibilidades de sobrevivir.
Trajeron otra
ambulancia. Es asombroso que aunque me encontraba tan gravemente herido
—pensaban que podía «expirar» en cualquier momento— estuviera conciente de los
detalles menores, como el olor de la ambulancia, en especial el olor a pintura
nueva.
—Es nuestro
primer paciente —dijo el asistente cuando partimos.
—¿Qué?
—Que es la
primera persona que llevamos en esta ambulancia —respondió—. Lo llevaremos a
Houston tan rápido como podamos.
—¿A qué
velocidad voy? —preguntó el conductor al asistente que iba a mi lado.
—Tan rápido
como puedas.
—¿Y qué
velocidad es esa? —preguntó otra vez el conductor.
—¡Pisa el
acelerador a fondo! Tenemos que llegar ya mismo.
Antes de que
iniciáramos el viaje todavía no había sentido dolor. Perdía y recuperaba la
conciencia. Sentía que no tenía peso, como si mi mente no se conectara con mi
cuerpo. Sin embargo, unos
diez minutos más tarde comencé a sentir un leve dolor punzante. Al principio
era un dolorcito en mi brazo izquierdo. Luego un dolor en mi pierna izquierda.
Después comenzó a dolerme la cabeza. En pocos minutos me dolían tantas cosas
que no podía diferenciar el origen del dolor. Todo mi cuerpo gemía en agonía y
gritaba pidiendo alivio. Mi organismo se sintió invadido por toda la fuerza del
trauma. Sentía como si cada centímetro de mi cuerpo hubiera sido lastimado,
azotado, golpeado. No podía pensar siquiera en algún lugar que no clamara por el
dolor. Creo que grité, pero no estoy seguro. Con cada latido de mi corazón
sentía que estaban moliéndome el cuerpo a mazazos.
—¡Hagan algo,
por favor! ¡Por favor! —rogué al fin. Eso sí lo recuerdo—. Denme una medicina,
algo que...
—Le he dado
todo lo que podía darle.
—¿No puede
darme ya nada más? —no entendía lo que quería decir. Si me habían medicado ¿por
qué me dolía tanto? —Por favor...
—No puedo
dejarlo inconsciente —dijo el asistente—. Tiene que permanecer despierto.
—Por favor,
algo para...
No entendía
para qué querían que permaneciera despierto. Si me drogaban, el dolor
desaparecería.
—Por favor
—volví a rogarle.
—Lo siento. De
veras lo siento, pero no puedo darle nada más. Ya le hemos dado lo suficiente
como para que cualquier otra persona quedara en coma. Usted es corpulento, pero
no puedo dejarlo inconsciente.
Estoy seguro de
que sollocé, gemí y hasta grité varias veces durante el resto del viaje, el
cual fue una tortura. El vehículo se movía, y la sirena aullaba
todo el tiempo. Fue el viaje más doloroso de mi vida. Una pesadilla.
Aún hoy cierro
los ojos y siento cómo la ambulancia vibraba y daba contra la banquina de la
ruta al tomar las curvas.
Uno de los
paramédicos dijo algo de la hora pico, del tráfico intenso, así que supuse que
serían las cinco. De momento, me pregunté cómo podían haber pasado tantas
horas.
El viaje
pareció interminable, aunque creo que varias veces me desmayé a causa del
dolor. Finalmente llegamos a la sala de emergencias del Hospital Hermann de
Houston.
Eran las seis y
veinte. Habían pasado seis horas y media desde el accidente. Para cuando llegué
al hospital de Houston había miles de personas orando. Se había difundido la
noticia de casa en casa, y de iglesia en iglesia. Cientos de congregaciones
oraban por mi recuperación. Durante los siguientes días, la noticia siguió
esparciéndose y cada vez había más gente orando. A lo largo de los años he
conocido a muchos de los que le pidieron a Dios que me salvara la vida. Quizá
alguno de los que está leyendo este libro oró por mi supervivencia y
recuperación. Solo puedo añadir que las oraciones fueron eficaces. Sobreviví y
sigo vivo.
Cuando los
paramédicos levantaron mi camilla para sacarla de la ambulancia vi el rostro de
Eva. Junto a ella estaba un diácono de nuestra iglesia. Sentí que miraban a un
cachorrito perdido, tan patético habrá sido mi aspecto. Estaban asombrados,
boquiabiertos, pero no decían nada.
Eva me miró.
Hasta entonces yo tenía solo una vaga conciencia de lo que pasaba con mi
cuerpo. El dolor no se iba pero todavía no había calculado que había estado en
un accidente y que a causa del mismo estaba muriendo.
Al ver su rostro reconocí la
angustia y la preocupación en su mirada. Es probable que dijera algo para
intentar consolarme. No lo sé. Lo que sí recuerdo es que percibí su dolor y el
temor que sentía porque muriera.
Entonces supe
que estaba en verdad grave. Y así era. Mi pecho ya estaba de color púrpura, y
los paramédicos habían vendado casi la totalidad de mi cuerpo. Tenía esquirlas
de vidrio en el rostro, el pecho y la cabeza. Tenía conciencia de que habían
caído algunos pedacitos de vidrio de mi piel a la camilla, justo al lado de mi
cabeza.
Nadie necesitó
decirme que me veía horrible. Quien me conociera no me habría reconocido. Me
pregunté cómo Eva pudo saber que era yo.
No había medida
para mi dolor. Una vez dentro del centro de trauma una enfermera me inyectó
morfina... y más tarde me aplicaron algunas inyecciones más. Nada me ayudaba.
Nada me quitaba el dolor
Poco después de
llegar a Hermann me enviaron a la sala de cirugía, donde permanecí durante once
horas. Anestesiado, por fin no sentí dolor.
Nuestro querido
amigo Cliff McArdle se quedó valientemente con Eva durante la noche. Cliff, mi
mejor amigo David Gentiles y yo habíamos sido amigos de ministerio desde que
nos graduamos en el seminario, y seguimos siendo muy amigos hoy.
Para cuando
recuperé la conciencia, ya era el jueves por la mañana. Al abrir los ojos, de
alguna manera supe que me había convertido en el primer paciente de una nueva
unidad de cuidados intensivos (UCI). Una enfermera me limpiaba las heridas, mientras otra me
ponía en la tracción. Sentía que ponía varillas entre mi tobillo y mi brazo. Me
oí gritar.
—Le hicimos una
resonancia magnética —dijo el médico. Hasta entonces no me había dado cuenta de
que estaba en la habitación—. Está gravemente herido, pero la buena noticia es
que no hay lesiones en la cabeza ni el tórax.
No me importaba
dónde estaban mis heridas. Me dolía todo de un modo terrible. Más de lo que
creía humanamente posible.
Solo quería que
me aliviaran.
Cuando Dick
Onerecker vino a verme dos semanas después del accidente acababan de pasarme de
la unidad de cuidados intensivos a una sala del hospital. Me contó que Dios le
había dicho que orara por mí y que lo había hecho durante varios minutos.
—La mejor
noticia es que no hay daño cerebral ni lesiones internas —dije.
Dick dijo con
una risita:
—Por supuesto
que no. Es lo que Dios me dijo que pidiera en oración, y él respondió.
—¿Eso creíste?
¿Creíste que Dios respondería a esa oración?
—Así es. Sabía
que a pesar de todas tus lesiones Dios respondería a mi oración.
Me tomó unos
minutos absorber lo que me decía. Por la fuerza e intensidad del impacto debía
haber tenido lesiones internas. Hasta el médico había comentado —con asombro—
que no tenía lesiones cerebrales ni torácicas.
Las lágrimas
corrían por las mejillas de Dick cuando me dijo:
—Lo sé. Ojalá
pudiera orar de esa manera todo el tiempo.
6. Comienza la recuperación
Ésta es la
confianza que tenemos al acercarnos a Dios: que si pedimos conforme a su
voluntad, él nos oye. Y si sabemos que Dios oye todas nuestras oraciones,
podemos estar seguros de que ya tenemos lo que le hemos pedido.
1 JUAN 5:14-15
El dolor se
convirtió en mi constante compañero. Durante mucho tiempo no supe lo que era
que no me doliera todo el cuerpo.
A pesar de eso,
a los pocos días del accidente empecé a darme cuenta de cuántos milagros habían
ocurrido. Me refiero a ellos como milagros, aunque habrá quien los llame
circunstancias afortunadas, porque creo que no hay accidentes ni sorpresas con
Dios.
Primero,
llevaba puesto el cinturón de seguridad. Con vergüenza admito que no me había
«molestado» en usarlo hasta
que me multaron. Esa mañana me ajusté el cinturón de forma consciente.
Segundo, el
accidente había ocurrido sobre el puente. ¿Qué hubiera sucedido si ocurría en
la ruta sobre el lago, mientras me dirigía al puente? Mi auto habría caído por
lo menos a diez metros de profundidad y me hubiera ahogado.
Tercero, no
tenía lesiones en la cabeza. Quien me veía o leía el informe médico decía que
era imposible que no hubiera daño cerebral. (Eva sigue bromeando al respecto y
dice que no está tan segura de eso.) Por sorprendente que le pareciera a todos
los doctores, el accidente no afectó ninguno de mis órganos internos. Ese hecho
desafiaba toda explicación médica.
Cuarto, el
cirujano traumatólogo, Dr. Tom Greider, que estaba de guardia ese día en el
Hospital Hermann, me salvó la pierna. El Dr. Greider «de casualidad» es uno de
los pocos expertos en los Estados Unidos que se ocupa de este tipo de traumas.
Decidió usar un procedimiento bastante nuevo y experimental llamado marco de
Ilizarov. Realizó la cirugía una semana después del accidente. El Ilizarov
implantado no solo me salvó la pierna sino que les permitió alargar el hueso de
mi pierna izquierda, ya que había perdido unos diez centímetros de fémur en el
accidente. El fémur es el hueso más grande del cuerpo humano, y bastante
difícil de romper.
Cuando el Dr.
Greider me revisó, tuvo que tomar una decisión. Podía usar el marco Ilizarov o
amputar. Y aunque decidió usar el marco no había garantías de que no perdiera
la pierna. En realidad, en ese momento ni siquiera estaba seguro de que
soportaría el procedimiento. Un médico con menos experiencia y compromiso quizá
hubiera amputado suponiendo
que no habría gran diferencia porque iba a morir de todos modos.
Quinto, la
gente oró por mí. Tengo miles de tarjetas, cartas y mensajes con oraciones,
algunos de personas que no conozco desde lugares en los que jamás estuve, las
cuales oraron por mí porque se enteraron del accidente. Desde entonces mucha
gente me dice que esta experiencia cambió su vida de oración y su creencia en
el poder de la oración.
La noche que
ingresé en el Centro de Trauma Hermann estuve durante once horas en la sala de
operaciones. Durante la cirugía me volvieron a colocar en su lugar el hueso
fracturado de mi pierna derecha. Tuvieron que estabilizar mi antebrazo
izquierdo porque faltaban cuatro centímetros de cada uno de los huesos.
Pusieron mi pierna izquierda en tracción porque faltaban diez centímetros de
fémur. Y por error durante la cirugía insertaron un tubo del respirador en mi
estómago, que hizo que éste se inflara y se desinflaran los pulmones.
Transcurrieron varios días antes de que se dieran cuenta de cuál era la causa
de mi estómago hinchado. Además de complicarme la respiración, no me podían
elevar y esto me produjo neumonía. Casi muero por segunda vez.
A causa de los
muchos moretones y la severidad de mis heridas obvias, los médicos casi no
sabían por dónde empezar. Otros problemas menos serios aparecieron semanas más
tarde. Pasaron varios años antes de que descubrieran la fractura de pelvis que
en ese momento no pudieron ver.
Yo yacía en la
cama, con agujas por todas partes, incapaz de moverme, dependiendo del
respirador y el aparato de monitoreo. Casi no podía ver por encima de la
máscara de oxígeno. Durante la mayor parte de mi tiempo en la UCI perdía y recuperaba la
conciencia. A veces despertaba, veía gente de pie frente a mi cama y me
preguntaba: ¿Estoy en realidad aquí, o lo estoy imaginando?
Estaba rodeado
de aparatos y monitores, y un oxímetro de pulso en mi dedo daba cuenta de mi
nivel de oxígeno. Como no recibía suficiente oxígeno la alarma se disparaba con
frecuencia y las enfermeras acudían corriendo a mi habitación.
La UCI de
Herman está cerca de la plataforma para que aterricen los helicópteros, y a
toda hora del día se les oía llegar y despegar. Cuando estaba despierto creía
que estaba en una película de Vietnam. No había relojes en la habitación, así
que no tenía idea del tiempo.
Había otras
personas en camas cercanas a la mía, y la única separación era una cortina. Más
de una vez desperté y vi a los enfermeros u ordenanzas retirar una camilla con
un cuerpo cubierto por una sábana. Como pastor, sabía que mucha gente no sale
viva de la UCI.
¿Será mi turno
ya?, me preguntaba.
Aunque lo
pregunté, el dolor impedía que me importara. Lo único que quería era no sentir
dolor, y la muerte habría sido una respuesta rápida. Había experimentado el
cielo, regresado a la tierra, y luego sufrido lo más parecido al infierno en la
tierra. Pasaría mucho tiempo antes de que cambiara mi condición o mi actitud.
Los días y
noches estaban llenos de sonidos de pesadilla. Gemidos, gritos, llantos que
interrumpían mi descanso y me devolvían a la realidad. Una enfermera se
acercaba y preguntaba:
—¿Puedo hacer
algo por usted?
—¿De qué habla?
—preguntaba yo. A veces me quedaba mirándola, incapaz de entender por qué lo
preguntaba.
—Parece como si sintiera mucho
dolor.
Sí, así es,
pensaba yo. Y luego preguntaba:
—¿Cómo lo sabe?
—Porque gritó.
En ese momento
me di cuenta de que a veces el que gritaba era yo. Esos gemidos o gritos
surgían cuando hacía algo tan simple como intentar mover la mano o la pierna.
Fue horrible vivir en la UCI. Estaban haciendo todo lo que podían pero el dolor
no cesaba jamás.
—Dios, ¿para
esto volví? —grité muchas veces—. ¿Me trajiste de regreso a la tierra para
esto?
Mi condición
seguía empeorando. Tenía que estar acostado boca arriba, bien plano porque me
faltaba el hueso en la pierna izquierda. (Nunca encontraron el hueso. Según
parece cayó al lago cuando mi pierna quedó aplastada entre el asiento y el
tablero.) Al tener que estar en esa posición mis pulmones se llenaban de
líquido.
Como todavía no
se habían dado cuenta de que tenía colapsados los pulmones, las enfermeras y
los terapeutas intentaban obligarme a respirar en una bolsa de plástico con un
dispositivo llamado espirómetro, para así mejorar mi capacidad pulmonar.
Al sexto día
llamaron del hospital a mi familia para que vinieran a verme. Tenía neumonía
doble y no pensaban que pudiera resistir esa noche.
Había
sobrevivido a las lesiones del accidente, y ahora iba a morir de neumonía.
Mi médico llamó
a Eva.
—Tenemos que
hacer algo —le dijo—. O tenemos que amputar la pierna o hacer algo más
drástico.
—Si no hacemos
algo, tu esposo no estará vivo mañana por la mañana.
Ahí fue cuando
el milagro de la oración comenzó a obrar en verdad. Cientos de personas habían
estado orando por mí desde que se enteraron del accidente, y yo lo sabía. Pero
en ese momento parecía que nada había cambiado demasiado.
Eva llamó a mi
mejor amigo, David Gentiles, pastor en San Antonio.
—Por favor, ven
a ver a Don. Te necesita —le dijo.
Sin dudarlo mi
amigo canceló todo y subió a su auto. Condujo casi trescientos cincuenta
kilómetros para venir a verme. Las enfermeras le permitieron entrar a la UCI
solo cinco minutos.
Esos cinco
minutos cambiaron mi vida.
Nunca tomé esta
decisión de forma consciente, pero tendido allí con poca esperanza de
recuperación —nadie había sugerido que iba a volver a la normalidad— no quería
vivir. No solo tenía que soportar el agudo dolor que no cesaba jamás, sino que
había estado en el cielo. Quería volver a ese glorioso lugar de perfección.
—Llévame de
vuelta, Dios —oraba—. Por favor, quiero ir otra vez.
Mi mente estaba
llena de recuerdos del cielo y anhelaba volver a estar delante de esa puerta.
—Por favor,
Dios.
La respuesta de
Dios a esa oración fue «no».
Cuando David
entró en mi habitación me sentía desorientado a causa del dolor y la
medicación. Al principio estaba tan desconectado de la realidad que debí
convencer a mi mente de
que era real, que estaba allí. ¿Es una alucinación?, me preguntaba.
En ese momento
David me tocó los dedos y lo sentí. Sí, era real.
Tomó mis dedos
porque era lo único que podía tocar. Tenía tantas intravenosas que mis venas
habían colapsado. Tenía una línea principal que entraba en mi pecho, directo al
corazón. Pensaba en mis intravenosas como en soldados alineados. Y hasta tenía
algunas en las venas de los empeines de mis pies. Miraba y me daba cuenta de
que habían tenido que ponerlas allí porque ya no tenían otro lugar.
—Vas a salir
adelante —dijo David—. Tienes que hacerlo. Ya llegaste hasta aquí.
—No tengo que
salir adelante. No estoy seguro... yo... no estoy seguro de querer hacerlo.
—Tienes que
hacerlo. Si no lo haces por ti, hazlo por nosotros.
—Ya no tengo
combustible —dije—. Hice todo lo que pude. Di todo de mí. Ya no tengo más para
dar.
Hice una pausa
para recuperar el aliento porque esas dos oraciones habían agotado mi energía
de forma terrible.
—Tienes que
lograrlo. No te dejaremos ir.
—Si lo logro,
será porque todos ustedes lo quieren. Yo no lo quiero. Estoy cansado. Ya luché
todo lo que pude y estoy dispuesto a morir.
—Bueno.
Entonces no hagas nada. Lo haremos todo nosotros.
No entendí, y
miré la intensidad de su rostro.
—No dejaremos
que mueras. Eso lo entiendes, ¿verdad? No te dejaremos bajar los brazos.
—Nada más
déjenme ir.
—No. Vas a
vivir. ¿Oyes eso? Vas a vivir. No permitiremos que mueras.
—Si vivo —dije
al fin—, será porque ustedes quieren eso.
—Vamos a orar
—dijo.
Claro, yo sabía
que ya habían estado orando muchas personas, pero él agregó:
—Vamos a orar
toda la noche. Voy a llamar a todos los que conozco que pueden orar. Quiero que
sepas que los que te amamos vamos a estar despiertos toda la noche orando por
ti.
—Está bien.
—Lo haremos por
ti, Don. Tú no tienes que hacer nada.
No me importaba
si oraban o no. Me dolía tanto todo. No quería vivir.
—Desde ahora
nos encargamos nosotros. No tienes que hacer nada, ni una sola cosa, por
sobrevivir. Lo único que tienes que hacer es estar ahí acostado y dejar que
suceda. Vamos a orar para que salgas de esto.
Me habló con
calma durante un minuto o dos. No creo haberle dicho nada más. El dolor se
intensificó —como si eso fuera posible— y ya no me dejaba concentrar en nada.
—Nos ocuparemos
nosotros.
David me besó
en la frente y salió de la sala.
Entonces
hicieron una vigilia. Una vigilia de oración que marcó un punto de inflexión en
mi tratamiento y otra serie de milagros.
La neumonía
había desaparecido al día siguiente. Las oraciones la hicieron irse. Y los
médicos descubrieron el error con el tubo del respirador.
Al séptimo día, en otra larga
cirugía, el Dr. Reidor instaló el dispositivo Ilizarov para que pudiera
sentarme y recibir tratamiento respiratorio.
También
desinflaron mi estómago, lo que permitió que se inflaran mis pulmones.
De forma
habitual los hospitales requieren seis meses de consejería antes de que
autoricen el uso del marco de Ilizarov. En mi caso los médicos no podían darle
a Eva garantías de que este procedimiento experimental funcionaría. También le
dijeron que el uso de este dispositivo me causaría mucho dolor físico y tensión
emocional y psicológica. Y lo peor de todo era que le advirtieron que aun
después de pasar por todo eso, quizá perdiera la pierna de todos modos.
—Esto es
extremadamente doloroso y lleva meses, hasta años quizá, de recuperación —le
dijo el cirujano a Eva. Y le recordó de nuevo que podía suceder lo peor: podría
perder la pierna.
—Sin embargo,
si no vamos por este camino no tenemos otra opción más que amputar —añadió.
Le explicó con
calma que si amputaban me podrían una prótesis y tendría que aprender a caminar
con ella.
Eva no se había
engañado en cuanto a la gravedad y extensión de mis lesiones, ni en cuanto al
tiempo que tendría que soportar esos terribles dolores. Evaluó los pro y los
contra durante unos minutos y luego oró en silencio pidiendo guía:
—Firmaré el
formulario de consentimiento —dijo al fin.
A la mañana
siguiente cuando desperté de otra operación de doce horas miré lo que parecía
ser un bulto enorme debajo de
las sábanas donde debía estar mi pierna. Cuando levanté la sábana, lo que vi me
dejó sin aliento. Sobre mi pierna izquierda había un enorme marco de acero que
iba desde la cadera hasta por debajo de la rodilla. Entró una enfermera y
comenzó a hacerle cosas a mi pierna, pero yo no podía determinar qué con
exactitud.
Me di cuenta de
que Eva estaba sentada junto a mi cama.
—¿Qué es eso?
—pregunté— ¿Qué está haciendo ella?
—Tenemos que
hablar —me dijo—. Es algo para lo que di mi consentimiento ayer. Es un
dispositivo que hará crecer el hueso. Se llama fijador. Es la única oportunidad
que tienen los médicos de salvarte la pierna —dijo—. Y creo que vale la pena
correr el riesgo.
No estoy seguro
de haber respondido siquiera. ¿Qué podía decir? Ella había decidido lo que
creía mejor, y lo había tenido que decidir sola.
Entonces vi que
salían alambres del dispositivo.
—¿Esos alambres
atraviesan mi pierna?
—Sí.
Sacudí la
cabeza en señal de incomprensión.
—¿Atraviesan mi
pierna?
—Es una técnica
nueva. Están intentando salvarte la pierna.
No pude
comentar nada al respecto. Asentí e intenté relajarme.
—Creo que
funcionará —dijo ella.
Yo esperaba que
tuviera razón. No sabía que un año más tarde seguiría mirando este dispositivo
fijamente.
7. Decisiones y
desafíos
¿Quién nos
apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, la persecución, el
hambre, la indigencia, el peligro, o la violencia? Así está escrito: «Por tu
causa nos vemos amenazados de muerte todo el día; nos tratan como a ovejas
destinadas al matadero».
ROMANOS 8:35-36
Una de las
cosas que más difíciles me resultaron —además del dolor físico— fue ver la
reacción de mis familiares y amigos cercanos. Mis padres viven en Louisiana, a
unos cuatrocientos kilómetros de Houston, pero llegaron el día después de mi
primera cirugía. Mi madre es una mujer fuerte y siempre pensé que podía con
cualquier cosa. Pero entró en la UCI, me miró, y luego se desmayó. Papá tuvo
que sostenerla y llevarla afuera.
Su colapso hizo que me diera
cuenta de que me veía desastroso.
La mayor parte
de esos primeros días sigue siendo una nebulosa para mí. No estaba seguro de
que me estuvieran visitando o que tuviera alucinaciones. Por lo que Eva y las
enfermeras me dijeron, deliraba con frecuencia.
El hospital
permitía que vinieran a verme todos los días, pero con restricciones en cuanto
a la cantidad de personas y el tiempo. Aunque no dijeran nada, sus miradas
tristes y de compasión me hacían entender con claridad cómo se sentían. Y digo
«con claridad» porque sé cómo los percibía. Al mirar en retrospectiva pienso
que quizá estuviera equivocado. Sospecho que estaba tan seguro de que iba a
morir —y quería tanto morir— que veía en sus ojos lo que yo sentía con respecto
a mí mismo.
Fuera así o no,
sentía que miraban a un cuerpo destrozado, y no a una persona viva, y que a
pesar de sus palabras de consuelo y apoyo esperaban que muriese en cualquier
momento. Me preguntaba si habían venido a despedirse antes de que cerrara los
ojos para siempre.
Aunque ya no
tenía neumonía, hubo secuelas. Las enfermeras venían cada cuatro horas para
darme tratamiento de terapia respiratoria. Me golpeaban el pecho y me obligaban
a respirar por una boquilla de plástico una cosa asquerosa y de un olor
horrible, que se suponía tenía que recubrir el interior de mis pulmones. Este
tratamiento impediría que se repitiera la neumonía y ayudaría a mis pulmones a
recuperarse. Despertaba y veía gente que entraba, y pensaba: Oh, no, otra vez.
Van a hacerme respirar esa cosa tan desagradable y a golpearme, para tratar de
soltar la flema. El tratamiento fue doloroso, pero eficaz. El
Dr. Houchins, jefe del equipo de trauma del Hospital Hermann, venía varias veces
al día. Lo que pudiera faltarle al Dr. Houchins en simpatía lo compensaba con
su determinación firme de no perder a ninguno de sus pacientes.
Exigía que
respirara:
—No renuncie
ahora. No renuncie. Siga intentándolo.
No se trataba
nada más que de sus palabras, sino que —a pesar de que estaba muy enfermo—
sentía que él peleaba a mi lado.
—No se dé por
vencido. Siga intentándolo.
A menudo no
tenía energía para respirar y dejaba de esforzarme.
Veía una
expresión de pesar en su rostro, y luego cómo sus facciones se contraían, al
demostrar la intensidad de su frustración:
—¿Me oyó?
¡Hágalo ahora! ¡Respire y tosa! ¡Hágalo!
Yo negaba con
la cabeza. Ya no tenía más fuerzas para nada.
—Esto no admite
discusión. ¡Hágalo ahora! ¡Respire!
—No puedo.
—Bueno, muy
bien. No lo haga. Está muerto. Si no lo hace morirá. ¿Puede entender eso?
No quería
vivir, pero algo sucedía cuando él me gritaba así.
Respiraba.
Al poco tiempo
el personal encontró el modo de elevar mi pierna para que pudiera sentarme. El
solo hecho de poder hacerlo era un gran paso adelante. No pensaba que podría
volver a acostarme de lado o boca bajo alguna vez en mi vida.
Una vez mientras estaba todavía en
la UCI me pareció que cada vez que abría los ojos y pestañeaba, alguien ponía
delante de mi boca una cuchara con comida, a unos diez centímetros de
distancia.
—Abra la boca.
En una ocasión
era la voz de un hombre.
Abrí los ojos y
miré. Quien sostenía la cuchara era un hombre robusto. Me levantó la máscara de
oxígeno y empujó con suavidad la cuchara hacia el interior de mi boca.
—Eso es. Un
bocado nada más.
Obedecí y
tragué mientras mi mente obnubilada trataba de entender qué estaba sucediendo.
Poco a poco me
di cuenta de que era la voz de Stan Mauldin, el jefe de los entrenadores de
fútbol y director atlético del equipo de los Yellow Jacket de la secundaria
Alvin. Nuestra hija viviría con Stan y Suzan y sus dos hijos durante mi
convalecencia. El entrenador Mauldin había oído que debido a que no quería
comer estaba perdiendo peso muy rápido. (Aunque había perdido solo unos
kilogramos en ese momento, en mis primeras seis semanas en el hospital perdí
unos veinticinco kilogramos en total.)
Apenas Stan se
enteró de la situación buscó tiempo en su ocupada agenda para venir al Hospital
Hermann. No vino a visitarme nada más. Les pidió a las enfermeras que le dieran
mi comida, y permaneció junto a mi cama hasta que desperté.
Cuando vio que
estaba despierto, me hizo comer y me habló mientras me esforzaba por masticar y
escuchar. Ese gentil acto de sacrificio de un hombre tan grande como un oso fue
una de las acciones más amables que vi durante mi recuperación. Stan es un
ejemplo de fuerza y ternura combinadas en una persona excepcional.
He mencionado
el marco de Ilizarov, que puede haber sonado como un procedimiento común. Pero
está lejos de eso. Eva tuvo que decidir algo que nadie debería tener que
decidir a solas. Tuvo que resolver si permitiría que me sometieran al proceso
Ilizarov, entonces en etapa de experimentación todavía.
Al inicio el
dispositivo se usaba para extender las piernas. Lo inventaron para ayudar a las
personas que tienen una pierna más corta que la otra desde su nacimiento —a
veces la diferencia es de hasta unos treinta centímetros— y que tienen que usar
sillas de ruedas, andadores o muletas. El marco de Ilizarov obliga al hueso de
la pierna a crecer mientras mantiene intacto el tejido que lo rodea. El cuerpo
puede formar hueso nuevo en respuesta a la fuerza mecánica del dispositivo de
Ilizarov.
Es lo que se
llama un fijador externo. Lo inventó un médico siberiano llamado Ilizarov.
El Dr. Ilizarov
experimentó en ovejas para encontrar la forma de hacer crecer el hueso faltante
o alargar los huesos congénitamente cortos. Para los casos como el mío, en que
falta hueso, la aplicación implica fracturar el miembro con un corte limpio.
Luego se ponen alambres, parecidos a las cuerdas de un piano, atravesando la
piel y el hueso para que salgan por el otro lado.
El dispositivo
de Ilizarov para fémur se ancla a la cadera con varillas del tamaño de un
lápiz. Los médicos taladraron agujeros
para insertar cuatro varillas desde mi pelvis hasta el costado de mi cadera
izquierda. Cuando terminaron, tenía al menos treinta agujeros en mi pierna
izquierda. Muchos de estos orificios traspasaban la pierna de un lado al otro.
Los más grandes llegaban solo hasta la carne, y las varillas se insertaron
hasta la pelvis. Después de unos seis meses podía ver dentro de mi pierna los
extremos de las varillas.
Todos los días
venía alguien y giraba los tornillos del dispositivo Ilizarov para alargar los
huesos. Casi siempre lo hacían los enfermeros y enfermeras. Después que dejé el
hospital lo hacía Eva. Durante casi un año mi fémur izquierdo crecería,
reemplazando la porción faltante. Este es un dispositivo ingenioso, aunque
extremadamente doloroso y que requiere de una recuperación ardua y muy larga.
Yo decía que era «horriblemente maravilloso».
