EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE (2015)
Por PATRICK THEILLER
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Las ECM vista por la Religión CATÓLICA
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IGUA por KOS d’ASTUIRES (2026)
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CONTENIDO
Dedicatoria - Pensamientos - Prólogo - Introducción
1.er
Testimonio: «¡No hay que tener miedo a la muerte!»
¿Qué es una ECM? - Una ECM «clásica» - Las diferentes
fases 1) La «descorporeización» 2) El cambio de estado del «cuerpo» 3) El paso
por un «túnel» 4) El descubrimiento de otras «personas» 5) El encuentro con un
«Ser de luz» 6) Un examen de la propia
vida 7) El sentimiento de paz y tranquilidad
8) El regreso 9) Las repercusiones en la conducta vital - Las ECM
aterradoras
2º
testimonio: «¡El cielo existe!»
Historia y actualidad - Resumen histórico - ¿Y
actualmente?
3.er
testimonio: «El paraíso existe»
Un problema científico - Realidad científica de las
ECM - Un desafío científico
4º
testimonio: «La vida en un hilo»
Aproximación religiosa
5º
testimonio: «¡He estado a las puertas del infierno!»
Aproximación antropológica - Aproximación filosófica: 1)
Nuestro cuerpo cambia continuamente 2) El cuerpo no existe sin el alma 3) El
alma es vital
4) El alma es la sede de la personalidad 5) El alma es espiritual 6) El hombre es alma
vital y espiritual 7) El cuerpo es espiritual - Aproximación cristiana - Las
ECM
6º
testimonio: «¡Fusilado!»
Otros fenómenos extraordinarios - Lo sobrenatural
extraordinario - Lo extraordinario cristiano: 1) Las apariciones 2)
Manifestaciones místicas
3) Milagros
7º
testimonio: «Un sacerdote que vio el infierno, el purgatorio y el cielo»
Conclusión - Epílogo: La
garganta cortada - Para saber más… - Notas
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DEDICATORIA
Escribí este libro en compañía de Marian,
«la pequeña árabe», que fue canonizada
por el Papa Francisco el 15 de mayo de 2015,
justo cuando lo terminé. Se lo dedico a ella.
A mis padres, Marc y Liliane, y a mis suegros,
Paul y Colette, vivos al otro lado del velo…
A mis nietos, que están todos muy vivos
aquí y ahora, ¡gracias a Dios!
Jean-Baptiste, Élisabeth, Marie-Liesse,
François, Félicité, Pierre, Edmée, Albert,
Rémi, Philomène, Basile, Grégoire,
Madeleine, Bernadette, Armand, Joséphine,
Louis, Henri, Gabrielle, Geneviève, Aminthe,
Joseph, Marthe, Marie, Augustin, Étienne,
Jacques, los dos que todavía están
en el vientre de sus madres
y los que aún están por venir…
Sufría. Sufría sin que hubiera nada tangible que fuera la causa de aquel sufrimiento. Ciertas personas poseen el don de vivir sin interrogarse sobre quiénes son ni sobre el mundo que les rodea. Yo, en cambio, me sentía devorado por las preguntas y no había nada que pudiera equipararse a mi frustración, salvo mi sed de entender. En realidad, soñaba con el día en que lograra convencerme, tarea harto difícil, de que no había nacimiento sin muerte, ni muerte sin resurrección. Bajo esa doble condición, la vida tendría un sentido…- Gilbert Sinoué, La noche de Maritzburgo
Todo el amor de nuestros padres
No, no he de morir, que viviré,
y contaré las obras de Yavé.
Sal 117, 17
«Yo te aseguro: hoy estarás
conmigo en el Paraíso».
Lc 23, 43
«Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, el único Dios…».
Jn 17, 3
«En verdad, en verdad os digo:
veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios
subir y bajar sobre el Hijo del hombre».
Jn 1, 51
¡No muero, entro en la vida!
Santa Teresa de Lisieux
Prólogo
El doctor P. Theillier es un buen conocedor de la realidad sobrenatural. Ha trabajado durante diez años en el Departamento de Constataciones Médicas del Santuario de Lourdes, relatando el carácter inexplicable de las curaciones obtenidas en dicho lugar y trabajando con médicos no creyentes sobre estos fenómenos.
Dr. Patrick Theillier
En este trabajo explica lo que significan las curaciones y los milagros desde la perspectiva de la autoridad competente: se nos habla de lo que significa el amor de Dios en la vida de los hombres para fortalecer la fe del Pueblo de Dios y somete estas experiencias a la luz de la ciencia para determinar su objetividad científica, determinando desde las ciencias antropológicas su compatibilidad con la fe.
Ante lo inexplicable, la grandeza de la razón le conduce al
camino de la fe. La fe, en este sentido, se entiende como la búsqueda
insaciable de la verdad y sin la razón no se podría dar este proceso de
búsqueda. San Juan Pablo II, en la encíclica Fides et Ratio, afirma: «La
fe y la razón son como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva
hacia la contemplación de la verdad, Dios ha puesto en el corazón del hombre el
deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él, para que,
conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo»
(cfr. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8;
1 Jn 3, 2).
Una afirmación fundamental del Credo de la Iglesia es la fe
en la resurrección y la vida eterna. No se puede decir ser cristiano y no
profesarla, ya que la resurrección es la culminación de la obra redentora de
Cristo. La apologética cristiana trata de mostrar las afirmaciones
fundamentales de la fe cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) nos
recuerda:
La muerte es un dato de experiencia cercana y el morir es un suceso cotidiano que inevitablemente acontece. En el libro del doctor Theillier se nos narran las experiencias de personas que afrontan el hecho de la muerte como algo que hay que asumir con la dignidad propia de la persona humana.
«Nos podríamos preguntar si el hecho del morir supone
una aniquilación; es decir, ¿que el ser desaparece en la nada, que esta vida
presente es lo único que contamos y lo que tenemos? O ¿podría ser un efecto
positivo de una acción de Dios? Esto último no sería creíble, porque Dios nos
ha creado para la vida y, si Dios destruyese al hombre a quien ha creado como
un valor absoluto, se estaría contradiciendo a Sí mismo.
Otra posibilidad que nos queda y pudiera darse es la
acción aniquiladora del propio sujeto, y sería hablar de la “autoaniquilación”,
como un acto ligado a la libertad y voluntad humana. Este razonamiento sería
bien simple. El hombre es ontológicamente dependiente de Dios, de quien ha
recibido el ser. El que opta por una vida sin Dios corta el flujo vital que le
une a la fuente de vida, y da lugar a una especie de suicidio metafísico. Sin
el sustento del ser, los seres son succionados por la nada. Estaríamos ante el
resultado de la opción de independencia radical por la que el ser humano se
sitúa al margen y contra el Dios de la vida, alcanzando por su propia voluntad
la verdadera muerte: la desaparición ontológica. El ser humano, que ha recibido
la vida como don: ¿puede disponer tan absolutamente de ella hasta el punto de
podérsela quitar? A menos que pensemos que la gracia es algo “superfluo” para
la vida humana, es difícil pensar que la apuesta creadora y salvífica de Dios
por su criatura pueda ser anulada simplemente por la decisión de este, como si
no estuviera aconteciendo nada a su naturaleza y destino humano. No parece que
la posibilidad “aniquilación” sea una respuesta válida a la pregunta creyente
por el más allá, ni una alternativa cristiana a la cuestión de la vida eterna,
ni tan siquiera a la muerte eterna»[2].
Introducción
¿Quién no ha soñado alguna vez con visitar el más allá y regresar para fortalecer su esperanza e iluminar su existencia terrena? - Michel Aupetit
En este siglo, la sociedad occidental ya no quiere oír hablar
de la muerte y elimina todo lo que tiene que ver con ella, incluso en el
vocabulario: la propia palabra «muerte» se ha convertido en un tabú. Se habla
de «desaparición» o de «final de la vida».
Sin embargo, por mucho que nos empeñemos, a pesar de los
progresos de la medicina y de la longevidad humana, sabemos muy bien que
seguimos siendo mortales y que no podemos dejar de plantearnos la pregunta que
está escrita en el corazón de todos los hombres: ¿hay algo después de la
muerte? ¿La muerte es verdaderamente el final de la vida? ¿La vida se acaba
definitivamente con la muerte?
¿Cómo podemos saberlo? ¿Qué es lo que podría aclarárnoslo?
Los filósofos de la muerte no suelen ser muy convincentes y
no saben enseñarnos a morir… Son las religiones, empezando por el cristianismo,
las que proponen argumentos serios que permiten creer que la existencia terrena
no se acaba con la muerte, que otra vida continúa, que nos encontraremos con
aquellos a los que más amamos en esta vida. Sin embargo, hace falta tener fe…
Por eso preferimos seguir refugiándonos en la idea de que nadie ha vuelto
jamás de la muerte.
No obstante, creamos o no en el cielo, la cuestión nos
atormenta: ¿acaso no tenemos siempre, en el fondo de nuestro ser, ese germen de
esperanza que nos dice que la muerte no agota la vida? Y si, a pesar de todo,
lo tenemos, ¿no sería eso una señal de que la Vida es más fuerte que la muerte?
¿No sería eso, para cada uno de nosotros, una gran noticia?
Pues bien, en cada época de la historia se producen señales
que no podemos ignorar. En concreto, desde hace cuarenta años hay una
fundamental: se trata de la señal de aquellos que, al parecer, pusieron
un pie en el más allá y regresaron in extremis. ¿Podemos creerlos?
Sabemos que las señales surgen del conocimiento del corazón,
que siempre es libre. Por tanto es necesario examinarlas en profundidad, que es
lo que nos proponemos hacer aquí.
Esta señal procede de aquellas personas –corrientes, como tú
y como yo–, declaradas en estado de muerte clínica, que cuentan que se
encontraron en otro mundo, un mundo magnífico, que tuvieron que abandonar para
volver a la tierra… A partir de entonces, declaran haber vivido una especie de
renacimiento: ya no contemplan la existencia de la misma manera, su
espiritualidad se ve reforzada, sitúan el amor por encima de todas las cosas,
toman conciencia del carácter sagrado de la vida y consideran la muerte como
algo que forma parte de ella. ¡Y ya no vuelven a tener miedo!
Es lo que en inglés se conoce como «NDE», o Near Death
Experience, a partir de la aparición del libro del doctor Raymond Moody,
publicado en 1975 y traducido a veintiséis idiomas, con el magnífico título: Life
after life (La vida después de la vida)[3].
A él debemos la popularidad y el carácter mediático del fenómeno. Actualmente,
las NDE se conocen como «ECM» o «Experiencias Cercanas a la Muerte».
Nosotros, que nunca hemos vivido nada parecido, ¿acaso no
solemos pensar, de manera espontánea, que estos fenómenos son imaginarios, que
son obra de insensatos con una mente frágil o con deseos de hacerse notar? Toda
la problemática consiste en averiguar si verdaderamente somos capaces de creer
en estas experiencias sorprendentes, que cuestionan la certeza de que nadie
puede regresar de la muerte.
Debemos tener en cuenta, sin embargo, que estas
manifestaciones extrañas –en las fronteras de la muerte– parecen haber existido
siempre, y que se han manifestado a lo largo de la historia y en todas las
civilizaciones. Es más, desde hace cuarenta años, gracias a los avances en la
reanimación y a los modernos medios de comunicación, parecen ser cada vez más
frecuentes y conocidas. Incluso podemos llegar a decir que la multitud de ECM
auténticas, que han sido recopiladas y analizadas con distintos medios, así
como la cantidad de obras, estudios, publicaciones y coloquios científicos que
se les consagran, nos impiden dudar sobre su existencia en este siglo XXI[4]. ¡Pero todavía nos queda analizar lo que
representan!
Por insólitas que parezcan, estas experiencias merecen, en
efecto, que nos detengamos y nos tomemos la molestia de juzgarlas de manera
objetiva, al igual que haríamos con otras manifestaciones en principio
extrañas. Ese es el objetivo de este libro.
Por supuesto, no debemos ser ingenuos: si realizamos una
búsqueda en internet, podemos encontrar todo tipo de historias sobre la vuelta
a la vida, a menudo disparatadas, que nos llevan a pensar si no se trata de un
nuevo filón del que algunos se están aprovechando, especialmente la confusa New
Age. Los libros sobre el más allá llenan los estantes de las librerías y se
sitúan en la sección: «Esoterismo y fenómenos paranormales»… En este mundo
irracional, ha habido muchas personas que enseguida se han sumado a este
fenómeno y que utilizan estos hechos sorprendentes para llevar el agua a su
molino y hacernos creer lo que ellos quieren…
¿Debemos, sin embargo, dejar estos fenómenos en manos del
mundo esotérico y encerrarnos únicamente en nuestra tradición, sin buscar más
allá?
Reconozco que no es fácil abordar la realidad de estas
manifestaciones tan complejas, en principio, aisladas, subjetivas, y muy a
menudo ignoradas o mal analizadas, en esta ocasión en nombre de un racionalismo
demasiado radical, tanto en el mundo científico clásico, todavía sumamente
cientificista, como en el mundo religioso, ya sea demasiado conservador
(incapaz de salirse de sus propios esquemas…) o demasiado progresista (tendente
a encerrarse en las ideas científicamente correctas del mundo…).
Es innegable que, en su gran mayoría, los científicos
rechazan estas manifestaciones, que consideran fruto –de una forma u otra– de
un proceso cerebral. Sin embargo, por sorprendente que parezca, veremos que
estos acontecimientos resisten los estudios críticos más serios y además
cuestionan el dogma de la conciencia como un mero producto del cerebro.
Entre los católicos, que profesan la fe en la vida eterna de
acuerdo con el Credo («Creo… en la resurrección de la carne y la vida
eterna»), paradójicamente la tendencia general consiste en dudar también de
estos fenómenos, que suelen considerarse prescindibles y difíciles de integrar.
Es cierto que no son necesarios para la fe, ¿pero no podrían resultar de gran
ayuda en nuestro mundo secularizado, en el que la realidad de las cosas
invisibles plantea tantos problemas? Y más ahora, cuando muchos cristianos ya
no se sienten arraigados en la certidumbre de que existe una vida después de la
muerte y solo la ven como una vaga posibilidad[5]…
Este libro tiene como único objetivo comprender, de la manera
más objetiva posible, las Experiencias Cercanas a la Muerte, de acuerdo con la
ciencia y la fe (la fe católica, la única que conozco en profundidad[6]).
Por tanto, me gustaría consolar tanto a los creyentes como a
los no creyentes –todos lo necesitamos– en la esperanza de que la muerte no
tiene ni mucho menos la última palabra.
Comenzaré exponiendo los hechos a partir de varios escritos y
testimonios de aquellos que los han vivido. A continuación los examinaremos a
la luz de la ciencia y de la religión cristiana, reflexionando sobre lo que
estos aportan tanto a la razón como a la fe, convencido como estoy de que no
hay ningún tipo de oposición entre ambas. Este tema es un buen ejemplo de ello.
Quiero dejar claro que yo nunca he vivido un fenómeno
parecido. Por tanto es justo preguntarme: ¿qué legitimidad tengo para hablar de
ello? He querido profundizar en este tema tanto como médico como católico, pues
contribuye precisamente al diálogo cada vez más necesario entre razón y fe,
algo que ya he intentado hacer en mis otros libros.
Debo confesar que, cuando era joven, me impresionó mucho el
libro del doctor Moody. En él descubrí por fin a un colega que se atrevía a
salirse del consenso que adoptó el mundo de la medicina respecto a estos temas:
que ante ellos solo cabía hablar de algo «psicosomático». Esto orientó mi
práctica hacia una «medicina de la persona», en el sentido más profundo del
término, y me llevó, cuando terminé la carrera, a ejercer como médico
responsable del Departamento de Constataciones Médicas de Lourdes, con el
objetivo de verificar los testimonios de curaciones que podían ser de origen
milagroso.
He encontrado numerosas similitudes entre estas experiencias
cercanas a la muerte y otros fenómenos extraordinarios, como las curaciones
milagrosas, las apariciones marianas o las experiencias de ciertos místicos (en
algunos casos reconocidas por la Iglesia católica después de largos y profundos
estudios). He dedicado un capítulo a ese tema. Dentro de esa misma perspectiva,
también he intercalado en los capítulos pasajes de las Escrituras, que en
ocasiones se corresponden de manera asombrosa con los hechos, y he añadido
reflexiones o vivencias muy diversas que sirven para ilustrar el tema.
Que cada uno saque su propia conclusión.
Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza. (1 Ts 4, 13-14)
1.er testimonio:
«¡No hay que tener miedo
a la muerte!»
Este es el relato de un testimonio
recogido en Lourdes. Advirtamos
que la curación se produce
al mismo tiempo que la ECM,
algo que no es infrecuente
(cfr. Capítulo 7).
Michel Durand nació en 1933 y
es el mayor de once hermanos. Casado y padre de dos hijos, es un hombre con los
pies en la tierra, muy comprometido con diversas asociaciones y teniente de
alcalde de su municipio.
En 2003 sufrió de pronto una crisis aguda de colecistitis
(una grave inflamación de la vesícula biliar), lo que le provocó una
perforación en el conducto colédoco y en el intestino, una septicemia y una
infección en la base de los pulmones. Una pancreatitis terminó de agravar su
estado. En definitiva, solo podía esperarse lo peor. Era necesaria una
intervención urgente de alto riesgo.
En un momento dado sufrió un paro cardiaco: estaba
clínicamente muerto. En aquel entonces, su sobrino más joven, dominico, hijo de
su hermana más pequeña, la número once de la familia, se encontraba en Lourdes
rezando por su tío. Concretamente iba a las piscinas a bañarse por él.
Sorprendentemente, el equipo de reanimación consiguió poner en marcha su
corazón y, a partir del día siguiente, el enfermo pudo levantarse y su estado
de salud empezó a mejorar rápidamente. Cuatro semanas después pudo regresar a
su domicilio. Cuando volvió a encontrarse con su cirujano siete semanas
después, este le recibió exclamando: «¡Aquí tenemos al hombre que se salvó por
un milagro!».
La historia me la contó primero el sobrino, el 6 de octubre
de 2004, durante la peregrinación del Rosario de Lourdes, cuando yo era el médico
responsable del Departamento de Constataciones Médicas. Me encontré con su tío
el día 8 de ese mismo mes y, más tarde, volví a verlo en octubre de 2006. Muy
tranquilo, me dijo que prefería no atribuirlo a un milagro y que, al fin y al
cabo, los médicos habían hecho bien su trabajo, lo cual era cierto. Sin
embargo, finalmente reconoció: «Esta curación me la concedió la Virgen. Y para
mí, que le tengo una gran devoción, es una gracia muy grande». Más tarde,
mientras seguíamos hablando, se decidió por fin a contarme la experiencia de
«muerte clínica» que había vivido:
Ya no vuelves a estar deprimido. Si eso es la muerte,
entonces no hay que tenerle miedo. El día que se presente, ya no la veré como
un fin en sí misma. Tengo la impresión de haberla vivido ya, tal vez para dar
testimonio de ella a los que me rodean.
* * *
|
Un cuento Dos gemelos en el vientre de su madre… —Nos quedaremos aquí para siempre, eso está claro. ¡Aquí se
está muy a gusto! —No sé. Yo tengo la impresión de que después hay otra cosa. —¿Otra cosa? —Sí, otra vida. Yo creo que estamos aquí para fortalecernos
y prepararnos para lo que nos espera. —Eso no tiene sentido. No hay un después. Lo que dices es
una estupidez. ¿Por qué va a haber otra cosa? Yo no me imagino una vida más
allá del vientre. —Pues hay un montón de historias sobre «el otro lado».
Dicen que «allí» hay mucha luz, que hay muchas alegrías y emociones, muchas
cosas por vivir… Dicen, por ejemplo, que «allí» se come con la boca. —¡Menuda tontería! Ya tenemos el cordón umbilical para alimentarnos.
¡Todo el mundo lo sabe! ¡Nadie se alimenta por la boca! Además, nadie ha
vuelto jamás de esa «otra vida» en la que tú crees. Todo eso son cuentos. La
vida se termina con el parto. Es así. No queda más remedio que aceptarlo. —Perdona, pero no estoy de acuerdo. Desde luego, no sé cómo
será exactamente la vida después del parto y no puedo probarlo. Pero sí que
creo en la vida que viene después: veremos a nuestra mamá y ella nos querrá y
nos cuidará. —«¿Mamá?». ¿Me estás diciendo que crees en «mamá»? ¡Ja! ¿Y
dónde está? —En todas partes, ¿no te das cuenta? Está ahí fuera, en
todas partes, a nuestro alrededor. Estamos hechos de ella y gracias a ella
existimos. Sin ella no estaríamos aquí. —¡Eso es absurdo! Jamás he visto a ninguna «mamá». ¡No
existe! —No estoy de acuerdo. Esa es solo tu opinión. Porque a
veces, cuando todo está en calma, puedes oírla cantar… Puedes sentirla cuando
acaricia nuestro mundo… Estoy seguro de que nuestra verdadera vida empezará
después del parto. |
¿Qué es una ECM?
Eliminad lo sobrenatural y solo os quedará lo antinatural. - G. K. Chesterton
Una
ECM «clásica»
Cada ECM es única, personal y, aun así, todas presentan
similitudes sorprendentes. En este libro se muestran numerosos ejemplos. No
obstante, me parece útil retomar la primera versión, que ofreció el doctor
Raymond Moody en su primer libro, en el que se recogían 150 testimonios:
En 1998 Jeffrey Long, que se califica a sí mismo como un
«hombre de ciencia», crea la Near-Death Experience Research Fondation
(Fundación para la Investigación de las Experiencias Cercanas a la Muerte) y
una página web[9] para recopilar el mayor número
posible de testimonios a partir de un formulario detallado con unas cien
preguntas. Más de 1.300 personas contestaron el formulario durante los diez
primeros años, de todas las partes del mundo y de todas las creencias y razas.
Como dice J. Long en el libro que publicó sobre el tema:
Se han descrito numerosas circunstancias en las que se han
producido ECM, entre ellas, paro cardiaco (muerte clínica), choque hemorrágico,
traumatismo cerebral o hemorragia intracerebral, ahogamiento o asfixia. Pueden
producirse experiencias similares en el caso de patologías graves que no
suponen una amenaza inmediata para la vida, en la fase terminal de una
enfermedad, durante un episodio crucial de la existencia (por ejemplo, cuando
un paciente escucha que le han declarado muerto), o cuando la persona tiene la
impresión de encontrarse en una situación peligrosa (por ejemplo, justo antes
de un accidente de coche o escalando una montaña): se las suele llamar las «visiones
de los moribundos».
Solo entre un 20 y un 30 por ciento de las personas que están
al borde de la muerte tienen una ECM. Es imposible predecir quién puede ser
susceptible de vivir una ECM al acercarse a la muerte: no hay forma de saberlo
con antelación. Por otro lado, estas experiencias pueden vivirlas personas muy
diferentes. Dicen haberlas experimentado niños, personas mayores, científicos,
médicos o religiosos. Tampoco se dan más entre los creyentes que entre los
ateos.
Debemos señalar que no se puede vivir una ECM voluntariamente
ni inducirla de manera experimental en un paciente, ni desde el punto de vista
físico ni ético. También hay que mencionar que actualmente se conocen
experiencias similares a las ECM, que han manifestado personas que no estaban a
las puertas de la muerte ni gravemente enfermas. Raymond Moody habla también de
«experiencias de muerte compartida» o de «ECM empáticas», que se manifiestan en
el momento de la muerte de una persona cercana. Algunas personas viven una ECM
en un momento de extrema angustia por la muerte, como en el caso de Marino
Restrepo, prisionero de las FARC en Colombia, cuya vida quedó completamente
transformada por dicha experiencia[11].
En realidad se trata de experiencias cercanas a las
experiencias carismáticas o místicas, en las que uno se encuentra en un estado
límite. Pero, aunque sean parecidas, no conviene confundirlas.
Las
diferentes fases
Vamos a analizar las diferentes fases –posibles, aunque no
obligatorias y no necesariamente en este orden–, que volveremos a retomar en
cualquier momento para aclarar ciertos aspectos, tanto en el plano científico
como en el religioso.
Yo he registrado nueve[12]:
1. La «descorporeización» o
salida del cuerpo.
2. El cambio de estado del
«cuerpo».
3. El paso por un «túnel».
4. El contacto con otras
«personas espirituales».
5. El encuentro con un «ser de
luz».
6. Un examen de la propia vida.
7. El sentimiento de paz y
tranquilidad.
8. El regreso.
9. Las repercusiones en la conducta
vital.
Para ilustrar este capítulo, para cada fase retomaré algunos
fragmentos de un libro publicado en 1992 que guardo como un tesoro en mi
biblioteca. Se llama He visto la luz[13].
Su autora, Betty J. Eadie, de madre india y de padre de raíces irlandesas y
escocesas, sufrió todos los dramas de una infancia rota: divorcio de los
padres, estancia en un orfelinato, separación de sus hermanos y hermanas,
fracaso de un primer matrimonio… Casada en segundas nupcias con Joe, con el que
tuvo ocho hijos, se quedó viuda en 2011. Tiene quince nietos y siete bisnietos.
Recibió una educación católica desafortunada y terriblemente
estricta. Después se convirtió a la Iglesia de los Santos de los Últimos Días
(los mormones), donde después de su ECM asumió responsabilidades.
«Muerta» el 18 de noviembre de 1973 a los treinta y un años,
a consecuencia de una intervención quirúrgica (extirpación parcial del útero,
que le provocó una hemorragia cataclísmica), y después vuelta a la vida, Betty
ofreció de su aventura en el más allá un relato extremadamente detallado y
particularmente interesante. Necesitó diecinueve años y muchos ánimos (que
recibió en las numerosas conferencias que dio sobre el tema) para escribir su
libro. No todo lo que escribió debe tomarse al pie de la letra puesto que, con
el tiempo, hay mucha tendencia a embellecer e idealizar los momentos agradables
que hemos vivido en el pasado[14]. Pero no se
puede dudar de su testimonio. ¡Es evidente que no se lo inventó! Solo voy a
retomar lo que se corresponde a las diferentes fases.
Por otro lado, me ha parecido interesante relacionar las
diferentes etapas con distintos pasajes de las Escrituras, así como con otras
señales.
1) La «descorporeización»
La descorporeización, que los anglosajones llaman Out of
body experience (OBE) (salida del cuerpo), es la experiencia
–subjetiva– del ser humano de salir de su propio cuerpo. Suele constituir la
primera etapa de las ECM (aproximadamente en el 45 por ciento de los casos).
Los testimonios coinciden: la mayoría de las veces, la persona suele
encontrarse en el techo de la sala de reanimación, desde donde observa, con la
más absoluta serenidad, a los médicos y a las enfermeras atareados en torno a su
cuerpo, cambiando las bolsas de suero y ocupándose de diversas tareas. Más
tarde pueden verificar la exactitud de los comportamientos y las palabras
percibidas.
Veamos cómo lo cuenta Betty en el capítulo 4 de su libro:
La ciencia clásica ni siquiera logra imaginar un hecho
parecido. En lo que se refiere a la teología, lo abordaremos desde el punto de
vista antropológico, citando el capítulo 12 de la segunda carta a los
corintios:
2) El cambio de estado del «cuerpo»
La conciencia y la lucidez se refuerzan con emociones o
sentimientos intensos y generalmente positivos.
El experimentador, por tanto, ya no tiene un cuerpo material
y opaco, pero aun así sigue teniendo un cuerpo. ¿Cómo llamarlo? ¿Cuerpo
«místico», cuerpo «espiritual», cuerpo «glorioso»?
En el mundo esotérico se habla de «cuerpo sutil» o de «cuerpo
astral», intermediario entre el cuerpo físico y el espíritu, de naturaleza
energética, ondulante, capaz de liberarse del cuerpo físico, de viajar –se
habla de «viaje astral»– y de entrar en contacto con otras «entidades».
En cualquier caso, lo que está claro es que la ciencia
clásica no está abierta en absoluto a este tipo de fenómenos. ¿Podría la física
cuántica plantearse esta posibilidad?
3) El paso por un «túnel»
Consiste (en un tercio de los casos) en el paso a gran
velocidad por un túnel, que conduce a un territorio desconocido del que solo se
sabe que «no es terrestre», puesto que no se parece a nada conocido sobre la
tierra.
El cuadro de El Bosco llamado Ascensión al Empíreo es
un bello ejemplo. Aquellos que lo han vivido declaran: «¡Es exactamente así!».
Normalmente (aproximadamente, en dos tercios de los casos),
al final del túnel brilla una luz blanca, seductora, tan resplandeciente «como
un millón de soles», pero en absoluto cegadora. Retomemos el testimonio de
Betty (capítulo 5: «El túnel»):
Se estaba produciendo un proceso de curación: «Aquel
torbellino estaba lleno de amor, y yo me hundí en la profundidad de su negrura
y su calor y gocé de su paz y su seguridad. Pensé: “Debe de ser aquí donde se
encuentra el valle de la sombra de la muerte”. Jamás había sentido tal
serenidad».
4) El descubrimiento de otras «personas»
Las personas que viven una ECM declaran haberse encontrado
con seres queridos, fallecidos antes que ellos, casi siempre parientes
cercanos, que conocían o que no conocían de antes, o con figuras espirituales.
