Patrick Theillier. Las ECM (2015) [vistas desde la Iglesia CATÓLICA]


EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE (2015)

Por PATRICK THEILLER

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Las ECM  vista por la Religión CATÓLICA

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IGUA por KOS d’ASTUIRES (2026)

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CONTENIDO

 

Dedicatoria - Pensamientos - Prólogo - Introducción

 

1.er Testimonio: «¡No hay que tener miedo a la muerte!»

 

¿Qué es una ECM? - Una ECM «clásica» - Las diferentes fases 1) La «descorporeización» 2) El cambio de estado del «cuerpo» 3) El paso por un «túnel» 4) El descubrimiento de otras «personas» 5) El encuentro con un «Ser de luz»  6) Un examen de la propia vida 7) El sentimiento de paz y tranquilidad  8) El regreso 9) Las repercusiones en la conducta vital - Las ECM aterradoras

 

2º testimonio: «¡El cielo existe!»

 

Historia y actualidad - Resumen histórico - ¿Y actualmente?

 

3.er testimonio: «El paraíso existe»

 

Un problema científico - Realidad científica de las ECM - Un desafío científico

 

4º testimonio: «La vida en un hilo»

 

Aproximación religiosa

 

5º testimonio: «¡He estado a las puertas del infierno!»

 

Aproximación antropológica - Aproximación filosófica: 1) Nuestro cuerpo cambia continuamente 2) El cuerpo no existe sin el alma 3) El alma es vital

4) El alma es la sede de la personalidad  5) El alma es espiritual 6) El hombre es alma vital y espiritual 7) El cuerpo es espiritual - Aproximación cristiana - Las ECM

 

6º testimonio: «¡Fusilado!»

 

Otros fenómenos extraordinarios - Lo sobrenatural extraordinario - Lo extraordinario cristiano: 1) Las apariciones 2) Manifestaciones místicas

3) Milagros

 

7º testimonio: «Un sacerdote que vio el infierno, el purgatorio y el cielo»

 

Conclusión - Epílogo: La garganta cortada - Para saber más… - Notas

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DEDICATORIA

Escribí este libro en compañía de Marian,
«la pequeña árabe», que fue canonizada
por el Papa Francisco el 15 de mayo de 2015,
justo cuando lo terminé. Se lo dedico a ella.

A mis padres, Marc y Liliane, y a mis suegros,
Paul y Colette, vivos al otro lado del velo…
A mis nietos, que están todos muy vivos
aquí y ahora, ¡gracias a Dios!
Jean-Baptiste, Élisabeth, Marie-Liesse,
François, Félicité, Pierre, Edmée, Albert,
Rémi, Philomène, Basile, Grégoire,
Madeleine, Bernadette, Armand, Joséphine,
Louis, Henri, Gabrielle, Geneviève, Aminthe,
Joseph, Marthe, Marie, Augustin, Étienne,
Jacques, los dos que todavía están
en el vientre de sus madres
y los que aún están por venir…

 PENSAMIENTOS

Sufría. Sufría sin que hubiera nada tangible que fuera la causa de aquel sufrimiento. Ciertas personas poseen el don de vivir sin interrogarse sobre quiénes son ni sobre el mundo que les rodea. Yo, en cambio, me sentía devorado por las preguntas y no había nada que pudiera equipararse a mi frustración, salvo mi sed de entender. En realidad, soñaba con el día en que lograra convencerme, tarea harto difícil, de que no había nacimiento sin muerte, ni muerte sin resurrección. Bajo esa doble condición, la vida tendría un sentido…- Gilbert Sinoué, La noche de Maritzburgo

 He frecuentado la muerte durante años y sin embargo nada sé de ella, salvo que me ha privado de aquellos a los que más amaba. ¿Me esperarán en algún lugar? Deseo creer que sí y no tengo miedo. Porque, si no hay nadie aguardándonos al otro lado del tiempo, si nadie nos recibe, no lo sabremos ni sufriremos por ello. Pero, si, por el contrario, nos reciben, sin duda esa será la fiesta más bella que puedan brindarnos. Con la esperanza de ese reencuentro, voy a prepararme para unas nupcias eternas. -  Christian Signol,


Todo el amor de nuestros padres

No, no he de morir, que viviré,
y contaré las obras de Yavé.
Sal 117, 17

«Yo te aseguro: hoy estarás
conmigo en el Paraíso».
Lc 23, 43

«Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, el único Dios…».
Jn 17, 3

«En verdad, en verdad os digo:
veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios
subir y bajar sobre el Hijo del hombre».
Jn 1, 51

¡No muero, entro en la vida!
Santa Teresa de Lisieux

 

Prólogo 

El doctor P. Theillier es un buen conocedor de la realidad sobrenatural.  Ha trabajado durante diez años en el Departamento de Constataciones Médicas del Santuario de Lourdes, relatando el carácter inexplicable de las curaciones obtenidas en dicho lugar y trabajando con médicos no creyentes sobre estos fenómenos. 

Dr. Patrick Theillier

En este trabajo explica lo que significan las curaciones y los milagros desde la perspectiva de la autoridad competente: se nos habla de lo que significa el amor de Dios en la vida de los hombres para fortalecer la fe del Pueblo de Dios y somete estas experiencias a la luz de la ciencia para determinar su objetividad científica, determinando desde las ciencias antropológicas su compatibilidad con la fe.

Ante lo inexplicable, la grandeza de la razón le conduce al camino de la fe. La fe, en este sentido, se entiende como la búsqueda insaciable de la verdad y sin la razón no se podría dar este proceso de búsqueda. San Juan Pablo II, en la encíclica Fides et Ratio, afirma: «La fe y la razón son como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad, Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él, para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo» (cfr. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2).

Una afirmación fundamental del Credo de la Iglesia es la fe en la resurrección y la vida eterna. No se puede decir ser cristiano y no profesarla, ya que la resurrección es la culminación de la obra redentora de Cristo. La apologética cristiana trata de mostrar las afirmaciones fundamentales de la fe cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) nos recuerda:

 «Que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día. Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad (cfr. Juan 6, 39-40; 1 Tesalonicenses 4, 14; 1 Corintios 6, 14; 2 Corintios 4, 14; Filipenses 3, 10-11)». «La resurrección de los muertos es la esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella (cfr. 1 Corintios 15, 12-20)». «Se impuso como una consecuencia específica de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. Es también Aquel que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia; esta esperanza fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo (cfr. 2 Macabeos 7, 9)». «La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él»[1].

 El hecho de la resurrección es anunciado por los apóstoles y da sentido a la existencia humana (cfr. Hch 2, 23-24; 4, 10). Dios no libró a su Hijo Jesús de la muerte, lo libró más allá de la muerte, proclamando con ello que Dios no tiene barreras, que la vida en plenitud es posible. Los apóstoles descubren la plenitud de vida a la que Dios nos invita, ya desde la tierra y que se manifiesta más allá de la muerte. Desde esta esperanza, el creyente es injertado en la misma misión de Jesús para que la vida triunfe sobre la muerte. En la participación en el camino de Jesús, esto es, en la comunión con Dios, la vida presente de un ser para la muerte se convierte en una existencia para la vida, una vida en plenitud, una vida eterna.

La muerte es un dato de experiencia cercana y el morir es un suceso cotidiano que inevitablemente acontece. En el libro del doctor Theillier se nos narran las experiencias de personas que afrontan el hecho de la muerte como algo que hay que asumir con la dignidad propia de la persona humana. 

«Nos podríamos preguntar si el hecho del morir supone una aniquilación; es decir, ¿que el ser desaparece en la nada, que esta vida presente es lo único que contamos y lo que tenemos? O ¿podría ser un efecto positivo de una acción de Dios? Esto último no sería creíble, porque Dios nos ha creado para la vida y, si Dios destruyese al hombre a quien ha creado como un valor absoluto, se estaría contradiciendo a Sí mismo.

Otra posibilidad que nos queda y pudiera darse es la acción aniquiladora del propio sujeto, y sería hablar de la “autoaniquilación”, como un acto ligado a la libertad y voluntad humana. Este razonamiento sería bien simple. El hombre es ontológicamente dependiente de Dios, de quien ha recibido el ser. El que opta por una vida sin Dios corta el flujo vital que le une a la fuente de vida, y da lugar a una especie de suicidio metafísico. Sin el sustento del ser, los seres son succionados por la nada. Estaríamos ante el resultado de la opción de independencia radical por la que el ser humano se sitúa al margen y contra el Dios de la vida, alcanzando por su propia voluntad la verdadera muerte: la desaparición ontológica. El ser humano, que ha recibido la vida como don: ¿puede disponer tan absolutamente de ella hasta el punto de podérsela quitar? A menos que pensemos que la gracia es algo “superfluo” para la vida humana, es difícil pensar que la apuesta creadora y salvífica de Dios por su criatura pueda ser anulada simplemente por la decisión de este, como si no estuviera aconteciendo nada a su naturaleza y destino humano. No parece que la posibilidad “aniquilación” sea una respuesta válida a la pregunta creyente por el más allá, ni una alternativa cristiana a la cuestión de la vida eterna, ni tan siquiera a la muerte eterna»[2].

 Para la persona humana, desde la experiencia de fe, la muerte es el paso definitivo a una realidad profundamente grabada en el corazón humano: el deseo de bien, de amor, de eternidad, de plenitud sin fin. La esperanza que suscita en los enfermos la peregrinación a Lourdes es expresión inequívoca de la respuesta que Dios, por medio de la Virgen María, concede a sus hijos, en quienes, más allá de las dificultades y limitaciones, el Amor y la Vida han derrotado definitivamente a la muerte. 

 + Mons. Mario Iceta. Obispo de Bilbao

  

Introducción

¿Quién no ha soñado alguna vez con visitar el más allá y regresar para fortalecer su esperanza e iluminar su existencia terrena? - Michel Aupetit

En este siglo, la sociedad occidental ya no quiere oír hablar de la muerte y elimina todo lo que tiene que ver con ella, incluso en el vocabulario: la propia palabra «muerte» se ha convertido en un tabú. Se habla de «desaparición» o de «final de la vida».

Sin embargo, por mucho que nos empeñemos, a pesar de los progresos de la medicina y de la longevidad humana, sabemos muy bien que seguimos siendo mortales y que no podemos dejar de plantearnos la pregunta que está escrita en el corazón de todos los hombres: ¿hay algo después de la muerte? ¿La muerte es verdaderamente el final de la vida? ¿La vida se acaba definitivamente con la muerte?

¿Cómo podemos saberlo? ¿Qué es lo que podría aclarárnoslo?

Los filósofos de la muerte no suelen ser muy convincentes y no saben enseñarnos a morir… Son las religiones, empezando por el cristianismo, las que proponen argumentos serios que permiten creer que la existencia terrena no se acaba con la muerte, que otra vida continúa, que nos encontraremos con aquellos a los que más amamos en esta vida. Sin embargo, hace falta tener fe… Por eso preferimos seguir refugiándonos en la idea de que nadie ha vuelto jamás de la muerte.

No obstante, creamos o no en el cielo, la cuestión nos atormenta: ¿acaso no tenemos siempre, en el fondo de nuestro ser, ese germen de esperanza que nos dice que la muerte no agota la vida? Y si, a pesar de todo, lo tenemos, ¿no sería eso una señal de que la Vida es más fuerte que la muerte? ¿No sería eso, para cada uno de nosotros, una gran noticia?

Pues bien, en cada época de la historia se producen señales que no podemos ignorar. En concreto, desde hace cuarenta años hay una fundamental: se trata de la señal de aquellos que, al parecer, pusieron un pie en el más allá y regresaron in extremis. ¿Podemos creerlos?

Sabemos que las señales surgen del conocimiento del corazón, que siempre es libre. Por tanto es necesario examinarlas en profundidad, que es lo que nos proponemos hacer aquí.

Esta señal procede de aquellas personas –corrientes, como tú y como yo–, declaradas en estado de muerte clínica, que cuentan que se encontraron en otro mundo, un mundo magnífico, que tuvieron que abandonar para volver a la tierra… A partir de entonces, declaran haber vivido una especie de renacimiento: ya no contemplan la existencia de la misma manera, su espiritualidad se ve reforzada, sitúan el amor por encima de todas las cosas, toman conciencia del carácter sagrado de la vida y consideran la muerte como algo que forma parte de ella. ¡Y ya no vuelven a tener miedo!

Es lo que en inglés se conoce como «NDE», o Near Death Experience, a partir de la aparición del libro del doctor Raymond Moody, publicado en 1975 y traducido a veintiséis idiomas, con el magnífico título: Life after life (La vida después de la vida)[3]. A él debemos la popularidad y el carácter mediático del fenómeno. Actualmente, las NDE se conocen como «ECM» o «Experiencias Cercanas a la Muerte».

Nosotros, que nunca hemos vivido nada parecido, ¿acaso no solemos pensar, de manera espontánea, que estos fenómenos son imaginarios, que son obra de insensatos con una mente frágil o con deseos de hacerse notar? Toda la problemática consiste en averiguar si verdaderamente somos capaces de creer en estas experiencias sorprendentes, que cuestionan la certeza de que nadie puede regresar de la muerte.

Debemos tener en cuenta, sin embargo, que estas manifestaciones extrañas –en las fronteras de la muerte– parecen haber existido siempre, y que se han manifestado a lo largo de la historia y en todas las civilizaciones. Es más, desde hace cuarenta años, gracias a los avances en la reanimación y a los modernos medios de comunicación, parecen ser cada vez más frecuentes y conocidas. Incluso podemos llegar a decir que la multitud de ECM auténticas, que han sido recopiladas y analizadas con distintos medios, así como la cantidad de obras, estudios, publicaciones y coloquios científicos que se les consagran, nos impiden dudar sobre su existencia en este siglo XXI[4]. ¡Pero todavía nos queda analizar lo que representan!

Por insólitas que parezcan, estas experiencias merecen, en efecto, que nos detengamos y nos tomemos la molestia de juzgarlas de manera objetiva, al igual que haríamos con otras manifestaciones en principio extrañas. Ese es el objetivo de este libro.

Por supuesto, no debemos ser ingenuos: si realizamos una búsqueda en internet, podemos encontrar todo tipo de historias sobre la vuelta a la vida, a menudo disparatadas, que nos llevan a pensar si no se trata de un nuevo filón del que algunos se están aprovechando, especialmente la confusa New Age. Los libros sobre el más allá llenan los estantes de las librerías y se sitúan en la sección: «Esoterismo y fenómenos paranormales»… En este mundo irracional, ha habido muchas personas que enseguida se han sumado a este fenómeno y que utilizan estos hechos sorprendentes para llevar el agua a su molino y hacernos creer lo que ellos quieren…

¿Debemos, sin embargo, dejar estos fenómenos en manos del mundo esotérico y encerrarnos únicamente en nuestra tradición, sin buscar más allá?

Reconozco que no es fácil abordar la realidad de estas manifestaciones tan complejas, en principio, aisladas, subjetivas, y muy a menudo ignoradas o mal analizadas, en esta ocasión en nombre de un racionalismo demasiado radical, tanto en el mundo científico clásico, todavía sumamente cientificista, como en el mundo religioso, ya sea demasiado conservador (incapaz de salirse de sus propios esquemas…) o demasiado progresista (tendente a encerrarse en las ideas científicamente correctas del mundo…).

Es innegable que, en su gran mayoría, los científicos rechazan estas manifestaciones, que consideran fruto –de una forma u otra– de un proceso cerebral. Sin embargo, por sorprendente que parezca, veremos que estos acontecimientos resisten los estudios críticos más serios y además cuestionan el dogma de la conciencia como un mero producto del cerebro.

Entre los católicos, que profesan la fe en la vida eterna de acuerdo con el Credo («Creo… en la resurrección de la carne y la vida eterna»), paradójicamente la tendencia general consiste en dudar también de estos fenómenos, que suelen considerarse prescindibles y difíciles de integrar. Es cierto que no son necesarios para la fe, ¿pero no podrían resultar de gran ayuda en nuestro mundo secularizado, en el que la realidad de las cosas invisibles plantea tantos problemas? Y más ahora, cuando muchos cristianos ya no se sienten arraigados en la certidumbre de que existe una vida después de la muerte y solo la ven como una vaga posibilidad[5]

Este libro tiene como único objetivo comprender, de la manera más objetiva posible, las Experiencias Cercanas a la Muerte, de acuerdo con la ciencia y la fe (la fe católica, la única que conozco en profundidad[6]).

Por tanto, me gustaría consolar tanto a los creyentes como a los no creyentes –todos lo necesitamos– en la esperanza de que la muerte no tiene ni mucho menos la última palabra.

Comenzaré exponiendo los hechos a partir de varios escritos y testimonios de aquellos que los han vivido. A continuación los examinaremos a la luz de la ciencia y de la religión cristiana, reflexionando sobre lo que estos aportan tanto a la razón como a la fe, convencido como estoy de que no hay ningún tipo de oposición entre ambas. Este tema es un buen ejemplo de ello.

Quiero dejar claro que yo nunca he vivido un fenómeno parecido. Por tanto es justo preguntarme: ¿qué legitimidad tengo para hablar de ello? He querido profundizar en este tema tanto como médico como católico, pues contribuye precisamente al diálogo cada vez más necesario entre razón y fe, algo que ya he intentado hacer en mis otros libros.

Debo confesar que, cuando era joven, me impresionó mucho el libro del doctor Moody. En él descubrí por fin a un colega que se atrevía a salirse del consenso que adoptó el mundo de la medicina respecto a estos temas: que ante ellos solo cabía hablar de algo «psicosomático». Esto orientó mi práctica hacia una «medicina de la persona», en el sentido más profundo del término, y me llevó, cuando terminé la carrera, a ejercer como médico responsable del Departamento de Constataciones Médicas de Lourdes, con el objetivo de verificar los testimonios de curaciones que podían ser de origen milagroso.

He encontrado numerosas similitudes entre estas experiencias cercanas a la muerte y otros fenómenos extraordinarios, como las curaciones milagrosas, las apariciones marianas o las experiencias de ciertos místicos (en algunos casos reconocidas por la Iglesia católica después de largos y profundos estudios). He dedicado un capítulo a ese tema. Dentro de esa misma perspectiva, también he intercalado en los capítulos pasajes de las Escrituras, que en ocasiones se corresponden de manera asombrosa con los hechos, y he añadido reflexiones o vivencias muy diversas que sirven para ilustrar el tema.

Que cada uno saque su propia conclusión.

Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza.  (1 Ts 4, 13-14)

   

1.er testimonio:
«¡No hay que tener miedo

a la muerte!»

 

Este es el relato de un testimonio
recogido en Lourdes. Advirtamos
que la curación se produce
al mismo tiempo que la ECM,
algo que no es infrecuente
(cfr. Capítulo 7).

Michel Durand nació en 1933 y es el mayor de once hermanos. Casado y padre de dos hijos, es un hombre con los pies en la tierra, muy comprometido con diversas asociaciones y teniente de alcalde de su municipio.

En 2003 sufrió de pronto una crisis aguda de colecistitis (una grave inflamación de la vesícula biliar), lo que le provocó una perforación en el conducto colédoco y en el intestino, una septicemia y una infección en la base de los pulmones. Una pancreatitis terminó de agravar su estado. En definitiva, solo podía esperarse lo peor. Era necesaria una intervención urgente de alto riesgo.

En un momento dado sufrió un paro cardiaco: estaba clínicamente muerto. En aquel entonces, su sobrino más joven, dominico, hijo de su hermana más pequeña, la número once de la familia, se encontraba en Lourdes rezando por su tío. Concretamente iba a las piscinas a bañarse por él. Sorprendentemente, el equipo de reanimación consiguió poner en marcha su corazón y, a partir del día siguiente, el enfermo pudo levantarse y su estado de salud empezó a mejorar rápidamente. Cuatro semanas después pudo regresar a su domicilio. Cuando volvió a encontrarse con su cirujano siete semanas después, este le recibió exclamando: «¡Aquí tenemos al hombre que se salvó por un milagro!».

La historia me la contó primero el sobrino, el 6 de octubre de 2004, durante la peregrinación del Rosario de Lourdes, cuando yo era el médico responsable del Departamento de Constataciones Médicas. Me encontré con su tío el día 8 de ese mismo mes y, más tarde, volví a verlo en octubre de 2006. Muy tranquilo, me dijo que prefería no atribuirlo a un milagro y que, al fin y al cabo, los médicos habían hecho bien su trabajo, lo cual era cierto. Sin embargo, finalmente reconoció: «Esta curación me la concedió la Virgen. Y para mí, que le tengo una gran devoción, es una gracia muy grande». Más tarde, mientras seguíamos hablando, se decidió por fin a contarme la experiencia de «muerte clínica» que había vivido:

 En un momento dado se abrió una puerta y vi una poderosa luz blanca ante mí. En mi caso no había ningún túnel. Estaba solo en un espacio claro, tranquilo, relajante, indescriptible. Me dirigía a un lugar formidable, maravilloso. ¿Cuánto tiempo duró aquello? No lo sé. Ya no existía el tiempo. En cualquier caso, era algo muy agradable. Una especie de felicidad, de bienestar, de plenitud. Todo era bello, todo estaba en calma. ¡Me resulta imposible describir lo bien que me sentí! Me encontraba en una perfecta beatitud. ¡Lo peor fue cuando tuve que volver a la triste realidad, otra vez entubado por todas partes!

 Todo esto te lleva a pensar. Después, estuve mucho tiempo hablando de ello. Soy consciente de que estuve en un momento crítico: mi cuerpo se encontraba en otra parte. Más tarde me dije que debía dar testimonio de aquella curación inexplicable a aquellos que quisieran escucharme. Decirles que verdaderamente hay algo después. Ya no vuelves a ver el final en la tierra de la misma manera. Relativizas y dejas de ver la vida desde la misma perspectiva. Te sientes feliz de haberla vivido. Te entran ganas de dar las gracias. Ganas de rezar con un espíritu de alabanza, de agradecimiento, no de pedir.

Ya no vuelves a estar deprimido. Si eso es la muerte, entonces no hay que tenerle miedo. El día que se presente, ya no la veré como un fin en sí misma. Tengo la impresión de haberla vivido ya, tal vez para dar testimonio de ella a los que me rodean.

* * *

Un cuento

 

Dos gemelos en el vientre de su madre…

 —Oye, ¿tú crees que vamos a quedarnos aquí mucho tiempo?

—Nos quedaremos aquí para siempre, eso está claro. ¡Aquí se está muy a gusto!

—No sé. Yo tengo la impresión de que después hay otra cosa.

—¿Otra cosa?

—Sí, otra vida. Yo creo que estamos aquí para fortalecernos y prepararnos para lo que nos espera.

—Eso no tiene sentido. No hay un después. Lo que dices es una estupidez. ¿Por qué va a haber otra cosa? Yo no me imagino una vida más allá del vientre.

—Pues hay un montón de historias sobre «el otro lado». Dicen que «allí» hay mucha luz, que hay muchas alegrías y emociones, muchas cosas por vivir… Dicen, por ejemplo, que «allí» se come con la boca.

—¡Menuda tontería! Ya tenemos el cordón umbilical para alimentarnos. ¡Todo el mundo lo sabe! ¡Nadie se alimenta por la boca! Además, nadie ha vuelto jamás de esa «otra vida» en la que tú crees. Todo eso son cuentos. La vida se termina con el parto. Es así. No queda más remedio que aceptarlo.

—Perdona, pero no estoy de acuerdo. Desde luego, no sé cómo será exactamente la vida después del parto y no puedo probarlo. Pero sí que creo en la vida que viene después: veremos a nuestra mamá y ella nos querrá y nos cuidará.

—«¿Mamá?». ¿Me estás diciendo que crees en «mamá»? ¡Ja! ¿Y dónde está?

—En todas partes, ¿no te das cuenta? Está ahí fuera, en todas partes, a nuestro alrededor. Estamos hechos de ella y gracias a ella existimos. Sin ella no estaríamos aquí.

—¡Eso es absurdo! Jamás he visto a ninguna «mamá». ¡No existe!

—No estoy de acuerdo. Esa es solo tu opinión. Porque a veces, cuando todo está en calma, puedes oírla cantar… Puedes sentirla cuando acaricia nuestro mundo… Estoy seguro de que nuestra verdadera vida empezará después del parto.


¿Qué es una ECM?

Eliminad lo sobrenatural y solo os quedará lo antinatural. -  G. K. Chesterton

Una ECM «clásica»

Cada ECM es única, personal y, aun así, todas presentan similitudes sorprendentes. En este libro se muestran numerosos ejemplos. No obstante, me parece útil retomar la primera versión, que ofreció el doctor Raymond Moody en su primer libro, en el que se recogían 150 testimonios:

 Un hombre se está muriendo y, cuando llega al momento de mayor agotamiento o dolor físico, oye que su médico lo declara muerto (…). Siente que se traslada rápidamente por un túnel largo y oscuro. A continuación, se encuentra de repente fuera de su cuerpo físico, pero todavía en su entorno inmediato, y contempla su cuerpo desde fuera, como un espectador (…). Al rato se sosiega y empieza a acostumbrarse a su extraña condición. Se da cuenta de que sigue teniendo un «cuerpo», aunque este es de naturaleza diferente y tiene unos poderes distintos a los del cuerpo físico que ha dejado atrás. Enseguida empieza a ocurrir algo. Otros vienen a recibirlo y a ayudarle. Ve los espíritus de parientes y amigos ya fallecidos y aparece ante él un espíritu amoroso y cordial que nunca antes había visto –un ser luminoso–. Este ser, sin utilizar el lenguaje, le pide que evalúe su vida (…). En determinado momento se aproxima a una especie de barrera o frontera, que parece representar el límite entre la vida terrena y la otra. Descubre que debe regresar a la tierra, que el momento de su muerte aún no ha llegado. Se resiste, pues ha empezado a acostumbrarse a las experiencias de la otra vida y no quiere regresar (…). Más tarde trata de hablar de su experiencia con los que le rodean, pero le resulta problemático hacerlo, ya que no encuentra palabras humanas adecuadas para describir esos episodios sobrenaturales (…). No obstante, esta experiencia afecta profundamente su existencia, sobre todo sus ideas sobre la muerte y su relación con la vida[7].

 Las ECM no son fenómenos raros o aislados. En Estados Unidos, según Kenneth Ring, hay cerca de 8 millones de personas que dicen haber vivido este tipo de experiencias (un 30 por ciento de personas que han rozado la muerte)[8]: no se trata, por tanto, de un hecho excepcional. De hecho, se ha inventado un neologismo para designar a estas personas, tomado directamente del inglés (experiencer), o traducido: «experimentador».

En 1998 Jeffrey Long, que se califica a sí mismo como un «hombre de ciencia», crea la Near-Death Experience Research Fondation (Fundación para la Investigación de las Experiencias Cercanas a la Muerte) y una página web[9] para recopilar el mayor número posible de testimonios a partir de un formulario detallado con unas cien preguntas. Más de 1.300 personas contestaron el formulario durante los diez primeros años, de todas las partes del mundo y de todas las creencias y razas. Como dice J. Long en el libro que publicó sobre el tema:

 Su deseo de dar testimonio dice mucho sobre el impacto que puede tener una ECM en la vida de una persona. Los participantes describieron su ECM de distintas formas, calificándola de «indecible», «inefable», «inolvidable» e «indescriptible». Más del 95 por ciento la percibió como algo «completamente real» y el resto la consideró «probablemente real». Nadie la calificó de «totalmente irreal». Algunos la describieron como lo mejor que les había pasado en la vida[10].

 Según los estudios epidemiológicos, los testimonios de ECM serían más frecuentes en el caso de las personas menores de 60 años. Pero las ECM también se dan en niños, algunos de menos de cuatro años (cfr. el 2.º testimonio): estos no saben qué es la muerte ni están condicionados desde el punto de vista cultural ni religioso; y, ciertamente, nunca han oído hablar de una ECM. ¡Y, aunque hubieran oído hablar, tampoco la entenderían!

Se han descrito numerosas circunstancias en las que se han producido ECM, entre ellas, paro cardiaco (muerte clínica), choque hemorrágico, traumatismo cerebral o hemorragia intracerebral, ahogamiento o asfixia. Pueden producirse experiencias similares en el caso de patologías graves que no suponen una amenaza inmediata para la vida, en la fase terminal de una enfermedad, durante un episodio crucial de la existencia (por ejemplo, cuando un paciente escucha que le han declarado muerto), o cuando la persona tiene la impresión de encontrarse en una situación peligrosa (por ejemplo, justo antes de un accidente de coche o escalando una montaña): se las suele llamar las «visiones de los moribundos».

Solo entre un 20 y un 30 por ciento de las personas que están al borde de la muerte tienen una ECM. Es imposible predecir quién puede ser susceptible de vivir una ECM al acercarse a la muerte: no hay forma de saberlo con antelación. Por otro lado, estas experiencias pueden vivirlas personas muy diferentes. Dicen haberlas experimentado niños, personas mayores, científicos, médicos o religiosos. Tampoco se dan más entre los creyentes que entre los ateos.

Debemos señalar que no se puede vivir una ECM voluntariamente ni inducirla de manera experimental en un paciente, ni desde el punto de vista físico ni ético. También hay que mencionar que actualmente se conocen experiencias similares a las ECM, que han manifestado personas que no estaban a las puertas de la muerte ni gravemente enfermas. Raymond Moody habla también de «experiencias de muerte compartida» o de «ECM empáticas», que se manifiestan en el momento de la muerte de una persona cercana. Algunas personas viven una ECM en un momento de extrema angustia por la muerte, como en el caso de Marino Restrepo, prisionero de las FARC en Colombia, cuya vida quedó completamente transformada por dicha experiencia[11].

En realidad se trata de experiencias cercanas a las experiencias carismáticas o místicas, en las que uno se encuentra en un estado límite. Pero, aunque sean parecidas, no conviene confundirlas.

Las diferentes fases

Vamos a analizar las diferentes fases –posibles, aunque no obligatorias y no necesariamente en este orden–, que volveremos a retomar en cualquier momento para aclarar ciertos aspectos, tanto en el plano científico como en el religioso.

Yo he registrado nueve[12]:

1.      La «descorporeización» o salida del cuerpo.

2.      El cambio de estado del «cuerpo».

3.      El paso por un «túnel».

4.      El contacto con otras «personas espirituales».

5.      El encuentro con un «ser de luz».

6.      Un examen de la propia vida.

7.      El sentimiento de paz y tranquilidad.

8.      El regreso.

9.      Las repercusiones en la conducta vital.

Para ilustrar este capítulo, para cada fase retomaré algunos fragmentos de un libro publicado en 1992 que guardo como un tesoro en mi biblioteca. Se llama He visto la luz[13]. Su autora, Betty J. Eadie, de madre india y de padre de raíces irlandesas y escocesas, sufrió todos los dramas de una infancia rota: divorcio de los padres, estancia en un orfelinato, separación de sus hermanos y hermanas, fracaso de un primer matrimonio… Casada en segundas nupcias con Joe, con el que tuvo ocho hijos, se quedó viuda en 2011. Tiene quince nietos y siete bisnietos.

Recibió una educación católica desafortunada y terriblemente estricta. Después se convirtió a la Iglesia de los Santos de los Últimos Días (los mormones), donde después de su ECM asumió responsabilidades.

«Muerta» el 18 de noviembre de 1973 a los treinta y un años, a consecuencia de una intervención quirúrgica (extirpación parcial del útero, que le provocó una hemorragia cataclísmica), y después vuelta a la vida, Betty ofreció de su aventura en el más allá un relato extremadamente detallado y particularmente interesante. Necesitó diecinueve años y muchos ánimos (que recibió en las numerosas conferencias que dio sobre el tema) para escribir su libro. No todo lo que escribió debe tomarse al pie de la letra puesto que, con el tiempo, hay mucha tendencia a embellecer e idealizar los momentos agradables que hemos vivido en el pasado[14]. Pero no se puede dudar de su testimonio. ¡Es evidente que no se lo inventó! Solo voy a retomar lo que se corresponde a las diferentes fases.

Por otro lado, me ha parecido interesante relacionar las diferentes etapas con distintos pasajes de las Escrituras, así como con otras señales.

1) La «descorporeización»

La descorporeización, que los anglosajones llaman Out of body experience (OBE) (salida del cuerpo), es la experiencia –subjetiva– del ser humano de salir de su propio cuerpo. Suele constituir la primera etapa de las ECM (aproximadamente en el 45 por ciento de los casos). Los testimonios coinciden: la mayoría de las veces, la persona suele encontrarse en el techo de la sala de reanimación, desde donde observa, con la más absoluta serenidad, a los médicos y a las enfermeras atareados en torno a su cuerpo, cambiando las bolsas de suero y ocupándose de diversas tareas. Más tarde pueden verificar la exactitud de los comportamientos y las palabras percibidas.

Veamos cómo lo cuenta Betty en el capítulo 4 de su libro:

 Oí un leve zumbido en la cabeza y me hundí cada vez más, hasta que sentí mi cuerpo inmóvil y sin vida. Luego, una oleada de energía me recorrió. Era como si experimentara una descarga o un desprendimiento en mi interior. De pronto mi alma salió del pecho y se elevó hacia lo alto, como atraída por un enorme imán. Mi primera impresión fue de libertad. No había nada antinatural en la experiencia. Me encontraba encima de la cama, suspendida cerca del techo. La sensación de libertad no tenía límites y parecía como si siempre hubiera estado así. Giré y vi un cuerpo que yacía sobre la cama. Sentí curiosidad por saber quién era e, inmediatamente, empecé a descender hacia él. Debido a mi experiencia como enfermera, estaba familiarizada con el aspecto de los cuerpos muertos y, al acercarme a su rostro, enseguida me di cuenta de que estaba sin vida. ¡Luego supe que era el mío! Aquel cuerpo sobre la cama era el mío. No me sorprendí, ni me asusté; solo sentí cierta simpatía por él. Parecía más joven y bello de lo que recordaba y ahora estaba inerte. Era como si me hubiese quitado una prenda usada y la hubiese abandonado para siempre: una decisión equivocada, porque todavía tenía buen aspecto. Hasta entonces nunca me había contemplado en tres dimensiones. Solo me había mirado en espejos y superficies planas. Pero los ojos del alma ven más dimensiones que los ojos del cuerpo mortal. Contemplé mi cuerpo desde todos los ángulos a la vez: por delante, por detrás y por los lados. Vi aspectos de mis facciones hasta entonces desconocidos (…). Tal vez por eso no me reconocí en un principio[15].