También
insertaron seis varillas en la parte superior de mi brazo izquierdo,
atravesándolo. Y barras de acero inoxidable por encima y debajo del brazo para
estabilizarlo porque faltaban los dos huesos del antebrazo. Las varillas eran
del tamaño de un lápiz y le permitían al Dr. Greidor tomar hueso de mi pelvis
derecha y ubicarlo en mi antebrazo izquierdo. Me explicó que el procedimiento
sería parecido al de tomar muestras cuando se perfora buscando petróleo.
También tomaron unos ochenta centímetros cuadrados de piel de mi pierna derecha
para ponerlos sobre la enorme herida de mi brazo izquierdo. Implantaron una
tira de Teflón entre los huesos recién construidos de mi antebrazo para evitar
que se adhirieran entre sí, de modo que crecieran pero no pegados el uno al
otro.
Para mi desdicha esa parte de la
técnica no funcionó, porque los huesos sanaron pero se pegaron entre sí. Por
eso no puedo hacer movimientos de supinación ni pronación con mi brazo
izquierdo, el mismo no se endereza desde el codo y no puedo voltear las manos
palmas arriba o palmas abajo. Cuando extiendo la mano queda siempre en posición
como de saludar estrechándola. No puedo voltearla ni a la derecha ni a la
izquierda. Sé que suena como algo muy malo, y en ese momento era lo que sentía.
Sin embargo, como el Ilizarov, funciona.
Sí, el
dispositivo Ilizarov funcionó... fue también el proceso más doloroso que
soporté como parte de mi recuperación.
El acero
inoxidable del Ilizarov que tenía en la pierna pesaba unos dieciséis
kilogramos, y el fijador externo de mi brazo quizá pesara unos diez kilogramos
más. Cuando estaba en la silla de ruedas (durante unos ocho meses), en el
andador (tres meses más), y luego cuando usaba las muletas (cuatro meses más),
cargué con todo ese peso adicional durante casi un año.
¿Puede imaginar
cómo me miraba la gente dondequiera que iba? Todos quedaban impresionados al
ver a un hombre en una silla de ruedas, con varillas de acero que sobresalían
de diversas partes de su cuerpo.
Casi todas las
veces que iba al consultorio del Dr. Greider en mi silla de ruedas la reacción
de los demás pacientes era la misma. Aunque todos tenían yesos o arneses, o
andaban con muletas, sus miradas iban directo a todas mis varillas y halos.
Entonces, de forma invariable, había alguien que decía en un tono sardónico:
«¡Vaya! ¡Y pensar que creí que yo estaba muy mal!» En ocasiones, algunos
agregaban algo así como: «Después de verlo a usted, me siento mejor».
Durante mucho tiempo fui la norma
según la cual se juzgaba el dolor de las lesiones.
¡Muchas veces
bromeé diciendo que a causa de toda esta «estructura metálica» si en el futuro
un arqueólogo encontrara mi cuerpo pensaría que había descubierto una nueva
especie! Toda mi anatomía estaba rearmada.
Nunca más daré
por sentada la capacidad física por simple que sea. Durante mi recuperación
hasta el movimiento más sencillo era un milagro. Cada vez que volvía a aprender
a hacer algo era un logro.
Fue más tarde
que entendí lo mucho que se había esforzado el Dr. Greider para encontrar el
modo de salvarme la pierna y el brazo izquierdos. Siempre le estaré agradecido
porque no se dio por vencido.
Mi rodilla
derecha había quedado aplastada y durante bastante tiempo usé un yeso. Pusieron
una malla con forma de canastillo sobre la rótula para que sanara. Mi brazo
derecho fue el único miembro que no tuvo fracturas.
Aun con el
éxito del dispositivo de Ilizarov, nunca estaba un momento siquiera sin sentir
dolor.
No sé cuántas
veces pregunté: «¿Cuánto falta?» Quería saber cuánto tiempo más tendría que
llevar el dispositivo, cuánto faltaba para que supieran si funcionaba, y cuánto
tendría que esperar para poder caminar de nuevo.
Nadie me daba
una respuesta. No podían. Sin embargo, seguía preguntando de todos modos.
—Unos meses más
—me decían por lo general.
—Pero ¿cuántos?
—insistía yo.
Uno de los
médicos por fin me dijo:
—Muchos meses,
y quizá más que eso.
—Sí,
posiblemente años.
—¿Y hay
garantías de que no perderé esos miembros?
—No hay
garantías. Si tiene una infección es posible que tengamos que amputarle la
pierna.
—O sea que
¿quizá soporte esto durante meses y de todas formas tengan que amputármela?
Asintió.
Era obvio que
esto no era lo que quería oír. Y aunque Eva me había dicho lo mismo, yo lo
negaba. Seguía buscando garantías de una total recuperación.
Quería
respuestas, pero quizá más que eso también. Deseaba que me aseguraran que todo
saldría bien. Anhelaba volver a ser normal. Ansiaba poder caminar, salir del
hospital sobre mis dos piernas y volver a mi vida de siempre. Nadie podía —ni
quería— darme tal seguridad.
Pasaron muchos
meses, pero un día sí volví al hospital y abracé a todas esas enfermeras.
Mientras estuve
con el dispositivo Ilizarov también hubo otros problemas. En varias ocasiones
tuve infecciones. Y cada vez me enfrentaba a la realidad de que si la infección
se esparcía por mi cuerpo despertaría sin mi pierna.
También tuve
infecciones después que salí del hospital. Tuvieron que volver a hospitalizarme
tres veces para ponerme en una sala de aislamiento donde me trataron con
cantidades masivas de antibióticos.
Y aun entonces
muchas noches oraba: Dios, llévame de vuelta al cielo. No sé por qué me
trajiste a la tierra de regreso. Por favor no me dejes aquí.
Pero Dios
seguía respondiendo con un «no».
No conozco todavía todas las
razones, pero en los meses y años subsiguientes, poco a poco entendí al menos
algunas de las razones por las que había regresado a la tierra.
El proceso de
sanidad se había iniciado. Allí, día tras día en la cama del hospital, fui
reconociendo de forma gradual que Dios me había enviado de regreso. No podía
saber bien por qué tenía que soportar el sufrimiento físico, pero pensaba todo
el tiempo en las palabras de David Gentiles. Él y otros habían clamado en
oración para que yo viviera. Ya que Dios les había respondido, tenía que haber
un propósito para que siguiera vivo.
A lo largo de
los días de intensa agonía recordaba las palabras de David. A veces el sentido
de que Dios tenía un propósito para que viviera era todo lo que me sostenía.
Estuve en la
UCI de Hermann durante doce días. Luego estuve cuatro o cinco días en el
Hospital Hermann antes de que me transfirieran al Hospital de St. Luke, en la
misma calle. Ambos hospitales forman parte del centro médico más grande del
mundo. Permanecí en St. Lukes durante ciento cinco días. Ya en casa, estuve en
cama durante trece meses y pasé por treinta y cuatro cirugías. Sin duda sigo
vivo porque hubo gente que oró por mí, comenzando por Dick Onerecker y otras
personas de todo el país, algunas de las cuales jamás conocí.
Ese es quizá el
milagro más grande: Que la gente oró y que Dios honró sus oraciones.
Al mirar hacia
atrás veo que Dios usó a muchas personas para salvarme. Dick Onerecker salvó mi
vida con su continua oración.
El Dr. Greider salvó mi pierna y mi brazo y me sacó adelante con esa cirugía
inicial. El Dr. Houchins salvó mi vida después de la cirugía a causa de su
determinación, parecida a la de un buldog, de mantenerme vivo. Las valientes
enfermeras del piso de traumatología del Hospital St. Luke me cuidaron día y
noche. Cada una de estas personas desempeño un rol vital.
Atribuyo mi
salida con vida de la UCI a las oraciones de David Gentiles y los demás:
«Nosotros nos encargamos a partir de aquí. No tienes que hacer nada por
sobrevivir. Oraremos y te sacaremos adelante».
Supe que no
moriría.
El pueblo de
Dios no me lo permitiría.
8. Dolor y
adaptación
Así que no
temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te
fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa.
ISAÍAS 41:10
Aunque no se
daban cuenta, las visitas empeoraban mi situación. Me querían y deseaban
también expresar su afecto. Y como me querían, hacían la cosa más natural del
mundo: visitarme en el hospital. Ese era el problema.
El ir y venir
constante me agotaba. No podía quedarme allí acostado nada más y dejar que se
sentaran o me hablaran. Quizá necesitaba funcionar en mi rol de pastor, o es
probable que sintiera que tenía la obligación de entretenerlos. No quería herir
sus sentimientos al pedirle que no vinieran o se fueran pronto.
Muchas veces sonreí y conversé con
las visitas cuando en realidad lo único que quería era desmayarme. Había ocasiones
en que el intenso dolor me hacía imposible la tarea de ser buen anfitrión, pero
igual intentaba ser amable. Seguía recordando que me querían y que habían hecho
un esfuerzo para venir a verme.
Con mis amigos,
familiares y los miembros de la iglesia, parecía que hubiera una larga fila
desde la puerta del hospital a la de mi habitación. Eva entró una tarde y vio
que las visitas me perturbaban. Me reprendió por permitirlo.
Creo que
pensaba que no le diría a nadie que no volviera, por lo que les pidió a los enfermeros
y enfermeras que restringieran la cantidad de visitas permitidas. No impidió
las visitas del todo, pero el tránsito de personas que entraban y salían de mi
habitación disminuyó.
Además del
dolor y la gente que entraba y salía, vivía sumido en una depresión. Gran parte
de ello puede haber sido el resultado natural del trauma físico, y en parte
también mi reacción a las drogas. Sin embargo, pienso que debido a que me
enfrentaba a un resultado desconocido seguía sintiendo que no tenía demasiado
futuro por delante. Y la mayor parte del tiempo no quería estar vivo.
¿Para qué me
habían traído de regreso de un cielo perfecto a una vida llena de dolor aquí en
la tierra? Por mucho que lo intentara no podía disfrutar de la vida. Quería
volver al cielo.
El dolor ha
llegado a ser una forma de vida para mí desde el accidente, como seguramente le
ha sucedido a muchos. Es curioso que podamos aprender a vivir bajo tales
condiciones. Aun hoy, en las raras ocasiones en que yazgo en la cama por las
mañanas luego de haber tenido una buena noche, de repente me doy cuenta de que no me
duele nada. Y ahí recuerdo entonces que vivo en dolor continuo las otras
veintitrés horas y cincuenta y cinco minutos de cada día.
Me llevó un
tiempo darme cuenta de lo mucho que estaban afectadas mis emociones a causa de
mi situación.
Oraba, y otros
oraban conmigo, pero me invadía una sensación de desesperanza. «¿Vale la pena
todo esto?», preguntaba varias veces al día.
Los médicos y
el personal de enfermería seguían intentando suministrarme medicamentos contra
la depresión, pero yo me negaba. No sé muy bien por qué. Quizá porque ya estaba
demasiado lleno de remedios y no quería más. Además, no creía que la medicina
me sirviera. Deseaba liberarme de mi miserable existencia y morir. Era evidente
que no me sentía equipado para enfrentar todo esto. Ahora sé que era un caso
típico de la persona depresiva que aparece en los libros de texto.
Y pronto todos
los demás se enteraron del asunto.
—¿Querría usted
conversar con un psiquiatra? —me preguntó mi médico.
—No —dije.
Unos días
después una de las enfermeras preguntó:
—¿Quiere que
llame a un terapeuta? ¿Alguien con quien pueda conversar?
Le di la misma
respuesta.
Como no quería
hablar con nadie, comenzaron a llegar personas a mi habitación a las que llamé
«loqueros clandestinos».
—Veo que ha tenido un accidente
muy grave —dijo un psiquiatra de incógnito después de leer mi historia clínica.
Luego intentó
lograr que le dijera cómo me sentía.
—No quiero
hablar del accidente —le dije.
Y en verdad no
quería. ¿Cómo podía explicarle a alguien lo que me había pasado durante los
noventa minutos en que había estado lejos de esta tierra? ¿Cómo encontrar
palabras para expresar lo inexpresable? No sabía cómo explicar que literalmente
había ido al cielo. Estaba seguro de que si empezaba a decir algo así, dirían
que estaba loco. El psiquiatra pensaría que había algo mal en mi mente, que
tenía alucinaciones o necesitaba drogas más potentes para que no delirara.
¿Cómo expresar con palabras que había tenido la experiencia más gozosa y
poderosa de mi vida? ¿Cómo podría sonar racional al decir que prefería morir?
Sabía lo que vendría después de esta vida, pero el psiquiatra no podía saberlo.
No tenía
intención de hablar con un psiquiatra (ni con nadie más) sobre lo que me había
sucedido. Veía esa experiencia como algo demasiado íntimo, demasiado intenso
como para compartirlo. Y aunque Eva y yo tenemos una relación muy estrecha, ni
siquiera pude decírselo en ese momento.
Es que mi ida
al cielo había sido algo demasiado sagrado, demasiado especial. Sentía que si
hablaba de mis noventa minutos en el cielo estaría ensuciando esos momentos
preciosos. Jamás dudé ni cuestioné que mi viaje al cielo hubiera sido real. Eso
nunca se me ocurrió ni me molestó. Todo había sido muy vívido y real. No podía
negarlo. No, el problema era que no quería compartir esa poderosa experiencia
con nadie.
Esto no impidió
que los psiquiatras vinieran a mi habitación para intentar ayudarme. Después de
un par de veces ya no me
decían que eran psiquiatras. Ahora parece gracioso, pero los psiquiatras del
hospital estaban decididos a ayudarme. Y después de que me negué a hablarles,
entraban en mi habitación de incógnito y me observaban. A veces lo hacían
cuando una de las enfermeras estaba trabajando conmigo. Otras veces entraban,
miraban mi historia clínica y no decían nada, y entonces yo suponía que estaban
esperando a que iniciara la conversación.
Muchas veces
entraban y decían algo así como:
—Soy el Dr.
Jones.
Y nada más que
eso. Quizá me tomaban el pulso o preguntaban:
—¿Cómo se
siente del estómago?
Entonces el
psiquiatra de turno miraba mi historia y hacía las preguntas pertinentes. Luego
de un rato delataba su intención preguntando:
—¿Cómo se
siente hoy?
—Igual que
siempre.
—¿Y cómo se
siente en realidad con respecto a todo esto?
No importa qué
variaciones intentaran, siempre terminaban preguntando cómo me sentía en
realidad.
—Usted es
psiquiatra, ¿verdad? —preguntaba yo.
—Eehh... bueno,
sí.
—De acuerdo,
¿qué quiere saber? ¿Quiere saber si estoy deprimido. Sí, estoy muy deprimido. Y
no quiero hablar de eso.
Las
conversaciones seguían, pero he borrado de mi mente casi todas. Aunque sabía
que el Dr. Jones y los demás estaban intentando ayudarme, no creía que hubiera
esperanza alguna.
Detestaba estar deprimido pero no sabía qué hacer al respecto.
Cuanto más
tiempo pasaba en cama, tanto más me convencía de que no había nada para mí en
el futuro. El cielo había sido algo perfecto... tan bello y gozoso que quería
librarme del dolor y volver allí.
«¿Por qué querría
alguien quedarse aquí después de vivir el cielo?», le preguntaba a Dios. «Por
favor, por favor, llévame otra vez».
No morí, y no
me recuperaba de mi depresión.
No es que me
negara a hablar con los psiquiatras nada más. Me negaba a hablar con todos. Sobre
cualquier tema. Si hubiera sido por mí, no importaba si alguien me visitaba o
no... o al menos eso decía para mis adentros.
En mi depresión
simplemente quería estar solo para poder morir en soledad sin que nadie me
resucitara.
Y tenía también
el orgullo suficiente como profesional y como pastor para no querer que nadie
viera lo mal que estaba. Y no hablo solo de lo físico. Tampoco quería que
supiesen de mi desastroso estado emocional.
Cuando venía la
gente a verme, por supuesto, sus palabras y miradas me hacían sentir como si
dijeran: «Eres la cosa más lamentable que haya visto jamás».
Supongo que lo
era.
Y así la
depresión continuaba. Pasaría mucho tiempo antes de que Dios me concediera otro
milagro.
Era padre de
tres niños y esposo de una mujer maravillosa. Y hasta el momento del accidente
había sido un hombre con un
gran futuro. Tenía treinta y ocho años cuando el incidente ocurrió, y hasta ese
día rebosaba salud y me encontraba en excelente estado físico. A los pocos días
de mi accidente supe que jamás volvería a ser ese hombre viril y saludable.
Ahora era un completo inútil. No podía hacer nada por mí mismo, ni siquiera
levantar la mano. Muy dentro de mí, temía que quedara inútil para el resto de
mi vida.
Como ejemplo de
mi inutilidad diré que no había tenido movimientos intestinales durante los
primeros doce días en el hospital. Sabiendo que podía entrar en un estado
infeccioso, me pusieron un enema, pero no sirvió de mucho.
Digo «no sirvió
de mucho» porque apenas evacuaba por poco que fuera, la enfermera o la
asistente sonreían como deleitadas.
Un día pude
lograr una cantidad exigua: «¡Oh! ¡Qué bueno! ¡Es muy bueno para usted!
Esperemos. Quizá haya más».
En mi depresión
pensaba: Esta es la experiencia más penosa de mi vida. Me siento como si fuera
un bebé, y todo el mundo se entusiasma si evacuaba, aunque sea algo mínimo.
No recuerdo qué
le dije a la asistente, pero estoy seguro de que no fue algo agradable.
La pobre mujer
salió de la habitación. Era en una de esas raras ocasiones en que no había visitas.
Estaba solo por completo, y me alegraba de estar en silencio, en paz.
Minutos después
de que saliera la enfermera, el enema hizo efecto.
Exploté. Tuve
el movimiento intestinal más grande de mi vida. Y el olor era nauseabundo.
Lleno de
pánico, intenté con los dedos llegar al botón de llamada. Y segundos más tarde
la joven asistente entró corriendo.
—Lo lamento. No fue mi intención
hacer esto. La ayudaré a limpiar.
Apenas dije eso
me percaté de que no podía ayudarla. Me sentí terrible, inútil, asqueroso y
despreciable.
Me puse a
llorar.
—No, no, no. No
se preocupe. Estamos contentos de que haya podido evacuar sus intestinos. Es
algo bueno porque significa que su sistema está empezando a funcionar de nuevo.
Humillado, solo
podía permanecer allí y mirar a la pobre mujer que cambiaba toda la ropa de
cama. Le debe haber tomado al menos media hora limpiar todo eso, y al menos el
doble de tiempo hubo un olor asqueroso en la habitación.
Sentía una
vergüenza enorme, aunque mi mente intentaba convencerme de lo contrario. Apenas
había comido en doce días, y esto era un avance. Pero yo solo podía pensar en
que era uno de los sucesos más vergonzosos de mi vida.
Aunque este
episodio me pareciera terrible, me esperaban experiencias más feas y
humillantes, que me hacían sentir avergonzado e inútil. Necesitaba usar un
orinal. No podía limpiarme. No me podía afeitar. No podía lavarme el cabello.
Tenían que traer unas palanganas especiales para que apoyara la cabeza y luego
echaban agua sobre mi cabello, la cual iba a un desagüe que daba a un
recipiente. Y en otro acto de increíble amabilidad, Carol Benefield, quien me
había cortado el cabello durante años, vino varias veces a hacerlo mientras
estuve confinado en la cama. Carol no aceptaba dinero alguno por esto, aunque
debía viajar ochenta kilómetros de ida y vuelta.
Mis amigos, mi
familia y el personal del hospital encontraban maneras de satisfacer todas mis
necesidades físicas, pero
yo solo podía pensar en que era un completo inútil. Mi brazo derecho, el único
que no se había fracturado, tenía tantas vías intravenosas que tuvieron que
entablillármelo para que no lo doblara.
Tenía vías
intravenosas por todas partes. Entraban por mi pecho y por los empeines de mis
pies. Habían colocado una sonda principal directo a mi corazón. Muchas de mis
venas colapsaban. Me encontraba tan incapacitado que tenían que levantarme de
la cama con cadenas y poleas para cambiar las sábanas o hacer cualquier cosa
que implicara moverme.
Estaba
perdiendo peso a un ritmo alarmante, y esto preocupaba a los doctores. No podía
comer nada, y estaba sufriendo de atrofia. Durante los casi cuatro meses que
estuve en el hospital perdí unos treinta kilogramos. Antes del accidente pesaba
cien kilogramos, y salí con menos de setenta. La única forma en que podían determinar
cuánto pesaba era poniéndome en una eslinga, como si fuera un bebé, para
levantarme de la cama y pesarme. Intentaban persuadirme para que comiera, y me
tentaban preparando mis comidas preferidas, pero nada me sabía bien. El solo
aroma de la comida me provocaba náuseas. No tenía apetito. Intentaba comer, de
veras lo intentaba, pero no podía tragar más que unos pocos bocados.
Supuse que la
depresión me impedía comer, aunque no sé si esa era la causa. Lo que sí sé es
que cuando lo intentaba no lograba obligarme a mí mismo a masticar. No quería
siquiera tragar.
Me colocaron
una bomba de morfina que llamaban PC. Cuando en realidad me dolía mucho pulsaba
un botón para que
ingresara la medicación. Tenía que estar constantemente medicado contra el
dolor. Al principio intenté resistirme a los analgésicos pero el médico me lo
reprochó. Dijo que mi cuerpo se tensaba a causa del dolor y que esto retardaría
mi recuperación.
Por la noche me
daban medicamentos adicionales para intentar que durmiera. Y digo intentar
porque no funcionaba. Nada de lo que hicieran me hacía dormir, ni las píldoras,
ni las inyecciones, ni la morfina adicional. No había forma en que pudiera
sentirme cómodo, o aliviado siquiera, al punto de poder relajarme.
He intentado
explicarlo diciéndolo de este modo: «Imagínate acostado en la cama, con
varillas que te atraviesan los brazos, alambres que te atraviesan las piernas,
y yaciendo de espaldas. No puedes voltearte. En realidad, mover tu hombro
siquiera unos centímetros es imposible a menos que extiendas tu mano y te tomes
de una cosa que parece un trapecio que cuelga por encima de tu cabeza. Hasta el
esfuerzo de moverte unos milímetros hace que sientas cuchillazos de dolor en
todo el cuerpo. Estás inmóvil por completo».
Como me
salieron llagas y escaras en la espalda por estar en la misma posición durante
tanto tiempo el hospital al fin me dio una cama especial de agua que se movía
constantemente. Eso terminó con las llagas y escaras.
Las únicas
veces que dejaba la habitación era cuando me llevaban a tomarme radiografías,
lo cual era siempre una aventura. A causa de todas las partes metálicas y el
equipo que llevaba encima, el procedimiento de tomarme radiografías se
complicaba. Tres o cuatro hombres vestidos con chalecos de plomo en la sala de rayos
X sostenían lentes y placas detrás de mis miembros enjaulados en
acero, porque no había ninguna máquina diseñada para radiografiar algo así.
Esto
significaba también que había días en que pasaba dos o tres horas en la sala de
rayos X mientras lo técnicos intentaban ver cómo tomar la imagen para que los
médicos viesen si los huesos se estaban soldando. No tenían precedentes de
casos como el mío.
Cuando alguien
venía para llevarme a la sala de rayos, siempre decían: «Vamos de paseo por el
corredor».
Era lo único
que podían decir, porque yo sabía lo que significaba. Para distraerme mientras
la camilla recorría los largos corredores jugaba a conectar los puntos en la
cubierta del cielorraso. Esto comenzó el día que regresé de la primera cirugía.
Quizá estuviera teniendo alucinaciones, pero recuerdo que la UCI era nueva y yo
era el único paciente. Cuando me llevaron adentro gemía, no podía dejar de
hacerlo. Entonces vi la cubierta del cielorraso, y mientras la miraba, me
parecía que las secciones se unían y formaban un patrón que no podía entender.
En mi mente comencé a formar imágenes y diseños con estos puntos. Al hacerlo
también pensaba: Estoy volviéndome completamente loco.
Pero lo hacía
de todos modos. Con el tiempo, conectar los puntos se convirtió en una forma de
entretenimiento que me permitía concentrarme, aunque fuera por un momento, en
algo que no fuera el dolor.
El peor
tormento diario era cuando las enfermeras limpiaban los orificios por donde
entraban los alambres en mi piel. Todas las enfermeras que me atendían en el
piso de traumatología, el piso 21 del Hospital St. Luke, tuvieron que aprender
a limpiar estos orificios. Debido a que había que impedir que la piel se
adhiriera al alambre, tenían que separar la piel cuando se pegaba, y esto
sucedía a cada rato. Entonces, la enfermera tenía que echar a presión agua
oxigenada por el orificio para evitar que hubiese infección. No podía pensar en
nada peor que esto, y sucedía día a día.
Y esto no era
todo. Cuatro veces al día, cada seis horas, hacían girar con una llave Allen
los tornillos del aparato. La idea era que con eso se estirarían los extremos
de los huesos de la pierna y a la larga causaría que el hueso que crecía
reemplazara al hueso faltante. Esto dolía más de lo que puedo describir, aunque
cada giro era leve, menos de medio milímetro. No importaba si era de día o de
noche, cada seis horas alguien venía a mi habitación a girar los tornillos.
Como pastor
había visitado las salas de los hospitales muchas veces, incluyendo la unidad
de cuidados intensivos. Había visto la agonía en varios rostros, y muchas veces
mi gesto se contraía de compasión por el que sufría. Aun así, no podía imaginar
nada más doloroso que esto que me hacían día a día.
Quizá lo peor
fuera que jamás dormía. Durante once meses y medio nunca dormí. Solo me
desmayaba. Incluso con megadosis de morfina nunca dejaba de sentir dolor.
Cuando decidían que era hora de ponerme a dormir una enfermera me daba tres o
cuatro inyecciones de morfina u otra medicina para conciliar el sueño. Yo permanecía
allí en la cama, y aunque me propusiera relajarme no podía. Luchaba contra el
dolor y luego al parecer me desmayaba. Cuando recuperaba la conciencia lo único
que sentía era un intenso dolor. No había paso intermedio.
Con el tiempo
mis familiares y hasta el personal del hospital me dejaron tranquilo, porque se
dieron cuenta de que mi
reloj biológico no funcionaba. No tenía sentido del tiempo y no podía relajarme
porque estaba bajo una tensión extrema. Si hacía el más mínimo esfuerzo por
moverme, uno de los alambres incrustados en mi carne me rasgaba la piel en el
punto de entrada. Yo podía moverme, pero los alambres no. Con el movimiento más
leve, terribles punzadas de dolor me recorrían el cuerpo entero.
Después de un
tiempo aprendí a vivir con esa situación, aunque jamás me acostumbré.
La primera
persona a la que «conocí» (nunca nos vimos en persona) en quien usaron el
dispositivo Ilizarov para su propósito original fue Christy. El procedimiento
de Ilizarov se creó para alargar los huesos de las personas nacidas con
defectos congénitos. Sin embargo, este dispositivo no podía colocarse hasta que
los huesos dejaran de crecer. En especial durante la adolescencia los huesos
crecen muy rápido, con lo cual los médicos deben elegir con cuidado el momento
para el procedimiento.
Christy, una
adolescente, estaba en la habitación contigua a la mía. Había nacido con una
pierna más corta que la otra. Cuando sus huesos estaban maduros ya, decidió que
le hicieran la cirugía para colocarle el marco de Ilizarov de modo que los
huesos se le alargaran y tuviera las dos piernas del mismo tamaño.
Como la cirugía
de Christy había sido por elección tenía cierta idea del dolor y la larga
recuperación posterior. Durante meses había estado yendo a un consejero y su
familia había aprendido a limpiar las heridas. También sabían aproximadamente cuánto tiempo
llevaría y conocían el compromiso que implicaba cuidar de ella.
La diferencia
entre Christy y yo estaba en que ella sabía en qué se estaba metiendo... al
menos en lo posible. Yo desperté con el dispositivo ya colocado. En mi estado
depresivo, esto me hizo sentir todavía peor. Aunque sabía que me habían
colocado el marco de Ilizarov para salvarme la pierna, solo lo veía como el
origen más grande de toda mi agonía.
Luego surgió
otro problema, aunque menor. A pesar de que teníamos doctores diferentes, el
mismo personal acudía a ambas habitaciones a girar los tornillos. A veces
guardaban mal las llaves, y el asistente no las encontraba en mi habitación,
por lo cual debían ir a la de Christy para buscarlas. O venían y tomaban
prestadas las mías. Afortunadamente para ambos nuestros fijadores eran
intercambiables, y se podían tomar prestadas las llaves de una habitación para
usarlas en la otra.
Así es como me
enteré del caso de Christy, por las llaves prestadas. Nunca nos vimos cara a
cara, pero veíamos cada uno al médico del otro, y de algún modo esto —sumado a
nuestro problema en común— creó un vínculo entre nosotros.
También
compartíamos otra cosa: el dolor. Muchas veces la oí gritar. No llorar, sino
gritar de dolor, o simplemente gemir. Quizá ella oyera sonidos similares
provenientes de mi habitación. Yo no era propenso a gritar. Una de las
enfermeras sugirió que quizá sería mejor que gritara. Aunque puede ser que
tuviera razón nunca lo hice... al menos no de forma consciente.
Cuando tenía
control de mis facultades nunca gritaba. Había oído a otros gritar de dolor y
sus gritos me perturbaban mucho.
También había aprendido a guardarme mis emociones y penas. Creía que los
gemidos, gritos y llanto no servían de nada. Las únicas veces que grité fue
cuando estaba inconsciente o muy medicado. Supe de estos estallidos porque me
lo contaron.
Aunque Christy
y yo nunca nos vimos durante las doce semanas en que fuimos vecinos de cuarto
nos enviábamos cartas y las enfermeras de buena gana hacían de cartero. Intenté
alentar a Christy. Ella me contó su historia y se mostraba compasiva ante mi
accidente. También era creyente. Así que nuestra relación era además a ese
nivel.
Sin embargo, en
algunos de mis peores momentos de autocompasión pensaba que cuando terminara
todo ese dolor Christy sería una joven normal, en tanto yo jamás volvería a ser
como antes. Ella podría correr, jugar y hacer todo lo que hace cualquier
adolescente. Y aun entonces yo ya sabía que jamás volvería a correr.
Hubo muchos,
muchísimos momentos de autocompasión en que me recordaba a mí mismo que ella
había elegido su dolor en tanto a mí nada me lo había advertido. No había
tenido opción. Ella sabía de antemano en qué se metería. Yo no tenía idea. Ella
hacía algo que impactaría de manera positiva el resto de su vida. Yo estaba
haciendo todo esto solo para salvar la mía. Sí, la autocompasión llenaba mi
mente, y así fue durante muchos, muchos días.