¿Debería hablarse de «personas», de «seres místicos» o de «espíritus»? En
cualquier caso, no se trata de simples espíritus: resultan reconocibles,
hablan, etc. Todos los testimonios coinciden.
5) El encuentro con un «Ser de luz»
El encuentro con un Ser de luz del que emana un amor
infinito, incondicional, es una experiencia inefable. Se repiten sin cesar las
mismas expresiones:
Es cierto que podría tratarse de un ángel, pero la mayoría de
los testimonios coinciden en que en realidad se trata de una presencia divina.
El doctor Moody ofrece un gran número de testimonios sobre la luz en sus dos
obras:
6) Un examen de la propia vida[22]
Generalmente, consiste en que el moribundo contempla la
película de su vida (o fragmentos de su existencia), que pasa ante él en un
instante. El Ser de luz parece saberlo todo sobre él y normalmente le formula
la siguiente pregunta: «¿Qué has hecho con tu vida?». Y lo hace con mucha
ternura, sin censuras ni reproches pero, al mismo tiempo, con toda la exigencia
del amor.
La propia Fabienne, «fallecida» a los doce años, sostiene que
hizo un examen sobre todos los actos de su corta existencia, y que sintió
alegría y tristeza por las personas con las que vivió y se interrelacionó.
Betty habla del momento en el que se encuentra con el Ser de luz, al que ella
considera su Señor:
Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie; y, si juzgo, mi juicio es verdadero. - (Jn 8, 15-16)
7) El sentimiento de paz y tranquilidad
Se trata de algo profundo, que supera cualquier experiencia
que pueda existir en la vida cotidiana, con una conciencia y una lucidez
intensificadas.
8) El regreso
Puede ser voluntario o involuntario, pero siempre es difícil.
Las personas dudan a la hora de volver «a la tierra», ¡porque se está tan bien
donde están! Después de esta experiencia, generalmente descrita como maravillosa
y luminosa, ¡el regreso al «mundo de los vivos» se acepta a regañadientes!
9) Las repercusiones en la conducta vital
¡Es evidente que nadie sale indemne de una experiencia
parecida! Hay que volver a adaptarse a la vida normal. A veces surge un
sentimiento de culpabilidad (que en ocasiones requiere una terapia psicológica)
por el hecho de haberse planteado seriamente abandonar a los seres queridos. Lo
que indica, no obstante, que no se trata de un planteamiento premeditado.
En cualquier caso, aquellos que se encuentran con el Ser de
luz quedan transformados y marcados profundamente: sea cual sea su religión,
sus creencias o su filosofía, una experiencia así aporta un gusto nuevo o
renovado por los asuntos espirituales. A partir de entonces, estas personas
tienen una relación muy distinta con la muerte, anteponen el amor al prójimo,
aseguran a quien quiera escucharlos que la vida no se acaba con la muerte y que
es maravillosa.
Hay que tener en cuenta un aspecto que manifiestan los
testimonios recogidos en internet por Jeffrey Long: las ECM poseen, a su
manera, un poder curativo en casi todos los que las viven.
Pero la vida continúa… Estas personas no se convierten
forzosamente en santos ni en maestros espirituales a causa de esta experiencia.
Para ellas hay un antes y un después, exactamente igual que para las personas que
he conocido que han vivido un milagro en Lourdes: experimentan un
acontecimiento tan grande que ya no pueden ver la vida de la misma manera[26]. Pero no se jactan de ello. Permanecen
humildes y no presumen de su vivencia.
La constante es que aquellos que regresan de una ECM dejan de
tener miedo a la muerte. Ciertamente tampoco la buscan, pues sienten aversión
hacia el suicidio. Es posible que teman el proceso de morir, pero no la muerte
en sí misma, puesto que saben que es el comienzo de algo maravilloso. Se
vuelven mucho menos materialistas y más «creyentes» en Dios. En lo que se
refiere a las relaciones con los demás, se aferran principalmente a valores
fundados en el amor. Esto marca una diferencia enorme en su vida:
Las
ECM aterradoras
Para terminar, conviene tener en cuenta que también existen ECM
aterradoras que plantean interrogantes.
Resulta difícil conocer el porcentaje[29], en primer lugar, porque aquellos que las
experimentan evitan hablar de ello y prefieren esconderlas. Se trata de algo
comprensible. Por otro lado, resulta más fácil y gratificante ignorarlas que
tomarlas en serio y centrarse ante todo en las ECM agradables, que siguen
siendo mayoritarias (y da la impresión de que eso es lo que han hecho muchos
autores…).
El cardiólogo Maurice Rawlings fue el primero en contar que
en una ocasión reanimó a un paciente que aseguró haber estado en el infierno
antes de recuperar la conciencia[30]. Hoy en día
sí que se tienen en cuenta estos casos especiales, aunque solo sea para ayudar
a estas personas. Como señala Penny Sartori[31],
ante todo es conveniente ayudar a los pacientes que las viven y recomendarles
terapias adecuadas, puesto que las personas que las sufren muchas veces no
saben a quién acudir. Actualmente el Centro Noésis, con sede en Ginebra,
proporciona un apoyo psicoterapéutico a las personas que han vivido estos
momentos dolorosos[32].
Los distintos estudios realizados no han logrado determinar
las razones de estas experiencias aterradoras. Las hipótesis propuestas para
comprenderlas son muy variadas y dependen más de los observadores que de los
experimentadores… Lo que se ha comprobado es que no son solamente las «malas
personas» las que declaran haber vivido este tipo de experiencias… Es posible,
¿pero quién conoce el corazón del hombre? ¿Se puede juzgar exteriormente a las
«buenas» o a las «malas personas»?
Los distintos testimonios demuestran que la vida en el más
allá no es necesariamente de color de rosa, que depende de la que hemos vivido
en la tierra, de acuerdo con la experiencia y la enseñanza de la Iglesia.
Aportaremos un ejemplo clarificador en el 5º testimonio, protagonizado por
Gloria Polo: «¡He estado a las puertas del infierno!». Por otro lado, ¿no
estaremos descartando demasiado rápido un posible origen espiritual?
Resulta acertado llamar a estas ECM «aterradoras» en vez de
«negativas» porque, a pesar de su naturaleza terrorífica y traumatizante, estas
experiencias son una especie de advertencia del más allá: los individuos
regresan convencidos de que deben cambiar sus prioridades para no vivir la
misma experiencia después de la muerte.
2º testimonio:
«¡El cielo existe!»
Este es el título de un breve libro en el que un pastor
protestante de Nebraska (Estados Unidos) cuenta la ECM de su hijo, llamado Colton. Este «fue y regresó del cielo» durante una
apendicectomía que se complicó y de la que, milagrosamente, salió con vida. La
originalidad del caso consiste en que el niño aún no había cumplido los cuatro
años en el momento de los hechos y fue contando la historia a sus padres en
pequeños fragmentos. Los testimonios de ECM protagonizados por niños son los
más conmovedores, puesto que podría decirse que son los menos «contaminados»,
los más «verdaderos» y los más «vírgenes».
El doctor Melvin Morse, pediatra y director de un grupo de
investigación sobre las experiencias en las fronteras de la muerte de la
Universidad de Washington, subraya[33]:
Cuatro meses después de su operación, al pasar en coche cerca
del hospital donde le habían intervenido y respondiendo a su madre, que le
preguntó de manera inocente si se acordaba, Colton le contestó rápidamente, con
voz neutra y sin el menor asomo de duda: «Sí, mami, me acuerdo. Allí fue donde
los ángeles me cantaron una canción». Y luego añadió, con una expresión seria:
«Jesús les pidió a los ángeles que me cantaran porque yo estaba muy asustado.
Después me sentí mejor». Estupefacto, su padre le pregunta: «¿Quieres decir que
Jesús estaba allí?». Respuesta del niño después de asentir con la cabeza («con la
misma naturalidad con la que afirmaría haber visto una mariposa en el jardín»):
«Sí, Jesús estaba allí». Su padre le pregunta: «¿Pero dónde?». Y el niño
responde: «Yo estaba sentado en su regazo».
Como es lógico, los padres se preguntan si lo que dice es
realmente cierto. El pequeño Colton, por su parte, les revela que abandonó su
cuerpo durante la intervención, una confesión que quedó verificada cuando
describió con total exactitud lo que estaban haciendo sus padres en otra parte
del hospital mientras a él le operaban.
Con una inocencia desarmante y una sinceridad atrevida,
propia de un niño, Colton seguirá contando poco a poco lo que vivió, según él,
«durante tan solo tres minutos…». Cuenta historias que le transmitieron
personas que encontró allí y a las que no conocía; también dice haber conocido
a miembros de su familia fallecidos hace mucho tiempo (en concreto, a su
abuelo, al que reconoció en una foto de cuando era joven). Sorprendentemente
habla de una hermana pequeña, a la que su madre perdió en un aborto natural sin
llegar a conocer su sexo, la cual se acercó a él y le dijo que carecía de
nombre porque no se lo pusieron…
Sorprende a sus padres cuando describe el cielo con detalles
desconocidos que se corresponden precisamente con la Biblia; habla de Dios como
de un ser «muy muy grande» que nos ama enormemente y asegura que es Jesús el
que nos recibe en el cielo.
Su manera de expresar que ya no tiene miedo a la muerte
consistirá en responder a su padre, cuando este le advierte que puede morir si
cruza la carretera corriendo: «¡Mejor, así puedo volver al cielo!».
Más tarde, siempre responderá con la misma sencillez a las
preguntas que se le planteen. Sí, vio animales en el cielo, vio a la Virgen
María arrodillada ante el trono de Dios y otras veces abrazando a Jesús:
«Todavía le quiere como a un hijo», precisará.
Fue Colton el que puso título al libro que escribió su padre,
Todd Burpo, seis años después de los hechos.
También hay una película que cuenta esta experiencia, que en
Estados Unidos se tituló Heaven is for real y que se tradujo como El
cielo es real (2014).
* * *
Una vivencia
Me transmitieron esta vivencia en Lourdes el 11 de febrero de
2014, con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo, instaurada por Juan Pablo
II en 1992, en la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, y me autorizaron a
reproducirla tal cual. Es cierto que no se trata de una ECM, pero aun así es
una experiencia similar, que incluye una visión del cielo durante lo que podría
llamarse un sueño, hecho que encontramos a menudo en las Escrituras:
Así es como ocurrió. Tuve la sensación de elevarme por
los aires, muy alto. Allí me encontré con un niño muy tranquilo (que se parecía
un poco a mi segundo hijo) ¡y que me dijo que era mío y que se llamaba Camille!
Tenía el aspecto de un niño de diez años, la edad que tendría en la tierra. A
su lado había otro niño que le preguntó: «¿No estás enfadado por lo que te
hizo?». Camille respondió: «No, la perdono». En aquel momento me quedé atónita.
Yo, que no había pedido nada, me había enterado de pronto de que tenía otro
hijo que estaba en el «cielo», que se llamaba Camille, ¡y que me había
perdonado gratuitamente, generosamente, el haberle matado! Gracias, Señor. ¡Qué
gracia más grande! Por eso, hoy quiero dar testimonio de que un niño es un niño
desde el momento de su concepción, que el aborto es la muerte de un niño, que
provoca numerosos sufrimientos en la madre (y tal vez en el niño), y que
debemos tomar absoluta conciencia de ello. Pero el Señor, en su enorme bondad,
no abandona a ninguno de sus hijos, que son felices en su Corazón de Padre.
¡Mil gracias, Señor! ¡Qué bueno es el Señor!
* * *
Historia y actualidad
Las ECM son uno de los fenómenos
más importantes de la vida humana,
que en el futuro tal vez nos permitan
comprender de manera racional lo que es
la vida después de la muerte.
Raymond Moody
Resumen
histórico
Los testimonios sobre las «señales de vida» del más allá son
universales y pertenecen a todas las tradiciones religiosas. ¡Las ECM no son un
invento de la New Age para conseguir publicidad! Parece que es cierto
que han existido en todas las épocas y que además suelen manifestarse con mayor
frecuencia en la literatura cristiana, en textos que muestran numerosas
coincidencias con las ECM actuales.
Así, en el siglo VI, Gregorio de Tours, historiador franco,
recoge el testimonio de un tal Salvi que, tras creerse muerto, se despierta y
exclama:
A finales de la Edad Media, en torno al 1500, El Bosco pintó
un cuadro llamado La ascensión del hombre bendito al Empíreo o al paraíso
celeste[37], que muestra que, o bien se
encontraba en un estado de inspiración al pintarlo, o bien él mismo vivió esta
experiencia, debido a lo mucho que se corresponde esta pintura con los hechos
reales.
Muchos místicos han vivido experiencias análogas a lo largo
de los siglos. Los más conocidos son Catalina de Siena (1347-1380), Teresa de
Jesús (1515-1582), Ana Catalina Emmerich (1774-1824) y otros.
El primer estudio conocido sobre este fenómeno lo realizó en
1892 un geólogo y montañero suizo muy respetado, el profesor Albert Heim, que
vivió esta experiencia durante una caída en la que estuvo a punto de perder la
vida. Recopiló y publicó las sensaciones de una treintena de alpinistas que
habían vivido el mismo tipo de accidente y la misma experiencia.
Cuando Raymond Moody empezó a hablar de estos «fenómenos de
ECM»[38], era profesor de Filosofía y estudiante
de Medicina. Moody cuenta que no tuvo una educación religiosa, pero que
manifestó un interés muy temprano por la filosofía. En 1962, durante su primer
año en la Universidad de Virginia, leyó La República de Platón, donde se
cuenta la historia de un soldado llamado Er, que fue declarado muerto en el
campo de batalla pero que «resucitó» de manera espontánea. El libro de Moody
dio mucho que hablar. En Estados Unidos solo recibió críticas de los
fundamentalistas cristianos.
Conviene decir que Moody también se sintió sensibilizado por
los estudios sobre los moribundos de la doctora Elisabeth Kübler-Ross, la
primera que abordó este tema de manera científica en los años sesenta. «Para
ayudar al ser humano correctamente –decía–, conviene hacerlo desde una
dimensión holística: física, emocional, intelectual y espiritual». Y no cesará
de repetir: «Mi tarea verdadera (…) consiste en decir a los hombres que la
muerte no existe»[39]. En 1977, el libro de
Moody atravesó el Atlántico gracias al célebre compositor Paul Mizraki, que se
encargó de su traducción. Otras personas se interesaron por el libro y
continuaron su labor, como el cardiólogo norteamericano Michael Sabom.
En 1980, el periodista Patrice van Eersel viajó a Estados
Unidos para realizar una investigación por encargo de la revista Actuel,
lo que dio lugar a una sección llamada La fuente negra[40]. Diez años después escribió Volver a
familiarizarse con la muerte[41], donde
muestra hasta qué punto se ha ocultado la noción de ECM en Francia, debido
sobre todo a la influencia de los ardientes defensores de la eutanasia
(mientras que, en los países anglosajones, se desarrollaban los cuidados
paliativos…). Su libro dio a conocer la filial francesa de la Asociación
Internacional para el Estudio de los Estados Cercanos a la Muerte, IANDS Francia.
Dicha filial fue creada en 1987 por Evelyne-Sarah Mercier, que reconoce
pertenecer al movimiento de la New Age, movimiento globalizador que se
presenta como el sumum de la evolución espiritual de la humanidad[42]…
En Francia, el doctor Jean-Pierre Jourdan, responsable de las
investigaciones médicas de IANDS Francia, publicó Las pruebas científicas de
la vida después de la vida[43] y el doctor
Jean-Jacques Charbonnier, médico anestesista y reanimador en Toulouse, La
otra vida existe[44]. El tema fue objeto de
un coloquio fundamental en Martigues en 2006, que reunió a más de dos mil
personas: La Experiencia Cercana a la Muerte. Primer encuentro
internacional. Actas del Coloquio. Martigues, 17 de junio de 2006[45], impulsado y organizado por una joven
increíblemente apasionada por este problema, Sonia Barkallah, que confiesa con
absoluta sinceridad que el descubrimiento del libro del doctor Moody le salvó
la vida en una época en la que se sentía atraída por el suicidio. Cuatro años
antes había dirigido un documental sobre el tema, Una nueva visión de la
muerte, en el que mostraba que se estaban realizando numerosos trabajos e
investigaciones en todo el mundo desde disciplinas científicas completamente
distintas[46].
Finalmente, en 2013 aparece el libro de Jeffrey Long La
vida después de la muerte, que recopila más de 1.300 testimonios recogidos
en el mundo entero –de todas las creencias, todas las edades y todos los
orígenes–. Ha sido la página web, que no existía antes, la que ha permitido
esta recopilación, en una época en la que, como ya he mencionado, las
reanimaciones, que se han vuelto muy frecuentes, provocan cada vez más ECM.
Obviamente, los hechos se basan únicamente en los testimonios
individuales, ¡y ya se sabe lo frágiles que estos pueden llegar a ser! Pero lo
que resulta fascinante es que ante todo se trata de una experiencia
universal, que trasciende todas las épocas y todas las civilizaciones. Los
testimonios son similares, sea cual sea el origen del individuo, la época
en la que vivió, su edad, su clase social, su nivel intelectual, su religión o
su ausencia de fe, que viva en Occidente o no. Pero nunca son completamente
idénticos. Cada uno lo vive a su manera y lo transcribe con sus propias
palabras, en función de su cultura, su carácter, su psicología y su memoria.
¡No hay ningún «corta y pega»! El que ha vivido una ECM conserva un recuerdo
absolutamente personal de las impresiones que experimentó en ese estado
alterado de la conciencia.
También hay que mencionar –algo que resulta sorprendente– que
los experimentadores conservan una enorme sensibilidad en lo que se refiere a
la espiritualidad (algunos se inclinan por el sacerdocio o la vida religiosa
después de su experiencia). Los especialistas, que consideran muy difícil
distinguir lo que procede de las creencias o de la realidad, han intentado
establecer un índice o una escala para cuantificar la «calidad» de las ECM[47]. Se trata de algo bastante controvertido,
puesto que en la práctica se utiliza poco y está muy condicionado por una
cultura determinada. De hecho, con un poco de experiencia y sensibilidad,
resulta bastante fácil distinguir a las personas serias, que se limitan a
contar lo que han vivido, de aquellas que se lo inventan o que añaden otros
hechos sacados de aquí o de allá. En cualquier caso, a priori no se puede dudar
sistemáticamente de todos los testimonios, ¡porque eso supondría no confiar en
absoluto en el ser humano[48]! Un testimonio
verdadero conmueve a la persona en lo más profundo, tanto a la que lo
manifiesta (su vida ya no vuelve a ser la misma), como a la que lo recibe (yo
mismo lo he experimentado en Lourdes con las declaraciones de las personas
curadas).
Pero hay preguntas que permanecen sin respuesta: ¿por qué
viven estas personas esta «falsa partida», por qué a algunas personas todavía
no les ha llegado la hora, por qué se les da una segunda oportunidad? No hay
una respuesta unánime[49]. El momento de la
muerte no depende de nosotros, ¡afortunadamente! En cualquier caso, ¡el que
regresa sabe por qué ha regresado! De nuevo, la respuesta es completamente
personal, pero coincide con la de muchos otros.
¿Y
actualmente?
Hay algunos científicos, lo bastante valientes como para
afrontar las críticas de sus colegas, que intentan comprender estos fenómenos
extraños, negados durante tanto tiempo, cuando no rechazados por la ciencia,
con la esperanza de comprender mejor el origen y los mecanismos de la
conciencia. Armados de aparatos de resonancia cerebral, exploran el cerebro,
experimentan sin prejuicios, dispuestos tanto a admitir que se trata de un
fenómeno relacionado con un simple desarreglo neuronal, como a reconocer la
existencia de un sexto sentido, siempre que la demostración se realice de
manera rigurosa. Es el caso del canadiense Mario Beauregard, investigador de
las neurociencias, que ha instalado cámaras de vídeo en la unidad coronaria de
un hospital de Montreal para estudiar los fenómenos de ECM que pudieran
ocurrir. También es el caso del neurólogo suizo Olaf Blanke, que analiza
minuciosamente el fenómeno de la descorporeización. O el de Eric Dutoit, doctor
en Psicología clínica y psicopatólogo, responsable de la Unidad de Cuidados e
Investigación del Espíritu (USRE) del Hospital Universitario de Timone, en
Marsella.
La fundación internacional para la investigación de las
experiencias cercanas a la muerte (NDERF) trabaja junto a equipos de
investigadores sobre las ECM o los fenómenos de descorporeización en Suiza,
Canadá, Estados Unidos… «Las experiencias cercanas a la muerte son totalmente
reales –sostiene el fundador de la NDERF, el doctor Jeffrey Long–. Testimonios
de todas las edades, todas las nacionalidades y todas las religiones suelen
contar que han vivido o escuchado cosas cuando estaban inconscientes o alejados
de su cuerpo y no hay ninguna explicación psicológica que logre resolver este
misterio».
Estas experiencias son asimismo objeto de estudios de
«parapsicología científica». Así, la Parapsychological Association
(Asociación de Parapsicología), que agrupa a científicos y universitarios que
estudian fenómenos como la telepatía o la psicoquinesia, ha sido admitida en la
reputada American Association for the Advancement of Science (AAAS)
(Asociación Americana para el Avance de la Ciencia); se ha creado un departamento
para el estudio de la percepción en la Universidad de Virginia, en Estados
Unidos; se ha abierto un centro para el estudio de los procesos psicológicos
anormales en la Universidad de Northampton, Inglaterra (que cuenta ya con ocho
establecimientos universitarios que integran disciplinas parapsicológicas); o
el centro de investigación de la conciencia y la psicología anormal de la
Universidad de Lund, en Suecia, o el departamento de psicología y
parapsicología de la Universidad de Andhra, en la India…
En Francia, desde hace algunos años, la Universidad Católica
de Lyon ofrece a los estudiantes una asignatura llamada «Ciencias, sociedad y
fenómenos llamados paranormales»[50].
También en Francia, el centro de estudio de las ECM de París,
dirigido por el profesor de Filosofía y Psicología Marc-Alain Descamps,
recopila testimonios. Sonia Barkallah, que fundó junto al doctor Jean-Pierre
Postel el Centro Nacional de Estudio, Investigación e Información de la
Conciencia (CNERIC), sigue trabajando en este tema.
Al contrario de lo que podría imaginarse, la ciencia se toma
muy en serio las ECM y los fenómenos similares, aunque, como señala Sonia
Barkallah, «muchos médicos e investigadores siguen optando por no implicarse,
por temor a que sus colegas los tomen, en el mejor de los casos, por locos; en
el peor, por charlatanes».
Ya hemos hablado del Centro Noésis de Ginebra, o ISNOE
(Instituto Suizo de Ciencias Noéticas), creado en 1998, fundación de reconocida
utilidad pública, «consagrada al estudio de la conciencia a través de los
Estados Alterados de la Conciencia (EAC) no ordinarios», fundada por Sylvie
Dethiollaz, directora de investigación, y Claude Charles Fourrier,
psicoterapeuta.
Finalmente, debemos mencionar el II Coloquio Internacional
organizado en Marsella por Sonia, en marzo de 2013, como siempre con la
presencia del doctor Moody, que aportó nuevos puntos de vista sobre las ECM[51]. He aquí el resumen del mismo que ofreció
Jocelin Morrison:
3.er testimonio:
«El paraíso existe»
El doctor Eben Alexander, un neurocirujano estadounidense
especialista en el cerebro, escéptico y cartesiano, no creía en absoluto en la
vida después de la muerte. Para él, los relatos de las Experiencias Cercanas a
la Muerte no eran más que delirios y estupideces. Hasta noviembre de 2008,
cuando una meningitis fulminante vino a poner en duda sus convicciones.
En una entrevista a la famosa revista norteamericana Newsweek
y en su libro, llamado Proof of heaven (Prueba del cielo)[53], cuenta su propia experiencia cercana a la
muerte. Un viaje que le ha convencido de la existencia de una vida después de
la muerte:
¿Se trata de un delirio? ¿Una disfunción cerebral? ¿Demasiada
morfina? El neurocirujano, que hasta entonces no creía en las ECM, asegura que
todo aquello fue muy real y que no se trata de «ninguna fantasía efímera e
inconsistente».
|
Una apuesta Si Dios no existe y vivo mi vida sin Él, ¡en el momento de
morir, corro el riesgo de descubrir todo lo que me he perdido! Si Dios, que es el Amor, existe, y decido vivir toda mi
vida en la tierra con Él, ¡en el momento de morir, descubriré la Verdad! ¡Si pierdo, no pierdo nada! ¡Si gano, lo gano todo! Pensamientos, sec. III, n. 233[54] |
Un problema científico
Solo hay una certeza: actualmente no existe
ninguna explicación racional al fenómeno
de las ECM. Todos los científicos que han intentado
demostrar los mecanismos de estas experiencias
han fracasado estrepitosamente.
Doctor Jean-Jacques Charbonnier
Cuando hablo de las ECM a mis colegas, la mayoría responde
rápidamente: «¿Las ECM? Deben de ser un fenómeno natural. Algún día encontrarán
una explicación racional». Rechazan de plano estas experiencias tan personales,
porque estiman que, en cualquier caso, todo lo que pueda ocurrir «después de la
muerte» no puede ser objeto de estudios experimentales. Sin embargo, frente a
la actual multiplicidad de este tipo de hechos y las coincidencias entre los
testimonios, no podemos contentarnos con eliminar el problema, ni podemos
permitirnos rechazar estos hechos de forma tajante.
Luego están aquellos cuya profesión parece ser denigrar
sistemáticamente todo lo que tiene que ver, de una forma u otra, con lo
espiritual (y las ECM forman parte de eso, no podemos negarlo): es el caso, en
Estados Unidos, de la Skeptics Society (Sociedad de Escépticos), o la
Zetética en Francia, o de ciertos autores como Michel Onfray o Philippe Wallon[55].
Ante estos fenómenos, que casan tan mal con la metodología
habitual de la ciencia, los verdaderos científicos se plantean dos cuestiones
fundamentales: ¿Existen las ECM realmente? ¿Cómo explicarlas?
Antes de responder, debemos subrayar un aspecto importante:
desde el punto de vista médico, resulta indispensable distinguir la muerte
clínica de la muerte biológica.
La muerte clínica está marcada por una serie de
señales subjetivas: midriasis[56] bilateral no
reactiva, paro cardiaco y electroencefalograma (EEG) plano. Entre los quince o
los veinte segundos siguientes a un paro cardiaco, se produce efectivamente un
cese de la actividad cerebral, verificable en el EEG plano: el córtex deja de
funcionar y no hay actividad sensorial posible. Esta muerte cerebral se
considera hoy en día el estado de muerte clínica.
Veinte minutos después, las lesiones cerebrales suelen ser
muy graves e irreversibles. La reanimación solo es posible entre los tres y los
diez minutos siguientes a la parada. Asimismo, la extracción de un órgano para
su donación debe realizarse poco tiempo después de la parada circulatoria y en
una persona que «presente una parada cardiaca y respiratoria persistente»
(mantenida artificialmente gracias a aparatos de reanimación) y que haya sido
declarada en estado de muerte encefálica[57].
Como puede verse, no se trata de algo tan evidente: aunque el cerebro ya no
funcione[58], se puede extraer un órgano vivo de
un cuerpo muerto (cuya respiración se mantenga artificialmente para que los
órganos queden intactos)[59].
La muerte biológica, por su parte, es la muerte
definitiva, irreversible, cuya señal más patente es el comienzo de la
descomposición.
Realidad
científica de las ECM
Ante todo es fundamental precisar que las ECM no se
producen después de la muerte definitiva, sino en las fronteras de la
muerte, cuando la vida todavía no ha desaparecido del todo, cuando quedan
células vivas. Las ECM se manifiestan antes de la muerte biológica
irreversible. Por eso se las llama «cercanas a la muerte».
También conviene señalar que las ECM se producen después
de la «muerte clínica», es decir, después del paro cardiaco, ¡pero también después
del cese de la actividad del córtex cerebral! Esto es lo que plantea tantos
interrogantes, pero hay experiencias concretas que lo demuestran.
Por ejemplo, un cardiólogo holandés, el profesor Pim van
Lommel, publicó en la prestigiosa revista The Lancet el 15 de diciembre
de 2001 un estudio científico sobre el tema[60],
que recogía los testimonios de 344 pacientes reanimados con éxito de un coma
debido a una parada cardiovascular, considerados clínicamente muertos, es
decir, en un estado de inconsciencia provocado por un aporte insuficiente de
sangre al cerebro (muerte cerebral). Los testimonios se recogieron poco tiempo
–como mucho una semana– después del hecho (precaución indispensable para evitar
cualquier recuerdo embellecido o fantaseado): tan solo el 18 por ciento de las
personas interrogadas describían una ECM «clásica» con la experiencia de la
salida del cuerpo. Lo que implica que lo que produce una ECM no es la anoxia[61] del cerebro, provocada por una circulación
sanguínea insuficiente.