 El doctor Jeffrey Long señala:

 Hemos recibido numerosas ECM en las que la conciencia sale del cuerpo y se aleja de él. Por ejemplo, un paciente sufre un paro cardiaco y su conciencia abandona el quirófano y viaja a la cafetería, donde se encuentra con su familia. Puede ver y escuchar su conversación. Y más tarde se verifica todo; todo lo que ha dicho es exacto. Es extraordinario, pero tenemos numerosos ejemplos así. Y casi nunca se trata de algo impreciso. Me sorprendería mucho que tuviéramos a alguien que hubiera manifestado observaciones falsas. El escaso porcentaje de observaciones inexactas se refieren a un detalle o dos. Las observaciones realizadas fuera del cuerpo, la realidad de lo que ven estas personas cuando están inconscientes, en estado de muerte clínica, y la realidad de lo que ven cuando están alejadas de su cuerpo, son una de las pruebas más poderosas que tenemos de la autenticidad de las ECM[16].

La ciencia clásica ni siquiera logra imaginar un hecho parecido. En lo que se refiere a la teología, lo abordaremos desde el punto de vista antropológico, citando el capítulo 12 de la segunda carta a los corintios:

 Sé de un hombre en Cristo, el cual hace catorce años –si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe– fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este hombre –en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe– fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables…  (2 Co 12, 2-4)

2) El cambio de estado del «cuerpo»

La conciencia y la lucidez se refuerzan con emociones o sentimientos intensos y generalmente positivos.

 Mi cuerpo actual era ingrávido y extremadamente móvil, y aquel estado tan distinto me fascinaba. A pesar de que unos momentos antes aún sentía el dolor de la operación, ahora no experimentaba incomodidad alguna. ¡Me encontraba perfectamente! Y pensé: «Así es como soy en realidad»[17].

 En ese momento, Betty se acuerda de su familia y se da cuenta de que puede abandonar su habitación atravesando las paredes, ser propulsada, según ella, «a una velocidad sorprendente», observar a su familia sin que se den cuenta y volver en un instante a su habitación del hospital. «Vi mi cuerpo que todavía yacía en la cama, a unos setenta y cinco centímetros por debajo de mí y ligeramente ladeado hacia la izquierda (…)».

El experimentador, por tanto, ya no tiene un cuerpo material y opaco, pero aun así sigue teniendo un cuerpo. ¿Cómo llamarlo? ¿Cuerpo «místico», cuerpo «espiritual», cuerpo «glorioso»?

En el mundo esotérico se habla de «cuerpo sutil» o de «cuerpo astral», intermediario entre el cuerpo físico y el espíritu, de naturaleza energética, ondulante, capaz de liberarse del cuerpo físico, de viajar –se habla de «viaje astral»– y de entrar en contacto con otras «entidades».

En cualquier caso, lo que está claro es que la ciencia clásica no está abierta en absoluto a este tipo de fenómenos. ¿Podría la física cuántica plantearse esta posibilidad?

 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos.  (Jn 20, 19)

3) El paso por un «túnel»

Consiste (en un tercio de los casos) en el paso a gran velocidad por un túnel, que conduce a un territorio desconocido del que solo se sabe que «no es terrestre», puesto que no se parece a nada conocido sobre la tierra.

El cuadro de El Bosco llamado Ascensión al Empíreo es un bello ejemplo. Aquellos que lo han vivido declaran: «¡Es exactamente así!».

Normalmente (aproximadamente, en dos tercios de los casos), al final del túnel brilla una luz blanca, seductora, tan resplandeciente «como un millón de soles», pero en absoluto cegadora. Retomemos el testimonio de Betty (capítulo 5: «El túnel»):

 Betty cuenta que se halló «en presencia de una energía inmensa» y que, aunque dicha energía era terrible, se sintió «invadida por una sensación placentera, casi hipnótica».

Se estaba produciendo un proceso de curación: «Aquel torbellino estaba lleno de amor, y yo me hundí en la profundidad de su negrura y su calor y gocé de su paz y su seguridad. Pensé: “Debe de ser aquí donde se encuentra el valle de la sombra de la muerte”. Jamás había sentido tal serenidad».

 Las personas se encuentran en un lugar en el que el espacio y el tiempo son diferentes. Se tiene la impresión de entrar en otro mundo, de tener acceso a un conocimiento especial del universo, de descubrir reinos celestes, espirituales.

 Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos. -  (Ap 22, 5)

4) El descubrimiento de otras «personas»

Las personas que viven una ECM declaran haberse encontrado con seres queridos, fallecidos antes que ellos, casi siempre parientes cercanos, que conocían o que no conocían de antes, o con figuras espirituales. ¿Debería hablarse de «personas», de «seres místicos» o de «espíritus»? En cualquier caso, no se trata de simples espíritus: resultan reconocibles, hablan, etc. Todos los testimonios coinciden.

 En aquel lugar vi a personas que sabía muertas. Nadie pronunció una palabra, pero era como si supiera lo que estaban pensando al mismo tiempo que ellas. Sabía que conocían todos mis pensamientos. Sentía una paz que desafiaba todo entendimiento. Se trataba de un sentimiento maravilloso. Estaba en plena euforia y tenía la impresión de ser una con todo lo que me rodeaba[18].

 Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.  - (Lc 16, 22-23)

5) El encuentro con un «Ser de luz»

El encuentro con un Ser de luz del que emana un amor infinito, incondicional, es una experiencia inefable. Se repiten sin cesar las mismas expresiones:

 Imaginad una luz hecha de una absoluta comprensión y de un perfecto amor; el amor que emanaba de la luz era inimaginable, indescriptible.

 Fabienne, una mujer de cincuenta años que sufrió un coma diabético con doce años y a la que dieron por muerta, puesto que llegaron a enviar su cuerpo al depósito, no ha olvidado jamás esta experiencia y afirma:

 Me encontré con una Luz que no era nada más que Amor.

 Un joven soldado americano, George Ritchie, presa de la fiebre durante un entrenamiento demasiado intenso y dado por muerto, cuenta su descubrimiento de la fuente luminosa[19]:

 Era Él. Era demasiado brillante para mirarlo de frente. Entonces vi que no se trataba de una luz, sino de un Hombre que había entrado en la habitación o, mejor dicho, de un Hombre hecho de luz… Me incorporé y, mientras me levantaba, tuve una absoluta certeza: «Estás en presencia del Hijo de Dios (…)». Y por encima de todo, con la misma y misteriosa certeza interior, supe que aquel Hombre me amaba. Más que poder, lo que emanaba de su presencia era un amor incondicional. Un amor asombroso. Un amor que iba más allá de mis sueños más insensatos…

 Este encuentro con el Ser de luz es lo que parece transformar por completo a las personas que viven esta experiencia.

Es cierto que podría tratarse de un ángel, pero la mayoría de los testimonios coinciden en que en realidad se trata de una presencia divina. El doctor Moody ofrece un gran número de testimonios sobre la luz en sus dos obras:

 Lo característico es que, en su primera aparición, la luz es débil, pero rápidamente se va haciendo más brillante, hasta que alcanza un resplandor sobrenatural (…). A pesar de la inusual manifestación de luz –prosigue el doctor Moody–, nadie parece dudar de que se trata de un ser, un ser luminoso. Todos afirman que es un ser personal, que tiene una personalidad bien definida. El amor y la calidez que emanan de él hacia el moribundo no pueden expresarse con palabras[20].

 Un testimonio recogido en su libro señala:

 Trataba de llegar a aquella luz, pues sentía que era Cristo. No era una experiencia aterradora. Al contrario, resultaba hasta cierto punto agradable. Enseguida relacioné la luz con Cristo, quien dijo: «Yo soy la luz del mundo». Me dije a mí misma: «Si es así, si voy a morir, ya sé lo que me espera al morir: esa luz».

 En otro de sus libros, Más allá la luz[21], un experimentador explica lo siguiente:

 Me quedé en la Luz largo rato. Sentía que todos los seres que estaban allí me amaban. Todo el mundo era feliz. Me di cuenta de que la luz era Dios.

 En lo que se refiere a Betty, esto es lo que cuenta en el capítulo 6, llamado «En brazos de la luz»:

 Vi un puntito de luz en la distancia. La masa negra que me rodeaba empezó a adquirir la forma de un túnel. Yo lo atravesaba a una velocidad aún mayor y me precipitaba hacia la luz. Me sentía instintivamente atraída hacia ella (…). Al acercarme percibí en su centro la figura de un hombre de pie, que irradiaba luz a su alrededor. A menor distancia, la luz se hizo más brillante –con un brillo ajeno a toda descripción; más brillante que el sol– y supe que los ojos humanos no podrían contemplar aquella luz sin abrasarse. Solo los ojos espirituales eran capaces de soportarla y apreciarla. A medida que me aproximaba a ella, comencé a adoptar una posición erguida. Vi que la luz de su entorno inmediato era dorada, como si su cuerpo entero tuviera un halo dorado a su alrededor, y podía discernir que el halo dorado brillaba en todas las direcciones y se abría en una magnífica y resplandeciente blancura que se extendía a bastante distancia. Sentí que su luz se fundía literalmente con la mía y que mi luz era atraída por la suya. Era como si hubiese dos lámparas en una habitación, ambas encendidas, y su luz se fundiera en una. Resultaba difícil distinguir dónde terminaba una y dónde empezaba la otra. Sencillamente eran una. Aunque su luz era mucho más brillante que la mía, yo sabía que también mi luz nos iluminaba. Cuando nuestras luces se fundieron, sentí como si me hubiese unido a su semblante y experimenté una inmensa explosión de amor. Era el amor más incondicional que había sentido nunca y, al verle abrir los brazos para recibirme, me dirigí a él y recibí un gran abrazo. Repetía una y otra vez: «Estoy en casa. Estoy en casa. Por fin estoy en casa». Sentí su espíritu infinito y supe que siempre había formado parte de Él, que en realidad nunca me había alejado de Él (…). No cabía duda de quién era. Era mi Salvador, mi amigo y mi Dios. Era Jesucristo, que me había amado siempre, incluso cuando creía que me odiaba. Era la misma Vida, el mismísimo Amor, y su Amor me llenaba de alegría hasta desbordarme.

 Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.- (Mt 17, 1-2)

6) Un examen de la propia vida[22]

Generalmente, consiste en que el moribundo contempla la película de su vida (o fragmentos de su existencia), que pasa ante él en un instante. El Ser de luz parece saberlo todo sobre él y normalmente le formula la siguiente pregunta: «¿Qué has hecho con tu vida?». Y lo hace con mucha ternura, sin censuras ni reproches pero, al mismo tiempo, con toda la exigencia del amor.

La propia Fabienne, «fallecida» a los doce años, sostiene que hizo un examen sobre todos los actos de su corta existencia, y que sintió alegría y tristeza por las personas con las que vivió y se interrelacionó. Betty habla del momento en el que se encuentra con el Ser de luz, al que ella considera su Señor:

 Sabía que Él conocía todas mis faltas y pecados, pero que, en aquel momento, todo eso carecía de importancia. Él solo quería abrazarme y compartir su amor conmigo, al igual que yo quería compartir mi amor con Él.

 En el superventas de Moody se dice:

 Cuando apareció el Ser de luz, lo primero que me dijo fue: «Muéstrame qué has hecho con tu vida», o algo parecido. En ese momento comenzaron las visiones del pasado (…). No estaba tratando de informarse de lo que había hecho –lo sabía perfectamente–, sino que elegía determinados momentos de mi vida y los ponía ante mí para recordármelos. Durante todo aquel tiempo, no perdió ocasión de subrayar la importancia del amor (…). Otra de las cosas que le interesaba mucho era el conocimiento (…). Me dijo que es una necesidad permanente, por lo que tuve la sensación de que este debe continuar después de la muerte. Yo creo que su objetivo al hacerme ver aquellas escenas era enseñarme.

 En un libro de Kenneth Ring se explica lo siguiente[23]:

 Al instante, mi vida entera quedó al desnudo y se abrió a aquella Presencia maravillosa, «Dios». Sentí su perdón por todo lo que me avergonzaba en mi vida, como si todo aquello careciera de importancia. Me preguntó –aunque no intercambiamos una sola palabra; se trataba de una comunicación directa, mental, instantánea– «qué había hecho para ayudar y hacer progresar la especie humana». Al mismo tiempo, toda mi vida se presentó al instante ante mí y él me enseñó y me hizo entender qué era lo importante. No quiero ir más allá, pero creedme cuando digo que todo lo que yo consideraba poco importante fue lo que me salvó; lo que creía importante carecía de valor.

Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie; y, si juzgo, mi juicio es verdadero. - (Jn 8, 15-16)

7) El sentimiento de paz y tranquilidad

Se trata de algo profundo, que supera cualquier experiencia que pueda existir en la vida cotidiana, con una conciencia y una lucidez intensificadas.

 Sin saber cómo, me invadió una paz inesperada. Me encontré flotando encima de mi cama y debajo vi mi cuerpo inconsciente. Apenas tuve tiempo de darme cuenta de la extrañeza de la situación –que estaba fuera de mi cuerpo–. Enseguida se me unió un ser radiante, bañado de una luz blanca y brillante. Al igual que yo, aquel ser volaba, pero no tenía alas. Sentí un temor reverencial cuando me volví hacia él; no se trataba de un ángel común ni de un espíritu, pero me lo habían enviado para liberarme. De aquel ser emanaban tanto amor y tanta bondad, que sentí que estaba en presencia del Mesías[24].

 Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. - (Jn 14, 27)

8) El regreso

Puede ser voluntario o involuntario, pero siempre es difícil. Las personas dudan a la hora de volver «a la tierra», ¡porque se está tan bien donde están! Después de esta experiencia, generalmente descrita como maravillosa y luminosa, ¡el regreso al «mundo de los vivos» se acepta a regañadientes!

 Vi a Cristo, pero la luz que surgía de Él era tan brillante que en circunstancias normales me habría cegado. Tenía la impresión de que quería quedarme allí para siempre, pero alguien, que debía de ser mi ángel de la guarda, me dijo: «Debes regresar al lugar de donde viniste, porque todavía no te ha llegado la hora». A continuación sentí una especie de vibración y me encontré otra vez donde estaba[25].

 Betty cuenta en el capítulo 18, titulado «Mi regreso»:

 No hubo lugar para el adiós; sencillamente me encontré de nuevo en la habitación del hospital. La puerta seguía abierta, la luz estaba encendida en el lavabo y mi cuerpo yacía bajo las mantas (…). Sufrí una serie de convulsiones, como si me atravesara una corriente eléctrica. Sentí de nuevo el dolor y el malestar de mi cuerpo y me inundó un profundo sentimiento de tristeza. Después de haber gozado la libertad espiritual, volvía a ser prisionera de la carne.

 Betty explica muy bien las dificultades que sufren los experimentadores a la hora de hablar de las ECM:

 En las horas siguientes, los médicos y las enfermeras estuvieron entrando y saliendo de la habitación continuamente para comprobar mi estado. Estaban mucho más pendientes de mí que la noche anterior, pero ni Joe ni yo les contamos nada de mi experiencia. A la mañana siguiente, uno de los médicos me dijo: «Anoche lo pasaste muy mal. Me gustaría saber qué sentiste». Fui incapaz de desvelarle la verdad, así que le dije que había sufrido unas terribles pesadillas. Advertí que me resultaba difícil hablar de mi viaje al más allá y enseguida me di cuenta de que no quería compartirlo ni siquiera con Joe. Parecía como si las palabras desvirtuasen mi vivencia. Aquella experiencia era sagrada. Unas semanas después, les conté algo más a Joe y a mis hijos mayores. No dudaron en apoyarme y disiparon mi temor ante la idea de explicar lo sucedido a mi familia. La vida me ofreció numerosas ocasiones de aprender y progresar. De hecho, los años siguientes fueron los más difíciles de mi vida.

 En el capítulo 19, titulado «Mi recuperación», Betty explica:

 Me sumí en una profunda depresión. No podía olvidar las escenas de belleza y de paz del mundo espiritual y solo pensaba en volver. La vida seguía su curso, pero yo empecé a temerla, y en ocasiones a odiarla. En mis oraciones pedía morir. Le suplicaba a Dios que me llevara junto a Él, que por favor me librara de esta vida y esta misión desconocida. Me volví agorafóbica y me daba miedo salir de casa. Me acuerdo de una época en la que, con la nariz pegada a la ventana, miraba el buzón del correo y deseaba reunir el valor para acercarme y abrirlo. Estaba encerrada en mí misma, muriendo poco a poco, y, aunque Joe y los niños me apoyaban plenamente, me iba alejando de ellos cada vez más. Al final fue el amor por mi familia lo que me salvó (…). No ocurrió de la noche a la mañana, pero poco a poco volví a recuperar el gusto por la vida. Aunque mi corazón nunca abandonó el mundo espiritual, recuperó el amor por este mundo y este se fortaleció más que nunca.

 Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero, si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger… Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para vosotros. -  (Flp 1, 20-24)

9) Las repercusiones en la conducta vital

¡Es evidente que nadie sale indemne de una experiencia parecida! Hay que volver a adaptarse a la vida normal. A veces surge un sentimiento de culpabilidad (que en ocasiones requiere una terapia psicológica) por el hecho de haberse planteado seriamente abandonar a los seres queridos. Lo que indica, no obstante, que no se trata de un planteamiento premeditado.

En cualquier caso, aquellos que se encuentran con el Ser de luz quedan transformados y marcados profundamente: sea cual sea su religión, sus creencias o su filosofía, una experiencia así aporta un gusto nuevo o renovado por los asuntos espirituales. A partir de entonces, estas personas tienen una relación muy distinta con la muerte, anteponen el amor al prójimo, aseguran a quien quiera escucharlos que la vida no se acaba con la muerte y que es maravillosa.

Hay que tener en cuenta un aspecto que manifiestan los testimonios recogidos en internet por Jeffrey Long: las ECM poseen, a su manera, un poder curativo en casi todos los que las viven.

Pero la vida continúa… Estas personas no se convierten forzosamente en santos ni en maestros espirituales a causa de esta experiencia. Para ellas hay un antes y un después, exactamente igual que para las personas que he conocido que han vivido un milagro en Lourdes: experimentan un acontecimiento tan grande que ya no pueden ver la vida de la misma manera[26]. Pero no se jactan de ello. Permanecen humildes y no presumen de su vivencia.

La constante es que aquellos que regresan de una ECM dejan de tener miedo a la muerte. Ciertamente tampoco la buscan, pues sienten aversión hacia el suicidio. Es posible que teman el proceso de morir, pero no la muerte en sí misma, puesto que saben que es el comienzo de algo maravilloso. Se vuelven mucho menos materialistas y más «creyentes» en Dios. En lo que se refiere a las relaciones con los demás, se aferran principalmente a valores fundados en el amor. Esto marca una diferencia enorme en su vida:

 Desde que tuve esta experiencia no temo la muerte. Aquellos sentimientos desaparecieron. En los entierros ya no me siento mal. Al contrario, siento una especie de alegría, pues sé dónde se encuentra la persona fallecida[27].

 Se puede tardar un tiempo en asumir el hecho de haber conocido la fusión o el amor. ¡Haber vivido este tipo de experiencia no acaba con las neurosis como por arte de magia! La persona conserva un psiquismo humano, frágil. No obstante, y por lo general, la vida gana en profundidad. Las personas prestan mayor atención a su conciencia, a su espíritu, se comprometen a una vida más «religiosa».

 Antes de vivir aquella experiencia, supongo que era como la mayoría de la gente: me esforzaba en tener una imagen mejor de mí misma. Pero experimenté hasta qué punto era apreciada y amada por Dios –la Luz– y luego lo recordaba constantemente en mi vida cotidiana.

 Prácticamente todos los testimonios destacan el amor al prójimo, único y profundo:

 Ahora he descubierto que amo a cada una de las personas que conozco. Es raro que conozca a alguien al que no ame. Y eso se debe a que acepto a las personas desde el principio, a que las amo… No las juzgo. Y ellas responden de la misma manera. Yo creo que se dan cuenta. Muchas veces pienso: «Si Él me valoró tanto (eso fue lo que sentí aquel día de enero), entonces no importa la mala opinión que yo tenga de mí mismo. Es evidente que soy una persona valiosa. Se acabaron las dudas al respecto»[28].

 Hay una constatación general indudable: ¡casi todos los experimentadores dejan de considerarse ateos después de su experiencia! Les resulta imposible no creer en la otra vida…

 Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad. -  (1 Co 13, 13)

Las ECM aterradoras

Para terminar, conviene tener en cuenta que también existen ECM aterradoras que plantean interrogantes.

Resulta difícil conocer el porcentaje[29], en primer lugar, porque aquellos que las experimentan evitan hablar de ello y prefieren esconderlas. Se trata de algo comprensible. Por otro lado, resulta más fácil y gratificante ignorarlas que tomarlas en serio y centrarse ante todo en las ECM agradables, que siguen siendo mayoritarias (y da la impresión de que eso es lo que han hecho muchos autores…).

El cardiólogo Maurice Rawlings fue el primero en contar que en una ocasión reanimó a un paciente que aseguró haber estado en el infierno antes de recuperar la conciencia[30]. Hoy en día sí que se tienen en cuenta estos casos especiales, aunque solo sea para ayudar a estas personas. Como señala Penny Sartori[31], ante todo es conveniente ayudar a los pacientes que las viven y recomendarles terapias adecuadas, puesto que las personas que las sufren muchas veces no saben a quién acudir. Actualmente el Centro Noésis, con sede en Ginebra, proporciona un apoyo psicoterapéutico a las personas que han vivido estos momentos dolorosos[32].

Los distintos estudios realizados no han logrado determinar las razones de estas experiencias aterradoras. Las hipótesis propuestas para comprenderlas son muy variadas y dependen más de los observadores que de los experimentadores… Lo que se ha comprobado es que no son solamente las «malas personas» las que declaran haber vivido este tipo de experiencias… Es posible, ¿pero quién conoce el corazón del hombre? ¿Se puede juzgar exteriormente a las «buenas» o a las «malas personas»?

Los distintos testimonios demuestran que la vida en el más allá no es necesariamente de color de rosa, que depende de la que hemos vivido en la tierra, de acuerdo con la experiencia y la enseñanza de la Iglesia. Aportaremos un ejemplo clarificador en el 5º testimonio, protagonizado por Gloria Polo: «¡He estado a las puertas del infierno!». Por otro lado, ¿no estaremos descartando demasiado rápido un posible origen espiritual?

Resulta acertado llamar a estas ECM «aterradoras» en vez de «negativas» porque, a pesar de su naturaleza terrorífica y traumatizante, estas experiencias son una especie de advertencia del más allá: los individuos regresan convencidos de que deben cambiar sus prioridades para no vivir la misma experiencia después de la muerte.

 Porque, donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. - (Mt 6, 21)


2º testimonio:
«¡El cielo existe!»

 

Este es el título de un breve libro en el que un pastor protestante de Nebraska (Estados Unidos) cuenta la ECM de su hijo, llamado Colton. Este «fue y regresó del cielo» durante una apendicectomía que se complicó y de la que, milagrosamente, salió con vida. La originalidad del caso consiste en que el niño aún no había cumplido los cuatro años en el momento de los hechos y fue contando la historia a sus padres en pequeños fragmentos. Los testimonios de ECM protagonizados por niños son los más conmovedores, puesto que podría decirse que son los menos «contaminados», los más «verdaderos» y los más «vírgenes».

El doctor Melvin Morse, pediatra y director de un grupo de investigación sobre las experiencias en las fronteras de la muerte de la Universidad de Washington, subraya[33]:

 En el caso de los niños, las experiencias en el umbral de la muerte son sencillas y puras, no enturbiadas por expectativas religiosas o culturales. No reprimen su experiencia como suelen hacer los adultos, ni les resulta difícil aceptar las implicaciones espirituales del hecho de haber visto a Dios. Nunca olvidaré a una niña de cinco años que me dijo tímidamente: «Hablé con Jesús y era muy amable. Me dijo que aún no me había llegado la hora». Los niños recuerdan sus vivencias en el umbral de la muerte mucho más que los adultos y, gracias a ellas, parece resultarles más fácil aceptar y comprender su propia espiritualidad cuando se hacen mayores. Si más tarde vuelven a tener una experiencia parecida, esta suele ser excepcionalmente poderosa y plena (…). Una niña me confesó un día que en el momento de su muerte comprendió que había «otra vida». Me dijo que había oído hablar del Paraíso en el Catecismo, pero que en realidad no creía en él. Después de morir y volver a la vida, dejó de tener miedo a la muerte, porque ahora tenía la sensación de saber algo más. No deseaba volver a morir, porque había aprendido que «la vida es para vivirla y la luz es para más tarde». Le pregunté hasta qué punto le había transformado su experiencia y ella me respondió, tras un largo silencio: «Es bueno ser buena».

 A continuación incluyo un resumen de la experiencia que contó Colton en el libro Heaven is for real (El cielo es real)[34].

Cuatro meses después de su operación, al pasar en coche cerca del hospital donde le habían intervenido y respondiendo a su madre, que le preguntó de manera inocente si se acordaba, Colton le contestó rápidamente, con voz neutra y sin el menor asomo de duda: «Sí, mami, me acuerdo. Allí fue donde los ángeles me cantaron una canción». Y luego añadió, con una expresión seria: «Jesús les pidió a los ángeles que me cantaran porque yo estaba muy asustado. Después me sentí mejor». Estupefacto, su padre le pregunta: «¿Quieres decir que Jesús estaba allí?». Respuesta del niño después de asentir con la cabeza («con la misma naturalidad con la que afirmaría haber visto una mariposa en el jardín»): «Sí, Jesús estaba allí». Su padre le pregunta: «¿Pero dónde?». Y el niño responde: «Yo estaba sentado en su regazo».

Como es lógico, los padres se preguntan si lo que dice es realmente cierto. El pequeño Colton, por su parte, les revela que abandonó su cuerpo durante la intervención, una confesión que quedó verificada cuando describió con total exactitud lo que estaban haciendo sus padres en otra parte del hospital mientras a él le operaban.

Con una inocencia desarmante y una sinceridad atrevida, propia de un niño, Colton seguirá contando poco a poco lo que vivió, según él, «durante tan solo tres minutos…». Cuenta historias que le transmitieron personas que encontró allí y a las que no conocía; también dice haber conocido a miembros de su familia fallecidos hace mucho tiempo (en concreto, a su abuelo, al que reconoció en una foto de cuando era joven). Sorprendentemente habla de una hermana pequeña, a la que su madre perdió en un aborto natural sin llegar a conocer su sexo, la cual se acercó a él y le dijo que carecía de nombre porque no se lo pusieron…

Sorprende a sus padres cuando describe el cielo con detalles desconocidos que se corresponden precisamente con la Biblia; habla de Dios como de un ser «muy muy grande» que nos ama enormemente y asegura que es Jesús el que nos recibe en el cielo.

Su manera de expresar que ya no tiene miedo a la muerte consistirá en responder a su padre, cuando este le advierte que puede morir si cruza la carretera corriendo: «¡Mejor, así puedo volver al cielo!».

Más tarde, siempre responderá con la misma sencillez a las preguntas que se le planteen. Sí, vio animales en el cielo, vio a la Virgen María arrodillada ante el trono de Dios y otras veces abrazando a Jesús: «Todavía le quiere como a un hijo», precisará.

Fue Colton el que puso título al libro que escribió su padre, Todd Burpo, seis años después de los hechos.

También hay una película que cuenta esta experiencia, que en Estados Unidos se tituló Heaven is for real y que se tradujo como El cielo es real (2014).

* * *

Una vivencia

Me transmitieron esta vivencia en Lourdes el 11 de febrero de 2014, con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo, instaurada por Juan Pablo II en 1992, en la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, y me autorizaron a reproducirla tal cual. Es cierto que no se trata de una ECM, pero aun así es una experiencia similar, que incluye una visión del cielo durante lo que podría llamarse un sueño, hecho que encontramos a menudo en las Escrituras:

 El Señor me dio dos hijos magníficos. Uno nació en 1974 (y falleció en 1994) y el otro en 1977. También quiso darme otro hijo. Entonces yo tenía 33 años. Sin embargo, por distintas razones (de las que me arrepiento…), desgraciadamente no quise asumir aquel embarazo. Por tanto, me practicaron un aborto en diciembre de 1982. En aquella época, yo no tenía conciencia de que se trataba verdaderamente de un niño. Mis razones para abortar eran tan fuertes, que el hecho de llevar una vida en mi seno ni siquiera se me pasaba por la mente. Para mí, aquel niño no existía. En mi interior solo había un vacío. Además, el aborto era legal, así que… Diez años más tarde, cuando ya ni siquiera pensaba en ello, el Señor, en su bondad, me mostró aquel niño en una visión nocturna. ¡Cuál no sería mi sorpresa!

Así es como ocurrió. Tuve la sensación de elevarme por los aires, muy alto. Allí me encontré con un niño muy tranquilo (que se parecía un poco a mi segundo hijo) ¡y que me dijo que era mío y que se llamaba Camille! Tenía el aspecto de un niño de diez años, la edad que tendría en la tierra. A su lado había otro niño que le preguntó: «¿No estás enfadado por lo que te hizo?». Camille respondió: «No, la perdono». En aquel momento me quedé atónita. Yo, que no había pedido nada, me había enterado de pronto de que tenía otro hijo que estaba en el «cielo», que se llamaba Camille, ¡y que me había perdonado gratuitamente, generosamente, el haberle matado! Gracias, Señor. ¡Qué gracia más grande! Por eso, hoy quiero dar testimonio de que un niño es un niño desde el momento de su concepción, que el aborto es la muerte de un niño, que provoca numerosos sufrimientos en la madre (y tal vez en el niño), y que debemos tomar absoluta conciencia de ello. Pero el Señor, en su enorme bondad, no abandona a ninguno de sus hijos, que son felices en su Corazón de Padre. ¡Mil gracias, Señor! ¡Qué bueno es el Señor!

* * *

Historia y actualidad

Las ECM son uno de los fenómenos
más importantes de la vida humana,
que en el futuro tal vez nos permitan
comprender de manera racional lo que es
la vida después de la muerte.

Raymond Moody

Resumen histórico

Los testimonios sobre las «señales de vida» del más allá son universales y pertenecen a todas las tradiciones religiosas. ¡Las ECM no son un invento de la New Age para conseguir publicidad! Parece que es cierto que han existido en todas las épocas y que además suelen manifestarse con mayor frecuencia en la literatura cristiana, en textos que muestran numerosas coincidencias con las ECM actuales.

Así, en el siglo VI, Gregorio de Tours, historiador franco, recoge el testimonio de un tal Salvi que, tras creerse muerto, se despierta y exclama:

 Oh, Señor misericordioso, ¿qué me has hecho al permitirme regresar a este lugar tenebroso que sirve de habitáculo del mundo, cuando tu misericordia en el cielo era para mí preferible a la vida detestable de este mundo? (…). Cuando hace cuatro días me viste inerte en la celda que temblaba, dos ángeles me tomaron y me llevaron a las alturas de los cielos, de manera que me parecía tener bajo los pies no solamente este mundo del siglo espantoso, sino también el cielo, las nubes y las estrellas. Después, por una puerta más brillante que esta luz inefable, una extensión indescriptible. Una multitud de ambos sexos la cubría, de manera que resultaba absolutamente imposible darse cuenta de la profundidad de aquella muchedumbre… Y escuché una voz que decía: «Que este hombre regrese al siglo, porque es necesario para nuestras iglesias». Solo se oía la voz, porque aquel que hablaba era absolutamente imposible discernirlo (…). Después de haber pronunciado aquellas palabras ante el estupor de los presentes, el santo de Dios volvió a hablar con lágrimas en los ojos: «Desdichado de mí, que he osado revelar tal misterio…»[35].

 En su libro[36], Michel Aupetit retoma varias ECM del siglo VIII (escritas por el monje e historiador san Beda el Venerable) y del siglo XII (de Gilberto de Nogent), que relatan hechos coincidentes con las ECM actuales: salida del cuerpo, acompañamiento por uno o varios ángeles, encuentro con parientes fallecidos, visión y percepción de las consecuencias de los actos, visiones de lugares floridos y deliciosos, una luz inefable, promesa de deleites y pesar por verse obligado a regresar a la tierra.

A finales de la Edad Media, en torno al 1500, El Bosco pintó un cuadro llamado La ascensión del hombre bendito al Empíreo o al paraíso celeste[37], que muestra que, o bien se encontraba en un estado de inspiración al pintarlo, o bien él mismo vivió esta experiencia, debido a lo mucho que se corresponde esta pintura con los hechos reales.

Muchos místicos han vivido experiencias análogas a lo largo de los siglos. Los más conocidos son Catalina de Siena (1347-1380), Teresa de Jesús (1515-1582), Ana Catalina Emmerich (1774-1824) y otros.

El primer estudio conocido sobre este fenómeno lo realizó en 1892 un geólogo y montañero suizo muy respetado, el profesor Albert Heim, que vivió esta experiencia durante una caída en la que estuvo a punto de perder la vida. Recopiló y publicó las sensaciones de una treintena de alpinistas que habían vivido el mismo tipo de accidente y la misma experiencia.

Cuando Raymond Moody empezó a hablar de estos «fenómenos de ECM»[38], era profesor de Filosofía y estudiante de Medicina. Moody cuenta que no tuvo una educación religiosa, pero que manifestó un interés muy temprano por la filosofía. En 1962, durante su primer año en la Universidad de Virginia, leyó La República de Platón, donde se cuenta la historia de un soldado llamado Er, que fue declarado muerto en el campo de batalla pero que «resucitó» de manera espontánea. El libro de Moody dio mucho que hablar. En Estados Unidos solo recibió críticas de los fundamentalistas cristianos.