No obstante,
siempre volvía a una misma cuestión: Dios había decidido mantenerme con vida. Y
hasta en los momentos de mayor depresión y autocompasión nunca lo olvidaba.
Christy y yo
compartíamos un dolor similar. También compartíamos una fe que nos recordaba
que nuestro amoroso Dios
estaba con nosotros en los momentos de más terrible sufrimiento. El solo hecho
de tenerla de vecina me consolaba porque pensaba: No soy el único. Alguien más
entiende cómo me siento.
Allí fue cuando
comencé a pensar en ser parte de una fraternidad exclusiva. En los años
posteriores a mi salida del hospital conocí a otros miembros de esta comunidad
tan pequeña como poco acogedora. Como sabía lo que se siente cuando se sufre
dolor, podía entenderlo, así como Christy había sentido mi dolor y yo entendía
el suyo.
Más que solo
soportar, con el tiempo pude hacer algo que los médicos decían que jamás podría
hacer: aprendí a caminar de nuevo. Puedo pararme sobre mis pies, poner un pie
delante del otro, y moverme.
Me habían
advertido que a causa de mi rodilla fracturada en la pierna derecha, y por
haber perdido el fémur en la izquierda (aun con el hueso reconstruido), no
podría volver a caminar, y si lo hacía sería con unos pesados aparatos y
arneses. Más de una vez estuve a punto de perder la pierna izquierda, pero Dios
de alguna manera me sacó adelante en cada ocasión.
La terapia para
mi brazo comenzó cuatro semanas después de la operación inicial, y dos semanas
más tarde comenzó la terapia para mis piernas.
Casi al mismo
tiempo me pusieron en lo que yo llamaba una cama Frankenstein. Me ataban a un
tablero grande y volteaban la cama para que mis pies tocaran el suelo y
estuviera en posición vertical, aunque todavía atado a la cama. Dos terapeutas me ponían un
cinturón y caminaban a mi lado. Mis piernas se habían atrofiado y estaban
extremadamente débiles, así que me ayudaban a dar mis primeros pasos. Me llevó
días aprender a pararme otra vez para poder cargar mi propio peso sobre ambas
piernas. Había cambiado mi sentido del equilibrio porque me había acostumbrado
a la posición horizontal. Sentía horribles náuseas cada vez que me elevaban a
la posición vertical. Pasaron varios días antes de que pudiera acostumbrarme lo
suficiente como para dar mi primer paso.
En realidad no
aprendí a caminar hasta después de dejar el hospital. Un terapeuta venía a casa
todos los días para ayudarme. Pasarían seis meses antes de que aprendiera a
caminar solo, dando unos pocos pasos.
Mi médico me
quitó el marco de Ilizarov once meses y medio después del accidente. Después de
eso pude usar un andador, y más tarde un bastón. No caminé sin aparatos en las
piernas y bastón hasta un año y medio después del día del accidente.
Mi accidente
ocurrió en enero de 1989. Me quitaron el marco de metal externo para el fijador
del brazo en el mes de mayo, pero me pusieron placas de metal internas a lo
largo de ambos huesos del antebrazo. Esas placas de metal permanecieron allí
durante varios meses más.
A finales de
noviembre me quitaron el fijador de la pierna, pero ese no fue el final.
Después estuve enyesado durante mucho tiempo e insertaron una placa en mi
pierna, la cual quedó allí durante nueve años. Les decía que podían dejarla
para siempre, pero dijeron que tenían que quitarla. Mi médico me explicó que al
envejecer los huesos se debilitarían si estaban habituados al soporte de la
placa de metal. Luego me enteré
de que nuestros huesos se hacen fuertes y se mantienen así solo como resultado
de la tensión y el uso.
Durante esos
años con el fijador y después con las placas de metal, cada vez que tenía que
volar hacía sonar los detectores de metal desde Ohio hasta California. En lugar
de ir por el detector habitual, les decía a los guardias de seguridad: «Tengo
más acero inoxidable en mi cuerpo de lo que usted tiene en el cajón de la
cocina en su casa».
Me miraban y sonreían,
y usaban el detector móvil: «Tiene razón», decían.
Mis hijos
bromeaban diciendo que yo era el «Robopredicador», tomando como ejemplo la
película Robocop. En el filme, después de un horrible incidente, los médicos
usaron la alta tecnología y placas de metal para restaurar a un policía que
luchaba contra el crimen.
No importa lo
atroces que se vieran todos estos alambres, varillas y placas, lo que importa
es que funcionaron. La gente se impresionaba al verlos sobresalir de mi cuerpo.
Y luego la misma gente está ahora asombrada de mi movilidad. Pero debajo de
este delgado barniz de normalidad, sigo siendo una obra en construcción,
siempre adaptándome y ajustándome.
9. Interminables
adaptaciones
En todo tiempo
ama el amigo; para ayudar en la adversidad nació el hermano.
PROVERBIOS
17:17
Es asombroso
cómo respondieron de manera diferente las personas después del accidente.
Varios amigos y miembros de la congregación de South Park me fueron a ver
durante esos primeros cinco días después de la tragedia. Muchas de esas mismas
personas me vieron después de la vigilia de oración de toda la noche que
instigó David Gentiles. Al observar cada pasito en mi recuperación, se
regocijaban. Yo veía que todo sucedía con demasiada lentitud, lo cual me sumía
en una continua depresión. Después de la UCI permanecí en el hospital durante
ciento cinco días la primera vez. Supongo que la depresión atacaría a
cualquiera que estuviese confinado durante tanto tiempo.
Durante los meses de mi
recuperación la iglesia se esforzó por hacer que me sintiera útil. Traían
camionetas llenas de niños al hospital para que me visitaran. Y también había
reuniones del comité en mi habitación... como si yo pudiera tomar una decisión
u otra. Sabían que no podía decir ni hacer mucho, pero de esta manera buscaban
afirmarme y alentarme. Hicieron todo lo posible para que me sintiera útil y
digno.
Sin embargo, la
mayor parte de ese tiempo, me sentía deprimido y lleno de autocompasión. Anhelaba
volver al cielo.
Más allá de la
depresión tenía otro problema: no quería que nadie hiciera nada por mí. Esa es
mi naturaleza.
Un día vino a
visitarme Jay B. Perkins, un ministro retirado. Había servido como pastor de
diversas iglesias del sur de Texas antes de retirarse y se había convertido en
una poderosa figura paternal para mi ministerio. South Park lo contrató como
interino mientras durara mi incapacidad.
Jay me visitó
con fidelidad. Esto significaba que tenía que conducir más de sesenta
kilómetros de ida y vuelta. Yo permanecía allí en la cama sintiendo pena por mí
mismo. Él me hablaba con bondad, intentando siempre encontrar palabras que me
alentaran. Pero nada de lo que decía me ayudaba, aunque esto no era culpa suya.
Nadie podía ayudarme. Me sentía miserable, y según me enteré más tarde, hacía
que todos los demás también se sintieran así.
Mis visitas
intentaban ayudarme y muchos querían hacer lo que fuera:
—¿Quieres que
te busque una revista?
—¿Te gustaría un batido? Hay un
McDonald’s en el vestíbulo. Quizá pueda buscarte una hamburguesa, o...
— ¿Quieres que
te lea la Biblia? ¿U otro libro, quizá?
—¿Quieres que
haga un mandado por ti?
Mi respuesta
siempre era la misma:
—No, gracias.
No creo que
fuera malo de mi parte, pero no me mostraba amigable ni cooperador, aunque no
sabía que estaba tratando a todos de manera tan negativa. No quería ver a
nadie. No quería hablar con nadie. Deseaba que desapareciera mi dolor y mi
desfiguración. Si tenía que quedarme en la tierra quería recuperarme y volver a
vivir como antes.
Y como Jay me
visitaba a menudo, veía lo desapegado que estaba de mis amigos y mi familia. Un
día estaba sentado a mi lado cuando vino uno de los diáconos de South Park a
verme. Después de diez minutos el hombre se levantó y dijo:
—Quería venir a
ver cómo estabas.
Y luego
preguntó lo inevitable:
—¿Hay algo que
pueda hacer por ti antes de irme?
—No, gracias.
Te lo agradezco pero...
—Bueno, ¿puedo
traerte algo de comer? Puedo ir abajo y...
—No, gracias.
Gracias por haber venido.
Se despidió y
se fue.
Jay permaneció
en silencio mirando por la ventana durante varios minutos después que se fuera
el diácono. Luego se acercó a la cama, colocó su rostro cerca del mío y dijo:
—En realidad
tienes que portarte un poco mejor.
—¿Qué quiere
decir, señor? —pregunté, dirigiéndome a él como lo haría cualquiera hacia un
predicador de ochenta años.
—Que tienes que portarte mejor
—repitió—. No lo estás haciendo muy bien.
—No entiendo lo
que...
—Y además...
—prosiguió, acercándose de tal modo que no podía mirar hacia otro lado más que
a él— eres un terrible hipócrita.
—No sé a qué se
refiere.
—Estas personas
te aman mucho, no puedes imaginar cuánto te aman.
—Sé que me
aman.
—¿Oh, sí?
Bueno, no estás logrando hacerle ver que lo sabes. No las tratas bien. No
pueden sanarte. Si pudieran sanarte, lo harían. Si pudieran cambiar de lugar y
tomar el tuyo, muchos lo harían también. Si les pides que hagan algo, lo que
sea, lo harán sin dudar.
—Lo sé.
—Sí. Pero no
les permites hacer nada por ti.
—Es que no
quiero que hagan nada por mí —lo dije tan fuerte como pude, sin guardarme nada—.
La verdad es que ni siquiera quiero que vengan. Preferiría que no lo hicieran.
Lo sé. ¿Por qué querría venir la gente a verme así como estoy? Es horrible. Es
patético.
—No puedes
elegir.
Lo miré sin
saber qué decir.
—Has pasado la
mayor parte de tu vida intentando ministrar a otros, satisfaciendo sus
necesidades, ayudándolos en momentos difíciles o trágicos y...
—He... he
intentado...
—Y ahora, te
estás portando terriblemente mal al no permitir que los demás hagan lo mismo
por ti.
Jamás olvidaré lo que dijo
entonces:
—Don, es lo
único que pueden ofrecerte y les estás quitando ese regalo.
Yo no quería
dar el brazo a torcer. Protesté y traté de explicarle. Pero me volvió a
interrumpir.
—No les
permites ministrarte. Es lo que quieren hacer. ¿Por qué no puedes entenderlo?
En realidad,
sus palabras no me habían impactado así que le dije:
—Los aprecio y
sé que quieren ayudar. Pienso que eso está muy bien, y todo lo demás, pero...
—¡Pero nada!
Estás quitándoles una oportunidad de expresar su amor por ti.
Justo entonces
lo entendí. En mi mente estaba intentando no ser egoísta ni imponerles cosas
que les causaran problemas. En ese momento sus palabras penetraron en mi
conciencia. En verdad yo estaba siendo egoísta. También había allí un elemento
de orgullo que entonces no podía admitir. Sabía cómo dar con generosidad a los
demás, pero el orgullo no me permitía recibir la generosidad ajena.
Jay no se dio
por vencido tampoco. Después de todo, yo estaba cautivo y tenía que escucharlo.
Se quedó conmigo hasta que me obligó a ver lo mucho que me estaba distanciando
de todos. Y cuando buscaba excusas adicionales, Jay las eliminaba.
—Quiero que les
permitas ayudarte. ¿Me has oído? ¡Les permitirás hacer algo por ti!
—No puedo. No
puedo dejar...
—Bien, Don.
Entonces si no lo haces por ti, hazlo por mí.
Sabía que por
él haría lo que fuera, y por eso asentí.
—La próxima vez que entre alguien
y te ofrezca hacer algo, no importa lo que sea, quiero que digas que sí. Es
probable que no puedas hacerlo con todos, pero podrás empezar por una o dos
personas. Permite que algunos expresen su amor por ti ayudándote. Prométeme que
lo harás.
—No sé si
podré.
—Claro que
puedes.
—Lo intentaré,
pero no soy así.
—Bueno, tendrás
que cambiar —su mirada era penetrante y firme—. ¡Lo harás!
Me sorprende
hoy el recordar la paciencia que Jay tuvo conmigo. Su voz se suavizó y dijo:
—Inténtalo nada
más, por mí. ¿Lo harás? Tienes que mejorar en esto. En este momento no lo estás
haciendo bien. Es una de las lecciones que Dios quiere que aprendas. Y sufrirás
durante mucho tiempo. Así que te parecerá más tiempo todavía si no permites que
te ayuden.
—Bien —dije,
sin poder resistirme ya.
Se lo prometí,
porque creo que no se habría ido hasta tanto lo hiciera.
Mi primera
reacción había sido de irritación, quizá hasta de enojo. Pensé que se había
sobrepasado, pero no lo dije. Después que se fue pensé en todo lo que había
dicho. Y cuando vencí mi enojo, mi orgullo y mi egoísmo, vi que había dicho la
verdad. Una verdad que necesitaba oír.
Pasaron dos
días, pero no lograba hacer lo que me había pedido.
Al tercer día
llegó uno de los miembros de la congregación, me saludó y pasó unos cinco
minutos conmigo antes de ponerse de pie dispuesto a irse.
—Solo quise ver cómo estabas
—dijo—. Y te ves bien.
Sonreí. Me veía
horrible, pero no discutí con él.
Se levantó para
irse.
—¿Hay algo que
pueda hacer por ti antes de irme?
Ya estaba
preparado para decir: «No, gracias», cuando surgió en mi mente la imagen de
Jay.
—Bueno,
desearía tener una revista para leer.
—¿Oh, sí?
—sonrió con alegría— ¿De veras?
—Eso creo. Hace
bastante que no leo nada.
—¡Vuelvo
enseguida!
Antes de que
pudiera decirle qué revista quería, salió corriendo tan rápido como una saeta.
Tenía que bajar veintiún pisos, pero pareció que no se tardó más que un minuto.
Cuando volvió venía cargado con una pila de revistas. Seguía sonriendo mientras
me mostraba las cubiertas de cada una.
Le agradecí.
—Las leeré más
tarde —dije.
Las puso sobre
la mesa y sonrió.
—¿Hay algo más?
—No, gracias.
Es todo lo que quería. Gracias.
Una vez que
hube abierto la puerta para permitir que alguien hiciera algo por mí, sentí que
no era tan difícil. Cuando se fue comencé a hojear las revistas. No estaba
leyendo en realidad, porque seguía pensando en lo sucedido.
Jay tenía
razón. Les había estado quitando la oportunidad de expresar su amor y
preocupación.
Unos cuarenta
minutos más tarde entró una mujer del grupo de solteros y pasamos por el
conocido ritual de conversar un momento.
—¿Cómo estás?
—Bueno. ¿Puedo
buscarte algo?
—No... yo...
yo... —de nuevo las palabras de Jay surgieron en mi mente—. Bueno, quizá un
batido de fresa.
—¿Un batido de
fresa? Me encantaría traértelo.
Creo que nunca
antes la había visto sonreír con tal alegría.
—¿Algo más?
¿Papas fritas?
—No.
Salió apurada y
volvió enseguida con el batido de fresa.
—Oh, pastor.
Espero que le guste.
—Me gustará. En
realidad me encanta el batido de fresa.
Más tarde
imaginé a los miembros de la congregación de pie afuera de mi puerta,
comparando notas:
—A mí me pidió
un batido de fresa.
—Sí, y a mí me
pidió que hiciera un mandado por él.
Fue recién
entonces que vi lo equivocado que había estado. Les había fallado y me había
fallado a mí mismo. Al intentar ser fuerte ante ellos les había quitado
oportunidades de fortalecerme. La culpa me invadió porque al fin podía ver su
regalo.
También sentí
mucha vergüenza y comencé a llorar. Este es su ministerio, pensé, y yo se los
estaba estropeando. Me sentía avergonzado porque no les había permitido ayudar.
Cuando por fin bajé la guardia vi un cambio drástico en las expresiones de sus
rostros y en sus movimientos. Les encantaba. Lo único que querían era una
oportunidad para hacer algo, y al final se las estaba dando.
Necesitas
portarte mejor. Durante las horas subsiguientes estas palabras de amorosa
reprimenda de parte de Jay permanecieron en mi mente y mi corazón. Lloré. No
tenía idea de cuánto tiempo había pasado, pero me pareció que fueron horas, antes de que al fin
viera que Dios me había perdonado. Había aprendido una
lección.
A pesar de mi condición
no muchos podrían haber logrado lo que hizo Jay. Esa experiencia cambió mi
actitud. Y aun hoy, que han pasado años, me cuesta dejar que otros me ayuden.
Pero al menos la puerta está entreabierta. Ya no está cerrada como antes.
A veces cuando
estoy emocional o físicamente mal suelo alejar a las personas o decir que no
necesito nada. Pero cuando logro abrirme y permitir que otros ejerzan sus dones
y me ayuden, hay una enorme diferencia. Sus rostros se iluminan como si
preguntaran: «¿En realidad quieres que haga eso por ti?»
Había visto mi
negativa de otra manera: no quería molestarlos. Y ellos vieron mi cambio como
una oportunidad para ayudar.
Estoy
eternamente agradecido por esa lección de permitir que la gente me ayude en mis
necesidades. Y estoy también agradecido por esa lección que aprendí en una cama
de hospital cuando me sentía tan inútil y nada podía hacer.
Alguien me
trajo una placa al hospital. Al principio pensé que sería una broma, porque
contenía las palabras del Salmo 46:10: «Quédense quietos, reconozcan que yo soy
Dios». Quizá el propósito era consolarme. No estoy seguro de que quien me la
haya dado (y no recuerdo quién fue) supiera que no podía hacer nada más que
quedarme quieto.
Sin embargo, esa placa contenía el
mensaje que necesitaba. Solo que me llevó mucho tiempo entenderlo.
Pasaron semanas
antes de que me diera cuenta de que parte de lo que necesitaba era quedarme
quieto —internamente— y confiar en que Dios sabía lo que estaba haciendo a
través de todo esto. Sí, era un versículo para mí, aunque yo no lo hubiera
elegido.
Dios me obligó
a estar quieto. Por naturaleza no soy particularmente introspectivo, pero cada
vez lo fui siendo más. No podía hacer otra cosa excepto sentir pena por mí
mismo. Cuanto más tiempo pasaba inmóvil tanto más permanecía en la quietud y el
silencio interior de Dios.
Eva encontró
una bella versión de ese mismo versículo grabada en oro y me la regaló. La
placa está ahora en mi oficina de la iglesia. La veo cada vez que levanto la
mirada de mi escritorio.
Día tras día
permanecí en la cama sin poder moverme. Estuve acostado sobre mi espalda un
total de trece meses antes de poder ponerme de costado. Esa sencilla acción
convirtió el día en uno de los mejores de mi recuperación. «¡Oh! Había olvidado
lo bien que se siente esto», dije en voz alta.
Durante esa
larga recuperación aprendí mucho sobre mí mismo, sobre mi actitud y mi
naturaleza. No me gustaban muchas de las cosas que veía en Don Piper. Sin
embargo, la depresión persistía en medio de esa inactividad.
Comencé a
preguntarme si algún día desaparecería esa depresión.
Y entonces Dios
obró otro milagro.
10. Más
milagros
Bendeciré al
Señor en todo tiempo;
mis labios
siempre lo alabarán.
Mi alma se
gloría en el Señor;
lo oirán los
humildes y se alegrarán.
Engrandezcan al
Señor conmigo;
exaltemos a una
su nombre.
Busqué al
Señor, y él me respondió;
me libró de
todos mis temores.
SALMO 34:1-4
A veces la
depresión era tal que no creía poder respirar. Me llevaba de regreso a los días
en la UCI cuando recibía tratamiento respiratorio porque tenía colapsados los
pulmones. Excepto que ahora no eran mis pulmones los que estaban colapsados,
sino mi espíritu. Hay pocas cosas que puedan minar más la energía del espíritu
humano que la falta de esperanza. Durante semanas y meses nadie me decía cuándo
volvería a estar normal,
ni si sucedería en realidad. Como resultado, la depresión era total.
A medida que
sanaba mi destrozado cuerpo, también necesitaba sanidad espiritual. Comencé a
pensar en esto de la siguiente manera: el término griego para «espíritu» es
pneuma. Ese término también puede significar «viento» o «aliento». La palabra
griega es la raíz del término neumonía. Así como había sido necesario volver a
inflar mis pulmones para recuperarme de la neumonía, necesitaba el aliento de
Dios para que me ayudara a sobreponerme de la depresión de mi espíritu.
No sé cuándo
tomé conciencia de esa depresión. En las primeras semanas de mi recuperación me
encontraba en un dolor físico constante y no podía retener pensamientos en mi
mente durante más de uno o dos segundos.
También luché
contra mi enojo durante esas primeras semanas. No es que estuviera enojado con
Dios, aunque muchas veces me preguntaba por qué me había enviado de vuelta a la
tierra y por qué tenía que soportar tal agonía física. Sin embargo, el dolor no
era la cuestión. Desde mi primer día en el hospital el dolor ha estado presente
constantemente. Como les sucedió a muchos otros he aprendido a vivir con esa
realidad. Mi lucha es que he vivido la gloria y la majestad del cielo para
tener que volver a la tierra. Y en mis momentos de mayor debilidad no entendía
por qué Dios me había hecho volver en una condición tan penosa. Muchos viven
con un dolor mayor, pero pocos —o acaso ninguno— han vivido el cielo.
No. Mi enojo se
dirigía principalmente a los médicos. Supongo que porque estaban allí todo el
tiempo. Dentro de mí hervía una ira dirigida tanto hacia ellos como a mí mismo ¿Por qué no me recuperaba más
rápido? Les culpaba por lo lento de mi recuperación. En mis momentos racionales
sabía que hacían todo lo que podían. A pesar de mi antagonismo e irritación
—que estoy seguro percibían— se quedaban a mi lado y me alentaban de continuo.
Yo no quería
que me alentaran: quería resultados. Deseaba volver a estar sano. ¿Por qué no
podía volver a vivir como antes? Anhelaba caminar por mis propios medios y no
depender de los demás todo el tiempo.
Los médicos no
me daban respuestas definidas y esto levantaba nuevas olas de ira por todo mi
sistema. Al mirar en retrospectiva, estoy seguro de que me decían lo que
podían, pero yo no era un caso típico. Nadie podía pronosticar. En realidad
durante varias semanas ni siquiera estaban seguros de que viviera, y ni hablar
de una recuperación significativa.
Me volví
paranoico. Sabía que no estaba siendo racional cuando me quejaba y exigía más
atención o medicación para aliviar el dolor. Nada me venía bien. Todo iba muy
lento. Me hacían esperar demasiado antes de responder al timbre cuando llamaba.
Nadie quería contestar mis preguntas.
—¿Durante
cuánto tiempo tendré puesto este marco de Ilizarov? —le preguntaba a casi todos
los médicos y enfermeros que venían a mi habitación.
—No lo sé —era
la respuesta habitual.
—Pero quiero
saber algo, díganme algo al menos.
—Será durante
mucho tiempo, mucho, sí —era la única respuesta que recibía de los médicos o
enfermeros.
Algunas veces
solo quería una respuesta, y presionaba.
—Semanas,
meses. No podemos decírselo porque no lo sabemos. Si lo supiera, se lo diría.
El sentido común me indicaba que
estaban haciendo todo lo que podían, pero en esos días, claro... yo no tenía
demasiado sentido común. Parte de ello era a causa del dolor y quizá por las
enormes dosis de medicinas que me afectaban. Igualmente, no era buen paciente.
En lugar de sentirme satisfecho seguía preguntándome: ¿Por qué no me lo dicen?
¿Qué es lo que saben que me están ocultando? Hay cosas que no me dicen y tengo
derecho a saber qué pasa.
Durante mis
noches de insomnio yacía en la cama convencido de que las enfermeras
conspiraban en mi contra. Jamás se me ocurrió preguntarme por qué habrían de
hacerlo.
¿Por qué no me
dicen nada?, farfullaba. ¿Qué es lo que pueden hacer que me llegue a doler más
que esto?
La respuesta
era: nada. Soportaba un dolor adicional, resultado no del accidente mismo sino
del proceso de sanidad. Por ejemplo, cuando tuvieron que tomar hueso de mi
cadera derecha para insertarlo en mi brazo izquierdo, hicieron una incisión de
unos doce centímetros de largo y la cerraron con broches metálicos. Cuando
llegó el día de quitarlos, tuvieron que arrancármelos de la piel. Con cada
tirón me contraía de dolor y buscaba contener los gritos que pujaban por salir
de mi boca. No podía recordar ningún otro momento en que hubiera tenido que
soportar tanto dolor. Claro que sí lo había tenido, pero había olvidado cuánto
podía soportar mi cuerpo.
La pobre
enfermera que extraía los broches hacía una pausa entre uno y otro. Tenía la
mirada muy triste y yo sabía que entendía cuánto me dolía todo este
procedimiento. Era una mujer corpulenta y me trataba siempre con la mayor
suavidad.
—Lo siento,
reverendo —decía con gentileza.
—Lo sé —murmuré—. No puede
evitarlo.
De momento
asumí mi rol pastoral en un intento por consolarla. No quería que se sintiera
mal por la tortura a la que me sometía.
—Reverendo,
¿por qué no le da rienda suelta al dolor, y grita?
—No serviría de
nada.
—Si yo
estuviera en su lugar gritaría.
—Sí, apuesto a
que lo haría —concedí con cierto humor—. Y despertaría a todos los pacientes
del hospital.
Y es que nunca
pude gritar por propia voluntad. Quizá fuera porque temía perder el control. O
porque imaginaba que si gritaba ella y los demás pensarían que era débil. No
estoy seguro del por qué, ni siquiera hoy. Sé que no podía gritar como lo
hacían los otros pacientes de mi piso. Todos los días oía pacientes desde otras
habitaciones que gritaban en agonía. Pero yo no podía hacerlo. En cambio,
contenía en aliento y a veces me bañaba un sudor frío. Pero no podía gritar a
propósito.
Aunque sé que
no era el paciente de mejor carácter, ni tampoco el más fácil debido a la
atención que requería, las enfermeras y enfermeros del piso de traumatología me
trataban con amabilidad y mucha compasión. Llegué a encariñarme mucho con ellos
y admirar su dedicación. Supongo que habrán visto algo en mí también. Sé que el
personal de enfermería solía ser flexible con las reglas cuando me venían
visitar, aunque fuera de día o de noche. Sin embargo, el momento más dulce, fue
cuando recibí el alta después de mis ciento cinco días de estar
internado en St. Lukes. Al parecer, se habían hecho arreglos con el personal de
enfermería de otras secciones del hospital para que cubrieran a las enfermeras
de mi piso mientras me acompañaran en el ascensor hasta la ambulancia que
esperaba afuera. Rodeado de enfermeras que me alimentaban, me medicaban, me
bañaban y hacían el Señor sabe qué otras cosas por mí, me sentí
maravillosamente bien al saber que iba a casa. Era como si dijeran: «Hicimos lo
mejor que pudimos hacer. Ahora tiene que recuperarse y volver a visitarnos».
Solo puedo imaginar lo diferente que me verían ese día, comparado al día de mi
llegada, cuando me debatía entre la vida y la muerte.
A pesar de mi
obcecada resistencia a mostrar mis emociones, antes de dejar St. Lukes los
meses de intenso dolor al fin quebraron mi dureza. Me quebré y lloré. Me sentía
inútil, sin valor alguno, golpeado. Estaba convencido de que jamás mejoraría.
«Dios, Dios,
¿por qué es así? ¿Por qué paso por este dolor constante que parece nunca va ha
mejorar?» De nuevo oré porque Dios me elevara. Ya no quería vivir. Quería ir a
casa, y para mí en ese momento mi hogar era el cielo.
Oré de esa
manera durante días, y por lo general el agotamiento me vencía y me quedaba
dormido. Al despertar volvía a cubrirme el manto de la desesperanza. Nada me
ayudaba.
Justo antes del
accidente había ordenado varios casetes de canciones populares grabadas
originalmente en las décadas de 1960 y 1970 por intérpretes como los Imperiales
y David Meece. Eva los
había traído al hospital, y también trajo una grabadora, pero yo no había
tenido interés por escucharlos.
Me dedicaba a
mirar la televisión. Una vez le dije a un amigo: «Ya he visto al menos ocho
veces cada capítulo de Brady Bunch y me conozco los diálogos de memoria».
Una madrugada,
entre las tres y las cinco, ya no podía soportar ver otro programa repetido en
la televisión, por lo que decidí escuchar los casetes. Una enfermera vino y me
ayudó a poner el primero en la grabadora.
La primera
canción había sido grabada por los Imperiales, y se llamaba «Alabemos al
Señor». La letra sugería que cuando enfrentamos una dificultad y creemos que no
podemos seguir, necesitamos alabar a Dios. Aunque la idea parecía loca a las
tres de la mañana en una cama del hospital, seguí escuchando para ver si
encontraba una ayuda que aliviara el profundo dolor espiritual que me aquejaba.
La siguiente estrofa contenía una frase sobre las cadenas que parecen atarnos y
que se rompen cuando nos dedicamos a alabar al Señor. Toda la canción se
centraba en la alabanza a Dios, a pesar de las circunstancias.
Cuando los
Imperiales cantaban el segundo estribillo que mencionaba las cadenas, miré mis
cadenas: kilogramos de acero inoxidable que me encadenaban el brazo y la
pierna. Antes de mi accidente, seguro oí y canté la canción cientos de veces. Y
hasta la habría tocado. Pero en ese momento, las palabras se convirtieron en un
mensaje de Dios... directamente hacia mí desde lo alto.
Antes de que
terminara la canción me oí diciendo: «¡Alabado sea el Señor!»
Apenas terminó esa canción, David
Meece cantó «Somos la razón». Sus palabras me recordaban que somos la razón por
la que Jesucristo lloró, sufrió y murió en la cruz. Meese cantaba sobre cómo al
fin encontró que el verdadero propósito en la vida era entregar cada parte de
su ser a Cristo. La canción no era nueva para mí, pero algo sucedió en esa
madrugada. Además de la música, no oía nada. Ni gemidos de las otras
habitaciones, ni pasos de las enfermeras en el corredor. Me sentía aislado por
completo del mundo que me rodeaba.
Entonces el
dique cedió. Comencé a llorar y no podía contener las lágrimas. Ni siquiera
quería hacerlo. Solo me permití llorar. No estoy seguro, pero creo que lloré
durante una hora.
Poco a poco los
sollozos fueron apagándose. Y entonces la calma me invadió y me sentí muy
relajado y en paz. Allí supe que había ocurrido otro milagro. Ya no había
depresión. Se había esfumado.