Otro experimento lo realizó el doctor Sam Parnia, cardiólogo
del Hospital General de Southampton (Inglaterra), especialista en medicina
interna y respiratoria y en cuidados intensivos e investigador del Centro
Médico Weill Cornell de Nueva York[62]. Su
estudio, que hace referencia a 69 personas víctimas de crisis cardiacas,
declaradas muertas y que volvieron a la vida, que no recibieron oxígeno ni
ninguna otra sustancia susceptible de provocar alucinaciones, constató que, en
el caso de una muerte declarada, cuando el cerebro no produce ninguna actividad
(EEG plano), entre el 10 y el 20 por ciento de los pacientes pueden vivir una
ECM.
Parece claro, por tanto, que, aunque el cerebro haya dejado
de funcionar, «la conciencia puede continuar: las pruebas sugieren que,
durante los primeros minutos después de la muerte, la conciencia no se anula.
No sabemos si más tarde se desvanece pero, justo después de la muerte, la
conciencia no se pierde», explicaba el doctor Sam Parnia al Daily Mail
el 7 de noviembre de 2014.
Sin embargo, sigue diciendo: «Sabemos que el cerebro no puede
funcionar cuando el corazón ha dejado de latir». En consecuencia, los
resultados del estudio son importantes, puesto que, como sabemos, los médicos
«suponían que las experiencias de la vida después de la muerte eran en realidad
alucinaciones que se producían o bien antes de que el corazón se parara, o bien
después de que el corazón fuera reanimado con éxito», prosigue, y no una
experiencia que se correspondiera con «hechos reales cuando el corazón del
paciente había dejado de latir». Y más cuando, en este caso, «los recuerdos
relatados se correspondían con los hechos», declara el científico.
Estos estudios tan documentados nos llevan a eliminar las
hipótesis aducidas para despreciar las ECM, ya sea desde el punto de vista
fisiológico, psicológico, farmacológico o neuroquímico: no puede tratarse de
anoxia cerebral ni de alucinaciones ni de un desorden neuronal u hormonal.
Las ECM pueden producirse durante una pérdida funcional
transitoria de todas las funciones del córtex y de las células nerviosas y sin
ningún tipo de medicamento. No hay nada que logre explicar la primera fase de
paz y serenidad que experimentan los agonizantes, ni el encuentro con seres
antes desconocidos, ni la facultad de ver una escena desde un punto de vista
exterior al cuerpo, ni el hecho de acordarse de detalles precisos o de los
objetos de la habitación de al lado, ni la descripción de los gestos de las
enfermeras, de lo que dijeron o incluso de lo que pensaron, ni la
transformación que se produce después, etc.
Todo esto implica que las personas que viven una ECM poseen
un «proceso de pensamiento y una cierta forma de conciencia» (según el doctor
Sam Parnia) independientes de las funciones cerebrales. Sus percepciones
parecen multiplicarse, su conciencia se agudiza…
Nos encontramos ante un proceso que supera todas las
posibilidades fisiológicas.
Un
desafío científico
Estas experiencias plantean la cuestión de la conciencia: es
ahí donde residen los pensamientos, los sentimientos, los recuerdos… Pero la
conciencia misma, ¿dónde reside? ¿Cómo se relaciona con el cuerpo exterior?
¿Qué es, en definitiva, la conciencia?
Este estado de conciencia que continúa en el caso de un
individuo clínicamente muerto plantea un desafío científico fundamental, puesto
que los conceptos médicos dominantes afirman que solo el cerebro produce el
pensamiento, ¡lo cual no está demostrado! Nada de esto se ha probado
científicamente: desde hace décadas, se han desarrollado investigaciones
importantes para localizar la conciencia y la memoria en el interior del cerebro,
sin éxito. Actualmente, la ciencia ignora la manera en que las células
cerebrales pueden engendrar los pensamientos.
Aquellos que defienden esta teoría se oponen, obviamente, a
la realidad de las ECM, porque, si estas pueden producirse cuando la función cerebral
está muerta, eso quiere decir que existe otro origen de la conciencia.
Sin embargo, como hemos visto en el estudio del doctor Parnia
–y como muestra claramente el profesor Van Lommel en sus publicaciones–, la
conciencia puede funcionar independientemente de la actividad cerebral. De
hecho, los estudios del pediatra estadounidense Melvin L. Morse, especializado
en las ECM de los niños, han llegado a la conclusión de que el lóbulo temporal
derecho conectaría los recuerdos con un banco de datos universales, actuando
como un receptor-transmisor[63].
Por tanto, esto nos lleva a pensar que el cerebro no produce
el pensamiento, sino que se limita a transmitirlo. Sería como un filtro para la
conciencia. Al sostener que «las ECM solo pueden explicarse en función de una
separación de la conciencia del cuerpo», los estudios de los defensores de las
ECM sugieren que la conciencia está separada del cerebro[64], «lo cual revoluciona los conceptos admitidos
hasta ahora por la comunidad científica».
Llegamos, por tanto, a la conclusión de que el cerebro no es
más que un emisor/receptor, una especie de antena radiofónica. ¡Cuando la
antena está estropeada no puede transmitir la música, aunque la orquesta siga
tocando!
Estas cuestiones resultan interesantes por varios motivos y,
aun siendo obviamente inaceptables para los materialistas, aportan argumentos a
los científicos abiertos a lo trascendente.
En cualquier caso, si se llega a la conclusión de que
efectivamente hay una «continuidad de la conciencia», que puede experimentarse
independientemente de la actividad cerebral, eso debería dar lugar a un
profundo cambio en el paradigma de la medicina occidental y podría tener
implicaciones para las cuestiones de práctica y de ética médica, como el
cuidado de los pacientes comatosos o moribundos, la eutanasia, el aborto, el
trasplante de órganos, etc. ¡Sería un gran avance ético!
Por otro lado, esta hipótesis de una conciencia
independiente del cuerpo parece coincidir plenamente con lo que las religiones
llevan defendiendo desde hace siglos. Encontramos un buen ejemplo en la
tradición cristiana:
4º testimonio:
«La vida en un hilo»
Para comprender la historia que aparece a continuación hay
que remontarse muy atrás, a Oriente Medio, unos 1.200 años antes de Jesucristo:
un pueblo, los hijos de Israel, se instala en el país de Canaán. Dicho pueblo
profesa la fe en un único Dios, que le ha salvado de la esclavitud en Egipto
para conducirlo a esta tierra de libertad. Unido a Dios gracias a la escucha de
su Palabra, transmitida por los distintos profetas que se sucedieron, su larga
historia marcará a toda la humanidad.
Entre el año -4 y -7 nace en Belén de Judea un niño llamado
Jesús, hijo de María, esposa de José, un carpintero de Nazaret. Con treinta
años, Jesús recorre Palestina con sus discípulos y con doce apóstoles que ha
escogido. Se presenta como el Hijo de Dios, venido al mundo para llamar a los
hombres a la Vida verdadera. Anuncia la Buena Nueva de la Salvación y cura a
los enfermos perdonándoles los pecados: «Venid a mí todos los que estáis
fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo,
y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para
vuestras almas» (Mt 11, 28-29).
Sin embargo, las condiciones para esta nueva vida que Jesús
propone son muy exigentes: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al
hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a
cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su
Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os
aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta
que vean al Hijo del hombre venir en su Reino» (Mt 16, 24-29).
El día antes de ser entregado y clavado en la cruz en
Jerusalén, hacia el año 30, Jesús reúne a sus apóstoles para celebrar con ellos
la cena de Pascua. Durante esa cena, Jesús ofrece su Cuerpo y su Sangre para la
salvación de la humanidad y su entrada en la vida eterna. Al día siguiente
muere crucificado entre dos ladrones. Tres días después y durante las semanas
siguientes se presenta ante sus discípulos, pues ha regresado de entre los
muertos, ha resucitado. Sus discípulos dan testimonio de este hecho hasta
el martirio. Jesús ya no volverá a morir. Vivo, se «elevará a los cielos» y
desaparecerá ante sus ojos, después de haberles prometido el Espíritu de Dios,
el Espíritu Santo, que los apóstoles recibirán el día de Pentecostés.
Una vez recordado todo esto, os ofrezco ahora el testimonio
de Natalie Saracco, que, si es posible, os invito encarecidamente a ver:
·
Ya
sea en YouTube: (www.youtube.com).
·
O
en KTO:
(http://www.ktotv.com/videos-chretiennes/emissions/nouveautes/un-coeur-qui-ecoute-natalie-saracco).
Pero, antes, conviene leer el capítulo 19 del evangelio de
san Juan, versículos 31 a 34:
Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no
quedasen los cuerpos en la cruz el sábado –porque aquel sábado era muy solemne–
rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues,
los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él.
Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas,
sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante
salió sangre y agua.
El corazón traspasado de Cristo –el Sagrado Corazón– es la
señal paradójica de la victoria del Amor sobre la muerte. Esta señal es una
llamada para que nuestro corazón se una al de Cristo y se abra plena y
firmemente al amor, para que encuentre así el camino de la vida verdadera[68].
Dos pensamientos
Es una extraña debilidad del espíritu humano el hecho
de no pensar jamás en la muerte, por más que resulte evidente en todas partes y
de mil formas distintas. En los funerales solo se escuchan palabras de sorpresa
al constatar que lo mortal muere. Todos recuerdan un momento en el que hablaron
con el difunto y sobre qué tema conversaron; y de repente está muerto. ¡Qué
poca cosa es el hombre! Y el que lo dice también es un hombre, ¡pero ese hombre
no se siente aludido en absoluto, se olvida de su destino! O tal vez se le pasa
por la mente cierto deseo inconstante de prepararse, pero enseguida se disipan
sus negros pensamientos. Me atrevo a decir, señores, que los mortales se cuidan
de enterrar sus pensamientos sobre la muerte tanto como de enterrar a los
propios muertos.
Aproximación religiosa
Nuestra vida no es más
que una estancia transitoria,
una travesía por un océano
de enigmas impetuosos:
¡la vida verdadera
nos espera en la orilla!
Christian Charrière
Desde el punto de vista religioso, no se puede permanecer
indiferente a las ECM. El sentido de la vida, las preguntas existenciales, la
confrontación con la muerte son cuestiones que suelen conducir a una
interrogación metafísica o religiosa.
El cristianismo profesa que Cristo es el hijo de Dios, que
vivió en la tierra, en Palestina, hace 2.000 años, que sufrió por nuestros
pecados, que dio su vida por nosotros, que resucitó, que regresó de entre los
muertos y que vive para siempre. Él es nuestro Salvador: con su muerte venció a
la muerte, ¡mató a la muerte! Gracias a Él se nos ha dado la Vida eterna y cada
uno podrá encontrarse en presencia de Dios y resucitar en su propio cuerpo.
Indudablemente, un cristiano puede limitarse a esto. Toda su fe está
perfectamente resumida en el Credo.
Las ECM son un añadido…
Ciertamente se pueden obviar, al igual que se pueden obviar
los milagros actuales por la fe… Nadie está obligado a creer en ellas. Son
señales que se nos ofrecen gratuitamente. Y una señal nunca obliga a nada.
Pero, si existen, ¿por qué ignorarlas e incluso rechazarlas? Obviamente,
siempre conviene ser prudente, al igual que en el caso de otros hechos
sorprendentes, como las apariciones o los fenómenos místicos… Desde luego, los
milagros forman parte del corpus de la Iglesia católica, pero no es el caso de
las ECM, que se consideran hechos extraordinarios, susceptibles de inducirnos a
lo maravilloso y al iluminismo o el fideísmo[69].
Además, no hay que sorprenderse de que la interpretación de las ECM por parte
de los religiosos sea tan distinta…
Para el teólogo suizo Hans Küng, «las ECM existen. No hay que
negarlas, sino interpretarlas».
Monseñor Jean Vernette, que fue delegado del obispado francés
para las cuestiones concernientes a las sectas y los nuevos fenómenos
religiosos, se cuidaba mucho de distinguir las ECM de la fe cristiana, la vida
eterna del estado alterado de conciencia, la resurrección de la reencarnación y
la teología espiritual de la parapsicología. Y en eso tenía toda la razón.
Pero, hasta lo que yo sé[70], la verdad es que
nunca se ha pronunciado sobre la realidad de las ECM.
La persona que más ha escrito sobre este tema es un teólogo
bastante independiente, atípico, nada conformista y muy crítico con la Iglesia
institucional, el padre François Brune[71]. Su
estudio resulta apasionante, aunque es una pena que mezcle el tema de las ECM
con un aspecto totalmente distinto, el de la TCI o Transcomunicación
Instrumental, que es el intento de comunicarse con los muertos mediante
aparatos electrónicos. Es, como he dicho, una pena, porque, como todo el mundo
sabe, cuando uno intenta comunicarse con los difuntos corre el riesgo de
toparse con entidades infernales peligrosas.
El propio padre Bruce admite que la investigación de todo lo
paranormal o parapsicológico puede llevar a verdaderas catástrofes,
especialmente entre las personas con un equilibrio psicológico frágil, que son
precisamente las que más suelen sentirse atraídas por este tipo de fenómenos.
Asimismo, reconoce que la comunicación deseada con el más allá (por más que se
trate de un fenómeno aparentemente benigno, como la «escritura automática»)
puede conducir a la «posesión».
Una vez aclarado esto, hay que reconocer que el padre Brune
aporta reflexiones interesantes sobre las ECM a partir de numerosos ejemplos
tipo. Admite que, en el momento de la muerte, cuando seamos como «aspirados por
Dios, necesitaremos desde luego un tiempo de purificación, necesaria por la
sencilla razón de que, si no, no podríamos soportarlo». Con esto retoma la
doctrina del purgatorio[72]: «Para poder vivir
la vida de Dios, hay que aprender a amar como Él», dice. También que «la
evolución espiritual se continúa en el más allá». Y subraya: «La gran ley que
se desprende con toda claridad de todos los testimonios del más allá es el
respeto absoluto de nuestra libertad. La consecuencia de este respeto absoluto
es que nuestra evolución de una etapa a otra y de un mundo a otro dependerá de
la buena voluntad de cada uno».
Según él, «gracias a la muerte obtenemos nuestro estado
definitivo, sin que haya que esperar al final de los tiempos para encontrar un
cuerpo. Al final de nuestra vida terrestre, el alma, gracias al poder del
espíritu que la ha transformado, se convierte en un cuerpo glorioso, luminoso,
que es la huella del cuerpo material que ha dejado en la tierra y que
desaparece».
Sin embargo hay religiosos que, debido a su cultura y su
formación, no pueden admitir este fenómeno tan extraño. En el mejor de los
casos, se limitan a insistir en que estas experiencias no son necesarias para
la fe, que todo nos viene dado por la Revelación.
Ciertamente, podemos contentarnos con Moisés, con los
profetas, con lo que nos dijeron Jesús y los apóstoles en las Escrituras y con
toda la tradición cristiana. Podemos limitarnos a todo lo que sabemos sobre la
muerte, la resurrección de los muertos y la Vida eterna, tal como se explican
en el Credo. Pero, aun así, ¿por qué razón Cristo no iba a ofrecernos
señales hoy en día, en nuestro mundo, como ocurre con la Sábana Santa de Turín,
que interpela específicamente al hombre de nuestro tiempo? ¿Por qué tendría eso
que incomodarnos?
¿Qué tenemos que perder? No se trata de demostrar nada: la fe
no se sustenta en las pruebas… En cualquier caso, opino que estos «indicios
pensables» son interesantes y que combinan limpia y claramente la razón y la
fe.
Por otro lado, como veremos, la Iglesia ha admitido
(obviamente, después de todo un trabajo de autentificación en todos los planos)
la existencia de apariciones, milagros e incluso de fenómenos extraordinarios
difícilmente explicables, experimentados por santos y místicos: éxtasis, raptos,
bilocación, etc., que sin embargo sobrepasan el entendimiento.
De hecho, contamos también con el punto de vista de
religiosos que defienden la realidad de las ECM, como monseñor Michel Aupetit,
sacerdote, médico, durante un tiempo obispo auxiliar de la diócesis de París y
actualmente obispo de Nanterre[73]. Merece la
pena leer la reedición de su libro: La muerte. ¿Y después?[74]:
Actualmente, ninguna explicación psicológica,
farmacológica o neuropsicológica permite comprender estas experiencias cercanas
a la muerte. Si las comparamos con todo lo que creemos en tanto cristianos, no
hay nada que contradiga nuestra fe en la vida eterna.
En cualquier caso, no se pueden ignorar por completo
todas estas experiencias subjetivas, sobre todo cuando se multiplican y cuando
coinciden de manera tan sorprendente. En principio conviene prestarles
atención, respetando a las personas que las han vivido, que muchas veces se
sienten heridas debido a los sarcasmos de los incrédulos. Hay que investigar
las causas naturales y, si las hay, no dejarse llevar por las reacciones
superficiales o exaltadas. En todo caso, para los creyentes ofrecen la ocasión
de revisar de forma fructífera el contenido de su esperanza, de su fe, y a
partir de ahí extraer consecuencias, como hacen la mayoría de estos
experimentadores, con el objeto de vivir una vida mejor, más armoniosa con Dios
y con los demás.
A la medicina siempre le ha costado precisarla: se trata de
uno de los diagnósticos clínicos más difíciles de establecer, al igual que el
comienzo del embarazo (¡justamente los dos extremos de la vida!). Como vimos en
el capítulo anterior, hay que distinguir la muerte «clínica» de la muerte
«biológica», y las ECM se producen entre la muerte clínica y la muerte
biológica.
Para los teólogos, existe también la llamada muerte
metafísica o muerte ontológica: se trata del momento de la
separación efectiva y definitiva del alma espiritual y del cuerpo. ¡Esta es la
última frontera! Y no se corresponde forzosamente con la muerte biológica. De
hecho, puede darse un lapso de tiempo –no muy corto– entre la muerte corporal,
biológica, y el «alejamiento»[75] del alma, que
puede tardar, según aquellos que acompañan a los moribundos y la tradición
católica, unas tres horas de media (entre media hora y siete horas, según las
revelaciones privadas de Marta Robin, mística del siglo XX). La persona está
muerta físicamente, pero permanece en alguna parte hasta el momento
determinado, que puede ser percibido por aquellos que la rodean, en que el alma
se traslada definitivamente al otro mundo: esta es la muerte metafísica.
Monseñor Aupetit subraya, con razón: «La frontera con la que
tropiezan los protagonistas de las ECM antes de regresar “a su cuerpo”» es tal
vez el límite real entre la vida y la muerte y el último momento en que
aquellos que están inscritos en el libro de la vida serán semejantes a Dios,
puesto que le verán tal y como es (cfr. Ap 20, 11-13; 1 Jn 3, 2).
Es antes de ese momento cuando puede producirse una ECM,
pasando posiblemente por una descorporeización. Por tanto, se trata de una reanimación,
no de una resurrección. Retomaremos este tema en los capítulos
siguientes.
Esto nos lleva a recordar lo importante que es el momento de
la muerte: ¡se trata de un momento único! La Iglesia exige velar a los
agonizantes y rezar por los que acaban de morir, porque en el tiempo cercano a
la muerte parece librarse un combate en el alma del difunto en el que se
enfrentan las fuerzas del bien y del mal. Y, lejos de terminar en la muerte
clínica (e incluso en la biológica), este combate seguramente se prolonga hasta
el momento de la muerte definitiva, cuando el alma abandona el cuerpo.
* * *
Antes de leer el testimonio siguiente, el de Gloria Polo,
conviene saber que la Iglesia sostiene que hay tres estados en el más allá:
«Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución
eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de
una purificación [el purgatorio, que nos hace dignos de Dios], bien para
entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo [es el caso de los
santos, cuya vida terrestre ha manifestado totalmente el amor que han recibido
de Dios], bien para condenarse inmediatamente para siempre[76] [el infierno, lugar de desolación
definitiva para aquellos que rechazan a Dios libremente y con conocimiento de
causa]».
Todos estamos hechos para Dios, todos hemos sido creados para
establecer una relación absolutamente pura con Él. Dios da a cada una de las
almas las gracias suficientes para que puedan ir derechas al cielo. Durante
nuestra estancia en la tierra se nos ofrecen múltiples ocasiones para estar lo
suficientemente purificados en el momento de aparecer ante Él en nuestra
muerte. Las pruebas –que ofrecemos– nos sirven de purgatorio. Pero, como bien
sabemos, olvidamos con demasiada frecuencia que poseemos un alma inmortal y nos
ocupamos de otras cosas… Así retrasamos nuestra purificación. Sin embargo, en
su extrema misericordia, el Señor nos concede un tiempo suplementario, un
aplazamiento, una nueva ocasión de purificarnos, una especie de etapa antes del
cielo: el purgatorio.
5º testimonio:
«¡He estado a las puertas
del infierno!»
He aquí el testimonio completo de Gloria Polo, una dentista
de Bogotá (Colombia)[77]. Se trata de una
persona normal, ni peor ni mejor que las demás, pero que declara haber estado a
las puertas del infierno durante una ECM, la cual transformó su visión de las
cosas.
¿Debe tomarse este testimonio al pie de la letra? Como
cualquier testimonio, es posible que, con el tiempo, se haya embellecido o
alterado. En cualquier caso, merece la pena leerlo entero.
Conviene saber que numerosos santos han confesado visiones
del infierno, a cual más aterradora[78]. Santa
Teresa de Jesús, por ejemplo, escribe: «Quería el Señor que viese el lugar que
los demonios allá me tenían aparejado [el infierno], y yo merecido por mis
pecados». Habla de un lugar «tan pestilencial, tan sin poder esperar consuelo…»[79].
Fue en la Universidad Nacional de Bogotá [en mayo de
1995]. Me estaba especializando con un sobrino que también era odontólogo y mi
esposo nos acompañaba. Teníamos que recoger unos libros en la Facultad de
Odontología un viernes por la tarde. Estaba lloviendo muy fuerte. Mi sobrino y
yo nos refugiamos bajo un paraguas muy pequeño y mi esposo tenía su chaqueta
impermeable. Él se acercó a la pared de la biblioteca general, mientras
nosotros, sin darnos cuenta, saltando para evitar los charcos, nos acercamos a
los árboles. Cuando fuimos a saltar para evitar un gran charco nos cayó un
rayo. Nos dejó carbonizados; mi sobrino falleció allí mismo.
Él era un muchacho, a pesar de su corta edad, muy
entregado al Señor. Era muy devoto del Niño Jesús y siempre llevaba su imagen
en el pecho, dentro de un vidrio de cuarzo. Según la policía, el rayo entró a
través de la imagen. A él, el rayo le entró en el corazón, le quemó por dentro
y le salió por el pie. Pero por fuera no se carbonizó ni se quemó. En cambio, a
mí el rayo me entró por el hombro izquierdo. Me quemó de forma espantosa todo
el cuerpo, por fuera y por dentro. Esto que ven aquí, este cuerpo reconstruido,
es la misericordia de nuestro Señor. Me carbonizó, me dejó sin senos,
prácticamente me desapareció toda la carne y las costillas; el vientre, las
piernas… El rayo salió por el pie derecho, me carbonizó el hígado, me quemó los
riñones, los pulmones…
Pero miren, esa es la parte física. Lo más hermoso, lo más
bello, es que, mientras mis carnes estaban allí carbonizadas, en aquel instante
yo me encontraba en el interior de un hermosísimo túnel blanco. Era un gozo,
una paz, una felicidad tales que no hay palabras humanas para describirles la
grandeza de aquel momento. Era un éxtasis inmenso. Yo iba feliz, gozosa, nada
me pesaba dentro de aquel túnel. En el fondo de aquel túnel vi como un sol, una
luz hermosísima. Digo que era blanco para ponerle color, porque ninguno de los
colores es comparable terrenalmente con aquella luz hermosísima. Yo sentía la
fuente de todo aquel amor, de aquella paz…
Cuando iba subiendo dije: «Estoy muerta». Y en aquel instante
pensé en mis hijos y dije: «¡Ay, Dios mío, mis hijitos! ¿Qué van a decir mis
hijos? Con esa mamá tan ocupada, que nunca tuvo tiempo para ellos». En aquel
momento miré con verdad mi vida y me dio tristeza. Dejé mi casa para
transformar el mundo y me quedaron grandes mis hijos y mi hogar.
En aquel instante de vacío por mis hijos eché un vistazo.
Cuando miré, vi algo bello. Mis carnes ya no estaban ni en las medidas del
tiempo ni del espacio de acá. Vi a todas las personas en un mismo instante, en
un mismo momento, a todas las personas, a los vivos y a los muertos. Me abracé
a mis bisabuelos, a mis padres, que habían fallecido, a todos. Fue un momento
pleno, hermoso. Entonces me di cuenta de que me habían metido un «gol» con la
reencarnación, porque yo defendía la reencarnación. A mi abuelo y mi bisabuelo
los veía por todas partes. Me abrazaron, me encontré con ellos en un instante,
nos abrazamos y abracé a todas las personas con las que tuve que ver en mi
vida. Solo mi hija, cuando la abracé, se asustó. Tenía nueve años. Ella sí
sintió mi abrazo. No había pasado nada de tiempo en aquel momento tan hermoso,
tan lindo, ya sin carnes. Ya no miraba como antes, que solo miraba si alguien
estaba gordo, flaco, negro, feo, listo. Ahí, no. Cuando estaba sin carnes veía
el interior de las personas. Qué lindo ver el interior de las personas, ver en
las personas sus pensamientos, sus sentimientos. Los abracé en un instante. Sin
embargo, yo seguía subiendo y subiendo, llena de gozo. Cuando sentí que iba a
disfrutar de una vista hermosa, vi en el fondo un lago bellísimo. En aquel
instante oí la voz de mi esposo. Mi esposo lloraba y, con un grito profundo,
con todo el sentimiento, me gritó: «¿Qué ocurre? ¡Gloria, por favor, no se
vaya! ¡Gloria, regrese! Los niños, Gloria, no sea cobarde». En aquel instante
miré de manera como global y lo vi llorando con tanto dolor, que el Señor me
concedió regresar. Yo no me quería venir. Qué gozo, qué paz, qué alegría. Entonces
empecé a bajar lentamente a buscar mi cuerpo. Me encontré sin vida. Mi cuerpo
estaba en la camilla de la Universidad Nacional, en la enfermería. Veía que los
médicos le daban como choques eléctricos a mi corazón para sacarme del paro
cardiaco. Estuvimos dos horas y media allí tirados, porque no nos podían
recoger, porque «le pasábamos corriente» a todo el mundo. Hasta que dejamos de
«pasar corriente» y nos pudieron asistir. Me empezaron a reanimar. Llegué y
puse los pies aquí, en esta parte de mi cabeza. Y me entró una chispa con
violencia. Así entré en mi cuerpo. Me dolió muchísimo entrar. Porque salían
chispas de todas partes, lo veía encapsular en aquello «tan chiquito». El dolor
de mi carne, mi carne quemada. Cómo me dolía. Salía humo y vapor, el dolor más
terrible, el de mi vanidad. Una mujer con los criterios del mundo, la mujer
ejecutiva, la intelectual, la estudiante, la esclavizada del cuerpo, de la
belleza y de la moda: cuatro horas diarias de aerobic. Esclavizada para tener
un cuerpo hermoso, masajes, dietas… Bueno, todo lo que se puedan imaginar.
Aquella era mi vida. Una rutina esclavizante por un cuerpo bello. Y yo decía:
«Bueno, si tengo los senos bonitos, es para mostrarlos, porque para qué
guardarlos, igual que mis piernas». Porque pensaba que tenía muy espectaculares
las piernas y los senos. En un instante vi con horror toda una vida cuidando de
un cuerpo. Aquello era el centro de mi vida, el amor a mi cuerpo. Y no había
cuerpo, ni senos, sino unos huecos impresionantes. Sobre todo el seno izquierdo:
prácticamente había desaparecido. Y mis piernas eran lo más terrible: pedazos
vacíos y sin carnes, negrísimos… De allí me llevaron al Seguro Social.
Rápidamente me operaron y empezaron a raspar todos mis
tejidos quemados. Cuando estaba anestesiada volví a salir del cuerpo. Estaba
mirando lo que estaban haciendo los médicos con mi cuerpo, preocupada por mis
piernas. Cuando de pronto… Hubo un momento terrible.