Conviene decir que Moody también se sintió sensibilizado por los estudios sobre los moribundos de la doctora Elisabeth Kübler-Ross, la primera que abordó este tema de manera científica en los años sesenta. «Para ayudar al ser humano correctamente –decía–, conviene hacerlo desde una dimensión holística: física, emocional, intelectual y espiritual». Y no cesará de repetir: «Mi tarea verdadera (…) consiste en decir a los hombres que la muerte no existe»[39]. En 1977, el libro de Moody atravesó el Atlántico gracias al célebre compositor Paul Mizraki, que se encargó de su traducción. Otras personas se interesaron por el libro y continuaron su labor, como el cardiólogo norteamericano Michael Sabom.

En 1980, el periodista Patrice van Eersel viajó a Estados Unidos para realizar una investigación por encargo de la revista Actuel, lo que dio lugar a una sección llamada La fuente negra[40]. Diez años después escribió Volver a familiarizarse con la muerte[41], donde muestra hasta qué punto se ha ocultado la noción de ECM en Francia, debido sobre todo a la influencia de los ardientes defensores de la eutanasia (mientras que, en los países anglosajones, se desarrollaban los cuidados paliativos…). Su libro dio a conocer la filial francesa de la Asociación Internacional para el Estudio de los Estados Cercanos a la Muerte, IANDS Francia. Dicha filial fue creada en 1987 por Evelyne-Sarah Mercier, que reconoce pertenecer al movimiento de la New Age, movimiento globalizador que se presenta como el sumum de la evolución espiritual de la humanidad[42]

En Francia, el doctor Jean-Pierre Jourdan, responsable de las investigaciones médicas de IANDS Francia, publicó Las pruebas científicas de la vida después de la vida[43] y el doctor Jean-Jacques Charbonnier, médico anestesista y reanimador en Toulouse, La otra vida existe[44]. El tema fue objeto de un coloquio fundamental en Martigues en 2006, que reunió a más de dos mil personas: La Experiencia Cercana a la Muerte. Primer encuentro internacional. Actas del Coloquio. Martigues, 17 de junio de 2006[45], impulsado y organizado por una joven increíblemente apasionada por este problema, Sonia Barkallah, que confiesa con absoluta sinceridad que el descubrimiento del libro del doctor Moody le salvó la vida en una época en la que se sentía atraída por el suicidio. Cuatro años antes había dirigido un documental sobre el tema, Una nueva visión de la muerte, en el que mostraba que se estaban realizando numerosos trabajos e investigaciones en todo el mundo desde disciplinas científicas completamente distintas[46].

Finalmente, en 2013 aparece el libro de Jeffrey Long La vida después de la muerte, que recopila más de 1.300 testimonios recogidos en el mundo entero –de todas las creencias, todas las edades y todos los orígenes–. Ha sido la página web, que no existía antes, la que ha permitido esta recopilación, en una época en la que, como ya he mencionado, las reanimaciones, que se han vuelto muy frecuentes, provocan cada vez más ECM.

Obviamente, los hechos se basan únicamente en los testimonios individuales, ¡y ya se sabe lo frágiles que estos pueden llegar a ser! Pero lo que resulta fascinante es que ante todo se trata de una experiencia universal, que trasciende todas las épocas y todas las civilizaciones. Los testimonios son similares, sea cual sea el origen del individuo, la época en la que vivió, su edad, su clase social, su nivel intelectual, su religión o su ausencia de fe, que viva en Occidente o no. Pero nunca son completamente idénticos. Cada uno lo vive a su manera y lo transcribe con sus propias palabras, en función de su cultura, su carácter, su psicología y su memoria. ¡No hay ningún «corta y pega»! El que ha vivido una ECM conserva un recuerdo absolutamente personal de las impresiones que experimentó en ese estado alterado de la conciencia.

También hay que mencionar –algo que resulta sorprendente– que los experimentadores conservan una enorme sensibilidad en lo que se refiere a la espiritualidad (algunos se inclinan por el sacerdocio o la vida religiosa después de su experiencia). Los especialistas, que consideran muy difícil distinguir lo que procede de las creencias o de la realidad, han intentado establecer un índice o una escala para cuantificar la «calidad» de las ECM[47]. Se trata de algo bastante controvertido, puesto que en la práctica se utiliza poco y está muy condicionado por una cultura determinada. De hecho, con un poco de experiencia y sensibilidad, resulta bastante fácil distinguir a las personas serias, que se limitan a contar lo que han vivido, de aquellas que se lo inventan o que añaden otros hechos sacados de aquí o de allá. En cualquier caso, a priori no se puede dudar sistemáticamente de todos los testimonios, ¡porque eso supondría no confiar en absoluto en el ser humano[48]! Un testimonio verdadero conmueve a la persona en lo más profundo, tanto a la que lo manifiesta (su vida ya no vuelve a ser la misma), como a la que lo recibe (yo mismo lo he experimentado en Lourdes con las declaraciones de las personas curadas).

Pero hay preguntas que permanecen sin respuesta: ¿por qué viven estas personas esta «falsa partida», por qué a algunas personas todavía no les ha llegado la hora, por qué se les da una segunda oportunidad? No hay una respuesta unánime[49]. El momento de la muerte no depende de nosotros, ¡afortunadamente! En cualquier caso, ¡el que regresa sabe por qué ha regresado! De nuevo, la respuesta es completamente personal, pero coincide con la de muchos otros.

¿Y actualmente?

Hay algunos científicos, lo bastante valientes como para afrontar las críticas de sus colegas, que intentan comprender estos fenómenos extraños, negados durante tanto tiempo, cuando no rechazados por la ciencia, con la esperanza de comprender mejor el origen y los mecanismos de la conciencia. Armados de aparatos de resonancia cerebral, exploran el cerebro, experimentan sin prejuicios, dispuestos tanto a admitir que se trata de un fenómeno relacionado con un simple desarreglo neuronal, como a reconocer la existencia de un sexto sentido, siempre que la demostración se realice de manera rigurosa. Es el caso del canadiense Mario Beauregard, investigador de las neurociencias, que ha instalado cámaras de vídeo en la unidad coronaria de un hospital de Montreal para estudiar los fenómenos de ECM que pudieran ocurrir. También es el caso del neurólogo suizo Olaf Blanke, que analiza minuciosamente el fenómeno de la descorporeización. O el de Eric Dutoit, doctor en Psicología clínica y psicopatólogo, responsable de la Unidad de Cuidados e Investigación del Espíritu (USRE) del Hospital Universitario de Timone, en Marsella.

La fundación internacional para la investigación de las experiencias cercanas a la muerte (NDERF) trabaja junto a equipos de investigadores sobre las ECM o los fenómenos de descorporeización en Suiza, Canadá, Estados Unidos… «Las experiencias cercanas a la muerte son totalmente reales –sostiene el fundador de la NDERF, el doctor Jeffrey Long–. Testimonios de todas las edades, todas las nacionalidades y todas las religiones suelen contar que han vivido o escuchado cosas cuando estaban inconscientes o alejados de su cuerpo y no hay ninguna explicación psicológica que logre resolver este misterio».

Estas experiencias son asimismo objeto de estudios de «parapsicología científica». Así, la Parapsychological Association (Asociación de Parapsicología), que agrupa a científicos y universitarios que estudian fenómenos como la telepatía o la psicoquinesia, ha sido admitida en la reputada American Association for the Advancement of Science (AAAS) (Asociación Americana para el Avance de la Ciencia); se ha creado un departamento para el estudio de la percepción en la Universidad de Virginia, en Estados Unidos; se ha abierto un centro para el estudio de los procesos psicológicos anormales en la Universidad de Northampton, Inglaterra (que cuenta ya con ocho establecimientos universitarios que integran disciplinas parapsicológicas); o el centro de investigación de la conciencia y la psicología anormal de la Universidad de Lund, en Suecia, o el departamento de psicología y parapsicología de la Universidad de Andhra, en la India…

En Francia, desde hace algunos años, la Universidad Católica de Lyon ofrece a los estudiantes una asignatura llamada «Ciencias, sociedad y fenómenos llamados paranormales»[50].

También en Francia, el centro de estudio de las ECM de París, dirigido por el profesor de Filosofía y Psicología Marc-Alain Descamps, recopila testimonios. Sonia Barkallah, que fundó junto al doctor Jean-Pierre Postel el Centro Nacional de Estudio, Investigación e Información de la Conciencia (CNERIC), sigue trabajando en este tema.

Al contrario de lo que podría imaginarse, la ciencia se toma muy en serio las ECM y los fenómenos similares, aunque, como señala Sonia Barkallah, «muchos médicos e investigadores siguen optando por no implicarse, por temor a que sus colegas los tomen, en el mejor de los casos, por locos; en el peor, por charlatanes».

Ya hemos hablado del Centro Noésis de Ginebra, o ISNOE (Instituto Suizo de Ciencias Noéticas), creado en 1998, fundación de reconocida utilidad pública, «consagrada al estudio de la conciencia a través de los Estados Alterados de la Conciencia (EAC) no ordinarios», fundada por Sylvie Dethiollaz, directora de investigación, y Claude Charles Fourrier, psicoterapeuta.

Finalmente, debemos mencionar el II Coloquio Internacional organizado en Marsella por Sonia, en marzo de 2013, como siempre con la presencia del doctor Moody, que aportó nuevos puntos de vista sobre las ECM[51]. He aquí el resumen del mismo que ofreció Jocelin Morrison:

 En el primer encuentro, celebrado en Martigues en 2006, se realizó un balance de los resultados de treinta años de investigación y reflexión sobre las ECM. Este segundo encuentro ha mostrado el desarrollo de esta investigación a pesar de las dificultades y hasta qué punto se enriquece la reflexión con una nueva perspectiva, en la que sin duda ha influido el estado de crisis aguda de nuestras sociedades, además de una cierta sensación de «fin del mundo» que surgió en 2012. Ciertamente, es necesario encontrar alternativas radicales, y la nueva visión del hombre a la que nos invita e incita el estudio de las ECM nos permite reinventar –o simplemente inventar– la convivencia, transformando de manera radical nuestra relación con la muerte y por tanto con la vida. Porque, en realidad, las Experiencias Cercanas a la Muerte no son las únicas manifestaciones que se conocen en la cercanía de la muerte. Actualmente, los investigadores y los médicos están considerando un conjunto de fenómenos perimortales (cercanos a la muerte) que incluyen ECM llamadas empáticas o compartidas –vividas por los parientes o los acompañantes de un moribundo[52]–, pero también fenómenos de «desarrollo de la conciencia en la cercanía de la muerte» –«visiones de los moribundos»–, «lucidez terminal», así como las manifestaciones de «contactos con los difuntos» poco tiempo después de la muerte. Resulta imposible obviar la similitud de estas experiencias entre sí y la gran coherencia que transmiten. Esta coherencia, y la dificultad creciente para explicarla en el marco de la ciencia materialista-reduccionista, es la que está llevando a los pensadores más rigurosos como Raymond Moody a «ceder» y a abandonar su postura escéptica original, que consiste en abstenerse de una conclusión, y que fue la suya durante cincuenta años. Hoy, Moody se reconoce al fin convencido de la persistencia de una forma de existencia después de la muerte.

 Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: la muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? -  (1 Co 15, 54-55)

 

3.er testimonio:
«El paraíso existe»

 

El doctor Eben Alexander, un neurocirujano estadounidense especialista en el cerebro, escéptico y cartesiano, no creía en absoluto en la vida después de la muerte. Para él, los relatos de las Experiencias Cercanas a la Muerte no eran más que delirios y estupideces. Hasta noviembre de 2008, cuando una meningitis fulminante vino a poner en duda sus convicciones.

En una entrevista a la famosa revista norteamericana Newsweek y en su libro, llamado Proof of heaven (Prueba del cielo)[53], cuenta su propia experiencia cercana a la muerte. Un viaje que le ha convencido de la existencia de una vida después de la muerte:

 Mi padre también era neurocirujano y crecí en un ambiente científico. Comprendo los mecanismos que operan en el cerebro cuando una persona está al borde de la muerte y siempre he pensado que existían buenas explicaciones científicas para esos viajes paradisíacos fuera del cuerpo que describen aquellos que han escapado por los pelos a la muerte. El cerebro es un mecanismo sofisticado y frágil. Si se disminuye en cantidades ínfimas la cantidad de oxígeno que recibe, se provoca una reacción. Por tanto, no hay nada sorprendente en el hecho de que las personas víctimas de un traumatismo severo regresen de su experiencia contando historias extrañas… Sin embargo, después de siete días en coma, durante los cuales la parte humana del cerebro, el neocórtex, permaneció inactivo, experimenté algo tan profundo que tengo una razón científica para creer que la conciencia sobrevive a la muerte. Sé cómo suena esta frase a oídos de los escépticos. Pero voy a contar mi historia con las palabras y la lógica del científico que soy: hace cuatro años me desperté con una migraña extremadamente violenta. A las pocas horas, mi córtex –la parte del cerebro que controla el pensamiento y las emociones– dejó de funcionar. Los médicos del Hospital General de Lynchburg, Virginia, donde yo mismo había ejercido, me diagnosticaron una variante poco frecuente de meningitis bacteriana, que normalmente afecta a los recién nacidos. La bacteria E.coli había penetrado en mi fluido cerebroespinal y me estaba devorando el cerebro. Cuando me admitieron en urgencias, mis posibilidades de sobrevivir en otro estado que no fuera el vegetativo eran muy escasas. Enseguida pasaron a ser nulas. Sin embargo, mientras las neuronas de mi córtex quedaban reducidas a la inactividad completa debido a la bacteria, mi conciencia, liberada del cerebro, recorría una dimensión más amplia del universo, una dimensión en la que jamás había soñado y que me habría gustado poder explicar científicamente antes de caer en coma. Viví una odisea, tras la cual me encontré en un lugar repleto de enormes nubes rosadas y blancas… Por encima de aquellas nubes, unos seres iridiscentes se desplazaban en círculos por el cielo, dejando un largo rastro tras ellos. ¿Serían pájaros? ¿Ángeles? Ninguno de estos términos hace verdadera justicia a aquellos seres, que eran distintos a cualquier otra cosa que hubiera podido ver en la tierra. Estaban más evolucionados. Eran seres superiores.

 El doctor Eben Alexander también se acuerda de haber escuchado «un sonido que iba in crescendo, una especie de canto celestial que procedía de las alturas», algo que le proporcionó una gran alegría, y de haber sido acompañado después por una mujer en su aventura. «Era joven. La recuerdo hasta en los más pequeños detalles. Tenía los pómulos altos y los ojos increíblemente azules. Unas trenzas de color castaño enmarcaban su rostro», explica Alexander, antes de añadir que ambos se desplazaron sobre lo que parecía el ala de una mariposa. «De hecho, nos rodeaban millones de mariposas. Parecía un río de vida y de color que se movía por los aires».

¿Se trata de un delirio? ¿Una disfunción cerebral? ¿Demasiada morfina? El neurocirujano, que hasta entonces no creía en las ECM, asegura que todo aquello fue muy real y que no se trata de «ninguna fantasía efímera e inconsistente».

 Hasta lo que yo sé, nadie ha realizado nunca un viaje con el córtex completamente inactivo y bajo supervisión médica a lo largo de siete días de coma. Los principales argumentos que se aducen para refutar las experiencias cercanas a la muerte sostienen que son el resultado de un desarreglo mínimo, transitorio o parcial del córtex. Sin embargo, mi ECM no se produjo cuando mi córtex estaba alterado, sino cuando estaba completamente inactivo. Se trata de un hecho confirmado por la gravedad y la duración de mi meningitis, así como por los escáneres y los exámenes neurológicos que me hicieron. Según los conocimientos médicos actuales sobre el cerebro y el espíritu, no había la más mínima posibilidad de que conservara más que un destello de conciencia tenue y limitada durante ese período. Es más, era imposible que hubiera sido conducido a aquella odisea luminosa y perfectamente coherente. Allí donde me encontraba, ver y oír no eran funciones separadas. Todo era independiente y, a la vez, formaba parte de otra cosa, como los motivos entremezclados de un tapiz persa. Soy consciente de hasta qué punto puede esto parecer extraordinario e increíble. Si en el pasado alguien –incluso un médico– me hubiera contado una historia parecida, habría dado por seguro que se trataba de una ilusión. Pero lo que me ocurrió está muy lejos de ser una ilusión. Es un hecho real, tan real como todos los acontecimientos de mi vida, incluido mi matrimonio y el nacimiento de mis dos hijos.

 Después de esta experiencia cercana a la muerte, para el doctor Alexander ya no hay lugar a dudas: la conciencia no está producida ni limitada por el cerebro, como sigue creyendo el pensamiento científico dominante, sino que se extiende mucho más allá del cuerpo.

 Ahora me resulta evidente que la imagen materialista del cuerpo y del cerebro como productores, más que como vehículos, de la conciencia humana es algo caduco. En su lugar, está empezando a surgir una representación nueva del cuerpo y del espíritu. Dicha representación, tanto científica como espiritual, valorará aquello que han privilegiado los más grandes científicos de la historia: la verdad.

 Aunque el doctor Eben Alexander tardó meses en terminar de aceptar lo que le ocurrió y en hablar de ello abiertamente, recientemente ha anunciado: «Deseo pasar el resto de mi vida investigando la verdadera naturaleza de la conciencia y demostrando a mis colegas científicos y al resto de la gente que somos mucho más que nuestro cerebro».

 

Una apuesta

 Dios es o no es.

 La alternativa se impone. En efecto, debemos elegir, porque en cualquier caso estamos «embarcados» en la existencia.

Si Dios no existe y vivo mi vida sin Él, ¡en el momento de morir, corro el riesgo de descubrir todo lo que me he perdido!

Si Dios, que es el Amor, existe, y decido vivir toda mi vida en la tierra con Él, ¡en el momento de morir, descubriré la Verdad!

¡Si pierdo, no pierdo nada!

¡Si gano, lo gano todo!

 Blaise Pascal

Pensamientos, sec. III, n. 233[54]


Un problema científico

Solo hay una certeza: actualmente no existe
ninguna explicación racional al fenómeno
de las ECM. Todos los científicos que han intentado
demostrar los mecanismos de estas experiencias
han fracasado estrepitosamente.

Doctor Jean-Jacques Charbonnier

Cuando hablo de las ECM a mis colegas, la mayoría responde rápidamente: «¿Las ECM? Deben de ser un fenómeno natural. Algún día encontrarán una explicación racional». Rechazan de plano estas experiencias tan personales, porque estiman que, en cualquier caso, todo lo que pueda ocurrir «después de la muerte» no puede ser objeto de estudios experimentales. Sin embargo, frente a la actual multiplicidad de este tipo de hechos y las coincidencias entre los testimonios, no podemos contentarnos con eliminar el problema, ni podemos permitirnos rechazar estos hechos de forma tajante.

Luego están aquellos cuya profesión parece ser denigrar sistemáticamente todo lo que tiene que ver, de una forma u otra, con lo espiritual (y las ECM forman parte de eso, no podemos negarlo): es el caso, en Estados Unidos, de la Skeptics Society (Sociedad de Escépticos), o la Zetética en Francia, o de ciertos autores como Michel Onfray o Philippe Wallon[55].

Ante estos fenómenos, que casan tan mal con la metodología habitual de la ciencia, los verdaderos científicos se plantean dos cuestiones fundamentales: ¿Existen las ECM realmente? ¿Cómo explicarlas?

Antes de responder, debemos subrayar un aspecto importante: desde el punto de vista médico, resulta indispensable distinguir la muerte clínica de la muerte biológica.

La muerte clínica está marcada por una serie de señales subjetivas: midriasis[56] bilateral no reactiva, paro cardiaco y electroencefalograma (EEG) plano. Entre los quince o los veinte segundos siguientes a un paro cardiaco, se produce efectivamente un cese de la actividad cerebral, verificable en el EEG plano: el córtex deja de funcionar y no hay actividad sensorial posible. Esta muerte cerebral se considera hoy en día el estado de muerte clínica.

Veinte minutos después, las lesiones cerebrales suelen ser muy graves e irreversibles. La reanimación solo es posible entre los tres y los diez minutos siguientes a la parada. Asimismo, la extracción de un órgano para su donación debe realizarse poco tiempo después de la parada circulatoria y en una persona que «presente una parada cardiaca y respiratoria persistente» (mantenida artificialmente gracias a aparatos de reanimación) y que haya sido declarada en estado de muerte encefálica[57]. Como puede verse, no se trata de algo tan evidente: aunque el cerebro ya no funcione[58], se puede extraer un órgano vivo de un cuerpo muerto (cuya respiración se mantenga artificialmente para que los órganos queden intactos)[59].

La muerte biológica, por su parte, es la muerte definitiva, irreversible, cuya señal más patente es el comienzo de la descomposición.

Realidad científica de las ECM

Ante todo es fundamental precisar que las ECM no se producen después de la muerte definitiva, sino en las fronteras de la muerte, cuando la vida todavía no ha desaparecido del todo, cuando quedan células vivas. Las ECM se manifiestan antes de la muerte biológica irreversible. Por eso se las llama «cercanas a la muerte».

También conviene señalar que las ECM se producen después de la «muerte clínica», es decir, después del paro cardiaco, ¡pero también después del cese de la actividad del córtex cerebral! Esto es lo que plantea tantos interrogantes, pero hay experiencias concretas que lo demuestran.

Por ejemplo, un cardiólogo holandés, el profesor Pim van Lommel, publicó en la prestigiosa revista The Lancet el 15 de diciembre de 2001 un estudio científico sobre el tema[60], que recogía los testimonios de 344 pacientes reanimados con éxito de un coma debido a una parada cardiovascular, considerados clínicamente muertos, es decir, en un estado de inconsciencia provocado por un aporte insuficiente de sangre al cerebro (muerte cerebral). Los testimonios se recogieron poco tiempo –como mucho una semana– después del hecho (precaución indispensable para evitar cualquier recuerdo embellecido o fantaseado): tan solo el 18 por ciento de las personas interrogadas describían una ECM «clásica» con la experiencia de la salida del cuerpo. Lo que implica que lo que produce una ECM no es la anoxia[61] del cerebro, provocada por una circulación sanguínea insuficiente.

Otro experimento lo realizó el doctor Sam Parnia, cardiólogo del Hospital General de Southampton (Inglaterra), especialista en medicina interna y respiratoria y en cuidados intensivos e investigador del Centro Médico Weill Cornell de Nueva York[62]. Su estudio, que hace referencia a 69 personas víctimas de crisis cardiacas, declaradas muertas y que volvieron a la vida, que no recibieron oxígeno ni ninguna otra sustancia susceptible de provocar alucinaciones, constató que, en el caso de una muerte declarada, cuando el cerebro no produce ninguna actividad (EEG plano), entre el 10 y el 20 por ciento de los pacientes pueden vivir una ECM.

Parece claro, por tanto, que, aunque el cerebro haya dejado de funcionar, «la conciencia puede continuar: las pruebas sugieren que, durante los primeros minutos después de la muerte, la conciencia no se anula. No sabemos si más tarde se desvanece pero, justo después de la muerte, la conciencia no se pierde», explicaba el doctor Sam Parnia al Daily Mail el 7 de noviembre de 2014.

Sin embargo, sigue diciendo: «Sabemos que el cerebro no puede funcionar cuando el corazón ha dejado de latir». En consecuencia, los resultados del estudio son importantes, puesto que, como sabemos, los médicos «suponían que las experiencias de la vida después de la muerte eran en realidad alucinaciones que se producían o bien antes de que el corazón se parara, o bien después de que el corazón fuera reanimado con éxito», prosigue, y no una experiencia que se correspondiera con «hechos reales cuando el corazón del paciente había dejado de latir». Y más cuando, en este caso, «los recuerdos relatados se correspondían con los hechos», declara el científico.

Estos estudios tan documentados nos llevan a eliminar las hipótesis aducidas para despreciar las ECM, ya sea desde el punto de vista fisiológico, psicológico, farmacológico o neuroquímico: no puede tratarse de anoxia cerebral ni de alucinaciones ni de un desorden neuronal u hormonal.

Las ECM pueden producirse durante una pérdida funcional transitoria de todas las funciones del córtex y de las células nerviosas y sin ningún tipo de medicamento. No hay nada que logre explicar la primera fase de paz y serenidad que experimentan los agonizantes, ni el encuentro con seres antes desconocidos, ni la facultad de ver una escena desde un punto de vista exterior al cuerpo, ni el hecho de acordarse de detalles precisos o de los objetos de la habitación de al lado, ni la descripción de los gestos de las enfermeras, de lo que dijeron o incluso de lo que pensaron, ni la transformación que se produce después, etc.

Todo esto implica que las personas que viven una ECM poseen un «proceso de pensamiento y una cierta forma de conciencia» (según el doctor Sam Parnia) independientes de las funciones cerebrales. Sus percepciones parecen multiplicarse, su conciencia se agudiza…

Nos encontramos ante un proceso que supera todas las posibilidades fisiológicas.

Un desafío científico

Estas experiencias plantean la cuestión de la conciencia: es ahí donde residen los pensamientos, los sentimientos, los recuerdos… Pero la conciencia misma, ¿dónde reside? ¿Cómo se relaciona con el cuerpo exterior? ¿Qué es, en definitiva, la conciencia?

Este estado de conciencia que continúa en el caso de un individuo clínicamente muerto plantea un desafío científico fundamental, puesto que los conceptos médicos dominantes afirman que solo el cerebro produce el pensamiento, ¡lo cual no está demostrado! Nada de esto se ha probado científicamente: desde hace décadas, se han desarrollado investigaciones importantes para localizar la conciencia y la memoria en el interior del cerebro, sin éxito. Actualmente, la ciencia ignora la manera en que las células cerebrales pueden engendrar los pensamientos.

Aquellos que defienden esta teoría se oponen, obviamente, a la realidad de las ECM, porque, si estas pueden producirse cuando la función cerebral está muerta, eso quiere decir que existe otro origen de la conciencia.

Sin embargo, como hemos visto en el estudio del doctor Parnia –y como muestra claramente el profesor Van Lommel en sus publicaciones–, la conciencia puede funcionar independientemente de la actividad cerebral. De hecho, los estudios del pediatra estadounidense Melvin L. Morse, especializado en las ECM de los niños, han llegado a la conclusión de que el lóbulo temporal derecho conectaría los recuerdos con un banco de datos universales, actuando como un receptor-transmisor[63].

Por tanto, esto nos lleva a pensar que el cerebro no produce el pensamiento, sino que se limita a transmitirlo. Sería como un filtro para la conciencia. Al sostener que «las ECM solo pueden explicarse en función de una separación de la conciencia del cuerpo», los estudios de los defensores de las ECM sugieren que la conciencia está separada del cerebro[64], «lo cual revoluciona los conceptos admitidos hasta ahora por la comunidad científica».

Llegamos, por tanto, a la conclusión de que el cerebro no es más que un emisor/receptor, una especie de antena radiofónica. ¡Cuando la antena está estropeada no puede transmitir la música, aunque la orquesta siga tocando!

 El doctor Van Lommel plantea, por tanto, una serie de cuestiones que nos llevan a reflexionar: «¿La muerte cerebral equivale realmente a “la muerte” a secas, o simplemente es el comienzo de un proceso de muerte que puede durar varias horas o varios días? ¿Qué le ocurre a la conciencia durante este período? ¿Deberíamos considerar también la posibilidad de que una persona clínicamente muerta debido a un paro cardiaco pueda permanecer consciente, e incluso la posibilidad de que la conciencia pueda subsistir después de que esa persona esté realmente muerta, cuando su cuerpo esté frío? ¿Cómo se relaciona la conciencia con la integridad de la función cerebral? ¿Es posible comprender la naturaleza de esta relación?»[65].

Estas cuestiones resultan interesantes por varios motivos y, aun siendo obviamente inaceptables para los materialistas, aportan argumentos a los científicos abiertos a lo trascendente.

En cualquier caso, si se llega a la conclusión de que efectivamente hay una «continuidad de la conciencia», que puede experimentarse independientemente de la actividad cerebral, eso debería dar lugar a un profundo cambio en el paradigma de la medicina occidental y podría tener implicaciones para las cuestiones de práctica y de ética médica, como el cuidado de los pacientes comatosos o moribundos, la eutanasia, el aborto, el trasplante de órganos, etc. ¡Sería un gran avance ético!

Por otro lado, esta hipótesis de una conciencia independiente del cuerpo parece coincidir plenamente con lo que las religiones llevan defendiendo desde hace siglos. Encontramos un buen ejemplo en la tradición cristiana:

 Porque sabemos que, si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos. (2 Co 5, 1)

 

4º testimonio:
«La vida en un hilo»

 

Para comprender la historia que aparece a continuación hay que remontarse muy atrás, a Oriente Medio, unos 1.200 años antes de Jesucristo: un pueblo, los hijos de Israel, se instala en el país de Canaán. Dicho pueblo profesa la fe en un único Dios, que le ha salvado de la esclavitud en Egipto para conducirlo a esta tierra de libertad. Unido a Dios gracias a la escucha de su Palabra, transmitida por los distintos profetas que se sucedieron, su larga historia marcará a toda la humanidad.

Entre el año -4 y -7 nace en Belén de Judea un niño llamado Jesús, hijo de María, esposa de José, un carpintero de Nazaret. Con treinta años, Jesús recorre Palestina con sus discípulos y con doce apóstoles que ha escogido. Se presenta como el Hijo de Dios, venido al mundo para llamar a los hombres a la Vida verdadera. Anuncia la Buena Nueva de la Salvación y cura a los enfermos perdonándoles los pecados: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 28-29).

Sin embargo, las condiciones para esta nueva vida que Jesús propone son muy exigentes: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino» (Mt 16, 24-29).

El día antes de ser entregado y clavado en la cruz en Jerusalén, hacia el año 30, Jesús reúne a sus apóstoles para celebrar con ellos la cena de Pascua. Durante esa cena, Jesús ofrece su Cuerpo y su Sangre para la salvación de la humanidad y su entrada en la vida eterna. Al día siguiente muere crucificado entre dos ladrones. Tres días después y durante las semanas siguientes se presenta ante sus discípulos, pues ha regresado de entre los muertos, ha resucitado. Sus discípulos dan testimonio de este hecho hasta el martirio. Jesús ya no volverá a morir. Vivo, se «elevará a los cielos» y desaparecerá ante sus ojos, después de haberles prometido el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, que los apóstoles recibirán el día de Pentecostés.

Una vez recordado todo esto, os ofrezco ahora el testimonio de Natalie Saracco, que, si es posible, os invito encarecidamente a ver:

·         Ya sea en YouTube: (www.youtube.com).

·         O en KTO: (http://www.ktotv.com/videos-chretiennes/emissions/nouveautes/un-coeur-qui-ecoute-natalie-saracco).

Pero, antes, conviene leer el capítulo 19 del evangelio de san Juan, versículos 31 a 34:

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado –porque aquel sábado era muy solemne– rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.

 En 2008, Natalie sufrió un terrible accidente de coche cuando iba a 130 kilómetros por hora por una autopista. Se quedó atrapada dentro del vehículo y presentaba todos los síntomas de una hemorragia interna. Se sentía asfixiada y empezó a vomitar sangre. Poco a poco, empezó a sentir que la vida se le escapaba. Después, según ella[66], se encontró en un «lugar» ajeno a los límites «espacio-temporales». Estaba muy cerca de Jesús, «que vestía una túnica blanca». Natalie vivió una ECM muy bella. De repente se encontró ante Cristo, que le mostró su corazón traspasado, rodeado de una corona de espinas.

 Lloraba, y de su Corazón brotaban lágrimas de sangre. Y aquellas lágrimas brotaban también de mi propio corazón. Me pareció que él deseaba que yo experimentara su terrible sufrimiento. Era un sufrimiento tan profundo que olvidé mi miedo a morir y a las personas a las que dejaba. Le pregunté: «Señor, ¿por qué lloras?». «Lloro porque sois mis hijos queridos. Por vosotros he dado mi vida y, a cambio, solo obtengo frialdad, desprecio e indiferencia. Mi corazón se consume en un amor insensato por vosotros, quienesquiera que seáis».

 Natalie Saracco precisa que ella conocía el amor de Dios por todos nosotros, pero que no podía imaginar un amor tan abrasador, que supera todo lo imaginable. Y, dejándose llevar por otro impulso espontáneo, le dice a Jesús:

 «Señor, es una pena entregar el alma, ahora que sé que nos amas hasta la locura. Me gustaría poder regresar a la tierra para dar testimonio de tu amor sin límites y para consolar tu Sagrado Corazón».

 Sigue diciendo:

 Nada más decir esto, me sentí pequeña y frágil: había llegado la hora de mi juicio ante el tribunal celeste. Oí una voz que decía: «Seréis juzgados por el verdadero amor de Dios y de sus hermanos». Después de aquellas palabras, me sentí como reinyectada dentro de mi cuerpo: una sensación de calor recorrió todo mi ser, de la cabeza a los pies. Dejé de vomitar sangre. Los bomberos me sacaron del coche. En el hospital, los médicos no podían entender cómo seguía viva después de un choque tan brutal. Era inexplicable. Además, gozaba de una paz y de una alegría extraordinarias. Estaba desollada viva, pero sentía que todo estaba en orden, en paz.

 He aquí una bellísima ECM y un testimonio que, además, coincide de manera sorprendente con las apariciones que vivió una religiosa de la Visitación en Paray-le-Monial, nada menos que en 1675: santa Margarita María de Alacoque[67]. Después de numerosas apariciones, en un momento de éxtasis se le apareció Cristo y le explicó su amor, mostrándole su corazón traspasado y diciéndole: «He aquí el corazón que amó tanto a los hombres, que no se ahorró nada, hasta extinguirse y consumarse para demostrarles su amor. Y en reconocimiento no recibo de la mayoría sino ingratitud».

El corazón traspasado de Cristo –el Sagrado Corazón– es la señal paradójica de la victoria del Amor sobre la muerte. Esta señal es una llamada para que nuestro corazón se una al de Cristo y se abra plena y firmemente al amor, para que encuentre así el camino de la vida verdadera[68].