Había sanado.
Una vez más.
Los recuerdos
impactantes a partir de unas sencillas canciones habían sido el detonante de mi
cambio. Los Imperiales me recordaban que Satanás es un mentiroso. Que quiere
robarnos nuestro gozo y reemplazarlo por la desesperanza. Cuando estamos en la
lucha y creemos que ya no podemos más, es posible cambiar esa sensación
alabando a Dios. Nuestras cadenas se romperán y caerán.
Meece me
alentaba al recordarme la verdadera razón que tenemos para vivir esta vida a
plenitud. Es darle todo lo que tenemos a Dios, y esto incluye nuestra pena y
nuestro dolor. Dios es la razón de nuestra vida.
Esa mañana decidí seguir viviendo
el resto de mi vida, pasara lo que pasara. Decidí esto sin la ayuda de un
psiquiatra, sin drogas, sin consejería. Al escuchar esas dos canciones, Dios me
había sanado. La desesperanza se había ido. Se habían roto mis cadenas
mentales. También sabía que nada de lo que había pasado —o lo que pasara de
allí en adelante— era tan horrendo como lo que había sufrido Jesús.
No intento
decir con esto que estoy en contra de la ayuda psicológica. Antes y después de
mi accidente he enviado a muchas personas a buscar consejería. Pero como yo no
estaba dispuesto a recibir ayuda de ninguna clase, Dios me sanó de manera
dramática e inexplicable.
Y allí, en la
cama del hospital, mi actitud cambió. No sabía cuándo terminaría mi dolor
físico o durante cuánto tiempo debería llevar puesto el marco de Ilizarov. Lo
que sí sabía era que Jesucristo estaría conmigo. No podía entender todavía por
qué Dios me había mandado de regreso para que viviera tal agonía, pero eso ya
no importaba.
Ahora era
libre. Él había sanado mi mente. Y mi cuerpo sanaría lentamente, pero acababa
de vivir la más grande victoria. La depresión no me afligiría nunca más. Este
era uno más de los muchos milagros del cielo.
11. De vuelta a
la iglesia
Humíllense,
pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo.
Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes.
1 PEDRO 5:6-7
Algunas
personas que me conocen desde hace tiempo me ven como alguien valiente, lleno
de coraje. Yo, por cierto, no me veo así ni siquiera por un instante, porque me
conozco demasiado bien. También sé lo poco que hice para salir adelante durante
mis trágicos días.
A pesar de lo
que percibo, mis amigos y los miembros de la iglesia dicen que recibieron un
gran aliento al verme progresar de un estado de total incapacidad y observarme
mover poco a poco hacia un estilo de vida bastante normal. Una cantidad de
personas me han dicho mientras vivían momentos difíciles: «Si usted pudo pasar
por todo eso, yo también podré pasar por esto».
Estoy contento de que mi ejemplo
les haya alentado, pero me cuesta muchísimo aceptarme como fuente de
inspiración y coraje. No sé como enfrentar sus elogios y admiración porque no
hice absolutamente nada. Quería morir. ¿Qué tan alentador es eso?
Cuando la gente
me dice lo inspirador que fui para ellos, no discuto, pero recuerdo demasiado
bien el momento en que David Gentiles me dijo que él y otros más orarían para
que sanara. Viví porque otros no me dejaron morir. Esos amigos que oraron por
mí son quienes merecen admiración.
La mayor parte
del tiempo cuando la gente tiene una actitud de «si usted pudo yo también
podré», nada más asiento, agradezco sus palabras y digo: «Solo hago lo mejor
que puedo». Y en realidad eso es lo que hice en los peores días. A veces «lo
mejor» no era más que soportar. Y aun cuando luchaba con la depresión, eso era
lo mejor que podía hacer. Será que Dios honra eso. No lo sé.
Por naturaleza
soy una persona decidida, y sé que a veces esta decisión parece prima hermana
de la obstinación. Sin embargo, muchas veces me sentí terriblemente solo, convencido
de que nadie me entendía. Y creo que esto es así. Cuando nuestro dolor es
intenso y debemos soportarlo durante semanas sin encontrar alivio, creo que en
realidad nadie más lo entiende ni lo sabe. No estoy seguro de si vale la pena
que sepan cómo es.
Lo que importa
es que nos aman y se preocupan por nosotros.
Cuando llegué a
casa desde el centro médico a mediados del mes de mayo tuve que dormir en una
cama de hospital. Esto fue
hasta febrero de 1990, durante trece meses. Y aunque dormía en mi casa, hubo
diversos tropiezos y también infecciones. Tenía que volver al hospital, y
algunos de esos viajes, sobre todo los primeros, involucraban un peligro para
mi vida. A veces debía quedarme durante dos semanas, y en ocasiones este
período se extendía una semana más. En la mayoría de las ocasiones era Eva
quien me llevaba en el auto, pero siempre volvía en la ambulancia.
Luego de que
saliera del hospital la primera vez, los miembros de la iglesia me decían que
me veía bien «tomando en cuenta lo sucedido». Nadie lo dijo en realidad, pero
los imaginaba diciendo: «Oramos por Don. No podemos creer lo bien que resultó
todo. Pedimos que viviera y pedimos que mejorara». Es decir, que era un
desastre que daba lástima, pero estaba vivo y eso era lo que habían pedido.
Mis hijos
mellizos, Joe y Christopher, tenían solo ocho años en el momento del accidente.
Nuestra hija Nicole tenía doce. Una de las cosas que más me dolía durante la
recuperación era la sensación de dolor que debían enfrentar mis hijos. No
decían mucho, pero sabía cómo se sentían.
Joe me escribió
una tarjeta en febrero de 1989 mientras vivía con sus abuelos (no corregí sus
faltas de ortografía).
Hola papito:
Eres el mejor.
Te amo y espero que te guste la tarjetas. Hojala esto nunca hubiera pazado.
Te amo papito, Joe
Meses más tarde
cuando por fin volví a casa, Chris, mellizo de Joe, venía por la tarde desde la
escuela y entraba en la sala donde estaba mi cama. Sin decir palabra, Chris se
acercaba y ponía la cabeza sobre mi pecho. No sé durante cuánto tiempo se
quedaba en esa posición, y es probable que no haya sido más de un minuto.
No decía nada.
No hacía falta.
Este simple gesto bastaba. Me sentía muy amado por mi hijo.
Después de un
minuto más o menos Chris iba a su habitación, se cambiaba la ropa de la escuela
y salía a jugar. Así es como me saludaba casi todos los días.
Sé que fue
difícil para él, muy difícil, y que expresaba su pena de la única forma en que
sabía hacerlo.
A solo seis meses del accidente
pude participar de un momento muy especial en la vida de Nicole.
Los bautistas
del sur tienen organizaciones de misión para jóvenes. Las más conocidas son la
de Embajadores Reales para los varones, y las de Niñas en Acción y Acteens para
las niñas. Apenas tuvo edad suficiente, Nicole comenzó a participar en estas
organizaciones. Cumplía con todo lo que le pedían, como memorizar las
Escrituras, realizar proyectos y hacer viajes de misión. Cuando tenía catorce
años supo que le darían el honor de ser la «Reina con el cetro» en una
ceremonia de coronación en la Iglesia Bautista de South Park en junio de 1989.
Este premio es
el punto máximo de la participación en Acteens y se otorga durante una
ceremonia en la iglesia. Recibiría el premio por su total determinación. Todo
el tiempo que se dedicó a esas actividades no había podido vivir en casa.
Nuestros amigos Suzan y Stan Mauldin le abrieron su hogar y ella vivió allí.
Nicole no recibía apoyo físico ni emocional de mi parte porque yo estaba apenas
sobreviviendo en el hospital.
Recibía poco
apoyo de parte de su mamá porque la vida de Eva consistía en salir de la
escuela por las tardes y correr hacia el hospital donde permanecía a mi lado
hasta que se iba a dormir.
Los desafíos
nos hacían sentir todavía mayor orgullo por Nicole.
Una de las
tradiciones en torno a la coronación es que los padres acompañan a sus hijas
hasta el altar. Los hermanos, si es que los hay, van detrás llevando la corona
y el cetro.
A causa de la fecha de la
coronación anual de South Park dudábamos que pudiera estar presente, y mucho
menos acompañarla hasta el altar.
Estoy
agradecido porque los médicos me dieron el alta a tiempo para poder presenciar
la coronación. De veras quería estar allí. No era el día de su boda, pero sí
era el momento más importante de su corta vida y quería compartirlo con ella.
Yo estaba en
silla de ruedas y Nicole iba de mi brazo mientras avanzábamos hacia el altar.
Chris y Joe iban detrás, llevando la corona y el cetro en sendas almohadas.
También me ayudaban empujando la silla. Iba vestido con saco y corbata (por
primera vez desde el accidente) y llevaba un pantalón abierto a los lados a
causa del Ilizarov.
Nicole estaba
absolutamente fascinada de que su papá pudiera estar presente en esta ocasión
tan importante para ella, y yo sentía mucha alegría de poder acompañarla al
altar.
Se me llenaron
los ojos de lágrimas mientras avanzaba. Oí que otros también sollozaban. Pero
sabía que llorábamos lágrimas de alegría por este maravilloso momento en la
vida de Nicole.
Creo que, al
inicio, los médicos me enviaron a casa porque pensaron que me recuperaría más
rápido estando con mi familia. También sería menos costoso permanecer en
nuestro hogar. No estoy seguro, pero yo estaba feliz de salir del hospital. El
seguro médico no cubría mi tratamiento. Al principio los gastos se cubrieron
con la compensación de los trabajadores, y luego por parte del estado de Texas,
porque una corte federal
encontró que eran responsables de lo sucedido.
Aun así, estar
en casa no era mucho más fácil ni para mí ni para mi familia, en especial para
Eva. Todos los días alguien tenía que ponerme inyecciones. Necesitaba terapia
física, y todo había que hacerlo en casa. Nuestra sala de estar parecía una
habitación de hospital. Yo me sentí mejor al estar fuera del ambiente estéril.
Y el simple hecho de estar entre las cosas que me eran familiares me hacía bien
al espíritu. Me gustaba poder ver por la ventana las casas de los vecinos y que
me visitaran personas que no vestían uniformes blancos.
El equipo
médico me envió mi cama y el trapecio, como el que había usado en el hospital.
Todos los días venían enfermeras, y un día por medio venía el terapeuta de
rehabilitación.
Tengo recuerdos
muy tiernos de las personas amables que sencillamente se quedaban conmigo
mientras Eva iba a trabajar. Cuando la gente de la congregación se enteró de
que si no volvía a su puesto de maestra perdería el empleo, decidieron hacer
todo lo posible por ayudar.
Ginny Foster,
la esposa del pastor principal, organizó un grupo para que se turnaran todos
los días. Ella lo llamaba bromeando «la patrulla Don», y casi todos sus
integrantes eran mujeres de la iglesia junto con algunos hombres ya retirados.
Eva salía por
la mañana y estaba unas siete horas fuera de casa. Mis horarios de sueño
dependían de los desmayos que sobrevenían cuando ya no soportaba el dolor. Sin
embargo, poco a poco, se fue formando una rutina. Por lo general me dormía a
las dos o tres de la mañana y despertaba como a las diez. La Patrulla Don
llegaba como a las nueve, mientras todavía dormía. Me preparaban el almuerzo o
lo traían ya listo.
Muchas veces despertaba para
encontrar a una encantadora señora tejiendo junto a mi cama. O a un señor mayor
leyendo el Houston Chronicle. Bajaba el periódico y me sonreía: «Buenos días,
¿necesitas algo?»
El desfile de
rostros dulces y amables cambiaba cada día. Aunque los voluntarios eran
distintos, el objetivo era el mismo: cuidar a Don y hacerle compañía.
Mientras estaba
en cama día tras día vi cuánto habían hecho por nosotros las demás personas.
Mientras estaba en el hospital, los amigos de la iglesia de Alvin habían
empacado nuestros muebles y nos habían mudado a una casa nueva sin escaleras
donde pudiera moverme sin problemas.
Durante el día
miraba por la ventana del patio de mi «habitación de hospital». Veía a los
alumnos de la secundaria, Brandon y Matt Mealer y a su amigo Chris Alston,
cortando el césped de nuestro jardín. Chris pidió prestada nuestra camioneta
una noche y me sorprendió con un paseo al cine. No recuerdo cuál era la
película, pero jamás olvidaré su gesto. Luego, cuando nuestra cerca se cayó
durante una tormenta, ya estaba de nuevo arreglada antes de que pudiéramos
pedir ayuda a alguien. Solo Dios conoce todos los actos de bondad de los demás
hacia nosotros durante mi recuperación.
Apenas
despertaba por las mañanas mi «acompañante» se levantaba para traerme un
cepillo de dientes y una palangana con agua para que pudiera lavarme los
dientes y la cara. Me acercaban un vaso de jugo a los labios y luego me daban
un enorme almuerzo.
Después de alimentarme, lavarme y
asegurarse de que estuviera todo lo cómodo que me permitía mi condición física,
preguntaban siempre:
—¿Hay algo más
que pueda hacer antes de irme?
Mi respuesta
siempre era la misma:
—No, gracias —y
trataba de darles mi mejor sonrisa.
Es probable que
no fuera la mejor, pero ellos siempre me sonreían.
—Estoy bien.
Estaré bien.
La capacidad de
sacrificio y servicio que tienen los seres humanos por sus congéneres no tiene
límites. Con todos nuestros defectos, seguro que Dios debió tener la intención
de que las bondades que me demostraron durante mi hospitalización y
recuperación fueran ejemplos sublimes de que fuimos creados a su imagen.
Más o menos una
hora después de que se fuera mi «patrullero de Don» del día, mi ángel de
compañía, se abría la puerta y entraba Eva después de un largo día en la
escuela. Siempre tenía una gran sonrisa y me daba un beso.
—¿Estás bien?
—preguntaba.
—Estoy bien
—decía yo, y no mentía.
No podía
expresar en palabras lo que sentía, pero el saber que me había visitado un
ángel de la «patrulla de Don» me levantaba el espíritu hasta el cielo.
Durante meses
después de mi llegada a casa los miembros de la patrulla de Don me llevaban y
traían a mi terapia en agua, la cual se realizaba cerca de nuestra casa en
Alvin. Durante los primeros trece meses, si no estaba en el hospital, estaba acostado en la cama de
hospital en casa. Por muchos meses es probable que no haya salido de la cama
durante más de cinco minutos al día, excepto para ir a terapia. Y algunos días
ni siquiera me levantaba.
Lo peor es que
cuando estaba en la cama de hospital estaba por completo incapacitado. No podía
levantarme ni hacer nada por mis propios medios. Sin la ayuda del terapeuta,
jamás me habría podido sentar ni mover solo otra vez.
Lenta y
gradualmente aprendí a caminar de nuevo. El primer día que salí solo de la cama
di tres pasos. Caí rendido en la cama otra vez y me invadió el agotamiento.
Pero sonreí. Había podido caminar. Tres pasos suena como muy poco, pero yo
sentía que había logrado algo enorme.
Gran parte de
la recuperación de un trauma de tal magnitud se parece de manera asombrosa a lo
que un infante aprende en sus primeros meses de vida. Había estado incapacitado
durante tanto tiempo que cuando al fin pude ir solo al baño me pareció que era
una hazaña. Caminar otra vez me recordaba lo que todos damos por sentado cada
día cuando hablamos, nos movemos y vivimos.
Cuando pude
caminar de nuevo no fue un logro singular sino un tributo a cientos de médicos y
enfermeros que trabajaron de forma incansable por ayudarme. También era un
tributo a mis amigos y familia, que creían en mí aunque no podían saber lo
difícil que me resultaría poner un pie delante del otro.
Y aunque
supongo que caminar representaba cierto triunfo de la voluntad, también quería
decir que podría comenzar a vivir con relativa normalidad. Muchas veces pensaba
en la última noche en Trinity Pines cuando J. V. Thomas y yo dimos el paseo que fuera mi
última caminata normal. Durante mucho tiempo dar solo tres pasos titubeantes me
pareció algo así como una escalada al monte Everest.
—¡Lo logré!
—grité en la habitación silenciosa—. ¡Caminé! ¡Caminé!
Dar esos
primeros pasos en casa por mis propios medios sigue siendo uno de los mejores
momentos de mi recuperación. Esos pocos pasos me convencieron de que mejoraría.
Ahora tenía objetivos y metas. Había pasado la peor parte de la recuperación.
Sabía que seguiría mejorando. Cada día daba unos pasos más, y para el fin de
semana había logrado recorrer el perímetro de la sala.
Cuando Eva
llegó y vio mi demostración de progreso su sonrisa me hizo sentir como si
hubiese ganado un maratón. Reaccionó con absoluto y gozoso deleite la tarde en
que le mostré que podía caminar por toda la casa sin ayuda.
Una semana después
de mi salida del hospital tenía ya decidido que quería ir a la iglesia el
domingo por la mañana.
Al mirar en
retrospectiva veo que era demasiado temprano todavía, pero sentía un ardiente
deseo de volver a estar con las personas a las que amaba y de adorar a Dios
junto a ellos. Con la ayuda de un pequeño grupo planeamos que me llevaran allí.
En caso de que no pudiera hacerlo, no queríamos desilusionar a nadie, así que
decidimos no anunciarlo a la congregación.
Para entonces
ya podía sentarme en una silla de ruedas, siempre y cuando hubiera alguien que
me levantara de la cama y me ayudara a sentar. Sin embargo, no podía pararme. Seis amigos de nuestra
congregación vinieron y quitaron los asientos de una de las camionetas de la
iglesia. Allí habían armado una rampa para que la silla de ruedas pudiera
pasar.
Yo pensaba en
todo el trabajo que les daba, e intenté disculparme varias veces, pero me
aseguraron que para ellos era un placer.
Luego recordé
las palabras de Jay. Mi familia y mis amigos me vieron el primer día del
accidente. Yo no me vi. Soportaron el impacto y el miedo. Tuvieron que hacerse
de la idea de que podía morir o quedar discapacitado para siempre. En algunos
aspectos todo esto era más difícil para mi familia y amigos que para mí.
Estaban ansiosos por ayudarme. De cierta manera esto formaba parte de su propia
recuperación, y estaban contentos de poder hacer algo especial por mí.
Aunque quería
asistir al servicio de adoración esa mañana me costaba dejar que lo hicieran
todo por mí. Me sentía inútil por completo, dependiente de los demás. Y al
darme cuenta de eso sonreí de nuevo.
«Gracias», dije
y luego les dejé ocuparse de mí.
Con todo
cuidado me pusieron en la camioneta, la cual uno de ellos condujo hasta la
iglesia, y detuvo el vehículo junto a la puerta lateral. Cuando uno de ellos
abrió la puerta los miembros de la congregación que iban hacia el santuario me
vieron.
«¡Miren! ¡El
Pastor Don!», gritó alguien.
Oí gritos de
alegría y aplausos, y vi que muchos se ponían de pie y daban paso a la silla de
ruedas que los hombres empujaban por la rampa.
En ese momento
todo fue un caos. Todos venían a saludarme. Otros vitoreaban. Parecía que todos
querían tocarme, darme la
mano. Apenas podía creer lo mucho que se preocupaban por mí.
Al fin alguien
empujó mi silla hasta el interior y la dejó frente a la plataforma, cerca del
órgano. Era imposible levantarme.
Para entonces
toda la congregación ya se había enterado de que estaba allí. Sonreí mientras
pensaba: Me ha llevado cinco meses volver a la iglesia desde la conferencia en
Trinity Pines. Seré lento, pero soy fiel.
Precisamente en
ese instante alguien susurró a mi oído: «Queremos que le diga algo a la
congregación». Se puso detrás de mí y me llevó hacia el centro del santuario,
justo frente al púlpito.
En ese momento
comenzaba ya a sentir cierto agotamiento. Es probable que hubiera estado
cansado desde antes, pero tenía tal determinación por volver a la iglesia que
me negaba a admitir lo cansado que me sentía. Había estado fuera de la cama
durante más de dos horas. Nunca había estado tanto tiempo levantado, y también
era la primera vez que pasaba tanto rato en la silla de ruedas.
Ahí vi que
había sido una tonteria querer venir porque todavía no podía con las exigencias
físicas. Mi obstinación había sobreestimado mi resistencia.
Quizá también
me abrumó la amorosa respuesta de la congregación. No sabía si podría hablar.
¿Qué podía decir después de tan larga ausencia y de todo lo que había pasado?
Mientras
intentaba pensar en algo me dieron un micrófono. Lo tomé y seguí pensando.
Ustedes no tienen idea de lo poco que contribuí a mi recuperación. Lo ven como
un triunfo y yo solo veo que sobreviví.
Luego resonó el aplauso
espontáneo. Había esperado que se alegraran, pero esta ovación era una
avalancha de alabanza a Dios. Todos se pusieron de pie y aplaudieron, y
siguieron aplaudiendo durante mucho tiempo. Finalmente hice una seña para pedir
silencio.
Los miré a
todos, y me sentí culpable por su aplauso y emoción. No podía creer que me
aplaudieran. Si supieran, pensaba. Si tan solo supieran.
Entonces, Dios
me habló. Esta fue una de las pocas veces en mi vida en que oí una voz muy
clara dentro de mi cabeza.
No es a ti a
quien aplauden.
Nada más que
esas palabras, pero fueron suficientes y pude hablar. Al fin, había entendido.
Estaban dándole gracias a Dios por lo que él había hecho. Dios me había traído
de regreso a la vida. Me relajé. Era un momento para glorificar a Dios. No era
una alabanza para mí.
Tuve que
esperar mucho hasta que cesaron los aplausos. Solo dije cuatro palabras.
Cualquiera que haya estado allí ese glorioso día podrá decirles que dije:
«Ustedes oraron. Estoy aquí».
La congregación
irrumpió otra vez en un aplauso espontáneo. Si hubiera dicho algo más estoy
seguro de que ni lo habrían oído.
No pude decirlo,
pero lo creía entonces y lo creo hoy: sobreviví solo porque una cierta cantidad
de gente lo quiso. No se dieron por vencidos, estaban desesperados, sentían
pasión y creían que Dios les oiría. Por mí, oraron individuos que jamás habían
orado en serio antes en su vida. Gente que no había pedido nada en años, clamó
a Dios para que me salvara. Mi experiencia puso de rodillas a muchos, y un gran
número de personas cambió
durante este proceso de orar por mi vida.
Cuando vieron
que sobreviví, esta misma gente, sobre todo aquellos que no tenían el hábito de
orar, dijeron que la experiencia revolucionó sus vidas. En algunos casos, las
personas a las que ni conocía —desde Cottonwood, Arizona, hasta Buffalo, Nueva
York— oyeron mi historia de parte de amigos, amigos de amigos, y amigos de
amigos de amigos. En los siguientes tres años hubo gente que se acercaba y me
decía: «Lo vi en una entrevista en televisión. ¡Sí, es usted! Yo oré por
usted». O habían oído uno de los mensajes grabados de mi testimonio, distribuidos
por mi iglesia, y decían: «Usted no sabe lo que significa. Dios oyó nuestras
oraciones y estamos muy felices de que sobrevivió».
Para algunos,
no soy una persona, sino un símbolo. Para ellos represento la oración
respondida. Quizá recuerden mi ministerio en la Iglesia South Park, o alguno de
los mensajes que prediqué, pero lo que más recuerdan es que buscaron el rostro
de Dios en oración profunda, sincera. Rogaron porque sobreviviera y así fue. No
sé qué más decir, excepto que esto es algo que está muy por encima y mucho más
allá de lo que soy.
Creo que
también soy la respuesta humana a algunas de las preguntas para las que la
gente busca respuesta. Desde que comencé a contarles a otros sobre mi
experiencia en el cielo no puedo calcular la cantidad de gente que me preguntó
cosas como: «¿Es el cielo real? ¿Cómo es el cielo en realidad?» O me preguntan
cosas específicas sobre la adoración o las calles de oro. Siempre hay quien
menciona a un ser querido que ha partido recientemente.
Saber que estuve ahí y volví a la
tierra y que puedo hablar con ellos parece traer un profundo consuelo a mucha
gente. Y a veces esto me asombra.
Hay otros que
cuando ven las marcas en mi cuerpo el día de hoy dicen: «Usted es un milagro a
causa de todo lo que le pasó. Es un milagro que camina».
12. Sincero
conmigo mismo
De hecho,
sabemos que si esta tienda de campaña en que vivimos se deshace, tenemos de
Dios un edificio, una casa eterna en el cielo, no construida por manos humanas.
Mientras tanto, suspiramos, anhelando ser revestidos de nuestra morada
celestial, porque cuando seamos revestidos, no se nos hallará desnudos.
Realmente, vivimos en esta tienda de campaña, suspirando y agobiados, pues no
deseamos ser desvestidos, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por
la vida.
2 CORINTIOS
5:1-4
Dios usó a mi
mejor amigo, David Gentiles, para mantenerme vivo, y estoy agradecido por eso.
También usó a David otra vez en mi vida casi dos años después del accidente.
Hasta entonces jamás le había
contado a nadie mi experiencia celestial. Había hablado con Eva en sentido
general, pero siempre interrumpía la conversación antes de que me hiciera
preguntas. Tácitamente, ella entendía que parte de mi experiencia era muy mía.
Y debo darle el crédito de que jamás me presionó para que le dijera más.
No es que
quisiera escatimarle u ocultarle algo a Eva. Es que no podía hablar sobre la
experiencia. A veces, sentía que había sido demasiado sagrada y que al intentar
explicarla estaría haciéndolo en detrimento del incidente.
Casi un año y
medio después de que saliera del hospital David vino a Houston para un fin de
semana de discipulado. O lo usó como excusa para venir a la casa y pasar un
tiempo conmigo.
Cuando
estuvimos a solas, recordé al instante el momento en que estaba en la UCI y le
había dicho que ya no podía seguir adelante. Fue allí cuando me dijo que oraría
para que lo lograra. Hablamos de ese día y volví a agradecerle por su amistad y
su inclaudicable compromiso con la oración.
—¿Cómo te
sientes hoy? —preguntó.
—Me duele
—intenté reír y añadí—, siempre me duele, pero esa no es la peor parte en este
momento.
Se acercó un
poco más.
—¿Y cuál es la
peor parte?
—No sé a dónde
voy. Me falta dirección para mi futuro.
David escuchó
mientras le contaba sobre las cosas que quería hacer, las cosas que físicamente
no podía hacer, y cómo no estaba seguro de que Dios quisiera que siguiese en
South Park. Sentía que me amaban y me necesitaban ahí, pero no estaba seguro de
dónde tenía que estar.
Escuchó durante un rato largo y
luego preguntó con suavidad:
—¿Qué
aprendiste de tu accidente y tu recuperación?
Durante tres o
cuatro minutos compartí con él varias cosas, sobre todo lo de abrir una puerta
para que entraran otros y permitirles que me ayudaran. Luego dije:
—Pero en medio
de todo este sufrimiento y desesperación aprendí que el cielo es real.
Arqueó las
cejas.
—¿A qué te
refieres?
Lentamente, con
dudas, compartí un poco, muy poco, de mi breve visita al cielo.
—Cuéntame más
—dijo.
Y no lo sentí
como una invasión. Era mi amigo y quería saber. También percibí que podía
hablar con David sobre el cielo y que en lo humanamente posible entendería.
—Yo morí en ese
accidente. En un instante estaba en el cielo —le dije.
Se incorporó, y
aunque esperaba en silencio para escuchar lo siguiente, vi que no podía
aguantar la excitación.
Cuanto más le
contaba tanto más se animaba. Al mirar atrás creo que la exuberancia de David
era una combinación de mi confirmación personal de la realidad el cielo y su
alivio al saber que algo bueno había surgido de mi larga pesadilla.
Después que le
conté mi experiencia en el cielo no dijo nada, y un silencio de paz llenó la
habitación. Nuestra amistad era de esas que no necesitan de palabras para
llenar los vacíos.
David
finalmente asintió y preguntó:
—¿Por qué no
has hablado de esto antes?
—Tengo dos buenas razones. Número
uno, si voy por ahí diciendo que he estado en el cielo la gente creerá que
estoy chiflado.
—¿Por qué
creerías eso? Yo te oí y no pienso...
—Número dos
—interrumpí—, no quiero regresar a esa experiencia otra vez. Es algo... bueno,
demasiado personal. Demasiado especial. Es algo que no he procesado lo
suficiente como para entenderlo yo mismo. No es que no quiera compartirlo, pero
creo que no puedo.
—¿Por qué crees
que experimentaste el cielo si no has de contarlo?
—No tengo
respuesta para tu pregunta.
—¿Por qué?
—Tengo otra
pregunta mejor, que me he hecho muchas veces: ¿Para qué lo viví y luego me lo
quitaron? ¿Para qué?
Todos los meses
de ira retenida estallaron, todo ese tiempo de angustia interior salió de repente.
—Bueno, ¿por
qué tuve que pasar por esto? Vi la gloria y la belleza, atravesé por la
experiencia más potente y sobrecogedora de mi vida, y luego tuve que volver.
¿Por qué? ¿Para esto? —dije señalando mi brazo y mi pierna—. Escucha. Tuve un
accidente que me quitó la vida. De inmediato fui al cielo y fue más grandioso y
más maravilloso de lo que jamás imaginé. Tuve un magnífico vistazo del cielo y
luego de un tirón volví a esta vida. Mi cuerpo es un desastre. Me duele todo de
continuo. Jamás volveré a estar sano ni a ser fuerte. Sigo procesándolo
porque... porque francamente me parece cruel.
David me miró,
callado. Luego preguntó:
—¿Por qué crees
que lo viviste si no vas a contarlo ni compartirlo?
—Ya te dije que no tengo respuesta
para esa pregunta.
—¿No es posible
que Dios te haya llevado al cielo y te haya traído de regreso para que
compartas lo que te pasó? ¿No te das cuenta del aliento que puedes darle a los
demás?
Sus palabras
tuvieron un impacto arrollador. Había estado demasiado concentrado en mí mismo.
Nunca había pensado en nadie más.
Me quebré
mientras intentaba contarle cómo me sentía y explicármelo a mí mismo. Lloraba
frente a él, sabiendo que no había problemas, que podía hacerlo.
Durante unos
veinte minutos hablamos de esto. David me iba incitando, y aunque yo sabía que
tenía razón no me era fácil compartir mi experiencia.
Luego David
dijo:
—Quiero que
hagas un pacto conmigo.
—¿Qué tipo de
pacto?
—Simple. Elige
dos personas en las que confíes. Solo cuéntales parte de tu experiencia y mide
su reacción.