Porque confieso que era una «católica dietética», como toda
mi vida. Mi relación con el Señor era una Eucaristía los domingos, veinticinco
minutos, donde el padre hablara menos, porque qué desespero y qué angustia: esa
era mi relación con Dios. Y como esa era mi relación, solo esa, todas las
corrientes del mundo me arrastraban como una veleta, hasta el punto de que,
cuando ya me estaba especializando, cuando estaba estudiando y oí a un
sacerdote decir que «el infierno no existía y los diablos tampoco», pensé:
¿quién dijo miedo? A mí lo único, lo confieso con vergüenza, lo único que me
mantenía en la Iglesia era el miedo al Diablo. Y, cuando me dijeron que no
existía, pensé: «Bueno, para el cielo vamos, no importa cómo seamos». Aquello
terminó de alejarme totalmente del Señor. Empecé a hablar mal, porque el pecado
no se quedó en mí. Empecé a dañar mi relación con el Señor. Empecé a decirle a
todo el mundo que los demonios no existen, que son invenciones de los curas,
que son manipulaciones. Y, cuando estudiaba con muchos compañeros de La
Nacional, empecé a andar con el cuento de que Dios no existía, que éramos
producto de una evolución. Y miren, cuando me vi en aquel instante, ¡qué susto
tan terrible! Cuando vi a los demonios que me venían a recoger, ¡y que la paga
era yo! En aquel instante empecé a ver que de la pared del quirófano empezaron
a brotar muchísimas personas, aparentemente comunes y corrientes, pero con una
mirada de odio tan grande, una mirada espantosa. En aquel instante me di cuenta
de que en mis carnes había una sabiduría especial. Me di cuenta de que a todos
ellos les debía. Que el pecado no fue gratis y que la principal infamia y
mentira del demonio fue decir que no existía. Vi que se me acercaban y
empezaban a rodearme y a recogerme. Ustedes pueden hacerse a la idea del susto,
del terror. Mi mente científica e intelectual no me servía de nada. Y rebotaba
en el piso, rebotaba dentro de mi carne, para que mi carne me recibiera. Y mi
carne no me recibía. En aquel susto tan terrible salí corriendo y no sé en qué
instante atravesé la pared del quirófano. Aspiraba a esconderme entre los pasillos
del hospital, pero no. Cuando pasé la pared del quirófano… ¡Zas! Un salto al
vacío…
Pasé por cantidad de túneles que iban hacia abajo. Al
principio tenían luz. Eran luces como panales de abeja, donde había muchísima
gente. Fui descendiendo y la luz se fue perdiendo. Empecé a andar por unos
túneles de tinieblas espantosas. Cuando llegué a las tinieblas, estas no tenían
comparación. Vean, lo más oscuro de lo oscuro terrenal es luz del mediodía
allá. No se puede comparar. Ellas mismas ocasionan dolor, horror, vergüenza y
huelen mal. Terminé aquel descenso entre todos aquellos túneles y llegué a una
parte plana. Estaba desesperada. Aquella voluntad de hierro que decía que
tenía, pues a mí nada me quedaba grande, no me servía de nada. Porque yo quería
subir y seguía ahí. Vi que en aquel piso se abría una boca grandísima y sentí
un vacío impresionante en mi cuerpo, un abismo al fondo inenarrable. Porque lo
más espantoso de aquel hueco era que no se sentía ni un poco del amor de Dios,
ni una gota de esperanza. Aquel hueco tenía como unas ventosas que me
arrastraron. Yo grité, aterrorizada.
Sabía que, si entraba ahí, mi alma ya estaba muerta. Y en
aquel horror tan grande, cuando estaba entrando, me agarraron de los pies. Mi
cuerpo entró en aquel hueco, pero mis pies estaban sostenidos desde arriba. Fue
un momento muy doloroso y terrorífico. ¡Mirad! El ateísmo se me quedó en el
camino y empecé a gritar: «¡Almas del purgatorio, por favor, sáquenme de
aquí!».
Cuando estaba gritando fue un momento de un dolor inmenso,
porque me di cuenta de que allí se encontraban millares y millares de personas.
En aquel hueco. Sobre todo, jóvenes. Con dolor, me di cuenta de que empezaba a
escucharse un rechinar de dientes y unos alaridos y lamentaciones que me
estremecían. Me ha costado muchos años asimilar aquello, porque me ponía a
llorar cada vez que me acordaba del sufrimiento de aquellas personas. Me di
cuenta de que allí estaban todas las personas que en un momento de
desesperación se habían suicidado y estaban con muchos tormentos. Pero lo más
terrible de aquellos tormentos era la ausencia de Dios. No se sentía al Señor.
Y con ese dolor empecé a gritar: «¿Quién se equivocó? Jamás
he robado, nunca he matado, daba limosna a los pobres, sacaba muelas gratis a
los que lo necesitaban. ¿Yo qué hago aquí? Yo iba a misa los domingos». A pesar
de que me consideraba atea, nunca falté. Si falté alguna vez a misa, como mucho
fueron cinco veces. Yo era un alma que siempre iba a misa. «¿Y yo qué hago
aquí? Yo soy católica, por favor, yo soy católica, sáquenme de aquí». Cuando
estaba gritando que era católica, vi una lucecita. Y miren, una luz en medio de
aquellas tinieblas es el máximo regalo que uno puede recibir. Vi unas
escaleras. Encima de aquel hueco vi a mi papá, que había fallecido hacía cinco
años. Casi a ras del hueco, un poquito de luz y, cuatro escalones más arriba,
vi a mi mamá, con mucha más luz y en una posición como de oración.
Cuando los vi me dio una alegría tan grande, que empecé a
gritar: «¡Papá, mamá, por favor, sáquenme de aquí, se lo suplico, sáquenme de
aquí!». Cuando bajaron la vista y mi papá me vio allí… Si hubieran visto el
dolor tan grande que sintieron… Mi papá empezó a llorar, se puso las manitas en
la cabeza y tembló: «¡Hija mía, hija mía!». Mi mamá oraba. Me di cuenta de que
ellos no me podían sacar. El dolor que sentía era ver que ellos estaban allí
compartiendo aquel dolor conmigo.
Y empecé a gritar de nuevo: «Por favor, sáquenme de aquí, que
soy católica. ¿Pero quién se equivocó? Por favor, sáquenme de aquí». Y cuando
estaba gritando por segunda vez se escuchó una voz. Era una voz dulce, una voz
que, cuando la escuché, se estremeció toda mi alma. Todo se inundó de amor y de
paz, todas aquellas criaturas salieron despavoridas, porque no resistían el
amor ni la paz. Y hubo paz para mí. Aquella voz tan preciosa me dijo: «Muy
bien, si eres católica, dime los mandamientos de la ley de Dios».
Qué pánico tan horrible. Yo sabía que eran diez, pero de ahí
en adelante, nada. «¿Ahora qué hago?», pensé.
Mi mamá siempre me hablaba del primer mandamiento: el amor.
Por fin me sirvieron para algo «los sermones» de mi mamá. Ahora me tocaba
«echar el sermón» de mi mamá. «Pero a ver cómo salgo de esta para que no se
noten los demás», pensaba. Pensaba manejar las cosas como las manejaba acá.
Siempre tenía la excusa perfecta, siempre me justificaba y me defendía de tal
manera que nadie se enteraba de lo que no sabía. Y empecé a decir: «El primero
es amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo». «¡Muy
bien!». Y me preguntaron: «¿Y tú los has amado?». Dije: «Yo sí». Y entonces me
dijeron: «No». Miren, cuando me dijeron aquello… Entonces sí que sentí la
corriente del rayo, porque antes no me di cuenta en qué parte me cayó el rayo,
no sentía nada. Me dijeron: «No. Tú no has amado a tu Señor sobre todas las
cosas y muchísimo menos a tu prójimo como a ti misma. Tú te hiciste un dios que
acomodaste a tu vida solo en los momentos de extrema necesidad. Te postrabas
ante él cuando eras pobre, cuando tu familia era humilde, cuando querías ser
profesional. Entonces sí, todos los días orabas y te postrabas horas enteras
suplicando a tu Señor, orando y pidiéndole que te sacara de la pobreza y te
permitiera ser profesional y ser alguien. Cuando tenías necesidad, cuando
querías dinero, entonces un rosario para el Señor. Pero solo para que te
mandara dinero. Esa era la relación que tú tenías con el Señor».
Yo veía a mi Señor, tristemente lo confieso, como un «cajero
automático». Rezaba un rosario y tenía que llegarme el dinero. Esa era mi
relación con él. En cuanto el Señor me permitió tener una profesión, tener un
nombre y tener dinero, se me quedó «chiquitito» el Señor. Empecé a creerme
alguien. No tenía la más mínima expresión de amor con el Señor. ¿Ser
agradecida? ¡Jamás! Ni siquiera abría los ojos. «¡Señor, gracias por este día
que me has dado, gracias por mi salud, por la vida de mis hijos, porque tengo
un techo! ¡Pobrecitos los que no tienen techo ni comida, Señor!». ¡Nada,
desagradecidísima! Aparte de eso, puse tan debajo al Señor que creía más en
Mercurio y en Venus para la suerte. Me fascinaba la astrología y decía que los
astros controlan la vida. Empecé a frecuentar todas las doctrinas que me
ofrecía el mundo, empecé a creer que simplemente se moría y se volvía a
empezar. Y me olvidé de la Gracia. De que yo le había costado un precio de
sangre al Señor. Me hicieron un examen de los Diez Mandamientos. Me mostraron
que yo decía que adoraba y que amaba a Dios con mis palabras, pero que adoraba
a Satanás. Porque a mi consulta venía una señora a echar riegos[80], y yo le decía: «Yo no creo en eso, pero
échelos por si las moscas». Y ella empezaba a echar rieguitos para la buena
suerte. Había puesto en un rincón, donde no pudieran verla los pacientes, una
penca de sábila con una herradura, que dicen que sirve para alejar las malas
energías.
¡Era vergonzoso! Me hicieron un análisis de toda mi vida en
función de los Diez Mandamientos. Me mostraron cómo fui con el prójimo, cómo le
decía a Dios que lo amaba. Cuando todavía no me había alejado de Él, cuando
todavía no había empezado a andar en el ateísmo, yo decía: «¡Dios mío, te
amo!». Pero con esa misma lengua con la que bendecía al Señor, con esa misma
lengua criticaba a todo el mundo, a todo el mundo andaba señalando con el dedo,
siempre la santa Gloria. Me mostró que yo decía que amaba a Dios y era
envidiosa. Y que decía que era agradecida, cuando jamás le reconocí todo su
esfuerzo, su amor y su entrega al darme una profesión, al levantarme. En cuanto
tuve una profesión, hasta mis padres se me quedaron pequeños, hasta el punto de
llegar a avergonzarme de mi mamá por su humildad y su pobreza.
Y me mostraron cómo era como esposa. Todo el día renegando,
desde que me levantaba. Mi esposo me decía: «¡Buenos días!». Y yo le
contestaba: «¿Cuáles buenos días? Si está lloviendo». Estaba renegando todo el
tiempo. Me mostraron que con mis hijos jamás tuve amor y compasión, ni por el
prójimo, por mis hermanos de fuera. Y me decía el Señor: «Nunca pensaste:
“Pobrecitos los enfermos, Señor. Dame la gracia de ir allá a acompañarlos en su
soledad. Los niños que no tienen mamá, los huerfanitos, cuántos niños
sufriendo, Señor”». Mi corazón era de piedra. Así que, en el examen de los Diez
Mandamientos, no pasé ni medio.
¡Era terrible, espantoso! Viví un verdadero caos. ¿Cómo era
posible que yo, que no había asesinado, hubiera matado a tanta gente?
Por ejemplo, di mucha limosna a gente necesitada, pero lo
hacía no por amor, sino por mi imagen, para que todo el mundo me viera.
Manipulaba la necesidad de la gente. Decía: «Tome, le doy esta limosna, pero,
por favor, vaya y reempláceme en las reuniones del colegio de mis hijos, porque
yo no tengo tiempo de ir a las reuniones personales de los colegios». A todo el
mundo le daba cosas, pero les manipulaba. Además, me encantaba que anduviera un
montón de gente detrás de mí diciendo lo buena y lo santa que era. ¡Me creé una
imagen! Me dijeron: «¡Tú tenías un dios y ese dios era el dinero! ¡Por él te
condenaste! Por él te hundiste en el abismo y te alejaste de tu Señor».
Nosotros habíamos tenido mucho dinero, pero estábamos arruinados,
endeudadísimos, se nos había acabado el dinero… Entonces, cuando me dijeron lo
del dios dinero, yo grité: «¡Pero qué dinero, si en la tierra dejé muchas deudas!».
Hasta ahí hablé…
Cuando me hablaron del segundo mandamiento, vi que yo de
pequeñita tristemente aprendí que, para evitar los castigos de mi mamá, que
eran bastante severos, las mentiras eran excelentes. Y empecé a caminar con el
padre de la mentira (Satanás). Empecé a volverme mentirosa y, a medida que mis
pecados iban creciendo, las mentiras fueron haciéndose más grandes. Me daba
cuenta de que mi mamá respetaba mucho al Señor y para ella el nombre del Señor
era santísimo. Entonces pensé: «Aquí tengo el arma perfecta». Y comencé a jurar
en vano. Le decía: «Mami, por Cristo lindo te juro…». Así evitaba los castigos.
Imagínense, en mi mentira colocando el santísimo nombre del Señor en las
porquerías, en mi inmundicia, porque ya estaba llena de mugre y de pecado.
Y aprendí que las palabras no se las lleva el viento. Cuando
mi mamá se ponía muy terca, le decía: «Mamá, ¿sabe qué? ¡Que me parta un rayo
si le estoy diciendo mentiras!» (…). Pero miren, por misericordia de Dios aquí
estoy, porque en realidad el rayo entró y me atravesó prácticamente en dos
partes y me quemó. Me mostraron que yo, que me decía católica, nunca tuve
palabra y siempre usaba el santo nombre del Señor.
Me impresionó que, cuando pasó el Señor, todas las criaturas,
todas aquellas cosas espantosas se arrojaron al piso en una adoración
impresionante. Vi a la Santísima Virgen postrada a los pies del Señor, orando
por mí, en una extrema adoración. Y yo, pecadora, desde mi inmundicia de tú a
tú con el Señor. Yo, tan buena que he sido, renegando y maldiciendo del Señor.
El de Santificar las fiestas fue espantoso y sentí un inmenso
dolor. La voz me dijo que yo dedicaba cuatro y cinco horas a mi cuerpo y ni
siquiera diez minutos diarios de profundo amor al Señor, de agradecimiento o de
una oración. Eso sí, empezaba el rosario a toda velocidad y decía: «En los
comerciales de la novela termino el rosario». Me mostraron que nunca fui
agradecida con el Señor. También me mostraron lo que decía cuando me daba
pereza ir a misa: «Pero, mamá, si Dios está en todas partes, qué necesidad
tengo de ir». Claro, me era muy cómodo decir eso. Y la voz me repetía que «yo
tenía al Señor veinticuatro horas al día pendiente de mí y yo no rezaba ni un
poquito o un domingo para darle gracias, para mostrarle cuán grande era mi
agradecimiento y mi amor por Él. Me quedaba grande» (…). Me dediqué a cuidar mi
cuerpo, me volví esclava, pero se me olvidó un pequeño detalle: tenía un alma y
jamás cuidé de ella. Nunca la alimenté con la palabra de Dios, porque muy
cómodamente decía: «El que lee la palabra de Dios se vuelve loco».
Y en los sacramentos, nada. Yo pensaba que cómo me iba a
confesar con aquellos viejos que eran más malos que yo, porque era muy cómodo
para mí, con mi porquería, no irme a confesar. El Maligno me apartó de la
confesión y así fue como me quitó la sanación y la limpieza de mi alma. Porque,
cada vez que cometía un pecado, no era gratis: Satanás ponía dentro de esa
blancura de mi alma su marca, una marca de tinieblas. Solo en mi Primera
Comunión hice una buena confesión. De ahí en adelante, nunca más. Recibí a mi
Señor indignamente.
Llegó hasta tal punto la blasfemia, la incoherencia de mi
vida, que llegué a decir: «¿Cuál Santísimo? ¿Un Dios vivo en un pan? Esos
sacerdotes deberían echarle un poco de arequipe[81]
para que supiera rico». Hasta ese punto llegó la degradación en mi relación con
Dios.
Jamás alimenté mi alma. Y, para rematar, no hacía más que
criticar a los sacerdotes. Si hubieran visto lo mal que me fue con eso. En mi
familia y desde muy pequeños criticábamos a los sacerdotes, empezando por mi
papá. Decían que eran unos mujeriegos que tenían más plata que nosotros y
nosotros lo repetíamos. Y nuestro Señor me decía: «¿Quién te creías tú para
hacerte Dios y juzgar a mis ungidos? Son de carne y la santidad de un sacerdote
la hace la comunidad, que ora, le ama y le apoya. Y cuando un sacerdote cae en
pecado no le preguntan tanto al sacerdote, sino a la comunidad». Y el Señor me
mostraba que, cada vez que yo criticaba a los sacerdotes, se me pegaban unos
demonios. Aparte de eso, cuánto mal hice. Una vez llamé a un sacerdote
homosexual y toda la comunidad se enteró. No se imaginan el daño que hice.
Del cuarto mandamiento, Honrar al padre y a la madre, el
Señor me mostró, como ya les comenté, lo desagradecida que fui con mis padres,
cómo les maldecía y renegaba de ellos porque no podían darme todo lo que mis
amigas tenían. Y que fui una hija que no valoraba lo que tenía. Llegué hasta el
punto de decir que aquella no era mi mamá, porque me parecía muy poquita cosa
para mí. Fue espantoso ver el resumen de una mujer sin Dios y cómo aquella
mujer sin Dios había destruido todo lo que se le acercaba. Y lo más grave es
que yo sentía que era buena y santa. También me mostró el Señor que yo había
creído que no fallaría en este mandamiento por el simple hecho de haber pagado
los médicos y las medicinas de mis padres cuando enfermaron. Y que yo analizaba
todo a través del dinero y los manipulé cuando tuve dinero. Hasta de ellos me
aproveché. El dinero me endiosó y los pisoteé.
¿Saben lo que más me dolió? Ver a mi papá llorando con
tristeza. A pesar de todo, él había sido un buen padre que me enseñó a ser
trabajadora, emprendedora y que debía ser honorable, porque solo el que trabaja
puede salir adelante. Pero se le olvidó un pequeño detalle: que yo tenía alma y
que, con su mal ejemplo, toda mi vida se empezó a hundir. Veía con dolor que
era mujeriego. Él era feliz diciendo a mi mamá y a toda la gente que era muy
macho porque tenía muchas mujeres. Además tomaba y fumaba. Aquellos vicios le
hacían sentir orgulloso. No pensaba que eran vicios, sino virtudes. Yo veía que
mi mamá ocultaba sus lágrimas cuando mi papá empezaba a hablar de otras
mujeres.
Me empecé a llenar de rabia, de resentimiento y aquello me
llevó a la muerte espiritual. Sentía una rabia espantosa al ver cómo mi papá
humillaba a mi mamá delante de todo el mundo. Empecé a rebelarme y le dije a mi
mamá: «Yo nunca voy a ser como usted. Por eso las mujeres no valemos nada, por
mujeres como usted, sin dignidad, sin orgullo, que se dejan pisotear por los
hombres». Y le dije a mi papá cuando ya fui más grande: «Jamás voy a permitir
que un hombre me humille como usted lo hace con mi mamá; si un hombre me llega
a ser infiel, me desquito, papá». Mi papá me pegó y me dijo: «¿Cómo se le
ocurre?». Era muy machista. Yo le dije: «Así me pegue y me mate: si yo me llego
a casar y mi esposo me es infiel, yo me desquito para que los hombres entiendan
cómo sufre una mujer cuando un hombre la pisotea». Y me llené de todo ese
resentimiento y esa rabia. Cuando ya tuve plata, empecé a decirle a mi mamá:
«¿Sabe qué, mamá? Sepárese de mi papá». Y eso que yo adoraba a mi papá. «Es
imposible que usted aguante a un tipo así. Sea digna, hágase valer, mamá». ¡Imagínense!
Quería divorciar a mis padres. Y mi mamá decía: «No, hija, a mí no es que no me
duela. Sí me duele, pero me sacrifico porque ustedes son siete hijos y yo no
soy sino una. Me sacrifico porque su papá es un buen papá y yo sería incapaz de
irme y dejarlos sin papá. Además, si yo me separo, ¿quién va a orar para que su
papá se salve? Yo soy la que puedo orar para que su papá encuentre la
salvación, porque el dolor y el sufrimiento que él me ocasiona, yo los uno a
los dolores de la cruz y todos los días le digo al Señor: “Este dolor no es
nada unido a tu cruz. Permite que mi esposo y mis hijos se salven”». Y yo
aquello no lo entendía. Me dio tanta rabia que eso hizo que mi vida cambiara y
me volviera una rebelde y empezara a promulgar esos deseos de defender a la
mujer. Empecé a defender el aborto, la estancia, el divorcio y la ley del
Talión: el que me la hace, me la paga. Nunca fui infiel físicamente, pero dañé
a mucha gente con mis consejos.
Cuando llegamos al quinto mandamiento, el Señor me mostró que
era una asesina espantosa y que cometí lo peor y lo más abominable ante sus
ojos: el aborto. El poder que me dio el dinero me sirvió para financiar varios
abortos, porque yo decía: «La mujer tiene derecho a escoger cuándo quiere
quedar embarazada o no». Miré en el libro de la vida y me dolió tanto cuando vi
a una niña de catorce años abortando… Yo le había enseñado, porque, cuando uno
tiene veneno, nada bueno queda. Y se daña a todo lo que se acerca.
Unas niñas, tres sobrinas mías y la novia de un sobrino
abortaron. Las dejaban ir a mi casa porque yo era la de la plata, la que las
invitaba, la que les hablaba de moda, de glamour y de cómo exhibir su
cuerpo. Mi hermana me las mandaba. Las prostituí, prostituí a menores. Ese fue
otro pecado espantoso después del aborto. Porque yo les decía a aquellas niñas:
«No sean bobas. Sus mamás les hablan de virginidad y de castidad porque están
pasadas de moda. Hablan de una Biblia de hace dos mil años y los curas no se
han querido modernizar. Hablan de lo que dice el papa, pero ese papa está
pasado de moda».
Imagínense mi veneno. Les enseñé a esas niñas que tenían que
disfrutar de su cuerpo, pero que tenían que planificar. Les enseñé los métodos
de planificación. Y esa niña de catorce años, la novia de mi sobrino, llegó un
día llorando a mi consultorio (lo vi en el libro de la vida) y me dijo:
«Gloria, soy una niña y estoy embarazada». Yo le dije: «Bruta, ¿no le había
enseñado a planificar?». Y me dijo: «Sí, pero no funcionó». El Señor me había
puesto allí a aquella niña para que no se hundiera en el abismo, para que no
abortara. Porque el aborto es una cadena que pesa tanto, que arrastra y
pisotea. Es un dolor que nunca se acaba, es el vacío de haber sido el asesino
de lo peor, de un hijo. ¿Y saben qué fue lo peor? Que, en lugar de hablarle del
Señor, le di plata para que fuera a abortar a un lugar muy bueno, para que
después no la fueran a perjudicar. Al igual que este, patrociné varios abortos.
Cada vez que la sangre de un bebé se derramaba, era como un holocausto a Satanás.
Un holocausto. El Señor se duele y se estremece cada vez que se mata a un bebé.
Porque en el libro de la vida vi que, tan pronto como se tocan el
espermatozoide y el óvulo, se forma una chispa hermosa, una luz cogida del sol
del Padre Dios. El vientre de una madre, en cuanto es fecundado, se ilumina con
el brillo de esa alma y cuando se aborta esa alma grita y gime de dolor, aunque
no tenga ojos ni carne. Se escucha ese grito cuando lo están asesinando y el
cielo se estremece. Y en el infierno se escucha otro igual, pero de júbilo.
Inmediatamente, del infierno se abren unos sellos y salen unas larvas para
seguir asediando a la humanidad y haciéndola esclava de la carne. Porque,
¿saben cuántos bebés se matan a diario? Y eso es un triunfo para él. Ese precio
de sangre inocente ocasiona un demonio más afuera. Y me lavaron en esa sangre y
mi alma blanca se empezó a poner absolutamente oscura.
Después de los abortos, ya no tuve más convicción de pecado.
Para mí todo aquello estaba bien. Y lo triste también fue ver a todos los bebés
que yo había matado. Porque, ¿saben qué? Yo planificaba con un DIU de cobre. Y
fue doloroso ver cuántos bebitos habían sido fecundados y cómo se habían
estallado aquellos soles. Y el grito de aquel bebé desgarrándose en las manos
de Papá Dios. Con razón vivía amargada y con mal genio, haciendo mala cara,
frustrada con todos y con mucha depresión. Claro, me había vuelto una máquina
de matar bebés.
Aquello me hundió más en el abismo. ¿Cómo que no había
matado? Y qué decir de cada persona que odiaba, que detestaba. ¡En eso sí que
era asesina! Porque no solo con un disparo se mata a una persona. Basta con
odiarla, con hacerle el mal, con tenerle envidia, con eso ya se la mata.
En cuanto al sexto mandamiento de No cometer actos impuros,
pensé: «No me pueden descubrir ni un amante, porque yo toda la vida solamente
he tenido un hombre, que es mi esposo». Pero me mostraron que, cada vez que
estaba con mis senos y mi cuerpo medio descubiertos estaba incitando a otros
hombres a que me miraran y tuvieran malos pensamientos. Los hacía pecar. Así
fue como entré en el adulterio. Yo aconsejaba a las mujeres que fueran infieles
a sus esposos. Les decía: «No sean bobas, desquítense. No los perdonen y
divórciense». Ya con eso estaba cometiendo un adulterio abominable. Me di
cuenta de que los pecados de la carne son espantosos y condenatorios, por mucho
que el mundo les diga que están bien y que debemos seguir actuando como
animales. Desgraciadamente me solté de la mano del Señor, porque los pecados están
en los pensamientos, en el alma y en la acción.
Fue muy doloroso ver cómo todo aquel pecado, por ejemplo, el
pecado del adulterio de mi papá, dañó y desgarró a sus hijos. A mí me volvió
una resentida con los hombres. Y mis hermanos fueron tres fieles fotocopias de
mi papá: felices de ser muy machos, mujeriegos y bebedores… No se daban cuenta
de cómo dañaban a sus hijos. Por eso mi papá lloraba con tanto dolor al ver que
su pecado lo habían heredado sus hijos, dañándose así toda la obra de Dios.
Respecto al séptimo mandamiento de No robar, yo me
consideraba honesta. Pero el Señor me mostró que, mientras en mi casa se
desperdiciaba la comida, en el mundo se padecía mucha hambre. Me dijo: «Yo
tenía hambre y mira lo que hacías con lo que te daba. Lo desperdiciabas. Yo
tenía frío y mira lo que hacías. Esclavizada con las modas y las apariencias.
Gastándote el dinero en una inyección para estar delgada, esclavizada del
cuerpo. En pocas palabras, hiciste de tu cuerpo un dios». Me mostró que yo era
culpable de la miseria de mi país. También me mostró que, cada vez que hablaba
mal de alguien, le robaba la honra y que era muy difícil devolvérsela. Que
habría sido más fácil de reparar si le hubiera robado un billete, porque se lo
habría podido devolver, pero no robarle el buen nombre. Les robaba a mis hijos
la gracia de una mamá en casa, tierna, una madre que los amara. Y no una madre
en la calle, dejando a los niños solos con el papá televisor, la mamá
computadora y los juegos de video. Y para acallar mi conciencia les compraba
ropa de marca. Más me horrorizó cuando vi que a mi mamá se la cuestionaba. Y
eso que mi mamá fue una mujer santa, que nos corregía y nos amaba, igual que mi
papá. Pensé: «Qué será de mí, yo que ni siquiera les he dado nada a mis hijos…
Qué espanto, qué dolor tan grande».
Me dio mucha vergüenza, porque en el libro de la vida se ve
todo como en una película. Los niños decían: «Ojalá se demore mi mamá, que haya
un atasco, porque no hace más que protestar». Qué tristeza ver a un niño de
tres años y una niña más grande diciendo eso. Les robé a su mamá, les robé la
paz que debía dar en mi casa. Y no dejé que conocieran a Dios, ni les enseñé a
amar al prójimo. Porque, si no amo a mi prójimo, no tengo nada que ver con el
Señor. Y, si no tengo misericordia, tampoco. Porque Dios es amor.
Les voy a hablar de No dar falso testimonio ni mentir. En eso
sí que fui una experta. Porque Satanás se volvió mi papá.
Si Dios es Amor y yo odiaba, ¿quién era mi padre? Si Dios me
hablaba del perdón y de amar a los que me hacen daño y yo decía: «El que me la
hace me la paga», ¿quién era mi padre? Y, si Él es la verdad y Satanás es la
mentira, ¿quién era mi padre? No hay mentira ni rosada, ni amarillita, ni
verdecita, todas las mentiras son mentiras y Satanás es su padre. Tan terribles
fueron los pecados de mi lengua que vi cuánto daño hice con ella. Cuando
murmuraba, cuando me burlaba, cuando le ponía un apodo a alguien, cómo se
sentía aquella persona, cuánto le dolía el apodo. Era capaz de crearle un
complejo de inferioridad a una persona gordita por andar llamándola gorda.
Cuánto mal hacía. La palabra siempre terminaba en una acción.
Luego me examinaron de la codicia. De ahí surgieron todos mis
males, de ese deseo loco. Yo pensaba que sería feliz teniendo mucho dinero y
tener dinero se convirtió en una obsesión. Fue una lástima. Porque, cuando tuve
mucho dinero, fue el peor momento que vivió mi alma, hasta el punto de querer
suicidarme. Tanto dinero y estaba sola, vacía, amargada, frustrada. Aquella
codicia por el dinero fue lo que me llevó a extraviarme y soltarme de la mano
del Señor.
Después de aquel examen de los Diez Mandamientos me mostraron
el libro de la vida. Era muy hermoso. Ya quisiera yo tener palabras para
describirlo. Empezó desde la concepción. En cuanto se unieron el par de células
de mis padres, de inmediato hubo un «¡zas!», una chispa, una explosión hermosa.