Dos pensamientos

Es una extraña debilidad del espíritu humano el hecho de no pensar jamás en la muerte, por más que resulte evidente en todas partes y de mil formas distintas. En los funerales solo se escuchan palabras de sorpresa al constatar que lo mortal muere. Todos recuerdan un momento en el que hablaron con el difunto y sobre qué tema conversaron; y de repente está muerto. ¡Qué poca cosa es el hombre! Y el que lo dice también es un hombre, ¡pero ese hombre no se siente aludido en absoluto, se olvida de su destino! O tal vez se le pasa por la mente cierto deseo inconstante de prepararse, pero enseguida se disipan sus negros pensamientos. Me atrevo a decir, señores, que los mortales se cuidan de enterrar sus pensamientos sobre la muerte tanto como de enterrar a los propios muertos.

 Jacobo Benigno Bossuet

 Lo que ocurra al otro lado, cuando todo en mí haya basculado hacia la Eternidad… ¡Yo no lo sé! Yo creo, solo creo que un gran amor me espera. Sé sin embargo que entonces, pobre y despojado, tendré que dejar que Dios sopese mi vida. Pero no creáis que desespero… No. Creo, creo profundamente que un gran Amor me espera. Ahora que mi hora se acerca, que la voz de la Eternidad me invita a franquear el muro, aquello en lo que creí, lo creeré con mayor firmeza cuando esté a un paso de la muerte. Es al Amor hacia donde camino al marcharme, es a su Amor al que tiendo los brazos, es a la vida adonde desciendo suavemente. Si muero, no lloréis, es el Amor el que me toma apaciblemente. Sí, tengo miedo… ¿Por qué no habría de tenerlo? Simplemente recordadme, siempre que podáis, que un amor me espera. Mi redentor me abrirá la puerta de la alegría, de su Luz. ¡Sí, Padre! Voy hacia ti como un niño, voy a abandonarme en tu Amor, tu Amor que me espera.

 Meditación basada en un poema de san Juan de la Cruz

Aproximación religiosa

Nuestra vida no es más
que una estancia transitoria,
una travesía por un océano
de enigmas impetuosos:
¡la vida verdadera
nos espera en la orilla!

Christian Charrière

Desde el punto de vista religioso, no se puede permanecer indiferente a las ECM. El sentido de la vida, las preguntas existenciales, la confrontación con la muerte son cuestiones que suelen conducir a una interrogación metafísica o religiosa.

El cristianismo profesa que Cristo es el hijo de Dios, que vivió en la tierra, en Palestina, hace 2.000 años, que sufrió por nuestros pecados, que dio su vida por nosotros, que resucitó, que regresó de entre los muertos y que vive para siempre. Él es nuestro Salvador: con su muerte venció a la muerte, ¡mató a la muerte! Gracias a Él se nos ha dado la Vida eterna y cada uno podrá encontrarse en presencia de Dios y resucitar en su propio cuerpo. Indudablemente, un cristiano puede limitarse a esto. Toda su fe está perfectamente resumida en el Credo.

Las ECM son un añadido…

Ciertamente se pueden obviar, al igual que se pueden obviar los milagros actuales por la fe… Nadie está obligado a creer en ellas. Son señales que se nos ofrecen gratuitamente. Y una señal nunca obliga a nada. Pero, si existen, ¿por qué ignorarlas e incluso rechazarlas? Obviamente, siempre conviene ser prudente, al igual que en el caso de otros hechos sorprendentes, como las apariciones o los fenómenos místicos… Desde luego, los milagros forman parte del corpus de la Iglesia católica, pero no es el caso de las ECM, que se consideran hechos extraordinarios, susceptibles de inducirnos a lo maravilloso y al iluminismo o el fideísmo[69]. Además, no hay que sorprenderse de que la interpretación de las ECM por parte de los religiosos sea tan distinta…

Para el teólogo suizo Hans Küng, «las ECM existen. No hay que negarlas, sino interpretarlas».

Monseñor Jean Vernette, que fue delegado del obispado francés para las cuestiones concernientes a las sectas y los nuevos fenómenos religiosos, se cuidaba mucho de distinguir las ECM de la fe cristiana, la vida eterna del estado alterado de conciencia, la resurrección de la reencarnación y la teología espiritual de la parapsicología. Y en eso tenía toda la razón. Pero, hasta lo que yo sé[70], la verdad es que nunca se ha pronunciado sobre la realidad de las ECM.

La persona que más ha escrito sobre este tema es un teólogo bastante independiente, atípico, nada conformista y muy crítico con la Iglesia institucional, el padre François Brune[71]. Su estudio resulta apasionante, aunque es una pena que mezcle el tema de las ECM con un aspecto totalmente distinto, el de la TCI o Transcomunicación Instrumental, que es el intento de comunicarse con los muertos mediante aparatos electrónicos. Es, como he dicho, una pena, porque, como todo el mundo sabe, cuando uno intenta comunicarse con los difuntos corre el riesgo de toparse con entidades infernales peligrosas.

El propio padre Bruce admite que la investigación de todo lo paranormal o parapsicológico puede llevar a verdaderas catástrofes, especialmente entre las personas con un equilibrio psicológico frágil, que son precisamente las que más suelen sentirse atraídas por este tipo de fenómenos. Asimismo, reconoce que la comunicación deseada con el más allá (por más que se trate de un fenómeno aparentemente benigno, como la «escritura automática») puede conducir a la «posesión».

Una vez aclarado esto, hay que reconocer que el padre Brune aporta reflexiones interesantes sobre las ECM a partir de numerosos ejemplos tipo. Admite que, en el momento de la muerte, cuando seamos como «aspirados por Dios, necesitaremos desde luego un tiempo de purificación, necesaria por la sencilla razón de que, si no, no podríamos soportarlo». Con esto retoma la doctrina del purgatorio[72]: «Para poder vivir la vida de Dios, hay que aprender a amar como Él», dice. También que «la evolución espiritual se continúa en el más allá». Y subraya: «La gran ley que se desprende con toda claridad de todos los testimonios del más allá es el respeto absoluto de nuestra libertad. La consecuencia de este respeto absoluto es que nuestra evolución de una etapa a otra y de un mundo a otro dependerá de la buena voluntad de cada uno».

Según él, «gracias a la muerte obtenemos nuestro estado definitivo, sin que haya que esperar al final de los tiempos para encontrar un cuerpo. Al final de nuestra vida terrestre, el alma, gracias al poder del espíritu que la ha transformado, se convierte en un cuerpo glorioso, luminoso, que es la huella del cuerpo material que ha dejado en la tierra y que desaparece».

Sin embargo hay religiosos que, debido a su cultura y su formación, no pueden admitir este fenómeno tan extraño. En el mejor de los casos, se limitan a insistir en que estas experiencias no son necesarias para la fe, que todo nos viene dado por la Revelación.

Ciertamente, podemos contentarnos con Moisés, con los profetas, con lo que nos dijeron Jesús y los apóstoles en las Escrituras y con toda la tradición cristiana. Podemos limitarnos a todo lo que sabemos sobre la muerte, la resurrección de los muertos y la Vida eterna, tal como se explican en el Credo. Pero, aun así, ¿por qué razón Cristo no iba a ofrecernos señales hoy en día, en nuestro mundo, como ocurre con la Sábana Santa de Turín, que interpela específicamente al hombre de nuestro tiempo? ¿Por qué tendría eso que incomodarnos?

¿Qué tenemos que perder? No se trata de demostrar nada: la fe no se sustenta en las pruebas… En cualquier caso, opino que estos «indicios pensables» son interesantes y que combinan limpia y claramente la razón y la fe.

Por otro lado, como veremos, la Iglesia ha admitido (obviamente, después de todo un trabajo de autentificación en todos los planos) la existencia de apariciones, milagros e incluso de fenómenos extraordinarios difícilmente explicables, experimentados por santos y místicos: éxtasis, raptos, bilocación, etc., que sin embargo sobrepasan el entendimiento.

De hecho, contamos también con el punto de vista de religiosos que defienden la realidad de las ECM, como monseñor Michel Aupetit, sacerdote, médico, durante un tiempo obispo auxiliar de la diócesis de París y actualmente obispo de Nanterre[73]. Merece la pena leer la reedición de su libro: La muerte. ¿Y después?[74]:

 Para las religiones en general y para el catolicismo en particular, se trata en primer lugar de investigar las razones neuropsicológicas de estas manifestaciones supuestamente extraordinarias. Si la investigación científica logra darles una explicación lógica, conviene acogerlas seriamente. Hay que distinguir las experiencias cercanas a la muerte, que se producen en pacientes en estado de muerte clínica, cuyo encefalograma plano revela la ausencia de actividad cerebral, de las experiencias extraordinarias vividas por pacientes bajo el efecto de una droga, o de los fenómenos alucinatorios de origen indeterminado.

Actualmente, ninguna explicación psicológica, farmacológica o neuropsicológica permite comprender estas experiencias cercanas a la muerte. Si las comparamos con todo lo que creemos en tanto cristianos, no hay nada que contradiga nuestra fe en la vida eterna.

En cualquier caso, no se pueden ignorar por completo todas estas experiencias subjetivas, sobre todo cuando se multiplican y cuando coinciden de manera tan sorprendente. En principio conviene prestarles atención, respetando a las personas que las han vivido, que muchas veces se sienten heridas debido a los sarcasmos de los incrédulos. Hay que investigar las causas naturales y, si las hay, no dejarse llevar por las reacciones superficiales o exaltadas. En todo caso, para los creyentes ofrecen la ocasión de revisar de forma fructífera el contenido de su esperanza, de su fe, y a partir de ahí extraer consecuencias, como hacen la mayoría de estos experimentadores, con el objeto de vivir una vida mejor, más armoniosa con Dios y con los demás.

 Merece la pena tener en cuenta esta propuesta. El padre Aupetit aborda a continuación la cuestión fundamental del momento en el que la vida «existencial» desaparece: la hora de la muerte.

A la medicina siempre le ha costado precisarla: se trata de uno de los diagnósticos clínicos más difíciles de establecer, al igual que el comienzo del embarazo (¡justamente los dos extremos de la vida!). Como vimos en el capítulo anterior, hay que distinguir la muerte «clínica» de la muerte «biológica», y las ECM se producen entre la muerte clínica y la muerte biológica.

Para los teólogos, existe también la llamada muerte metafísica o muerte ontológica: se trata del momento de la separación efectiva y definitiva del alma espiritual y del cuerpo. ¡Esta es la última frontera! Y no se corresponde forzosamente con la muerte biológica. De hecho, puede darse un lapso de tiempo –no muy corto– entre la muerte corporal, biológica, y el «alejamiento»[75] del alma, que puede tardar, según aquellos que acompañan a los moribundos y la tradición católica, unas tres horas de media (entre media hora y siete horas, según las revelaciones privadas de Marta Robin, mística del siglo XX). La persona está muerta físicamente, pero permanece en alguna parte hasta el momento determinado, que puede ser percibido por aquellos que la rodean, en que el alma se traslada definitivamente al otro mundo: esta es la muerte metafísica.

Monseñor Aupetit subraya, con razón: «La frontera con la que tropiezan los protagonistas de las ECM antes de regresar “a su cuerpo”» es tal vez el límite real entre la vida y la muerte y el último momento en que aquellos que están inscritos en el libro de la vida serán semejantes a Dios, puesto que le verán tal y como es (cfr. Ap 20, 11-13; 1 Jn 3, 2).

Es antes de ese momento cuando puede producirse una ECM, pasando posiblemente por una descorporeización. Por tanto, se trata de una reanimación, no de una resurrección. Retomaremos este tema en los capítulos siguientes.

Esto nos lleva a recordar lo importante que es el momento de la muerte: ¡se trata de un momento único! La Iglesia exige velar a los agonizantes y rezar por los que acaban de morir, porque en el tiempo cercano a la muerte parece librarse un combate en el alma del difunto en el que se enfrentan las fuerzas del bien y del mal. Y, lejos de terminar en la muerte clínica (e incluso en la biológica), este combate seguramente se prolonga hasta el momento de la muerte definitiva, cuando el alma abandona el cuerpo.

 «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». - (Jn 11, 25-26)

* * *

Antes de leer el testimonio siguiente, el de Gloria Polo, conviene saber que la Iglesia sostiene que hay tres estados en el más allá: «Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación [el purgatorio, que nos hace dignos de Dios], bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo [es el caso de los santos, cuya vida terrestre ha manifestado totalmente el amor que han recibido de Dios], bien para condenarse inmediatamente para siempre[76] [el infierno, lugar de desolación definitiva para aquellos que rechazan a Dios libremente y con conocimiento de causa]».

Todos estamos hechos para Dios, todos hemos sido creados para establecer una relación absolutamente pura con Él. Dios da a cada una de las almas las gracias suficientes para que puedan ir derechas al cielo. Durante nuestra estancia en la tierra se nos ofrecen múltiples ocasiones para estar lo suficientemente purificados en el momento de aparecer ante Él en nuestra muerte. Las pruebas –que ofrecemos– nos sirven de purgatorio. Pero, como bien sabemos, olvidamos con demasiada frecuencia que poseemos un alma inmortal y nos ocupamos de otras cosas… Así retrasamos nuestra purificación. Sin embargo, en su extrema misericordia, el Señor nos concede un tiempo suplementario, un aplazamiento, una nueva ocasión de purificarnos, una especie de etapa antes del cielo: el purgatorio.

 

5º testimonio:
«¡He estado a las puertas

del infierno!»

 

He aquí el testimonio completo de Gloria Polo, una dentista de Bogotá (Colombia)[77]. Se trata de una persona normal, ni peor ni mejor que las demás, pero que declara haber estado a las puertas del infierno durante una ECM, la cual transformó su visión de las cosas.

¿Debe tomarse este testimonio al pie de la letra? Como cualquier testimonio, es posible que, con el tiempo, se haya embellecido o alterado. En cualquier caso, merece la pena leerlo entero.

Conviene saber que numerosos santos han confesado visiones del infierno, a cual más aterradora[78]. Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, escribe: «Quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado [el infierno], y yo merecido por mis pecados». Habla de un lugar «tan pestilencial, tan sin poder esperar consuelo…»[79].

 ¡Hermanos! De verdad es muy lindo para mí estar con ustedes compartiendo este hermosísimo regalo que me hizo mi Señor hace más de diez años.

Fue en la Universidad Nacional de Bogotá [en mayo de 1995]. Me estaba especializando con un sobrino que también era odontólogo y mi esposo nos acompañaba. Teníamos que recoger unos libros en la Facultad de Odontología un viernes por la tarde. Estaba lloviendo muy fuerte. Mi sobrino y yo nos refugiamos bajo un paraguas muy pequeño y mi esposo tenía su chaqueta impermeable. Él se acercó a la pared de la biblioteca general, mientras nosotros, sin darnos cuenta, saltando para evitar los charcos, nos acercamos a los árboles. Cuando fuimos a saltar para evitar un gran charco nos cayó un rayo. Nos dejó carbonizados; mi sobrino falleció allí mismo.

Él era un muchacho, a pesar de su corta edad, muy entregado al Señor. Era muy devoto del Niño Jesús y siempre llevaba su imagen en el pecho, dentro de un vidrio de cuarzo. Según la policía, el rayo entró a través de la imagen. A él, el rayo le entró en el corazón, le quemó por dentro y le salió por el pie. Pero por fuera no se carbonizó ni se quemó. En cambio, a mí el rayo me entró por el hombro izquierdo. Me quemó de forma espantosa todo el cuerpo, por fuera y por dentro. Esto que ven aquí, este cuerpo reconstruido, es la misericordia de nuestro Señor. Me carbonizó, me dejó sin senos, prácticamente me desapareció toda la carne y las costillas; el vientre, las piernas… El rayo salió por el pie derecho, me carbonizó el hígado, me quemó los riñones, los pulmones…

 Llevaba puesto un DIU en forma de T de cobre. De manera que el cobre, que es un buen conductor eléctrico, me carbonizó, me pulverizó los ovarios. Quedé en paro cardiaco allí, sin vida, con el cuerpo retorciéndose por la electricidad que quedó en aquel lugar.

Pero miren, esa es la parte física. Lo más hermoso, lo más bello, es que, mientras mis carnes estaban allí carbonizadas, en aquel instante yo me encontraba en el interior de un hermosísimo túnel blanco. Era un gozo, una paz, una felicidad tales que no hay palabras humanas para describirles la grandeza de aquel momento. Era un éxtasis inmenso. Yo iba feliz, gozosa, nada me pesaba dentro de aquel túnel. En el fondo de aquel túnel vi como un sol, una luz hermosísima. Digo que era blanco para ponerle color, porque ninguno de los colores es comparable terrenalmente con aquella luz hermosísima. Yo sentía la fuente de todo aquel amor, de aquella paz…

Cuando iba subiendo dije: «Estoy muerta». Y en aquel instante pensé en mis hijos y dije: «¡Ay, Dios mío, mis hijitos! ¿Qué van a decir mis hijos? Con esa mamá tan ocupada, que nunca tuvo tiempo para ellos». En aquel momento miré con verdad mi vida y me dio tristeza. Dejé mi casa para transformar el mundo y me quedaron grandes mis hijos y mi hogar.

En aquel instante de vacío por mis hijos eché un vistazo. Cuando miré, vi algo bello. Mis carnes ya no estaban ni en las medidas del tiempo ni del espacio de acá. Vi a todas las personas en un mismo instante, en un mismo momento, a todas las personas, a los vivos y a los muertos. Me abracé a mis bisabuelos, a mis padres, que habían fallecido, a todos. Fue un momento pleno, hermoso. Entonces me di cuenta de que me habían metido un «gol» con la reencarnación, porque yo defendía la reencarnación. A mi abuelo y mi bisabuelo los veía por todas partes. Me abrazaron, me encontré con ellos en un instante, nos abrazamos y abracé a todas las personas con las que tuve que ver en mi vida. Solo mi hija, cuando la abracé, se asustó. Tenía nueve años. Ella sí sintió mi abrazo. No había pasado nada de tiempo en aquel momento tan hermoso, tan lindo, ya sin carnes. Ya no miraba como antes, que solo miraba si alguien estaba gordo, flaco, negro, feo, listo. Ahí, no. Cuando estaba sin carnes veía el interior de las personas. Qué lindo ver el interior de las personas, ver en las personas sus pensamientos, sus sentimientos. Los abracé en un instante. Sin embargo, yo seguía subiendo y subiendo, llena de gozo. Cuando sentí que iba a disfrutar de una vista hermosa, vi en el fondo un lago bellísimo. En aquel instante oí la voz de mi esposo. Mi esposo lloraba y, con un grito profundo, con todo el sentimiento, me gritó: «¿Qué ocurre? ¡Gloria, por favor, no se vaya! ¡Gloria, regrese! Los niños, Gloria, no sea cobarde». En aquel instante miré de manera como global y lo vi llorando con tanto dolor, que el Señor me concedió regresar. Yo no me quería venir. Qué gozo, qué paz, qué alegría. Entonces empecé a bajar lentamente a buscar mi cuerpo. Me encontré sin vida. Mi cuerpo estaba en la camilla de la Universidad Nacional, en la enfermería. Veía que los médicos le daban como choques eléctricos a mi corazón para sacarme del paro cardiaco. Estuvimos dos horas y media allí tirados, porque no nos podían recoger, porque «le pasábamos corriente» a todo el mundo. Hasta que dejamos de «pasar corriente» y nos pudieron asistir. Me empezaron a reanimar. Llegué y puse los pies aquí, en esta parte de mi cabeza. Y me entró una chispa con violencia. Así entré en mi cuerpo. Me dolió muchísimo entrar. Porque salían chispas de todas partes, lo veía encapsular en aquello «tan chiquito». El dolor de mi carne, mi carne quemada. Cómo me dolía. Salía humo y vapor, el dolor más terrible, el de mi vanidad. Una mujer con los criterios del mundo, la mujer ejecutiva, la intelectual, la estudiante, la esclavizada del cuerpo, de la belleza y de la moda: cuatro horas diarias de aerobic. Esclavizada para tener un cuerpo hermoso, masajes, dietas… Bueno, todo lo que se puedan imaginar. Aquella era mi vida. Una rutina esclavizante por un cuerpo bello. Y yo decía: «Bueno, si tengo los senos bonitos, es para mostrarlos, porque para qué guardarlos, igual que mis piernas». Porque pensaba que tenía muy espectaculares las piernas y los senos. En un instante vi con horror toda una vida cuidando de un cuerpo. Aquello era el centro de mi vida, el amor a mi cuerpo. Y no había cuerpo, ni senos, sino unos huecos impresionantes. Sobre todo el seno izquierdo: prácticamente había desaparecido. Y mis piernas eran lo más terrible: pedazos vacíos y sin carnes, negrísimos… De allí me llevaron al Seguro Social.

Rápidamente me operaron y empezaron a raspar todos mis tejidos quemados. Cuando estaba anestesiada volví a salir del cuerpo. Estaba mirando lo que estaban haciendo los médicos con mi cuerpo, preocupada por mis piernas. Cuando de pronto… Hubo un momento terrible.

Porque confieso que era una «católica dietética», como toda mi vida. Mi relación con el Señor era una Eucaristía los domingos, veinticinco minutos, donde el padre hablara menos, porque qué desespero y qué angustia: esa era mi relación con Dios. Y como esa era mi relación, solo esa, todas las corrientes del mundo me arrastraban como una veleta, hasta el punto de que, cuando ya me estaba especializando, cuando estaba estudiando y oí a un sacerdote decir que «el infierno no existía y los diablos tampoco», pensé: ¿quién dijo miedo? A mí lo único, lo confieso con vergüenza, lo único que me mantenía en la Iglesia era el miedo al Diablo. Y, cuando me dijeron que no existía, pensé: «Bueno, para el cielo vamos, no importa cómo seamos». Aquello terminó de alejarme totalmente del Señor. Empecé a hablar mal, porque el pecado no se quedó en mí. Empecé a dañar mi relación con el Señor. Empecé a decirle a todo el mundo que los demonios no existen, que son invenciones de los curas, que son manipulaciones. Y, cuando estudiaba con muchos compañeros de La Nacional, empecé a andar con el cuento de que Dios no existía, que éramos producto de una evolución. Y miren, cuando me vi en aquel instante, ¡qué susto tan terrible! Cuando vi a los demonios que me venían a recoger, ¡y que la paga era yo! En aquel instante empecé a ver que de la pared del quirófano empezaron a brotar muchísimas personas, aparentemente comunes y corrientes, pero con una mirada de odio tan grande, una mirada espantosa. En aquel instante me di cuenta de que en mis carnes había una sabiduría especial. Me di cuenta de que a todos ellos les debía. Que el pecado no fue gratis y que la principal infamia y mentira del demonio fue decir que no existía. Vi que se me acercaban y empezaban a rodearme y a recogerme. Ustedes pueden hacerse a la idea del susto, del terror. Mi mente científica e intelectual no me servía de nada. Y rebotaba en el piso, rebotaba dentro de mi carne, para que mi carne me recibiera. Y mi carne no me recibía. En aquel susto tan terrible salí corriendo y no sé en qué instante atravesé la pared del quirófano. Aspiraba a esconderme entre los pasillos del hospital, pero no. Cuando pasé la pared del quirófano… ¡Zas! Un salto al vacío…

Pasé por cantidad de túneles que iban hacia abajo. Al principio tenían luz. Eran luces como panales de abeja, donde había muchísima gente. Fui descendiendo y la luz se fue perdiendo. Empecé a andar por unos túneles de tinieblas espantosas. Cuando llegué a las tinieblas, estas no tenían comparación. Vean, lo más oscuro de lo oscuro terrenal es luz del mediodía allá. No se puede comparar. Ellas mismas ocasionan dolor, horror, vergüenza y huelen mal. Terminé aquel descenso entre todos aquellos túneles y llegué a una parte plana. Estaba desesperada. Aquella voluntad de hierro que decía que tenía, pues a mí nada me quedaba grande, no me servía de nada. Porque yo quería subir y seguía ahí. Vi que en aquel piso se abría una boca grandísima y sentí un vacío impresionante en mi cuerpo, un abismo al fondo inenarrable. Porque lo más espantoso de aquel hueco era que no se sentía ni un poco del amor de Dios, ni una gota de esperanza. Aquel hueco tenía como unas ventosas que me arrastraron. Yo grité, aterrorizada.

Sabía que, si entraba ahí, mi alma ya estaba muerta. Y en aquel horror tan grande, cuando estaba entrando, me agarraron de los pies. Mi cuerpo entró en aquel hueco, pero mis pies estaban sostenidos desde arriba. Fue un momento muy doloroso y terrorífico. ¡Mirad! El ateísmo se me quedó en el camino y empecé a gritar: «¡Almas del purgatorio, por favor, sáquenme de aquí!».

Cuando estaba gritando fue un momento de un dolor inmenso, porque me di cuenta de que allí se encontraban millares y millares de personas. En aquel hueco. Sobre todo, jóvenes. Con dolor, me di cuenta de que empezaba a escucharse un rechinar de dientes y unos alaridos y lamentaciones que me estremecían. Me ha costado muchos años asimilar aquello, porque me ponía a llorar cada vez que me acordaba del sufrimiento de aquellas personas. Me di cuenta de que allí estaban todas las personas que en un momento de desesperación se habían suicidado y estaban con muchos tormentos. Pero lo más terrible de aquellos tormentos era la ausencia de Dios. No se sentía al Señor.

Y con ese dolor empecé a gritar: «¿Quién se equivocó? Jamás he robado, nunca he matado, daba limosna a los pobres, sacaba muelas gratis a los que lo necesitaban. ¿Yo qué hago aquí? Yo iba a misa los domingos». A pesar de que me consideraba atea, nunca falté. Si falté alguna vez a misa, como mucho fueron cinco veces. Yo era un alma que siempre iba a misa. «¿Y yo qué hago aquí? Yo soy católica, por favor, yo soy católica, sáquenme de aquí». Cuando estaba gritando que era católica, vi una lucecita. Y miren, una luz en medio de aquellas tinieblas es el máximo regalo que uno puede recibir. Vi unas escaleras. Encima de aquel hueco vi a mi papá, que había fallecido hacía cinco años. Casi a ras del hueco, un poquito de luz y, cuatro escalones más arriba, vi a mi mamá, con mucha más luz y en una posición como de oración.

Cuando los vi me dio una alegría tan grande, que empecé a gritar: «¡Papá, mamá, por favor, sáquenme de aquí, se lo suplico, sáquenme de aquí!». Cuando bajaron la vista y mi papá me vio allí… Si hubieran visto el dolor tan grande que sintieron… Mi papá empezó a llorar, se puso las manitas en la cabeza y tembló: «¡Hija mía, hija mía!». Mi mamá oraba. Me di cuenta de que ellos no me podían sacar. El dolor que sentía era ver que ellos estaban allí compartiendo aquel dolor conmigo.

Y empecé a gritar de nuevo: «Por favor, sáquenme de aquí, que soy católica. ¿Pero quién se equivocó? Por favor, sáquenme de aquí». Y cuando estaba gritando por segunda vez se escuchó una voz. Era una voz dulce, una voz que, cuando la escuché, se estremeció toda mi alma. Todo se inundó de amor y de paz, todas aquellas criaturas salieron despavoridas, porque no resistían el amor ni la paz. Y hubo paz para mí. Aquella voz tan preciosa me dijo: «Muy bien, si eres católica, dime los mandamientos de la ley de Dios».

Qué pánico tan horrible. Yo sabía que eran diez, pero de ahí en adelante, nada. «¿Ahora qué hago?», pensé.

Mi mamá siempre me hablaba del primer mandamiento: el amor. Por fin me sirvieron para algo «los sermones» de mi mamá. Ahora me tocaba «echar el sermón» de mi mamá. «Pero a ver cómo salgo de esta para que no se noten los demás», pensaba. Pensaba manejar las cosas como las manejaba acá. Siempre tenía la excusa perfecta, siempre me justificaba y me defendía de tal manera que nadie se enteraba de lo que no sabía. Y empecé a decir: «El primero es amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo». «¡Muy bien!». Y me preguntaron: «¿Y tú los has amado?». Dije: «Yo sí». Y entonces me dijeron: «No». Miren, cuando me dijeron aquello… Entonces sí que sentí la corriente del rayo, porque antes no me di cuenta en qué parte me cayó el rayo, no sentía nada. Me dijeron: «No. Tú no has amado a tu Señor sobre todas las cosas y muchísimo menos a tu prójimo como a ti misma. Tú te hiciste un dios que acomodaste a tu vida solo en los momentos de extrema necesidad. Te postrabas ante él cuando eras pobre, cuando tu familia era humilde, cuando querías ser profesional. Entonces sí, todos los días orabas y te postrabas horas enteras suplicando a tu Señor, orando y pidiéndole que te sacara de la pobreza y te permitiera ser profesional y ser alguien. Cuando tenías necesidad, cuando querías dinero, entonces un rosario para el Señor. Pero solo para que te mandara dinero. Esa era la relación que tú tenías con el Señor».

Yo veía a mi Señor, tristemente lo confieso, como un «cajero automático». Rezaba un rosario y tenía que llegarme el dinero. Esa era mi relación con él. En cuanto el Señor me permitió tener una profesión, tener un nombre y tener dinero, se me quedó «chiquitito» el Señor. Empecé a creerme alguien. No tenía la más mínima expresión de amor con el Señor. ¿Ser agradecida? ¡Jamás! Ni siquiera abría los ojos. «¡Señor, gracias por este día que me has dado, gracias por mi salud, por la vida de mis hijos, porque tengo un techo! ¡Pobrecitos los que no tienen techo ni comida, Señor!». ¡Nada, desagradecidísima! Aparte de eso, puse tan debajo al Señor que creía más en Mercurio y en Venus para la suerte. Me fascinaba la astrología y decía que los astros controlan la vida. Empecé a frecuentar todas las doctrinas que me ofrecía el mundo, empecé a creer que simplemente se moría y se volvía a empezar. Y me olvidé de la Gracia. De que yo le había costado un precio de sangre al Señor. Me hicieron un examen de los Diez Mandamientos. Me mostraron que yo decía que adoraba y que amaba a Dios con mis palabras, pero que adoraba a Satanás. Porque a mi consulta venía una señora a echar riegos[80], y yo le decía: «Yo no creo en eso, pero échelos por si las moscas». Y ella empezaba a echar rieguitos para la buena suerte. Había puesto en un rincón, donde no pudieran verla los pacientes, una penca de sábila con una herradura, que dicen que sirve para alejar las malas energías.

¡Era vergonzoso! Me hicieron un análisis de toda mi vida en función de los Diez Mandamientos. Me mostraron cómo fui con el prójimo, cómo le decía a Dios que lo amaba. Cuando todavía no me había alejado de Él, cuando todavía no había empezado a andar en el ateísmo, yo decía: «¡Dios mío, te amo!». Pero con esa misma lengua con la que bendecía al Señor, con esa misma lengua criticaba a todo el mundo, a todo el mundo andaba señalando con el dedo, siempre la santa Gloria. Me mostró que yo decía que amaba a Dios y era envidiosa. Y que decía que era agradecida, cuando jamás le reconocí todo su esfuerzo, su amor y su entrega al darme una profesión, al levantarme. En cuanto tuve una profesión, hasta mis padres se me quedaron pequeños, hasta el punto de llegar a avergonzarme de mi mamá por su humildad y su pobreza.

Y me mostraron cómo era como esposa. Todo el día renegando, desde que me levantaba. Mi esposo me decía: «¡Buenos días!». Y yo le contestaba: «¿Cuáles buenos días? Si está lloviendo». Estaba renegando todo el tiempo. Me mostraron que con mis hijos jamás tuve amor y compasión, ni por el prójimo, por mis hermanos de fuera. Y me decía el Señor: «Nunca pensaste: “Pobrecitos los enfermos, Señor. Dame la gracia de ir allá a acompañarlos en su soledad. Los niños que no tienen mamá, los huerfanitos, cuántos niños sufriendo, Señor”». Mi corazón era de piedra. Así que, en el examen de los Diez Mandamientos, no pasé ni medio.

¡Era terrible, espantoso! Viví un verdadero caos. ¿Cómo era posible que yo, que no había asesinado, hubiera matado a tanta gente?

Por ejemplo, di mucha limosna a gente necesitada, pero lo hacía no por amor, sino por mi imagen, para que todo el mundo me viera. Manipulaba la necesidad de la gente. Decía: «Tome, le doy esta limosna, pero, por favor, vaya y reempláceme en las reuniones del colegio de mis hijos, porque yo no tengo tiempo de ir a las reuniones personales de los colegios». A todo el mundo le daba cosas, pero les manipulaba. Además, me encantaba que anduviera un montón de gente detrás de mí diciendo lo buena y lo santa que era. ¡Me creé una imagen! Me dijeron: «¡Tú tenías un dios y ese dios era el dinero! ¡Por él te condenaste! Por él te hundiste en el abismo y te alejaste de tu Señor». Nosotros habíamos tenido mucho dinero, pero estábamos arruinados, endeudadísimos, se nos había acabado el dinero… Entonces, cuando me dijeron lo del dios dinero, yo grité: «¡Pero qué dinero, si en la tierra dejé muchas deudas!». Hasta ahí hablé…

Cuando me hablaron del segundo mandamiento, vi que yo de pequeñita tristemente aprendí que, para evitar los castigos de mi mamá, que eran bastante severos, las mentiras eran excelentes. Y empecé a caminar con el padre de la mentira (Satanás). Empecé a volverme mentirosa y, a medida que mis pecados iban creciendo, las mentiras fueron haciéndose más grandes. Me daba cuenta de que mi mamá respetaba mucho al Señor y para ella el nombre del Señor era santísimo. Entonces pensé: «Aquí tengo el arma perfecta». Y comencé a jurar en vano. Le decía: «Mami, por Cristo lindo te juro…». Así evitaba los castigos. Imagínense, en mi mentira colocando el santísimo nombre del Señor en las porquerías, en mi inmundicia, porque ya estaba llena de mugre y de pecado.

Y aprendí que las palabras no se las lleva el viento. Cuando mi mamá se ponía muy terca, le decía: «Mamá, ¿sabe qué? ¡Que me parta un rayo si le estoy diciendo mentiras!» (…). Pero miren, por misericordia de Dios aquí estoy, porque en realidad el rayo entró y me atravesó prácticamente en dos partes y me quemó. Me mostraron que yo, que me decía católica, nunca tuve palabra y siempre usaba el santo nombre del Señor.