Luego me
explicó que si pensaban que estaba loco o que había tenido alucinaciones, nunca
tendría que volver a hablar de ello.
—Pero si se
regocijan contigo —dijo— y te urgen a que les cuentes más, quiero que lo tomes
como una señal. Una señal de que Dios quiere que hables de esos noventa minutos
que pasaste en el cielo.
Pensé en ello
con cuidado y acepté.
—Bueno, eso
puedo hacerlo.
—¿Cuándo?
—Te prometo que
será pronto.
—¿Muy pronto?
—Está bien. Te prometo que no lo
postergaré.
David oró por mí
y mientras lo escuchaba tuve la certeza. Ya no podía elegir. Tenía que decirlo,
pero lo haría a mi modo.
Primero
determiné en quiénes confiar. Cuando logré elegir unas cinco personas, continué
siendo cauto. Me aseguré de que fuera una conversación a solas. Esperaría hasta
que surgiera el tema de mi salud, y como esto pasaba siempre, sabía que diría
algo sencillo como: «Sabes, yo morí ese día. Y desperté en el cielo».
La reacción fue
la misma con todos: «Cuéntame más». No siempre eran esas palabras exactas, pero
sí era lo que deseaban. Abrían los ojos bien grandes y querían saber más.
Yo les contaba
un poco más, y ninguno cuestionó mi cordura. Nadie me dijo que había sido una
alucinación.
—Tienes que
contarle esto a la gente —dijo uno de ellos.
—Esa experiencia
no fue solo para ti —me dijo otro amigo—. Es para nosotros también. Es para mí.
Mientras
escuchaba a cada uno a lo largo de esas dos semanas siguientes, supe que estaba
de regreso en el punto donde me encontraba en el hospital cuando Jay me
reprendió. Esa vez yo no quería dejar que nadie me ayudara, y había sido
egoísta. Esta vez tampoco quería compartir lo que me había pasado, y eso era
egoísta también.
«Está bien. Lo
contaré», me prometí.
Como
prácticamente todos sabían ya de mi trágico accidente usaba la ocasión como
catalizador natural para hablar de mi tiempo en el cielo, con cautela al
principio. Al ver que la gente respondía con apoyo y aliento me abrí un poco
más, y ya no calculaba tanto a quién le contaría y a quién no.
Quiero dejar bien en claro que
aunque sabía que tenía que hacerlo, no me era fácil. Todavía hoy, que han
pasado años, va en contra de mi naturaleza hablar en persona y con profundidad
sobre las cosas de mi vida. En la actualidad solo hablo de mi vistazo del cielo
cuando alguien me pregunta, y solo porque siento que la persona en realidad
quiere saber. De otro modo, no hablaría de ello si pudiera elegir.
Eso forma parte
de la razón por la que me llevó tantos años escribir este libro. No quería que
mi experiencia en el cielo y mi regreso a la tierra fueran mi única razón para
seguir viviendo. Por el contrario, fue una experiencia tan extraordinariamente
personal e íntima que volver a repetirla una y otra vez no me resulta cómodo.
Hablo de mi
experiencia cuando estoy a solas con alguien y también en público. Escribo
sobre lo que pasó porque mi historia parece tener un gran significado para
mucha gente por diversas razones. Por ejemplo, cuando hablo ante una multitud,
siempre habrá alguien que ha perdido a un ser querido recientemente y que
necesita tener una certeza acerca del destino de esa persona.
Cuando termino,
siempre me asombra lo rápido que se forma la línea de personas que quieren
hablarme. Vienen con lágrimas en los ojos y con el dolor escrito en sus
rostros. Estoy muy agradecido por poder ofrecerles paz y tranquilidad.
He aceptado que
mis palabras les dan consuelo, pero no es algo que haya planificado. Si no
hubiera sido porque David Gentiles me estimuló, estoy seguro de que hasta el
día de hoy no se lo habría contado a nadie.
Estoy muy
agradecido porque insistió, ya que he visto el efecto no solo en los servicios
de adoración sino también cuando
oficio en los funerales. En realidad, mi experiencia ha cambiado muchas cosas
en el modo en que veo la vida. Cambié mi forma de oficiar en los funerales.
Ahora puedo hablar del cielo con la autoridad de quien sabe algo de primera
mano.
Además de mi
propia experiencia milagrosa, cuatro cosas se destacan de mi viaje al cielo.
Primero, estoy convencido por completo de que Dios responde a las oraciones. La
oración respondida es lo que hizo que hoy siga vivo. Segundo, creo de forma
incuestionable que Dios sigue haciendo milagros. Muchas personas leen sobre lo
sobrenatural en la Biblia y piensan: Esto solo pasaba en los tiempos bíblicos.
Estoy convencido de que Dios sigue haciendo cosas extraordinarias. Cada día, le
agradezco al Señor por ser un milagro viviente, andante y parlante.
Tercero, quiero
que vaya al cielo la mayor cantidad de personas posible. Siempre creí la
teología cristiana que declara que el cielo es real, un lugar para el pueblo de
Dios. Después de mi propia experiencia de haber estado allí, siento con mayor
fuerza la responsabilidad de dejar bien en claro cuál es el camino. No solo
quiero que la gente vaya al cielo sino que ahora siento la urgencia de
ayudarles a orientar sus vidas para que puedan tener la certeza de que irán
allí cuando mueran.
He pensado en
las personas que mueren en los accidentes automovilísticos. En los servicios
evangelísticos muchos utilizan esas historias como táctica de miedo para
manipular a la gente a comprometerse a Jesucristo. Sin embargo, a partir de mi
experiencia, veo esos accidentes como posibilidades definitivas de muerte en
cualquier momento de nuestra vida. No quiero ver que muera más gente sin
Jesucristo.
En una ocasión Dick Onerecker y yo
hablamos una vez sobre esta urgencia. Él entendió por qué me sentía de esta
manera. Luego le dije:
—Dick, quiero
agradecerte de nuevo por salvarme la vida. Es obvio que no puedo darte las
gracias lo suficiente por tu fidelidad al obedecer a Dios ese día lluvioso.
—Es algo que
habría hecho cualquiera —respondió, y comenzó a llorar.
—No quise
molestarte —dije y me sentí mal porque había dicho algo que le hizo llorar—. Es
lo último que querría hacer.
—No es por eso
que lloro.
Pasaron varios
minutos antes de que recuperara la compostura.
—¿Por qué
llorabas?
—Estaba
pensando en que llegué a la escena del accidente y le pregunté al policía si
podía orar por ti, y pensé en ello como algo que haría cualquier cristiano.
Aunque dijo que estabas muerto, yo sabía que tenía que orar por ti. Solo podía
pensar en que estabas lastimado y quería que te sintieras mejor. No hice nada
fuera de lo común.
—Pero sí lo
hiciste. Cuando el policía te dijo que ya estaba muerto...
—Escúchame,
Don. Si vieras a un niñito que corre en la calle, irías enseguida para intentar
salvarle la vida. La naturaleza humana es así. Intentamos preservar la vida y
yo lo haré siempre que tenga oportunidad. Tú también lo harías.
Estábamos
sentados en un restaurante, e hizo una pasusa para mirar alrededor.
—Sin embargo,
estamos sentados aquí, rodeados de personas entre las cuales habrá muchos que
probablemente estén perdidos
y vayan al infierno, y no obstante no les decimos ni una palabra sobre cómo
pueden llegar a tener vida eterna. Hay algo mal en nosotros.
—Tienes toda la
razón —le dije—. Estamos dispuestos a salvar a alguien en una crisis visible,
pero hay mucha gente en crisis espiritual y no les decimos nada de cómo pueden
salir de eso.
—Por eso lloraba.
Estoy convencido de lo mal que actúo con mi silencio, con mi miedo de hablarle
a la gente, con mi reticencia a decirlo todo en voz alta.
Dick dijo
entonces, y luego lo repitió, que el oír sobre mi experiencia y su rol en mi
regreso a la tierra le había liberado. Después de eso, comenzó a sentir un
coraje que no había tenido antes en cuanto a hablar de Jesucristo.
13. La mano que
aferra
Él es el motivo
de tu alabanza; él es tu Dios, el que hizo en tu favor las grandes y
maravillosas hazañas que tú mismo presenciaste.
DEUTERONOMIO
10:21
Tuve el
privilegio de compartir mi historia en la iglesia de Dick, la Primera Iglesia
Bautista de Klein, casi un año después del accidente. Su esposa Anita también
estaba allí, lo mismo que mi familia. Como todavía llevaba puestos los arneses
en las piernas dos personas tuvieron que ayudarme a subir a la plataforma.
Les conté a
todos sobre el accidente y sobre la parte que Dick había tenido en mi regreso:
«Creo que estoy vivo hoy porque Dick oró para que volviera a la tierra», dije.
«De mis primeros momentos de conciencia hay dos cosas que resaltan en mi
memoria. Primero, que estaba cantando “Oh, qué amigo nos es Cristo”, y
segundo, que la mano de Dick aferraba la mía con fuerza».
Después del
servicio de adoración muchos fuimos a almorzar juntos a un restaurante chino.
Anita estaba sentada frente a mí. Recuerdo haber estado tomando mi sopa wonton
y que pasamos un momento muy agradable con los miembros de la iglesia.
En un momento
se hizo una pausa en la conversación. Anita se inclinó hacia mí y me dijo en
voz baja:
—Aprecio todo
lo que dijiste esta mañana.
—Gracias
—contesté.
—Hay una sola
cosa, algo que necesito corregir de lo que dijiste en tu mensaje.
—¿Ah, sí? —sus
palabras me impactaron—. Intenté ser lo más exacto posible en todo lo que dije
y por cierto no era mi intención exagerar en nada. ¿Qué es lo que dije que no
fue correcto?
—Estabas
hablando de cuando Dick se metió en el auto para estar contigo. Y dijiste que
oraba por ti mientras te aferraba la mano.
—Sí, lo recuerdo
muy bien. Tengo brechas en la memoria, y no recuerdo muchas cosas.
Esa mañana
había admitido que parte de la información que daba me había llegado de segunda
mano.
—Recuerdo con
toda claridad que Dick estaba en el auto y oraba conmigo.
—Eso es verdad.
Sí estuvo en el auto y oró contigo —y se acercó un poco más—, pero Don, nunca
te tomó la mano.
—Yo recuerdo a
la perfección que sostenía mi mano.
—No sucedió.
Era físicamente imposible.
—¡Pero lo recuerdo muy bien! Es
una de las imágenes más vívidas en mi...
—Piénsalo, Don.
Dick estaba inclinado hacia delante desde el baúl y por encima del respaldo del
asiento trasero. Puso su mano sobre tu hombro y te tocó. Tú estabas mirando
hacia delante, y tu brazo izquierdo pendía de un colgajo de piel.
—Así es.
—Dick dijo que
estabas echado sobre el asiento del acompañante.
Cerré los ojos,
y visualicé la imagen que me presentaba. Asentí.
—Tu mano
derecha estaba sobre el piso, del lado del acompañante. Aunque la lona cubría
el auto había luz suficiente como para que Dick viera tu mano. Pero de ninguna
manera pudo llegar a tomártela.
—Pero... es
que... —balbuceé.
—Alguien estaba
aferrando tu mano. Pero no era Dick.
—Si no era
Dick, ¿quién era?
Sonrió y dijo:
—Creo que ya lo
sabes.
Dejé mi cuchara
y la miré fijo durante unos segundos. No tenía duda alguna de que alguien me
había tomado la mano con firmeza. Y entonces lo entendí:
—Sí, creo que
lo sé.
De inmediato,
pensé en el versículo de Hebreos que habla sobre la presencia de los ángeles
aunque no los veamos. Lo pensé durante un momento y también recordé otros
incidentes donde no había más que una explicación espiritual. Por ejemplo,
muchas veces a mitad de la noche mientras estaba en el hospital me
sentía en mi peor momento. No había nadie, no veía a nadie ni oía a nadie. Sin
embargo, percibía una presencia, alguien que me sostenía y alentaba. También
eso era algo que no había mencionado a nadie. No lo podía explicar, por lo que
suponía que nadie lo entendería.
Era otro
milagro y no lo habría visto si Anita no me lo hubiese señalado con su
corrección.
Cinco años
después de mi accidente, Dick y yo aparecimos en el Club 700 de Pat Robertson.
Vino un equipo
de filmación a Texas para hacer la representación del accidente, y luego me
pidieron que hablara de mi visita a las puertas del cielo. El Club 700 emitió
ese programa varias veces en los dos años subsiguientes.
En una de esas
irónicas vueltas que tiene la vida Dick murió de un ataque al corazón en el año
2001. Confieso que me entristeció mucho su partida, pero al mismo tiempo me
deleitaba porque está en gloria. Dick salvó mi vida y Dios lo llevó al cielo a
él antes que a mí. Me alegré porque hubiera oído mi relato del viaje al cielo
antes de que tuviera que hacer él mismo este viaje.
Luego de esa
experiencia con Anita un poco más de un año después del accidente me he
convencido todavía más de que Dios me hizo volver a esta tierra con un
propósito. El ángel que aferraba mi mano era la manera en que Dios me sostenía
y hacía saber que no me abandonaría, por difíciles que fueran las cosas.
Quizá no sienta
esa mano día a día, pero sé que está allí.
14. La nueva normalidad
Pero yo te
restauraré y sanaré tus heridas —afirma el Señor— porque te han llamado la
Desechada, la pobre Sión, la que a nadie le importa.
JEREMÍAS 30:17
Algunas cosas
nos suceden y jamás nos recuperamos, porque interrumpen la normalidad de
nuestra existencia. Así es la vida.
La naturaleza
humana tiende a intentar reconstruir los caminos antiguos y retomarlos allí
donde se interrumpió lo que hacíamos. Si fuéramos sabios no seguiríamos
intentando volver al pasado (porque de todos modos, no podemos). Tenemos que
olvidar lo viejo y aceptar «la nueva normalidad».
Desperdicié
mucho tiempo pensando en cuando estaba sano y no tenía limitaciones físicas. En
mi mente reconstruía cómo debía ser mi vida, pero en realidad, mi vida jamás volvería a ser la misma.
Tenía que adaptarme y aceptar mis limitaciones físicas como parte de mi nueva
normalidad.
De niño solía
sentarme en una gran alfombra marrón en casa de mis bisabuelos y escucharlos
hablar de los viejos buenos tiempos. Después de oír varias historias, pensaba:
No eran tan buenos esos tiempos. Por lo menos, los recuerdos que contaban no me
parecían tan buenos.
Quizá para
ellos sí lo fueran, o tal vez habían olvidado las cosas negativas de esos días.
En algún momento de nuestra vida la mayoría de nosotros quiere volver a un
tiempo más feliz, más sencillo, con más salud. No podemos, pero seguimos
soñando sobre cómo era todo antes.
Cuando tenía
veintitantos años y era DJ, solíamos pasar música vieja y la gente que llamaba
para pedir las canciones comentaba a menudo que la música de antes era mejor
que la de ahora. La realidad es que en los viejos tiempos había música buena y
mala, pero la mala desaparece rápido de la memoria, como sucede hoy también.
Nadie jamás pedía música mala. Las buenas canciones hacían que los tiempos de
antes parecieran excelentes, como si toda la música fuera grandiosa. En
realidad, había música mala hace treinta o cincuenta años, y realmente había mucha.
Lo mismo sucede con las experiencias. Solemos olvidar las negativas y volver a
recordar los momentos agradables. En verdad nuestra memoria es selectiva y
también lo es el olvido.
Una vez que
entendí esa idea decidí que ya no podía recapturar el pasado. Por mucho que
intentara idealizarlo esa parte de mi vida ya había pasado y jamás volvería a
estar sano o ser fuerte. Lo único que podía hacer era descubrir una nueva
normalidad.
Sí, me dije, hay cosas que nunca
podré volver a hacer. No me gusta eso y quizá lo detesto, pero eso no cambia la
realidad. Cuanto antes haga las paces con esto y acepte las cosas tal como son,
tanto antes podré vivir en paz y disfrutar de mi nueva normalidad.
He aquí un
ejemplo de lo que intento decir.
A comienzos del
año 2000 llevé a un grupo de universitarios a esquiar a Colorado. Esquiar es
algo que siempre me gustó hacer. Como no podía participar, permanecí en la
cabaña al pie de la colina y por la ventana los veía deslizarse por la nieve.
Me invadió la tristeza y pensé: No tendría que haber venido. Fue un gran error.
Porque aunque estaba feliz por ellos, lamentaba mi incapacidad para volver a
esquiar.
Luego, por
enésima vez, pensé en tantas otras cosas que ya no podría hacer. Como pastor
principal la mayoría de los adultos me saludaban a la salida de la iglesia:
«Muy bueno su sermón», solían decir.
Por su parte,
los niños, se comportaban de manera distinta. Venían corriendo a traerme un
dibujo pintado por ellos. Antes de mi accidente me encantaba que los niños se
agruparan alrededor de mí. Me arrodillaba y conversaba con ellos. Después de mi
recuperación ya no podía hacerlo ni mirar sus caritas sonrientes como lo hacía
antes, diciendo: «Gracias por tu dibujo. Me gusta mucho, de veras».
Después de
ocurrir mi accidente lo mejor que podía hacer era inclinarme hacia delante y
hablarles. No parece gran cosa, pero para mí es un detalle importante. Nunca
podré volver a agacharme. Tampoco podré arrodillarme para estar a la altura de
un niño porque mis piernas ya no tienen esa capacidad.
Aquí va otro ejemplo: Cuando voy a
un restaurante de comida para llevar y ordeno desde el auto, ya no puedo
alcanzar a tomar el vuelto con el brazo izquierdo. Tengo que voltearme y
extender el brazo derecho. Puede parecer raro, y hay gente que me mira y no lo
entiende, pero no puedo hacer más que eso.
Aunque ninguno
de estos ejemplos es dramático son recordatorios de cosas que damos por
sentadas todos los días, que no las pueden quitar para siempre, de repente, y
entonces cambiamos y ya no volveremos a ser como éramos antes.
Durante el
tiempo que estuve en el hospital alguien me dio un artículo de una revista
sobre un joven que había perdido la vista. Pasó por una etapa de gran amargura
y depresión. Escribía que se sentía tan desmoralizado que un amigo que lo
quería lo suficiente como para decirle la verdad le comentó: «Tendrás que dejar
atrás esto».
Dejé de leer en
ese momento y pensé: Sí, suena como me sentía yo después del accidente. El
artículo contaba que el amigo del joven ciego le dio instrucciones prácticas:
—Haz una lista
de todas las cosas que todavía puedes hacer.
—¿Qué clase de
lista será esa? —respondió enojado el ciego.
—Hazlo por mí
nada más. Escríbela si quieres, pero también puedes grabarla en un casete.
Hablo de cosas simples como: «Puedo oler las flores». Que sea lo más larga
posible. Cuando hayas terminado la lista, quiero verla u oírla.
El ciego al fin accedió, y enumeró
todo lo que podía hacer. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero cuando volvió su
amigo el ciego estaba en paz, sonriendo.
—Se te ve mucho
más animado que la última vez que estuve aquí —dijo el amigo.
—Sí, lo estoy.
Y es porque estuve haciendo mi lista.
—¿Cuántas cosas
hay en ella?
—Hasta ahora,
unas mil, más o menos.
—Eso es
fantástico.
—Algunas cosas
son muy simples. Ninguna es grande, pero hay miles de cosas que puedo seguir
haciendo.
El ciego había
cambiado tanto que su amigo le preguntó:
—Dime qué fue
lo que te hizo cambiar.
—Decidí hacer
todo lo que puedo. Cuanto más lo pensaba, tantas menos limitaciones encontraba.
Hay miles de cosas que puedo hacer y las haré durante el resto de mi vida.
Después de leer
ese artículo pensé: Es justo lo que necesito... no lamentarme, llorar y
recordar una y otra vez cómo eran las cosas, o qué tenía y ya no tengo.
Necesito descubrir qué tengo ahora, y no solo para celebrarlo, sino para
reconocer que no soy inútil.
Mientras seguía
meditando en esta idea me di cuenta de que tenía mucho más de lo que pensaba.
Me había concentrado tanto en lo que había perdido que olvidaba todo lo que me
había quedado. Y no había visto las oportunidades que de otro modo quizá nunca
hubiera probado.
En el artículo
el joven ciego decía algo así como: «No voy a preocuparme por todo lo que no
puedo hacer. Haré aquello que sí puedo hacer bien». Esas palabras sonaban
sencillas.
Leí ese
artículo en el momento justo y las palabras me parecieron increíblemente
profundas. Dios me había enviado el mensaje que necesitaba en el
momento en que lo necesitaba. Era uno de esos momentos poderosos que me hacían
decir: «Tengo que seguir con mi vida. Usaré y magnificaré al máximo lo que
tengo».
Me queda menos
tiempo, pensé, pero a todos nos sucede lo mismo. Supongo que tengo mayor
conciencia del tiempo por dos razones: Primero, porque perdí una gran porción
de mi vida a causa del accidente. Segundo, porque sé que no nos quedamos por
mucho tiempo en esta tierra.
Como dicen
tantos himnos antiguos, en realidad somos como forasteros que estamos de paso.
Es algo que todos sabemos a partir de la lectura de la Biblia y otros libros,
pero esta nueva conciencia fue como el sonido de una alarma para mí.
Además sé que
mis seres queridos me esperan a las puertas del cielo. Algunos días añoro por
volver allí.
Pero también sé
que tengo que esperar hasta que Dios me envíe otra vez a ese lugar.
Los miembros de
la Iglesia Bautista de South Park hicieron la mudanza de mi familia mientras
estaba en el hospital. Habíamos estado viviendo en un pueblo llamado
Friendswood, a unas diez millas de la iglesia. No habíamos encontrado un lugar
más cerca. Mientras estaba en el hospital los líderes de la iglesia encontraron
una casa, la alquilaron, empacaron todas nuestras cosas e hicieron la mudanza.
Al salir del hospital entré en una casa que nunca antes había visto. Después de
que se retirara la ambulancia y me pasaran de la camilla a la cama ortopédica
en la sala miré por primera vez lo que sería mi nuevo hogar.
Me adapté pronto porque durante
mucho tiempo solo pude ver la sala, donde estaba mi cama.
En algunos
aspectos la mudanza a la casa alquilada fue más difícil para mi familia que
para mí. Yo percibía parte de los ajustes y los problemas que enfrentaba mi
esposa durante mi enfermedad. Eva casi pierde su empleo porque había pasado
tanto tiempo conmigo que ya había agotado sus licencias por vacaciones, enfermedad
o días de capacitación. Otros maestros le donaron sus días de licencia por
enfermedad para que ella pudiera estar conmigo. Sin embargo, con el tiempo se
acabaron también esas licencias donadas y tuvo que volver a su puesto de
trabajo. Ella era nuestra principal fuente de ingresos.
Los colegas de
Eva en la Escuela Primaria Robert Louis Stevenson, de Alvin, la ayudaban
corrigiendo, planificando lecciones, cubriendo sus clases cuando ella venía
temprano a verme. Sus compañeros también le daban regalitos para nuestros hijos
de modo que siempre tuvieran algo que esperar. Ellos los llamaban «cajitas
sorpresas». Los maestros también venían a casa, junto con los miembros de la
iglesia, a limpiar y traer comida. Si no hubiera sido por los maestros y la
iglesia Eva hubiera perdido su empleo y yo también. No obstante, a pesar de
toda esa increíble ayuda, sacrificio y bondad, es un milagro para mí cómo ella
y los niños pudieron sobreponerse a ese semestre de la primavera de 1989.
Una vez cuando
Eva preguntó por mi pronóstico a largo plazo la enfermera le dijo: «Querida, no
hace falta que sepas todo eso. Solo eres una esposa».
Para esa
enfermera quizá fuera «solo una esposa», pero Eva se hizo cargo y se desempeño
como padre y madre después
del accidente. Siempre me había ocupado de las cuentas, el banco, el seguro y
la mayor parte de los asuntos familiares. Ella no tuvo más opción que ocuparse
de todo esto, y lo hizo muy bien. Encontró fuerzas y un nuevo nivel de
confianza. Dios le proveyó sabiduría para ayudarle a ocuparse de los asuntos de
la familia. También aprendió a mantener la calma ante mis quejas y protestas
por mi larga recuperación.
La iglesia no
dejó de pagarme, pero sabíamos que tenían derecho a hacerlo porque yo no estaba
trabajando. Nunca hablamos sobre el dinero, pero era una posibilidad que pendía
sobre nuestras cabezas.
Cuando la corte
halló culpable al estado de Texas por el accidente, la ley limitó esta
responsabilidad a doscientos cincuenta mil dólares. Todo el dinero se fue en
cuentas de hospital, y un cuarto de millón de dólares se esfumó delante de
nuestras narices.
Irónicamente,
el fiscal general de Texas defendió al hombre que conducía el camión que me
arrolló porque el acusado era un preso indigente. Por lo tanto mis impuestos se
usaron para defender al estado y al hombre causante del accidente. ¿No es rara
la vida a veces?
Durante los
ciento cinco días que pasé en el hospital Eva fue quien cargó con el peso
mayor. No solo tuvo que hacerse cargo de todo en casa sino que además se
levantaba a las seis de la mañana todos los días, hacía lo que podía por
arreglar y ordenar, y luego salía corriendo hacia la escuela. Apenas salía del
trabajo venía a verme y se quedaba a mi lado hasta las diez y media de la
noche. Día tras día la misma rutina estresante.
Una de las experiencias más
difíciles para ella fue la de comprar una camioneta para reemplazar el auto
destrozado. Para entonces yo ya estaba en casa y podía caminar con el marco de
Ilizarov todavía puesto en mi pierna. Esto significaba que si quería ir a
alguna parte necesitaba que me transportaran en camioneta. No teníamos idea de
cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera sentarme en un auto común.
Eva no había
comprado un auto en su vida, pero no se quejó. Fue a ver un concesionario,
probó una camioneta, eligió una y la trajo a casa.
«Aquí está
nuestra camioneta», dijo.
Me sentí muy
orgulloso de ella, y muy agradecido también.
Aprendí a
conducir de nuevo en esa camioneta. Un día cuando la familia la lavaba salí con
el Ilizarov puesto todavía. Mientras caminaba alrededor del vehículo vi que la
puerta del lado del conductor estaba abierta. Calculé que sería un poco
difícil, pero yo y mis quince kilogramos de acero inoxidable podríamos entrar
tras el volante. Cuando nadie me veía, subí, me ubiqué en el asiento y encendí
el motor. Todos quedaron estupefactos.
Eva vino y me
preguntó:
—¿Qué estás
haciendo?
—Voy de paseo
—le dije sonriendo.
—Es que no
puedes —balbuceó sin poder creerlo.
Sin embargo,
algo me decía que aunque no había conducido durante casi un año, y a pesar de
haber prácticamente muerto en un accidente la última vez que lo hice, era ahora
o nunca.
Retrocedí con
lentitud y conduje alrededor de la manzana. No fue un paseo largo, pero marcó
un hito más en mi recuperación.
Todavía me desagradan los camiones de dieciocho ruedas y los puentes de dos
carriles, pero hasta ahora me las arreglo para llegar adonde quiero ir.
Por supuesto, a
Eva le tocaba hacer todas mis citas y ver que llegara al consultorio del médico
dos veces a la semana. Y debo agregar que yo no era el paciente más fácil de
cuidar. En realidad era difícil. A medida que mejoraba mi salud me ponía cada
vez más seco y exigente (aunque no me daba cuenta) y a Eva le causaba mucho
trabajo intentar agradarme, aunque lo hacía muy bien.
El hecho es que
era muy infeliz. Muchos de mis problemas se originaban en esa sensación de
inutilidad que me acompañaba todo el tiempo. No podía siquiera buscarme un vaso
de agua. Y aunque hubiera podido servírmelo, no podría beberlo sin ayuda. Hasta
las tareas más simples me hacían sentir inútil.
Eva muchas
veces tuvo que tomar decisiones sin poder consultarme. Hacía lo mejor que
podía. A veces, cuando me contaba lo que había hecho, enseguida le decía lo que
habría hecho en su lugar. Casi al instante me daba cuenta de que había herido
sus sentimientos, pero ya las palabras habían sido dichas. Me recordaba a mí
mismo y a ella también: «Lo lamento. Estás haciendo todo lo que puedes».
También me recordaba que no importaba cómo hubiera hecho yo las cosas, el hecho
es que no podía hacerlas.
Aunque Eva no
hablaba mucho entonces, más tarde me permitió leer su diario. Una de las
anotaciones era: «Don critica todo lo que hago. Debe estar mejorando».
Eso me resulta triste y gracioso a
la vez. Sabía que estaba mejorando porque comenzaba a tomar decisiones una vez
más. El deseo de estar activo para hacer las cosas era la vara con que medía mi
recuperación. Yo parecía querer involucrarme más y cuestionar lo que sucedía.
Solo deseo
haber podido ser mejor paciente para hacerle la vida más fácil.
La peor parte
de mi convalecencia para la familia consistió en que tuvimos que despegarnos de
nuestros tres hijos. No eran huérfanos, pero vivieron con otra gente durante
unos seis meses. Los mellizos fueron a la casa de los padres de Eva, en
Louisiana. Sabía que no estaban contentos por tener que irse tan lejos. La
distancia hacía que se sintieran aislados, separados, pero pudieron
sobrellevarlo bastante bien. Todavía estaban en la escuela primaria y a esa
edad probablemente no sea tan difícil adaptarse a una escuela distinta. Nicole,
que tenía cinco años más y en ese momento ya había cumplido trece, se mudó con
la familia de su amiga y pudo permanecer en su escuela. Habría sido mucho más
traumático para ella si hubiese tenido que mudarse.
El accidente
sucedió en enero y los niños no volvieron a casa para quedarse hasta el mes de
junio. Me sentía muy mal por no poder proveer para nuestros hijos.
Venían a verme
los fines de semana cuando estaba en el hospital, y esto era duro para ellos. Cuando
me visitaron por primera vez el psicólogo fue muy amable con ellos. Los llevó a
una habitación y les mostró un muñeco de tamaño real con dispositivos similares
a los que tenía en el cuerpo.
Así les explicó lo que verían cuando entraran en mi habitación.
Me alegro que
lo hiciera, porque hasta algunos adultos que no tuvieron tal preparación se
mostraron impresionados cuando me vieron por primera vez. Y en mis condiciones,
yo interpretaba su reacción como de horror.
Cuando los
niños vinieron a mi habitación por primera vez los tres se acercaron todo lo
posible para poder abrazarme. Me amaban y querían ver por sí mismos que estaba
bien. Por supuesto, estaba apenas sobreviviendo, pero me hizo mucho bien
verlos. El personal no les permitió quedarse mucho tiempo. Y aunque me veía
horrible, los chicos me creyeron cuando les dije que me recuperaría.