Y se formó un alma, mi alma, cogida de la mano del Padre Dios. Vi al Padre
Dios, tan hermoso, tan maravilloso, que me cuidaba las veinticuatro horas del día,
me buscaba. Y lo que yo veía como un castigo no era más que su amor. Porque Él
no miraba mi carne, sino mi alma, y veía cómo me iba alejando de la salvación.
Para terminar les voy a dar un ejemplo de hasta qué punto es hermoso el libro
de la vida. Yo era muy hipócrita. A la gente le decía: «Qué vestido tan
precioso, qué lindo». Y por dentro decía: «Qué pinta más asquerosa, y encima se
cree la reina». En aquel libro se veía perfectamente lo que decía. Pero con una
diferencia: se veían mis pensamientos y el interior de mi alma. Todas mis
mentiras quedaban a la vista, vivas, todo el mundo se daba cuenta. Cuántas
veces engañaba a mi madre porque no me dejaba ir a ningún lado. «Mamá, tengo un
trabajo en grupo en la biblioteca». Y mi mamá se lo creía. Y me iba a ver una
película pornográfica, o al bar, a beber cerveza con mis amigas. Y mi mamá vio
mi vida. No se le escapó nada. Es tan lindo el libro de la vida… Mis padres me
daban plátanos en el almuerzo. En mi época mis padres eran pobres, de manera
que mi almuerzo eran plátanos, bocadillos y leche. Yo me comía el plátano y
tiraba la cáscara. Nunca tuve la conciencia de pensar que, si tiraba la
cáscara, podía hacerle daño a alguien. Lo lindo fue que el Señor me mostró
algunas veces, no siempre, quién se cayó con aquella cáscara. Habría podido
asesinar a esa persona por mi falta de misericordia. Solo una vez hice una
confesión con dolor y vergüenza, bien hecha. Fue cuando una señora me dio 4.500
pesos de más en un supermercado de Bogotá. Mi papá nos había dicho que fuéramos
honrados y no tocáramos nunca un centavo de nadie. Me di cuenta en el coche,
cuando iba al consultorio. Pensé: «Esa vieja me dio 4.500 pesos de más y ahora
me toca devolverlo». Pero me dije: «Qué le voy a devolver. Quién le manda ser
tan bruta». Pero me quedó el dolor de aquella plata. Porque mi papá nos había
enseñado muy bien la honradez. El domingo me confesé: «Padre, robé 4.500 pesos
porque no se los devolví a una señora». Ni siquiera puse atención a lo que me
dijo el padre. ¿Saben qué me dijo el Señor? «Fue una falta de caridad no
reparar el pecado. Porque para ti 4.500 pesos no eran nada, pero para aquella
mujer, con un sueldo mínimo, era la alimentación de tres días». Y saben qué fue
lo más triste que me mostró: cómo sufrió y pasó hambre durante dos días. Por mi
culpa. Porque así me lo mostró el Señor: cuando hice algo, quién sufrió (…).
Luego me preguntó: «¿Qué tesoros espirituales tienes?». Pero mis manos estaban
vacías, no llevaba nada. Entonces me dijo: «¿De qué te sirven tus dos apartamentos,
tus casas, tus consultorios (…)? ¿Acaso has podido traer aquí el polvo de un
ladrillo? ¿Qué hiciste con los talentos que te di?». Tenía una misión, la
misión de defender el Reino del amor, el Reino de Dios. Olvidé que tenía un
alma, y aún más que tenía talentos. Que era las manos misericordiosas de Dios.
Y que todo el bien que dejé de hacer le dolió al Señor. Porque el Señor siempre
me preguntaba por el amor. Si hubieran visto cómo es la muerte espiritual. Cómo
es un alma que odia, que le hace mal a todo el mundo. Cuando uno está lleno de
pecados, por fuera huele muy bien pero por dentro el alma huele horrible y vive
en los abismos. Con razón tenía tanta depresión y tanta amargura. El Señor me
dijo: «Tu muerte espiritual comenzó cuando te dejaron de doler todos tus
hermanos. Cuando veías el sufrimiento de tus hermanos en todas partes, o cuando
veías en los medios de comunicación que habían matado o secuestrado, tú con la
lengua decías: “¡Pobrecitos!”. Pero no te dolían tus hermanos. En el corazón no
sentías nada. Eras toda de piedra. El pecado te petrificó el corazón».
Cuando se cerró el libro, sentí una tristeza muy grande. Qué
dolor por haberme portado así con Dios. Porque, a pesar de todos mis pecados,
de toda mi inmundicia y de toda mi indiferencia, el Señor, hasta el último
instante, me buscó. Siempre me envió instrumentos, personas, me habló, me gritó
para buscarme (…).
Yo pensaba que el Señor me había condenado, pero no era así.
En mi libre albedrío yo había escogido a mi padre, y no escogí a Dios, sino a
Satanás, ese fue mi padre. Cuando se cerró el libro, pensé que me iba a caer
por un hueco y que, después, en aquel hueco se iba a abrir una puerta. Empecé a
gritar a todos los santos que me salvaran. No tenía ni idea de que supiera
tantos santos (…): san Isidro labrador, san Francisco de Asís… Cuando se me
acabaron todos los santos, se hizo el silencio. Sentí un vacío y un dolor muy
grande (…). Levanté los ojos y me encontré con los ojos de mi mamá. Con mucho
dolor le grité: «¡Mamá! ¡Me he condenado y, adonde voy, no te volveré a ver
jamás!». En aquel momento, a ella le concedieron una gracia muy bella. Estaba
inmóvil, pero le permitieron mover sus dedos hacia arriba. Ella señaló hacia
allí y de mis ojos saltaron dos costras espantosamente dolorosas, una ceguera
espiritual. Y vi un momento hermoso, cuando una paciente me dijo: «Mire,
doctora. Usted es muy materialista y un día lo va a necesitar. Cuando esté en
peligro, cualquiera que sea, pídale a Jesucristo que la cubra con su sangre, y
él nunca la abandonará. Porque él pagó el precio de su sangre por usted». Y
empecé a gritar: «¡Jesucristo, ten compasión de mí! ¡Perdóname! ¡Señor, dame
una segunda oportunidad!». Aquel fue el momento más bello. No tengo palabras
para describirlo. El Señor bajó y me sacó de aquel hueco. Cuando me recogió, me
levantó y (…) me dijo con mucho amor: «Volverás, tendrás una segunda
oportunidad (…). Pero no por la oración de tu familia, porque es normal que
ellos oren y clamen por ti, sino por la intercesión de todas las personas
ajenas a tu carne y a tu sangre que han llorado, orado y elevado su corazón con
muchísimo amor por ti». Vi que se encendían un montón de lucecitas que eran
como llamitas blancas llenas de amor. Y vi a las personas que estaban orando
por mí. Pero había una llama grande, muy grande, que era la que más luz y amor
daba. Quise saber quién era esa persona que me amaba tanto y el Señor me dijo:
«Esa persona que allí ves es alguien que te ama tanto, tanto, que ni siquiera
te conoce». Y me mostró (…) que era un campesino que vivía al pie de la Sierra
Nevada de Santa Marta. Bajó el hombre, compró un dulce y se lo envolvieron en
una hoja de periódico del día anterior. Y ahí estaba mi fotografía, quemada.
Cuando aquel hombre vio la noticia, ni siquiera la leyó. Se arrodilló, empezó a
llorar con un amor muy grande y dijo: «Señor, ten compasión de mi hermanita.
Sálvala, Señor. Si la salvas, te prometo que voy al santuario de Buga y te
cumplo una promesa, pero sálvala». Aquel hombre no protestaba ni maldecía por
el hambre, sino que, con un gran amor, se ofreció a atravesar todo el país por
alguien que no conocía. El Señor me dijo: «Eso es el amor al prójimo (…). Vas a
volver, pero esto no lo vas a repetir mil veces, sino mil veces mil. Y ay de
aquellos que al oírte no cambien, porque van a ser juzgados con más severidad,
como lo serás tú en tu segundo regreso». Y eso lo dijo tanto para los ungidos,
que son sus sacerdotes, como para cualquiera, porque no hay peor sordo que el
que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver.
Y esto, mis queridos hermanos, no es una amenaza. El Señor no
necesita amenazarnos. Es una segunda oportunidad (…). Cuando les abran el libro
de la vida a cada uno, cuando se mueran cada uno de ustedes, vamos a vivir este
momento tal cual (…), con la diferencia de que entonces veremos nuestros
propios pensamientos y sentimientos en la presencia de Dios. Lo más hermoso es
que veremos al Señor ante nosotros, pidiéndonos que nos convirtamos, para que
de verdad empecemos a ser nuevas criaturas con Él. Sin Él, no podemos.
|
Tres citas En el cristianismo, la Vida autoengendrada es el Padre, y
el Ser vivo eternamente engendrado que expresa la Vida es el Verbo, o el
Hijo. - |
Aproximación antropológica
Porque lo espiritual es en sí mismo carnal. - Charles Péguy
Para interpretar correctamente lo que ocurre en una ECM, hace
falta una antropología realista. En cualquier caso, la realidad de las ECM
es impensable si no se acepta la realidad del alma (lo que los científicos
prefieren llamar «conciencia», término demasiado general y mal definido) y su
articulación con el ser.
Actualmente, el alma se concibe principalmente como una
invención de las religiones. En general, no se considera más que un psiquismo.
El individuo se percibe mayoritariamente como una entidad psicosomática: un
cuerpo y un psiquismo. Desde hace 150 años, con los comienzos de la psicología
y el psicoanálisis, el descubrimiento del inconsciente y todos los avances de
las ciencias humanas, la ciencia se ha venido apoyando en este dualismo
erróneo.
A continuación veremos que el hombre es cuerpo y alma, y que
esta posee una dimensión espiritual, que las Escrituras llaman el corazón
o el «corazón-espíritu» (el corazón y el espíritu, considerados como dos
realidades equivalentes o próximas la una a la otra[85]),
en el centro del alma.
Aproximación
filosófica
Es posible llegar a esta concepción del ser humano de
manera racional a partir de una serie de afirmaciones:
1) Nuestro cuerpo cambia continuamente
Exteriormente, una persona no es la misma con un año que con
setenta años… Lo que permanece más invariable es el rostro, que es el que mejor
expresa el interior de la persona. Desde el punto de vista biológico, a lo
largo de nuestra existencia mueren y se renuevan 500.000 células por segundo.
Cada día se reemplazan cerca de 50 millones de células en nuestro cuerpo. Cada
año, cerca del 98 por ciento de las moléculas y los átomos de nuestro cuerpo
son reemplazados. Lo cual implica que cada año de nuestra existencia terrestre tenemos
un cuerpo «nuevo».
Esto quiere decir que nuestro cuerpo, la única parte visible
de nuestro ser, está en perpetua transformación. Se encuentra constantemente en
un equilibrio inestable entre dos procesos de desintegración e integración
permanente[86], hasta que, después de la
muerte, se descompone. Nadie logra un cambio constante y eterno…
2) El cuerpo no existe sin el alma
Si en efecto soy siempre el mismo, tanto hoy, como ayer, como
hace cinco, diez o setenta años, ¿qué es lo que me otorga la conciencia de ser
siempre y en todas partes yo mismo? ¿De dónde procede la continuidad de este
cuerpo en perpetuo cambio? ¿Qué es lo que mantiene la unidad y la continuidad
de mi cuerpo?
¡Hace falta «algo»!
Ese «algo», esa entidad, que es sustancia, que informa[87] una materia múltiple para constituir un
cuerpo vivo y organizado, se llama «alma» desde Aristóteles[88], traducción del latín anima. Independientemente
del nombre que se le dé, el alma es un hecho de la experiencia. No es
facultativa, no es una visión del espíritu, no es una invención… Pero,
sorprendentemente, no es verificable, escapa a toda investigación científica.
Sin embargo existe, a partir de la experiencia, en función de
un análisis racional, lógico, verificable y renovable a partir de un dato de la
experiencia, y por tanto de manera experimental, un soporte del cuerpo, una
fuerza de cohesión, constante a lo largo de toda la vida del sujeto: ¿qué
es eso, sino el alma? El alma es inherente al cuerpo: si no hubiera
alma, no habría cuerpo. El alma es la que hace que el cuerpo sea un cuerpo y no
un montón de átomos o de moléculas. Como dice Claude Tresmontant: «El que
sostenga lo contrario, el que pretenda negar la existencia del alma, está
obligado a sostener que, en lugar de ser un sistema biológico organizado,
informado [con forma], individualizado, no es más que un montón, un montón de
átomos. ¡Un montón de átomos jamás ganará el Premio Nobel!
»Un cuerpo no existe ni puede existir sin alma, o sin
animación, o sin forma (todas estas expresiones son sinónimas). El cuerpo en
una entidad informada», sostiene Tresmontant con gran realismo[89].
3) El alma es vital
El alma es por tanto la fuerza de vida, animadora y
organizadora del cuerpo, que hace ser al sujeto. Es el principio de
vida[90], físico y psíquico, que
individualiza un organismo vivo que, a su vez, la individualiza.
Por otro lado, debemos tener en cuenta que, paradójicamente,
es el alma –invisible a los sentidos– la que subsiste siempre parecida a sí
misma a lo largo de toda la existencia, mientras que el cuerpo –que se muestra
en carne y hueso– se renueva constantemente, ¡y es, en cierto modo, la
«apariencia» del alma!
La conclusión lógica es la siguiente: el alma es lo que hace
que un cuerpo sea un cuerpo vivo, el alma es la vida del cuerpo. El alma
no se añade al cuerpo, sino que lo constituye. El alma es «la animadora» del
cuerpo[91]. Es la unidad viviente de los
elementos que la componen. El alma y el cuerpo forman una unidad.
La prueba es que, cuando llega la muerte, ¿qué queda? ¿Un
cuerpo? ¡No! Un cuerpo que no posee en sí mismo este principio formador, esta
fuerza vital que le hace subsistir, esta forma que es sujeto, muere, se
corrompe, se descompone; queda la materia de la que estaba hecho, un montón de
moléculas, un montón de átomos que ya no tienen vida, que se descomponen
inexorablemente, que vuelven al polvo.
No existe la materia viva. Solo un organismo está vivo, es el
cuerpo el que está vivo, si no, ya no es en absoluto un cuerpo, es una
apariencia de cuerpo, ¡una ilusión de cuerpo! Un cuerpo no vivo ya no es un
cuerpo, es un cadáver, un despojo, que es muy diferente.
4) El alma es la sede de la personalidad
En el alma, la persona toma conciencia de sí como sujeto
responsable de sus actos, libre en sus elecciones y en sus decisiones y dotado
de medios para ponerlas en práctica. Estos medios son las facultades
(inteligencia, raciocinio, voluntad, memoria, imaginación, afectividad…).
Por la voluntad, la persona consiente o rechaza, decide. Por
la inteligencia razona de manera deductiva. Y la afectividad es la sede de los
sentimientos, de las emociones, de las atracciones o de los rechazos.
«En definitiva, el alma-psiquismo sustenta la vida natural
del hombre. Es el yo en la conciencia que tiene de sí mismo y en el ejercicio
de sus propias facultades»[92].
5) El alma es espiritual
Todo ser vivo posee un alma, incluidos los animales, por
supuesto, dependiente de la materia a la que está ligada. En el caso del ser
humano, esa alma no es solo «corporal», es inmaterial, espiritual, capaz de
Dios.
El hombre, en efecto, no se limita al mundo material. Intuye
desde su origen que no solo es materia. Es un misterio. Por naturaleza, siempre
busca algo más. Sabemos perfectamente, gracias a nuestra experiencia personal,
que no somos solo un tracto que digiere, un pulmón que aspira y espira el aire,
un sexo que reclama, o un psiquismo movido por sus fantasmas. Hay en nosotros
una aspiración a lo bueno, a lo bello, a lo verdadero; no hay un ser humano
consciente que no busque un sentido a la vida, que no tenga necesidad de ser
amado y amar, que no se plantee la cuestión de la finitud.
El hombre, desde la noche de los tiempos, es también un homo
religiosus… No hay civilización sin religión, como nos muestra la historia.
Tampoco hay civilización que, de una forma u otra, no haya postulado la
inmortalidad del alma: en esta intuición reside nuestra esperanza.
Por tanto, el ser humano posee una dimensión espiritual,
inherente a su propia naturaleza. También su alma es espiritual. Esta alma
espiritual podemos llamarla corazón o espíritu, del latín spiritus,
soplo (pneuma en griego)[93]. Es corazón-espíritu.
El corazón-espíritu es el principio espiritual
trascendente irreductible a las cosas y a las fuerzas de este mundo, el elemento
constituyente de la vida espiritual del hombre. Es el lugar de la apertura
a lo divino, el lugar de la conciencia espiritual, de la conciencia de Dios. Es
ese punto infinito en el centro de la persona, el lugar del don, de la comunión
y donde puede vivirse la presencia de Dios, que nos otorga la capacidad de
creer, de rezar, de adorar, que no está sometido al tiempo ni al espacio, que
nos hace presentes y hermanos de todo el género humano en el tiempo y en el
espacio.
Todos los corazones están llamados a convertirse en el templo
del Señor.
6) El hombre es alma vital y espiritual
Se trata de una dimensión absolutamente fundamental del ser
humano, la instancia superior que lo diferencia de todos los demás seres
animados: el conjunto humano cuerpo-alma está inspirado. El hombre no es un
simple espíritu, eso lo sabemos bien. (¡El hombre no es un ángel!). Es un alma
espiritual. El hombre es un ser psicosomático espiritual[94].
De hecho, el alma humana escapa a la muerte orgánica del
elemento humano material: es inmortal y conserva la individualidad (y la
historia) del cuerpo que ha habitado: sigue siendo el alma de su cuerpo.
7) El cuerpo es espiritual
En función de lo que acabamos de ver, debemos admitir que
también el cuerpo es espiritual. No solo tenemos un cuerpo, somos nuestro
propio cuerpo. Nuestro cuerpo es un cuerpo humano y, por tanto, un cuerpo
espiritual. Es inseparable de nuestra condición humana. El cuerpo equivale a
nosotros mismos. «El cuerpo es, en el hombre, la morfología primera del
espíritu y su epifanía permanente»[95].
El cadáver acaba en una sepultura, destinada a respetarlo y a
conservar su memoria, puesto que sigue siendo un cuerpo humano para aquellos
que han conocido y amado al ser fallecido[96].
En última instancia, es importante recordar que el
alma es fundamental, que está vivificada por el espíritu, vertiente que podemos
llamar «alma espiritual», que da vida (y espiritualidad) al cuerpo en su
vertiente corporal o «alma corporal». El cuerpo está vivo y es espiritual
gracias al alma, que está asimismo viva y es espiritual gracias al espíritu.
Todo ello forma parte de un todo. El ser humano es sustancialmente UNO, cuerpo,
alma y espíritu, y existe una influencia recíproca entre estas tres
estructuras.
Aproximación
cristiana
La antropología cristiana no viene a decir nada distinto. El
hombre no es un conjunto heterogéneo, en parte material (el cuerpo, exterior y
visible) y en parte espiritual (el alma, interior e invisible), concepción
dualista, neoplatónica. El cristianismo siempre ha defendido la unidad
fundamental, ontológica, de la persona humana, hecha de un cuerpo, un alma y un
espíritu, sustancialmente unidos.
En el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) no existe
un apartado «antropológico», sino que la concepción del ser humano aparece
descrita en el párrafo 6, relativo a la creación del hombre (especialmente los
números 362 al 368), titulado Corpore et anima unus («Unidad del cuerpo
y el alma»), en el que el alma se presenta esencialmente como el «principio
espiritual» del ser humano.
También es el «principio vital». Así aparece expresado en el
n. 363: «A menudo, el término alma designa en la Sagrada Escritura la vida
humana… (cfr. Mt 16, 25-26; Jn 15, 13)» y en el n. 367: «A veces
se acostumbra a distinguir entre alma y espíritu. Así san Pablo ruega para que
nuestro “ser entero, el espíritu […], el alma y el cuerpo” sea conservado sin
mancha hasta la venida del Señor[97] (1 Ts
5, 23)». Lo que se muestra por medio de esta distinción es que la vida es
sagrada, porque forma parte de lo espiritual.
También se indica claramente en el n. 368: «La tradición
espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de
“lo más profundo del ser” “en sus corazones” (Jr 31, 33), donde la
persona se decide o no por Dios», en cuyo caso, en efecto, la palabra corazón
coincide con la palabra espíritu y permite distinguir (sin separarla)[98] el alma vital.
Debemos señalar también que en el Youcat, el CEC para los
jóvenes, escrito más tarde (en 2011, para la Jornada Mundial de la Juventud de
Madrid)[99], se dice en los párrafos
correspondientes (sobre la criatura humana), nn. 56 a 63: «A diferencia de los
seres inanimados, de las plantas y de los animales, el hombre es una persona
dotada de espíritu» (n. 58) y, lo que es más importante, «el alma es la causa
de que el cuerpo material sea un cuerpo humano vivo» (n. 62).
La fe cristiana dice que al final de los tiempos
resucitaremos en cuerpo y alma. El alma, convertida en algo completamente
espiritual, se encarnará en un «cuerpo espiritual», un «cuerpo glorioso»,
incorruptible, en oposición a nuestro «cuerpo animado» y «corruptible»: nuestro
cuerpo carnal, ya espiritual en muchos aspectos, lo será entonces totalmente.
La fe cristiana «afirma una realidad de esperanza y de fe que
va mucho más allá de la idea de la inmortalidad del alma»[100].
Por tanto, debemos admitir la incompatibilidad de facto
entre la reencarnación y la resurrección. Es cierto que ambas creencias otorgan
la primacía al orden espiritual y son habitadas por una esperanza pero, como
señala el padre Sesboüé: «La reencarnación (…) no ofrece salvación al cuerpo,
que no es más que un envoltorio intercambiable. Se inscribe en el dualismo del
cuerpo y el alma»[101].
Las
ECM
Esta aproximación antropológica confirma a la perfección lo
que ya hemos dicho:
Las ECM son una reanimación y en ningún caso una
«resurrección», en el sentido propio del término, es decir, un regreso de
la muerte ontológica, que es obligatoriamente definitiva para el común de los
mortales.
La única Resurrección es la de Jesús (ver los distintos
relatos de los evangelios después de su resurrección). «La resurrección de
Jesús no es ni la reanimación de un cadáver ni su vuelta a la vida temporal,
sino un abandono de nuestra condición mortal y una entrada en el mundo propio
de Dios»[102].
Efectivamente, existen tres regresos a la vida en los
evangelios (la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naím y Lázaro[103]), que son casos muy especiales: al parecer,
estas tres personas estaban verdaderamente muertas[104],
su alma espiritual se había separado del cuerpo. No se trata de una resurrección,
sino de una «reanimación en el sentido propio del término, una nueva
recuperación del cuerpo por el principio espiritual, debido a una intervención
milagrosa de Cristo» (Pascal Ide). Tampoco se trata de una ECM: todos ellos
estaban bien muertos. Se trata de una muerte metafísica, una salida y un
regreso provisional (morirán más tarde) del alma espiritual de la
persona, en este caso, de naturaleza seguramente milagrosa, puesto que
es absolutamente imposible.
En el caso de la Virgen María, hablamos de su Asunción
(o de la Dormición para los ortodoxos): en efecto, debido a su
Inmaculada Concepción (libre del pecado original), el final de su vida se
describe con un ascenso al cielo, en cuerpo y alma.
En el caso de las ECM, a pesar del fenómeno de la
descorporeización, no hay una separación ontológica, real, del alma espiritual
(en tanto único principio espiritual) y el cuerpo físico: nos encontraríamos
por tanto ante una «muerte metafísica». Porque es inconcebible «que el alma
[espiritual] abandone el cuerpo y lo informe de nuevo, porque la separación es
irreversible»[105].
Para la persona humana, la muerte es un terremoto que hace
estallar su unidad ontológica. Podríamos decir que en ese momento, en las
fronteras de la muerte, entre la muerte clínica y la muerte definitiva, se
produce el principio de un distanciamiento entre el cuerpo y el alma que se
encamina a la inevitable separación, pero que todavía puede ser reversible. Es
en ese lapso de tiempo cuando pueden producirse las manifestaciones que cuentan
los experimentadores.
Sin embargo, una vez que se produce la muerte verdadera, se
entra definitivamente en otra vida, la Vida eterna, y esta vida después de la
muerte no tiene una duración, sino que se trata de «una conclusión, en la que
se nos presenta toda nuestra vida en un solo instante, un instante eterno, en
el que ya no existe la noción de tiempo» (padre Martin Panhard)[106].
En el marco de esta antropología realista, se pueden aceptar
y comprender las ECM y estas, por su parte, aportan una confirmación a esta
aproximación.
6º testimonio:
«¡FUSILADO!»
Incluimos a continuación una carta escrita por el padre Jean Derobert. Se trata de un testimonio acreditado
que se aportó con vistas a la canonización del padre Pío[107]. El padre Derobert, fallecido recientemente,
escribió un libro sobre la vida de este santo: Padre Pío, transparente de
Dios.
En aquel momento formaba parte de los servicios
sanitarios del ejército. Había observado que, en los momentos importantes de mi
vida, el padre Pío, que me había tomado como su hijo espiritual desde 1955, me
hacía llegar una carta en la que me prometía su oración y su apoyo. Lo hizo
antes de mi examen en la Universidad Gregoriana de Roma, y lo volvió a hacer en
el momento en que tuve que unirme a los combatientes de Argelia.
Una noche, un comando del FLN (Frente de Liberación
Nacional argelino) atacó nuestro pueblo y rápidamente fui arrestado. Me
llevaron ante una puerta junto a otros cinco militares y allí nos fusilaron.
Recuerdo que no pensé ni en mi padre ni en mi madre, a pesar de ser hijo único,
sino que solo experimenté una gran alegría, puesto que «me disponía a ver lo
que hay al otro lado». Aquella misma mañana había recibido una carta del padre
Pío con dos líneas manuscritas, que decían: «La vida es una lucha, pero conduce
a la luz» (subrayado dos o tres veces).
Inmediatamente experimenté la descorporeización. Vi mi
cuerpo a mi lado, que yacía, cubierto de sangre, entre mis camaradas
asesinados. Y empecé una curiosa ascensión por una especie de túnel. De la nube
que me rodeaba surgían rostros conocidos y desconocidos. Al principio, aquellos
rostros eran sombras; se trataba de personas poco recomendables, pecadores poco
virtuosos. A medida que ascendía, los rostros con los que me encontraba eran
cada vez menos luminosos.
Me sorprendía el hecho de poder caminar… Me dije que
estaba fuera del tiempo y que por tanto había resucitado… Me sorprendía poder
ver todo lo que me rodeaba sin tener que mover la cabeza… Me sorprendía no
sentir el dolor de las heridas producidas por las balas de los fusiles… Y
comprendí que habían penetrado en mi cuerpo tan deprisa que no pude sentirlas.
De pronto, mis pensamientos se dirigieron a mis padres.
Inmediatamente me encontré en mi casa, en Annecy, en la habitación de mis
padres, a los que contemplé mientras dormían. Intenté hablarles, pero sin
éxito. Recorrí el apartamento y advertí que un mueble había sido cambiado de
sitio. Unos días después escribí a mi madre y le pregunté por qué había
cambiado aquel mueble. Ella me contestó por carta: «¿Cómo lo sabes?».
Pensé en el papa Pío XII, al que conocía bien (estudié
en Roma) y, de pronto, me encontré en su habitación. Acababa de acostarse.
Hablamos intercambiando pensamientos, pues era un hombre muy espiritual.
Continué mi ascensión hasta que me encontré en medio de
un paisaje maravilloso, envuelto en una luz dulce y azulada… Sin embargo no
había sol, «porque el Señor Dios los alumbrará», como dice el Apocalipsis[108]. Vi a miles de personas, todas de unos
treinta años, pero me encontré con algunas a las que había conocido cuando
estaban vivas… Una había muerto con ochenta años… y parecía tener treinta… Otra
había muerto con dos años… Y todas tenían la misma edad…
Dejé aquel «paraíso» repleto de flores extraordinarias
y desconocidas en la tierra. Y ascendí aún más… Allí perdí mi naturaleza humana
y me convertí en una «gota de luz».
Vi a muchas otras «gotas de luz» y supe que una era san
Pedro, otra Pablo, otra Juan, o un apóstol, o un santo…
Después vi a María, maravillosamente bella con su manto
de luz, que me recibió con una sonrisa indecible… Detrás de ella estaba Jesús,
maravillosamente bello, y detrás, una zona de luz que supe que era el Padre, y
en la que me sumergí…
Allí sentí la satisfacción total de todos mis deseos…
Conocí la dicha perfecta… Y bruscamente me encontré en la tierra, con el rostro
en el polvo, entre los cuerpos cubiertos de sangre de mis camaradas.
Advertí que la puerta ante la que me encontraba estaba
acribillada de balas, las balas que me habían atravesado el cuerpo, que mis
ropas estaban agujereadas y cubiertas de sangre, que mi pecho y mi espalda
estaban manchados de sangre prácticamente seca y ligeramente viscosa… Pero que
estaba intacto. Fui a ver al comandante con aquella pinta. Él se acercó a mí y
gritó: «¡Milagro!».