Me impresionó que, cuando pasó el Señor, todas las criaturas, todas aquellas cosas espantosas se arrojaron al piso en una adoración impresionante. Vi a la Santísima Virgen postrada a los pies del Señor, orando por mí, en una extrema adoración. Y yo, pecadora, desde mi inmundicia de tú a tú con el Señor. Yo, tan buena que he sido, renegando y maldiciendo del Señor.

El de Santificar las fiestas fue espantoso y sentí un inmenso dolor. La voz me dijo que yo dedicaba cuatro y cinco horas a mi cuerpo y ni siquiera diez minutos diarios de profundo amor al Señor, de agradecimiento o de una oración. Eso sí, empezaba el rosario a toda velocidad y decía: «En los comerciales de la novela termino el rosario». Me mostraron que nunca fui agradecida con el Señor. También me mostraron lo que decía cuando me daba pereza ir a misa: «Pero, mamá, si Dios está en todas partes, qué necesidad tengo de ir». Claro, me era muy cómodo decir eso. Y la voz me repetía que «yo tenía al Señor veinticuatro horas al día pendiente de mí y yo no rezaba ni un poquito o un domingo para darle gracias, para mostrarle cuán grande era mi agradecimiento y mi amor por Él. Me quedaba grande» (…). Me dediqué a cuidar mi cuerpo, me volví esclava, pero se me olvidó un pequeño detalle: tenía un alma y jamás cuidé de ella. Nunca la alimenté con la palabra de Dios, porque muy cómodamente decía: «El que lee la palabra de Dios se vuelve loco».

Y en los sacramentos, nada. Yo pensaba que cómo me iba a confesar con aquellos viejos que eran más malos que yo, porque era muy cómodo para mí, con mi porquería, no irme a confesar. El Maligno me apartó de la confesión y así fue como me quitó la sanación y la limpieza de mi alma. Porque, cada vez que cometía un pecado, no era gratis: Satanás ponía dentro de esa blancura de mi alma su marca, una marca de tinieblas. Solo en mi Primera Comunión hice una buena confesión. De ahí en adelante, nunca más. Recibí a mi Señor indignamente.

Llegó hasta tal punto la blasfemia, la incoherencia de mi vida, que llegué a decir: «¿Cuál Santísimo? ¿Un Dios vivo en un pan? Esos sacerdotes deberían echarle un poco de arequipe[81] para que supiera rico». Hasta ese punto llegó la degradación en mi relación con Dios.

Jamás alimenté mi alma. Y, para rematar, no hacía más que criticar a los sacerdotes. Si hubieran visto lo mal que me fue con eso. En mi familia y desde muy pequeños criticábamos a los sacerdotes, empezando por mi papá. Decían que eran unos mujeriegos que tenían más plata que nosotros y nosotros lo repetíamos. Y nuestro Señor me decía: «¿Quién te creías tú para hacerte Dios y juzgar a mis ungidos? Son de carne y la santidad de un sacerdote la hace la comunidad, que ora, le ama y le apoya. Y cuando un sacerdote cae en pecado no le preguntan tanto al sacerdote, sino a la comunidad». Y el Señor me mostraba que, cada vez que yo criticaba a los sacerdotes, se me pegaban unos demonios. Aparte de eso, cuánto mal hice. Una vez llamé a un sacerdote homosexual y toda la comunidad se enteró. No se imaginan el daño que hice.

Del cuarto mandamiento, Honrar al padre y a la madre, el Señor me mostró, como ya les comenté, lo desagradecida que fui con mis padres, cómo les maldecía y renegaba de ellos porque no podían darme todo lo que mis amigas tenían. Y que fui una hija que no valoraba lo que tenía. Llegué hasta el punto de decir que aquella no era mi mamá, porque me parecía muy poquita cosa para mí. Fue espantoso ver el resumen de una mujer sin Dios y cómo aquella mujer sin Dios había destruido todo lo que se le acercaba. Y lo más grave es que yo sentía que era buena y santa. También me mostró el Señor que yo había creído que no fallaría en este mandamiento por el simple hecho de haber pagado los médicos y las medicinas de mis padres cuando enfermaron. Y que yo analizaba todo a través del dinero y los manipulé cuando tuve dinero. Hasta de ellos me aproveché. El dinero me endiosó y los pisoteé.

¿Saben lo que más me dolió? Ver a mi papá llorando con tristeza. A pesar de todo, él había sido un buen padre que me enseñó a ser trabajadora, emprendedora y que debía ser honorable, porque solo el que trabaja puede salir adelante. Pero se le olvidó un pequeño detalle: que yo tenía alma y que, con su mal ejemplo, toda mi vida se empezó a hundir. Veía con dolor que era mujeriego. Él era feliz diciendo a mi mamá y a toda la gente que era muy macho porque tenía muchas mujeres. Además tomaba y fumaba. Aquellos vicios le hacían sentir orgulloso. No pensaba que eran vicios, sino virtudes. Yo veía que mi mamá ocultaba sus lágrimas cuando mi papá empezaba a hablar de otras mujeres.

Me empecé a llenar de rabia, de resentimiento y aquello me llevó a la muerte espiritual. Sentía una rabia espantosa al ver cómo mi papá humillaba a mi mamá delante de todo el mundo. Empecé a rebelarme y le dije a mi mamá: «Yo nunca voy a ser como usted. Por eso las mujeres no valemos nada, por mujeres como usted, sin dignidad, sin orgullo, que se dejan pisotear por los hombres». Y le dije a mi papá cuando ya fui más grande: «Jamás voy a permitir que un hombre me humille como usted lo hace con mi mamá; si un hombre me llega a ser infiel, me desquito, papá». Mi papá me pegó y me dijo: «¿Cómo se le ocurre?». Era muy machista. Yo le dije: «Así me pegue y me mate: si yo me llego a casar y mi esposo me es infiel, yo me desquito para que los hombres entiendan cómo sufre una mujer cuando un hombre la pisotea». Y me llené de todo ese resentimiento y esa rabia. Cuando ya tuve plata, empecé a decirle a mi mamá: «¿Sabe qué, mamá? Sepárese de mi papá». Y eso que yo adoraba a mi papá. «Es imposible que usted aguante a un tipo así. Sea digna, hágase valer, mamá». ¡Imagínense! Quería divorciar a mis padres. Y mi mamá decía: «No, hija, a mí no es que no me duela. Sí me duele, pero me sacrifico porque ustedes son siete hijos y yo no soy sino una. Me sacrifico porque su papá es un buen papá y yo sería incapaz de irme y dejarlos sin papá. Además, si yo me separo, ¿quién va a orar para que su papá se salve? Yo soy la que puedo orar para que su papá encuentre la salvación, porque el dolor y el sufrimiento que él me ocasiona, yo los uno a los dolores de la cruz y todos los días le digo al Señor: “Este dolor no es nada unido a tu cruz. Permite que mi esposo y mis hijos se salven”». Y yo aquello no lo entendía. Me dio tanta rabia que eso hizo que mi vida cambiara y me volviera una rebelde y empezara a promulgar esos deseos de defender a la mujer. Empecé a defender el aborto, la estancia, el divorcio y la ley del Talión: el que me la hace, me la paga. Nunca fui infiel físicamente, pero dañé a mucha gente con mis consejos.

Cuando llegamos al quinto mandamiento, el Señor me mostró que era una asesina espantosa y que cometí lo peor y lo más abominable ante sus ojos: el aborto. El poder que me dio el dinero me sirvió para financiar varios abortos, porque yo decía: «La mujer tiene derecho a escoger cuándo quiere quedar embarazada o no». Miré en el libro de la vida y me dolió tanto cuando vi a una niña de catorce años abortando… Yo le había enseñado, porque, cuando uno tiene veneno, nada bueno queda. Y se daña a todo lo que se acerca.

Unas niñas, tres sobrinas mías y la novia de un sobrino abortaron. Las dejaban ir a mi casa porque yo era la de la plata, la que las invitaba, la que les hablaba de moda, de glamour y de cómo exhibir su cuerpo. Mi hermana me las mandaba. Las prostituí, prostituí a menores. Ese fue otro pecado espantoso después del aborto. Porque yo les decía a aquellas niñas: «No sean bobas. Sus mamás les hablan de virginidad y de castidad porque están pasadas de moda. Hablan de una Biblia de hace dos mil años y los curas no se han querido modernizar. Hablan de lo que dice el papa, pero ese papa está pasado de moda».

Imagínense mi veneno. Les enseñé a esas niñas que tenían que disfrutar de su cuerpo, pero que tenían que planificar. Les enseñé los métodos de planificación. Y esa niña de catorce años, la novia de mi sobrino, llegó un día llorando a mi consultorio (lo vi en el libro de la vida) y me dijo: «Gloria, soy una niña y estoy embarazada». Yo le dije: «Bruta, ¿no le había enseñado a planificar?». Y me dijo: «Sí, pero no funcionó». El Señor me había puesto allí a aquella niña para que no se hundiera en el abismo, para que no abortara. Porque el aborto es una cadena que pesa tanto, que arrastra y pisotea. Es un dolor que nunca se acaba, es el vacío de haber sido el asesino de lo peor, de un hijo. ¿Y saben qué fue lo peor? Que, en lugar de hablarle del Señor, le di plata para que fuera a abortar a un lugar muy bueno, para que después no la fueran a perjudicar. Al igual que este, patrociné varios abortos. Cada vez que la sangre de un bebé se derramaba, era como un holocausto a Satanás. Un holocausto. El Señor se duele y se estremece cada vez que se mata a un bebé. Porque en el libro de la vida vi que, tan pronto como se tocan el espermatozoide y el óvulo, se forma una chispa hermosa, una luz cogida del sol del Padre Dios. El vientre de una madre, en cuanto es fecundado, se ilumina con el brillo de esa alma y cuando se aborta esa alma grita y gime de dolor, aunque no tenga ojos ni carne. Se escucha ese grito cuando lo están asesinando y el cielo se estremece. Y en el infierno se escucha otro igual, pero de júbilo. Inmediatamente, del infierno se abren unos sellos y salen unas larvas para seguir asediando a la humanidad y haciéndola esclava de la carne. Porque, ¿saben cuántos bebés se matan a diario? Y eso es un triunfo para él. Ese precio de sangre inocente ocasiona un demonio más afuera. Y me lavaron en esa sangre y mi alma blanca se empezó a poner absolutamente oscura.

Después de los abortos, ya no tuve más convicción de pecado. Para mí todo aquello estaba bien. Y lo triste también fue ver a todos los bebés que yo había matado. Porque, ¿saben qué? Yo planificaba con un DIU de cobre. Y fue doloroso ver cuántos bebitos habían sido fecundados y cómo se habían estallado aquellos soles. Y el grito de aquel bebé desgarrándose en las manos de Papá Dios. Con razón vivía amargada y con mal genio, haciendo mala cara, frustrada con todos y con mucha depresión. Claro, me había vuelto una máquina de matar bebés.

Aquello me hundió más en el abismo. ¿Cómo que no había matado? Y qué decir de cada persona que odiaba, que detestaba. ¡En eso sí que era asesina! Porque no solo con un disparo se mata a una persona. Basta con odiarla, con hacerle el mal, con tenerle envidia, con eso ya se la mata.

En cuanto al sexto mandamiento de No cometer actos impuros, pensé: «No me pueden descubrir ni un amante, porque yo toda la vida solamente he tenido un hombre, que es mi esposo». Pero me mostraron que, cada vez que estaba con mis senos y mi cuerpo medio descubiertos estaba incitando a otros hombres a que me miraran y tuvieran malos pensamientos. Los hacía pecar. Así fue como entré en el adulterio. Yo aconsejaba a las mujeres que fueran infieles a sus esposos. Les decía: «No sean bobas, desquítense. No los perdonen y divórciense». Ya con eso estaba cometiendo un adulterio abominable. Me di cuenta de que los pecados de la carne son espantosos y condenatorios, por mucho que el mundo les diga que están bien y que debemos seguir actuando como animales. Desgraciadamente me solté de la mano del Señor, porque los pecados están en los pensamientos, en el alma y en la acción.

Fue muy doloroso ver cómo todo aquel pecado, por ejemplo, el pecado del adulterio de mi papá, dañó y desgarró a sus hijos. A mí me volvió una resentida con los hombres. Y mis hermanos fueron tres fieles fotocopias de mi papá: felices de ser muy machos, mujeriegos y bebedores… No se daban cuenta de cómo dañaban a sus hijos. Por eso mi papá lloraba con tanto dolor al ver que su pecado lo habían heredado sus hijos, dañándose así toda la obra de Dios.

Respecto al séptimo mandamiento de No robar, yo me consideraba honesta. Pero el Señor me mostró que, mientras en mi casa se desperdiciaba la comida, en el mundo se padecía mucha hambre. Me dijo: «Yo tenía hambre y mira lo que hacías con lo que te daba. Lo desperdiciabas. Yo tenía frío y mira lo que hacías. Esclavizada con las modas y las apariencias. Gastándote el dinero en una inyección para estar delgada, esclavizada del cuerpo. En pocas palabras, hiciste de tu cuerpo un dios». Me mostró que yo era culpable de la miseria de mi país. También me mostró que, cada vez que hablaba mal de alguien, le robaba la honra y que era muy difícil devolvérsela. Que habría sido más fácil de reparar si le hubiera robado un billete, porque se lo habría podido devolver, pero no robarle el buen nombre. Les robaba a mis hijos la gracia de una mamá en casa, tierna, una madre que los amara. Y no una madre en la calle, dejando a los niños solos con el papá televisor, la mamá computadora y los juegos de video. Y para acallar mi conciencia les compraba ropa de marca. Más me horrorizó cuando vi que a mi mamá se la cuestionaba. Y eso que mi mamá fue una mujer santa, que nos corregía y nos amaba, igual que mi papá. Pensé: «Qué será de mí, yo que ni siquiera les he dado nada a mis hijos… Qué espanto, qué dolor tan grande».

Me dio mucha vergüenza, porque en el libro de la vida se ve todo como en una película. Los niños decían: «Ojalá se demore mi mamá, que haya un atasco, porque no hace más que protestar». Qué tristeza ver a un niño de tres años y una niña más grande diciendo eso. Les robé a su mamá, les robé la paz que debía dar en mi casa. Y no dejé que conocieran a Dios, ni les enseñé a amar al prójimo. Porque, si no amo a mi prójimo, no tengo nada que ver con el Señor. Y, si no tengo misericordia, tampoco. Porque Dios es amor.

Les voy a hablar de No dar falso testimonio ni mentir. En eso sí que fui una experta. Porque Satanás se volvió mi papá.

Si Dios es Amor y yo odiaba, ¿quién era mi padre? Si Dios me hablaba del perdón y de amar a los que me hacen daño y yo decía: «El que me la hace me la paga», ¿quién era mi padre? Y, si Él es la verdad y Satanás es la mentira, ¿quién era mi padre? No hay mentira ni rosada, ni amarillita, ni verdecita, todas las mentiras son mentiras y Satanás es su padre. Tan terribles fueron los pecados de mi lengua que vi cuánto daño hice con ella. Cuando murmuraba, cuando me burlaba, cuando le ponía un apodo a alguien, cómo se sentía aquella persona, cuánto le dolía el apodo. Era capaz de crearle un complejo de inferioridad a una persona gordita por andar llamándola gorda. Cuánto mal hacía. La palabra siempre terminaba en una acción.

Luego me examinaron de la codicia. De ahí surgieron todos mis males, de ese deseo loco. Yo pensaba que sería feliz teniendo mucho dinero y tener dinero se convirtió en una obsesión. Fue una lástima. Porque, cuando tuve mucho dinero, fue el peor momento que vivió mi alma, hasta el punto de querer suicidarme. Tanto dinero y estaba sola, vacía, amargada, frustrada. Aquella codicia por el dinero fue lo que me llevó a extraviarme y soltarme de la mano del Señor.

Después de aquel examen de los Diez Mandamientos me mostraron el libro de la vida. Era muy hermoso. Ya quisiera yo tener palabras para describirlo. Empezó desde la concepción. En cuanto se unieron el par de células de mis padres, de inmediato hubo un «¡zas!», una chispa, una explosión hermosa. Y se formó un alma, mi alma, cogida de la mano del Padre Dios. Vi al Padre Dios, tan hermoso, tan maravilloso, que me cuidaba las veinticuatro horas del día, me buscaba. Y lo que yo veía como un castigo no era más que su amor. Porque Él no miraba mi carne, sino mi alma, y veía cómo me iba alejando de la salvación. Para terminar les voy a dar un ejemplo de hasta qué punto es hermoso el libro de la vida. Yo era muy hipócrita. A la gente le decía: «Qué vestido tan precioso, qué lindo». Y por dentro decía: «Qué pinta más asquerosa, y encima se cree la reina». En aquel libro se veía perfectamente lo que decía. Pero con una diferencia: se veían mis pensamientos y el interior de mi alma. Todas mis mentiras quedaban a la vista, vivas, todo el mundo se daba cuenta. Cuántas veces engañaba a mi madre porque no me dejaba ir a ningún lado. «Mamá, tengo un trabajo en grupo en la biblioteca». Y mi mamá se lo creía. Y me iba a ver una película pornográfica, o al bar, a beber cerveza con mis amigas. Y mi mamá vio mi vida. No se le escapó nada. Es tan lindo el libro de la vida… Mis padres me daban plátanos en el almuerzo. En mi época mis padres eran pobres, de manera que mi almuerzo eran plátanos, bocadillos y leche. Yo me comía el plátano y tiraba la cáscara. Nunca tuve la conciencia de pensar que, si tiraba la cáscara, podía hacerle daño a alguien. Lo lindo fue que el Señor me mostró algunas veces, no siempre, quién se cayó con aquella cáscara. Habría podido asesinar a esa persona por mi falta de misericordia. Solo una vez hice una confesión con dolor y vergüenza, bien hecha. Fue cuando una señora me dio 4.500 pesos de más en un supermercado de Bogotá. Mi papá nos había dicho que fuéramos honrados y no tocáramos nunca un centavo de nadie. Me di cuenta en el coche, cuando iba al consultorio. Pensé: «Esa vieja me dio 4.500 pesos de más y ahora me toca devolverlo». Pero me dije: «Qué le voy a devolver. Quién le manda ser tan bruta». Pero me quedó el dolor de aquella plata. Porque mi papá nos había enseñado muy bien la honradez. El domingo me confesé: «Padre, robé 4.500 pesos porque no se los devolví a una señora». Ni siquiera puse atención a lo que me dijo el padre. ¿Saben qué me dijo el Señor? «Fue una falta de caridad no reparar el pecado. Porque para ti 4.500 pesos no eran nada, pero para aquella mujer, con un sueldo mínimo, era la alimentación de tres días». Y saben qué fue lo más triste que me mostró: cómo sufrió y pasó hambre durante dos días. Por mi culpa. Porque así me lo mostró el Señor: cuando hice algo, quién sufrió (…). Luego me preguntó: «¿Qué tesoros espirituales tienes?». Pero mis manos estaban vacías, no llevaba nada. Entonces me dijo: «¿De qué te sirven tus dos apartamentos, tus casas, tus consultorios (…)? ¿Acaso has podido traer aquí el polvo de un ladrillo? ¿Qué hiciste con los talentos que te di?». Tenía una misión, la misión de defender el Reino del amor, el Reino de Dios. Olvidé que tenía un alma, y aún más que tenía talentos. Que era las manos misericordiosas de Dios. Y que todo el bien que dejé de hacer le dolió al Señor. Porque el Señor siempre me preguntaba por el amor. Si hubieran visto cómo es la muerte espiritual. Cómo es un alma que odia, que le hace mal a todo el mundo. Cuando uno está lleno de pecados, por fuera huele muy bien pero por dentro el alma huele horrible y vive en los abismos. Con razón tenía tanta depresión y tanta amargura. El Señor me dijo: «Tu muerte espiritual comenzó cuando te dejaron de doler todos tus hermanos. Cuando veías el sufrimiento de tus hermanos en todas partes, o cuando veías en los medios de comunicación que habían matado o secuestrado, tú con la lengua decías: “¡Pobrecitos!”. Pero no te dolían tus hermanos. En el corazón no sentías nada. Eras toda de piedra. El pecado te petrificó el corazón».

Cuando se cerró el libro, sentí una tristeza muy grande. Qué dolor por haberme portado así con Dios. Porque, a pesar de todos mis pecados, de toda mi inmundicia y de toda mi indiferencia, el Señor, hasta el último instante, me buscó. Siempre me envió instrumentos, personas, me habló, me gritó para buscarme (…).

Yo pensaba que el Señor me había condenado, pero no era así. En mi libre albedrío yo había escogido a mi padre, y no escogí a Dios, sino a Satanás, ese fue mi padre. Cuando se cerró el libro, pensé que me iba a caer por un hueco y que, después, en aquel hueco se iba a abrir una puerta. Empecé a gritar a todos los santos que me salvaran. No tenía ni idea de que supiera tantos santos (…): san Isidro labrador, san Francisco de Asís… Cuando se me acabaron todos los santos, se hizo el silencio. Sentí un vacío y un dolor muy grande (…). Levanté los ojos y me encontré con los ojos de mi mamá. Con mucho dolor le grité: «¡Mamá! ¡Me he condenado y, adonde voy, no te volveré a ver jamás!». En aquel momento, a ella le concedieron una gracia muy bella. Estaba inmóvil, pero le permitieron mover sus dedos hacia arriba. Ella señaló hacia allí y de mis ojos saltaron dos costras espantosamente dolorosas, una ceguera espiritual. Y vi un momento hermoso, cuando una paciente me dijo: «Mire, doctora. Usted es muy materialista y un día lo va a necesitar. Cuando esté en peligro, cualquiera que sea, pídale a Jesucristo que la cubra con su sangre, y él nunca la abandonará. Porque él pagó el precio de su sangre por usted». Y empecé a gritar: «¡Jesucristo, ten compasión de mí! ¡Perdóname! ¡Señor, dame una segunda oportunidad!». Aquel fue el momento más bello. No tengo palabras para describirlo. El Señor bajó y me sacó de aquel hueco. Cuando me recogió, me levantó y (…) me dijo con mucho amor: «Volverás, tendrás una segunda oportunidad (…). Pero no por la oración de tu familia, porque es normal que ellos oren y clamen por ti, sino por la intercesión de todas las personas ajenas a tu carne y a tu sangre que han llorado, orado y elevado su corazón con muchísimo amor por ti». Vi que se encendían un montón de lucecitas que eran como llamitas blancas llenas de amor. Y vi a las personas que estaban orando por mí. Pero había una llama grande, muy grande, que era la que más luz y amor daba. Quise saber quién era esa persona que me amaba tanto y el Señor me dijo: «Esa persona que allí ves es alguien que te ama tanto, tanto, que ni siquiera te conoce». Y me mostró (…) que era un campesino que vivía al pie de la Sierra Nevada de Santa Marta. Bajó el hombre, compró un dulce y se lo envolvieron en una hoja de periódico del día anterior. Y ahí estaba mi fotografía, quemada. Cuando aquel hombre vio la noticia, ni siquiera la leyó. Se arrodilló, empezó a llorar con un amor muy grande y dijo: «Señor, ten compasión de mi hermanita. Sálvala, Señor. Si la salvas, te prometo que voy al santuario de Buga y te cumplo una promesa, pero sálvala». Aquel hombre no protestaba ni maldecía por el hambre, sino que, con un gran amor, se ofreció a atravesar todo el país por alguien que no conocía. El Señor me dijo: «Eso es el amor al prójimo (…). Vas a volver, pero esto no lo vas a repetir mil veces, sino mil veces mil. Y ay de aquellos que al oírte no cambien, porque van a ser juzgados con más severidad, como lo serás tú en tu segundo regreso». Y eso lo dijo tanto para los ungidos, que son sus sacerdotes, como para cualquiera, porque no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver.

Y esto, mis queridos hermanos, no es una amenaza. El Señor no necesita amenazarnos. Es una segunda oportunidad (…). Cuando les abran el libro de la vida a cada uno, cuando se mueran cada uno de ustedes, vamos a vivir este momento tal cual (…), con la diferencia de que entonces veremos nuestros propios pensamientos y sentimientos en la presencia de Dios. Lo más hermoso es que veremos al Señor ante nosotros, pidiéndonos que nos convirtamos, para que de verdad empecemos a ser nuevas criaturas con Él. Sin Él, no podemos.

 Que el Señor os bendiga. Gloria a Dios. Gloria a Nuestro Señor Jesucristo. La muerte espiritual es la pérdida del estado de gracia. -  Gloria Polo[82]

 

Tres citas

 Nadie se da a sí mismo la vida. La vida siempre se engendra a partir de la vida, hasta cuando se consigue la vida particular de un embrión por una manipulación in vitro. La vida no procede de ninguna parte, sino que nace o bien de un acto de amor, lo cual es lo más humano, o bien de una probeta. Pero es a partir de una vida ya existente de donde la vida, nuestra vida, surge. La vida se revela siempre en el ser vivo, del cual es el soporte, la expresión. Puesto que la vida se engendra a sí misma en el ser vivo, en el cual se expresa, y que ninguno de estos seres vivos se otorga la vida a sí mismo, podemos concluir, remontándonos al origen de la vida, que existe necesariamente «la Vida capaz de engendrarse a sí misma, a la que el cristianismo llama Dios»[83].

En el cristianismo, la Vida autoengendrada es el Padre, y el Ser vivo eternamente engendrado que expresa la Vida es el Verbo, o el Hijo. -  Michel Aupetit[84]

 Las grandes verdades tradicionales, comunes a la mayoría de las religiones, se ven reforzadas. Sí, la vida continúa inmediatamente después de la muerte, sin ningún tipo de interrupción. Sí, hay un mundo mejor para aquellos que hayan sabido dar su amor a los que les rodean. Y sí, aquellos que hayan llevado una vida de egoísmo desenfrenado deberán aceptar pasar primero por el camino de una lenta transformación, a menudo dolorosa, para aprender a amar. Pero, al final, todos somos esperados, sostenidos y ayudados por el Amor, que está en el origen de nuestra propia existencia. Este es, sin duda, el gran descubrimiento de todos aquellos que han vivido estas experiencias: el Amor infinito de Dios. -  François Brune

 Sí, efectivamente creo, al igual que usted, que todo esto aporta una nueva perspectiva a la existencia. La impresión que sugiere es que la vida no es tan arbitraria y absurda como afirman muchos pensadores posmodernos. En este sentido, creo que la experiencia cercana a la muerte es incluso subversiva, porque hace surgir un repertorio de valores completamente distintos a aquellos que dominan nuestras civilizaciones materialistas actuales. Es subversiva porque contradice el pensamiento secular posmoderno. -  Kenneth Ring


Aproximación antropológica

Porque lo espiritual es en sí mismo carnal. - Charles Péguy

Para interpretar correctamente lo que ocurre en una ECM, hace falta una antropología realista. En cualquier caso, la realidad de las ECM es impensable si no se acepta la realidad del alma (lo que los científicos prefieren llamar «conciencia», término demasiado general y mal definido) y su articulación con el ser.

Actualmente, el alma se concibe principalmente como una invención de las religiones. En general, no se considera más que un psiquismo. El individuo se percibe mayoritariamente como una entidad psicosomática: un cuerpo y un psiquismo. Desde hace 150 años, con los comienzos de la psicología y el psicoanálisis, el descubrimiento del inconsciente y todos los avances de las ciencias humanas, la ciencia se ha venido apoyando en este dualismo erróneo.

A continuación veremos que el hombre es cuerpo y alma, y que esta posee una dimensión espiritual, que las Escrituras llaman el corazón o el «corazón-espíritu» (el corazón y el espíritu, considerados como dos realidades equivalentes o próximas la una a la otra[85]), en el centro del alma.

Aproximación filosófica

Es posible llegar a esta concepción del ser humano de manera racional a partir de una serie de afirmaciones:

1) Nuestro cuerpo cambia continuamente

Exteriormente, una persona no es la misma con un año que con setenta años… Lo que permanece más invariable es el rostro, que es el que mejor expresa el interior de la persona. Desde el punto de vista biológico, a lo largo de nuestra existencia mueren y se renuevan 500.000 células por segundo. Cada día se reemplazan cerca de 50 millones de células en nuestro cuerpo. Cada año, cerca del 98 por ciento de las moléculas y los átomos de nuestro cuerpo son reemplazados. Lo cual implica que cada año de nuestra existencia terrestre tenemos un cuerpo «nuevo».

Esto quiere decir que nuestro cuerpo, la única parte visible de nuestro ser, está en perpetua transformación. Se encuentra constantemente en un equilibrio inestable entre dos procesos de desintegración e integración permanente[86], hasta que, después de la muerte, se descompone. Nadie logra un cambio constante y eterno…

2) El cuerpo no existe sin el alma

Si en efecto soy siempre el mismo, tanto hoy, como ayer, como hace cinco, diez o setenta años, ¿qué es lo que me otorga la conciencia de ser siempre y en todas partes yo mismo? ¿De dónde procede la continuidad de este cuerpo en perpetuo cambio? ¿Qué es lo que mantiene la unidad y la continuidad de mi cuerpo?

¡Hace falta «algo»!

Ese «algo», esa entidad, que es sustancia, que informa[87] una materia múltiple para constituir un cuerpo vivo y organizado, se llama «alma» desde Aristóteles[88], traducción del latín anima. Independientemente del nombre que se le dé, el alma es un hecho de la experiencia. No es facultativa, no es una visión del espíritu, no es una invención… Pero, sorprendentemente, no es verificable, escapa a toda investigación científica.

Sin embargo existe, a partir de la experiencia, en función de un análisis racional, lógico, verificable y renovable a partir de un dato de la experiencia, y por tanto de manera experimental, un soporte del cuerpo, una fuerza de cohesión, constante a lo largo de toda la vida del sujeto: ¿qué es eso, sino el alma? El alma es inherente al cuerpo: si no hubiera alma, no habría cuerpo. El alma es la que hace que el cuerpo sea un cuerpo y no un montón de átomos o de moléculas. Como dice Claude Tresmontant: «El que sostenga lo contrario, el que pretenda negar la existencia del alma, está obligado a sostener que, en lugar de ser un sistema biológico organizado, informado [con forma], individualizado, no es más que un montón, un montón de átomos. ¡Un montón de átomos jamás ganará el Premio Nobel!

»Un cuerpo no existe ni puede existir sin alma, o sin animación, o sin forma (todas estas expresiones son sinónimas). El cuerpo en una entidad informada», sostiene Tresmontant con gran realismo[89].

3) El alma es vital

El alma es por tanto la fuerza de vida, animadora y organizadora del cuerpo, que hace ser al sujeto. Es el principio de vida[90], físico y psíquico, que individualiza un organismo vivo que, a su vez, la individualiza.

Por otro lado, debemos tener en cuenta que, paradójicamente, es el alma –invisible a los sentidos– la que subsiste siempre parecida a sí misma a lo largo de toda la existencia, mientras que el cuerpo –que se muestra en carne y hueso– se renueva constantemente, ¡y es, en cierto modo, la «apariencia» del alma!

La conclusión lógica es la siguiente: el alma es lo que hace que un cuerpo sea un cuerpo vivo, el alma es la vida del cuerpo. El alma no se añade al cuerpo, sino que lo constituye. El alma es «la animadora» del cuerpo[91]. Es la unidad viviente de los elementos que la componen. El alma y el cuerpo forman una unidad.

La prueba es que, cuando llega la muerte, ¿qué queda? ¿Un cuerpo? ¡No! Un cuerpo que no posee en sí mismo este principio formador, esta fuerza vital que le hace subsistir, esta forma que es sujeto, muere, se corrompe, se descompone; queda la materia de la que estaba hecho, un montón de moléculas, un montón de átomos que ya no tienen vida, que se descomponen inexorablemente, que vuelven al polvo.

No existe la materia viva. Solo un organismo está vivo, es el cuerpo el que está vivo, si no, ya no es en absoluto un cuerpo, es una apariencia de cuerpo, ¡una ilusión de cuerpo! Un cuerpo no vivo ya no es un cuerpo, es un cadáver, un despojo, que es muy diferente.

4) El alma es la sede de la personalidad

En el alma, la persona toma conciencia de sí como sujeto responsable de sus actos, libre en sus elecciones y en sus decisiones y dotado de medios para ponerlas en práctica. Estos medios son las facultades (inteligencia, raciocinio, voluntad, memoria, imaginación, afectividad…).

Por la voluntad, la persona consiente o rechaza, decide. Por la inteligencia razona de manera deductiva. Y la afectividad es la sede de los sentimientos, de las emociones, de las atracciones o de los rechazos.

«En definitiva, el alma-psiquismo sustenta la vida natural del hombre. Es el yo en la conciencia que tiene de sí mismo y en el ejercicio de sus propias facultades»[92].

5) El alma es espiritual

Todo ser vivo posee un alma, incluidos los animales, por supuesto, dependiente de la materia a la que está ligada. En el caso del ser humano, esa alma no es solo «corporal», es inmaterial, espiritual, capaz de Dios.

El hombre, en efecto, no se limita al mundo material. Intuye desde su origen que no solo es materia. Es un misterio. Por naturaleza, siempre busca algo más. Sabemos perfectamente, gracias a nuestra experiencia personal, que no somos solo un tracto que digiere, un pulmón que aspira y espira el aire, un sexo que reclama, o un psiquismo movido por sus fantasmas. Hay en nosotros una aspiración a lo bueno, a lo bello, a lo verdadero; no hay un ser humano consciente que no busque un sentido a la vida, que no tenga necesidad de ser amado y amar, que no se plantee la cuestión de la finitud.

El hombre, desde la noche de los tiempos, es también un homo religiosus… No hay civilización sin religión, como nos muestra la historia. Tampoco hay civilización que, de una forma u otra, no haya postulado la inmortalidad del alma: en esta intuición reside nuestra esperanza.