Cuando
salieron, Eva volvió a entrar en la UCI. No recuerdo esto... ni tampoco muchas
otras cosas de esos días. Dice que la miré, cubierto con la máscara de oxígeno,
y dije: «Tenemos los mejores niños del mundo».
Nunca tuve la
impresión de que nuestros hijos sintieran que les faltaba algo, pero sí siento
a veces que se perdieron algunas experiencias con su padre.
Cuando al fin
salí y pude caminar, recuerdo haber intentado jugar a la pelota con los chicos,
aunque sabía que no podría dar más de uno o dos pasos. Si uno de ellos le daba
a la pelota y la misma se iba lejos, no podía ir tras ella. Se sentían muy mal
por esto.
Sentí que mis
limitaciones les impedían disfrutar del juego, así que dejamos de jugar. Aunque
no lo dijeron, sabía que no querían verme tratando de correr o arriesgándome a
tener una caída... a pesar de que muchas veces sí caí al suelo.
Además, a ambos
les gusta surfear, y antes del accidente yo iba con ellos. Después que
pude caminar y conducir hubo varias ocasiones en que los subí con sus tablas en
la camioneta y los llevé al golfo, pero no podía hacer nada con ellos. Solo
podía observar. Parecían entender, pero de todas formas era duro para mí.
No dudo que hay
cosas que mis hijos probablemente quisieran hacer, pero nunca las mencionaron
para evitar ponerme en una situación en que tuviera que decidir si iba a
lastimarme o no. Así que siento que a mis hijos les faltaron algunas cosas
normales de los muchachos que van creciendo.
Nicole, de
niña, tenía ese «apego por papá». Era nuestra hija mayor. Expresaba sus
sentimientos de manera muy distinta a la de Joe, que es un chico muy emocional.
Chris es el más desenvuelto, aunque es profundamente sensible y no muestra sus
sentimientos con la misma facilidad que su hermano mellizo.
Mientras
escribía este libro, les pedí a mis hijos que me dijeran cómo el accidente les
afectó a ellos y a la familia, y de qué manera cambió la percepción que tenían
de mí. Cuando sucedió el accidente en 1989, Nicole tenía trece años. Esta es su
respuesta:
El mayor
impacto sobre mi vida fue vivir lejos de mis padres durante varios meses. Viví
con la familia Mauldin, de nuestra iglesia, durante ese tiempo. El accidente me
enseñó a apreciar a mi familia. Me siento muy cerca de todos ellos porque sé lo
afortunada que soy al formar parte de una familia tan maravillosa. También
siento que puedo ayudar a las personas en situaciones de crisis porque aprendí
desde temprano a usar la oración y a los amigos para que me ayudaran a pasar por los
momentos difíciles. Este incidente me hizo ver la vida de modo diferente. Desde
muy joven, pude ver que la vida es preciosa y que tenemos que aprovechar cada
momento.
Siento que
nuestra familia se unió mucho a causa del accidente. También pienso que nos
cuidamos de verdad y que haríamos lo que fuera el uno por el otro. Los chicos y
yo tenemos un vínculo especial que no siempre se ve entre hermanos y hermanas.
El accidente y la recuperación de papá nos enseñó a estar allí, unidos y
dispuestos a ayudarnos. Mamá se hizo mucho más fuerte e independiente porque
papá ya no podía ocuparse de las cosas como antes. Solo deseo que papá no
tuviera que haber pasado por esto para que la familia se uniera tanto.
Después de sus
graves lesiones, vi por primera vez que era una persona vulnerable. Antes del
accidente, me había parecido indestructible. Y a lo largo de los años, he visto
que el accidente le hizo ser todavía más fuerte. Quizá haya tenido lesiones
físicas, pero es espiritual y emocionalmente la persona más fuerte que conozco.
Haber pasado por lo que pasó y seguir siendo un siervo tan devoto y enamorado
de Dios es algo que me asombra.
Durante un
largo tiempo, estuve enojada a causa de lo ocurrido, pero maduré y vi que somos
muy afortunados en tenerlo con nosotros todavía y también en ser tan unidos
como familia. Si hubiera muerto en ese accidente no sé cómo habría sobrellevado
los momentos más duros de mi vida. Hay algo muy especial en que te aconseje
alguien que ha estado en el cielo, que ha sobrevivido a innumerables cirugías y
que ha vivido para contarlo. Suelo escucharlo con mayor atención ahora.
Joe tenía ocho
años en el momento del accidente, y esta es su respuesta:
Mi primer
recuerdo es que vino una maestra amiga de mi madre a buscarnos. Cuando vi
llorar a mamá, supe que algo estaba muy mal.
Recuerdo haber
ido al hospital para ver a papá. Nos mostraron un muñeco que representaba tener
las mismas lesiones que mi padre para prepararnos y que no nos asustáramos
cuando lo viéramos. En realidad, fue duro ver a papá así. No nos quedamos
mucho, pero para mí fue bueno porque no me gustaba verlo de esa manera. Chris y
yo tuvimos que ir a vivir con los abuelos en Louisiana. Al principio, me
pareció lindo, pero después empecé a extrañar a mi familia. Estoy en verdad
contento de haber tenido a mi hermano mellizo conmigo. Todos los fines de
semana íbamos de Bossier City a Houston. Eso ya no era novedad para nosotros al
poco tiempo.
Lo peor del
accidente fue que mientras otros chicos iban de campamento o a pescar con sus
papás, yo nunca viví esas cosas. Sigo pensando mucho en eso todavía hoy. A
veces, me siento un poco enojado o deprimido, como si me hubieran engañado.
Pero, en los últimos años sí fui de campamento y a pescar con papá. No sé si
sabe lo feliz que me hace esto. A través de esta experiencia vi cuánta gente se
preocupaba por mi familia y nos amaba. Si no hubiéramos tenido a Dios en
nuestra vida no sé cómo hubiéramos sobrellevado todo.
Y he aquí la
respuesta de Chris:
Cuando tienes
ocho años, tu padre es un superhéroe. Es invencible. Cuando me enteré del
accidente de papá no pensé
que era tan grave como luego supe que era. Mamá estaba muy mal cuando me dijo
lo que había pasado, y no podía ocultar sus lágrimas. Pero papá era fuerte y
nunca lo había visto llorar. Hasta cuando lo vi rodeado de monitores en la UCI,
con la máscara de oxígeno e incapaz de hablar, esperaba que volviera a casa en
una semana.
No estuve allí
para la mayor parte de las cirugías. Fui a vivir con los abuelos a los pocos
días del accidente y veía a papá solo los fines de semana. En esos breves
encuentros comencé a entender lo mucho que sufría tanto en cuerpo como en
espíritu.
Me fascinaron
los aparatos de metal en su brazo izquierdo y su pierna, pero sabía que le
causaban un inmenso dolor. Se veía tan agotado como si acabara de despertar, o
como si nunca pudiera dormir de veras. A veces, me daba la impresión de que no
quería que yo ni nadie estuviéramos en la habitación. Aunque entendía poco lo
que era la depresión, sabía que la estaba padeciendo.
Lo primero que
hacía cada vez que lo visitaba era acercarme despacio y abrazarlo. Con mucha
suavidad. Por primera vez en mi vida me parecía frágil. Cuando volvió a casa
del hospital continué con la misma rutina: volver de la escuela y abrazar a
papá. Esto era tanto para consolarme como para reconfortarlo. Espero que haya
servido.
A medida que mi
hermano Joe y yo crecíamos la recuperación de papá iba progresando y nos
interesamos más en los deportes y la vida al aire libre. Papá se esforzaba por
unírsenos. Recuerdo haberme sentido terrible cuando tiraba la pelota demasiado
lejos como para que la alcanzara. Tropezaba y a veces se caía. Debí tragarme
mis lágrimas varias veces. Y estoy seguro de que él lo hacía también. Sin
embargo, desde el punto de vista emocional, papá en todo momento estuvo allí para
mí. Siempre ha tenido un interés vital por lo que hacen sus hijos. Después de
todo, creo que hacemos que su regreso del cielo valga la pena en ciertos
aspectos.
La familia se
unió mucho como resultado del accidente de papá. Mamá empezó a ser quien tomaba
las decisiones y nos disciplinaba durante su recuperación. Yo hice todo lo
posible por ser el hombre de la casa. En realidad, a veces era un fastidioso,
pero luego maduré. Aprendí a apoyarme en los demás, así como ellos se apoyaban
en mí. Nicole intentaba ser como una madre para Joe y para mí.
Papá sufrió de
depresión durante años después del accidente... y todavía hasta cierto punto le
afecta. Quizá la tuviera desde antes de la tragedia, pero, si es así nunca me
di cuenta. Él es muy independiente y casi nunca permite que su familia pueda
entrar a sus rincones más oscuros. Creo que yo soy igual.
Esta es la
respuesta de Eva a cómo cambió su percepción de mí:
Me sorprendió mucho
la falta de determinación de Don durante los primeros días después del
accidente. Siempre había sido un luchador, alguien que buscaba de continuo
superarse y lograr que los demás se superaran. Cuando no intentaba respirar era
casi como si no lo conociera. La depresión tenía también un nuevo aspecto.
Aprendí a reconocer las señales de que habría «malos momentos». Es más difícil
cuando el dolor es más agudo, porque él no dormía y se tensaba cada vez más.
A lo largo de
los años, aprendí que si dejo a Don tranquilo a la larga puede equilibrarse
mejor. Cuando quería decirle
algo que tenía que saber pero que no le gustaría, me mordía la lengua... aunque
en varias ocasiones no lo logré.
Hoy no pienso
en él como en alguien discapacitado, aunque sé que lo es y siempre lo será. Don
avanza a tal paso que me cuesta recordar su dolor y limitaciones. Mi esposo es
en verdad alguien notable.
Es posible que
mis hijos tuvieran más confianza que yo en mi recuperación. Nunca me vieron en
terapia, agonizando o vomitando porque me sentía muy mal, ni me vieron cuando
intentaba levantarme demasiado rápido. En lo posible, intentábamos aislarlos.
Eva sí me vio en mis peores momentos, pero protegió a los niños todo lo
posible.
Aunque no lo
admitan, es probable que hayan sentido una «falta de papá» en cierto momento de
su vida, en especial los mellizos. Debido a que tenían ocho años no pude estar
allí en un momento importante de su desarrollo, para ayudarles a aprender cosas
como jugar en equipo o ir de campamento.
Al mirar en retrospectiva
creo que el accidente afectó más que a nadie a mis padres. En realidad, estaban
devastados. Soy el mayor de tres hermanos y siempre habíamos sido muy sanos.
Luego, de repente, cuando cumplí treinta y ocho años ocurrió algo en lo que no
me podían ayudar, y esto les rompió el corazón. Durante mucho tiempo pensaron
que quizá muriera.
Mi papá era
militar de carrera y mi mamá tuvo que aprender a ocuparse de casi todo. Pero
cuando vinieron a verme en la primera semana de mi hospitalización mamá se desmayó.
Papá la atajó y la ayudó a salir de la habitación. No estaba preparada para verme en un
estado tan lamentable. Estoy seguro de que nadie lo habría estado.
Todavía hoy no
sé si mi madre se ha recuperado del todo después de mi accidente. Pero hay dos
recuerdos entre muchas memorias maravillosas de la devoción de mis padres hacia
mí.
Primero,
durante el verano que siguió al accidente, como si Eva no tuviera suficiente de
qué preocuparse decidió ir con los jóvenes de South Park al campamento de
verano. Esa tendría que haber sido mi tarea si hubiese estado sano. Pero Eva la
tomó con buen ánimo y entusiasmo. Esto significaba que alguien tendría que
quedarse conmigo mientras ella estaba ausente.
Mi madre
accedió con todo gusto. Así que llegó la semana del campamento de los jóvenes y
Eva me dejó con mamá. Todos los días mi madre me preparaba la comida, y yo
estaba feliz de tenerla conmigo. Pero sí le temía a las cosas cotidianas, como
que mi madre tuviera que vaciar mis orinales o la cuña. Ahora, sé que ella me había
cambiado los pañales cuando era bebé, pero había pasado ya mucho tiempo desde
la época de echarme talco.
Recuerdo que la
primera vez que tuve que dar de cuerpo y le pedí la cuña a mi madre ella actuó
como si fuera lo más natural del mundo. Cuando terminé me daba mucha vergüenza
avisarle.
Me ahorró la
incomodidad al preguntarme si había terminado. Yo asentí nada más. Llevó la
cuña al baño y luego oí uno de los sonidos más raros e inesperados. Después que
entrara al baño y comenzara a limpiar la cuña, la oí cantar. A pesar de esta
tarea, la más humillante que pueda realizar un ser humano por otro, cantaba
mientras limpiaba la cuña. Era
como si toda su maternidad estuviera contenida en ese momento. Estaba haciendo
otra vez por su hijo algo que él no podía hacer por sí mismo, y se sentía feliz
y plena. Atesoraré ese recuerdo porque define la devoción que solo puede tener
una madre.
Segundo,
recuerdo un momento a solas con mi padre, igual de potente y dramático. Un día,
después de otro viaje de más de cuatrocientos kilómetros para verme durante
unas pocas horas en St. Lukes, mis padres se preparaban para su viaje de
regreso a Bossier City.
Por alguna
razón que no recuerdo mamá había salido de la habitación. A solas, papá se
acercó a mi cama y tomó mi mano derecha, mi único miembro sano, en su mano de
anciano. Se inclinó y me dijo con gran emoción y absoluta sinceridad: «Daría lo
que fuera por cambiar de lugar contigo y pasar yo por esto».
Ese es mi papá,
y más que en cualquier otro momento supe cuánto me amaba.
Mi médico me ha
dicho muchas veces: «Todo lo que hicimos fue lo mejor que pudimos hacer. No
cuentes con que podrás vivir una vida larga y productiva. A causa de la
artritis y muchas otras complicaciones que vendrán tendrás una batalla cada vez
más dura para poder mantener la movilidad que tienes hoy».
Sabía de qué
hablaba. Han pasado quince años desde el accidente. Ya siento que hay señales
de artritis. Los cambios de tiempo me afectan. Me canso más pronto. Puede ser
en parte a causa de la edad, pero pienso que esto refleja el hecho de que tengo que usar mis
piernas y rodillas no como Dios lo designó sino como puedo.
Aun hoy, mi
rodilla derecha se hiperextiende, de modo que si alguien viene por atrás y me
palmea la espalda sin que lo espere, tengo que atajarme porque si no me voy
hacia delante. No puedo trabar la rodilla para mantener el equilibrio y no
caer.
He intentado
minimizar esto diciendo: «He caído en algunos de los mejores lugares de Texas»
o «Estoy pensando en mandar a hacer algunas placas que digan: “Don se cayó
aquí”».
Una vez, dirigí
una conferencia al aire libre en las colinas de Texas. El suelo era disparejo y
yo avanzaba, pero de repente caí. No me lastimé, pero el primer día caí tres
veces.
A pesar de todo
lo que me hicieron una de mis piernas es casi tres centímetros más corta que la
otra. Esto hace que mi columna se curve. La columna está comenzando a mostrar
desgaste, y también las articulaciones de las caderas. Mi codo izquierdo quedó
tan destrozado que no puedo enderezar el brazo. Aunque los médicos hicieron
todo lo que pudieron, incluyendo varias operaciones, el codo estaba fracturado
por dentro, y cuando lo unieron no pudo volver a extenderse. Según dice el
médico «es una articulación muy quisquillosa».
Una lesión como
esta, según señala el doctor, no perdona. Una vez que el codo se destruye es
difícil reconstruirlo.
Esto forma
parte de mi nueva normalidad.
Una vez, luego
de visitar su consultorio, el Dr. Tom Greider me invitó a su oficina privada. A
pesar de que estaba muy ocupado sentía que su interés por mí era genuino, y
hablamos de muchas cosas.
—Tom , ¿qué tan
mal estaba cuando me trajeron esa noche del accidente?
Ni siquiera
pestañeó.
—He visto casos
peores —dijo haciendo una pausa e inclinándose luego hacia delante para
añadir—, pero ninguno sobrevivió.
He tenido que
encontrar la forma de hacer las cosas como no las hacía antes. Sin embargo,
estoy vivo, y tengo la intención de servir a Jesucristo mientras viva. Pero ya
sé qué hay delante de mí, esperándome.
Estoy listo
para dejar esta tierra en cualquier momento.
15. Tocar vidas
Alabado sea el
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda
consolación, quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que con el
mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a
todos los que sufren.
2 CORINTIOS
1:3-4
A veces, sigo
preguntándole a Dios por qué no me permitió quedarme en el cielo. No tengo
respuesta para esa pregunta. Sin embargo, he aprendido que Dios trae personas a
mi vida que me necesitan o que precisan oír mi mensaje, dándome la oportunidad
de tocar sus vidas.
Una de las
primeras veces que fui capaz de ministrar a alguien como resultado de mi
accidente fue cuando me invitaron a predicar en una iglesia grande. Me
invitaron en específico para que hablara de mi viaje al cielo. Una mujer que
estaba sentada a mi izquierda, en las primeras filas, comenzó a llorar al poco tiempo de que
empezara a hablar. Podía ver las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Apenas
terminamos la reunión se acercó y me tomó de la mano.
—Mi madre murió
la semana pasada.
—Lamento mucho
su pérdida.
—No, no. Es que
usted no entiende. Dios la envió aquí esta noche. Necesitaba este tipo de
reafirmación. No es que no creyera. Sí creo, pero mi corazón ha estado muy
apenado por esto. Me siento mucho mejor. Sé que ella está en un mejor lugar.
Oh, reverendo Piper, necesitaba oír eso esta noche.
Antes de que
pudiera decir algo, me abrazó y agregó:
—Dios también
me envió a mí acá esta noche porque necesitaba esta reafirmación. No es que no
creyera o no supiera, porque soy creyente y mi madre también lo era, pero
necesitaba oír esas palabras esta noche. Necesitaba oír del cielo de alguien
que hubiera estado allí.
Por lo que recuerdo,
fue la primera persona que me habló de ese modo, pero no la última. He oído
este tipo de respuesta cientos de veces. Sigue asombrándome que pueda ser una
bendición para tantos con solo contar mi experiencia.
Para quienes ya
creen mi testimonio ha sido de reafirmación. Para los escépticos, los ayudó a
ser más asequibles y a pensar en Dios con mayor seriedad.
Dos años
después del accidente, cuando todavía usaba muletas y llevaba arneses, llevé a
un grupo de jóvenes de nuestra iglesia a una conferencia en la Primera Iglesia
Bautista de Houston. Dawson McAllister, un gran predicador de la juventud, iba
a hablar. Es tan popular que llena iglesias.
Como sucede cuando uno trabaja con
adolescentes, salimos tarde de la Iglesia de South Park. No dije nada, pero me
sentía muy irritado por la demora. Había querido llegar temprano porque sabía
que estarían ocupados los mejores asientos si no llegábamos al menos una hora
antes del inicio de la reunión.
Intenté que no
se notara, pero me sentía muy molesto para cuando llegamos a la Primera Iglesia
Bautista de Houston. Al entrar en el enorme edificio vimos —como esperaba— que
estaban ocupados todos los asientos de la planta baja. Tendríamos que subir las
escaleras.
Protesté en mi
interior ante la idea de tener que caminar más. Aunque tenía movilidad, las
muletas presionaban mis axilas y los arneses me cansaban mucho. Y para empeorar
las cosas, el ascensor no funcionaba. Si esa persona no hubiese llegado tarde,
pensaba yo todo el tiempo, no tendría ahora que subir las escaleras con tanta
dificultad.
Y no era solo
el asunto de las escaleras, sino que el auditorio estaba tan repleto que
solamente quedaban lugares en las últimas filas. Nuestros jóvenes, por
supuesto, subieron corriendo y prometieron guardarme un lugar. Conté ciento
cincuenta escalones mientras subía penosamente.
Cuando llegué
por fin arriba estaba agotado. Apenas pude subir los últimos escalones y cruzar
hasta el asiento que me habían guardado. Antes de sentarme —lo que también me
exigía un enorme esfuerzo— descansé apoyándome en la pared. Mientras recuperaba
el aliento me pregunté: ¿Qué es lo que estoy haciendo aquí?
Podría haber
conseguido que otros adultos llevaran a los jóvenes, pero en realidad quería
estar con ellos. Anhelaba sentirme
útil otra vez. También sabía que sería un evento emocionante para ellos y
deseaba formar parte de él. Las risas y las voces llenaban el lugar. Los
jóvenes estaban listos para ser bendecidos y enfrentar el desafío, pero en ese
momento no pensé en ellos ni en lo mucho que aprovecharían la reunión. Solo
podía pensar en mi agotamiento.
En ese momento,
me sobrecogió la autocompasión. Seguía apoyado contra la pared y recorrí el
auditorio con la mirada. A dos secciones de la mía vi a un adolescente en silla
de ruedas. Estaba sentado con la cabeza apoyada en las manos, dándome la
espalda. Mientras lo miraba, supe que tenía que acercarme para hablarle. De
repente no pensé en mis actos y olvidé mi cansancio.
Apoyé mis
muletas contra la pared y luego, lenta y dolorosamente, crucé hasta su sección
y bajé las escaleras. Era un muchacho grande, buen mozo, de unos dieciséis años
quizá. Llevaba puesto un marco Ilizarov, el cual yo no había podido ver desde
donde estaba antes. Mi cansancio se esfumó, junto con mi ira y autocompasión.
Era como si me viese a mí mismo en esa silla de ruedas y volviera a sentir todo
el dolor de esos días.
No estaba
mirando hacia mí cuando apoyé mi mano en su hombro. Giró la cabeza y me miró,
como enojado.
—¿Duele mucho,
verdad? —pregunté.
Me miró como
diciendo: ¿Es usted tonto? Pero dijo:
—Sí. Duele
muchísimo.
—Lo sé —le
palmeé el hombro—. Créeme que lo sé.
Abrió los ojos
con atención.
—¿Lo sabe?
—Sí. También me
pusieron uno de esos aparatos.
—Sí. Lo sé. Es
horrible. Durante once meses tuve uno de esos dispositivos en mi pierna
izquierda.
—Nadie lo
entiende —dijo con tono quejumbroso.
—No pueden. No
es algo de lo que puedas hablar para que entiendan cuánto te duele.
Por primera
vez, vi algo en sus ojos. Quizá fuera una esperanza o una sensación de paz porque
al fin había encontrado a alguien que sabía lo que le estaba pasando. Nos
habíamos conectados, y sentí que era un privilegio estar de pie junto a él.
—Me llamo Don
—le dije—. Y acabas de conocer a alguien que entiende el dolor y la desazón por
la que estás pasando.
Me miró fijo y
luego se le humedecieron los ojos:
—No sé si podré
con esto.
—Podrás. Confía
en lo que te digo. Lo lograrás.
—Quizá
—respondió.
—¿Qué te pasó?
—me había dado cuenta de que no era por cirugía voluntaria que lo tenía.
—Tuve un
accidente esquiando.
Noté que
llevaba puesta una chaqueta de cuero.
—¿Juegas al
fútbol? —le pregunté.
—Sí, señor.
Le conté de
modo breve sobre mi accidente y él también me contó lo que le había pasado.
—Te diré algo
—le dije—. Un día volverás a caminar.
Su rostro
expresaba escepticismo.
—Quizá no
puedas jugar al fútbol, pero sí caminarás —le di mi tarjeta—. Ahí está mi
número, puedes llamarme cuando sea, de día o de noche, las veinticuatro horas
del día.
Tomó la tarjeta y la miró durante
un rato.
—Tengo que
volver con mi grupo —dije y le señalé dónde estábamos—. Quiero que me observes.
Y mientras observas cómo camino, quiero que sepas que un día también tú
caminarás —reí—. Y apuesto a que caminarás mucho mejor que yo.
Entonces,
extendió el brazo y me abrazó. Me sostuvo con fuerza durante un largo rato.
Podía sentir su respiración entrecortada a causa del llanto que intentaba
contener. Finalmente me soltó y murmuró un agradecimiento.
—Acabas de
encontrar a alguien que entiende —dije—. Llámame, por favor.
Ese muchacho
necesitaba a alguien que lo entendiera. No sé si tenía mucho para ofrecerle,
pero sí tenía mi experiencia y podía hablarle sobre el dolor. Si no lo hubiera
vivido en carne propia le habría dicho nada más: «Espero que te sientas mejor.
Ya estarás bien», que son las palabras bien intencionadas que la gente suele
usar.
Cuando llegué a
la fila de arriba de asientos, estaba sudando a causa del esfuerzo, pero no me
importó. Me volví. Todavía me estaba mirando. Sonreí y lo saludé con la mano y
él contestó el saludo. Ya no había desazón y desesperanza en la expresión de su
rostro.
En los
siguientes seis meses me llamó tres veces. Dos fueron solo para conversar y una
fue tarde por la noche cuando se sentía en realidad desalentado. Fueron
llamadas telefónicas que siempre atesoraré en mi memoria, de un peregrino en
dificultades a otro.
Una vez, la estación de televisión
de Houston me invitó a hablar en un programa en vivo. Mientras esperaba en la
sala, el productor vino y comenzó a explicarme cómo funcionaba el programa y
cuáles serían algunas de las preguntas que podría esperar.
—Está bien
—dije—. ¿Qué otros invitados hay en el programa?
—Usted.
—Un momento.
¿Va a hacer un programa de una hora y soy el único invitado?
—Así es.
Me pregunté de
qué hablaría durante una hora. Eran mis primeros tiempos en la recuperación y
en ese momento no tenía idea del interés que pudiera tener la gente en mi
historia. Ya me habían quitado el Ilizarov, pero llevaba arneses en las piernas
y caminaba con muletas. Había traído fotografías que me tomaron en el hospital,
las cuales televisaron. También había traído el marco de Ilizarov.
Cuando comenzó
la entrevista conté mi historia y luego el conductor me hizo preguntas. La hora
transcurrió rápido. Mientras seguíamos en vivo una mujer llamó al canal e
insistió:
—Necesito
hablar con el reverendo Piper de inmediato.
No podían
interrumpir el programa, pero apenas terminó alguien me entregó un papel con el
número de teléfono de la mujer. La llamé.
—Tiene que
hablar con mi hermano —dijo.
—¿Cuál es su
problema?
—Estuvo en una
pelea en un bar, y un hombre sacó una pistola y le destrozó la pierna de un
disparo. Lleva puesta una de esas cosas que tenía usted.
—Por supuesto
que hablaré con él —respondí—. ¿Dónde está?
—Está en cama,
en su casa.
—Deme la
dirección e iré.
—Oh, no. No
puede ir allí. Está enojado y muy mal. Y es violento. No hablará con nadie que
vaya a verlo —explicó y me dio su número telefónico—. Por favor, llámelo, pero
está tan mal ahora que seguro lo insultará.
Luego añadió:
—Y quizá
cuelgue. Pero inténtelo, por favor.
Apenas llegué a
casa, llamé a su hermano y me presenté. Antes de que hubiera dicho más de tres
oraciones el hombre hizo lo que había predicho su hermana. Me gritó. A voz en
cuello pronunció todos los insultos que haya oído en mi vida, y los repitió
varias veces. Luego, hizo una pausa y dije con suavidad:
—Yo también
tenía puesto en la pierna uno de esos aparatos, el fijador.
El hombre
permaneció callado durante unos segundos, por lo que añadí:
—Tenía puesto
en la pierna izquierda un marco de Ilizarov. Sé lo que está pasando y lo que
sufre.
—Vaya, hombre.
Esto me está matando. Me duele todo el tiempo. Es que... —y ahí empezó otra vez
como si no me hubiera oído, diciendo montones de palabrotas.
Cuando hizo
otra pausa comenté:
—Entiendo lo
que se siente al tener uno de esos.
—¿Ya no lo
tiene?
—No. Al fin me
lo quitaron. Si cumple con lo que le dicen que haga, también le quitarán el
suyo —no parecía mucho, pero era lo único que podía decirle.
—Si tuviera las herramientas me lo
quitaría yo mismo ahora.
—Si se lo
quita, sería igual a amputarse la pierna, porque eso es lo único que la está
manteniendo entera.
—No lo sé, pero
me está matando. No puedo dormir —y empezó a decirme lo mal que estaba y cuánto
odiaba todo.
Entonces se me
ocurrió algo, y lo interrumpí.
—¿Cómo se ve su
pierna? ¿Se siente caliente donde están los orificios? ¿Está toda del mismo
color? ¿Hay orificios que duelen más que otros?
—Sí, eso es.
Uno de ellos en especial, hombre. Ese me duele muchísimo.
—¿Está con
usted su hermana todavía?
Cuando dijo que
sí, le ordené:
—Póngala al
teléfono.
No discutió y
la hermana tomó el auricular.
—Gracias
—dijo—, aprecio en realidad...
—Escúcheme —la
interrumpí—. Quiero que llame a una ambulancia ahora mismo. Lleve a su hermano
al hospital lo antes posible. Tiene una infección en esa pierna. Si no va ahora
mismo perderá la pierna
—¿Eso cree?
—Le digo que
tiene todos los síntomas. Es probable que tenga fiebre también. ¿Le ha tomado
la temperatura?
—Sí, es cierto.
Tiene fiebre.
—Llévelo al
hospital de inmediato. Y llámeme después.
Me llamó al día
siguiente.
—¡Vaya, usted
tenía razón! Tiene una infección y estaba muy mal. Le dieron muchos
antibióticos. Dijeron que llegó justo a tiempo, y ya hoy se siente mejor.
—Supongo que está todavía en la
unidad de aislamiento —comenté.
Cuando su
hermana lo confirmó, agregué:
—Iré a verlo.
Como ministro
tenía permitido entrar a verlo. Fui al hospital, hablé con él y luego oramos.
Con el tiempo ese joven encontró a Jesucristo.
Si yo no hubiera
estado en ese programa de televisión y su hermana no lo hubiese visto, quizá el
hombre habría perdido no solo la pierna, pues existía una gran probabilidad de
que perdiera también la vida. Dios no me usó solo para salvar la vida física
del joven sino que fui el instrumento de su salvación. Esa fue una instancia
más en mi creciente compresión de que Dios todavía tiene cosas para que yo haga
aquí en la tierra.
Pude reconocer
de inmediato el problema porque me había sucedido mientras estaba en el
hospital. Había tenido una infección y mucho dolor. Pensé que era parte del
dolor esperable. Pero una enfermera descubrió que tenía una infección en uno de
los orificios por donde pasaban las varillas.