Sin duda, esta experiencia me marcó mucho. Más tarde,
cuando, liberado del ejército, fui a visitar al padre Pío, este me divisó desde
lejos en la sala de San Francisco. Me hizo un gesto para que me acercara y me
ofreció, como siempre, una pequeña muestra de cariño. A continuación me dijo
estas sencillas palabras: «¡Ay! ¡Cuánto me has hecho pasar! ¡Pero lo que viste
fue muy bello!». Y ahí se acabó su explicación.
Ahora puede entenderse por qué no tengo miedo a la muerte… Porque sé lo que hay al otro lado. - Padre Jean Derobert
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Dos testimonios * * * Martin Luther King |
Otros fenómenos extraordinarios
Para vivir una espiritualidad
en el día a día, debemos recordar
que somos seres espirituales
que por un tiempo hemos tomado
prestado un cuerpo humano.
Barbara de Angelis
Para intentar comprender mejor lo que ocurre en una ECM, en
este capítulo vamos a abordar otros fenómenos también sorprendentes –y cristianos–
con los que resulta interesante establecer una comparación.
Lo
sobrenatural extraordinario
Existe lo sobrenatural cristiano, pero no tiene buena prensa,
porque hay que reconocer que no siempre resulta fácil explicarlo de manera
racional. La propia Iglesia se muestra extremadamente prudente y cautelosa en
este aspecto, porque no desea que la fe se base en lo maravilloso (porque corre
el riesgo de convertirse en fideísmo).
Así lo subraya el padre René Laurentin[109]:
Para las ciencias, lo «extraordinario» carece de
prestigio. No es más que una coincidencia de causas accidentales y espectaculares.
Hay que identificarlas, más allá de los mitos y de las proyecciones imaginarias
que suscitan en la opinión pública. Lo insólito no supone un fracaso para la
razón. Lo no explicado jamás es inexplicable. Debe explicarse en función del
determinismo causal y, así, restituirlo al orden general. Lo calificativo debe
reducirse a lo cuantitativo; el esplendor de los colores, a la frecuencia de
las vibraciones ópticas; la magia de los conciertos, a la cifra de vibraciones
auditivas; y, por qué no, el pensamiento al cerebro[110].
Según el método científico, nada de Deus ex machina; las apariencias que
nos deslumbran son el resultado de causas cuantitativas.
Lo extraordinario no está mejor visto en la Iglesia.
Esta teme el iluminismo de los creyentes entusiastas y las proyecciones de la
imaginación, muy dada a objetivar sus deseos, aspiraciones y creencias,
mientras que la fe consiste en creer en Dios por su palabra, en la noche:
«Dichosos los que no han visto y han creído», dice Jesús (Jn 20, 29).
Las visiones y los prodigios cristianos no son más que un añadido gratuito, y
suelen considerarse modesta y marginalmente, de manera conjetural, sin llegar
jamás a la certeza. La Iglesia no cultiva el milagro. Lo teme, lo margina y,
con mayor frecuencia, lo disimula, como si se tratara de una interferencia o un
obstáculo desafortunado para la fe y los sacramentos. En ese aspecto se muestra
heredera de la Biblia, primera iniciadora de la «desmitologización» en el mundo
entero, pues la revelación de Yahveh («Yo soy») destruyó los mitos de la
Antigüedad. Y el Imperio Romano acusó a los cristianos de ateos porque
rechazaron los mitos religiosos.
Abordar con rigor la cuestión de los fenómenos
extraordinarios implica también una reflexión sobre el concepto de sobrenatural,
porque, con demasiada frecuencia, se confunde lo «sobrenatural» con lo
«maravilloso». Lo sobrenatural es conversión, santificación, divinización: es
la acción de Dios que, transformando la naturaleza, la ensalza hasta Él. Lo
sobrenatural no es una instancia abstracta que se añade a la naturaleza o al
campo de los fenómenos extraordinarios. «Es a la vez aquello a lo que Dios nos
invita (vivir la vida trinitaria) y aquello por medio de lo cual nos propone
seguirle (la vida bautismal de acuerdo con el Evangelio)», dice Patrick
Sbalchiero[111]. Y asimismo señala, con razón:
«Lo sobrenatural nunca es abstracto, independiente de las realidades concretas
(…). Lo sobrenatural extraordinario no resulta indispensable para la fe
cristiana. Bastan las virtudes teologales (…). Lo sobrenatural extraordinario
no obliga a los hombres a la creencia».
1. Lo sobrenatural designa el
orden de la gracia, es decir, la santificación (divinización, dicen los
orientales) del hombre por el don del Espíritu Santo. Lo sobrenatural es la
forma común, razonable, por la que Dios se manifiesta: por la fe, por las
Escrituras, por la enseñanza teológica.
2. Pero existe un sobrenatural
extraordinario, periférico, marginal: aquel de las manifestaciones sensibles en
el encuentro con Dios (…). La presencia de lo extraordinario en este mundo solo
tiene una razón de ser: sugerir humildemente a los hombres a qué es llamada a convertirse
la creación en Dios.
Lo
extraordinario cristiano
Es de lo que hablamos cuando comparamos las ECM, fenómenos
extraordinarios donde los haya, con tres tipos de fenómenos sobrenaturales
cristianos muy singulares: las apariciones, algunas manifestaciones místicas y
los milagros.
1) Las apariciones
Las apariciones han existido a lo largo de toda la historia
de la Iglesia, con una frecuencia aparentemente creciente, sobre todo en lo que
se refiere a las apariciones marianas. La Iglesia puede reconocer una
aparición, pero jamás hace de ello un dogma: el cristiano es libre de creer en
ella o no.
La palabra «aparición» se emplea para designar una realidad
vista, normalmente invisible. Lo que nos interesa aquí no son los criterios de
discernimiento para reconocerlas, sino el mecanismo posible.
Las apariciones más comunes muestran claramente que los
videntes están en éxtasis. Se trata de un estado particular que viene
dado y que resulta imposible de adquirir de forma voluntaria. Es un estado
alterado de conciencia. Durante el éxtasis, los videntes no duermen, ni sueñan,
ni sufren ataques epilépticos (que pueden provocar visiones). Los
electroencefalogramas registran un ritmo alfa difuso y sincrónico en el
conjunto del cerebro; los ojos se clavan en la aparición y no parpadean ante la
amenaza. Se percibe una insensibilidad general (en particular, al dolor) y
corneal[112], así como una ausencia de reflejo
neurológico. Finalmente, existe un comportamiento sincronizado de los videntes
cuando se hallan ante una aparición[113]. Estos
resultados descartan cualquier posible simulación o superchería, epilepsia o
alucinación, y ponen fin a la teoría secular de Charcot, según la cual las
apariciones son un fenómeno de histeria.
El cuerpo deja por tanto de ser el mismo, abandona su estado
ordinario. Durante la aparición, parece que ya no solo depende del alma vital,
sino principalmente del alma espiritual, que le permite ver lo invisible.
Es lo que ocurre también en los éxtasis místicos (en los que
hablamos de un «rapto»): el cuerpo adquiere propiedades de tipo espiritual.
A veces los videntes acceden a una visión del más allá
durante una aparición mariana, lo que demuestra que, al igual que en las ECM,
es posible un distanciamiento entre el cuerpo, el alma y el espíritu durante un
tiempo. Es el caso de los tres videntes de Fátima (Portugal, en 1917)[114].
2) Manifestaciones místicas
Demuestran de alguna forma la existencia del alma, puesto que
presentan la confluencia entre lo espiritual y lo corporal. Los místicos son
hombres y mujeres que normalmente han optado por la vida monástica o religiosa,
abandonando las ataduras terrestres para entregarse por completo a Dios. En
este estado de ofrenda y de unión divina, su alma está hasta tal punto
espiritualizada que «ya no son ellos los que viven, sino Cristo el que vive
en ellos» (cfr. Ga 2, 20). Y por tanto algunos pueden vivir –sin
buscarlas[115]– manifestaciones
extraordinarias, llamadas místicas, que son como una especie de
aproximación a una vida liberada de la materialidad, una especie de señales
precursoras de la plenitud prometida a los hombres de buena voluntad.
La levitación es un éxtasis ascensional:
inopinadamente, el cuerpo del sujeto se alza de la tierra, a una altura y con
una duración variables, durante una contemplación mística (o rapto). La lista
de santos que han vivido este fenómeno, acreditado por numerosos testimonios,
es sorprendente. La única explicación plausible es que el alma espiritualizada
es capaz de arrastrar el cuerpo con ella, el cual pierde su pesadez carnal
normal y consigue lo que no es posible conseguir en condiciones humanas
normales.
Las bilocaciones, en las que el místico se encuentra
simultáneamente en dos lugares diferentes, son aún más sorprendentes. No se
trata de una película: le ocurrió en el siglo XX a la madre Yvonne-Aimée de
Malestroit (1901-1951)[116] o al padre Pío
(1887-1968)[117]. El sujeto permanece en
éxtasis en un lugar, mientras que manifiesta una actividad tangible en otra
parte. Solo el alma puede estar en dos lugares diferentes a la vez.
Los estigmas son «una especie de impresión dolorosa de
las llagas de Jesús en los pies, las manos, la frente o el costado de una
persona, esté o no en éxtasis»[118]. El primer
estigmatizado verdaderamente conocido fue san Francisco de Asís en 1224.
Después han surgido más de 350 estigmatizados, la mayoría de ellos místicos.
Los más recientes y conocidos –del siglo XX– son Teresa Newman (1898-1962), el
padre Pío, Yvonne-Aimée de Malestroit y Marta Robin (1902-1981). En este caso el
alma está tan impregnada de Dios, en concreto de Dios hecho hombre en
Jesucristo, muerto y crucificado en la cruz, que esta se exterioriza en la
propia carne.
La inedia: el místico puede vivir sin comer. Este fue
el caso de Marta Robin, que durante muchos años solo se alimentó de la hostia
eucarística. Seguramente su alma estaba lo suficientemente alimentada como para
mantener el cuerpo con vida.
Está claro que la medicina no acierta a explicar ni el origen
ni la evolución de estos hechos (por ejemplo, los estigmas jamás se infectan,
ni dan lugar a la inflamación ni a la supuración; la reparación del tejido es
anormalmente rápida, sin ningún tipo de tratamiento médico; la inedia o la
transverberación del corazón son inverosímiles…). Advirtamos, no obstante, que
la Iglesia solo canoniza a estas personas en función de sus virtudes
evangélicas, no a causa de estas manifestaciones atípicas.
También hay que tener en cuenta que muchos místicos de todas
las épocas han vivido estas experiencias, que presentan coincidencias
turbadoras con las ECM, por ejemplo, santa Catalina de Siena (1347-1380), santa
María Magdalena de Pazzi (1556-1607), santa Teresa de Jesús (1515-1582),
Ana-Catalina Emmerich (1774-1824), etc.
Me limitaré a poner el ejemplo de María de Jesús Crucificado,
la «pequeña árabe», ahora santa, cuyo testimonio de su increíble ECM se incluye
en el epílogo.
Práctica, con los pies en la tierra, no se trataba de una
«iluminada», y sin embargo no dejó de codearse con lo sobrenatural,
beneficiándose de un gran número de manifestaciones místicas extraordinarias a
lo largo de toda su vida, que no suelen darse en una sola persona: apariciones,
visiones, revelaciones, profecías, éxtasis, curaciones milagrosas,
bilocaciones, estigmas, levitaciones, transverberación del corazón[119], etc.
Éxtasis: en ella eran frecuentes; nada ni nadie podía
alterarla; su insensibilidad era total.
Levitaciones: ocho ascensiones debidamente constatadas
en el Carmelo de Pau en 1873[120]: la veían
elevarse hasta la copa de los altos tilos, deslizándose en un abrir y cerrar de
ojos hasta la cima del árbol por el exterior. Una vez que llegaba a la cima, se
balanceaba sobre una ramita, demasiado frágil para sostenerla, y cantaba al
amor de Dios. Después, cuando su superiora se lo ordenaba, descendía con
ligereza. Cuando volvía en sí, no se acordaba de nada.
Estigmas: en el corazón (con veinte años) y después
otros en la frente y en las manos. Hacía todo lo posible por ocultarlos.
Transverberación: ocurrida en 1868 en el Carmelo de
Pau (en la ermita de Nuestra Señora del Monte Carmelo[121]).
Aquello se constató tras su muerte y su corazón se conservó en Pau, con la
marca bien visible de aquella perforación[122].
Apariciones: estaba familiarizada con los ángeles, con
Elías, con san José, la Virgen María y Jesús[123].
Mantuvo combates singulares con Satán (concretamente, durante cuarenta días en
el Carmelo de Pau, del 26 de julio al 4 de septiembre de 1868).
¿Cómo explicar todos estos hechos extraordinarios? La ciencia
clásica jamás podrá explicarlos ni reproducirlos[124].
Los menciono porque demuestran que lo que conocemos sobre el ser humano es, en
realidad, muy limitado. ¡El alma humana es mucho más profunda de lo que podamos
imaginar, y otorga a la persona, en condiciones límite, posibilidades
extraordinarias!
3) Milagros
Los numerosos testimonios que se han producido en Lourdes
desde 1858, de los que he recopilado y publicado cierto número en mi último
libro[125], muestran con claridad las
relaciones evidentes entre las ECM y las curaciones milagrosas.
Los milagros, al igual que las ECM, son «señales» basadas en
el testimonio de aquellos que los han vivido.
Las personas que regresan de una ECM, normalmente a causa de
una «muerte» violenta, suelen vivirla como si se tratara de un milagro: lo que
cuenta es su testimonio, aunque sabemos –¿acaso hay que repetirlo una vez más?–
que la muerte clínica no es necesariamente una muerte definitiva y que por
tanto no se trata de un milagro en el sentido estricto del término.
Las ECM y los milagros tienen otra cosa en común: en el caso
de las ECM, se produce el encuentro con un Ser espiritual que no puede ser otro
que Dios; en el caso de los milagros, se trata de fenómenos extraordinarios que
se interpretan como el resultado de una intervención de origen divino.
Lo que resulta más inquietante es que tanto las ECM como
los milagros transforman a aquellos que los viven y causan profundas
modificaciones en la aprehensión de la vida y de la muerte, con una verdadera
apertura al otro. En ambos casos, este cambio procede del «encuentro» con ese
«Ser espiritual». ¡La persona no lo olvida jamás! Conviene señalar también que
aquellos que viven estas experiencias no intentan convencer a nadie. Si se les
pregunta, y solamente en ese caso, dan testimonio de ello. Nada más.
En lo que se refiere a los experimentadores, «su vida gana en
profundidad», pero «en ningún caso les inspira la idea de una salvación
instantánea o de una infalibilidad moral», subraya Van Lommel.
Las personas que experimentan un milagro (aunque no sea
reconocido oficialmente, pero que viven una curación de tipo milagroso,
absolutamente inexplicable desde el punto de vista médico) testimonian un
cambio total en su forma de ver la vida. Para todos ellos hay un antes y
un después, exactamente igual que en el caso de los experimentadores: su
vida se ve transformada en todos los planos[126].
Tanto para los primeros como para los segundos, se trata de una vivencia
personal única que debe descifrarse y autentificarse para garantizar su
realidad, tanto en el plano de la razón como en el de la fe.
Finalmente, las ECM, al igual que los milagros, no pueden
explicarse por causas fisiológicas, psicológicas, culturales o religiosas: son
inexplicables desde el punto de vista médico. De hecho, no existen pruebas
«científicas» de su existencia, pues los métodos de la ciencia moderna no
pueden adaptarse a estas experiencias humanas. Se trata más bien de «señales»,
con la particularidad de que siempre nos dejan la libertad de creer en ellas o
no.
Las ECM también pueden provocar curaciones físicas o
psíquicas, lo cual, debo admitirlo, no me sorprende.
En función de los testimonios que recibe del mundo entero,
Jeffrey Long subraya que, en tanto médico, le fascina «la cantidad de relatos
que mencionan curaciones inesperadas. Las palabras “milagro” y “curación” se
repiten por decenas». No se puede asegurar que estas recuperaciones se hayan
producido debido a las ECM, pero la cuestión queda abierta. Long manifiesta
asimismo su deseo de consagrar sus investigaciones al estudio de estas
curaciones milagrosas.
La doctora Sylvie Déthiollaz, bióloga y fundadora del Centro
Noésis, nos da algunos ejemplos[127]. Ha habido
personas enfermas de cáncer en fase terminal que se han curado rápidamente sin
ninguna razón médica aparente, «como si el baño de luz (vivido durante la ECM)
hubiera dado fuerza a sus células para curarse». ¡Obviamente así fue!
Déthiollaz no lo menciona, pero yo creo que en estos casos puede tratarse
perfectamente de un milagro, como ahora mismo voy a explicar.
Otros han vivido esta experiencia como un «psicoanálisis
acelerado, en la medida en que la persona tiene acceso a informaciones
–generalmente al examinar su vida– que le permiten comprender el origen de un
trauma muy antiguo, hasta entonces muy escondido, y superarlo»[128]. También en este caso, en el contexto de la
fe, si uno cree que Dios ha intervenido para aclararle, no veo por qué razón no
podríamos considerarlo un milagro, aunque la curación sea solo de carácter
psicológico. De hecho, lo que se constata ante todo y sobre todo es la curación
del amor por uno mismo: se trata de una terapia instantánea que al
experimentador le permite aceptarse como es, sin reservas, pues, como dice uno
de ellos: «Dios me ama simplemente como soy». Personalmente, a mí no me
sorprende.
Si no hay una explicación médica para una curación milagrosa
que presenta características desconocidas para la medicina, en concreto la
instantaneidad de la curación, sin convalecencia, así como su perfección, ¡no
es posible comprender de qué se trata! Los curados son personas normales, con
los pies en la tierra: tiene que haber un mecanismo interno que actúe en un
espacio de tiempo muy corto –incluso instantáneo– en el interior de su
organismo. ¿De dónde procede esta posibilidad? No puede proceder del propio
cuerpo, que de ninguna forma cuenta con esta capacidad. Tampoco el psiquismo
puede actuar de tal forma. Se puede invocar el efecto placebo o el método Coué[129] pero, aunque así fuera, ¿por qué no se
produce más a menudo en otros contextos, en particular entre los psicólogos y
los psiquiatras?
No, el origen es de otro tipo. Es cierto que estas curaciones
suelen ocurrir con más frecuencia en un contexto de fe, como en el recinto del
Santuario de Lourdes. Pero algunas de ellas se producen en otro sitio (en el
trayecto de ida o de vuelta, por ejemplo, o incluso en cualquier otra parte…). Además,
ha habido personas que han podido curarse en Lourdes sin saber realmente lo que
este lugar representa, o sin tener fe, o siendo de una religión diferente (he
constatado numerosas curaciones de mujeres musulmanas). Muchos curados no se lo
esperaban en absoluto. Por tanto, no se puede invocar en su caso la «creencia»
en la curación. También puede decirse que la curación milagrosa no depende de
la persona curada. Pero sí que es cierto que en ella se da un proceso sanador.
Si no procede ni del cuerpo ni de la mente, su origen no puede ser otro que el
alma espiritual.
De hecho, es lo que más he observado. La persona curada
milagrosamente a la que más he seguido y que mejor he conocido, Jean-Pierre
Bély, siempre decía a quien quisiera escucharle que adquirió una fuerza
espiritual desconocida en él cuando recibió los tres sacramentos de sanación de
la Iglesia: la Reconciliación o Penitencia, la Eucaristía y la Unción de
enfermos, y que, «de alguna forma, esta energía recibida se habría difuminado y
desplegado por todo mi organismo, a cada una de mis células, provocando mi
curación». Curación instantánea de la que tuvo constancia inmediata (al igual
que todas las personas curadas por un milagro) y que le liberó en el acto de
los males que sufría desde hacía dieciséis años. Era víctima de una esclerosis
múltiple muy grave y la Seguridad Social le había dado la discapacidad total
definitiva. ¡Cuando volvió a su casa, podía montar en bicicleta!
En consecuencia, es en lo más profundo y sagrado de nuestro
ser, en el espíritu/corazón, inherente a toda persona, sea creyente o no, donde
tiene lugar el proceso.
Lo mismo ocurre con las ECM: la persona vive un encuentro
santo, «extremo», fuera de los límites terrestres. Por tanto, no debe
sorprendernos que pueda curarse de sus males anteriores.
Jeffrey Long ofrece ejemplos de ciegos de nacimiento[130] que fueron capaces de ver durante una ECM,
una especie de experiencia «visual», porque en realidad no saben lo que
significa ver. Se trata, según él, de «un hecho inexplicable desde el punto de
vista médico». Es más, «desde que empieza su ECM ven instantáneamente; y su
vista es clara y precisa», señala Long. Este suceso solo es comprensible si han
estado en contacto con un Dios que no desea que seamos ciegos. ¡En el cielo no
habrá ciegos, ni cojos!
No obstante, J. Long reconoce que «la visión del otro lado es
diferente a la visión terrestre a la que estamos acostumbrados. Es más completa
e intensa y su origen no es orgánico».
En Lourdes ha habido ciegos que han visto. El origen no era
orgánico, sino más bien «celeste». Nos hallamos en el mismo «nivel de
intervención», que se origina, en el caso de las curaciones milagrosas, por la
efusión del Espíritu Santo en nosotros, en nuestra alma espiritual, que irradia
al conjunto del cuerpo, y cuya venida no depende de nosotros, sino solo de
Dios.
¡El Todopoderoso puede curarnos! Siempre que lo considere
oportuno, obviamente. Algunas personas han recuperado la vista después de su
ECM y otras, no. Pues no somos nosotros los que sabemos qué es lo mejor para
nuestro ser y para nuestro destino último.
Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. - (Ap 7, 9)
7º testimonio:
«Un sacerdote que vio el infierno,
el purgatorio y el cielo»
Soy el mayor de siete hermanos y nací el 16 de julio de 1949
en Kerala, la India.
Con catorce años entré en el pequeño seminario de Santa María
de Thiruvalla para comenzar mis estudios como sacerdote. Cuatro años después
fui al gran seminario pontificio de San José en Alwaye, Kerala, con el objetivo
de continuar mi formación. Después de terminar los siete años de Filosofía y
Teología, fui ordenado sacerdote el 1 de enero de 1975 y serví como misionero
en la diócesis de Thiruvalla.
El domingo 14 de abril de 1985, fiesta de la Divina
Misericordia, me dirigía a celebrar misa en la iglesia de la misión, en la
parte norte de Kerala, cuando sufrí un accidente mortal. Iba en moto y choqué
frontalmente contra un todoterreno que conducía un hombre en estado de
embriaguez que regresaba de un festival hindú. Me llevaron de urgencias a un
hospital situado a unos cincuenta y cinco kilómetros. En el trayecto, mi alma
se salió del cuerpo y experimenté la muerte. Inmediatamente me encontré con mi
ángel de la guarda.
Vi mi cuerpo y a las personas que me llevaban al hospital.
Les oí llorar y rezar por mí. En aquel momento mi ángel me dijo: «Voy a
llevarte al cielo. El Señor desea verte y hablar contigo». Y añadió que, por el
camino, me mostraría el infierno y el purgatorio.
El ángel me acompañó primero al infierno. Se trataba
de una visión espantosa. Vi a Satán y a los demonios, un fuego inextinguible a
unos 2.000 ºC, unos gusanos que se arrastraban, gente que gritaba y se debatía
y otras personas que eran torturadas por los demonios. El ángel me dijo que
todos aquellos sufrimientos estaban destinados a los pecadores mortales que no
se arrepentían. Más tarde comprendí que había siete grados o niveles de
sufrimientos en función del número y el tipo de pecados que se hubieran
cometido en la vida terrestre. Las almas me parecieron feas, crueles y
horribles. Fue una experiencia espantosa. Vi a personas que conocía, pero no
estoy autorizado a revelar su identidad. Los pecados por los que se condenaron
eran principalmente el aborto, la homosexualidad, la eutanasia, el odio, el
negarse a perdonar y el sacrilegio. El ángel me dijo que, si aquellas personas
se hubieran arrepentido, habrían evitado el infierno y habrían ido al
purgatorio. También comprendí que aquellos que se arrepentían de sus pecados
podían ser purificados de sus sufrimientos en la tierra. Así podrían evitar el
purgatorio e ir directamente al cielo. Me sorprendió ver en el infierno incluso
a sacerdotes y a obispos a los que no me esperaba encontrar allí. Muchos de
ellos estaban allí porque habían engañado a la gente con sus falsas enseñanzas
y su mal ejemplo.
Después de la visita al infierno, mi ángel de la guarda me
acompañó al purgatorio. También allí había siete grados de sufrimientos
y un fuego inextinguible. Pero era mucho menos intenso que en el infierno y
allí no había peleas ni luchas. El principal sufrimiento de aquellas almas era
el estar separadas de Dios. Algunas almas que están en el purgatorio han
cometido numerosos pecados mortales, pero se han reconciliado con Dios antes de
morir. Aunque sufran, gozan de la paz y saben que un día verán a Dios cara a
cara.
Tuve la oportunidad de comunicarme con las almas del
purgatorio. Me pidieron que rezara por ellas y que les pidiera a los demás que
rezaran por ellas para que pudieran ir rápidamente al cielo.
Cuando rezamos por estas almas, recibimos su reconocimiento
por medio de sus oraciones y, en el cielo, sus oraciones se vuelven más
meritorias.
Me resulta difícil describir la belleza de mi ángel de la
guarda. Era radiante y luminoso. Es un compañero inseparable y me ayuda en
todos mis ministerios, especialmente en el de la sanación. Siento su presencia
por dondequiera que vaya y le agradezco su protección en mi vida cotidiana.
A continuación el ángel me acompañó al cielo, pasando
por un grande y deslumbrante túnel blanco. En mi vida había sentido tanta paz y
alegría. Finalmente el cielo se abrió y escuché la música más bella del mundo.
Los ángeles cantaban y alababan a Dios. Vi a todos los santos, especialmente a
nuestra santa Madre y a san José y a varios obispos y sacerdotes declarados
santos, que brillaban como estrellas.
Cuando estuve ante el Señor Jesús, este me dijo: «Quiero que
regreses al mundo. En tu segunda vida, serás un instrumento de paz y de
sanación para tu pueblo. Te dirigirás a una tierra extranjera y hablarás una
lengua extranjera. Para ti todo es posible con mi gracia». Después de aquellas
palabras, la santa Madre me dijo: «Haz lo que él te dice. Yo te ayudaré en tus
ministerios».
No hay palabras que consigan expresar la belleza del cielo.
La paz y la alegría que allí encontré superan con creces nuestra imaginación.
Nuestro Señor es mucho más bello que todas las imágenes que conocemos. Su
rostro es radiante y luminoso y más bello que un millón de amaneceres. Las
imágenes que vemos en el mundo no son más que una sombra de su magnificencia.
La santa Madre estaba junto a Jesús. Era tan bella y tan radiante que ninguna
de las imágenes que podemos ver en el mundo puede compararse a su belleza. El
cielo es nuestra verdadera casa; todos hemos sido creados para ir al cielo y
gozar eternamente de Dios.
Después regresé al mundo en compañía de mi ángel. Mientras mi
cuerpo estaba en el hospital, el médico terminó de hacerme pruebas y certificó
mi muerte. La causa era la hemorragia. Avisaron a mi familia, pero, como vivían
lejos de allí, el personal del hospital decidió enviar mi cadáver al depósito.
Como el hospital no disponía de aire acondicionado, temían que mi cuerpo se
descompusiera rápidamente. Mientras me llevaban al depósito, mi alma regresó al
cuerpo. Sentí un dolor atroz debido a las numerosas heridas y a los huesos
rotos. Empecé a gritar y ellos se asustaron y huyeron gritando. Uno de ellos se
dirigió al médico y le dijo: «¡El cadáver está gritando!».
El médico se acercó a examinar mi cuerpo y comprobó que
estaba vivo. A continuación dijo: «¡El padre está vivo! ¡Es un milagro!
Llevadle al hospital». Al volver al hospital me hicieron transfusiones de
sangre y me llevaron al cirujano para que arreglara mis huesos rotos. Me
reconstruyeron la mandíbula inferior, el hueso pélvico, las muñecas y la pierna
derecha. Dos meses después salí del hospital, pero un médico ortopédico me dijo
que no volvería a caminar. Yo le respondí: «El Señor, que me devolvió la vida y
me envió de vuelta al mundo, me curará». Cuando regresé a casa, todos rezamos
para que se produjera un milagro. Aunque había pasado un mes y ya me habían
quitado las escayolas, seguía sin poder moverme. Pero un día, mientras rezaba,
sentí un dolor terrible en la zona pélvica. Al poco tiempo el dolor desapareció
y oí una voz que me decía: «Estás curado. Levántate y anda». Sentí la paz y la
fuerza de la curación en mi cuerpo. Me levanté inmediatamente y me puse a
caminar. Alabé a Dios y le di las gracias por aquel milagro.
Fui al médico para informarle de mi curación y él se quedó
estupefacto. Me dijo: «Vuestro Dios es el Dios verdadero. Voy a seguir a
vuestro Dios». El médico era hindú, pero me pidió que le enseñara la fe de
nuestra Iglesia. Después le bauticé y se convirtió al catolicismo.