Por tanto, el ser humano posee una dimensión espiritual, inherente a su propia naturaleza. También su alma es espiritual. Esta alma espiritual podemos llamarla corazón o espíritu, del latín spiritus, soplo (pneuma en griego)[93]. Es corazón-espíritu.

El corazón-espíritu es el principio espiritual trascendente irreductible a las cosas y a las fuerzas de este mundo, el elemento constituyente de la vida espiritual del hombre. Es el lugar de la apertura a lo divino, el lugar de la conciencia espiritual, de la conciencia de Dios. Es ese punto infinito en el centro de la persona, el lugar del don, de la comunión y donde puede vivirse la presencia de Dios, que nos otorga la capacidad de creer, de rezar, de adorar, que no está sometido al tiempo ni al espacio, que nos hace presentes y hermanos de todo el género humano en el tiempo y en el espacio.

Todos los corazones están llamados a convertirse en el templo del Señor.

6) El hombre es alma vital y espiritual

Se trata de una dimensión absolutamente fundamental del ser humano, la instancia superior que lo diferencia de todos los demás seres animados: el conjunto humano cuerpo-alma está inspirado. El hombre no es un simple espíritu, eso lo sabemos bien. (¡El hombre no es un ángel!). Es un alma espiritual. El hombre es un ser psicosomático espiritual[94].

De hecho, el alma humana escapa a la muerte orgánica del elemento humano material: es inmortal y conserva la individualidad (y la historia) del cuerpo que ha habitado: sigue siendo el alma de su cuerpo.

7) El cuerpo es espiritual

En función de lo que acabamos de ver, debemos admitir que también el cuerpo es espiritual. No solo tenemos un cuerpo, somos nuestro propio cuerpo. Nuestro cuerpo es un cuerpo humano y, por tanto, un cuerpo espiritual. Es inseparable de nuestra condición humana. El cuerpo equivale a nosotros mismos. «El cuerpo es, en el hombre, la morfología primera del espíritu y su epifanía permanente»[95].

El cadáver acaba en una sepultura, destinada a respetarlo y a conservar su memoria, puesto que sigue siendo un cuerpo humano para aquellos que han conocido y amado al ser fallecido[96].

En última instancia, es importante recordar que el alma es fundamental, que está vivificada por el espíritu, vertiente que podemos llamar «alma espiritual», que da vida (y espiritualidad) al cuerpo en su vertiente corporal o «alma corporal». El cuerpo está vivo y es espiritual gracias al alma, que está asimismo viva y es espiritual gracias al espíritu. Todo ello forma parte de un todo. El ser humano es sustancialmente UNO, cuerpo, alma y espíritu, y existe una influencia recíproca entre estas tres estructuras.

Aproximación cristiana

La antropología cristiana no viene a decir nada distinto. El hombre no es un conjunto heterogéneo, en parte material (el cuerpo, exterior y visible) y en parte espiritual (el alma, interior e invisible), concepción dualista, neoplatónica. El cristianismo siempre ha defendido la unidad fundamental, ontológica, de la persona humana, hecha de un cuerpo, un alma y un espíritu, sustancialmente unidos.

En el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) no existe un apartado «antropológico», sino que la concepción del ser humano aparece descrita en el párrafo 6, relativo a la creación del hombre (especialmente los números 362 al 368), titulado Corpore et anima unus («Unidad del cuerpo y el alma»), en el que el alma se presenta esencialmente como el «principio espiritual» del ser humano.

También es el «principio vital». Así aparece expresado en el n. 363: «A menudo, el término alma designa en la Sagrada Escritura la vida humana… (cfr. Mt 16, 25-26; Jn 15, 13)» y en el n. 367: «A veces se acostumbra a distinguir entre alma y espíritu. Así san Pablo ruega para que nuestro “ser entero, el espíritu […], el alma y el cuerpo” sea conservado sin mancha hasta la venida del Señor[97] (1 Ts 5, 23)». Lo que se muestra por medio de esta distinción es que la vida es sagrada, porque forma parte de lo espiritual.

También se indica claramente en el n. 368: «La tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de “lo más profundo del ser” “en sus corazones” (Jr 31, 33), donde la persona se decide o no por Dios», en cuyo caso, en efecto, la palabra corazón coincide con la palabra espíritu y permite distinguir (sin separarla)[98] el alma vital.

Debemos señalar también que en el Youcat, el CEC para los jóvenes, escrito más tarde (en 2011, para la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid)[99], se dice en los párrafos correspondientes (sobre la criatura humana), nn. 56 a 63: «A diferencia de los seres inanimados, de las plantas y de los animales, el hombre es una persona dotada de espíritu» (n. 58) y, lo que es más importante, «el alma es la causa de que el cuerpo material sea un cuerpo humano vivo» (n. 62).

La fe cristiana dice que al final de los tiempos resucitaremos en cuerpo y alma. El alma, convertida en algo completamente espiritual, se encarnará en un «cuerpo espiritual», un «cuerpo glorioso», incorruptible, en oposición a nuestro «cuerpo animado» y «corruptible»: nuestro cuerpo carnal, ya espiritual en muchos aspectos, lo será entonces totalmente.

La fe cristiana «afirma una realidad de esperanza y de fe que va mucho más allá de la idea de la inmortalidad del alma»[100].

Por tanto, debemos admitir la incompatibilidad de facto entre la reencarnación y la resurrección. Es cierto que ambas creencias otorgan la primacía al orden espiritual y son habitadas por una esperanza pero, como señala el padre Sesboüé: «La reencarnación (…) no ofrece salvación al cuerpo, que no es más que un envoltorio intercambiable. Se inscribe en el dualismo del cuerpo y el alma»[101].

Las ECM

Esta aproximación antropológica confirma a la perfección lo que ya hemos dicho:

Las ECM son una reanimación y en ningún caso una «resurrección», en el sentido propio del término, es decir, un regreso de la muerte ontológica, que es obligatoriamente definitiva para el común de los mortales.

La única Resurrección es la de Jesús (ver los distintos relatos de los evangelios después de su resurrección). «La resurrección de Jesús no es ni la reanimación de un cadáver ni su vuelta a la vida temporal, sino un abandono de nuestra condición mortal y una entrada en el mundo propio de Dios»[102].

Efectivamente, existen tres regresos a la vida en los evangelios (la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naím y Lázaro[103]), que son casos muy especiales: al parecer, estas tres personas estaban verdaderamente muertas[104], su alma espiritual se había separado del cuerpo. No se trata de una resurrección, sino de una «reanimación en el sentido propio del término, una nueva recuperación del cuerpo por el principio espiritual, debido a una intervención milagrosa de Cristo» (Pascal Ide). Tampoco se trata de una ECM: todos ellos estaban bien muertos. Se trata de una muerte metafísica, una salida y un regreso provisional (morirán más tarde) del alma espiritual de la persona, en este caso, de naturaleza seguramente milagrosa, puesto que es absolutamente imposible.

En el caso de la Virgen María, hablamos de su Asunción (o de la Dormición para los ortodoxos): en efecto, debido a su Inmaculada Concepción (libre del pecado original), el final de su vida se describe con un ascenso al cielo, en cuerpo y alma.

En el caso de las ECM, a pesar del fenómeno de la descorporeización, no hay una separación ontológica, real, del alma espiritual (en tanto único principio espiritual) y el cuerpo físico: nos encontraríamos por tanto ante una «muerte metafísica». Porque es inconcebible «que el alma [espiritual] abandone el cuerpo y lo informe de nuevo, porque la separación es irreversible»[105].

Para la persona humana, la muerte es un terremoto que hace estallar su unidad ontológica. Podríamos decir que en ese momento, en las fronteras de la muerte, entre la muerte clínica y la muerte definitiva, se produce el principio de un distanciamiento entre el cuerpo y el alma que se encamina a la inevitable separación, pero que todavía puede ser reversible. Es en ese lapso de tiempo cuando pueden producirse las manifestaciones que cuentan los experimentadores.

Sin embargo, una vez que se produce la muerte verdadera, se entra definitivamente en otra vida, la Vida eterna, y esta vida después de la muerte no tiene una duración, sino que se trata de «una conclusión, en la que se nos presenta toda nuestra vida en un solo instante, un instante eterno, en el que ya no existe la noción de tiempo» (padre Martin Panhard)[106].

En el marco de esta antropología realista, se pueden aceptar y comprender las ECM y estas, por su parte, aportan una confirmación a esta aproximación.

 Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros. - (Rm 8, 11)

 

6º testimonio:
«¡FUSILADO!»

 

Incluimos a continuación una carta escrita por el padre Jean Derobert. Se trata de un testimonio acreditado que se aportó con vistas a la canonización del padre Pío[107]. El padre Derobert, fallecido recientemente, escribió un libro sobre la vida de este santo: Padre Pío, transparente de Dios.

 Querido padre: Me habéis solicitado un resumen por escrito de la evidente protección de la que fui objeto en agosto de 1958, durante la guerra de Argelia.

En aquel momento formaba parte de los servicios sanitarios del ejército. Había observado que, en los momentos importantes de mi vida, el padre Pío, que me había tomado como su hijo espiritual desde 1955, me hacía llegar una carta en la que me prometía su oración y su apoyo. Lo hizo antes de mi examen en la Universidad Gregoriana de Roma, y lo volvió a hacer en el momento en que tuve que unirme a los combatientes de Argelia.

Una noche, un comando del FLN (Frente de Liberación Nacional argelino) atacó nuestro pueblo y rápidamente fui arrestado. Me llevaron ante una puerta junto a otros cinco militares y allí nos fusilaron. Recuerdo que no pensé ni en mi padre ni en mi madre, a pesar de ser hijo único, sino que solo experimenté una gran alegría, puesto que «me disponía a ver lo que hay al otro lado». Aquella misma mañana había recibido una carta del padre Pío con dos líneas manuscritas, que decían: «La vida es una lucha, pero conduce a la luz» (subrayado dos o tres veces).

Inmediatamente experimenté la descorporeización. Vi mi cuerpo a mi lado, que yacía, cubierto de sangre, entre mis camaradas asesinados. Y empecé una curiosa ascensión por una especie de túnel. De la nube que me rodeaba surgían rostros conocidos y desconocidos. Al principio, aquellos rostros eran sombras; se trataba de personas poco recomendables, pecadores poco virtuosos. A medida que ascendía, los rostros con los que me encontraba eran cada vez menos luminosos.

Me sorprendía el hecho de poder caminar… Me dije que estaba fuera del tiempo y que por tanto había resucitado… Me sorprendía poder ver todo lo que me rodeaba sin tener que mover la cabeza… Me sorprendía no sentir el dolor de las heridas producidas por las balas de los fusiles… Y comprendí que habían penetrado en mi cuerpo tan deprisa que no pude sentirlas.

De pronto, mis pensamientos se dirigieron a mis padres. Inmediatamente me encontré en mi casa, en Annecy, en la habitación de mis padres, a los que contemplé mientras dormían. Intenté hablarles, pero sin éxito. Recorrí el apartamento y advertí que un mueble había sido cambiado de sitio. Unos días después escribí a mi madre y le pregunté por qué había cambiado aquel mueble. Ella me contestó por carta: «¿Cómo lo sabes?».

Pensé en el papa Pío XII, al que conocía bien (estudié en Roma) y, de pronto, me encontré en su habitación. Acababa de acostarse. Hablamos intercambiando pensamientos, pues era un hombre muy espiritual.

Continué mi ascensión hasta que me encontré en medio de un paisaje maravilloso, envuelto en una luz dulce y azulada… Sin embargo no había sol, «porque el Señor Dios los alumbrará», como dice el Apocalipsis[108]. Vi a miles de personas, todas de unos treinta años, pero me encontré con algunas a las que había conocido cuando estaban vivas… Una había muerto con ochenta años… y parecía tener treinta… Otra había muerto con dos años… Y todas tenían la misma edad…

Dejé aquel «paraíso» repleto de flores extraordinarias y desconocidas en la tierra. Y ascendí aún más… Allí perdí mi naturaleza humana y me convertí en una «gota de luz».

Vi a muchas otras «gotas de luz» y supe que una era san Pedro, otra Pablo, otra Juan, o un apóstol, o un santo…

Después vi a María, maravillosamente bella con su manto de luz, que me recibió con una sonrisa indecible… Detrás de ella estaba Jesús, maravillosamente bello, y detrás, una zona de luz que supe que era el Padre, y en la que me sumergí…

Allí sentí la satisfacción total de todos mis deseos… Conocí la dicha perfecta… Y bruscamente me encontré en la tierra, con el rostro en el polvo, entre los cuerpos cubiertos de sangre de mis camaradas.

Advertí que la puerta ante la que me encontraba estaba acribillada de balas, las balas que me habían atravesado el cuerpo, que mis ropas estaban agujereadas y cubiertas de sangre, que mi pecho y mi espalda estaban manchados de sangre prácticamente seca y ligeramente viscosa… Pero que estaba intacto. Fui a ver al comandante con aquella pinta. Él se acercó a mí y gritó: «¡Milagro!».

Sin duda, esta experiencia me marcó mucho. Más tarde, cuando, liberado del ejército, fui a visitar al padre Pío, este me divisó desde lejos en la sala de San Francisco. Me hizo un gesto para que me acercara y me ofreció, como siempre, una pequeña muestra de cariño. A continuación me dijo estas sencillas palabras: «¡Ay! ¡Cuánto me has hecho pasar! ¡Pero lo que viste fue muy bello!». Y ahí se acabó su explicación.

Ahora puede entenderse por qué no tengo miedo a la muerte… Porque sé lo que hay al otro lado.  - Padre Jean Derobert

Dos testimonios

 Monseñor Óscar Romero

 Óscar Romero, obispo de San Salvador, tomó partido por los pobres. Poco antes de ser asesinado, el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba misa, declaró: «Si me matan, resucitaré en mi pueblo. Lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad. Si llegaran a matarme, perdono y bendigo a quienes lo hagan. El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero, si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea la semilla de la libertad y la señal de la esperanza».

* * *

Martin Luther King

 Último párrafo de su sermón del 3 de abril de 1968: «Lo que ahora suceda carece de importancia. Nos esperan días difíciles, pero poco importa lo que vaya a pasar, porque he estado en la cima de la montaña. Y ya no tengo miedo. Al igual que cualquier persona, me gustaría vivir mucho tiempo, pero la longevidad tiene un precio. Pero eso ya no me preocupa. Solo quiero cumplir la voluntad de Dios. Y él me ha permitido subir a la montaña. Y he mirado a mi alrededor. Y he visto la Tierra Prometida. Puede que no llegue allí con vosotros. Pero esta noche quiero que sepáis que nuestro pueblo llegará a la Tierra Prometida. Así que esta noche estoy contento. Ya nada me preocupa. No temo a ningún hombre. Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor».

 Al día siguiente, el 4 de abril de 1968, Martin Luther King fue asesinado.


Otros fenómenos extraordinarios

Para vivir una espiritualidad
en el día a día, debemos recordar
que somos seres espirituales
que por un tiempo hemos tomado
prestado un cuerpo humano.

Barbara de Angelis

Para intentar comprender mejor lo que ocurre en una ECM, en este capítulo vamos a abordar otros fenómenos también sorprendentes –y cristianos– con los que resulta interesante establecer una comparación.

Lo sobrenatural extraordinario

Existe lo sobrenatural cristiano, pero no tiene buena prensa, porque hay que reconocer que no siempre resulta fácil explicarlo de manera racional. La propia Iglesia se muestra extremadamente prudente y cautelosa en este aspecto, porque no desea que la fe se base en lo maravilloso (porque corre el riesgo de convertirse en fideísmo).

Así lo subraya el padre René Laurentin[109]:

 Hoy en día lo extraordinario suele estar mal visto, tanto en el mundo científico como en la Iglesia católica, por diferentes razones.

Para las ciencias, lo «extraordinario» carece de prestigio. No es más que una coincidencia de causas accidentales y espectaculares. Hay que identificarlas, más allá de los mitos y de las proyecciones imaginarias que suscitan en la opinión pública. Lo insólito no supone un fracaso para la razón. Lo no explicado jamás es inexplicable. Debe explicarse en función del determinismo causal y, así, restituirlo al orden general. Lo calificativo debe reducirse a lo cuantitativo; el esplendor de los colores, a la frecuencia de las vibraciones ópticas; la magia de los conciertos, a la cifra de vibraciones auditivas; y, por qué no, el pensamiento al cerebro[110]. Según el método científico, nada de Deus ex machina; las apariencias que nos deslumbran son el resultado de causas cuantitativas.

Lo extraordinario no está mejor visto en la Iglesia. Esta teme el iluminismo de los creyentes entusiastas y las proyecciones de la imaginación, muy dada a objetivar sus deseos, aspiraciones y creencias, mientras que la fe consiste en creer en Dios por su palabra, en la noche: «Dichosos los que no han visto y han creído», dice Jesús (Jn 20, 29). Las visiones y los prodigios cristianos no son más que un añadido gratuito, y suelen considerarse modesta y marginalmente, de manera conjetural, sin llegar jamás a la certeza. La Iglesia no cultiva el milagro. Lo teme, lo margina y, con mayor frecuencia, lo disimula, como si se tratara de una interferencia o un obstáculo desafortunado para la fe y los sacramentos. En ese aspecto se muestra heredera de la Biblia, primera iniciadora de la «desmitologización» en el mundo entero, pues la revelación de Yahveh («Yo soy») destruyó los mitos de la Antigüedad. Y el Imperio Romano acusó a los cristianos de ateos porque rechazaron los mitos religiosos.

 

Abordar con rigor la cuestión de los fenómenos extraordinarios implica también una reflexión sobre el concepto de sobrenatural, porque, con demasiada frecuencia, se confunde lo «sobrenatural» con lo «maravilloso». Lo sobrenatural es conversión, santificación, divinización: es la acción de Dios que, transformando la naturaleza, la ensalza hasta Él. Lo sobrenatural no es una instancia abstracta que se añade a la naturaleza o al campo de los fenómenos extraordinarios. «Es a la vez aquello a lo que Dios nos invita (vivir la vida trinitaria) y aquello por medio de lo cual nos propone seguirle (la vida bautismal de acuerdo con el Evangelio)», dice Patrick Sbalchiero[111]. Y asimismo señala, con razón: «Lo sobrenatural nunca es abstracto, independiente de las realidades concretas (…). Lo sobrenatural extraordinario no resulta indispensable para la fe cristiana. Bastan las virtudes teologales (…). Lo sobrenatural extraordinario no obliga a los hombres a la creencia».

 Patrick Sbalchiero subraya dos puntos importantes:

1.      Lo sobrenatural designa el orden de la gracia, es decir, la santificación (divinización, dicen los orientales) del hombre por el don del Espíritu Santo. Lo sobrenatural es la forma común, razonable, por la que Dios se manifiesta: por la fe, por las Escrituras, por la enseñanza teológica.

2.      Pero existe un sobrenatural extraordinario, periférico, marginal: aquel de las manifestaciones sensibles en el encuentro con Dios (…). La presencia de lo extraordinario en este mundo solo tiene una razón de ser: sugerir humildemente a los hombres a qué es llamada a convertirse la creación en Dios.

Lo extraordinario cristiano

Es de lo que hablamos cuando comparamos las ECM, fenómenos extraordinarios donde los haya, con tres tipos de fenómenos sobrenaturales cristianos muy singulares: las apariciones, algunas manifestaciones místicas y los milagros.

1) Las apariciones

Las apariciones han existido a lo largo de toda la historia de la Iglesia, con una frecuencia aparentemente creciente, sobre todo en lo que se refiere a las apariciones marianas. La Iglesia puede reconocer una aparición, pero jamás hace de ello un dogma: el cristiano es libre de creer en ella o no.

La palabra «aparición» se emplea para designar una realidad vista, normalmente invisible. Lo que nos interesa aquí no son los criterios de discernimiento para reconocerlas, sino el mecanismo posible.

Las apariciones más comunes muestran claramente que los videntes están en éxtasis. Se trata de un estado particular que viene dado y que resulta imposible de adquirir de forma voluntaria. Es un estado alterado de conciencia. Durante el éxtasis, los videntes no duermen, ni sueñan, ni sufren ataques epilépticos (que pueden provocar visiones). Los electroencefalogramas registran un ritmo alfa difuso y sincrónico en el conjunto del cerebro; los ojos se clavan en la aparición y no parpadean ante la amenaza. Se percibe una insensibilidad general (en particular, al dolor) y corneal[112], así como una ausencia de reflejo neurológico. Finalmente, existe un comportamiento sincronizado de los videntes cuando se hallan ante una aparición[113]. Estos resultados descartan cualquier posible simulación o superchería, epilepsia o alucinación, y ponen fin a la teoría secular de Charcot, según la cual las apariciones son un fenómeno de histeria.

El cuerpo deja por tanto de ser el mismo, abandona su estado ordinario. Durante la aparición, parece que ya no solo depende del alma vital, sino principalmente del alma espiritual, que le permite ver lo invisible.

Es lo que ocurre también en los éxtasis místicos (en los que hablamos de un «rapto»): el cuerpo adquiere propiedades de tipo espiritual.

A veces los videntes acceden a una visión del más allá durante una aparición mariana, lo que demuestra que, al igual que en las ECM, es posible un distanciamiento entre el cuerpo, el alma y el espíritu durante un tiempo. Es el caso de los tres videntes de Fátima (Portugal, en 1917)[114].

2) Manifestaciones místicas

Demuestran de alguna forma la existencia del alma, puesto que presentan la confluencia entre lo espiritual y lo corporal. Los místicos son hombres y mujeres que normalmente han optado por la vida monástica o religiosa, abandonando las ataduras terrestres para entregarse por completo a Dios. En este estado de ofrenda y de unión divina, su alma está hasta tal punto espiritualizada que «ya no son ellos los que viven, sino Cristo el que vive en ellos» (cfr. Ga 2, 20). Y por tanto algunos pueden vivir –sin buscarlas[115]– manifestaciones extraordinarias, llamadas místicas, que son como una especie de aproximación a una vida liberada de la materialidad, una especie de señales precursoras de la plenitud prometida a los hombres de buena voluntad.

La levitación es un éxtasis ascensional: inopinadamente, el cuerpo del sujeto se alza de la tierra, a una altura y con una duración variables, durante una contemplación mística (o rapto). La lista de santos que han vivido este fenómeno, acreditado por numerosos testimonios, es sorprendente. La única explicación plausible es que el alma espiritualizada es capaz de arrastrar el cuerpo con ella, el cual pierde su pesadez carnal normal y consigue lo que no es posible conseguir en condiciones humanas normales.

Las bilocaciones, en las que el místico se encuentra simultáneamente en dos lugares diferentes, son aún más sorprendentes. No se trata de una película: le ocurrió en el siglo XX a la madre Yvonne-Aimée de Malestroit (1901-1951)[116] o al padre Pío (1887-1968)[117]. El sujeto permanece en éxtasis en un lugar, mientras que manifiesta una actividad tangible en otra parte. Solo el alma puede estar en dos lugares diferentes a la vez.

Los estigmas son «una especie de impresión dolorosa de las llagas de Jesús en los pies, las manos, la frente o el costado de una persona, esté o no en éxtasis»[118]. El primer estigmatizado verdaderamente conocido fue san Francisco de Asís en 1224. Después han surgido más de 350 estigmatizados, la mayoría de ellos místicos. Los más recientes y conocidos –del siglo XX– son Teresa Newman (1898-1962), el padre Pío, Yvonne-Aimée de Malestroit y Marta Robin (1902-1981). En este caso el alma está tan impregnada de Dios, en concreto de Dios hecho hombre en Jesucristo, muerto y crucificado en la cruz, que esta se exterioriza en la propia carne.

La inedia: el místico puede vivir sin comer. Este fue el caso de Marta Robin, que durante muchos años solo se alimentó de la hostia eucarística. Seguramente su alma estaba lo suficientemente alimentada como para mantener el cuerpo con vida.

Está claro que la medicina no acierta a explicar ni el origen ni la evolución de estos hechos (por ejemplo, los estigmas jamás se infectan, ni dan lugar a la inflamación ni a la supuración; la reparación del tejido es anormalmente rápida, sin ningún tipo de tratamiento médico; la inedia o la transverberación del corazón son inverosímiles…). Advirtamos, no obstante, que la Iglesia solo canoniza a estas personas en función de sus virtudes evangélicas, no a causa de estas manifestaciones atípicas.

También hay que tener en cuenta que muchos místicos de todas las épocas han vivido estas experiencias, que presentan coincidencias turbadoras con las ECM, por ejemplo, santa Catalina de Siena (1347-1380), santa María Magdalena de Pazzi (1556-1607), santa Teresa de Jesús (1515-1582), Ana-Catalina Emmerich (1774-1824), etc.

Me limitaré a poner el ejemplo de María de Jesús Crucificado, la «pequeña árabe», ahora santa, cuyo testimonio de su increíble ECM se incluye en el epílogo.

Práctica, con los pies en la tierra, no se trataba de una «iluminada», y sin embargo no dejó de codearse con lo sobrenatural, beneficiándose de un gran número de manifestaciones místicas extraordinarias a lo largo de toda su vida, que no suelen darse en una sola persona: apariciones, visiones, revelaciones, profecías, éxtasis, curaciones milagrosas, bilocaciones, estigmas, levitaciones, transverberación del corazón[119], etc.

Éxtasis: en ella eran frecuentes; nada ni nadie podía alterarla; su insensibilidad era total.

Levitaciones: ocho ascensiones debidamente constatadas en el Carmelo de Pau en 1873[120]: la veían elevarse hasta la copa de los altos tilos, deslizándose en un abrir y cerrar de ojos hasta la cima del árbol por el exterior. Una vez que llegaba a la cima, se balanceaba sobre una ramita, demasiado frágil para sostenerla, y cantaba al amor de Dios. Después, cuando su superiora se lo ordenaba, descendía con ligereza. Cuando volvía en sí, no se acordaba de nada.

Estigmas: en el corazón (con veinte años) y después otros en la frente y en las manos. Hacía todo lo posible por ocultarlos.

Transverberación: ocurrida en 1868 en el Carmelo de Pau (en la ermita de Nuestra Señora del Monte Carmelo[121]). Aquello se constató tras su muerte y su corazón se conservó en Pau, con la marca bien visible de aquella perforación[122].

Apariciones: estaba familiarizada con los ángeles, con Elías, con san José, la Virgen María y Jesús[123]. Mantuvo combates singulares con Satán (concretamente, durante cuarenta días en el Carmelo de Pau, del 26 de julio al 4 de septiembre de 1868).

¿Cómo explicar todos estos hechos extraordinarios? La ciencia clásica jamás podrá explicarlos ni reproducirlos[124]. Los menciono porque demuestran que lo que conocemos sobre el ser humano es, en realidad, muy limitado. ¡El alma humana es mucho más profunda de lo que podamos imaginar, y otorga a la persona, en condiciones límite, posibilidades extraordinarias!

3) Milagros

Los numerosos testimonios que se han producido en Lourdes desde 1858, de los que he recopilado y publicado cierto número en mi último libro[125], muestran con claridad las relaciones evidentes entre las ECM y las curaciones milagrosas.

Los milagros, al igual que las ECM, son «señales» basadas en el testimonio de aquellos que los han vivido.

Las personas que regresan de una ECM, normalmente a causa de una «muerte» violenta, suelen vivirla como si se tratara de un milagro: lo que cuenta es su testimonio, aunque sabemos –¿acaso hay que repetirlo una vez más?– que la muerte clínica no es necesariamente una muerte definitiva y que por tanto no se trata de un milagro en el sentido estricto del término.

Las ECM y los milagros tienen otra cosa en común: en el caso de las ECM, se produce el encuentro con un Ser espiritual que no puede ser otro que Dios; en el caso de los milagros, se trata de fenómenos extraordinarios que se interpretan como el resultado de una intervención de origen divino.

Lo que resulta más inquietante es que tanto las ECM como los milagros transforman a aquellos que los viven y causan profundas modificaciones en la aprehensión de la vida y de la muerte, con una verdadera apertura al otro. En ambos casos, este cambio procede del «encuentro» con ese «Ser espiritual». ¡La persona no lo olvida jamás! Conviene señalar también que aquellos que viven estas experiencias no intentan convencer a nadie. Si se les pregunta, y solamente en ese caso, dan testimonio de ello. Nada más.

En lo que se refiere a los experimentadores, «su vida gana en profundidad», pero «en ningún caso les inspira la idea de una salvación instantánea o de una infalibilidad moral», subraya Van Lommel.

Las personas que experimentan un milagro (aunque no sea reconocido oficialmente, pero que viven una curación de tipo milagroso, absolutamente inexplicable desde el punto de vista médico) testimonian un cambio total en su forma de ver la vida. Para todos ellos hay un antes y un después, exactamente igual que en el caso de los experimentadores: su vida se ve transformada en todos los planos[126]. Tanto para los primeros como para los segundos, se trata de una vivencia personal única que debe descifrarse y autentificarse para garantizar su realidad, tanto en el plano de la razón como en el de la fe.

Finalmente, las ECM, al igual que los milagros, no pueden explicarse por causas fisiológicas, psicológicas, culturales o religiosas: son inexplicables desde el punto de vista médico. De hecho, no existen pruebas «científicas» de su existencia, pues los métodos de la ciencia moderna no pueden adaptarse a estas experiencias humanas. Se trata más bien de «señales», con la particularidad de que siempre nos dejan la libertad de creer en ellas o no.

Las ECM también pueden provocar curaciones físicas o psíquicas, lo cual, debo admitirlo, no me sorprende.

En función de los testimonios que recibe del mundo entero, Jeffrey Long subraya que, en tanto médico, le fascina «la cantidad de relatos que mencionan curaciones inesperadas. Las palabras “milagro” y “curación” se repiten por decenas». No se puede asegurar que estas recuperaciones se hayan producido debido a las ECM, pero la cuestión queda abierta. Long manifiesta asimismo su deseo de consagrar sus investigaciones al estudio de estas curaciones milagrosas.

La doctora Sylvie Déthiollaz, bióloga y fundadora del Centro Noésis, nos da algunos ejemplos[127]. Ha habido personas enfermas de cáncer en fase terminal que se han curado rápidamente sin ninguna razón médica aparente, «como si el baño de luz (vivido durante la ECM) hubiera dado fuerza a sus células para curarse». ¡Obviamente así fue! Déthiollaz no lo menciona, pero yo creo que en estos casos puede tratarse perfectamente de un milagro, como ahora mismo voy a explicar.

Otros han vivido esta experiencia como un «psicoanálisis acelerado, en la medida en que la persona tiene acceso a informaciones –generalmente al examinar su vida– que le permiten comprender el origen de un trauma muy antiguo, hasta entonces muy escondido, y superarlo»[128]. También en este caso, en el contexto de la fe, si uno cree que Dios ha intervenido para aclararle, no veo por qué razón no podríamos considerarlo un milagro, aunque la curación sea solo de carácter psicológico. De hecho, lo que se constata ante todo y sobre todo es la curación del amor por uno mismo: se trata de una terapia instantánea que al experimentador le permite aceptarse como es, sin reservas, pues, como dice uno de ellos: «Dios me ama simplemente como soy». Personalmente, a mí no me sorprende.

Si no hay una explicación médica para una curación milagrosa que presenta características desconocidas para la medicina, en concreto la instantaneidad de la curación, sin convalecencia, así como su perfección, ¡no es posible comprender de qué se trata! Los curados son personas normales, con los pies en la tierra: tiene que haber un mecanismo interno que actúe en un espacio de tiempo muy corto –incluso instantáneo– en el interior de su organismo. ¿De dónde procede esta posibilidad? No puede proceder del propio cuerpo, que de ninguna forma cuenta con esta capacidad. Tampoco el psiquismo puede actuar de tal forma. Se puede invocar el efecto placebo o el método Coué[129] pero, aunque así fuera, ¿por qué no se produce más a menudo en otros contextos, en particular entre los psicólogos y los psiquiatras?

No, el origen es de otro tipo. Es cierto que estas curaciones suelen ocurrir con más frecuencia en un contexto de fe, como en el recinto del Santuario de Lourdes. Pero algunas de ellas se producen en otro sitio (en el trayecto de ida o de vuelta, por ejemplo, o incluso en cualquier otra parte…). Además, ha habido personas que han podido curarse en Lourdes sin saber realmente lo que este lugar representa, o sin tener fe, o siendo de una religión diferente (he constatado numerosas curaciones de mujeres musulmanas). Muchos curados no se lo esperaban en absoluto. Por tanto, no se puede invocar en su caso la «creencia» en la curación. También puede decirse que la curación milagrosa no depende de la persona curada. Pero sí que es cierto que en ella se da un proceso sanador. Si no procede ni del cuerpo ni de la mente, su origen no puede ser otro que el alma espiritual.

De hecho, es lo que más he observado. La persona curada milagrosamente a la que más he seguido y que mejor he conocido, Jean-Pierre Bély, siempre decía a quien quisiera escucharle que adquirió una fuerza espiritual desconocida en él cuando recibió los tres sacramentos de sanación de la Iglesia: la Reconciliación o Penitencia, la Eucaristía y la Unción de enfermos, y que, «de alguna forma, esta energía recibida se habría difuminado y desplegado por todo mi organismo, a cada una de mis células, provocando mi curación». Curación instantánea de la que tuvo constancia inmediata (al igual que todas las personas curadas por un milagro) y que le liberó en el acto de los males que sufría desde hacía dieciséis años. Era víctima de una esclerosis múltiple muy grave y la Seguridad Social le había dado la discapacidad total definitiva. ¡Cuando volvió a su casa, podía montar en bicicleta!

 

En consecuencia, es en lo más profundo y sagrado de nuestro ser, en el espíritu/corazón, inherente a toda persona, sea creyente o no, donde tiene lugar el proceso.

Lo mismo ocurre con las ECM: la persona vive un encuentro santo, «extremo», fuera de los límites terrestres. Por tanto, no debe sorprendernos que pueda curarse de sus males anteriores.