Recordé
entonces cómo unos días antes una de las enfermeras, al parecer, había
contaminado este orificio. Era una persona de aspecto duro y seco, y nunca
mostraba compasión como lo hacían las demás. Venía, cumplía con su tarea, pero
parecía resentirse por el hecho de tener que trabajar conmigo.
Ellas usaban
hisopos de algodón, y se les había instruido a utilizar uno nuevo para limpiar
cada orificio. En ese momento observé que esta enfermera no lo hacía, quizá
para ahorrar tiempo. En el instante, no pensé en nada, pero cuando supe que tenía una infección me di
cuenta de que mi sufrimiento había sido aumentado a causa de su pereza. Cuando
descubrieron la infección y mi elevada temperatura, me llevaron a la unidad de
aislamiento donde permanecí durante dos semanas. Mientras estuve allí nadie
pudo visitarme.
Eva se quejó y
le dijo al médico lo que había sucedido. Nunca volví a ver a esa enfermera, por
lo que no sé si la despidieron o la transfirieron.
Aunque me gusta
hablar en público hay pocas cosas que me produzcen mayor excitación que hablar
en mi alma mater, la Universidad de Louisiana (LSU, por sus siglas en inglés).
Conocí a mi esposa en la LSU, y dos de nuestros tres hijos también estudiaron
allí.
Una de las
organizaciones del campus donde hablé en diversas ocasiones es el Ministerio
Bautista Universitario (BCM, por sus siglas en inglés). Mientras Nicole
estudiaba en la LSU y servía en ese grupo me invitaron a hablar en el BCM. Al
saber que mi hija estaría en el auditorio, me sentí más entusiasmado y
contento.
Entre las
diversas actividades de campus auspiciadas por el BCM estaba la noche del
jueves con el servicio de alabanza y adoración llamado TNT. El comité me pidió
que les hablara de mi accidente.
Los estudiantes
promocionaron mi charla por todo el campus con el eslogan: «El muerto que
habla». Como vino tanta gente, tuvieron que programar dos servicios, uno a
continuación del otro. Mientras hablaba, el público parecía hipnotizado por la
historia de un hombre que murió y volvió a la vida. Hablé del cielo,
de la oración respondida, de los milagros. Les hablé de cuando canté «Oh, qué
amigo nos es Cristo» en el auto con Dick Onerecker.
Al final de
cada servicio, la banda de alabanza tocó el estribillo de ese himno tan bello.
Yo no sabía que lo harían. Y aunque no tengo dudas de que les guió el Espíritu,
este himno sigue siendo una canción difícil de oír o cantar para mí.
Después, un
gran grupo de estudiantes se quedó para formular preguntas. Entre ellos había
un estudiante afroamericano llamado Walter Foster. Preguntó muchas cosas, y
también se quedó para escuchar lo que preguntaban otros. Cuando salí del
auditorio Walter me siguió. Aunque no me importaba, sentía que me perseguía con
obstinada determinación, como si quisiera cada vez más detalles del cielo o de
mi experiencia.
Unos meses más
tarde Nicole me llamó:
—¿Recuerdas a
Walter Foster? —su voz se quebró y comenzó a llorar.
Cuando le dije
que sí lo recordaba, me dijo:
—Él... murió.
Tuvo un infarto. ¡Así de la nada! Se fue.
Al parecer,
Walter sabía que sufría del corazón y estaba bajo tratamiento médico. Todos
suponían que estaba sano. Y es obvio que su muerte tuvo gran impacto en todos
los estudiantes que lo conocían.
—Se supone que
un estudiante de veinte años no puede morir —dijo uno de sus amigos.
Después de
colgar el auricular del teléfono recordé el día en que había conocido a Walter.
Me pregunto si tendría una premonición de su propia muerte. El hecho de que me
siguiera todo el tiempo allí en la LSU y de que me hiciera tantas preguntas sobre el
cielo me hizo pensar. Sus preguntas transmitían más que mera curiosidad. Quizá,
pensé, en ese momento Dios lo estaba preparando para su viaje a casa.
Su repentina
muerte fue devastadora para sus amigos, sobre todo para los que participaban
del Ministerio Bautista Universitario. Eran un grupo muy unido, y lloraban la
pérdida de un amigo. La noche siguiente a la de su muerte se reunieron en el
edificio del BCM, el lugar que Walter más amaba.
Durante la
emotiva reunión de esa noche algunos de sus amigos hablaron de lo mucho que
había significado para Walter el relato de mi experiencia en el cielo. Muchos
expresaron que había mostrado entusiasmo por lo que oyó. Y que había hablado de
ello durante varios días.
Uno de sus
compañeros comentó: «Walter me dijo muchas veces ese día en que estuvo aquí el
reverendo Piper: “Un día yo también estaré en el cielo”».
Mis ocupaciones
en la iglesia me impidieron ir al servicio en memoria de Walter en la Primera
Iglesia Bautista de Baton Rouge. Nicole representó a nuestra familia y nos dijo
esa noche cómo había sido la celebración de la vida de Walter. Dos pedidos
especiales de sus amigos eran que el predicador compartiera el mensaje del
evangelio y que alguien cantara una canción en particular. Por supuesto que era
«Oh, qué amigo nos es Cristo». Todos conocieron del importante significado que ese
himno tenía para Walter.
Nicole,
graduada en música en la LSU y excelente solista, cantó la canción ante los
allegados reunidos. Todos respondieron con gran tristeza y gloriosa esperanza.
Hubo muchas lágrimas y también sonrisas llenas de paz.
Después del servicio, algunos se
quedaron para hablar de la inconmovible fe de Walter en el cielo y de cómo esto
les consolaba y alentaba.
Otra de las
cosas bellas que resultaron de mi testimonio en el BCM y de la posterior muerte
de Walter fue la construcción y dedicación de un jardín de oración en el BCM de
la LSU. Eso me parece apropiado, porque cada vez que cuento mi historia destaco
la enorme importancia de la oración. Después de todo, estoy vivo a causa de la
oración respondida.
Como muchos
otros cuyas vidas se han entrecruzado divinamente con la mía desde mi accidente
y regreso desde el cielo, Walter representa a aquellos que estarán esperándome
la próxima vez que Dios me llame para ir a mi hogar.
El primer
marido de Sue Fayle murió de cáncer. Su larga agonía la dejó agotada. Ella
suponía que viviría como viuda el resto de su vida. Pero su vecino Charles,
también sin esposa, cambió esa situación. No solo eran vecinos, sino que al
compartir la sensación de pérdida se hicieron buenos amigos. Mientras pasaba el
tiempo parecían satisfacer mutuamente sus necesidades de una manera en que solo
los que han querido y perdido al ser amado pueden entender. Esa amistad dio
lugar al amor, y con cautela pensaron en la posibilidad de casarse.
Sue tenía
serias reservas en cuanto a casarse con Charles porque él provenía de lo que
ella llamaba un barrio duro de gente de trabajo. Tenía una historia de
alcoholismo, y ella explicó: «No puedo vivir con algo así».
Sin embargo, a medida que su
historia de amor crecía, Sue impuso una única condición para el casamiento: «No
me casaré con un hombre que se emborracha».
Charles no solo
dejó de emborracharse, sino que dejó de beber alcohol por completo. Ahora
podían hablar de matrimonio.
Un día, estaban
hablando de la muerte de sus respectivos cónyuges, ambos fallecidos a causa del
cáncer. «Si alguna vez me diagnostican cáncer, me suicido», dijo él. Sabía que
no solo sufría la persona enferma sino también sus seres queridos. «No podría
someter a nadie a tal agonía».
Se casaron y
tuvieron un buen matrimonio, y Charles nunca volvió a beber. Sue ya era activa
en nuestra iglesia, pero después de la boda Charles se le sumó como miembro
activo.
Sin embargo, un
día, recibieron el diagnóstico tan temido: él tenía cáncer. Ahora tenía que
enfrentar ese terror tan profundo en su interior. Temía que este diagnóstico
sometiera a Sue a otra terrible angustia, como había sucedido antes.
También sentía
miedo después de que recibió el diagnóstico porque la noticia le hizo enfrentar
su propia mortalidad: «Estoy aterrado ante la idea de morir», confesó.
Aunque Charles
era miembro de la iglesia y decía que creía, era una de esas personas que
dudaban de su salvación. Sue le aseguraba que aunque ella intentara ayudarle a
pasar esta crisis le preocupaba su falta de reafirmación en cuanto a su
salvación. Había oído mi testimonio del cielo en varias ocasiones y lo había
transmitido a otros también.
—¿Podrías
hablar con Charles? —me preguntó un día—. Necesita oír tu testimonio
personalmente.
Para entonces, yo era ya el único
ministro adulto de la Primera Iglesia Bautista de Pasadera, donde estoy ahora.
Sue y yo habíamos trabajado juntos varias veces en diversos proyectos.
—Por favor,
habla con él de la salvación, pero también cuéntale de la vida después de la
muerte. Creo que una charla de hombre a hombre le haría mucho bien a Charles.
Por supuesto
que yo conocía a Charles, y sospechaba que a causa de su pasado creía que no
era lo suficiente bueno para Dios. Dije que hablaría con él.
Charles y yo
nos llevábamos bien. Era un hombre muy bueno y resultaba fácil relacionarse con
él. Me propuse visitarlo con regularidad. Cada vez que llegaba, Sue se excusaba
y salía de la habitación hasta que me disponía a retirarme.
Aun mientras se
deterioraba su salud, Charles jamás mostró enojo o depresión en forma alguna.
Hablábamos de lo difícil que era depender de los demás para las funciones más
íntimas, como usar los orinales, tomar un baño y otras cosas por el estilo.
Y mientras
hablaba de su vida era obvio que su experiencia con Dios era auténtica. Aunque
como suele suceder, durante muchos años antes de que se casara con Sue
simplemente no había sido un fiel seguidor de Cristo. Varias veces le recordé
los versículos de la Biblia que prometen el cielo como destino supremo para
todos los creyentes.
—Lo sé, lo sé
—dijo—. Antes de ser salvo sabía que no iría al cielo. Iría al infierno. Ahora
quiero estar seguro de ir al cielo.
Mi descripción
del cielo lo alentó.
—Sí, sí. Eso es
lo que quiero —dijo.
Durante una de
mis visitas, mientras hablaba sonrió y comentó:
—Estoy listo. Estoy en paz. Al
fin, sé que iré al cielo.
En mis últimas
dos visitas Charles me dijo:
—Cuéntamelo
otra vez. Cuéntame una vez más cómo es el cielo.
Se lo volví a
contar aunque ya lo había oído todo. Era como si su seguridad aumentara cada
vez que le hablaba del cielo.
Poco antes de
que muriera Sue puso a Charles en un internado del Centro Médico Houston, a
metros de donde yo había estado hospitalizado durante tanto tiempo.
El último día
de su vida aquí en la tierra Charles le dijo a Sue:
—Voy a estar
bien. Dejaré el dolor para ir a la paz. Algún día, volveremos a estar juntos.
Cuando Sue me
llamó y me lo contó, agregó:
—Murió sin
sentir miedo en lo absoluto.
La calmada
seguridad y aceptación de Charles le dio paz a Sue mientras atravesaba por su
propio dolor y su sensación de pérdida. Ella me contó que solo dos semanas
antes de su muerte le había dicho que el escuchar mi experiencia y ver el
brillo positivo en mi vida había marcado la diferencia.
—Está decidido
—dijo—. Sé que voy a un lugar mejor.
Sue compartió
conmigo los recuerdos de Charles, y entonces rió y dijo:
—¿No seré
afortunada? Habrá dos hombres esperándome. Un día, cuando me llegue el momento,
tendré a uno de cada brazo, dos antiguos esposos que también son hermanos en
Cristo y que pueden escoltarme por las calles de oro.
Cuando Joe, uno
de mis mellizos, entró en la adolescencia, decidimos buscar un auto usado para
él. Quería una camioneta,
así que buscamos hasta que encontramos una que le gustó, una Ford Ranger 1993.
El nombre del
vendedor era Gary Emmons, y tenía una concesionaria de autos ya hacía años en
nuestro barrio. Cuando decididos qué camioneta compraríamos para Joe entramos a
la oficina para hacer los papeles. El señor Emmons nos dio un precio excelente y
Joe compró la camioneta.
A causa de esa
experiencia, se formó una buena relación entre Gary Emmons y mi familia. Le
compramos tres o cuatro autos más a lo largo de los años.
Gary sabía más
o menos lo que me había pasado, pero no conocía los detalles. Era corredor de
autos de carrera, además de vendedor. Parecía fascinado con mi historia. Dijo
que quería oír la historia entera un día, pero a veces estaba muy ocupado o
tenía que irse enseguida.
Un día, Joe fue
a la concesionaria para pagar una de las cuotas. Gary lo llamó:
—Jamás creerás
esto —sonrió—. Sucedió algo asombroso ayer.
—¿Qué cosa?
—Fui a mirar un
auto que acabábamos de comprar. Entré al auto para ver si todo funcionaba. Ya
sabes, para apretar todos los botones, escuchar cómo funciona el motor, probar
el aire acondicionado, la radio y esas cosas. Entonces, vi que había un casete
dentro del aparato de audio. Presioné el botón de eyección.
Hizo una pausa
y sonrió:
—Apuesto a que
jamás adivinarás qué había en esa cinta.
—No tengo idea
—dijo Joe.
—Era la historia de tu papá.
Habíamos comprado el auto en una subasta, así que no había propietario a quien
pudiera devolverle la cinta. Me la llevé y la escuché. Lo único que podía
pensar al terminar de oír todo fue: Asombroso.
Yo también miro
hacia atrás y veo que es asombroso. Gary había querido oír mi historia, pero
nunca podíamos juntarnos para eso.
—¿Cuántas
posibilidades hay de que vaya a una subasta donde venden miles de autos y
luego, cuando me siente en uno, apriete un botón y oiga hablar a tu papá? —le
preguntó a Joe.
Durante varios
días, creo que Gary tiene que haberle contado a todos con los que hablaba la
historia de mi accidente.
Por supuesto,
ese testimonio me encantó. También he oído muchas otras historias de cómo Dios
usó mi relato.
Lo había grabado
mientras predicaba en mi iglesia, la Primera Iglesia Bautista de Pasadena, y lo
había hecho copiar. Debo haber repartido miles de copias. También sé que la
gente copiaba su cinta para darla a otros. Me enteré de que hubo gente que
ordenó hasta veinte copias a lo largo de los meses.
Esa cinta
testimonial sigue recorriendo su camino. Muchas personas que oyeron mi historia
la copiaron para darla a gente que estaba herida a causa de un accidente, o que
se encontraba triste porque perdió a un ser amado.
Solo puedo
llegar a la conclusión de que Dios tenía un plan para que Gary Emmons escuchara
esa cinta, y se aseguró de que así fuera.
Un día, mientras caminaba por el
pasillo de la Primera Iglesia Bautista de Pasadena una mujer me detuvo. Esto no
es inusual, por cierto. En realidad, mi esposa bromea diciendo que me toma
treinta minutos avanzar unos seis metros porque siempre hay alguien que
necesita preguntarme o decirme algo. Tenemos más de diez mil miembros, y eso es
mucha gente para conocer.
—Oh, reverendo
Piper. Vine expresamente a verlo. Quiero decirle algo... algo que creo que
necesita oír.
Por lo general,
cuando alguien comienza así, suele continuar: «Es por su propio bien», y suele
no ser algo que me gusta oír. Había otras personas conmigo y no sabía muy bien
cómo debía reaccionar. Sin embargo, miré a la señora y percibí la urgencia en
su rostro y una profunda intensidad. Me volví a los demás y les pregunté:
—¿Les
molestaría?
Por supuesto
que dijeron que no y se retiraron.
—Soy enfermera
certificada, y usted no podrá creer lo que sucedió.
—Me han
sucedido muchas cosas increíbles. Cuénteme.
—Esto pasó en
el hospital. Una mujer cuya madre estaba muy enferma y hospitalizada pudo
escuchar su casete, y esto le cambió la vida.
Ya había oído
tal cosa antes, pero no me importaba oír historias nuevas, por lo que dije:
—Cuénteme más.
—Alguien le
trajo esta cinta, y la mujer no era creyente. Pero esta persona quería que ella
escuchara la cinta de todos modos. Sus amigos habían intentado hablarle de
Dios. Le habían regalado Biblias y todo tipo de libros y panfletos, pero nada la afectaba. Decía:
«No quiero hablar de Dios, ni de religión o salvación». Aunque tenía una
enfermedad terminal no estaba dispuesta a escuchar a ningún mensaje sobre la
eternidad.
Se detuvo a secar
una lágrima que asomaba y luego continuó:
—Alguien le
trajo el casete ese donde usted relata su experiencia en el cielo, y le
preguntó si querría escucharlo. El amigo no insistió, sino que le dijo algo
casual, como: «Quizá encuentres útil esto. Es de un hombre que murió, fue al
cielo y volvió».
La enfermera
continuó diciéndome que la mujer había dicho que quizá lo oyera si tenía ganas.
El amigo se fue. La cinta quedó junto a su cama, sin que nadie la escuchara. Su
salud pronto se deterioró tanto que los médicos le dijeron a su hija que sería
cuestión de esperar quizá una semana o dos como mucho.
La hija, que sí
era creyente, deseaba con desesperación que su madre oyera la grabación de mi
testimonio. La cinta tiene dos mensajes. El primer lado habla de los milagros
que tuvieron que suceder para que yo viviera, y relata la oración respondida
que me permitió vivir, como he mencionado antes en este libro. El segundo lado
de la cinta cuenta cómo es el cielo. Lo titulé: «La cura para los problemas del
corazón». Esta era la parte que la hija quería que oyera su madre. Pero la
mujer se negaba: «No quiero oír nada de eso», decía.
Pasaron los
días y la mujer empeoró todavía más. La enfermera que me lo contaba, y que era
cristiana, se dio cuenta de lo que sucedía. Después de hablar con la hija
decidió hablarle a la
paciente sobre su alma, algo que no había hecho antes. Su razonamiento le
indicaba que a veces es más fácil para un extraño o alguien no tan conocido dar
un testimonio positivo, en lugar de que lo haga un familiar.
Después que
terminó su turno la enfermera entró en la habitación y preguntó:
—¿Puedo
sentarme y conversar con usted unos minutos?
La mujer
agonizante asintió.
Con suavidad y
discreción, la enfermera le habló de la fe, la paz de Dios y la gran diferencia
que Jesucristo había marcado en su propia vida.
En todo ese
tiempo, la enferma no dijo nada.
La enfermera
mencionó la cinta grabada:
—Yo la oí, y
pienso que es algo que le gustaría conocer. ¿Quiere escucharla?
La anciana
asintió, por lo que la enfermera puso la cinta en la grabadora y se fue.
Al día
siguiente, la mujer le contó a su hija y a la enfermera que había escuchado la
cinta:
—Me resultó muy
interesante. Estoy pensando seriamente en convertirme al Señor.
Aunque la
enfermera y la hija estaban más que felices, no querían presionar a la enferma.
Pasaron dos días antes de que dijera:
—Ahora soy
creyente.
Le dijo esto a
su hija y luego a la enfermera. Más tarde, a todo aquel que entrara en la
habitación la mujer que estaba a punto de morir le decía:
—Ahora soy
cristiana. He aceptado a Jesucristo como mi Salvador y voy al cielo.
A pocas horas de hacer pública su
conversión la salud de la mujer empeoró mucho. Se debatía entre la conciencia y
la inconciencia. Al día siguiente, cuando la enfermera entró a su turno, se
enteró de que la anciana había fallecido minutos antes.
La enfermera me
contó todo eso y luego dijo:
—No creerá lo
que sucedió en esos minutos finales mientras la mujer moría.
Antes de que
pudiera preguntar, añadió:
—La grabadora
estaba sobre la cama, a su lado, y su hija había puesto el lado de la cinta
donde usted describe el cielo. A medida que se le iba la vida, escuchaba su
relato de cómo es el cielo. Lo último que oyó antes de dejar este mundo para ir
con Dios fue la descripción de lo que es el cielo.
Aunque intenté
permanecer estoicamente inmutable, se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Pensé que le
gustaría saber eso.
—Sí —dije— y
gracias por contármelo. Es de gran aliento para mí.
Mientras la
mujer les contaba la historia a quienes estaban cerca, agradecí a Dios por
haberme traído de regreso a la tierra: «Oh, Dios, sí veo un propósito en que me
hayas hecho regresar a aquí. Gracias por permitirme oír esta historia.
En cierta
ocasión fui invitado a predicar en la Iglesia Bautista Chocolate Bayou, en el
sur de Houston. Me habían pedido que compartiera la experiencia de mi muerte y
mi viaje al cielo.
Me encontraba
preparándome y pensando en los últimos detalles. En las iglesias bautistas
siempre hay un solista o algún tipo de música especial justo
antes de que suba el predicador invitado al púlpito. La mujer, que no había
estado en el servicio y que al parecer no sabía de qué yo iba a hablar, entró
desde una puerta lateral para cantar.
Tenía una voz
bellísima y comenzó a entonar una canción titulada «Quebrado y derramado», que
trata sobre el jarro de alabastro que la mujer usó cuando lavó los pies de
Jesús.
Apenas se sentó
me puse de pie y comencé a contar la historia de mi accidente. No relacioné la
canción con mi mensaje, pero sí observé que varios fruncían el ceño y miraban a
la mujer.
Después del
servicio, oí que alguien le decía:
—Fue una
canción interesante la del jarro quebrado y el contenido derramado justo antes
de que hablara Don.
El tono con que
pronunciaron la palabra interesante en realidad quería significar falta de
gusto.
—¡Oh! —dijo
ella. Se veía tan impactada que me di cuenta de que no le habían avisado de qué
hablaría. Y era obvio que tampoco había relacionado una cosa con la otra.
Nuestras
miradas se cruzaron y la mujer comenzó a llorar:
—Lo lamento...
perdóneme...
—Está bien —le
dije—. En serio, está bien —repetí antes de retirarme.
—Quebrado y
derramado —dijo alguien—. Eso es lo que le pasó a usted, ¿verdad?
Al menos una
docena de personas hizo comentarios similares. Algunos suponían que lo habíamos
organizado.
Me detuve y
miré hacia atrás. La solista estaba de pie junto al piano y lloraba. Me excusé
y fui hacia ella.
—Es una bellísima canción sobre
una experiencia maravillosa. Usted no sabía de qué iba a hablar, pero está
bien, porque no se me ocurre una canción mejor.
Sonrió
agradecida, y comenzó a disculparse otra vez.
—Está bien. En
verdad, está bien —le aseguré.
Mientras me
alejaba pensé que quizá yo también había sido quebrado, y que mi contenido se
estaba derramando. Pero sonreí ante otra idea: Poco a poco me estaba volviendo
a armar.
16. Encontrar
un propósito
Convencido de
esto, sé que permaneceré y continuaré con todos ustedes para contribuir a su
jubiloso avance en la fe.
FILIPENSES 1:25
Brad Turpin, un
policía motorizado de los suburbios de Houston, en Pasadena, casi perdió una
pierna. Su motocicleta de policía chocó con la parte trasera de un camión
transportador de vehículos. Se habría desangrado allí en la calle si los
paramédicos no le hubieran aplicado un torniquete.
Sonny Steed,
anterior ministro de la parte educativa en nuestra iglesia, conocía a Brad
personalmente y me pidió que fuera a verlo:
—Por supuesto
—dije, sobre todo cuando me enteré de que le pondrían un fijador.
Llamé primero para asegurarme de
que me permitiría visitarlo. No sé por qué, pero antes de salir tomé las
fotografías de mi accidente y mi recuperación. Sonny me llevó en auto a la casa
del policía. Cuando entramos fue como volver a entrar a la sala de mi casa otra
vez. Brad estaba en una cama ortopédica, con el trapecio colgando encima de su
cabeza. Tenía un dispositivo similar al mío, pero con modificaciones, ya que en
los doce años desde mi accidente la tecnología había mejorado.
Había otras
personas allí, por lo que me senté y comencé a conversar de cosas informales.
Era agradable, pero sabía que estaba cansado ya de ver a tanta gente. Apenas
salió la última visita, le dije:
—Estás en
realidad cansado de hablar con la gente, ¿verdad?
Brad asintió.
—Lo entiendo.
Casi sientes que estás en exhibición. El teléfono no deja de sonar. Todos
quieren venir a verte.
Asintió otra
vez.
—Aprecio que
vengan, pero necesito un poco de paz y tranquilidad.
—Me disculpo
por interrumpirte pero Sonny me trajo porque quería hablarte de lo que puedes
esperar ahora —señalé el Ilizarov y agregué—. Yo también tuve uno de esos en la
pierna.
—Oh, ¿sí?
Le mostré mis
fotografías y comecé por la que me tomaron al día siguiente de que me pusieran
el marco de Ilizarov. Cada foto mostraba el progreso, paso a paso. Miró todas
con atención y vio que yo había estado peor que él.
—Sí. Y tú
también te recuperarás.
—Es bueno que
hayas podido salir adelante, pero no creo que conmigo suceda lo mismo. No
pueden darme garantías de que pueda conservar la pierna. Los médicos son
pesimistas y eso lo hace más difícil para mí.
—Bueno, es que
ellos son así —dije, recordando muy bien lo que sentía en esos días—. Prefieren
pecar de ser conservadores y no despertar en ti falsas expectativas. A meses de
hoy, y ellos lo saben, podrías seguir usando este fijador y que todo fuera
bien, pero también podrías tener una infección y perderías la pierna de todos
modos.
—A eso me
refiero. Es que no estoy seguro de que todo este dolor valga la pena.
—La buena
noticia es que el dolor disminuirá a medida que vayas mejorando.
Su esposa había
entrado en la sala mientras conversábamos, y escuchaba.
—Estoy muy
cansada de la falta de progreso, y nadie nos dice nada —señaló—. Estamos
pensando en cambiar de médico.
—Quizá
encuentren un médico mejor —les dije—, pero esperen un poco. Sean pacientes.
Estoy seguro de que su médico está haciendo todo lo que puede, lo mejor.
Entonces, les
conté de cuando se me agotó la paciencia:
—Cuando mi
médico entró a verme, yo estaba echando chispas. Le grité: «Siéntese». El
médico se sentó y durante unos cinco minutos me quejé de todo lo que me
molestaba e irritaba. No había estado pensando en él, claro. Estaba sufriendo,
sentía dolor todo el tiempo, no podía dormir y quería respuestas.
«Estoy cansado de no saber nada.
Le pregunto durante cuánto tiempo tendré que llevar esto y me dice: “Quizá un
mes más, dos meses más, tres meses más”». Todavía no acababa de desahogarme y
estallé en otra andanada de quejas. Terminé diciendo: «¿Por qué no puede darme una
respuesta directa?»
«Entonces el
médico bajó la cabeza y dijo con suavidad: “Estoy haciendo todo lo que puedo,
mi mejor esfuerzo. No conozco las respuestas y por eso no puedo dárselas”. “Es
que yo quiero...”. “Sé lo que quiere, pero esta no es una ciencia exacta.
Estamos reinventando la rueda. No tenemos demasiada experiencia en esta área, y
todo esto es nueva tecnología para nosotros. Hacemos todo lo que podemos,
nuestro mejor esfuerzo”».
Cuando les
conté a Brad y su esposa sobre este incidente, añadí:
—Por favor,
sean pacientes con su médico. Él no puede darles respuestas que no tiene.
También les dirá qué hacer y los cargará con prescripciones. Tendrá que
indicarte mucha terapia y ustedes tendrán que aprender cómo lidiar con esto,
con todo esto.
—Sí, lo sé
—dijo él— pero ya no puedo controlar mis emociones. Soy policía. He visto cosas
realmente feas, duras y difíciles. Pero encuentro que me estoy quebrando
emocionalmente. ¿Sabe a qué me refiero?
—En lo
absoluto. Quiébrate y llora. Te sucederá varias veces.
—Siento que
estoy incapacitado para controlar las cosas.
—¡Es que estás
incapacitado!
Brad me miró
fijamente.
—Piensa en esto. ¿Hay algo que
puedas controlar? Nada.
—Ni siquiera
puedo asearme cuando voy al baño.
—Así es. Eres
un inútil ahora. No hay nada que puedas hacer o controlar.
—Antes de esto,
levantaba pesas y hacía físico-culturismo —dijo—. Tenía un físico increíble.
—No lo dudo
—podía ver que había sido un hombre fuerte y musculoso—. Pero ahora ya no
tienes eso. Quizá algún día vuelvas a tener un cuerpo escultural, pero la
incapacidad de levantarte y hacer lo que hacías antes hará que cambies.
Prepárate a cambiar. Perderás peso, tus músculos se atrofiarán. Ya no puedes
controlar tu cuerpo como lo hacías antes.
Era evidente
que su esposa también sentía todo el estrés y estaba a punto de llorar.
—Es que uno se
siente muy mal, aun con la medicación. No sé qué hacer.
—Puedo
sugerirles un par de cosas. Ante todo, manejen las visitas y las llamadas
telefónicas. No hace falta que dejen venir a todos cuando quieran —les dije—.
Sean firmes. Si permiten que vengan todos, se cansarán al intentar ser amables.
Sus amigos lo entenderán.
Luego me volví
hacia Brad.
—Prepárate para
toda tu terapia, porque tendrás que hacer todo tipo de cosas difíciles. Hazlas
si es que quiere volver a caminar. Sé paciente, porque te llevará mucho tiempo.
Probablemente, una de las mejores cosas que puedo decirte es esta: No intentes
actuar como el Llanero Solitario.
Hice una breve
pausa y casi sonreí porque recordé cómo había sido mi propia recuperación.
—Avisa cuándo te duele y explica
cómo pueden ayudarte, en especial a las personas en quienes confías. Díselos
para que puedan hacer cosas por ti. Permíteles que oren por ti. Hay mucha gente
buena que viene y querrán traerte una torta, cocinar tu comida favorita o hacer
algo para ayudarte. Permíteles expresar su amor y amistad.
Después de
hablar durante unos minutos me levanté para irme. Anoté mi número de teléfono.
—Llámame. Si no
puedes dormir a las tres de la mañana, o estás enojado, llámame. Te escucharé.
Te entenderé porque puedo hacerlo. Esta es una fraternidad muy pequeña y
ninguno entró en ella por voluntad propia.
Antes de que
saliera, Brad me dijo:
—No puedo
expresar cuánto aprecio que hayas venido. Que me visite alguien que conoce este
dolor es algo que me ayuda mucho. Eres la primera persona que conozco que
entiende lo que es vivir con dolor las veinticuatro horas del día.