Como indicaba el mensaje de mi ángel de la guarda, llegué a
Estados Unidos el 10 de noviembre de 1986 como misionero. Desde junio de 1999
soy párroco de la iglesia de Santa María, Madre de la Misericordia, en
Macclenny, Florida[131].
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Dos homilías o meditaciones Domingo de Resurrección Hch 10, 34; 37, 43; Sal 117; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9 Una grieta en nuestra tierra En aquellos días, todo seguía como de costumbre: la palabra pertenecía a los más fuertes, la ley hacía caso omiso de los débiles y los hombres de corazón sufrían muertes ignominiosas. En aquellos días, decir que «la vida de los justos está en
manos de Dios» ya no tenía sentido… El propio Jesús había sufrido las
consecuencias. Él, que había gritado en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?». Grito terrible que conduce a la esperanza de la
resurrección en la conclusión del salmo[132],
pero la esperanza no terminaba de acallar aquel grito de desesperación… En aquellos días, Jesús se hallaba en el sepulcro. Todo
había terminado: la piedra estaba sellada y un guarda receloso la custodiaba… Sin embargo, aquella madrugada, cuando todavía rondaba la
noche, después de la agitación de los días anteriores, María Magdalena se
dirigió al sepulcro. Aquel día, nada fue como de costumbre. Todo parecía
bascular, como aquella pesada piedra que había basculado para dejar paso
libre a la vida… Aquel día todo terminó: el Padre manifestó al mundo que «la
vida de los justos está en manos de Dios» y que la tierra no puede retener a
Aquel que puso en Dios su confianza. Los primeros testigos, María Magdalena, Pedro y Juan,
constatan que la tierra se ha abierto y que el sepulcro está vacío. Hermanos y hermanas, el sepulcro ya no es el final de
nuestro viaje, se ha convertido en un «tránsito». Misterio deslumbrante del
tránsito del Hijo de Dios, que nos abre el camino… Aquel día, con una intuición vertiginosa, como hay pocas en
la vida de un hombre, en un destello fulgurante de pensamiento, Juan escuchó
resonar en él las palabras de Jesús; estas adquirieron sentido y, ante el
sepulcro vacío, comprendió el sentido de la aventura humana: «Vio y creyó».
Él mismo lo dice: ¡se trata de una constatación breve y radical donde las
haya! Ya nada volverá a ser como antes: ha nacido la Buena Nueva… Nuestro Dios no deja de sorprendernos. Al contemplar la
vida y la existencia humana, sentimos la necesidad de darle las gracias. Pero
nuestro Dios, Padre de Jesucristo, todavía hace algo más. En Jesús nos abre
la esperanza en una nueva vida: cuando nos fallen las fuerzas y el soplo de
la vida nos abandone, el propio Dios nos recogerá y recibirá. Así, esta vida
que conocemos solo nos parecerá una primera etapa. En Jesucristo
descubriremos que hemos sido creados para vivir, para seguir viviendo,
para vivir para siempre. La muerte está ahí, eso es cierto. No ha desaparecido.
¡Pero ya no es la misma! Una vez, el mar abierto se convirtió en el
«tránsito» a la libertad. Había nacido un pueblo. Hoy, la tierra abierta se
ha convertido en el «tránsito» de la muerte a la vida. Ha nacido una
esperanza… Cristianos, nuestra vida no es más fácil que la de los
demás. Nos enfrentamos a las mismas dificultades. Pero una certeza nos guía:
no se perderá nada de lo que hemos hecho, de lo que hemos vivido. Todo eso
nos servirá para construir una vida nueva. El tránsito por el sepulcro –por
un crisol misterioso– hará de nosotros ese hombre, esa mujer, que avanzará, a
través de la grieta, hacia la gloria de Dios. Esta certeza nos da una alegría
profunda y una esperanza que ilumina nuestra vida de otra manera… En este santo Domingo de Resurrección, al igual que la
tierra abierta liberó a Jesús resucitado, recemos para que el Señor, por la
señal del Pan compartido, nos entregue su Espíritu y haga de nosotros
seres vivientes, desde ahora, y en la Vida que nos prometió en la Pascua
eterna… ¡Cristo ha resucitado, realmente ha resucitado! ¡Amén! ¡Aleluya! Conmemoración de ¿Dónde están, en qué se han convertido nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros esposos y esposas, nuestros hermanos, nuestras hermanas, nuestros hijos, nuestros amigos y conocidos difuntos, a los que algún día acompañamos en la iglesia, en el tanatorio o en el cementerio? ¿Dónde están y en qué se han convertido? Han desaparecido, me responderán algunos. Y tal vez sea cierto. Porque algo irreversible ha ocurrido. Nosotros no somos capaces de verlo. Ya no nos hablan. Ya no participan en nuestras actividades. ¡Oh muerte, «pérdida irreparable»[133]! En el dolor y en la pena, en el pesar y en la impotencia, en eso pensamos cuando pensamos en la muerte. ¿Pero qué puede aportarnos esta celebración del 2 de noviembre, día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos? ¿Acaso estamos aquí reunidos para recordar el choque emocional del duelo? ¡No! Acabamos de escuchar dos lecturas. Ambas pueden cambiar
nuestra visión de la muerte. La primera está extraída del libro de la
Sabiduría: «A los ojos de los insensatos pareció que habían muerto; (…) pero
ellos están en la paz». La segunda procede del evangelio: «Llega la hora en
que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán».
Estas dos lecturas no son una anestesia para nuestro dolor ante la muerte,
sino que nos invitan a una piadosa consolación. Nos ayudan a comprender que,
en realidad, la muerte no es más que un renacimiento. ¿Pero cómo es eso
posible? ¿En qué debemos creer cuando profesamos la resurrección de los
muertos y la vida eterna? ¿En qué debemos creer, qué debemos pensar? Porque
«la pregunta esencial que se le plantea a la vida es la muerte»[134]. Y nuestra fe en Dios debe ser capaz de
responder a esa pregunta. ¿Qué dice nuestra fe? Antes de responder, observemos de cerca la experiencia
humana[135]. El hombre teme esencialmente dos
cosas: la soledad y la muerte. Ante el dolor de la soledad, el hombre
encuentra una solución, que consiste en abrirse al otro en la amistad, en el
matrimonio y en todo lo que pueda ayudarle a no estar solo. Desgraciadamente,
al final nos damos cuenta de que esta solución es limitada. Nadie es capaz de
alcanzar la más profunda intimidad del otro para colmarle. Toda vida, aunque
sea compartida con una o más personas, todo encuentro, por bonito que
parezca, solo consigue aliviar la soledad por un tiempo. Al final nos
encontramos con nosotros mismos, en lo más profundo de nuestra angustia. Ante
el segundo miedo existencial, que nace del hecho de no poder luchar contra el
tiempo, el hombre intenta dos soluciones. En primer lugar busca la
supervivencia o una cierta inmortalidad en sus propios hijos. Pero enseguida
constata que la supervivencia en los hijos no es auténtica. Y se propone
sobrevivir por sí mismo. Se refugia entonces en la idea de la gloria, que
pueda garantizarle la supervivencia en la memoria de los demás. Pero, una vez
más, fracasa. Porque advierte que, después de su muerte, lo que quedará de su
gloria, aquello que permanecerá, no es él mismo, sino un simple eco, una
triste sombra. Y, lo que es peor, aquello en lo que pensaba confiar su
supervivencia se convertirá en polvo. Se trata de un doble fracaso por parte
del hombre. Es en esa circunstancia de fracaso cuando Dios acude en
socorro del hombre. Nuestra fe proclama que un día Dios se hizo hombre. Y no
solo eso, sino que franqueó las puertas de la muerte y salió vencedor.
Descendió al abismo de nuestra soledad. Allí donde ningún otro hombre podía
entrar, Jesús ocupó su lugar. Allí donde ninguna palabra podía alcanzarnos,
Él, que es la Palabra, entró. Aquello que ninguna mirada podía ver para poder
consolarlo, Jesús lo vio y se apiadó de ello. Eso es lo que significa el
«descenso a los infiernos», que aparece explicado en el Credo. La soledad
de la muerte fue visitada por Jesús. Es Él, Jesús, que pasó de la muerte a la
vida, el que puede asumir nuestra supervivencia. Nuestro nombre puede
permanecer en él y trascender así el tiempo. Aquellos cuyos nombres
permanecen siempre son los santos. La Fiesta de Todos los Santos acaba de
recordárnoslo. Los santos son nuestros muertos; los muertos que no mueren en
nuestros pensamientos, porque viven en la mente de Dios. ¿Pero cómo es eso
posible? Pues bien, todo eso se ha hecho posible gracias al GRAN AMOR que
Dios nos manifestó por medio de su hijo Jesús. Sí, el amor genera la
inmortalidad. Solo hay que pensar en lo difícil que nos resulta olvidar a las
personas que hemos querido y que nos han tratado bien. Solo hay que constatar
que es el amor el que garantiza la conservación de la especie. En el plano
espiritual, es también por medio del amor, del don de sí mismo, de su vida,
como Cristo despierta de la muerte a la especie humana, que es incapaz por sí
misma de sobrevivir eternamente. Así, cuando decimos que «el amor es más
fuerte que la muerte», no se trata de una simple fórmula, sino de la
expresión de una realidad que adquiere pleno sentido en Cristo. También es en función del amor como debemos entender todos
los discursos sobre el más allá, como el «famoso» infierno, la resurrección,
el paraíso o la vida eterna. En efecto, el infierno no es un fuego físico, ni
un lugar de tortura preparado por Dios para castigarnos[136]. El infierno es el estado de soledad que rechaza
el amor de Dios. La resurrección y la vida eterna son el estado en el que el
amor de Dios acaba con la soledad de la muerte y se convierte en nuestro
entorno vital. Todo esto empieza en el Bautismo, ese hermoso sacramento de
amor y alianza entre Dios y el alma humana. Cuando somos bautizados, nuestra
vida se abre a Dios y la muerte ya no puede volver a sumirnos en la soledad,
siempre que permanezcamos unidos a Él por medio de una vida constantemente
renovada, una vida que no tema volver a empezar, una vida que luche por
levantarse y ponerse en camino, con los ojos siempre fijos en el Señor, que
no cesa de llamarnos. En conclusión, nuestra relación con nuestros difuntos solo
se comprende desde el amor. Aunque nos veamos obligados a borrar su número de
teléfono y su dirección de nuestra agenda, aunque debamos guardar su ropa y
cerrar su apartamento, esos últimos gestos que los excluyen de nuestra
cotidianidad[137], debemos buscarlos y
reencontrarlos cerca de Dios por medio de «nuestra» oración y de la misa, «el
sacrificio salvador de Jesús». Estos dos momentos nos unen a Dios y a todos
los que están en Él. Así que este 2 de noviembre es el momento de la comunión
y el diálogo con nuestros difuntos en el amor. Reencontrémonos con ellos y
dejémonos llevar por el amor de Dios, que nos reunirá a todos en Él. Señor, concede a nuestros difuntos el descanso eterno y que
en sus ojos brille para siempre la Luz; esa Luz que entró en su vida el día
de su bautismo, el día en que comenzó su vida en Ti y Contigo. Padre Innnocent Essonam Padanassirou |
Conclusión
La muerte, que de este lado
parece una inmersión en la sombra,
es una entrada resplandeciente
en la luz de Dios.
Es posible no creer en la vida después de la muerte. La ciencia
médica estima que la muerte del cerebro es el final de la vida. Sin embargo, en
el momento de la muerte ocurre algo poco común, sea esta brutal o no. Todos los
testimonios de aquellos que han vivido una ECM coinciden cuando dicen que la
muerte no conduce a un final, sino que, lejos de eso, se llega a una especie de
«antesala» en el límite de dos mundos: el nuestro, el que siempre hemos
conocido, y con el que hasta ahora nos contentábamos, y otro, extremadamente
atractivo para aquellos que dicen haberlo vivido, que resume de manera luminosa
toda nuestra existencia y nos proyecta a la Claridad de un universo
completamente distinto, en sí mismo inimaginable. Como un nuevo renacer…
Las Experiencias Cercanas a la Muerte defienden por tanto la
existencia de una vivencia personal que supera la muerte clínica y que coincide
con la experiencia cristiana, que afirma que la vida personal no acaba en la
muerte. Lo que resulta más sorprendente es que muchos experimentadores nos
hablan de estados en los que se vive en presencia del Amor absoluto, de un
lugar de desolación y de un lugar de purificación, conceptos que se
corresponden con el cielo, el infierno y el purgatorio, nociones típicamente
cristianas.
Obviamente, no debemos pecar de crédulos. Conviene conservar
un espíritu crítico, tanto desde el punto de vista de la razón como del de la
fe. Sin embargo, todos los testimonios y los estudios científicos actuales
coinciden: «Las ECM son tan auténticas como cualquier otra percepción humana;
son tan incuestionables como las matemáticas, tan verdaderas como el lenguaje»,
señala el doctor Melvin Morse[138].
Desde el punto de vista religioso, hemos podido confrontarlas
con la Palabra de Dios en diversos pasajes de las Escrituras, con la
antropología cristiana, con las experiencias de curaciones milagrosas, con los
fenómenos de las apariciones, o incluso con las experiencias místicas
sorprendentes que han marcado la historia del cristianismo: no hemos hallado
ninguna contradicción. Incluso podríamos invocar a santo Tomás de Aquino, el
Doctor Angélico, como señala un artículo de Howard Kainz[139]:
De esta forma, Tomás de Aquino coincide con los testimonios
unánimes de los teóricos de las experiencias cercanas a la muerte, en lo que se
refiere a la increíble liberación e iluminación intelectual que caracterizan la
separación [del alma y el cuerpo]. Una vez separada, el alma no podrá tener la
más mínima influencia sobre los objetos. Esto es lo que refleja la experiencia
de las personas que describen una ECM, que se desplazan a través de las paredes
y otros obstáculos (…). En definitiva, no habrá fe, puesto que la fe concierne
a lo invisible, ni esperanza, pues la esperanza concierne a lo que aún no se
tiene, sino solamente amor, el amor que permanece en la vida futura y que será
por tanto la medida de la felicidad de los individuos: «Cuanto más grande haya
sido el amor que ha acompañado a nuestras acciones en la tierra, más grande
será nuestra felicidad, procedente de Dios».
Es posible que una ECM pueda darnos una pista de lo que
podría ser nuestra entrada en la vida del más allá. Pero, como no podemos
presentarnos impuros ante Dios, conviene que la mayoría de nosotros aprendamos
a liberarnos poco a poco de nuestras malas costumbres, por muy agradables que
nos resulten.
En efecto, «por su muerte y su Resurrección, Jesucristo nos
ha “abierto” el cielo»[142], ha destruido la
muerte por nosotros. Su resurrección es la promesa de la nuestra. Viviremos
para siempre. La vida es más fuerte que la muerte. La muerte es un
tránsito, una etapa. Otra vida nos espera, más bella, plena y maravillosa.
Obviamente, si hay que pasar por la muerte, que
desgraciadamente es una separación, un abandono del amor humano, las ECM
aportan también el testimonio de que nos encontraremos con aquellos que hemos
amado en esta vida, aquellos que hemos amado en Dios: si amamos, no
perderemos a ninguna de las personas a las que hemos amado así. Esa es la
promesa de Cristo: el amor es más fuerte que la muerte y, en el más
allá, en la otra vida, encontraremos a los que hemos amado en esta vida, lo que
retoma el dogma católico de la «Comunión de los santos».
Y, si hoy en día se nos presenta una confirmación de lo
que nos ha enseñado siempre el cristianismo, ¿por qué rechazarla? Más aún
cuando la Iglesia –y esta es la fuerza y la especificidad de la fe cristiana–
nos da gratuitamente todo lo que necesitamos para llevar una vida que nos abra
a la eterna beatitud, ya sean los sacramentos, la santificación del tiempo (por
medio de la liturgia), la oración o la acción justa y libre que realiza el
doble mandamiento del amor (Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo
como a ti mismo).
Es cierto que nuestra sociedad, tan conocedora de tantos
aspectos en todos los campos, hasta el punto de llegar a manipular al propio
ser humano, concibe la muerte como algo absurdo. Hoy en día hemos llegado
incluso a promover la muerte de la muerte, gracias a las tecnologías
NBIC (nanotecnologías, biotecnologías, informática cognitiva e inteligencia
artificial) del transhumanismo: «¡La ciencia-ficción de ayer quiere convertirse
en la medicina-realidad!»[143]. O incluso
pretende decidirse el momento de la muerte. ¿Acaso la eutanasia o el suicidio
asistido no son una manera de eludir la muerte al provocarla? ¿No deberíamos
negarnos a que nos roben nuestra muerte, ese momento tan importante, tan
precioso y único, en el que se resume toda nuestra vida para pasar a otra distinta?
La fe cristiana considera el momento de la muerte como algo
fundamental, un tiempo que debe vivirse, en la medida de lo posible,
preparándose y rezando para solicitar «la gracia de una buena muerte». ¡Cuánta
razón tenemos cuando invocamos cada día a la Virgen María para que nos acompañe
«ahora y en la hora de nuestra muerte», los dos momentos más importantes de
nuestra vida! Así es. Dios, Cristo, la Virgen María, los ángeles y los santos
del cielo[144] acudirán a nuestro lecho de
muerte en los momentos que preceden a la muerte. También el Diablo, que
intentará atormentarnos y hacernos faltar a esa cita con el amor absoluto,
y que exigirá de nosotros la indiferencia absoluta, el abandono, la confianza y
la ofrenda[145].
Todo esto nos lleva a interrogarnos sobre la vida: ¿esta vida
a la que tenemos tanto apego –y con razón– podemos entenderla verdaderamente?
Porque en realidad es completamente invisible, siempre
misteriosa…
Sabemos que el instinto vital y de supervivencia es el motor
principal de todo el conjunto de los seres vivos, tanto de las especies más
primitivas como de las más evolucionadas, tanto en los abismos más profundos
como en la superficie terrestre: todo se dirige a la transmisión de la vida.
Esta parece el valor supremo y absoluto del universo.
Sin embargo, la vida es un concepto que, paradójicamente,
escapa a la ciencia, que no logra definir en qué consiste la vida en sí misma.
La vida no se encuentra bajo el escalpelo ni el microscopio. No hay rastros de
vida, ni vestigios de vida… La vida solo puede revelarse en los seres vivos. Se
puede observar el ser vivo y este es el objeto de la Biología. Pero no se puede
observar la vida, sino tan solo experimentarla (sobre todo en el presente, en
el instante presente).
Actualmente sabemos que la vida en la tierra se debe a una
posibilidad entre millones de millones. Lo cual resulta prácticamente
imposible… Hizo falta un auténtico milagro…
Esta vida que garantiza la continuidad de la persona, su
existencia, no la hemos adquirido ni por nuestro propio esfuerzo ni por
nuestros méritos. No procede de nosotros, no nos la damos a nosotros mismos. La
vida es un regalo que se recibe gratuitamente. Alguien nos la ha dado.
Ciertamente nuestros padres nos la han transmitido, pero la fuente de toda
vida no puede ser otra que el propio Dios, Padre y Creador de todo el
universo, visible e invisible.
Por tanto, si Dios, que es el Amor absoluto, da la vida,
¿cómo imaginar que va a arrebatárnosla? No, ¡nos la da y nos la sigue dando por
toda la eternidad!
Estas ECM, que solo pueden ser recibidas (no las podemos
provocar por voluntad propia), son por tanto señales de vida que
proceden del más allá, que nos abren a una realidad invisible. Tal vez
convendría más llamarlas AVI, o «Aperturas a la Vida Invisible».
Estoy convencido de que estas aperturas son un signo de los
tiempos para nosotros, los hombres de este milenio asolado por la duda:
ciertamente tienen mucho que enseñarnos sobre nuestra naturaleza y nuestro
destino humano. Es más, creo que en nuestro mundo de increencia, encerrado en
sí mismo, en el que vivimos como si Dios no existiera, las ECM son señales
del cielo para despertar nuestro interés hacia lo invisible: en esta época
en la que el hombre occidental ha expulsado del cielo a todos los seres que
había creído ver allí, en la que la muerte, que se considera algo malsano, es
censurada y prohibida, ¡vemos que –paradójicamente, por medio de algo nuevo, en
conexión con nuestra época– ese cielo vuelve a repoblarse! Dios no ha dicho su
última palabra, así que, ¿por qué hoy no iba a enviarnos una señal de esta
manera?
Las ECM nos obligan a tomar conciencia de que en esta tierra
estamos de paso con el fin de prepararnos para otra realidad. Debemos elegir a
cada instante entre la vida o la muerte. Si optamos firmemente por la Vida,
podremos sumergirnos sin temor en el océano del Amor de la Misericordia divina.
Epílogo:
La garganta cortada
Esta historia asocia de manera excepcional las ECM y las
curaciones. Puede parecer antigua, pues se remonta a 1858, pero es
incuestionable debido a las verificaciones de las que ha sido objeto.
La protagoniza Mariam Baouardy, que nació en 1846 en Galilea,
Palestina, de familia pobre y muy creyente (del rito católico greco-melquita).
Con veinte años entró en el Carmelo de Pau[146]
y tomó el nombre de la hermana María de Jesús Crucificado, aunque sus
hermanas la llamaban la pequeña árabe. De gran humildad (ella misma se
llamaba la insignificante), toda su vida fue una «hermana conversa»
debido a su ignorancia y a su incapacidad para leer, escribir y cantar en los
oficios.
Práctica, con los pies en la tierra, Mariam fue una firme
fundadora, primero del Carmelo de Mangalore, en la India, y luego del Carmelo
de Belén, donde murió con treinta y tres años (el 26 de agosto de 1878) debido
a un accidente.
Como puede verse, no se trataba de una «iluminada», pero se
benefició de un gran número de manifestaciones místicas extraordinarias a lo
largo de toda su existencia[147], que han sido
especialmente bien estudiadas.
La documentación sobre su vida es tan seria como abundante,
con fuentes accesibles, por ejemplo, su biografía, realizada por varios autores
convencidos, empezando por el padre Estrate, su padre espiritual, que puso por
escrito todo lo que conoció de ella por orden del obispo de Bayona de aquella
época, monseñor Lacroix. No hay por tanto ninguna duda sobre los
acontecimientos que vivió. He tomado su historia del excelente libro del padre
Amédée Brunot, s.c.j., que aporta todas las referencias[148].
Huérfana a los tres años, sus padres adoptivos se
establecieron en Alejandría, Egipto. Cuando cumplió trece años y sin
consultarle, como era habitual, sus padres intentaron casarla con su tío.
Mariam se negó en rotundo. El tío, furioso, decidió tratarla como una esclava
durante tres meses. Pero ella seguía sin ceder. Con la intención de reunirse
con su hermano pequeño, que estaba en Galilea, Mariam consiguió huir junto a un
antiguo criado de la familia, un musulmán que pensaba trasladarse a Nazaret. Aquel
hombre intentó hacerle abandonar su fe católica para convertirla al Islam. Pero
aquello era demasiado para aquel temperamento de fuego, que rechazó la idea con
vehemencia. Furioso al ver que aquella pequeña cristiana solo quería
utilizarle, el hombre desenfundó su cuchillo y le cortó la garganta. Luego la
envolvió en un gran velo y, con la ayuda de su madre y de su mujer, abandonó su
cuerpo ensangrentado en un oscuro callejón.
Aquel drama ocurrió la noche del 7 al 8 de septiembre de
1858.
Veamos el relato del padre Brunot: «Más tarde, obligada por
obediencia a contar su martirio, Mariam afirmará que estaba realmente muerta. A
su maestra de novicias de Marsella, que le preguntará si fue objeto de un
juicio, le responderá:
Cuando la herida cicatrizó, la religiosa hizo salir a Mariam
de la gruta; la condujo a la iglesia de Santa Catalina, atendida por
franciscanos, y llamó a un confesor. Cuando Mariam salió del confesonario, ya
no había nadie. ¡La enfermera del hábito azul había desaparecido!
¿Quién era? En 1874, en la fiesta de la Natividad de la
Santísima Virgen, aniversario del martirio y del milagro, Mariam dirá en
éxtasis: «En un día como este estuve con mi Madre. En un día como este consagré
mi vida a María. Me habían cortado el cuello y al día siguiente María me tomó
bajo su protección».
Un poco más tarde, en agosto de 1875, cuando navegaba rumbo a
Palestina y le iba contando sus recuerdos al padre Estrate, Mariam precisará:
«Ahora sé que la religiosa que me curó después de mi martirio era la Santísima
Virgen». Durante una escala en Alejandría junto a sus hermanas carmelitas, que
habían partido para fundar el Carmelo de Belén, Mariam condujo a su pequeña
comitiva a visitar la iglesia de Santa Catalina y la pequeña gruta, que los griegos
habían transformado en una capilla.
El padre Brunot plantea una pregunta esencial:
Por tanto, solo nos queda el testimonio de Mariam. Y
este se vio confirmado por la seriedad, la sinceridad y la humildad de toda su
vida, como atestiguan varios testigos. Varios detalles serán confirmados más
tarde por su hermano Boulos: este, en efecto, respondió a la famosa carta de su
hermana. Respondió a su llamada trasladándose a Alejandría pero, al no encontrarla
en casa de su tío, regresó a Galilea.
Y hay un hecho incontestable: la cicatriz del cuello. Esta
será examinada, durante las numerosas enfermedades de Mariam, por parte de
médicos y enfermeras, tanto en Marsella como en Pau, Mangalore y, finalmente, en
Belén. La cicatriz era de 10 cm de largo y de 1 cm de ancho. Recorría toda la
parte delantera del cuello. En ella la piel era más blanca y más fina. Le
faltaban varios anillos de la tráquea, como constatará el médico de Pau el 24
de junio de 1875. La maestra de novicias escribirá: «Un famoso doctor de
Marsella que la había tratado, a pesar de ser ateo, confesó que tenía que haber
un Dios, porque, desde el punto de vista médico, era imposible que estuviera
viva». A consecuencia de aquel corte tan profundo, Mariam tuvo la voz ronca
toda su vida.
Asimismo conviene saber que, aunque tenía un corazón puro por
excelencia, Mariam, que vio las realidades celestes (¡la Virgen le mostró el
cielo, el infierno y el purgatorio!), también dio testimonio de ello con su
vida.
Fue beatificada en 1983 por Juan Pablo II y canonizada el 17
de mayo de 2015 por el Papa Francisco.
* * *
Una oración:
En la iglesia de Santiago de Pau
durante la Semana Santa, en la XII
estación del Vía Crucis
Señor, nuestra enfermedad de personas bien alimentadas, bien
alojadas, cómodamente instaladas, es el miedo a la muerte. Tú, que estás muerto
y vas a resucitar, enséñanos a amar la muerte. Es nuestra segunda cuna. Danos
pasos firmes que se dirijan a ella. La muerte conduce a una vida perfecta.
Enséñanos también esa curiosidad insaciable por el más allá: «Allí no habrá más
que Amor». Otorga a nuestros pasos, a nuestros gestos, a nuestro corazón, ese
perfume de amor que anticipa el paraíso. Entonces viviremos en la alegría.
* * *
PARA SABER MÁS…
Catecismo de la Iglesia Católica
–Artículo 11: «Creo en la resurrección de la carne», nn.
988-1019.
–Artículo 12: «Creo en la vida eterna», nn. 1020-1060.
Libros sobre las ECM
Son muy numerosos. He aquí los que he consultado:
Alexander, E. y Moody, R., Proof of heaven. A
neurosurgeon’s journey into the afterlife, Simon and Schuster, Nueva York
2012, prol. de Jean Staune (traducción española: La prueba del cielo. El
viaje de un neurocirujano a la vida después de la vida, Planeta, Barcelona
2013).
Allix, S., La mort n’est
pas une terre étrangère (La muerte no es una tierra extranjera),
J’ai lu, París 2013.
Beauregard, M. y O’Leary, D., The espiritual brain (El
cerebro espiritual), Harper Collins, Nueva York 2008.
Bromberger, D., Un aller
et retour (Una partida y un regreso), Robert Laffont, París 2004.
Charbonnier, J.-J., Les 7
bonnes raisons de croire à l’au-delà (7 buenas razones para creer en el
más allá), J’ai lu, París 2014.
Dudoit, E. y L’heureux, É., Ces EMI qui nous soignent (Estas
ECM que nos curan), S17 Production, Lyon 2013.
Elsaesser-Valarino, E., D’une
vie à l’autre. Des scientifiques explorent le phénomène des expériences de mort
imminente (De una vida a la otra. Los científicos investigan el fenómeno
de las experiencias cercanas a la muerte), Derby 1999.
Fustec, J., Entre épreuve
et lumière (Entre la prueba y la luz), S17 Production, Lyon 2010.
Kübler-Ross, E., La mort
est un nouveau soleil, Pocket, París 2002 (traducción española: La
muerte, un amanecer, Editorial Luciérnaga, Barcelona 2012).
Menant, M. y Tribolet, S., Bien réel le surnaturel (Lo
sobrenatural es bien real), Éditions Alphée/Jean-Paul Bertrand, París 2009.