Jeffrey Long ofrece ejemplos de ciegos de nacimiento[130] que fueron capaces de ver durante una ECM, una especie de experiencia «visual», porque en realidad no saben lo que significa ver. Se trata, según él, de «un hecho inexplicable desde el punto de vista médico». Es más, «desde que empieza su ECM ven instantáneamente; y su vista es clara y precisa», señala Long. Este suceso solo es comprensible si han estado en contacto con un Dios que no desea que seamos ciegos. ¡En el cielo no habrá ciegos, ni cojos!

No obstante, J. Long reconoce que «la visión del otro lado es diferente a la visión terrestre a la que estamos acostumbrados. Es más completa e intensa y su origen no es orgánico».

En Lourdes ha habido ciegos que han visto. El origen no era orgánico, sino más bien «celeste». Nos hallamos en el mismo «nivel de intervención», que se origina, en el caso de las curaciones milagrosas, por la efusión del Espíritu Santo en nosotros, en nuestra alma espiritual, que irradia al conjunto del cuerpo, y cuya venida no depende de nosotros, sino solo de Dios.

¡El Todopoderoso puede curarnos! Siempre que lo considere oportuno, obviamente. Algunas personas han recuperado la vista después de su ECM y otras, no. Pues no somos nosotros los que sabemos qué es lo mejor para nuestro ser y para nuestro destino último.

 

Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. - (Ap 7, 9)  

 

7º testimonio:
«Un sacerdote que vio el infierno,

el purgatorio y el cielo»

 

Soy el mayor de siete hermanos y nací el 16 de julio de 1949 en Kerala, la India.

Con catorce años entré en el pequeño seminario de Santa María de Thiruvalla para comenzar mis estudios como sacerdote. Cuatro años después fui al gran seminario pontificio de San José en Alwaye, Kerala, con el objetivo de continuar mi formación. Después de terminar los siete años de Filosofía y Teología, fui ordenado sacerdote el 1 de enero de 1975 y serví como misionero en la diócesis de Thiruvalla.

El domingo 14 de abril de 1985, fiesta de la Divina Misericordia, me dirigía a celebrar misa en la iglesia de la misión, en la parte norte de Kerala, cuando sufrí un accidente mortal. Iba en moto y choqué frontalmente contra un todoterreno que conducía un hombre en estado de embriaguez que regresaba de un festival hindú. Me llevaron de urgencias a un hospital situado a unos cincuenta y cinco kilómetros. En el trayecto, mi alma se salió del cuerpo y experimenté la muerte. Inmediatamente me encontré con mi ángel de la guarda.

Vi mi cuerpo y a las personas que me llevaban al hospital. Les oí llorar y rezar por mí. En aquel momento mi ángel me dijo: «Voy a llevarte al cielo. El Señor desea verte y hablar contigo». Y añadió que, por el camino, me mostraría el infierno y el purgatorio.

El ángel me acompañó primero al infierno. Se trataba de una visión espantosa. Vi a Satán y a los demonios, un fuego inextinguible a unos 2.000 ºC, unos gusanos que se arrastraban, gente que gritaba y se debatía y otras personas que eran torturadas por los demonios. El ángel me dijo que todos aquellos sufrimientos estaban destinados a los pecadores mortales que no se arrepentían. Más tarde comprendí que había siete grados o niveles de sufrimientos en función del número y el tipo de pecados que se hubieran cometido en la vida terrestre. Las almas me parecieron feas, crueles y horribles. Fue una experiencia espantosa. Vi a personas que conocía, pero no estoy autorizado a revelar su identidad. Los pecados por los que se condenaron eran principalmente el aborto, la homosexualidad, la eutanasia, el odio, el negarse a perdonar y el sacrilegio. El ángel me dijo que, si aquellas personas se hubieran arrepentido, habrían evitado el infierno y habrían ido al purgatorio. También comprendí que aquellos que se arrepentían de sus pecados podían ser purificados de sus sufrimientos en la tierra. Así podrían evitar el purgatorio e ir directamente al cielo. Me sorprendió ver en el infierno incluso a sacerdotes y a obispos a los que no me esperaba encontrar allí. Muchos de ellos estaban allí porque habían engañado a la gente con sus falsas enseñanzas y su mal ejemplo.

Después de la visita al infierno, mi ángel de la guarda me acompañó al purgatorio. También allí había siete grados de sufrimientos y un fuego inextinguible. Pero era mucho menos intenso que en el infierno y allí no había peleas ni luchas. El principal sufrimiento de aquellas almas era el estar separadas de Dios. Algunas almas que están en el purgatorio han cometido numerosos pecados mortales, pero se han reconciliado con Dios antes de morir. Aunque sufran, gozan de la paz y saben que un día verán a Dios cara a cara.

Tuve la oportunidad de comunicarme con las almas del purgatorio. Me pidieron que rezara por ellas y que les pidiera a los demás que rezaran por ellas para que pudieran ir rápidamente al cielo.

Cuando rezamos por estas almas, recibimos su reconocimiento por medio de sus oraciones y, en el cielo, sus oraciones se vuelven más meritorias.

Me resulta difícil describir la belleza de mi ángel de la guarda. Era radiante y luminoso. Es un compañero inseparable y me ayuda en todos mis ministerios, especialmente en el de la sanación. Siento su presencia por dondequiera que vaya y le agradezco su protección en mi vida cotidiana.

A continuación el ángel me acompañó al cielo, pasando por un grande y deslumbrante túnel blanco. En mi vida había sentido tanta paz y alegría. Finalmente el cielo se abrió y escuché la música más bella del mundo. Los ángeles cantaban y alababan a Dios. Vi a todos los santos, especialmente a nuestra santa Madre y a san José y a varios obispos y sacerdotes declarados santos, que brillaban como estrellas.

Cuando estuve ante el Señor Jesús, este me dijo: «Quiero que regreses al mundo. En tu segunda vida, serás un instrumento de paz y de sanación para tu pueblo. Te dirigirás a una tierra extranjera y hablarás una lengua extranjera. Para ti todo es posible con mi gracia». Después de aquellas palabras, la santa Madre me dijo: «Haz lo que él te dice. Yo te ayudaré en tus ministerios».

No hay palabras que consigan expresar la belleza del cielo. La paz y la alegría que allí encontré superan con creces nuestra imaginación. Nuestro Señor es mucho más bello que todas las imágenes que conocemos. Su rostro es radiante y luminoso y más bello que un millón de amaneceres. Las imágenes que vemos en el mundo no son más que una sombra de su magnificencia. La santa Madre estaba junto a Jesús. Era tan bella y tan radiante que ninguna de las imágenes que podemos ver en el mundo puede compararse a su belleza. El cielo es nuestra verdadera casa; todos hemos sido creados para ir al cielo y gozar eternamente de Dios.

Después regresé al mundo en compañía de mi ángel. Mientras mi cuerpo estaba en el hospital, el médico terminó de hacerme pruebas y certificó mi muerte. La causa era la hemorragia. Avisaron a mi familia, pero, como vivían lejos de allí, el personal del hospital decidió enviar mi cadáver al depósito. Como el hospital no disponía de aire acondicionado, temían que mi cuerpo se descompusiera rápidamente. Mientras me llevaban al depósito, mi alma regresó al cuerpo. Sentí un dolor atroz debido a las numerosas heridas y a los huesos rotos. Empecé a gritar y ellos se asustaron y huyeron gritando. Uno de ellos se dirigió al médico y le dijo: «¡El cadáver está gritando!».

El médico se acercó a examinar mi cuerpo y comprobó que estaba vivo. A continuación dijo: «¡El padre está vivo! ¡Es un milagro! Llevadle al hospital». Al volver al hospital me hicieron transfusiones de sangre y me llevaron al cirujano para que arreglara mis huesos rotos. Me reconstruyeron la mandíbula inferior, el hueso pélvico, las muñecas y la pierna derecha. Dos meses después salí del hospital, pero un médico ortopédico me dijo que no volvería a caminar. Yo le respondí: «El Señor, que me devolvió la vida y me envió de vuelta al mundo, me curará». Cuando regresé a casa, todos rezamos para que se produjera un milagro. Aunque había pasado un mes y ya me habían quitado las escayolas, seguía sin poder moverme. Pero un día, mientras rezaba, sentí un dolor terrible en la zona pélvica. Al poco tiempo el dolor desapareció y oí una voz que me decía: «Estás curado. Levántate y anda». Sentí la paz y la fuerza de la curación en mi cuerpo. Me levanté inmediatamente y me puse a caminar. Alabé a Dios y le di las gracias por aquel milagro.

Fui al médico para informarle de mi curación y él se quedó estupefacto. Me dijo: «Vuestro Dios es el Dios verdadero. Voy a seguir a vuestro Dios». El médico era hindú, pero me pidió que le enseñara la fe de nuestra Iglesia. Después le bauticé y se convirtió al catolicismo.

Como indicaba el mensaje de mi ángel de la guarda, llegué a Estados Unidos el 10 de noviembre de 1986 como misionero. Desde junio de 1999 soy párroco de la iglesia de Santa María, Madre de la Misericordia, en Macclenny, Florida[131].

 Padre Jose Maniyangat

 

Dos homilías o meditaciones

Domingo de Resurrección

Hch 10, 34; 37, 43; Sal 117; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9

Una grieta en nuestra tierra

En aquellos días, todo seguía como de costumbre: la palabra pertenecía a los más fuertes, la ley hacía caso omiso de los débiles y los hombres de corazón sufrían muertes ignominiosas.

En aquellos días, decir que «la vida de los justos está en manos de Dios» ya no tenía sentido… El propio Jesús había sufrido las consecuencias. Él, que había gritado en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Grito terrible que conduce a la esperanza de la resurrección en la conclusión del salmo[132], pero la esperanza no terminaba de acallar aquel grito de desesperación…

En aquellos días, Jesús se hallaba en el sepulcro. Todo había terminado: la piedra estaba sellada y un guarda receloso la custodiaba…

Sin embargo, aquella madrugada, cuando todavía rondaba la noche, después de la agitación de los días anteriores, María Magdalena se dirigió al sepulcro.

Aquel día, nada fue como de costumbre. Todo parecía bascular, como aquella pesada piedra que había basculado para dejar paso libre a la vida…

Aquel día todo terminó: el Padre manifestó al mundo que «la vida de los justos está en manos de Dios» y que la tierra no puede retener a Aquel que puso en Dios su confianza.

Los primeros testigos, María Magdalena, Pedro y Juan, constatan que la tierra se ha abierto y que el sepulcro está vacío.

Hermanos y hermanas, el sepulcro ya no es el final de nuestro viaje, se ha convertido en un «tránsito». Misterio deslumbrante del tránsito del Hijo de Dios, que nos abre el camino…

Aquel día, con una intuición vertiginosa, como hay pocas en la vida de un hombre, en un destello fulgurante de pensamiento, Juan escuchó resonar en él las palabras de Jesús; estas adquirieron sentido y, ante el sepulcro vacío, comprendió el sentido de la aventura humana: «Vio y creyó». Él mismo lo dice: ¡se trata de una constatación breve y radical donde las haya! Ya nada volverá a ser como antes: ha nacido la Buena Nueva…

Nuestro Dios no deja de sorprendernos. Al contemplar la vida y la existencia humana, sentimos la necesidad de darle las gracias. Pero nuestro Dios, Padre de Jesucristo, todavía hace algo más. En Jesús nos abre la esperanza en una nueva vida: cuando nos fallen las fuerzas y el soplo de la vida nos abandone, el propio Dios nos recogerá y recibirá. Así, esta vida que conocemos solo nos parecerá una primera etapa. En Jesucristo descubriremos que hemos sido creados para vivir, para seguir viviendo, para vivir para siempre.

La muerte está ahí, eso es cierto. No ha desaparecido. ¡Pero ya no es la misma! Una vez, el mar abierto se convirtió en el «tránsito» a la libertad. Había nacido un pueblo. Hoy, la tierra abierta se ha convertido en el «tránsito» de la muerte a la vida. Ha nacido una esperanza…

Cristianos, nuestra vida no es más fácil que la de los demás. Nos enfrentamos a las mismas dificultades. Pero una certeza nos guía: no se perderá nada de lo que hemos hecho, de lo que hemos vivido. Todo eso nos servirá para construir una vida nueva. El tránsito por el sepulcro –por un crisol misterioso– hará de nosotros ese hombre, esa mujer, que avanzará, a través de la grieta, hacia la gloria de Dios. Esta certeza nos da una alegría profunda y una esperanza que ilumina nuestra vida de otra manera…

En este santo Domingo de Resurrección, al igual que la tierra abierta liberó a Jesús resucitado, recemos para que el Señor, por la señal del Pan compartido, nos entregue su Espíritu y haga de nosotros seres vivientes, desde ahora, y en la Vida que nos prometió en la Pascua eterna…

¡Cristo ha resucitado, realmente ha resucitado!

¡Amén! ¡Aleluya!

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Conmemoración de
Todos los Fieles Difuntos

 Sb 2, 23; 3, 16.9; Sal 4, 2.7.9; Rm 6, 3-9; Jn 4, 1-6

¿Dónde están, en qué se han convertido nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros esposos y esposas, nuestros hermanos, nuestras hermanas, nuestros hijos, nuestros amigos y conocidos difuntos, a los que algún día acompañamos en la iglesia, en el tanatorio o en el cementerio? ¿Dónde están y en qué se han convertido? Han desaparecido, me responderán algunos. Y tal vez sea cierto. Porque algo irreversible ha ocurrido. Nosotros no somos capaces de verlo. Ya no nos hablan. Ya no participan en nuestras actividades. ¡Oh muerte, «pérdida irreparable»[133]! En el dolor y en la pena, en el pesar y en la impotencia, en eso pensamos cuando pensamos en la muerte. ¿Pero qué puede aportarnos esta celebración del 2 de noviembre, día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos? ¿Acaso estamos aquí reunidos para recordar el choque emocional del duelo? ¡No!

Acabamos de escuchar dos lecturas. Ambas pueden cambiar nuestra visión de la muerte. La primera está extraída del libro de la Sabiduría: «A los ojos de los insensatos pareció que habían muerto; (…) pero ellos están en la paz». La segunda procede del evangelio: «Llega la hora en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán». Estas dos lecturas no son una anestesia para nuestro dolor ante la muerte, sino que nos invitan a una piadosa consolación. Nos ayudan a comprender que, en realidad, la muerte no es más que un renacimiento. ¿Pero cómo es eso posible? ¿En qué debemos creer cuando profesamos la resurrección de los muertos y la vida eterna? ¿En qué debemos creer, qué debemos pensar? Porque «la pregunta esencial que se le plantea a la vida es la muerte»[134]. Y nuestra fe en Dios debe ser capaz de responder a esa pregunta. ¿Qué dice nuestra fe?

Antes de responder, observemos de cerca la experiencia humana[135]. El hombre teme esencialmente dos cosas: la soledad y la muerte. Ante el dolor de la soledad, el hombre encuentra una solución, que consiste en abrirse al otro en la amistad, en el matrimonio y en todo lo que pueda ayudarle a no estar solo. Desgraciadamente, al final nos damos cuenta de que esta solución es limitada. Nadie es capaz de alcanzar la más profunda intimidad del otro para colmarle. Toda vida, aunque sea compartida con una o más personas, todo encuentro, por bonito que parezca, solo consigue aliviar la soledad por un tiempo. Al final nos encontramos con nosotros mismos, en lo más profundo de nuestra angustia. Ante el segundo miedo existencial, que nace del hecho de no poder luchar contra el tiempo, el hombre intenta dos soluciones. En primer lugar busca la supervivencia o una cierta inmortalidad en sus propios hijos. Pero enseguida constata que la supervivencia en los hijos no es auténtica. Y se propone sobrevivir por sí mismo. Se refugia entonces en la idea de la gloria, que pueda garantizarle la supervivencia en la memoria de los demás. Pero, una vez más, fracasa. Porque advierte que, después de su muerte, lo que quedará de su gloria, aquello que permanecerá, no es él mismo, sino un simple eco, una triste sombra. Y, lo que es peor, aquello en lo que pensaba confiar su supervivencia se convertirá en polvo. Se trata de un doble fracaso por parte del hombre.

Es en esa circunstancia de fracaso cuando Dios acude en socorro del hombre. Nuestra fe proclama que un día Dios se hizo hombre. Y no solo eso, sino que franqueó las puertas de la muerte y salió vencedor. Descendió al abismo de nuestra soledad. Allí donde ningún otro hombre podía entrar, Jesús ocupó su lugar. Allí donde ninguna palabra podía alcanzarnos, Él, que es la Palabra, entró. Aquello que ninguna mirada podía ver para poder consolarlo, Jesús lo vio y se apiadó de ello. Eso es lo que significa el «descenso a los infiernos», que aparece explicado en el Credo. La soledad de la muerte fue visitada por Jesús. Es Él, Jesús, que pasó de la muerte a la vida, el que puede asumir nuestra supervivencia. Nuestro nombre puede permanecer en él y trascender así el tiempo. Aquellos cuyos nombres permanecen siempre son los santos. La Fiesta de Todos los Santos acaba de recordárnoslo. Los santos son nuestros muertos; los muertos que no mueren en nuestros pensamientos, porque viven en la mente de Dios. ¿Pero cómo es eso posible? Pues bien, todo eso se ha hecho posible gracias al GRAN AMOR que Dios nos manifestó por medio de su hijo Jesús. Sí, el amor genera la inmortalidad. Solo hay que pensar en lo difícil que nos resulta olvidar a las personas que hemos querido y que nos han tratado bien. Solo hay que constatar que es el amor el que garantiza la conservación de la especie. En el plano espiritual, es también por medio del amor, del don de sí mismo, de su vida, como Cristo despierta de la muerte a la especie humana, que es incapaz por sí misma de sobrevivir eternamente. Así, cuando decimos que «el amor es más fuerte que la muerte», no se trata de una simple fórmula, sino de la expresión de una realidad que adquiere pleno sentido en Cristo.

También es en función del amor como debemos entender todos los discursos sobre el más allá, como el «famoso» infierno, la resurrección, el paraíso o la vida eterna. En efecto, el infierno no es un fuego físico, ni un lugar de tortura preparado por Dios para castigarnos[136]. El infierno es el estado de soledad que rechaza el amor de Dios. La resurrección y la vida eterna son el estado en el que el amor de Dios acaba con la soledad de la muerte y se convierte en nuestro entorno vital. Todo esto empieza en el Bautismo, ese hermoso sacramento de amor y alianza entre Dios y el alma humana. Cuando somos bautizados, nuestra vida se abre a Dios y la muerte ya no puede volver a sumirnos en la soledad, siempre que permanezcamos unidos a Él por medio de una vida constantemente renovada, una vida que no tema volver a empezar, una vida que luche por levantarse y ponerse en camino, con los ojos siempre fijos en el Señor, que no cesa de llamarnos.

En conclusión, nuestra relación con nuestros difuntos solo se comprende desde el amor. Aunque nos veamos obligados a borrar su número de teléfono y su dirección de nuestra agenda, aunque debamos guardar su ropa y cerrar su apartamento, esos últimos gestos que los excluyen de nuestra cotidianidad[137], debemos buscarlos y reencontrarlos cerca de Dios por medio de «nuestra» oración y de la misa, «el sacrificio salvador de Jesús». Estos dos momentos nos unen a Dios y a todos los que están en Él. Así que este 2 de noviembre es el momento de la comunión y el diálogo con nuestros difuntos en el amor. Reencontrémonos con ellos y dejémonos llevar por el amor de Dios, que nos reunirá a todos en Él.

Señor, concede a nuestros difuntos el descanso eterno y que en sus ojos brille para siempre la Luz; esa Luz que entró en su vida el día de su bautismo, el día en que comenzó su vida en Ti y Contigo.

Padre Innnocent Essonam Padanassirou

  

Conclusión

La muerte, que de este lado
parece una inmersión en la sombra,
es una entrada resplandeciente
en la luz de Dios.

Es posible no creer en la vida después de la muerte. La ciencia médica estima que la muerte del cerebro es el final de la vida. Sin embargo, en el momento de la muerte ocurre algo poco común, sea esta brutal o no. Todos los testimonios de aquellos que han vivido una ECM coinciden cuando dicen que la muerte no conduce a un final, sino que, lejos de eso, se llega a una especie de «antesala» en el límite de dos mundos: el nuestro, el que siempre hemos conocido, y con el que hasta ahora nos contentábamos, y otro, extremadamente atractivo para aquellos que dicen haberlo vivido, que resume de manera luminosa toda nuestra existencia y nos proyecta a la Claridad de un universo completamente distinto, en sí mismo inimaginable. Como un nuevo renacer…

Las Experiencias Cercanas a la Muerte defienden por tanto la existencia de una vivencia personal que supera la muerte clínica y que coincide con la experiencia cristiana, que afirma que la vida personal no acaba en la muerte. Lo que resulta más sorprendente es que muchos experimentadores nos hablan de estados en los que se vive en presencia del Amor absoluto, de un lugar de desolación y de un lugar de purificación, conceptos que se corresponden con el cielo, el infierno y el purgatorio, nociones típicamente cristianas.

Obviamente, no debemos pecar de crédulos. Conviene conservar un espíritu crítico, tanto desde el punto de vista de la razón como del de la fe. Sin embargo, todos los testimonios y los estudios científicos actuales coinciden: «Las ECM son tan auténticas como cualquier otra percepción humana; son tan incuestionables como las matemáticas, tan verdaderas como el lenguaje», señala el doctor Melvin Morse[138].

Desde el punto de vista religioso, hemos podido confrontarlas con la Palabra de Dios en diversos pasajes de las Escrituras, con la antropología cristiana, con las experiencias de curaciones milagrosas, con los fenómenos de las apariciones, o incluso con las experiencias místicas sorprendentes que han marcado la historia del cristianismo: no hemos hallado ninguna contradicción. Incluso podríamos invocar a santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, como señala un artículo de Howard Kainz[139]:

 En la Summa Theologiae, santo Tomás recurre a las Escrituras, a Aristóteles, san Agustín y otros Padres de la Iglesia y propone conclusiones que podrían enmarcarse en la literatura sobre las experiencias cercanas a la muerte. Declara, por ejemplo, que el alma liberada del cuerpo se encontrará hasta cierto punto incompleta, puesto que por naturaleza está ligada al cuerpo, pero al mismo tiempo experimentará una mayor libertad de inteligencia, porque el peso y las preocupaciones del cuerpo forman un velo que tapa la claridad de la inteligencia en la vida presente.

De esta forma, Tomás de Aquino coincide con los testimonios unánimes de los teóricos de las experiencias cercanas a la muerte, en lo que se refiere a la increíble liberación e iluminación intelectual que caracterizan la separación [del alma y el cuerpo]. Una vez separada, el alma no podrá tener la más mínima influencia sobre los objetos. Esto es lo que refleja la experiencia de las personas que describen una ECM, que se desplazan a través de las paredes y otros obstáculos (…). En definitiva, no habrá fe, puesto que la fe concierne a lo invisible, ni esperanza, pues la esperanza concierne a lo que aún no se tiene, sino solamente amor, el amor que permanece en la vida futura y que será por tanto la medida de la felicidad de los individuos: «Cuanto más grande haya sido el amor que ha acompañado a nuestras acciones en la tierra, más grande será nuestra felicidad, procedente de Dios».

Es posible que una ECM pueda darnos una pista de lo que podría ser nuestra entrada en la vida del más allá. Pero, como no podemos presentarnos impuros ante Dios, conviene que la mayoría de nosotros aprendamos a liberarnos poco a poco de nuestras malas costumbres, por muy agradables que nos resulten.

 Es cierto que las ECM coinciden con la enseñanza tradicional de la Iglesia católica pero, aunque no seamos creyentes ni creamos en la Resurrección de Cristo, actualmente podemos admitir que hay una vida después de la muerte. En la medida en que hayamos intentado evitar el mal y amar la verdad, nuestra muerte no será un callejón sin salida ni la caída en un vacío absoluto, sino la irrupción en un lugar no necesariamente idílico (en el que poseeremos todo lo que no hemos tenido en nuestra trayectoria terrestre)[140], sino una eterna beatitud en presencia del Dios de la Misericordia, en una íntima unión con el propio Creador: el cielo espera a los «que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es” (1 Jn 3, 2), cara a cara»[141].

En efecto, «por su muerte y su Resurrección, Jesucristo nos ha “abierto” el cielo»[142], ha destruido la muerte por nosotros. Su resurrección es la promesa de la nuestra. Viviremos para siempre. La vida es más fuerte que la muerte. La muerte es un tránsito, una etapa. Otra vida nos espera, más bella, plena y maravillosa.

Obviamente, si hay que pasar por la muerte, que desgraciadamente es una separación, un abandono del amor humano, las ECM aportan también el testimonio de que nos encontraremos con aquellos que hemos amado en esta vida, aquellos que hemos amado en Dios: si amamos, no perderemos a ninguna de las personas a las que hemos amado así. Esa es la promesa de Cristo: el amor es más fuerte que la muerte y, en el más allá, en la otra vida, encontraremos a los que hemos amado en esta vida, lo que retoma el dogma católico de la «Comunión de los santos».

Y, si hoy en día se nos presenta una confirmación de lo que nos ha enseñado siempre el cristianismo, ¿por qué rechazarla? Más aún cuando la Iglesia –y esta es la fuerza y la especificidad de la fe cristiana– nos da gratuitamente todo lo que necesitamos para llevar una vida que nos abra a la eterna beatitud, ya sean los sacramentos, la santificación del tiempo (por medio de la liturgia), la oración o la acción justa y libre que realiza el doble mandamiento del amor (Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo).

Es cierto que nuestra sociedad, tan conocedora de tantos aspectos en todos los campos, hasta el punto de llegar a manipular al propio ser humano, concibe la muerte como algo absurdo. Hoy en día hemos llegado incluso a promover la muerte de la muerte, gracias a las tecnologías NBIC (nanotecnologías, biotecnologías, informática cognitiva e inteligencia artificial) del transhumanismo: «¡La ciencia-ficción de ayer quiere convertirse en la medicina-realidad!»[143]. O incluso pretende decidirse el momento de la muerte. ¿Acaso la eutanasia o el suicidio asistido no son una manera de eludir la muerte al provocarla? ¿No deberíamos negarnos a que nos roben nuestra muerte, ese momento tan importante, tan precioso y único, en el que se resume toda nuestra vida para pasar a otra distinta?

La fe cristiana considera el momento de la muerte como algo fundamental, un tiempo que debe vivirse, en la medida de lo posible, preparándose y rezando para solicitar «la gracia de una buena muerte». ¡Cuánta razón tenemos cuando invocamos cada día a la Virgen María para que nos acompañe «ahora y en la hora de nuestra muerte», los dos momentos más importantes de nuestra vida! Así es. Dios, Cristo, la Virgen María, los ángeles y los santos del cielo[144] acudirán a nuestro lecho de muerte en los momentos que preceden a la muerte. También el Diablo, que intentará atormentarnos y hacernos faltar a esa cita con el amor absoluto, y que exigirá de nosotros la indiferencia absoluta, el abandono, la confianza y la ofrenda[145].

Todo esto nos lleva a interrogarnos sobre la vida: ¿esta vida a la que tenemos tanto apego –y con razón– podemos entenderla verdaderamente?

Porque en realidad es completamente invisible, siempre misteriosa…

Sabemos que el instinto vital y de supervivencia es el motor principal de todo el conjunto de los seres vivos, tanto de las especies más primitivas como de las más evolucionadas, tanto en los abismos más profundos como en la superficie terrestre: todo se dirige a la transmisión de la vida. Esta parece el valor supremo y absoluto del universo.

Sin embargo, la vida es un concepto que, paradójicamente, escapa a la ciencia, que no logra definir en qué consiste la vida en sí misma. La vida no se encuentra bajo el escalpelo ni el microscopio. No hay rastros de vida, ni vestigios de vida… La vida solo puede revelarse en los seres vivos. Se puede observar el ser vivo y este es el objeto de la Biología. Pero no se puede observar la vida, sino tan solo experimentarla (sobre todo en el presente, en el instante presente).

Actualmente sabemos que la vida en la tierra se debe a una posibilidad entre millones de millones. Lo cual resulta prácticamente imposible… Hizo falta un auténtico milagro…

Esta vida que garantiza la continuidad de la persona, su existencia, no la hemos adquirido ni por nuestro propio esfuerzo ni por nuestros méritos. No procede de nosotros, no nos la damos a nosotros mismos. La vida es un regalo que se recibe gratuitamente. Alguien nos la ha dado. Ciertamente nuestros padres nos la han transmitido, pero la fuente de toda vida no puede ser otra que el propio Dios, Padre y Creador de todo el universo, visible e invisible.

Por tanto, si Dios, que es el Amor absoluto, da la vida, ¿cómo imaginar que va a arrebatárnosla? No, ¡nos la da y nos la sigue dando por toda la eternidad!

Estas ECM, que solo pueden ser recibidas (no las podemos provocar por voluntad propia), son por tanto señales de vida que proceden del más allá, que nos abren a una realidad invisible. Tal vez convendría más llamarlas AVI, o «Aperturas a la Vida Invisible».

Estoy convencido de que estas aperturas son un signo de los tiempos para nosotros, los hombres de este milenio asolado por la duda: ciertamente tienen mucho que enseñarnos sobre nuestra naturaleza y nuestro destino humano. Es más, creo que en nuestro mundo de increencia, encerrado en sí mismo, en el que vivimos como si Dios no existiera, las ECM son señales del cielo para despertar nuestro interés hacia lo invisible: en esta época en la que el hombre occidental ha expulsado del cielo a todos los seres que había creído ver allí, en la que la muerte, que se considera algo malsano, es censurada y prohibida, ¡vemos que –paradójicamente, por medio de algo nuevo, en conexión con nuestra época– ese cielo vuelve a repoblarse! Dios no ha dicho su última palabra, así que, ¿por qué hoy no iba a enviarnos una señal de esta manera?

Las ECM nos obligan a tomar conciencia de que en esta tierra estamos de paso con el fin de prepararnos para otra realidad. Debemos elegir a cada instante entre la vida o la muerte. Si optamos firmemente por la Vida, podremos sumergirnos sin temor en el océano del Amor de la Misericordia divina.

 Si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y, si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros.  (Rm 8, 10-11)  

Epílogo:
La garganta cortada
 

Esta historia asocia de manera excepcional las ECM y las curaciones. Puede parecer antigua, pues se remonta a 1858, pero es incuestionable debido a las verificaciones de las que ha sido objeto.

La protagoniza Mariam Baouardy, que nació en 1846 en Galilea, Palestina, de familia pobre y muy creyente (del rito católico greco-melquita). Con veinte años entró en el Carmelo de Pau[146] y tomó el nombre de la hermana María de Jesús Crucificado, aunque sus hermanas la llamaban la pequeña árabe. De gran humildad (ella misma se llamaba la insignificante), toda su vida fue una «hermana conversa» debido a su ignorancia y a su incapacidad para leer, escribir y cantar en los oficios.

Práctica, con los pies en la tierra, Mariam fue una firme fundadora, primero del Carmelo de Mangalore, en la India, y luego del Carmelo de Belén, donde murió con treinta y tres años (el 26 de agosto de 1878) debido a un accidente.

Como puede verse, no se trataba de una «iluminada», pero se benefició de un gran número de manifestaciones místicas extraordinarias a lo largo de toda su existencia[147], que han sido especialmente bien estudiadas.

La documentación sobre su vida es tan seria como abundante, con fuentes accesibles, por ejemplo, su biografía, realizada por varios autores convencidos, empezando por el padre Estrate, su padre espiritual, que puso por escrito todo lo que conoció de ella por orden del obispo de Bayona de aquella época, monseñor Lacroix. No hay por tanto ninguna duda sobre los acontecimientos que vivió. He tomado su historia del excelente libro del padre Amédée Brunot, s.c.j., que aporta todas las referencias[148].

Huérfana a los tres años, sus padres adoptivos se establecieron en Alejandría, Egipto. Cuando cumplió trece años y sin consultarle, como era habitual, sus padres intentaron casarla con su tío. Mariam se negó en rotundo. El tío, furioso, decidió tratarla como una esclava durante tres meses. Pero ella seguía sin ceder. Con la intención de reunirse con su hermano pequeño, que estaba en Galilea, Mariam consiguió huir junto a un antiguo criado de la familia, un musulmán que pensaba trasladarse a Nazaret. Aquel hombre intentó hacerle abandonar su fe católica para convertirla al Islam. Pero aquello era demasiado para aquel temperamento de fuego, que rechazó la idea con vehemencia. Furioso al ver que aquella pequeña cristiana solo quería utilizarle, el hombre desenfundó su cuchillo y le cortó la garganta. Luego la envolvió en un gran velo y, con la ayuda de su madre y de su mujer, abandonó su cuerpo ensangrentado en un oscuro callejón.

Aquel drama ocurrió la noche del 7 al 8 de septiembre de 1858.

Veamos el relato del padre Brunot: «Más tarde, obligada por obediencia a contar su martirio, Mariam afirmará que estaba realmente muerta. A su maestra de novicias de Marsella, que le preguntará si fue objeto de un juicio, le responderá:

 ¡Oh, no! Me encontré en el cielo. Vi a la Santa Virgen, a los ángeles y a los santos, que me acogían con una enorme bondad, y vi también a mis padres en su compañía. Vi el trono resplandeciente de la Santísima Trinidad y a Jesucristo nuestro Señor en su humanidad. No había sol, ni luces, pero todo era de una claridad brillante. Entonces alguien me dijo: “Efectivamente eres virgen, pero tu libro todavía no ha terminado”».

 Esta fue su ECM. Pero merece la pena contar lo que ocurrió a continuación. Una vez que la visión se desvaneció, Mariam se encontró en el interior de una gruta. Junto a ella había una religiosa con unas ropas azules, que le contó que la había recogido en un callejón, la había llevado a aquel refugio y le había cosido el cuello. Aquella misteriosa hermana de la caridad de hábitos azules se comportaba con una delicadeza extraordinaria. Habló poco, humedeció los labios de la joven con un algodón, la obligó a dormir y le dio una sopa deliciosa para que se fortaleciera. No se parecía a ninguna otra religiosa (…).

Cuando la herida cicatrizó, la religiosa hizo salir a Mariam de la gruta; la condujo a la iglesia de Santa Catalina, atendida por franciscanos, y llamó a un confesor. Cuando Mariam salió del confesonario, ya no había nadie. ¡La enfermera del hábito azul había desaparecido!