—Esto de
visitar a la gente que está como estaba yo no es algo que me haya propuesto —le
dije—. No obstante estoy dispuesto a hacerlo. Quiero ayudar pero tendrás que
hacer el esfuerzo de llamarme. Recuerda, no intentes salir adelante a solas.
La esposa de
Brad me acompañó hasta el auto y me dijo:
—Mi esposo
precisaba esto. En público intenta ser una fuente de fortaleza y sonar
positivo. En los momentos tranquilos está muy frustrado y emotivo, y se
quiebra. En realidad me preocupa. Nunca en nuestra vida juntos le he visto así.
—Yo recuerdo
que mi esposa trabajaba duro todo el día como maestra de escuela y luego venía
por las noches —le dije—. Acompáñalo. Mejorará.
Le conté de cuando estuve en mi
peor momento, y de cómo Eva había intentado alentarme diciendo algo así como:
«Dale tiempo. Vas a estar bien».
Yo había
explotado, lleno de ira y frustración. «¿Qué es lo que te hace pensar que
estaré bien? ¿Cuáles son mis posibilidades? Nadie puede decirme eso. Nadie
puede prometérmelo».
Debo darle el
crédito a Eva porque no discutió conmigo. Me abrazó. Yo lloré. Nunca antes
había hecho eso en su presencia.
Después que le
conté esa historia a la esposa de Brad, dije:
—Debes estar
preparada para los cambios en tu vida y en la de Brad. Él no puede controlar
sus emociones, pero no lo tomes como un ataque personal cuando grite. Es el
dolor y la frustración. No es contra ti.
Nos saludamos
con un apretón de manos y agregué:
—Por favor, no
dudes en llamarme si me necesitan. Aliéntalo para que me llame.
Después de eso,
vi a Brad unas cuatro o cinco veces. Semanas más tarde, cuando pudo salir de la
casa con su andador, lo vi en un restaurante. Me acerqué a su mesa y me senté:
—¿Cómo vas? —le
pregunté.
—Bien. En
realidad bien.
Me agradeció
por haber ido a verlo en uno de sus peores momentos. Todavía no estaba del todo
bien, pero se veía mucho más saludable. Cuando me dio la mano y la sostuvo
durante un rato supe que era su manera de expresar el aprecio que no podía
explicar con palabras.
Me sentí
agradecido con Dios por haberme permitido ayudar a Brad en su momento de
oscuridad.
Unos dos años después de mi
accidente me enteré de que Chad Vowell había tenido un muy grave accidente
automovilístico. Había sido miembro de nuestro ministerio de jóvenes en South
Park y sus padres eran de los que más nos apoyaban en la iglesia. Su madre,
Carol, estaba en la comitiva que venía a mi habitación del hospital con otras
personas para planificar los retiros de los jóvenes. Yo no había ayudado mucho,
pero había sido su forma de hacerme sentir útil, necesitado.
Chad había sido
un destacado jugador de fútbol y pertenecía a nuestro grupo de jóvenes. Eso fue
casi un año antes de que fuera a la universidad.
Cuando llamé a
su madre, me dijo que habían llevado a Chad en helicóptero al Hospital John
Sealy de Galveston. Yo no tenía idea de lo grave que estaba hasta que me dijo:
—El informe
dice que se destrozó la pierna y le pusieron un fijador.
Cuando oí la
palabra fijador, supe que tenía que ir a verlo. Habría ido de todos modos
porque era miembro de South Park. Pero la palabra fijador le dio una urgencia
adicional a mi visita.
Cuando entré a
su habitación Chad yacía allí en la cama, deprimido y obviamente sin ganas de
hablar. No era el Chad que yo conocía. Antes, siempre se alegraba de verme y su
rostro se iluminaba al reconocerme. Pero esta vez, aunque reconoció mi
presencia, no hizo esfuerzo alguno por conversar conmigo.
—¿Estás bien?
¿Estarás bien? —le pregunté, y luego miré su pierna—. Veo que te pusieron un
fijador.
—Chad,
¿recuerdas cuando tuve el accidente? Eso es lo mismo que me pusieron a mí.
—¿De veras?
—por primera vez mostró interés.
No sé si nunca
había visto el mío o si no lo recordaba. Me acerqué un poco y dije:
—Nada más
recuerda esto: Sé lo que se siente al tener uno de esos.
Su pierna
estaba destrozada en la parte inferior. Y como allí hay dos huesos, es menos
difícil la sanidad. Luego supe que su pronóstico era muy bueno.
Pude hablar con
ese muchacho, tomarlo de la mano y orar con él de manera que viese que me
identificaba con su sufrimiento. Por primera vez, tuvo la sensación de que
podía esperar algo bueno con su tratamiento. Hasta entonces, como me sucedió a
mí después del accidente, nadie le daba información específica. Y como yo, se
sentía enojado y deprimido.
—El dolor
durará mucho tiempo y la recuperación parecerá eterna, pero te mejorarás. Recuerda
eso nada más: Mejorarás.
Y así fue.
El cáncer se
llevó a Joyce Pentecost una semana antes de que cumpliera treinta y nueve años.
Yo la amaba mucho. Estaba casada con Eddie, uno de los hermanos de Eva, y dejó
dos niños pelirrojos muy hermosos: Jordan y Colton.
Joyce no solo
era una de las personas más vivaces que conocí, y una excelente cantante
además, sino que iluminaba una habitación con su sola presencia. Casi nunca
interpretaba una sola
canción, sino que parecía seguir la tradición de Ethel Merman.
Me sentí honrado
de poder hablar en el servicio en su memoria realizado en la Primera Iglesia
Bautista de Forrest City, en Arkansas. Más de seiscientas personas llenaban el
auditorio. Debido a que Joyce había grabado varios discos de música cristiana
nos dejó un legado. Esa tarde soleada, oímos a Joyce cantar su propia
bendición.
Luego de la
música su padre, el reverendo Charles Bradley, dio un mensaje de esperanza y
salvación. Nos dijo a todos: «Hace años Joyce y yo hicimos un pacto. Si me iba
primero, ella cantaría en mi funeral. Y si ella se iba antes, yo hablaría en el
suyo. Hoy estoy cumpliendo la promesa que le hice a mi hijita».
Ese momento,
quedó grabado dentro de mí. Hubo sonrisas de melancolía, y también lágrimas,
pero no creo que nadie haya sentido enojo o desesperanza.
Después que el
padre de Joyce terminó su mensaje, fue mi turno para hablar.
«Algunos hoy se
preguntarán: “¿Cómo pudo morir Joyce?”», comencé. «Pero yo diría que debiéramos
preguntarnos en cambio: “¿Cómo vivió Joyce?” Vivió bien, amada. Vivió muy
bien».
Les dije
entonces que Joyce era un cometa pelirrojo que pasó raudamente por el escenario
de la vida, que vivió y amó haciendo feliz a mucha gente, que había sido una
amiga dedicada, una hija ideal, una tía que mimaba a sus sobrinos, una dulce
hermana, una madre amorosa y una esposa maravillosa. Admití que no tenía
respuesta para la pregunta que penetraba en muchos corazones ese día: ¿Por qué?
«Hay consuelo allí donde no hay
respuestas», dije. «Joyce creía con firmeza que si moría, al instante estaría
con Dios. Creía que si vivía, Dios estaría con ella. Esa era la razón de su
vida. Esa puede ser también nuestra razón para seguir adelante».
Concluí
compartiendo un momento personal. La última conversación larga que tuve con
Joyce antes de que volviera a casa del hospital fue sobre el cielo. Jamás se
cansaba de oírme describir mi viaje al cielo, así que «fuimos de visita» allí
por última vez. Hablamos de los ángeles, de la puerta y de nuestros seres
queridos (la madre de Joyce había muerto de cáncer). Ella siempre quería que le
describiera la música, y nuestra última conversación no fue distinta a las
demás.
«Hace solo unos
días», le dije a la congregación, «creo que Dios estaba sentado tras esas
puertas y les dijo a los ángeles: “Lo que necesitamos aquí es una buena soprano
pelirroja”. Entonces, los ángeles exclamaron: “¡Será Joyce Pentecost!” Dios
mandó a buscar a Joyce y ella respondió al llamado. Ahora está cantando con las
huestes angelicales. Joyce Pentecost está ausente en cuerpo, pero presente con el
Señor».
Mis palabras de
cierre fueron una pregunta: «¿Se puede perder a alguien cuando uno sabe dónde
está?»
Tenía treinta y
ocho años cuando morí en ese accidente. Joyce tenía la misma edad cuando le
diagnosticaron cáncer. Yo sobreviví a lo que me pasó. Joyce no. Pero sé esto:
porque pude vivir lo que es el cielo, también pude prepararla a ella y a sus
seres queridos para lo que vendría. Y ahora, estoy preparándolo a usted.
Muchas veces desde mi accidente he
deseado que me hubiese visitado en el hospital alguien que hubiera pasado ya
por el sufrimiento de tener puesto un fijador durante meses.
Cada vez que
oigo que alguien tiene puesto un fijador, intento ponerme en contacto. Y cuando
hablo con quienes sufren enfermedades a largo plazo intento ser sincero por
completo. No hay una forma fácil de pasar por ese proceso de recuperación, y
necesitan saberlo. Debido a que yo pasé por eso puedo decírselos (y me
escuchan). Les digo que aunque llevará mucho tiempo con el tiempo mejorarán.
También les hablo de algunos de los problemas que enfrentarán a corto plazo.
Mis visitas a
Chad, Brad y a otros también me recuerdan que Dios sigue teniendo un propósito
para mí en la tierra. Durante ese largo período de recuperación a veces añoré
el cielo. Al mirar en retrospectiva, sin embargo, puedo ver cómo las
experiencias personales que compartí con otros fueron el suave tirón que me
trajo de vuelta a la tierra. Ahora puedo decir: «Cuando Dios esté listo para
llevarme, lo hará». Mientras tanto, intento ofrecer a los demás todo el
consuelo posible.
Y como a mí,
cuando otras víctimas ven el fijador puesto en su pierna y sobre todo cuando
comienzan a sentir el dolor y la frustración por no poder moverse, la depresión
les sobreviene. Esto se debe a que no tienen idea de lo que sucederá después. Y
aunque los médicos intenten reconfortarlos en cuanto a su recuperación, les
duele demasiado como para poder recibir consuelo de parte de sus doctores.
Sin embargo, a
veces, los pacientes pueden tener falsas expectativas sin querer, y piensan:
«Esto pasará pronto».
Les digo: «Pasará, sí, pero no
será pronto. Este es un compromiso a largo plazo y no hay forma de apurar el
proceso. Cuando uno tiene lesiones de esta magnitud, no hay una salida fácil ni
un atajo. Hay que vivir con esto por ahora».
Podría
compartir otras historias, pero estas son las experiencias que me permiten
salir adelante en mis propios momentos de oscuridad. Encontré de nuevo el
propósito para mi vida. Sigo anhelando volver al cielo, pero por ahora,
pertenezco a este lugar. Estoy cumpliendo mi propósito aquí en la tierra.
17. Añoranzas
de mi hogar
A causa de la
esperanza reservada para ustedes en el cielo. De esta esperanza ya han sabido
por la palabra de verdad, que es el evangelio.
COLOSENSES 1:5
Una de mis
historias favoritas es la de una niñita que salió de su casa y su madre no
sabía a dónde había ido. Cuando se dio cuenta de que la niña no estaba, se
preocupó porque algo malo le hubiera sucedido. La llamó por su nombre varias
veces desde el porche del frente de la casa.
Casi de
inmediato, la niñita vino corriendo desde la casa vecina. Su madre la abrazó,
le dijo que se había preocupado, y luego preguntó:
—¿Dónde
estabas?
—Estaba con el
señor Smith, el vecino de al lado.
—Porque su
esposa murió y él está muy triste.
—Oh, lo lamento
mucho. No lo sabía. ¿Y qué hacías?
—Solo lo ayudé
a llorar.
En cierta
forma, eso es lo que yo hago. Compartir mis experiencias es mi forma de llorar
con otros que están sufriendo.
He descubierto
que una de las razones por las que puedo consolar a quienes se enfrentan a su
propia muerte o a la de un ser querido es porque he estado allí. Puedo darles
la seguridad de que el cielo es un lugar de gozo indescriptible, incomparable
con cualquier otra cosa.
Sin la menor
duda, sé que el cielo es real. Es más real que cualquier otra cosa que haya
vivido en mi vida. A veces digo: «Piensen en lo peor que les ha pasado, en lo
mejor que les ha ocurrido, y en todo lo que hay en el medio. El cielo es mucho
más real que cualquiera de esas cosas».
Desde mi
regreso a la tierra tengo plena conciencia de que todos nosotros estamos en un
peregrinaje. Al final de esta vida, donde sea que vayamos —al cielo o al
infierno— la vida será más real que esta que estamos viviendo.
Jamás había
pensado esto antes de mi accidente, por supuesto. El cielo era un concepto,
algo en lo que creía, pero no pensaba muy a menudo en ello.
En los años
posteriores a mi accidente, he pensado reiteradas veces en la última noche en
que Jesús estaba con sus discípulos antes de su traición y crucifixión. A horas
nada más de iniciar su viaje al cielo se sentó con sus discípulos en el
aposento alto. Les pidió que no se perturbaran y que confiaran en él. Luego les
dijo que se iría y agregó: «En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no
fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me
voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde
yo esté» (Juan 14:2-3).
Nunca lo había
notado antes, pero aquí Jesús usa dos veces palabras que se refieren a una
ubicación: vivienda y lugar. Quizá esto para muchos no tenga un gran
significado, pero yo pienso en ello a menudo. El cielo es un lugar,
literalmente un lugar, y puedo dar testimonio de que lo conozco. He estado
allí. Sé que es real.
Desde mi
accidente, he sentido con mayor intensidad y profundidad que antes. Un año en
una cama de hospital logrará eso mismo con cualquiera, pero esto fue mucho más
que eso. Esos noventa minutos en el cielo me dejaron una impresión tan grande
que jamás volveré a ser la persona que era. Nunca más volveré a estar conforme
y contento por completo aquí, porque vivo anticipando lo otro.
Experimenté más
dolor del que pensé que pudiera soportar un ser humano y todavía vivo para
contarlo. A pesar de todo lo que me pasó durante esos meses de dolor continuo
sigo sintiendo la realidad del cielo, mucho, mucho más de lo que sentía el
sufrimiento que debí soportar.
Debido a que
soy una persona muy activa y no suelo aminorar el ritmo, muchas veces he
considerado que necesito explicar por qué no hago ciertas cosas. Cuando estoy
vestido, la mayoría de las personas no se dan cuenta de que tengo
discapacidades. Sin embargo, ante una actividad que este cuerpo reconstruido no
puede hacer (y la gente a veces se sorprende de lo sencillas
que son tales acciones), recibo respuestas extrañas.
—Es que te ves
tan saludable —dicen algunos—. ¿Qué es lo que te pasa?
En ocasiones,
cuando sigo a alguien que baja las escaleras (una experiencia dolorosa para mí)
oyen cómo crujen mis rodillas.
—¿Eres tú el
que hace ese horrible ruido? —preguntan.
Yo sonrío y
respondo:
—Sí. Es
ridículo, ¿verdad?
Mi relativa
movilidad es engañosa. Puedo moverme más de lo que alguien imaginaría que
podría. Pero sé, aunque no se note, que estoy bastante limitado. Trabajo duro
para caminar bien porque no quiero llamar la atención. Ya me miraron bastante
cuando tenía puesto el fijador.
Intento verme y
actuar de forma normal y sigo esforzándome. Esa es la forma en que lucho con
mis debilidades. He aprendido que si me mantengo ocupado, y en especial
ayudando a otros, no pienso en mi propio dolor. Es algo extraño, pero mi dolor
es su propia terapia. Tengo la intención de seguir adelante hasta que ya no
pueda más.
Somos víctimas
de nuestra invención del tiempo humano, y tenemos que pensar en términos de
tiempo, porque así es nuestro sistema. Y aquí quiero destacar algo. Mi
inclinación humana es pensar qué hace mi comité de bienvenida durante estos
años que estoy de vuelta en la tierra.
Y mientras lo
pienso, no creo que mi comité de bienvenida diga: «Oh, no. No se quedará».
Ellos siguen allí junto a la puerta. Esperando. Para ellos el tiempo no pasa.
Todo es eterno ahora... aunque no pueda expresarlo con palabras. Aunque pasen diez, treinta
años o más, en el cielo será solo un instante hasta que regrese allí.
No es que desee
morir. No soy suicida. Pero sí todos los días pienso en regresar. Anhelo
regresar. Sé con toda certeza que volveré según los tiempos de Dios. Ahora
añoro ese momento con ansias. No le tengo miedo a la muerte en lo absoluto.
¿Por qué temería? No hay nada qué temer y solo hay gozo esperándome.
He señalado
antes que cuando recuperé la conciencia en la tierra me invadió una amarga
desilusión. No quería volver pero esto no dependía de mi decisión.
Durante mucho
tiempo, no acepté que Dios me hubiera enviado de vuelta. Y aun en mi desilusión
sabía que él tenía un propósito en todo lo que pasó. Había una razón por la que
fui al cielo y un propósito en mi regreso. Con el tiempo comprendí que Dios me
había dado una experiencia especial, un vistazo de lo que será la eternidad.
Aunque añoro mi
hogar, estoy preparado para esperar a que llegue el llamado final.
Habiendo pasado
por treinta y cuatro cirugías y tantos años de dolor pude también ver la verdad
en las palabras de Pablo a los Corintios: «Alabado sea el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación,
quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que con el mismo
consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos
los que sufren» (2 Corintios 1:3-4).
Mientras esté
aquí en la tierra Dios sigue teniendo un propósito para mí. Saber eso
me permite soportar el dolor y mis incapacidades físicas.
Sin embargo, en
mis momentos más oscuros, recuerdo una de las líneas de una antigua canción:
«Todo valdrá la pena cuando veamos a Jesús».
Sé que así
será.
18. Los «porqués»
Ahora vemos de
manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a
cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy
conocido.
1 CORINTIOS
13:12
Muchas veces,
he visto gente en la televisión que dicen haber tenido experiencias cercanas a
la muerte (ECM). Confieso que me fascinaron sus relatos, pero debo admitir que
soy escéptico. En realidad, muy escéptico. Antes y después de que hablaran
siempre pensé: Probablemente fue algo en su cerebro. O quizá había algo en su
banco de memoria que volvieron a experimentar. No dudé nunca de su sinceridad.
Ellos querían creer en lo que decían.
He visto muchos
programas en vivo y leí sobre víctimas que murieron y fueron resucitadas de
forma heroica. Sus relatos a menudo me parecieron demasiado ensayados y tan similares que perturban,
como si una persona copiara la historia de la última. Un individuo que afirmó
haber estado muerto durante más de veinticuatro horas escribió un libro y dijo
que había hablado con Adán y Eva. Algunas de las cosas que supuestamente le
dijo esa primera pareja de humanos no tienen nada que ver con lo que está
escrito en la Biblia.
A pesar de mi
escepticismo, el cual siento todavía hoy en torno a muchos de esos testimonios,
jamás cuestioné mi propia muerte. En realidad, fue algo tan poderoso, tan
transformador, que no pude hablar con nadie hasta que David Gentiles logró
sacarme la información casi con un tirabuzón dos años después del accidente.
He visto las
investigaciones en torno a las ECM y pensé en ellas con frecuencia a lo largo
de los años.
En diciembre de
2001, el Lancet, publicado por la Sociedad Médica Británica, informó los
resultados de su investigación en torno a las ECM. La mayoría de los
científicos y expertos médicos habían descartado estos sucesos dramáticos como
deseos o desvaríos de la mente a causa de la falta de oxígeno.
Este estudio
científico realizado en los Países Bajos es uno de los primeros. En lugar de
entrevistar a quienes informaban haber pasado por una ECM, siguieron a cientos
de pacientes que habían sido resucitados después de sufrir una muerte
clínica... es decir, después que sus corazones habían dejado de latir.
Esperaban que este método les brindara relatos más exactos al documentar las
experiencias mientras sucedieron, en lugar de fundamentarlas en recuerdos mucho
tiempo después de la resucitación.
Los resultados
fueron que un dieciocho por ciento de los pacientes en el estudio hablaba de
recuerdos del momento en
que habían estado clínicamente muertos. Entre un ocho y un doce por ciento
informaban las experiencias ECM comúnmente aceptadas, como ver luces
brillantes, pasar por un túnel, y hasta cruzar al cielo y hablar con parientes
o amigos fallecidos. Los investigadores llegaron a la conclusión de que las
experiencias cercanas a la muerte o ECM son meramente «algo que todos
quisiéramos creer con desesperación que es verdad».[3]
Por otra parte,
otros investigadores llegaron a conclusiones basadas en un estudio de
trescientas cuarenta y cuatro personas (de entre veintiséis y noventa y dos
años) que habían sido resucitadas. La mayoría fue entrevistada dentro de los
cinco días posteriores a la experiencia. Los investigadores volvieron a
contactarlos dos años más tarde, y luego de nuevo a los ocho años de esto.
Ellos
descubrieron que las experiencias no se correlacionaban con ninguno de los
parámetros de medición psicológica, fisiológica o clínica... es decir, que las
experiencias no tenían relación con los procesos del cerebro que está muriendo.
La mayoría de los pacientes tenía una excelente capacidad de recordar los sucesos,
lo cual según los investigadores da por tierra con la idea de que los recuerdos
eran falsos.
Lo que más me
importa es que quienes pasaron por tales experiencias informan de cambios
marcados en su personalidad. Ellos perdieron el miedo a la muerte. Se hicieron
más compasivos, generosos, amorosos.
El estudio en
realidad no mostró nada en cuanto a que las ECM sean verdaderas. Como ha sido
el caso antes de que se realizaran estos estudios, un grupo creía que las ECM
son solo estados psicológicos de alguien que está muriendo, mientras que el otro grupo sostenía
que la evidencia respalda la validez de las ECM, sugiriendo que los científicos
revisen las teorías que descartan las experiencias extracorporales.
No tengo la
intención de tratar de encontrarle la solución a este debate. Solo puedo contar
lo que me pasó a mí. No importa lo que me digan o no los investigadores, yo sé
que fui al cielo.
He dedicado una
inmensa cantidad de tiempo a pensar por qué sucedió, en lugar de concentrarme
en qué pasó. He llegado a una sola conclusión: Antes de morir en un accidente
automovilístico era escéptico en cuanto a las ECM. Simplemente, no veía cómo
alguien podía morir, ir al cielo, y volver para contarlo. Jamás dudé de la
muerte, de la realidad del cielo, o de la vida después de la muerte. Pero sí
dudaba de las descripciones de los relatos de las ECM. Estas historias me
parecían muy ensayadas, todas muy similares. Entonces morí, fui al cielo y
volví. Solo puedo contar lo que me pasó a mí. Ni por un instante se me ha
ocurrido creer que fue una mera visión, un caso de cables cruzados en el
cerebro, o el resultado de cosas que oí antes. Sé que el cielo es real. Estuve
allí y volví.
Así que todo se
resume a esto: Hasta que un simple mortal muera durante un período de tiempo
considerable y luego vuelva a vivir con una evidencia irrefutable de que hay
vida después de la muerte, las ECM seguirán siendo una cuestión de fe, o al
menos, conjeturas. Pero, como dice uno de mis amigos: «¿Qué hay de nuevo?»
Compartí mis
experiencias una vez con una congregación grande en la que se encontraban los
padres de mi esposa, Eldon
y Ethel Pentecost. Ellos me han respaldado siempre e hicieron grandes
sacrificios durante mi accidente y la larga recuperación.
Después del
servicio, fuimos a su casa. En un momento en que Eldon y yo estábamos a solas,
me dijo:
—Me enojé la
primera vez que compartiste la historia de tu viaje al cielo.
Yo no tenía
idea de que hubiera sentido enojo.
—Terminaste
diciendo que nunca deseaste volver a la tierra.
Asentí, sin
saber hacia dónde se dirigía la conversación.
—No entendí
entonces. Pero hoy sí puedo entenderlo. Cuando te oigo hablar de la belleza del
cielo comprendo un poco más por qué estarías dispuesto a separarte de mi hija y
mis nietos durante un tiempo. Pues sabes, de veras, que volverán a unirse.
—Sin duda
alguna —dije.
La revelación
de Eldon me tomó con la guardia baja. Claro que tenía razón. Tuve el privilegio
de bautizar a mis hijos y de ver bautizada a mi esposa también. Sabía que la fe
de ellos era sincera. Por fe, sabía que serían residentes del cielo algún día.
Y separarme de ellos jamás cruzó por mi mente mientras estuve en el cielo. Los
que están en el cielo sencillamente no están conscientes de quiénes no están
allí. Pero sí saben quién vendrá.
Y todavía hoy
puedo decir con sinceridad que desearía haberme quedado en el cielo, pero sé
que mi momento no era ese. Si hubiera sabido que me esperaban dos semanas en la
UCI, un año en el hospital, y treinta y cuatro operaciones al dejar el cielo,
seguro habría estado todavía más desesperanzado desde el
principio. Sin embargo, no estaba en mí la decisión, y volví con el sonido de
una voz que oraba, de botas que pisaban el vidrio hecho añicos, y de las
Mandíbulas de la Vida que abrían los hierros apretados de mi auto destruido.
Hay una
pregunta que sigue ocupando mi mente: ¿Por qué? Y tiene varias versiones:
¿Por qué morí
en el accidente de auto?
¿Por qué tuve
ese singular privilegio de ir al cielo?
¿Por qué se me
permitió un vistazo del cielo para luego hacerme volver?
¿Por qué casi
muero en el hospital?
¿Por qué
permitió Dios que viviera en constante dolor desde el 18 de enero de 1989?
La respuesta es
corta: No lo sé.
Y sin embargo,
ese por qué sigue siendo el cuestionamiento humano más consumado. Por
naturaleza, somos curiosos. Queremos saber.
Después de
todos estos años todavía no me resulta fácil contar lo sucedido. Varias veces
intenté escribirlo y no pude. Por eso le pedí a mi amigo Cec Murphey que me
ayudara con este libro... si dependiera de mí jamás lo habría escrito. El
trauma emocional de revivir todos los sucesos es demasiado para mí. Solo
contando con alguien más que lo escribiera me ha sido posible pasar por esto.
Todavía no sé
por qué pasan estas cosas.
Pero sí sé que
Dios está conmigo en los momentos más oscuros de mi vida.
Además de preguntar por qué hay
otras preguntas. Creo que es más importante que piense en ellas.
¿Quiso Dios que
conociera el dolor real para que pudiera entender el dolor de mi prójimo?
¿Qué es lo que
Dios quiso que aprendiera de todas mis experiencias, de mi muerte y de mi larga
recuperación?
¿De qué manera
pueden mis experiencias beneficiar más a mi prójimo?
Después de
tantos años, todavía no encuentro respuesta tampoco para la mayoría de estas
preguntas. Aprendí varias cosas y veo que Dios sigue teniendo razones para
mantenerme con vida en esta tierra. Quizá nunca llegue a conocer sus razones, y
por cierto él no tiene la obligación de explicármelas.
Aunque no tengo
respuestas a muchas de mis preguntas, tengo paz. Sé que estoy donde Dios quiere
que esté. Sé que estoy haciendo el trabajo que Dios me encargó.
Encuentro
consuelo en una historia registrada en el Evangelio de Juan. Un hombre que
había nacido ciego conoce a Jesús y es sanado. Entonces corre por ahí, alabando
a Dios, pero su sanidad es algo que molesta a los líderes religiosos que han
estado intentando apartar a la gente de Jesús.
Interrogan al
hombre que era ciego buscando obligarlo a admitir que Jesús es un pecador (es
decir, un fraude).
El hombre dice
con sabiduría: «Si es pecador, no lo sé ... Lo único que sé es que yo era ciego
y ahora veo» (Juan 9:25). De la misma manera algunos quizá no crean en mi
relato. Podrán pensar que fue el cumplimiento de algo que deseé y que se
concretó en el momento de un trauma severo. No tengo que defender mi
experiencia.
Sé lo que me pasó. Para quienes
tenemos fe en la realidad del cielo no hace falta evidencia. Sé lo que viví.
Creo que Dios
me permitió vislumbrar lo que será la eternidad en el cielo.
También creo
que parte de la razón por la que sigo vivo, como ya dije, es que la gente oró.
Dick Onerecker oró para que volviera a la vida... y sin daño cerebral. David
Gentiles y otros oraron para que Dios no me llevara al cielo justo entonces.
Estoy aquí.
Estoy vivo, y es porque los propósitos de Dios todavía no se han cumplido en mi
vida. Cuando Dios haya terminado conmigo, volveré al lugar que añoro. Ya tengo
hecha mi reserva en el cielo y volveré algún día para quedarme para siempre.
Es mi oración
que pueda verlo allí también.
Notas
Capítulo 4
[1]. Lo que
se llama comúnmente «Mandíbulas de la Vida» es una marca de herramientas
comercializada por la Hurst Jaws of Life Company. El término hace referencia a
diversas herramientas hidráulicas a pistón conocidas como cortadoras,
separadoras y martillos que se usan para forzar la apertura de lugares donde
han quedado víctimas atrapadas después de un accidente de tránsito.
[2]. «Oh,
qué amigo nos es Cristo», traducción del himno escrito por Joseph Scriven en
1855, disponible en http://www.selah.com.ar/new/verrecurso.asp? CodigoDeItem=1887, acceso 5-4-06.
Capítulo 18
[3]. Pim van Lommel, Ruud van Wees,
Vincent Meyers, Ingrid Elffench, «Near-death Experience in Survivors of Cardiac
Arrest: A Prospective Study in the Netherlands», Lancet 358, no 9298, diciembre
15, 2001, pp. 2039-45.
Acerca de los Autores
Don Piper se
ordenó como ministro en 1985 y ha servido en diversas posiciones como personal
de la iglesia, incluyendo seis años como pastor principal. Él y su esposa Eva
viven en Pasadena, Texas, y tienen tres hijos adultos. Don ha aparecido en
diversos programas seculares y cristianos, de radio y televisión, y le han
entrevistado innumerables veces para publicar artículos en periódicos y
revistas. Escribe una columna semanal en un periódico y cada semana predica y
lidera conferencias y retiros en diversas regiones de los Estados Unidos y otros
países. Para contactar a Don escribir a: donpiperministries@yahoo.com
Cecil Murphey
ha escrito, solo o con otros autores, noventa y un libros que incluyen su
trabajo en la autobiografía de Franklin Graham, Rebel with a Cause [Rebelde con
causa].
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