Moody, R., Life after life,
Mockingbird Books, Seattle 1975 (traducción española: Vida después de la
vida, Edaf, Madrid 2013).
Morrison, J., L’expérience
de mort inminente (La experiencia cercana a la muerte), La
Martinière, París 2015.
Morse, M.,
Closer to the light. Learning from the Near-Death Experiences
of children, Ivy Books, Baltimore 1991 (traducción española: Más cerca de
la luz. Experiencias próximas a la muerte en niños, Edaf, Madrid 1991).
Ragueneau, P., L’autre
côté de la vie (El otro lado de la vida), Pocket, París 2001.
Sabom, M.
y Kreutziger, S., Recollections of death. A
medical investigation (Recuerdos de la muerte. Una investigación médica),
Harper Collins, Nueva York 1982.
Van Lommel, P., Mort ou
pas? Les dernières découvertes médicales sur les EMI (¿Muerto o no? Los
últimos descubrimientos médicos sobre las ECM), Inter Éditions-Inrees,
París 2012; Consciencia más allá de la vida, Atalanta, Gerona 2015.
Obras cristianas sobre la muerte y el más allá
VV.AA., 36 questions sur l’Au-delà (36 preguntas
sobre el más allá), en «Il est Vivant», número especial (octubre de 2001).
VV.AA., Espérance et dignité pour les fins de vie.
Approches chrétiennes de la mort (Esperanza y dignidad al final de la
vida. Aproximaciones cristianas a la muerte), en «Documentation catholique»,
2498 (21 de octubre de 2012).
VV.AA., L’au-delà. L’avenir des vivants (El más
allá. El futuro de los vivos), en «Christus», 235 (julio de 2012).
Aupetit, M., La mort, et
après? (La muerte. ¿Y después?), Salvator, París 2007 y 2009.
Bezançon, J.-N., On a planté
grand-père, Semailles d’Évangile en bord de Marne (Abuelo, hemos
plantado las semillas del Evangelio a orillas del Marne), Desclé de
Brouwer, París 2011.
Bot, J.-M., L’enfer:
affronter le désespoir. Le purgatoire: traverser le feu de l’amour. Le paradis:
goûter la joie éternelle (El infierno: afrontar la desesperación. El
purgatorio: atravesar el fuego del amor. El paraíso: gozar de la vida eterna),
Éditions de l’Emmanuel, París 2014.
Civelli, J., La
résurrection des morts. Et si c’était vrai? (La resurrección de los
muertos. ¿Y si fuera cierto?), Éditions Saint-Augustin, Saint Maurice
(Suiza) 2001.
Cuchet, G. (ed.), Le
purgatoire. Fortune historique et historiographique d’un dogme (El
purgatorio. Fortuna histórica e historiográfica de un dogma), Éditions de
l’Ehess, París 2012.
Fourchaud, T., La mort:
témoignages de vies! (La muerte: ¡testimonios de vida!), Collection
La Bonne Nouvelle, París 2009.
Fraternidades Monásticas de
Jerusalén, «La mort n’est pas mortelle» («La muerte no es
mortal»), en «Sources vives», 127 (abril de 2006).
Klaine, R.,
Aussitôt après la mort. Recherche biblique (Justo
después de la muerte. Investigación bíblica), Cerf, París 2011.
Lelièvre, H., Je veux
mourir vivant (Quiero morir vivo), Éditions de l’Emmanuel, París
2011.
Martelet, G., s.j., L’au-delà retrouvé (El más allá
reencontrado), Desclée de Brouwer, París 1998.
Mathieu-Riedel, E., Ne
pleurez pas, la mort n’est pas triste (No lloréis, la muerte no es
triste), Mame/Criterion, París 1997.
Pralong, J.,
Dis, Dominique, la mort, c’est comment? (Dime, Dominique,
¿cómo es la muerte?), Parole et Silence, París 2012.
Pujos, N., Ce qui nous
attend après la mort (Lo que nos espera después de la muerte),
Parole et Silence, París 2012.
Obras sobre el alma vital y la antropología ternaria[149]
Gavignet, H., Il n’y a que
deux jours (Solo hay dos días), Téqui, París 1981.
Los libros de Claude Tresmontant (la mayoría en la editorial
François-Xavier de Guibert).
Los libros de Michel Fromaget, entre ellos L’homme
tridimensionnel, «corps, âme, esprit» (El hombre tridimensional,
«cuerpo, alma y espíritu»), Albin Michel, París 1996.
DVD
Barkallah,
S., Faux départ. Enquête sur les expériences de mort inminente
(Falsa partida. Una investigación sobre las experiencias cercanas a la
muerte) (www.S17production.com).
Bonneton, A. y Sismondi, S., Le commun des mortels (El
común de los mortales), documental realizado en coproducción con Grand
Angle Productions, KTO, BIGLO y Armide Productions, 2011 (www.ktotv.com).
CD de audio
Callens, J.-F. (Doudou), Et
après ma mort? (¿Y después de mi muerte?) (4 CD), Maria Multi Media.
Maillard, Hna. E., Gloria
Polo et les dix commandements (Gloria Polo y los diez mandamientos),
Maria Multi Media; Série «Et si demain, j’allais au Ciel?» (Serie: ¿y
si mañana fuera al cielo?) (2 CD), Maria Multi Media; Maryam la petite
arabe (Mariam, la pequeña árabe) (2 CD), Maria Multi Media.
Páginas web
www.nderf.org/Spanish:
recopila el mayor número de testimonios sobre ECM en el mundo.
www.s17production.com:
página de Sonia Barkallah.
www.issnoe.ch: Instituto
Suizo des Ciencias Noéticas.
www.tvqc.com/2013/12/la-vie-apres-la-mortdocumentaires-sur-les-experiences-de-morts-imminentes/.
Con una mención especial para el testimonio de Natalie Saracco:
·
En
YouTube: (www.youtube.com).
·
en
KTO: (www.ktotv.com/videos-chretiennes/emissions/nouveautes/un-coeur-qui-ecoute-natalie-saracco).
Notas
[2] Cabria,
J. L., Fichas sobre la muerte y el morir, Monte Carmelo, Burgos
2009, 261s.
[3] R.
Moody, Life after life, Mockingbird Books, Seattle 1975
(traducción española: Vida después de la vida, Edaf, Madrid 2013). (Los
pasajes del libro de Moody están tomados directamente de la traducción de Edaf,
rectificando algunos errores ocasionales: N. de la T.).
[4] En 1990, un libro recogía
ya más de setecientas referencias a este tema, la mayoría de ellas analizadas a
partir de fuentes científicas: T. K. Basford, Near
Death Experiences (Experiencias Cercanas a la Muerte), Garland
Publishing, Nueva York 1990.
[5] En 1993, solamente el 8
por ciento de los franceses seguía creyendo en la resurrección. ¿Cuántos
creerán hoy en día?
[6] No voy a abordar las
religiones orientales, que tratan otros autores que menciono en las notas.
[7] R.
Moody, Vida después de la vida, Edaf, Madrid 2013.
[8] Extraído del libro de E. Elsaesser-Valarino, D’une vie à l’autre,
Dervy, París 1999, p. 100, capítulo: «Diálogo con Kenneth Ring» (traducción
española: Al otro lado de la vida. Explorando el fenómeno de la experiencia
ante la cercanía de la muerte, Ediciones Internacionales Universitarias,
Madrid 2000). En todo el mundo serían cerca de 60 millones.
[9] (www.nderf.org).
[10] Recogido en el libro de J. Long y P. Perry, Evidence
of the afterlife. The science of the Near-Death Experiences, Harper
Collins, Nueva York 2010 (traducción española: Evidencias del más allá.
Pruebas de la existencia de otra vida después de la muerte, Edaf, Madrid
2011).
[11] (www.marinorestrepo.com).
[12] Algunos incluyen doce o
quince…
[13] B. J. Eadie, Embraced by the light, Gold Leaf
Press, Mont Clemens, Michigan 1992 (traducción española: He visto la luz,
Grijalbo, Barcelona 1997).
[14] Por otro lado, su
pertenencia a los mormones le ha llevado a inventar ciertas afirmaciones, como
el hecho de una existencia prenatal… No obstante, en mi opinión eso no invalida
el resto de su discurso.
[15] B. J. Eadie, o.c., p. 18. He corregido algunos errores de
traducción (N. de la T.).
[16] J. Long y P. Perry, o.c.
(Todos los fragmentos de los distintos libros, salvo el de Eadie, se han
traducido a partir de la versión francesa por no encontrar la traducción
española: N. de la T.).
[17] B. J. Eadie, o.c., p. 18, en el mismo
capítulo, titulado: «Mi muerte».
[18] M. Grey, Return from death. An exploration of the Near-death Experience
(Regreso de la muerte. Una exploración de la
Experiencia Cercana a la Muerte), Penguim, Nueva York 1985.
[19] Cuenta su experiencia
ECM en Return from tomorrow, Spire Books/Revell, Nueva Jersey 1978
(traducción española: Regreso del futuro, Clie, Barcelona 1986).
[20] R. Moody, Vida después de la vida, o.c.
[21] Id., The light beyond, Bantam, Nueva York 1989
(traducción española: Más allá la luz. Nuevas exploraciones en «Vida después
de la vida», Edaf, Madrid 1989).
[22] En inglés: Life
review.
[23] K. Ring, Heading toward Omega, Harper
Perennial, Nueva York 1985 (traducción española: La senda hacia el Omega,
Urano, Madrid 1986).
[24] K. Ring, Amazing grace. The Near-Death Experience as a compensatory gift
(Una gracia sublime. La Experiencia Cercana a la Muerte
como regalo compensatorio), en «Journal of Near-Death Studies», 10 (1)
(1991), p. 15.
[25] M. Grey, o.c.
[26] Se trata de algo que he
constatado en el caso de numerosas personas curadas (se haya reconocido el
milagro o no), al interrogarlas a ellas mismas o a sus descendientes. He
transcrito el máximo número posible de testimonios en mi libro Lourdes, des
miracles pour notre guérison, Presses de la Renaissance, París 2008
(traducción española: Los milagros de Lourdes. Curaciones, conversiones y
testimonios, Palabra, Madrid 2015).
[27] R. Moody, o.c.
[28] K. Ring, Heading toward Omega (La senda
hacia el Omega), o.c.
[29] Se estima que en general
son entre el 2 y el 3 por ciento. En la NDERF, entre los casos recogidos a lo
largo de cinco meses, 7 de cada 161 eran experiencias aterradoras.
[30] M. Rawlings, Beyond death’s door, Thomas
Nelson, Nashville 1978 (traducción española: El paso de la vida a la muerte,
ATE, Barcelona 1982).
[31] Enfermera de cuidados
paliativos de Inglaterra, que dio una conferencia sobre el tema, que puede
encontrarse en VV.AA., 2èmes rencontres internationales sur les Expériences de
Mort Imminente (II Encuentro internacional sobre las Experiencias Cercanas a la
Muerte), S17 Production Libre, Lyon, 9 y 10 de marzo de 2013.
[32] Centro NOÉSIS (Instituto
Suizo de Ciencias Noéticas). Cfr. (www.issnoe.ch).
[33] Prólogo al libro de B. J. Eadie, He visto la luz, Grijalbo,
Barcelona 1997. (En este fragmento he observado divergencias entre la versión
francesa y la española y, al no contar con el original, he optado por suplir
las omisiones de la versión española con la traducción del francés: N. de la
T.).
[34] T. Burpo y L. Vincent,
Heaven is for real, Thomas Nelson, Nashville 2010 (traducción española: El
cielo es real. La asombrosa historia de un niño de 4 años que visitó el cielo,
Planeta, Barcelona 2012. Fragmentos tomados de la traducción española: N. de
la T.).
[35] Gregorio de Tours, Historia de los francos,
libro VII, capítulo I.
[36] La mort, et après?
(La muerte. ¿Y después?), Salvator, París 2007 y 2009.
[37] El cuadro puede
contemplarse en el Palacio Ducal de Venecia.
[38] Retomando la expresión
propuesta por el psicólogo y epistemólogo francés Victor Egger en 1896 en El
yo de los moribundos, libro surgido a raíz de los debates mantenidos entre
filósofos y psicólogos sobre los testimonios de Albert Heim en los anales del
Club Alpino Suizo.
[39] E. Kübler-Ross, La muerte, un amanecer,
Editorial Luciérnaga, Barcelona 2012, p. 60. Entre los muchos libros de esta
misma autora que abordan el tema de la muerte, cabe destacar Sobre la muerte
y los moribundos, Random House, Barcelona 2000 (N. del E.).
[40] Cfr. su libro La
source noire. Révélations aux portes de la mort (La fuente negra.
Revelaciones a las puertas de la muerte), Livre de Poche, París 1987
(traducción española: La fuente negra, Neo-Person, Madrid 1991).
[41] Réapprivoiser la mort.
Nouvelles recherches sur l’expérience de mort inminente (Volver a
familiarizarse con la muerte. Nuevas investigaciones sobre la experiencia cercana
a la muerte), Albin Michel, París 1997 (N. del E.).
[42] El doctor Moody siempre
precisa que nunca la ha visitado.
[43] Les preuves
scientifiques d’une vie après la vie, Exergue, París 2008. Se trata de un
error del autor, porque en realidad este libro es de Jean-Jacques Charbonnier,
al que menciona a continuación (N. del E.).
[44] L’après-vie existe,
CLC Éditions, París 2006.
[45] L’Expérience de Mort
Imminente. Les premières rencontres internationales. Actes du Colloque.
Martigues 17 juin 2006, S17 Production Libre, Lyon 2007.
[46] En 2010 realizó otro DVD
llamado Faux départ. Enquête sur les expériences de mort inminente (Falsa
partida. Una investigación sobre las experiencias cercanas a la muerte)
(www.S17production.com).
[47] Índice WCEI (Weighted
Core Experience Index: Índice Cuantificador de la Experiencia), establecido
en 1980 por el psicólogo Kenneth Ring, o la escala de cuantificación de los
testimonios del psiquiatra Bruce Greyson en 1983.
[48] ¡También los milagros se
basan en testimonios!
[49] Igual que no hay una
respuesta humana al hecho de que una persona se cure milagrosamente y otra no…
[50] Este tipo de estudios
están ausentes en el mundo universitario español. No obstante, algunas
universidades, como la Complutense o la de La Laguna, en Tenerife, han acogido
en alguna ocasión seminarios o cursos de verano sobre el tema. Cfr. el artículo
La parapsicología y la universidad en España, Mitos y realidad, en «El
Ojo Crítico. Cuadernos de Investigación para Investigadores de Anomalías», 56
(2012), disponible en (ojo-critico.blogspot.com.es/2012/09/la-parapsicologia-y-la-universidad-en.html)
(N. del E.).
[51] VV.AA., 2èmes rencontres
internationales sur les Expériences de Mort Imminente (II Encuentro
internacional sobre las Experiencias Cercanas a la Muerte), S17 Production
Libre, Lyon, 9 y 10 de marzo de 2013.
[52] Fenómenos raros pero
verificados, que recoge sobre todo el doctor Moody.
[53] Proof of heaven. A
neurosurgeon’s journey into the afterlife, Simon and Schuster, Nueva York
2012 (traducción española: La prueba del cielo. El viaje de un neurocirujano
a la vida después de la vida, Planeta, Barcelona 2013. No encuentro el
pasaje aquí citado, así que he traducido directamente de la versión francesa: N.
de la T.).
[54] El autor recrea la
famosa «Apuesta de Pascal», pero sin citarla textualmente. El original es mucho
más extenso y complejo (N. del E.).
[55] Su equivalente español
sería la llamada Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (SAPC):
(www.escepticos.es) (N. del E.).
[56] Dilatación de las
pupilas (N. del E.).
[57] Actualmente, este
término se utiliza más a menudo que «muerte cerebral», para precisar que se
trata de la pérdida total de todas las funciones neurológicas, no solamente de
los hemisferios cerebrales.
[58] El análisis por escáner
TEP (Tomografía por Emisión de Positrones) del cerebro durante un paro cardiaco
parece indicar que este todavía conserva una actividad fisiológica residual
(durante un «cierto tiempo»…), lo que lo diferencia de un «cerebro muerto».
[59] Cfr. Monseñor P. D’Ornellas,
Bioéthique. Propos pour un dialogue (Bioética. Propuesta para un
diálogo), Lethielleux-Desclée de Brouwer, París 2009, c. II.
[60] Titulado Experiencia
Cercana a la Muerte después de un paro cardiaco.
[61] Falta de oxígeno (N.
del E.).
[62] Autor del libro publicado en 2005: What
happens when we die? (¿Qué ocurre cuando morimos?), Hay House
Publishers, Londres 2005. (En España no se ha traducido este libro, pero sí
otro más reciente del mismo autor sobre el mismo tema, titulado: Resurrecciones.
La ciencia que está borrando la frontera entre la vida y la muerte, La
Esfera de los Libros, Madrid 2014: N. del E.).
[63] M. Morse, La divine connexion (La conexión
divina), Jardin des Livres, París 2002, p. 61; pp. 76-77. (Algunos libros
de Melvin Morse publicados en España son: Más cerca de la luz. Experiencias
próximas a la muerte en niños, Edaf, Madrid 1991; Últimas visiones,
Edaf, Madrid 1996 y Donde Dios habita. Cómo nuestros cerebros están unidos
al universo, Obelisco, Barcelona 2006: N. del E.).
[64] Expuesto en el Instituto
de Tecnología de California (Estados Unidos) el 21 de junio. Cfr. J.-P. Jourdan, Les preuves scientifiques d’une vie
après la vie (Las pruebas científicas de la vida después de la vida),
Exergue, París 2008.
[65] VV.AA., La
Experiencia Cercana a la Muerte. Primer encuentro internacional. Actas del
Coloquio. Martigues, 17 de junio de 2006, S17 Production Libre, Lyon 2007,
p. 44.
[66] Entrevista en la revista
mensual «Il est vivant», 314 (abril de 2014), pp. 26-33.
[67] A la que Natalie Saracco
no conocía cuando sufrió el accidente.
[68] Cfr. (www.sanctuaires-paray.com). Los
retiros y las reuniones en torno al Corazón de Jesús tienen lugar todo el año
en este santuario de Paray-le-Monial.
[69] Consiste en creer sin
confiar en la razón. Puede ser el caso de aquellos que ven milagros y
apariciones por todas partes y que se basan ante todo en ellos para creer…
[70] Cfr. E. Elsaesser-Valarino, D’une vie à l’autre,
Dervy, París 1999, pp. 271-292 (traducción española: Al otro lado de la
vida. Explorando el fenómeno de la experiencia ante la cercanía de la muerte,
Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid 2000).
[71] En concreto su libro Les
morts nous parlent (dos tomos), Le Livre de Poche, París 2012 (traducción
española: Los muertos nos hablan, Edaf, Madrid 1990).
[72] Cfr. el final de este
capítulo.
[73] También he descubierto
en internet que monseñor A.-M. Léonard, arzobispo de Malines-Bruselas, sostenía
la misma opinión: cfr. (questions.aleteia.org).
[74] Salvator, París 2009.
[75] Según el sacerdote
Jean-Pascal Perrenx, doctor en Medicina, teólogo moralista y autor de Théologie
morale fondamentale (Teología moral fundamental) (5 tomos), Téqui,
Saint-Céneré 2008.
[76] Cfr. Catecismo de la
Iglesia Católica, n. 1022. (El texto entre corchetes pertenece al autor: N.
del E.).
[77] El testimonio está
tomado de una entrevista ofrecida a Radio María en Colombia. Página web: (www.gloria.polo.ortiz.in). (Se trata
de la transcripción de una entrevista de radio, de ahí su extrema oralidad. Ha
sido corregido y se han eliminado las repeticiones para facilitar su
comprensión: N. del E.).
[78] Se sabe que los videntes
de Fátima tuvieron una visión del infierno.
[79] Teresa de Jesús, Libro de la vida, c. 32.
[80] Ritual que consiste en
rociar la casa con un preparado de hierbas para atraer la buena suerte (N.
del E.).
[81] Dulce de leche (N.
del E.).
[82] Existe un testimonio
parecido del padre James Manjackal (MSFS), en un libro titulado I saw
eternity (He visto la eternidad).
[83] M. Henry, C’est moi la vérité, Seuil, París
1996 (traducción española: Yo soy la verdad, Sígueme, Salamanca 2001).
[84] M. Aupetit, L’embryon, quels enjeux? (El
embrión y sus desafíos), Salvator, París 2008.
[85] «Y os daré un corazón
nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el
corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (Ez 36, 26).
[86] Neguentropía y entropía.
[87] Término filosófico: «Dar
forma sustancial a algo» (DRAE) (N. del E.).
[88] Aristóteles, filósofo
griego (384-322 a. C.), preceptor de Alejandro Magno y discípulo de Platón.
[89] C. Tresmontant, Problèmes de notre temps (Problemas
de nuestro tiempo), OEIL, Montreuil 1991. (Algunas obras de Tresmontant
traducidas al español que tratan este mismo tema son: El ateísmo hoy,
Palabra, Madrid 1971, o El problema del alma, Herder, Madrid 1974: N.
del E.).
[90] «La palabra principio,
sinónimo de las palabras causa, origen, viene del latín principium, que
quiere decir: al comienzo, desde el origen, lo que ocurre primero. El principio
último, el Principio de los principios, la Causa de las causas es el Ser que se
subsiste a sí mismo, del que todo procede. A este Ser supremo, espíritu puro,
absolutamente espiritual, podemos llamarlo Dios. Hace miles de años que es así»
(H. Gavignet, Il n’y a que deux jours [Hace
solo dos días], Téqui, Saint-Céneré 1981).
[91] Santo Tomás de Aquino la
llama «la forma del cuerpo».
[92] E. Yon, L’homme selon l’Esprit (El hombre
según el Espíritu), Desclée de Brouwer, París 1995 (libro desgraciadamente
agotado).
[93] Desgraciadamente, hoy en
día el término espíritu suele utilizarse más para definir lo racional y
no lo espiritual.
[94] No es el caso de los
animales que, al estar vivos, poseen un alma, pero que depende solo de la
materia a la que está ligada: por tanto, es solamente corporal y mortal.
[95] G. Martelet, S.J., L’au-delà retrouvé (El
más allá reencontrado), Desclée de Brouwer, París 1998.
[96] De ahí el culto que se
rinde a las reliquias de los santos.
[97] Y se añade que «esta
distinción no introduce una dualidad en el alma».
[98] ¡Por el hecho de
distinguirlos no se los separa!
[99] Bajo el impulso y la
dirección del propio Benedicto XVI.
[100] B. Sesboüé, Croire, Droguet et Ardent, París
1999, capítulo 14: «La resurrección de Jesús» (traducción española: Creer.
Invitación a la fe católica para las mujeres y los hombres del siglo XXI,
San Pablo, Madrid 2014, p. 360).
[101] Ibíd., p. 378 (siempre
de la edición española) (N. del E.).
[102] Ibíd., p. 351.
[103] Cfr. Lc 8, 41-42 y 49,
55; Lc 7, 11-17; Jn 11, 1-44.
[104] En el caso de Lázaro es
evidente: «Señor, ya huele; es el cuarto día» (Jn 11, 39).
[105] Padre Pascal Ide,
médico, filósofo y teólogo, en el capítulo «Experiencias cercanas a la muerte»,
incluido en P. Sbalchiero (ed.), Dictionnaire
des miracles et de l’extraordinaire chrétiens (Diccionario de los milagros
y de lo extraordinario cristianos), Fayard, París 2002, pp. 567-568.
[106] Antiguo capellán del
santuario de Nuestra Señora de Montligeon, fundado hace un siglo en el
departamento de Orne y dedicado desde sus orígenes a la oración por los
difuntos.
[107] El documento formaba
parte del proceso de canonización del padre Pío.
[108] 22, 5 (N. del E.).
[109] En su introducción al
libro de referencia: P. Sbalchiero (ed.), Dictionnaire
des miracles et de l’extraordinaire chrétiens (Diccionario de los
milagros y de lo extraordinario cristianos), Fayard, París 2002.
[110] Ya hemos visto lo que
esto supone.
[111] En P. Sbalchiero (ed.), o.c., pp. 768-769.
[112] De las córneas (N.
del E.).
[113] R. Laurentin y H. Joyeux,
Études médicales et scientifiques des apparitions (Estudios médicos y
científicos sobre las apariciones), François-Xavier de Guibert, París 1985.
[114] Que forma parte de las
catorce apariciones reconocidas oficialmente por la Iglesia católica.
[115] Lo mismo les ocurre a
los experimentadores, que no pueden vivir una ECM por voluntad propia, al igual
que los videntes, que tampoco pueden vivir una aparición por voluntad propia.
¡Se trata de un don!
[116] Su causa de
beatificación se bloqueó en Roma en 1960, probablemente a causa del exceso de
elementos «maravillosos» en su vida…
[117] ¡Que se le apareció a
un piloto de avión en el interior de la cabina en pleno vuelo!
[118] Cfr. P. Sbalchiero (ed.), o.c.
[119] Corazón carnal
traspasado, como el de Jesús con la lanza del centurión (término de la
fenomenología mística de origen latino, de transverberare, «atravesar»).
[120] Cuando la orden del
Carmelo cerró, este monasterio se convirtió en la Casa de San Miguel,
mantenida por los Padres de Bétharram.
[121] Una pequeña capilla que
todavía existe.
[122] Desgraciadamente, un
loco lo robó y luego lo tiró al río.
[123] También vio al beato
Luis Eduardo Cestac, que acababa de morir (el 27 de marzo de 1868).
[124] Sobre este tema, cfr.
VV.AA., Enquête sur les miracles (Estudio sobre los milagros),
Éditions du Jubilé, Montrouge 2015.
[125] Lourdes, des
miracles pour notre guérison, Presses de la Renaissance, París 2008
(traducción española: Los milagros de Lourdes. Curaciones, conversiones y
testimonios, Palabra, Madrid 2015).
[126] En mi libro Los
milagros de Lourdes. Curaciones, conversiones y testimonios, aporto
numerosos ejemplos de dichas transformaciones en las personas curadas de forma
milagrosa.
[127] En VV.AA., La Experiencia
Cercana a la Muerte. Primer encuentro internacional. Actas del Coloquio.
Martigues, 17 de junio de 2006, S17 Production Libre, Lyon 2007.
[128] Ibíd.
[129] Método del psicólogo
francés Émile Coué, basado en la autosugestión (N. del E.).
[130] En sus sueños, los
ciegos de nacimiento no ven, puesto que no pueden comprender lo que significa
ver.
[131] Fuente: (www.frmaniyangathealingministry.com/Content/viewcontent.aspx?linkid=15).
[132] Salmo 22 (21), 2.
(Salmo de los agonizantes en la liturgia judía).
[133] V. Hugo, A la madre del niño muerto.
[134] Benedicto XVI, Principes de la Théologie
catholique (Principios de la teología católica), p. 39.
[135] Cfr. Id, La foi chrétienne hier et aujourd’hui (La
fe cristiana ayer y hoy), pp. 207-227.
[136] J. M. Garrigues, À l’heure de notre mort.
Accueillir la vie éternelle, Éditions de l’Emmanuel, París 1999, p. 126
(traducción española: En la hora de nuestra muerte. Acoger la vida eterna,
Monte Carmelo, Burgos 2004).
[137] Ibíd., pp. 147-148.
[138] Autor de numerosos
libros sobre las ECM, como La divine connexion (La conexión divina),
Jardin des Livres, París 2002, y Le contact divin (El contacto divino),
Jardin des Livres, París 2005.
[139] Que ferons-nous au Paradis?
(¿Qué haremos en el Paraíso?), en «France Catholique» (junio de 2013).
[140] Como el Corán, que
prevé un paraíso que describe como un lugar de «una felicidad sin límites» (9,
22), con todos los placeres, visión prosaicamente material y no sobrenatural…
[141] CEC, n. 1023.
[142] Ibíd., n. 1026.
[143] Cfr. la comunidad
tecnológica de París: (www.tedxparis.com) y L.
Alexandre, La mort de la mort. Comment la technomédecine va
bouleverser l’humanité (La muerte de la muerte. Cómo va a revolucionar
la humanidad la tecnomedicina), Jean-Claude Lattès, París 2011.
[144] Sobre todo san José,
patrón de la buena muerte, sin olvidar el Rosario de la Divina Misericordia
que recibió santa Faustina del propio Cristo, que le dijo: «Las almas que recen
este rosario se verán envueltas en mi Misericordia durante su vida y sobre todo
en la hora de la muerte» (cfr. Santa Faustina
Kowalska, Diario. La Divina Misericordia en mi alma, Ediciones
Levántate, Granada 2003, n. 754).
[145] ¡Qué importantes son la
ternura y la oración de los que velan al moribundo!
[146] Vivo en Pau, por lo que
es fácil de entender lo unido que me siento a esta santa. Cuando se la conoce,
a uno no le queda más remedio que amarla.
[147] Que muy pocas veces se
dan en una sola persona…
[148] A. Brunot, Mariam, la petite arabe. Soeur Marie de
Jésus crucifié (Mariam, la pequeña árabe. Hermana María de Jesús
Crucificado), Salvator, París 1981.
[149] Antropología del
cuerpo, el alma y espíritu (N. del E.).
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