¿Quién era? En 1874, en la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen, aniversario del martirio y del milagro, Mariam dirá en éxtasis: «En un día como este estuve con mi Madre. En un día como este consagré mi vida a María. Me habían cortado el cuello y al día siguiente María me tomó bajo su protección».

Un poco más tarde, en agosto de 1875, cuando navegaba rumbo a Palestina y le iba contando sus recuerdos al padre Estrate, Mariam precisará: «Ahora sé que la religiosa que me curó después de mi martirio era la Santísima Virgen». Durante una escala en Alejandría junto a sus hermanas carmelitas, que habían partido para fundar el Carmelo de Belén, Mariam condujo a su pequeña comitiva a visitar la iglesia de Santa Catalina y la pequeña gruta, que los griegos habían transformado en una capilla.

El padre Brunot plantea una pregunta esencial:

 ¿Qué garantías tenemos para admitir una maravilla como esta? Es evidente que solo disponemos de un testimonio: el de Mariam. El asesino, obviamente, jamás se dio a conocer. La religiosa que se ocupó de aquella adolescente jamás reveló su identidad: ¡y podemos adivinar por qué! Los padres de la huérfana, ignorantes de la tragedia, pensaban que Mariam se escapó para huir de sus maltratos y, tal vez, para entregarse a los placeres en la ciudad de Alejandría. ¡Tenían mucho interés en guardar silencio acerca de esta desdichada! No podía procurarles más que la deshonra.

Por tanto, solo nos queda el testimonio de Mariam. Y este se vio confirmado por la seriedad, la sinceridad y la humildad de toda su vida, como atestiguan varios testigos. Varios detalles serán confirmados más tarde por su hermano Boulos: este, en efecto, respondió a la famosa carta de su hermana. Respondió a su llamada trasladándose a Alejandría pero, al no encontrarla en casa de su tío, regresó a Galilea.

Y hay un hecho incontestable: la cicatriz del cuello. Esta será examinada, durante las numerosas enfermedades de Mariam, por parte de médicos y enfermeras, tanto en Marsella como en Pau, Mangalore y, finalmente, en Belén. La cicatriz era de 10 cm de largo y de 1 cm de ancho. Recorría toda la parte delantera del cuello. En ella la piel era más blanca y más fina. Le faltaban varios anillos de la tráquea, como constatará el médico de Pau el 24 de junio de 1875. La maestra de novicias escribirá: «Un famoso doctor de Marsella que la había tratado, a pesar de ser ateo, confesó que tenía que haber un Dios, porque, desde el punto de vista médico, era imposible que estuviera viva». A consecuencia de aquel corte tan profundo, Mariam tuvo la voz ronca toda su vida.

 El padre Brunot concluye: «El martirio de la pequeña árabe no fue un sueño. Quedó inscrito en su carne».

Asimismo conviene saber que, aunque tenía un corazón puro por excelencia, Mariam, que vio las realidades celestes (¡la Virgen le mostró el cielo, el infierno y el purgatorio!), también dio testimonio de ello con su vida.

Fue beatificada en 1983 por Juan Pablo II y canonizada el 17 de mayo de 2015 por el Papa Francisco.

* * * 

Una oración:
En la iglesia de Santiago de Pau
durante la Semana Santa, en la XII
estación del Vía Crucis
 

Señor, nuestra enfermedad de personas bien alimentadas, bien alojadas, cómodamente instaladas, es el miedo a la muerte. Tú, que estás muerto y vas a resucitar, enséñanos a amar la muerte. Es nuestra segunda cuna. Danos pasos firmes que se dirijan a ella. La muerte conduce a una vida perfecta. Enséñanos también esa curiosidad insaciable por el más allá: «Allí no habrá más que Amor». Otorga a nuestros pasos, a nuestros gestos, a nuestro corazón, ese perfume de amor que anticipa el paraíso. Entonces viviremos en la alegría.

* * * 

PARA SABER MÁS…

Catecismo de la Iglesia Católica

–Artículo 11: «Creo en la resurrección de la carne», nn. 988-1019.

–Artículo 12: «Creo en la vida eterna», nn. 1020-1060.

 

Libros sobre las ECM

Son muy numerosos. He aquí los que he consultado:

 

Alexander, E. y Moody, R., Proof of heaven. A neurosurgeon’s journey into the afterlife, Simon and Schuster, Nueva York 2012, prol. de Jean Staune (traducción española: La prueba del cielo. El viaje de un neurocirujano a la vida después de la vida, Planeta, Barcelona 2013).

Allix, S., La mort n’est pas une terre étrangère (La muerte no es una tierra extranjera), J’ai lu, París 2013.

Beauregard, M. y O’Leary, D., The espiritual brain (El cerebro espiritual), Harper Collins, Nueva York 2008.

Bromberger, D., Un aller et retour (Una partida y un regreso), Robert Laffont, París 2004.

Charbonnier, J.-J., Les 7 bonnes raisons de croire à l’au-delà (7 buenas razones para creer en el más allá), J’ai lu, París 2014.

Dudoit, E. y L’heureux, É., Ces EMI qui nous soignent (Estas ECM que nos curan), S17 Production, Lyon 2013.

Elsaesser-Valarino, E., D’une vie à l’autre. Des scientifiques explorent le phénomène des expériences de mort imminente (De una vida a la otra. Los científicos investigan el fenómeno de las experiencias cercanas a la muerte), Derby 1999.

Fustec, J., Entre épreuve et lumière (Entre la prueba y la luz), S17 Production, Lyon 2010.

Kübler-Ross, E., La mort est un nouveau soleil, Pocket, París 2002 (traducción española: La muerte, un amanecer, Editorial Luciérnaga, Barcelona 2012).

Menant, M. y Tribolet, S., Bien réel le surnaturel (Lo sobrenatural es bien real), Éditions Alphée/Jean-Paul Bertrand, París 2009.

Moody, R., Life after life, Mockingbird Books, Seattle 1975 (traducción española: Vida después de la vida, Edaf, Madrid 2013).

Morrison, J., L’expérience de mort inminente (La experiencia cercana a la muerte), La Martinière, París 2015.

Morse, M., Closer to the light. Learning from the Near-Death Experiences of children, Ivy Books, Baltimore 1991 (traducción española: Más cerca de la luz. Experiencias próximas a la muerte en niños, Edaf, Madrid 1991).

Ragueneau, P., L’autre côté de la vie (El otro lado de la vida), Pocket, París 2001.

Sabom, M. y Kreutziger, S., Recollections of death. A medical investigation (Recuerdos de la muerte. Una investigación médica), Harper Collins, Nueva York 1982.

Van Lommel, P., Mort ou pas? Les dernières découvertes médicales sur les EMI (¿Muerto o no? Los últimos descubrimientos médicos sobre las ECM), Inter Éditions-Inrees, París 2012; Consciencia más allá de la vida, Atalanta, Gerona 2015.

Obras cristianas sobre la muerte y el más allá

VV.AA., 36 questions sur l’Au-delà (36 preguntas sobre el más allá), en «Il est Vivant», número especial (octubre de 2001).

VV.AA., Espérance et dignité pour les fins de vie. Approches chrétiennes de la mort (Esperanza y dignidad al final de la vida. Aproximaciones cristianas a la muerte), en «Documentation catholique», 2498 (21 de octubre de 2012).

VV.AA., L’au-delà. L’avenir des vivants (El más allá. El futuro de los vivos), en «Christus», 235 (julio de 2012).

Aupetit, M., La mort, et après? (La muerte. ¿Y después?), Salvator, París 2007 y 2009.

Bezançon, J.-N., On a planté grand-père, Semailles d’Évangile en bord de Marne (Abuelo, hemos plantado las semillas del Evangelio a orillas del Marne), Desclé de Brouwer, París 2011.

Bot, J.-M., L’enfer: affronter le désespoir. Le purgatoire: traverser le feu de l’amour. Le paradis: goûter la joie éternelle (El infierno: afrontar la desesperación. El purgatorio: atravesar el fuego del amor. El paraíso: gozar de la vida eterna), Éditions de l’Emmanuel, París 2014.

Civelli, J., La résurrection des morts. Et si c’était vrai? (La resurrección de los muertos. ¿Y si fuera cierto?), Éditions Saint-Augustin, Saint Maurice (Suiza) 2001.

Cuchet, G. (ed.), Le purgatoire. Fortune historique et historiographique d’un dogme (El purgatorio. Fortuna histórica e historiográfica de un dogma), Éditions de l’Ehess, París 2012.

Fourchaud, T., La mort: témoignages de vies! (La muerte: ¡testimonios de vida!), Collection La Bonne Nouvelle, París 2009.

Fraternidades Monásticas de Jerusalén, «La mort n’est pas mortelle» («La muerte no es mortal»), en «Sources vives», 127 (abril de 2006).

Klaine, R., Aussitôt après la mort. Recherche biblique (Justo después de la muerte. Investigación bíblica), Cerf, París 2011.

Lelièvre, H., Je veux mourir vivant (Quiero morir vivo), Éditions de l’Emmanuel, París 2011.

Martelet, G., s.j., L’au-delà retrouvé (El más allá reencontrado), Desclée de Brouwer, París 1998.

Mathieu-Riedel, E., Ne pleurez pas, la mort n’est pas triste (No lloréis, la muerte no es triste), Mame/Criterion, París 1997.

Pralong, J., Dis, Dominique, la mort, c’est comment? (Dime, Dominique, ¿cómo es la muerte?), Parole et Silence, París 2012.

Pujos, N., Ce qui nous attend après la mort (Lo que nos espera después de la muerte), Parole et Silence, París 2012.

Obras sobre el alma vital y la antropología ternaria[149]

Gavignet, H., Il n’y a que deux jours (Solo hay dos días), Téqui, París 1981.

Los libros de Claude Tresmontant (la mayoría en la editorial François-Xavier de Guibert).

Los libros de Michel Fromaget, entre ellos L’homme tridimensionnel, «corps, âme, esprit» (El hombre tridimensional, «cuerpo, alma y espíritu»), Albin Michel, París 1996.

DVD

Barkallah, S., Faux départ. Enquête sur les expériences de mort inminente (Falsa partida. Una investigación sobre las experiencias cercanas a la muerte) (www.S17production.com).

Bonneton, A. y Sismondi, S., Le commun des mortels (El común de los mortales), documental realizado en coproducción con Grand Angle Productions, KTO, BIGLO y Armide Productions, 2011 (www.ktotv.com).

CD de audio

Callens, J.-F. (Doudou), Et après ma mort? (¿Y después de mi muerte?) (4 CD), Maria Multi Media.

Maillard, Hna. E., Gloria Polo et les dix commandements (Gloria Polo y los diez mandamientos), Maria Multi Media; Série «Et si demain, j’allais au Ciel?» (Serie: ¿y si mañana fuera al cielo?) (2 CD), Maria Multi Media; Maryam la petite arabe (Mariam, la pequeña árabe) (2 CD), Maria Multi Media.

Páginas web

www.nderf.org/Spanish: recopila el mayor número de testimonios sobre ECM en el mundo.

www.s17production.com: página de Sonia Barkallah.

www.issnoe.ch: Instituto Suizo des Ciencias Noéticas.

www.tvqc.com/2013/12/la-vie-apres-la-mortdocumentaires-sur-les-experiences-de-morts-imminentes/. Con una mención especial para el testimonio de Natalie Saracco:

·         En YouTube: (www.youtube.com).

·         en KTO: (www.ktotv.com/videos-chretiennes/emissions/nouveautes/un-coeur-qui-ecoute-natalie-saracco).

Notas

 [1] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 989, 991, 992, 1001, 1005.

[2] Cabria, J. L., Fichas sobre la muerte y el morir, Monte Carmelo, Burgos 2009, 261s.

[3] R. Moody, Life after life, Mockingbird Books, Seattle 1975 (traducción española: Vida después de la vida, Edaf, Madrid 2013). (Los pasajes del libro de Moody están tomados directamente de la traducción de Edaf, rectificando algunos errores ocasionales: N. de la T.).

[4] En 1990, un libro recogía ya más de setecientas referencias a este tema, la mayoría de ellas analizadas a partir de fuentes científicas: T. K. Basford, Near Death Experiences (Experiencias Cercanas a la Muerte), Garland Publishing, Nueva York 1990.

[5] En 1993, solamente el 8 por ciento de los franceses seguía creyendo en la resurrección. ¿Cuántos creerán hoy en día?

[6] No voy a abordar las religiones orientales, que tratan otros autores que menciono en las notas.

[7] R. Moody, Vida después de la vida, Edaf, Madrid 2013.

[8] Extraído del libro de E. Elsaesser-Valarino, D’une vie à l’autre, Dervy, París 1999, p. 100, capítulo: «Diálogo con Kenneth Ring» (traducción española: Al otro lado de la vida. Explorando el fenómeno de la experiencia ante la cercanía de la muerte, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid 2000). En todo el mundo serían cerca de 60 millones.

[9] (www.nderf.org).

[10] Recogido en el libro de J. Long y P. Perry, Evidence of the afterlife. The science of the Near-Death Experiences, Harper Collins, Nueva York 2010 (traducción española: Evidencias del más allá. Pruebas de la existencia de otra vida después de la muerte, Edaf, Madrid 2011).

[11] (www.marinorestrepo.com).

[12] Algunos incluyen doce o quince…

[13] B. J. Eadie, Embraced by the light, Gold Leaf Press, Mont Clemens, Michigan 1992 (traducción española: He visto la luz, Grijalbo, Barcelona 1997).

[14] Por otro lado, su pertenencia a los mormones le ha llevado a inventar ciertas afirmaciones, como el hecho de una existencia prenatal… No obstante, en mi opinión eso no invalida el resto de su discurso.

[15] B. J. Eadie, o.c., p. 18. He corregido algunos errores de traducción (N. de la T.).

[16] J. Long y P. Perry, o.c. (Todos los fragmentos de los distintos libros, salvo el de Eadie, se han traducido a partir de la versión francesa por no encontrar la traducción española: N. de la T.).

[17] B. J. Eadie, o.c., p. 18, en el mismo capítulo, titulado: «Mi muerte».

[18] M. Grey, Return from death. An exploration of the Near-death Experience (Regreso de la muerte. Una exploración de la Experiencia Cercana a la Muerte), Penguim, Nueva York 1985.

[19] Cuenta su experiencia ECM en Return from tomorrow, Spire Books/Revell, Nueva Jersey 1978 (traducción española: Regreso del futuro, Clie, Barcelona 1986).

[20] R. Moody, Vida después de la vida, o.c.

[21] Id., The light beyond, Bantam, Nueva York 1989 (traducción española: Más allá la luz. Nuevas exploraciones en «Vida después de la vida», Edaf, Madrid 1989).

[22] En inglés: Life review.

[23] K. Ring, Heading toward Omega, Harper Perennial, Nueva York 1985 (traducción española: La senda hacia el Omega, Urano, Madrid 1986).

[24] K. Ring, Amazing grace. The Near-Death Experience as a compensatory gift (Una gracia sublime. La Experiencia Cercana a la Muerte como regalo compensatorio), en «Journal of Near-Death Studies», 10 (1) (1991), p. 15.

[25] M. Grey, o.c.

[26] Se trata de algo que he constatado en el caso de numerosas personas curadas (se haya reconocido el milagro o no), al interrogarlas a ellas mismas o a sus descendientes. He transcrito el máximo número posible de testimonios en mi libro Lourdes, des miracles pour notre guérison, Presses de la Renaissance, París 2008 (traducción española: Los milagros de Lourdes. Curaciones, conversiones y testimonios, Palabra, Madrid 2015).

[27] R. Moody, o.c.

[28] K. Ring, Heading toward Omega (La senda hacia el Omega), o.c.

[29] Se estima que en general son entre el 2 y el 3 por ciento. En la NDERF, entre los casos recogidos a lo largo de cinco meses, 7 de cada 161 eran experiencias aterradoras.

[30] M. Rawlings, Beyond death’s door, Thomas Nelson, Nashville 1978 (traducción española: El paso de la vida a la muerte, ATE, Barcelona 1982).

[31] Enfermera de cuidados paliativos de Inglaterra, que dio una conferencia sobre el tema, que puede encontrarse en VV.AA., 2èmes rencontres internationales sur les Expériences de Mort Imminente (II Encuentro internacional sobre las Experiencias Cercanas a la Muerte), S17 Production Libre, Lyon, 9 y 10 de marzo de 2013.

[32] Centro NOÉSIS (Instituto Suizo de Ciencias Noéticas). Cfr. (www.issnoe.ch).

[33] Prólogo al libro de B. J. Eadie, He visto la luz, Grijalbo, Barcelona 1997. (En este fragmento he observado divergencias entre la versión francesa y la española y, al no contar con el original, he optado por suplir las omisiones de la versión española con la traducción del francés: N. de la T.).

[34] T. Burpo y L. Vincent, Heaven is for real, Thomas Nelson, Nashville 2010 (traducción española: El cielo es real. La asombrosa historia de un niño de 4 años que visitó el cielo, Planeta, Barcelona 2012. Fragmentos tomados de la traducción española: N. de la T.).

[35] Gregorio de Tours, Historia de los francos, libro VII, capítulo I.

[36] La mort, et après? (La muerte. ¿Y después?), Salvator, París 2007 y 2009.

[37] El cuadro puede contemplarse en el Palacio Ducal de Venecia.

[38] Retomando la expresión propuesta por el psicólogo y epistemólogo francés Victor Egger en 1896 en El yo de los moribundos, libro surgido a raíz de los debates mantenidos entre filósofos y psicólogos sobre los testimonios de Albert Heim en los anales del Club Alpino Suizo.

[39] E. Kübler-Ross, La muerte, un amanecer, Editorial Luciérnaga, Barcelona 2012, p. 60. Entre los muchos libros de esta misma autora que abordan el tema de la muerte, cabe destacar Sobre la muerte y los moribundos, Random House, Barcelona 2000 (N. del E.).

[40] Cfr. su libro La source noire. Révélations aux portes de la mort (La fuente negra. Revelaciones a las puertas de la muerte), Livre de Poche, París 1987 (traducción española: La fuente negra, Neo-Person, Madrid 1991).

[41] Réapprivoiser la mort. Nouvelles recherches sur l’expérience de mort inminente (Volver a familiarizarse con la muerte. Nuevas investigaciones sobre la experiencia cercana a la muerte), Albin Michel, París 1997 (N. del E.).

[42] El doctor Moody siempre precisa que nunca la ha visitado.

[43] Les preuves scientifiques d’une vie après la vie, Exergue, París 2008. Se trata de un error del autor, porque en realidad este libro es de Jean-Jacques Charbonnier, al que menciona a continuación (N. del E.).

[44] L’après-vie existe, CLC Éditions, París 2006.

[45] L’Expérience de Mort Imminente. Les premières rencontres internationales. Actes du Colloque. Martigues 17 juin 2006, S17 Production Libre, Lyon 2007.

[46] En 2010 realizó otro DVD llamado Faux départ. Enquête sur les expériences de mort inminente (Falsa partida. Una investigación sobre las experiencias cercanas a la muerte) (www.S17production.com).

[47] Índice WCEI (Weighted Core Experience Index: Índice Cuantificador de la Experiencia), establecido en 1980 por el psicólogo Kenneth Ring, o la escala de cuantificación de los testimonios del psiquiatra Bruce Greyson en 1983.

[48] ¡También los milagros se basan en testimonios!

[49] Igual que no hay una respuesta humana al hecho de que una persona se cure milagrosamente y otra no…

[50] Este tipo de estudios están ausentes en el mundo universitario español. No obstante, algunas universidades, como la Complutense o la de La Laguna, en Tenerife, han acogido en alguna ocasión seminarios o cursos de verano sobre el tema. Cfr. el artículo La parapsicología y la universidad en España, Mitos y realidad, en «El Ojo Crítico. Cuadernos de Investigación para Investigadores de Anomalías», 56 (2012), disponible en (ojo-critico.blogspot.com.es/2012/09/la-parapsicologia-y-la-universidad-en.html) (N. del E.).

[51] VV.AA., 2èmes rencontres internationales sur les Expériences de Mort Imminente (II Encuentro internacional sobre las Experiencias Cercanas a la Muerte), S17 Production Libre, Lyon, 9 y 10 de marzo de 2013.

[52] Fenómenos raros pero verificados, que recoge sobre todo el doctor Moody.

[53] Proof of heaven. A neurosurgeon’s journey into the afterlife, Simon and Schuster, Nueva York 2012 (traducción española: La prueba del cielo. El viaje de un neurocirujano a la vida después de la vida, Planeta, Barcelona 2013. No encuentro el pasaje aquí citado, así que he traducido directamente de la versión francesa: N. de la T.).

[54] El autor recrea la famosa «Apuesta de Pascal», pero sin citarla textualmente. El original es mucho más extenso y complejo (N. del E.).

[55] Su equivalente español sería la llamada Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (SAPC): (www.escepticos.es) (N. del E.).

[56] Dilatación de las pupilas (N. del E.).

[57] Actualmente, este término se utiliza más a menudo que «muerte cerebral», para precisar que se trata de la pérdida total de todas las funciones neurológicas, no solamente de los hemisferios cerebrales.

[58] El análisis por escáner TEP (Tomografía por Emisión de Positrones) del cerebro durante un paro cardiaco parece indicar que este todavía conserva una actividad fisiológica residual (durante un «cierto tiempo»…), lo que lo diferencia de un «cerebro muerto».

[59] Cfr. Monseñor P. D’Ornellas, Bioéthique. Propos pour un dialogue (Bioética. Propuesta para un diálogo), Lethielleux-Desclée de Brouwer, París 2009, c. II.

[60] Titulado Experiencia Cercana a la Muerte después de un paro cardiaco.

[61] Falta de oxígeno (N. del E.).

[62] Autor del libro publicado en 2005: What happens when we die? (¿Qué ocurre cuando morimos?), Hay House Publishers, Londres 2005. (En España no se ha traducido este libro, pero sí otro más reciente del mismo autor sobre el mismo tema, titulado: Resurrecciones. La ciencia que está borrando la frontera entre la vida y la muerte, La Esfera de los Libros, Madrid 2014: N. del E.).

[63] M. Morse, La divine connexion (La conexión divina), Jardin des Livres, París 2002, p. 61; pp. 76-77. (Algunos libros de Melvin Morse publicados en España son: Más cerca de la luz. Experiencias próximas a la muerte en niños, Edaf, Madrid 1991; Últimas visiones, Edaf, Madrid 1996 y Donde Dios habita. Cómo nuestros cerebros están unidos al universo, Obelisco, Barcelona 2006: N. del E.).

[64] Expuesto en el Instituto de Tecnología de California (Estados Unidos) el 21 de junio. Cfr. J.-P. Jourdan, Les preuves scientifiques d’une vie après la vie (Las pruebas científicas de la vida después de la vida), Exergue, París 2008.

[65] VV.AA., La Experiencia Cercana a la Muerte. Primer encuentro internacional. Actas del Coloquio. Martigues, 17 de junio de 2006, S17 Production Libre, Lyon 2007, p. 44.

[66] Entrevista en la revista mensual «Il est vivant», 314 (abril de 2014), pp. 26-33.

[67] A la que Natalie Saracco no conocía cuando sufrió el accidente.

[68] Cfr. (www.sanctuaires-paray.com). Los retiros y las reuniones en torno al Corazón de Jesús tienen lugar todo el año en este santuario de Paray-le-Monial.

[69] Consiste en creer sin confiar en la razón. Puede ser el caso de aquellos que ven milagros y apariciones por todas partes y que se basan ante todo en ellos para creer…

[70] Cfr. E. Elsaesser-Valarino, D’une vie à l’autre, Dervy, París 1999, pp. 271-292 (traducción española: Al otro lado de la vida. Explorando el fenómeno de la experiencia ante la cercanía de la muerte, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid 2000).

[71] En concreto su libro Les morts nous parlent (dos tomos), Le Livre de Poche, París 2012 (traducción española: Los muertos nos hablan, Edaf, Madrid 1990).

[72] Cfr. el final de este capítulo.

[73] También he descubierto en internet que monseñor A.-M. Léonard, arzobispo de Malines-Bruselas, sostenía la misma opinión: cfr. (questions.aleteia.org).

[74] Salvator, París 2009.

[75] Según el sacerdote Jean-Pascal Perrenx, doctor en Medicina, teólogo moralista y autor de Théologie morale fondamentale (Teología moral fundamental) (5 tomos), Téqui, Saint-Céneré 2008.

[76] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1022. (El texto entre corchetes pertenece al autor: N. del E.).

[77] El testimonio está tomado de una entrevista ofrecida a Radio María en Colombia. Página web: (www.gloria.polo.ortiz.in). (Se trata de la transcripción de una entrevista de radio, de ahí su extrema oralidad. Ha sido corregido y se han eliminado las repeticiones para facilitar su comprensión: N. del E.).

[78] Se sabe que los videntes de Fátima tuvieron una visión del infierno.

[79] Teresa de Jesús, Libro de la vida, c. 32.

[80] Ritual que consiste en rociar la casa con un preparado de hierbas para atraer la buena suerte (N. del E.).

[81] Dulce de leche (N. del E.).

[82] Existe un testimonio parecido del padre James Manjackal (MSFS), en un libro titulado I saw eternity (He visto la eternidad).

[83] M. Henry, C’est moi la vérité, Seuil, París 1996 (traducción española: Yo soy la verdad, Sígueme, Salamanca 2001).

[84] M. Aupetit, L’embryon, quels enjeux? (El embrión y sus desafíos), Salvator, París 2008.

[85] «Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (Ez 36, 26).

[86] Neguentropía y entropía.

[87] Término filosófico: «Dar forma sustancial a algo» (DRAE) (N. del E.).

[88] Aristóteles, filósofo griego (384-322 a. C.), preceptor de Alejandro Magno y discípulo de Platón.

[89] C. Tresmontant, Problèmes de notre temps (Problemas de nuestro tiempo), OEIL, Montreuil 1991. (Algunas obras de Tresmontant traducidas al español que tratan este mismo tema son: El ateísmo hoy, Palabra, Madrid 1971, o El problema del alma, Herder, Madrid 1974: N. del E.).

[90] «La palabra principio, sinónimo de las palabras causa, origen, viene del latín principium, que quiere decir: al comienzo, desde el origen, lo que ocurre primero. El principio último, el Principio de los principios, la Causa de las causas es el Ser que se subsiste a sí mismo, del que todo procede. A este Ser supremo, espíritu puro, absolutamente espiritual, podemos llamarlo Dios. Hace miles de años que es así» (H. Gavignet, Il n’y a que deux jours [Hace solo dos días], Téqui, Saint-Céneré 1981).

[91] Santo Tomás de Aquino la llama «la forma del cuerpo».

[92] E. Yon, L’homme selon l’Esprit (El hombre según el Espíritu), Desclée de Brouwer, París 1995 (libro desgraciadamente agotado).

[93] Desgraciadamente, hoy en día el término espíritu suele utilizarse más para definir lo racional y no lo espiritual.

[94] No es el caso de los animales que, al estar vivos, poseen un alma, pero que depende solo de la materia a la que está ligada: por tanto, es solamente corporal y mortal.

[95] G. Martelet, S.J., L’au-delà retrouvé (El más allá reencontrado), Desclée de Brouwer, París 1998.

[96] De ahí el culto que se rinde a las reliquias de los santos.

[97] Y se añade que «esta distinción no introduce una dualidad en el alma».

[98] ¡Por el hecho de distinguirlos no se los separa!

[99] Bajo el impulso y la dirección del propio Benedicto XVI.

[100] B. Sesboüé, Croire, Droguet et Ardent, París 1999, capítulo 14: «La resurrección de Jesús» (traducción española: Creer. Invitación a la fe católica para las mujeres y los hombres del siglo XXI, San Pablo, Madrid 2014, p. 360).

[101] Ibíd., p. 378 (siempre de la edición española) (N. del E.).

[102] Ibíd., p. 351.

[103] Cfr. Lc 8, 41-42 y 49, 55; Lc 7, 11-17; Jn 11, 1-44.

[104] En el caso de Lázaro es evidente: «Señor, ya huele; es el cuarto día» (Jn 11, 39).

[105] Padre Pascal Ide, médico, filósofo y teólogo, en el capítulo «Experiencias cercanas a la muerte», incluido en P. Sbalchiero (ed.), Dictionnaire des miracles et de l’extraordinaire chrétiens (Diccionario de los milagros y de lo extraordinario cristianos), Fayard, París 2002, pp. 567-568.

[106] Antiguo capellán del santuario de Nuestra Señora de Montligeon, fundado hace un siglo en el departamento de Orne y dedicado desde sus orígenes a la oración por los difuntos.

[107] El documento formaba parte del proceso de canonización del padre Pío.

[108] 22, 5 (N. del E.).

[109] En su introducción al libro de referencia: P. Sbalchiero (ed.), Dictionnaire des miracles et de l’extraordinaire chrétiens (Diccionario de los milagros y de lo extraordinario cristianos), Fayard, París 2002.

[110] Ya hemos visto lo que esto supone.

[111] En P. Sbalchiero (ed.), o.c., pp. 768-769.

[112] De las córneas (N. del E.).

[113] R. Laurentin y H. Joyeux, Études médicales et scientifiques des apparitions (Estudios médicos y científicos sobre las apariciones), François-Xavier de Guibert, París 1985.

[114] Que forma parte de las catorce apariciones reconocidas oficialmente por la Iglesia católica.

[115] Lo mismo les ocurre a los experimentadores, que no pueden vivir una ECM por voluntad propia, al igual que los videntes, que tampoco pueden vivir una aparición por voluntad propia. ¡Se trata de un don!

[116] Su causa de beatificación se bloqueó en Roma en 1960, probablemente a causa del exceso de elementos «maravillosos» en su vida…

[117] ¡Que se le apareció a un piloto de avión en el interior de la cabina en pleno vuelo!

[118] Cfr. P. Sbalchiero (ed.), o.c.

[119] Corazón carnal traspasado, como el de Jesús con la lanza del centurión (término de la fenomenología mística de origen latino, de transverberare, «atravesar»).

[120] Cuando la orden del Carmelo cerró, este monasterio se convirtió en la Casa de San Miguel, mantenida por los Padres de Bétharram.

[121] Una pequeña capilla que todavía existe.

[122] Desgraciadamente, un loco lo robó y luego lo tiró al río.

[123] También vio al beato Luis Eduardo Cestac, que acababa de morir (el 27 de marzo de 1868).

[124] Sobre este tema, cfr. VV.AA., Enquête sur les miracles (Estudio sobre los milagros), Éditions du Jubilé, Montrouge 2015.

[125] Lourdes, des miracles pour notre guérison, Presses de la Renaissance, París 2008 (traducción española: Los milagros de Lourdes. Curaciones, conversiones y testimonios, Palabra, Madrid 2015).

[126] En mi libro Los milagros de Lourdes. Curaciones, conversiones y testimonios, aporto numerosos ejemplos de dichas transformaciones en las personas curadas de forma milagrosa.

[127] En VV.AA., La Experiencia Cercana a la Muerte. Primer encuentro internacional. Actas del Coloquio. Martigues, 17 de junio de 2006, S17 Production Libre, Lyon 2007.

[128] Ibíd.

[129] Método del psicólogo francés Émile Coué, basado en la autosugestión (N. del E.).

[130] En sus sueños, los ciegos de nacimiento no ven, puesto que no pueden comprender lo que significa ver.

[131] Fuente: (www.frmaniyangathealingministry.com/Content/viewcontent.aspx?linkid=15).

[132] Salmo 22 (21), 2. (Salmo de los agonizantes en la liturgia judía).

[133] V. Hugo, A la madre del niño muerto.

[134] Benedicto XVI, Principes de la Théologie catholique (Principios de la teología católica), p. 39.

[135] Cfr. Id, La foi chrétienne hier et aujourd’hui (La fe cristiana ayer y hoy), pp. 207-227.

[136] J. M. Garrigues, À l’heure de notre mort. Accueillir la vie éternelle, Éditions de l’Emmanuel, París 1999, p. 126 (traducción española: En la hora de nuestra muerte. Acoger la vida eterna, Monte Carmelo, Burgos 2004).

[137] Ibíd., pp. 147-148.

[138] Autor de numerosos libros sobre las ECM, como La divine connexion (La conexión divina), Jardin des Livres, París 2002, y Le contact divin (El contacto divino), Jardin des Livres, París 2005.

[139] Que ferons-nous au Paradis? (¿Qué haremos en el Paraíso?), en «France Catholique» (junio de 2013).

[140] Como el Corán, que prevé un paraíso que describe como un lugar de «una felicidad sin límites» (9, 22), con todos los placeres, visión prosaicamente material y no sobrenatural…

[141] CEC, n. 1023.

[142] Ibíd., n. 1026.

[143] Cfr. la comunidad tecnológica de París: (www.tedxparis.com) y L. Alexandre, La mort de la mort. Comment la technomédecine va bouleverser l’humanité (La muerte de la muerte. Cómo va a revolucionar la humanidad la tecnomedicina), Jean-Claude Lattès, París 2011.

[144] Sobre todo san José, patrón de la buena muerte, sin olvidar el Rosario de la Divina Misericordia que recibió santa Faustina del propio Cristo, que le dijo: «Las almas que recen este rosario se verán envueltas en mi Misericordia durante su vida y sobre todo en la hora de la muerte» (cfr. Santa Faustina Kowalska, Diario. La Divina Misericordia en mi alma, Ediciones Levántate, Granada 2003, n. 754).

[145] ¡Qué importantes son la ternura y la oración de los que velan al moribundo!

[146] Vivo en Pau, por lo que es fácil de entender lo unido que me siento a esta santa. Cuando se la conoce, a uno no le queda más remedio que amarla.

[147] Que muy pocas veces se dan en una sola persona…

[148] A. Brunot, Mariam, la petite arabe. Soeur Marie de Jésus crucifié (Mariam, la pequeña árabe. Hermana María de Jesús Crucificado), Salvator, París 1981.

[149] Antropología del cuerpo, el alma y espíritu (N. del E.).


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